La moneda entre cinismo y fascismo (Alt Right)

Por Giuseppe Cocco

En este artículo pretendemos continuar los esfuerzos de reflexión sobre el enigma en que se tornó la politica en el Brasil después de Junio de 2013, tal como hicieran Bruno Cava (en El 18 de Brumario Brasileño) [1] y Alexandre Mendes (en Vertigens de Junho. Os levantes de Junho de 2013 e a Insistência de uma Outra Percepção [2]).

Nada mejor que iniciar recordando el enigma de lo político definido por Maurice Merleau-Ponty en su célebre trabajo Note sur Machiavel de 1949[3]. Por un lado, el filósofo afirma que la obra de Maquiavelo es la base fundamental para pensarse un verdadero humanismo y una politica radicalmente otra de aquella que funciona como “exhortación moral”. Algo que solamente podría acontecer por medio de la “invención de formas de poder político capaces de controlar el poder sin anularlo”, un “poder de los sin-poder”. Por el otro lado, una vez “esbozadas esas formas políticas”, como parece haber sido el caso de la Revolución Rusa de 1917, “el poder revolucionario perdió el contacto con una fracción del proletariado (…) y, para esconder el conflicto, comienza a mentir”. Ante la Comuna de Kronstadt [4] el nuevo poder bolchevique “proclama que el estado mayor de los insurrectos está en las manos (de la contrarrevolución). De la misma manera –después de la revolución francesa– las tropas de Bonaparte tratan a Toussaint-Louverture, que lidera la lucha de los esclavos en Haití, como agente extranjero [5]. La disidencia es maquillada como sabotaje, la oposición como espionaje” [6]. De este modo constata Merleau-Ponty, “vemos reaparecer dentro de la revolución las luchas que ella debía superar” y “el enigma de un humanismo real queda entero” [7], sin solución.

Comenzamos entonces diciendo que el desafío de lo político es incluso pensar la politica como reconocimiento de ese enigma, que solo tiene soluciones provisionales, evitando la tentación de, en algún momento, fijarla definitivamente [8]. Al mismo tiempo, si el enigma del humanismo es insuperable, eso no significa que se presente siempre de la misma manera. En la inmediata postguerra, Claude Lefort uncía la propia renovación del marxismo a la crítica de la idea marxista de solución [9]. Sin embargo, la salida del “absoluto” de los principios morales abstractos –afirmados a priori en base a la tradición o a posteriori en base a la revolución– no es el relativismo (el maquiavelismo). La increíble parábola de la izquierda brasileña, en su defensa del “lulismo” y del Partido de los Trabajadores (PT) después de su muerte politica (después de Junio de 2013), no podría ser más emblemática: el relativismo (el cinismo maquiavélico y sin principios del PT, con sus políticas neodesarrollistas y la industrialización de la corrupción) acaba siendo defendido en nombre de la idea absoluta de la izquierda como valor moral, como pura trascendencia (y eso también por parte de teóricos políticos que decían hacer de la inmanencia su norte: entre romper con la izquierda en cuanto esencia y quedarse con su público editorial, no dudaron ni un segundo). Llegamos así al paroxismo de una defensa moral de principios absolutos  (la izquierda, la bandera, el antiimperialismo) que sirve de defensa de la más absoluta falta de principios (corrupción, triplex, los subsidios al gran capital). Un relé a partir del cual relativismo y absoluto se retroalimentan de manera perversa.

La salida maquiaveliana (y marxiana) la trampa constituida por la falsa alternativa entre el absoluto relativismo se encontraba en el perspectivismo: en volverse príncipe del pueblo minuto, en la afirmacion del punto de vista de clase, del poder obrero. Por mucho tiempo nosotros apoyamos esa salida, que pensábamos era la única capaz de juntar los principios y los procesos de su produccion en una nueva ética. La radicalización de ese metodo en el análisis operaista italiano [10] del americanismo como una produccion de las luchas obreras continua siendo una de las propuestas más potentes en esa dirección, pero ella también es parte del enigma y eso en la medida que ese pensamiento y esa praxis caen en el mismo impasse, representado en el debate a favor o contra la autonomia de lo político [11]. Hoy sabemos que esa salida tampoco lleva a ningún lugar y que necesitamos profundizar el éxodo.

Entonces, la reflexión sobre el enigma tiene varias dimensiones. Dos de esas nos parecen urgentes e intentaremos esbozarlas aquí: se trata de la cuestion del fascismo (que hoy se llama Alt Right) y de aquella de la moneda. Las dos se juntan en la medida en que implican recíprocamente las posibilidades e imposibilidades de una conversión (o inconvertibilidad) de la violencia en civilidad [12].

 

La huelga que no existió

En 1984, en medio del viraje neoliberal del gobierno de la gauche” (del presidente François Mitterand), Deleuze y Guattari escribieron un breve artículo titulado Mayo del ’68 no aconteció. El cual no podría ser más actual, al punto que podemos fácilmente colocar “Junho de 2013” en lugar de “Mayo ‘68” y sus inflexiones funcionarían de la misma forma, casi por entero. Esto muestra la fuerza del evento y al mismo tiempo el cuanto la izquierda–inclusive la que se llama o se refiere en Deleuze o en Negri– es un real y eficaz operador de destrucción de subjetividad. Vale la pena citar este largo párrafo:

“En Francia, escribirán, después del 68, los poderes convivirán todo el tiempo con la idea de que la “polvareda bajaría”. Y, como en efecto, la polvareda bajo, pero en condiciones catastróficas. Mayo del 68 no fue la consecuencia de una crisis, ni la reacción a una crisis. Fue lo contrario. Es la crisis actual, son los impasses de la crisis actual (…) que resultan directamente de la incapacidad de la sociedad francesa para asimilar Mayo del 68. La sociedad francesa mostro una radical impotencia para operar, en el nivel colectivo, una reconversión subjetiva del tipo que el 68 exigía; de ese modo, como podría operar actualmente una reconversión económica en condiciones de “izquierda”? Ella no supo proponer nada a las personas: ni en el dominio de la escuela, ni en el del trabajo. Todo lo que era nuevo fue marginado o caricaturizado” [13]

Después de Junho de 2013, aconteció la misma cosa. Tal vez retirando el hecho de que la izquierda brasileña tenía, si, alguna cosa que proponer: Copa del Mundo, Olimpiadas, ríos de dinero para las grandes empresas y remociones de pobres. Así, una vez que toda la subjetividad fue destruida, la “reconversión” económica se torna la única “cosa” restante: con Dilma, con Temer y, ahora, con Bolsonaro.

