Emmanuel Todd: Nuestro sistema universitario ha perdido su capacidad emancipatoria

Más de seis años han pasado desde que el semanario parisino Marianne entrevistara al intelectual francés Emmanuel Todd (nuestro público ya lo conoce), a propósito del lanzamiento de su libro Où en sommes-nous ? Une esquisse de l’histoire humaine (París, Le Seuil, 2017). Sin embargo, todo lo sustancial que allí dijo el entrevistado conserva su vigencia plenamente. Aquella entrevista giró en torno al sistema educativo en Francia –principalmente el superior– y el rol funesto de la meritocracia como mecanismo de naturalización/justificación y reforzamiento de la estratificación social (desigualdad económica y cultural); y también –no menos importante– como mecanismo de disciplinamiento intelectual, que obtura el pensamiento autónomo y crítico a la vez que fomenta el conformismo y la mediocridad. Aunque Todd nos habla del caso francés, su análisis es de un grado de totalización muy elevado, y resulta fácilmente extrapolable al plano global (mutatis mutandis).

La entrevista estuvo a cargo de Bertrand Rothé y Hervé Nathan, y vio la luz en el número 1072 de Marianne, el 7 de octubre de 2017, bajo el título “Notre système universitaire a perdu sa fonction émancipatrice”. La traducción castellana es de Lucas Antón, y –con algunas correcciones– la hemos tomado del semanario dominical de izquierdas Sin Permiso, que la publicó el 11 de noviembre de aquel mismo año, con esta somera noticia biográfica acerca del autor: “Célebre historiador, demógrafo, sociólogo y politólogo francés, recientemente jubilado del Instituto Nacional de Estudios Demográficos de París. Entre sus obras más conocidas publicadas en español se encuentran Después del imperio. Ensayo sobre la descomposición del sistema norteamericano (Madrid, Foca, 2003), Encuentro de civilizaciones, (Madrid, Foca, 2009), y Después de la democracia (Madrid, Akal, 2010)”.

Sugerimos complementar la lectura de la presente entrevista a Todd con el artículo del italiano Andrea Zhok que publicamos el domingo pasado: “Contra la retórica de la excelencia”. Hay convergencias muy notables entre ambos textos.
Leyendo la entrevista, nos quedamos con ganas de saber qué pensará Todd acerca del boom de los posgrados –siempre arancelados– en la universidad. También sería interesante preguntarle sobre el impacto de la demografía en esa estratificación socioeducativa y fragmentación cultural de «tres tercios» que plantea. En Francia, su país, igual que en muchas otras sociedades del Norte global, la población autóctona tiende a decrecer por su baja tasa de fertilidad, mientras que el componente inmigratorio –casi sinónimo de precariado– es cada vez mayor. Esto hace que los clivajes de clase adquieran un fuerte componente étnico, racializado o no (por ej., el caso de la inmigración musulmana –mayormente magrebí y subsahariana– en las banlieues de París o Marsella) Esta superposición de clase y etnicidad necesariamente debe estar agravando, nos parece, el aislamiento respectivo entre los «tres tercios».

En su último ensayo, Oú en sommes-nous?, afirma usted que la crisis de las democracias en los países avanzados no es principalmente producto de las desigualdades de ingresos o de patrimonio, como dicen los economistas, sino ante todo consecuencia del bloqueo del sistema educativo. ¿Cómo llega usted a esta conclusión?

Es algo más matizado. En un primer momento, la democracia es producto del desarrollo de la educación. En el siglo XIX y hasta mediados del XX, la alfabetización permitió, volvió inevitable la generalización del sufragio universal. Luego, la masificación de los estudios secundarios acompañó la profundización de la democracia. A la inversa, hoy en día, el sistema educativo crea y justifica las desigualdades económicas. En el fondo, estamos todos estupefactos por la debilidad de las reacciones ante la explosión de las desigualdades de ingresos y de patrimonio. La nueva estratificación educativa creada por el desarrollo de la enseñanza superior lo explica. En una sociedad occidental tipo, básicamente, un tercio de los jóvenes realizan estudios superiores completos. Otro tercio no los acaba o se detiene al terminar la secundaria. Y el último tercio queda trabado en un nivel cercano a la primaria. Como la selección se pretende racional y justa, meritocrática, la gente de abajo y la de arriba ya no pueden impugnar el nuevo orden social. Admiten las desigualdades económicas. Un subconsciente social de desigualdad guía nuestras elecciones económicas.

