Por qué necesitamos una universidad gratuita para todos, incluso para los ricos

Por Meagan Day

Los centristas afirman que la universidad gratuita es un regalo para los ricos. Pero eso no es más que una cortina de humo tras la cual se esconde su oposición a los programas sociales universales.

«Ahora bien, soy un poco diferente de aquellos que piden universidad gratis para todos», aclaró Hillary Clinton en 2016, apuntando a su oponente en las primarias demócratas, Bernie Sanders. «No estoy a favor de que la universidad sea gratis para los hijos de Donald Trump».

Con esta objeción, Clinton pareció vencer a Sanders, el líder político de la nación en asuntos de desigualdad económica, en su propio terreno. Ella se enfrentaba a los ricos, o eso parecía. Su argumento era que la universidad pública universal y gratuita sería un regalo para los ricos, que no necesitan ninguna ayuda para obtener un título.

En su lugar, Clinton abogaba por aumentar la ayuda financiera pública y ajustar los requisitos de elegibilidad, haciendo que el acceso a la universidad fuera más fácil para un subconjunto de estudiantes de bajos ingresos, pero continuando con la obtención de ingresos por matrícula de quienes no cumplieran criterios específicos. Este enfoque político, conocido como tarifación por renta o tarifación social, es el que apoyan los moderados en el Partido Demócrata. (Por su parte, los republicanos están menos inclinados a los matices y es sabido que asaltan agresivamente los programas sociales siempre que les es posible).

Pero, a pesar de las apariencias, la atracción de los demócratas por la tarifación por renta no está arraigada en un compromiso firme con la igualdad máxima. Dicho claramente, les gusta la tarifación por renta porque los programas sociales selectivos cuestan menos dinero público que los programas sociales universales. La tarifación por renta les permite limitar los impuestos a su base de donantes de clase dominante y, a la vez, apaciguar superficialmente a su base de votantes de clase trabajadora. La tarifación por renta es una expresión de la tímida política centrista del establishment demócrata, y su oposición a la universidad gratuita no es otra cosa.

Ahora, la universidad pública universal y gratuita está de nuevo en el centro de atención, con Sanders postulándose nuevamente para la presidencia y acompañado por Elizabeth Warren, defensora de estas mismas ideas. Y el razonamiento de Clinton también ha regresado, esta vez claramente articulado por el candidato presidencial Pete Buttigieg. Buttigieg ha añadido un giro al argumento: las personas que van a la universidad provienen de familias más ricas, por lo que hacer que la universidad pública sea gratuita sería subvencionar públicamente a los ya privilegiados. Como si los altos precios de matrícula no fueran la causa obvia de este estado de cosas.

Al igual que Clinton, Buttigieg prefiere las ayudas económicas según renta, y expresa su aversión a los programas sociales universales como política consciente de la desigualdad. Pero la supuesta preocupación del centro político por subvencionar a los ricos es un juego de manos. La tarifación por renta no trata de defender a los pobres contra los ricos: es un método tradicional de aplacar a ambos a la vez, en última instancia a expensas de los primeros. La única manera de luchar por los intereses de la mayoría de clase trabajadora contra la minoría adinerada es construir programas sociales universales que puedan resistir ataques durante las próximas décadas.

¿Quién paga realmente?

Hay grandes errores en el pensamiento de los demócratas centristas acerca de la universidad pública gratuita, y merecen un buen descrédito.

Por un lado, la cuenta centrista ignora el hecho de que los planes de Sanders y ahora los de Warren se financian mediante impuestos progresivos. En ambos escenarios, las personas que más pagan por la universidad pública gratuita para todos son los ricos. La diferencia es que el pago toma la forma de impuestos colectivos a lo largo de toda la vida, no de costos de matrícula individuales en el transcurso de algunos años. Si asistiera a una universidad pública, a Barron, al hijo de Donald Trump no se le cobraría la matrícula, pero tampoco estudiaría  exactamente de forma gratuita. Su familia pagaría más, año tras año, por la existencia de un sólido sistema público de enseñanza superior.

Pero Barron Trump probablemente no estudiará en una universidad pública. Los ricos suelen enviar a sus hijos a universidades privadas de élite, como hizo Donald Trump con sus cuatro hijos mayores. Así, pues, en un futuro en el que las universidades públicas no cobren matrícula y estén financiadas por impuestos progresivos, los ricos harán una de estas dos cosas: pagar más impuestos y enviar a sus hijos a las mismas universidades públicas que todos los demás, o pagar más impuestos y además pagar la matrícula de las universidades privadas para mantener a sus hijos en entornos de élite.

Lo primero, aunque es poco probable que suceda al principio, sin duda mejoraría la calidad de la educación que se brinda en las universidades públicas, ya que los ricos de repente descubrirían que les importaba. Pero de cualquier manera, estarían invirtiendo mucho más dinero que sus compatriotas con bajos ingresos. Si los moderados realmente se opusieran a dejar que los ricos se salgan de rositas, no deberían tener reparos con los planes de Sanders y Warren, que obtienen de los ricos para financiar la universidad para todos.

Con el objetivo de reducir la brecha de riqueza, cobrar a los ricos es bueno por derecho propio. Pero no es la única razón por la que los progresistas y los socialistas quieren eliminar la matrícula en las universidades públicas. Nuestra visión no es solo de dónde proviene el dinero, sino a qué se dirige: la libertad de todas las personas para continuar su educación si lo desean, independientemente de las circunstancias de su nacimiento.

La gente no debería tener que ir a la universidad para poder alcanzar un nivel de vida decente. La búsqueda de la educación superior debería ser una elección personal, y los salarios y beneficios deberían ser lo suficientemente altos como para que alguien que elige no asistir a la universidad pueda llegar a fin de mes y más. Pero en este momento, los altos precios de matrícula y la deuda consiguiente son factores importantes que limitan la movilidad social y las opciones de vida para innumerables personas que pueden tener deseos de educación continua. Para la clase trabajadora, la situación está condenada tanto si estudian como si no: o renunciar a la universidad y así limitar las opciones de empleo, o adquirir una deuda importante para obtener un título. Esta es una situación insostenible, y debemos tomar medidas decisivas para ponerle fin.

Eliminar las barreras económicas para estudiar en la universidad es una de esas medidas. El plan de Sanders se extiende también a las escuelas de comercio; no se trata de glorificar un itinerario en particular o implicar que una educación universitaria debe ser necesaria, sino de ofrecer a todos la oportunidad de prepararse para el futuro como les parezca, sin provocar un daño económico importante a si mismos y a sus familias en el proceso.

Si la universidad fuera gratuita, veríamos cómo la demografía del cuerpo estudiantil cambiaría dramáticamente. Es cierto que las personas que estudian en la universidad hoy en día provienen de familias más bien estantes, pero eso no es necesariamente una realidad permanente; de hecho, es así en gran parte porque la universidad es muy cara. Eliminar los precios de matrícula sería un gran paso para hacer de la enseñanza superior y de las opciones de vida ampliada una posibilidad para las personas de clase trabajadora. Nuestro trabajo contra la desigualdad económica no terminaría allí, pero esa no es razón para no implementar una reforma completamente alcanzable que abra nuevos horizontes para millones de personas. En palabras de Sanders:

No eres realmente libre cuando te gradúas de la universidad con cientos de miles de dólares en deuda estudiantil. No eres realmente libre cuando no puedes cumplir tu sueño de convertirte en maestro, ambientalista, periodista o enfermero porque no puedes ganar suficiente dinero para cubrir los pagos mensuales de tu préstamo estudiantil. Y no eres realmente libre cuando la gran mayoría de los empleos bien remunerados requieren un título cuya obtención te condena a decenas o cientos de miles de dólares de deuda.

Montañas de burocracia

Pero, ¿por qué no podemos simplemente diseñar un sistema de ayuda financiera pública que identifique exactamente la cantidad de ayuda que cada persona necesita y la otorgue, en lugar de hacer que todo se financie con fondos públicos? Este es el ideal sostenido en voz alta por los proponentes de la tarificación por renta. El problema de esta propuesta es doble: es una pesadilla de ejecutar, y el resultado final es políticamente vulnerable. Dadas las confusas externalidades de la tarifación por renta, sería mejor gastar nuestras energías y recursos en la construcción de programas sociales universales que puedan superar la prueba del tiempo.

Los programas de tarifación por renta están diseñados para diferenciar, seleccionar y excluir, lo que significa que están protegidos por montañas de burocracia. El proceso de inscripción se vuelve laborioso, los criterios son estrictos y complicados, y los umbrales son arbitrarios, lo que significa que las personas entran y salen de la elegibilidad fácilmente, sin cambios drásticos en su nivel real de necesidad. Con frecuencia, las personas se retiran de los programas sin previo aviso, lo que les obliga a cambiar drásticamente el rumbo de sus vidas personales. Y los beneficios rara vez son completos: la mayoría de los beneficiarios de la ayuda federal para estudiantes solicitan préstamos, al igual que muchos beneficiarios de la asistencia social recurren a prestamistas para poder pagar sus facturas.

El precio de las universidades públicas aumentó un 34 por ciento entre 2006 y 2016, mientras que los salarios bajaron. Mucha gente no tiene suficiente dinero, pero un título universitario es cada vez más importante para las perspectivas de empleo. A veces, cuando alguien necesita una ayuda para la cual no es técnicamente elegible, toma decisiones extremas con el objetivo de obtenerla. En línea puede encontrarse quine aconseja que los estudiantes de último año de secundaria se casen para así excluir los ingresos de sus padres en el momento de solicitar ayuda financiera para estudiar en la universidad. También pueden encontrarse parejas bien avenidas considerando la posibilidad de divorciarse para poder recibir más ayuda financiera para la educación universitaria de sus hijos.

Semejantes decisiones son una consecuencia natural de un sistema confuso, arbitrario e impreciso, diseñado para excluir a las personas. La mayoría de los tramposos no son ricos; los verdaderos ricos pueden permitirse simplemente pagar la matrícula y seguir adelante, no necesitan matrimonios ni divorcios. Las personas que hacen esfuerzos extremos para obtener beneficios sujetos a una selección por renta probablemente se ubican justo por encima del punto de corte y tratan de evitar pedir préstamos que pueden hacerlos zozobrar.

En cualquier caso, los estafadores son extremos atípicos. La gran mayoría de las personas de la clase trabajadora que de otro modo podrían considerar ir a la universidad están simplemente demasiado intimidadas y desmoralizadas por el proceso de adquisición de ayuda financiera para siquiera intentarlo. En 2017, no fueron reclamados 2,3 mil millones de dólares en ayuda federal para estudiantes. Mientras tanto, la razón principal esgrimida por las personas por la que no estudian en la universidad es que ésta se percibe como económicamente inasequible. El programa de ayudas no está llegando a las personas a las que está destinado.

Esto es en realidad parte del atractivo de la tarifación por renta para los políticos centristas que han hecho promesas a la vez a los ricos y al resto, y necesitan técnicas para que parezca que defienden a ambos simultáneamente. Cuanto más difícil es para las personas demostrar que merecen ayuda, menos personas lo intentarán y tendrán éxito. Esto significa menos afiliados al programa, lo que ahorra dinero y  permite a los políticos reducir de impuestos a los ricos, equilibrar los presupuestos y continuar prometiendo a la clase trabajadora que velan por sus intereses. Es un win-win-win (ganar-ganar-ganar) para los políticos centristas, y una victoria para los ricos. Pero la clase trabajadora, frustrada, desconcertada e intimidada, pierde.

Los programas de selección por renta se presentan como una evidencia de que un político o partido se está tomando en serio un problema social en particular, como los increíbles precios de matrícula y la sobrecogedora  deuda estudiantil. Pero con demasiada frecuencia, y para demasiadas personas, estos programas en realidad no brindan el alivio que prometen en la escala que afirman. Ese fracaso está realmente integrado en el modelo, con consecuencias políticas inevitables.

Pobres que (no) lo merecen

Además de ser una pesadilla administrativa, los programas de selección por renta son políticamente endebles. Desde el cuidado de la salud hasta la vivienda y la educación, quienes tienen problemas pero no cumplen los requisitos para recibir ayuda se resienten rápidamente contra los que sí lo consiguen, y este resentimiento es fácil de explotar por los políticos cuando tratan de erosionar y eliminar beneficios sociales.

Al establecer parámetros estrictos sobre quién tiene derecho a una ayuda, se está invitando a los elementos conservadores a que ataquen los parámetros, es una baza lanzada a su favor. Cualquier programa diseñado para los «pobres que lo merecen» puede ser socavado directamente al evocar el espectro de los «pobres que no lo merecen». Por ejemplo, Medicaid está diseñado específicamente para personas con bajos ingresos. En esencia, es un regalo caritativo que los miembros más privilegiados de la sociedad brindan a los más vulnerables. Los conservadores aprovechan la oportunidad para renegociar los términos del regalo, razón por la cual asistimos a fenómenos como la introducción de requisitos de empleo como condición para obtener Medicaid.

El propósito declarado de añadir requisitos de empleo para obtener Medicaid es inducir a las personas perezosas a conseguir trabajo (en realidad, la gran mayoría de los beneficiarios de Medicaid ya tienen trabajo), pero el verdadero propósito es frustrar el proceso de inscripción y reducir el número de beneficiarios, para hacer hueco en el presupuesto estatal para más beneficios corporativos. Mientras tanto, la retórica que usan los políticos para justificar su asalto a los programas sociales basados en selección por renta está cargada de resentimiento y culpa. Estigmatiza a los destinatarios, aviva las llamas del prejuicio y siembra desconfianza. Las luchas políticas sobre los parámetros de estos programas son una receta para una mayor hostilidad y erosión de la solidaridad en la cultura más amplia.

Las personas que podrían superar los requisitos para recibir ayuda se desaniman fácilmente por los quebraderos de cabeza que provoca la burocracia entre la que deben navegar para conseguirla. Las personas que no pueden aspirar a las ayudas son fáciles de convencer de que los destinatarios de las ayudas no son merecedores de éstas y están malgastando recursos. Todo esto hace que los programas sujetos a selección por renta generalmente sean impopulares y políticamente frágiles. Por eso los socialistas señalan que los programas sociales con selección por renta son objetivos fáciles. O como dijo Wilbur Cohen, un arquitecto de programas sociales universales populares y duraderos -entre ellos la Seguridad Social y Medicare[1]-, «Los programas para los pobres se convierten en programas pobres».

Al describir el plan de Bernie Sanders para eliminar toda la deuda estudiantil sin excepción, como corolario de su propuesta de universidad gratuita, su secretaria de prensa nacional, Briahna Joy Gray, presentó un claro argumento político en este sentido:

La universalidad es la forma más demostrada a lo largo del tiempo de evitar que una cuestión se convierta en una pelea entre la clase media y los pobres, que es realmente lo que el uno por ciento desea. Basta con mirar a la Seguridad Social y Medicare. Dos de los programas más populares en este país cubren a todos, sin importar los ingresos. Y esa es exactamente la razón por la que esos programas han resistido el asalto de los republicanos y los demócratas moderados durante décadas, mientras que programas como el de cupones para alimentos, viviendas de la Sección 8[2], asistencia social, e incluso la ACA[3] han sido atacados. Todas nuestras abuelas se benefician del Seguro Social, por lo que es difícil considerarlo como un programa para los «pobres que no lo merecen».

Socios en la prosperidad

Los programas sociales universales operan con una lógica totalmente diferente a la los programas con selección por renta. Se materializan cuando una sociedad decide que quiere consolidar una determinada oportunidad como derecho social.

Tenemos escuelas públicas de K-12[4] en este país porque decidimos que la educación de los adolescentes era un derecho básico que todos deberían disfrutar, porque la sociedad es mejor así. Tenemos un sistema postal universal porque decidimos que todos deberíamos poder enviar y recibir correo -incluso aquellos que viven en áreas remotas y rurales-, y acordamos pagar impuestos basados en los ingresos para hacerlo posible. Tenemos Seguridad Social y Medicare porque llegamos a la conclusión de que todas las personas -nosotros, nuestros amigos, nuestros enemigos- deberían poder vivir sus últimos años con dignidad. Aún no tenemos un sistema público de salud, pero cada vez más la ciudadanía estadounidense se está dando cuenta de que la atención médica debe ser una de esas cosas que todos pagan y que todos reciben, porque la alternativa es bárbara y deshumanizadora.

Si los programas con selección por renta son motores de división caóticos y políticamente delicados, mientras que los programas sociales universales son motores elegantes y políticamente sólidos de solidaridad. A pleno rendimiento, generan en las personas un sentido de inversión colectiva y causa común. Cada cual aporta lo que puede y todos disfrutan de los frutos de sus contribuciones. Los programas son accesibles, comprensibles y visibles para todos. Los programas sociales universales no se perciben como una caridad envidiada sino como un esfuerzo mutuo, del cual todos somos responsables y de los cuales todos nos beneficiamos. La sociedad se eleva claramente por la participación y colaboración de masas.

Con la excepción de los ricos, a la mayoría de los cuales siempre les molesta tener que pagar impuestos altos por cosas que personalmente pueden pagar por su cuenta, las personas que viven en sociedades con derechos sociales garantizados no se ven entre sí como obstáculos para el éxito individual, sino como socios en la prosperidad. Mientras un exiguo modelo de estado de bienestar basado en la selección por renta promueve la alienación y la competencia, un modelo sólido y universal de estado de bienestar genera confianza y cooperación. Estas cualidades son necesarias para desarrollar una base desde la cual lanzar otros proyectos sociales ambiciosos y progresar como sociedad.

Los programas sociales universales no son completamente invulnerables a los ataques: considérese la expansión de las escuelas concertadas en el sistema escolar público existente. Pero sí crean grandes grupos de votantes dispuestos a defenderlas que, de otro modo, no existirían, como cuando maestros, padres y estudiantes se movilizaron recientemente para defender la educación pública en una ola de huelgas de maestros. Cuando los bienes sociales están elevados a la categoría de derechos, no tan fáciles de arrebatar.

En Gran Bretaña, el Servicio Nacional de Salud (NHS) enfrenta asaltos privatizadores neoliberales. Es una perspectiva aterradora, pero el intento de desmantelamiento no es tarea sencilla. Una encuesta reciente encontró que siete de cada diez personas «respaldan el principio básico que subyace tras el NHS: que la atención médica debe financiarse con impuestos generales para todos». (Solo el 4 por ciento dijo creer en un sistema de estilo estadounidense). En 2012, la ceremonia de apertura de los Juegos Olímpicos de Londres ofreció un homenaje al NHS, con bailarines vestidos como pacientes y enfermeras rodeando el estimado acrónimo. El político conservador Nigel Lawson, responsable de una gran privatización bajo el mandato de Margaret Thatcher, dijo una vez que el NHS «es lo más parecido que tienen los ingleses a una religión». Los ataques de la derecha pueden seguir llegando, pero el público no se está dejando convencer.

Los conservadores estadounidenses afirman que la educación superior no debe considerarse un derecho en absoluto y que, ante la amenaza de un fracaso social, las personas deben ser obligadas a levantarse a sí mismas simplemente con sus recursos. Al argumentar esto, los conservadores necesariamente ignoran todos los datos disponibles, concretos y anecdóticos, que demuestran lo imposible que resulta para la gran mayoría de las personas – que subsisten con salarios estancados y se enfrentan a costes de vida en aumento- ahorrar para una educación que cada década se vuelve sustancialmente más cara, pero que es necesaria en muchos casos para sentar las bases de una carrera próspera.

Los liberales, por otro lado, tienden a estar de acuerdo en que las personas deberían poder ir a la universidad si lo desean, y que las altas barreras financieras para el ingreso frenan las oportunidades y exacerban las desigualdades en riqueza. Simplemente prefieren una solución más débil y menos inteligente desde el punto de vista político, porque favorecen el engaño frente a una clara política de izquierdas que haga frente a los ricos y construya el poder y la solidaridad de la clase obrera.

Los socialistas no nos engañamos como los liberales centristas. Sabemos que todos tenemos derecho a una educación y una vida digna, y que la universidad pública gratuita es una reforma alcanzable que nos acerca a esa visión. Y sabemos que la mejor manera de crear programas que puedan resistir los inevitables intentos de desmantelarlos es hacerlos universales, para que se vuelvan populares, queridos y entretejidos en la tela de nuestra cultura.

 


[1] En los Estados Unidos de América, se llama Seguridad Social al programa federal de pensiones para la vejez y las personas supervivientes o incapacitadas, y Medicare al seguro de salud que cubre a todas las personas mayores de 65 años o discapacitadas.

[2] La Sección 8 de la Ley de Vivienda de los Estados Unidos autoriza el pago de ayudas de vivienda en alquiler a propietarios privados en nombre de aproximadamente tres millones de hogares de bajos ingresos. (NdlT)

[3] Adult Children of Alcoholics (ACA) es un programa para hombres y mujeres que crecieron en hogares alcohólicos o disfuncionales. (NdlT)

[4] K-12 (kindergarten to 12th grade) es la expresión estadounidense que indica los cursos de la enseñanza infantil, primaria y secundaria obligatorios y gratuitos en los Estados Unidos d América. (NdlT)

 

es una activista de California del Norte, miembro de Democratic Socialists of America (DSA). Es escritora de plantilla de Jacobin y publica ocasionalmente en The New York Times y The Guardian, entre otros.

Fuente:

https://jacobinmag.com/2019/07/free-college-tuition-bernie-sanders-means-testing-universal-social-programs

Traducción:Vera Sacristán / sinpermiso.info

Autoformación, universidad y capitalismo cognitivo

por Santiago De Arcos-Halyburton

 

El capitalismo cognitivo a partir de su éxodo financiarizado ha significado un sistema educativo en crisis dada su prescindencia de mano de obra calificada en grandes cantidades: la producción de bienes y servicios ha pasado a segundo plano en esta  nueva acumulación primitiva, incluso podría pasar a un tercer plano en medio de la destrucción de millones de puestos de trabajo a partir del desarrollo de la IA. Empujando el deseo de saber cualitativo a una lucha contra esta precarización del saber profesionalizado y mercantilizado. Entre una ocupación y otra, entre una asamblea y otra se ha iniciado un ciclo de autoformación, todo hace creer que no son ejercicios pasajeros, sino que van conformando una inmanencia del común de saberes, una pedagogía otra que comparte, no solo saberes intelectuales, sino que afectos, una especie de sumak kawsay pedagógico. Cuando el capitalismo abandona, con recortes presupuestarios su materia prima de valorización y plusvalor, sólo produce puntos de fuga que devienen en un éxodo periférico multitudinario en la lucha de clases.

Nuestra fuga es la de multitud en lucha, que triza los muros de los centros educacionales planteando un afuera en el interior y exterior del dentro, que se nutre de la exterioridad del metropolitano, de la fábrica difusa, es así como, por ejemplo, la facultad de arquitectura de la UFMG se ha contagiado de las necesidades de las favelas y barrios pobres de la ciudad constituyendo un agenciamiento de realimentación entre tecnología y deseos de una vida mejor (app para tiempos de movilización, control de consumo eléctrico, planificación urbana autónoma), o las escuelas y bibliotecas libres de las poblaciones chilenas (muchas veces burocratizadas por insu, PC’s, Partido Igualdad, y cuanto ex militante existe)

Pero la autoformación siempre ha estado presente de un modo u otro en los movimientos sociales. La emancipación y sus prácticas, se constituyen a partir de la generación de un conocimiento otro que viene a chocar con la doxa, con el canon aceptado. Desde los anarco sindicalistas y sus ateneos, casas de la cultura para obreros y escuelas racionalistas fueron constituyendo un crisol que producía la subjetividad obrera y conformaba la clase, motivando la generación, constante, de contrapoderes reales. Y no será sino hasta los primeros años del siglo XXI que surgirá nuevamente la experimentación en torno a la autoformación de los comuneros.

A finales de los 90’s se produce una ofensiva global contra los centros de enseñanza, a través de nuevas leyes orgánicas de educación, el plan Bolonia, etc., en una nueva geometría de la hostilidad, el movimiento estudiantil logró agenciarse con el movimiento global de luchas.

