Emmanuel Todd: Nuestro sistema universitario ha perdido su capacidad emancipatoria

Más de seis años han pasado desde que el semanario parisino Marianne entrevistara al intelectual francés Emmanuel Todd (nuestro público ya lo conoce), a propósito del lanzamiento de su libro Où en sommes-nous ? Une esquisse de l’histoire humaine (París, Le Seuil, 2017). Sin embargo, todo lo sustancial que allí dijo el entrevistado conserva su vigencia plenamente. Aquella entrevista giró en torno al sistema educativo en Francia –principalmente el superior– y el rol funesto de la meritocracia como mecanismo de naturalización/justificación y reforzamiento de la estratificación social (desigualdad económica y cultural); y también –no menos importante– como mecanismo de disciplinamiento intelectual, que obtura el pensamiento autónomo y crítico a la vez que fomenta el conformismo y la mediocridad. Aunque Todd nos habla del caso francés, su análisis es de un grado de totalización muy elevado, y resulta fácilmente extrapolable al plano global (mutatis mutandis).

La entrevista estuvo a cargo de Bertrand Rothé y Hervé Nathan, y vio la luz en el número 1072 de Marianne, el 7 de octubre de 2017, bajo el título “Notre système universitaire a perdu sa fonction émancipatrice”. La traducción castellana es de Lucas Antón, y –con algunas correcciones– la hemos tomado del semanario dominical de izquierdas Sin Permiso, que la publicó el 11 de noviembre de aquel mismo año, con esta somera noticia biográfica acerca del autor: “Célebre historiador, demógrafo, sociólogo y politólogo francés, recientemente jubilado del Instituto Nacional de Estudios Demográficos de París. Entre sus obras más conocidas publicadas en español se encuentran Después del imperio. Ensayo sobre la descomposición del sistema norteamericano (Madrid, Foca, 2003), Encuentro de civilizaciones, (Madrid, Foca, 2009), y Después de la democracia (Madrid, Akal, 2010)”.

Sugerimos complementar la lectura de la presente entrevista a Todd con el artículo del italiano Andrea Zhok que publicamos el domingo pasado: “Contra la retórica de la excelencia”. Hay convergencias muy notables entre ambos textos.
Leyendo la entrevista, nos quedamos con ganas de saber qué pensará Todd acerca del boom de los posgrados –siempre arancelados– en la universidad. También sería interesante preguntarle sobre el impacto de la demografía en esa estratificación socioeducativa y fragmentación cultural de «tres tercios» que plantea. En Francia, su país, igual que en muchas otras sociedades del Norte global, la población autóctona tiende a decrecer por su baja tasa de fertilidad, mientras que el componente inmigratorio –casi sinónimo de precariado– es cada vez mayor. Esto hace que los clivajes de clase adquieran un fuerte componente étnico, racializado o no (por ej., el caso de la inmigración musulmana –mayormente magrebí y subsahariana– en las banlieues de París o Marsella) Esta superposición de clase y etnicidad necesariamente debe estar agravando, nos parece, el aislamiento respectivo entre los «tres tercios».

En su último ensayo, Oú en sommes-nous?, afirma usted que la crisis de las democracias en los países avanzados no es principalmente producto de las desigualdades de ingresos o de patrimonio, como dicen los economistas, sino ante todo consecuencia del bloqueo del sistema educativo. ¿Cómo llega usted a esta conclusión?

Es algo más matizado. En un primer momento, la democracia es producto del desarrollo de la educación. En el siglo XIX y hasta mediados del XX, la alfabetización permitió, volvió inevitable la generalización del sufragio universal. Luego, la masificación de los estudios secundarios acompañó la profundización de la democracia. A la inversa, hoy en día, el sistema educativo crea y justifica las desigualdades económicas. En el fondo, estamos todos estupefactos por la debilidad de las reacciones ante la explosión de las desigualdades de ingresos y de patrimonio. La nueva estratificación educativa creada por el desarrollo de la enseñanza superior lo explica. En una sociedad occidental tipo, básicamente, un tercio de los jóvenes realizan estudios superiores completos. Otro tercio no los acaba o se detiene al terminar la secundaria. Y el último tercio queda trabado en un nivel cercano a la primaria. Como la selección se pretende racional y justa, meritocrática, la gente de abajo y la de arriba ya no pueden impugnar el nuevo orden social. Admiten las desigualdades económicas. Un subconsciente social de desigualdad guía nuestras elecciones económicas.

¿Dice usted que se ha hecho creer que las desigualdades económicas eran consecuencia del nivel de inteligencia revalidado por la estratificación escolar?

Exacto. Es eso, el trabajo del inconsciente social. Todo empezó en los Estados Unidos. Este país va a la cabeza en materia educativa desde principios del siglo XX. Fue el primero en incrementar la enseñanza secundaria de masas, y ampliar luego el acceso a los estudios superiores. Ahora bien, este desarrollo se detuvo brutalmente a mediados de los años 60 con el esquema tres tercios para cada nueva generación. La guerra de Vietnam ilustró el nuevo enfrentamiento cultural: los obreros estaban en los arrozales; los estudiantes, dispensados del servicio militar, se manifestaban en los campus. Desde entonces, el sistema no se ha movido más que en una dimensión: las mujeres han rebasado a los hombres en términos de rendimiento educativo. Pero, atención, en mi opinión, eso no quiere decir que la pausa sea definitiva. La Historia nos enseña también que en ciertos estadios del desarrollo pueden existir fases. Como ha sido el caso en Europa occidental tras la alfabetización de masas, entre 1910 y 1950.

Las encuestas de opinión constatan el papel de primer orden de esta estratificación educativa. Es la variable más eficaz para explicar las últimas elecciones en Francia, en Gran Bretaña y en Estados Unidos. La estratificación educativa, más que la posición económica, explica el surgimiento de lo que se llama, con condescendencia, populismo. La cuestión de un efecto perverso del orden meritocrático se plantea por fin. ¡Ya era hora! Yo había abordado por primera vez esta cuestión en L’Illusion économique, publicado ¡en 1997!

Pero, desde hace dos siglos, las sociedades se dividen, grosso modo, entre un proletariado, las clases medias y una élite. Entonces, ¿qué es lo que cambia?

La diferencia está en el número: ese tercio de la población. Antes, los de formación superior no representaban más que un débil porcentaje y tenían necesidad de los demás para vivir. En esta época, cuando escribías un libro, no podías contentarte con dirigirte a las élites. Para tener un público, tenías que dirigirte a la gente corriente, simplemente alfabetizada. Hoy en día, las nuevas élites de masas, con un tercio de la población, pueden vivir en una burbuja. El separatismo social se funda en este número. Hoy en día, si haces una película, puedes muy bien no dirigirte más que al 30% de la población que ha cursado estudios superiores. Los políticos han entendido esto. Macron no se dirige más que a esta población, es ella la que lo ha elegido. Eso es lo que nos aleja cada vez más del sueño de emancipación de mayo del 69, y nos acerca a la desintegración social.

Los sistemas culturales de lo alto, lo mediano y lo bajo se ignoran cada vez más, tienden incluso a despreciarse. Hay por tanto urgencia de escapar al aislamiento, investigar una nueva fusión sociocultural, inventar las políticas económicas que permitan una coexistencia fraternal entre gente que ha cursado estudios primarios y los que han seguido estudios superiores. Salir del enfrentamiento entre elitismo de masas y populismo minoritario. En Francia estamos todavía en el grado cero de la investigación de una solución.

El enfrentamiento televisivo entre Le Pen y Macron fue su trágica puesta en escena. Marine Le Pen, como invadida de la inferioridad educativa de su electorado obrero, no dominaba ninguno de los temas, mientras que su rival daba la impresión de pasar por enésima vez su examen oral en la ENA [Escuela Nacional de Administración, centro de formación de las élites burocráticas francesas], repitiendo por lo demás una vulgata económica que lleva a Francia al desastre y que él no es capaz de criticar. ¡No he dicho nunca que la gente con educación superior sea inteligente de modo superior!

Pero la ENA no es la única en ser cuestionada. Pone usted al día un nuevo concepto, «academia», que engloba el conjunto de las instituciones de enseñanza superior…

La enseñanza superior es sociológicamente disfuncional. Nuestro sistema universitario ha perdido su función emancipadora. Ya no se encuentra suficiente gente que tenga un espíritu libre y abierto. Se ha convertido en una máquina de clasificar y la selección se realiza de acuerdo con criterios de sumisión, de disciplina, de conformismo. Su función consiste en reclutar buenos soldados.

Hay una experiencia que he vivido a menudo en las universidades. Soy un investigador heterodoxo, que dice cosas que no están en el programa. Con frecuencia, los estudiantes son el peor de los públicos, con una buenísima justificación: saben que no podrán utilizarme. Peor, notan instintivamente que citándome en un concurso o en un examen correrían un riesgo. Hay un pequeño cariz represivo en la educación superior.

¿Represivo o normativo?

 Para mí es la misma palabra. Pero normativo, por qué no…Tiene usted razón, es mejor, es más sobrio y, como sucede a menudo, lo que es más sobrio es más duro.

¿Y en Francia?

 En Francia, este bloqueo apareció hacia mediados de los años 90. Pero nos hemos convertido en campeones del conformismo meritocrático. Nuestro sistema tiene raíces en el oxímoron del «elitismo republicano». Desde hace mucho tiempo, tenemos centraliens [ingenieros formados en las llamadas Escuelas Centrales] de inteligencia superior, que difícilmente se recuperan de haber fracasado en el Politécnico, olvidan el viejo adagio: uno del Politécnico es el que lo sabe todo, absolutamente todo, pero nada más. De todos modos, la clasificación de las escuelas de ingenieros guarda relación con el nivel de matemáticas, fracción insuficiente pero real de la inteligencia. En las ciencias humanas, las prohibiciones ideológicas son ley. En la cima, en el peor de los casos, la selección de los «enarcas» [licenciados de la ENA] se ha convertido en un vasto concurso de peloteo. Hay que preguntarse si nuestra selección no envía a lo más alto de la jerarquía a los menos aptos para el pensamiento individual.

¿Cómo extrañarse de la progresiva compra por parte de élites extranjeras más imaginativas, de todos los campeones industriales franceses, cuyos ejemplos de actualidad son Alstom y los astilleros de Saint-Nazaire?

Se habla hoy de intensificar la selección en la entrada a la universidad en Francia. ¿Cómo interpreta usted esta evolución?

La interpreto como un intento del orden meritocrático de abroquelarse.

¡Critica usted la meritocracia cuando se trata de un valor republicano!

Hay que contar la historia de esta palabra. La inventó un genial sociólogo inglés, Michael Young, que creó el concepto e hizo a la vez la crítica del mismo. Escribió en 1958 un librito, The Rise of the Meritocracy, que se presenta como una novela de ciencia-ficción escrita en 2033 que anticipa la deriva del sistema. Al comienzo, la meritocracia es genial, tiene usted razón, es republicana, respeta la igualdad de oportunidades. Es progresista, y por tanto formidable… Salvo que, si se aplica el concepto a fondo, al cabo de un cierto tiempo, se tiene un sistema escolar que escoge a la gente en función de su inteligencia y se obtiene una sociedad de jerarquías con sello oficial. La gente de arriba puede sentirse intrínsecamente superior. Los de abajo ya no son parte de un proletariado explotado, nacidos mal «por azar»: han pasado por una máquina que les ha metido en la cabeza que eran inferiores. Por tanto, se obtiene con la meritocracia un sistema de desigualdad con una gran estabilidad ideológica y mental.

Pero Young es todavía más genial cuando nos lleva a prever la deriva del sistema. Las primeras generaciones meritocráticas se niegan a someter a sus hijos al juego implacable de la clasificación social y hacen de todo para protegerlos. Desarrollan estrategias para evitarlo, pagándoles estudios que tienen en cuenta lo menos posible su nivel intelectual real. Racionamiento y selección con certificado de conformismo acaban por bloquear la máquina meritocrática. Cada vez más, gente verdaderamente inteligente, rebeldes al orden intelectual establecido, hombres de ideas, no pueden ya cursar estudios superiores y se acumulan en lo más bajo o en el medio de la sociedad para convertirse en cuadros de la revolución futura. Ya ve usted, soy un optimista. No se detiene la historia.

Cataclismo Global: Epicentro

El precio que Israel pagará por el genocidio es la desintegración moral. Su clase dominante está impregnada de cinismo y arrogancia

Por Franco «Bifo» Berardi

La desintegración

Moshe Dayan dijo en 1967 que Israel debe actuar como un perro rabioso, para que sus enemigos sepan que sus acciones hostiles recibirán una respuesta inconmensurable. Una estrategia que amplía infinitamente el bíblico “ojo por ojo”.

Golpear escuelas, destruir hospitales, matar, matar, matar. De acuerdo, lo hemos entendido, pero no sé si los líderes de Israel se dan cuenta del tsunami de horror que están desatando en la psicoesfera global. Un mes de horror ininterrumpido que, en primer lugar, borró de la psique colectiva el horror del 7 de octubre, y luego produjo las condiciones para una mutación monstruosa en la percepción de Israel por parte de la mente planetaria.

Desde una perspectiva clínica, la gran mayoría de los israelíes hoy aparecen como psicópatas que han perdido toda inhibición moral y, por lo tanto, son peligrosos para los demás pero también para ellos mismos y para cualquiera que confíe en ellos, para cualquiera que de alguna manera les haya entregado su destino.

Todo Occidente, por razones que no tienen nada de nobles (el sentimiento de culpa vinculado al Holocausto que se ha transformado en una identidad negativa de Europa), ha entregado su destino a Israel. El presidente Biden ha entregado su destino a Israel.

Ha habido masacres en el pasado: las de Daesh y Bashir el Assad en Siria, las de Faluya bajo el fósforo blanco de los estadounidenses en 2005, etc. Pero ninguno de los innumerables estallidos de violencia se había transmitido en todas las pantallas del mundo de forma continua durante un mes o quién sabe cuánto tiempo más. Nadie había ocupado tan completamente la infosfera y, en consecuencia, la psicosfera de todo el planeta.

¿Qué consecuencias esperan los vengadores israelíes de este tsunami de horror, más allá de la improbable aniquilación de Hamás?

¿Se puede exponer el cuerpo torturado de toda una población sin pagar el precio?

Nadie sabe cómo evolucionará la situación político-militar, pero podemos suponer que los Estados árabes, mucho más atentos al bolsillo de las élites nacionalistas que a la solidaridad islámica, seguirán con sus condenas sin renunciar a los negocios y acuerdos con Israel. Éste no es el precio que Israel pagará. El establishment occidental y el establishment árabe no romperán con la entidad sionista.

El precio que Israel pagará es su desintegración moral. La clase dominante de Israel está impregnada de cinismo y arrogancia, no retrocederá ante ningún crimen para mantener el control de la situación, pero no podrá mantener ese control por mucho tiempo, porque la catástrofe de los palestinos es la catástrofe moral de los israelíes. La memoria judía no puede coexistir por mucho tiempo con la responsabilidad por un genocidio. La comunidad judía estadounidense ocupó los pasillos del Capitolio y la Estatua de la Libertad para decir: “No en mi nombre”, para rechazar la identificación con los exterminadores de Israel.

Israel ya no es (si alguna vez lo fue) una representación del judaísmo; es su vergüenza, su imagen invertida.

Lo que el sionismo ha identificado incorrecta y peligrosamente como el Estado de los judíos no podrá sobrevivir en medio del odio que el genocidio israelí está despertando en poblaciones que tienen recuerdos de la humillación colonial. Y, sobre todo, el Estado de Israel está hoy aislado en las nuevas generaciones que se identifican con los palestinos de todo el mundo, no tanto por razonamientos históricos y políticos, sino por la percepción de una común condición claustrofóbica, de una común ausencia de futuro y de caminos de salida. Esta percepción  convierte a los palestinos en la vanguardia de la última generación global.

