Marina Silva y Eduardo Jorge: la lógica del desvío y la creación

Por Alexandre Mendes

El choque protagonizado por la reencarnación de las figuras del capitán, del coronel del nordeste y de los burócratas serviles de São Paulo, nos empuja hacia una lógica cuyo resultado podrá ser una segunda vuelta electoral donde se exprese todavía más el momento de prolongación sin fin que vive la actual situación política brasileña, la cual se extiende mucho más allá de las elecciones.

Ante esta nueva trampa, en lugar de conjeturas sobre el voto útil o del simple esfuerzo de negación al candidato más peligroso (tácticas incapaces de constituir un desplazamiento positivo), el desafío parece estar en escapar del tipo de enredo salvacionista que intenta reorganizar la propia idea de política, vaciando permanentemente las alternativas y las posibilidades.

No es la superficie, son los supuestos profundos los que necesitan ser atacados: candidatos que incorporan grandiosas y falsas tareas, arrebatos retóricos, salidas milagrosas para la crisis, profecías simétricamente miserables de más mercado o más estado, promesas de retorno a un pasado dorado e idílico, en fin, todo un comercio de la salvación aguardando para conformar la nueva desilusión del mañana y, a partir de ahí, recomenzar el mismo ciclo.

La lógica de trinchera tiene un efecto doble: en primer lugar, al ser incorporada subjetivamente, en individuos y grupos, termina resultando en la generalización de la paranoia, del miedo, de la sensación de impotencia, del fanatismo político y, en casos extremos, de la propia voluntad de eliminación física del otro; en segundo término, en sentido opuesto, permite el reciclaje pacífico y continuo de todo un sistema político que, ante las amenazas iniciadas en 2013, sigue comandado por las viejas fuerzas de siempre (incluido el candidato perteneciente al llamado «bajo clero», que se presenta falsamente como antisistema). La síntesis literal de la nueva servidumbre se puede encontrar en el orgullo del corazón robado: el odio en el campo social y subjetivo se canaliza como amor incondicional y vertical que alimenta el funcionamiento del campo político.

Si existe una innegable riqueza en la campaña electoral de Marina Silva y Eduardo Jorge, es un insistente desvío en relación a los parámetros de lo que quedó entendido, en estos últimos tiempos, por conflicto político y social. En cuanto a los efectos subjetivos, al rechazar el papel de reclutadores y organizadores de una guerra por la salvación nacional, reconocen que la dignidad, la autonomía e incluso la alegría deben formar parte de todo el actuar político. La acción política, así, no debería forjar mundos paralelos, belicosos y auto-centrados, rebajando a los sujetos a la condición de meros autómatas o soldados disciplinados. Es, por el contrario, una posibilidad de establecer mejores conexiones con el mundo y de extraer de la realidad nuevas y mejores condiciones para la vida. El final, por lo tanto, de las paranoias y del miedo; el inicio de una confianza en el mundo ligada a la posibilidad de su propia transformación.

Es de ahí que extraemos el segundo desvío, que se refiere a la necesidad de abrir brechas al sistema de 1988 que van acompañadas de nuevos gestos de creación política. El desplazamiento se transforma, aquí, en paradoja: si es verdad que Marina y Eduardo pueden haber permanecido distantes de importantes movilizaciones que, en el campo social y partidario-institucional, permitirían indicar nuevos y mejores caminos, la victoria de ambos sería capaz de desplazar el actual marco político hacia un campo mucho más favorable para esas movilizaciones. Al menos, todo el frente salvacionista tendría que lidiar con nuevas coordenadas, perdiendo de inmediato su terrible fuerza de captura y liberando un terreno para nuevas condiciones del actuar político.

E aquí esta fórmula tan extraña y aberrante: un pequeño y hasta decepcionante desvío, dotado de efectos tan inconmensurables. Una larga lista de insuficiencias y límites (conocidos por todos, dentro y fuera de la campaña) donde se inscribe un amplio repertorio de posibilidades. ¿Será ésta la tan comentada debilidad de Marina y Eduardo? ¿Aquello que los hace menos convenientes para el momento? Sea cual sea la evaluación, existe, sin duda, una fuerza irreductible que deriva de esta situación incómoda. Pues es al interior de esta paradoja que mueve la campaña de Marina donde podemos encontrar la luz cruda de una claridad sin configuración plena. Cuando la lógica de las trincheras es removida de nuestra visión frontal, lo que reaparece es la lógica fascinante de la propia política: alcanzar los supuestos, establecer nuevas conexiones con el mundo y transformar la vida en la frontera de la creación.»

Traducción: Santiago de Arcos-Halyburton

El ojo del poder

Entrevista con Michel Foucault, incluida en El Panóptico, de Jeremías Bentham

Ed. La Piqueta, Barcelona, 1980. Traducción de Julia Varela y Fernando Alvarez-Uría.

Jean-Pierre Barou: El Panóptico de Jeremías Bentham es una obra editada a finales del siglo XVIII que ha permanecido desconocida. Sin embargo, tú has escrito una serie de frases sobre ella tan sorprendentes como éstas: “Un acontecimiento en la historia del espíritu humano”, “Una especie de huevo de Colón en el campo de la política”. Por lo que se refiere a su autor, el jurista inglés Jeremías Bentham, lo has presentado como el “Fourier de una sociedad policial”.(1) Para nosotros es un misterio. Pero, explícanos, cómo has descubierto El Panóptico.

Michel Foucault: Estudiando los orígenes de la medicina clínica; había pensado hacer un estudio sobre la arquitectura hospitalaria de la segunda mitad del siglo XVIII, en la época en la que se desarrolla el gran movimiento de reforma de las instituciones médicas. Quería saber cómo se había institucionalizado la mirada médica; cómo se había inscrito realmente en el espacio social; cómo la nueva forma hospitalaria era a la vez el efecto y el soporte de un nuevo tipo de mirada. Y examinando los diferentes proyectos arquitectónicos posteriores al segundo incendio del Hotel-Dieu en 1972 me di cuenta hasta qué punto el problema de la total visibilidad de los cuerpos, de los individuos, de las cosas, bajo una mirada centralizada, había sido uno de los principios básicos más constantes. En el caso de los hospitales este problema presentaba una dificultad suplementaria: era necesario evitar los contactos, los contagios, la proximidad y los amontonamientos, asegurando al mismo tiempo la aireación y la circulación del aire; se trataba a la vez de dividir el espacio y de dejarlo abierto, de asegurar una vigilancia que fuese global e individualizante al mismo tiempo, separando cuidadosamente a los individuos que debían ser vigilados. Había pensado durante mucho tiempo que estos eran problemas propios de la medicina del siglo XVIII y de sus concepciones teóricas.

Después, estudiando los problemas de la penalidad, he visto que todos los grandes proyectos de remozamiento de las prisiones (que dicho sea de paso aparecen un poco más tarde, en la primera mitad del siglo XIX), retornaban al mismo tema, pero ahora refiriéndose casi siempre a Bentham. Casi no existían textos ni proyectos acerca de las prisiones en los que no se encontrase el “invento” de Bentham, es decir, el “panóptico”.

El principio era: en la periferia un edificio circular; en el centro una torre; ésta aparece atravesada por amplias ventanas que se abren sobre la cara interior del círculo. El edificio periférico está dividido en celdas, cada una de las cuales ocupa todo el espesor del edificio. Estas celdas tienen dos ventanas: una abierta hacia el interior que se corresponde con las ventanas de la torre; y otra hacia el exterior que deja pasar la luz de un lado al otro de la celda. Basta pues situar un vigilante en la torre central y encerrar en cada celda un loco, un enfermo, un condenado, un obrero o un alumno. Mediante el efecto de contra-luz se pueden captar desde la torre las siluetas prisioneras en las celdas de la periferia proyectadas y recortadas en la luz. En suma, se invierte el principio de la mazmorra. La plena luz y la mirada de un vigilante captan mejor que la sombra que en último término cumplía una función protectora.

Sorprende constatar que mucho antes que Bentham esta preocupación existía ya. Parece que uno de los primeros modelos de esta visibilidad aislante había sido puesto en práctica en la Escuela militar de París en 1755 en lo referente a los dormitorios. Cada uno de los alumnos debía disponer de una celda con cristalera a través de la cual podía ser visto toda la noche sin tener ningún contacto con sus condiscípulos, ni siquiera con los criados. Existía además un mecanismo muy complicado con el único fin de que el peluquero pudiese peinar a cada uno de los pensionistas sin tocarlo físicamente: la cabeza del alumno pasaba a través de un tragaluz, quedando el cuerpo del otro lado de un tabique de cristales que permitía ver todo lo que ocurría. Bentham ha contado que fue su hermano el que visitando la Escuela militar tuvo la idea del panóptico. El tema de todas formas estaba presente. Las realizaciones de Claude-Nicolas Ledoux, concretamente la salina que construye en Arc-et-Senans, se dirigen al mismo efecto de visibilidad, pero con un elemento suplementario: que exista un punto central que sea el lugar del ejercicio y, al mismo tiempo, el lugar de registro del saber. De todos modos si bien la idea del panóptico es anterior a Bentham, será él quien realmente la formule, y la bautice. El mismo nombre de “panóptico” parece fundamental. Designa un principio global. Bentham no ha pues simplemente imaginado una figura arquitectónica destinada a resolver un problema concreto, como el de la prisión, la escuela o el hospital. Proclama una verdadera invención que él mismo denomina “huevo de Colón”. Y, en efecto, lo que buscaban los médicos, los industriales, los educadores y los penalistas, Bentham se lo facilita: ha encontrado una tecnología de poder específica para resolver los problemas de vigilancia. Conviene destacar una cosa importante: Bentham ha pensado y dicho que su procedimiento óptico era la gran innovación para ejercer bien y fácilmente el poder. De hecho, dicha innovación ha sido ampliamente utilizada desde finales del siglo XVIII. Sin embargo los procedimientos de poder puestos en práctica en las sociedades modernas son mucho más numerosos, diversos y ricos. Sería falso decir que el principio de visibilidad dirige toda la tecnología de poder desde el siglo XIX.

Michelle Perrot: ¡Pasando por la arquitectura! ¿Qué pensar por otra parte de la arquitectura como modo de organización política? Porque en último término todo es espacial, no solo mentalmente, sino materialmente en este pensamiento del siglo XVIII.

Foucault: Desde finales del siglo XVIII la arquitectura comienza a estar ligada a los problemas de población, de salud, de urbanismo. Antes, el arte de construir respondía sobre todo a la necesidad de manifestar el poder, la divinidad, la fuerza. El palacio y la iglesia constituían las grandes formas a las que hay que añadir las plazas fuertes: se manifestaba el poderío, se manifestaba el soberano, se manifestaba Dios. La arquitectura se ha desarrollado durante mucho tiempo alrededor de estas exigencias. Pero, a finales del siglo XVIII, aparecen nuevos problemas: se trata de servirse de la organización del espacio para fines económico-políticos.

Surge una arquitectura específica. Philippe Aries ha escrito cosas que me parecen importantes sobre el hecho de que la casa, hasta el siglo XVIII, es un espacio indiferenciado. En este espacio hay habitaciones en las que se duerme, se come, se recibe…, en fin poco importa. Después, poco a poco, el espacio se especifica y se hace funcional. Un ejemplo es el de la construcción de las ciudades obreras en los años 1830-1870. Se fijará a la familia obrera; se le va a prescribir un tipo de moralidad asignándole un espacio de vida con una habitación que es el lugar de la cocina y del comedor, otra habitación para los padres, que es el lugar de la procreación, y la habitación de los hijos. Algunas veces, en el mejor de los casos, habrá una habitación para las niñas y otra para los niños. Podría escribirse toda una “historia de los espacios” -que sería al mismo tiempo una “historia de los poderes”- que comprendería desde las grandes estrategias de la geopolítica hasta las pequeñas tácticas del habitat, de la arquitectura institucional, de la sala de clase o de la organización hospitalaria, pasando por las implantaciones económico-políticas. Sorprende ver cuánto tiempo ha hecho falta para que el problema de los espacios aparezca como un problema histórico-político, ya que o bien el espacio se reenviaba a la “naturaleza” -a lo dado, a las determinaciones primeras, a la “geografía física”- es decir a una especie de capa “prehistórica”, o bien se lo concebía como lugar de residencia o de expansión de un pueblo, de una cultura, de una lengua, o de un Estado. En suma, se lo analizaba o bien como suelo, o bien como aire; lo que importaba era el sustrato o las fronteras. Han sido necesarios Marc Bloch y Fernand Braudel para que se desarrolle una historia de los espacios rurales o de los espacios marítimos. Es preciso continuarla sin decirse simplemente que el espacio predetermina una historia que a su vez lo remodela y se sedimenta en él. El anclaje espacial es una forma económico-política que hay que estudiar en detalle. Entre todas las razones que han inducido durante tanto tiempo a una cierta negligencia respecto a los espacios, citaré solamente una que concierne al discurso de los filósofos. En el momento en el que comenzaba a desarrollarse una política reflexiva de los espacios (finales del siglo XVIII), las nuevas adquisiciones de la física teórica y experimental desalojaron a la filosofía de su viejo derecho de hablar del mundo, del cosmos, del espacio finito e infinito. Esta doble ocupación del espacio por una tecnología política y por una práctica científica ha circunscrito la filosofía a una problemática del tiempo. Desde Kant, lo que el filósofo tiene que pensar es el tiempo -Hegel, Bergson, Heidegger-, con una descalificación correlativa del espacio que aparece del lado del entendimiento, de lo analítico, de lo conceptual, de lo muerto, de lo fijo, de lo inerte. Recuerdo haber hablado, hace una docena de años de estos problemas de una política de los espacios, y se me respondió que era bien reaccionario insistir tanto sobre el espacio, que el tiempo, el proyecto, era la vida y el progreso. Conviene decir que este reproche venía de un psicólogo -verdad y vergüenza de la filosofía del siglo XIX-.

