COVID-19: la militarización de las crisis

Hay que remontarse a los periodos del nazismo y del estalinismo, casi un siglo atrás, para encontrar ejemplos de control de población tan extenso e intenso como los que suceden en estos días en China con la excusa del coronavirus. Un gigantesco panóptico militar y sanitario, que confina a la población a vivir encerrada y bajo permanente vigilancia.

Por: Raúl Zibechi.

Las imágenes que nos llegan sobre la vida cotidiana en amplias zonas de China, no sólo en la ciudad de Wuhan y la provincia de Hubei, donde viven 60 millones, dan la impresión de un enorme campo de concentración a cielo abierto por la imposición de cuarentena a todos sus habitantes.

Ciudades desiertas donde sólo transita el personal de seguridad y de salud (https://bit.ly/2P2rlls). Se toma la temperatura a todas las personas a la entrada a los supermercados, centros comerciales y conjuntos residenciales. Si hay miembros de la familia en cuarentena, un sólo miembro tiene derecho a salir cada dos días para comprar víveres (https://bit.ly/2wCDnM7).

En algunas ciudades quienes no usen máscaras pueden terminar en la cárcel. Se alienta la utilización de guantes desechables y lápices para presionar los botones del ascensor. Las ciudades de China parecen lugares fantasmas, al punto que en Wuhan casi no encuentras personas en las calles (https://bbc.in/37KPKT3).

Es necesario insistir en que el miedo está circulando a mayor velocidad que el coronavirus y que en contra de lo que se hace creer, el principal asesino en la historia de la humanidad fue y es la desnutrición, como destaca una imprescindible entrevista en el portal Comune-info (https://bit.ly/2SNMnqq).

Lo habitual en la historia ha sido poner en cuarentena a personas infectadas, pero nunca se ha aislado de este modo a millones de personas sanas. El médico y académico del Instituto de Salud Global de la University College London, Vageesh Jain, se pregunta: ¿Se justifica una respuesta tan drástica? ¿Qué pasa con los derechos de las personas sanas?(https://bit.ly/2wCDnM7).

Según la OMS, cada infectado de coronavirus puede contagiar a dos más, mientras el enfermo de sarampión contagia de 12 a 18 personas. Por eso Jain asegura que más de 99.9 por ciento de los habitantes de la provincia de Hubei no están contagiados y que la gran mayoría de la población atrapada en la región no se encuentra mal y es poco probable que se infecte.

El boletín 142 del Laboratorio Europeo de Anticipación Política (LEAP) reflexiona: China desencadenó un plan de acción de emergencia de magnitud sin precedentes después de sólo 40 muertes en una población de 1.2 mil millones de personas, sabiendo que la gripe mata a 3 mil personas en Francia cada año. En 2019 la gripe mató a 40 mil personas en Estados Unidos (https://bit.ly/3bYb9eX). El sarampión mata 100 mil personas cada año y la influenza (gripe) medio millón en el mundo.

El LEAP sostiene que estamos ante un nuevo modelo social de gestión de crisis, que cuenta con el visto bueno de Occidente. Italia siguió ese camino al aislar 10 pueblos con 50 mil habitantes, cuando había sólo 16 personas con coronavirus (https://bit.ly/32fmyCE).

China ejerce un sofisticado control de la población, desde la video-vigilancia con 400 millones de cámaras en las calles hasta el sistema de puntos de crédito social que regula el comportamiento de los ciudadanos. Ahora el control se multiplica, incluyendo la vigilancia territorial con brigadas de vecinos voluntarios en cada barrio.

Quisiera entrar en varias consideraciones, no desde el punto de vista sanitario sino del que deja el manejo de esta epidemia a los movimientos antisistémicos.

La primera, es que siendo China el futuro hegemón global, las prácticas del Estado hacia la población revelan el tipo de sociedad que las élites desean construir y proponen al mundo. Las formas de control que ejerce China son sumamente útiles a las clases dominantes de todo el planeta para mantener a raya a los debajo, en periodos como de hondas convulsiones económicas, sociales y políticas, de crisis terminal del capitalismo.

La segunda, es que las élites están usando la epidemia como laboratorio de ingeniería social, con la finalidad de estrechar el cerco sobre la población con una doble malla, a escala macro y micro, combinando un control minucioso a escala local con otro general y extenso como la censura en Internet y la video-vigilancia.

Considero que estamos ante un ensayo que se aplicará en situaciones críticas, como desastres naturales, tsunamis y terremotos; pero sobre todo ante las grandes convulsiones sociales capaces de provocar crisis políticas devastadoras para los de arriba. En suma, ellos se preparan frente a eventuales desafíos a su dominación.

La tercera, es que los pueblos aún no sabemos cómo vamos a enfrentar estos potentes mecanismos de control de grandes poblaciones, que se combinan con la militarización de las sociedades ante revueltas y levantamientos, como está sucediendo en Ecuador (https://bit.ly/2v56pmE).

Federici: «El feminismo es la punta de diamante de una insurgencia internacional»

Entrevista con la feminista marxista Silvia Federici :: Mientras alrededor del mundo se prepara la cuarta huelga feminista

Por Victoria Furtado y Mariana Menéndez

Mientras hay cientos de reuniones, actividades y asambleas, escuchar a Silvia Federici resulta inspirador. En un impás de su andar por el mundo compartiendo claves y contagiando fuerza, Silvia nos recibió en su casa de Nueva York para conversar sobre la actualidad de las luchas feministas, las revueltas populares de los últimos meses, las tensiones del feminismo con la izquierda y los puntos más destacados de su último libro.

En los últimos años has estado viajando y en permanente contacto con compañeras y organizaciones feministas de América Latina y Europa. ¿Cómo ves la lucha feminista hoy?

Es un momento muy importante, muy particular. No solo en América Latina, aunque allí se ve con más impacto, es un momento en el que se da el encuentro del movimiento feminista, con toda su diversidad, con las luchas populares, con los movimientos sociales que, desde los años ochenta, han crecido en respuesta al ajuste estructural, a la política extractivista, al neoliberalismo. Este encuentro surge de una situación concreta muy fuerte, que es que todas estas políticas han impactado sobre todo en las mujeres y en la reproducción de la vida. Entonces las mujeres están en primer lugar no solo como víctimas del despojo sino también como luchadoras, como protagonistas de la resistencia. Y además de protagonizar la resistencia han necesitado hacer cuentas con los hombres de los movimientos, de las organizaciones mixtas. Y es aquí que se da el encuentro con el feminismo, el aporte del feminismo.

Se ha creado así un feminismo nuevo, un feminismo que yo creo que es muy poderoso porque tiene una mirada anticapitalista que reconoce toda una historia de opresión, tiene una mirada descolonizante. Es un movimiento que, al fin, abarca todos los aspectos de la vida. No es un movimiento que se focaliza en el trabajo como se entiende tradicionalmente, es decir, vinculado a la producción, sino que se preocupa por el campo, por el cuerpo, por lo que pasa en la comunidad. Y no es solamente oposición, es un movimiento que construye. Yo creo que esta es su gran fuerza, es lo que le ha permitido crecer en estos años a pesar de que la ola de fascismo, de la derecha sigue creciendo. Crece porque está creando una infraestructura nueva que nunca se ha visto en los movimientos revolucionarios dominados por los hombres: toda esta creatividad, la capacidad de recuperar saberes tradicionales, de crear ligámenes afectivos.

Yo creo que es un movimiento que tiene bases muy fuertes, por eso sigue sumando a mujeres que llegan de lugares diferentes, como en Argentina y Uruguay: de las organizaciones sindicales, de la economía solidaria, a las compañeras indígenas, a las campesinas. Esto es una fuerza. El movimiento feminista es el que trae las luchas hoy, en América Latina sin duda, pero esto, en forma diferente, está pasando también en otros lugares.

Precisamente, en los últimos meses hubo en América Latina una serie de levantamientos populares en defensa de una vida digna. Quizás los casos más claros son Chile y Ecuador, pero no son los únicos. ¿Cómo podemos leer estos procesos de lucha desde una perspectiva feminista que ponga en el centro la reproducción de la vida?

Yo creo que es importante una perspectiva feminista exactamente por eso, porque se enfoca en lo que es más fundamental, sea como objetivo o como condición de la lucha: el cambio de la reproducción de la vida cotidiana, de la reproducción social -no solamente de la reproducción doméstica- en todos los lugares. Porque reproducción significa trabajo doméstico, sexualidad, afectividad, significa también medioambiente, naturaleza, el campo, la agricultura, la cultura, la educación.

El feminismo toca una gama muy vasta de temáticas vinculadas a la reproducción de la vida que son el fundamento de cualquier cambio social, que son el fundamento de cualquier lucha. No puede haber una lucha exitosa sin cambiar estos que son los aspectos más importantes de la vida. Por eso yo creo que en estos levantamientos que se han dado en Chile, en Ecuador, la participación de las mujeres es muy importante; sobre todo mirando a largo plazo, mirando estos movimientos no como una rebelión momentánea que mañana va a caer, sino como movimientos que expresan una revuelta muy profunda, que expresan un decir «basta ya» muy profundo con este sistema tan injusto, tan violento. Y pensando a largo plazo la perspectiva y las actividades de las mujeres son fundamentales.

Estas luchas feministas de las que estamos hablando, anticapitalistas o de un feminismo popular, se preocupan por una diversidad de asuntos. Se interesan no solo por los problemas de las mujeres sino por el conjunto de las relaciones sociales y con la naturaleza. No obstante, muchas veces se intenta ubicar nuestras voces de mujeres en lucha como sector, como si solo pudiésemos hablar de los temas de las mujeres. En particular este es un conflicto con la izquierda. ¿Cómo valorás la relación entre el feminismo y la izquierda?

Yo creo que esto es muy fundamental, creo que la izquierda no quiere ver. Los intereses masculinos vuelven ciegos a los hombres que proyectan sobre las mujeres lo que es su propia situación: son ellos que representan solamente un sector, un tipo particular de lucha. Lo que me parece importante del movimiento feminista es que ha abierto los ojos y ha descubierto todo el universo de la reproducción de la vida. Es un movimiento que verdaderamente mira no solamente un sector de la vida de los trabajadores, un sector del proletariado en el capitalismo, sino que mira en su totalidad. En los años setenta, al comienzo, se hablaba de reproducción como trabajo doméstico, pero en las últimas tres décadas hemos visto que reproducción es todo. Es el cultivo, las semillas, el campo, la salud, la educación, la crianza, la calidad del aire, los entramados afectivos, etc.

El aporte del feminismo ha sido también señalar las desigualdades, porque el capitalismo es producción de escasez, no producción de prosperidad, y producción de desigualdades. El capitalismo produce no solamente mercancías sino también divisiones y jerarquías como su condición primaria de existencia. Por eso el feminismo nos da una perspectiva más amplia, que no es sectorial sino que mira la totalidad de la vida. Claro que hablamos de un feminismo anticapitalista, no un feminismo de estado creado por las Naciones Unidas y los gobiernos para reclutar mujeres para las nuevas formas de desarrollo capitalista. Es muy importante clarificar esto porque hoy también hay un feminismo de estado, un feminismo institucional. No hablamos de estos feminismos.

A menos de un mes del 8 de marzo, en muchos países se están preparando, paros, movilizaciones y acciones. ¿Cuáles son los desafíos de cara a la próxima huelga feminista y, más en general, para mantener abierto este tiempo de lucha?

Para mí lo más importante es siempre el proceso, no la fecha, sino el proceso de construcción. El 8 de marzo es la manifestación de lo que se ha hecho, es un momento simbólico muy importante, pero lo más importante es lo que se construye en el proceso de contactar mujeres que, aunque muchas veces tienen intereses comunes, no se encuentran, el proceso de crear nuevos espacios. También es un momento de profundizar en lo que queremos.

Entonces, por un lado, crear en concreto nuevas formas de organización, nuevos espacios, porque el espacio es fundamental, tener lugares donde podemos encontrarnos. Por otro lado, el programa, lo que queremos, porque todavía tenemos muchas cosas por definir. Por ejemplo, todavía se habla muy poco en el feminismo de la situación de la infancia, que para mí es trágica hoy, es una situación de crisis muy fuerte. Necesitamos articular más nuestro programa, sea en forma de oposición a lo que se está haciendo, sea en forma de construcción, de comprender lo que queremos, qué tipo de sociedad y relaciones queremos. Y, como siempre, el tercer objetivo es superar las divisiones de todo tipo que todavía existen entre las mujeres: raciales, de la diversidad sexual, de edad entre jóvenes y mayores, etc. Este es un objetivo muy importante porque la divisiones y las jerarquías son lo que más nos debilita y el arma más potente que tienen para crear nuevos conflictos, para mostrar que tenemos intereses diferentes, para hacer que nuestras energías se dispersen en luchas sectarias entre nosotras.

Ya que lo mencionás, ¿cómo ves las relaciones intergeneracionales en el movimiento feminista?

Soy optimista, porque he viajado mucho y veo que en España, en Argentina o aquí mismo, en Nueva York, a mis charlas llegan mujeres jóvenes. Yo tengo setenta y siete años y en mis presentaciones la mayoría, el ochenta por ciento son mujeres muy jóvenes, de diecinueve, veinte años. Me parece que hay un deseo de conectar. En los años setenta, en los movimientos mixtos se decía «nunca confíes en nadie que tiene más de treinta años». Y bueno, yo puedo entender por qué, pero afortunadamente eso no pasa ahora con el feminismo.