Hay algo horrible en la forma en que los europeos dan la espalda cuando se está produciendo un genocidio a poca distancia de ellos, tal como lo hicieron en las décadas de 1930 y 1940, cuando se estaba produciendo un genocidio en su territorio, pero no ante sus ojos mediatizados como ocurre hoy.

La traición de la cultura hebraica moderna

Es difícil describir la mutación de Israel sin hacer referencia al trauma original, al Holocausto, al deseo de venganza que busca a sus víctimas y las construye a lo largo de décadas.

Todo esto tiene poco que ver con política y mucho con psicopatología. El perro rabioso del que hablaba Dayan está verdaderamente loco, es necesario comprender la génesis de su locura que no se manifiesta hoy sino que comenzó a manifestarse en 1948.

Tocamos aquí un punto extremadamente delicado y doloroso, que se refiere a la evolución del inconsciente israelí, alejándose y contrastando con la cultura judía.

Antes de su muerte en 1967, Isaac Deutscher escribió sobre el judaísmo atrapado en la trampa del Estado-nación:

“El mundo ha obligado a los judíos a abrazar el Estado-nación y estar orgullosos de él precisamente cuando hay pocas esperanzas para el futuro en esto. No se puede culpar a los judíos, el mundo es culpable de esto. Pero al menos los judíos deberían ser conscientes de la paradoja y comprender que su entusiasmo por la soberanía nacional está históricamente rezagado. Espero que los judíos eventualmente tomen conciencia de la insuficiencia del Estado nación” (Isaac Deutscher, The Non Jewish Jew).

No sucedió así: desde el principio, la existencia de Israel coincidió con la traición de la cultura judía moderna. Desde su origen Israel quiso ser una nación, y por ello puso en marcha la expulsión, persecución, internamiento y sometimiento de la población presente en ese territorio.

Ahora todo el mundo se da cuenta de la trampa en la que ha caído el Estado sionista.

El regalo de los colonialistas ingleses, prometido por Balfour en 1917 y entregado en 1948, se revela como lo que fue desde el principio: un regalo envenenado.

Los palestinos también han entrado en el túnel sin salida del Estado nación.

La fórmula “dos pueblos, dos Estados” sancionaba el carácter identitario y tribal del Estado nacional, y negaba cualquier posibilidad de coexistencia pacífica de dos comunidades dentro de una misma entidad política.

Ambas entidades estatales (la existente de Israel y la inexistente pero proclamada de Palestina) han acabado identificándose con sus componentes más identitarios, fundamentalistas, religiosos o abiertamente fascistas.

La línea de falla

El genocidio en Gaza es el epicentro de un cataclismo que dividirá la humanidad de manera duradera: el sur del mundo y los suburbios de las grandes metrópolis occidentales rodean la ciudadela blanca con un muro de odio que alimentará la venganza en los meses y años venideros. Este evento inaugura el siglo de enfrentamiento entre la raza colonial y el mundo colonizado.

Israel es el puesto de avanzada del racismo colonialista en el mundo.

El epicentro del terremoto está en la tierra de los tres monoteísmos, pero el terremoto está en todas partes. No me parece que de ese epicentro provengan vibraciones capaces de desencadenar una guerra mundial, sino más bien una guerra caótica compuesta de innumerables fragmentos de violencia.

Quizás el conflicto de Oriente Medio se haya convertido en una guerra entre fanáticos bárbaros, pero Occidente es responsable de la masacre y sus consecuencias, y está destinado a verse arrastrado a esta loca disputa.

En nombre de la defensa de Israel, Europa está borrando el Estado de derecho, prohibiendo las manifestaciones pro Palestina y criminalizando los símbolos palestinos.

Los hipócritas están indignados por el antisemitismo que asoma la cabeza, pero está claro que el antisemitismo encuentra un terreno fértil en el odio que Israel alimenta, y cada día está más claro que Netanyahu ha conducido a su pueblo a la guerra suicida más aterradora, quizás olvidando que en la guerra suicida el fundamentalismo islámico es imbatible.

¿Por qué Europa es cómplice del genocidio? Se dice por ahí que un sentimiento de culpa empuja a los europeos a defender a Israel, pero creo que el punto es otro. La defensa acrítica de Israel es parte de un proceso de autodefensa de la decadente civilización occidental.

Los racistas se han movilizado para defender a Israel: los descendientes de Pétain, los colaboradores antisemitas de todos los tiempos, junto con el racista declarado Eric Zemmour, marchan reivindicando la representación de la Francia blanca, mientras la militante de setenta y dos años por los derechos de las mujeres palestinas Mariam Abu Daqqa es expulsada porque se atrevió a decir que Israel es responsable de una ocupación colonial, y mientras en todas las metrópolis las banlieues se retiran a un silencio amenazador.

CTXT.es

“El origen de la violencia en Gaza está en la ideología racista de la eliminación del nativo”

El historiador israelí Ilan Pappé repasa los casi cien años de historia de la lucha anticolonial palestina

El siguiente texto es una transcripción de la charla que ofreció el historiador israelí Ilan Pappé en la Universidad de Berkeley, California, el pasado 19 de octubre de 2023. Pappé es director del Centro Europeo de Estudios Palestinos en la Universidad de Exeter y autor de diversos libros en los que trata la cuestión de la ocupación israelí.

Les agradezco mucho que nos dediquen su tiempo en este momento tan crucial y doloroso de la historia de Israel y Palestina. Antes del 7 de octubre de 2023, la mayor parte de la sociedad judía israelí observaba con cierto temor y aprensión la situación creada durante las últimas semanas de este mes, y el principal debate en Israel versaba sobre su futuro. Las manifestaciones semanales de cientos de miles de israelíes formaban parte de un movimiento de protesta contra el intento del Gobierno de cambiar la legislación constitucional en Israel y de crear un nuevo sistema político mediante el cual los poderes políticos tendrían un control total sobre el sistema judicial y la esfera pública estaría mucho más controlada por grupos judíos mesiánicos y religiosos.

En uno de mis artículos describo esa lucha particular por la identidad de Israel –que era el tema principal hasta el 7 de octubre de 2023– como una lucha entre el Estado de Judea y el Estado de Israel. El Estado de Judea lo establecieron los colonos judíos en Cisjordania y era una combinación de judaísmo mesiánico, fanatismo sionista y racismo que se convirtió en una especie de estructura de poder que se hizo mucho más notoria e importante en los últimos años –especialmente bajo el gobierno de Netanyahu– y que estaba a punto de imponer su forma de vida al resto de Israel más allá de lo que llamamos Judea y, en cierto sentido, más allá de Cisjordania o del espacio judío en Cisjordania. En su contra se alzó el Estado de Israel o, si se quiere, la ciudad de Tel Aviv, su mayor exponente. La idea de que Israel es pluralista, democrático, laico –y lo más importante, occidental o europeo– y que está luchando por su vida contra el Estado de Judea parecía ser el foco de atención de lo que podríamos llamar, si no una verdadera guerra civil, al menos una guerra civil fría, sin duda una guerra cultural entre los judíos israelíes, entre ellos mismos.

Cuando algunas personas preguntamos a los dos bandos de este conflicto interno israelí si, por ejemplo, la ocupación de Cisjordania no debería formar parte del debate sobre el futuro de Israel, se nos respondió que no, que ninguna de las partes debía mencionar la ocupación, que es irrelevante para el futuro de Israel. De hecho, a cualquiera que intentara introducir el tema de la ocupación en las protestas semanales contra la reforma judicial o “revolución judicial”, como les gusta llamarla, se le pidió que se marchara y que no se dejara ver con el grupo más numeroso de manifestantes que ondeaban la bandera israelí. Sin duda, si alguien llevara la bandera palestina a esa manifestación, recibiría una paliza y le echarían, del mismo modo que si alguien mencionara el hecho de que tal vez el futuro de Israel también son las condiciones y la situación de los casi dos millones de ciudadanos palestinos de Israel que en el último año han atravesado un proceso de persecución por parte de bandas criminales que aterrorizan sus vidas. Por todo Israel hay bandas criminales fuertemente armadas –muchas de ellas formadas por antiguos colaboradores de Israel en Cisjordania y la Franja de Gaza que fueron sacados de estos territorios tras el Acuerdo de Oslo y que son totalmente inmunes a cualquier tipo de persecución policial o acción penal efectiva–, lo que supone que, como muchos de ustedes sabrán, los palestinos que viven en el propio Israel, me refiero a ciudadanos israelíes, tienen miedo de salir por la noche debido a la nueva realidad en sus calles y espacios. Tampoco se permitía que este tema formara parte del debate público sobre el futuro de Israel.

Si se intentaba mencionar Jerusalén Este y la limpieza étnica de los barrios árabes de Jerusalén, los manifestantes y sus líderes declaraban, de nuevo, que no era un tema importante. O como dijo Amira Hass, la valiente periodista de Haaretz, por lo que respecta a los israelíes, hasta el 7 de octubre de 2023, la ocupación no existía, lo que significaba que ya no existía como problema. Está resuelto; hay una enorme presencia de asentamientos judíos en Cisjordania, ya nadie tiene que ocuparse de ello. De hecho, en las últimas cuatro campañas electorales en Israel, y hubo una cada año, nadie mencionó el tema, la cuestión u ocupación palestina, como quieran llamarlo. No se le pidió a los israelíes que votaran sobre este tema porque ya no existía como problema. Si alguien mencionaba la Franja de Gaza y se volvía a hablar del asedio, le respondían: ¿de qué estás hablando? Se trataba de una cuestión que ya no preocupaba a nadie, del mismo modo que la matanza diaria de palestinos en los últimos dos años en Cisjordania. Pero la constante y recurrente invasión de Al-Aqsa no pasa desapercibida, y el hecho de que las débiles autoridades palestinas sean incapaces de proteger a los palestinos de la violencia ejercida por los colonos, el ejército israelí y la policía fronteriza israelí, no significa que no haya grupos dispuestos a defender a los palestinos, no sólo en la Franja de Gaza, sino también en otras partes de la Palestina histórica. Esto se ha comunicado una y otra vez a la opinión pública israelí, a los responsables políticos, a los jefes del ejército y de los servicios secretos israelíes, pero todos sostenían que no había ningún problema. El único problema era la reforma legal, nos gustase o no.

Y estaba muy claro por qué no se trataban todas estas otras cuestiones. Porque, en esencia, lo que teníamos en Israel era una lucha entre dos formas de apartheid. Por una parte, estaba el apartheid israelí laico, en el que los judíos israelíes sin duda disfrutan de la vida en una democracia plural, al estilo occidental. Por otra parte, tenías la versión contraria del apartheid, la mesiánica, la religiosa, la teocrática. De modo que la lucha era una cuestión interna judía sobre el tipo de vida judía en la esfera pública, sin ninguna referencia a la vida de los palestinos, ya fueran palestinos sometidos a la ocupación en Cisjordania, al asedio en la Franja de Gaza o a un sistema discriminatorio dentro de Israel, por no hablar de los muchos millones de refugiados palestinos: todo esto no estaba allí.

La mañana del 7 de octubre, todo esto explotó en la cara de los israelíes. Y ahora existe la ilusión óptica de que, debido a la conmoción que sin duda sufrió Israel esa mañana, todas estas grietas del edificio sionista han desaparecido porque el ataque de Hamás fue tan brutal, tan devastador, que todos los debates internos se han olvidado, y todo el mundo está unido en torno al ejército y su plan actual para invadir la Franja de Gaza y comenzar con lo que ya estaba en marcha: las políticas genocidas sobre el terreno. Creo que es una ilusión óptica, que el conflicto interno israelí no va a desaparecer. Volverá. No sé cuándo, pero volverá. Sin embargo, lo más importante es que como activistas, como académicos, cualquiera que de un modo u otro esté relacionado con Palestina y la lucha palestina, independientemente de cómo entendamos y enfoquemos los acontecimientos del 7 de octubre desde un punto de vista humano, estratégico, moral, como quiera que lo hagamos, no caigamos en la trampa de descontextualizar y eliminar la perspectiva histórica de estos acontecimientos –y parece que hay bastante gente buena en este país que está cayendo en ello–. Esto es algo que no va a cambiar en las próximas semanas. La realidad básica sobre el terreno sigue siendo la misma que existía antes del 7 de octubre.

El pueblo palestino está inmerso en una lucha por la liberación probablemente desde 1929. Es una lucha contra sus colonizadores y, como toda lucha anticolonial, tiene sus altibajos, sus momentos de gloria y sus difíciles momentos de violencia. La descolonización no es un proceso farmacéutico y estéril, es un asunto desordenado. Y cuanto más duren el colonialismo y la opresión, más probable será que el estallido sea violento y desesperado en muchísimos sentidos. Es sumamente importante recordar a la gente la historia de las rebeliones de los esclavos en este país y cómo se acabó con las revueltas de los nativos americanos, las rebeliones de los argelinos contra los colonos en Argelia, la masacre de Orán durante la lucha del ELN (Ejército de Liberación Nacional) por la liberación. En ocasiones se pueden cuestionar algunas de las ideas estratégicas, se puede tener momentos de inquietud, y con razón, sobre la forma en que se están haciendo las cosas; sin embargo, si no se descontextualiza, si no se elimina la perspectiva histórica del propio acontecimiento, nunca se pierde la brújula moral.

Parece que estemos luchando contra una cobertura típica –tanto por parte de los medios de comunicación como del mundo académico de este país, de Occidente y del hemisferio norte en general–, que tiene esa capacidad de tratar un acontecimiento como si no tuviera historia ni consecuencias. Incluso los relatos sobre el festival que fue atacado el 7 de octubre no mencionan el hecho de que se trataba de un festival sobre el amor y la paz: a kilómetro y medio del gueto de Gaza, la gente estaba celebrando el amor y la paz mientras la población gazatí estaba siendo sometida a uno de los asedios más brutales de la historia de la humanidad, que se prolonga desde hace más de 15 años. Los israelíes deciden cuántas calorías entran en la Franja de Gaza, quién entra y sale, y retienen a dos millones de personas en la mayor cárcel a cielo abierto del planeta.

Todos estos contextos permiten navegar con moralidad sin perder esa brújula; sin embargo, mucho más importante que el contexto inmediato e incluso el contexto del asedio –y en esto me gustaría centrarme hoy– es el hecho de que uno de nuestros mayores retos como activistas en defensa de Palestina, o estudiosos de Palestina comprometidos, es que no podemos desafiar décadas de propaganda e invención, enfrentarnos a esa narrativa, con frases cortas. Creo que este es nuestro principal problema. Necesitamos espacio y tiempo para explicar la realidad ante la enorme cantidad de canales, fuentes de información e instituciones culturales que han proyectado una imagen y un análisis de Palestina falso, inventado, que se ha construido a lo largo de los años con la ayuda del mundo académico, los medios de comunicación, Hollywood, las series de televisión, etcétera. Todo esto influye en las mentes y las emociones de la gente y crea una historia determinada que no se puede cuestionar con una sola frase. Ni siquiera se puede desafiar únicamente con el sentido de la justicia, sino con un sentido de la justicia basado en un profundo conocimiento de la historia, con un análisis profundo y preciso de la realidad mediante el uso del lenguaje adecuado, porque el que utilizan incluso las fuerzas liberales, llamadas progresistas, es un lenguaje que inmuniza a Israel y no permite que la lucha anticolonial palestina se justifique, se acepte y se legitime. Y, ya saben, en el panteón de la lucha anticolonialista, en el que mucha gente pondría a un montón de héroes –desde Nelson Mandela a Gandhi y a otros importantes líderes del movimiento por la liberación–, no encontrarán a ningún palestino. Siempre serán tratados como terroristas, cuando en esencia es un movimiento anticolonialista. Y para emplear el lenguaje adecuado, conocer la historia del lugar y llevar a cabo un análisis correcto se necesita, como he dicho, espacio; no puedes llegar y decirle a alguien: tú estás equivocado y yo tengo razón. Y es un enorme reto para todos nosotros en un momento como el que se está viviendo estos días en Estados Unidos, por ejemplo, donde parece haber un apoyo incondicional a Israel y una postura hipócrita ante el sufrimiento de los israelíes que no se mostró ante el sufrimiento de los palestinos en ningún momento de la historia de Palestina.