M. P.: De paso, me parece que la noción de sexualidad es muy importante tal como señaló Ud. a propósito de la vigilancia en el caso de los militares; de nuevo aparece este problema con la familia obrera; es sin duda fundamental.

Foucault: Totalmente de acuerdo. En estos temas de vigilancia, y en particular de la vigilancia escolar, los controles de la sexualidad se inscriben en la arquitectura. En el caso de la Escuela militar las paredes hablan de la lucha contra la homosexualidad y la masturbación.

M. P.: Siguiendo con la arquitectura, ¿no le parece que individuos como los médicos, cuya participación social es considerable a finales del siglo XVIII, han desempeñado de algún modo un papel de organizadores del espacio? La higiene social nace entonces; en nombre de la limpieza, la salud, se controlan los lugares que ocupan unos y otros. Y los médicos, con el renacimiento de la medicina hipocrática, se sitúan ente los más sensibilizados al problema del entorno, del lugar, de la temperatura, datos que encontramos en la encuesta de Howard sobre las prisiones (2).

Foucault: Los médicos eran entonces en cierta medida especialistas del espacio. Planteaban cuatro problemas fundamentales: el de los emplazamientos (climas regionales, naturaleza de los suelos, humedad y sequedad: bajo el nombre de “constitución”, estudiaban la combinación de los determinantes locales y de las variaciones de estación que favorecen en un momento dado un determinado tipo de enfermedad); el de las coexistencias(ya sea de los hombres entre sí: densidad y proximidad; ya sea de los hombres y las cosas: aguas, alcantarillado, ventilación; ya sea de los hombres entre sí: densidad y proximidad; ya sea de los hombres y los animales: mataderos, establos; ya sea de los hombres y los muertos: cementerios); el de las residencias (hábitat, urbanismo); el de los desplazamientos (emigración de los hombres, propagación de las enfermedades). Los médicos han sido con los militares, los primeros gestores del espacio colectivo. Pero los militares pensaban sobre todo el espacio de las “campañas” (y por lo tanto el de los “pasos”) y el de las fortalezas. Los médicos han pensado sobre todo el espacio de las residencias y el de las ciudades. No recuerdo quién ha buscado en Montesquieu y en Augusto Comte las grandes etapas del pensamiento sociológico. Es ser bien ignorante. El saber sociológico se forma más bien en prácticas tales como las de los médicos. Guepin ha escrito en los mismos comienzos del siglo XIX un maravilloso análisis de la ciudad de Nantes.

De hecho, si la intervención de los médicos ha sido tan capital en esta época, se debe a que estaba exigida por todo un conjunto de problemas políticos y económicos nuevos: la importancia de los hechos de población.

M. P.: Es chocante además la gran cantidad de personas que se ven concernidas por la reflexión de Bentham. En distintos sitios dice haber resuelto los problemas de disciplina planteados por un gran número de individuos a cargo de unos pocos.

Foucault: Al igual que sus contemporáneos Bentham se encuentra con el problema de la acumulación de hombres. Pero mientras que los economistas planteaban el problema en términos de riqueza (población-riqueza ya que mano de obra, fuente de actividad económica, consumo; y población-pobreza ya que excedente u ociosa), Bentham plantea la cuestión en términos de poder: la población como blanco de las relaciones de dominación. Se puede decir, creo, que los mecanismos de poder, que intervenían incluso en una monarquía administrativa tan desarrollada como la francesa, dejaban aparecer huecos bastante amplios: sistema lacunar, aleatorio, global, que no entra en detalles, que se ejerce sobre grupos solidarios o practica el método del ejemplo (como puede verse claramente en el sistema fiscal o en la justicia criminal); el poder tenía pues una débil capacidad de “resolución” como se diría en términos de fotografía, no era capaz de practicar un análisis individualizante y exhaustivo del cuerpo social. Ahora bien, las mutaciones económicas del siglo XVIII han hecho necesaria una circulación de los efectos de poder a través de canales cada vez más finos, hasta alcanzar a los propios individuos, su cuerpo, sus gestos, cada una de sus habilidades cotidianas. Que el poder, incluso teniendo que dirigir a una multiplicidad de hombres, sea tan eficaz como si se ejerciese sobre uno solo.

M. P.: Los crecimientos demográficos del siglo XVIII han contribuido sin duda al desarrollo de un poder semejante.

J.-P. B.: ¿No es sorprendente entonces saber que la Revolución francesa a través de personas como La Fayette, ha acogido favorablemente el proyecto del panóptico? Se sabe que Bentham, como premio a sus desvelos, ha sido hecho “Ciudadano francés” en 1791.

Foucault: Yo diría que Bentham es el complemento de Rousseau. ¿Cuál es, en efecto, el sueño rousseauniano que ha animado a tantos revolucionarios?: el de una sociedad transparente, visible y legible a la vez en cada una de sus partes; que no existan zonas oscuras, zonas ordenadas por los privilegios del poder real o por las prerrogativas de tal o tal cuerpo, o incluso por el desorden; que cada uno, desde el lugar que ocupa, pueda ver el conjunto de la sociedad; que los corazones se comuniquen unos con otros, que las miradas no encuentren ya obstáculos, que la opinión reine, la de cada uno sobre cada uno. Starobinski ha escrito páginas muy interesantes respecto a este tema en La Transparencia y el obstáculo y en La invención de la libertad.

Bentham es a la vez esto y todo lo contrario. Plantea el problema de la visibilidad, pero pensando en una visibilidad totalmente organizada alrededor de una mirada dominadora y vigilante. Hace funcionar el proyecto de una visibilidad universal, que actuaría en provecho de un poder riguroso y meticuloso. Así, sobre el gran tema rousseauniano -que es en alguna medida el lirismo de la Revolución- se articula la idea técnica del ejercicio de un poder “omnicontemplativo” que es la obsesión de Bentham. Los dos se unen y el todo funciona: el lirismo de Rousseau y la obsesión de Bentham.

M. P.: Hay una frase en el Panóptico: “Cada camarada se convierte en un vigilante”.

Foucault: Rousseau habría dicho justamente lo inverso: que cada vigilante sea un camarada. Véase El Emilio: el preceptor de Emilio es un vigilante, es necesario que sea también un camarada.

J.-P. B.: La Revolución francesa no sólo no hace una lectura próxima a la que hacemos ahora sino que incluso encuentra en el proyecto de Bentham miras humanitarias.

Foucault: Justamente, cuando la Revolución se pregunta por una nueva justicia el resorte para ella será la opinión. Su problema, de nuevo, no ha sido hacer que las gentes fuesen castigadas; sino hacer que ni siquiera puedan actuar mal en la medida en que se sentirían sumergidas, inmersas, en un campo de visibilidad total en el cual la opinión de los otros, la mi-rada de los otros, el discurso de los otros, les impidan obrar mal o hacer lo que es nocivo. Esto está presente constantemente en los textos de la Revolución.

M. P.: El contexto inmediato ha jugado también su papel en la adopción del panóptico por la Revolución: en este momento el problema de las cárceles está a la orden del día. A partir de 1770 tanto en Inglaterra como en Francia existe una fuerte inquietud respecto a este tema como puede constatarse a través de la encuesta de Howard sobre las prisiones traducida al francés en 1788. Hospitales y cárceles son dos grandes temas de discusión en los salones parisinos, en los círculos ilustrados. Se ha convertido en algo escandaloso el que las prisiones sean lo que son: una escuela del vicio y del crimen; y lugares tan desprovistos de higiene que en ellos se muere uno. Los médicos comienzan a decir cómo se deteriora el cuerpo, cómo se dilapida en semejantes sitios. Llegada la Revolución francesa, emprende a su vez una encuesta de alcance europeo. Un tal Duquesnoy es el encargado de hacer un informe sobre los establecimientos llamados “de humanidad”, vocablo que comprende hospitales y prisiones.

Foucault: Un miedo obsesivo ha recorrido la segunda mitad del siglo XVIII: el espacio oscuro, la pantalla de oscuridad que impide la entera visibilidad de las cosas, las gentes, las verdades. Disolver los fragmentos de noche que se oponen a la luz, hacer que no existan más espacios oscuros en la sociedad, demoler esas cámaras negras en las que se fomenta la arbitrariedad política, los caprichos del monarca, las supersticiones religiosas, los complots de los tiranos y los frailes, las ilusiones de ignorancia, las epidemias. Los castillos, los hospitales, los depósitos de cadáveres, las casas de corrección, los conventos, desde antes de la Revolución han suscitado una desconfianza o un odio que no fueron subestimados; el nuevo orden político y moral no puede instaurarse sin su desaparición. Las novelas de terror en la época de la Revolución, desarrollan todo un mundo fantástico de la muralla, de la sombra, de lo oculto, de la mazmorra, de todo aquello que protege en una complicidad significativa, a los truhanes y a los aristócratas, a los monjes y a los traidores: los paisajes de Ann Radcliffe son montañas, bosques, cuevas, castillos en ruinas, conventos en los que la oscuridad y el silencio dan miedo. Ahora bien, estos espacios imaginarios son como la “contra-figura” de las transparencias y de las visibilidades que se intentan establecer entonces. Este reino de “la opinión” que se invoca con tanta frecuencia en esta época, es un modo de funcionamiento en el que el poder podría ejercerse por el solo hecho de que las cosas se sabrán y las gentes serán observadas por una especie de mirada inmediata, colectiva y anónima. Un poder cuyo recorte principal fuese la opinión no podría tolerar regiones de sombra. Si se han interesado por el proyecto de Bentham se debe a que, siendo aplicable a tantos campos diferentes, proporcionaba la fórmula de un “poder por transparencia”, de un sometimiento por “proyección de claridad”. El panóptico es un poco la utilización de la forma “castillo: (torreón rodeado de murallas) para paradójicamente crear un espacio de legibilidad detallada.

J.-P. B.: Son en definitiva los rincones ocultos del hombre lo que el Siglo de las Luces quiere hacer desaparecer.

Foucault: Indudablemente.

M. P.: Sorprenden también las técnicas de poder que funcionan en el interior del panóptico. La mirada fundamentalmente, y también la palabra puesto que existen esos famosos tubos de acero -extraordinaria invención- que unen el inspector central con cada una de las celdas en las que se encuentran, nos dice Bentham, no un prisionero sino pequeños grupos de prisioneros. En último término, la importancia de la disuasión está muy presente en el texto de Bentham: “Ës preciso -dice- estar incesantemente bajo la mirada de un inspector; perder la facultad de hacer el mal y casi el pensamiento de quererlo”. Nos encontramos de lleno con las preocupaciones de la Revolución: impedir a las gentes obrar mal, quitarles las ganas de desearlo, en resumen: no poder y no querer.

Foucault: Estamos hablando de dos cosas: de la mirada y de la interiorización. Y, en el fondo, ¿no se trata del problema del precio del poder? El poder, de hecho, no se ejerce sin gastos. Existe evidentemente el coste económico, y Bentham lo dice. ¿Cuántos vigilantes hacen falta? ¿Cuánto, en definitiva, costará la máquina? Pero está además el coste propiamente político. Si se es muy violento se corre el riesgo de suscitar insurrecciones; si se interviene de forma discontinua se arriesga uno a dejar que se produzcan, en los intervalos, fenómenos de resistencia de un coste político elevado. Así funcionaba el poder monárquico. Por ejemplo, la justicia que detenía una proporción irrisoria de criminales, argumentaba diciendo: conviene que el castigo sea espectacular para que los demás tengan miedo. Poder violento por tanto que debía, mediante el ejemplo, asegurar las funciones de continuidad. A esto contestan los nuevos teóricos del siglo XVIII: es un poder demasiado costoso y con muy pocos resultados. Se hacen grandes gastos de violencia que en realidad no tienen valor de ejemplo, se ve uno incluso obligado a multiplicar las violencias, de forma tal, que se multiplican las rebeliones.

M. P.: Esto es lo que sucedió con las insurrecciones contra el patíbulo.

Foucault: Por el contrario, se cuenta con la mirada que va a exigir pocos gastos. No hay necesidad de armas, de violencias físicas, de coacciones materiales. Basta una mirada. Una mirada que vigile, y que cada uno, sintiéndola pesar sobre sí, termine por interiorizarla hasta el punto de vigilarse a sí mismo; cada uno ejercerá esta vigilancia sobre y contra sí mismo. ¡Fórmula maravillosa: un poder continuo y de un coste, en último término, ridículo! Cuando Bentham considera que él lo ha conseguido, cree que es el huevo de Colón en el orden de la política, una fórmula exactamente inversa a la del poder monárquico. De hecho, en las técnicas de poder desarrolladas en la época moderna, la mirada ha tenido una importancia enorme, pero como ya he dicho, está lejos de ser la única ni siquiera la principal instrumentación puesta en práctica.

M. P.: Parece que, respecto a esto, Bentham se plantea el problema del poder en función sobre todo de grupos pequeños. ¿Por qué? ¿Por qué piensa que la parte es el todo, y que si se logra el éxito a nivel de grupos puede luego extenderse al todo social? ¿O bien es que el conjunto social, el poder a nivel de todo social es algo que entonces no se concebía realmente? ¿Por qué?

Foucault: El problema consiste en evitar los obstáculos, las interrupciones; al igual que ocurría en el Antiguo Régimen, con las barreras que presentaban a las decisiones de poder los cuerpos constituidos, los privilegios de determinadas categorías, desde el clero, hasta las corporaciones, pasando por los magistrados. Del mismo modo que las barreras que, en el Antiguo Régimen presentaban los cuerpos constituidos, los privilegios de determinadas categorías a las decisiones de poder. La burguesía comprende perfectamente que una nueva legislación o una nueva Constitución no son garantía suficiente para mantener su hegemonía. Se da cuenta de que debe inventar una tecnología nueva que asegure la irrigación de todo el cuerpo social de los efectos de poder llegando hasta sus más ínfimos resquicios. Y en esto precisamente la burguesía ha hecho no sólo una revolución política sino que también ha sabido implantar una hegemonía social que desde entonces conserva. Esta es la razón por la que todas estas invenciones han sido tan importantes y han hecho de Bentham uno de los inventores más ejemplares de la tecnología de poder.

