Es hora de poner a la economía internacional en su lugar

Por Alberto Acosta

“No podemos esperar a que gente como yo crezca
y seamos los que estemos a cargo de todo;
hay que actuar ahora”.
(Greta Thunberg, activista)

El pueblo de Suiza votará este domingo a favor o en contra de que las multinacionales con sede en el país europeo cumplan con estándares sociales y ambientales más altos. El articulista Alberto Acosta considera que un sí en la Consulta Popular es una obligación histórica de l@s ciudadan@s que viven en sociedades privilegiadas, cuyo bienestar se sostiene en gran medida gracias a que están sofocando la vida de seres humanos y de la naturaleza de otras regiones del planeta.

Brasil, enero de 2019: se rompe un dique con aguas tóxicas de la mina Córrego de Feijão, una de las mayores minas de hierro del mundo. Resultado: más de 250 muertos, destrucción de decenas de casas y del medio ambiente. No fue un simple accidente sino una violación inocultable de los derechos humanos y de los de la naturaleza. Cuando se da paso a tales proyectos sin incorporar el principio precautorio ni tomar las previsiones del caso, se asumen también estos riesgos.

Y, como siempre, la lista de responsables directos es larga. En primer lugar, la minera brasileña Vale, la mayor productora y exportadora mundial de hierro, que ya fue condenada judicialmente a pagar los daños que provocó esa rotura y que carga con otro crimen socioambiental similar en Samarco Mineração sucedido hace cinco años. Lo grave es que hay empresas, con frecuencia del norte global, que cargan con una gran culpa de lo sucedido, pero que no asumen responsabilidad alguna. Este es el caso de la empresa alemana TÜV Süd, que meses antes de la ruptura certificó a Córrego de Feijão como segura. Aunque la empresa con sede en Múnich, Alemania, fue acusada a principios de este año, aún no se ha llevado a cabo ningún procedimiento judicial.

Este caso no es único. Hay empresas que administran proyectos tremendamente destructores del ambiente y con gravísimas afectaciones sociales. Aquí podemos citar el caso emblemático de la Chevron-Texaco en Ecuador, causante de destrozos a las comunidades indígenas y de colonos, así como a la naturaleza. Es un caso muy conocido incluso por la sistemática y agresiva negativa de la empresa para asumir sus responsabilidades. Otro caso actual vincula a la empresa suiza Glencore, que administra -como parte de un consorcio internacional- la explotación de carbón en El Cerrejón, una de las minas a cielo abierto más grande del planeta y causante de gravísimos daños a humanos y no humanos, contaminando en particular el río Ranchería en Colombia. Cabe recordar que Glencore tiene una pésima reputación por varias de sus actividades mineras en América Latina y en África.

“Yo simpatizo (…) con aquellos quienes minimizarían
-antes que con quienes maximizarían- el enredo económico entre naciones. Ideas, conocimiento, ciencia, hospitalidad, viajes, esas son las cosas que por su naturaleza deberían ser internacionales”
(John Maynard Keynes, economista británico 1883-1946)

La lista de situaciones similares es larga y hasta involucra a muchas instancias del mundo financiero. De hecho, no extraña encontrar en ese listado a bancos y organismos multilaterales de crédito asociados directa o indirectamente a una multitud de compañías extranjeras -muchas transnacionales- que participan activamente en la danza de los créditos, en gigantescos proyectos extractivistas, vendiendo incluso tecnologías obsoletas. Hay casos paradigmáticos de empresas internacionales que propician cualquier locura con tal de negociar sus productos, dejando con pesadas deudas externas a los países “beneficiarios”.

Un ejemplo es la construcción de una planta termonuclear en Filipinas. Fue construida en los años 70, pero en una zona de terremotos y además cerca de un volcán. La central nuclear, con un costo de 2.500 millones de dólares y que desde hace tiempo se está agrietando y desmoronando, todavía no ha alimentado ni una sola bombilla… Y no podemos olvidar los enormes negocios que aprovechan situaciones aberrantes, como el empleo de trabajo esclavo y trabajo infantil en países del sur global, o el masivo consumo de agroquímicos o incluso tóxicos, prohibidos además de organismos genéticamente modificados que de una u otra manera son nocivos para toda forma de vida.

Aquí cabe incluir a la explotación mineral y petrolera, tremendamente destructora del ambiente y de comunidades, así como los incendios en la Amazonía, originados en la demanda de los países del norte global que se siguen enriqueciendo y sosteniendo su bienestar a costa de la miseria del sur.

Uno de los pocos sobrevivientes de un bosque primario: por la siembra de monocultivos de la Palma Africana en la Reserva Indio Maíz en el sur de Nicaragua se deforestaron miles de hectáreas de selva, año 2013. El aceite de la Palma Africana es el ingrediente de un sin número de comida procesada. – FOTO: Alejandro Ramírez AndersonEn plena era del capital globalizado debería ser indiscutible la corresponsabilidad de los comerciantes, los acreedores, los constructores y los administradores y accionistas de estos grandes consorcios; más aún, si muchas de esas actividades están acompañadas con frecuencia por la corrupción y por violencias múltiples. Sin embargo, en la práctica, no hay instancias donde se puedan presentar los correspondientes reclamos. Es más, aquí hasta la participación de los paraísos fiscales contribuye a mantener en el anonimato y la impunidad a capitales asociados a la destrucción de la vida humana y de la naturaleza.

Es hora de poner a las relaciones económicas internacionales en su lugar, es decir: redimensionar dichas relaciones, dar prioridad a la satisfacción de las necesidades básicas de las comunidades y sociedades -tanto a nivel nacional como local- y sólo en ciertos casos, por ejemplo, para fortalecer la autonomía regional, permitir la importación de productos como alimentos o medicinas de países cercanos. Como dijo el economista británico John Maynard Keynes (1883-1946) a principios de los años 1930: Yo simpatizo (…) con aquellos quienes minimizarían -antes que con quienes maximizarían- el enredo económico entre naciones. Ideas, conocimiento, ciencia, hospitalidad, viajes, esas son las cosas que por su naturaleza deberían ser internacionales. Pero dejen que los bienes sean producidos localmente siempre y cuando sea razonable y convenientemente posible y, sobre todo, dejemos que las finanzas sean primordialmente nacionales”.

En vista de los acontecimientos de los últimos meses y el creciente número de pandemias -Covid19 es sólo una de las muchas causadas por el capitalismo- es esencial repensar las relaciones económicas mundiales. La economía debe subordinarse tanto a los mandatos del planeta como a las necesidades de las sociedades humanas como parte de la naturaleza. Y si el objetivo es dejar atrás la explotación de la naturaleza para acumular capital, entonces esto se aplica aún más a la explotación de las personas.

Responsabilidad del norte global 

Este desafío requiere un razonamiento socio-ecológico y la capacidad de desmantelar la lógica actual de producción y consumo. Es necesario romper con los mecanismos y engranajes perversos del mercado mundial -sobre todo la especulación- y al mismo tiempo promover el cambio: no es una tarea fácil. Sin embargo, de no acometerla ahora, las pandemias se multiplicarán afectando gravemente incluso a quienes se creen que pueden salir inmunes del diluvio capitalista universal.

En este empeño por repensar la economía global, emerge con fuerza la demanda de un sistema internacional de derechos para humanos y no humanos, que establezca requisitos de debida diligencia ecológica y social a toda organización, sea empresarial o estatal, que participe en el entramado internacional: comercial, financiero, tecnológico; un sistema que, en el marco de las Naciones Unidas, incorpore aquellos tribunales que permitan impugnar cualquier controversia surgida en las relaciones económicas internacionales y en donde se pueda reclamar el cumplimiento de las debidas responsabilidades.

“Los esquemas de responsabilidad adecuados deberán construirse desde cada país, sobre todo desde aquellos que cuentan con una sociedad civil responsable y comprometida con la vigencia de los derechos humanos y de la naturaleza.”

Los actuales Tratados Bilaterales de Inversión, que surgieron de un intento fallido por establecer una suerte de constitución económica global que proteja los derechos de los inversionistas internacionales, lo confirman. El Acuerdo Multilateral de Inversiones (AMI) -en inglés Multilateral Agreement on Investment (MAI)- se discutió, a espaldas de la mayoría de estados del planeta, en la segunda mitad de los años noventa del siglo pasado. En pleno auge neoliberal, en el marco de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE), se pretendió hacer realidad este marco jurídico supranacional con alcance global.

Las relaciones entre los Estados nacionales y las empresas transnacionales, si se hubiera aprobado el AMI, habrían establecido claros límites a los ámbitos del ejercicio de la democracia, así como a los derechos laborales, a las políticas sociales, a la misma pluralidad cultural planetaria, incluyendo la relación con la Naturaleza. Huelga decir que el AMI no pudo ser aprobado por la resistencia de amplios segmentos sociales en varios países de la propia OCDE, que entendieron con claridad los riesgos que esto implicaba.

A partir de esta realidad, las grandes corporaciones transnacionales y los gobiernos más poderosos comenzaron a idear e instrumentar otros mecanismos de protección supranacional para los inversionistas extranjeros por vías bilaterales. Se trata de sistemas que protegen siempre al más fuerte, es decir, al capital, subordinando a los pueblos y a la naturaleza. Una situación que resulta insostenible, si no queremos que se sigan multiplicando todo tipo de pandemias producidas por la destrucción de las relaciones sociales y ecológicas.

Iniciativas parecidas en Francia y Alemania 

Por más urgente que parezca, esta iniciativa no emergerá desde la actual estructura de poder internacional. Nacionalmente tampoco es fácil, pues las empresas involucradas en diversas relaciones económicas internacionales se escudan perversamente en los potenciales riesgos que correría su competitividad si aceptan aquellas indispensables normas apegadas a los derechos para humanos y no humanos. Por lo que, en estas circunstancias, los esquemas de responsabilidad adecuados deberán construirse desde cada país, sobre todo desde aquellos que cuentan con una sociedad civil responsable y comprometida con la vigencia de los Derechos Humanos y los Derechos de la Naturaleza.

Suiza es uno de esos países. Cuenta con una economía relativamente pequeña pero con una innegable capacidad influencia transnacional. Y cuenta con una sociedad civil cada vez más comprometida con la Consulta Popular sobre la Iniciativa de Responsabilidad Corporativa –Konzernverantwortungsinitiative-, la cual exige que las empresas con sede en Suiza cumplan también en el extranjero con todos los estándares sociales y ambientales.

Los habitantes del país europeo tienen la oportunidad de sentar un precedente efectivo y así dar impulso a otras iniciativas, como la Ley de Cadena de Suministro –Lieferkettengesetz- en Alemania, una propuesta de ley con la misma impronta; iniciativa que, con algunas limitaciones, ya se cristalizó en Francia en el año 2017. La aceptación de la iniciativa suiza podría ser significativa, incluso en términos económicos. Porque permitiría a Suiza presentarse como un país y con empresas cuyos productos se han fabricado de manera responsable, dentro y fuera, tanto en términos de humanidad como de la madre naturaleza.

Paso a paso, desde todas las esquinas del planeta y desde todos los niveles estratégicos de acción, estamos conminados a cambiar el curso de la historia para que nuestros nietos y nuestras nietas no sean las víctimas de tantas pandemias en curso y tantas más por venir.

El autor es economista y fue presidente de la Asamblea Constituyente en Ecuador en 2008.

Revisión y producción: Vicky Novillo Rameix & Romano Paganini

Web y Redes: María Caridad Villacís & Victoria Jaramillo

Foto principal: Mina de níquel a cielo abierto. En toda América Latina las empresas mineras están avanzando a pasos gigantescos, destruyendo flora, fauna y comunidades locales. Detrás están empresas multinacionales, así también en la mina El Estor, cerca del Lago de Izabal, el este de Guatemala. La Empresa Guatemalteca de Níquel es una subsidiaria de la Solway Investment Group con sede en Zug, Suiza. El níquel se usa, en primera instancia, para prevenir la corrosión en metales y se emplea principalmente en la industria automotriz y de aviación, año 2013. (Alejandro Ramirez Anderson)

Fuente: https://mutantia.ch/es/es-hora-de-poner-a-la-economia-internacional-en-su-lugar/

Déjenme hablar de Walsh

Por David Viñas

Que desplegaba unos ademanes de pastor protestante, certeros, pausados y sin untuosidad. Podría ser un punto de partida. Otro posible arranque: que le entusiasmaba hablar de Emily Dickinson, aunque sin citarla ni alardear de feminista. O que me miraba con unos ojos plácidos, algo descoloridos pero invictos, y que se burlaba –con demasiada frecuencia- de sus antepasados irlandeses, de Manuel Mujica Lainez, con motivo de la bandera paquistaní y de su propia calva. Sería una tercera opción de comienzo.

Pero me hubiera gustado empezar diciendo algo de su obra. De las resonancias joyceanas que flotan entre los “Irlandeses detrás de un gato” cuando alude a la rencorosa lucidez o a las humillaciones cotidianas que viven los pupilos en cualquier internado. Y que en Walsh remiten, a su vez, a la acanallada bruma infantil del Juguete rabioso de Arlt (de Roberto Arlt, estoy hablando).

A lo mejor, fingiéndome arbitrario, hubiera intentado demostrar que “Un oscuro día de justicia” es el cuento más sagaz de la liteartura argentina, mucho más allá de la inobjetable fascinación de Borges o de las sagaces maestrías de Bestiario. Sería una polémica. Quizá, crispada y saludable. Previsiblemente, un fofo tironeo alrededor de jerarquías y galones. O, lo más seguro, el recalado en algún melancólico debate en torno a compromisos, anáforas y otros patriotismos.

Imaginé detenerme, también, en el uso de las palabras en su envidiable “Nota al pie”. En la forma en que Walsh “toma la palabra” y en las pausas que utiliza en su economía, su brusquedad o en su desdén. Hasta lograr que un texto de la aventura resulte, al mismo tiempo, aventura del texto. ¿De qué se trata? Intentando mirar de muy cerca: de una cuestión de ajuste de ranuras acentos o bisagras; una carpintería con algo más de minuciosa épica de vértigos y detalles. Porque cierto adjetivo o el manejo veloz de las esdrújulas no funcionan allí decorativamente, de forma obscena o mediante acumulaciones, sino como alusión, rasgo, fluidez y operatividad. Apuntando a que una especie de humareda, allá lejos, sea su clima. En una austera, descarnada brevedad.