Ya en 1945, reseñando un libro de Daniel Guérin sobre el fascismo, Claude Lefort escribía: “No es porque el fascismo es inauténtico que él no es”[14]. Continuar diciendo que Bolsonaro es Bolsonaro no es solo lo que él quiere y necesita para retroalimentar su máquina discursiva (o Twitter), sino que impide, por un lado, aprehender las responsabilidades políticas de ese peligrosísimo viraje electoral y, por el otro, analizar su composición y sus contradicciones. Para resistir al horror, necesitamos aprehender, antes que todo, como fue que él pudo transformarse en “solución” para un gran porcentaje del electorado. Esto quiere decir preguntarse cómo fue que las alternativas políticas y sociales fueron sistemáticamente silenciadas por la izquierda hegemónica.

La coalición que gano las elecciones es altamente diversificada y repleta de contradicciones bastante importantes. No queremos hacer aquí un análisis detallado de cada una de sus componentes, pero si enfocarse sobre alguna de sus dimensiones. El fenómeno electoral está atravesado por lo menos por dos lineas diferentes: una primera tiene que ver con el movimiento Alt-Right (la nueva extrema derecha norteamericana)[15], que ha renovado a la extrema derecha a nivel mundial; la otra dice respecto a la interpretación y representación del antipetismo. Nos concentraremos en la primera línea, aquella que genero las bases para un discurso político inescrupuloso, repleto de Fake News. Dos de esas son las más expresivas: aquella del supuesto Kit Gay y aquella de el “Nazismo es una ideología de izquierda”. En la osadía de la falsificación, ellas funcionan como si fuesen dos “verdades”. La primera Fake News pretende transformar la incomodidad creada por el cambio cultural y social en términos de libertad sexual y nuevos regímenes discursivos en una verdadera protesta social, algo como la “revuelta de los normales” que serían (sorprendentemente) oprimidos por los “anormales”.

Lo que el movimiento gay, las feministas, el movimiento LBGT consiguieron como brecha en los códigos normativos e impositivos que vigorizaban (y vigorizan aun), es visto como imposición de una nueva norma, que sería “gay”: la educación sexual seria en realidad una orientación sexual. Por asombrosa que sea la operación, ella precisa ser encarada en esos términos y son esos términos lo que precisan ser deconstruidos y transformados: hacer de la práctica de nuevos derechos –en este caso en el campo de la libertad sexual– algo que se afirma por medio de leyes y de leyes de “criminalización” abre el camino para ese tipo de equívocos que la nueva derecha interpreta y organiza con el mismo nivel de cinismo que el PT uso para reducir los derechos a mero marketing y relativizar la corrupción. La situación es particularmente desagradable: mientras que se inclinaban obsequiosamente a los intereses de las alianzas con los evangélicos, los gobiernos del PT no hicieron ningún avance real (como podría haber sido las miles de mujeres que pierden la vida en los abortos clandestinos, no promoviendo ni la legalización del aborto o al menos su inserción formal en una pauta legislativa). Para compensar, solo invirtieron en el marketing y en la cooptación de aparatos de “movimiento”. De este modo, la contestación de la extrema derecha que hoy está en Planalto no golpea conquistas reales, sino que apenas conquistas imaginarias, en el terreno mismo del marketing [16]. El resultado es que en lugar de tener alguna cosa que defender, los movimientos son doblemente acosados: necesitan defender un marketing fundamentalmente vacío sin una real dinámica de movilización, pues el PT trabajo con ahínco para desmovilizarlos.

La segunda Fake News, como dijimos, afirma que “el nazismo era de izquierda”. Se trata obviamente de una narrativa funcional al anti-petismo, pero ella tiene una dimensión más profunda, pues ella explicita– tras de su apariencia grosera– la inspiración fascista del bolsonarismo. Decir que el nazismo era de izquierda significa renovar su forma narrativa más sofisticada. El Nazismo, como sabemos, es la unión del nacionalismo con el socialismo (Nazionalsocialismus), algo que debería haber sido imposible. Basta pensar que el socialismo era ontológicamente internacionalista. Mientras que esto sirvió, en la década de 1930, para capturar y manipular el malestar de segmentos de clase pauperizados por la crisis y enfurecidos con la humillación nacional impuesta a Alemania por las potencias victoriosas de la Primera Guerra Mundial. Lo que debemos percibir es que el nazismo es incluso esa manipulación: masacrar a la izquierda y al mismo tiempo capturar a las masas que ella debería organizar, emplazando las reivindicaciones sociales en el terreno nacionalista. Y, para eso, dibuja como enemigo al “internacionalismo”, que sería el hecho de una plutocracia (el gobierno de los ricos) cosmopolita (global). El antisemitismo, o sea, la idea de decir que el mundo es gobernado por un complot de judíos, ricos y comunistas, no fue (y no es) un “desvío” del carácter de Hitler, sino que–como lo fue la guerra –una parte funcional del nazismo como Fake News.

Como no ver, en los regímenes discursivos de la Alt Right, esos mismos temas, reciclados hoy en la retórica anti-globalista y en la transformación de los liberales– particularmente de los media – en “peligrosos comunistas”? La persecución antisemita de George Soros, financista americano de origen húngaro, por la Alt Right de aquel país, es la mejor y más inquietante representación de esa renovación [17].

