Masterclass del Fin del Mundo (1ra parte)

CONFLICTOS SOCIALES EN BRASIL DURANTE LA PANDEMIA

por un grupo de militantes en la neblina

“Brasil no es un terreno abierto donde pretendemos construir cosas para nuestra gente. Tenemos que deconstruir mucho. Deshacer mucho. Entonces podemos empezar a hacerlo. Que sirva para que al menos pueda ser un punto de inflexión”. Con estas palabras abrió Jair Bolsonaro la cena ofrecida por la embajada de Brasil durante su primera visita a Washington en marzo de 2019[1].

Exactamente un año después, se confirmó la primera muerte por covid-19 en Brasil. El panorama apocalíptico que anunciaba la noticia de la pandemia en el exterior contrastaba todavía, aquí, con la continuidad inalterada de la rutina. El contraste de la escena creó una atmósfera de aprensión, que se hizo más fuerte cada día. El hacinamiento obligatorio en lugares de trabajo cerrados, como fábricas, centros comerciales y oficinas, así como autobuses y trenes invariablemente abarrotados, proporcionaron la imagen desgarradora de la propagación de una enfermedad aún desconocida. Fue en una empresa de telemercadeo en Bahía donde la tensión rebasó por primera vez: los operadores abandonaron sus puestos y salieron a las calles exigiendo medidas de cuarentena. En pocas horas, la escena se replicó en call centers de Teresina, Curitiba, Goiânia y otras ciudades del país. Los videos de los paros, que se viralizaron en grupos de operadores en WhatsApp y Facebook, indicaban una solución muy concreta a esa situación desesperada: ¡literalmente, irse![2]

El coronavirus dio aires premonitorios a los términos de la carta anónima – más precisamente un “último grito de auxilio” – que los empleados de una cadena de librerías habían lanzado en febrero de 2020, tras una abrumadora sesión de acoso. Es sintomático que, incluso antes de la pandemia, calificaran la experiencia al interior de la empresa como una “masterclass del fin del mundo”. Pero “el gran problema del fin del mundo”, concluyeron, “es que alguien tendrá que quedarse para barrer”[3]. De hecho, cuando nos vimos ante una calamidad biológica, pocas semanas después, los “empleos de mierda” continuaron la toma de rehenes[4] para mantener el negocio al día.

La comparación de los centros de telemercadeo con las senzalas [alojamientos de esclavos] y las prisiones, tan común en el repertorio de bromas de los operadores, encontró ahora una brutal confirmación. Para muchos de ellos, huir del trabajo[5] aparecería como último recurso para no morir en el centro de atención. A pesar del decreto presidencial, que incluyó al sector entre los servicios esenciales poco después de los paros, lo que se vio en las siguientes semanas fue un vaciamiento de los call centers. Mientras muchos trabajadores comenzaron a presentar certificados médicos (reales o fraudulentos), a ausentarse sin justificación o a pedir la baja, las empresas respondieron con soluciones precarias de trabajo a distancia, vacaciones colectivas y despidos.[6] La presión de las protestas se diluyó en la desagregación que ya era tendencia en el ramo y se aceleró con el virus.[7]

Tan rápido como la pandemia erosionó las condiciones laborales en las más diversas áreas, la vida se fue acomodando a la “nueva normalidad”. Entonces vimos a los trabajadores regresar del lay-off para exponerse a la infección, pero agradecidos de tener un empleo aún, en un escenario de cierre de fábricas; profesores que cuestionaban el aprendizaje a distancia pasaron a participar de manera proactiva en la nueva rutina; a buena parte del remanente de la avalancha de despidos, en el sector servicios, someterse al programa de reducción de jornada y salario, diseñado a pedido del gobierno federal (aunque, en la práctica, la jornada laboral en la empresa no cambió). Y si las huelgas de choferes y cobradores de autobuses se hicieron cada mes más frecuentes en todo el país durante 2020, es porque era la única vía que quedaba para garantizar salarios en un contexto de reducción de pasajeros y crisis del sector.[8]

El poder destructivo del coronavirus se combinó, aquí, con la ola de devastación que ya estaba en marcha. Salida de emergencia desencadenada por el capital en respuesta a la revuelta social que estalló en 2013, este “movimiento de destrucción de fuerzas productivas” encontró en las elecciones de 2018 una personificación en la figura incendiaria de un capitán retirado.[9] En la imposibilidad de gestionar la crisis, es la crisis la que se convierte en un método de gestión. Donde se podría haber visto un gobierno ineficiente, nuestro autoproclamado agente de la deconstrucción revela una eficiencia negativa: el caos ya es un método[10] y “no gobernar es una forma de gobierno”[11]. Al crear sistemáticamente obstáculos a las recomendaciones científicas para el control de la pandemia, Bolsonaro nunca fue propiamente un “negacionista”; por el contrario, “es más bien un vector del propio virus, su identificación con el virus es integral”[12]. “Soy capitán del ejército, mi especialidad es matar, no curar a nadie”, gritaba aún en 2017.[13]

En agosto de 2020, cuando Brasil se acercaba a la cifra de 100.000 muertes registradas por covid-19, las encuestas alertaban sobre otro índice preocupante, al revelar que menos de la mitad de la población en edad de trabajar estaba trabajando.[14] Si la caída de la tasa de ocupación a los niveles más bajos de la historia reciente podría verse como una aceleración de la eliminación de los trabajadores desechables, bajo otros ojos, sin embargo, el mismo escenario devastador estaba produciendo algo nuevo… “Ya víamos en Brasil un escenario prometedor para esta nueva forma de trabajo y la pandemia hizo que más personas buscasen otras formas de realizar sus actividades y generar ingresos”, explicó el vicepresidente de expansión internacional de una aplicación utilizada por empresas para contratar freelancers en 160 países, que ahora llegaba a Brasil.[15] Después del apocalipsis, ¿Uber?

Brasil está on[16]

“¡Queremos trabajar!”, reclamaron decenas de vendedores ambulantes, quienes, en febrero de 2020, invadieron las vías de la Estación Luz, en el centro de São Paulo, en protesta por la operación de la nueva empresa de seguridad tercerizada para reprimir a los vendedores ambulantes en los trenes – actividad que, según las reglas del ferrocarril, es irregular.[17] En pocas semanas, con la llegada del nuevo virus, la misma consigna volvería a resonar en medio de las bocinas de caravanas convocadas por bolsonaristas para exigir la reapertura del comercio. Al oponerse a las políticas de aislamiento implementadas por alcaldes y gobernadores, Bolsonaro no solo satisfizo los deseos de los pequeños patrones jefes, sino que también jugó con la situación de “aquellos que dependen de la corrida diaria changueando para sobrevivir y no tienen otra perspectiva que la miseria frente a la pandemia”.[18]

Si la perspectiva de lucha que despertaba en los call centers no se generalizó, es porque la exigencia de la cuarentena no asumiría fácilmente aires huelga allí donde el trabajo hace tiempo que escapa de los límites físicos de la empresa. Entre las profesiones más cualificadas, la rápida transición al home office no tardaría en transformar el “quédate en casa” en una señal para trabajar el doble. Por otro lado, a medida que las calles se vaciaban, la misma consigna comenzó a sonar como una amenaza de pérdidas y hambre para quienes su sustento depende del movimiento diario de la ciudad: vendedores ambulantes, manicuristas, mozos, estacionadores, choferes, etc.

Las medidas de contención del coronavirus trajeron al centro del debate la condición de trabajo sin forma definida, informal, un embrollo político recurrente, pero fundamental en la composición de la economía capitalista en Brasil. Changas, soluciones parches, mingas y todo tipo de artimañas han compensado a lo largo de nuestra historia la precariedad de los servicios urbanos y de las infraestructuras necesarias para la acumulación de capital. Las chapuzas improvisadas por los de abajo para subsistir en los bordes de la ciudad, de la formalidad y de la legalidad fueron el combustible del “milagro” de la industrialización y urbanización por aquí. Descifrada por la sociología brasileña en la década de 1970,[19] esta fórmula mágica alimentó la esperanza del desarrollo nacional hacia una sociedad salarial estable; modelo que, en sus mismos días, ya mostraba signos de agotamiento en el seno del sistema. Desde entonces, el resto del mundo se ha acercado a la flexibilidad del trabajo al estilo brasileño[20] – y ella ya no apunta a ningún futuro. También en el centro del capitalismo se disuelven las “formas de trabajo socialmente estables, contractualizadas, reconocibles”, que definen lo que es y “lo que no es tiempo de trabajo, lo que es el lugar de trabajo, la remuneración, los costos laborales”.[21]

Incluso en su apogeo, durante los gobiernos del Partido de los Trabajadores (PT), el trabajo formal no llegaba a mucho más de la mitad de la población ocupada de Brasil, en una expansión basada en trabajos mal pagados que – a pesar de la letanía neodesarrollista de turno – expresaban menos a una tendencia hacia la universalización del trabajo formal que a su reducción a una, entre otras estrategias, de viração [o, en español, de “ir tirando”][22]. Al afirmar que la legislación laboral “tiene que acercarse a la informalidad”[23], Bolsonaro finalmente ajusta el parámetro y reconoce lo desregulado como regla.

Sería recién con la calamidad económica provocada por el coronavirus que el trabajo informal recibiría, por primera vez en la historia del país, una definición legal – y fue la más amplia posible, delimitada en la negativa: informal es todo trabajador sin un contrato formal, “sea trabajador por cuenta ajena, por cuenta propia o desempleado”.[24] Durante el breve periodo de tramitación de la ley que instauró el “ingreso básico de emergencia”, era difícil anticipar con precisión el real alcance del dicho criterio. Sancionado a principios de abril de 2020, el beneficio alcanzaría a casi 68 millones de personas – alrededor del 32% de la población brasileña –, de los cuales 38 millones estaban hasta entonces fuera del alcance de los programas de transferencia de ingresos. La devastación abrió repentinamente una oportunidad histórica para la “inclusión”:

Llamados “invisibles” por el presidente de la Caixa Econômica Federal, la mayoría de estas personas no tenían uno o más medios para acceder a la visibilidad social específica determinada por el Estado: Cadastro de Persona Física activo, teléfono celular (con internet) y cuenta bancaria. Esas personas no son las que ya están registradas en la Bolsa Familia (…), que llegó a todos los rincones del país, visibilizando al gobierno alrededor de 30 millones de personas. Esos ya se sabía que existían. Invisible, por increíble que parezca, era una parte importante de la población cuyo metabolismo social estaba estructuralmente ligado al metabolismo urbano. Es la parte que sobrevive a través del “ir tirando” [viração], no de los beneficios públicos (…). Está supuesta en su consecuencia, pero es invisible en su existencia. Cuando la ciudad se detiene, esta porción reclama visibilidad estatal a través del registro en el Cadastro Único. La pandemia lo revela, pero también lo somete, pues define las reglas para su visibilidad.[25]

Por supuesto, todo este contingente invisible ya estaba hasta el cuello – es decir, las consecuencias de su trabajo informe se presuponen en el funcionamiento de la economía en su conjunto –, pero ahora puede ser sometido a mecanismos que permiten un control más completo sobre su existencia Cuenta bancaria, smartphone con internet y registro en una aplicación: que los medios para recibir el ingreso básico de emergencia sean los mismos que para crear una cuenta de Uber, es señal de que estamos ante piezas fundamentales de esta “nueva forma de trabajar”. Años atrás, ya era posible identificar en Bolsa Familia, cuyas dimensiones se vuelven pequeñas de cara al beneficio de 2020, el objetivo de formar una fuerza de trabajo unificada y más profundamente sujeta a las relaciones capitalistas.[26] La bancarización promovida por el programa contribuyó a ampliar el alcance de los sistemas de microcrédito, en un proceso de financiarización de la informalidad – que se profundizó, en los últimos años, con la difusión de las máquinas de tarjetas y pagos digitales cada vez más ágiles y fáciles, como el Pix [nuevo sistema de pago instantâneo brasileño].[27] Con el ingreso básico de emergencia, el fenómeno alcanza una intensidad sin precedentes: Caixa Econômica Federal absorbió 30 millones de clientes en diez días, en lo que posiblemente representó el movimiento de bancarización más rápido de la historia mundial,[28] cerrando 2020 con ganancias récord.

El acceso al crédito es fundamental para el surgimiento de una fuerza de trabajo precaria a la cual transferir los costos y riesgos del capital, mientras las tasas de interés inoculan un nuevo nivel de productividad a la vieja viração, directamente conectada al mercado financiero global. El centro de estas políticas de ingreso estaría, entonces, menos en expandir la capacidad de consumo de los beneficiarios (como en el modelo distributivo keynesiano), y más en expandir su capacidad de inversión, financiando la adquisición de instrumentos de trabajo y “autovalorizando” su capital “humano”.[29] Esto es lo que afirman abiertamente los entusiastas de este tipo de programas: “el colchón financiero que proporciona la renta básica puede representar suficiente estabilidad para que las personas puedan gastar sus propios ahorros u otro capital para la apertura de un negocio”.[30] Como se lee en un reportaje que entrevistó a vecinos de algunas capitales del Noreste, “en muchos casos el dinero [de la ayuda] sirvió como capital de trabajo para negocios informales”: terminar de construir un anexo en su casa para alquilarlo, reconstruir stocks para el comercio ambulante, abrir una pequeña tienda o comprar “una bicicleta usada del vecino para hacer entregas a través de aplicaciones”.[31] Ahora, en los grandes centros urbanos, el beneficio no cubre el costo de vida de muchas familias, que tienen que valerse por sí mismas para mantener otras fuentes de ingresos. “El dinero se iría solo en alquiler. Tendrían otras cuentas y comida”, explica un desempleado obligado a dormir en la calle.[32] Antes de siquiera considerar volver a alquilar una habitación, luego de recibir las primeras cuotas de ayuda, otro entrevistado dice que compró un celular. Cuando no se invertía en medios de producción, el dinero se convertía en medios de reproducción: pagaba reformas y electrodomésticos. Justo en medio de estos dos campos, el celular.[33]

Al concentrar las funciones de ocio, trabajo, socialización y control en un mismo dispositivo, los smartphones materializan la indistinción contemporánea entre tiempo libre y tiempo de trabajo. Las aplicaciones que conectan una multitud de personas a un mismo servidor han hecho posible que el capital incorpore y organice directamente, a través de algoritmos que procesan millones de datos en tiempo real, ese trabajo informe que es constitutivo de la economía brasileña. La infame “uberización” del trabajo significa, en tierras tupiniquines, una especie de “subsunción real de la viração”.[34]

En el transcurso de la pandemia, creció el número de brasileños que utilizan aplicaciones como medio para trabajar, alcanzando la marca de uno de cada cinco trabajadores.[35] Y vale recordar que el primer paso para obtener el ingreso básico de emergencia también fue descargar una aplicación y responder a un cuestionario. El programa aceleró el proceso de digitalización de esta multitud invisible: “los que no tenían celular tenían que conseguir uno, prestado o de favor” y “los que no sabían usarlo tenían que aprender” o buscar ayuda.[36] Del mismo modo, la avalancha de problemas en el registro en línea durante la primera semana terminó en las sucursales físicas de Caixa, lo que provocó colas que se extendieron cuadra tras cuadra. Además de sobrecargar a los empleados, el hacinamiento frente a los bancos al inicio de la pandemia concretó el dilema funesto entre contagiarse del virus o pasar hambre. Durante unos días, ese retraso desesperado se convirtió en revuelta: en ciudades de todo el país, la población protestó, vandalizó agencias y bloqueó avenidas.[37]

Mientras los directivos de Caixa reorganizaron el horario de atención presencial para evitar el caos, se formaban grupos de WhatsApp y Facebook acerca del beneficio. Con cientos de miles de miembros, estos foros autogestionados compensaron la precariedad del servicio bancario: los participantes informaron de sus problemas, intercambiaron experiencias, resolvieron dudas, etc. El único actor político que intentó surfear esta inmensa participación invisible fue un incógnito parlamentario proveniente de la misma avalancha que Bolsonaro, elegido a partir de los videos en formato selfie que grabó en los bloqueos de carreteras durante la huelga de camioneros de 2018. En el momento en que pasó a comentar los ingreso básico de emergencia a diario a través de su perfil de Facebook, el diputado federal de Minas Gerais André Janones dejó de ser una figura menor en el Congreso Nacional, habiendo transmitido los live más vistos en la historia de internet en todo el hemisferio occidental.[38]

Por otro lado, el inicio del pago mensual de 600 reales durante la primera ola de la pandemia parece haber contribuido a retrasar la convergencia entre trabajadores informales y empresarios buscada por la crítica bolsonaristas al aislamiento social. En aquel momento, las manifestaciones anti confinamiento se circunscribían al núcleo militante de extrema derecha y al chantaje de los pequeños y medianos empresarios, que intentaban obligar a sus empleados a protestar, bajo la amenaza de despido en caso de quiebra.[39] Al mismo tiempo, el flujo de dinero brindado por las ayudas de emergencia en familias y barrios populares dio cierto respaldo a quienes, en medio del caos de la pandemia y pese al aumento del desempleo, se negaron a trabajar en esas condiciones. Luego de manifestarse en las mazmorras de los call centers, la insubordinación pronto se mostraría afuera, en las calles, cada vez más atestadas de repartidores y conductores de aplicaciones.

