Los signos del desastre

por Jeudiel Martínez

La luz se va por horas, a veces por días,  el agua no llega en semanas, el internet es tan intermitente como las líneas telefónicas. No hay dinero en efectivo para pagar y las plataformas de los bancos públicos no funcionan. Las unidades de transporte cada vez son menos y el metro se acerca al colapso. La combinación de falta de efectivo y de medios de transporte obliga a muchos a renunciar al trabajo o los estudios. Las gestiones más simples se hacen torturas interminables.  Incontables productos y marcas han desaparecido de los estantes de los supermercados. Las morgues rebosan de muertos, los hospitales carecen de insumos básicos y los alimentos y medicinas son escasos o muy caros. No es falso que se haya incrementado el número de personas que mendigan, sacan comida de la basura o se prostituyen por comida.

La Venezuela de hoy podría simbolizar con muchas imágenes: una máquina descompuesta y abandonada al óxido, un animal encerrado abandonado a la llaga, el hambre y la podredumbre, una ciudad desierta y llena de basura. Pero esas serían meras metáforas. Malas metáforas.

Tantos son los signos e imágenes del desastre, tan fuertes son que no necesitamos esas imágenes suplementarias: ¿es que no basta con  las aguas blancas del Pao Cachinche corrompidas por las negras y pútridas del lago de Valencia, los ríos contaminados del norte del país, las riberas del Caroní deforestadas y licuadas hasta hacerse barro, el agua color mierda que sale de los grifos? ¿No es suficiente con los presos pudriéndose en los calabozos de las policías municipales –sin audiencias, sin habeas corpus, sin agua y  sin comida- , los que escarban en la basura para buscar comida?.

Esos son los primeros signos. Signos de contaminación, de podredumbre.

Otros son  de falta, de carencia y de omisión: las bolsas de plástico y de papel que ya no se encuentran, los estantes vacíos, los productos y marcas desaparecidos de los mercados, las fábricas y comercios cerrados,  los cajeros automáticos descompuestos, el dinero en efectivo que no se encuentra, los electrodomésticos dañados por los apagones, los innumerables baños cerrados por falta de agua, las medicinas que no se encuentran, las esperas desesperadas porque se haga efectiva una transferencia bancaria, la falta de dinero en efectivo, los cientos de miles asesinados por los criminales, los 18000 asesinados por la policía, los  millones de emigrantes que no volverán, el cuerpo macilento y cada vez más flaco de los gobernados.

También hay   signos de plenitud. Los dólares fugados, las mansiones en España y dominicana,  los productos de los Clap traficados ante la vista de policías y militares, Las colas interminables para comprar cualquier cosa, la grasa que envuelve los  cuerpos atocinados de los gobernantes, los presos que rebosan los calabozos, la basura que desborda los basureros.

Pero ningún signo  es tan vehemente, tan destructor como la hiperinflación, plenitud de ceros que no valen nada, de dinero que nada puede comprar.  ¿Pueden imaginarse los abogados del chavismo, la izquierda nostálgica, los apologetas profesionales la sensación desesperante del que descubre que, cada día, se la hace imposible comprar las cosas más sencillas?

Signos de podredumbre,  de carencia, de plenitud  y, también, de fracaso. Los signos del fracaso están en todas partes del país, desde Tocoma en el Sur hasta los Andes –pasando por el cauce del río Guaire-  un nuevo tipo de ruina, la ruina prematura,  es el resultado más visible del fracaso incomparable del chavismo: proyectos inconclusos o abandonados, obras de infraestructura abandonadas , fábricas nacionalizadas que nunca produjeron nada…

En su abandono recuerdan un poco  a los restos de la época soviética pero, a diferencia de estos, no tienen grandeza o glorias pasadas que les den un aura, ningún logro perdurable al que apegarse: la ruina prematura, y también, la ruina viviente son invenciones del chavismo, como en PDVSA, que produce menos de un millón de barriles diarios, como en las empresas básicas, como todo lo que con su poder de Midas inverso el caudillo secó y destruyó.

En Venezuela incluso los peores tiranos del siglo XX dejaron algo: carreteras, unidad nacional, infraestructuras.  Pero esas ruinas están entre los signos más claros del paso de Hugo Chávez sobre la tierra. Declaran que el caudillo, el avatar de Cristo-Bolívar pasó por allí, que hizo un programa de televisión cursi, que se mintió a sí mismo y a otros con los grandes logros de la revolución que, se emborrachó con las mismas ilusiones de los ilusos que le seguían,  que asignó recursos que terminaron en el bolsillo de funcionarios tan inútiles como corruptos.