Las lecciones de Historia, por así decirlo, son el antídoto a la eliminación de la perspectiva histórica de los acontecimientos del 7 de octubre y los que se están desarrollando ante nuestros ojos hoy –y probablemente en las próximas semanas, si no meses–. El contexto histórico tiene dos niveles, dos pilares básicos sobre los que deberían apoyarse el ámbito académico o el de los medios de comunicación y que considero muy importantes para cualquiera que participe en debates públicos a título individual o institucional. Uno es no dejar nunca de insistir en una definición precisa del sionismo, esto es muy importante: no se debería permitir ninguna discusión sobre lo que ocurre hoy en Israel o en Palestina sin hablar del sionismo. Israel y sus partidarios han invertido mucho esfuerzo en equiparar el antisionismo con el antisemitismo para que, si alguna vez mencionas la palabra “sionismo”, estés pisando el peligroso terreno de ser considerado antisemita, y por lo tanto, seas silenciado. Sin embargo, eso no significa que esta no sea la única manera correcta de iniciar el relato, que comienza con una ideología que es racista y muy dura. El sionismo pertenece a la genealogía del racismo, no a la historia de los movimientos de liberación –que es como se enseña en la mayoría de las universidades estadounidenses–, no a la historia de los movimientos nacionales –que es como se enseña en la mayor parte del hemisferio norte o de la que hablan o cubren los medios de comunicación occidentales–. No, pertenece a la historia del racismo, que originalmente no era una ideología, sino que se manifestó como tal en la tierra de Palestina.

Y este racismo forma parte de la naturaleza colonialista del movimiento sionista, que no es excepcional y con la que ustedes también están familiarizados en este país de europeos que no eran aceptados como tales, que fueron expulsados de Europa y tuvieron que encontrar un lugar diferente. Y encontraron países en los que vivían otras personas y, como dijo el difunto Patrick Wolf, en ese encuentro se activó la lógica de la eliminación del nativo, en el momento en que esos colonos se encontraron con los indígenas. Y eso también es cierto en el caso de Palestina. Las políticas de eliminación forman parte del ADN sionista desde el inicio mismo del movimiento a finales del siglo XIX. Para decirlo con palabras menos académicas, se quería la mayor parte posible de Palestina con el menor número posible de palestinos. Siempre existieron la dimensión demográfica y la geográfica, la de la población y la del espacio: cuanto más espacio tienes, menos quieres a la población indígena que hay en él.

Las políticas de eliminación pueden ser el genocidio, la limpieza étnica o el apartheid. Adoptan formas diferentes en lugares diferentes o en el mismo lugar según la capacidad, las circunstancias históricas y la situación. Sin embargo, no se puede separar lo que pasa en Gaza de estas políticas israelíes de eliminación del nativo, que tienen su origen en el pensamiento sionista –en los dibujos de los pintores sionistas, en la escritura de los intelectuales sionistas–, y que en 1930 se convirtieron en una estrategia que se implementó por primera vez en 1948, con la limpieza étnica que terminó con la expulsión de la mitad de los palestinos y la destrucción de la mitad de los pueblos de Palestina. Por cierto, muchos pueblos israelíes están construidos sobre las ruinas de aquellos; algunos kibutz que fueron ocupados por Hamás durante unas horas se construyeron sobre las ruinas de esos pueblos palestinos de 1948, y una cantidad considerable de los palestinos que entraron en los kibutz eran una tercera generación de refugiados de estos mismos pueblos destruidos no lejos de Gaza. Esto también forma parte de la historia. No estoy justificando lo que se hizo, sino que trato de ofrecer un contexto histórico, sin el cual no se llega al origen de la violencia y sólo se abordan sus síntomas. Hay que ir al origen de la violencia, que es una determinada ideología racista que, en su esencia, es la idea de la eliminación del nativo y, como digo, no es algo exclusivo del sionismo.

Hubo otros movimientos coloniales europeos que, sin duda, estaban motivados e inspirados por la idea de la eliminación del nativo. De modo que, si observamos esa historia de un modo superficial, se infiere que lo verdaderamente importante de un movimiento ideológico que está motivado por la idea de poseer la mayor cantidad posible del nuevo territorio con la menor cantidad posible de su gente nativa es el período histórico en el que fue concebido y en el que se promulgaron sus políticas de eliminación. Ahora bien, si esas políticas de eliminación se promulgan en el siglo XIX, como se hizo en Estados Unidos, estamos hablando de un mundo bastante indiferente al colonialismo, al racismo y a otros derechos humanos o derechos civiles colectivos. Sin embargo, si te paras un minuto a pensar, te das cuenta de que esto se hizo después de la Segunda Guerra Mundial, el año que se promulgó la Declaración de los Derechos Humanos que el hemisferio norte estaba tan orgulloso de mostrar al mundo para manifestar que ya teníamos las bases morales que aseguraran que la matanza masiva de personas y el racismo que habíamos visto en tantos lugares serían erradicados, porque existía un consenso moral. Cuando te das cuenta de que, ese mismo año, Sudáfrica promulgó la ley del apartheid e Israel ejerció la limpieza étnica de Palestina, empiezas a comprender el mensaje que, en 1948, recibieron tanto el régimen del apartheid en Sudáfrica como, lo que es más importante, el Estado sionista por parte de la comunidad internacional: sí, anunciamos con orgullo la Declaración de los Derechos Humanos, pero también les decimos que a ustedes no se les aplica. El mensaje del mundo era que la limpieza étnica de Palestina era aceptable principalmente por una razón –esta era la propaganda, yo no creo que fuera la verdadera razón–, que era, como dijo un intelectual estadounidense, tolerar una pequeña injusticia para corregir una injusticia mucho mayor. Concretamente, los palestinos tenían que compensar a los judíos por mil años de antisemitismo europeo y cristiano. El trato estaba muy claro, y por eso Israel fue el primer Estado en reconocer una nueva Alemania. La gente en Europa y en Occidente dudaba mucho si aceptar a Alemania Occidental como miembro de las naciones civilizadas tan pocos años después del régimen nazi. Israel pretendía, y no con razón, representar tanto a los supervivientes como a las víctimas del Holocausto. Como máximos representantes del Holocausto, los israelíes dijeron: reconoceremos una nueva Alemania y, a cambio, queremos la no injerencia de Occidente en lo que estamos haciendo en Palestina. Se habría esperado que Israel fuera, como mínimo, el tercer país que reconociera una nueva Alemania, no el primero. Pero llegar a este acuerdo era muy importante para ellos. También implicó que la nueva Alemania proporcionara a Israel una enorme ayuda financiera que contribuyó a construir el moderno ejército israelí a principios de la década de 1950.

Ahora bien, como el mensaje que lanzó el mundo fue que, en el caso del Estado de Israel, la limpieza étnica era un método aceptable de estrategia para la seguridad nacional, no es sorprendente que la limpieza étnica continuara. Israel expulsó a 36 pueblos entre 1948 y 1967 dentro de Israel, Israel expulsó a 300.000 palestinos de Cisjordania y la Franja de Gaza durante la guerra de junio de 1967. Desde 1967 hasta hoy, Israel ha expulsado a casi 700.000 palestinos de Cisjordania y la Franja de Gaza. Y mientras hablamos, Israel continúa la limpieza étnica en lugares como Maghazi, Gaza, el sur, las montañas de Hebrón, la zona del Gran Jerusalén y otros lugares de Palestina. La limpieza étnica se ha convertido en el ADN de la política israelí hacia los palestinos, y emplea a cientos de miles de personas para llevarla a cabo, porque no se trata de limpiezas étnicas masivas como en 1948, sino de limpiezas étnicas graduales. A veces es la expulsión de una persona o de una familia, a veces es el cierre de un pueblo o el cerco de la Franja de Gaza, que también es una forma de limpieza étnica, porque si creas el gueto de Gaza, no tienes que incluir a esos dos millones de palestinos dentro del balance demográfico de árabes y judíos, porque estos palestinos no tienen voz ni voto en el futuro de la Palestina histórica.

Este es el único pilar histórico necesario para responder cuando alguien nos diga que si ondeamos la bandera palestina estamos apoyando el terrorismo o emplee ese vil lenguaje que la gente utiliza ahora contra los palestinos. Si la gente compara lo que ocurrió el 7 de octubre por la mañana con el Holocausto –y con ello tergiversan totalmente el Holocausto, su memoria–, o no lo entienden o no saben lo que hacen. Pero incluso si insisten y tratan de dar lecciones de moralidad, es muy importante situar este acontecimiento concreto en la historia más amplia de la Palestina moderna, y en la historia particular del asedio inhumano de dos millones de personas en Gaza que comenzó en 2007 –probablemente el más largo que jamás haya sufrido un número tan grande de personas en lo que respecta a alimentos, agua, libertad de movimiento y otras necesidades básicas de la vida–, y que, en 2020, llevó a las Naciones Unidas a considerar que la vida en la Franja de Gaza es insostenible para los seres humanos. Hace ya tres años pensaban que ya habíamos cruzado la línea roja en Gaza, así que no se sorprendan cuando la gente se desborde: hay indignación, hay venganza, hay violencia, por supuesto que la hay.

Esto mismo ocurrió con las rebeliones de los esclavos, de los indígenas americanos, de los pueblos colonizados desde la India hasta el norte de África. La lucha anticolonial, como he dicho antes, no es cosa de cuáqueros y pacifistas. Puede ser muy violenta o muy pacífica, y en gran parte depende de hasta qué punto el colonizador, el limpiador étnico, esté dispuesto a asumir el hecho de que las personas a las que colonizaron u oprimieron no van a desaparecer y no van a abandonar su lucha. Cuanto antes lo entiendan, más probabilidades habrá de que se produzca una transformación mucho más pacífica de una realidad colonialista a una realidad poscolonialista. Si se niegan a entenderlo, les golpeará en la cara una y otra vez, y el 7 de octubre no será el último momento de dicha circunstancia.

Sin embargo, también hay otro pilar histórico sobre el que me gustaría poner el foco. Es muy importante porque en todo el discurso que acompañó la cobertura de los medios de comunicación y de los políticos de este país, y de Occidente en general, era muy fácil ver cómo se tiende a generalizar sobre los palestinos. Lo hemos oído antes sobre los musulmanes en general después del 11-S, contra cualquier pueblo que se atreviera a desafiar a los imperios durante el período colonialista. No hay nada nuevo en ello, pero es importante recordar a la gente que el sionismo fue un desastre que destruyó una Palestina que habría sido diferente sin el sionismo. Es muy importante recordar a la gente cómo era Palestina antes de 1948: un lugar donde musulmanes, cristianos y judíos coexistían, cuando la coexistencia no era una idea imaginaria de vive y deja vivir, sino que era una forma genuina de convivir. No hay que idealizarla, por supuesto que tuvo su tensión y sus momentos de crisis, pero era un mosaico de vida que, en particular en Palestina, permitía a la gente disfrutar también de lo que la tierra ofrecía, algo que hoy no existe, como por ejemplo, abundancia de agua. Únicamente las personas que recuerdan la Palestina anterior a 1948 saben que cada pueblo palestino tenía un arroyo de agua dulce. Esa fábula sionista que acaba de repetir la presidenta de la Comisión Europea al afirmar que el sionismo hizo florecer el desierto, es una tremenda invención. En muchos lugares, el sionismo convirtió un país floreciente en un desierto. Hay que recordarlo, pero sólo se puede hacer si, con la ayuda de historiadores, se reconstruye la Palestina anterior a 1948 en lo que respecta tanto a las relaciones humanas como a la ecología; la conexión que había entre los palestinos y las hierbas, por ejemplo, en la naturaleza que el sionismo destruyó y que formaba parte de la calidad de vida que tenían los palestinos. O, como dijo el difunto Emil Habibi: “Cuando vivía en la calle Abbas de Haifa, antes de 1948, no sabía quién era cristiano o musulmán en mi calle”. Y creo que no es una mera cuestión nostálgica; si se quiere, se trata de una historia alternativa, en el sentido de que existía la posibilidad de una Palestina diferente.

Y en esa historia hay que incluir también el hecho de que el movimiento nacional anticolonialista palestino, desde el momento en que el sionismo puso un pie en la Palestina histórica, fue fiel a dos principios –y esto está tan bien documentado que no hay que esforzarse mucho para encontrarlo–, que comunicaron a los americanos porque fueron estos los que llevaron estos principios al mundo árabe a través del presidente Woodrow Wilson, especialmente al Mediterráneo oriental en 1919, y después fue Naciones Unidas la que, de algún modo, insistió sobre estos principios. Uno de los principios era el derecho de autodeterminación de los pueblos. Los palestinos dijeron que también merecían el derecho a la autodeterminación, como los iraquíes, los libaneses, los egipcios. El otro principio era la democracia. Si nos apartan del dominio otomano, bajo el que estuvimos 400 años, y quieren que decidamos nuestro futuro posotomano cabe preguntarse cuál será la naturaleza de nuestro régimen, de nuestro Estado, de nuestra existencia política, razonaron. Queremos decidir democráticamente, a través del voto de la mayoría, si queremos formar parte de la Gran Siria, ser una Palestina árabe independiente o formar parte de una república panárabe federada. En cualquier caso, depende de nosotros. Y todas las delegaciones estadounidenses que fueron a Palestina desde 1918 hasta 1948 respondieron a los palestinos que, aunque los principios de democracia y autodeterminación eran apreciados por el mundo occidental y los consideraban los pilares sobre los que construir el nuevo mundo árabe posotomano, no podían aplicarse a Palestina. El Imperio británico había prometido que Palestina se convertiría en un Estado judío, y como los judíos son una minoría tan pequeña, el principio de autodeterminación no podía aplicarse a los palestinos. Y, por supuesto, el principio de elección mayoritaria o democrática estaba descartado para ellos. Esto también es importante en el contexto de nuestro viaje histórico al pasado, para contextualizar el tipo de opresión, el tipo de historia o genealogía del racismo que fue respaldado y apoyado por Occidente en el caso de Palestina.

Ahora bien, este otro pilar no sólo es importante para recordarnos lo que hizo el sionismo o lo que podría haber sido Palestina. Es la base sobre la que construiremos una Palestina posliberada, poscolonial, son los cimientos. Y hay que pensar en los elementos de este pasado y en cómo se relacionan con una realidad diferente de la que tuvimos, y no hay que dejar que el actual ataque a la Franja de Gaza, las políticas genocidas de Israel, impidan seguir pensando en la liberación de Palestina y en cómo sería la Palestina liberada. Y hay que hablar con los palestinos que no sólo piensan en el movimiento táctico de mañana, sino que visualizan una Palestina liberada. Eso es lo que hice en el libro que escribí con Ramzy Baroud: hablamos con cuarenta intelectuales palestinos y les preguntamos cómo visualizaban una Palestina liberada. Y su visión de la liberación no sólo incluye cómo luchar por ella, sino lo que traerá consigo, que es todo lo que tenían en Palestina antes de 1948: una sociedad que no discrimina por motivos de religión, secta o identidad cultural, una sociedad que respeta la democracia y el principio de vive y deja vivir. Y lo que es más importante, tal vez más que cualquier otra cosa, una sociedad que devuelva Palestina al mundo árabe, al mundo musulmán, que le permita volver, de forma natural, al lugar del que fue extraída por la fuerza.