ASALTO EN LA NUBE

Fortaleza, 6 de enero de 2020. En el centro financiero de la ciudad, el tráfico está bloqueado por una inusual barricada de colores. Apiladas, mochilas con los logos de iFood, Rappi y UberEats atraviesan distintos puntos de la avenida: era una protesta de repartidores de apps denunciando el atropello de un colega la noche anterior. La escena se volvería cada vez más frecuente, en todo el país, en los meses siguientes. En marzo, un grupo de activistas ya podía creer que “un fantasma recorre las ciudades brasileñas, y ese fantasma anda sobre dos ruedas”.[40]

No es nuevo, sin embargo, que una parte indispensable del metabolismo urbano brasileño se mueva sobre dos ruedas. En la caótica expansión de las ciudades, donde el transporte llegaba a remolque, reparando piezas, el precio de esta precariedad lo pagaba siempre la prisa de los que debían llegar a tiempo. Mientras la falta de movilidad penaliza a la fuerza de trabajo con horas extras de esfuerzo en transporte público abarrotado,[41] las demás mercancías no pueden manejarse por sí mismas y exigen un movimiento cada vez más rápido. De ahí la aparición, a finales de los 80 – mucho antes que cualquier app – de un ejército cada vez más numeroso de motoboys capaces de cortar los embotellamientos del tráfico, surfeando entre coches, y garantizar, a riesgo de sus vidas, la aceleración de los flujos capitalistas en nuestras colapsadas metrópolis. Los “corredores informales y mortales de motos” posibilitan la circulación de lo que no puede detenerse en medio del tráfico parado y, al mismo tiempo, sirven para aumentar la productividad en el desplazamiento de trabajadores rehenes de la inmovilidad urbana, que encuentran en la motocicleta la salida de emergencia “que equipara bajo costo con alta velocidad”.[42]

Mientras la expansión del microcrédito durante los gobiernos del PT facilitó la financiación de motos de baja cilindrada y el parque automotor creció desbocadamente, se multiplicaron las pequeñas empresas de reparto tercerizadas, las “express”, en que los costos del principal instrumento de trabajo recaían sobre los trabajadores. La popularización de los celulares durante la década de 2000 permitiría una comunicación continua y directa entre la central y los repartidores en la calle, reduciendo “los poros de no trabajo en su jornada laboral” y abaratando el servicio para los contratistas. Luego, con la llegada de los smartphones con acceso a internet y GPS, es la intermediación que realizan esas empresas la que puede ser descartada y sustituida por una app, que promete conectar a la multitud de repartidores “directamente” a las demandas de los clientes y liberarlos de la explotación de las empresas subcontratistas. Reduciendo el contrato de trabajo a un registro virtual y al trabajador a fuerza de trabajo just-in-time, las plataformas son capaces de reclutar al motoboy que lleva treinta años en las vías, al trabajador con empleo fijo que hace entregas fuera de horario y el joven desempleado que posee o alquila una bicicleta detrás de una changa. Es esta multitud heterogénea “que, de manera dispersa, inconstante y con diferentes intensidades”, asegura la distribución de buena parte de las mercancías en las ciudades.

Cuando los motoboys paralizaron una app por primera vez en el país, oponiéndose a la reducción del valor de los repartos por parte de Loggi a finales de 2016, el sindicato de la categoría de São Paulo, que vio evaporarse su base en la “nube”, intercedió ante la Justicia del Trabajo defendiendo el reconocimiento de la relación laboral con la plataforma. Por eso mismo, acabó siendo rechazado por los propios huelguistas, que llevarían una pancarta con un mensaje claro a las siguientes manifestaciones: “¡no a la CLT!” [Ley Laboral brasileña]. Parece paradójico que los trabajadores que luchan por mejores condiciones laborales se nieguen abiertamente a formalizar su actividad. Sin embargo, es precisamente en esa negativa que se encuentra el motor del fantasma que sigue rondando las ciudades brasileñas.[43]

Para la mayoría de la izquierda, la respuesta al acertijo se reduciría a la conciencia sesgada de los trabajadores, seducidos por el canto cuentapropista de la sirena neoliberal. ¿Cómo explicar, sin embargo, que el rechazo de la regulación pueda estar asociado a una declaración de “guerra contra las aplicaciones”? No hace falta hablar mucho con un motoboy para darse cuenta de que la aversión a la relación laboral lleva consigo un rechazo al infernal universo de los “trabajos de mierda”: horas que cumplir, salario bajo y un jefe que te hace la vida más difícil.[44] Además de mayores costos con la documentación y burocracias para trabajar, el futuro que promete el discurso de la regulación suena fake.[45]

En el mundo del trabajo sin formas, la agenda reformista cambia de sentido: es aquella que busca recuperar la forma perdida, es re-formista, como la defensa de la CLT, es decir, el “progresismo” se vuelve restaurador. Contrariamente al espejismo de reconstruir una sociedad asalariada en marcos keynesiano-fordistas (que, en Brasil, sabemos, sólo existió a medias), el canto del “espíritu empresarial” encuentra eco en la experiencia vivida del trabajador uberizado. Después de inscribirse en una aplicación, es el “trabajador, por su cuenta, quien asume los riesgos y costos de su trabajo, quien define su propia jornada laboral, quien decide su dedicación al trabajo”.[46] Es precisamente porque es real, y no mera retórica, que la autonomía puede operar como pieza central en el engranaje de la subordinación: al transferir a los trabajadores la tarea de administrar su propio trabajo, el capital también transfiere la necesidad de prolongar e intensificar su jornada, así como de hacer frente a imprevistos y con fluctuaciones en la demanda.

Cada repartidor autogestiona su proceso de trabajo, pero lo hace dentro de las condiciones impuestas por las empresas de forma unilateral y muchas veces imponderable, comenzando por la forma de remuneración y los valores fijados vía algoritmo. Los sistemas de puntuación y clasificación limitan la cantidad de entregas que se pueden rechazar; las promociones alientan a los mensajeros a trabajar en regiones y períodos de alta demanda, como días lluviosos, o incluso a aceptar todos los viajes durante un período determinado; bloqueo automático, temporal o definitivo, sancionan supuestas irregularidades detectadas por el software; y, más recientemente, los mecanismos de programación fomentan la definición previa de las horas de trabajo. Ante la incesante presión sobre el margen de independencia que caracteriza su ocupación, los mensajeros se ven obligados a crear estrategias para resistir y eludir los mecanismos de control de la aplicación — así como de las autoridades de tránsito y de las tiendas, que vigilan su espacio de trabajo – en un conflicto permanente.

Para ganarse la vida como repartidor, no es raro que sea necesario usar (o incluso alquilar) el perfil de otra persona, eludiendo un bloqueo de cuenta; pasarse los semáforos en rojo o exceder el límite de velocidad para aumentar la productividad, cubriendo la patente al pasar las cámaras de velocidad; esquivar un control policial que puede dar lugar a la incautación de la moto en situación irregular por falta de dinero; o incluso extraviar el almuerzo de un cliente para asegurar una comida especial entre repartos. Pero, como romper las reglas constantemente no solo es parte del juego, sino que también garantiza el funcionamiento de la aplicación – y de la ciudad en su conjunto –, la propia insubordinación del “perro loco” [apodo de los motoboys] resulta ambigua.[47] Los grupos de WhatsApp, así como varios canales de YouTube y los foros de Facebook asumen un papel fundamental en esta dinámica, difundiendo estrategias exitosas y estableciendo redes de cooperación que son indispensables para el trabajo, así como para la operación del servicio:

Hay infinitos grupos de WhatsApp solo para motoboys que sirven para compartir información de la calle, controles policiales, robo, accidente, permuta o venta de moto, chaqueta, bolso, carné de conducir, trabajo, todo tipo de cuestiones. Estos grupos acaban siendo una estructura informal de organización del trabajo por parte de los propios trabajadores, paralela a las aplicaciones. Al mismo tiempo que ayuda a que las apps funcionen mejor (los participantes avisan dónde hay más carreras, si hay algún bug, se ayudan con problemas de soporte, bloqueos, etc.), también es ahí donde a veces aparecen memes ironizando el trabajo, los arrebatos y la organización de los actos.[48]

Fue principalmente en torno a estas redes informales que se organizaron numerosas protestas de correos desde principios de 2020. Cuando el coronavirus se propagó por Brasil, ellas también se multiplicaron por todo el país. Las medidas de cuarentena destacaron la centralidad de los repartidores en la logística urbana: fue, después de todo, la movilización permanente de este ejército motorizado lo que produjo parte de las condiciones necesarias para el home office de los contingentes más calificados. Sin embargo, contrarrestado por la vertiginosa expansión del registro de “colaboradores” en las plataformas,[49] el aumento de la demanda de servicios de entrega no se tradujo en un aumento de la remuneración. En medio de la avalancha de despidos en otros sectores, las aplicaciones comenzaron a funcionar como una especie de “seguro de desempleo” perverso y, a medida que crecía el número total de mensajeros, el valor de las tarifas y la frecuencia de los viajes seguían el movimiento contrario. Sumado a la afluencia de nuevos trabajadores, para quienes eso era solo una fuente de ingresos extra o temporal, la caída de los ingresos de quienes ya dependían de las apps impulsaría la irrupción de movimientos salvajes de mensajeros por todo el país.

En una noche de alta demanda, un grupo de motoboys bloquea la entrada de autos en el drive thru de un fast food, obligando al restaurante a priorizar la salida de snacks para delivery.[50] Amontonados en el estacionamiento de un supermercado a la espera de los pedidos, los repartidores se molestan e inician un bocinazo para presionar la salida de los paquetes.[51] Después que un exabrupto sobre un episodio de humillación o un intento de estafa de parte de un cliente se propaga a través de WhatsApp, el canalla es sorprendido por el ruido de un convoy de motocicletas fuera de su casa.[52] Mientras en una ciudad los mensajeros se unen para exigir más seguridad a las autoridades tras un atropello o robo, en otra son los episodios de violencia policial y el control arbitrario del tráfico que desencadenan las protestas.[53] Desde las grandes capitales hasta ciudades del interior del país, pululan manifestaciones convocadas de última hora en las redes sociales para exigir el aumento de las tarifas de reparto y otras mejoras. Ante la inminencia de la primera ola del coronavirus, los motoboys de Acre paralizaron las carreras para exigir a la alcaldía de Rio Branco el suministro de mascarillas y alcohol en gel. Una huelga de repartidores en moto y auto de Loggi, contra la reducción abrupta del precio de las carreras, se extiende por todo el Estado de Río de Janeiro, llegando al día siguiente a la Baixada Santista.[54] Y en São Paulo, los ciclistas se reúnen más de una vez en la Avenida Paulista contra el sistema de puntuación de Rappi, que restringía el acceso a las zonas de mayor demanda.[55]

Con manifestaciones volátiles y dispersas, que podían formarse y disolverse en el intervalo entre una carrera y otra, el “fantasma sobre dos ruedas” que recorría el país pronto haría su primera aparición pública. La convocatoria a un paro, el Freno Nacional de las Apps canalizó el movimiento latente en una sola fecha, el 1 de julio de 2020, marcando el debut de estas luchas subterráneas en el escenario de los grandes eventos políticos. Mientras la idea de un paro general empezaba a tomar forma en los grupos de WhatsApp, videos de “saludos” filmadas en formato selfie por mensajeros de todo el país anunciaban la adhesión de “bandas” de todo el país. A medida que la movilización ganaba visibilidad, los simpatizantes comenzaron a publicitar una campaña de boicot a las plataformas en el día del paro, los partidos y organizaciones de izquierda emitieron notas de apoyo y los principales canales de comunicación divulgaron la convocatoria. Al tomar una cara pública, la agitación espontánea y difusa de los meses anteriores fue traducida de una forma más legible por las instituciones: “en muchas ciudades, los sindicatos de siempre intentaron tomar la delantera del movimiento y los líderes autoproclamados fueron abrazados por partidos y entidades, así como por la prensa”.[56] En la cola de una tímida ola de manifestaciones contra el gobierno federal en la misma época, los medios de prensa produjeron el imagen del “repartidor antifascista”, mientras que la izquierda y los operadores de la CLT enmarcaron el movimiento en la gramática de los derechos laborales.[57]

Aunque voluminosas y ruidosas, muchas de las demostraciones de motociclistas que tomaron varias avenidas del país el 1 de julio – mucho antes que los convoyes encabezados estratégicamente por Bolsonaro al año siguiente – terminaron siendo domesticadas por entidades representativas. En São Paulo, el camión de sonido del sindicato se superpuso a las bocinas de la multitud motorizada que corría desde el Tribunal Regional del Trabajo hasta Ponte Estaiada. Manteniéndose dentro de los límites de un gremio y reclamando mejores condiciones de trabajo, el Freno de las Apps no ha podido ir más allá del script de lo que aún queda del sindicalismo. Ese fue el episodio más visible y organizado – y por lo tanto, en cierto sentido, el mejor comportado – en Brasil de un movimiento que abarcó todo el período de la pandemia y sigue en marcha, tanto aquí como en otros rincones del planeta.[58]

Algo, sin embargo, se escapó de ese guión. A las siete de la mañana, ya circulaba por WhatsApp un video grabado frente a uno de los muchos almacenes de Loggi en São Paulo – de donde parten miles de productos comprados por internet para los hogares de los consumidores, a bordo de automóviles y motocicletas. Alrededor de un parlante que tocaba pagode de los años 90, unos diez repartidores se disponían a pasar allí el día, prometiendo hacer un asado y evitar que se retirara cualquier paquete. Los bloqueos en otros almacenes, centros comerciales y restaurantes de la ciudad se prolongaron durante todo el día, llegando incluso al horario de la cena en tiendas de fast food de la región del ABC Paulista y otros puntos de la metrópoli. Es curioso que, allí mismo donde es difícil delimitar un “lugar de trabajo” – pues este se extiende por toda la ciudad –, proliferaron auténticos piquetes, como hacía tiempo que no se veía. Eran, en cierto sentido, piquetes invertidos: el objetivo era menos impedir la entrada de trabajadores al espacio de producción que impedir la salida de mercancías para su circulación.[59]

La organización de muchos de estos bloques pasó por las redes locales de motoboys que, mientras no suena un nuevo pedido en la aplicación o el pedido no está listo en el restaurante, esperan en la misma plaza de parking de motos. Al mismo tiempo que dan una imagen fiel de la disponibilidad permanente que se le exige al trabajador just in time – que, cuando no está corriendo contra el tiempo, se queda en standby[60], esperando que la aplicación suene –, estas “zonas de espera”[61] dispersas por el espacio urbano se convierten en lugares de confraternización y, eventualmente, de organización. Así fue el 1 de julio, cuando muchos parkings se convirtieron en puntos de bloqueo. Varios empleados, e incluso gerentes, de locales de comida rápida expresaron su apoyo a los huelguistas, con quienes conviven todos los días, permitiéndoles el uso del baño, ofreciendo café y hasta donando los snacks que se acumulan en el mostrador sin tener quien los transporte. En la puerta de centros comerciales y restaurantes, el apoyo tácito – o incluso explícito – de los guardias de seguridad de las empresas tercerizadas de seguridad se reveló fundamental, bloqueando o frenando las autorizaciones de entrada de los esquiroles más exaltados.

En el parking ubicado frente a una distribuidora de licores que, por respeto a la huelga, había anunciado la suspensión del servicio de reparto a través de aplicaciones, se podía escuchar a lo lejos, alrededor de las once de la mañana, la llegada de un numeroso convoy de repartidores, sumándose a los compañeros que desde temprano se concentraban allí. Poco tiempo después, el enjambre de motos corría nuevamente por las calles de la ciudad, sin rumbo definido. Tocando la bocina y acelerando a todo instante, aquel escuadrón producía un ruido ensordecedor y tomaba por asalto los estacionamientos de los centros comerciales que encontraba en el camino en una invasión relámpago, expulsando a los motoboys que retiraban pedidos y obligando a los comerciantes, asustados, a cerrar las puertas por algún tiempo. Flexibles y replicables, los bloqueos móviles traían consigo una amenaza de descontrol que contrastaba con la previsibilidad y rigidez de las formaciones de motoristas lideradas por los camiones de sonido de los sindicatos. Cuando la ciudad misma es el espacio de trabajo, la huelga puede tomar un aire de revuelta social.

La explosión, sin embargo, no sucedió. A los piquetes móviles se oponía la flexibilidad de las aplicaciones – que, además de hacer uso de promociones para entregas a domicilio en las regiones más afectadas por el paro, tenía las dimensiones de su gigantesca red de “restaurantes socios” para no perder los clientes del día – y la agilidad de los propios esquiroles, igualmente capaces de moverse por el tejido urbano en busca de establecimientos abiertos. Es significativo que muchos de los que insistieron en trabajar eran mensajeros vinculados a “operadores logísticos” (OL) subcontratados de iFood. Además de la modalidad “nube” – la tan celebrada “nueva forma de trabajar” en la que el motoboy enciende la app cuando quiere y organiza su día de trabajo, aceptando o no las carreras que aparecen en pantalla –, iFood tiene otro sistema menos conocido, y (al menos aparentemente) menos innovador, para gestionar su fuerza de trabajo. Un “operador logístico es una empresa más pequeña, subcontratada por iFood para organizar y administrar una flota de repartidores fijos”, a veces en un área delimitada.[62] Según la plataforma, estas empresas subcontratadas son responsables de al menos el 25% del contingente de “socios” – proporción que muchos motoboys afirman estar creciendo[63] – y “aportar en diversos escenarios, como atender localidades específicas” y centros comerciales, la “apertura de nuevas regiones” y “complementar la flota en determinados días y horarios”. Algunas de estas empresas tienen flotas de “hasta 400 personas corriendo por São Paulo” y cobran una tarifa semanal por el alquiler de monopatines y bicicletas a sus mensajeros.[64]

Con la promesa de recibir más pedidos que los “repartidores nube” y sin tener que hacer la cola para registrarse en esa modalidad más popular, el “repartidor OL” tiene un horario de trabajo predeterminado, recibe a través de una empresa tercerizada, para lo cual la aplicación transmite el valor de las carreras y es supervisado por un “líder de plaza” que actúa como intermediario de la plataforma. El control impersonal y automático del algoritmo se combina así con la gestión de un jefe de carne y hueso que, llenando los vacíos dejados por el primero, controla de cerca la productividad de los trabajadores, teniendo poderes para interferir en la distribución de pedidos, aplicar sanciones y despidos: lo peor de un empleo formal, pero sin ninguna de las garantías que la Ley Laboral ofrece.

¿Será que la última palabra en gestión del trabajo, la ultramoderna “gestión algorítmica” de plataformas como iFood, rima con los métodos arcaicos del capataz? Por un lado, es el mercado preexistente en Brasil el que explica el fenómeno: muchos de los operadores logísticos son las antiguas “express”, las empresas de reparto en moto que perdieron espacio ante las aplicaciones, ahora incorporadas por iFood en una posición subordinada. Por otro lado, la combinación no solo existe aquí. Las dos empresas de reparto por aplicaciones más grandes de China dividen su fuerza laboral de manera similar: mientras que los mensajeros “ocasionales” suelen ser trabajadores a tiempo parcial que pueden elegir qué viajes aceptar, los mensajeros “contratados” trabajan a tiempo completo y están vinculados a una “estación”, controlada por un gerente, pero ninguno de ellos tiene vínculos laborales formales con la plataforma.[65]

Al combinar la capacidad de procesamiento de datos y la vigilancia impersonal, de la inteligencia artificial, con la coerción directa y personal del buen y viejo capataz, debidamente tercerizado, esta forma bastarda de uberización puede representar una tendencia de la gestión del trabajo, mucho más eficiente que los robots dejados a su suerte: “el algoritmo suena fuerte, pero es huevón”[66]. En el infierno del trabajo contemporáneo, los capataces, los intermediarios y los matones tienen un lugar asegurado. A medida que se oxidan algunos engranajes de la aparente tregua de las últimas décadas, esos nuevos viejos intermediarios están más actualizados que nunca, y a pesar de los esfuerzos de los directores ejecutivos refinados y hipsters para mantenerlos en la sombra, no es de extrañar que quieran salir al sol.[67] En esta nueva economía de la “vuelta”, ya no hay ninguna perspectiva de que la violencia abierta deje de ser el nexo social central, como queda claro en el vocabulario de guerra de los motoboys, soldados en la batalla diaria del tráfico cuya productividad “se mide por la rapidez, es decir, por el riesgo de muerte inminente”[68]. La “guerra civil (…) cada vez más coordinada por lo que llamamos sistema yagunzo [o, en español, el sistema de los ‘sicarios’, ‘matones’] en Brasil”[69] se hace aún más clara donde se explicitan sin rodeos algunos de sus vínculos, como es el caso de la creciente evidencia de vínculos entre las OL del iFood y negocios ilegales en los barrios periféricos de São Paulo y Río de Janeiro.

