Guerra cultural en los Estados Unidos

Las constantes alusiones y críticas a la teoría crítica de la raza en el debate público parecen predecir que el uso político de la TCR tendrá un papel importante en las elecciones legislativas de este otoño de 2022

Por Ángel Loureiro 

La sede del Museo Nacional de Archivos de los Estados Unidos, un imponente edificio de estilo neogriego, ocupa una posición privilegiada en el borde norte del Mall de la ciudad de Washington. Erigido en el lugar en el que, en los años de la construcción de la Casa Blanca y el Capitolio a finales del siglo XVIII se ubicaba una taberna que servía también de mercado de esclavos, en ese museo se guardan copias de la Declaración de Independencia, la Constitución, la Proclamación de Emancipación y muchos otros documentos y artefactos culturales relacionados con la historia del país. En la ceremonia de su inauguración en 1931, el presidente Hoover lo describió como “un templo de nuestra historia”.

El 17 de septiembre de 2020, Día de la Constitución en los Estados Unidos, en recuerdo de la fecha en 1787 en la que se firmó ese documento fundacional, y en respuesta a las manifestaciones de la “turba de izquierdistas” que protestaban contra la violencia policial tras el homicidio de George Floyd en mayo de ese año a manos de un policía, y que exigían la retirada de monumentos de figuras históricas racistas en numerosas ciudades del país, Trump anunció la creación de la Comisión 1776, con vistas a fomentar una “educación patriótica” y estimular a los maestros a “enseñarle a nuestros niños el milagro de la historia americana”. Esos relatos escolares tendrían el objetivo de contrarrestar la enseñanza de la narrativa revisionista promovida por la teoría crítica de la raza, que describía a los Estados Unidos como “un país maligno y racista”, relato que, según Trump, había formado a los activistas “marxistas” que estaban causando los disturbios. Trump singularizó también el Proyecto 1619, aparecido en la revista dominical del New York Times en 2019 (y ampliado a libro en 2021), publicación que, en opinión del que pronto tendría que evacuar la Casa Blanca, “reescribe la historia americana para enseñarle a nuestros niños que fuimos fundados en el principio de la opresión, y no en el de la libertad”.

El informe de la Comisión 1776, nominada por el año de la independencia del país, fue criticado con dureza por incluir muchos políticos y activistas de derechas y ningún historiador. Fue elaborado en solo cuatro meses, y tuvo una corta vida. En uno de sus primeros actos oficiales como presidente, Biden canceló la comisión. Pero más que un acto de última hora de un presidente desesperado, la creación de la comisión apunta a la existencia de un malestar profundo entre los conservadores blancos americanos, que tiene sus orígenes últimos en la revisión radical de la historia del país comenzada con la aparición de la “historia desde abajo” en la década de 1960 (de la que el Proyecto 1619 es un nuevo capítulo, con un giro radical), y que ha tenido su proyección pública más reciente en las manifestaciones contra la violencia policial y el racismo, y en la crítica de la historia pública inscrita en los monumentos que conmemoran a líderes de la Confederación en numerosas ciudades del país, sobre todo en el sur.

Desde el comienzo de esta década la derecha, en una astuta maniobra, ha condensado las ideas que subyacen a las protestas antirracistas bajo el título de Critical race theory (“teoría crítica de la raza”, TCR, cuyas ideas centrales se explicarán un poco más adelante), convirtiendo en eslogan y en arma de combate electoral una oscura teoría de la que hasta entonces solo una minoría había oído hablar. En 2021, en elecciones estatales y locales en estados conservadores, se han invocado a menudo los efectos perniciosos de la TCR (sin comprender ni explicar las ideas sostenidas por esa teoría), para prohibir que las escuelas enseñen visiones críticas, relacionadas con la raza, de la historia de los Estados Unidos. En las elecciones a gobernador de Virginia en 2021 el candidato republicano convirtió las críticas a la TCR en un punto central de su estrategia y se alzó con la victoria en un estado que recientemente había votado demócrata. El uso continuado de esas críticas en elecciones locales y en debates entre padres y administradores de escuelas parece predecir que el uso político de la TCR tendrá un papel importante en las elecciones legislativas de este otoño de 2022, y probablemente también en las presidenciales del 2024. En realidad, los activistas conservadores que protestan contra la TCR tendrían dificultades en explicar que propone esa teoría y numerosos maestros se sorprenden de ser acusados de enseñarla cuando no han oído hablar de ella en su vida.

