


Por Claudio Katz
El peronismo es la estructura política dominante desde la mitad del siglo pasado. Mantiene gran primacía como cultura, fuerza electoral y red de poder.
Su versión clásica (1945-55) se inspiró en el nacionalismo militar y apuntaló a la burguesía industrial, en conflicto con el capital extranjero y las elites locales. Las confrontaciones con las potencias imperiales nunca alcanzaron la intensidad de los procesos radicales antiimperialistas (Arbenz en Guatemala, Torrijos en Panamá). Pero incluyeron choques del mismo alcance que otras presidencias progresistas (Cárdenas en México).
El primer peronismo implementó mejoras sociales de enorme envergadura. En ningún otro país de la región se forjó un estado de bienestar tan próximo a la socialdemocracia europea. Por esa razón logró un inédito sostén en la clase obrera organizada. Resulta difícil encontrar otro ejemplo internacional de identificación tan estrecha del proletariado con un movimiento no comunista, socialista o anarquista.
El segundo peronismo fue totalmente diferente (1973-76). Estuvo signado por la violenta ofensiva de las vertientes fascistas (López Rega) contra las corrientes radicalizadas (JP, Montoneros). La derecha arremetió a los tiros contra la vasta red de militancia forjada durante la resistencia a la proscripción de Perón. Actuó con furia contrarrevolucionaria en el contexto insurgente de los años 70.
La presencia de esos dos polos extremos al interior del mismo movimiento fue una peculiaridad de ese peronismo. Incluyó corrientes antagónicas, que en el resto de América Latina confrontaban en organizaciones opuestas. La convivencia de Argentina era inimaginable en otras latitudes como Chile, dónde Pinochet y Allende nunca compartieron el mismo el espacio.
El tercer peronismo fue neoliberal. En los años 90 Menem puso en práctica las políticas de privatización, apertura comercial y flexibilización laboral, que implementaban los thatcheristas de todo el mundo. No fue el único converso de ese período (Cardoso en Brasil, PRI de México), pero nadie corporizó una deserción tan impúdica del viejo nacionalismo.
El riojano perpetró atropellos que superaron las tropelías del antiperonismo. Atacó a los huelguistas de la telefonía, el petróleo y los ferrocarriles que se oponían a las privatizaciones, desarticuló los sindicatos combativos y domesticó a la burocracia sindical. Menem aprovechó el contexto internacional de euforia neoliberal y el agobio interno generado por la hiperinflación, para imponer su terrible modelo de injusticia social.
Sus agresiones demostraron hasta qué punto el peronismo puede encabezar procesos regresivos. Esa misma mutación reaccionaria se verificó en otros casos, como el MNR de Bolivia o el APRA de Perú. Pero esas formaciones se extinguieron o abandonaron definitivamente todo nexo con su base popular. Afrontaron la disolución o el declive.
En cambio el peronismo recompuso la fidelidad de su electorado, modificando el principal cimiento de ese sostén (sindicatos, precarizados, funcionarios, capitalistas). Siempre mantuvo una relación tensa con el establishment y nunca logró la adhesión perdurable de la clase media. El grueso de ese sector preservó su afinidad con otros partidos tradicionales.
Los tres peronismos del siglo pasado ilustran la multiplicidad de variedades que asumió ese movimiento. Ha protagonizado grandes crisis y sorpresivas reconstituciones. De cada desplome emergió un nuevo proyecto amoldado a los tiempos.
EL PROGRESISMO KIRCHNERISTA
El kirchnerismo encabezó un cuarto peronismo de índole progresista. Retomó con otros fundamentos las mejoras del primer periodo. El viejo paternalismo conservador fue reemplazado por nuevos idearios pos-dictatoriales de participación ciudadana. La confrontación interna con la derecha no fue dramática y se zanjó con un distanciamiento del duhaldismo.
Kirchner reconstruyó el aparato estatal demolido por el colapso del 2001. R estableció el funcionamiento de la estructura que garantiza los privilegios de las clases dominantes. Pero consumó esa reconstitución ampliando la asistencia a los empobrecidos, extendiendo los derechos democráticos y facilitando la recuperación del nivel de vida. Su gestión incluyó alejamientos del justicialismo ortodoxo e intentos de refundación “transversal”. Hubo un infructuoso tanteo de confluencia con los herederos del alfonsinismo.
Kirchner se amoldó al nuevo escenario de regresión industrial y fractura entre trabajadores formales y precarizados. M antuvo el soporte popular del peronismo, pero tomó distancia de la clase obrera, buscando neutralizar el protagonismo sindical.
Cristina introdujo una impronta más combativa, gestada en la confrontación con la derecha (agro-sojeros, medios de comunicación, fondos buitres). Esa polarización quebró el equilibrio que había mantenido Néstor con todos los grupos de poder.
El cristinismo alumbró agrupaciones juveniles contestatarias y multiplicó las enemistades con gobernadores, intendentes y jerarcas sindicales. El inesperado carisma de CFK resucitó identificaciones populares y odios del liberalismo.
Cristina reforzó la autonomía de Estados Unidos inaugurada con el entierro del ALCA, la creación de UNASUR y el acercamiento a Rusia y China. Esta distancia con Washington retomó la tradicional lejanía del peronismo pre-menemista con el Departamento de Estado. Pero también hubo una gran afinidad con Israel que potenció el embrollo con Irán.
El cuarto peronismo se ubicó en la centroizquierda regional (junto a Lula, Correa y Tabaré), pero estableció nexos más estrechos con las vertientes radicales de Chávez y Evo.
Esa flexibilidad de la diplomacia kirchnerista sintonizó con el viraje económico neo-desarrollista. En un marco de rebote productivo interno y alta valorización internacional de las exportaciones se logró acelerar la recuperación del PBI. La r egulación estatal no modificó la base exportadora primarizada, pero oxigenó a la industria con alientos del consumo.
El neo-desarrollismo kirchnerista incluyó la renegociación de deuda con una importante quita, la nacionalización del sistema privado de pensión y el control cambiario. Implicó más intervencionismo que el auspiciado por Lula, pero no introdujo las medidas socialdesarollistas que propiciaba la heterodoxia radical. La auditoria de la deuda, la nacionalización comercio exterior y la regulación de los bancos no fueron considerados. También fue desechado el esquema boliviano de nacionalizar el petróleo y el gas para reinvertir la renta energética.
Néstor y Cristina apostaron al virtuosismo de la demanda y confiaron en las promesas de los empresarios afines. Pero no consiguieron las inversiones prometidas por esos capitalistas, que prefirieron fugar gran parte del capital receptado a través de los subsidios. La inflación, el déficit fiscal y las devaluaciones reaparecieron, junto a la consolidación del basamento extractivo agro-exportador, la estructura industrial dependiente y el sistema financiero ineficiente. El neo-desarrollismo n o pudo contrarrestar las adversidades estructurales que corroen a la economía argentina.
El kirchnerismo participó del ciclo progresista regional con una impronta peronista. No compartió la matriz socialdemócrata de endiosamiento institucional que imperó en Brasil, Uruguay. Prevaleció la norma presidencialista, los mecanismos delegativos y los órganos para-institucionales.
Este rumbo fue conceptualizado a través de elogiosas teorías del populismo, que impugnaron las fantasías republicanas, exaltando la gravitación del liderazgo y la necesidad del conflicto.
Esa mirada también confluyó con la vieja animosidad peronista hacia el socialismo. El “pos-marxismo” pro-populista empalmó con los prejuicios anticomunistas y contrastó con el reencuentro de Evo y Chávez con la revolución cubana. En su hostilidad al proyecto anticapitalista Néstor y Cristina mantuvieron su fidelidad a los tres peronismos precedentes.
PRAGMATISMO SIN FRONTERAS
El primero y el segundo peronismo gobernaron un país que conservaba la dinámica floreciente del pasado. La tercera y cuarta versión intentaron remedios contrapuestos a la monumental crisis de las últimas décadas. Ese retroceso económico incluye agudos colapsos periódicos. En muy pocos países se observan oscilaciones tan abruptas del nivel de actividad, fugas de capital tan significativas y niveles tan persistentes de inflación.
Ese tormentoso escenario es un efecto de las adversidades generadas por la globalización. El país albergó una industrialización temprana, con gran desenvolvimiento del mercado interno e importantes conquistas sociales. Esa estructura no encaja con el capitalismo actual y por esa razón la sucesión de ajustes no tiene fin.
