Masterclass del Fin del Mundo (1ra parte)

CONFLICTOS SOCIALES EN BRASIL DURANTE LA PANDEMIA

por un grupo de militantes en la neblina

“Brasil no es un terreno abierto donde pretendemos construir cosas para nuestra gente. Tenemos que deconstruir mucho. Deshacer mucho. Entonces podemos empezar a hacerlo. Que sirva para que al menos pueda ser un punto de inflexión”. Con estas palabras abrió Jair Bolsonaro la cena ofrecida por la embajada de Brasil durante su primera visita a Washington en marzo de 2019[1].

Exactamente un año después, se confirmó la primera muerte por covid-19 en Brasil. El panorama apocalíptico que anunciaba la noticia de la pandemia en el exterior contrastaba todavía, aquí, con la continuidad inalterada de la rutina. El contraste de la escena creó una atmósfera de aprensión, que se hizo más fuerte cada día. El hacinamiento obligatorio en lugares de trabajo cerrados, como fábricas, centros comerciales y oficinas, así como autobuses y trenes invariablemente abarrotados, proporcionaron la imagen desgarradora de la propagación de una enfermedad aún desconocida. Fue en una empresa de telemercadeo en Bahía donde la tensión rebasó por primera vez: los operadores abandonaron sus puestos y salieron a las calles exigiendo medidas de cuarentena. En pocas horas, la escena se replicó en call centers de Teresina, Curitiba, Goiânia y otras ciudades del país. Los videos de los paros, que se viralizaron en grupos de operadores en WhatsApp y Facebook, indicaban una solución muy concreta a esa situación desesperada: ¡literalmente, irse![2]

El coronavirus dio aires premonitorios a los términos de la carta anónima – más precisamente un “último grito de auxilio” – que los empleados de una cadena de librerías habían lanzado en febrero de 2020, tras una abrumadora sesión de acoso. Es sintomático que, incluso antes de la pandemia, calificaran la experiencia al interior de la empresa como una “masterclass del fin del mundo”. Pero “el gran problema del fin del mundo”, concluyeron, “es que alguien tendrá que quedarse para barrer”[3]. De hecho, cuando nos vimos ante una calamidad biológica, pocas semanas después, los “empleos de mierda” continuaron la toma de rehenes[4] para mantener el negocio al día.

La comparación de los centros de telemercadeo con las senzalas [alojamientos de esclavos] y las prisiones, tan común en el repertorio de bromas de los operadores, encontró ahora una brutal confirmación. Para muchos de ellos, huir del trabajo[5] aparecería como último recurso para no morir en el centro de atención. A pesar del decreto presidencial, que incluyó al sector entre los servicios esenciales poco después de los paros, lo que se vio en las siguientes semanas fue un vaciamiento de los call centers. Mientras muchos trabajadores comenzaron a presentar certificados médicos (reales o fraudulentos), a ausentarse sin justificación o a pedir la baja, las empresas respondieron con soluciones precarias de trabajo a distancia, vacaciones colectivas y despidos.[6] La presión de las protestas se diluyó en la desagregación que ya era tendencia en el ramo y se aceleró con el virus.[7]

Tan rápido como la pandemia erosionó las condiciones laborales en las más diversas áreas, la vida se fue acomodando a la “nueva normalidad”. Entonces vimos a los trabajadores regresar del lay-off para exponerse a la infección, pero agradecidos de tener un empleo aún, en un escenario de cierre de fábricas; profesores que cuestionaban el aprendizaje a distancia pasaron a participar de manera proactiva en la nueva rutina; a buena parte del remanente de la avalancha de despidos, en el sector servicios, someterse al programa de reducción de jornada y salario, diseñado a pedido del gobierno federal (aunque, en la práctica, la jornada laboral en la empresa no cambió). Y si las huelgas de choferes y cobradores de autobuses se hicieron cada mes más frecuentes en todo el país durante 2020, es porque era la única vía que quedaba para garantizar salarios en un contexto de reducción de pasajeros y crisis del sector.[8]

El poder destructivo del coronavirus se combinó, aquí, con la ola de devastación que ya estaba en marcha. Salida de emergencia desencadenada por el capital en respuesta a la revuelta social que estalló en 2013, este “movimiento de destrucción de fuerzas productivas” encontró en las elecciones de 2018 una personificación en la figura incendiaria de un capitán retirado.[9] En la imposibilidad de gestionar la crisis, es la crisis la que se convierte en un método de gestión. Donde se podría haber visto un gobierno ineficiente, nuestro autoproclamado agente de la deconstrucción revela una eficiencia negativa: el caos ya es un método[10] y “no gobernar es una forma de gobierno”[11]. Al crear sistemáticamente obstáculos a las recomendaciones científicas para el control de la pandemia, Bolsonaro nunca fue propiamente un “negacionista”; por el contrario, “es más bien un vector del propio virus, su identificación con el virus es integral”[12]. “Soy capitán del ejército, mi especialidad es matar, no curar a nadie”, gritaba aún en 2017.[13]

En agosto de 2020, cuando Brasil se acercaba a la cifra de 100.000 muertes registradas por covid-19, las encuestas alertaban sobre otro índice preocupante, al revelar que menos de la mitad de la población en edad de trabajar estaba trabajando.[14] Si la caída de la tasa de ocupación a los niveles más bajos de la historia reciente podría verse como una aceleración de la eliminación de los trabajadores desechables, bajo otros ojos, sin embargo, el mismo escenario devastador estaba produciendo algo nuevo… “Ya víamos en Brasil un escenario prometedor para esta nueva forma de trabajo y la pandemia hizo que más personas buscasen otras formas de realizar sus actividades y generar ingresos”, explicó el vicepresidente de expansión internacional de una aplicación utilizada por empresas para contratar freelancers en 160 países, que ahora llegaba a Brasil.[15] Después del apocalipsis, ¿Uber?

Brasil está on[16]

“¡Queremos trabajar!”, reclamaron decenas de vendedores ambulantes, quienes, en febrero de 2020, invadieron las vías de la Estación Luz, en el centro de São Paulo, en protesta por la operación de la nueva empresa de seguridad tercerizada para reprimir a los vendedores ambulantes en los trenes – actividad que, según las reglas del ferrocarril, es irregular.[17] En pocas semanas, con la llegada del nuevo virus, la misma consigna volvería a resonar en medio de las bocinas de caravanas convocadas por bolsonaristas para exigir la reapertura del comercio. Al oponerse a las políticas de aislamiento implementadas por alcaldes y gobernadores, Bolsonaro no solo satisfizo los deseos de los pequeños patrones jefes, sino que también jugó con la situación de “aquellos que dependen de la corrida diaria changueando para sobrevivir y no tienen otra perspectiva que la miseria frente a la pandemia”.[18]

Si la perspectiva de lucha que despertaba en los call centers no se generalizó, es porque la exigencia de la cuarentena no asumiría fácilmente aires huelga allí donde el trabajo hace tiempo que escapa de los límites físicos de la empresa. Entre las profesiones más cualificadas, la rápida transición al home office no tardaría en transformar el “quédate en casa” en una señal para trabajar el doble. Por otro lado, a medida que las calles se vaciaban, la misma consigna comenzó a sonar como una amenaza de pérdidas y hambre para quienes su sustento depende del movimiento diario de la ciudad: vendedores ambulantes, manicuristas, mozos, estacionadores, choferes, etc.

Las medidas de contención del coronavirus trajeron al centro del debate la condición de trabajo sin forma definida, informal, un embrollo político recurrente, pero fundamental en la composición de la economía capitalista en Brasil. Changas, soluciones parches, mingas y todo tipo de artimañas han compensado a lo largo de nuestra historia la precariedad de los servicios urbanos y de las infraestructuras necesarias para la acumulación de capital. Las chapuzas improvisadas por los de abajo para subsistir en los bordes de la ciudad, de la formalidad y de la legalidad fueron el combustible del “milagro” de la industrialización y urbanización por aquí. Descifrada por la sociología brasileña en la década de 1970,[19] esta fórmula mágica alimentó la esperanza del desarrollo nacional hacia una sociedad salarial estable; modelo que, en sus mismos días, ya mostraba signos de agotamiento en el seno del sistema. Desde entonces, el resto del mundo se ha acercado a la flexibilidad del trabajo al estilo brasileño[20] – y ella ya no apunta a ningún futuro. También en el centro del capitalismo se disuelven las “formas de trabajo socialmente estables, contractualizadas, reconocibles”, que definen lo que es y “lo que no es tiempo de trabajo, lo que es el lugar de trabajo, la remuneración, los costos laborales”.[21]

Incluso en su apogeo, durante los gobiernos del Partido de los Trabajadores (PT), el trabajo formal no llegaba a mucho más de la mitad de la población ocupada de Brasil, en una expansión basada en trabajos mal pagados que – a pesar de la letanía neodesarrollista de turno – expresaban menos a una tendencia hacia la universalización del trabajo formal que a su reducción a una, entre otras estrategias, de viração [o, en español, de “ir tirando”][22]. Al afirmar que la legislación laboral “tiene que acercarse a la informalidad”[23], Bolsonaro finalmente ajusta el parámetro y reconoce lo desregulado como regla.

