Angela Davis, la pantera negra del feminismo total: «Hay que dejar muy claro que la categoría ‘mujer’ no es unitaria»

  • La histórica activista afroamericana está en Madrid para dar una conferencia sobre feminismo antirracista en la que enarbolará su discurso integrador
  • Es «una estrategia no solo para superar la opresión de género, sino también el racismo, el fascismo y la explotación económica», asegura sobre el feminismo

La black panther sigue siendo revolucionaria. Cinco décadas después de haber sido encarcelada y perseguida por el FBI como una de las terroristas más peligrosas del momento, Angela Davis (Birmingham, Alabama, 1944) sigue mirando como quien ya ve el mundo que imagina.

Luchadora incansable por los derechos civiles, contra la discriminación racial, feminista, miembro del Partido Comunista e icono del Black Panther Party (Partido Panteras Negras), Davis está en Madrid para impartir una conferencia este juevesenmarcada en el ciclo «Mujeres contra la impunidad», que se celebrará en La Casa Encendida de la mano de la  Asociación de Mujeres de Guatemala.

A punto de cumplir los 75 años, la filósofa y activista afroamericana habla con calma y firmeza y ensancha su sonrisa cada vez que puede. Sus tesis, expuestas en sus libros y las conferencias que imparte alrededor del mundo, siguen vigentes como ya lo estuvieran en 1981, cuando vio la luz su célebre Mujeres, raza y clase. Davis es uno de los máximos exponentes de la interseccionalidad y el feminismo antirracista. Un feminismo que, en tiempos de debate, ella defiende inclusivo, amplio y lo más espacioso posible. Un feminismo total que ensanche los márgenes para que quepan todas.

Así, se refiere a este movimiento en auge como «una estrategia no solo para superar la opresión de género, sino también el racismo, el fascismo y la explotación económica», ha dicho este miércoles en un encuentro con periodistas. Por ello, no entiende un feminismo que no sea antirracista y anticapitalista y que no ponga en el centro todas las opresiones. Habla de mujeres, de personas racializadas, de hombres, de personas trans, de medio ambiente y de animales, de prisiones, de pobreza, de esclavitud… Lo que ella llama un feminismo «holístico» e «integrado».

Siempre activista y certera, Angela Davis cuestiona el racismo escondido en la categoría «mujer» que suele equipararse a «mujer blanca» y celebra los discursos e ideas que lo disputan: «Es importante que dejemos muy claro que la categoría ‘mujer’ no es unitaria».

También en su feminismo hay sitio para las personas trans, refiriéndose a un debate, el del sujeto político del feminismo, que ha estallado especialmente en las últimas semanas en España. «Han elevado nuestra comprensión sobre lo que podría hacer falta para que haya justicia porque el activismo trans no solo aborda cuestiones de identidad de género, sino también relacionadas con lo que se considera la normalidad, por ejemplo, la estructura binaria del género. La comunidad de mujeres trans es un gran objetivo de la violencia de género».

Un futuro sin prisiones

Su propia experiencia y su conciencia política han perfilado un discurso que es en sí mismo un trozo de Historia. Nacida en una época en la que las leyes imponían la segregación racial en el sur de Estados Unidos, Davis vivió con su familia en Colina Dinamita, un lugar llamado así por el alto número de casas de personas afroamericanas dinamitadas por el Ku Klux Klan. Fue entonces cuando aprendió, de la mano de sus padres, que el odio contra las personas negras no era el estado natural de las cosas, como contó en la autobiografía que publicó con solo 28 años y que en 2016 reeditó Capitan Swing.

Con una vida atravesada por el antirracismo y el feminismo, la activista extiende su mirada al sistema carcelario después de haber puesto también su cuerpo en este frente. A principios de los años 70 pasó más de quince meses en prisión acusada de cooperación al asesinato tras ser detenida en un hotel de Nueva York. «Apareció en la pantalla una fotografía mía: ‘Angela Davis –dijo una voz grave– es uno de los diez criminales más buscados por el FBI. Probablemente va armada; si la ven, no intenten hacer nada; póngase en contacto inmediatamente con el FBI'», cuenta la propia Davis sobre su periodo como fugitiva. «En otras palabras, dejen al FBI, ‘que probablemente va armado’, el honor de pegarle un tiro».

Activista americana critica que se le deniegue visitar a Otegi en prisión
Angela Davis intentó visitar a Arnaldo Otegui en la cárcel de Logroño en 2016. EFE

La abolición de las cárceles como eje de su activismo –en 2016 intentó visitar en prisión sin éxito a Arnaldo Otegi en el marco de la campaña Free Otegui, una reedición de Free Angela Davis– también emana del sentido integral de su discurso político: «La forma más pandémica de violencia en el mundo es la violencia de género. Debemos comprender la relación que hay entre las distintas formas de violencia de género y la violencia estatal; entre la violencia que se expresa a escala individual y la violencia en las cárceles, las guerras y la que proviene de la Policía. Esto es algo que las mujeres de color han vivido».

En esta búsqueda incesante de la justicia, Angela Davis mira a los lados y también a las y los de abajo para reivindicar un feminismo «que nos represente a todas» y no solo entronque con las cuestiones de género, sino también con otros factores relacionados con los derechos humanos. Ilustra su discurso con la metáfora del techo de cristal, utilizada habitualmente para hacer referencia a la escasa presencia de mujeres en los puestos de responsabilidad. «No apela a los movimientos masivos de gente, es un feminismo que solo sirve a las mujeres que ya están arriba, que pueden tocar ese techo».

Poder negro

El paso del tiempo ha plateado su pelo afro, el mismo que popularizó en los setenta y convirtió en un símbolo de resistencia y de reivindicación de la belleza negra. Era la efervescencia del movimiento Black Power, del orgullo negro y la defensa de los derechos de la comunidad afrodescendiente. Y del ‘Poder Negro’ de aquellos años, al Black Lives Matter actual, al resurgir de las calles contra la violencia racista. Para Davis, «el viraje a la derecha» que ha aupado a Donald Trump a la presidencia de su país ha tenido respuesta en el impulso de los movimientos antirracistas.

«El racismo se ha vuelto más violento, más explícito, con expresiones de supremacismo blanco como el ataque de Charlottesville. Pero estamos constatando una mayor conciencia del racismo en EEUU que nunca, probablemente, en la Historia. No solo entre los negros, latinos, indios, asiáticos, también entre blancos, que están siendo más conscientes del racismo», recalca la activista.

De nuevo, en esta respuesta contra el racismo, el feminismo debe ocupar, dice, la primera línea. Y recuerda quiénes fueron las primeras en salir a la calle tras la elección de Trump: el movimiento de mujeres. Allí estaba ella, en la marcha que llenó las calles de Washington en 2017. «Será mejor que tengan cuidado los que aún defienden la supremacía del heteropatriarcado blanco», dijo Davis aquel día ante una multitud. «La respuesta feminista al racismo, al colonialismo, a los esfuerzos por mantener un status quo obsoleto, es la más importante que podemos dar», ha enfatizado la activista en su visita a Madrid.

Davis se muestra preocupada por «el regreso del fascismo» en Estados Unidos y Europa. Apuntala que, a su juicio, los principales problemas de derechos civiles de nuestro tiempo tienen que ver con la situación que atraviesan las personas migrantes y refugiadas, y el racismo que pesa sobre ellas, también en España.

«Las decisiones que llevan a las personas del sur global a venir a Europa o EEUU no son individuales, están marcadas por la presencia histórica del capitalismo, el colonialismo y el esclavismo. Es muy importante apoyar a aquellos empujados a huir de sus lugares natales por culpa del capitalismo racista», insiste.

Después de décadas de lucha, Davis lanza una pregunta al movimiento feminista, la misma que ha enarbolado toda su vida: ¿Cómo es posible levantarse y defender la justicia solo para un tipo de personas y permitir que la injusticia afecte a otras? En su teorización y práctica de ese feminismo integral, encuentra la respuesta. «El feminismo que no es antirracista, anticapitalista y solidario con aquellos que están atrapados en la pobreza por culpa del capitalismo global, es una contradicción de términos», concluye.

Fuente: https://www.eldiario.es/desalambre/Angela-Davis_0_828367549.html

Pablo Stefanoni: “La izquierda despreció la cuestión de la ética pública y le regaló esa bandera a la derecha”

Pablo Stefanoni viene pensando las posibilidades de la izquierda latinoamericana desde sus años como director de la edición boliviana de Le Monde Diplomatique. Se doctoró en Historia con la tesis Los inconformistas del Centenario. Intelectuales, socialismo y nación en una Bolivia en crisis (1925-1939). Hoy dirige la revista Nueva Sociedad, además de colaborar en diversos medios periodísticos. Su último libro en  Todo lo que Necesitas Saber sobre la Revolución Rusa, escrito junto Martin Baña (Paidós, 2017).

 

¿Se puede hablar de una “nueva derecha latinoamericana”?¿Qué relación tiene con la ola derechista mundial?

El triunfo de Bolsonaro en la primera vuelta de las elecciones brasileñas ha sorprendido a una región en la que, desde la restauración de la democracia, no se veía un fenómeno de estas características. Claro que en estos años hubo derechas en el poder y fenómenos autoritarios como el de Fujimori en Perú –que aún cuenta con una fuerte popularidad-. En ese caso se trató de una transición autoritaria desde el poder mediante un autogolpe.

En Brasil, asistimos a una especie de “fascismo desde la sociedad”, como señaló Breno Costa, más apoyado en las redes sociales que en los grandes medios. Y en este fenómeno es muy fuerte la presencia de jóvenes que se reivindican de derecha y conservadores. Hay un video-reportaje muy interesante sobre su trabajo en las redes sociales. Allí se puede ver una virulenta marcha contra una conferencia de Judith Butler. La guerra contra la llamada “ideología de género” tiene en el bolsonarismo un estatus similar a su campaña anticorrupción y anticomunista –como se ve en su último spot de campaña.

Yo creo que el fenómeno Bolsonaro tiene características particulares, pero al mismo tiempo encontramos fácilmente ecos de la llamada “derecha alternativa” (alt-right) global. Pero una cosa es la extrema derecha en países institucionalizados y otra en democracias más débiles -ahí es cuando desde la izquierda ale agradecemos a las “instituciones”. Básicamente es la diferencia entre Italia o Austria, por un lado, y Filipinas, por otro, con Rodrigo Duterte, un impulsor del gatillo fácil como Bolsonaro. Con Viktor Orban en Hungría o Vladímir Putin en Rusia puede haber puntos en común -las llamadas democracias iliberales- aunque son fenómenos diferentes. Sí creo que el triunfo de Trump es importante por todo lo que habilita a lo largo del mundo y Bolsonaro está cómodo en el papel de ser el Trump brasileño.

En el caso argentino, me parece que lo de Bolsonaro es muy diferente al macrismo. Puede haber sensibilidades “bolsonaristas” las bases del Pro pero como fenómeno global es muy diferente. Macri ganó en los límites del sistema democrático como una opción liberal-conservadora. Mientras que el discurso del antipopulismo en la región, del cual Macri es una de sus expresiones, hace eje, al menos retóricamente en la república, Bolsonaro construyó un discurso anticomunista autoritario estilo Guerra Fría. En Brasil, el “populista” es Bolsonaro; Fernando Haddad es un socialdemócrata. Tiene tintes fascistas.

Donde sí creo que hay un clima más amplio en la región es en la reacción antiprogresista: la lucha contra una imaginaria “ideología de género” articula muchas redes en la región, que van desde gobiernos de derecha en Centroamérica, Colombia o Paraguay, evangélicos conservadores y sectores de la iglesia católica. Basta seguir las giras latinoamericanas de Agustín Laje para ver esas redes de ultraderecha (es interesante cómo se juntan ahí liberales libertarios supuestamente anti-Estado con conservadores extremistas y autoritarios) y echarle una mirada al desborde político de los evangélicos en la región.

 

¿Cómo se explican los gobiernos de izquierda que aún resisten en Bolivia y Uruguay, o el que recién surge en México?

La experiencia de Bolivia es exitosa en varios aspectos, quizás el más sorprendente desde fuera es el éxito macroeconómico de Evo Morales, basado en un “populismo prudente”, como lo llamó The Economist. Eso pone de relieve que la pertenencia al socialismo del siglo XXI no explica mucho: Bolivia está entre las economías latinoamericanas que más crece (aunque tiene deudas en las que se avanzó muy poco, por ejemplo el sistema de salud); Venezuela la que más decrece. La diferencia está en la gestión de la economía. Evo experimentó con muchas cosas, con la economía no.

