Jacques Rancière: “Deshacer las confusiones que ayudan al orden dominante”

Por Joseph Confavreux

¿Cuáles son las raíces de la actual crisis democrática? ¿Cómo comprender la simultaneidad de las revueltas contemporáneas? Quince años después de la publicación de su obra analizando los perfiles del “odio a la democracia”, el filósofo Jacques Rancière nos ofrece algunos elementos de respuesta.

Mientras las revueltas se extienden en varios países de todos los continentes, Francia se prepara para un movimiento social que cuestiona, más allá de la reforma de las pensiones, la acentuación de las reformas de inspiración neoliberal y la política tradicional sólo parece ofrecer una falsa alternativa entre progresismos y autoritarismos cuyo denominador común es su subordinación a los intereses financieros, el filósofo Jacques Rancière hace un repaso para Mediapart de estos cambios políticos e intelectuales, para intentar “deshacer las confusiones tradicionales que ayudan al orden dominante y a la pereza de sus pretendidos críticos”.

Joseph Confavreux: Quince años después de la publicación de El Odio a la democracia (editado originalmente por La Fabrique y en español por Amorrortu), ¿qué cariz ha tomado esa mutación ideológica que describías?

Jacques Rancière: Los temas del discurso intelectual republicano que analicé entonces se han difundido ampliamente, y en particular han alimentado el aggiornamento de la extrema derecha que ha visto el interés de reciclar los argumentos racistas tradicionales en defensa de los ideales republicanos y laicos. También han servido de justificación para algunas medidas de restricción de las libertades como las que proscriben tal vestimenta y nos piden que presentemos el rostro desnudo a los ojos del poder.

Se puede decir que estos temas han extendido tanto su influencia como su obediencia hacia los poderes dominantes. El odio intelectual a la democracia se muestra cada vez más como el simple acompañamiento ideológico del vertiginoso desarrollo de las desigualdades de todo tipo y del crecimiento del poder policial sobre los individuos.

J. C.: ¿Es el populismo, en el sentido peyorativo del término, el nuevo rostro de este odio a la democracia que pretende defender el gobierno democrático a condición de que dificulte la civilización democrática?

J. R.: Populismo no es el nombre de una forma política. Es el nombre de una interpretación. El uso de esta palabra sirve para hacer creer que las formas de reforzamiento y de personalización del poder estatal constatadas por todo el mundo son la expresión de un deseo que viene del pueblo, entendido como conjunto de las clases desfavorecidas. Es siempre el mismo gran truco de decir que si nuestros Estados son cada vez más autoritarios y nuestras sociedades cada vez más desiguales es debido a la presión que ejercen los más pobres que son, por supuesto, los más ignorantes y que, como buenos primitivos, quieren jefes, autoridad, exclusión, etc. Como si Trump, Salvini, Bolsonaro, Kaczyski, Orbán y otros parecidos, fueran la emanación de un pueblo llano que sufre y se revuelve contra las élites. Ahora bien, son la expresión directa de la oligarquía económica, de la clase política, de las fuerzas sociales conservadoras y de las instituciones autoritarias (ejército, policía, Iglesias).

Es cierto que esta oligarquía se apoya por lo demás en todas las formas de superioridad que nuestra sociedad permite a quienes ella misma inferioriza (trabajadores sobre desempleados, pieles blancas sobre pieles oscuras, hombres sobre mujeres, habitantes de las provincias profundas sobre las mentes ligeras de las metrópolis, gentes normales sobre no normales, etc.). Pero ésta no es una razón para poner las cosas cabeza abajo: los poderes autoritarios, corruptos y criminales que hoy dominan el mundo, lo hacen con el apoyo de los ricachones y de los notables, no con el de los desheredados.

J. C.: ¿Que te inspira la inquietud de muchos sobre la fragilidad de las instituciones democráticas existentes y las numerosas obras que anuncian el fin o la muerte de las democracias?

J. R.: No leo demasiado la literatura catastrofista y me gusta la opinión de Spinoza para quien los profetas preveían mejor las catástrofes de las que ellos mismos eran responsables. Quienes nos alertan sobre la “fragilidad de las instituciones democráticas” participan deliberadamente en la confusión que debilita la idea democrática. Nuestras instituciones no son democráticas. Son representativas, por tanto oligárquicas. La teoría política clásica era clara sobre ello, aunque nuestros gobernantes y sus ideologías se hayan dedicado a embrollarlo todo. Las instituciones representativas son por definición inestables. Pueden dejar cierto espacio a la acción de las fuerzas democráticas –como fue el caso de los regímenes parlamentarios en los tiempos del capitalismo industrial– o tender hacia un sistema monárquico. Está claro que hoy domina esta última tendencia.

Es el caso de Francia donde la V República fue concebida para poner las instituciones al servicio de un individuo y donde la vida parlamentaria está totalmente integrada en un aparato de Estado, que a su vez está totalmente sometido al poder del capitalismo nacional e internacional, aun a costa de suscitar el desarrollo de fuerzas electorales que pretenden ser los verdaderos representantes del verdadero pueblo.

Hablar de las amenazas que pesan sobre nuestras democracias tiene un sentido muy determinado: se trata de hacer llevar a la idea democrática la responsabilidad de la inestabilidad del sistema representativo, diciendo que si este sistema está amenazado es por ser demasiado democrático, demasiado sometido a los instintos incontrolados de la masa ignorante. Toda esta literatura trabaja a fin de cuentas para la comedia de las segundas vueltas presidenciales, cuando la izquierda lúcidacierra filas en torno del candidato de la oligarquía financiera, única muralla de la democracia razonable contra el candidato de la democracia iliberal.

J. C.: Se han acentuado las críticas a los deseos ilimitados de los individuos en la moderna sociedad de masas. ¿Por qué? ¿Cómo explicas que estas críticas aparezcan en todos los bandos del tablero político? ¿Es lo mismo para Marion Maréchal-Le Pen que para Jean-Claude Michéa?

J. R.: Hay un núcleo duro invariante que alimenta versiones más o menos de derecha o de izquierda. Este núcleo duro fue forjado primero por los políticos conservadores y los ideólogos reaccionarios del siglo XIX, que lanzaron la alerta contra los peligros de una sociedad en que las capacidades de consumo y los apetitos consumidores de los pobres se desarrollaban peligrosamente e iban a descargarse como un torrente devastador para el orden social. Fue la gran astucia del discurso reaccionario: alertar contra los efectos de un fenómeno, para imponer la idea de que ese fenómeno existe: que los pobres, en suma, son demasiado ricos.

Este núcleo duro ha sido reelaborado a la izquierda por la llamada ideología republicana, forjada por intelectuales rencorosos hacia esta clase obrera en la que habían puesto todas sus esperanzas y que estaba disolviéndose. La gran genialidad ha sido interpretar la destrucción de las formas colectivas de trabajo impuesta por el capital financiero como la expresión de un individualismo democrático de masas surgido del corazón mismo de nuestras sociedades y llevado a cabo por aquellos mismos cuyas formas de trabajo y de vida eran destruidas.

A partir de ahí, todas las formas de vida impuestas por la dominación capitalista eran reinterpretables como efectos de un único y mismo mal –el individualismo– al que según su humor se podía dar dos sinónimos: se le podía llamar democracia y combatir los estragos del igualitarismo; se le podía llamar liberalismo y denunciar la mano del capital. Pero también se podía equiparar ambos e identificar al capitalismo con el desencadenamiento de los apetitos consumidores de la gente humilde.

Es la ventaja de haber dado el nombre de liberalismo al capitalismo absolutizado –además de autoritario– que nos gobierna: se pueden identificar los efectos de un sistema de dominación con las formas de vida de los individuos. Así, se puede, al gusto de cada cual, aliarse con las fuerzas religiosas más reaccionarias para atribuir el estado de nuestras sociedades a la libertad de costumbres encarnada por la reproducción asistida y el matrimonio homosexual o reclamarse de un ideal revolucionario puro y duro para achacar al individualismo pequeño-burgués la responsabilidad de la destrucción de las formas de acción colectivas y de los ideales obreros.

J. C.: ¿Qué hacer en una situación en que la denuncia de una fachada democrática donde las leyes y las instituciones no son sino las apariencias bajo las que se ejerce el poder de las clases dominantes, y en que el desencanto sobre las democracias representativas que han roto con toda idea de igualdad abre espacio a personajes del tipo Bolsonaro o Trump, que agravan aún más las desigualdades, las jerarquías y los autoritarismos?

J. R.:« Lo primero es deshacer las confusiones tradicionales que ayudan al orden dominante y a la pereza de sus pretendidos críticos. En particular, hay que acabar con esa doxa heredada de Marx que, con la excusa de denunciar las apariencias de la democracia burguesa, valida de hecho la identificación de la democracia con el sistema representativo. No hay una fachada democrática tras cuya máscara se ejercería la realidad del poder de las clases dominantes. Hay instituciones representativas que son instrumentos directos de este poder.»

El caso de la Comisión de Bruselas y su lugar en la Constitución europea debería bastar para aclarar las cosas. Tenemos ahí la definición de una institución representativa supranacional donde la representación está totalmente disociada de cualquier idea de sufragio popular. El tratado ni siquiera dice que estos representantes deban ser elegidos. Se sabe, desde luego, que son los Estados quienes los designan, pero también se sabe que en su mayoría son antiguos o futuros representantes de los bancos de negocios que dominan el mundo. Y una simple ojeada sobre el perímetro de las sedes de sociedades cuyos inmuebles rodean las instituciones de Bruselas hace inútil la ciencia de quienes quieren mostrarnos la dominación económica disimulada tras las instituciones representativas.

Lo digo una vez más, difícilmente podría pasar Trump por un representante de los marginados de la América profunda y Bolsonaro ha sido inmediatamente entronizado por los representantes de los medios financieros. La primera tarea es salir de la confusión entre democracia y representación y de todas las nociones confusas que se derivan de ella –del tipo democracia representativa, populismo, democracia iliberal, etc. Las instituciones democráticas no están para preservar contra el peligro populista. Están para crearlo, o recrearlo. Y está claro que, en la situación actual, sólo pueden serlo como contrainstituciones, autónomas respecto a las instituciones gubernamentales.

J. C.: ¿Es comparable el odio a la democracia cuando toma la forma de la nostalgia dictatorial de un Bolsonaro o la apariencia bonachona de un Jean-Claude Junker explicando que no puede haber decisión democrática contra los tratados europeos?

Dicho de otra manera, ¿se debe y se puede jerarquizar y distinguir las amenazas que pesan sobre la democracia, o bien la diferencia entre las extremas derechas autoritarias y los tecnócratas capitalistas dispuestos a reprimir violentamente a sus pueblos es sólo de grado y no de naturaleza?

J. R.: Hay todos los matices que se quiera entre sus diversas formas. Puede apoyarse en las fuerzas nostálgicas de las dictaduras de ayer, de Mussolini o Franco a Pinochet o Geisel. Puede incluso, como en algunos países del Este, acumular las tradiciones de las dictaduras comunistas y de las jerarquías eclesiásticas. Puede más sencillamente identificarse con las ineludibles necesidades de rigor económico, encarnadas por los tecnócratas bruselenses. Pero hay siempre un núcleo común.

Juncker no es Pinochet. Pero como se ha recordado recientemente, los poderes neoliberales que gobiernan en Chile lo hacen en el marco de una constitución heredada de Pinochet. La presión ejercida por la Comisión europea sobre el gobierno griego no es la misma cosa que la dictadura de los coroneles. Pero se ha comprobado que el gobierno populista de izquierda, especialmente elegido en Grecia para resistir a esta presión, fue incapaz de hacerlo.

En Grecia como en Chile, como en todo el mundo, se ha comprobado que la resistencia a las oligarquías sólo viene de fuerzas autónomas respecto al sistema representativo y a los llamados partidos de izquierda integrados en él. Estos últimos razonan de hecho según la lógica del mal menor. Sufren debacle tras debacle. Estaríamos tentados de alegrarnos si esta continua debacle no tuviese el efecto de aumentar el poder de la oligarquía y dificultar aún más la acción de quienes se oponen de verdad.

J. C.: ¿Cómo ves los acontecimientos planetarios de este otoño? ¿Se pueden encontrar causas y motivos comunes en las diferentes revueltas que se producen en varios continentes? Respecto a los movimientos de las plazas, que reclamaban una democracia real, estas revueltas parten de motivaciones más socio-económicas. ¿Quiere decir esto algo nuevo sobre el estado del planeta?

J. R.: La reivindicación democrática de los manifestantes de Hong Kong desmiente dicha evolución. De todas maneras, hay que salir de la oposición tradicional entre motivaciones socio-económicas (sólidas pero mezquinas) y aspiraciones a la democracia real (más nobles pero evanescentes). Hay un solo y mismo sistema de dominación, ejercido por el poder financiero y por el poder estatal. Y los movimientos de las plazas extrajeron su poder precisamente de no distinguir entre reivindicaciones limitadas y afirmación democrática ilimitada. Es raro que un movimiento arranque por una reivindicación de democracia. Suelen empezar por una reclamación contra un aspecto o un efecto particular de un sistema global de dominación (un fraude electoral, el suicidio de una víctima de acoso policial, una ley sobre el trabajo, un aumento del precio de los transportes o de los carburantes aunque también un proyecto de supresión de un jardín público).

Cuando la protesta colectiva se desarrolla en la calle y en lugares ocupados, se convierte, no simplemente en una reivindicación de democracia dirigida al poder contestado, sino en una afirmación de democracia efectivamente puesta en práctica (democracia real ya). Esto quiere decir dos cosas: primera, la política toma cada vez más el aspecto de un conflicto de mundos –un mundo regido por la ley no igualitaria contra un mundo construido por la acción igualitaria –en que la propia distinción entre economía y política tiende a desaparecer; segunda, los partidos y organizaciones antes interesadas en la democracia y la igualdad han perdido toda iniciativa y toda capacidad de acción en este terreno que sólo es ocupado por fuerzas colectivas nacidas del propio acontecimiento. Se puede seguir repitiendo que se debe a una falta de organización. Pero ¿qué hacen las famosas organizaciones?

J. C.: ¿Una cierta forma de rutinización de la revuelta a escala mundial anuncia un gran contra-movimiento?

J. R.: No me gusta mucho la palabra rutinización. Bajar a la calle en estos tiempos en Teherán, Hong Kong o Yakarta, no tiene en realidad nada de rutinario. Sólo se puede decir que las formas de la protesta tienden a parecerse contra sistemas gubernamentales diferentes aunque convergentes en sus esfuerzos por asegurar los beneficios de los privilegiados en detrimento de sectores de la población cada vez más pauperizados, menospreciados o reprimidos. Se puede constatar así, sobre todo en Chile o en Hong Kong, que han obtenido logros, cuya continuación no se conoce, pero que muestran que es algo distinto a simples reacciones rituales de desesperación frente a un orden de cosas inamovible.

J. C.: Hace quince años, la perspectiva de la catástrofe ecológica era menos apremiante. ¿Esta nueva cuestión ecológica transforma la cuestión democrática en el sentido que algunos explican de que la salvación del planeta no podrá hacerse en un marco deliberativo?

J. R.: Hace ya tiempo que nuestros gobiernos funcionan con la coartada de la crisis inminente que impide confiar los asuntos del mundo a sus habitantes ordinarios y obliga a dejarlos al cuidado de los especialistas en gestión de crisis: en realidad, a los poderes financieros y estatales que son sus responsables o cómplices. Está claro que la perspectiva de la catástrofe ecológica va en apoyo de sus argumentos. Pero está claro también que la pretensión de nuestros Estados de ser los únicos capaces de enfrentarse a cuestiones globales está desmentida por su incapacidad, individual y colectiva para tomar decisiones a la medida de este reto. La reivindicación globalista sirve por tanto esencialmente para decirnos que es una cuestión política demasiado complicada para nosotros, o que es una cuestión que vuelve caduca la acción política tradicional. Así entendida, la cuestión climática sirve a la tendencia a absorber la política en la policía.

Enfrente, está la acción de quienes afirman que, puesto que la cuestión concierne a cada una y cada uno de nosotros, cada una y cada uno debe ocuparse de ello. Es lo que han hecho los movimientos del tipo Notre-Dame-des-Landes que se apoyan en un caso muy preciso para identificar la persecución de un objetivo concreto determinado con la afirmación del poder de cualquiera. La anulación de un proyecto de aeropuerto no resuelve evidentemente la cuestión del recalentamiento a escala planetaria. Pero muestra en todo caso la imposibilidad de separar las cuestiones ecológicas de la cuestión democrática entendida como ejercicio de un poder igualitario efectivo.

J. C.: En su último libro, Frédéric Lordon se desmarca de lo que denomina una antipolítica en la que incluye sobre todo una “política restringida a intermitencias” que sería en particular el reparto de lo sensible”. ¿Qué te sugiere esta crítica dirigida a algunas de tus maneras de definir la política?

J. R.: No me quiero implicar en polémicas personales. Me limitaré por tanto a destacar algunos puntos de lo que he escrito que tal vez no queden claros para todo el mundo. No he dicho que la política sólo exista por intermitencias. He dicho que la política no era un dato constitutivo y permanente de la vida de las sociedades, porque la política no es sólo el poder, sino la idea y la práctica del poder de cualquiera. Ese poder específico sólo existe como suplemento y en oposición a las formas normales de ejercicio del poder. Esto no quiere decir que sólo exista política en los momentos extraordinarios de fiesta colectiva, que entre tanto no haya nada que hacer y no se necesiten ni organización ni instituciones. Organizaciones e instituciones ha habido siempre y siempre las habrá.

La cuestión es saber lo que organizan y lo que instituyen, cuál es el poder que ponen en marcha, el de la igualdad o el de la desigualdad. Las organizaciones e instituciones igualitarias desarrollan este poder común a todos que, de hecho, raramente se manifiesta en estado puro. En el estado actual de nuestras sociedades, sólo pueden ser contra-instituciones y organizaciones autónomas respecto a un sistema representativo que es sólo un resorte del poder estatal. Se constata fácilmente que en las dos últimas décadas, en el mundo en general, las únicas movilizaciones contra los avances del poder financiero y del poder estatal han sido esos movimientos calificados como espontaneistas, aunque han demostrado capacidades de organización concreta muy superiores a las organizaciones de izquierda reconocidas (no olvidemos además que muchas y muchos de quienes han jugado un papel eran militantes ya formados por prácticas de lucha en la calle). Es verdad que resulta muy difícil mantener durante mucho tiempo este poder común. Esto supone crear otro tiempo, un tiempo hecho de proyectos y de acciones autónomas, que no venga marcado por el calendario de la máquina estatal. Pero sólo se puede desarrollar lo que existe. Sólo se puede construir a largo plazo a partir de las acciones que han cambiado efectivamente, por poco y breve que sea, el campo de lo posible.