Hay un deseo de comprender, de conectarse con personas mayores. Aunque todavía la problemática de los mayores se está tocando muy superficialmente. Hoy los mayores, y sobre todo las mujeres mayores, viven una crisis muy fuerte. Muchas de ellas trabajaron toda su vida ayudando a los hombres a vivir y a morir, y cuando ellas necesitan ayuda porque no pueden trabajar más, no tienen recursos porque la mayor parte de su vida la han pasado trabajando sin ninguna ganancia. En EEUU, las mujeres mayores son las que mayormente pueblan los refugios del estado. Son situaciones verdaderamente trágicas, sobre todo las de quienes no son autosuficientes, que muchas veces viven en condiciones terribles. Yo creo que esto, como la situación de la infancia, no se ha problematizado lo suficiente en el movimiento feminista. A pesar de que el movimiento reúne hoy a mujeres de varias edades, todavía es una problemática que debe ser incluida. Porque si hablamos de violencia, la miseria económica y afectiva en la que viven tantas mujeres mayores es una forma de violencia.

La lucha feminista está siendo muy fuerte en muchas partes del mundo, pero al mismo tiempo hay un avance, conservador en el mejor de los casos, directamente fascista en otros. ¿Cómo hacemos una lectura feminista de este proceso?

Si ponemos esta violencia de hoy en el contexto del siglo veinte, sin irnos al siglo dieciséis o diecisiete, podemos ver que el capitalismo, en cualquiera de sus fases de desarrollo reciente, ha sido siempre muy violento: dos guerras mundiales donde murieron casi cincuenta millones de personas, la tortura de masas como sistema de dominio en América Latina a partir de los sesenta, todas las guerras que tanto gobiernos demócratas como republicanos de EEUU han impulsado, etc. Pienso que es importante contextualizar esto para no pensar que es una novedad, para ver que, sobre todo cuando se siente amenazado, hostigado, el capitalismo necesita desplegar esta violencia.

Y hoy el capitalismo se siente amenazado. En primer lugar, porque hace años se quejan de que el nivel de ganancia no es suficiente, entonces es un capitalismo en crisis. En segundo lugar, porque hay un avance, porque el feminismo es la punta de diamante de una insurgencia internacional. Son años y años de insurgencia continua. Desde la primavera árabe hasta hoy, es una insurgencia que siempre necesita de más tortura, guerra, cárcel. Entonces veo toda esta violencia como una respuesta que no es una novedad, sino la respuesta usual del capitalismo que se siente en crisis, que siente que sus fundamentos están en peligro y se enfrenta a movimientos internacionales que, sin estar coordinados tienen las mismas temáticas. Porque de Brasil a Chile, pasando por Ecuador, Líbano, Haití, hay una resistencia al empobrecimiento, a la miseria, a la violencia policial y del estado.

No es casual que cuando las compañeras en Chile dijeron «el violador eres tú», con un gran coraje, porque hacer esto en Chile no es lo mismo que hacerlo en otros países, esto ha circulado inmediatamente. Esta internacionalización y circulación inmediata de las preguntas, objetivos, consignas, formas de organización, nos dice que hay una insurgencia, un decir «basta» que es muy general. Pienso que los Bolsonaro y todas estas iniciativas de la iglesia y económicas son una respuesta. No se puede imponer una austeridad brutal, un despojo brutal por años y años, expulsar a millones de personas de sus tierras, sin organizar un enorme dispositivo de violencia.

Más allá de la periferia de la piel

Acaba de publicarse «Beyond the periphery of the skin», tu último libro [1]. Allí contraponés una noción de cuerpo tal y como ha sido pensada por el capitalismo -es decir, como máquina de trabajar y, en el caso de las mujeres, como máquina de procrear-, con el cuerpo tal y como ha concebido por la imaginación radical colectiva, en particular por el feminismo a partir de los setenta. ¿Qué significa hoy el cuerpo como categoría de acción social y política?

Me gusta la idea de cuerpo-territorio porque inmediatamente nos da una imagen colectiva. No solamente porque es el primer lugar de defensa y conecta el discurso del cuerpo con el discurso de la tierra, de la naturaleza, sino porque pone el discurso del cuerpo como una cuestión colectiva. Entonces, el discurso del cuerpo es sobre quién gobierna a quién, sobre quién tiene el poder de decidir sobre nuestras vidas.

Yo pienso que esta es una de las preguntas fundamentales, de fondo en la lucha. Porque hay un estado que quiere controlar cada minuto, no solamente en el trabajo. En el caso de las mujeres, invade nuestro cuerpo, nuestra realidad cotidiana, de forma cada vez más intensa y más opresiva que en el caso de los hombres. El problema del aborto es muy ejemplar. Entonces yo creo que pensar el cuerpo desde una mirada feminista hoy es particularmente crucial para determinar quién tiene la posibilidad de decidir sobre nuestra vida.

Cuerpo significa vida, significa reproducción, significa afectividad. Todo rodea la temática del cuerpo: la comida, el sexo, la crianza, la procreación. Entonces la lucha por el cuerpo es la lucha por los aspectos más fundamentales de la vida. Por eso creo que asombra a tantas mujeres con una intensidad tan fuerte, porque aquí se decide quién es el patrón de nuestra vida, ¿somos nosotras o es el estado?

Pero vos enfatizás en reclamar el cuerpo de forma colectiva, en recuperar la capacidad de decisión colectiva sobre nuestras vidas…

Sí, capacidad colectiva, absolutamente. Solas somos derrotadas. Por eso hay que salir de la casa por la lucha. No por el trabajo, salir de la casa por la lucha, salir de la casa para juntarse, salir de la casa para enfrentarse a todos los problemas que tenemos solas.

La idea de ir más allá de la periferia de la piel tiene que ver con postular una noción expansiva del cuerpo. Para eso discutís el cuerpo expansivo concebido por Bajtín, que se expande mediante la apropiación e ingesta de lo que está más allá de él, y proponés una idea igualmente expansiva pero de naturaleza radicalmente distinta. Hablás de una «continuidad mágica» con otros organismos vivos y de un cuerpo que reúne lo que el capitalismo ha dividido. En ese sentido, ¿el cuerpo sería el punto de partida para pensar la interdependencia?

No pienso en un cuerpo que quiere apropiarse, sino en un cuerpo que quiere conectarse. No quiere comer el mundo, quiere conectarse con el mundo. La mirada del siglo dieciséis y diecisiete, del renacimiento sobre el cuerpo no lo entendía como algo completamente aislado, no era una isla sino que era abierto. Podía ser afectado por la luna, por los astros, por el viento. Ese cuerpo que es expansivo porque no está separado del aire, del agua. Y también está íntimamente conectado con el cuerpo de los otros. La experiencia del amor y del sexo es ejemplar, pero no es la única que muestra como continuamente somos afectados y nuestro cuerpo cambia. La tradición del mal de ojo, por ejemplo, tiene que ver con que los otros te pueden hacer sufrir, o te pueden hacer feliz, te cambian.

No podemos pensar el cuerpo como los capitalistas lo piensan, como lo piensa la ciencia hoy, es decir, un cuerpo que es completamente máquina, que es un agregado de células, y cada célula tiene su programa, cada gen tiene su programa, no es algo orgánico. Mi mirada y mi intento es promover una visión del cuerpo que va exactamente al contrario de la mirada que domina hoy en la ciencia. Cada vez más, se intenta aislar el cuerpo en pequeños pedazos, cada uno con su característica. Es una fragmentación. Pienso en el fracking, hoy cuando los científicos piensan al cuerpo hacen una especie de fracking epistemológico que disgrega el cuerpo.

Para mí, el cuerpo se debe reconectar con los animales, con la naturaleza, con los otros. Este es el camino para nuestra felicidad y salud corporal. Porque la infelicidad, precisamente, incluye el cercamiento del cuerpo. Hay un cercamiento no solamente de la tierra, como he escrito en El Calibán y la Bruja, sino también de los cuerpos. Cada vez más nos hacen sentir que no podemos depender de los otros, que a los otros hay que tenerles miedo. Este individualismo exasperado, que se ha acentuado con el neoliberalismo, es verdaderamente miserable. Nos hace morir, porque es una vida conceptualizada en el nombre del miedo, del temor, en vez de ver que la relación con los otros es un gran enriquecimiento.

El último texto del libro, «On Joyful Militancy», es especialmente hermoso. Allí oponés dos ideas de militancia: una militancia alegre, que nos hace sentir bien y conecta con nuestros deseos, versus una política y una militancia tristes.

Para mí la militancia triste es una militancia que no tiene futuro, pero existe. Yo creo que la militancia dominada por los hombres es una militancia triste, es una militancia como trabajo alienado, es una militancia donde se piensa «debo ir a otra reunión» como quien piensa «debo ir a trabajar». Es ese compañero que siente la sumisión histórica, no le gusta, no tiene entusiasmo, no le da nada, pero lo hace como un deber, como una obligación. Esto no es construir otra sociedad.

Se pueden correr riesgos, pero eso es diferente. A veces se corren riesgos porque hacerlo te da algo, te cambia la vida. Pero te cambia ahora, no en un futuro, no en veinte años quizás, te cambia ahora. Para mí esto es construir un mundo nuevo. No se trata solamente de decir «no». La vida se cambia en la forma como empezamos a relacionarnos diferente con otras personas y a descubrir cosas de nosotros mismos. Porque cambiamos, haciendo relaciones diferentes cambiamos. Y yo creo que la vida es tan triste para la mayoría de las personas en el mundo que no van a agregar otra tristeza, prefieren morir a la noche mirando la televisión en lugar de ir a una reunión donde todo sea dolor o aburrimiento.

Lo que desde el feminismo estamos nombrando como política del deseo sería un poco la antítesis de esta militancia triste…

Exactamente. Y es la creatividad, la creatividad de la militancia. Yo esto lo he experimentado profundamente porque me acuerdo de la diferencia que vi, en pocos años, cuando las mujeres dejaron los movimientos con hombres, los movimientos mixtos. Las mujeres cambiaron así (da vuelta las palmas de las manos). Empezaron a hablar, a cantar, a crear, a dibujar. ¡Fue como una explosión de creatividad increíble! Antes hacían todo el trabajo doméstico de las organizaciones. ¡Se ha hecho tanto trabajo doméstico en los movimientos con los hombres! Y por fin luego fue muy diferente, se volvió un placer.

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[1] Federici, Silvia. 2020. «Beyond the Periphery of the Skin: Rethinking, Remaking and Reclaiming the Body in Contemporary Capitalism». Oakland, PM Press.

www.zur.org.uy

 

Reseña del libro: Entre el Cinismo y el Fascismo: después de junio de 2013, narrativas y constitución

Reseña del libro: Entre el Cinismo y el Fascismo: después de junio de 2013, narrativas y constitución

por Ana Beatriz Rangel[1]

 

Navegar en el mar revuelto de las narrativas del Brasil post –Junio de 2013 no es para aficionados. Sobre todo, navegar sin someterse a los dos lemas, que obedeciendo a una brújula sin norte, buscando imponer un norte. En el mejor estilo de Paulinho da Viola, es necesario antes de establecer el «yo» que navega, para comprender la dinámica de las olas. Entre los timones del cinismo y el fascismo, Giuseppe Cocco elige emprender la tarea de comprender el enigma del mar o, quizás, más precisamente, de la resaca (después de junio), sin tratar de resolverlo por medio de nortes preestablecidos.

Resistir al fascismo que atormenta el presente brasileño parece ser fundamentalmente un compromiso de no olvidar el pasado: recuperar la historia, encontrar coincidencias, tratar de predecir las repeticiones. Pero la estrategia de memoria, por el contrario, me parece algo más compleja que no olvidar añadida a las predicciones del futuro que repiten el pasado. Consiste en mirar el pasado como una ruina, en términos de Benjamin, y llevar a cabo la “reunión de los tiempos, la colisión entre un presente activo y su pasado que recuerda” (BENJAMIN apud COCCO, 2019, p. 47). Como argumenta Cocco, para «resistir el horror, primero debemos aprender cómo fue capaz de convertirse en una solución para una gran parte del electorado» (2019, p.11) y, por lo tanto, «colisionar con un presente activo».

De las estrategias de continuidad del fascismo, el autor enfatiza el mecanismo discursivo que reconoce la hipocresía del formalismo democrático, para lo cual Brasil es un terreno fértil, ya que un Estado de derecho tan democrático siempre ha sido el privilegio de una porción mínima de la población y nunca ha estado en vigor. hecho en su universalidad prometida. Sin embargo, en lugar de profundizar las brechas institucionales y construir una democracia en sentido estricto, el fascismo decide abandonarlo como un horizonte utópico, restaurando el deseo de la autoridad del padre soberano.

 

Esta línea discursiva y práctica se repite, pero está atravesada, como lo muestra Cocco, por una nueva dinámica: las fake news de las guerras culturales (impulsadas por el fenómeno internacional de la nueva extrema derecha) y, en Brasil, por el antipetismo. En el caso de la primera, tenemos un diagnóstico muy preciso en el libro: la incomodidad con el avance cultural hecho por la liberación de las luchas por el deseo se ha transformado en una especie de «protesta de lo normal» que ve avances como la imposición de la nueva regla de «anormalidades» . La reacción a tales avances, una vez más, puede verse como una línea de continuidad histórica, pero plantea preguntas urgentes sobre la particularidad de nuestro presente, lo que nos hace pensar más profundamente sobre las estrategias de los movimientos identitarios. La lucha en términos de judicialización, criminalización y patrulla discursiva a través de linchamientos y culturas de cancelación generalizada solo sirve para alegrarse de la autoridad moral de aquellos que eligen estándares de corrección y buen comportamiento político, y muy poco para la transformación real de las ideas. Y la moral se responde con más moralidad, en una disputa vacía por el «lado cierto». En este sentido, vale la pena recordar la advertencia de Foucault, que diferencia la liberación del deseo y las prácticas de libertad. Mientras que el primero conduce a nuevas relaciones de poder y, en última instancia, mantiene la relación con la instancia de la que fue liberado, el segundo busca moverse a través de las relaciones de poder tratando de evitar que se conviertan en relaciones de dominación.

