La revolución de Manchester

Por Paul Mason

Para sobrevivir a las batallas de la década de 2020, la izquierda debe imaginar su propia utopía. ¿Y si imaginamos el futuro de una vieja ciudad obrera como Manchester? ¿Cómo sería una Manchester poscapitalista?

La revolución de Manchester

Imaginemos lo siguiente: un niño nace en una ciudad donde 40% de la fuerza laboral produce objetos utilizando máquinas y trabajo manual. La relación social dominante es la salarial. El contrato social es fuerte y se articula mediante el sistema impositivo. El Estado es el proveedor de la mayoría de los servicios.

60 años más tarde, nace un niño en la misma ciudad. Ahora solo 10% de la población se dedica a la manufactura y de ese porcentaje, la mitad se ocupa de tareas más emparentadas con la ciencia y la computación. Las formas de explotación por el capital son en la actualidad fundamentalmente financieras, y la relación salarial resulta secundaria para la extracción de valor, que se realiza por vía de intereses, fijación monopólica de precios, trabajo subremunerado y explotación de datos de comportamiento. La mayoría de los servicios son provistos a través del mercado.

En el ciclo de vida de 250 años del capitalismo industrial, ese lapso de 60 años ha visto claramente una enorme mutación, impulsada por la tecnología, la globalización y el desarrollo humano. Y su impacto social es evidente.

En los años 60, las calles de la ciudad eran tranquilas durante el día, y los domingos, silenciosas como un cementerio. Existía una clara división entre el trabajo y el ocio. Hoy las calles de esa ciudad vibran con cafés al aire libre; las veredas están llenas de gente que conversa o consulta dispositivos inteligentes mientra camina.

En los años 60, un prominente científico de la ciudad fue perseguido por ser gay en su vida privada. Hoy su rostro se ve en los billetes de 50 libras y la ciudad tiene todo un barrio dedicado a la cultura gay.

La ciudad en cuestión es Manchester, en cuyos alrededores nací en 1960. Famosa por ser la «zona cero» de la Revolución Industrial, la dinámica de su fuerza de trabajo es sorprendente. De una población en edad productiva de 1.760.000 personas, 24% trabaja en el área de finanzas y en servicios profesionales; 20% trabaja en salud, educación y cuidado social; solo 10% se dedica a la producción industrial.

Más allá del carbono y el capitalismo

La pregunta es: ¿cómo se verá Manchester en otros 60 años?

Dentro de 60 años, debería ser totalmente posible automatizar por completo la manufactura y reducir la fuerza laboral en la mayoría de las fábricas a una mínima función de supervisión. Para entonces, deberíamos haber logrado algo más que la mera automatización de los procesos humanos (como en el caso de los robots de la industria automotriz, que efectúan soldaduras de punto como si fuesen humanos gigantes que han consumido speed): los procesos mismos serán en esencia no humanos. Podríamos «hacer crecer» un objeto metálico o imprimirlo, del mismo modo en que hoy las aspas de un turboventilador se forman a partir de un único cristal de metal bajo condiciones similares a las de un laboratorio.

En consecuencia, 95% o más de la fuerza de trabajo se concentraría en servicios, muchos de ellos de persona a persona. Como hemos eliminado la especulación financiera y automatizado muchos procesos financieros –como la banca comercial, el derecho comercial, la contabilidad y los mercados de futuros–, la fuerza de trabajo que trabaja en el área es también pequeña. Pero el número de empleos en salud, cultura, deporte y educación es grande y eclipsa al sector de servicios empresariales, del mismo modo en que hoy eclipsa a la producción industrial.

La mayoría de la gente «trabaja» solo dos o tres días a la semana, y el trabajo es, como hoy, una mezcla de trabajo y ocio. La famosa reprimenda de Karl Marx a Charles Fourier –que el trabajo «no puede convertirse en juego» sino que solo puede reducirse su duración– ha sido refutada. Pero ambos tenían razón: la automatización redujo la duración de la jornada laboral y desdibujó los límites.

No hay monopolios tecnológicos, solo una mezcla de pequeñas y medianas empresas (PyMEs) innovadoras, que obtienen ganancias a la manera tradicional, y servicios de información pública, que solo cobran el costo de producción y mantenimiento.

El cuidado holístico de la salud (que incluye salud mental, fisioterapia y odontología), la educación hasta el nivel universitario y el transporte urbano son gratuitos. El alquiler promedio ronda el 5% del salario promedio (como en la Viena Roja de la década de 1920) y la tasa de interés hipotecario tiene un tope similar.

Para 2080 la ciudad habrá alcanzado hace mucho tiempo su objetivo de cero emisiones netas de carbono y su gobierno progresista estará comprometido con procesos innovadores para eliminar el carbono de la atmósfera e introducir medidas reparadoras en el resto del mundo.

La lucha política y cultural

La siguiente pregunta es: ¿cómo llegamos a eso?

Primero, convertimos los años 2020-2030 en una década de lucha política y cultural de masas para lograr un nuevo tipo de capitalismo. Se formaron gobiernos que suprimieron la actividad financiera especulativa; construyeron un millón de viviendas sociales ecológicamente sostenibles y se comenzó a transformar el inventario habitacional restante en el mismo sentido; subsidiaron la creación de nuevos sistemas de transporte urbano y la eliminación de todos los autos y camiones nafteros y diesel; disolvieron o nacionalizaron los monopolios tecnológicos tomando el registro de datos como propiedad pública; fomentaron en forma deliberada la creación de un gran sector granular sin fines de lucro, que incluye bancos, comercios minoristas, prestadores de salud y cuidado social y centros de producción cultural; y eliminaron toda forma de coerción del sistema de beneficios sociales al fusionar las pensiones estatales y los beneficios en un único ingreso básico y modesto, consagrado como un derecho en la Constitución.

El resultado, para 2030, seguía siendo capitalista. Pero el gobierno había aprendido a medirlo de una manera diferente: no solo calculando el valor agregado bruto sino midiendo también la producción física, las horas trabajadas y la productividad. Si la «ganancia económica total» se dividía en 2020 entre 40% del Estado, 59% del mercado y 1%del sector no lucrativo, entonces para 2030 alrededor de 10% de la economía estaba operando «al costo». El PIB nominal se había estabilizado y comenzaba a achicarse.

Como consecuencia de esto, los mercados financieros habían comenzado a incluir en sus cálculos la supresión de la especulación y el eventual fin del proceso de acumulación de capital. En una palabra, entraron en pánico –ante la perspectiva de un mundo poscarbono y poscapitalista– y el Estado y el Banco Central se vieron forzados a intervenir para salvar, estabilizar y tomar a cargo la infraestructura financiera, lo que llevó al capital especulativo a debilitarse. El rescate total se financió mediante la creación de moneda en el Banco Central y la monetización de la deuda nacional.

La década de 2020 se dirimió como una batalla entre una economía centrada en la ganancia y otra enfocada en la gente y el planeta. El gobierno socialdemócrata radical, reconociendo los peligros de una intervención estatal demasiado rápida y dramática, fomentó deliberadamente el nuevo desarrollo de un sector privado a escala de PyMEs, utilizando la intervención pública y el financiamiento para empujar al empresariado fuera de las operaciones de escaso valor y hacia la innovación tecnológica y social.

El sistema económico mundial, que ya se estaba desintegrando para 2020, no pudo sobrevivir a la adopción simultánea de un poscapitalismo verde por parte de los partidos liberales de izquierda y los socialdemócratas. Para 2030 se había fragmentado en bloques regionales: Europa era el más exitoso, China había adoptado y absorbido la mayor parte de Rusia, y Asia central y América del Norte se habían aglutinado en un mercado relativamente autosuficiente.

Sin embargo, luego de 2030, con la supresión de la globalización financiera, revivió una nueva forma de globalización económica, basada en los viajes, el uso compartido de la información y el comercio de materias primas.

Entre 2030 y 2050 el gobierno municipal de Manchester priorizó agresivamente la idea de una transición justa al estatus de cero emisiones netas de carbono. Operaba como una ciudad-región, reubicando importantes entidades de servicio como universidades, instituciones de investigación y desarrollo y grandes centros de salud en antiguas ciudades industriales antes estancadas.

Para 2040 el centro de la ciudad de Manchester se liberó de vehículos, y bicicletas, tranvías y caminata se transformaron en las formas dominantes de transporte. El racionamiento de los vuelos todavía está vigente, pero hay desarrollos prometedores que involucran una aviación masiva operada a baterías, libre de carbono, por lo que la ciudad decide mantener el aeropuerto de Manchester a pesar de las demandas de los radicales de volver la zona a sus condiciones naturales originales.

En el río Irwell, tan contaminado en 2020 como cuando Friedrich Engels lo contempló desde el puente Ducie, ahora se pueden ver nutrias jugando en las orillas, y río arriba –en algún lugar entre Ramsbottom y Bacup– hay castores. En cuanto a la vida social de la ciudad, es tan diferente de la de hoy como la actual en comparación con la era de posguerra de Ena Sharples y Stan Ogden (personajes de la telenovela Coronation Street, que transcurría en Salford), pero no puedo pronosticar en qué sentido.

Falta de imaginación

Para sobrevivir a las batallas de la década de 2020, la izquierda debe imaginar su propia utopía. Pero lo que es frustrante acerca del enfoque actual para alcanzar la neutralidad en términos de carbono es la absoluta falta de imaginación –entre legisladores, científicos y manifestantes– sobre qué aspecto debería tener la economía como precondición para lograrlo.

En un sentido, el fracaso de la imaginación económica es entendible. La economía como disciplina académica de masas solo despegó durante los últimos 60 años y su postulado clave ha sido que… nada diferente es posible. Pero dado que el mundo se ve hoy forzado a imaginar un capitalismo sin carbono, también debe ser forzado a contemplar una economía sin trabajo compulsivo.

El objetivo es hacer que la economía llegue a ser libre de carbono y circular en términos de recursos, para reducir las horas trabajadas y promover incrementos cuantificables en la salud y la felicidad humanas, para volver a integrar el «cinturón de óxido» suburbano con el centro y encontrar fuentes sustentables de alimento. Es necesario que el diseño y la evaluación de caminos de transición se convierta en una tarea realmente seria.

La ciudad será una unidad primordial en esta transición: es lo suficientemente grande como para operar a escala y al mismo tiempo lo suficientemente pequeña como para que los caminos de transición puedan probarse en diferentes localidades y para que la población pueda sentirse cerca de la toma de decisiones y experimentar de primera mano los resultados.

En 1960, cuando nací, Manchester se veía y se sentía como una versión electrificada de sí misma en el siglo XIX; todavía había chimeneas industriales, calles adoquinadas y fuegos alimentados por carbón. Hoy se siente como si una era hubiera pasado. Para el año 2080, es crucial que se produzca otra transición cualitativa totalmente diferente. Pero ni siquiera comenzará si no podemos imaginarla.

Fuente: IPS-Journal y Social Europe

Traducción: María Alejandra Cucchi

Crisis política en Bolivia: la coyuntura de disolución de la dominación masista

Por Luis Tapia

Fraude y resistencia democrática

Este momento de crisis política es el inicio de la caída del régimen de dominación masista. El 20 de octubre se termina de consumar un fraude electoral que pretendía articular otro momento de legitimación del control del aparato estatal, de la sociedad civil y de los territorios comunitarios indígenas. El MAS ha enfrentado la resistencia ciudadana al proyecto de prolongación de su dominación en el país. El fraude de octubre tiene antecedentes: ha estado preparado por varios momentos de fraude y cancelación de la democracia, siendo el principal el desconocimiento de los resultados del referéndum sobre la reelección de Evo Morales y García Linera en febrero de 2016, cuando el pueblo boliviano votómayoritariamente por el “NO”.

Ante el fraude en las últimas elecciones se articula una gran resistencia, que entra en una primera fase de desobediencia civil y que tiene varias facetas. Primero, se denuncia el fraude a través de trabajos de ciudadanos y de grupos de profesionales que han proporcionado pruebas de la manipulación de los datos. Esto se acompañó de marchas autoconvocadas que ocurrían a diferentes horas del día y en diferentes lugares de todas las ciudades capitales de departamento. Otra faceta de la resistencia al fraude es la del paro cívico, que implicó el bloqueo dentro de las ciudades como resultado de la organización barrial.

Esta resistencia contiene, por un lado, una acumulación de cansancio y rechazo al abuso y al autoritarismo gubernamental. También es una expresión de desobediencia civil, que fue acompañada del despliegue de una capacidad de autoorganización, que en las primeras semanas operó como fuerza de bloqueo a un nuevo intento de prórroga del gobierno de Morales. Luego, esta capacidad de autoorganización se convierte en una forma de resistencia y contención a la fase de despliegue de violencia destructiva que el MAS empieza a desplegar inmediatamente después de la renuncia de Morales, con ataques a las ciudades y las poblaciones, con quema de casas y destrucción de bienes públicos.

