Carlos Ruiz Encina: «En Chile se está gestando un gran cambio histórico»

por Bárbara Schijman

A un mes de uno de los movimientos sociales más extraordinarios de la historia de Chile, el investigador analiza las causas de la protesta, las demandas de la calle tras décadas de promesas incumplidas y la resistencia del gobierno de Sebastián Piñera para tomar medidas a la altura.

 

Carlos Ruiz Encina es sociólogo, doctor en Estudios Latinoamericanos de la Universidad de Chile, y Presidente de la Fundación Nodo XXI, centro de pensamiento ligado al Frente Amplio (FA). En diálogo con Página/12, Ruiz Encina explica por qué era previsible que la calle explotara como lo hizo, quiénes son los nuevos actores sociales en el marco de este «gran cambio histórico», y las agendas de corto y largo plazo. La mercantilización de la vida, la urgencia de evitar «las provocaciones de la derecha y aferrarse a la democracia», y su preocupación ante las masivas violaciones a los derechos humanos.

–El 18 de octubre último estalló la crisis política y social más profunda de las últimas décadas en Chile. ¿Sorprendió la magnitud de las manifestaciones que le siguieron o era previsible que en algún momento sucediera algo semejante?

–Sí y no a la vez. Por un lado, tengamos presente que anteriormente se dio una serie de manifestaciones con más de un millón de personas contra el sistema de pensiones, tuvimos el 8 de marzo más grande de todo América Latina, y la marcha del orgullo gay, que fue gigantesca. Hay un malestar que viene en crecimiento desde 2006, desde la marcha de los estudiantes en adelante. Por otro, hay cierta elite chilena conservadora que sí dice “fuimos sorprendidos”. En realidad, lo que sucede es que no han querido ver. Al mismo tiempo es cierto que se trata de una dimensión completamente nueva; esto no es la simple sumatoria de lo anterior. Se terminaron de articular ciertas demandas, como las demandas por la soberanía de las pensiones y las luchas por la soberanía y el control del agua, en contra de su privatización. Nuestra vida social cotidiana es de las más privatizadas, mientras el nivel de incertidumbre es enorme: la tasa de rotación de los empleos es altísima, la protección de servicios estatales es completamente inexistente, etc. Como decía un cartel por ahí: “no son treinta pesos, son treinta años”. Esto limpia todos los gobiernos para atrás. Los fondos del gasto social estatal se entregan a concesionarios privados que ofrecen estos servicios. Clínicas privadas, universidades privadas… Es el sistema neoliberal del voucher que terminó creando un capitalismo de servicio público. Este tipo de privatización en el resto de América Latina no existe. Todos conocen sobre privatizaciones de telefonías y líneas aéreas, pero no de servicios sociales. Es importante que esto se sepa para comprender por qué la gente explotó como lo hizo.

–En virtud de la envergadura de los acontecimientos, ¿puede considerarse un cambio de clivaje en Chile, en el sentido de un antes y un después en su historia?

–Chile no vuelve atrás. Hasta aquí fue el tiempo en que las reformas neoliberales gozaron de algún nivel de imposición por la fuerza, y que gozaban de cierta efectividad. En este momento la desobediencia civil ha rebasado todo ese tipo de marco y no hay vuelta atrás. En Chile se está gestando un gran cambio histórico. Y uno de los sujetos que empieza a tomar forma es una suerte de nuevo pueblo chileno, que no es el pueblo del siglo XX, no es el pueblo de los obreros industriales y de la clase media desarrollista; esos sectores fueron desmantelados por la transformación neoliberal. Este es el pueblo que engendró el neoliberalismo, y de alguna manera su propio engendro se empezó a poner de a pie. Si en este país fue donde nació el neoliberalismo es posible que sea también en este país donde primero se lo sepulte. Es claro que desde que se generó la transición a la democracia funcionaba mucho en Chile el temor a lo que se llamaba «la regresión autoritaria». De alguna manera eso contenía las protestas. El modelo económico de Pinochet no se modificó en la transición; se hizo una reforma del sistema político pero no del sistema económico. Al contrario, las privatizaciones se profundizaron. Esta cuestión está arrasando con moros y cristianos. Hoy en las marchas no hay banderas de ningún partido. Hay una sociedad que se quiere hacer ver, porque la política estuvo muy encerrada. La distancia entre política y sociedad es muy grande. La participación electoral ronda el 40%. Los segundos gobiernos de Michelle Bachelet y Sebastián Piñera han tenido un respaldo de menos del 25% del total del electorado potencial. No hay grandes mayorías políticas. Y en ese gigantesco divorcio entre política y sociedad fue apareciendo todo esto. La última encuesta de la Universidad de Chile indica un respaldo del 83% de la población a la protesta. La gente explotó más allá de ser de izquierda o derecha. Hasta hay gente de acuerdo con Pinochet que hoy sale a protestar.

–¿Y esto por qué?

–Porque terminaron convirtiendo en mercancía cosas de nuestra reproducción de la vida cotidiana. La vejez es una mercancía en este momento. Entonces ya nadie sabe qué tipo de vejez va a tener. Te venden mucho acerca de nuevas clases medias, pero basta que alguien se enferme para que caiga tres o cuatro estratos. Tal grado de volatilidad genera en el individuo una gran crisis de incertidumbre.

–Estos nuevos modos de manifestación exigen nuevos modos de representación. ¿Qué debería revisar la izquierda para volver a ser la referente política de muchas de estas demandas?

–La izquierda tiene que dejar atrás algunas fórmulas del siglo XX. Hoy estamos lidiando, por un lado, con una demanda de derechos sociales universales, que implica poner más Estado en ciertos puntos; por otro, el mismo individuo está pidiendo una mayor autonomía individual. En este punto, la izquierda históricamente no ha sabido lidiar con las demandas de autonomía individual. Para decirlo bien autocríticamente, el precio a pagar por la igualdad en el siglo XX era sacrificar la libertad. Eso hoy no funciona; tenemos una sociedad distinta. Además, de alguna manera, el ciclo capitalista neoliberal en Chile cambió toda la estructura de clases. Ya no está la vieja clase obrera industrial -por eso es que no se ven sindicatos en las marchas, ni tampoco está la vieja clase media desarrollista, porque todo eso ha sido desmantelado y expulsado del Estado. Tenemos que hablarle a otro pueblo y a otro panorama social. El desafío de la izquierda es apropiarnos del presente, de esta nueva geografía social que está explotando con sus demandas, con sus nuevos factores culturales, y no seguir más bien en una especie de repliegue identitario en una cueva donde los que se reúnen son los convencidos de siempre. Hoy hay que salir a la calle. Necesitamos una nueva izquierda para un nuevo pueblo.

–En diversos sectores y países Chile gozaba de buena reputación económica internacional. De alguna manera, la protesta social desnudó la fuerte desigualdad social y le sacó el disfraz al «oasis» defendido por Piñera.

–La paradoja chilena, que confunde afuera, plantea lo siguiente: al mismo tiempo que disminuye la pobreza aumenta la desigualdad. Es cierto que disminuyó la pobreza y que ya no es la de niños sin zapatos. Pero creció la desigualdad en paralelo. Hay un sector que se apodera de todo ese crecimiento de una manera brutal. Y contra eso se está rebelando esta historia. La oposición que se crea entre este nuevo pueblo y esta nueva neo-oligarquización neoliberal es distinta al conflicto social que hayamos podido tener en el siglo XX. El «oasis» de Piñera es uno en el que está su casa y la de sus vecinos. Hay un nivel de mercantilización y privatización de la vida que, en nombre de la libertad que nos trajo el neoliberalismo, nos terminó robando la soberanía y el control de nuestras propias vidas. La Concertación no privatizó, pero concesionó. Los gobiernos de la Concertación fueron simplemente neoliberales. En Chile no existe nada público hace ya mucho tiempo. Y entonces, en esa distancia entre política y sociedad, la situación explota con estos niveles que han sido advertidos de inorganicidad política. Aquí es donde empieza a ocurrir algo interesante, que tiene que ver con la aparición de un enjambre de nuevas coordinadoras.

–¿Coordinadoras en tanto nuevos actores sociales?

–Diferentes a los viejos actores sociales. Me refiero a las coordinadoras de la soberanía del agua, de las pensiones, las distintas coordinadoras feministas, etc. Coordinadoras que responden a nuevos focos de conflicto propios de este siglo de expansión capitalista de fines del siglo XX. Chile es un laboratorio, por el nivel extremo al que han llegado estas cosas. Se empiezan a constituir nuevas formas de organización para responder a esas cuestiones. Se verá en qué medida madurarán o no como los grandes actores sociales de este período, pero es indiscutible que son quienes más efectividad tienen para llamar a las marchas. En cambio, las viejas centrales sindicales en este momento no movilizan a nadie. Lo que ocurre en las calles es impresionante. Chile ya despertó. Las versiones más lucidas del empresariado deberían darse cuenta de que si quieren paz social eso tiene un costo y tienen que meterse las manos en el bolsillo. En algunos sectores empresariales esa discusión está transcurriendo, pero todavía no hay una claridad con cómo enfrentar esta situación. El sistema de presiones que se expresa arriba de la figura presidencial es tremendo. Piñera pasó de decir que escuchó al pueblo a decir que estábamos en guerra.

–Se habla de 22 personas fallecidas, más de 2 mil heridos y 6 mil detenidos. ¿Hay registros de esto?

–Es muy preocupante. Recién ahora se están construyendo los registros de lo ocurrido. Tenemos una delicada situación con los derechos humanos. Las cifras que se manejan a este respecto son muy dispares e indeterminadas. Los casos más emblemáticos en el último tiempo son los de pérdida de visión; un alto número de jóvenes víctima de trauma ocular por el uso de balines disparados directamente a la cara. Hay una cosa conservadora contra la adolescencia que es brutal. Se habla también de violaciones masivas a muchachas jóvenes en cuarteles policiales y centros de detención. Lamentablemente la sociedad ha tenido que pagar un costo muy grande para empezar a sacarse de encima una Constitución que va para 40 años.

–Sobre este último punto, el jueves 14 se llegó a un acuerdo parlamentario para una nueva Constitución. ¿Cómo cree que seguirá todo a partir de este anuncio?

–Lo que queda claro es que el pueblo chileno no está pidiendo ser representado sino que está exigiendo participar. Por lo tanto, el tema de una nueva Constitución tiene que llevar a formas de participación muy relevantes. El cómo no es secundario. La oferta presidencial apunta más bien a una especie de reforma constitucional encerrada en el Parlamento. De modo que es muy difícil que así vayan a resolver los instintos de movilización popular. El gobierno continúa con una defensa cerrada del modelo socioeconómico, de las ventajas y privilegios que establece para una casta muy pequeña. Eso deja las cosas en muy mal pie para poder vislumbrar avances hacia cualquier acuerdo social mayor. Es necesario avanzar también en una agenda de corto plazo, más allá de una agenda de mediano plazo.

–¿Qué cuestiones debería atender cada una?

–Por un lado, hay una agenda de mediano plazo, que es sobre la que se está insistiendo y que tiene que ver en el fondo con deshacernos de la Constitución que nos heredó Pinochet. Transformar esa Constitución significa una discusión sobre cómo cambiar el modelo de desarrollo, el tipo de inversión extranjera, y cómo construir derechos sociales sobre ciertas cosas mercantilizadas de la vida, entre otros puntos. Pero una nueva Constitución no va a estar operando en el corto plazo; hay que avanzar pero sabiendo que es de mediano plazo. Y habrá que buscar los mecanismos participativos, en medio de la crisis de legitimidad de las instituciones políticas, que permitan dar garantías de modificar ese camino. Por otro lado se necesita una agenda corta, en la que se atiendan cuestiones muy concretas como la cuenta de la gente a fin de mes, los precios de los medicamentos, el acceso a los ahorros de los fondos de pensión… Porque en nombre de la libertad no nos dejan acceder a nuestros fondos de pensiones. Hay 37 mil enfermos terminales que no tienen acceso a sus fondos de pensiones de ahorro. Se trata de abrir un nuevo ciclo histórico, con un cambio de modelo de desarrollo, con una reforma al sistema de Estado y un cambio de régimen político. En torno a esa posibilidad de liderar un horizonte para ese ciclo histórico es donde van a tener que madurar ciertos liderazgos políticos. Ahí se va a probar realmente cuál empieza a ser la izquierda del siglo XXI.

–Con la aprobación de Piñera en un 13%, ¿cómo imagina los meses venideros del gobierno?

–Su situación es muy precaria. Un régimen político tan marcadamente presidencialista como el chileno está en este momento con una figura presidencial muy débil; el panorama es de un régimen presidencialista sin presidente. Algunos días atrás anunció la promulgación de más leyes represivas, con formas de detención mucho más arbitrarias de las que ya teníamos, un repliegue autoritario que no facilita llegar a un diálogo. De momento la situación es muy cerrada. Quedan no pocos intersticios para aventuras más autoritarias, sobre todo de sectores más de ultraderecha. No creo que pueda haber una hegemonía muy larga de ese tipo de aventuras, pero sí puede haber una situación de dos o tres semanas muy negras. De ahí que la protesta social tenga que ser muy responsable, porque tiene que entender que la única vía para resolver sus problemas, sus intereses sociales, es la democracia. Cierto empresariado no la está defendiendo y el presidente tampoco. Nosotros somos los que tenemos que evitar las provocaciones de la derecha y aferrarnos a la democracia.

