Pensar los años veinte

Por Franco Berardi ‘Bifo’

2019 was the year in which mass culture finally realised that millennials —my generation— are no longer children; that some of us will soon be forty. We’re over, we’re cancelled, it’s already done. The average millennial is balding now; he has a daughter that he can’t stop posting about on social media (yes! dip your child into the endless stream of digital images! submerge her! nothing could possibly go wrong!), he gets nostalgic about Disney or Pokémon; he’s a defeated sadsack loser, and history has already passed him. They are genderless cyborgs, downloading new identities from an internet that now bleeds directly into their flesh.

Sam Kriss: «Teenage Bloodbath: the 2010s in review».

Ahora que el río ha desembocado en el océano

Se sabe que en el pensamiento crítico no hay lugar para una deriva apocalíptica, para el final de la historia. El pensamiento crítico surge como un pensamiento de la historia, y en la historia encuentra su esfera de pertenencia. La evolución no es objeto del pensamiento crítico, ni el pensamiento crítico conoce la evolución. Por esta razón, el pensamiento crítico está muerto, y ya no interesa a nadie, excepto a un pequeño número de académicos que se repiten atónitos viejos análisis que apenas captan nada de una realidad que ha abandonado el río de la dialéctica desembocando en el mar impasible de la evolución. Los demás, que no son críticos ni académicos, acuden en masa a los altares de alguna iglesia, o tragan antidepresivos, o se tiran, de forma más efectiva, desde el décimo piso. La potencia desmesurada de la evolución no sabe qué hacer con la crítica, no sabe qué hacer con la ética, no sabe qué hacer con la humanidad.

Por otro lado, incluso antes del pensamiento crítico, es la crítica misma, como facultad cognitiva, la que se ha ido a la mierda. La crítica, la facultad de discernir entre lo verdadero y lo falso, entre lo bueno y lo malo, requiere del tiempo necesario para la elaboración de los enunciados, para la valoración de los acontecimientos. La crítica estaba estrechamente vinculada al modo alfabético de comunicación, al modo secuencial de exposición. Y como McLuhan predijo en 1964, cuando la tecnología de la comunicación secuencial de la escritura es sustituida por la tecnología simultánea de la electrónica, el pensamiento crítico es sustituido por el pensamiento mitológico.

Ya estamos en el universo del pensamiento mitológico, ocupado por gigantescas máquinas de destrucción, impasibles, indiferentes al dolor y al placer, indiferentes a la indignación moral y a la rabia política. La evolución continúa sin atormentarse con la conciencia, como un animal prehistórico que regresa con sus pezuñas tan grandes como montañas, incendios gigantescos como un continente, multitudes aturdidas con la mascarilla verde y la Antártida que se descongela rápidamente inundando las costas en las que viven seiscientos millones de habitantes. La crítica (el arte de la medida) no está equipada para estas desmesuras.

Para qué sirve pensar

A diferencia de lo que dice Heidegger en Was heisst Denken?, diría que pensar no tiene mucho que ver con el ser. En la esfera del devenir histórico, pensar significa hacer que el mundo fuese decible y, por lo tanto, habitable. Al abandonar la esfera de la historia y la crítica, el devenir del mundo se ha vuelto independiente de nuestro pensamiento. No obstante, ahora nos toca pensar en los años veinte del siglo XXI, la década en la que hemos entrado, porque incluso si el pensamiento ya no gobierna el flujo, puede sugerirnos una manera de nadar (…).

La nueva década fue anunciada por una convulsión del cuerpo planetario: la revuelta volcánica pero incoherente que en el otoño de 2019 movilizó a millones de personas desde Santiago de Chile hasta Hong Kong, París o Beirut, chocando con varias formas de poder, todas igualmente graníticas. La convulsión fue seguida inmediatamente por el triunfo barroco de la muerte: la eliminación del asesino Soleimani por el asesino Trump, y la reunión del asesino Trump con el asesino Netanyahu para iniciar la solución final del pueblo palestino. La década fue anunciada por el fuego interminable de los bosques australianos, por la aglomeración de miles de personas que huyen de la playa que baja al océano: la última playa. En una playa frente al océano con las llamas detrás de nosotros: aquí estamos. Todos.

Qué hace Ricky tras la última escena?

Sorry we missed you es sin duda la más desesperada, la más angustiosa de las películas de Ken Loach. Es la historia del descenso al infierno interminable de la precariedad de una familia de proletarios ingleses. Es una película sobre la esclavitud que ha tomado el lugar del trabajo asalariado: explotación absoluta, tortura cotidiana, desierto angustioso de la metrópoli, competencia agresiva que devasta hasta el último pedazo de relación humana, miseria interminable. La madre es una cuidadora por horas; Ricky, el padre, trabaja como transportista para una empresa de reparto a domicilio; los dos niños están abrumados por la devastación psíquica precaria, la comunicación mediada por el teléfono móvil que suena continuamente para recibir órdenes e implorar ayuda, y no hay ningún futuro imaginable más allá de la repetición infinita de este infierno.

En un determinado momento de la película, el padre, después de ser atacado durante el trabajo por un grupo de ladrones, regresa a su casa herido con la cara hinchada y dos costillas rotas y telefonea al jefe llamado Malone que lo amenaza con una multa si no va a trabajar el día siguiente. Temprano, por la mañana, adolorido con unos vendajes ensangrentados, Ricky se sube a su camioneta y corre por las calles hacia el almacén donde lo espera Malone, el jefe torturador que se beneficia de su trabajo y manda sin escuchar razones. La película termina así, y no sabemos qué sucederá cuando llegue Ricky, en esas condiciones. ¿Trabajará todo el día? ¿Se derrumbará? ¿Qué hará el protagonista de la película de Ken Loach después de esta última escena?

Se me ocurre una respuesta. Ricky llega al almacén de la empresa PDF (Parcels Delivered Fast) pisando el acelerador a toda velocidad, derriba la puerta y se precipita en el local en dirección a la oficina donde lo espera Malone, el jefe. La furgoneta atraviesa la puerta a ciento veinte kilómetros por hora y aplasta al jefe contra la pared, haciendo papilla su cuerpo macizo, moliendo sus huesos uno por uno y, al mismo tiempo, matando al conductor. Es solo mi imaginación, es justo lo que deseaba ver, pero es algo que Ken Loach no ha mostrado ni quizás imaginado. El suicidio es la única salida: esta es la única conclusión de la película y también de la vida que vivimos. En el mejor de los casos, podemos ser shahīd, mártires suicidas, pero sin vírgenes esperándonos en el paraíso (porque no hay paraíso, solo el infierno en el que vivimos).

Ninguna guerra fría en el horizonte

Entramos a tientas en la tercera década del siglo, y tratamos de entender las líneas generales de la evolución del mundo después de que Trump agrediera a la globalización neoliberal, la misma que ahora amenaza con hundirse definitivamente tras la pandemia viral. Algunos parecen estar de acuerdo en en el hecho de que hemos entrado en una nueva guerra fría que opondría a Estados Unidos y China. Competencia económica en el contexto de un proceso de rearme y de mejora tecnológica de la guerra virtual. Por supuesto, hay algo de verdad en esta consideración (en la que Federico Rampini insiste, por ejemplo, en sus libros recientes), pero creo, por dos razones, que la analogía con la guerra fría no funcione.

La confrontación soviético-estadounidense entre los años cincuenta y ochenta se basó en un fuerte control bipolar de los conflictos mundiales. Estados Unidos y la Unión Soviética tenían la potencia militar y la autoridad política necesarias para controlar, reprimir y canalizar las transformaciones geopolíticas locales, así como contener los conflictos sociales dentro de un marco geopolítico sustancialmente rígido. Nada que ver con el contexto actual: la línea divisoria entre la hegemonía china y la hegemonía estadounidense —incluso dominando el juego global en la economía, la tecnología y el equilibrio geopolítico—, no tiene las características de la bipolaridad perfecta de la era soviética. Los actores geopolíticos se han multiplicado caóticamente, muchos de ellos tienen armas nucleares y la lógica bipolar no controla la dinámica de sus proyectos en conflicto.