El 4 de julio de 2021, después de un nuevo período de protestas y paros difundidos por todo el país, motoboys de Curitiba, Goiânia, Campo Grande e Itajaí se movilizaron por mejoras, entre ellas el fin de la necesidad de programar el trabajo con anticipación, impuesta por iFood en algunas de las ciudades donde opera. El mismo día, la ampliación del área de actuación de los entregadores OL, reduciendo drásticamente la oferta de pedidos para los demás, llevaría a los motoboys de un barrio pobre del oeste de Rio de Janeiro a interrumpir las tareas y bloquear la salida de pedidos en un centro comercial. Los informes del paro, que se extendería rápidamente a otras regiones de la ciudad y duraría cuatro días, mencionan, además de las ya recurrentes amenazas de los líderes de las OLs a los huelguistas[70], la presencia de milicianos frente a restaurantes para evitar piquetes.[71] Las oscuras y notorias relaciones entre la familia presidencial y los grupos armados que ejercen este tipo de “control privatizado y monopolizado del territorio” no son mera coincidencia: en línea con lo que hay de más avanzado en materia de gestión de la mano de obra flexible repartida por todo el espacio urbano, el “gobierno de la milicia” del capitán es tanto un síntoma como un agente de la uberización al estilo brasileño.[72]

Traducción del portugués: Santiago Arcos-Halyburton

NOTAS:

[1] Eduardo Bolsonaro, “Fala de JB abrindo o jantar na embaixada do Brasil nos EUA (17/MAR/2019)”, YouTube, 18 mar. 2019.

[2] “Para não morrer, operadores paralisam call centers em todo Brasil exigindo quarentena”, Passa Palavra, 19 mar. 2020, https://passapalavra.info/2020/03/130296/. En cierto modo, las protestas fueran un epílogo insólito a las reflexiones de algunos militantes que, unos años antes, se enfrentaban a las dificultades de organizarse en un sector tan rotativo (Un grupo de militantes, “Disk Revolta: questões sobre uma tentativa recente de organização nos call centers”, Passa Palavra, 30 de mayo de 2019, https://passapalavra.info/2019/05/126622/). En el momento en que los centros de telemercadeo se vieron afectados por una ola de paros sin precedentes, es significativo que la perspectiva de la movilización fuera simplemente para escapar de ese infierno.

[3] Trabajadores de la Livraria Cultura, “’Nosso último grito de socorro’: trabalhadores voltam a denunciar a Livraria Cultura”, Passa Palavra, 19 feb. 2020, https://passapalavra.info/2020/02/129948/.

[4] “Somos rehenes”, decía un cartel sostenido por operadores en la ventana de una empresa de telemercadeo en el centro de São Paulo el día de la “huelga general” convocada por las centrales sindicales contra las reformas laborales y de seguridad social en 2017 (Disk Revolta, “Pedido de socorro e apoio à greve na Uranet”, Facebook, 28 abr. 2017, https://facebook.com/diskrevoltalutando/photos/a.1409472675750448/1485302098167505).

[5] Aquí, también, la batalla clandestina en la librería reveló una tendencia. “Para cualquier sindicalista, el objetivo final trazado por los trabajadores de Livraria Cultura sonará muy extraño: quieren ser despedidos sin justa causa. Si bien este reclamo solo tiene sentido en el marco de la Ley del Trabajo brasileña (después de todo, el objetivo es ganar la terminación del contrato), mirando la perspectiva histórica, este tipo de lucha ya indica un adiós a las promesas de la Ley del Trabajo, pues no hay más el horizonte legal, político, económico y social que alguna vez represento (carrera, estabilidad, derechos, etc.). “Ser despedido era visto como una victoria”, escribió un ex empleado en un comentario. (“Por que as denúncias contra a Livraria Cultura viralizaram?”, Passa Palavra,  27 abr. 2019, https://passapalavra.info/2019/04/126363/).

[6] Un caso de presión colectiva por el teletrabajo fue registrado por Invisíveis de Goiânia, “Atento: resistindo à chamada da morte”, Passa Palavra, 17 abr. 2020, https://passapalavra.info/2020/04/131169.

[7] Conocida por ser la puerta de entrada al mercado laboral de miles de jóvenes”, la profesión de operador de call center venía enfrentando, “en los últimos años, (…) una reformulación del mercado [de telemarketing], con un recorte de vacantes y una inversión en autoservicio”, explica el director de la patronal del sector. Las medidas de aislamiento social parecen haber contribuido, sin embargo, a que “por primera vez en cinco años” se contrataron más operadores que despidieron en los doce meses que terminaron en febrero de 2021, en un movimiento que algunos expertos ven como temporal. En cualquier caso, la automatización y la dispersión de la plantilla parecen ser tendencias complementarias en la reestructuración del área, que estudia mantener parte de la plantilla en home office tras la pandemia – y ya está desarrollando nuevos mecanismos de vigilancia para ello, tal como hacen varios otros sectores. (Angelo Verotti, “Ao novo normal”, IstoÉ Dinheiro, 14 jul. 2020, https://istoedinheiro.com.br/ao-novo-normal/; Douglas Gavras, “Telemarketing reabre vagas com mudança de comportamento do consumidor pós-Covid”, Folha de S. Paulo, 8 mai. 2021, https://www1.folha.uol.com.br/mercado/2021/05/telemarketing-reabre-vagas-com-mudanca-de-comportamento-do-consumidor-pos-covid.shtml; “Funcionários de call center em home office serão vigiados”, Poder 360, 28 mar. 2021, https://poder360.com.br/economia/funcionarios-de-call-center-em-home-office-serao-vigiados/).

[8] Algunos de estos paros están registrados en el video del canal Treta no Trampo, “2020 – Greve dos rodoviários!” (Instagram, 1 feb. 2021, https://instagram.com/p/CKxFeFCHnF2/), y mencionado en Thiago Amâncio, “Crise no transporte público na pandemia provoca greves em série por todo o país» (Folha de S. Paulo, 21 mayo 2021, https://www1.folha.uol.com.br/cotidiano/2021/05/crise-no-transporte-publico-na-pandemia-provoca-greves-em-serie-por-todo-o-pais.shtml).

[9] “En la medida en que la política gana aires de guerra abierta, las tecnologías de mediación social desarrolladas en los últimos años suenan obsoletas. (…) La ola de destrucción que sobrevino no sólo sobre los principales operadores del arreglo político constituido desde la redemocratización y su maquinaria de gobierno, sino también a algunas de las mayores empresas brasileñas, necesita ser comprendida en el marco de una ‘aniquilación forzada de toda una masa de fuerzas productivas’, movimiento típico de las crisis capitalistas, que siempre viene acompañado de una profundización de la explotación. La destrucción de fuerzas productivas, frecuentemente por medio de la guerra, siempre constituyó una salida de emergencia eficiente para el capital.” (Un grupo de militantes, “Mira como ha cambiado la cosa” [traducido al español], Passa Palavra, 18 jun. 2018, https://passapalavra.info/2019/06/126892/).

[10] Marcos Nobre, “O caos como método”, Piauí, abr. 2019, https://piaui.folha.uol.com.br/materia/o-caos-como-metodo/.

[11] Gabriela Lotta, “O que acontece quando a falta de decisão é o método de governo”, Nexo, 27 ene. 2020, https://nexojornal.com.br/ensaio/debate/2020/O-que-acontece-quando-a-falta-de-decis%C3%A3o-%C3%A9-o-m%C3%A9todo-de-governo.

[12] “El discurso de Bolsonaro no es una negación de la letalidad del virus, o si lo es a nivel superficial”, apuntó un espectador de los primeros pronunciamientos oficiales durante la pandemia: “transubstanciado en un complejo humano-virus, (…) Jair Bolsonaro se acerca a su forma final, un ángel de la muerte, un emisario de la muerte masiva – qué mejor expresión podría haber para el capital suicida?”. (Felipe Kouznets, “anjinhos”, electricuzinho, 25 mar. 2020, https://heletricuzinho.blogspot.com/2022/01/anjinhos.html).

[13] “Bolsonaro diz que, no Exército, sua ‘especialidade é matar’”, Folha de S. Paulo, 30 jun. 2017, https://www1.folha.uol.com.br/poder/2017/06/1897435-minha-especialidade-e-matar-diz-jair-bolsonaro.shtml.

[14] Instituto Brasileiro de Geografia e Estatística (IBGE), Pesquisa Nacional por Amostra de Domicílios Contínua – Mercado de Trabalho Conjuntural, ago. 2020, https://static.poder360.com.br/2020/10/pnacm_2020_ago.pdf.

[15] Entre los nuevos usuarios de la plataforma, el 35% relacionó la búsqueda de trabajo con el aislamiento social (Beatriz Montesanti, “Startup israelense de trabalho freelancer chega ao Brasil”, Folha de S. Paulo, 10 nov. 2020, https://www1.folha.uol.com.br/mercado/2020/11/startup-israelense-de-trabalho-freelancer-chega-ao-brasil.shtml).

[16] Popularizada por el delantero Neymar Jr., la expresión “el padre está on” se convirtió en un meme en Internet. Estar en línea también significa, en este caso, estar “conectado”, disponible, listo para todo, en contextos que van desde el coqueteo hasta el trabajo, pasando por todo el ambiguo campo de las redes sociales.

[17] Clara Assunção, “En el país de la informalidad, vendedores ambulantes de la CPTM protestan por la sobrevivencia: ‘Queremos trabajar’”, Rede Brasil Atual, 6 feb. 2020, https://redebrasilatual.com.br/trabalho/2020/02/no-pais-da-informalidade-ambulantes-na-cptm-protestam-pela-sobrevivencia-queremos-trabalhar/.

[18] Alguns militantes, “Entre el aislamiento y las prisas, trabajadores en disputa en la pandemia”, Passa Palavra, 11 abr. 2020, https://passapalavra.info/2020/04/130886/.

[19] En sus escritos de la década de 1970, Chico de Oliveira vio el proceso de modernización del país como un “huevo de Colón”: así como el viejo truco de romper la cáscara del huevo para que se mantuviera en pie, lo que puso y mantuvo de pie al capitalismo brasileño fue esta “extraña economía de subsistencia”, aparentemente atrasada, de las periferias urbanas y del campo. La industria de bienes de consumo, mostró el sociólogo, tenía su contrapartida en el comercio ambulante, mientras que el crecimiento de la producción de automóviles estuvo acompañado por la proliferación de lavaderos manuales y talleres mecánicos de esquina. A medida que compensaba la falta de una acumulación capitalista anterior suficiente, esta simbiosis otorgó un lugar absolutamente central al “trabajo informal” en el proceso de industrialización y urbanización del país. De la misma manera, el contrato laboral mismo estuvo ligado a la informalidad desde su génesis: en los días libres de la fábrica, el trabajador formal continuaba trabajando – por cuenta propia y sin remuneración – para construir su casa en fraccionamientos irregulares, en una práctica que dio origen a la mayoría de las periferias de las grandes ciudades brasileñas y eso terminó por bajar los salarios, cuya suma no necesitaba tener en cuenta el costo del alquiler. En la autoproducción de los trabajadores a través de soluciones extenuantes e improvisadas, se invisibilizó a la sombra del mundo del trabajo oficial una cantidad colosal de exceso de trabajo sin forma definida. Chico de Oliveira relacionó esta dimensión invisible de la explotación con la desconfianza de los trabajadores hacia los gobiernos populistas antes del golpe de 1964, que habían sido derrocados de la noche a la mañana sin mucha resistencia popular. No por casualidad, fue precisamente desde las periferias urbanas, donde se concentró este trabajo informe, que nuevos personajes entraron en escena en los últimos años de la dictadura militar. Desde la invasión de tierras hasta la demanda de estructuras colectivas para los barrios (como alcantarillado, electricidad, asfalto, buses, guarderías, centros de salud, escuelas, etc.), las luchas en los márgenes de las metrópolis jugaron un papel central en el movimiento de recomposición política del proletariado de fines de la década de 1970. Al mismo tiempo que representaba un trabajo excedente funcional a la acumulación capitalista, la autoconstrucción de la ciudad resultó ser, por eso mismo, una zona explosiva de conflictos. En este proceso ambivalente, en el que la autoactividad proletaria era a la vez trabajo no remunerado y lucha de clases, se hace visible lo que el brasilero James Holston llamó una “ciudadanía insurgente”, en la que la confrontación se convierte en una forma de integración al orden. (Ver, traducido al español, Francisco de Oliveira, “La economia brasileña: Crítica a la razón dualista”, El Trimestre Económico Vol. 40, n. 158, Fondo de Cultura Económica, abr. 1973, https://jstor.org/stable/20856350 y “El ornitorrinco”, New Left Review Español, n. 24, ene. 2004, https://newleftreview.es/issues/24/articles/francisco-de-oliveira-el-ornitorrinco-brasileno.pdf. Del mismo autor, “Acumulação monopolista, Estado e urbanização: a nova qualidade do conflito de classes”, en José Álvaro Moisés et al. Contradicciones urbanas y movimientos sociales, São Paulo, CEDEC / Paz e Terra, 1977; la referencia final es a James Holston, Cidadania insurgente, São Paulo, Cia. das Letras, 2013).

[20] Véase Paulo Arantes, “A fratura brasileira do mundo”, Zero à esquerda, São Paulo, Conrad, 2004. Para una reciente reanudación de esta discusión, en el contexto del fracaso de la lucha contra la pandemia en el corazón occidental del capitalismo , véase Alex Hochuli, “The Brazilianization of the World”, American Affairs, v. 5, n. 2, 2021, https://americanaffairsjournal.org/2021/05/the-brazilianization-of-the-world/.

[21] Ludmila Costhek Abílio, “O futuro do trabalho é aquí”, Revista Rosa, v. 4, n. 1, ago. 2021, https://revistarosa.com/4/o-futuro-do-trabalho-e-aqui.

[22] Esta expresión popular, adoptada por algunos sociólogos en los últimos años, define el tránsito “entre una serie de actividades contingentes, marcadas por la inestabilidad y la inconstancia, así como entre expedientes legales e ilegales”, que marcan la trayectoria de una parte significativa del mercado de trabajo brasileño: “caminos siempre discontinuos, siempre inestables en el mercado de trabajo” que “hacen inoperantes las diferencias entre formal e informal” (Carlos Freire da Silva, “Viração: o comércio informal dos vendedores ambulantes” en V. Telles y otros, Salidas de emergencia, São Paulo, Boitempo, 2011 y Vera da Silva Telles, “Mutações do trabalho e experiência urbana”, Tempo Social, v. 18, n. 1, 2006). Este “’vivir en la corda floja’ de las periferias brasileñas significa una constante captación de oportunidades, que en términos técnicos se traduce en la alta rotación del mercado laboral brasileño, en el tránsito permanente entre el trabajo formal y el informal (…), en la combinación de trabajos ocasionales, programas sociales, actividades ilícitas y contratos laborales” (Ludmila Abílio, “Uberização do trabalho: subsunção real da viração”, Passa Palavra, 19 de febrero de 2017).

[23] “Lei trabalhista tem que se aproximar da informalidade, diz Bolsonaro”, Folha de S. Paulo, 12 dic. 2018, https://www1.folha.uol.com.br/mercado/2018/12/lei-trabalhista-tem-que-se-aproximar-da-informalidade-diz-bolsonaro.shtml.

[24] Pedro Fernando Nery, “Desigualdade em V”, Estado da Arte, 11 nov. 2020, https://estadodaarte.estadao.com.br/desigualdade-v-pedro-nery/.

[25] Isadora Andrade Guerreiro, “O vírus, a invisibilidade e a submissão dos vivos ao não-vivo”, Passa Palavra, 11 mayo 2020, https://passapalavra.info/2020/05/131714/.

[26] João Bernardo, “Programa Bolsa Família: resultados e objectivos”, Passa Palavra, 10 abr. 2010, https://passapalavra.info/2010/04/21194/.

[27] Vectores del mismo proceso, la nueva Ley de Regularización de Tierras Rurales y Urbanas y el Programa Casa Verde e Amarela apuntan a la transformación de la vivienda de autoconstrucción en un activo financiero, en una suerte de financiarización del giro, que constituye el verdadero lastre de estos títulos – ya sea como trabajo muerto cristalizado en casas regularizadas y utilizadas como garantía para hipotecas y otras transacciones, ya sea como trabajo vivo que paga estas deudas. (Isadora Guerreiro, “Casa Verde e Amarela, securitização e saídas da crise: no milagre da multiplicação, o direito ao endividamento”, Passa Palavra, 31 ago. 2020, https://passapalavra.info/2020/08/134088/).

[28] “No tenemos noticias de ningún país que en diez días ponga hasta 30 millones de personas con cuentas bancarias gratis”, afirmó Paulo Guedes a principios de abril de 2020 (Mariana Ribeiro y otros, “Auxílio emergencial colocará 30 milhões de pessoas em contas bancárias digitais”, Valor Investe, 7 abr. 2020, https://valorinveste.globo.com/mercados/brasil-e-politica/noticia/2020/04/07/auxilio-emergencial-colocara-30-milhoes-de-pessoas-em-contas-bancarias-digitais.ghtml).