Los conservadores no sabrían explicar qué propone la TCR, pero sí han sabido qué hacer. Presionados por grupos de padres, activistas, e incluso fundaciones y centros de estudios (think tanks) conservadores, a lo largo de 2021 la mitad de los estados del país propusieron o aprobaron leyes para restringir la enseñanza de la TCR en las escuelas públicas. En el estado de Florida, cuyo gobernador Ron deSantis podría ser el mayor contrincante republicano de Trump en las primarias republicanas para las elecciones presidenciales del 2024, una ley reciente prohíbe la enseñanza de la TCR e impide a los maestros enseñar una historia americana que no sea la de “la creación de una nación nueva basada fundamentalmente en principios universales expresados en la Declaración de Independencia”. “El sistema educativo de Florida existe para crear oportunidades para nuestros niños. La TCR enseña a los niños a odiar nuestro país y odiarse entre ellos. Es una forma de racismo sancionada por el estado y no tiene lugar en las escuelas de Florida”, escribió en Twitter deSantis en octubre de 2021. Un sentimiento similar al expresado en pancartas esgrimidas por activistas en contra la TCR: “Educación, no adoctrinamiento”, “No a la TCR en las escuelas”, “Somos una raza”.

Entre la población blanca conservadora americana del sur y el centro del país, ha ido creciendo un malestar: el sentimiento de haberse convertido en una minoría oprimida por las élites culturales de las costas que les han impuesto unos valores, resumidos en términos como “políticamente correcto”, o más recientemente “woke” (concienciado), sobre todo en cuestiones de género (aborto, matrimonio gay, derechos de los transexuales) y de raza (existencia de un racismo estructural en el país), radicalmente opuestos a los valores conservadores tradicionales y a una visión patriótica de la nación centrada en grandes protagonistas blancos.

Trump supo interpretar y alimentar ese creciente malestar de la población blanca conservadora transformándolo en movilización política y en arma de guerra cultural en las elecciones presidenciales de 2016. Con un sabio manejo de medios de comunicación como Twitter, Trump dio visibilidad y aglutinó a grupos e individuos hasta entonces aislados entre ellos. Si la difusión de la prensa desde finales del siglo XVIII, según Benedict Anderson, fue vital para la creación de esa “comunidad imaginaria” que es toda nación, Trump se valió de Twitter y de cadenas conservadoras de televisión como Fox para dar visibilidad y revitalizar a un colectivo tradicional, en el que predomina una población blanca y masculina en disminución demográfica, que se siente amenazado por la creciente difusión en el país de valores muy diferentes a los suyos. En las elecciones de 2016, Trump supo aglutinar ese núcleo duro de nacionalistas tradicionales con un electorado desencantado del conocido como “cinturón de óxido” (la enorme zona industrial que abarca desde la costa del nordeste hasta los Grandes Lagos) que en el pasado solía votar demócrata pero que, asolado por la desindustrialización, la pérdida de trabajos que habían mantenido a sus familias durante varias generaciones y el decaimiento urbano de sus comunidades, votó por Trump en 2016 y en 2020. Trump creó ese paraguas populista bajo el que reunió a grupos muy dispares con un discurso electoral condensado en un astuto eslogan con sentidos plurales: “Make America Great Again” (MAGA). Para la clase obrera del cinturón de óxido ese eslogan significaba la promesa del retorno (imposible) de una industria manufacturera ligada para ellos a la grandeza del pasado del país; para los conservadores blancos del sur y de la enorme parte central agrícola del país, encerraba la promesa del retorno a la hegemonía de valores tradiciones nacionalistas y de una versión simple del pasado del país, puesta en peligro por movimientos sociales antirracistas. De modo similar a la función cumplida por el eslogan “MAGA”, la conversión de la TCR en arma de combate cultural es otra forma de dar expresión al sentimiento de acoso a sus valores que sufre la población blanca conservadora y de intentar hacer prevalecer esos valores en una guerra cultural con profundas implicaciones políticas. Pero si “MAGA” prometía una resurrección, y abría así un futuro en el que el país volvería a la grandeza del pasado, los ataques contra la TCR son reactivos: sus críticos sienten que sus valores personales, ligados a una visión tradicional de la historia del país, están bajo ataque. Para ellos la TCR sería equivalente a unos invasores extraterrestres: se sienten cercados por un enemigo cuya naturaleza no comprenden, pero saben que representa un peligro para su civilización.