En segundo lugar, el equilibrio del terror entre los años cincuenta y ochenta se basó en proyectos ideológicos coherentes, y los conflictos locales tuvieron lugar en líneas recomponibles (el campo socialista y las democracias occidentales). Hoy la imagen del mundo está fragmentada a lo largo de líneas de identidad que son irreductibles a un diseño unitario. La única verdadera línea de fractura unificadora es la que opone el Norte del mundo, en declive demográfico y económico, al Sur del mundo en plena explosión demográfica. Y merece la pena profundizar en este tema.

En el próximo decenio, el declive de la población del hemisferio norte podría convertirse en un colapso precipitado. El bloque social y étnico que corresponde al Norte colonial —Europa, Norteamérica, Japón— no acepta su propio declive, y reacciona con un movimiento etnonacionalista que actualiza la obsesión fascista de defender a la raza blanca amenazada por la sustitución, transformando el mundo blanco en una fortaleza asediada. Flota el fantasma del pasado colonial, el absoluto no-dicho del discurso político occidental.

El cielo de la guerra fría estuvo dominado por dos conflictivos diseños universales: la democracia y el libre mercado versus el socialismo y el Estado totalitario. Esto produjo una tendencia a la rigidez paranoica de los dos conjuntos culturales. El cielo del siglo XXI está atravesado por innumerables flujos de identificación precaria, incoherente, tendencialmente psicótica. La subjetivación colectiva se aferra agresivamente a la raza, la etnia, la nación, la fe religiosa, la identidad sexual. El contexto que se va delineando, lejos de presentar los contornos tranquilizadores conocidos de una guerra fría, tiene, en mi humilde opinión, las características de la guerra civil global.

El triunfo de la muerte

La democracia liberal es la incubadora de la actual forma cumplida del nazismo, que encuentra su lugar de elección en los Estados Unidos, una entidad fundada en el genocidio, la deportación y la esclavitud, cuya sociedad constitutivamente racista hoy se hunde en la demencia senil.

La década de 2020 se está inaugurando con el triunfo definitivo de Trump. En el contexto internacional, la eliminación del general iraní Soleimani suscitó un escándalo entre los demócratas (como si el Partido Demócrata hubiera sido alguna vez respetuoso con el derecho internacional) y provocó una ola de dolor y rabia en las masas iraníes. Pero, para deleite de los votantes estadounidenses, se ha demostrado que el régimen chií es impotente y que su única respuesta posible es una acción suicida, y en el caso iraní el resultado suicida es absolutamente probable, dado que el regreso del Mahdi —el duodécimo imán oculto— solo sucederá cuando su pueblo se haya sacrificado.

El triunfo de Trump se ha vuelto abrumador con la conclusión del proceso de impeachment, y está destinado a que culmine en noviembre con la victoria electoral que sancionará definitivamente el fin de la democracia liberal en el mundo. Difícilmente este segundo triunfo de Trump podrá ser contrarrestado por el poder financiero de Bloomberg, ya que la mayoría de los votantes jóvenes están con Sanders, y es poco probable que se dejen convencer para votar a un candidato más odioso aún que el propio Trump [Nota edición: este artículo se publicó antes de la retirada de Bernie Sanders de la carrera presidencial]. A estas alturas, los jóvenes electores han aprendido que los fascistas son horribles, de acuerdo, pero el chantaje de la izquierda neoliberal (o nosotros o el fascismo) no lo es menos. La victoria de Trump consolidaría a escala global un fenómeno del cual el nazismo de Hitler fue una anticipación inmadura.

El principal teórico del etnonacionalismo del siglo XXI es el autor de un texto titulado Manifiesto por la independencia europea, no menos idiota y no menos efectivo que el Mein Kampf. Su nombre es Andreas Breivik y se publicitó matando a 77 personas desarmadas, y en su mayoría menores de edad, el 11 de marzo de 2011. En su abominable escrito, explica que el error de Hitler fue la identificación de los judíos como el principal enemigo de la raza superior, puesto que son aliados en la lucha mortal contra los musulmanes y otras razas inferiores. Se trata de la teoría que hoy anima la política de la Casa Blanca y la alianza entre el cristianismo evangélico ultrareaccionario y el sionismo, en la perspectiva del inminente apocalipsis. Esta alianza tiene como objetivo crear las condiciones culturales y militares para el exterminio racial en la fase de una cada vez más cercana catástrofe ambiental.

El discurso supremacista contemporáneo (en la formulación de Trump y Bolsonaro, por ejemplo) no se basa en la negación del cambio climático, como puede parecer, sino en un razonamiento más realista: ocho mil millones de personas no pueden convivir en el planeta Tierra en condiciones de devastación ambiental. Por lo tanto, se trata de crear las condiciones técnicas para la supervivencia de una parte de la humanidad y, por lo tanto, de eliminar la otra parte. Ningún teórico, periodista o político de la derecha mundial se expresa en términos semejantes, por supuesto. Pero este es el significado no tan oculto del discurso supremacista contemporáneo, que ya gobierna casi todos los países del norte del mundo.

La paradoja demográfica (envejecimiento del norte contra la expansión de las poblaciones india, islámica y africana) tiene como consecuencia lógica una migración gigantesca que los supremacistas llaman gran sustitución. Incluso si la llamada gran sustitución no es el efecto de una conspiración maléfica de Soros, como deliran los paranoicos, no puede negarse que vaya apareciendo naturalmente esta tendencia, como hace la izquierda antirracista, que no se atreve a pensar que la única forma de afrontar este fenómeno es una estrategia de redistribución de la riqueza para equilibrar los efectos del colonialismo. En este vacío estratégico, el suprematismo razona cada vez más abiertamente en términos de una solución final: rechazo de la migración, eliminación de la mayoría de la población mundial. En estas monstruosas premisas, literalmente inimaginables, está basado el discurso neorreaccionario y encuentra una perspectiva de racionalidad, por repugnante que sea. El inconsciente planetario sintoniza con un contenido hasta ahora reprimido: la imposibilidad de la convivencia de miles de millones de habitantes en condiciones de cambio climático y estancamiento económico a largo plazo.

En las décadas posteriores a la segunda guerra mundial tuvo lugar una gigantesca batalla cultural y política: el movimiento obrero y estudiantil fue el protagonista, pero no pudo desarrollar una estrategia de redistribución frugal y escapar del modelo de crecimiento. De ahí que el movimiento fuese derrotado y la contrarrevolución nihilista thatcheriana preparara el regreso del nazismo, esta vez en una versión madura. El nazismo de Hitler fue solo una horrenda premonición: en realidad, el capitalismo aún no había madurado la perspectiva de extinción que hoy se percibe claramente, y no se habían constituido las condiciones técnicas de control absoluto.

En el libro lack Earth: the Holocaust as history and as warning, Timothy Snyder sostiene que el totalitarismo político se vuelve aceptable para la mayoría de la población cuando la alternativa es la precipitación de condiciones ambientales insostenibles, y el genocidio se vuelve aceptable cuando aparece como la única posibilidad para evitar la extinción de la propia familia o la propia nación.

Para pensar los años veinte se debe tener el coraje de pensar en la inminencia del horror.

Funky nazi

El etnacionalismo que triunfa a nivel mundial es la señal de una desesperación expresada en un lenguaje absurdo. A la migración que presiona en las fronteras y obliga a los depredadores a atrincherarse detrás de muros físicos y mentales cada vez más altos y cada vez más frágiles, el etnacionalismo blanco, incapaz de asumir la responsabilidad del colonialismo y pagar el precio, opone la propia primacía con la apocalíptica lógica de exterminio. Asediada internamente por la demencia senil y la depresión, la cultura dominante destruye en sí misma todos los rastros humanos para no sucumbir a su propia fragilidad íntima. El cinismo se convierte entonces en el registro ético y lingüístico predominante.