[29] “El objetivo es liquidar las formas arcaicas de crédito y seguro, reemplazándolas por sus equivalentes capitalistas. Es curioso considerar que, de cumplirse este objetivo, estaremos en una situación contraria a la del modelo keynesiano de distribución de la renta, porque aquí lo que cuenta no es la capacidad de consumo de los beneficiarios, sino su capacidad de ahorro para invertir. De esta forma, quienes no encuentren empleo como asalariados sobrevivirán como microempresarios, contribuyendo así, por un lado y por otro, a la modernización del capitalismo brasileño” (João Bernardo, “Programa Bolsa Família: resultados e objectivos”, cit.). El proceso de organización de esta economía a la vez informal y absolutamente moderna es precisamente lo que se ha denominado “uberización”, con la salvedad de que no se trata de un retroceso ni de una modernización, sino ciertamente de un aumento de la temperatura de las calderas del infierno que es el mundo del trabajo contemporáneo.

[30] Michael Grothaus, “How Universal Basic Income Could Rescue The Freelance Economy”, Fast Company, 1 dic. 2017, https://fastcompany.com/3067089/how-universal-basic-income-could-rescue-the-freelance-e%20conomy.

[31] João Pedro Pitombo y João Valadares, “Auxílio emergencial irriga negócio informal e banca puxadinho em casas no Nordeste”, Folha de S. Paulo, 7 ago. 2020, https://www1.folha.uol.com.br/mercado/2020/08/auxilio-emergencial-irriga-negocio-informal-e-banca-puxadinho-em-casas-no-nordeste.shtml.

[32] Toni Pires y Heloísa Mendonça, “Mesmo com auxílio emergencial, crise empurra desempregados para viver na rua”, El País, 1 set. 2020, https://brasil.elpais.com/brasil/2020/08/29/album/1598655501_248439.html y Beatriz Jucá y Heloísa Mendonça, “O auxílio que revoluciona a vida no Ceará não salva da rua em São Paulo”, El País, 31 ago. 2020, https://brasil.elpais.com/brasil/2020-08-31/o-auxilio-que-revoluciona-a-vida-no-ceara-nao-salva-da-rua-em-sao-paulo.html.

[33] Tal vez este sea un buen ejemplo de “consumo productivo”, en la forma en que Ludmila Abílio retoma el término de Marx y le da un nuevo significado, asociándolo con el anidamiento entre trabajo y consumo en el capitalismo contemporáneo (ver Sem maquiagem: o trabalho de um milhão de revendedoras de cosméticos, São Paulo, Boitempo, 2014).

[34] La tesis es de Ludmila Abílio (“Uberização do trabalho: subsunção real da viração”, cit.). En la obra de Marx, la subsunción real del trabajo bajo el capital marca el momento en que, en la industria, la maquinaria forma un sistema integrado que ya no está controlado por los trabajadores, sino que dicta el ritmo de su trabajo y da unidad a las tareas que realizan por separado. El trabajo muerto comienza a organizar el proceso de producción en su totalidad y a someter el trabajo vivo a sí mismo, en un proceso de despojo que consolida la separación entre trabajadores y medios de producción y constituye la fuerza de trabajo como tal. Si hace años Chico de Oliveira apuntaba a algo que podría llamarse la “subsunción formal” de la viração al capital, las tecnologías que permiten controlar ese trabajo en su propia dispersión representan un nuevo paso. A través de ganancias de escala, racionalización y centralización, la “gestión algorítmica” de virazón eleva su productividad a alturas desconocidas. Desde este punto de vista, el reconocimiento de este trabajo informe en el centro de nuestra trunca modernización impone un límite a la categorización de la “uberización” como proceso estricto de flexibilización de las relaciones laborales. En cierto sentido, lo que hicieron aquí las empresas-aplicación fue acelerar la creación de conexiones cada vez más directas y racionalizadas entre esa actividad deformada y los circuitos de acumulación.

[35] Luciana Cavalcante, “Do WhatsApp ao Uber: 1 em cada 5 trabalhadores usa apps para ter renda”, UOL, 12 mayo 2021, https://economia.uol.com.br/noticias/redacao/2021/05/12/do-whatsapp-ao-uber-1-em-cada-5-brasileiros-usa-apps-para-ter-renda.htm.

[36] Victor Hugo Viegas, “O movimento do auxílio emergencial”, A Comuna, 14 oct. 2020, https://acomunarevista.org/2020/10/14/o-movimento-do-auxilio-emergencial/.

[37] Treta no Trampo, “Tretas na pandemia: Filas do banco”, Instagram, 6 mayo 2020, https://instagram.com/p/B_3Fma4nzDz/.

[38] Victor Hugo Viegas, “O que o auxílio emergencial tem a ver com a luta de classes?”, Jacobin Brasil, 27 oct. 2020, https://jacobin.com.br/2020/10/o-que-o-auxilio-emergencial-tem-a-ver-com-a-luta-de-classes/.

[39] Aliny Gama, “MPT investiga se funcionários ajoelhados em ato foram coagidos por patrões”, UOL, 30 abr. 2020, https://noticias.uol.com.br/cotidiano/ultimas-noticias/2020/04/30/mpt-investiga-se-funcionarios-que-se-ajoelharam-foram-coagidos-por-patroes.htm.

[40] Amigos do Cachorro Louco, “Dá para fazer greve no aplicativo? Discussão das lutas dos motoboys”, Passa Palavra, 17 de mar. 2020, https://passapalavra.info/2020/03/130241/.

[41] “Aprenderé a nadar”, cantaba Gordurinha, condensando en un solo verso, en 1960, el camino de “trabajar en Madureira, viajar en Cantareira y vivir en Niterói” – no en vano, un año después de que ardiese la Revolta das Barcas la flota y el saqueo de la mansión de los dueños de la empresa Cantareira (“Mambo da Cantareira”, Gordurinha está na praça, 1960, https://youtu.be/z18bR0SVAtg). No es de extrañar que los buses y trenes siempre hayan tenido una vocación incendiaria, al fin y al cabo, la humillación colectiva en las filas de abordaje y en los transportes abarrotados es expresión del exceso de trabajo por el propio desplazamiento echado sobre la espalda del trabajador. “Es más trabajo ir a trabajar que trabajar”, ​​explicaba un cartel en junio de 2013, cuando explotó la bomba de relojería.

[42] Además de las citas en el párrafo siguiente, los términos son de Ludmila Costhek Abílio, Segurando com as dez: o proletário tupiniquim e o desenvolvimento brasileiro, Relatório final de pós-doutorado apresentado à FAPESP, FEA-USP, 2015.

[43] Leo Vinicius, “A greve dos apps e a composição de classe”, Passa Palavra, 18 ago. 2021, https://passapalavra.info/2020/08/133801/.

[44] La percepción no se limita a los entregadores brasileños. “Nadie me olfateaba el cuello, diciéndome que fuera más rápido, que hiciera esto, que hiciera aquello. (…) Teniendo en cuenta lo siniestros que pueden ser otros trabajos, muchos mensajeros incluso prefirieron Deliveroo. El estrés de moverse por las calles es más o menos parecido, o incluso menor, que el estrés de los turnos de ocho horas o más en un bar o en un supermercado (…), sin que te llame un jefe para pedirte que cubras el turno de un colega inesperadamente. Había una sensación de autonomía e independencia que no era del todo ilusoria”, dice Callum Cant sobre su rutina de trabajo como repartidor en Brighton, Inglaterra (Delivery Fight!, São Paulo, Veneta, 2021, p. 79 y 117, ajustes de traducción del original). Ironizando la imagen de los entregadores como “pobres esclavos del sistema”, un ciclista italiano considera que la entrega es “preferible a otros trabajos, por ejemplo en una empresa. Creo que este es uno de los problemas de la plataforma de reclamos que existe actualmente. (…) La mayoría de los entregadores están en contra de esta manifestación [convocada por los sindicatos], para convertirse en un subordinado, porque la flexibilidad es una ventaja” (“EP. 4 – Riders”, Podcast Commonware, 20 abr. 2021).

[45] Buscando a toda costa reflejar su propia imagen en el movimiento real, la izquierda “no defiende ni siquiera algo utópico, ya que es el mantenimiento de lo mismo y un sistema de contención, ni algo realista, porque no hay lastre material para su proyectos.” (Felipe Catalani, “O ‘enigma’ dos motoboys em greve contra a CLT”, Passa Palavra, 2 jul. 2020, https://passapalavra.info/2020/07/132818/).

[46] Ludmila Abílio, “Uberização do trabalho”, cit.

[47] Esta dialéctica del perro loco no es algo nuevo en la periferia del capitalismo. “Ser perro loco es tener una moto sin matrícula y saber escapar de los controles policiales. Es conocer los mejores caminos de la ciudad. Es saber hacer los trámites en un foro, notaría, banco. Es dar la garantía a la(s) empresa(s) de que el servicio se realizará literalmente sin contratiempos. (…) El celo de esta profesión se traduce en un equilibrio permanente en cuánto arriesgar la propia vida, cómo realizar los trámites burocráticos, el conocimiento de la ciudad y enfrentar las tensiones sociales cotidianas que se materializan en el tránsito.” (Ludmila Abilio, “Segurando com as dez”, cit., p. 23-24).

[48] Francisco Miguez e Victor Guimarães, “‘A diferença na forma é um termômetro da luta’ – Entrevista com militantes do canal Treta no Trampo”, Cinética: Cinema e Crítica, 17 set. 2020, http://revistacinetica.com.br/nova/entrevista-com-treta-no-trampo.

[49] Jacilio Saraiva, “Total de entregadores na Grande São Paulo tem aumento de 20%”, Valor Econômico, 9 jun. 2020, https://valor.globo.com/publicacoes/suplementos/noticia/2020/06/09/total-de-entregadores-na-grande-sao-paulo-tem-aumento-de-20.ghtml.

[50] Escenas de protesta como estas fueron grabadas por Treta no Trampo en “Diário de um motoca na pandemia”, Instagram, 25 abr. 2020, https://instagram.com/p/B_a5CnRn2wL/ y “Pedidos demorando demais pra sair no BK Demarchi (SBC)”, Instagram, 13 oct. 2020 https://instagram.com/p/CGSRa6anppv/.

[51] Para un ejemplo de este tipo de situaciones registradas en São Gonçalo, Río de Janeiro, véase Invisíveis, “Protesto de entregadores no Supermarket”, Instagram, 11 jun. 2020, https://instagram.com/p/CBUKdFVAJkM/.

[52] En enero de 2020, el video en el que un policía agrede a un motoboy desataría protestas contra la arbitrariedad en los controles de inspección de motos en el Distrito Federal (“Motoboys fazem protesto em Taguatinga”, Globoplay, 21 ene. 2020, https://globoplay.globo.com/v/8253404/); tres meses después, repartidores de Piauí salieron a las calles para exigir más seguridad a la alcaldía de Teresina tras la agresión a un colega durante una entrega (Entregadores Teresina PI, “Cadê os valentões da Rua Goiás agora???”, Instagram, 17 abr. 2020, https://instagram.com/p/B_Gm_LxASZd/). Comentando una movilización contra un mega operativo de la policía de tránsito contra motoboys en Florianópolis, Leo Vinícius reflexiona sobre el problema de la seguridad en el trabajo de reparto en “Entregadores de apps e o modelo policial de prevenção de acidentes”, Passa Palavra, 25 feb. 2021, https://passapalavra.info/2021/02/136190/.

[53] Amigos do Cachorro Louco, “Sob pandemia, motoboys de app paralisam entregas no Acre”, Passa Palavra, 27 mar. 2020, https://passapalavra.info/2020/03/130527/.

[54] Iniciada el 9 de junio de 2020, la huelga en los almacenes de Loggi se prolongó por algunos días en varios puntos del estado de Río de Janeiro y Santos (Treta no Trampo, “Greve nos galpões da Loggi no RJ”, Instagram, 9 jun. 2020, ​​https://instagram.com/p/CBOxzodpllJ/ y “Greve da Loggi em Santos”, Instagram, 10 jun, 2020, https://www.instagram.com/p/CBQvEpynrKZ/. Ver también Invisíveis Rio de Janeiro, “Entre as dificuldades do breque e a experiência dos entregadores”, Passa Palavra, ago. 2020, https://passapalavra.info/2020/08/133817/).

[55] Treta no Trampo, “Diário de um Motoca – Protesto dos Entregadores no Masp (5/6/2020)”, YouTube, 20 jun. 2020, https://youtu.be/zdP6iwGXqQ8.

[56] Isadora Guerreiro y Leonardo Cordeiro, “Do passe ao breque: disputas sobre os fluxos no espaço urbano”, Passa Palavra, 6 jul 2020, https://passapalavra.info/2020/07/132898/.

[57] Aun sin contar con un apoyo significativo entre los motoboys, la aparición de los “Repartidores Antifascistas”, entre las protestas contra Bolsonaro y el surgimiento del movimiento de repartidores, contribuyó a apalancar la visibilidad de la lucha contra las apps, brindando un interlocutor para la izquierda y para la prensa. Y es un síntoma más del desajuste que constituye Breque dos Apps, entre la proyección del público “progresista” – cuyo apoyo en las redes sociales resultó ser fundamental – y lo que realmente estaba en juego para los motoboys. No por casualidad, ese público sería el blanco de un fuerte fuego de las baterías publicitarias de iFood en los meses siguientes.

[58] Para una revisión en video de los movimientos de los mensajeros durante el primer año de la pandemia en Brasil, ver Treta no Trampo, “Um ponto de vista sobre o #BrequeDosAPPs 2020”, YouTube, 14 mar. 2020, https://youtu.be/yq0erJyqwjg.

[59] Treta no Trampo, “Breque dos Apps / App Strike in Brazil (Sub EN/ES/PT/FR), July 2020”, YouTube, 8 jul. 2020, https://youtu.be/t9pgI4NGNzs.

[60] La idea es desarrollada por Leo Vinicius en “Modo de espera e salário por peça nas entregas por apps”, Passa Palavra, 8 nov. 2020, https://passapalavra.info/2020/11/135017/. La imagen de un inmenso stock de trabajadores justo a tiempo, a la espera del próximo trabajo, es una descripción adecuada de las grandes ciudades brasileñas.

[61] La expresión es de Paulo Arantes y sirve como título de su ensayo sobre “el tiempo muerto de la ola punitiva contemporánea” en O novo tempo do mundo, São Paulo, Boitempo, 2014.

[62] Leandro Machado, “A rotina de ameaças e expulsões de entregadores terceirizados do IFood”, BBC Brasil, 24 jul. 2020, https://bbc.com/portuguese/geral-53521791.

[63] Los datos son de un director de iFood en un artículo en respuesta a las denuncias sobre el régimen de OL (João Sabino, “Cuidar do outro é mandamento do iFood”, Le Monde Diplomatique, 2 ago. 2021, https://diplomatique.org.br/cuidar-do-outro-e-mandamento-do-ifood/), pero no es posible confirmarlo Como parte de los “entregadores nube” acceden a la aplicación esporádicamente, por períodos más cortos o con menos frecuencia, en la práctica, los operadores logísticos pueden ser responsables de una porción mucho mayor de la flota disponible. Los paros contra la expansión de las “plazas” de operación de las empresas de OLs y la caída de los pedidos dirigidos a otros repartidores se han vuelto cada vez más comunes, desde la Región Metropolitana de São Paulo (ver Treta no Trampo, “iFood, libera os nuvens em Arujá!”, Instagram, 12 mayo 2021, https://instagram.com/p/COxoSBogRL2/) hasta Goiânia y Cuiabá (ver Revolucionários dos Apps, “Ontem rolou a maior reunião dos entregadores em Goiânia”, Instagram, 3 feb. 2022, https://instagram.com/p/CZh573XoInr/ y FML Foguetes do Asfalto, “Cuiabá vai pra cima do iFood, tmj”, Instagram, 16 feb. 2022, https://instagram.com/p/CaBeE0dsH7R/).

[64] Leandro Machado, “A rotina de ameaças e expulsões de entregadores terceirizados do IFood”, cit.

[65] Entre 2017 y 2019, el número de huelgas de mensajeros reportadas en China se multiplicó por cuatro. En 2020, estallaría una serie de protestas y cierres en el país a medida que la pandemia aceleró la expansión del sector y amplió la desigualdad social, presionando a la baja los salarios y llevando a las autoridades a señalar al sector informal como una solución al creciente desempleo. La información está recogida en un extenso reportaje sobre “los horrores de trabajar como repartidor” elaborado por una de las revistas más famosas del país, Renwu (traducido al inglés en “Delivery workers, trapped in the system”, Chuang, nov. 2020, https://chuangcn.org/2020/11/delivery-renwu-translation/). A principios de 2021, cinco mensajeros de Beijing que mantenían canales de apoyo mutuo y campañas contra las plataformas en las redes sociales fueron detenidos en sus casas por la policía. La persecución a la “Alianza de los Repartidores” fue denunciada por una campaña internacional, que contó con actos de solidaridad de trabajadores de aplicaciones de todo el mundo, incluso frente al consulado chino en São Paulo (Treta no Trampo, “Liberdade para Mengzhu – motoca preso na china”, Instagram, 29 abr. 2021, https://instagram.com/p/CORMu9En0ru/). Víctima de una proceso oscuro, el repartidor Chen Guojiang finalmente fue liberado en enero de 2022. Para obtener más información, consulte https://deliveryworkers.github.io/.

[66] Leo Vinícius. “Os OL como resposta à luta dos entregadores de aplicativos”. Passa Palavra, 23 jun. 2020, https://passapalavra.info/2020/06/132650/.

[67] Como apunta Antonio Prata en la crónica “#minhaarmaminhasregras”, Folha de S. Paulo, 10 nov. 2019, https://www1.folha.uol.com.br/colunas/antonioprata/2019/11/minhaarmaminhasregras.shtml, retomado por Gabriel Feltran, “Formas elementares da vida política: sobre o movimento totalitário no Brasil (2013-)”, Blog Novos Estudos CEBRAP, http://novosestudos.com.br/formas-elementares-da-vida-politica-sobre-o-movimento-totalitario-no-brasil-2013/ y por Paulo Arantes y Miguel Lago, “A revolução que estamos vivendo”, Congresso Virtual UFBA 2021, 26 feb. 2021, https://youtu.be/wnkS59L1_lE.

[68] Isadora Guerreiro y Leonardo Cordeiro, “Do passe ao breque: disputas sobre os fluxos do espaço urbano”, 6 jul. 2020, https://passapalavra.info/2020/07/132898/.

[69] Marcio Pochmann, “O movimento sindical e a precarização do trabalho no Brasil”,

YouTube, 12 abr. 2021, https://www.youtu.be/1lUhAC2d8AM. Ver también, del mesmo autor, “A guerra no mundo do trabalho”, Terapia Política, 11 abr. 2021, https://terapiapolitica.com.br/a-guerra-no-mundo-do-trabalho/.