La guerra cultural contra la TCR que llevó a Trump a la creación de la Comisión 1776 comenzó en el último año de su presidencia, y su impulsor como arma de combate político fue Christopher Rufo, un activista conservador que comprendió que la opacidad del significado de la TCR permitía convertirla en una metáfora bélica con la que combatir el contenido de los seminarios para empleados del gobierno y de algunas compañías privadas que tienen como fin concienciarlos acerca de los prejuicios raciales y del racismo enquistado en ideas y prácticas laborales. En una entrevista en septiembre del 2020 en Fox, la cadena televisiva de noticias de mayor audiencia en el país, propiedad de Rupert Murdoch, vocera de Trump y de sus ideas, y diseminadora diaria de falsedades contra toda idea progresista, Rufo denunció la “perversidad” de una teoría, la TCR, que se estaba infiltrando en las prácticas del gobierno federal y presentaba “una amenaza existencial a los Estados Unidos” de la que no se escapaba la burocracia que, incluso bajo Trump, con los entrenamientos de concienciación antirracista estaba “siendo convertida en un arma contra los valores americanos”. A la mañana siguiente Trump, seguidor obsesivo de Fox, convocó a Rufo a la Casa Blanca para pedirle que le ayudara a redactar una orden ejecutiva con la que se cancelarían, o se les impondrían condiciones estrictas, a los programas de entrenamiento de sensibilización racial del gobierno y de las empresas subcontratadas. Desde ese momento, las críticas a la TCR se han convertido en un arma de guerra cultural en elecciones estatales y locales y en las disputas sobre el currículo en muchas escuelas del país, y Rufo ha participado en la redacción de leyes, en varios estados, que limitan el modo en que los maestros de ciencias sociales pueden describir los eventos antirracistas del presente.

Para Rufo, la TCR es el “villano perfecto”. El objetivo de su empleo en la guerra cultural contra ideas progresistas, escribió en Twitter, “es lograr que la gente lea una locura en el periódico y piense automáticamente TCR”. Los ataques a la TCR, ha declarado, no tratan de “refutar sus argumentos”, sino de presentarla de una manera tan amplia y vaga que todo esfuerzo para vérselas contra las causas y el impacto del racismo sean demonizados y desestimados. Vaciada de sentido por su misma generalidad, y recodificada como arma abstracta de combate cultural, ha observado Rufo, la TCR adquiere connotaciones negativas: “hostil, académica, divisiva, obsesionada con la raza, venenosa, elitista, antiamericana”. Y la gran ventaja, señala, es que TCR no es un término peyorativo concebido por sus enemigos, sino que es un membrete acuñado por sus mismos partidarios. Los críticos de la TCR no han creado un insulto; han convertido en bumerán una idea de sus defensores.

La TCR se originó en la década de 1970 dentro de una rama de estudios jurídicos (Critical Legal Studies), en un intento de explicar por qué, a pesar de las leyes de derechos civiles aprobadas en la década de 1960, persistían en el país la desigualdad y la discriminación raciales. Dado que las leyes perpetúan las relaciones de poder, sostiene esa teoría, los prejuicios raciales del sistema legal americano afectan injusta y desproporcionadamente a una población negra que tiene unos índices de encarcelamiento muy superiores al resto de la población. En una derivación posterior a su desarrollo en los estudios jurídicos, la TCR pasa al campo de la pedagogía, enfocándose en poner al descubierto las desigualdades escolares y la relación entre las razas y la disparidad de sus logros académicos.

