Por Judit Butler
Publicado en:New Left Review N° 2 Mayo-Junio, 2000. 109-121

Por Judit Butler
Publicado en:New Left Review N° 2 Mayo-Junio, 2000. 109-121

Por Jeudiel Martínez
La imagen de Juan Guaidó y su mentor político Leopoldo López rodeado de militares alzados pasó de lo épico a lo ridículo en pocas horas. Primero los dos civiles, rodeados por hombres de armas, aparecían encabezando una insurrección: la “Operación Libertad” en la Base Aérea de La Carlota. Pero a las horas, todo se mueve a un plano panorámico que revela la verdad: no están dentro de la base sino parados al frente de ella y rodeados por unos pocos hombres. Podía ser un chiste de Los Simpson.
Y no pasa nada más. Ni es un épico standoff con las fuerzas chavistas pues salen pronto de allí y ningún general, ningún batallón, ningún comandante se pronuncian, aparecen solo unos pocos fieles que salen a desafiar la represión y a ser atropellados por las tanquetas como si su único papel fuese que Pepe Mujica mostrase sus verdaderos colores y el del golpe que López cambiara el lugar de su detención.
Pero esta ridícula ejecución, la última en una larga serie de fracasos antichavistas, no debe engañarnos: se trataba de conspiración muy vasta que abarcaba el más alto gobierno. Eso y solo eso la hace importante. Es probable que, a partir de esa fecha, el antichavismo deje de ser un factor relevante en la política venezolana y que esta intentona no haya sido más que la primera manifestación visible de un acercamiento entre los militares venezolanos y sectores de la oligarquía chavista con el gobierno de Trump.
El jefe de la Policía Política, Manuel Ricardo Cristopher Figuera, era parte de la conjura. Cristopher fue uno de los alzados del 4 de Febrero y tuvo una carrera relativamente discreta y la confianza de Chávez y Maduro. Además de su estratégico cargo Cristopher Figuera, fue subdirector de la Dirección de Inteligencia Militar director general del Centro de Seguridad y Protección de la Patria (Cesspa), subdirector del Centro de Estudio Situacional de la Nación y edecán de Hugo Chávez durante 12 años[1]. Ya ubicado en la Inteligencia Militar algunos aseguran que fue el responsable no solo de torturas sino de extorsiones. Sus relaciones con la inteligencia cubana al parecer eran excelentes. Cuando estalló la crisis por el asesinato de Fernando Albán Cristopher fue el hombre que escogió Maduro para reemplazar a Gustavo Gómez López de quien se asegura es un operador de la otra cabeza del Chavismo: el jefe de la Asamblea Constituyente Diosdado Cabello.
Cristopher Figuera publicó una ambigua carta antes de huir del país: Mi Comandante en Jefe, cuando le entregué el escrito … lo hice porque descubrí que muchas personas de su confianza, estaban negociando a sus espaldas, al menos eso creo; pero no negociaban por el bien mayor del país. Lo hacían por sus propios y mezquinos intereses.
Poco después le serian retiradas las sancione por el gobierno de EEUU. La ruptura se está dando al más alto nivel.
Investigaciones de medios locales y el País de España dicen que sus fuentes, de oposición, culpan a Leopoldo López y a Guaidó de haber adelantado la operación: habría existido un decreto de transición, un plan de 15 puntos y un amplio acuerdo, que habría incluido al presidente del Tribunal Supremo Maikel Moreno. Distintas fuentes aseguran que Padrino López, el ministro de la defensa y principal sostén de militar de Maduro era parte de la conjura; desde el gobierno de los EEUU lo aseguran así, pero puede haber estado contra informando o espiando para Maduro.
Otras fuentes más afines a Guaidó y López dicen que el golpe fracasó por el exceso de demandas y ambiciones de Moreno o por informaciones falsas que les habrían hecho adelantar las acciones. Presuntos militares alzados han declarado que la operación fue adelantada debido a una ruptura en las negociaciones y la inminencia del arresto de Christopher Figuera.
Pero las fisuras en la cúpula chavista no serán reparadas tan fácil –no pueden serlo- y este golpe no es en lo absoluto un cuartelazo: no es tanto un conflicto entre EEUU, oposición y chavismo sino un encuentro entre ellos. Por eso la carta de Figuera contrapone su actitud a la de los que negocian de manera egoísta a espaldas del Presidente insinuando claramente que él negociaba abiertamente y sin intereses personales.
Esto puede ser una justificación de sus acciones y una distorsión de la verdad pero también algo más: El primero de muchos signos de que en Venezuela la conjura es la forma que la negociación política está tomando: su expresión.
Opciones sobre la mesa.
La campaña presidencial de Donald Trump inició en la Universidad de Florida ofreciendo una cruzada hemisférica contra el socialismo que lo borraría del hemisferio occidental. La cruzada no solo al derrocaría a los gobiernos de Nicaragua, Venezuela y Cuba sino contendría al socialismo within de Sanders y Ocasio-Cortez. “La prensa toma a Trump literalmente, pero no seriamente. Los votantes lo toman seriamente, pero no literalmente” pocos han entendido la lapidaria frase de Salena Zito[2] que, entre otras cosas, alude a las grandes frases y las promesas irrealizables de Trump.
En otro contexto el magnate ya había explicado para qué sirve la exageración y las metas desmesuradas tan comunes en la empresa americana: “Me gusta pensar en grande. Siempre me ha gustado. Para mí es muy simple: si igual vas a pensar, puedes pensar en grande”[3]. Pensando en lo grande, lo inverosímil, estaba cortejando al voto de latinos conservadores de Florida cuyo apoyo necesita él en unas elecciones en las que tendrá en contra, como en las pasadas, a las minorías y la población urbana además de un significativo rechazo.
Ya se ha señalado como trata de mantener su apoyo[4] entre los segmentos de minorías que le dieron su voto y de hecho ha demostrado la capacidad de crecer entre el electorado latino más conservador y menos preocupado por racismo e inmigración[5], por ejemplo evangélicos y veteranos de guerra. Entre estos destacan los de Florida estado cuyos 29 votos en el Colegio Electoral son para Trump más importantes que todo el petróleo del Orinoco. La causa anti-castrista es clave para movilizar a esos latinos conservadores y, vinculada como él lo hizo con combatir a socialistas como Sanders y Ocasio podría unir y galvanizar a buena parte de su base.
No sabemos si esa estrategia le funcionará en EEUU pero en Venezuela ya resultó: se formó en pocos días una secta de gente Alt Right que hacia memes de Trump vestido como un prócer de la independencia, se tomaba como cierto todo lo que decía y estaba convencida que tras una invasión casi incruenta los EEUU harían bien en Venezuela el trabajo que no hicieron en Irak: una ingeniería civilizatoria que la haría renacer y volver al redil del mundo occidental.
Los que creen esto también creen otras cosas: que hay un plan siniestro para quemar iglesias en Europa, que las campañas publicitarias de Gillette erosionan la masculinidad y que la emigración musulmana destruirá a “Occidente”. Sabiendo que tipo de iluso cree en esas cosas no es sorprendente que esa evasión de la realidad sea comparable a los más locos delirios del chavismo, incluido el de que Hugo Chávez tenía un conflicto real con los EEUU a pesar de que las compras de petróleo de ese país, básicamente, financiaron la “revolución bolivariana” así como los subsidios a Cuba y el clientelismo planetario que hizo de casi toda la izquierda mundial una extensión del chavismo.
La invasión salvadora es sin embargo una ilusión persistente reactivada periódicamente con la repetición casi ritual del refrán todas las opciones está sobre la mesa que sedujo también a muchos venezolanos comunes, más pragmáticos, que soñaban con que EEUU extrajera al chavismo como se extrae un tumor o una garrapata y que ahora dicen que Guaidó y López “le jodieron la vaina al negro” dixit: arruinaron los planes de Cristopher Figuera.
En la geopolítica los ilusos son un poco como la gente que cree que la lucha libre mexicana es un deporte y no un show. Y lo que realmente ha ocurrido es que al Show anti-imperialista de Chávez, un gran showman, le ha sucedido un Show intervencionista de Trump que no le cede nada al caudillo de Barinas en dominio de las cámaras. No en balde los dos son maestros de la Telerealidad: Chávez gobernaba desde ella y Trump la usó para catapultarse al poder.
Pero la invasión de EEUU siempre fue eso, una ilusión: El Presidente Trump prefiere las guerras comerciales a las guerras de verdad han dicho conservadores decepcionados[6] de que Trump no vaya a intentar una intervención “benévola” como la de Bush en Panamá o Clinton en los Balcanes[7]. Las fuentes del New Yorker son todavía más explicitas: “El problema para Bolton es, que Trump no quiere la guerra. El no inicia operaciones militares. Para tener el trabajo Bolton tuvo que cortarse las bolas y ponerlas en él escritorio de Trump«[8].
Pero esto significa realmente muy poco para todos lo que compartían imágenes de Trump vestido como un prócer o le mandaban mensajes por Twitter diciéndole que sería magnífico si paras las elecciones de 2020 ya hubiera sacado del poder al Chavismo y el Partido Comunista de Cuba.
Pero decirle a estos Alt Right que se toman a la vez en serio y literalmente lo que dice Trump la verdad de sus intenciones es tan inútil como decirle a la izquierda que aplica la reductio ad petroleum a todo lo que tiene que ver con Venezuela que las acciones de los EEUU son para otra cosa que apropiarse de hidrocarburos que, para Trump, están en el tercer o cuarto lugar de importancia en el mejor de los casos y no se comparan con esos 29 preciosos votos del colegio electoral de florida.
Es como si en Venezuela todos hubieran olvidado que Trump es autor de un libro llamado: The art of the Deal: no es que él esté en contra de negociar en general o de negociar con Irán en particular, Trump es un negociador, es que no le gusta ni Obama ni el acuerdo que este hizo. No es que crea que debe aplastar a Corea del Norte con Fuego y Furia iniciando una guerra devastadora a kilómetros de Seúl y Tokio es que creyó que podía sacarle un buen acuerdo a Kim si le presionaba hasta el extremo. Lo que ha llevado Trump al comando de esa inmensa maquinaria aeronaval que es EEUU es la lógica del capital financiero y de los bienes raíces.
El interés de Trump en Venezuela es electoral y geoestratégico y su objetivo explícito, repetido una y otra vez, derrocar a Maduro en acuerdo con los militares venezolanos. Para ponerlo en términos de Mario Puzzo Trump les está haciendo una oferta que no pueden rechazar y para eso está usando la “máxima presión”. Lo que pide es sacar a Maduro y la cúpula chavista del poder, lo que ofrece, además de retirar las sanciones, no lo sabemos (aunque Padrino ha dicho que ha habido sobornos) más no parece que haya sido suficiente.
Pero durante meses el campo de los ilusos tuvo como verdades absolutas las amenazas de Trump –quien tenía tan pocas ganas de invadir Venezuela como las tiene de bombardear Corea- y tomando las declaraciones de Bolton, Pompeo y Rubio como si representasen las intenciones de la administración de Trump, que sería una especie de monolito sagrado y no una alianza entre un independiente y el partido Republicano en la que la última palabra la tiene el Presidente.
Parece que la política de Trump es la resultante de una relación inestable del presidente con las facciones de un partido en el que es una especie de huésped, es decir, entre Trump, que quiere replegarse y no gastar en más guerras[9] y sus asesores y aliados, belicistas delirantes como Bolton que creen que EEUU debe intervenir en Irán, Cuba, Corea del Norte y Venezuela a la vez. Pero el trumpismo puro, como lo explica Ferguson, es “continuar la guerra por otros medios”, Hacer de las finanzas y el comercio armas o herramientas de coacción, hacer de los ecosistemas financieros y comerciales campos de lucha. Es así es como logra un presidente aislacionista evitar ceder al ascenso de China, preservar áreas de influencia y proteger ciertos intereses: «La lógica del Trumpismo es simplemente intimidar a los otros imperios, explotando el hecho de que son más débiles que los Estados Unidos, para extraer concesiones y reclamar victorias«[10].
Las consignas inverosímiles de Trump son irrealizables pero ellas son como los delirios de la ciencia ficción: orientan la realidad, se proyectan en ella y por tanto son lo contrario de las ilusiones de la izquierda o el Alt Right que la evaden: construir el muro, hacer llover Fuego y Furia sobre Corea, sacar al partido comunista de Cuba del poder y destruir la República Islámica son tan imposibles ahora como lo era poner al hombre en la luna pero esa sola imagen-fabula cambió al mundo. Y Trump, a su manera, es el Disney de un imperio en decadencia: sus ficciones políticas como “Build the Wall” mueven cosas aunque sean canticos xenófobos.
Sabemos que Trump no logrará exactamente lo que quiere pero que tampoco fallará por completo, el resultado estará en algún lugar intermedio y, ciertamente, no en un punto de equilibrio. La amenaza tiene que ser desproporcionada porque Trump no puede limitarse a sí mismo desde el inicio y el adversario nunca puede saber que tan lejos realmente quiere llegar el magnate anaranjado. Eso es todo lo que significa la frase “todas las opciones están sobre la mesa”.
Así, se coaccionó a China para mejorar los términos de la relación comercial con EEUU, se quiere hacer lo mismo con México y Centroamérica para que hagan algo para detener la emigración y a Europa para que aporte más a la OTAN, a Corea del Norte contenerla y encauzarla y a Irán mutilarlo para sacarle otro acuerdo más severo o tal vez convertirlo, literalmente, en un estado paria, cada vez más débil, y a merced de Israel y Arabia Saudita.
Del mismo modo y a una escala mucho más baja del poder se quiere coaccionar a los militares venezolanos para que dispongan de Maduro y el alto gobierno.
La vulgaridad y maltrato de Trump, incluso a sus aliados, es más que un rasgo personal: es la expresión pura, sin filtros, de la intención de explotar al máximo las enormes asimetrías militares entre EEUU y las otras potencias para extraer los máximos provechos tercerizando los costos a otros, él quiere que incluso en sus interacciones personales esas asimetrías sean evidentes. No hay Bullies amables.
Pero el método de Trump es el mismo de cualquier mafia, monopolio o protection racket (compra mis productos o te subiré los aranceles) pues mafia es la inmanencia del control y la coacción. Método sintomático de un poder que decae y ya no puede aportar al mundo un orden con su bien y su mal: solo acelerar y explotar la degradación. Así, es el comercio global el que pagara los costos de la guerra comercial con China y el planeta en si el que pague su rechazo al acuerdo de Kioto.
