La internacional reaccionaria

Juan Gabriel Tokatlian es un destacado analista de la política internacional. Luego de la victoria de Jair Bolsonaro en Brasil y de la Cumbre del G20 en Buenos Aires, habla sobre la incapacidad de la academia para leer al ascenso de la ultraderecha, describe un Occidente que se desploma frente a la globalización, y cuestiona al progresismo que no supo conciliar expectativas populares con hechos de gobierno.
Por Martín. Paolucci
Además de su actividad académica en la universidad Torcuato Di Tella, Juan Gabriel Tokatlian realiza una tarea constante y paciente de intervención en los medios de comunicación. También escribe libros para un público más amplio que el de los claustros: uno de los últimos, Qué hacer con las drogas, demuestra en pocas páginas y con un formato amigable que el prohibicionismo no es una solución sino una fábrica de problemas. Crítico de la globalización neoliberal, de las potencias mundiales y de las élites, es una de las voces más destacadas en un gremio poblado de halcones conservadores, aristócratas de la diplomacia y amigos de la Embajada. Fuimos a verlo para que nos ayude a entender qué mundo es este que pisamos.

Tokatlian no es precisamente un optimista: “En esta cumbre del G20 la primacía de lo geopolítico fue evidente y con ello las dinámicas y procesos de tensión y pugnacidad que hoy caracterizan el escenario global. Con el telón de fondo de una crisis del multilateralismo, la reunión de Buenos Aires reforzó la sensación de un orden liberal en crisis. Y en ese contexto las divergencias sustantivas se maquillaron de avances graduales”.

Hace poco planteaste que se está conformando una Internacional Reaccionaria. ¿Tenés evidencias?

Hay procesos políticos en distintos países que se diferencian en los anclajes nacionales: Trump, lo que sucede en Europa Central, el presidente de Filipinas Rodrigo Duterte, la Italia de los neofascistas y ahora Bolsonaro. Son movimientos y líderes reaccionarios que surgen en una misma época, por motivos similares y con una identidad parecida. Para comprender la raíz de esta emergencia hay que remontarse por lo menos al final de la Guerra Fría, cuando los beneficios de la globalización parecían palpables para muchos, había un consenso en considerar a la economía de mercado como sinónimo de seguridad y bienestar y la democracia liberal estaba de moda. Pero los datos de la realidad fueron arrojando otra cosa: costos, asimetrías y desigualdades, de una globalización cada vez más acotada al poderío del capital financiero. Se perdieron empleos, se perdió capacidad productiva, se perdieron posibilidades de mantener el Estado de Bienestar. Se pasó entonces de la esperanza a un fuerte rechazo. Y aquella democratización que se imaginaba expansiva se fue contrayendo en todo el mundo.

¿Cuál sería el eje común a todas estas emergencias más allá de sus singularidades?

La percepción que proyectan estos movimientos, y que sus seguidores asumen cabalmente, es que hubo una Arcadia del pasado que fue óptima. Se genera la expectativa de retornar a un origen seguro y promisorio en el que había orden, en el que la sociedad era más homogénea y el ascenso social estaba garantizado. De repente nada de eso es alcanzable de verdad y por lo tanto hay un repliegue en aras de reencontrarlo. Un repliegue inevitablemente violento, porque tenemos sociedades mucho más plurales, multiculturales, heterogéneas, fracturadas, con clases medias afectadas en distintos contextos y actores movilizados por más y mejores derechos.

Pensando más en el término Internacional que en el término Reaccionaria. ¿Percibís que hay cierta coordinación o por lo menos interrelación entre estos grupos y dirigentes?

Yo diría que existe una interrelación ad-hoc. No sé si es algo deliberado o programado, ni creo que tengan un centro o un núcleo efectivo como sucedía con la Internacional Comunista. Hay una coordinación inorgánica, reconocimientos de líderes reaccionarios hacia candidatos reaccionarios que triunfan o están a las puertas de triunfar en varios países. Se identifican entre ellos: “si allí se hizo, acá también se puede hacer. Grupos de asesores de campaña que se van trasladando de país en país. Es una imbricación no solamente en el mensaje político, hay lenguajes que van creando un sentido común que se repite.

¿Cómo entender que sectores importantes de los trabajadores apuesten por estas opciones de ultraderecha?

Para responder esa pregunta quizás haya que ir más atrás aún e indagar en los años setenta. Las raíces de este proceso se remontan a la Comisión Trilateral de 1975 y lo que David Rockefeller llamaba un sistema sobrecargado de demandas. El recetario en aquel momento fue reducir expectativas y generar apatía política. Detrás de eso, más que una manipulación, se notaba el inicio gradual de la caída de lo que habíamos conocido como Estado de Bienestar. Lo que también encontraba sus límites era nuestro modelo de industrialización latinoamericano. Hubo indicios que no supimos interpretar del todo. Por ejemplo, la irrupción de lo más conservador de las religiones en la política mundial: los ayatolás en Irán, Juan Pablo II, Begin en Israel. Los que dicen que ese extremismo emergió después del 11 de septiembre se están perdiendo una parte de la película. El otro hito fue en 1991. Europa se encontraba frente a dos alternativas luego del final de la Guerra Fría: buscar una mayor autonomía económica y militar o seguir bajo el cobijo de la OTAN. Y la decisión fue ir hasta la frontera con Rusia. Expandirse en vez de ahondar en una integración cualitativa. Y luego hubieron más fracturas y crisis en el seno de la propia Unión Europea. Fue más fuerte el anticomunismo latente que el progresismo como proyecto renovador, alternativo y de una mayor justicia económica y social. Luego de la crisis financiera de 2008 empezamos a ver los efectos de esa limitación política que permitió un avance aún mayor del capital financiero y sus burbujas.

¿Y por qué considerás que no se pudo prever este giro a la derecha que parece imparable?

Yo creo que desde la academia deberíamos hacer una autocrítica y preguntarnos qué estuvimos mirando los últimos 25 años durante los cuáles esto fue creciendo. Ya no es posible seguir diciendo “qué sorpresa, ganó el Bréxit en Gran Bretaña”, “ ¡uh! llegaron los neofascistas al poder en Italia, “¡upa!, ganó Trump”, “¡uy!, ganó Bolsonaro”, “che, el tercer partido más importante de Suecia es de extrema derecha”. Hay algo de nuestra forma de abordar el tema, de las metodologías utilizadas, que necesitamos revisar. Muchas tesis que considerábamos categóricas, por ejemplo sobre la firmeza institucional brasileña, demostraron estar erradas o por lo menos ser propias de un momento histórico acotado. Hay que combinar más la historia, la demografía, la geopolítica, la economía. Corregir esto es una tarea urgente.

Laboratorio brasil

La oficina está en el tercer piso del muy coqueto campus de la Di Tella, sobre Figueroa Alcorta, en el barrio River. Hay libros por todos lados, desparramados hasta en los rincones. Junto a tres coloridos afiches (uno de ellos es un curioso institucional turístico de Colombia, donde Tokatlian vivió por años), una camiseta de Boca Juniors aparece apoyada sobre la biblioteca. No es el único objeto que contrasta con la blanqueza y prolijidad de los muebles y del edificio: en el piso, junto a la puerta, un gran foto encuadrada del Che Guevara en blanco y negro. Dice Tokatlian que acaba de traerla y que está viendo en qué pared del despacho terminará colgada.

Hay quienes catalogan a Bolsonaro como fascista. ¿Vos cómo lo definirías?

Las analogías sirven para tener un punto de referencia, pero hay elementos lo suficientemente distintivos que hacen que esta ultraderecha no pueda ser una réplica de lo que fue en el pasado. En la actualidad se utilizan rótulos como populista o fascista con demasiada liviandad. Prefiero no usar esas etiquetas porque considero que aprisionan. Me colocan en una frontera interpretativa que no ayuda y por el contrario desvían la atención. Lo que no implica dejar de remarcar las fuertes reminiscencias que tiene con esa vieja corriente, ni dejar de tomar muy en serio la amenaza que esta ola reaccionaria representa en un escenario internacional incierto y volátil, para el que no veo ni resortes multilaterales ni liderazgos políticos que puedan encauzarlo y contenerlo.

¿Cómo explicás que tantos brasileños hayan votado a Bolsonaro?

Yo creo que en Brasil, siendo muy simplificador, se dio una superposición de distintas crisis. Primero, un colapso del sistema de partidos políticos. Segundo, una feroz recesión de cuatro años con una caída del producto bruto del 8%. Tercero, una oleada de violencia criminal masiva: la tasa de homicidios en Brasil es 30,8 cada 100 mil mientras en Argentina es de 5,2. Y, finalmente, un descrédito generalizado del progresismo. Entiendo por crisis del progresismo la incapacidad que tuvieron el Partido de los Trabajadores y sus aliados de replantear sustantivamente qué se había hecho mal durante sus gobiernos, el haber perdido cierta ética esencial a los movimientos progresistas y cómo quedó entrampado en un sistema corrupto que lo deglutió. Estas cuatro crisis se superpusieron y potenciaron.

¿Qué análisis hacés del factor económico?

Un factor sustantivo es la decadencia del Brasil industrial que había gestado el movimiento sindical más importante de América Latina, como fueron los metalúrgicos liderados por Lula en los setenta. La caída de ese Brasil y el ascenso de otro: el del agronegocio. El sistema político brasileño, por su estructura electoral, tiene una sobrerrepresentación rural para compensar otros componentes políticos, económicos, regionales. Esta sobrerrepresentación rural a la luz del Brasil industrial, del Brasil de San Pablo, pujante, era algo que permitía un equilibrio de fuerzas. Teníamos también otros actores, como un partido progresista potente que había ganado experiencia de abajo hacia arriba, sectores industriales que gravitaban, y la movilización de nuevos actores sociales que generaban un equilibrio. Pero en estos 20, 25 años Brasil se desindustrializó de manera inquietante. Se reprimarizó. Hoy, el actor económico más gravitante es el sector de los agronegocios. Un sector que previamente tenía la ventaja de la sobrerrepresentación rural pero que ahora, además, es el hegemón productivo. Y en esto vemos la presencia de China de manera sustantiva.

Para explicar a la elección de Bolsonaro y de otros líderes reaccionarios, ¿cuánto considerás que juega el factor evangélico?

Trump ganó con el 81% de los votos evangelistas. En esta elección brasileña los evangélicos jugaron un papel central. Fueron un sujeto político decisivo para la derrota del plebiscito que convocó el presidente Santos en Colombia en relación a la paz. En Guatemala lograron un presidente propio, y en Costa Rica estuvieron cerca. Hay cierta agenda común conservadora -“pro vida”, pro familia y pro orden- que va entrecruzándose: ya no son solamente actores o líderes políticos sino una concatenación de factores que vienen de la sociedad, de grupos de base, autónomos. No hay una conspiración, un proyecto deliberado, sino que se asientan interrelaciones que se expresan como un fenómeno internacional. Como si hubiera algo que los empuja, que les da un punto de común denominador. Es una época donde no debemos ver solamente a los actores políticos tradicionales. Hay sectores religiosos, sociales, intereses económicos, que se van conjugando para precisar una agenda que en términos electorales está dando réditos.

¿Qué tipo de sujeto político son los militares brasileños?

Mi impresión es que allí las Fuerzas Armadas retomarán aquello que han expresado históricamente y que fue muy elocuente hasta la última dictadura: un rol moderador en política. La mitad de los cincuenta legisladores que tiene Bolsonaro son expolicías o exmilitares. ¿Ha habido transformaciones en los militares brasileños como sujeto político? Yo diría que hay señales ambiguas. Al proyecto desarrollista e industrial del Brasil potencia siempre lo tuvieron en el corazón. Cuánto toleren abandonar eso no lo tengo claro. Será un tema de tensión en el seno de las Fuerzas Armadas si los asesores económicos de Bolsonaro intentan privatizar y desregular todo. Pero hay evidencias de que algunos sectores castrenses han empezado a abandonar ese nacionalismo férreo. El año pasado se hizo por primera vez una maniobra militar en el Amazonas con EE.UU, Colombia y Perú. Y el Amazonas fue siempre un lugar vetado a toda presencia extranjera. A esto hay que sumarle que en el plan de Bolsonaro los militares serán los pilares de la política punitiva, costosa e ineficaz, de luchar contra el narcotráfico. Otro tema inquietante y del que se habla poco es lo que podría pasar con la política nuclear de Brasil y cómo eso nos impacta. Hasta ahora hubo una serie de compromisos compartidos entre los dos países. Un Brasil que pretenda una vía distinta al uso pacífico de la energía nuclear podría convertirse en un dolor de cabeza para la Argentina y generar una conflictividad alarmante. Hubo tres pilares que permitieron que la Argentina y Brasil pasen de una relación de rivalidad a una de amistad: la democracia, la integración económica y la cooperación en el campo nuclear. Este último ha sido un sostén fundamental y delicado. Hasta ahora no apareció nada vinculado a lo nuclear en su programa o en sus pronunciamientos públicos. Pero en un gobierno lleno de militares bravucones, altisonantes y nacionalistas, se puede colar algún planteo de ese tipo.