Porque Walsh no se deja de seducir por sí mismo ni se acaricia las mejillas en los hombros de sus propias certezas.  Al fin de cuentas (y un 7 de abril, desabrigado pero memorable, me lo cuchicheó, apenas en el Retiro de Buenos Aires), él prefería el cobre  a las peluquerías. O, a lo sumo, la lezna al universo de los pronombres aterciopelados: con una materia obcecada; jamás especular o complaciente. Teniendo en cuenta que para él un texto no era un dato, sino un resultado, un producto.

Presumo, sobre todo por esto último, que sus ademanes calvinistas –o, mejor aún, jansenistas, piadosos pero sin relajamiento alguno- trazan una continuidad entre su mordiscón a los bizcochos, a las chuletas más sabrosas, y hacia las inepcias de cierto general módico y engominado, hasta llegar, paradójicamente, a The Wreck of the Deutschland o al horteraje de los turistas argentinos.

No era enérgico. Más bien, empecinado. Con una inquietante focalización de sus ojos medio aguachentos. Casi bizco, desguarnecido, se tornaba en insolente. Sobre todo cuando discutíamos. En especial, con motivo de su memorable “Esa mujer”: porque yo insistía en afirmar que se mejante cuento nos remitía, mediatamente, a la similitud jugada por la Eva Duarte más radicalizada en 1951 con los jóvenes masacrados alrededor del 76. Entendidos ambos como dos vanguardias. Como dos puntas de lanza análogas largadas a la descubierta –y negociadas después con el Ejército- dentro de la llamada “estrategia política” del teniente general Juan Domingo Perón.

No nos pusimos de acuerdo.

Empero, esa agresividad lúcida y sombría (mediante la cual la indignación moral, tan abollada por carrieristas, sacristanes, yernos y franeleros, popes, correveidiles, brigadieres, delatores, virgos, verdugos y ramplones del soneto entalcado en América Latina, era rescatada encarnizadamente por Walsh) iba definiendo cada uno de sus actos. Sus teoremas sucesivos. Sus desabrimientos como su fervor. Y su cotidianidad perpleja, ansiosa y, mucha veces, desolada. En busca urgente de respuestas de jubilosa eficacia pero, sobre todo, de integraciones. Es que, sin sistema, desconfiaba de todos los dualismos: de ninguna manera “ficción” separada de la “no ficción”, sólo narrativa: jamás “palabras” por un lado, “actos” por el otro, sino palabras-acto y actos cargados de sintaxis.

Correlativamente, esa característica vincula a toda una generación. Al emblema principal de una generación argentina. Aunque lo de generación remita –de manera muy notoria en el rio de la Plata- a los tics pedagógicos de Ortega, Marias o el profesor Anderson Imbert. Para cuyas perspectivas una generación no es mucho más que un pretexto elitista para disfumar las clases, escamotear sus conflictos, maquillando la historia tras una rueda de naturalización, beaterías y tranquilizadoras repeticiones: después del invierno viene la primavera, el verano luego, más adelante el otoño. Y así hasta el final de los siglos. Y dentro de esa circularidad todos los jóvenes con inquietudes pero juiciosos su lugarcito tendrán.

No Walsh. Nada que ver con esa rutina manual y ortopédica. Porque cuando se concluye Un kilo de oro o se relee Operación Masacre, a poco de andar se va recortando un eje como reiteración o núcleo espeso que concluye por trocarse en obsesión y que, significativamente, reenvía al Antonio Maceo de Ernesto Guevara. Es el mismo sabor de boca de Los oficios terrestres que se reencuentra en el Antonio Guiteras. Una suma de elementos percibidos como contención puntual y taciturna al mismo tiempo. Sin “sobreescrituras” (similares a las actuaciones de los actores flojos” ni volutas ni complicidades. Un movimiento de página carente de amplificación; más bien enjuto y exigente. A veces desgarbado. Resuelto con procedimientos de grabador o de diario de campaña: un “ademán lingüístico” que cultiva la probidad tanto en la respiración, al diseñar los escenarios o al ir seleccionando en medio del vértigo de las posibilidades infinitas. Último aspecto éste que opera con un bestiario donde cada animal no es más que un delirio ya insinuado en el propio Walsh.

Lo que, sospecho, me confirma el hablar de generación. Rodolfo Wlash y la generación del Che. Por toda una serie de comunes denominaciones que instauran cierta modalidad entendida como “manera de ser” en virtud de una secuencia de vasos comunicantes. El primero, un sentimiento trágico. Que no se produce bajo la mirada de los dioses, sino com ahora: en la proximidad de la muerte. Y con otras inflexiones, flecos, parentescos, humillaciones compartidas, creencias, deseos, proyectos y odios comunes. Desde ya , apuestas y fracasos. Y miedos, eventuales trascendencias y miserias comunes. Pero, sobre todo, concretas coyunturas históricas. Cuatro en particular: nacimientos (y padres) incrustados en aquellos años en que Hipólito Yrigoyen era el emergente político más notorio de la Argentina; infancias dickensianas diría, por veloces y precarias, a lo largo de la “década infame” de reaparición y predominio de la república oligárquica (1930-1943); adolescencia y estudios desabridos durante el “peronismo clásicos” (1946-1955). Y, de manera especial, con el momento que inaugura la problemática actual de América latina: la revolución cubana de 1959.

En ese contexto, si Los oficios terrestre de Walsh lo emparentan, sutil pero categóricamente, con los Pasajes de la guerra revolucionaria, es porque la denuncia contra el general Videla de 1977 se recorta sobre el fondo del Diario de Bolivia del 67. Determinado barrio dramático y borroso de Buenos Aires –Almagro o Mataderos- equivale así a algún despiadado rincón en Ñancahuazú. Un zócalo y dos faroles entre varias matas. Qué matorral, mi Dios. Que se superpone con él. Y termina por trocarse en su pivote. Porque si Walsh puede ser inscripto en el emblema de la generación del Che es, precisamente, porque en esa encrucijada también residen Paco Urondo, Agustín Tosco y Piccini. Con un texto no sólo de palabras aisladas, sino en colección de acontecimientos, escaramuzas y clausuras.

Walsh y el Che, entonces. Sea. Pero, también, Ongaro, Haroldo Conti y Angelelli el cura. Y muchísimos otros que no tienen el equívoco privilegio del nombre y el apellido. Voces anónimas, en escamoteo, tergiversación o implacablemente mutiladas. “Voces de los vencidos”. Voces ninguneadas, desmembradas. Voces locas, muchas veces, como las de un coro trágico en cierta plaza. Pero que, a través de concreciones como las de Walsh, empiezan, justamente ahora, a recuperar su materialidad. Su propio cuerpo.

[1] Publicado originariamente en la revista Casa de las Américas, Nro 129, La Habana, Noviembre-Diciembre de 1981. Recuperado de:  “Rodolfo Walsh, vivo”, compilador: Roberto Baschetti, Ediciones de la Flor, 1994.

EZLN: 37 años de dignidad y autonomía

por Raúl Zibechi

En estos tiempos feroces hay poco para celebrar. Mientras la oscuridad del sistema se convierte en rutina, cuando los de arriba nos despojan con muerte y violencia, las luces de abajo brillan con todo su resplandor, rasgando la noche, iluminando las trochas y las pendientes. El 37 aniversario del Ejército Zapatista de Liberación Nacional es, con seguridad, la luz más potente en el firmamento latinoamericano.

El EZLN celebra su 37 aniversario afrontando una de las mayores ofensivas militares en mucho tiempo, alentada por el gobierno «progresista» de Andrés Manuel López Obrador, por los gobiernos de Chiapas y de varios municipios del estado, que lanzaron una guerra de desgaste contra los territorios autónomos, para despojar y destruir al EZLN y a las bases de apoyo.

Pero, ¿qué celebramos en concreto? La continuidad y la perseverancia de un movimiento revolucionario distinto a todo lo anterior, algo que debemos valorar en toda su trascendencia. No sólo no claudicaron, no se vendieron y no traicionaron, sino que no repitieron el esquema vanguardista, que reproduce la cultura dominante al convertir a sus dirigentes en nuevas elites.

Celebramos la coherencia, pero también lo mucho que nos enseñaron en estas casi cuatro décadas. Para no hablar en general, quiero referirme a lo que he aprendido, ya sea en la «escuelita zapatista» o en diversos encuentros e intercambios en los que pude participar.

El núcleo del zapatismo es la autonomía. No teórica ni declarativa, sino práctica viva de los pueblos, en todos y cada uno de los momentos y espacios en los que hacen sus vidas, desde los ejidos y las comunidades, hasta los municipios y las juntas de buen gobierno. La autonomía es una forma de vida, es la dignidad de los pueblos; autonomía colectiva, no individual como nos trasmitió cierto pensamiento eurocéntrico.

Necesitamos la autonomía para continuar siendo pueblos y sectores sociales que practicamos otros modos que los de arriba. La autonomía puede ser practicada en todos los espacios, en los barrios de las ciudades, entre campesinos, pueblos originarios y negros, en los más diversos colectivos y comunidades.

La autonomía es ese inmenso paraguas de dignidad que sostenemos entre todos y todas. No es una institución, son relaciones humanas vivas, tejidas con la dignidad que nos permite hermanarnos.

Las bases de apoyo y el EZLN nos enseñaron, también, que la autonomía debe ser completa, integral, o por lo menos tender hacia ello, abarcando todos los aspectos de la vida de los pueblos. Por eso construyen escuelas, clínicas, hospitales, cooperativas y todo ese rico entramado de producción de vida y de cuidado de la vida.

Autonomía se conjuga con autogobierno y con justicia autónoma; el motor de la autonomía son los trabajos colectivos.

La defensa de los territorios y la comunidades es otra de la enseñanzas del EZLN. Pero aquí aparece otro rasgo de la autonomía, inédito en el campo de la revolución: la defensa de nuestros espacios no puede ser mera reacción a lo que nos hacen los de arriba. Elegir cómo, cuándo y de qué manera actuamos es también un rasgo de autonomía, para no caer en provocaciones, porque ellos quieren la guerra, porque la guerra beneficia al capital.

En este punto, el EZLN nos ha enseñado a no responder agresión con agresión, muerte con muerte, guerra con guerra, porque ahí dejamos de ser autónomos, o sea dejamos de ser diferentes. Y esto no tiene nada que ver con el pacifismo.

Aprendimos que no hay un modo único de autonomía, válido para todos los pueblos en todo tiempo. Nos han enseñado que cada quién camina a su modo y según sus tiempos, y eso es lo que están haciendo los pueblos en América Latina.

Puedo dar testimonio del modo como las autonomías se expanden por nuestro continente. Decenas de comunidades mapuche en el sur de Chile y Argentina, se están reconstruyendo de forma autónoma, enfrentando la política de los estados que los presentan como terroristas.

El Consejo Regional Indígena del Cauca, en el sur de Colombia, es una expresión notable de construcción de autonomías. La guardia indígena se expande hacia los pueblos negros y campesinos, que han protagonizado la reciente Minga Indígena, Negra y Campesina que culminó en Bogotá luego de caminar 500 kilómetros (https://bit.ly/2IMRFQk).

En Perú se ha formado el Gobierno Territorial Autónomo de la Nación Wampis, proceso que están siguiendo otros tres pueblos amazónicos del norte. En la Amazonia brasileña 14 pueblos están transitando hacia la autonomía para defenderse de la minería y el agronegocio, como ha mostrado el geógrafo militante Fábio Alkmin en una investigación en curso.

Sería abusivo dar la impresión que todas las autonomías siguen los caminos que está transitando el EZLN. Pero quiero enfatizar que la existencia del EZLN es un impulso, un referente, una luz que nos dice que es posible resistir al capital y al capitalismo, que es posible construir mundos otros, resistiendo y viviendo con dignidad.

Cólera en la era del neoliberalismo: Covid‐19 y más allá en América Latina

Ronaldo Munck
Profesor Invitado en UTPL y Head of Civic Engangment DCU

América Latina continúa enfrentando el ataque de las políticas económicas neoliberales, pero ahora también debe enfrentar un desafío de salud pública sin precedentes, el nuevo coronavirus. Antes de revisar la situación en América Latina a través de las respuestas a un cuestionario que propuse a un grupo de cientistas sociales de la región, es importante situar esta problemática dentro de los debates más amplios que se están llevando a cabo a nivel mundial. Comenzamos con una sección sobre Crisis preguntando si el futuro que enfrentamos será el mismo que el pasado o si podemos y debemos aspirar a algo mejor. Esto es seguido por una sección sobre Capitalismo que plantea la cuestión de si la Crisis Covid representa una onda de choque cualitativamente peor que la de la Gran Crisis Financiera de 2007‐09 y qué significa eso para su futuro. Luego pasamos a considerar la Gobernanza y preguntamos si el modelo actual es sostenible incluso en términos de gestión de crisis y en un futuro mundo posterior a Covid. Finalmente, abordamos la cuestión de la Salud Pública y planteamos la necesidad de una asociación fuerte entre la medicina social y la política de transformación social. Con ese cuadro pintado concluimos con una mirada amplia a la situacion en América Latina, conscientes que hay muchísimo mas para decir. Esto es solo una contribución inicial con el propósito de invitar debate y las discusiones políticas que corresponden, dentro de un marco internacionalista y de transformación. El Covid‐19 no es una patología que vino a quebrar una normalidad tranquila y harmoniosa; la crisis deberá crear, si se puede, otro modelo de desarollo humano para América Latina.

Crisis

El gran problema hoy es si podemos ʺvolver a la normalidadʺ después de la Crisis Covid. Muchos psicólogos argumentan, por ejemplo, que existe una tendencia humana innata a volver al status quo después de un evento traumático. Ese podría bien ser el caso, pero podría también estar subestimando la profundidad de la crisis actual tanto para el capitalismo como para la gobernanza democrática (ver secciones subsiguientes). Históricamente, hemos encontrado, por ejemplo, que la gran epidemia de gripe de 1918 fue una de las principales motivaciones detrás de la creación de estados de bienestar en muchos países europeos. Del mismo modo, el impacto de la Gran Depresión de la década de 1930 (y la Segunda Guerra Mundial) condujo a la aparición de estados de bienestar en Occidente en general. Una crisis también puede, por supuesto, resultar en un resultado más negativo. Los ataques a los símbolos de poder de Nueva York en octubre de 2001 condujeron a una reducción de las libertades civiles en el país y a una serie interminable de guerras en el extranjero. La Gran Crisis Financiera por su parte no condujo a una reforma muy necesaria del sistema financiero, sino más bien a un retorno a la ʺnormalidadʺ para los bancos e instituciones financieras que fue enormemente costoso para la población y, en última instancia, no fue útil.