Sea como sea las relaciones internacionales se están convirtiendo en un sistema de coacciones que continua la guerra por medios comerciales y financieros. Convertir el sistema comercial y financiero global en un arma parece ser la alternativa que la facción de Trump ha ofrecido ante la oferta de guerra continua de la facción de los Clinton.
Cívico-Militar.
En concreto el error de La Secta no fue solo el hacer al gobierno de EEUU la pantalla de un montón de fantasías sobre lo que es o debe hacer “occidente” sino el creer que la racionalidad de Trump, es como la de Bolton y Rubio, es decir, para ellos –como para la izquierda- los gobiernos no son ensamblajes, combinaciones activas entre fuerzas, sino solo la expresión de identidades.
Pero hay otro error todavía más extendido el de creer que la negociación se opondría al conflicto y a la lucha. Sin duda que las negociaciones no son la guerra pero son luchas. Todo conflicto puede desdoblarse en negociación porque el conflicto en si ya es una interface entre los contendientes y las fuerzas en pugna. Y lo que la gaffe de Guaidó y López ha demostrado que tipo de interface se está estableciendo entre los poderes establecidos en Venezuela y los EEUU.
Por eso el golpe fallido fue, en la práctica, esa negociación con la que han estado soñando esos chavistas que quieren aparecer como voces moderadas y no son más que voceros de algunas de las facciones más corruptas y dañinas del chavismo. En realidad han sido las agresiones y las sanciones de EEUU las que han hecho la negociación posible.
Unida a la profundización de la crisis la “máxima presión” de Trump ha logrado aflojar la rigidez y la fosilización del chavismo, su incapacidad de fluir y adaptarse, su vileza fundamental porque noble es lo que es “capaz de transformarse, mientras que la vil ya no puede”. Y el material del que el chavismo está hecho es la “Unión-Cívico Militar” que es extremadamente duro y rígido.
En el chavismo es muy difícil cambiar algo sin afectar algún interés creado o alterar algún habito, sin causar gritos de ¡!traición!! O ser acusado de neoliberal: la secta del Celag, por ejemplo, se ha opuesto no solo a eliminar el control de cambios sino al aumento de la gasolina que descapitalizó al tesoro público: el chavismo, tal como le dejó hecho Hugo Chávez no concibe la flexibilidad y esa rigidez la expresa su pensamiento formado en categorías binarias y toscas. Traicionar para el chavismo no solo es una ruptura de la forma es el cambiar la forma.
Pensemos en las elecciones de 2018 que precipitaron este nuevo desastre: no aceptó la alternatividad en el poder como el Sandinismo o el PRI preservando sus intereses en un régimen poliárquico, multipartidista, pues esa alternación es para el chavista promedio inconcebible, aberrante, y para la alta dirigencia insensato y suicida.
Tampoco aceptó una vía intermedia: con el chavismo convertido en un supra-gobierno gracias a la constituyente y su control de las FFAA y el Tribunal Supremo hubieran podido poner a Henry Falcón en la misma posición en que Chávez tenia a los gobernadores de oposición que es, mutatis mutandis, el que tienen los reformistas iraníes ante los Ayatolas y la Guardia Revolucionaria: la de una oposición cautiva, mutilada y funcional al poder establecido.
Ni siquiera lo hicieron bien a la hora de aferrarse al poder pues hubieran podido también lanzar de candidato a una figura más simpática –tal vez Héctor Rodríguez Gobernador de Miranda- y renovar la dirigencia del PSUV pero impusieron a Maduro y reeligieron la directiva del partido a dedo.
Pero tampoco logró hacerse viable a sí mismo como un régimen de partido único: países como Egipto o Argelia e incluso Cuba tienen al menos modelos económicos durables que les permiten mantener cierta productividad, controlar la inflación y recibir inversiones, pero el chavismo esencialmente destruyó la moneda, acabó con las fuerzas productivas e hizo casi imposible recibir inversiones mucho antes de que Trump hiciera su cerco financiero.
En esas condiciones todo lo que Trump y su staff tuvieron que hacer fue intensificar la crisis que la rigidez suicida del chavismo había creado: es como patear con fuerza a alguien que va tropezando por una pendiente. ¿Y qué ocurrió? la presión financiera y las amenazas unidas a la profundización de la crisis lograron que Maduro empezara a hacer, lentamente, todo lo que no hizo en 5 años de gobierno: contuvo un poco la corrupción, aflojó los controles cambiarios, abandonó la ruinosa manera de gobernar de Chávez y Giordani. Incluso fue la amenaza de usar la ayuda humanitaria para derrocarlo –y no la preocupación por la vida de la gente- lo que hizo que, tras varios años, se decidiera a solicitársela a sus aliados y hacer un acuerdo con la Cruz Roja.
En 2018 cuando la presión comercial y financiera se incrementó brutalmente debido a las sanciones a PDVSA Maduro finalmente logró parar por un tiempo el ascenso del dólar paralelo pero ya era tarde…para él y para las figuras clave de la cúpula chavista pero no necesariamente para todo el chavismo y ciertamente no a para las Fuerzas Armadas.
La conjura como negociación.
La inmensurable disparidad en términos de poder militar y económico ha hecho pensar a la izquierda a los halcones americanos y-recientemente a la derecha venezolana- que EEUU puede conquistar a placer cualquier territorio. Así como Bolton no ve problema en que EEUU haga guerras en Siria, Irán, Corea del Norte Cuba y Venezuela a la vez, los izquierdistas creen que el acceso a los recursos naturales se logra mediante conquistas militares como en la antigüedad o el colonialismo del siglo XIX.
Evidentemente EEUU podría derrotar militarmente a Cuba, Siria o incluso Irán, podría obliterarlos de hecho pero el problema estratégico va más allá de las disparidades de fuerzas y entra en las consecuencias –nunca lineales- de semejantes acciones. Semejante obviedad es olvidada constantemente.
De hecho no tenemos razón para especular que ocurre en esos casos pues Vietnam e Irak nos demuestran, de dos maneras distintas, “orgánica” e “inorgánica” cuáles son los resultados: no se trata solo de si el paisito valiente puede encontrar una forma de ganar la guerra –o al menos de no perderla- sino de los costos y consecuencias que genera el acto de guerra directo, esos costos y consecuencias son los que disuaden de las intervenciones:
“Hoy la preocupación entre los especialistas norteamericanos está en que ocurriría después de una intervención ante el colapso de la FANB, el saqueo de sus arsenales, la proliferación de grupos paraestatales, la destrucción absoluta de la infraestructura, y la inexistencia de instituciones sólidas que contribuyan a la estabilización del país. Es un escenario de caos no solo dentro de Venezuela, sino también con un profundo impacto en la seguridad de toda la región. Es así como la mayor arma de disuasión del chavismo ante la amenaza de intervención militar extranjera es la promesa de mayor violencia, anarquía e inestabilidad generalizada.”[11]
El chavismo se ha convertido en un booby traped regime un régimen trampa: no importa que la idea de pelear, como Vietnam, una guerra del pueblo orgánica y organizada sea una fantasía de la izquierda. El chavismo no necesita un Dien Bien Phu o una ofensiva del Tet: aunque pierdan pueden arrastrar a los invasores a su desastre elevarles sus costos, causarles bajas que, aunque mínimas, serán injustificables ante el público y las instituciones americanas: explosiones, ataques de milicias, destrucción de infraestructuras pueden no ser una amenaza militar real al poder de los EEUU pero los ponen en una situación en que no ganan nada y en la que no tienen la intención de estar.
Podría decirse que, si se da una invasión, el chavismo podría mutar en una suerte de bomba sucia y extender su desastre por todo el continente.
Solo él delirio de grandeza venezolano –el desubique como le dicen aquí: la incapacidad de distinguir la situación- puede convencerse a sí mismo de en EEUU están dispuestos a “estar en Venezuela por al menos seis años y gastar 80 mil millones de dólares para reestablecer el orden en el país”[12] como, según Niall Ferguson habría dicho un informe del Pentágono. Pero de todas las esperanzas absurdas del Alt Right venezolano la más ridícula fue aquella de que EEUU comprendería que no podía entenderse con los militares venezolanos, que serían como piratas somalíes, y se decidiría a reconstruir las fuerzas armadas con gente honesta.
Claramente se ha olvidado con qué clase de elementos se entienden y cooperan El Pentágono y la CIA en todo el mundo y se ignora que para Trump la Fuerza Armada Venezolana es lo que le permite extraer el máximo de provecho de la caída de Maduro con el mínimo de costos.
Para 2020 a Trump no necesita ninguna cruzada anti-socialista le basta con tener a Cuba cercada, presionar a Ortega, derrocar a Maduro, capturar o al menos sacar del poder y perseguir a figuras como Cabello y El Aissami y lograr unas elecciones en Venezuela. En el largo plazo le basta con romper la alianza entre Venezuela y Cuba, expulsar o perseguir a Hezbolah, terminar o reducir la cooperación militar con Rusia y minimizar o condicionar la presencia China.
Todo esto es posible siempre que la Fuerza Armada Venezolana cambie su orientación estratégica y acepte una cooperación aunque sea limitada con los Estados Unidos. El siglo XX está lleno de ejemplos de giros de esta naturaleza e incluso en el XXI Siria y Libia hicieron lo posible por ponerse en el “lado bueno” de los EEUU. El resultado de no permitírselo fue desastroso y el triunfo del aislacionismo de Trump tiene mucho que ver con el fracaso del proyecto “románico” de hacer reconstruir Irak a imagen y semejanza de su destructor y de las aventuras necropoliticas de Hillary Clinton.
Así, puede negociar en Venezuela como negoció en Corea, nunca ha querido otra cosa. Lo que pasa es que su interlocutor aquí no es Maduro ni la plana mayor del chavismo, mutatis mutandis la cúpula chavista aquí es la bomba atómica y militares como Padrino López y Cristopher Figuera ocupan el lugar de Kim Jon Un. Pero han fallado, al menos hasta ahora, no solo porque sus agentes locales –los antichavistas- son ineptos sino porque no han entendido la racionalidad y los cálculos de los militares venezolanos, la estructura del material de que el chavismo está hecho: esa maraña o “fieltro” llamada Unión-Cívico Militar.
En la forma anglosajona de pensar lo importante es lo conveniente y la conveniencia se expresada en términos de costos y beneficios. Pero el chavismo es la combinación de una burocracia ridículamente centralizada con una red clientelar inmensa. Trump busca que los otros hagan lo que él quiere para evitar pérdidas mayores aprovechando el enorme poder acumulado por los EEUU. Al hacerlo casi nunca ofrece ganancias, terceriza los daños a otros: «América First» es una verdadera consigna.
El chavismo, por otro lado, piensa en términos de lealtad o complicidad y la lealtad se paga de diversas maneras. Venezuela históricamente improductiva y saturada de petrodólares y recursos minerales es, efectivamente, una “sociedad de cómplices” en que, a todo nivel, se intercambia tolerancia a las acciones de los otros. Pero es un intercambio no comercial sino clientelar cuya conveniencia se calcula es distinto a la mercantil o militar.
De esa complicidad “horizontal” Chávez extrajo una lealtad vertical, pero hacerlo implicó no solo usar táctica y estratégicamente la corrupción –no es casualidad que en todo su gobierno no haya una sola investigación importante- sino que el elemento militar, más propenso a las relaciones jerárquicas, permeara a toda la sociedad fuese directamente, con los militares activos o retirados ocupando cargos políticos y burocráticos o imponiendo a los civiles si no la disciplina militar si las ideas castrenses de subordinación y jerarquía. El chavismo fue, claramente, una toma de poder militar, pero una integral, micropolítica, que va mucho más allá del cuartelazo y por eso mismo no puede ser desplazada del poder con uno: el material cívico-militar tiene que ser deshecho y rehecho.
Evidentemente ni siquiera a un presidente más claro y sutil que Trump le interesarían los detalles de esa operación: le basta con decapitar al chavismo, quitarle lo que tiene de Red Centralizada y dejarle a los operadores locales el problema de cómo organizarse en el futuro. Los militares tendrían que aceptar que otros partidos llegaran a la presidencia, aprender a coexistir y combinarse con ellos y abandonar las pretensiones de una identidad “chavista y socialista” que tendría el monopolio del estado. Lo que estos pedirían a cambio de eso es mucho y muy complejo pero inicia con retirar las sanciones que son las que les obligan a negociar y termina, seguramente, con mantener los privilegios sobre el presupuesto público y el subsuelo que la inquietante corporación Camminpeg personifica y que han cimentado su alianza con y en la oligarquía chavista.
De entrada el material cívico-militar debía su cohesión a la circulación generosa de dinero y al liderazgo carismático de Hugo Chávez, debilitadas esas dos fuerzas de atracción y con una descomposición generalizada que parece haber alcanzado los cuarteles no extraña que esté sumamente debilitado. Muchos son los signos de ello y la traición de Cristopher Figuera es simplemente la prueba de que la fractura que tanto obsesiona a la oposición si existe y ya no solo en potencia sino en acto.
Que el general la presente como un acto de lealtad a Maduro y de auto preservación de las Fuerzas Armadas es algo más que justificación aunque también lo sea. En medio de la crisis compuesta que vive Venezuela la concepción clientelar y caudillista de la conveniencia se ha erosionado profundamente: ahora tienes que ser leal sea que te convenga o no: si hay electricidad bueno y si no la hay también.
Pero Trump no ofrece suficientes incentivos y Maduro no inspira lealtad. Eso quiere decir que el proceso de división será lento y difícil y no sabemos en que resultará. Parece que hay otras fuerzas, como la inteligencia cubana y los asesores rusos, que mantienen cohesionadas a las Fuerzas Armadas en torno a Maduro así el material cívico-militar se esté erosionando. Parecido al proverbial duelo de lo indetenible con lo inamovible se abrirá un pulso de meses en que la presión de EEUU será mantenida e intensificada para generar nuevas fracturas.
Las movilizaciones de Guaidó son cada vez más exiguas y el gobierno empieza a disolver la Asamblea Nacional poco a poco. La población, dispersa, usa su energía en emigrar o sobrevivir. Ya descartada la multitud, el movimiento democrático, como fuerza gracias a la represión del gobierno y la cooptación del descontento y la rebeldía por el antichavismo; derrotada y debilitada la oposición las dos únicas fuerzas, los únicos personajes que quedan en la obra parecen ser los EEUU y la corporación militar venezolana o lo que de ella quede en medio de la descomposición general.