Made in chaina

El discurso de la expresidenta Cristina Fernández de Kirchner durante el Foro de Pensamiento Crítico organizado por CLACSO agitó las tibias aguas del debate progresista latinoamericano al ubicar lo que podríamos denominar el derecho al consumo como la columna vertebral de la campaña electoral por venir. Para Tokatlian este es precisamente un punto clave para analizar el declive del ciclo progresista en América Latina: “A mi entender hay tres tipos de consumo. El estadounidense, que se basa en el consumo de bienes privados. El europeo, de bienes públicos para todos. Y el asiático, que promueve el ahorro pensando en una sostenibilidad a largo plazo y que mezcla algo de consumo privado y público. El progresismo latinoamericano estableció un consumo hiperestadounidense. Fueron negligentes en mejorar los bienes públicos y en fomentar el ahorro. Frente a esto, los gobiernos conservadores mantuvieron los programas sociales y prometen un derrame en el futuro. Una promesa que nunca se ha cumplido pero que en un panorama en el que no hay otras voces razonables es escuchada. Dicho esto, y en el marco del sistema económico mundial, las nuevas opciones progresistas que surjan y que intenten distribuir la riqueza y crear Estados eficaces tendrán ante sí pequeñas posibilidades y, sobre todo, grandes restricciones”.

Además del ascenso de gobiernos reaccionarios ¿hay algún otra trama que atraviese la escena internacional que consideres relevante?

Hay una que es determinante y es la pugna entre EE.UU y China. Estamos viviendo una transición de poder que se hace muy inquietante, por la volatilidad y la incertidumbre. La Historia nos informa que estas transiciones son muy conflictivas. Un país va a ganar mucho más poder, prestigio e influencia, y el otro va a perder todo eso. Históricamente, estas pugnas se han resuelto con un gran conflicto armado, de donde salieron las potencias occidentales. Ahora tenemos una incógnita, ya que si esta transición de poder se despliega no solo cambiaríamos de potencia sino también de eje geopolítico, de Occidente a Oriente. En ese sentido tenemos una serie de encrucijadas, y también de desconocimientos. Estamos muy impregnados de la cultura occidental para mirar esta transición, sin entender qué está pasando en Oriente, Asia y específicamente en lugares como China e India.

¿Cómo se traduce esta pugna entre EE.UU y China en América Latina?

En la llegada de China a la región; en una diversificación del origen de los capitales; y en un contrapeso frente a EE.UU. Pero esto ha tenido efectos negativos, Brasil es un ejemplo. La presencia del gigante asiático ha generado divisiones en América Latina. Y generó el empoderamiento de sectores que no necesariamente debe ser considerados una vanguardia económica y social. Muy por el contrario, nos está conduciendo hacia una fuerte reprimarización. Un aumento del extractivismo. Hasta el momento hubo una relativa tolerancia de EE.UU, un cierto desinterés. El dato a tener en cuenta es que el triunfo de Trump significa que Estados Unidos tendrá hacia China cada vez más elementos de competencia y menos de colaboración, al contrario de lo que fue la década previa. El capital estadounidense quiere recuperar su presencia mediante un estímulo a sus exportaciones e inversiones. Y encuentra a una China cauta pero ambiciosa y que tiene una chequera más amplia que Washington. La administración Trump considera que América Latina es su área de influencia y que es hora de volver, luego de décadas ocupados en otras latitudes. Pero frente a esto los gobiernos de la región se preguntan: ¿a cambio de qué? ¿Al final del día quien pone el dinero aquí? Por ende, lo que parece estar sucediendo es una competencia por ver quién pone el capital. Y eso será indistinto, sean gobiernos de derecha o izquierda.

Fuente: https://revistacrisis.com.ar/notas/la-internacional-reaccionaria

De una bancarrota a otra: Venezuela y la izquierda

por Idelber Avelar

La lógica del “enemigo de mi enemigo es mi amigo” continua haciendo estragos en la izquierda. La mayoría de la izquierda brasileña [española, chilena, global…] continua rechazando ver al régimen de Maduro en Venezuela por lo que es, una tiranía militar que hundió al país en la peor epidemia de hambre de su historia y produjo uno de los mayores éxodos migratorios de la America Latina. Si Trump y Bolsonaro están contra Maduro, lo máximo que se puede hacer es reconocer que “existen problemas” y continuar apoyando, a final de cuentas del otro lado está “el imperialismo”.

Ya no existe ninguna disculpa para no saber lo que ocurre en Venezuela. Las informaciones están ahí. Cámaras de tortura, éxodo en masa, hambre generalizada, colapso de los servicios públicos, inflación record, caída acelerada del PIB, asesinatos políticos, completo copamiento del aparato judicial, prisiones arbitrarias, votos amarrados al cabestro del “carnet de la patria”: todo eso esta bien documentado en cualquier buena fuente que usted escoja, incluyendo los organismos internacionales de defensa de los derechos humanos. Solo por completa desinformación o mala fe es posible continuar llamando a ese engendro democracia.

Usted puede ver al chavismo como un proyecto que estaba condenado al fracaso desde el inicio o como un proyecto inicialmente positivo que se va degenerando en la medida en que pasa el tiempo. Existen posiciones intermedias entre esos dos polos. Lo que no da puede hacer considerando toda la evidencia disponible es negar que se trata hoy de una tiranía militar sin legitimidad que se sustenta en la pura fuerza bruta, en la represión, en el soborno y en el chantaje.

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Una breve anécdota personal les da una dimensión de la situación todavía en la época chavista. En una elección de la década pasada, observaba en Caracas, en un barrio chavista, la prisión de líderes de los «colectivos» (brigadas chavistas armadas). «La respuesta no tardó en aparecer: la proliferación de colectivos chavistas armados ya se había salido del control y, como en aquel momento Chávez claramente tenía la mayoría, del país, no era de su interés que ocurriesen incidentes de violencia que pudieran mellar las elecciones. De ahí que el régimen prendía a los capataces que él mismo había armado y los soltaba al día siguiente.

De ahí hasta acá, empeoró muchísimo. Como la distribución de comida subsidiada es controlada por los militares, el mismo soldado que escolta su salida del supermercado puede extorsionar sus compras dos cuadras más allá. La lealtad al régimen hoy se sostiene así: en la administración de la escasez por la fuerza bruta.

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Usted puede culpar a los Estados Unidos, pero el hecho es que ni el propio régimen lo cree. Como apunta el venezolano Jeudiel Martínez, es el propio Maduro quien responsabiliza al grupo de Rafael Ramírez (compadre de Chávez, colocado allí por él) del colapso de la producción de petróleo. Cito, traduciendo a Jeudiel: «No fue ninguna corporación americana quien obligó a Chávez a colocar en el Tesoro un compadre suyo que lo saqueó en miles de millones de dólares”. «No fue ninguna corporación estadounidense quien obligó a todas las fábricas nacionalizadas por Chávez a no funcionar». En realidad, como apunta Jeudiel, Estados Unidos continuó comprando petróleo venezolano a lo largo de todos estos años.

En cuanto al sistema político, ya no cabe duda de que se trata de una dictadura. Un Tribunal Supremo aparejado que declara nulos los actos de un órgano legislativo electo según las reglas de la propia constitución chavista; los líderes de la oposición son regularmente apresados sin el debido proceso legal; el «carnet de la patria» se transformó en una pura herramienta de intimidación y coacción; proliferan las cámaras de tortura, documentadas por todos los principales organismos de defensa de los derechos humanos; y hasta la lealísima Luisa Ortega Diaz, fiscal general chavista desde 2005-2017, declara los actos de Maduro inconstitucionales. Los resultados están ahí: 87% de la población en la pobreza, adultos perdiendo en promedio 11 kg en un año, inflación de 80.000% y 60% de la población diciendo que ha pasado hambre en los últimos tres meses (fuentes en los comentarios).

¿En serio, izquierda brasileña[española, chilena, argentina…global]? ¿Van a seguir defendiendo esa dictadura con el argumento de que es todo culpa del imperialismo? ¿Van una vez más a negar atrocidades que están ahí a la vista, a los ojos de todos? Cuando un pueblo se levanta contra una tiranía, es con él, y no con ella, que se debe estar – no importa cuán repugnantes sean algunos de los enemigos de esa tiranía en otros países.

Notas:

1.- Corchetes del traductor.

2.- Datos y estadísticas

https://www.forbes.com/sites/stevehanke/2019/01/01/venezuelas-yperinflation-hits-80000-per-year-in-2018

Traducción: Santiago de Arcos-Halyburton

 

 

 

Raúl Zibechi: “Lo que han hecho los gobiernos progresistas es profundizar el capitalismo”

Por Gloria Muñoz Ramírez

“El saldo de los gobiernos progresistas en América Latina es negativo”, sentencia Zibechi en entrevista con Desinformémonos, luego de participar en una serie de encuentros con movimientos sociales e indígenas de Chiapas y Oaxaca, durante una breve gira por México en la que presentó su más reciente libro: Los desbordes desde abajo (Ediciones Bajo Tierra, 2018). Raúl Zibechi, es un periodista uruguayo, escritor y acompañante desde hace más de 30 años de diversos movimientos sociales del continente.

De la llegada de Andrés Manuel López Obrador a la presidencia de México, Zibechi señala que no representa ningún cambio para la región. Y sus consultas, opina, “son mecanismos de desarticulación de la protesta”. Habrá resistencia, dice, “pues las luchas no van a desaparecer porque haya un gobierno que sonría”.

La desarticulación de los movimientos sociales, la inclusión de cuadros de abajo en el nuevo gobierno, la imposición de proyectos extractivistas, el aislamiento de los críticos, la polarización de la prensa, el rol de Estados Unidos, entre otros, son los temas de esta entrevista.

–¿Cuál es el saldo de los gobiernos progresistas en América Latina?

–El saldo de los gobiernos progresistas en América Latina es negativo. El saldo es Bolsonaro, el saldo es Macri, es una Venezuela destruida. El saldo es Daniel Ortega, genocida, violador. Como dijo Chico de Oliveira en Brasil, fundador del Partido de los Trabajadores, “el lulismo fue una regresión política”.

Y cuando decimos esto no hablamos de esos millones que salieron de la pobreza pero que ahora volvieron, no hablamos de algunas cuestiones interesantes que se hicieron, como las cuotas para las personas negras en las universidades brasileñas. Hablamos de que destruyeron la potencia emancipatoria de los pueblos porque dispersaron a los movimientos sociales, se llevaron a los dirigentes a los ministerios, se corrompieron.

No hay país con gobierno progresista en el que no haya habido casos de corrupción. El que fue vicepresidente de mi país, Uruguay, que tiene un apellido noble, Raúl Sendic, debió renunciar a la vicepresidencia por un caso de corrupción. En Argentina tiraban bolsos llenos de dinero adentro de un convento para eludir el tema de la apropiación indebida que hubo.

El saldo es negativo, pero eso no quiere decir que no comprenda a la gente que los votó, que los apoyó y que los sigue apoyando, porque frente a eso está una derecha espantosa. Pero en resumidas cuentas el saldo es negativo.

–En concreto, ¿cuál es el saldo en el ámbito económico?

–En lo económico no hubo reforma agraria, pero no hubo una reforma del sistema impositivo. No hubo reformas estructurales. Hubo una mayor renta a los sectores populares, pero esa renta fue bancarizada, financierizada, y entonces consiguieron, a través de las políticas sociales, que la gente tuviera un poco más de dinero, pero tiene además un cartoncito como el de las tarjeta de crédito o débito, que necesitan para poder sacar el dinero de las políticas sociales del banco y con eso van a los las malls o de shopping a comprar televisiones de plasma, motos, coches. Es una integración a través del consumo.

Durante el periodo de Lula en Brasil, el sector que más lucró y que tuvo las mayores ganancias de su historia fue la banca. Entonces fue una integración de los sectores populares, pero a través del consumo, y eso despolitiza, y además enriquece a la intermediación bancaria.

–¿Y los megaproyectos en territorios indígenas?

–El extractivismo, la soja, la expansión del agronegocio, la minería, generaron un desplazamiento o acorralamiento de los pueblos indígenas. Hay un caso en Brasil que es demencial y se llama Belo Monte, que es la represa, la tercera más grande del mundo, que desvía 100 kilómetros del río Xingú, y en esa cuenca que se vacía se van a morir de hambre o van a tener que emigrar los pescadores, los habitantes de las riberas, todas las personas que vivían del río y que son pueblos originarios. Pero además, la demarcación de las tierras indígenas no se respetó.

Por otro lado tenemos el ejemplo paradigmático que es Bolivia. En Bolivia el movimiento popular tenía cinco organizaciones que hicieron el pacto de unidad, y después de la marcha en defensa del Territorio Indígena y Parque Nacional Isiboro-Sécure (Tipnis) en 2011, el gobierno empezó a dividir a las organizaciones.

Hay dos organizaciones, y esto fuera de Bolivia se sabe poco: el Consejo Nacional de Ayllus y Markas del Qullasuyu (Conamaq) y la Confederación de Pueblos Indígenas de Bolivia (Cidob), dos organizaciones históricas de los pueblos indígenas, a las que Evo Morales y Álvaro García dieron sendos golpes de Estado. Mandaron a la policía, echaron a los dirigentes legítimos y atrás llegaron, protegidos por la policía, los dirigentes afines al Gobierno, al Estado. Esto es un auténtico golpe de Estado y sucedió en Bolivia.

Cuando decimos que el progresismo ha resultado en una regresión, para los pueblos indígenas ha significado una doble o triple regresión, porque se les ha folklorizado. Hoy hay hombres de sombrero y mujeres de pollera en el parlamento, pero folklorizados, no representando políticamente a sus pueblos. Es una política de despojo que los fuerza a desplazarse. Y en esto no hay ninguna diferencia entre los gobiernos progresistas y los gobiernos de derecha conservadores, como el de Perú o el de Colombia. La actitud anti-indígena es una constante en ambos casos.

–Vamos al terreno de las libertades. ¿Qué pasó en estos gobiernos con la libertad de expresión y con la libertad de manifestación? ¿Se llevaron a cabo “linchamientos” a quienes, desde la izquierda, se opusieron o cuestionaron lo que estaban haciendo?