De la misma manera, la presencia del premier húngaro Viktor Orban entre los muy pocos líderes que prestigiaron la asunción del mando de Bolsonaro también es particularmente expresiva [18]. Pero, de la misma forma, como no ver también en el anti-globalismo, en el discurso contra los medios y en las teorías de los complots una buena parte del modo de ser de la izquierda realmente existente, contra el mismo Soros y el sitio que recibió su soporte, el Open Democracy? ¿Cómo no pensar en el régimen discursivo sobre el impeachment de Rousseff, que fue transformado en un complot («Golpe») mediático-judicial y parlamentario?

Históricamente, el fascismo y el nazismo son intentos de construir una «tercera vía» de tipo plebeyo y popular a partir de la unión de alguna innovación económica y de una nueva y potente narrativa: en el caso del fascismo, Mussolini la había tomada prestada de la mitología romana , y los nazis en la mística de la raza superior. Claude Lefort recordaba:

El fascismo, aunque a la gente no lo atrape en su forma alemana (racismo y misticismo), supone una movilización de las clases medias en torno a un ideal de grandeza nacional, una política extranjera imperialista, una demagogia socialista capaz de encontrar una resonancia entre las masas [19].

Merleau-Ponty, en un libro dedicado a las cuestiones del Sentido y del Sinsentido [20], reconoce que, en el fascismo, «había una reacción saludable contra las ilusiones kantianas de la democracia» [21]. En efecto, «el optimismo democrático supone que la violencia sólo hace una aparición episódica en la historia humana, que las relaciones económicas tienden por sí solo a realizar la justicia y la armonía y, en fin, que la estructura del mundo natural y humano es racional» . Ante este optimismo liberal y el formalismo jurídico que lo complementa, continúa Merleau-Ponty, «hoy sabemos que la igualdad formal de los derechos y la libertad política enmascaran las relaciones de fuerza en lugar de eliminarlas». La cuestión es, pues, cómo superar la debilidad del pensamiento liberal para hacer que la democracia no se limite a una invocación moral, para hacer que la igualdad y la libertad sean reales, efectivas. «Contra ese moralismo (del liberalismo), nosotros (debemos estar) todos vinculados al realismo, si por eso entendemos una política que cuide de realizar las condiciones de existencia de los valores que ella escogió». Pero, esa crítica de la «moral» del formalismo democrático no tiene nada que ver con el «inmoralismo» fascista (de Charles Maurras en ese caso). Lo que el fascismo hace es, sí, reconocer que «la igualdad y la libertad no se dan», pero, en vez de decir que necesitan ser construidas, «él renuncia a la igualdad y a la libertad» [22]. La innovación del dispositivo fascista, (en el período entre las dos guerras mundiales) que se está actualizando hoy (por la Alt Right), es la de reconocer la hipocresía de una democracia formal, que se limita a afirmaciones morales y abstractas de una manera muy cercana de la crítica materialista que viene del campo humanista o de la izquierda, para después oponerle no la lucha material para una democracia efectiva, sino la renuncia a la propia democracia. Se trata de una operación parecida a la que el bolchevismo acabó por hacer en la URSS, denunciada con vehemencia por Rosa Luxemburgo, por los anarco-comunistas, como Alexander Berkmann y Emma Goldman, así como por el ex bolchevique francés, Boris Souvarine.

En el momento de la crítica, el discurso fascista es muy cercano a la crítica popular y de izquierda, pero solo para resolverla a través de un decisionismo y, aunque

En el momento de la crítica, el discurso fascista es muy cercano al de la crítica popular y de izquierda, pero sólo para resolverla a través de un decisionismo y, además, inmoral: pues que los derechos (humanos) son sólo formales e hipócritas, incluso destruirlos formal y materialmente; porque el monopolio estatal de las armas no es respetado ni siquiera por los aparatos de estado (las policías que se transforman en milicias), vamos a liberar el armamento a los más ricos y poderosos y generalizar las milicias, etc. Porque los aparatos que se definen como representantes de las minorías buscan «atajos» identitarios, vamos a hacer una política identitaria, sólo que de la mayoría. Es interesante percibir que ese dispositivo está organizado y funciona en determinadas condiciones históricas. En el caso del fascismo italiano, uno de los determinantes fue el nacionalismo frustrado de una Italia recién unificada y el miedo ante la pujanza de los intentos revolucionarios que siguieron a la revolución rusa y al sacudón sísmico de la Primera Guerra Mundial en la composición social del país. En la radicalización nazi, encontramos nuevamente la frustración nacional, pero esta vez, el inmoralismo se dispone en una relación paradójica con el régimen bolchevique: el desvío y la represión del movimiento obrero y socialista se organizan sobre la base de las técnicas de propaganda y concentración inspiradas propias políticas bolcheviques (y luego en el stalinismo). Hay una línea de continuidad terrible entre la Administración Central de los Campos de Trabajo soviéticos (los Gulag) y los Campos de Concentración alemanes, bien representada en la escritura que aún «acoge a los visitantes en la entrada del campo de trabajo y de exterminio de Auschwitz: «el trabajo libera» (Arbeit Macht Frei). En Brasil, ese dispositivo tiene algunas innovaciones discursivas (el anti-globalismo de la alt right mundial), pero debe su éxito a la hegemonía petista y lulista dentro de la izquierda. Ella fue capaz, al mismo tiempo, de destruir, primero, todo tipo de movilización autónoma y, a continuación, eliminar todo tipo de alternativa electoral y, finalmente, de afirmar que el problema del país sería la operación judicial de lucha contra la corrupción (Lava Jato). El resultado es un gigantesco vacío dentro de una amplia indignación que, a partir de finales de 2014, pasó a ser ocupada por el bolsonarismo. Dos son las marcas de ese funcionamiento del dispositivo bolsonarista: la primera es la entrada del juez Sergio Moro en su gobierno, como reconocimiento de que solamente en su movimiento la lucha contra la corrupción encontró un respaldo político e institucional; la segunda marca fue anterior a las elecciones, apareciendo potentísima con la huelga de los camioneros. No tenemos aquí espacio para discutir si la entrada de Sergio Moro en el gobierno de Bolsonaro refuerza o acaba completamente con Lava Jato. Nos parece que se trata de un gran riesgo para la operación, pero eso no elimina el hecho de que toda la izquierda se adhirió de manera inexplicable al cinismo corrupto del PT.