3/12/2019

https://www.mediapart.fr/journal/culture-idees/031219/jacques-ranciere-defaire-les-confusions-servant-l-ordre-dominant

Traducción: Javier Garitazelaia para viento sur

(Neo)capitalismo y sufrimiento psíquico

Por Manuel Desviat    //  Publicado en vientosur.info

Confundimos libertad con “libre mercado”. Así desconocíamos nuestra implacable condena como mercancías.

Francisco Pereña (Pereña, 2014)

Como anunciaba Joaquín Estefanía en Estos años bárbaros (2015) la salida de la Gran Recesión ha convertido en estructural lo que durante la gestión de la crisis financiera se vendía como secuelas transitorias: el incremento de la desigualdad, la precariedad laboral, la desregulación de los mercados, la privatización de los bienes públicos, arrasando con los antaño derechos constitucionales en educación, sanidad, pensiones, prestaciones sociales. El neoliberalismo completa la revolución conservadora iniciada con Reagan y Thatcher en los años ochenta del pasado siglo con la conquista del Estado en beneficio de unos pocos. Para el fundamentalismo neoliberal, una vez dueños del mundo tras la caída del muro de Berlín, las leyes sociales surgidas tras la crisis de 1929 y la catástrofe de la Segunda Guerra Mundial, son un obstáculo, un residuo a suprimir, como lo son las políticas sociales de algunos Estados latinoamericanos (Brasil, Ecuador, Bolivia, Venezuela…) iniciadas a contracorriente.

Se juega con el mito de la mejor eficacia de los mercados y el necesario adelgazamiento de las cuentas públicas, cuando la toma de los gobiernos nacionales por el capital financiero, por ese 1% de la población mundial, no supone el adelgazamiento del gasto público, supone la venta de hospitales, pensiones y universidades del erario a los fondos buitres internacionales. Supone la acumulación ilimitada del capital, como previó Marx, más la también ilimitada invasión de la vida toda. La lógica del mercado configura subjetividades, cosifica las relaciones humanas, convirtiendo todo en consumo, competencia y, en definitiva, mercancía. Estrategia totalizadora, que pretende ir más allá del control de la economía, buscando imponer una cultura y un pensamiento único a nivel mundial. Un pensamiento que borre en el imaginario colectivo los grandes relatos que configuraron el sujeto de ayer, la ilustración, el freudismo, el marxismo. Se trata de forjar un sujeto neoliberal cuya ideología esté procurada por la publicidad y su el deseo copado por el consumo.

Los dueños de los medios seducen a la población con el ideal privatizador, convirtiendo la precarización del trabajo en un aliciente emprendedor, individualismo competitivo del que depende la persona y la sitúa siempre en continuo riesgo. Empresario de uno mismo, se pierde el vínculo social. El nosotros se convierte en un pronombre peligroso, cuando no se reduce a unas pocas personas o a la comunión de los estadios de fútbol. La vida se vuelve una competición en la que ya están definidos los ganadores, los detentadores del poder patrimonial y meritocrático y también los perdedores, los nadie, los desechos poco meritorios, los excluidos, el sobrante social del sistema productivo. Los determinantes sociales lo atestiguan. Por poner unos ejemplos: la renta media de los estudiantes de la Universidad de Harvard corresponde a la renta media del 2% de los estadounidenses más ricos. En Francia las instituciones educativas más elitistas reclutan a sus miembros en grupos sociales apenas más amplios (Piketty, 2015). O las desigualdades en la esperanza de vida, entre una clase social y otra; en un barrio u otro de la misma ciudad en cualquier parte del mundo. En Barcelona, la esperanza de vida en barrios como Torre Baró, en NouBarris, es 11 años menor que en Pedralbes. En el barrio de Calton, un barrio pobre de la ciudad de Glasgow, la población tiene una esperanza de vida de 54 años, una de las más bajas del mundo; a pocos kilómetros, en la rica zona de Lenzie, la esperanza de vida es de 82 años, una de las más altas de Europa (Maestro, 2017). Según un estudio reciente (The Lancet Planetary Health, Usama Bilal y Ana Diez Roux), dependiendo de la zona de Santiago de Chile la diferencia de esperanza de vida es de 18 años. El Chile que ahora explota en las calles y que ha sido vendido como modelo de desarrollo por el neocapitalismo durante las últimas décadas.

Las consecuencias en el sufrimiento psíquico son el incremento de los problemas mentales y sobre todo un estrés generalizado que se traduce en malestar, en infantil desesperanza, frustrado un deseo que nunca fue construido, que nunca tuvo el forjado necesario para perdurar. Enfermedades del vacío o quiebra de la identidad en la ausencia de un útero social.

En este presente, ante estas circunstancias, los interrogantes se vuelven hacia la asistencia social y el sistema sanitario, recolectores de la miseria social, donde la pregunta de entrada, parafraseando al sociólogo Jesús Ibáñez, estaría en si es posible en un sistema capitalista hacer una política de gobierno no capitalista (Ibáñez, 199, p. 223). Llevada a la asistencia sanitaria y social, la pregunta es ¿si es posible una sanidad universal y equitativa, una salud colectiva en el contexto neoliberal? Su viabilidades la apuesta (retórica) de la socialdemocracia una vez que aceptó como el menos malo de los sistemas el capitalista. En su discurso: la vuelta a un Estado de Bienestar actualizado por la gestión privada. Pero la cuestión es ¿cuál es el precio de esta actualización, que por lo que sabemos hoy desvirtúa completamente los principios comunitarios y salubristas en los procesos llevados a cabo en Europa? (Desviat, 2016).

En cualquier caso, en esta contradicción se encuentra la ambigüedad y la insuficiencia de los Servicios Nacionales de Salud, de las propias leyes que los crearon en tiempos del Estado del Bienestar, dejando siempre la puerta abierta a la privatización de los servicios. En realidad, aún en los años de mayor protección social, la sanidad pública estuvo siempre condicionada a una financiación que privilegiaba a las grandes empresas farmacéuticas, tecnológicas y constructoras. Los gobiernos conservadores, pero también los socialdemócratas, mantuvieron la sanidad pública en sus programas, lo que además les permitía disminuir costes y acercar los recursos a la población atendida con un claro beneficio político electoral, mas al tiempo protegieron las infraestructuras de poder de la medicina conservadora y empresarial. La reforma sanitaria, y de la salud mental comunitaria, en sus logros de mayor cobertura y universalidad, se desarrolló siempre a contracorriente del poder económico, fueran ministros conservadores o socialistas.

De hecho, las ayudas económicas del Banco Mundial se acompañaron de la exigencia a los países de la reducción de la participación del sector público en la gestión de actividades comerciales y la disminución de los servicios sociales, convirtiendo en objetivo prioritario la privatización de la sanidad y las pensiones, al estilo de EEUU. Algo que queda claro en el informe de 1989 del Banco Mundial sobre financiación de los servicios sanitarios, donde se plantea introducir las fuerzas del mercado y trasladar a los usuarios los gastos en el uso de las prestaciones (Akin, 1987). Y en la pronta asunción de esta política por los Estados, empezando por el Reino Unido, que fue durante tiempo referencia por su aseguramiento público universal, como puede verse en documentos recientemente desclasificados del Gabinete de Margaret Thatcher, donde en un informe del Banco Mundial se dice textualmente que se deberá poner fin a la provisión de atención sanitaria por el Estado para la mayoría de la población, haciendo que los servicios sanitarios sean de titularidad y gestión privada, y que las personas que necesiten atención sanitaria deberán pagar por ello. Aquellos que no tengan medios para pagar podrán recibir una ayuda del Estado a través de algún sistema de reembolso (Lamata, Oñorbe, 2014).

La filosofía es trasparente: la salud es responsabilidad de la persona, del cuidado o no cuidado que haga con su vida, por tanto deben pagar por los servicios que consume. La sanidad deja de ser un bien público al que todas las personas tienen, por tanto, derecho. La ideología salubrista basada en el estilo de vida –cuide su comida, su hábitat, haga ejercicio, no corra riesgos—ignora los determinantes sociales, las condiciones de vida y de trabajo, que la salubridad que propone exige un cierto estatus social al que buena parte de la población no tiene acceso.

El hecho es que la quiebra de la universalidad deja fuera del sistema sanitario a colectivos vulnerables (desempleados de larga duración, inmigrantes sin papeles, discapacitados, ancianos…), al tiempo que los recortes presupuestarios deterioran los servicios asistenciales públicos, reducen la cesta básica, introducen el copago en medicamentos y suprimen prestaciones de apoyo (transporte, aparatos ortopédicos…). El Estado desplaza a los mercados la decisión de quien tendrá acceso a vivir y a cómo malvivir o morir. El paciente pasa a ser un cliente que puede ser rentable o no.

Pero hay otro fenómeno que hay que considerar al referirnos al sufrimiento singular y colectivo. Otro fenómeno al que enfrentar aparte de la falta de soporte social de los Estados y de la hegemonía del discurso conservador, la sustancial medicalización de la sociedad. La existencia de un Estado privatizador, la ausencia de una doctrina de salud y servicios sociales orientada al bien común, va a posibilitar el proceso de la mercantilización de la medicina, convertida en una importante fuente de riqueza, y consecuente medicalización y psiquiatrización de la población. Un proceso que tiene tres aspectos básicos, tal como enuncian Isabel del Cura y López García: uno, referir como enfermedad cualquier situación de la vida que comporte limitación, dolor, pena, insatisfacción o frustración (lo que podríamos definir como enfermedades inventadas); otra, la equiparación de factor de riesgo con enfermedad; y, por último, la ampliación de los márgenes de enfermedades (que sí lo son) aumentando así su prevalencia. Todo ello origina intervenciones diagnósticas y/o terapéuticas de dudosa eficacia y eficiencia(del Cura, Isabel; López García Franco, 2008). Hacer medicamentos para personas sanas era un viejo deseo de los laboratorios farmacéuticos, ahora el complejo médico-técnico-farmacéutico, aliado con los medios y con el poder político va más allá, con la fabricación de enfermedades. Ahora la estrategia funciona vendiendo no sólo las excelencias del fármaco sino, sobre todo, vendiendo la enfermedad. La depresión es un buen ejemplo, convertida en una pandemia mundial gracias a los antidepresivos. La cosa es simple, buscamos o creamos un malestar (el síntoma), le otorgamos un diagnóstico (precoz) y comercializamos un medicamento o una nueva indicación para un medicamento ya en uso (un antidepresivo para la timidez o un ansiolítico para circunstancias adversas) o costosas pruebas de alta tecnología completamente innecesarias. Robert Whitaker, un estudioso del fenómeno del aumento de consumo delos de los psicofármacos en EE UU, describe rigurosamente en su libro Anatomía de una epidemia la implicación de las instituciones sanitarias, profesionales y de usuarios en la elaboración del relato que les ha convertido en el tratamiento psiquiátrico dominante tanto de trastornos mentales graves como de síntomas comunes de malestar psíquico, cuando no han servido para la creación de falsas enfermedades. Preguntándose, y ese es el origen de la investigación que da lugar al libro, ¿cómo es posible que los problemas mentales se hayan incrementado desde los años 90 del pasado siglo, cuando precisamente por esas fechas aparecen lo que se propaga por asociaciones científicas y autoridades sanitarias como el mejor, sino único, remedio para atenderlos: los nuevos, supuestamente más eficientes y mucho más caros, antidepresivos, antipsicóticos, estabilizadores del ánimo, estimulantes y ansiolíticos? (Whitaker, 2015)(Desviat, 2017).

La introducción de nuevos medicamentos, no necesariamente mejores, pero si mucho más caros en los años ochenta del pasado siglo, colonizan el discurso psiquiátrico. El fármaco, respaldado por las Clasificaciones y Protocolos Internacionales de las Asociaciones científicas (infectadas por la financiación de las empresas farmacéuticas), se convierte en la bala de plata, en la panacea de los tratamientos del malestar, un atajo acorde con la cultura de la época, pragmática, intrascendente y apresurada. La psiquiatría se introduce en la gestión biopolítica de la vida por el resquicio de la insatisfacción, del vacío, la vida liquida que describe Bauman, ofertando soluciones a los problemas de la existencia: del amor, el odio, el miedo, la tristeza, la timidez, la culpa.

Se medicaliza el sufrimiento social —desahucios, desempleo, pobreza— y se psiquiatriza el mal; así cuando leemos en la prensa un caso criminal, vandálico, y se atribuyen sus actos a un trastorno mental, experimentamos cierta tranquilidad al imputar como una cuestión médica lo que es un mal social. Convertido en una cuestión genética o de anómala personalidad, no existe la responsabilidad de la sociedad en la que convivimos de una manera u otra, sostenemos. Al fin al cabo, no hace tanto que se vinculaba científicamente la criminalidad a la degeneración orgánica, hereditaria e inscrita en el cuerpo y en la mente.

El escándalo del trastorno por déficit de atención e hiperactividad (TDAH) es ilustrativo de la fabricación de una enfermedad que ha multiplicado por cientos de miles la venta de estimulantes en pocos años para tratar, en la inmensa mayoría de lo casos, comportamientos habituales en la infancia y adolescencia: distraerse fácilmente y olvidarse cosas con frecuencia; cambiar frecuentemente de actividad; soñar despiertos/fantasear demasiado, corretear mucho; tocar y jugar con todo lo que ven; decir co­mentarios inadecuados, pueden ser diagnosticados de TDH con el aval técnico Instituto Nacional de Salud de los Estados Unidos (NIMH). Estimaciones recogi­das por Sami Timimi (Timimi, 2015)sugieren que a aproximadamente el 10 % de los niños en las escuelas de Estados Unidos se les ha pautado o tienen pautado un estimulante. En el Reino Unido la prescripción ha aumentado de 6000 recetas al año en 1994 hasta más de 450.000 en 2004; un asombroso aumento del 7000 % en solo una década (Department of Health, 2005).

La medicina se ha convertido en una gran generadora de riqueza, en cuanto la salud y el cuerpo se convierten en un objeto de consumo. En manos de la publicidad, es decir de los mercados, la medicina es una herramienta de normalización. Entendiendo por normal aquello que dictan los intereses del capital. Qué comer, qué vestir, qué tomar, como o con quien juntarnos. Las normas estandarizadas se multiplican al tiempo que avanza el proceso que Foucault denominó de “medicalización indefinida”. La medicina se impone al individuo, enfermo o no, como acto de autoridad, y ya no hay aspecto de la vida que quede fuera de su campo de actuación. El cuerpo se convierte en un espacio de intervención política. Este tiempo donde los poderes económico-políticos se inmiscuyen y regulan cada ámbito de nuestra vida, donde la vida es cualquier cosa menos algo espontáneo.

La atención de la Salud Mental al sufrimiento psíquico

Los cambios las formas de gestión y en el pensar de la época van a repercutir en las respuestas técnicas de la comunidad psi profesional. Hay una vuelta a la enfermedad como contingencia, que reduce a lo biológico el malestar. El sujeto, su biografía, queda fuera. Protocolos y vademécums sustituyen a una clínica de la escucha, qué se pregunte por el por qué subjetivo, afectivo, social del sufrimiento psíquico; una clínica que busque en las propias defensas de la persona formas de superar el padecer. Al tiempo, la medicalización produce cambios profundos en la demanda de prestaciones, que no tienen porque corresponder con las necesidades de la población, sino a los intereses de la clase hegemónica.

En el esfuerzo por reducir la psiquiatría al hecho físico, a la medicina del signo, se establecen criterios diagnósticos con unos signos-hechos-datos escogidos por consenso o por votación de un pocos que reducen la complejidad de la persona. Uno ya no delira con lo relacionado con su propia biografía. El contenido del delirio es ruido producido por la falla neuronal. No hay lenguaje, sujeto ni deseo. Solo cuerpo, enjambre químico neuronal. Mas, y he aquí la insustancialidad de la propuesta, es que los datos por si solos, como bien saben los propios publicistas de los mercados, poco valen, hay que interpretarlos.

La estrategia es obvia, se trata de homogeneizar, en torno a unos cuantos criterios, una propedéutica y un vademécum común para diagnosticar y tratar a las personas aquejadas de problemas de salud mental, en beneficio de las empresas farmacológicas y tecnológicas. Un único sentido para el mundo. El trastorno mental sería el mismo en China que en Costa Rica, en Noruega que en Mali, lo que facilitaría el mismo tratamiento. Algo tan disparatado, premeditadamente ignorante de la antropología, de la idiosincrasia de los pueblos, que seria irrelevante sino fuera porque la credibilidad de un hecho o de una visión determinada de los hechos está condicionada al aval de universidades, centros de investigación y a publicaciones de gran impacto que suelen depender directa o indirectamente de la financiación de los mercados.

Muy alejadas, por otra parte, de la realidad de la práctica asistencial. Lo que hace decir a autores como Richard Smith y Ian Roberts: que “la forma en que las revistas médicas publican los ensayos clínicos se ha convertido en una seria amenaza para la salud pública (Smith and Roberts, 2006).

Entre la aceptación y la resistencia

La acumulación irrefrenable descrita por Marx se aceleró con el fin del capitalismo industrial y no se sabe cual va a ser el acontecimiento que precipitará el choque final pronosticado por el autor de El capital, el momento en el que las fuerzas productivas entrarían en contradicción con las relaciones de producción, ni si ese acontecimiento tendrá lugar. El derrumbe disruptivo del fracasado socialismo de Estado en 1989 parecería haber agotado, como dice Enzo Traverso(2019), la trayectoria histórica del propio socialismo, de los movimientos que lucharon por cambiar el mundo con el principio de la igualdad como programa al reducir la historia toda del comunismo al hundimiento del totalitario régimen soviético. Una caída a la que se unía además los cambios profundos en las formas de producción que estaban acabando con el capitalismo industrial, en el que la izquierda forjo su identidad. Las grandes fábricas que concentraban a la clase obrera donde surgieron los sindicatos y los partidos políticos de izquierdas estaban siendo sustituidas por los nuevos modos de producción del neoliberalismo, la deslocalización, la precarización, la fragmentación y robotización de la producción. El sistema de partidos políticos surgidos con la industrialización en la confrontación obreros empresarios perdió su esencia política, convirtiéndose en aparatos electorales. En el caso de la derecha, los empresarios, sobre todo la empresa familiar y localizada territorialmente, fueron sustituidos por los lobbies financieros, sin perder la esencia de su identidad: la defensa de sus intereses de clase. En el caso de la izquierda revolucionaria, el resultado fue la perdida de un escenario que constituía su campo de batalla y su conexión con la izquierda civil. Por otra parte, el fracaso del socialismo autoritario no supuso la construcción de un socialismo democrático, como en un principio algunos imaginaron, sino que la caída de la URSS supuso la rápida transición a regímenes de un capitalismo salvaje, con el nacionalismo como identidad y en muchas ocasiones, infiltrado por criminales mafias. Algunos de los logros sociales del socialismo de Estado, como la sanidad universal y el pleno empleo, se derrumbaron, lo que llevó en pocos años a la reducción de la esperanza de vida y la precariedad o la indigencia para buena parte de la población. En la otra orilla, un capitalismo sin trabas, desalojadas las narraciones y utopías del siglo que acababa, afianzaba un presente que se quería sin pasado y sin futuro. No es el fin de la historia como preconizaba Fukuyama, sino el fin de la política. El mercado va a sustituirla, en un presentismo, donde no cabe la utopía, y por tanto, el futuro; ni cabe el pasado, perdida la memoria, en una historia huera, vacía de sentido.