El pulso entre esas dos fuerzas una desterritorializada y otra territorial, entre una enorme flota y una fortaleza en un litoral. Es una lucha pero también una negociación pues la flota necesita conservar a la fortaleza, incorporársela y la fortaleza necesita estar abierta al mar. Así, EEUU trata de imponerles no solo cierta conducta sino cierto tipo de cálculo y de racionalidad mientras ellos resisten a esa coacción.
Y la única forma que los Estados Unidos tiene para para hacer la presión sobre los militares a la vez más duradera y más intensa es transferir esa máxima presión al conjunto del país cooperando con la obra necropolitica del chavismo…
[1] Poderopedia. Manuel Christopher. Octubre 30 de 2018.
[2] Salena Zito. Taking Trump Seriously, Not Literally. Septiembre 23 de 2016
[3] Peter Economy Winning Negotiation Tactics From Donald Trump’s ‘The Art of the Deal’
[4] “In preparation for 2020, the president is focused on the minority vote”. Charles M. Blow. Trump’s Other Base. New York Times. Abril 10, 2019
[5] Nicholas Riccardi. Latino support for GOP steady despite Trump immigration talk. Diciembre 28, 2018
[6] Niall Ferguson. Trump won´t take on Maduro´s Muchachos. Mayo 5 2019.
[7] Niall Ferguson. We’d better get used to Emperor Donaldus Trump Octubre 6, 2018
[8] Dexter Filkins. John Bolton on the Warpath. Abril 29, 2019
[9] “se está contrayendo, se está retrotrayendo y reconcentrándose en sí misma, para una vez que haya cogido fuerza volver a ampliarse y tratar de recuperar ese dominio mundial que está perdiendo” Irene Hernández Velasco. Pedro Baños: «La aparente locura de Trump es una estrategia perfectamente planificada». 1 febrero 2019.
[10] Niall Ferguson. We’d better get used to Emperor Donaldus Trump
[11]Andrei Serbin Pont. La anarquía como disuasión Mayo 8 2019
[12] Niall Ferguson. Trump won´t take on Maduro´s Muchachos.

Por Giuseppe Cocco
En este artículo pretendemos continuar los esfuerzos de reflexión sobre el enigma en que se tornó la politica en el Brasil después de Junio de 2013, tal como hicieran Bruno Cava (en El 18 de Brumario Brasileño) [1] y Alexandre Mendes (en Vertigens de Junho. Os levantes de Junho de 2013 e a Insistência de uma Outra Percepção [2]).
Nada mejor que iniciar recordando el enigma de lo político definido por Maurice Merleau-Ponty en su célebre trabajo Note sur Machiavel de 1949[3]. Por un lado, el filósofo afirma que la obra de Maquiavelo es la base fundamental para pensarse un verdadero humanismo y una politica radicalmente otra de aquella que funciona como “exhortación moral”. Algo que solamente podría acontecer por medio de la “invención de formas de poder político capaces de controlar el poder sin anularlo”, un “poder de los sin-poder”. Por el otro lado, una vez “esbozadas esas formas políticas”, como parece haber sido el caso de la Revolución Rusa de 1917, “el poder revolucionario perdió el contacto con una fracción del proletariado (…) y, para esconder el conflicto, comienza a mentir”. Ante la Comuna de Kronstadt [4] el nuevo poder bolchevique “proclama que el estado mayor de los insurrectos está en las manos (de la contrarrevolución). De la misma manera –después de la revolución francesa– las tropas de Bonaparte tratan a Toussaint-Louverture, que lidera la lucha de los esclavos en Haití, como agente extranjero [5]. La disidencia es maquillada como sabotaje, la oposición como espionaje” [6]. De este modo constata Merleau-Ponty, “vemos reaparecer dentro de la revolución las luchas que ella debía superar” y “el enigma de un humanismo real queda entero” [7], sin solución.
Comenzamos entonces diciendo que el desafío de lo político es incluso pensar la politica como reconocimiento de ese enigma, que solo tiene soluciones provisionales, evitando la tentación de, en algún momento, fijarla definitivamente [8]. Al mismo tiempo, si el enigma del humanismo es insuperable, eso no significa que se presente siempre de la misma manera. En la inmediata postguerra, Claude Lefort uncía la propia renovación del marxismo a la crítica de la idea marxista de solución [9]. Sin embargo, la salida del “absoluto” de los principios morales abstractos –afirmados a priori en base a la tradición o a posteriori en base a la revolución– no es el relativismo (el maquiavelismo). La increíble parábola de la izquierda brasileña, en su defensa del “lulismo” y del Partido de los Trabajadores (PT) después de su muerte politica (después de Junio de 2013), no podría ser más emblemática: el relativismo (el cinismo maquiavélico y sin principios del PT, con sus políticas neodesarrollistas y la industrialización de la corrupción) acaba siendo defendido en nombre de la idea absoluta de la izquierda como valor moral, como pura trascendencia (y eso también por parte de teóricos políticos que decían hacer de la inmanencia su norte: entre romper con la izquierda en cuanto esencia y quedarse con su público editorial, no dudaron ni un segundo). Llegamos así al paroxismo de una defensa moral de principios absolutos (la izquierda, la bandera, el antiimperialismo) que sirve de defensa de la más absoluta falta de principios (corrupción, triplex, los subsidios al gran capital). Un relé a partir del cual relativismo y absoluto se retroalimentan de manera perversa.
La salida maquiaveliana (y marxiana) la trampa constituida por la falsa alternativa entre el absoluto relativismo se encontraba en el perspectivismo: en volverse príncipe del pueblo minuto, en la afirmacion del punto de vista de clase, del poder obrero. Por mucho tiempo nosotros apoyamos esa salida, que pensábamos era la única capaz de juntar los principios y los procesos de su produccion en una nueva ética. La radicalización de ese metodo en el análisis operaista italiano [10] del americanismo como una produccion de las luchas obreras continua siendo una de las propuestas más potentes en esa dirección, pero ella también es parte del enigma y eso en la medida que ese pensamiento y esa praxis caen en el mismo impasse, representado en el debate a favor o contra la autonomia de lo político [11]. Hoy sabemos que esa salida tampoco lleva a ningún lugar y que necesitamos profundizar el éxodo.
Entonces, la reflexión sobre el enigma tiene varias dimensiones. Dos de esas nos parecen urgentes e intentaremos esbozarlas aquí: se trata de la cuestion del fascismo (que hoy se llama Alt Right) y de aquella de la moneda. Las dos se juntan en la medida en que implican recíprocamente las posibilidades e imposibilidades de una conversión (o inconvertibilidad) de la violencia en civilidad [12].
La huelga que no existió
En 1984, en medio del viraje neoliberal del gobierno de la gauche” (del presidente François Mitterand), Deleuze y Guattari escribieron un breve artículo titulado Mayo del ’68 no aconteció. El cual no podría ser más actual, al punto que podemos fácilmente colocar “Junho de 2013” en lugar de “Mayo ‘68” y sus inflexiones funcionarían de la misma forma, casi por entero. Esto muestra la fuerza del evento y al mismo tiempo el cuanto la izquierda–inclusive la que se llama o se refiere en Deleuze o en Negri– es un real y eficaz operador de destrucción de subjetividad. Vale la pena citar este largo párrafo:
“En Francia, escribirán, después del 68, los poderes convivirán todo el tiempo con la idea de que la “polvareda bajaría”. Y, como en efecto, la polvareda bajo, pero en condiciones catastróficas. Mayo del 68 no fue la consecuencia de una crisis, ni la reacción a una crisis. Fue lo contrario. Es la crisis actual, son los impasses de la crisis actual (…) que resultan directamente de la incapacidad de la sociedad francesa para asimilar Mayo del 68. La sociedad francesa mostro una radical impotencia para operar, en el nivel colectivo, una reconversión subjetiva del tipo que el 68 exigía; de ese modo, como podría operar actualmente una reconversión económica en condiciones de “izquierda”? Ella no supo proponer nada a las personas: ni en el dominio de la escuela, ni en el del trabajo. Todo lo que era nuevo fue marginado o caricaturizado” [13]
Después de Junho de 2013, aconteció la misma cosa. Tal vez retirando el hecho de que la izquierda brasileña tenía, si, alguna cosa que proponer: Copa del Mundo, Olimpiadas, ríos de dinero para las grandes empresas y remociones de pobres. Así, una vez que toda la subjetividad fue destruida, la “reconversión” económica se torna la única “cosa” restante: con Dilma, con Temer y, ahora, con Bolsonaro.
Ya en 1945, reseñando un libro de Daniel Guérin sobre el fascismo, Claude Lefort escribía: “No es porque el fascismo es inauténtico que él no es”[14]. Continuar diciendo que Bolsonaro es Bolsonaro no es solo lo que él quiere y necesita para retroalimentar su máquina discursiva (o Twitter), sino que impide, por un lado, aprehender las responsabilidades políticas de ese peligrosísimo viraje electoral y, por el otro, analizar su composición y sus contradicciones. Para resistir al horror, necesitamos aprehender, antes que todo, como fue que él pudo transformarse en “solución” para un gran porcentaje del electorado. Esto quiere decir preguntarse cómo fue que las alternativas políticas y sociales fueron sistemáticamente silenciadas por la izquierda hegemónica.
La coalición que gano las elecciones es altamente diversificada y repleta de contradicciones bastante importantes. No queremos hacer aquí un análisis detallado de cada una de sus componentes, pero si enfocarse sobre alguna de sus dimensiones. El fenómeno electoral está atravesado por lo menos por dos lineas diferentes: una primera tiene que ver con el movimiento Alt-Right (la nueva extrema derecha norteamericana)[15], que ha renovado a la extrema derecha a nivel mundial; la otra dice respecto a la interpretación y representación del antipetismo. Nos concentraremos en la primera línea, aquella que genero las bases para un discurso político inescrupuloso, repleto de Fake News. Dos de esas son las más expresivas: aquella del supuesto Kit Gay y aquella de el “Nazismo es una ideología de izquierda”. En la osadía de la falsificación, ellas funcionan como si fuesen dos “verdades”. La primera Fake News pretende transformar la incomodidad creada por el cambio cultural y social en términos de libertad sexual y nuevos regímenes discursivos en una verdadera protesta social, algo como la “revuelta de los normales” que serían (sorprendentemente) oprimidos por los “anormales”.
Lo que el movimiento gay, las feministas, el movimiento LBGT consiguieron como brecha en los códigos normativos e impositivos que vigorizaban (y vigorizan aun), es visto como imposición de una nueva norma, que sería “gay”: la educación sexual seria en realidad una orientación sexual. Por asombrosa que sea la operación, ella precisa ser encarada en esos términos y son esos términos lo que precisan ser deconstruidos y transformados: hacer de la práctica de nuevos derechos –en este caso en el campo de la libertad sexual– algo que se afirma por medio de leyes y de leyes de “criminalización” abre el camino para ese tipo de equívocos que la nueva derecha interpreta y organiza con el mismo nivel de cinismo que el PT uso para reducir los derechos a mero marketing y relativizar la corrupción. La situación es particularmente desagradable: mientras que se inclinaban obsequiosamente a los intereses de las alianzas con los evangélicos, los gobiernos del PT no hicieron ningún avance real (como podría haber sido las miles de mujeres que pierden la vida en los abortos clandestinos, no promoviendo ni la legalización del aborto o al menos su inserción formal en una pauta legislativa). Para compensar, solo invirtieron en el marketing y en la cooptación de aparatos de “movimiento”. De este modo, la contestación de la extrema derecha que hoy está en Planalto no golpea conquistas reales, sino que apenas conquistas imaginarias, en el terreno mismo del marketing [16]. El resultado es que en lugar de tener alguna cosa que defender, los movimientos son doblemente acosados: necesitan defender un marketing fundamentalmente vacío sin una real dinámica de movilización, pues el PT trabajo con ahínco para desmovilizarlos.
La segunda Fake News, como dijimos, afirma que “el nazismo era de izquierda”. Se trata obviamente de una narrativa funcional al anti-petismo, pero ella tiene una dimensión más profunda, pues ella explicita– tras de su apariencia grosera– la inspiración fascista del bolsonarismo. Decir que el nazismo era de izquierda significa renovar su forma narrativa más sofisticada. El Nazismo, como sabemos, es la unión del nacionalismo con el socialismo (Nazionalsocialismus), algo que debería haber sido imposible. Basta pensar que el socialismo era ontológicamente internacionalista. Mientras que esto sirvió, en la década de 1930, para capturar y manipular el malestar de segmentos de clase pauperizados por la crisis y enfurecidos con la humillación nacional impuesta a Alemania por las potencias victoriosas de la Primera Guerra Mundial. Lo que debemos percibir es que el nazismo es incluso esa manipulación: masacrar a la izquierda y al mismo tiempo capturar a las masas que ella debería organizar, emplazando las reivindicaciones sociales en el terreno nacionalista. Y, para eso, dibuja como enemigo al “internacionalismo”, que sería el hecho de una plutocracia (el gobierno de los ricos) cosmopolita (global). El antisemitismo, o sea, la idea de decir que el mundo es gobernado por un complot de judíos, ricos y comunistas, no fue (y no es) un “desvío” del carácter de Hitler, sino que–como lo fue la guerra –una parte funcional del nazismo como Fake News.
Como no ver, en los regímenes discursivos de la Alt Right, esos mismos temas, reciclados hoy en la retórica anti-globalista y en la transformación de los liberales– particularmente de los media – en “peligrosos comunistas”? La persecución antisemita de George Soros, financista americano de origen húngaro, por la Alt Right de aquel país, es la mejor y más inquietante representación de esa renovación [17].
De la misma manera, la presencia del premier húngaro Viktor Orban entre los muy pocos líderes que prestigiaron la asunción del mando de Bolsonaro también es particularmente expresiva [18]. Pero, de la misma forma, como no ver también en el anti-globalismo, en el discurso contra los medios y en las teorías de los complots una buena parte del modo de ser de la izquierda realmente existente, contra el mismo Soros y el sitio que recibió su soporte, el Open Democracy? ¿Cómo no pensar en el régimen discursivo sobre el impeachment de Rousseff, que fue transformado en un complot («Golpe») mediático-judicial y parlamentario?