Las ruinas son su imagen, su huella y su símbolo.   Ellas y el amor y la sumisión servil que todavía inspira en sus seguidores. Ellas y la raza impúdica de nuestros nuevos amos, sus sucesores,  que prefiere cualquier cosa a dejar al poder. Ruinas prematuras, amor al poder, y tiranía. Sumémosle el agua negra sale por los grifos, los apagones,  las estafas de Derwick y Odebrecht, el crecimiento incomparable de la violencia y el crimen, y la riqueza fantástica de los bolichicos y boliburgueses: he ahí el legado.

Todo lo bueno o noble que intentó en medio de sus excesos de riqueza y de poder o se quedó en fantaseos o buenas intenciones o hace rato se perdió en la descomposición y el desastre que el mismo invocó como un aprendiz de brujo. En esta región del mundo donde el padre es a la vez ausente, mediocre y brutal, el caudillo no fue anómalo sino  normal, como si la contrapartida física de su obsesión metafísica con la unidad, fuese el desastre: unidad de los cuerpos y las almas, de la tierra y de sus riquezas en el seno del estado que se pudre y se desmorona.

Cada ruina atestigua un hechizo contrahecho, un golem mal armado del cabalista mediocre que no dejó más que ruinas, dinero en el bolsillo de los burócratas e ilusiones en la mente de los ilusos. Nadie como el caudillo  ha encarnado a la mamarrachada, el esperpento nacional que, liberado de sus últimas, de sus precarias contenciones (multipartidismo, disciplina fiscal, residuos de estado de derecho) ha mutado en desastre y corrupción ilimitados: prometió soberanía alimentaria y la comida es importada, prometió hacer de Venezuela un súper-productor de petróleo y PDVSA está quebrada, prometió democracia y dejó caudillismo y estado de excepción, prometió participación y dejó verticalismo y burocracia ¿es que hay un solo caso en que los conjuros inversos del caudillo han dejado algo que no sea lo perfectamente contrario de lo invocado, de lo ofrecido?.

¿Es que no apareció en su última alocución pública (el Golpe de Timón que  los simples creen que habría cambiado todo) hablando de “fábricas de fábricas” y “fábricas de satélites” apenas un par de años antes de que se hiciera casi imposible encontrar comida?.

Hugo Chávez fue un virtuoso en el arte de  apropiarse de todo para descomponerlo. A él ni las viudas del neoliberalismo ni nuestras izquierdas patéticas le entienden. Atribuir su método –que es el de Maduro- al socialismo soviético, o el neoliberalismo es, en el peor de los casos, estupidez doctrinaria, en el mejor una simple aproximación.

Lo que se escapa a los liberales y neoliberales tanto como a los socialistas es que la obsesión con nacionalizar y regular no fue más que el método de una privatización del estado que en el pasado ha sido llamada patrimonialismo y que hizo de Chávez más que la personificación del estado su propietario: no era Alejandro Andrade, su guardaespaldas, el encargado del tesoro público?, no fue vicepresidente del tesoro una de sus enfermeras? es que  cuidar del dinero público era una extensión de cuidar a Chávez, el tesoro público era su tesoro y la res pública su patrimonio, la confusión generalizada entre público y privado, el éxtasis del clientelismo, es uno de los signos más claros de su paso por el poder.  Por eso las misiones sociales no eran un atributo de la Seguridad Social nunca renovada sino de sus relaciones personales con Fidel Castro, una relación clientelar basada en el alquiler de mano de obra importada y no de nuevas o renovadas instituciones.

La “Unidad, Unidad, Unidad,” de la que hablaba obsesivamente parecía el empeño de convertir a todo el estado en una extensión o una prótesis de su personalidad cuyas extensiones nerviosas eran líneas clientelistas y caudillistas, de ahí la tolerancia incondicional a la corrupción de sus funcionarios, siempre que fueran leales. Esa confusión entre público y privado es un signo de esa captura del estado que no trata de , como en la simple concepción liberal, que el estado capture a la sociedad sino de que  una fuerza supraestatal capture al estado. Esa captura del estado en lo supraestatal -y su duplicación en lo paraestatal- parece ser  la esencia de todo totalitarismo sea que construya un estado a su medida, como en Cuba o que capture uno existente como en Italia o Alemania o que, como en Venezuela, lo descomponga.