Planteaba en Cohabitar la diferencia (Desviat, 2016) que la Reforma Psiquiátrica, cuyo primer objetivo fue sacar a los pacientes mentales de los hospitales psiquiátricos, de los manicomios, y situar servicios de atención en la comunidad, creó en su devenir nuevas situaciones, nuevos sujetos, nuevos sujetos de derechos. La locura se hizo visible y con ella la intolerancia, el estigma, la exclusión de la diferencia. Hizo ver que el proceso desinstitucionalizador atravesaba toda la formación social, desvelando prejuicios y representaciones sociales que iban mucho más allá del trastorno psíquico, una reordenación asistencial, y que situaban a los alienados juntos con otros de la exclusión social. Destapó la parte oculta en nuestra sociedad por la dictadura de la Razón, de la podredumbre de la razón en palabras de Antonin Artaud, en la que los locos son las víctimas por excelencia (Artaud, 1959), un imaginario colectivo poblado de los mitos, las leyendas y los sueños que nos constituyen. Nos acerca a lo que en verdad teje el síntoma singular y social, pues el síntoma se forja en la historia colectiva, en los deseos y miedos ubicados en la trastienda de nuestra cultura. Un proceso desinstitucionalizador que enfrenta a la Reforma de la Salud Mental con la miseria social y subjetiva, en un escenario en el que no se puede ser un simple observador, un impotente teórico de la marginación, la alienación y el sufrimiento. Donde el hacer comunitario hace del profesional un militante de la resistencia al orden social que instituye la enajenación en la miseria, donde la acción terapéutica, necesariamente experta en los entresijos técnicos de la terapia y el cuidado, se colorea políticamente.

Este estar en lo común por el que se define la salud mental comunitaria supone considerar a la población no solo como potenciales usuarias de los servicios, implica adentrarse en los deseos y frustraciones de sus barrios, hacerles cómplices de la gestión de su malestar. El fracaso de la medicina social es semejante al de la política gobernante que padecemos, y la razón de este fracaso está en la ausencia de comunidad, de los intereses, anhelos, frustraciones y ensueños, de las poblaciones que se atiende o se representa. Es frecuente la existencia de políticos que no han estado nunca en las circunscripciones que representan más allá de los días de la campaña electoral y es igualmente frecuente planificaciones, programas y actividad profesional de salud mental hechos sin haber pisado el barro o las aceras de los barrios que comunitariamente se atiende.

En salud y más concretamente en salud mental hablamos de participación, de la necesidad de contar con los ciudadanos, con las comunidades y los propios usuarios a la hora de la planificación y programación, mas, sin embargo, la participación se reduce, si existe, a encuentro a nivel directivo con sindicatos para temas laborales y el trabajo comunitario a situar centros de consulta fuera de los hospitales. Luego puede extrañarnos que la población no defienda los modelos que más podrían beneficiarles, de confundir las necesidades reales en sus demandas, de dejarse llevar por engañifas electorales que propician la privatización como modelo sanitario, en contra de una salud colectiva que puedan hacer suya.

Concluyendo. El hecho es que hoy, como nunca hasta ahora en la historia parece que no hay un afuera del sistema neoliberal, donde el fascismo hace presente el planteamiento de George Kennan, en un informe secreto, hoy accesible, cuando aconsejaba que había “que dejar de hablar de objetivos vagos e irreales, como los derechos humanos, el aumento de los niveles de vida y la democratización, y operar con genuinos conceptos fuerza que no estuviesen entorpecidos por eslóganes idealistas sobre altruismo y beneficencia universal, aunque estos eslóganes queden bien, y de hecho sean obligatorios, en el discurso político” (Chomsky, 2000). Una situación que puede conducirnos al “esto es lo que hay” y al “todo vale”. Un esto es lo que hay y en esta situación todo vale al que se suma la desgana por falta de perspectivas profesionales y ciudadanos, el queme o la renuncia o la aceptación de la derrota. Un es lo que hay y todo vale que nos lleva a una permanente insensibilidad, nos lleva a eludir nuestra parte de responsabilidad, nuestra ciega complicidad en el trascurrir de los hechos, nuestra parte de culpa. Algo que según Cornelius Castoriadis, nos ha convertido en cínicos profesional, social y políticamente, pues encerrados en un nosotros, en un mundo personal privatizado, hemos perdido la capacidad de actuar críticamente (Castoriadis C, 2011). Quizás lo más frecuente, como escribía en el libro antes citado (Desviat: p. 17) es el considerar que lo que sucede es lo natural de la sociedad humana, que ha sido siempre, la iniquidad, la desigualdad, la competitividad canalla y la desatención de los más frágiles, asumiendo las funciones cosméticas y de control social que impone el orden social; en el mejor de los casos cobijando la conciencia profesional y cívica en preservar ciertas cotas de dignidad, calidad y eficacia. Pero queda otra postura, una opción partisana, militante que trata de mantener una “clínica” de la resistencia, buscando aliados en los usuarios, familiares y ciudadanos para conseguir cambios en la asistencia a contracorriente y profundizar las grietas del sistema, en pos de un horizonte donde sea posible el cuidado de la salud mental, una sociedad de bienestar.

El peso de la alienación cambia cuando se es consciente de ella. En ese descubrimiento, cuando la mirada del amo ya no fulmina al colonizado, se introduce una sacudida esencial en el mundo, toda la nueva y revolucionaria seguridad del colonizado se desprende de esto, escribe Fanon en Los condenados de la Tierra (p40).

Una sanidad diferente, una atención a la salud mental que se entienda desde lo singular a lo colectivo, no será plenamente posible sino en una sociedad diferente. No podemos saber qué nos deparará el futuro. El socialismo es tan posible como la caída en la barbarie. Pero sí estamos obligados, si queremos una salud pública universal y equitativa, a desear y trajinar por una sociedad que parta de la igualdad como eje central de su discurso y tarea; una igualdad que trascienda la explotación, sin jerarquías de clase ni de género, y donde se reconozcan y convivan todas las diferencias; donde todas las fronteras sean reconocidas, respetadas y franqueables. Sin falsas identidades societarias.

Inmersos en la distopía del neocapitalismo y el auge en su seno de un nuevo capitalfascismo, puede parecer una descomunal utopía, pero podemos consolarnos con el hecho de que las revoluciones llegan cuando nadie las espera.

13/12/2019

Referencias

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Whitaker, R. (2015). Anatomia de una epidemia. MadridCapitan Swing.

La izquierda colonial

por Raúl Prada Alcoreza

 

La intelectualidad de “izquierda” servil a gobiernos impostores, expresiones mayúsculas de la decadencia política, del derrumbe moral y ético, además de la depravación práctica del ejercicio del poder, aplauden y hacen apología de las formas de gubernamentalidad clientelar y del desborde de la demagogia del populismo del siglo XXI. Para esta intelectualidad, que ha perdido no solo la capacidad crítica, que es como el atributo del marxismo inicial, sino también la facultad del raciocinio, pues se niega a hacer un mínimo análisis de lo ocurrido en la historia reciente de los llamados “gobiernos progresistas”, incuestionablemente ha habido un “golpe de Estado en Bolivia”. No constatan lo que dicen con los hechos, no acuden a fuentes, no se toman el trabajo de averiguar lo que pasó, mucho menos atender al debate y a la discusión generada en los lapsos políticos del “progresismo”; solo atinan a repetir como voceros ensimismados lo que la propaganda política y la publicidad compulsiva gubernamental han difundido a través de los medios de comunicación. Se parecen a militantes enceguecidos y fanáticos, en realidad burócratas, de la aciaga época estalinista, que convirtió a la revolución socialista en la institucionalización de una monarquía “socialista”; un barroco histórico-político-jurídico tenebroso.

Contra viento y marea, contra la abrumadora evidencia y contrastación de la secuencia de hechos políticos, que muestran, mas bien, un levantamiento social contra la impostura, contra el desmantelamiento de la Constitución, contra la implementación de un modelo colonial extractivista del capitalismo dependiente, contra un gobierno anti-indígena, que ocupa sus territorios y los entrega a la vorágine de la explotación extractivista de los recursos naturales. Por último, recientemente, en Bolivia, las movilizaciones sociales se desenvuelven contra el propio golpe jurídico-político anticonstitucional, perpetrado por el gobierno de Evo Morales Ayma, al desconocer el referéndum del 21 de febrero de 2016, donde el pueblo votó contra la reforma constitucional que pretendía habilitar a Evo Morales a la reelección indefinida.  La resistencia democrática contra el golpe jurídico-político del gobierno clientelar y corrupto tuvo su expansión intensa en la movilización social contra el fraude electoral, perpetrado por el gobierno neopopulista y el apócrifo Tribunal Electora, impuesto contra la Constitución, norma, ley y reglamentos institucionales. Es esta movilización nacional, que comprometió a todas las ciudades capitales del país, excepto Cobija, la que empujó al gobierno fraudulento a la renuncia, por lo tanto, lo derrocó por medio de la movilización popular.

Empero, la intelectualidad de la “izquierda” colonial, para la que el rostro indígena de un presidente que pretende serlo basta para afirmar que se trata de un “gobierno indígena”. Esta intelectualidad apoltronada en sus laureles, cómoda en sus púlpitos, investida del prestigio de revoluciones pasadas, peor aún, del simbolismo vacío de los “gobiernos progresistas”, avala, efectivamente, las políticas de la colonialidad, continuada por los gobiernos neopopulistas, para los que es imprescindible el “desarrollo”, por cierto, capitalista, incluso sobre los derechos de las naciones y pueblos indígenas, destruyendo sus territorios y los ecosistemas. En realidad, los gobiernos neopopulistas y neoliberales son complementarios del mismo modelo extractivista, definido por la geopolítica del sistema-mundo capitalista. Lo que pasa es que los “gobiernos progresistas” evocan la expresión demagógica y clientelar del mismo modelo económico financiero, especulativo, extractivista y traficante, que perpetra la dependencia en las periferias del sistema-mundo moderno.

¿Qué clase de intelectuales son éstos de la “izquierda” colonial? Se puede decir, en primer lugar, que son intelectuales orgánicos de las formas de la colonialidad persistentes, renovadas y disfrazadas con discursos del “socialismo del siglo XXI” o, como en Bolivia, por el discurso enrevesado y extravagante de un pretendido “socialismo comunitario”, que de “socialismo” solo tiene la imagen desabrida de los bonos neoliberales, investidos de reformas políticas, que de “comunitarismo” solo tiene la confusión entre sindicalismo prebendal y corporativismo cooptado por el Estado rentista. En segundo lugar, se trata de intelectuales orgánicos de la dependencia; hacen apología, sin pasarse el trabajo de analizar, de políticas económicas entreguistas y de saqueo de los recursos naturales. En Bolivia, se han desnacionalizado los hidrocarburos a través de los Contratos de Operaciones, avalados por el Congreso de mayoría masista – de representantes del partido del MAS -, entregando el control técnico de la explotación de los hidrocarburos al monopolio de las trasnacionales extractivistas.  Evo Morales ha aprobado una Ley Minera más entreguista y destructiva que la propia Ley Minera neoliberal. El gobierno “progresista” ha entregado onerosamente las reservas del litio del Salar de Uyuni a una trasnacional alemana, para su explotación durante setenta años, dejando pírricas regalías al Estado y a la región saqueada.  Sin embargo, la intelectualidad de la “izquierda” colonial hace gala de políticas “antiimperialistas”, que solo existen en el imaginario atribulado y delirante de esta intelectualidad.

Esta intelectualidad de la “izquierda colonial” está más perdida, en la contemporaneidad del capitalismo tardío y de la modernidad crepuscular, que la intelectualidad socialista que se calló ante las atrocidades del régimen estalinista, que aplastó sistemáticamente la potencia social de la primera revolución proletaria y derivó en el aplastamiento sistemático de las revoluciones proletarias en otros países, sobre todo en Europa. Es una intelectualidad nihilista, cuya voluntad de nada despliega conductas de consciencias desdichadas, impregnadas del espíritu de venganza, de la inclinación subjetiva del resentimiento. Esta intelectualidad, desgarrada en sus contradicciones inherentes, profundas e incorregibles, no produce saber, sino repetición proliferante de lo mismo, de lo ya dicho, citando hasta el cansancio recortes enunciativos de los “maestros”, los fundadores. En algunos casos, pretendiendo aportar en la ciencia política con obras taxonómicas, de clasificaciones fijadas como en glosarios; lo que hacen es mostrar sobresalientemente su ego incorregible que descuella por la elocuencia de interpretaciones esquemáticas, vacías conceptualmente, pues no crean conceptos sino usan desgastantemente los aprendidos en las academias.

En tercer lugar, se trata de una intelectualidad que perpetúa la dominación de los “intelectuales” sobre la plebe, la que está en la oscuridad del público, obligada a escucharlos y supuestamente admirarlos. Dominación de los que “saben” sobre los que “no saben”, otra de las economías políticas de la economía política generalizada de la civilización moderna. Esta es la intelectualidad que se inviste de “revolucionaria”, cuando el mismo concepto de revolución se ha, por lo menos, transformado, desplazado epistemológicamente, dadas las metamorfosis del sistema-mundo moderno, de sus estructuras y diagramas de poder. Lo peor es cuando tiene como referente de la “revolución” contemporánea a la decadencia política desplegada desbordantemente por los “gobiernos progresistas”, que de progresistas solo tienen el nombre, pues hacen patentes sus ateridos conservadurismos recalcitrantes, sus herencias atosigadas patriarcales, sus fraternidades de machos, que hacen de coaliciones inquisidoras contra las alteridades femeninas, heterogéneas, del proliferante devenir humano.

En resumidas cuentas, la intelectualidad de la “izquierda” colonial hace patente su desubicación histórica y política, en plena crisis del sistema-mundo capitalista y de la civilización moderna, en plena crisis ecológica, que amenaza a las sociedades humanas y a las formas de vida en el planeta. Se trata de un estrato social que hace gala de sus privilegios académicos, usándolos como garantes de lo que dicen, de lo que hacen, de lo que publican, cuando todo esto no es más que la muestra grandilocuente de la banalidad de una intelectualidad que no produce conocimiento, al no comprender la emergencia de la crisis civilizatoria y del sistema-mundo moderno, de la economía-mundo y del sistema-mundo político.

Respecto al su hipótesis endémica e insostenible de “golpe de Estado”, se han aplazado en el manejo conceptual del golpe de Estado, en la arqueología del saber de este concepto, en sus denotaciones y connotaciones, dependiendo del contexto y de la perspectiva teórica, además del momento político. Este aplazamiento llama la atención, pues tampoco son cuidadosos con el uso y la argumentación; se explica esta reprobación por su apresuramiento desesperado en querer defender como sea la decadencia insoslayable del gobierno clientelar y corrupto de Evo Morales Ayma, agente encubierto de las trasnacionales extractivistas, aliado de la burguesía agroindustrial y depredadora, dispositivo operativo de la economía política de la cocaína.

 

Raúl Prada Alcoreza es filósofo y sociólogo boliviano, escritor, docente-investigador de la Universidad Mayor de San Andrés. Demógrafo. Miembro de Comuna, colectivo vinculado a los movimientos sociales antisistémicos y a los movimientos descolonizadores de las naciones y pueblos indígenas. Ex-constituyente y ex-viceministro de planificación estratégica. Asesor de las organizaciones indígenas del CONAMAQ y del CIDOB.

Emergencia climatica: ¿reforma o revolución?

Por John Bellamy Foster, Profesor de la Universidad de Oregon , Estados Unidos.

Hoy estamos observando lo que parece ser el comienzo de una revolución ecológica, un momento histórico diferente a cualquier otra experiencia de nuestra historia reciente. Tal como Naomi Klein sugiere en su nuevo libro “On Fire”, no sólo el planeta está ardiendo, sino que se está alzando un movimiento posiblemente revolucionario como respuesta.

La gran cantidad de protestas por el cambio climático*** durante el último año se ha debido en alguna medida a la toma de conciencia que provocó el informe del organismo creado por las Naciones Unidas denominado “ Panel Intergubernamental del Cambio Climático” (IPCC). Este documento de expertos revela que si las emisiones de dióxido de carbono se mantienen en el nivel actual, el mundo obligatoriamente deberá disminuir en un 45 por ciento las emisiones antes de el 2030 para llegar a cero el 2050.

Según este informe una reducción drástica de las emisiones contaminantes es la única posibilidad que tiene la humanidad para evitar la catástrofe ambiental que producirá el aumento de 1.5ºC de la temperatura global del planeta.

En el último año, un número incalculable de personas se ha dado cuenta de que para alejarse del precipicio, es necesario un cambio socioeconómico acorde con la delicada crisis del “sistema de la tierra”. En un breve lapso el movimiento estudiantil de la “huelga climática”, las protestas de los jóvenes, el Movimiento Sunrise y el llamado New Deal Verde han impulsado la lucha ambiental en los estados capitalistas avanzados.

Este combate está adoptando posiciones cada vez más radicales. El cambio de sistema – y no solo el combate contra el cambio climático  – se está convirtiendo paulatinamente en el mantra en los movimientos ecológicos en los Estados Unidos

Hasta ahora el movimiento ha sido mayoritariamente  reformista. Su programa buscaba cambiar las inversiones capitalistas en una dirección “consciente con el clima”. De hecho, la gran marcha de Nueva York en 2014, organizada por el Movimiento por el Clima, se dirigió al lugar donde se reunían los grandes empresas que negociaban los términos de los acuerdos climáticos.