La lectura potencialmente positiva de ʺcrisisʺ está implícita en su definición como ʺel punto de inflexión para bien o para mal en una enfermedad aguda o fiebreʺ (Merriam‐Webster). Hay buenas razones por las cuales los demócratas y progresistas generalmente reaccionan con horror ante la reducción de las libertades civiles durante la crisis de Covid. La gente, no el virus, como el problema y los economistas aconsejan a los gobiernos sobre cómo tratarlos. Un escenario alternativo sería que estas mismas personas aprendan de la crisis que están viviendo y exijan un cambio fundamental del sistema. Rebecca Solnit ha argumentado en A Paradise Built in Hell (Solnit 20010) que el terremoto de la Ciudad de México de 1985 y el desastre del huracán Katrina en Florida en 2001 desatataron grandes reservas de solidaridad humana, improvisación enérgica e intenciones decididas que auguraron un buen futuro. En relación con la actual crisis de Covid, Solnit argumenta que ʺla vida ordinaria antes de la pandemia ya era una catástrofe de desesperación y exclusión para demasiados seres humanos, una catástrofe ambiental y climática, una obscenidad de desigualdadʺ (Solnit 2020), por lo que ese cambio fundamental está atrasado y no es una opción volver al ʺnegocio habitual” (‘business as usual’).

Si la crisis de Covid es una oportunidad para rehacer el orden actual, ¿cuáles son las alternativas ahora planteadas? Los llamados estudios futuros (future studies) cobran mayor importancia en períodos de crisis cuando tratamos de combatir la sensación de impotencia y buscamos una salida democrática y empoderadora de la crisis. Frente a una respuesta pasiva o una que simplemente reitera la validez intemporal del caso radical anticapitalista, necesitamos plantear futuros posibles realistas. Una forma de hacerlo es a través de la planificación de escenarios donde planteamos futuros plausibles, aunque de forma simplificada, que nos permitan preparar una estrategia más sólida para nuestra opción preferida. También nos permite examinar críticamente nuestros propios supuestos implícitos y puntos débiles en nuestra propia estrategia. Para comenzar esta conversación, presentamos aquí cuatro escenarios futuros de Crisis Covid (ver también Mair 2020). Hay dos ejes a lo largo de los cuales planteamos las tensiones que los empujan en diferentes direcciones, simplificando claramente la complejidad de la política real. Estos dos polos de atracción son: uno vertical con ʺmercadoʺ y un extremo y ʺsociedadʺ en el otro, y uno horizontal con respuestas ʺcentralizadasʺ en un polo y respuestas ʺdescentralizadasʺ en el otro extremo.

Los cuatro escenarios que postulamos son los siguientes:

Gráfico. Los cuatro escenarios

Capitalismo de Estado

Este escenario es impulsado por una respuesta centralizada a la emergencia de salud y un reconocimiento, aunque sea variable de la importancia de la sociedad. El estado está de regreso en todas partes, aunque con diferentes formas y desempeñará un papel importante en la reconstrucción económica posterior a Covid. La respuesta de ʺAsia orientalʺ obviamente abarca tanto China como Taiwán/Corea del Sur y otras variantes pero de alguna forma están en este cuadrante. Todos reconocen que el mercado no puede responder a la emergencia de salud y que la vida de los trabajadores debe protegerse. El capitalismo de estado puede resultar de la aplicación prolongada de estas medidas de emergencia que han cambiado en forma radical los parámetros aceptados de lo que es posible. En términos de geopolítica, está claro que China emergerá fortalecida por la crisis de Covid.

Capitalism Tardío

Este escenario no es tan diferente, pero se le dá una mayor prioridad al mercado y, por lo tanto, los vemos los llamados constantes a ʺreabrir la economíaʺ. También es una respuesta centralizada a la crisis de Covid. Utiliza el estado en modo de emergencia, pero se hace hincapié en la primacía del mercado. Tiende a ser menos benigno en términos de atención a las necesidades de la sociedad, la vida misma. Pero hay que reconocer las variedades del capitalismo tardío y no pensarlo como un modelo o escenario simple o unidimensional. Así vemos que Nueva Zelandia no es menos capitalista que Australia, pero ha abordado la emergencia sanitaria de una manera más socialmente responsable. Argentina y Ecuador son sociedades capitalistas dependientes, pero la primera ha lidiado incomparablemente mejor con la crisis. Debemos reconocer las variedades específicas del capitalismo tardío que se ocupa de la crisis de Covid, pero todas comparten la crisis histórica del capitalismo en términos de su sostenibilidad biológica. El mercado nunca puede existir sin el control de la Sociedad.

Barbarie

Este escenario prioriza el mercado de una manera brutal que sacrificaría la vida humana en su altar. Está descentralizado en lugar de centralizado como respuesta, ya que se opone esencialmente a cualquier papel para el estado. Los trabajadores pierden sus trabajos, las empresas colapsan y la depresión de Covid será mucho peor que la de los años treinta. Hay quienes dan la bienvenida a este escenario porque podría marcar el comienzo de un mundo nuevo y valiente donde solo los más fuertes sobreviven. El sacrificio de los demás se encuentra con una atitud fría e incluso el regocijo, esta es la naturaleza que sacrifica los débiles para el bien mayor. Los forasteros, generalmente los migrantes, serán los chivos expiatorios como supuestos portadores del virus. La piratería, como se vio en el secuestro de suministros médicos en Estados Unidos, será la nueva norma. Los cuerpos en la calle, piense Guayaquil, serán una vista normal y ahora todos sabrán lo que significa en la práctica el triaje médico.

Socialismo

Este escenario claramente prioriza la sociedad y la vida humana, pero es una respuesta descentralizada basada en la miríada de formas de ayuda mutua que hemos presenciado durante la crisis de Covid. Surgen nuevas estructuras democráticas que pueden prefigurar un orden social futuro, aunque esto es toda una acción defensiva en este momento. Pero la ira se está acumulando por el deterioro deliberado de los servicios de salud pública en las últimas décadas y la mentira y la prevaricación que hemos visto en los gobiernos de mots. Existe un reconocimiento generalizado de que la propagación del Coronavirus ha sido controlada con mayor frecuencia por la acción y la cohesión de la Sociedad y las comunidades. En algunos países, los sindicatos han desempeñado un papel importante en la gestión de la crisis y también a través de huelgas para proteger a los trabajadores de la salud. Todavía hay pocas señales de que esta estrategia sea capaz de ofrecer una alternativa política global dada la magnitud de la amenaza a la vida y los medios de subsistencia en este momento.

Vemos acá pues, un retorno en un sentido muy real e inmediato de la declaración de Rosa Luxemburgo en 1915 de que ʺla sociedad burguesa se encuentra en la encrucijada, ya sea la transición al socialismo o la regresión a la barbarieʺ (Howard 1971: 334) que una vez pudo haber parecido una hipérbole. Es deber para que todas las personas progresistas buscar la mejor manera de construir el escenario del ʹsocialismoʹ, conscientes del peligro de la ʹbarbarieʹ pero también conscientes de las ʹvariedades de capitalismoʹ que están lidiando con la crisis de Covid de diferentes maneras y donde son diferentes las dinámicas que surgirán en el futuro. Los escenarios no son predicciones, solo plantean las alternativas futuras que temenos y en concreto los parametros bajo la cual la Crisis Covid se desenvuelve.

Capitalismo

La crisis de Covid y su impacto económico catastrófico concomitante no surgieron de un cielo azul claro. Desde la Gran Crisis Financiera de 2007‐09, el capitalismo ha estado en soporte vital. El capitalismo financiarizado y globalizado solo se salvó entonces por un nivel sin precedentes de intervención estatal. La deuda estatal aumentó exponencialmente, especialmente en los Estados Unidos, el centro de este nuevo orden financiero. Con el dinero fácilmente disponible, los operadores del mercado de valores podrían obtener grandes ganancias nuevamente y las cosas parecían optimistas. Pero, como señala Lapavistas, “ya era aparente en 2017‐18 que la burbuja del mercado de valores no duraría ya que la Fed comenzó a elevar las tasas de interés lentamente por encima de cero, intentando recuperar condiciones más normales en los mercados financieros ʹʹ (Lapavistas 2020) Esta condición crítica explica por qué la UE no pudo acordar en 2020 emitir ʹcoronabondsʹ garantizados colectivamente, ya que la antigua división Norte / Sur en la UE regresó con venganza como resultado de la crisis de Covid.

Fue dentro de esta situación ya caótica que surgió la crisis de Covid y envió ondas de choque reales a través de la economía global, ahora amenazada inminentemente por una depresión que sería peor que la de los años treinta. En marzo de 2020 fuimos testigos de una crisis casi fatal en el sistema financiero, que solo pudo continuar a través de espectaculares intervenciones de la Reserva Federal en los EE.UU., El Banco de Inglaterra y el Banco Central Europeo. La producción y el empleo se desplomaron con la promulgación de los ʺbloqueosʺ de Covid y el crédito se contrajo drásticamente. Una caída histórica en los precios del petróleo trajo a casa la naturaleza integrada y precaria de la economía global. Ahora surge la pregunta de si el ʺcapitalismoʺ puede levantarse una vez más de su lecho de enfermo y recuperar sus legendarios espíritus animales. Para Adam Tooze, cualquier noción de un orden global unificado se ha disipado: “de alguna manera tendremos que unir el autoritarismo de un solo partido de China, el bienestar nacional de Europa y lo que sea que sea Estados Unidos a raíz de este desastre ʹʹ (Tooze 2020) . Ciertamente estamos muy lejos del optimismo de 1989‐90 cuando el colapso del comunismo y el comienzo de la globalización pintaron un futuro prometedor para el capitalismo.

Lo que faltaba en los primeros debates sobre el coronavirus fué cualquier consideración de su impacto en el mundo mayoritario, los pobres y los precarios. Las figuras intelectuales del norte (Žižek, Agamben, Badiou, Sousa Santos, etc.) escribieron elegantes ensayos de sus estudios de ʺcapulloʺ. Pero el impacto social del ʹencierroʹ en el contexto de la capacidad estatal limitada para ejercer la ʹflexibilización cuantitativaʹ, donde las discusiones sobre camas y ventiladores de la UCI no tenían sentido en el contexto de sistemas muy básicos de salud, y donde los trabajadores precarios e informales no tenían otra opción que continuar trabajando, simplemente estaba más allá de su comprensión. Es aquí donde vemos más claramente que el capitalismo tiene sus propias ʺcondiciones de salud subyacentesʺ, lo que significa que no solo necesita recuperarárse de la crisis de Covid. Como argumenta John Smith, el capitalismo probablemente esté ahora en un momento de ʺsupernovaʺ cuando arderá brillantemente antes de desvanecerse o, para decirlo de manera más prosaica, ʺel capitalismo ahora enfrenta la crisis más profunda en sus varios siglos de existencia.” (Smith 2020)

Gobernanza

La gobernanza global no será la misma después de la crisis de Covid. Lo que hemos presenciado es algo similar a una ʺeconomía de guerraʺ dónde se suspenden las reglas normales de gobierno. En algunos países ha habido acaparamiento de poder como Israel, Filipinas y Hungría. En la mayoría de los otros, ha habido un aumento en los ʺpoderes especialesʺ, y la vigilancia y el control de los ciudadanos, que es poco probable que se apague ʺdespuésʺ de Covid, sin embargo, eso puede interpretarse.

Los críticos liberales ahora también sostienen que las fuerzas ʺatávicasʺ del nacionalismo y la xenofobia saldrán a la luz (ver Legrain 2020). La izquierda, por su parte, podría sentirse reivindicada por las dramáticas transferencias directas de efectivo, congelamientos de alquileres y nacionalizaciones que se han producido en muchos países, ya que siempre han argumentado que esto era necesario y posible. Pero eso es parte integrante de una ʺeconomía de guerraʺ y no necesariamente persiste o cambia las reglas del juego, por así decirlo. Como Mulder reconoce ʺla gestión exitosa de crisis no es garantía de una reforma duraderaʺ (Mulder 2020). La excepción en tiempos de guerra puede traducirse en un nuevo orden de ʺposguerraʺ, pero solo en la medida en que los movimientos sociales, incluido el movimiento sindical, permanezcan movilizados y la política progresista no se ahogue en la “emergencia”. La gobernanza democrática está, en general, suspendida y muchos críticos mantienen el fuego, dada la emergencia de salud que todos estamos viviendo, aunque en condiciones muy diferentes. Se ha arraigado una narrativa simplista de ʺautoritarismoʺ versus ʺdemocraciaʺ, que recuerda el debate de Huntingdon de la década de 1970 sobre los peligros de la democracia. Existe la sensación de que la democracia no es eficiente cuando es hora de enfrentar decisivamente la crisis, ciertamente los planes no se someten al escrutinio público. La crisis de Covid ha disciplinado efectivamente a la democracia y la sociedad civil en todo el mundo, potenciando los regímenes autoritarios y silenciando a sus críticos. Pero también ha florecido la democracia de base a través de la solidaridad social y las redes de apoyo mutuo. La democracia no puede ser ʺpospuestaʺ sin dañarla. Como lo expresaron Frances Brown y sus colegas: ʹes esencial que los partidarios de la gobernanza democrática en todas partes presten atención a esta amplia gama de efectos, tanto negativos como positivos, para identificar puntos de entrada e intervenciones que puedan prevenir el daño político a largo plazo y fomentar el potencial ganancias ʹ(Brown et al 2020). La izquierda necesita ser parte de ese movimiento democrático y promover una visión alternativa para una sociedad sostenible.