El mismo desacople padecen otras economías medianas como Brasil y México. Pero Argentina no tiene las compensaciones del enorme mercado vigente en el primer caso. Tampoco cuenta con la proximidad de negocios en Estados Unidos que atempera la crisis azteca. Países como Chile o Perú carecen de parques industriales significativos y están menos afectados por la regresión fabril de Sudamérica. La crisis argentina supera, además, a todos sus vecinos por la pérdida de la tradicional primacía de las exportaciones agropecuarias.
Las dos respuestas simétricas ensayadas para lidiar con esas desventuras tuvieron nítidos exponentes en el peronismo. La salida neoliberal -que propicia una mayor reprimarización- fue motorizada por el menemismo y la opción neo-desarrollista -que intenta preservar la estructura industrial- fue promovida por el kirchnerismo. Ninguno pudo encarrilar su proyecto y ambos quedaron a mitad de camino. En los dos intentos se corroboró cómo la obsolescencia económica perpetúa la inestabilidad política.
Las versiones antitéticas del peronismo contemporáneo buscaron resoluciones también contrapuestas, al deterioro del aparato represivo que incomoda a las clases dominantes. El uso corriente de la coerción ha quedado muy afectado en Argentina por el repliegue del poder militar. El viejo protagonismo político del ejército fue socavado por los crímenes de la dictadura, la aventura de Malvinas y la derrota de los levantamientos de carapintadas. Por eso las Fuerzas Armadas no ejercen el control explícito que exhiben en Colombia, México o Brasil o el rol subyacente que juegan en Chile o Perú.
El menemismo intentó restaurar esa gravitación, creando una nueva fuente de negocios en el submundo del tráfico de armas. Pero esa peligrosa incursión naufragó entre grandes escándalos (venta de armas a Ecuador y Croacia), enigmáticos atentados (embajada de Israel, AMIA, Rio Tercero) y dudosos accidentes (Carlitos Menem).
Por el contrario Kirchner profundizó la desarticulación del poder militar, para afianzar una institucionalidad plenamente civil. Por eso reinició los juicios a los genocidas y adoptó la agenda democrática de las Madres (conmemoraciones del 24 de marzo, recuperación de los nietos, rescate de la memoria de los desaparecidos).
Menem y Kichner transitaron por senderos muy opuestos en el terreno de la economía, la política y las instituciones. Ese contraste ilustró cómo el peronismo gestiona pragmáticamente el poder, seleccionando la opción que mejor se amolda a cada escenario.
CONTENCION DE LA BELIGERANCIA
La continuada presencia del peronismo obedece también al sostenido nivel de movilizaciones populares. Esa disposición de lucha condujo desde el fin de la dictadura a 40 huelgas generales. La sindicalización se ubica en el tope de los promedios internacionales y su incidencia es notoria en los momentos de gran conflicto. Por esa gravitación de la intervención popular, Argentina ocupa en América Latina un lugar equiparable a Francia en Europa. Define una tónica de resistencia que impacta sobre el resto de la región.
Los dos primeros peronismos utilizaron el aparato del PJ (y su extensión en la CGT) para lidiar con esa beligerancia. Pero desde los años 80 debieron actuar también frente a movimientos sociales surgidos de la pauperización que afecta al país.
Como un tercio de la población ha sido empujada a la miseria, todos los gobiernos han incorporado el asistencialismo en gran escala. Los planes de auxilio se han convertido en un gasto indispensable para la reproducción del tejido social. El empobrecimiento argentino es un efecto de la regresión económica contemporánea y no del subdesarrollo histórico de América Latina. Esa degradación ha producido formas de resistencia muy enlazadas con la belicosidad precedente .
Los movimientos sociales ocupan un lugar protagónico en la protesta actual. Irrumpieron en los piquetes callejeros contra el desempleo y descollaron durante la alianza con las cacerolas de la clase media expropiada por los banqueros.
Su gravitación obedece al cambio registrado en el entramado social. La regresión fabril ha desplazado gran parte de las demandas en las fábricas a exigencias en las calles. Los precarizados peticionan al Estado sin detentar los resortes de la producción. Esa combatividad de los movimientos permitió conquistar la asignación universal, cuando la extensión de las marchas asustó a las clases dominantes.
El kirchnerismo se amoldó al nuevo escenario, pero supuso que la reactivación económica absorbería paulatinamente el desempleo y diluiría la incidencia de los movimientos sociales. Esa reducción significativa de la desocupación no se efectivizó y la pobreza se mantuvo en un invariable piso del 30% de la población.
Frente a este resultado el cuarto peronismo amplió el número de los planes sociales. La bancarización de ese derecho -mediante una tarjeta asignada a cada beneficiario de la AUH- no alteró la gravitación de las nuevas organizaciones populares.
Estos agrupamientos superaron con mayor implantación territorial su status inicial de resistentes. La denominación de “piqueteros” -que aludía a una forma de lucha- fue reemplazada por el término más apropiado de movimientos sociales. En cada país esa denominación alude organizaciones de distinto tipo. En Argentina involucra agrupamientos de precarios y desocupados y no de pueblos originarios (Bolivia) o de campesinos (Brasil).
Los movimientos tantean actualmente un proceso de sindicalización. Por el volumen de sus afiliados, esa agremiación los convertiría en el segundo conglomerado del país. La cúpula de la CGT resiste esa incorporación masiva de nuevos cotizantes, que rompería todos los equilibrios del universo sindical.
La relación del kirchnerismo con los movimientos sociales atravesó por todas las alternativas imaginables. Hubo afinidad, tensión, alejamiento y ruptura. La pesadilla vivida recientemente con el macrismo condujo al reencuentro. Esa cambiante sucesión de aproximaciones y distanciamientos reproduce la relación del justicialismo clásico con el sindicalismo. Amortiguar y disciplinar la belicosidad popular es una persistente necesidad del peronismo.
LOS FRACASOS DE LA DERECHA
La renovación periódica de la principal fuerza política del país es también consecuencia de la probada impotencia de sus adversarios. Desde el golpe gorila del 55´ ningún gobierno de la derecha liberal logró estabilizar su gestión. Fallaron las dictaduras y las vertientes civiles que timoneó el radicalismo.
El peronismo implementa un manejo flexible del Estado, con favoritismos cambiantes amoldados a la movilidad social que propicia. Por eso ha lidiado mejor con una crisis estructural que nadie logra resolver.
La derecha tuvo su mayor oportunidad con Macri, al conseguir el primer acceso a la presidencia por vía electoral. Pero esa apuesta del antiperonismo terminó en un fulminante naufragio. Los CEOs del PRO exhibieron una incapacidad mayúscula para remontar las adversidades de la economía. Tampoco lograron doblegar la resistencia popular que mantuvo las movilizaciones y los piquetes.
Esa doble incapacidad del macrismo socavó la consolidación de la “nueva hegemonía derechista”, que algunos analistas entreveían como el gran logro de Cambiemos . En muy poco tiempo se verificó el carácter efímero de una supremacía asentada en coyunturas electorales y atontamientos mediáticos.
El macrismo intentó disfrazar su conservadurismo con mensajes de neoliberalismo modernizado, publicidad de emprendedores y exhibición de individualismo mercantil. Pero gobernó con demagogia electoral, gasto público y recreación de las viejas mañas de la partidocracia.
La coalición encabezada por el PRO ni siquiera pudo repetir el corto escenario de calma que generó el espejismo de la Convertibilidad. En la competencia entre gobiernos reaccionarios, el peronismo menemista exhibió mayor eficacia que Cambiemos.
El fracaso del último cuatrienio confirma la notoria incapacidad gubernamental de la derecha argentina, en comparación a sus pares de Colombia, Perú o Bolivia. También ratifica su dificultad para instalar exponentes extremos en el terreno político (Olmedo) o económico (Espert).
Lo mismo ocurre con las modalidades ultra-derechistas que se expanden con disfraces evangélicos y mensajes de xenofobia. No han logrado la penetración conseguida en otros lugares. Se mantienen agazapadas en el país, sin avizorar irrupciones virulentas ( Bolivia), incursiones sistemáticas ( Venezuela) o despliegues de terror (Colombia). No cuentan tampoco con la raigambre pinochetista que tuvieron en Chile.
Por estas diferencias no se afianzó un personaje como Bolsonaro, que en Brasil rememora a la dictadura desarrollista y a sus militares impunes. Allí consagra las tradiciones regresivas de una historia nacional signada por el orden. Esa trayectoria contrasta con la convulsión que ha primado en Argentina.