El caso uruguayo es un poco diferente, una especie de “izquierda tranquila”, pero tiene eso en común. Pero en ambos casos, hay una sensación de desgaste. En Uruguay el Frente Amplio es muy institucional pero tiene problemas de renovación, de hecho volvió Tabaré, y la derecha viene creciendo. En Bolivia, Evo está pagando el costo político de seguir con la re-reelección pese a la derrota, por escaso margen, en el referéndum de febrero de 2016. Incluso ganando, los costos en el terreno de la legitimidad son elevados.

En ambos casos hay débiles agendas de futuro y mucho peso de “defender lo conquistado”. Si bien son dos experiencias meritorias, de manera menos catastróficas, las izquierdas de Bolivia y Uruguay no son ajenas a la crisis política, programática y en algunos casos moral, de los progresismos regionales. Es decir, no parecen tener la capacidad de impulsar proyectos de renovación de las izquierdas latinoamericanas.

México es un caso de “progresismo tardío” como lo denominó Massimo Modonesi. El triunfo de la izquierda mexicana es interesante porque, contra lo que creen muchos militantes nacional-populares, que la corrupción es solo un discurso de la derecha, López Obrador ganó con un discurso “honestista”. De hecho casi solamente habló de corrupción. Habrá que ver qué puede hacer. Por el momento, México está “lejos” de América del Sur para que pueda incidir más.

 

¿Cuáles fueron los límites de los gobiernos izquierdistas de estos años?

Un problema que me parece importante es la exageración de los avances de estos años. Hubo avances pero no tantos como las izquierdas y los progresismos asumieron. Detrás de las imágenes refundacionales, en los barrios populares se mantuvo  la degradación urbana, la inseguridad–uno de los temas que estalla en Brasil con Bolsonaro. Se pensó que bastaba con el aumento del consumo. Más consumo pero no más y mejores bienes públicos. Y esos son también espacios de disputa por las subjetividades.

Un segundo tema es el de la corrupción. No se vio como venía politizándose el tema y hay una autocomplacencia enorme: se piensa muchas veces que la corrupción es solo un arma contra la izquierda. Se despreció como “liberal” la cuestión de la ética pública y se le regaló esa bandera a la derecha: a tal punto que Macri se pudo apropiar de ella pese a“ser Macri” y en Ecuador un “banquero neoliberal” como Guillermo Lasso casi le gana a Lenín Moreno con esa bandera, sumada a la del antiautoritarismo.

Y finalmente las formas de “neoautoritarismo” en nuestra familia. Venezuela se transformó en un problema mayúsculo: es un vector de avance de las derechas –con sus discursos inverosímiles de “venezuelización” de Chile, Colombia y Brasil- y un problema para una izquierda que no sabe muy bien qué hacer con eso. Pero también en Ecuador o Bolivia la cuestión de la democracia y el pluralismo es un tema.

Creo que, en cierto punto, las izquierdas que habían leído muy bien la crisis del neoliberalismo no lograron leer bien los escenarios creados por sus propias hegemonías. De todos modos, mucha de la reacción antiprogresista tiene que ver también con los avances de estos años: hay sectores que rechazan la inclusión, los avances de los movimientos de mujeres, los nuevos derechos para las poblaciones lGBTI, etc. Lo que mencionábamos como la cruzada conservadora contra la “ideología de género”.

No sé cómo se podría reconstruir el progresismo. Quizás empezando por un balance de estos años. Un balance que no paralice sino que sirva para repensar lo andado y tratar de volver a seducir. La desventaja es que el desgaste es grande y las ideas pocas. Pero la ventaja es que las experiencias de las derechas –como se ve en Argentina- tampoco saben muy bien qué hacer. Y, al mismo tiempo, habrá que ir tratando de entender mejor qué pasa “por abajo” con todas las cuestiones que mencionábamos (por ejemplo, el progresismo nunca se preocupó en analizar la expansión evangélica pentecostal y ahora en muchos países es una variable política de primer orden).

Me parece que la cuestión de la democracia y la desigualdad ayudarían a construir una agenda que articule a las izquierdas y los progresismos del Norte y del Sur –si queremos combatir al capital no alcanza con el Sur ni con nuestras epistemologías-otras. Y segundo, tratar de construir proyectos de futuro capaces de reducir los miedos. Pero hoy ni la izquierda socialdemócrata ni la revolucionaria pueden ofrecer futuros deseables, al menos como posibilidad. Como decía Marx, el socialismo saca su poesía del futuro. Pero hoy el futuro es catástrofe o distopía y de ahí no sale ninguna poesía; salen los populistas de derecha.

Fuente: http://www.ponele.info/personajes/personajes-entrevista-pablo-stefanoni/

Territorio, comunes y extractivismo: amenazas a la construcción del Buen Vivir en el Ecuador

Por Carolina Viola / Universidad Nómada Sur

Introducción

El Buen Vivir implica un conjunto de realidades, experiencias, prácticas y valores marginados por la historia oficial. “Es la búsqueda de la vida en armonía del ser humano consigo mismo, con sus congéneres y con la naturaleza, entendiendo a su vez que todos somos naturaleza, que somo interdependientes los unos con los otros, que existimos a partir del otro” (Alberto Acosta, 2018). Implica re-construir la vida a partir de la reconstrucción de lo que nos es común. Un esquema donde lo individual y colectivo coexisten en armonía permitiendo producir y reproducir el territorio y la vida que lo habita.

Esta visión es superadora de la relación antropocéntrica, que busca dominar y subyacer la naturaleza sin caer en cuenta que, en el proceso, se subyace y se domina a sí mismo; se propone así una visión socio-biocentrica, donde la naturaleza emerge como sujeto de derechos. Una visión que, a la vez, es incompatible con la afirmación de las nuevas formas de extractivismo extremo que caracterizan nuestro siglo. Una nueva fase en del modelo de extracción que exaspera los procesos de despojo de la tierra y de la vida, un acaparamiento que implica la expansión de las fronteras extractivas en los territorios y los cuerpos de quien los habita y produce de forma cotidiana.

De la institucionalización del Buen Vivir a la re-novación de las estrategias de despojo: extracción y energías extremas en el Ecuador

La incorporación del concepto de Buen Vivir en la constitución del Ecuador, en el año 2008, significó una victoria del movimiento indígena y ecologista en el Ecuador. Un hecho sin precedentes que implicó a su vez el reconocimiento de la naturaleza como sujeto de derechos, generando las bases normativas para impulsar una transición hacia un nuevo modelo de sociedad más equilibrado, en grado construir en su seno comunidades políticas más justas y equitativas.

Sin embargo, este reconocimiento formal fue insuficiente a la hora de frenar los procesos de despojo que han caracterizado la historia del Ecuador desde la colonia. En este sentido, es importante señalar que la historia económica del país es la historia de las fases de afirmación y diversificación/concentración del modelo extractivista; desde el auge cacaotero en el siglo XIX, hasta el descubrimiento del petróleo a finales de los años 70 en el siglo XX; la historia del Ecuador es una larga historia de extracción y despojo.

La transición de la norma a su aplicación práctica fue más difícil de lo esperado. Hoy, 10 años después de proclamar el Buen Vivir como un futuro deseable, el 15% del territorio nacional está concesionado a las mineras públicas y privadas; estamos viviendo, por primera vez la minería a gran escala, afectando territorios indígenas (por ejemplo, el proyecto San Carlos Panantza en territorio Shuar) y fuentes de Agua (como el caso de la mina de rio blanco y Quimsacocha en la provincia del Azuay); así como la expansión de la frontera petrolera hacia áreas de extracción extrema, como es el caso de las reservas de crudo extrapesado del Yasuní o la difícil recuperación en un complejo pantano como el de Pañacocha.

Imagen 1. Vista aérea del campamento de Pañacocha

Fuente: Petroamazonas

 

Imagen 2. Bloque petroleros concesionados y por concesionar

Fuente: https://file.ejatlas.org/img/Conflict/bloques-7-y-21/Ecuador_mapa_bloques.jpg

 

La expansión de la extracción hacia áreas inexploradas y cada vez más sensibles ponen en riesgo la vida de todos y todas. Las consecuencias serán irreversibles, alejando toda posibilidad real de construcción de otro mundo posible. La violencia extrema con la que se manifiestan, hoy, los dispositivos de control sobre los cuerpos y los territorios en las áreas desde donde se extraen los recursos dan cuenta de la configuración de nuevo patrón de dominación, característico de esta fase extrema de la extracción de recursos en los países del Sur. Un nuevo patrón que tiene entre sus principales características un rol complaciente y, a la vez, activo por parte del Estado. Este, más que en el pasado, esta presto a desplegar estrategias complejas de control biopolítico que involucran los territorios afectados, sus pueblos y las posibles redes de apoyo que se conforman ante las injusticias, las asimetrías y la violencia.

Para poder explicar de qué hablamos cuando indicamos la existencia de extracción extrema voy a presentar dos casos emblemáticos que han marcado la agenda del movimiento indígena y ecologista en el Ecuador en los últimos diez años: el Yasuní ITT y las minas a cielo abierto en la cordillera del Condor (Fruta del Norte, proyecto San Carlos Panantza y proyecto Mirador).
En todos los casos analizados, los efectos que generan estos procesos de extracción extrema se manifiestan con particular virulencia sobre el cuerpo de las mujeres, guardianas de los comunes y del territorio, responsables de la reproducción de la vida de sus familias y su comunidad. La extracción extrema es patriarcal, busca dominar la naturaleza y los cuerpos, siendo los cuerpos de las mujeres la última frontera de la resistencia.

El Yasuní ITT: las mujeres y la resistencia contra la extracción petrolera

El Parque nacional Yasuní es un parque nacional ecuatoriano que se extiende sobre un área de 9820 kilómetros cuadrados en las provincias de Pastaza, y Orellana entre el río Napo y el río Curaray en plena cuenca amazónica a unos 250 kilómetros al sureste de Quito. El parque, fundamentalmente selvático, fue designado por la Unesco en 1989 como una reserva de la biosfera y es parte del territorio donde se encuentra ubicada la Nación Huaorani – alrededor de 16 asentamientos en la zona- y dos facciones Wao, los Tagaeri y Taromenane, reconocidos por el Estado como grupos en aislamiento voluntario o, como preferimos nombrarlos desde los movimientos ecologistas, los últimos pueblo libres del Ecuador.

Imagen 3. Zona de explotación y avistamiento de pueblos libres

Fuente: https://amazonwatch.org/news/2013/0825-rights-and-responsibility-the-failure-of-yasuni

Por su importancia ecológica y cultural este territorio se configuro como símbolo de la lucha contra el extractivismo y la defensa de los pueblos originarios amazónicos y sus territorios. De ahí que el gobierno de Rafael Correa decidiese hacer suya la propuesta al inicio de su mandato, en el año 2007. Si bien el movimiento percibió la apertura del gobierno como un logro, esto solo señalaba el camino hacia el fin de la iniciativa de defensa de los pueblos y sus ecosistemas, reducido a un intercambio monetario entre el Sur subdesarrollado y un Norte desarrollado que debe, de alguna manera, solventar el subdesarrollo del Sur. Sin negar la persistencia de las asimetrías entre el Norte y el Sur y la responsabilidad de los primeros en ello, es difícil condicionar la resistencia histórica de los pueblos a la solidaridad de una comunidad internacional cada vez más insolidaria y apática a los problemas globales. No es posible condicionar la supervivencia de los pueblos a una retribución monetaria.
Después de 5 años de impulsar la iniciativa Yasuni ITT, entre lobistas, responsabilidad social corporativa y burocracia internacional, la propuesta venia sepultada definitivamente bajo la consigna “la comunidad internacional nos ha fallado”. Agosto del 2013 quedará marcado como el día en que el Estado ecuatoriano dicto la sentencia de muerte a los últimos pueblos libres del planeta.