Históricamente, el fascismo y el nazismo son intentos de construir una «tercera vía» de tipo plebeyo y popular a partir de la unión de alguna innovación económica y de una nueva y potente narrativa: en el caso del fascismo, Mussolini la había tomada prestada de la mitología romana , y los nazis en la mística de la raza superior. Claude Lefort recordaba:
El fascismo, aunque a la gente no lo atrape en su forma alemana (racismo y misticismo), supone una movilización de las clases medias en torno a un ideal de grandeza nacional, una política extranjera imperialista, una demagogia socialista capaz de encontrar una resonancia entre las masas [19].
Merleau-Ponty, en un libro dedicado a las cuestiones del Sentido y del Sinsentido [20], reconoce que, en el fascismo, «había una reacción saludable contra las ilusiones kantianas de la democracia» [21]. En efecto, «el optimismo democrático supone que la violencia sólo hace una aparición episódica en la historia humana, que las relaciones económicas tienden por sí solo a realizar la justicia y la armonía y, en fin, que la estructura del mundo natural y humano es racional» . Ante este optimismo liberal y el formalismo jurídico que lo complementa, continúa Merleau-Ponty, «hoy sabemos que la igualdad formal de los derechos y la libertad política enmascaran las relaciones de fuerza en lugar de eliminarlas». La cuestión es, pues, cómo superar la debilidad del pensamiento liberal para hacer que la democracia no se limite a una invocación moral, para hacer que la igualdad y la libertad sean reales, efectivas. «Contra ese moralismo (del liberalismo), nosotros (debemos estar) todos vinculados al realismo, si por eso entendemos una política que cuide de realizar las condiciones de existencia de los valores que ella escogió». Pero, esa crítica de la «moral» del formalismo democrático no tiene nada que ver con el «inmoralismo» fascista (de Charles Maurras en ese caso). Lo que el fascismo hace es, sí, reconocer que «la igualdad y la libertad no se dan», pero, en vez de decir que necesitan ser construidas, «él renuncia a la igualdad y a la libertad» [22]. La innovación del dispositivo fascista, (en el período entre las dos guerras mundiales) que se está actualizando hoy (por la Alt Right), es la de reconocer la hipocresía de una democracia formal, que se limita a afirmaciones morales y abstractas de una manera muy cercana de la crítica materialista que viene del campo humanista o de la izquierda, para después oponerle no la lucha material para una democracia efectiva, sino la renuncia a la propia democracia. Se trata de una operación parecida a la que el bolchevismo acabó por hacer en la URSS, denunciada con vehemencia por Rosa Luxemburgo, por los anarco-comunistas, como Alexander Berkmann y Emma Goldman, así como por el ex bolchevique francés, Boris Souvarine.
En el momento de la crítica, el discurso fascista es muy cercano a la crítica popular y de izquierda, pero solo para resolverla a través de un decisionismo y, aunque
En el momento de la crítica, el discurso fascista es muy cercano al de la crítica popular y de izquierda, pero sólo para resolverla a través de un decisionismo y, además, inmoral: pues que los derechos (humanos) son sólo formales e hipócritas, incluso destruirlos formal y materialmente; porque el monopolio estatal de las armas no es respetado ni siquiera por los aparatos de estado (las policías que se transforman en milicias), vamos a liberar el armamento a los más ricos y poderosos y generalizar las milicias, etc. Porque los aparatos que se definen como representantes de las minorías buscan «atajos» identitarios, vamos a hacer una política identitaria, sólo que de la mayoría. Es interesante percibir que ese dispositivo está organizado y funciona en determinadas condiciones históricas. En el caso del fascismo italiano, uno de los determinantes fue el nacionalismo frustrado de una Italia recién unificada y el miedo ante la pujanza de los intentos revolucionarios que siguieron a la revolución rusa y al sacudón sísmico de la Primera Guerra Mundial en la composición social del país. En la radicalización nazi, encontramos nuevamente la frustración nacional, pero esta vez, el inmoralismo se dispone en una relación paradójica con el régimen bolchevique: el desvío y la represión del movimiento obrero y socialista se organizan sobre la base de las técnicas de propaganda y concentración inspiradas propias políticas bolcheviques (y luego en el stalinismo). Hay una línea de continuidad terrible entre la Administración Central de los Campos de Trabajo soviéticos (los Gulag) y los Campos de Concentración alemanes, bien representada en la escritura que aún «acoge a los visitantes en la entrada del campo de trabajo y de exterminio de Auschwitz: «el trabajo libera» (Arbeit Macht Frei). En Brasil, ese dispositivo tiene algunas innovaciones discursivas (el anti-globalismo de la alt right mundial), pero debe su éxito a la hegemonía petista y lulista dentro de la izquierda. Ella fue capaz, al mismo tiempo, de destruir, primero, todo tipo de movilización autónoma y, a continuación, eliminar todo tipo de alternativa electoral y, finalmente, de afirmar que el problema del país sería la operación judicial de lucha contra la corrupción (Lava Jato). El resultado es un gigantesco vacío dentro de una amplia indignación que, a partir de finales de 2014, pasó a ser ocupada por el bolsonarismo. Dos son las marcas de ese funcionamiento del dispositivo bolsonarista: la primera es la entrada del juez Sergio Moro en su gobierno, como reconocimiento de que solamente en su movimiento la lucha contra la corrupción encontró un respaldo político e institucional; la segunda marca fue anterior a las elecciones, apareciendo potentísima con la huelga de los camioneros. No tenemos aquí espacio para discutir si la entrada de Sergio Moro en el gobierno de Bolsonaro refuerza o acaba completamente con Lava Jato. Nos parece que se trata de un gran riesgo para la operación, pero eso no elimina el hecho de que toda la izquierda se adhirió de manera inexplicable al cinismo corrupto del PT.
En cuanto a los camioneros, su organización se dio por la contestación (en mayo de 2018) de la política «global» de los precios del petróleo diesel practicada por Petrobras, siendo que muchos de ellos pedían efectivamente una «intervención militar». Entender cómo la propuesta boliviana se ha convertido en la referencia de esta gigantesca movilización autónoma del principal sector de la logística en Brasil ya permite explicar una buena parte del fenómeno. En primer lugar, los camioneros sabían y saben muy bien que los gobiernos del PT fueron la causa de la difícil situación en la que se encontraban Petrobras, la economía nacional y ellos mismos: endeudamiento excesivo, baja del valor del flete y corrupción en Petrobras, que ha tenido y tiene como consecuencia el traspaso de la cuenta a los consumidores, en particular a ellos. A lo que los camioneros respondieron: «nosotros no robamos, esa cuenta no es nuestra!». En segundo lugar, esas reivindicaciones económicas de los camioneros se completaron a través de la reivindicación política de una «intervención militar». La percepción de la corrupción por lo que es, es decir, un modo de funcionamiento sistémico que lleva a uno de los delegados de la Policía Federal en la fuerza tarea de Lava Jato a preguntarse «si hay un país en medio de esa corrupción general», llevó a los camioneros a ser receptivos a la propaganda en favor de una de las instituciones (el ejército) que les parecía no estar involucrada con ese sistema. Y así, dirigieron a esa institución sus demandas de protección.
Entonces, al mismo tiempo que estas inversiones constituyen y hacen funcionar el dispositivo discursivo de la nueva derecha, ellas constituyen su lado más débil y, por esto, más agresivo. La guerra no era sólo una opción para el nazi-fascismo, sino una necesidad reproductiva, tanto para promover la mistificación del dispositivo, como para su propia supervivencia económica, con previsión de las conquistas materiales por la subordinación de los otros pueblos. Y no es diferente con la nueva derecha, aunque esas guerras son «sólo» comercial y / o cultural. Sin embargo, sabemos que la guerra comercial tiene fuertes posibilidades de llevar a la guerra tout court, mientras que aquella «cultural» ya alimenta un nuevo conflicto entre los tipos de fundamentalismo religioso. La necesidad fascista de hacer la guerra no es sólo causa de sus desgracias bélicas, sino también de sus dificultades de lidiar con el pie «económico» de su política: la promoción del consumo popular por los nazis -con la emblemática creación de la Volkswagen- no podía ser un fordismo, pues sólo funcionaba a partir de la presión obrera, mientras que el nazismo movilizaba el trabajo de manera compulsiva. El ajuste neoliberal, en el caso del gobierno Bolsonaro, no tiene como evitar de chocar en la poca importancia dada por el núcleo duro del bolsonarismo a la política económica y en el corporativismo de su tradicional base social. Esta fuga hacia adelante es inevitable, pues, sin ella, el dispositivo de inversión y desvío pasa a funcionar por el revés (es decir, de manera autónoma) y se transforma en una creciente oposición social. Si las polémicas en torno al carnaval, así como en torno a los ministerios ideológicos del gobierno (el Itamaraty y la educación, en particular) forman parte de la reproducción del juego, el episodio de la intervención en Petrobras, para sostener el precio del diesel y evitar la huelga de los camioneros, es otra cosa. En el momento en que escribimos (mayo de 2019), no podemos evaluar todos sus desdoblamientos y consecuencias (si la movilización de los camioneros fue definitivamente alejada, si la intervención en Petrobras creó fisuras en la coalición), pero sus significados ya son extremadamente claros: el bolsonismo busca reproducir ad infinitum el enfrentamiento sobre las cuestiones de costumbre, medio ambiente, para guardar la «izquierda» en la posición de denunciante de lo obvio (que Bolsonaro es Bolsonaro) y mantener sus bases movilizadas y aguerridas. Pero una movilización autónoma de esa envergadura, de una figura del trabajo al mismo tiempo estratégica, masificada y capaz de atravesar las líneas de polarización (promovidas por el Petismo y ocupadas por el Bolsonarismo) es insoportable, porque su impacto sería realmente desestabilizador. La «huelga que no hubo», aquella de los camioneros, tiene, así, impactos importantes y de largo alcance. Independientemente de los esfuerzos que los equipos políticos (la Casa Civil) y económicas (del Ministerio de Hacienda) harán para costurar una narrativa que haga coherentes intervencionismo y neoliberalismo, la cuestión no es más interna al gobierno y ya se conecta con una sensación más general de que la confianza tan buscada por el ajuste sin fin, prácticamente desde los primeros meses del segundo gobierno Dilma, no está ni consolidándose ni mostrando que un día se va a firmar. Hay un verdadero desajuste entre economía y sociedad, un desajuste que regresó de una vez por todas.
El enigma de la conversión de la violencia: nuevo horizonte de la política monetaria
En el desajuste entre economía y sociedad podemos ver otra cara (tal vez su verdadera cara) del enigma de la política, así como lo formulamos al inicio de esas reflexiones. Aquí el enigma aparece como el tema de la conversión de la violencia, que la filosofía política pone en el terreno de la construcción de la paz y del estado de derecho como desplazamiento de la ley de la fuerza a la fuerza de la ley [23]. En realidad, la cuestión de la conversión es incluso una cuestión monetaria o de ontología de la moneda como vínculo fiduciario [24]. Para la izquierda, la moneda, así como el fetichismo de la mercancía, es un tabú. Para los liberales es un dogma. Siendo menos moralista, la dogmática monetaria es más eficaz que la condena -de origen religioso- de la moneda como fetiche. Esto, además, hace bastante paradójicos los análisis del capitalismo en cuanto religión [25]. La globalización, con la ampliación de los flujos de todo tipo, incluso monetarios, hizo que la crítica del fetichismo y del capitalismo se convirtiera, por un lado, en una recuperación ampliada del viejo discurso marxista sobre la separación de las dos esferas económicas (real y monetaria por la inversión del ciclo MD-M1 (mercancía-dinero y más mercancía) en DM-D1 (dinero-mercancía más dinero) y, por el otro, de los análisis en términos de endeudamiento generalizado como fenómeno moral (de culpa). Esto llevó a la búsqueda de un imposible volver a un capitalismo «más real que el que está ahí» o a la utopía de una sociedad desmonetarizada [26]. Pero las grandes luchas que transformaron el movimiento obrero desde el New Deal norteamericano de la década de 1930 hasta el nuevo sindicalismo del ABC paulista de finales de la década de 1970 pasando por las luchas de finales de la década de 1960 en Europa occidental y en aquella socialista, tenían como terreno la moneda: los aumentos salariales. Más recientemente, en Brasil, la lucha del MPL fue por los 20 centavos y la de los camioneros por los 40 centavos. Son luchas que no ocurren contra la moneda, sino sobre el terreno de la moneda. Cuando se habla de «finanzas» y de «financiarización», eso debería ser visto a partir del hecho de que hoy la moneda se ha convertido explícitamente en el terreno inmediato -sin más la mediación salarial- de la movilización de la sociedad, incluso de las luchas y los movimientos sociales. Es precisamente en ese terreno que el actual gobierno encuentra sus mayores dificultades y, ante ellas, algunas brechas se abren para un debate realmente innovador. En Brasil de ese primer mediado de 2019, los columnistas de economía y política empiezan a dudar sobre el futuro del gobierno y apuntan como problema la existencia de algo como un «equilibrio precario entre populistas y liberales». El pesimismo brota con cada vez más fuerza, aunque el énfasis sigue siendo el de las dosificaciones internas a una alianza que podría encontrar su rumbo. Pero no hay como esconder: «la hostilidad del grupo ideológico al libre comercio (del gobierno Bolsonaro) es notoria, lo que debe dar escalofríos en el equipo económico y en el ministerio de la agricultura» [27]. Se dice que se ha manifestado en las carreteras algo como un «divorcio de bolsonaristas» [28] y se multiplican las exhortaciones: «Ya hemos acumulado muchos (fracasos) en los últimos años para continuar perdiendo tiempo en peleas inútiles» [29]. El optimismo está declinando. El país está entrando en el octavo año de estancamiento y ya se prevé «otra década perdida en Brasil» [30]. La confianza está volviendo abiertamente desconfianza y, se dice, ella tiene un costo [31]. La preocupación no se limita a Brasil: «sea de derecha o de izquierda, hay un momento en que el gobierno latinoamericano cree que es posible resolver todo con una cañada, una congelación (de los precios en Argentina por el presidente Macri), o una «llamada telefónica para el presidente de la estatal (Petrobras) «[32]. Se reabre, así, el espacio para los diagnósticos que cuestionan las políticas de austeridad:
A lo largo del período (2014-2018), la persistente agenda de austeridad no trajo el desempeño prometido. Las evaluaciones subjetivas sobre «confianza» del sector privado mostraron recuperación en respuesta a determinados eventos políticos y / o cambios institucionales y legislativos, sin que la inversión privada presentase la performance esperada.[33]
Es en este contexto, de una sensación general que la confianza no viene y no vendrá, que se abrió una brecha y el economista André Lara Resende aprovechó. Él cambió de régimen discursivo, osando volver a decir la verdad sobre la moneda. Sus dos artículos publicados en la prensa son relativamente simples y afirman lo que debería ser obvio: la economía no es ni una ciencia exacta ni una técnica de contabilidad. La economía es política y la moneda es el resultado y la base de esa «política». El lastre de la moneda no es material, sino fiduciario: no hay limitación objetiva, material, en la creación (emisión) de moneda y, pues, «el gobierno – que emite moneda – no tiene restricción financiera». La búsqueda de un «presupuesto siempre equilibrado» es, en realidad, sólo una «superstición» [34]. Lara Resende opera un giro radical e importantísimo de los abordajes económicos main stream, pero él lo mantiene a nivel histórico y técnico, como si ese debate dependiera del tipo de concepción teórica que se tiene de la moneda. Por un lado, proporciona una síntesis que asocia claridad y coherencia, movilizando la historia y hasta la antropología del David Graeber [35]. Por el otro, estamos lejos de resolver el enigma que el economista Paul Samuelson en estos términos definió: «la creencia de que siempre habría que equilibrar el presupuesto fiscal es una superstición, un mito, cuya función es más o menos la misma de las religiones primitivas: asustar las personas para que ellas se comporten de manera compatible con la vida civilizada «[36].Entonces, Lara Resende piensa que se trata de dar un paso adelante en términos de racionalidad y – reconociendo que la moneda es nuestra creación fiduciaria, ex nihilo – sobrepasar los mitos, hacia un suplemento de «civilidad». Pero, en realidad, el dogma del equilibrio fiscal es sólo el reflejo espejeado de la otra superstición para la cual las cuestiones de la falta de salud, de seguridad y de educación se resolverían apenas «financiándolas». La desconstrucción de la justificación monetarista del dogma del equilibrio fiscal resuelve sólo en parte el problema, pues en el fondo él sigue siendo el mismo, fiduciario, es decir, de confianza. El enfrentamiento no es entre dos concepciones y, entonces, dos «esencias» de la moneda, pero entre los que piensan (y necesitan) que la moneda tenga una (esencia) y los que reconocen que ella no tiene ninguna y su realidad es totalmente relacional . Pues que «no tener restricción financiera no significa que todo está permitido, que la escasez de recursos exista y que el costo de oportunidad pueda ser desconsiderado» [37], cómo se constituye realmente la confianza? ¿La propia confianza, ella siempre tiene las mismas características o puede variar? En términos de política económica, el deshacer es reconocer lo que está detrás de los regímenes discursivos y las supersticiones. Por detrás del dogma del equilibrio fiscal, hay la convicción de que es una prueba de racionalidad que permite la formación de una confianza que lleve a la reanudación de las inversiones del sector privado. Esta «racionalidad» depende, pues, del resultado ex post, de una confianza que no tiene por qué ser totalmente racional. En esa visión, la violencia de la crisis no es convertible a no ser como violencia del ajuste y sólo después de eso habrá, como consecuencia segunda, alguna conversión social de la economía.