El peronismo obedece también a esos contrastes, que lo inducen a incorporar a todas las opciones posibles a su juego interno. No es casual que el único aspirante a emular a un Bolsonaro sea un experimentado oportunista del justicialismo (Pichetto).
EXTINCIÓN VERSUS ETERNIDAD
Dos tesis contrapuestas sobre el futuro del peronismo han disputado preeminencia desde la mitad del siglo pasado. Los teóricos de la eternidad confrontan con los previsores de la desaparición. En los períodos de auge justicialista prevalece el primer diagnóstico y en las etapas de crisis el segundo.
El postulado de invariable perdurabilidad se basa en la probada recreación que ha logrado el peronismo. Las versiones más extremas identifican esa regeneración con la propia naturaleza del país. Estiman que se ha forjado una unión indisoluble entre el justicialismo y la argentinidad.
Pero si existió un país pre-peronista, cabe imaginar también otro pos-peronista. Ningún movimiento histórico tiene garantizada su continuidad hasta el fin de los tiempos. La permanencia que logró el justicialismo no implica duración infinita.
Ha subsistido por la peculiar irresolución de una prolongada crisis que degrada al país sin transformarlo. La persistencia de las mismas tradiciones políticas en ese escenario constituye un singular desarreglo histórico. Lo más corriente en otros países ha sido el proceso opuesto de fuerte declive de las estructuras políticas que pierden sus cimientos. Esa erosión desintegró arraigados partidos (conservadores, democratacristianos, socialdemócratas, comunistas) durante las últimas décadas. El peronismo no está intrínsecamente inmunizado contra ese ocaso.
La tesis opuesta ha previsto una y otra vez la desaparición de ese movimiento. En los últimos años ese pronóstico fue enfáticamente retomado por los intelectuales del macrismo. Estimaron que la gran mutación social padecida por Argentina, conduciría a la sustitución de la columna vertebral del justicialismo (clase obrera) por nuevos trabajadores informales, carentes de identificaciones y lealtades.
Ese diagnóstico quedó refutado por la fulminante victoria del Frente de Todos . El peronismo no sólo derrotó a Cambiemos . Conquistó nuevas gobernaciones, quórum propio en el senado y mayoría total en diputados.
La hipótesis del fin del peronismo por expansión de los precarizados, omitió que esa transformación social no tiene correlato automático en la esfera política. Es cierto que los movimientos sociales recientes surgieron fuera del peronismo, pero mantienen una ambigua relación con esa estructura y lo votaron mayoritariamente para desembarazarse de Macri.
Los pensadores de la derecha supusieron que la fractura social creaba un vacío disponible para cualquier modalidad de oficialismo. Por eso combinaron el padrinazgo estatal con una esquizofrénica andanada de agresiones y dádivas . Por un lado, propagaron infamias contra los empobrecidos (“planeros”, “vagos”, “ mujeres que se embarazan para cobrar la asignación”) y por otra parte p ropiciaron la despolitización, con la expectativa de erosionar las viejas fidelidades electorales.
Los dos operativos fallaron. Los movimientos sociales consolidaron su presencia con acciones que contuvieron la degradación social y preservaron el legado político previo. Los intelectuales del liberalismo confundieron por enésima vez su deseo con la realidad y el esperado declive de su rival desembocó en un proceso inverso de resurgimiento.
La experiencia de los últimos cuatro años confirma la intrínseca irresolución del debate entre los previsores del entierro y la perpetuación del justicialismo. Por eso resulta más útil indagar las causas del pasaje de un peronismo a otro, en medio de crisis mayúsculas. Esas convulsiones han amenazado efectivamente la supervivencia de ese movimiento. Pero hasta ahora el justicialismo evitó su extinción encontrando nuevos formatos de gobierno. El quinto peronismo encarna un nuevo intento de esa remodelación.
DESACIERTOS Y DECEPCIONES
Desde su irrupción el peronismo suscitó reacciones contradictorias en la izquierda. Hubo períodos de crítica furibunda y momentos de resignada subordinación.
Las diferencias ideológicas que separan a ambas formaciones son mayúsculas. El peronismo propugna la humanización del capitalismo suponiendo que ese sistema permite la equidad, si se compatibilizan los intereses de los patrones y los asalariados. Por eso propone el arbitraje del estado para armonizar ambas partes, en una “comunidad organizada” y rectora de los destinos de la nación.
La izquierda resalta, por el contrario, que los capitalistas lucran con la explotación de los asalariados y utilizan los recursos públicos para garantizar sus privilegios. Recuerda que suelen ampliar esos beneficios erosionando la soberanía nacional.
Esos principios contrapuestos -que separan a los marxistas de los peronistas- no definen la política de la izquierda, hacia el movimiento que conserva la adhesión mayoritaria de la población.
Ese continuado predominio indujo a diferentes estrategias para transformar, eludir o erradicar al peronismo. Con distintas opciones se intentó revertir el gran pecado de origen, que convirtió al justicialismo en un partido de masas. En los años 40 los socialistas y comunistas coincidieron con la derecha liberal, en el hostigamiento común a Perón.
Esa convergencia compartió la falsa acusación de “fascista”, esgrimida contra el nuevo líder por el bloque anti-alemán de la URSS y los Aliados. La subordinación a ese alineamiento geopolítico encegueció a la izquierda, impidiéndole registrar el carácter nacionalista y reformista del naciente peronismo. Esa miopía permitió que el justicialismo surgiera con el sostén de sectores provenientes del anarco-sindicalismo y del socialismo.
Para enmendar ese descomunal desacierto, muchas corrientes familiarizadas con la izquierda propugnaron el posterior ingreso al peronismo. Imaginaron distintos caminos para inducir su conversión en una fuerza pro-socialista. Esa expectativa incluyó la asunción total o parcial de la identidad peronista. En el cenit de ese proyecto se batalló por forjar la “patria socialista” que imaginaban sectores de la JP, el Peronismo de Base y los Montoneros.
La cúpula del PJ cerró violentamente el tránsito por ese rumbo. Bajo directivas del propio Perón se desencadenó un baño de sangre para eliminar a todas las vertientes radicalizadas (“infiltrados”).
El férreo verticalismo que el conductor introdujo en su primer mandato (para restringir huelgas y limitar la autonomía de los líderes sindicales) fue reforzado en el segundo período, para perpetrar una contrarrevolución. Los crímenes de Isabelita y la Triple A pavimentaron el camino de Videla y sepultaron las ilusiones de transformación socialista del peronismo.
Ese proyecto se extinguió por completo, pero dejó una vertiente más moderada que propugna la conversión del peronismo en una fuerza acabadamente progresista. Ya no esperan una evolución anticapitalista, pero sí la consolidación de un movimiento desembarazado de sus viejos vestigios derechistas. Hasta ahora, no hay indicios de concreción de esa esperanza.
Los conservadores como Massa, los oportunistas como Gioja y los cavernícolas como Pichetto se alternan en el control de los aparatos peronistas, que operan con burócratas asociados con la derecha. Por esa razón, la recreación del menemismo es una posibilidad siempre abierta en el universo del justicialismo.
Como el peronismo está intrínsecamente consustanciado con el orden capitalista, su performance derechista depende de las circunstancias. El justicialismo apuntaló en su origen a la burguesía nacional, favoreció a los neoliberales con Menem y sostuvo a grupos locales industrialistas y financiarizados con Kirchner. El cortocircuito estructural del peronismo con la izquierda deriva de esa defensa sostenida de los privilegios de las clases dominantes.
INGENUAS NEGACIONES
La rebelión del 2001 provocó una crisis mayúscula en el peronismo, que fue responsabilizado por el despojo menemista y por la bomba monetaria sembrada con la Convertibilidad . La indignación popular contra todo el sistema político (“Que se vayan todos”) afectó a los derivados de la UCR y del PJ. En el pico de la catástrofe económica fueron convocadas las elecciones de emergencia, que llevaron a Kirchner a la presidencia.
Durante ese convulsivo interregno floreció el autonomismo. Sus propulsores exaltaron las asambleas barriales, elogiaron la democracia directa y promovieron la organización cooperativa. Imaginaron que el propio movimiento de piquetes y cacerolas alumbraría un sistema de representación desprovisto de partidos, elecciones, parlamentos y liderazgos. Propusieron desconocer al estado para “cambiar el mundo sin tomar el poder”, creando una nueva economía asentada en las empresas recuperadas.