Ahora bien, formar parte del mundo árabe no es un escenario fácil para mucha gente, y con razón. Pero es imposible ser parte de la solución, o de escenarios más positivos para el mundo árabe, si no se forma parte de los problemas del mundo árabe. No se puede debatir sobre los derechos humanos en Irán o los derechos civiles en Egipto sin incluir los derechos humanos y civiles de los palestinos. Estos debates no tienen sentido porque siempre se llega a la excepcionalidad de los palestinos por esa falta de derechos, y a una posición de inferioridad si, desde fuera, se pretende ayudar al mundo árabe a tratar estas cuestiones de derechos humanos y civiles. Y únicamente cuando la Palestina del futuro forme parte del mundo árabe, será parte de sus problemas, pero también será parte de su solución.

Terminaré diciendo, sólo para insistir en el punto principal que realmente quiero plantear hoy, que siempre hay un espejismo dentro del drama, y no se puede subestimar el drama que estamos viendo. Desgraciadamente, creo que sólo es el principio: Israel va a imponer una catástrofe humana no sólo en la Franja de Gaza, sino lamentablemente también en Cisjordania, porque van a utilizar lo que está ocurriendo como pretexto para cambiar también las políticas en Cisjordania. Por supuesto, lo más urgente es intentar pararlo desde Occidente con todos los medios a nuestro alcance, presionar para que haya una intervención internacional que ponga fin a estas políticas genocidas que, mucho me temo, se extenderán también a Cisjordania. Sin embargo, también tenemos que elaborar estrategias para el futuro, porque las cuestiones básicas seguirán ahí después de que este momento concreto termine de un modo u otro. Y, en mi opinión, este tipo de debate es el que garantiza que no perdamos nuestra brújula moral. No nos disuade el modo en que la gente intenta decirnos, sin duda después de lo que ocurrió el 7 de octubre, que no podemos mantener nuestras antiguas posturas sobre moralidad. Y debemos recordarles que nadie cuestiona el derecho de Argelia, Kenia e India a liberarse del colonialismo a pesar de los incidentes que hubo en la lucha por la liberación, de cualquier nivel de violencia que hubiera allí o de cualquiera que fuera el modo en que se produjera el enfrentamiento entre las fuerzas anticolonialistas y las fuerzas colonialistas, nunca cuestionamos el derecho básico a la liberación y la independencia, y tampoco deberíamos hacerlo en el caso de Palestina: si queremos una Palestina en paz, hay que hablar, ante todo, de una Palestina libre. Gracias.

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Traducción de Paloma Farré.

CTXT.ES

40 años construyendo autonomía

Por Raúl Zibechi

Hoy se cumplen 40 años de la fundación del EZLN, el 17 de noviembre de 1983, y en algunas semanas celebramos los 40 años del alzamiento del 1º de enero de 1994.

El zapatismo está tan vivo como tres o cuatro décadas atrás, lo que nos motiva a intentar entender su excepcionalidad. La primera cuestión es que estamos ante un proceso revolucionario, ya que hubo un cambio de régimen en las áreas donde se asienta el zapatismo.

Se terminó el régimen de las haciendas y de los finqueros. Las tierras fueron recuperadas y los hacendados huyeron. En esos espacios comenzaron a gobernarse las bases de apoyo y comunidades, los municipios autónomos y las juntas de buen gobierno que ejercieron la autonomía.

Pero no estamos ante una revolución clásica, como las que conocimos en los dos últimos siglos y, en particular, desde la revolución rusa de 1917. Aquí podemos recordar el diálogo entre el subcomandante Marcos y el viejo Antonio, para decir que el proceso de transformaciones comienza en cierto momento, quizá imposible de fechar, y no finaliza nunca, si es verdadero.

El relato se refiere a la lucha, que es como un círculo que no tiene fin, pero creo que puede aplicarse al proceso de cambios zapatista. En segundo lugar, estoy convencido de que el zapatismo modificó el concepto que teníamos de la forma de cambiar el mundo, focalizado en fechas y lugares: 25 de octubre de 1917, toma del Palacio de Invierno en San Petersburgo, por ejemplo; 14 de julio de 1789, toma de la Bastilla; 1º de octubre de 1949, triunfo de la revolución china y proclamación de la republica popular. Y así.

Si no entendí mal, el proceso zapatista comenzó, tal vez, 40 años atrás, y aún sigue transformando la realidad. Se trata de un extenso proceso de cambios permanentes, centrado en los seres humanos y no sólo en cosas o en objetos, cuyo centro es la autonomía.

La recuperación de la tierra, de los medios de producción, es algo central, pero no así la ocupación de edificios e instituciones. Los cambios de fondo pueden comenzar, como en este caso, incluso antes de recuperar la tierra, porque se concretan en los modos de hacer, en los trabajos colectivos como eje de cualquier construcción y, por supuesto, en la autonomía.

El zapatismo rechaza estancarse, institucionalizarse y, por tanto, dejar de transformar la vida. Se asume como proceso siempre inacabado, no congelado en fechas, lugares y personas. A partir de estas ideas, propongo espejar el proceso zapatista con la situación que atravesaban otros procesos de cambios al cumplir 30 años.

La revolución rusa naufragó mucho antes de llegar a sus 30 años. Menos de una década después de la toma del poder, arreciaron las purgas dentro del partido y la represión contra quienes discrepaban con la dirección, pero sobre todo los ataques a los campesinos y a sus costumbres, imponiendo la colectivización forzosa.

Es cierto que la revolución rusa debió afrontar una guerra civil con la intervención de las principales potencias extranjeras. Pero la represión contra la oposición obrera y los asesinatos de altos dirigentes como Trotsky, no son consecuencia de la guerra civil, sino de la lucha por el control absoluto del poder por un reducido grupo de dirigentes.

En 1979, tres décadas después del triunfo de la revolución, China estaba abrazando el capitalismo luego de haber encarcelado a varios dirigentes del partido, incluso a la viuda de Mao, Chiang Ching. Pese a los errores de Mao y su tendencia a gobernar desde arriba, su muerte en 1976 precipitó la marcha hacia el capitalismo y el abandono de toda tensión transformadora por la nueva dirección encabezada por Deng Xiaoping y quienes le siguieron.

La cultura política imperante en esos procesos se fue alejando de los principios iniciales y fundacionales; con el tiempo tendió a reproducir los modos y vicios de las clases derrotadas, como atinó a observar el propio Lenin hacia el final de su vida. Suele compararse a Stalin como un zar y a los comunistas chinos con la casta privilegiada de los mandarines.

La lucha por el poder fue el eje de la revoluciones “triunfantes”, centradas en el Estado. La autonomía y la construcción de lo nuevo son el núcleo del zapatismo. Por todo esto, a 30 años del “¡Ya basta!” podemos decir que el zapatismo sigue transformando el mundo, creando el mundo nuevo y defendiéndolo.

Ha creado nuevas formas de ejercer el poder a través del “mandar obedeciendo”. Las relaciones entre las personas se siguen modificando en la salud, la educación, la producción, la justicia, la fiesta, el deporte y el arte, orientadas por la ética rebelde.

No se trata de que hicieron algo grande en 1994, y ya. Se trata del proceso largo de cambios y de creaciones, y comprender que ahora van por más. Luego de dos largas décadas de un progresismo que ha mostrado sus miserias, el zapatismo sigue éticamente intachable. Continúan con la misma vitalidad de siempre pese a los cercos y las violencias que enfrentan. Zapata vive…

 

El libro póstumo de David Graeber: Una de piratas

Por Rediker Marcus y Gooding Francis

Seguramente ya en curso de traducción y edición en castellano, Pirate Enlightenment, or the Real Libertalia [Allen Lane, 2023, 208 págs.], el libro póstumo de David Graeber (de cuya muerte a fines del verano de 2020 se cumplen ahora tres años), vio la luz esta pasada primavera en su original en inglés. Recogemos dos generosas y detalladas reseñas que dan cuenta de una obra desusadamente singular tanto por su tema ignoto y fascinante como por su insólito enfoque histórico y político. SP

Ilustración desde abajo. Piratas y democracia radical en Madagascar

Marcus Rediker

El difunto David Graeber, anarquista, activista y antropólogo, fue un narrador magistral. A lo largo de toda su carrera, se dedicó a investigar cuestiones relacionadas con el poder, la libertad y la justicia social, generalmente a lo largo de un dilatado periodo de tiempo, e insertó su análisis en anécdotas ricas y evocadoras. In Debt: The First 5,000 Years [En Deuda: Una historia alternativa de la economía, Ariel, Barcelona, 2020], daba cuenta del «comunismo cotidiano» que constituye la base de la sociedad humana y las formas en que llegaron a superponerse a ésta diversos tipos de deuda como palanca de poder e injusticia. En The Dawn of Everything, [El amanecer de todo, Ariel, Barcelona, 2021], escrito en colaboración con David Wengrow, propuso nada menos que un origen y una historia alternativas para la civilización humana. Todo lo que escribía Graeber era simultáneamente una genealogía del presente y un relato de cómo podría ser una sociedad justa.

Graeber llevaba además sus ideas a la práctica. Participó activamente en las protestas antiglobalización y en acciones directas en la década de 1990 y principios de la de 2000, y se convirtió en un destacado activista y teórico del movimiento Occupy en 2011. Ayudó a acuñar la frase «Somos el 99 por ciento» y enfocaba a menudo su activismo de forma muy parecida a su trabajo en la antropología: tratando de relatar una historia de humanidad, de agencia y resistencia, de democracias radicales y de búsqueda de la emancipación.

Pirate Enlightenment, [Ilustración Pirata] un nuevo libro, póstumo, en el que Graeber había estado trabajando antes de su muerte en 2020, entreteje muchos de estos temas en una gran historia. Pero a diferencia de su activismo trotamundos y su antropología del pasado, lo hace aquí situando estos temas en un lugar específico, Madagascar, y en un lapso de tiempo mucho más corto, aproximadamente entre 1690 y 1750. Sin embargo, hasta dentro de estos límites Pirate Enlightenment resulta un relato exuberante sobre «magia, mentiras, batallas navales, princesas robadas, revueltas de esclavos, caza de hombres, reinos ficticios y embajadores fraudulentos, espías, ladrones de joyas, envenenadores, adoración del diablo y obsesión sexual», tal como escribe en el prefacio del libro, todo ello envuelto en un rico relato marinero sobre los piratas y «los orígenes de la libertad moderna». Es un libro sobre la toma de decisiones democrática y las formas de libertad que se crean desde abajo. También nos pide que pensemos de nuevo la idea de «Ilustración» y los orígenes de la democracia. En lugar de mirar a Europa, Graeber sitúa ambas en una isla de la costa de África Oriental.

Que la historia de la piratería atraiga a alguien del talento de Graeber resulta extraordinario. Cuando yo empecé a trabajar sobre marineros y piratas en los años 70, era un empeño solitario. Apenas se habían realizado trabajos académicos serios sobre los marineros de altura -a quienes la mayoría de los historiadores de la época ni siquiera consideraban parte de la historia del trabajo- ni sobre los piratas, que atraían a muchos historiadores aficionados (algunos de ellos bastante buenos), pero a pocos estudiosos bien formados.

El auge de la «historia desde abajo» cambió todo esto. Los movimientos de los años 60 y 70 -las luchas por los derechos civiles, el Black Power, la guerra de Vietnam y los derechos de la mujer- exigían nuevas historias que se centraran no sólo en los estados y los políticos, sino en los actores políticos cotidianos. Estas historias acabaron democratizando la forma en que se ha escrito mucha Historia desde entonces. Influidos por obras como The Making of the English Working Class [La formción de la clase obrera en Inglaterra, Capitán Swing, Madrid, 2012], de E.P. Thompson, y The Black Jacobins, [Los jacobinos negros, Katakrak, Pamplona, 2022] de C.L.R. James, una nueva cohorte de historiadores estudió la «agencia» y la «autoactividad» de una clase trabajadora concebida en sentido amplio. Todos, desde los obreros industriales hasta los indígenas, pasando por los esclavizados, podían hacer también historia.

La piratería, por supuesto, constituía sólo una pequeña parte de estas nuevas historias, pero a medida que los historiadores de abajo empezaron a dirigir su atención hacia una variedad mayor de personas, comenzaron también a centrarse en una extensión geográfica mucho más amplia, a ir más allá de las fronteras de un solo Estado y a cruzar los océanos del mundo. La perspectiva atlántica y la mundial empezaron a substituir a los relatos nacionales -y nacionalistas-. Los estudios sobre los trabajadores marítimos, que solían ser marginales en las historias nacionales, empezaron a desempeñar un papel fundamental en la comprensión del pasado. The Common Wind: Afro-American Currents in the Age of the Haitian Revolution, de Julius Scott, fue sólo un ejemplo de este giro, al replantear la Revolución Haitiana en un contexto más amplio de luchas marítimas atlánticas. Al igual que The Common WindPirate Enlightenment de Graeber es una historia desde abajo, que mira más allá de las fronteras tradicionales del Estado nacional. El libro es un ensayo, lo que significa, literalmente, un primer intento de comprensión. No es ni mucho menos definitivo, como señala el propio Graeber. Sin embargo, el libro también presenta inusuales puntos fuertes: no sólo se basa en la elegante habilidad de Graeber para contar historias y en su agudo ojo para el detalle, sino también en su extenso trabajo de campo realizado en Madagascar entre 1989 y 1991.

En el centro de Pirate Enlightenment está la historia de una «Libertalia real». La propia Libertalia era un asentamiento mítico que, según se dice, construyeron los piratas en Madagascar como experimento democrático radical para vivir libremente en medio de las brutalidades del naciente capitalismo. Graeber no sugiere que existiera este asentamiento concreto, sino que se interesa por una comunidad real e igualmente subversiva que, aunque nunca se llamó Libertalia, prosperó entre la tribu de los betsimisaraka entre 1720 y aproximadamente 1750, y que se basaba en principios de los piratas.

Según cuenta Graeber, la historia de esta Libertalia de la vida real comenzó en 1691, cuando unos piratas se asentaron en Sainte-Marie, se casaron con mujeres malgaches y se dedicaron al comercio de esclavos, dirigiendo gran parte de su tráfico humano a la colonia de Nueva York. Los jefes de los linajes locales atacaron y erradicaron el asentamiento en 1697. Después, Nathaniel North y su tripulación pirata construyeron un nuevo asentamiento en Ambonavola en 1698, basado en las prácticas democráticas e igualitarias de los barcos piratas. También ellos tomaron esposas malgaches, y formaron alianzas que durarían hasta la muerte de North en 1712. Las mujeres malgaches utilizaron el botín pirata para establecerse como comerciantes y conseguir mayor autonomía. Graeber considera que estas mujeres dieron un golpe de Estado contra las restricciones patriarcales de su cultura.

El héroe de la historia de Graeber es un joven carismático llamado Ratsimilaho, hijo de un marino convertido en pirata y de una malgache que representaba una figura destacada entre los betsimisaraka. Entre 1712 y 1720, Ratsimilaho lideró a los betsimisaraka en una serie de guerras contra un jefe rival, Ramangano, y los tsikoa, un clan del sur que se hizo con el control de varias ciudades portuarias de la costa noreste de la isla para comerciar con los europeos. Ratsimilaho se asemejaba a los capitanes piratas que proyectaban un gran poder y utilizaban la violencia contra sus rivales políticos, al tiempo que dirigían a su propia comunidad mediante deliberaciones colectivas y democráticas. Utilizaba el “kabary”, una institución de discusión y debate, del mismo modo que los piratas utilizaban la asamblea común para gobernar sus barcos. También empleó medios de guerra piratas, entre ellos el uso de mosquetes. Ratsimilaho no tardó en derrotar a los tsikoa, a los que llamó «betanimena» -los cubiertos de barro rojo- cuando se retiraron derrotados.