–Durante los primeros años hubo una ampliación de libertades, de manifestación, de crítica, pero a partir de la crisis de 2008 hubo un repliegue de estos gobiernos. Una vez más Brasil es un caso paradigmático porque en junio de 2013, 20 millones de jóvenes salieron a las calles en 353 ciudades durante un mes, inicialmente contra el aumento del transporte, que es muy caro en Brasil (cada desplazamiento de autobús o metro vale entre 20 y 25 pesos mexicanos), pero terminó siendo una revuelta contra la desigualdad. São Paulo es la ciudad que tiene más helipuertos y helicópteros del mundo porque la burguesía no se digna a ir en coche por la superficie.

Esa revuelta contra la desigualdad tocó los límites del progresismo, que se limitó a repartir un poquito mejor la renta salarial, pero no la renta total y no tocó las desigualdades. Cuando surgió ese movimiento hubo un repliegue del gobierno de Dilma Rousseff, del PT y de la izquierda en su conjunto, y mandaron a la policía. Por supuesto que lo que habría tenido que haber hecho un gobierno de izquierda era ponerse del lado de la gente, pero al mandar a la policía generaron un vacío político y una desmoralización tan fuerte que de eso se vino aprovechando la derecha hasta el día de hoy. El 2013 fue un parteaguas en Brasil y en toda la región. Son los movimientos, la irrupción de la gente cansada de que le tomen el pelo, de que se burlen de ella, una de las dos o tres causas principales de la crisis de los progresismos en América Latina.

–¿Y los medios de comunicación? ¿Qué papel jugaron y juegan?

–Sobre los medios de comunicación hay varias dinámicas. Hay países donde los Estados han ido avanzando sobre los medios de comunicación, como Venezuela, clausurándolos, domesticándolos o comprándolos. El grueso de los medios de comunicación de Venezuela son estatales o pro-estatales. El otro extremo podría ser Argentina, donde hay alrededor de 200 medios de comunicación culturales, autogestionados, digitales y en papel, como Desinformémonos en México. Esos 200 medios tienen entre cinco y siete millones de lectores mensuales, en un país de 40 millones de habitantes. Se trata de medios minoritarios, pero ya no son marginales. Más aún, cuando hay un conflicto, como cuando una fábrica de Monsanto se iba a instalar en las Malvinas Argentinas, y desde Uruguay, si se quería saber lo que pasaba, entrabas a la prensa de la derecha, La Nación, Clarín, y no aparecía nada. Entrabas a la prensa de la izquierda, como Página 12, y tampoco aparecía nada. Tenías que informarte en estos medios comunitarios o alternativos.

Estos medios ya no son una minoría marginada, sino que tienen una masa crítica, y cumplen el rol de que informan a los nuestros de lo que otros no informan.

–Hemos visto que se ha dado una polarización de los medios durante estos años. Los que están con el gobierno, en este caso progresista, y los que tiene la ultraderecha…

-Sí, claro. En Brasil está pasando algo increíble, Bolsonaro hace campaña contra la Red Globo, que es la hegemónica, y contra Folha de São Paulo, que es el periódico de las élites, y se apoya en las redes sociales y en los medios de comunicación evangélicos, que son de ultraderecha. Hay una reconfiguración de los medios muy interesante, que hay que seguirla, porque incluso Bolsonaro amenazó con clausurar Folha de São Paulo, que es un escándalo, es como clausurar un diario de derecha de México. Es la misma actitud que tiene Donald Trump con los medios. Pero están emergiendo otros medios, como es el caso de los evangélicos, son una fuerza política y social que merece ser estudiada a fondo, y están compitiendo ya con la Red Globo en Brasil. Por otro lado, en la mayoría de los países existen medios como los nuestros, alternativos, pero no en todos tienen fuerza.

–Hay otros medios, que no son alternativos ni marginales, sino grandes medios de izquierda, o críticos al poder, bien colocados en sus países, como Brecha en Uruguay, o Página 12 en Argentina. ¿Qué papel juegan con los gobiernos progresistas?

–Debo decir que Brecha fue crítico antes de la llegada de los gobiernos y durante los gobiernos progresistas. Siempre hemos sido un periódico crítico. Página 12, en cambio, se hizo kirchnerista y dependió hasta hoy de recursos bajados por el Estado. Todo lo malo tiene una parte buena, y acá en México lo van a vivir. La parte mala es que los progresistas nos destruyen o nos crean muchos problemas. La parte buena es que el escenario se clarifica, ya no quedan lugares para las medias tintas, estás o no con el Estado. Cuando estás con el Estado la excusa es que ahora lo gobierna la izquierda, pero estás con el Estado, eso es lo principal. Y los que se mantienen en su trabajo de autonomía, de trabajo por fuera de las instituciones.

Página 12 claudicó, en los 90 fue un diario bien importante no sólo en Argentina, tenía una estética particular y un impacto con tapas de página muy potentes. Por otro lado, hay otros medios que se han mantenido fieles a su trayectoria. Yo no quiero exagerar, pero diría que Brecha, en Sudamérica, es de los pocos que ha atravesado el progresismo con muchas dificultades económicas. No vivimos de Brecha, estamos mal económicamente, pero mantuvimos la dignidad y una posición independiente, aunque hay matices. Hay algunos periodistas dentro más afines al gobierno, pero siempre críticos.

–¿Y cuáles son los costos de mantenerse críticos, desde la izquierda, a los gobiernos progresistas?

–Los costos de mantener la postura crítica son el aislamiento, no te llaman para hacerte entrevistas, te ignoran. Hay deterioro económico personal, tenemos que buscarnos trabajitos para sobrevivir, y eso es un costo importante, pero hay que fijarnos muy bien, hay una trampa del progresismo que hemos logramos sortear, pues así como la profesión periodística, en el caso de Brecha, hoy tiene un salario muy bajo, pero ha habido una renovación generacional y de género. Y hoy la mayoría de la planta son personas jóvenes y mujeres. Los que quieren ganar más se han ido con el gobierno o a crear periódicos afines al progresismo, y los que nos quedamos, bueno, pues ganamos poco, pero ahí estamos.

–¿Lo que nos estás diciendo es que nos va a ir muy mal a los que mantengamos una postura crítica, en el caso de México, a Andrés Manuel López Obrador?

–Yo no diría “irnos muy mal”. El aislamiento es duro, pero te hace más fuerte. Y además no aspiramos a hacernos ricos. Por ejemplo en Brecha, de 35 trabajadores, habrá cinco o seis con carro, los demás vamos en transporte público, y eso me parece que es muy importante porque marca algo que en este momento es una siembra, no se ve, pero están ahí las semillas y en algún momento van a florecer.

Pero lo que está sucediendo en México hay que leerlo de otro modo por dos razones. El ciclo progresista en América Latina inició por el 2000 y terminó por el 2014, y es un ciclo que fue posible gracias a los altos precios de las commodities, del petróleo, de la soja, del mineral de hierro, porque a las burguesías en esa época de bonanza económica no les importó mucho que les subieran un poco los impuestos, y porque los sectores populares estuvieron tranquilos. Pero hoy en día vivimos la post crisis de 2018. Las clases dominantes del mundo se han hecho más bestiales, más brutales. El uno por ciento tiene una riqueza como nunca soñó tener en la historia y se han hecho mucho más intransigentes, más ultras, y están en contra de los pueblos.

El gobierno de López Obrador llega en el momento en el cual las clases dominantes no están dispuestas a ceder en nada. Hay una situación que llevará muy rápidamente al gobierno a alinearse con los intereses empresariales. Estos pocos días que llevo en México he visto algo sorprendente. Prendo la televisión y en el parlamento unos diputados del PAN ponen una manta que dice “#NoALaDictaduraObradorista”. Son terribles, pero desde el primer día ya están oponiéndose, no le dan ninguna chance. Parece que eso va a marcar: Te doblegas completamente o vas a tener una oposición implacable como tuvo Dilma en sus últimos años en Brasil.

–¿Qué representa la llegada de López Obrador para el continente americano?

-Me gustaría decir que representa algo para la región, pero yo creo que no representa nada, porque desde el punto de vista de la integración regional latinoamericana, no aporta nada, y desde el punto de vista de un giro a la izquierda en la región, ya no es posible, y tampoco aporta nada y porque la política exterior, por lo que yo entiendo, va a ser de alineamiento total con el nuevo NAFTA y con las políticas de Donald Trump. Entonces yo no espero nada.

Si hubiera sido diez o quince años atrás, capaz que se podría esperar algo en un clima distinto, pero hoy en día, cuando hay una guerra comercial entre China y Estados Unidos, cuando hay un encrespamiento de las relaciones internacionales y una intransigencia muy fuerte, como hace una semana que se pelearon Trump y Macron y hubo un destrato mutuo muy fuerte… pues no hay margen para ninguna otra política.

–Háblanos de los movimientos sociales dentro de los gobiernos progresistas.

–Los gobiernos progresistas han sido maestros en el arte de desactivar a los movimientos sociales y a la protesta social. Han cegado las bases sociales de sus movimientos con políticas sociales, pequeñas cosméticas que entusiasmaron a mucha gente que nunca había recibido nada. También cooptaron a los dirigentes de los movimientos.

El personal político de los gobiernos progresistas viene de abajo, los cuadros tecnocráticos que están al frente nacieron y conocen la cultura organizativa de los movimientos sociales, entonces, cuando están arriba saben muy bien qué teclas tocar para debilitar, y eso es muy peligroso.

Hay dos cosas que ponen en peligro a los movimientos sociales. Primero, el Estado se reviste de legitimidad con el progresismo, y un Estado con legitimidad, un Estado fuerte, es peligroso. Después, los saberes de abajo que han llegado allá arriba están destinados a debilitarnos. Y estas dos cuestiones juntas pueden ser enormemente depredadores para los movimientos populares. Un ejemplo es Bolivia con Evo Morales y Álvaro García, que se disfrazaron diciendo que era el gobierno de los movimientos sociales e hicieron los golpes de Estado a los mismos.

En Argentina está el caso piquetero. El movimiento piquetero fue completamente neutralizado, dispersado, destruido, por las políticas sociales. Hay un manual en un libro del Ministerio de Desarrollo Social, donde estaba la hermana de Néstor Kirchner, que dice que el funcionario ideal del Ministerio es “aquel militante social que en los 90 se opuso y organizó a la gente en la base social en los territorios contra el modelo neoliberal”. Succionan cuadros políticos y militantes y saberes hacia los Estados y eso es un elemento muy definitorio y fundamental.

El tercer ejemplo pueden ser los compañeros de Brasil del Movimiento de los Sin Tierra y de los Sin Techo, movimientos muy importantes, muy luchadores, con una trayectoria impecable, que reconocen que Lula y Dilma entregaron menos tierras con la reforma agraria que el gobierno neoliberal de Fernando Henrique Cardoso, pero aun así, los apoyaron porque hay un chorro de dinero que fue destinado a la educación, la vivienda, etcétera. Son movimientos potencialmente revolucionarios que quedaron neutralizados completamente.

–Y el caso de México, país al que también conoces muy bien desde hace un cuarto de siglo.

–En México hay muchos movimientos potentes. Los movimientos urbanos tienen una larga trayectoria de haber sido dispersados, sobre todo por gobiernos del PRD, pero me preocupan mucho los movimientos indígenas, que son una parte minoritaria de la población, pero importantísima, y me preocupa el aislamiento y la posibilidad de golpes o represiones quirúrgicas. Me preocupa mucho que en los próximos seis años haya un proceso de debilitamiento del zapatismo y del CNI, y de otros movimientos indígenas y populares, que son los que se han opuesto a los grandes proyectos.

Hay una operación muy fina. Las consultas que se han hecho y las que se van a hacer son mecanismos de desarticulación de la protesta. Mañana tú puedes decir que estás en contra del Tren Maya por tal o cual razón, y te van a decir que vayas y votes. En esta consulta, la del aeropuerto, hubo un millón y cacho de votos, pero yo creo que en las próximas consultas pueden votar más personas, y si votan más personas mayor será la legitimidad de la consulta, aunque sea ilegal, sin sustento jurídico y sin sustento de ningún tipo.

Supongamos que respeten la consulta. El mensaje que están enviando los progresistas y López Obrador es que el conflicto no vale la pena porque es riesgoso, que votando o apoyando al Gobierno se van a solucionar los problemas. El mecanismo de la consulta busca encasillar y conducir la protesta al terreno de las urnas. ¿Para qué me voy a oponer a la carretera si estoy en contra y puedo votar? Y si pierdo, por lo menos pude opinar en un ejercicio democrático en el que no tuve que poner el cuerpo y la policía no me dio un golpe. Lo que se hace es deslegitimar el conflicto y deslegitimar la protesta, y eso va de la mano con aislar a los que protesten. Los que protestan aislados son rápidamente víctimas de la represión estatal. Ése es el riesgo que yo veo ahí.

Espero que la consulta no tenga la última palabra. Con la consulta los pueblos tienen dos opciones: o jugarse por la consulta, que no creo que sean tan poco hábiles, o que digan que hagan todas las consultas que quieran pero que ellos no quieren que el tren pase por ahí, que es lo que han hecho otros pueblos en América Latina.

Por suerte, en algunos casos como el de las comunidades zapatistas o Cherán, hay una fortaleza. Igual la van a pasar muy mal, creo yo y ojalá me equivoque, pero no es lo mismo pasarlo mal cuando están temblequeando a cuando estás bien y firme en tus bases, como los zapatistas.

