VENEZUELA: Los dialogantes y la rebelión que no fue

por Jeudiel Martínez

 

«El alma recusa a aquellos que quieren la guerra porque la confunden con la lucha, pero también a aquellos que renuncian a la lucha porque la confunden con la guerra». G. Deleuze

 

Hace poco vi un articulo de un intelectual venezolano muy respetable lamentándose por lo difícil que es dialogar con el gobierno, en realidad sobre lo difícil que hace el gobierno dialogar con él y cuán lamentable es eso. Lamentación por ese dialogo superior, tan civilizado e inteligente comparado con la barbarie y la violencia.

Es que, aunque no lo crean, en Venezuela un sector del antichavismo cree firmemente en «dialogar» con el gobierno, es decir, dialogar con el que los oprime. No solo eso, creen que esta idea da una especie de superioridad «intelectual y moral» frente a los bárbaros incultos que quieren la guerra, la gente culta y civilizada que no se rebaja a la violencia. Idea pueril que tiene su eco en los chavistas moderados que proponían un referendo revocatorio para preguntarle a la gente…si quería tener elecciones libres !!!!.

Pero diálogo, al margen de la forma oportunista en que el chavismo lo invoca, es una noción completamente vacía, moralista, que supone que las personas se reconozcan y respeten unas a otras. Pero eso no pasa siempre, es más bien algo propio de las relaciones de amistad -y solo en ciertas circunstancias- el diálogo, como principio universal, como ley de las relaciones humanas…es simplemente infantil y doblemente infantil la idea de que “estamos condenados a dialogar” en Venezuela. Es decir: propondríamos un diálogo de una mujer con el hombre que la viola, del torturador con el torturado?. La política de oposición en Venezuela es siempre desesperada y esa desesperación toma muchas formas.

Otra cosa sería una negociación, pero una negociación siempre es algo estratégico, es parte de una lucha, no resulado de “reconocer al otro” sino de comprender una situación: «suelta los rehenes y no te matamos»; «si me reducen la condena testificó contra X», «entrega las armas y te dejamos crear un partido», “dame el control de la empresa y te pago muy bien por tus acciones” se negocia porque conviene, para evitar un perjuicio u obtener un beneficio, porque otros actúan sobre nuestras acciones y nosotros sobre las de ellos, porque puede disminuir ciertos costos… por causas materiales, efectivas…negociar, que siempre expresa una lucha o relación estratégica, implica un cálculo basado en relaciones de fuerzas y no en reglas morales como ocurre con el diálogo que implica, de entrada, que para los otros siempre va a ser racional o preferible hablar y que los buenos seres humanos, siempre racionales, se reconocerán unos a los otros al final…pero no era perfectamente racionales el Lager, el Gulag y el campo de violación? No lo son las matanzas del FAES el CLAP y los racionamientos eléctricos?.

Ahora bien, cómo es que en Venezuela no se entiende esta diferencia tan básica?. En realidad la confusión entre negociación y diálogo es la contrapartida de otra, entre guerra y lucha. Yo creo que es una confusión creada tanto por el predominio de teorías y perspectivas anticuadas (un habermasianismo incurable, un liberalismo parlamentarista??) que ven en la política un cese del conflicto, una pacificación, el lugar de una palabra que es intercambio amable y pacífico y, en la democracia en sí, un un marco normativo. Esta perspectiva, me arriesgaría a decir, pesa tanto como por la polarización , el desastre, y sus circunstancias específicas.

Verán, en Venezuela el antichavismo tiene dos polos: uno que desea la destrucción total del chavismo y otro que busca entenderse con él, ambos tienen expresiones viles y honestas y ambos son congénitamente desesperados: no es casualidad que no existan estructuras o instancias permanentes de lucha en Venezuela pues dialogo y exterminación son vistos como momentos privilegiados, fugaces. Pero ambos excluyen la lucha política: unos porque piensan en términos de un golpe súbito, de UN DÍA mesiánico en que el chavismo será eliminado como los malos en las películas de acción y los otros porque esperan que en ese día la lucha termine y las personas racionales finalmente puedan entenderse. Así, pese a que hace un año había levantamientos contra el gobierno y rupturas en el ámbito militar la impresión general entre los antichavistas es que NO SE PUEDE LUCHAR contra el chavismo: o tenemos que ser liberados por una potencia extranjera, o por los militares o tenemos que entendernos con el chavismo en el poder como sujetos racionales para evitar la destrucción. En la teoría y en la práctica esto es muy complicado porque si se asume que hay alguien que no puede hacer nada, que no puede luchar, se postula una derrota absoluta y toda discusión sobre política pasa a ser banal como la estrategia de un boxeador que está en la lona sin poder despertarse.