La importancia simbólica del Yasuni ITT se evidencia en la configuración de su resistencia. La resistencia a la explotación petrolera fue liderada por las mujeres Wao, que se negaban a aceptar la negociación del Estado con los hombres de la comunidad, en alianza con grupos de jóvenes ecologistas urbanos. Bajo el grito “Por el Yasuní nadie se cansa” las mujeres amazónicas caminaron desde el Puyo y llegaron a Quito – dos semanas de travesía con sus hijos- siendo recibidas por los grupos urbanos de apoyo desplegando amplias redes de solidaridad. Por su parte, el presidente ecuatoriano se negó a recibirlas, viajando al Puyo, en la Amazonía, a reunirse con la dirigencia masculina. La fractura dejo a las mujeres indefensas respecto a las operaciones de policía y militares, la empresa y sus propias familias, fomentando así la violencia patriarcal desde el exterior y desde el interior de la comunidad.

En este punto, es importante señalar que los procesos extractivos masculinizan los territorios elevando la vulnerabilidad y los riesgos a los que están expuestas las mujeres. La llegada masiva de trabajadores, en su gran mayoría hombres, cambian la lógica de apropiación de los comunes, siendo las mujeres profundamente restringidas en su acceso y administración. La actividad petrolera se acompaña de la proliferación de prostíbulos y aumento en el consumo de alcohol; la apertura de trochas viene aprovechadas por los madereros -muchos de ellos grupos armados ilegales- que amedrentan a las comunidades. Aumentan así los casos de violaciones y desapariciones de mujeres en las comunidades ubicadas en el área de influencia. Las redes de trata y tráfico operan a sus anchas ante la impunidad que los ampara.

Actualmente ya inició la explotación petrolera en esta área. Una explotación realizada en zonas pantanosas y ojos de agua que forman un sistema interconectado de ríos y lagunas, lugares comunes por excelencia de las comunidades indígenas amazónicas. De igual manera, la creciente actividad en esta zona deja esperar nuevos conflictos con las comunidades y los pueblos libres Tagaeri y Taromanane.

El petróleo del Yasuní cumple con las características de la extracción extrema. La pesadez de este crudo – que es más bien una brea- demanda la inyección de petróleo de mejor calidad para su transporte, esto implica un uso creciente de tecnología por las características geológicas que posee, haciendo de este un proceso extractivo costoso. Es extrema también por los riesgos extremos que implica para la vida en Yasuni ITT, de su fauna, de su flora y de los pueblos indígenas que lo han protegido de las garras del capitalismo salvaje y depredador por más de dos siglos. Es extrema además la opacidad que caracteriza los procesos de negociación entre estados protagonizados por el gigante asiático, facilitando a su vez las dinámicas de corrupción extrema que hoy opacan la historia política de las primeras décadas del siglo XXI.

La cordillera del Condor: Tundayme y el Proyecto Mirador

En la cordillera del Condor, zona a su vez de altísima biodiverdisidad y hogar del pueblo Shuar – Arutam, el Estado ecuatoriano tiene tres proyectos de minería a gran escala a cielo abierto: Fruta del Norte, Mirador y San Carlos Panantza.

Imagen 4. Proyectos mineros en el sur del Ecuador

Fuente: https://www.elcomercio.com/actualidad/inversion-mineria-ecuador-china-negocios.html

 

De los tres megaproyectos mineros el más avanzado es Mirador, actualmente en fase de exploración con un avance del 60% (El Comercio, 2018), ya genera impactos visibles e irreversibles en los territorios y pueblos que han sido hasta el momento afectados. La observación de los cambios en la forma de apropiación de los comunes da cuenta del daño profundo realizado a las comunidades con el inició de la extracción.

Mirador, ubicado en el Cantón El Pangui en Zamora Chinchipe, dió paso a la dinámica de despojo que caracteriza la intervención de la minería China en el Ecuador. Desapareció el pueblo de San Marcos en la Parroquia Tundayme, fue borrado del mapa junto con su historia y su población que tuvo que asentarse lejos de su tierra. Donde antes estaba la escuela y la iglesia hoy se asienta el campamento de la empresa estatal China ECSA. Los pobladores de la zona que no fueron expulsados cambiaron sus comercios tradicionales por restaurantes con linternas chinas en la puerta. La llegada de trabajadores, ecuatorianos, peruanos y chinos provocó un proceso acelerado de masculinización del territorio, las mujeres ven limitada su circulación y confinadas en los espacios privados ante la inseguridad imperante. Las expectativas de trabajo bien pagado de quienes apoyaron la llegada de la minera hoy se enfrentan a la realidad de las duras condiciones laborales y bajos salarios que caracterizan todos los nuevos proyectos extractivos, ante la laxitud de los controles estatales sobre el respeto de normas laborales y ambientales.

El río, que es donde se pesca, donde se bebe, donde se lava, hoy presenta una coloración café por la remoción de tierras y mal manejo de los desechos que produce la mina. Las fuentes de agua están siendo mermadas; antes eran fuente de vida, hoy, son el origen de las enfermedades que afectan a las comunidades. Se espera que este año empiece la producción de cobre en esta zona multiplicando los impactos hasta ahora generados.

San Carlos Panantza: la desaparición del pueblo de las cascadas sagradas (Nakintza)

El proyecto San Carlos Panantza se ubica en el gran territorio Shuar Arutam. Pueblo guerrero de la Amazonia ecuatoriana y peruana, dueño y guardián de la selva donde el Dios Arutam habita. En diciembre de 2016 un desalojo violento de la comunidad de Nankintza marcaba el inició de la extracción minera en esta zona. El desalojo de Nankintza se dio en medio de la resistencia de la comunidad, amedrentada por las balas de un ejército bien entrenado y dotado para doblegar a su propio pueblo y la fuerza mecánica de las retroexcavadoras, que desaparecieron en minutos lo que fue un día el hogar de la nación Shuar.

La resistencia al desalojo tuvo un precio muy alto: un policía muerto y decenas de heridos en ambos bandos desato la caza a los líderes de la resistencia; la búsqueda de los fugitivos justificó el desalojo de las comunidades de Tsunsui y San Pedro. Las mujeres huyeron a través de la selva caminando toda la noche con los niños y los ancianos. Los hombres tuvieron que esconderse en la selva para evitar ser apresados. Las comunidades fueron saqueadas y quedaron abandonadas por meses ante las amenazas constantes del ejército.

En respuesta a los incidentes ocurridos, el gobierno chino emitió un comunicado exigiendo al Ecuador garantizar las inversiones chinas en la zona. La respuesta fue inmediata, el Estado declarará el Estado de excepción aislando las comunidades e impidiendo la entrada de los grupos de apoyo al territorio durante tres meses. Por su parte, las fuerzas del orden ecuatorianas ejercieron con extrema crueldad el mandato de desalojo: quemaron las casas, destrozaron cultivos y asesinaron a los animales de la comunidad, “ni una gallina ni un pollito nos dejaron (…) mataron a mi perrito y dejaron un mensaje, que nosotros también moriríamos como perros” (Testimonio de Mujer Shuar, Tsunsui, 01/06/2017).

Ha pasado más de un año desde el desalojo de Nankintza, donde antes estaban las piscinas de tilapias y los criaderos de pollos y gallinas están los hangares del campamento minero. El gobierno niega la existencia de un asentamiento Shuar anterior al campamento, borró a golpes de retroexcavadora su existencia física y aspira a borrar, a través de la construcción de una narrativa desde el poder, la memoria de los pueblos. Lo que antes fue territorio Shuar, hoy, está ocupado por la empresa China EXA; el ejercito ecuatoriano garantiza la seguridad de la minera restringiendo las posibilidades de acceso y circulación en el territorio. Las comunidades de Tsunsuin y San Pedro han regresado a sus hogares empobrecidos (el saqueo, robo de animales y quema de cultivos dificultan sus posibilidades concretas de existencia), sin embargo, las prácticas de amedrentamiento como los sobrevuelos de helicóptero y el control a la libre circulación no han cesado. El territorio esta fragmentado, surgen por doquier carteles que declaran propiedad privada a las tierras comunitarias ancestrales de la Gran Nación Shuar.

A modo de conclusión….

Hace 4 siglos el filósofo Holandés Baruch Spinoza señalaba: “Cualquier cosa que sea contraria a la Naturaleza lo es también a la razón y cualquier cosa que sea contraria la razón es absurda”; es decir que, el nuestro, es un mundo donde impera la absurdidad: destruyendo la naturaleza nos destruimos a nosotros mismos. El buen vivir es una visión del mundo que emerge desde los pueblos del Sur, superador del antropocentrismo, que aboga por una relación diversa de los hombres y las mujeres con la naturaleza y su entorno; un modo de vida que implica la protección y la recuperación de los comunes como espacios de construcción cotidiana de comunidad. Se trata de una visión construida desde las prácticas de nuestros pueblos originarios, en sus luchas cotidianas de resistencia contra la voracidad del capital. Las posibilidades reales de construcción de ese, otro mundo posible, están íntimamente ligadas a la sobrevivencia de estos pueblos.

Por su parte, el nuevo patrón de dominación que acompaña la alianza entre el capital y los estados implica una exasperación de la violencia en los territorios de extracción, que fortalece las estructuras patriarcales que propician la dominación de los cuerpos de las mujeres y la naturaleza. Ha implicado, además, la introducción de procesos de criminalización de las resistencias como forma para deslegitimar y desalentar cualquier intento de frenar la avanzada del capital extractivo y su mantra de destrucción y muerte. Es un nuevo patrón que implica reafirmar la alianza entre el estado y el capital, fungiendo como dispositivo de despojo de las comunidades y las posibilidades de producir social y políticamente su territorio.

 

Una nueva trinchera en la batalla contra el neoliberalismo

Por Paul Mason

Solo un nuevo internacionalismo de izquierdas, que acepte una reafirmación limitada de la soberanía económica nacional, puede aspirar a vencer la ola creciente de populismo autoritario.

Si existe un documento fundacional de la socialdemocracia, este es sin duda Socialismo Evolutivo de Eduard Bernstein. Escrito en 1899, enseñó a los líderes del Partido Socialdemócrata de Alemania (SPD) que el capitalismo se había estabilizado de forma permanente, que el socialismo se lograría a través del parlamento y no de la lucha de clases, y que la clase trabajadora del siglo XX no sería ni culturalmente homogénea ni espontáneamente socialista.

Los socialdemócratas debían dejar de estar esperando a que llegara una mega crisis para acabar con el capitalismo, dejar de obsesionarse con las huelgas de masas y la dictadura del proletariado, y plantear el argumento de que, aunque el capitalismo hubiese mejorado la suerte de los trabajadores, el socialismo podía hacerlo mejor.

La estabilidad duró apenas 15 años y terminó el día en que el partido de Bernstein votó a favor del presupuesto de guerra del Kaiser Guillermo II.

En 1919, la dictadura del proletariado era una realidad no solo en Rusia sino también en Baviera y en Hungría. Lo que quedaba del SPD entró a formar parte del primer gobierno de coalición de la República de Weimar desde donde, siguiendo el consejo de Bernstein, se resistió a los intentos de su propia izquierda de «socializar» la economía y reprimió implacablemente a la izquierda comunista.

Si existe un documento de refundación de la socialdemocracia, este es el sin duda libro de Anthony Giddens Más allá de la izquierda y la derecha. Publicado en 1994 surgió, como la obra de Bernstein, de una crítica del marxismo ortodoxo.

Al igual que Bernstein, Giddens argumentaba que la estructura del capitalismo había cambiado, creando unas condiciones que hacían que el viejo programa de un socialismo dirigido por el Estado fuese ya inviable.

Cristalizadas en la doctrina de la Tercera Vía y recogidas en el libro con este mismo título de 1998, las ideas de Giddens proporcionaron el marco ideológico de los gobiernos socialdemócratas en el Reino Unido, Alemania, Australia y los Países Bajos, y también del segundo mandato de Bill Clinton.

A diferencia de Bernstein, Giddens no afirmó nunca que el capitalismo se había vuelto estable de forma permanente, sino que se había vuelto permanentemente volátil, pero cuya volatilidad era potencialmente benigna siempre y cuando pudieran controlarla gobiernos progresistas.

La tarea de los socialdemócratas era ayudar a las personas de clase trabajadora a sobrevivir en medio de la permanente inseguridad y desempoderamiento que provocaba la globalización. En lugar de un programa para desbrozar la jungla capitalista, la socialdemocracia se convertía en una especie de kit de supervivencia.

La crisis general de la socialdemocracia se da hoy porque el mundo que Giddens describía se ha evaporado. El mundo de Trump, Putin, Erdogan y Xi Jinping es tan diferente del mundo de Blair y Schroeder como lo fueron las luchas callejeras de Weimar del socialismo electoral y pacífico de la década de 1890.