Por otra parte, estoy seguro de que López Obrador se jubilará, no creo que se pueda reelegir, aunque me imagino que ya está pensando en reelegirse. Pasarán seis años, se irá Morena o no, pero el zapatismo va a seguir en pie, y eso es importante porque son luchas de cinco siglos que no van a desaparecer porque haya un gobierno que sonría o tenga buenos modales.

–¿Y la resistencia?

–Habrá resistencia. Lo que han hecho los gobiernos progresistas es profundizar el capitalismo, han traído más capitalismo, más transnacionales y más monopolios. Esto de hacer mega obras en el sur es para cooptar al resto de México, porque ha sido la zona más rebelde y eso todos lo sabemos. Los pueblos van a resistir. Hay muchas personas que, como decimos en Uruguay, “no se comen la pastilla”, no se dejan engañar. La gente está alerta, además ya tienen 15 años de nuestra experiencia y saben lo que pasó en el sur. Habría que ser un poco más optimista.

–¿Qué papel juega Donald Trump y Estados Unidos?

–Trump es más que Trump. Es la mayor intransigencia de las clases dominantes, de los ricos, y la mayor intransigencia del Pentágono, que tiene tanto peso como las clases dominantes. Esta gente se está inclinando por la guerra, por militarizar el escenario global. La guerra comercial contra China es una guerra y, comercial por ahora. La guerra va a escalar y es probable que lleguemos a guerras entre naciones con armas nucleares, eso que los zapatistas llaman el colapso.

El régimen Trump tiene aspectos del colapso, es una manifestación de la crisis del sistema, del imperialismo yanqui, pero también es una manifestación de que ellos pueden apostar al colapso antes de soltar la sartén que creen o temen que se les está escapando. Un escenario horrible. El que venga después de Trump, aunque sea demócrata, va a seguir muchos de los pasos de Trump. El gobierno de Trump no es un paréntesis, sino un viraje en las estrategias de las clases dominantes.

Estados Unidos apuesta cada vez más a la subordinación absoluta de México. Es un patio trasero del cual no van a soltar las garras y, por lo tanto, en ese proyecto de tener a México subordinado, el gobierno de López Obrador les puede venir incluso muy bien, pues esto de llevar las mega obras al sur, de facilitar el flujo de mercancías, commodities, minerales, maderas, todo lo que haya para sacar, los monopolios lo ven muy bien, y más si además consigue aplacar a una parte de la ciudadanía.

Lo que no va a conseguir este gobierno ni ninguno, por ahora, es bajar los niveles de violencia, los feminicidios, la actividad del narcotráfico, de la ilegalidad. Eso para Estados Unidos es algo importante, porque desde la guerra contra el narco apuesta a la violencia, al Plan Mérida, a la descomposición del tejido social. Todos son planes del imperio que ahora los va a ejecutar López Obrador. Con este señor además se van a cumplir los planes que profundizan el capitalismo, el monopolio, y lo que los compas zapatistas han llamado la cuarta guerra mundial, el despojo de los pueblos. Eso es lo que está a la orden del día.

–Para finalizar, ¿qué lectura le das al fenómeno migratorio que estamos viviendo estos días de Centroamérica hacia el norte?

–Quiero creer que con esta marcha masiva de migrantes está naciendo un movimiento, porque antes la migración era individual, de familias, gota a gota, pero ahora es masiva y organizada. Para movilizarse siete mil personas todas juntas hay que estar organizado. Capaz que es la primera de muchas marchas y si es así es bueno, porque la migración solitaria es fácilmente reprimible, vulnerable, pero con esta probablemente la gente haya llegado a la conclusión de que es mejor migrar en masa para estar más protegidos. No tengo claro que Trump vaya a poder impedir el paso de los migrantes por la frontera, a pesar de todas las gárgaras que hace. Es un costo político muy alto. Lo bueno es que está naciendo algo nuevo, desde abajo.

Leer en: https://www.elciudadano.cl/entrevistas/raul-zibechi-lo-que-han-hecho-los-gobiernos-progresistas-es-profundizar-el-capitalismo/01/18/#ixzz5dQy3nlyr

 

Elementos para una cartografía de lo grupal

Por Peter Pál Pelbart

Podríamos partir de Spinoza, el príncipe de los filósofos. Y comenzar por lo más elemental. ¿Qué es un individuo? Spinoza responde: un individuo se define por su grado de potencia. Cada uno de nosotros tiene un grado de potencia singular, el mío es uno, el tuyo es otro, el de él es otro. ¿Pero qué es un grado de potencia? Es un cierto poder de afectar y ser afectado. Cada uno de nosotros lo tiene. El poder de ser afectado de un burócrata: basta con leer a Kafka para tener una idea clarísima. Y la capacidad de afectar y ser afectado de un artista, ¿cuál es? ¿Será que la de un bailarín es la misma que la de un actor o un político? ¿Será que la de un acróbata es la misma que la del “ayunador”? De nuevo Kafka: véanse, por ejemplo, aquellos cuentos breves sobre artistas en El artista del hambre. Aunque a Deleuze le gusta dar el ejemplo de la garrapata, que colma su poder de ser afectada por los tres elementos, la luz, el olor y la sangre. Trepa al lugar más alto del árbol en busca de luz, luego puede esperar en ayunas durante un largo rato en el bosque inmenso y silencioso, y cuando siente el olor del mamífero que va pasando, plaf, se deja caer, para enfilarse a la piel del animal detrás de la sangre. Entonces, ¿qué es una garrapata? Bueno, es un grado de potencia. Es un cierto poder de ser afectado. Una garrapata se define, en última instancia, por esos tres afectos. ¿Cómo hacer la cartografía de nuestros afectos? ¿Cómo cartografiar “etológicamente” los afectos de un individuo, sea éste una garrapata o una persona? ¿O de un grupo o de un movimiento?

Somos, pues, un grado de potencia, definido por nuestro poder de afectar y ser afectado. Pero jamás sabemos de antemano cuál es nuestra potencia, de qué afectos somos capaces. Es siempre una cuestión experimental. No sabemos aún lo que puede el cuerpo, dice Spinoza, sólo lo descubriremos a lo largo de la existencia. Al sabor de los encuentros. Sólo a través de los encuentros aprendemos a seleccionar lo que encaja con nuestro cuerpo y lo que no, lo que con él se organiza, lo que tiende a descomponerlo, lo que intensifica su fuerza de existir, lo que la disminuye, lo que intensifica su potencia de actuar, lo que la disminuye. Un buen encuentro es aquel por medio del cual mi cuerpo se conecta con aquello que le es conveniente, un encuentro por medio del cual aumenta su fuerza de existir, su potencia de actuar, su alegría. Vamos aprendiendo a seleccionar nuestros encuentros, y a componer: es un gran arte el de la composición, el de la selección de los buenos encuentros. ¿Con qué elementos, materias, individuos, grupos, ideas, mi potencia se compone, para formar una potencia mayor, y que deriva en una mayor alegría? Y a la inversa, ¿qué tiende a disminuir mi potencia, mi poder de afectar y de ser afectado, qué provoca en mí tristeza? ¿Qué es aquello que me separa de mi fuerza? La tristeza es toda pasión que implica una disminución de nuestra potencia de actuar; la alegría, toda pasión que aumenta nuestra potencia de acto. Eso abre un problema ético y político importante: ¿cómo es que aquellos que detentan el poder hacen que nos afecte la tristeza? Las pasiones tristes en tanto necesarias al ejercicio del poder. Inspirar pasiones tristes: es la relación necesaria que impone el sacerdote, el déspota, inspirar tristeza en sus sujetos, hacerlos impotentes, privarlos de la fuerza de existir. La tristeza no es algo vago, es la disminución de la potencia de actuar. Existir es, por tanto, variar en nuestra potencia de actuar entre esos dos polos, esas subidas y bajadas, elevaciones y caídas.

Entonces, ¿cómo llenar el poder de afectar y ser afectado que nos corresponde? Por ejemplo, podemos simplemente ser afectados por las cosas que nos rodean, en los encuentros que tenemos al sabor del azar, podemos quedar a merced de estos, pasivamente, y por tanto tener sólo pasiones. Peor aún, esos encuentros pueden ser apenas malos encuentros, que nos dan pasiones tristes, odio, envidia, resentimiento, humillación, con lo cual disminuye nuestra fuerza de existir y nos vemos separados de nuestra potencia de actuar. Ahora bien, pocos filósofos combatieron tan ardientemente el culto a las pasiones tristes. Lo que Spinoza quiere decir es que las pasiones no son un problema, éstas existen y son inevitables, no son buenas ni malas, son necesarias para el encuentro de los cuerpos y el encuentro de las ideas. Lo que sí es evitable, en cierta medida, son las pasiones tristes que nos esclavizan en la impotencia. En otros términos, es en las pasiones alegres donde nos acercamos a ese punto de conversión donde podemos dejar de simplemente padecer, para poder hacer; dejar de tener sólo pasiones, para tener acciones, para podernos desdoblar en nuestra potencia de hacer, nuestro poder de afectar, nuestro poder de ser la causa directa de nuestras acciones, y no de obedecer siempre a causas externas, padeciéndolas, estando siempre a merced de ellas. Como ya se dieron cuenta, estoy en un vuelo libre y supersónico de Spinoza, con pizcas de Deleuze, para nuestros propósitos específicos.

Deleuze insiste en lo siguiente: nadie sabe de antemano de qué afectos es capaz, no sabemos todavía lo que puede un cuerpo o un alma, es un asunto de experimentación, pero también de prudencia. Esa es la interpretación etológica de Deleuze: la ética sería un estudio de las composiciones, de la composición entre relaciones, de la composición entre poderes, de los modos de existencia en que deriva tal o cual compuesto. No se trata de seguir cualquier mandamiento, cartilla previa, o receta, sino de evaluar las maneras de vida que resultan de ésta o aquella composición, de éste o aquel encuentro, de ésta o aquella afectación. Si el individuo se define por su poder de afectar y ser afectado, de componerse, la cuestión necesariamente se dilata más allá del individuo, y concierne al abanico de sus encuentros. Cómo es que las relaciones pueden componerse para formar una nueva relación más “amplia”, o cómo los poderes de afectar y ser afectado pueden componerse para constituir un poder más intenso, una potencia más “intensa”. Se trata entonces, dice Deleuze, de las “sociabilidades y comunidades”. E incluso se pregunta: “¿Cómo se componen los individuos para formar un individuo superior, al infinito? ¿Cómo puede un ser llevar a otro a su mundo, pero conservando o respetando las relaciones y el mundo propios?” Es una pregunta crucial, no sólo para quien trabaja en grupo, sino para la vida en general. ¿Cómo un ser puede componerse con otro, atraerlo a su mundo, pero conservando o respetando las relaciones y el mundo propios de ese otro? Como si pudieran existir varios mundos, incluso al interior de una composición mayor, sin que sean todos reducidos a un mismo y único mundo. A partir de ahí, se puede pensar la constitución de un “cuerpo” múltiple. Por ejemplo, un colectivo sería eso, un cuerpo múltiple, compuesto de varios individuos, con sus relaciones específicas de lentitud y diligencia. Un colectivo podría pensarse como esa variación continua entre sus elementos heterogéneos, como afectación recíproca entre potencias singulares, en una cierta composición de lentitud y diligencia.

¿Pero cómo pensar la consistencia de ese “conjunto” compuesto de singularidades, de multiplicidad, de elementos heterogéneos? Deleuze y Guattari invocan con frecuencia un “plano de consistencia”, un “plano de composición”, un “plano de inmanencia”. En un plano de composición, se trata de acompañar las conexiones variables, las relaciones de lentitud y diligencia, la materia anónima e impalpable disolviendo formas y personas, estratos y sujetos, liberando movimientos, extrayendo partículas y afectos. Es un plano de proliferación, de poblamiento y contagio. En un plano de composición lo que está en juego es la consistencia con la cual logra reunir elementos heterogéneos, disparatados, y también cómo favorece acontecimientos múltiples.

Como dice la conclusión prácticamente ininteligible de Mil Mesetas, lo que se inscribe en un plano de composición son los acontecimientos, las transformaciones incorporales, las esencias nómadas, las variaciones intensivas, los devenires, los espacios lisos: es siempre un cuerpo sin órganos. En todo caso, hay aquí una condición que sirve para pensar el plano micropolítico o macropolítico, y que parece una fórmula matemática: N-1. ¿Qué significa esa rareza? Sólo esto. Dada una multiplicidad cualquiera, un  conjunto de individuos, o singularidades, o afectos, ¿cómo producir ese plano de consistencia sin subsumir esa heterogeneidad a una unidad cualquiera? O sea, el desafío consiste en eso: sumergidos en una multiplicidad cualquiera, que hace un plano de composición, conjurar aquel Uno que pretende unificar el conjunto o hablar en nombre de esa multiplicidad, sea ese uno el papa, un gobernante, el director, una ideología, un afecto predominante. Se trata de rechazar el imperio del Uno. Es una filosofía de la diferencia, de la multiplicidad, de la singularidad, lo que no significa Caos, la indiferenciación, el todo vale, sino justamente lo contrario, la afectación, la composición, una especie de constructivismo, donde la única regla, más allá de toda esa química de los encuentros, y de la consistencia, es excomulgar a aquel que pretende hablar en nombre de todos, o que se cree representante de una totalidad que justamente cabe evitar a toda costa.

