¿Hacia dónde se mueven las placas tectónicas?

Por Maristella Svampa

Octubre en el espejo muestra el rostro de una América Latina convulsionada. Nuevamente asoma la imagen del «volcán latinoamericano». Ecuador y Chile lideran este proceso a través de levantamientos sociales y movilizaciones masivas que rechazan medidas de corte neoliberales, en medio de escenarios de toque de queda, estado de excepción y fuerte represión estatal.

EN LAS CALLES.En un Ecuador sin Rafael Correa, la Confederación de Nacionalidades Indígenas del Ecuador (Conaie) volvió a probar su poder de fuego «destituyente», dejando a Lenín Moreno expuesto a la posibilidad de un fin de mandato precoz si no retrocedía en las medidas; pero también volvió a colocar en la agenda el antineoliberalismo, de la mano de la exigencia de plurinacionalidad. Nuevas generaciones salieron a protestar a la calle: sectores indígenas, clases medias y jóvenes urbanos excluidos. Las mujeres, desde feminismos populares, comunitarios y antipatriarcales, también fueron protagonistas. Luego del triunfo popular, con la derogación del decreto 883 (ligado a la suba de los combustibles), gran parte de las deudas sociales siguen hoy pendientes, sin un horizonte claro que indique el camino de cómo capitalizar esa fabulosa energía colectiva desplegada ni cómo salir del encierro neoliberal, con una economía dolarizada y asentada en commodities.

En Chile, la continuidad de los acuerdos asentados tras la salida del poder de Augusto Pinochet mantuvo muchos de los pilares construidos en los años de la dictadura. Estos acuerdos siempre se han hecho notar y los partidos políticos no parecen representar ni mucho menos conducir la protesta social. Lo que adviene en Chile es un inédito ensayo generalizado de desobediencia civil, de liberación cognitiva[i], en el cual la bronca radical de los varones y mujeres más jóvenes (estudiantes pero también quienes pertenecen a urbanos excluidos) se mezcla con los caceroleos de clases medias, cada vez más instaladas en la franja de la desilusión, frente a una fiesta neoliberal que no los tiene como invitados.

Las protestas hicieron estallar el modelo chileno por los aires, ese modelo con el que todas las derechas regionales y globales se enseñoreaban al señalar como horizonte deseable. Las protestas muestran las heridas que en los cuerpos dejan las enormes aspas de la desigualdad (en términos de derechos básicos, como el transporte, la salud, la educación; y en términos de violencia estatal). El presidente Piñera puso a los militares en la calle y disparó los peores fantasmas de la dictadura, en un accionar que derivó en muertes, abusos y violaciones de derechos humanos. Como afirma el geógrafo chileno Enrique Aliste, «hemos retrocedido 35 años en menos una semana». Luego del insólito «estamos en guerra»de hace unos días, Piñera acaba de pedir perdón, y ensaya una estrategia de «alivio», lo que en el plano simbólico implica un retroceso mayor. Después de todo, Piñera se había comparado con Ulises, diciendo que se taparía con cera en los oídos para no caer en la tentación de los cantos de sirena populistas (Cooperativa, 17/10/2019).

La nota inesperada la aportó Bolivia, donde la decisión del tribunal electoral de suspender (por 20 horas) el conteo rápido de los resultados de la elección presidencial del pasado 20 de octubre, trajo lógicas sospechas de fraude, y sumó más «convulsión social»al continente, además de indignación nacional e internacional. El otrora esperanzador «binomio plurinacional» (Evo Morales-Álvaro García Linera) se convirtió a lo largo de los años en el «binomio oficialista», y luego del referéndum de 2016 (que no logró frenar la obsesión de Morales por continuar en el poder), en lo que algunos llaman socarronamente el «binomio inconstitucional»… Y frente a esto, un sector radical de la oposición, sobre todo en Santa Cruz, parcialmente remozada, busca aprovechar la crisis para tratar de recuperar espacio en el tablero político boliviano.

Todo esto requiere matices, pero ¿quién podría negar la deriva política de Morales, quien nació del ciclo de luchas anti-neoliberal, de las entrañas de los movimientos sociales, que tanta repercusión tuviera en términos políticos y simbólicos en la región latinoamericana? Su afán reeleccionista es la ilustración más cabal de lo que ha significado la concentración del poder durante el ciclo progresista. No hay margen de idealización posible para quien fuera considerado el «primer presidente indígena de América Latina», frente a esta condenable obsesión por permanecer en el poder. Algo que, sin embargo, no debe hacernos olvidar las transformaciones sociales positivas operadas en la sociedad boliviana, en el marco de una envidiable estabilidad económica. Esperemos que la auditoria de la Oea se realice y cierre este penoso, pero poco olvidable suceso, y Morales acepte los resultados de la votación.

En este contexto tan poco ordinario, este fin de semana Argentina y Uruguay salen a votar por un nuevo presidente, en un contexto de acentuada polarización.

TIEMPO EXTRAORDINARIO.Por último, hay tres factores generales que recorren el escenario actual que deben llamarnos a la reflexión. En primer lugar, estamos asistiendo a levantamientos populares en todo el mundo (desde Hong Kong, Egipto y Cataluña, hasta América del Sur). Estos operan en un contexto de aumento de las desigualdades sociales, así como también de un notorio empoderamiento de las extremas derechas. Antes que una supuesta viralización –como sostienen algunos–, van surgiendo masivos movimientos de resistencia civil que frente a un hecho particular –una medida de gobierno, que los perjudica–, toman conciencia de la injusticia y del daño moral, del proceso de creciente elitización del mundo contemporáneo. No se trata de contagio, sino de un proceso de liberación cognitiva, tal como dije, que en sucesivas oleadas locales, mueve las placas tectónicas (utilizo la potente imagen de un analista chileno[ii]), generando un nuevo clima de época, lo que a su vez tiene por respuesta la profundización del estado de excepción.

En segundo lugar, en América Latina no existen en la actualidad fuerzas político-partidarias de izquierdas capaces de constituirse en articuladoras de los nuevos procesos sociales anti-neoliberales. En la actualidad una parte importante de las izquierdas están agotadas, cuando no desacreditadas, luego de la experiencia de los progresismos realmente existentes, cuyo balance –ambivalente y desigual, según los países– todavía está siendo debatido en la región. El retorno del peronismo en Argentina, con Alberto Fernández, aún no es posible interpretarlo como una vuelta tout court del kirchnerismo. Probablemente se trate de un gobierno de centro, con algunas medidas de centro-izquierda, en un contexto de vacas flacas, y de enorme emergencia económica, social y financiera.

En tercer lugar, lo novedoso en América Latina es la fragilidad del escenario político posprogresista emergente, que viene acompañado por la amenaza de un backlash, de una reacción virulenta en contra de la expansión de derechos, de retorno de lo reprimido, capaz de desplegarse a través de peligrosas cadenas de equivalencia, que engarza tanto con las nuevas derechas tradicionalistas como con los fundamentalismos religiosos. En Brasil, esas corrientes sociales encontraron una sorpresiva traducción y una convergencia política electoral, que dieron nacimiento a una nueva derecha radical, con Jair Bolsonaro.

Así, las fuerzas de extrema derecha y de derecha neoliberal que recorren el continente son cada vez mayores: la tercera fuerza en Bolivia es liderada por un pastor evangélico, nacido en Corea del Sur, Chi Hyun Chung, que tuvo el 8,77 por ciento, y es conocido como el «Bolsonaro boliviano». En Ecuador no son pocos los que sostienen que Lenín Moreno es la transición hacia un futuro gobierno de derecha plena, liderado por Jaime Nebot, alcalde de Guayaquil, el mismo que tuvo las expresiones abiertamente racistas para con los indígenas movilizados. En Argentina, el debate presidencial, que enfrentó a seis candidatos, todos hombres, ilustró una cruda realidad: tres de ellos son abiertamente de derecha (dos de ellos, de extrema derecha como José Luis Espert y Juan José Gómez Centurión); dos de centro (en el caso de Alberto Fernández, con elementos de centro izquierda) y un solo candidato es de izquierda (el del Frente de Izquierda, que articula a varias fuerzas trotskistas y postula a Nicolás del Caño)…

Así, es posible que estemos ingresando a un «tiempo extraordinario», en el cual la liberación cognitiva de las multitudes y la conciencia del daño mueven las placas tectónicas de la transición pero a ciencia cierta, en un contexto tan enrarecido ideológicamente, no sabemos hacia qué transición nos estamos dirigiendo.

www.maristellasvampa.net

_____________________________

[i]El proceso de liberación cognitiva, según Mc Adam, «alude a la transformación de la conciencia de los potenciales participantes en una acción colectiva. Ésta se da en tres sentidos, que a su vez son acumulativos (es decir, se deben dar de manera secuencial, en fases): primero el sistema pierde legitimidad; a continuación, los afectados por un problema salen de su aletargamiento, superan el fatalismo o resignación y exigen cambios saliendo de su estado de inacción; finalmente, se genera un nuevo sentido de eficacia al percibir expectativas de éxito y logro de resultados a través de la acción colectiva». Citado en N. García Montes, disponible en: http://www.redcimas.org/wordpress/wpcontent/uploads/2013/03/t_aproximacion_teorica_mmss_garcia.pdf

[ii]Véase Fuego y furia en el «oasis» chileno de Noam Titelman (Nueva Sociedad, octubre de 2019)

Leyes sobre la pobreza

Desde las leyes inglesas sobre los pobres a la denuncia moderna del asistencialismo

Por Michel Husson

Primera parte

Los economistas dominantes creen que su disciplina progresa como lo hacen otras ciencias[1]. Este no es de ninguna forma el caso: los debates contemporáneos a menudo retoman argumentos muy antiguos. Esto es lo que querría ilustrar esta contribución[2] a partir de la historia de las leyes sobre los pobres en Inglaterra.

1. De Elisabeth a Bentham: ¿asistir o encerrar?

Esta lectura está organizada en torno a tres hilos directores. El primero es que «hacer la historia social de los pobres es también hacer la historia de un ‘compartir’, de una ‘separación’ por la sociedad»[3]. La segunda idea se resume en la fórmula de este historiador: «por extraño que pueda parecer, las leyes sobre los pobres no se referían realmente a la pobreza[4]». Se verá en efecto que la frontera entre pobres sin empleo y trabajadores pobres siempre ha sido borrosa y móvil.

Por lo tanto, no es sorprendente que los viejos discursos sobre los pobres se encuentren hoy, pero esta vez dirigidos a los desempleados. Y así, este es el tercer tema de esta revisión: mostrar una invariancia relativa de los discursos, y en particular los mantenidos por los representantes de las clases dominantes, con respecto a los «supernumerarios». Es teniendo en cuenta esta intuición como hay que leer la antología que servirá de conclusión.

La primera parte de esta contribución trata sobre la historia de las leyes sobre los pobres hasta 1795. Dedica una parte importante a Jeremy Bentham (1748-1832), uno de los fundadores del utilitarismo, ya que sus oscilaciones entre liberalismo y despotismo son particularmente reveladoras de las vacilaciones muy actuales en el «tratamiento» del desempleo.

Elisabeth

Las leyes sobre los pobres han existido desde hace mucho tiempo en Inglaterra, ya que William Quigley[5] las relaciona desde el Statut of Laborers de 1349[6]. Solo serán verdaderamente abolidas en 1948 con la National Assistance Act (Ley de Asistencia Nacional). Pero podemos comenzar este resumen con las leyes promulgadas por la Reina Isabel: la «Leypara la ayuda a los pobres» (Act for the Relief of dhe Poor)de 1597 y especialmente, dos años antes de su muerte, la Poor Relief Act de 1601[7].

Su primer objetivo es «poner a trabajar a todos los niños que sus padres no están en situación de educar, así como a todas las personas, casadas o no, que no tienen recursos ni medios de subsistencia». Estos trabajos serán financiados por «un impuesto a todos los habitantes y propietarios de tierras de la parroquia, con la intención de que puedan adquirir lino, cáñamo, lana, hilo, hierro y todas las demás materias primas para que los pobres trabajen». Otra parte de estos recursos se dedicará a ayudar a los «cojos, discapacitados, ancianos, ciegos y, en general, a todos los pobres incapaces para el trabajo».

La asistencia a los «pobres» (indigentes, parados, mendigos, ladrones y vagabundos) se puso a cargo de las 15.000 parroquias (parish) de Inglaterra y del País de Gales. Este es un punto importante: se trata de fijar a los vagabundos y el Act of Settlement de 1662 (ley del domicilio) vendrá a endurecer esta regla. Adam Smith mostrará toda la injusticia y absurdidad de ello: «No hay un solo trabajador pobre en Inglaterra que, a la edad de cuarenta años, no haya tenido que experimentar, en un momento u otro de su vida, los efectos excesivamente severos de esta ley opresiva y absurda ley del domicilio[8]». Más tarde, Karl Polanyi[9] hablará de «servidumbre parroquial» ( parish serfdom).

Una imagen (idealizada) de la St James Workhouse, Londres, hacia 1800

Todas las leyes sobre los pobres fueron acompañadas de una voluntad clasificatoria. Este ya era el caso con la ley de 1601, que tuvo mucho cuidado en distinguir tres categorías de «beneficiarios». Los impotentes incapaces de trabajar (discapacitados, cojos, ciegos y ancianos) se alojan en hospicios u orfanatos. Los vagabundos y los pobres claramente identificados como vagos (idle por) deben ser detenidos en hogares correccionales o en prisión. Quedan los pobres físicamente aptos (able-bodied) que pueden ser puestos a trabajar en un taller de trabajo (House of Industry). Pero, al menos al principio, en la medida de lo posible la ayuda se lleva al domicilio, posiblemente en forma de materias primas: «lino, cáñamo, lana, alambre, hierro y otros artículos necesarios» como se especifica en la ley de 1601.

Las leyes posteriores cambiarán la nomenclatura de los pobres. Por ejemplo, la Poor Relief Act de 1722 establece las «casas del trabajo» (workhouses) y reserva la asistencia solo a las personas pobres que aceptan ingresar en ellas. De este modo, se establece la distinción entre la asistencia prestada en el hogar (outdoor relief) y la asistencia condicionada a la presencia en la casa de trabajo (indoor relief). Se reforzará en 1782 con una nueva ley, la Gilbert’s Act, que reserva las casas de trabajo solo para ancianos e impotentes.

Pobreza e indigencia

Esta voluntad clasificatoria se sustenta en una distinción fundamental entre indigencia y pobreza. Será teorizada por Patrick Colquhoun, un discípulo de Jeremy Bentham (y también responsable de la policía del Este de Londres). Por un lado, están los pobres que reciben un salario bajo y, por otro lado, los indigentes: esta tipología muestra que las categorías de pobres y desempleados se superponen en parte.

Para Colquhoun, «la pobreza es un ingrediente necesario e indispensable en la sociedad, sin el cual las naciones y las comunidades no podrían existir en un estado de civilización. (…) Sin pobreza no habría trabajo, y sin trabajo no habría riqueza, ni refinamiento, ni confort». Se trata pues de una «pobreza laboral» constitutiva de la condición de trabajador y benéfica. La indigencia es otra cosa: «es el estado de cualquier persona que carece de medios de vida e incapaz de trabajar para obtenerlos» y «es, por lo tanto, la indigencia y no la pobreza, lo que es el mal[10]». Y la indigencia es moralmente condenable como «una de las mayores calamidades que pueden afectar a la sociedad civil, ya que, con pocas excepciones, causa todo lo que es perjudicial, criminal y vicioso en el cuerpo político[11]».

Bentham y la gestión privatizada de la pobreza

Colquhoun fue discípulo de Jeremy Bentham, el teórico del utilitarismo, también conocido en el mundo francófono -gracias a Michel Foucault[12]-, por su proyecto de prisión ideal, el panóptico. Pero Bentham no se limitó a sopesar «las penas y las recompensas» y compartió el pesimismo social de su discípulo: «En el estado más alto de prosperidad social, la mayor masa de ciudadanos no tendrá otro recurso que su industria diaria, y por lo tanto siempre estará al lado de la indigencia, siempre dispuesta a caer en ese abismo[13]». En resumen, los pobres son útiles y siempre los habrá.

Todos los escritos de Bentham están marcados por una manía clasificatoria (sin duda relacionada con su formación como abogado) que lo lleva a elaborar una lista detallada de los candidatos a la asistencia[14]. Distingue, por un lado, los factores individuales (discapacidad, edad, incapacidades provisionales -excepto la muerte- y la negativa a trabajar por parte de las «manos perezosas») y, por otro, las «condiciones externas» (pérdida del empleo, incapacidad para acceder al empleo, pérdida de propiedad). Nada se deja al azar: así, entre los discapacitados mentales, Bentham distingue a los idiotas (idiotas «absolutos» o simples de espíritu) y los lunáticos, que a su vez se descomponen en lunáticos ligeramente afectados, traviesos, malvados, delirantes o melancólicos.