Sería recién con la calamidad económica provocada por el coronavirus que el trabajo informal recibiría, por primera vez en la historia del país, una definición legal – y fue la más amplia posible, delimitada en la negativa: informal es todo trabajador sin un contrato formal, “sea trabajador por cuenta ajena, por cuenta propia o desempleado”.[24] Durante el breve periodo de tramitación de la ley que instauró el “ingreso básico de emergencia”, era difícil anticipar con precisión el real alcance del dicho criterio. Sancionado a principios de abril de 2020, el beneficio alcanzaría a casi 68 millones de personas – alrededor del 32% de la población brasileña –, de los cuales 38 millones estaban hasta entonces fuera del alcance de los programas de transferencia de ingresos. La devastación abrió repentinamente una oportunidad histórica para la “inclusión”:

Llamados “invisibles” por el presidente de la Caixa Econômica Federal, la mayoría de estas personas no tenían uno o más medios para acceder a la visibilidad social específica determinada por el Estado: Cadastro de Persona Física activo, teléfono celular (con internet) y cuenta bancaria. Esas personas no son las que ya están registradas en la Bolsa Familia (…), que llegó a todos los rincones del país, visibilizando al gobierno alrededor de 30 millones de personas. Esos ya se sabía que existían. Invisible, por increíble que parezca, era una parte importante de la población cuyo metabolismo social estaba estructuralmente ligado al metabolismo urbano. Es la parte que sobrevive a través del “ir tirando” [viração], no de los beneficios públicos (…). Está supuesta en su consecuencia, pero es invisible en su existencia. Cuando la ciudad se detiene, esta porción reclama visibilidad estatal a través del registro en el Cadastro Único. La pandemia lo revela, pero también lo somete, pues define las reglas para su visibilidad.[25]

Por supuesto, todo este contingente invisible ya estaba hasta el cuello – es decir, las consecuencias de su trabajo informe se presuponen en el funcionamiento de la economía en su conjunto –, pero ahora puede ser sometido a mecanismos que permiten un control más completo sobre su existencia Cuenta bancaria, smartphone con internet y registro en una aplicación: que los medios para recibir el ingreso básico de emergencia sean los mismos que para crear una cuenta de Uber, es señal de que estamos ante piezas fundamentales de esta “nueva forma de trabajar”. Años atrás, ya era posible identificar en Bolsa Familia, cuyas dimensiones se vuelven pequeñas de cara al beneficio de 2020, el objetivo de formar una fuerza de trabajo unificada y más profundamente sujeta a las relaciones capitalistas.[26] La bancarización promovida por el programa contribuyó a ampliar el alcance de los sistemas de microcrédito, en un proceso de financiarización de la informalidad – que se profundizó, en los últimos años, con la difusión de las máquinas de tarjetas y pagos digitales cada vez más ágiles y fáciles, como el Pix [nuevo sistema de pago instantâneo brasileño].[27] Con el ingreso básico de emergencia, el fenómeno alcanza una intensidad sin precedentes: Caixa Econômica Federal absorbió 30 millones de clientes en diez días, en lo que posiblemente representó el movimiento de bancarización más rápido de la historia mundial,[28] cerrando 2020 con ganancias récord.

El acceso al crédito es fundamental para el surgimiento de una fuerza de trabajo precaria a la cual transferir los costos y riesgos del capital, mientras las tasas de interés inoculan un nuevo nivel de productividad a la vieja viração, directamente conectada al mercado financiero global. El centro de estas políticas de ingreso estaría, entonces, menos en expandir la capacidad de consumo de los beneficiarios (como en el modelo distributivo keynesiano), y más en expandir su capacidad de inversión, financiando la adquisición de instrumentos de trabajo y “autovalorizando” su capital “humano”.[29] Esto es lo que afirman abiertamente los entusiastas de este tipo de programas: “el colchón financiero que proporciona la renta básica puede representar suficiente estabilidad para que las personas puedan gastar sus propios ahorros u otro capital para la apertura de un negocio”.[30] Como se lee en un reportaje que entrevistó a vecinos de algunas capitales del Noreste, “en muchos casos el dinero [de la ayuda] sirvió como capital de trabajo para negocios informales”: terminar de construir un anexo en su casa para alquilarlo, reconstruir stocks para el comercio ambulante, abrir una pequeña tienda o comprar “una bicicleta usada del vecino para hacer entregas a través de aplicaciones”.[31] Ahora, en los grandes centros urbanos, el beneficio no cubre el costo de vida de muchas familias, que tienen que valerse por sí mismas para mantener otras fuentes de ingresos. “El dinero se iría solo en alquiler. Tendrían otras cuentas y comida”, explica un desempleado obligado a dormir en la calle.[32] Antes de siquiera considerar volver a alquilar una habitación, luego de recibir las primeras cuotas de ayuda, otro entrevistado dice que compró un celular. Cuando no se invertía en medios de producción, el dinero se convertía en medios de reproducción: pagaba reformas y electrodomésticos. Justo en medio de estos dos campos, el celular.[33]

Al concentrar las funciones de ocio, trabajo, socialización y control en un mismo dispositivo, los smartphones materializan la indistinción contemporánea entre tiempo libre y tiempo de trabajo. Las aplicaciones que conectan una multitud de personas a un mismo servidor han hecho posible que el capital incorpore y organice directamente, a través de algoritmos que procesan millones de datos en tiempo real, ese trabajo informe que es constitutivo de la economía brasileña. La infame “uberización” del trabajo significa, en tierras tupiniquines, una especie de “subsunción real de la viração”.[34]

En el transcurso de la pandemia, creció el número de brasileños que utilizan aplicaciones como medio para trabajar, alcanzando la marca de uno de cada cinco trabajadores.[35] Y vale recordar que el primer paso para obtener el ingreso básico de emergencia también fue descargar una aplicación y responder a un cuestionario. El programa aceleró el proceso de digitalización de esta multitud invisible: “los que no tenían celular tenían que conseguir uno, prestado o de favor” y “los que no sabían usarlo tenían que aprender” o buscar ayuda.[36] Del mismo modo, la avalancha de problemas en el registro en línea durante la primera semana terminó en las sucursales físicas de Caixa, lo que provocó colas que se extendieron cuadra tras cuadra. Además de sobrecargar a los empleados, el hacinamiento frente a los bancos al inicio de la pandemia concretó el dilema funesto entre contagiarse del virus o pasar hambre. Durante unos días, ese retraso desesperado se convirtió en revuelta: en ciudades de todo el país, la población protestó, vandalizó agencias y bloqueó avenidas.[37]

Mientras los directivos de Caixa reorganizaron el horario de atención presencial para evitar el caos, se formaban grupos de WhatsApp y Facebook acerca del beneficio. Con cientos de miles de miembros, estos foros autogestionados compensaron la precariedad del servicio bancario: los participantes informaron de sus problemas, intercambiaron experiencias, resolvieron dudas, etc. El único actor político que intentó surfear esta inmensa participación invisible fue un incógnito parlamentario proveniente de la misma avalancha que Bolsonaro, elegido a partir de los videos en formato selfie que grabó en los bloqueos de carreteras durante la huelga de camioneros de 2018. En el momento en que pasó a comentar los ingreso básico de emergencia a diario a través de su perfil de Facebook, el diputado federal de Minas Gerais André Janones dejó de ser una figura menor en el Congreso Nacional, habiendo transmitido los live más vistos en la historia de internet en todo el hemisferio occidental.[38]

Por otro lado, el inicio del pago mensual de 600 reales durante la primera ola de la pandemia parece haber contribuido a retrasar la convergencia entre trabajadores informales y empresarios buscada por la crítica bolsonaristas al aislamiento social. En aquel momento, las manifestaciones anti confinamiento se circunscribían al núcleo militante de extrema derecha y al chantaje de los pequeños y medianos empresarios, que intentaban obligar a sus empleados a protestar, bajo la amenaza de despido en caso de quiebra.[39] Al mismo tiempo, el flujo de dinero brindado por las ayudas de emergencia en familias y barrios populares dio cierto respaldo a quienes, en medio del caos de la pandemia y pese al aumento del desempleo, se negaron a trabajar en esas condiciones. Luego de manifestarse en las mazmorras de los call centers, la insubordinación pronto se mostraría afuera, en las calles, cada vez más atestadas de repartidores y conductores de aplicaciones.

ASALTO EN LA NUBE

Fortaleza, 6 de enero de 2020. En el centro financiero de la ciudad, el tráfico está bloqueado por una inusual barricada de colores. Apiladas, mochilas con los logos de iFood, Rappi y UberEats atraviesan distintos puntos de la avenida: era una protesta de repartidores de apps denunciando el atropello de un colega la noche anterior. La escena se volvería cada vez más frecuente, en todo el país, en los meses siguientes. En marzo, un grupo de activistas ya podía creer que “un fantasma recorre las ciudades brasileñas, y ese fantasma anda sobre dos ruedas”.[40]

No es nuevo, sin embargo, que una parte indispensable del metabolismo urbano brasileño se mueva sobre dos ruedas. En la caótica expansión de las ciudades, donde el transporte llegaba a remolque, reparando piezas, el precio de esta precariedad lo pagaba siempre la prisa de los que debían llegar a tiempo. Mientras la falta de movilidad penaliza a la fuerza de trabajo con horas extras de esfuerzo en transporte público abarrotado,[41] las demás mercancías no pueden manejarse por sí mismas y exigen un movimiento cada vez más rápido. De ahí la aparición, a finales de los 80 – mucho antes que cualquier app – de un ejército cada vez más numeroso de motoboys capaces de cortar los embotellamientos del tráfico, surfeando entre coches, y garantizar, a riesgo de sus vidas, la aceleración de los flujos capitalistas en nuestras colapsadas metrópolis. Los “corredores informales y mortales de motos” posibilitan la circulación de lo que no puede detenerse en medio del tráfico parado y, al mismo tiempo, sirven para aumentar la productividad en el desplazamiento de trabajadores rehenes de la inmovilidad urbana, que encuentran en la motocicleta la salida de emergencia “que equipara bajo costo con alta velocidad”.[42]

Mientras la expansión del microcrédito durante los gobiernos del PT facilitó la financiación de motos de baja cilindrada y el parque automotor creció desbocadamente, se multiplicaron las pequeñas empresas de reparto tercerizadas, las “express”, en que los costos del principal instrumento de trabajo recaían sobre los trabajadores. La popularización de los celulares durante la década de 2000 permitiría una comunicación continua y directa entre la central y los repartidores en la calle, reduciendo “los poros de no trabajo en su jornada laboral” y abaratando el servicio para los contratistas. Luego, con la llegada de los smartphones con acceso a internet y GPS, es la intermediación que realizan esas empresas la que puede ser descartada y sustituida por una app, que promete conectar a la multitud de repartidores “directamente” a las demandas de los clientes y liberarlos de la explotación de las empresas subcontratistas. Reduciendo el contrato de trabajo a un registro virtual y al trabajador a fuerza de trabajo just-in-time, las plataformas son capaces de reclutar al motoboy que lleva treinta años en las vías, al trabajador con empleo fijo que hace entregas fuera de horario y el joven desempleado que posee o alquila una bicicleta detrás de una changa. Es esta multitud heterogénea “que, de manera dispersa, inconstante y con diferentes intensidades”, asegura la distribución de buena parte de las mercancías en las ciudades.