Estas formas de organización de la gente a nivel de barrio, incluso por cuadras, ha sido la principal fuerza que ha bloqueado el proyecto de continuidad masista. Esto mucho más en el caso de La Paz, donde no hay un comité cívico que cumpla las tareas de dirección y articulación como ocurre en Potosí, Santa Cruz, Sucre y otros lugares. En un otro nivel los comités cívicos han operado como articuladores de un paro nacional. El espectro político de los comités es heterogéneo; el de Santa Cruz está dirigido por empresarios, como siempre. Los comités de Potosí, Sucre y Oruro están dirigidos por sectores populares: maestros, obreros, entre otros.

Estas fuerzas de la fase de resistencia de las primeras dos semanas posteriores al fraude desembocaron en un motín policial. La policía era una fuerza que estaba siendo movilizada contra la resistencia civil. Los oficiales y la tropa policial entran en un motín y dejan de contribuir a la represión estatal. A esto se aúna el hecho de que el ejército le puso un límite a la intención presidencial de movilizar al ejército para la represión a la resistencia. Los primeros días de despliegue de la resistencia civil hicieron que Morales públicamente declare que iba a contrarrestar las movilizaciones con cerco a las ciudades y que estaba muy confiado porque tenía la fuerza de sus organizaciones sociales y el ejército. Parece que en ese momento el ejército le puso un límite, pues nunca más volvió a hablar de la intervención militar y empezó a desplegar grupos de choque, primero con transportistas en las ciudades y luego de manera más extendida, después de la renuncia del presidente.

Tal renuncia es el resultado de la articulación de esta acumulación de resistencia civil, motín policial y del primer informe de la OEA, que ratifica que hubo un fraude generalizado en todas las fases del proceso electoral. Fue el propio MAS el que había convocado a la OEA a realizar una auditoría, cuyos resultados debían ser vinculantes. Tras los resultados cambia de estrategia, ya que estaba esperando que hubiera un informe favorable de la OEA que lo legitime y a partir de eso reprimir y desarmar los núcleos de resistencia civil, lo cual es imposible porque hemos vivido la fase de mayor movilización política por largas décadas, ya que esto ha ocurrido en muchos casos en todos los barrios de muchas ciudades, en algunas, como La Paz, en una parte importante de la ciudad. Es algo que se ha sostenido por semanas y de manera creciente. Es por eso que una consigna básica era: “¿quién se rinde?, nadie se rinde; ¿quién se cansa?, nadie se cansa…”.

El MAS, entonces, pasa de la táctica de legalización y legitimación por parte de la OEA, a la táctica de denuncia de un supuesto golpe de estado. Primero Evo Morales habla de convocar a nuevas elecciones y pide que se enjuicie a los miembros del órgano electoral que él mismo nombró. Más tarde, él y el vicepresidente renuncian públicamente desde el Chapare y, simultáneamente lanzan un ataque violento a las ciudades. El tono dominante ha sido el de la violencia destructiva y el ataque a la gente, que implicó la muerte de varias personas.

La táctica de denuncia de un supuesto golpe supuso la solicitud de asilo y posterior salida del país, luego la movilización del apoyo internacional articulado por México, Venezuela, Cuba, Nicaragua, Uruguay y otros países, desconociendo el hecho básico del fraude comprobado en Bolivia y por la OEA. A la vez solicitó una reunión del Consejo Permanente de la OEA para desplegar esta estrategia, pero el tiro les salió por la culata, ya que una intervención contundente de la OEA declaraba que se trató de un fraude en todas las fases del proceso electoral y que de ninguna manera se trataba de un golpe de estado en el país, sino de una resistencia democrática, que en las semanas previas había ido documentando el fraude electoral, material que sirvió para la auditoría de la misma OEA.

La táctica del MAS consistía en abandonar el país para dejar el lugar de delincuente que hizo fraude y convertirse en víctima de un supuesto golpe de estado y movilizar sus fuerzas causando terror, destrucción y muerte en las ciudades, de tal manera que sus parlamentarios en el Congreso no acepten su renuncia y viabilicen una vuelta (imposible) del caudillo como salvador y el único que puede restablecer el orden político en el país.

Sucesión constitucional y violencia destructiva del MAS

Las consignas populares democráticas empezaron con la demanda de segunda vuelta por los índices de fraude sobre un margen de la votación que anulaba esta segunda fase en el proceso de elección de gobernantes. Se fue demostrando que el fraude fue mayor, la consigna popular y democrática era la anulación de elecciones. Esta consigna se sostuvo desde la primera semana de resistencia y frente a la reacción reveladora de total autoritarismo del gobierno que amenazaba con cortar el agua, la luz y cercar las ciudades, la consigna se transforma en: renuncia del presidente, y se va generalizando en los días siguientes. En este sentido, la demanda de las movilizaciones democráticas consiste en renuncia del presidente y convocatoria a nuevas elecciones con la conformación de un órgano electoral imparcial y calificado.

La renuncia ya ocurrió, estamos en el momento de la sucesión constitucional. La constitución establece que, ante la renuncia o ausencia de las cabezas de ejecutivo, asume, por orden de prelación, la cabeza del legislativo. Junto a Evo Morales renunció el vicepresidente, la presidenta del senado y el presidente de diputados. Tras las renuncias, la siguiente autoridad en orden de prelación era la senadora Añez, que asume la presidencia de la república debido al abandono de funciones por parte de las principales autoridades del Estado. Este procedimiento ha sido avalado por el tribunal constitucional, elegido por el MAS. De acuerdo con la constitución la nueva mandataria asume de manera transitoria para convocar a nuevas elecciones en un plazo de 90 días.

La primera fase de violencia desatada por el MAS llevó a que la policía se vea rebasada en varios lugares y a que las turbas financiadas y movilizadas por el MAS siembren terror en la población, quemen casas de líderes de la resistencia democrática y de periodistas críticos que se destacaron por la denuncia del fraude; las bases de la policía pidieron la participación de los militares en tareas de defensa de la población y resguardo de instituciones públicas. Según la normativa boliviana, el ejército debe intervenir cuando se produce este tipo de situación para resguardar el orden público. La actual participación del ejército en la contención de una escalada mayor de violencia responde a estos antecedentes y situación; también al hecho de que las acciones violentas desplegadas para bloquear la salida constitucional y forzar el retorno de Morales, se caracterizan por el uso de armas de fuego.

Esta transición se está dando con base a las fuerzas que responden a la configuración del sistema de partidos anterior, fuertemente marcada por el diseño que le imprimió el MAS, es decir, un control monopólico, la eliminación o reducción de la presencia de otras fuerzas de izquierda. Por tanto, lo que queda en el parlamento son las formas de recomposición de la vieja derecha oriental y del centro y centro derecha occidental. Eso es lo que hay en el parlamento y es con ese tipo de fuerzas que se tiene que operar este momento de transición, bajo los parámetros del sistema de partidos existente y del orden constitucional. Esto implica que no había un sistema representativo pluralista que contenga la diversidad de fuerzas existentes en el país, lo cual permitiría ahora la configuración de un gobierno más plural y representativo.

Esta coyuntura que tiene como rasgo dominante el despliegue de la violencia destructiva es también una coyuntura de la revelación del carácter del MAS. Recuerdo algunos momentos de revelación previos. El TIPNIS es la coyuntura de revelación del carácter anti-indígena y anti-comunitario del MAS. El desconocimiento de los resultados del referéndum sobre re- reelección es una coyuntura de explicitación de su carácter antidemocrático. La cumbre agropecuaria del 2015 entre agroindustriales, CSUTCB y el gobierno es un momento de revelación del proyecto burgués y gamonal del MAS que se ha orientado a la promoción de los terratenientes y la burguesía exportadora oriental, que se volvió un aliado fuerte y el beneficiario más importante de la política económica del gobierno saliente. Hoy estamos en un momento de revelación del MAS como fuerza destructiva, que anteriormente operó como una mafia estatal que ha extorsionado, controlado, corrompido y desorganizado la sociedad civil.

Cabe considerar que ya hace varios años, por lo menos desde la coyuntura del TIPNIS, el MAS se ha vuelto un partido de derecha, es la principal fuerza de derecha en el país, por el contenido económico y político del gobierno. En lo económico lo ha sido, básicamente, por el carácter extractivista de su política económica, que implica expansión sobre territorios comunitarios, áreas protegidas y parques nacionales, y la orientación de la inversión pública en la economía en favor de la expansión de la frontera agrícola y los intereses agroindustriales y de los capitales transnacionales en la minería e hidrocarburos, también a favor de los cooperativistas mineros; es decir, expansión capitalista en el núcleo extractivista y flujo del excedente fuera del país.

En lo político el carácter derechista del gobierno del MAS se refiere básicamente a la eliminación de la democracia, en el ámbito del estado al cancelar la autonomía de poderes y cerrar los canales de fiscalización ciudadana, criminalizar la acción de fiscalización, protesta y acción política autónoma, es decir, la reducción de derechos políticos y libertades y una intervención de control corporativo prebendal y reducción de los espacios públicos en el seno de la sociedad civil. En este sentido, en el último tiempo la disputa electoral se despliega en un espectro corrido totalmente hacia la derecha, es decir, entre la nueva derecha masista y las formas de recomposición del viejo bloque dominante en el campo del sistema de partidos.

Por último, una consideración sobre la violencia. Charles Tilly decía que la violencia suele desplegarse sobre todo en dos momentos: cuando hay nuevos sujetos que entran al sistema político y, por lo tanto, despliegan fuerza para posibilitarla, y en los momentos de salida. Cabe diferenciar los tipos de violencia y de despliegue de fuerza. Cuando se trata de la entrada al sistema político esto históricamente ha tenido que ver mucho con luchas por la conquista de derechos y también la resistencia a la represión estatal. En el caso de la violencia que se despliega a la salida del sistema político (que aquí cabría especificar como salida del gobierno) se trata sobre todo de violencia destructiva. Aquellos sujetos que pierden el poder tratan de destruir de manera irracional las condiciones materiales de vida de parte de la población, que es lo que estamos viviendo hoy.

La salida del MAS del gobierno, de manera más amplia, implica la disolución del dominio masista, que ha entrado en la fase de destrucción de los bienes públicos. En la ciudad de El Alto se ha destruido la alcaldía, núcleos policiales, han atacado la universidad pública, el teleférico; también hay destrucción de los bienes familiares y las vidas. Incluso están destruyendo cosas que este gobierno habría montado como infraestructura pública. Este despliegue de la violencia destructiva está generando a su vez la destrucción de su partido, que se revela como fuerza destructiva y autoritaria, lo que está provocando la desarticulación del control que tenían en varios núcleos de la sociedad civil. Algunas centrales obreras departamentales se han deslindado de la línea de la dirección de la COB y se han movilizado como parte de la resistencia democrática. Están ocurriendo rupturas con el MAS en varios núcleos corporativos, como resultado de este despliegue de la violencia y de la evidencia del fraude electoral como forma de continuación en el poder. Es tal la furia por la pérdida del poder que están atacando y destruyendo vidas humanas y bienes públicos, incluso están destruyendo su propio partido.

El MAS, en este momento, despliega un discurso hipócrita que habla de pacificación mientras organiza y despliega su fase más violenta que incluye: hechos vandálicos que crean un régimen de terror en la población, marchas agresivas y, en parte, forzadas por amenazas de quema de casas y otras agresiones, exacerbación instrumental de las diferencias étnicas, culturales y de clase. Lo que busca es mayor enfrentamiento, una escalada de violencia que obligue a una mayor presencia militar y policial con el fin de imponer el retorno de Evo Morales. La táctica de la simulación de un golpe de estado por parte del MAS ha estado orientada a obtener apoyo internacional a la vez que es una nueva muestra de desprecio a la población boliviana sobre la que ha desatado una ola de violencia, que hace imposible que Evo vuelva a gobernar el país legítimamente.

Estos serían algunos rasgos de esta coyuntura de disolución de la dominación masista, que ha entrado en la fase de la violencia destructiva, que se está enfrentando a nuevas capacidades de autoorganización y resistencia social, que incluye de manera central jóvenes y mujeres. El sentido común es la demanda de nuevas elecciones y defensa de la democracia.

Un largo proceso de degradación

Por Silvia Rivera Cusicanqui

Es clave para entender lo que está sucediendo ahora en Bolivia entender, a su vez, el proceso de división creciente y la degradación que durante los gobiernos de Evo Morales sufrieron los llamados movimientos sociales –que fueron el respaldo inicial del presidente– por una izquierda que permitía una sola posibilidad y no permitía la autonomía

Es una historia que comenzó entre 2009 y 2010, aproximadamente, cuando se armó otra forma de gobierno, otra forma de Estado, distinta a la que se venía proponiendo en las bases. Es un Estado crecientemente autoritario, que va a monopolizar el poder y no va a permitir ningún margen de autonomía a las organizaciones.