En 1796, Jeremy Bentham publicó un gran proyecto[15] para la «gestión del pauperismo». El título Inglés (Pauper Management) ilustra la distinción entre los pobres (poor) y los indigentes (pauper). Lo más sorprendente de este programa es que tiene la intención de privatizar el sistema establecido por las leyes sobre los pobres: Bentham propone la creación de una «compañía nacional de caridad» (National Charity Company) que se encargaría de la construcción de una cadena de 250 «casas de industria» que podrían albergar a unas dos mil personas. Estarían estructuradas de la misma manera que la prisión «panóptica» (un plan sugerido por su hermano Samuel, que era arquitecto) de acuerdo con el orgulloso principio de que «cuanto más estrictamente estamos vigilados, mejor nos comportamos» (the more strictly we are watched, the better we behave)[16].

El boceto de Bentham proporciona otro ejemplo de su preocupación neurótica por los detalles. Por tomar solo un ejemplo, así es cómo describe los conductos de ventilación de la futura casa: «ventilador de forma redonda, cubierto con una lámpara y perforado de arriba a abajo, excepto en los lugares donde se encuentran la escalera y los dos pisos de la galería circundante[17]».

Pero lo más interesante es sin duda el modelo económico de la futura empresa. Se basaría en «principios mercantiles» y se gestionaría según el modelo de la Compañía de las Indias Orientales, encabezada por un consejo de administración elegido por los accionistas. El financiamiento provendría de recursos derivados del impuesto para los pobres y del producto del trabajo realizado por los «residentes», pero también de un capital «recaudado por suscripción». Los administradores de las casas deberían estar interesados en los resultados, porque, según Bentham, «cualquier sistema de gestión basado en el desinterés, real o fingido, está podrido (rotten) en la raíz y es susceptible de una prosperidad momentánea al principio, pero garantizado a perecer en el largo plazo».

Un liberalismo despótico

Bentham afirma además el poder «de detener a cualquier persona, válida o no, que tenga bienes visibles o transferibles, ni medios de subsistencia honestos y suficientes, y detenerlos y emplearlos hasta que encuentre un empleador». Parece haber una contradicción entre el liberalismo de Bentham y esta medida coercitiva. Pero la contradicción solo es aparente y Michel Foucault proporcionó la clave cuando escribió que «el ejercicio del poder consiste en ‘conducir las conductas’ y gestionar la probabilidad[18]».

Christian Laval explica esta fórmula muy sintética de la siguiente manera: «la proximidad de Foucault y Bentham se debe al hecho de que, en ambos casos, la relación de poder no se limita a una acción directa de un individuo sobre otro sino que también es pensada como una forma más indirecta y difusa de influir en los demás mediante el establecimiento de un marco de incentivos y desincentivos dentro del cual el individuo debe calcular ‘libremente'[19]».

Esta observación señala uno de los aspectos esenciales del neoliberalismo: a diferencia de una concepción ingenua, este último no se caracteriza por una desinversión del Estado, sino por una intervención que tiende a modelar el marco en el que se toman las decisiones individuales. Esta intervención se ejerce particularmente bajo la forma de una «guía» de los comportamientos individuales mediante el uso de las palancas disponibles por las autoridades públicas. Por lo tanto, la «pena» asociada a la reducción de las prestaciones abonadas a los desempleados o las sanciones que se les impongan van a «desincentivar» que se instalen en la «comodidad» de las «trampas de inactividad» y, por lo tanto, «incitarlos» a aceptar un empleo reduciendo sus exigencias. Pero permanecen «libres» en su elección. De la misma forma, la baja de los impuestos sobre el capital «atraerán» a los tenedores de capital para repatriarlos en base a un cálculo que compare costos y beneficios («placer y castigo»); pero de nuevo, son libres de no hacerlo.

Muchas, si no todas, las políticas de empleo existentes se basan en estudios y prácticas que evocan las de los entomólogos. Al colocar obstáculos (dolor) o recompensas (placer), estos últimos observan cómo se modifica la «libre elección» de las hormigas frente a estos (des-)incentivos. Y el dispositivo de observación de los entomólogos es «panóptico», como también es el caso de los económetras del empleo. El legado de Bentham, por lo tanto, está muy presente en prácticas muy contemporáneas, incluso si no llegan tan lejos como sus recomendaciones, que son similares a una forma de totalitarismo muy poco respetuoso de las libres individualidades.

Los proyectos de Bentham para los niños son bastante espantosos. Como él mismo escribió, su plan sería «incompleto si se excluyera a la generación en ascenso». Por eso predijo que los niños nacidos en las casas de industria (la «generación en ascenso») deberían quedarse allí, de tal forma que después de 21 años, su población («la clase indígena») se habría duplicado y conduciría a la construcción de 250 nuevas casas. Estas últimas acogerían así a un millón de personas para una población estimada de nueve millones. Cabe señalar de paso que este aumento deseado de la población era contrario a las tesis de Malthus.

Los niños deberían ser puestos a trabajar, porque Bentham no ve en ello ningún problema: «He entendido decir que había cierta crueldad en encerrar a los niños en una fábrica, especialmente a una edad tan temprana. Pero, a menos que haya un encerramiento innecesario, no hay crueldad en esta situación; crueldad sería no hacerlo».

En su época, los niños podían trabajar a partir de los 14 años y Bentham probablemente pensó que podrían comenzar a hacerlo a partir de los 4 años, para evitar perder diez años: «¡diez años preciosos en los que no se hace nada! ¡Nada para la industria! Nada para el desarrollo, moral o intelectual[20]».

Los niños solo podían hablar con su padre en presencia de «un oficial o dos o tres tutores de más edad», a fin de «preservarlos de la corrupción». En general, el objetivo de Bentham es inculcar en los niños los principios sólidos de una «frugalidad sistemática». Y su educación también debía ser «frugal».

En un manuscrito, Bentham aplica su famoso cálculo utilitario de las penas y los placeres[21] (pains and pleasures) a la educación de los niños y explica por qué debería ser mínima: «Los ejercicios del espíritu tienen una desventaja particular», porque implican «penas y solo penas» y es necesario esperar mucho tiempo antes de que proporcionen «algo que se asemeje al placer». La poesía es solo «engaño contado al metro»; el arte oratorio un «engaño dirigido a la exaltación»; la filosofía, «absurdidad y triquiñuelas sobre las palabras». El estudio de los idiomas pone las palabras antes que las cosas y la historia «es inútil excepto para los políticos».

La «colonia doméstica» de las casas de industria debería haberle dado a Bentham otro «placer»: ser el principal contratista y el dirigente. Pero su «utopía» (ese es el término que usa para su proyecto) se quedará corta, como la que acarició sobre su prisión panóptica. En su mente constituían un proyecto único, ya que hablaba de las dos ramas del Panóptico: la «rama prisión» y la «rama indigentes» (pauper branch).

Poco antes de su muerte, Bentham liquidará sus cuentas con George III, que había obstruido su proyecto de prisión. Escribió un libro (que se publicará en parte en una edición confidencial), con el sorprendente título: Historia de la guerra entre Jeremy Bentham y George III por uno de los beligerantes. Bentham expresa en el mismo todo su resentimiento: «Sin George III, todos los prisioneros del país, hace años, habrían estado bajo mi responsabilidad. Sin George III, todos los prisioneros en Inglaterra habrían estado bajo mi dirección hace años».

Los lados progresistas de Bentham a menudo se presentan en términos de costumbres, y después de todo, el fundador del utilitarismo es una de las fuentes de la economía dominante. Cuando su principio básico -el cálculo de las penas y de los placeres- se aplica al trabajo, se descubre que las personas buscan obtener el máximo de recursos al menor coste. Por lo tanto, los sistemas de ayuda a los pobres deben ser minimalistas a fin de incitarlos al trabajo: de lo contrario, estarían incitados a la ociosidad. En el mismo razonamiento se basa hoy el discurso sobre los méritos de «la activación de las políticas de empleo»: es necesario introducir un diferencial entre las prestaciones sociales de las que se benefician los desempleados y los ingresos de un asalariado de lo bajo de la escala.

Bentham va más allá e ilustra las posibles derivas del utilitarismo, con sus abominables proyectos que consisten, ni más ni menos, en encerrar a casi una décima parte de la población en condiciones indignas. Si se le agrega su codicia (mal asumida), su neurosis clasificatoria y su soberbia, se llega a un retrato odioso, hasta tal punto que los autores liberales se preocuparon por desmarcarse de un autor descrito como «despótico, totalitario, colectivista, conductista, constructivista, panopticista [sic] y paternalista[22]».

Para tener una idea completa del personaje, puede ser suficiente consultar su autorretrato (¿su epitafio?) recogido en una nota del 16 de febrero de 1831, un año antes de su muerte: «JB [Jeremy Bentham] el más filántropo de los filántropos: la filantropía como fin e instrumento de su ambición. Límites, no hay otros que los de la tierra[23]».

Bentham también es, en cierto modo, un precursor del transhumanismo. A los 21 años escribió un primer testamento en el que ofrecía su cuerpo a la ciencia[24]. Unos meses antes de su muerte, sus últimos deseos van aún más lejos: esta vez pide ser completamente momificado y transformado en «auto-icono[25]». De esta forma haría «una contribución a la felicidad humana, más o menos considerable» y desea que otros sigan su ejemplo para «despertar una curiosidad virtuosa» y crear «museos completos de auto-íconos». Para la pequeña historia, la cabeza, un poco fallida, será reemplazada por una figura de cera, pero esta última y toda la momia debidamente vestida y sentada en una silla estarán expuestas en el University College de Londres.

En un reciente artículo del Guardian, Jeremy Seabrook, por otra parte autor de un libro fascinante sobre la pobreza [26][26], señala irónicamente que «los pobres a menudo han sido codiciados por las empresas porque representan un grupo aparentemente duradero en la sociedad, por lo que seguramente debe ser posible, de una forma u otra, obtener beneficios». Se hace en Inglaterra, donde las empresas privadas son responsables de vigilar a los condenados bajo vigilancia electrónica, pero también de localizar a los «falsos desempleados». Para Seabrook, este no es un enfoque «innovador» de la pobreza. Este modo de gestión solo se inspira en un «pasado punitivo» que en realidad remonta a Bentham: «menos de una de cada cien personas es incapaz de trabajar. Ni un movimiento de un dedo, ni un paso, ni un guiño, ni un murmullo que pueda ser solicitado con el objetivo de un beneficio», escribía enPauper Management Improved.

Y este duro precepto ha sido tomado literalmente por Atos, una de las empresas privadas de subcontratación responsables de la clasificación entre los «empleables» y los demás. Ha clasificado con éxito a personas con enfermedades terminales en empleos, algunas de las cuales murieron pocos días después de ser declaradas empleables.

La idea cruzó el Canal de la Mancha y llegó a Francia. Los centros Pradha (programa de ayuda al albergue de los solicitantes de asilo) serán gestionados por una filial de la Caisse des Dépôts [la Caja de Depósitos es un grupo financiero público creado en el año 1.816, ndt] bajo el control del Ministerio del Interior, y parcialmente financiada por el sector privado, a través de un fondo de inversión dedicado[27].

Segunda parte

Con el sistema Speenhamland, nacido en 1795 en la pequeña ciudad de Berkshire que le da su nombre, se produce un nuevo punto de inflexión [ver la primera parte] que se extenderá a todo el país a través de la Speenhamland Act.

Su principio fundamental consiste en pagar a las familias una suma de dinero igual a la diferencia entre el ingreso disponible de la familia y un ingreso garantizado. Este último se define de acuerdo con un baremo preciso, indiciado sobre el precio del pan y sobre el número de personas de la familia.

2. De Speenhamland a la ley de 1834

La reunión de los jueces de Speenhamland (a la que se unieron «varias personas discretas») se celebró el 6 de mayo en el Pelican Inn. El periódico local, el Reading Mercury, publicó el acta de esta reunión1/ el 11 de mayo de 1795, de la cual se extrae este baremo muy preciso: «Cuando la barra de pan pesa 8 libras y 11 onzas costará 1 chelín, entonces cada hombre pobre y trabajador tendrá que recibir para su propio mantenimiento 3 chelines a la semana, proporcionados por su trabajo y el de su familia, o por una prestación financiada por el impuesto para los pobres (poor rates); y 1 chelín y 6 peniques para su esposa y cada uno de los otros miembros de la familia. Cuando el pan costará 1 chelín y 4 peniques, entonces el hombre recibirá 4 chelines por semana y 1 chelín y 10 peniques por cada uno de los otros miembros de la familia. Además, dependiendo de si el precio del pan aumenta o disminuye (si corresponde), 3 peniques irán al hombre y 1 centavo a cada uno de los otros miembros de su familia por cualquier aumento de 1 centavo».

La idea de que hay que obligar a los pobres a trabajar y ayudar solo a los verdaderos pobres, se sustituye por otra: se debe garantizar un ingreso suplementario para garantizar un nivel de vida mínimo. Es en cierto modo el antepasado de la RSA (Ingreso de solidaridad activa) que existe hoy en Francia [o de las rentas mínimas de inserción, que con nombres diversos, se conceden en el Estado español por las Comunidades Autónomas, ndt]. Pero puso en cuestión a las empresas clasificatorias que separaban el trigo de la paja: los verdaderos pobres e indigentes, por un lado, y los ociosos depravados y/o delincuentes, de otro. La frontera entre las categorías de desempleados y pobres se borra, y comienza a emerger lo que ahora se llamaría pobreza laboral.

Obviamente, las razones de tal inflexión no están solo en el mundo de las ideas. El período anterior al establecimiento del sistema de Speenhamland se caracterizó por un deterioro de la situación de los más pobres, cuyo número aumentó constantemente. Las cosechas de 1794 y 1795 fueron catastróficas y el precio del pan explotó durante el año 1975.

Precio medio del trigo en Inglaterra y Gales 1793-1797

page10image609858992

En chelines por Winchester bushell. El Winchester bushell es una unidad de medida definida por una ley de 1696 como la capacidad de una canasta de 18,5 pulgadas de ancho y 8 pulgadas de profundidad (aproximadamente 35 litros).
Fuente: Walter M. Stern, «The Bread Crisis in Bretain, 1795-96», Economica, vol. 31, N ° 122, mayo de 1964

¿Un salario mínimo?

En diciembre de 1795, el diputado Samuel Whitbread propuso la introducción de un salario mínimo. El primer ministro de la época, William Pitt, lideró la ofensiva contra este proyecto al que se antepondrá una ley para los pobres que generalice el modelo de Speenhamland. Algunos de los argumentos de Pitt eran admisibles, pero Sidney y Beatrice Webb (animadores de la Sociedad Fabiana) señalaron maliciosamente que el error del proyecto Whitbread era plantear un salario mínimo «mucho más alto que las tasas vigentes» 2/.

Es interesante recordar algunos de los argumentos en contra del salario mínimo, ya que nuestros modernos expertos en el Smic [salario mínimo interprofesional de crecimiento -equivalente al SMI del estado español-, ndt] 3/ se hacen eco de los mismos. En 1796, un diputado llamado Buxton temía que «si el precio del trabajo fuera fijado por los jueces de paz, se despediría a muchas personas laboriosas»4/. Hoy, nuestros expertos no tienen miedo de decir que «los aumentos en el coste de la mano de obra al nivel del salario mínimo en Francia tienen, por lo tanto, un efecto negativo sobre el empleo». Y cuando William Pitt se preguntaba si «los medidas propuestas [un salario mínimo] estaban adaptados al objetivo buscado 5/» los expertos contemporáneos se hacían eco de ello al decretar que la revalorización del Smic era «una medida con efectos limitados en la lucha contra la pobreza».

Proporción de bienes comunes (commons) y cercamientos (enclosure) entre 1700 y 1870

Fuente : John Clapham, An Economic History of Modern Britain, 1939

Los cercamientos

Pero en el fondo, es la dinámica de cercados [cierre de terrenos comunales a favor de los terratenientes] lo que fabricó nuevos pobres. Al privatizar los bienes comunes, transformándolos en parcelas alquiladas por aparceros, este dinámica condenó al campesinado a un estado aún más precario: «antes de los cercamientos, el campesino tenía una tierra, después de los cercamientos se convirtió en un trabajador sin tierra» 6/, o incluso en un «proletario rural» 7/. A partir de datos detallados sobre los cercamientos, el historiador John Clapham señala una «coincidencia sorprendente» entre el tamaño de los cercamientos y el crecimiento de los complementos salariales 8/.

Este desarrollo de los cercamientos se remonta muy atrás en el tiempo y muestra una lucha constante contra los derechos consuetudinarios de los campesinos. La disposición de los terratenientes a reclamar tierras comunales se relacionaba también con un conflicto entre tierras de cultivo y tierras de pasto, que obviamente se vio exacerbado por el desarrollo de la industria textil y la promulgación de leyes. Para Marx, estas leyes son «la forma parlamentaria que asume la depredación (…) en otras palabras, decretos mediante los cuales los terratenientes se donan a si mismos, como propiedad privada, las tierras del pueblo; decretos expropiadores del pueblo» 9/.