En dos ocasiones, en un siglo, la socialdemocracia ha entrado en crisis porque su proyecto estratégico se basaba en condiciones que dejaron de existir.

Si contemplamos lo que queda de la socialdemocracia centrista y del liberalismo social – Renzi en Italia, Schulz en Alemania, Hillary Clinton en Estados Unidos y el ala Progress del Partido Laborista británico -, la imagen que a uno le viene a la mente es la de los supervivientes de un naufragio aferrándose a los restos de la  nave.

Schulz se aferra a Merkel. Renzi quería aferrarse a Berlusconi, pero ambos han perdido tantos votos que ahora esto resulta inútil. Hillary Clinton se aferra a Wall Street. El ala Progress del laborismo se aferra a la posibilidad de que surja una nueva fuerza centrista a lo Macron que la saque de la pesadilla del liderazgo de Corbyn.

Todos ellos se aferran a una forma de globalización que ha fracasado. Y los europeos se ven obligados a aferrarse a la Europa del Tratado de Lisboa – cuando también ésta está fracasando.

Para renovar la socialdemocracia tenemos que hacer lo que Bernstein y Giddens intentaban hacer: elaborar un análisis del mundo en el que vivimos.

Ambos fundaron sus argumentos en ciertas premisas sobre la dinámica futura del capitalismo, el papel del Estado en la economía y la atomización de las estructuras de clase, de las culturas y alianzas que prevalecían en los años que les precedieron.

Es significativo que ambos estaban críticamente comprometidos y eran deudores del método marxista del materialismo histórico – un método que no preocupaba para nada a los apparatchiks del partido, que solo usaban sus teorías como adorno para el proyecto de gestionar el capitalismo.

Partir de un análisis material del mundo – en lugar de una lista de políticas, tácticas y principios – es una tradición que la socialdemocracia europea ha perdido en la era neoliberal.

La premisa ideológica del neoliberalismo siempre ha sido anti-teórica: no preguntes por qué existe este tipo de economía, o cuánto tiempo puede durar – simplemente acéptala como permanente y continúa mejorando sus prestaciones.

Así que, en medio del pánico – cuando la Alternative für Deutschland (AFD) alcanza al SPD alemán en las encuestas, y cuando el Partito Democratico (PD) en Italia cae por debajo del 20% mientras que se dispara el porcentaje de populistas y xenófobos -, debemos empezar por analizar la situación y abstenernos de lanzar frenéticas súplicas de que el mundo «vuelva a la normalidad».

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Si el neoliberalismo se ha descompuesto, ¿cuál es exactamente el mecanismo que ha fallado? No puede ser que el colapso de un simple sistema bancario sea la causa de que gran parte de la población de Occidente se haya vuelto en contra de los derechos universales y el cosmopolitismo.

El economista de la Universidad Goldsmiths de Londres, William Davies, ofrece dos definiciones del neoliberalismo que explican por qué el mundo que Giddens describía – con bastante precisión – ha desaparecido.

La primera es «la elevación de principios y técnicas de evaluación de mercado a nivel de normas respaldadas por el Estado».

Davies señala que el neoliberalismo, con el tiempo, ha ido centrándose menos en crear relaciones basadas en el intercambio y más en imponer un comportamiento competitivo en áreas donde no existía el mercado.

Los cuadros comparativos de centros de enseñanza y los ránkings universitarios mundiales son solo un ejemplo – otro ejemplo son los falsos procesos de licitación que han posibilitado la entrega de miles de millones de dinero público en contratos de servicio a compañías como Carillion e Interserve.

Para Davies, bajo el sistema neoliberal no es el mercado, sino el cálculo económico el que se impone a la fuerza en todos los ámbitos y aspectos de la vida. Y esto lleva a su segunda definición, más precisa, del neoliberalismo: «el desencanto de la política por medio de la economía».

El neoliberalismo fracasa porque no es la solución para los problemas del sistema keynesiano sino, en realidad, un arreglo temporal. La causa de la ruina de ambos modelos ha sido su incapacidad para sostener a la vez la productividad y la rentabilidad corporativa.

Entre 1989 y 2008, el crecimiento lo impulsaba una expansión financiera insostenible, los déficits fiscales, el rápido proceso de equiparación de Asia y América Latina y la ampliación de la población activa. En 2008 lo que saltó por los aires fue un sistema global que dependía de una ficción financiera.

A resultas de ello, tenemos ahora una economía global que mantienen a flote 19 billones de dólares de dinero creado por los bancos centrales y la socialización permanente del riesgo bancario, y en la que muchos de los países industrializados avanzados presentan las siguientes características:

1. Aumento de la desigualdad por el aumento del valor de los activos provocado por la expansión cuantitativa.

2. Sectores enteros dominados por monopolios centrados en la búsqueda de rentas.

3. Una élite financiera mundial unida en torno a la defensa de sus privilegios estratégicos – que consisten en mantener su riqueza en jurisdicciones offshore, no disponibles para los recaudadores de impuestos de los Estados-nación y por lo tanto inmunes a las políticas redistributivas.

4. Altos niveles de subempleo y de trabajo precario, con millones de personas en lo que David Graeber llama «trabajos de mierda»; unos salarios reales que no logran mantenerse a la par del ritmo de crecimiento de los activos del 1% más rico de la población; y una participación salarial agregada a niveles históricamente bajos.

5. Un mercado global que ha empezado a fragmentarse siguiendo líneas regionales y nacionales; la paralización de los tratados de liberalización del comercio; la balcanización de los sistemas financieros y de la economía de la información; y el inicio de una guerra comercial abierta.

Ante esta situación, las élites políticas nacionales suelen optar por tres tipos de respuesta.

La primera es tratar de mantener el status quo, lo que resulta en un aumento constante de la desigualdad y el empobrecimiento continuo de los trabajadores y de la clase media baja. Este es el enfoque de Macron en Francia, Merkel en Alemania y del lobby conservador-liberal en el Reino Unido.

La segunda es una especie de «neoliberalismo nacionalista»: el intento de potenciar la introducción coercitiva de los mecanismos de mercado a través de una ruptura parcial con el sistema multilateral de comercio global.

Esta es la intención que hay detrás del European Research Group (ERG) en el seno del Partido Conservador británico: eliminar las regulaciones medioambientales y de seguridad y eliminar – como quiere Liz Truss – los requisitos y titulaciones profesionales que, según ellos, «ahogan el crecimiento» al establecer la obligación de que médicos, pilotos de líneas aéreas o fisioterapeutas tengan licencia para ejercer – con lo que resultan de difícil sustitución por el precariado.

Se trata, a todos los efectos, de «Thatcherismo en un solo país», y también del no reconocido denominador común de las tres facciones de la derecha alemana: el AfD quiere reformas más liberalizadoras del mercado, pero no inmigración; el Partido Democrático Libre (FPD) quiere que Alemania doble su apuesta en el Eurosistema para descolocar al resto de Europa; y lo mismo defiende eficazmente el ala derecha de la Unión Social Cristiana (CSU) en torno a Alexander Dobrindt que pide, además, una «revolución» para hacer retroceder la sociedad al conservadurismo social anterior a 1968.

Una tercera respuesta – cuyo mejor ejemplo en Europa es el actual gobierno de Ley y Justicia en Polonia – consiste en romper abiertamente tanto con la economía neoliberal como con la «democracia liberal».

Ley y Justicia ha conseguido un 49% de los votos en Polonia no solo en base al nacionalismo y al antisemitismo, sino también por sus constantes ataques verbales contra la «democracia liberal» y las élites que se benefician de ella y por su política de distribución de importantes paquetes de asistencia social a la clase trabajadora.

La democracia liberal se interpone en el camino de la democracia real – que es la voluntad del pueblo polaco, blanco y católico, libre de elementos tales como los medios de comunicación independientes, la judicatura y las obligaciones multilaterales. Este es el mensaje de la Ley y la Justicia.

Ninguna de estas respuestas representa un remedio estratégico para el colapso del neoliberalismo. El problema, sin embargo, es que dos de ellas pueden funcionar de forma temporal y a nivel local, siempre que las élites nacionales en cuestión estén dispuestas a incumplir las obligaciones multilaterales con sus socios comerciales.

A esta manera de proceder se le dio en llamar, en la década de 1930, «mendigar al prójimo». En lenguaje moderno, se trata de estar preparado para decir a otros países que se vayan a la mierda.

Ley y Justicia está en rumbo de colisión con la Comisión Europea, mientras que los conservadores británicos del ERG quieren que el Reino Unido opte por una salida dura y de confrontación con la UE.

Del mismo modo Trump, con recortes de impuestos que van a propulsar la deuda de Estados Unidos y a desencadenar una guerra comercial por el acero, está decidido a generar una reactivación de la prosperidad en Estados Unidos a expensas de sus socios comerciales clave.

El problema de la socialdemocracia es que durante 30 años ha moldeado su proyecto en torno a las prioridades del modelo neoliberal y a la certeza de que un sistema global multilateral (a) existiría siempre, y (b) se profundizaría.

Ambas condiciones no se han cumplido por falsas, a la vez que las prioridades de las élites neoliberales han evolucionado rápidamente para adaptarse al creciente poder de los cleptócratas autoritarios y de su séquito de mafiosos.

El problema básico de la estrategia de Macron – continuar, como si nada, con un mercado libre globalizado – es que no puede llevarse a cabo quedándose quieto: hay que doblar la apuesta por imponer a la fuerza comportamientos y valores competitivos a una población cansada de coacciones.

Hay que renovar la Asociación Transatlántica de Comercio e Inversión (TTIP), hay que llevar a cabo más privatizaciones y hay que ir expandiendo la UE hacia el Este, incorporando a más élites nacionales xenófobas y corruptas. Volviendo a las definiciones de Davies (la elevación de los principios del mercado a normas respaldadas por el Estado y el desencanto de la política por medio de la economía), podemos afirmar que esto ya no funciona.

La gente ya ha tenido suficiente con las coerciones del mercado libre y está dispuesta a que la toma de decisiones económicas se “reencante” con lo único que hay a mano: el nacionalismo y la xenofobia por un lado, y el anti-autoritarismo radical, el feminismo, el ecologismo y el izquierdismo por el otro.

Para renovar la socialdemocracia, debemos dejar de aferrarnos a los restos del naufragio. Aunque Blair y Clinton la utilizaron para adornar su escaparate, la Tercera Vía era una teoría seria y coherente. Algunas de sus premisas sobreviven aunque en la práctica, como proyecto, está moribundo.

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El marco teórico de Giddens para una política radical en la era neoliberal constaba de seis prioridades. La primera, «reparar las solidaridades dañadas», implicaba reconocer que incluso en el más libre de los mercados, las personas son interdependientes.

Aunque la derecha neoliberal defienda que hay que apuñalarnos unos a otros por la espalda, las personas con un puñal clavado entre los omóplatos siguen necesitando un hospital al que acudir.

En segundo lugar, la socialdemocracia tenía que aceptar el hecho de que la gente, en lugar de luchar por mejorar sus condiciones económicas, podía hacerlo por «políticas de vida» – es decir, por la libertad individual de comportarse siguiendo su libre albedrío – y que la desigualdad de oportunidades para hacerlo – como vemos hoy con el movimiento #MeToo – podía ser un vector de protesta y radicalismo mucho más potente que la pura desigualdad económica.

En tercer lugar, “políticas generativas” en lugar de solidaridad: la socialdemocracia tenía que crear espacios entre Estado y mercado en los que la gente pudiera hacer por sí misma cosas que ni el Estado ni el mercado pueden ofrecer.

En cuarto lugar, reconociendo que la globalización debilita la democracia formal de los Estados, Giddens defendía la necesidad de una democracia de grupos de autoayuda y movimientos sociales. Estos debían olvidarse de tratar de doblegar el Estado para alcanzar sus objetivos – ya que éste, irrevocablemente bajo el control de las corporaciones, estaba destinado a reducirse -, pero podían sin embargo lograr cosas para ellos, empoderarse y aumentar su alfabetización emocional en el proceso.

En quinto lugar, la izquierda debía estar preparada para el desguace del estado de bienestar. En lugar de una red de seguridad diseñada para proteger a las personas contra «lo que pueda pasar», lo que tenía sentido era que fuese una especie de guía de supervivencia. El estado de bienestar, decía Giddens, era sexista, burocrático, impersonal y no había conseguido nunca erradicar por completo la pobreza.