Ese proyecto se diluyó vertiginosamente cuando Kirchner consolidó su comando del cuarto peronismo. El autonomismo no tuvo respuesta frente al nuevo oficialismo progresista. Ni siquiera registró cómo numerosos líderes de revuelta eran atraídos por la Casa Rosada.
El kirchnerismo reintrodujo parámetros de politización que desconcertaron a las corrientes libertarias. No supieron distinguir a Néstor y Cristina de sus antecesores neoliberales. La pretensión autonomista de soslayar cualquier contaminación con el universo institucional naufragó en forma vertiginosa.
Las nuevas referencias que estableció Kirchner impusieron definiciones desconocidas por los libertarios. Esa orfandad ilustró cómo tambalea esa corriente frente a un desafío político significativo. Todas las inconsistencias heredadas del viejo anarquismo reaparecieron súbitamente. El enflaquecimiento autonomista ante el progresismo K recreó el declive final de los derivados de la FORA frente al primer peronismo.
Ese retroceso ha confirmado la imposibilidad de encarar un proyecto de transformación popular omitiendo el manejo del Estado. La captura y modificación de esa estructura es indispensable para encarar un cambio radical. No hay otra forma de reducir la desigualdad y mejorar el nivel de vida.
Quedó confirmado que ninguna multiplicación de “contrapoderes” en los territorios, sindicatos o cooperativas reemplaza el control del Estado. La idealización autonomista de los movimientos sociales le impide forjar un proyecto de superación del peronismo.
CONTRAPOSICIONES SIMPLIFICADAS
La gran hostilidad inicial de comunistas y socialistas hacia el peronismo dejó un vacío cubierto por otras tradiciones marxistas. El trotskismo ocupó parte de ese espacio, compartiendo la ponderación justicialista del proletariado industrial. Sus diversas organizaciones evitaron las crisis posteriores del PC (ambigua postura frente la dictadura), los vaivenes del maoísmo y las derrotas de la guerrilla.
Ese trasfondo explica la irrupción del MAS, el despunte del PO y la gestación del FIT. Consolidaron fuerzas militantes con jóvenes predispuestos a la acción. El pragmatismo de algunas corrientes (MST) ha coexistido con emprendimientos mediáticos e incursiones intelectuales de otras vertientes (PTS). La mayoría mantuvo un frente que superó las viejas fracturas por minucias. Han logrado que la propia denominación de “izquierda” sea identificada con sus actividades.
Esas agrupaciones prosperan en las crisis del peronismo y retroceden en las recomposiciones de ese movimiento. Ese vaivén se ha repetido de sde que el retorno de Perón opacó la expansión del clasismo. La llegada del kirchnerismo neutralizó a la izquierda, que recobró fuerza con la erosión del cristinismo y volvió a decaer con el debut del albertismo.
La lógica de ese vaivén es frecuentemente ignorada por sus propios afectados. En lugar de analizar esas oscilaciones, suelen proclamar el invariable “agotamiento del nacionalismo burgués”. Ese enunciado choca con la cruda realidad y afronta los mismos problemas del diagnóstico liberal de extinción del justicialismo.
Los reiterados señalamientos del fin del peronismo no registran las variedades de ese movimiento. El kirchnerismo, por ejemplo, nunca fue diferenciado de sus adversarios derechistas y por esa razón, en los conflictos entre ambos prevaleció la neutralidad. Reiteradamente se igualó a los dos campos, reduciendo esos choques a una simple disputa inter-burguesa. Esa mirada predominó frente a la puja con los agro-sojeros, la ley de medios y la expropiación de YPF.
En lugar de reconocer los ingredientes progresistas de esas iniciativas se remarcó la naturaleza capitalista del kirchnerismo. Pero como ese cimiento es compartido por casi todos gobiernos del país y del mundo, su constatación no esclarece ninguna especificidad del cuarto peronismo.
El bonapartismo es otra noción utilizada para caracterizar al kirchnerismo. Pero ese término aludía en el pasado a un arbitraje extraparlamentario, en coyunturas de crisis militar, catástrofe económica o disgregación política. Su extensión a Néstor y Cristina es forzada y no define el posicionamiento de esos mandatarios. Los bonapartismos pueden tener implicancias progresivas o regresivas. Si se soslaya esa valoración el diagnóstico carece de relevancia.
La simple presentación del kirchnerismo como una fuerza burguesa condujo a descartar alianzas durante los cuatro años de resistencia al macrismo. Tampoco se construyeron puentes con la gran expectativa que despertó la fórmula de los Fernández. Varios integrantes del FIT incluso sugirieron el voto en blanco, en la eventualidad de un balotaje entre el peronismo y Cambiemos .
Ese frente difunde meritorios programas anticapitalistas e impulsa candidatos comprometidos con la lucha popular. Pero esas iniciativas afrontan un invariable techo, ante la ausencia de estrategias viables de transformación de la sociedad. La emulación del modelo bolchevique no ofrece esos cursos.
La disputa de la izquierda con el peronismo requiere exponer caminos, referencias y experiencias alternativas. La despreocupación por la viabilidad de la propuesta conduce al mismo divorcio de la realidad que afecta al utopismo libertario. Esa desconexión es acentuada por una proclamada enemistad con todas las variantes de la izquierda mundial.
Particularmente chocantes son las críticas a Cuba o Venezuela en plena agresión imperial. Los medios de comunicación derechistas suelen difundir esos mensajes por su notoria sintonía con los prejuicios del sentido común. Esa prédica obstruye la potencial integración de las tradiciones revolucionarias latinoamericanas al desarrollo de una izquierda efectiva. El encierro realimenta la preeminencia del peronismo.
INSOSLAYABLES DISTINCIONES
La experiencia ha demostrado que el peronismo no es el ámbito de construcción de un proyecto de la izquierda. La esperada transformación de ese movimiento en una fuerza radicalizada ha sido reiteradamente desmentida por la impronta conservadora, que invariablemente retoma el justicialismo.
Ese desenlace no elimina la eventual reaparición de modalidades progresistas, como ocurrió con el kirchnerismo. Desconocer esos momentos reformistas (y los consiguientes logros populares) conduce a la auto-inmolación de la izquierda. El diagnóstico inicial de “fascismo” durante el primer peronismo no fue el único desatino. Los proveedores de banderas rojas a las marchas de la Sociedad Rural contra el kirchnerismo padecieron una desubicación semejante.
Los virajes del peronismo explican su perdurabilidad y las dificultades para erigir una alternativa. Esa obstrucción no se resuelve con resignadas disoluciones, ciegas confrontaciones o ingenuas omisiones. La opción se construye sin denostar al peronismo y sin aceptar su inexorable primacía.
La simple presencia de un gobierno peronista no esclarece su performance. Hay que evaluar si navega por los torrentes de la reacción o del progresismo, recordando su potencial familiaridad con ambos universos.
Las posturas de cada peronismo frente a los escenarios regionales brindan pistas para esclarecer su modalidad. El cariz centroizquierdista del kirchnerismo quedó muy definido por su empalme con el ciclo progresista sudamericano. También el perfil derechista de Menem estuvo signado por las “relaciones carnales” con Estados Unidos.
Todo el recorrido expuesto de la historia del peronismo apunta a facilitar la evaluación del contexto actual. ¿Qué modalidad de justicialismo está forjando Alberto Fernández? ¿Cómo será su quinta versión de ese movimiento? ¿Cuáles serán los antecesores privilegiados y desechados? ¿Qué orientación sugieren las primeras medidas de su gobierno? Las respuestas a estos interrogantes exigen otro texto.
RESUMEN
Aún se desconoce el tipo de justicialismo que prevalecerá con Alberto Fernández. En el pasado hubo nacionalismo con reformas sociales, virulencia derechista, virajes neoliberales y cursos progresistas. Menem y Kirchner fueron los extremos de ese pragmatismo.
El peronismo contuvo al sindicalismo y amortigua a los movimientos sociales. Se recicla frente a crisis mayúsculas y fracasos de sus adversarios liberales. Su extinción o eternidad no está predeterminada. No converge con el proyecto socialista, ni ha podido extirpar a sus vertientes reaccionarias. Es imposible forjar una alternativa de izquierda desechando el manejo del estado y desconociendo los virajes progresistas del peronismo.
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-Torre, Juan Carlos. Ensayos Sobre Movimiento Obrero y Peronismo, Siglo XXI, 2012.
