por Bruno Cava Rodriguez
Cualquiera que haya seguido los últimos textos de Giorgio Agamben debe haber notado cómo inscribe las respuestas de los gobiernos a la pandemia como una intensificación del paradigma biopolítico totalitario. Siguiendo la línea de su investigación desde la trilogía «Homo sacer», el filósofo italiano diagnostica un avance del estado de excepción, es decir, un cambio en las formas de gobernar: lo que antes se entendía como una excepción se convierte en la nueva normalidad. El control sobre los cuerpos individuales y colectivos se generaliza y comienza a abarcar a toda la población dentro de una red de conocimiento médico, psicológico, policial criminal y laboral. De ahí sus últimos artículos que, frente a una epidemia «inventada», indican un conjunto de acciones «irracionales» y «desmotivadas» para reforzar la inversión del soberano en el poder de vida y muerte de la población.
De mis estudios en filosofía del derecho, noto cómo el trabajo agambeniano se presta a una verdadera cuarentena mental en manos de epígonos e intérpretes autorizados. Digo esto después de haber escrito un libro con Alexandre Mendes, en 2008, en el que incurrí en este tono catastrofista. Esto se debe principalmente a los artículos periodísticos de Agamben. Por ejemplo, introdujo el concepto schmittiano de «estado de excepción», con gran éxito público y crítico, para explicar la redirección estratégica de la geopolícia después de los ataques del 11 de septiembre de 2001, en la llamada «Guerra contra el Terror». Posteriormente, se habría producido un giro biopolítico en el que la excepción del superterrorismo fue capturada (forcluida, ex-capere) por el terrorismo de estado, que ahora se ha convertido en la norma.
El concepto de biopolítica, sin embargo, fue creado por Michel Foucault para describir una cartografía dinámica de estrategias y contraestrategias, conductas y contraconductas, en las que más que el avance del poder soberano totalitario, hay una mutación en la forma en que el poder se ejerce, circula y promueve nuevas relaciones. En el análisis del biopoder de Foucault, en la gran transformación de las sociedades de soberanía en sociedades biopolíticas, no hay una disminución en la libertad o el alcance para la acción, ni un aumento. De hecho, el problema de la libertad en su conjunto cambia sus coordenadas y su régimen operativo: lo que antes se presentaba como una relación externa entre soberanía y no soberanía, entre adentro y afuera, ahora vuelve a una relación interna, en la que las tecnologías de poder se involucran en la constitución de los sujetos. En lugar de prácticas de liberación en relación con un poder represivo, para Foucault, ahora tenemos prácticas de libertad que, en el campo estratégico de los umbrales, envían la libertad *al interior* del paradigma biopolítico.
Esta ambivalencia constitutiva del concepto de biopolítica se materializa cuando la excepción/captura del exterior (forclusión, ex-capere) se entiende agambenianamente como un nuevo totalitarismo, de hecho, una categoría que es muy poco utilizada por Foucault. Estrictamente hablando, el movimiento del concepto sufre un estancamiento y se pierde, dando lugar a una categoría escatológica que simplemente comienza a indicar signos del avance inexorable de una totalidad. Y como categoría, se prestará a detectar un lado bueno de un mal, con el aspecto agravante del lado malvado de vencer al bien, capturarlo, neutralizarlo. Así entendido, el estado de excepción no es más que metafísica dogmática, en el sentido negativo que Kant le da. Es por eso que el catastrofismo del estado de excepción tiende a encajar tan bien con las lecturas en que el neoliberalismo es un juego del gato y el ratón, en el que los mercados capitalistas siempre están capturando y totalizando una libertad preexistente mistificada, antes de la llegada del biopoder.
Digo esto porque, en medio de la pandemia, una serie de estrategias y multivalencias emergen del paradigma biopolítico que reelabora la vida en medio del miedo, las privaciones y el sufrimiento. Hay varias acciones vinculadas a la difusión de información, articulaciones de prevención locales y globales, y una difícil reorganización de la vida cotidiana metropolitana y laboral, con la cual las poblaciones, estratégicamente, se combinan con las tecnologías gubernamentales existentes. Es dentro de estos umbrales y áreas grises donde se juega el juego de la libertad: lo que mañana se considerará aceptable o no, vivible o no, los términos de lo que será normal.