El otro enfoque dice que es «la insuficiencia de moneda lo que causa el problema, no su exceso. Desde que el poder de compra de la moneda sea preservado, no sea corroído por la inflación, la demanda por la moneda es prácticamente infinita»[38]. La prueba empírica que Lara Resende moviliza es la de las políticas de Quantitative Easing (QE) practicadas por el Banco Central Europeo y el FED a lo largo de los últimos años para contener los efectos de la crisis financiera de 2007 y 2008: El QE es la comprobación práctica de que el gobierno no tiene restricción financiera, pues puede aumentar sus gastos, en este caso para adquirir activos financieros del sector privado, simplemente acreditando reservas bancarias en nombre de los vendedores. Como al pasar el gobierno «emite» reservas bancarias, no es necesario que obtenga los recursos para gastar, ni a través de impuestos, ni de cualquier fuente alternativa de financiamiento. [39]
Se abre aquí una grieta por donde es posible pensar la conversión de la violencia en moneda. En el primer enfoque, la moneda es continuación de una violencia que sólo el crecimiento puede transformar. En la segunda, ella es la conversión de la violencia en la moneda necesaria para el desarrollo. Pero la efectividad de la conversión en el plano de la brecha entre civilización y barbarie queda totalmente abierta. El hecho es que, por muy importante que esas políticas monetarias de emisión masiva de moneda hayan sido (incluso para la profundización del proceso de constitución europea), ellas fueron y son incapaces de «bancar» (lato e stricto sensu) un nuevo pacto social y político. La crisis de la globalización continúa profundizándose, en particular con la multiplicación electoral de la nueva derecha (Brexit en el Reino Unido, Trump en Estados Unidos, Salvini en Italia, etc.). Desplazar el debate de la confianza ex post (que necesita afirmar que el stock de moneda es finito) por aquel ex ante (la moneda es fiduciaria y su stock es ilimitado) es un gran paso al frente, aunque apenas porque reformula la cuestion de la confianza, sin, así y todo, resolverla. Lo que necesitamos, en esa perspectiva, es pensar realmente el Nuevo Pacto que puede producir las equivalencias necesarias para la conversión de la violencia en política, de la guerra en paz. La conversión precisa de una moneda capaz de pagar el precio de esa conversión, en el sentido etimológico de la palabra: el pago es esencial para la pacificación, exactamente en la medida que «pagar» viene del latín pacare: pacificar [40].
En vez de que la reforma de la Seguridad Social sea la condición de la confianza y la sostenibilidad, lo que necesitamos es otra confianza para la reforma de la Seguridad Social. En otros términos, diremos que la reforma de la previsión sólo es sostenible si se desplaza en esa dirección de poder pagar (pacificar) una protección social más adecuada. Esto significa introducir nuevos elementos de equivalencia, particularmente por medio de la inflexión en los modos de aprehensión del trabajo: se trata de reconocer que hoy el trabajo ya no se realiza dentro de la relación de empleo, sino fuera de ella, en la forma de la «empleabilidad» o del trabajo autónomo y con el contenido de la precariedad. Por detrás del debate sobre «confianza» y Previsión emerge otra división social, aquella entre una sociedad salarial definitivamente en crisis y que no logra reformar sus instituciones sin aumentar aún más la precariedad y la de la violencia de un trabajo sin sueldo que aún no tiene sus instituciones: ni su reconocimiento, ni su protección. La confianza no está ni en el financiamiento del sistema actual (organizado en torno a una sociedad salarial que nunca existió y nunca existirá) ni en la reforma que tenga en cuenta el equilibrio contable.
Retomemos una vez más la metáfora de Yann Moulier Boutang cuando describe el trabajo no asalariado en el capitalismo contemporáneo como parecido a las actividades de polinización de las abejas. Circular en la ciudad, por los territorios, es exactamente como ir de flor en flor. Un sin número de encuentros aleatorios que fecundan la vida social y crean la riqueza. Sin embargo, es sólo el trabajo de las abejas el que se reconoce, cuando producen excedentes de miel y cera en la colmena-fábrica, donde son abejas «obreras», asalariadas. El problema de la sociedad polen, como ya dijimos, es que casi toda la riqueza viene de la polinización, pero las abejas sólo reciben una remuneración y una protección social cuando logran establecer alguna conexión con la colmena. La conversión se basa en un pago (asalariado) que sólo pacifica segmentos minoritarios del trabajo difuso que no encuentra su precio, su paz. El nuevo pacto es aquel capaz de reconocer el trabajo de polinización y producir entonces la moneda adecuada a esas nuevas instituciones, es decir, una renta universal de remuneración de las abejas polinizadoras. De repente, también tenemos la posibilidad de pensar de alguna manera el impasse de la conversión de la violencia en moneda, en civilidad, como diría Étienne Balibar. La reforma de la previsión debería ser el terreno de esta inflexión institucional y, en ese sentido, participar en la emisión fiduciaria de una moneda que sería del común. Tenemos en Brasil un punto de vista privilegiado para aprehender ese desafío: por un lado, porque aquí la previsión ya funciona – para los más pobres – como un sistema de renta de alguna manera separado del trabajo; por el otro, porque las primaveras árabes aquí se manifestaron en dos movilizaciones sociales de las abejas polinizadoras: con el MPL, en junio de 2013 y sobre la polinización metropolitana, y con los camioneros, en 2018, en el terreno de la polinización logística continental. Aquí encontramos también un punto de vista para pensar el casi colapso de Río de Janeiro y la tragedia de Muzema (el desmoronamiento de dos edificios construidos de manera ilegal en área controlada por «milicianos»). La expansión de las milicias, que comenzó en la década de 1990 y se extendió en los gobiernos de coalición entre PT y PMDB, y que hoy parecen no sólo controlar amplios territorios de la metrópoli, sino promover el crecimiento inmobiliario de nuevos barrios, cambio de los flujos de trabajo y valorización. En el paso de la fábrica a la metrópoli, el control del territorio ya no es algo que es periférico con relación al proceso de valorización, sino que se trata del propio proceso de valorización. Es de ese desplazamiento que viene la potencia económica creciente de las redes mafiosas que hoy tiene asiento en la representación política y llegan a querer producir e incorporar lo que antes sólo saqueaban a posteriori. No es casual que el movimiento de junio de 2013 en Río de Janeiro se haya extendido en las reivindicaciones contra las mafias de los transportes (las empresas de autobús), las mafias del poder (el gobierno y el legislativo estaduales) y en la cuestión de la paz (» el caso Amarildo). El movimiento de junio, en su esfuerzo constituyente, pasó a una crítica general del sistema mafioso que paralizaba los flujos de creación del valor en la metrópoli y fue una verdadera anticipación de la operación Lava Jato, que llevó una buena parte de las principales figuras de esos «esquemas» a la prisión.
Al mismo tiempo, la deconstrucción del movimiento de junio y la resiliencia de la hegemonía petista sobre la izquierda llevaron a la paradoja del éxito electoral de la otra cara del fenómeno miliciano, aquella difusa capilarmente en los territorios de la socialización policial y militar. El cobarde asesinato de Marielle Franco se produjo en ese contexto y hasta ahora los ejecutores que fueron presos son exactamente parte de esa «cara» difusa, promiscua con los discursos del orden y el sistema generalizado de corrupción y violencia de los aparatos represivos del Estado, los nuevos gobernantes siempre fueron la representación corporativa. Si la investigación sobre los mandantes es hacia adelante y de manera eficaz, tal vez tengamos una fotografía que junta las dos dimensiones del fenómeno del poder y de la trampa donde el movimiento democrático se metió a partir del momento que se dejó pautar por el PT. Estamos hoy en estas paradojas y en sus dimensiones trágicas, pero es sólo saliendo de ellos que el movimiento democrático podrá recuperar su dinámica y producir nuevos sentidos.
La huelga-que-no-hubo (esa de los camioneros) muestra que incluso dentro de ese tremendo estancamiento, la sociedad continúa movilizándose. De la misma manera que la primavera árabe no paró en 2011 y no se normalizó por las tragedias de Siria, Yemen y Libia: en Sudán y en Argelia, las multitudes continúan practicando la democracia, así como los chalecos amarillos lo hacen en Francia. Es de esos movimientos que dependemos para avanzar y sobre eso que necesitamos acumular nuestras reflexiones teóricas y prácticas. Río de Janeiro
1 de Mayo de 2019 – versión provisoria
Reviso: 5 de mayo de 2019 – Luiz
Traduccion del portugues: Santiago De Arcos-Halyburton
NOTAS
[1] Em Bruno Cava e Márcio Pereira (Orgs.), A Terra Treme, leituras do Brasil de 2013 a 2016, Anna Blume, São Paulo, 2016.
[2] Coleção “Máquinas, Linhas e Territórios”, Autografia, Rio de Janeiro, 2018.
[3] Em Signes, Paris, 1960 (Folio essais).
[4] La comuna de Kronstadt estaba formada por los consejos (soviets) de los obreros y de los marineros de la ciudad báltica de la recién constituida URSS. Ellos afirmaron su autonomía ante el poder centralizador bolchevique. En 1921, Lenin y Trotsky decidieron y condujeron la represión, matando a miles de obreros y soldados, incluso a las familias de los marineros que habían sido tomadas rehenes. Véase Alexander Berkman, El mito bolchevique Diário 1920-1922, La Malatesta, Madrid, 2013.
[5] El «extranjero» en ese caso sería el colonialismo británico. La obra de referencia es el libro clásico de C.L.R. James, Os Jacobinos Negros (1938). Rio de Janeiro: Boitempo, 2000.
[6] Ibid., p. 362.
[7] Traducimos como “enigma” lo que Merleau-Ponty define como “problema”. Ibid. p. 363.
[8] Merleau-Ponty finaliza su artículo inaugurando la oposición entre Maquiavelo y el maquiavelismo: «Hay una manera de traicionar a Maquiavelo que es maquiavélica, se trata de la piadosa experiencia de los que conducen sus ojos y los nuestros hacia el cielo de los principios para desviarlos de lo que hacen. Hay una manera de actuar Maquiavelo que es totalmente contraria al maquiavelismo, pues que ella honra en su obra una contribución a la claridad política » (ibíd., p. 364). .
[9] Claude Lefort está comentando Humanisme et Terreur de Merleau-Ponty, “D’um doute à l’autre”, Esprit, junho de 1982, em Écrits, cit., p. 493.
[10] Cf. Mario Tronti, Operai e Capitale, Einaudi: Torino, 1970. Particularmente “The Progressive Era”.