Multitud es lo contrario de masa. La masa es un compacto homogéneo, una indiferenciación de sus componentes en una dirección única, sometidos a un líder. La multitud, tal como Negri la entiende, es lo contrario, es esa heterogeneidad, esa inteligencia colectiva, esas afectaciones recíprocas, esa multiplicidad subjetiva. En el fondo, y es ahí a donde quería llegar, la multitud es una cierta dinámica entre lo común y lo singular, la multiplicidad y la variación, la potencia desmedida y el poder soberano que intenta contenerla, regularla o moldearla –y tal vez un grupo, de teatro, de performance, de intervención, podría ser considerado bajo la misma lógica, en esa dinámica entre lo común y lo singular, la composición y la consistencia, el acontecimiento y la subjetividad. En el fondo, en esas composiciones y recomposiciones se trata siempre de la experimentación inmanente de un común, se trata siempre de invención de modos de vida, se trata siempre de una redistribución de los afectos, se trata siempre de la invención de nuevos posibles. ¿Cómo pensar entonces la comunidad, o el grupo, o un colectivo, no según el modelo de la fusión, de la homogeneidad, de la identidad consigo misma, sino de la heterogeneidad, de la pluralidad, del juego, incluso de las distancias reinventadas en su interior? En otras palabras, como dice Blanchot en La Communauté Inavouable, en la comunidad no se trata ya de una relación de lo Mismo con lo Mismo, sino de una relación en la cual interviene el Otro, y éste siempre es irreductible, siempre en disimetría, éste introduce la disimetría. Como dice Bataille: “Si este mundo no fuera constantemente recorrido por los movimientos convulsos de los seres que se buscan unos a otros (…), parecería un escarnio dirigido a aquellos que hace nacer”. ¿Pero qué es ese movimiento convulso de los seres que se buscan unos a otros? ¿Sería el amor, como cuando se habla de la comunidad de los amantes? ¿O el deseo, según señala Negri? ¿O se trata de un movimiento que no tolera ningún nombre, ni amor ni deseo, sino que atrae a los seres para lanzarlos unos en dirección a otros, según sus cuerpos o según su corazón y su pensamiento, arrebatándolos a la sociedad ordinaria, reinventando su sensibilidad? Que ese tema sea más que una obsesión individual de un autor, demuestra su presencia recurrente entre pensadores de los años sesenta y setenta. Por ejemplo, en un curso impartido en el Collège de France en 1976-77, Roland Barthes habla en torno a la cuestión Comment vivre-ensamble (Cómo vivir juntos), que fue el tema de la Bienal de ese año. Barthes no está interesado en el vivir-de-a-dos conyugal, ni en el vivir-con-muchos según una coerción colectivista, sino en el desafío de “poner en común las distancias”, “la utopía de un socialismo de las distancias”, en la estela del “pathos de la distancia” evocado por Nietzsche. Son nuevas formas de agenciamiento colectivo que van surgiendo, no fusionadas, sino rizomáticas. En esa tónica, la propia resistencia hoy asume nuevas modalidades. Deleuze no se cansa de repetir: crear es resistir. Resistir no consiste apenas en decir no, sino en inventar, reinventarse, crear nuevos efectos, nuevos preceptos, nuevos posibles, nuevas posibilidades de vida. Claro que el propio término de creación está hoy comprometido, y sometido por completo a los dictados del capitalismo tardío y de la sociedad de control, con su vampirismo insaciable, que se apodera de la vitalidad social como ningún otro régimen anterior lo había hecho. Pero al mismo tiempo, en ese contexto, tal vitalidad acaba apareciendo en aquello que ella es, no un producto del capital, sino el patrimonio de todos y de cualquiera, la potencia del hombre común. Incluso la deserción asume formas nuevas. A propósito de Bartleby, de Melville, aquel escribiente que a todo responde “preferiría no hacerlo”, Deleuze comenta: la particularidad de ese hombre es que no tiene ninguna particularidad, es el hombre cualquiera, el hombre sin esencia, el hombre que se niega a fijarse en una personalidad estable. A diferencia del burócrata servil (que compone la masa nazista, por ejemplo), en el hombre común tal como aparece aquí se expresa algo más que el anonimato inexpresivo: el llamado a una nueva comunidad. No aquella comunidad basada en la jerarquía, el paternalismo, la compasión, como su patrón querría ofrecerle, sino una sociedad de hermanos, la “comunidad de los célibes”. Deleuze detecta entre los norteamericanos, incluso antes de la independencia, esa vocación de constituir una sociedad de hermanos, una federación de hombres y bienes, una comunidad de individuos anarquistas en el seno de la inmigración universal. La filosofía pragmatista norteamericana, en consonancia con la literatura norteamericana que Deleuze tanto valora, luchará no sólo contra las particularidades que oponen al hombre contra el hombre, y alimentan una desconfianza irremediable de uno contra otro, sino también contra su opuesto, lo Universal o el Todo, la fusión de las almas en nombre del gran amor o de la caridad, el alma colectiva en nombre de la cual hablaron los inquisidores, como en el famoso pasaje de Dostoievski, y a veces los revolucionarios.

Deleuze se pregunta entonces: ¿qué les queda a las almas cuando ya no se aferran a particularidades, qué les impide fundirse en un todo? Les queda precisamente su originalidad, es decir un sonido que cada una emite cuando pone el pie en el camino, cuando lleva su vida sin buscar la salvación, cuando emprende su viaje encarnado sin objetivo particular, y entonces encuentra al otro viajero, a quien reconoce por el sonido. Lawrence decía que éste era el nuevo mesianismo o el aporte democrático de la literatura norteamericana: contra la moral europea de la salvación y la caridad, una moral de la vida en donde el alma sólo se realiza al poner el pie en el camino, expuesta a todos los contactos, sin intentar jamás salvar otras almas, desviándose de aquellas que emiten un sonido demasiado autoritario o demasiado lacrimoso, formando con sus iguales acuerdos y acordes, incluso huidizos. La comunidad de los célibes es la del hombre cualquiera y de sus singularidades que se cruzan: ni individualismo, ni comunalismo.

No querría terminar este recorrido tan zigzagueante con una conclusión demasiado asertiva, pues estamos en un momento tan complejo que la asertividad puede volverse un ingrediente fundamentalista más que se conjuga con tantos otros, como la religión del capital o el capital de las religiones. La experimentación es siempre más vacilante, hecha de lagunas y disparidades, colapsos y retomas, desfallecimientos, tartamudeos, devenires insólitos, acontecimientos tanto más imponderables cuanto menos se exhiben según los umbrales de la percepción consagrados por una sociedad del espectáculo. Quizá me gustaría decir apenas lo siguiente, a guisa de cierre. Deleuze llega a decir que lo que le importa no es el futuro de revolución, sino el devenir-revolucionario de las personas, los espacio-tiempos que éstas son capaces de inventar, los acontecimientos que se dan por todas partes. De modo que, como él dice, ser de izquierda no significa una pertenencia partidaria, sino una cuestión de percepción. Cuando piensan en mayo del 68, Deleuze y Guattari se referían a una mutación en la sensibilidad, en la percepción social, en que súbitamente todo aquello que era soportado cotidianamente se volvió intolerable y se inventaron nuevos deseos que antes parecían impensables. Una mutación social es una redistribución de los afectos, es un rediseño de la frontera entre aquello que una sociedad percibe como intolerable y aquello que ésta considera deseable. No creo que el teatro sea ajeno a esa tarea, que es la de la sensibilidad, la percepción, la invención de posibles, formas de asociación inusitadas, modos de existencia. Es un desafío estético, ético, político, subjetivo. Pero que no se da de forma etérea o abstracta. A veces necesitamos de dispositivos muy concretos que sustenten tales experimentaciones, tales acontecimientos. Estar a la altura de lo que nos sucede es la única ética posible, estar a la altura de los acontecimientos que uno esté en condiciones de propiciar, en los más diversos campos, en las más diversas escalas, molares y moleculares, rechazando el nihilismo biopolítico y sus formas cada vez más insidiosas y capilares. A esos dispositivos diversos, de los cuales un cierto teatro forma parte, yo los llamaría dispositivos biopolíticos, donde está en juego una potencia de vida, una biopotencia.

 

Traducción del portugués de Iván García

Fuente:

Podríamos partir de Spinoza, el príncipe de los filósofos. Y comenzar por lo más elemental. ¿Qué es un individuo? Spinoza responde: un individuo se define por su grado de potencia. Cada uno de nosotros tiene un grado de potencia singular, el mío es uno, el tuyo es otro, el de él es otro. ¿Pero qué es un grado de potencia? Es un cierto poder de afectar y ser afectado. Cada uno de nosotros lo tiene. El poder de ser afectado de un burócrata: basta con leer a Kafka para tener una idea clarísima. Y la capacidad de afectar y ser afectado de un artista, ¿cuál es? ¿Será que la de un bailarín es la misma que la de un actor o un político? ¿Será que la de un acróbata es la misma que la del “ayunador”? De nuevo Kafka: véanse, por ejemplo, aquellos cuentos breves sobre artistas en El artista del hambre. Aunque a Deleuze le gusta dar el ejemplo de la garrapata, que colma su poder de ser afectada por los tres elementos, la luz, el olor y la sangre. Trepa al lugar más alto del árbol en busca de luz, luego puede esperar en ayunas durante un largo rato en el bosque inmenso y silencioso, y cuando siente el olor del mamífero que va pasando, plaf, se deja caer, para enfilarse a la piel del animal detrás de la sangre. Entonces, ¿qué es una garrapata? Bueno, es un grado de potencia. Es un cierto poder de ser afectado. Una garrapata se define, en última instancia, por esos tres afectos. ¿Cómo hacer la cartografía de nuestros afectos? ¿Cómo cartografiar “etológicamente” los afectos de un individuo, sea éste una garrapata o una persona? ¿O de un grupo o de un movimiento?

Somos, pues, un grado de potencia, definido por nuestro poder de afectar y ser afectado. Pero jamás sabemos de antemano cuál es nuestra potencia, de qué afectos somos capaces. Es siempre una cuestión experimental. No sabemos aún lo que puede el cuerpo, dice Spinoza, sólo lo descubriremos a lo largo de la existencia. Al sabor de los encuentros. Sólo a través de los encuentros aprendemos a seleccionar lo que encaja con nuestro cuerpo y lo que no, lo que con él se organiza, lo que tiende a descomponerlo, lo que intensifica su fuerza de existir, lo que la disminuye, lo que intensifica su potencia de actuar, lo que la disminuye. Un buen encuentro es aquel por medio del cual mi cuerpo se conecta con aquello que le es conveniente, un encuentro por medio del cual aumenta su fuerza de existir, su potencia de actuar, su alegría. Vamos aprendiendo a seleccionar nuestros encuentros, y a componer: es un gran arte el de la composición, el de la selección de los buenos encuentros. ¿Con qué elementos, materias, individuos, grupos, ideas, mi potencia se compone, para formar una potencia mayor, y que deriva en una mayor alegría? Y a la inversa, ¿qué tiende a disminuir mi potencia, mi poder de afectar y de ser afectado, qué provoca en mí tristeza? ¿Qué es aquello que me separa de mi fuerza? La tristeza es toda pasión que implica una disminución de nuestra potencia de actuar; la alegría, toda pasión que aumenta nuestra potencia de acto. Eso abre un problema ético y político importante: ¿cómo es que aquellos que detentan el poder hacen que nos afecte la tristeza? Las pasiones tristes en tanto necesarias al ejercicio del poder. Inspirar pasiones tristes: es la relación necesaria que impone el sacerdote, el déspota, inspirar tristeza en sus sujetos, hacerlos impotentes, privarlos de la fuerza de existir. La tristeza no es algo vago, es la disminución de la potencia de actuar. Existir es, por tanto, variar en nuestra potencia de actuar entre esos dos polos, esas subidas y bajadas, elevaciones y caídas.

Entonces, ¿cómo llenar el poder de afectar y ser afectado que nos corresponde? Por ejemplo, podemos simplemente ser afectados por las cosas que nos rodean, en los encuentros que tenemos al sabor del azar, podemos quedar a merced de estos, pasivamente, y por tanto tener sólo pasiones. Peor aún, esos encuentros pueden ser apenas malos encuentros, que nos dan pasiones tristes, odio, envidia, resentimiento, humillación, con lo cual disminuye nuestra fuerza de existir y nos vemos separados de nuestra potencia de actuar. Ahora bien, pocos filósofos combatieron tan ardientemente el culto a las pasiones tristes. Lo que Spinoza quiere decir es que las pasiones no son un problema, éstas existen y son inevitables, no son buenas ni malas, son necesarias para el encuentro de los cuerpos y el encuentro de las ideas. Lo que sí es evitable, en cierta medida, son las pasiones tristes que nos esclavizan en la impotencia. En otros términos, es en las pasiones alegres donde nos acercamos a ese punto de conversión donde podemos dejar de simplemente padecer, para poder hacer; dejar de tener sólo pasiones, para tener acciones, para podernos desdoblar en nuestra potencia de hacer, nuestro poder de afectar, nuestro poder de ser la causa directa de nuestras acciones, y no de obedecer siempre a causas externas, padeciéndolas, estando siempre a merced de ellas. Como ya se dieron cuenta, estoy en un vuelo libre y supersónico de Spinoza, con pizcas de Deleuze, para nuestros propósitos específicos.

