Deleuze, Marx y la política. De la asfixia de los “espacios acorralados” a la respiración de la política menor

Por Ángela Menchón y Virginia Zuleta

Y viene la democracia

Y detrasito el socialismo

¿Y entonces?

(….)

¿El futuro será en blanco y negro?

¿El tiempo en noche y día laboral

sin ambigüedades?

¿No habrá un maricón en alguna esquina

desequilibrando el futuro de su hombre nuevo?

¿Van a dejarnos bordar de pájaros

las banderas de la patria libre?

Pedro Lemebel

Deleuze, Marx y la Política1 de Nicholas Thoburn, publicado recientemente por la editorial Marat y traducido por Juan Salzano, es un libro que tiene como interés la resonancia entre estos dos nombres propios. Como señala el autor “si estamos interesados en maximizar el potencial de una resonancia productiva entre Deleuze y Marx el problema de la política debe ser central” (2019: 28). Es entonces en la problemática en torno a la política que estos dos nombres se intersectan. Como sabemos, un cruce o una intersección es el lugar en el que se cortan o se encuentran dos líneas, dos superficies o dos sólidos. En este sentido, la resonancia o relación entre Deleuze y Marx, su punto de contacto, es “la política”. Ahora bien, como veremos, y aunque no esté anticipado en la titulación, esta política es adjetivada como “menor”.

El propósito de este escrito2 es reponer el punto de corte de estos dos nombres a partir de una lectura inmanente al libro. Es decir, nuestra lectura/escritura no tiene como fin “vigilar” la autenticidad o no de las citas o referencias que cruza Thoburn sino más bien situarnos en las torsiones marxistas y deleuzianas que lleva a cabo ¿Cuáles son los conceptos/problemas que trafica de uno a otro? ¿Qué zonas de indiscernibilidad trae este cruce? ¿Qué problemas filosóficos/prácticos se lanzan? La lectura/escritura aquí propuesta, tomando el propio gesto del autor, no supondrá un Afuera del libro sino más bien intentará reconstruir esta relación en y desde el el horizonte de la política que se construye en el texto. Para ello traemos en primer lugar ese Marx (im)propio de Thoburn. Luego, apelamos a ese Marx virtual deleuziano que el autor pone en diálogo con las lecturas “menores” que hicieron del marxismo las corrientes italianas el operaismo del ‘60 y el autonomismo del ’70. Nos detenemos, tal como hace el autor, en la interpretación que realiza Antonio Negri de la relación entre Marx y Deleuze. En tercer lugar, reconstruimos lo que toma el nombre de “política menor”. Este escrito expone en línea general estos tres momentos para finalmente arribar a la formulación de algunas preguntas que emergen a partir de los alcances o límites de esta propuesta teórica/práctica y la potencia de esta traducción para pensar nuestra coyuntura actual.

1.

La política se presenta como la lente desde la cual el autor relee textos clásicos marxistas como: El Manifiesto Comunista, El dieciocho Brumario y El Capital haciendo audibles bullicios que pasaron desapercibidos en ciertas tradiciones tales como el marxismo ortodoxo, el postmarxismo o el neogramscianismo y los trabajos críticos sobre el lumpenproletariado. Interpretaciones que estas tradiciones desoyeron –tal como señala el autor– al estabilizar la figura del proletariado en una categoría identitaria y situar la política comunista bajo la forma del Partido, con una militancia subsumida al modelo de la adhesión dogmática y monolítica (marxismo ortodoxo); al desplazar el interés de la política de la producción hacia la política de la democracia y de la sociedad civil (postmarxismo o neogramscianismo) y al situar en la figura del lumpenproletariado la diferencia, la crítica al capital y el rechazo del trabajo (trabajos críticos). Así, desde el comienzo el libro despliega un terreno de disputa por las teorías y los conceptos, habitado por diferentes adversarios.