-Zibechi, Raúl. Genealogía de la revuelta, Traficantes de sueños, 2005.
Claudio Katz. Economista, investigador del CONICET, profesor de la UBA, miembro del EDI. Su página web es: www.lahaine.org/katz

por Raúl Zibechi
Los movimientos antisistémicos y las relaciones sociales no capitalistas, cobran fuerza y se potencian cuando echan raíces en territorios recuperados y bajo control de sujetos colectivos. Una de las claves de esta potenciación de los movimientos consiste en que los territorios nos brindan la posibilidad de construir poderes propios, fuera del control de las instituciones estatales.
Si las mujeres zapatistas pueden decir que en el año pasado no hubo feminicidios en sus tierras, es porque se han hecho fuertes («empoderadas», diría la academia), capaces de defenderse, activando las nuevas relaciones sociales que están construyendo. Algo similar puede decirse de otros pueblos en movimiento, en particular en América Latina.
De algún modo, podemos calibrar la fuerza de un movimiento por su grado de territorialización; ya que los otros modos de evaluar las potencias colectivas, como la cantidad de personas que se movilizan, siendo barómetro, no resulta suficiente para construir algo nuevo, diferente y duradero. El territorio puede ser la casa común donde nacen y crecen otros mundos.
Las asambleas territoriales que se han creado en Chile al calor de la rebelión popular que estalló el 18 de octubre, son la creación más importante del pueblo chileno, porque encarnan la autoorganización colectiva para resistir y crear nuevas relaciones, por fuera del mercado y el Estado. En noviembre pasado, en Santiago había 120 asambleas territoriales enlazadas en dos coordinadoras, según la zona de la ciudad, con fuerte arraigo entre los vecinos movilizados (https://bit.ly/2RwOzSu).
El 18 de enero en el encuentro de la Coordinadora de Asambleas Territoriales eran casi 200 (se registraron 164, siendo 24 asambleas de fuera de Santiago). Al encuentro asistieron más de mil delegados, que se organizaron en 20 grupos de trabajo para debatir sobre cuatro temas: la coyuntura constituyente, el pliego de demandas (salud, educación, seguridad social, vivienda, etcétera), derechos humanos y construcción de poder territorial.
El colectivo de educación popular Caracol fue el encargado de promover dinámicas para que circulara la palabra y no quedara monopolizada por los varones militantes. En su análisis, las asambleas territoriales son el aspecto organizativo «más relevante» de la revuelta en curso, que generó «un clima de ingobernabilidad nunca visto en la posdictadura», sólo comparable con las jornadas de protesta contra Pinochet entre 1983 y 1986 (https://bit.ly/37OfIGp).
Define a las asambleas como «poder popular local» en las ciudades, ya que resuelven sus problemas más urgentes «por mano propia y colectiva», sin perder el horizonte nacional. El colectivo Caracol nos recuerda que la asamblea y la educación popular son las formas organizativas legitimadas por el Chile de abajo, formas de democracia directa que están en la base de los movimientos estudiantil, feminista, medioambiental y en las protestas territoriales. Por eso actualizan las viejas consignas de «todo el poder a las asambleas» y “levantar dos, tres… mil asambleas territoriales”.
En la apertura del encuentro, realizado en la Escuela de Artes y Oficios de la Universidad de Santiago, se leyó un comunicado de la Coordinadora de Asambleas Territoriales (CAT) que rechaza la convocatoria desde arriba de la asamblea constituyente, mientras defiende un proceso para una nueva Constitución desde las asambleas, los cabildos y los movimientos populares (https://bit.ly/315VNAb).
Apuesta a fortalecer el sujeto popular con base en el trabajo solidario y colectivo en los barrios, la autoeducación y autoformación popular, y defiende «una democracia directa sin jerarquías». Llama a destituir a la clase política, al poder y a las militancias tradicionales, mientras defiende la idea de vivir en comunidad y tejer lazos de confianza en los territorios.
Este es el núcleo de la rebelión y la herencia político-cultural más importante para las próximas generaciones de rebeldes. Así como el levantamiento ecuatoriano parió un Parlamento Indígena y Popular donde se coordinan ya 200 movimientos, el estallido chileno se condensa y adquiere densidad política en la red de asambleas territoriales.
La experiencia nos enseña que la acción multitudinaria intensa, que suele denominarse «ciclo de protesta», se desgrana con el paso del tiempo. Para que las prácticas colectivas no se diluyan, para que «la dignidad se haga costumbre», como señala la Coordinadora, lo vivido por miles de personas debe cristalizarse en estas organizaciones territoriales, que seguirán horadando el sistema, en silencio, cuando los focos mediáticos se apaguen.
Hay mucho para debatir y para seguir aprendiendo. Como crear nuestra propia agenda y no depender de la agenda de arriba; como rehuir la lógica de llevar a las instituciones o al escenario macro, lo que vamos construyendo abajo y a la izquierda. Estas asambleas son el mundo nuevo posible, que debemos cuidar para que otros y otras lo multipliquen, cuando puedan y quieran.

Hablamos con el cineasta surcoreano director de ‘Parásitos’, la aclamada Palma de Oro en el último Festival de Cannes
Por Nando Salvá
Desde que se dio a conocer internacionalmente gracias a ‘Memories of murder’ (2003) y ‘The Host’ (2006), se ha confirmado como un maestro a la hora de juguetear con los géneros -mezclando la comedia negra con el cine de monstruos, la sátira política con el ‘actioner’ y la intriga policial con el ‘slapstick’- con el fin de explorar diversas formas de fealdad humana. Eso mismo vuelve a hacer en su mejor película, ‘Parásitos’, por la que ganó la Palma de Oro del Festival de Cannes. En ella convierte la división de clases en puro vitriolo mientras contempla a una familia pobre que se infiltra gradualmente en la vida cotidiana de una familia rica.
Sucedió mientras rodaba ‘Rompenieves’ (2013), que ya era una película sobre la oposición entre ricos y pobres. Quise ahondar en el tema, y se me ocurrió hacerlo a partir de la idea de infiltración. Cuando yo era joven, di clases particulares a un niño rico. Cuando iba a su casa me sentía intruso de un mundo al que no pertenecía. Aquella mansión era impresionante, incluso tenía una sauna en el segundo piso. Y yo pensaba en lo divertido que sería si mis amigos pudieran colarse conmigo en la casa.
En realidad, los asuntos de clase están presentes en todo su cine. ¿Qué le lleva a explorarlos una y otra vez?
Porque afectan a todas nuestras interacciones. Intentamos ignorarlos porque nos incomodan, pero no hay manera. Cuando nos presentan a alguien, de forma instintiva reparamos en la ropa que viste, en si su teléfono es de gama alta o si su reloj o su bolsa son caros. Y, si nos acercamos lo suficiente, incluso nos fijamos en cómo huelen. Todo, hasta nuestro olor corporal, es un asunto de clase.
¿Es casual que tantas películas coreanas de éxito recientes hablen de desigualdades económicas?
Es un problema terrible en todo el mundo, pero especialmente serio en Corea del Sur. El país experimentó un crecimiento económico bestial durante la dictadura de Park Chung-hee, que se preocupó mucho por asuntos financieros y muy poco por las libertades civiles, y estimuló las diferencias de clase. En nuestra sociedad, los ricos y los pobres rara vez se encuentran. Viven en diferentes vecindarios, van a restaurantes distintos. ‘Parásitos’ trata de los escasos momentos en los que los ricos y los pobres se acercan tanto que, de nuevo, pueden olerse los unos a los otros. Nadie construyó conscientemente el muro, pero existe y es muy frágil; si colapsa, puede suceder lo peor.
Disculpe la pregunta obvia: ¿quiénes son los parásitos en su película?
A primera vista, son la familia pobre, porque se infiltran en la familia rica para chupar su sangre. Pero los ricos no pueden vivir su vida sin depender de los demás, así que también son parásitos. ¿Y quién es responsable de esta degeneración generalizada? ¿Y de dónde proviene esa brecha que separa a una clase de la otra? De eso trata la película. La familia pobre es lo suficientemente inteligente y hábil como para prosperar en muchos trabajos, pero el sistema no le da la oportunidad de hacerlo.
Casi toda la película transcurre o bien en la casa de una familia o bien en la de la otra. ¿Complicó esa limitación espacial el rodaje?