Prevalente en el campo de los Black Studies en general es la idea de que el concepto de raza, en contra de lo que suele pensarse, no tiene fundamentos en unos datos biológicos que justificarían la diferenciación entre grupos de seres humanos, sino que la raza es una construcción social: el racismo viene primero (es “el padre de la raza” en palabras de Ta-Nehisi Coates) y a partir de ese prejuicio se construye la idea de raza como un modo de clasificar, controlar y explotar a un grupo considerado inferior. Basándose en esas ideas, la TCR postula que, a pesar de todos los avances, el racismo estaría enquistado estructuralmente en el país. Naturalizado como práctica diaria, internalizado estructuralmente, el racismo sostendría la discriminación de un modo casi invisible. Por esa razón, la presunta neutralidad de la ley y de su “ceguera ante el color”, tan aducida en los Estados Unidos como prueba de neutralidad racial, es una presunción falsa que perpetúa el sufrimiento social de la comunidad negra. Pero como insisten sus partidarios, la TCR no se enfoca en los prejuicios individuales sino en la herencia estructural del racismo, con vistas a darle visibilidad y combatirla. Cuando Ted Cruz, candidato presidencial republicano ridiculizado por Trump en 2016, pero luego gran adulador del presidente, afirmó que la TCR acusaba al país de ser “irremediablemente racista… y busca el enfrentamiento entre nosotros” lo cegaba la mala fe y la resistencia, compartida por los blancos que se sienten bajo acoso, a enfrentarse a un legado del racismo que continúa en el presente.

No se trata por lo tanto de combatir el racismo individual, sino de desvelar la pervivencia estructural del racismo, su presencia solapada, con el fin de explicar las desventajas heredadas a través de las generaciones por la población negra: deficiencias en acceso a educación; discriminación en empleo, préstamos y vivienda; trabajos sin perspectiva de mejora; servicios médicos deficientes; mortalidad infantil doble que la de la población blanca; mayor pobreza y menor esperanza de vida que los blancos; numerosos barrios cercanos a industrias contaminantes; delincuencia desproporcionada dentro de sus comunidades; violencia discriminatoria por parte de la policía; y tasas altísimas de encarcelamiento (un dato estremecedor: hay más jóvenes negros en las cárceles que en las universidades). La canción que es considerada como la primera delhiphop, The Message (1988), del grupo Grandmaster Flash and the Furious Five, resume de una manera inmediata, y con humor resignado y combativo al mismo tiempo, muchas de las circunstancias negativas que acosan a una persona negra en un barrio pobre: cristales rotos, orina en las escaleras, ruido, falta de dinero para mudarse a otro sitio, ratas y cucarachas en los cuartos, el coche embargado, una vieja loca comiendo basura, prostitutas, hermanos delincuentes que le roban la tele a la madre, cobradores que lo llaman todo el día, instrucción precaria en la escuela, violencia policial… Un relato de adversidades puntuado por el estribillo “No me provoques / porque estoy al borde del abismo / estoy tratando de no volverme loco / a veces es como una jungla y me pregunto / cómo no me vengo abajo” (“Cause I’m close to the edge / I’m tryin’ not to lose my head / It’s like a jungle sometimes it makes me wonder / How I keep from going under”), que culmina con la llegada de la policía que detiene, sin explicaciones, a los miembros del grupo mientras hablan en una acera, y se los lleva en un coche patrulla.

La canción, incluida en la sección de cultura del Museo de Historia y Cultura Afroamericanas de Washington no solo describe las calamidades que afligen a los barrios negros urbanos; al centrarse en los problemas y penurias de los habitantes de un barrio negro pobre, apunta también a una carencia endémica en muchos de los estudios de raza americanos: la invisibilidad en sus análisis de las diferencias de clase, una invisibilidad que es prevalente en el discurso público americano, en el que no se suele hablar de “clase trabajadora” (vocabulario que se suele reservar para perfiles biográficos, generalmente de personas que han ascendido de clase social en su vida), sino de clase media baja (y los situados más abajo son pobres que no tienen los medios para acceder a la vasta “clase media” del país). Cierta razón, pero mucha mala fe e ignorancia, tenía William Barr, el último fiscal general del país bajo Trump, cuando denunció que “la teoría crítica de la raza es esencialmente la filosofía materialista del marxismo, que sustituye el antagonismo de clase por un antagonismo racial”. Barr maneja los datos correctos, pero los entiende y usa mal; pero al menos introduce en el debate el concepto de clase social, casi siempre ausente cuando se habla, escribe o discute sobre cuestiones raciales en el país.