Por último, Giddens advertía que el orden global neoliberal conduciría a la violencia, y que era preciso que la izquierda encontrase formas de mitigar este hecho. Cuando se produce un conflicto social en un mercado libre y globalizado, decía Giddens, no se puede resolver coexistiendo o separándose.

«Ninguna cultura, Estado o grupo grande puede aislarse con éxito del orden cosmopolita global», escribió Giddens. Los conflictos, por consiguiente, llevarían más rápidamente a la violencia abierta y la izquierda tendría que ser el partido del diálogo y no del conflicto.

Lo que sorprende hoy de este marco político, sobre el que se construyó la socialdemocracia de la Tercera Vía, es su absolutismo.

El Estado se marchitaría, el mercado triunfaría, el estado del bienestar debería abandonarse, la solidaridad de clase se derrumbaría y las políticas de estilo de vida individual lo dictarían todo. Esta era la suposición.

Pero casi 25 años después de su publicación, todo lo que se consideró que desaparecería sigue ahí, incluso en una sociedad como la del Reino Unido que se convirtió con Major, Blair y Cameron en un laboratorio de atomización social.

El sindicato de trabajadores de transportes británico todavía puede parar la red de metro de Londres; el presupuesto de bienestar sigue representando el 34% del presupuesto del Estado; los experimentos de mercado en el sistema ferroviario han ido fatal. Incluso en mi estación de metro en Londres, hay un representante sindical que desafía las instrucciones de la dirección de llevar una placa con su nombre y lleva una que pone «Lenin».

Aunque Giddens nunca suscribió la tesis del «fin de la historia», los supuestos que sustentaban su proyecto eran que los mercados son eficientes y que tienden hacia el equilibrio y la prosperidad. Al igual que Bernstein, creó una fórmula para hacer frente a la estabilidad capitalista que no pudo sobrevivir con el retorno a la inestabilidad.

En manos de Blair, Clinton y Schroeder, estos supuestos se convirtieron en excusa para la colaboración venal con los intereses de las corporaciones contrarios a los de las personas que habían votado por la socialdemocracia. Pero incluso en su forma más pura y académica, la realidad política, económica y social del capitalismo posterior a 2008 ha venido a negar los supuestos de Giddens.

El hecho más importante de esta nueva realidad es que, desde 2008, los Estados, las regiones y las comunidades han empezado a intentar salirse del sistema. Lo que se consideró imposible se ha convertido en la tendencia dominante: el deseo de cancelar, revertir o bloquear la globalización.

Ya sea la globalización de la mano de obra a través de la migración, la privatización del dominio público en nombre de la liberalización del comercio, o el empobrecimiento de las comunidades industriales a través de la deslocalización.

No deja de ser curioso que las mismas fuerzas que el Blairismo asumió que estaban agotadas – comunidad, sindicalismo, identidad de la clase trabajadora y, por supuesto, lengua y etnia – han sido los factores que han impulsado esta prisa por salir, tanto desde la izquierda como desde la derecha.

Como predijo Giddens, estas iniciativas se topan con la violencia – a veces literalmente, como descubrieron los catalanes el 1 de octubre de 2017 -, y en otras ocasiones mediante coerciones más sutiles como el cierre del sistema bancario de un país, como experimentaron los griegos en junio de 2015.

Pero sea donde sea que se dé una estrategia de «salida», la institución clave es la que Giddens – y Blair – asumió que iba a tener un poder menguante en el universo neoliberal: el gobierno del Estado democráticamente elegido.

En cuanto a lo que está impulsando este deseo de salir, el factor principal es la inseguridad. En todo el mundo, la provisión de asistencia social por parte del Estado se ha desarticulado, pero no se ha visto substituida, como defendía Giddens, por ninguna nueva forma de solidaridad.

Uno de los grandes factores que impulsan la ira y la inseguridad populistas es el miedo a «lo que pueda suceder», ya sea la posibilidad de que una persona de clase trabajadora caiga a una subclase porque pierda su trabajo precario; o que un inmigrante le toque turno por delante de uno en la sala de espera del médico; o que un terrorista jihadista criado en el país haga volar por los aires a los hijos de uno en un concierto de música pop.

«¡No más cambios!»: esto les decían los votantes que habían decidido cambiar al AfD a los activistas que hacían campaña puerta a puerta en Turingia.

Por absurdo que pueda parecerles a los tecnócratas que todavía creen en el neoliberalismo, se trata de un deseo racional cuando lo que traen los cambios solo es estrés, empobrecimiento y ansiedad – y, en este caso, la percepción añadida de más competencia para acceder a unos presupuestos sociales y de bienestar limitados.

En la práctica, lejos de empoderar a aquellos a los que se había desposeído de red de seguridad, la política neoliberal durante la crisis se centró en coaccionarlos cada vez más, como con las escandalosas evaluaciones de discapacidad del Departamento de Trabajo y Pensiones en el Reino Unido, o los programas de encarcelamiento masivo de ciudadanos negros en Estados Unidos durante los mandatos de Clinton y Obama.

Finalmente, e irónicamente, han sido la derecha populista y la izquierda radical, junto con algunos partidos nacionalistas cosmopolitas y ONGs ecologistas, quienes se han implicado en la tarea de «reparar las solidaridades dañadas».

La socialdemocracia blairita podía quizás haber instado a la gente a descubrir las nuevas solidaridades de la vida suburbana, el lugar de trabajo profesionalizado o el gimnasio reservado a los socios, pero lamentablemente no estaban disponibles para los estratos bajos empobrecidos que estaba creando el neoliberalismo.

La gente se aferró, en cambio, a lo que quedaba de sus viejas solidaridades, que – como he descrito en La gran regresión – a menudo quedaron despojadas de su contenido progresista.

***

No es casual que la doctrina de la Tercera Vía tuviera el mismo destino que el «revisionismo» de Bernstein: ambos fueron formulados durante las fases de ascenso y estabilización de un modelo económico global y ninguno de los dos pudo sobrevivir a la crisis de dicho modelo.

De hecho, comprender que nuestra tarea hoy es articular una «política de crisis» – y no una guía de supervivencia para perdedores en el contexto de una forma de capitalismo triunfante -, es el primer paso para hallar una solución.

Si aceptamos la idea de que el neoliberalismo está acabado, es importante sacar algunas conclusiones de orden general.

Primero, el auge de proyectos nacionalistas autoritarios entre algunas élites occidentales es, considerando su historia, lógico e inevitable. Solo hay que escuchar los cantos de devoción que le dedica continuamente la élite británica a Winston Churchill para comprender lo poderosos que son los mitos, las narrativas y las tradiciones que guían las acciones de las burguesías nacionales, incluso en la era de Davos y de  la cultura de consumo globalizada.

El mes pasado, en el marco de un seminario en Polonia, le pregunté a una serie de personas progresistas: «¿por qué una parte de la élite polaca está dispuesta a romper con la globalización y buscar soluciones centradas en la nación y xenófobas?». Se encogieron de hombros y me dijeron: «porque eso es lo que hicieron en la década de 1930».

No que el globalismo de las élites durante el neoliberalismo fuese falso; lo que pasa es que en toda la historia del capitalismo industrial, solo ha habido dos modos de regulación: el nacional-céntrico y el globalista multilateral.

Las tradiciones intelectuales de la mayoría de los grupos de élite en el mundo pueden acomodar a ambos, y algunos están dispuestos a bajar al sótano oscuro de esas tradiciones para resucitar las ideologías nacionalistas que tanto convenían a sus abuelos. Lo que están haciendo hoy sectores de las élites y de la itelligentsia en Polonia, Hungría, Italia y Austria no es ningún misterio. Es volver a lo mismo de siempre.

Segundo, el auge del populismo autoritario y de las narrativas xenófobas entre la población de muchas democracias occidentales es consecuencia de la ruptura de una narrativa coherente y de percepciones intensas de inseguridad.

La estrategia de mantener a la economía en soporte vital no mantiene en soporte vital a la ideología que sustentaba el neoliberalismo.

Se suponía que la recompensa por todas las puñaladas por la espalda, la atomización y la conformidad con el individualismo de mercado era la prosperidad. Una vez que eso desaparece, la narrativa se vuelve incoherente.

De esto se desprende que la socialdemocracia – y los movimientos progresistas más amplios con los que ésta debe aliarse – necesita elaborar rápidamente una nueva narrativa sobre cómo puede mejorar el mundo para usted, sus hijos y su comunidad.

La gente quiere saber cómo va a volverse menos insegura la vida y cómo pueden los cambios ser más predecibles y manejables. Si la izquierda no da respuesta a esto, lo hará la derecha xenófoba.

Tercero, lógicamente, el nuevo proyecto de la socialdemocracia debe enmarcarse en una ruptura radical con el neoliberalismo. Lo que está destruyendo nuestro movimiento es que toda una generación de líderes socialdemócratas ha vinculado su identidad y prestigio personal a un modelo económico que ya no funciona.

Schulz quería mantener a Merkel en el poder para siempre; Renzi prefería ver a Berlusconi en el poder antes que admitir que las quejas que están llevando a la gente hacia la Liga y el Movimiento Cinco Estrellas son fundadas.

De hecho, hablando con socialdemócratas italianos antes del desastre electoral del 4 de marzo, me di cuenta de que lo que les atormentaba era la posibilidad de ser derrotados por el Movimiento Cinco Estrellas de Bepe Grillo, y no por la alianza racista de Fuerza Italia y la Liga.

En el Reino Unido, el espectáculo de la líder laborista de Haringey, Claire Kober, autodestruyéndose ante el clamor popular con su proyecto de privatización de viviendas, es otra viñeta del mismo color.

Que quede claro: romper con el neoliberalismo significa llevar a cabo una retirada – limitada, reversible y calibrada – de algunos aspectos de la globalización.

Para salvar lo salvable del sistema global, debemos evitar su implosión: eso significa evitar una desintegración caótica de la UE, el colapso de los acuerdos multilaterales de comercio global y – la amenaza definitiva – una avalancha de impagos cruzados de deuda en la que todos se pongan a correr atropelladamente hacia la puerta de salida.

La analogía con una guerra de trincheras viene como anillo al dedo. Si cae la trinchera avanzada, la primera del frente, el último en salir de ella se juega ser pasado a la bayoneta. Lo mejor es batirse en retirada hacia la siguiente trinchera y defenderla.

Así enfoco yo el Brexit. La cuestión de fondo siempre ha sido la de qué forma adoptará en el futuro la relación a distancia del Reino Unido con la UE. Yo voté «Permanecer» porque la alternativa – como se ha puesto ahora de manifiesto – era Boris Johnson y Jacob Rees-Mogg construyendo el Thatcherismo en un país, usando como manual La doctrina de shock de Naomi Klein.

Porque a la gente se le dijo que no se podía negociar la libertad de movimiento dentro de la UE, votaron a favor de irse.

No se creyeron los que aseguraban que una «unión cada vez más estrecha» era algo que ya no tenía aplicación en el caso del Reino Unido – y la actitud de la Comisión Europea durante las negociaciones del Brexit no ha hecho sino confirmar sus sospechas.

Tomando esto en consideración, no es ni posible ni deseable que la élite haga trampas y use intrigas para invalidar el voto de 17 millones de personas. Lo que sí se puede es convencerles de que acepten una semi-separación limitada – y, por lo tanto, reversible – en la forma de un acuerdo al estilo del que tiene Noruega, una unión aduanera o algo a medio camino.

La pregunta para los socialdemócratas europeos tiene mucha más enjundia que la que me suelen hacer a mí en seminarios y reuniones y que es la siguiente: «¿cómo podemos emular a Corbyn?».

Vale la pena recordar, sin  embargo, que la actual recuperación y dinamismo del Partido Laborista se basa en el hecho de que, para empezar, el Reino Unido siempre ha estado exento de la obligación de aplicar las reglas de Maastricht que exigen austeridad fiscal.

Corbyn ha podido redactar un manifiesto post-austeridad que contempla un programa de empréstitos de 250.000 millones de libras y un plan de redistribución de impuestos de 50.000 millones de libras, junto con alguna renacionalización parcial y la creación de un banco de inversión estatal – un acto de imaginación que simplemente no podían permitirse ni Renzi, ni Sánchez, ni Schulz .

Además Corbyn – acertadamente – ha aceptado el resultado del referéndum del Brexit, rechazando la propuesta del núcleo duro de la derecha Blairita de cargarse al partido etiquetando a un tercio de los votantes laboristas de xenófobos engañados.