Este proceso fue deteriorando la relación del gobierno con los movimientos sociales. En 2010 esos malestares se dieron en organizaciones indígenas que adoptaron una posición autónoma y pidieron una mesa en la cumbre de Tiquipaya, una cumbre con la que el oficialismo pretendía mostrar que Evo Morales tenía una actitud de respeto para con la Madre Tierra y la protección de derechos indígenas. Allí, una de las mesas tenía que tratar el tema de la Iniciativa de Integración Regional Sudamericana (Iirsa) y la contaminación minera, y el gobierno se negó a tocar esos temas. Allí estaba planteada la contaminación de los campos y las aguas de riego, que ya estaba produciendo graves problemas, sobre todo en Potosí, Oruro y Huanuni, que se sumó a la patética destrucción y la desaparición del lago Poopó, el segundo más grande del país.


Obviamente, se trata de procesos cuyos orígenes datan de mucho tiempo atrás, pero que estaban siendo promovidos por la intensificación del extractivismo. Este proceso llevó a que se destruyera la noción de tierras comunitarias de origen (Tco), que fueron en su momento la base de la autonomía indígena. A fines de 2010 se dictó un decreto que establece que esas tierras indígenas, además de “originarias”, son “campesinas”, lo que permitió la invasión de parques nacionales por cocaleros, como en el caso del Territorio Indígena y el Parque Nacional Isiboro‑Sécure (Tipnis). Se firmó luego un protocolo de financiamiento, cargado de corrupción, con la constructora brasileña Oas para construir en ese parque una carretera. Es mucho lo que se podría detallar de ese episodio en particular, pero vale recordar que el gobierno optó por reprimir a los indígenas del parque y favorecer la invasión cocalera y la construcción de esa carretera.

Ese fue un momento de quiebre. A partir de entonces y en 2013, el gobierno dio la instrucción de invadir la sede del Consejo Nacional de Ayllus y Markas del Qullasuyu (Conamaq), y se instaló como dirigente, contra los procedimientos indígenas de rotación de las autoridades que allí había, Hilarión Mamani, un empresario minero.

Es un proceso largo, de muchos años, que tiene entre sus últimas manifestaciones el incendio de la Chiquitanía (véase “La otra frontera”, Brecha, 30‑VIII‑19), originado en un decreto del gobierno que alentaba la invasión por colonos del occidente del país de ese ecosistema único. Ya el año pasado se había dado un enorme acercamiento del gobierno con los ganaderos en un plan de exportación de carne a China. Obviamente es mucho más barato quemar el bosque, como habilitaba ese decreto, que traer tractores o retroexcavadoras. Con la sequedad que hay en la Chiquitanía, el fuego se les fue de las manos. Fue una tragedia sin nombre y el más grande detonante de la debacle de Evo Morales.


Luis Fernando Camacho y la derecha que él encabeza viven ahora un momentáneo estrellato, gracias a haber logrado articular diferentes broncas hacia el Mas. Pero la disputa más grande todavía está en la acaparación de tierra y en la expansión de la frontera agrícola, que ha sido pactada entre la derecha y Evo Morales. La derecha no va a deshacer este pacto, no va a entregar a los indígenas la tierra que Evo Morales les arrebató, sino que, con la euforia momentánea de estas horas, está preparando la consolidación de la economía de la soja, del agronegocio, ya empezado con Evo.

Lo que se avecina es un proceso de mucha incertidumbre, de fragilidad institucional, de sabotaje, de liquidación económica. Los masistas van a tratar de dejar un país en ruinas para volver triunfantes. Ha sido un gravísimo error de la clase política prescindir del Mas y darle un viso de ilegalidad a este gobierno. Este gobierno de transición que ahora se ha posesionado nace cojo y manco, no es legítimo. No se puede borrar de un plumazo a un 40 por ciento del electorado. Una cosa es reconocer las fallas del gobierno de Evo Morales y otra es desconocer que efectivamente el Mas tiene un electorado y que ha tenido un papel simbólico muy importante por la dignificación de lo indígena.


Aquí cayó toda la clase política, no sólo Evo Morales. Y hay un vacío de poder porque la gente no ha reconocido aún su propia energía, su propia fuerza organizativa. Lamentablemente, hemos perdido muchos años en esta disputa por el control corporativo de los movimientos y las organizaciones sociales, lo que nos ha dejado fuera de combate en un momento en que la derecha está levantando cabeza y el ejército sigue intacto con todos sus negocios y todas sus empresas dolosas y corruptas. Estamos en una situación muy crítica.

A pesar de todo, en estos últimos años ha habido un reconocimiento y un autorreconocimiento de lo indígena como una fuerza moral. Aunque ha sido, hasta cierto punto, degradado por el gobierno del Mas, en la vida cotidiana se reconoce que lo indígena es valioso en cuanto a idioma, comida, cultura, y formas comunitarias y solidarias. Toda una serie de colectivos está saliendo con la whipala para dejar claro que no vamos a retroceder 17 años. Camacho ha ido al viejo palacio de gobierno, como para decir que no existió este proceso de reconocimiento y autorreconocimiento, para intentar tapar el sol con un dedo. Pero no hay vuelta atrás.

Lo que sí hay es una necesidad imperiosa de reencausar las movilizaciones populares, quitándoles aquellos aspectos muy fuertes de misoginia y autoritarismo fomentados por el gobierno del Mas. La negación de la democracia horizontal de las organizaciones y la degradación de estas están cobrándonos la cuenta en este momento, una cuenta que se llama parálisis y estupor.

En medio de eso, en la lucha contra eso, las mujeres estamos en la primera fila en cuanto a pensamiento y acción. Y en cuanto al dolor que nos produce toda esta situación. Las mujeres estamos en todos lados, articulando formas más locales de democracia y bregando por que la idea de la indignación, la idea del cabildo, la idea del Parlamento de Mujeres se fragmente en miles de parlamentos, miles de cabildos para que podamos deliberar qué país queremos, qué es democracia, qué es ser indígena. ¿Ser indígena es vestir poncho y organizar una gran borrachera? Nosotras, en nuestra posición como mujeres, no lo creemos así. En varios colectivos hemos creado una especie de plataforma para hacer de cada esquina un espacio de deliberación.

Nos vamos a apoyar en la Constitución, una Constitución que ha sido maltratada por el propio gobierno del Mas. Estamos ahorita en la defensa de la Constitución, en la defensa de la whipala, en la defensa de la democracia comunitaria de los ayllus1 y la defensa de las mujeres.

  1. Comunidades tradicionales de los pueblos originarios de la región andina (N de E).

*Historiadora y socióloga boliviana, especializada en las cosmologías quechua y aymara.

La crítica de la democracia burguesa en Rosa Luxemburg

Por Michael Löwy

Nota de edición: En su discusión sobre la democracia, Rosa Luxemburg se separa del optimismo fácil de la religión del progreso democrático: la ilusión en una democratización creciente de las sociedades “civilizadas”. Su posición es poco conocida y a menudo olvidada.

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Son conocidas la defensa de la democracia socialista y la crítica a los bolcheviques en el folleto de Rosa Luxemburg sobre la Revolución Rusa (1918). Lo que es menos conocido, y a menudo olvidado, es su crítica de la democracia burguesa, sus límites, sus contradicciones, su carácter limitado y mezquino. Intentaremos seguir este argumento crítico en algunos de sus escritos políticos, sin ninguna pretensión de exhaustividad.

Debemos partir, para esta discusión, de ¿Reforma o revolución? (1898), uno de los textos fundadores del socialismo revolucionario moderno, en que esta problemática es abordada de un modo más intenso. Este brillante ensayo, obra de una joven casi desconocida en la época, es una síntesis única entre la pasión revolucionaria y la racionalidad discursiva; sembrado de destellos de ironía y de intuiciones fulminantes, sigue teniendo, más de un siglo después, una sorprendente actualidad. Pero no está libre de fallas; ante todo, en la polémica económica con Bernstein, donde se despliega una suerte de fatalismo optimista: la creencia en la inevitabilidad del derrumbe (Zusammenbruch) económico del capitalismo. Dicho sea de paso, es una opinión que se encuentra aún en nuestros días en cantidad de marxistas que anuncian que la actual crisis financiera del capitalismo es “la última” y significa la decadencia definitiva del sistema… Me parece que Walter Benjamin, que conoció la Gran Crisis de 1929 y sus secuelas, formuló la conclusión más pertinente sobre este terreno: “La experiencia de nuestra generación: el capitalismo no morirá de muerte natural” (Benjamin, 2000: 681).

Entretanto, en su discusión sobre la democracia, Rosa Luxemburg se separa del optimismo fácil de la religión del progreso democrático –la ilusión en una democratización creciente de las sociedades “civilizadas” – dominante en su época, tanto entre los liberales como entre los socialistas; ese es, por lo demás, uno de los puntos fuertes de su argumento. Por otro lado, en su análisis de la democracia burguesa, no se encuentra trazo alguno de economicismo; se manifiesta aquí, en toda su fuerza, lo que Lukács llamaba (1923) el principio revolucionario en el terreno del método: la categoría dialéctica de totalidad (Lukács, 1960: 48). La cuestión de la democracia es abordada por Rosa Luxemburg desde la perspectiva de la totalidad histórica en movimiento, donde economía, sociedad, lucha de clases, Estado, política e ideología son momentos inseparables del proceso concreto.

Dialéctica del Estado burgués

El análisis eminentemente dialéctico del Estado burgués y sus formas democráticas por parte de Rosa Luxemburg le permite a esta escapar tanto de las aproximaciones social-liberales (¡Bernstein!), que niegan su carácter burgués, como de las de un cierto marxismo vulgar que no toma en cuenta la importancia de la democracia. Fiel a la teoría marxista del Estado, Rosa Luxemburg insiste sobre su carácter de “Estado de clase”. Pero añade inmediatamente: “hay que tomar esta afirmación, no en un sentido absoluto y rígido, sino en un sentido dialéctico”. ¿Qué quiere decir esto? Por un lado, que el Estado “asume sin duda funciones de interés general en el sentido del desarrollo social”; pero, al mismo tiempo, no lo hace sino “en la medida en que el interés general y el social coinciden con los intereses de la clase dominante”. La universalidad del Estado se ve, entonces, severamente limitada y, en una medida amplia, negada por su carácter de clase (Luxemburg, 1978a: 39).

Otro aspecto de esta dialéctica es la contradicción entre la forma democrática y el contenido de clase: “las instituciones formalmente democráticas no son, en cuanto a su contenido, otra cosa que instrumentos de los intereses de la clase dominante”. Pero ella no se limita a esta constatación, que es un locus clásico del marxismo; no solo no desprecia Luxemburg la forma democrática, sino que muestra que dicha forma puede entrar en contradicción con el contenido burgués: “Existen pruebas concretas de esto: en el momento en que la democracia tiene la tendencia a negar su carácter de clase y a transformarse en instrumento de verdaderos intereses del pueblo, las propias formas democráticas son sacrificadas por la burguesía y por su representación de Estado” (ibíd.: 43). La historia del siglo XX está atravesada de un extremo al otro por ejemplos de ese género de “sacrificio”, desde la Guerra Civil Española hasta el golpe de Estado de 1973 en Chile; no son excepciones, sino antes bien la regla. Rosa Luxemburg había previsto en 1898, con una agudeza impresionante, lo que habría de pasar a lo largo de todo el siglo siguiente.

A la visión idílica de la historia como “Progreso” ininterrumpido, como evolución necesaria de la humanidad hacia la democracia y, sobre todo, al mito de una conexión intrínseca entre capitalismo y democracia, ella opone un análisis sobrio y sin ilusiones de la diversidad de regímenes políticos:

El desarrollo ininterrumpido de la democracia que el revisionismo, siguiendo el ejemplo del liberalismo burgués, toma por ley fundamental de la historia humana, o al menos de la historia moderna, se revela, cuando se lo examina de cerca, como un espejismo. No es posible establecer relaciones universales y absolutas entre el desarrollo del capitalismo y la democracia. El régimen político es en cada ocasión el resultado del conjunto de factores políticos, tanto internos como externos; dentro de esos límites, presenta todos los diferentes grados de la escala, desde la monarquía absoluta hasta la república democrática (ibíd.: 67 y s.).

Lo que ella no podía prever es, claro, el surgimiento de formas de Estado autoritarias aún peores que las monarquías: los regímenes fascistas y las dictaduras militares que se desarrollaron en los países capitalistas –tanto del centro como de la periferia– a lo largo de todo el siglo XX. Pero ella tiene el mérito de ser una de las escasas figuras, en el movimiento obrero y socialista, que desconfiaron de la ideología del Progreso (con una “P” mayúscula), común a los liberales burgueses y a una buena parte de la izquierda, y que pusieron en evidencia la perfecta compatibilidad del capitalismo con formas políticas radicalmente antidemocráticas.

