Entre el riesgo y el miedo, biopolítica en alza

Pensábamos que teníamos todo controlado; pero no, ni tecnológica, ni económicamente, de ahí la tremenda cura de humildad que nos inflige la pandemia

Por José Antonio Pérez Tapias

A veces lo nuevo acecha. No sólo sorprende, sino que desestabiliza al irrumpir amenazante en lo que era el orden de nuestro mundo. Es lo que ha sucedido y sigue ocurriendo con el coronavirus –COVID19 según bautismo científico– a tenor de la pandemia desencadenada con su expansión. La situación es inédita, no ya solamente por la veloz cadena de contagios de la consiguiente enfermedad de carácter gripal, sino además por las medidas sanitarias decididas políticamente para tratar de frenarla, con costosísimas consecuencias económicas y sociales a lo largo y ancho del planeta; debido a ella vale, pues, aplicar el tópico de que hay un antes y un después. Los hechos amalgamados en torno al coronavirus suponen, por tanto, un acontecimiento y como tal es vivido y será recordado. No se trata de un suceso más que se añade a otros semejantes, sino que estamos ante un acontecimiento que, siendo inesperado, tiene todos los ingredientes para constituirse en un hito del todo significativo, de manera que a su carácter de imprevisto se suma su potencial de dejar en suspenso el mero fluir de procesos en curso para, en una situación nueva, concitarnos ante alternativas, dilemas, y cambios futuros respecto a los cuales hay y habrá que tomar decisiones sin precedentes.

Lo novedoso en este caso, calificado como pandemia por la Organización Mundial de la Salud cuando la expansión del virus de marras alcanzó determinados parámetros, incide en la mismísima percepción del proceso de globalización con la que hasta ahora nos hemos movido. Desde las últimas décadas venimos hablando de globalización económica, impulsada ciertamente por el capitalismo financiero y el desarrollo de la informática y la telemática, pero a la vez promoviendo unas interrelaciones económicas muy estrechas, por más que desequilibradas, entre agentes económicos y sociedades diversas a escala planetaria; globalización respecto a la cual, por lo demás, hemos visto en los últimos tiempos movimientos reactivos a la búsqueda de recetas proteccionistas, pero sin abandonar los dogmas neoliberales. ¡Y quién iba a decirnos que el supuesto orden económico internacional lo iba a poner patas arriba un microscópico virus protagonista de otra cara de la globalización! Pensábamos que teníamos todo controlado; pero no, ni tecnológica, ni económicamente, de ahí la tremenda cura de humildad que nos inflige la pandemia desatada.

Es cierto, por otra parte, que la problemática del cambio climático, tomando el relevo a la preocupación por la capa de ozono y otras causas medioambientales, nos introdujo de lleno en la vertiente ecológica de la globalización. Sin embargo, ha sido ahora, con la globalización de la enfermedad, cuando la conciencia colectiva ha dado un salto cualitativo, es verdad que sin que ello prejuzgue hacia dónde caigamos. Una epidemia que arrancó de una provincia China, en el imaginario colectivo todavía “extremo Oriente”, se nos ha instalado en pleno Occidente, con Italia primero y España después como focos de la misma en este lado del mundo. Cómo hacer frente a la enfermedad nos supone una nueva versión de la correlación bidireccional global-local, buscando en cada caso para la comunidad de la que formamos parte los medios para su inmunidad, cosa que a su vez, como advirtió el filósofo italiano Roberto Esposito antes de que nos viéramos en éstas, puede hacerse de manera fructíferamente creadora o regresivamente, pretendiendo inmunización a base de una más cerrada comunitarización.

Si en adelante se consumara la tentación de cerrar fronteras, que sería además una cesión claudicante ante los que no se casan de promover y construir nuevos muros, estaríamos dando la peor respuesta que pudiera darse en nuestra actual sociedad del riesgo. El sociólogo alemán Ulrich Beck, que antes de morir nos dejó unas cuantas obras fundamentales, fue pionero señalando los nuevos riesgos que íbamos a tener que afrontar en un mundo globalizado. No le faltó perspicacia para indicar que el reverso de los riesgos de nuestro mundo son los temores que se generan, con el peligro de que se nos convierta en una sociedad del miedo. Con ciudadanas y ciudadanos atemorizados, expuestos a caer en el pánico ante circunstancias que serán muchas veces tan nuevas como arrolladoras, no será posible dar con las vías adecuadas para salir de las crisis. Se repetirá una y otra vez, al cabo del tiempo, lo que decía Marx acerca de una burguesía capitalista que sale de las crisis preparando la siguiente, siempre más profunda y mayor. En las condiciones de la pandemia actual ha de ser motivo de reflexión crítica la consideración de que a la globalización de la enfermedad ha de respondérsele con la globalización de la salubridad, es decir, de las condiciones para una vida saludable a escala planetaria. Todo se juega para lograrla en cómo se gestionen el riesgo y el miedo para no quedar atrapados entre ellos.