Deleuze insiste en lo siguiente: nadie sabe de antemano de qué afectos es capaz, no sabemos todavía lo que puede un cuerpo o un alma, es un asunto de experimentación, pero también de prudencia. Esa es la interpretación etológica de Deleuze: la ética sería un estudio de las composiciones, de la composición entre relaciones, de la composición entre poderes, de los modos de existencia en que deriva tal o cual compuesto. No se trata de seguir cualquier mandamiento, cartilla previa, o receta, sino de evaluar las maneras de vida que resultan de ésta o aquella composición, de éste o aquel encuentro, de ésta o aquella afectación. Si el individuo se define por su poder de afectar y ser afectado, de componerse, la cuestión necesariamente se dilata más allá del individuo, y concierne al abanico de sus encuentros. Cómo es que las relaciones pueden componerse para formar una nueva relación más “amplia”, o cómo los poderes de afectar y ser afectado pueden componerse para constituir un poder más intenso, una potencia más “intensa”. Se trata entonces, dice Deleuze, de las “sociabilidades y comunidades”. E incluso se pregunta: “¿Cómo se componen los individuos para formar un individuo superior, al infinito? ¿Cómo puede un ser llevar a otro a su mundo, pero conservando o respetando las relaciones y el mundo propios?” Es una pregunta crucial, no sólo para quien trabaja en grupo, sino para la vida en general. ¿Cómo un ser puede componerse con otro, atraerlo a su mundo, pero conservando o respetando las relaciones y el mundo propios de ese otro? Como si pudieran existir varios mundos, incluso al interior de una composición mayor, sin que sean todos reducidos a un mismo y único mundo. A partir de ahí, se puede pensar la constitución de un “cuerpo” múltiple. Por ejemplo, un colectivo sería eso, un cuerpo múltiple, compuesto de varios individuos, con sus relaciones específicas de lentitud y diligencia. Un colectivo podría pensarse como esa variación continua entre sus elementos heterogéneos, como afectación recíproca entre potencias singulares, en una cierta composición de lentitud y diligencia.

¿Pero cómo pensar la consistencia de ese “conjunto” compuesto de singularidades, de multiplicidad, de elementos heterogéneos? Deleuze y Guattari invocan con frecuencia un “plano de consistencia”, un “plano de composición”, un “plano de inmanencia”. En un plano de composición, se trata de acompañar las conexiones variables, las relaciones de lentitud y diligencia, la materia anónima e impalpable disolviendo formas y personas, estratos y sujetos, liberando movimientos, extrayendo partículas y afectos. Es un plano de proliferación, de poblamiento y contagio. En un plano de composición lo que está en juego es la consistencia con la cual logra reunir elementos heterogéneos, disparatados, y también cómo favorece acontecimientos múltiples.

Como dice la conclusión prácticamente ininteligible de Mil Mesetas, lo que se inscribe en un plano de composición son los acontecimientos, las transformaciones incorporales, las esencias nómadas, las variaciones intensivas, los devenires, los espacios lisos: es siempre un cuerpo sin órganos. En todo caso, hay aquí una condición que sirve para pensar el plano micropolítico o macropolítico, y que parece una fórmula matemática: N-1. ¿Qué significa esa rareza? Sólo esto. Dada una multiplicidad cualquiera, un  conjunto de individuos, o singularidades, o afectos, ¿cómo producir ese plano de consistencia sin subsumir esa heterogeneidad a una unidad cualquiera? O sea, el desafío consiste en eso: sumergidos en una multiplicidad cualquiera, que hace un plano de composición, conjurar aquel Uno que pretende unificar el conjunto o hablar en nombre de esa multiplicidad, sea ese uno el papa, un gobernante, el director, una ideología, un afecto predominante. Se trata de rechazar el imperio del Uno. Es una filosofía de la diferencia, de la multiplicidad, de la singularidad, lo que no significa Caos, la indiferenciación, el todo vale, sino justamente lo contrario, la afectación, la composición, una especie de constructivismo, donde la única regla, más allá de toda esa química de los encuentros, y de la consistencia, es excomulgar a aquel que pretende hablar en nombre de todos, o que se cree representante de una totalidad que justamente cabe evitar a toda costa.

Multitud es lo contrario de masa. La masa es un compacto homogéneo, una indiferenciación de sus componentes en una dirección única, sometidos a un líder. La multitud, tal como Negri la entiende, es lo contrario, es esa heterogeneidad, esa inteligencia colectiva, esas afectaciones recíprocas, esa multiplicidad subjetiva. En el fondo, y es ahí a donde quería llegar, la multitud es una cierta dinámica entre lo común y lo singular, la multiplicidad y la variación, la potencia desmedida y el poder soberano que intenta contenerla, regularla o moldearla –y tal vez un grupo, de teatro, de performance, de intervención, podría ser considerado bajo la misma lógica, en esa dinámica entre lo común y lo singular, la composición y la consistencia, el acontecimiento y la subjetividad. En el fondo, en esas composiciones y recomposiciones se trata siempre de la experimentación inmanente de un común, se trata siempre de invención de modos de vida, se trata siempre de una redistribución de los afectos, se trata siempre de la invención de nuevos posibles. ¿Cómo pensar entonces la comunidad, o el grupo, o un colectivo, no según el modelo de la fusión, de la homogeneidad, de la identidad consigo misma, sino de la heterogeneidad, de la pluralidad, del juego, incluso de las distancias reinventadas en su interior? En otras palabras, como dice Blanchot en La Communauté Inavouable, en la comunidad no se trata ya de una relación de lo Mismo con lo Mismo, sino de una relación en la cual interviene el Otro, y éste siempre es irreductible, siempre en disimetría, éste introduce la disimetría. Como dice Bataille: “Si este mundo no fuera constantemente recorrido por los movimientos convulsos de los seres que se buscan unos a otros (…), parecería un escarnio dirigido a aquellos que hace nacer”. ¿Pero qué es ese movimiento convulso de los seres que se buscan unos a otros? ¿Sería el amor, como cuando se habla de la comunidad de los amantes? ¿O el deseo, según señala Negri? ¿O se trata de un movimiento que no tolera ningún nombre, ni amor ni deseo, sino que atrae a los seres para lanzarlos unos en dirección a otros, según sus cuerpos o según su corazón y su pensamiento, arrebatándolos a la sociedad ordinaria, reinventando su sensibilidad? Que ese tema sea más que una obsesión individual de un autor, demuestra su presencia recurrente entre pensadores de los años sesenta y setenta. Por ejemplo, en un curso impartido en el Collège de France en 1976-77, Roland Barthes habla en torno a la cuestión Comment vivre-ensamble (Cómo vivir juntos), que fue el tema de la Bienal de ese año. Barthes no está interesado en el vivir-de-a-dos conyugal, ni en el vivir-con-muchos según una coerción colectivista, sino en el desafío de “poner en común las distancias”, “la utopía de un socialismo de las distancias”, en la estela del “pathos de la distancia” evocado por Nietzsche. Son nuevas formas de agenciamiento colectivo que van surgiendo, no fusionadas, sino rizomáticas. En esa tónica, la propia resistencia hoy asume nuevas modalidades. Deleuze no se cansa de repetir: crear es resistir. Resistir no consiste apenas en decir no, sino en inventar, reinventarse, crear nuevos efectos, nuevos preceptos, nuevos posibles, nuevas posibilidades de vida. Claro que el propio término de creación está hoy comprometido, y sometido por completo a los dictados del capitalismo tardío y de la sociedad de control, con su vampirismo insaciable, que se apodera de la vitalidad social como ningún otro régimen anterior lo había hecho. Pero al mismo tiempo, en ese contexto, tal vitalidad acaba apareciendo en aquello que ella es, no un producto del capital, sino el patrimonio de todos y de cualquiera, la potencia del hombre común. Incluso la deserción asume formas nuevas. A propósito de Bartleby, de Melville, aquel escribiente que a todo responde “preferiría no hacerlo”, Deleuze comenta: la particularidad de ese hombre es que no tiene ninguna particularidad, es el hombre cualquiera, el hombre sin esencia, el hombre que se niega a fijarse en una personalidad estable. A diferencia del burócrata servil (que compone la masa nazista, por ejemplo), en el hombre común tal como aparece aquí se expresa algo más que el anonimato inexpresivo: el llamado a una nueva comunidad. No aquella comunidad basada en la jerarquía, el paternalismo, la compasión, como su patrón querría ofrecerle, sino una sociedad de hermanos, la “comunidad de los célibes”. Deleuze detecta entre los norteamericanos, incluso antes de la independencia, esa vocación de constituir una sociedad de hermanos, una federación de hombres y bienes, una comunidad de individuos anarquistas en el seno de la inmigración universal. La filosofía pragmatista norteamericana, en consonancia con la literatura norteamericana que Deleuze tanto valora, luchará no sólo contra las particularidades que oponen al hombre contra el hombre, y alimentan una desconfianza irremediable de uno contra otro, sino también contra su opuesto, lo Universal o el Todo, la fusión de las almas en nombre del gran amor o de la caridad, el alma colectiva en nombre de la cual hablaron los inquisidores, como en el famoso pasaje de Dostoievski, y a veces los revolucionarios.

Deleuze se pregunta entonces: ¿qué les queda a las almas cuando ya no se aferran a particularidades, qué les impide fundirse en un todo? Les queda precisamente su originalidad, es decir un sonido que cada una emite cuando pone el pie en el camino, cuando lleva su vida sin buscar la salvación, cuando emprende su viaje encarnado sin objetivo particular, y entonces encuentra al otro viajero, a quien reconoce por el sonido. Lawrence decía que éste era el nuevo mesianismo o el aporte democrático de la literatura norteamericana: contra la moral europea de la salvación y la caridad, una moral de la vida en donde el alma sólo se realiza al poner el pie en el camino, expuesta a todos los contactos, sin intentar jamás salvar otras almas, desviándose de aquellas que emiten un sonido demasiado autoritario o demasiado lacrimoso, formando con sus iguales acuerdos y acordes, incluso huidizos. La comunidad de los célibes es la del hombre cualquiera y de sus singularidades que se cruzan: ni individualismo, ni comunalismo.

No querría terminar este recorrido tan zigzagueante con una conclusión demasiado asertiva, pues estamos en un momento tan complejo que la asertividad puede volverse un ingrediente fundamentalista más que se conjuga con tantos otros, como la religión del capital o el capital de las religiones. La experimentación es siempre más vacilante, hecha de lagunas y disparidades, colapsos y retomas, desfallecimientos, tartamudeos, devenires insólitos, acontecimientos tanto más imponderables cuanto menos se exhiben según los umbrales de la percepción consagrados por una sociedad del espectáculo. Quizá me gustaría decir apenas lo siguiente, a guisa de cierre. Deleuze llega a decir que lo que le importa no es el futuro de revolución, sino el devenir-revolucionario de las personas, los espacio-tiempos que éstas son capaces de inventar, los acontecimientos que se dan por todas partes. De modo que, como él dice, ser de izquierda no significa una pertenencia partidaria, sino una cuestión de percepción. Cuando piensan en mayo del 68, Deleuze y Guattari se referían a una mutación en la sensibilidad, en la percepción social, en que súbitamente todo aquello que era soportado cotidianamente se volvió intolerable y se inventaron nuevos deseos que antes parecían impensables. Una mutación social es una redistribución de los afectos, es un rediseño de la frontera entre aquello que una sociedad percibe como intolerable y aquello que ésta considera deseable. No creo que el teatro sea ajeno a esa tarea, que es la de la sensibilidad, la percepción, la invención de posibles, formas de asociación inusitadas, modos de existencia. Es un desafío estético, ético, político, subjetivo. Pero que no se da de forma etérea o abstracta. A veces necesitamos de dispositivos muy concretos que sustenten tales experimentaciones, tales acontecimientos. Estar a la altura de lo que nos sucede es la única ética posible, estar a la altura de los acontecimientos que uno esté en condiciones de propiciar, en los más diversos campos, en las más diversas escalas, molares y moleculares, rechazando el nihilismo biopolítico y sus formas cada vez más insidiosas y capilares. A esos dispositivos diversos, de los cuales un cierto teatro forma parte, yo los llamaría dispositivos biopolíticos, donde está en juego una potencia de vida, una biopotencia.

 

Traducción del portugués de Iván García

Karol Modzelewski: “Hemos conocido una libertad vivida activa, combativa y colectivamente”

Entrevista a Karol Modzelewski, disidente polaco, miembro fundador de Solidaridad en 1980 y crítico lúcido de la deriva autoritaria del régimen actual
A l´encontre
Karol Modzelewski, nacido en 1937, es historiador, especialista de la Edad Media; su suma L’Europe des barbares. Germains et Slaves face aux héritiers de Rome (Aubier, 2006) es una obra de referencia. Pero se dio a conocer en el mundo entero como figura central de la disidencia polaca al régimen comunista, desde los años 1960 a la creación del sindicato Solidaridad («Solidarnosc» en polaco). La aparición en francés de sus Memorias, Nous avons fait galoper l’histoire (publicadas en Polonia en 2013), ofrece la ocasión de repasar con él las etapas de ese largo combate por la libertad, cuyo recuerdo, en una Polonia ahora en manos de nacionalistas del Partido Derecho y Justicia, se revela más vital que nunca.-Usted fue educado en una familia en la que las bondades del régimen soviético no eran nunca puestas en cuestión. Su padre adoptivo, Zygmunt Modzelewski (1900-1954), fue, tras la guerra, Ministro de Asuntos Exteriores de lo que sería luego la República Popular de Polonia. ¿Cómo se realizó el cambio que hizo de Vd. uno de las principales figuras de la oposición polaca?

Comencé mi recorrido político descubriendo la verdad sobre el estalinismo. Nadie hablaba de política conmigo en casa. Pero yo era curioso, y comencé a oír cosas. Y luego, en 1956, cuando era estudiante, se produjo el XX congreso [del Partido Comunista de la Unión Soviética, durante el cual Nikita Kurchtchev, entonces secretario general, desveló un informe que denunciaba la represión cometida bajo Stalin, muerto tres años antes]. Eso fue un choque inmenso. La gente no sabía. No se atrevía a decir nada. Y, en ese momento, se quería aún creer en el comunismo. La conclusión para mí y la gente de mi generación, como Jacek Kuron (1934-2004), mi amigo más cercano, fue que los ideales eran buenos, pero que el sistema era totalmente intolerable. Había por tanto que derrocarlo. ¿Cómo? Mediante una revolución. Es lo que se llama, en el pensamiento comunista, revisionismo, término muy cercano a la noción religiosa de herejía: se pone en cuestión la versión eclesiástica de la fe en nombre de la propia fe, de su pureza. Creamos, con un centenar de jóvenes cuadros, un grupo revisionista en la Universidad de Varsovia, donde recibí mi primera formación política consciente.