La segunda dinámica actual, identificada en el libro, que cruza la línea de continuidad del fascismo, en el caso brasileño, es el antipetismo. En este punto, Cocco ofrece un análisis material rico y valiente de las fuerzas que operaron en junio de 2013 y el agotamiento del modelo de gobierno del PT y sus narrativas que buscan hegemonizar el campo progresista. Como el autor señala acertadamente, después de junio, se volvió «más importante estar en la izquierda que descubrir qué es una práctica de la izquierda», siguiendo el imperativo de la polarización de la identidad. Volviendo a la reflexión de Deleuze en mayo de 1968, Cocco argumenta que junio de 2013 no fue una consecuencia ni una reacción a una crisis, sino que la crisis actual es una consecuencia de la incapacidad de la sociedad brasileña para asimilar y responder a las demandas abiertas en ese evento único.

Pero si el fascismo aparece como un fantasma de terrible relevancia, tampoco es su alternativa menos amenazante. El cinismo que se opone al fascismo es, según el autor, en puro relativismo, en la creencia ciega en los formalismos legales de una democracia que no puede actualizarse desde la profundidad de su poder. La creencia en la democracia como pura formalidad es lo que permite el desprendimiento cínico de la realidad y conduce a creencias en signos, en banderas, en el simple posicionamiento que se considera «correcto». Contra el simple relativismo, Cocco moviliza el perspectivismo, según lo propuesto por Eduardo Viveiros de Castro. No la racionalidad del reconocimiento de las diversas culturas, sino la implicación práctica del cuerpo en la naturaleza múltiple, que asume lo múltiple como un punto de vista común.

Continuando en un intento de evitar una oposición superficial, el libro moviliza a una de las autoras que considero una de las más poderosas para pensar sobre los impases actuales. La filósofa francesa Simone Weil, con su audaz crítica a los derechos humanos y la fragilidad de las democracias liberales para resistir el fascismo nazi, revela la falsedad de un problema que continúa atormentándonos: la oposición entre las sociedades colectivistas e individualistas. Los primeros cometen errores al atribuir a la comunidad un carácter sagrado que conduce a la idolatría y al autoritarismo; estos últimos cometen errores cuando se refieren solo al florecimiento de la persona y pierden el sentido de lo sagrado, definido por el filósofo como lo que es impersonal en cada hombre. Weil propone un escape de lo individual y lo colectivo a través de una elevación por encima de lo personal para penetrar en lo impersonal. Lo que es impersonal y, por lo tanto, desde el punto de vista de Weil, de lo sagrado en el individuo, es esa parte de ella –recurriendo a la sabiduría popular en los Nuevos Baianos- «participa en el misterio del planeta». Esta perspectiva también asume la libertad más allá de los límites del liberalismo, del individuo que tiene la propiedad sobre sí mismo y el «libre albedrío»; «La libertad es siempre una reunión», dijo Merleau-Ponty (MERLEAU-PONTY apud COCCO, 2019) y, por lo tanto, como señala Cocco, «la riqueza está en otra parte: en los lazos y en el sentido que hace a la comunidad lo que la comunidad hace” (2019, p. 55).

La comunidad produce riqueza, sin embargo, siempre parece tener escasez de ella. A pesar de todos los enfrentamientos narrativos que a veces parecen dejarnos perdidos en una máquina de producción ficticia de bajo calibre, la dura objetividad del problema económico fue uno de los factores determinantes de la crisis política brasileña. Pero, según el autor, «la economía es política y el dinero es la base y el resultado de esa política». De hecho, la objetividad y la subjetividad, la narrativa y la economía, la producción y circulación, la información y la mercancía no se encuentran en polos separados: su compleja superposición es el terreno actual y actual del capitalismo contemporáneo. Es en esta área donde Cocco enfrenta el problema de la economía, apoyando el argumento de que no hay nada sustancial en valor, es pura relación. Siguiendo esta propuesta, realiza el movimiento original de pensar en la moneda como la instancia que logra capturar una confianza general, un sentimiento común, pero que termina separándose del flujo de intercambio y emerge como una institución autónoma. La pregunta enigmática y provocativa que se hace al final del libro es: «¿Cómo constituye realmente la confianza?» Esta palabra que parece ser un vacío significativo que se repite en el vocabulario del periodismo económico y un aura inabarcable instrumentalizada para los ajustes económicos abrumadores, puede, de hecho, en la visión desarrollada en el libro, ser recuperada en su dimensión democrática y multitudinaria. La tarea sería entonces producir una nueva moneda, más adecuada para las nuevas instituciones de lo común, que no deja de producirse, contra viento y marea. El enigma continúa sin el norte, pero con el poder del contagio permanente con las luchas que se avecinan, para aquellos que tienen el coraje de permanecer en mar abierto.

[1] Doctoranda del programa de Post-Graduación en  Comunicación y Cultura de la ECO/UFRJ. Investigaciones políticas identitarias y modos de subjetivación contemporáneos. E-mail: beatrizpess.ana@gmail.com.

Traducción del portugués: Santiago De Arcos-Halyburton

Hardt y Negri: ‘Asamblea’, o cómo articular las luchas de la multitud (II)

por Miquel Martínez / Josep Artés

En esta segunda entrega del análisis de la última obra de Hardt y Negri, abordamos las propuestas que ofrecen ambos autores en Asamblea para la organización de los ciclos de luchas y la institución de nuevas formas de vida.

Tomando como punto de partida la afirmación según la cual “no sabemos de qué es capaz la multitud cuando se reúne en asamblea”, en su última obra Hardt y Negri plantean la necesidad de producir las condiciones necesarias para liberar la potencia creativa de todas aquellas expresiones subjetivas de carácter subversivo. Como ya apuntamos en la primera parte de este texto, los autores desarrollan esta tesis siguiendo dos ejes principales: el de la organización interna de los movimientos políticos y sociales y el de la institución de las formas de vida que se generan al margen del modelo neoliberal.

En este sentido, con la noción de asamblea se hace alusión al espacio en que la toma de decisiones se produce desde la horizontalidad y en base a los principios de la democracia absoluta, pero también al conjunto de dispositivos que cabe poner en funcionamiento para conseguir, tanto la destitución del poder constituido, como la constitución de una nueva articulación de las relaciones en el campo social. De esta manera, si los procesos de destitución y constitución se definen, en sentido estratégico, como el principal objetivo alrededor del cual plantear las luchas en el contexto actual, los autores apuntan a la organización y a la institución como las vías más adecuadas para llevar a la práctica tal aspiración.

Luchas sin vanguardias: el problema de la organización

En su producción anterior, Hardt y Negri hablan de manera profusa sobre las formas de articular la multitud. En Asamblea, los autores plantean de manera explícita el problema de la organización de las revueltas que se han producido los últimos años. Cabe recordar, por este lado, que nos encontramos en un contexto caracterizado no solo por la existencia de centros de poder diseminados, lo que conlleva que sea difícil plantear un combate focalizado y con unos objetivos claros, sino también, en muchas ocasiones, en un marco en el que destaca la ausencia de líderes, lo que en principio podría implicar dificultades a la hora de decidir la estrategia a seguir en las luchas. En este sentido, en Asamblea se aborda la cuestión de cómo tomar la iniciativa, por parte de los movimientos políticos y sociales, cuando el esquema tradicional de una vanguardia dirigente que representa los intereses de la masa ha dejado de ser, en buena medida, operativo.

Desde esta perspectiva que proponen los autores, el proletariado está formado en la actualidad por todas aquellas y todos aquellos capaces de generar una riqueza en términos colectivos y que, en este sentido, sufren de una manera u otra la explotación capitalista, tanto en lo que respecta a la producción estrictamente material como a la (re)producción inmaterial expresada en la creación de formas de vida. El espacio amplio y heterogéneo de la multitud cuenta así entre sus filas con las expresiones subjetivas que escapan del patrón patriarcal, heteronormativo y racista. Asimismo, junto con los sectores que integran la clase trabajadora tradicional, la multitud se conforma a través de lo que los autores llaman el proletariado intelectual o el cognitariado, las y los estudiantes, la mano de obra del sector terciario y los sectores productivos no tradicionales. Si se quiere decir en términos de Deleuze y Guattari, con la multitud se expresa en la actualidad el devenir minoritario de todo el mundo.

Los autores inciden así en uno de los puntos centrales de su obra. En la línea tanto de los movimientos autónomos italianos de los años setenta como de las demás luchas que se dan alrededor del año 68 en distintas partes del mundo, en Las verdades nómadas (1985) se plantea la necesidad de articular los movimientos llamados minoritarios que, cada vez más, ocupan un espacio central a la hora de dinamizar las luchas. En este texto, surgido de un intercambio epistolar entre Negri y Guattari cuando el primero se encontraba en la cárcel de máxima seguridad de Rebibbia, los autores empiezan por rechazar la organización centralista de las luchas. En su lugar, reivindican un multicentrismo funcional con capacidad para neutralizar los efectos del capitalismo y, al tiempo, para articular las luchas de los movimientos enfrentados al poder constituido. Asimismo, los autores plantean la posibilidad de llegar a una coimplicación multivalente entre la clase obrera tradicional y las trabajadoras y los trabajadores del sector terciario, así como con las precarias y precarios. Estos elementos constituyen el doble eje de lo que los autores definen como un método de agregación molecular, en referencia a las luchas que se dan por debajo del ámbito de la representación política.

De esta manera se avanzan, asimismo, algunos de los elementos que Negri tratará posteriormente en títulos como La fábrica de la estrategia (2004), desde la perspectiva de renovación del aparato conceptual marxista que apuntamos en la primera parte de este análisis. A partir del ejemplo que ofrece la toma del poder por parte de Lenin, aunque situados ahora en el contexto del capitalismo postindustrial, Negri trata de caracterizar la emergencia de una nueva subjetividad colectiva ―los soviets del nuevo siglo― alrededor de dos elementos principales. En primer lugar, la necesidad de organizar las luchas, así como las relaciones sociales en su conjunto, sobre la base de la toma colectiva y directa de las decisiones. En segundo lugar, las posibilidades que por esta parte ofrecen los procesos productivos basados en el avance de los dispositivos tecnológicos; sobre todo en la medida en que tales dispositivos pueden contribuir a una actividad más autónoma, es decir, desligada de los procesos capitalistas de atribución de valor, por parte de las nuevas figuras productivas.

Como se puede observar, los rasgos característicos del espacio que constituye la multitud, como un todo abierto y dinámico, atravesado por una heterogeneidad radical aunque con capacidad para proponer unos objetivos en común, obligan a plantear la cuestión de la organización interna del movimiento o los movimientos. En este sentido, el dilema sobre la necesidad o no de una organización para las luchas expresa, en opinión de los autores, un falso problema: no hay duda de que los ciclos de luchas y los movimientos que los protagonizan necesitan proponer unos objetivos y la orientación más adecuada para conseguirlos. En todo caso, esto no supone que se deban recuperar los liderazgos caracterizados por la concentración de funciones y la dirección vertical, de arriba a bajo, con que se ejerce el poder. Son los movimientos mismos, desde el interior y en sentido horizontal, los que deben decidir hacia dónde y cómo se orientan las luchas. En este sentido, si con la noción de liderazgo se hace alusión a la posibilidad de organizar las acciones de manera eficaz, regular y masiva, con capacidad para conmover las relaciones a todos los niveles, más que eliminar esta posibilidad, se trata de llevar el liderazgo al lugar de la inteligencia colectiva que se pone de manifiesto en el interior de los propios movimientos. No se trata, pues, de rechazar la noción de liderazgo, sino de eliminar su carácter trascendente y, por tanto, separado del movimiento.

La propuesta de Asamblea pasa así por invertir el plano en que la tradición marxista ha elaborado buena parte del análisis de las luchas contra el capital. Como apuntan los autores, de lo que se trata ahora es de dar la vuelta a las dos mitades del centauro, de manera que la parte pensante y, en este sentido, las decisiones y el poder ejecutivo sobre la estrategia a seguir se alberguen en la base, en manos de la militancia y del movimiento. Reservando asimismo la posibilidad, en sentido táctico y de manera provisional, de abstraer una parte del movimiento para que se encargue de tareas de tipo representativo. En vez de mantener el esquema según el cual el proletariado debe devenir una clase en sí y para sí a través de la mediación y la organización de una cúpula dirigente, los autores reivindican la posibilidad de organizar las luchas sobre un plano de inmanencia, en la medida en que es el movimiento mismo el que puede diseñar, a través de sus acciones, un principio fuerte y compartido de articulación colectiva.

Igualmente, Asamblea alerta sobre el peligro de reproducir las relaciones que se dan en el interior del sistema capitalista cuando se trata de organizar las luchas. Lo que, dicho así, puede parecer una evidencia, no lo es tanto si tenemos en cuenta el contexto biopolítico en el que nos movemos. De esta manera, si se trata de combatir el poder de mando capitalista, el tipo de organización que se de a sí mimo el movimiento debe prefigurar y constituir un ensayo ―si bien a dimensión reducida― del conjunto de relaciones a las que se trata de dar vida con cada nuevo ciclo de luchas. En este sentido, puede servir como base y ejemplo el potencial productivo de la multitud, que late rebelde bajo las redes de la explotación capitalista.

Luchas descentralizadas: el problema de la institución

Una vez que se han dado algunas claves para pensar la organización de las luchas en manos de los movimientos, falta por apuntar cómo se puede llegar a concretar los efectos de tales luchas mediante la creación de un proceso institucional de carácter abierto e inacabado, aunque duradero y estable. Con estas dos líneas, siguiendo la lectura de Maquiavelo que los autores no abandonan a lo largo de su obra, tendríamos garantizadas para los movimientos y sus ciclos de luchas la virtud (que se concentra en las capacidades estratégicas de la multitud) y la fortuna (que se expresa, como veremos a continuación, a través de la creación institucional del común).