Las consecuencias de que el antichavismo solo conciba la paz o la guerra son muy profundas pues la lucha política es, justamente, aquello que está más allá de la paz y de la guerra, conflicto pero sin destrucción o aniquilación: lo vemos en luchas como las de Chile y Hong Kong, deporte sangriento que tiene tanto en común con una batalla pero no lo es, y también en las elecciones y procesos judiciales que son “formas de lucha”, forma plena de la lucha política la democracia no se opone realmente a la tiranía o el despotismo: es una línea de fuga más allá de la paz y la guerra. Que esto sea tan difícil de concebir precisamente en un año lleno de todo tipo de luchas multitudinarias en todo tipo de países solo confirma lo profundo de la confusión en la oposición venezolana y el amplio sentimiento de derrota que cunde entre esta. Pero la gente común no se puede rendir: o lucha por sobrevivir, o tiene que protestar para tener servicios públicos o simplemente hace la fuga y el éxodo. Es que un estado de total obediencia, de total sometimiento es meramente teórico (esto no quiere decir que los seres vivos sean indomables: colaborar con el que les somete o suicidarse puede ser, en muchas circunstancias, la estrategia elegida, incluso la más “racional”)

En estas circunstancias uno entiende como hace algunos años se hablaba tanto de Desobediencia Civil, aunque de forma oportunista, por Maria Corina Machado y porque eso le dió prestigio delante de ciertos sectores. Creo que la legitimidad de ella se basó, no solo en su clase social -la ilusión de una burguesía no rentista y vagamente señorial en que cierta clase media proyecta sus aspiraciones- sino en que le dijo a los antichavistas algo cierto: que no había razón alguna para entenderse con un gobierno tiránico y que era utópico pretender dialogar con él…el problema es que Machado NUNCA CREYÓ realmente, no digamos en que los venezolanos pueden liberarse a sí mismos, sino que pueden jugar parte en esa liberación, por eso habló mucho de la desobediencia civil y en realidad la practico muy poco (no es difícil ver que los políticos que abrazan la desobediencia civil tienen un perfil muy diferente) . Su política siempre fue, en realidad, buscar una ruptura militar o una intervención extranjera la desobediencia civil nunca fue más que un detonante para la intervención de las fuerzas que, realmente, iban a DECIDIR la situación y, simplemente, habló de desobediencia en el periodo cuando ninguna de las dos cosas parecía posible. Sin embargo, su irredentismo, su denuncia de las ilusiones del diálogo y el intercambio racional sigue siendo el aspecto más fuerte de su imagen pública tal como el carácter esencialmente “antipolítico”, casi anti-estratégico, de su propuesta el más débil.

Entonces, tanto a la luz de la política reciente como de la historia, estos binarismos son desconcertantes: la lucha contra el apartheid no causó una guerra civil ni buscó exterminar a los blancos, solo abrió una salida que pasó por una negociación, la intifada palestina y la revuelta de Kashmir, con toda la violencia que tienen no son eventos militares, en el Chile de Pinochet no hubo una revolución pero sí se evitó que la dictadura se prolongara más, los haitianos y rumanos, sumidos en la miseria, derrocaron a sus tiranos…los ejemplos de movimientos democráticos breves y largos, que triunfaron con la insurrección o progresivamente mediante negociaciones, u obligando a los gobernantes a modificar sus cálculos y su modo de gobernar, o que simplemente persistieron en cualquier circunstancia podrían multiplicarse…lo que parece es que los antichavistas no pueden concebir es eso, la lucha política en sí, pues se les desdibuja muy fácil, se les pierde y sólo distinguen el acuerdo en que todos pueden ser amigos otra vez, reconciliados, o el momento del ajuste de cuentas: instantes privilegiados, casi milagrosos, más que una duración.

Sería fácil decir que la situación venezolana es la causa de esta visión desesperada y confusa, si no fuera porque, me parece, es parte de sus causas: se ha esperado ingenuamente que el chavismo entregue el poder en elecciones presidenciales, e incluso los antichavistas que se consideran más radicales, no tienen una visión estratégica de la destrucción del chavismo que quieren hacer y no pasan de esperar un momento privilegiado en que el chavismo terminará DE UN SOLO GOLPE en un momento privilegiado, en una fecha tope, y uno en una lucha más o menos prolongada (esa idea, hasta donde puede verse en las redes sociales, no solo es incomprensible para los antichavistas LES HORRORIZA) , es decir, parece que no es la crisis la que ha engendrado esta visión sino que esto es parte de las causas de la crisis y que la confusión se hace crónica en la medida en que esta se profundiza.