[11] Vease Mario Tronti, Il tempo dela politica, Editori Riuniti, Roma, 1980. Antonio Negri critico a Tronti en varios de sus libros y ya en 1978, en Il Dominio e il sabotaggio, Feltrinelli, Milano. Para una reseña del debate, Dario Gentili, “Una crisi italiana. Alla radice della teoria dell’autonomia del politico”, MigroMega, Febrero de 2013. Disponible en http://ilrasoiodioccam-micromega.blogautore.espresso.repubblica.it/2013/02/27/una-crisi-italiana-alla-radice-della-teoria-dellautonomia-del-politico/
[12] Otros temas urgentes son los que involucran la relación entre sociedad y Estado, así como es posible hacer a partir del debate furioso que se desarrolló sobre Foucault, particularmente sobre sus interpretaciones del papel del Estado. Véase Stephen W. Sawyer, “Foucault and the State”, The Tocqueville Review/La revue Tocqueville, Volume 36, Number 1, 2015, pp. 135–164. «Esto conduce a la discusión sobre la gubernamentalidad neoliberal, por ejemplo en el encuentro entre François Ewald y Gary Becker Gary S. Becker François Ewald Bernard E. Harcourt,» Becker on Ewald on Foucault on Becker American Neoliberalismo y Michel Foucault’s 1979 ‘Birth of Biopolitics’ Lectures «, Coase-Sandor Working Paper Series en Derecho y Economía, Chicago, 2012. Véase también Giuseppe Cocco y Bruno Cava, New Neoliberalism and the Other. Biopower, Anthropophagy and Living Money, Lexington, 2018.
[13] Revista Trágica: estudos de filosofia da imanência, 1 quadrimestre 2015 – vol. 8 – n. 1. PPGF da UFRJ. Publicado originalmente em Les Nouvelles littéraires, 3-9 de maio de 1984, pp. 75-76. Tradução de Mariana de Toledo Barbosa.
[14] “L’Analyse marxiste et le fascisme”, Les Temps Modernes , 1945, n. 2 em Claude Lefort, Écrits 1945 – 2005, Belin, Paris, 2007, p. 34.
[15] Hay otra manera de hablar del fenómeno que es usando el término – mucho más ambiguo – de «populismo» o «populismos». Ver por ejemplo Paolo Gerbaudo, The Mask and the Flag. Populism, citizenism and global protest, Hurst & Company, Londres, 2017. Véase también la reseña de Alexandre Mendes, “O que podem as mascaras e as bandeiras”, sitio Uninômade Brasil, disponible en http://uninomade.net/tenda/o-que-podem-as-mascaras-e-as-bandeiras/
[16] Como en el episodio del veto «presidencial» al clip publicitario del Banco do Brasil sobre «multiculturalismo», en mayo de 2019.
[17] La Central European University de Soros en Budapest tuvo que cerrar las puertas. Es interesante recordar que la izquierda a menudo hace las mismas críticas, por ejemplo a otra fundación que recibe recursos de Soros, la Open Democracy. Sobre la Universidad, véase: https://www.forbes.com/sites/susanadams/2018/12/04/why-hungary-forced-george-soros-backed-central-european-university-to-leave-the-country/#28d403ba533e
[18] La presencia del Primer Ministro israelí, Benjamín Netanyahu, también es emblemática y-sin poder aquí desarrollar el tema- muestra cómo los atajos nacionalistas e identitarios siempre llevan a descaminos, en este caso en la alianza entre un estado que se define como judío y figuras políticas que están renovando el antisemitismo. «Por ejemplo, Charlie Werzel,» Mass Shootings han llegado a Sickening Meme: online messages de suspects in shootings en California synagogue y Nueva Zeland mosque fueron similares «, New York Times, 28 de abril de 2019, disponible en https://www.nytimes.com/2019/04/28/opinion/poway-synagogue-shooting-meme.html.
[19] “La situation sociale en France”, Socialisme ou Barbarie n. 10, 1952. In Écrits, cit. p. 87.Grifos nossos.
[20] Maurice Merleau-Ponty, Sens et non-Sens (1966), Gallimard: Paris 1996.
[21] Ibid. p. 124. La referencia es a Charles Maurras, poeta y pensador francés que fundó la ultranacionalista Action Française y, después de la ocupación nazi de Francia, apoyó con entusiasmo al gobierno colaboracionista del mariscal Petain así como sus leyes raciales (antisemitas).
[22] Sens et non-Sens, cit., pp. 124-5. Grifos nossos.
[23] Ver Étienne Balibar, Violence et civilité. Wllek Library Lectures et autres essais de philosophie politique, Galilée, Paris, 2010.
[24] Véase Giuseppe Cocco e Bruno Cava, New Neoliberalism and the Other. Cit. En particular los capítulos 5 e 6.
[25] Véase por ejemplo Elettra Stimilli, Il debito del vivente. Ascesi e capitalismo, Quodlibet, Macerata, 2011.
[26] Sobre las definiciones marxianas del capital financiero como ficticio, ver Nigel Dodd, The Social Life of Money, Princeton, Princeton, 2014, p. 55 y siguientes.
[27] Pedro Ferreira e Renato Fragelli, “Populistas e liberais, em equilíbrio precário”, jornal Valor, 18 de abril de 2019.
[28] María Cristina Fernandes, “Divórcio de bolsonaristas começou na estrada”, b, 12 de abril de 2019.
[29] Fabio Giambiagi, “O radicalismo e a economia”, O Globo, 9 de abril de 2019.
[30] Editorial do Globo, Ö risco de mais uma década perdida no Brasil”, O Globo, 20 de abril de 2019.
[31] José Casado, “O custo da desconfiança”, O Globo, 16 de abril de 2019.
[32] Míriam Leitão, “A América Latina e o populismo”, O Globo, 18 de abril de 2019.
[33] Julia Braga e Fernando Lara, “Há motivos para recuperação dos investimentos? Corte de gastos é recessivo e deteriora ainda mais os indicadores fiscais”. Valor, 18 de abril de 2019.
[34] André Lara Resende, “Razão e Superstição”, Valor, 18 de abril de 2019.
[35] David Graeber, Debt: The first 5.000 years, Melville House, New York, 2011.
[36] André Lara Resende, “Razão… “, Cit.
[37] Ibid.
[38] Ibid.
[39] André Lara Resende, “Consenso e Contrassenso: déficit, dívida e previdência”, Valor Econômico, 8 de março de 2019.
[40] Nigel Dodd, Cit., p. 24 e na nota 12.

Como indicación de lo que ocurre, en el 2014 había unos 1.600 millones de objetos/máquinas conectados. En el 2020 se estima que serán 20.000 millones. Sin embargo, el funcionamiento real de estas múltiples redes sobre una única infraestructura de comunicación requiere una red con las características del 5G. Con sus consiguientes riesgos. Por un lado, el de la ciberseguridad (interferencias y vigilancias de todo tipo, sobre todo de gobiernos, incluidos todos). Por otro lado, los peligros potenciales para la salud aún poco evaluados. Resulta que una característica clave de esta nueva red es una altísima densidad de miniantenas que están sembrando en todas las ciudades para, mediante su cobertura coordinada del espectro, obtener una comunicación ubicua de cualquier punto de la red a cualquier otro. Antes de que le entre pavor piense que esta red, como todo lo que hemos ido inventando, se va a desplegar y usted (o sus hijos o sus nietas) la van a utilizar, sí o sí. Con lo cual lo urgente es analizar seriamente los impactos de estos múltiples campos electromagnéticos sobre la salud (sobre lo que hay muchos mitos, parecidos al movimiento antivacunas) y encontrar soluciones técnicas para prevenir el daño potencial.
En cualquier caso, la construcción y gestión de la(s) red(es) 5G se convierte en un campo esencial de la lucha por el poder y el dinero, porque vivimos en la época del capitalismo de los datos y los datos sólo sirven cuando pueden ser procesados y conectados.
Por eso se ha desatado una violenta reacción del Gobierno estadounidense contra la participación de Huawei en el diseño y construcción de la red. Y es que resulta que, en opinión de la mayoría de los expertos, Huawei posee la tecnología de diseño y fabricación más avanzada del mundo en las redes de telecomunicación 5G. Creo que el choque psicológico del Gobierno (mucho menos el de las empresas) es comparable al pánico surgido ante el Sputnik soviético en 1957.
¿Cómo es posible –dicen en Estados Unidos– que los chinos estén más avanzados cuando se suponía que su ventaja competitiva estaba en copiar y fabricar más barato explotando su mano de obra, sin añadir valor mediante investigación? Estamos en presencia de una mezcla de complejo de superioridad e ignorancia. Huawei está entre las primeras cinco empresas del mundo en gasto en I+D, tiene decenas de miles de investigadores, con centros en todo el mundo, no sólo en China, sino en Silicon Valley y otros núcleos tecnológicos. Y obtuvo más patentes tecnológicas en el 2017-2018 que cualquier empresa tecnológica en Estados Unidos. Aun así, la paranoia de los estrategas estadounidenses es tal que, teniendo en cuenta las consecuencias geopolíticas e incluso militares de esta tecnología, decidieron que la ventaja de Huawei sólo podía provenir del espionaje industrial y han arrestado y procesado a la directora financiera, Meng Wanzhou, hija del fundador de la empresa. ¿Pruebas? En el momento de su detención llevaba un iPhone y un iPad. Concluyente, ¿no? La acusación en serio es que Huawei es una empresa estatal (falso, es privada, como lo es Alibaba, la mayor empresa de e-commerce del mundo) y está introduciendo un acceso de “puerta trasera” en la red mediante el cual se puede espiar a todo el mundo. Y sólo faltaba que justo ahora el Gobierno chino lance su iniciativa de construcción de infraestructuras de transporte y comunicaciones en Europa y Asia (la nueva ruta de la seda) en colaboración con diez países europeos, incluida Italia, para que el 5G se interprete como un proyecto de dominación china sobre Occidente.
Objetivamente, hace falta mucho cinismo para presentar al Gobierno de Estados Unidos, así como los europeos, como respetuosos de la privacidad. Hay múltiples revelaciones y documentos (en particular los papeles de Snowden) que muestran la práctica sistemática de vigilancia legal o ilegal de las agencias estadounidenses en todo el mundo, como hace el Gobierno chino. Y la ayuda de mercados militares a empresas como Boeing y a Silicon Valley es un hecho.
La nueva revolución tecnológica se está convirtiendo en un campo de batalla geopolítico, en detrimento de la cooperación sinérgica que intentan algunas empresas europeas.

| Nancy Fraser (Baltimore, 20 de mayo de 1947) es una filósofa política, intelectual pública y feminista estadounidense. Ha ejercido como profesora de ciencias políticas y sociales. En la actualidad es profesora de filosofía en The New School en Nueva York. Es ampliamente conocida por sus críticas y contribuciones teóricas en el ámbito de la filosofía política, especialmente es cuestiones de política de la identidad, sobre el constructo de justicia social y la teoría feminista. Activista feminista ampliamente reconocida, es autora del famoso libro ‘Fortunas del feminismo’ y ‘¿Redistribución o reconocimiento? Un debate político filosófico’ en coautoría con el filósofo alemán Axel Honneth sobre asuntos de política de la identidad, el concepto de justicia social y la teoría feminista, movimiento que, sostiene, debe construirse con «un gran empuje desde abajo», no sólo para el uno por cierto de las mujeres |
— No creo que haya algo remotamente cercano a una sola agenda feminista global y compartida por todas las mujeres, y diría que hay dos razones para no pensar de esta manera en la actualidad: una tiene que ver con una idea de la que mucha gente habla hoy en día, y es la diversidad de las mujeres: diversidad referida a la diversidad de los espacios sociales que habitan y a los problemas de la interseccionalidad, lo que hace que la situación de las mujeres trabajadoras, las mujeres de color, las mujeres trans, las mujeres indígenas, sea diversa y nos enfrenta también a un contexto postcolonial versus uno europeo o estadunidense metropolitano, por ejemplo. Las situaciones son muy diferentes y es completamente normal, natural y deseable que diversas movilizaciones feministas se desarrollen en diferentes lugares y con diferentes énfasis.
— ¿Entonces no tenemos una agenda común?
— Me estoy refiriendo al hecho de enfocarse en diferentes preguntas, lo cual en sí mismo no es problemático, pero sí hay un segundo aspecto que considero que complica enormemente la cuestión de la agenda global y es que en realidad existen muchas ideas antitéticas y enfrentadas acerca de lo que es el feminismo, acerca de lo que implica la igualdad de las mujeres, acerca de lo que es la subordinación femenina y desde dónde se sustenta en nuestra sociedad, por lo que diría que hablando de la perspectiva de Estados Unidos, y aun cuando considero que no es únicamente una cuestión de este país, pues lo hemos visto en los últimos veinte años, de lo que se trata es de la emergencia de una corriente liberal hegemónica del feminismo o incluso podremos llamarle feminismo neoliberal que ha sido enaltecido, por lo menos en el ámbito mediático, y que se trata de un feminismo que sostiene una idea muy limitada y estrecha, diría incluso inadecuada, de lo que es la igualdad. No es en realidad un movimiento por la igualdad sino por la meritocracia, y a lo que me refiero es que incluye frases como “romper el techo de cristal o sobrepasarlo”. Es un tipo de feminismo corporativo que está sustentado en la situación de mujeres privilegiadas, educadas, profesionistas, mujeres empresarias heterosexuales que sostienen la idea de que el problema es la discriminación entendida en su aspecto más limitado y, por ende, sustentan que lo que tenemos que hacer es mover las barreras para que las denominadas “mujeres talentosas” puedan ascender en la escalera corporativa, incluso entre los militares, para obtener su merecido lugar con los hombres privilegiados de su misma clase. Este es para mí un feminismo muy limitado, respecto del cual estoy totalmente en contra y por ello formo parte de un esfuerzo que incluye a mucha gente y en muchos países y que está por desarrollarse, lo que yo llamo el feminismo del noventa y nueve por ciento, que es una alternativa a este feminismo corporativo, en la idea de un feminismo para la mayoría de la población. Y en esta idea del feminismo del noventa y nueve por ciento creo que es posible contar con algo similar a una agenda común, pero ha de ser muy amplia y con suficiente capacidad para que los diferentes grupos de mujeres, movimientos y luchas aquí y allá puedan desarrollar su propios énfasis y encontrar el modo de ir adelante para lograr sus propias necesidades y reclamos. Sin embargo, considero que algunas cosas que deben ser centrales para el feminismo del noventa y nueve por ciento son el que debe incluir una amplia definición de lo que significa la violencia contra las mujeres y no únicamente maltrato doméstico o violación, sino que incluya todas las formas de violencia estatal y policial que sufren las mujeres, incluyendo violencia económica, violencia ambiental y demás. Necesitamos un panorama mucho más estructural de lo que la violencia involucra, y lo mismo opera para las cuestiones relativas a la organización de las formas de provisión y reproducción social. Las mujeres, como todas las poblaciones, están enfrentándose a un movimiento mundial de disminución del presupuesto, de recortes presupuestales estatales que apoyen las actividades de reproducción social. Esto, al mismo tiempo en que las mujeres están siendo reclutadas masivamente al trabajo remunerado, y el recorte de servicios estatales y servicios públicos es una perfecta combinación para una tormenta de estrés, para la locura cotidiana de tiempos acotados, por lo que una gran parte de la agenda feminista para el noventa y nueve por ciento hoy en día tiene que ver con la cuestión del aprovisionamiento social. Para el noventa y nueve por ciento de las mujeres no es cuestión de contratar una nana o no.