Muchos años después, concretamente en la primera década del siglo XXI, emerge de nuevo la experimentación en el campo de la autoformación. Su genealogía reconoce dos momentos de apertura. Detenerse en ellos permite señalar tanto algunos de sus rastros como la explicitación de su conexión con los movimientos metropolitanos: desde la desterritorialización producida por la globalización se conecta con el exterior organizándose una serie de comunidades de saberes donde profesores, investigadores  y estudiantes, en conjunto con el activismo se nuclean ante la emergencia de una soberanía imperial y alrededor de los movimientos y luchas que surgirán de esta transformación del capitalismo: las nueva pedagogías y la autoformación no se entienden, en su génesis, sin el ciclo abierto por las luchas. Es en esta fase de centros sociales, en la emergencia de un sindicalismo otro (ajeno a las burocracias), en la autorganización, la huida de la representación y en la politicidad de las nuevas figuras del trabajo vivo o cognitariado que se produce una aceleración del éxodo de saberes a pedagogías rizomáticas, aun acotadas a los centros sociales y más preocupadas de  abordar el estudio de las nuevas dinámicas del capitalismo en su captura del trabajo vivo: post operaismo, post colonialismo y post estructuralismo son la fuente primaria de estos movimientos que buscan actualizar una teoría y la praxis orientada a la efectividad de las luchas.

Desde estos antecedentes genealógicos es que la autoformación hoy, en medio de tanto revival de conservadurismo, populismo de ex˗quierda o derecha, el surgimiento de una nuevo nacionalismo identitario: estatal o racial, se hace necesaria para enfrentar la crisis definitiva de los centros de educación formal; existe una ofensiva global contra los más mínimos derechos, es que el capital ya no tiene necesidad de cuadros directivos, mandos medios o trabajadores, ni siquiera precisa de consumidores y es en este tránsito que la vieja ex˗quierda está empantanada en la impotencia de vivir aferrada a su keynesianismo imposible, en su  incapacidad de entender la profundidad de la crisis, ni vislumbra su alcance. De ahí que requerimos un proceso que se libere de esas viejas cadenas a partir de la generación de saberes comunes en la autoformación comunitaria.

En el horizonte no se vislumbra ningún momento innovativo en lo que ha distribución de la renta se refiere, es más, nuestros derechos se restringen cada vez más. Estamos en la situación precisa para el estallido del acontecimiento, la multitud generando potencia como si se tratara de placas tectónicas a punto de cataclismo, y este momento es el que nos impele, no solo, a producir nuevas metodologías de aprendizaje, cuáles son? No sabemos, podemos ensayar y cometer muchos errores, pero nuestras luchas siempre han estado sustentadas en esas premisas. Lo que sí tenemos claro es que saldrán de las luchas, de la constitución de comunes que la multitud vaya generando en ese camino. Tenemos ante nosotros un Muro de Berlín que derribar, desde la pedagogía del oprimido a las viejas soluciones basadas en Dalton o Montessori, que si bien servían para las políticas educativas del desarrollismo keynesiano, el welfare state, no son viables en el capitalismo cognitivo financiarizado. Solo nuestro éxodo, la lucha, la insurgencia multitudinaria (sin relación con ninguna vanguardia espuria) y por sobre todo la subjetivación que nace a partir de la potencia desatada por la multitud, su contrapoder.

A partir de estas premisas debemos aprender a producir y organizar las instituciones del común, más allá de la conquista de la autonomía, es que la “crisis implica siempre también una crisis de la representación política, el hecho de que estemos solos, sin otro” que sepa hablar por nosotros, [porque la educación es una política de la representación desarrollada por el capital] entonces debemos reafirmarnos  en la autoformación como potencia, como constitución de comunes donde los saberes son propiedad de todos y todas, los que producimos y cuidamos de su desarrollo sinsentido, estableciendo una política de la postpolítica donde el significado esté puesto en la producción del otro, disidente, diferente, una multiplicidad en nosotros, es decir la constitución de una individualidad autorepresentada.

En ese autorepresentarse también establecemos unas nuevas disposiciones tácticas en la producción de alteridad cuyo método, repetimos, debe ser la producción de instituciones del común como un éxodo de las instituciones educacionales, el Estado, la nación y el mercado, estableciendo una “escuela” de comuneros.

La autoformación es una práctica de la posibilidad de la subversión, de la resistencia, es la centralidad de la producción de saberes en la lucha del cognitariado. Es la destrucción del saber como fetiche, como dominio de especialistas, por ende también constituye un desmantelamiento de la jerarquía y segmentación del saber, destruyendo el fetiche en que lo ha convertido la ex˗quierda y la Academia. La autoformación también es un ariete que libera el conocimiento de las trampas en que es puesto por el capital, transforma nuestra producción de saber en otro enfrentamiento más en la luchas de clases, tal y como nos la plantea el momento de la subsunción real del capital, en el capitalismo cognitivo.

La crisis de la representación también coloca a la autoformación en conflicto directo con esta forma del arte de gobernar liberal. Ella es la autonomía per se, un saber que se acumula, disidente, consensuado a partir de las disidencias, diferente siempre, ensayo y error infinito, una autonomía que crea y construye un agenciarse maquínico múltiple en la senda de constitución comunista de un saber otro que se enfrenta a la actual vinculación capital-trabajo, la actual forma de la governance de las diferencias es al mismo tiempo una inclusión graduada de los derechos híper segmentando las diferentes capas de población. Su gubernamentalidad está basada en una  diferenciación que no enriquece, sino que es utilizada como elemento de separación. Ahí también nuestra autoformación debe enfrentarse como un modo de incluir esas diferencias como riqueza de saberes agenciados en una inmanencia del saber: derechos, saberes, cultura, dispositivos anti policiales, anti racistas, Queer. Establecer una alianza que implique desmontar las fronteras montadas por el arte de gobernar liberal. Lo singular entonces se hace conocido, el otro dispar.

Como máquina de lucha la autoformación debería abrirse, como si fuese un centro educativo nómade, a la producción de subjetividad que producen los éxodos: vendedores ambulantes, prostitutas, gente que hace cultura en las poblaciones, escuelas libres, los diferentes en capacidades motrices, etc., aprendiendo de estos procesos de cómo crear máquinas de lucha dentro de un proceso de subjetivación es que los procesos vivos se desatan a modo de dispositivos de organización abiertos, democráticos, rizomáticos.  Devenir un laboratorio nómada donde el saber es solo un comunar que busca nuevas sendas como modo de vida viva. Es decir transformar el saber muerto que producen los centros educativos en posibilidad.

Es a partir de este derecho a la producción y reproducción del conocimiento que avanzamos, a ciegas y tropezones, hacia una definición de lo común dentro de las luchas que con su radicalidad ponen en cuestión toda certeza que el capitalismo ha querido construir, nuestro deber no es guiar, ni representar sino que acompañar esta constitución aprendiendo de ella. Actuamos en las metrópolis junto a la metrópolis, en las fronteras abiertas por el cognitariado porque el saber ya no se sitúa dentro de los muros de los establecimientos educacionales, sino que en un afuera pero dentro del devenir escuela o universidad de la metrópoli y viceversa, produciendo conocimientos múltiples.

El éxodo implica un abandono de la rigidez y la jerarquización académica, desfragmentando los saberes de acuerdo a los deseos de los estudiantes agenciados, multiplicidad de disciplinas, áreas de interés y especialización, lo que sorteamos mediante la autoformación estableciendo el ejercicio de conocer como un seminario permanente, grupos de estudio donde lo que estudiamos no es una disciplina, sino que lo transformamos en una socialización, un dinamismo constituyente de nuestra subjetividad que destruye toda idea de curriculum académico por el interés por todo, por la libertad absoluta para conocer, expandiendo la potencia intelectual que no rinde pleitesía al académico sino que al conocimiento como una caja de herramientas para la transformación, una politica del cuerpo como vaso comunicante, del deseo pensar, de aprender, siempre preguntándonos con quien pensamos o aprendemos? Nosotros, comunistas, pensamos en y con las luchas, nos sumergimos en la cooperación social, con las mujeres, los niños, los barrios y su actuar autónomo, con lo LGTB, etc…no existe autoformación neutra, siempre está situada en una orilla de la lucha de clases, mientras exista.

No podemos obviar el hecho de que activamos, actuamos y participamos, sin pertenencia, en el movimiento social, que en su centralidad nos lleva a oponernos a la opresión del capital, a las hegemonías de todo tipo, incluso a eso que alguno ha llamado “comunes con medidas de seguridad” emulando el control de un especialista del arte de gobernar liberal. La autoformación se conforma a través de la creación, de la constitución de comunes, de los deseos de libertad, de singularidades subversivas, de una diferencia radical con los poderes, sean cuales sean.

Es una dinámica asociativa en la fábrica difusa, en la que nos toca vivir, la que nos constituye en clase, la multitud solo lo es al momento de agenciarse en las luchas y en ese camino entre lucha y lucha se produce cognición, una cognición afectiva, que lleva a la conformación de una subjetividad que precisa compartir sus saberes, autoformarse como sujeto activo y productivo libre que se autopiensa y actúa, no espera. A veces la autoformación, como el movimiento del migrante, las mujeres, los niños, jóvenes, inclusive el productor de subjetividad cuando mira tv, es mirada como no política, como individualidad, pero en realidad son el catalizador de los movimiento sociales.

Aclaremos que este análisis es hijo de una concepción del momento que vive el capitalismo y al que llamamos capitalismo cognitivo, y con el indicamos una permanencia del capitalismo y sus mutaciones, pero también esbozamos la nueva, pero vieja naturaleza del trabajo, las dinámicas de valorización y la estructura de propiedad y de explotación: trabajo inmaterial (pensamiento y lenguaje como herramienta. El saber, los afectos y conocimientos, la cooperación, el tejido de redes como principal fuerza productiva). El nuevo capital fijo son los afectos, los conocimientos, las capacidades comunicativas. En esta mutación también mutan las clases y por ende la lucha de clases y con ella la autoformación; en este escenario, que vivimos hoy emerge la multitud: la clase que unida aun a la lógica del capital, contiene en sí la potencia para crear un poder constituyente al margen de la lógica del capital. Nuestra autoformación tiene que construirse con la ética del software libre y el commonfare como horizonte para poder romper con la lógica del capital porque el capital ya no solo se apropia del trabajo, sino que de la vida en su totalidad transformando nuestra subjetividad en mercancía. Ante este biopoder es que surge la biopolítica, donde todo acto de cooperación, como la autoformación, se transforma en insubordinado, en rebelión…la fábrica difusa también ha constituido una lucha de clases difusa y por eso más potente, un horizonte de luchas inconmensurable.

El Junio de 2013 brasileño, los Gilets Jaunes, las revueltas en Argelia y Sudan, nos van mostrando un tejido sobre el que es posible una reapropiación a gran escala de lo público-estatal-privado transformándolo en común. Ahí es de donde nos planteamos: desde los movimientos, la conflictualidad que rompe con la vieja forma-partido, aunque se mistifique de nueva como el Frente Amplio, con el Estado, la nación, el trabajo asalariado, etc., y esto nos da la oportunidad de plantearnos la autoformación como una práctica política autónoma. Sin un proceso autoformante no puede haber innovación en el camino de la educación, sólo continuará la existencia repetitiva e improductiva en todos los términos de las viejas concepciones fordistas de educación y formación: desde la hegemónica de Freire hasta la supuestamente zapatista de Víctor Raúl Mejías, donde todas coinciden en la permanencia de una educación para el trabajo y el desarrollo desde el punto de vista de la relación entre capital y trabajo asalariado, sin romper con esa relación sino que perpetuándola a través de la relación que sostienen con el Estado gestor del capitalismo de estado.

Gilles Deleuze nos planteó que el punto de partida es la pregunta, una que nosotros fabricamos con elementos que zurcimos, como un patchwork, no una pregunta dada por otros porque esa no nos deja margen para hablar por nosotros mismos.  Para autoformarnos debemos construir laboratorios más que escuelas, una especie de federación de saberes, donde los que participan se preguntan desde sus propios deseos y saberes construyendo sus comunes junto a otros saberes compartidos en el afecto que nace de las luchas.

Introducción a «Costumbres en común» de E. P. Thompson

Por Julio Martínez-Cava

Reproducimos a continuación la introducción de Julio Martínez-Cava a la reedición de la conocida obra del historiador británico E. P. Thompson Costumbres en común. Estudios sobre la cultura popular (Madrid: Capitán Swing, 2019 [fecha original publicación: 1991]). La editorial Capitán Swing ha facilitado que podamos reproducir esta introducción aquí. Más información sobre el libro aquí:  https://capitanswing.com/libros/costumbres-en-comun/

«La ilusión burguesa más profunda e inextirpable [es que] el hombre es libre, no a través, sino a pesar de las relaciones sociales»

(Cristopher Caudwell, Studies in a Dying Culture, 1938)

La forja de un rebelde[1]

Edward Palmer Thompson fue un activista socialista y pacifista inglés, y está considerado uno de los mayores historiadores del siglo XX. Su obra escrita es gigantesca y la literatura sobre su pensamiento y su vida es ya casi inabarcable.[2] Nacido el 3 de febrero de 1924 en Oxford, se crio en el seno de una familia de clase media metodista con un enorme capital cultural, cuyos contactos políticos convirtieron el entorno familiar en un ambiente de liberalismo radical anti-imperialista, en el que las tertulias con visitas de intelectuales o políticos (como Nehru o Gandhi) eran algo habitual: «me crie –dirá Thompson en una entrevista de 1984–  pensando que los gobiernos eran mendaces e imperialistas y creyendo que la propia posición debía ser hostil al gobierno». Además de la influencia de sus padres, la otra gran figura de importancia en su formación fue su hermano mayor William Frank, por el que manifestaba admiración y envidia. Frank era el hijo aventajado de la familia, políglota y estudiante en una escuela de élite (Winchester); mientras que Edward estudió en una escuela metodista poco reconocida (Kingswood), solo dominaba el inglés y despuntaba en el rugby. La madre no ocultaba su favoritismo por el mayor, mientras que el padre tenía a Edward por un puritano («nunca toca el alcohol, excepto alguna sidra de vez en cuando, detesta la cerveza y no se acerca a los licores. Su fumar constante no es sino un signo de unos nervios que buscan calmarse»). El ambiente universitario radicalizado de los años 30, al calor del antifascismo de la época, llevó a Frank a afiliarse al Partido Comunista de Gran Bretaña (PCGB) en 1939. Edward le seguiría poco tiempo después. Como recordaría años más tarde, ser comunista en el PCGB de finales de los 30 no tenía mucho que ver con seguir rígidas disciplinas y ortodoxias de partido sino con  abrazar una fraternidad internacionalista que unificaba a las fuerzas contra el fascismo.

La participación de Reino Unido en la Segunda Guerra Mundial interrumpiría la carrera de los dos jóvenes escritores. De estos años cabe destacar dos hitos que marcarían el carácter y el proyecto intelectual de Edward Thompson. El primero, la trágica muerte de su hermano en 1944 en circunstancias poco claras.[3] El segundo, la experiencia democrática del antifascismo en la Segunda Guerra Mundial, en la que Thompson combatió al mando de una compañía de tanques en la batalla de Montecassino con tan solo 21 años. Una vez finalizada la guerra, colaboró como voluntario en labores de reconstrucción en Yugoslavia, Bulgaria y Hungría. La vivencia en primera persona del movimiento popular europeo de resistencia, en el que las viejas divisiones de la izquierda se aparcaban en favor de una tarea común, fue el manantial que proveyó a Thompson de la motivación y los recursos intelectuales con los que posteriormente afrontaría un proceso de renovación de la izquierda británica.

Una vez de vuelta en Inglaterra, Thompson fue testigo de la victoria arrolladora del laborismo en 1945. Ese mismo año se casó con una historiadora joven con la que había compartido la experiencia del antifascismo en Italia, Dorothy Towers, que se convertiría en una reconocida historiadora del movimiento cartista y que sería, además de la madre de sus tres hijos, una sabia compañera intelectual –interlocutora inteligente que además revisaría todos y cada uno de sus trabajos–. Pero las esperanzas de cambio revolucionario cultivadas en aquellos años se verían aplastadas por el estallido de la Guerra Fría y la imposición de la doctrina de las «zonas de influencia». El macartismo tuvo también una variante británica (igual que hubo una versión británica del zhdanovismo soviético entre las filas del PCGB)[4] que propició que muchos intelectuales comunistas buscasen una salida profesional alternativa. Así que Thompson terminó como maestro para adultos en la Worker’s Education Associationenseñando literatura e historia social a trabajadores del West Riding, quienes asistían a las clases sin la promesa de un empleo o siquiera de un certificado oficial. De sus años como profesor de adultos siempre recordará lo que supuso para él entrar en contacto con la cultura obrera del Yorkshire industrializado, las relaciones solidarias que encontró allí y lo que pudo aprender para sus propias investigaciones (sobre todo «actitudes» y «un profundísimo escepticismo hacia los informes oficiales»).[5]

En estos años Dorothy y Thompson entrarían a formar parte del famoso Grupo de Historiadores del PCGB[6], en el que coincidirían dos respetadísimas generaciones de historiadores (George Rudé, Christopher Hill, Rodney Hilton o Eric Hosbawm entre otros). La influencia de investigadores veteranos como Dona Torr, A. L. Morton o Maurice Dobb asentó el modus operandi del Grupo, que estudió la historia como un proceso complejo donde las determinaciones estructurales no anulaban la capacidad creativa de los sujetos, y donde el motor del cambio social se situaba en los conflictos sociales generados en torno al control del excedente económico, sin descuidar el papel central que consideraban que tenía la disputa por las ideas (contraviniendo con ello la versión oficial del marxismo aceptada en su propio partido). El texto que probablemente tuviera más influencia en ello fue The English Revolution 1640 de Christopher Hill en 1940, que desencadenaría el famoso «debate sobre la transición del feudalismo al capitalismo», en el que investigadores procedentes de varios países vendrían a confrontar sus modelos de explicación sobre los orígenes del modo de producción capitalista.[7] En 1951 el PCGB había aprobado una nueva línea estratégica nacional (British Road to Socialism) por la que se instaba a construir una alianza popular amplia que llegara al poder por la vía parlamentaria. Bajo esta nueva orientación, los comunistas británicos rastrearon la historia de Inglaterra buscando referencias en las que inspirarse: es así como la gran Revuelta Campesina de 1381, los Levellers y los Diggers de la Revolución Inglesa de 1642, los cartistas o las sufragistas pasaron a verse como parte de una «historia popular» que nutría de experiencias y principios a las luchas del presente. Lo cierto es que el Grupo decidió organizarse como un equipo de investigación autónomo, y no como un órgano más del partido, por lo que no veía interferidas sus labores siempre que no entrase a investigar la historia del comunismo en el siglo XX. Y si bien las opiniones políticas de sus miembros podían no coincidir siempre, lo cierto es que un método más o menos compartido y una generosidad en las lecturas (Dona Torr les hizo llegar textos de Trotsky prohibidos por el partido[8], se leyó Los jacobinos negros del trotskista CRL James así como la obra de A. Rosenberg –aunque todavía nada de K. Korsch o Gramsci–) terminaron por forjar un marxismo en cierta medida heterodoxo que se probaría especialmente fértil en la investigación histórica. El talante anti-sectario que les inspiraba permitiría la colaboración de otros investigadores no marxistas, culminando en la creación de la revista académica Past and Present en 1952.[9] La importancia que tuvo el Grupo en la vida intelectual y política del país no puede despreciarse. No lo hizo, precisamente, el Estado británico: una desclasificación reciente de los archivos del servicio secreto británico, el MI5,  reveló que los historiadores del Grupo habían sido espiados durante más de 10 años con una intensidad reveladora (se grababan sus conversaciones telefónicas, se abría su correo y se monitorizaban y mapeaban sus contactos).[10]

Inmerso en esta intensa actividad militante de la Guerra Fría, como comunista, como padre, como educador de adultos y como colaborador del Grupo de historiadores, Thompson recibió una propuesta editorial para escribir una monografía sobre la figura de William Morris, ese «revolucionario sin revolución» que le tenía fascinado.[11] Aunque hoy suene inverosímil, Thompson no tenía intención de convertirse en historiador. Su vocación era ser escritor, poeta y militante comunista, pero durante su investigación sobre Morris desarrolló un «apetito por los archivos» que le encauzaría en la senda de la disciplina histórica, al mismo tiempo que le dotaría de recursos para iniciar un proceso largo y complejo de auto-crítica de la tradición marxista. Para Edward el trabajo como historiador era inseparable de su vocación política y nunca se concibió a sí mismo como un profesional de la academia. En la tradición marxista encontró herramientas de análisis con una dimensión práctica y en su experiencia militante halló formas de comprender la realidad que le permitirían adentrarse con mayor lucidez en el pasado. Thompson forma parte de ese grupo de científicos que nos han enseñado que la objetividad y el máximo rigor en la investigación no tienen por qué contradecirse con un apasionado compromiso político por transformar la sociedad.

«El comunismo debe recuperar un lenguaje moral»: el final del «Espíritu del 45», la Guerra Fría y la crisis internacional del comunismo de 1956

¿Qué fue lo que marcaría tanto a Thompson del movimiento europeo antifascista? En 1944 el oficial Frank Thompson escribía en una carta a su hermano:

Hay un espíritu en Europa que es más noble y más valioso que cualquier otra cosa que este cansado continente haya conocido durante siglos, y que nadie podrá detener. Se puede, si se quiere, pensar en ello en términos de política, pero es mucho más amplio y más generoso que cualquier dogma. Es la voluntad confiada de pueblos enteros que han conocido los mayores sufrimientos y humillaciones, y que han triunfado sobre ellos para construir su propia vida de una vez y para siempre. Me gusta pensar en él como millones –literalmente millones– de personas, jóvenes de corazón sea cual sea su edad, dueños completamente de sí mismos, con la mirada puesta únicamente en lo que vendrá y disfrutando de esa visión.