A ello debe agregarse el declive de la industria artesanal. Según el historiador G. R. Boyer, «la familia del agricultor tipo tenía tres fuentes de ingresos: una pequeña parcela de tierra para la alimentación; el trabajo asalariado en la agricultura durante los períodos pico; y el empleo estacional (durante todo el año para mujeres y niños) en la industria artesanal. Los ingresos de dos de estas fuentes disminuyeron drásticamente después de 1760 y fue por eso que las parroquias adoptaron políticas de ayuda para el hogar en respuesta a dos cambios importantes en el entorno económico del Sur y el Este de Inglaterra: la disminución de las asignaciones de tierras a los trabajadores agrícolas y el declive de la industria artesanal. Las parroquias reaccionaron a la pérdida de ingresos garantizando a los trabajadores sin empleo estacional un ingreso semanal mínimo bajo la forma de asistencia a los pobres» 10/.

El desarrollo de los cercamientos coincide con un crecimiento muy rápido de la población de Inglaterra, que se duplicó con creces entre 1750 y 1830, pasando de 5,8 a 12,4 millones (casi el 1% por año) 11/. Este dinamismo demográfico llevará a Malthus a establecer su famosa ley. Es posible que Marx haya subestimado su impacto. Pero los historiadores coinciden en que los dos fenómenos (aumento de la población y revolución industrial) se combinaron: «Está claro que hubo una interacción compleja entre estas dos tendencias (…) incluso si no se sabe exactamente qué forma tomó según los períodos» 12/. Por ejemplo, una garantía mínima de recursos pudo haber contribuido a reducir la mortalidad infantil y promover el crecimiento de la población, como se muestra en el siguiente gráfico.

Población y mortalidad infantil en Inglaterra (1550-1850)

page13image609107760

Población en millones (escala izquierda). Mortalidad infantil: número de niños que murieron antes de la edad de un año por cada 1.000 nacimientos (escala derecha).
Fuentes: Edward A. Wrigley et al., Edward A. Wrigley et al., English population history from family reconstitution 1580-1837, 1997 ; Robert Woods, «Infant mortality in Britain: A Survey of Current Knowledge on Historical Trends and Variations» en Alain Bideau et al. (eds), Infant and Child Mortality in the Past, 1994.

En La situación de la clase obrera en Inglaterra, Engels esbozaba esta dialéctica mostrando cómo la transformación del estatus de los criados en jornaleros tuvo por efecto que «el excedente de población hasta entonces latente se liberara, se redujeran los salarios y el impuesto para socorrer a los pobres aumentara en enormes proporciones» 13/. Y en El Capital, Marx insiste repetidamente en los determinantes sociales vinculados a la disolución del feudalismo: «Los expulsados por la disolución de las mesnadas feudales y por la expropiación violenta e intermitente ese proletariado libre como el aire , no podían ser absorbidos por la naciente manufactura con la misma rapidez con que eran puestos en el mundo. Por otra parte, las personas súbitamente arrojadas de su órbita habitual de vida no podían adaptarse de manera tan súbita a la disciplina de su nuevo estado. Se transformaron masivamente en mendigos, ladrones, vagabundos, en parte por inclinación, pero en los más de los casos forzados por las circunstancias (…) A los padres de la actual clase obrera se los castigó, en un principio, por su transformación forzada en vagabundos e indigentes. La legislación los trataba como a delincuentes «voluntarios»: suponía que de la buena voluntad de ellos dependía el que continuaran trabajando bajo las viejas condiciones, ya inexistentes» 14/.

Las revueltas

El miedo a los desórdenes sociales que distorsiona la historia social inglesa fue también un motivo para ampliar la asistencia a los pobres. Esta preocupación se expresó claramente en 1764 por Richard Burn, vicario, juez de paz y anticuario. Para él, ayudar a los pobres es «un acto de gran piedad hacia Dios Todopoderoso, que lo requiere de nosotros» y «de la mayor humanidad». Pero, más pragmáticamente, también es «un acto de gran prudencia civil y sabiduría política, ya que la pobreza hace que los hombres pierdan la cabeza o, al menos, les inquieta y agita. Donde los muy pobres son numerosos, los ricos no pueden durar mucho tiempo o sin estar en peligro. Con la necesidad, los hombres de naturaleza flemática y aburrida se vuelven estúpidos e indisciplinados, y aquellos cuya constitución es más ardiente o enérgica se mudan en buitres desesperados» 15/. Y por encima planea la sombra y la amenaza de la revolución francesa.

En este contexto de «doble pánico de hambre y revolución» 16/ interviene la Speenhamland Act, que abre un período relativamente liberal de ayuda a los pobres, aunque su extensión en todo el país será desigual. En su historia de leyes pobres 17/, los Webb (aunque eran poco favorables a Speenhamland) constataban que: «La legislación de la ayuda a los pobres se convirtió, década tras década, en más y más humana y generosa». Pero no se debe perder de vista el hecho de que el baremo de Speenhamland estaba lejos de ser generoso. Los Webb calculaban que el ingreso garantizado era «aproximadamente la mitad de lo que los administradores parsimoniosos (Board of Guardians) considerarían hoy como un estricto mínimo de subsistencia».

También señalan la extensión del sistema mucho más allá de los pobres estrechamente definidos: «La condición social de sectores enteros de la clase asalariada se ha degradado tanto que la intención de los estadistas, como de los filántropos, se limita progresivamente a proporcionar a la gente común un mínimo de subsistencia, sea por tener un empleo o por estar enfermos o discapacitados».

La crítica de Polanyi

«Nunca una medida fue más universalmente popular», escribe Karl Polanyi sobre Speenhamland, haciéndose eco de las razones citadas por el historiador Hugh Meredith: «Los padres quedaban libres de ocuparse de sus hijos, y éstos ya no dependían de sus padres; los patronos podían reducir los salarios a voluntad y los obreros, ocupados u ociosos, estaban al abrigo del hambre; las personas humanitarias aplaudieron la medida considerándola un acto de misericordia, cuando no de justicia, y los egoístas se consolaban pensando al menos que si no era misericordiosa» 18/.

Si Karl Polanyi contribuyó a la notoriedad de Speenhamland, también hizo una crítica muy radical de ella basada en esta idea: «En realidad, la innovación social y económica que suponía esta medida era nada menos que el derecho a vivir, y hasta su abrogación en 1834 impidió eficazmente la formación de un mercado competitivo del trabajo» 19/. La tesis de Polanyi era básicamente que este dispositivo no era compatible con el sistema salarial que acompañaría al surgimiento del capitalismo. Era necesario «abolir el derecho a la vida» porque «en el nuevo régimen del hombre económico, nadie trabajaría por un salario si pudiera ganarse la vida sin hacer nada». Polanyi va todavía más lejos al explicar que «interesaba a los propios asalariados que el sistema salarial se universalizara, incluso aunque supusiera privarles de un derecho a subsistir que les era reconocido por la ley».

Se reconoce aquí uno de los argumentos menos convincentes (hay otros…) de entre quienes se oponen hoy a los proyectos de ingreso universal. Polanyi retoma buena parte de los argumentos que se utilizarán a favor de una nueva ley sobre los pobres -sobre la que volveremos más adelante-, pero en nombre de la inevitabilidad de las formas institucionales adaptadas al capitalismo. Obviamente tiene razón desde un punto de vista objetivo: las viejas leyes sobre los pobres eran la expresión de relaciones sociales propias del feudalismo, y debían ser destruidas para dar paso a la relación salarial (pero también a la terrible miseria de la clase trabajadora inglesa).

Sin embargo, uno puede preguntarse si Polanyi no está cometiendo un error de cronología. El Parlamento que votó en 1835 la nueva ley que cancelaba Speenhamland estaba dominado por los grandes terratenientes que temían «por sus rentas», como demuestra el historiador George R. Boyer, quien dibuja un balance mucho más favorable de Speenhamland. Para él, la legislación anterior «fue abolida no porque tuviera consecuencias desastrosas para la economía rural» sino porque la nueva ley «prometía reducir significativamente los costes de asistencia y reconstruir el tejido social del campo, que, según [los terratenientes], aumentaría el valor de las tierras agrícolas» 20/.

La nueva ley sobre los pobres

Las primeras décadas del siglo XIX se caracterizan por una explosión en el número de pobres que representan alrededor del 11% de la población. En 1830, el nivel de vida era casi el mismo que a principios de siglo. También en 1830 estallaron disturbios en los condados del Sur y Este de Inglaterra. Se les llamaron disturbios de Swing (Swing riots) por el nombre de su inspirador, más o menos mítico, que firmaba «Capitán Swing» 21/. Los manifestantes exigían salarios más altos y protestaban contra el uso de trilladoras, acusadas de reducir empleos, pero también contra la reducción de la ayuda a lospobres. Su acción fue más o menos violenta, llegando hasta incendios, la destrucción de trilladoras e incluso la mutilación de ganado.

En 1832, una comisión real fue encargada de investigar y proponer mejoras a la Ley de Pobres. Los comisionados presentaron su informe en 1834 22/. Este fue una especie de victoria póstuma para Bentham, ya que uno de los principales autores del informe (con Nassau Senior) fue Edwin Chadwick, uno de los secretarios de Bentham y su discípulo.

Las recomendaciones del informe culminaron con la adopción de la Poor Law Amendment Act (Ley de Enmienda de la Ley de los Pobres), que estableció una nueva ley sobre los pobres. Organizó la asistencia a nivel de las uniones de parroquias, bajo los auspicios de un comité de supervisión que determinaba el importe del impuesto y su distribución.

El informe establece que «cualquier asistencia brindada a las personas válidas o a sus familias, que no sea en casas de trabajo (workhouses)bien gestionadas, debe declararse ilegal y debe cesar». Y esta disposición se incluirá en la ley: los «pobres» que pidan ayuda serán ubicados automáticamente en las casas de trabajo (workhouses), que pronto se conocerán como las Bastillas de la ley sobre los pobres (Poor Law Bastilles). Era volver al principio establecido por la Gilbert’s Act de 1782. El objetivo, como señala Engels, era «prestar una asistencia tan horrible que el trabajador prefiriera aceptar el primer empleo, por muy repulsivo que sea, que le ofrezca el capitalista». Y ese es el razonamiento del informe: «La primera y más importante de todas las condiciones, un principio que encontramos universalmente, incluso para aquellos cuya práctica se desvía de él, es que la situación general [de los asistidos] no deberá ser -ni parecer- tan envidiable como la de un trabajador independiente de la clase más baja» (p.228).

La lógica del informe es insistir en los efectos perversos de las leyes sobre los pobres: el primero es que el sistema de prestaciones de la antigua ley «destruyó el sentido del esfuerzo y la moral de los trabajadores (…) y educó a una nueva generación en la ociosidad, la ignorancia y la deshonestidad». Se vuelve a encontrar el argumento de los efectos nocivos de una asistencia mal focalizada: «Cuando el trabajador honesto y trabajador ve a su lado a un hombre notoriamente perezoso ¿Qué pasa por su mente? Reflexiona sobre la situación y descubre que su compañero ocioso recibe tanto como él, dos peniques por día y, por supuesto, relaja su esfuerzo; y la indiferencia y la pereza siguen al vigor y al esfuerzo (…) los pobres ven la prestación como un derecho».

El segundo efecto perverso es el uso oportunista de la ley por los empleadores. En la medida en que los pobres recibían el apoyo de las cajas de asistencia, los granjeros tendían a bajar los salarios y colocar el resto de la carga sobre las cajas. Por lo tanto, un aumento juzgado insoportable de los impuestos sobre los pobres.

Pero, sobre todo, el informe, y especialmente los testimonios que recoge, están marcados por un verdadero odio contra los pobres, indolentes, imprevisibles y viciosos que se niegan a trabajar: «las malas hierbas se extienden en los campos como los vicios en la población». La distinción entre pobres (poors) e indigentes (pauper) irriga el informe que denuncia «la ambigüedad perniciosa (mischievous) de la palabra pobre». El informe trata de convencer a los trabajadores autónomos de que son «perdedores a causa de todos los gastos ocasionados por los indigentes» y que «la carne de la industria» es mejor que «el pan de la ociosidad».

En resumen, a los ojos de los comisionados el sistema de Speenhamland era «una prima a la indolencia y el vicio» y un «sistema universal de pauperismo». Las leyes para los pobres son totalmente nefastas: crean miseria al querer curarla, contribuyen no solo a las disfunciones de la economía sino también a la degradación moral del pueblo. Literalmente, según los comisionados, hay que desechar todo: «Si, cada año, el doble de millones recaudados para los pobres hubiera sido arrojado al mar, podríamos haber seguido siendo una nación moral, trabajadora y floreciente».

Los críticos del informe de 1834

La aplicación de la nueva ley sobre los pobres significó un empeoramiento de su destino: serán tratados, según Engels «con la dureza más repugnante». El testimonio más sorprendente de las reacciones a la nueva ley fue, sin duda, el folleto de Richard Oastler -un activista (también defensor de la jornada laboral de 10 horas)- proveniente de su discurso en un mitin de masas celebrado en 1837. Trata a los comisionados de la ley de los pobres de «hombres sanguinarios y deshonestos, malditos de Dios y del Hombre» 23/. Opone punto por punto la ley a la Biblia: «La Biblia enseña que los pobres no serán oprimidos. La Ley enseña que lo serán. La Biblia dice que los esposos deben vivir con sus esposas, la ley que los comisionados pueden separarlos. La Biblia dice que los pobres se multiplicarán y llenarán la tierra, la ley que permanecerán estériles y sin descendencia».

Pero es la crítica de Mark Blaug la que desmantelará uno por uno los argumentos del informe de 1834 en dos artículos de 1963 y 1964 24/. En el segundo, elogia la Ley de Pobres anterior a 1834, que en su opinión «era, por así decirlo, «un Estado de bienestar en miniatura, que combina elementos de escalas salariales, prestaciones familiares, indemnizaciones de desempleo y obras públicas, todos administrados y financiados a nivel local». Establece muy rigurosamente que los elementos históricos disponibles «no sugieren que la ley sobre los pobres anterior a 1834 redujera la eficacia de los trabajadores agrícolas, favorecía el crecimiento demográfico, reducía los salarios, depreciaba los alquileres y aumentaba la carga sobre los contribuyentes».

De pasada, Blaug desprecia la crítica de Malthus («no hay mucho que decir) para quien las leyes sobre los pobres habrían alentado el crecimiento (excesivo) de la población. El mismo Malthus había renunciado (discretamente) a la misma: «no me atreveré a decir positivamente que las leyes sobre los pobres alientan grandemente a la población (…) Debido a estas causas, combinadas con el doble funcionamiento de las leyes de los pobres, debe ser extremadamente difícil determinar, con algún grado de precisión, cuál ha sido su efecto sobre la población» 25/.

El informe de 1834 es el arquetipo del informe amañado, destinado a validar un proyecto preestablecido de «reforma» (habrá muchos otros). Blaug no encuentra en el mismo «el menor rastro de un enfoque cuantitativo del problema» y cita a Webb a este respecto: «esta ignorancia de las estadísticas ha llevado a errores desastrosos en el diagnóstico y ha provocado que las medidas correctivas sugeridas eran desequilibradas y gravemente inadecuadas» 26/. Blaug señala, por ejemplo, que los relatores descubrieron un poco más tarde, «con gran pesar, que la mayoría de los beneficiarios de la ayuda no eran de hecho personas válidas, sino enfermos bastante dependientes y sin apoyo, las personas mayores y los enfermos». También descubrieron que el coste de mantener a los «anfitriones» de las workhousespodrían sobrepasar los salarios de los trabajadores agrícolas en los distritos vecinos.

Blaug acusó a los comisionados de «elegir deliberadamente los hechos para atacar el sistema en funcionamiento desde puntos de vista preconcebidos». Ellos «no tomaron en cuenta el problema del desempleo estructural en el campo y los elementos de prueba que han presentado son poco más que pintoresca anécdotas de mala administración (…) No hubo ningún intento de censo de los pobres, y hasta el día de hoy sabemos más sobre su situación en 1802 que en 1834″.

Para Blaug, el informe de 1834 es una acumulación interminable de historias de terratenientes, magistrados, administradores y clérigos que exponen todos los defectos de la ley para los pobres. Pero, agrega, ¿cuándo no sería posible recoger las quejas de las clases altas sobre la pereza de los trabajadores?» Teniendo en cuenta las recientes ocurrencias de Macron, Gattaz (MEDEF) o Wauquiez (Los Republicanos), nos dan ganas de responde que seguramente no será en estos momentos.

Según R. H. Tawney este informe fue, , «brillante, influyente y radicalmente a-histórico» 27/: Blaug va más lejos al mostrar que también era «escandalosamente (wildly) a-estadístico». Y concluye con esta fórmula que enfatiza que los términos de este debate siguen vigentes: «No siempre nos damos cuenta de que el tipo de argumentos utilizados para condenar la antigua ley sobre los pobres, también condenaría lo fundamental de la legislación social moderna».