Bernstein, partidario convencido de la ideología del Progreso, cree en una evolución irreversible de las sociedades modernas hacia más democracia y, por qué no, hacia más socialismo. Ahora bien, Rosa Luxemburg observa que “el Estado, es decir, la organización política, y las relaciones de propiedad, es decir, la organización jurídica del capitalismo, se tornan cada vez más capitalistas, y no cada vez más socialistas” (ibíd.: 43). Puede verse, una vez más, que la oposición entre la izquierda y la derecha en la Socialdemocracia corresponde al antagonismo entre la fe en el Progreso ineluctable de los países “civilizados” y la apuesta por la revolución social.

No solo no existe una afinidad particular entre la burguesía y la democracia, sino que a menudo es en lucha contra esta clase que tienen lugar los avances democráticos:

En Bélgica, en fin, la conquista democrática del movimiento obrero, el sufragio universal, es un efecto de la debilidad del militarismo y, en consecuencia, de la situación geográfica y política particular de Bélgica y, sobre todo, ese “bocado de democracia” es adquirido, no por la burgue­sía, sino contra ella (ibíd.: 67).

¿Se trata solo del caso de Bélgica, o más bien de una tendencia histórica general? Rosa Luxemburg parece inclinarse por la segunda hipótesis y considerar que la única garantía para la democracia es la fuerza del movimiento obrero:

El movimiento obrero socialista es hoy en día el único soporte de la democracia; no existe otro. Se verá que no es la suerte del movimiento socialista la que está ligada a la democracia burguesa, sino, inversamente, que la suerte de la democracia está ligada al movimiento socialista. Se constatará que las oportunidades de la democracia no están ligadas al hecho de que la clase obrera renuncia a la lucha por su emancipación, sino, al contrario, al hecho de que el movimiento socialista sea lo bastante poderoso para combatir las consecuencias reaccionarias de la política mundial y de la traición de la burguesía.

Aquel que desee el fortalecimiento de la democracia deberá desear igualmente el fortalecimiento, y no el debilitamiento, del movimiento socialista; renunciar a la lucha por el socialismo es renunciar, al mismo tiempo, al movimiento obrero y a la propia democracia (ibíd.: 70).

En otros términos, la democracia es, a ojos de Rosa Luxemburg, un valor esencial que el movimiento socialista debe poner a salvo de sus adversarios reaccionarios, entre los cuales se encuentra la burguesía, siempre dispuesta a traicionar sus proclamas democráticas si sus intereses lo exigen. Hemos visto anteriormente ejemplos de esta sobria constatación. ¿Qué quiere decir la referencia a las “consecuencias reaccionarias de la política mundial”? Se trata, sin duda, de una referencia a las guerras imperialistas y/o coloniales, que no dejarán de reducir o suprimir los avances democráticos de los países en conflicto. Volveremos luego sobre esta problemática.

La sorprendente afirmación según la cual la suerte de la democracia está ligada a la del movimiento obrero y socialista ha sido también confirmada por la historia de las décadas siguientes: la derrota de la izquierda socialista –a causa de sus divisiones, de sus errores o de su debilidad– en Italia, en Alemania, en Austria, en España ha conducido al triunfo del fascismo, con el apoyo de las principales fuerzas de la burguesía, y a la abolición de toda forma de democracia, durante largos años (en España, durante décadas).

La relación entre el movimiento obrero y la democracia es eminentemente dialéctica: la democracia tiene necesidad del movimiento socialista, y vicecersa; la lucha del proletariado tiene necesidad de la democracia para desarrollarse:

La democracia es quizás inútil, o incluso molesta para la burguesía hoy en día; para la clase trabajadora, es necesaria e incluso indispensable. Es necesaria porque crea las formas políticas (autoadministración, derecho al sufragio, etcétera) que servirán al proletariado de trampolín y de apoyo en su lucha por la transformación revolucionaria de la sociedad burguesa. Pero es también indispensable porque solo luchando por la democracia y ejerciendo sus derechos tomará conciencia el proletariado de sus intereses de clase y de sus misiones históricas (ibíd.: 76).

La formulación de Rosa Luxemburg es compleja. En un primer momento, ella parece afirmar que es gracias a la democracia que la clase trabajadora puede luchar para transformar la sociedad. ¿Querría decir eso que, en los países no democráticos, esta lucha no es posible? Al contrario, insiste la revolucionaria polaca; es en la lucha por la democracia que se desarrolla la conciencia de clase. Ella piensa sin duda en países como la Rusia zarista –comprendida en ella Polonia–, donde la democracia aún no existe, y donde la conciencia revolucionaria se despierta precisamente en el combate democrático. Es lo que se vería pocos años más tarde, en la revolución rusa de 1905. Pero ella también piensa, probablemente, en la Alemania Guillermina, donde la lucha por la democracia estaba lejos de hallarse concluida y encuentra en el movimiento socialista a su principal sujeto histórico. En todo caso, lejos de despreciar las “formas democráticas”, que distingue de su instrumentación y manipulación burguesas, ella asocia estrechamente el destino de aquellas al del movimiento obrero.

¿Cuáles son, entonces, las formas democráticas importantes? En 1898, ella menciona sobre todo tres: el sufragio universal, la república democrática, la autoadministración; más tarde –por ejemplo, a propósito de la Revolución Rusa en 1918–, ella agregará las libertades democráticas: libertad de expresión, de prensa, de organización. ¿Y qué del Parlamento? Rosa Luxemburg no rechaza la representación democrática en cuanto tal, pero desconfía del parlamentarismo en su forma actual: lo considera “un instrumento específico del Estado de clase burgués; un medio para hacer que maduren y se desarrollen las contradicciones capitalistas” (ibíd.: 43). Ella volverá sobre este debate pocos años más tarde, en artículos polémicos contra Jaurès y los socialistas franceses, a los que ella acusa de querer llegar al socialismo pasando por el “pantano apacible […] de un parlamentarismo senil” (Luxemburg, 1971b: 223). La degradación de esta institución se revela en la sumisión al poder ejecutivo: “La idea, en sí misma racional, de que el gobierno no debe dejar de ser el instrumento de la mayoría de la representación popular, es transformado en su contrario por la práctica del parlamentarismo burgués, a saber: la dependencia servil de la representación popular respecto de la supervivencia del gobierno actual” (ibíd.: 228). Ella saluda, en este contexto, a los socialistas revolucionarios franceses, que comprendieron que la acción legislativa en el Parlamento –útil para arrebatar algunas leyes favorables para los trabajadores– no puede sustituir a la organización del proletariado para conquistar, a través de medios revolucionarios, del poder político.

Reaparecen argumentos análogos en un ensayo de 1904 sobre “La Socialdemocracia y el parlamentarismo”. Con la ironía mordaz que torna tan eléctricas sus polémicas, ella cuestiona el “cretinismo parlamentario”, es decir, la ilusión según la cual el parlamento es el eje central de la vida social y la fuerza motriz de la historia universal. La realidad es totalmente diferente: las fuerzas gigantescas de la historia mundial actúan muy bien fuera de las cámaras legislativas burguesas. Lejos de ser el producto absoluto del Progreso democrático, el parlamentarismo es una forma histórica determinada de la dominación de clase burguesa. Al mismo tiempo, en un movimiento dialéctico –Rosa Luxemburg cita a Hegel–, con el ascenso del movimiento socialista, el Parlamento puede devenir en “uno de los instrumentos más poderosos e indispensables de la lucha de clases” obrera, en cuanto tribuna de las masas populares; un lugar de agitación para el programa de la revolución socialista. Pero no se podrá defender eficazmente la democracia, y al propio Parlamento, contra las maquinaciones reaccionarias sino a través de la acción extraparlamentaria del proletariado. La acción directa de las masas proletarias “en la calle” –por ejemplo, bajo la forma de la huelga general– es la mejor defensa de cara a las amenazas que pesan sobre el sufragio universal. En suma, el desafío, para los socialistas, es convencer a “las masas trabajadoras de que cuenten cada vez más con sus propias fuerzas y su acción autónoma y de que ya no consideren las luchas parlamentarias como el eje central de la vida política” (Luxemburg, 1978c: 25, 29, 34-36). Volveremos sobre esto.

Las contradicciones de la democracia burguesa: militarismo, colonialismo

Las democracias burguesas “realmente existentes” se caracterizan por dos dimensiones profundamente antidemocráticas, estrechamente ligadas: el militarismo y el colonialismo. En el primer caso, se trata de una institución, el ejército, de carácter jerárquico, autoritario y reaccionario, que constituye una suerte de Estado absolutista en el seno del Estado democrático. En el segundo, se trata de la imposición, por la fuerza de las armas, de una dictadura a los pueblos colonizados por los imperios occidentales. Como recuerda Rosa Luxemburg en ¿Reforma o revolución?, su carácter de clase obliga al Estado burgués, incluso democrático, a acentuar cada vez más su actividad coercitiva en dominios que solo sirven a los intereses de la burguesía: “a saber, el militarismo y la política aduanera y colonial” (Luxemburg, 1978a: 42). La denuncia de esta “actividad coercitiva”, militarista e imperialista, será uno de los ejes de la crítica de Rosa Luxemburg al Estado burgués.

Desde el punto de vista capitalista,

el militarismo actualmente se ha vuelto indispensable desde tres puntos de vista: 1) sirve para defender intereses nacionales en competencia contra otros grupos nacionales; 2) constituye un dominio de inversión privilegiado, tanto para el capital financiero como para el capital industrial; y 3) le es útil en el interior para asegurar su dominación de clase sobre el pueblo trabajador […]. Dos rasgos específicos caracterizan al militarismo actual: primero, su desarrollo general y concurrente en todos los países; se diría que se ve impulsado a crecer por una fuerza motriz interna y autónoma: fenómeno desconocido todavía hace algunas décadas; segundo, el carácter fatal, inevitable de la explosión inminente, aunque se ignoren tanto la ocasión que la desencadenará como los Estados que serán afectados en primera instancia, el objeto del conflicto y todas las demás circunstancias (ibíd.: 41).

Como se ve, Rosa Luxemburg había previsto, en 1898, una guerra mundial suscitada por la competencia entre potencias capitalistas nacionales y por la dinámica incontrolable del militarismo. Es una de esas intuiciones fulgurantes que atraviesan el texto de ¿Reforma o revolución?, aun cuando, desde luego, ella no podía prever las “circunstancias” del conflicto.

Militarismo en el plano interno y expansión colonial en el externo están estrechamente ligados y conducen a una decadencia, una degradación, una degeneración de la democracia burguesa:

A causa del desarrollo de la economía mundial, del agravamiento y la generalización de la competencia por el mercado mundial, el militarismo y la supremacía naval, instrumentos de la política mundial, se han convertido en un factor decisivo de la vida exterior e interior de los grandes Estados. Entretanto, si la política mundial y el militarismo representan una tendencia ascendente de la fase actual del capitalismo, la democracia burguesa debe ahora lógicamente entrar en una fase descendente. En Alemania, la era de los grandes armamentos, que data de 1893, y la política mundial inaugurada por la toma de Kiao-chou han tenido como compensación dos sacrificios pagados por la democracia burguesa: la descomposición del liberalismo y el pasaje del Partido de Centro desde la oposición al gobierno (ibíd.: 69).

A lo largo del siglo XX, habría de asistirse a otros “sacrificios” de la democracia, exigidos por el militarismo –tanto en Europa (España, Grecia) como en América Latina– mucho más graves y dramáticos que los ejemplos aquí citados. Sin embargo, el análisis de Rosa Luxemburg es más amplio: ella se da cuenta de que el peso creciente del ejército en la vida política de las democracias burguesas se deriva, no solo de la competencia imperialista, sino también de un factor interno a las sociedades burguesas: la escalada de las luchas obreras. En un artículo antimilitarista de 1914, ella pone en evidencia dos tendencias profundas que fortalecen la preponderancia de las instituciones militares en los Estados burgueses.

Esas dos tendencias son, por un lado, el imperialismo, que conlleva un aumento masivo del ejército, el culto de la violencia militar salvaje y una actitud dominante y arbitraria del militarismo de cara a la legislación; por el otro, el movimiento obrero, que conoce un desarrollo igualmente masivo, acentuando los antagonismos de clase y provocando la intervención cada vez más frecuente del ejército contra el proletariado en lucha (Luxemburg, 1978d: 41).