Lo cierto es que el período de 1943-1946 (ese «espíritu del 45» como lo denominó Ken Loach) ha pasado injustificadamente desapercibido en la historia de las izquierdas.[12] Se trató ni más ni menos que de un momento de soberanía y movilización popular impresionante, cuyo mejor legado fueron las partes más progresistas del Pacto Social de Posguerra. Las primeras elecciones tras la Segunda Guerra Mundial ofrecen una imagen del momento: entre los partidos socialistas y comunistas el resultado rondaba el 40-50% de los votos (así en Australia, Suecia, Finlandia, Noruega, Islandia, Gran Bretaña, Austria, Bélgica, Checoslovaquia, Francia, Italia, y en menor medida Alemania). Esa fuerza electoral intentó emprender transformaciones sociales de calado, mediante reformas agrarias, expropiaciones, nacionalizaciones o proyectos cooperativistas, y en algunos países esta fuerza se tradujo en constituciones sociales muy avanzadas.[13]

En Gran Bretaña una poderosa tradición de lucha sindical y cooperativismo había conseguido que el Partido Laborista ganase varias alcaldías antes de la guerra (poniendo en marcha programas que sirvieron como «campo de pruebas» para políticas estatales posteriores).[14] El Labour había entrado en el gobierno de concentración de Churchill durante la guerra, donde comenzaría la planificación estatal del bienestar (el famoso Informe Beveridge de 1942 permitió la creación de prestaciones sociales universales sin evaluación de recursos) y en julio de 1945 el Labour, liderado por Clement Atlee, ganó con una mayoría del 48% de los votos. En el período 1945-1951 se nacionalizaron las minas de carbón, la producción y tráfico del hierro y del acero, el Banco de Inglaterra, el telégrafo, la electricidad, el gas, la radio, la aviación civil, el transporte por carretera y el ferrocarril. En 1948 se creó el servicio nacional de salud (NHS), obra del ministro izquierdista Aneurin Bevan (que también puso en marcha el plan de vivienda pública gestionado por los ayuntamientos), así como la educación secundaria gratuita y un nuevo sistema de seguridad social más progresivo. Para muchos intelectuales socialistas como Thompson este terreno conquistado por las clases populares no era la última parada (la sociedad socialista), pero sí fue considerado como un momento ilusionante y un paso necesario en el camino hacia el socialismo.[15]

La Guerra Fría puso fin a estas esperanzas. Analizando este momento en sus escritos de los años 50, Thompson capturó el espíritu de la época: una suerte de «reciprocidad» entre los bloques (una «dinámica autorreproductora») hizo converger los intereses de ambos sistemas de tal manera que su enfrentamiento servía paradójicamente para mantener el statu quo. Las primeras víctimas de esta reciprocidad fueron precisamente las posibilidades abiertas en 1943. En Europa occidental el nuevo establishment, liderado por EEUU y la OTAN (en la que ingresaría Inglaterra en 1949 bajo gobierno laborista), desató una cruzada contra cualquier fuerza política que se saliera del pacto social, consolidó una alianza entre un oligopolio mediático y los principales partidos políticos,  y promocionó el giro a la derecha de los sindicatos –integrados ahora bajo subvenciones estatales cuya principal y casi única tarea era mantener vinculados los incrementos salariales a los crecimientos de la productividad– y de los  partidos socialdemócratas –concebidos ahora como grandes maquinarias electorales desligadas de los controles de la militancia que pudieran servir como fuerzas de contención contra la «amenaza comunista». Se conquistó el bienestar social pero se bloqueó –incluso constitucionalmente– la democratización de la economía (algo evidente en el caso británico, donde el tecnócrata Herbert Morrison consiguió que las nacionalizaciones no implicasen una gestión y administración controladas por la población). En la Europa del Este Stalin hizo su parte y una oleada de purgas descabezó a los partidos dirigentes: entre 1948 y 1952 se calcula que dos millones y medio de personas fueron expulsadas de sus partidos comunistas (un cuarto del total) y cerca de 250.000 fueron encarceladas. Thompson valoraría después:

Este fue un momento auténtico y no creo que la degeneración posterior, en la que hubo dos actores, el estalinismo y Occidente, fuese inevitable. Es necesario recordarlo y decir que este momento existió.[16]

Pero la tormenta no había hecho más que empezar para el joven comunista británico.[17] El 5 de junio de 1956 se publicó en inglés el discurso de Kruschev que denunciaba los crímenes estalinistas y el PCGB inició una campaña de cierre de filas por la unidad interna. Ese mismo verano Thompson y su colega John Saville lanzan el periódico The Reasoner para iniciar un proceso de autocrítica que no tenía cabida en la prensa oficial del partido. Su objetivo era reformar democráticamente el partido –no salirse de él–, pero chocaron contra el muro de la ortodoxia. En noviembre de ese año se produce la invasión soviética de Hungría que reprimió una revuelta democrática y la dirección del PCGB pide a su militancia que apoye la intervención soviética. Es la gota que colma el vaso, y Thompson escribe un incendiario y magistral artículo («Through the smoke of Budapest») cuya publicación le costará la suspensión del carnet por tres meses, a lo que respondió dimitiendo. La sangría del partido había comenzado. El saldo final de este repliegue que bloqueó el debate interno fue la fuga de un tercio de la militancia. Nunca se recordará lo suficiente que el principal motivo que llevó a Thompson a abandonar el PCGB fue la falta de democracia interna y de respeto del pluralismo en el partido.[18]

Los archivos del MI5 (desclasificados en septiembre de 2016) han permitido conocer en qué medida el comunismo de Thompson nunca llegó a ser el de la pura ortodoxia estalinista. Desde su vuelta a Inglaterra se mostró preocupado por el repliegue hacia adentro de un partido que emitía mensajes en un tono dogmático y sectario, que intentaba convertir a los movimientos sociales en sus correas de transmisión («deberíamos confiar más en la gente y dejar que se pongan las pilas») y cuyas decisiones eran tomadas de formas «arbitrarias» y «poco colectivas».[19] En una carta a su camarada Ramelson llegará a decir: «gracias a Dios que no hay posibilidad de que este Comité Ejecutivo tenga alguna vez poder en Gran Bretaña; destruiría en un mes toda libertad de pensamiento, de conciencia y de expresión que le ha llevado al pueblo británico 300 años ganar».[20]

Según Thompson la corrupción del partido estaba estrechamente ligada a una degeneración teórica en la tradición marxista que sustituía la acción consciente del individuo por grandes abstracciones («El Partido», «El Comunismo», etc. ). Thompson entendió que las determinaciones que restringen el conjunto de oportunidades de los agentes («necesidad») no debían ni podían estrecharlo tanto como para impedir que se pudiera dar un espacio libre de acción moral donde los sujetos debatiesen y eligiesen racionalmente, dentro de esas limitaciones, sobre cómo deberían ser las cosas («deseo»). Si los individuos eran despojados  de su agencia perdían con ello la capacidad para dar respuestas moralmente conscientes a la situación. El comunismo, por tanto, tenía que «recuperar un lenguaje moral».[21]

En esta tarea de re-moralizar el marxismo Thompson se sumaba a los movimientos intelectuales que se estaban construyendo en ambos lados del Telón de acero, que buscaban una alternativa socialista democrática y que fueron conocidos como «humanismo socialista»  (entre ellos: el grupo yugoslavo Praxis, Leszek Kolakowski, Frantz Fanon, György Lukács[22], Agnes Heller, Eric Fromm o Herbert Marcuse). Para el historiador británico el principal enemigo a batir era la degeneración economicista del marxismo, su obsesión por comprender la vida cultural e intelectual como una «superestructura» derivada mecánicamente de un proceso «económico» entendido de forma abstracta. Pero el economicismo no era algo inevitable en la tradición marxista, dirá Thompson, sino más bien el resultado de un proceso de corrupción ideológica que había comenzado a finales del siglo XIX y se había consumado en el estalinismo.[23] Es importante insistir en que su ruptura con el partido comunista no era una ruptura con el comunismo en general, sino que se hacía precisamente en nombre del ideal comunista. Con ello se desmarcaba de algunos excomunistas que se habían pasado a las filas de la propaganda occidental con la furibunda entrega del converso (A. Koestler, K. Amis, W. H. Auden y, en cierta medida, G. Orwell), intelectuales que olvidaban el «contenido democrático» que tenía la entrega altruista y desinteresada de miles de activistas de base.[24]

Thompson encontró un peligroso punto de coincidencia entre la ortodoxia del economicismo marxista y la ortodoxia del imaginario capitalista. Si desde sus orígenes el capitalismo había impulsado una imagen del ser humano como homo economicus (entendiendo que las principales motivaciones del ser humano eran –o debían ser– motivaciones estrechamente económicas), el estalinismo haría algo parecido al proclamar la prioridad de «lo económico» sobre el resto de aspectos de la vida social, estando ahora esas motivaciones económicas configuradas como «intereses de clase». La Guerra Fría, por tanto, solo podía ofrecer una imagen deshumanizada del ser humano como «autómata económico». Ese autómata hallaría expresiones elaboradas en las diversas corrientes intelectuales de la época como el conductismo, el funcionalismo o el estructuralismo, todos ellos «productos ideológicamente modulados de una época derrotada y desilusionada».[25]

Para el historiador británico ese necesario proceso de revisión del marxismo ya había comenzado en su obra sobre William Morris. Si Christopher Hill había avanzado en un artículo pionero (1954)[26] que Morris era una «imaginación marxista reinterpretando el viejo sueño dorado expresado en la idea de las libertades anglosajonas» –es decir, conectándolo con la tradición republicana inglesa de los Levellers y los Diggers– Thompson, que había leído con avidez los escritos de Hill, profundizaría en esta idea. La alternativa al «autómata económico» de la Guerra Fría será el republicano «inglés libre por nacimiento» (freeborn englishmen). Y la alternativa a la economía política capitalista solo podrá ser, como veremos, la «economía moral» de la multitud y las clases plebeyas. Thompson estaba buscando los recursos intelectuales y morales para refundar un socialismo democrático y humanista, y los vino a encontrar en la cultura del republicanismo radical de finales del siglo XVIII.

«A la caza del zorro jacobino»[27]

En agosto de 1959 Thompson pasaba por una mala situación financiera y firmó un contrato con el editor Victor Gollanz para escribir un libro sobre historia de la clase obrera británica que cubriera el período 1790-1921 y que tuviera aproximadamente unas 60.000 palabras de extensión. Tres años más tarde se presentaría con un manuscrito con más de 1.000 páginas, que solo cubría el período 1790-1830 y que llevaría el título The Making of the English Working Class. Publicada con tan solo 39 años y considerada como un hito crucial en la disciplina de la historia, esta obra le consagró como un historiador reconocido a nivel internacional.[28]

En esta obra Thompson explicita en qué consiste su objetivo: se trata de «sortear la muralla china que separa el siglo XVIII del siglo XIX, y la historia de la agitación obrera de la historia cultural e intelectual del resto de la nación».[29] Para ello, mostrará cómo el primer movimiento obrero inglés no estaba formado por la manida figura del obrero con mono azul de la gran industria, sino que estaba compuesta sobre todo por trabajadores rurales, por artesanos autodidactas de Londres, Norwich o Sheffield, y por tejedores y cardadores manuales de Lancashire o Yorkshire. Este movimiento obrero-artesano era heredero directo de la práctica centenaria de los motines por parte de «muchedumbres» inarticuladas y lideradas por mujeres.[30] Y era heredero, especialmente, de las prácticas organizativas democratizadoras de las Sociedades de Correspondencia jacobinas, creadas al calor de la Revolución francesa como un «despertar» de las clases bajas contra las altas. Thompson rescata en esta obra la importancia que tuvo la alianza de una Ilustración republicana-radical con el primer movimiento obrero inglés y reconstruye cómo, a pesar del fracaso de los proyectos democrático-radicales, permaneció un profundo legado republicano: «los jacobinos y painitas desaparecieron, pero la demanda de derechos humanos empezó a difundirse con mayor amplitud que antes. La represión no destruyó el sueño de una república igualitaria inglesa».[31] De esta manera «el movimiento obrero de los años posteriores continuaría y enriquecería las tradiciones de la fraternidad y la libertad».[32] De ahí en adelante Thompson volvería una y otra vez al siglo XVIII, fascinado por la forma en la que la Ilustración y el romanticismo inglés consolidarían una cultura plebeya radical. Se trata, nos dice, de una tradición muy ecléctica, original y creativa, sin las censuras y presiones de la Iglesia (que había sido desmistificada en el siglo anterior), y sin las limitaciones y la monopolización de la vida intelectual que sobrevendrá posteriormente cuando la vida intelectual quede constreñida a la autoridad de las jerarquías académicas. Thompson pasaría a inspirarse (e identificarse) en el pacifismo internacionalista de Thomas Paine, el anti-academicismo de William Blake, la ética cooperativa de Robert Owen, la república del intelecto y de los derechos de la mujer de Mary Wollstonecraft, la prensa libre de William Cobbet o la radicalidad agraria de Thomas Spence. Sería precisamente el estudio de esa cultura radical lo que le permitiría ofrecer una interpretación del primer movimiento obrero como un «movimiento de resistencia a la anunciación del hombre económico»,[33] porque, como recordará en un célebre encuentro televisado con el historiador C.L.R. James, «la ofensa que supuso el capitalismo para la mayoría de la gente no se dio solo en clave de un imperialismo de la pobreza económica, sino también en definir las necesidades humanas en términos económicos estrechos».[34]

La manera en la que el movimiento obrero continuaría y enriquecería esa tradición pasaba por una reformulación más «reconciliada con los nuevos medios de producción», que ya no buscaba simplemente el reparto de la tierra entre propietarios individuales sino un control social cooperativo frente al «ciego» funcionamiento de la economía de mercado. Con ello no solo abría una interpretación histórica novedosa que salvaba la «muralla china» entre la tradición radical y la socialista, sino que podía señalar también lo que consideraba las desastrosas consecuencias que tendría, para el socialismo inglés, el haber abandonado a finales del siglo XIX el ideario y los valores de ese republicanismo de siglos anteriores, asumiendo el economicismo que prepararía el terreno a las dos ortodoxias de la Guerra Fría ya mencionadas:

Esos valores jacobinos, que aportaron mucho al cartismo, decayeron en el movimiento de finales del siglo XIX, cuando el nuevo socialismo transfirió el acento de los derechos políticos a los económicos. La fuerza de las distinciones de clase y posición social en la Inglaterra del siglo XX, en parte, es una consecuencia de la falta de las cualidades jacobinas en el movimiento obrero del siglo XX.[35]

Reivindicar la tradición jacobina a mediados del siglo XX no era tarea fácil, dado que se había consolidado una interpretación de la Revolución Francesa (a través de los historiadores del PCF como G. Lefebvre o A. Soboul) según la cual los demócratas-radicales no podían ser sino pequeños burgueses que de una forma u otra colaboraron con la «revolución burguesa» que consolidó el capitalismo (y que debía ser superada por la verdadera «revolución proletaria»).[36] En su  reconstrucción de las bases republicanas de la tradición socialista Thompson estaba desbrozando una interesantísima senda de investigación cuyos mejores frutos son todavía recientes o están aún por explorar.[37]

Pero The Making es también un sólido alegato sobre cómo la libertad de prensa, las libertades políticas y civiles o el sufragio universal no son herencia del «individualismo burgués»  (como ciertos marxismos se empeñaron y se empeñan en defender) sino conquistas populares irrenunciables. Esta preocupación por la centralidad de los derechos acerca de nuevo a Thompson a la tradición republicana en la medida en que la conexión ley y libertad constituye un elemento consustancial a esta tradición.[38] En ningún otro lugar se ve esto mejor que en el capítulo de conclusión de su obra Whigs and Hunters(1975) donde, tras analizar el uso clasista del derecho por parte de la clase dominante inglesa en el siglo XVIII, Thompson se lanza a un excursus sobre la importancia del “imperio de la ley” (rule of law) para cualquier socialista preocupado por la libertad. Así que las luchas por conquistar derechos se convierten, para Thompson, en un «un genuino foro dentro del cual se libraron determinados tipos de conflictos de clase», de tal manera que «la imposición de inhibidores efectivos sobre el poder y la defensa del ciudadano de los intentos intrusivos del poder» serían una conquista «que no tiene precio» (an unqualified human good).

Uno de los aspectos más interesantes y polémicos de The Making fue su concepto de «clase social».[39] Un concepto que no es posible entender sin enmarcarlo dentro de su proyecto de renovación del marxismo y su lucha contra el economicismo. Para Thompson las clases tenían una dimensión objetiva siempre acompañada de una dimensión subjetiva:

Lo que pongo en cuestión no es la centralidad del modo de producción (y las relaciones de poder y propiedad correspondientes) en cualquier comprensión materialista de la historia. Pongo en cuestión (…) la idea de que es posible describir un modo de producción en términos “económicos”, dejando de lado como secundarios (menos “reales”) las normas, la cultura, los conceptos críticos alrededor de los cuales se organiza ese modo de producción.[40]

Y, dentro del margen de acción que dejaban los límites y presiones determinantes de las situaciones de clase, la política se juega en gran medida, nos dirá el historiador, en el dónde se marca la línea que separa unas clases de otras. Para la política socialista se trata precisamente de  «dibujar la línea, no entre una incondicional pero decreciente minoría y una mayoría constante, sino entre los monopolistas y el pueblo».[41] En esta línea dirá, años más tarde: «si uno es tan sectario como para definir la clase como compuesta exclusivamente de mineros o estibadores, está dando el juego por perdido».[42] Aunque se le acusara posteriormente de «populista», Thompson nunca vio una incompatibilidad entre la idea de «pueblo» y de «clase»[43].

La estrategia política thompsoniana: las condiciones materiales de la libertad, la Unidad de la Humanidad y la crítica republicana al Estado

Para la milenaria tradición republicana –esa que Thompson descubrió en la historia del primer socialismo– los individuos solo son libres si pueden desarrollar sus planes de vida sin interferencias arbitrarias de otros individuos o entidades, es decir, si disfrutan de la condición de independencia/autonomía («no-dominación» en palabras del filósofo irlandés P. Pettit), una independencia que incluye contar con las condiciones materiales suficientes como para que la supervivencia de uno no dependa de los caprichos de la voluntad de otro. Por ello, esta tradición se volcó en el diseño de mecanismos institucionales y leyes que impidieran la dominación de los individuos por parte de otros agentes privados (lo que se conoce como dominium), al mismo tiempo que instituía mecanismos para controlar que esas mismas instituciones y leyes no se convirtieran a su vez en una nueva fuente de dominación (imperium). Por motivos relacionados con el profundo escepticismo con el que consideraba que debía mirarse al Estado, esto es, por su preocupación por el imperium, Thompson denominaba «libertarian» a la tradición republicana inglesa de luchas populares que buscaba evitar el dominium y el imperium, señalando como representantes destacados de esta tradición a los Levellers, los Diggers, los jacobinos ingleses, los republicanos irlandeses y los cartistas. Por eso además de «socialista humanista», Thompson solía autodefinirse también como «libertarian comunist».[44] Teniendo en mente a qué movimientos se refería, propongo que traduzcamos la expresión como «comunista republicano». Pues bien, ¿en qué consistiría la estrategia política de este comunista republicano sin partido? A lo largo de su truculenta y frenética vida, Thompson pasó por diferentes movimientos políticos dentro de los cuales sus principios normativos aflorarían como ejemplos de cómo un socialista del siglo XX todavía podía ser republicano.

El primero de ellos (una vez abandonó el PCGB) fue la New Left. Los años de gestación de The Making fueron para Thompson años de intenso activismo. Estaba consternado por lo que consideraba una ruptura generacional peligrosa entre una vieja clase obrera que se había integrado sin muchos problemas en el consenso de posguerra (para una generación que había conocido la pobreza extrema de los años 30 no era asunto menor que entre 1950 y 1966 el desempleo permaneciese por debajo del 2%) y una nueva generación de jóvenes rebeldes y creativos, no constreñidos a formas organizativas estancadas.[45]Buscando agitar de nuevo las aguas, Saville y Thompson lanzaron desde Yorkshire una nueva revista (The New Reasoner) mientras que en Londres un grupo de socialistas jóvenes liderados por Stuart Hall habían manejado, por derroteros parecidos, la revista Universities and Left Review. En 1959 ambos grupos se fusionarán y coordinarán un movimiento conocido como la New Left[46] (la revista pasó a llamarse New Left Review-NLR) que llegó a extenderse por todo el país: en su momento álgido (1959-1961) contaba con 40 clubs y más de 9.000 suscriptores. La New Left contaba entre sus filas con personalidades de renombre (Raymond Williams, Ralph Miliband, Alasdair MacIntyre, Raphael Samuel, Gareth Stedman Jones, el sindicalista Lawrence Daily, la historiadora feminista Sheyla Robowthbam, el dramaturgo y cineasta Lindsay Anderson o la escritora Doris Lessing). Organizó a gran parte de la izquierda que no militaba en el Labour, lideró el movimiento pacifista antinuclear, e influyó considerablemente en los debates internos del Partido Laborista. A finales de 1961, en plena euforia, Thompson barajó incluso la posibilidad de crear una plataforma electoral a partir de la New Left para las elecciones generales,[47] pero debido a la dificultad para romper la dinámica de bloques de la Guerra Fría y debido también a disputas internas (algunas relacionadas con el carácter cascarrabias y a ratos intratable del propio Thompson), a mediados de 1962 el movimiento había desaparecido. La dirección de la NLR pasó a un joven Perry Anderson de 22 años que daría un golpe de timón a la línea editorial (entre otras cosas, sacando a Thompson de la dirección). Desde entonces la NLR pasaría a poner más énfasis en los grandes debates teóricos y no en las intervenciones políticas estratégicas, consolidándose al mismo tiempo como una de las revistas de izquierdas más reconocidas y leídas. Se había consumado una ruptura entre una «primera» y una «segunda» New Left.[48]

La concreción más acabada de la primera New Left, en términos de análisis y propuestas, se encuentra en un extenso panfleto titulado May Day Manifesto y publicado en 1967, bajo la edición de Raymond Williams, Stuart Hall y el propio Thompson (una segunda edición de Williams saldría publicada en 1968). Su objetivo era ofrecer una nueva corriente de pensamiento que consiguiera aunar de forma sistemática las demandas de las distintas «campañas individuales» (lo que hoy en día llamaríamos «movimientos sociales») revigorizando así la propuesta de una sociedad alternativa, socialista y democrática. Mientras el panfleto reconocía los logros del momento de posguerra, fue especialmente lúcido en identificar sus limitaciones y diagnosticar la capitulación casi total del Labour al capital monopolista. La intangibilidad de la propiedad privada sobre los recursos productivos –una de las vacas sagradas del Pacto– se puso en relación directa tanto con las bolsas de pobreza y desigualdad todavía existentes (rompiendo el mito de que la sociedad de consumo y clases medias habían resuelto los problemas redistributivos) como con la ostentación de los principales lugares de mando y poder político por parte de una pequeña élite dominante. El Manifesto diagnosticó la ruptura del orden económico internacional que había permitido un crecimiento sostenido y una rentabilidad alta para las fuerzas del capital hasta 1966-67, previendo con espantosa lucidez los conflictos sindicales que vertebrarían la política británica de la década siguiente. La New Left fue por tanto pionera en poner en cuestión los límites del Pacto social de Posguerra, por lo que sería justo verla como precursora e inspiradora de las revueltas que se iniciaron en 1968 e, incluso, de las corrientes renovadoras del Partido Laborista de los años 70 (Tonny Benn) o las actuales (Jeremy Corbyn). Una idea fuerza estructuraba todo el panfleto: se trataba, frente al empleocentrismo y la condicionalidad de las ayudas del Welfare State, de asegurar el control democrático sobre los recursos materiales de forma universal (se criticó duramente la evaluación de recursos), es decir, se trataba de garantizar las condiciones materiales de la libertad[49]. Pero el movimiento de la New Left fracasó, y una vez ocurrió esto, Dorothy y Thompson ingresarían en la sección de Halifax del Partido Laborista para practicar una militancia «sin entusiasmo».

Tan solo dos años después de la publicación de The Making, su reputación le valdrá una oferta de trabajo que no podrá rechazar: dirigir el recién creado Centro de Estudios de Historia Social de la Universidad de Warwick. Desde Warwick Thompson coordinó un nutrido grupo de investigación[50] y organizó diversos seminarios con la participación de figuras políticas como su colega Lawrence Daily (secretario general del sindicato minero NUM cuyas huelgas de los 70 tumbarían el gobierno conservador de Edward Heath) o la joven diputada irlandesa Bernadette Devlin (fundadora del Irish Republican Socialist Party). En 1969 Thompson apoyó a los estudiantes de Warwick que ocuparon facultades en protesta ante la infame revelación de que la universidad colaboraba en el espionaje de profesores «críticos» y que tenía un archivo con expedientes de los estudiantes «radicales» (el asunto llegó a ser escándalo nacional). Aunque Thompson nunca se sintió especialmente afín con algunos movimientos surgidos a partir de mayo del 68[51], en mi opinión esta ruptura se ha exagerado demasiado (confundiéndose con su debate con los althusserianos), y se pueden encontrar sin mucha dificultad intervenciones en las que Thompson suaviza el tono de esa distancia y busca puntos de conexión.[52] Pero su paso por la universidad tenía los días contados. En 1970 publica un panfleto denunciando la mercantilización de la universidad («Warwick University Ltd: Industry, Management and the Universities») que resulta escalofriantemente actual, y que provocaría un enfrentamiento con sus superiores. Poco tiempo después, Thompson renunciaría al único cargo estable que tuvo en la universidad, y desde entonces viviría de ahorros, conferencias, publicaciones y del salario estable de Dorothy (que ya había estabilizado su carrera académica en la Universidad de Birmingham).

Tras el fracaso de la New Left y la amargura del debate con la segunda generación de la NLR, Thompson entró en una fase de «aislamiento» político (según lo calificaría él mismo). No sería hasta comienzos de los años 80 cuando volvería a recuperar las incansables energías organizadoras por las que era conocido, esta vez de la mano del movimiento pacifista. Thompson se había implicado en este movimiento al estallar la guerra de Corea en 1950, dirigiendo el Comité por la Paz de Halifax, y, tras la prueba de la bomba de hidrógeno por parte del gobierno británico en 1957, con la Campaign for Nuclear Disarmament(CND). En 1979 la OTAN anunció la instalación de nuevas lanzaderas de misiles en el Reino Unido, y en respuesta a ello se desencadenó un movimiento internacional en el que Thompson, dejando aparcadas sus investigaciones, jugaría un papel fundamental como líder y como intelectual.