 

En cuanto a los camioneros, su organización se dio por la contestación (en mayo de 2018) de la política «global» de los precios del petróleo diesel practicada por Petrobras, siendo que muchos de ellos pedían efectivamente una «intervención militar». Entender cómo la propuesta boliviana se ha convertido en la referencia de esta gigantesca movilización autónoma del principal sector de la logística en Brasil ya permite explicar una buena parte del fenómeno. En primer lugar, los camioneros sabían y saben muy bien que los gobiernos del PT fueron la causa de la difícil situación en la que se encontraban Petrobras, la economía nacional y ellos mismos: endeudamiento excesivo, baja del valor del flete y corrupción en Petrobras, que ha tenido y tiene como consecuencia el traspaso de la cuenta a los consumidores, en particular a ellos. A lo que los camioneros respondieron: «nosotros no robamos, esa cuenta no es nuestra!». En segundo lugar, esas reivindicaciones económicas de los camioneros se completaron a través de la reivindicación política de una «intervención militar». La percepción de la corrupción por lo que es, es decir, un modo de funcionamiento sistémico que lleva a uno de los delegados de la Policía Federal en la fuerza tarea de Lava Jato a preguntarse «si hay un país en medio de esa corrupción general», llevó a los camioneros a ser receptivos a la propaganda en favor de una de las instituciones (el ejército) que les parecía no estar involucrada con ese sistema. Y así, dirigieron a esa institución sus demandas de protección.

Entonces, al mismo tiempo que estas inversiones constituyen y hacen funcionar el dispositivo discursivo de la nueva derecha, ellas constituyen su lado más débil y, por esto, más agresivo. La guerra no era sólo una opción para el nazi-fascismo, sino una necesidad reproductiva, tanto para promover la mistificación del dispositivo, como para su propia supervivencia económica, con previsión de las conquistas materiales por la subordinación de los otros pueblos. Y no es diferente con la nueva derecha, aunque esas guerras son «sólo» comercial y / o cultural. Sin embargo, sabemos que la guerra comercial tiene fuertes posibilidades de llevar a la guerra tout court, mientras que aquella «cultural» ya alimenta un nuevo conflicto entre los tipos de fundamentalismo religioso. La necesidad fascista de hacer la guerra no es sólo causa de sus desgracias bélicas, sino también de sus dificultades de lidiar con el pie «económico» de su política: la promoción del consumo popular por los nazis -con la emblemática creación de la Volkswagen- no podía ser un fordismo, pues sólo funcionaba a partir de la presión obrera, mientras que el nazismo movilizaba el trabajo de manera compulsiva. El ajuste neoliberal, en el caso del gobierno Bolsonaro, no tiene como evitar de chocar en la poca importancia dada por el núcleo duro del bolsonarismo a la política económica y en el corporativismo de su tradicional base social. Esta fuga hacia adelante es inevitable, pues, sin ella, el dispositivo de inversión y desvío pasa a funcionar por el revés (es decir, de manera autónoma) y se transforma en una creciente oposición social. Si las polémicas en torno al carnaval, así como en torno a los ministerios ideológicos del gobierno (el Itamaraty y la educación, en particular) forman parte de la reproducción del juego, el episodio de la intervención en Petrobras, para sostener el precio del diesel y evitar la huelga de los camioneros, es otra cosa. En el momento en que escribimos (mayo de 2019), no podemos evaluar todos sus desdoblamientos y consecuencias (si la movilización de los camioneros fue definitivamente alejada, si la intervención en Petrobras creó fisuras en la coalición), pero sus significados ya son extremadamente claros: el bolsonismo busca reproducir ad infinitum el enfrentamiento sobre las cuestiones de costumbre, medio ambiente, para guardar la «izquierda» en la posición de denunciante de lo obvio (que Bolsonaro es Bolsonaro) y mantener sus bases movilizadas y aguerridas. Pero una movilización autónoma de esa envergadura, de una figura del trabajo al mismo tiempo estratégica, masificada y capaz de atravesar las líneas de polarización (promovidas por el Petismo y ocupadas por el Bolsonarismo) es insoportable, porque su impacto sería realmente desestabilizador. La «huelga que no hubo», aquella de los camioneros, tiene, así, impactos importantes y de largo alcance. Independientemente de los esfuerzos que los equipos políticos (la Casa Civil) y económicas (del Ministerio de Hacienda) harán para costurar una narrativa que haga coherentes intervencionismo y neoliberalismo, la cuestión no es más interna al gobierno y ya se conecta con una sensación más general de que la confianza tan buscada por el ajuste sin fin, prácticamente desde los primeros meses del segundo gobierno Dilma, no está ni consolidándose ni mostrando que un día se va a firmar. Hay un verdadero desajuste entre economía y sociedad, un desajuste que regresó de una vez por todas.

 

El enigma de la conversión de la violencia: nuevo horizonte de la política monetaria