Salud Pública

Las constituciones de la mayoría de los países latinoamericanos se refieren a la atención médica fundamental para todos los ciudadanos. En la práctica, este derecho no es una realidad y veinticinco años de políticas neoliberales han visto una disminución aún mayor de las capacidades de salud pública. Lo que la crisis de Covid deja al descubierto es cuán descaradamente los estados capitalistas ya no ven la salud pública como una obligación. Más directamente, también muestra cuán baja es la prioridad en la medida en que el brote de Covid‐19 era totalmente predecible. Como dice Richard Horton, médico inglés y editor de The Lancet: ʺSabíamos que esto iba a sucederʺ (Horton 2020). El neoliberalismo en general y las políticas de austeridad en particular mitigaron cualquier compromiso persistente de los gobiernos para prepararse para lo que era una amenaza inevitable y catastrófica como el cólera estaba en una era diferente. Desde una perspectiva liberal, el Dr. Horton escribe sobre cómo ‘Covid‐19 ha revelado la asombrosa fragilidad de nuestras sociedades. Ha expuesto nuestra incapacidad para cooperar, coordinar y actuar juntos ʺ(Horton 2020). Solo una respuesta socialista será suficiente para abordar esta crisis subyacente en la salud pública.

Hay una larga historia de creación de desastres por parte del capitalismo desde las hambrunas de la era colonial hasta el desastre del huracán Katrina en los Estados Unidos contemporáneos. Mike Davis, quien escribió sobre la amenaza de la ʹgripe aviarʹ en 2005 (Davis 2005) argumentó que las pandemias son un ejemplo perfecto del tipo de crisis a las que el capitalismo global, con su movimiento constante de personas y bienes, es particularmente susceptible, pero que La perspectiva capitalista, básicamente su incapacidad para pensar en otros términos que no sean las ganancias, resulta difícil, si no imposible, de abordar. Con la crisis de Covid, encontramos que esta contradicción aparece brutalmente en primer plano a medida que se crean y debaten oposiciones espurias entre la salud de las personas y la ʺeconomíaʺ o incluso ʺel mercadoʺ en el modelo de costo / beneficio. Davis, en relación con la crisis de Covid, sugirió que ʺla globalización capitalista ahora parece ser biológicamente insostenible en ausencia de un sistema de salud verdaderamente internacionalʺ (Davis 2020). Y no hay signos de que esto esté incluso en la agenda capitalista hoy.

Sin embargo, también debemos señalar que los socialistas y los marxistas no han adelantado, por lo general, un compromiso vigoroso con la salud pública, como si eso fuera una preocupación del estado burgués junto con la planificación urbana y otras cosas similares. Esto se remonta quizás a la forma en que Marx y Engels se relacionaron con el brote de cólera que coincidió con su período político más activo, incluidas las revoluciones de 1848 en toda Europa. El impacto en la clase trabajadora fue indudable e incluso condujo a ʹdisturbios de cóleraʹ, pero Engels en 1895 a su clásico Las condiciones de la clase obrera en Inglaterra solo nota que ʹlas visitas repetidas de cólera, tifus, viruela y otras epidemias han mostrado a la burguesía británica la urgente necesidad de saneamiento en sus pueblos y ciudades, si desea salvarse a sí mismo y a su familia de ser víctimas de tales enfermedades ʹ(Engels 1969: 24). La historia del cólera y la lucha de clases queda en gran medida por contar aún. Los problemas de salud pública parecen ser una preocupación más apremiante para la derecha, por ejemplo, el movimiento anti‐vacunas, que en la izquierda por lo general. Pero, como argumenta De Waal, lo que necesitamos ahora es una asociación fuerte y proactiva entre la medicina social y la política radical (de Waal 2020) que no solo está atrasada, sino que podría cambiar el juego políticamente.

Crisis Covid en América Latina

El contexto del brote de coronavirus en América Latina a principios de 2020 no podría ser más dramático. A pesar de los logros sociales de los gobiernos progresistas desde el año 2000, la pobreza, el trabajo precario y las condiciones de vida superpobladas representaban un sitio ideal para cualquier virus. Además en América Latina ya hay otras variedades de arbovirus como el dengue, el chikungunya, la fiebre amarilla y el zika que ahora con Covid‐19 amplifican colectivamente el impacto del otro en la salud pública (Wenham et al 2020) creando un contexto extremadamente volátil.

En lo económico, de acuerdo con la CEPAL, el COVID‐19 afecta a la región a través de cinco canales externos de transmisión: i) La disminución de la actividad económica de sus principales socios comerciales y sus efectos. La región depende marcadamente de sus exportaciones, cuyo volumen y valor se reducirán por la recesión mundial ii) La caída de los precios de los productos primarios. Las marcadas caídas de esos precios y el deterioro de los términos de intercambio tendrán fuertes efectos negativos en los niveles de ingreso de las economías latinoamericanas dependientes de esas exportaciones, aunque con diferencias significativas entre ellas. La contracción de la demanda mundial, en particular la de China, uno de los mayores consumidores e importadores de productos primarios, jugará un papel destacado en la disminución de sus precios iii) La interrupción de las cadenas globales de valor. La disrupción de las cadenas de suministro, comenzando por los proveedores chinos y luego por la producción europea y estadounidense, afectaría principalmente a México y el Brasil, cuyos sectores manufactureros son los más grandes de la región. iv) La menor demanda de servicios de turismo en particular, los pequeños estados insulares en desarrollo (PEID) del Caribe pueden ser muy afectados. v) La intensificación de la aversión al riesgo y el empeoramiento de las condiciones financieras mundiales que conllevauna menor demanda de activos financieros de la región y una importante depreciación de las monedas de sus países. (CEPAL 2020). Lo conclusión de la CEPAL en relación a la Crisis Covid es que en términos económicos la única solución sostenible ‘será la contención coordinada del virus. La escala, la velocidad y el alcance de su expansión requiere una mayor coordinación de las políticas multilaterales. Esta pandemia tiene el potencial de dar nuevas formas a la geopolítica de la globalización, y es también una oportunidad para recordar los beneficios de las medidas multilaterales e iniciar acciones muy necesarias para alcanzar un modelo de desarrollo sostenible e inclusivo’ (CEPAL 2020). Por el momento tal respuesta regional, que se esta dando por ejemplo en Europa, no se vislumbra en America Latina donde el regionalismo todavía sigue asociado a la era política dominada por el imaginario político del Comandante Chávez.

Además, debemos recalcar que en América Latina el gasto en la salud es bajo en comparación a los paises del norte lo que ya nos pone a la defensiva frente a la Crisis Covid.

Gráfica. Gasto en salud en América Latina

En comparación, en EEUU el gasto en salud como porcentaje del PIB para 2019 era 17% o $10,300 per cápita (Fuente: SMO/World Heath Organization)

En nuestras entrevistas con intelectuales comprometidos en varias partes de América Latina empezamos por preguntar sobre la capacidad de los sistemas de salud para confrontar la epidemia del Covid‐19. Detras de las cifras citadas arriba sobre el gasto en salud hay una realidad social y humana, sobredeterminada por la política económica del neoliberalismo.

Nos dice Alberto Acosta (Ecuador) que ‘como en todos los países del mundo el coronavirus mostró las falencias del sistena sanitario y de toda la esctructura de cuidados. Aparecieron con crudeza las deficiencias provocadas por un sistema de salud curativo, mercantilizado y en Guayaquil montado sobre la filantropia’ (Entrevistas)

En forma parecida, Gerardo Necochea Gracia (Mexico) recuenta como ‘El sistema de salud pública esta devastado. Simplemente fue desmantelado en los últimos 30 años. Falta de todo. Hay menos de una cama de hospital por 1000 habitantes; las ciudades están mejor, y las zonas rurales no tienen ya ni siquiera las clínicas comunitarias. Se están haciendo compras masivas de equipo, y al menos China donó gran cantidad de material. Quizás la única capacidad reside en la buena disposición de los trabajadores de la salud.’ (Entrevistas)

En la Argentina según el analisis de Pablo Pozzi algo parecido esta en juego pero nota tambien un acatamiento social a la cuarentena de alto nivel: ‘la gente ha obedecido a las medidas, menos entre los mas ricos y los mas pobres donde el acato es menor: los ricos porque tienen recursos, en términos de servicios médicos y se resisten a controles sobre viajes, los pobres porque no tienen recursos y viven con seis personas por habitación en promedio. Muchas ciudades y pueblos han cerrado el acceso, lo que causa problemas de abastecimiento’ (Entrevistas)

Por su parte Eduardo Gudynas (Uruguay) hable de como su país ‘tiene una población muy pequeña..cuenta con un sistema de acceso a la salud universal, que se divide en uno público y otro privado pero de origen cooperativizado (mutual); alcances de los seguros privados convencionales es limitado. Re ordenamiento de los centro de asistencia en salud: Suspensión de servicios no esenciales; incremento de telemedicina; etc..red extendida de primer nivel de atención es descentralizada, en los barrios, con visita a los enfermos en sus casas…Reorganización de los centros de tratamiento intensivo 600 camas disponibles en todo el país; se liberaron 300 camas disponibles para Covid‐19; pueden ampliarlas mas o menos rápidamente sumando otras camas que pueden convertir en CTI’ (Entrevistas)

También en nuestras entrevistas preguntamos cuales eran los principales riesgos sociales y económicos del Covid‐19 en sus respectivos paises.Karina Ponce (Ecuador) nos dice: ‘imposible escindir los dos términos. Desde mi punto de vista, el mayor riesgo para el país es la desestructuración absoluta de la sociedad ecuatoriana. En este sentido, es menester aclarar que este proceso no lo causa la pandemia, sino que solamente lo refuerza (recordemos lo que pasó en octubre en Ecuador). ¿Cuántas personas han perdido y perderán sus empleos? ¿Cuántos trabajadores no cobrarán su salario? ¿Cuántos pequeños negocios se irán a la ruina? ¿Cuántas familias pasarán hambre? ¿Cuántas personas tendrán que abandonar nuevamente su país en busca de mejores oportunidades como en la crisis de 2000? ¿Cuántas personas van a morir? La mayor incertidumbre está en la preocupación del ingreso, el poder adquisitivo para comprar comida y miedo al contagio y la muerte, pero sobre todo, en caso de enfermedad o muerte no tener un tratamiento o un sepulcro digno’ (Entrevistas).

Tambien en relación al Ecuador, Alberto Acosta dice que ‘el reto del coronavirus resulta descomunal. La pandemia desnuda situaciones lacerantes de todo tipo. El drama humano que se vive tiene ‐por lo pronto‐ su punto de expresión máxima en Guayaquil. La barbarie parece haberse instaurado en esta ciudad portuaria con la llegada del coronavirus: cientos de familias devastadas por la muerte de algún familiar, cadáveres por doquier, inclusive cadáveres extraviados, cientos de trabajadores de la salud contagiados y miles de personas que se debaten entre morirse de hambre al buscar el sustento diario en las calles o morirse de coronavirus. Esta situación ya se replica en varias provincias de la costa.” (Entrevistas)

En la Argentina, según Joaquina De Donato, ‘el riesgo es el colapso del sistema de salud y la posibilidad de una insurrección popular por parte de los sectores marginales. Dado que más de un 40 por ciento de la mano de obra en Argentina es en negro y vive de trabajos eventuales, la quarentena está poniendo al borde de una situación crítica a trabajadores y grupos marginales. Por lo que si la crisis económica sigue profundizandose, no se descartan saqueos o piquetes que obliguen a medidas represivas que pueden desatar una insurrección social’ (Entrevistas)

Gerardo Necochea Gracia (Mexico) por su cuenta dice que ‘Las medidas de distancia social y encierro no favorecen las muestras visibles de solidaridad, como sí fue el caso en los sismos de 1985 y 2017. Hay que pensar que la epidemia llega a sumarse al desastre que ya de por sí es la violencia asociada con el narcotráfico y crimen organizado. Hay fragmentación y miedo. Muchas comunidades se han cerrado al exterior, para excluir la violencia, y si bien hay solidaridad interna, hay desconfianza hacia el exterior, que bien puede convertirse en rechazo violento a todo el que viene de fuera debido a la epidemia. Puede efectivamente ganar fuerza un discurso localista, xenófobo e intolerante. Hasta ahora, las organizaciones sociales progresistas y la izquierda organizada han sido incapaces de avanzar una respuesta que ofrezca alternativas’ (Entrevistas)

Tambien en relación a Mexico, Patricia Pensado habla de los peligros de ‘la polarización social, una mayor fragmentación entre los ciudadanos; y con la profundización de la crisis económica un mayor empobrecimiento y desempleo. Un fortalecimiento de los grupos políticos de derecha’ (Entrevistas)

¿Como reacciona la sociedad o la sociedad civil ante tal emergencia o crisis médica?

Patricia Pensado (Mexico) nos dice en relación a esta pregunta que “se han realizado protestas de los trabajadores de la salud afuera y en los estacionamientos de los hospitales y las clínicas, exigiendo los insumos necesraios para enfrentar la epidemia. Así como también por parte de los trabajadores de servicios (taxistas, meseros, vendedores ambulantes, entre otros) frente a los edificios de las instituciones de gobierno y de obreros de las maquiladoras del norte del país. Así como de familiares de los presos por las condiciones de hacinamiento en que viven. Cabe mencionar que la mayoría de estas protestas se han dado en la Ciudad de México, aunque también en algunos estados de la República” (Entrevistas)

Igor Goicovic Donoso (Chile) nos dice que ‘El COVID 19 llegó en marzo, justo cuando se esperaba un nuevo repunte de la movilización social. Pero la amenaza de la pandemia, unida a la política de restricción de movimiento del gobierno, han reducido significativamente la capacidad de movilización y de protesta de la gente. Cabe señalar, que las movilizaciones del ciclo octubre de 2019 / febrero de 2020, tuvieron convocatorias bastante espontáneas, la mayoría de ellas orientadas al espacio público, vía redes sociales. En el actual momento esa estrategia ha fracasado. Se han convocado a cacerolazos que han tenido escaso eco, los paros son inexistentes, ya que aquellos que pueden trabajar en sus lugares habituales de faena lo están haciendo y los demás (incluidos los académicos) trabajamos online.

Los bloqueos han sido más efectivos, pero esa iniciativa arranca más del miedo al contagio y de la ineficacia de los controles sanitarios y policiales, que de una dinámica de protesta frente al gobierno” (Entrevistas).