–Señala que hoy la defensa de la democracia en Chile está en manos del pueblo. En paralelo, en la últimas horas se perpetró un golpe de Estado en Bolivia.

–De manera muy clara, hay que condenar cualquier aventura golpista. En América Latina sabemos a un precio muy alto lo que eso significa. La injerencia militar, y en particular esas oligarquías racistas que hay en Bolivia, son condenables de manera irrestricta. A esto añadiría, y lo haría como un reclamo a las fuerzas progresistas y de izquierda en general, que tenemos que reflexionar acerca de por qué pasan estas cuestiones. Una reflexión que no existió, por ejemplo, sobre lo sucedido en Nicaragua. Cómo se terminan desvirtuando ciertos procesos de transformación popular. En el caso boliviano hay un ensanchamiento y una mayor complejidad de la alianza social sobre la que se sostenía el proyecto de transformación que no fue adecuadamente incorporada en los últimos años en términos políticos y de participación. Por lo tanto ahí se produce también cierta dosis de resquebrajamiento de esa alianza social de sustento político, y esto lo aprovechan el militarismo, las oligarquías racistas y la que nunca falta en América Latina, la injerencia extranjera.

Guaidó y la rebelión obediente

por Jeudiel Martinez

 

No tengo paciencia para Guaidó. Muchos no la tenemos. Procesamos la repulsión que nos causa compartiendo o haciendo memes sobre él. Creer que Guaidó significa algo, que significó algo es una estupidez, pero una que atraviesa a todo el espectro político en este continente.

Pero Guaidó siempre fue un vacío, un pretexto, un instrumento.

Personalmente no me gusta Guaidó porque es solo un político y no me gustan los políticos, que en este punto de la historia cada vez sirven para menos: no saben hacer, como los técnicos, no tienen ideas, como los asesores, no luchan como activistas y militantes y solo tienen la facultad de decidir por los demás.

En segundo lugar, porque Guaidó, caricatura de sí mismo, ahora se vuelve, melancólicamente, sobre el momento en que pudo hacer todo pero no hizo nada: hace 9 meses solo tenía que invocar el artículo 350 y convocar una movilización continua y masiva cuya finalidad fuera pedir a militares y policías que desconocieran a Maduro…

No tenía que haber violencia necesariamente, solo se trataba de ir a la calle y mantenerse continuamente solicitando a los militares que desconocieran al gobierno: “no obedecemos órdenes del alto mando militar o de la presidencia de la república” …pero movilización continua, como la de Argelia, Hong-Kong, Haití, Ecuador, etc. de los civiles convocando a los militares como ciudadanos, venezolanos, gente del común: «tú no tienes hambre?, tu madre no necesita medicinas?, tú estás de acuerdo con la corrupción? con las masacres del FAES?», y no sobre la vía de la lealtad a un presidentico prefabricado, imitación a la vez de Chávez y de Obama, repitiendo toda la misma basura monárquica del chavismo: «a quien eres leal?» «quien es tu presidente?»

Más cuerpos en la calle de los que el chavismo puede matar, más deserciones de la que puede reemplazar, más conflictos internos de los que los que puede negociar mientras el mundo se cierra a su alrededor y les presiona…

Eso era todo. Pero no, Guadocito, Guaidocín, King Guaidó, primero de su nombre, ha sido el último monigote del “cesarismo democrático” venezolano: llegó pidiendo lealtad y reconocimiento diciendo que tenía un plan (NO TENÍA) y el respaldo de la «comunidad internacional» y se inventó esta idea, enrevesada, absurda, de la entrada de la ayuda internacional.

Muchos creímos que, con tanta alharaca, de verdad EEUU estaba dispuesto a la presión militar (movilizar la flota, un bombardeo de alguna cosa, un desembarco en algún lado) pero resultó que nadie estaba dispuesto a eso: “pura bulla” dicen los caribeños y en eso Trump no fue menos bullicioso que Guaidó quien creyó que hacer entrar un camión por Cúcuta era más efectivo que una movilización general en Caracas.

Y sacrificó al pueblo Pemón en su aventura mal diseñada.

Entonces Guaidó, King of the Clowns and the Posers, desmovilizó las fuerzas que nos quedaban…Y para qué?:

2017 había sido el año de la revuelta de los jóvenes y las clases medias, 2018 de los sindicatos y los militares y policías de rango medio, en 2019 tuvimos sendos alzamientos en tres favelas de Caracas…y todo fue desmovilizado…por la idea de esa fecha mágica en que la “ayuda” tambíen mágica ( o milagrosa porque la magia tiene sus razones y cobra sus costos) haría caer a Maduro.

Teníamos fuerzas para otra acometida contra un chavismo cada vez más débil pero, sobre todo dividido?, habríamos logrado acelerar y masificar la deserción de militares y policías y las rupturas en el alto gobierno?.

Nunca lo sabremos.

Y NUNCA debemos a olvidar a los antichavistas diciéndonos que éramos débiles, que estábamos jodidos, que dábamos lástima, que necesitábamos salvación de otros…haciendo memes de Trump como si fuera un prócer de la independencia, HUMILLÁNDOSE ante él en twitter (si esos mismos Alt Right que hablan de la masculinidad amenazada pero que tienen tan poca)…hay algo más abyecto que esa obediencia, que esa cobardia? Que es la misma que se pasea ahora por Chile limpiando la calle para Lord Piñera y doblando la espalda “pos si patroncito, no deje el comunismo pasar patroncito”? Eco y gemelo de la obediencia chavista, izquierdista: “pos si patroncito, es la guerra económica, el sabotaje eléctrico, derrocaron al Evo por el litio patroncito”…

Guaidó es el producto de dos cosas: la política de las elites y la subjetividad antichavista, que es, como el chavismo, una forma de la Servidumbre Voluntaria.

El antichavismo es una REACCIÓN desesperada al chavismo, es amorfo por naturaleza, es decir, no tiene la capacidad ni de formarse ni de metamorfosearse, golem fallido , sin memoria o duración, nació desesperado piensa solo en lo inmediato, en fechas milagrosas en que todo acaba rápidamente, en un poder trascendente que se manifiesta como ángel o superhéroe y termina de resolver la crisis. El tiempo del chavismo es la suma de ese cortoplacismo y esa desesperación.

(Una vez, en una clase, le expliqué a los alumnos que las movilizaciones democráticas duran meses y a veces años, les hablé de cuánto costó sacar a Pinochet de Chile, acabar con el Apartheid…Me miraban con ojos horrorizados e incrédulos: les resultaba inconcebible una lucha política que no se resuelve en unos pocos días o mediante una solución milagrosa…)

Respecto a lo otro Guaidó es producto de una dirigencia política que no tiene experiencia en luchas u organización de bases, que tampoco tiene preparación académica o técnica, es decir, de figuras o «figurines» que ocupan cargos en nombre de intereses organizados en agendas.

El departamento de Estado lo fabricó, y constreñido por la cultura política antichavista y por su misma naturaleza de figurín político en vez de decir: «ahora o nunca: este es el último chance, vamos a la calle y no volvamos hasta que esto termine» dijo «el 23 todo se va a resolver, los militares lo resolverán, la comunidad internacional (los gringos) lo resolverán».

La confianza estaba hacia afuera y hacia arriba. La promesa era, como la del chavismo en sus buenos tiempos, no tener que pagar ningún precio o hacer ningún esfuerzo. Como SIEMPRE ocurre con los antichavistas vino la decepción y la desmovilización, el mismo ciclo maniaco-depresivo.

Y todas las piezas de la rebelión, que estaban allí, nunca se juntaron: deserción constante de militares, movilización de civiles, protesta continua, incluso -como vimos el 30 de abril- ruptura en la misma cúpula chavista.

Contrario a lo que cree la izquierda conformista, que no habla de rebelión contra el chavismo sino de protesta social (porque de la revuelta contra Maduro no puede salir la «dictadura del proletariado», es decir, la de los 4 ilusos que no son proletarios pero hablan de ellos todo el tiempo ) contrariamente al antichavismo que, rastrero as usual, pedía una transición larga -lo más larga posible- de los democráticos dirigentes que tienen años bebiendo del dinero de Odebrecht, Derwick y banqueros como Meherzane la situación venezolana requería una transición corta, renovación de los poderes públicos, ELECCIONES GENERALES que nos sacaran del gobierno de facto, de la tiranía, y permitieran multiplicar la movilización de forma que el destino del país no quedará en manos de la clase política QUE ES TODA CORRUPTA.

En estas condiciones no se trata de poner en el palacio a alguien agradable, chevere, que nos representase: la elección es un fin en sí mismo porque afirma la libertad, es decir, afirma que ninguna parcialidad política es dueña del estado…así como la competencia económica limita el poder de los empresarios las elecciones libres limita el de los políticos…

Pero la lucha política, en particular la democrática, es más que eso.

Estrictamente hablando LA DEMOCRACIA TERMINA CUANDO COMIENZA LA REPRESENTACIÓN y entre los monárquicos de izquierda o derecha o los liberales solo tenemos para escoger entre representación total o parcial, absoluta o relativa…incluso en el caso de liberales y neoliberales, una libertad producida “alopoieticamente” (desde afuera y usualmente desde arriba como el mercado) por el estado y las elites políticas que, de esa manera, programan la libertad un poco más abierta un poco más estrecha, sea que se trate de estas monarquías caudillistas en que el corporativismo (consejos comunales, misiones, partido) producen el Cuerpo Político del gobernante, sea en regímenes liberales en que la limitación de poderes define campos de libertad mucho más amplios pero igualmente predefinidos y limitados por la representación política y, por tanto, no ajenos a un estatismo fundamental y a diferentes gradientes de policialización y autoritarismo, como lo demuestra la historia reciente de muchos países desarrollados ( y la propensión de los liberales y neoliberales a apoyar regímenes autoritarios -desde dictaduras norteafricanas al pinochetismo o el neoestalinismo chino)

Ante delegar el poder (y la fulana “dictadura del proletariado” es una mera delegación a menos que se proceda a la disolución constante del estado y del mismo partido) o limitar al poder estatal está la opción de EJERCER EL PODER DIRECTAMENTE, que es lo que es la democracia como procedimiento o práctica y no como ideal moral (que es como se le entiende mayoritariamente): un ciclo virtuoso en que la libertad (el poder) se produce a sí misma, se limita y se expande a si misma, y no es predefinida por quien quiera que crea que tiene una conciencia superior o tenga los medios para programar la vida ajena…

La vida es un poder que se organiza a sí mismo y por si mismo, incluso de formas complejas, sin ningún dios o diosecillo, leninista o constitucionalista que le imponga un “diseño inteligente”. Esto es lo que, en definitiva, hizo la clase obrera inglesa -y luego alemana, etc- cuando se apropió -devoró- de los instrumentos de una política liberal, concebida por y para la burguesía creando el primer movimiento político moderno.

Las relaciones con las elites politicas en nuestros tiempos no es tan diferente de una relación de explotación en la que la gente del común es algo así como un prosumidor que provee las elites de materia, energía e información (votos, cuerpos movilizables, signos, ideas, trabajo afectivo etc) que en unos casos sigue el modelo del funcionario público y en otro de usuario de redes sociales. Chavismo y antichavismo corresponden a uno y otro modelo.

La infeliz venezuela, incapaz de la movilización constante que han logrado países más pobres como Haití y Sudán o la de países más ricos y sofisticados como Francia y Hong-kong, que tiene 30 años de atraso en movilización, donde solo los políticos tienen capacidad de convocar, donde la gente tiene casi las mismas ideas políticas del siglo XIX (“tiene que llegar alguien”) que puede tener que ver con estas discusiones?:

Pues tiene que ver respecto a 3 cosas:

-Que una movilización constante como la que se vive en otros países del continente y del mundo hubiera generado la presión interna para acelerar las rupturas de la élite chavista impidiendo el proceso de normalización del chavismo que ha ocurrido en los últimos meses. (Adicionalmente es más difícil para las élites y oligarquías antichavistas alargar y alargar la transición si, como en Chile o Argelia, hay una multitud movilizada que sabe lo que quiere aunque sea vagamente, es decir, que hay que renovar de arriba a abajo los poderes públicos)
-Que, con una transición breve y un nuevo gobierno, en el peor de los casos habría sido posible cierto nivel de recuperación del nivel de vida, de las libertades públicas, etc. recibir préstamos ayudas, operaciones humanitarias de largo alcance, aplicar otras políticas monetarias etc. Eso era lo importante y no la absolutamente ridícula idea de la izquierda venezolana de que al chavismo le habría sucedido “otro gobierno burgués”: en Venezuela, hay una correlación directa entre tiranía y colapso y la situación actual lo que demanda es el fin de ambos, precisamente, para hacer posible una movilización más vasta que no es posible ante la combinación de tiranía, “guerra sin guerra” y colapso general.
-Que, en el mejor de los casos, como pasó luego de la Huelga-rebelión venezolana del 36 la movilización (que no es solo poner gente en la calle) habría establecido el marco dentro del cual las diferente elites y dirigencias políticas tendrían que operar, es decir, habría sido posible “gobernar al gobernante” que es la base del radicalismo propiamente democrático: en esas condiciones ya habría sido ya posible pensar en proyectos más vastos de cambios en el estado y la esfera pública, generar nuevas jefaturas, organizaciones, instancias de gobierno y organización etc. en un ambiente un poco más rico que la penuria económica, cultural y política actual, en fin, otra situación en que habrían sido posibles otras cosas.