¿Qué lección puede sacar el resto de la socialdemocracia europea del éxito del laborismo? Una muy concreta pero que se niegan a aceptar: que hay que «retirarse a la segunda trinchera» y que esto significa adoptar como claro objetivo la revisión del Tratado de Lisboa en aras a una mayor justicia social.

Europa debe rediseñarse para permitir la acción asistencial de los Estados, las nacionalizaciones, la equiparación de las redes de seguridad social y de los salarios mínimos, y eliminar los criterios de Maastricht sobre deuda y préstamos que imponen políticas de austeridad.

Un gobierno de Corbyn en el Reino Unido, y uno en Estados Unidos liderado por Sanders u otro candidato de la izquierda del Partido Demócrata, dispondrían como mínimo de cierta libertad fiscal.

Hasta que no consigan imaginarse capaces de hacer lo mismo – ya sea colectivamente a través de una alianza de los países que constituyen el núcleo central de la UE, ya sea individualmente -, los partidos socialdemócratas europeos seguirán autodestruyéndose por el bien de Lisboa y del Bundesbank. Deberían dejar de hacerlo.

***

Todo lo cual nos pone frente a frente con un principio de orden general: durante los próximos cinco años, el lugar en el que deben combatirse el populismo autoritario y el nacionalismo económico es el Estado nacional y las instituciones democráticas a nivel estatal.

A Trump se le derrotará a nivel de elecciones federales, del Tribunal Supremo y del FBI, no en la Organización Mundial del Comercio ni en las Naciones Unidas.

Orban, Kaczinsky y la coalición azul-negra en Austria serán derrotados por las culturas nacionales, los parlamentos, las inteligentsias y los demos nacionales, no a través de la autoridad de la Comisión Europea ni de las presiones verbales de Guy Verhofstadt en el parlamento de Bruselas (por bienvenidas que éstas sean).

Llevada con inteligencia, y sin ceder a la retórica de la derecha, una reafirmación limitada de la soberanía económica de los Estados es clave para resucitar una política de izquierda tanto en Europa como en Estados Unidos. De hecho, de haberse hecho esto – como una vacuna contra la gripe – hace cinco años, se podría haber evitado la enfermedad actual.

Pensar en cómo reformar el capitalismo para satisfacer las necesidades de aquellos cuyos salarios están estancados y se encuentran en empleo precario es más fácil una vez que se acepta que el lugar en el que se debe hacerse son los parlamentos nacionales y las asambleas regionales.

Su capacidad de maniobra estará todavía restringida por acuerdos multilaterales, pero probablemente se parecerán más a aquellos acuerdos flexibles que precedieron al apogeo del neoliberalismo que a los actuales, cuya inflexibilidad les está llevando al fracaso.

Uniones aduaneras, zonas de libre comercio, vinculaciones monetarias bilaterales, un mecanismo de tipos de cambio en lugar de moneda única y una estructura a dos velocidades para la UE misma – éstas podrían ser las formas a través de las cuales podría sobrevivir la globalización.

Para la socialdemocracia, el internacionalismo – arraigado en su práctica desde la formación de la Segunda Internacional en 1889 – es una trinchera fuerte a la que recurrir ante la evaporación del globalismo.

El globalismo de las élites – de Mar-a-Lago a Budapest – está resultando tristemente frágil; el internacionalismo de los partidos de izquierda, edificado sobre bases correctas, podría ser mucho más duradero.

Los socialdemócratas, por otra parte, no estarán solos en esta segunda trinchera: el liberalismo, la izquierda radical, el feminismo y el movimiento verde han hecho, todos ellos, importantes contribuciones a la ideología progresista e internacionalista que está llamada a sustituir al globalismo del libre mercado.

La ventaja de forzar a los políticos socialdemócratas a centrarse en la dinámica de su propia sociedad es que, en la mayoría de los países, enfrentan el mismo desafío demográfico: conflicto cultural entre una fuerza de trabajo con valores progresistas, educada y más joven, y una fuerza de trabajo más vieja y menos educada, aferrada al conservadurismo social.

Es una división entre la gran ciudad y la ciudad de provincias, entre viejos y jóvenes, que, en el peor de los casos – como sucede en el caso de la nueva derecha en Estados Unidos y en el de la derecha populista en Polonia – toma también como munición la desigualdad de género.

De Bernstein a Giddens, los profetas del socialismo de la estabilidad se han centrado siempre en la atomización de las lealtades de clase y comunitarias y en el declive de la solidaridad. Ya en 1899 Bernstein advirtió que «el fabricante de herramientas de precisión y el minero de carbón, el decorador profesional y el portero… tienen un tipo de vida muy distinto y distintos tipos de necesidades» y que sería más fácil unirlos en torno a la raza y la nación que en torno a políticas de clase puras.

Un siglo después, todo el proyecto de Giddens se basó en la idea de que la mayoría de las solidaridades sociales – incluso la etnia y la nacionalidad, y ya no digamos la clase – se atomizarían bajo el impacto de la mercantilización y la interconexión de individualidades.

Pero resulta que la lucha actual no es entre atomización y viejas solidaridades: de hecho, es un partido a muerte entre dos solidaridades espontáneas que ya no pueden coexistir.

Por ahora, allí donde la derecha autoritaria está en marcha, anda movilizando a la gente en torno al nacionalismo, el racismo y el sexismo. Pero la ideología del sector de la sociedad educado, en red, diverso, tolerante y con un enfoque global es igualmente espontánea y, en algunos lugares, más fuerte.

De alguna manera, los asalariados, los milennials y sus aliados naturales de las minorías étnicas, las mujeres y la comunidad LGBT han logrado lo que pedía Giddens: una agencia nacida del miedo.

Escribió: «Puede que los valores de la inviolabilidad de la vida humana, los derechos humanos universales, la preservación de las especies y el cuidado del futuro y de las generaciones actuales de niños se alcancen de manera defensiva, pero no son por supuesto valores negativos».

En lugar de un proletariado con una misión histórica y definida de manera positiva, podríamos tener que conformarnos con una abigarrada alianza tribal con muchas misiones, algunas de ellas conflictivas, dejó dicho Giddens.

Vale la pena reconocer aquí cuán cerca se encuentra la postura de Giddens en 1994 a la que posteriormente, en el movimiento antiglobalización, llegó a conocerse como «un No, muchos Síes».

La diferencia es que hoy tenemos dos «Noes»: no al neoliberalismo y no a la derecha xenófoba. Esto limita, a su vez, el número de «Síes» prácticos en el corto plazo: sí para defender el universalismo, sí para mitigar el cambio climático y sí para mantener el estado de derecho.

Ese debería ser el terreno en el que se unan las fuerzas progresistas de la humanidad.

Pero los socialdemócratas no deberían vacilar en agregar otro «Sí» a la lista – a saber: el derecho del electorado a usar la democracia para regular y controlar el mercado a nivel nacional, incluso si esto significa reformar, suspender o desafiar a las instituciones a través de las cuales las corporaciones globales han dictado los asuntos mundiales en los últimos 30 años.

Este es el terreno en el que la socialdemocracia y la izquierda radical deberían converger.

El viaje hacia una socialdemocracia radical estará plagado de tentaciones de deshacerse, junto con lo que ha naufragado, de lo que en la era de la globalización del libre mercado fue progresista.

De hecho, estudiando a los pensadores de centro izquierda que intentaron hacer avanzar el SPD a partir de Bernstein entre 1914 y principios de la era de Weimar – Karl Kautsky, Otto Bauer en Austria y el defensor del control obrero Karl Korsch – me sorprende comprobar lo inestable que era entonces el terreno intermedio entre el bernsteinismo y el bolchevismo.

Todos los intentos del centro izquierda de estabilizar, humanizar y democratizar el capitalismo se vieron superados por la venalidad de las élites gobernantes y la brutalidad callejera de la extrema derecha.

Si no hubiera existido la URSS y el leninismo, ¿hubiese logrado ese gran y dinámico movimiento de los trabajadores alemanes que vacilaban entre el comunismo y la socialdemocracia en Alemania entre 1919 y 1929 crear un polo de atracción socialdemócrata de izquierda más sostenible que el de un Partido Comunista de Alemania (KPD) condenado al fracaso?

Se trata de un caso de “qué hubiese pasado si” muy interesante. Dicho de otra manera: en tiempos de crisis y rupturas, ¿es posible una socialdemocracia radical?

Ya que hoy no existe ningún equivalente a la URSS, a Lenin y a una clase trabajadora industrial debilitada, habrá que encontrar la respuesta a esa pregunta a través de nuestra propia práctica.

Hoy necesitamos una forma de socialdemocracia acorde con un período de crisis, no de estabilidad. Aceptar que tenemos esta necesidad es el primer paso para lograrla.

Fuente: https://www.opendemocracy.net/democraciaabierta/paul-mason/una-nueva-trinchera-en-la-batalla-contra-el-neoliberalismo

Pentecostalismo y movimientos sociales

Por Raúl Zibechi

Este articulo fue escrito en 2008 en en el marco de un encuentro entre militantes sociales en Brasilia, que luego jugaron un papel importante en las manifestaciones de junio de 2013. Uno de los debates fue en torno al papel de los pentecostales. Algunos militantes estaban empeñados en comprender antes que condenar, y se dedicaron a investigar las razones por las cuales las familias pobres asisten a estas iglesias. Encontraron lógicas propias muy coherentes y entendieron que el hueco que dejaron los militantes de izquierda en las favelas está siendo ocupado por los pentecostales. Creo que ayuda a comprender una de las facetas del ascenso del Bolsonaro y la extrema derecha brasileña.
Entre diversos movimientos sociales latinomericanos se abre paso una nueva lectura sobre el papel que están jugandolas iglesias pentecostales en las barriadas pobres de las periferias urbanas, y las consecuencias políticas que pueden tener.“El pentecostalismo es el mayor movimiento autoorganizado de los pobres urbanos de todos el mundo”, asegura el urbanista estadoundiense Mike Davis. Sus opiniones sobre este movimiento religoso suelen ser rechazadas de plano por muchos intelectuales de izquierda. Sin embargo, Davis está convencido que “mucha gente de izquierda ha cometido el error de dar por supuesto que el pentecostalismo es una fuerza reccionaria, y no es así” (Davis, 2006).

Mike Davis no sólo provoca. Abre las mentes para investigar sin prejuicios ideológicos y para mirar la realidad desde las necesidades de la gente. Se explica: entre los pobres urbanos de América Latina, el pentecostalismo es una religión de mujeres que proeduce beneficios materiales reales. “Las mujeres que se integran en la iglesia y que pueden arrastrar a sus maridos a que también se impliquen en las mismas, a menudo disfrutan de notables mejoras en sus niveles de vida: los hombres reducen sus propensión a emborracharse, o a ir con prostitutas, o a gastarse todo el dinero en el juego”.

Habría que sumar que disminuye también la violencia doméstica. Davis considera que uno de los grandes atractivos del pentecostalismo, es que “se trata de una especie de sistema sanitario paralelo”. Para los pobres, la salud implica una situación de crisis permanente, capaz de desestabilizar sus vidas, toda vez que el neoliberalismo desestructuró los servicios estatales de salud y las medicinas tienen precios inalcanzables. Constata que en las barriadas periféricas los pentecostales han conseguido buenos resultados en la reducción del alcoholismo, las neurosis y las obsesiones. Con algo de ironíal, lo define como un “sistema de reparto a domicilio de salud espiritual”.

Brasil, paraíso de los pentecostales

A mediados de agosto de 2008, un grupo de activistas de movimientos sociales urbanos convocó un encuentro en Brasilia denominado “Curso de Pensamientos Heterodoxos”. Durante tres días un centenar de jóvenes debatieron sobre el trabajo social en las periferias urbanas. Marco Fernandes, historiador y sicólogo social que participa en Comuna Urbana Dom Hélder Câmara 1/, mostró su interés en profundizar la cuestión de las iglesias pentecostales y llegó a conslusiones muy similars a las de Mike Davis.

En Brasil la religión católica está en crisis. En 1980, el 89 por ciento de la población brasileña se declaraba católica; en el censo de 2000 la cifra bajó a 74 por ciento para caer al 64 por ciento en 2007, cuando el Papa visitó el país. En 1980, Juan Pablo II congregó dos millones de personas, pero en 2007 Benedicto XVI apenas llegó a los 800 mil.