Para empezar, si se trata de instituir las relaciones de la multitud es porque Hardt y Negri no rechazan la toma del poder como vía para construir un nuevo orden social. Esto es lo que lleva a los autores a abandonar la terminología que habían utilizado hasta este momento, en referencia a la tensión que se produce entre la capacidad productiva de la multitud y la capacidad de absorción del capitalismo. En los títulos anteriores, siguiendo la distinción spinoziana entre la potestas y la potentia, los autores definían el poder imperial, propio del capitalismo en la actualidad, mediante el término de biopoder, reservando la noción de biopolítica para la potencia creativa de la multitud. Ahora, en Asamblea, Hardt y Negri utilizan el mismo término ―poder― para referirse a la gestión de la propiedad capitalista (Poder) y a la articulación del espacio del común (poder) ―si bien utilizando la mayúscula o la minúscula para la letra inicial en cada caso―.

Así pues, quizá de forma más clara que en ningún otro lugar de su obra, los autores inciden en Asamblea sobre este punto: de la misma manera que no se trata de abandonar el espacio de la organización y del liderazgo, sino de dotarlo de un contenido liberador y eficaz para las luchas colectivas en el contexto actual, ahora se trata de tomar el espacio del poder no solo de otro modo, sino, sobre todo, con unos objetivos distintos de los que plantea el sistema capitalista. En definitiva, se trata de crear un espacio estable para las relaciones autónomas de la multitud y, pues, para la construcción y la defensa de la riqueza que emerge del común.

En este sentido, si ―como ya apuntamos en el texto anterior― hasta ahora los autores habían utilizado la noción de éxodo, en Asamblea, en cambio, esta estrategia del poder dual, que se expresa desde el interior y en contra del sistema, se complementa tomando elementos de otras dos vías que no rechazan, en este caso, la toma del poder institucional: la del reformismo antagonista y la de la hegemonía.

Mediante la noción de éxodo se trata de prefigurar, a pequeña escala y partiendo de la organización de los propios movimientos, la articulación futura de un espacio amplio y estable de relaciones al margen del sistema capitalista. Entre los ejemplos actuales que ofrecen los autores encontramos los centros sociales ocupados de Italia en los años setenta y, más recientemente, las acampadas surgidas alrededor del ciclo de luchas de 2011. La segunda vía trata de infiltrarse, por medios electorales, en las instituciones, con el objetivo de transformarlas desde el interior. Proyectos de carácter municipalista y partidos como Podemos o Syriza ―aunque este caso constituye un ejemplo del fracaso de la hipótesis basada en el reformismo antagonista―, se encontrarían entre las propuestas de este tipo. Por último, la estrategia de la hegemonía plantea la destitución más o menos rápida del orden establecido, sin desestimar la vía electoral, a lo que debe seguir la construcción de un nuevo espacio institucional a todos los niveles. Las experiencias que se han dado en algunos países de América Latina durante las dos últimas décadas, pueden constituir una muestra por esta parte. En este sentido, se trataría de hacer confluir las tres líneas ―los tres rostros de Dioniso para el (auto)gobierno de la multitud, como apuntan los autores― con el propósito de llevar más allá el alcance, habitualmente relativo, y de fortalecer la capacidad de resistencia, a menudo frágil, de los proyectos de carácter prefigurativo.

Así pues, el nuevo espacio institucional debe impugnar la propiedad capitalista en favor de la producción cooperativa del común. Al mismo tiempo, la nueva creación institucional debe desbordar los límites impuestos por la soberanía y su materialización en el seno del aparato estatal. Decae así, igualmente, el peso de los mecanismos de representación en la esfera de lo político. Superar la soberanía quiere decir, en este caso, que no se acepta ni la abstracción que supone un sujeto unificado como el de pueblo ―o el de nación―, ni la alienación de la capacidad de decisión que, sobre este cuerpo político, acaba ejerciendo el modelo representativo. Como apuntan los autores, el objetivo de disminuir al máximo la distancia entre gobernantes y gobernados debe constituir, por esta parte, uno de los motores del nuevo espacio institucional. En este sentido, el comunismo se reivindica desde la posibilidad de llevar a la práctica procesos de producción, circulación y atribución del valor, así como también de expresión y de participación política, que ni caigan bajo las redes del Mercado ni se encuentren encerrados en los límites del Estado. Por este lado, como indican los autores, experiencias como el confederalismo democrático kurdo o las comunidades autónomas zapatistas ofrecen un ejemplo de buena parte de los aspectos implicados en la construcción de un nuevo espacio institucional.

Como dijimos al principio, Asamblea constituye por esta parte un espacio en el que desarrollar y concretar, en el que poner a trabajar conjuntamente las principales herramientas conceptuales que Hardt y Negri han forjado con su obra a lo largo de los últimos veinte años.

Figuras de la antipolítica en Carl Schmitt

Por Rodrigo Páez Canosa

Diferir es la operación más propia de toda subjetividad antipolítica. Sin atender a las condiciones en las que se despliega, ella rechaza toda resolución, a la que concibe como una afrenta o, más aún, como una amenaza. Porque la decisión no es una acción más, molesta y desagradable, sino que ella se constituye en esa dilación y todo corte, en tanto punto final de la demora, la destruye. El carácter antipolítico de la dilación se expresa de un modo concreto en las situaciones de crisis,1 pues ahí se percibe claramente que el aplazamiento indefinido de la decisión conduce indefectiblemente a la simple disolución del orden amenazado. Si frente a la crisis existe algún gesto o la producción de un mínimo de forma, entonces ya operó allí algún corte capaz de instituir coordenadas básicas para la acción. En estos casos se revela el núcleo metafísico de toda subjetividad antipolítica que, a través de diversas operaciones, se constituye en oposición a toda acción formativa: ella es ante todo socavamiento de forma y representación. No se trata en efecto de que toda subjetividad antipolítica sea destructiva de un modo militante ni de que pueda existir sólo en un medio caótico. Por el contrario, tanto el liberal como el romántico como figuras de la antipolítica sólo pueden desplegarse al resguardo de un orden político estable. Pero las operaciones que los constituyen se oponen a aquellas que producen orden político, forma y representación. Su acción no es pues destructiva de un modo directo, sino erosiva y deconstructiva.

El pensamiento de Schmitt desarrolla esta subjetividad antipolítica a través de distintas figuras que le permiten comprender las operaciones específicas que la constituyen y el peligro político que entraña. Desde un punto de vista ligado a una situación concreta de conflicto que precisa de una decisión, el rechazo de esta subjetividad a toda determinación sólo agudiza las dificultades presentes y conduce en última instancia a la disolución del orden amenazado. Las dificultades que afrontó la República de Weimar a lo largo de toda su existencia, sus causas y el modo en que se disolvió fueron para Schmitt expresiones claras de los efectos de la indeterminación en el campo de la política. Su participación directa en las disputas teóricas y políticas de Weimar le permitió una comprensión amplia y profunda del modo en que la indeterminación se expresó en todas las instancias decisivas: tanto en la Constitución,2 como en las doctrinas prevalecientes que marcaban el rumbo,3 como también en las resoluciones concretas que (no) se tomaron.4 La Segunda Guerra y el orden mundial que se estableció tras ella mostraron sin matices los peligros que contenía. Es característico del abordaje schmittiano apuntar directamente al núcleo de la cuestión. No se pierde en rodeos, sino que piensa las operaciones que constituyen a la subjetividad antipolítica en su núcleo metafísico: bajo sus diversas formas, la dilación que constituye a la subjetividad antipolítica se manifiesta en un tránsito perpetuo y una fuente inagotable de simple pluralidad indiferenciada. Esta fluidez y apertura la vuelve muy productiva en las esferas de la economía y la estética, pero se constituye como un serio obstáculo para la construcción política. Este rasgo nodal de la subjetividad antipolítica se manifiesta de diversas maneras. En primer lugar se desarrollará aquí la figura del romanticismo, a partir de la cual Schmitt polemiza con una de las caras del yo moderno: aquella que asume la secularización de la omnipotencia divina como un modo de afirmación de la propia omnipotencia, entendida como una inquieta y permanente autoproducción de sí. De allí que toda definición, toda forma y construcción que se objetive y estabilice de alguna manera en el mundo sea vista como un agravio a su productividad infinita. En segundo término se tratará las formas liberales de aparición de la subjetividad antipolítica. Si bien el liberalismo es un antagonista permanente del pensamiento de Schmitt, es posible distinguir algunos matices en su caracterización. En ese sentido, interesa aquí destacar dos operaciones centrales de la subjetividad liberal que, aunque íntimamente relacionadas, destacan en cada caso aspectos diversos. Esas operaciones son la discusión y el compromiso.

1. El principal desarrollo schmittiano del núcleo metafísico de la subjetividad antipolítica se encuentra en Romanticismo político de 1919. En el prólogo a la segunda edición de 1924 Schmitt hace una suerte de aclaración metodológica central que no sólo instituye la perspectiva de análisis que había seguido en el trabajo de 1919 sino que, además, es posible extender como clave de lectura para el abordaje de la cuestión de la subjetividad a lo largo de toda su obra. Después de señalar como insuficientes las definiciones por temáticas o caracterizaciones dice:

…la definición del romanticismo no puede partir de cualquier objeto o tema percibido como romántico, de la Edad Media o de las ruinas, sino del sujeto romántico. Siempre se dará con una determinada clase de personas, lo que en el plano intelectual es evidente. Se debe atender a la conducta particular del romántico y a partir de la relación específicamente romántica con el mundo, no del resultado de esta conducta ni de todas las cosas y circunstancias que aparecen en una colorida variedad como consecuencias o síntomas (Schmitt 1919: 43).

Son las operaciones del sujeto romántico, su modo de estar y relacionarse con el mundo lo que revela su núcleo metafísico. Desde esta perspectiva, el estudio del romanticismo se revela como un estudio de la subjetividad romántica. Lo que Schmitt indaga no es una descripción empírica ni una caracterización del sentido común. Al investigar los modos de estar concretos, precisa las operaciones que constituyen un sujeto como sujeto romántico. Como se verá más adelante, la misma perspectiva puede ser adoptada respecto del liberal como figura de la antipolítica: apunta fundamentalmente a definir las operaciones que constituyen al sujeto liberal. Es decir, antes que describir a aquellas personas, acontecimientos o movimientos llamados románticos o liberales, Schmitt define políticamente aquello que hace a un liberal, liberal y a un romántico, romántico.

En este último caso, el abordaje de Schmitt interviene en distintos registros a la vez. Por un lado, intenta impugnar conceptualmente la inclusión de los contrarrevolucionarios y la Iglesia Católica en el movimiento romántico.5 La estrategia central para ello no consiste en la exposición de evidencias históricas, sino en el señalamiento de las diferencias sujetivas esenciales que los distinguen. En efecto, si no es posible dicha inclusión es porque la relación que los reaccionarios y la Iglesia Católica establecen con el mundo difiere de aquella de los románticos en su núcleo conceptual: mientras que estos últimos permanecen ajenos a todo posicionamiento que suponga una incursión en la realidad política concreta, aquellos constituyen su pensamiento y su praxis como un modo de intervención directo. Por otro lado, la comprensión de la subjetividad romántica en su núcleo metafísico es una tarea de primer orden en la medida en que no refiere a una subjetividad extraña, sino a un modo de darse del «espíritu moderno». El peligro que representa para todo orden político no es un peligro que amenaza desde fuera. Como señala Carlo Galli, Schmitt y los románticos – podría decirse: el pensamiento moderno en general – tienen el mismo punto de partida: la desustancialización de la realidad que ya no presenta una estructura esencialista.6 La actividad sintética del sujeto se vuelve así una instancia fundamental en la constitución moderna del mundo. Pero, ante ese común punto de partida los caminos se bifurcan ya que lo que constituye una u otra forma de subjetividad no es el reconocimiento de ese «fondo abismal» sino el modo de habitar esa nueva realidad que surge en la modernidad. Así, mientras que la subjetividad romántica exacerba la productividad del sujeto de modo tal que rechaza toda detención de su actividad poiética auto-referencial y así toda cristalización de la misma, Schmitt persigue una «voluntad de forma»7 que se expresa en una objetivación visible de la actividad productiva del sujeto. Este es el punto decisivo que distingue hacia dentro del «espíritu moderno» una y otra posición. Porque aún cuando ambos se encuentran inscriptos en el moderno proceso de secularización, las distintas formas en que se da ese proceso produce efectos filosófico-políticos muy distintos: una cosa es «cuando se pone en el lugar de Dios a otra instancia objetiva absoluta, por ejemplo, el Estado, [en ese caso] aún es posible una cierta objetividad y sujeción» (Schmitt, 1919: 59). Pero,

que la instancia última se desplace de Dios al «yo» genial cambia todo el primer plano y revela el ocasionalismo en forma auténtica y pura. […]. Porque ésta [postura] hace posible tomar cualquier punto concreto como salida para vagar por lo ilimitado e inconcebible a partir de él, según la individualidad del individuo romántico […]. A partir de oportunidades siempre nuevas se origina un mundo siempre nuevo, pero sólo ocasional, un mundo sin sustancia, sin sujeción funcional, sin conducción firme, sin conclusión, sin definición, sin decisión, sin tribunal último, que sigue su curso infinitamente conducido por la mano mágica del azar, the magic hand of chance (Schmitt 1919: 59-60).

La pura productividad no puede someterse sin destruirse, de allí el carácter esencial de su antipoliticidad.

