21 lecciones para el siglo XXI, de Yuval Noah Harari. Debate, 408 páginas.
Estados Unidos: la gira de despedida [America: The Farewell Tour] de Chris Hedges. Simon & Schuster, 400 páginas.
El primer párrafo de la novela de Charles Dickens, Historia de dos ciudades, comienza así: “Era el mejor de los tiempos, era el peor de los tiempos”, y prosigue, “la era de la luz y de las tinieblas; la primavera de la esperanza y el invierno de la desesperación. Lo teníamos todo ante nosotros y no había nada; íbamos todos directos al cielo, marchábamos en sentido contrario”. El comienzo del siglo XXI parece asemejarse al final del siglo XVIII en al menos este aspecto: las garantías de progreso se alternan con amenazas de catástrofes; las promesas de infinita mejora se responden con advertencias de declive terminal; cada Steven Pinker produce un equivalente y opuesto Wendell Berry.
La cuestión no es solo cómo de precisas son estas predicciones antagónicas, puesto que solo los participantes más longevos en estos debates llegarán a ver si sus pronósticos se cumplen o no. En todo caso, el futuro no es un experimento científico, en el que se cambia una variable y después otra, mientras las condiciones iniciales permanecen constantes. Nosotros tenemos que tomar vitales decisiones políticas a largo plazo sin la esperanza de saber, incluso muchas décadas después, si una decisión diferente habría dado mejores resultados. (Sí, lo sé: “nosotros” es una ficción placentera, puesto que son las élites quienes tomarán esas decisiones, pero finjamos que vivimos en una democracia).
Revisando los números
El debate sobre el progreso, al menos públicamente, es un debate sobre tecnología: lo que ha funcionado, lo que podría funcionar y a qué precio. Eso suena bastante sencillo, pero no es así. A la economía neoclásica se le da muy bien ignorar el coste y los beneficios de aquellos con poco poder de mercado, como por ejemplo los agricultores o los pescadores de subsistencia, la gente indígena apegada a su tierra y los futuros habitantes de zonas costeras (aproximadamente un 50 % de la población estadounidense), que podría no querer tener que decidir entre desplazarse tierra adentro o vivir en una casa flotante. Igual que una propuesta es “políticamente posible”, en el argot de la Casa Blanca, no solo si una mayoría de la población la quiere, sino solo si tiene alguna posibilidad de reunir los apoyos clave en el Congreso, también una tecnología no es “viable” para un economista si puede servir para maximizar el bienestar humano, sino solo si puede atraer suficientes inversores que esperan sacar beneficio de ella. Ambos procesos de decisión, siendo generosos, distan mucho de ser ideales.
El reciente libro de Steven Pinker La Ilustración ahora: argumentos a favor de la razón, la ciencia el humanismo y el progreso [Enlightenment Now: The Case for Reason, Science, Humanism, and Progress] inició la última fase del debate. La mayor parte del libro está dedicada a presentar docenas de gráficos sobre casi todo lo habido y por haber: muertes en vehículos de motor, populismo, armas nucleares, soledad, tiempo libre, alfabetización femenina, trabajo infantil, calorías mundiales per cápita, CO2 emitido por dólar del PIB y caídas de rayos, además de una sólida polémica contra la religión, el posmodernismo y (desafortunadamente) Nietzsche. Pinker es por lo general razonable aunque poco imaginativo, así que cuando habla de desigualdad, secunda la flagrante banalidad del profesor libertario Harry Frankfurt: “Desde el punto de vista de la moralidad, no es importante que todo el mundo deba tener lo mismo, lo que es moralmente importante es que cada persona tenga suficiente”, y luego sermonea de forma arrogante a Naomi Klein por rechazar el incrementalismo del cambio climático como si ella se hubiera dado el gusto de emplear una retórica subida de tono en lugar de ofrecer argumentos debidamente justificados. Así y todo, los gráficos de Pinker son como una especie de servicio público.
El libro de Gregg Easterbrook, Es mejor de lo que parece adopta la misma estrategia repleta de datos (sin los gráficos) que Pinker para llegar a la misma conclusión: casi todo está mejorando, lo mismo da lo que piense casi todo el mundo. Empieza preparándose para la pelea: el prefacio informa a los ignorantes partidarios de Sanders y Trump de que su rabia estaba injustificada. Había pocas cosas que estuvieran mal en Estados Unidos en 2016 (¡matices de Hillary Clinton!): “Siendo objetivos, Estados Unidos estaba en mejor forma de lo que nunca había estado… los estándares de vida, los ingresos per cápita, el poder adquisitivo, la salud, la seguridad, la libertad y la longevidad estaban en sus niveles más altos, mientras que las mujeres, las minorías y los gais eran libres en grados que nunca antes habían alcanzado”.