Pero no va a ser venezuela, un país devastado y donde todavía se piensa en términos partidistas y caudillistas donde los problemas de la movilización política contemporánea se van a resolver ( insurreccionalismos, falta de memoria, estructura y duración, nuevas formas de dirección etc )

Con el “Plan Guaidó” (que no es más que una simple consigna) tal vez la última posibilidad de una revuelta se perdió y vino una aceleración de la descomposición del país que redujo dramáticamente el campo de lo posible, y ahora las dos opciones políticas en venezuela son estas:

-La fantasía de la Alt Right de que los EEUU eliminen al chavismo y conviertan a Venezuela en una suerte de Disneylandia , fantasía que viene, ante todo, del narcisismo de nuestra clase media alta y los círculos universitarios neoliberales y derechistas que han venido convergiendo en los últimos años (no olvidar que en países como Venezuela el neoliberalismo usualmente se presenta como el MÉTODO de sectores políticamente y socialmente conservadores, es decir, el neoliberalismo en sí no es de derecha pero los neoliberales suelen serlo).

-La de otros liberales, no capturados por la derecha y centroizquierdistas que dicen -estúpidamente- que “estamos condenados a negociar”, que se sienten bien consigo mismos, tan civilizados, hablando de “diálogo” y negociación, como si una negociación fuera otra cosa que la continuación de un conflicto por otros medios, es decir, una forma menos costosa de resolver una lucha. (.Pero cómo puede negociar alguien que no puede luchar y, por tanto, elevar los costos del contrario?, como se puede pedir “entienda que debe negociar” alguien que entiende perfectamente su situación pero solo quiere puede alargar su tiempo en el poder?.)

El hecho es que la población no tiene medios de presión: solo los EEUU. Y como las prioridades de los EEUU no son las de los venezolanos ellos han diseñado una situación a la medida de sus intereses en que a veces presionan a otras potencias a través de Venezuela, o la usan como propaganda electoral, o simplemente la ponen en cuarentena, en ese Cuarto Mundo en que han estado Zimbabwe y Cuba sin que cambie nada excepto por la aceleración del despotismo y la degradación.

Ahora, a casi un año de su juramentación, Guaidó trata de hacer lo que ni hizo entre enero y marzo, que es algo que el país (luego de los mega-apagones, el recrudecimiento de la crisis y un millón de inmigrantes más) seguramente ya no puede.

Como otros gobiernos parecidos el chavismo puede caer debido a una crisis inesperada o una ruptura en la cúpula. Puede hasta que finalmente acepten alguna negociación que cambie lo menos posible las cosas…pero hasta ahora la tendencia es que Maduro, como Mugabe, se extienda en el tiempo gestionando la descomposición y la ruina.

La responsabilidad de eso es de todos los venezolanos pero, muy en particular, la de que no hayamos podido dar una última batalla es del antichavismo, de la dirigencia política “opositora” y de una cultura de servidumbre voluntaria a la que Guaidó representa tan bien como Chávez.

Debemos recordar cómo, en ese momento decisivo, el antichavismo, incluso en sus tendencias más liberales, eligió esa servidumbre antes que la rebelión: como se prefirió el culto a los líderes que la amistad con los iguales, la fé en poderes salvadores más que la confianza en los demás: la elección entre buscar la deserción militar por la vía del reconocimiento a Guaidó como presidente y no por el llamado directo de los civiles a los militares en las calles construyendo una confianza mutua es una elección muy clara: Guaidó, trató de reemplazar a Chávez como Rey-sacerdote invocando el poder de los dioses aeronavales y haciendo fluir la “ayuda humanitaria” y el dinero de los activos venezolanos confiscados.

No olvidemos nunca los planes absurdos y enrevesados de Guaidó, sus bobadas de candidato eterno, pero tampoco el culto a la personalidad, la sumisión abyecta que despertó y que incluso la oposición a Guaidó dentro del antichavismo se manifestó como sumisión aún más abyecta a Trump como si en la hora más desesperada el antichavismo se disolviera en lo que es la esencia misma del chavismo: la rebelión obediente que se hace en nombre del buen amo contra el malo o el peor.

Y por haber sido así, no importa a qué extremos de vileza llegue el chavismo o cuanta gente pueda movilizar Guaidó, parece imposible que pueda hacer otra cosa que mirar con melancolía a ese momento en que todo pudo ser diferente.

En Venezuela hace falta más que una marcha multitudinaria sino una movilización oceánica y continua que vaya más allá de los límites sociales y geográficos del antichavismo, un verdadero salto de confianza, casi de fé que desborde la capacidad chavista de aterrorizar y reprimir y, por tanto, de la oportunidad a los militares de desobedecer y obligue a la cúpula chavista a tomar una decisión (no porque “entienden” sino porque no les queda otra) ….semejante cosa solo ocurriría más allá -e incluso a pesar -de Guaidó que tiene meses como un zombie, sin pena ni gloria diciendo consignas vacías o porque el chavismo, finalmente, pierda la habilidad de cabalgar el colapso y se disuelva en él.

Sea como sea ninguna de las cosas ocurrirá por Guaidó: o la gente, como en 2017, usa sus convocatorias para reagruparse y va más allá de la movilización antichavista (que siempre es o turba vengativa o masa inerte y pasiva) o factores en la dirigencia chavista encuentran la oportunidad para salir de Maduro (como ocurrió el 30 de Abril en una conspiración planeada por Manuel Cristopher, el jefe de la policía política, en la que Guaidó y López eran poco más que adornos, convidados de palo, o representantes de los intereses de EEUU).

Como Guaidó, no es rey de barajas sino de memes, esto será decidido por la fortuna o por la virtud de otros. Especialmente esos otros a los que él y toda la casta política venezolana ha pasado veinte años quitándole el control de su destino.

El desconcierto boliviano

Por Oscar Vega Camacho

1.

Los recientes sucesos en Bolivia vuelven a desafiar a los modos de entender y nombrar lo que ocurre en la actualidad. Como también a las formas de situarnos y orientarnos en los fluctuantes campos de batalla y en las evanescentes fronteras donde se disputan el hacer y el sentido de la política. Buscando en los hilos sueltos voy a comenzar con una cita de René Zavaleta Mercado de Las masas de noviembre, publicado en 1983 donde reflexionaba acerca del golpe militar de 1980, ya casi al final, apuntaba:

“En cualquier forma, la historia política se desarrolló rebasando de un modo largo la más bien modesta capacidad de análisis de la izquierda, enferma ahora como antes no sólo de tristes ideas sino de un antiintelectualismo que se diría militante. Las explicaciones, como es sabido, giraron en lo básico en torno a la intervención argentina y la cuestión de la cocaína. Una causa emergente (los argentinos, la cocaína) habría alterado -a su juicio- un curso de las cosas que de otra manera habría estado a salvo. Así de ocasional sería la historia del país. Los hechos enseñan más bien que Bolivia contenía al mismo tiempo grandes masas activas y también reflejos estáticos profundos. Las estructuras sociales, incluso la boliviana, suelen ser más conservadoras de lo que parecen y hay siempre un poderoso conjunto de medios reaccionarios en cada país. En este caso, la propia revolución democrática había ido concediendo los medios para el montaje del aparato que actuó sin éxito con Natusch y con éxito con García Meza.”

El recurso a buscar solamente en las causas emergentes y, ante todo, ocasionales como son el cómo y el por qué de un golpe de Estado, termina conduciendo a una reducción de los hechos, generando nebulosas convicciones para encubrir y eludir un curso de las cosas, o, como el polémico ensayista le gusta decir: “Así de ocasional sería la historia del país”. Porque están justamente empecinados a mantenerse cegados ante la realidad y se han inmunizado ante la memoria y la historia que los constituye, desplegando sus “tristes ideas” como incapacidades de un mínimo sentido crítico del orden de las cosas y mucho menos de las palabras.

Con esta cita no vamos a pretender explicar el desconcierto boliviano, pero nos puede ayudar a advertir y a empezar a recoger algunos hilos que puedan reorientar nuestras perspectivas para poder abordar y considerar la densidad de las diferentes temporalidades históricas puestas en juego. Es decir, al menos pongamos a valorar las subjetividades y los acontecimientos en sus propias dimensiones, sin tener que reducirlos a sujetos y hechos pasivos de poderosas fuerzas oscuras que pueden definir el destino y hacerlo manifiesto. Pues si, tenemos que recurrir a René Zavaleta Mercado, como un mínimo homenaje a un pensador intempestivo que, por supuesto, en su tiempo y en la actualidad, en sus diferentes intervenciones siempre incomodó y desacomodó a aquellas firmes tribunas con que se autodenominan de izquierda.

Pero no solamente pudo ironizar en torno a estas argumentaciones y explicaciones sobre las astucias del golpe de Estado, sino también precisó que no es suficiente utilizarlo como un indice de comprehension para querer oponerlo al gobierno democrático, porque desde la perspectiva de lo nacional-popular aquellas valorizaciones cobraban completamente otros sentidos, a partir de las acciones materiales que persiguieron y ejecutaron. Con lo cual,

nuevamente desordenaba el tablero y el orden histórico instituido por la hegemonía de clase y cultura dominante. Porque, para Zavaleta Mercado, plantearse un posicionamiento en la actualidad, es siempre en términos de procesos y tendencias, que puedan poner en consideración las densidades históricas y las temporalidades políticas que se juegan, con la urgencia de una perspectiva de lucha y emancipación.

2.

Los tiempos han cambiando radicalmente desde aquellas fechas y también las condiciones de las luchas, pero aún se mantienen tercamente en el transcurso temporal un orden de las cosas y una repartición de lo cognoscible. De esta manera, se establecieron continuidades y rupturas, y sé fueron configurando las disputas en los usos de la memoria y la historia. Esto es lo que se ha puesto en juego al tratar a la descolonización como proyecto político de emancipación. Y con la experiencia del proceso constituyente en Bolivia, que tuvo la fuerza y la capacidad para abrir horizontes y orientaciones a transitar. Esta es la potencia boliviana, que en su momento pudo imprimir y proyectar horizontes y sentidos a experimentar al nombrar: plurinacional, autonomía, vivir bien, pluralismo e interculturalidad. Que aún puedan ser potentes palabras vivas, que vibran y designan proyectos posibles de modos de vida y de vivir, es parte de lo que está en juego hoy en día.

Por lo tanto, quiero comenzar y subrayar fuertemente el profundo carácter colectivo y deliberativo con que se fue construyendo aquel horizonte constituyente y señalar que una vez promulgado como la nueva constitución, con todas las revisiones y cambios que requirió para su negociación y pacto con los opositores, se mantendrá presente la estructura y los componentes de transformación estatal. Pero una vez promulgado en 2009 y elegido Evo Morales con una muy amplia votación para su implementación a partir de 2010, no se optó por encaminar una transformación estatal sino por la continuidad y crecimiento del aparato estatal existente. Fue el momento de la encrucijada de los caminos a seguir. En consecuencia, se dio por finalizado el tiempo de deliberación y participación de la parte gubernamental, ya que ahora se iniciaba un tiempo para trabajar y vigorizar lo sé tenia, de cuidar el status quo, por lo que, ahora correspondía gestionar y administrar como fieles y buenos burócratas el supuesto nuevo ámbito estatal. Con solo el cambio de nombres y nomenclatura la política constitucional ya estaba finalmente realizada, con lo que se estaba eludiendo la profundidad y la magnitud de la crisis de la forma Estado-nación que heredamos y ahora sostenemos.

Se ha ahondando en una crisis persistente que cuando se manifestaba era tratada como meras deficiencias y descoordinaciones de políticas institucionales que podían ser rápidamente corregidas, aunque en efecto tenían continuamente interpelaciones sobre la ineficacia y corrupción como un modo atávico de cultura institucional publica. Desde ese punto vista, el lo publico, la dimensión institucional y gestión administrativa, no se transformo, quizás creció en volumen y papeleo, y mas bien con el estatismo centralista terminó reforzando y acentuando su papel de autoridad, y se impone como función estrictamente normativa. Todos aquellos cuidados que en el proceso constituyente eran las claves para poder democratizar los espacios y las instancias publicas, sociales y culturales son barridos y silenciados en la prácticas institucionales y cotidianas. De esta manera, todo aquel aparato estatal debía desmontarse para descolonizarlo persistirá y en sus propias entrañas termina cultivando su veneno y su posibles agonías, o, como apuntaba Zavaleta Mercado, “concediendo los medios para el montaje de su aparato”.