Las distintas notas que Schmitt señala de la subjetividad romántica remiten siempre al punto nodal que la distinguen de la propia posición del jurista: la imposibilidad de una representación formativa. Según la definición distintiva de Schmitt el romanticismo es «ocasionalismo subjetivado» (Schmitt 1919: 58, 163-164). Con esta fórmula expresa la relación específica del sujeto romántico con el mundo: éste es sólo una ocasión y una oportunidad para el despliegue poiético de aquél. Se vuelve así creador del mundo, ya que para él sólo será mundo lo que sirva de ocasión para una vivencia propia. Este endiosamiento del sujeto – propio de la sociedad burguesa – permite captar con claridad el efecto disolvente de su actividad: todo acontecimiento externo le es indiferente porque, más allá de su gravedad o superficialidad, cualquiera puede servir de punto de partida para la actividad creadora del sujeto. Una guerra mundial, un desengaño amoroso o el movimiento de un molino pueden ser todos por igual ocasión para la poetización romántica. Esta indiferencia vuelve fútil toda intervención en el mundo y se expresa, llevada al plano subjetivo, en una aversión hacia los conflictos externos característica de los románticos. El envés antipolítico de esta actitud es la «reserva subjetivista» (Schmitt 1919: 135) que no sólo mantiene al romántico apartado de la realidad, sino que lo conduce a rechazar toda concretización efectiva de la acción. Frente al yo productor de la realidad moderna, el yo romántico prefiere el eterno errar sin dirección fija. En efecto, toda realización concreta es la destrucción del pleno infinito de posibilidades. Mientras que lo posible es un espacio fértil para aquel vagabundeo, transformar lo real es siempre una actividad mezquina. Así, con vistas a la preservación de su excitada creatividad los románticos convierten la posibilidad en una categoría más digna y más «real» que la realidad misma.

Esta opción por la posibilidad sustrae a la subjetividad romántica de toda definición y le constituye una línea de escape, un refugio al cual retirarse si apremia la necesidad de actuar. Mediante operaciones específicas evade siempre la responsabilidad de una resolución. Pero ¿Cuáles son esas operaciones que le permiten diferir indefinidamente la decisión? Schmitt señala la ironía y la intriga como los procedimientos propios de la subjetividad romántica:

El romántico evita la realidad, pero irónicamente y con ánimo de intriga. Ironía e intriga no son disposiciones de ánimo de un hombre en fuga, sino la actividad de un hombre que, en lugar de crear nuevas realidades, hace jugar una contra otra para paralizar la realidad limitada que en cada caso se presenta. El romántico se sustrae irónicamente a la objetividad opresiva y se guarda de comprometerse con cualquier cosa; en la ironía se encuentra la reserva de todas las posibilidades infinitas. Así preserva su genial libertad interior, la cual consiste en no renunciar a ninguna posibilidad (Schmitt 1919: 134).

Para Schmitt, en primer lugar, la ironía no es utopía. La operación utópica consiste en crear una realidad abstracta que sirva de criterio para juzgar la realidad concreta, pero en sí misma carece de realidad. El romántico, por el contrario, no crea realidades nuevas, sino que toma las existentes y las hace jugar de modo tal que se neutralicen y no haga falta intervenir en ellas. Frente a un conflicto concreto la ironía permite disolver la oposición de las partes en un «tercero superior» en el que se armonizan. Puede ser el Estado, la Iglesia o cualquier otro. En el caso de que aquel tercero neutralizador entre en conflicto, siempre será posible encontrar uno nuevo que neutralice al anterior. Es por ello que la decisión destruye la subjetividad romántica. Lo que la mantiene en su ser es, por el contrario, la dilación perpetua de la decisión que se sostiene en la operación de disolución de los conflictos a partir de la apelación al «tercero superior» que se constituye siempre como «la escapatoria ante la disyuntiva radical» (Schmitt 1919: 183).

Cuando esta operación de fuga se despliega sobre la actividad política se constituye como irresponsabilidad. Por un lado porque su carácter pasivo y prescindente la pone al servicio de cualquier fuerza externa a sí misma. Si ella no decide, otros decidirán por ella y la sumarán como parte de una intervención concreta, más allá de las reservas y excusas que interponga. Pero sobre todo porque en el campo político la dilación de la decisión produce caos y disolución. Schmitt insiste en el final de Romanticismo político en la oposición extrema entre la subjetividad romántica y la política. Pero esta oposición no refiere fundamentalmente a que el romántico político no sea un personaje efectivo en la política, sino al hecho de que, en su límite, una destruye a la otra. Si sólo afirmase la ineficacia política del romántico, no habría mayor problema: los románticos políticos serían unos personajes pintorescos que pasarían de una fuerza política a otra, redactando con alto estilo distintos programas sin importar su contenido. Pero la cuestión es más profunda y atañe al núcleo metafísico. La actividad política destruye al romanticismo porque lo determina y la neutralización romántica de la decisión socava todo orden en la medida en que impide la institución de una forma representativa, siempre fundada para Schmitt en un corte decisivo. De hecho, el romanticismo político como tal no existe; Schmitt llama así al «acompañamiento emotivo del romántico a un suceso político, que provoca ocasionalmente una productividad romántica» (Schmitt 1919: 239). Al señalar esta incompatibilidad, Schmitt indica el peligro que entraña para todo orden político el giro subjetivista de la secularización moderna que desplaza la omnipotencia divina hacia el yo. En ese sentido, la subjetividad romántica realiza en clave estética la operación burguesa de elevar la dimensión privada a fundamento último. El yo cerrado en sí mismo sirve ahora como criterio de acción y de pensamiento. Constituido a partir de una exaltada productividad artística, la subjetividad romántica lleva su operación de neutralización estética también a todas las dimensiones de la vida práctica:

La estetización general – considerada sociológicamente – sólo sirvió para privatizar por la vía de lo estético también los otros campos de la vida espiritual. Si se disuelve la jerarquía de la esfera espiritual, todo puede convertirse en centro de la vida espiritual. Pero todo lo relacionado con el espíritu, incluso también el arte, se transforma en su esencia, y hasta se falsea, cuando lo estético es absolutizado y puesto como centro. […]. Ni las decisiones religiosas, ni las morales, ni las políticas, ni los conceptos científicos son posibles en el terreno de lo puramente estético. Pero ciertamente, todas las contradicciones y diferencias objetivas, bien y mal, amigo y enemigo, Cristo y Anticristo, pueden convertirse en contrastes estéticos… (Schmitt 1919: 57).

Esto es lo que hace el romántico y lo que lo vuelve destructivo para la política, sólo posible a partir de tales decisiones. Como pensador de la autonomía de lo político, Schmitt no impugna la actividad romántica en sí, sino el desplazamiento de lo estético a lo político y el debilitamiento de los criterios específicos de este último ámbito que trae consigo. Schmitt no se opone, sin embargo, a la estetización de lo político desde una exigencia abstracta de pureza. Por el contrario, lo que el jurista señala es el peligro político que entraña la irresponsabilidad romántica. Al situarse en una posición pasiva que observa y acompaña, el romanticismo se pone «al servicio de otras energías no románticas y la elevación sublime por sobre la definición y la decisión se transforma en una compañía servil de fuerzas ajenas y de decisiones ajenas» (Schmitt 1919: 242).

2. La crítica de Schmitt al liberalismo no es una crítica, se trata más bien de una oposición polémica. Sobre todo por las implicancias subjetivas de la crítica: ella es una operación con una fuerte impronta liberal. En efecto, Schmitt no busca develar las injusticias que el liberalismo oculta, ni discutir indefinidamente al respecto, sino posicionarse frente a él como católico en el plano teológico, como decisionista en el plano jurídico y como estatalista en el plano político; es decir, no crítica, sino existencialmente.8 Esta oposición sin embargo no impide cierta oscilación en sus planteos. Muchas veces de hecho parece no quedar claro cuál es precisamente el objeto de la polémica ni la oposición misma: ¿Es el parlamentarismo de Weimar lo mismo que el liberalismo? ¿Son antiliberales las dictaduras comisariales y las presidencias fuertes o son más bien medidas extremas que permiten el resguardo de un orden liberal? ¿Por qué la cuestión de la propiedad privada – uno de sus aspectos fundamentales – no es un punto central en la oposición schmittinana al liberalismo?9 En verdad, en concordancia con la perspectiva tomada en su estudio sobre el romanticismo, gran parte de su abordaje polémico del liberalismo apunta a desentrañar el «espíritu» del liberalismo, es decir, el núcleo metafísico de la subjetividad liberal. Antes que ver las medidas que tomaron o toman los gobiernos llamados liberales, Schmitt busca delimitar las operaciones constitutivas del sujeto liberal para luego reconocer los aspectos liberales o no de los distintos acontecimientos y movimientos políticos («liberales» o no) que aborda. En ese sentido no son incoherentes con su antiliberalismo ni su participación en la defensa del Reich (supuestamente liberal) contra Prusia,10 ni el intento de sostener la Constitución de Weimar a partir de su interpretación del art. 48,11 ni sus elogios o acercamientos teóricos a grandes nombres de la tradición liberal como Jacob Burckhardt o Bejamin Constant.12 En todos los casos lo que rescata son los elementos no-liberales de todos esos compromisos – intelectuales y políticos – que asume. Es parte de su perspectiva antiliberal, justamente, no reducir toda explicación al individuo. En ese sentido, no todo lo que dice un hombre liberal como el pensador francés es liberal, por el contrario, un mismo hombre porta siempre diversas máscaras. Así, la teoría del pouvoir neutre parece situarse, al menos en su interpretación, del lado de un pensamiento político no liberal y cubre al nombre Constant con una máscara estatalista. Por otra parte, es propio del antiliberalismo de Schmitt sostener (en toda la amplitud del término) las concepciones e instituciones que en una situación política conflictiva conduzcan al mantenimiento del orden político. En ese sentido, más allá de las insuficiencias que encuentra en la Constitución de Weimar, es coherente que haya tomado partido por ella hasta el momento mismo de su derrumbe y que lo haya hecho subrayando insistentemente sus elementos no liberales. Porque, sin descuidar en nada la rigurosidad de sus ideas, Schmitt no desconoce el carácter político – i.e. polémico – de las mismas y las particularidades que se siguen de este reconocimiento: en primer lugar, que no se trata de realizar una descripción empírica de los gobiernos y las teorías liberales, sino de conceptualizar su principio existencial. En segundo lugar, que esa conceptualización no es neutral, sino que supone un posicionamiento político. No es lo mismo, en efecto, entender que el liberalismo es ante todo neutralización de la decisión que defensa de la propiedad privada; y la elección de una u otra definición no nace de un análisis pretendidamente objetivo de cierto corpus liberal (¡¿Cómo se delimita el corpus si no se ha tomado ya partido?!), sino de una decisión respecto de los actores e ideas concretas que intervienen en una situación política concreta.

En el contexto de una profunda inestabilidad política como la del período de entreguerras en Alemania, cuestiones como la libertad o la división de poderes, ambas constitutivas del liberalismo, eran a los ojos de Schmitt secundarias respecto de la cuestión nodal de la época.13 Ésta era la continuidad o no de la unidad política del pueblo alemán, que se definía en la capacidad o incapacidad de decisión del pueblo como un todo.14 La amplitud de la libertad de prensa o las facultades del poder legislativo son cuestiones que vienen a continuación de una decisión concreta acerca de la propia existencia como unidad política. En esa situación, Schmitt aboga por reforzar las instancias institucionales con competencias para tomar resoluciones extraordinarias como vía para frenar los continuos actos de desestabilización de los partidos situados en los extremos, posición que tiene su correspondencia en el plano teórico con sus desarrollos de conceptos como «estado de excepción», «soberanía» y «dictadura» entre otros. La posición contraria, el liberalismo, se empecina en cambio con una serie de dispositivos que, con independencia de las intenciones de los actores involucrados, conducen indefectiblemente, según Schmitt, hacia un proceso de disolución.15 En el plano político es éste el principal motivo de su antiliberalismo: «liberal» es un modo de actuar y pensar política y jurídicamente que en el contexto de la crisis de Weimar conduce a la destrucción de la unidad política del pueblo alemán.

Este modo de pensar y de estar se mueve para Schmitt entre dos perspectivas cercanas y complementarias, pero que revelan cada una de ellas aspectos diferentes de la subjetividad liberal. En primer lugar, centradas en los textos escritos hasta la primera mitad de la década del ’20, las ideas de Schmitt sobre el liberalismo se desarrollan con una fuerte presencia de los pensadores contrarrevolucionarios y ofrecen la imagen que ellos construyeron de la burguesía en el siglo XIX. La influencia de éstos, particularmente de Donoso Cortés, se percibe sobre todo en el lugar fundamental que ocupa el concepto de «discusión» como operación fundamental que constituye a la subjetividad liberal. En segundo lugar, aparece una caracterización del liberalismo que se construye a partir de la oposición a la teoría pluralista del Estado y al concepto de «compromiso» como operación fundamental del liberalismo en el contexto del fin de la distinción entre sociedad y Estado. En ambos casos, sin embargo, se mantiene el mismo sentido de las operaciones centrales de la subjetividad liberal: la dilación y su envés (anti)institucional, la negación del Estado como unidad soberana.

2.1 Schmitt retoma la caracterización que Donoso Cortés hace de la burguesía francesa durante la Monarquía de Julio como «clase discutidora» para situar a la discusión como operación constitutiva de la subjetividad liberal. Define así un criterio para comprender el liberalismo en su fundamento, que se construye sobre la imagen del liberalismo francés del siglo XIX acuñada por los contrarrevolucionarios. Esta caracterización no constituye para Schmitt un anacronismo ni aparece como insuficiente.16 En sus escritos de la primera mitad del ’20, por el contrario, señala con claridad que aquella imagen de los contrarrevolucionarios es la más adecuada para comprender el liberalismo imperante en la Alemania de Weimar. Lo anacrónico no es para él la lectura del liberalismo con criterios del siglo XIX, sino el liberalismo mismo, tanto en su modo de actuar como en sus instituciones, empezando por la misma Constitución de Weimar.17 Al igual que el romanticismo, la subjetividad liberal se constituye a partir de la dilación indefinida de la decisión; de allí su incapacidad para pensar y actuar en el contexto conflictivo de la entreguerra que para Schmitt demanda una decisión capaz de poner fin al caos político y establecer un orden. Según su parecer, la vigencia del pensamiento contrarrevolucionario se encuentra precisamente en esta apelación a la decisión como única vía de resolución de una situación de conflicto político extremo, incluso con cierta indiferencia respecto del contenido de la decisión:

El significado actual de aquellos filósofos contrarrevolucionarios del Estado reside empero en su consecuente opción por la decisión. Ellos elevaron el momento de la decisión a tal punto que finalmente suprimieron el pensamiento de la legitimidad, desde el cual habían partido. (Schmitt 1922: 69).