Para nada, las limitaciones me inspiran. Y, al contrario, me pongo muy nervioso cuando tengo infinitas posibilidades. Mi anterior película, ‘Okja’ (2017), empezaba en las montañas coreanas y acababa en Manhattan, y estaba llena de efectos especiales. Era una película épica, y sus complicaciones técnicas me dejaron exhausto. No me arrepiento, pero esta vez he podido dedicar toda mi energía a los personajes y la historia. Y así es como quiero que mi cine siga siendo.
‘Parásitos’ cuenta una tragedia, pero mientras la ve uno no puede parar de reír. ¿Le parece bonito?
Soy un sádico, lo siento, me gusta hacer que el público sufra mientras se divierte, que se rían a pesar de que saben que está mal hacerlo. Además, la vida real no es solo tragedia o solo comedia, sino una combinación, ¿verdad? Al menos así la veo yo. Por eso, mis películas también son así.
Otro rasgo distintivo de su cine es la mezcla constante de géneros. Suele decirse que, en lugar de pertenecer a un género concreto, sus películas son un género en sí mismas. ¿Qué le parece?
Me encanta. Para mí el cine de género es como el aire que respiro, lo he mamado desde niño. Pero cuando estoy rodando una película o montándola, en ningún momento me pregunto: ¿de qué género es esta historia? ¿Qué convenciones narrativas debería respetar? Algunos ven mis películas como comedias negras; otros, como críticas sociales; otros, como cine de acción. Pues bien: son todo eso a la vez. Con razón me cuesta tanto escribirlas.
¿Cuánto le cuesta?
Tanto que, mientras escribo un guion, mi familia llega a odiarme. Me comporto como un neurótico, un gruñón y un tirano. Mi esposa me sugiere que tome ansiolíticos, pero seguro que las pastillas me impedirían escribir. Y lo peor es que nunca me quedo contento con el resultado. Soy muy cruel con mis películas. Cada vez que veo ‘Parásitos’, sin ir más lejos, no dejo de preguntarme por qué no rodé esta o aquella escena de otra manera.
Fuente: https://www.elperiodico.com/es/ocio-y-cultura/20191024/entrevista-bong-joon-ho-estreno-pelicula-parasitos-7698845

Su imagen con afro ha sido representada hasta el abuso, y forma parte de la historia contemporánea. Angela Davis no solo es un símbolo del afrofeminismo y la lucha antirracista en todo el planeta, también es un icono cultural estadounidense, un personaje histórico y una pensadora de primera línea.
Hija de un mecánico de coches y una profesora de escuela, nació en Birmingham, Alabama, el 26 de enero de 1944. El lugar donde vivía la familia era llamado «Dynamite Hill» (Colina Dinamita) por el gran número de casas de afroamericanos asaltadas por el Ku Klux Klan. Su madre tambien fue activista a favor de los derechos civiles y había estado activa en el NAACP, antes de que dicha organización fuera proscrita en Birmingham.
Davis asistió a escuelas segregadas en Birmingham. Cuando tenía 14 años se benefició de un programa de una organización religiosa progresista que permitía a estudiantes negrosos del sur ir a estudiar a escuelas del norte. Angela Davis pudo de esta manera ir a Nueva York y asistir a una escuela progresista en Greenwich Village, donde varios de los profesores estaban en la lista negra durante la terrible «caza de brujas» hoover-macarthista. Este ambiente radical le permitió introducirse en el estudio del socialismo.
En 1961 Davis se matriculó en la Universidad Brandeis en Boston, Massachusetts, para estudiar francés. En el verano de 1962 ella viajó por primera vez a Europa, para participar en el VIII Festival Mundial de la Juventud cebrado en Helsinki, Finlandia. Allí puso conocer a otros jovenes con ideas revolucionarias parecidas a las suyas e intercambiar experiencias.
La carrera incluía un año en La Sorbona, en París. Poco después de volver a los Estados Unidos pudo acordarse de la lucha por los derechos civiles que se estaba llevando a cabo en su ciudad natal cuando cuatro muchachas que conocía fueron asesinadas en la explosión de la Iglesia Baptista de Birmingham, en setiembre de 1963, un hecho que marcaría decisivamente su manera de pensar y su trayectoria posterior.
Después de graduarse en la Universidad Brandeis en 1965 con resultados sobresalientes, pasó dos años en Alemania, en la facultad de filosofía de la Universidad Frankfurt. Allí realizo numerosas actividades pese a que le resultaba complicado el idioma alemán, y asistió a clases de Adorno y otros importantes pensadores socialistas de la llamada Escuela Crítica de Frankfurt. Tambien entró en contanto con los movimientos juveniles, como la Liga de Estudiantes Socialistas (SDS).
Sin embargo los acontecimientos se estaban precipitando en Estados Unidos, con el movimiento de derechos civiles, el surgimiento del partido de las Panteras Negras, y las protestas contra la Guerra de Vietnam, así que regreso en 1967 a su país. Se instaló en San Diego, y siguió estudiando filosofía en la Universidad de California donde en ese momento estaba trabajando Herbert Marcuse. Davis recibió una gran influencia de Marcuse, especialmente su idea de que era un deber del individuo rebelarse en contra del sistema. Marcuse está considerado el «padre espiritual» del Mayo del 68francés.
En 1967 Davis se unió al Comité Coordinador Estudiantil NoViolento (SNCC) y al Partido de los Panteras Negras, y en 1968 también se involucró con el Partido Comunista Estadunidense.
En 1969 realizó un viaje a Cuba, donde quedó impresionada por la Revolución, al igual que otros muchos intelectuales de la época. De ese viaje sacó la conclusión que ha guiado su pensamiento de que la lucha contra el racismo y a favor del socialismo eran algo inseparable.
Angela Davis empezó a trabajar a finales de los 60 como profesora de filosofía en la Universidad de California. Cuando en 1969, el FBI (dirigido por Edgar Hoover) informó a las autoridades de California (donde el gobernador era Ronald Reagan) de que ella era miembro del Partido Comunista Estadunidense, rescindieron su contrato. Esta suspensión levantó grandes protestas en la comunidad universitaria por lo que tenía de represiva, ilegal e injusta.
Davis participó en la campaña para mejorar las condiciones en las cárceles. Se interesó especialmente en el caso de George Jackson y W.L. Nolan, dos afroamericanos que establecieron una sucursal de las Panteras Negras mientras estaban en la prisión Soledad en California. El 13 de enero de 1970, W.L. Nolan y otros dos prisioneros negros fueron asesinados por uno de los carceleros. Unos días después el Jurado del Condado de Monterrey determinó que el guarda había cometido un «homicidio justificable». Cuando poco después, un guarda fue encontrado asesinado, George Jackson y otros dos prisioneros, John Cluchette y Fleeta Drumgo, fueron acusados de su muerte. Se argumentó que buscaban vengarse de la muerte de su amigo W.L. Nolan.
El 21 de agosto de 1971 George Jackson fue asesinado en el patio de la prisión de San Quintín. Llevaba una pistola automática 9mm y los oficiales dijeron que trataba de fugarse. Estos hechos son confusos y nunca se han aclarado. George había publicado ese año desde la carcel un libro titulado «Soledad Brother: The Prison Letters».
El 7 de agosto de 1970, el hermano de George Jackson, Jonathan, de 17 años, irrumpió en la corte del Condado Marin acampañado de otros dos jovenes armados con ametralladoras y tras tomar como rehenes al juez Harold Haley y a otras personas, demandó que George Jackson, John Cluchette y Fleeta Drumgo fueran liberados. El conflicto acabo de forma sangrienta con un tiroteo con la policía en el que acabaron muertos dos de los tres asaltantes entre ellos Jonathan, así como el juez Haley, además de resultar varias personas más heridas.
Aunque Angela Davis no estuvo en el lugar de los hechos, la policía dijo que las armas usadas por Jonathan durante el asalto estaban registradas a su nombre, por lo que orderaron su inmediata detención.
Entonces Davis se dio a la fuga y el FBI la nombró como una de las «criminales más buscadas». Fue arrestada dos meses después en un motel neoyorquino, y la metieron en la carcel, primero en Nueva York y más tarde la trasladaron a California donde debía resolverse su caso. Durante el tiempo que permaneció en prisión ella no dejo su activismo político y de luchar por mejorar las condiciones de los presos. En 1971, estando en la carcel, se publicó su libro «If They Come in the Morning».
El encarcelamiento de Angela Davis movilizó a personas de todo el mundo pidiendo su libertad, y la campaña «FREE ANGELA» fue uno de los episodios más importantes de los movimientos de protesta en la primera mitad de los 70.