Esta “violencia militar salvaje” se ejerce, en el cuadro de las políticas imperialistas, ante todo sobre los pueblos colonizados, sometidos a una brutal opresión que no tiene nada de “democrática”. La democracia burguesa produce, en su política colonial, formas de dominación autocrática, dictatorial. La cuestión del colonialismo es evocada, pero poco desarrollada en ¿Reforma o revolución? Pero poco después, en un artículo de 1902 sobre la Martinica, Rosa Luxemburg denunciará las masacres del colonialismo francés en Madagascar, las guerras de conquista de los Estados Unidos en Filipinas o de Inglaterra en África; finalmente, las agresiones contra los chinos cometidas, de común acuerdo, por franceses e ingleses, rusos y alemanes, italianos y estadounidenses (cf. Luxemburg, 1970: 250 y s.).

Ella volverá a menudo sobre los crímenes del colonialismo, en particular, en La acumulación del capital (1913). Retomando el hilo de la crítica implacable de la política colonial en el capítulo sobre la acumulación originaria en el volumen I de El capital, ella observa entretanto que no se trata de un momento “inicial”, sino de una tendencia permanente del capital: “Aquí no se trata ya de una acumulación originaria; el proceso continúa hasta nuestros días. Cada expansión colonial va necesariamente acompañada de esta guerra obstinada del capital contra las condiciones sociales y económicas de los indígenas, así como del saqueo violento de sus medios de producción y de su fuerza de trabajo” (Luxemburg, 1990: 318 y s.). De esto se derivan la ocupación militar permanente de las colonias y la represión brutal de sus insurrecciones, cuyos ejemplos clásicos son el colonialismo inglés en la India y el francés en Argelia. De hecho, esta acumulación originaria permanente prosigue hoy en día, en el siglo XXI, con métodos distintos, pero no menos feroces que los del colonialismo clásico.

Rosa Luxemburg menciona también, en La acumulación del capital, el caso concreto de lo que se podría llamar el colonialismo interno de la mayor democracia burguesa moderna, los Estados Unidos: con ayuda del ferrocarril, en el marco de la gran conquista del Oeste, se expulsó y exterminó a los indígenas con armas de fuego, aguardiente y sífilis, y se encerró a los supervivientes, como a bestias salvajes, en “reservas” (cf. ibíd.: 344, 350). Otro ejemplo trágico de las contradicciones de la “democracia burguesa”.

Democracia y conquista del poder: el golpe de martillo de la revolución

Volvamos a ¿Reforma o revolución? para examinar ahora la problemática de la relación entre democracia y conquista del poder. Bernstein y sus amigos “revisionistas” creían en la posibilidad de cambiar la sociedad gracias a reformas graduales, en el marco de las instituciones de la democracia burguesa; ante todo, el Parlamento, donde la Socialdemocracia podría un día tornarse mayoritaria. Por las razones que mencionamos más arriba, Rosa Luxemburg no puede menos que rechazar esta estrategia:

Marx y Engels jamás pusieron en duda la necesidad de conquista del poder político por parte del proletariado. Estaba reservado a Bernstein considerar el estanque de ranas del parlamentarismo burgués como el instrumento llamado a realizar el cambio social más formidable de la historia, a saber: la transformación de las estructuras capitalistas en estructuras socialistas (Luxemburg, 1978a: 77).

Esta conquista revolucionaria del poder será democrática, no porque se realizará en el marco de las instituciones de la democracia burguesa, sino porque será la acción colectiva de la gran mayoría popular: “Es esa toda la diferencia entre los golpes de Estado al estilo blanquista, ejecutados por ‘una minoría activa’, provocados en cualquier momento y, de hecho, siempre de manera inoportuna, y la conquista del poder político por parte de la gran masa popular consciente” (ibíd.: 78).

Continuando su polémica, ella ironiza respecto de la línea reformista de Bernstein y sugiere un argumento capital para justificar la necesidad de una acción revolucionaria:

Fourier había tenido la ocurrencia fantástica de transformar, gracias al sistema de los falansterios, toda el agua de los mares del globo en limonada. Pero la idea de Bernstein de transformar, vertiendo progresivamente botellas de limonada reformistas, el mar de la amargura capitalista en el agua dulce del socialismo, es tal vez más banal, pero no menos fantástica.

Las relaciones de producción de la sociedad capitalista se aproximan cada vez más a las relaciones de producción de la sociedad socialista. Como revancha, sus relaciones políticas y jurídicas erigen, entre la sociedad capitalista y la sociedad socialista, un muro cada vez más alto. Ese muro no solo no será echado por tierra por las reformas sociales ni por la democracia, sino que, al contrario, estas lo reafirman y consolidan. Lo que podrá derribarlo es solo el golpe de martillo de la revolución, es decir, la conquista del poder político por parte del proletariado (ibíd.: 44).

La imagen del “golpe de martillo” hace pensar inmediatamente en la afirmación de Marx en sus escritos sobre la Comuna de París (1871), en los que hace referencia a la necesidad, por parte del proletariado revolucionario, de “quebrar” el aparato de Estado capitalista. La idea es esencialmente idéntica, aun cuando Rosa Luxemburg no cita esos textos de Marx. Ese “golpe de martillo” se torna aún más indispensable cuando se considera el papel creciente del militarismo y del ejército en el sistema político. ¿En qué consiste concretamente? ¿Por qué medios puede realizarse esta conquista del poder? ¿Qué estrategia o táctica revolucionarias propone Rosa Luxemburg? No es un tema desarrollado en ¿Reforma o revolución?, pero aquí y allá ella da a entender que los métodos revolucionarios “clásicos” –la insurrección, las barricadas– no deben ser excluidos. Ahora, no solo los revisionistas, sino también la dirección del Partido Socialdemócrata alemán se refirieron con insistencia al prefacio escrito por Friedrich Engels en 1895 a la reedición de la obra de Marx La lucha de clases en Francia entre 1848 y 1850 (1850); en ese texto, el viejo dirigente parece considerar que esos métodos de lucha se volvieron obsoletos a raíz de los progresos del arte militar –los cañones y los fusiles modernos–, que conceden ventaja al ejército.

De hecho, el texto original de Engels era mucho menos categórico; la versión publicada fue considerablemente “edulcorada” por la dirección del partido (algo que ignoraba Rosa Luxemburg). De hecho, Engels se mostró indignado ante esta manipulación; en una carta a Kautsky del 1° de abril de 1895, escribió: “para mi sorpresa, veo hoy en el Vorwärts un extracto de mi introducción reproducida sin mi consentimiento, y dispuesto de tal manera que aparezco en él como un pacífico adorador de la legalidad a todo precio. Por ende, desearía tanto más que la introducción aparezca sin recortes en Neue Zeit, a fin de que sea borrada esta impresión vergonzosa”. Friedrich Engels murió algunos meses después; el texto íntegro jamás apareció en Neue Zeit ni, por supuesto, en la reedición del libro de Marx. Fue preciso esperar a la Revolución de Octubre para que fuera, por fin, publicado en la década de 1920 (cf. Bottigelli, 1948). He aquí la respuesta de Rosa Luxemburg al argumento “legalista”:

Cuando Engels, en el prefacio a La lucha de clases en Francia, revisaba la táctica del movimiento obrero moderno, oponiendo a las barricadas la lucha legal, no tenía en vita –y cada línea de este prefacio lo demuestra– el problema de la conquista definitiva del poder político, sino el de la lucha cotidiana actual. No analizaba la actitud del proletariado de cara al Estado capitalista en el momento de la toma del poder, sino su actitud en el marco del Estado capitalista. En una palabra, Engels daba las directivas al proletariado oprimido, y no al proletariado victorioso (Luxemburg, 1978a: 75 y s.).

De hecho, su interpretación es muy discutible… ¡No se trata, en Engels, del papel de las barricadas en la “lucha cotidiana actual”! Lo que resulta interesante, en este pasaje, es la actitud de la autora de ¿Reforma o revolución? frente a la cuestión de los métodos de lucha “armada”, “insurreccional”, “ilegal” –métodos tradicionales de las revoluciones, desde 1789 a 1871–, que ella se niega a excluir del arsenal político del proletariado. Ella no estaba equivocada, pues todos los combates revolucionarios del siglo XX, victoriosos o vencidos –las dos Revoluciones Rusas (1905, 1917), la Revolución Mexicana (1910-19), la Revolución Alemana (1918-19), la Revolución Española (1936-37) y la Revolución Cubana (1959-61), para no citar otros ejemplos– hicieron uso de esos métodos “ilegales” y “extraparlamentarios”.

Pero el método revolucionario que cuenta con el favor de Luxemburg es, como se sabe, la huelga de masas, esa “forma natural y espontánea de toda gran acción revolucionaria del proletariado”. De hecho, se trata de un movimiento en el cual se multiplica una gran diversidad de iniciativas de lucha: huelgas económicas y políticas, huelgas de manifestación o de combate, huelgas de masas y huelgas parciales, luchas reivindicativas pacíficas o batallas en las calles, combates de barricadas, “un océano de fenómenos, eternamente nuevos y fluctuantes”. Ciertamente, la huelga de masas “no reemplaza ni vuelve superfluos los enfrentamientos directos y brutales en la calle”; con todo, la experiencia rusa de 1905 muestra que “el combate de barricadas, el enfrentamiento directo con las fuerzas armadas del Estado, no constituye, en la revolución actual, otra cosa que el punto culminante, que una fase del proceso de la lucha de masas proletaria” (Luxemburg, 1976: 127 y s.; 154). El enfrentamiento no es eliminado, sino situado en el “punto culminante” de la lucha, lo que le concede, evidentemente, un papel importante.

Rosa Luxemburg volverá sobre este texto de Engels –en su versión edulcorada por la dirección del Partido Socialdemócrata Alemán, la única conocida en su época–, que decididamente la incomoda, en su discurso durante el Congreso Fundacional del Partido Comunista Alemán (Spartakusbund) en diciembre de 1918. Esta vez, no se trata de pretender, como en 1898, que la “Introducción” de 1895 no se refiere sino a la “lucha cotidiana actual”: “Con todos los conocimientos de especialistas de que disponía en el dominio de la ciencia militar, Engels les demuestra aquí […] que es perfectamente vano creer que el pueblo trabajador puede hacer revoluciones en las calles y salir victorioso”. Él estaba equivocado, y este documento ha servido, observa ella, para reducir la actividad del Partido exclusivamente al terreno parlamentario. Sin excluir una “utilización revolucionaria de la Asamblea Nacional” como tribuna, ella ve en la toma del poder por parte de los consejos de obreros y soldados, como en Rusia en octubre de 1917, el camino a seguir (cf. Luxemburg, 1978b: 106-108).

Rosa Luxemburg no proporciona recetas; ella apuesta a la inventiva del movimiento revolucionario; se limita a esta sobria constatación: la democracia es indispensable, no porque ella vuelve inútil la conquista del poder político por parte del proletariado; al contrario, ella vuelve necesaria y al mismo tiempo posible esta toma del poder”. Ahora bien, esta conquista del poder pasa por una ruptura institucional, por un proceso radical de subversión, capaz de derribar el muro jurídico y político del Estado capitalista: el “golpe de martillo” de la revolución.

Democracia socialista y democracia burguesa (1918)

No vamos a discutir aquí la cuestión de la democracia en el socialismo, que escapa a nuestra temática; lo que nos interesa aquí es lo que escribe Rosa Luxemburg en su texto sobre la Revolución Rusa a propósito de la democracia burguesa. Es importante subrayar que, en el manuscrito de 1918, la crítica fraternal de los errores de los bolcheviques en el terreno de la democracia no significa de ningún modo la adhesión de Rosa Luxemburg a la democracia burguesa. Se dice explícitamente: la tarea histórica del proletariado es “crear, en lugar de la democracia burguesa, una democracia socialista”. Veamos de más cerca su argumento, en polémica con Trotsky:

“En cuanto marxistas, jamás hemos sido idólatras de la democracia formal” escribe Trotsky. Seguramente, jamás hemos sido idólatras de la democracia formal. Pero tampoco del socialismo y del marxismo; jamás hemos sido idólatras. ¿Se infiere de esto que tengamos el derecho, a la manera de Cunow-Lensch-Parvus, de deshacernos del socialismo o del marxismo cuando nos incomodan? Trotsky y Lenin son la negación viva de esta cuestión.

Jamás hemos sido idólatras de la democracia formal; esto no quiere decir sino una cosa: siempre hemos distinguido el núcleo social de la forma política de la democracia burguesa; siempre hemos desenmascarado el duro núcleo de desigualdad y de servidumbre social que se oculta bajo el dulce envoltorio de la igualdad y de la libertad formales, no para rechazarlo, sino para incitar a la clase obrera a no contentarse con ese envoltorio y, por el contrario, conquistar el poder político a fin de llenarlo de un contenido social nuevo. La tarea histórica que incumbe al proletariado, una vez en el poder, es crear, en lugar de la democracia burguesa, la democracia socialista, y no suprimir toda democracia (Luxemburg, 1971a: 87 y s.).