Cuando los motoboys paralizaron una app por primera vez en el país, oponiéndose a la reducción del valor de los repartos por parte de Loggi a finales de 2016, el sindicato de la categoría de São Paulo, que vio evaporarse su base en la “nube”, intercedió ante la Justicia del Trabajo defendiendo el reconocimiento de la relación laboral con la plataforma. Por eso mismo, acabó siendo rechazado por los propios huelguistas, que llevarían una pancarta con un mensaje claro a las siguientes manifestaciones: “¡no a la CLT!” [Ley Laboral brasileña]. Parece paradójico que los trabajadores que luchan por mejores condiciones laborales se nieguen abiertamente a formalizar su actividad. Sin embargo, es precisamente en esa negativa que se encuentra el motor del fantasma que sigue rondando las ciudades brasileñas.[43]

Para la mayoría de la izquierda, la respuesta al acertijo se reduciría a la conciencia sesgada de los trabajadores, seducidos por el canto cuentapropista de la sirena neoliberal. ¿Cómo explicar, sin embargo, que el rechazo de la regulación pueda estar asociado a una declaración de “guerra contra las aplicaciones”? No hace falta hablar mucho con un motoboy para darse cuenta de que la aversión a la relación laboral lleva consigo un rechazo al infernal universo de los “trabajos de mierda”: horas que cumplir, salario bajo y un jefe que te hace la vida más difícil.[44] Además de mayores costos con la documentación y burocracias para trabajar, el futuro que promete el discurso de la regulación suena fake.[45]

En el mundo del trabajo sin formas, la agenda reformista cambia de sentido: es aquella que busca recuperar la forma perdida, es re-formista, como la defensa de la CLT, es decir, el “progresismo” se vuelve restaurador. Contrariamente al espejismo de reconstruir una sociedad asalariada en marcos keynesiano-fordistas (que, en Brasil, sabemos, sólo existió a medias), el canto del “espíritu empresarial” encuentra eco en la experiencia vivida del trabajador uberizado. Después de inscribirse en una aplicación, es el “trabajador, por su cuenta, quien asume los riesgos y costos de su trabajo, quien define su propia jornada laboral, quien decide su dedicación al trabajo”.[46] Es precisamente porque es real, y no mera retórica, que la autonomía puede operar como pieza central en el engranaje de la subordinación: al transferir a los trabajadores la tarea de administrar su propio trabajo, el capital también transfiere la necesidad de prolongar e intensificar su jornada, así como de hacer frente a imprevistos y con fluctuaciones en la demanda.

Cada repartidor autogestiona su proceso de trabajo, pero lo hace dentro de las condiciones impuestas por las empresas de forma unilateral y muchas veces imponderable, comenzando por la forma de remuneración y los valores fijados vía algoritmo. Los sistemas de puntuación y clasificación limitan la cantidad de entregas que se pueden rechazar; las promociones alientan a los mensajeros a trabajar en regiones y períodos de alta demanda, como días lluviosos, o incluso a aceptar todos los viajes durante un período determinado; bloqueo automático, temporal o definitivo, sancionan supuestas irregularidades detectadas por el software; y, más recientemente, los mecanismos de programación fomentan la definición previa de las horas de trabajo. Ante la incesante presión sobre el margen de independencia que caracteriza su ocupación, los mensajeros se ven obligados a crear estrategias para resistir y eludir los mecanismos de control de la aplicación — así como de las autoridades de tránsito y de las tiendas, que vigilan su espacio de trabajo – en un conflicto permanente.

Para ganarse la vida como repartidor, no es raro que sea necesario usar (o incluso alquilar) el perfil de otra persona, eludiendo un bloqueo de cuenta; pasarse los semáforos en rojo o exceder el límite de velocidad para aumentar la productividad, cubriendo la patente al pasar las cámaras de velocidad; esquivar un control policial que puede dar lugar a la incautación de la moto en situación irregular por falta de dinero; o incluso extraviar el almuerzo de un cliente para asegurar una comida especial entre repartos. Pero, como romper las reglas constantemente no solo es parte del juego, sino que también garantiza el funcionamiento de la aplicación – y de la ciudad en su conjunto –, la propia insubordinación del “perro loco” [apodo de los motoboys] resulta ambigua.[47] Los grupos de WhatsApp, así como varios canales de YouTube y los foros de Facebook asumen un papel fundamental en esta dinámica, difundiendo estrategias exitosas y estableciendo redes de cooperación que son indispensables para el trabajo, así como para la operación del servicio:

Hay infinitos grupos de WhatsApp solo para motoboys que sirven para compartir información de la calle, controles policiales, robo, accidente, permuta o venta de moto, chaqueta, bolso, carné de conducir, trabajo, todo tipo de cuestiones. Estos grupos acaban siendo una estructura informal de organización del trabajo por parte de los propios trabajadores, paralela a las aplicaciones. Al mismo tiempo que ayuda a que las apps funcionen mejor (los participantes avisan dónde hay más carreras, si hay algún bug, se ayudan con problemas de soporte, bloqueos, etc.), también es ahí donde a veces aparecen memes ironizando el trabajo, los arrebatos y la organización de los actos.[48]

Fue principalmente en torno a estas redes informales que se organizaron numerosas protestas de correos desde principios de 2020. Cuando el coronavirus se propagó por Brasil, ellas también se multiplicaron por todo el país. Las medidas de cuarentena destacaron la centralidad de los repartidores en la logística urbana: fue, después de todo, la movilización permanente de este ejército motorizado lo que produjo parte de las condiciones necesarias para el home office de los contingentes más calificados. Sin embargo, contrarrestado por la vertiginosa expansión del registro de “colaboradores” en las plataformas,[49] el aumento de la demanda de servicios de entrega no se tradujo en un aumento de la remuneración. En medio de la avalancha de despidos en otros sectores, las aplicaciones comenzaron a funcionar como una especie de “seguro de desempleo” perverso y, a medida que crecía el número total de mensajeros, el valor de las tarifas y la frecuencia de los viajes seguían el movimiento contrario. Sumado a la afluencia de nuevos trabajadores, para quienes eso era solo una fuente de ingresos extra o temporal, la caída de los ingresos de quienes ya dependían de las apps impulsaría la irrupción de movimientos salvajes de mensajeros por todo el país.

En una noche de alta demanda, un grupo de motoboys bloquea la entrada de autos en el drive thru de un fast food, obligando al restaurante a priorizar la salida de snacks para delivery.[50] Amontonados en el estacionamiento de un supermercado a la espera de los pedidos, los repartidores se molestan e inician un bocinazo para presionar la salida de los paquetes.[51] Después que un exabrupto sobre un episodio de humillación o un intento de estafa de parte de un cliente se propaga a través de WhatsApp, el canalla es sorprendido por el ruido de un convoy de motocicletas fuera de su casa.[52] Mientras en una ciudad los mensajeros se unen para exigir más seguridad a las autoridades tras un atropello o robo, en otra son los episodios de violencia policial y el control arbitrario del tráfico que desencadenan las protestas.[53] Desde las grandes capitales hasta ciudades del interior del país, pululan manifestaciones convocadas de última hora en las redes sociales para exigir el aumento de las tarifas de reparto y otras mejoras. Ante la inminencia de la primera ola del coronavirus, los motoboys de Acre paralizaron las carreras para exigir a la alcaldía de Rio Branco el suministro de mascarillas y alcohol en gel. Una huelga de repartidores en moto y auto de Loggi, contra la reducción abrupta del precio de las carreras, se extiende por todo el Estado de Río de Janeiro, llegando al día siguiente a la Baixada Santista.[54] Y en São Paulo, los ciclistas se reúnen más de una vez en la Avenida Paulista contra el sistema de puntuación de Rappi, que restringía el acceso a las zonas de mayor demanda.[55]