La victoria de Ratsimilaho sobre Ramangano en 1720 consolidó lo que se convirtió en la Confederación Betsimisaraka, la cual, durante los 30 años siguientes, llevaría a cabo lo que Graeber llama un «experimento de proto-Ilustración». Apoyándose en las prácticas piratas de igualdad y antipatía por la autoridad concentrada y arbitraria, Ratsimilaho y los betsimisaraka crearon y mantuvieron un «simulacro de reino» descentralizado, no jerárquico y participativo que se opuso al comercio de esclavos, estableció prácticas igualitarias y experimentó décadas de prosperidad.

A diferencia de la mayoría de los críticos de Pirate Enlightenment, he leído la mayoría de las fuentes primarias de Graeber. Estamos de acuerdo en cuestiones fundamentales: en primer lugar, que la propia Libertalia fue una ficción, una invención literaria. Esto no es algo controvertido. En segundo lugar, estamos de acuerdo en que las prácticas sociales reales y empíricamente probadas de los piratas inspiraron y dieron forma a la historia de Libertalia. Las ideas plasmadas en Libertalia eran concepciones reales y vivas. No eran algo utópico, es decir, «sin lugar»; contaban con un lugar y, como muestra hábilmente Graeber, contaban también con una historia.

En puntos menores podríamos discrepar: ¿fue Daniel Defoe «Charles Johnson», el autor de General History of the Pyrates [Historia general de los piratas, Valdemar, 2017] y su sección sobre Libertalia? Graeber sugiere que probablemente sí, pero yo no lo creo: el libro de Johnson contenía conocimientos marítimos más detallados de los que podría haber poseído o incluso comprendido Defoe. La sección sobre Libertalia fue probablemente obra de un equipo de escritores de Grub Street [calle de Londres conocida por sus editores, publicistas y periodistas] que tenían vínculos con piratas reales a los que entrevistaron para el libro, así como acceso a manuscritos inéditos difundidos en círculos oficiales. Sin embargo, nada de esto socava el argumento más general de Graeber: que entre 1720 y 1750 surgió en Madagascar una sociedad democrática radical como una cabeza de hidra.

Sin embargo, Pirate Enlightenment tiene otras limitaciones. Gran parte de la historia tratada por Graeber no sólo es desconocida sino incognoscible, como él mismo libremente reconoce. Además, dudo que hubiera tantos piratas en Madagascar como afirma él; «varios miles» me parece completamente imposible. Dudo incluso que fueran «varios centenares», ya que sólo surcaban los mares unos 5.000 piratas en cualquier parte del periodo que estudia Graeber. Estas cifras tienen su importancia, porque el argumento sobre la repercusión de los piratas en las culturas del noreste de Madagascar depende hasta cierto punto de una cierta densidad en su presencia física: cuanto menor haya sido el número de antiguos piratas, menos probable y menos duradera habrá sido su influencia. Cabe añadir que los piratas que se asentaron en Madagascar no eran más que una pequeña minoría del total de la población pirata entre 1650 y 1730, la llamada «edad de oro», y que los piratas del Atlántico estaban mucho menos implicados en el tráfico de esclavos que los que tenían su base en el océano Índico.

También es importante recordar que la «cultura pirata» (la forma de dirigir un barco) era en sí misma un fenómeno dinámico que cambiaba con el tiempo. Formaron la «edad de oro» tres generaciones distintas de piratas. Sus culturas eran continuistas, pero en modo alguno idénticas. A medida que los bucaneros de las décadas de 1660 y 1670 dieron paso a los piratas de la década de 1690, a los que siguieron los de las décadas de 1710 y 1720, la cultura pirata se hizo más igualitaria y democrática con el tiempo, conforme las élites abandonaban el negocio del robo por mar y los marineros comunes adquirían un mayor control sobre el funcionamiento de los barcos piratas. Fue crucial que los piratas que se asentaron en Madagascar durante la década de 1690 (por muchos que fueran) lo hicieran en una época en la que los grandes mercaderes y traficantes de esclavos aún tenían mucho poder sobre sus acciones.

La práctica de la esclavitud entre los betsimisaraka es una cuestión que atraviesa la narración de Graeber, pero que nunca se aborda en su totalidad. Graeber sostiene que parte del éxito del proyecto de Ratsimilaho consistió en desconectar a su región y a su pueblo del comercio de esclavos cada vez más agresivo en los océanos Atlántico e Índico. Pero Graeber desvela pruebas de que Ratsimilaho y sus compañeros guerreros poseían esclavos, lo que, de ser cierto, haría que su «experimento» fuera menos democrático de lo que afirma Graeber, y que no estuviera al margen de los sistemas esclavistas que surcaban los océanos Atlántico e Índico.

A pesar de estas reservas, considero que Pirate Enlightenment es uno de los libros más creativos que se hayan publicado sobre la historia de la piratería. La razón principal es que Graeber ofrece nuevas ideas y nuevos puntos de vista sobre la historia de estos forajidos marítimos. La mayoría de los libros sobre piratas no aportan ideas nuevas, y los hay que no las aportan en absoluto, sólo resultados de investigación, que son útiles pero limitados. Lo que Graeber ofrece de nuevo es un análisis de cómo funcionó el proceso de cambio de la cultura pirata entre los betsimisaraka: cómo los pueblos del noreste de Madagascar eran agentes conscientes de la historia que tomaban decisiones de inclusión y transformación dentro de la matriz de sus propios valores y su propia cultura. Uno de los puntos fuertes del libro de Graeber es su análisis de la estructura y la cultura de la sociedad betsimisaraka y su evolución a lo largo del tiempo. Aun cuando carece de fuentes sobre personas, acontecimientos y épocas concretas, me resulta convincente Graeber. Llevó a cabo su trabajo de campo, tenía un conocimiento práctico de la lengua malgache, contaba con antiguos compromisos intelectuales y culturales en Madagascar. Combina con éxito dos tipos de Historia desde abajo: la marítima y la indígena. Se trata de una combinación poco habitual, pero con todas las de ganar. Trata a la gente corriente, especialmente a las mujeres, como pensadores, creadores y artífices de la Historia. Su teoría y sus métodos son tan democráticos e igualitarios como la cultura que trata de esclarecer.

Me apresuro a añadir que no soy especialista en la historia de Madagascar y que la influencia del libro de Graeber dependerá en gran medida de lo que tengan que decir al respecto los estudiosos de los betsimisaraka. Graeber ha ofrecido una interpretación que trata de dar el mayor sentido posible a las pruebas disponibles sobre los piratas y los betsimisaraka a lo largo de mucho tiempo. Puede que se equivoque en algunos detalles, pero sospecho que su interpretación general será difícil de refutar.

Al igual que sus historias de la deuda y del amanecer de «todo», Pirate Enlightenment de Graeber nos incita a pensar. Al mismo tiempo, algunas de las ideas de Graeber no son tan nuevas como él afirma, mientras que otras son más grandes de lo que él deja que sean. Afirmar, como afirma él, que el igualitarismo de los piratas no era un ideal «occidental» no es una idea nueva. Hace más de 20 años, Peter Linebaugh y yo argumentamos en nuestro libro The Many-Headed Hydra [La hidra de la revolución. Marineros, esclavos y comuneros en la historia oculta del Atlántico, Traficantes de sueños, Madrid, 2022], que esos principios de organización social y política los creó, preservó y recreó un proletariado multirracial atlántico en una larga serie de luchas, desde 1600 aproximadamente hasta la década de 1830. A lo largo del siglo XVIII, una tradición de radicalismo marítimo ofreció constantemente nuevas posibilidades políticas: entre los piratas de las décadas de 1710 y 1720, en las rebeliones de las ciudades portuarias de la década de 1730, en la Revolución Americana de las décadas de 1760 y 1770, y en los masivos motines navales de todo el Atlántico de la década de 1790. Graeber no indaga en los orígenes de la cultura pirata, aunque sí señala que los filibusteros ofrecían «una visión profundamente proletaria de la liberación».

The Nation, 21 de marzo de 2023

 

Cuando se jubilan los ladrones

Francis Gooding

Al igual que muchos otros importantes inventos científicos, las primeras recetas de pólvora de verdad se idearon en China. El cóctel clásico de azufre, salitre y carbón se conocía al menos desde el siglo IX d.C., aunque los alquimistas taoístas, que buscaban oro e inmortalidad, ya conocían preparaciones similares desde hacía cientos de años. Una referencia muy temprana aparece en el Zhenyuan Miaodao Yaolue (Esenciales clasificados del misterioso Tao del verdadero origen de las cosas), un texto atribuido en parte al alquimista del siglo III Zheng Yin. En él advierte contra la mezcla de azufre, realgar, miel y salitre, una combinación peligrosamente deflagrante: los alquimistas que experimentaban con esos ingredientes habían quemado edificios y se habían chamuscado las barbas. La lista de Zheng de procedimientos que debían evitarse también incluía la ingestión de elixires de plomo, plata, mercurio y cinabrio (con resultado de muerte); tomar cinabrio derivado del mercurio y el azufre (causa forúnculos y llagas); y beber «zumo de plomo negro», un brebaje poco apetecible que el bioquímico y sinólogo Joseph Needham pensaba que era posiblemente una «suspensión caliente de grafito», lo que suena como un ponche caliente hecho de virutas de lápiz. Fuera lo que fuese, el zumo de plomo negro te ponía al parecer muy enfermo, pero ni siquiera Zheng parecía pensar que alguien fuera a preparar una bebida de pólvora: se limitaba a advertir a la gente de que no se quemara los bigotes jugando con ella. Por otra parte, era un alquimista, no un rey pirata malgache que hacía un juramento mágico de hermandad. Y para ese ritual era esencial una bebida de pólvora.

La fórmula, registrada por el cronista franco-mauriciano Nicolas Mayeur en 1806 y reproducida en la obra de David Graeber Pirate Enlightenment, consistía en mezclar pedernales, bolas de plomo, pólvora y agua de río con la punta de un cuchillo sobre un escudo al que le hubiera dado la vuelta, y beberlo con jengibre empapado en la sangre de los juramentados. Mayeur, un comerciante de esclavos retirado reconvertido en historiador, relataba los rituales de la coronación de un joven llamado Ratsimilaho, hijo de un capitán pirata inglés y de una princesa malgache, que fue investido en 1720 gobernante de una nueva entidad política en la costa del noreste de Madagascar, la Confederación Betsimisaraka. Centrada en la ciudad de Ambonavola, o Foulpointe (actual Mahalevona), y extendida a lo largo de más de quinientos kilómetros, la confederación había unificado los estados locales existentes mediante una combinación de guerra y diplomacia. Se considera que, en su mayor parte, fue una creación del notable Ratsimilaho, que era probablemente un adolescente todavía cuando ascendió al poder. De niño había visitado Inglaterra, muy probablemente con su padre («Capitán Tom»), y había recibido por lo menos una educación parcial. En los relatos convencionales se le presenta como un visionario ilustrado que pretendía llevar la ciencia y las letras contemporáneas a una nueva nación modelada según los estados de Europa. Pero parece que su confederación se sostuvo sobre todo gracias a su carisma personal. Cuando murió en 1750, empezó a desintegrarse; para principios del siglo XIX había desaparecido.

El relato de Mayeur, «Histoire de Ratsimilaho, Roi de Foule-pointe et des Betsimisaraka», se conserva como manuscrito en la Biblioteca Británica. No es, ni mucho menos, la única historia de reyes y reinos piratas en Madagascar, pero sí una de las pocas que es mucho más que un relato pintoresco. Mayeur no era un aficionado: había vivido y trabajado en la isla durante 25 años y había recabado información de algunos de los generales y confidentes de Ratsimilaho, que ya eran ancianos. También conocía al hijo y heredero de Ratsimilaho. El tema de su obra era, sin duda, una persona real, y la Confederación Betsimisaraka existió con toda seguridad; los habitantes de la zona se llaman a sí mismos betsimisaraka hasta el día de hoy. Según Graeber, que realizó su trabajo de campo antropológico en Madagascar a finales de la década de 1980, se trata de «uno de los pueblos más obstinadamente igualitarios de Madagascar». Así pues, no cabe duda de que algo políticamente inusual ocurrió en el noreste de Madagascar a principios del siglo XVIII, y de que tuvo algo que ver con los piratas y sus descendientes.

No está muy claro qué es lo que fue exactamente. Otros reinos malgaches de la época han dejado una huella perceptible, pero los arqueólogos no han encontrado pruebas físicas de ningún tipo de estado centralizado en la zona: ni obras públicas ni palacios, ni indicios de ningún sistema de administración o fiscalidad, ni rastro de un ejército o una burocracia, de hecho, nada que indique interrupción alguna de las formas de vida existentes en la costa. Mayeur y quienes le siguieron creían que Ratsimilaho era un visionario precoz y un brillante estratega militar, pero hay otros relatos contemporáneos que lo pintan simplemente como un desagradable jefe local, o como lugarteniente de otro rey en otro lugar de la isla, o incluso como lugarteniente de un «rey» pirata completamente distinto llamado John Plantain. Es un panorama confuso. ¿Qué se puede hacer con todo esto?», se pregunta Graeber.

En Pirate Enlightenment, or the Real Libertalia intenta responder a esta pregunta. Como sugiere el título, para Graeber hay más en juego de lo que cabría esperar de un breve episodio de la historia local o de una anécdota larga y aburrida sobre un reino pirata que nunca existió, aunque el libro esté repleto de material pintoresco: pactos de sangre y envenenamientos, magos y princesas, ciudades piratas aisladas en islas tropicales, reyes impostores que se enseñorean de falsos imperios y mucho más. Sin embargo, más allá de todo esto, Graeber tiene algo que decir sobre el modo en que los acontecimientos de la costa nororiental de Madagascar pueden replantear nuestra comprensión de la evolución intelectual en el Siglo de las Luces.

Madagascar era a finales del siglo XVII una anomalía. Situada fuera de la senda de las grandes rutas marítimas, no se encontraba plenamente integrada en el sistema de comercio internacional que funcionaba en el Océano Índico. Quedaba fuera de la creciente influencia de las potencias europeas: no había entrado en la jurisdicción de la Real Compañía Africana Británica ni de la Compañía de las Indias Orientales, y los intentos de asentamiento de holandeses y franceses habían fracasado repetidamente. El oeste de la isla estaba dominado por grandes y poderosos reinos, entre los que los comerciantes suajilis y árabes conocidos como “antalaotra” («Gente del Mar») controlaban el comercio regular de ida y vuelta con Zanzíbar y el continente africano. Pero el este, especialmente el noreste, estaba mucho menos desarrollado. Por lo tanto, era de escaso interés para las potencias locales y estaba fuera del alcance de las extranjeras, lo que lo convertía en un escondite y lugar de retiro ideal para los piratas, que se habían dado cuenta de que el riquísimo tráfico marítimo del océano Índico y el mar Rojo ofrecía premios aún mayores que los que se podían conseguir en el Caribe. En las últimas décadas del siglo XVII, gran número de bucaneros y salteadores empezaron a recalar allí, muchos de los cuales tomaron esposas malgaches y se establecieron en las comunidades locales. A finales de la década de 1690, quizás unos cuantos miles de piratas habían establecido su residencia temporal o permanente, y la costa noreste estaba “salpicada de pequeños asentamientos piratas”, algunos de los cuales se convirtieron en ciudades o puertos importantes.

El mayor y más famoso fue Sainte-Marie. Fundada por un asesino en busca y captura llamado Adam Baldridge, Sainte-Marie era una ciudad-fortaleza situada en la pequeña isla de Nosy Baraha, cerca de la costa de Ambonavola. Llegó a albergar a un millar de habitantes, muchos de ellos piratas en activo o retirados, y servía de puerto de reabastecimiento y aprovisionamiento a los barcos piratas, así como de lugar en el que guardar las ganancias mal habidas. Se convirtió en parada habitual de la «ronda pirata» que se extendía desde el Caribe hasta el océano Índico, y el propio Baldridge tenía un acuerdo con un deshonesto hombre de negocios de Nueva York que utilizaba la compraventa de malgaches esclavizados como tapadera para deshacerse de joyas y objetos de lujo saqueados. Sainte-Marie fue finalmente saqueada en 1697 por malgaches del continente, después de que Baldridge acometiera una redada de esclavos especialmente traicionera.