Rosa Luxemburg retoma aquí la distinción “clásica”, ya formulada en ¿Reforma o revolución?, entre la forma democrática, la igualdad y la libertad formales, y el contenido burgués, la desigualdad y el liberticidio; pero esta vez ella afirma claramente la solución: ni democracia burguesa, ni dictadura de una élite revolucionaria, sino una democracia socialista con un contenido social nuevo.

Rosa Luxemburg había previsto, ya en 1914, “la intervención del ejército contra el proletariado en lucha”. Como se sabe, en enero de 1919, Leo Jogisches, Karl Liebknecht y muchos otros espartaquistas serán asesinados, víctimas de esta “violencia militar salvaje” que ella había denunciado; eso tuvo lugar en el marco de una respetable democracia (burguesa) constitucional. Lo que Rosa Luxemburg no había previsto siquiera en sus peores pesadillas era que esos asesinatos políticos a manos de militares contrarrevolucionarios tendrían lugar bajo la égida de un gobierno dirigido por el Partido Socialdemoócrata Alemán…

Bibliografía

Benjamin, Walter, Paris, capitale du XIXème siècle. Le Livre des Passages. París: Ed. Du Cerf, 2000.

Bottigelli, Émile, “Avertissement”. En: Marx, Karl, La Lutte de Classes en France 1848-1850. París: Editions Sociales, 1948, pp. 9-20.

Lukacs, György, Histoire et Conscience de Classe) (1923). París: Ed. de Minuit, 1960.

Luxemburg, Rosa, Rosa Luxemburg, “Martinique” (1902). En: –, Gesammelte Werke 1/2. Berlín: Dietz, 1970.

–, “La Révolution Russe” (1918). En: –, Oeuvres II (écrits politiques 1917-1918). París: Maspero, 1971 [1971a].

–, Le Socialisme en France 1898-1912. Presentación de Daniel Guérin París: Belfond, 1971 [1971b].

–, “Grève de masses, parti et syndicat” (1906). Trad.: Irène Petit. En: –, Œuvres I. París: Maspero, 1976.

–, “Réforme ou Révolution?” (1898). Trad.: Irène Petit. En: –, Œuvres I. París: Ed. Maspero, 1978 [1978a].

–, “Notre programme et la situation politique” (1918), Œuvres I [1978b].

–, “Social-démocratie et parlementarisme” (1904). En: –, L’Etat bourgeois et la Révolution. Compil. de Carlos Rossi. París: Petite collection La Brèche, 1978 [1978c].

–, “Le revers de la médaille” (abril de 1914). En: –, L’Etat bourgeois et la révolution [1978d].

–, Die Akkumulation des Kapitals (1913). En: –, Gesammelte Werke 5. Berlín: Dietz, 1990.

Notas:

** “Le coup de marteau de la révolution”. La critique de la démocratie bourgeoise chez Rosa Luxemburg”. Artículo enviado por el autor para su publicación en este número de Herramienta. Trad. de Silvia N. Labado.

* * Michael Löwy es Director de investigación emérito en el Centre National de la Recherche Scientifique (Centro Nacional de Investigación Científica); fue profesor en la École des Hautes Études en Sciences Sociales (Escuela de Altos Estudios en Ciencias Sociales). Sus obras fueron publicadas en 24 idiomas. Ediciones Herramienta y El Colectivo publicaron, en 2010, su libro La teoría de la revolución en el joven Marx y en 2011, Ecosocialismo, la alternativa radical a la catástrofe ecológica capitalista. Es miembro del Consejo Asesor de la Revista Herramienta, donde ha realizado numerosas contribuciones. Fue publicado recientemente en Ediciones Herramienta su libro, escrito en colaboración con Olivier Besancenot, Afinidades revolucionarias. Nuestras estrellas rojas y negras. Por una solidaridad entre marxistas y libertarios (2018) .

Publicado originalmente en el nº 62 de la revista Herramienta, invierno 2019

Fuente: https://www.elviejotopo.com/topoexpress/la-critica-de-la-democracia-burguesa-en-rosa-luxemburg/

Elogio de la Primera Línea[1]

por Santiago de Arcos-Halyburton

 

La Primera Línea es la línea que separa la paz multitudinaria de su paz, la paz del orden y el miedo. Existe una pacificación de los cuerpos, una muerte del deseo y es procurada mediante la imposición violenta del modo de vida neoliberal: violencia y más violencia. Los créditos de consumo, el CAE, inmobiliarios, la comida comprada al debo en los supermercados; la especulación inmobiliaria; el transporte público concebido como una maquinaria medieval de tortura; la salud para que los pobres mueran en las salas de espera y la educación para los que patean piedras en las esquinas libertarias de los barrios pobres y las poblaciones.

La Primera Línea es la ruptura definitiva con el orden, no es aséptica ni bien portada, por el contrario, es sudorosa, tan fea como la marginalidad que viven los jóvenes que la componen, los pobres, esos que han sido marginados completamente del mercado de la educación o el trabajo. Pero ellos son la creatividad que cuestiona el orden capitalista, el del partido, al Frente Amplio. Son la violencia como autodefensa y también como ataque, por qué no? Por qué no se puede pasar a la ofensiva?

La violencia en una manifestación es el concierto de los muchos que quiere trastocar todo, debería ser una declaración de guerra al orden y a la paz que nos impone el capital, la paz de la subordinación a la violencia estatal-público-privada. Somos explotados por diferentes circuitos de valorización, y esa violencia es ejercida día a día sobre nuestros cuerpos, sobre nuestros deseos de vivir.

Cuando se condena la violencia, venga de donde venga, solo se está apelando a la pacificación de los cuerpos revoltados, se exige que esos cuerpos acepten un concordato de reformas, una mediación frenteamplista entre la subversión del orden constituida por la multitud y el capital. Esa mediación es destruida por la Primera Línea, materialmente, haciendo estallar por los aires ese concepto de pacificación, esa mistificación, posibilitando construir la comunidad que deseamos.

El Frente Amplio, los Boric, los Jackson, las Beatriz Sánchez y los Carlos Ruiz, gozan su presente cattivo, su pasión triste y espuria, sus acuerdos aún pueden ser peores para la multitud. Son obsecuentes con el poder, obedientes con el capital, genuflexos ante las instituciones que la banca y las finanzas han construido para salvaguardar su Estado. Otros hablan estúpidamente, desde una revista que se llama a sí misma “una revista de izquierda”, sobre la necesidad de “la herramienta partidaria necesaria para impulsar de manera radical la lucha con un programa que sintetizara las demandas históricas de estas dos décadas de lucha (…)”, sin querer entender que las movilizaciones son también contra toda representación, contra toda mediación burocrática por mas revolucionaria que diga ser (ya vemos en lo que terminan estos “progresismos”…firmando junto a Kast un acuerdo de pacificación de las luchas). Lo hacen, además, analizando desde la óptica del obrero masa fordista, desde la posibilidad de un keynesianismo imposible, su lucha es por un estado benefactor que, of course, nos lleve a Monte Caramelo del capitalismo de estado, algún día, Gulag mediante; no quieren darse cuenta de que el capitalismo cognitivo destruyó esa figura transformando la fábrica en una fábrica difusa, diseminando a todos los rincones de la vida la producción de plusvalía, creando al mismo tiempo una diseminación del proletariado a toda la ciudad, subsunción real del capital le llamaba Marx; estos piensan en el orden, en el control sobre los cuerpos deseantes, de los que ellos denominan subalternos, eso somos para ellos…guiables, sodomisables… pero no alcanzan a captar el momento de movilización productiva de los pobres, que la violencia desatada en las calles,  en estos días, ES el crisol donde se funde el poder constituyente de los comuneros en lucha, un contrapoder que viene a destruir todo mando, toda representación, al plantearse las luchas como una asamblea que legisla en el instante. Su llamado es a colonizar las luchas, ejercer control sobre los “inorgánicos”. Pues bien, entiendan de una vez que es contra ese control que también se dan las luchas, las mujeres, los jóvenes, los que sobran, esos que rompen esquinas en las poblaciones y a quienes el capital no ha dejado más espacio de socialización que las bandas de narcos y las drogas…entiendan que es la potencia plebeya de la multitud, es el sudor de los cuerpos morenos y de cabellos negros la que estalla en cada pedrada, en cada rostro encapuchado.

Estos días hemos gozado, sí, gozado de la protección de la Primera Línea, de su energía que como un dinamo nos envuelve en su potencia, nos contamina de su afecto que impulsa la resistencia radical en la lucha que se descoloniza, abriendo una nueva brecha, no solo en los muros del poder, sino que también en los muros de la representación. Ellos, la Primera Línea, son una potencia de vida, que establece un común de barricada, un afecto, el deseo de lanzarse al albur de la travesía que significa la acción directa. Ellos, los capuchas, son el mayor obstáculo que esta “izquierda”,  bien portada y bien pensante, tiene para apropiarse de la potencia constituyente de la multitud, porque la consideran peligrosa, demasiado autónoma de sus fumaderos del opio partidario.

La Primera Línea es insumisa, móvil, son las mil flores en acción que se agencian en una lucha liberadora que ha roto con las banderas y sus desfiles anodinos, la capucha aterroriza al poder, no negocia, es derrotada o triunfa, no puede ser usada, ni representada, es la multitud en sí y para sí, una amenaza viva para las dirigencias burocráticas.

En la Primera Línea, si bien hay rabia, no existe el odio, ellos son la expresión del afecto, del amor que explota y lo inunda todo cuando la violencia se transforma en un acto de acción colectiva contra el capital y sus representantes.

 

Notas

[1] Primera Línea es el nombre que toma en Chile, a partir de las movilizaciones de octubre de 2019, el Black Bloc, con características diferentes del europeo y muy cercano a los agenciamientos brasileños y al del movimiento de Hong Kong. Nace al calor de esas movilizaciones, constituyendo una orgánica inorgánica que solo existe en la barricada para desaparecer en el anonimato de sus rostros enmascarados y en la no organización como corpus, muchos ni siquiera se conocen entre ellos, solo se reconocen en la calle a partir de la acción.

Nancy Fraser: teoría crítica del capitalismo

Crítica desde la crisis

Que vivimos tiempos de crisis capitalista no es una novedad para nadie. Al menos desde el estallido financiero de 2008, el análisis del capitalismo, que parecía olvidado en buena parte de la teoría social y también de la acción política, ha vuelto al centro de la escena. Tal vez, algo ande mal con el capitalismo como tal. De la mano de este “retorno” de la crítica del capital, Marx y el marxismo han vuelto a gozar de cierta legitimidad teórica, aunque más no sea en una versión limitada, como herramientas intelectuales para el análisis de la crisis económica. Sin embargo, también asistimos a una significativa multiplicación, fragmentación y heterogeneidad de los conflictos sociales. Lejos de las predicciones del marxismo tradicional sobre la creciente homogeneización subjetiva de las capas proletarias bajo las presiones del dinamismo sistémico, el conflicto social de nuestro tiempo aparece irreductiblemente heterogéneo en su interior. Mientras que el poder de los sindicatos, como órganos tradicionales de la clase, ha sido debilitado por décadas de neoliberalismo, han cobrado importancia varios movimientos sociales centrados en el género, el racismo, la naturaleza, la vivienda y las formas de habitar las ciudades, el acceso al agua y otras necesidades básicas, los servicios públicos, etc. La crisis capitalista, estructural como es, parece generar múltiples respuestas, pero que permanecen marcadas por la heterogeneidad y la multiplicidad. Articular el momento objetivo de crisis sistémica con el momento subjetivo de multiplicidad de luchas a veces fragmentarias es un desafío de peso para el momento presente.

Las cosas no son más simples en el plano de la teoría. El marxismo tradicional, a pesar del retorno a la crítica del capital, es una teoría ampliamente desacreditada. Se lo ha cuestionado, sobre todo desde las tribunas posestructuralistas, por tener una mirada reduccionista de la clase (incapaz de dar cuenta de ejes de dominación social atravesados como el género o la raza), un historicismo eurocéntrico (una filosofía de la historia progresista basada en el desarrollo de las fuerzas productivas) y una teoría del sujeto demasiado ligada a la modernidad (que ve a la naturaleza como mera materia disponible para ser dominada por el sujeto). Sin embargo, la mayoría de las “teorías de relevo” en competencia con el marxismo tradicional han tendido a desconocer sin más al capitalismo como objeto de crítica. Este es el caso, por ejemplo, el posmarxismo de Chantal Mouffe y Ernesto Laclau, en el mejor de los casos una teoría de la autonomía de lo político con respecto a lo social. En la propia teoría crítica de la sociedad (Jürgen Habermas, Axel Honneth), parece que encontramos herramientas para diagnosticar y combatir algunas patologías sociales de la modernidad, pero no al capitalismo como tal en cuanto ensamble sistemático.