Ahora, organizaciones como Extinción-Rebelión, Sunrise y la Alianza por la Justicia Climática son conocidas por su acción directa. Estos nuevos movimientos son jóvenes, audaces, diversos y puede llegar a ser revolucionario en su desarrollo. En la lucha actual por el planeta, estas organizaciones empiezan a reconocer que las relaciones de producción sociales y ecológicas deben transformarse radicalmente.

Se abre paso, no sin dificultades, la idea que sólo una transformación revolucionaria puede sacar a la humanidad de la trampa que el capitalismo le ha impuesto. Hasta la joven activista Greta Thunberg declaró en la Conferencia sobre Cambio Climático de la ONU, el 15 de diciembre de 2018: «si las soluciones dentro de este sistema son imposibles de encontrar, entonces tal vez deberíamos cambiar el sistema».

Nuevo acuerdo verde: ¿reforma o revolución?

El surgimiento de propuestas de diferente signo ha hecho que la lucha contra el cambio climático se este transformando en una fuerza aparentemente imparable. Lo nuevo en los movimientos ambientales es que el llamado Nuevo Acuerdo Verde y otros programas, que proponen unir la justicia social con la lucha ecológica

El New Deal Verde no fue originalmente una estrategia de transformación, sino más bien una propuesta reformista moderada. El término surgió en 2007 en una reunión entre Colin Hines, ex jefe de la Unidad de Economía Internacional de Greenpeace, y Larry Elliott, editor de economía del periódico The Guardian,.

Frente a los crecientes problemas económicos y ambientales, Colin Hines sugirió una dosis de gasto keynesiano, etiquetándolo como un New Deal Verde en una referencia al New Deal de Franklin Roosevelt. Entonces, Elliott, Hines y el empresario británico Jeremy Leggett, lanzaron el Grupo Green New Deal del Reino Unido.

La idea se impuso rápidamente dentro de los círculos de la política ambiental. El columnista del New York Times Thomas Friedman, comenzó a promoverlo en los Estados Unidos aproximadamente al mismo tiempo que formulaba una nueva estrategia capitalista eco-modernista.

Barack Obama avanzó una idea similar en su campaña de 2008, sin embargo, abandonó la terminología después de las elecciones de mitad de período en 2010. En septiembre de 2009, el Programa de Medio Ambiente de la ONU emitió un informe titulado Global Green New Deal , consistente en un plan de crecimiento sostenible.

Ese mismo mes, la Green European Foundation publicó una estrategia capitalista verde y keynesiana, hoy conocida como el New Deal Verde Europeo.

Todas estas propuestas – encuadradas bajo el manto de un New Deal Verde -eran creaciones políticas de arriba hacia debajo que postulan un keynesianismo verde con una planificación tecnocrática empresarial sin preocupación por el empleo y la erradicación de la pobreza; todos son proyectos de un capitalismo verde ligeramente reformista.

A este respecto, las primeras propuestas Green New Deal tenían más en común con el primer New Deal de Franklin Roosevelt (de 1933 a 1935) que fue de carácter empresarial y muy pro-negocios, que con el segundo New Deal (de 1935 a 1940) que fue consecuencia de una rebelión generalizada de la clase trabajadora de mediados de la década de 1930. En contraste, con las primeras propuestas empresariales, las últimas versiones del New Deal Verde tiene su inspiración en la gran rebelión desde abajo del Segundo New Deal de Roosevelt.

Una fuerza clave en esta metamorfosis fue la Alianza para la Justicia Climática que surgió en 2013 a través de la fusión de varias organizaciones pro-justicia ambiental . Esta alianza actualmente reúne a sesenta y ocho organizaciones que representan a comunidades de bajos ingresos y de color, comprometidas con la lucha por la justicia ambiental y una transición justa.

El concepto de una transición justa tuvo su origen en la década de 1980. Fue enunciado por Tony Mazzochi, un dirigente eco-socialista (del Sindicato de Trabajadores del Petróleo, Químicos y Energía Atómica) que propuso por primera vez construir un movimiento de justicia laboral y ambiental.

Este movimiento propuso la lucha por un “Nuevo Acuerdo Verde de los Pueblos” que supere el abismo entre las luchas económicas y ecológicas mediante una Transición Justa, más allá de la protección del clima.

Durante las campañas presidenciales del Partido Verde de Jill Stein, en 2012 y 2016, el Green New Deal se transformó en una estrategia con base popular.

Entonces, el New Deal del Partido Verde tenía cuatro pilares: (1) una declaración que incluía derechos laborales, empleo seguro, atención médica, educación universitaria gratuita, (2) una transición que promoviera la inversión en pequeñas empresas, la investigación y los empleos verdes; (3) una reforma financiera real, que incluía el alivio de la deuda de los hipotecados y los estudiantes, la democratización de la política monetaria, la regulación de los derivados financieros , el fin de las fondos financieros y de los rescates gubernamentales a la banca y, (4) una democracia participativa que derogaba la Ley Patriota de Bush y reducía el gasto militar en un 50 por ciento.

No hay duda sobre la naturaleza radical (y antiimperialista) del programa original del Partido Verde. La reducción a la mitad del gasto militar era la clave de este programa plan para aumentar el gasto federal en otras áreas.

En el corazón de este programa se encontraba un ataque a la estructura económica, financiera y militar del Imperio estadounidense, al tiempo que sus propuestas económicas proporcionaban veinte millones de nuevos empleos verdes.

Irónicamente, la transición verde era el componente más débil de este New Deal . Sin embargo, gran la innovación que introdujo fue vincular el cambio ambiental con un cambio social igualmente necesario.

Acuerdos Verde que no son Antiimperialistas

Pero no fue hasta noviembre del 2009 que la idea de un New Deal Verde reventó en el Congreso. Un proyecto presentado por la diputada Alejandra Ocasio-Cortez, se convirtió rápidamente en un nuevo factor en la política de Estados Unidos.

Ocasio-Cortez, que había participado activamente en la protesta de los indígenas por el oleoducto de Dakota del Norte, se comprometió en su campaña (en el Distrito 14  que representa al Bronx y parte de Queens) con el Movimiento ecologista Sunrise

La “sentada” de este Movimiento en la oficina de la Presidenta de la Cámara, Nancy  Pelosi, fue el vamos al  Green New Deal que presentó Ocasio-Cortez, y Markey.

Este proyecto señala las responsabilidades de los Estados Unidos asociando la emergencia climática mundial a «crisis relacionadas» tales como: la disminución de la esperanza de vida, el estancamiento salarial, el descenso de la movilidad entre clases sociales, la desigualdad creciente, la división racial en la riqueza y la brecha salarial de género.

Este New Deal se propone reducir las emisiones netas de gases de efecto invernadero a través de una «transición justa», creando «millones de empleos, promover la justicia y la equidad y terminar con la opresión a los pueblos indígenas, comunidades de color, emigrantes y sectores desindustrializados”. Plantea una «movilización nacional de recursos por 10 años», con el objetivo de alcanzar un “100 por ciento de energía a través de fuentes limpias, renovables y de cero emisiones».

Junto con oponerse a la actividad de los «monopolios nacionales e internacionales» plantea crear: una agricultura familiar, una infraestructura vehicular de cero emisiones, una red de transporte público y ferrocarriles de alta velocidad; el intercambio de tecnología relacionada con el clima; asociaciones de sindicatos y cooperativas; garantías laborales, capacitación y educación superior a la población activa; atención médica universal y protegen las tierras y aguas públicas.

A diferencia del New Deal del Partido Verde, el proyecto de Ocasio-Cortez y Markey, no se opone directamente al capital financiero o al gasto militar de los Estados Unidos y por tanto, a la expansión del Imperio.

Su carácter se limita a estimular el desarrollo económico con algunas medidas redistributivas para las comunidades marginadas con el combate contra el cambio climático mediante una “transición justa”. Pese a sus limitaciones, se puede decir que tiene un carácter “progresista”, porque si se llevara a cabo completamente se requeriría la expropiación de la industria de combustibles fósiles.

Bernie Sanders va más allá. Propone un 100 por ciento de energía renovable para la electricidad y el transporte para 2030 y una descarbonización completa para el 2050 (lo que equivale a una reducción del 71 por ciento en las emisiones de carbono en los EEUU).

El proyecto de Sanders dedica 16.3 billones de dólares a la inversión pública para terminar con los combustibles fósiles, declara la emergencia climática, prohibe la extracción en alta mar, el fracking y de carbón y ofrece una transición justa para los trabajadores y las comunidades marginadas. Destina 200 mil millones de dólares para un Fondo Verde para que los países pobres reduzcan las emisiones en un 36 por ciento para 2030.

Para garantizar una transición justa para los trabajadores, Sanders plantea «hasta cinco años de garantía salarial, asistencia a la colocación y reubicación, ayuda para la vivienda a todos los desplazados, atención médica, una pensión basada en el salario anterior y capacitación remuneradas en carreras universitarias de cuatro años.

El costo de la atención médica estaría cubierto por Medicare para todos. Se respetarían los principios de justicia ambiental para proteger a las comunidades indígenas con 1.12 mil millones para programas de acceso y extensión de tierras tribales.

La financiación provendría de varias fuentes: (1) “aumento de los impuestos sobre los ingresos de los combustibles fósiles contaminantes y de los inversores corporativos en esta área”, “aumento de las sanciones por contaminación por parte de las grandes corporaciones”; (2) «eliminación de los subsidios a la industria de combustibles fósiles»; (3) “generación de ingresos por la energía producida por autoridades regionales” (4) «recortes al gasto militar dirigido a salvaguardar los suministros mundiales de petróleo; (5) «recaudación de ingresos fiscales adicionales como resultado del aumento del empleo; y (6) «nuevos impuestos a los más ricos».

El New Deal de Sanders se distingue del proyecto de  Ocasio-Cortez en: (1) establecer un cronograma para los recortes de emisiones de gases de efecto invernadero ; (2) confrontar directamente a las grandes empresas del “capital fósil”; (3) diseñar una transición justa para la clase trabajadora y las comunidades marginadas; (4) especificar, la creación de veinte millones de nuevos empleos; (4) prohibir la perforación en alta mar, el fracking y la  extracción de carbón; (5) confrontar el papel de los militares en la salvaguarda de la economía de los combustibles fósiles; (6) destinar 16. 3 billones de dólares del presupuesto federal durante diez años para financiar este programa; y (7)  aumentar los impuestos a las corporaciones contaminantes.

A pesar de todo esto tan prometedor, el programa de Sanders todavía está muy lejos de la propuesta del Partido Verde para reducir a la mitad el gasto militar del Imperio.

Necesitamos transformaciones revolucionarias

A diferencias de la propuestas de los Demócratas la estrategia del «New Deal Verde de los Pueblos» constituye lo que en la teoría socialista se llama reformas revolucionarias, es decir, reformas que se proponen una transformación radical del poder económico, político y ecológico, y que apuntan hacia una transición del capitalismo al socialismo.

Los cambios propuestos por los eco-socialistas son una amenaza real al poder del capital. La desinversión completa en combustibles fósiles, incluidas las reservas, constituye un tipo de abolicionismo que su parecido más cercano fue la abolición de la esclavitud en los Estados Unidos en 1860.

Para detener el cambio climático es necesario poner fin a la industria de los combustibles fósiles (su estructura financiera, industrias e infraestructuras relacionadas) lo que implica enfrentamiento con el poder y los poseedores de la riqueza. Para los eco-sociales un cambio verdadero solo será posible como con una profunda transformación social y ecológica.

Al respecto, en 2016  el Banco Interamericano de Desarrollo reveló que las compañías de energía perderían unos 28 billones de dólares si se reduce el uso de  los combustibles fósiles. Las corporaciones de energía, escribe Naomi Klein, «deberían dejar bajo tierra billones de dólares de sus reservas y que hoy cuentan como activos».

Los capitalistas saben desde el principio, que un cambio realmente ecológico amenaza todo el actual orden político-económico. Una vez que la población este movilizada, todo el metabolismo de la producción capitalista será cuestionado en sus raíces, pero para que esto ocurra se requerirá una lucha de clases en progresión ascendente

Esta claro que las propuestas de los Demócratas de Estados Unidos están muy lejos de abordar la magnitud de la tarea que exige la actual emergencia planetaria actual. Sin embargo, el desarrollo de la lucha puede llegar a desencadenar una lucha revolucionaria.

Aunque algunos de los cambios planteados por los demócratas de izquierda van en contra de la lógica del capital sus estrategias tienen contradicciones insalvables en su base conceptual. Estas contradicciones están relacionadas con el énfasis que hacen en el crecimiento económico y en la acumulación de capital.

Todas las propuestas “reformistas” olvidan que para estabilizar el clima se debe imponer drásticas restricciones al capitalismo y que esto significará cambios en la estructura subyacente del actual sistema de producción. Ningún New Deal Verde considera el nivel de los residuos acumulados, en cambio, promueven irresponsablemente un crecimiento económico rápido y exponencial. En otras palabras un nuevo proceso de acumulación de capital, a pesar de que estas medidas de todas las maneras agravará la emergencia planetaria.

Como advierte Naomi Klein, un Green New Deal fracasará en proteger el planeta y en una transición justa si toma el camino del «keynesianismo climático».

Las estrategias de mitigación

A pesar de sus ambigüedades el movimiento ambiental y los New Deal están amenazando con destruir el relato político que ha liderado el PaneI Intergubernamental del Cambio Climático de las Naciones Unidas (IPCC).

En marcado contraste con un cuidadoso tratamiento de las causas y consecuencias del cambio climático el enfoque el IPCC recomienda políticas  inspiradas en la ideología de los economistas neoclásicos que se subordinan todos los cambios a los procesos de acumulación capitalista.

Las pautas de mitigación del IPCC se circunscriben básicamente a dos dispositivos; uno, utilizar nuevos modelos informáticos (IAM) y, dos mantener la vías comerciales habituales (SPP). Estos modelos deliberadamente conservadores, descartan cualquiera alternativa que cuestione el poder de la gran empresa y hacen evaluaciones poco realistas de lo que se puede y debe hacer.

En general, los escenarios de mitigación incorporados por el IPCC: (1) suponen implícitamente la necesidad de perpetuar la hegemonía político-económica actual; (2) auspician un cambio tecnocrático basado en tecnologías que no existen o que no son factibles; (3) enfatizan los factores tecnológicos del lado de la oferta, en lugar de factores del lado de la demanda o de la reducción del consumo para reducir las emisiones; (5) dependen de las llamadas emisiones negativas, es decir capturar dióxido de carbono de la atmósfera; (6) suponen que el cambio será manejado por las élites gerenciales; y (7) postulan respuestas demasiado lentas.

A la hora de proponer soluciones realistas el IPCC recurre a las consabidas formulas mágicas (como el comercio de carbono) y a una tecnología barroca inexistente y / o irracional, Todos sus enfoques apuntan a que la sociedad siga viviendo con el modo productivo capitalista.

Los modelos de mitigación climática propuestos por este organismo de las Naciones Unidas promueve la plantación de bosques a gran escala, para después quemarlos y así para producir energía. Al mismo tiempo plantea capturar el dióxido de carbono de la atmósfera para almacenarlo en una suerte de secuestro geológico y oceánico.

En el hipotético caso que se llegara a implementar estas ideas, se requeriría una cantidad de tierra igual al territorio de dos Indias y una cantidad de agua dulce que se aproxima a la que actualmente utiliza la agricultura mundial.

La promoción de estos enfoques no son una casualidad, son ideas establecidas por el orden capitalista subyacente al que les sirven. En palabras del destacado climatólogo Kevin Anderson del Centro Tyndall para la Investigación del Cambio Climático del Reino Unido:

“ El problema es que cumplir con el compromiso de 1.5 a 2ºC exige recortes de emisiones para las naciones ricas de más del 10% cada año, un dato que va más allá de las tasas consideradas posibles con el sistema económico actual. Al parecer, para remediar este atascamiento, los modelos informáticos tienen un papel importante pero peligroso por ineficaces.

Detrás de una apariencia de objetividad, el uso de estos modelos informáticos han profesionalizado el análisis de la mitigación del cambio climático sustituyendo la política por un formalismo matemático no contextual. Dentro de estos límites profesionales, los algoritmos sintetizan modelos climáticos simples, respaldados por una interpretación económica [ortodoxa] del comportamiento humano …

Por lo general, se utilizan modelos basados ​​en axiomas de libre mercado. Los algoritmos integrados en estos modelos suponen cambios marginales cercanos al equilibrio económico y dependen en gran medida de pequeñas variaciones en la demanda resultantes de cambios marginales en los precios.

El acuerdo climático de París, por el contrario, plantea un desafío que está muy alejado de los equilibrios de la actual economía de mercado, en realidad propone un cambio inmediato y radical en todas los aspectos de la sociedad.

La realidad, enfatiza Anderson, es que “el modelo proporcionado por el IPCC son suposiciones de los economistas neoclásicos, basados ​​en los requisitos del sistema capitalista de ganancias . Estos pautas no tienen sentido en el contexto de la emergencia climática actual y son peligrosas, ya que inhiben la acción en defensa del clima con el uso de una tecnología inexistente”.

Todo el proyecto de mitigación del IPCC, explica Anderson, han sido un «completo fracaso». De hecho sus propuestas han dado como resultado que:

«Las emisiones anuales de CO2 han estado aumentado en aproximadamente un 70% desde 1990. «Y dado que los efectos de emisiones son acumulativos y no lineales, el fracaso continuo de las soluciones conservadoras para mitigar las emisiones, nos lleva a la necesidad urgente de una reforma revolucionaria del sistema. Esta no es una posición ideológica; surge directamente de una interpretación científica y matemática del acuerdo climático de París «.

Reconociendo la emergencia climática, el IPCC en su ultimo informe se aparta un tanto de sus documentos anteriores y cambia levemente el enfoque incluyendo consideraciones del lado de la demanda.

Sin embargo modelos de mitigación del IPCC, siguen siendo extremadamente limitado porque incorpora, a través de las IAM y las SSP, un crecimiento económico rápido al tiempo que excluyen toda política de contenido social.