Con manifestaciones volátiles y dispersas, que podían formarse y disolverse en el intervalo entre una carrera y otra, el “fantasma sobre dos ruedas” que recorría el país pronto haría su primera aparición pública. La convocatoria a un paro, el Freno Nacional de las Apps canalizó el movimiento latente en una sola fecha, el 1 de julio de 2020, marcando el debut de estas luchas subterráneas en el escenario de los grandes eventos políticos. Mientras la idea de un paro general empezaba a tomar forma en los grupos de WhatsApp, videos de “saludos” filmadas en formato selfie por mensajeros de todo el país anunciaban la adhesión de “bandas” de todo el país. A medida que la movilización ganaba visibilidad, los simpatizantes comenzaron a publicitar una campaña de boicot a las plataformas en el día del paro, los partidos y organizaciones de izquierda emitieron notas de apoyo y los principales canales de comunicación divulgaron la convocatoria. Al tomar una cara pública, la agitación espontánea y difusa de los meses anteriores fue traducida de una forma más legible por las instituciones: “en muchas ciudades, los sindicatos de siempre intentaron tomar la delantera del movimiento y los líderes autoproclamados fueron abrazados por partidos y entidades, así como por la prensa”.[56] En la cola de una tímida ola de manifestaciones contra el gobierno federal en la misma época, los medios de prensa produjeron el imagen del “repartidor antifascista”, mientras que la izquierda y los operadores de la CLT enmarcaron el movimiento en la gramática de los derechos laborales.[57]

Aunque voluminosas y ruidosas, muchas de las demostraciones de motociclistas que tomaron varias avenidas del país el 1 de julio – mucho antes que los convoyes encabezados estratégicamente por Bolsonaro al año siguiente – terminaron siendo domesticadas por entidades representativas. En São Paulo, el camión de sonido del sindicato se superpuso a las bocinas de la multitud motorizada que corría desde el Tribunal Regional del Trabajo hasta Ponte Estaiada. Manteniéndose dentro de los límites de un gremio y reclamando mejores condiciones de trabajo, el Freno de las Apps no ha podido ir más allá del script de lo que aún queda del sindicalismo. Ese fue el episodio más visible y organizado – y por lo tanto, en cierto sentido, el mejor comportado – en Brasil de un movimiento que abarcó todo el período de la pandemia y sigue en marcha, tanto aquí como en otros rincones del planeta.[58]

Algo, sin embargo, se escapó de ese guión. A las siete de la mañana, ya circulaba por WhatsApp un video grabado frente a uno de los muchos almacenes de Loggi en São Paulo – de donde parten miles de productos comprados por internet para los hogares de los consumidores, a bordo de automóviles y motocicletas. Alrededor de un parlante que tocaba pagode de los años 90, unos diez repartidores se disponían a pasar allí el día, prometiendo hacer un asado y evitar que se retirara cualquier paquete. Los bloqueos en otros almacenes, centros comerciales y restaurantes de la ciudad se prolongaron durante todo el día, llegando incluso al horario de la cena en tiendas de fast food de la región del ABC Paulista y otros puntos de la metrópoli. Es curioso que, allí mismo donde es difícil delimitar un “lugar de trabajo” – pues este se extiende por toda la ciudad –, proliferaron auténticos piquetes, como hacía tiempo que no se veía. Eran, en cierto sentido, piquetes invertidos: el objetivo era menos impedir la entrada de trabajadores al espacio de producción que impedir la salida de mercancías para su circulación.[59]

La organización de muchos de estos bloques pasó por las redes locales de motoboys que, mientras no suena un nuevo pedido en la aplicación o el pedido no está listo en el restaurante, esperan en la misma plaza de parking de motos. Al mismo tiempo que dan una imagen fiel de la disponibilidad permanente que se le exige al trabajador just in time – que, cuando no está corriendo contra el tiempo, se queda en standby[60], esperando que la aplicación suene –, estas “zonas de espera”[61] dispersas por el espacio urbano se convierten en lugares de confraternización y, eventualmente, de organización. Así fue el 1 de julio, cuando muchos parkings se convirtieron en puntos de bloqueo. Varios empleados, e incluso gerentes, de locales de comida rápida expresaron su apoyo a los huelguistas, con quienes conviven todos los días, permitiéndoles el uso del baño, ofreciendo café y hasta donando los snacks que se acumulan en el mostrador sin tener quien los transporte. En la puerta de centros comerciales y restaurantes, el apoyo tácito – o incluso explícito – de los guardias de seguridad de las empresas tercerizadas de seguridad se reveló fundamental, bloqueando o frenando las autorizaciones de entrada de los esquiroles más exaltados.

En el parking ubicado frente a una distribuidora de licores que, por respeto a la huelga, había anunciado la suspensión del servicio de reparto a través de aplicaciones, se podía escuchar a lo lejos, alrededor de las once de la mañana, la llegada de un numeroso convoy de repartidores, sumándose a los compañeros que desde temprano se concentraban allí. Poco tiempo después, el enjambre de motos corría nuevamente por las calles de la ciudad, sin rumbo definido. Tocando la bocina y acelerando a todo instante, aquel escuadrón producía un ruido ensordecedor y tomaba por asalto los estacionamientos de los centros comerciales que encontraba en el camino en una invasión relámpago, expulsando a los motoboys que retiraban pedidos y obligando a los comerciantes, asustados, a cerrar las puertas por algún tiempo. Flexibles y replicables, los bloqueos móviles traían consigo una amenaza de descontrol que contrastaba con la previsibilidad y rigidez de las formaciones de motoristas lideradas por los camiones de sonido de los sindicatos. Cuando la ciudad misma es el espacio de trabajo, la huelga puede tomar un aire de revuelta social.

La explosión, sin embargo, no sucedió. A los piquetes móviles se oponía la flexibilidad de las aplicaciones – que, además de hacer uso de promociones para entregas a domicilio en las regiones más afectadas por el paro, tenía las dimensiones de su gigantesca red de “restaurantes socios” para no perder los clientes del día – y la agilidad de los propios esquiroles, igualmente capaces de moverse por el tejido urbano en busca de establecimientos abiertos. Es significativo que muchos de los que insistieron en trabajar eran mensajeros vinculados a “operadores logísticos” (OL) subcontratados de iFood. Además de la modalidad “nube” – la tan celebrada “nueva forma de trabajar” en la que el motoboy enciende la app cuando quiere y organiza su día de trabajo, aceptando o no las carreras que aparecen en pantalla –, iFood tiene otro sistema menos conocido, y (al menos aparentemente) menos innovador, para gestionar su fuerza de trabajo. Un “operador logístico es una empresa más pequeña, subcontratada por iFood para organizar y administrar una flota de repartidores fijos”, a veces en un área delimitada.[62] Según la plataforma, estas empresas subcontratadas son responsables de al menos el 25% del contingente de “socios” – proporción que muchos motoboys afirman estar creciendo[63] – y “aportar en diversos escenarios, como atender localidades específicas” y centros comerciales, la “apertura de nuevas regiones” y “complementar la flota en determinados días y horarios”. Algunas de estas empresas tienen flotas de “hasta 400 personas corriendo por São Paulo” y cobran una tarifa semanal por el alquiler de monopatines y bicicletas a sus mensajeros.[64]

Con la promesa de recibir más pedidos que los “repartidores nube” y sin tener que hacer la cola para registrarse en esa modalidad más popular, el “repartidor OL” tiene un horario de trabajo predeterminado, recibe a través de una empresa tercerizada, para lo cual la aplicación transmite el valor de las carreras y es supervisado por un “líder de plaza” que actúa como intermediario de la plataforma. El control impersonal y automático del algoritmo se combina así con la gestión de un jefe de carne y hueso que, llenando los vacíos dejados por el primero, controla de cerca la productividad de los trabajadores, teniendo poderes para interferir en la distribución de pedidos, aplicar sanciones y despidos: lo peor de un empleo formal, pero sin ninguna de las garantías que la Ley Laboral ofrece.

¿Será que la última palabra en gestión del trabajo, la ultramoderna “gestión algorítmica” de plataformas como iFood, rima con los métodos arcaicos del capataz? Por un lado, es el mercado preexistente en Brasil el que explica el fenómeno: muchos de los operadores logísticos son las antiguas “express”, las empresas de reparto en moto que perdieron espacio ante las aplicaciones, ahora incorporadas por iFood en una posición subordinada. Por otro lado, la combinación no solo existe aquí. Las dos empresas de reparto por aplicaciones más grandes de China dividen su fuerza laboral de manera similar: mientras que los mensajeros “ocasionales” suelen ser trabajadores a tiempo parcial que pueden elegir qué viajes aceptar, los mensajeros “contratados” trabajan a tiempo completo y están vinculados a una “estación”, controlada por un gerente, pero ninguno de ellos tiene vínculos laborales formales con la plataforma.[65]

Al combinar la capacidad de procesamiento de datos y la vigilancia impersonal, de la inteligencia artificial, con la coerción directa y personal del buen y viejo capataz, debidamente tercerizado, esta forma bastarda de uberización puede representar una tendencia de la gestión del trabajo, mucho más eficiente que los robots dejados a su suerte: “el algoritmo suena fuerte, pero es huevón”[66]. En el infierno del trabajo contemporáneo, los capataces, los intermediarios y los matones tienen un lugar asegurado. A medida que se oxidan algunos engranajes de la aparente tregua de las últimas décadas, esos nuevos viejos intermediarios están más actualizados que nunca, y a pesar de los esfuerzos de los directores ejecutivos refinados y hipsters para mantenerlos en la sombra, no es de extrañar que quieran salir al sol.[67] En esta nueva economía de la “vuelta”, ya no hay ninguna perspectiva de que la violencia abierta deje de ser el nexo social central, como queda claro en el vocabulario de guerra de los motoboys, soldados en la batalla diaria del tráfico cuya productividad “se mide por la rapidez, es decir, por el riesgo de muerte inminente”[68]. La “guerra civil (…) cada vez más coordinada por lo que llamamos sistema yagunzo [o, en español, el sistema de los ‘sicarios’, ‘matones’] en Brasil”[69] se hace aún más clara donde se explicitan sin rodeos algunos de sus vínculos, como es el caso de la creciente evidencia de vínculos entre las OL del iFood y negocios ilegales en los barrios periféricos de São Paulo y Río de Janeiro.