¿Cuál es la potencia de revisar críticamente estas tradiciones? ¿Cuál es la potencia de desestabilizar estas lecturas? Con oído nietzscheano Thoburn va a reconstruir desde la misma escritura marxista cómo el proletariado y el lumpenproletariado no describen categorías estables sino modos de composición política con diferentes configuraciones ontológicas, de ahí que ambos conceptos no refieren a identidades fijas aun cuando una tienda más a la identidad y a la estabilización que la otra. La novedad que trae el autor radica en esta particular inversión. Reconstruye cómo en los textos de Marx la categoría de proletariado aparece como indeterminada, incierta, mutable, casi indescriptible, en sus términos, “innombrable”; adjetivos que lejos de señalar una falta poseen la potencia de devenir. En este sentido situará el movimiento diferencial y el devenir en la figura del proletariado. En contraste, el lumpenproletariado es una noción que tiende más a la identidad, que en la propia escritura marxista está “saturada” de sentido –ilustrativo de esto es El dieciocho Brumario. Esta reconstrucción crítica genealógica de ambas nociones lo conduce a revisar los conceptos de trabajo, de subsunción real y de rechazo del trabajo. En este punto se dibuja el siguiente interrogante: ¿cómo podemos pensar una “política comunista” que tenga como punto de partida una concepción no identitaria del proletariado?

2.

Thoburn pule los cristales de sus lentes para ir a leer ese libro que falta y que, según la anécdota, habría sido titulado La grandeza de Marx. ¿Cuál es el Marx que vive en la producción deleuziana? ¿Cuál es el Marx que atraviesa la vida de Deleuze? A modo de un baqueano, el autor busca, principalmente en el Anti-Edipo y en Mil Mesetas, las huellas de ese libro virtual, para producir una actualización, que considera posible y a la vez potente para renovar al pensador alemán a la luz de los escenarios contemporáneos.

Además actualiza este virtual Marx a partir de diferentes fragmentos diseminados en cartas, artículos y entrevistas. Nos recuerda cómo en el Abecedario Deleuze se considera de izquierda3 y hace hincapié en que tanto él como Guattari se presentan a sí mismos como marxistas, aun cuando Gilles evadió cualquier tipo de afiliación con el PC. Estas afirmaciones, dichos y murmullos que trae Thorburn ponen en escena la relación vital que tuvo Deleuze con el marxismo y el comunismo. Posiblemente una de las afirmaciones más enigmáticas y que el autor recupera y relanza con este libro se encuentra en una de las mil mesetas: “La potencia de la minoría, de particularidad, encuentra su figura o su conciencia universal en el proletariado” (Thoburn, 2019: 38; Deleuze y Guattari, 2002: 475).

Quizás aquí podríamos postular que la propia lectura de Thoburn es una lectura menor, tomando sus palabras “una lectura con una lógica metodológica de lo menor” (2019: 170). Menor en tanto que no busca Afuera las resonancias entre Marx y Deleuze, se detiene en describir los peligros de definir un “programa” político tanto marxista como deleuziano, crítica las saturaciones de sentido en torno a una definición o las prácticas de “La” política y denuncia los riesgos que hay en las lecturas molarizantes y moralizantes de ambos autores.

Pero nos detendremos aquí, antes de ir a la confluencia de Marx y Deleuze, en lo que según el autor han sido las primeras estrategias para salir de las lecturas que tendieron a estabilizar los conceptos marxistas. Nos referimos a las corrientes del operaismo de la década del ‘60 y el autonomismo del ‘70, movimientos críticos que, luego del ‘68, tomaron distancia del PC, del PSI, de la izquierda ortodoxa y de la política neogramsciana de la hegemonía. Es por ello que al entender de Thoburn aparecen estas como las primeras lecturas menores de Marx.

En líneas generales –y teniendo en cuenta, como se señala en el libro, que estos movimientos son más bien una especie de “archipiélago” y no un territorio con límites concretos ni un movimiento coherente– el operaísmo y el autonomismo se basan en la interpretación de las nuevas formas de trabajo, de los nuevos paradigmas tecnológicos y en las formas emergentes de lucha en tensión con –o por fuera de– los órganos del movimiento oficial obrero. Thoburn lo describe como un “paradigma de investigación práctico, situado y políticamente productivo” (2019: 179). Destaca a su vez que hacen una intensa lectura de Marx con un foco herético, “menor”, de los Grundisse y el “faltante” capítulo seis del Volumen I del Capital; lectura necesaria dado que en aquel contexto el marxismo se encontraba acorralado por la incorporación al juego democrático de la izquierda ortodoxa y por los peligros del faccionalismo.

La constelación de conceptos, extraídos del operaismo y del autonomismo, más relevante para la argumentación Thoburn, es la que enlaza las nociones de subsunción real, fábrica social, general intellect y obrero socializado. A modo de síntesis las mismas dan cuenta de que las relaciones de producción capitalistas se han extendido de los espacios cerrados de las fábricas a todo el cuerpo social, que la vida misma se presenta como una instancia constante de producción de valor y plusvalor a través de las nuevas formas del trabajo inmaterial, afectivo y socializado, y que la figura del trabajo se amplía hasta llegar a ser una categoría difusa y omniabarcante.