No está de más recordar que en los años ochenta la posibilidad de una guerra nuclear, a la vista de la interminable y arriesgada competición armamentística, llegó a convertirse en algo no solo perfectamente verosímil sino hasta probable.[53] Los señores de la guerra y su interminable ejército de bandidos intelectuales defendían la carrera armamentística como una buena estrategia de disuasión cuando era de hecho una preparación para el evento bélico que se esperaba que ocurriese en algún momento.  Las élites occidentales estaban alimentando un clima de tensión mediante la manipulación de informes e intervenciones mediáticas, de tal manera que conseguían legitimar no solo la pérdida de soberanía nacional (delegada en EEUU) sino también el recorte de libertades civiles y la represión de la disidencia en el interior de sus propios países (este doble movimiento era, para Thompson, «la estructura más profunda de la Guerra Fría»). La única solución posible que contempló el historiador británico era la creación de movimientos nacionales masivos –que reviviesen lo mejor del internacionalismo socialista–  que estuviesen organizados por fuera de las grandes organizaciones centralizadas (gobiernos y partidos) y que forzasen una salida unilateral del conflicto desafiando al rival en el terreno de la opinión pública (y no ya en el de las amenazas militares), y rompieran así las absurdas divisiones de la Guerra Fría («tenemos que actuar como si fuéramos ya ciudadanos de Europa»). Su postura de no-alienación antinuclear le valió la acusación de la prensa soviética de trabajar al servicio de la CIA, y las críticas de un general de la OTAN (B. Rogers) que consideraba «contraproducente» que los americanos le hicieran el juego a «un tal Thompson».[54] En el movimiento pacifista Thompson encontró una actualización del ideal frentepopulista de su juventud, que no era sino una afirmación actualizada de la idea de la «Unidad de la Humanidad» central al socialismo[55] y que el propio Thompson, en The Making, había reconocido como una valiosa herencia republicana del internacionalismo jacobino.

El otro frente que Thompson tenía abierto desde mediados de los años 70 tenía que ver con las profundas transformaciones jurídicas que estaba sufriendo el Estado de Reino Unido (entre ellas el ataque a la figura de los jurados populares). Si bien su preocupación por los derechos civiles y políticos fueron siempre una constante en su obra, el problema se había acentuado tras un viaje que realizó a finales de 1976 a la India de Indira Gandhi (primera ministra e hija de Nehru) donde Thompson se encontró con un Estado represivo que perseguía la disidencia intelectual y que, por alguna extraña razón, encontraba apoyos entre la izquierda radical europea. Desde entonces, y hasta su muerte, Thompson insistirá repetidas veces en una idea que es central para la tradición republicana: que la autoridad pública no justifica su posición por sí misma sino que la debe a otro agente que la elige como servidora pública y por tanto queda sujeta a los intereses de este. En una intervención en televisión Thompson afirmará con rotundidad: «no es que nosotros existamos porque el Estado nos de permiso, es que el Estado existe para servirnos».[56]

Frente a lo que consideraba las ilusiones estatistas del Labour, el historiador británico afirmó:

El movimiento obrero tiene que redescubrir lo que ya se sabía en el siglo XIX – que el estado tiene que ser obligado a entrar bajo control humano y ser democratizado (…) Quizás en los próximos treinta años algunas de nuestras mayores luchas serán en relación a la práctica y control democrático de la que es ya una poderosa maquinaria estatal.[57]

Esa «lección olvidada» se volvería fundamental para Thompson en un momento en el que el neoliberalismo de M. Thatcher estaba realizando profundas reformas del aparato estatal, aunque ello implicase la desobediencia civil:

Tenemos que traer de vuelta esta tradición democrática que se nos ha confiscado, traerla al corazón de nuestro movimiento. Porque si no lo hacemos, estamos en peligro de caer en esa teoría del estado represivo, de acuerdo con la cual tenemos que oponernos a toda ley, a toda policía, a todoaparato de estado (…) yo no me opongo a toda ley en general. Leyes habrá siempre. Lo que tenemos que combatir son las malas leyes, y la imposición y administración clasista de la ley. Pero también romper la ley allá donde (…) estemos obligados a hacerlo.[58]

Y aunque las buenas leyes son algo necesario, para el historiador británico no son una condición suficiente de la libertad. A este respecto, es interesante el panfleto que escribió con tan solo 23 años, titulado «Fascist Threat to Britain»,  que terminaba diciendo: «no nos contentemos con las leyes. La única salvaguarda para nuestras libertades, si queremos prevenir mayores guerras y brutalidades, es la vigilancia constante e insomne de todo el pueblo».

Este programa thompsoniano de factura republicana incidió especialmente en la necesidad de que la gente se autoorganizase de forma democrática:

Nadie –ni la vanguardia marxista, ni el administrador esclarecido, ni el humanista tiranizador– puede imponer desde arriba una humanidad socializada. Un estado socialista puede hacer poco más que proveer “circunstancias” que alienten al hombre social y desalienten al hombre adquisitivo, que ayuden a la gente a construir su propia comunidad igualitaria a su propia manera (…) El socialismo puede llevar agua al valle, pero debe dar “el valle a los aguadores, pues este dará fruta”.[59]

Consecuentemente, la expresión institucional tendría que darse en una descentralización del poder administrativo que se conjugase con formas plurales de propiedad (como había defendido la New Left, recogiendo una tradición británica que va desde las primeras trade unions hasta el Guild Socialism de G. D. H. Cole):

Uno desearía ver que lo que solía llamarse control por parte de los trabajadores o una mayor autonomía, menores unidades de control; la industria pública bajo una forma cooperativa, o corporaciones municipalmente controladas, y así sucesivamente. Y que todo esto apuntalaría, quizás, un crecimiento en la consciencia local y regional. Pero que para acuerdos económicos, culturales y legales a mayor escala tendrías que establecer acuerdos que hicieran de puente[60]

Preguntado en una entrevista al final de su vida sobre qué tipo de organización podría llevar a cabo estos proyectos, Thompson no renunciaba a la forma del partido político:

La sopa sigue borboteando. Creo que puede existir un nuevo tipo de formación, que será una suerte de socialismo más fresco, y pienso que debe poner mucho más énfasis en los procesos democráticos dentro del propio movimiento que lo que hemos visto en el Partido Laborista o en el Partido Comunista.[61]

A finales de los 80, sin embargo, Thompson comenzó a tener problemas de salud, y sus últimos años serán una carrera contrarreloj para publicar investigaciones a las que le hubiera gustado dedicar más tiempo y cuidado. Costumbres en común es, justamente, una de ellas.

Algo más que ley y Estado: la idea de cultura popular en Costumbres en común

Costumbres en común puede considerarse la obra más acabada de Thompson. Aúna varios artículos en los que venía trabajando prácticamente desde los años 50 cuando recolectaba materiales de archivo para The Making (un trabajo que continuó con la ayuda de Edward Ernest Dodd, su asistente personal entre 1964 y 1979, sin el cual parte de su ciclópea tarea archivística habría sido imposible). En esta obra, a diferencia de otras, Thompson estudiará no tanto los procesos y la lógica del cambio sino los estados de conciencia pasados y los entramados culturales, o, en sus propias palabras, está más centrado en el «ser» que en el «llegar a ser».[62] En los años en que consiguió ir cerrando estas investigaciones, su fama como historiador fue acompañada de un grado alto de exposición a la crítica por parte de lo que consideraba un gremio «bastante conservador», por lo que el lector podrá percibir cómo el entusiasmado y vibrante tono de The Making deja paso a una prosa todavía firme, pero más cauta y acorazada en un extenso aparato de referencias bibliográficas.[63]

Pues bien, ¿cuáles son las principales problemáticas que enhebran esta obra? La primera de todas, una discusión con la historiografía inglesa del siglo XVIII que seguía considerando de forma clasista y paternalista los modos de vida de las clases populares.  Para ello Thompson triturará una comprensión de las sociedades precapitalistas como sociedades absolutamente verticales y estables (no hubo un solo bosque o zona de caza donde no hubiera «algún episodio dramático de conflicto en torno al derecho comunal en el siglo XVIII», p. 124) y arrumbará, al mismo tiempo, la idea de que no existió capitalismo hasta la revolución industrial. El capitalismo es agrario y comercial en sus orígenes, nos recuerda Thompson, trayendo a colación a Maurice Dobb y a Robert Brenner, y su concepto estrella de «economía moral» designa precisamente el conjunto de valores y reglas que, vestidas con la retórica de la costumbre, las clases subalternas hicieron valer para resistir los ataques desposeedores y privatizadores de la economía política capitalista contra los bienes comunes y el derecho comunal. Un conflicto que, para Thompson, estaba lejos de haber acabado.[64] Una buena muestra de ello es que desde la publicación de Costumbres en común la literatura sobre los bienes comunes ha alimentado incansablemente el pensamiento anticapitalista.[65]

Por otro lado, Thompson llenará de contenido su concepto de «cultura plebeya» al devolverlo a lo que denominó su «morada material», esto es, la reciprocidad de unas relaciones de clase históricamente determinadas, donde ni la multitud se identificaba sin ambages con la cultura oficial ni tampoco tenía la fuerza suficiente como para poder desafiar los límites que la subordinaba a la clase patricia. La clase dominante del siglo XVIII inglés mantenía así su poder a través de una hegemonía cultural donde los rituales teatrales del poder naturalizaban esa dominación, pero donde esta nunca era aceptada en sus propios términos sino reinterpretada y disputada por los oprimidos, generando un complejo «campo de fuerzas».[66] Thompson encontrará de nuevo, como hizo en The Making, los hilos de continuidad entre la cultura popular y el movimiento obrero del siglo XIX. Porque una parte de esa cultura popular –en la que el pueblo controlaba taberna, ferias, aprendizaje de los oficios, saberes ancestrales, sanciones e intercambios, formas de rebelión– será aprovechada tiempo después por un movimiento obrero diferenciado, ahora sí, por su consciencia de ser una clase con intereses opuestos e irreconciliables a los de sus empleadores (y la clase política que los defiende).

El otro gran frente de batalla estaba en poner en cuestión las denominadas teorías del desarrollo, según las cuales la Revolución Industrial y la eliminación de los derechos comunales supusieron una mejora en la calidad de vida de los ingleses respecto a períodos anteriores. Lejos de ser así, para el historiador británico las clases populares experimentaron esa «gran transformación»  (como la llamaría Polanyi[67]) como una pérdida de sus libertades tradicionales, y le opusieron innumerables formas de resistencias. En este gran conflicto, nos dice el historiador británico, ocupa un lugar central el proceso de «cosificación» del derecho («no se concebían ya derechos comunes a cosas, sino derechos de personas sobre cosas, articulados como prácticas efectivas de consumo, comercio e intercambio») que impondría por la fuerza una noción capitalista de propiedad, y a la que la multitud opondría sus propias nociones de derecho[68]. Y advierte Thompson que, de la misma manera en que este concepto absoluto de propiedad exclusiva de la tierra fue exportado a las colonias para justificar el saqueo y la explotación de las poblaciones indígenas, también las teorías del desarrollo del siglo XX estaban siendo empleadas para esquilmar y rapiñar los países del llamado «Tercer Mundo». En estas lides, el historiador británico lanzará una estocada mortal a la conocida tesis de Garret Hardin y su «tragedia de los comunes»[69], según la cual si los recursos materiales no se gobiernan a través de la privatización (con una propiedad privada exclusiva y excluyente), entonces están condenados al abuso y la sobreexplotación de los gorrones (free riders). Thompson se sitúa así junto a autoras como Elinor Ostrom o Janet M. Neeson[70], que nos han enseñado que las tierras comunales no eran lugares caóticos y sin normas, sino exactamente lo contrario: sistemas complejos de normas de raigambre centenaria donde se garantizaba el derecho a la existencia de un grupo delimitado de habitantes y se hacía de forma sostenible en el tiempo[71].

En este sentido, el gran protagonista de Costumbres en común es el artículo titulado «La economía “moral” de la multitud en la Inglaterra del siglo XVIII». Aunque en este artículo Thompson delimite el «sentido estrecho» del concepto de «economía moral» a los motines de subsistencia en mercados de productos básicos, reconocerá también que no se veía legitimado con «ningún derecho a patentar la expresión» y señalará que varios historiadores habían empleado el término para designar cómo determinadas comunidades campesinas o protoindustriales regulaban relaciones «económicas» con normas no monetarias[72]. Lo cierto es que el propio Thompson había empleado el concepto para explicar las sanciones económicas y las expectativas compartidas que servían de normas para los bienes raíces e incluso para el saber profesional de unos artesanos conscientes de que si eran descalificados entrarían a los recién creados mercados laborales con menor fuerza negociadora[73]. El concepto de «economía moral» ha mostrado su fertilidad al permitir que diferentes historiadores aborden todo aquello para lo que la economía ortodoxa había permanecido ciega, de alguna manera devolviendo al análisis económico la sustancia que tenían las primeras investigaciones de economía política anteriores al giro marginalista de finales del siglo XIX[74]. En resumen, lo que Thompson examina en esta obra es, según sus propias palabras, la «dialéctica de la interacción entre “economía” y “valores”», retomando así la crítica al economicismo de obras anteriores:

Las relaciones económicas son, a la vez, relaciones morales; las relaciones de producción son al mismo tiempo relaciones, de opresión o de cooperación, entre personas; y existe una lógica moral, al igual que una lógica económica, que se deriva de estas relaciones. La historia de la lucha de clases es al mismo tiempo la historia de la moralidad humana.[75]

Al adoptar el enfoque de la «historia desde abajo» –rescatando las voces y testimonios de los oprimidos y tradicionalmente olvidados– Thompson pudo descubrir que, una vez finiquitados los marcos jurídicos paternalistas de la Inglaterra precapitalista, fue a través de las costumbres como pudieron sobrevivir las ideas morales sobre cómo regular la actividad económica. Es decir, que en último término, fue la «economía moral» de los pobres la que derribó la gran «muralla china» que había impedido comprender el movimiento socialista como heredero de la tradición republicano-democrática. Es por esto que Costumbres en Común puede considerarse una profundización que complementa los hallazgos de The Making.

Y fue precisamente a través de este enfoque que le permitía ver la «ley» como un campo de batalla –junto con una idea de la «cultura» y las «costumbres» en la que los viejos valores pueden pervivir bajo formas nuevas– como Thompson proporcionó algunas claves para responder a un problema que le acompañó durante toda su vida: ¿cómo explicar la realidad de tal manera que, sin remitir a un pasado idealizado ni a un futuro desconocido, y sin perder la necesaria objetividad que implica la propia disciplina, se muestren al mismo tiempo los recursos disponibles en nuestro presente para transformar esa misma realidad? Porque la Revolución industrial supuso una revolución en las «expectativas» de la gente y creó nuevas «necesidades», la alternativa al capitalismo tendría que «reaprender algunas de las artes de vivir perdidas».  Quizá entonces esa cultura popular que se resistió al capitalismo –que priorizaba el tiempo libre sobre la búsqueda del máximo beneficio– todavía tenga algo que enseñarnos, y un recordatorio «de sus otras necesidades, expectativas y códigos puede renovar nuestro sentido de la serie de posibilidades de nuestra naturaleza» (p. 28).

Thompson solía decir que la enorme concentración de propiedad que conocía el capitalismo avanzado hacía casi innecesaria la censura de las voces disidentes, porque el juego de intereses se bastaba para hacer que las verdaderas preguntas(preguntas como «¿Qué vida queremos vivir?» o «¿Hacia dónde nos dirigimos como sociedad?»)  nunca apareciesen y nunca fueran contestadas[76]. Pues bien, a más de 25 años desde su muerte, frente a la Bestia de un capitalismo contrarreformado que ha dado por finiquitado el Pacto social de posguerra, que alimenta y promueve la ola reaccionaria que sacude el mundo, y cuya insaciable voracidad mercantiliza cada vez más espacios de la vida humana y amenaza con dilapidar de forma irreversible los recursos del planeta, Thompson nos invita todavía a repensar la apuesta anticapitalista desde una cultura popular innovadora. Una cultura política que rescate lo mejor de la tradición democrática y socialista (en el amplio sentido que tenía esta palabra en el siglo XIX), que diseñe los mecanismos institucionales para garantizar universal e incondicionalmente el derecho a la existencia, que permita atender de forma justa las necesidades de cuidados de las personas, que recupere la dimensión ecológica de los bienes comunes, que subordine los derechos de propiedad a las reglas definidas democráticamente en vistas al bien común y que fomente los impulsos sociales desalentando los impulsos «adquisitivos» y la «gran apatía». Porque «si no podemos creer en la existencia de una cultura popular creativa e innovadora entonces no podemos creer en la democracia en absoluto»[77]. Thompson nos invita, en suma, a tener la valentía para reabrir las verdaderas preguntas, porque, parafraseando sus propias palabras: «esta no es una pregunta que nosotros le podamos hacer a la historia. Se trata, esta vez, de una pregunta que la historia nos hace a nosotros»[78].

Barcelona, febrero de 2019



[1] Jordi Mundó, David Casassas y Pablo Castaño tuvieron la amabilidad de revisar y corregir un borrador previo del presente texto. Toda la responsabilidad sobre su contenido final corre de mi cuenta.

[2] Nos limitaremos a señalar aquí algunas que puedan servir de guía al lector. Para una selección de textos muy representativa de su pensamiento, véase la compilación realizada por su mujer Dorothy E. P. Thompson. Obra esencial, Barcelona, Crítica, 2002. El listado más completo de sus escritos se encuentra en A.Llacuna «E.P. Thompson. Un comentario bibliográfico» en J. Sanz, J. Babiano y F. Erice (eds.) E. P. Thompson. Marxismo e Historia social, Madrid, Siglo XXI, 2016. Una aguda reconstrucción de la trayectoria intelectual de Thompson puede verse S. Hamilton, The Crisis of Theory. E. P. Thompson, the New Left and the Postwar British Politics, Manchester, Manchester University Press, 2011. Un estudio sólidamente documentado que reconstruye las complejas relaciones entre el activismo político de Thompson y sus desarrollos teóricos puede verse en C. Efstathiou, E.P. Thompson: Α Twentieth-Century Romantic, Londres, Merlin Press, 2015. Un buen análisis de la formación intelectual de Thompson desde una metodología bourdieana es el de A. Estrella, Clío ante el espejo. Un socioanálisis de E.P. Thompson, Cádiz, Universidad de Cádiz, 2012. La clásica obra casi-biográfica de B. Palmer sigue siendo referencia obligada: E. P. Thompson. Objeciones y oposiciones, Valencia, Universidad de Valencia, 2004. Lamentablemente, el archivo con su correspondencia y otros documentos se encuentra cerrado hasta 2043 por decisión familiar, aunque parte de su correspondencia se encuentra diseminada por distintos archivos de universidades inglesas. La recepción de la obra de Thompson en España fue tardía pero tuvo un impacto considerable. Su principal obra, The Making of the English Working Class, publicada en 1963, no llegaría traducida a España hasta 1977 (editorial Laia). En ese proceso de recepción es obligado mencionar la imprescindible y valiosa tarea de Josep Fontana que consiguió que gran parte de la obra de Thompson fuera publicada en la editorial Crítica (Barcelona) bajo la dirección de Gonzalo Pontón. Véase: Miseria de la teoría, 1981; Tradición, revuelta y consciencia de clase. Estudios sobre la sociedad preindustrial, 1984; La formación de la clase obrera en Inglaterra, 1989; Costumbres en común, 1995; Agenda para una historia radical, 2000; y la compilación de textos citada anteriormente. Recientemente la figura de Thompson ha atraído más atención en el público hispanohablante y algunas de sus obras han sido reeditadas o traducidas por primera vez al castellano (véase, además de esta misma reedición, Los orígenes de la ley negra. Un episodio de la historia criminal inglesa, Madrid, Siglo XXI, 2010; La formación histórica de la clase obrera en Inglaterra, Madrid, Capitán Swing, 2012, prólogo de Antoni Domènech; o E. P. Thompson. Democracia y socialismo [compilación y edición crítica de Alejandro Estrella], México, UAM, Unidad Cuajimalpa, 2016). Para profundizar en el legado de Thompson en la historiografía española el lector puede consultar la compilación E. P. Thompson. Marxismo e historia social, op.cit.

[3] Con la ayuda de su madre, Thompson recopiló cartas, escritos y poemas de su hermano, que saldrían publicados con el título There is a Spirit in Europe: a memoir of Frank Thompson, Londres, Golancz, 1947. A finales de los años 70 se embarcaría en una investigación sobre las circunstancias sospechosas de la muerte de su hermano, publicándose las conferencias de forma póstuma en una de sus más interesantes (y poco conocidas) obras: Beyond the Frontier: the Politics of a Failed Mission, Bulgaria 1944, Standford, Standford University Press, 1997.

[4] Uno puede imaginarse las dificultades que enfrentaban los científicos sociales en una era tan polarizada. Mientras Stalin incluía en sus primeras purgas a las instituciones académicas vinculadas a la disciplina de la historia (ver en Pierre Broué, Comunistas contra Stalin. Masacre de una generación, Málaga, SEPHA, 2008), Estados Unidos financiaba millonariamente a fundaciones que trabajaban para favorecer «un viraje a la derecha en la enseñanza de las ciencias sociales» que pudiese contrarrestar el avance de la historia social que liderarían Thompson y otros historiadores (ver en J. Fontana, La historia después del fin de la historia, Barcelona, Crítica, 1992.

[5] Véase el documental “Rear Window: A Life of Dissent. The Life and Work of E. P. Thompson” en Tariq Ali TV (disponible online http://tariqalitv.com/portfolio/s2e24-e-p-thompson/).

[6] Para la historia del Grupo de Historiadores puede verse: H. J. Kaye, The British Marxist Historians, Houndmills, Palgrave Macmillan, 1995.

[7] Ver en K. Tribe, Genealogies of Capitalism, Londres, Macmillan, 1981; un resumen del famoso debate se puede ver en E. M. Wood The Origins of Capitalism. A Longer View, Londres, Verso, 2002.

[8] Thompson fue especialmente sensible a las lecturas de Trotsky e Isaac Deutscher en estos años, de las cuales bebió para sus críticas posteriores al estalinismo (hasta 1958 no se publicarían en inglés los escritos del joven Marx que tanto influirían en esos procesos de renovación «humanista» de las izquierdas). Su respeto por los grandes intelectuales trotskystas no debería ocultar su desprecio por el dogmatismo que profesaban los varios grupos trotskystas británicos (véanse las opiniones de Thompson, por ejemplo, en «El humanismo socialista. Una epístola a los filisteos» de 1957 o en Miseria de la teoría de 1978).

[9] Past & Present es una de las revistas académicas más importantes en el campo historiográfico que sigue hoy en funcionamiento. Desde sus orígenes se autofinanció y trató de evitar el sectarismo autocomplaciente, para lo cual instituyó como norma que el comité editorial debía incluir a varias personas no marxistas con capacidad de veto sobre los artículos, y que la aceptación de los artículos debía ser por unanimidad del comité. Como dijeron sus creadores, «estábamos intentando continuar, o revivir, en el período de posguerra las políticas de unidad en sentido amplio que habíamos aprendido en los días del antifascismo antes de la guerra» (C. Hill, R. H. Hilton, E. J. Hobsbawm, «Past and Present. Origins and Early Years», Past and Present, No. 100. (agosto de 1983), pp. 3–14.

[10] Thompson fue espiado desde su paso por el ejército en 1943 hasta más o menos 1963. Todos los historiadores murieron antes de conocer la existencia de estos archivos, excepto Hobsbawm, que solicitó acceso a ellos y se le negó, dos años antes de morir. Ver R. Norton-Taylor «MI5 spied on leading British historians for decades, secret files reveal», The Guardian (24 de octubre de 2014). Disponible en: https://www.theguardian.com/world/2014/oct/24/mi5-spied-historians-eric-hobsbawm-christopher-hill-secret-files  (último acceso: 4 de febrero de 2019).

[11] William Morris. De romántico a revolucionario, Valencia, Ediciones Alfonso el Magnánimo, 1988 [1955]

[12] W. Abendroth, Historia social del movimiento obrero europeo, Barcelona, Cultura Popular, 1968; G. Eley, Historia de la izquierda en Europa, 1850-2000, Barcelona, Crítica, 2003.

[13] Para la historia de estas «generaciones» de constituciones véase G. Pisarello, Un largo Termidor. Historia y crítica del constitucionalismo antidemocrático, Madrid, Trotta, 2011.

[14] Una historia social de la clase obrera británica y sus conquistas legislativas se encuentra en el monumental ensayo de Selina Todd, El pueblo. Auge y declive de la clase obrera (1910-2010), Madrid, Akal, 2018 [2015].

[15] «El punto de producción» [1960], en Democracia y socialismo, op.cit. pp. 360-361

[16] Véase la entrevista que le realizó Josep Fontana con motivo de su visita a España en los años 80: «Sobre història, socialisme, lluita de clases i pau (Conversa amb E. P. Thompson)», L’Avenç, 74, septiembre de 1984. Puede verse una valoración muy similar del momentum democrático de 1943-1947 en G. Lukács, El asalto a la razón, Barcelona, Grijalbo, 1976, epílogo, p. 618.

[17] Una de las mejores explicaciones del suceso se encuentra en J. Saville, «The Twentieth Congress and the British Communist Party», The Socialist Register, 1976, pp. 1-23; complementado en J. Saville, «Edward Thompson, the Communist Party and 1956», The Socialist Register, 1994, pp. 20-31.