Sin piedad para los mendigos

Para poner en perspectiva las críticas dirigidas a las leyes para los pobres, y en particular al sistema de Speenhamland, terminaremos con una antología que hace posible medir su permanencia, incluso si hoy se expresan de forma eufemística y menos directamente. El punto común a todas estas posiciones es querer culpar a la gente pobre (y a las y los parados) de su destino, negando cualquier determinación económica y social. Hoy encontramos el mismo principio, que subyace a las modernas teorías del desempleo, que Laurent Cordonnier ha descifrado notablemente 28/.

Daniel Defoe no es solo el autor de Robinson Crusoe, publicado en 1719. También fue un ensayista, se diría hoy, que publicó en 1704 un libelo dirigido a los parlamentarios titulado «Dar limosnas, no es caridad, y emplear a los pobres es un mal que se hace a la nación» 29/. Este título resume el dilema planteado por Defoe: si ayudamos a los pobres, fomentamos su pereza natural; pero si se les da un empleo en talleres públicos se crea una competencia que conduce a la quiebra de las empresas privadas y, así, se fabrican nuevas personas pobres. Este «efecto de desplazamiento» se usa hoy en día contra el empleo público y a fortiori contra cualquier proyecto que convierta al Estado en empleador en último recurso.

En Defoe hay otro dispositivo retórico, igualmente frecuente, que consiste en basar sus convicciones en una experiencia personal. Puede por otra parte «citar un número increíble de ejemplos», como este: «Contraté a 6 o 7 hombres un sábado por la noche (…) Les vi ir directamente al albergue, donde se quedaron hasta el lunes, para gastar cada centavo, sin dar nada a sus familias, aunque todos tenían mujeres y niños» (p.27).

Sir Frederick Morton publicó en 1797 una de las primeras encuestas de los pobres, «por razones a la vez de benevolencia y de curiosidad personal», dice en su prefacio. Su contribución es rica en información y Marx dirá que él es «el único discípulo de Adam Smith que durante el siglo XVIII efectuó algunas contribuciones de importancia» 30/.

Pero sus observaciones y comentarios enfatizan los supuestos efectos perversos de la legislación. Señala así que «en todas las regiones de Inglaterra (y casi podría decir en todas las parroquias) podemos encontrar casos de personas que prefieren una pensión parroquial y una vida ociosa en lugar de trabajo duro y buenos salarios». Se puede demostrar «de la manera más convincente (…) que un sistema permanente de asistencia a los pobres tiende a aumentar el número de quienes piden ayuda, y que una prestación tiene tanto más de éxito cuando se concede de tal manera que fomente la ociosidad». Es suficiente para ello observar los casos «en los que las ayudas se distribuyen más generosamente». En general, «la garantía de una ayuda prevista por la ley debilita los principios del afecto natural y destruye uno de los lazos más fuertes en una sociedad, al dar lugar a que los deberes domésticos y sociales sean menos necesarios» 31/. Por lo tanto, no es sorprendente que la investigación de Sir Eden fuera una de las referencias del informe de 1834.

En su Ensayo sobre la población 32/, Malthus denunciaba el hecho de que las leyes sobre los pobres constituyen «un estímulo al matrimonio que obra constante y sistemáticamente porque quitan á cada individuo la carga de la responsabilidad que la naturaleza impone á todo padre» (Volumen II, 236). Es por eso que «el pueblo debe considerarse á sí mismo como la principal causa de sus padecimientos» (ibid., 237) y resignarse a esta «restricción moral»: la castidad.

A este conocido argumento poblacionista, Malthus agrega un toque moralizante al explicar que las leyes sobre los pobres «desalientan el ahorro y eliminan uno de los motivos más poderosos para el trabajo y la sobriedad. De esta manera, esencialmente dañan la felicidad» (II, 68). Por lo tanto, hay que instituir lo que hoy se llamaría una política de «activación» basada en esta «dura máxima»: la situación de asistido «no debe [estar] exenta de vergüenza». Ella es un aguijón al trabajo, indispensable para el bien general de la sociedad. Todo esfuerzo que tienda a debilitar este sentimiento, por amable que sea en el comienzo, produce un efecto directamente contrario al que se espera de él» (II, 67).

Aquí se encuentra la retórica de la perversidad: querer hacer el bien puede tener consecuencias adversas y, para preservarlo, es necesaria la «aspereza» social. En consecuencia, «el pretendido derecho de los pobres a mantenerse a expensas de la sociedad debe ser desautorizado públicamente» (II, 257).

Arthur Young, que quedará traumatizado por la Revolución Francesa, no comprende cómo ella querría repetir los errores cometidos en Inglaterra, donde «una larga experiencia nos ha enseñado que cuanto más dinero se gaste, incluso de la manera más humana, más gente pobre se genera; y que el grado de indigencia y miseria es exactamente proporcional a las ayudas que se conceden» 33/. Su diagnóstico se basa en este orgulloso principio, anterior a la introducción de Speenhamland: «Todo el mundo, excepto un idiota, sabe que las clases inferiores deben ser mantenidas en la pobreza, de lo contrario nunca serán laboriosas» 34/.

Un fuerte sentido de superioridad de clase rara vez está ausente del análisis. Así, en su disertación, escrita desde el punto de vista de un hombre que quiere «»el bien de la humanidad» (Well-Wisher to Mankind ) 35/, Joseph Townsend lamenta que «los pobres son muy poco sensibles a lo que motiva a las clases superiores: el orgullo, el honor y la ambición. En general, solo el hambre puede estimularlos y empujarlos a trabajar; y, sin embargo, nuestras leyes decretan que nunca pasarán hambre».

Pero se puede dejar la última palabra a Edmund Burke, quien pone el dedo en lo fundamental de forma muy premonitoria: «El trabajo es una mercancía como cualquier otra, aumenta o disminuye en función de la demanda. Está en la naturaleza de las cosas» 36/.

Notas de la Primera Parte:

[1] Un economista, suizo de adopción, podía explicar que el nivel de los conocimientos económicos de Marx y Malthus eran «en relación con lo que sabemos hoy, lo que era el automóvil de Cugnot en relación con nuestros fórmula 1». Ver Charles Wyplosz, «Inculture française», Libération, 26 de marzo de 1998.

[2] Este texto prolonga dos anteriores contribuciones: «L’art d’ignorer les pauvres», 13 de mayo de 2017; y «L’impossible partage du travail: histoire d’un (vieux) débat», 23 de junio de 2017.

[3] Jean-Pierre Gutton, La société et les pauvres en Europe (XVIe-XVIIIe siècles), París, PUF, 1974. [4] Trevor May, An Economic and Social History of Britain 1760-1970, 1987, p.120.

[5] William P. Quigley, » Five Hundred Years of English Poor Laws, 1349-1834: Regulating the Working and Nonworking Poor «, Akron Law Review: Vol. 30, N° 1, 1997.

[6] Edward III, King of England, The Ordinance of Labourers , 1349. [7] Elizabeth I, An Act for the Relief of the Poor , 1601.

[8] Adam Smith, La richesse des nations , Flammarion, 1991, livre I, chapitre X, p. 218; edición en castellano de Carlos Rodríguez Braun [disponible aquí].

[9] Karl Polanyi, La Gran Transformación, Traficantes de Sueños [disponible aquí], capítulos 7 a 9.

[10] Patrick Colquhoun, A Treatise On Indigence , 1806, pp. 7-8.

[11] Patrick Colquhoun, » A Treatise on Wealth, Power, and Resources of the British Empire «, 1814. Es significativo – y finalmente coherente con su punto de vista- que la indiferencia de Colquhoun respecto a la necesaria pobreza no le ha impedido portarse como filántropo con los indigentes.

[12] Michel Foucault, Surveiller et punir , 1975. Traducción en castellano: Vigilar y castigar, Ed. Siglo XXI, 2012.

[13] Jeremy Bentham, Principes du code civil , en: Traités de législation civile et pénale, 3ème édition, 1830 [1802], p. 223.

[14] El cuadro de Bentham puede ser consultado ici.

[15] Jeremy Bentham, » Outline of a work entitled pauper management improved «, Annals ofAgriculture, 1797-1798.

[16] Citado según un manuscrito de Bentham por Charles F. Bahmueller, The National Charity Company: Jeremy Bentham’s Silent Revolution , 1981.

[17] Este tipo de desarrollos, frecuentes en Bentham, desesperaba a sus traductores y editores. Ver por ejemplo Nathalie Sigot, «éditer les Oeuvres économiques (1787-1801) de Bentham», Cahiers d’économie Politique n° 57, 2009/2.

[18] Michel Foucault, «Le sujet et le pouvoir», Dits et écrits, tome IV, Gallimard, 1994. Traducción en castellano: El sujeto y el poder. Biblioteca Virtual Universal, 2003, parcialmente disponible enhttps://www.biblioteca.org.ar/libros/656280.pdf

[19] Christian Laval, «Ce que Foucault a appris de Bentham», Revue d’études benthamiennes n° 8, 2011.

[20] Extractos de manuscritos de Bentham, citados en el artículo de referencia de Gertrude Himmelfarb: «Bentham’s Utopia: The National Charity Company», The Journal of British StudiesVol.10, n°1, noviembre de 1970. A notar que el «liberalismo» de Bentham atrajo las críticas de esta historiadora muy conservadora.

[21] Jeremy Bentham, Théorie des peines et des récompenses, tome I , tome II , 1811

[22] James E. Crimmins, » Contending Interpretations of Bentham’s Utilitarianism «, Canadian Journalof Political Science, vol.XXIX, n° 4, Diciembre de 1996.

[23] Jeremy Bentham, Memoirs and Correspondence ,1828-1832 en The Works of Jeremy Bentham(editado por John Bowring, vol.XI).

[24] Jeremy Bentham, «Will», 24 de agosto de 1769.

[25] Jeremy Bentham, «Auto-icon», 1832, extractos de las últimas voluntades.

[26] Jeremy Seabrook, » Pauper management by G4S, Serco and Atos is inspired by a punitive past «,The Guardian, Noviembre 25, 2013; Pauperland. Poverty and the Poor in Britain , 2013.

[27] Anne-Sophie Simpere, » Spéculer sur l’insertion des demandeurs d’asile en France, un nouvel investissement rentable «, Basta!, 21 de febrero de 2018.

Notas Segunda Parte:

1/ «The Speenhamland System of Poor Relief», The Reading Mercury, Oxford Gazette, May 11th 1795.

2/ Sidney et Beatrice Webb, English Poor Law History. Part I: The Old Poor Law, 1927.

3/ Rapport du groupe d’experts , diciembre de 2017.

4/ Citado por Christopher Martin, «Adam Smith and Liberal Economics: Reading the Minimum Wage Debate of 1795-96», Econ Journal Watch Vol. 8, n° 2, May 2011.

5/ William S. Pitt, Speech on Mr. Whitbread’s Bill, House of Commons, 12 de febrero de 1796. 6/ John L. and Barbara Hammond, The Village Labourer 1760-1832, 1911.

7/ Eric Hobsbawm and George Rude, Revolución industrial y revuelta agraria. El Capitán Swing,1978.

8/ John H. Clapham, An Economic History of Modern Britain. The Early Railway Age 1820-1850, 1939.

9/ Karl Marx, Le Capital, l, Libro I, sección VIII, SigloXXI, p.906.
10/ George R. Boyer, An Economic History of the English Poor Law 1750-1850, 1990, pp. 265-266.

11/ Fuente: E.A. Wrigley et al., English population history from family reconstitution 1580-1837, 1997, Table 8.7 p.352.

12/ Philip Deane, The First Industrial Revolution, 1979, p. 35.
13/ Friedrich Engels, La situación de la clase obrera en Inglaterra, 1845.
14/ Karl Marx, El Capital, Libro I, SigloXXI, p.918.
15/ Richard Burn, History of the Poor Laws with Observations, 1764, p. 135.
16/ John Pretyman, Dispauperization, 1878.
17/ Sidney y Beatrice Webb, English Poor Law History Part I The Old Poor Law, 1923, p. 422.
18/ Hugh O. Meredith, Outlines of the Economic History of England, 1908, p. 270.
19/ Karl Polanyi, La gran transformación, 1944, p.139.
20/ George R. Boyer, An Economic History of the English Poor Law 1750-1850, 1990, pp. 265-266. 21/ Eric Hobsbawm y George Rude, Revolución industrial y revuelta agraria. El Capitán Swing, 1978. 22/ Poor Law Commissioners (Sir Edwin Chadwick, Nassau W. Senior), Report of 1834.
23/ Richard Oastler, Damnation! Eternal Damnation to the Fiend-Begotten Coarser-Food, 1837.

24/ Mark Blaug, «The Myth of the Old Poor Law and the Making of the New», The Journal of Economic History, vol. 23, n° 2, June 1963; «The Poor Law Report Reexamined», The Journal of Economic History, vol. 24, n° 2, 1964.

25/ Thomas R. Malthus, Essai sur le principe de population, Garnier-Flammarion, 1992 [1803], tomo II, pp. 372-373; Traducción (incompleta): Ensayo sobre el principio de la población.

26/ Sidney et Beatrice Webb, English Poor Law History.Part II: The Last Hundred Years, volume I, 1923, p. 88.

27/ Richard H. Tawney, Religion and the Rise of Capitalism. A Historical Study, 1922, p. 272.

28/ Laurent Cordonnier, Pas de pitié pour les gueux. Sur les théories économiques du chômage, 2000.

29/ Daniel Defoe, Giving Alms No Charity and Employing the Poor a Grievance to the Nation, 1704.

30/ Karl Marx, El Capital, Libro I, SigloXXI, p. 764.

31/ Frederick M. Eden, The State of the Poor: An History Of The Labouring Classes In England, 1797, respectivamente p. i, p. 449, p. 450, p. 467.

32/ En 1798, Thomas R. Malthus publicó una primera versión de su Essai sur le principe de population, y después, en 1803, una versión mucho más desarrollada que se cita según la edición francesa de Garnier-Flammarion, 1992. Una traducción en castellano está disponible aquí.

33/ Arthur Young, Voyages en France en 1787, 1788 et 1789, 1794, Tome 3, p. 131.
34/ Arthur Young, The Farmer’s Tour Through England, volume IV, 1771.
35/ Joseph Townsend, A Dissertation on the Poor Laws. By a Well-Wisher to Mankind, 1786. 36/ Edmund Burke, Thoughts and Details on Scarcity, 1795.

Sergio Canals: “Estas crisis radicales sirven para reflexionar sobre quién es uno como ser humano y quién es el otro”

¿Qué habría pasado en Chile si no hubiera existido este estallido social? Más allá de ajustes y números, el siquiatra Sergio Canals dice que este evento abre una puerta para construir relaciones más solidarias y empáticas, porque ésta es una crisis ética y moral, además de social. También explica que, desde lo mental, esto se vive como cualquier trauma, con todas las etapas de duelo.

Por: José Miguel Jaque / Fotos: Javiera Gandarillas

El siquiatra Sergio Canals dice que no quiere hacer un spoiler, así que no contará nada de la trama de El Guasón. Lo que sí dice es que esa película, estrenada hace casi un mes, podría haber servido a la élite política para que intuyera que había un malestar creciente en la población. Lo mismo la lectura: Canals cree que el filósofo esloveno Slavoj Žižek, autor de Sobre la violencia, entre otras obras, también le habría dado pistas de que algo venía, pero el siquiatra duda de que la élite sea muy lectora. “Yo creo que el arte y la cultura son capaces de anticipar y hacer una reflexión crítica de lo que podría suceder en el mundo”, explica.

Eso no pasó. Y lo que se ha visto la última semana en Chile -a riesgo de spoiler– tiene similitudes con la mencionada película: un estallido social desatado. Con su ojo experto de 35 años de carrera, Canals -siquiatra infanto juvenil con diplomados en Filosofía y Teología- analiza lo que ha pasado.

“Hoy estamos en la etapa de la construcción de un relato con sentido, porque el ser humano necesita darle sentido a las cosas, necesita entender. Cuando uno habla del sentido se refiere a tres preguntas racionales: ¿por qué suceden las cosas?, ¿para qué?, y ¿para quiénes? Cuando se logra construir ese relato, la gente dice ‘ah, ahora entiendo’, porque lo que sucedió al principio fue leído como una ruptura radical de sentido donde todo se quebró catastróficamente”.