J.-P. B.: No obstante, no se sabe a quién beneficia el espacio organizado tal como Bentham preconiza, si a los que habitan la torre central o a los que vienen a visitarla. Se tiene la sensación de estar ante un mundo infernal del que no escapa nadie, ni los que son observados ni los que observan.

Foucault: Esto es sin duda lo que hay de diabólico en esta idea como en todas las aplicaciones a que ha dado lugar. No existe en ella un poder que radicaría totalmente en alguien y que ese alguien ejercería él solo y de forma absoluta sobre los demás; es una máquina en la que todo el mundo está aprisionado, tanto los que ejercen el poder como aquellos sobre los que el poder se ejerce. Pienso que esto es lo característico de las sociedades que se instauran en el siglo XIX. El poder ya no se identifica sustancialmente con un individuo que lo ejercería o lo poseería en virtud de su nacimiento, se convierte en una maquinaria de la que nadie es titular. Sin duda, en esta máquina nadie ocupa el mismo puesto, sin duda ciertos puestos son preponderantes y permiten la producción de efectos de supremacía. De esta forma, estos puestos pueden asegurar una dominación de clase en la misma medida en que disocian el poder de la potestad individual.

M. P.: El funcionamiento del panóptico es, desde este punto de vista, un tanto contradictorio. Está el inspector principal que desde la torre central vigila a los prisioneros. Pero, al mismo tiempo, vigila a sus subalternos, es decir, al personal; este inspector central no tiene ninguna confianza en los vigilantes, e incluso se refiere a ellos de un modo un tanto despectivo pese a que, en principio, están destinados a serle próximos. ¡Pensamiento, pues, aristocrático!

Pero, al mismo tiempo, quisiera hacer esta observación en lo que se refiere al personal subalterno: ha constituido un problema para la sociedad industrial. No ha sido cómodo para los patronos encontrar capataces, ingenieros capaces de dirigir y de vigilar las fábricas.

Foucault: Es un problema considerable que se plantea en el siglo XVIII. Se puede constatar claramente en el caso del ejército, cuando fue necesario fabricar “suboficiales” que tuviesen conocimientos auténticos para organizar eficazmente las tropas en caso de maniobras tácticas, con frecuencia difíciles, tanto más difíciles cuanto que el fusil acababa de ser perfeccionado. Los movimientos, los desplazamientos, las filas, las marchas exigían este personal disciplinario. Más tarde los talleres vuelven a plantear a su modo el mismo problema; también la escuela con sus maestros, sus ayudantes, sus vigilantes. La iglesia era entonces uno de los raros cuerpos sociales en el que existían pequeños cuadros competentes. El religioso, ni muy alfabetizado ni totalmente ignorante, el cura, el vicario entraron en lid cuando se necesitó escolarizar a centenas de millares de niños. El Estado no se dotó con pequeños cuadros similares hasta mucho más tarde. Igual sucedió con los hospitales. No hace aún mucho que el personal subalterno hospitalario continuaba estando constituido en su mayoría por religiosas.

M. P.: Estas mismas religiosas han desempeñado un papel considerable en la aplicación de las mujeres al trabajo: aquí se sitúan los famosos internados del siglo XIX en los que vivía y trabajaba un personal femenino bajo el control de religiosas formadas especialmente para ejercer la disciplina de las fábricas.

El Panóptico está lejos de estar exento de estas preocupaciones ya que se puede constatar la existencia de esta vigilancia del inspector principal sobre el personal subalterno, y esta vigilancia sobre todos, a través de las ventanas de la torre, sucesión ininterrumpida de miradas que hace pensar en “cada camarada se convierte en un vigilante”, hasta el punto de que se tiene la impresión, un poco vertiginosa, de estar en presencia de una invención que en alguna medida se va de las manos de su creador. Bentham, en un principio, quiere confiar en un poder único: el poder central. Pero, leyéndolo uno se pregunta, ¿a quién mete Bentham en la torre? ¿Al ojo de Dios? Sin embargo Dios está poco presente en su texto; la religión no desempeña sino un papel de utilidad. Entonces, ¿a quién? En definitiva es preciso decir que el mismo Bentham no ve muy claro a quien confiar el poder.

Foucault: Bentham no puede confiar en nadie en la medida en que nadie debe ser lo que era el rey en el antiguo sistema, es decir, la fuente del poder y de la justicia. La teoría de la monarquía lo suponía. Era preciso confiar en el rey. Por su propia existencia, querida por Dios, él era la fuente de la justicia, de la ley, del poder. El poder que radicaba en su persona no podía sino ser bueno; un mal rey equivalía a un accidente de la historia o a un castigo del soberano absolutamente perfecto, Dios. Por el contrario, no se puede confiar en nadie cuando el poder está organizado como una máquina que funciona según engranajes complejos, en la que lo que es determinante es el puesto de cada uno, no su naturaleza. Si la máquina fuese tal que alguien estuviese fuera de ella, o que tuviese él solo la responsabilidad de su gestión, el poder se identificaría a un hombre y estaríamos de nuevo en un poder de tipo monárquico. En el Panóptico, cada uno, según su puesto, está vigilado por todos lo demás, o al menos por alguno de ellos; se está en presencia de un aparato de desconfianza total y circulante porque carece de un punto absoluto. La perfección de la vigilancia es una suma de insidias.

J.-P. B.: Una maquinaria diabólica, como has dicho, que no perdona a nadie. La imagen quizá del poder de hoy. Pero, ¿cómo crees que se ha llegado hasta aquí? ¿Por voluntad de quién y con qué objeto?

Foucault: La cuestión del poder se simplifica cuando se plantea únicamente en términos de legislación o de Constitución; o en términos de Estado o de aparato de Estado. El poder es sin duda más complicado, o de otro modo, más espeso y difuso que un conjunto de leyes o un aparato de Estado. No se puede comprender el desarrollo de las fuerzas productivas propias del capitalismo, ni imaginar su desarrollo tecnológico, si no se conocen al mismo tiempo los aparatos de poder. En el caso, por ejemplo, de la división de trabajo en los grandes talleres del siglo XVIII, ¿cómo se habría llegado a este reparto de tareas si no hubiese existido una nueva distribución del poder al propio nivel del remodelamiento de las fuerzas productivas? Lo mismo sucede con el ejército moderno: no basta con que exista otro tipo de armamento, ni otra forma de reclutamiento, fue necesario que se produjera a la vez esta nueva distribución de poder que se llama disciplina, con sus jerarquías, sus cuadros, sus inspecciones, sus ejercicios, sus condicionamientos y domesticaciones. Sin esto, el ejército tal como ha funcionado desde el siglo XVIII no hubiera sido posible.

J.-P. B.: De todos modos, ¿existe alguien o algunos que impulsan el todo?

Foucault: Se impone una distinción. Está claro que en un dispositivo como el ejército, el taller o cualquier tipo de institución, la red del poder adopta una forma piramidal. Existe pues una cúspide. Sin embargo incluso en un caso así de simple, esta “cúspide” no es la “fuente” o el “principio” de donde se derivaría todo el poder como de un centro luminoso (esta es la imagen según la cual se representa a la monarquía). La cúspide y los elementos inferiores de la jerarquía están en una relación de sostén y de condicionamiento recíprocos; se “sostienen” (el poder como “chantaje” mutuo e indefinido). Pero si lo que me preguntas es si esta nueva tecnología de poder tiene históricamente su origen en un individuo o en un grupo de individuos determinados, que habrían decidido aplicarla para servir sus propios intereses y utilizar así, en su beneficio, el cuerpo social, te responderé: no. Estas tácticas han sido inventadas, organizadas, a partir de condiciones locales y de urgencias concretas. Se han perfilado palmo a palmo antes de que una estrategia de clase las solidifique en amplios conjuntos coherentes. Hay que señalar además que estos conjuntos no consisten en una homoge-neización sino más bien en un juego complejo de apoyos que adoptan los diferentes mecanismos de poder unos sobre otros permaneciendo sin embargo en su especificidad. Así, actualmente, la interrelación entre medicina, psiquiatría, psicoanálisis, escuela, justicia, familia, en lo que se refiere a los niños, no homogeneiza estas distintas instancias sino que establece entre ellas conexiones, reenvíos, complementariedades, delimitaciones, lo que supone que cada una conserva hasta cierto punto las modalidades que le son propias.

M. P.: Ud. rechaza la idea de un poder que sería una super-estructura, pero no la idea de un poder que es, en cierto modo, consustancial al desarrollo de las fuerzas productivas, que forma parte de él.

Foucault: Por supuesto. Y el poder se transforma continuamente con estas fuerzas. El Panóptico era una utopía-programa. Pero ya en la época de Bentham el tema de un poder espacializante, vigilante, inmovilizante, en una palabra, disciplinario, estaba desbordado por mecanismos mucho más sutiles que permitían la regulación de los fenómenos de población, el control de sus oscilaciones, la compensación de sus irregularidades. Bentham es “arcaizante” por la importancia que da a la mirada, es muy actual por la importancia que concede a las técnicas de poder en general.

M. P.: No existe un Estado global, existen micro-sociedades, microcosmos que se instauran.

J.-P. B.: ¿Es preciso entonces, frente al despliegue del panóptico, poner en cuestión la sociedad industrial? ¿O conviene hacer responsable a la sociedad capitalista?

Foucault: ¿Sociedad industrial o sociedad capitalista? No sabría responder si no es diciendo que estas formas de poder se encuentran también en las sociedades socialistas: la transferencia ha sido inmediata. Pero, sobre este punto, preferiría que intervenga la historiadora.

M. P.: Es cierto que la acumulación de capital surge por una tecnología industrial y por la puesta en marcha de todo un aparato de poder. Pero no es menos cierto que un proceso semejante aparece de nuevo en la sociedad socialista soviética. El estalinismo, en cierto modo, corresponde también a un período de acumulación de capital y de instauración de un poder fuerte.

J.-P. B.: De nuevo encontramos, como de pasada, la noción de beneficio; en este sentido, la máquina inhumana de Bentham se muestra como algo muy valioso, al menos para algunos.

Foucault: ¡Evidentemente! Habría que tener el optimismo un poco ingenuo de los dandys del siglo XIX para imaginarse que la burguesía es tonta. Por el contrario, conviene tener en cuenta sus golpes de genio. Y, entre ellos justamente, está el hecho de que ha sido capaz de construir máquinas de poder que posibilitan circuitos de beneficios los cuales, a su vez, refuerzan y modifican los dispositivos de poder, y esto de forma dinámica y circular. El poder feudal, funcionando por deducciones y gasto, se minaba a sí mismo. El de la burguesía se mantiene no por la conservación sino mediante transformaciones sucesivas. De aquí se deriva que la posibilidad de su caída y de la Revolución formen parte de su historia prácticamente desde sus comienzos.

M. P.: Se puede señalar que Bentham concede una enorme importancia al trabajo, al que se refiere una y otra vez.

Foucault: Ello responde al hecho de que las técnicas de poder se han inventado para responder a las exigencias de la producción. Me refiero a la producción en un sentido amplio (puede tratarse de “producir” una destrucción, como en el caso del ejército).

J.-P. B.: Cuando, dicho sea de paso, empleas el término “trabajo” en tus libros, raramente lo haces en relación al trabajo productivo.

Foucault: Porque se da el caso de que me he ocupado de gentes que estaban situadas fuera de los circuitos del trabajo productivo: los locos, los enfermos, los prisioneros, y actualmente los niños. El trabajo para ellos, tal como deben realizarlo, tiene un valor predominante disciplinario.

J.-P.B.: El trabajo como forma de domesticación. ¿No se da siempre?

Foucault: Por supuesto. Siempre se ha hablado de la triple función del trabajo: función productiva, función simbólica y función de domesticación o disciplinaria. La función productiva es sensiblemente igual a cero para las categorías de las que me ocupo, mientras que las funciones simbólica y disciplinaria son muy importantes. Pero, lo más frecuente, es que coexisten los tres componentes.

M.P.: Bentham, en todo caso, me parece muy seguro de sí, muy confiado en el poder penetrante de la mirada. Se tiene incluso la sensación de que no calibra muy bien el grado de opacidad y de resistencia del material que ha de corregir, que ha de integrar en la sociedad -los famosos prisioneros-. Además, ¿no es el panóptico de Bentham, en cierto modo, la ilusión del poder?

Foucault: Es la ilusión de casi todos los reformadores del siglo XVIII que han concedido a la opinión un poder considerable. Puesto que la opinión necesariamente era buena por ser la conciencia inmediata de cuerpo social entero, los reformadores creyeron que las gentes se harían virtuosas por el hecho de ser observadas. La opinión era para ellos como la reactualización espontánea del contrato. Desconocían las condiciones reales de la opinión, los “media”, una materialidad que está aprisionada en los mecanismos de la economía y del poder bajo la forma de la prensa, de la edición, y más tarde del cine y de la televisión.

M. P.: Cuando dices que han desconocido los “media”, quieres decir que no se han dado cuenta de que les haría falta utilizarlos.

Foucault: Y que esos media estarían necesariamente dirigidos por intereses económicos-políticos. No percibieron los componentes materiales y económicos de la opinión. Creyeron que la opinión sería justa por naturaleza, que se extendería por sí misma, y que sería una especie de vigilancia democrática. En el fondo, es el periodismo -innovación capital del siglo XIX- el que ha puesto de manifiesto el carácter utópico de toda esta política de la mirada.