[70] Ver, por ejemplo, Brasil Econômico, “Empresa que contrata entregadores para o iFood ameaça quem aderir à greve”, iG, 1 jul. 2020, https://economia.ig.com.br/2020-07-01/empresa-que-contrata-entregadores-para-o-ifood-ameaca-quem-aderir-a-greve.html; Victor Silva, “Operadoras da iFood ameaçam greve de entregadores”, Passa Palavra, 17 sep. 2021, https://passapalavra.info/2021/07/139052/. Para una recopilación de denuncias sobre este régimen de trabajo en iFood, ver videos recopilados en Ralf MT, “(Série) iFood, a casa caiu, fim da função OL, das fraudes e das barbáries…”, YouTube, https://youtube.com/playlist?list=PL5fsgfpbjDbRaSRDF-Ifrp4LWlz5jwTmV.

[71] Leo Vinícius, “A inovadora parceria do iFood e as milícias”, Le Monde Diplomatique, 23 jul. 2021, https://diplomatique.org.br/a-inovadora-parceria-entre-o-ifood-e-as-milicias/.

[72] “A partir del control privatizado y monopolizado del territorio, donde se produce la reproducción de la vida”, señala Isadora Guerreiro, “el Estado puede actuar en la regulación de una economía informal o que huye de las relaciones laborales” interviniendo en el “precio de la fuerza de trabajo (…) en su aspecto urbano” (“Elementos urbanos de um ‘governo miliciano’”, Passa Palavra, 8 jun. 2020, https://passapalavra.info/2020/06/132415/).

Edward Snowden: Los gobiernos ven las criptomonedas como «una amenaza en evolución»

Por Scott Chipolina

En su intervención en el Campamento Ethereal 2022, Edward Snowden habló de cómo los gobiernos mundiales se ven amenazados por las criptomonedas que alteran el statu quo normativo.

Los gobiernos ven las criptomonedas como una «amenaza en evolución», según el denunciante Edward Snowden, que concedió una extensa entrevista a Marta Belcher, presidenta de la Fundación Filecoin y consejera general de Protocol Labs, en el Campamento Ethereal 2022 la semana pasada.

«Creo que los gobiernos perciben correctamente una amenaza en evolución para las herramientas tradicionales a las que se han acostumbrado», dijo Snowden, «en términos de una capacidad para imponer la regulación sobre la vida privada, y más ampliamente, el comercio privado.»

Edward Snowden Talks Governments and Crypto, CBDCs, and Ethereum vs Bitcoin at Camp Ethereal

Edward Snowden gives an extensive interview to Marta Belcher of Filecoin Foundation for Camp Ethereal 2022, taped on February 27. He talks about how governments view crypto as «an evolving threat,» how crypto «transforms power relationships,» why he thinks Ethereum «suffers from the same privacy problems as Bitcoin,» and why he views central bank digital currencies (CBDCs) as «crypto-fascist currencies.»Go to video page

El «invasivo» sistema financiero estadounidense

Snowden criticó aún más el «increíblemente invasivo» sistema financiero de Estados Unidos.

«Cuando se piensa en la forma en que opera la increíblemente invasiva red financiera de Estados Unidos, con todas estas imposiciones contra el lavado de dinero y el conocimiento del cliente», dijo, «me resulta difícil creer que si tuvieran la capacidad técnica para obtener muy fácilmente el número de serie de cada billete de dólar que pasa por tus manos, no lo hagan».

Para Snowden, estas características socavan la presuposición popular de que el dinero es anónimo.

«Tenemos esta suposición de que el dinero en efectivo es anónimo, que hemos heredado de una época en la que lo era significativamente. Eso ya no es cierto. Cuando se piensa en que Bitcoin tiene un libro de contabilidad público, bueno, una vez que un dólar entra en el sistema bancario, hay un libro de contabilidad privado que está disponible para las personas que realizan la vigilancia financiera. Así que en realidad es privado para el público, pero es público para los privilegiados, digamos».

Entran en juego las criptomonedas.

Criptomonedas y vigilancia financiera

Snowden critica duramente el Bitcoin por muchas de las mismas razones por las que critica el sistema financiero tradicional.

En la Cumbre Ethereal del año pasado, Snowden dijo que Bitcoin debe convertirse en «privado por diseño» para contrarrestar los esfuerzos de las fuerzas de seguridad para tomar medidas contra otras criptodivisas, incluyendo monedas de privacidad como Monero.

Durante la Cumbre Ethereal de este año, dijo que Ethereum «sufre el mismo tipo de problemas de privacidad que Bitcoin», y dijo que con la blockchain de Bitcoin, «tienes gente de análisis de la cadena y demás que están haciendo cosas bastante retorcidas con ella», como «tratar de obtener una ventaja financiera del análisis en la cadena».

Aun así, calificó la blockchain de Bitcoin como un «campo de juego parejo» y dijo que ninguna de sus quejas sobre la privacidad le ha impedido ver el poder de las criptomonedas y la tecnología descentralizada en general.

«Lo que la gente no tiene en cuenta cuando se adentra en la maleza es lo transformadoras que son las relaciones de poder, o lo mucho que se van a transformar las relaciones de poder, cuando pasemos de estas tecnologías tradicionales a este tipo de tecnologías descentralizadas del futuro», dijo.

Pero, ¿es cierto que los gobiernos ven la industria de las criptomonedas como una «amenaza en evolución»? En lo que respecta a Estados Unidos, es fácil plantear el caso basándose en las recientes señales reguladoras.

Estados Unidos, las criptomonedas y la seguridad nacional

Estados Unidos ha dado la voz de alarma de forma habitual sobre el uso de las criptomonedas para socavar la seguridad nacional.

El verano pasado, el gobierno de Biden creó un grupo de trabajo sobre ransomware encargado explícitamente de combatir los ciberataques y rastrear los pagos de ransomware con criptomonedas.

Además, el ex agente del FBI y actual Director de Inteligencia de Amenazas de Abnormal Security, Crane Hassold, declaró recientemente a Decrypt que las criptomonedas son el «factor principal» que impulsa la industria del ransomware actual.

El presidente Biden también advirtió a Rusia de que debe actuar ante la actividad ilícita de ransomware que proviene de sus fronteras.

Rusia no hizo tal cosa. Por el contrario, según datos recientes de Chainalysis, los delincuentes de Rusia obtuvieron alrededor del 74% de las ganancias mundiales de ransomware en 2021.

Algunos de esos beneficios aparentemente se generaron en lo más profundo del corazón de Moscú, donde se descubrió que el prestigioso rascacielos ruso Vostok facilitaba el negocio a una serie de hackers de criptomonedas, ciberdelincuentes y blanqueadores de dinero.

Y en octubre del año pasado, el Tesoro de EE.UU. publicó un informe que decía que las criptomonedas podrían socavar las sanciones económicas, una piedra angular de la política exterior estadounidense desde hace tiempo. «Estas tecnologías ofrecen a los actores malignos oportunidades para mantener y transferir fondos fuera del sistema financiero. También dan poder a nuestros adversarios que buscan construir nuevos sistemas financieros y de pago destinados a disminuir el papel global del dólar», decía el informe.

Estas preocupaciones se han intensificado en medio de la reciente invasión de Rusia a Ucrania, aunque muchos expertos han dicho que Rusia no lo tendría fácil a la hora de utilizar criptomonedas para esquivar las sanciones.

Por razones obvias, Snowden no comentó explícitamente sobre Ucrania, pero sus observaciones sobre los gobiernos y las criptomonedas son aplicables también a este tema.

Rusia, Ucrania y las sanciones

Ya está bien documentado que el gobierno de Biden está preocupado por la utilización de las criptomonedas para socavar las sanciones económicas y, por lo tanto -como dice Snowden- actúan como una «amenaza» para la seguridad nacional.

El 1 de marzo, la Oficina de Control de Activos Extranjeros del Tesoro anunció que iba a emitir nuevas normas diseñadas para restringir las transacciones financieras con el fin de aplicar las sanciones existentes impuestas contra el Estado ruso. Las normas, denominadas Reglamento de Sanciones a las Actividades Extranjeras Perjudiciales de Rusia, apuntan a «transacciones o tratos engañosos o estructurados para eludir cualquier sanción de los Estados Unidos, incluso mediante el uso de monedas o activos digitales o el uso de activos físicos.»

Individuos prominentes en la industria de las criptomonedas han disputado el caso de las criptomonedas como herramientas efectivas para la evasión de sanciones, incluido el jefe de política de la Asociación Blockchain, Jake Chervinsky.

Pero existen algunos precedentes. David Carlisle, director de política y asuntos regulatorios de la empresa de análisis de blockchain Elliptic, señaló recientemente que los ciberdelincuentes afiliados a Rusia utilizan plataformas que no cumplen con las normas.

«Ya hemos visto casos de servicios de intercambio de criptomonedas que eran cómplices de permitir a los delincuentes con sede en Rusia blanquear grandes cantidades de dinero», dijo durante un reciente seminario web en línea, nombrando a SUEX como un ejemplo.

El pasado mes de septiembre, la Oficina de Control de Activos Extranjeros del Tesoro sancionó a SUEX en virtud de una orden ejecutiva existente que autorizaba la imposición de sanciones a los cómplices de actividades relacionadas con la cibernética contra los intereses de Estados Unidos.

En cuanto a cómo los gobiernos nacionales pueden «hacerlo bien», Snowden señaló las recientes medidas adoptadas por las autoridades canadienses para bloquear el acceso de los manifestantes a sus cuentas bancarias como un ejemplo preocupante de extralimitación.

«Alguien debería poder enviar algo a cualquier persona por cualquier cosa», dijo Snowden. «Y eso no debería ser algo en lo que podamos interferir, no debería ser algo que el gobierno de Canadá, o el que sea, pueda decir: ‘Vamos a cortar esto’. Porque si hacemos eso, todo el mundo va a empezar a hacerlo, y no es una suposición, ya lo vemos. La idea de que Canadá, de entre todos los lugares, haga esto -y creo que la mayoría de la gente ve a Canadá como un gobierno bastante ilustrado- es realmente un ejemplo preocupante. Estar a favor o en contra de este movimiento de protesta en particular es realmente secundario con respecto al problema de que, a golpe de interruptor, somos vulnerables a no poder sacar nada de nuestra cartera».

Fuente: https://decrypt.co/es/95190/gobiernos-criptomonedas-amenaza-en-evolucion-edward-snowden

«Un régimen fascista se avecina en Rusia»

El sociólogo de Moscú Greg Yudin sobre el aparato de poder desatado de Putin y los motivos políticos detrás del ataque a Ucrania

Entrevista realizada por David Ernesto García Doell / AK analyse & kritik

Traducción por Decio Machado

Greg Yudin es filósofo y sociólogo de la Escuela de Ciencias Económicas y Sociales de Moscú. Dos días antes de que comenzara la invasión rusa de Ucrania, anticipó exactamente lo que sucedería en un artículo para Open Democracy. Greg Yudin todavía está en Moscú, tras ser hospitalizado por las fuerzas de seguridad durante una protesta en los días posteriores al comienzo de la guerra. Yudin ha advertido durante mucho tiempo contra el agresivo reclamo de poder de Putin, lo que hace que una confrontación militar con la OTAN sea cada vez más probable. En esta entrevista describe los mecanismos de poder en los que se basa el régimen de Putin, la rápida transformación de la sociedad rusa en un orden prefascista y las perspectivas del movimiento contra la guerra.

Dos días antes de que comenzara la guerra oficial, usted fue uno de los pocos intelectuales que advirtió sobre un conflicto bélico de esta escala. Si bien muchos izquierdistas todavía pensaban que se trataba de la anexión de Donbas, predijiste una guerra que se centraría en Kiev, Kharkiv y Odessa. ¿Cómo llegaste a esta evaluación?

He estado advirtiendo sobre esta guerra durante dos años. Pero ciertamente no fui el único que la vio venir: inicialmente había personas que estudiaban la política rusa y, más tarde, los expertos en el ejército ruso también estaban haciendo sonar las campanas. Pero muchos expertos descartaron e incluso ridiculizando la posibilidad real de una guerra de envergadura, y la razón no era que fueran incompetentes sino que partían de hipótesis equivocadas. Desafortunadamente, no parece que estén aprendiendo la lección, ya que hoy descartan en voz alta la posible escalada nuclear, analizando nuevamente desde las mismas premisas equivocadas.

El principal error fue la suposición de que Putin definitivamente estaría peor tras de invadir Ucrania, lo que tubo un peso determinante a la hora de construir escenarios hoy claramente equivocados. La realidad es que Putin sopesó el costo de la guerra frente al costo de la inacción. Para él estaba bastante claro que muy pronto se encontraría en una situación desesperada si no se lanzaba a esta operación militar ahora en marcha.

La Rusia actual es un régimen bonapartista, muy similar al régimen francés de 1848-1870 descrito por Marx, pero también a la Alemania de entreguerras. Se basa en los plebiscitos al beneficiarse de la repentina introducción del sufragio universal y fomenta agresivamente el resentimiento y el revanchismo en la sociedad después de una gran derrota (en el caso de Rusia, después de la Guerra Fría). Gobernados por líderes con poder casi ilimitado, tales regímenes tienden a degenerar en monarquías electorales que reprimen todas las divisiones internas y son hostiles a sus países vecinos. Suelen ser regímenes económicamente estables, lo que les ayuda a despolitizar a las masas, intercambiando la desconexión cívica absoluta por un bienestar relativo y apoyando el escapismo en la vida privada. Todo ello les lleva a convertirse en militarmente agresivos, externalizando los conflictos internos, sobreestimando las amenazas del exterior y acabando por potenciar fuertes alianzas militares en su contra. Están impulsados ​​por tendencias suicidas y se dirigen inevitablemente hacia la derrota, lo cual tiene un alto precio para todos, especialmente ahora, en la era nuclear.

Después de que Putin convirtiera a Rusia en una monarquía virtual con su referéndum constitucional en 2020 e intentara asesinar a su único oponente político, Alexei Navalny, me quedó claro que se estaba alimentando un plan dirigido hacia una guerra de envergadura. Dado que Putin considera que la existencia de un estado fronterizo de grandes dimensiones y culturalmente cercano con un gobierno política y militarmente respaldado por los Estados Unidos es una amenaza existencial, se volvió obvio que comenzaría una guerra destinada a conquistar Ucrania si no lograba previamente someterla de forma diplomática. Ningún precio es demasiado alto para que Putin obtenga el control de Ucrania, ya que cree que su régimen y el país están en peligro existencial por lo que él define como una «anti-Rusia» en sus fronteras. Además, Putin enfrentaba una disminución de la popularidad al interior de Rusia, particularmente entre los sectores jóvenes, y probablemente se habría enfrentado muy pronto a un movimiento de resistencia y protesta. Necesitaba generar las condiciones que le asegurarán poder suprimirlo a toda costa.

¿Qué puede decir sobre la represión y las perspectivas del movimiento contra la guerra?

El movimiento contra la guerra logró visibilizar la división existente hoy en la sociedad rusa. Las personas que han protestado en las calles o han hecho declaraciones públicas contra la guerra han dejado claro que hay una parte importante de la sociedad rusa que rechaza esta guerra y la considera no solo un crimen contra Ucrania sino también una traición a los intereses de Rusia. En los primeros días, cuando las encuestas de opinión todavía tenían algún sentido (ya no lo tienen cuando uno enfrenta hasta 20 años de prisión por simplemente definir a esta «operación militar especial» como guerra), los datos reflejaban que al menos un 25% de la sociedad rusa se oponían a esta acción militar. Esto, desde mi punto de vista, ya era un éxito considerable.

Pero las protestas se han estancado. Ni siquiera es la represión lo que las impide sino la falta de organización social. Putin fue lo suficientemente inteligente como para destruir todas las organizaciones y redes políticas o civiles existentes antes de comenzar la guerra. Es increíblemente difícil organizarse aquí; inmediatamente eres arrestado por la policía o golpeado por los matones patrocinados por el estado. La falta de organización es desmoralizadora. Pese a que hay personas que están dispuestas a arriesgar sus vidas, a pesar de las nuevas leyes y el aumento de la violencia policial, es difícil hacer eso cuando uno no ve la manera de lograr algo. Putin siempre ha ganado contagiando impotencia.

En una entrevista con Robin Celikates para Taz, comparó la situación actual con la de 1938, cuando Alemania se anexionó Sudentenland. Esta comparación es muy controvertida ya que alimenta la narrativa que pone a Putin en línea con Hitler, mientras que George Bush nunca fue descrito de la misma manera cuando invadió Irak y mató a cientos de miles de personas.

La comparación con Hitler durante muchos fue desafortunada y nunca la secundé. Su enfoque estaba destinado a asustar a la audiencia al identificar a Putin con el mal radical. Putin estaba mucho más cerca de Napoleón III o quizás de Franco, si es que se quiere enfatizar su crueldad. Esto no significa que «no fuera lo suficientemente malo», sino que era un tipo diferente de régimen autoritario represivo.

Pero ahora la situación en Rusia ha cambiado, y no estoy seguro que todo el mundo fuera de Rusia lo entienda. Vivimos un cambio continuo que va desde el autoritarismo hacia el totalitarismo. Se trata de cómo se estructura políticamente la sociedad y de cómo se estructura el poder. En otras palabras, no es una cuestión de cantidad, sino de calidad. Y en ese sentido, efectivamente, en la actualidad comenzamos a ver procesos con más similitudes a lo que tradicionalmente se ha descrito como fascismo.

En Alemania tenemos una conceptualización muy estricta del fascismo y el nazismo, este último siempre ligado a un antisemitismo eliminatorio. Intelectuales en Alemania como Felix Jaitner más bien analizan el régimen de Putin con el marco del «bonapartismo» de Marx y Poulanzas, algo entre la dictadura militar y el fascismo.

La obsesión con la esencia de la nación ucraniana y su equivalencia con la nación rusa es lo que se destaca como un elemento particularmente nazi en lugar de solo fascista. Como evidencia anecdótica, debo agregar que se sabe desde hace mucho tiempo que hay muchos admiradores de Mussolini entre las élites rusas. También recomendaría leer el artículo de Putin en National Interest of 2020 en el que explica las causas de la Segunda Guerra Mundial. Trate de encontrar cuántas veces culpa a Alemania por esta guerra en este artículo en comparación con Polonia. En cuanto al antisemitismo, no hay ningún elemento antisemita explícito en el régimen en este momento. Pero hay mucho antisemitismo tácito en Rusia, y se concentra principalmente en los servicios secretos, que ahora tienen la ventaja.