[18] «Estoy en contra de la teoría y la práctica del centralismo democrático tal y como lo practican los partidos comunistas. Creo que tras todas esas bonitas frases al final todo se reduce al control de una élite con todo el tiempo del mundo» (Carta de Thompson a Howard Hill, del 10 de diciembre de 1962,  Archivo Nacional, KV-2-4294 (164.2). Ver también la entrevista de A. Whitehead de 1991, disponible en https://www.andrewwhitehead.net/political-voices-ep-thompson.html. Aunque si Thompson no escatimaba acidez en sus críticas, reservaba su artillería para el Partido Laborista, del que dijo que era «absurdo, ofensivamente antidemocrático» y que practicaba una cosa peor que el centralismo democrático, el «centralismo imbécil» (imbecilic centralism).

[19] Ver especialmente en el Archivo Nacional del Reino Unido, KV-2-4294, 44A y 45A (20 de mayo y 10 de junio de 1952). A pesar de ello, en su primera edición del William Morris de 1955, Thompson escribiría que la Unión Soviética de Stalin era la realización de los principios de Morris (un pasaje eliminado en la reedición de 1976). Esta contradicción no se resolvería hasta la ruptura de 1956. Lo cual no deja de tener un punto de arbitrario, no solo porque existen críticas marxistas al estalinismo casi desde su creación (ver una recopilación en A. Domènech, «El experimento bolchevique, la democracia y los críticos marxistas de su tiempo», Sin Permiso, 15, 2017 y en el prólogo de F. Fernández Buey en A. Pannekoek, K. Korsch y P. Mattick, Crítica del bolchevismo, Barcelona, Anagrama, 1976) sino porque incluso la Yugoslavia de Tito en la que Thompson había trabajado como voluntario había sido condenada por Stalin en 1948. Thompson reconocerá en varias entrevistas y artículos que él y sus colegas gestionaban de forma incómoda su consciencia de lo que era realmente el estalinismo.

[20] Citado en M. Davis, «“Los principios comunistas” y los historiadores en el 1956 británico», Nuestra Historia, 2 (2016), pp.123-130.

[21] «Acción y elección. Una respuesta a la crítica» [1958], en Democracia y socialismo, op.cit., p.255.

[22] La comparación con Lukács no es fortuita, pues ambos pensadores insistieron en lo que Thompson llamó «la idea central del socialismo»: que el ser humano es capaz de transformarse a sí mismo en un sentido moral, más allá de la ciega necesidad económica, y por tanto que la idea socialista no puede reducirse a la socialización de los recursos productivos sino que debe consistir también en una transformación radical del modo de vivir. Lukács decía que facilitar ese «nuevo tipo humano» era algo muy necesario, porque «ninguno se convierte al socialismo en virtud de la perspectiva de poseer un automóvil, sobre todo si ya tiene uno dentro del sistema capitalista» (citado en M. Sacristán, «Sobre el “marxismo ortodoxo” de György Lukács» [1971] en Nous Horitzons, 218, 2018). El propio Thompson manifestó su admiración por el filósofo húngaro: «Mientras la tradición comunista albergue a hombres como éste, yo quiero seguir asociado a ella» («El socialismo y los intelectuales» [1957] en E. P. Thompson, Democracia y socialismo, Ciudad de México, siglo XXI, 2016). Thompson también recibiría la influencia de otro gran marxista occidental, A. Gramsci, aunque su descubrimiento fue –según sus propias palabras– tardío, mediado e incompleto.

[23] Una degeneración que tomaba pie en ciertos «silencios» que Marx había adoptado en relación a cuestiones culturales y axiológicas. Véase especialmente los artículos en Democracia y socialismo, op.cit. y la entrevista con Fontana, op.cit.

[24] Un análisis de crítica política y literaria de estas tendencias lo ofrece Thompson en «Outside the Whale», Out of Apathy, Londres, Stevenson and sons, 1960 [hay trad. cast. G. Orwell y E. P. Thompson, Dentro y fuera de la ballena, Madrid, Editorial Revolución, 1984].

[25] «Agenda para una historia radical» en Agenda para una historia radical, op.cit.

[26] C. Hill, «The Norman Yoke» en J. Saville (ed.) Democracy and the Labour Movement, Londres, Lawrence and Wishart, 1954.

[27] Este es precisamente el título del ensayo (publicado póstumamente) sobre la figura del jacobino inglés J. Thelwall, en E. P. Thompson, The Romantics. England in a Revolutionary Age, Nueva York, The New Press, 1997.

[28] Ver el obituario de E. Hobsbawm en la edición española La formación de la clase obrera en Inglaterra, op.cit.

[29] Op.cit. p.127.

[30] Quizá el lector pueda preguntarse qué papel jugaba la mujer en la historiografía thompsoniana. Lo cierto es que Thompson nunca fue ajeno a la explotacion femenina, y en sus primeros escritos ya se puede detectar esta preocupación. Pero esto no le libró de que su gran obra, The Making, fuera objeto de varias críticas provenientes del feminismo que señalaron la falta de una perspectiva de género articulada en el análisis de la formación de clase. Ya fuera por estas críticas, o porque ningún intelectual honesto podía permanecer ajeno al revival feminista de la segunda ola, lo cierto es que desde los años 70 podemos registrar una especial sensibilidad y atención hacia el tema (algo que se percibirá con facilidad tanto en Costumbres en común como en Agenda para una historia radical).

[31] Ibíd. p. 541.

[32] Ibíd. p. 208.

[33] Las peculiaridades de lo inglés y otros ensayos, Valencia, Centro Francisco Tomás y Valiente, 2002 [1965].

[35] Ibíd. pp. 209-210 y 885.

[36] La historiadora Florence Gauthier y sus colaboradores, recuperando al olvidado A. Matthiez, han desarmado con solidez este esquema ortodoxo. Véase, por ejemplo, F. Gauthier, «La importancia de saber por qué la Revolución Francesa no fue una “revolución burguesa”» (2014 [1997] disponible en http://www.sinpermiso.info/textos/la-importancia-de-saber-por-qu-la-revolucin-francesa-no-fue-una-revolucin-burguesa); Y. Bosc y M. Belissa, Robespierre. La fabrication d’un mythe, Paris, Ellipses, 2013. Una premonitoria lanzada a este rígido esquema se encuentra en Thompson, Las peculiaridades de lo inglés, op.cit.

[37] A. Domènech, El Eclipse de la fraternidad. Una visión republicana de la tradición socialista, Barcelona, Crítica, 2004 [próxima reedición en Madrid, Akal, 2019]; S. White, «The Republican Critique of Capitalism», Critical Review of International Social and Political Philosophy, vol. 14 (5), 2011, pp. 561-579 A. Gourevitch, From Slavery to the Cooperative Commonwealth, Cambridge, Cambridge University Press, 2014; Roberts, W. C. Marx Inferno. The Political Theory of Capital, Princeton, Princeton University Press, 2016; B. Leipold, Citizen Marx. The Relationship between Karl Marx and Republicanism, Oxford, tesis doctoral, 2017.

[38] Para los republicanos, igual que para Thompson, la libertad está en una relación constitutiva con la ley, esto es, no hay menos libertad porque haya regulaciones públicas, sino que las regulaciones públicas son creadoras de la libertad (véase P. Pettit, El republicanismo. Una teoría sobre la libertad y el gobierno, Barcelona, Paidós, 1999 [1997] y A. Domènech & M. J. Bertomeu “El republicanismo y la crisis del rawlsismo metodológico”, Isegoría: Revista de filosofía moral y política, 33, 2005, pp. 51-76). La influencia de la tradición republicana sobre el pensamiento de Thompson ha sido señalada (si bien de pasada) por M. Kenny en The First New Left: British Intellectuals after Stalin, Londres, Lawrence & Wishart, 1995; también, de forma más profusa pero bajo una concepción estrecha y extraordinariamente limitada de esta tradición, en G. Foot The Republican Transformation of Modern British Politics, Basingstoke, Palgrave, 2006.

[39] Sobre este concepto se han vertido ríos de tinta que no repetiremos aquí. Una buena defensa en E. Meiksins Wood, «The Politics of Theory and the Concept of Class: E.P. Thompson and His Critics», Studies in Political Economy, 9:1, 1982, pp. 45-75 y en X. Domènech, Hegemonías. Crisis, movimientos de resistencia y procesos políticos (2010-2013), Madrid, Akal, 2014. Mi propia versión en «La actualidad del concepto marxista de “clase social”» (disponible online: http://www.sinpermiso.info/textos/la-actualidad-del-concepto-marxista-de-clase-social).

[40] «Historia y antropología», Agenda para una historia radical, op.cit., p. 39.

[41] «Revolución» [1960] en Democracia y socialismo, op.cit., p. 365 [1960].

[42] «Recovering the libertarian tradition», Leveller Magazine, 22, 1979, pp. 20-22.

[43] Siempre y cuando se articularan correctamente, y no escatimando el problema como lo haría el mal llamado «postmarxismo» de E. Laclau (para el cual Thompson reservó alguna crítica en Miseria de la Teoría).

[44] Dorothy Thompson, prefacio a E.P. Thompson. Obra esencial, op.cit.

[45] «Commitment in Politics», Universities & Left Review, 6, primavera de 1959, pp.50-55.

[46] La historia de la New Left puede leerse (con sus diferentes versiones) en M. Kenny, op.cit.; D. Dworkin, Cultural Marxism in Postwar Britain, Durham, Duke University Press, 1997; E. Meiksins Wood, «A Chronology of the New Left and Its Successors, Or: Who’s Old-Fashioned Now?», Socialist Register, 31, 1995.

[47] No sería la primera ni la última vez que Thompson defendería posiciones coyunturales que bien pudieran considerarse «voluntaristas», algo que sus críticos le recriminarían repetidas veces.

[48] La «segunda» New Left se había convertido, según Thompson, en un movimiento de intelectuales que incluso hacía gala de su desconexión con las luchas de los movimientos populares. Contra esa izquierda elitista Thompson emprendería una cruzada intelectual, que empezó con Las peculiaridades de lo inglés y terminaría con la famosa publicación de Miseria de la teoría. En diciembre de 1979 tendría lugar la última contienda de este enfrentamiento, en el famoso debate de St. Paul en una vieja iglesia de la universidad de Oxford, en la que, frente a un Stuart Hall crítico pero en ánimo constructivo, un Thompson enfurecido y amargado terminaría por arruinar cualquier posibilidad de entendimiento. Las intervenciones están recogidas en R. Samuel (ed.) Historia popular y teoría socialista, Barcelona, Crítica, 1984. El relato del debate de St. Paul puede verse en S. Hamilton, op.cit.

[49] Para una lúcida y actual crítica del empleocentrismo y una contrapropuesta de economía política democrática puede verse D. Casassas, Libertad incondicional. La renta básica en la revolución democrática, Barcelona, Paidós, 2018.

[50] Entre sus principales frutos se encuentra Whigs and Hunters. The origin of the Black Act, Londres, Allen Lane, 1975 y en coautoría, Albion’s Fatal Tree: Crime and Society in Eighteenth-Century England, Londres, Allen Lane, 1975.

[51] Ver en el prólogo y «Carta abierta a L. Kolakowski»  (en Miseria de la teoría, op.cit.), el tono y la actitud escéptica que muestran cierta ruptura generacional.

[52] Por ejemplo en Writing by the Candlelight, Londres Merlin Press, 1980. O en el hecho de que justamente en los años de mayor movilización estudiantil y cultura alternativa juvenil Thompson emprendiera una investigación sobre las formas de protesta de la juventud inglesa del siglo XVIII (en correspondencia con la historiadora N. Zemon Davis, véase E. P.Thompson & N. Zemon Davies, La formación histórica de la cacerolada. Charivari y Rough Music. Correspondencia y textos afines. 1970-1972, Madrid, Libros Corrientes, 2018).

[53] Véanse las intervenciones (incluida la de Thompson) en el volumen coordinado por A. Domènech, Protesta y sobrevive, Madrid, Blume, 1983. Thompson participaría en la marcha en Madrid contra la entrada de España en la OTAN.

[54] C. Efstathiou, op.cit.

[55] A. Domènech, «Socialismo, ¿de dónde vino? ¿Qué quiso? ¿Qué logró? ¿Qué puede seguir queriendo y logrando? » en M. Bunge y C. Gabetta (comps.) ¿Tiene porvenir el socialismo?, Barcelona, Gedisa, 2015, pp. 71-124.

[56] Intervención televisiva de E. P. Thompson en Channel Four Television, 1982. Disponible en https://www.youtube.com/watch?v=DGhWxFj3SZo&feature=youtu.be.

[57] «Recovering the libertarian tradition», op.cit.

[58] «Recovering the libertarian tradition», op.cit. Casi a finales de su vida, Thompson seguía preocupado porque una parte de la izquierda no valorase lo suficiente las libertades civiles y políticas, y porque debajo de las nuevas modas académicas de la izquierda se escondía una retirada de los valores republicanos que él siempre defendió. Frente a esta retirada, Thompson proponía «redescubrir un vocabulario de racionalidad y de universales rehabilitado (…) las causas de la racionalidad y del internacionalismo y algunas (si no todas) de las causas de la Ilustración ahora requieren – a la vista de su impopularidad muy de moda – defensores tenaces» («Los finales de la guerra fría: una réplica» en R. Blackburn, Después de la caída. El fracaso del comunismo y el futuro del socialismo, Barcelona, Crítica, 1993 [1991]).

[59] «Outside the Whale», op.cit.

[60] Witness against the Beast. William Blake and the Moral Law, Cambridge, Cambridge University Press, 1993, p.xxv.

[61] Entrevista con A. Whitehead, op.cit.

[62] «Historia y antropología», op.cit.

[63] «Una entrevista con E. P. Thompson», Tradición, revuelta y consciencia de clase, op.cit. p.296.

[64] «La economía moral nace como resitencia a la economía “de mercado libre” (…) La gran huelga de los mineros británicos en 1984 fue un ejemplo tardío de tal enfrentamiento, aunque las fuerzas “del mercado libre” aparecieron bajo el disfraz de todos los recursos del Estado» (p. 383).

[65] Ver, por ejemplo: P. Linebaugh, El Manifiesto de la Carta Magna. Comunes y libertades para el pueblo, Madrid, Traficantes de Sueños, 2013 [2008]; U. Mattei, Bienes comunes. Un manifiesto, Madrid, Trotta, 2013; B. Coriat, Le retour des communs. La crise de l’idéologie propriétaire, Paris, Les Liens qui Libèrent, 2015.

[66] Es por eso que es aconsejable leer esta obra junto a Las peculiaridades de lo inglés y junto al artículo «El entramado hereditario: un comentario» en Agenda para una historia radical, op.cit.

[67] Recientemente el investigador Tim Rogan Tim Rogan ha rescatado las conexiones entre las figuras de Thompson, Polanyi y Tawney como economistas morales que articulan una crítica que prefigura una noción de comunidad más allá del utilitarismo (individualista) y del colectivismo (estatista). En una carta de Karl Polanyi a su hermano Michael, fechada en enero de 1958, Polanyi considera que su propia posición es «de alguna manera similar» al humanismo socialista de Thompson. No existe ninguna referencia disponible de que Thompson conociera la obra de Polanyi, aunque Rogan ha sostenido que los parecidos son demasiado fuertes como para que Thompson no se inspirase parcialmente en La Gran Transformación de Polanyi (véase The Moral Economists. R. H. Tawney, Karl Polanyi, E. P. Thompson, and the Critique of Capitalism, Princeton, Princeton University Press, 2017, p. 157 y ss).

[68] Sobre la historia del concepto de «propiedad» en la tradición continental europea, Jordi Mundó discierne formas de «propiedad simultánea» frente a la «propiedad exclusiva» y explica la irrealidad jurídica de esta última, véase J. Mundó «De la retórica absolutista de la propiedad al sentido común de la propiedad limitada», Sin Permiso, 16, 2018, pp. 35-63; en paralelo Fabienne Orsi ha recordado cómo la idea de «propiedad pública», tradicionalmente vinculada a la condición de ciudadanía, fue sustituida en el derecho administrativo de finales del siglo XIX por la idea de que solo el Estado podía ostentar jurídicamente la «propiedad pública», véase F. Orsi, «Biens publics, communs et Etat : quand la démocratie fait lien» en VVAA (eds.) Vers une république des biens communs, Paris, Les Liens qui Libèrent, 2018, p. 247-257.

[69] G. Hardin, «The tragedy of the commons», Science, 162, 1968, pp. 1.343-1.348.

[70] E. Ostrom, El gobierno de los bienes comunes. La evolución de las instituciones de acción colectiva, México DF, FCE, 2000 [1990]; J. M. Neeson, Commoners, Common Right, Enclosure and Social Change in England, 1700–1820, Cambridge, Cambridge University Press, 1993.

[71] «Londres y sus alrededores no tendrían parques hoy día si los commonersno hubiesen defendido sus derechos» (p. 148). Precisamente una parte del mejor legado del laborismo de posguerra fue la ley que regulaba y creaba 10 parques nacionales.  Esta ley solo pudo darse bajo el contexto de luchas por los bienes comunes, en este caso, el acceso a los parques y el derecho público a transitar por ellos. Para una breve historia se puede ver el corto Mass Trespasspublicado en Roar Magazine en 2018. Disponible online: https://roarmag.org/films/mass-trespass/.

[72] Sin ir más lejos, la historiadora francesa Florence Gauthier ha propuesto comprender la «economía moral» de Thompson como sinónimo de la categoría de «economía política popular»  propuesta por Rousseau y recogida posteriormente por Robespierre y los jacobinos. Thompson mismo se mostró de acuerdo con la idea. Véase F. Gauthier «De la economía moral a la economía política popular. La fructífera intuición de E. P. Thompson», Sociología Histórica, vol. 3, 2014, pp. 397-426.

[73] Cfr. La formación de la clase obrera en Inglaterra, op.cit.

[74] Aunque el propio Thompson no compartiera esta noción de la economía política clásica (ver, por ejemplo, en este volumen «La economía moral revisada»). Para el concepto original de economía política y la escisión de las ciencias sociales tras el giro marginalista, véase J. Mundó «Particularismo epistémico, fragmentación académica e interdisciplinariedad», Ludus Vitalis, Vol. 19, 35, 2011, pp. 245-248 y D. Casassas, La ciudad en llamas. La vigencia del republicanismo comercial de Adam Smith, Barcelona, Montesinos, 2010, pp. 195-205.

[75] «William Morris» en Agenda para una historia radical, op.cit. p.123.

[76] «The Fight for a Free Press», Archivo Nacional, KV-2-4290, 43A (1951); «The Segregation for Dissent» (1961) en Wrigthing by the Candlelight (op.cit.) y la intervención televisiva en Chanel Four (1982).

[77] Intervención televisiva en la BBC con motivo de la publicación de Costumbres en común. https://www.youtube.com/watch?v=s2CN3BerJdU&feature=youtu.be.

[78] Beyond the Frontier, op.cit.

Fuente: www.sinpermiso.info

Sobre democracia y castigo

por Jeudiel Martínez

I

Venezuela es un país donde la represión estatal no tiene nada que la limite y donde prácticamente se han abolido los castigos. Es, a la vez, “abolicionista” y “punitivista” al extremo.Eso da mucho para pensar y nos muestra que la postura de izquierda de minimizar o rebajar los castigos y la de derecha de combatir el crimen con represión son profundamente solidarias.

En estas líneas pretendo mostrar que la ruptura tanto con la indulgencia y la tolerancia como con la venganza infinita, institucionalizada en la represión, es justamente el castigo y que tras la evidencia de que lo que es esencialmente democrático es poder castigar a cualquiera que haya cometido un crimen está otra verdad más compleja: que el proyecto democrático no ha sido nunca ni el linchamiento o el terror ni el abolir el castigo sino quitarle el castigo al estado, hacer de él un servicio público y una institución del común y no una potestad de la burocracia judicial o ejecutiva. Ese, en gran medida, es el sentido de las luchas por los derechos humanos que han demostrado, sobradamente, que este proyecto no es utópico.

En Venezuela básicamente el estado mata y encarcela a quien le da la gana, porque tanto el derecho a la vida como las garantías procesales están perdidas y por tanto hay una enorme cantidad de encarcelamientos y homicidios por parte de la policía, principalmente del FAES. Por otro lado, la corrupción y la violencia no se castiga, rara vez se investigan o procesan los crímenes: la gente muere y no pasa nada, el estado es saqueado y no pasa nada, violan a una mujer y no pasa nada, masacran pemones y no pasa nada. Bien difícil es, en la vida diaria, que la policía se ocupe de una violación, un homicidio, un robo, en esencia, los crímenes no tienen consecuencia y la impunidad reina.

Ahora bien: impunidad es la palabra clave: el proyecto izquierdista de abolir o minimizar las penas y el de derechas de reprimir o exterminar a los criminales son los dos modos equivalentes y solidarios de producir la indiferencia, es decir, que la degradación del mundo, de las personas y los seres vivos no tenga consecuencias, se reproduzca e, incluso, se institucionalice.

II

El abolicionismo penal fue un proyecto de reforma moral de los siglos XIX y XX que nace de la idea de que el crimen es un invento o estrategia del estado para oprimir. El criminal es un oprimido, el homicidio, la violación, el robo son simplemente malos entendidos. Debil, muy debil jurídica, antropológica y políticamente, el abolicionismo sobrevivió en los departamentos de las universidades gracias a la critica al presidio, el encierro y la represión estrategias e instituciones que demostraron, muy pronto, no solo ser ineficaces sino productoras de la misma delincuencia que decían perseguir.

Más, tras la sofisticación y la seriedad de la critica del paradigma represivo estaba la debilidad de un pensamiento que nunca pudo entender la realidad del crimen que cualquiera puede entender fuera del mundo universitario: que hay actos degradantes, destructivos e inconvenientes que deben ser evitados, prevenidos, y que cuando no se puede hacer esos actos deben tener consecuencias no solo para que sus efectos no caigan en la indiferencia (que de lo mismo que 10 tipos violen a una muchacha) sino para evitar la repetición e incluso, la institucionalización de esa degradación.

Parasitario tanto de la criminología critica como del análisis de las instituciones de encierro el abolicionismo pervive en los departamentos universitarios y, mãs insidiosamente, en las políticas de muchos partidos de izquierda.

III

El abolicionismo no agota, de ninguna manera, el campo de la “criminología crítica” pero si opera desde dentro de ella constantemente. Su adversario, su gemelo, fueron las distintas formas del proyecto “punitivista” en realidad represivas, disciplinarias o o simplemente genocidas que confunden la lucha contra el crimen con la guerra contra el criminal.

Como el castigo viene, por definición, luego de ocurrido el hecho, su posición en la lucha contra el crimen es secundaria: combatir el crimen es hacerlo imposible, exiliarlo a lo fantástico, por eso reducir el flujo de armas de fuego es mucho más eficaz para combatir el crimen que darle armas de fuego a todo el mundo e impedir que los niños entren en bandas armadas es más eficaz que tener que matarlos o encerrarlos cuando se han convertido en homicidas o pequeños tiranos.

Como todos los proyectos disciplinarios, represivos, de encierro siempre fueron más o menos ineficientes y en realidad tenían otros fines distintos a la lucha contra el crimen en gran medida buscaban administrarlo en una economía de la impunidad, el abolicionismo y el minimalismo sacaron su fuerza de la flaqueza y la miseria de los sistemas penales y no de si mismo. De ahí que sea esencial para ellos reclutar, por ejemplo, la crítica de Foucault de la prisión.

Incapaz de distinguir el castigo, como institución, de los mecanismos penales y judiciales que le aplicaban fue, en el mejor de los casos, un suplemento de la critica a las instituciones penales y en el peor mera banalización del crimen o romantización del criminal.

IV

Es en este contexto que entra Venezuela y el chavismo en la historia: un país donde, a la vez, los castigos han sido abolidos y donde la represión no tiene más limite que la conveniencia del gobierno: la cárcel es un instrumento para manejar excedentes de población, para intimidarla, para sacar rentas para policías, militares, jueces, etc. y ha perdido, en la práctica, cualquier relación con el problema del crimen como no sea para multiplicarlo. La policía, particularmente el FAES, mata a placer culpables e inocentes, combatientes e indefensos y el crimen no desciende. Aumenta.