Producir una nueva gran teoría social, abarcadora y amplia de miras, capaz de vérselas con la pluralidad de conflictos sociales sin retroceder a los reduccionismos y esencialismos del marxismo tradicional, y volviendo a poner al capitalismo como tal en el centro de la discusión, parece un desafío intelectual de primer orden para nuestro tiempo. Nancy Fraser ha recogido el guante. Sus intervenciones más inmediatamente políticas de los últimos años son mejor conocidas (por ejemplo, Fraser, 2018, Fraser, 2019). Ha cuestionado el “neoliberalismo progresista”, que se caracterizó por la alianza entre avance de la mercantilización e incorporación domesticada de demandas de reconocimiento de algunos movimientos sociales en las décadas pasadas. Contra esta peligrosa alianza, Fraser ha propugnado por la construcción de un populismo de izquierdas que reúna demandas emancipatorias en todos los planos con una fuerte crítica económica de las desigualdades sociales. Sin embargo, las bases teóricas de sus intervenciones políticas permanecen menos conocidas. Es precisamente en los trabajos teóricos de los últimos años donde Fraser desarrolla una teoría ampliada del capitalismo vigorosa. En este artículo intentaré presentar los rudimentos de esa teoría.

Fraser hizo un primer giro a la teoría del capitalismo en un trabajo sobre Karl Ponaly en 2012, dando con formulaciones más completas en el artículo “Behind Marx’s Hidden Abode” (2014) y el libro co-escrito con Rahel Jaeggi, Capitalism. A Conversation in Critical Theory (2018, traducido al castellano en 2019). Sabemos que Marx dirigió su atención a la “morada oculta de la producción” detrás de las escenas superficiales del intercambio de equivalentes, desentrañando la explotación y la dominación de clase tras las promesas de igualdad y libertad del capitalismo. Con Marx, pero más allá de Marx, Fraser encuentra nuevas “moradas ocultas” detrás de la producción de valor: la reproducción social, no reconocida como trabajo y realizada gratuitamente, en buena medida en los hogares y por mujeres; la naturaleza, introducida en la dinámica capitalista periódicamente mediante nuevas anexiones y mercantilizaciones; la expropiación de comunidades racializadas, no reconocidas plenamente en el derecho ni siquiera en los términos del trabajo asalariado; la política, que provee marcos institucionales indispensables –pero potencialmente conflictivos– para el sostenimiento de la acumulación. Estos ámbitos configuran la ontología social internamete diferenciada del capitalismo. Se trata de un único orden social, pero que no posee una lógica unitaria (por ejemplo, la valorización o la mercantilización), sino lógicas diversificadas conforme divisiones institucionalesque portan también diferentes criterios normativos. El capitalismo es entonces algo más que un sistema económico basado en la clase, es un orden institucional que también se estructura de manera racista y patriarcal, que agudiza la separación entre humanidad y naturaleza y que hace posible, al tiempo que constriñe, demandas democráticas y transformadoras.

Finalmente, el capitalismo es un orden institucional históricamente cambiante. Las fronteras institucionales que lo caracterizan no son estáticas. Cada una de ellas es propensa a la crisis y renegociable. Las grandes fases históricas del capitalismo (el liberalismo del siglo XIX, el capitalismo administrado por el estado de posguerra, el neoliberalismo actual) es una estabilización provisoria de las contradicciones dinámicas y los conflictos de límites del orden institucional. Esto significa que cada fase del capitalismo debe estabilizar la dinámica de la acumulación, con su perpetua propensión a crisis. Pero también debe articularla con las otras dimensiones institucionales: la reproducción social, la relación con la naturaleza, la expropiación de comunidades y la política, generando sucesivas formas de equilibrio precario. Hoy, la última gran fase del capitalismo, el neoliberalismo, está en crisis en todos los planos (la acumulación, la reproducción social, la nueva ronda de expropiaciones, la legitimidad democrática, la relación con la naturaleza). Esto explica que, junto con la lucha de clases o como elemento imbricado con ella, aparezcan nuevas “luchas por los límites” (boundarie struggles) en todos los ámbitos del orden institucional. La teoría ampliada del capitalismo permite abordar la crisis contemporánea, tornando inteligibles los vínculos entre la dinámica de la crisis y los conflictos sociales abiertos, dando lugar a nuevas maneras de comprender los procesos y a nuevas perspectivas para intervenir en ellos.

Hacia una teoría ampliada del capitalismo

En sus conversaciones con Jaeggi, Fraser avanza una primera definición “ortodoxa” del capitalismo para, sobre esa base, construir caracterizaciones más complejas. El capitalismo supone 1) la división de la sociedad entre una clase de productores y una de propietarios; 2) la mercantilización institucionalizada del trabajo asalariado; 3) la dinámica compulsiva del capital como valor que se valoriza; 4) la alocación del excedente social y los factores de producción mediante el mercado (Fraser y Jaeggi, 2018: 41). El capital es caracterizado como “sujeto” del proceso de valorización (Fraser y Jaeggi, 2018: 31), en cuanto su dinámica recursiva y automatizada toma a los seres humanos como sus “peones”. Asimismo, esa dinámica de acumulación tiene por presupuestos la división de la sociedad en clases y la compra-venta de la fuerza de trabajo. Estos cuatro rasgos iniciales pretenden dar cuenta del carácter históricamente determinado de la sociedad capitalista, de su especificidad histórica o de los rasgos singulares que la caracterizan y diferencian de otras formas sociales preexistentes.

Ahora bien, ni la dinámica de la valorización, ni la venta de fuerza de trabajo como mercancía, ni la división de la sociedad en clases bastan para caracterizar al capitalismo, una forma social que excede estructuralmente a la relación de capital y sus ramificaciones internas. Sencillamente, “la sociedad no puede ser mercancías hasta el final [all the way down]” (Fraser, 2012: 1). Por el contrario, hay “condiciones de posibilidad” no mercantiles para la existencia de mercancías (Fraser, 2012: 8). Siguiendo críticamente a Karl Polanyi, Fraser cuestiona la tesis de la universalización capitalista de la forma mercancía, con sus patrones objetivos y subjetivos (2014: 5). Por el contrario, el marco institucional del capitalismo produce una diferenciación de ámbitos que son las “condiciones de trasfondo” [background conditions] del proceso de valorización.

Fraser retoma, para pensar esas condiciones de trasfondo, cierta metodología desplegada por Marx en el estudio de la acumulacion originaria. Esta investigación nos lleva de la explotación del trabajo doblemente libre a la expropiación de las comunidades campesinas, la historia de las enclosures y la instauración por medios político-estatales, directos y violentos, de las clases sociales en sentido moderno. Aparecen entonces condiciones de posibilidad (históricas) de la acumulación, que no se resumen en su dinámica intrínseca como tal. Fraser retoma este argumento pero le da un giro sincrónico: las “condiciones de trasfondo” de la acumulación no son solamente su presupuestos históricos. Son, en cambio, sus condiciones simultáneas de eficacia y permanencia, en una lógica de primer plano y trasfondo [foreground/background] que permite ampliar la concepción del capitalismo y encontrar “moradas ocultas” tras la producción de valor. Hay un marco institucional que debe funcionar simultáneamente con la acumulación para que ésta tenga eficacia.

La reproducción social

La primera condición de trasfondo o división institucional del capitalismo que Fraser destaca, siguiendo al marxismo feminista, es la reproducción social. En la sociedad capitalista, la reproducción de la fuerza de trabajo es realizada en buena medida (aunque no totalmente) en un marco no mercantilizado, en el ámbito doméstico y predominantemente por mujeres. Este trabajo reproductivo es “absolutamente necesario para la existencia de trabajo asalariado” (Fraser y Jaeggi, 2018: 45). Incluye también los procesos de subjetivación básicos que dan lugar a la formación de comunidades y la interacción social significativa. La división entre producción de mercancías y reproducción social es una condición “completamente generizada” del capitalismo (Fraser y Jaeggi, 2018: 46). Esta división institucional también es históricamente específica: en otras sociedades históricas, la actividad social y económica se orienta directamente a la producción para la subsistencia como tal, no separándose en los ámbitos escindidos de la producción de valor y la reproducción social. La reproducción social delimita una condición de trasfondo no mercantilizada del mercado capitalista, que posee dinámicas normativas propias.

En el artículo “Contradictions of Capital and Care”, Fraser sostiene que el capitalismo tiene una profunda, estructural, tendencia a la crisis de reproducción social (2016a: 100). Las contradicciones sistémicas del capitalismo no se despliegan solamente dentro de la acumulación de capital (caída de la tasa de ganancia, sobreproducción, etc). El capitalismo posee contradicciones estructurales y tendencias a la crisis también en la interacción entre el ámbito de la reproducción social y la producción de mercancías. “Por una parte, la reproducción social es una condición de posibilidad para la acumulación de capital sostenida, por la otra, la orientación del capitalismo a la acumulación ilimitada tiende a desestabilizar el proceso de reproducción social en el que se basa” (Fraser, 2016a: 100). La separación entre producción de mercancías masculinizada y reproducción social feminizada conlleva una relación contradictoria entre las dos (Fraser, 2016a: 103). Esta combinación de separación, dependencia y rechazo es fuente de constante inestabilidad social, en cuanto la dinámica de la acumulación tiende a socavar las bases de la reproducción social que, al mismo tiempo, presupone como su condición institucional.

La expropiación y el racismo

La segunda condición institucional del capitalismo está vinculada con el imperialismo y el racismo, “integrales a la sociedad capitalista, tan integrales como la dominación de género” (Fraser y Jaeggi, 2018: 55). El capitalismo no suprime las jerarquías de estatus (Fraser y Jaeggi, 2018: 57) ni instituye sin más la explotación de clase basada en la igualdad jurídica. Por el contrario, marca políticamente a algunos sujetos como menos-que-proletarios: sujetos que ni siquiera van a ser reconocidxs como jurídicamente libres e iguales y por lo tanto pueden ser objeto de expropiaciones directas y violentas. La constitución política de estos sujetos está marcada de cabo a rabo por la racialización y el imperialismo. “Mientras que los trabajadores explotados reciben el estatus de individuos libres portadores de derechos (…) aquellos sometidos a expropiación son constituidos como seres dependientes, no-libres, despojados de derechos” (Fraser y Jaeggi, 2018: 56). Como dice la autora en “Expropiation and Explotation in Racialized Capitalism”, el Estado capitalista fuerza cada vez una división entre “trabajadores-ciudadanos” y “sujetos dependientes, expropiables” (Fraser, 2016b: 163).

Las dinámicas de racialización se organizan de manera transnacional, delimitando núcleos y periferias globales del capitalismo, al tiempo que expropiación y la explotación coexisten a veces en un mismo territorio. La expropiación, nuevamente, no es una condición histórica pretérita cancelada en la historia posterior del capitalismo. Es uno de sus mecanismos constantes, “acumulación por otros medios” de “bruta confiscación –de trabajo, ciertamente, pero también de tierra, animales, herramientas, depósitos de energía y hasta de seres humanos, sus capacidades sexuales y reproductivas, sus hijos y órganos corporales” (Fraser y Jaeggi, 2018: 55). La expropiación es entonces una background condition de la explotación tanto como la reproducción social.

La separación sociedad/naturaleza

El capitalismo instituye una relación dual (de separación y anexión) con la naturaleza. La convierte en un recurso cuyo valor es a la vez “presupuesto y denegado” (Fraser y Jaeggi, 2018: 50). Los capitalistas la expropian “sin costo”, tratándola como una materia libremente disponible y aprovechable. La constante anexión de la naturaleza, como fuente de riquezas y vertedero de deshechos, acompaña a la acumulación de capital continuamente. Estas anexiones permanentes y crecientes, al mismo tiempo, vienen acompañadas de una agudización de la frontera que separa sociedad y naturaleza. “El capitalismo asume (en efecto, inaugura) una división tajante entre un reino natural, concebido como provisión gratis, no producida, de ‘materiales brutos’, y un reino económico, concebido como la esfera del valor, producido por y para seres humanos” (Fraser y Jaeggi, 2018: 50). Con esto se endurece la distinción previa entre humanidad y naturaleza, que tiene una larga tradición en el pensamiento occidental.

El capitalismo, además de cursos paradojales, tiende a producir contradicciones ecológicas. Presupone la disponibilidad libre y en principio infinita de la naturaleza como recurso. Pero también desestabiliza la ecología, minando sus propias condiciones de posibildiad cada vez. Nuevamente, las contradicciones del capitalismo no se limitan a la acumulación de capital. Incluyen las contradicciones entre la acumulación y sus condiciones de posibilidad o de trasfondo, en este caso, las condiciones ecológicas.