3.

Es necesario poder distinguir los distintos tiempos en el proceso politico boliviano que se abren y visibilizan en ascenso desde el 2000 y se configuran con capacidad de poder constituyente desde 2003 con la Agenda de Octubre. El rápido ascenso y amplio triunfo electoral de Evo Morales en 2005 es a través del compromiso con está Agenda, como también las principales tareas gubernamentales en la primera gestión presidencial: instalación de la Asamblea Constituyente, la denominada nacionalización de los recursos hidrocarburos, y el inicio de los juicios de responsabilidad a autoridades de gobiernos pasados. Pero a partir de la promulgación de la Constitución y las nuevas configuraciones de alianzas y pactos para encaminar las nuevas elecciones, se gesta un primer profundo cambio de correlación de fuerzas y perspectivas para las tareas primordiales estatales, ahora en concordancia con aquellos núcleos de poder económico, territorial y empresarial, en especial agroindustrial. Este sera el nuevo rostro progresista de la nueva gestión y de la construcción de la Agenda 2025, que apuntará a la modernización de la sociedad y estatal, apostando al salto de la industrialización de los recursos naturales y en convertir al país en el principal exportador de energía de la región. Toda la agenda de los movimientos indigenas campesinos originarios empieza a desplazarse y trastocarse, las distintas organizaciones se encuentran en la urgencia de reelaborar sus estrategias o empezar a enfrentarse nuevamente ante el poder estatal. En esa tendencia gubernamental los conflictos sociales cambian de escenario y protagonistas: desde las heridas del TIPNIS en 2011hasta las luchas actuales de Tariquía en el Chaco.

Será también un tiempo en el que se optará más por un aparato de la maquinaria electoral del partido, ahora con toda la fortaleza de ser un partido oficial, ante las organizaciones sociales e indigenas que planteaban políticas constitucionales de transformación. Quizás, en esta opción radica el núcleo principal del escándalo por corrupción del FONDIAC en 2015, que terminó catapultando a toda una generación de dirigentes indigenas que activaron y participaron en el proceso constituyente, dejando un camino más despejado e instrumental para el MAS como el partido político hegemónico. De esta manera, las organizaciones se encontraron cada vez más en una situación de subordinación y funcionalidad, o sino terminaban siendo desplazadas y fragmentadas, e incluso duplicadas, y consecuentemente perdiendo cada vez la articulación y la rotación entre dirigentes y base.

4.

El escenario en la gestión presidencial que comenzó en 2016 cambio radicalmente y se visibilizo con los resultados del referéndum para modificar la constitución y poder habilitar una nueva candidatura para las próximas elecciones. No solamente perdió en el resultado del referendum sino que se encamino a una estrategia legal para poder imponer su voluntad. Y efectivamente, el panorama de la dinámicas sociales y económicas de la ultima década estaban modificando la fluidez y la trama cultural y organizativa del escenario político, nuevas subjetividades y también nuevas . Es decir, el cómo poder leer no solamente el resultado del referendum después de resultados tan alentadores de las elecciones presidenciales meses antes, porque la pregunta fue también para los votantes el por qué tan pronto, apenas iniciada está nueva gestión presidencial, vamos a tener que decidir el rumbo de las próximas elecciones de cuatro años más adelante, qué estamos poniendo en juego o es que no llegaremos con la robustez suficiente en los próximos años. Porque, para estos votantes, no solamente se creaban mayores incertidumbres y recelos hacia la clase política, la brecha entre gobernantes y gobernados, sino también la experiencia evidenciaba que las justas electorales y consultas no estaban contribuyendo a dirimir sus asuntos, ni intereses, y mucho menos horizontes políticos, mas bien estaban siendo rehenes de las exigencias por los reacomodos y prebendalismos que suscitaban.

Estas son las consecuencias de la despolitización organizada y promovida estatalmente, ahora repetían es un tiempo de las clases medias y las ciudades en crecimiento, como si fueran las palabras claves para poder tratar y debatir lo que sucede en Bolivia. Con el sentimiento de que como nos va tan bien en la lectura económica somos la envidia de los países vecinos, al parecer nuestras preocupaciones y deseos finalmente se modernizaron. Estos son “los tristes pensamientos” con que nos teníamos que desempeñar los siguientes años y esforzarnos para poder en explicar que el curso de las cosas que empezaba a desbordar al ámbito estatal y a las dinámicas de la sociedad, por lo cual, no es casual que empiezan a surgir nuevas fronteras para la lucha política con el ascenso de los movimientos ecológicos y feministas, y quizás más tibiamente con respecto a lo público y los servicios.

En estas condiciones la erosión del sustento social de Evo Morales y de las iniciativas partidarias, que en este panorama tan agudo de despolitización ensayaran buscar una reelección presidencial con unas campañas electorales que declaraban ser los únicos garantes de la estabilidad política y el crecimiento económico. Cuando en el mundo globalizado se estaban desatando las furias nacionalistas y las defensas del proteccionismo económico, culpabilizando el malgasto de los derechos sociales y el privilegiar a las minorías, y condenando al aislamiento y traslado de los inmigrantes. En Bolivia podíamos enorgullecernos de nuestros logros estadísticos y del reconocimiento en los organismos internacionales, dejamos de ser pobres, o, al menos, la pobreza extrema. Cuando el orden de las cosas, la dureza de la realidad nos estaba interpelando cotidianamente, de qué milagro boliviano podíamos aferrarnos cuando el sueldo no alcanzaba para el mes, si es que se tenia sueldo porque el mayor porcentaje del trabajo es precario y extremadamente competitivo, los servicios no dan garantías y ni beneficios sociales, pues, había que endeudarse. Somos finalmente con esta forzada modernización una población mayoritariamente de precarios y de endeudados. ¿Qué horizontes pueden prometer? ¿Estabilidad y crecimiento, acaso se les puede creer?

Estos son algunos de los nudos donde se gesta aquella incredulidad e inconformidad en un momento electoral, también ayudara a vislumbrar la cuestión generacional que dará cuerpo a las resistencias ante el malestar del fraude electoral. Son los jóvenes, como decimos para poder visibilizarlos, cuando son la mayoría de la población en nuestros países sudamericanos. Pues, si ellos pusieron el cuerpo para que la rebelión y protesta pacífica pudiera sostenerse durante días, semanas. Las luces y los micrófonos mediáticos se enfocaban para captar las figuras de las voces políticas, que podían admirarse y agradecer la entrega de los jóvenes pero no pasaban de allí, ya que si no son convertidos en capital votante, no quieren sus usos, ni sus practicas, y mucho menos sus solidaridades y redes. Persisten aquellas visiones de la sociedad tradicional que son “jóvenes”, es decir, son materia dócil que hay que enderezar con los valores instituidos, porque también son fácilmente susceptibles de descarrilarse o abrazar ajenos idealismos. Es decir, hay que formarlos, hay que hacerlos. Allí radica el desencuentro generacional, social y cultural que está emergiendo con diferentes facetas en Bolivia y en todo Sudamérica, y tendremos que aprender a ver y a escuchar si queremos politizar estos mundos imposibles.

Un componente decisivo en el marco de lo que denominó la rebelión ciudadana pacífica serán la rearticulacion de los comités cívicos, como la vertiente más fuerte de lo anti-político. Se presentan como no-politicos para poder ejercer la mayor incidencia con efectos politicos, la vena de que son ciudadanos cualquiera que lo hacen por convicción cívica y patriótica, nos da los elementos básicos de su procedencia y su proceder en la tradición más cristalina del poder urbano y comercial, como también familiar y patriarcal. No es necesario para nuestro propósito deslindar más los asombros y peligros que conllevan, pero si señalar un regreso rearticulado y con mucha capacidad de dirimir en próximos espacios y actores de la escena política. Esta es la vertiente conservadora y reaccionaria, que para muchos habíamos finalmente abandonado y superado, pero su regreso intempestivo y tan seguro estaba cobijado por la profunda

despolitización desplegada desde el aparato estatal y alimentado por la extensión que han cobrado las iglesias de todo signo como las redes más firmes para las multiples estrategias de sobrevivencia de una sociedad precarizada y endeudada.

5.

El desconcierto es generalizado en Bolivia, pero también fuera de sus fronteras. Es decir, estamos en el desconcierto globalizado, viviendo, si puede decir así, en las ruinas del neoliberalismo -como titula su reciente libro Wendy Brown- porque no ha sido solamente el paso de aquel torbellino neoliberal con recetas de ajustes estructurales y libre comercio, sino también se ha mudado a un sutil y poderoso despliegue tecnológico de comportamientos y deseos para poder producir subjetividades. En ese sentido, en Sudamerica y en Bolivia nos hemos modernizado y han jugado un rol decisivo los denominados gobiernos progresistas porque nos hemos contemporanizado globalmente finalmente y han sido estos gobiernos progresistas los instrumentos más idóneos y sutiles para su plena implementación y despliegue a través de toda la sociedad. Lo que tenemos ahora son las hilachas y fragmentos sociales, un abigarramiento extendido -que quién sabe si Zavaleta Mercado lo preveía- en las ruinas del neoliberalismo que están activando y replanteando los posibles horizontes de emancipación. La furia ya está en la calle, pero también la alegría de estar y conversar poder para tejer los mundos y vidas por venir.

El desconcierto boliviano no es motivo de tristeza ni desengaño ni decepción, es efectivamente un tiempo de “tristes ideas”, con la imposición de cívicos, valores y biblias, y también con personajes muy cuestionables en el rol de politicos. Plantearse, que es pasajero, que es un gobierno de transición y que las próximas elecciones son la vía institucional para poder vislumbrar y dirimir las condiciones de vida y sus modos de gestionar las decisiones que continuamente afectan a todos y a todo. No está en la cabeza ni el corazón y mucho menos en el estomago, pero nuestro voto, ya sabemos, es obligatorio, tenemos que asistir religiosamente ante la urna. Podemos ser alegres aún …

Para poder combatir y resistir en las ruinas del neoliberalismo hay que utilizar todos los recursos que heredamos en la lucha, sin memoria y sin dignidad como nos enseñan las luchas indigenas y afroamericanas, no hay cuerpo que resista y pueda caminar, hablar, producir y crear. Para ello, tenemos que modificar nuestras escalas y perspectivas para poder producir múltiples subjetividades felices y creativas, como nos vienen enseñando en su ascenso los movimientos feministas, la potencia y la fuerza se produce al advertir la vulnerabilidad y fragilidad del cuerpo, de la vida y lo viviente, para así poder generar, producir y crear las disponibilidades y ductilidades en lazos, redes y comunes. Paso a paso, en la casa, barrio, comunidad, territorio, ciudad, naciones, pueblos, un otro mundo a inventar.

El desconcierto puede ser también la oportunidad para crear los caminos por venir.

El despertar de octubre y el cóndor: Notas desde Ecuador y la región

Por Catherine Walsh

Estas notas comenzaron como una necesidad, mi necesidad, de reflexionar sobre la rebelión y protesta de los pueblos durante dos semanas en Ecuador, una protesta de rebelión que viví y que continúa afectando mi cuerpo, mente, espíritu y alma. A diferencia de muchos de los análisis que circulan en el mundo intelectual “crítico”, no tienen la intención de imponer una interpretación singular, asumir una voz autorizada, simplificar los hechos o hacer que los eventos, movilizaciones y movimientos sean objeto de estudio. Son notas, parte de un texto inacabado y en desarrollo, escritas a partir de mi sentipensar, notas que abren la reflexión sobre la complejidad de lo vivido y lo que continúa. Sin embargo, a medida que Chile y Bolivia también comenzaron a explotar, las notas crecieron, crecen y crecerán, y con ellas mis preguntas sobre las coincidencias, las relaciones y las conexiones …

I.
Ha pasado un mes desde el “despertar de octubre” en Ecuador. Me refiero al “despertar” de protesta social masiva, lo que probablemente fue el mayor levantamiento indígena y huelga nacional en la historia de esta plurinación andina-amazónica-pacífica. Mientras decenas de miles de personas marcharon desde las Provincias a la ciudad capital de Quito, miles también ocuparon oficinas de los gobiernos provinciales, bloquearon carreteras y comercio, y cerraron la operación del país, todo en respuesta y resistencia a las políticas económicas impuestas por el estado y el FMI, incluyendo el decreto presidencial que eliminó los subsidios al combustible.

El hecho de que este despertar de protesta fue liderado, en gran parte, por mujeres no ha sido suficientemente reconocido. Tampoco se reconoce —en los medios de comunicación o en las propias organizaciones indígenas— el papel de las mujeres en repensar, recrear y sembrar el movimiento, la política, la lucha y la vida de hoy (en Ecuador y la región), o su papel de despertar la resistencia y re-existencia en estos tiempos de opresión capitalista-patriarcal-colonial, de violencia, destrucción y muerte.