– Cuando habla del noventa y nueve por ciento ¿se refiere a todas las mujeres, es decir a cada una de las mujeres en el mundo?
– No, noventa y nueve por ciento no es el cien por ciento.
– ¿Qué es entonces?
– Es noventa y nueve por ciento; a lo que me refiero es que el feminismo que ha devenido hegemónico ha sido para el uno por ciento de las mujeres, y necesitamos un feminismo para el noventa y nueve por ciento. La solución para el estrés cotidiano, para el tiempo que nunca alcanza y las presiones que derivan de la reproducción social para el uno por ciento de las mujeres, ha sido contratar mujeres emigrantes, gente de color, mujeres indígenas, pagándoles muy poco y manteniéndolas en situaciones muy precarias, sin ninguna prestación laboral. En muchos casos se trata de mujeres sin papeles, lo que las hace sumamente vulnerables al abuso. Esta no es una solución para el noventa y nueve por ciento. La única solución para el noventa y nueve por ciento es la provisión pública de servicios sociales, cuidado público de la infancia, servicios públicos de salud, soporte comunitario público, etcétera. Por lo tanto, la lucha contra las políticas de austeridad tiene que ponerse al centro del feminismo global para el noventa y nueve por ciento, puesto que los derechos laborales son prioritarios y por ello tenemos que volver a hablar acerca de todas las diferentes formas de trabajo en las que las mujeres están involucradas, el trabajo remunerado, el trabajo relativamente formal, el informal, el precario, las mujeres sin papeles, el trabajo del cuidado. La justicia ambiental es también un tema muy relevante. En muchos lugares del mundo las mujeres tienen la responsabilidad principal de proveer abrigo, agua limpia, cuidado de espacios verdes, de granjas y tierras. Todo esto está marcado por una suerte de dinámica neoliberal peligrosa, que busca extraer valor de todas partes, así que estos son los énfasis que te dan un retrato diferente de lo que una agenda global de mujeres sería para mujeres como Hillary Clinton, cuyas ideas son, ya sabe, “romper el techo de cristal” “subir la escalera”.
— En relación con la institucionalización de la agenda de género, ¿qué piensa usted ahora que tenemos tantas instituciones para las mujeres, tales como ONU mujeres, organizaciones no gubernamentales de mujeres, mujeres en todas las instituciones? ¿Es un logro del movimiento feminista en los términos de lo que usted considera que hay que avanzar, es decir, en relación con lo que usted denomina revisiones sensibles al género de la democracia y la justicia? ¿Hay una crítica estructural al capitalismo androcentrista y un análisis sistémico de la dominación masculina o se trata solamente de una nueva burocracia tecnócrata, que muchas mujeres denominan “femócratas”? Desde su punto de vista, ¿eso contribuye al movimiento o más bien lo desacredita?
— Bueno, yo diría que en la medida en que este tipo de institucionalización está desarticulado de movimientos masivos de base, poderosos y radicales, entonces sí es algo problemático. Eso no quiere decir que estoy en contra de las mujeres involucradas en estas instituciones, porque muchas de ellas tienen muy buenas intenciones e incluso algunas ideas radicales sobre lo que he venido delineando pero, cuando estás en una institución, de alguna manera tienes que ajustarte a su cultura para lograr hacer algo, tienes que hablar su lenguaje, tienes que satisfacer a los financiadores si se trata de una ONG o a los poderes estatales si estás en un gobierno o en Naciones Unidas, así que el único modo en que esto puede ser útil es si se combina con un gran empuje desde abajo. Ahora tenemos este fenómeno, y sobre ello han escrito mujeres como Sonia Álvarez y otras, que se ha denominado la “onegenización” de las políticas feministas, lo que es un síntoma para desviarse de problemas estructurales en toda la organización de la vida política. Esto no es algo específico del feminismo, todos los movimientos sociales tienen este problema y no sustituye la movilización de las bases.
— El feminismo entonces seguirá siendo una fuerza insurrecta y el tercer acto resurgente, como usted lo nombra en su obra Fortunas del feminismo, es entonces este movimiento del noventa y nueve por ciento y marchas como la que acabamos de ver en Estados Unidos en torno a la llegada de Donald Trump al poder. ¿Usted predijo que esto iba a pasar?
— ¿Me pregunta si estamos ahí? Bueno, es difícil decirlo, y quien pretenda hacer predicciones sobre lo que va a pasar, ni siquiera mañana, sería absurdo, pero podría decir que estamos en un momento muy intenso y de tensión, mucho mayor que cuando escribí la introducción de Fortunas del feminismo. La crisis de todas las formas de organización social, llámese neoliberalismo, capitalismo financiero o como se denomine, implican una crisis innegable y es lo que sostiene todo el sistema. El capitalismo ha perdido toda legitimidad y por desgracia lo vemos, de manera especial, en el poder y fuerza que mantiene el ala derecha de algunos movimientos, particularmente en sus formas de populismo de derecha, este populismo reaccionario que hay por todas partes y del cual, evidentemente, el fenómeno Trump en Estados Unidos es la estrella de la película. Pero no pienso que este populismo de derecha que estamos observando esté en una posición que pueda asegurar alguna estabilidad, o alguna alternativa segura a lo que yo llamo el neoliberalismo progresivo previo. Por eso pienso que estamos en una suerte de situación de interregnum, es decir en una situación en la que las sociedades están profundamente desestabilizadas y ya hay mucha politización y radicalización –y habrá una radicalización mayor de la derecha, pero esperemos que también de la izquierda, incluyendo movimientos importantes de mujeres, pero aún no estamos listos para esta gran politización y radicalización masiva. Así que pienso que es una crisis real, no sólo a nivel estructural y objetivo, sino que las cosas se han vuelto disfuncionales. Se trata de una crisis donde las personas no se reconocen como tales y están emergiendo estructuras como las que nos habían aniquilado como personas en los últimos treinta años, y por eso considero que es al mismo tiempo un momento de peligro real, pero a la vez de alguna esperanza. Siento que puedo verlo ahora de una forma que no lo pude ver cuando escribía Fortunas del feminismo. Puedo ver ahora una apertura para un movimiento femenino genuino radical de la izquierda y es por ello que me he unido, junto con muchas personas, en este intento de construir un feminismo por el noventa y nueve por ciento. Creo que ahora el movimiento tiene piernas y que está atrayendo mucha atención.
— Hablando sobre México y América Latina, usted estuvo en Argentina en 2014. Allí dijo que América Latina era la única región en el mundo que ha tenido un proyecto sostenido contra el neoliberalismo, tomando diferentes formas en diversos países. Sin embargo, casi todos los gobiernos de izquierda, como los de Nicaragua, Bolivia, Ecuador, Brasil, Argentina, han sido acusados de severos casos de corrupción y han estado marcados por la tendencia de sus líderes de perpetuarse en el poder y atacar a los grupos de oposición. ¿Qué piensa de esto?
— De nuevo, esto muestra lo que sucede cuando haces algún señalamiento ocasional en un momento particular y en un contexto particular, no vale el papel gastado en el esfuerzo de escribirlo porque las cosas cambian muy rápidamente. Así que obviamente la situación general en América Latina ha ido hacia un serio y triste retroceso y es preocupante. La lección que yo tomo es que es que ciertamente se dieron procesos de desarrollo y muy prometedoras iniciativas en la llamada “marea rosa”, pero también estuvo presente el tema del clientelismo, incluida la corrupción.
Sin embargo, fue un empuje importante por expandir la participación para los indígenas y para la gente de grupos urbanos empobrecidos. Lo que quiero decir es que fue un estallido real de energía democratizadora y un serio esfuerzo por parte de por lo menos algunos gobiernos, de replantear una política no liberal o antiliberal. Podemos decir que quizá Correa en Ecuador, en un cierto grado Fernández en Argentina, etcétera, ninguno de ellos fue perfecto pero yo recojo una lección de todo ello. Al menos una pequeña lección es que muchos de los gobiernos de la “marea rosa” se sustentaron en los altos precios de los productos básicos y esos recursos fueron utilizados –porque dependemos mucho de ellos– y fue algo que resulta inusual y no una situación permanente. El boom de los precios de estos productos permitió obtener, durante un período, una tremenda acumulación de capital a través del mercado y muchos los aprovecharon para distintas formas de redistribución, que fueron desde luego igualitarias, pero no las utilizaron para diversificar y reestructurar sus economías, de tal manera que cuando los precios de los productos básicos cayeron, estos países no tenían ninguna forma de reestructuración para sortear esta situación. Esta es una lección limitada, pero una lección más amplia relacionada con ella es que, en un mundo tan globalizado e interconectado como el que vivimos, la transformación de la estructura social en una región no es posible. Las personas solían decir que el socialismo en un país no es posible; ahora podemos decir que la transformación de la estructura social en un continente no es posible. Simplemente observemos el tema de los precios de los productos básicos, se trata de una economía mundial, no de un país, incluso si este es un país poderoso como por ejemplo Brasil, un gran país que pudo controlar todos estos factores externos. Lo que esto me dice, como alguien de Estados Unidos que, como usted sabe, incluso a pesar de su pérdida de credibilidad moral sigue siendo el elefante del cuarto, el poder mayor, es que especialmente en Estados Unidos tenemos la responsabilidad de hacer un cambio en nuestro país, en nuestra propia casa, porque lo que pasa en nuestro país tiene enormes consecuencias y por ello sentamos parámetros de lo que pueden hacer personas en otras regiones.


¿De qué hablan los rusos en sus consejos de Estado?, ¿de Karl Marx? No, de sistemas de programación lineal, de teorías sobre estadística, de problemas económicos y computan costos de sus transacciones e inversiones, como hacemos nosotros.
– Arthur Jensen, presidente de CCA. Un mundo implacable.
¿Qué tienen en común Jeff Bezos y Iósif Stalin? Un cierto encanto de supervillano, una fría austeridad, una disciplina de hierro, una afición por unos objetivos de producción que desloman y un saludable gusto por el terror.
No obstante, su mayor coincidencia es que tanto el Secretario General como el presidente de Amazon, Inc. edificaron dos de las economías de planificación central más grandes de la historia. Aunque claro, quizá no sea tan sorprendente: ¿qué es lo que mejor encarna el característico espíritu “hazte grande rápido” de Bezos sino el plan quinquenal? Gracias a su logística de vanguardia y a sus cadenas coordinadas de suministro, Amazon registró el año pasado un PIB de 230.000 millones de dólares. No es difícil imaginar al tío Iósif brindando por el éxito de Bezos en el gran Comité Central del cielo. En honor a la reciente reivindicación de Jared Kushner que esgrime que “el gobierno debería gestionarse como una gran empresa estadounidense”, ¡alcemos los comunistas nuestro puño en señal de solidaridad!
De hecho, como escriben Leigh Phillips y Michal Rozworski en La república popular de Walmart, Amazon no es más que una de las miles de empresas, grandes y pequeñas, que planifican sus entradas y salidas de manera centralizada. De las cien primeras economías mundiales, aproximadamente sesenta y nueve de ellas son empresas, no países, y la mayoría, por no decir todas, se planifican de manera interna. (Sears, que dividió la empresa durante la última década en un “mercado interno” de unidades competitivas, gracias a su director y devoto de Ayn Rand Eddie Lampert, está visiblemente ausente de la lista). A pesar del derrumbe de la URSS y de la doctrina mundial sobre los mercados que proliferó a renglón seguido, parece que la planificación sigue estando presente entre nosotros.
El problema es que la planificación no está yendo bien para la mayoría de nosotros. Sí, es cierto, la automatización y la “inteligencia de datos” han conseguido que los consumidores tengan bienes más baratos, aunque, por desgracia, la mayoría de esos mismos consumidores también son trabajadores que están siendo explotados sin piedad. Mientras avanza día a día la promesa que ofrecen las nuevas tecnologías, los trabajadores siguen durmiendo de pie o desplomándose de agotamiento. La planificación, que fue una herramienta revolucionaria para reducir el tiempo de trabajo y eliminar la explotación, se ha convertido en otro vulgar mecanismo más para maximizar los beneficios de unos vampiros superricos, calienta-planetas, rompe-sindicatos, autoritarios, que además no hemos elegido. La República Popular de Walmartargumenta que la izquierda debería recuperar su reivindicación radical en favor de establecer una economía planificada democráticamente y reconvertir ese instrumento corporativo en beneficio de todos. Lejos de ser un frío panfleto sobre teoría logística, el libro plantea preguntas cruciales sobre justicia, tecnología y sobre nuestra propia capacidad para construir un mundo nuevo, a pesar de la catástrofe económica y climática.
Se suponía que la economía planificada se había extinguido hacía tres décadas. La Unión Soviética daba su última bocanada de aire, el capitalismo estadounidense descorchaba una botella de Cristal, la socialdemocracia europea pedía otro cortado y China apretaba un botón llamado “socialismo de mercado”. No obstante, si realmente se le dedica tiempo, todavía es posible encontrar un experto de la Hoover Institution que acepte a regañadientes que la planificación gubernamental sigue siendo mejor que el mercado en el caso de ciertos servicios públicos, como por ejemplo la asistencia sanitaria o los bomberos. Sin embargo, todos desenfundan sus espadas cuando se propone este método para cosas como la vivienda, las farmacéuticas, la energía o, Dios no lo quiera, los bienes de consumo en general.