-¿Cómo opera la sicología en un escenario como el que vivimos?
-Esto es igual que estar viviendo un trauma: las personas responden de acuerdo a las leyes de las crisis traumáticas y funcionan las etapas del duelo. Lo primero es la negación: no, no, no lo veo. De pronto, la evidencia y las redes hacen que la negación sea casi imposible. Cuando uno lo acepta, aparecen fenómenos asociados a la culpa: qué podría haber hecho o dicho, y que hoy ya no sirve. Yo creo que nuestra sociedad le hace el quite a la culpa y al perdón, no les gustan. Después viene la rabia, la ira: por qué me estás haciendo esto, la que se desplaza hacia quienes apunto como causantes. Y después aparecen la pena y los sentimientos que pueden oscilar hasta lo depresivo. Eso ocurre cuando no se resuelve bien la culpa, cuando un duelo no se hace bien.

-¿Hay una sintomatología asociada a eso?
-Puede aparecer estrés, lo que en siquiatría se llaman “los trastornos adaptativos”: uno se adapta a una situación de amenaza y el estrés es una respuesta. Se manifiestan síntomas asociados a la ansiedad: te duele la cabeza, sientes que te cuesta respirar o andas pensando obsesivamente en el problema. Si la amenaza es controlada, la sintomatología debiera desaparecer, por eso es clave lo que está pasando en este momento de más calma. Pero tiempo después, incluso meses, puede existir el estrés postraumático, cuando uno revive los eventos de manera exagerada frente a diferentes estímulos y responde como si los estuviera viviendo de nuevo. Por ejemplo, lo que le ocurrió a algunas personas cuando vieron las tanquetas en la calle. Ahí funciona la memoria, que se conecta con algo anterior, y eso genera miedo.

» alt=»» aria-hidden=»true» />Sergio Canals

-¿Son sensaciones generalizables?
-No, depende del tipo de población. El martes en la tarde, en un sector de Las Condes de recursos bajos, donde trabajo con escolares, vi una plaza llena de familias y niños jugando porque no había clases, y todos estaban pasándolo bien. No tenían dónde comprar pan, pero se adaptaron rápidamente. Yo creo que las personas de los sectores de bajos recursos tienen una capacidad de adaptación y de ajuste mayor que los de sectores acomodados, porque ellos están más acostumbrados a la supervivencia directa. Yo fui tres días al banco porque necesito hacer un trámite y está cerrado, y eso qué le va a importar a la gente de La Pintana. Nada. A ellos les importa comer y que no haya balas locas, porque ellos tienen todos los días balas locas que matan gente. El verdadero shock está en estos niveles y uno tiene que asumir que vive en otra realidad.

-¿Cómo explica que nos haya sorprendido lo que ocurrió?
-En el libro El cisne negro, Nassim Nicholas dice que hay fenómenos que se mueven en la ley del cisne negro, aun en este mundo hiperconectado, lo que quiere decir que mientras no pasa algo, no existe. Lo que pasó en este nivel fue lo mismo: no vieron el descontento, entonces no existe. Pero ni siquiera miraron afuera, está pasando en Hong Kong, y por lo tanto no se prepararon.

-Pero había estudios que hablan del descontento por la desigualdad.
-Lo que pasa es que se produce otro fenómeno, que también está descrito. Uno de los problemas que contribuyen a estos estallidos sociales provocados por las injusticias es la aporofobia, el miedo irracional a la pobreza. ¿Por qué? Porque los pobres nunca te van a dar nada a ti, y es un mecanismo del ser humano esperar que, si te doy algo, en algún momento me devuelvas la mano. Es una mirada reduccionista sobre el ser humano.

-¿Cree que la élite chilena fue aporofóbica?
-Yo creo que es aporofóbica. Lo otro es la ceguera moral de la que habla el sociólogo polaco Zygmunt Bauman. Producto de mecanismos sicológicos internos, hay espacios de la vida que uno decide que no están sujetos a una evaluación moral sobre lo bueno y lo malo, entonces deja de mirar ese ámbito y se vuelve ciego. Hay gente radical que dice que el mercado es ciego moralmente (…) Luksic anunció que nadie ganará menos de 500 mil pesos en su empresa y para decir eso tiene que haber pensado: “Parece que no es tan bueno que alguien gane menos de 500 lucas”, pero lo podría haber pensado mucho antes. A algunos empresarios se les olvida que el sentido último y primero de su quehacer es hacer el bien y contribuir al bien común. Aquí también tiene que haber una lectura desde lo ético y lo moral, de lo que es bueno y lo que es malo, pero al mercado le cuesta. Sin embargo, se nos olvida que el mercado son las personas, no es una entelequia.

» alt=»» aria-hidden=»true» />crisis
Vecinos cercanos al metro Santa Ana se organizaron y realizaron el retiro de las barricadas y escombros. Para Canals, estos días hubo atisbos de relaciones más solidarias. Foto: Francisco Castillo / AgenciaUno


-¿Es este estallido producto de una crisis ética?

-Lo decía en la semana el arzobispo Chomalí: la crisis en el fondo es espiritual, ética y moral. Si esto de ponerse en el lugar del otro, donde el otro es más importante que yo, hubiera estado operando, mucho de lo que ha sucedido, desde la colusión, la corrupción y las injusticias, sería menor. ¿Y qué otros deben estar siempre primero? Los más pobres, los más frágiles, los más débiles, los que más necesitan. Levinas, filósofo de origen judío, tomó una frase de Dostoyevski, que dice “todos somos responsables de todos, ante todos, pero yo el primero de todos”. ¿Qué significa de eso? ¿Quién es el responsable de los pobres? Todos, pero el primer responsable soy yo, por lo que he hecho, por lo que podría haber hecho, y por lo que no he hecho. Si eso funcionara en la empresa, donde el trabajador fuera primero, la relación para con el otro cambiaría. Y eso tiene que ver con la educación: la bondad, la caridad, la importancia del otro y el bien común se enseñan.

-¿Ve en esta crisis una oportunidad de encontrarse y de recuperar el sentido colectivo?
-Siempre está la opción de construir otro tipo de relaciones éticas y morales con el otro, y dentro de eso, los valores como ser solidarios, empáticos y bondadosos es una de las cosas fundamentales. Es una oportunidad, lógico, porque ha generado una cosa interesante: ¿de qué crees que se conversa a la hora de almuerzo o cuando vamos por un café? De esto. Hemos visto chispazos en estos días: ayudemos al otro, llevemos al que no tiene cómo movilizarse, los jóvenes limpiando estaciones de metro quemadas. Estas crisis radicales sirven para que uno reflexione quién soy yo como ser humano y quién es el otro, qué necesidades tiene y qué puedo hacer yo. Creo que si lo canalizamos bien, podemos dar un salto político en ese ámbito.

» alt=»» aria-hidden=»true» />Sergio Canals

-¿Cree que esta sociedad aprenda a decir “el otro primero”?
-¿Sabes quién lo va a aprender más rápido? Los niños y los jóvenes. Se supone que uno, que está en la edad mediana, ya debería haberlo aprendido. El problema es que uno lo aprende cuando se muere, en el último salto. Finalmente amar es botar el narcisismo natural y ser feliz cuando el otro primero está feliz. Ese es un esfuerzo gigantesco porque va contra la naturaleza, que está dirigida al yo como lo más importante. Desde ese punto de vista, lo que planteas es clave porque tal vez esto era necesario que pasara, lo que puede ser leído como avalando la violencia, pero no lo es. Lo que sucedió esta semana generó una nueva agenda social y una mirada distinta sobre los otros, que los empresarios sí la van a tener que adoptar, ya sea por el miedo o por un ajuste mental. Esta es la oportunidad de que aparezca el otro, como persona, con su dignidad absoluta y su alteridad. ¿Cuándo se va a repetir una oportunidad así?

-Es una lección difícil.
-Sí, pero se está produciendo involuntariamente también, no sólo racionalmente de manera cognitiva. La gente no sólo aprende con la reflexión, sino también intuitivamente, con la experiencia, a través del contagio emocional. Se está produciendo un aprendizaje adaptativo de supervivencia, porque es necesario que así ocurra.

-¿Y qué reflexión hace sobre la violencia de estos días?
-Hay distintos planos de violencia. La simbólica, del lenguaje -como la frase “sabíamos que había desigualdad, pero no sabíamos que les molestaba tanto”-. También violencia sistémica, como las desigualdades, que son la causa primaria de la otra violencia. Cuando se dan las condiciones necesarias explosivas, emerge la violencia vandálica, destructora, que no respeta lugares físicos, ni bienes públicos ni a otras personas. Cuando se manifiesta, aparecen también los contagios emocionales grupales, donde se pierde la capacidad de reflexión sobre lo que se está haciendo. Es lo que se llama violencia caliente emocional, sin control reflexivo y, generalmente, concierne a personas con características de personalidad anómica y nihilista, que no le encuentran sentido a la vida y lo buscan con su comportamiento, porque piensan que la sociedad no le dio opciones para una vida con sentido. Ahí aparecen los más impulsivos, los más alterados y los delincuentes.

El cerebro juvenil

-¿Cómo explica que los jóvenes llevaran la batuta en este estallido?
-Los jóvenes viven en una permanente epopeya, como todos cuando fuimos jóvenes. Una aventura que están construyendo en una lucha, ya sea contra la injusticia o contra el poder, y eso es permanente de ellos. Por lo tanto, esto de enfrentar a los militares, de salir y desafiar el toque de queda, es inherente a su forma de ser. Desafían el riesgo, aun el riesgo de salir heridos y de la muerte, pero en esta etapa es imposible que a ellos les pase algo como eso, porque son dioses; uno también sintió que nunca le va a pasar nada. Esto es para ellos una aventura heroica. El joven, en los eventos violentos cuando destruye o está quemando algo, lo hace porque representa al poder: no está quemando el Metro ni un hotel, sino que a todo lo que simbolizan los dueños. Por lo tanto, es un grupo que debe ser mirado sicológicamente desde otro ángulo, no generalizable con la señora de 50 años; ellos son un grupo especial. Sí puede ser generalizable con los jóvenes en Hong Kong o en Cataluña y en el cómo partió este movimiento.

» alt=»» aria-hidden=»true» />Sergio Canals

-¿Tiene alguna lógica su comportamiento?
-Si lo vemos desde la neurobiología, lo que sucede en la adolescencia es que los controles racionales top down que están en el sistema prefrontal son incapaces de regular los controles bottom up, que son los emocionales, donde se busca el riesgo, la novedad, las emociones extremas. Aunque cognitivamente saben lo que está mal, es mucho más poderoso el riesgo. Entonces, qué más entretenido que saltarse la barrera del Metro. Había un video de una estudiante que bailaba sobre un torniquete, “a ver qué me hacen”. Está estudiado que cuando hay fenómenos grupales tiene que haber un líder o dos que son los más impulsivos, los que toman más riesgo y que generan este contagio donde la personalidad de cada uno se disuelve en la acción masiva. La identidad personal no es, y cuando uno ya no es, ¿es culpable?: no; y si son todos culpables, nadie es culpable. Es la masa completa. En el fondo, los adolescentes son una especie de dioses de lo imposible, en una aventura permanente. Los más grandes tienen que acordarse de la película Busco mi camino, del camino infinito desafiando todo.

-¿El mundo adulto sabe digerir ese comportamiento de los jóvenes?
-Esta nueva generación se mueve, según Bauman, en una sociedad líquida donde lo único constante es el cambio, y sumando eso a la revolución digital, las relaciones personales se han fragilizado y uno como adulto se siente abrumado, no va a la velocidad de ellos -salvo los padres muy jóvenes- y nos cuesta entenderlos. Entonces, esta generación es calificada de irresponsable, que no piensa, pero no nos damos cuenta de que es una nueva generación. Ya no va a ser nunca más la de antes.

-¿Cómo se les explica a los niños más chicos lo que está pasando?
-Las cosas se cuentan de acuerdo a la etapa del desarrollo. A los 5 años no le voy a hacer una reflexión sobre la inequidad y la justicia; después de los 7 y 8 años, el desarrollo moral de los niños sobre lo bueno y lo malo ya se está construyendo, y es necesario en estos relatos hablarles de lo que está bien y está mal, y que nunca va a ser buena la violencia, quemar, destruir, como tampoco es bueno que la mamá tenga que viajar dos horas en Transantiago para llegar a su lugar de trabajo o que el sueldo que gana no le sirva para vivir con una dignidad básica. Los niños necesitan un relato con un fondo ético, porque la raíz de lo que estamos viendo habría que localizarla en una especie de fractura del alma, un problema ético y moral que radica en un humanismo de indiferencia por el otro.

Fuente: https://www.latercera.com/tendencias/noticia/sergio-canals-crisis/876660/amp/?__twitter_impression=true

El enigma chileno (y el nuestro)

por Silvio Pedrosa

 

Una cuestión crucial a ser tenida en cuenta por la rebelión chilena de la última semana es bastante familiar para nosotros, los brasileños, y tiene menos que ver  con los problemas objetivos de la sociedad y de la economía del país (como su sistema previsional y de protección social, problemas tan evidentes que las mismas organizaciones internacionales, como el FMI, los reconocen) que con la percepción, la subjetividad de esos problemas y otros. Porque, por más que sea tentador seguir los manuales, la situación chilena es compleja. Un país redemocratizado hace décadas, que castigó a los agentes de la dictadura y que presenta una alternancia en el poder entre derecha e izquierda sin mayores crisis políticas.

Por lo tanto, si en Brasil lo más concreto y obvio que quedó de la dictadura fue el control militar sobre la sociedad, en Chile, el modelo económico nunca parece haber sido cuestionado, incluso con varios gobiernos de izquierda que pasaron por La Moneda. Es innegable que los gobiernos democráticos en Chile han estado, hasta el día de hoy, en el contexto de la estructura institucional económica neoliberal forjada por el pinochetismo. El gran problema es que eso no explica nada. Debido a que en los últimos treinta años, estos datos problemáticos siempre se han planteado. Entonces, la pregunta se me hace más parecida al acertijo de junio de 2013. ¿Por qué nos levantamos ese mes, abriendo una colosal crisis prolongada gigantesca, que puso al sistema político y su capacidad de responder a los deseos y expectativas de la sociedad en jaque?

Esto me parece una pregunta más importante que hacer también sobre Chile (no en vano, un aumento de los pasajes y la violencia de la represión desencadenaron el proceso, a pesar de las diferencias entre esta violencia: en Chile de Piñera la represión fue mucho más brutal , aunque generalmente excluimos de la contabilidad de las víctimas de junio de 2013 a los muertos de la favelas, recordando que uno de los episodios más simbólicos de esos días fue una manifestación en la favela de Maré contra una matanza BOPE en la que simplemente hubo personas asesinadas). Mientras que otros trastornos recientes son entendibles casi de inmediato, ya sea por la situación general del país o por un evento específico (creo, respectivamente, Venezuela y Ecuador o Hong Kong), en Brasil y Chile estas razones no parecen tan obvias. a menos que necesite reducir los fenómenos con fines de capital simbólico en las redes).

Es en el encuentro de los eventos en su contexto, en la pintura de este cuadro complejo en el que la dialéctica entre eventos, coyunturas y estructuras que es posible pensar en las condiciones de posibilidad de los eventos. Y cuando miramos las similitudes entre Brasil 2013 y Chile 2019, eso me parece claro. ¿Porque ahora? ¿Por qué en junio? Y sin un análisis de las subjetividades sociales del Chile contemporáneo, su octubre me parece tan ininteligible como nuestro junio. Porque allí, como aquí, las imágenes son de una multitud que se eleva sin mucha mediación (las banderas son mapuche o en su mayoría de su propio país), aparentemente agotadas por un sistema político que perciben como inmune a sus demandas (y el hecho de que los retrocesos de Piñera han sido ignorados refuerza esa percepción) y una situación económica que les parece intolerable («detrás de los acontecimientos, las estadísticas claudican», escribió el hijo de un rico industrial alemán del siglo XIX).

Lo que sucede en Chile (y lo que sucedió aquí) me parece un evento subjetivo radicalmente nuevo. En la civilización («neoliberal» si se quiere, aunque esta razón del mundo es mucho más compleja que simplemente un modelo) donde no hay futuro (donde el futuro equivale aun actualización incesante del presente), las fuerzas sociales parecen querer fundar un futuro pasando de largo de las mediaciones que creen bloquearán sus caminos. Y de ese deseo surge un torbellino social donde todo puede suceder a continuación (incluido lo peor, como bien sabemos). No determinando estos levantamientos, sino porque devuelven a sus sociedades a un nuevo nivel de exigencias y demandas, rompen el tejido de la monotonía histórica y abren posibilidades.

Para resolver el enigma de estos nuevos eventos, uno tiene que detenerse en ellos y sumergirse en ellos. Hasta ahora, prácticamente sólo hemos tratado de extraer dividendos políticos e ideológicos; mayor seguridad y comodidad, cuando sea posible, para nuestras propias narrativas, como si un malestar de tales proporciones fuera solo un activo para usar cuando las situaciones lo permitan; o para reprocharles cuando su aparición interrumpe nuestro gobierno favorito. Mi apuesta es que continuarán emergiendo y predicarán sermones contra estos terremotos que resultarán tan inútiles como cuando los cimientos del mundo que estamos viendo desaparecer comenzaron a establecerse.