¿Ves el Movimiento Z como un indicador del cambio cualitativo hacia el fascismo?

El signo Z fue adoptado de los vehículos militares rusos en Ucrania (los vehículos que pertenecen al distrito militar occidental tienen signos Z debido a la palabra rusa para Occidente: «Zapad»), fue promovido por propagandistas gubernamentales que ciertamente saben que parece media esvástica. Algunas personas mayores estaban completamente aterrorizadas por este letrero, pues inmediatamente les recordó su infancia. Ahora los letreros Z son pintados en las puertas de las casas de los activistas contra la guerra, junto con amenazas, lo que indica que hay un grupo de nazis entre los siloviki (miembros de la policía secreta y las fuerzas de seguridad) que ahora tienen vía libre para proceder de esta manera.

Aún más escalofriantes son las formaciones en forma de Z que personas de toda Rusia están realizando con sus cuerpos. No solo a los funcionarios públicos, sino también a los niños en las escuelas y jardines de infancia se les dice que se reúnan en forma de Z y saluden a Putin. A la vista de tal «Z», formada por niños con enfermedades terminales o por niños pequeños arrodillados, es difícil no pensar en la Alemania nazi.

Otra dinámica preocupante es la introducción de la propaganda abierta en las instituciones educativas, desde las universidades hasta los jardines de infancia. La visión de Putin sobre la historia de Ucrania ahora está siendo martillada en las cabezas de los niños. Esto no había sucedido anteriormente. Pese a algunos desarrollos preocupantes en la enseñanza de la historia, nunca se requirió compartir un juicio oficial de la historia, y mucho menos las delirantes teorías de Putin.

¿La movilización fascista en la sociedad rusa tiene lugar principalmente a nivel del simbolismo político?

Al cuadro anteriormente descrito hay que añadirle la violencia actualmente desatada. Desde el comienzo mismo de las protestas contra la guerra, ya existieron numerosos testimonios de palizas, torturas y agresiones sexuales en las comisarías. Si bien la violencia policial ciertamente no es nueva en Rusia, estos desarrollos indican un posible cambio a un nuevo nivel superior. También hay, en la actualidad, una represión total contra los medios independientes: el lunes cerró la última revista independiente Novaya Gazeta, cuyo editor recibió el premio Nobel el año pasado, por lo que prácticamente ya no hay medios independientes. Los que quedan son inaccesibles desde Rusia y oficialmente etiquetados como «agentes extranjeros» u «organizaciones extremistas».

Finalmente, el elemento más alarmante de esta nueva configuración potencialmente totalitaria es el giro ideológico que ha tomado Putin desde los primeros días de la guerra: su nueva narrativa de la «desnazificación» de Ucrania. La acusación de que las autoridades ucranianas están apoyando a la extrema derecha se ha generalizado en el discurso oficial ruso durante algún tiempo, y no es del todo infundada. En febrero, sin embargo, se convirtió en una retórica puramente esencialista, lo que implica que la esencia ucraniana, que supuestamente es de naturaleza rusa, ha sido contaminada por algún elemento nazi. Por lo tanto, es tarea del ejército ruso purgar Ucrania de este elemento nazi. El Ministerio de Defensa ruso ya habla de establecer procedimientos de «filtración» en los territorios ocupados. Y dado que los ucranianos se resisten obstinadamente, la única explicación posible es que estaban aún más «nazificados» de lo esperado, lo que fácilmente podría llevar a la conclusión de que merecen ser eliminados. La misma narrativa de «pureza» fue utilizada por Putin hace apenas unos días cuando habló del «enemigo interno», los llamados «traidores a la nación», que deberían ser «escupidos como polillas» por la sociedad rusa con el fin de preservar su salud.

¿Es posible cuantificar el movimiento Z?

Depende de cómo lo definas. Es enorme el número de personas que han participado en las instalaciones de organismos públicos, que llevan el cartel Z, lo ponen en sus coches o lo utilizan en las redes sociales. Mi hipótesis informada es que podría estar cerca del 30% al 40% en todos los sectores de la sociedad. Sin embargo, llamarlos a todos como un solo movimiento no sería correcto. Muchos de ellos se han visto obligados a mostrar el cartel por sus empleadores, a menudo estatales. Muchos no están contentos con eso, pero he escuchado a personas decir: «Haré lo que ellos quieran que haga si me salva el trabajo». Las personas que lo hacen voluntariamente son mucho menos numerosas. Sin embargo, algunos de ellos son realmente agresivos.

Para ser claros, aquí es exactamente donde se encuentra la línea entre el viejo autoritarismo de Putin y un nuevo tipo de estado totalitario. Mientras este movimiento se organice principalmente en contra de la voluntad de la gente, la línea permanecerá sin ser cruzada. Sin embargo, pese a que la pasividad de las masas es verdaderamente ilimitada, en algún momento pueden convertirse fácilmente en una turba agresiva.

Hemos visto caer el mercado de valores en un 40% en dos semanas, pero el rublo ya se ha recuperado desde mediados de marzo. ¿Cuánto tiempo puede funcionar una economía de guerra en Rusia? ¿Las consecuencias sociales de la caída económica no conducirán a un gran descontento?

Putin no permanecerá inactivo y no esperará hasta que la crisis golpee lo suficientemente fuerte como para que los rusos se vuelvan contra él. Él es muy consciente del riesgo y, por lo tanto, lo más probable es que intente culpar de la crisis a los «traidores» que actúan en concierto con Occidente para dañar a Rusia. Sin embargo, si por alguna razón Putin no logra poner en marcha el terror y pierde impulso, es probable que las partes de la sociedad que ahora están más gravemente afectadas por la crisis se unan a las élites en su contra. Esto podría suceder relativamente pronto.

¿Cómo es la base de poder de Putin en términos económicos? ¿Existe una división dentro de las élites económicas en pro/contra guerra?

Putin pudo construir una economía neoliberal fuerte y robusta al apegarse al modelo de mercado desencadenado en la década de 1990. De hecho, los neoliberales que estaban en el poder bajo Yeltsin todavía están a cargo de la economía bajo Putin, siendo la figura clave Elvira Nabiullina, la directora del Banco Central Ruso. Esta configuración neoliberal tiene algunas peculiaridades, como, por ejemplo, la combinación de empresas públicas y privadas como Gazprom o Rosneft, que en teoría pertenecen al estado, pero en realidad canalizan los ingresos a los bolsillos de los compinches de Putin. Este modelo económico aseguró un crecimiento económico impresionante durante la primera década de Putin en el poder y una relativa capacidad de resistencia a las sanciones extranjeras en la segunda década.

Sin embargo, el crecimiento resultó en una enorme desigualdad. Hoy, Rusia es uno de los países más desiguales del mundo, rivalizando con Estados Unidos en este aspecto: en 2019, el 58% de la riqueza pertenecía al 1% de la población, mientras que el 10% superior poseía el 83% de toda la riqueza, según al Banco Suizo. Al mismo tiempo, Putin ha construido un sistema de goteo similar al que creó Ronald Reagan en su época. Mientras que las élites se hicieron increíblemente ricas y compraron interminables yates y palacios lujosos, la población en general pudo elevar su nivel de vida a través de hipotecas y créditos al consumo. Rusia tiene niveles desproporcionadamente altos de deuda privada, con una parte significativa de las familias más pobres gastando la mitad de sus ingresos en pagos de intereses a bancos u organizaciones de microfinanzas.

Los oligarcas de Putin se pueden dividir en dos grupos. Algunos de ellos son viejos amigos de Putin provenientes de la KGB. Comparten su cosmovisión imperialista y probablemente contribuyeron a empujarlo hacia esta guerra. Otro grupo está formado por aquellas personas que se hicieron súper ricas en la década de 1990 y pudieron multiplicar sus fortunas a la sombra de Putin. Obviamente están descontentos con esta guerra, y algunos incluso se atreven a decirlo públicamente, aunque de manera sutil.

Sin embargo, tanto los súper ricos como los tecnócratas a cargo de la economía rusa están completamente desprovistos de cualquier subjetividad política. Putin les ha hecho prometer que nunca se involucrarían en política y ni siquiera se atreven a cuestionar sus decisiones. Le tienen miedo y simplemente aceptan que esta guerra es el destino que van a compartir con su país. En realidad, según diferentes fuentes de información, Nabiullina intentó renunciar después de que comenzó la guerra, pero Putin amenazó a su familia y la obligó a quedarse. Estas personas se sienten bastante cómodas siendo rehenes.

Cuando nos escribimos antes de esta conversación, dijiste que Putin invadiría Polonia a continuación. Si eso sucede, hay dos opciones: EEUU/OTAN permitirán que Putin tome el control de Europa del Este o posiblemente nos dirijamos hacia la Tercera Guerra Mundial. Todavía tengo dificultades para imaginar tal escenario, ya que el ejército de la OTAN parece muy superior a el de Rusia.

El objetivo de Putin no es una guerra con Ucrania ni con Polonia. Para él, estos países o no existen o son simples marionetas de Estados Unidos. A los ojos del comando militar ruso, la guerra es una guerra defensiva contra EEUU/OTAN/Occidente, y estos términos se usan indistintamente. El territorio ucraniano es solo el primer paso en esta gran guerra. Las tropas rusas en Transnistria (región separatista en Moldavia) ya están movilizadas y esperando establecer una conexión con el ejército ruso si toma Odessa, lo que significaría que sería posible una invasión de Moldavia. Los países bálticos y Polonia son sin duda objetivos a medio plazo. No es casualidad que Putin haya exigido la retirada total de las tropas de la OTAN de los países del antiguo Pacto de Varsovia.

Su estrategia militar es simple: amenazar con armas nucleares y apoderarse del territorio. Él cree que Occidente es fundamentalmente débil, corrupto y cobarde. Esta actitud es extremadamente popular en Rusia y Putin la refuerza. Existe una profunda convicción en Rusia de que Occidente nunca se arriesgaría a un conflicto nuclear con Rusia por un país del Este, ya sea Ucrania o Polonia. Lo que estamos viendo ahora en Ucrania confirma en general su evaluación: es suficiente que Putin invoque un conflicto nuclear para que Europa occidental reconsidere lo que está dispuesta a hacer para ayudar a Ucrania.

Putin también cree que en este momento tiene cierta ventaja militar sobre los EEUU en armas hipersónicas. Probablemente cree que esto sería suficiente para disuadir a Estados Unidos de entrar en una posible confrontación nuclear. Según el ejército ruso, ya ha utilizado misiles hipersónicos en Ucrania sin ninguna necesidad militar, lo que parece un mensaje a Occidente. Es importante destacar que Putin ha dicho en repetidas ocasiones que esta ventaja no durará demasiado, ya que los estadounidenses pronto se pondrán al día. Significa que tiene que capitalizarlo ahora.

¿Cómo puede la izquierda en Alemania apoyar a la izquierda en Ucrania y Rusia en sus luchas actuales?

Sinceramente, creo que el mundo está en gran peligro. Conocemos a esta bestia desde dentro, y tenemos pocas ilusiones de que se detenga por sí sola. La izquierda sabe la importancia de los movimientos internacionales durante las grandes guerras. Por lo tanto, debe resistir al encuadre de este conflicto en términos de estados-nación, un conflicto entre los gobiernos de Rusia y Ucrania, porque eso solo fortalecería a los estados y debilitaría aún más a las personas. Solo a través de la solidaridad internacional se puede detener a esta bestia. Y debe detenerse ahora, antes de que sea demasiado tarde.

Una cosa importante que hacer ahora es apuntar al dinero de los super ricos. Esta brutal agresión ha dejado claro que el capital enloquece cuando no está sujeto a control. El éxito de Putin en corromper a las élites políticas y económicas de todo el mundo se debe a su conocimiento de que la codicia y el interés propio son las piedras angulares del capitalismo. Él cree firmemente que el dinero puede comprarlo todo. Sabe que la democracia liberal es una farsa. Putin es un ultraneoliberal, destripó toda la solidaridad en Rusia y la reemplazó con un cinismo desenfrenado. Por eso está seguro de que nadie interferirá realmente en sus planes militares y eventualmente se levantarán todas las sanciones, ya que al capital solo le importan las ganancias. Tiene suficiente evidencia de esto, y la política respecto a Rusia desarrollada por la ex canciller Merkel es un ejemplo de libro de texto de cómo la codicia domina el poder político en el capitalismo.

“LA IZQUIERDA EN OCCIDENTE DEBE REPENSAR” ―una conversación con Taras Bilous

por Jan Ole Arps

“Si los izquierdistas continúan culpando a la OTAN por la invasión rusa, solo muestran que no han captado el cambio de situación”, dice Taras Bilous. El editor de la revista ucraniana de izquierda Commons escribió una carta a la izquierda en Occidente poco después de que comenzara la guerra. En él, criticó el hecho de que la gente en los estados de Europa del Este y sus ideas políticas, pero también el imperialismo agresivo de Putin, no parecen existir para la izquierda en Occidente, que está obsesionada con la OTAN. Taras Bilous se quedó en Kiev y se unió a un grupo anarquista que organiza actividades de ayuda y construye su propia unidad de defensa. En esta entrevista, habla sobre cómo la guerra ha cambiado su perspectiva política, qué posibles desarrollos ve y qué necesita repensar la izquierda en Occidente.

¿Dónde estas como estas? ¿Puede describir su situación actual?

Taras Bilous: Estoy en Kiev, en un lugar razonablemente seguro. Los primeros días de la guerra fueron un shock. Estaba desorientado y no podía hacer nada. Luego traté de unirme a las unidades de defensa territorial, pero por el momento eso no es tan fácil para personas como yo que no tenemos experiencia en combate. Ahora estoy en un grupo de voluntarios del espectro anarquista-antiautoritario, que se ocupa de la ayuda humanitaria y apoya una unidad de defensa. Así que ahora estoy haciendo algo práctico junto con otros. Eso ayuda a sobrellevar la situación.

¿Tú mismo no vienes del anarquismo?

Taras Bilous: No, pero eso ya no importa en este momento. De hecho, soy de una organización política llamada Sozialny Ruch (Movimiento Social). Pero al comienzo de la guerra, Sozialny Ruch estaba muy desorientado, a diferencia de los anarquistas, que tienen un mayor problema de organización en tiempos normales, pero en tiempos como estos funcionan mejor.

Llevas meses advirtiendo sobre un ataque ruso a Ucrania. ¿Esperabas una guerra de esta escala?

Taras Bilous: No, apenas dos semanas antes del ataque dije que una invasión de toda Ucrania era muy poco probable. Esperaba una ofensiva rusa en el Donbas, pero no una invasión a gran escala como esta, porque pensé y sigo pensando que esto será un desastre para Putin y su régimen. Otro ex editor de nuestra revista, Volodymyr Artyukh, se dio cuenta mucho antes de que existía la amenaza de una ofensiva a gran escala. Yo era escéptico y pensé que estaba exagerando el peligro. Comprendí que había una amenaza realmente alta de una nueva guerra solo en diciembre cuando el Ministerio de Relaciones Exteriores de Rusia publicó un borrador de acuerdo con los EE. UU. Y la OTAN. Las demandas incluían no solo que la OTAN descartara cualquier expansión adicional, sino también que retirara todas las tropas y armas estacionadas en los países que se unieron a la alianza después de 1997. Moscú sabía, por supuesto, que estas demandas eran inaceptables para los Estados de la OTAN, pero amenazó al mismo tiempo. tiempo que ignorarlos conduciría a una respuesta militar. En este punto quedó claro que Putin no tenía planes de dar un paso atrás. Creo que hay un problema estructural en el pensamiento de izquierda. Es obvio que un análisis que se centre sólo en los intereses económicos “objetivos” no puede captar adecuadamente lo que está sucediendo.

¿Hacia dónde crees que van las cosas desde aquí? ¿Ves una forma de acabar con la guerra?

Taras Bilous: A través de nuestra victoria. La pregunta es cuándo Rusia se dará cuenta de que no tiene los recursos para mantener a Ucrania. Incluso si bombardean y capturan Kharkiv y Kyiv, sus recursos no serán suficientes para mantener el poder. La única pregunta es cuántas personas más morirán y cuántas ciudades más serán destruidas antes de que termine la guerra.

Esa es una perspectiva bastante sombría.

Taras Bilous: Se puede pensar en la guerra sobre la base del principio de desescalada, y creo que muchos izquierdistas lo están haciendo en este momento. Pero esta pregunta era relevante hace un mes, ya no. La contradicción entre lo que quiere el gobierno ruso y lo que quiere la sociedad ucraniana es irreconciliable. No veo qué acuerdo sería posible. La resistencia en la sociedad contra la invasión rusa es tan fuerte que Zelensky no podría hacer ninguna concesión a Rusia en este momento, incluso si quisiera. Tales concesiones no serían aceptables para la sociedad ucraniana. Habría guerra de guerrillas. Creo que la guerra solo puede terminar con la derrota de un lado.

En Alemania, la guerra ha encendido sentimientos nacionalistas y militaristas en la sociedad. En Ucrania, por lo que escuchamos, el nacionalismo también está en aumento, y las unidades de derecha están fuertemente armadas y están adquiriendo más experiencia en combate. ¿Estarías de acuerdo? ¿Cómo afecta esto a su situación?

Taras Bilous: Por supuesto, el nacionalismo y el resentimiento contra Rusia van en aumento. Es un problema, pero no comenzó con esta invasión. Lo hemos estado enfrentando desde 2014. Espero que la extrema derecha no se beneficie tanto de esta guerra porque su papel en la defensa del país ahora es mucho menor que en 2014. También espero que cuando termine la guerra, las cuestiones de justicia social entrarán en el centro de atención.

¿Qué estáis haciendo ahora tú y tus compañeros? ¿Qué posibilidades hay para que te mantengas activo o simplemente estés en contacto?

Taras Bilous: Tenemos internet y seguimos intercambiando ideas en nuestro chat editorial. En este momento, todos están tratando de hacer algo. El grupo anarquista en el que participo se ocupa principalmente de la defensa militar y la ayuda humanitaria. Somos un pequeño grupo de voluntarios, pero recibimos mucho apoyo, también del exterior: dinero, material, todo. Incluso si Kyiv está completamente rodeada y sin suministros, podemos continuar por mucho tiempo. También hay brigadas internacionales, voluntarios de otros países, que ahora vienen a Ucrania.

¿Qué escuchas sobre la situación en Rusia y las protestas allí?