Así, cualquier venezolano tiene perfectamente claras varias cosas: que no hay ninguna consecuencia beneficiosa, ningún provecho en no castigar los crímenes, que los crímenes -no las faltas o los errores- no son meros actos ni invenciones a posteriori del poder sino actos de degradación de la vida que tienden a repetirse, a organizarse, a constituirse y crear instituciones viles como el pranato, la corrupción y el mismo FAES. Que el crimen, al cristalizarse primero en costumbre y luego en instituciones como las mafias, establece a su alrededor relaciones o despóticas, o tiránicas o feudales que son literalmente, normalizadas.

Pero, por otro lado, se ha hecho claro que un estado que tiene el poder de encarcelar o matar a quien quiera, cuando quiera, no hace el mundo más seguro sino peor y se convierte, por eso mismo, en el peor tirano aunque no el único.

Tenemos entonces que pensar como y porqué ocurrió, durante el gobierno de Hugo Chávez, que las garantías procesales como el habeas corpus desaparecieran ahora por completo al mismo tiempo que el homicidio dejó de tener consecuencias incluso cuando la víctima era un militante chavista. El proyecto de las Zonas de Paz, áreas donde la policía entregaba la “gobernanza” local a los grupos criminales, la regularización del régimen del pranato, etc. todos entran sin problemas en la matriz de pensamiento del abolicionismo penal en el sentido de que los criminales más violentos eran vistos como descarriados con los que había que entenderse.

El famoso discurso de Hugo Chãvez invitando a los malandros a volverse “buenandros” es un discurso abolicionista pero privado de todo la potencia que el abolicionismo tomó de la critica del sistema penal: es el abolicionismo desnudo que también practicó con los elementos extremadamente corruptos de su entorno que , por supuesto, no impidió que Chávez mismo criminalizara y encerrara a otros a placer como ocurrió con la jueza Afiuni: dentro del mismo ensamblaje el abolicionismo es un escudo y la represión una espada.

En la tolerancia de Chávez con el crimen no debe verse algo como el Gran Plan que desvela a las derechas, sino más bien una actitud con una gran utilidad táctica. Chávez seguramente prohibió publicar las cifras de homicidios para evitar la mala publicidad más su actitud general hacia el homicidio y los grupos armados indica que los veía menos como un problema que una oportunidad, y actuaba contra ellos cuando, como ocurrió en la cárceles de La Planta y el Rodeo, se volvían en efecto problemáticos a nivel de imagen pública y prestigio. Respecto a la corrupción la veía como un elemento del ambiente que debía ser tolerado o aprovechado.

Aún asi tenemos elementos concretos para pensar que la relación el pranato carcelario se hizo más estratégica y se buscó pactar con unas bandas mientras se destruyó otras: la actitud de Chávez siempre fue entenderse con el crimen es Maduro el que, definitivamente, trata de vencerlo en su propio terreno. Aún asi la transformación del Nuevo Régimen Penitenciario en una fuente de fuerzas paramilitares y el apoyo irrestricto a las milicias paraestatales llamadas colectivos muestra que hay una continuidad en el deseo de cooptar las fuerzas del crimen violento, solo que los medios de selección se han hecho mãs severos.

V

Es para otro momento discutir cuál es la matriz histórica y el sentido del proyecto abolicionista-minimalista pero, ciertamente, no viene de luchas democráticas pues la gente común, evidentemente, siempre ha buscado y procurado el castigo para sus opresores.

Hablar de abolición de las penas es proponerlas para el torturador, el corrupto, el genocida, el violador. Es abolirla para la Violación de Nanking y la masacre de Sabra y Chatila, para los asesinatos del Faes y las torturas del Sebin. Por eso sea mediante mecanismos judiciales o rebeliones armadas los que la democracia busca es que el crimen tenga respuesta, consecuencia, que no de lo mismo, que no sea indiferente. Es decir, la democracia es la que procura un castigo puro, sin intenciones secundarias, y por eso si en la demanda de un castigo ilimitado hacia los opresores se distingue siempre la semilla del totalitarismo, en la de la indulgencia está la de todos los pactos y compromisos con los poderes establecidos: más allá de las formas jurídicas solo puede hablarse de democracia cuando se logra vencer tanto al Terror como al Compromiso.

En la práctica toda dominación quiere abolir los crímenes para si misma y criminalizar a los que domina, más aún, reclama un poder de venganza infinita acoplado a una irresponsabilidad absoluta. Lo que el abolicionismo hace es tratar de oponer el discurso del que no quiere responder por sus acciones (“la pistola lo mató no yo” decía el famoso malandro carioca Madame Satá) al discurso de esa venganza infinita, institucional, que es la represión.

Así, el problema democrático es el del castigoel castigo es esencial a la democracia, pues implica no solo la capacidad de castigar al gobernante sino al tirano y a todos los que degradan la vida común: es una regulación de la violencia inmanente a la vida. Si el castigo es imposible pues también lo es la democracia que implica que todos puedan “actuar sobre las acciones de otros” sin que se establezcan estados de dominación. En ese contexto el castigo es un mecanismo de regulación singular pero absolutamente esencial que evita que unos dominen o degraden a otros o que, para evitarlo, haya que recurrir a la violencia. Así, el castigo es una forma de agonismo y una de las instituciones agonísticas más importantes.

El castigo es biopolítica pura: existe en si como respuesta a la destrucción y la degradación, para definir constantemente cual es la calidad de vida que es aceptable (no es aceptable, no da lo mismo y no puede quedar sin consecuencias que el marido pueda golpear a la esposa cuando quiera ni que la esposa descargue las frustraciones en el hijo o en la mascota) pero también existe como continuación de los mecanismos que buscan hacer él crimen imposible, de la seguridad.

De ahí que no se pueda suprimir el castigo pues seria dejar sin consecuencias la degradación de la vida (lo que pasa cuando se puede matar gente sin consecuencias o saquear el tesoro público o destruir la naturaleza está claro en toda América Latina pero sobre todo en Venezuela) pero tampoco reducir la seguridad al castigo pues se está simplemente reaccionando a un acto ya irreversible. Combatir el crimen es empujarlo hacia lo imposible, primero quitándole lo habitual y luego haciéndolo ocasional y, finalmente, raro.

Si en los gobiernos de Chávez y Maduro el crimen se hizo habitual, se institucionalizó, e incluso emergieron aparatos como Ávila TV que cantaban su “gloria” fue menos por un plan que por simpatía: más allá de los ridículos romanticismos de la izquierda y los universitarios de clase media por los “bandidos y asociales” o la idea reaccionaria y compartida por la derecha y la izquierda de que los pobres son criminales, parece que estaba en juego la simpatía con un poder que no responde ante nadie pero pide respuesta a todo el mundo, que no reconoce la dignidad de nada más que si mismo, no ve más alternativas que dominar o ser dominado y cuya gloria es apropiarse de todo lo que puede hasta la muerte: la simpatía no disimulada de Chávez por los “pranes” no fue más que el anticipo de la transformación del chavismo en una coalición de pranes.

VI

Es natural que a la critica ingenua se le escape la realidad del crimen que es un ensamblaje entre un hecho y una valoración de ese hecho. Nada es crimen “por naturaleza” no hay crimen en las peores crueldades del mundo animal ni en el acto físico: darle un tiro en la cabeza a alguien puede ser un acto de defensa o un homicidio a sangre fria. Pero todo crimen es un acto y por eso mismo tiene un efecto que es real.

Lo que define al crimen es la valoración de ese acto y aquellos efectos: seria ridiculo que le reclamaramos a los griegos por encerrar a las mujeres en una habitación o a los romanos por esclavizar , pero si alguien lo hace aquí y ahora, en nuestro mundo, no nos queda otra que o confinar, sacar del mundo al que lo haga, o aceptar que una cosa y la otra vuelvan a ser la costumbre y luego institución y luego norma: el castigo es, simplemente, una forma de filtrar lo que queremos que esté o no esté en el mundo, por eso todo castigo nace de una decisión política, pero una tomada sobre los datos, los efectos y los signos de la realidad mãs vehemente, es decir, siempre estamos decidiendo que es un crimen y que no lo es pero solamente porque constantemente estamos redefiniendo los valores que definen que calidad de vida estamos dispuestos a aceptar.

Cuando la grosería, la torpeza, la falta y el error son criminalizados ocurre, como con el feminismo, que la diferencia misma se pierde: si un piropo en la calle es una agresión y existen miles de formas de violación el crimen mismo queda vaciado y arrojado al “elemento de lo indiferente”.

Pero cuando se toma el crimen como un “dato natural” un “hecho moral” que está predefinido entonces, irrevocablemente, quedamos atrapados en una imagen realmente reaccionaria de un pasado que se repite: es un crimen matar un animal y comer su carne?. Difícilmente. Es un crimen tratar a una criatura viva, sensible, como si fuese materia prima?. Ya ese es otro asunto.

El abolicionismo, cuyo espíritu quedó fijo en los tiempos del relativismo de Boas (en que la sociedad no es más que una serie de convenciones arbitrarias establecidas sin causa o razón alguna) nunca pudo ser otra cosa que el insumo para el ala más nihilista y cínica de los poderes establecidos. Y esa ala, en América Latina y en este momento, parece ser el ala izquierda.

Además de los intentos para justificar o normalizar los crímenes violentos del gobierno de Maduro tenemos, tras las filtraciones de los chats del Juez Moro, una contraofensiva de la izquierda del continente en defensa de Lula. Pero esa defensa va más allá de lo que haya hecho Moro o si se cree que es indebido o criminal: si la oposición venezolana es la justificación para los crímenes de Maduro y el estado-mafia chavista (iban a matar a Maduro, ergo, podíamos hacer lo que quisiéramos con ellos) las acciones de Moro son, evidentemente, el pretexto para condenar todo el Lava Jato al menos por un ala de la izquierda dentro y fuera de Brasil que ve en esta una oportunidad única no solo en la lucha política interna -liberar al Rey Sol- sino en establecer la corrupción no solo como un hábito inevitable sino como una institución política: era el grito del peronismo contra los “honestistas” la denuncia del “chavismo bravío” (es decir, de la clientela de cleptócratas como Jaua) de que la lucha contra la corrupción es lucha contra la democracia -siendo la democracia las personas de Lula, CK y Maduro.

El asunto es grave porque hay incluso anarquistas, deleuzianos y autonomistas en todo el mundo que están tratando de institucionalizar la corrupción -es decir, el saqueo y la explotación global de toda la sociedad por los empresarios y la clase política- hay incluso, por ahí, una entrevista del mismo Negri diciendo que el mençalao era necesario para corregir los problemas de la constitución brasilera…

VII

Y este es un problema continental: si la hostilidad de Trump y el Grupo de Lima al chavismo se está convirtiendo en la oportunidad de legitimar una violación masiva de los derechos humanos Lula, una figura mucho más simpática comparativamente, sirve para deslegitimar toda la lucha contra la corrupción.

Y ello es posible por una simple razón: más allá de lo que se piense de las revelaciones sobre Moro se está permitiendo que el juez, su agenda y su relación con Bolsonaro sean los temas y sean el problema: el juez es la lunita que eclipsa el sol de la corrupción en la medida en que la mayoría de la gente la olvida, la oculta o deja de preguntarse cuál es el lugar de Lula en todo el esquema de Odebrecht y Mençalao.

Esto es, justamente, lo que la derecha espera a pesar de que, en todo el continente, sea con Derwick u Odebrecht, sabemos que la extracción y circulación de dinero público es la relación más real y material entre las fuerzas que, para fines publicitarios y electorales, se muestran enfrentadas pero comparten, en grados diversos, el mismo autoritarismo, el mismo desarrollismo depredador, la misma corrupción y la misma resignación y falta de imaginación política.

Decir que los podere establecidos se hacen cada vez más criminales no es moralizar la política de una manera que justifique una política histérica del linchamiento -como en el feminismo argentino- o un Comité o de Salud Pública, es lo que hacen los antichavistas al hablar de la lucha entre la gente de bien y los criminales, es reconocer la tendencia latinoamericana y planetaria en que los poderes no sólo coexisten o aprovechan de realidades corruptas degradantes -milicias, paraísos bancarios, favelización del territorio, precarización del salario y desigualdad, cleptocracia- sino en que ya no pueden aportar un estándar de vida superior y por tanto buscan imponer o legitimar distintos niveles de resignación: máximo de indignidad posible en cada lugar y cada momento.

Por eso lugares como Yemen o Palestina son tan importantes en la normalización de la degradación y la vileza, tanto como Venezuela aunque de otra manera que en el contexto de América Latina termina transmitiendo el mismo mensaje que La Oligarquía Roja transmite en el país: “alegrate de que no estas peor, resignate a lo que tienes y no trates de cambiar nada porque puedes arruinar todo”.

El problema es, claramente, pragmático: no solo el perenne de la movilización democrática en sociedades atomizadas y fragmentadas como estas (y entregadas, deliberadamente, al poder de pranes, milicianos y carteles) sino de si es posible usar contra el estado las instituciones judiciales que, como todo lo estatal, son una mezcla de potestades despóticas y nauseabundas con servicios públicos muy básicos. Así, el juez es el reyezuelo -usualmente corrupto- que reparte los beneficios procesales a conveniencia usurpando el castigo de la gente y también el magistrado que limita el poder del ejecutivo -aún más despótico- y un trabajador intelectual calificado que evalúa los méritos de unas pruebas y unos argumentos manteniendo ciertos protocolos.

Esta es una situación difícil porque la conveniencia de la derecha de la derecha de denunciar los crímenes de Maduro o la corrupción de partidos como el PT es limitada: tal vez haya el año que viene un gobierno nuevo en Venezuela al que los medios le perdonaran todo (como se lo perdonan a Guaidó que no ha asumido la presidencia y ya tiene un escándalo de corrupción) y el clan Bolsonaro (y Macri) tiene todas las condiciones para quedar bajo algún tipo de investigación lo que hará que el celo anticorrupción de muchos disminuya (para los antichavistas en venezuela, raza patética donde la haya, ya Bolsonaro y Trump son casi santos varones).

No tenemos solución fácil para este problema que pasa los vericuetos más pútridos del aparato de estado: la lucha democrática se presenta como una lucha contra el crimen -ya habíamos visto eso en los derechos humanos y las luchas ecológicas- pero no puede ser una cruzada moral que, por serlo, puede ser automáticamente cooptada por la derecha.

Pero si hay algo cierto: hay que exorcizar el espíritu de todos los abolicionismos. No admitir la normalización e institucionalización de la corrupción -ni de la violencia estatal- y, más allá, no deduciendo de los aparatos de justicia realmente existentes una definición del castigo que, ridículamente, no es particular sino general, sino de los crímenes -de los actos que queremos sacar del mundo- las estrategias, las instituciones y los mecanismos necesarios, sea que estas ya existan, puedan ser reformadas o inventadas.

Y es en ese “espacio” entre el oportunismo frente al crimen y todos los moralismos, que se puede colar -si es que puede- la lucha democrática en un periodo en que la tendencia es a que el crimen se convierta en un componente normal de la forma en que somos gobernados.

¿El fin del sueño socialdemócrata en Suecia?

El modelo de Estado de Bienestar ha retrocedido, las desigualdades se han incrementado y la extrema derecha ha capitalizado parte del descontento social. Con todo, la izquierda sigue siendo una fuerza significativa
Por GÖRAN THERBORN
La socialdemocracia llegó a Suecia a través de Alemania y Dinamarca, y los camaradas daneses sirvieron de modelo original para la primera generación de reformadores suecos. Pero desde mediados de la década de 1930, los suecos fueron universalmente reconocidos como los maestros de su clase. Entre 1932 y 1976, los socialdemócratas fueron eminentemente exitosos como impulsores de la reforma social desde el gobierno: cautos, graduales, bien preparados. Podían apuntar al pleno empleo, una economía próspera y abierta que fuese competitiva en los mercados mundiales, un generoso Estado de Bienestar y una sociedad igualitaria, que en 1980 tenía las tasas de desigualdad por renta y por género más bajas del mundo. La propuesta planteada por los sindicatos liderados por el SAP de crear “fondos de inversión de los asalariados” en 1976 fue quizá la medida de mayor alcance hacia una economía socialista jamás avanzada por los socialdemócratas convencionales1. La socialdemocratización del país fue suficientemente profunda como para mantener a los partidos “burgueses” –como se los conoce oficialmente en Suecia– de la coalición de centroderecha que gobernó en 1976-1982 en la senda del pleno empleo y los derechos sociales2.

Contrarreforma

Fueron los propios líderes del SAP quienes comenzaron la contrarreforma socioeconómica a comienzos de la década de 1980. El giro neoliberal comenzó como una especie de gestión de la crisis. El sector exportador se estaba volviendo menos competitivo debido a sus costos. Los productores de textiles y prendas de vestir que quedaban fueron barridos, los astilleros coreanos y japoneses superaron finalmente a los suecos, y los sectores del acero y la silvicultura se vieron obligados a reducir su tamaño. La rentabilidad era baja, y también la inversión. La balanza de pagos estuvo en números rojos entre 1978 y 1981, y la participación de los beneficios en el valor agregado cayó de un 30% en la década de 1960 y comienzos de la de 1970 a un 24% en 1978. Esto se presentó como una amenaza para los puestos de trabajo, aunque los niveles de empleo seguían subiendo a pesar de la crisis internacional. Tanto los economistas de la Confederación de Sindicatos Suecos, conocida como LO (Landsorganisationen i Sverige), como los de la SAP acordaron que sería necesario contener los salarios y aumentar los beneficios. La principal herramienta para conseguirlo fue devaluar la moneda un 16% en cuanto el SAP recuperó el poder en 1982. Los líderes del partido privaron a la propuesta de creación de fondos de inversión de los asalariados planteada por Rudolf Meidner de su verdadero potencial transformador, aunque se aprobó oficialmente una versión aguada, como gesto simbólico hacia los congresos del partido y del sindicato3.

La década de 1980 fue testigo del avance internacional de la teoría económica neoliberal. En ese marco, un grupo de economistas del SAP organizó un seminario para estudiar las nuevas ideas de Chicago que consiguió llegar a los oídos del ministro de Finanzas, Kjell-Olof Feldt, y del gobernador del Banco Central. La mercantilización y el control de la inflación se convirtieron en las nuevas prioridades de la política socialdemócrata. En 1985, este grupo impuso la liberalización de los mercados de crédito y de capitales en Suecia. Feldt contó que, cuando le presentó la propuesta a Olof Palme, el primer ministro respondió: “Hagan lo que quieran. De todas formas, yo no entiendo nada”. Estas decisiones, junto con la reorganización de la Bolsa de Estocolmo, durante mucho tiempo adormecida, abrieron las compuertas al capital financiero especulativo, tanto nacional como extranjero. Esto generó a su vez, en 1991, una crisis financiera de origen interno, que puso fin al pleno empleo en Suecia, redujo el PIB en un 4% y les costó a los contribuyentes otro 4% del PIB para rescatar a los bancos.

El SAP tuvo la suerte de que entre 1991 y 1994 estuviera en el poder una coalición “burguesa” –liderada por Carl Bildt, un partidario convencido de la Guerra Fría, del Partido Moderado–, que tuvo que enfrentar las consecuencias de este estallido de la burbuja financiera. Fue una tarea que la coalición desempeñó muy mal, lo que permitió la vuelta de la socialdemocracia al poder en 1994, con el 45% de los votos. Los socialdemócratas consiguieron volver a estabilizar la economía y liberar al país de su dependencia de los banqueros neoyorquinos. Fue un logro a corto plazo, sin embargo, conseguido con duras medidas de austeridad, y no incluyó un replanteamiento de la privatización, la mercantilización o la “nueva gestión pública” –que utiliza las prácticas de las grandes empresas en los servicios públicos– y, mucho menos, preocupación igualitaria alguna. Las coaliciones burguesas y las lideradas por el SAP, que se han alternado en el poder desde 1991, han actuado, por el contrario, como corredoras de relevos en la promoción de la desigualdad y la especulación. Juntas han eliminado los impuestos a la herencia y sobre el patrimonio y los bienes inmuebles, han hecho que los rendimientos del capital tributen menos que los ingresos del trabajo y han restringido la escala de las prestaciones sociales, además de endurecer el acceso a ellas. Hace dos años, la revista Forbes declaraba que “Suecia encabeza la lista de los mejores países para hacer negocios en 2017”, aunque se trataba de un país gobernado por socialdemócratas4.

La desigualdad económica se ha disparado. La tasa de ingreso disponible ha aumentado un 60% desde 1980 –de un coeficiente de Gini de 0,20 a 0,32 en 2013–, lo que devolvió la distribución de ingresos del país al nivel de la década de 1940 o quizá finales de la de 1930. Dos tercios de ese aumento pueden atribuirse a las decisiones políticas referentes a los impuestos y a las transferencias sociales, y solo un tercio a una distribución más desigual de la renta familiar bruta. La actual distribución de la renta en Suecia guarda cierta semejanza con la inglesa de 1688. El 0,1% más rico tiene en promedio una renta disponible, después de impuestos y transferencias, 38 veces superior a la del asalariado medio. En el momento de la Revolución Gloriosa, los temporal lords de Inglaterra tenían una renta 30 veces mayor que la de los mercaderes y comerciantes urbanos de clase media5. La distribución de la riqueza ha empeorado aún más, lo que dio como resultado el patrón más desigual de Europa occidental, a la par de los de Brasil, Sudáfrica o Estados Unidos6. En 2002, el 1% más rico de Suecia era propietario del 18% de la riqueza de los hogares; en 2017, ese porcentaje había subido al 42%7. Otras desigualdades están también profundizándose. La Autoridad Nacional de Educación (Skolverket) ha concluido que una cuarta parte de las calificaciones de los estudiantes puede atribuirse ahora a la clase social de los padres, frente al 16% en 1998. La brecha en la esperanza de vida a los 30 años entre grupos de distinto nivel educativo ha aumentado desde 2000 en dos años para las mujeres y uno para los hombres; llega hasta seis años menos de vida para los menos educados si se tienen en cuenta ambos sexos, en comparación con los muy educados. La desigualdad de género es una excepción y no ha aumentado. Las mejoras de 1968 y el movimiento feminista no han retrocedido y siguen repercutiendo en un país profundamente laicizado y sin una derecha religiosa significativa. Esto no significa que Suecia esté libre de dominación masculina y machismo: al contrario, el movimiento internacional MeToo, cuando llegó a Suecia, se convirtió en una serie de protestas colectivas en todo el país contra el acoso sexual, lideradas por las profesionales, entre ellas policías, académicas, médicas, abogadas y banqueras.

Factores

¿Cómo ha podido producirse este giro hacia desigualdades cada vez más profundas, que ha deshecho más de medio siglo de igualación gradual? El capitalismo posindustrial, globalizado y financiarizado tiene una tendencia intrínseca a aumentar la desigualdad económica, al debilitar la posición de los sindicatos, fragmentar a la clase obrera y descualificar a partes de ella mediante cambios en la demanda de trabajo, por no mencionar la apertura de nuevas perspectivas para el capital, mediante la deslocalización hacia países de salarios más bajos y el aumento de las oportunidades para extraer renta financiera. Habría sido de esperar, sin embargo, que la Suecia socialdemócrata se encontrase entre los países mejor situados para resistirse a esas tendencias y contenerlas. La desigualdad en Suecia ha aumentado, por el contrario, más que en la mayoría de los países de Europa occidental. Parece que hay tres razones principales para la sorprendente evolución de las pasadas tres décadas. Quizá el factor más importante haya sido el cambio de orientación de los dirigentes del SAP, que han abandonado cualquier preocupación significativa por la desigualdad y la justicia social. Un ejemplo ilustrativo fue el acuerdo sobre las pensiones, negociado en secreto entre el gobierno del SAP y los partidos burgueses en la década de 1990, y aprobado por el Parlamento en 1998. La idea principal era hacer que las prestaciones dependiesen de los cambios del PIB y de las tendencias demográficas. La intención era hacer el sistema más sostenible bajo la presión económica y demográfica, un objetivo racional tras el colapso financiero sueco de 1991. Pero los expertos que calcularon y negociaron el tema no tuvieron en cuenta las consecuencias distributivas de la nueva estructura de las pensiones. Resultó que, 15 años después, el sistema había producido un grado de pobreza relativa más alto que la media de la Unión Europea: 17% frente a 14% de media en la UE. En Dinamarca, el porcentaje de pensionistas pobres se sitúa en 8%-9%8. En otro acuerdo sobre tributación alcanzado en 1991, el gobierno del SAP introdujo tipos impositivos más bajos para los rendimientos del capital que para el (sustancial) ingreso del trabajo. En 2004, el gobierno socialdemócrata abolió todos los impuestos sobre sucesiones y donaciones9. La gestión de la crisis y la promoción del crecimiento expulsaron otras preocupaciones económicas. La socialdemocracia sueca siempre había prestado una importante atención a estos temas, pero antes lo había equilibrado con una preocupación equivalente por la seguridad social y la igualdad.