Traducción del portugués: Santiago de Arcos-Halyburton

Chile: entre madrugar y despertar

Por Martín Hopenhayn

Regreso esta noche de miércoles de la Plaza Ñuñoa, probablemente el punto más festivo donde tarde a tarde, durante los últimos cinco días, se reúnen unas 10,000 personas a protestar, bailar, corear consignas, encontrarse, tomar cerveza, fumarse sus porros e imaginar un país distinto. De cada 100, 99 son jóvenes entre 18 y 35 años. Esta plaza es uno de los varios puntos donde se congrega la juventud desde el viernes pasado, y que hoy representan ese Chile súbito, iracundo e insospechado que sin aviso saltó desde bajo el asfalto a tomarse Santiago, y en seguida todas las ciudades del país.

Ilustración: Patricio Betteo

La consigna que se impuso estos días dice alude a un despertar y connota básicamente la exteriorización incontenida de un descontento larvado y masivo. Se entona como cántico de fútbol y dice así:

“Ohhhhh, Chile despertó,
Chile despertó
Chile despertó
Chile despertó”.

Ese despertar partió, como suele hacerlo, con una chispa que hoy resulta minúscula en relación a la magnitud de la revuelta: el aumento marginal en el precio del metro de Santiago que día a día mueve a casi tres millones de personas, o el 40% de la población de la capital. Hace menos de dos semanas, en protesta por este aumento en la tarifa por un equivalente a menos de cinco centavos de dólar, un grupo de estudiantes de la secundaria se decidió a emprender un acto simbólico que ellos llamaron, con alguna imprecisión conceptual pero clara elocuencia semántica, de “desobediencia civil”: saltarse los torniquetes y evadir el pago. Curiosamente no fue el boleto estudiantil el que aumentó de precio, pero ellos lo hicieron explícitamente en solidaridad con los demás. Primer gesto que despertó, en la ciudadanía, un sentimiento de simpatía.

El gobierno la dejó pasar confiando en que sería un acto puntual y de rápida evanescencia. Probablemente, muchos pensamos lo mismo. Y al día siguiente, fueron más estudiantes. Efecto imitación o efecto viral, como queramos llamarlo: esto se multiplicó en toda la red del metro. Y el gobierno, supongo, pensó que no hacía falta hacer olas para evitar darle prensa e importancia política, limitándose a reforzar la vigilancia en los accesos del metro y en torno a los torniquetes.

Este aumento en el costo del billete coincide con aumentos en tarifas eléctricas y en muchos productos alimentarios, supuestamente alineados con el precio del dólar. Entremedio aparecieron declaraciones de ministros de Estado que la gente percibió como una burla, aunque fueran expresados con candidez o humor, y sin afán de provocación. El ministro de hacienda sugirió, al observar el aumento en el Indice de Precios al Consumidor, que los románticos podían aprovechar a comprar flores, producto cuyo precio había bajado. El ministro de economía, en otra declaración, mencionó que madrugar traía un beneficio complementario, a saber, la opción de aprovechar la hora de tarifa baja en el metro.

Todo esto ocurre en un país con algunos rasgos que en este punto vale la pena destacar. Chile tiene hoy un PIB per capita en torno a los 25,000 dólares anuales, y sólo Panamá puede competir con ese nivel en toda América Latina. Hace medio siglo era de los países pobres de la región y hoy es el más rico. El índice de pobreza bajó del 40% en 1990 a 8.6% en la última medición, en el 2017. La indigencia, o extrema pobreza, bajó en el mismo lapso del 20% al 2.8%. Un verdadero milagro. A eso se suma una expansión portentosa del consumo, del crédito, de años de escolaridad de nuevas generaciones. La expectativa de vida al nacer cruzó el umbral de los 80 años, también lo más alto en la región y por encima de Estados Unidos. La mortalidad infantil es bajísima, los servicios básicos llegan a todos los hogares y están desapareciendo los tugurios. Hay democracia, instituciones que se respetan, plenas libertades. Hasta aquí, todo muy bien.

Sigamos con los pormenores de estos días. Al tercer día de esta curiosa forma de desobediencia civil, ya no eran solo estudiantes saltándose los torniquetes. Se incorporó una masa importante de adultos, y los evasores se multiplicaban por hora. La cosa empezó a cambiar de color. Llegaron las advertencias gubernamentales sobre la violación de una norma que debía parar. Pero estaban, a flor de piel, las declaraciones de los ministros, que hacían patente, por más que no fuera la intención, algo que ellos ignoraban, pero que había aparecido en un informe sobre desigualdad publicado en el 2016 que tuvo bastante resonancia: la desigualdad que más irrita a los chilenos no es la de ingresos, sino la de trato y de salud. Es allí donde más se combina con la desigual distribución de la dignidad de las personas: llega al alma y al cuerpo.

Y el ánimo comenzó a caldearse en serio. Y de aquí en adelante todo se precipitó en una sucesión de medidas de control, por parte del gobierno, que sólo lograron atizar una marea que terminaría en tsunami. Primero, se cerraron algunas estaciones o accesos al metro como medida preventiva. La respuesta de la gente fue, correlativamente, en escalada. Primero presionando puertas cerradas. A esa altura la gente empezaba a manifestarse en la calle, primero en pequeños grupos pero rápidamente en aumento y multiplicando lugares y calles. Más tarde, las presiones a los accesos cerrados del metro se convierten en patadas. En esas circunstancias nos sorprende el viernes de la semana pasada. Todo había ocurrido en escasos cuatro o cinco días. Pero a esa altura se produce una inesperada adhesión transversal, espontánea, masiva, al movimiento de la evasión del pago del pasaje de metro. Todos miran con entusiasmo e indignación, y el gobierno empieza a no entender nada. No capta el efecto metonímico del reclamo y la velocidad con que se recarga el significante: de un aumento marginal en la tarifa del metro, a la desigualdad histórica vivida como pisoteo a la dignidad de las mayorías.

Retomo ahora la fiesta de los indicadores, para mostrar sus sombras. Chile está entre los cinco países con la peor distribución del ingreso de América Latina, y es uno de los países con mayor concentración de la riqueza en el mundo. Botones de muestra: el 1% más rico detenta el 26.5% de la riqueza, y el 10% más rico concentra el 66,5%, mientras el 50% más pobre accede a un magro 2.1% de la riqueza del país. Datos fresquitos, del 2017. Con un PIB per capita de 25,000 dólares al año, la mitad de los trabajadores recibe un sueldo inferior a 400,000 pesos chilenos, que al tipo de cambio de hoy equivalen a 550 dólares. Para ellos, el gasto diario en locomoción colectiva se come por lo menos el 10% de los ingresos, y eso si es que ningún dependiente en la familia se desplaza. Los servicios llegan a todos los hogares, pero Chile tiene las tarifas más altas de América Latina en electricidad y gas. Los alimentos han tenido una inflación que no se refleja en los índices, y hoy tienen precios en los supermercados que superan a los de España. En medicamentos, batimos todos los récords, quintuplicando en precio a muchos de sus equivalentes en la mayoría de los países. Es, probablemente, el país de América Latina que más proporción del gasto en educación y salud sale de los bolsillos de la gente, lo que produce una segregación brutal en la calidad de los servicios y prestaciones.

A esto se suman algunas gotas que rebasan el vaso, además del aumento en la tarifa del metro. El presidente Piñera, un liberal de derecha y multimillonario, anunció que en su gobierno se expandiría el consumo. Sin embargo, entre la subida del precio del dólar y del petróleo, y la baja en el precio del cobre que representa la principal entrada del comercio internacional del país, la cosa no fue tan así. Esta combustión del consumo, que ha sido la fuente de legitimidad del poder en Chile por décadas, perdió ímpetu. Muchas familias hoy están usando sus tarjetas de crédito del retail para comprar alimentos básicos en los supermercados. Nunca fue tan alta la deuda en las familias como porcentaje de sus ingresos.

Sí, Chile tiene pocos pobres, pero una proporción enorme de la población vive bajo un nivel de estrés brutal, sordo y soterrado, no reconocido pero sí percibido cuando se vive aquí y se camina o se toma el metro más allá de la zona Oriente de la ciudad. Los horarios de trabajo semanal efectivo superan las 45 horas, el promedio en tiempos de desplazamiento casa-trabajo-casa ronda las tres horas diarias para mucha gente (en “horarios sardina” que son verdaderos entrenamientos de convivencia ampliada), las familias están todas en crisis, y los núcleos de pertenencia colectiva bastante pulverizados con un modelo que privilegia el consumo familiar y personal como pegamento social. La “modernidad líquida” pegó de lleno debilitando vínculos y sentido de futuro Los datos que proveen las instituciones de salud son alarmantes respecto de trastornos de salud mental, muy especialmente en la infancia y adolescencia pero también en adultos mayores. La obesidad aumenta a pasos agigantados, la inseguridad se ha convertido en la obsesión de todos, el mundo del trabajo está inundado de precariedad o incertidumbre. Muchos viven al límite para llegar a fin de mes, expuestos a que una enfermedad catastrófica o una pérdida de empleo los exponga a la vulnerabilidad absoluta.

Retomemos ahora los acontecimientos. El viernes por la tarde empezó la explosión. De la desobediencia civil y el apoyo o simpatía de la gente, el movimiento se desplaza hacia otros frentes. Sin liderazgos. No hay voceros, ni representantes, ni interlocutores frente al gobierno, el Estado, los partidos y otras instituciones. Se viraliza y saltan desde todos los barrios grupos de jóvenes que se distribuyen entre manifestaciones pacíficas, tomas de estaciones de metro, destrucción de la infraestrucutra de las estaciones. Aparecen teorías conspirativas aún no confirmadas: grupos organizados que salen a la destrucción sistemática de la red de metros. Luego empiezan los saqueos a supermercados, las barricadas y los incendios. Se mezcla todo: anarcos, vándalos, encapuchados, narcos, gente que llega tranquilamente en autos y camiones a llevarse del supermercado lo que encuentran.

El sábado ya Chile está sumergido en el caos. Dejó de ser el país que era una semana antes, tal vez para no volver a serlo. Con violencia y todo, el movimiento cuenta con una simpatía amplia. El sonido de las cacerolas vacías como símbolo de protesta suena en toda la ciudad, luego en todo el país. Saqueos e incendios se replican, como rizomas, reticularmente, en todas partes al mismo tiempo.

Sigo con un dato estructural. Chile tiene una de las pirámides de edades más avanzadas de América Latina, junto a los otros países del Cono Sur, Cuba y tal vez Costa Rica. Es decir: la proporción de adultos mayores aumenta vertiginosamente. Pero por otro lado el sistema privado de pensiones y jubilaciones que rige desde la dictadura está mostrando efectos letales. Lo que recibe mensualmente como jubilación la gran mayoría de pensionados es irrisorio: menos de 300 dólares. Muchos de ellos, menos de 200. Todo esto, además, en un país donde hace tiempo se debilitaron los lazos familiares que permitían a los ancianos apoyarse en su descendencia, siendo cada vez menos hijos por familia (una tasa de fecundidad en 1.8 hijos por mujer), y cada vez más mujeres en edad media dedicadas a trabajar. Muchos jubilados siguen pagando, además, deudas hipotecarias que le comen más de la mitad de los ingresos jubilación. Si no paga por unos meses, la solución es simple: el banco les remata la vivienda.

En la otra punta del hilo de clases, los últimos años se regaron con escándalos de colusión de dueños de las grandes cadenas farmacéuticas para fijar precios de medicamentos, estafas a toda la sociedad en el precio del papel higiénico, empresas que financiaron políticos, intercambio de favores entre el poder económico y el político en todo el espectro ideológico. Bastante más grave, todo esto, que no pagar el crédito hipotecario. Los más bullados, entre empresarios sorprendidos en pagos de influencias, fueron castigados con clases obligatorias de ética: una verdadera provocación para el resto de la sociedad que no podía creer cómo se distribuyen faltas y sanciones en uno y otro lado. Suma y sigue.

Retomo. El sábado el presidente Piñera declara el Estado de Excepción en medio de la confusión que rige en todo el territorio. Con una inflexión de voz y brazos casi beata, insiste en reconocer que este es el estallido de la desigualdad, tal como ya se ha consagrado en boca de todos, y que reconoce que es tiempo de enfrentar este grave problema. Hace un sentido mea culpa. Curioso que venga de uno de los hombres más ricos de Chile, quien tiene como uno de sus principales puntos programáticos la reducción del impuesto a los ricos para fomentar la inversión productiva. Señala, también, como gran cosa, que elevará al congreso un proyecto de rápida tramitación para revertir el alza en el precio del transporte, en un gesto que a esta altura ya resulta irrelevante, considerando que el estallido se propagó al cuestionamiento de la desigualdad en la sociedad chilena. Y agrega que, en calidad de presidente, y para velar por la seguridad en un momento de total alteración del orden y daño a infraestructura de todos los chilenos (cosa cierta), se ve obligado a declarar el estado de excepción (facultad constitucional), sacar a los militares a la calle, y declarar toque de queda por la noche.

¿Qué pasa entonces? Pasa, simplemente, que la gente sigue en la calle, manifestándose, saqueando, incendiando. Unos piden más seguridad y acción de policía y ejército, de cara a un vecindario desbordado en saqueos y destrucción. Otros empiezan a denunciar los abusos como consecuencia del estado de emergencia y la acción de la fuerza pública. Quienes enfrentan cara a cara a soldados y policía son jóvenes. No tienen miedo. Los enfrentan cara a cara. Nunca conocieron una dictadura. Tienen otra conciencia de sus derechos. Están indignados. Por otro lado, el gobierno sabe —y la sociedad sabe que el gobierno sabe— que si se pasa de rosca en reprimir, la crisis de legitimidad se vuelve irreversible. Transita por una delgada cuerda y no quiere caerse. Es casi lo único que quiere: no caerse.

Retomo con consideraciones estructurales. Dije que este es un movimiento de jóvenes. Son los jóvenes de esta generación quienes han accedido mayoritariamente a la educación superior, tienen cuatro o cinco años más de escolaridad que sus padres, pero a la vez padecen las tasas más altas de desempleo. Los futuros prometidos se vuelven espejismos. La mentada meritocracia se licúa entre redes de influencia, capital cultural y calidad de la educación muy segmentados. Son los jóvenes quienes manejan más información sobre ellos y sobre como viven los demás, pero esa información no les da poder de negociación ni presencia en el mundo político o económico. Son los jóvenes idealizados como la generación de la sociedad de la información, pero estigmatizados como irresponsables, no dignos de confianza, potencialmente anómicos. Son los jóvenes los que crecieron en un Chile próspero, pero ven como a poco andar se ven estratificados por barrios, sistemas de relaciones, formas de ser tratados por la policía o la justicia. Son los jóvenes quienes tendrán que cargar con los costos del cambio climático y del envejecimiento de la población. Son los jóvenes los que están más dispuestos a arriesgar porque tienen menos y se conforman menos.

Quisiera agregar dos consideraciones que se complementan, se tensan, y creo que terminan de explicar lo que pueda tener, hasta ahora, de explicable este estallido. La primera es que Chile cambió, en tres décadas, de manera acelerada. Un país con una secular cultura del privilegio, y con ciudadanos de primera y segunda categoría, generó movilidad social como nunca antes, ensanchó su clase media, difundió mayor conciencia sobre derechos ciudadanos, incrementó el bienestar general, produjo un salto cuántico en años de escolaridad y en conectividad digital. La segunda consideración es que todo eso trajo, también, una espiral de expectativas que el mismo progreso alentó, y un sentido distinto sobre los derechos propios –y, consecuentemente, progresiva exasperación ante una cultura de privilegios que siguió imperando en una parte de la sociedad-. Se sabe que la movilidad trae expectativas de movilidad. El “Chile real” acumuló bronca porque la democracia no ha sido expediente ni de redistribución del poder ni de redistribución de la riqueza. Una cosa es bajar la pobreza, otra es reducir la desigualdad. El neoliberalismo apostó siempre a que lo primero compensaba holgadamente la postergación de lo segundo. Se equivocó. Y le cuesta reconocerlo.

Volvamos a los acontecimientos recientes. Las medidas de excepción con milicos en la calle no frenaron nada. El espiral de protestas, cacerolazos, marchas no autorizadas, calles cortadas por todos lados en todas las ciudades, saqueos a supermercados, tiendas y farmacias, destrucción edilicia, incendios… todo siguió. Los partidos políticos tomaron posiciones pero al mismo tiempo solo conversan o pelean entre ellos, abriéndose a organizaciones de la sociedad civil consagradas, pero que tampoco representan el movimiento en las calles. Cierto, si la protesta no tiene líderes: ¿con quién conversar? El gobierno ha dado bastonazos de ciego. El peor de todos, la declaración desatinada de Piñera el domingo pasado, sugiriendo que estábamos en guerra. Mala cosa. Tuvo que desdecirse antes de que las consecuencias se multiplicaran. Luego se la ha pasado pidiendo perdón, de su parte y de su gobierno, por la falta de sensibilidad ante las seculares desigualdades que ahora estallan como una olla a presión que no da más. Ese perdón, más que despertar simpatía, exacerba la indignación: ¿perdón ahora, por una desigualdad secular, por falta de sensibilidad, por no haberlo reconocido antes?