 En el desajuste entre economía y sociedad podemos ver otra cara (tal vez su verdadera cara) del enigma de la política, así como lo formulamos al inicio de esas reflexiones. Aquí el enigma aparece como el tema de la conversión de la violencia, que la filosofía política pone en el terreno de la construcción de la paz y del estado de derecho como desplazamiento de la ley de la fuerza a la fuerza de la ley [23]. En realidad, la cuestión de la conversión es incluso una cuestión monetaria o de ontología de la moneda como vínculo fiduciario [24]. Para la izquierda, la moneda, así como el fetichismo de la mercancía, es un tabú. Para los liberales es un dogma. Siendo menos moralista, la dogmática monetaria es más eficaz que la condena -de origen religioso- de la moneda como fetiche. Esto, además, hace bastante paradójicos los análisis del capitalismo en cuanto religión [25]. La globalización, con la ampliación de los flujos de todo tipo, incluso monetarios, hizo que la crítica del fetichismo y del capitalismo se convirtiera, por un lado, en una recuperación ampliada del viejo discurso marxista sobre la separación de las dos esferas económicas (real y monetaria por la inversión del ciclo MD-M1 (mercancía-dinero y más mercancía) en DM-D1 (dinero-mercancía más dinero) y, por el otro, de los análisis en términos de endeudamiento generalizado como fenómeno moral (de culpa). Esto llevó a la búsqueda de un imposible volver a un capitalismo «más real que el que está ahí» o a la utopía de una sociedad desmonetarizada [26]. Pero las grandes luchas que transformaron el movimiento obrero desde el New Deal norteamericano de la década de 1930 hasta el nuevo sindicalismo del ABC paulista de finales de la década de 1970 pasando por las luchas de finales de la década de 1960 en Europa occidental y en aquella socialista, tenían como terreno la moneda: los aumentos salariales. Más recientemente, en Brasil, la lucha del MPL fue por los 20 centavos y la de los camioneros por los 40 centavos. Son luchas que no ocurren contra la moneda, sino sobre el terreno de la moneda. Cuando se habla de «finanzas» y de «financiarización», eso debería ser visto a partir del hecho de que hoy la moneda se ha convertido explícitamente en el terreno inmediato -sin más la mediación salarial- de la movilización de la sociedad, incluso de las luchas y los movimientos sociales. Es precisamente en ese terreno que el actual gobierno encuentra sus mayores dificultades y, ante ellas, algunas brechas se abren para un debate realmente innovador. En Brasil de ese primer mediado de 2019, los columnistas de economía y política empiezan a dudar sobre el futuro del gobierno y apuntan como problema la existencia de algo como un «equilibrio precario entre populistas y liberales». El pesimismo brota con cada vez más fuerza, aunque el énfasis sigue siendo el de las dosificaciones internas a una alianza que podría encontrar su rumbo. Pero no hay como esconder: «la hostilidad del grupo ideológico al libre comercio (del gobierno Bolsonaro) es notoria, lo que debe dar escalofríos en el equipo económico y en el ministerio de la agricultura» [27]. Se dice que se ha manifestado en las carreteras algo como un «divorcio de bolsonaristas» [28] y se multiplican las exhortaciones: «Ya hemos acumulado muchos (fracasos) en los últimos años para continuar perdiendo tiempo en peleas inútiles» [29]. El optimismo está declinando. El país está entrando en el octavo año de estancamiento y ya se prevé «otra década perdida en Brasil» [30]. La confianza está volviendo abiertamente desconfianza y, se dice, ella tiene un costo [31]. La preocupación no se limita a Brasil: «sea de derecha o de izquierda, hay un momento en que el gobierno latinoamericano cree que es posible resolver todo con una cañada, una congelación (de los precios en Argentina por el presidente Macri), o una «llamada telefónica para el presidente de la estatal (Petrobras) «[32]. Se reabre, así, el espacio para los diagnósticos que cuestionan las políticas de austeridad:

A lo largo del período (2014-2018), la persistente agenda de austeridad no trajo el desempeño prometido. Las evaluaciones subjetivas sobre «confianza» del sector privado mostraron recuperación en respuesta a determinados eventos políticos y / o cambios institucionales y legislativos, sin que la inversión privada presentase la performance esperada.[33]

Es en este contexto, de una sensación general que la confianza no viene y no vendrá, que se abrió una brecha y el economista André Lara Resende aprovechó. Él cambió de régimen discursivo, osando volver a decir la verdad sobre la moneda. Sus dos artículos publicados en la prensa son relativamente simples y afirman lo que debería ser obvio: la economía no es ni una ciencia exacta ni una técnica de contabilidad. La economía es política y la moneda es el resultado y la base de esa «política». El lastre de la moneda no es material, sino fiduciario: no hay limitación objetiva, material, en la creación (emisión) de moneda y, pues, «el gobierno – que emite moneda – no tiene restricción financiera». La búsqueda de un «presupuesto siempre equilibrado» es, en realidad, sólo una «superstición» [34]. Lara Resende opera un giro radical e importantísimo de los abordajes económicos main stream, pero él lo mantiene a nivel histórico y técnico, como si ese debate dependiera del tipo de concepción teórica que se tiene de la moneda. Por un lado, proporciona una síntesis que asocia claridad y coherencia, movilizando la historia y hasta la antropología del David Graeber [35]. Por el otro, estamos lejos de resolver el enigma que el economista Paul Samuelson en estos términos definió: «la creencia de que siempre habría que equilibrar el presupuesto fiscal es una superstición, un mito, cuya función es más o menos la misma de las religiones primitivas: asustar las personas para que ellas se comporten de manera compatible con la vida civilizada «[36].Entonces, Lara Resende piensa que se trata de dar un paso adelante en términos de racionalidad y – reconociendo que la moneda es nuestra creación fiduciaria, ex nihilo – sobrepasar los mitos, hacia un suplemento de «civilidad». Pero, en realidad, el dogma del equilibrio fiscal es sólo el reflejo espejeado de la otra superstición para la cual las cuestiones de la falta de salud, de seguridad y de educación se resolverían apenas «financiándolas». La desconstrucción de la justificación monetarista del dogma del equilibrio fiscal resuelve sólo en parte el problema, pues en el fondo él sigue siendo el mismo, fiduciario, es decir, de confianza. El enfrentamiento no es entre dos concepciones y, entonces, dos «esencias» de la moneda, pero entre los que piensan (y necesitan) que la moneda tenga una (esencia) y los que reconocen que ella no tiene ninguna y su realidad es totalmente relacional . Pues que «no tener restricción financiera no significa que todo está permitido, que la escasez de recursos exista y que el costo de oportunidad pueda ser desconsiderado» [37], cómo se constituye realmente la confianza? ¿La propia confianza, ella siempre tiene las mismas características o puede variar? En términos de política económica, el deshacer es reconocer lo que está detrás de los regímenes discursivos y las supersticiones. Por detrás del dogma del equilibrio fiscal, hay la convicción de que es una prueba de racionalidad que permite la formación de una confianza que lleve a la reanudación de las inversiones del sector privado. Esta «racionalidad» depende, pues, del resultado ex post, de una confianza que no tiene por qué ser totalmente racional. En esa visión, la violencia de la crisis no es convertible a no ser como violencia del ajuste y sólo después de eso habrá, como consecuencia segunda, alguna conversión social de la economía.