Viviana Bravo Vargas, también hablando de Chile, nos dice que ‘en un primer momento se activaron los cacerolazos, pero han perdido fuerza. También ha habido bloqueos de calles en territorios para impedir que preferentemente santiaguinos de clase alta se movilicen para pasar la cuarentena en sus segundas viviendas, generalmente ubicadas en la costa. Con todo, la movilización no ha tenido la fuerza ni la capitalización política de la rebelión popular anterior, que podría haber sido esperable. Se han vivido situaciones tensas de atochamiento, que ponen en riesgo a la población y no se ha visto mucha movilización, más que quejas individuales. Se ha volcado a las redes sociales, y se han activado algunas instancias solidarias, como ollas comunes en algunos terrirtorios debido a la falta de alimentos producto de la cesantía. Continúa la lucha por la liberación de los presos políticos, pero por las medidas derivadas del coronavirus sólo destacan algunos sectores, como la de funcionarios de la salud, y el colegio de profesores. La CUT [Central Unica de Trabajadores] ha estado completamente ausente’ (Entrevistas) Para Karina Ponce (Ecuador) ‘actualmente en las circunstancias en las que ahora nos encontramos las acciones ciudadanas han sido más bien limitadas. Fundamentalmente relacionadas con acciones de cooperación barrial y asociativo. Sin embargo, no me extrañaría en lo absoluto que tras este confinamiento volvamos a vivir experiencias de levantamiento popular en todo el país, como sucedió en Octubre 2019. La magnitud del desastre es espeluznante” (Entrevistas).

Eduardo Gudynas (Uruguay) nos habló de ‘limitadas protestas sociales de sectores de la economia informal (por ejemplo vendedores que venden en las calles o en los buses). Los debates políticos discurren en la prensa, en comités,en reuniones, etc. Un intento de ʺcaceroleoʺ desde la central sindical tuvo un resultado muy limitado, y posiblemente contraproducente contra la central dado el nivel de críticas que recibió. Múltiples iniciativas de ayuda a nivel barrial, especialmente por el regreso de ʺollas popularesʺ, en todas las ciudades. Muestras de solidaridad ciudadana para apoyar esas ollas; intentos en que sigan normas sanitarias; etc. Este es un aspecto increíble por la extensión, diseminación y consistencia. También prácticas muy negativas; por ejemplo, obtener canasta de ayuda en alimentos para después venderlas, han sido denunciadas; robo masivo de alcohol en gel de un centro de salud; etc. (Entrevistas).

Mauricio Archilla (Colombia) dice que ‘hasta ahora está respondiendo a los casos reportados, pero hay quejas del personal de salud sobre inadecuación de equipos e instalaciones, así como de malas condiciones laborales…Hay algunas protestas físicas de gentes pobres que piden apoyos de los gobiernos nacional y locales. Otros desempleados o independientes qu epuden derecho al trabajo. Pero no han sido, por fortuna. multitudinarias. Hay algunos cacerolazos contra el gobierno nacional y a favor de los locales, como el de Bogotá [bajo gobierno progresista]. En relación a la respuesta de la sociedad civil en términos generales nos dice: TEMOR, DESCONCIERTO Y EN ALGUNOS MOMENTOS APOYO A LOS GOBIERNOS LOCALES’ (Entrevistas)

¿Finalmente, preguntamos, que podemos aprender de esta crisis? ¿Cuales son las lecciones que podemos aprender?

Pablo Pozzi (Argentina) nos contesta ‘ en verdad no muchas, principalmente porque en la última década las organizaciones populares han sufrido muchos retrocesos. Teóricamente hay posibilidades pero nadie parece estar dispuestos de tomar ventaja de la situación. Hay mucha confusión y desorientación en la izquierda y entre los progresistas’ (Entrevistas).

Para Igor Goicovic Donoso (Chile) ‘otras crítica colectiva. El sector más activo y crítico durante este período ha sido el personal sanitario de la salud pública. Han denunciado las insuficiencias de la política pública, han alertado sobre una eventual catástrofe en los meses venideros e incluso han protestado públicamente. Debiera ser sorprendente que gobiernos como el de Piñera, que a marzo de 2020 estaban en el suelo, no solo hayan sobrevivido a la crisis social y política detonada en octubre sino que, apoyados en la actual pandemia, recuperen cierto margen de legitimidad. A mi juicio ello ocurre, precisamente, porque no hemos sido capaces de articular una alternativa programática, orgánica y estratégica que nos permita disputar el poder (Entrevista)

Para Karina Ponce (Ecuador): ‘Si no logramos organizarnos políticamente para plantear una alternativa al capitalismo neoliberal, lo que nos espera en no poco tiempo es el fascismo. Con el coronavirus los estados‐nación están asumiendo el papel que tenían en la posguerra, sobre todo, en lo que a control de las masas se refiere. ¿Es qué acaso no podemos luchar por un futuro que nos aleje de la desigualdad social? Muerte, destrucción social, hambre, e incremento de la pobreza, indigencia y desigualdad en todos los niveles. Una sociedad dividida por las posturas para salida de la crisis. Esta crisis oculta también el incremento de la violencia de género. Muchas mujeres tienen a su agresor en casa todo el día, de quién no pueden esconderse o salvarse. Las tareas domésticas no remuneradas se visibilizan más aún en estas circunstancias. Finalmente, sumaría la muerte política del actual gobierno y su gabinete, sus cuadros políticos seguramente tendrán un futuro político no muy prospero” (Entrevistas).

Finalmente, como ultimo comentario dejamos acá lo que nos dice Alberto Acosta (Ecuador) “No podemos volver a la normalidad porque era una a‐normalidad” (Entrevistas)’

Este último punto nos lleva a una pregunta clave: ¿que es lo normal y que es lo patológico? El Coronavirus ¿llegó a una sociedad y un sistema economico normal? Para contester esta pregunta es necesario pienso, volver a los estudios del filósofo de la ciencia, Georges Canguilhem que exploraba los problemas de ‘una teoría de las relaciones entre lo normal y lo patológico de acuerdo con la cual los fenómenos patológicos sólo son en los organismos vivos variaciones cuantitativas, según el más y el menos, de los respectivos fenómenos fisiológicos. Semánticamente, lo patológico es designado a partir de lo normal no tanto como a o dis sino como hiper o hipo. Por más que se conserve la confianza tranquilizante de la teoría ontológica en la posibilidad de vencer por medios técnicos al mal, se está muy lejos de creer que salud y enfermedad sean opuestos cualitativos, fuerzas en lucha’ (Canguilhem 1971: 20). Salud y enfermedad no son polos opuestos, uno implica al otro mutuamente. Canguilhem sigue y afirma que ‘la enfermedad difiere del estado de salud, lo patológico de lo normal, como una cualidad difiere de otra, ya sea por presencia o ausencia de un principio definido, ya sea por reelaboración de la totalidad orgánica. Esta heterogeneidad de los estados normal y patológico puede tolerarse todavía en la concepción naturista, que poco espera de la intervención humana para la restauración de lo normal. Pero en una concepción que admite y espera que el hombre pueda forzar a la naturaleza y hacer que se pliegue a sus intenciones normativas, la alteración cualitativa que separa lo normal de lo patológico resultaba difícilmente sostenible’(Cangilhem 1971: 19)

La normalidad pues, puede entenderse de dos maneras: por un lado, lo normal es aquello que es tal como debe ser; por otro lado, lo normal es aquello que se encuentra en la mayoría de los casos. Estamos, pues, ante un término equívoco, pues al mismo tiempo designa un hecho y un valor en virtud de un juicio. El neoliberalismo no es solo la norma en América Latina sino ‘normal’. En medicina también se confunden los terminos, pues el estado normal designa al mismo tiempo el estado habitual de los órganos y su estado ideal. Lo normal es entonces un concepto dinámico y polémico pero igual podríamos decir esto de lo patológia, que tiene que ver con la parte de la medicina encargada del studio de las enfermedades en su mas amplio sentido. La Crisis Covid es algo ‘normal’ para el capitalismo tardío, era predicible. No es simple patología, algo abnormal que una vez superado nos deja volver al estado natural de equilibrio. Lo que el coronavirus ha producido en América Latina, como en otros lugares, es un desvelamiento de las contradicciones del capitalismo dependiente. No podemos, no debemos, pues volver a esa normalidad que de ‘normal’ en sentido ético tenia muy poco. El virus es el capitalismo dependiente.

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Tooze, A (2020) ‘Shockwave’, London Review of Books, 42,8 <https://www.lrb.co.uk/the‐paper/v42/n08/adam‐tooze/shockwave> Wenham, C et al ‘Mosquitoes and Covid‐19 are a ticking time bomb in Latin America, LSE Blog

Entrevistas
En el mes de marzo 2020 se realizaron entrevistas atraves de un cuestionario con las siguientes personas:
Karina Ponce (Ecuador)
Alberto Acosta (Ecuador)
Pablo Pozzi (Argentina)
Joaquina De Donato (Argentina) Igor Goicovic Donoso (Chile) Viviana Bravo Vargas (Chile) Eduardo Gudynas (Uruguay) Mauricio Archilla (Colombia) Pascual Garcia (Mexico)
Gerardo Necochea Gracia (Mexico) Patricia Pensado (Mexico) Frances Z. Brownsaskia Brechenmachercarothersfet As
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dAPRIL 06, 2020

Una crisis diferente: Impactos y dilemas sociales

Albert Recio Andreu. Universidad Autónoma de Barcelona.

A poco más de diez años de la crisis mundial generada por el desplome de los mercados financieros el mundo afronta una nueva crisis de consecuencias insospechadas. Las crisis son fenómenos recurrentes en el funcionamiento de las economías capitalistas, pero sin duda esta obedece a unas causas diferentes a todas las anteriores. Lo que ha desencadenado el parón económico ha sido en este caso la decisión de muchos gobiernos de confinar a la población y paralizar la actividad corriente para hacer frente a una crisis sanitaria. Si hubieran optado por otra solución, mantener la actividad habitual y dejar que el virus se expandiera seguro que habríamos tenido una crisis sanitaria sin precedentes (y posiblemente una impredecible respuesta social) pero la dinámica económica hubiera seguido una trayectoria distinta. Más de un gobierno especuló con esta alternativa, pero pocos la adoptaron. Y los que lo hicieron, como Suecia comprobaron que el impacto sanitario fue mayor del previsto (en un país sin grandes aglomeraciones urbanas, condiciones de vida y sistemas de atención sanitaria y social de los más elevados del mundo) y que su economía de exportación padecía un cierto colapso por el cierre de sus principales clientes.

En los primeros días del confinamiento muchos gobiernos jugaron con la metáfora bélica para concienciar a la población. Las guerras tienen también un importante impacto económico y son producto de decisiones políticas. Pero lo que, en términos económicos, diferencia a la pandemia de una guerra es que habitualmente en esta última los Gobiernos promueven la movilización de todos los recursos productivos para garantizar el suministro bélico y evitar una crisis de subsistencia interna que provoque el hundimiento de la retaguardia. En este caso, por el contrario, se ha optado por una respuesta totalmente diferente, la de parar la actividad para evitar la catástrofe sanitaria. Posiblemente la crisis económica era un coste inevitable dada la situación.

Las características de esta crisis generan un problema de interpretación del que sólo parece salvarse la teoría económica más ortodoxa que considera que los mercados tienden por sí solos a ajustarse hacia el equilibrio pero son continuamente distorsionados por impactos externos que fuerzan un continuo esfuerzo de adaptación. Considerar un impacto externo al covid 19 tiene una cierta plausibilidad y obliga a los enfoques alternativos a desarrollar enfoques analíticos más complejos que los habituales de caída de la tasa de ganancia, crisis de sobreproducción o de subconsumo. Aunque todos estos fenómenos han aparecido una vez desencadenada la crisis es necesario construir un marco interpretativo más amplio del que habitualmente utilizan una buena parte de economistas más o menos alternativos: keynesianos, postkeynesianos, marxistas.

Un enfoque interpretativo

Para situar la crisis actual considero que constituye una aproximación adecuada la de integrar los modelos económicos críticos marxistas y postkeynesianos con los avances promovidos por la ecología política, la economía feminista y el institucionalismo. Especialmente en este caso resulta útil la integración de la ecología en el análisis de las dinámicas económicas.

Para situarlo brevemente, cualquier sistema económico se asienta e interacciona sobre la base material del mundo natural. Aunque gran parte de la evolución humana se ha dedicado a adecuar la naturaleza a las necesidades de los humanos, al menos a partir del neolítico, nunca ha podido obtener un control completo de la misma ni puede ignorar los límites físicos, químicos y biológicos que impone vivir en el planeta tierra. La historia de la humanidad está atravesada por numerosos incidentes “naturales” que han tenido un enorme impacto económico: pestes, sequías, inundaciones. El intenso cambio tecnológico que se inicia al final de la Edad Media y se acelera con la implantación de sociedades capitalistas y la institucionalización y asentamiento de la ciencia pueden haber generado la impresión de que hemos superado esta dependencia de la naturaleza (cuando era estudiante me enseñaron que las crisis del Ancien Regime era provocadas por causas naturales y las modernas por el funcionamiento de la economía capitalista) pero llevamos años que economistas y científicos naturales advierten de la variedad de problemas de naturaleza. De hecho en la literatura ecológica se venían apuntado problemas diversos como posibles causas de crisis globales, fundamentalmente los derivados del pico del petróleo y los del cambio climático (o sea por insuficiencia o por exceso de consumo energético). De hecho la crisis del covid 19 es otra de las posibles formas como el mundo natural interfiere en el funcionamiento cotidiano de las sociedades humanas y, en este sentido, deberíamos considerarla una crisis ecológica.

Sobre esta base material se organiza la actividad económica convencional que adopta formas muy diversas en las que se combinan procesos de cooperación y competencia entre personas, jerarquías y reglas de juego derivadas de estructuras institucionales más o menos formales, normas de inclusión y exclusión que conceden poder desigual a las personas… Las sociedades capitalistas modernas son hasta el momento las formas más complejas de organización social. En las que predomina una elevada división del trabajo, una alta formalización de las relaciones humanas, mecanismos muy complejos y sutiles de creación de desigualdades. Sociedades organizadas en torno a los derechos de los propietarios de los medios de producción y la búsqueda del beneficio individual, aunque para su funcionamiento requieren la existencia de estructuras públicas muy sofisticadas y potentes y el recurso permanente a formas de actividad no mercantiles. Es precisamente el predominio de la actividad privada, la búsqueda individual de beneficios, el origen principal de la enorme fragilidad de la economía capitalista y la recurrencia de sus crisis. Todas las teorías sobre la crisis tienen este origen común, la búsqueda de beneficio comporta la toma de decisiones, en un contexto de incertidumbre, que conducen a sobreinversión, a inversiones fallidas, a caídas de la demanda… Hace muchos años que se reconoce que toda decisión privada tiene, y está condicionada, por efectos que van más allá de los individuos que las toman: externalidades, costes sociales, bienes públicos, reproducción de la fuerza de trabajo fuera del circuito del capital… son cuestiones reconocidas por académicos de diverso signo pero a menudo ignoradas o soslayadas por los líderes empresariales, lo que suele traer como consecuencia una mayor cantidad de problemas imprevistos.