El 4 de julio de 2021, después de un nuevo período de protestas y paros difundidos por todo el país, motoboys de Curitiba, Goiânia, Campo Grande e Itajaí se movilizaron por mejoras, entre ellas el fin de la necesidad de programar el trabajo con anticipación, impuesta por iFood en algunas de las ciudades donde opera. El mismo día, la ampliación del área de actuación de los entregadores OL, reduciendo drásticamente la oferta de pedidos para los demás, llevaría a los motoboys de un barrio pobre del oeste de Rio de Janeiro a interrumpir las tareas y bloquear la salida de pedidos en un centro comercial. Los informes del paro, que se extendería rápidamente a otras regiones de la ciudad y duraría cuatro días, mencionan, además de las ya recurrentes amenazas de los líderes de las OLs a los huelguistas[70], la presencia de milicianos frente a restaurantes para evitar piquetes.[71] Las oscuras y notorias relaciones entre la familia presidencial y los grupos armados que ejercen este tipo de “control privatizado y monopolizado del territorio” no son mera coincidencia: en línea con lo que hay de más avanzado en materia de gestión de la mano de obra flexible repartida por todo el espacio urbano, el “gobierno de la milicia” del capitán es tanto un síntoma como un agente de la uberización al estilo brasileño.[72]

Traducción del portugués: Santiago Arcos-Halyburton

NOTAS:

[1] Eduardo Bolsonaro, “Fala de JB abrindo o jantar na embaixada do Brasil nos EUA (17/MAR/2019)”, YouTube, 18 mar. 2019.

[2] “Para não morrer, operadores paralisam call centers em todo Brasil exigindo quarentena”, Passa Palavra, 19 mar. 2020, https://passapalavra.info/2020/03/130296/. En cierto modo, las protestas fueran un epílogo insólito a las reflexiones de algunos militantes que, unos años antes, se enfrentaban a las dificultades de organizarse en un sector tan rotativo (Un grupo de militantes, “Disk Revolta: questões sobre uma tentativa recente de organização nos call centers”, Passa Palavra, 30 de mayo de 2019, https://passapalavra.info/2019/05/126622/). En el momento en que los centros de telemercadeo se vieron afectados por una ola de paros sin precedentes, es significativo que la perspectiva de la movilización fuera simplemente para escapar de ese infierno.

[3] Trabajadores de la Livraria Cultura, “’Nosso último grito de socorro’: trabalhadores voltam a denunciar a Livraria Cultura”, Passa Palavra, 19 feb. 2020, https://passapalavra.info/2020/02/129948/.

[4] “Somos rehenes”, decía un cartel sostenido por operadores en la ventana de una empresa de telemercadeo en el centro de São Paulo el día de la “huelga general” convocada por las centrales sindicales contra las reformas laborales y de seguridad social en 2017 (Disk Revolta, “Pedido de socorro e apoio à greve na Uranet”, Facebook, 28 abr. 2017, https://facebook.com/diskrevoltalutando/photos/a.1409472675750448/1485302098167505).

[5] Aquí, también, la batalla clandestina en la librería reveló una tendencia. “Para cualquier sindicalista, el objetivo final trazado por los trabajadores de Livraria Cultura sonará muy extraño: quieren ser despedidos sin justa causa. Si bien este reclamo solo tiene sentido en el marco de la Ley del Trabajo brasileña (después de todo, el objetivo es ganar la terminación del contrato), mirando la perspectiva histórica, este tipo de lucha ya indica un adiós a las promesas de la Ley del Trabajo, pues no hay más el horizonte legal, político, económico y social que alguna vez represento (carrera, estabilidad, derechos, etc.). “Ser despedido era visto como una victoria”, escribió un ex empleado en un comentario. (“Por que as denúncias contra a Livraria Cultura viralizaram?”, Passa Palavra,  27 abr. 2019, https://passapalavra.info/2019/04/126363/).

[6] Un caso de presión colectiva por el teletrabajo fue registrado por Invisíveis de Goiânia, “Atento: resistindo à chamada da morte”, Passa Palavra, 17 abr. 2020, https://passapalavra.info/2020/04/131169.

[7] Conocida por ser la puerta de entrada al mercado laboral de miles de jóvenes”, la profesión de operador de call center venía enfrentando, “en los últimos años, (…) una reformulación del mercado [de telemarketing], con un recorte de vacantes y una inversión en autoservicio”, explica el director de la patronal del sector. Las medidas de aislamiento social parecen haber contribuido, sin embargo, a que “por primera vez en cinco años” se contrataron más operadores que despidieron en los doce meses que terminaron en febrero de 2021, en un movimiento que algunos expertos ven como temporal. En cualquier caso, la automatización y la dispersión de la plantilla parecen ser tendencias complementarias en la reestructuración del área, que estudia mantener parte de la plantilla en home office tras la pandemia – y ya está desarrollando nuevos mecanismos de vigilancia para ello, tal como hacen varios otros sectores. (Angelo Verotti, “Ao novo normal”, IstoÉ Dinheiro, 14 jul. 2020, https://istoedinheiro.com.br/ao-novo-normal/; Douglas Gavras, “Telemarketing reabre vagas com mudança de comportamento do consumidor pós-Covid”, Folha de S. Paulo, 8 mai. 2021, https://www1.folha.uol.com.br/mercado/2021/05/telemarketing-reabre-vagas-com-mudanca-de-comportamento-do-consumidor-pos-covid.shtml; “Funcionários de call center em home office serão vigiados”, Poder 360, 28 mar. 2021, https://poder360.com.br/economia/funcionarios-de-call-center-em-home-office-serao-vigiados/).

[8] Algunos de estos paros están registrados en el video del canal Treta no Trampo, “2020 – Greve dos rodoviários!” (Instagram, 1 feb. 2021, https://instagram.com/p/CKxFeFCHnF2/), y mencionado en Thiago Amâncio, “Crise no transporte público na pandemia provoca greves em série por todo o país» (Folha de S. Paulo, 21 mayo 2021, https://www1.folha.uol.com.br/cotidiano/2021/05/crise-no-transporte-publico-na-pandemia-provoca-greves-em-serie-por-todo-o-pais.shtml).

[9] “En la medida en que la política gana aires de guerra abierta, las tecnologías de mediación social desarrolladas en los últimos años suenan obsoletas. (…) La ola de destrucción que sobrevino no sólo sobre los principales operadores del arreglo político constituido desde la redemocratización y su maquinaria de gobierno, sino también a algunas de las mayores empresas brasileñas, necesita ser comprendida en el marco de una ‘aniquilación forzada de toda una masa de fuerzas productivas’, movimiento típico de las crisis capitalistas, que siempre viene acompañado de una profundización de la explotación. La destrucción de fuerzas productivas, frecuentemente por medio de la guerra, siempre constituyó una salida de emergencia eficiente para el capital.” (Un grupo de militantes, “Mira como ha cambiado la cosa” [traducido al español], Passa Palavra, 18 jun. 2018, https://passapalavra.info/2019/06/126892/).

[10] Marcos Nobre, “O caos como método”, Piauí, abr. 2019, https://piaui.folha.uol.com.br/materia/o-caos-como-metodo/.

[11] Gabriela Lotta, “O que acontece quando a falta de decisão é o método de governo”, Nexo, 27 ene. 2020, https://nexojornal.com.br/ensaio/debate/2020/O-que-acontece-quando-a-falta-de-decis%C3%A3o-%C3%A9-o-m%C3%A9todo-de-governo.

[12] “El discurso de Bolsonaro no es una negación de la letalidad del virus, o si lo es a nivel superficial”, apuntó un espectador de los primeros pronunciamientos oficiales durante la pandemia: “transubstanciado en un complejo humano-virus, (…) Jair Bolsonaro se acerca a su forma final, un ángel de la muerte, un emisario de la muerte masiva – qué mejor expresión podría haber para el capital suicida?”. (Felipe Kouznets, “anjinhos”, electricuzinho, 25 mar. 2020, https://heletricuzinho.blogspot.com/2022/01/anjinhos.html).

[13] “Bolsonaro diz que, no Exército, sua ‘especialidade é matar’”, Folha de S. Paulo, 30 jun. 2017, https://www1.folha.uol.com.br/poder/2017/06/1897435-minha-especialidade-e-matar-diz-jair-bolsonaro.shtml.

[14] Instituto Brasileiro de Geografia e Estatística (IBGE), Pesquisa Nacional por Amostra de Domicílios Contínua – Mercado de Trabalho Conjuntural, ago. 2020, https://static.poder360.com.br/2020/10/pnacm_2020_ago.pdf.

[15] Entre los nuevos usuarios de la plataforma, el 35% relacionó la búsqueda de trabajo con el aislamiento social (Beatriz Montesanti, “Startup israelense de trabalho freelancer chega ao Brasil”, Folha de S. Paulo, 10 nov. 2020, https://www1.folha.uol.com.br/mercado/2020/11/startup-israelense-de-trabalho-freelancer-chega-ao-brasil.shtml).

[16] Popularizada por el delantero Neymar Jr., la expresión “el padre está on” se convirtió en un meme en Internet. Estar en línea también significa, en este caso, estar “conectado”, disponible, listo para todo, en contextos que van desde el coqueteo hasta el trabajo, pasando por todo el ambiguo campo de las redes sociales.