¿Dice usted que se ha hecho creer que las desigualdades económicas eran consecuencia del nivel de inteligencia revalidado por la estratificación escolar?

Exacto. Es eso, el trabajo del inconsciente social. Todo empezó en los Estados Unidos. Este país va a la cabeza en materia educativa desde principios del siglo XX. Fue el primero en incrementar la enseñanza secundaria de masas, y ampliar luego el acceso a los estudios superiores. Ahora bien, este desarrollo se detuvo brutalmente a mediados de los años 60 con el esquema tres tercios para cada nueva generación. La guerra de Vietnam ilustró el nuevo enfrentamiento cultural: los obreros estaban en los arrozales; los estudiantes, dispensados del servicio militar, se manifestaban en los campus. Desde entonces, el sistema no se ha movido más que en una dimensión: las mujeres han rebasado a los hombres en términos de rendimiento educativo. Pero, atención, en mi opinión, eso no quiere decir que la pausa sea definitiva. La Historia nos enseña también que en ciertos estadios del desarrollo pueden existir fases. Como ha sido el caso en Europa occidental tras la alfabetización de masas, entre 1910 y 1950.

Las encuestas de opinión constatan el papel de primer orden de esta estratificación educativa. Es la variable más eficaz para explicar las últimas elecciones en Francia, en Gran Bretaña y en Estados Unidos. La estratificación educativa, más que la posición económica, explica el surgimiento de lo que se llama, con condescendencia, populismo. La cuestión de un efecto perverso del orden meritocrático se plantea por fin. ¡Ya era hora! Yo había abordado por primera vez esta cuestión en L’Illusion économique, publicado ¡en 1997!

Pero, desde hace dos siglos, las sociedades se dividen, grosso modo, entre un proletariado, las clases medias y una élite. Entonces, ¿qué es lo que cambia?

La diferencia está en el número: ese tercio de la población. Antes, los de formación superior no representaban más que un débil porcentaje y tenían necesidad de los demás para vivir. En esta época, cuando escribías un libro, no podías contentarte con dirigirte a las élites. Para tener un público, tenías que dirigirte a la gente corriente, simplemente alfabetizada. Hoy en día, las nuevas élites de masas, con un tercio de la población, pueden vivir en una burbuja. El separatismo social se funda en este número. Hoy en día, si haces una película, puedes muy bien no dirigirte más que al 30% de la población que ha cursado estudios superiores. Los políticos han entendido esto. Macron no se dirige más que a esta población, es ella la que lo ha elegido. Eso es lo que nos aleja cada vez más del sueño de emancipación de mayo del 69, y nos acerca a la desintegración social.

Los sistemas culturales de lo alto, lo mediano y lo bajo se ignoran cada vez más, tienden incluso a despreciarse. Hay por tanto urgencia de escapar al aislamiento, investigar una nueva fusión sociocultural, inventar las políticas económicas que permitan una coexistencia fraternal entre gente que ha cursado estudios primarios y los que han seguido estudios superiores. Salir del enfrentamiento entre elitismo de masas y populismo minoritario. En Francia estamos todavía en el grado cero de la investigación de una solución.

El enfrentamiento televisivo entre Le Pen y Macron fue su trágica puesta en escena. Marine Le Pen, como invadida de la inferioridad educativa de su electorado obrero, no dominaba ninguno de los temas, mientras que su rival daba la impresión de pasar por enésima vez su examen oral en la ENA [Escuela Nacional de Administración, centro de formación de las élites burocráticas francesas], repitiendo por lo demás una vulgata económica que lleva a Francia al desastre y que él no es capaz de criticar. ¡No he dicho nunca que la gente con educación superior sea inteligente de modo superior!