Es en este mapa de las relaciones de producción capitalistas, vía el operaismo y el autonomismo, en el que Thoburn encuentra relaciones estrechas con el concepto deleuziano de “máquina abstracta” capitalista-social. El capital no cesa de descodificar y desterritorializar códigos o flujos, es decir, las líneas de fugas son las condiciones de la propia producción capitalista. El capital no domina las relaciones sociales sino que las produce. La empresa es la forma que se extiende a todo el cuerpo social y el control se vuelve el régimen de modulación y de captura de los flujos, de ahí que se hable de “sociedades de control”. En este horizonte debe leerse el rechazo al trabajo como el rechazo a que la vida sea reducida a una dinámica constante de producción y extracción de valor y el sujeto como un/x emprendedor/x. Tal como aclara el autor –en el “Prefacio a la edición en castellano”– el rechazo al trabajo italiano se configura en los años sesenta y setenta cuando la clase obrera podía considerarse en sí misma un sujeto en expansión, consolidación y soberano, que se vinculaba con la propagación y la intensificación del trabajo industrial; pero hoy en día el rechazo al trabajo posee una “tracción limitada”.

En este punto nos preguntamos: si la misma lógica del capital produce y se enriquece con la desterritorialización, ¿es posible trazar en esta dinámica líneas de fuga que lejos de enriquecer al capital al menos lo horaden? Si la máquina libera flujos que lejos de dominar las relaciones sociales-económicas las produce, ¿cómo propiciar relaciones o encuentros que no fortalezcan más esta modulación de lo social? Preguntas que ponen en escena el problema de una política inmanente a la lógica de producción capitalista. En un sentido más amplio, éstas nos conducen a indagar cómo podemos entender una política comunista que desarme la lógica de la máquina abstracta y (nos) permita propiciar encuentros que tracen otros territorios aún inexistente.

*

En este llamado a pensar una política comunista el autor reescribe la relación entre Negri y Deleuze. Presenta al filósofo italiano como uno de los primeros que intenta reconstruir el libro virtual La grandeza de Marx desde la singular mirada de la autonomía. Sin embargo, considera que Negri desemboca en una “lectura mayor” tanto de los textos deleuzianos como del autonomismo.

A partir de una breve reconstrucción del uso que hace el filósofo italiano de la maquinaria deleuziana podemos señalar tres puntos de divergencia que se construyen en el libro. En primer lugar, para Negri cuanto más inmaterial, comunicacional y afectivo se vuelve el trabajo, resulta más difícil de ser capturado por el capital, lo cual configuraría una subjetividad colectiva (la multitud o general intellect) capaz de operar de manera autónoma. Lo que es denominado por el autor el “comunismo de la multitud”. Contrariamente a esta postura, Thoburn señala que desde una perspectiva deleuziana no existe una esfera “autónoma” por fuera del capital sino que la producción es inmanente al capital, incluso y principalmente, sus líneas de fuga. De ahí que la “política menor”, en la que luego nos detendremos, residirá en las “posiciones acorraladas” de las minorías en el seno de las relaciones capitalistas. Es decir, una política comunista solo puede pensarse desde una lógica inmanente al capital. En segundo lugar, mientras que Negri lee la figura emergente de la “multitud” desde una ontología de la plenitud, como un sujeto afirmativo; el Deleuze de Thoburn señala que el proletariado se configura en un devenir minoritario que involucra siempre a un “pueblo que falta” (a saber el innombrable proletariado). Por último, mientras el italiano ubica el trabajo en el centro de su análisis como potencia productiva de la multitud, desde la lectura que Thoburn hace de Deleuze, tamizado por el autonomismo, el proletariado sería la potencia que rechaza el trabajo.

Lo que Marx, el operaísmo, el autonomismo y Deleuze parecen haber entendido es que la posibilidad de construir una vida no capitalista se encuentra en las relaciones formadas dentro del propio capitalismo y son específicas de éste. Así, la reconstrucción de este debate le permite a Thoburn retomar el problema de una política inmanente a las relaciones capitalistas y delinear los rasgos de lo que denominará, siguiendo a Deleuze, una “política menor”, el tercer momento de nuestra reconstrucción.