¿Qué significa cinismo en el plano lingüístico y ético? El cinismo tiene algo que ver con la ironía: con ella comparte la suspensión de la relación entre enunciación y verdad. A pesar de la analogía retórica, sin embargo, entre el cinismo y la ironía hay una divergencia ética radical: la ironía suspende la relación entre la enunciación y la verdad para aludir a la pluralidad de mundos posibles, mientras que el cinismo suspende esa relación porque no quiere renunciar al privilegio implícito en la conservación de lo existente. Pienso en la extraordinaria muestra de cinismo de toda la clase política republicana frente alimpeachment de Trump. Nadie podía negar que el presidente había realizado una acción inmoral, ilegal, vergonzosa. Nadie lo negó. Pero la defensa del poder blanco no puede ceder ante tales trivialidades, especialmente porque en los últimos setenta años la política exterior estadounidense ha sido una sucesión ininterrumpida de actos inmorales, ilegales, vergonzosos. Por lo tanto, cada declaración del presidente y sus secuaces estaba fundada, hasta límites grotescos, en una suspensión sistemática de la verdad. Cualquiera que dijera la verdad sería amenazado, asaltado, ridiculizado y finalmente despedido (como sucedió con un militar y un embajador que simplemente dijeron la verdad sobre las llamadas de chantaje de Trump a Zelenski). Se ha tratado de una representación cómica extraordinaria porque todos, hasta los espectadores más desprevenidos, sabían que cada palabra del presidente era falsa. Pero la agresividad dio fuerza de verdad a la falsificación más obvia. La política de toda la clase dominante blanca occidental, sin distinción entre izquierda y derecha, estaba perfectamente sintetizada en esa subversión cínica de la enunciación.

Estamos aquí ante una evolución del estilo nazi: en el discurso hitleriano había una trágica seriedad de la tradición, la familia, la comunidad y la nación. En el nazismo 2.0, la tragedia se evapora para dejar espacio a la comedia cínica. La familia, la tradición, la comunidad, la nación no son más que ficciones que han perdido toda relación con lo vivido. El trumpismo contemporáneo exalta la comunidad con cinismo barroco, pero sabe que ya no hay ningún sentido de comunidad en el capitalismo tardío global. Exalta los valores de la nación, pero sabe bien que el poder está totalmente desterritorializado. Por esta razón, el meme irónico toma el lugar de la retórica trágica: no hay consistencia ni seriedad en el meme, porque su poder se basa en la super-inclusividad semántica, es decir, en el hecho de que cada signo puede significar todo y su opuesto. Pura voluntad de potencia sin ninguna fe en la verdad del enunciado.

Cincuenta años de penetración mediática y publicitaria ininterrumpida han creado las condiciones para esta erosión de la relación entre el enunciado y la verdad. La publicidad ha destruido cualquier coherencia de la enunciación, expandiendo desmesuradamente el espectro semántico de cada signo, hasta incluir en cada interpretación lo opuesto de lo que significa cada signo. La interpretación se ha hecho ejercicio de puro poder sin coherencia.

En la jerga afroamericana, el término funky se usa para referirse al exceso de excitación, la ruptura de cualquier inhibición semántica y de cualquier coherencia ética. Funky es la desconexión del lenguaje de cualquier relación con la coherencia, y la arbitrariedad desencadenada del flujo semiótico. Funky-Nazies la tormenta de mierda que la razón política no es capaz entender y, aún menos, de detener (…).

¿De qué extinción estamos hablando?

La extinción ha entrado en la esfera perceptiva del género humano en la segunda década de este siglo: la palabra impronunciable ha sido pronunciada. No la razón política sino el inconsciente percibe esta posibilidad, este acercamiento del fin. Si cruzamos el pronóstico de crecimiento de la población en el sur del planeta con la reducción del espacio habitable debido a la catástrofe ecológica (áreas costeras inundadas, áreas continentales que exceden las temperaturas tolerables, áreas devastadas por la contaminación tóxica), nos damos cuenta de que las grandes migraciones son inevitables. Las grandes migraciones alimentan las guerras, el internamiento masivo de los pobres por los menos pobres y el exterminio. Eso es lo que ya está sucediendo en la frontera mediterránea y en muchas otras fronteras de la Tierra.

A pesar de los patéticos llamamientos (el tiempo se acaba, sólo quedan diez años…), la catástrofe ecológica ya no es reversible, ni siquiera puede ser contenida: esto explica el crecimiento de las fuerzas políticas que niegan el problema. Ganan las elecciones solo aquellos que se comprometen a continuar con la devastación y aquellos que persiguen el crecimiento sobre cualquier otra consideración: crecimiento quiere decir devastación, y la palabra sostenible va acompañada de una sonrisa sardónica. En Italia, para ganar las elecciones en Emilia-Romaña, el candidato del Partido Democrático (centro-izquierda) exigió que el gobierno nacional cancelara un proyecto de ley que quería establecer un impuesto sobre el plástico debido a que la producción de envases de plástico se concentra en Emilia. No hay deniers: nadie cree realmente que el cambio climático no exista. Pero la mayoría piensa que no se puede hacer nada para detener el apocalipsis, por lo que lo único razonable es bunkerizarse y exterminar a los que se acercan al búnker.

Desde que George Bush declaró en la Cumbre de Río de Janeiro de 1992 que «el nivel de vida de los estadounidenses no es negociable», la alternativa ha sido clara: o la humanidad se libera del pueblo estadounidense o el pueblo estadounidense se libera de la humanidad. La victoria de Trump marca el momento en que el pueblo estadounidense se prepara para la eliminación de la humanidad para que los estadounidenses puedan mantener su nivel de vida. Por el momento parece que prevalece esta perspectiva. La nación más asesina de todos los tiempos (cuya historia de genocidio, deportación y esclavitud hace palidecer al Tercer Reich) está lista para el Holocausto de la humanidad no estadounidense. America First finalmente significa esto. A menos que alguien decida desatar la hecatombe final comenzando con los estadounidenses, ya que varios países (Corea del Norte, por ejemplo, y por supuesto China) tienen la fuerza necesaria para incinerar a la mitad de la población estadounidense. El suicidio es la monstruosa perspectiva que se está delinando para la humanidad del siglo XXI. ¿Desde qué punto de vista deberíamos lamentarlo?

Temo que el futuro contenga una posibilidad más dolorosa que la extinción biológica de la humanidad. La humanidad es lo suficientemente resistente como para sobrevivir al cambio climático, la guerra mundial y los bombardeos atómicos. Quizás la especie humana sobreviva. Y la civilización también está destinada a sobrevivir, transferida a la esfera automática de la red conectiva global. Separada de los humanos, objetivada en técnica, la civilización podrá reproducir y expandir sus concatenaciones abstractas. Lo que no sobrevivirá en mi opinión es el frágil equilibrio de la civilización humana, de la civilización en cuanto humana. Una civilización inhumana, y poblaciones humanas sin civilización: esta me parece la perspectiva más probable para el siglo XXI (…)

Ética de la extinción

Pensar los años veinte significa interpretar las tendencias que aparecen en la condición actual, pero no solo. También significa trazar las líneas de una ética de extinción. Una ética del devenir nada.

La ética moderna quería ser una preparación para el buen vivir. Ahora necesitamos volver a concebir la ética como una preparación para el buen morir. No (sólo) en el sentido estoico de meditar individualmente sobre una muerte digna, sino también en el sentido de elaborar una conciencia colectiva del horizonte de extinción de la civilización humana.

Franco Bifo Berardi (Bolonia [Italia], 1948) es filósofo, escritor y agitador cultural. Graduado en estética y formado con Félix Guattari, actualmente es profesor de historia social de los medios de comunicación en la Academia de Bellas Artes de Brera (Milán). Fue un destacado activista de la llamada autonomia operaria italiana durante la década de los setenta y, desde entonces, ha desarrollado una prolífica obra crítica en la que ha estudiado las transformaciones del trabajo y de la sociedad producidas por la globalización, especialmente en cuanto al rol de los medios de comunicación en las sociedades postindustriales. Su producción teórica ha ido acompañada de un activismo por los medios de comunicación alternativos, tarea que inició con la fundación de la revista A/Traverso, fanzine del movimiento de 1977 en Italia, y que prosiguió con la creación de la Radio Alice —la primera emisora pirata del país— y la TV Orfeu, cuna de la televisión comunitaria en Italia. En el terreno ensayístico, debutó con Contro il lavoro (Feltrinelli, 1970) y, desde entonces, ha publicado medio centenar de títulos, algunos de ellos traducidos al castellano, como La fábrica de la infelicidad (Traficantes de Sueños, 2003), La sublevación (Artefakte, 2013) o Fenomenología del fin (Caja Negra Editora, 2017).