De vuelta a Europa, los informes muy adornados sobre ciudades como Sainte-Marie y personajes como Baldridge circularon ampliamente como cotilleos de café y materia de literatura popular. Las historias de piratas eran tan atractivas -y han demostrado ser tan duraderas- que Graeber cree que pueden haber constituido «la forma más importante de expresión poética producida por ese proletariado emergente del Atlántico Norte cuya explotación sentó las bases de la revolución industrial»: una especie de contra-literatura anarco-fabulosa que cautivó al público con grandes historias de criminalidad extravagante, tesoros y reinos antiheroicos fuera de la ley creados por hombres condenados que navegaban bajo la calavera y las tibias cruzadas. A veces, estas historias también tenían un toque político, ya que el folclore pirata abundaba en rumores y fantasías sobre la organización de los nuevos estados fundados por los bucaneros en los remotos trópicos. Los legendarios reinos piratas se imaginaban como algo muy distinto de las sociedades europeas de la época: a menudo se presentaban como utopías en las que se habían abolido la miseria y la dominación, en las que los ciudadanos eran iguales y todas las cosas se repartían equitativamente entre ellos, y en las que los asuntos políticos se decidían por medios democráticos.

Este análisis descarnado y tabernario de las ideas sobre la igualdad, la propiedad, el contrato social y el poder político resulta algo reconocible como variante popular de lo que llegarían a ser los temas esenciales del pensamiento de la Ilustración. Daniel Defoe comparó a los colonos piratas de Madagascar con los fundadores de Roma, y Montesquieu afirmó que los griegos también eran piratas en su origen; Graeber sugiere que las historias de política pirata eran bien conocidas por muchos escritores y pensadores de la época. Como rudo utopista comprometido con la libertad frente a todas las leyes y gobiernos existentes, el pirata era «una figura de la Ilustración tan importante como Voltaire o Adam Smith» (no conviene romantizar demasiado. Los piratas podían tener tan pocos escrúpulos y ser tan brutales como sugiere su reputación más convencional, aunque quizá en esto no fueran excepcionales para los baremos de la época).

La democracia pirata más famosa de la época fue Libertalia, o Libertatia, un asentamiento legendario que se dice se ubicaba en… ¿dónde si no?… Madagascar. Aparece en A General History of the Pyrates (Historia general de los piratas), un compendio en dos volúmenes sobre los piratas y  sus hazañas publicado en Londres en 1724, y atribuido a un tal «Capitán Johnson», pero que normalmente se cree que fue escrito por Defoe. El libro ofrece relatos detallados de bucaneros infames como Henry Avery y «Calico Jack» Rackham, de los que figuran todos menos uno en los anales históricos.

La excepción es un pirata francés conocido como capitán Misson. Alentado por su compinche, un «sacerdote lascivo» llamado Caraccioli al que había recogido en Roma, Misson se hizo a la mar, según la Historia General de los piratas, con la intención de «hacer la guerra legalmente a todo el mundo, ya que le privaría de la libertad a la que tenía derecho por las leyes de la naturaleza».

A bordo de su barco, el Victoire, la liberté, la égalité y la fraternité eran ya aparentemente la norma: los prisioneros eran tratados sin violencia, los africanos esclavizados eran liberados y se unían voluntariamente a la tripulación, y las decisiones se tomaban por acuerdo general. Tras muchas aventuras en el mar, Misson y Caraccioli fundaron un asentamiento en la costa malgache: Libertalia, tierra de libertad. Sus habitantes pasaron a llamarse Liberi, y todas sus nacionalidades y lenguas anteriores se disolvieron juntas para convertirse en «uno hecho de muchos». Su gobierno debía ser de «forma democrática, en la que el pueblo fuera el artífice y juez de sus propias leyes». Se abolieron la esclavitud y la religión organizada, y la tierra y el ganado se repartieron a partes iguales, como se había hecho con el botín de la piratería en la Victoire. Se corrió la voz de la sociedad libre de Misson. Muchos otros piratas famosos, como Henry Avery, se unieron a ellos antes de que el asentamiento fuera destruido por los hostiles malgaches.

Así rezaba la historia. No hay pruebas de que Misson o Libertalia existieran realmente, pero la descripción de la vida a bordo del Victoire tiene una base de verdad: algunos barcos piratas, a diferencia de los buques mercantes y de la marina, funcionaban según principios igualitarios. Sin ninguna autoridad superior que confiriera poder al capitán, los barcos piratas se regían por consenso. Las decisiones se tomaban a menudo en común, sin que el capitán tuviera ningún poder especial de mando excepto durante la batalla, y algunos barcos tenían incluso artículos escritos que establecían los términos para la distribución justa del botín. Los miembros de la tripulación también podían recibir compensaciones por las heridas sufridas. Como en Libertalia, estos barcos podían ser un crisol donde uno se hacía de muchos. Graeber cree que los barcos podrían haber desempeñado un papel de «punta de lanza en el desarrollo de nuevas formas de gobierno democrático» en aquella época. “Las tripulaciones piratas”, escribe,

“estaban a menudo formadas por tantos tipos diferentes de personas con conocimientos de tantos tipos diferentes de organización social (un mismo barco podía contar con ingleses, suecos, esclavos africanos fugados, criollos caribeños, nativos americanos y árabes), comprometidos con un cierto igualitarismo tosco y despreocupado, mezclados en situaciones en las que la rápida creación de nuevas estructuras institucionales era absolutamente necesaria, que en cierto sentido eran laboratorios perfectos de experimentación democrática”.

Tales hechos piráticos seguramente alimentaron el folclore sobre las utopías piratas, pero no todo era fabulación. Puede que la Sainte-Marie de Baldridge fuera poco más que una ciudad de ladrones sin gobierno real, pero en esto no era típica. Los piratas de Madagascar experimentaron realmente con la política del barco pirata en tierra. A principios del siglo XVIII, un bermudeño llamado Nathaniel North estableció una comunidad pirata en Ambonavola, sede de la Confederación Betsimisaraka de Ratsimilaho. North, «un pirata reticente e inusualmente concienzudo», se hizo respetar entre los malgaches de la costa como mediador imparcial en las disputas locales y, según Graeber, «fue diligente a la hora de convertir las asociaciones democráticas desarrolladas en un principio a bordo de los barcos en formas que fueran viables en tierra», incluyendo un sistema judicial improvisado caracterizado por juicios justos para los malhechores de la comunidad, con un jurado elegido por sorteo.

Aunque Sainte-Marie fue objeto de ataques, la mayoría de los demás asentamientos costeros se salvaron. Muchos piratas asentados formaban ahora parte de familias malgaches, y algunos defendían eficazmente la costa contra las incursiones europeas en busca de esclavos, sobre todo robando los barcos de los esclavistas. Los malgaches siempre los considerarían forasteros, pero los piratas se habían convertido en un elemento importante y semiintegrado de la sociedad costera. De hecho, los descendientes de padres piratas y madres malgaches -gente como Ratsimilaho- acabaron convirtiéndose en una aristocracia hereditaria conocida como los “malata” (de «mulato»), y luego los “zana-malata” («hijos de los malata»), ascendencia con la que aún se identifican.

Pero Graeber no sólo está interesado en la historia de los piratas. Quiere mostrarnos cómo se entendió su llegada desde el punto de vista malgache, y los efectos que los asentamientos piratas tuvieron en la sociedad malgache existente. Estamos familiarizados con lo que suele ocurrirles a las sociedades indígenas cuando empiezan a colonizar sus tierras europeos hirsutos y fuertemente armados, pero Graeber sostiene que la interacción entre los colonos piratas y los malgaches costeros fue compleja y bastante equilibrada. A pesar de su caché como extranjeros exóticos, los piratas tenían muy poco capital social. Sin embargo, tenían armas útiles y muchas ropas elegantes producto del saqueo, y podían comerciar con potencias lejanas para obtener artículos de lujo. Y cuando no se veían arrastrados a los pequeños conflictos locales endémicos, los piratas, como forasteros, estaban en condiciones de negociar neutralmente entre las partes beligerantes. Es posible que sus propias formas de organización democrática y justicia improvisada les resultaran útiles. En cualquier caso, según Graeber, el efecto neto de su asentamiento en la costa fue inesperado: un florecimiento de la autonomía comercial de las mujeres, seguido del establecimiento, en la Confederación Betsimisaraka, de lo que en cierta medida era una sociedad más igualitaria que la existente. Ni el poder de la mujer ni las relaciones sociales igualitarias habían sido anteriormente una característica notable de la vida malgache en la costa noreste, como tampoco lo eran en la vida europea de principios del siglo XVIII.

Las mujeres malgaches parecen haber advertido la llegada de los piratas como una nueva oportunidad socioeconómica. El matrimonio con un pirata con un buen botín podía ofrecer a una joven la oportunidad de establecerse como comerciante independiente y también de escapar a las restricciones de lo que podía ser una sociedad violentamente patriarcal (mientras que en algunas zonas de Madagascar las disposiciones relativas al sexo y al matrimonio eran bastante libres, en el noreste la influencia histórica de los Zafy Ibrahim, una élite de celo religioso descendiente quizá de judíos yemenitas, o tal vez de gnósticos ismailíes, significaba que las mujeres estaban sometidas a controles muy estrictos). Graeber sugiere que haríamos bien en invertir los términos del relato europeo convencional: los malata no surgieron porque se establecieran piratas extranjeros en la costa y tomaran esposas malgaches, sino porque las mujeres malgaches salieron a buscar hombres extranjeros con los que casarse». Los piratas, por su parte, consideraron que casarse con malgaches era una excelente solución al eterno problema del botín, ya que sus nuevas parejas podían deshacerse de los bienes robados, que de otro modo serían difíciles de trasladar.

Al parecer, este acuerdo permitía a las mujeres una gran autonomía. Como el marido pirata no tenía ninguna posición social y normalmente ni siquiera hablaba la lengua local, cedía casi todas las responsabilidades económicas y sociales a su pareja. Al casarse con un pirata, una mujer podía librarse de un plumazo del control de su familia y acceder a una posición de independencia económica, social y, al parecer, sexual, sin ningún pariente político a la vista. Los puertos y pueblos de la costa se convirtieron a veces en «ciudades de mujeres», donde el comercio y los contactos con el mundo exterior estaban controlados por una nueva clase de mujeres comerciantes, que «constituían la columna vertebral de esas comunidades… ninguna decisión importante podía tomarse sin ellas». Graeber cree que, al unirse a forasteros ricos y prestigiosos, las jóvenes malgaches vieron la oportunidad de «recrear la sociedad local» a su manera, «y eso es precisamente lo que consiguieron con la creación de las ciudades portuarias, la transformación de las costumbres sexuales y la promoción de sus hijos por parte de los piratas como nueva clase aristocrática».

¿Y Ratsimilaho, el esclarecido rey adolescente? Tras su investidura por consenso general como «jefe a perpetuidad» en Ambonavola -ocasión para el ritual de la pólvora, que era una mezcla de magia de guerra malgache convencional y brindis piratas con ron y pólvora-, se celebraron una serie de grandes reuniones públicas para decidir la forma de su gobierno. Ratsimilaho dejó que los jefes locales siguieran dirigiendo sus propios asuntos, interviniendo sólo para mediar en disputas o quejas. Sin embargo, en algún momento se desmantelaron las jerarquías aristocráticas de la costa y los diversos clanes locales se equipararon a los betsimisaraka. Allí permanecieron, socialmente igualados, mientras la mayoría se mantenía unida. A pesar de la herencia y la reputación del propio Ratsimilaho, los malata, las mujeres comerciantes y los piratas estaban prácticamente excluidos de su corte y sus deliberaciones. Pero llegó a acuerdos con ellos para que también pudieran mantener su posición sin interferencias. Por su parte, las malatas y sus ambiciosas madres continuaron el proceso de definirse a sí mismas como élite hereditaria foránea, evolución que finalmente disolvió la influencia del conservador Zafy Ibrahim sobre las mujeres. Aunque todo esto pueda parecer una forma poco rigurosa de dirigir un reino, durante los treinta años de gobierno, aproximadamente, sin intervención de Ratsimilaho, hubo una paz sostenida, los betsimisaraka se consolidaron como pueblo y la costa noreste quedó protegida de la esclavitud. Todavía se considera que fue una edad de oro.

La preocupación fundamental de Graeber es demostrar que la efervescencia intelectual del siglo XVIII nunca se limitó a los salones y cafés de las capitales europeas: también se hablaba de política, derechos y democracia en lugares muy distantes. Y en algunos de ellos -los barcos piratas, los asentamientos piratas y la sociedad costera malgache, por ejemplo-, las nuevas formas de organizar la vida social no eran meras cuestiones de debate especulativo, sino experimentos vivos y prácticos. Estas Libertalias reales pueden incluso que hayan supuesto una influencia significativa en lo que finalmente sucedió en aquellos salones: Graeber aporta abundantes pruebas de que se discutía enérgicamente sobre lo que hacían exactamente los antihéroes más infames de la época en sus reductos junto al mar.

Ampliar la visión para convertir a hombres como Ratsimilaho y Nathaniel North en los héroes de una Ilustración de contrabando constituye, sin duda, una emocionante subversión de la ortodoxia: una provocación útil de la historia desde abajo que muestra que la periferia se movía más rápido que el centro, como suele ocurrir. Pero Graeber va más allá. No se trata sólo de que deba enmendarse la historia de la Ilustración a fin de reflejar su verdadera complejidad, sino de que los enfoques convencionales de la historia global necesitan un profundo reajuste. Los malgaches no eran sólo los anfitriones rezagados de reinos piratas, imaginarios o no: se habían ocupado de sus propios experimentos políticos. No eran los piratas los que tomaban la iniciativa, ni siquiera sus hijos, sino los malgaches costeros que se habían implicado plenamente en un diálogo rico e íntimo durante muchos años con un variopinto grupo de forasteros de tierras lejanas. La Confederación Betsimisaraka debe considerarse un «experimento político proto-iluminista, una síntesis creativa de la gobernanza pirata y algunos de los elementos más igualitarios de la cultura tradicional malgache». Formaba parte de una red de comercio, política y folclore que se extendía por todo el planeta y convertía a los habitantes de la costa en «actores políticos globales en el sentido más amplio del término».

Asegurar el lugar de los malgaches del siglo XVIII en la historia de la Ilustración no nos exige demoler la historia de Europa. Cuando Joseph Needham mostró a sus lectores en inglés que la pólvora se había descubierto en China, no cambió ni un ápice la historia del uso de la pólvora en Europa, más allá de situarla sobre una base más precisa e interesante. Graeber observa que la «condena general del pensamiento de la Ilustración», de moda en algunos círculos, es «bastante extraña», dados los temas radicales de los pensadores de la Ilustración, la estrecha participación de las mujeres y el hecho de que muchas de las fuentes reconocidas de inspiración no eran europeas. Asumir que el chovinismo histórico de los europeos ha borrado siempre la aportación de todos los demás lleva a cabo ese borrado con gran economía: «Un libro de cuatrocientas páginas que ataca a Rousseau sigue siendo un libro de cuatrocientas páginas sobre Rousseau». Lo que hace falta es un cambio total de enfoque. No tanto la «descolonización» de la historia -una palabra insulsa e insuficiente, tomada del léxico de la oficialidad- sino una revolución en nuestra comprensión de su profundidad y amplitud. El mundo era mucho, mucho más grande que aquello que ocurría en París y Londres.