Schmitt remite al Ensayo sobre el catolicismo, el liberalismo y el socialismo de Donoso Cortés18 para mostrar el modo en que el liberalismo disuelve la necesidad de decidir en una eterna discusión. Allí el español señala al catolicismo y al socialismo como fuerzas políticas en pugna, una que sostiene la soberanía de Dios, otra la del Pueblo, en medio de las cuales se encuentra, sin decidirse, el liberalismo «que nunca dice afirmo ni niego y que a todo dice distingo» (Donoso Cortés 1851: 446). Con esta caracterización busca señalar el carácter inadecuado de la posición liberal frente a una situación de crisis política extrema (Donoso Cortés 1851: 449). Así lo expresa Schmitt:

En la esencia del liberalismo burgués se encuentra, según Donoso, el no decidirse respecto de esta lucha [entre catolicismo y socialismo], sino intentar entablar en su lugar una discusión. Define a la burguesía directamente como una «clase discutidora» [en esp. en el original]. Con lo cual queda juzgada, pues en ello reside su voluntad de evadir la decisión. Una clase que desplaza toda su actividad política a los discursos, la prensa y el parlamento no puede enfrentar una época de luchas sociales (Schmitt 1922: 64).

Esta última es la conclusión de Donoso Cortés que Schmitt aplica a su presente. No porque la «clase media» alemana del ’20 sea idéntica a la burguesía francesa del siglo XIX en su composición social, sino porque, más allá de las inmensas diferencias que pueden encontrarse entre ambas, se constituyen para su intervención política a partir de la misma operación: la dilación de la decisión bajo la forma de la discusión. Si Schmitt llama «burguesía» al actor que pone en acto el dispositivo dilatorio de la discusión, no lo hace tanto como un recurso retórico o por la influencia de von Stein, Marx y Cortés19; tal nombre posee una fuerte carga polémica y apunta a indicar el núcleo antipolítico de tal actor. En efecto, la caracterización schmittiana es política antes que sociológica y se orienta a la comprensión de la subjetividad liberal y sus efectos para la situación política de Alemania, y no a un pretendido conocimiento «objetivo» de una determinada clase social.

Si bien el abordaje schmittiano del liberalismo se orienta a partir de una caracterización político-filosófica del mismo, no se agota en ella. Por el contrario, la definición del núcleo metafísico sirve como criterio ordenador que permite comprender desde un posicionamiento claro los distintos fenómenos que trata. En ese marco se inscriben sus ideas sobre el parlamentarismo. Schmitt no hace una mera descripción empírica del mismo, sino que lo aborda muñido de una clave interpretativa a partir de la cual podrá distinguir su sentido específico y distinguir qué le es propio y qué no, aún cuando en las opiniones al respecto e inclusive en la práctica concreta se mezclen los tantos. Al respecto Schmitt es particularmente claro: «La forma típica de aparición [typische Erscheinungsform] del liberalismo político- jurídico es el sistema parlamentario» (Schmitt 1928b: 46). El parlamento es pues, desde esta perspectiva, la institución de gobierno que se articula sobre principios liberales. En efecto, para Schmitt, «todos los órganos y normas específicamente parlamentarios cobran su sentido sólo por la discusión y la publicidad» (Schmitt 1923a: 5). Ambas habían sido recursos esenciales para la lucha contra el absolutismo en el siglo XIX y revelan, al igual que la división de poderes, el sentido específico del parlamento: es una institución orientada fundamentalmente al control del gobierno. La discusión como principio parlamentario se erige sobre la confianza en que el libre intercambio de opiniones produce espontáneamente la armonía (Schmitt 1923a: 46). De allí el retorno inevitable al principio antipolítico de la dilación: si la verdad es el resultado de un debate honesto, todo corte o interrupción será ilegítimo por principio. El tiempo no constituye una variable relevante al momento de la discusión y todo resultado de una determinación alcanzado antes del acuerdo armonioso de las partes será espurio. Como dinámica de gobierno, el parlamentarismo tiende entonces a la postergación indefinida de la decisión y sitúa al parlamento como principal contrapeso al carácter resolutivo del ejecutivo. La publicidad, por su parte, nace como una exigencia frente a los arcana rei publicae como principio de gobierno (Schmitt 1923a: 47-48). Se liga con el principio de la discusión en el punto en que la libre competencia de opiniones precisa que las mismas sean públicas y visibles para que cualquier ser dotado de razón pueda emitir su voz al respecto. En su desarrollo histórico la publicidad se desprende del conflicto concreto que le dio lugar y se vuelve una exigencia absoluta, válida por sí misma. En verdad, para mantener su intensidad polémica siempre se encontrará un resquicio al que oponerse. Eliminados los arcana del poder, se desconfía ahora de los hombres que traman secretos planes para beneficiar sus propios intereses, o de las instituciones políticas que por su propia dinámica corrompen a las personas y ocultan la verdad. En todo caso, la publicidad aparece para el parlamentarismo como un «correctivo absoluto» (Schmitt 1923a: 49) capaz de hacer frente a las arbitrariedades del poder.

Esta caracterización le permite a Schmitt distinguir el parlamentarismo de la democracia, en torno a lo cual gira el texto de 1923 (y sobre todo el prólogo de la edición de 1926) sobre el parlamentarismo. Esta distinción es fundamental porque permite comprender el mayor déficit de éste último, a saber, la falta de reconocimiento de la nueva situación política causada por el advenimiento de las masas como actor central y casi exclusivo de la vida política en Europa. La identificación de democracia y parlamentarismo es, en verdad, a los ojos de Schmitt, una simple remisión de los principios liberales al nombre democracia: se llama democráticos a aquellos gobiernos parlamentarios que sostienen la división de poderes y la necesidad del debate público. De ese modo, queda impensado lo específico de la democracia que, en su exacerbación a partir de la masificación de la política, precisa de nuevas formas de acción política. El parlamentarismo nació con relación a una disputa específica y un enemigo específico: la monarquía absoluta. Al intentar trasladarlo automáticamente a la situación alemana de la entreguerra, pierde su efectividad y se vuelve un recurso estéril para afrontar los desafíos de la democracia de masas. El motivo lo refiere Schmitt, nuevamente, a la operación específica del liberalismo parlamentario: la discusión. Sus presupuestos y condiciones de posibilidad han variado; y si esa fue una operación efectiva contra el absolutismo, nada puede hacer frente a los dispositivos de control y dirección de masas. La primera condición para que la discusión sea efectiva es que sea tomada en serio y no aparezca como una puesta en escena para conservar las formas. El soporte de la discusión es la confianza en la razón, en la verdad y, de allí, en la posibilidad de convencer al otro o de que el otro me convenza mediante argumentos racionales. Pero esta condición se ha visto avasallada por la democracia de masas que se impone mediante dispositivos de sugestión y producción de verdad muy diversos. En la mezcolanza de recursos audiovisuales, técnicos, psicológicos orientados a producir efectos en las masas, la discusión pierde su especificidad y deviene un recurso más sin especificidad alguna:

La situación del parlamentarismo es hoy tan crítica porque la evolución de la moderna democracia de masas ha convertido la discusión pública que argumenta en una formalidad vacía (Schmitt 1923a: 9).

En las prácticas de gobierno la discusión se vuelve negociación. Pero entonces ya no persigue ni la verdad ni la justicia, sino la conveniencia y el acuerdo de intereses (Schmitt 1923a: 8). Esto no constituye para Schmitt una impugnación de la negociación y exigencia de discusión, sino que da cuenta de la insuficiencia de ésta y de la necesidad de impulsar otras formas de gobierno específicas para la democracia de masas.

2.2. Schmitt encuentra en la teoría pluralista del Estado una de expresiones más claras del liberalismo como «una teoría de la disolución o refutación del Estado» (Schmitt 1932a: 73). De acuerdo con ella, el Estado es una institución social más del complejo constituido por partidos políticos, sindicatos, agrupaciones de intereses, asociaciones civiles, la familia, las iglesias y demás organizaciones de la sociedad; no se encuentra ya por encima, sino junto a ellas (Schmitt 1930: 152). De ese modo pierde su núcleo político y se subsume en la heterogénea dimensión de lo social. Al hacerlo, el Estado queda equiparado a las restantes organizaciones sociales y pierde así el monopolio de la decisión. Frente a un conflicto ya no arbitra, sino que queda él también sujeto a la resolución que surja espontáneamente del libre juego social. Porque, desde el punto de vista de la teoría pluralista, ya no existe una instancia última de decisión, sino que ahora es cada individuo el que decide de acuerdo a sus relaciones de fidelidad y lealtad (a la familia, la empresa, la iglesia e incluso al Estado, pero puesto ahora al mismo nivel). Este desplazamiento de la decisión al individuo es, en verdad, una negación de la decisión en el sentido schmittiano de la palabra y en ello radica el carácter eminentemente liberal de esta teoría: ante la necesidad del trazado de directivas con relación a la vida política de un pueblo (en política exterior, economía, cultura, etc.) no hay una resolución posible; la dirección de la «sociedad» como un todo no puede ser determinada porque la decisión del conjunto se disuelve en una pluralidad inorgánica de voces. Al imposibilitarse de ese modo la decisión política, aquella que no sólo resuelve una situación de conflicto extremo, sino que configura y constituye la unidad de un pueblo, se pone en peligro, a los ojos de Schmitt, la continuidad del orden político existente. En los últimos años de la República de Weimar este peligro estaba representado fundamentalmente por el Partido Comunista y el Partido Nacional Socialista cuyos representantes insistieron, frente a un evidente (al menos para Schmitt) riesgo de disolución del Estado y la Constitución, en la defensa de los intereses particulares de sus partidos correspondientes sin atender al interés general del pueblo alemán como un todo.

La dispersión de las instancias de decisión vuelve imposible la comprensión del Estado como expresión de una voluntad unitaria. Frente a esto, la teoría pluralista concibe la institución del Estado como producto de un compromiso (Kompromiss). Con respecto a esta cuestión, Schmitt señala en primer lugar el vínculo de esta idea de compromiso como fundamento del Estado con la teoría dualista del Estado. Cuando no se comprende al Estado como una unidad cerrada en sí misma, sólo resta pensarlo como un compromiso entre partes que determinan el modo y forma de su existencia a través de contratos y acuerdos (Schmitt 1931: 60). Este punto de vista se manifestaba durante el siglo XIX en Alemania en la comprensión de la Constitución como un contrato cuyas partes eran el príncipe y el pueblo, el rey y las cámaras, el gobierno y el parlamento. Con el advenimiento de la democracia de masas, empero, se rompe aquella clara distinción y hace su entrada un concepto más amplio de compromiso que no se limita ya a aquellas figuras que permanecían dentro de la esfera del Estado. El compromiso en el que se sostiene la Constitución involucra ahora una pluralidad de partes entre las que se encuentran partidos políticos y asociaciones sociales con intereses de distinto tipo (económicos, religiosos, culturales). La construcción de la voluntad estatal ya no remite a una dimensión política-unitaria, sino justamente al compromiso de los distintos portadores del pluralismo estatal y las coaliciones que se constituyen de acuerdo al ámbito en el que se debe llegar a una resolución (política exterior, política económica, social o cultural). No se trata ya de las indefiniciones que se plasman en la Constitución en virtud de la concurrencia de diversos principios políticos y de la falta de definición por uno de ellos, sino del desplazamiento de la decisión hacia actores sociales no políticos (fundamentalmente económicos)20 que se produce en virtud de aquella indefinición. Cuando las posiciones e instancias constitucionales y políticas no son capaces de una resolución, entonces «otros poderes, sean legales o apócrifos, sea consciente o inconscientemente, se hacen cargo del rol del Estado y gobiernan por lo bajo, para decirlo de algún modo» (Schmitt 1931: 101). En la renuncia a decidir, el espacio de poder vacante nunca queda vacío. De este modo, sin embargo, se disuelve la unidad política del pueblo y se allana el camino para el advenimiento de otro tipo de orden en que el Estado ha sido colonizado enteramente por la sociedad. A este fenómeno, que para Schmitt no era ya una proyección, sino la situación efectiva de la gran mayoría de los Estados industriales, lo llamó «Estado total».21 El Estado como compromiso entonces conduce al aplazamiento indefinido de la decisión mediante la multiplicación indeterminada de las instancias de decisión: si todos deciden por sí mismos, entonces no hay decisión común.

La negación de la decisión política inscripta en el concepto de compromiso es referida también por Schmitt en su Teoría de la Constitución para referirse a la Constitución de Weimar. Le asigna allí «carácter de compromiso» en la medida en que, respecto de diversas cuestiones centrales, hace del aplazamiento de la decisión su procedimiento más característico. El compromiso consiste en ese contexto en la búsqueda de una «formula que satisfaga todas las exigencias contradictorias y deje indecisa en una expresión anfibológica la cuestión litigiosa misma» (Schmitt 1928a: 54). Así, si bien en última instancia Weimar se constituye como una democracia constitucional burguesa y rechaza la alternativa socialista (que se presentaba en ese entonces bajo la forma soviética), no excluye la introducción de diversos principios de distinto corte, relativos a las «leyes constitucionales», que la vuelven una Constitución «mixta».22 En ella conviven aspectos liberales con otros socialdemócratas o de antiguo cuño que no siempre son compatibles entre sí. Frente a esta convivencia de elementos difícilmente conciliables, el aplazamiento indefinido de una decisión que resuelva la cuestión en favor de uno u otro se vuelve así el dispositivo más corriente. En el contexto de la Teoría de la Constitución, Schmitt refiere a esta idea de compromiso para señalar que en la ley no hay contenida voluntad alguna y que toda la mezcolanza de principios jurídicos y políticos contenidos en la Constitución de Weimar sólo tiene sentido sobre la base de una decisión del pueblo alemán en su conjunto a favor de la democracia constitucional y, lo que para Schmitt es más fundamental, en contra de una República socialista de Consejos como la que impulsaban los espartaquistas (Schmitt 1928a: 57). Si la de Weimar es una Constitución, lo es porque hay una voluntad política unitaria que la sostiene, éste es su supuesto, aún cuando se encuentre repleta de formulas dilatorias.