Vale la pena señalar cómo dos medidas recientes también se incluyen en el panel de estas estrategias. Me refiero, en primer lugar, a la anticipación inmediata de los salarios de los pensionistas y, en segundo lugar, al reajuste del valor de los beneficios sociales para el próximo año. Dichas medidas, que podrían incluir anticipar el retiro del fondo de garantía y otros avances, no tienen precedentes y tienden a acompañar las calamidades, dirigidas a los grupos más afectados. En la pandemia actual, el grupo de mayor riesgo incluye ancianos, enfermos y personas con vulnerabilidad crónica. Pero podríamos agregar: personas más pobres, que tienden a habitar territorios más vulnerables al contagio, con menos condiciones para obtener activos biopolíticos (medicamentos, información, asistencia, etc.). Estas medidas de compensación salarial también son biopolíticas, ya que permiten el acoplamiento de contraconductas y estrategias para vivir mejor en la pandemia o sus consecuencias.
A lo largo del siglo XIX, los economistas hicieron un esfuerzo por eliminar el dinero como una variable real en las ecuaciones económicas. El dinero no sería más que una variable nominal, desconectada de los fundamentos sustantivos de la economía de facto, como la producción, el empleo y el consumo. La moneda neutral no sería más que aceite lubricante para intercambios, permaneciendo en el vestíbulo de lo que realmente generaría riqueza: el sector productivo. Esta tendencia clásica en el pensamiento monetario se vino abajo en la primera mitad del siglo XX, cuando las dos escuelas principales, la keynesiana y la monetarista, reinsertaron la moneda como un elemento esencial de la vida económica.
En el keynesianismo, por ejemplo, las variaciones monetarias absorben presiones sociales de diversos tipos: conflictos distributivos, relaciones de clase, dinámicas políticas y eventos extraordinarios, como guerras, revoluciones y catástrofes. El salario, en particular, se convierte en una variable rígida, es decir, directamente dependiente de situaciones extraeconómicas. Sin embargo, hay más que eso en el giro keynesiano. No es que estas presiones desequilibren una dinámica de mercado naturalmente equilibrada, perturbando las leyes económicas que determinan la formación de precios. En realidad, en el siglo XX, el desequilibrio es constitutivo, la formación de precios es irreductible para el modelo racional-mecanicista tributario de la Ilustración, y es esencial que el economista internalice en el «cálculo» una miríada de preguntas de los más diversos campos, comenzando por la historia.
En el siglo XX, la moneda ya no es una mediación de lo que serían los factores reales o productivos de la economía (o de la guerra), convirtiéndose en sí misma en el principal motivo de conductas y contraconductas. Existe toda una literatura supercrítica sobre las finanzas, como avance del totalitarismo neoliberal y, en particular, cómo se desarrolla el estado de excepción dentro de la financiarización de la vida. En el libro que Giuseppe Cocco y yo escribimos, aún en prensa, y continuando nuestro «Enigma do disforme» (2018), exponemos cómo estas teorías catastrófistas realmente nos ponen, epígonos e intérpretes, en cuarentena mental. Después de Foucault, tomamos la biopolítica en su polivalencia estratégica, para mostrar cómo la moneda también se convierte en el terreno de las prácticas de libertad y la reinvención de formas de gobierno. No se trata de dinero en la economía: el dinero es el problema económico por excelencia en el paradigma biopolítico. Es por eso que, en este libro, hablamos de la moneda en vivo, las biomonedas, que ya están entre nosotros, injertadas en el «cálculo».
En este sentido, las biomonedas acompañan las transformaciones de las tecnologías gubernamentales, especialmente en la gubernamentalidad neoliberal. Si los teóricos de la inspiración agambeniana no se cansaron de señalar en las políticas de expansión salarial de 1990-2000 (subsidio familiar, salario mínimo, BPC, crédito, etc.) un avance del estado de excepción, es decir, una intensificación del totalitarismo biopolítico, de ahí en adelante socializado a través de la inclusión, notamos cómo estas políticas salariales proporcionaron acoplamientos inmediatos para las prácticas de libertad, un nuevo paradigma de libertad que acompaña a las biomonedas. Vemos, por lo tanto, que la estabilización de la inflación, la transferencia de ingresos o, más tácticamente, las anticipaciones gubernamentales de ingresos son ajustes biopolíticos que son inmediatamente parte de la lucha por la democracia.
La propagación del coronavirus nos pandemiza a todos, exponiendo los supuestos que definen nuestra vida cotidiana. Nos obliga a pensar, fuera de las cuarentenas mentales y el aislamiento que causa el pánico. Si podemos ver claramente cómo dependemos de las condiciones biopolíticas para ser libres y vivir bien, quién sabe, podemos imaginar la reapropiación de estas condiciones para una democracia renovada.
Traducción del portugués: Santiago de Arcos-Halyburton