The London Review of Books, 30 de marzo de 2023

El desmantelamiento de la democracia en India

Nota.— Este texto de parresía y denuncia que incluimos en Brulote, la sección política de Kalewche, es el discurso que pronunció la escritora india Arundhati Roy el martes 12 de septiembre, cuando en la ciudad de Lausana, Suiza, la Fundación Charles Veillon le entregó el 45° Premio Europeo del Ensayo por la traducción francesa (Gallimard, 2021) de su último libro, Azadi: Freedom, Fascism, Fiction (Haymarket, 2020), aún no disponible en nuestro idioma; y también por toda su prolífica trayectoria como ensayista, que incluye títulos como El final de la imaginación (1998), Retórica bélica (2003), Espectros del capitalismo (2014) y Mi corazón sedicioso (2019), que han enriquecido la tradición político-intelectual de izquierdas. El discurso de Roy fue en inglés. Aquí compartimos nuestra traducción castellana, hecha a partir de la transcripción publicada por Scroll.in –un portal de noticias indostano– el 14 de septiembre.
El domingo pasado, en nuestra sección de letras Naglfar, editamos un fragmento de la primera y más popular novela de Roy, El dios de las pequeñas cosas. En la nota de presentación, luego de algunas someras referencias sobre la autora y su ópera prima (que sugerimos leer o releer), anticipamos:
“Próximamente, publicaremos en Kalewche la transcripción completa de un elocuente y acuciante discurso de Arundhati Roy pronunciado en Europa, con motivo de una premiación muy reciente, donde la autora denuncia no solo los desastrosos costos socioambientales del «milagro económico» (capitalismo neodesarrollista) en la India de Modi, sino también su deriva chovinista y autoritaria, alarmantemente fascistoide. Una deriva con niveles inusitados de intolerancia religiosa, en la cual un supremacismo hinduista exacerbado viene protagonizando innumerables atropellos contra las minorías del país (especialmente musulmanes y cristianos), en una espiral de odio y violencia que ya acumula innumerables actos de discriminación (de facto y de iure), golpizas, linchamientos, violaciones sexuales y masacres. Un fenómeno que hacen recordar, por su magnitud y brutalidad, a los pogromos contra las comunidades judías y otros luctuosos episodios de «limpieza étnica» del siglo pasado”.
Siete días después, cumplimos lo prometido. Lo que sigue, pues, es una radiografía descarnada de la India actual, regida por el Bharatiya Janata Party o Partido Popular Indio (BJP, por sus siglas en inglés), una fuerza política nacionalista-populista de derecha, neoliberal en lo económico y neoconservadora en lo cultural, que ha hecho del hindutva o la «hinduidad» –una identidad nacional esencialista, radicalizada, tradicionalista, confesionalizada y fundamentalista, centrada excluyentemente en el hinduismo, la religión mayoritaria del país; y en el hindi, lengua oficial y más hablada de la república– su gran caballito de batalla electoral, en un contexto crecientemente iliberal: una democracia representativa burguesa de baja a bajísima intensidad. Los tiempos más o menos «progresistas» del Congreso Nacional Indio heredero de Gandhi –el partido oficialista de una India poscolonial y periférica, tan capitalista y pauperizada como la de hoy, pero no patriotera ni integrista, ni descaradamente plutocrática y pro-mercado, sino socialdemócrata, laica e intercultural, al menos parcial o nominalmente– han quedado atrás. La época de Nehru y sus sucesores pasó hace mucho tiempo. Entrado el siglo XXI, el pujante crecimiento económico de la India del BJP es innegable, como en otros países del Asia meridional y oriental. Pero la vieja problemática de la miseria y desigualdad no se ha resuelto. Los pasivos socioambientales del capitalismo indio, los costos humanitarios y ecológicos del trinomio neodesarrollismo-neoliberalismo-extractivismo, siguen siendo espantosos, y en algunos aspectos, peores. Solo que ahora existen dos nuevos agravantes: el autoritarismo político y la intolerancia étnico-religiosa instigada desde el gobierno. No solo las minorías musulmanas, cristianas y zoroastrianas son hostilizadas, discriminadas o relegadas, sino también –aunque en grado diferente– aquellas que pertenecen a la familia dhármica, en la cual se inscribe el hinduismo mayoritario: el budismo, el jainismo y el sijismo. Los críticos de este proceso lo denominan «azafranización». La más damnificada, sin duda, es la comunidad islámica. En ella se centra Arundhati Roy. La islamofobia ha alcanzado en India niveles de virulencia inusitados, alarmantes.
La disertación de Roy en inglés puede verse completa aquí, aunque sin subtítulos.

Por Arundhati Roy

Agradezco a la Fundación Charles Veillon que me haya concedido el Premio Europeo de Ensayo 2023. Puede que no sea inmediatamente evidente lo encantada que estoy de recibirlo. Incluso es posible que me esté regodeando. Lo que más feliz me hace es que se trata de un premio de literatura. No para la paz. No para la cultura o la libertad cultural, sino para la literatura. Por escribir. Y por escribir el tipo de ensayos que escribo y he escrito durante los últimos 25 años.

Han trazado, paso a paso, el descenso de la India (aunque algunos lo ven como un ascenso) primero al mayoritarismo y luego al fascismo en toda regla. Sí, seguimos teniendo elecciones, y por eso, para asegurarse un electorado fiable, el mensaje de supremacismo hindú del gobernante Bharatiya Janata Party [Partido Popular Indio, BJP por sus siglas en inglés] se ha difundido sin descanso entre una población de 1.400 millones de personas. En consecuencia, las elecciones son una temporada de asesinatos, linchamientos y dog-whistling1: el momento más peligroso para las minorías de la India, musulmanes y cristianos en particular.

Ya no sólo debemos temer a nuestros dirigentes, sino a toda una parte de la población. La banalidad del mal, la normalización del mal, se manifiestan ahora en nuestras calles, en nuestras aulas, en muchísimos espacios públicos. La prensa hegemónica, los cientos de canales de noticias 24 horas, se han puesto al servicio de la causa del mayoritarismo fascista. La Constitución de la India ha sido efectivamente dejada de lado. Se está reescribiendo el Código Penal indio. Si el régimen actual obtiene la mayoría en 2024, es muy probable que veamos una nueva Constitución.

Es muy probable que se lleve a cabo el proceso de lo que se denomina «delimitación» –una reordenación de las circunscripciones electorales– o gerrymandering, como se conoce en Estados Unidos, dando más escaños parlamentarios a los estados de habla hindi del norte de la India donde el BJP tiene su base. Esto provocará un gran resentimiento en los estados del sur y puede llegar a balcanizar la India. Incluso en el improbable caso de una derrota electoral, el veneno supremacista calará hondo y afectará a todas las instituciones públicas destinadas a supervisar los controles y equilibrios [checks and balances]. Ahora mismo, prácticamente no hay ninguno, excepto un Tribunal Supremo debilitado y socavado.

Permítanme darles las gracias una vez más por este prestigioso premio y por el reconocimiento de mi trabajo, aunque debo decirles que un premio a toda una vida hace que una persona se sienta vieja. Tendré que dejar de fingir que no lo soy. En cierto modo, es una gran ironía recibir un premio por 25 años de escritura advirtiendo sobre la dirección que tomábamos, que no fue tenida en cuenta, sino a menudo objeto de burlas y críticas por parte de los liberales y de quienes se consideraban también «progresistas».

Pero ahora se ha acabado el tiempo de las advertencias. Estamos en una fase diferente de la historia. Como escritora, sólo puedo esperar que mis escritos den testimonio de este capítulo tan oscuro que se está desarrollando en la vida de mi país. Y ojalá que el trabajo de otros como yo perdure, que se sepa que no todos estábamos de acuerdo con lo que estaba ocurriendo.

Mi vida como ensayista no estaba planeada. Simplemente ocurrió.

Mi primer libro fue El dios de las pequeñas cosas, una novela publicada en 1997. Coincidía con el 50° aniversario de la independencia de la India del colonialismo británico. Hacía ocho años que había terminado la Guerra Fría y el comunismo soviético había quedado enterrado entre los escombros de la guerra afgano-soviética. Era el comienzo del mundo unipolar dominado por Estados Unidos en el que el capitalismo era el vencedor incontestable. India se realineó con Estados Unidos y abrió sus mercados al capital privado.

La privatización y el ajuste estructural eran el himno del libre mercado. India se sentaba a la mesa más alta. Pero en 1998 llegó al poder un gobierno nacionalista hindú dirigido por el BJP. Lo primero que hizo fue realizar una serie de pruebas nucleares. Fueron recibidas por la mayoría del pueblo, incluidos escritores, artistas y periodistas, en un lenguaje de nacionalismo virulento y chovinista. Lo que era aceptable como discurso público cambió de repente.

Por aquel entonces, yo acababa de ganar el Premio Booker por mi novela y, sin quererlo, me había convertido en una de las embajadoras culturales de esta agresiva «Nueva India». Era portada de las principales revistas. Sabía que, si no decía nada, se daría por sentado que estaba de acuerdo con todo aquello. Comprendí entonces que callar era tan político como hablar. Comprendí que denunciar supondría el fin de mi carrera como princesa de cuentos de hadas del mundo literario. Más que eso, comprendí que, si no escribía lo que creía sin importarme las consecuencias, me convertiría en mi peor enemiga y posiblemente nunca volvería a escribir.

Así que escribí para salvarme a mí misma. Mi primer ensayo, El fin de la imaginación, se publicó simultáneamente en dos importantes revistas de gran tirada, Outlook y Frontline. Inmediatamente me tacharon de traidora y antinacional. Recibí esos insultos como laureles, no menos prestigiosos que el Premio Booker. Me embarcaron en un largo viaje de escritura sobre represas, ríos, desplazamientos, castas, minería y guerras civiles, un viaje que profundizó mis conocimientos y entrelazó mi ficción y mi no ficción de tal forma que ya no pueden separarse.

Leeré un breve extracto de uno de los ensayos de mi libro Azadi [«Libertad» en hindi], que trata de cómo estos ensayos viven en el mundo. Se titula “El lenguaje de la literatura”:

“Cuando los ensayos se publicaron por primera vez (primero en revistas de gran tirada, luego en Internet y finalmente como libros), fueron vistos con torva sospecha, al menos en algunos círculos, a menudo por aquellos que ni siquiera estaban necesariamente en desacuerdo con la política. La escritura se situaba en un ángulo opuesto a lo que convencionalmente se considera literatura. El recelo era una reacción comprensible, sobre todo entre los inclinados a la taxonomía, porque no podían decidir qué era exactamente: ¿panfleto o polémica, escrito académico o periodístico, cuaderno de viaje o simple aventurerismo literario?”

“Para algunos, simplemente no contaba como escritura: ‘Oh, ¿por qué has dejado de escribir? Estamos esperando tu próximo libro’. Otros pensaban que yo era una pluma de alquiler. Recibía todo tipo de ofertas: ‘Cariño, me encantó el artículo que escribiste sobre las represas, ¿podrías escribirme uno sobre el maltrato infantil?’ (Esto ocurrió de verdad.) Me sermoneaban severamente (sobre todo hombres de casta superior) sobre cómo escribir, los temas sobre los que debía escribir y el tono que debía adoptar”.

“Pero en otros lugares –llamémoslos lugares fuera de la carretera– los ensayos se tradujeron rápidamente a otras lenguas indias, se imprimieron como panfletos, se distribuyeron gratuitamente en bosques y valles fluviales, en pueblos atacados, en campus universitarios donde los estudiantes estaban hartos de que les mintieran. Porque esos lectores, en el frente, chamuscados ya por el fuego que se extendía, tenían una idea totalmente distinta de lo que es o debe ser la literatura”.

“Menciono esto porque me enseñó que el lugar de la literatura lo construyen escritores y lectores. Es un lugar frágil en algunos aspectos, pero indestructible. Cuando se rompe, lo reconstruimos. Porque necesitamos cobijo. Me gusta mucho la idea de una literatura que se necesita. Literatura que da cobijo. Refugio de todo tipo”.

Hoy es impensable que cualquier medio de comunicación de la India, que vive de la publicidad de las empresas, publique ensayos como éste. En los últimos veinte años, el libre mercado, el fascismo y la llamada prensa libre han bailado juntos para llevar a India a un punto en el que no puede llamarse democracia.

En enero de este año, ocurrieron dos cosas que sirven para ilustrar esto de una manera que probablemente nada más podría hacerlo. La BBC emitió un documental en dos partes titulado India: The Modi Question, y unos días después, una pequeña empresa estadounidense llamada Hindenburg Research, especializada en lo que se conoce como «venta en corto activista»2, publicó lo que ahora se conoce como el Informe Hindenberg, una detallada exposición de las escandalosas irregularidades cometidas por la mayor empresa de la India, el grupo Adani.

El momento BBC-Hindenburg fue retratado por los medios de comunicación indios como nada menos que un ataque a las Torres Gemelas de la India: el primer ministro Narendra Modi y el mayor industrial de la India, Gautam Adani, que era, hasta hace poco, el tercer hombre más rico del mundo. Los cargos que se les imputan no son sutiles. La película de la BBC implica a Modi en la instigación de asesinatos en masa. El Informe Hindenburg acusa a Adani de llevar a cabo “la mayor estafa de la historia empresarial”. El 30 de agosto, The Guardian y Financial Times publicaron artículos basados en documentos incriminatorios obtenidos por el Organized Crime and Corruption Reporting Project que corroboran aún más el Informe Hindenburg.

Las agencias de investigación indias y la mayoría de los medios de comunicación indios no están en condiciones de investigar o publicar estas historias. Cuando los medios extranjeros lo hacen, es fácil entonces, en la actual atmósfera de pseudo-hipernacionalismo, retratarlo como un ataque a la soberanía india.

El episodio 1 del film de la BBC The Modi Question trata sobre el pogromo antimusulmán de 2002 que asoló el estado de Guyarat después de que se responsabilizara a los musulmanes del incendio de un vagón de tren en el que 59 peregrinos hindúes fueron quemados vivos. Modi había sido nombrado –no elegido– ministro principal del estado sólo unos meses antes de la masacre. La película no trata sólo de los asesinatos, sino también del viaje de veinte años que algunas víctimas hicieron a través del laberíntico sistema legal indio, manteniendo la fe, esperando justicia y responsabilidad política.

Incluye testimonios de testigos presenciales; el más conmovedor, el de Imtiyaz Pathan, que perdió a diez miembros de su familia en la «masacre de la Sociedad Gulbarg», en la que una turba asesinó a 60 personas, entre ellas un antiguo diputado, Ehsan Jaffri, que fue descuartizado y quemado vivo. Era rival político de Modi y había hecho campaña contra él en unas elecciones recientes. Fue una de las varias masacres igualmente espantosas que tuvieron lugar durante esos días en Guyarat.

Otra de las matanzas, que no aparece en la película, fue la violación en grupo de Bilkis Bano, de 19 años, y el asesinato de 14 miembros de su familia, incluida su hija de tres años. El pasado agosto, en el Día de la Independencia, mientras Modi se dirigía a la nación para hablar de la importancia de los derechos de la mujer, su gobierno, ese mismo día, indultó a los violadores-asesinos de Bilkis y su familia, que habían sido condenados a cadena perpetua. Habían pasado la mayor parte de su tiempo en la cárcel en libertad condicional. Ahora son hombres libres. Fueron recibidos con guirnaldas a la salida de la cárcel. Son ahora miembros respetados de la sociedad y comparten escenario con políticos del BJP en programas públicos.

El film de la BBC reveló un informe interno encargado por el Ministerio de Asuntos Exteriores británico en abril de 2002, hasta ahora inédito para el público. El informe de investigación estimaba que “al menos 2.000” personas habían sido asesinadas. Calificaba la masacre de pogromo planificado de antemano que presentaba “todas las características de la limpieza étnica”. Afirmaba que contactos fiables le habían informado de que se había ordenado a la policía que se retirara. El informe culpaba directamente a Modi. Tras el pogromo de Guyarat, los Estados Unidos le denegaron el visado. Modi ganó tres elecciones consecutivas y fue ministro principal de Guyarat hasta 2014. La prohibición se revocó cuando se convirtió en primer ministro.