Como resultado de esta presión en febrero de 1972 se permitió a Angela Davis salir de la carcel en espera del juicio. El juicio se celebró poco despues y concluyo el 4 de junio con un veredicto de inocencia, siendo absuelta de todos los cargos. Había estado 16 meses en la carcel.
Aunque Reagan pretendía que nunca volviera a dar clases, la movilización y la presión popular forzaron el cambio de actitud y permitieron a Angela Davis retornar a la Universidad de California y seguir dando clases con normalidad.
Davis también trabajó como conferenciante de estudios afroamericanos en el Claremont Collegede 1975 a 1977.
En 1979 visitó la extinta Unión Soviética donde fue recibida con entusiasmo y recibió el Premio Lenin de la Paz. Además fue nombrada profesora honoraria en la Universidad de Moscú. En 1980 y 1984, Davis fue candidata a la vicepresidencia de Estados Unidos por el Partido Comunista.

Hoy en día Angela Davis continua su labor a favor de los colectivos discriminados, pacifistas y feministas. Recorre el mundo dando conferencias y talleres, utilizando su fama mundial para mejorar nuestro mundo. Una vez dijo: «No, no soy feminista, soy una revolucionaria negra». Hoy en día su pensamiento ha evolucionado y desde luego se nombra feminista.
Angela Davis es un mito, un icono del siglo XX. Su pelo afro y su estética la han transcendido, haciéndola en demasiadas ocasiones víctima de ello, ya que muchas veces su mensaje se trivializa. Pero a pesar de ello ha escrito algunos de los textosfundamentales del pensamiento afrofeminista («If They Come in the Morning: Voices of Resistance» 1971, «Angela Davis: An Autobiography» 1974, «Women, Race and Class» 1981 y «Women, Culture, and Politics» 1989) y que si eres una mujer interesada por el feminismo y la lucha antirracista deberías leer.
Davis ha vivido una vida en primera línea de la historia y ha contribuido de manera decisiva a empezar a cambiar el mundo.
Redacción Afroféminas

por Jeudiel Martínez
I
Los antichavistas están ahora ante el dilema de participar o no en elecciones, parlamentarias en este caso. Lo más probable es que los hagan porque como hay unas encuestas por ahí que dicen que la gente está es dispuesta a votar pues están diciendo «!!! repampanos, es hora de ir a las urnas!!!», al menos eso dice la oposición de las buenas almas, que ve la política como un capítulo del manual de urbanidad de Carreño y que espera que el chavismo «entre en razón» o «acepte la realidad».
Por supuesto no hay ninguna reflexión sobre el problema de fondo de que, luego de 2017, su estrategia fue desmovilizante y enfocada en una diplomacia que no funcionó y que lo que ocurre hoy no solo es obra y resultado del chavismo sino de varios fracasos adicionales de la oposición…pero «el pasado es pasado» dirían ellos, y hay que enfrentar el presente. Ya tienen un precedente de haber dañado seriamente al país por abstenerse en 2005, en elecciones parlamentarias, un perjuicio tan grande al menos como el paro petrolero y el Golpe de Abril . Desde entonces en vez de considerar cada situación por separado, en general, lo que han hecho es aplicar un principio moral «siempre hay que participar en elecciones», o “no hay garantías con esta dictadura” ellos se sienten muy preclaros al decir esas cosas, se escandalizan de que alguien les diga lo contrario…
Pero cómo son estas elecciones a diferencia de las de 2005?. Hasta ese año, incluso hasta 2012 las elecciones eran transparentes PORQUE EL CHAVISMO NO ERA UNA DICTADURA solo un gobierno autoritario y ventajista, más monarquia que tirania, si nos ponemos clasicos…el acuerdo con Carter y la necesidad de regularizar las relaciones con EEUU les obligó a crear un sistema electoral que, aunque controlado por ellos, era auditable. Es que no podían eliminar las elecciones y, además, no querian hacerlo, tenian confianza en ganarlas gracias a Chávez porque ese era un régimen plebiscitario (de ahí la importancia capital del clientelismo y la corrupción masivas)…por eso es que luego de 2008, cuando ya sabían que no eran invulnerables electoralmente, modificaron la ley electoral iniciando una tendencia en que se trata no de eliminar la oposición sino de tenerla contenida, limitada.
Pero lo que pasó luego de 2015, sin Chávez y sin petrodólares, ya no es un simple fraude: es una FALSIFICACIÓN DE LA ELECCIÓN al estilo de la constituyente. Compiten los candidatos que el chavismo quiere, en las condiciones que quiere, aquellos que son adversos son descartados y los que concurren ya tienen, inevitablemente, un tinte y un discurso colaboracionista…peor aún: luego de lo que pasó en la Asamblea Nacional, donde empezaron a usar políticos sobornados como proxies, parece que la táctica ahora será usar partidos y candidatos falsos de oposición, esto incluye que el Tribunal Supremo le entregue el control de partidos de oposición como Primero Justicia a sectores de esos partidos que han hecho “acuerdos” con el chavismo…Esto no debería ser necesario explicarlo luego de la constituyente y la elección de Maduro: más que un fraude del resultado es falsificar la elección como se falsifica un billete, en una jugada digna de simulacro y simulación de Baudrillard.
Estas elecciones que son de verdad joyas de lo que los mismos chavistas llaman “guerra híbrida” son un juego, una burla, Maduro podría sonreír y guiñar el ojo a la gente como diciendo “claro que no son elecciones” porque si la gente NO CREE en las elecciones los únicos que van a votar son los chavistas del aparato, los fanáticos y los desesperados, y luego el gobierno y la izquierda global y Rusia, etc. podrán decir que el chavismo recuperó la mayoria con 50% de los votos así hayan votado 20 personas…Pero incluso si la gente va, y vota, además de que los candidatos están filtrados y no hay control del resultado, ahora está la posibilidad de que los supuestos candidatos y partidos de oposición sean comparsas al estilo de Luis Parra.
II
Semejante jugada que, aunque burda, es muy, muy astuta, y particularmente difícil de entender para estos liberales de corte normativo, moralista, que componen la oposición moderada que lo resuelven todo con normas de urbanidad “cómo no vamos a ir a elecciones si somos demócratas”. No olvidemos cómo el chavismo juega con esta gente tan excelente pero también tan leguleya de las ONG y los derechos humanos: esconden a Requesens y todos se vuelven locos hablando de desaparición forzada, cuando se les dice que simplemente está incomunicado invocan miles de definicos, acuerdos y reglamentos…y entonces los chavistas lo aparecen como burlándose de ellos de la misma manera en que los adultos juegan con los niños “robándole la nariz” o algo así…
Es cierto que hay una veta más “pragmática”, si eso es posible, de la oposición venezolana y pasa por la idea de que Maduro “tiene” que hacer elecciones. Estos “tiene” le dan una enorme seguridad a los antichavistas: Trump “tiene” que intervenir en Venezuela, decían hace un año, porque razones de prestigio y porque “no puede” dejar operar el terrorismo desde Venezuela…resulta que Trump es quien decide lo que Trump tiene que hacer y, cómo lo descubrieron en Kobane y en Corea del Norte, no es para satisfacer las expectativas (imaginarias) de otros.
De los “tiene” de la oposición moderada, aquel de “estamos condenados a dialogar” es legendario, y prueba que en este sector hay un moralismo y un normativismo que, simplemente, no termina de dejarlos acceder a la realidad, es decir, a entender la naturaleza del chavismo. En esa veta entran las declaraciones recientes del politólogo John Magdaleno: “El oficialismo debe restituir las garantías si quiere sobrevivir a largo plazo” que son de lo más notables porque desconoce el hecho, evidente, de que el oficialismo ha sobrevivido hasta este punto suspendiendo y arrebatando todo tipo de garantías.
Es verdad que para una clase política, autoritaria o no, una negociación -como Nicaragua en el 89 la reforma neoliberal- puede ser el mejor camino para estabilizar un gobierno tiránico, yo mismo creí eso hasta 2018, cuando la REALIDAD me mostró claramente otra cosa. Pero gente como Magdaleno por un lado no entiende que el chavismo no está dispuesto a hacer eso, que no lo ha hecho, y por el otro, que eso ya deja ver una RACIONALIDAD en el chavismo que es distinta a la de los políticos tradicionales, incluso autoritarios, y que se ha demostrado efectiva para mantenerse en el poder: lo que distingue el periodo de Maduro del de Chávez es que Maduro se ha librado cada vez más de la razón burocrática y estatista, gubernamental, para concentrarse en una semejante a la del crimen organizado, de la guerra en red en la que, indudablemente, son eficientes.