Qué es lo que el antichavismo, no solo como expresión hegemónica de la oposición venezolana, sino como una verdadera racionalidad, una subjetividad (una forma de actuar, de pensar, de percibir, etc) no puede concebir?. Pues un movimiento democrático no episódico sino continuo, que incluya desde las luchas cotidianas, las que son por concesiones y reformas como las que tienden a rupturas, que pueda preservarse en los momentos de repliegue y expandirse cuando el chavismo se debilita, que tenga agencia más allá de dirigencias políticas corruptas y gastadas o de las combinaciones de la “comunidad internacional” y sobre todo, no puede concebir uno que no dependa de una clase política tradicional que lo organiza todo desde arriba y establece las agendas…. Es cierto que la idea tras el llamado “frente amplio” fue corregir un poco eso y también la “operación libertad” tenía esa intención, pero desde el punto de vista de aparatos y burocracias fallidas incapaces de animar o coordinar luchas, y característicamente, luego de que la dirigencia política, en 2017 y 2019, saboteó ella misma la lucha, es decir, ex post factum y con arrepentimiento y mala conciencia. La operación libertad define tan claramente todo lo que Guaido no quiso hacer cuando desmovilizó a las grandes ciudades venezolanas ofreciéndoles que todo iba a ser resuelto con el poder de los EEUU o la enrevesada maniobra de la “ayuda humanitaria”.

Así, el Guaidocismo sintetizó ambas tendencias, reunió ambos polos: la fé en una salvadora comunidad internacional que eliminaría al chavismo y reconstruir a Venezuela o que haría finalmente posible el diálogo y la reconciliación. Pese a que las primeras semanas de 2019 vieron levantamientos sin precedentes y que 2018 fue un año de protestas y luchas sindicales, de que luego se producirían rupturas en lo más alto de la cúpula militar chavista, Guaidó personificó, en un año de levantamientos globales, la idea de que era IMPOSIBLE que los venezolanos tuvieran control o siquiera participación en su propio destino: el apagón, la nueva oleada de emigración, y el recrudecimiento de la crisis en el primer semestre de 2019 fueron más bien consecuencias que causas de la desmovilización que el antichavismo considera irreversible pues con las calles abandonadas, sin casi ningún tipo de desobediencia civil en juego, se vió lo limitados que eran los recursos y los planes tanto de la oposición como de aquella comunidad internacional que, se suponía, iba a resolver desde afuera y desde arriba los problemas de los venezolanos y como hacían falta fuerzas activas, físicas, en el terreno.

El fracaso de la enrevesada maniobra de la “ayuda internacional” y de los muchos diálogos y negociaciones (basadas en fuerzas que no eran las de los venezolanos) es el fracaso global del antichavismo, así como el triunfo del chavismo es imponer una lógica de guerra y hacer de la promesa del diálogo una especie de arma, de instrumento de confusión.

Así, el alfa y el omega del antichavismo queda bien definido: o el momento en que todos entran en razón, o el momento en que se acaba con el mal de un solo golpe, nunca el momento en que la lucha inicia para no acabar, la “hora 0” en que no se retrocede, en que se mantiene, aunque sea, el mínimo de lucha posible: desde el rechazo y la desobediencia hasta la rebelión abierta según lo que permitan las circunstancias. Lo terrible es que esta desmovilización es casi autopoietica y el antichavismo ve en la desmovilización que ha causado, la justificación para no luchar, la ratificación de lo imposible que es la lucha y de lo débiles y lastimosos que son los venezolanos y como requieren de la salvación o el entendimiento con sus opresores.

Y es cierto que, perdida la coyuntura abierta entre enero y marzo, multiplicada la emigración, tras el trauma de los apagones y con una represión creciente cualquier escalada en la luchas, sea para producir una ruptura, sea para presionar desde dentro a una negociación parece inviable. Pero aún así, la vida persiste: la rebelión o la movilización colectiva que no se dio, se ha convertido en millones de combates individuales, millones de fugas, de estrategias de sobrevivencia, que aunque insuficientes son lo que puede hacer la gente tras haber sido pulverizada no solo por el chavismo sino por una oposición que ya ha saboteado la lucha al menos dos veces, en 2017 y 2019. El chavismo ya estaba en un proceso de normalizarse, de consolidarse a la manera de Mugabe y Duvalier cuando su propio resentimiento, su propia desesperación le hizo dar un traspié al tratar de liquidar a una Asamblea Nacional que no tiene más relevancia que la que le da el ser reprimida.

En esas condiciones ya los venezolanos han buscado fugarse y rechazar al chavismo pero también los fracasos constantes del antichavismo, su cultura de la derrota. Ya en este momento, y ante un mundo cada vez más desastroso y confuso la pregunta que queda es si, en el futuro, la liberación de los venezolanos pasará, como ahora, por el éxodo y la fuga, o si en los años que viene la oposición venezolana superará el atavismo antichavista y, como en otros países del mundo, como ocurre desde hace casi 40 años, será la gente del común la que organice y protagonice la lucha por su propia libertad y no los espectadores de las peripecias de políticos “demócratas” que pierden incluso cuando van ganando.

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