La actual fase de globalización neoliberal ha exacerbado los problemas y las posibilidades críticas por la acumulación de vulnerabilidades. La globalización y las transformaciones de la gran empresa capitalista han exacerbado la especialización territorial, han reforzado desigualdades entre países y grupos sociales y han dado lugar a cadenas productivas de enorme complejidad y, al mismo tiempo, muy expuestas a cualquier circunstancia que interrumpa el flujo producción‐ consumo. De otro la financiarización favorecida por las políticas de desregulación neoliberal se han convertido en una fuente permamente de desestabilización, asociada además a la promoción de un sistema económico dominado por elites rentistas. Por último, por situar las cuestiones esenciales, el debilitamiento de los poderes públicos provocado por cuestiones como el drenaje fiscal (alimentado por sucesivas contrarreformas impositivas y por los paraísos fiscales), por el desarrollo de un capitalismo que parasita lo público a través de redes de subcontratas y alianzas público‐privadas y por una articulación institucional supranacional inadecuada genera la contradicción de un sector público que debe resolver un volumen creciente de demandas y al mismo tiempo con recursos insuficientes y mecanismos de intervención obsoletos.

En suma, las economías capitalistas son al mismo tiempo estructuras muy complejas y muy vulnerables. Capaces de generar períodos de fuerte expansión de la actividad y expuestas a experimentar colapsos. Son también estructuras sociales basadas en una altísima y exacerbada desigualdad tanto en términos de clase, como de género y de etnia y nacionalidad. En su génesis histórica está el colonialismo, el racismo, el sexismo y la expansión imperial y todo ello ha permeado las sociedades capitalistas reales y generado prácticas e instituciones que reproducen la desigualdad. Ello genera, al lado de una patente injusticia, nuevos elementos de conflicto y de bloqueo de la cooperación. Las crisis pueden venir por causas muy diversas pues cualquier fricción tiene un enorme potencial desestabilizador. Difícilmente puede admitirse que se trate de “shocks” externos cuando las fuentes que las provocan y la forma como repercuten tiene mucho que ver con la forma de organización social, con sus contradicciones e insuficiencias.

Hasta ahora las posibilidades de la crisis ecológica no han sido tenidas en cuenta no sólo por los economistas neoclásicos sino también por buena parte de los críticos. Quizás los intentos de K.Marx de subrayar los aspectos sociales, no naturales, de la explotación y las desigualdades han contribuido a ello. Lo ecológico ha llegado al análisis económico desde fuera y su introducción genera múltiples problemas a gran parte de las diversas teorías económicas: empezando por la validez de conceptos centrales en la mayoría de análisis como el de producción y productividad como el papel del crecimiento económico. Hay también un aspecto que afecta especialmente al pensamiento radical: mientras gran parte de los problemas actuales pueden achacarse al capitalismo la cuestión ambiental afecta a cualquier tipo de sociedad. En concreto para cualquier modelo social que trate de aumentar sin cesar el uso de recursos naturales e ignore las limitaciones materiales en las que debe desarrollarse la vida humana. Algo que suele complicar la sencillez de un análisis binario en términos capital‐trabajo o en términos capitalismo‐ sociedad.

Este último comentario tiene relevancia no sólo como una advertencia a tener en cuenta a la hora de evaluar la bondad de propuestas alternativas al capitalismo. Las experiencias impulsadas por las revoluciones soviética y china tuvieron el mismo desconocimiento de las cuestiones ecológicas que las sociedades capitalistas. Pero es también una cuestión a tener en cuenta si en lugar de considerar el capitalismo como un mero predominio de un determinado orden institucional que concede un enorme poder a la propiedad privada capitalista y al mecanismo del mercado, entendemos que el capitalismo actual constituye un orden civilizatorio que va más allá de las meras relaciones sociales de producción. Las sociedades reales son estructuras complejas con muchas capas e interacciones y resultados de procesos históricos que las generan y las modifican. La idea del progreso como la capacidad de mejora constante de condiciones de vida basada en el cambio tecnológico y el dominio de la naturaleza atraviesa un largo proceso civilizatorio en el que el desarrollo científico, la innovación empresarial y el crecimiento del consumo han influido en las percepciones de amplias masas de población. Una idea de progreso que hoy choca con la conciencia de estar alcanzado o haber superado la carga que el planeta puede superar. Pero una conciencia que ni es mayoritaria, ni tiene una influencia radical en los hábitos de la mayoría de la gente ni ha conseguido alcanzar suficiente densidad para generar propuestas elaboradas de transformación. La confianza bastante ciega en que el avance científico todo lo puede está bien arraigada en gran parte de las élites económicas, políticas y científicas. El consumismo como una realidad y una promesa forma parte del horizonte mental en el que vive o aspira a vivir mucha gente. Y esto concede una enorme capacidad hegemónica a los poderes capitalistas y sus aliados y, al mismo tiempo hacen que las crisis de origen ecológico tengan mayores posibilidades de existencia.

El virus escanea a la sociedad neocapitalista

Si bien no está claro que el origen de la crisis sanitaria esté directamente provocado por el funcionamiento normal de la economía capitalista, lo que resulta evidente es que la pandemia ha servido para hacer evidente la fragilidad, irracionalidad e injusticia que subyace en la forma dominante de organización social. La infección puede haber sido un resultado de un mero accidente, una de las muchas transmisiones de virus o bacterias a humanos que han ocurrido a lo largo de la historia. O puede haber tenido una conexión directa con la propia dinámica capitalista como apuntan los analistas que asocian este virus con la introducción masiva de especies salvajes en los mercados chinos de alimentación (o en el floreciente mercado de la medicina tradicional) así como estar favorecido por la destrucción de biodiversidad que reduce nuestras protecciones frente a virus extraños. Pero con independencia del origen lo que ha sucedido después permite realizar una diagnosis bastante completa de nuestro modelo social. Gran parte de lo que sigue se basa en la experiencia española, pero las informaciones que recibimos de otros países indican que en todos lados las cosas han sido bastante parecidas.

  •   La rápida transmisión del virus ha mostrado una de las fragilidades provocadas por la densidad y velocidad de los flujos de todo tipo que genera la globalización. En este caso dos de estos flujos han resultado cruciales para la propagación del mismo: las reuniones de directivos y personal científico de un lado y el turismo por otro. No es casualidad que hayan sido las ciudades que concentran una mayor densidad de interacciones internacionales las que han experimentado niveles más elevados de afectación. La movilidad intensa y barata es un elemento básico de la globalización y el aislamiento, aunque sea temporal, ha sido percibido como una anomalía insoportable. Si en los próximos meses aparecen rebotes importantes de la pandemia en algunos países sería bastante difícil restablecer medidas de confinamiento masivo que se han mostrado útiles. Pero que han sido duramente contestadas por los sectores económicos que más dependen de esta movilidad (el turismo en primer lugar) y, posiblemente, por amplios sectores de la población adiestrados en una particular concepción de la libertad individual
  •   El impacto de la epidemia ha estado directamente relacionado con las desigualdades de renta. En Barcelona, donde tenemos una estadística detallada por pequeñas unidades de población se ha hecho evidente que los niveles de afectación han sido sustancialmente superiores en las zonas de rentas más bajas. Lo que también corroboran las informaciones provenientes de países como Estados Unidos o Brasil. Hay diversas razones que explican esta situación. Toda la literatura sobre desigualdades y salud lleva años mostrando que la renta es un determinante del nivel de salud de la gente. Una referencia habitual entre estos especialistas es la de señalar que “tu salud está más relacionada con tu código postal que con tu código genético”, asociado a que la población en las ciudades se distribuye geográficamente en función de sus ingresos. La esperanza de vida es menor entre las personas con rentas bajas debido tanto a su menor acceso a bienes y servicios como a su propia experiencia laboral en empleos que tienen un impacto negativo en la salud. Durante la pandemia las condiciones del confinamiento han sido mucho más difíciles en los pequeños hogares o en las viviendas compartidas. Y una gran mayoría de las actividades laborales que han permitido funcionar a la sociedad en el confinamiento (empleos que aumentaban las posibilidades de contagio) son actividades típicas de empleos de bajos salarios: auxiliares sanitarios, personal de limpieza, personal de asistencia en residencias y asistencia domiciliaria, comercio de alimentación, repartidores a domicilio… Las informaciones que llegan de otros países inciden en lo mismo, alguno de los peores focos de la epidemia se centra en centros de producción tradicionales de bajos salarios (por ejemplo mataderos) o en problemas de aislamiento habitacional (como el caso de los trabajadores migrantes de Singapur). Renta, empleo y vivienda son caras de una misma realidad de desigualdades que en la fase neoliberal vuelve a alcanzar niveles dramáticos.
  •  El confinamiento ha emergido la realidad de situaciones de informalidad laboral que habitualmente permanecen ocultas y que ahora se han manifestado en forma de una pobreza ignorada. Una informalidad que se asienta fundamentalmente en la confluencia de dos realidades: la de determinados segmentos del mercado laboral y el de las políticas migratorias que producen un volumen desproporcionado de personas sin acceso legal a los mercados laborales regulados. Las políticas de control de flujos migratorios impuestas en los países desarrollados es posible que contengan una parte de la inmigración. Lo que es en todo caso seguro es que generan la creación de una enorme masa de personas que conviven en diferentes grados de inseguridad jurídica, muchos de ellos impedidos de acceder a empleos normales (o sólo en determinadas condiciones como el de los contratos para temporeros agrícolas). Un grupo social dispuesto a aceptar las condiciones del empleo informal, que subsiste en el día a día. Un sector donde esta situación resulta esencial es en del servicio doméstico y la atención a personas mayores, donde la debilidad de derechos de estas personas resulta funcional para crear una oferta de fuerza de trabajo que permite a muchas familias locales obtener sus servicios a bajo precio. Otros se emplean de forma informal en empresas formales (por ejemplo en la construcción) y otros, subsisten en actividades como la busca de bienes en las basuras domésticas. Se trata de una población que habitualmente subsiste pobremente con ingresos que les permiten un malvivir cotidiano. Con el confinamiento estas personas se vieron incapacitadas de obtener sus mínimas necesidades ingresos y aparecieron las colas de personas que hablaban de hambre. Personas que por su posición legal y laboral no entraban en los diferentes planes gubernamentales diseñados para impedir que el confinamiento generalizara la pobreza a extremos insoportables. Hay una paradoja dramática y cómica al mismo tiempo, mientras miles de inmigrantes irregulares experimentaban la pérdida total de ingresos, el importante sector agrario experimentaba una importante falta de personal para la recolección de frutas y hortalizas a causa del cierre de fronteras a los temporeros y de limitaciones a la movilidad. El debate sobre las políticas migratorias se ha reanimado.
  •  La importancia de los cuidados en general y de los realizados en la esfera doméstica y social en particular. El debate no es nuevo pero el colapso en las residencias de ancianos, el desamparo generado por la saturación del sistema sanitario y las necesidades de muchas personas ancianas o enfermas viviendo solas, el cierre de escuelas y el confinamiento de gran parte de la infancia en hogares donde los padres realizaban teletrabajo ha hecho emerger la importancia de los cuidados a lo largo del ciclo vital, la combinación de atención material y emocional y los efectos aún no del todo evaluados sobre la salud física y mental de mucha gente. En unos casos‐ residencias de ancianos y enfermos en hospitales esto se ha traducido en un verdadero drama, generador de muertes injustificadas y de un enorme sufrimiento y desamparo. En otros las demandas de cuidados se han debido cubrir por una combinación de respuestas informales de familiares y vecinos, de redes de solidaridad impulsada por ONGs y movimientos vecinales y, en algunos lugares por una acción activa de la administración local. En todo caso respuestas no mercantiles a problemas básicos para el bienestar.
  •  La crisis sanitaria ha puesto de manifiesto todo el desastre generado por las políticas neoliberales en el funcionamiento del sector público, particularmente el sanitario, pero también el de educación, el de servicios sociales. Las políticas seguidas los últimos años, intensificadas tras la crisis de 2008 y, especialmente, por las políticas de ajuste impuestas a partir de 2010 han tenido tres impactos negativos que se han mostrado letales en la crisis presente. De un lado recortes de gasto público que han afectado a las dotaciones de personal y equipos sanitarios (por ejemplo una de las principales dificultades para realizar test PCR estaba en la carencia de laboratorios), recortes que afectaban a todos los niveles del sistema sanitario. De otra privatizaciones a través de mecanismos diversos: subcontratas, gestión privada de servicios públicos, centros hospitalarios públicos propiedad de grupos privados que controlan todas las actividades menos la sanitaria, empresas privadas salvadas con fondos públicos Una enorme cantidad de sumideros de fondos públicos que han agravado una red asistencial ya afectada por recortes. Y por último la existencia de una pluralidad de gestores y de estructuras de Gobierno del sistema que han agravado las dificultades de coordinación en un momento en el que se requería que todas las unidades sanitarias funcionaran de forma coherente y cohesionada. Las políticas de ajuste y privatizaciones además han tenido el efecto de fomentar que la población con más medios complementara cobertura de salud con sistemas de cobertura privada. Y hay evidencia que estas personas han recibido una atención diferenciada. Lo que vale para el sector sanitario lo es también para el educativo, donde el recurso a la enseñanza telemática ha puesto en evidencia la ausencia de un plan de acción y las desigualdades de las familias en recursos y capacidades. Y es especialmente notable en la atención a los ancianos donde el predominio de la gestión privada ha dado lugar a un desastre absoluto. Los problemas de los servicios públicos son uno de los elementos que más diferencian a unos países de otros, puesto que el grado y la forma como se han desarrollado las políticas neoliberales difiere mucho de uno a otro país. Y lógicamente el impacto es mayor en los países que fueron forzados a realizar duras políticas de ajuste en 2010 (Italia, Grecia, España…), en los países anglosajones donde el neoliberalismo está aún más arraigado y, sin duda en los países en desarrollo donde el sistema público es mucho más débil. Pero nadie ha escapado del todo a este problema, como muestra que el desastre de las residencias de ancianos ha sido un fenómeno bastante generalizado (y este es un sector donde menos está implantado un verdadero sistema de atención pública).