Publicado originalmente en la revista Not el 20 de febrero de 2020, y traducido por Juan Dorado en El Cuaderno Digital

Gustavo Esteva: La amenaza real es un ejercicio autoritario sin precedentes

Desde que el virus salió de China se sabía que no es mayor problema para la inmensa mayoría de las personas. No sentirán nada o, cuando más, padecerán una gripa más o menos severa. Tendrán probablemente dificultades respiratorias quienes ya sufrían de problemas pulmonares por la contaminación industrial, como en Wuhan y Palermo, o por otros factores. La mayoría se curará en unos días. Unas cuantas, las que tenían ya una condición de salud delicada, requerirán tratamiento especial y algunas personas de este grupo morirán. Nunca se sabrá la verdadera causa de su muerte… pero se contabilizará en la cuenta del coronavirus, para aumentar el pánico.

Ciertas personas son especialmente vulnerables, por su edad o por condiciones de salud delicadas. El número no es muy grande, pero es mayor que quienes cada año corren riesgos por la gripa de invierno. Una reacción apropiada hubiera sido organizarse localmente para cuidar a esas personas de la mejor manera posible. El papel del gobierno habría sido respaldar ese empeño, garantizando apoyo económico y atención médica a quienes les hiciera falta.

En vez de eso, los gobiernos imitaron a China…, pero sólo en el confinamiento. Allá dieron prioridad a la gente, no a la economía, y el gobierno garantizó condiciones materiales de supervivencia y atención médica gratuita a todas las personas. Implementó esas decisiones a través de una amplia estructura organizativa.

Era imposible imitar a China, donde se combinaba una tradición milenaria de disciplina del pueblo chino con un gobierno muy autoritario, que ejerce amplio control tecnológico sobre cada persona. Ningún otro gobierno podía garantizar a toda la gente la supervivencia y la atención médica gratuita. En forma atropellada se creó así un dispositivo ineficiente, injusto e inmoral. No logra hacer más lento el contagio, atiende a los infectados de manera racista y clasista, y de trasmano condena a una clase de personas a la muerte, las desecha.

El virus hizo evidente la manera in­sensata y casi criminal de tratar a personas de edad avanzada. En Italia murió la mitad de los ancianos de un asilo… que ya estaban en completo abandono. En casi todos los países empezaron a desecharlas disimuladamente. El gobierno mexicano fue el primero que lo convirtió en política pública abierta. Según su Guía bioética, preferirán a los jóvenes sobre los viejos.

La amenaza real es un ejercicio autoritario sin precedentes. “La actual emergencia sanitaria –sostiene Giorgio Agamben– puede considerarse como el laboratorio en el que se preparan los nuevos arreglos políticos y sociales que esperan a la humanidad” (Distanciamiento social, Una Voce, 6/4/20, artilleriainmanente.noblogs.com.). Podríamos salir, según ‘Bifo’, bajo las condiciones de un estado tecnototalitario perfecto (Franco ‘Bifo’ Berardi, Crónica de la posdeflación, Mundo Nuestro, 19/3/20, http://mundonuestro.mx/index.php/ autores/item/2303-franco-berardi-bifo- cronica-de-la-psicodeflacion). Para Raúl Zibechi, el militarismo, el fascismo y las tecnologías de control poblacional son enemigos poderosos que, aunados, pueden hacernos un daño inmenso, al punto que pueden revertir los desarrollos que han tejido los movimientos desde la anterior crisis (A las puertas de un nuevo orden mundial, elsaltodiario.com).

Muchas personas están actuando con libertad, por estrictas razones de supervivencia –tienen que salir a buscarla– o porque no aceptan vivir sin interacción humana. En vez de asumir el aislamiento, la separación, la subordinación a la pantalla y la instrucción, intensifican sus relaciones con otras y otros. Resisten en pequeños grupos la ola autoritaria que nos acosa y empiezan a producir juntos su propia vida, en redes con otros y otras que hacen algo semejante.

Hay quienes, tal como Giap usó la máquina estadunidense de guerra para derrotarla, entran al territorio enemigo para destruirlo. El “ hackeo cultural”, por ejemplo, produce narrativas insurrectas de código abierto y defiende vida y territorio desarticulando los sistemas de opresión un meme a la vez ( https://hackeocultural.org/ wp-content/uploads/2020/04/Hackear LaPandemia-1.1 -HackeoCultural.pdf ).

Mientras se multiplican la imaginación creativa y la capacidad autónoma, así como la solidaridad con quienes nada tienen, millones presionan por volver a alguna forma de normalidad. Aprenden a vivir bajo una sociedad de control, obedeciendo sin chistar hasta las instrucciones más disparatadas. Cuelgan su alimentación de Uber Eats, Walmart y Monsanto, y exigen medidas policiacas contra quienes siguen su propio camino.

Mientras gobiernos y corporaciones extienden sus tentáculos electrónicos de control, se forma desde abajo el caldo de cultivo social del ejercicio autoritario. Muchas personas empiezan a atacar o reprimir a quienes sólo pueden entender la vida como un ejercicio de libertad entre personas y comunidades.

Fuente: https://www.jornada.com.mx/2020/04/20/opinion/022a1pol

La esencia del Estado contemporáneo (1)

Por Jacques Rancière

Fuente del texto en francés: Le Grand Continent, 10 de Marzo de 2020.

Traducción al español: Ignacio Gordillo y Martín Macías Sorondo. Corrección y edición: Gisele Amaya Dal Bó.

El filósofo francés Jacques Rancière firma un texto crucial sobre las transformaciones del Estado contemporáneo, los usos de la inseguridad y la lógica global de la profunda contradicción que estructura la secuencia actual.

El 29 de febrero, en Francia, el gobierno decidió implementar el decreto 49.32 para hacer pasar su reforma de las jubilaciones en la Asamblea Nacional, reforma que desde su fase de proyecto había desencadenado uno de los mayores movimientos sociales de los últimos cincuenta años. Ese mismo día, se anunciaron las primeras medidas de orden público para limitar la propagación del coronavirus, prohibiendo las grandes reuniones y restringiendo la circulación en los primeros focos de contagio identificados. Esta coincidencia no debe entenderse como más que eso, una coincidencia. La llegada del virus sigue siendo, por supuesto, un elemento exógeno. Pero tampoco hay que desaprovechar esta oportunidad conceptual, porque implica simultáneamente dos formas del vínculo entre los ciudadanos y el Estado, que pueden parecer contradictorias.

Nos pareció pertinente entonces ofrecer la lectura de una crónica pronunciada por el filósofo Jacques Rancière en el verano de 2003 en una situación que presenta elementos análogos a los que estamos viviendo en estos días: por una parte, la canícula que conlleva la muerte de miles de ancianos, por la otra, la reforma del sistema jubilatorio. El autor nos ha autorizado generosamente a publicarla bajo la condición de que “no le adjudiquemos el rol de profeta”.

El Estado y la canícula por Jacques Rancière

Al defenderse por no haber sabido prever los efectos de la canícula3, nuestro gobierno ha reconocido implícitamente que le correspondía, si no controlar el calor y el frío, por lo menos, prever todos sus efectos posibles sobre las vidas de nuestros conciudadanos.

Si el asunto se presta a la reflexión, es porque el gobierno está al mismo tiempo empeñado en una labor aparentemente opuesta. Su gran tarea es la de reducir los gastos que la colectividad asume para garantizar, tanto como sea posible, para cada uno un empleo, un salario y acceso a la salud. Este cometido se acompaña de un discurso que exalta las virtudes reencontradas del riesgo y de la iniciativa individual contra la tiranía del Estado de bienestar y el arcaísmo timorato de los privilegios sociales.

Es así como las circunstancias actuales nos presentan, en apariencia, un singular contra-efecto: en el momento en el que el Estado decide hacer menos por nuestra salud, se reconoce responsable en su conjunto en lo que respecta a nuestra vida, su duración y su protección contra todos los flagelos que la pueden amenazar. No se trata aquí de una contradicción accidental, sino más bien de una lógica global. Lo que está en juego en las reformas actuales no es, sin importar lo que se diga, la restauración gloriosa de las virtudes del individuo contra el lastre del Estado. Es más bien el reemplazo de sistemas horizontales y asociativos de solidaridad por una relación vertical entre cada individuo con el Estado protector.