[17] Clara Assunção, “En el país de la informalidad, vendedores ambulantes de la CPTM protestan por la sobrevivencia: ‘Queremos trabajar’”, Rede Brasil Atual, 6 feb. 2020, https://redebrasilatual.com.br/trabalho/2020/02/no-pais-da-informalidade-ambulantes-na-cptm-protestam-pela-sobrevivencia-queremos-trabalhar/.

[18] Alguns militantes, “Entre el aislamiento y las prisas, trabajadores en disputa en la pandemia”, Passa Palavra, 11 abr. 2020, https://passapalavra.info/2020/04/130886/.

[19] En sus escritos de la década de 1970, Chico de Oliveira vio el proceso de modernización del país como un “huevo de Colón”: así como el viejo truco de romper la cáscara del huevo para que se mantuviera en pie, lo que puso y mantuvo de pie al capitalismo brasileño fue esta “extraña economía de subsistencia”, aparentemente atrasada, de las periferias urbanas y del campo. La industria de bienes de consumo, mostró el sociólogo, tenía su contrapartida en el comercio ambulante, mientras que el crecimiento de la producción de automóviles estuvo acompañado por la proliferación de lavaderos manuales y talleres mecánicos de esquina. A medida que compensaba la falta de una acumulación capitalista anterior suficiente, esta simbiosis otorgó un lugar absolutamente central al “trabajo informal” en el proceso de industrialización y urbanización del país. De la misma manera, el contrato laboral mismo estuvo ligado a la informalidad desde su génesis: en los días libres de la fábrica, el trabajador formal continuaba trabajando – por cuenta propia y sin remuneración – para construir su casa en fraccionamientos irregulares, en una práctica que dio origen a la mayoría de las periferias de las grandes ciudades brasileñas y eso terminó por bajar los salarios, cuya suma no necesitaba tener en cuenta el costo del alquiler. En la autoproducción de los trabajadores a través de soluciones extenuantes e improvisadas, se invisibilizó a la sombra del mundo del trabajo oficial una cantidad colosal de exceso de trabajo sin forma definida. Chico de Oliveira relacionó esta dimensión invisible de la explotación con la desconfianza de los trabajadores hacia los gobiernos populistas antes del golpe de 1964, que habían sido derrocados de la noche a la mañana sin mucha resistencia popular. No por casualidad, fue precisamente desde las periferias urbanas, donde se concentró este trabajo informe, que nuevos personajes entraron en escena en los últimos años de la dictadura militar. Desde la invasión de tierras hasta la demanda de estructuras colectivas para los barrios (como alcantarillado, electricidad, asfalto, buses, guarderías, centros de salud, escuelas, etc.), las luchas en los márgenes de las metrópolis jugaron un papel central en el movimiento de recomposición política del proletariado de fines de la década de 1970. Al mismo tiempo que representaba un trabajo excedente funcional a la acumulación capitalista, la autoconstrucción de la ciudad resultó ser, por eso mismo, una zona explosiva de conflictos. En este proceso ambivalente, en el que la autoactividad proletaria era a la vez trabajo no remunerado y lucha de clases, se hace visible lo que el brasilero James Holston llamó una “ciudadanía insurgente”, en la que la confrontación se convierte en una forma de integración al orden. (Ver, traducido al español, Francisco de Oliveira, “La economia brasileña: Crítica a la razón dualista”, El Trimestre Económico Vol. 40, n. 158, Fondo de Cultura Económica, abr. 1973, https://jstor.org/stable/20856350 y “El ornitorrinco”, New Left Review Español, n. 24, ene. 2004, https://newleftreview.es/issues/24/articles/francisco-de-oliveira-el-ornitorrinco-brasileno.pdf. Del mismo autor, “Acumulação monopolista, Estado e urbanização: a nova qualidade do conflito de classes”, en José Álvaro Moisés et al. Contradicciones urbanas y movimientos sociales, São Paulo, CEDEC / Paz e Terra, 1977; la referencia final es a James Holston, Cidadania insurgente, São Paulo, Cia. das Letras, 2013).

[20] Véase Paulo Arantes, “A fratura brasileira do mundo”, Zero à esquerda, São Paulo, Conrad, 2004. Para una reciente reanudación de esta discusión, en el contexto del fracaso de la lucha contra la pandemia en el corazón occidental del capitalismo , véase Alex Hochuli, “The Brazilianization of the World”, American Affairs, v. 5, n. 2, 2021, https://americanaffairsjournal.org/2021/05/the-brazilianization-of-the-world/.

[21] Ludmila Costhek Abílio, “O futuro do trabalho é aquí”, Revista Rosa, v. 4, n. 1, ago. 2021, https://revistarosa.com/4/o-futuro-do-trabalho-e-aqui.

[22] Esta expresión popular, adoptada por algunos sociólogos en los últimos años, define el tránsito “entre una serie de actividades contingentes, marcadas por la inestabilidad y la inconstancia, así como entre expedientes legales e ilegales”, que marcan la trayectoria de una parte significativa del mercado de trabajo brasileño: “caminos siempre discontinuos, siempre inestables en el mercado de trabajo” que “hacen inoperantes las diferencias entre formal e informal” (Carlos Freire da Silva, “Viração: o comércio informal dos vendedores ambulantes” en V. Telles y otros, Salidas de emergencia, São Paulo, Boitempo, 2011 y Vera da Silva Telles, “Mutações do trabalho e experiência urbana”, Tempo Social, v. 18, n. 1, 2006). Este “’vivir en la corda floja’ de las periferias brasileñas significa una constante captación de oportunidades, que en términos técnicos se traduce en la alta rotación del mercado laboral brasileño, en el tránsito permanente entre el trabajo formal y el informal (…), en la combinación de trabajos ocasionales, programas sociales, actividades ilícitas y contratos laborales” (Ludmila Abílio, “Uberização do trabalho: subsunção real da viração”, Passa Palavra, 19 de febrero de 2017).

[23] “Lei trabalhista tem que se aproximar da informalidade, diz Bolsonaro”, Folha de S. Paulo, 12 dic. 2018, https://www1.folha.uol.com.br/mercado/2018/12/lei-trabalhista-tem-que-se-aproximar-da-informalidade-diz-bolsonaro.shtml.

[24] Pedro Fernando Nery, “Desigualdade em V”, Estado da Arte, 11 nov. 2020, https://estadodaarte.estadao.com.br/desigualdade-v-pedro-nery/.

[25] Isadora Andrade Guerreiro, “O vírus, a invisibilidade e a submissão dos vivos ao não-vivo”, Passa Palavra, 11 mayo 2020, https://passapalavra.info/2020/05/131714/.

[26] João Bernardo, “Programa Bolsa Família: resultados e objectivos”, Passa Palavra, 10 abr. 2010, https://passapalavra.info/2010/04/21194/.

[27] Vectores del mismo proceso, la nueva Ley de Regularización de Tierras Rurales y Urbanas y el Programa Casa Verde e Amarela apuntan a la transformación de la vivienda de autoconstrucción en un activo financiero, en una suerte de financiarización del giro, que constituye el verdadero lastre de estos títulos – ya sea como trabajo muerto cristalizado en casas regularizadas y utilizadas como garantía para hipotecas y otras transacciones, ya sea como trabajo vivo que paga estas deudas. (Isadora Guerreiro, “Casa Verde e Amarela, securitização e saídas da crise: no milagre da multiplicação, o direito ao endividamento”, Passa Palavra, 31 ago. 2020, https://passapalavra.info/2020/08/134088/).

[28] “No tenemos noticias de ningún país que en diez días ponga hasta 30 millones de personas con cuentas bancarias gratis”, afirmó Paulo Guedes a principios de abril de 2020 (Mariana Ribeiro y otros, “Auxílio emergencial colocará 30 milhões de pessoas em contas bancárias digitais”, Valor Investe, 7 abr. 2020, https://valorinveste.globo.com/mercados/brasil-e-politica/noticia/2020/04/07/auxilio-emergencial-colocara-30-milhoes-de-pessoas-em-contas-bancarias-digitais.ghtml).

[29] “El objetivo es liquidar las formas arcaicas de crédito y seguro, reemplazándolas por sus equivalentes capitalistas. Es curioso considerar que, de cumplirse este objetivo, estaremos en una situación contraria a la del modelo keynesiano de distribución de la renta, porque aquí lo que cuenta no es la capacidad de consumo de los beneficiarios, sino su capacidad de ahorro para invertir. De esta forma, quienes no encuentren empleo como asalariados sobrevivirán como microempresarios, contribuyendo así, por un lado y por otro, a la modernización del capitalismo brasileño” (João Bernardo, “Programa Bolsa Família: resultados e objectivos”, cit.). El proceso de organización de esta economía a la vez informal y absolutamente moderna es precisamente lo que se ha denominado “uberización”, con la salvedad de que no se trata de un retroceso ni de una modernización, sino ciertamente de un aumento de la temperatura de las calderas del infierno que es el mundo del trabajo contemporáneo.

[30] Michael Grothaus, “How Universal Basic Income Could Rescue The Freelance Economy”, Fast Company, 1 dic. 2017, https://fastcompany.com/3067089/how-universal-basic-income-could-rescue-the-freelance-e%20conomy.

[31] João Pedro Pitombo y João Valadares, “Auxílio emergencial irriga negócio informal e banca puxadinho em casas no Nordeste”, Folha de S. Paulo, 7 ago. 2020, https://www1.folha.uol.com.br/mercado/2020/08/auxilio-emergencial-irriga-negocio-informal-e-banca-puxadinho-em-casas-no-nordeste.shtml.