El otro enfoque dice que es «la insuficiencia de moneda lo que causa el problema, no su exceso. Desde que el poder de compra de la moneda sea preservado, no sea corroído por la inflación, la demanda por la moneda es prácticamente infinita»[38]. La prueba empírica que Lara Resende moviliza es la de las políticas de Quantitative Easing (QE) practicadas por el Banco Central Europeo y el FED a lo largo de los últimos años para contener los efectos de la crisis financiera de 2007 y 2008: El QE es la comprobación práctica de que el gobierno no tiene restricción financiera, pues puede aumentar sus gastos, en este caso para adquirir activos financieros del sector privado, simplemente acreditando reservas bancarias en nombre de los vendedores. Como al pasar el gobierno «emite» reservas bancarias, no es necesario que obtenga los recursos para gastar, ni a través de impuestos, ni de cualquier fuente alternativa de financiamiento. [39]

Se abre aquí una grieta por donde es posible pensar la conversión de la violencia en moneda. En el primer enfoque, la moneda es continuación de una violencia que sólo el crecimiento puede transformar. En la segunda, ella es la conversión de la violencia en la moneda necesaria para el desarrollo. Pero la efectividad de la conversión en el plano de la brecha entre civilización y barbarie queda totalmente abierta. El hecho es que, por muy importante que esas políticas monetarias de emisión masiva de moneda hayan sido (incluso para la profundización del proceso de constitución europea), ellas fueron y son incapaces de «bancar» (lato e stricto sensu) un nuevo pacto social y político. La crisis de la globalización continúa profundizándose, en particular con la multiplicación electoral de la nueva derecha (Brexit en el Reino Unido, Trump en Estados Unidos, Salvini en Italia, etc.). Desplazar el debate de la confianza ex post (que necesita afirmar que el stock de moneda es finito) por aquel ex ante (la moneda es fiduciaria y su stock es ilimitado) es un gran paso al frente, aunque apenas porque reformula la cuestion de la confianza, sin, así y todo, resolverla. Lo que necesitamos, en esa perspectiva, es pensar realmente el Nuevo Pacto que puede producir las equivalencias necesarias para la conversión de la violencia en política, de la guerra en paz. La conversión precisa de una moneda capaz de pagar el precio de esa conversión, en el sentido etimológico de la palabra: el pago es esencial para la pacificación, exactamente en la medida que «pagar» viene del latín pacare: pacificar [40].

En vez de que la reforma de la Seguridad Social sea la condición de la confianza y la sostenibilidad, lo que necesitamos es otra confianza para la reforma de la Seguridad Social. En otros términos, diremos que la reforma de la previsión sólo es sostenible si se desplaza en esa dirección de poder pagar (pacificar) una protección social más adecuada. Esto significa introducir nuevos elementos de equivalencia, particularmente por medio de la inflexión en los modos de aprehensión del trabajo: se trata de reconocer que hoy el trabajo ya no se realiza dentro de la relación de empleo, sino fuera de ella, en la forma de la «empleabilidad» o del trabajo autónomo y con el contenido de la precariedad. Por detrás del debate sobre «confianza» y Previsión emerge otra división social, aquella entre una sociedad salarial definitivamente en crisis y que no logra reformar sus instituciones sin aumentar aún más la precariedad y la de la violencia de un trabajo sin sueldo que aún no tiene sus instituciones: ni su reconocimiento, ni su protección. La confianza no está ni en el financiamiento del sistema actual (organizado en torno a una sociedad salarial que nunca existió y nunca existirá) ni en la reforma que tenga en cuenta el equilibrio contable.

Retomemos una vez más la metáfora de Yann Moulier Boutang cuando describe el trabajo no asalariado en el capitalismo contemporáneo como parecido a las actividades de polinización de las abejas. Circular en la ciudad, por los territorios, es exactamente como ir de flor en flor. Un sin número de encuentros aleatorios que fecundan la vida social y crean la riqueza. Sin embargo, es sólo el trabajo de las abejas el que se reconoce, cuando producen excedentes de miel y cera en la colmena-fábrica, donde son abejas «obreras», asalariadas. El problema de la sociedad polen, como ya dijimos, es que casi toda la riqueza viene de la polinización, pero las abejas sólo reciben una remuneración y una protección social cuando logran establecer alguna conexión con la colmena. La conversión se basa en un pago (asalariado) que sólo pacifica segmentos minoritarios del trabajo difuso que no encuentra su precio, su paz. El nuevo pacto es aquel capaz de reconocer el trabajo de polinización y producir entonces la moneda adecuada a esas nuevas instituciones, es decir, una renta universal de remuneración de las abejas polinizadoras. De repente, también tenemos la posibilidad de pensar de alguna manera el impasse de la conversión de la violencia en moneda, en civilidad, como diría Étienne Balibar. La reforma de la previsión debería ser el terreno de esta inflexión institucional y, en ese sentido, participar en la emisión fiduciaria de una moneda que sería del común. Tenemos en Brasil un punto de vista privilegiado para aprehender ese desafío: por un lado, porque aquí la previsión ya funciona – para los más pobres – como un sistema de renta de alguna manera separado del trabajo; por el otro, porque las primaveras árabes aquí se manifestaron en dos movilizaciones sociales de las abejas polinizadoras: con el MPL, en junio de 2013 y sobre la polinización metropolitana, y con los camioneros, en 2018, en el terreno de la polinización logística continental. Aquí encontramos también un punto de vista para pensar el casi colapso de Río de Janeiro y la tragedia de Muzema (el desmoronamiento de dos edificios construidos de manera ilegal en área controlada por «milicianos»). La expansión de las milicias, que comenzó en la década de 1990 y se extendió en los gobiernos de coalición entre PT y PMDB, y que hoy parecen no sólo controlar amplios territorios de la metrópoli, sino promover el crecimiento inmobiliario de nuevos barrios, cambio de los flujos de trabajo y valorización. En el paso de la fábrica a la metrópoli, el control del territorio ya no es algo que es periférico con relación al proceso de valorización, sino que se trata del propio proceso de valorización. Es de ese desplazamiento que viene la potencia económica creciente de las redes mafiosas que hoy tiene asiento en la representación política y llegan a querer producir e incorporar lo que antes sólo saqueaban a posteriori. No es casual que el movimiento de junio de 2013 en Río de Janeiro se haya extendido en las reivindicaciones contra las mafias de los transportes (las empresas de autobús), las mafias del poder (el gobierno y el legislativo estaduales) y en la cuestión de la paz (» el caso Amarildo). El movimiento de junio, en su esfuerzo constituyente, pasó a una crítica general del sistema mafioso que paralizaba los flujos de creación del valor en la metrópoli y fue una verdadera anticipación de la operación Lava Jato, que llevó una buena parte de las principales figuras de esos «esquemas» a la prisión.