Pero también me estoy refiriendo a otro “despertar”, él de la represión y violencia autorizadas y dirigidas por el estado. Sin duda, el despertar del estado en Ecuador fue impulsado por la carta de intención de marzo de 2019 con el FMI y sus demandas de reformas estructurales económicas, sociales y tributarias. El hecho de que estas reformas violen los derechos económicos, sociales y culturales nacionales e internacionales y amenacen la existencia misma de la mayoría de la población, es motivo suficiente para protestar, como lo es la inconstitucionalidad de la carta de intención, que fue firmada por el presidente Lenin Moreno sin aprobación previa de la Asamblea Nacional (el Congreso).

Pero, al contrario de lo que pueda parecer, el “despertar del estado” no es del estado-nación o estado nacional tal como lo conocemos. Más bien, es de la corporación estatal o del estado corporativo constitutivo de las etapas nuevas y emergentes de la acumulación e interés capitalista- colonial-global.1 Es un despertar, sacado a la luz en Ecuador, de nuevas estrategias y configuraciones de la matriz de poder colonial, en la que, como he argumentado en una carta reciente al difunto Aníbal Quijano, el estado corporativo desnacionalizado y el aparato o complejo militar-policial son parte.2

En este sentido, Ecuador evidencia lo que algunos de nosotrxs hemos sospechado por un tiempo: el naciente despertar o renacimiento del cóndor. Mi referencia, simbólicamente, es al ave, enorme, longevo y con semblanza de buitre, nativo de los Andes y que se cree casi extinto. Literalmente,es al “Plan Cóndor”, la campaña clandestina respaldada por Estados Unidos que comenzó a tomar forma en los años 60 bajo Kennedy contra la “amenaza cubana” y continuó a lo largo de las administraciones de Johnson, Nixon, Ford, Carter y Reagan. Sin duda, sus antecedentes empezaron décadas antes, en las operaciones de la CIA coordinadas con y por Nelson Rockefeller e impulsadas por el control del petróleo en la región. La misión del Plan Cóndor era de erradicar la influencia y las ideas soviéticas, comunistas y socialistas, y suprimir —a través de la violencia, la represión y el terror— a la oposición social y los movimientos, incluidos los movimientos indígenas, que amenazaban los intereses del capital y el avance del neoliberalismo. Los gobiernos de Argentina, Chile, Uruguay, Paraguay, Bolivia y Brasil fueron los principales miembros, aunque Ecuador y Perú también formaron parte.

¿No es el despertar de octubre evidencia del renacimiento del cóndor y de un Plan Cóndor II tomando forma e iniciando su operación?

No sugiero una repetición de lo sucedido hace más de 50 años, sino un nuevo capítulo o secuela. La configuración, los actores, las alianzas y las estrategias actuales ciertamente no son las mismas; no es olvidar la presencia, particularmente en México y Colombia —pero no solo allí— de pactos narco, paramilitar, estatales. Me refiero a las formaciones y corporaciones estatales presentes y emergentes a lo largo de la región en las cuales los intereses extractivos y del capital global —y sus lazos obvios— son partes constitutivas. Las complicidades y la configuración actuales no son solo sembradas y movidas por los EE. UU., aunque sin duda su gobierno, aliadas empresas einstituciones “multilaterales” (el FMI, el BID, el Banco Mundial, la OEA, etc.) son céntricos del juego. Las complicidades y las configuraciones con el capitalismo global también están adentro mismo de los países latinoamericanos. Fueron y están en los llamados gobiernos progresistas, aunque muchos de la izquierda tradicional niegan reconocer. Están en las oligarquías y élites, los intereses empresariales y en las iglesias (es decir, alianzas evangélica-políticas que incluyen católicos conservadores y Opus Dei), por nombrar solo algunos. La cooptación y la corporación de gobiernos locales y de líderes comunitarios, en particular de líderes indígenas y campesinos, son parte del plan, dando una cara mucho más compleja y diversa a la operación, pero también permitiendo alcanzar uno de los objetivos estratégicos: la grave debilitación y fragmentación de las comunidades y los movimientos sociales. Por todo esto y muchas razones más que aún no hemos descubierto, el nuevo Plan Cóndor es mucho más complejo que su predecesor.

El despertar de octubre es del cóndor ahora en vuelo y movimiento. Pero también, y al mismo tiempo, es de los pueblos y la gente en resistencia, rebelión y en acción insurgente y creativa de (re)vivir y (re)existir. Ecuador fue el comienzo. Luego vino Chile donde las protestas dirigidas por estudiantes contra las políticas neoliberales y por una Asamblea Constitucional y nueva Constitución (del pueblo y no pinochetista), han llevado a las calles a millones de personas de todas las edades en una rebelión de dignidad. Es una movilización que ya tiene casi un mes, sin la necesidad de figuras o líderes. La respuesta estatal: represión y violencia desproporcionada y brutal, cuyos niveles se vieron por última vez con Pinochet y su Plan Cóndor. En las palabras televisadas del presidente Piñera: “Estamos en una guerra contra un enemigo muy poderoso: elpueblo”. Si bien la violencia en Santiago (televisada y en las redes sociales) es evidencia, lo que no se ve en los medios ni en la prensa es la violencia, deshumanización y exterminio aún más brutales autorizadas y dirigidas por el estado en Wallmapu, el territorio y las comunidades de la nación mapuche.

Bolivia vino después. Allí, las inconsistencias y sospechas de fraude de las elecciones nacionales del 20 de octubre despertaron la rebelión, una respuesta de los pueblos a las complejas tensiones sociales y políticas que el gobierno de Evo / García Linera ha agravado durante mucho tiempo, con su autoritarismo político-patriarcal, su economía extractivista, su intencionada fragmentación y debilitamiento de los movimientos sociales, y su imposición de un otro mandato presidencial después que un referéndum popular dijo que NO.

La rebelión tomó el país, no en una simple polarización de aquellos a favor y en contra de Evo, sino en una amalgama de luchas, fuerzas, intereses y visiones mucho más complejas, políticamente, culturalmente y socialmente enraizadas y con ideas y prácticas diferenciales de (pluri)nación, gobierno, democracia, poder, existencia y pueblo. En esta mezcla, la rápida escalada del caos, confrontación y violencia no fue (o no solo fue) dirigida por el estado como ocurrió en Ecuador y que ocurre en Chile. En cambio, su ímpetu parece estar vinculado, en gran parte, a laoposición “cívica”: a una élite regional derechista con claros intereses capitalistas, religiosos y patriarcales, y con posturas anti-indígenas, racistas, fascistas y machistas. Es esta “oposición” que ha trabajado durante las últimas décadas para mantener viva el colonialismo interno y la colonialidad. Aquí no se trata solo de los niveles de violencia, sino de sus formas particularmente terroríficas: deshumanizaciones de líderes y autoridades indígenas, especialmente a mujeres, la caza de personas asociadas al gobierno y la quema de casas, entre otras, que recuerdan y continúan el largo horizonte de la empresa-matriz colonial en su proyecto interno y a la vez global.

Con la renuncia de Evo el 10 de noviembre, algunxs dicen que comenzó el “golpe”. Otros, incluidos Evo y García Linera, argumentan que el “golpe” fue constitutivo del esfuerzo por desacreditar las elecciones. Otras y otros sostienen que la ira, la indignación y el descontento social en torno a las elecciones y el presunto fraude proporcionaron el momento perfecto para poner en práctica el derrocamiento que los miembros de la oposición conservadora boliviana, con el apoyo de los Estados Unidos y la OEA, habían estado preparando. Me viene a la mente la “retirada” delgobierno, hace algunos años atrás, de Zelaya en Honduras (orquestada por la OEA y los Estados Unidos).

La autoproclamación hoy, 12 de noviembre, de la senadora blanca, rubia, ultra derechista y religiosamente conservadora Jeanine Áñez como presidenta interina, y su objetivo declarado públicamente: “a pacificar el país”, son indicativos de lo que está por venir. » Suelo con una Bolivia libre de ritos satánicos indígenas: la ciudad no es para los indios, que se vayan al altiplano o al chaco!» dijo en un tuit del 14 de abril de 2013 que ahora recircula por las redes. Otro tuit el 20 de junio de 2013: “Que el año Nuevo Aymara no luciera del alba! ¡Satánicos, a Dios nadie lo reemplaza!”

Con la Biblia en alto, se regocijó esta noche frente al palacio presidencial. La Biblia y la banderade “Democracia”, una democracia, sin duda, concebida y controlada desde las nuevas configuraciones y estrategias coloniales que mencioné anteriormente y especialmente emergente en América Latina hoy, en las que la alianza de la religión y la política es un parte componente. Una democracia diseñada para devolver a Bolivia al redil, asegurándose de que todo lo que amenaza su avance, especialmente los pueblos indígenas, campesinos, sectores populares, jóvenes, feministas y mujeres atrevidas, y también las ideas, prácticas y conocimientos que incomodan y desafían los valores conservadores-occidentales-religiosos, deben ser disipados, controlados, dominados, eliminados, exterminados. ¿Podemos dudar del renacimiento, la presencia y el vuelo del cóndor hoy?

II.

El sonido de las bombas de gas lacrimógeno y de los helicópteros las 24 horas del día todavía resuenan en mis oídos, junto con el rugido agudo de los aviones de guerra que sobrevolaron Quito durante 4 horas al día la semana siguiente del paro-levantamiento. ¿Una demostración de poderío militar o simplemente “práctica”, como afirmaban las noticias oficiales, para un día de conmemoración de la fuerza aérea? Las resonancias invaden mis sueños, junto con las imágenes duraderas de niveles de brutalidad policial, represión estatal y violencia nunca antes vistas en esta plurinación ecuatoriana.

¿Por qué la fuerza excesiva de la policía y los militares contra miles de personas —mujeres, hombres, jóvenes y niñxs, indígenas, negrxs, mestizxs, urbanxs y rurales—, la gran mayoría en protesta pacífica? ¿Cómo comprender el uso grave y desproporcionado de bombas de gas no solo en las calles, sino también en las zonas declaradas de paz, incluido el Parque Arbolito, las cocinas comunales y la Universidad Politécnica Salesiana donde se alojaron más de 5000 mujeres, niñxs y ancianxs cada noche? ¿Qué pasa con el uso de caballos para dispersar y pisotear la gente (imágenes que recuerdan la invasión española de hace más de 500 años)? ¿De pronunciamientos gubernamentales que culpan a cubanos y venezolanos (supuestamente enviados por Maduro) por la desestabilización? Pronunciamientos que también han ocurrido en Bolivia y Chile, sin evidencia ninguna. ¿Y cómo “leer” la declaración pública del Ministro de Defensa, capacitado hace años en la Escuela de las Américas durante el gobierno de Febres Cordero (colaborador clave del Plan Cóndor I), declaración que autorizó el uso de todos los medios necesarios, incluidas las armas letales, para proteger las instalaciones estratégicas y el estado? Dijo: “No se olviden que las Fuerzas Armadas, orgullosamente, tienen la experiencia de la guerra”.3

Las palabras del presidente Moreno en la reciente inauguración en Quito de la 174a sesión de laComisión Internacional de Derechos Humanos ofrecen un tono similar: “Una de las característicasdel estado democrático moderno es su reserva en el monopolio del uso de la fuerza … un uso de la fuerza del estado que permite la existencia de sociedades pacíficas. Esta situación [de octubre]requería el uso de la fuerza”.4

Si bien no se emplearon armas letales, la violencia desproporcionada tuvo su efecto aterrador; las estadísticas hasta el día de hoy: 12 muertos, 11 mutilados por el impacto de las bombas de gas, 1340 heridos en incidentes con las fuerzas públicas, 1152 encarcelados (un número que, un mes después, sigue en aumento).5

Por supuesto, las estadísticas no cuentan las historias de las personas asesinadas, brutalmente golpeadas, torturadas, secuestradas, desaparecidas, pisoteadas, gaseadas, gravemente heridas por balas de goma de corto alcance, o de las detenidas ilegalmente sin respeto a los derechos humanos, la Constitución y debido proceso legal. No evidencian el racismo o la fuerza machista y patriarcal. Y no revelan las complicidades: hospitales que excluyeron a los heridos, policías que atacaron brigadas médicas en la calle, el obispo católico que cerró la puerta de la catedral a la procesión fúnebre en Riobamba de un líder indígena asesinado, por nombrar solo algunos.