[32] Toni Pires y Heloísa Mendonça, “Mesmo com auxílio emergencial, crise empurra desempregados para viver na rua”, El País, 1 set. 2020, https://brasil.elpais.com/brasil/2020/08/29/album/1598655501_248439.html y Beatriz Jucá y Heloísa Mendonça, “O auxílio que revoluciona a vida no Ceará não salva da rua em São Paulo”, El País, 31 ago. 2020, https://brasil.elpais.com/brasil/2020-08-31/o-auxilio-que-revoluciona-a-vida-no-ceara-nao-salva-da-rua-em-sao-paulo.html.

[33] Tal vez este sea un buen ejemplo de “consumo productivo”, en la forma en que Ludmila Abílio retoma el término de Marx y le da un nuevo significado, asociándolo con el anidamiento entre trabajo y consumo en el capitalismo contemporáneo (ver Sem maquiagem: o trabalho de um milhão de revendedoras de cosméticos, São Paulo, Boitempo, 2014).

[34] La tesis es de Ludmila Abílio (“Uberização do trabalho: subsunção real da viração”, cit.). En la obra de Marx, la subsunción real del trabajo bajo el capital marca el momento en que, en la industria, la maquinaria forma un sistema integrado que ya no está controlado por los trabajadores, sino que dicta el ritmo de su trabajo y da unidad a las tareas que realizan por separado. El trabajo muerto comienza a organizar el proceso de producción en su totalidad y a someter el trabajo vivo a sí mismo, en un proceso de despojo que consolida la separación entre trabajadores y medios de producción y constituye la fuerza de trabajo como tal. Si hace años Chico de Oliveira apuntaba a algo que podría llamarse la “subsunción formal” de la viração al capital, las tecnologías que permiten controlar ese trabajo en su propia dispersión representan un nuevo paso. A través de ganancias de escala, racionalización y centralización, la “gestión algorítmica” de virazón eleva su productividad a alturas desconocidas. Desde este punto de vista, el reconocimiento de este trabajo informe en el centro de nuestra trunca modernización impone un límite a la categorización de la “uberización” como proceso estricto de flexibilización de las relaciones laborales. En cierto sentido, lo que hicieron aquí las empresas-aplicación fue acelerar la creación de conexiones cada vez más directas y racionalizadas entre esa actividad deformada y los circuitos de acumulación.

[35] Luciana Cavalcante, “Do WhatsApp ao Uber: 1 em cada 5 trabalhadores usa apps para ter renda”, UOL, 12 mayo 2021, https://economia.uol.com.br/noticias/redacao/2021/05/12/do-whatsapp-ao-uber-1-em-cada-5-brasileiros-usa-apps-para-ter-renda.htm.

[36] Victor Hugo Viegas, “O movimento do auxílio emergencial”, A Comuna, 14 oct. 2020, https://acomunarevista.org/2020/10/14/o-movimento-do-auxilio-emergencial/.

[37] Treta no Trampo, “Tretas na pandemia: Filas do banco”, Instagram, 6 mayo 2020, https://instagram.com/p/B_3Fma4nzDz/.

[38] Victor Hugo Viegas, “O que o auxílio emergencial tem a ver com a luta de classes?”, Jacobin Brasil, 27 oct. 2020, https://jacobin.com.br/2020/10/o-que-o-auxilio-emergencial-tem-a-ver-com-a-luta-de-classes/.

[39] Aliny Gama, “MPT investiga se funcionários ajoelhados em ato foram coagidos por patrões”, UOL, 30 abr. 2020, https://noticias.uol.com.br/cotidiano/ultimas-noticias/2020/04/30/mpt-investiga-se-funcionarios-que-se-ajoelharam-foram-coagidos-por-patroes.htm.

[40] Amigos do Cachorro Louco, “Dá para fazer greve no aplicativo? Discussão das lutas dos motoboys”, Passa Palavra, 17 de mar. 2020, https://passapalavra.info/2020/03/130241/.

[41] “Aprenderé a nadar”, cantaba Gordurinha, condensando en un solo verso, en 1960, el camino de “trabajar en Madureira, viajar en Cantareira y vivir en Niterói” – no en vano, un año después de que ardiese la Revolta das Barcas la flota y el saqueo de la mansión de los dueños de la empresa Cantareira (“Mambo da Cantareira”, Gordurinha está na praça, 1960, https://youtu.be/z18bR0SVAtg). No es de extrañar que los buses y trenes siempre hayan tenido una vocación incendiaria, al fin y al cabo, la humillación colectiva en las filas de abordaje y en los transportes abarrotados es expresión del exceso de trabajo por el propio desplazamiento echado sobre la espalda del trabajador. “Es más trabajo ir a trabajar que trabajar”, ​​explicaba un cartel en junio de 2013, cuando explotó la bomba de relojería.

[42] Además de las citas en el párrafo siguiente, los términos son de Ludmila Costhek Abílio, Segurando com as dez: o proletário tupiniquim e o desenvolvimento brasileiro, Relatório final de pós-doutorado apresentado à FAPESP, FEA-USP, 2015.

[43] Leo Vinicius, “A greve dos apps e a composição de classe”, Passa Palavra, 18 ago. 2021, https://passapalavra.info/2020/08/133801/.

[44] La percepción no se limita a los entregadores brasileños. “Nadie me olfateaba el cuello, diciéndome que fuera más rápido, que hiciera esto, que hiciera aquello. (…) Teniendo en cuenta lo siniestros que pueden ser otros trabajos, muchos mensajeros incluso prefirieron Deliveroo. El estrés de moverse por las calles es más o menos parecido, o incluso menor, que el estrés de los turnos de ocho horas o más en un bar o en un supermercado (…), sin que te llame un jefe para pedirte que cubras el turno de un colega inesperadamente. Había una sensación de autonomía e independencia que no era del todo ilusoria”, dice Callum Cant sobre su rutina de trabajo como repartidor en Brighton, Inglaterra (Delivery Fight!, São Paulo, Veneta, 2021, p. 79 y 117, ajustes de traducción del original). Ironizando la imagen de los entregadores como “pobres esclavos del sistema”, un ciclista italiano considera que la entrega es “preferible a otros trabajos, por ejemplo en una empresa. Creo que este es uno de los problemas de la plataforma de reclamos que existe actualmente. (…) La mayoría de los entregadores están en contra de esta manifestación [convocada por los sindicatos], para convertirse en un subordinado, porque la flexibilidad es una ventaja” (“EP. 4 – Riders”, Podcast Commonware, 20 abr. 2021).

[45] Buscando a toda costa reflejar su propia imagen en el movimiento real, la izquierda “no defiende ni siquiera algo utópico, ya que es el mantenimiento de lo mismo y un sistema de contención, ni algo realista, porque no hay lastre material para su proyectos.” (Felipe Catalani, “O ‘enigma’ dos motoboys em greve contra a CLT”, Passa Palavra, 2 jul. 2020, https://passapalavra.info/2020/07/132818/).

[46] Ludmila Abílio, “Uberização do trabalho”, cit.

[47] Esta dialéctica del perro loco no es algo nuevo en la periferia del capitalismo. “Ser perro loco es tener una moto sin matrícula y saber escapar de los controles policiales. Es conocer los mejores caminos de la ciudad. Es saber hacer los trámites en un foro, notaría, banco. Es dar la garantía a la(s) empresa(s) de que el servicio se realizará literalmente sin contratiempos. (…) El celo de esta profesión se traduce en un equilibrio permanente en cuánto arriesgar la propia vida, cómo realizar los trámites burocráticos, el conocimiento de la ciudad y enfrentar las tensiones sociales cotidianas que se materializan en el tránsito.” (Ludmila Abilio, “Segurando com as dez”, cit., p. 23-24).

[48] Francisco Miguez e Victor Guimarães, “‘A diferença na forma é um termômetro da luta’ – Entrevista com militantes do canal Treta no Trampo”, Cinética: Cinema e Crítica, 17 set. 2020, http://revistacinetica.com.br/nova/entrevista-com-treta-no-trampo.

[49] Jacilio Saraiva, “Total de entregadores na Grande São Paulo tem aumento de 20%”, Valor Econômico, 9 jun. 2020, https://valor.globo.com/publicacoes/suplementos/noticia/2020/06/09/total-de-entregadores-na-grande-sao-paulo-tem-aumento-de-20.ghtml.

[50] Escenas de protesta como estas fueron grabadas por Treta no Trampo en “Diário de um motoca na pandemia”, Instagram, 25 abr. 2020, https://instagram.com/p/B_a5CnRn2wL/ y “Pedidos demorando demais pra sair no BK Demarchi (SBC)”, Instagram, 13 oct. 2020 https://instagram.com/p/CGSRa6anppv/.

[51] Para un ejemplo de este tipo de situaciones registradas en São Gonçalo, Río de Janeiro, véase Invisíveis, “Protesto de entregadores no Supermarket”, Instagram, 11 jun. 2020, https://instagram.com/p/CBUKdFVAJkM/.

[52] En enero de 2020, el video en el que un policía agrede a un motoboy desataría protestas contra la arbitrariedad en los controles de inspección de motos en el Distrito Federal (“Motoboys fazem protesto em Taguatinga”, Globoplay, 21 ene. 2020, https://globoplay.globo.com/v/8253404/); tres meses después, repartidores de Piauí salieron a las calles para exigir más seguridad a la alcaldía de Teresina tras la agresión a un colega durante una entrega (Entregadores Teresina PI, “Cadê os valentões da Rua Goiás agora???”, Instagram, 17 abr. 2020, https://instagram.com/p/B_Gm_LxASZd/). Comentando una movilización contra un mega operativo de la policía de tránsito contra motoboys en Florianópolis, Leo Vinícius reflexiona sobre el problema de la seguridad en el trabajo de reparto en “Entregadores de apps e o modelo policial de prevenção de acidentes”, Passa Palavra, 25 feb. 2021, https://passapalavra.info/2021/02/136190/.