3.

Retomemos en este punto aquellos elementos enunciados que nos permiten analizar la relación entre Marx y Deleuze a partir de la política. Thoburn reconstruye lecturas mayores y menores tanto del marxismo y del deleuzianismo para desplegar y poner nuevamente en escena el funcionamiento de la máquina capitalista. Esta descripción y diagnóstico (de la máquina y de sus partes) le permiten arribar a los rasgos de una política “menor” que pueda descalibrarla.

Thoburn elabora la hipótesis de que la “política menor” es el comunismo. A partir de la confluencia de Marx y de Deleuze, la reconstrucción minuciosa de la relación entre la noción marxista de comunismo y de la afirmación deleuziana que señala al proletariado como la figura de “lo menor” y los aportes del autonomismo. La política menor es el comunismo y el comunismo es una política menor, si entendemos al comunismo nada más y nada menos como la posibilidad inmanente a la propia lógica del capital que permite configurar modos de vida no capitalistas. Así, desde una lectura no-identitaria del proletariado rompe con la cristalizada idea de que el comunismo es enemigo del devenir y de las diferencias y que la única militancia comunista posible es la de las lógicas partidarias. También es en este sentido que se distancia de las lecturas molares del marxismo y por ende con formas molares de entender la militancia.

A esta reconstrucción teórica el autor sumará ciertas pistas prácticas sin que esto signifique que el libro arribe a un manual de instrucciones que nos diga cómo desarmar la máquina. Más bien, una vez entendida la lógica inmanente de su funcionamiento, se detiene en la descripción de una serie de intervenciones concretas, minoritarias, que le permiten señalar los rasgos de esa anunciada “política menor”. Podríamos decir, con el fin de ampliar nuestra imaginación política ante la necesidad de trazar “espacios otros”.

Decir que la “política menor” se crea en el seno de una “política mayor” significa que no emerge espontáneamente de la máquina capitalista sino que requiere de un acto creativo y de invención por parte de una/s minoría/s que se encuentran en “espacios acorralados”. Porque estar “acorralados” no es estar atrapadxs en callejones sin salida; es estar forzadxs a actuar, a activar y a inventar. Recordemos que el pueblo es ese que falta y por ende hay que inventarlo. Si bien estos “espacios acorralados” sí son producidos por la máquina requieren sin embargo de imaginación, de alianzas, de otra reconfiguración del horizonte de percepción y de sensibilidad para que la minoría devenga minoritaria y para que el acorralamiento devenga política menor.

En esta intención de producir efectos materiales y repensar las militancias el libro recupera experiencias concretas como las de los emarginatti, el movimiento por el Salario al trabajo doméstico, Radio Alice y los indios metropolitanos, entendidos todos ellos como políticas menores, como movimientos de invención política y cultural, de autovaloración, y de rechazo al trabajo. Estas experiencias –si bien a nuestro entender, a la luz de una lectura actual/actualizada y desde nuestro contexto, deberían también ser relanzadas o reinterpretadas– ofrecen algunas pistas respecto de cuáles son esas posibles operaciones propias de toda política menor. El mismo Thoburn sostiene que el operaísmo y la autonomía, y la política que de ellos se desprende a través de los ejemplos ya mencionados, mantienen “una cierta vitalidad para ser explorada críticamente desde los espacios acorralados contemporáneos” (2019: 323).

Aceptando la invitación del autor y en relación a nuestras existencias y a nuestras preocupaciones políticas actuales de las experiencias que trae como ejemplos de políticas menores quisiéramos destacar el movimiento del “Salario para el trabajo doméstico”. Aquí no solo vemos cómo la esfera de la reproducción de las relaciones sociales es inmanente a la maquinaria capitalista sino que también introduce la variable-molar-patriarcal, no tan presente en el resto del texto. Es decir, la máquina que produce las relaciones sociales se ancla de manera particular en los cuerpos de las mujeres que son quienes permiten su reproducción. Al mismo tiempo, este movimiento del cual formaron parte feministas italianas como Silvia Federici, Mariarosa Dalla Costa y Selma James, permite visibilizar los problemas de una lucha que no puede reducirse solamente al reclamo de un salario sino que implica una transformación de la lógica inmanente de las relaciones sociales patriarcales.