Ni las estadísticas ni los análisis políticos que circulan internacionalmente cuentan el dolor y el horror de lo vivido, los efectos físicos, psicológicos, emocionales y económicos —de entonces y ahora— para las personas, las familias y las comunidades; no cuentan sobre la falta de reparación o la escalada desenfrenada del racismo anti-indígena en el discurso del gobierno, la prensa, los sectores conservadores, de élite y algunos de clase media, y en actualidad de la vida cotidiana. En cambio, y con demasiada frecuencia, estos análisis, escritos desde la distancia, contribuyen a la deshumanización, a la inhumanidad y deshumanidad(es) autorizadas y declaradas, y a la idea de que la política y la lucha política —aún con demasiada frecuencia concebida en los términos simplistas y binaristas de derecha e izquierda— tienen más importancia que la existencia misma. El reciente informe sobre los derechos humanos durante el levantamiento indígena y la huelga nacional de octubre, publicado por la Alianza de Organizaciones por los Derechos Humanos, se centra en los testimonios de aquellas mujeres, hombres, jóvenes y niñxs cuyas vidas han sido gravemente afectadas por la violencia estatal autorizada, así proporcionando un contexto humano y humanizante para evidenciar lo ocurrido.6

III.

Es el 13 de octubre. Comienza el tan esperado diálogo entre las organizaciones indígenas y el gobierno. En cumplimiento con la demanda del movimiento indígena, el diálogo se televisa en todos los canales nacionales; un buen ejemplo de cómo las negociaciones podrían y deberían llevarse a cabo en este estado plurinacional (reconocido como tal por la Constitución de 2008). La sesión de varias horas termina con la revocación del presidente Moreno del Decreto 883, cuyo propósito era de eliminar los subsidios estatales de gasolina. Con la revocación llegó el anuncio de que se negociaría un nuevo decreto.

Miles de mujeres y hombres indígenas celebraron en la Casa de Cultura; muchos otros y otras participantes y simpatizantes de la protesta se unieron en las calles aledañas. Sin embargo, fue una especie de victoria pírica, importante sin duda para poner fin a las rondas de violencia de los 11 días de protesta y movilización, pero insuficiente para eliminar la incidencia y la presencia del FMI y sus demandas de reforma estructural y control económico, político y social. Insuficiente para abordar y reparar las violencias cometidas por las fuerzas estatales, e insuficiente para atender las causas del creciente empobrecimiento, la creciente violencia (especialmente contra mujeres) y el despojo, desplazamiento, desposesión y contaminación territorial, resultados de una economía extractivista (erigida y asentada en el gobierno de Rafael Correa) que hoy no conoce límites ni reclamos de daño. Insuficiente para hacer de la Constitución, considerada por muchxs la más radical del mundo (con su reconocimiento, entre otras áreas, de los derechos de la Naturaleza), un documento de praxis.

Si bien el diálogo organizado por el gobierno continúa con algunos sectores, la CONAIE y el movimiento indígena, junto con otras organizaciones sociales y colectivos, han tomado su propio camino en el Parlamento plurinacional de los pueblos. La propuesta del Parlamento presentada al gobierno el 31 de octubre deja claro el problema: el sacrificio de la sociedad para cumplir con los indicadores de crecimiento económico y las demandas del sistema capitalista. “El cambio en la perspectiva civilizatoría, … la transición desde una visión capitalista hacia una nueva forma de relación entre la sociedad, la naturaleza y la producción, … políticas públicas más coherentes, éticasy humanas” son los principios rectores de este importante documento que describe un plan de reforma económica, política, social y tributaria que se centra en las personas y la comunidad, y que tiene un alcance estructural. Los representantes del gobierno, incluido el presidente, rechazaron el plan directamente.

Las palabras televisadas del recién nombrado jefe del Conjunto de las Fuerzas Armadas hacen un indirecto a esta propuesta y al movimiento indígena: “Nuestras fuerzas armadas no vamos a permitir imponer un modelo que intenta en contra de los términos de la democracia básica.”7

¿Coincidencia que estas palabras llegaron el mismo día de la “democracia” de la autoproclamadapresidenta de Bolivia, el mismo día en que Trump anunció con orgullo que América Latina está volviendo a la democracia y que solo quedan Venezuela y Nicaragua?8

No es coincidencia, digo yo, sino parte del plan, de los despertares de octubre (y ahora noviembre) y del cóndor ahora en movimiento y vuelo regional.

…Estas notas, sin duda, continuarán…

Notas:

1 Ver: José Ángel Quintero Weir, “La emergencia del Nosotrxs,” Pueblos en camino. 18 enero, 2019.https://pueblosencamino.org/?p=6988

2 Catherine Walsh, “Reflexiones en torno a la colonialidad/descolonialidad del poder en América Latina hoy. Unacarta a Aníbal Quijano”, Otros Logos. Revista de Estudios Críticos, 10, diciembre 2019.http://www.ceapedi.com.ar/otroslogos/

3 http://www.teleamazonas.com/2019/10/oswaldo -jarrin-analiza-situacion-del-bloqueo-de-vias/

4 Citado en el diario La Hora, 9 de noviembre 2019, p. B3.

5 Milagros Aguirre, “Las medidas verdades de una rebelión de 11 días,” Quito: Comité Ecúmenico de Proyectos,October 2019. http://www.rebelion.org/docs/262149.pdf

6 Alianza de Organizaciones por los Derechos Humanos, Verdad, Justicia y Reparación. Informe de verificación sobre derechos humanos. Levantamiento indígena y paro nacional, 3-13 de octubre 2019. Quito, October 2019.https://www.inredh.org/archivos/pdf/informe_final_alianza_%202019_oct.pdf

7 Ecuavisa, 12 de noviembre 2019.

8 Citado por Jorge Gestoso en noticias Telesur, 12 de noviembre 2019. Ver también:https://www.telesurtv.net/news/trump-amenaza-venezuela-nicaragua-tras-golpe-bolivia-20191111-0050.html

La revolución digital: Una revolución técnica entre libertad y control

Por André Vitalis

Al calificar la revolución digital de revolución técnica se señala de partida la inspiración elluliana de mi escrito. Como se sabe, Jacques Ellul escribió mucho tanto sobre la técnica como sobre la revolución. No conoció Internet pero se interesó por la informática, e hizo diferentes valoraciones a medida que ésta iba evolucionando. A comienzos de los años 1950, en La técnica o la apuesta del siglo, la presenta como una “técnica en segundo grado” a la que augura un hermoso futuro; en 1977, en El sistema técnico, constituye el aglutinante que facilitará la integración de los distintos subconjuntos; en Cambiar de revolución, en 1982, es susceptible, gracias a la aparición del microordenador, de ser puesta al servicio de un proyecto revolucionario; en fin, en El bluf tecnológico, publicado en 1988, se revisa su importancia a la baja, en la medida en que no ha ayudado al sistema a reformarse. Al comienzo de esta última obra, Ellul nos confía que había comenzado, diez años antes, la redacción de un libro sobre el impacto de la informática en la sociedad pero que ante la rapidez de la evolución técnica renunció a su proyecto y abandonó las doscientas páginas ya redactadas: “No llegaba a dominar la materia a tratar, escribe. Huía entre mis dedos tan pronto pensaba haberla comprendido” (Ellul, 1988, p. 11). Hay que recordar esta bella lección de modestia y de apertura por parte de un pensador mundialmente conocido por sus análisis de la técnica.

De esta “revolución digital”, esta puesta en red y en datos que estamos viviendo con Internet, no conocemos ni todas las prolongaciones ni todas las consecuencias. Como antes de ella la revolución de la escritura o de la imprenta (Goody 1978 ; Eisenstein 1991), esta revolución nos transforma mucho más de lo que podemos transformarla. Es una revolución técnica en que la mejora de los medios precede muy ampliamente a las ventajas e inconvenientes que puede aportar. Se puede constatar hoy día que ha abierto nuevos espacios de libertad, aunque al precio de un mayor control sobre el individuo.

Se puede y se debe dar un mayor rigor semántico a la palabra revolución que, en sentido estricto, supone siempre una intencionalidad y la realización de un cambio social en profundidad. En relación a esta perspectiva de un cambio radical, la revolución digital es entendida de diferentes maneras. Tras hacer mención a una concepción optimista que Ellul siempre criticó, trataremos de mostrar que su contribución a un verdadero proyecto revolucionario no se puede dar por sentada.

La “revolución digital” es a la vez previsible e inesperada. Nacida del cruce de una lógica liberal con una lógica libertaria, ofrece nuevas posibilidades de expresión que no deben hacer olvidar otros aspectos menos positivos.

Esta revolución de lo digital prolonga una sociedad industrial en crisis preservando sus posibilidades de crecimiento. A comienzos de los años 1970, sociólogos y economistas anunciaron el advenimiento de una sociedad post-industrial, en la que las tecnologías de la información tendrían un lugar central. Informes oficiales, como el japonés Jacudi de 1972, mostraron que una sociedad de la información podía constituir una alternativa a una sociedad industrial considerada demasiado contaminante. En 1978, el informe Nora/Minc, en Francia, aboga en el mismo sentido, y diez años más tarde en Estados Unidos, un informe del MIT (Massachusetts Institute of Technology) recomendaba al Estado federal invertir masivamente en las industrias electrónicas para conservar la supremacía del país en la economía mundial. En 1993, el anuncio por el gobierno americano de la construcción de autopistas de la información y, dos años más tarde, el del G7 de construcción de una sociedad mundial de la información, nos hicieron entrar de lleno en la era digital.

Todos estos proyectos se caracterizaron par una gran impronta liberal. Se reconoce a las empresas privadas el papel principal en la edificación de esta sociedad de la información con una intervención mínima de los Estados. El sello liberal se encuentra también en la prioridad dada al crecimiento de los medios, sin definir antes los objetivos o las reformas deseables a las que deberían servir estos medios. Como señala Jean-Claude Michéa en su libro El imperio del mal menor (2007), el pensamiento liberal siempre se ha mostrado pesimista sobre las capacidades humanas para construir una buena sociedad. Prefiere verles perseguir sus intereses personales regulados por la mano invisible del mercado y actuar en el mundo con las armas de la ciencia y de la técnica. A falta de definición de finalidades, las nuevas técnicas y las redes de información son consideradas buenas y útiles en sí mismas, y volvemos a encontrar aquí, multiplicado por diez, el encantado discurso que desde el telégrafo ha acompañado siempre a la innovación en la comunicación. Como por un efecto mágico, estas nuevas técnicas permitirán trabajar con más eficacia, participar mejor en la vida democrática, difundir más y mejor el conocimiento y, en general, aportar una solución a todos los problemas sociales (Breton, 1992).

Veinte años más tarde, todas estas promesas están lejos de cumplirse. Sin embargo, se puede considerar que las opciones adoptadas tenían una pertinencia económica real. La puesta en marcha de une infraestructura mundial de información ha asegurado un desarrollo de los intercambios y permitido a las empresas americanas reforzar su supremacía. Tras el reinado de la máquina, con IBM, y el del software después, con Microsoft, ahora son los datos, con Google y Facebook, quienes dominan el mundo digital.

La revolución digital ha abierto nuevos espacios de libertad gracias a las funcionalidades que proponen las nuevas herramientas, pero también, y sobre todo, gracias al carácter democrático de Internet. Esta red universal es un espacio de comunicación mundial al alcance de todos. Constituida por un número indeterminado y potencialmente ilimitado de puntos interconectados, ofrece un modo de comunicación desterritorializado y sin punto central de control.

Este carácter democrático de la red que, en 2014, tenía 3.000 millones de usuarios, lo debemos a una sorprendente conjunción, que habría podido no producirse, entre instituciones financiadas por fondos públicos y la actividad autónoma de investigadores y apasionados de la informática, en muchos casos influenciados por los medios americanos de la contracultura (Halpin, 2009). Internet fue construido de partida para poder resistir a un ataque militar, después fue puesto al servicio de la comunidad científica. Gracias a la contribución de científicos independientes y de hackers con la consigna de “la Web para todos, para todo y en todas partes”, a comienzos de los años 1990 la red fue puesta a disposición de la mayoría. Estos contribuidores compartían una cultura común de la solidaridad y de la ayuda mutua, que se encuentra en su obra. Para ellos, la prioridad debía estar en el interés colectivo y en la gratuidad, por delante de cualquier otra consideración.

Pronto aparecieron empresas sensibles al interés de la red como fuente de ganancias pero, a pesar de ocupar un lugar cada vez más importante, no han podido cuestionar en lo fundamental estas opciones de partida. Estas decisiones de apertura, de universalidad y de gratuidad, por encima de la potencia de una herramienta digital interactiva, son las que han permitido a un número cada vez mayor de individuos acceder a enormes stocks de informaciones, comunicarse entre sí en foros y poder expresarse en el espacio público. Desde 2003, la Web participativa ha multiplicado estas posibilidades con los blogs, las wikis y las redes sociales. El mundo de la información se ha transformado. He estudiado en detalle un caso ejemplar de esta transformación en el momento de la marea negra del Erika, a finales de 1999, cuando en Francia había 6 millones de internautas y acababa de aparecer la primera página web colaborativa (Vitalis, 2005). La información difundida por Internet en esos momentos de crisis cuestionó la información ofrecida por el gobierno, los expertos y los medios de comunicación, mostrándose por lo general más fiable. Aparecieron de forma inesperada en la escena pública nuevos actores informativos que no habían sido invitados, rompiendo el monopolio de la palabra gubernamental y mediática.