En este punto se visualiza el carácter de compromiso de la Constitución de Weimar no ya respecto de cuestiones puntales, sino tomada en su conjunto: ella está partida en dos. La primera parte, que delinea los rasgos fundamentales de un sistema parlamentarista, formalista y liberal, y la segunda que es, en realidad, «una segunda parte contrapuesta a la primera, heterogénea respecto a la que organiza un Estado legislativo parlamentario; en suma, una segunda Constitución» (Schmitt 1932c: 58). En efecto, la segunda parte se ordena como un sistema jurídico con principios no sólo diversos, sino incluso contradictorios con los que ordenan la primera parte. De hecho, la segunda parte introduce una serie de principios materiales sustantivos que rompen con la neutralidad axiológica de la primera. Sin embargo, el antagonismo más fuerte no se encuentra allí, sino en los principios ordenadores de cada parte, que da nombre al libro donde se abordan estas cuestiones con mayor profundidad: por un lado el principio de legalidad, por el otro, el de legitimidad.23 De allí que la Constitución de Weimar, aún cuando contenga importantes determinaciones políticas, lleva inscripta la postergación liberal de la decisión en su estructura misma, ya que elude definirse respecto del sistema que la ordena (legalidad parlamentaria o legitimidad plebiscitaria). Esta indefinición nodal es lo que la vuelve fuente de inestabilidad política y del debilitamiento de la unidad política del pueblo alemán. Porque, en el contexto del pluralismo estatal, la falta de decisión respecto de estos principios los vuelve a ambos obsoletos como principios ordenadores y los reduce a una función meramente instrumental al servicio de los intereses en pugna:

La legalidad y la legitimidad se convierten entonces en instrumentos tácticos, de los que cada cual se sirve conforme le resulte ventajoso en el momento, arrojándolos a un lado cuando se dirijan contra él mismo, y tratando cada una constantemente de arrancárselos de la mano al otro. Ni la legalidad parlamentaria, ni la legitimidad plebiscitaria, ni ningún sistema concebible de justificación, pueden sobrevivir a semejante degradación en herramienta técnico-funcionalista. También la Constitución se disuelve en sus elementos y en sus posibilidades de interpretación contradictorios, y ninguna ficción normativista de «unidad» impedirá que cada uno de los grupos en pugna se apodere de aquel fragmento o palabra de la Constitución que le parezca más apropiado para derribar al partido contrario, también en nombre de la Constitución. La legalidad, la legitimidad y la Constitución, en vez de impedir la guerra civil, sólo contribuyen a exacerbarla (Schmitt 1932c: 116).

En otro pasaje similar de El custodio de la Constitución, parece afirmar (Schmitt emplea en este caso el potencial) no ya la posibilidad de una guerra civil, sino su efectividad, al menos en estado larvado:

Si el Estado no fuese nada más que este sistema pluralista, entonces sería en verdad sólo un compromiso continuo; su constitución sería un contrato entre complejos sociales de poder que construyen y basan el sistema pluralista sobre la base de la frase pacta sunt servanda; los contrayentes retendrían su obra, la Constitución, en sus manos, permanecerían como amos del contrato constitucional, el cual podrían modificar tal como lo habían constituido y persistirían entre sí como magnitudes políticas autónomas. Lo que quedaría de unidad estatal sería entonces (como en toda alianza y contrato) el resultado de una alianza acordada con reservas existenciales. «El contrato entonces sólo tiene el sentido de un acuerdo de paz entre los grupos pactantes, y un acuerdo de paz posee siempre, quiéranlo así o no los partidos, una relación con la posibilidad de la guerra, por más lejana que sea.»24 Eso sería, cuando las agrupaciones decisivas entre amigo y enemigo se determinan internamente en vez de externamente, una guerra civil. ¿Qué sería en una situación tal «Estado» y qué el «todo» de la unidad política de un pueblo? (Schmitt 1931: 141-142).

En efecto, que el Estado y la Constitución sean compromisos, supone que no hay una subjetividad común, sino que los que pactan mantienen una «reserva existencial» respecto de todo lo que pueda ser decidido estatalmente. En ese sentido, todos los pactantes son, potencialmente, enemigos. Si el liberalismo pluralista conduce a esta posibilidad es justamente porque posterga indefinidamente la decisión política a partir de la cual se destruye aquella reserva mediante la institución de una relación de representación. Para Schmitt el liberalismo es, en su núcleo mismo, desestabilizador. Porque no se trata solamente de su escasez de recursos para hacer frente a situaciones excepcionales, sino que, al preservar lo particular frente al Estado, no puede dejar de afirmar, al mismo tiempo, la posibilidad real de la guerra civil. Sobre todo en el contexto de la sociedad de masas en el que ha desaparecido la distinción entre Estado y sociedad y, en consecuencia, los antagonismos sociales y económicos ya no tienen sobre sí un criterio superior capaz de limitarlos. Desde esta perspectiva, no hay orden sin política y cuando reina la paz, ello se debe al Estado y la política, y nunca a los diversos mecanismos liberales de control del poder. Lo que Schmitt percibe cada vez más claramente es que los actores sociales desligados de una articulación política, pero activos en su intervención a través de acuerdos y compromisos, sólo ven en la política un recurso para proteger y fomentar sus propios intereses. El hecho de pensarla de ese modo revela la aspiración íntima de estos actores a disponer de todas las ventajas del poder político sin asumir ninguno de sus peligros.25 Pero, si nada se debe a la política y sólo es posible pensar la responsabilidad con relación a los propios intereses privados-económicos, entonces no hay ya unidad, sino sólo fragmentación y guerra civil latente.

La negativa a reconocer un criterio autónomo de lo político une en lo más íntimo al romanticismo y al liberalismo en su común antipoliticidad. Pero mientras que el romanticismo articula dicha negativa mediante una estetización general de la realidad, el liberalismo lo hace mediante la resignificación de conceptos políticos mediante otros de orden ético o económico. Así, por ejemplo, la lucha se vuelve ahora competencia o discusión, el Estado se torna sociedad, el pueblo es ahora masa de consumidores, y el dominio y el poder se convierten en propaganda y manipulación de masas (Schmitt 1932a: 100). El dispositivo es el mismo: desconocer la especificidad de lo político y su subsunción bajo otras esferas que permiten la neutralización – conceptual – de la conflictividad como presupuesto y de la necesidad de decisión y forma representativa que se sigue de ella. Es en este sentido que no puede haber una «política liberal, sino siempre únicamente una crítica liberal a la política» (Schmitt 1932a: 98). Así como el romántico no podía intervenir políticamente, sino sólo acompañar emotivamente un suceso político, la crítica es el modo liberal de ese acompañamiento. Los liberales «yo discuto» y «yo contrato», por un lado, y el romántico «yo poetizo», por otro, son distintas formas de aparición del «yo difiero» constitutivo de la subjetividad antipolítica. La lúcida comprensión de estas figuras por parte de Schmitt no se desarrolla a partir de un mero interés científico por el conocimiento, sino por motivos políticos. A través de ellas Schmitt puede comprender y posicionarse en la conflictiva situación alemana del período de entreguerras. Su voz en ese contexto no tiene matices: frente a la crisis nada pueden hacer las discusiones y compromisos, es la política la que debe ponerse al frente. Cuando una época demanda una decisión, su dilación sólo puede conducir a la fragmentación y disolución.

NOTAS:

  1. La fuerza explicativa del momento excepcional es una de las premisas del abordaje schmittiano de los conceptos políticos. En efecto, «Lo normal no prueba nada, la excepción prueba todo; no sólo confirma la regla, la regla vive en verdad sólo de la excepción» (Schmitt 1922: 21).
  2. Para Schmitt la Constitución de Weimar no era expresión de una decisión unitaria, sino el fruto de un acuerdo. De allí la mezcolanza de principios (socialistas, liberales, católicos, etc.) que contiene y la escisión profunda entre la primera y la segunda parte. Ver Schmitt 1928a: 52-57; Schmitt 1932c: 57-79.
  3. Fundamentalmente el parlamentarismo de corte liberal. Ver Schmitt 1923a.
  4. La referencia es aquí a la negativa del presidente Hindenburg a establecer una dictadura en defensa de la Constitución y la consiguiente designación de Adolf Hitler como Canciller en 1933.
  5. Ver Galli 1996: 216.Schmitt 1919: 82, 126.
  6. Ver también Schmitt 1923b: 10-12. Schmitt 1922: 59.
  7. Ver Galli 1996: 215.
  8. Maschke 1988: 73. El contraste con la perspectiva liberal es bien clara: mientras que el libro que contiene el artículo de Maschke, cuyos compiladores se reconocen liberales ellos mismos, refiere en su título a la «crítica del liberalismo» de Schmitt, Maschke, que se denomina a sí mismo anti-liberal, entiende la posición de Schmitt frente al liberalismo como una oposición y no como una crítica.
  9. Sobre la cuestión de la propiedad como principio del liberalismo ver Schmitt 1928a: 299; Schmitt 1932a: 99.
  10. Sobre esta cuestión véase Schmitt 1932b; Bendersky 1983: 154-167.
  11. Véase, entre otros, Schmitt 1925; Schmitt 1931: 132-159.
  12. Para la figura de Jacob Burkchardt véase Schmitt 1932a: 54; Schmitt 1928a: 103. Sobre Constant véase Schmitt 1925: 26, Schmitt 1931: 132 y ss. Véase también Dotti: 2005.
  13. Véase Schmitt 1923a: 47-50.
  14. Véase Schmitt 1931: 110.
  15. Uno de los ejemplos más significativos es el referente al desplazamiento liberal de la legitimidad por la legalidad. En la introducción a la segunda edición de 1968 de Legalidad y Legitimidad, Schmitt señala cómo la legalidad fue el «arma más poderosa» de Hitler para llegar al poder. Véase Schmitt 1931: 16-18.
  16. En su análisis de La situación espiritual-histórica del parlamentarismo actual, Eugenia Parise sostiene que una de las deficiencias del planteo schmittiano consiste en reducir la complejidad de los actores sociales que conforman la «clase media» a la burguesía del siglo XIX. Pero al afirmar esto pierde de vista la perspectiva schmittiana, ya que ésta no busca una descripción empírica del sujeto del liberalismo, sino la caracterización de su núcleo metafísico. Véase Parise 1995: 30-32.
  17. «La constitución de Weimar es en cierto sentido algo póstumo. Ella realiza reivindicaciones, ideales y programas que fueron de actualidad en 1848» (Schmitt 1928b: 44).
  18. Donoso Cortés 1851: 441 y ss.
  19. Ésta es la posición de Parise, véase nota 16.
  20. Sobre el devenir del Estado pluralista en un Estado económico y en una policracia donde domina lo económico sobre lo político, véase Schmitt 1931: 91-94.
  21. Sobre el «Estado total» Schmitt 1931: 73-91. Sobre el carácter «totalitario» del pluralismo Schmitt 1932c: 115.
  22. Éste es el sentido de «mixto» en el contexto de la Teoría de la Constitución (Schmitt 1928a: 53). En «El Estado de derecho burgués» refiere esta idea de status mixto a todo Estado burgués y avanza un paso más al señalar el sentido de la «mixtura»: los principios opuestos contenidos entre sí se neutralizan mutuamente a favor de la libertad individual del burgués. Véase Schmitt 1928b: 46.
  23. La referencia es, por supuesto, a Legalidad y legitimidad.
  24. Cita de Schmitt al texto de su autoría «Ética estatal y Estado pluralista». Véase Schmitt 1930: 164.
  25. Los actores de este uso meramente instrumental de lo político que busca sustraerse al elemento de riesgo que porta son llamados por Schmitt «poderes indirectos» y surgen junto con sus reflexiones acerca del Estado pluralista. Véase por ejemplo Schmitt 1931: 64. Pero esta figura tiene un desarrollo posterior en su texto de 1938, sobre la figura del Leviatán en Hobbes. Allí también se encuentran relacionados con la idea de pluralismo y de evasión del riesgo político, pero con vistas a pensar el fracaso del Leviatán como símbolo político capaz de contenerlos y la consiguiente decadencia de la estatalidad moderna. Véase Schmitt 1938: 123-141. Sobre este tema ver Dotti 2002. Allí el autor señala cómo en el contexto de 1938 Schmitt también incluye entre los poderes indirectos a los organismos paraestatales del nacionalsocialismo. El texto sobre el Leviatán expresaría así una forma de compromiso (quizás tenue, pero real) contra el nazismo.

REFERENCIAS:

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Carl Schmitt (1932b), «Schußrede vor dem Staatsgerichthof in Leipzig in dem Prozeß Preußen contra Reich». Se cita según la tercera edición de Carl Schmitt, Positionen und Begriffe im kampf mit Weimar – Genf – Versailles 1923-1939, Berlin, Duncker & Humblot, 1994.

Carl Schmitt (1932c), Legalität und Legitimität, München/Lepzig, Duncker & Humblot, 1932. Se cita según la traducción al español de J. Díaz García, Legalidad y legitimidad, Buenos Aires, Struhart & Cía., 1994.