-¿Cuáles fueron las consecuencias del XX Congreso en Polonia?

La revolución con la que soñábamos fue desmontada, apenas emprendida, por Wladyslaw Gomulka [el primer secretario del POUP, el Partido Obrero Unificado Polaco], que condujo a una liberalización muy limitada, con el efecto de transformar la dictadura totalitaria estalinista en dictadura comunista autoritaria. Es una distinción que es útil cuando se está en Ciencias Políticas. Pero es muy práctica también cuando te ves confrontado a ella. En la dictadura autoritaria, mientras no pongas en cuestión el régimen, puedes vivir en paz. No se te exige ninguna ortodoxia ideológica. Resultado: la mayoría opta por no protestar. Reina el conformismo.

-¿Es el momento en que decide especializarse en historia medieval? ¿Qué motivó esa decisión?

Hoy diría que alguien se hacía medievalista por una doble razón. La más seria es que es un desafío de imaginación: cuando te enfrentas con sociedades y culturas medievales, estás forzado a penetrar a través de la muralla que separa nuestro mundo del mundo estudiado. Este desafío me impresionaba, aunque no lo formulara así. El segundo motivo, era que estudiando historia medieval uno no se sentía condicionado por la presencia de un comisario político imaginario o real detrás de nuestras espaldas. Las cuestiones sobre las que trabajábamos no eran importantes para las y los comunistas.

-¿Tuvo la tentación del conformismo? Vd. habría podido consagrarse tranquilamente a la Edad Media…

Estaba demasiado indignado. El poder había aplastado en el huevo una revolución con la que me identificaba. Me sentía ante todo opositor. Es cierto que, cuando me hice doctorando y profesor adjunto en la Universidad de Varsovia me dije que podía abandonar un poco la actividad política, para consagrarme a la investigación. Pero en 1961 obtuve una beca de un año para ir a estudiar a Venecia. Y allí vi la libertad, una libertad que se podía tocar con los dedos. Recuerdo una huelga, en la universidad. El rector salió de su oficina, se sentó en medio de las y los estudiantes en huelga, y se puso a discutir, buscando un compromiso sin decirles que estaban haciendo una contrarrevolución, un atentado contra el régimen, etc. Me sentí celoso. Cuando volví, sentía más que nunca el deseo de arrancar la mordaza que se nos había puesto en la boca. Retomé el contacto con mi amigo Jacek Kuron, y comenzamos un trabajo político juntos. Fue entonces, en 1964, cuando redactamos, ambos, la Carta abierta al Partido. Contenía todas las críticas posibles del régimen y dibujaba el programa de una democracia obrera pluralista, libre. Acabamos siendo detenidos. Fui condenado a tres años y medio de prisión y Jacek a tres años.

-¿Cuál fue el destino de ese texto?

Se llevó a Occidente, en particular a París, donde fue publicado, en polaco, por las Editions de l’Institut littéraire de Paris, es decir en los ambientes de la intelectualidad polaca crítica hacia el régimen, y en francés por François Maspero. Supe que las Juventudes Comunistas Revolucionarias [trotskistas] lo difundían. Luego, fue leído, en polaco, en la antena Radio Free Europe, lo que permitió que se conociera en los países del Este. Lo que constituyó para mí un verdadero placer fue que fuera traducido al checo y abiertamente publicado en Checoslovaquia en 1968, durante la «primavera de Praga», con una gran tirada.

-¿Qué línea política se defendía en él?

A grandes rasgos, tomábamos nuestras distancias tanto respecto a la dictadura comunista, como respecto a la democracia parlamentaria del tipo occidental, en beneficio de una democracia de consejos obreros, fundada en una combinación entre los niveles locales y el nivel nacional, con, eventualmente, en paralelo, un Parlamento elegido. Pero al ser los consejos la expresión de la clase obrera organizada, eran ellos, y no el Parlamento, quienes debían ser importante. Ese era nuestro programa.

-Usted se alejó progresivamente de él…

Tras nuestra liberación, en 1967, nos alejamos de muchas cosas. Concretamente, en primer lugar, puesto que en 1968 Jacek Kuron y yo fuimos detenidos por segunda vez -permaneceríamos aún tres años y medio en la cárcel. Pero, sobre todo, la desventura de nuestros amigos checoslovacos nos hizo cambiar nuestra forma de pensar la situación internacional. Creíamos inocentemente que, siendo internacional por naturaleza, la revolución, una vez comenzada en cualquier parte del imperio soviético, iba a alcanzar a la propia Rusia. El aplastamiento de la «primavera de Praga» por la intervención soviética nos enseñó que eso era una utopía. Había por tanto que proceder de otra forma, buscar más bien cambios parciales, quizás tolerables por Moscú, e intentar avanzar así. La revolución, pero autolimitada por las exigencias del realismo.

-Esta forma de ver coincidió en su caso con una retirada de la acción política. Cuando fue liberado en 1971, Usted retoma su oficio de historiador…

Si, salvo que ya no estaba en Varsovia, donde me estaba prohibido ejercer, sino en Wroclaw, y no en la Universidad, sino en la Academia de Ciencias, el equivalente al CNRS (Centre National de la Recherche Scientifique) francés: podía investigar, pero tenía prohibida la enseñanza. Hacer la revolución y hacer historia medieval son actividades incompatibles. Las dos exigen tu esfuerzo, tu cerebro, tu corazón, tu cuerpo. Uno no puede dividirse en dos. Me consagré por tanto, con gran placer, a mis investigaciones.

-En 1980 comienza la gran huelga en el astillero de Gdansk, y lo que se convertirá en el sindicato Solidaridad comienza a organizarse. ¿Dudó Vd. en sumarse al movimiento?

No. Era irresistible. Hubo que seguirla. La libertad había llevado al pueblo a las barricadas. Debía seguir al pueblo. E integrarme en el movimiento del pueblo de forma que aportara a él la dosis necesaria de razón.

-Entonces usted fue a Gdansk…

Sí, pero a causa de un malentendido. Se me dijo que los consejeros del comité de huelga, donde se comenzaba a reflexionar sobre la creación de un sindicato libre, querían tenerme cerca de ellos. Ahora bien, yo era conocido como un tipo que quería derrocar al régimen, lo que hacía de mí un aliado peligroso. De hecho, cuando llegué al astillero, Bronislaw Geremek [1932-2008] y Tadeusz Mazowiecki [1927-2013] me explicaron inmediatamente que no era una buena idea. Lo comprendí perfectamente. Volví a Wroclaw, donde había también una huelga. No fui: había comprendido la lección. Pero, una vez acabada la huelga, me llamaron a participar en el comité de huelga, que se había convertido en el comité de fundación del sindicato, y me enviaron a Gdansk con un proyecto de estatutos.

Allí vi, con horror, que nuestros amigos, en sentido contrario de lo que acababa de proponer, no preveían mas que dos escalones sindicales: el de la fábrica y el de la región, con nada por encima. Esto significaba que se prefería crear varios sindicatos regionales más que un gran sindicato nacional. Intenté explicar que era suicida. Fue en esta ocasión cuando vi a Lech Walesa por primera vez. No quiso responderme. Decía que tenía un enorme dolor de cabeza. Era evidente que la gente de Gdansk tenía miedo a crear una fuerza demasiado grande que, inevitablemente, habría debido enfrentarse a otra gran fuerza: el partido que dirigía el país.

-Poco tiempo después, Solidaridad, que no se llamaba aun así, organiza una reunión nacional de las y los representantes de los comités regionales. Estamos en septiembre de 19870. ¿Qué tendencia gana?

Al comienzo, la cosa parecía decidida a favor de la línea de Gdansk. Yo estaba presente como presidente de la delegación de Wroclaw. Hubo que pelear. La mayoría de las delegaciones presentes estaban de mi lado: querían un sindicato nacional. Sabían que, sin unidad, serían aplastados uno tras otro por las autoridades. Tomé la palabra. Defendí la unidad nacional. Mi moción fue aprobada por aclamación.

-¿Cuál fue la posición de Walesa?

Estuvo a favor: cambió en el último momento. Su dolor de cabeza se disipó cuando comprendió que iba a convertirse en el jefe de este sindicato nacional. Su mayor convicción hasta hoy es la de su grandeza. Si no ha sucumbido jamás, si no se ha dejado someter por las autoridades ha sido porque eso habría sido contrario a su grandeza. Esta grandeza no era por otra parte una invención. Estaba destinado al papel que jugó. Las multitudes obreras de Polonia, en gran parte venidas del campo, se reconocían en este antiguo campesino que no encarnaba precisamente la cultura proletaria, sino más bien la cultura campesina tradicional polaca. Era algo asombroso. Sabía adaptarse a la multitud. Es lo que hizo durante esta reunión nacional. En muchas ocasiones estuve furioso contra él, pero sabía que nadie podía haber tomado su lugar. Era imposible. Cuando en enero de 1982, tras el golpe de Estado militar y la proclamación de la ley marcial se encontró aislado en una casa vigilada cerca de Varsovia, rechazó totalmente, a pesar de las presiones de todo tipo, lo que se llamaba en el ministerio del interior el “plan renacimiento”, es decir el renacimiento de Solidaridad como fantoche en manos del partido. Era el momento clave. Tras eso, para decir que fue cómplice del régimen, es preciso amar enormemente la mentira.

-Fue en la misma reunión nacional de 1980 cuando impone usted el nombre de “Solidaridad”.

En el tren de vuelta, tras mi primera estancia en Gdansk, vi, en la pared de una enorme fábrica, una gran pancarta roja con letras blancas, del tipo de pancartas en las que se solía leer: “El programa del partido, es el programa del pueblo”. En ella estaba escrito: “Solidaridad”. Esto quería decir que su huelga era la misma que la de Gdansk, y que solo la acabarían cuando triunfaran todas. Esta palabra me había impresionado. En 1980, la noche que precedió a la reunión nacional, pensé de repente en ella, escribiendo la moción que iba a presentar. Es ahí donde decidí proponer ese nombre para nuestro movimiento.

-El comienzo del estado de sitio, el 13 de diciembre de 1981, y la detención de todos ustedes marcan el final de lo que llamáis “la gran Solidaridad”…

La intimidación, a partir de la instauración de la ley marcial, fue muy fuerte. Había tanques en las calles, patrullas por todas partes, carteles que amenazaban con tribunales militares en caso de huelga… Quedé marcado por lo que me contó un obrero, más tarde. Su fábrica, como algunas otras, se había puesto en huelga a pesar de todo. Un tanque del ejército vino entonces, hizo un agujero en la pared de la fábrica, a través del cual unos 700 hombres armados de fusiles automáticos entraron en el gran patio de producción. El oficial jefe gritó: “¡Salid!”. Silencio. “¿No salís?”. Silencio. Dió orden a los soldados de cargar sus armas. Los obreros vieron los cañones de los fusiles dirigirse hacia ellos. Al cabo de un momento, un obrero se levantó, luego otro, y todo el mundo acabó por dejarse llevar a la puerta de la fábrica. Algunos fueron detenidos. La mayor parte fueron mandados a su casa, con la orden de presentarse educadamente al trabajo el día siguiente. Toda esa gente, que se había comportado con una valentía inaudita, cambió de golpe su visión de si misma. Habían cedido ante la fuerza armada. Y eso te rompe la columna vertebral. Se puede decir que, en tanto que movimiento obrero de masas, Solidaridad, que llegó a contar hasta con 9.200.000 afiliados y afiliadas, fue destruido en ese momento. Solo quedaba una resistencia clandestina, que contaba con más intelectuales que obreros. Otro rostro apareció entonces, y otro lenguaje: un lenguaje de anticomunismo duro, que estaba ausente anteriormente.

-Hasta entonces, el movimiento se había mantenido cercano al sueño que usted tenía en el inicio…

Si. Solidaridad era un hijo ilegítimo del Partido Comunista y de la Iglesia Católica. Lo que reivindicaba era: “¡Cumplid vuestras promesas!”.

-¿Creyendo en esas promesas?

No, sin creer en ellas, pero exigiendo no obstante, con fuerza, que se llevaran a la práctica. Luego, se volvió una conspiración anticomunista de cuadros.

-¿Cuál fue su reacción?

No veía nada: estaba en la cárcel.

-Pero cuando salió, en 1984, ¿qué descubrió?

Primero la policía me llevó a Sobotka, un pueblecito en el que vivía mi mujer de entonces, a unos 40 kilómetros de Wroclaw. Había allí una pequeña fábrica de caramelos y una mina, con comisiones clandestinas y una cincuentena de tipos que me saludaron inmediatamente como su gurú. Ví que la conspiración estaba agotada. El propio régimen había implosionado. Pero no éramos nosotros quienes le habíamos destruido: era el ejército. La Nomenklatura estaba muerta. En cuanto a Solidaridad, lo que quedaba vivo de él era el mito, la memoria. No se puede olvidar que durante diez y seis meses, tras cuarenta años de una vida de esclavo voluntario, se conoció una libertad vivida activa, combativa y colectivamente. El mito era lo que daba aliento. Quien lo encarnara sería el vencedor. Pero a condición de dejar creer que Solidaridad existía aún, lo que era absolutamente falso.