La revolución digital es ambivalente porque las nuevas libertades que permite van a la par de un aumento del control social. Le contrapartida de la sociedad de la información es la sociedad de control. Internet facilita la participación, pero es al mismo tiempo un sistema que despoja a los internautas de sus datos.

Todo soporte digital (redes de telecomunicación, pero también las tarjetas bancarias o los teléfonos móviles) comporta una característica fundamental: conserva el rastro de las diferentes transacciones efectuadas, ya sea el haber pasado por tal lugar a tal hora, haber accedido a tal servicio o a tal banco de datos. Estos rastros no son inmediatamente perceptibles para el usuario, que ignora en general su captación, almacenaje y tratamiento. Esta producción automática e invisible de informaciones personales constituye un recurso comercial de primer orden. Gracias a ellas se conoce el gusto de los individuos, sus centros de interés o sus opiniones, y el marketing puede establecer perfiles y segmentaciones de comportamientos.

La recogida y el tratamiento de estos rastros son, si se puede hablar así, el precio de la gratuidad de los servicios ofrecidos en Internet. El individuo digital goza de la mayor libertad en la red, pero bajo la mirada de los poderes económicos y policiales. El ejemplo del navegador Google es, en este sentido, particularmente esclarecedor. Los rastros dejados por sus millones de usuarios son almacenados y tratados en 30 enormes centros de datos y de cálculo repartidos por el mundo. El tratamiento de estos datos partiendo de palabras clave permite a la empresa remunerarse con la publicidad contextual que aparece en los márgenes de las respuestas logradas en una búsqueda. La mayor libertad de acción lleva paradójicamente a la mayor posibilidad de observación y de análisis. Esta cartografía planetaria de identidades atenta gravemente al derecho a la vida privada, que las muchas leyes informáticas y las libertades intervenidas desde hace treinta años se muestran incapaces de proteger. La empresa, después de haber querido conservar indefinidamente estos datos, ha aceptado reducir la duración de su conservación a nueve meses. El problema de la propiedad de los datos producidos por la digitalización de los soportes nunca se ha planteado. La centralización y el tratamiento de los datos personales por empresas privadas atentan al derecho a la intimidad de las personas, pero implican también intereses para la gestión colectiva. Así, aunque Google no entiende nada del mecanismo de propagación de los virus, esta empresa puede sin embargo prever dos semanas antes que las autoridades sanitarias competentes el grado de propagación del virus de una gripe.

Como muestra el éxito de las redes sociales donde los individuos desvelan por sí mismos informaciones consideradas hasta entonces confidenciales, la preservación del derecho a la vida privada no parece hoy una preocupación prioritaria. No obstante, desde las revelaciones de Edward Snowden en junio de 2013, esta cuestión retiene más la atención (Lefébure, 2014). Es difícil permanecer indiferente, sobre todo para los Estados, ante el saqueo mundial de datos personales efectuado por la Agencia Nacional de Seguridad Americana (NSA) con la complicidad de los operadores de telecomunicaciones y de los gigantes de Internet. En el Net mundial organizado en Sao Paulo en abril de 2014 por la presidenta de Brasil, las prácticas de esta agencia fueron objeto de una condena unánime, así como el actual modo de gobierno de la red.

La digitalización de los soportes posibilita la puesta en práctica de un modelo inédito de vigilancia, tanto mejor tolerado al ser invisible y no estar en manos de un único Big Brother. Los objetivos de esta vigilancia son esencialmente comerciales y securitarios. Es una vigilancia masiva, basada en la captación y el tratamiento de los rastros de cerca de 3.000 millones de internautas; es una vigilancia de anticipación, que trata de prever el comportamiento del individuo para determinar estrategias muy orientadas a influir en sus compras o para tomar las medidas necesarias en caso de comportamiento desviado. Como se ve, el internauta y el usuario de soportes digitales es un individuo que goza de una gran libertad, pero es también un individuo convertido en un sospechoso y en una diana comercial (Mattelart et Vitalis, 2014).

La revolución digital como fundamento de una revolución política que permitirá realizar todas sus promesas

Para algunos, hace falta una revolución política para que se puedan manifestar todas las potencialidades liberadoras de las técnicas digitales. Para ello, hay que suprimir las relaciones de clase y de dominación del capitalismo que hoy día impiden esta manifestación. Se puede reconocer aquí una recuperación del pensamiento marxista que las teorías de las multitudes se esfuerzan en actualizar (Granjon, 2006). Voy a presentar brevemente las distintas componentes de estas teorías que se complementan y refuerzan entre ellas, a saber: la tesis del nuevo imperio, del capitalismo cognitivo y de la era post-mediática. Es útil mencionar las teorías de las multitudes, en la medida en que ponen en el centro de sus análisis las nuevas herramientas y las redes de comunicación, concediéndoles un papel decisivo. Se encuentran también en forma edulcorada en muchos discursos.

La teoría del nuevo imperio fue defendida por Antonio Negri y Michael Hard en el libro Imperio, publicado en 2000, que hizo mucho ruido y se convirtió en una de las referencias del movimiento altermundialista. Para estos autores, el imperio es un aparato descentralizado y desterritorializado de gobierno que está en todas partes y en ninguna. El poder de un capital mundializado se ejerce ahora en un espacio global en el que las antiguas soberanías de los Estados-naciones se han vuelto caducas. En este contexto emerge un nuevo sujeto revolucionario, la multitud, a partir de formas de producción cada vez más inmateriales y comunicacionales. Internet constituiría una primera aproximación y un primer modelo. La multitud reúne a individuos singulares cuya principal característica es organizarse en red y participar en un trabajo basado en la cooperación. Este nuevo actor es un sujeto sometido a los nuevos modos de producción y, al mismo tiempo, un sujeto político que posee la capacidad de emanciparse de esta dominación para promover el bien común.

Estamos en definitiva ante una nueva etapa de la lucha de los explotados contra el poder del capital. Negri y Hardt quisieron escribir un nuevo manifiesto comunista para nuestro tiempo. El proletariado industrial es sustituido por un sujeto más colectivo e híbrido, adaptado al trabajo en red y comunicacional. Estas nuevas herramientas, desprendidas del dominio del capital, permitirán construir una sociedad más libre, más justa y más democrática. No hay que esperar una gran noche pero, a la larga, la victoria sobre las fuerzas de explotación es ineluctable y desembocará en la invención de nuevas formas de representación y de gobierno.

La teoría del capitalismo cognitivo, anunciando el advenimiento de una tercera revolución industrial y la emergencia de nuevas relaciones de producción, refuerza la filosofía política del nuevo imperio. Una forma todavía inédita de capitalismo, el capitalismo cognitivo, habría sucedido desde 1975 al capitalismo industrial, que, por su parte, había suplantado al capitalismo mercantilista y esclavista (Vercellone, 2003). El trabajo industrial ha cedido el lugar a un trabajo inmaterial donde la información y la comunicación ocupan un lugar esencial. Al igual que antes debieron industrializarse todas las formas de la vida social, el trabajo y la sociedad deben hoy informatizarse. A medida que se generaliza la automatización, ya no se valoriza la fuerza de trabajo, sino la inteligencia y la creatividad. El valor ya no se mide en tiempo de trabajo, sino que se refugia en adelante en lo que no puede ser programado y en la capacidad de resolución de los problemas. Para el economista Yann Moulier Boutang, teórico de esta nueva forma de capitalismo, “el nuevo sistema de producción se basa en el trabajo de cerebros reunidos en red por medio de ordenadores. La sociedad en red, hecha posible por la informática, transforma las condiciones de intercambio de conocimiento, de producción de la innovación y las posibilidades mismas de captación de valor por las empresas” (Boutang, 2007: 87).

Los trabajadores de esta vida reticular y colaborativa, que gozan de una amplia autonomía, no pueden dejar de cuestionar un sistema basado en la apropiación privada de las riquezas que no permite que el mayor número se beneficie de las ventajas aportadas por las tecnologías de información y de comunicación. La experiencia del software libre muestra que el derecho de propiedad puede ser reinterpretado radicalmente, así como que se puede revisar de arriba abajo la condición salarial en un momento en que las fronteras entre trabajo y no-trabajo se vuelven cada vez más sutiles.

Las teorías de la era postmediática se interesan, por su parte, en el cambio radical aportado por una red interactiva como Internet en un espacio hasta entonces monopolizado y modelado por medios de comunicación unilaterales, a los que no se puede responder y que desde un centro irrigan una lejana periferia. La entrada en una era postmediática consiste en una reapropiación individual y colectiva de las máquinas de información, de arte y de cultura.

Podemos liberarnos ya del dominio de un medio de comunicación como la televisión que, basándose en una disociación entre la producción y la recepción, ha aplastado las subjetividades (Stiegler, 2009). Internet pone en entredicho esta lógica unilateral al permitir a la mayoría ser a la vez receptora y productora de información. La red permite la expresión de uno mismo, la participación, la organización de una inteligencia colectiva y la creación de medios de comunicación alternativos. En lugar de comportamientos de consumo pueden manifestarse comportamientos de contribución. La creación de una enciclopedia en línea como Wikipedia demuestra lo que puede producir una lógica de intercambio y de participación. Si, en el pasado, los llamados medios comunitarios no pudieron cuestionar seriamente el unilateralismo de los medios de comunicación masivos, el medio digital y reticular les pone fin.

Otra idea de la revolución que pone en cuestión la revolución digital

Tras los acontecimientos de mayo 68 en Francia, Jacques Ellul emprendió una reflexión de largo alcance sobre el fenómeno revolucionario, al que dedicó varios libros (Vitalis, 2013). A partir de una amplia aproximación histórica, muestra ante todo que no se debe confundir una revuelta con una revolución. A diferencia de la primera, en la segunda hay un pensamiento previo y la voluntad de imponer un proyecto por la vía de los hechos, creando nuevas instituciones. Sobre todo, muestra que después de la Revolución francesa de 1789, la revolución, que había sido asimilada hasta entonces en términos negativos de terror y de violencia, va a ser considerada desde una imagen positiva. Marx se apoyó en este ejemplo para elaborar su teoría de la lucha de clases y del proletariado revolucionario. Él y sus sucesores contribuyeron a poner en orden la revolución, que se vuelve un fenómeno previsible que va en el sentido de la historia mientras que anteriormente expresaba un rechazo a avanzar hacia el futuro. De alguna manera, se va a insertar en un modelo preestablecido, donde la libertad se confunde con la necesidad. Ya no hay lugar para la expresión espontánea y la búsqueda de vías originales e inéditas. Se necesitan profesionales de la revolución y un partido, y aplicar tácticas y estrategias para apoderarse del poder. El Estado, así como las posibilidades técnicas, nunca son cuestionados. Al contrario, se quiere hacer de éstos los principales vectores de realización y de avances de la revolución. En una célebre fórmula pronunciada en un congreso de los Soviets en 1920, Lenin decía: “El socialismo es el poder de los soviets más la electrificación”.

Ellul critica radicalmente esta concepción de una revolución política que se piensa en el sentido de la Historia, realizando por medio de un cambio de poder todas las promesas de la técnica. Para él, la técnica puede constituir una ayuda, pero puede ser también un obstáculo. No yendo necesariamente en el sentido de la historia, no estando a remolque del cambio técnico, una verdadera ruptura revolucionaria es siempre algo improbable.

Voy a retomar tres problemáticas ellulianas, en el cuestionamiento de la revolución digital: la problemática de la técnica apropiada, la problemática de la relación fin/medio y la problemática de los límites.

El autor de La técnica y la apuesta del siglo considera que las sociedades más desarrolladas económicamente son sociedades técnicas donde lo que importa ante todo es la elección de los medios más eficaces. La neutralidad de la técnica es cuestionada por tanto en la medida en que ésta, al volverse autónoma, ya no depende de las decisiones políticas y del libre arbitrio del usuario. La elección de los medios es esencial y se puede comprender por qué rechazar determinadas técnicas para no estar sometido a su lógica. En la historia ha habido muchos rechazos a recurrir a nuevas técnicas de comunicación, como lo testimonian el rechazo a la escritura, la contestación de la imagen o la oposición a la imprenta. También hoy se observan rechazos a la utilización de Internet por personas muy minoritarias que poseen todos los medios intelectuales y financieros para volverse internautas. Las razones del rechazo son múltiples y siempre motivadas: temor de dependencia y de manipulación, vinculación a otros soportes que se estiman más propicios a la reflexión, falta de utilidad, etc. (Boudokhane, 2008).

Las técnicas son más o menos favorables a la libertad y a la creatividad del individuo. Es conocida en este sentido la elección de Ivan Illich en favor de técnicas amigables que favorecen la autonomía y el dominio humanos. La noción de tecnología apropiada o de tecnología dulce de Ellul es muy cercana. Hasta 1970, éste último consideraba que el sistema técnico era un sistema inquebrantable que no tenía más que una orientación de poder. A partir de esta fecha, la automatización y la informatización pueden permitir cambiar esta orientación. En su libro Cambiar de revolución, la microinformática, a diferencia de la gran informática, es considerada como un posible instrumento de liberación en la medida en que hace posible la descentralización, la coordinación entre pequeños grupos a través de redes o llevar la decisión a la base.