M. P.: En general los pensadores desconocen las dificultades que van a encontrar para hacer “prender” su sistema. Ignoran que siempre habrá escapatorias y que las resistencias jugarán su papel. En el terreno de las cárceles, los detenidos no han sido gente pasiva; es Bentham quien nos hace pensar lo contrario. El discurso penitenciario se despliega como si no existiese nadie frente a él, como si no existiese más que una “Tábula rasa”, gente que hay que reformar para arrojar luego al circuito de la producción. En realidad hay un material -los detenidos- que resiste de un modo formidable. Lo mismo se podría decir del taylorismo, sistema que constituye una extraordinaria invención de un ingeniero que quiere luchar contra la gandulería, contra todo lo que hace más lento el ritmo de producción. Pero en última instancia, se puede uno preguntar:¿ha funcionado realmente alguna vez el taylorismo?

Foucault: En efecto, otro de los elementos que sitúa también a Bentham en lo irreal es la resistencia efectiva de las gentes. Cosas que Vd., Michelle Perrot, ha estudiado. ¿Cómo se ha opuesto la gente en los talleres, en las ciudades, al sistema de vigilancia, de pesquisas continuas? ¿Tenían conciencia del carácter coactivo, de sometimiento insoportable de esta vigilancia? ¿O lo aceptaban como algo natural? En suma, ¿han existido insurrecciones contra la mirada?

M. P.: Sí, han existido insurrecciones contra la mirada. La repugnancia de los trabajadores a habitar las ciudades obreras es un hecho patente. Las ciudades obreras, durante mucho tiempo, han sido un fracaso. Lo mismo sucede con la distribución del tiempo tan presente en el Panóptico. La fábrica y sus horarios han suscitado durante largo tiempo una resistencia pasiva que se traducía en el hecho de que, simplemente, no se iba. Es la prodigiosa historia del San Lunes en el siglo XIX, día que los obreros habían inventado para “tomar aire” cada semana. Han existido múltiples formas de resistencia al sistema industrial obligando a los patrones a dar marcha atrás en el primer momento. Otro ejemplo: los sistemas de micro-poderes no se han instaurado de forma inmediata. Este tipo de vigilancia y de encuadramiento se ha desarrollado, en un primer tiempo, en los sectores mecanizados que contaban mayoritariamente con mujeres o niños, es decir, con personas habituadas a obedecer: la mujer a su marido, el niño a su familia. Pero en los sectores digamos viriles, como la metalurgia, se observa una situación muy distinta. La patronal no llega a implantar inmediatamente su sistema de vigilancia, y debe, durante la primera mitad del siglo XIX, delegar sus poderes. Establece un contrato con el equipo de obreros a través de su jefe que es generalmente el obrero más anciano o más cualificado. Se ejerce un verdadero contra-poder por parte de los obreros profesionales, contra-poder que comporta algunas veces dos facetas: una contra la patronal en defensa de la comunidad obrera, la otra, a veces, contra los mismos obreros ya que el jefecillo oprime a sus aprendices o a sus camaradas. En realidad, estas formas de contra-poder obrero existieron hasta el momento en que la patronal supo mecanizar las funciones que se le escapaban, pudiendo abolir así el poder del obrero profesional. Existen numerosos ejemplos: en el caso de los laminadores, el jefe de taller tuvo los medios para resistir al patrón hasta el momento en que entraron en escena máquinas casi automáticas. El golpe de ojo del laminador -de nuevo aquí la mirada- que juzgaba si la materia estaba a punto será sustituido por el control térmico; basta la lectura de un termómetro.

Foucault: Sabido esto, hay que analizar el conjunto de las resistencias al panóptico en términos de táctica y de estrategia, pensando que cada ofensiva que se produce en un lado sirve de apoyo a una contra-ofensiva del otro. El análisis de los mecanismos de poder no tiene como finalidad mostrar que el poder es anónimo y a la vez victorioso siempre. Se trata, por el contrario, de señalar las posiciones y los modos de acción de cada uno, las posibilidades de resistencia y de contra-ataque de unos y otros.

J.-P. B.: Batallas, acciones, reacciones, ofensivas y contraofensivas, hablas como un estratega. Las resistencias al poder, ¿tendrían características esencialmente físicas? ¿Qué pasa con el contenido de las luchas y las aspiraciones que se manifiestan en ellas?

Foucault: En efecto, esa es una cuestión teórica y de método importante. Me sorprende una cosa: se utiliza mucho, en determinados discursos políticos el vocabulario de las relaciones de fuerza; el término “lucha” es uno de los que aparecen con más frecuencia. Ahora bien, me parece que se duda a la hora de sacar consecuencias, e incluso, a la de plantear el problema que subyace a este vocabulario. Quiero decir: ¿Hay que analizar estas “luchas” en tanto que peripecias de una guerra? ¿Hay que descifrarlas a partir de un código que sería el de la estrategia y de la táctica? ¿La relación de fuerzas en el orden de la política es una relación de guerra? Personalmente no me siento de momento preparado para responder sí o no de una forma definitiva. Pienso solamente que la pura y simple afirmación de una “lucha” no puede servir de explicación primera y última en los análisis de las relaciones de poder. Este tema de la lucha no es operativo más que si se establece concretamente, y respecto a cada caso: quién está en la lucha, en qué lugar, con qué instrumentos y con qué racionalidad. En otros términos, si se toma en serio la afirmación de que la lucha está en el corazón de las relaciones de poder, hay que tener presente que la brava y vieja “lógica” de la contradicción no basta, ni con mucho, para desembrollar los procesos reales.

M. P.: Dicho de otro modo, y para volver al panóptico, Bentham no proyecta sólo una sociedad utópica, describe también una sociedad existente.

Foucault: Describe en la utopía un sistema general de mecanismos concretos que existen realmente.

M. P.: Y, para los prisioneros, ¿tiene sentido tomar la torre central?

Foucault: Sí, con la condición de que éste no sea el sentido final de la operación. Los prisioneros haciendo funcionar el panóptico y asentándose en la torre, ¿cree Ud. que entonces sería mucho mejor que con los vigilantes?

NOTAS

(1) Michel Foucault describe así El Panóptico y a Jeremías Bentham en su obra Vigilar y castigar. Siglo XXI, México, 1976.

(2) John Howard publica los resultados de su encuesta en su libro: The State of the Prisions in England and Wales, with Preliminary Observations and an Account of some Foreign Prisions and Hospitals (1777).

 

Ska Keller: “Tenemos un verdadero problema con el racismo en Alemania”

Histórica del activismo ecologista, la eurodiputada Franziska Maria ‘Ska’ Keller señala la obligación de luchar contra la deriva xenófoba y autoritaria en la UE y la necesidad de que esta lidere la lucha global contra el cambio climático como los dos grandes retos a corto plazo de los 28.

Por Pablo Rivas

Franziska Maria ‘Ska’ Keller (Brandemburgo, 1981) es una vieja conocida del movimiento ecologista y por las libertades alemán. Diputada en el parlamento de la UE por Bündnis 90/Die Grünen, hoy lidera el Partido Verde Europeo. Con la próxima cumbre del clima de Katowice a la vuelta de la esquina, y en una Europa donde la derecha más ultra se abre paso de Italia a Polonia, pasando por Francia o Alemania, Keller reclama una acción más contundente contra la xenofobia y el autoritarismo y la vuelta de la UE al liderazgo global contra un cambio climático que avanza cada vez más rápido.  

No se recuerda una manifestación ultra tan multitudinaria como la de Chemnitz en décadas, ¿qué está pasando en Alemania?

Desafortunadamente hemos tenido unas cuantas. Lo que tenemos es un verdadero problema con el racismo. Esto no es nuevo, pero creo que la gente se siente ahora más empoderada para expresar este tipo de ideas más abiertamente porque está siendo respaldada por algunos políticos conservadores, como el ministro del Interior, que declaró que los que se manifestaban no son racistas, sino ciudadanos preocupados, y él habría caminado junto a ellos. Esto les está dando alas y lanza el mensaje: “Seguid, nos gusta lo que estáis haciendo”, con lo que tenemos un problema a nivel de Gobierno.

Sin embargo, no debemos olvidar tampoco que hay muchísima gente que está trabajando muy duro contra el racismo, apoyando a los refugiados. Es la otra cara de la moneda que tiene mucha menos visibilidad mediática pero es mucho más fuerte.

La extrema derecha parece beneficiarse del discurso antirrefugiados en toda Europa, ¿nos dirigimos a un nuevo aumento de poder de los partidos ultras y xenófobos?

Ya tenemos partidos xenófobos y de ultraderecha con mucho poder. Creo que todo esto tiene que ver con unos partidos de centro-derecha desplazándose hacia la derecha con la idea de que así le arrancarán votos a la extrema derecha. Pero esto no ocurre así y lo que realmente están haciendo es legitimar a la ultraderecha. Están moviendo el debate a su terreno. Es una situación en la que tanto Europa como los partidos de centro-derecha salen perdiendo. Sin embargo, continúa con el paso del tiempo. Espero que podamos salir de este círculo vicioso.

Tenemos que darnos cuenta de que es ahora el momento de alzar la voz, por tus propios derechos humanos pero también por los de tu vecino. No es momento de quedarse sentado en el sofá siendo indiferente, pensando que alguien solucionará los problemas. Eso no pasará. Debemos alzarnos, y cuando lo hagamos nos daremos cuenta de que no estamos solos, que hay muchísima gente que piensa de la misma manera que nosotros. Creo que el problema está ahí: hay una mayoría contra la extrema derecha pero esta ni es suficientemente visible y ni es lo suficientemente activa.

España está envuelta en la polémica por las repatriaciones en caliente. En la última reunión entre Sánchez y Merkel se acordó mayor colaboración para estas acciones y más ayuda a Marruecos y Túnez, ¿qué te parece esa política adoptada por los dos países?

Las repatriaciones en caliente son ilegales, punto. Si alguien pide protección, tienes que darle la oportunidad de tener un procedimiento de asilo justo. Eso no quiere decir que tengas que aceptar a todo el mundo. Obviamente, hay un procedimiento de asilo por una razón, pero tenemos que tener una política de migración y asilo mucho más comprensiva.

Actualmente lo que pasa es que gente que necesita protección internacional cruza el Mediterráneo y, si lo consigue, llega a países que, por su posición geográfica, se ocupan de esta tarea. Esto tiene que cambiar. Necesitamos crear un sistema de formas y pasajes seguros legales para pedir asilo por reubicación, por ejemplo, o por visado humanitario, y necesitamos una distribución de los solicitantes de asilo en la UE, porque todo Estado miembro de la UE debe participar en el esfuerzo, que no es ni mucho menos un esfuerzo tan grande. Es un reto tener un sistema de asilo para integrar a todo el mundo, pero es un reto más pequeño si todo el mundo contribuye y no se deja a solo unos pocos países.

Por otro lado, necesitamos tener un sistema legal sobre migración mejor para que la gente que no viene buscando asilo, sino una vida mejor, tenga unos términos justos para una solicitar la posibilidad de venir de forma legal. Esto haría las cosas mucho más claras y eficientes. No debemos olvidar que Europa y sus Estados miembro contribuyen de forma importante a las razones por las que las gente tiene que emigrar, con la exportación de armas fuera de la UE a países como Arabia Saudí o con políticas de pesca y agricultura que hacen a la población afectada más pobre, sin posibilidad de conseguir sustento si no emigran. Así que tenemos que ser realistas y hacer algo para que la gente que tiene que migrar no tenga que hacerlo. Nadie quiere dejar su casa.

¿Una Europa que rechaza a los refugiados en el Mediterráneo se preocupa por una nueva figura que ha surgido en el mundo, como es el refugiado climático?

Las particularidades de la migración climática, al menos de momento, señalan que normalmente esta sucede dentro de las propias regiones, podríamos decir, natales. La gente emigra al pueblo vecino, a la región vecina o, quizá y como mucho, al país vecino. Lo que tenemos que hacer en la UE es hacer todo lo que podamos contra el cambio climático pero también preocuparnos de los refugiados climáticos que hay en otras regiones. No podemos decir, “vale, nos preocupamos de los que vienen aquí”, aunque ni siquiera estamos haciéndolo. Tenemos que ir más allá, porque la mayoría de la migración y los refugiados climáticos están en otras partes del mundo.

¿Cuáles son los principales retos medioambientales que tiene la UE en lo que queda de legislatura europea?

Tenemos muchísimos retos en Europa ahora mismo. Por ejemplo, está el problema de que algunos Estados miembro no están siguiendo algunos de los principios básicos de cooperación europea, democracia y libertades. Esto un reto importantísimo para la UE. Tenemos partidos de extrema derecha y gobiernos como el de Italia o Austria que van a ser todo un reto para la Unión. Y por encima de todo esto tenemos un calentamiento global que está socavando las bases de nuestra existencia. Este verano, así como el año entero, ha sido el más caluroso jamás registrado, con grandes incendios incluso en el norte de Suecia. Cualquiera puede ver que el cambio climático es real y que está pasando, no es algo que llegará en algún momento en el futuro. Tenemos que hacernos cargo de esto ahora.

La buena noticia es que sabemos qué hacer, la cuestión es si lo vamos a hacer. Este año es especialmente importante porque en diciembre tenemos la próxima cumbre del clima en Katowice, Polonia, donde vamos a tener que definir y presentar cuáles van a ser las medidas que vamos a llevar a cabo.

En la cumbre preparatoria de Bangkok no se han acercado apenas las posturas tanto sobre la financiación climática como sobre el incremento de las ambiciones para no quedarse en el aumento de 3,5 grados al que nos dirigimos hoy. ¿Cuál es tu impresión sobre el futuro de las negociaciones? ¿Corremos peligro de que se repita el fiasco de Bonn y que en Katowice se retrase la entrada en vigor del Acuerdo de París?

El Acuerdo de París es un gran éxito de las negociaciones. Es un acuerdo muy bueno sobre el papel, pero ahora se trata de hacerlo realidad, llevarlo a la práctica. Vale, queremos limitar el calentamiento global significativamente, está muy bien decirlo, pero ahora lo que tienes que decir es cómo vas a hacerlo, qué vas hacer exactamente para reducirlo, cuántas toneladas de CO2… Para mí está claro que la UE tiene que ser la que lidere el proceso, tenemos que ser más ambiciosos y liderar el cambio, porque nadie más va a hacerlo.