Sin embargo, lo que puede que sorprenda a los advenedizos es que muchos de los autodenominados marxistas se muestran también reacios a la planificación. A pesar de que Phillips y Rozworski lo mencionan entre sus agradecimientos, Bhaskar Sunkara, redactor de la revista de izquierdas Jacobin, se identifica como un socialista de mercado. En un ensayo de 2013 que esbozaba una agenda para la izquierda, el redactor ejecutivo de Jacobin, Seth Ackerman, reconoció que los mercados son necesarios, así que quizá lo mejor sería encontrar una manera de socializarlos. Vivek Chibber, profesor de sociología y, junto con Sunkara, uno de los coautores de El ABC del socialismo, descarta la planificación por considerarla un callejón sin salida: “Podemos querer que funcione la planificación, pero no tenemos pruebas de que pueda funcionar”. Una de las “peores herencias” de la izquierda ha sido “asociar al socialismo con la planificación central”. El socialismo de mercado, según se nos cuenta, es el comunismo para adultos.
Todo el mundo, desde el socialista de mercado hasta el economista austríaco, eligió su bando en el increíblemente sexy intercambio académico conocido como el “debate sobre el cálculo económico en el socialismo”. La discusión debería resultar conocida: las transacciones del mercado proporcionan información decisiva a los productores sobre lo que necesitan los consumidores y los otros productores; y, por tanto, sobre cuánto es necesario producir. Intentar calcular (o lo que es lo mismo, planificar) esta galaxia de entradas y salidas interdependientes es imposible en el caso de una economía fluida. Es una cuestión de información, idiota. Y, te guste o no, los precios del mercado son la mejor manera de recopilar la información que necesitamos para determinar la oferta y la demanda.
A raíz de esto, apareció una rica tradición de heterodoxia económica, matemática e informática que intentó responder a este problema de cálculo; sin embargo, la moderna capacidad de procesamiento, que eclipsa el ancho de banda del que se disponía en el siglo XX, es la que mejor contrarrestó el argumento anterior. Tomemos como ejemplo al científico informático y economista Paul Cockshott que, en aproximadamente dos minutos y utilizando solo los equipos de la universidad, afirmó haber ejecutado modelos que consiguieron optimizar una economía “de aproximadamente el tamaño de Suecia”. Es de imaginar que los descomunales centros de información de Amazon, Ford o Foxconn podrían ser capaces de realizar cálculos incluso más impresionantes. Además, insistir en que la teoría comunista debe demostrar una supuesta ecuación perfecta es mentir o ignorar la pregunta. La pregunta no es si la planificación es matemáticamente infalible, sino si asigna los recursos mejor que el mercado.
La respuesta, para regresar al mundo material, es que sí. Es cierto que en el capitalismo las empresas planifican internamente pero compiten unas entre otras, en un baile que hace que las empresas sigan innovando para buscar nuevas formas de captar plusvalías y, en ocasiones, beneficiar a la gente normal de forma involuntaria. Esta dinámica no ocurriría de forma natural en una economía planificada; no se puede simplemente confiscar Amazon o Walmart, nacionalizarlas y detenerse ahí. Por lo que parece, Phillips y Rozworski son conscientes de eso (hay un capítulo entero de La República Popular de Walmart titulado “La nacionalización no basta”) y apuntan en la dirección de una interesante línea de pensamiento concebida por el economista J. W. Mason: los bancos suelen operar como un Gosplán privatizado, en el cual el fondo de reptiles del capital financiero se destina a la empresa que un grupo de planificadores vestidos con ropa de Brooks Brothers decide que merece una inversión, independientemente de la rentabilidad. En otras palabras, la competencia del mercado es difícilmente el motor divino que se encuentra detrás de la innovación si tantas empresas, como describe Mason, “nacen cada día por la gracia de aquellos que las financian”.
Incluso en ese caso, ¿podría la planificación replicar la capacidad que tiene el mercado para innovar? El antiguo director de Ford, Mark Fields, parece sin duda pensar que sí y declaró en 2016 que dentro de poco su empresa “será capaz de utilizar la analítica para anticipar las necesidades de las personas, en lugar de tener que esperar a que la gente nos diga lo que quiere”. Y frente a la mofa simplista de los conservadores (“me encanta ver a los estúpidos milenials enfrentarse al capitalismo en sus iPhones fabricados por Apple”), se podría argumentar que fueron sobre todo el Pentágono y el Departamento de Energía, que son inmunes al mercado, los que desarrollaron las baterías, los algoritmos, las pantallas táctiles y los microprocesadores que nuestros amigos de derechas utilizan para tuitear sobre la caravana de musulmanes. De nuevo, nada de esto significa ensalzar las actuales decisiones o a los profesionales de la planificación tal y como se concibe en el sistema capitalista, sino reconocer su poder y de qué otra manera podría utilizarse.
Eso en cuanto a la viabilidad; sin embargo, la izquierda tiene todavía motivos para albergar un profundo escepticismo tecnológico. Cuando muchos de nosotros escuchamos la frase “recopilación de datos”, no pensamos tanto en justicia social sino en Facebook vendiendo nuestros datos personales, en la vigilancia de la NSA y en los modelos racistas de control policial “predictivo”. En su libro Automatizando la desigualdad, Virginia Eubanks enumera las políticas estatales que subordinaron al control algorítmico las solicitudes de prestaciones sociales, la adjudicación de viviendas y la investigación sobre el bienestar infantil. Los resultados han sido catastróficos para los pobres y para la clase trabajadora, de todas las razas y sexos. Al fin y al cabo, los algoritmos los escriben los humanos y los prejuicios intervienen en la versión digital tanto como lo hacían en la versión analógica del siglo XX, puede que incluso más. Phillips y Rozworski reconocen la existencia de esta realidad y recomiendan encarecidamente, con razón, que se lleve cabo un control, puesto que es necesario garantizar que este ingrediente envenenado no se añade a la receta.
Pero la esperanza reside en reconocer que la tecnología es una construcción política, en lugar de una especie de fuerza transcendental y neutral. Si es posible programar la consolidación de jerarquías, no cabe duda de que podemos trabajar para programar su destrucción. (Ya existen prometedoras investigaciones sobre cómo tener en cuenta algunos problemas como por ejemplo el “impacto desigual”). En palabras de Eubanks: “Si queremos que haya una alternativa, debemos construirla ex profeso, ladrillo a ladrillo y byte a byte”.
Más allá de la justicia algorítmica, el verdadero fantasma que atormenta al socialismo, como es lógico, es la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas, cuyo historial de planificación es menos que ejemplar. Aunque el comunismo con mayúsculas propiciara la industria moderna, la alfabetización y la seguridad social, Phillips y Rozworski no niegan el fracaso último del experimento soviético. La Revolución de Octubre tuvo que contorsionarse y quedó en entredicho como consecuencia de una guerra mundial, una guerra civil, una invasión imperialista, un atraso económico, otra guerra mundial y medio siglo de carrera armamentística contra EE.UU. Por el bien de la revolución se pospuso indefinidamente la democracia. Aunque las empresas soviéticas y alemanas del este fueran tanto o más eficientes que sus equivalentes occidentales, esa configuración siguió resultando en trabajadores que se oponían al trabajo y gerentes que mentían sobre la producción, es decir, daban mala información. (En una ironía particularmente cruel, los burócratas del Gosplán hasta terminaron saboteando los nuevos modelos de planificación informatizada, no fuera a ser que perdieran ellos mismos su peso político. Sus improbables coconspiradores fueron los criptocapitalistas “reformistas” que se preocupaban porque los algoritmos pudieran funcionar de verdad y ¡conservaran la planificación para siempre!)
Para Phillips y Rozworski, no fue la planificación comunista lo que condujo al autoritarismo y al desastre, sino que fueron el autoritarismo y el desastre los que condujeron a la mala planificación. “La democracia”, escriben, “no es un ideal abstracto que se agrega a todo lo demás, sino que es fundamental para el proceso”.
Hace unos pocos años, la novela Abundancia roja de Francis Spufford otorgó a la idea misma de la planificación soviética el papel de héroe, desde el cual cae en desgracia, como le sucede a todos los héroes trágicos. No hace falta subestimar esa tragedia, pero es posible sobrestimarla. No olvidemos lo que sucedió tras la llegada victoriosa del mercado a la antigua URSS: la producción de bienes de consumo, la producción industrial y la esperanza de vida se desplomaron. Apareció una nueva clase de personas sin hogar que se congelaban hasta la muerte en las calles, los callejones y los parques. A menudo hablamos de los millones de personas que fallecieron durante el estalinismo de la década de 1930, pero no hablamos de los millones de personas que fallecieron durante la época poscomunista de la década de 1990. De manera previsible, algunas encuestas recientes reflejan que la mayoría de los rusos todavía lamentan el derrumbe de la URSS y su economía planificada. (En 1996 casi eligieron al candidato presidencial comunista Gennady Zyuganov hasta que (ojo al dato) los charlatanes de derechas se confabularon con un gobierno extranjero enemigo para ayudar a colocar un bufón corrupto y ampliamente impopular mediante una campaña mediática que utilizaba propaganda total y manifiesta). La experiencia soviética supuso una lección, estamos de acuerdo, pero no es la que muchos engreídos fetichistas del mercado quieren que pensemos que es.
Y si todo eso puede pasarle a una superpotencia, imagínate a lo que se enfrentó Chile, que pretendía ser la alternativa socialista a la tecnocracia soviética: en 1970, el presidente marxista Salvador Allende ganó las elecciones, aupado por el apoyo de la clase trabajadora, y estableció una red de planificación participativa en todo el país. Como era de esperar, EE.UU. frustró este nuevo enfoque mediante un bloqueo económico primero y mediante un golpe militar respaldado por la CIA después, que consiguió extinguirlo finalmente en 1973. Aun así, el espíritu pionero del momento quedó capturado de forma conmovedora en el maravilloso estudio de Eden Medina llamado Revolucionarios cibernéticos. Lo que sucedió después es un cliché deprimente: se instauró un régimen dictatorial con un carácter netamente antizquierdista y se utilizó a todos los chilenos como cobayas del loco laboratorio del mercado.
¿Cómo tratará ese mismo mercado a los trabajadores del mañana que sucumban ante las inminentes oleadas de automatización? ¿Es el mercado realmente compatible a largo plazo con algunos objetivos políticos progresistas como por ejemplo la renta básica universal o el pleno empleo? ¿Permitirá realmente el mercado que se ponga fin al encarcelamiento en masa? Y luego está la palabra que empieza por c: el mes pasado nos enteramos de que ya es imposible prevenir un cambio climático potencialmente catastrófico y que incluso si abandonáramos mañana mismo las emisiones de carbono, la temperatura del ártico en 2099 será 5 ºC más alta. La expresión “a paso de glaciar” ya no significa lo que significaba antes. En vista de esto, The Atlantic, el portavoz oficial del dios de la muerte Nyarlathotep, sugiere como es lógico que “cualquier plan realista para descarbonizar la economía de EE.UU. requerirá casi de forma inevitable el tipo de avance tecnológico comercial que suele provenir de los emprendedores privados”. Para no quedarse atrás, el New York Times publicó el mes pasado un editorial con el título (no es broma): “¿Puede Exxon Mobil proteger a Mozambique del cambio climático?”.
Esto no tiene que ser así. Según sostienen Phillips y Rozworski, adaptar la industria a la energía renovable es algo que EE.UU., India y China podrían conseguir, pero, por si no lo sabías, los principios del comercio no les están incentivando lo suficientemente rápido. La agricultura libre de emisiones de carbono es una gesta más complicada, pero seguro que lo sería menos si fuera un proyecto estatal libre de la injerencia del mercado, como lo fue el Sputnik o el Proyecto Manhattan. La periodista climática Kate Aronoff sugiere: “Si generas un impulso exitoso para nacionalizar [el sector de los combustibles fósiles] o para reducir rápidamente su poder, eso sentaría un auténtico precedente para otros sectores… Y luego podrás nacionalizar Monsanto. Haz que eso sea el eje principal de la reivindicación populista de un movimiento para evitar el cambio climático”. Dentro de la izquierda existen escuelas diferentes en lo que respecta a la ecología (Phillips, escritor científico durante el día, ha recibido críticas por su “ecomodernismo” consumista a favor del crecimiento), pero es de esperar que todos podamos ponernos de acuerdo en que acabar con el mercado de la energía existente es un paso necesario.
Más que ninguna otra crisis del capitalismo, el desastre climático es la razón más evidente para abandonar la estúpida y cortoplacista lógica animal del mercado como plan racional y humanitario. Por citar la superior crítica del capital que aparece en Gremlins 2, esto ha sido “una gestión totalmente fallida”. Y si la historia de las crisis del capitalismo sirve en algo de guía, es muy posible que el cambio climático dé como resultado un Estado más grande, más voluminoso y más controlador, pase lo que pase. Antes de que las cosas comiencen de verdad a resquebrajarse, deberíamos empezar a decidir si ese Estado funcionará según principios de igualdad o bajo el impulso letal fascista. ¿De verdad existe alguien que no tenga un yate llamado Fountainhead que quiera dejar que la mano invisible del mercado tome esa decisión?
A su favor, hay que decir que Phillips y Rozworski regresan repetidamente a lo largo del libro a la necesidad de una movilización en masa. La planificación no es un truco raro para alcanzar el socialismo. A menos que lo único que queramos sea la optimización de los beneficios mediante un capitalismo de Estado, para lograr la planificación de verdad hará falta una lucha de clases continua y brutal. Hará falta experimentación, fallos y, como dijo una vez Marv Alpert, una defensa tenaz. Cualquier esperanza de éxito reside en un movimiento popular rejuvenecido, robusto y, cómo no, mundial, para acabar con las barricadas políticas, legales y físicas que han erigido los gobiernos y el capital. Pero la planificación tiene que formar parte de la agenda.
Aquí resulta útil el concepto cibernético del feedback: la idea misma de un plan, de otorgarle a cada persona el control de su propia vida, es precisamente el tipo de idea revolucionaria que puede alimentar, inspirar y mantener vivo un movimiento de ese tipo. La última frase de la novela Abundancia roja de Spufford no debe leerse como el final de un sueño, sino como el verdadero comienzo de la historia: “¿Puede ser, puede ser, puede acaso ser de otra manera?”.
Hay que esperar que pase lo mejor, por supuesto. Y hacer un plan por si pasa lo peor.
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Brendan James es escritor, músico y coautor de La guía del Chapo sobre la revolución.
Traducción de Álvaro San José.
Este artículo se publicó originalmente en inglés en The Baffler.