Taras Bilous: Lo estamos siguiendo. Pero, sinceramente, estoy algo decepcionado con lo que está pasando en Rusia. Las protestas no son lo suficientemente grandes como para cambiar la situación, y el apoyo a la guerra es mucho mayor de lo que esperaba.

¿No son las protestas contra la guerra en Rusia una de las pocas cosas que pueden influir en lo que sucederá a continuación?

Taras Bilous: Cuanto más dure la guerra, más personas en Rusia verán lo que está sucediendo: que no se trata de una «operación especial», sino de una guerra a gran escala en la que Putin está sacrificando a sus soldados.

Oksana Dutchak: Me gustaría agregar que soy más pesimista. También creo que una guerra prolongada socavará la estabilidad política en Rusia, pero no a través de la resistencia desde abajo, sino a través de una división en las élites rusas.

Taras Bilous: Estoy de acuerdo. Sin embargo, cuanto más dure la guerra, más desencanto habrá en la sociedad rusa, y eso puede tener un impacto en la dinámica política en Rusia.

En enero, escribiste que la izquierda no debe tomar la perspectiva de los estados, sino que debe partir de los intereses de las personas, especialmente de aquellas personas que más sufren el conflicto en ambos lados. Eso fue antes de la invasión. ¿Te apegas a este principio rector? ¿Qué significaría esto en la situación actual?

Taras Bilous: Sigo creyendo que debemos guiarnos por los intereses de la gente común. Pero la situación ha cambiado fundamentalmente. Cuando escribí ese artículo, se trataba principalmente de la guerra en el este del país. En 2014, hasta justo antes de la invasión, la situación en Donbas era mucho más complicada de lo que es ahora. Muchas personas allí apoyaron a los separatistas o esperaban la ayuda de Rusia. En esa situación, era importante buscar algún tipo de compromiso. Ahora muy pocas personas están a favor de Rusia, incluso en las áreas bajo control ruso. En cambio, hay mucha resistencia a la invasión. Eso no significa que no haya nadie allí que apoye a Rusia. Pero incluso muchas personas que antes eran prorrusas ahora odian a Rusia y exigen que el ejército ruso se vaya. Desde una perspectiva global, una victoria de Ucrania o una derrota de Rusia es de gran importancia por otra razón: es la única manera de evitar que esto siente un precedente para el futuro.

En tu carta a la izquierda en Occidente, criticó el enfoque de la izquierda occidental en la OTAN. ¿De qué manera la izquierda en Occidente necesita cambiar su perspectiva, qué necesita para comprender mejor la región postsoviética?

Taras Bilous: Creo que poco a poco se está dando cuenta de que las acciones de Putin no deben entenderse únicamente como una reacción a las políticas de Occidente, incluso si esta actitud todavía existe. Lo que muchos izquierdistas aún no se han dado cuenta es que la gente de los países entre Occidente y Rusia también tiene su propia subjetividad política y el derecho a decidir su propio destino. Muchos izquierdistas en Occidente todavía cometen el error de mirar a estas personas solo desde la perspectiva de la confrontación entre Occidente y Rusia.

Oksana Dutchak: Me gustaría agregar un ejemplo. Las encuestas en Ucrania sobre la expansión de la OTAN o la UE fueron citadas por muchos izquierdistas antes de la guerra, cuando la mayoría todavía estaba en contra de la expansión. Ahora que una gran mayoría de la población está a favor de unirse a la OTAN, tales encuestas ya no se mencionan. Muchos izquierdistas en Occidente solo citan tales encuestas cuando se ajustan a su perspectiva.

Taras Bilous: Otro problema es la representación de las personas que ahora sufren la guerra en Ucrania como víctimas solamente. Eso está mal. Mucha gente esta resistiendo. Ver a las personas, únicamente, como víctimas es un error muy común de la izquierda occidental. También es evidente en la perspectiva de izquierda sobre la expansión de la OTAN hacia el este en la década de 1990, que se entiende como un proyecto estadounidense. Esto ignora el hecho de que también sucedió debido a la presión de los estados de Europa del Este. No fue simplemente una iniciativa de Occidente, sino que correspondió al interés de la mayoría de la gente en los países de Europa del Este. Esto no significa que la izquierda occidental deba apoyar la expansión de la OTAN hacia el este. Pero debe entender que muchas personas en Europa del Este ven la pertenencia a la OTAN como una garantía de seguridad. Encuentro muy aleccionador que los análisis de izquierda aquí sean mucho más esquemáticos y débiles que los de una historiadora liberal como Mary Elise Sarotte, quien en su libro Ni una pulgada: Estados Unidos, Rusia y la creación del estancamiento posterior a la Guerra Fría, publicado el año pasado, dio una descripción muy completa y precisa de la expansión de la OTAN hacia el este en la década de 1990. Y también tengo la impresión de que en sus posiciones la izquierda a menudo va muy por detrás de los acontecimientos.

¿Qué quieres decir?

Taras Bilous: A muchos de la izquierda les resulta difícil cambiar de perspectiva. Eso es comprensible: has protestado, principalmente, contra las guerras que estaban en el interés de Occidente. Llevamos ocho años conviviendo con una guerra en el oriente del país. Así que hemos tenido tiempo para repensar nuestra posición. Pero creo que los izquierdistas deben comprender mejor que las situaciones pueden cambiar muy rápidamente. Si los izquierdistas continúan culpando a la OTAN por la invasión rusa, entonces muestran que no han entendido el cambio de situación.

¿Qué espera de la izquierda en Europa ahora, hay algo significativo que hacer desde su punto de vista?

Taras Bilous: Por el momento, los izquierdistas deberían exigir que sus gobiernos presionen a Rusia. Eso no significa que tengan que apoyar todas las sanciones, pero es importante aclarar las prioridades. Por el momento, la prioridad es presionar a Rusia para que detenga la guerra. Los movimientos sociales deben apoyar las protestas contra la guerra y apoyar a las personas que tienen que huir. Y lo que ya está ocurriendo también es ayuda material. Los grupos anarquistas organizan eso, pero también muchos otros, y eso ayuda. Cuando se trata de partidos de izquierda, también creo que deberían exigir la cancelación de la deuda de Ucrania. Los partidos de izquierda tienen posiciones muy diferentes sobre diferentes aspectos de la guerra, pero creo que esta podría ser una demanda unificadora. Personalmente, también estoy a favor de que los países occidentales suministren más armas, incluidos aviones, pero sé que esta no es una demanda en la que todos los partidos de izquierda puedan estar de acuerdo.

¿Cómo han cambiado los acontecimientos de las últimas semanas su forma de pensar sobre la política?

Taras Bilous: El problema es que casi nadie, ni siquiera en Ucrania o Rusia, esperaba esta guerra, aunque había señales. También porque parecía tan arriesgado para Rusia, no esperábamos una guerra de esta escala. Incluso cuando escribí que la guerra en Donbas se intensificaría y que Rusia intervendría directamente, muchos lo consideraron poco probable y preguntaron: ¿Qué interés tendría Putin en hacerlo? En la práctica, las decisiones de los políticos a menudo no se derivan simplemente de las condiciones o los intereses económicos, sino que también están determinadas por sus decisiones anteriores. Para los izquierdistas, es importante desarrollar un mejor análisis situacional, uno que también incluya la práctica de los actores involucrados, lo que podemos observar en el comportamiento político de los actores, no solo lo que nos gustaría observar.

Taras Bilous, es historiador, editor de Commons y activista de la organización Sotsialnyi Rukh

Oksana Dutchak, es socióloga e investigadora en temas laborales y desigualdad de género y también editora de Commons. Ha dejado Kiev y actualmente se encuentra en el oeste de Ucrania.

Traducción del inglés: Santiago de Arcos-Halyburton

 

Zelensky, héroe iconopolítico

por Frédéric Bisson

Filósofo

 

 

 

 

“Cuando piensas en las conquistas diplomáticas y otras de este poder, antes poco considerado en los asuntos del mundo civilizado, uno se pregunta si lo que ve es un sueño”.

                                                                                                  Marqués de Custine, Cartas desde Rusia, 14 de julio de 1839

 

 

El 24 de febrero de 2022, la invasión militar de Ucrania por parte del ejército ruso bajo el mando de Putin pareció sorprender al mundo, como si el evento hubiera violado la irónica buena conciencia del hombre occidental moderno. Pero esta guerra, sin embargo, corresponde a un escenario muy convencional, muy antiguo, integrado desde hace mucho tiempo en nuestro imaginario político: un escenario militar-estatal, territorial y anexionista. Los tanques, las demostraciones de fuerza, los batallones, los misiles: todo esto da una impresión de déjà vu.

Los ejercicios balísticos realizados en la frontera ucraniana antes de la invasión repetían formas de imágenes familiares para un ciudadano del siglo XX, y cuya inquietante extrañeza era precisamente proporcional a esa familiaridad, como cuando volvemos a ver, años después, una vieja película que nos marcó en nuestra juventud. Repetido como la posibilidad más característica del orden mundial durante la Guerra Fría, este escenario está tan desgastado que pensamos que ya no era posible y lo habíamos guardado entre los clichés y eslóganes de una época pasada. Lo que es extraño, por lo tanto, no es el acontecimiento mismo, como si su posibilidad aún no lo hubiera precedido. Si a la conciencia le cuesta asimilar lo que está pasando es por una discrepancia anacrónica entre esta guerra y nuestros escenarios posibles y disponibles, nuestros guiones, nuestros imaginarios.

Un evento solo logra lo que es posible. Por definición, lo posible es más amplio que lo real y lo condiciona. Ahora bien, lo posible no es sólo una categoría lógica-ideal abstracta, sino también una categoría concreta de lo imaginario. Los cuerpos son imágenes materializadas. Así, lo imaginario, con sus formas de imágenes, condiciona siempre el acontecimiento que toma de él su forma y de él extrae su influencia. El tanque, el misil: estas no son solo realidades locales, sino también imágenes “radiantes” omnipresentes. Una bomba explota no solo en Kiev o Kharkiv, sino en todo el mundo, en imágenes. El edificio se horada y se derrumba en nuestra conciencia icónica fascinada, al mismo tiempo que en la ciudad donde se muere.

A diferencia de un dibujo o una pintura, una imagen de video es ciertamente siempre indicial: implica la existencia del objeto que muestra, y parece decir “esto es lo que está pasando”, como un índice que apunta a lo real. Pero la imagen de vídeo también es un icono. Como tal, vale en sí mismo como imagen, y no sólo como índice de su objeto. Ejerce un encanto escópico y produce afectos a distancia, afectos globalizados por la difusión casi sincrónica que ahora rige la información.

Toda política actual es en parte iconopolítica: la imagen es un instrumento de poder, no sólo un poder sobre la opinión, sino un verdadero conatus. Una imagen puede aumentar o disminuir nuestro poder de actuar. Sin embargo, Putin ciertamente pensó que podía fascinar a Occidente y congelar a los países de la OTAN en una posición de espera inmóvil, por el hechizo Medusa de la guerra que desató. Y ahí radica uno de sus grandes errores: no un error de estrategia militar o de cálculo político-económico, como si no hubiera previsto la respuesta de Occidente, sino un error de cálculo iconopolítico.

Las imágenes de guerra engendradas por el gobierno de Putin pertenecen a un régimen icónico difunto. Porque lo posible también nace, vive y, a veces, muere. Es evidente que las imágenes de la fuerza armada forman un sistema con la promulgación del poder ruso: el presidente autoritario que entra en escena y se sienta solo en su mesa; la mesa de seis metros, lacada en blanco y decorada con oro, donde recibe a Macron el 7 de febrero, etc. Es un imaginario teatral, isomorfo con la guerra territorial de posiciones. El teatro está ligado a la unidad de lugar en la escena física, así como la guerra de invasión está ligada a la geografía del territorio.

El marqués de Custine, en 1839, ya había quedado impresionado por el carácter teatral de la corte rusa; dijo del emperador Nicolás I: «Siempre espera ser observado, no olvida ni por un momento que la gente lo está mirando: incluso usted diría que quiere ser el foco de todas las miradas». Así, un cuadro de Nicolás I, pura esencia del zarismo, adorna el despacho presidencial del Kremlin. Parece obvio que Putin todavía se inspira en el viejo imperialismo ruso, cuyo ímpetu se rompió con el colapso de la Unión Soviética, pero también se inspira en la dimensión teatral de esta forma de poder.

Custine también escribe que la corte rusa “produce cada vez más el efecto de un teatro donde los actores pasan la vida en ensayos generales”. Así, el ejército ruso en febrero de 2022 parece, a su vez, repetir un escenario condenado a su propio agotamiento. ¿Qué puede hacer el teatro en un mundo donde el virus es el nuevo paradigma de la información, un mundo donde la imagen se funde y se replica en videos en redes globalizadas? El modelo mediático de la acción política en el siglo XXI no es el teatro, ni siquiera el cine, sino la televisión en streaming y, más aún, el vídeo, el post, la acción directa del periodismo ciudadano. En este sentido, esta guerra es quizás una de las convulsiones tardías del siglo XX. El aislamiento de Putin en el escenario internacional no puede explicarse por una “hegemonía” económica estadounidense, sino por la admonición más difusa de un régimen dominante de signos, por el aura silenciosa de lo que yo llamaría una “policía icónica”.

Hay un orden de lo visible, como hay un “orden del discurso”. Como decía Foucault, uno puede muy bien decir la verdad por sí mismo, en el vacío, pero sólo si está “en la verdad” a condición de obedecer las reglas de una “policía discursiva”, con sus formas, sus protocolos, sus dispositivos. . . Del mismo modo, para nosotros hoy, existen condiciones icónicas de existencia, que hacen visible y eficaz lo visible, es decir, capaz de actuar en nuestra conciencia y en nuestro cuerpo. Esta es la lógica iconopolítica: lo real pasa a pedir la validación de nuestras imágenes para volverse visible y activo. A finales de febrero, Putin ya había perdido la guerra iconopolítica.

Esto es lo que prueba, por el contrario, el brillante ascenso iconopolítico de Volodymyr Zelensky. Un ex comediante que interpreta a un hombre común en una serie de televisión que se convierte en presidente de Ucrania, luego interpreta este escenario en un partido político que lleva el nombre de la serie, “Servidor del Pueblo”, Zelensky es la criatura iconomorfa de su propio papel ficticio. Marx decía que la historia siempre se repite dos veces, “la primera como tragedia, la segunda como farsa”; hoy tendríamos que decir que es la comedia misma la que la historia repite en la tragedia.

Pero lo cómico de la ficción también pasa a lo real, porque Zelensky opone a Putin la ironía del icono. Icónico, está fuera del alcance de los comandos que lo apuntan. Zelensky no es solo el improbable adversario político de Putin, ascendido a la presidencia de Ucrania por una oportunidad electoral, es más que eso: el anti-Putin, semióticamente hablando, su adversario ideal, porque contra él pesa todo el peso de una forma global. visibilidad, de la que es emanación y realización personal.

Entre Zelensky y Putin hay una verdadera batalla de actores, que refleja la lucha entre aparatos mediáticos anacrónicos. En un régimen de poder iconopolítico, las series de televisión se convierten en máquinas electorales, plenos agentes políticos, más poderosos que los partidos. El partido de Zelensky toma su nombre de la serie, “Servidor del Pueblo”, y al mismo tiempo retoma su aura mediática para hacerlo realidad. En un régimen de poder iconopolítico, la imagen dejó de representar la realidad; por el contrario, es el poder íntimo, la fuerza motriz, la sustancia misma. Putin despreciaba a Zelensky, un judío de habla rusa, como una especie de pequeño Trump ucraniano, a quien pensó que podría eliminar sin esfuerzo. Cuando Putin habla de “desnazificar” a Ucrania, ciertamente está apuntando a ciertos intereses de la revolución de Maidan de 2014, que cree convenientes para los intereses de Estados Unidos y la OTAN, pero no había calculado que Zelensky, como emanación icónica, añade resistencia a esta ecuación política.

Zelensky logra imponerse como el hombre del momento, federando la democratización de su pueblo, no solo por la heroica valentía individual, sino porque su acción coincide con las condiciones de visibilidad. Por un lado, la televisión es un medio doméstico; gracias a ella, la ficción entra en nuestras vidas, a través de personajes conocidos que nos acompañan y educan. Así Zelensky, presidente y jefe militar, se ve obligado a hacerse a su imagen, para seguir dando vida a su personaje ficticio en actos y símbolos. Su coraje proviene en parte de este doble ficticio, que él materializa. Por otro lado, los videos “horizontales” que Zelensky subió a las redes sociales con su celular desde los primeros días de la invasión fueron un efectivo contrapunto a la desinformación rusa. Zelensky produce sus propias imágenes mientras los ucranianos fabrican sus armas improvisadas, preparándose para luchar contra el ejército ruso: hace sus videos como cócteles Molotov. Así, es un ciudadano-presidente, acusando, en contraste, el ridículo anacronismo de la pompa y el aparato estatal con que se engalana Putin.

Este dispositivo de lucha mediática es una puesta en abismo de lo que sucede en la serie de televisión. De hecho, Vassili Goloborodko, profesor de historia, es filmado allí, sin saberlo, por uno de sus alumnos, criticando a las autoridades y la corrupción. El video va a YouTube y se vuelve viral. Luego, el maestro recibe dinero a través de la financiación colectiva de sus alumnos y se postula para las elecciones presidenciales de Ucrania. Todos los dispositivos que permiten a Goloborodko llegar al poder son dispositivos democráticos: captura de video, imágenes virales, crowdfunding. La democracia no es esencialmente una forma de gobierno, es ante todo una forma de vida. La forma en que intercambiamos, cómo nos conectamos en la sociedad civil, cómo nos informamos unos a otros, cómo transmitimos y compartimos información: estos son indicadores seguros de la democracia. Así, Zelensky sumerge a Ucrania en una forma de vida democrática, de la cual la guerra es la ocasión involuntaria y la cristalización.

En general, las figuras políticas son productos y usuarios hábiles del aparato de poder mediático. De Gaulle es un personaje de radio cuya voz precedió públicamente a la imagen durante la emisión del Llamado del 18 de Junio. Kennedy era típicamente un presidente de la era del cine, y The Zapruder (la película de su muerte, filmada por casualidad por Abraham Zapruder) es un hito en la historia del cine estadounidense. Hay algo cinematográfico en el propio destino de los Kennedy, como una especie de cinematografía extraña. Berlusconi, Sarkozy, Trump son algo completamente diferente, presidentes de la era de la televisión. Ronald Reagan fue un ex actor de cine, Trump un ex personaje de telerrealidad. Pero la televisión ya no es el medio dominante. Macron es ya otro tipo de personaje mediático, ciertamente telegénico, pero sobre todo transmedia, filósofo y banquero, que se extiende a múltiples plataformas. Zelensky es, a su vez, el kairós de una democratización del Este.