Si echamos un vistazo a cómo está el debate y a los niveles y objetivos nacionales… estamos muy muy lejos. Alemania siempre ha sido pionera acerca de nuevas energías y cambio climático, pero eso se acabó. El gobierno ha dicho oficialmente que no va a seguir los objtivos 2020. No podemos aceptar esto como Unión Europea.

Negociaciones climáticas aparte, el movimiento ecologista apuesta por un cambio en lo local para luchar contra el calentamiento global. ¿Están las empresas y las instituciones preparadas para afrontar una transición ecológica y una descarbonización real?

Tienen que estarlo, porque obviamente necesitan hacerlo para una transición de la economía si queremos mantener un planeta en el que podamos vivir, algo en lo que creo que todos estamos de acuerdo. Pero no hay que dejar de lado que también hay un montón de oportunidades en esta transición. Por ejemplo, alguien tendrá que fabricar productos que sean más eficientes energéticamente, o los paneles solares y los molinos de viento. Espero que las compañías vean esas oportunidades y empiecen a implementarlas pronto, así tendrían además una ventaja. También vamos a necesitar objetivos claros de renovables y de reducción de CO2 porque así las empresas sabrán a qué atenerse.

Y la sociedad civil, ¿está participando en este proceso todo lo que puede? ¿O no actuará hasta que las consecuencias del cambio climático estén en la puerta de nuestras casas?

Hay muchísimas iniciativas que realiza la sociedad civil para proteger el planeta. Es impresionante ver lo que está haciendo la gente comprometida, por ejemplo, por la transición para dejar atrás el carbón, o que está yendo a protestar a las cumbres climáticas para exigir una política real contra el cambio climático. La sociedad civil está mucho más avanzada en conciencia y acción que los gobiernos.

Hay muchas cosas que los individuos pueden hacer, en términos de movilidad o con los productos que compran en los supermercados, pero yo no diría que todo deben hacerlo los individuos. Podemos hacer mucho, por supuesto, y no necesitamos esperar a nadie para llevarlo a cabo, pero necesitamos un marco legislativo, necesitamos políticas que vayan en la dirección correcta porque podemos decidir, por ejemplo, que solo vamos a comprar productos de agricultura ecológica, pero eso no es algo que pueda permitirse todo el mundo, por lo que es importante que tengamos legislación al respecto.

¿La unión europea está en disposición de liderar la lucha contra el cambio climático o el poder de los lobbies es demasiado fuerte?

Bueno, en realidad, ya no estamos liderando esa lucha. De hecho, nadie lo está haciendo. Por eso creo que la UE debe, más que nunca, hacerlo; si no, nadie lo hará. Con Trump, los Estados Unidos están fuera. Hay muchas regiones y ciudades que están siendo pioneras allí, y eso está muy bien, pero mirando a los diferentes polos de poder, la UE es la única que tiene el potencial de hacerlo, y necesitamos tomarnos esta responsabilidad muy en serio.

Las nucleares españolas están llegando al fin de su vida útil programada y está por ver si se prorrogará su funcionamiento otros diez años. Alemania es un ejemplo de cómo abandonar esta energía, ¿ves posible el fin de las nucleares en España y Europa?

No veo ninguna complicación a dejar de usar energía nuclear. Es una tecnología extremadamente peligrosa y ya hemos visto que los accidentes ocurren. Y ocurrirán. No debemos olvidarlo, por lo que tenemos que acabar con esta energía en toda Europa. Por supuesto, hay que hacerlo con una buena estrategia de energías renovables, con eficiencia energía y un menor gasto energético, porque necesitamos urgentemente una transición energética. Como decía, la buena noticia es que sabemos qué hay que hacer, tenemos que apostar por renovables, investigar… y es perfectamente realizable, solo necesitamos querer hacerlo.

Se estima que en 2020 la producción de plástico global superará los 500 millones de toneladas anuales y los productos de un solo uso representan la inmensa mayoría de unos residuos marinos que inundan el mar. ¿Estáis satisfechos con las medidas adoptadas por la Unión Europea y con el proyecto de directiva de plásticos de un solo uso?

Nos complace que la Comisión Europea se preocupe de todo esto. Es la primera vez que vemos algo así, y está muy bien que quieran quitar de circulación los plásticos de un solo uso. Pero este proceso podría ir más rápido y más allá de lo que propone la Comisión, porque esta solo quiere que los Estados miembros tengan objetivos generales sobre esos productos de un solo uso, pero no dice cuándo y cuánto hay que reducirlos. Necesitamos concreción. Es bueno que empiecen a pensar en encarar el problema, pero el problema lleva sin resolverse demasiado tiempo y no es que tengamos demasiado para resolverlo. Pronto va a haber más plástico que peces en los océanos.

Equo ha sido el primer partido verde a nivel estatal que ha tenido cierto éxito tras años de intentos, ¿creéis que esta fórmula puede consolidarse y crecer en España?

Creo que Equo es un partido que funciona muy bien. En Catalunya ha existido un partido verde durante décadas, con lo que no me preocupa la representación verde en España. Estamos muy contentos de tener a Equo como un partido miembro [del grupo parlamentario europeo Los Verdes-Alianza Libre Europea], que es muy activo tanto en el parlamento español como en el europeo.

Es muy difícil para un partido verde, para cualquier partido realmente, mantenerse y estabilizarse en primera línea. En Alemania, por ejemplo, tomó muchos años, mucho esfuerzo y mucho activismo hasta que Los Verdes consiguieron un espacio estable. Veo eso mismo en Equo, ese entusiasmo por a cambiar cosas, y ya estamos viendo cómo están ayudando a cambiar las cosas en gobiernos locales, como por ejemplo en Madrid.

¿Cómo ves su estrategia de ir en coalición con Podemos e Izquierda Unida?

Cada partido verde decide por sí mismo en qué coalición quiere integrarse. Hasta donde yo veo, esa estrategia está funcionando muy bien en España.

La estimación de voto de Unidos Podemos ha caído en los últimos meses, ¿cómo ves el futuro de las fuerzas políticas verdes y progresistas en España?

Con el nuevo gobierno queda claro que no iba a ser siempre PP por el resto de nuestras vidas. Mayorías diferentes son posibles. Obviamente, no es fácil, pero puede haber cooperación, cambio y compromisos. Espero que haya más espacio para ideas progresistas en España en el futuro.

La conciencia ecológica crece en Europa. Hay elecciones en 2019: ¿crees que los grupos ecologistas pueden aumentar su peso en el Parlamento europeo?

En las elecciones europeas tenemos la oportunidad de representar y cooperar con la otra Europa. Toda esa gente que mencioné antes que está luchando contra la extrema derecha, por los derechos humanos, por las libertades civiles… Hay muchísima en toda Europa. En Polonia, por ejemplo, donde se han echado a las calles para protestar contra la reforma del sistema judicial, o en Rumanía, donde la gente se ha plantado contra la corrupción. Esa es la otra Europa, esas son las personas con las que quiero trabajar y cooperar. Tenemos una gran oportunidad porque la gente sabe lo que nos jugamos. Tienes que tomar partido, no es eso de “no voy a ir a votar porque va a ser lo mismo”. No estamos en ese punto, y creo que la gente se ha dado cuenta de ello.

Fuente: https://www.elsaltodiario.com/medioambiente/ska-keller-verdadero-problema-racismo-alemania

 

El imaginario social instituyente

Por Cornelius Castoriadis

La idea del imaginario social instituyente parece difícil de aceptar, y esto es comprensible. La misma situación se presenta cada vez que hablamos de una potencialidad , facultad , potencia . Porque nunca conocemos más que manifestaciones, efectos, productos -no aquello que son las manifestaciones. De allí las críticas a las concepciones de las facultades del alma -pero, dejando de lado el vocabulario, no queda claro qué se gana al hablar de funciones .

Evidentemente, lo mismo sucede con la imaginación. No podemos aprehenderla con nuestras manos, ni colocarla bajo un microscopio. Sin embargo, todo el mundo acepta que se hable de ella. ¿Por qué? ¿Porque podríamos indicarle un sustrato? ¿Y ese sustrato, podríamos colocarlo bajo un microscopio? No, pero cualquiera tiene la ilusión de comprender, porque cree saber que hay un alma , y cree conocer sus actividades.

Digamos que la imaginación es una función de este alma (e incluso del cerebro , aquí no molesta). ¿En qué consiste esa función ? Entre otras cosas, como hemos visto, en transformar las masas y energías en cualidades (de manera más general en hacer surgir un flujo de representaciones, y -en el seno de éste- ligar rupturas, discontinuidades), en saltar del gallo al burro y de mediodía a las dos de la tarde. Nosotros reagrupamos estas determinaciones del flujo representativo (más comúnmente, del flujo subjetivo, consciente o no consciente) en una potencia, una dunamis, diría Aristóteles, un poder-hacer-ser adosado siempre sobre una reserva, una provisión, un plus posible. La familiaridad inmediata con este flujo suspende la sorpresa frente a su existencia misma y a su extraña capacidad de crear discontinuidades al mismo tiempo que las ignora al enlazarlas.

Es comprensible que sea este último aspecto, el salto, lo inesperado, lo discontinuo, el lugar por el cual se acuña la potencia creadora de la imaginación. Esta potencia resta inasible para Aristóteles y para Kant (también para Fichte, Heidegger y Merleau-Ponty). Y es exactamente este mismo aspecto -los saltos, las rupturas, las discontinuidades- el que durante milenios los hombres han imputado a la intervención de un espíritu o de un dios (lo cual constituye aún claramente la disposición del hombre homérico y determina la reflexión de Platón sobre la poesía, cuando la atribuye a una furia divina ).

El grado de dificultad en lo referente al imaginario social instituyente es otro. Nos encogemos de hombros frente a la idea de un campo de creación social histórica; pero haremos como que aceptamos -a pesar de que o justamente porque no entendemos nada- la explicación de los físicos de la luz como propagación de una vibración electromagnética en el vacío, vibración de nada que vibra, propagación de alguna cosa en la no-cosa. La idea de que existirían sedes de creación en el todo colectivo humano, más exactamente: que todo colectivo humano sería una sede tal, que se extendería en un campo de creación englobador, que incluiría los contactos y las interacciones entre los campos particulares pero sin ser reducible a ellos, parece inaceptable o absurda.

En este rechazo irreflexivo juegan principalmente dos factores: por un lado, la limitación de la ontología heredada a tres tipos de seres -la cosa, la persona, la idea. A partir de allí nos volvemos ciegos frente a la imposibilidad de reducir lo social histórico a una colección o combinación de estos tres tipos de seres. Por otra parte, la idea de creación. Esta -que sin embargo forma parte de la experiencia de cada uno, si prestamos atención al flujo de nuestras representaciones- parece increíble. Y, en efecto, cuanto más creíbles son las explicaciones de la historia universal a partir de la economía de la salud, del nacimiento de la democracia griega por la geografía del país, de la música de Wagner por el estado de la sociedad burguesa hacia 1850! No emprenderé aquí la refutación de estos absurdos porque ya he hablado mucho de ello en otras ocasiones.

Ya he consagrado un libro y muchos textos a la cuestión del imaginario social instituyente. Recuerdo para comenzar aquello que hace que sea imposible no tomar en cuenta lo social histórico, tanto para la filosofía como para el psicoanálisis.

Por el lado de la filosofía, la discusión puede ser breve. Comienzo por un aspecto al parecer específico: el del lenguaje. La filosofía, y el pensamiento en general, no pueden existir sin el lenguaje -o al menos, sin fuertes lazos con éste. Pero toda producción primordial, individual o contractual , del lenguaje es un absurdo histórico y lógi- co. El lenguaje no puede ser otra cosa que la creación espontánea de un colectivo humano. Lo mismo es cierto para todas las instituciones primordiales, sin las cuales no hay vida social, por lo tanto tampoco seres humanos.

Pero la cosa va más allá del hecho de que el pensamiento presupone al lenguaje y que el lenguaje es imposible fuera de la sociedad. El pensamiento es esencialmente histórico, cada manifestación del pensamiento es un momento en un encadenamiento histórico y es también -si bien no exclusivamente- su expresión. De la misma manera, el pensamiento es esencialmente social, cada una de sus manifestaciones es un momento del medio social; procede, actúa sobre él, lo expresa, sin ser reducible a ese hecho.

Lo que nos obliga a tomar en cuenta lo social histórico es el hecho de que constituye la condición esencial de la existencia del pensamiento y la reflexión. Esta condición no es de ninguna manera exterior , no pertenece a la infinidad de condiciones necesarias pero no suficientes que subyacen a la existencia de la humanidad. Es una condición intrínseca , una condición que participa activamente de la existencia de aquello que condiciona. Es para el pensamiento del mismo orden que la existencia de la psique singular. La psique no alcanza para que haya pensamiento y reflexión, pero es parte de ambos; mientras que la gravedad, por ejemplo, condiciona de mil y una maneras la existencia humana, pero no es parte de ella. En otras palabras, lo que llamé condición intrínseca pertenece a lo que está también expresado por lo condicionado.

La investigación acerca del engendramiento de la reflexión en y por lo social histórico es exigible entonces a la filosofía, del mismo modo que la investigación del engendramiento del pensamiento en el ser humano singular.

En cuanto al psicoanálisis, el individuo que éste encuentra es siempre un individuo socializado (al igual, por supuesto, que el individuo que lo practica). No encontramos nunca individuos psicosomáticos en estado puro ; no encontramos más que individuos socializados. El núcleo psíquico se manifiesta raramente, e incluso entonces indirectamente. En sí mismo, constituye el límite perpetuamente inalcanzable del trabajo psicoanalítico. Yo (moi), superyo, ideal del yo, son impensables, salvo en tanto productos (a lo sumo, co-producidos) del proceso de socialización. Los individuos socializados son fragmentos hablantes y caminantes de una sociedad dada; y son fragmentos totales; es decir que encarnan -en parte efectivamente, en parte potencialmente- el núcleo esencial de las instituciones y de las significaciones de su sociedad. No hay oposición entre el individuo y la sociedad, el individuo es una creación social, al vez en tanto tal y en su forma social histórica dada cada vez. La verdadera polaridad es la polaridad sociedad/psique (la psique-soma en el sentido dado más arriba). Sociedad y psique son a su vez irreductibles una a la otra, y realmente inseparables. La sociedad como tal no puede producir almas, la idea no tiene sentido. Una asamblea de almas no produciría una sociedad, sino una pesadilla de Jérôme Bosch. Una asamblea de individuos, por el contrario, puede producir una sociedad (por ejemplo, los pasajeros del Mayflower) ya que esos individuos ya están socializados (de otro modo, no existirían, incluso biológicamente).