Para algunos críticos – como Jason Hickel y Giorgos Kallis –  un enfoque medianamente realista del lado de la demanda debe obligatoriamente limitar tanto los beneficios del capital como el crecimiento económico (los beneficios llegan a solo al 0,1 por ciento de la población mundial)

El camino esta abierto

Los más probable es que en una primera etapa la auto-organización popular tendrá un carácter eco-democrática, que se delimitará a la creación de una alternativa energética unida a una transición justa. Pero este primer paso no contendrá una crítica sistemática al modelo capitalista de producción o consumo.

Sin embargo, si se logra desenmascarar el tupido velo de la ideología dominante el movimiento por el cambio climático y la lucha por la justicia social puede llevar a la gente a una concepción revolucionaria más integral,

Los “New Deal Verdes” están atados al “keynesianismo verde” porque con sus  promesas de empleos ilimitados, de rápido crecimiento y de mayor consumo hacen imposible una solución real a la emergencia ecológica planetaria.

Un New Deal Verde medianamente creíble necesita un plan concreto para garantizar que los salarios no se viertan de inmediato en estilos de vida de alto consumo que terminarán por seguir aumentando las emisiones de gases invernadero (En el mundo actual quienes tienen un bueno ingreso consumen masivamente productos- basura que desechan rápidamente).

Lo que necesitamos es una transición que establezca límites estrictos a la extracción y que simultáneamente creen nuevas oportunidades para mejorar la calidad de vida y obtener satisfacción fuera de un ciclo de consumo permanente.

El camino hacia la libertad ecológica y social requiere abandonar un modo de producción basado en la explotación del trabajo humano y en la expropiación de la naturaleza y de los pueblos; un sistema que nos ha llevado a crisis económicas y ecológicas cada vez más graves y frecuentes.

La sobreacumulación de capital bajo el régimen del capital del monopolio financiero ha convertido el desperdicio – en todos los niveles- en parte integral del sistema. Se ha creando una sociedad en la que lo que es racional para el capital es irracional para la gente y la tierra.

Este sistema fabrica una cantidad increíble de productos inútiles solo para engrosar las cuentas de las grandes corporaciones transnacionales, y de paso despilfarra los recursos naturales en todo el mundo.

Por el contrario, la producción humana y las riquezas de la tierra deben utilizarse para expandir la libertad humana y satisfacer las necesidades individuales y colectivas asegurando un medio ambiente sostenible.

En la actual crisis climática, los países imperialistas son los que producen la mayor parte de las emisiones de dióxido de carbono contaminante per capita. Además estos Estados, monopolizan la riqueza y la tecnología necesaria para reducir drásticamente las emisiones globales de carbono.

Por lo tanto, es esencial que las naciones ricas asuman la mayor carga para estabilizar el clima mundial, reduciendo sus emisiones de dióxido de carbono a una tasa del 10 por ciento o más al año..

Con un sistema imperialista que abre una brecha cada vez más grande entre los países ricos y pobres lo más probable es que el ímpetu revolucionario provenga del Sur Global, donde la crisis planetaria está teniendo efectos más crueles.

En la periferia del mundo capitalista el legado de la revolución es más fuerte. Cuba y Venezuela, por ejemplo, persisten en su camino a pesar de los despiadados ataques del Imperio

El papel de China es crucial y contradictorio. Siendo uno de los países más contaminados ha hecho más que cualquiera otra nación para desarrollar tecnologías de energía alternativa orientadas a la creación de “una civilización ecológica”.

Sorprendentemente, para la mentalidad capitalista, China goza de autosuficiente alimentaria debido a que la tierra es de propiedad social y la producción agrícola depende de pequeños productores que tienen una alta responsabilidad colectiva y comunitaria. El estado chino, y aún más del pueblo chino, será clave para determinar el destino de la tierra con la creación de una civilización ecológica.

Mientras tanto la revolución ecológica en camino enfrentará la hostilidad del sistema. En estas condiciones, la respuesta de la clase capitalista (resguardada por su retaguardia de la extrema derecha) será regresiva, destructiva y violenta

Un ejemplo es la administración de Donald Trump. Ha tratado de impedir el combate contra el cambio climático retirándose del Acuerdo de París y  acelerando de la extracción de combustibles fósiles.

En estas circunstancias solo una auténtica lucha revolucionaria, y no reformista, podrá detener la catástrofe que nos amenaza.

Una nueva era de cambios radicales

Es común en la literatura de la ideología liberal reinante, suponer que la sociedad está organizada en torno a las acciones individuales de sus componentes.

Los pensadores críticos presentan una opinión opuesta sosteniendo que los individuos son el producto de la estructura social. Una tercera visión considera que los individuos influyen en la sociedad y la sociedad influye en los individuos en un movimiento de ida y vuelta.

En contraste con estas ideas, en su mayoría liberales (que dejan poco espacio para una verdadera transformación social) la teoría marxista, estudia lo que el filósofo Roy Bhaskar ha llamado «el modo transformador de actividad social «

Para los marxistas los individuos nacen un un momento histórico particular y se socializan en una sociedad determinada (modo de producción), que establece los parámetros iniciales de su existencia. Sin embargo, estas condiciones objetivas y relaciones productivas subyacentes conllevan a la sociedad a contradicciones y crisis.

Atrapados en situaciones históricas que no son de su elección, los seres humanos, tienen espontáneamente a actuar a través de movimientos sociales (que reflejan su identidad de clase y otras identidades individuales y colectivas) para transformar las estructuras dando lugar a momentos históricos revolucionarios y rupturistas.

Al respecto Karl Marx escribió: “Los hombres hacen su propia historia, pero no la hacen tal como quieren; no lo hacen bajo circunstancias elegidas por ellos mismos, sino bajo circunstancias dadas y heredadas del pasado «.

Las relaciones sociales existentes se convierten en cadenas para el desarrollo humano y en un período de crisis y de transformación se produce el derrocamiento revolucionario del sistema de producción. Marx también llamó a este proceso «metabolismo social de la humanidad y la naturaleza»

En las actuales condiciones la contradicción entre el capital y la naturaleza no tiene precedente en la historia. En la era del Antropoceno, la emergencia ecológica planetaria se superpone a una sobreexpropiación imperialista intensificada, creando una crisis económica y ecológica mundial.

La sobreacumulación del capital es el factor determinante de  la crisis ecológica porque permanentemente impulsa al capital a buscar nuevas formas de estimular el consumo para mantener las ganancias. El resultado es una suerte de “Armagedón Planetario”, que amenaza no solo la estabilidad socioeconómica, sino la supervivencia de la civilización y de nuestra  especie.

Para Naomi Klein, la explicación central es simple: «Marx escribió sobre la “grieta irreparable” que produce el capitalismo con las naturales. Un sistema económico basado en liberar los voraces apetitos del capital destruirá  los sistemas naturales de los que dependen la vida humana ”.

Esto es exactamente lo que sucedió después de la Segunda Guerra Mundial, con la gran aceleración de la actividad económica y el consumo excesivo por parte de los países ricos que nos a llevado a la consiguiente destrucción ecológica.

La sociedad capitalista ha glorificado durante mucho tiempo el dominio sobre la naturaleza. William James, el filósofo del pragmatismo, en 1906 sostuvo que “ tenemos que reclutar un ejército preparado para conquistar y dominar la naturaleza «.

Hoy, tenemos que revertir esta brutal idea y crear un nueva concepción moral. No necesitamos reclutar un ejército para conquistar la tierra, sino una auto organización para salvar el planeta , el único lugar del hábitat humano. Esto solo se puede lograr a través de un combate intransigente  por la sostenibilidad ecológica y por una igualdad sustantiva que recupere los bienes comunes mundiales.

*** Cronología de las movilizaciones contra el cambio climático

Aquí hay una breve cronología del año pasado, centrada en las acciones climáticas en Europa y América del Norte.

Agosto de 2018: Greta Thunberg, de 15 años, comienza su huelga escolar fuera del Parlamento sueco.

8 de octubre de 2018: El Panel Intergubernamental sobre el Cambio Climático de las Naciones Unidas (IPCC) publica un Informe especial sobre el calentamiento global de 1.5ºC que señala la necesidad de «transiciones de sistemas … sin precedentes en términos de escala». 4

17 de octubre de 2018: activistas de la rebelión de la extinción ocupan las oficinas centrales de Greenpeace en el Reino Unido y exigen la puesta en escena de la desobediencia civil masiva para abordar la emergencia climática.

6 de noviembre de 2018: Alexandria Ocasio-Cortez (Demócrata) es elegida como Representante del Congreso en una plataforma que incluye un New Deal verde. 5 5

13 de noviembre de 2018: miembros del Movimiento Sunrise ocupan la oficina del Congreso de la Presidenta de la Cámara de Representantes, Nancy Pelosi; El recién elegido Representante Ocasio-Cortez se une a ellos.

17 de noviembre de 2018: activistas de la rebelión de la extinción bloquean cinco puentes sobre el Támesis en Londres.

10 de diciembre de 2018: activistas del Movimiento Sunrise inundan las oficinas clave del Congreso del Partido Demócrata que exigen la creación de un Comité Selecto para un Nuevo Acuerdo Verde.

19 de diciembre de 2018: los miembros del Congreso en apoyo de un Comité Selecto para un Nuevo Acuerdo Verde asciende a cuarenta.

25 de enero de 2019: Thunberg le dice al Foro Económico Mundial: “Nuestra casa está en llamas … Quiero que actúes como si nuestra casa estuviese en llamas. Porque lo es ” 6.

7 de febrero de 2019: el representante Ocasio-Cortez y el senador Edward Markey presentan la Resolución Green New Deal en el Congreso. 7 7

15 de marzo de 2019: se producen casi 2.100 huelgas climáticas dirigidas por jóvenes en 125 países con 1,6 millones de participantes (100.000 en Milán, 40.000 en París, 150.000 en Montreal). 8

15-19 de abril de 2019: Extinction Rebellion cierra grandes partes del centro de Londres.

23 de abril de 2019: En declaraciones a ambas cámaras del Parlamento, Thunberg declara: “¿Escuchaste lo que acabo de decir? ¿Está bien mi inglés? ¿Está encendido el micrófono? Porque estoy empezando a preguntarme «. 9

25 de abril de 2019: los manifestantes de la Rebelión de la Extinción bloquean la Bolsa de Londres y se pegan en sus entradas.

1 de mayo de 2019: el Parlamento del Reino Unido declara una emergencia climática poco después de declaraciones similares de Escocia y Gales.

22 de agosto de 2019: el senador y candidato presidencial Bernie Sanders presenta el plan Green New Deal más completo hasta la fecha, proponiendo una inversión pública de $ 16.3 billones en diez años. 10

12 de septiembre de 2019: El número de copatrocinadores del Congreso de la Resolución Verde del Nuevo Trato llega a 107. 11

20 de septiembre de 2019: Cuatro millones de personas se unen a la huelga climática mundial, organizando más de 2.500 eventos en 150 países. 1,4 millones de protestas solo en Alemania. 12

23 de septiembre de 2019: Thunberg le dice a las Naciones Unidas: “La gente está sufriendo. La gente se está muriendo. Ecosistemas enteros se están derrumbando. Estamos en el comienzo de una extinción masiva, y de lo único que puedes hablar es de dinero y cuentos de hadas del crecimiento económico eterno. ¡Cómo te atreves! ” 13

25 de septiembre de 2019: se publica el Informe especial del IPCC sobre el océano y la criosfera , que indica que muchas megaciudades bajas e islas pequeñas, especialmente en las regiones tropicales, experimentarán «eventos extremos al nivel del mar» cada año para 2050.

Notas

↩ Aquí, la revolución se ve como un proceso histórico complejo, que abarca muchos actores y fases, a veces incipientes, a veces desarrollados, que abarca un desafío fundamental del estado, junto con la estructura de propiedad, productiva y de clase de la sociedad. Puede involucrar a actores cuyas intenciones no son revolucionarias pero que son objetivamente parte del desarrollo de una situación revolucionaria. Para un análogo histórico, ver George Lefebvre, The Coming of the French Revolution (Princeton: Princeton University Press, 1947). Sobre el concepto de revolución ecológica en sí, ver John Bellamy Foster, The Ecological Revolution (Nueva York: Monthly Review Press, 2009), 11–35.

↩ Naomi Klein, On Fire: The (Burning) Case for a Green New Deal (Nueva York: Simon and Schuster, 2019).

Bal James Baldwin, The Fire Next Time (Nueva York: Dial, 1963).

↩ IPCC, Calentamiento global de 1.5ºC (Ginebra: IPCC, 2018).

↩ John Haltiwanger, «Esta es la plataforma que lanzó Alexandria Ocasio-Cortez, una socialista demócrata de 29 años, para convertirse en la mujer más joven elegida para el Congreso», Business Insider , 4 de enero de 2019.

↩ Greta Thunberg, Nadie es demasiado pequeño para marcar la diferencia (Londres: Penguin, 2019), 19–24.

↩ Representante Alexandria Ocasio-Cortez, 116 ° Congreso, 1 ° período de sesiones, Resolución 109 de la Cámara, “ Reconociendo el deber del gobierno federal de crear un nuevo acuerdo verde ” (posteriormente denominado Resolución del nuevo acuerdo verde), 7 de febrero de 2019, disponible en http://ocasio-cortez.house.gov.

↩ Klein, On Fire , 1–7.

↩ Thunberg, Nadie es demasiado pequeño para marcar la diferencia , 61.

↩ Bernie Sanders, » The Green New Deal «, 22 de abril de 2019, disponible en http://berniesanders.com.

↩ Res. 109, «Reconociendo el deber del gobierno federal de crear un nuevo acuerdo verde», lista de copatrocinadores disponible en http://congress.gov; S. Res. 59, «Reconociendo el deber del gobierno federal de crear un nuevo acuerdo verde», lista de copatrocinadores disponible en http://congress.gov.

↩ Eliza Barclay y Brian Resnick, “ ¿Cuán grande fue la huelga climática global? Estimación de 4 millones de personas activistas ” , Vox , 20 de septiembre de 2019.

↩ «Transcripción: Discurso de Greta Thunberg a la Cumbre de Acción Climática de la ONU», NPR, 23 de septiembre de 2019.

↩ IPCC, Informe especial sobre el océano y la criosfera en un clima cambiante , Resumen para responsables de políticas (Ginebra: IPCC, 2019), 22-24, 33.

↩ Nicholas Stern, “Debemos reducir las emisiones de gases de efecto invernadero a cero neto o enfrentar más inundaciones” , Guardian , 7 de octubre de 2018; «Transcripción: Discurso de Greta Thunberg a la Cumbre de Acción Climática de la ONU». Por lo general, se supone que el mundo debe mantenerse por debajo de 2ºC para evitar un punto de no retorno con respecto a la relación humana con el planeta. Pero cada vez más la ciencia ha señalado a 1.5ºC como el marcador. La mayoría de los esquemas de mitigación climática reconocidos por el IPCC hoy suponen un rebasamiento temporal del límite de 1.5ºC (o el límite de 2ºC) con emisiones negativas, y luego eliminan el carbono de la atmósfera antes de que ocurran los peores efectos. Pero esta estrategia, cada vez más se reconoce, es peor que la ruleta rusa en términos de probabilidades estadísticas, y está más llena de ilusiones.

↩ http://systemchangenotclimatechange.org . Véase también Martin Empson, ed., System Change Not Climate Change (Londres: Marcadores, 2019).

↩ Sobre la distinción entre acción climática y justicia climática, ver Klein, On Fire , 27–28.

March La marcha climática fue seguida unos días después por la acción de Flood Wall Street, en la cual los manifestantes se dedicaron a la desobediencia civil pero carecían de la fuerza de los números.

↩ Klein, On Fire , 27–28.

Un Thunberg, Nadie es demasiado pequeño para marcar la diferencia , 16.

↩ Green Party US, Green New Deal Timeline , disponible en http://gp.org; Green New Deal Policy Group, A Green New Deal (Londres: New Economics Foundation, 2008); Larry Elliott, » No se puede negociar con el cambio climático » , Guardian , 29 de octubre de 2007.

Fried Thomas Friedman, «Una advertencia del jardín», New York Times , 19 de enero de 2007.

↩ Alexander C. Kaufman, “ ¿Qué es el ‘New Deal verde’? ” Grist , 30 de Junio, 2018.

↩ PNUMA, Global Green New Deal (Ginebra: PNUMA, 2009).

↩ Green European Foundation, A Green New Deal for Europe (Bruselas: Green European Foundation, 2009).

↩ David Milton, The Politics of US Labor (Nueva York: Monthly Review Press, 1982).

↩ Alianza de justicia climática, » Historia de la Alianza de justicia climática «.

↩ John Bellamy Foster, » Ecosocialismo y una transición justa «, MR Online, 22 de junio de 2019; Alianza para la justicia climática, » Transición justa: un marco para el cambio «.

↩ Science for the People ha sido uno de los principales defensores de un Nuevo Acuerdo Verde de los Pueblos, incorporando una transición justa para los trabajadores y las comunidades de primera línea en lugar de los intentos de incorporar el Nuevo Acuerdo Verde a su forma corporativa anterior. Ver Science for the People, » El nuevo acuerdo verde de los pueblos» .

↩ Jill Stein, “ Soluciones para un país en problemas: los cuatro pilares del New Deal verde ” , Páginas Verdes , 25 de septiembre de 2012.

↩ Partido Verde, «Podemos construir un mañana mejor hoy, es hora de un nuevo trato verde».

↩ Tessa Stuart, “El movimiento Sunrise, la fuerza detrás del nuevo acuerdo verde aumenta los planes para 2020”, Rolling Stone , 1 de mayo de 2019. Los activistas fundadores del Movimiento Sunrise habían cortado sus dientes en el movimiento de desinversión de combustibles fósiles, particularmente en las universidades, que a diciembre de 2018 afirma haber logrado facilitar $ 8 billones en desinversiones. Sin embargo, los activistas se dieron cuenta de que el siguiente paso era tratar de atacar al propio estado y cambiar el sistema a través de un New Deal verde. Klein, en llamas , 22.

↩ El Partido Verde se ha movido explícitamente en la dirección del ecosocialismo y ha patrocinado una conferencia de ecosocialismo en Chicago el 28 de septiembre de 2019. Ver Anita Ríos, “ Conferencia del Partido Verde se prepara para la Conferencia sobre Ecosocialismo ” , Informe de la Agenda Negra , 10 de septiembre de 2019.

↩ Res. 109, «Reconociendo el deber del gobierno federal de crear un nuevo acuerdo verde».