En ese contexto socialistas y neoliberales se debaten para entender el desastre chavista: los primeros dicen que la propiedad privada no solo permaneció sino que las fortunas privadas se multiplicaron gracias al saqueo de la riqueza pública, los segundos que un régimen asfixiante de policía se abatió sobre la empresa…y ambos tienen razón: si el chavismo generó tal vez el más grande saqueo de la historia nacional fue uno de riqueza pública -4.000 millones de dólares según la asamblea nacional y un poco menos según los chavistas disidentes de Marea Socialista- saqueo del que participó, avido, el capitalismo privado venezolano…pero el socialismo de Chávez más que falso fue decadente, descompuesto el mismo, sin mecanismos de planificación sin todo el know how generado durante décadas para compensar las deficiencias de la planificación centralizada pero tampoco capaz de generar algo semejante a las instituciones del bienestar del norte de europa o incluso de Cuba cuyo fracaso en generar fuerzas productivas es bien conocido.

El socialismo de Chávez, que recuerda un poco al de Argelia o Libia, era ante todo un régimen de policía a través del monopolio del dólar y las expropiaciones masivas, una guerra contra el empresariado,  al que veía como un enemigo pero también una estrategia para generar un empresariado dócil, parasitario y aprovechable a través de los contratos y las asignaciones de dólares baratos: Raúl Gorrín es, sin duda, la personificación del empresario tal como lo concebía el chavismo. Por esos mismos medios se estableció todo un sistema de control bioeconómico de la población, basado en la moneda subsidiada y servicios gratuitos, un esquema de intercambio de subsidios por lealtad.

Reducido a una serie de procedimientos de baja policía, privado de todos los mecanismos racionales y el know how técnico requerido el socialismo chavista terminó convertido en un arma contra la producción y en una herramienta práctica de saqueo: Ingenios azucareros, fábricas, canales de televisión, nada escapaba del hambre de unidad de Hugo Chávez. Los resultados los conocemos, el azúcar es escasa y cara, sus fábricas nacionalizadas son cascarones vacíos…olvidemos a los tontos sin esperanza que corren gritando ¡¡esto no es socialismo ¡¡¡ a sus hermanos neoliberales, igual de imbéciles,  que giran y gritan ¡¡¡castro-comunismo¡¡¡ hay algo descompuesto, disfuncional, mamotrético en el chavismo que no sirve ni a los requerimientos del mercado libre ni a los del estado planificador: hace imposible tanto la producción económica que requiere el primero como la gestión pública más o menos ordenada que reclama el segundo: demasiado desastroso, inepto, incapaz, para establecer un mercado libre o un estatismo funcional, el chavismo los imita y los entremezcla a su manera, estatiza porque ha privatizado al estado, da poder de vida y muerte a burócratas que son magnates y empresarios,   licua lo público y lo privado en un compuesto en lo que lo único discernible son las mafias que tienden a reemplazar tanto a la burocracia como a la empresa, mafias que fundidas en oligarquías son las propietarias privadas del estado en una sociedad comanditaria que es la forma política del gobierno privado indirecto.

No basta entonces con decir que el chavismo es totalitario, lo cual es más que obvio, hace falta entender que es un totalitarismo fallido, que descompuso al país al tratar de capturarlo y que, en cierto sentido, siempre ha sido el gestor de su propio fracaso incluso antes de que la muerte del caudillo y la caída del precio del petróleo lo hicieran evidente.   ¿Es que podemos imaginar en los grandes autoritarismos de Eurasia (el saudí, el turco, el iraní, el chino, el ruso) sumergidos en apagones, el agua cortada por semanas, los bancos dejando de funcionar por días? ¿Es que podemos imaginarnos al rey de Arabia Saudita pidiéndole al presidente de Aramco que venda pollos? ¿A Mendelev peleándose con los panaderos de Moscú?, ¿a los  Castro privatizando las cárceles a los presos o declarando “zonas de paz” donde la policía no entra?. Las bufonadas tristes del chavismo, sus estándares ridículamente bajos para todo, no tienen lugar en un proyecto autoritario funcional, mucho menos en el de una potencia con pretensiones hegemónicas.

Por eso no tiene sentido comparar al chavismo con los grandes proyectos autoritarios o totalitarios de nuestro tiempo, sean cuales sean sus fallas, taras y crímenes. El chavismo es otra cosa: Comparado con las monarquías del Golfo Pérsico, el Irán de los ayatollahs la Turquía de Erdogan, por no decir de Rusia o China la Venezuela chavista es un desastre, un chiste,  solo comparable a las dictaduras africanas o a otros estados fallidos: un gobierno del desastre cuya única virtud es surfear en medio del desastre sin hundirse en él, usarlo como medio de dominio por el mayor tiempo posible.