La socialización no es una simple adjunción de elementos exteriores a un núcleo psíquico que quedaría inalterado; sus efectos están inextricablemente entramados con la psique que sí existe en la realidad efectiva. Esto vuelve incomprensible la ignorancia de los psicoanalistas contemporáneos respecto de la dimensión social de la existencia humana.

La cuestión de la sociedad -e indisociablemente de la historia- es evidentemente inmensa, y yo no intentaría resumir aquí lo que ya he expuesto en otros lugares. Me limito a algunos puntos, ya sea directamente pertinentes al tema que discutimos (el imaginario social instituyente), o bien relativos a las restricciones a las que está sometida la constitución imaginaria de la sociedad, que no tuve ocasión de tratar hasta ahora.

La sociedad es creación, y creación de sí misma autocreación. Es la emergencia de una nueva forma ontológica -un nuevo eidos- y de un nuevo nivel y modo de ser. Es una cuasi totalidad cohesionada por las instituciones (lenguaje, normas, familia, modos de producción) y por las significaciones que estas instituciones encarnan (tótems, tabúes, dioses, Dios, polis, mercancía, riqueza, patria, etc.). Ambas -instituciones y significaciones- representan creaciones ontológicas. En ningún otro lado encontramos instituciones como modo de relación que mantengan la cohesión de los componentes de una totalidad; y no podemos explicar -producir causalmente o deducir racionalmente- ni la forma institución como tal, ni el hecho de la institución, ni las instituciones primarias específicas de cada sociedad. Y en ningún otro lado encontramos significación, es decir, el modo de ser de una idealidad efectiva y actuante , de un inmanente imperceptible -así como no podemos explicar la emergencia de las significaciones primarias (el Dios hebreo, la polis griega, etc.).

Hablo de autocreación, no de autorganización. En el caso de la sociedad, no encontramos un ensamblado de elementos preexistentes, cuya combinación podría haber producido cualidades nuevas o adicionales del todo. Los cuasi (o pseudo) elementos de una sociedad son creados por la sociedad misma. Porque Atenas existe, son necesarios atenienses y no humanos en general; pero los atenienses son creados solamente en y por Atenas. De este modo, la sociedad es siempre autoinstitución -pero para la casi totalidad de la historia humana, el hecho de esta autoinstitución ha sido ocultada por la institución misma de la sociedad.

La sociedad como tal es autocreación; y cada sociedad particular es una creación específica, la emergencia de otro eidos en el seno del eidos genérico sociedad .

La sociedad es siempre histórica en sentido amplio, pero propio, del término: atraviesa siempre un proceso de autoalteración, es un proceso de autoalteración. Este proceso puede ser, y ha sido casi siempre, lo suficientemente lento como para ser imperceptible. Pero en nuestra pequeña provincia sociohistórica ha sido, durante los últimos 400 años, más rápido y violento. La pregunta acerca de la identidad diacrónica de una sociedad, la cuestión de saber cuando una sociedad deja de ser la misma y deviene otra es una pregunta histórica concreta a la cual la lógica habitual no puede ofrecer respuesta (son la Roma de la primera República, la de Marius y Sylla, etc., la misma Roma ?).

Como no son producibles causalmente, ni deductibles racionalmente, las instituciones y las significaciones imaginarias sociales de cada sociedad son creaciones libres e inmotivadas del colectivo anónimo concernido. Son creaciones ex nihilo, no cum nihilo. Esto quiere decir que son creaciones con restricciones. Menciono las más importantes de estas restricciones

Existen restricciones externas -especialmente las impuestas por el primer estrato natural el estrato de lo vivo y lo que le es accesible), incluida la constitución biológica del ser humano. Estas restricciones son esencialmente triviales (lo cual no quiere decir que no tengan importancia): la sociedad es, cada vez, condicionada por su hábitat natural, por ejemplo, pero no está causada por éste. En la medida en que el primer estrato natural contiene, en un grado decisivo, una dimensión conjuntista-identitaria (dos piedras y dos piedras hacen cuatro piedras, un toro y una vaca engendrarán siempre terneros y vaquitas, y nunca pollos, etc.) la institución social debe recrear esta dimensión en su representación del mundo y de sí misma, es decir en su mundo propio, su Eigenwelt. Dicho de otro modo, la institución de la sociedad recrea, siempre y obligatoriamente, una lógica suficientemente correspondiente a esta lógica ensídica (lo cual le permite sobrevivir como sociedad) bajo la égida de las significaciones imaginarias sociales instituidas cada vez. Esto le permite crear un mundo dotado de sentido (diferente cada vez). Esta lógica ensídica social (como las significaciones imaginarias instituidas cada vez) le son impuestas a la psique durante el largo y penoso proceso de la fabricación del individuo social. La dimensión ensídica está presente, de manera evidente, también en el lenguaje; corresponde al lenguaje en tanto código, es decir en tanto instrumento cuasi unívoco del hacer, del contar y del razonar elementales. El aspecto de código del lenguaje (un gato es un gato) se opone a -pero está inextricablemente unido a- su aspecto poético portador de significaciones imaginarias propiamente dichas (Dios es una persona en tres, etc.). A estas restricciones externas corresponde la funcionalidad de las instituciones, en particular aquellas que conciernen a la producción de la vida material y la reproducción sexual.

Existen restricciones internas , que provienen de la materia primera a partir de la cual la sociedad se crea a sí misma, es decir, la psique. La psique debe ser socializada, y para ello debe abandonarse más o menos a su mundo propio, sus objetos de investidura, aquello que para ella hace sentido, a investir objetos, orientaciones, acciones, roles, etc., socialmente creados y valorados. Debe abandonar su tiempo propio a insertarse en un tiempo y un mundo públicos (tanto naturales como humanos ). Cuando consideramos la increíble variedad de sociedades que conocemos (y que sin duda no son más que una ínfima parte de las sociedades que hubo y habrá) nos vemos casi obligados a pensar que la sociedad puede hacer de la psique lo que quiera-volverla poligámica, poliándrica, monógama, fetichista, pagana, monoteísta, pacífica, belicosa, etc. Mirando más de cerca, constatamos que esto efectivamente es cierto, siempre que se cumpla una condición: que la institución ofrezca a la psique un sentido -un sentido para su vida, y para su muerte. Esto se cumple para las significaciones imaginarias sociales, casi siempre religiosas, que entretejen juntas el sentido de la vida y la muerte del individuo, el sentido de la existencia y de las maneras de hacer de la sociedad considerada el sentido del mundo como totalidad.

Hay restricciones históricas . No podemos sondear el origen de las sociedades, pero ninguna sociedad de la cual podamos hablar emerge in vacuo. Existen siempre, aunque sea fragmentarios, un pasado y una tradición. Pero la relación con este pasado forma parte ella misma, en sus modalidades y en su contenido, de la institución de la sociedad. De este modo, las sociedades arcaicas o tradicionales intentan reproducir y repetir el pasado casi literalmente. En otros casos, la recepción del pasado y la tradición es, al menos en parte, fuertemente consciente; pero esta recepción es, de hecho, recreación (la moda actual la llamaría reinterpretación ). La tragedia ateniense recibe a la mitología griega, y la recrea. La historia del cristianismo no es más que la historia de las reinterpretaciones continuas de los mismos textos sagrados, con resultados -cada vez- violentamente diferentes. Los Griegos clásicos son objeto de un reinterpretación incesante en occidente desde al menos el siglo XIII. Esta recreación está hecha siempre, evidentemente, según las significaciones imaginarias del presente -pero evidentemente también lo reinterpretado es material dado y no indeterminado. Es instructivo, sin embargo, comparar lo que hacen con la misma herencia griega los bizantinos, los árabes y los europeos occidentales. Los bizantinos se contentaron con conservar los manuscritos, agregando comentarios y notas aquí y allí. Los árabes utilizaron solamente los textos científicos y filosóficos, ignorando el resto -tanto los escritos políticos como la poesía. Los europeos occidentales lucharon con los restos de esa herencia durante ocho siglos, y no parece que esto esté por terminar.

Finalmente, hay restricciones intrínsecas , las más interesantes de todas. No puedo evocar más que dos:

Las instituciones y las significaciones imaginarias sociales deben ser coherentes. La coherencia tiene que ser estimada desde un punto de vista inmanente, es decir, en relación a las características y a los principales impulsos de la sociedad considerada; teniendo en cuenta el comportamiento conforme a los individuos socializados, etc. La construcción de pirámides mientras gente moría de hambre es coherente cuando se la remite al conjunto de la organización social y de las significaciones sociales imaginarias del Egipto faraónico o de la Mesoamérica maya.

La coherencia no excluye de ningún modo las divisiones, las oposiciones y las luchas internas. Las sociedades esclavistas o feudales son totalmente coherentes. Las cosas cambian con las sociedades capitalistas, en particular las maduras. Pero en este caso hay una novedad histórica que surge de otra discusión. La coherencia no está, en general, puesta en peligro por contradicciones entre la dimensión estrictamente imaginaria y la dimensión conjuntista-identitaria de la institución, porque -como regla general- la primera está por sobre la segunda. De este modo, la aritmética y el comercio no han sido perturbados en las sociedades cristianas por la ecuación fundamental (mucho más importante que la aritmética) del 1=3 implícita en el dogma de la Santa Trinidad.

Aquí corresponde citar también la implicación imaginaria recíproca de las partes de la institución y de las significaciones imaginarias sociales. No se trata sólo de sus dependencias recíprocas pseudo- funcionales , sino más bien de la unidad y el parentesco sustantivo y enigmático entre los artefactos, los regímenes políticos las obras de arte y -por supuesto- los tipos humanos de una misma sociedad y un mismo período histórico. Es inútil recordar que toda idea de explicación causal o lógica de esta unidad está privada de sentido.

Por otra parte, las instituciones y las significaciones imaginarias sociales deben ser completas. Esto es clara y totalmente así en las sociedades heterónomas, determinadas por el cierre de la significación. El término cierre debe ser tomado aquí en su sentido estricto, matemático. Las matemáticas dicen de un cuerpo algebraico que está cerrado si para toda ecuación escrita con los elementos del cuerpo las soluciones son también elementos del cuerpo. Toda interrogación que tenga un sentido en el interior de un campo cerrado reconduce a través de su respuesta al mismo campo. Del mismo modo, en una sociedad cerrada, toda pregunta que pueda ser formulada en el lenguaje de la sociedad tiene que poder encontrar una respuesta en el interior del magma de significaciones imaginarias sociales de esa sociedad. Esto implica que las preguntas que con- ciernen a la validez de las instituciones y de las significaciones sociales no pueden, simplemente, ser planteadas. La exclusión de estas preguntas está asegurada por la posición de una fuente trascendente, extra-social de las instituciones y las significaciones: es decir, de una religión.

Algunos comentarios adicionales en relación al término significaciones imaginarias sociales ayudarán a evitar malentendidos. Elegí el término significaciones porque me parece el menos inapto para expresar lo que quiero. Pero no debe ser tomado de ningún modo en un sentido mentalista . Las significaciones imaginarias sociales crean un mundo propio para la sociedad considerada, son en realidad ese mundo: conforman la psique de los individuos. Crean así una representación del mundo, incluida la sociedad misma y su lugar en ese mundo: pero esto no es un constructum intelectual; va parejo con la creación del impulso de la sociedad considerada (una intención global, por así decir) y un humor o Stimmung específico -un afecto o una nebulosa de afectos que embeben la totalidad de la vida social. Por ejemplo, la fe cristiana es una pura creación histórica, totalmente específica, que implica visiones particulares (ser amado por Dios, salvado por él, etc.) y sobre todo afectos particulares y extraños, que hubieran sido totalmente incomprensibles (y aberrantes -moria, dice, de manera característica, San Pablo) para todo griego o romano clásico (y también para todo chino o japonés). Y esto es comprensible, si recordamos que la sociedad es un ser por sí misma.

Traducción del francés: LUCIANA VOLCO

El destino de las personas como Marina Silva o la traición de las imágenes

Por Sindia Santos, en Fiandeira (blog autoral)

Lo que todo el mundo ve: Marina Silva es mujer, pobre, negra, con características muy fuertes de su origen: voz/acento, modo de vestir, de pensar. Lo que muchos intentan esconder: ella esta condenada a no salir del lugar, porque no solamente las elites en el país piensan que personas como ella tienen un futuro determinado y son censuradas violentamente cuando no aceptan ese destino. En la realidad, nadie escucha a personas como ella.

Lo que nadie tiene el coraje de asumir: es bonito decir, ah … los pobres, las minorías, pero lo que nadie soporta en Marina no es que ella sea evangélica, ni su supuesto posicionamiento sobre la legalización del aborto o su apoyo en segunda vuelta en 2014 a la candidatura de Aécio. Después de todo, (1) durante el gobierno de Lula, la bancada evangélica fue una de las más grandes en el Congreso, junto a la ruralista; (2) Dilma nunca se movió para legalizar el aborto o garantizar cualquier derecho básico a la mujer; y (3) el PT eligió a Aécio como rival en 2014 para no dejar dudas sobre la victoria de Dilma en las elecciones. Pero, sin embargo, nada de eso impide que esos líderes o que el partido reciban el apoyo muchas veces incondicional en la elección de 2018.