Finalmente el propio presidente anunció  el martes, al terminar el cuarto día de caos y movilizaciones, las reformas que se han decidido de la noche a la mañana, en consulta con senadores y diputados, la mitad de los partidos, y algunos dirigentes sociales: alzas en pensiones básicas, seguros de salud para compensar gastos en medicamentos, aumento de ingreso mínimo, contención al aumento de tarifas eléctricas, un impuesto a sectores de más recursos, reducción de los altísimos salarios de parlamentarios y en la administración pública. En seguida surgen las reacciones: algunos entusiastas, muchos cautos, unos pocos críticos. Todos estas opiniones vienen de los partidos, el sistema parlamentario, los ministros. Pero falta un detalle… ¡la gente!

Escribo el miércoles, vale decir, estos anuncios fueron anoche. Anoche, también, el toque de queda en su tercera jornada empezó a mostrar dientes más afilados. La represión se hizo sentir. Hasta el mediodía del miércoles, 18 muertos , la mayoría en los propios saqueos. Pero ya apareció una víctima fatal por una golpiza de policías y otro por disparos. Las redes se embriagan de denuncias, algunas filmadas, pero también es cierto que las noticias falsas están a la orden del día y por tanto la verdad deja de ser verdad. No es fácil apreciar los hechos objetivamente y se está a la espera de los informes del Instituto de Derechos Humanos. Al parecer serían, hasta el miércoles, 102 civiles heridos, dos por balazos en estado grave, y 95 miembros de fuerzas de seguridad lesionados. Las personas arrestadas por disturbios llegaron a 2205 y están bajando, y por violación de toque de queda van en 592 los detenidos. Las manifestaciones siguen en aumento: se contaron 54 más el martes que el lunes, y los participantes se elevaron de 130 a 220 mil. Todavía no hay saldo al respecto de hoy miércoles.

Hasta ahora el balance de la destrucción también es enorme. Al mediodía de hoy miércoles se contabilizaban 333 supermercados saqueados y 30 incendiados por completo, 16 buses incendiados, 77 estaciones de metro dañadas, de las cuales 41 destruidas parcialmente, 20 incendiadas y con daños superiores a los 200 millones de dólares. Gran parte de la red del metro, que es vital para el transporte diario en un Santiago cada vez más congestionado, tardará meses en repararse.

Chile despertó. No madrugó, como sugirió el ministro de economía, pero despertó. Más bien, madrugó al gobierno. Y al despertar, cambió. Hoy en Plaza Ñuñoa, entre todas las pancartas una me llamó la atención: “O vamos por todo, o no vamos por nada”. Mientras tanto, un grupo de inmigrantes haitianos llegó con sus bombos y yembés y empezó la fiesta de percusión y danza. La alegría se volvió incontenible. De todo hay en esta explosión. Un desencanto brutal con toda la clase política, una irritación sin freno respecto de la desigualdad que se transforma en ofensa a la dignidad, una disposición de la juventud a repensarlo todo. Mientras tanto, parte de esa misma clase política, o tecnopolítica, siente vergüenza de que en los medios internacionales Chile vuelva a hacer parte de este “vecindario incómodo” de países inundados de crisis económicas, políticas, sociales, institucionales. ¿Bajará el indicador de confianza en la economía chilena? La joyita de la región que exhibe todos sus indicadores de éxito, la luminaria de la gobernabilidad, este rincón del mundo estable, prudente y pragmático, en fin, la sociedad tranquila y disciplinada, la idiosincracia contenida y respetuosa de las normas. ¿Dónde se fue todo con el correr de una sola semana?

¿Qué pasó? En los hechos, más o menos lo que he resumido. En las causas, tal vez repartidas en lo que he querido aquí recapitular. La bandera de lucha es la desigualdad. En general y en particular. Pero quien sabe qué más hay, cuáles son las pulsiones colectivas que se agitan. ¿Porqué de un día para otro esta sociedad pasó de su aspereza contenida a la total transgresión del orden, dónde estaban estas energías centrífugas la semana antepasada, cómo fue que una generación con más oportunidades que las precedentes, de repente se convirtió en una masa desbordada, colérica, pero a la vez movilizada, crítica, valiente, festiva, dispuesta a todo? No me compro las apreciaciones que tienden a poner a esta juventud en el casillero estereotipado de millenial, puramente pulsional,  investido con pastiches ideológicos atrabiliarios y comportamientos infantiles. No me compro, tampoco, las tesis conspirativas.

Me preguntaban hoy en la Plaza Ñuñoa cuál será el desenlace de este movimiento y de este estallido si se sigue prolongando. Mi respuesta honesta y parca: no tengo la menor idea. No hay cómo estimar la magnitud de la grieta, ni de sus consecuencias, ni de su impacto en el ordenamiento colectivo y en las políticas. Me preguntaron, también, si el movimiento iba a dialogar con los partidos y el gobierno ante las nuevas propuestas programáticas. Respondí, encogiéndome de hombros y mirando a la multitud bailando al son de los tambores haitianos: ¿y quién, entre todos ellos, se sentará a conversar en la próxima mesa de diálogo con la institucionalidad política?

 

Martín Hopenhayn
Filósofo. Magíster en Filosofía de la Universidad de París VII. Ex Director División de Desarrollo Social de la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL).

Fuente: https://www.nexos.com.mx/?p=45397#.XbQ-Qua45nU.whatsapp

Rita Segato: “Hay que demostrar a los hombres que expresar la potencia a través de la violencia es una señal de debilidad”

Rita Laura Segato es una escritora, antropóloga y activista feminista argentina residente en Brasilia, habla sobre feminismos y machismos.

Lionel S. Delgado

Me invita a un helado mientras visitamos Santander. Nos cuenta que una señal para distinguir un buen helado es que se derrita rápido: tendrá menos agua y conservantes, y será más cremoso. Todo en ella es cercano. Su acento, su mirada y sus palabras. Mi colega Sergio le hace una ruta por la ciudad y cuenta sobre el incendio que la arrasó. También que, a partir de ahí, la especulación y los intereses de clase moldearon el espacio a su gusto. Ella es siempre curiosa, responde a todo con sorpresa y te escucha con atención.

Rita Segato (Buenos Aires, 1951) vino a la ciudad a dar un curso sobre Discriminación y Violencia en la Universidad Menéndez Pelayo. Yo asistí al curso con ganas. Sus clases siempre hierven de ideas, conceptos e imágenes que vuelan de un lado a otro. Como buena antropóloga, tiene ejemplos para todo. Cultos de posesión, rituales de iniciación, mitos clásicos, arte, política, guerra. Sus ideas son fuertes y golpean duro.

Afirmas que tu trabajo debe entenderse como un estudio sobre la masculinidad. En estos estudios, la violación siempre ha sido un tema central. ¿Qué relación existe entre la masculinidad y la violación?

Creo que la violación esconde un factor fundamental del orden patriarcal imperante. Hay que entender que la violación no es un crimen como cualquier otro. La violación se aleja, a la vez, de esa imagen del hombre como lobo hambriento que viola porque no puede controlarse, y también de la imagen del hombre como ladrón, que roba el sexo de la mujer. La violación no es un crimen sexual; es, más bien, un crimen expresivo, por un medio sexual. Con la violación se dicen dos cosas: una a la mujer y otra a los otros hombres.

A la mujer se le comunica una lección moral: la mujer es sospechosa de inmoral desde el comienzo de los tiempos, y la violación le castiga por desobediente. A los otros hombres, la violación les comunica la potencia. La masculinidad, para mantenerse, tiene que confirmarse por los interlocutores masculinos y, para ello, necesita exhibirse. El caso de La Manada aparece acá como el paradigma de la interlocución masculina. Mediante el acto grupal aflora una estructura que es la del orden patriarcal, un orden que ordena sacrificar una víctima para la construcción de la masculinidad de sus agresores. Y aquí, en la violación, la masculinidad se revela frágil porque se estructura como la exhibición violenta de una potencia para los ojos de los otros hombres. Es la búsqueda desesperada de afirmación. Es clarísimo en La Manada esto. Por esto se graban, por eso comparten el vídeo. Es un placer narcisista masculino en el que se revela una cofradía en la que los aspirantes a hombres necesitan recibir su título de los ojos de los otros hombres.

En España, desde el caso de La Manada se han dado 135 casos de violaciones grupales, 43 solo en 2019. ¿A qué se debe esta epidemia?

No me gusta el término epidemia para esto. La epidemia es automática y retira la deliberación. Prefiero usar el término de mímesis. La pregunta aquí es ¿por qué ese efecto mimético de la violación en grupo?

Como lo que se revela en la violación es una estructura, es muy fácil que esa estructura se replique. El caso de La Manada se replica porque, aunque se critiquen y se condenen, siguen apareciendo como un espectáculo de la potencia. Y este espectáculo rige la masculinidad, sobre todo la de los jóvenes, que son los que no han conseguido probar aún su soberanía sobre la vida, su potencia. Ese espectáculo donde la confirmación de la potencia aparece como una fiesta masculina en la violación grupal hace que sea contagiosa. Es muy fácil que miméticamente se vaya replicando cuando los violadores aparecen en los medios de comunicación como hombres potentes. Y en eso tienen mucha responsabilidad los medios.

¿Y por qué aumenta ahora?

El aumento de las violaciones tiene que ver también con la precarización de la vida. Si hay cada vez más dificultades para exhibir una potencia económica, moral o intelectual, ya que los dueños del mundo son cada vez menos, el hombre vive como una emasculación esta precariedad: no tiene forma de afirmarse. El mandato de masculinidad dice a los hombres que necesitan apropiarse de algo, ser dueños. La precarización de la posición masculina pone en cuestión su potencia. Y por lo tanto solo queda la violencia —sexual, física, bélica— para restaurarse en la posición masculina.

Crímenes como las violaciones en grupo muestran la existencia de una masculinidad progresivamente precarizada. Es una necesidad urgente que los hombres redefinan lo que es ser hombre, porque, si no, van a ser atrapados por una ola de violencia.

Al hablar sobre el hombre afirmas que a la masculinidad le acompaña siempre un factor de opacidad para sí mismo. El hombre no es reflexivo respecto a su masculinidad. ¿Cómo afecta esto a su lugar en el mundo?

En el trabajo que realicé durante más de diez años con violadores entendí que la violación muchas veces no es un acto inteligible para el propio violador. El violador, la mayoría de las veces, no entendía el propio acto. Ahí entendí que la masculinidad es opaca para sí misma, que no suele haber una reflexión ni una racionalidad descriptible detrás de muchos actos del hombre. El hombre actúa de una forma automática para reponerse de esa posición inferiorizada. Hoy en día hay una inferiorización de todos y todas. Lo que pasa es que las mujeres esa inferiorización no la sentimos de la misma manera que los hombres. Los hombres tienen que reponer esa posición, y de ahí su búsqueda de demostrar la potencia. Hay que demostrar a los hombres que buscar expresar la potencia por medio de la violencia es una señal de debilidad. El hombre que usa el recurso de la violencia es un hombre frágil. Lo que se quiere exhibir como potencia es precisamente impotencia.

Ese mensaje, cuando lo comunico, lo reciben inmediatamente, entienden lo que estoy diciendo muy rápido. Y eso es porque existe un intenso sufrimiento masculino. Es deseable construir la masculinidad de otra forma. Porque en esa búsqueda de la potencia por la violencia, el hombre se destruye, se deteriora. Mata, pero también muere. Les perjudica y no están nunca contentos.

¿Qué salida les queda entonces a los hombres?

Creo que la historia de la masculinidad ahora está marcada por los hombres que perciben y entienden su sufrimiento. Pero no creo que tengan que venir los hombres a salvar a las mujeres. Somos las mujeres las que estamos auxiliando a los hombres para percibir cuánto daño les hace el mandato de masculinidad y cuánto les puede interesar a ellos construir nuevos modelos de masculinidad. Sin modelos de llegada, es decir, sin modelos fijos e ideales que tenemos que cumplir, porque esos modelos siempre pueden volverse autoritarios. Pero para eso hay que prestar mucha atención a los más jovencitos.

En las escuelas de Secundaria a las que he ido últimamente, hay muchos chicos que hacen un esfuerzo enorme por no ir en la dirección del machito. Hacen un esfuerzo enorme y creo que es por ahí por donde uno puede constituirse sin ese mandato de masculinidad.

La masculinidad está cambiando, pero si todo cambio abre un proceso de crisis, esta crisis también puede ser capitalizada por la reacción. ¿Qué piensas sobre el repliegue masculino hacia posiciones conservadoras?

Creo que la reacción responde a una agenda. Muchos hombres que se repliegan ahí están siendo captados por una agenda reaccionaria de todos aquellos que perciben que desmontando el mandato de la masculinidad y deshaciendo el orden patriarcal se está en riesgo de que todos los poderes caigan por tierra.

Y aquí aparece el fascismo para capitalizar ese repliegue. Y eso es porque, por definición, el voto fascista es un voto característico de personas con resentimiento. Y hay varios tipos de resentimiento. Hay personas que sienten que no han recibido el debido respeto, ni el debido aprecio. El fascismo es una estrategia. Mediante el señalamiento de un enemigo común, consigue construir un rebaño masivo de aliados. El fascismo es una política del enemigo. Todas las políticas del resentimiento, que campan más cuando la insatisfacción se amplía, buscan un enemigo común. Los migrantes y las mujeres, en ese sentido, son un blanco fácil. El nuevo fundamentalismo vuelve a ver a la mujer como en la época de las brujas. Y eso hace resurgir un patriarcado político, que es un orden que luego se va a revestir de discurso religioso, discurso moral, etc. Pero que el fondo es un orden político de dominación. El patriarcado es funcional al orden de los dueños. Ese patriarcado que dice que la mujer debe ser sometida y la demoniza.

¿Entonces el feminismo apunta al verdadero corazón de la estructura patriarcal que sostiene el orden de las cosas?

¡Por supuesto! ¡Y esto el poder lo sabe! El poder entiende que el feminismo que no tiende al poder puede desestabilizarlo todo. Por eso hay que tener cuidado con cierto feminismo que es patriarcal, es un feminismo que tiende al poder.

¿Te refieres al feminismo liberal?

Sí, pero no solo. También a algunos feminismos radicales. El feminismo tiende a disolver el poder porque lo distribuye. El feminismo busca un mundo vincular, donde la reciprocidad es uno de los valores centrales. Pero hay una voluntad por parte de algunos grupos de que exista una verdad feminista única y que las otras se supriman. El intento de vanguardizar lo veo muy feo. Porque una de las características de la practicidad feminista es que es pragmática, no verticalista y principista. La politicidad femenina es un trabajo arduo, pero no va por ahí. Así vemos que hay grupos que se dicen feministas pero que se comportan de forma patriarcal, intentando tomar el poder en un sentido patriarcal.

Por eso creo en el “Let it be” de los Beatles, deja que el tiempo actúe en nosotros. Abandonar esa visión utopista que define el camino que debemos recorrer porque tiene el objetivo claro. Esa visión tiende al autoritarismo.

En España este debate que enfrenta a varios feminismos se enfoca en el papel de las mujeres trans, en las trabajadoras sexuales y las mujeres racializadas. ¿Qué opinas sobre esto?

Al final es el debate sobre si las mujeres que tienen otros cuerpos pueden o no estar en la manifestación del movimiento. Eso en Argentina afectó mucho al movimiento Ni Una Menos. Casi hasta amenazarlo con romperlo. La presencia de que no puede haber otro cuerpo que no sea el de mujer. Me sale otra vez el “Let it be”. Hay que dejar ser, hay que dejar suceder. No podemos prevenir los males que pueden ocurrir si otros cuerpos aparecen junto al feminismo. ¿Para qué prevenirlo ahora? Vamos viendo lo que sucede, vamos viendo lo que pasa. No nos debemos olvidar de la diferencia entre el movimiento del Me Too y el movimiento del Ni una menos en Argentina. No tienen nada que ver el uno con el otro. El Me Too es mucho más pequeño, mucho más circunstancial y tiene otra estructura, y se refiere a otra historia de nación. El Me Too se dirige al Estado, el Ni una menos se dirige a la propia sociedad. No le pide nada al Estado, reflexiona sobre el periodo de cambio de la sociedad. Algo totalmente diferente.