Economía y política

La última condición de trasfondo del capitalismo es la política. Simplemente, la acumulación presupone lógicamente un poder público separado, que tercie en las relaciones contractuales (incluida la salarial, condición de la explotación). Esto configura una separación entre economía y política que es también específica del capitalismo (en otras sociedades históricas es normal ver al poder político y el económico fusionados inmediatamente). La diferenciación entre economía y política, por lo tanto, es estructuralmente necesaria para el capitalismo. Al mismo tiempo, la política se constituye sobre criterios normativos no-idénticos a los económicos, “principios de democracia, ciudadanía igualitaria e interés público, por muy restrictivos o excluyentes que puedan ser a veces” (Fraser y Jaeggi, 2018: 64).

La división entre política y economía, estructurante del capitalismo como tal, hace posible el funcionamiento “automatizado” de la acumulación como “compulsión silenciosa” (Fraser y Jaeggi, 2018: 53). Al mismo tiempo, acá emerge la posibilidad de la contradicción entre capitalismo y democracia, como fue tematizada por Ellen Meiksins Wood. En efecto, la desigualdad de clase y la regulación compulsiva de la economía tienden a socavar a la política y su autonomía. La legitimación democrática es entonces puesta en cuestión, o mejor, se vuelve periódicametne incompatible con los imperativos de la acumulación. Se ponen de manifiesto “las contradicciones específicamente políticas de la sociedad capitalista –el hecho de que su economía simultáneamente se basa en y tiende a desestabilizar a los poderes públicos” (Fraser y Jaeggi, 2018: 54). Fraser ha profundizado estas tesis en el artículo “Legitimation Crisis?” (2015), donde retoma algunas herramientas del análisis de Jürgen Habermas para analizar la crisis política del capitalismo neoliberal. “La lógica de sistema de la economía capitalista está profundamente arraigada en la sustancia del poder público y la consume desde adentro. Desestabilizando sus propias condiciones políticas de posibilidad, el régimen actual no solo amenaza con destruirse a sí mismo, sino también a la única fuerza que podría transformarlo” (Fraser, 2015: 188).

Historicidad de las fronteras

Arriba reconstruí el marco institucional del capitalismo como tal, con sus divisiones constitutivas entre producción y reproducción, explotación y expropiación, sociedad y naturaleza, economía y política. Estas divisiones, inherentemente capitalistas, tienen una historia interna de articulaciones y renegociaciones. El capitalismo como orden institucional no es estático. Ha atravesado una serie de fases donde sus divisiones institucionales, que encierran propensiones a la crisis, fueron estabilizadas temporalmente.

Por ejemplo, durante el capitalismo liberal, especialmente hasta la crisis de 1929, en los países del centro primó un modelo de reproducción social basado en “esferas separadas” (Fraser y Jaeggi, 2018: 107). La familia, como unidad de reproducción de la fuerza de trabajo, se encontraba separada del mercado y escasamente atendida por medidas estatales. Durante el capitalismo administrado estatalmente de la posguerra este modelo fue reemplazado. El poder de estado se dedicó directamente a administrar la reproducción social, garantizando servicios públicos en la salud, el cuidado de niños, la educación (Fraser y Jaeggi, 2018: 108). Al mismo tiempo, se instituyó el “salario familiar”, con el que “debía pagarse a un trabajador varón industrial lo suficiente para mantener a toda su familia” (Fraser y Jaeggi, 2018: 109). Esta forma de reproducción social “fordista” garantizó salarios altos y bienestar obrero, al menos en el centro global, pero al precio de reforzar los patrones familiares patriarcales y heteronormativos supuestos en el salario familiar. Finalmente, con el neoliberalismo se difundió el modelo de “familia de dos asalariados” [two-earner family]. En esta fase se condensaron ambiguamente las presiones a la baja de salarios exigidas por la acumulación ante la baja de productividad y las demandas feministas y LGBT contra las opresiones condensadas en el formato familiar fordista. Se erigió así el “orden de género del capitalismo financiarizado” (Fraser y Jaeggi, 2018: 111), que a su vez estaría en crisis actualmente, en un marco de crisis general del capitalismo neoliberal. “Este régimen promueve la desinversión estatal y corporativa del bienestar social, al tiempo que recluta mujeres en la fuerza de trabajo paga –extrernalizando el trabajo de cuidados en familias y comunidades mientras reduce su capacidad para realizarlo” (Fraser, 2016: 112).

Las consideraciones de arriba podrían repetirse para las otras divisiones institucionales del capitalismo. En todos los casos, vemos cómo cada fase histórica afecta al conjunto del orden institucional, redibujando las fronteras entre ámbitos. Nuevas formas de imperialismo, de anexión de la naturaleza y de articulación economía/política se dibujan también en cada caso. Con estos intentos sucesivos, todos ellos precarios y contestables, el capitalismo logra estabilizar transitoriamente sus contradicciones sistémicas, augurando en cada caso nuevas fases de crisis y reconfiguraciones generales.

Proyectos emancipatorios y luchas sociales

Contra la vieja tesis de Lukács que postulaba una tendencia a la universalización de la forma mercancía en el capitalismo (Fraser y Jaeggi, 2018: 65), Fraser enfatiza las gramáticas propias y las ontologías diferenciadasde cada una de las condiciones de trasfondo del capitalismo, construyendo una topografía societal compleja. La política no se rige por la lógica de la mercancía, la reproducción social no se rige por la dinámica de la acumulación, etc. Esto no significa que esas divisiones institucionales variopintas sean reservorios puros de una normatividad emancipatoria: muchas veces, sus oposiciones dinámicas con respecto a la economía capitalista plasman complementariedades sistémicas, madrigueras conservadoras y otras trampas dualistas. Sin embargo, marcan una normatividad alternativa (a veces complementaria, a veces en conflicto) con respecto a la valorización del valor.

Las divisiones institucionales del capitalismo dan lugar a luchas por los límites [boundarie struggles]. En diferentes contextos, las personas pelean colectivamente por redefinir, rediscutir y a veces también defender las fronteras entre ámbitos institucionales. Por momentos, tratan de proteger fronteras heredadas, por ejempplo contra los avances de la mercantilización (luchas defensivas, Fraser y Jaeggi, 2018: 213). También, retomando un vocabulario que desarrolló en trabajos previos (2006), Fraser distingue luchas por los límites afirmativas y transformadoras. Las primeras buscan situar en otro punto la localización social de una frontera dada, sin discutir la existencia de esa forntera como tal (por ejemplo, discutir la inclusión de las mujeres en el trabajo asalariado o de poblaciones racializadas en la ciudadanía estatal). Las segundas objetan la existencia de algunas fronteras institucionales como tales (por ejemplo, proyectos radicales de transformación social que busquen abolir las separación entre producción y reproducción, entre política y economía, etc.). Finalmente, como Fraser viene sosteniendo desde los años ‘90, la propia distinción entre luchas afirmativas y transformadoras se complica en la práctica, donde son posibles reformas no reformistas, afirmativas bajo un criterio estricto, pero que “dan lugar a efectos transformadores porque alteran las relaciones de poder y, por lo tanto, abrir un camino para nuevas luchas que se vuelven cada vez más radicales” (Fraser y Jaeggi, 2018: 214).

Al mismo tiempo, Fraser nos advierte contra los peligros de dos imaginarios extremos y simétricos: el liquidacionismo y el prohibicionismo. El primero busca “eliminar una frontera del todo”, mientras que el segundo intenta “hacer impenetrable” una frontera dada (Fraser y Jaeggi, 2018: 215). Ejemplos peligrosos de liquidacionismo se encuentran en el intento soviético por eliminar la frontera entre economía y política, que condujo a las dificultades sistémicas de la economía planificada; así como en algunas experimentaciones fascistas de instrumentalización estatal de la reproducción social y biológica. El prohibicionismo se encuentra, en cambio, “en aquellas feministas que buscan prohibir toda mercantilización del sexo, la reproducción y el trabajo de cuidados” (Fraser y Jaeggi, 2018: 215). En estos casos se asume que cierto ámbito de la existencia (la reproducción social) es inherentemente no mercantilizable. De un lado, liquidar toda frontera institucional puede ser peligroso, del otro lado, decretar la sacralidad de las fronteras puede resultar conservador y paralizante. Fraser recomienda mantener una actitud abierta y contextual, capaz de pensar renegociaciones y redefiniciones de fronteras, militando por una “nueva y más democrática” manera de trazarlas (Fraser y Jaeggi, 2018: 216).

Las consideraciones anteriores se enmarcan en otra caracterización de las luchas sociales en el capitalismo. Reformulando las ideas de Karl Polanyi, Fraser distingue un “triple movimiento” entre mercantilización, protección social y emancipación (Fraser y Jaeggi, 2018: 231). El ciclo fordista estuvo, en buena medida, marcado por la alianza entre protección social y mercantilización, en detrimento de la emancipación social (lo que se plasmó en las presuposiciones hetero-patriarcales del salario familiar, entre otras cosas). El capitalismo neoliberal, en cambio, significó una curiosa alianza de mercantilización y emancipación, que incorporó parte de las críticas y demandas emancipatorias de la nueva izquierda de los años ‘60 y los movimientos sociales, muchas veces “desplazándose hacia formas individualistas y meritocráticas de enmarcar sus agendas” (Fraser y Jaeggi, 2018: 241). Esto marcó un período de neoliberalismo progresista donde la expansión del mercado pareció ofrecer oportunidades a versiones domesticadas de los movimientos sociales. Las estabilizaciones sistémicas parecen posibles cuando se alían dos de los tres posibles movimientos capitalistas, en detrimento de un tercero. En esos casos es posible condensar dinámicas de lucha en sentido de un ordenamiento social provisorio pero viable. Una articulación disruptiva de movimientos generales y luchas de fronteras (incluida la de clases) podría dar lugar a una transición a una nueva articulación institucional o, incluso, a una ruptura con el capitalismo como tal.

La situación actual

Los análisis del presente de Fraser son más conocidos. Se trata de una intelectual políticamente activa, que interviene permanentemente en la prensa y ha producido varios artículos de lectura coyuntural. No voy a reponer sus posiciones más inmediatamente políticas en detalle por razones de espacio. Baste, por el momento, decir que para Fraser asistimos a la crisis del neoliberalismo progresista (cuyo signo sería, en el contexto de Estados Unidos, la victoria electoral de Donald Trump sobre Hillary Clinton), enmarcada en una crisis general del capitalismo financiarizado. Esta situación marca la apertura de un nuevo período de inestabilidad y conflicto. Las nuevas derechas populistas emergen de esta crisis, proponiendo una posible salida regresiva de la situación, que apunta a estabilizar el capitalismo bajo nuevos patrones de dominación. Frente a este contexto, Fraser llama a construir una nueva alianza de emancipación y protección social, que supere los límites del neoliberalismo progresista y enfrente a las derechas conservadoras.

Mi instinto es aprovechar el momento y pasar a la ofensiva (…) Ni el neoliberalismo hiper-reaccionario ni el progresista serán capaces de (re)establecer una hegemonía segura en el período que viene y enfrentamos un interregno caótico e inestable (…). Podría haber una apertura para la construcción de un bloque contrahegemónico en torno al proyecto del populismo progresivo. Combinando en un único proyecto una orientación económica igualitaria y pro-clase obrera con una orientación inclusiva y no jerárquica al reconocimiento, tendríamos al menos una oportunidad de pelear para unir al conjunto de la clase trabajadora(Fraser y Jaeggi, 2018: 257).

En este trabajo traté de reconstruir las nuevas exploraciones teóricas que subyacen a este tipo de propuestas. En los últimos años Fraser produjo una teoría ampliada del capitalismo, que no se limita a la economía en sentido restrictivo. En cambio, se fija en las divisiones institucionales constitutivas de esta forma social e histórica. Esto le permite reconfigurar los límites de la lucha de clases (o, al menos, de las luchas potencialmente anticapitalistas) para abarcar también las luchas por los límites, que buscan redefinir, reorganizar o impugnar las fronteras sociales. Esta teoría capta el carácter históricamente determinado del capitalismo, así como su dinamismo interno. Finalmente, se trata de una teoría capaz de iluminar la crisis del presente, caracterizando su multidimensionalidad (que atraviesa a todas las dimensiones institucionales) y bosquejando algunas perspectivas para la intervención política en nuestro tiempo.

Bibliografía

Fraser, Nancy (2012) “Can Society be Commodities All the Way Down? Polanyian reflections on capitalist crisis” publicado en Archive Ouverte de Sciences de l’Homme et la Societé, https://halshs.archives-ouvertes.fr/halshs-00725060

Fraser, Nancy (2014) “Behind Marx’s Hidden Abode. For an Expanded Conception of Capitalism” en New Left Review, 86, 55-72.

Fraser, Nancy (2015) “Legitimation Crisis? On the Political Contradictions of Financialized Capitalism” en Critical Historical Studies, 3:1, 163-178.

Fraser, Nancy (2016a) “Contradictions of Capital and Care” en New Left Review, 100, 99-117.

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