↩Sanders está completamente solo entre los principales candidatos demócratas en las elecciones de 2020 en la promoción de un verdadero New Deal verde. El «Plan para una revolución de energía limpia y justicia ambiental» de Joe Biden, presentado en junio de 2019, evita por completo la insistencia del IPCC de que las emisiones de dióxido de carbono deben reducirse en casi un 50 por ciento para 2030 para mantenerse por debajo de 1.5ºC y simplemente promete promover políticas que lograrán emisiones netas cero para 2050, proponiendo gastar $ 1.7 billones en combatir el cambio climático durante diez años. Elizabeth Warren ha firmado la Resolución Verde del Nuevo Decano, pero en su «Plan de Energía Limpia», presentado en septiembre de 2019, no va más allá de decir que apoya una movilización de diez años hasta 2030 con el objetivo de llegar a cero neto emisiones de gases de efecto invernadero «lo antes posible. “Ella propone una inversión de $ 3 billones en diez años. Su plan excluye cualquier mención de una transición justa para trabajadores o comunidades de primera línea.

↩ Sanders, «The Green New Deal».

↩ Si bien la Resolución Green New Deal presentada por Ocasio-Cortez y Markey no aborda cómo se financiaría, el énfasis ha estado en la creación de bancos públicos, la flexibilización cuantitativa verde y el financiamiento deficitario bajo la utilización actual de baja capacidad, una visión respaldada por la teoría monetaria moderna. Se desvía deliberadamente de la financiación mediante impuestos a las corporaciones. Ellen Brown, » El secreto para financiar un nuevo acuerdo verde » , Truthdig , 19 de marzo de 2019.

↩ Historiador David Blight, citado en Ta-Nehisi Coates, » Slavery Made America » , Atlantic , 24 de junio de 2014.

↩ Ben Caldecott et al., Stranded Assets: A Climate Risk Challenge (Washington DC: Banco Interamericano de Desarrollo, 2016): x.

↩ Naomi Klein, This Changing Everything: Capitalism vs. the Climate (Nueva York: Simon and Schuster, 2014), 31–63.

↩ Klein, On Fire , 261; JF Mercure et al., “ Impacto macroeconómico de los activos de combustibles fósiles varados ”, Nature Climate Change 8 (2018): 588–93.

↩ Klein, Esto lo cambia todo , 115-16.

↩ Nancy E. Rose, Put to Work (Nueva York: Monthly Review Press, 2009).

↩ Klein, En llamas , 264.

↩ Kevin Anderson, “ Debate sobre la base de escenarios de mitigación del cambio climático ,” Naturaleza 16 de septiembre de 2019; Zeke Hausfather, » Explicador: Cómo las ‘vías socioeconómicas compartidas’ exploran el cambio climático futuro «, Carbon Brief , 19 de abril de 2018.

↩ Estas deficiencias se integran directamente en los SSP e incluso en los IAM. Ver Oliver Fricko et al., “ La cuantificación de marcadores de la ruta socioeconómica compartida 2: un escenario intermedio para el siglo XXI ”, Global Environmental Change 42 (2017): 251–67. Para una evaluación crítica general, ver Jason Hickel y Giorgos Kallis, “ ¿Es posible el crecimiento verde? ” Nueva Economía Política , 17 de Abril, el año 2019.

↩ Kevin Anderson y Glen Peters, «El problema con las emisiones negativas», Science 354, no. 6309 (2016): 182–83; European Academies Science Advisory Council, Negative Emission Technologies: What Role in Meeting Paris Goal Targets , EASAC Policy Report 35 (Halle, Alemania: Academia Nacional de Ciencias de Alemania, 2018).

↩ Ver John Bellamy Foster, “ Hacer la guerra en el planeta ”, Monthly Review 70, no. 4 (septiembre de 2018): 4–6.

↩ Anderson, «Debate sobre la base de los escenarios de mitigación del cambio climático».

↩ IPCC, Calentamiento global de 1.5ºC , 16, 96.

↩ Anderson «Debatiendo la base de los escenarios de mitigación del cambio climático».

↩ Ver John Bellamy Foster, Brett Clark y Richard York, The Ecological Rift (Nueva York: Monthly Review Press, 2010), 169–82.

↩ IPCC, Calentamiento global de 1.5ºC , 15–16, 97; Jason Hickel, » La esperanza en el corazón del informe del cambio climático apocalíptico «, Política exterior , 18 de octubre de 2018. Véase también Arnulf Grubler, «Un escenario de baja demanda de energía para cumplir el objetivo de 1,5ºC y los objetivos de desarrollo sostenible sin tecnologías de emisión negativa , » Nature Energy 3, no. 6 (2018): 512–27; Joeri Rogelj et al., “Escenarios hacia la limitación del aumento de la temperatura media global por debajo de 1.5ºC”, Nature Climate Change 8 (2018): 325–32; Christopher Bertram y col. » Las políticas específicas pueden compensar la mayoría de los riesgos de sostenibilidad aumentados en escenarios de mitigación de 1.5ºC «, Cartas de investigación ambiental13, no. 6 (2018).

Ick Hickel y Kallis, «¿Es posible el crecimiento verde?»

↩ D. Bernal, La libertad de la necesidad (Londres: Routledge y Kegan Paul, 1949).

↩ Ver John Bellamy Foster, «Ecology», en The Marx Revival , ed. Marcelo Musto (Cambridge: Cambridge University Press, 2000), 193.

↩ Klein, En llamas , 264.

↩ Ver Paul A. Baran y Paul M. Sweezy, Monopoly Capital (Nueva York: Monthly Review Press, 1966).

↩ John Bellamy Foster, » La ecología de la economía política marxista «, Monthly Review 63, no. 4 (septiembre de 2011): 1–16; Fred Magdoff y John Bellamy Foster, Lo que todo ecologista necesita saber sobre el capitalismo (Nueva York: Monthly Review Press, 2011), 123–44; William Morris, Noticias de ninguna parte y escritos y diseños seleccionados (Londres: Penguin, 1962): 121–22.

↩ Kevin Anderson y Alice Bows, “ Más allá del cambio climático ‘peligroso’: escenarios de emisión para un mundo nuevo ”, Philosophical Transactions of the Royal Society 369 (2011): 20–44.

↩ Para una discusión sobre la situación ecológica actual en el Sur Global y su relación con el imperialismo, ver John Bellamy Foster, Hannah Holleman y Brett Clark, » Imperialismo en el Antropoceno «, Monthly Review 71, no. 3 (julio – agosto de 2019): 70–88. Sobre el concepto del proletariado ambiental, véase Bellamy Foster, Clark y York, The Ecological Rift , 440–41.

↩ El tema de China y la ecología es complejo. Ver John B. Cobb (en conversación con Andre Vltchek), China and Ecological Civilization (Yakarta: Badak Merah, 2019); David Schwartzman, “ China y las perspectivas de una civilización ecológica global ”, Clima y capitalismo , 17 de septiembre de 2019; Lau Kin Chi, » Una perspectiva subalterna sobre la crisis ecológica de China «, Revisión mensual 70, no. 5 (octubre de 2018): 45–57. Sobre el concepto de civilización ecológica y su relación con China, ver John Bellamy Foster, » La crisis del sistema terrestre y la civilización ecológica «, International Critical Thought 7, no. 4 (2017): 439–58.

↩ Naomi Klein, “ Solo un New Deal verde puede apagar los fuegos del ecofascismo ” , Intercept , 16 de septiembre de 2019.

↩ Roy Bhaskar, Reclamando la realidad (Londres: Routledge, 2011), 74–76.

↩ Bhaskar, Reclamando la realidad, 76–77, 92–94.

↩ Karl Marx, dieciocho brumario de Luis Bonaparte (1852, repr, Nueva York:. International Publishers, 1963): 15.

↩ Karl Marx, capital , vol. 1 (Londres: Penguin, 1976), 283.

↩ Ver Ian Angus, Facing the Anthropocene (Nueva York: Monthly Review Press, 2016), 175–91.

↩ Klein, On Fire , 90–91; Karl Marx, Capital , vol. 3 (Londres: Penguin, 1981), 949.

↩ William James, » Proponiendo el equivalente moral de la guerra » (discurso, Universidad de Stanford, 1906), disponible en línea en Lapham’s Quarterly .

Michael Krätke: “¿Recesión? Sigue habiendo varias crisis en marcha”

El doctor en económicas Michael R. Krätke estuvo en Barcelona. En esta entrevista habla sobre la situación de crisis financiera, el auge de China y el estado actual de su proyecto de recopilar todos los escritos de Marx y Engels.

Por Ángel Ferrero

Michael R. Krätke (1949) es profesor emérito de Economía Política de la Universidad de Ámsterdam, donde reside actualmente. Colaborador habitual del semanario Der Freitag y miembro del Consejo Editorial de la revista Sin Permiso, Krätke es autor de numerosos artículos y varios libros sobre economía y la historia del socialismo. Además, forma parte del comité científico encargado de la nueva edición de las Obras Completas de Marx y Engels (MEGA, por sus siglas alemanas). Aprovechando su paso por Barcelona para participar en el posgrado de Sin Permiso, entrevistamos a Krätke sobre la situación en las principales economías del mundo, las tendencias más importantes del capitalismo global y el estado teórico de la izquierda.

¿Hay signos de una recesión? Los economistas parecen dividirse entre quienes llaman a la calma y quienes parecen llamar al pánico.

No entraría en pánico, pero hay motivos de sobra como para preocuparse. En algunas economías importantes, como Turquía o Italia, hay signos no ya de una recesión, sino de otra crisis financiera. Turquía es, en mi opinión, más frágil que Italia. La deuda pública y privada en Turquía se encuentra mayoritariamente en manos extranjeras y está denominada en dólares: si el dólar sube, lo harán las deudas, si la lira cae, al gobierno, los bancos y las empresas turcas les será más difícil pagar esas deudas.

Siguen habiendo varias crisis en marcha. En Estados Unidos hemos visto desarrollos recientes que son muy similares a los que precedieron a la crisis financiera e inmobiliaria. En esta ocasión se trata del uso de tarjetas de crédito, de la compraventa de automóviles de gama alta, financiada con créditos a consumidores que en realidad no pueden permitírselos y con frecuencia acaban perdiéndolos. Hay una deuda cada vez mayor que no es en absoluto segura. El proceso que desencadenó la crisis de deuda en EE UU está en marcha de nuevo.

Si ampliamos el foco, vemos que nos encontramos en medio de una gran transformación de la estructura de la economía capitalista mundial. No puede ignorarse la impresionante expansión de las estrategias de inversión y comercio de la República Popular China, que está registrando un enorme progreso en todo el planeta. Es un desarrollo a tomar muy seriamente. En particular la Unión Europea, si es que quiere seguir desempañando algún tipo de papel a nivel mundial, debería estudiar atentamente el caso de China y mantener buenas relaciones con ella.

Hay cambios en el mundo anglosajón. Nadie sabe qué pasará en las próximas elecciones en EEUU, quizá se acabe la pesadilla de Trump, pero tampoco es seguro. Si se termina, habrá un presidente Demócrata y es posible que muchos de los problemas causados por Trump sean corregidos. Pero no podemos estar seguros de ello. Reino Unido podría abandonar la UE. El Partido Laborista tiene un programa excelente en muchos aspectos que recoge las reformas urgentes que necesita el país, pero probablemente no ganarán estas elecciones. Si los tories consiguen una mayoría, abandonarán la UE con un plan descabellado para negociar un nuevo acuerdo de libre comercio con Bruselas en menos de un año, algo imposible. ¿Qué harán entonces? Entregarse a los EE UU de Trump y aceptar todo lo que les ofrezca. Esto puede que refuerce a ambos. Si esto termina sucediendo, terminaremos muy probablemente con una especie de Singapur gigante al otro lado del Canal de la Mancha.

Diría que Boris Johnson utilizó esa expresión exacta.

Ése es el plan de quienes apoyan y en buena parte financiaron el Brexit. Detrás de él hay grandes capitales, no solamente la frustración de los más pobres, que por otra parte es muy comprensible. El Brexit ha sido una acción política muy bien planificada por gente que dispone de fondos considerables. Quienes lo financiaron creen que la UE —y pienso que no se equivocan— es la única institución que les impide abolir los estándares de protección medioambiental, de los consumidores, laborales, etcétera, y que todavía resisten en Reino Unido incluso a pesar de todos estos años de thatcherismo y New Labour.

Económicamente hablando, Reino Unido no está en buena forma, todo lo contrario. Y está perdiendo su industria. Lo que están haciendo los partidarios del Brexit es, de hecho, completar el trabajo que comenzó Thatcher de desindustrialización. Es una tragedia: el país industrial más antiguo de Europa, que retiene todavía mucho intelecto, buenos ingenieros, trabajadores cualificados… Y lo están perdiendo todo. Temo que no quedará una industria digna de ese nombre en Reino Unido.

Aunque ya la ha mencionado de pasada, me gustaría preguntarle por la Unión Europea. ¿Cómo ve al bloque en esta crisis, en particular tras la llegada de Christine Lagarde al frente del Banco Central Europeo?

Ciertamente, continuará las políticas de su predecesor, que no hizo un tan mal trabajo, ampliando el margen de las normas que fueron impuestas, en particular por los alemanes, que querían convertir el BCE en un Bundesbank a gran escala. Esas normas hacían difícil al BCE actuar como un banco central real, interviniendo en la política macroeconómica en tiempos de crisis. Y eso es lo que, en efecto, Draghi hizo. Con consecuencias de varios tipos, pero al final salvó la Eurozona de un desastre completo, o, al menos, de la posibilidad de una desintegración. Esta política continuará, pero la dificultad es que el BCE no tiene reservas. No hablo en términos de dinero, sino de medios para intervenir. La tasa de interés ya está bajo cero, ¿así qué se puede hacer? El BCE impone tasas de interés negativas a cualquier banco que deposita su dinero en sus cajas fuertes. Oficialmente, todos los bancos centrales de todos los países miembro están obligados a retener un determinado porcentaje de sus reservas bajo el control del BCE. Es un castigo y tiene sus límites. En cualquier caso, no se pueden imponer más intereses negativos, es una situación completamente absurda en una economía capitalista, que es lo que seguimos siendo. No se puede continuar así, al menos no durante mucho tiempo. Así que tendrán que pensar en algo nuevo, pero no hay mucho que puedan hacer mientras no haya una acción concertada con los gobiernos europeos.

Se está hablando de extender los intereses negativos a los clientes.

Sí, y algunos bancos ya lo están haciendo, pero habrá fuertes reacciones a esa medida. No creo que sean capaces de sostenerla a largo plazo. Aunque puede que lo intenten. La UE se encuentra en una situación absurda. Tiene un presupuesto demasiado pequeño, aunque dispone de muchos instrumentos y políticas establecidas, como las políticas de cohesión territorial, que en principio han servido para llevar a cabo muchas cosas buenas. Pero las historias de éxito son muy pocas como para que tengan un efecto perdurable en la memoria de la opinión pública. Por otra parte, la UE tiene otras políticas, como las políticas agrarias, que son completamente absurdas. Todo el dinero está yendo, por los motivos equivocados, a la gente equivocada, en vez de utilizarse las políticas agrarias para apoyar objetivos medioambientales. Es una locura, carece de lógica. Se puede explicar históricamente, pero tiene que modificarse.

En política fiscal, hay una competición entre miembros, y todos sabemos que eso es en detrimento de todos los países participantes. Es un juego en el que nadie gana, aunque todo el mundo está de acuerdo en que debería ponerse fin a esta competición fiscal. Si se toma seriamente, eso significa que los países europeos han de tratar el asunto entre ellos porque hay paraísos fiscales, como Holanda, Luxemburgo, incluso Alemania.

¿Alemania?

Hasta cierto punto lo es. No sólo Reino Unido. No sé hasta qué punto lo sería también España, sería cauto aquí, pero muchos de los países participan en esta política de crear oportunidades para la inversión extranjera y evitar que las empresas pague impuestos en otro lugar. Holanda, donde vivo, es un paraíso fiscal. Si uno camina por el canal, ve un despacho de abogados tras otro, una infinidad de placas en las puertas, miles de compañías con sede en el centro de Holanda.

Quedémonos en Alemania por un momento. En la economía más importante de la eurozona hay temores de una recesión.

Los alemanes tienen miedo, por supuesto. Su economía depende de las exportaciones más que cualquier otra economía de la UE. Cuando hay una pequeña fiebre en el comercio mundial, los alemanes son los primeros en notarlo porque tienen relaciones comerciales en todo el mundo. Son una economía que exporta a todo el mundo, así que lo notan de inmediato, desde todos los rincones del mundo. Es el precio a pagar una vez te integras por completo en la economía mundial, y los alemanes son los más integrados de toda la UE.

Sin embargo, su integración es mayor con la propia UE, donde se encuentran sus principales socios comerciales. Ahí es donde la política económica alemana falla. En buena medida se trata de una política de empobrecer a tu vecino (beggar-thy-neighbour), pretenden que, aunque viven de las exportaciones, de la prosperidad de sus vecinos, no ha importarle si les va mal. Lo cierto es lo opuesto. Si las economías vecinas tienen problemas, si Francia tiene problemas, si Italia o Grecia tienen problemas, también son sus problemas. Los alemanes siguen sin aceptar eso. Sigue habiendo una esquizofrenia entre la realidad de ser un país integrado en la economía mundial y la mentalidad de la población, que sigue creyendo que es una isla. Tenemos prosperidad en Alemania, la cosa va bien y el resto del mundo no nos importa.

El pensamiento económico en Alemania es tremendamente dogmático. Tradicionalmente, desde luego desde los cincuenta y sesenta, ha sido un país en el que todo el mundo cree en la austeridad. La historia completamente errónea sobre la última crisis financiera —que esta crisis ha sido una crisis de deuda pública, soberana, algo que en absoluto fue— ha sido creída más que en ningún otro país del mundo. El crecimiento de la deuda pública fue una consecuencia. Pero los alemanes creen y siguen creyendo que lo más importante es mantener la estabilidad de las finanzas públicas para evitar la deuda pública, reducir la deuda pública. Les encanta, incluso idolatran, el famoso “cero negro” (nullschwarz), el símbolo de la austeridad por excelencia.

Lo mencionó Angela Merkel en su último discurso en el Bundestag con motivo de la aprobación de los presupuestos para 2020.