El Proyecto 1619 comparte muchos presupuestos con la TCR. Nombrado por el año en el que los primeros esclavos negros fueron traídos a lo que luego sería territorio de los Estados Unidos, un año antes del mitificado 1620 en el imaginario público americano como el de la fundación del país con la llegada de los primeros peregrinos, el Proyecto se asienta en la premisa fundamental, compartida por muchos intelectuales y activistas negros, de que la esclavitud antecede a la creación del país, fue la fuente fundamental de su riqueza en el siglo XIX y en ese proceso dejó una herencia racista en individuos e instituciones. La editora del proyecto, Nikole Hannah-Jones señala en la edición en libro en 2021, que las ideas y argumentos del Proyecto no son nuevos, sino que están basados en investigaciones que se remontan a la década de 1960: lo que provocó la ira de muchos de sus opositores, escribe, fue que “había tirado abajo la pared entre historia académica y comprensión popular del pasado”.

Además de ser uno de los incentivos para la creación de la infausta Comisión 1776, el Proyecto, al igual que la TCR, y muchas veces en conjunción con ella, provocó campañas para prohibir su inclusión en los currículos escolares. Pero no solo sus opositores de la derecha lo criticaron. Cuatro historiadores muy reputados (uno de ellos marxista, los otros tres liberales) escribieron una carta al editor de la revista, y dos de ellos escribieron largos artículos en revistas de amplia circulación, criticando las numerosas deficiencias y errores del Proyecto en cuanto a la historia del país y el papel de la esclavitud (como sucedió con la Comisión 1776, en la versión original del Proyecto 1619 publicado en la revista del New York Times, no colaboró ningún historiador profesional) y denunciaron que esas ideas, expuestas sobre todo en la introducción de la editora, Nikole Hannah-Jones, eran una síntesis guiada por una intencionalidad interesada. Otros historiadores muy conocidos declararon que se negaron a firmar la carta de sus cuatro colegas, por no parecerles un gesto oportuno en un momento político, con Trump de presidente, dominado por las protestas populares contra la violencia policial y exigiendo la retirada de monumentos a racistas sureños. Los errores e inexactitudes del Proyecto serían menos importantes que su intervención en la guerra cultural por controlar la memoria nacional: “Los americanos blancos desean liberarse de un pasado que no quieren recordar, mientras que los americanos negros permanecen ligados a un pasado que no pueden olvidar”, sintetizó con acierto la editora del proyecto. Pero uno de los firmantes de la carta de protesta, el historiador marxista James Oakes, no parece pensar que la intervención política del proyecto deba salvarlo de sus críticas, y en una entrevista y un artículo demoledor pasa revista a sus errores y exageraciones, aduce que el proyecto está ligado a una reclamación de reparaciones, y denuncia que es expresión de las ideas de un nacionalismo negro que, como todo nacionalismo, pone énfasis en continuidades y genealogías ininterrumpidas (en este caso la esclavitud y sus legados), contempla la historia del país exclusivamente desde el punto de vista de la raza (y del racismo como el pecado original americano) y borra las diferencias de clase dentro de una supuesta comunidad nacional negra unificada por compartir un pasado de opresión.