¿De qué nos protege el Estado precisamente? Se resume en una palabra: inseguridad. Se ha querido asignar este término a los fenómenos de violencia y de delincuencia que existen en buena parte de los suburbios y colegios. Pero la inseguridad no se identifica con ningún fenómeno en particular; es la sensación móvil de que estamos amenazados por flagelos innumerables y eventualmente sin rostro. Nuestro presidente fue hace poco elegido por algunos para luchar contra el flagelo de la inseguridad en los suburbios y por otros para protegernos de la extrema derecha securitarista. En qué medida ha vencido a esas dos enfermedades, hoy en día nadie se lo pregunta expresamente. En su lugar, se le plantea si su gobierno ha hecho todo lo que es necesario para prolongar nuestra vida tanto como ella pueda serlo.

Detrás de las alabanzas oficiales a la virtudes del emprendimiento y del riesgo, lo que aparece de hecho es un vínculo cada vez más fuerte de cada individuo con un Estado encargado de protegernos de todos los peligros, tanto aquellos del islamismo y del terrorismo, como aquellos del calor y del frío. Esto quiere decir que la sensación de miedo es aquello que hoy más que nunca cimienta la relación de los individuos con el Estado.

Sería necesario entonces revisar algunos de los análisis entre los que hemos estado viviendo desde hace algún tiempo. Estos nos describen al Estado contemporáneo como aquel cuyo poder está cada vez más diluido, invisible, en sincronía con los flujos de mercancías e información. Estaríamos en la era del consenso automático, del ajuste indoloro entre la negociación colectiva del poder y la negociación individual de los placeres en la sociedad de masas democrática.

Sin embargo, el estruendo de las armas estadounidenses, los himnos a Dios y a la bandera o las renovadas mentiras de la propaganda estatal han sacado a la luz una verdad inquietante: el Estado consensual en su forma consumada no es el Estado gerencial o el Estado modesto. Es el Estado reducido a la pureza de su esencia: el Estado policial. La comunidad de sentimiento que apoya a este Estado y que este gestiona en su beneficio, es la comunidad del miedo.

Los errores que los gobiernos reconocen o de los que se les acusa en lo que respecta a la protección de su población actúan, entonces, como una especie de contra-efecto. Al no protegernos bien, están demostrando que están ahí más que nunca para hacerlo. El fracaso del gobierno de los Estados Unidos en proteger a su pueblo de un ataque preparado desde hacía mucho tiempo se revela como una prueba de su misión de protección preventiva contra una amenaza invisible y omnipresente. Lo mismo ocurre con los fracasos de nuestros gobiernos para hacer frente a la pequeña delincuencia o para prevenir los riesgos para la salud. Prevenir el peligro es una cosa, manejar la sensación de inseguridad es otra.

La opinión reinante desearía ver en el desarrollo de la lógica securitaria una reacción defensiva provisoria, debida a los peligros que plantean hoy en día a nuestras sociedades avanzadas las actitudes reactivas de las poblaciones desfavorecidas, impulsadas por la pobreza al desvío de conducta, el fanatismo o el terrorismo. Pero no hay indicios, en verdad, de que las actuales campañas de fuerzas militares y policiales o que los reglamentos securitarios estén conduciendo a una reducción de la brecha entre ricos y pobres, lugar privilegiado en el cual se quiere ver la amenaza permanente que pesa sobre nosotros.

La inseguridad no es un conjunto de hechos, es un modo de gestionar la vida colectiva. La avalancha mediática cotidiana sobre todas las formas de peligros, riesgos y desastres, así como la moda intelectual del discurso catastrofista y la moral del mal menor, muestran suficientemente que los recursos del tópico securitario son ilimitados. La sensación de inseguridad no es una preocupación arcaica, hoy reactivada debido a circunstancias transitorias. Es una forma de gestión de los Estados y del planeta que es capaz de reproducir en bucle las mismas circunstancias que lo sustentan.

 

 

(1) El artículo original se encuentra en: Rancière, Jacques, Moments politiques, interventions 1977-2009, París, La Fabrique, 2009, pp. 142-145.

(2) El tercer párrafo del artículo 49 de la Constitución Nacional francesa le permite al primer ministro, luego de consulta con el gabinete de ministros, decidir la promulgación de un proyecto de ley referido a las finanzas o al financiamiento de la seguridad social sin que sea necesario el debate parlamentario. Funciona, en suma, como una medida de excepción en la promulgación de leyes. El Parlamento puede contestar la decisión presentando una moción de censura en el lapso de las 24 horas posteriores a la aplicación del artículo 49.3, que debe ser apoyada por la mayoría de los miembros de la Asamblea para cobrar efecto y desaprobar el programa o la decisión del gobierno. En tal caso, el primer ministro debe, por ley (art. 50) presentar su renuncia al presidente. En el caso en cuestión, dada la mayoría parlamentaria del partido promotor de la reforma de las jubilaciones, la aplicación del artículo 49.3 supuso una aceleración en la aprobación de la ley que impidió su debate, método ampliamente repudiado por la ciudadanía y los partidos de oposición. (N.T.)

(3) En 2003, una ola de calor en Europa occidental y el creciente número de muertes que ella provocó habían suscitado en Francia cierta crisis político-mediática.

Movimientos en la pandemia: un nuevo comienzo rebosante de dignidad y autonomía

Por Raúl Zibechi

“No queremos tus donaciones. No queremos tus víveres disfrazados de intenciones de exploración”, dice el comunicado de comuneros y autoridades de rondas campesinas de las provincias de Huancabamba y Ayabaca, en la región Piura, norte del Perú.

De ese modo, el 21 de abril las comunidades afectadas por la empresa minera Río Blanco Cooper SA, rechazaron la maniobra de la minera que desde hace años pretende ingresar en esa zona y que ahora se aprovecha de las necesidades para dividir a la población.

El comunicado destaca que la empresa “disfraza sus verdaderas intenciones a través de donaciones”, ya que “desde que llegó a nuestra provincia solo ha traído muerte y ahora viene tendiendo actos de persecución y juicios iniciados contra nuestros dirigentes”. Les dicen que las medicinas que dona “no servirán cuando contamines nuestro medio ambiente y nuestras aguas” y que la ropa que quieren donar “no servirá cuando destruyas nuestros bosques de neblina”.

Además responsabiliza a la minera Rio Blanco “de las acciones que tome cada base o central de rondas contra sus promotores en la zona quienes deben estar en su casa y no dividiendo a nuestra población”.

Raphael Hoetmer, que ha acompañado las resistencias y marchas de los comuneros de Ayabaca, reflexiona por teléfono sobre la importancia del páramo y de los bosques de neblinas para el abastecimiento de agua de Piura y Cajamarca. “Es una zona de fuerte organización campesina, con rondas autónomas y autogestión de la vida. Rechazan la minería porque, aunque se saben pobres, quieren conservar un modo de vida que les ofrece bienestar y libertad, que empeoraría con la minería”.

Otra muestra de dignidad la ofrecen las comunidades de Morona Santiago (Ecuador), que son denunciadas por la minera Explorcobres, por haber atacado el campamento La Esperanza el 28 de marzo. Siempre según la empresa, los comuneros —a los que tilda de “delincuentes”—, tomaron el campamentos , “quemaron varias instalaciones, equipos y un vehículo”.

También en Ecuador, la comunidad San Pedro Yumate, que resiste a la minera Río Blanco en el macizo de Cajas, a una hora de Cuenca, instaló el lunes la tercera pluma (barrera) frente a la vía Cuenca-Molleturo-Naranjal, en una minga para impedir el paso a carros y personas no autorizadas por la asamblea comunitaria, nos escribe Paul desde su momentáneo confinamiento entre los shuar, en la Amazonía.

Mientras las mineras destruyen vidas, contaminan aguas y montes poniendo en riesgo la continuidad de las comunidades, los campesinos e indígenas no golpearon ni atacaron a ninguna persona, solo las instalaciones de las empresas multinacionales.

Seguimos en la región andina. El compañero y antropólogo Rodrigo Montoya nos envía un texto maravilloso, titulado “Aquí termina Lima”. Relata que miles de pobladores de Lima, que migraron años atrás desde diferentes provincias andinas, emprendieron una marcha de retorno a sus pueblos. “No se trataba de manifestante camino a una plaza pública para protestar”. Tenían en común su deseo de irse de la mega ciudad.