4. ¿Y entonces? Crear el por-venir

¿Y entonces?, en resonancia con las preguntas del poema de Lemebel, ¿cómo releer este libro a la luz de las condiciones de acorralamiento, actuales y locales, de nuestras existencias precarias? Como lectoras/escritoras de estas líneas lo que nos resta hacer –bajo una constelación actual de nuestras experiencias y otros modos de militancia– es invitarles a una reescritura del capítulo 5 “Rechazo del trabajo” y particularmente de las experiencias consignadas en el apartado titulado “Márgenes en el centro”. Ejercicio de escritura/pensamiento que vuelve a relanzar los conceptos teóricos/prácticos que trae el trabajo de Thoburn.

Para llevar a cabo esta acción (nos) preguntamos.

¿Cómo devenir un proletariado innombrable si a veces el nombre, nombrarnos, nos permite visibilizar nuestros específicos acorralamientos? Pensamos aquí en la problemática que se produjo en torno a la propuesta de cambio de nombre del llamado “Encuentro Nacional de Mujeres” a “Encuentro Plurinacional de Mujeres, Lesbianas, Transexuales, Travestis, bisexuales y no binaries”. Pareciera ser que en este caso esta ampliación se vuelve políticamente necesaria para dar cuenta de las múltiples singularidades que lo componen.

¿Cómo articular los devenires minoritarios de la política menor con la lucha al nivel molar de los axiomas? Principalmente (nos) preguntamos ¿Cómo producir estrategias para que el feminismo conserve su potencia minoritaria cuando, por ejemplo, el interlocutor es el Estado? Pensamos aquí en que a menudo una ley o un derecho vienen a reparar un daño y por otro lado a ampliar las posibilidades de la existencia, por ejemplo: el derecho al aborto legal, seguro y gratuito, a la educación sexual integral (ESI), a la identidad de género, la ley Micaela.

¿Cómo configurar prácticas que rechacen el trabajo y su demanda constante de innovación, flexibilización y autoexplotación, en escenarios con altas tasas de desempleo, trabajo precarizado e incumplimiento de los derechos laborales básicos? ¿Cómo entender/reinterpretar en estos escenarios dicho rechazo? Pensamos aquí en nuestros propios ámbitos laborales en los que las mismas condiciones de contratación dificultan sostener una huelga, por ejemplo, la del 8M, y en la lucha por el reconocimiento de las tareas de reproducción y de cuidado como trabajo.

¿Cómo evitar que el trabajo denominado “autogestivo” sea regido por una lógica del emprendedorismo? Pensamos acá en proyectos (culturales, artísticos, editoriales, etc.) que se postulan por fuera de la lógica del capital y terminan convirtiéndose en prácticas de autoexplotación.

¿Cómo sustraer la potencia de inventar constantemente ese pueblo que falta… a la lógica neoliberal de acostumbrarse a vivir en la incertidumbre? Pensamos acá en las palabras de Esteban Bullrich “Debemos crear argentinos capaces de vivir en la incertidumbre y disfrutarla” (febrero de 2017).

¿No sería más potente leer la lógica de los espacios acorralados por políticas mayoritarias desde una mirada interseccional? ¿Cómo entran en juego las variables molares sexogenéricas y raciales en la configuración de estos acorralamientos? ¿Hay entre el diagrama patriarcal, el hetero-cis-sexual, el colonial y el capitalista relaciones inmanentes?

Bibliografía

Deleuze, G. y Guattari, F. (2002) Mil Mesetas. Capitalismo y esquizofrenia, Pre-textos, Valencia.

Thoburn, N. (2019) Deleuze, Marx y la Política, Ed. Marat, Buenos Aires.

1 Deleuze, Marx and Politics, Londres, Ed. Routledge, 2003

2 Una primera versión de este texto fue leída en la presentación de la traducción el 01 de noviembre del 2019 en la Biblioteca Popular Eduardo Martedi.

3 Traemos aquí la particular definición del ser de izquierda que da el filósofo francés en esta entrevista: “Ser de izquierdas es primero percibir (…). Es un fenómeno de percepción, uno percibe en primer lugar el horizonte, uno percibe en el horizonte” (Extracto tomado de la entrevista con Claire Parnet). Frente a las posturas que siempre parten “del sí mismo”, ser de izquierda es percibir primero el contorno.

Fuente: https://www.intersecciones.com.ar/2019/12/10/deleuze-marx-y-la-politica-de-la-asfixia-de-los-espacios-acorralados-a-la-respiracion-de-la-politica-menor/

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