El Me Too viene del feminismo norteamericano. Un feminismo que, salvo algunas raras excepciones, yo llamo feminismo ‘pilgrim’ (peregrino), el feminismo de los peregrinos puritanos fundadores. ¡Es un feminismo puritano! Por ejemplo, mis hijos fueron a un colegio en Estados Unidos y ese colegio tenía puesto en las paredes “No PDA”. “No Public Displays of Affection”, No muestras públicas de afecto… No quiero eso en mi vida nunca. Y por eso hay que tener mucho cuidado con la pauta puritana. Hay un error muy grande que está ocurriendo en algunos feminismos: es necesario que nuestras muchachas y muchachos puedan negociar su deseo cara a cara, cuerpo a cuerpo. Entregar al Estado o a los otros la negociación de nuestro deseo es un error muy grave… Yo puedo decirte “me gustas”, tú puedes decirme “me gustas”, vamos a negociarlo, sin ofensa. Esta habiendo una presión para entregar a una instancia ajena la negociación de nuestro deseo. Y eso no puede ser así.

El feminismo surge de prácticas muy prolongadas, tradiciones de colaboración y horizontalidad, y pluralidad absoluta. Y deberíamos mirar hacia ese momento donde no hay vanguardia, no hay una hegemonía de un sector que conduce al resto. ¿Cómo vamos a entender eso con la prohibición de la prostitución? Una cosa autoritaria en extremo. No creo que pueda haber esos autoritarismos en el movimiento feminista. La politicidad de la mujer es un soltar, no un prohibir. Claro que la prostitución y el prostíbulo es una de las grandes escuelas de la pedagogía de la crueldad masculina. Los hombres van en grupo y no buscan tanto el acceso al cuerpo de la mujer, sino otra cosa: la celebración de la masculinidad, generar un pacto de complicidad entre hombres, etc. El hombre no va solo al burdel. Va en grupo. Y, por lo tanto, es un problema social de género. Pero no creo que la criminalización lo pueda solucionar. Porque la trata ya es ilegal, y eso no la ha abolido. La prohibición no es la eliminación del problema, es más bien la invitación a una clandestinización mayor todavía.

¿Qué futuro ves entonces para el feminismo en los próximos años?

Por mucho tiempo pensé que el feminismo no estaba consiguiendo llegar a destino. Los feminicidios no paraban, la violencia crecía cada vez más. Pero hoy pienso que las mujeres estamos tocando el núcleo de la reproducción del poder: el patrón patriarcal. Por primera vez veo posible el acceso a una nueva politicidad y una nueva era social. Pero no viene por el Estado. Viene por las prácticas de las mujeres mismas, que son las guardianas del arraigo, del tejido de los vínculos. Y mi esfuerzo ahora es demostrar que esas prácticas de ese tejido del vínculo son políticas. En ese tejido se esconde una política distinta. Las marchas de mujeres no son como las de los sindicatos, partidos políticos o movimientos masculinos. Tienen otras características: son festivas, son lúdicas, son amorosas. Allí se generan amistades inmediatas, son físicamente próximas. Y todo eso genera vínculos, que son el soporte de la vida. Está habiendo un viraje para comprender que los soportes de la vida están ahí, y hay que cultivarlos y ver su contenido político. Además, lo que nos dice que estamos llegando a destino es la reacción de los que nos odian. La reacción violenta de los de siempre es la medida de lo que estamos avanzando.

Me invita a un helado mientras visitamos Santander. Nos cuenta que una señal para distinguir un buen helado es que se derrita rápido: tendrá menos agua y conservantes, y será más cremoso. Todo en ella es cercano. Su acento, su mirada y sus palabras. Mi colega Sergio le hace una ruta por la ciudad y cuenta sobre el incendio que la arrasó. También que, a partir de ahí, la especulación y los intereses de clase moldearon el espacio a su gusto. Ella es siempre curiosa, responde a todo con sorpresa y te escucha con atención.

Rita Segato (Buenos Aires, 1951) vino a la ciudad a dar un curso sobre Discriminación y Violencia en la Universidad Menéndez Pelayo. Yo asistí al curso con ganas. Sus clases siempre hierven de ideas, conceptos e imágenes que vuelan de un lado a otro. Como buena antropóloga, tiene ejemplos para todo. Cultos de posesión, rituales de iniciación, mitos clásicos, arte, política, guerra. Sus ideas son fuertes y golpean duro.

Afirmas que tu trabajo debe entenderse como un estudio sobre la masculinidad. En estos estudios, la violación siempre ha sido un tema central. ¿Qué relación existe entre la masculinidad y la violación?
Creo que la violación esconde un factor fundamental del orden patriarcal imperante. Hay que entender que la violación no es un crimen como cualquier otro. La violación se aleja, a la vez, de esa imagen del hombre como lobo hambriento que viola porque no puede controlarse, y también de la imagen del hombre como ladrón, que roba el sexo de la mujer. La violación no es un crimen sexual; es, más bien, un crimen expresivo, por un medio sexual. Con la violación se dicen dos cosas: una a la mujer y otra a los otros hombres.

A la mujer se le comunica una lección moral: la mujer es sospechosa de inmoral desde el comienzo de los tiempos, y la violación le castiga por desobediente. A los otros hombres, la violación les comunica la potencia. La masculinidad, para mantenerse, tiene que confirmarse por los interlocutores masculinos y, para ello, necesita exhibirse. El caso de La Manada aparece acá como el paradigma de la interlocución masculina. Mediante el acto grupal aflora una estructura que es la del orden patriarcal, un orden que ordena sacrificar una víctima para la construcción de la masculinidad de sus agresores. Y aquí, en la violación, la masculinidad se revela frágil porque se estructura como la exhibición violenta de una potencia para los ojos de los otros hombres. Es la búsqueda desesperada de afirmación. Es clarísimo en La Manada esto. Por esto se graban, por eso comparten el vídeo. Es un placer narcisista masculino en el que se revela una cofradía en la que los aspirantes a hombres necesitan recibir su título de los ojos de los otros hombres.

En España, desde el caso de La Manada se han dado 135 casos de violaciones grupales, 43 solo en 2019. ¿A qué se debe esta epidemia?
No me gusta el término epidemia para esto. La epidemia es automática y retira la deliberación. Prefiero usar el término de mímesis. La pregunta aquí es ¿por qué ese efecto mimético de la violación en grupo?

Como lo que se revela en la violación es una estructura, es muy fácil que esa estructura se replique. El caso de La Manada se replica porque, aunque se critiquen y se condenen, siguen apareciendo como un espectáculo de la potencia. Y este espectáculo rige la masculinidad, sobre todo la de los jóvenes, que son los que no han conseguido probar aún su soberanía sobre la vida, su potencia. Ese espectáculo donde la confirmación de la potencia aparece como una fiesta masculina en la violación grupal hace que sea contagiosa. Es muy fácil que miméticamente se vaya replicando cuando los violadores aparecen en los medios de comunicación como hombres potentes. Y en eso tienen mucha responsabilidad los medios.

¿Y por qué aumenta ahora?
El aumento de las violaciones tiene que ver también con la precarización de la vida. Si hay cada vez más dificultades para exhibir una potencia económica, moral o intelectual, ya que los dueños del mundo son cada vez menos, el hombre vive como una emasculación esta precariedad: no tiene forma de afirmarse. El mandato de masculinidad dice a los hombres que necesitan apropiarse de algo, ser dueños. La precarización de la posición masculina pone en cuestión su potencia. Y por lo tanto solo queda la violencia —sexual, física, bélica— para restaurarse en la posición masculina.

Crímenes como las violaciones en grupo muestran la existencia de una masculinidad progresivamente precarizada. Es una necesidad urgente que los hombres redefinan lo que es ser hombre, porque, si no, van a ser atrapados por una ola de violencia.

Al hablar sobre el hombre afirmas que a la masculinidad le acompaña siempre un factor de opacidad para sí mismo. El hombre no es reflexivo respecto a su masculinidad. ¿Cómo afecta esto a su lugar en el mundo?
En el trabajo que realicé durante más de diez años con violadores entendí que la violación muchas veces no es un acto inteligible para el propio violador. El violador, la mayoría de las veces, no entendía el propio acto. Ahí entendí que la masculinidad es opaca para sí misma, que no suele haber una reflexión ni una racionalidad descriptible detrás de muchos actos del hombre. El hombre actúa de una forma automática para reponerse de esa posición inferiorizada. Hoy en día hay una inferiorización de todos y todas. Lo que pasa es que las mujeres esa inferiorización no la sentimos de la misma manera que los hombres. Los hombres tienen que reponer esa posición, y de ahí su búsqueda de demostrar la potencia. Hay que demostrar a los hombres que buscar expresar la potencia por medio de la violencia es una señal de debilidad. El hombre que usa el recurso de la violencia es un hombre frágil. Lo que se quiere exhibir como potencia es precisamente impotencia.

Ese mensaje, cuando lo comunico, lo reciben inmediatamente, entienden lo que estoy diciendo muy rápido. Y eso es porque existe un intenso sufrimiento masculino. Es deseable construir la masculinidad de otra forma. Porque en esa búsqueda de la potencia por la violencia, el hombre se destruye, se deteriora. Mata, pero también muere. Les perjudica y no están nunca contentos.

¿Qué salida les queda entonces a los hombres?
Creo que la historia de la masculinidad ahora está marcada por los hombres que perciben y entienden su sufrimiento. Pero no creo que tengan que venir los hombres a salvar a las mujeres. Somos las mujeres las que estamos auxiliando a los hombres para percibir cuánto daño les hace el mandato de masculinidad y cuánto les puede interesar a ellos construir nuevos modelos de masculinidad. Sin modelos de llegada, es decir, sin modelos fijos e ideales que tenemos que cumplir, porque esos modelos siempre pueden volverse autoritarios. Pero para eso hay que prestar mucha atención a los más jovencitos.

En las escuelas de Secundaria a las que he ido últimamente, hay muchos chicos que hacen un esfuerzo enorme por no ir en la dirección del machito. Hacen un esfuerzo enorme y creo que es por ahí por donde uno puede constituirse sin ese mandato de masculinidad.

La masculinidad está cambiando, pero si todo cambio abre un proceso de crisis, esta crisis también puede ser capitalizada por la reacción. ¿Qué piensas sobre el repliegue masculino hacia posiciones conservadoras?
Creo que la reacción responde a una agenda. Muchos hombres que se repliegan ahí están siendo captados por una agenda reaccionaria de todos aquellos que perciben que desmontando el mandato de la masculinidad y deshaciendo el orden patriarcal se está en riesgo de que todos los poderes caigan por tierra.

Y aquí aparece el fascismo para capitalizar ese repliegue. Y eso es porque, por definición, el voto fascista es un voto característico de personas con resentimiento. Y hay varios tipos de resentimiento. Hay personas que sienten que no han recibido el debido respeto, ni el debido aprecio. El fascismo es una estrategia. Mediante el señalamiento de un enemigo común, consigue construir un rebaño masivo de aliados. El fascismo es una política del enemigo. Todas las políticas del resentimiento, que campan más cuando la insatisfacción se amplía, buscan un enemigo común. Los migrantes y las mujeres, en ese sentido, son un blanco fácil. El nuevo fundamentalismo vuelve a ver a la mujer como en la época de las brujas. Y eso hace resurgir un patriarcado político, que es un orden que luego se va a revestir de discurso religioso, discurso moral, etc. Pero que el fondo es un orden político de dominación. El patriarcado es funcional al orden de los dueños. Ese patriarcado que dice que la mujer debe ser sometida y la demoniza.

¿Entonces el feminismo apunta al verdadero corazón de la estructura patriarcal que sostiene el orden de las cosas?
¡Por supuesto! ¡Y esto el poder lo sabe! El poder entiende que el feminismo que no tiende al poder puede desestabilizarlo todo. Por eso hay que tener cuidado con cierto feminismo que es patriarcal, es un feminismo que tiende al poder.

¿Te refieres al feminismo liberal?
Sí, pero no solo. También a algunos feminismos radicales. El feminismo tiende a disolver el poder porque lo distribuye. El feminismo busca un mundo vincular, donde la reciprocidad es uno de los valores centrales. Pero hay una voluntad por parte de algunos grupos de que exista una verdad feminista única y que las otras se supriman. El intento de vanguardizar lo veo muy feo. Porque una de las características de la practicidad feminista es que es pragmática, no verticalista y principista. La politicidad femenina es un trabajo arduo, pero no va por ahí. Así vemos que hay grupos que se dicen feministas pero que se comportan de forma patriarcal, intentando tomar el poder en un sentido patriarcal.

Por eso creo en el “Let it be” de los Beatles, deja que el tiempo actúe en nosotros. Abandonar esa visión utopista que define el camino que debemos recorrer porque tiene el objetivo claro. Esa visión tiende al autoritarismo.

En España este debate que enfrenta a varios feminismos se enfoca en el papel de las mujeres trans, en las trabajadoras sexuales y las mujeres racializadas. ¿Qué opinas sobre esto?
Al final es el debate sobre si las mujeres que tienen otros cuerpos pueden o no estar en la manifestación del movimiento. Eso en Argentina afectó mucho al movimiento Ni Una Menos. Casi hasta amenazarlo con romperlo. La presencia de que no puede haber otro cuerpo que no sea el de mujer. Me sale otra vez el “Let it be”. Hay que dejar ser, hay que dejar suceder. No podemos prevenir los males que pueden ocurrir si otros cuerpos aparecen junto al feminismo. ¿Para qué prevenirlo ahora? Vamos viendo lo que sucede, vamos viendo lo que pasa. No nos debemos olvidar de la diferencia entre el movimiento del Me Too y el movimiento del Ni una menos en Argentina. No tienen nada que ver el uno con el otro. El Me Too es mucho más pequeño, mucho más circunstancial y tiene otra estructura, y se refiere a otra historia de nación. El Me Too se dirige al Estado, el Ni una menos se dirige a la propia sociedad. No le pide nada al Estado, reflexiona sobre el periodo de cambio de la sociedad. Algo totalmente diferente.

El Me Too viene del feminismo norteamericano. Un feminismo que, salvo algunas raras excepciones, yo llamo feminismo ‘pilgrim’ (peregrino), el feminismo de los peregrinos puritanos fundadores. ¡Es un feminismo puritano! Por ejemplo, mis hijos fueron a un colegio en Estados Unidos y ese colegio tenía puesto en las paredes “No PDA”. “No Public Displays of Affection”, No muestras públicas de afecto… No quiero eso en mi vida nunca. Y por eso hay que tener mucho cuidado con la pauta puritana. Hay un error muy grande que está ocurriendo en algunos feminismos: es necesario que nuestras muchachas y muchachos puedan negociar su deseo cara a cara, cuerpo a cuerpo. Entregar al Estado o a los otros la negociación de nuestro deseo es un error muy grave… Yo puedo decirte “me gustas”, tú puedes decirme “me gustas”, vamos a negociarlo, sin ofensa. Esta habiendo una presión para entregar a una instancia ajena la negociación de nuestro deseo. Y eso no puede ser así.

El feminismo surge de prácticas muy prolongadas, tradiciones de colaboración y horizontalidad, y pluralidad absoluta. Y deberíamos mirar hacia ese momento donde no hay vanguardia, no hay una hegemonía de un sector que conduce al resto. ¿Cómo vamos a entender eso con la prohibición de la prostitución? Una cosa autoritaria en extremo. No creo que pueda haber esos autoritarismos en el movimiento feminista. La politicidad de la mujer es un soltar, no un prohibir. Claro que la prostitución y el prostíbulo es una de las grandes escuelas de la pedagogía de la crueldad masculina. Los hombres van en grupo y no buscan tanto el acceso al cuerpo de la mujer, sino otra cosa: la celebración de la masculinidad, generar un pacto de complicidad entre hombres, etc. El hombre no va solo al burdel. Va en grupo. Y, por lo tanto, es un problema social de género. Pero no creo que la criminalización lo pueda solucionar. Porque la trata ya es ilegal, y eso no la ha abolido. La prohibición no es la eliminación del problema, es más bien la invitación a una clandestinización mayor todavía.

¿Qué futuro ves entonces para el feminismo en los próximos años?
Por mucho tiempo pensé que el feminismo no estaba consiguiendo llegar a destino. Los feminicidios no paraban, la violencia crecía cada vez más. Pero hoy pienso que las mujeres estamos tocando el núcleo de la reproducción del poder: el patrón patriarcal. Por primera vez veo posible el acceso a una nueva politicidad y una nueva era social. Pero no viene por el Estado. Viene por las prácticas de las mujeres mismas, que son las guardianas del arraigo, del tejido de los vínculos. Y mi esfuerzo ahora es demostrar que esas prácticas de ese tejido del vínculo son políticas. En ese tejido se esconde una política distinta. Las marchas de mujeres no son como las de los sindicatos, partidos políticos o movimientos masculinos. Tienen otras características: son festivas, son lúdicas, son amorosas. Allí se generan amistades inmediatas, son físicamente próximas. Y todo eso genera vínculos, que son el soporte de la vida. Está habiendo un viraje para comprender que los soportes de la vida están ahí, y hay que cultivarlos y ver su contenido político. Además, lo que nos dice que estamos llegando a destino es la reacción de los que nos odian. La reacción violenta de los de siempre es la medida de lo que estamos avanzando.