En segundo lugar, se produjo una ofensiva empresarial intensiva y bien financiada, desarrollada primero como resistencia (y venganza) ante los avances de los trabajadores en la década de 1970. En 1976, por primera vez en su historia, la federación de empresarios escogió como líder a un ejecutivo empresarial: todos sus predecesores habían sido funcionarios o semifuncionarios de las cámaras de comercio. Dos años después, la federación creó su propia oficina de propaganda, Timbro, el primer think tank importante de Suecia. En octubre de 1983, las organizaciones empresariales convocaron la que quizás haya sido la mayor manifestación acaecida en la historia de Suecia para oponerse a la propuesta de creación de fondos de inversión de los asalariados, contrataron 60 vagones de tren, 200 autobuses e incluso vuelos chárter para trasladar manifestantes a Estocolmo. (Uno de los principales organizadores consultó con un líder estudiantil de 1968 cómo organizar una protesta). La ofensiva fue suficientemente inteligente como para no adoptar una actitud explícitamente antisindical en un país fuertemente sindicalizado y con una sólida tradición de colaboración de clase. Se dispuso, por el contrario, a debilitar a los sindicatos con medios sutiles: encareciendo la afiliación sindical, por ejemplo, o la cualificación para obtener un seguro de desempleo de un sindicato, como hicieron los gobiernos burgueses. En esta campaña no encontraron resistencia. En 2010, el profesor de derecho Göran Groskopf, experto en asesorar a los suecos más acaudalados sobre elusión fiscal, describía el país como un “paraíso fiscal (skatteparadis) para los ricos”.

El tercer factor impulsor de la desigualdad –en concreto, de la distribución de la riqueza– ha sido el nuevo dinamismo del sector exportador de altas tecnologías. Concentrado durante mucho tiempo en la empresa de telecomunicaciones Ericsson, recientemente ha engendrado una serie de prósperos inventores en el sector de las tecnologías de la información que pronto han acumulado una gran riqueza: Skype, Spotify y juegos de ordenador como Candy Crush y Minecraft son todos suecos. Las empresas de capital de riesgo, la forma más agresiva de capital financiero, están excepcionalmente bien representadas en Suecia: en proporción del PIB, son las segundas de Europa, después de Reino Unido.

Relatos nacionales

La creciente polarización de clase que se está produciendo en la sociedad sueca no ha pasado desapercibida. Los gobiernos municipales de Estocolmo, Gotemburgo y Malmö han creado comisiones para investigar la segregación residencial y el estado de la sanidad y la educación, así como las desigualdades económicas. El movimiento sindical ha establecido un grupo de trabajo de investigación sobre igualdad, que deberá presentar sus conclusiones en el congreso de 201910. Sin embargo, no se ha logrado que el tema se sitúe en el primer plano de la escena política.

El relato predominante sostiene que Suecia se ha convertido en una sociedad amenazada por la inmigración. En la Suecia de 2018, el lenguaje burgués es un poco más pulido que el de Alemania durante las décadas de 1920 y 1930. De acuerdo con el líder del Partido Moderado, que encabeza la Alianza por Suecia, compuesta por cuatro partidos, la “integración” es el factor que conecta “muchos de los problemas que tenemos en Suecia”. Este persistente tema electoral –la “cuestión del destino”– es un reconocimiento tácito de que el programa neoliberal de rebajas tributarias y aumento de las privatizaciones, que todavía figura en las propuestas de la Alianza, ya no tiene un atractivo masivo.

En el invierno y en la primavera de 2018, el SAP y los cuatro partidos burgueses convergieron en ver a los inmigrantes y su “integración” como la principal cuestión política afrontada por el país, y compitieron entre sí para ser los mejor situados para abordarla. Este enfoque los puso a jugar en la cancha de los Demócratas de Suecia, xenófobos y antiinmigrantes, que se dispararon en las encuestas de opinión. Más tarde, el SAP comprendió su error y empezó a sostener que las elecciones de 2018 trataban fundamentalmente de política social o välfärd (bienestar), que en Suecia sigue siendo una palabra con connotaciones positivas. A medida que avanzaba la campaña, el SAP viró un poco hacia la izquierda propiciando límites a la especulación en los servicios públicos, atacando las propuestas de rebajar los impuestos, anunciando planes de aumento de los impuestos sobre el capital y prometiendo algunas prestaciones sociales más beneficiosas. Al final de la campaña, esto dio sus frutos, en el sentido de contener el desastre universalmente previsto. De la media de 23%-25% que daban las encuestas, los electores acabaron dándole al SAP el 28%, lo que claramente reafirmó su posición como partido más votado y, probablemente, salvó la cabeza de su líder, Stefan Löfven.

Inmigración y xenofobia

Como la mayor parte de Europa, Suecia fue históricamente un país de emigración, cuya población huyó en masa de la pobreza, pero también de la persecución religiosa y política. Las minorías étnicas –fineses y samis, principalmente– eran pequeñas y estaban oprimidas y sometidas a la asimilación forzosa. A finales de la década de 1930, la opinión pública burguesa y estudiantil se movilizó contra la aceptación en Suecia de una docena de médicos judíos que huían de la Alemania nazi; y durante la guerra, la “neutralidad” sueca implicó relaciones cordiales del gobierno del SAP con Berlín. Sin embargo, en 1943, las autoridades y los ciudadanos de Suecia ayudaron a los judíos daneses a cruzar el estrecho de Sund para escapar de la amenaza de deportación a Alemania.

Después de la guerra, y en especial a partir de la década de 1960, Suecia estuvo abierta a una significativa inmigración de trabajadores, la mayoría de Finlandia, pero algunos también del sur de Europa. En la década de 1970 aceptó refugiados políticos de América Latina, que en general fueron muy bien recibidos. Una nueva oleada de inmigrantes llegó con la ruptura de Yugoslavia a comienzos de la década de 1990, coincidiendo con la profunda recesión que siguió a la crisis financiera de 1991. Para entonces, la situación había cambiado. Ya antes, habían empezado a organizarse movimientos racistas y xenófobos, sobre todo en la provincia más meridional, Escania. En 1979 comenzó a funcionar un pequeño grupo activista llamado Mantener a Suecia Sueca (bss, por sus siglas en sueco); un municipio de Escania organizó un referéndum contra la aceptación de refugiados en 1988 y la moción salió aprobada por una mayoría de dos tercios. Ese mismo año, seguidores del bss y otros activistas establecieron un partido de extrema derecha con elementos neonazis, los Demócratas de Suecia.

La Suecia de posguerra se consideraba a sí misma un país internacionalista y socialdemócrata. La Organización de las Naciones Unidas (onu) y la ayuda al desarrollo tenían un respaldo muy extendido. Palme situó su gobierno y su partido en oposición a la Guerra de Vietnam. El embajador sueco en Chile en 1973, Harald Edelstam, se convirtió en héroe nacional a la par que Raoul Wallenberg por ayudar a numerosos chilenos a escapar de los escuadrones de la muerte de la dictadura militar. A comienzos de la década de 2000, Suecia recibió a muchos refugiados de la destructiva guerra estadounidense en Iraq, y también de conflictos en el Cuerno de África y (más recientemente) Afganistán11. El alcalde de Södertälje, una población industrial satélite de Estocolmo, testificó ante el Congreso estadounidense que su ciudad estaba admitiendo a más refugiados de la guerra estadounidense en Iraq que todo eeuu, con orgullo pero también con preocupación. No es de extrañar que en 2015 Suecia fuese, junto con Alemania, el único receptor voluntario de la oleada de refugiados procedentes de Siria y Afganistán, con la admisión de más de 160.000: en proporción a su población, equivaldría a acoger casi un millón de refugiados en Reino Unido. En 2017, casi el 19% de los habitantes de Suecia había nacido en el extranjero, y de ellos, el 11% en África o Asia.

Aunque una franja racista y xenófoba de la población sueca se oponía a la política de apertura a los refugiados, la ciudadanía en general la respaldaba. El estado de ánimo predominante en ese momento lo expresaron los sucesivos primeros ministros: en 2004, el líder moderado Fredrik Reinfeldt animó a sus conciudadanos a “abrir los corazones” a los refugiados; en 2015, Löfven declaró: “Construimos puentes, no muros”. Pero Suecia tiene ahora, sin embargo, un significativo partido xenófobo y contrario a la inmigración, Demócratas de Suecia. El partido entró en el Parlamento en 2010 con el 5,7% de los votos y subió al 12,9% en 2014. En septiembre de 2018 obtuvo el 17,5% de los votos.

El floreciente Partido Popular Danés le ha proporcionado un modelo táctico, aunque Demócratas de Suecia es más conservador y posee raíces neonazis más directas, a diferencia del partido danés. Como provincia fronteriza con el continente a través del mar Báltico, la región Escania –donde más crece la extrema derecha– es el lugar de entrada de muchos inmigrantes (aunque el condado de Estocolmo tiene una proporción mayor de residentes nacidos en el extranjero). Es también una región muy desigual, con varios municipios posindustriales en decadencia cerca de áreas de riqueza y prosperidad. El nivel más bajo de apoyo a Demócratas de Suecia en ciudades y pueblos similares situados más al norte refleja el funcionamiento gradual de un proceso de difusión, con algunos parecidos a la expansión de la socialdemocracia por el país a finales del siglo xix. Incluso aquí, sin embargo, el partido tiene un acento claramente rural: los municipios de Escania que eluden su control son las dos ciudades de mayor tamaño, Malmö y Helsingborg, la ciudad universitaria de Lund y las zonas residenciales ricas y conservadoras.

A pesar de haber avanzado hacia el norte este año, Demócratas de Suecia sigue siendo un partido predominantemente meridional y provincial. A escala nacional se ha mostrado relativamente débil en 2018 en las principales ciudades –10% de los votos en Estocolmo y 14% en Gotemburgo, aunque ha conseguido el 17% en Malmö– y en las ciudades universitarias, con el 12% en Lund y en Upsala y el 9% en Umeå. Los votantes del partido proceden en su mayoría de la derecha tradicional12.

La actual dirección de Demócratas de Suecia se hizo con el mando del partido en 2005 y lo limpió de cualquier muestra de neonazismo explícito. Sin embargo, pueden encontrarse aún estas conexiones entre sus políticos locales, que tienden a expresar fantasías asesinas en las redes sociales: poner una ametralladora en el Puente de Öresund, desearle un accidente mortal a un político del SAP, ansiar que un ferry de refugiados se hunda, etc. El ascenso del partido se ha producido en dos fases. Hasta las elecciones de 2014 inclusive, el resentimiento entre los “perdedores” socioeconómicos fue su principal combustible propulsor. La región de Escania fue especialmente golpeada por la crisis de comienzos de la década de 1990. Quienes dependían de las prestaciones sociales sufrieron de nuevo durante la crisis financiera y la recesión de 2008, debido a la política aplicada por la coalición burguesa de favorecer a los empleados y recortar las prestaciones sociales. Las rentas del tercio más pobre de la población disminuyeron entre 2008 y 2013. En esos años, Demócratas de Suecia consiguió un número desproporcionado de simpatizantes y, sobre todo, de activistas y políticos locales entre los desempleados de larga duración, los jubilados anticipados y los trabajadores autónomos en situación precaria13.

En la segunda fase, desde las elecciones de 2014 hasta la actualidad, Demócratas de Suecia aprovechó las preocupaciones sociales más amplias acerca de la inmigración y penetró de manera sustancial en la clase trabajadora, una cuarta parte de la cual los votó en 2018. De acuerdo con las encuestas de opinión, el apoyo al partido alcanzó un máximo cercano al 20% de las preferencias en 2015, inmediatamente después de la afluencia de refugiados, luego bajó al 15% en 2017 y volvió a subir en noviembre de 2018. Este último cambio parece deberse a dos factores. Uno fue la vuelta de los moderados, que convirtieron la “integración” de los inmigrantes en la principal cuestión política de las elecciones y de toda la Alianza burguesa. El segundo fue un pánico moral azuzado por la información difundida por la prensa sobre la existencia de guerras de bandas a pequeña escala, con una serie de tiroteos. Pero los trabajadores tenían otra razón para preocuparse. En sectores como el transporte y la construcción, las empresas extranjeras de la ue intentan flexibilizar cada vez más el mercado de trabajo trayendo a trabajadores extranjeros mal remunerados (inclusive de países no pertenecientes a la ue, como en el caso de los obreros de la construcción tailandeses).

Adicionalmente, entre el 40% y el 50% de los votantes de Demócratas de Suecia –es decir, en torno al 8% del total de la población sueca– parece simplemente racista o xenófobo: personas que no quieren vecinos inmigrantes o que un integrante de su familia se case con un inmigrante14. Demócratas de Suecia no encaja bien en la etiqueta convencional de “populismo de derechas”. No se está subiendo a la ola de oratoria demagógica, con ataques feroces al establishment y promesas desenfrenadas a la población. Su líder no es un orador demagogo, sino un manipulador ingenioso, frío y con inteligencia estratégica. El partido se autodefine como “conservador social” sobre una “base nacionalista”. A pesar de atraer votos de protesta de la clase trabajadora, la mayoría de sus simpatizantes se autodefine de derechas.

La cultura universalista de la Suecia de posguerra seguía manifestándose en la actitud adoptada hacia Demócratas de Derecha por los partidos burgueses tradicionales, que todavía dudan en formar un gobierno de derechas con apoyo de los xenófobos. Desde 2014, el Parlamento sueco contiene tres bloques políticos. El rojiverde está compuesto por el SAP, el Partido del Medio Ambiente y el Partido de la Izquierda, de tendencia poscomunista. Los dos primeros formaron una coalición gobernante entre 2014 y 2018, con el apoyo parlamentario externo del último, necesario para alcanzar la mayoría. El segundo bloque es el de la Alianza, conformada por cuatro partidos burgueses (Moderado, del Centro, Demócrata Cristiano y Popular Liberal), mientras que Demócratas de Suecia constituye por sí solo el tercer bloque. Demócratas de Suecia está cortejando a la Alianza, en especial a sus elementos culturalmente más derechistas, el Partido Moderado y los Demócratas Cristianos, por el momento sin éxito en el ámbito nacional.

El descenso de la centroizquierda

Las rupturas socioeconómicas, las nuevas tecnologías de la comunicación y las nuevas formas de movilidad han debilitado –en algunos casos, prácticamente disuelto– las comunidades populares, sus organizaciones (partidos y sindicatos) y su cultura. Las ciudades y los pueblos industriales de Suecia han experimentado el vaciado de su cultura obrera, antes rica y densa. No obstante, el 61% de los trabajadores manuales y el 73% de los no manuales siguen afiliados a un sindicato. La Liga de Educación de los Trabajadores (abf, por sus siglas en sueco) tiene presencia en todo el país, aunque ahora ofrece principalmente cursos relacionados con aficiones y enseñanza de lenguas extranjeras. En 1982, el 60% de los electores suecos se consideraba “identificado” con algún partido político. En 2014, esa cifra había caído al 27%. En 1956, el 11% de los votantes había cambiado su preferencia de partido respecto a las elecciones anteriores; en 1968, la cifra era del 19%; en 1982, del 30%; y en 2018 la proporción había subido al 40%15.

La erosión del respaldo de la clase trabajadora al SAP empezó de manera más clara tras el giro a la derecha dado por el partido en la década de 1980. Entre 1982 y 1991, su porcentaje de voto entre la clase trabajadora se desplomó del 70% al 57%. El principal beneficiario en ese momento fue Nueva Democracia, un partido neoliberal y populista con un claro tinte xenófobo. Tras una breve recuperación en 1994, en las elecciones de 2006 se produjo otra caída: en esta ocasión los votantes se decantaron predominantemente por los moderados, que se centraron en las cuestiones del empleo y en la brecha creciente entre ocupados y desempleados, con lo que duplicaron prácticamente entre 2006 y 2010 el apoyo de votantes de clase trabajadora. Estos trabajadores que votaron al Partido Moderado proporcionaron en 2014 a Demócratas de Suecia el grueso de su crecimiento electoral16.

Políticas migratorias

La nueva oleada de migración internacional (e intercontinental) ha creado un conjunto particular de problemas en Europa, durante medio milenio centro mundial de emigración, expansión y conquista, que envió a sus clérigos cristianos a convertir a seguidores de otras religiones. Cuando Europa dominaba los mares, no se hablaba de “integración de inmigrantes”. Los pocos europeos que “se pasaban a los nativos” eran despreciados, no idolatrados, en Europa. Ahora, los descendientes empobrecidos de los antiguos conquistados viajan a los países habitados por los descendientes de sus conquistadores. Este nuevo giro migratorio, acelerado por una serie de guerras lideradas por EE.UU. en la zona de influencia meridional de Europa, de Afganistán a Libia, está creando un verdadero problema para la socialdemocracia europea, cuyos votantes tradicionales se ven muy afectados por la afluencia de personas pobres y para quienes los derechos sociales y la justicia social fueron siempre principalmente de alcance nacional.

En la época en que el racismo se prodigaba por doquier, los movimientos obreros de los países colonizadores europeos plantearon con orgullo lemas tales como “Trabajadores del mundo uníos y luchad por una Sudáfrica blanca” (en la huelga militante que los mineros sudafricanos sostuvieron en 1922), o “Mantener a Australia blanca” (un punto del programa del Partido Laborista Australiano). En una era de “posracismo” oficial, ¿cómo van a lidiar los movimientos de la propia Europa con las masas de inmigrantes pobres que llaman a las puertas de sus fronteras? Los sindicatos suecos apoyaron en las décadas de 1960 y 1970 una inmigración de trabajadores reglamentada. Ahora piensan que debería permitirse solo de manera excepcional. También apoyan la política más restrictiva hacia los refugiados adoptada después de 2015, aunque siguen aceptando el derecho de asilo. Lo que más les preocupa son los contratistas de la ue que traen consigo sus propios trabajadores mal remunerados. Los líderes sindicales se han mostrado muy activos en la campaña contra Demócratas de Suecia –si bien con efecto limitado fuera de los grandes espacios industriales– y algunos sindicatos han prohibido ocupar cargos sindicales a los miembros de ese partido. Las masas de inmigrantes pobres sí plantean un grave reto para los partidos populares y progresistas, pero la oscilación del apoyo político a la xenofobia muestra que en gran medida ese reto es políticamente contingente.

En las últimas elecciones, los socialdemócratas consiguieron cambiar las prioridades de los electores, alejándolas de la inmigración, y eso frenó la marcha hacia la xenofobia. Pero el Estado de Bienestar no fue simplemente un tema ganador para el SAP. Hay muchas quejas sobre las listas de espera en los hospitales y sobre las grandes distancias que hay que recorrer para llegar a las clínicas en la vasta región septentrional. Aunque Suecia no ha estado sometida a un régimen de austeridad comparable al del gobierno conservador británico, los recursos disponibles resultan insuficientes para las demandas crecientes de una población envejecida. Los habitantes del norte acusan a los políticos regionales del SAP de sordera o insensibilidad a las necesidades sanitarias de la población. En la circunscripción más septentrional del país, históricamente un baluarte del SAP y de los comunistas, un partido regional en defensa de la salud (Partido de la Asistencia Médica) se convirtió en la fuerza más votada. Demócratas de Suecia ha intentado también aprovechar las injusticias relacionadas con el bienestar, afirmando que los recursos eran inadecuados, porque se gastaba el dinero en los refugiados. Los socialdemócratas no pierden apoyo porque su misión de efectuar reformas sociales se haya completado. Están siendo castigados, al contrario, por abandonar la tarea urgentemente necesaria de mejorar e intensificar esas reformas17.

El análisis de la crisis de la socialdemocracia debería prestar atención también a su resiliencia y al espacio existente para la aparición de una nueva izquierda. Esta resiliencia tiene dimensiones económicas, socioculturales y políticas. El aspecto económico hace referencia principalmente al lugar que el país ocupa en el sistema mundial: específicamente, a la medida en que es vulnerable a las oscilaciones del mercado mundial y a las presiones de los acreedores, o en que se ve perjudicado por el subdesarrollo. Suecia se encuentra a este respecto en una posición fuerte, como el noroeste de Europa en general, pero anteriormente gozaba de la ventaja particular, ahora reducida, de ser una economía igualitaria, de tributación elevada y fuertemente sindicalizada que competía con éxito en los mercados mundiales.

Desde el punto de vista social Suecia conserva, a pesar de todo, un duradero legado de reformas. No hay ciudades o regiones enteras arruinadas por la dislocación económica. El principio de los derechos sociales de los ciudadanos sigue firmemente asentado. Desde el punto de vista cultural, la orientación universalista y de solidaridad internacional observada en la posguerra todavía perdura en Suecia, y eso hace que a los partidos burgueses tradicionales les resulte más difícil formar gobierno con el apoyo de la derecha xenófoba, como han hecho ya sus homólogos de los otros tres países nórdicos.

La posición de la socialdemocracia sueca en el sistema de partidos es mucho más favorable que la de partidos hermanos de otros puntos de Europa, en especial fuera de la región nórdica. No tiene que enfrentarse a uno o incluso dos grandes partidos burgueses, sino que afronta a una plétora dividida de formaciones de derecha más pequeñas. El SAP sigue siendo la mayor fuerza política en 25 de las 29 circunscripciones de múltiples escaños de Suecia, aunque hay solo una en la que todavía obtiene más de 40% de los votos, en el extremo norte. Sigue siendo el partido predominante de la clase trabajadora y mantiene estrechos lazos con un fuerte movimiento sindical. Aunque en la actualidad está dominado por políticos profesionales, el SAP puede todavía conectar con la gente común, en buena medida gracias al jefe actual, Löfven, ex-líder del sindicato de trabajadores metalúrgicos, sin educación académica, que exuda decencia popular, a pesar de mantener la misma arrogancia y los mismos prejuicios que cualquier político europeo convencional. Löfven muestra en ocasiones su instinto de clase, pero es también un representante típico de los cuadros sindicales del sector exportador, comprometido con la colaboración de clase en beneficio de las empresas del sector.

¿Realineamientos en la izquierda?

La socialdemocracia sueca está realmente sumergida en un profundo atolladero, con un respaldo electoral inferior al alcanzado en 1911. Pero no está moribunda ni perdiendo todo su peso político. La posición central del SAP en el sistema político sueco ha quedado reafirmada en las maniobras postelectorales y el partido ha vuelto a ascender lentamente al 30% en encuestas posteriores a las elecciones. Sus resultados recientes y sus perspectivas futuras ponen en cuestión las reflexiones simplistas sobre la crisis terminal de la socialdemocracia. Aun así, la falta de regeneración de la socialdemocracia tradicional está a la vista, lo que plantea otra cuestión cuando nos enfrentamos a las tendencias derechistas de hoy: ¿hay espacio para la aparición de nuevas alternativas de izquierda?

Como hemos visto en varios países, la crisis de la socialdemocracia puede compensarse con el ascenso de nuevas fuerzas de izquierda. El Partido de la Izquierda sueco dio un modesto paso adelante en las elecciones de 2018 al aumentar su votación hasta el 8%. En la actualidad es un partido de tamaño intermedio en las tres mayores ciudades de Suecia, con entre el 12% y el 14% y algunos baluartes municipales en todo el país. Es una razonable fuerza socialdemócrata de izquierda, sostenida por concejales diligentes y un líder popular, Jonas Sjöstedt, aunque sin mucha aptitud ideológica ni capacidad de innovación política. De orígenes comunistas y posteriormente con posiciones eurocomunistas, el Partido de la Izquierda mantiene el legado político de 1968 en Suecia y ha experimentado una considerable afluencia de nuevos afiliados en años recientes. Con el descenso del SAP, organiza ahora las mayores manifestaciones del 1º de Mayo.