Al mismo tiempo, la deconstrucción del movimiento de junio y la resiliencia de la hegemonía petista sobre la izquierda llevaron a la paradoja del éxito electoral de la otra cara del fenómeno miliciano, aquella difusa capilarmente en los territorios de la socialización policial y militar. El cobarde asesinato de Marielle Franco se produjo en ese contexto y hasta ahora los ejecutores que fueron presos son exactamente parte de esa «cara» difusa, promiscua con los discursos del orden y el sistema generalizado de corrupción y violencia de los aparatos represivos del Estado, los nuevos gobernantes siempre fueron la representación corporativa. Si la investigación sobre los mandantes es hacia adelante y de manera eficaz, tal vez tengamos una fotografía que junta las dos dimensiones del fenómeno del poder y de la trampa donde el movimiento democrático se metió a partir del momento que se dejó pautar por el PT. Estamos hoy en estas paradojas y en sus dimensiones trágicas, pero es sólo saliendo de ellos que el movimiento democrático podrá recuperar su dinámica y producir nuevos sentidos.

La huelga-que-no-hubo (esa de los camioneros) muestra que incluso dentro de ese tremendo estancamiento, la sociedad continúa movilizándose. De la misma manera que la primavera árabe no paró en 2011 y no se normalizó por las tragedias de Siria, Yemen y Libia: en Sudán y en Argelia, las multitudes continúan practicando la democracia, así como los chalecos amarillos lo hacen en Francia. Es de esos movimientos que dependemos para avanzar y sobre eso que necesitamos acumular nuestras reflexiones teóricas y prácticas. Río de Janeiro

1 de Mayo de 2019 – versión provisoria

Reviso: 5 de mayo de 2019 – Luiz

Traduccion del portugues: Santiago De Arcos-Halyburton

 

NOTAS

[1] Em Bruno Cava e Márcio Pereira (Orgs.), A Terra Treme, leituras do Brasil de 2013 a 2016, Anna Blume, São Paulo, 2016.

[2] Coleção “Máquinas, Linhas e Territórios”, Autografia, Rio de Janeiro, 2018.

[3] Em Signes, Paris, 1960 (Folio essais).

[4] La comuna de Kronstadt estaba formada por los consejos (soviets) de los obreros y de los marineros de la ciudad báltica de la recién constituida URSS. Ellos afirmaron su autonomía ante el poder centralizador bolchevique. En 1921, Lenin y Trotsky decidieron y condujeron la represión, matando a miles de obreros y soldados, incluso a las familias de los marineros que habían sido tomadas rehenes. Véase Alexander Berkman, El mito bolchevique Diário 1920-1922, La Malatesta, Madrid, 2013.

[5] El «extranjero» en ese caso sería el colonialismo británico. La obra de referencia es el libro clásico de C.L.R. James, Os Jacobinos Negros (1938). Rio de Janeiro: Boitempo, 2000.

[6] Ibid., p. 362.

[7] Traducimos como “enigma” lo que Merleau-Ponty define como “problema”. Ibid. p. 363.

[8] Merleau-Ponty finaliza su artículo inaugurando la oposición entre Maquiavelo y el maquiavelismo: «Hay una manera de traicionar a Maquiavelo que es maquiavélica, se trata de la piadosa experiencia de los que conducen sus ojos y los nuestros hacia el cielo de los principios para desviarlos de lo que hacen. Hay una manera de actuar Maquiavelo que es totalmente contraria al maquiavelismo, pues que ella honra en su obra una contribución a la claridad política » (ibíd., p. 364). .

[9] Claude Lefort está comentando Humanisme et Terreur de Merleau-Ponty, “D’um doute à l’autre”, Esprit, junho de 1982, em Écrits, cit., p. 493.

[10] Cf. Mario Tronti, Operai e Capitale, Einaudi: Torino, 1970. Particularmente “The Progressive Era”.

[11] Vease Mario Tronti, Il tempo dela politica, Editori Riuniti, Roma, 1980. Antonio Negri critico a Tronti en varios de sus libros y ya en 1978, en Il Dominio e il sabotaggio, Feltrinelli, Milano. Para una reseña del debate, Dario Gentili, “Una crisi italiana. Alla radice della teoria dell’autonomia del politico”, MigroMega, Febrero de 2013. Disponible en http://ilrasoiodioccam-micromega.blogautore.espresso.repubblica.it/2013/02/27/una-crisi-italiana-alla-radice-della-teoria-dellautonomia-del-politico/

 

[12] Otros temas urgentes son los que involucran la relación entre sociedad y Estado, así como es posible hacer a partir del debate furioso que se desarrolló sobre Foucault, particularmente sobre sus interpretaciones del papel del Estado. Véase Stephen W. Sawyer, “Foucault and the State”, The Tocqueville Review/La revue Tocqueville, Volume 36, Number 1, 2015, pp. 135–164. «Esto conduce a la discusión sobre la gubernamentalidad neoliberal, por ejemplo en el encuentro entre François Ewald y Gary Becker Gary S. Becker François Ewald Bernard E. Harcourt,» Becker on Ewald on Foucault on Becker American Neoliberalismo y Michel Foucault’s 1979 ‘Birth of Biopolitics’ Lectures «, Coase-Sandor Working Paper Series en Derecho y Economía, Chicago, 2012. Véase también Giuseppe Cocco y Bruno Cava, New Neoliberalism and the Other. Biopower, Anthropophagy and Living Money, Lexington, 2018.