Así es. Ocurre algo parecido a EE UU. Allí los ingenieros, los especialistas, los economistas, llevan diciendo durante décadas que son un país en declive, que sus infraestructuras se desmoronan. Ocurre exactamente lo mismo en Alemania. Tienes edificios públicos, escuelas, calles, puentes, canales… todo en franca decadencia. No tiene por qué ser así, pero los sucesivos gobiernos del pasado han rechazado aceptar esta realidad. Dicen que debemos invertir en educación pero luego no lo hacen. No hacen lo que deberían hacer a gran escala en el sistema educativo. No sólo las universidades y centros de investigación más punteros, sino en las escuelas básicas, donde la gente obtiene su educación elemental. Las Volksschule, por ejemplo, teníamos una tradición en ello, y todo ello parece haber quedado olvidado. En este punto, en particular nuestra canciller Merkel no merece los elogios que recibe prácticamente en todas partes. No está haciendo lo que es necesario para Alemania y ciertamente no está haciendo lo que es necesario para la Unión Europea. Los alemanes no son lo suficientemente solidarios con sus vecinos en la UE. Es más una solidaridad en palabras que en hechos. Podrían hacer mucho más.

Pero en el debate público se señala la responsabilidad de las guerras comerciales en la situación económica de Alemania.

Desde luego. Muchos economistas se niegan a aceptar que los superávits comerciales de Alemania tienen un impacto negativo en los países vecinos, o en los países a los que exportan, aunque eso sea un conocimiento básico en economía. Gente como el señor Trump no lo sabe, pero ignorantes los hay en todas partes. No deberían estar no obstante en las facultades de Economía o los gobiernos.

Hay una historia estandarizada en Alemania. A los alemanes les gusta verse como víctimas: somos las víctimas, estamos cargando con la mayor parte del peso económico en la UE… Sí, si uno se fija en las cifras que invierte en el presupuesto comunitario, pero también son los mayores beneficiarios, en particular del euro y de las políticas de “dinero barato” de Draghi y del BCE.

No escuchan las advertencias hoy, pero tampoco escucharon las advertencias entonces. Una de las consecuencias ha sido el auge de partidos a la derecha de los conservadores en toda Europa.

Hasta muy recientemente no comenzaron a darse cuenta de la existencia de un movimiento populista de derechas. Ahora están en varios parlamentos. Es un problema político que no desaparecerá si se lo ignora.

La pregunta es hasta dónde puede crecer este partido en Alemania.

No estoy seguro. El siguiente paso será que la CDU aceptará, al menos a nivel de estado federado, cooperar con Alternativa para Alemania (AfD). Hasta la fecha, los cargos del partido se han negado de manera clara. Mantienen la vieja idea de que no debería haber ningún partido a su derecha. Y en algunas partes de Alemania, como Baviera, han conseguido mantenerlo así.

Era la frase de un conocido político bávaro: “A nuestra derecha no puede haber más que la pared”.

De Franz Jozef Strauss, concretamente, un político conocido por sus declaraciones contundentes. No sabemos qué ocurrirá. Podría pasar que AfD se escindiese. Es una posibilidad. Depende de cuánto tiempo mantenga el apoyo popular, de que su electorado siga creyendo en muchas de las cosas que dicen, promesas que no pueden satisfacerse, esperanzas que no pueden colmarse. Muchos de ellos sueñan con la Alemania de los sesenta. Existe una cultura de la negación. Durante décadas se ha negado que Alemania fuese un país de inmigración. Siempre se ha dicho que Alemania no necesita una ley de inmigración porque no es un país de inmigración, aunque hubo una inmigración constante de trabajadores de países europeos durante décadas desde finales de los cincuenta en adelante. Siempre lo han negado.

¿Habrá un giro a la izquierda de los socialdemócratas tras la elección de la nueva dirección?

Existe potencialmente. La militancia está harta de todo lo sucedido en los últimos años, la continuación de la política de coaliciones con los cristianodemócratas, en detrimento, por lo común, de los propios socialdemócratas. Se trataría de reparar el daño cometido, en parte por ellos mismos, y en hacerlo de manera gradual. La situación es particularmente difícil para el partido, que tendría que aceptar haber cometido no sólo algunos errores, sino errores muy graves. Es un cambio necesario. Sobre todo para recuperar al electorado que tradicionalmente ha apoyado al partido socialdemócrata, que en algunas regiones sigue siendo un partido de trabajadores, mientras en ciudades como Berlín es un partido de gente con educación universitaria, funcionarios, etcétera.

Como Los Verdes.

Hay similitudes, claramente. Pero con una diferencia importante: Los Verdes nunca fueron un partido de trabajadores. El partido socialdemócrata sí que lo fue. En algunas regiones, hay que decirlo, AfD se ha convertido en el partido protesta de los trabajadores que ya no creen en el partido socialdemócrata, a los que ven como parte del establishment.

¿Por qué La Izquierda no se ha convertido en el vehículo político de esa protesta?

Hay ideas muy ingenuas, por ejemplo, en materia de política de inmigración. Si se comienza a debatir una ley de inmigración de inmediato se produce un choque cultural. Porque para muchos izquierdistas eso significa establecer normas que discriminarán a personas. Una ley de inmigración supone de por si una discriminación: con ella se decide quién queremos que entre en el país —por ejemplo, a partir de su grado de educación, edad o posibilidades económicas— y quién no. Un partido socialdemócrata o de izquierdas está claro que no defenderá una ley que incluya discriminación en términos de religión, raza o género. Pero ha de haber un cierto grado de discriminación, como ocurre en la ley de inmigración de Australia o Canadá.

Irónicamente, Canadá, que es visto como un país liberal, tiene una ley de inmigración muy restrictiva que es tomada como modelo, entre otros, por la propia AfD…

Cierto, pero AfD no la ve como es, porque no discrimina en términos de país de origen, inmigración, raza o religión. Toronto es una de las ciudades más multiculturales del mundo. La cultura de aceptación de los canadienses también es mayor: a los inmigrantes los llaman ‘nuevos canadienses’. Es una cultura de acogida que funciona relativamente bien.

Pero hay otras cosas que dividen a La Izquierda, como peleas internas.

La Izquierda no tiene una idea clara de qué hacer en el momento actual. La parte más difícil para La Izquierda es encontrar al socio adecuado. Los Verdes son ahora demasiado fuertes, no les importa con quién llegar a un acuerdo, y aceptaría a La Izquierda como socio menor bajo circunstancias muy específicas. El SPD está más o menos ocupado consigo mismo. Habrá que esperar a que termine ese proceso. Mientras, La Izquierda está perdiendo pie en el Este del país, donde acostumbraba a obtener sus mejores resultados, como consecuencia del desarrollo demográfico, ya que era un partido con una elevada media de edad entre sus militantes.

Participa en la nueva edición de las Obras completas de Marx y Engels (OME). ¿Cuál es el estado actual del proyecto?

El proyecto continúa. Se mantiene la financiación para los próximos 16 años, lo que es bastante extraordinario. Ésta depende en gran medida de instituciones y bibliotecas. Piense que un volumen tiene un precio de alrededor de unos 200 euros, no es algo obviamente que todo el mundo pueda permitirse aunque quisiera. Las únicas concesiones que el proyecto se ha visto obligado a hacer es que algunos de los volúmenes se publiquen únicamente en versión digital.

Los últimos volúmenes aparecidos son una nueva edición de La ideología alemana en más o menos su forma original, aunque nadie puede establecer cuál era su forma original exacta, ya que los autores reescribieron el manuscrito varias veces. Engels llegó a utilizarlo como fuente hasta 40 años después de su redacción y quizá alteró el orden. En cualquier caso, esta última edición se acerca a ese original, y proporciona una buena idea de la naturaleza fragmentaria y del proceso de redacción de este libro polémico y que sirvió para alumbrar una nueva manera de entender las ciencias sociales.

También hemos publicado el borrador del libro de Marx de 1857-1858 sobre las crisis, escrito durante una de las mayores crisis mundiales, para las que preparó un estudio empírico y recolectó datos con la idea de publicar un volumen sobre el tema, pero que nunca terminó. El manuscrito, que demuestra su capacidad para llevar a cabo un trabajo empírico, está relacionado con los Grundrisse, de manera que podemos ver cómo su obra teórica se relaciona con sus estudios empíricos, cómo cambiaban sus argumentos dependiendo del estudio de las crisis. También hemos publicado un libro con los cuadernos de finales de la década de 1860 y 1870 sobre ciencias naturales y economía, en particular estudios sobre los mercados financieros, el mercado bursátil, literatura bancaria contemporánea, etcétera. Es otro estudio sobre el proceso real de investigación en Marx. Y hay otro volumen con los artículos periodísticos para The New York Herald Tribune —luego reproducidos en otros periódicos británicos— durante este mismo período, mientras escribía los Grundrisse e investigaba las crisis.

Hasta la fecha hemos publicado unos 75 volúmenes, según el plan revisado el total será de 114 volúmenes. La segunda sección, con el trabajo preliminar sobre El capital, ya ha sido completada, falta por completar el resto.

Se encuentra en Barcelona con motivo del curso de posgrado de Sin Permiso. Recientemente se ha rendido homenaje a su editor, Antoni Domènech, fallecido en 2017. ¿Qué recuerda de él?

Su muerte fue una noticia muy triste. Era un hombre de un grandísimo sentido del humor y una persona tremendamente inteligente. Lo veías en sus ojos, en el brillo, no le hacía falta decir nada. Hablamos mucho de su obra. Aún sigo buscando a un editor alemán para su último libro. También conviene destacar el papel intelectual de revistas como Sin Permiso, que fundó. Y me consta que personalmente era muy cercano a Manuel Sacristán, el traductor al español de El capital.

Por cierto, Domènech cultivó una duradera amistad con un personaje todavía polémico hoy en Alemania: el filósofo Wolfgang Harich.

Harich es polémico, sin duda. No me opongo a él, todo lo contrario. Han de tenerse en cuenta las condiciones especiales bajo las cuales gente como Harich tuvieron que escribir. Formó parte de los rebeldes de la RDA y pagó el precio por ello. Su vida no fue en absoluto fácil. Fue uno de los autores de la RDA exiliado más o menos en su propio país.

Antes ha mencionado a China. Habrá quien le sorprenda su opinión sobre este país en comparación con lo que leemos en los medios de comunicación.

Es más complicado de lo que parece, como siempre. Hay cuestiones que uno ha de evitar si quiere mantener relaciones con gente del Partido Comunista de China, de instituciones vinculadas al partido o la academia y el sistema universitario chino, como sus políticas en Tíbet y otras partes del país. Puede hablarse de ellos de prácticamente de todo, a todos los niveles, con la condición de que no se publique en un periódico del país al día siguiente. Mientras uno mantenga una cierta discreción sobre lo que sucede en China, se puede hablar de todo.

Personalmente estoy muy interesado en sus políticas económicas y medioambientales. Han sabido ver con claridad los problemas que tienen y toman medidas. Me gustaría que algunas de esas políticas fueran tenidas en cuenta en Europa.

En diez años, por ejemplo, construyeron una red de ferrocarriles de alta velocidad, con la tecnología más puntera, conectando las grandes ciudades. Nosotros no somos capaces de hacer eso en Europa, aunque geográficamente el continente es más pequeño que China. Es ridículo. Existía antes de la Primera Guerra Mundial: uno podía subirse al tren en el sur de Alemania y viajar hasta Lisboa. Ahora ya no. Los japoneses también tienen algo así, comenzaron a construirlo en los sesenta. Compárese la construcción del nuevo aeropuerto de Pekín con cómo los alemanes siguen peleándose con su nuevo aeropuerto en Berlín. Es increíble. Los chinos terminaron el proyecto en dos años y medio. Los alemanes comenzaron hace diez años, ¿y dónde están ahora? Todavía no está terminado.

También han sabido corregir errores. La destrucción de los centros históricos para construir rascacielos y otros edificios modernos, algo impensable en Europa. Ya no es así. El tráfico rodado en las ciudades es insostenible, la polución afecta a la salud de los ciudadanos. No tardaron en ver el problema y emprendieron medidas que ya están teniendo efecto en una gran ciudad como Pekín. Están mejorando. Los alemanes, por ejemplo, no actúan con la misma rapidez ni con la misma eficacia que los chinos.

Volviendo a la teoría, de unos años para acá vemos en Europa recuperarse a algunos autores olvidados de la tradición socialista. ¿Qué autores merecen ser tenidos en cuenta?

Justamente acabamos de sacar un nuevo libro para las juventudes socialistas, una antología sobre socialistas olvidados en su mayor parte, aunque no sólo. Es importante contar con una suerte de memoria histórica colectiva para evitar caer en los mismos errores y equivocaciones del pasado. El libro empieza con Marx y Engels, sigue con Karl Kautsky, Eduard Bernstein, Rosa Luxemburg, Rudolf Hilferding. La mayoría del mundo germano-parlante, pero sin duda podría extenderse. No me resulta difícil imaginar un libro así a escala europea, con autores españoles, franceses, polacos, rusos, etcétera, incluso judíos, en yiddish. Tenemos una tradición muy rica a la que no deberíamos renunciar.

En el mundo anglosajón se ha hablado mucho estos últimos años de Kautsky, de recuperar a Kautsky.

Su estilo, por decirlo abiertamente, es apagado. En estilo no tiene la fuerza que tenía Marx, que era muy agudo en alemán, o Rosa Luxemburg. Trotsky también era un muy buen escritor, aunque en mi opinión no era un gran pensador. Pero era un escritor brillante, mucho más que Lenin, que era más gris en ese aspecto.

Kautsky trató muchas cuestiones sobre las que escribieron Marx y Engels, pero sin entrar a fondo en el asunto. Piense en la creación de la revista Die Neue Zeit, que fue la revista teórica más importante para los socialistas europeos durante mucho tiempo. Todos querían publicar en esa revista, y Kautsky consiguió impulsar a nuevos autores.

De Kautsky se puede decir que era aburrido, pero intentaba decir algo, y ese algo no era baladí. Kautsky rompió con la tradición de no hablar mucho del futuro socialista. Fue muy atrevido en este aspecto e incluso escribió un libro titulado en alemán Am Tage nach der sozialen Revolution, “en los días después de la revolución social”. Un libro muy audaz. “¿Qué haremos exactamente después de tomar el poder?”, se preguntó. No veo a nadie en toda la izquierda europea capaz de atreverse a escribir algo así hoy.

Un autor del que ha quedado una imagen muy marcada por sus polémicas con Lenin.

Por supuesto. La polémica empezó en 1918, cuando Kautsky, como muchos otros, apoyó la Revolución de octubre porque pensaba, como Bauer, que los bolcheviques habían hecho lo correcto deshaciéndose del gobierno de Kerenski. En este respecto estaban de acuerdo con Lenin y Trotsky. Pero sus expectativas, como las de muchos, de que habría un gobierno de coalición de todos los partidos socialistas, con elecciones, constitución, etcétera, quedaron frustradas. Los bolcheviques hicieron lo opuesto. Comenzaron una política de terror, defendida por Lenin y Trotsky. Esto es cierto. Pensaban que era inevitable. Kautsky y muchos otros tomaron otra posición respecto a Rusia. Por eso hubo discrepancias entre Bauer y Kautsky. Bauer siguió defendiendo la revolución: para él era claro que ésa no era la dirección a tomar, menos aún en Europa occidental, y discrepó con la idea de privar de derechos políticos a la oposición y abolir, en la práctica, la democracia, incluso para la clase trabajadora. Discrepó profundamente, pero los apoyó cuando fueron atacados, una tradición de solidaridad con la URSS que no se detuvo ni con Stalin. Kautsky pensó que acabaría mal, en un desastre. Lo que hizo Gorbachov fue lo que Otto Bauer siempre esperó: que la democracia fuese reintroducida en la URSS desde arriba. Pero advirtió que cuando eso ocurriese sería el período más peligroso de la transición y podría explotar. Y eso es lo que sucedió. Bauer supo pronosticar muchas de las cosas que ocurrirían.

Fuente: https://www.elsaltodiario.com/union-europea/entrevista-michael-kratke-recesion-crisis-economica-marxismo

Deleuze, Marx y la política. De la asfixia de los “espacios acorralados” a la respiración de la política menor

Por Ángela Menchón y Virginia Zuleta

Y viene la democracia

Y detrasito el socialismo

¿Y entonces?

(….)

¿El futuro será en blanco y negro?

¿El tiempo en noche y día laboral

sin ambigüedades?

¿No habrá un maricón en alguna esquina

desequilibrando el futuro de su hombre nuevo?

¿Van a dejarnos bordar de pájaros

las banderas de la patria libre?

Pedro Lemebel

Deleuze, Marx y la Política1 de Nicholas Thoburn, publicado recientemente por la editorial Marat y traducido por Juan Salzano, es un libro que tiene como interés la resonancia entre estos dos nombres propios. Como señala el autor “si estamos interesados en maximizar el potencial de una resonancia productiva entre Deleuze y Marx el problema de la política debe ser central” (2019: 28). Es entonces en la problemática en torno a la política que estos dos nombres se intersectan. Como sabemos, un cruce o una intersección es el lugar en el que se cortan o se encuentran dos líneas, dos superficies o dos sólidos. En este sentido, la resonancia o relación entre Deleuze y Marx, su punto de contacto, es “la política”. Ahora bien, como veremos, y aunque no esté anticipado en la titulación, esta política es adjetivada como “menor”.

El propósito de este escrito2 es reponer el punto de corte de estos dos nombres a partir de una lectura inmanente al libro. Es decir, nuestra lectura/escritura no tiene como fin “vigilar” la autenticidad o no de las citas o referencias que cruza Thoburn sino más bien situarnos en las torsiones marxistas y deleuzianas que lleva a cabo ¿Cuáles son los conceptos/problemas que trafica de uno a otro? ¿Qué zonas de indiscernibilidad trae este cruce? ¿Qué problemas filosóficos/prácticos se lanzan? La lectura/escritura aquí propuesta, tomando el propio gesto del autor, no supondrá un Afuera del libro sino más bien intentará reconstruir esta relación en y desde el el horizonte de la política que se construye en el texto. Para ello traemos en primer lugar ese Marx (im)propio de Thoburn. Luego, apelamos a ese Marx virtual deleuziano que el autor pone en diálogo con las lecturas “menores” que hicieron del marxismo las corrientes italianas el operaismo del ‘60 y el autonomismo del ’70. Nos detenemos, tal como hace el autor, en la interpretación que realiza Antonio Negri de la relación entre Marx y Deleuze. En tercer lugar, reconstruimos lo que toma el nombre de “política menor”. Este escrito expone en línea general estos tres momentos para finalmente arribar a la formulación de algunas preguntas que emergen a partir de los alcances o límites de esta propuesta teórica/práctica y la potencia de esta traducción para pensar nuestra coyuntura actual.

1.