Pero la ENA no es la única en ser cuestionada. Pone usted al día un nuevo concepto, «academia», que engloba el conjunto de las instituciones de enseñanza superior…

La enseñanza superior es sociológicamente disfuncional. Nuestro sistema universitario ha perdido su función emancipadora. Ya no se encuentra suficiente gente que tenga un espíritu libre y abierto. Se ha convertido en una máquina de clasificar y la selección se realiza de acuerdo con criterios de sumisión, de disciplina, de conformismo. Su función consiste en reclutar buenos soldados.

Hay una experiencia que he vivido a menudo en las universidades. Soy un investigador heterodoxo, que dice cosas que no están en el programa. Con frecuencia, los estudiantes son el peor de los públicos, con una buenísima justificación: saben que no podrán utilizarme. Peor, notan instintivamente que citándome en un concurso o en un examen correrían un riesgo. Hay un pequeño cariz represivo en la educación superior.

¿Represivo o normativo?

 Para mí es la misma palabra. Pero normativo, por qué no…Tiene usted razón, es mejor, es más sobrio y, como sucede a menudo, lo que es más sobrio es más duro.

¿Y en Francia?

 En Francia, este bloqueo apareció hacia mediados de los años 90. Pero nos hemos convertido en campeones del conformismo meritocrático. Nuestro sistema tiene raíces en el oxímoron del «elitismo republicano». Desde hace mucho tiempo, tenemos centraliens [ingenieros formados en las llamadas Escuelas Centrales] de inteligencia superior, que difícilmente se recuperan de haber fracasado en el Politécnico, olvidan el viejo adagio: uno del Politécnico es el que lo sabe todo, absolutamente todo, pero nada más. De todos modos, la clasificación de las escuelas de ingenieros guarda relación con el nivel de matemáticas, fracción insuficiente pero real de la inteligencia. En las ciencias humanas, las prohibiciones ideológicas son ley. En la cima, en el peor de los casos, la selección de los «enarcas» [licenciados de la ENA] se ha convertido en un vasto concurso de peloteo. Hay que preguntarse si nuestra selección no envía a lo más alto de la jerarquía a los menos aptos para el pensamiento individual.

¿Cómo extrañarse de la progresiva compra por parte de élites extranjeras más imaginativas, de todos los campeones industriales franceses, cuyos ejemplos de actualidad son Alstom y los astilleros de Saint-Nazaire?

Se habla hoy de intensificar la selección en la entrada a la universidad en Francia. ¿Cómo interpreta usted esta evolución?

La interpreto como un intento del orden meritocrático de abroquelarse.

¡Critica usted la meritocracia cuando se trata de un valor republicano!

Hay que contar la historia de esta palabra. La inventó un genial sociólogo inglés, Michael Young, que creó el concepto e hizo a la vez la crítica del mismo. Escribió en 1958 un librito, The Rise of the Meritocracy, que se presenta como una novela de ciencia-ficción escrita en 2033 que anticipa la deriva del sistema. Al comienzo, la meritocracia es genial, tiene usted razón, es republicana, respeta la igualdad de oportunidades. Es progresista, y por tanto formidable… Salvo que, si se aplica el concepto a fondo, al cabo de un cierto tiempo, se tiene un sistema escolar que escoge a la gente en función de su inteligencia y se obtiene una sociedad de jerarquías con sello oficial. La gente de arriba puede sentirse intrínsecamente superior. Los de abajo ya no son parte de un proletariado explotado, nacidos mal «por azar»: han pasado por una máquina que les ha metido en la cabeza que eran inferiores. Por tanto, se obtiene con la meritocracia un sistema de desigualdad con una gran estabilidad ideológica y mental.

Pero Young es todavía más genial cuando nos lleva a prever la deriva del sistema. Las primeras generaciones meritocráticas se niegan a someter a sus hijos al juego implacable de la clasificación social y hacen de todo para protegerlos. Desarrollan estrategias para evitarlo, pagándoles estudios que tienen en cuenta lo menos posible su nivel intelectual real. Racionamiento y selección con certificado de conformismo acaban por bloquear la máquina meritocrática. Cada vez más, gente verdaderamente inteligente, rebeldes al orden intelectual establecido, hombres de ideas, no pueden ya cursar estudios superiores y se acumulan en lo más bajo o en el medio de la sociedad para convertirse en cuadros de la revolución futura. Ya ve usted, soy un optimista. No se detiene la historia.

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