[53] Amigos do Cachorro Louco, “Sob pandemia, motoboys de app paralisam entregas no Acre”, Passa Palavra, 27 mar. 2020, https://passapalavra.info/2020/03/130527/.

[54] Iniciada el 9 de junio de 2020, la huelga en los almacenes de Loggi se prolongó por algunos días en varios puntos del estado de Río de Janeiro y Santos (Treta no Trampo, “Greve nos galpões da Loggi no RJ”, Instagram, 9 jun. 2020, ​​https://instagram.com/p/CBOxzodpllJ/ y “Greve da Loggi em Santos”, Instagram, 10 jun, 2020, https://www.instagram.com/p/CBQvEpynrKZ/. Ver también Invisíveis Rio de Janeiro, “Entre as dificuldades do breque e a experiência dos entregadores”, Passa Palavra, ago. 2020, https://passapalavra.info/2020/08/133817/).

[55] Treta no Trampo, “Diário de um Motoca – Protesto dos Entregadores no Masp (5/6/2020)”, YouTube, 20 jun. 2020, https://youtu.be/zdP6iwGXqQ8.

[56] Isadora Guerreiro y Leonardo Cordeiro, “Do passe ao breque: disputas sobre os fluxos no espaço urbano”, Passa Palavra, 6 jul 2020, https://passapalavra.info/2020/07/132898/.

[57] Aun sin contar con un apoyo significativo entre los motoboys, la aparición de los “Repartidores Antifascistas”, entre las protestas contra Bolsonaro y el surgimiento del movimiento de repartidores, contribuyó a apalancar la visibilidad de la lucha contra las apps, brindando un interlocutor para la izquierda y para la prensa. Y es un síntoma más del desajuste que constituye Breque dos Apps, entre la proyección del público “progresista” – cuyo apoyo en las redes sociales resultó ser fundamental – y lo que realmente estaba en juego para los motoboys. No por casualidad, ese público sería el blanco de un fuerte fuego de las baterías publicitarias de iFood en los meses siguientes.

[58] Para una revisión en video de los movimientos de los mensajeros durante el primer año de la pandemia en Brasil, ver Treta no Trampo, “Um ponto de vista sobre o #BrequeDosAPPs 2020”, YouTube, 14 mar. 2020, https://youtu.be/yq0erJyqwjg.

[59] Treta no Trampo, “Breque dos Apps / App Strike in Brazil (Sub EN/ES/PT/FR), July 2020”, YouTube, 8 jul. 2020, https://youtu.be/t9pgI4NGNzs.

[60] La idea es desarrollada por Leo Vinicius en “Modo de espera e salário por peça nas entregas por apps”, Passa Palavra, 8 nov. 2020, https://passapalavra.info/2020/11/135017/. La imagen de un inmenso stock de trabajadores justo a tiempo, a la espera del próximo trabajo, es una descripción adecuada de las grandes ciudades brasileñas.

[61] La expresión es de Paulo Arantes y sirve como título de su ensayo sobre “el tiempo muerto de la ola punitiva contemporánea” en O novo tempo do mundo, São Paulo, Boitempo, 2014.

[62] Leandro Machado, “A rotina de ameaças e expulsões de entregadores terceirizados do IFood”, BBC Brasil, 24 jul. 2020, https://bbc.com/portuguese/geral-53521791.

[63] Los datos son de un director de iFood en un artículo en respuesta a las denuncias sobre el régimen de OL (João Sabino, “Cuidar do outro é mandamento do iFood”, Le Monde Diplomatique, 2 ago. 2021, https://diplomatique.org.br/cuidar-do-outro-e-mandamento-do-ifood/), pero no es posible confirmarlo Como parte de los “entregadores nube” acceden a la aplicación esporádicamente, por períodos más cortos o con menos frecuencia, en la práctica, los operadores logísticos pueden ser responsables de una porción mucho mayor de la flota disponible. Los paros contra la expansión de las “plazas” de operación de las empresas de OLs y la caída de los pedidos dirigidos a otros repartidores se han vuelto cada vez más comunes, desde la Región Metropolitana de São Paulo (ver Treta no Trampo, “iFood, libera os nuvens em Arujá!”, Instagram, 12 mayo 2021, https://instagram.com/p/COxoSBogRL2/) hasta Goiânia y Cuiabá (ver Revolucionários dos Apps, “Ontem rolou a maior reunião dos entregadores em Goiânia”, Instagram, 3 feb. 2022, https://instagram.com/p/CZh573XoInr/ y FML Foguetes do Asfalto, “Cuiabá vai pra cima do iFood, tmj”, Instagram, 16 feb. 2022, https://instagram.com/p/CaBeE0dsH7R/).

[64] Leandro Machado, “A rotina de ameaças e expulsões de entregadores terceirizados do IFood”, cit.

[65] Entre 2017 y 2019, el número de huelgas de mensajeros reportadas en China se multiplicó por cuatro. En 2020, estallaría una serie de protestas y cierres en el país a medida que la pandemia aceleró la expansión del sector y amplió la desigualdad social, presionando a la baja los salarios y llevando a las autoridades a señalar al sector informal como una solución al creciente desempleo. La información está recogida en un extenso reportaje sobre “los horrores de trabajar como repartidor” elaborado por una de las revistas más famosas del país, Renwu (traducido al inglés en “Delivery workers, trapped in the system”, Chuang, nov. 2020, https://chuangcn.org/2020/11/delivery-renwu-translation/). A principios de 2021, cinco mensajeros de Beijing que mantenían canales de apoyo mutuo y campañas contra las plataformas en las redes sociales fueron detenidos en sus casas por la policía. La persecución a la “Alianza de los Repartidores” fue denunciada por una campaña internacional, que contó con actos de solidaridad de trabajadores de aplicaciones de todo el mundo, incluso frente al consulado chino en São Paulo (Treta no Trampo, “Liberdade para Mengzhu – motoca preso na china”, Instagram, 29 abr. 2021, https://instagram.com/p/CORMu9En0ru/). Víctima de una proceso oscuro, el repartidor Chen Guojiang finalmente fue liberado en enero de 2022. Para obtener más información, consulte https://deliveryworkers.github.io/.

[66] Leo Vinícius. “Os OL como resposta à luta dos entregadores de aplicativos”. Passa Palavra, 23 jun. 2020, https://passapalavra.info/2020/06/132650/.

[67] Como apunta Antonio Prata en la crónica “#minhaarmaminhasregras”, Folha de S. Paulo, 10 nov. 2019, https://www1.folha.uol.com.br/colunas/antonioprata/2019/11/minhaarmaminhasregras.shtml, retomado por Gabriel Feltran, “Formas elementares da vida política: sobre o movimento totalitário no Brasil (2013-)”, Blog Novos Estudos CEBRAP, http://novosestudos.com.br/formas-elementares-da-vida-politica-sobre-o-movimento-totalitario-no-brasil-2013/ y por Paulo Arantes y Miguel Lago, “A revolução que estamos vivendo”, Congresso Virtual UFBA 2021, 26 feb. 2021, https://youtu.be/wnkS59L1_lE.

[68] Isadora Guerreiro y Leonardo Cordeiro, “Do passe ao breque: disputas sobre os fluxos do espaço urbano”, 6 jul. 2020, https://passapalavra.info/2020/07/132898/.

[69] Marcio Pochmann, “O movimento sindical e a precarização do trabalho no Brasil”,

YouTube, 12 abr. 2021, https://www.youtu.be/1lUhAC2d8AM. Ver también, del mesmo autor, “A guerra no mundo do trabalho”, Terapia Política, 11 abr. 2021, https://terapiapolitica.com.br/a-guerra-no-mundo-do-trabalho/.

[70] Ver, por ejemplo, Brasil Econômico, “Empresa que contrata entregadores para o iFood ameaça quem aderir à greve”, iG, 1 jul. 2020, https://economia.ig.com.br/2020-07-01/empresa-que-contrata-entregadores-para-o-ifood-ameaca-quem-aderir-a-greve.html; Victor Silva, “Operadoras da iFood ameaçam greve de entregadores”, Passa Palavra, 17 sep. 2021, https://passapalavra.info/2021/07/139052/. Para una recopilación de denuncias sobre este régimen de trabajo en iFood, ver videos recopilados en Ralf MT, “(Série) iFood, a casa caiu, fim da função OL, das fraudes e das barbáries…”, YouTube, https://youtube.com/playlist?list=PL5fsgfpbjDbRaSRDF-Ifrp4LWlz5jwTmV.

[71] Leo Vinícius, “A inovadora parceria do iFood e as milícias”, Le Monde Diplomatique, 23 jul. 2021, https://diplomatique.org.br/a-inovadora-parceria-entre-o-ifood-e-as-milicias/.

[72] “A partir del control privatizado y monopolizado del territorio, donde se produce la reproducción de la vida”, señala Isadora Guerreiro, “el Estado puede actuar en la regulación de una economía informal o que huye de las relaciones laborales” interviniendo en el “precio de la fuerza de trabajo (…) en su aspecto urbano” (“Elementos urbanos de um ‘governo miliciano’”, Passa Palavra, 8 jun. 2020, https://passapalavra.info/2020/06/132415/).

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