“La mayoría de caminantes era joven y tenía rostro andino”, escribe Rodrigo, que a sus casi 70 años fue alumno de la escuelita zapatista. Traigo este recuerdo porque es un compañero que ha hecho de su compromiso una forma vida. Aunque no sabe si desean irse de la capital para siempre, constata que se trata de un hecho “tal vez, demasiado importante”.

Se van de Lima porque no tienen trabajo, pasan hambre, y porque el individualismo de la gran ciudad golpea sus corazones. “A los viajeros de regreso les queda la reciprocidad del ayni —un día de trabajo por un día de trabajo, una carga de leña por una carga de leña— y la minga —un día de trabajo por una comida, con música, bebida y baile— entre familiares de un mismo ayllu o comunidad, como el último recurso en las tierras altas, allí donde los retornantes sin virus esperan llegar y ser bien recibidos”.

Tal vez estamos ante el comienzo de un ciclo inverso, la migración de la ciudad al campo, como nos proponen estos días los rebeldes de Rojava, “volver a la tierra” para “repoblar aldeas rurales”, como reza el comunicado del Comité de Solidaridad con Kurdistán de Ciudad de México. Siento que lo que están haciendo unos cuantos andinos, es todo un programa para enfrentar el colapso del sistema.

Desde la región andina vamos hasta Montevideo (Uruguay). Allí se produjo lo que un jerarca del gobierno municipal definió como “la ocupación urbana más grande de los últimos 50 años”. Se trata de unas mil familias que ocupan un enorme predio de una empresa de servicios portuarios, abandonado desde hacia 50 años, cuyos dueños tienen una elevada deuda con el Estado..

La ocupación comenzó en enero con apenas 28 familias, en Santa Catalina, la periferia pobre del oeste de Montevideo. La necesidad provocó un estallido de familias que decidieron correr el riesgo de tomar un terreno privado, para superar el hacinamiento en el que viven. El jueves 16 de abril el Ministerio del Interior desplegó un fuerte operativo con decenas de policías, helicópteros y drones, deteniendo a cinco vecinos. Dos de ellas fueron procesadas con prisión domiciliaria.

El lunes 20 de abril, desafiando la cuarentena, entre 50 y cien ocupantes se manifestaron frente a la casa de Gobierno. Resistieron el desalojo, tomaron la iniciativa y desafiaron la cuarentena. Se trata de trabajadores empobrecidos, desocupados, empleadas domésticas, changarines, pescadores y hasta algunos policías, que no pueden siquiera pagar un modesto alquiler en una zona que fue cuna del movimiento obrero.

El abogado Pablo Ghirardo, que representa sindicatos y trabajó durante varios meses con los ocupantes del barrio que bautizaron Nuevo Comienzo, asegura que lo hicieron “por el hacinamiento, ya que viven hasta siete personas en un mono-ambiente que se llueve, además de la fuerte especulación inmobiliaria que hace impagables los alquileres”. En la concentraciónportaban pancartas donde se leía: “Tierra para quienes la habitan” y “No nos condenen por ser pobres”.

En el barrio funciona un merendero con donaciones de varios sindicatos y de vecinos solidarios. Trazaron las futuras calles y dejaron lugares libres para espacios colectivos y el salón comunal. Están tan bien organizados que la policía no pudo desalojados. La estaca que un día de enero colocó una vecina para marcar su espacio en un terreno baldío, se multiplicó hasta convertirse en barrio.

Jorge Zabalza califica la masiva ocupación como “una explosión social como la que iniciaron aquellos estudiantes que saltaron los controles en el metro de Santiago de Chile”. Cientos de miles son expulsados por el modelo extractivo a los márgenes de la ciudad. Para Zabalza, “la iniciativa individual que se volvió alud colectivo permite adivinar la existencia de un imaginario que anticipa futuras rebeldías populares”.

Fuente: https://www.elsaltodiario.com/coronavirus/movimientos-en-la-pandemia-nuevo-comienzo-rebosante-dignidad-autonomia

Una mirada burguesa a la primera sublevación proletaria

Por Jesus Aller Manrique

Los hermanos Edmond y Jules de Goncourt, nacidos respectivamente en 1822 y 1830 en la familia de un rentista, antiguo oficial del ejército napoleónico, trabajaron en colaboración en numerosos volúmenes de historia, crítica literaria y artística, y cinco novelas adscritas a la escuela naturalista. Además de estas obras, publicaron también tres entregas de un Diario en el que presentan un retrato agudo y entrometido de la vida intelectual de su tiempo. Hay que decir que son estas páginas de su producción conjunta, debidas sobre todo a Jules, las que han tenido una pervivencia mayor en el interés de los lectores. De ellas Renacimiento ha puesto hace poco en circulación una versión en castellano (2017, edición y traducción de José Havel)

Tras la temprana muerte de Jules en 1870, Edmond prosiguió los trabajos literarios hasta su fallecimiento en 1896, y el cuarto volumen del Diario (primero en solitario) arranca, así, en la época convulsa de la guerra franco-prusiana, el sitio de París y la comuna subsiguiente. Este cuarto tomo lo acaba de traducir José Havel completo para Renacimiento, mientras que, por su parte, Julio Monteverde ha preparado para Pepitas de calabaza una edición que prescinde de las entradas finales, posteriores a las perturbaciones de la Comuna. Los dos libros vienen con estudios liminares de sus traductores e índices onomásticos, y el de Renacimiento trae además profusas y provechosas notas a pie de página

Prusia contra París

Las anotaciones comienzan el 26 de junio de 1870, sólo seis días después de la muerte de Jules, y transmiten un duelo desgarrado por la desaparición del hermano menor, amigo y compañero entrañable, que representaba el polo amable y sensible en la compenetrada pareja. El 6 de agosto llegan a París rumores de una gran victoria francesa que resultan ser falsos, y para fin de mes la capital se apresta a la batalla y el Louvre es evacuado a Bretaña. “Vivir rodeado de esta extrañeza amplia y aterradora, que nos envuelve y abraza, no es vivir”, escribe Edmond el 3 de septiembre, al conocer la noticia de la captura del emperador. Ese mismo día se proclama una República que él recibe con agrado, pero también con la desconfianza de un propietario que teme excesos de la chusma.

El 19 de septiembre truena el cañón toda la mañana y después arriban a la ciudad tropas en retirada. El 23 Edmond anota: “Y siguen abiertas las puertas de los cafés, por las que brota el ruido de las conversaciones divertidas; y sigue la vida despreocupada de la capital, que subsiste junto con todo el horror de la guerra a nuestro alrededor.” Los días siguientes, sin embargo, se instala ya la escasez: “Ayer comimos las últimas ostras, y no hay más pescado que anguilas y gobio”. Los guisos de los ricos llevan carne de caballo y somos testigos de la ira contra los acaparadores que se lucran con la penuria. Compartimos ruidos y olores del París popular y burgués a punto de convertirse en campo de batalla, que el autor describe con amoroso detalle. El día 30, “en los cabarets no se bebe y casi no se conversa.”

La belleza del otoño se despliega indiferente a los rituales bélicos. Ya en octubre, los izquierdistas apuestan en animadas reuniones por declarar la Comuna en la capital sitiada. Las semanas que siguen no traen grandes cambios, aunque la comida, casi reducida a patatas y queso, escasea cada vez más. En enero de 1871 arrecian los bombardeos y explotan obuses cerca de la casa de Edmond en Auteuil. El 20 de enero se consuma la derrota. Los soldados regresan y son insultados por los guardias nacionales en las calles. Es la hora de la capitulación.

Versalles contra París

En febrero “comienza a haber carne y otras cosas de comer. Pero los parisinos carecen completamente del carbón con que cocinarlas.”  Los alemanes ocupan la capital por unos días, y tras su retirada, a mediados de marzo, la insurrección triunfante toma el control: “Los guardias nacionales se multiplican, y se levantan barricadas por todas partes coronadas por bravos chiquillos.” Cuando los militares Clément-Thomas y Lecomte, verdugos del pueblo, son fusilados, Edmond, abatido, clama por una existencia tranquila, entregado al arte, sin soportar la brutalidad de una “turba destructiva” que, armada y prepotente, le encorajina; en lo que ocurre ve los estragos del sufragio universal y la libertad de prensa. En seguida París es cañoneado de nuevo, y desde las mismas posiciones fortificadas de los prusianos, pero ahora por el gobierno provisional francés, presidido por Thiers y establecido en Versalles.