Comparado con Zelensky, Putin es sin duda un líder histórico, en el sentido de que su psicología del poder está completamente moldeada por la narrativa histórica, la de Rusia, su imperio y su prestigio cultural. Pero los pueblos no son sólo entidades históricas. Un pueblo también puede levantarse en y a través del evento. El pueblo ruso histórico con el que soñó Putin es un pueblo zombi, cuyos bolsillos reaccionarios en el Donbass son solo escoria sin vida. Por el contrario, el pueblo ucraniano vivo de 2022 es un pueblo en acción, constituido por y en confrontación.

En la constitución de este pueblo activo, el video opera una acción remota positiva. Vimos cara a cara la miseria de la diplomacia tradicional frente a la nueva distribución del poder: Macron viaja a Moscú en vano. Por el contrario, Zelensky muestra el camino hacia una nueva diplomacia basada en la distancia; habla por videoconferencia al parlamento europeo y conmueve corazones. Ya es europea, no por la ley, sino por la democracia mediática que promueve y el modo de vida que implica. En un escenario en el que, ante el peligro inminente de su asesinato, Zelensky sería exiliado a Europa, seguiría actuando desde la distancia como un icono democrático, con un poder legítimo acrecentado por la propia distancia.

Putin es un viejo príncipe cuyo ejército esconde su icónica miseria. El poder icónico es siempre ambivalente. Por un lado, Donald Trump ya había trasladado imágenes del reality show El aprendiz a la Casa Blanca, y esta materialización del programa transformó realmente el ejercicio del poder institucional. Instaló una gubernamentalidad a través de tuits y órdenes. Por otro lado, el contrario, la iconicinidad lour pop de Ksenia Sobchak, las gafas de sol y el labial rojo brillante, fue el adversario mediático elegido por el cual el viejo poder estatal ruso se inoculó el encanto femenino de las imágenes telegénicas, para inmunizarse contra una auténtica contestación. Pero Zelensky marca un punto de inflexión, una reversión de las icónicas relaciones de poder en las que el gobierno ruso es el desvalido. El icono es una entidad maquiavélica, siempre versátil y reversible.

Lo que Putin ha subestimado es quizás, incluso más que la resistencia física del ejército y el pueblo ucraniano, el peso de fuerzas icónicas en la acción política del siglo XXI, ese nuevo maquiavelismo que es un maquiavelismo de la imagen. Hoy, la imagen tiene sus caprichos, sus trucos, sus artimañas; ella se vuelve contra el príncipe que creía que podía usarla para su beneficio.

 

Traduccion del francés: Santiago de Arcos-Halyburton

Fuente: https://aoc.media/opinion/2022/03/07/zelensky-heros-iconopolitique/

Étienne Balibar: “El pacifismo no es una opción”

Por Mathieu Dejean

Entre los libros que saturan el espacio de la oficina de Étienne Balibar en París, un busto de Karl Marx se asoma al horizonte. En su imagen, el filósofo, de 79 años, expulsado del Partido Comunista Francés en 1981 por criticar su actitud durante la guerra de Argelia, dice estar “buscando una brújula” para entender la actual guerra de Ucrania y sus implicaciones.

Partidario del federalismo europeo definido por el comunista italiano Altiero Spinelli en el Manifiesto de Ventotene (1941), no previó que Europa se encontraría en la pendiente de militarización que ahora parece inevitable. Al igual que en el momento de la invasión estadounidense de Irak, en 2003, en L’Europe, l’Amérique, la guerre: réflexions sur la médiation européenne (La Découverte, 2005), Étienne Balibar propone perspectivas para pensar más allá de la guerra.

En su rechazo de la idea de una “reconstitución de los bloques”, el filósofo, cuyos escritos han sido publicados por La Découverte en varios volúmenes (Histoire interminablePassions du concept, y próximamente Cosmopolitique), aboga por un internacionalismo que incluya el apoyo a la resistencia del pueblo ucraniano, pero también a la del pueblo ruso disidente. Porque lo que está en juego es una “guerra europea”. Y, como tal, es necesario evitar a toda costa “poner un telón de acero moral entre nosotros y ellos”, explica.

La invasión rusa de Ucrania ha traído a la memoria palabras del pasado, sin que sepamos si realmente se corresponden con la situación actual: guerra fría, guerra mundial, guerra imperialista…

¿Qué guerra cree que ha empezado?

No es una pregunta fácil, porque no soy en absoluto un experto militar o geoestratégico. Pero, al igual que muchas personas de mi generación, e incluso de generaciones más recientes, considero que todos los acontecimientos políticos que se producen en Europa y en el mundo, y que ponen en cuestión asuntos tan vitales como la guerra y la paz, la democracia y la dictadura, son ineludibles. Cuando se es ciudadano europeo y se profesa la reflexión sobre el mundo en el que se vive, no se puede uno esconder detrás de la incompetencia.

Mi respuesta, por tanto, es que se trata de una guerra europea. No solo porque tiene lugar en un territorio que puede considerarse perteneciente a Europa o en su frontera, sino porque es una guerra que tiene lugar dentro del conjunto histórico, cultural y político que llamamos Europa. Y todo esto incluye a Rusia.

No es una guerra entre Europa y una potencia externa por definición. Es una guerra que tiene lugar en nuestro espacio europeo.

Esto no quiere decir que Rusia y su régimen actual, una especie de “petro-oligarquía” autocrática, ultramilitarizada y cada vez más vigilada, nostálgica del Imperio ruso, no sean el enemigo del momento. Son el enemigo de los ucranianos y, en consecuencia, el enemigo de todos los que consideran, como yo, que la prioridad es apoyar su resistencia.

Pero es muy importante considerar, frente a una cierta evidencia, que no se trata de una guerra entre Europa, reducida a la “pequeña Europa”, y una potencia que sería exterior por definición. Entre “nosotros” y “ellos”. Es una guerra que se desarrolla dentro de nuestro espacio europeo pero que aún podría expandirse, eso es un riesgo evidente.

¿Cómo definiría este espacio europeo? ¿Cuáles son sus límites?

Partimos de una definición amplia del espacio europeo. Pienso en lo que Gorbachov llamaba la “casa común”. También tengo en mente el famoso libro de Keynes publicado después de la Primera Guerra Mundial, The Economic Consequences of Peace (1919).

En ese libro, hay temas de Keynes que iban en contra de lo obvio: por ejemplo, la idea de que, si intentábamos aplastar a los alemanes, se volvería contra nosotros. Y decía a sus lectores, en esencia: “Os sorprenderá que un inglés diga que le preocupa tanto lo que pasa en Europa, pero yo me siento europeo”. Necesitamos una definición abierta de Europa, acorde con su historia.

Por eso digo que Rusia forma parte de Europa, como Inglaterra o Turquía. La Europa histórica está dividida, a veces violentamente, por fronteras interiores, pero no tiene fronteras exteriores como tales, ni al sur, ni al oeste, ni al este, salvo en el sentido de zonas de contacto con otras civilizaciones.

Incluye a Rusia, pero en su discurso del 21 de febrero de 2022 en el que anunciaba su ofensiva, Vladímir Putin llegó a negar la existencia misma de Ucrania. ¿No obstaculiza su imperialismo agresivo esta visión de Europa?  

Putin vuelve obsesivamente a algo que me llama por fuerza la atención, porque en mi memoria también está toda la historia del comunismo. La idea es que Lenin es responsable de esto, porque cometió un error irreparable cuando aceptó, en el momento de la fundación de la Unión Soviética en 1922, al final de la guerra civil, que una entidad nacional, llamada Ucrania, constituyera una república autónoma dentro de la URSS.

Putin dice que Lenin hizo una concesión desastrosa al nacionalismo ucraniano y que, de no haber sido así, en el momento de la caída de la Unión Soviética no habría habido independencia para Ucrania, ya que las tierras ucranianas habrían sido consideradas por los propios habitantes como parte de Rusia. Esto equivale a tomar partido por Stalin, en contra de Lenin.

El imperativo inmediato es ayudar a los ucranianos a resistir. No repitamos la “no intervención”.

Por supuesto, creo que Lenin tenía razón en la famosa “cuestión de las nacionalidades”. Estaba obsesionado con lo que llamaba “el gran chovinismo ruso”. Pero lo que siguió demostró que los nacionalismos, grandes y pequeños, estaban muy dispuestos a surgir a través de guerras, crisis y genocidios.

Hay raíces aún más antiguas, en la historia del Imperio ruso y de otros imperios europeos, pero creo que lo que está ocurriendo hoy tiene sus raíces en la gran división de Europa al final de la Primera Guerra Mundial y después de la Revolución Rusa, seguida, por supuesto, por el nazismo y la Guerra Fría.

La conclusión que saco de esto, para proponer perspectivas, es que el objetivo debe ser una recomposición de Europa, en interés de los rusos, de los ucranianos y de los nuestros, en la que la cuestión de las naciones y de las nacionalidades se replantee de arriba abajo.

No digo que tengamos que volver a 1920. Pero debemos tomar esta larga trayectoria de divisiones internas de Europa para intentar pensar en su futuro colectivo. Y esto dicta en parte lo que debemos hacer en este momento, y cómo debemos hacerlo.

¿Cree que la respuesta actual de la Unión Europea a esta guerra está a la altura? ¿Teme la escalada militar?

Tengo mucho miedo a la escalada militar, incluida la nuclear. Es aterrador y, obviamente, no está fuera de lugar. Pero el pacifismo no es una opción. El imperativo inmediato es ayudar a los ucranianos a resistir. No repitamos la “no intervención”. De todos modos, la Unión Europea ya está involucrada en la guerra. Aunque no envíe tropas, está entregando armas, y creo que hace bien en hacerlo. Es una forma de intervención.

En segundo lugar, los ejércitos europeos están en alerta, enviando destacamentos a la frontera. No hay forma de saber qué pasará si los ejércitos rusos llegan allí a su vez. Y, en tercer lugar, en el marco occidental, la UE está adoptando sanciones económicas que, de ser efectivas, son una forma “híbrida” de hacer la guerra, y pueden provocar represalias rusas.

La gran incógnita es qué harán entonces los chinos, pero todo apunta a que, si bien ven algún beneficio en que los rusos provoquen problemas en el mundo occidental, no están dispuestos a seguirlos a ninguna parte. Los chinos no piensan en términos de “bandos”. ¿Tienen alguna forma de hacer pensar a Putin? Es menos obvio.

Volviendo a tu pregunta, Noam Chomsky ha dicho estos días que debemos apoyar a los ucranianos, pero dar una salida a Putin, y que estas sanciones económicas no deben provocar reacciones exageradas de los rusos. Con el debido respeto, creo que se equivoca. Si se quiere obligar a Putin a retroceder, los golpes deben ser fuertes. Pero es muy cierto que las sanciones económicas son de doble filo, y que los europeos pueden verse perjudicados en el suministro de gas, petróleo y trigo. La inflación se disparará. Incluso puede haber un “riesgo sistémico” para las finanzas mundiales.

En general, viviremos bajo la sombra de la amenaza y el riesgo durante mucho tiempo. No podemos intervenir en la guerra que ha iniciado Putin, en varias formas, y creer que no costará nada ni implicará ningún riesgo.

El imperativo, repito, es primero apoyar a los ucranianos. Así que no quiero darle a Putin una salida. Además, él mismo no la quiere. Se ha puesto en una posición de todo o nada. Eso es lo que da miedo.

Putin ha esgrimido una supuesta amenaza de la OTAN para justificar su guerra, como si fuera producto de rivalidades interimperialistas con Estados Unidos. ¿Cómo salir del “campismo” que está alimentando, y que a pesar de todo se está recomponiendo con motivo de esta guerra?

Soy de los que piensan que la OTAN debería haber desaparecido al final de la Guerra Fría, al mismo tiempo que el Pacto de Varsovia. En aquella época, Occidente pensaba que, habiendo ganado la guerra de los “sistemas”, tenía que recoger los frutos de esta victoria en todos los terrenos: económico, ideológico y militar. Entre las cosas que decidió conservar estaba la OTAN, que tenía ciertamente funciones externas, pero también –lo que es quizá más importante– la función de disciplinar, por no decir domesticar, al campo occidental.

Todo esto está ciertamente vinculado al imperialismo: la OTAN es uno de los instrumentos que garantizan que Europa, en el sentido más amplio, no tenga una verdadera autonomía geopolítica en relación con el imperio estadounidense. Esta es una de las razones por las que se mantuvo la OTAN después de la Guerra Fría. Y las consecuencias han sido catastróficas para todo el mundo.

La OTAN ha consolidado dictaduras en su propia zona de influencia, ha encubierto o tolerado todo tipo de guerras, algunas de ellas terriblemente asesinas, con crímenes contra la humanidad. Lo que está ocurriendo ahora no me hace cambiar de opinión sobre este punto.

Sin embargo, la agresión rusa es real, y para los ciudadanos de los Estados bálticos, por ejemplo, la única protección, aparentemente, es la OTAN. Tienen un 30 o 40 por 100 de rusoparlantes. El Imperio ruso siempre ha querido tener acceso al mar, al norte y al sur, y es posible que Riga siga el destino de Crimea. Polonia puede ser ya otro problema, con un gran nacionalismo hereditario, además del trauma del pacto germano-soviético…

Lo mejor sería que Europa fuera lo suficientemente fuerte como para proteger su propio territorio, y que tuviéramos un sistema de seguridad internacional eficaz, es decir, una ONU renovada democráticamente, liberada del poder de veto de los miembros permanentes.

Sin embargo, cuanto más asciende la OTAN como sistema de seguridad, más se hunde la ONU. En Kosovo, Libia y, sobre todo, en Irak en 2003, el objetivo de Estados Unidos y de la OTAN a su paso era romper la capacidad de mediación, propuesta, arreglo y justicia internacional de las Naciones Unidas.

Si uno se plantea la cuestión de las garantías que pueden tener los pueblos contra la agresión, la OTAN es el último palo al que se pueden agarrar en ciertos casos. Pero no es lo ideal, por decir lo menos. Porque con la “protección” de la OTAN viene la incorporación al conflicto estratégico de los imperialismos globales.

Volviendo a la pregunta, creo que esto es obviamente un pretexto por parte de Putin. No fue la agresión de la OTAN la que empujó a Putin a la guerra. Pero que ha habido una política sistemática de mordisqueo de posiciones en torno a Rusia desde 1991… solo hay que mirar el mapa para entender que esto es cierto.

Desde el comienzo de la guerra, no solo los ucranianos han resistido, sino que los rusos se han manifestado y han mostrado su solidaridad con ellos corriendo un gran riesgo. ¿Puede el pueblo ruso ayudar a hacer retroceder a Putin?

Sí, y me gusta mucho esta idea. Si se formula la pregunta en forma de: ¿qué puede detener a Putin? La primera respuesta es: el pueblo ucraniano, si se le ayuda. Pero la segunda respuesta es: el pueblo ruso, a pesar de la violencia del aparato represivo al que está sometido.

No sé si se puede decir que la mayoría del pueblo ruso preferiría la democracia al sistema actual, pero hay elementos que apuntan en esa dirección. Creo que Putin temía que el espíritu democrático ganara terreno en Ucrania, en un espacio cultural y político que está entrelazado de todas las maneras posibles con Rusia y que sufre algunos de los mismos problemas de corrupción.

Recordemos también las protestas contra Putin cuando fue reelegido en 2012, por un amplio margen, pero posiblemente con resultados amañados. Hay una opinión pública crítica en Rusia, aunque no descarto que mucha gente se trague su retórica de restaurar la grandeza rusa del pasado, especialmente bajo la influencia de la Iglesia Ortodoxa. En cuanto a la mitología fascista del continente “euroasiático” dominado por los eslavos, me parece mucho menos cierta.

Por último, hay otro elemento al que me aferro, y es el siguiente: no debemos considerar al pueblo ruso y al ejército ruso por separado.

En el ejército ruso hay profesionales, “unidades especiales” de las que se puede esperar lo peor, como ya han demostrado en otros lugares, pero también hay reclutas, y detrás de ellos están sus familias. Durante la guerra de Chechenia, las madres de los soldados rusos salieron de sus casas para protestar. Así que hay un gran interrogante: ¿qué olas de desánimo y protesta política pueden extenderse dentro de la sociedad rusa desde el foco de la guerra? Por supuesto, aquí interviene mi vieja cultura marxista: Engels había argumentado que, con los ejércitos conscriptos, el proletariado estaba en el ejército y se levantaría contra las guerras. Resultó que esto era muy idealista, pero hay ejemplos de resistencia por parte de los soldados, al menos pasiva, a las guerras que queremos que luchen.

Vuelvo a mis especulaciones del principio: un ejército ruso ha invadido Ucrania, pero ¿quiénes son los que están detrás de ese ejército? Así que la pregunta es: ¿qué medios tenemos para ayudarles también a ellos? Desde luego, no aislándolos, poniendo un telón de acero moral entre ellos y nosotros… Ese es mi lado internacionalista.

¿Parte de la solución del conflicto será el internacionalismo?

Es difícil ser internacionalista cuando triunfa el nacionalismo, pero hay un pequeño resquicio por el que puede colarse el internacionalismo: es la solidaridad con los pueblos de ambos lados del campo de batalla.

Esto me parece tanto más vital porque tenemos nuestros propios nacionalistas o “soberanistas” en casa, subvencionados o inspirados por Putin. Paradójicamente, también forman una especie de Internacional.

Pero mi obsesión en este momento es saber cómo practicar la unidad de los contrarios: hacer la guerra al ejército ruso y a Putin, ya que él nos la impone, y pensar en un camino más allá de esta guerra, que no sea la reconstitución de bloques. El objetivo, a largo plazo, no es solo que Putin retroceda. Hay un objetivo político más interesante: que su pueblo se deshaga de él.

Y uno aún más ambicioso: inventar la gran Europa multilingüe y multicultural, abierta al mundo. No hacer de la militarización de la Unión Europea, por inevitable que parezca a corto plazo, el sentido de nuestro futuro. Evitar el “choque de civilizaciones”, del que seríamos el epicentro.

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Esta entrevista se publicó en francés en Mediapart.

Traducción: Álvaro García Ormaechea / ctxt.es