La frase “en el largo plazo” por si sola lo dice todo sobre esa incapacidad de entender al adversario pues el chavismo, y esto se ha demostrado, una y otra y otra vez, no piensa en el largo plazo, siempre está improvisando, cree que cada dia, cada mes y cada año de sobrevivencia es una victoria y que largo plazo del chavismo se hace sumando cortos plazos. El chavismo es survivalista.
Habiendo tenido éxito hasta ahora en mantenerse en el poder, porque habrían de cambiar de estrategia?. El año pasado, con las sanciones a todo vapor, tras una conspiración en su contra desde lo más alto del comando militar, habiendo enfrentado revueltas populares los primeros meses del año no cedió en nada…porque habría de hacerlo ahora que está a la ofensiva?
Así que Maduro no “tiene” que hacer lo que la oposición piensa que tiene que hacer, ellos pasaron todo el año diciendo que “tenía” que dialogar o negociar y simplemente usó las charlas para ganar tiempo descartando las elecciones presidenciales. Ahora se dice que, para normalizar un poco la situación económica, “tiene” que tener un parlamento que apruebe endeudamientos, presupuestos, etc. y Maduro lo sabe: va a elegir un parlamento títere que haga eso mismo y, si no le resulta, si ese parlamento no va a ser reconocido internacionalmente, entonces seguirá esquivando las sanciones como lo ha hecho desde el año pasado, sanciones que, dicho sea de paso, están aflojando ahora que hay poderosas fuerzas haciendo lobby a favor del chavismo pues, una vez más, Trump no tiene que calcular cómo los venezolanos creen que debe sino como A ÉL LE CONVIENE y hay gente convenciendo de que le conviene mantener a las petroleras americanas en Venezuela Rudolph Giuliani y la Chevron están ya abogando por él. La red chavista abarca grandes empresas y gobiernos en europa mientras las buenas almas hablan de cómo “tiene” que hacer elecciones…
III
Según Magdaleno han estudiado centenares de casos de transición democrática. Uno solo puede preguntarse si en algunos de ellos quede registro de una oposición que descarta, por completo, la idea de que la población se movilice para tener algún control sobre su propio destino. Las luchas contra regímenes como chavista toman años, a veces décadas, y pasan por periodos de desmovilización y removilización, a veces arrancan desde cero. Poblaciones depauperadas como la de Rumania y Haití derrocaron a sus opresores y otras, como la palestina, aunque usualmente derrotadas nunca dejan de movilizarse en algún grado. Pero, como hemos dicho antes, todas las tendencias del antichavismo rechazaron la movilización como opción luego de 2017 sin entender qué pasó entonces y como, ellos mismos, jugaron un papel en el fracaso de una rebelión que enfrentaba condiciones muy adversas.
Movilizar a la gente es para los antichavistas tan imposible como tocar el sol con el dedo, la desmovilización se ha convertido casi en un axioma y se pueden contar con los dedos de las manos las personas que siquiera la mencionan.
En el caso de las elecciones parlamentarias esto es muy importante porque, sin movilización, no hay posibilidad alguna de que sean más que una falsificación. Sin embargo muchos las ven como una suerte de apertura aún cuando no lo sea: es cierto que, estando bajo presión, gobiernos autoritarios o totalitarios hacen elecciones sea porque han tenido que ceder sea como maniobra para manejar esas presiones. En ese caso se puede hablar, efectivamente, de una oportunidad para ocupar espacios. Pero este no es el caso: el chavismo está a la ofensiva y es quien quiere ocupar el espacio del poder legislativo para avanzar en su normalización (a su manera africana claro está) que, en este punto, ya es la tendencia.
En este caso, sin ser binario, se plantean dos opciones claras: si las elecciones son tan adulteradas como las otras dos anteriores la gente se abstendrá masivamente y no querrá nada tener que ver con ellas. Si no lo son, si inspiran alguna confianza e incluso, si alguna oposición real participa (eso en este punto lo decide el chavismo) es bastante difícil creer que el chavismo va a permitir un resultado como el de 2015. Diputados reales de oposición pueden quedar allí, en minoría, sólo para que el gobierno pueda decir que las elecciones fueron libres. Pero, en este punto, lo que ocurra depende por completo de cómo el gobierno las quiera diseñar y el chavismo, repitamos, no está en un periodo de repliegue, de concesiones, ni nada de eso.
Es difícil ver una razón para que no actúen con la misma determinación y saña ante esas elecciones como lo hicieron para tomar control de la vieja Asamblea Nacional…que se los impide? Las sanciones a las que han sobrevivido y que hasta han logrado aflojar un poco?, no vino un patrullero americano a traer la noticia de que habían sido levantadas sanciones contra el Banco Central?
Henrique Capriles ha hecho una aproximación un poco más pragmática y un poco menos sumisa al asunto hablando de las elecciones en relación a la movilización política planteando combinar las dos vías. Eso, en general, es posible pero habría que ver las circunstancias en que se den las elecciones: movilizar la gente por esa vía implica que habrá candidatos en los que la gente podrá verter su descontento, como hizo en 2015, seguir el proceso y si cree que hay fraude salir a las calles…pero puede ser que esta sea una versión parlamentaria de la elección presidencial de 2018 (y los últimos acontecimientos indican que puede ser así) o el número de candidatos de oposición reales sea demasiado pequeño para cambiar nada y queden allí, solo para que la gente se ilusione con que hizo algo.
En ese contexto hay quien habla de presionar o negociar con el gobierno sobre el proceso electoral, sobre el CNE nuevo, etc. pero como si, dicen los mismos antichavistas, el país está desmovilizado?. Las esperanzas se basan, por completo, en presiones externas que no se sabe si ocurrirán o si serán efectivas. Por demás, incluso si el chavismo renueva el CNE y mete otras figuras que no estén en su nómina, todavía queda el Tribunal Supremo de Justicia y la constituyente disponibles para vetar partidos y candidatos o entregar los partidos de oposición a quien les convenga, para aprobar leyes o reglamentos a conveniencia, etc.
Entonces qué es lo que hace la diferencia, pragmáticamente hablando? No las elecciones en sí sino las presiones y fuerzas que actúan contra y sobre el chavismo antes, durante y después de ellas. Para los que todavía tienen el fetichismo por Trump o la llamada “comunidad internacional” eso puede tener sentido pero hasta ahora ninguna presión externa ha sido eficaz para hacer que el chavismo cambie o negocie su monopolio del poder político: lo más probable es que haga su simulacro electoral y, si no le resulta, seguirá improvisando. El rango de lo que los chavistas consideran que es conveniente o útil es muy limitado: la constituyente sirvió para iniciar una estabilización política y terminar el ciclo de rebelión, las presidenciales para mantener a Maduro en el poder, en ambos casos, había mejores alternativas que desecharon y muchos efectos adversos con los que lidiaron en su momento, porque el objetivo era siempre muy específico y enfocado en el corto plazo.
Pero incluso si se hicieran elecciones transparentes donde la oposición tiene mayoría: no volveríamos al mismo punto de 2019? Que un poder legislativo haga leyes y pueda limitar el poder del ejecutivo requiere una institucionalidad que Venezuela no tiene, que pueda oponerse de otras maneras implica que pueda invocar fuerzas que le apoyen…
Así, el asunto siempre vuelve al de las fuerzas. Lo único que justifica estas elecciones, luego de todas las obscenidades que han ocurrido, es la vaga expectativa que la coyuntura sirva para movilizar a la gente…pues el problema es aquel que los antichavistas sean moderados (colaboracionistas?) o radicales (radicales en que o de que?) no quieren pensar: a la vez las fracturas en la red del poder chavista y la movilización de fuerzas sin las cuales no ocurre transición política alguna excepto que, como en argentina, el régimen se desmorone.
Si se descartan esas dos hipótesis solo quedan opciones como el Éxodo, la lucha por la sobrevivencia, y la resistencia cotidiana que, de ser cierto que Venezuela es el único país de la tierra donde la gente es completamente incapaz de luchar por su libertad (ahora o en el futuro) son las únicas que quedan….
Porque este ciclo de ya veinte años de ilusiones y desilusiones antichavistas, de depresiones desmovilizantes seguidas de expectativas ilusorias, me parece, nos lo podemos ahorrar…