La política se presenta como la lente desde la cual el autor relee textos clásicos marxistas como: El Manifiesto Comunista, El dieciocho Brumario y El Capital haciendo audibles bullicios que pasaron desapercibidos en ciertas tradiciones tales como el marxismo ortodoxo, el postmarxismo o el neogramscianismo y los trabajos críticos sobre el lumpenproletariado. Interpretaciones que estas tradiciones desoyeron –tal como señala el autor– al estabilizar la figura del proletariado en una categoría identitaria y situar la política comunista bajo la forma del Partido, con una militancia subsumida al modelo de la adhesión dogmática y monolítica (marxismo ortodoxo); al desplazar el interés de la política de la producción hacia la política de la democracia y de la sociedad civil (postmarxismo o neogramscianismo) y al situar en la figura del lumpenproletariado la diferencia, la crítica al capital y el rechazo del trabajo (trabajos críticos). Así, desde el comienzo el libro despliega un terreno de disputa por las teorías y los conceptos, habitado por diferentes adversarios.

¿Cuál es la potencia de revisar críticamente estas tradiciones? ¿Cuál es la potencia de desestabilizar estas lecturas? Con oído nietzscheano Thoburn va a reconstruir desde la misma escritura marxista cómo el proletariado y el lumpenproletariado no describen categorías estables sino modos de composición política con diferentes configuraciones ontológicas, de ahí que ambos conceptos no refieren a identidades fijas aun cuando una tienda más a la identidad y a la estabilización que la otra. La novedad que trae el autor radica en esta particular inversión. Reconstruye cómo en los textos de Marx la categoría de proletariado aparece como indeterminada, incierta, mutable, casi indescriptible, en sus términos, “innombrable”; adjetivos que lejos de señalar una falta poseen la potencia de devenir. En este sentido situará el movimiento diferencial y el devenir en la figura del proletariado. En contraste, el lumpenproletariado es una noción que tiende más a la identidad, que en la propia escritura marxista está “saturada” de sentido –ilustrativo de esto es El dieciocho Brumario. Esta reconstrucción crítica genealógica de ambas nociones lo conduce a revisar los conceptos de trabajo, de subsunción real y de rechazo del trabajo. En este punto se dibuja el siguiente interrogante: ¿cómo podemos pensar una “política comunista” que tenga como punto de partida una concepción no identitaria del proletariado?

2.

Thoburn pule los cristales de sus lentes para ir a leer ese libro que falta y que, según la anécdota, habría sido titulado La grandeza de Marx. ¿Cuál es el Marx que vive en la producción deleuziana? ¿Cuál es el Marx que atraviesa la vida de Deleuze? A modo de un baqueano, el autor busca, principalmente en el Anti-Edipo y en Mil Mesetas, las huellas de ese libro virtual, para producir una actualización, que considera posible y a la vez potente para renovar al pensador alemán a la luz de los escenarios contemporáneos.

Además actualiza este virtual Marx a partir de diferentes fragmentos diseminados en cartas, artículos y entrevistas. Nos recuerda cómo en el Abecedario Deleuze se considera de izquierda3 y hace hincapié en que tanto él como Guattari se presentan a sí mismos como marxistas, aun cuando Gilles evadió cualquier tipo de afiliación con el PC. Estas afirmaciones, dichos y murmullos que trae Thorburn ponen en escena la relación vital que tuvo Deleuze con el marxismo y el comunismo. Posiblemente una de las afirmaciones más enigmáticas y que el autor recupera y relanza con este libro se encuentra en una de las mil mesetas: “La potencia de la minoría, de particularidad, encuentra su figura o su conciencia universal en el proletariado” (Thoburn, 2019: 38; Deleuze y Guattari, 2002: 475).

Quizás aquí podríamos postular que la propia lectura de Thoburn es una lectura menor, tomando sus palabras “una lectura con una lógica metodológica de lo menor” (2019: 170). Menor en tanto que no busca Afuera las resonancias entre Marx y Deleuze, se detiene en describir los peligros de definir un “programa” político tanto marxista como deleuziano, crítica las saturaciones de sentido en torno a una definición o las prácticas de “La” política y denuncia los riesgos que hay en las lecturas molarizantes y moralizantes de ambos autores.

Pero nos detendremos aquí, antes de ir a la confluencia de Marx y Deleuze, en lo que según el autor han sido las primeras estrategias para salir de las lecturas que tendieron a estabilizar los conceptos marxistas. Nos referimos a las corrientes del operaismo de la década del ‘60 y el autonomismo del ‘70, movimientos críticos que, luego del ‘68, tomaron distancia del PC, del PSI, de la izquierda ortodoxa y de la política neogramsciana de la hegemonía. Es por ello que al entender de Thoburn aparecen estas como las primeras lecturas menores de Marx.

En líneas generales –y teniendo en cuenta, como se señala en el libro, que estos movimientos son más bien una especie de “archipiélago” y no un territorio con límites concretos ni un movimiento coherente– el operaísmo y el autonomismo se basan en la interpretación de las nuevas formas de trabajo, de los nuevos paradigmas tecnológicos y en las formas emergentes de lucha en tensión con –o por fuera de– los órganos del movimiento oficial obrero. Thoburn lo describe como un “paradigma de investigación práctico, situado y políticamente productivo” (2019: 179). Destaca a su vez que hacen una intensa lectura de Marx con un foco herético, “menor”, de los Grundisse y el “faltante” capítulo seis del Volumen I del Capital; lectura necesaria dado que en aquel contexto el marxismo se encontraba acorralado por la incorporación al juego democrático de la izquierda ortodoxa y por los peligros del faccionalismo.

La constelación de conceptos, extraídos del operaismo y del autonomismo, más relevante para la argumentación Thoburn, es la que enlaza las nociones de subsunción real, fábrica social, general intellect y obrero socializado. A modo de síntesis las mismas dan cuenta de que las relaciones de producción capitalistas se han extendido de los espacios cerrados de las fábricas a todo el cuerpo social, que la vida misma se presenta como una instancia constante de producción de valor y plusvalor a través de las nuevas formas del trabajo inmaterial, afectivo y socializado, y que la figura del trabajo se amplía hasta llegar a ser una categoría difusa y omniabarcante.

Es en este mapa de las relaciones de producción capitalistas, vía el operaismo y el autonomismo, en el que Thoburn encuentra relaciones estrechas con el concepto deleuziano de “máquina abstracta” capitalista-social. El capital no cesa de descodificar y desterritorializar códigos o flujos, es decir, las líneas de fugas son las condiciones de la propia producción capitalista. El capital no domina las relaciones sociales sino que las produce. La empresa es la forma que se extiende a todo el cuerpo social y el control se vuelve el régimen de modulación y de captura de los flujos, de ahí que se hable de “sociedades de control”. En este horizonte debe leerse el rechazo al trabajo como el rechazo a que la vida sea reducida a una dinámica constante de producción y extracción de valor y el sujeto como un/x emprendedor/x. Tal como aclara el autor –en el “Prefacio a la edición en castellano”– el rechazo al trabajo italiano se configura en los años sesenta y setenta cuando la clase obrera podía considerarse en sí misma un sujeto en expansión, consolidación y soberano, que se vinculaba con la propagación y la intensificación del trabajo industrial; pero hoy en día el rechazo al trabajo posee una “tracción limitada”.

En este punto nos preguntamos: si la misma lógica del capital produce y se enriquece con la desterritorialización, ¿es posible trazar en esta dinámica líneas de fuga que lejos de enriquecer al capital al menos lo horaden? Si la máquina libera flujos que lejos de dominar las relaciones sociales-económicas las produce, ¿cómo propiciar relaciones o encuentros que no fortalezcan más esta modulación de lo social? Preguntas que ponen en escena el problema de una política inmanente a la lógica de producción capitalista. En un sentido más amplio, éstas nos conducen a indagar cómo podemos entender una política comunista que desarme la lógica de la máquina abstracta y (nos) permita propiciar encuentros que tracen otros territorios aún inexistente.

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En este llamado a pensar una política comunista el autor reescribe la relación entre Negri y Deleuze. Presenta al filósofo italiano como uno de los primeros que intenta reconstruir el libro virtual La grandeza de Marx desde la singular mirada de la autonomía. Sin embargo, considera que Negri desemboca en una “lectura mayor” tanto de los textos deleuzianos como del autonomismo.

A partir de una breve reconstrucción del uso que hace el filósofo italiano de la maquinaria deleuziana podemos señalar tres puntos de divergencia que se construyen en el libro. En primer lugar, para Negri cuanto más inmaterial, comunicacional y afectivo se vuelve el trabajo, resulta más difícil de ser capturado por el capital, lo cual configuraría una subjetividad colectiva (la multitud o general intellect) capaz de operar de manera autónoma. Lo que es denominado por el autor el “comunismo de la multitud”. Contrariamente a esta postura, Thoburn señala que desde una perspectiva deleuziana no existe una esfera “autónoma” por fuera del capital sino que la producción es inmanente al capital, incluso y principalmente, sus líneas de fuga. De ahí que la “política menor”, en la que luego nos detendremos, residirá en las “posiciones acorraladas” de las minorías en el seno de las relaciones capitalistas. Es decir, una política comunista solo puede pensarse desde una lógica inmanente al capital. En segundo lugar, mientras que Negri lee la figura emergente de la “multitud” desde una ontología de la plenitud, como un sujeto afirmativo; el Deleuze de Thoburn señala que el proletariado se configura en un devenir minoritario que involucra siempre a un “pueblo que falta” (a saber el innombrable proletariado). Por último, mientras el italiano ubica el trabajo en el centro de su análisis como potencia productiva de la multitud, desde la lectura que Thoburn hace de Deleuze, tamizado por el autonomismo, el proletariado sería la potencia que rechaza el trabajo.

Lo que Marx, el operaísmo, el autonomismo y Deleuze parecen haber entendido es que la posibilidad de construir una vida no capitalista se encuentra en las relaciones formadas dentro del propio capitalismo y son específicas de éste. Así, la reconstrucción de este debate le permite a Thoburn retomar el problema de una política inmanente a las relaciones capitalistas y delinear los rasgos de lo que denominará, siguiendo a Deleuze, una “política menor”, el tercer momento de nuestra reconstrucción.

3.

Retomemos en este punto aquellos elementos enunciados que nos permiten analizar la relación entre Marx y Deleuze a partir de la política. Thoburn reconstruye lecturas mayores y menores tanto del marxismo y del deleuzianismo para desplegar y poner nuevamente en escena el funcionamiento de la máquina capitalista. Esta descripción y diagnóstico (de la máquina y de sus partes) le permiten arribar a los rasgos de una política “menor” que pueda descalibrarla.

Thoburn elabora la hipótesis de que la “política menor” es el comunismo. A partir de la confluencia de Marx y de Deleuze, la reconstrucción minuciosa de la relación entre la noción marxista de comunismo y de la afirmación deleuziana que señala al proletariado como la figura de “lo menor” y los aportes del autonomismo. La política menor es el comunismo y el comunismo es una política menor, si entendemos al comunismo nada más y nada menos como la posibilidad inmanente a la propia lógica del capital que permite configurar modos de vida no capitalistas. Así, desde una lectura no-identitaria del proletariado rompe con la cristalizada idea de que el comunismo es enemigo del devenir y de las diferencias y que la única militancia comunista posible es la de las lógicas partidarias. También es en este sentido que se distancia de las lecturas molares del marxismo y por ende con formas molares de entender la militancia.

A esta reconstrucción teórica el autor sumará ciertas pistas prácticas sin que esto signifique que el libro arribe a un manual de instrucciones que nos diga cómo desarmar la máquina. Más bien, una vez entendida la lógica inmanente de su funcionamiento, se detiene en la descripción de una serie de intervenciones concretas, minoritarias, que le permiten señalar los rasgos de esa anunciada “política menor”. Podríamos decir, con el fin de ampliar nuestra imaginación política ante la necesidad de trazar “espacios otros”.

Decir que la “política menor” se crea en el seno de una “política mayor” significa que no emerge espontáneamente de la máquina capitalista sino que requiere de un acto creativo y de invención por parte de una/s minoría/s que se encuentran en “espacios acorralados”. Porque estar “acorralados” no es estar atrapadxs en callejones sin salida; es estar forzadxs a actuar, a activar y a inventar. Recordemos que el pueblo es ese que falta y por ende hay que inventarlo. Si bien estos “espacios acorralados” sí son producidos por la máquina requieren sin embargo de imaginación, de alianzas, de otra reconfiguración del horizonte de percepción y de sensibilidad para que la minoría devenga minoritaria y para que el acorralamiento devenga política menor.

En esta intención de producir efectos materiales y repensar las militancias el libro recupera experiencias concretas como las de los emarginatti, el movimiento por el Salario al trabajo doméstico, Radio Alice y los indios metropolitanos, entendidos todos ellos como políticas menores, como movimientos de invención política y cultural, de autovaloración, y de rechazo al trabajo. Estas experiencias –si bien a nuestro entender, a la luz de una lectura actual/actualizada y desde nuestro contexto, deberían también ser relanzadas o reinterpretadas– ofrecen algunas pistas respecto de cuáles son esas posibles operaciones propias de toda política menor. El mismo Thoburn sostiene que el operaísmo y la autonomía, y la política que de ellos se desprende a través de los ejemplos ya mencionados, mantienen “una cierta vitalidad para ser explorada críticamente desde los espacios acorralados contemporáneos” (2019: 323).

Aceptando la invitación del autor y en relación a nuestras existencias y a nuestras preocupaciones políticas actuales de las experiencias que trae como ejemplos de políticas menores quisiéramos destacar el movimiento del “Salario para el trabajo doméstico”. Aquí no solo vemos cómo la esfera de la reproducción de las relaciones sociales es inmanente a la maquinaria capitalista sino que también introduce la variable-molar-patriarcal, no tan presente en el resto del texto. Es decir, la máquina que produce las relaciones sociales se ancla de manera particular en los cuerpos de las mujeres que son quienes permiten su reproducción. Al mismo tiempo, este movimiento del cual formaron parte feministas italianas como Silvia Federici, Mariarosa Dalla Costa y Selma James, permite visibilizar los problemas de una lucha que no puede reducirse solamente al reclamo de un salario sino que implica una transformación de la lógica inmanente de las relaciones sociales patriarcales.

4. ¿Y entonces? Crear el por-venir

¿Y entonces?, en resonancia con las preguntas del poema de Lemebel, ¿cómo releer este libro a la luz de las condiciones de acorralamiento, actuales y locales, de nuestras existencias precarias? Como lectoras/escritoras de estas líneas lo que nos resta hacer –bajo una constelación actual de nuestras experiencias y otros modos de militancia– es invitarles a una reescritura del capítulo 5 “Rechazo del trabajo” y particularmente de las experiencias consignadas en el apartado titulado “Márgenes en el centro”. Ejercicio de escritura/pensamiento que vuelve a relanzar los conceptos teóricos/prácticos que trae el trabajo de Thoburn.

Para llevar a cabo esta acción (nos) preguntamos.

¿Cómo devenir un proletariado innombrable si a veces el nombre, nombrarnos, nos permite visibilizar nuestros específicos acorralamientos? Pensamos aquí en la problemática que se produjo en torno a la propuesta de cambio de nombre del llamado “Encuentro Nacional de Mujeres” a “Encuentro Plurinacional de Mujeres, Lesbianas, Transexuales, Travestis, bisexuales y no binaries”. Pareciera ser que en este caso esta ampliación se vuelve políticamente necesaria para dar cuenta de las múltiples singularidades que lo componen.

¿Cómo articular los devenires minoritarios de la política menor con la lucha al nivel molar de los axiomas? Principalmente (nos) preguntamos ¿Cómo producir estrategias para que el feminismo conserve su potencia minoritaria cuando, por ejemplo, el interlocutor es el Estado? Pensamos aquí en que a menudo una ley o un derecho vienen a reparar un daño y por otro lado a ampliar las posibilidades de la existencia, por ejemplo: el derecho al aborto legal, seguro y gratuito, a la educación sexual integral (ESI), a la identidad de género, la ley Micaela.

¿Cómo configurar prácticas que rechacen el trabajo y su demanda constante de innovación, flexibilización y autoexplotación, en escenarios con altas tasas de desempleo, trabajo precarizado e incumplimiento de los derechos laborales básicos? ¿Cómo entender/reinterpretar en estos escenarios dicho rechazo? Pensamos aquí en nuestros propios ámbitos laborales en los que las mismas condiciones de contratación dificultan sostener una huelga, por ejemplo, la del 8M, y en la lucha por el reconocimiento de las tareas de reproducción y de cuidado como trabajo.

¿Cómo evitar que el trabajo denominado “autogestivo” sea regido por una lógica del emprendedorismo? Pensamos acá en proyectos (culturales, artísticos, editoriales, etc.) que se postulan por fuera de la lógica del capital y terminan convirtiéndose en prácticas de autoexplotación.

¿Cómo sustraer la potencia de inventar constantemente ese pueblo que falta… a la lógica neoliberal de acostumbrarse a vivir en la incertidumbre? Pensamos acá en las palabras de Esteban Bullrich “Debemos crear argentinos capaces de vivir en la incertidumbre y disfrutarla” (febrero de 2017).

¿No sería más potente leer la lógica de los espacios acorralados por políticas mayoritarias desde una mirada interseccional? ¿Cómo entran en juego las variables molares sexogenéricas y raciales en la configuración de estos acorralamientos? ¿Hay entre el diagrama patriarcal, el hetero-cis-sexual, el colonial y el capitalista relaciones inmanentes?

Bibliografía

Deleuze, G. y Guattari, F. (2002) Mil Mesetas. Capitalismo y esquizofrenia, Pre-textos, Valencia.

Thoburn, N. (2019) Deleuze, Marx y la Política, Ed. Marat, Buenos Aires.

1 Deleuze, Marx and Politics, Londres, Ed. Routledge, 2003

2 Una primera versión de este texto fue leída en la presentación de la traducción el 01 de noviembre del 2019 en la Biblioteca Popular Eduardo Martedi.

3 Traemos aquí la particular definición del ser de izquierda que da el filósofo francés en esta entrevista: “Ser de izquierdas es primero percibir (…). Es un fenómeno de percepción, uno percibe en primer lugar el horizonte, uno percibe en el horizonte” (Extracto tomado de la entrevista con Claire Parnet). Frente a las posturas que siempre parten “del sí mismo”, ser de izquierda es percibir primero el contorno.

Fuente: https://www.intersecciones.com.ar/2019/12/10/deleuze-marx-y-la-politica-de-la-asfixia-de-los-espacios-acorralados-a-la-respiracion-de-la-politica-menor/