Entonces, queda la pregunta: ¿qué hace que Marina sea tan, tan detestable?

Me parece que la simple presencia de Marina es una osadía que juega en nuestra cara la estética de un pobre no romantizado. Su ropa no es alternativa. Sus cabellos no tienen ese exacto desaliño del salón de belleza que cobra 250 reales por un corte que promete hacer in al disimular ser out. No, Marina no es bella, su maquillaje no tiene la pretensión de hacerla bella, una apariencia que no enmascara los vestigios del tiempo pasado. Por el contrario, por terquedad, Marina parece hacer que se mantenga expuesta, revelándose insoportable a nuestra mirada. Y si, por un lado, eso no es signo de autenticidad, honestidad, verdad, por otro no justifica la reacción inmediata de intolerancia que surge cada vez que su nombre es citado, o cuando su figura es presentada.

Apenas un palpito: lo que atemoriza tanto a las personas, lo que les impide ver a Marina Silva, es lo mismo que hace que mucha gente compre la campaña de Boulos, que posa al lado de la india Guajajara en una tentativa de gourmetizar la fuerza de nuestras luchas. Y gourmetizar significa debilitar, es hacer paladeable el sabor rústico de nuestra indignación para que una élite, archienemiga-que-todo-puede, la saboree. Es que esa elite no esta solo allá afuera. Desde la abolición de la esclavitud, la elite no es sólo el otro. Elite es una palabra mágica que abre las puertas a los desafortunados. La alianza que produce el allegado, figura sumamente citada en la obra de Machado de Assis, en referencia al hombre ahora libre, pero pobre, que necesita vivir a la sombra de un Señor para el mantenimiento de la propia existencia. En estos 13 años de gobierno, el Partido de los Trabajadores se empeñó con ardor en introyectar y accionar ese dispositivo señorial de modo tortuoso en nuestra percepción, para que no creyéramos más en un modo de existir autónomo, insumiso a izquierdas y derechas. Reprimiendo, a través del chantaje del menos peor, la posibilidad de ver. Justo en las ambigüedades de una vida agregada, es que podemos explorar una multiplicidad de acciones y acomodaciones.

Tal vez esa sea otra de las tipologías subjetivas producidas en el contexto de la crisis social y política expuesta por las manifestaciones de junio de 2013. Al lado de los cuatro tipos citados por Negri y Hardt, en Declaración: esto no es un manifiesto (n-1, 2014) :

(1) El endeudado, sometido a la hegemonía de la financiarización de la vida, o sea, de la relacion debito/crédito como principal eje de organización económica;

(2) El mediatizado, entretejido por la malla de controles de las redes de información y comunicación

(3) El securitizado, hijo del régimen securitario y de un estado generalizado de excepción, donde el riesgo es difuso e omnipresente; y

(4) El representado, para quien toda acción política es reducida al alcance electoral del mercado de la representación.

A estos cuatro, añadimos un (5) el agregado, forjado en el rechazo de elaborar una autocrítica, en el carácter insoportable de encararse a sí mismo. Pero esta, con certeza, es una figura que los intelectuales y buena parte de la izquierda no van a querer analizar.

Es más fácil seguir con el guión: soy de izquierda y posteo fotos de Boulos sin techo con la India Guajajara. Esas imágenes, producidas por la insistencia de que hay que tener una identidad para seguir en las luchas, se asemejan a aquellas fotos de las bodas, donde las personas usan vestidos horribles y maquillajes que las deforman, en fiestas donde la novia siempre baila animadamente con el novio y todo el mundo repite los mismos pasos en las mismas canciones, y se llena la boca con el bufé decepcionante y recibe zapatillas hawaianas estilizadas como recuerdo. Todo esto, en absoluto, esconde los posibles rasgos de singularidad que podrían hacer del matrimonio una celebración, o de una disputa electoral una lucha, convirtiéndose en signo de un matrimonio feliz. Es la propia derrota, la sumisión a los regímenes represivos.

Así, basta con posar de hippie, de sin tierra, usar el tocado, basta con cortar el pelo de la manera correcta, hacer el maquillaje tal, vestir la ropa alternativa, basta con usar rojo ….pero, ahí, espera ahí, la lucha no es para cuestionar la representación política? ¿Formas representativas de gobierno que reprimen a las personas que no encajan, que no se dejan representar?

No digo que Marina Silva no se deje representar, sino que el rechazo automático a la imagen de ella habla de un resentimiento contra nosotros mismos. Y esa es la clave que nos mantiene presos en el laberinto: querer salir de él sin pasar por dentro de él.

Hay en nosotros un tanto de Marina del que nos avergonzamos. Que no logramos acoger, porque personas como ella no van lejos, todos sabemos. Personas como ella tienen un destino determinado. Que nos choca aún más cuando alguien como ella no asume, en medio de las luchas, una estética alternativa, cabellos afro, ropas desoladas, como hacía Marielle – a quien yo particularmente adoro, antes que me acusen de tejer juicios sobre la concejal. Pero buena parte de nosotros es connivente con la sentencia que dice que el destino de personas como Marina no es la Presidencia de la República.

Una observación final: es importante decir que no voy necesariamente a apoyar a Marina, pero me doy la libertad de investigar qué aperturas ofrecen los candidatos. Y me quedo perpleja al ver que basta citar el nombre Marina Silva para que personas que muchas veces no saben nada sobre su trayectoria, ni siquiera la acompañan mínimamente, vengan a reafirmar la sentencia de que no va a llegar a ningún lado.

 

Traduccion para Uninomade.net: Santiago de Arcos-Halyburton

Subjetividad y Lucha en Chile

por Santiago Arcos-Halyburton (PhD) y Sergio Fiedler (PhD) 

Cada aniversario del 11 Septiembre y los discursos que se generan en torno a él sin duda epitomizan la cultura nacional de hoy hasta su nivel más corporeal. Es el omnipresente y especular aniversario de un evento que se ha hecho parte permanente de nuestra subjetividad; una subjetividad que es a su vez el resultado consumado del evento mismo.

La preocupación central de esta ponencia no es criticar esta subjetividad, menos aún describirla, sino más bien rastrear sus posibilidades como base de nuevas alternativas de transformación política, tratar de develar de qué manera esta es capaz de potenciar una crítica radical y colectiva al estado de cosas existente y crear las condiciones para su superación.

En otras palabras nos referimos a la posibilidad de una nueva ontología revolucionaria, entendiendo por ésta como la condición social del ser que hace posible la transformación radical del mundo. Una condición social que busca su verdad en la autonomía del sujeto frente al Estado, al capital, a las jerarquías partidarias y cualquier otra forma de poder que nos oprima.

Una ontología de la protesta, la resistencia, la organización y el pasamontañas, donde lo central no sea la gran narrativa política por muy revolucionaria que esta sea, sino las múltiples practicas colectivas que permitan a las multitudes desde la molecularidad de lo cotidiano tomar control de sus propias vidas y producir un entendimiento del mundo acorde a sus propias necesidades y deseos. ¿No es ésta la definición original de comunismo, que el capitalismo y el estalinismo han llenado de oprobio? Sí, es la noción de comunismo que Marx y Engels hacen en su obra La Ideología Alemana: «Llamamos comunismo al movimiento real que destruye el estado de cosas presente».

Desde este ángulo, no cabe duda afirmar que el 11 de Septiembre del 73 fue una derrota política, pero sobre todo fue también un punto de ruptura que marcó el comienzo del Chile de hoy. La real transición en realidad no empezó con la llegada al poder de la Concertación en 1989, sino con el golpe militar.

¿De qué manera el golpe inició el tránsito y se constituyó a sí mismo en el momento de violencia originaria que establece un nuevo orden de poder corporeal y discursivo?

La respuesta reaccionaria del 11 no puede verse sino en el contexto de la situación de la política mundial desde fines de los sesenta. En realidad, la derrota que significó la dictadura fue quizás uno de los comienzos de la derrota global de la clase obrera de la post-guerra, derrota que hubo de expresarse de diferentes maneras en diferentes países. En el curso de los años 70, la subjetividad del obrero masa, en la lucha por su liberación seria destruida, después del impresionante ciclo de enfrentamientos que durante los 60′ y 70′ conmocionaron al sistema capitalista mundial en su totalidad. Hasta ese momento el régimen capitalista se había caracterizado por adherir el axioma obrero a su lógica de dominación. Es decir, producto de las luchas obreras de décadas, el modo de acumulación tuvo que reconocer el poder del proletariado dentro de los marcos institucionales de lo que se conocería como el Estado de bienestar, planificado y desarrollista. En el caso chileno como en otros, este reconocimiento que el Estado capitalista hacía del poder de los trabajadores apuntaba sin duda a integrarlos al mercado doméstico por medio de la legalidad de las organizaciones sindicales, y del compromiso de clase entre el capital y el trabajo. Por medio de este compromiso los patronos le daban garantías saláriales y derechos a los trabajadores y estos a su vez se comprometían a no levantar demandas revolucionarias.

El reformismo fue siempre el resultado directo de la movilización de los trabajadores, jamás de la buena voluntad de los caudillos y los capitalistas. Sin embargo, la axiomática reformista en la versión chilena del desarrollismo estatal significó que no toda la población del país fuese integrada, dejando a importantes sectores de la multitud proletaria sin garantías políticas y sociales, como los campesinos, los indígenas, los pobladores y las mujeres. A pesar de los derechos sociales reconocidos por el Estado de bienestar, éste último ocupaba una posición periférica en relación a los Estados de bienestar que comandaban el sistema capitalista mundial.

Al buscar la integración de toda la población a un nuevo proyecto de capitalismo de Estado, la Unidad Popular se convierte en el Estado planificador de bienestar en su apogeo máximo. La crisis de este proyecto no fue resultado del Golpe de Estado, sino de la radicalización del proletariado mismo, cuyas demandas y practicas colectivas autogestionarias —en la forma de los cordones industriales y las tomas de fundos y terrenos— tendían a rebasar el marco institucional de transformaciones establecido por la Unidad Popular (UP) y anunciaban un posible nuevo mundo por venir. Era precisamente esta posibilidad la que señala la saturación máxima de las relaciones de clase existentes en el marco desarrollista. El Golpe de Estado marca de manera definitiva el fin de la axiomática capitalista del compromiso de clase, y la llegada de la axiomática de guerra y exclusión con el objetivo estratégico de detener el derrumbe del sistema de acumulación por cualquier medio necesario. Tanto a nivel nacional como internacional, el capitalismo confronta los límites que el mismo había establecido por la vía del Estado de bienestar, y no ve otra salida que destruir al actor social que le dio a este Estado su dinamismo fundamental: la clase obrera industrial y sus organizaciones. Se trata de desmantelar de una vez por todas la rigidez que el poder obrero le había impuesto al capital durante la previa etapa desarrollista. De aquí que en Chile la violencia represiva de las fuerzas armadas sea acompañada por la violencia desestructuradora del neo-liberalismo en un solo agenciamiento maquínico de terror. La violencia del golpe se convierte en la condición esencial para que el capital inicie en el país una segunda acumulación originaria que posteriormente sería sancionada legalmente por la Constitución del 80 y por las posteriores reformas llevadas a cabo por la Concertación.

Se puede decir entonces que la derrota del imaginario político obrero que llegó a la cúspide a comienzos de los 70′, fue ante todo también una derrota ontológica, en la que toda una concepción del ser, de la realidad cotidiana que viene de las bases, de las formas de hacer política revolucionaria. La identidad obrera se derrumbó de manera tan profunda que se hace imposible hoy seguir hablando como antes en los términos de los grandes discursos obreros teleológicos, tanto revolucionarios como reformistas, orientados a un fin utópico pre-establecido de antemano sin consideración a las prácticas cotidianas de los sujetos en la lucha.

Por supuesto, la derrota política y ontológica del 11 de Septiembre y de la revolución mundial, no significa como muchos argumentan, la desaparición de los antagonismos, sino más bien la entrada en escena de una nueva constitución social, de una nueva ontología que se desprende de las condiciones sociales mismas que el golpe desencadeno hace cuatro décadas atrás. Si el sujeto portador de los antagonismos de clase del periodo desarrollista había sido derrotado, no significaba que otro no estuviera tomando su puesto portando nuevas luchas y alternativas políticas.

Toda contra-revolución es una revolución pero al revés, queriendo decir con esto que el objetivo central de todo proceso contra-revolucionario no es destruir los valores y las energías populares operando en el proceso revolucionario, sino más bien re-apropiarlas para darle otra dirección y volverlas en contra de los revolucionarios mismos.

El periodo revolucionario entre 1970 y 1973, fue caracterizado en primer lugar por la organización social cooperativa de amplios sectores obreros de manera autónoma del capital y el Estado; en segundo lugar por un masivo y concreto rechazo obrero a continuar sometido al yugo del trabajo asalariado, rechazo expresado en la masiva caída de la productividad del trabajo durante este periodo; en tercer lugar por un rol más protagónico de actores sociales considerados como marginales dentro de la estructura productiva como los pobladores y campesinos; y finalmente por el aumento rápido y espectacular de un consumo de masa que excedió la disciplina productiva de los trabajadores. En este contexto, la lucha de clases estaba no solo caracterizada por la confrontación entre dos campos irreconciliables, sino también por múltiples espacios de éxodo, en que la multitud hacía del proceso revolucionario una comunión festiva autónoma del poder establecido, y en la que el sistema de dominación existente dejaba de operar y la experiencia de una sociedad diversa, sin clases y solidaria se vivía en el aquí y en el ahora de las relaciones cotidianas.