Estuvo lejos de batir los récords de otras concentraciones de masas. Tres millones congregó en Sao Paulo el último día del orgullo gay; 1,5 millones asistieron al show de Rolling Stones en Rio de Janeiro y, para escarnio del Vaticano, las iglesias evangélicas congregan todos los años un millón  de fieles en la Marcha por Jesús.

Brasil es a la vez el país con mayor número de católicos pero también con el mayor número de pentecostales del mundo. Son 24 millones de fieles, frente a sólo 5,8 millones en Estados Unidos, donde surgió esa vertiente del protestantismo.

Pero los pentecostales no son sólo una fuerza religiosa sino también social y política. Ironía de la historia, el mayor partido de izquierda del continente, el PT (Partido de los Trabajaodres,) que fue creado junto a la iglesia católica, llegó al gobierno con un vicepresidente pentecostal, José Alencar. La Iglesia Universal del Reino de Dios, a la que pertenece, controla 70 emisoras de televisión, más de 50 radios, un banco, varios diarios y tiene 3.500 templos (Esnal, 2006). La Red Record disputa el primer lugar de la audiencia con la mítica Globo, y factura mil millones de dólares al año.

Los pentecostales cuentan con 61 diputados frente a 91 que se declaran católicos militantes, en un total de 550 diputados. El Partido Republicano Brasileño (PRB), vinculado a la Iglesia Universal, creado en 2005, al que pertenece el vicepresidente, es la fuerza política con mayor crecimiento en el país.

“Cualquiera que viva en las periferias urbanas del Brasil de hoy, y yo hace años que vivo allí, puede constatar que este es un fenómeno importante. Muchos compañeros del movimiento sin techo también participan en la iglesia pentecostal del barrio. No podemos olvidar que la religión jugó un papel importante en la formación de nuertra izquierda”, dice Marco (Zibechi, 2008).

Para acercarse al desafío que representan los pentecostales para los movimientos sociales, sostiene que hay que abandonar prejuicios ideológicos. Por algo, dice, el PRB pasó en apenas un año “de mil afiliados a cien mil”, algo que ningún otro partido ha podido hacer. Su intención, en primer lugar, es comprender porqué consiguen movilizar tanta gente, superar incluso la convocatoria de los recitales de los Rolling Stones en Brasil. “La Iglesia Universal hace un par de meses convocó un acto en la playa de Botafogo, en Rio, para recolectar fondos para ampliar su red de radio y fueron 650 mil personas, en una ciudad que tiene 10 millones. En Sao Paulo la Marcha por Jesús que organizan todas las iglesias pentecostales, convocó el año pasado 2,5 millones de personas”.

Una alternativa en la favela

Marco asegura que en las favelas los pentecostales no sólo consiguen que mucha gente abandone el alcohol, sino que en ocasiones logran que se aparten del narcotráfico y de la delincuencia. Y lo consiguen sin presiones. “Todo consiste en darle alterantivas a la gente y esperanzas de un futuro mejor. Anoche escuché la radio pentecostsal, una de tantas. Llamó por teléfono un tipo que estaba descupado y bebe mucho. El pastor le dijo: Yo quiero que sepas que yo también tuve este problema”. Los pastores se colocan en el lugar de la gente, antes de darles consejos.

Marco relata una historia personal. Hace un año sufrió una fuerte depresión ante la muerte de uno de sus mejores amigos, asesiando en la favela, que coincidió con un accidente que sufrieron varios compañeros del movimiento. “Estaba solo en casa, me sentía muy mal y salí a la calle y unos amigos me dicen de ir a la iglesia pentecostal del barrio. Como no sentía bien, fui con ellos. Lo normal en estos casos es que te sientes a un costado para pasar disimulado. Pero se me acercó una mujer de la iglesia y nos dijo que eramos invitados especiales y nos puso en el frente, delante de todos. Nos presentaron, nos llamaron por nuestros nombres y nos dieron la bienvenida con cantos, eran unas 50 personas”.

Sintió un trato directo y personal, y una acogida muy cálida, algo que se le resultó inesperado. “Comenzó el culto con tres pastores. Primero llega un grupo de chicas jóvenes cantando y dando gracias a dios. Cantan muy bonito porque ensayan mucho, con palmas, con movimientos rítmicos. Después un grupo de señoras de unos 40 años, con la banda de la iglesia y bailan un ritmo de samba pero con letras pentecostales. Al final un duo de chicas muy jóvenes, adolescentes, cantando y bailando. Todo eso duró como dos horas y luego los tres pastores hablaron, pero apenas veinte minutos, leyendo la Biblia. O sea, fue una fiesta popular, una peña, donde el mensaje pentecostal no era lo central”.

Marco, que es ateo, confesó que salió muy bien de la iglesia, que había desparecido la angustia y se sentía más “liviano”. “Me sorprendió la disposición de las sillas, no es como la iglesia tradicional, sino un círculo grande como hacemos en los movimientos, la gente se mira mientras canta, mientras hace toda esa catarsis colectiva. Y mientras estaba allí pensaba que nosostros podíamos hacer esas cosas en nuestros movimientos”.

Cuando nos dispusimos a analizar las relaciones a escala micro entre las iglesias pentecostales y los vecinos de los barrios, aparecieron algunos detalles que explica el éxito de estas religiones. “La gente tiene en sus barrios uan vida monótona, donde los domingos no hay nada para hacer, porque el barrio es feo, no tiene servicios, ni cine, ni teatro ni cancha de fútbol. En esos barrios la única posibilidasd de tener una experiencai agradable es ir a la iglesia pentecostal, donde va a tener una experiencia estética impresionante, con música, con baile, porque no van en busca de la verdad sino para vivir un momento agradable, encontrar o ahcer amigos, sentirse parte de una comunidad”.

Por otro lado, las iglesias pentecostales tienen guarderías donde las madres pueden dejar a sus niños mientras participan en el culto. No debe olvidarse, que tanto en los movimientos de las periferias como en las iglesias de esos barrios las personas más activas son, siempre y en todos los casos, las mujeres madres. En general, son mujeres jóvenes, menores de 30 años, con varios hijos, sin pareja o con parejas ocasionales,  sobre ellas recae la sobrevivencia de la familia. Y también necesitan divertirse.

“Por otro lado”, dice Marco, “en el culto hay colores, los olores del incienso, además del canto y la música, que facilitan la catarsis. La gente se viste muy tradicional, por supuesto las jóvenes no usan minifalda sino faldas largas y los varones muchas veces de traje al culto. Un alabañil de traje se siente de otra manera”. Por catarsis entiende una conmoción interna que produce una sensación de bienstar, similar a la que puede vivirse en un recital de rock o en un partido de fútbol.

Más allá de la religión

En otros países de América Latina se pueden constatar preocupaciones similares a las de Marco entre los activistas sociales. Entre piquetereos argentinos y entre campesinos organizados de Guatemala, se registran intentos por comprender als razones por las cuales tantos activistas de los movimientos asisten a las iglesias pentecostales.

Lo cierto es que los discursos anticlericales de la izquierda parecen funcionar sólo para los intelectuales, que tradicionalmente se resistieron a comrepnder la función simbólica de las religiones, pero ahora también als cosnecuenicas materiales positivas para sus miembros. La Iglesia Universal, por ejemplo, tiene especialistas en micro emprendimientos, que orientan a los fieles para instalar sus pequeñas empresas y de alguna forma las ayudan a resolver el problema del desempleo.

Marco explica las enormes diferencias existentes entre las realidad actual y la que existía en la dédada 1960 entre los sectores populares en el período en el que las comunidades eclesiales de base (CEBS), contriubyeron al nacimiento de varios movimietnos, entre ellos los sin tierra, la central de trabajadores (CUT) y el propio PT. “Las CEBS tenían una práctica muy racional, adecuada para personas escolarizadas. Por eso separaron de sus rituales la religiosidad popular más catártica, como la que se da enlos cultos afro, por prejuicios que dicen que se trata de formas de alienación, que en su opinión sacdesviabanaban el foco de la concientización política”.

La matriz racional de las comunidades de base implcia métodos de lectura colectiva de la Biblia como forma de comprensión de la realidad. “Era adecuado para un período en el que predominaban la familia nuclear más o menos estructurada, el trabajador de la industria o los servicios con un empleo fijo, los niños en la escuela y un futuro por delante. Con el neoliberalismo todo eso se terminó para los sectores populares y aquellos métodos no funcionan. Acá el protagonista ya no es el obrero calificado, sino la mujer y sus hijos, que no tienen futuro en esta sociedad”, asegura Marco.

Por otro lado, la religión pentecostsal permite que cualquier persona tenga un contacto directo con el espíritu santo sin la mediación del pastor. “Ese contacto directo es la catarsis, la fiesta, que es lo que desea la gente cuando no tiene futuro en una sociedad que no le deja ningún lugar”.

La mayor parte de los fieles de los barrios no pertenece las grandes igleaisa, como la Universal o la Asamblea de Dios, sino a las pequeñas iglesias ocn fuerte arraigo territorial. “Uno puede pensar que cuanto más pequeñas son las iglesias las relaciones son más directas, cara a cara. La gente que vive en la misma cuadra no se conoce, pero se descubre en el culto del domingo”. En muchos barrios de la periferia, la única construcción pintada, bonita pero no ostentosa, es la iglesia pentecostal, que a menudo las pinta la propia gente del barrio. La iglesia pentecostal crae sentido de pertenencia, de comunidad.

Muchos activistas sienten cierto pesimismo a la hora de poder hacer compatible el trabajo de organización de los movimientos sociales con las iglesias pentecostales. Recuerdan que las comunidades eclesiales de base de la iglesia católcia nacieron en un contexcto político muy difernte, y en el marco del Conclio Vaticano II que promovía la justicia social y defendía la “oipción por los pobres”.

“Mientras los católicos nunca aprobaron la riqueza, y esto puede verse incluso en un papa conservador como Benedicto XVI, aunque puede decirse que este es un doble discurso, los pentecostales hacen un culto del enriquecmiento individual. Por eso creo que es difícil que se vinculen a los movimientos sociales, aunque hay pequeños sectores que sí o hacen”, dice Marco.

Lo interesante es que la reflexión ideologizada va quedando atrás. El deseo de belleza, de comunión a través de la música y la danza, es parte de la práctica del Movimiento Sin Tierra (MST) de Brasil, lo que ellos denominan “mística” y que juega un papel relevante en la consolidación de los colectivos que ocupan tierras. Pero no ha sido incoporada por la mayor parte de los movimientos sociales, sobre todo en las periferias urbanas. “Cada vez estoy más convencido –añade Marco- que si los movimientos sociales no somos capaces de comprender que la gente tiene hambre de belleza, de alegría, no vamos a crecer ni vamos a llegar a la población que más necesita los cambios”.

Un discurso crudamente materialista, ha hecho de los problemas económicos una preocupación casi excluyente para la mayor parte de las izquierdas, que que provienen de las clases medias universitarias que tienen la convicción de que los los pastores pastores pentecostales explotan la ignorancia del pueblo, en refernecia al dinereo que aportan los fieles. Desde su experiencia como sicólogo, Marco lo ve de otro modo: “Se olvidan que la gente cuando empieza a ir a las iglesias empieza a sentirse mejor, reconstruyen sus vidas, y claro, quién no pagaría algún dinero por eso. A la clase media no le parece absurdo pagar mucho dinero por una sesión de siconálisis, por sólo 50 minutos con un señor que apenas te habla y ni te mira. Pero eso parece correcto, es una práctica reconocida, ‘científica’. Pero eso no funciona para las clases populares”.

Referencias

Raúl Zibechi (2008) entrevista a Marco Fernandes, Brasilia, 9 de agosto.

Davis, Mike (2006) “De la ciudad de Blade Runner a la de Black Hawk derribado”, entrevista, 30 de julio en  http://www.sinpermiso.info/textos/index.php?id=689 (Consulta, 30 de mayo de 2014).

Esnal, Luis (2006)“Brasil: la hora de los pentecostales”, Buenos Aires,  La Nación, 20 de agosto.

*Publicado en Programa de las Américas en setiembre de 2008.

1/ Es un empredimiento urbano del Movimiento de Trabajadores Rurales Sin Tierra (MST) en el municipio Jandira, de São Paulo, donde viven 128 familias que construyeron sus viviendas mediante trabajos colectivos.

 

La plutocracia contra el pueblo

El pueblo de los países pobres se mata trabajando para financiar el desarrollo de los países ricos. El Sur financia al Norte, y especialmente a las clases dominantes de los países del Norte. El medio de dominación más poderoso es actualmente la deuda.