Como en Alemania, en Suecia no hay lugar para otro partido de centroizquierda, y los partidos existentes están fuertemente institucionalizados, lo que no deja espacio real para que sobre sus ruinas se forme algo parecido a Francia Insumisa. Por la misma razón, no hay una puerta abierta para que los activistas de izquierda entren en una organización moribunda que todavía conserva un peso parlamentario real, como el Partido Laborista británico. Y tampoco hay sustento alguno para que emerja un movimiento de base como Podemos, al menos hasta la próxima crisis económica. Lo que hace falta –es posible que se alcance– es un amplio movimiento no sectario que sacuda al SAP, al Partido de la Izquierda y a los Verdes, inyectando nueva energía, nuevas ideas y una nueva dosis de radicalismo en sus venas, e infundiendo esperanza e inspiración en las personas de tendencia progresista desilusionadas con los partidos existentes. Podríamos añadir que hay más potencial en la clase media progresista de Suecia que en muchos otros países, ya que las capas intermedias suecas están compuestas mayoritariamente por empleados sindicalizados. Se vislumbra una gran batalla social que se centrará en la dignidad del trabajo profesional –su ética, su vocación, su autonomía y su responsabilidad–, que se halla sometido a los ataques cada vez más agresivos de la “nueva gestión pública”, los bucaneros de la privatización y sus sicarios de las consultorías empresariales. Estos cambios no están, sin embargo, a la vista en la actualidad. De modo que, incluso aunque se haya logrado en enero pasado un gobierno de cabeza socialdemócrata, en alianza con liberales, verdes y centristas, es probable que la contrarreforma socioeconómica continúe en Suecia, golpeando sin cesar al experimento de reforma social democrática e igualitaria más logrado del pasado siglo.

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Nota: una versión más extensa de este artículo fue publicada en New Left Review segunda época No 113, 11-12/2018.

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1.Se trató de un ambicioso proyecto de socialización de los medios de producción mediante la participación de sindicatos y trabajadores en la propiedad accionaria de las empresas, y de acceso de los trabajadores a la gestión de las empresas y hacia la democracia industrial [n. del e.].

2.La derecha debió su victoria en aquella ocasión al rechazo de la energía nuclear por parte del Partido de Centro, y se ocupó de gestionar la cuestión de la energía en una coalición dividida.

3. V. el detallado análisis de Jonas Pontusson: «Radicalization and Retreat in Swedish Social Democracy» en New Left Review No 165, 9-10/1987.

4. «Sweden Heads the Best Countries for Business for 2017» en Forbes, 21/12/2016.

5. Angus Maddison: Contours of the World Economy, 1-2030 AD, Oxford UP, Oxford, 2007.

6. Credit Suisse: Global Wealth Databook 2017, cuadro 6.5.

7. .Las distribuciones comparativas de la riqueza son más difíciles de calcular que las del ingreso, pero los datos sobre la extraordinaria concentración de Suecia parecen muy sólidos. V., por ejemplo, el trabajo del principal experto sueco en este terreno, Daniel Waldenström, junto con Jacob Lundberg: «Wealth Inequality in Sweden: What Can We Learn from Capitalized Income Tax Data?», documento de trabajo, Departamento de Teoría Económica, Universidad de Upsala, 22/4/2016. De acuerdo con las cifras tomadas de la Oficina Estadística sueca, el 30% más pobre del país no tiene riqueza neta, solo deudas netas (de hecho, tomado en su conjunto, el 60% más pobre no tiene riqueza neta). Se puede encontrar más documentación sobre los resultados de la contrarreforma sueca en G. Therborn: «The ‘People’s Home’ is Falling Down, Time to Update Your View of Sweden» enSociologisk Forskning vol. 54 No 4, 2017, y Kapitalet, överheten och allá vi andra: Klassamhället i Sverige –det rådande och det kommande, Arkiv / a-z, Estocolmo, 2018.

8. La pobreza relativa se define cuando los ingresos se ubican por debajo de 60% del ingreso medio nacional. V. Oficina Estadística de Suecia: «Högre andel äldre med låg inkomst i Sverige jämfört med Norden», 25/10/2017.

9. De acuerdo con Leif Pagrotsky, entonces ministro del SAP, la abolición del impuesto sobre sucesiones fue un regalo hecho por Göran Persson a la clase empresarial sueca como expiación por no haber podido introducir a Suecia en el euro en el referéndum celebrado en 2003. Erik Sandberg: Jakten på den försvunna skatten, Ordfront, Estocolmo, 2017.

10. A lo largo del último año he tenido el honor de dirigir un proyecto de análisis político, «La clase en Suecia», junto con Katalys, el think tank sindical, que hasta el momento ha publicado unos 20 informes y el libro Kapitalet, överheten och allá vi andra: Klassamhället i Sverige –det rådande och det kommande, cit.

11. Desde comienzos de siglo, Suecia ha formado también parte de la «fábrica de refugiados», con su participación en las guerras de eeuu y la Organización del Tratado del Atlántico Norte (otan) en los países natales de los solicitantes de asilo, aunque más como promesa de lealtad a la potencia imperial que como gran fuerza de destrucción. El ejército sueco se unió a la ocupación de Afganistán en 2002 y a la guerra librada por la otan en Libia en 2011. A pesar de la guerra de saudíes y eeuu en Yemen, Suecia sigue vendiendo armas a los invasores.

12. Kirsti Jylhä, Jens Rydgren y Pontus Strimling: Sverigedemokraternas väljare, Institutet för Framtidsstudier, Estocolmo, 2018. Estos datos proceden de una gran encuesta efectuada en febrero y abril de 2018.

13. Olle Folke et al.: «Arbetslinjen och finanskris förklarar sd:s framgångar» en DN Debatt, 5/9/2018.

14. K. Jylhä, J. Rydgren y P. Strimling: Sverigedemokraternas väljare, cit.

15. Henrik Oscarsson y Sören Holmberg: «Swedish Voting Behaviour 1956-2014», Departamento de Ciencias Políticas, Universidad de Gotemburgo, 21/10/2015.

16. Per Hedberg: «Väljarnas partier 2014», Departamento de Ciencias Políticas, Universidad de Gotemburgo, 2015.17. Los habitantes de Estocolmo lo han visto de cerca en el actual escándalo por la construcción de un nuevo hospital, el Nya Karolinska, mediante una alianza público-privada al estilo Blair, que se ha convertido en una ciénaga de corrupción y amiguismo, impuesta, a pesar de la oposición de todas las organizaciones profesionales, por políticos burgueses y una horda de asesores guiados por cuestiones ideológicas y liderados por el Boston Consulting Group.

Fuente: Revista Nueva Sociedad

¿Puede la poesía salvar el mundo? // Entrevista con Franco Berardi (Bifo)

En este momento no estás leyendo mis palabras. Lo que estás leyendo son líneas sobre líneas de código. El código está en tu automóvil, en tu televisor y en las fotos que tomas. Está inscrito en los termostatos, en los sistemas de seguridad penitenciarios y en las transacciones de Wall Street. En un nivel básico, código es lenguaje. Pero para el filósofo italiano Franco ‘Bifo’ Berardi, no es tan simple como eso. Para Berardi, código y lenguaje tienen una relación muy específica: “El código”, Berardi escribe en Breathing: Chaos & Poetry, “es el lenguaje en deuda”.

Para entender lo que quiere decir Berardi sólo necesitamos ver cómo funcionan los códigos. El código, señala Berardi, es “la imposición de un límite performativo y productivo”. El código es la conexión de acordes sintácticos predefinidas. En su funcionamiento, crea nuevas limitaciones, definiendo qué entradas (inputs) están permitidas y qué salidas (outputs) generan estas entradas.

La poesía, por otro lado, tiene un poder transformador: “reabre lo indefinido”. En lugar de una funcionalidad simple, la poesía crea nuevos errores, provocando contradicciones deslumbrantes, ilustrativas e inquietantes, que expanden lo que significa ser humano. Mientras que el código opera con una lógica de intercambio directo (por ejemplo, la secuencia <i> en HTML se intercambia directamente con una fuente en cursiva), la poesía “es el lenguaje de la no-intercambiabilidad”.

Pero lo que nos jugamos es algo más grande que el código y el lenguaje. Para Berardi, lo que está en juego es nada menos que la respiración continua de la humanidad, que él ve sofocada por el capitalismo financiero: los pueblos y gobiernos del mundo se muestran incapaces de combatir un sistema que está en todas partes y en ninguna parte a la vez. La poesía, sugiere, es la única respuesta.

Tal vez todo esto suene un poco esotérico. Después de todo, ¿qué tiene que ver la poesía con las finanzas? En su libro de 2011, La sublevación(The Uprising) Berardi señalaba que las finanzas ya se han sido afectadas por la poesía. El término “desregulación”, un fetiche para los fanáticos de la economía del libre mercado, fue acuñado por primera vez por Arthur Rimbaud, cuyo “dérèglement des sens et des mots”, fue una invocación a la “desregulación de los sentidos y las palabras”. Es el mismo impulso, sugiere Berardi, que está detrás del funcionamiento de las finanzas. En un sentido extraño, sin Rimbaud no habría un Paul Ryan.

Antes de ser un filósofo reconocido, Berardi fue uno de los pioneros de la radio pirata, fundador de la estación Radio Alice, que a partir de mediados de los años 70 operaba con un ex transmisor militar robado. Después de esa década, se mudó a Nueva York a cubrir el movimiento post-punk para una revista de música italiana. Más recientemente, su trabajo se ha centrado en las finanzas y la tecnología, así como en los fenómenos de los tiroteos masivos, “suicidios por la policía” y el trumpismo.

El día que hablamos, niños de todo el mundo marcharon para protestar contra la inacción para detener el cambio climático. Aunque no estaba planeado, fue un telón de fondo apropiado para una conversación con uno de los pensadores más subversivos de la filosofía.

Abres Breathing escribiendo sobre Eric Garner, quien en 2014 fue estrangulado por la policía de Nueva York por vender cigarrillos sueltos. ¿Qué tiene esto que ver con la poesía?

Franco Berardi (Bifo): En primer lugar, porque soy asmático como Eric Garner. Estuve en los Estados Unidos durante esos días para dar una conferencia. El día que el video sobre la muerte de Eric Garner se hizo público estaba en California. Participé en manifestaciones que gritaban “no puedo respirar, no puedo respirar”. Para mí, la expresión “no puedo respirar” significa algo especial porque de vez en cuando sufro crisis respiratorias.

Pero al mismo tiempo, esta mañana, al salir de mi casa (vivo en el centro de la ciudad de Bolonia), escuché algunos gritos. Era una manifestación de gente muy joven. La cruzada de los niños, como en muchos lugares del mundo. La gente se manifiesta contra la asfixia de la humanidad.

Greta Thunberg —que resulta ser una persona autista, diagnosticada como incapaz de distinguir matices, incapaz de distinguir los grises— ha despertado la conciencia de su generación con una cuestión muy clara en blanco o negro. Y esta cuestión es: el capitalismo nos está asfixiando. Veo cómo esta conciencia se extiende realmente entre los millones de jóvenes que han estado manifestándose. Este es un movimiento que durará años. Y el verdadero enemigo de este movimiento es la asfixia. Pero si miras más allá de la asfixia, ves crecimiento, competencia y ganancias. Yo lo llamo “capitalismo”.

En mi opinión, el 15 de marzo es un día importante. En cierto sentido, es un día que se expresará mucho mejor con la poesía que con la política. La política, el arte de la técnica del gobierno, es incapaz de entender este desafío. No puede porque la política se ha llevado a cabo en el marco del crecimiento, la expansión, la competencia y las ganancias. Pero la gente marcha en las calles. Y siento que están diciendo: “no puedo respirar”.

Hay una palabra que es fundamental en tu trabajo, pero que puede no ser familiar para la mayoría de las personas. Esa palabra es ‘semio-capital’. ¿Puede explicar qué quiere decir con eso?

Bueno, ‘Semio-‘, por supuesto, se refiere a la palabra semeion, que en griego significa “signo”. Así que lo que digo es que el capitalismo, hoy en día, puede ser descrito como un sistema muy complejo basado en la producción y circulación de signos. Alguien puede decirme, “Ah, no, yo uso un automóvil, y un automóvil no es un signo”. Claro, el capitalismo también produce automóviles, café y edificios. Cierto. Pero el proceso de producción que hace posible producir un automóvil es un proceso semiótico: un ordenador, un programa, un software, etcétera. Así que elijo definir el capitalismo como semiocapitalismo, ya que se basa en la informatización del proceso de producción.

Algunas personas pueden ver cosas como, por ejemplo, Pokémon GO, o las muchas apps de citas en línea, como formas de volver a conectar a las personas en una era digital. Pero haces una distinción entre “conexión” y “conjunción”.

Creo que esta distinción es absolutamente crucial. Defino conjunción como cualquier tipo de relación entre los seres humanos. Más concretamente, entre agentes lingüísticos. Cuando entramos en una relación, estamos intercambiando signos lingüísticos. En la relación conjuntiva, estamos creando el significado de lo que intercambiamos. Si te digo “me gustas” o “no me gustas” en una situación que está físicamente encarnada, estoy creando, a un nivel de proximidad del cuerpo físico, las condiciones contextuales para nuestra comprensión, nuestro intercambio.

La relación conectiva, por otro lado, es una relación puramente sintáctica. Quiero decir, si pones una máquina en contacto con otra máquina, necesitas un formato común. Una sintaxis común. Lo que intercambian, el significado que intercambian esas dos máquinas es independiente del contexto. Es puramente sintáctico. En cierto sentido, el significado ya está contenido en la propia sintaxis. Lo que digo es que este tipo de relación mecánica se está expandiendo cada vez más a los seres humanos, porque nos relacionamos cada vez más con máquinas que exigen un formato, un formato sintáctico. Necesitamos hablar el idioma de la máquina, de lo contrario nunca seremos comprendidos.

¿Qué es un código en realidad? El código es una imagen filosófica, que es similar a la profecía. La profecía es un acto lingüístico, que contiene en sí misma una proyección del futuro. Lo mismo que el código. El código es una herramienta lingüística, que contiene, en sí misma, el despliegue futuro del objeto codificado. Esto es importante porque estamos entrando en una dimensión en la cual la profecía es reemplazada por el código. Y eso es redefinir la función del lenguaje en cierto sentido. Veo un peligro en esto. Porque veo que nuestro futuro, el futuro de los seres humanos, está cada vez más inscrito en la cadena codificada del lenguaje. Pero la profecía no es auto cumplida. La profecía nunca describe el futuro de manera prescriptiva. Pero el código está haciendo eso. El código prescribe el futuro como el único futuro que puede ser.

Esto es algo que el código comparte con las finanzas. En las finanzas, la especulación misma determina el valor. Una vez que la “confianza” disminuye, el valor mismo disminuye, ya sea que haya cambiado o no algo más.

Absolutamente. ¿Qué son las finanzas? Las finanzas son la transcripción semiótica de la palabra económica. Al principio, las finanzas son solo un tipo de transcripción de lo que sucede en el mundo real de la economía física en términos numéricos, en términos financieros. Pero en un momento dado, desde el año 1971, cuando el presidente Nixon decidió que el dólar estadounidense no tenga relación con la economía real, existe una especie de fuerza autocrática en el campo de la economía mundial. Desde ese momento, las finanzas cambiaron su naturaleza. Porque las finanzas, que comenzaron como una transcripción, comenzaron a convertirse en una receta. Lo que sucede en el campo de las finanzas se proyecta, de inmediato, en el campo de las relaciones reales entre los agentes económicos.

Esta es la razón por la que muchas veces nos sentimos atrapados. Yo diría que cada vez nos sentimos más atrapados. Piensa en los griegos en el verano de 2015. Fueron a las urnas. El 62% de los griegos votaron en contra del memorando financiero del Banco Central Europeo. Y al día siguiente, [el ex primer ministro griego] Alexis Tsipras se vio obligado a someterse a las decisiones del Banco Central. ¿Por qué? Porque la decisión real de millones de griegos está atrapada dentro de la prescripción financiera. No se puede ir, por definición, fuera de la prescripción.

Mi percepción es que el fascismo creciente, el racismo creciente, que estamos obligados a ver todos los días tanto en los Estados Unidos como en Italia (y en el Reino Unido, en Hungría, y en muchos, muchos lugares), el nuevo fascismo se origina, se genera, por una especie de rabia. Por una rabia ciega que es la rabia contra la ferocidad matemática del código. Vivimos dentro del cadáver del capitalismo. Pero no podemos encontrar una salida. Porque este cadáver es un cadáver matemático.

Pero luego viene la poesía. Mi idea de la poesía no se basa en la literatura. Se basa en la dimensión erótica del lenguaje. Sólo la reactivación de la dimensión erótica del lenguaje y del cuerpo lingüístico, el cuerpo social, sólo estas reactivaciones pueden darnos una nueva percepción de libertad frente a la máquina financiera.

Han cambiado muchas cosas desde cuando escribiste La sublevación hasta cuando escribiste Breathing. ¿Qué es lo que esa poesía está haciendo ahora?

En primer lugar, tienes razón: escribí La sublevación en el año 2011. Al escribir ese libro, viajaba desde Londres a Roma, a Nueva York, a Beirut, a El Cairo, España, participando en ese movimiento. El año de las ocupaciones. ¿Qué hemos estado ocupando y por qué? La ocupación podría aparecer como una acción sin sentido. Ocupamos las calles, pero el poder no está en las calles. El poder financiero no está en las calles. El poder financiero no está en ninguna parte. ¡Ni siquiera en los bancos! Está en el ciberespacio, en una dimensión puramente abstracta que no podemos tocar, no podemos detener, no podemos destruir.

Entonces, ¿por qué salir a la calle y ocupar? Mi respuesta fue: no hemos tratado de detener el capitalismo financiero. Hemos intentado reactivar nuestro cuerpo. Por eso salimos a las calles. Esta fue una acción poética, no una acción política. No estábamos reclamando algo del poder. Nos decíamos algo a nosotros mismos. Nos decíamos a nosotros mismos: estamos solos en nuestros cubículos, frente a nuestras pantallas. Estamos trabajando juntos y viviendo solos. ¡Así que dejen de trabajar juntos y dejen de vivir solos! Vámonos a la calle.

Pero, como sabemos, ese movimiento no ha tenido suerte y no ha tenido éxito. Por el contrario, la dictadura financiera ha continuado. Y, al final, ese movimiento se ha diluido en muchos lugares o, como en Egipto, fue destruido. ¿Qué pasa ahora? Ahora, miro la calle y veo a esta nueva generación —nueva en un sentido fuerte, porque esta es la cruzada de los niños—. Este no es el movimiento de la universidad. Este es el movimiento de las escuelas primarias. Y la fuerza, la enorme fuerza de este movimiento, es una: es un momento formativo de una nueva generación que se está asfixiando. Literalmente asfixiándose. Segundo: este movimiento es absolutamente radical, y lo será en los próximos días, semanas y meses. Tercero: el lenguaje de este movimiento no puede ser el antiguo lenguaje de la política. Poder, parlamento, democracia, tiranía, buena política, mala política, ¡de ninguna manera! El problema ya no es, en el antiguo sentido maquiavélico, o en el sentido leninista, el de gobernar la sociedad desde arriba. La única posibilidad es recrear la sociedad desde abajo.

Pero ¿qué significa desde abajo? Desde el cuerpo. Desde el cuerpo respiratorio de las singularidades humanas. Este es el conocimiento de este movimiento, en mi opinión. Esta es la continuación de Occupy, con un objetivo mucho más preciso que hace 10 años. Porque el movimiento de Occupy fue contra la violencia. Algo muy complicado. ¿Cómo puedes actuar sobre la violencia? Ni siquiera puedes ver las cifras, las estadísticas, los números. Si dices “quiero detener la asfixia”, estás hablando de terapia, estás hablando sobre la ciudad, sobre el transporte, sobre el tiempo de trabajo, sobre la obligación de trabajar en condiciones horribles. Este movimiento es mucho más concreto que el de Occupy. Y, al mismo tiempo, es la continuación del mismo hilo.

La “reactivación poética del cuerpo social”.

Sí. Es la expresión que uso, y sé que es un poco ridícula, pero digo “la reactivación poética del cuerpo social”. Por supuesto, es una metáfora. Pero, ¿qué debo hacer? Yo uso metáforas. Y los poetas también lo hacen, usan metáforas. Pero cuando los poetas usan metáforas, no están hablando por sí mismos, o para dos o tres amigos íntimos, están encontrando palabras que pueden aclarar lo que estaba totalmente confundido. Para explicar a las multitudes lo que está en la base de la vida. Las metáforas son herramientas para la comprensión. Y palabras que funcionan como herramientas para la comprensión. Lo que necesitamos entender ahora es que el capitalismo es un cadáver. Y la única salida del capitalismo es reducir la presión del trabajo. De la obligación de trabajar.

Una observación que haces, que es fascinante, es que la “desregulación” como concepto proviene de Rimbaud. ¿Tiene la poesía casi la responsabilidad de contrarrestar su propia creación?

Una vez más, estamos hablando de metáforas. Estamos por completo en el campo metafórico, y necesitamos entender el significado y la dirección de las metáforas. Así que leyendo a Arthur Rimbaud, leí la palabra dérèglement, que traducida es “desregulación”. ¿Es una coincidencia puramente accidental? No, no lo es. Porque en la segunda parte del siglo XIX y en la primera parte del siglo XX, toda la obra de poetas, de pintores, de músicos, ha estado dirigida a la abstracción de una manera muy extraña.

Como sabemos, “abstracto” es un término muy importante para la pintura y la poesía en el siglo pasado, el siglo de las vanguardias. Pero, esencialmente, ese tipo de abstracción puede verse como la emancipación del signo respecto del referente. Cuando Rimbaud, o Mayakovsky, o Picasso pintan o escriben una determinada palabra o una cierta imagen, no se están refiriendo a un referente identificable. Están inventando una nueva palabra. Están creando una palabra. Este es un cambio enorme en el campo del arte y la poesía. Pero esta es también la anticipación, cien años antes, de un gesto —en un mundo muy diferente y con intenciones muy diferentes— que Richard Nixon hizo en 1971. Cuando Richard Nixon dice “money is no more”, la traducción significativa del referente es que el dinero es autónomo. El dinero está creando una palabra para sí mismo. Está haciendo la misma acción semiológica que Mallarmé y que Van Gogh.

Obviamente esto es una metáfora. Alguien puede decir: “¿Y qué? ¿Cuál es el sentido de esta analogía? El sentido es que la poesía es, por definición, irresponsable. La responsabilidad de los poetas no es jurídica, no es legal ni política. Sin embargo, los poetas tienen una enorme responsabilidad cuando se trata de signos, de palabras, de conceptos, de imágenes. De ahí que estemos cambiando desde la dimensión de Occupy, la lucha contra la abstracción, a Greta Thunberg, que está convocando a la gente a redescubrir su cuerpo concreto, que está siendo asfixiado.

Y aquí llega la pregunta. ¿Puede salvarnos la poesía?

Nadie nos salvará. Nada nos salvará, y no quiero ser salvado realmente. Tenemos que entender: el verdadero asunto es que morirás, tarde o temprano. Y yo, y todos. Ese es el problema de la extinción. El concepto de extinción es el de la entrada en la historia de la humanidad con una nueva fuerza y una nueva conciencia.

¿Viste la última obra de David Bowie, Blackstar? Toda ella gira en torno a la extinción. David Bowie es un gran poeta, antes que nada, pero es el primer poeta en escenificar su propia muerte, su propia extinción. Así que todos vamos a morir. También en Blade Runner, Pris, la bella replicante, dice: “somos estúpidos y moriremos”. Si entendemos la extinción como un proceso natural de unirnos, no moriremos en ese sentido. Lo que necesitamos ahora es una comprensión conceptual y estética de lo que nos está pasando.

Por supuesto, cuando dices “salvar al mundo” te refieres a evitar la guerra, evitar el hambre, vale, de acuerdo. Pero la verdadera cuestión es la comprensión. Y el capitalismo está impugnando nuestra comprensión. Porque el capitalismo está presentando algunas supersticiones como naturales, como el crecimiento, la expansión, el salario, la competencia. Estos son conceptos. Palabras. No son cosas naturales. Tenemos que deconstruir la naturalización que el capitalismo ha impuesto en nuestra vida. Y la poesía es la herramienta más adecuada para hacer eso. Porque la poesía no acepta supersticiones.

¿Sabes qué es la superstición? Es la superposición de un significado. Un significado obligado impuesto a la vida real del mundo. Queremos tener una vida autónoma, pero la superstición nos obliga de otra manera. Tenemos que desenredar la vida autónoma de las palabras. Los poetas pueden hacer eso. Ese es su trabajo. Tienen que entenderlo. Su trabajo no es para una pequeña minoría de hombres de letras. No. Es un trabajo que tienen que hacer en las calles, entre los niños, los congregados por Greta Thunberg.

Autor de la entrevista: Mike Huguenor

Fuente: El Diario España

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Traducción de Juan Dorado