La dictadura y su plan de refundación capitalista, no destruye estas tendencias, más bien las desterritorializa, las mercantiliza, porque ve en ellas su poder ontológico creativo y transformador que es preciso canalizar para renovar la extracción de plusvalor. Las tareas de socialización de la producción que no pudo llevar a cabo la clase obrera por medio de la autogestión, las llevo a cabo el capital a través del mercantilismo neo-liberal. La contra-revolución invirtió las relaciones de clase de tal manera que estas tendencias subsistieran en la forma de su propia aberración. Consideremos, por ejemplo, el proceso de desindustrialización en los años posteriores al golpe. Este destruyó un agenciamiento productivo que hasta el 73 era central al proceso de desarrollismo capitalista: la fábrica. Por medio de la caída del sector industrial, el rechazo obrero al trabajo asalariado durante el periodo revolucionario fue transformado en desempleo masivo como arma política para destruir el poder de la clase obrera en esfera de la producción. En la lógica del neo-liberalismo, era darle a los trabajadores lo que ellos querían, pero de una manera que fueran ellos mismos los perdedores. En virtud de la misma inversión neo-liberal de la autonomía obrera, los sectores «marginales» al proceso productivo dejan de ser tales y se hacen centrales a éste en la medida que la flexibilización y temporalización del trabajo incrementa y la economía informal se desarrolla. El consumo de masas es por otra parte es disociado de sus prácticas colectivas de contestación revolucionaria por medio del consumismo competitivo y atomizante del mercado y la expansión masiva del crédito como instrumento de control financiero de la población.

La comunión festiva de la revolución es remplazada por la comunión festiva del mercado.

Más aun, los lazos de cooperación social y autonomía obrera establecidos durante el periodo 70-73 entre diferentes unidades de producción sirven irónica y trastocadamente para modelar la política neo-liberal a nivel macro-económico, donde la fábrica en el sentido amplio de la palabra deja de ser el lugar hegemónico del modelo de acumulación solo para que la sociedad devenga en su totalidad productiva, donde no haya ninguna esfera de trabajo, ni el doméstico, ni el estudiantil, ni el informal, ni el informático, que no esté sometido al dominio directo del capital. El capital todo lo invade, todo lo coloniza. En la fábrica social postfordista que es el Chile de hoy, el proceso productivo ha dejado de estar concentrado en ciertas áreas de producción —el cobre por ejemplo— y se hace cada vez más disperso, más diverso y más globalizado, ya que hasta el internacionalismo proletario devino en globalización capitalista después de la contra-revolución de los 70′.

Como resultado de la globalización, todas las polaridades nacionales del viejo sistema imperialista han sido fragmentadas, interceptándose y fusionándose la una con la otra en combinaciones complejas que ya no pueden ser reducidas a categorías como las de periferia y metrópolis, o primer y tercer mundo. Más bien las configuraciones de control capitalista se han multiplicado. El capital no tiene un solo centro de conducción, sino que se ha hecho poli-céntrico por medio —como diría Foucault— de una micro-política de poderes, los cuales se distribuyen con sus tentáculos cibernéticos y mediáticos por todo el planeta hasta afectar la más íntima fibra de la sensibilidad humana. El capitalismo ha dejado de ser un modo de producción para convertirse en un modo de existencia.

Sin duda, Marx esbozó la posibilidad de este tránsito en la estructura del capitalismo, donde el sistema de acumulación transita de la subsunción formal del trabajo a la subsunción real. Bajo la subsunción real, el capital invade todas las esferas de la actividad humana, pero al mismo tiempo se hace aún más parasitario ya que ejerce un comando únicamente político que no escatima ningún medio para conseguir sus objetivos. En esta transición, la naturaleza del trabajo explotado cambia radicalmente.

La informalización del trabajo esta simultáneamente ligada a la creciente hegemonía del trabajo inmaterial donde el proceso de comunicación como cooperación social constituye el núcleo central de la nueva red productiva como así lo demuestra el desarrollo de la informática, la publicidad, la universidad como empresa privada y la expansión de las actividades asociadas con el sector servicios. Como consecuencia se desarrolla una nueva pobreza que no es ya la de los marginados excluidos de la producción, sino la de una mano de obra altamente cualificada pero completamente desprotegida y con poca capacidad de asegurar un ingreso digno en un mercado laboral absolutamente flexibilizado.

¿Hay salida de esta situación en la que el capitalismo postmoderno parece dejar no salidas posibles? Es posible reconocer en las nuevas condiciones una nueva ontología de resistencia y rebelión? Creemos absolutamente que sí. Como decía el anarquista Mark Lagasse: «El viento de la derrota transporta la semilla de la subversión». El capital ha suturado el cuerpo social de tal manera que tan solo ha abierto nuevas heridas. La desestructuración del sujeto obrero fordista-desarrollista por la violencia dictatorial y neo-liberal generada desde el 1973 en adelante no ha acabado con el antagonismo de clases sino que, a través de la dispersión del proceso productivo, lo ha reproducido a todas las esferas del trabajo.

La llegada del capitalismo neo-liberal no significa la muerte de la clase obrera, sino su reconstitución en una nueva base. Una fábrica difusa invade lo social, y con ella emerge una nueva composición de clase y una nueva ontología revolucionaria: la de la multitud y lo común.

Mientras que el obrero fordista-desarrollista estaba concentrado en un solo lugar, la multitud es parte de un sistema más variado de reproducción del valor. Su subjetividad se desarrolla en diferentes puntos de producción integrados por la circulación de capitales y está hecha no tan solo de trabajadores de fábrica, sino de toda esa multitud trabajadora que una vez fue caracterizada como capas medias o sectores populares por la sociología nacional, tales como los profesores, los empleados en sector terciario, los vendedores de tienda, los bancarios, los temporeros de la fruta, los vendedores callejeros, las dueñas de casa, el trabajador informático, los estudiantes y los desempleados, dando vida al cognitariado.

Por supuesto muchos dirán que todos estos sectores siempre han existido y que siempre han participado de la lucha social. Eso es innegable, pero nunca han jugado el mismo rol dentro del proceso productivo como el de ahora. Los micro-empresa familiares en las poblaciones son un buen ejemplo. Ellas pueden funcionar con tecnologías que no son de punta o inspirarse en la cultura popular o tradiciones indígenas, pero también operan en muchas áreas con un más alto nivel de productividad que la de industrias con mayor inversión en infraestructura, y proveen a grandes casas comerciales y compañías con servicios de subcontratación que reducen la dependencia del capital en el trabajo asalariado.

Es importante resaltar sobre todo la nueva naturaleza de la lucha de clases que estos sectores dinamizan y que marca un quiebre con las demandas productivistas de la vieja subjetividad obrera. En la medida que el proletariado se diversifica y se amplia, también lo hace la lucha de clases. La multitud profesa nuevas demandas, nuevas necesidades, nuevos deseos. Estos no están solamente ligados a mejores salarios y condiciones de trabajo, sino a cuestiones de calidad de vida tales como la salud, la educación, el ocio, la sexualidad, los medios de comunicación, la ecología, la comunidad, el control del conocimiento, etc.

El conflicto de clase no está confinado a la lucha entre obreros y patrones, sino más bien es el enfrentamiento entre comunidades enteras y el nuevo orden empresarial del capitalismo globalizado. Los antagonismos se manifiestan en la formación de movimientos de protesta abrazando un espectro variado de temáticas; ya no localizados en el punto inmediato de producción, sino que también la reproducción de la fuerza laboral; no solo en los puestos de trabajo asalariado, sino que también en colegios y universidades, la familia, colectivos culturales, etc.

Ya que en realidad nos encontramos frente a un proceso atravesado por múltiples procesos de singularización productiva, el antagonismo proletario en la era de la fábrica difusa carece de una sola identidad deviniendo permanentemente en un crisol de subjetividades. Aquí no podemos sino recordar eso años vivos de protesta popular contra la dictadura donde la multitud libro sus primeras batallas macroscópicas, pero aun entendiéndose así mismo con el lenguaje del obrero fordista-desarrollista.

Esa rebelión de hombres, mujeres y niños en nueva comunión festiva en contra el autoritarismo y el mercado, genero sobre sí misma una nueva posibilidad de autonomía, sospechosa de todas las formas de poder. Esta es un tipo de autonomía que demarco el futuro de las luchas que se libran hoy. Una autonomía que deviene Mapuche defendiendo sus tierras, que deviene estudiante luchando por el derecho a conocer libremente, que deviene poblacional y juvenil en las esquinas libertarias de Santiago. Una autonomía que deviene Queer reclamando su derecho a amar libremente. Una autonomía que deviene feminista. El movimiento de protesta contra la dictadura no murió con Los Prisioneros y la generación de los 80. Como Mayo del 68, en Francia, no llego a triunfar como hubiese deseado, pero genero una revolución molecular, una revolución de sensibilidades, de diversidades y autonomías que aun no se detiene, que es irreversible. Todos los no concertados, los desconcertados que no estaban ni ahí son parte de ella.

La autonomía proletaria en el periodo de subsunción real es entonces más que nunca la realización y el respeto de la singularidad y, como dirían los zapatistas, de la dignidad. Las luchas de la multitud son luchas particulares que buscan reconocer y abrazar la diversidad interna de la multitud trabajadora contra la subordinación de esta diversidad al proyecto unidimensional del capital: la ganancia. Cada lucha representa una resistencia autónoma, especifica, pero cuyo éxito final depende en su capacidad de establecer conexiones mutuas y alianzas con otras resistencias. Su fortaleza, sin embargo, esta en su carácter diferenciado. Esta diferenciación no solamente entra en conflicto con el intento del sistema de acumulación de reducir la pluralidad del trabajo a la función de valorizar el capital, sino que también presupone que ni un solo acto de represión puede destruir el nuevo movimiento social. Mientras la rebelión puede ser aplastada en un lugar, siempre habrá más rebeliones en desarrollo en otras partes.

Las luchas han cambiado y demandan nuevos métodos de organización y nuevos revolucionarios. La contra-violencia de diversidad y autonomía que se opone a la violencia del capital globalizado, no puede reproducir las mismas formas jerárquicas y totalizantes de este último si espera conseguir su victoria. Quedan descartadas la lucha armada terrorista y la forma partido como las disposiciones estratégicas de los nuevos antagonismos. La multitud ha inventado nuevas formas de hacer política, haciendo actuar la nueva ontología existente como el proyecto político que necesitamos. Después de todo, el antagonismo de hoy no abraza la representación política donde lo múltiple es subordinado a lo Uno. Más bien, el antagonismo de hoy busca ante todo experimentar con formas democráticas de participación y acción directa, experimentación que presupone la multiplicidad en su seno, sustrayéndose a la unidad de una ideología impuesta desde arriba por muy revolucionaria que esta sea.

No es que todas las categorías de pasado deban ser remplazadas. La tarea más bien es que cada concepto sea repensado y revivido como un devenir nómada y se escape del control del logos trascendental presente en el Estado, el mercado o el partido. No se trata de encontrar un nuevo código para la revolución. Se trata de encaramarse sobre las potencias y energías subterráneas que la multitud genera desde su creatividad productiva. No se trata de un discurso político solamente, sino de una línea de barricadas trazadas al interior de nuestras ciudades como puntos de fuga permanente.

El hoy se abre ante una posibilidad, que la movilización estudiantil, con sus ocupaciones, con sus asambleas, con la práctica de un territorio y movimiento común, plantea el despliegue de la imaginación, de la innovación, de la colaboración en torno a las luchas, acallando los sectarismos. Tenemos entonces entre los estudiantes, y en la sociedad chilena en su conjunto (basta mirar los movimientos de pobladores de Aysen, Freirina, los pescadores artesanales, las comunidades que se oponen a la mega minería, a las termoeléctricas y a la destrucción del medio ambiente) una enorme potencia que no puede ser reducidas y limitadas al accionar de una vanguardia. Corresponde a una multitud que ya no teme sublevarse, dispuesta a gestionar desde sí misma, desde su deseo, y proyectar junto al colectivo de los que luchan su potencial constituyente. El poder-sobre es el fin de la autonomía e instala la interdicción del deseo, la producción de reglas por fuera del sujeto. En nuestro concepto somos nosotros, sujetos productores y producidos del común, quienes organizamos la potencia y la proyectamos en la colaboración del hacer para transformar. Y en ese despliegue nos reconocernos como sujetos. En el estudiantado chileno, así como en ciertos sectores de la sociedad que han iniciado su proceso de constitución hay, hoy en día, la riqueza del común, de la potencia que rompe con todo lo viejo buscando destruir el orden de cosas actuales, constituyendo las nuevas instituciones del común en la práctica cotidiana. Los estudiantes chilenos, así como los canadienses, mexicanos, o las multitudes que pueblan Tahrir, Syntagma, Gezi, las calles del Brasil durante el Junho de 2013, y que pululan por los barrios de sus ciudades como esporas de subversión, nos proponen que busquemos en esta potencia de la multitud las herramientas para trazar los mapas de las luchas, y las asociaciones que el común construye en torno a ellas, haciendo, porque nada está hecho, ni preconcebido.

Vemos como día a día se hace el común buscando la apertura y destrucción de la propiedad privada, explorando la posibilidad de transformación en común de la propiedad estatal o pública, todo esto experimentando en medio de las luchas los mecanismos de gestión y desarrollo de esa riqueza, son las asambleas barriales, de colectivos, estudiantiles quienes en su democracia han ido conformando estas nuevas instituciones creando las condiciones para poder sostener y garantizar la libertad de intercambio del conocimiento. Esta potencia es la que funda la capacidad de constitucion de una nueva sociedad que se basa en el compartir los bienes comunes.

La ontología de una comunidad que no se gesta en sus determinaciones de poder, sino en su éxodo del poder.

El viento de la derrota transporta la semilla de la subversión. El 11 de Septiembre fue el inició de una transición la cual aún vivimos. Un evento, que arrasando con las posibilidades históricas de un sujeto de clase, nos dejó perplejos, sin referentes ni políticos ni simbólicos. Pero la constitución de una nueva subjetividad antagónica reaparece en la figura del común, ni siquiera el capitalismo terrorista que aun vivimos puede subsistir sin ella. Después de todo el horror, no cabe duda que cada sutura siempre abrirá una nueva herida, una herida que no es nuestra sino la de ellos.

 

Notas:

  1. Banda de rock de los años 80’s que viene a romper el esquema cultural manejado por la burocracia partidaria.