-¿En qué medida?

Porque Solidaridad era una acción de masas, y era eso lo que había desaparecido. Se podía ir a votar, después de 1989, a candidatos del comité cívico de Solidaridad. Pero eso era todo. El tipo de activismo que el sindicato representaba, una vez aplastado por el miedo, ya no salió adelante nunca. Pero su mito no muere nunca. Solo se le puede matar utilizándole para engañar a sus fieles. Es lo que se hizo, en el momento de lo que se llamó la “transformación económica”, a la caída del régimen, con el hundimiento de las fábricas, con el paro, con una cierta nota de desprecio respecto a toda la gente que perdió en esta transición.

-¿Había otras opciones económicas posibles?

No sé. Pero la gente que dirigía la transformación no sabía más que yo, a la vez que afirmaba lo contrario. El paso del sistema comunista al capitalismo contemporáneo se hizo de una forma particularmente dura. Toda la gente que se ha considerado como perdedora en esta gran mutación sistémica se ha convencido poco a poco de que la democracia no es más que una conspiración engañosa que oculta una dictadura de las élites. Lo que es, hoy, la fraseología de Derecho y Justicia. No digo que no hayamos vivido una veintena de años de democracia y que esta democracia no tuviera un apoyo mayoritario. Pero éste se ha disuelto poco a poco y ha dejado lugar a una decepción cada vez más profunda, que ha llevado al triunfo de Derecho y Justicia.

-¿Qué opinión tiene Vd. de lo que está haciendo?

Es un partido que, de una forma muy coherente, construye un Estado policial. Hacen todo lo que pueden para destruir la democracia atacando, en particular, a los tribunales. Para tener un Estado policial es necesario que los jueces sean marionetas. Por otra parte, han hecho lo mismo con los medios.

-¿Es aún posible impedirles alcanzar su objetivo?

Pienso que, en las próximas elecciones legislativas, ganarán sin tener necesidad de falsificar las papeletas. Lo que han hecho para su base social -la Polonia popular, a la que años de política ultraliberal han pauperizado-, se lo permitirá. Por ejemplo, los “500 de más”: cada familia recibe, por su segundo hijo y cada uno de los siguientes, 500 zlotsys, unos 120 euros, lo que representa mucho en Polonia. Luego, han aumentado el salario mínimo. Entonces, la población afectada puede plantearse cuestiones sobre la abolición de la separación de poderes (y por tanto, a medio plazo, la democracia), pero para ella, lo más importante, es saber quién puede sacarles de la pobreza. No digo como algunos periodistas de nuestro campo liberal, que “el populacho se ha dejado comprar por 500 zlotys”, lo que es la mejor forma de echar al pueblo en brazos de Derecho y Justicia. Lo que es necesario es devolver a la gente el gusto por la democracia. No se si es posible.

-¿Cómo trata el gobierno la memoria de Solidaridad?

Intenta destruirla. Hace todo lo que puede para calumniar a Walesa y monta de arriba abajo acusaciones de corrupción contra otras figuras del movimiento. No se crea un Estado policial manteniendo vivo el recuerdo del tiempo en que un pueblo entero se levantó y enfrentó a la dictadura.

-¿Cómo le tratan a usted?

No sé. Me importa un comino. ¿Pueden hacer algo contra mí? ¡que lo intenten!

Las batallas de una vida

Si se quisiera resumir en grandes rasgos la vida de Karol Modzelewski bajo el régimen comunista polaco, se podría decir que ha pasado una mitad de ella estudiando las sociedades bárbaras de la Edad Media y la otra en prisión o cerca. Esas Memorias1/, en las que la historia medieval tiene, por supuesto, su parte, se interesan sobre todo por la segunda, y más precisamente, aunque también tratan del universo carcelario, por los métodos empleados por el autor para provocar a la dictadura, aunque fuera a costa de frecuentar los calabozos.

Del descubrimiento de la naturaleza del régimen a la Carta abierta al partido (1965), de las revueltas estudiantiles de 1968 al nacimiento de Solidaridad en 1981, todas las etapas de la batalla son presentadas, analizadas, contadas con humor y finura. Se desprende de ahí la historia de una vida que un deseo todopoderoso de libertad habrá sin cesar desviado de su curso, para lanzarla de una forma terca, indomable, de heroísmo, que Karol Modzelewski sabe hacer próxima y como familiar.

Nota

1/ Nous avons fait galoper l’histoire. Confessions d’un cavalier usé (Zajezdzimy kobyle historii. Wyznania poobijanego jezdzca), de Karol Modzelewski, traducido del polaco al francés par Elzbieta Salamaka, prefacio de Bernard Guetta, Editions de la Maison des sciences de l’homme, 544 p., 29 €.

https://www.lemonde.fr/livres/

http://alencontre.org/

Traducción de Faustino Eguberri – Viento Sur

https://www.vientosur.info/

Las virtudes de lo inexplicable

Sobre los «chalecos amarillos»… (1)

por Jacques Rancière [2]

Explicar a los “chalecos amarillos” ¿Qué se quiere decir con explicar? ¿Exponer los motivos por los cuales aconteció lo inesperado? Estos, en verdad, raramente faltan. Cierto es que para explicar el movimiento de los “chalecos amarillos”, los motivos existen en abundancia: la vida en las área periféricas, carentes de trasportes, servicios públicos y comercio local, el cansancio de los largos trayectos diarios, el empleo precario, los salarios insuficientes o las pensiones indecentes, la existencia crédito, los fines de mes difíciles…

De hecho, hay aquí diversos motivos para sufrir. Pero sufrir es una cosa, no sufrir más es otra completamente diferente. Hablamos de lo opuesto. Por ahora, las razones para el sufrimiento enumeradas para explicar la revuelta se asemejan exactamente a aquellas por las cuales alguien podría explicar su ausencia: los individuos sujetos a tales condiciones de existencia no tienen tiempo ni energía para rebelarse.

La explicación de los motivos por los cuales las personas se mueven es idéntica a aquella de porque no se mueven. No es una simple inconsecuencia. Es la propia lógica de la razon explicativa. Su papel es probar que un movimiento capaz de ir más allá de todas las expectativas no tiene otro motivo más allá de aquellos que alimentan el orden natural de las cosas, lo que es explicado con los mismos argumentos de la inmovilidad. Esto prueba que no aconteció nada que ya no fuese conocido, desde donde se mire si alguien tiene el corazón a la derecha, la conclusión de que este movimiento no tenía razon de ser, o, si alguien tiene el corazón a la izquierda de que las movilizaciones están enteramente justificadas, pero, infelizmente, fue conducido en el momento equivocado, de hecho errado y por las personas erróneas. Lo esencial es que el mundo continúa dividido en dos: hay las personas que no saben porque se mueven y las que saben de eso por ellas mismas.

A veces es necesario hacer lo contrario: comenzar precisamente por el hecho de que aquellos que se rebelan no tienen más motivos para hacerlo que los que los tienen para no hacerlo –los cuales por cierto tienen, muchas veces, hasta bastantes más razones para haberlo hecho-. Y a partir de ahí, ya no se pregunta sobre los motivos que vuelven posible dar un orden a este desorden, pero si preguntamos lo que ese desorden las respuestas nos dicen sobre el orden dominante de las cosas y sobre el orden de las explicaciones que normalmente las acompaña.

Más que todos los de los últimos años, el movimiento de los «chalecos amarillos» es protagonizado por las personas que no se mueven: no cuentan con representación de clases sociales definidas ni con categorías conocidas por sus tradiciones de lucha. Hombres y mujeres de mediana edad, semejantes a aquellos que encontramos todo los días en las calles o en las autopistas, en las obras y estacionamientos, teniendo como único signo distintivo un accesorio que todo motorista o conductor de automóvil está obligado a portar. Salieron a las calles en aras de una preocupación más banal, el precio de la gasolina: símbolo de esta masa devota del consumo que incita a los corazones de los nobles intelectuales; símbolo también de esta normalidad sobre la cual reposa el sueño tranquilo de nuestros gobernantes: esta mayoría silenciosa, conformada de puros individuos dispersos, sin forma de expresion colectiva, sin otra “voz” sino la que periódicamente cuentan las pesquisas de opinión y los resultados electorales.

Las revueltas no tienen motivos, pero por otro lado, sí tienen una lógica, y esta consiste justamente en una ruptura de las estructuras dentro de las cuales son de ordinario percibidos los motivos del orden y del desorden, así como las personas capaces de juzgarlos. Estas estructuras son, antes que nada, usos del espacio y del tiempo. Es significativo que estos “apolíticos”, de quien se enfatiza la extrema diversidad ideológica, retomaron la forma de acción de los jóvenes indignados del movimiento de las plazas, una forma que los estudiantes rebelados tomaron de los trabajadores en huelga: la ocupación.
Ocupar es elegir, para manifestarse como colectividad en lucha, un lugar común, cuya designación normal es desviada: producción, circulación u otro. Los “chalecos amarillos” escogieron las rotondas, esos no lugares en torno a los cuales los conductores anónimos ruedan diariamente. Allí, instalaran equipamientos de propaganda y carpas improvisadas, como hicieron, en los últimos diez años, los anónimos reunidos en las plazas ocupadas.

Ocupar también es crear un tiempo específico: un tiempo desacelerado en relacion a la actividad habitual y, por lo tanto, un tiempo que se distancia del orden habitual de las cosas; por otro lado, un tiempo acelerado por la dinámica de una actividad que obliga a responder constantemente los plazos para los cuales no estamos preparados. Esta doble alteración del tiempo cambia las velocidades normales de pensamiento y acción. Ella transforma, al mismo tiempo la visibilidad de las cosas y el sentido de lo posible. Lo que fue objeto de sufrimiento gana otra visibilidad, la de la injusticia. El rechazo de un impuesto se vuelve sentimiento de la injusticia fiscal y, después, el sentimiento de la injusticia global de un orden mundial. Cuando un colectivo de iguales interrumpe el curso normal del tiempo y comienza a tensionar un hilo –hoy, el impuesto sobre la gasolina, criterios para entrada a la Universidad o la reforma de la Previsión, ayer, leyes laborales −, es todo el denso tejido de desigualdades que estructuran el orden global de un mundo gobernado por la ley del lucro que comienza a destrabarse.

Ya no es más una demanda que demanda una satisfacción. Son dos mundos que se oponen. Pero esta oposición de mundos agudiza la discrepancia entre lo que es exigido y la propia lógica del movimiento. Lo negociable se vuelve innegociable. Para negociar, se envían representantes. Pero los “chalecos amarillos”, oriundos del interior profundo, de quien se dice serán todos oídos por las sirenas autoritarias del “populismo”, adoptaran esta reivindicación de horizontalidad radical que considerábamos como exclusiva de los jóvenes anarquistas románticos de los movimientos Occupy o de las ZAD. No hay negociación entre los iguales reunidos y los gestores del poder oligárquico. Esto significa que solo de aterrorizar a estos últimos, la reivindicación ya triunfa, pero también su victoria muestra que el miedo es el fin del poder de los “representantes”, de aquellos que piensan y actúan para los otros.

Es verdad que esa “voluntad” puede tomar la forma de una reivindicación: el famoso referéndum de iniciativa ciudadana [3]. Pero la realidad es que la fórmula de la reivindicación razonable oculta la oposición radical entre dos ideas de la democracia: de un lado, la concepción oligárquica dominante: el conteo de votos a favor o votos en contra, en respuesta a una pregunta hecha. Del otro, la concepción democrática: la acción colectiva que declara y verifica la capacidad de cualquiera de formular las propias preguntas. Porque la democracia no es una mayoría de los individuos. Es la acción que implementa la capacidad de cualquier uno, la capacidad de aquellos que no tienen “competencia” alguna para legislar y gobernar.

Entre el poder de los iguales y el de las personas “competentes” para gobernar, siempre puede haber enfrentamientos, negociaciones y compromisos. Pero, tras eso, queda el abismo de la relacion innegociable entre la lógica de la igualdad y la de la desigualdad. Es por eso que las rebeliones quedan siempre a mitad de camino, para gran desagrado y para gran satisfacción de los estudiosos que los declaran condenados al fracaso por estar desprovistos de “estrategia”. Pero una estrategia es apenas una manera de parar los golpes dentro de un determinado mundo. Ninguna estrategia enseña a llenar el abismo entre dos mundos. “Nosotros vamos hasta el fin”, dicen ellos de nuevo. Aunque, este fin del camino no se identifica con ningún propósito definido, especialmente desde que los Estados llamados comunistas sofocaron en sangre y lodo la esperanza revolucionaria. Ese puede ser el camino para entender el slogan de 1968: “ES SOLO EL COMIENZO, CONTINUEMOS LA LUCHA”. Los inicios no llegan al fin. Ellos quedan a mitad de camino. Eso también significa que ellos no cesan de reiniciar, de volverse actores. Es el realismo – inexplicable – de la rebelión, aquel que exige lo imposible. Porque lo posible ya fue hecho. Esta es la fórmula del poder: no alternative.

Traducción: Santiago de Arcos-Halyburton

Notas:
[1] Link al texto en francés: https://aoc.media/opinion/2019/01/08/vertus-de-li}nexplicable-a-propos-gilets-jaunes/
[2] Jacques Rancière, filósofo, profesor emérito en la Universidad de Paris VIII, Vincennes à Saint-Denis.
[3] EL Referéndum de Iniciativa Ciudadana (RIC) o Referéndum de Iniciativa Popular (RIP), es el nombre dado en Francia a un dispositivo de participación popular, cuy a implementación es reivindicada por el movimiento de los “chalecos amarillos” desde mediados de 2018 (N.T).
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