La visita a un hospital de campaña nos muestra el espanto de los cuerpos rotos, rédito de la guerra, y después asistimos a un desfile de féretros con banderas rojas. Edmond reconoce “una profunda tristeza por la suerte de estos brutos.” El 15 de abril los obuses causan estragos en torno a su casa, y ha de refugiarse en el sótano. Son jornadas en las que proliferan barricadas y desconcierto en las avenidas de una capital bajo el signo de la guerra. Ante el decreto que enrola a todos los varones entre diecinueve y cincuenta y cinco años para la lucha contra Versalles, nuestro rentista decide esconderse, pero los días que siguen no deja de vagabundear por París. El 25 de abril reflexiona que la Comuna encarna en realidad el patriotismo de las masas defraudadas por el tratado de capitulación, y rompiendo éste se habría hecho imposible el ataque de Versalles.

A finales de abril, Thiers rechaza cualquier conciliación y el 22 de mayo los versalleses entran en la capital. Es una jornada caótica en la que Edmond nos describe sus experiencias recorriendo plazas y avenidas. En breve caen las últimas posiciones de los federados, y mientras cadenas de prisioneros atados parten hacia Versalles, se empieza a oír el tableteo de los fusilamientos, coronado por detonaciones sueltas de tiros de gracia para los moribundos. Así, poco a poco, la ciudad de la luz vuelve a la normalidad. La última anotación recogida en la edición de Pepitas es la del 20 de junio, aniversario de la muerte de Jules: “Paso el día reuniendo los artículos necrológicos que se le han dedicado.”

Un documento extraordinario

La edición original se publicó en 1890, y fue recibida fríamente, llegándose a acusar a su autor de falta de patriotismo. Seguramente su descripción no fue considerada suficientemente aplicada en la bestialización de los insurrectos, tarea en la que enseguida se volcaron algunas de las mejores plumas del país. El retrato del natural, bien trazado y colorista, pero casi como de pasada, de un movimiento revolucionario de enorme trascendencia, es probablemente el mayor atractivo del relato. Por su parte, las anotaciones de los meses previos y el asedio prusiano nos ponen ante otro episodio decisivo de la historia de la ciudad, que además aporta las claves para comprender lo que ocurrió después.

El censo de grandes escritores que hacen cameos en las páginas del libro es realmente impactante. Ahí tenemos a Zola, que en una comida con Edmond le esboza su plan para los Rougon-Macquart. Renan aparece a menudo, y una vez lo vemos gesticular histérico defendiendo la superioridad intelectual de los alemanes sobre los franceses, causa en su opinión de todo lo que acontece. No faltan tampoco Verlaine, Gautier, Saint Victor, Flaubert, o el mismísimo “dios” Víctor Hugo, recién llegado de su exilio al París de Haussmann y sus grandes arterias, que declara preferir las viejas calles: “Este gobierno no hizo nada por la defensa contra los extranjeros, ¡todo fue hecho para la defensa contra el pueblo!”Él trata de infundir coraje a su amigo para superar el dolor: “Yo creo en la presencia de los muertos. Los llamo los invisibles.”

La pasión por el retrato fiel y minucioso de Edmond de Goncourt nos acerca a los rostros de un París insólito, con escenarios de guerra y revolución como nubes plomizas arrastrándose sobre la gran urbe. Los detalles de la vida cotidiana son un retablo palpitante y lleno de color que enriquece, con la mirada inquieta de un sensible y talentoso enemigo de clase, la historiografía más conocida sobre la primera sublevación proletaria.

Blog del autor: http://www.jesusaller.com/

El virus o la paradoja de la democracia I: La preparación que no existió

 

Texto colectivo MultiNômade

El primer consenso que podemos extraer de la pandemia del COVID-19 es el fracaso de todos los gobiernos del mundo, con la excepción de algunos países pequeños de Asia, de anticipar y organizar una respuesta al problema. Desde la represión, en el caso chino, al primer médico que advirtió sobre la aparición del nuevo virus, hasta la indiferencia e inercia de los países europeos, el apego a la normalidad llevó a los gobiernos a perder un tiempo precioso que costó y costará decenas de miles de vidas. Del otro lado del Atlántico (o Pacífico), la situación es peor. En los casos de Trump (EE. UU.), López Obrador (México) y Bolsonaro (Brasil), la incredulidad se ha convertido en acción política, convirtiendo la postura antisistema en un verdadero desdén organizado contra la sociedad. Frente a una realidad que se ha impuesto, el caso brasileño es aún más grave, representando hoy al único país (con la excepción de Bielorrusia), cuya máxima autoridad no solo minimiza el problema, sino que defiende que las muertes deberían ser parte de la rutina del país, cueste lo que cueste.

Pero sería un error centrarse solo en esta manifestación abiertamente mortal. Necesitamos poner nuestra reflexión en la línea de tiempo. Durante el último ciclo político-económico anterior al bolsonarismo, en el período comprendido entre la crisis mundial de 2008 y junio de 2013, que culminó con la crisis brasileña de 2015, Brasil vivió bajo la retórica de la preparación. Era necesario prepararse para la aceleración de Brasil Maior con la construcción de grandes represas en la Amazonia, grandes obras de infraestructura vinculadas a la extracción y grandes préstamos y subsidios para una supuesta «industria nacional». Fue necesario preparar mega eventos deportivos con intervenciones urbanas impactantes, con la construcción de equipamientos deportivos, estadios carísimos y apartamentos minúsculos para concentrar a las miles de familias que fueron removidas de sus hogares.

Mientras Brasil ensayaba un salto que, en verdad, apuntaba al abismo actual, las condiciones de vida experimentaban un cambio silencioso: el aumento de las tarifas de transporte llegando a un 60% por encima de la inflación; el porcentaje de familias endeudadas que alcanzó el 45% en 2014 (escalando al 61,2% en 2018); una triplicación del número de trabajadores tercerizados (12 millones), un quíntuple del número de personas encarceladas (715 mil prisioneros); los gastos de las familias representando el 60% de los gastos totales en salud del país, la red de hospitales convirtiéndose en un 70% privada y apenas el 50% de los fondos para saneamiento básico siendo aplicados, con una tasa inaceptable de solo el 48% de las casas con alcantarillado

Junio de 2013 fue el movimiento que, de forma inesperada y avasalladora, suspendió el móvil-perpetuo de esta falsa preparación y planteó problemas concretos a todos los gobiernos: «menos estadios y más hospitales», «escuelas y hospitales estándar FIFA», «saneamiento sí, teleférico no», «todos contra el aumento», «más libros, menos lacrimógeno», «fin de la corrupción y más salud», «democracia real ahora», en fin. Como sabemos, el breve intervalo se vio sofocado por las represiones, capturas, crisis políticas, económicas y de polarizaciones, posponiendo la posibilidad de que otra preparación pudiese enfrentar los problemas colectivos y urgentes de Brasil.

En 2020, con la mirada atemorizada por el COVID-19, nos enfrentamos nuevamente a las mismas preguntas: ¿cómo movilizarnos ante un problema real y concreto? ¿Cómo garantizar las condiciones básicas de vida? ¿Cómo construir un nuevo pacto social y democrático en Brasil?

 

La nueva movilización social y una necropolítica über alles

Incluso antes de que hubiera claridad sobre qué medidas tomar para reducir el impacto de COVID-19 en el país, el nuevo hecho que surgió fue la rápida construcción de una movilización real y transversal que activó a toda la sociedad. Inspirada en los ejemplos que vinieron de Italia, pronto se formó una red de solidaridad para apoyar a los trabajadores de la salud, reforzar la necesidad de quedarse en casa, compartir información correcta, evitar la escasez en los supermercados y crear campañas para recolectar y distribuir recursos e insumos básicos. En las favelas y periferias, los colectivos de residentes y comunicadores se convirtieron en los protagonistas de las campañas para difundir recomendaciones de salud, pero también recuerdan que no se ha hecho nada en los últimos años para mejorar el acceso a los servicios básicos, como el agua y el alcantarillado. Estos gestos están creando algo impensable en una sociedad tan fragmentada y ya acostumbrada a la multiplicación de controversias y disputas vacías: las bases de una nueva cooperación social y una nueva confianza horizontal fueron lanzadas, movidas por el desafío real y sin precedentes de enfrentar los dramas de una pandemia.