Achille Mbembe ha hablado de la necropolítica como una política de la muerte o, al menos, como el indecidible, la frontera entre un poder moderno que hace vivir y deja morir y uno arcaico que mata y deja vivir. Pero dondequiera que Mbembe trata de reintroducir la dimensión del poder soberano que decide sobre la vida y la muerte este aparece fragmentado, fractalizado, como centenares de imágenes distorsionadas en un espejo roto. Sea la tercer mundialización programada de la margen occidental del Jordán, sea el centro o el oeste de África lo que aparecen son fragmentos, soberanía fragmentada en multitud de reyezuelos y mandarines divididos en una guerra incesante y molecular que en casi toda américa latina es conocida:  el poder de facciones armadas, mafias, policiales corruptas y esquemas de saqueo como los descubiertos por la operación Lava Jato.

De hecho la necropolítica y el “gobierno privado indirecto” de los que habla Mbembe se implican, se reflejan, tal como la fragmentación territorial y la guerra molecular, sus encuentros y consorcios parecen ser la arquitectura mutante del tercer mundo como escenario de una descomposición ilimitada.  Es cierto que esta necropolítica, esta gestión de la muerte del mundo,  es ya la de las petroleras, la del capital financiero, la de las guerras eternas en el medio oriente, pero son pocos los rincones del mundo donde el Necropoder se extiende en tal medida en que se deviene una necrocracia, es decir, donde la gestión del desastre se convierte en la racionalidad misma del poder.

Es en el centro de África, en los restos del Mar de Aral, en los rincones del mundo abandonados a la podredumbre y el desastre, allí donde la corrupción no tiene límite,  el autoritarismo se nutre del colapso y la empresa privada y el poder público se funden en la mafia y la oligarquía donde podemos encontrar algo con que comparar o conmensurar este desastre, pero siempre que entendamos, contra las teorías histéricas de las derechas y el denial infantil de la izquierda que el chavismo no es una excepción sino probablemente la tendencia en un periodo donde los poderes establecidos aceptan cada vez más el desastre y las crisis crónicas como la nueva normalidad (pensemos en la actitud hacia el calentamiento global o los desastres de EEUU en el Medio Oriente y el Norte de África) sino que el chavismo parece ser, en sí, un signo del desastre venezolano, un síntoma de un país que ya estaba en un avanzado estado de des-composición desde 1999 y que por eso mismo no solo generó al chavismo sino que no tuvo la capacidad de controlarlo o eliminarlo,  por el contrario, el antichavismo se reveló él mismo tan necropolítico como el chavismo y su verdadera condición de posibilidad (o es que el poder absoluto de Chávez habría sido posible sin desastres como el golpe de abril, el paro petrolero y la abstención de 2005?).

Cómo se verían en los años posteriores, todos los actores involucrados se convertirían en aceleradores del desastre incluso el Grupo de Lima y los EEUU con las sanciones: Trump que decepcionando a los gloriosos idiotas del liberalismo venezolano  -devenido Alt Right y adulación a Trump- no tomó la decisión soberana de destruir al chavismo sino la de gestionar su desastre relegando Venezuela, mediante las sanciones, a un Cuarto Mundo semejante a aquel en que malvive la gente de Gaza y Yemen o en el que Mugabe se las arregló para prosperar y los Castro a “resistir”.  Si el chavismo ya es signo y síntoma del desastre es porque es la imagen, la marca y el símbolo de todo de aquello en que Venezuela se convirtió en la segunda mitad del siglo XX: aquella Venezuela de la que el antichavismo triste sienten tanta saudade fue la causa del chavismo, tal como el chavismo es la causa no solo de ese éxtasis del desastre que vivimos desde 2009 (contenido solo por el fármaco petrolero) sino de las monadas de desastres contenidas en el principal.

Entender el chavismo es entender el Necropoder. Entender el Necropoder es entender la corrupción y el desastre. Corrupción, estrictamente hablando, es la destrucción de cualquier cosa por la corrosión, la descomposición y el colapso. Desastre es el desalineamiento de los astros, la dislocación cósmica que augura desastre para los mortales, es decir la pérdida de forma, estructura u orden. Son aspectos distintos de una destrucción necesaria para el devenir de las cosas. En nuestro caso, parece que la corrupción genera al desastre y el desastre acelera la corrupción en un ciclo autopoiético.

Pero un animal muerto que se pudre, se corrompe, libera elementos químicos que dan lugar a cosas nuevas igual que un desastre natural modifica el ambiente. Imaginemos un animal que nunca acabara de descomponerse -o de morir- un cataclismo no súbito sino continuo, con altos y bajas: un incendio, un diluvio o un temblor de baja intensidad que ni terminará ni diera a la tierra el tiempo para adaptarse, una podredumbre que no termina eso es Venezuela bajo el chavismo.

 

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