 

  •  Y, a pesar de todo, de años de políticas neoliberales el sector público ha mostrado una más que notable capacidad de respuesta que ha evitado lo peor. El sector privado solo se ha mostrado eficiente allí donde ha podido funcionar con normalidad, por ejemplo, en el circuito de provisión de alimentos y suministros básicos a través de las cadenas comerciales. Pero allí donde había una necesidad de emergencia ha mostrado sus peores aspectos. Un ejemplo claro son los suministros médicos, un terreno donde se ha hecho patente la incapacidad de respuesta, la especulación y el fraude. O en la ya citada gestión de las residencias. O en la misma sanidad privada, mucha de la cual se ha mostrado totalmente inadecuada para afrontar una verdadera crisis de salud, pues está fundamentalmente orientada hacia las dolencias menos complejas y el rentable mundo de la medicina estética. Una de las circunstancias más chocantes de esta crisis es que mientras existía una demanda apremiante de personal sanitario una parte importante de centros privados estaban realizando ajustes de plantilla porque no había demanda para los servicios que ofrecían. Para la provisión de bienes básicos como la educación y la sanidad la provisión pública se ha mostrado una vez más esencial, en términos de eficiencia y de equidad. (por ejemplo, los hospitales privados ofrecían tests de covid a precios hinchados cuando estos se denegaban a muchas personas).
  •  El colapso provocado por el confinamiento ha impactado de forma general en todas las economías. Pero hay que esperar que su impacto a largo plazo pueda ser diferente no sólo por el tipo de política que se adopte sino también por la diferente estructura de especialización de cada país. El papel que juega la especialización productiva en las dinámicas de desarrollo de cada territorio es un tema que se ha debatido desde hace muchos años. En especial el papel que juega la especialización en la producción de materias primas en las dinámicas de subdesarrollo y endeudamiento de muchos países. El sistema capitalista desde sus orígenes ha tendido a generar una fuerte especialización territorial en parte basada en dinámicas “autónomas” (efectos aglomeración, economías de escala etc.) y en parte en políticas claramente diseñadas para favorecer el predominio de unos países y grupos sociales sobre el resto. La economía mundial es, entre otras cosas, una estructura jerarquizada de estados y territorios donde unos elementos es su particular especialización. La globalización neoliberal ha reforzado esta orientación (si bien alterando en parte el orden jerárquico con la emergencia de China como gran potencia) y ha aumentado el grado de especialización de cada país. En la experiencia española esto se ha demostrado dramático en dos campos, uno puntual y otro del largo plazo. El primero es la incapacidad de resolver el problema de los suministros sanitarios básicos por ausencia de un tejido industrial adecuado. Una situación que afectó a muchos otros países y que es expresiva de una debilidad internacional para hacer frente a cambios bruscos de contexto. Las cadenas internacionales de suministros están siempre expuesta a interrupciones y bloqueos (antes que emergiera el problema de los suministros sanitarios una parte de la industria automovilística europea tuvo que parar por falta de componentes procedentes de China). El segundo tiene que ver con la enorme dependencia del país respecto a la actividad turística. Algo que se comparte con bastantes otros países. Una actividad especialmente sensible a los cambios de coyuntura, a las condiciones sanitarias y ambientales y que presumiblemente estará más afectado durante más tiempo que otros por la pandemia. La extrema especialización territorial pregonada por los ideólogos neoliberales debe ser puesta en cuestión a la luz de lo sucedido en esta crisis.
  •  La pandemia se ha generado en uno de los puntos ciegos de los sistemas de control a escala mundial y nacional. Incluso las autoridades sanitarias, las más adaptadas a reconocer la gravedad de este tipo de problemas se mostraron incapaces de detectar la velocidad de transmisión del covid 19. El campo de visión de las autoridades económicas es mucho peor, pues los modelos analíticos en los que se basan están limitados a lo que determinan los modelos neoclásicos ortodoxos. Fueron incapaces de detectar la crisis financiera de 2008 (algo que si vieron algunos economistas críticos) y siguen desconociendo el impacto que pueden generar problemas ecológicos graves o problemas sociales que salen del alcance de su campo de visión. Y lo que llevan tiempo avisando científicos naturales es que la ecología puede dar lugar a graves transtornos con una capacidad de generar un colapso tanto o más importante que el actual. La pandemia actual debería ser un aviso para sobresaltos que pueden ocurrir en un futuro próximo y que pueden generar movimientos desestabilizadores de gran amplitud. Falta por ver si lo ocurrido va a cambiar visiones o va a seguir siendo relegado a la vacía categoría de shock externo

En suma la epidemia ha mostrado las mil inconsistencias del modelo actual, de cómo se aborda la gestión economía, de que cosas son importantes y cuáles no, de la dudosa eficiencia de la empresa privada para resolver cuestiones básicas. En esta sección he tratado de sacar a luz toda una serie de impactos que la pandemia ha hecho aflorar y que exigen un replanteamiento serio de nuestros análisis.

¿Estamos ante un cambio sistémico?

Los períodos de crisis provocan grandes titulares. Lo vivimos en 2008, cuando parecía obvio para algunos que “había que refundar el capitalismo” y lo volvemos a percibir ahora “nada será igual tras el virus”. Hay en este tipo de afirmaciones una constatación de que la crisis es el resultado de una dinámica anterior que hay que cambiar, hay un cierto deseo de obtener protagonismo en una situación de gran incertidumbre y pesar y hay, sin duda, un gran deseo de que la historia se oriente hacia una mejora real para toda la humanidad.

En este momento es difícil prever lo que puede ocurrir en los próximos meses y años, puesto que la respuesta depende de cómo evolucione la percepción de la situación, de las respuestas que se den por parte de políticos, agentes sociales y académicos. Para entender en que marcos nos podemos mover vale la pena analizar brevemente que ocurrió en la crisis anterior y tratar de ver qué cosas pueden ser ahora diferentes y qué dinámicas de cambio se perciben distintas.

Cuando estalló la crisis anterior fue obvio que el detonante era el sistema financiero. Un sistema financiero que se ha convertido, tras sucesivas desregulaciones en un enorme mecanismo de succión de rentas parasitarias y en una fuente constante de inestabilidad. La evidencia era tan obvia que los grandes líderes mundiales recurrieron a las grandes palabras. En 2008, además, había el convencimiento que la crisis financiera sería una nueva versión, más profunda, de las experimentadas en años anteriores (la tequila, la rusa, la del sudeste asiático, la de las punto.com) y para facilitar el tránsito hacia una nueva fase de crecimiento se adoptaron algunas medidas expansivas de corte keynesiano. Con todo el grueso de la intervención se orientó a salvar al sistema financiero con el argumento que si este quebraba el desastre económico sería de un nivel inmanejable. Y se postergaron las grandes reformas que nunca más se han planteado (a excepción de pequeños retoques). Después ocurrió lo previsible: la caída de ingresos públicos provocada por las crisis y el aumento del gasto generado por las políticas expansivas y las masivas ayudas al sector público dieron lugar a un aumento del déficit y el endeudamiento que ayudaron a desplazar el foco desde el sistema financiero al Estado. Fue en 2010 cuando se plantearon, especialmente en la Unión Europea, las políticas de ajuste diseñadas para hacer frente a este aumento de la deuda. Y en ellas se impusieron las versiones más duras del programa neoliberal, especialmente en materia de gasto público y relaciones laborales. De la reforma del capitalismo pasamos en poco tiempo a una profundización del plan conservador con efectos contundentes en términos de desigualdades y debilitamiento de servicios públicos.

La situación económica en la que impacta la pandemia es en parte herencia de la forma como se saldó la crisis anterior. Hay bastantes países con un nivel de deuda pública igual o superior a la de hace 10 años, sectores públicos más debilitados y un nivel de desempleo y precariedad laboral notable. El parón de la actividad decidido para evitar una tragedia de proporciones insospechadas no hace sino agravar la situación. Al menos a corto plazo en todos los países se ha entendido que a corto plazo era inevitable optar por medidas de gasto público diseñadas a paliar el impacto social del confinamiento. Con un nivel de intervención de mucho mayor volumen que en la crisis anterior. Pero esto es la primera oleada. Y, como en la crisis anterior va a generar un nuevo incremento en el déficit y la deuda pública y la cuestión a dilucidar va a ser como resolverla. Es cierto que las políticas de ajuste no son la única alternativa. Que conocemos el resultado de las mismas tanto en términos de bienestar y desigualdad, como en términos macroeconómicos: los países a los que se forzó a duros ajustes tienen actualmente niveles de endeudamiento sustancialmente superiores al período pre‐ crisis. Y ambas experiencias indican lo indeseable de esta opción. La alternativa pasa por alguna variante de cambio distributivo: aumento sustancial de impuestos a las rentas más altas, condonación de parte de la deuda, donaciones de fondos… Algo que para ser posible requiere un cambio de rumbo sustancial respecto a la persistente política neoliberal.

La experiencia pasada puede ayudar a impedir su repetición. La misma experiencia de la pandemia ha mostrado la importancia de los servicios públicos, los impactos sociales de la desigualdad y la pobreza (es posible que está situación haya constituido un elemento catalizador de las protestas antirracistas en Estados Unidos y su extensión a otros países) e incluso ha calado en sectores la relación de la pandemia con la crisis ambiental. Pero al mismo tiempo que estos factores alientan a la aplicación de reformas en profundidad y políticas distributivas fuertes hay otros que pueden estar jugando en sentido contrario.

A diferencia de la crisis de 2008, donde existía una responsabilidad directa de parte del mundo empresarial la crisis actual se presenta como una crisis sanitaria donde todo el mundo es perjudicado y merece apoyo. El argumento que se utilizó para justificar el plan de salvamento del sistema financiero, que se trataba de empresas “demasiado grandes para quebrar”, se está ya argumentando para salvar a otros sectores. Como el del turismo, sin duda el que puede experimentar un impacto más brutal, pero que es al mismo tiempo uno de los más peligrosos para el rebrote de la pandemia. O en dos actividades claramente cuestionadas por su negativo impacto ambiental: el transporte aeronáutico y la industria automovilística. El argumento de la creación de empleo y la necesidad del crecimiento constituyen siempre el mecanismo más eficaz con que cuentan los empresarios para legitimar su poder. Y en un momento de crisis, con millones de gente en paro y de falta de ingresos está carta se va a jugar con dureza.

El conflicto de clases en cada país se va a jugar una vez a escala internacional. Las sociedades capitalistas no sólo están estructuradas en base a clases y grupos sociales. Tienen además un componente territorial. La consolidación del capitalismo fue paralela a la creación de estados nación. Una consolidación que cuajó en un orden internacional de poderes nacionales desiguales, de imperios y de competencia y rivalidad entre estados. Aunque el modelo colonial expiró esta jerarquía y competencia nacional persiste. La globalización ha tendido a diferenciar el interior de muchos espacios nacionales concentrando la acumulación de capital en nodos metropolitanos. Pero los estados nación no han desaparecido. Entre otras cosas porque son los espacios donde se sigue regulando el conflicto social, donde se han conseguido delimitar normas que hasta cierto punto garantizan derechos básicos (a costa de reforzar las diferencias entre los de dentro y los de fuera) y donde los capitalistas consiguen anclar sus propios derechos. En una estructura de estados con diferente poder, directamente o a través de su influencia sobre organismos internacionales, con diferente tipo de especialización productiva y estructuras internacionales, es obvio que parte de las respuestas a la crisis dependen de factores exteriores al propio país, de su posición e influencia.

Esta cuestión se hace patente en el caso de la Unión Europea y del área euro. Un espacio conformado por naciones con grados diversos de desarrollo y poder económico. Y con un sistema de normas diseñadas en parte según los intereses o las percepciones de las naciones hegemónicas. Sin verdaderos mecanismos de cooperación ni aún menos de apoyo mutuo generoso. En la crisis del 2008 los países hegemónicos impusieron duros planes de ajustes y reformas antisociales a los más desfavorecidos. Aunque al final el propio salvamento del sistema obligó al Banco Central Europeo a aplicar una política monetaria heterodoxa que garantizó liquidez y permitió sobrevivir con deudas elevadas. Ahora se crea un segundo envite. Alguno de los países que salieron peor parados de la crisis anterior han sido (España e Italia) de los más afectados por la epidemia (la sanitaria y también la económica por el peso que el turismo tiene en su economía). Parece que la Unión Europea ha aprendido algo del drama anterior y anuncia un plan de salvamento que incluye transferencias y créditos baratos, pero habrá que ver cuánto de retórica tiene esta propuesta y cuanto de real. En especial cuales van a ser las contrapartidas que se exigen a cambio de la ayuda. El núcleo duro más neoliberal presiona para imponer un nuevo plan de salvamento, y las élites de los países afectados está interesada en apoyarles para evitar que la salida de la crisis signifique un cambio en unas políticas económicas y fiscales que ahora le son muy favorables. Si esto ocurre entre países aliados, relativamente desarrollados, podemos intuir los problemas que van a afrontarse en países en desarrollos con una larga tradición de planes de ajuste impuestos por organismos internacionales.

En este contexto de resistencias al cambio, las posibilidades que la respuesta a la crisis actual sea diferentes de la anterior depende de la formación de una amplia coalición social que promueva una dinámica diferente. Una de los componentes esenciales es una respuesta en clave de organización y movimientos sociales. La pandemia también en este sentido ha generado respuestas contradictorias. De una parte mucha gente ha percibido, sobre todo en el momento más álgido del confinamiento, la importancia de contar con buenos servicios públicos, el papel básico que juega la cooperación humana, incluso la importancia social de actividades habitualmente devaluadas. Incluso han palpado la relación que existe entre la actividad económica y la contaminación. Un conjunto de percepciones favorables al desarrollo de políticas socialmente avanzadas, a una reestructuración social también en clave ecológica. Pero, al lado de estos valores también hay que destacar respuestas en otro sentido. El aislamiento que se reclama para evitar el contagio puede convertirse en un elemento de erosión de la confianza social y un cierre en las relaciones sociales. El uso masivo de tecnologías de la información además de abrir posibilidades de control social, pueden reforzar el individualismo imperante en las sociedades más desarrolladas.