El gobierno de Modi prohibió el film. Todas las plataformas de redes sociales han acatado la prohibición y han retirado todos los enlaces y referencias al film. A las pocas semanas del estreno del film, las oficinas de la BBC fueron rodeadas por la policía y allanadas por funcionarios de Hacienda.

El Informe Hindenburg acusa al Grupo Adani de participar en una “descarada trama de manipulación bursátil y fraude contable”, que –mediante el uso de entidades ficticias en paraísos fiscales– sobrevaloró artificialmente sus principales empresas cotizadas e infló el patrimonio neto de su presidente. Según el informe, siete de las empresas de Adani que cotizan en bolsa están sobrevaloradas en más de un 85%. Modi y Adani se conocen desde hace décadas. Su amistad se consolidó tras el pogromo de Guyarat de 2002.

En aquel momento, gran parte de la India, incluida la India empresarial, retrocedió horrorizada ante la matanza abierta y la violación masiva de musulmanes que se escenificó en las calles de las ciudades y pueblos de Guyarat por parte de turbas de justicieros hindúes que buscaban «venganza». Gautam Adani apoyó a Modi. Con un pequeño grupo de industriales guyaratíes creó una nueva plataforma de empresarios. Denunciaron a los críticos de Modi y le apoyaron mientras iniciaba una nueva carrera política como Hindu Hriday Samrat, el “Emperador de los Corazones Hindúes”. Así nació lo que se conoce como el modelo de «desarrollo» de Guyarat: un nacionalismo hindú violento respaldado por el dinero de las grandes empresas.

En 2014, tras tres mandatos como ministro principal de Guyarat, Modi fue elegido primer ministro de la India. Voló a su ceremonia de investidura en Delhi en un jet privado con el nombre de Adani estampado en la carrocería de la aeronave. En los nueve años de mandato de Modi, Adani se convirtió en el hombre más rico del mundo. Su fortuna pasó de 8 mil millones de dólares a 137 mil millones. Sólo en 2022, ganó 72 mil millones de dólares, más que los ingresos combinados de los siguientes nueve multimillonarios del mundo juntos. El Grupo Adani controla ahora una docena de puertos marítimos que representan el movimiento del 30% de la carga de la India, siete aeropuertos que manejan el 23% de los pasajeros aéreos de la India y almacenes que colectivamente almacenan el 30% del grano de la India. Posee y explota centrales eléctricas que son las mayores generadoras de electricidad privada del país.

Sí, Gautam Adani es uno de los hombres más ricos del mundo, pero si nos fijamos en su despliegue durante las elecciones, el BJP no es solo el partido político más rico de la India, sino quizá incluso del mundo. En 2016, el BJP introdujo el sistema de bonos electorales para permitir a las empresas financiar a los partidos políticos sin que sus identidades se hicieran públicas. Se ha convertido, por lejos, en el partido con mayor cuota de financiación empresarial. Parece como si las Torres Gemelas tuvieran un sótano común.

Del mismo modo que Adani apoyó a Modi cuando lo necesitaba, el gobierno de Modi ha apoyado a Adani y se ha negado a responder a una sola pregunta formulada por miembros de la oposición en el Parlamento, llegando incluso a borrar sus discursos de las actas parlamentarias.

Mientras el BJP y Adani acumulaban fortunas, Oxfam afirmaba en un informe demoledor que el 10% de la población india más rica posee el 77% de la riqueza nacional total. El 73% de la riqueza generada en 2017 fue a parar al 1% más rico, mientras que 670 millones de indios, que constituyen la mitad más pobre de la población, solo vieron aumentar su riqueza en un 1%. Aunque la India es reconocida como una potencia económica con un enorme mercado, la mayor parte de su población vive en una pobreza abrumadora.

Millones viven de raciones de subsistencia que se entregan en paquetes con la cara de Modi impresa en ellos. India es un país muy rico con gente muy pobre. Una de las sociedades más desiguales del mundo. Para su desgracia, Oxfam India también ha sido asaltada. Y Amnistía Internacional y muchas otras ONG problemáticas de la India han sido acosadas para que cierren.

Nada de esto, en absoluto, ha hecho cambiar de opinión a los líderes de las democracias occidentales. Pocos días después del momento Hindenburg-BBC, tras unas reuniones “cálidas y productivas”, el primer ministro Modi, el presidente Joe Biden y el presidente Emmanuel Macron anunciaron que India compraría 470 aviones Boeing y Airbus. Biden afirmó que el acuerdo crearía más de un millón de puestos de trabajo en Estados Unidos. Los Airbus llevarán motores Rolls Royce. “Para el próspero sector aeroespacial del Reino Unido”, dijo el primer ministro Rishi Sunak, “el cielo es el límite”.

En julio, Modi viajó a Estados Unidos en visita de estado, y a Francia como invitado principal el Día de la Bastilla. ¿Te lo puedes creer? Macron y Biden le adulaban de la manera más embarazosa, sabiendo perfectamente que esto se convertiría en oro puro de campaña para las elecciones generales de 2024, en las que Modi se presentará a un tercer mandato. No hay nada que no supieran sobre el hombre al que están abrazando.

Debían conocer el papel de Modi en el pogromo de Guyarat. Debían saber de la enfermiza regularidad con que los musulmanes son linchados públicamente, de cómo algunos linchadores fueron recibidos con guirnaldas por un miembro del gabinete de Modi, y también del precipitado proceso de segregación y guetización de los musulmanes. Debían estar al tanto de la quema de cientos de iglesias por «justicieros» hindúes.

Debían saber de la persecución de políticos de la oposición, estudiantes, activistas de derechos humanos, abogados y periodistas, algunos de los cuales han sido condenados a largas penas de prisión; de los ataques a universidades por parte de la policía y presuntos nacionalistas hindúes; de la reescritura de los libros de texto de historia; de la prohibición de películas; del cierre de Amnistía Internacional India; de la redada en las oficinas de la BBC en la India; de los activistas, periodistas y críticos del gobierno incluidos en misteriosas listas de exclusión aérea; y también de la presión sobre académicos, tanto indios como extranjeros.

Debían saber que India ocupa ahora el puesto 161 de 180 países en la Clasificación Mundial de la Libertad de Prensa, que muchos de los mejores periodistas indios han sido expulsados de los principales medios de comunicación y que los periodistas pronto podrían verse sometidos a un régimen regulador censor en el que un organismo nombrado por el gobierno tendrá potestad para decidir si los informes y comentarios de los medios de comunicación sobre el gobierno son falsos o engañosos. Y la nueva ley de tecnologías de la información, destinada a acallar la disidencia en las redes sociales.

Debían saber de las violentas turbas de «justicieros» hindúes armados con espadas que, de forma regular y abierta, piden la aniquilación de los musulmanes y la violación de las mujeres musulmanas.

Debían saber de la situación en Cachemira, que a partir de 2019 se vio sometida a un apagón de comunicaciones de un mes de duración –el corte de internet más largo de una democracia– y cuyos periodistas sufren acoso, detenciones e interrogatorios. Nadie en el siglo XXI tendría que vivir como ellos, con una bota en la garganta.

Debían saber de la Ley de Enmienda de la Ciudadanía aprobada en 2019, que discrimina descaradamente a los musulmanes, de las protestas masivas que desencadenó y de cómo esas protestas solo terminaron después de que decenas de musulmanes fueran asesinados al año siguiente por turbas hindúes en Delhi (lo que, por cierto, tuvo lugar mientras el presidente Donald Trump estaba en la ciudad en visita de estado, y sobre lo que no pronunció ni una palabra). Debían saber cómo la policía de Delhi obligó a jóvenes musulmanes gravemente heridos que estaban tendidos en la calle a cantar el himno nacional indio mientras los pinchaban y pateaban. Uno de ellos murió posteriormente.

Debían saber que, al mismo tiempo que festejaban a Modi, los musulmanes huían de una pequeña ciudad de Uttarakhand, en el norte de India, después de que extremistas hindúes afiliados al BJP marcaran con una equis sus puertas y les dijeran que se marcharan. Se habla abiertamente de un Uttarakhand “sin musulmanes”. Debían saber que, bajo el mandato de Modi, el estado de Manipur, en el noreste de la India, se ha sumido en una bárbara guerra civil. Se ha producido una forma de limpieza étnica. El Centro es cómplice, el gobierno estatal es partidista, las fuerzas de seguridad están divididas entre la policía y otros cuerpos sin cadena de mando. Se ha cortado Internet. Las noticias tardan semanas en filtrarse.

Aun así, las potencias mundiales deciden dar a Modi todo el oxígeno que necesita para destruir el tejido social y quemar la India. Para mí, esto es una forma de racismo. Dicen ser demócratas, pero son racistas. No creen que los «valores» que profesan deban aplicarse a los países no blancos. Es una vieja historia, por supuesto.

Pero no importa. Lucharemos nuestra propia batalla y, al final, recuperaremos nuestro país. Sin embargo, si se imaginan que el desmantelamiento de la democracia en India no va a afectar a todo el mundo, deben de estar delirando.

Para todos aquellos que creen que India sigue siendo una democracia, estos son algunos de los acontecimientos que han tenido lugar en los últimos meses. A esto me refería cuando decía que hemos entrado en una fase diferente. Se acabó el tiempo de las advertencias, y debemos temer a sectores del pueblo tanto como tememos a nuestros líderes.

En Manipur, donde hace estragos una guerra civil, la policía, totalmente facciosa, entregó a dos mujeres a una turba para que las pasearan desnudas por un pueblo y luego las violaran en grupo. Una de ellas vio cómo asesinaban a su hermano pequeño ante sus ojos. Mujeres que pertenecen a la misma comunidad que los violadores les han apoyado, e incluso han incitado a sus hombres a violar.

En Maharashtra, un agente armado de la Fuerza de Protección Ferroviaria recorrió el pasillo de un tren disparando a pasajeros musulmanes y pidiendo a la gente que votara a Modi.

Un «justiciero» hindú enormemente popular, a menudo fotografiado codeándose con altos funcionarios políticos y policiales, pidió a los hindúes que participaran en una marcha religiosa a través de un asentamiento de mayoría musulmana densamente poblado. Es el principal acusado del asesinato de dos jóvenes musulmanes que fueron atados a un vehículo y quemados vivos en febrero.

El pueblo de Nuh linda con Gurgaon, donde tienen sus oficinas grandes empresas internacionales. Los hindúes de la marcha llevaban ametralladoras y espadas. Los musulmanes se defendieron. Como era de esperar, la marcha acabó en violencia. Seis personas murieron. Un imán de 19 años fue masacrado en su cama, su mezquita destrozada e incendiada. La respuesta del estado ha sido arrasar todos los asentamientos musulmanes más pobres y provocar la huida de cientos de familias para salvar sus vidas.

El primer ministro no ha dicho nada al respecto. Estamos en época electoral. El próximo mayo habrá elecciones generales. Todo forma parte de una campaña electoral. Estamos preparados para más derramamiento de sangre, asesinatos en masa, ataques de falsa bandera, guerras fingidas y cualquier cosa que polarice aún más a una población ya polarizada.

Acabo de ver un breve y escalofriante video filmado en el aula de una pequeña escuela. La profesora hace que un niño musulmán se ponga de pie junto a su pupitre y pide al resto de los alumnos, chicos hindúes, que se acerquen uno a uno y le den una bofetada. Amonesta a los que no le han pegado lo bastante fuerte. Hasta ahora, los hindúes del pueblo y la policía han presionado a la familia musulmana para que no presente cargos. Al niño musulmán se le ha devuelto la matrícula y se le ha retirado de la escuela.

Lo que está ocurriendo en la India no es esa variedad laxa de fascismo de Internet. Es algo real. Nos hemos convertido en nazis. No sólo nuestros líderes, no sólo nuestros canales de televisión y periódicos, sino también amplios sectores de nuestra población. Un gran número de hindúes que viven en Estados Unidos, Europa y Sudáfrica apoyan a los fascistas tanto política como materialmente. Por el bien de nuestras almas, y por las de nuestros hijos y los hijos de nuestros hijos, debemos levantarnos. No importa si fracasamos o tenemos éxito. Esa responsabilidad no recae sólo sobre nosotros en la India. Pronto, si Modi gana en 2024, se cerrarán todas las vías de disidencia. Ninguno de ustedes en esta sala debe fingir que no sabía lo que estaba pasando.

Si me lo permiten, terminaré leyendo una sección de mi primer ensayo, El fin de la imaginación. Es una conversación con un amigo sobre el fracaso –y mi manifiesto personal de escritora–.

“Dije que, en cualquier caso, la suya era una visión superficial de las cosas, esta suposición de que la trayectoria de la felicidad de una persona, o digamos la realización, había llegado a su punto máximo (y ahora debe descender) porque había tropezado accidentalmente con el «éxito». Se basaba en la creencia poco imaginativa de que la riqueza y la fama eran la materia obligatoria de los sueños de todo el mundo.”

“Has vivido demasiado tiempo en Nueva York, le dije. Hay otros mundos. Otro tipo de sueños. Sueños en los que el fracaso es factible. Honroso. A veces incluso merece la pena esforzarse. Mundos en los que el reconocimiento no es el único barómetro de la brillantez o la valía humanas. Hay muchos guerreros que conozco y quiero, personas mucho más valiosas que yo, que van a la guerra cada día sabiendo de antemano que fracasarán. Es cierto que tienen menos «éxito» en el sentido más vulgar de la palabra, pero no por ello se sienten menos realizados.”

“El único sueño que merece la pena, le dije, es soñar que vivirás mientras estés vivo y morirás sólo cuando estés muerto. (¿Presciencia? Tal vez.)”

“‘¿Qué significa exactamente?’ (Arqueó las cejas, un poco molesta.)”

“Intenté explicarlo, pero no lo hice muy bien. A veces necesito escribir para pensar. Así que se lo escribí en una servilleta de papel. Esto es lo que escribí: ‘Amar. Ser amado. Para no olvidar nunca tu propia insignificancia. Para no acostumbrarte nunca a la indecible violencia y a la vulgar disparidad de la vida que te rodea. A buscar la alegría en los lugares más tristes. Para perseguir la belleza hasta su guarida. A no simplificar nunca lo complicado ni complicar lo sencillo. A respetar la fuerza, nunca el poder. Sobre todo, a observar. Intentar comprender. No apartar nunca la mirada. Y nunca, nunca, olvidar.’”

Permítanme agradecerles de nuevo el honor de este premio. Me ha encantado la parte de la cita del premio en la que dice: “Arundhati Roy utiliza el ensayo como una forma de combate”.

Sería presuntuoso, arrogante e incluso un poco estúpido por parte de una escritora creer que puede cambiar el mundo con sus escritos. Pero sería lamentable que ni siquiera lo intentara.

Antes de irme… sólo quiero decir esto: Este premio viene con un montón de dinero. No se quedará conmigo. Lo compartiré con los muchos activistas, periodistas, abogados y cineastas increíblemente valientes que siguen plantando cara a este régimen, casi sin recursos. Por sombría que sea la situación, sepan que hay una tremenda lucha contra ella.

 

NOTAS DEL EDITOR

1 La traducción literal de dog-whistling sería algo así como «silbatina para perros». Se refiere a la práctica de atraer canes con un silbato, generalmente ultrasónico, inaudible para el ser humano. En política, se le dice dog-whistling a la estrategia electoralista o populista de seducir a las mayorías con mensajes ambiguos, de doble sentido, evitando o minimizando el rechazo entre las minorías.
2 En inglés, activist short-selling. Véase https://cmr.berkeley.edu/2023/06/activist-short-sellers-bring-many-a-mighty-down/#:~:text=The%20past%20decade%20has%20seen,the%20market%20about%20their%20negative.