Esta evaluación positiva podría también hacerse hoy a una red como Internet, habida cuenta de su carácter democrático. Sin embargo debe ser revisada cuando se constata que la red se ha convertido en el instrumento de una vigilancia masiva y de una centralización de los datos personales por Estados y empresas. Lo primero para hacer de ella un instrumento de comunicación apropiado sería elaborar una carta mundial de la informática y de las libertades que protegiera la vida privada en todas las partes del mundo, garantizando a todo internauta el acceso a su duplicado digital, con la posibilidad de borrar las partes que desee (Vitalis, 2008a).

Intervenir lo más arriba posible la oferta de tecnologías antes de que éstas se impongan sería la mejor manera de beneficiarse de tecnologías dulces y apropiadas. Por ejemplo, las empresas de distribución han sido hasta ahora las más interesadas en el Internet de los objetos y han financiado los primeros estudios. No es cierto que la mayoría vea con buenos ojos esta invasión próxima de su vida cotidiana por miles de microchips comunicantes e indiscretos.

Una técnica orientada hacia el poder es siempre un obstáculo para un proyecto revolucionario que debe hacerse contra él. Una técnica apropiada es necesaria pero no suficiente para hacer una revolución. Hace falta también y sobre todo una voluntad revolucionaria, una decisión. Volvemos a encontrar aquí la problemática esencial de las relaciones entre los medios y los fines, debiendo darse la prioridad, a diferencia de lo que ocurre en una sociedad, a las finalidades. El contexto político y social es por tanto determinante. Ellul pensó que a comienzos de los años 1980 era posible una revolución, porque acababa de aparecer una técnica apropiada como la microinformática, pero también, y sobre todo, porque en ese momento histórico preciso se manifestaba una profunda voluntad de cambio.

Para dar una idea de la radicalidad de un cambio verdaderamente revolucionario, voy a recordar los cinco cambios que, según Ellul (1982), debería realizar la revolución de finales del siglo 20: una ayuda totalmente desinteresada a los países del Sur gracias a una reconversión de la potencia industrial occidental; la opción de no-potencia, privilegiando el medio más humano y más respetuoso con la naturaleza respecto al medio más eficaz; la separación y la diversificación en todos los ámbitos con una preferencia por la autogestión; la reducción drástica del tiempo de trabajo; y, en fin, el abandono del trabajo asalariado gracias a nuevas modalidades de reparto de la riqueza.

En este comienzo del siglo 21 nos encontramos ante una situación paradójica. Mientras a las revoluciones del pasado les faltaron medios, hoy día la superabundancia de medios parece quitarnos todo deseo de revolución. Se multiplican las revueltas, pero cuanto más técnica es la sociedad, más imposible se vuelve la revolución. El dominio de la técnica exige la determinación de límites. En otras palabras, no siempre se debe hacer lo que técnicamente es posible hacer. A falta de capacidad de autolimitación de nuestras sociedades, de alguna manera las presiones externas, como el calentamiento climático o las contaminaciones del medio ambiente, nos obligan a modificar nuestros modos de producción y de consumo. Parece que las técnicas digitales, a priori no contaminantes y que pueden permitir economizar energía, deberían ser excluidas de este cuestionamiento. Ante su continuo y rápido crecimiento, algunos consideran sin embargo que habría que reexaminar esta opinión (Flipo, 2007). En algunos países, las infraestructuras digitales consumen cerca del 10% del consumo total de electricidad. Un estudio reciente afirma que hasta 2020, el impacto de los enormes centros de datos y de cálculo en CO2 sobre el medio ambiente sería más importante que el de toda la industria de transporte aéreo.

El movimiento por el decrecimiento muestra que se puede escoger voluntariamente la vía de la autolimitación. Poniendo en entredicho un imaginario demasiado exclusivamente económico y la noción de progreso que lo acompaña, este movimiento, directamente inspirado en las tesis de Ellul, propone una verdadera ruptura. El problema, en este caso, es saber si las tecnologías digitales pueden ser afectadas por este movimiento. No se entiende por qué hay que fijar límites a técnicas de almacenaje y de tratamiento de signos que ofrecen nuevos espacios de expresión y de relación muy útiles y apreciados en estos tiempos de crisis social. El éxito de las redes sociales parece ir a la par con el ascenso de las incertidumbres, como si sus participantes tuvieran necesidad de asegurar su identidad y sus lazos sociales.

Las nuevas redes y las herramientas de comunicación no deben sin embargo convertirse en el todo de la información y de la comunicación. Aunque las consecuencias de su utilización sobre las percepciones y las representaciones son difíciles de evaluar, es verdad que no siempre son positivas (Virilio, 1995, 1996). En estas condiciones, un derecho a la desconexión debe ser acogido favorablemente, así como la iniciativa de algunas escuelas de privar de pantalla y de televisión durante una decena de días a los nativos digitales.

André Vitalis es profesor emérito de la Universidad de Burdeos, Francia.

https://journals.openedition.org/communiquer/1494

Traducción: Javier Garitazelaia para viento sur

Referencias

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Bolivia: un levantamiento popular aprovechado por la ultraderecha

Por Raúl Zibechi

El levantamiento del pueblo boliviano y de sus organizaciones fue lo que en última instancia provocó la caída del gobierno. Los principales movimientos exigieron la renuncia antes de que lo hicieran las fuerzas armadas y la policía. La OEA sostuvo al gobierno hasta el final. La crítica coyuntura que atraviesa Bolivia no comenzó con el fraude electoral, sino con el sistemático ataque del gobierno de Evo Morales y Álvaro García Linera a los movimientos populares que los llevaron al Palacio Quemado, al punto que cuando necesitaron que los defendieran, estaban desactivados y desmoralizados.

1.- La movilización social y la negativa de los movimientos a defender lo que en su momento consideraron “su” gobierno fue lo que provocó la renuncia. Así lo atestiguan las declaraciones de la Central Obrera Boliviana, de docentes y autoridades de la Universidad Pública de El Alto (UPEA), de decenas de organizaciones y de Mujeres Creando, quizá la más clara de todas. La izquierda latinoamericana no puede aceptar que una parte considerable del movimiento popular exigió la renuncia del gobierno, porque no puede ver más allá de los caudillos.

La declaración de la histórica Federación Sindical de Trabajadores Mineros de Bolivia (FSTMB), cercana al gobierno, es el ejemplo más claro del sentimiento de muchos movimientos: “Presidente Evo ya hiciste mucho por Bolivia, mejoraste la educación, salud, le diste dignidad a mucha gente pobre. Presidente no dejes que tu pueblo arda ni te lleves más muertos por encima presidente. Todo el pueblo te va a valorar por esa posición que tienes que tener y la renuncia es inevitable compañero Presidente. Tenemos que dejar en manos del pueblo el gobierno nacional”.

2.- Este triste desenlace tiene antecedentes que se remontan, en apretada síntesis, a la marcha en defensa del Territorio Indígena y Parque Nacional Isiboro-Sécure (TIPNIS) en 2011. Luego de esa acción multitudinaria, el gobierno empezó a dividir a las organizaciones que la convocaron.

Mientras Morales-García Linera mantuvieron excelentes relaciones con el empresariado, dieron un golpe del Estado contra el Consejo Nacional de Ayllus y Markas del Qullasuyu (Conamaq) y la Confederación de Pueblos Indígenas de Bolivia (CIDOB), dos organizaciones históricas de los pueblos originarios. Mandaron a la policía, echaron a los dirigentes legítimos y atrás llegaron, protegidos por la policía, los dirigentes afines al gobierno.

En junio de 2012 CIDOB denunció “la intromisión del gobierno con el único propósito de manipular, dividir y afectar a las instancias orgánicas y representativas de los pueblos indígenas de Bolivia”. Un grupo de disidentes con apoyo del gobierno desconocieron a las autoridades y convocaron una “comisión ampliada” para elegir nuevas autoridades.

En diciembre de 2013, un grupo de disidentes de CONAMAQ, afines al MAS, tomaron el local, golpearon y expulsaron a quienes allí se encontraban con apoyo de la policía, que permaneció resguardando la sede e impidiendo que las legítimas autoridades pudieran recuperarla. El comunicado de la organización asegura que el golpe contra CONAMAQ se dio para “aprobar todas las políticas en contra del movimiento indígena originario y del pueblo boliviano, sin que nadie pueda decir nada”.

3.- El 21 de febrero de 2016 el propio gobierno convocó un referendo para que la población se pronunciara a favor o en contra de la cuarta reelección de Morales. Pese a que la mayoría dijo NO, el gobierno siguió adelante con los planes de reelección.

Ambos hechos, el desconocimiento de la voluntad popular y la expulsión de las legítimas direcciones de movimientos sociales, representan golpes contra el pueblo.

Más grave aún. En la mañana del miércoles 17 de febrero, días antes de la celebración del referendo, una manifestación de padres de alumnos llegó hasta la alcaldía de El Alto. Un grupo de cien manifestantes ingresó por la fuerza al recinto provocando un incendio en el que murieron seis personas. Los manifestantes que se escudaron en la movilización de los padres pertenecían al oficialista Movimiento al Socialismo (MAS).

Este es el estilo de un gobierno que denuncia “golpe” pero una y otra vez ha actuado de forma represiva contra los sectores populares organizados que enfrentaron sus políticas extractivistas.

4.- Las elecciones del 20 de octubre consumaron un fraude para la mayoría de las personas en Bolivia. Los primeros datos apuntaban hacia una segunda vuelta. Pero el conteo se detuvo sin explicación alguna y los datos que se ofrecieron al día siguiente mostraban que Evo ganaba en primera vuelta, ya que obtenía más de 10% de diferencia aunque no llegara a 50% de los votos.

En varias regiones se producen enfrentamientos con la policía, mientras los manifestantes queman tres oficinas regionales del tribunal electoral en Potosí, Sucre y Cobija. Las organizaciones ciudadanas convocan a una huelga general por tiempo indeterminado. El día 23, Morales denuncia que está en proceso “un golpe de estado” por parte de la derecha boliviana.

El lunes 28, se intensifica la protesta con bloqueos y enfrentamientos con la policía, pero también entre simpatizantes y opositores del gobierno. Como en otras ocasiones, Morales-García Linera movilizan a las organizaciones cooptadas para enfrentar a otras organizaciones y a personas que se oponen a su gobierno.

El 2 de noviembre se produce un viraje importante. El presidente del Comité Cívico de Santa Cruz, que mantenía una alianza con el gobierno de Morales, Luis Fernando Camacho, llama al ejército y a la policía a “ponerse del lado de la gente” para forzar la renuncia del presidente, invocando a dios y la biblia. El viernes 8 se amotinan las primeras tres unidades policiales en Cochabamba, Sucre y Santa Cruz, y los uniformados fraternizaron con los manifestantes en La Paz. Dos días después, con un país movilizado, el binomio ofrece su renuncia verbal, que no escrita.

5.- En este escenario de polarización, debemos destacar la notable intervención del movimiento feminista de Bolivia, en particular el colectivo Mujeres Creando, que encabezó una articulación de mujeres en las principales ciudades.

El 6 de noviembre, en plena polarización violenta, María Galindo escribió en el diario Página 7: “Fernando Camacho y Evo Morales son complementarios”. “Ambos se erigen en representantes únicos del ‘pueblo’. Ambos odian las libertades de las mujeres y la mariconada. Ambos son homofóbicos y racistas, ambos usan el conflicto para sacar ventaja”.

No sólo exige la renuncia del gobierno y del tribunal electoral (cómplice del fraude), sino la convocatoria de nuevas elecciones con otras reglas, donde la sociedad esté involucrada, para que “nadie necesite nunca más de un partido político para ser escuchad@ y para hacer ejercicio de representación”.

La inmensa mayoría de las personas que habitan Bolivia no entró en el juego de la guerra que quisieron imponer Morales-García Linera cuando renunciaron y lanzaron a sus partidarios a la destrucción y el saqueo (en particular en La Paz y El Alto), probablemente para forzar la intervención militar y justificar así su denuncia de un “golpe” que nunca existió. Tampoco entraron en el juego de la ultraderecha, que actúa de forma violenta y racista contra los sectores populares.

6.- La izquierda latinoamericana, si es que aún queda algo en ella de ética y dignidad, debemos reflexionar sobre el poder y los abusos que conlleva su ejercicio. Como nos enseñan las feministas y los pueblos originarios, el poder es siempre opresivo, colonial y patriarcal. Por eso ellas rechazan los caudillos y las comunidades rotan sus jefes para que no acumulen poder.

No podemos olvidar que en este momento existe un serio peligro de que la derecha racista, colonial y patriarcal consiga aprovechar la situación para imponerse y provocar un baño de sangre. El revanchismo político y social de las clases dominantes está tan latente como en los últimos cinco siglos y debe ser frenado sin vacilaciones.

No entremos en el juego de la guerra que ambos bandos nos quieren imponer.