Por Jean Ziegler / Sociólogo y miembro del comité asesor del Consejo de Derechos Humanos de NNUU

Warren Buffet, considerado por la revista estadounidense Forbes como uno de los hombres más ricos del mundo, hace algunos años declaró a la CNN: «There’s a class warfare, all right , but it’s my class that’s making war, and we’re winning». O sea: «De acuerdo, existe una guerra de clases, pero es mi clase la que la hace y la está ganando».

El preámbulo de la Carta de las Naciones Unidas comienza con estas palabras: «Nosotros, el pueblo de las Naciones Unidas». Por lo tanto, la tarea de proteger y garantizar los intereses colectivos de los pueblos, el bienestar universal, corresponde a la ONU —y más exactamente a los Estados aliados que firmaron esa carta el 20 de junio de 1945, en San Francisco—. Pero, actualmente, esos intereses se ven atacados por doquier por la clase de los plutócratas, la de los Warren Buffet. A los Estados les quitaron su capacidad normativa y su eficacia. De alguna manera lograron que los tenedores del capital financiero mundializado los hayan derrotado.

Mi más reciente combate, el que llevé contra los fondos buitre en el seno de las Naciones Unidas, ilustra esta realidad de forma paradigmática. Miembro del Comité Asesor del Consejo de Derechos Humanos de la ONU desde 2008, confieso no ser, ni por un instante, neutro en mi trabajo. Los derechos humanos son un arma formidable en manos de aquellos que quieren cambiar el mundo, aliviar los sufrimientos del otro, vencer a los depredadores. Y progresar en ese combate supone formar alianzas.

El pueblo de los países pobres se mata trabajando para financiar el desarrollo de los países ricos. El Sur financia al Norte, y especialmente, a las clases dominantes de los países del Norte. El medio de dominación más poderoso es actualmente el servicio de la deuda. Los flujos de capitales Sur-Norte tienen excedentes en relación a los flujos Norte-Sur. Los llamados países «pobres» pagan anualmente a las clases dirigentes de los países ricos mucho más dinero del que reciben de ellas, ya sea como inversiones, préstamos, ayuda humanitaria o la llamada ayuda al «desarrollo». El servicio de la deuda mantiene a los pueblos en la esclavitud y saquea sus recursos.

Este expolio aún se vio agravado, durante estas últimas décadas, con la aparición de los fondos buitre, llamados así por su característica de rapaces y carroñeros. Son fondos de inversiones especulativas, registrados en los paraísos fiscales, y que están especializados en la compra de deudas, que desde hace largo tiempo se venden por debajo de su valor nominal, con el fin de obtener máximos beneficios. Estos fondos especulativos son propiedad de individuos extremadamente adinerados, que se cuentan entre los más terribles depredadores del sistema capitalista. Logran disponer de botines de guerra de miles de millones de dólares. Comandan batallones de abogados capaces de abrir procedimientos en los cinco continentes, durante diez o quince años, si fuese necesario.

Los fondos buitre matan. Os damos un ejemplo: en 2002, y debido a una sequía espantosa, el hambre provocó la muerte de decenas de miles de seres humanos en Malawi. De los 11 millones de habitantes de ese país del sudeste de África, 7 millones se encontraban gravemente subalimentados. El gobierno era incapaz de ayudar a las víctimas porque algunos meses antes había tenido que vender en el mercado los stocks de reserva de maíz (¡40.000 toneladas!) para pagar a un fondo buitre. Ese fondo había obtenido de un tribunal británico la condena de Malawi a pagar varias decenas de millones de dólares.

El editorialista del Financial Times, Martin Wolf, quien no es realmente lo que se puede llamar un revolucionario; sin embargo, escribió: «It is unfair to the real vultures to name the holdouts such since at least the real vultures perform a valuable task», o sea: «Dar el nombre de buitres a esos fondos es un insulto para los buitres, ya que éstos desempeñan una valiosa tarea». Y tiene razón: los buitres limpian los esqueletos de los animales muertos en las sabanas y evitan de ese modo la difusión de epidemias…

Bajo el impulso de Argentina, una de las víctimas de los fondos buitre, el Consejo de Derechos Humanos de las Naciones Unidas pidió al Comité Asesor, por su resolución 27/30 del 26 de septiembre de 2014, un informe que responde a esta doble pregunta: «¿En qué medida y de qué manera las actividades de los fondos buitre violan los derechos económicos sociales y culturales de los pueblos agredidos? Llegado el caso, ¿qué nueva norma del derecho internacional habría que crear para acabar con esas actividades?».

Fui nombrado relator del Comité para responder a esa doble interrogación. Raramente en mi vida trabajé tanto como durante esos dos años: 2014 y 2015. Entregué mi informe el 15 de febrero de 2016. En el mismo explicaba que las actividades de los fondos buitre contravienen por definición la regla de la buena fe presente prácticamente en las legislaciones de los Estados de todo el mundo. Como testimonio, el ejemplo del código civil suizo: «Todas las personas tienen el deber de ejercer sus derechos y de ejecutar sus obligaciones según las normas de la buena fe. El abuso manifiesto no está protegido por la ley».

El Palacio de las Naciones en Ginebra, y la ONU en general, están plagados de espías. Todos los servicios secretos del mundo, sobre todo aquellos ligados a las grandes potencias, escuchan las conversaciones mejor protegidas, fotocopian documentos, pagan a funcionarios y actúan bajo la máscara de la diplomacia acreditada. Nada más normal, por lo tanto, que los agentes de los servicios occidentales (y otros) hayan estado informados de la más breve de mis conversaciones y del desarrollo de todas mis sesiones de trabajo.

La votación en el Consejo de Derechos Humanos de la ONU estaba prevista para la sesión de septiembre de 2016. En la fortaleza de la embajada estadounidense de Pregny [cantón de Ginebra], a algunos centenares de metros del Palacio de las Naciones, sonó la alarma. Nuestros enemigos eran perfectamente conscientes de que se arriesgaban a una derrota. Conocían mis recomendaciones. Sabían que, muy probablemente, éstas serían aprobadas por el Consejo.

Entonces, nuestros enemigos cambiaron de táctica, abandonaron el terreno de las Naciones Unidas, y se replegaron en otra, ancestral, menos complicada y bien comprobada: la corrupción. Las elecciones tuvieron lugar en diciembre de 2015. El candidato designado por la coalición de izquierda, que debía proseguir el combate contra los fondos buitre, era el favorito según todas las encuestas. Pero finalmente fue derrotado por un político local de derecha. Éste había gastado sumas astronómicas para ganar la elección. Ni bien asumió su cargo, el nuevo presidente de Argentina, Mauricio Macri declaraba querer pagar sin retardo todas las demandas provenientes de los fondos buitre. ¡Y eso fue lo que hizo!

La prosperidad de los fondos buitre ilustra de manera caricaturesca el poder de la plutocracia. La acumulación de las mayores riquezas entre las manos de unos pocos, y por consiguiente la desigualdad que deriva, es posible gracias a la eliminación de la normativa estatal, la abolición del control a los bancos, la institución de monopolios privados, la proliferación de paraísos fiscales, etc. Dicha desigualdad conduce inexorablemente a la destrucción de la relación de confianza entre los ciudadanos y sus dirigentes. Cuando los Estados se debilitan y los oligarcas sin fe ni ley gobiernan el planeta, cuando un orden criminal sustituye al estado de derecho, ¿Quién podría tener todavía la pretensión de proteger el bien público y el interés general?

Como lo escribe el sociólogo alemán Jürgen Habermas: «El desalojo de la política por el mercado se traduce en el hecho de que el Estado nacional pierde progresivamente su capacidad de recaudar impuestos, estimular el crecimiento y garantizar mediante esas medidas las bases esenciales de su legitimidad, no obstante esa pérdida no está compensada por ningún equivalente funcional […]. Afrontados al riesgo de ver fugarse los capitales, los gobiernos nacionales se comprometen en una carrera loca hacia la desregulación para la disminución de costes, de donde resultan beneficios obscenos y diferencias inéditas entre los salarios, el crecimiento del desempleo y la marginación social de una población pobre siempre en aumento. A medida que las condiciones sociales de una amplia participación política son destruidas, las decisiones democráticas, aun adaptadas de un modo formalmente correcto, pierden su credibilidad».

Habermas plantea, siguiendo su razonamiento, la cuestión de transferencia de la soberanía: ¿Existen instituciones interestatales, capaces de tomar el relevo a los Estados debilitados y asumir la protección del bien público? Habermas piensa sobre todo en Europa. No estoy de acuerdo con él. Me parece evidente que la Unión Europea (UE) no puede aspirar al título de «democracia continental».

Tal como está organizada actualmente —y cualesquiera que hayan sido las ambiciones de sus fundadores— la UE es esencialmente un organismo de clearing, de coordinación y de potenciación de los intereses de las compañías transnacionales privadas. Numerosos signos lo acreditan, comenzando por el hecho de que la Comisión Europea esté, en la actualidad, presidida por Jean-Claude Junker, que asume hasta la caricatura su papel de buen servidor del capital transnacional. De 2002 a 2010, el hombre fue al mismo tiempo Primer ministro de Luxemburgo, su ministro de Finanzas y presidente del Eurogrupo. En sus funciones, negoció 548 acuerdos fiscales secretos, llamados tax rulings, con numerosas sociedades multinacionales bancarias, comerciales, industriales y de servicios. Esos tax rulings, como se les llama púdicamente, apuntan a favorecer la evasión fiscal.

Escribo estas líneas mientras centenares de miles de refugiados huyen de las carnicerías de las guerras de Siria, Iraq y Afganistán. El 28 de julio de 1951, los Estados del mundo ratificaron la convención relativa al estatuto de los refugiados, llamada Convención de Ginebra, con la que se creó un nuevo derecho humano universal: el derecho de asilo. Quienquiera que esté perseguido en su país de origen por razones políticas, religiosas o raciales tiene el derecho inalienable de atravesar las fronteras y de presentar una demanda de protección y de asilo en un Estado extranjero. Pero, en estos momentos la Unión Europea está liquidando ese derecho. Se erigen muros, se impide que hombres, mujeres y niños que huyen de la tortura, la mutilación y la muerte puedan presentar una demanda de asilo. Habermas está equivocado. Evidentemente, la UE no cumple con la función de guardiana transestatal del bien público.

¿QUÉ PASA CON LA ONU? ¿ACTÚA MEJOR EN ESA CUESTIÓN?

Para abordar esas cuestiones, quiero colocarme bajo la autoridad de Antonio Gramsci y de su «optimismo de la voluntad». Ciertamente, la ONU no va bien. También es cierto, que uno se cruza en su sede con personajes infernales, detestables o malhechores. Y, luego, está esa legión de taciturnos burócratas, parásitos con salarios más que generosos. Toda esa gente, en la sombra, timorata, eternamente indecisa. Sin embargo, en su seno también se activan numerosas mujeres y hombres respetables, valientes y obstinados.

La ONU se mantiene potencialmente como la única fuente viva de la normalidad internacional. En sus predicaciones, a Lacordaire le gustaba citar esa evidencia, enunciada en El Contrato social de Jean-Jacques Rousseau: «Entre el débil y el fuerte, es la libertad que oprime y la ley la que libera». Sí, los principios enunciados en la Carta de las Naciones Unidas y la Declaración universal de los derechos humanos siempre serán el horizonte de nuestra historia, la utopía que guía nuestros pasos.

Unas últimas palabras sobre los fondos buitre. José Martí hacía esta constatación: «La verdad, una vez despierta, no vuelve a dormirse jamás». Paul Singer, a la cabeza de varios fondos buitre, ganó ciertamente contra el pueblo argentino y contra muchos otros pueblos de África, Asia y el Caribe. Pero él y sus semejantes fueron sacados de las sombras, puestos en evidencia. Se creó conciencia. Bajo las brasas acecha el fuego. Un día, otros llevarán el combate más lejos.

Jean Ziegler es sociólogo, miembro del Comité Asesor del Consejo de Derechos Humanos de la ONU. Es también autor de numerosas obras, entre las cuales: Los nuevos amos del mundo y aquellos que se resisten (Ed. Destino, 2003), El imperio de la vergüenza (Taurus, 2006); El odio a Occidente (Ed. Península, 2010) o Destrucción masiva (Ed. Península, 2012).

Traducción del francés por Griselda Piñero / elsaltodiario.com