Carl Schmitt (1938), Der Leviathan in der Staatslehre der Thomas Hobbes. Sinn und Fehlschlag eines politischen Symbols, Hamburg, Hanseatische Verlaganstalt, 1928. Se cita según la traducción al español de A Attili, El Leviatán en la doctrina del Estado de Thomas Hobbes, México D.F., Universidad Autónoma Metropolitana, 1997.

Hardt y Negri: ‘Asamblea’, o cómo cartografiar los últimos ciclos de luchas (I)

por Miquel Martínez  / Josep Artés

Tomando como punto de partida Asamblea, el título más reciente de Hardt y Negri, recorremos la producción conceptual con la que ambos autores analizan los últimos ciclos de luchas.

Ahora que se cumplen dos décadas desde la publicación de Imperio (2000), Michael Hardt y Antonio Negri completan con su última obra, Asamblea (2019), el análisis que durante estos últimos años han llevado a cabo sobre las resistencias y los contrapoderes capaces de poner en cuestión los intentos del capitalismo por monopolizar las relaciones políticas, sociales y económicas.

El recorrido de los autores comienza así con la entrada del nuevo milenio, no solo analizando sino también acompañando el ciclo de luchas surgido alrededor del movimiento por una globalización alternativa, en el marco del capitalismo en fase avanzada y en plena ofensiva e intento de expansión del modelo neoliberal. Unos años más tarde, y ante la necesidad de poner el foco sobre las alternativas que se pueden dibujar ante un poder que se pretende imperial, los autores saludarán en Multitud (2004) la formación de una nueva subjetividad colectiva atravesada por la heterogeneidad y con un potencial creativo capaz de descentrar las formas de atribución de valor propias de la extracción capitalista. De la misma manera, siguiendo en esta línea de destituir las relaciones propias del capitalismo para constituir un nuevo orden de relaciones a todos los niveles, en Commonwealth (2009) los autores trabajarán sobre el concepto del común como espacio ontológico propio de la multitud y en el que esta subjetividad, esta inteligencia colectiva, es capaz de dar lugar a nuevas formas de riqueza encarnadas en el ámbito de la producción material y, en general, en la creación de formas de vida.

De esta manera, y después de elaborar en Declaración (2012) una crónica urgente sobre la ola de revueltas que emerge en 2011 en distintas partes del mundo ―de las primaveras árabes al 15M, pasando por Occupy Wall Street―, en Asamblea los autores llaman la atención sobre la necesidad de analizar los problemas de organización que surgen alrededor de los movimientos sociales y políticos, así como de encontrar formas de articulación para las nuevas relaciones que, en cada nuevo ciclo de luchas, desde principios del siglo XX ―y aun antes, si orientamos el punto de referencia hacia acontecimientos como el alzamiento zapatista― se han dado como alternativa al orden impuesto, a escala global, por el sistema capitalista.

En este sentido, con Asamblea se trata de poner a trabajar la producción conceptual a la que han dado lugar Hardt y Negri a lo largo de la serie de textos precedentes, cerrando así una línea de análisis que nos permite recorrer la línea roja ―en ocasiones latente y subterránea― de las revueltas que durante las últimas décadas han puesto en duda la estabilidad sistémica neoliberal. De esta manera, poniendo el foco en las experiencias concretas de los movimientos sociales, así como en las nuevas formas de actividad orientada a la producción de valor, Asamblea sistematiza un conjunto de respuestas a la principal cuestión que atraviesa tanto la obra conjunta de los autores como la importante producción anterior de Negri, y que se puede analizar a través de dos ejes entrelazados: el problema de la organización de las luchas, si miramos hacia el interior de los movimientos políticos y sociales; y el problema de la institución, si miramos hacia el exterior, hacia la conformación de las relaciones en el campo social.

Abordamos, en este texto, el marco en el que los autores desarrollan su obra, con el fin de explicitar desde qué posición tratan Hardt y Negri de pensar el presente. Para una segunda entrega, reservamos el análisis de los dos ejes que acabamos de mencionar: el relativo a las líneas de organización, con las que dotar de mayor fortaleza a las luchas, y el relativo a la creación institucional bajo premisas disimétricas a las del poder capitalista.

Nuevos ciclos de luchas, nuevos instrumentos para el análisis

Los elementos que acabamos de apuntar aparecen como resultado de un proceso de renovación del cuerpo teórico y de los mecanismos de intervención del marxismo. Por esta parte, Asamblea se expresa de manera explícita ―como se puede ver en los apartados titulados “Debates marxistas”― y, de manera más o menos clara, en los demás capítulos. Los autores inciden, con este trabajo de actualización del análisis y de las prácticas marxistas, en lo que constituye una constante en su producción. Asimismo, en la obra de Negri, con títulos como Los libros de la autonomía obrera (1970-1978) o Marx más allá de Marx (1979) ―así como en la trayectoria militante del autor, cuya experiencia se puede seguir en grupos como Potere operaio o Autonomia―, se encuentra también presente la necesidad de recuperar, desde una lectura abierta y crítica, los principales elementos con los que el marxismo ha analizado las relaciones de producción y de poder dentro del sistema capitalista.

Por este lado, si bien en las últimas décadas las condiciones en que se dan los procesos de producción han mutado, al mismo tiempo que lo han hecho los medios necesarios para la creación de riqueza, la explotación sigue presente como signo ineludible de la expropiación que el poder capitalista lleva a cabo sobre la sociedad en su conjunto. Como señalan los autores de manera clara en Asamblea, este proceso de privatización de los beneficios que lleva a cabo el capitalismo tiene en la actualidad un carácter abiertamente parasitario, en la medida en que el tipo de actividades que se realizan ya no necesitan, en muchas ocasiones, ni de la organización ni de los medios que antes disponía el capitalista.

El poder de mando global se ejerce ahora sobre procesos de producción de tipo intelectual, afectivo ―en un sentido amplio― con capacidad para funcionar de manera cooperativa y autónoma. A esto se refieren Hardt y Negri cuando recuerdan los cambios que han llevado, a partir del año 68, a la constitución de una nueva fuerza de trabajo cuya producción solo se puede entender en términos sociales y desde la cooperación colectiva, y que surge como resultado del declive progresivo del obrero masa propio de la producción fordista y del obrero especializado propio de la gran industria. Asimismo, el avance de las nuevas tecnologías y su aplicación a los procesos productivos ―cuyo ejemplo más destacado se encuentra en la robotización o la toyotización de las actividades― ha provocado un cambio sustancial en las luchas: si las posibilidades de éxito por parte del movimiento obrero se encontraban en un principio en la capacidad por hacerse con los medios de producción, el tipo de trabajo que se desarrolla en la actualidad implica que en muchas ocasiones la fuerza de trabajo disponga de los medios necesarios, no solo para llevar a cabo su actividad sino, además, para hacerlo sin necesidad de intermediación alguna. Hardt y Negri toman como punto de partida el análisis que expone Marx en los Grundrisse sobre la mecanización de la producción, alertando del peligro de caer en planteamientos ingenuos respecto de la tecnología. Dicho de otro modo, la liberación del proletariado no depende tanto de los avances tecnológicos como de la capacidad de apropiación que muestre sobre estos avances y sus potencialidades productivas.

De hecho, las posibilidades de supervivencia por parte del sistema se encuentran en buena medida ligadas a su capacidad de conformar, de manera estructural, un modelo de subjetividad compatible con las exigencias del gobierno neoliberal. Siguiendo las huellas del análisis que lleva a cabo Foucault sobre el poder, Hardt y Negri parten así desde una concepción de carácter biopolítico. El poder se cierne sobre la vida en su conjunto en la medida en que no trata solo de incidir en sentido extensivo, ocupando la totalidad del territorio, sino también en sentido intensivo, es decir, mediante la conformación del medio y de las subjetividades que lo han de habitar. El poder capitalista, si bien necesita mantener centros de mando e instaurar ciertas jerarquías, se distribuye así de forma inmanente. Con esto el sistema no solo trata de determinar las relaciones de producción ―lo que el marxismo clásico entiende por el ámbito de la infraestructura― sino también, y de manera acompasada, las relaciones de reproducción ―lo que desde la perspectiva marxista clásica se inserta en el ámbito de la superestructura―.

En en este contexto, la ley del valor ya no solo debe captar las relaciones que se dan entre los muros de la fábrica y, por tanto, en espacios de tiempo delimitados y sobre unidades simples de producción, de carácter objetivo y susceptibles, por tanto, de ser contabilizadas en términos de valor de cambio. La huella de la explotación sobre la actividad de la fuerza de trabajo, tal y como quedaba albergada en la mercancía, resulta, así, cada vez más tenue para el análisis. De esta manera, un análisis sobre la ley del valor que trate de responder a las condiciones del contexto actual, debe captar el resultado de la extracción de beneficios que el capitalismo lleva a cabo a gran escala, sobre el conjunto de las relaciones que constituyen el campo social, sin límites en el tiempo y en un espacio abierto para la acción. Por decirlo con el “Post-scriptum sobre las sociedades de control” de Deleuze, que los autores citan en más de una ocasión, el análisis sobre el valor producido y su alienación se debe dar en un contexto en el que la vieja fábrica deviene al fin alma empresarial, capaz de propagarse por la sociedad en su conjunto. Esto es, en definitiva, lo que Hardt y Negri definen como la subsunción ―por absorción, colonización, captura― real de las formas de vida por el capital.

Nuevos ciclos de luchas, nuevos objetivos

En todo caso, los autores rechazan la determinación teleológica, finalista que la dialéctica clásica reserva para los cambios en la sociedad. En términos eminentemente materialistas, para Hardt y Negri solo las relaciones que se dan en el campo social, así como la capacidad de orientación y organización de las rupturas y los acontecimientos que se liberan con cada nuevo ciclo de luchas, pueden decidir el alcance de los procesos de cambio. De la misma manera, teniendo en cuenta el contexto biopolítico y la necesidad por parte del sistema capitalista de eliminar todo espacio de exterioridad, los autores rechazan que sea la confrontación directa con el poder de mando el único motor de las transformaciones sociales. Esto no implica abandonar el antagonismo como elemento alrededor del cual explicar las relaciones de fuerza en el seno de la sociedad. De lo que se trata es de entender tal antagonismo en términos positivos, de creación de alternativas, y no solo desde la necesidad de combatir de manera frontal los embates del poder.

En este sentido, si bien en muchas ocasiones es necesario crear diques de contención frente a la violencia que se genera desde los poderes establecidos, o que segregan los grupos de extrema derecha, a medio y largo plazo se trata de abrir espacios que escapen de la influencia del sistema; espacios que, en todo caso, no se deben configurar desde la pureza de las identidades políticas, como reductos para una minoría militante, sino como territorios amplios en los que articular las distintas singularidades que caen bajo las exigencias del sistema y que, al mismo tiempo, pueden vivir bajo parámetros de relación y de producción que dejen atrás la explotación neoliberal.

Es de esta manera que cabe entender nociones como la de éxodo, en este caso por el lado de la construcción de subjetividades subversivas y, pues, desde la posibilidad de conjugar las resistencias con la creación de alternativas. De manera más exacta todavía, se trata de hacer que las resistencias constituyan en sí mismas, al menos de forma germinal, un indicio sobre las relaciones que se pueden articular más allá del radio de acción del modelo neoliberal. Como se puede leer en distintas partes de su obra, los autores recuerdan la afirmación de George Jackson, miembro del partido Black Panther, que exhortaba a no olvidar tomar un arma antes de emprender cada nueva huida. Este elemento supone, de hecho, una de las líneas que Hardt y Negri no han dejado de explorar a lo largo de su producción: la utilización de la fuerza en sentido democrático y, así, como una forma de combatir los efectos negativos que el modelo neoliberal inocula, de manera estructural, sobre la población en su conjunto. Pero sobre todo, así se puede entender la importancia que conceden los autores a las acampadas que surgieron alrededor de las protestas de 2011 y que sirvieron para poner en duda las bases del sujeto que el neoliberalismo ha construido los últimos tiempos, contando con los materiales que disponen los medios de comunicación de masas, los instrumentos de control avanzado, la deuda como mecanismo de alienación de la riqueza o el modelo representativo en el ámbito de la decisión política.

Hardt y Negri recuperan, pues, para su última obra uno de los aspectos principales de su pensamiento: la prioridad ontológica de las luchas y la producción de los movimientos sociales y políticos sobre los intentos de control y extracción de beneficios que pone en juego el poder capitalista. Esto coincide con la afirmación radical de la inmanencia que los autores reivindican en el conjunto de su producción. Siguiendo en este caso los pasos de Spinoza ―y de la lectura que lleva a cabo Negri sobre la obra del autor de la Ética en La anomalía salvaje(1981)―, la constitución ontológica del ámbito de lo social depende de unas composiciones de cuerpos determinadas ―atravesadas por un conjunto de discursos―, entre las cuales circulan una serie de afectos de distinto tipo. En definitiva, la acción de la multitud tiene la capacidad de dar lugar a la vida en su totalidad; de la misma manera que el capitalismo, en la medida en que incide sobre la vida extrayendo y privatizando la potencia creativa de la multitud, se define en última instancia como un poder de muerte. La distinción propia del marxismo entre el trabajo vivo ―por el que el proletariado crea un conjunto de relaciones capaces de transformar la realidad― y el trabajo muerto ―por el que el capitalista extrae la plusvalía―, resuena así en el análisis que llevan a cabo los autores. Al fin y al cabo, como recuerda Negri en una de las entrevistas que ha concedido con motivo de la publicación de Asamblea, “ya no podemos seguir moviéndonos sobre la base de una crítica que no sea colorida, que no esté cargada de los sabores de la vida”.

Por Miquel Martínez  / Josep Artés

Profesores de Filosofía