Esa negligencia de la clase social, y de las diferencias, prioridades y privilegios que establece dentro de la comunidad negra está en sintonía con los tiempos identitarios actuales, en los que se unifica bajo “raza” a una comunidad en la que hay grandes disparidades sociales y económicas. Sin embargo, ese olvido no estuvo siempre presente en las formulaciones de la TCR, en la que ha habido dos líneas dispares de análisis: la primera, más extendida y de más larga pervivencia, se centra en la raza y la ve como el factor dominante explicativo de los problemas de la comunidad negra. La segunda, común en la época temprana de la teoría, pero secundaria hoy en día, usa una perspectiva materialista y de clase para explicar los problemas del racismo estructural. Sin duda alguna, en el discurso público del presente la raza goza de hegemonía explicativa. Un caso, de los muchos que se podrían aducir, es el de Ta-Nehisi Coates, un intelectual negro muy conocido (y gran partidario de Obama), cuyos libros han sido grandes éxitos de crítica y de ventas en los Estados Unidos en años recientes. En Between the World and Me (Entre el mundo y yo, 2015), galardonado con el inusual doblete del Premio Nacional de Ensayo y el Premio Pulitzer, instruye a su hijo adolescente acerca de la violencia racista con la que se tendrá que enfrentar toda su vida, no por pertenecer a una ‘raza’ negra biológicamente inexistente, sino a un grupo vinculado por su padecimiento colectivo bajo el peso de la historia del país, fundado en la esclavitud, cuyas consecuencias continúan en el presente (Coates aboga por reparaciones por la esclavitud, un tema complicado, y disputado, pero esa es otra historia). Cornel West, intelectual y activista negro muy famoso de una generación anterior a la de Coates, resume con lucidez sarcástica el punto flaco de las exposiciones de Coates y buena parte de los que escriben sobre raza: “En el mundo de Ta-Nehisi Coates, los grupos raciales son homogéneos… Las clases no existen y tampoco los imperios”. Y, para rematar, lo acusa de neoliberal, como mostraría su veneración por Obama, “el primer líder negro del Imperio Americano”, a juicio de Cornel West.

Un gran acierto de Coates, y tal vez el aspecto más valioso y revelador de su libro, es su insistencia en el terror que la historia americana sigue imponiendo a los miembros de la comunidad negra, en una genealogía que enlaza la esclavitud y la era de Jim Crow con la violencia policial del presente, ejercida, para Coates, con el asentimiento del votante americano. Una violencia internalizada en el cuerpo negro como miedo físico permanente, materialización corporal del racismo estructural heredado de la historia, e ilustrado por el temor constante a ser objeto de violencia por parte de la policía, temor perenne, sentido aunque la policía no esté presente, que forma parte de la identidad negra. Miedo a perder la integridad de su cuerpo, repite Coates a su hijo, por la amenaza del dolor, porque en cualquier momento le podría suceder lo mismo que a un amigo que fue asesinado por la policía en una carretera, episodio que le sirvió de punto de partida para ese libro: el látigo de ayer es la bala o la pistola eléctrica de hoy.

Esa es la violencia que el hiphop documenta con honestidad desnuda en sus efectos corporales y en la respuesta visceral del que la sufre: como rabia, rencor, insulto, ironía. Toma expresión en grabaciones míticas como Fuck tha Police (1988) del grupo N. W. A., una canción que no ha perdido vigencia y que Coates y sus amigos escucharon en su juventud una y otra vez: como un ritual de resistencia, como un acto de creación de una comunidad afectiva unida por la rabia que encuentra expresión en la violencia simbólica de una canción repleta de amenazas contra la policía (el FBI le escribió una carta de queja al editor del disco): “A un joven negro le fue mal / porque soy de color marrón / y no del otro y por eso la policía cree /que tiene la autoridad para matar a una minoría / Mierda jodida, porque yo no soy quien / para que me dé de palos y me meta en la cárcel / un chulo hijo de puta con una chapa y un revólver” (“A Young nigga got it bad ‘cause I’m brown / And not the other color so police think / They have the authority to kill a minority / Fuck that shit, ‘cause I ain’t the one / For a punk motherfucker with a badge and a gun / To be beatin’ on, and thrown in jail”).

“Fuck tha police, fuck-, fuck- / fuck tha police, fuck-, fuck-” repite, como un conjuro ritual, el estribillo.

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Ángel Loureiro es licenciado en Filosofía por la Universidad de Barcelona. Ha sido docente en materias de literatura, cine y fotografía en varias universidades estadounidenses, entre ellas Princeton, institución en la que dirigió el Departamento de Español y Portugués.

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