El teletrabajo que ha eclosionado en esta crisis tiene más aspectos amenazantes que liberadores. Uno de los ejes de la historia del capitalismo ha sido siempre la del control del comportamiento de la fuerza de trabajo. Todas las grandes innovaciones organizativas (el putting‐out system, la manufactura, la fábrica, el taylorismo, el fordismo…) tenían esta cuestión como elemento central. Las tecnologías de la comunicación llevan años ofreciendo posibilidades de control de actividades espacialmente separadas. Una vuelta al putting out system en el que la relación individualizada y la dispersión espacial jugaban un papel crucial, pero ganando en posibilidades de control remoto. La expansión del teletrabajo abre la posibilidad de una nueva desregulación de condiciones de trabajo en nuevos sectores sociales, de una nueva promoción de la división sexual del trabajo y de impulso del modelo territorial carácterístico del modelo norteamericano. De aumentar la diferenciación entre un sector de trabajadores presenciales y no presenciales. Un modelo que además tiene una enorme carga ecológica y aumenta los costes de gestión del sector público.

En suma es posible que al mismo tiempo la epidemia haya generado respuestas sociales en sentidos contradictorios, de más demanda de bienes colectivos en un lado, de más individualidad y distanciamiento en otro. Y el reflejo sea una mayor dificultad para articular políticas amplias que permitan generar un movimiento social, intelectual y político que aborde los problemas que venimos arrastrando y que la epidemia no ha hecho más que agudizar.

La gestión de la propia crisis sanitaria añade un punto de complicación. En ningún país está ha sido plenamente eficiente. Se tardó mucho tiempo en reconocer el problema y no han faltado los episodios de caos e información confusa. El confinamiento ha tenido costes personales muy elevados en muchos casos y ha dejado a cada aislado ante las redes. Hace años que se sabe que el acceso a fuentes y medios de información es muy segmentado. Lo que provoca que la percepción de los fenómenos este influida por los canales y redes a los que cada persona se identifica. Y en la pandemia hemos experimentado un verdadero auge informativo, de rumores y falsas noticias que posiblemente pueden reforzar la dispersión social y la influencia de corrientes de extrema derecha, irracionales en muchos países.

Comentario

A lo largo de esta reflexión sobre la crisis del covid he tratado de situar tres cuestiones. En primer lugar proponer un esquema analítico para situar esta crisis sanitaria en el contexto de las economías capitalistas. En segundo lugar mostrar como la crisis sanitaria ha mostrado y exacerbado muchos de los problemas básicos de las economías actuales, ha realizado un chequeo bastante completo de nuestras debilidades. Y en tercer lugar he tratado de situar respuestas posibles a la crisis que simplemente está en su fase inicial. Y que puede complicarse si la epidemia reaparece en nuevas oleadas masivas.

Es obvio que lo racional sería esperar que la crisis sirviera para reorientar la economía y la sociedad en un sentido más igualitario, cooperativo y ecológico. Mucha gente ha afirmado que estamos en la fase final del capitalismo. Mis comentarios son, cuando menos escépticos, con esta perspectiva a pesar de compartir que realmente necesitamos cambios profundos en muchas direcciones. Mis dudas provienen tanto del comportamiento de las élites que no muestran ninguna predisposición a aceptar cosas tan esenciales como aumentos de impuestos y reordenación de derechos laborales, que siguen ignorando, más allá de la retórica, la cuestión esencial de la crisis ambiental y que no han dudado a presionar en todo momento a los gobiernos a que reduzcan las medidas sanitarias en aras a impulsar la actividad económica (o sea el negocio privado). Y tampoco veo que exista una visión unitaria y un mínimo de articulación de un movimiento amplio de las clases trabajadoras capaz de forzar estos cambios necesarios.

Hay aún muchas incertidumbres sobre cómo evolucionará esta crisis sanitaria, económica y social. Hay mucha necesidad de que la salida sea diferente a la crisis anterior que significó una vuelta de tuerca neoliberal. Para que ello ocurra hay que plantear respuestas en muchos planos y en muchos espacios. Los dilemas se plantean a escala internacional, nacional y local. Hay muchas cuestiones en juego y muchos intereses contradictorios. La única posibilidad de que no acabemos en un nuevo desastre colectivo es conseguir generar una masa social crítica que impulse cambios. Y ello exige acciones y esfuerzos específicos en muchos ámbitos: académico, social, político, de movimientos sociales, sindicales, feministas, antirracistas… Como casi siempre sabemos los problemas pero no las soluciones. Para encontrarlas se requiere trabajo y cooperación entre mucha gente.

Acerca del laboratorio urbano. Una reseña a De la fábrica a la metrópolis, de Toni Negri

Por Gustavo Diéguez

De la fábrica a la metrópolis reúne una serie de escritos realizados por Antonio Negri entre 1996 y 2015, que se aprecian como despliegues de aquello que desarrollaron con Michael Hardt en Multitud, y que conversaron con Cesare Casarino en Elogio de lo común, pero en este caso estableciendo en el centro de la escena a la metrópolis contemporánea, como “fenómeno irreversible” y “espacio de realización de la potencia común de la multitud”.

La reflexión sobre la explotación de lo común a partir de su expropiación es, desde aquellos escritos y en particular en este trabajo compilatorio, la clave y la razón por la cual el fenómeno urbano asume una posición central en las preocupaciones sobre las formas de vida y la dimensión contemporánea de la democracia, en vistas de que la fase actual de la producción capitalista tiene basado su propio fundamento en lo común en tanto “locus de la plusvalía”.

La centralidad de la metrópolis en el análisis es un dato relevante porque le permite territorializar el concepto de multitud y discutir desde allí acerca de las connotaciones sobre el derecho a la ciudad, que estuvieran tan vigentes en la consideración teórica, pero tan postergadas en las agendas de las políticas urbanas de la última parte del siglo pasado y en lo que va de este siglo.

Al tomar a la metrópolis como el lugar de la expropiación capitalista de la cooperación, que incluye todas las operaciones de empobrecimiento, de exclusión, de destrucción del estado de bienestar y de explotación generalizada del saber, Negri intenta localizar el análisis en la potencia del común; en un esfuerzo por “superar el juego entre ‘privado’ y ‘público’ que desde siempre ha constituido el concepto de ciudad y que a veces representa su figura político administrativa”.

Esa apuesta por una “investigación militante metropolitana” implica afrontar una serie de problemas implícitos en la expropiación de la cooperación común, para hacer posible el “ataque a la renta urbana como base para la determinación de un ingreso ciudadano metropolitano”. La invitación a pensar el gobierno de la metrópolis supone un ejercicio acerca del orden institucional que implica una nueva fisonomía en lo concerniente a la gestión democrática, a partir de la construcción de “un lenguaje y una máquina constitucional adecuados” y una articulación eficaz entre autonomía metropolitana y gobierno del país.

La invocación al ensayo de una serie de acciones transformadoras asumidas como objetivos impostergables, como el ataque a la renta urbana, la constitución de un fondo metropolitano para el ingreso ciudadano, una política de inversión en servicios de la metrópolis, la construcción de instrumentos de gobernanza democrática para el autogobierno metropolitano, parecen resumirlo como un texto programático, pero sin embargo, en su estructura tripartita, el libro congrega tres dinámicas que lo sitúan dentro de una condición temporal más compleja y analítica: el éxodo –de la fábrica a la metrópolis–, la invención –del común–, y el retorno –de la metrópolis a la fábrica–. Esa estructura enmarca sus hipótesis hacia la necesaria construcción de una nueva figura de explotación, inspirada en principio en los estudios de David Harvey, basada en la extracción del plusvalor de las ciudades. Una nueva figura que se imponga sobre la situación vigente en la que la renta ha sustituido a la ganancia, y el precio de los alquileres y servicios metropolitanos se convirtieron en sus instrumentos.

Llegado a este lugar queda en evidencia que estamos ante un libro crítico al urbanismo tradicional, el hipermoderno y el posmoderno, escrito desde la convicción de que las ciencias de la ciudad se han inclinado sostenidamente hacia el biopoder: “El mando sobre la ciudad se estructura como mando sobre la vida: el tiempo y el espacio se ordenan, pero para la producción y el consumo”.

En su repaso crítico por la teoría urbana reciente, hace recaer el desafío transformador en la actividad del “reformismo urbanístico”, que a lo largo del tiempo ha venido reproduciendo materialmente la estratificación de la secuencia renta-ganancia-salario, asumiendo al ciudadano como alguien irremediablemente sumergido en el mundo de las mercancías. Por detrás de esta crítica no deja de haber una insospechada esperanza corporativa en la arquitectura y su incidencia en la ciudad, un llamado a los arquitectos a arriesgarse “a la posibilidad de abrir la metrópolis a los flujos productivos, a las posibilidades de encuentro y de construcción de luchas”. Dicha salida implica interpretar la relación productiva entre metrópolis y multitud, a través de “la liberación de nuevas formas de vida y la investigación de estructuras de comunidad tendientes al éxodo”; formas de vida traducidas desde acciones concretas de cooperación que se inscriban como instancias de producción biopolítica. Aquí es donde reside la expectativa de Negri para liberarse de la degradación, la expulsión y la marginalidad, de manera de “recuperar la metrópolis para la transformación de la vida y el ejercicio de la democracia”.

Se vuelve necesario abordar la invención del común. Lograr el cometido de la construcción del común supone afrontar en inicio el problema de la participación pública, considerando que su déficit actual forma parte de asuntos vinculados con la exclusión en todas sus formas. Negri se focaliza en la pregunta sobre la actualidad de la participación desde el señalamiento de la necesidad de la cooperación como salida y la actuación sobre las nociones de la democracia moderna hacia una democracia radical. “Es en la cooperación social que se generan las condiciones de producción, las dinámicas de valorización, los lazos materiales y la interacción que coordina y orienta la acción humana que tiene en mira a la producción de bienes y la reproducción de sus condiciones”. Allí aparece el concepto del “laboratorio urbano” como dispositivo de actuación y convergencia de iniciativas de orden local, dentro de una perspectiva de interacción donde los sujetos son colectivos y los emprendedores políticos, indispensables actores públicos en la instrumentación de la cooperación social.

Toda esta nueva práctica social que implica el laboratorio urbano será la que deba enfrentarse a los problemas más diversos como la planificación ecológica, las perspectivas del hábitat, la descentralización industrial, la socialización informática, la construcción de redes productivas, la reorganización de los servicios que contienen las nuevas formas de marginación, la definición de un nuevo código de trabajo, la emergencia de nuevas formas de vida. Pero como emprendimiento político, como tejido vivo, esta búsqueda de una síntesis democrática se enfrenta a la renta: la renta de la tierra y la renta financiera. “La financiarización es la forma actual del mundo capitalista”, la explotación del común a través de la financiarización de la vida. La democracia está presentada aquí como la posibilidad antagónica para hacerle frente, a condición de que se vuelva absoluta, “…cuando en ella opere el reconocimiento de que cada uno es necesario para el otro, como iguales en el común… Hoy la democracia no puede ser pensada sino en términos radicalmente diferentes: como gestión común del común. Todo siendo producido por todos, pertenece a todos… Si la democracia moderna fue la invención de la libertad, la democracia radical, hoy, quiere ser invención del común”.

De la fábrica a la metrópolis aparece en tiempos de pandemia en los que tomó una específica prioridad la política del acceso al suelo como fase primordial del cumplimiento del derecho a la salud en el marco de la producción de un hábitat para el común. La tierra es el lugar visible de una disputa más amplia, desde la evidencia de la inequidad territorial para el desarrollo de las actividades básicas de la convivencia y la cohabitación.

Lo que el concepto de metrópolis subraya en este enfoque actualizado por Negri es que el derecho al suelo y a la ciudad, supone el acceso a un derecho metropolitano del común, una oportuna cuña en el debate disociado entre lo público y lo privado. Aquí, y en continuidad a Rousseau, se comprueba que la propiedad es una apropiación del común por parte de uno solo, una expropiación de todos los demás. “Hoy, la propiedad privada consiste esencialmente en negarle a los hombres su derecho común sobre aquello que únicamente su cooperación es capaz de producir.” Del otro extremo, la dimensión de lo público es aquello que pertenece a todos pero a ninguno, es decir, lo que pertenece al Estado. El común no nos pertenece, nuestro suelo tampoco, “la manipulación del Estado sobre el común no se llama apropiación, sino gestión –económica–, delegación y representación –política–.”

La posibilidad de reapropiarse del común se inicia estableciendo en primer término una crítica drástica a este paradigma moderno, que implique en ello una salida a la cuestión de la identidad y la naturaleza que inscriben al problema desde la condición del “ser” o el “tener”.

“Nosotros no somos nada y nosotros no queremos ser nada. ‘Nosotros’: no es una posición o una “cosa”, en esencia, que pueda fácilmente declararse como pública. Nuestro común no es nuestro fundamento, es nuestra producción, nuestra invención continuamente reiniciada. “Nosotros” es el nombre de un horizonte, el nombre de un devenir. El común está siempre por delante, es una progresión. Nosotros somos este común: hacer, producir, participar, moverse, dividir, circular, enriquecer, inventar, reanudar.”

Desde esta resistencia al “saqueo capitalista de la vida”, surge entonces una pregunta sencilla derivada de su análisis: ¿por qué la democracia moderna genera desigualdad? La construcción de una democracia radical como la que aspira Negri, entraña la producción de una forma de subjetividad que está constituida por un contradeseo que, en palabras de Casarino, es el “deseo de ser en común”. La dificultad que supone afrontar aquello es una de las grandes puertas que deja abiertas para continuar pensando en términos de las posibilidades de reproducción de una cooperación, que debiera encaminarse necesariamente hacia una imaginación urbana basada en tecnologías del habitar, que hagan frente y superen la naturaleza extractiva que tienen como fondo la actividad productiva y que definen a la superposición entre producción y ecología como el problema central de la espacialidad urbana.

Fuente: Editorial CACTUS