[13] Revista Trágica: estudos de filosofia da imanência, 1 quadrimestre 2015 – vol. 8 – n. 1. PPGF da UFRJ. Publicado originalmente em Les Nouvelles littéraires, 3-9 de maio de 1984, pp. 75-76. Tradução de Mariana de Toledo Barbosa.

[14] “L’Analyse marxiste et le fascisme”, Les Temps Modernes , 1945, n. 2 em Claude Lefort, Écrits 1945 – 2005, Belin, Paris, 2007, p. 34.

[15] Hay otra manera de hablar del fenómeno que es usando el término – mucho más ambiguo – de «populismo» o «populismos». Ver por ejemplo Paolo Gerbaudo, The Mask and the Flag. Populism, citizenism and global protest, Hurst & Company, Londres, 2017. Véase también la reseña de Alexandre Mendes, “O que podem as mascaras e as bandeiras”, sitio Uninômade Brasil, disponible en http://uninomade.net/tenda/o-que-podem-as-mascaras-e-as-bandeiras/

[16] Como en el episodio del veto «presidencial» al clip publicitario del Banco do Brasil sobre «multiculturalismo», en mayo de 2019.

[17] La Central European University de Soros en Budapest tuvo que cerrar las puertas. Es interesante recordar que la izquierda a menudo hace las mismas críticas, por ejemplo a otra fundación que recibe recursos de Soros, la Open Democracy. Sobre la Universidad, véase: https://www.forbes.com/sites/susanadams/2018/12/04/why-hungary-forced-george-soros-backed-central-european-university-to-leave-the-country/#28d403ba533e

[18] La presencia del Primer Ministro israelí, Benjamín Netanyahu, también es emblemática y-sin poder aquí desarrollar el tema- muestra cómo los atajos nacionalistas e identitarios siempre llevan a descaminos, en este caso en la alianza entre un estado que se define como judío y figuras políticas que están renovando el antisemitismo. «Por ejemplo, Charlie Werzel,» Mass Shootings han llegado a Sickening Meme: online messages de suspects in shootings en California synagogue y Nueva Zeland mosque fueron similares «, New York Times, 28 de abril de 2019, disponible en https://www.nytimes.com/2019/04/28/opinion/poway-synagogue-shooting-meme.html.

[19] “La situation sociale en France”, Socialisme ou Barbarie n. 10, 1952. In Écrits, cit. p. 87.Grifos nossos.

[20] Maurice Merleau-Ponty, Sens et non-Sens (1966), Gallimard: Paris 1996.

[21] Ibid. p. 124. La referencia es a Charles Maurras, poeta y pensador francés que fundó la ultranacionalista Action Française y, después de la ocupación nazi de Francia, apoyó con entusiasmo al gobierno colaboracionista del mariscal Petain así como sus leyes raciales (antisemitas).

[22] Sens et non-Sens, cit., pp. 124-5. Grifos nossos.

[23] Ver Étienne Balibar, Violence et civilité. Wllek Library Lectures et autres essais de philosophie politique, Galilée, Paris, 2010.

[24] Véase Giuseppe Cocco e Bruno Cava, New Neoliberalism and the Other. Cit. En particular los capítulos 5 e 6.

[25] Véase por ejemplo Elettra Stimilli, Il debito del vivente. Ascesi e capitalismo, Quodlibet, Macerata, 2011.

[26] Sobre las definiciones marxianas del capital financiero como ficticio, ver Nigel Dodd, The Social Life of Money, Princeton, Princeton, 2014, p. 55 y siguientes.

[27] Pedro Ferreira e Renato Fragelli, “Populistas e liberais, em equilíbrio precário”, jornal Valor, 18 de abril de 2019.

[28] María Cristina Fernandes, “Divórcio de bolsonaristas começou na estrada”, b, 12 de abril de 2019.

[29] Fabio Giambiagi, “O radicalismo e a economia”, O Globo, 9 de abril de 2019.

[30] Editorial do Globo, Ö risco de mais uma década perdida no Brasil”, O Globo, 20 de abril de 2019.

[31] José Casado, “O custo da desconfiança”, O Globo, 16 de abril de 2019.

[32] Míriam Leitão, “A América Latina e o populismo”, O Globo, 18 de abril de 2019.

[33] Julia Braga e Fernando Lara, “Há motivos para recuperação dos investimentos? Corte de gastos é recessivo e deteriora ainda mais os indicadores fiscais”. Valor, 18 de abril de 2019.

[34] André Lara Resende, “Razão e Superstição”, Valor, 18 de abril de 2019.

[35] David Graeber, Debt: The first 5.000 years, Melville House, New York, 2011.

[36] André Lara Resende, “Razão… “, Cit.

[37] Ibid.

[38] Ibid.

[39] André Lara Resende, “Consenso e Contrassenso: déficit, dívida e previdência”, Valor Econômico, 8 de março de 2019.

[40] Nigel Dodd, Cit., p. 24 e na nota 12.

Un comentario en «La moneda entre cinismo y fascismo (Alt Right)»

  • En 1919, terminada la guerra, las expectativas territoriales quedaron frustradas por el Tratado de Saint-Germain-en-Laye (el equivalente para Austria del Tratado de Versalles ). El poeta Gabrielle D’Annunzio llevo a cabo una aventura militar que acabo en la creacion del Estado libre de Fiume y la redaccion de una constitucion que puede entenderse como precedente inmediato del fascismo. Entre tanto, con un pais empobrecido y un gobierno debil, Mussolini refundaba la organizacion de Milan con el nombre de

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