Para el clan que nos gobierna, esta alianza es insoportable. Se escapa de la gestión de la política que se estaba llevando a cabo a través de las redes sociales, de las redes de intriga y mentiras, de la producción continua de chivos expiatorios y enemigos, de la normalización a través de la ignorancia y el fomento del caos y la fragmentación social. Por el contrario, la nueva movilización obliga a todo el país a pensar en nuevas políticas sociales, en medidas para valorar la vida, la importancia de los bienes comunes, la necesidad de compartir información segura, el papel de la ciencia y las universidades y la urgencia de un sindicato. de esfuerzos más allá del sectarismo. Este nuevo momento puede iniciar un mundo totalmente contrario al ruido performativo del populismo, si la movilización encuentra resonancias democráticas y no autoritarias. El hecho es que, ante la catástrofe, el coraje de decir la verdad nuevamente adquirió un sentido práctico y relevante.

No por casualidad, atrapado en un mundo que ya terminó, Bolsonaro intenta romper esta confianza emergente estimulando una revuelta contra las medidas implementadas en los estados y por su propio gobierno. Incapaz de soportar un movimiento que crece fuera de sus corrales digitales y círculos de fanatismo, el presidente canaliza la energía antisistémica para exponer a la población a la muerte, al mismo tiempo que busca multiplicar las constantes amenazas y las viejas disputas improductivas. Contraponiendo cínicamente economía y salud, y confrontado con los límites de su propia ineptitud, toma la necropolítica (la movilización de la política para la muerte) como la única forma de recuperar el control de una realidad que ya está en otra parte.

El cambio que estamos presenciando también explica los límites del comando económico del país. Es suficiente recordar que, cuando el virus ya había pasado a la fase de transmisión comunitaria, el Ministro de Economía dijo que el aislamiento era una oportunidad para pensar en… «reformas». Después de darse cuenta del carácter inevitable de la pandemia, el mismo ministro afirmó que Brasil debe atravesar la crisis rápidamente antes de poder retornar a… «las reformas». Esta insistencia explica, por un lado, la lentitud en la concepción e implementación de los programas de apoyo financiero, solo ahora implementados, y muestra, por otro lado, la falta de capacidad para enfrentar los efectos permanentes de la pandemia en el país y en la globalización en general.

Todo nos lleva a creer, por lo tanto, que es la movilización actual por la vida la que crea una resonancia positiva entre la dinámica de la cooperación social y las decisiones que se toman a nivel institucional y en los diferentes poderes, como lo demuestra la confrontación actual en torno al Ministerio de Salud. Es esta movilización la que nos impide ingresar al juego utilitario que trata de equiparar a los vivos y a los muertos basándose en la falsa racionalidad de los balances económicos y las tablas contables. En la etapa actual de la pandemia, está claro que esta lógica no es más que una lógica de la fosa común, una política de muerte contra la cual debemos, urgentemente, oponer una política de vida.

 

La paradoja de la democracia: medidas para aislar y ampliar la circulación

Frente a las curvas ascendentes de los infectados y los muertos, la necropolítica asume la contradicción entre economía y vida como una condición para su juego mortal, mientras que la democracia aparece en toda su forma paradojal. Para que el aislamiento funcione es necesaria la circulación, para que la pandemia no destruya la circulación, es necesario aislarla y distanciarla. La catástrofe sería imaginar que la propagación del virus impone necesariamente una lógica de contradicción y, por lo tanto, naturaliza una de las peores marcas de la sociedad brasileña: el gran y rutinario sacrificio de vidas (precarias, pobres, negras) en favor del funcionamiento de una máquina fundada en la desigualdad y la injusticia.

Por lo tanto, paradojalmente, enfrentar la pandemia y proteger vidas significa pensar en otra lógica de la circulación y de funcionamiento de la propia máquina, movilizando:

(1) La circulación de la riqueza, con políticas de Renta Garantizada, apoyo a pequeños y microempresarios, expansión de la asistencia social, donaciones masivas por parte de bancos y grandes empresas, etc.;

(2) La circulación de infraestructura, con la distribución de equipos de protección, kits de pruebas en todo el país, con el mantenimiento de un transporte público seguro, con acceso de todos al agua, electricidad y productos de limpieza, con logística para mantener y expandir servicios esenciales, con la construcción de hospitales de campaña y la expansión de camas de UCI, etc.;

(3) La circulación de tecnología, con acceso de todos a Internet, con inclusión digital gratuita en barrios marginales y periferias, con la fabricación de respiradores, equipos de protección y kits de pruebas, con la movilización de laboratorios universitarios, con una inversión masiva en ciencia y tecnología, etc .;

(4) La circulación de información, con la lucha contra el subregistro, con la garantía de publicidad de los datos, con el intercambio de métodos y protocolos de higiene para los infectados, con la lucha contra las fake news, con la difusión del debate científico, la publicación de artículos académicos, la movilización de redes de aprendizaje, producción, difusión y circulación de conocimiento territorial, etc.;

(5) La circulación de la protección, con equipos que pueden aumentar la protección de todos los trabajadores que están en la primera línea, enfermeras, médicos, agentes públicos, trabajadores de logística y entrega, comunicadores, líderes comunitarios, etc.;

(6) La circulación de las libertades, con medidas de restricción y control que son el resultado de la libertad y la movilización democrática, con el veto de imposiciones administrativas autoritarias, prisiones o leyes marciales para garantizar la cuarentena, con medidas responsables para la mayor cantidad de excarcelación, posible, de prisioneros provisionales, prisioneros con enfermedades crónicas, ancianos, mujeres embarazadas y mujeres lactantes, con la substitución de las medidas de internación de jóvenes por medidas de seguimiento en régimen abierto, etc. (Ver CNJ Recomendación No. 62);

(7) La circulación del apoyo psíquico, con la proliferación de diversas iniciativas comunitarias e institucionales para acoger el malestar y el sufrimiento que surgen de la no disociación entre la vida, salud mental, realidad social y económica, con atención gratuita en línea para profesionales de la salud, con el reconocimiento de que es tarea de todo trabajador de salud detectar el sufrimiento psicológico en emergencias humanitarias, etc.;

(8) La circulación de la biodiversidad, con la promoción de la diversidad biológica como un medio de protección contra la aparición de nuevos virus (cinturones vivos), el fortalecimiento de los organismos de inspección ambiental y el monitoreo de unidades de conservación y de los territorios indígenas, el enfrentamiento de las quemas en la Amazonia, la construcción de una nueva relación ética entre todos los seres vivos, etc.

Todas estas iniciativas de circulación de la cooperación social e institucional, además de conformar una agenda urgente para el período de contagio, pueden formar una línea de acción sólida después de la crisis. El fortalecimiento de este nuevo pacto social, ecológico y democrático, basado en la recualificación de la circulación, debería permitir que la movilización continúe por otros medios y a través de otras medidas que serán necesarias. A nivel global, es una oportunidad para pensar en una globalización basada en la solidaridad y la cooperación internacional, en oposición a la crisis de los bloques regionales y las tentaciones nacionalistas y reaccionarias que, a  derecha o izquierda, sueñan con una arcaica desglobalización . En el caso del decrépito gobierno brasileño, es lo que puede evitar un intento rápido de restablecer los cotos electorales basados en mentiras, la reanudación de una austeridad no relacionada con la realidad, o una solución militarista «por arriba», lanzada para enfrentar la ineptitud del propio presidente y la inestabilidad provocada por la pandemia.

Que la experiencia colectiva de solidaridad y movilización transversal sirva, por lo tanto, como una vacuna para estas trampas y componga el terreno concreto para una democracia adecuada al mundo que emerge ante nosotros.

 

Traducción del portugués: Santiago de Arcos-Halyburton