La globalización de la salubridad –cuestión que toca de lleno las exigibles condiciones de vida digna para todos– implica el combate firme contra las desigualdades, dado que éstas impiden de hecho que, a las diferentes escalas nacional e internacional, puedan alcanzarse objetivos de salud pública. Dichos objetivos traen de nuevo al debate ético y político la noción de bien común, correlacionada con lo que es exigible por razones de justicia. Al hilo de tal apreciación es oportuno insistir, no tanto en apelaciones a un “sentido común” respecto al cual hasta puede ser aconsejable una inevitable dosis de escepticismo –suele ser tan invocado como ausente, dado el peso de los intereses en pugna–, sino en el sentido de lo común, conscientes de los bienes que todos hemos de poder disfrutar o a los que todos hemos de tener acceso en condiciones de efectiva igualdad –entre otras características, no han de ser reducibles a mercancía– porque son soporte de la vida y, justamente, de la vida en común. Sin duda, la salud pública es irrenunciable bien común.

Precisamente la actual crisis sanitaria provocada por el coronavirus, ante la cual el gobierno de España ha decretado el “estado de alarma” para dotarse de un instrumento jurídico que le permita hacer frente con mayor eficacia a la misma, coordinando otros poderes del Estado y dirigiendo los recursos de éste en múltiples vertientes, desde el ámbito hospitalario hasta las actuaciones policiales, es caso patente de una política volcada hacia la protección de la vida del conjunto de la población bajo su responsabilidad política. Como se ha dicho por voces muy plurales, si la política contemporánea tiene desde hace más de un siglo perfil de biopolítica, el gobierno de España, como otros, subraya ese carácter de sus actuaciones. Como si se tratara de un involuntario homenaje a Michel Foucault, la política de la vida llevada al punto de una extrema y rigurosa normativización de la vida de la ciudadanía, reglamentando puntillosamente en estos momentos hasta las cuestiones más de detalle relacionadas, por ejemplo, con las posibilidades mismas de circulación o de realización –más bien de no realización– de actos públicos, aun minoritarios, y todo para evitar que sigan multiplicándose exponencialmente los contagios, es una política con claro ejercicio de un biopoder.

Reconozcamos que la biopolítica en alza al hilo de la pandemia del COVID19 tiene que vérselas con dilemas fuertes ante los que no es fácil decidir, como no lo ha sido en fases anteriores en las que la sensación de incertidumbre, agravada por el desconocimiento en torno a un factor patógeno de nuevo cuño, se veía amortiguada por una confianza en el sistema sanitario que ante el desarrollo de los hechos puede calificarse a posteriori de excesiva. Vemos que, aparte de impedir los decesos de pacientes afectados por graves patologías previas que implican una gran vulnerabilidad –por más que, cuando se dan, son porcentualmente reducidos, lo cual en ningún caso justificaría desatención alguna–, un argumento fuerte a favor de las restricciones impuestas a la ciudadanía para la protección de su salud tiene que ver con la necesidad de ralentizar la propagación de la enfermedad, que para la mayoría no es grave, con el fin de asegurar la capacidad de hospitalización y tratamiento de las personas que sí se vean afectadas gravemente.

Es decir, a un argumento en relación con la vida, se añade un argumento tocante a la capacidad de respuesta del sistema de salud, respecto al cual todos sabemos, por otra parte, que se ha visto perjudicado por los recortes que ha sufrido en los últimos años, en especial en comunidades autónomas como la de Madrid, donde la derecha encontró campo de aplicación de su programa neoliberal. Se evidencia a la postre el precio, y no sólo monetario, pagado por someter la sanidad –las exigencias de protección a la salud y atención a la enfermedad– a criterios de mercado, primando lo privado frente a lo público. A nadie se le oculta, sin embargo, que apostar por la salud como ahora se hace, por otro lado, asumiendo el peso de la grave crisis que genera el parón económico que sufre todo un país –como Italia, como otros…–, tendrá consecuencias sociales que serán de nuevo gravísimas, especialmente en lo que respecta al desempleo, con el factor añadido de lo que supone en el futuro un Estado mermado en sus recursos financieros por imposibilidad de una recaudación fiscal como sería de desear. Por ahí se presenta el otro cuerno del dilema.

Es cierto que todos los análisis que se hacen, apuntando más allá de lo inmediato en cuanto a las medidas implementadas y sus efectos, sean los positivos que cabe esperar como los negativos que se presenten como colaterales, apuntan a un tiempo venidero en el que las cosas van a ser distintas, contando con que habrá que frenar a un capitalismo voraz y despiadado que quiera recomponer cuanto antes sus balances dejando fuera los costos humanos de la crisis vivida. Poniendo cada cosa en su sitio, el caso es que en muchos aspectos el sitio no habrá de ser exactamente el mismo en el que estaban. Así, en la relación, tantas veces planteada como antagónica, entre mercado y Estado, habrá que rebajar la gratuita primacía absoluta concedida al primero y reparar en la medida en que de verdad necesitamos al segundo. Y si más allá de un Estado concreto miramos a la Unión Europea, tendremos que decir otra vez qué poco nos vale si a su actitud desalmada en relación a inmigrantes y refugiados se sigue sumando un burocratismo y una impotencia tales que la hacen ineficiente incluso para una mínima coordinación entre Estados, como en la crisis del coronavirus se comprueba. Yendo al fondo, si entre vida y economía se sigue apostando unilateralmente por la economía frente a la vida nos volveremos a ver en situaciones tan difíciles como la actual o más, pues podemos apostar que la del coronavirus no será la última pandemia.

Al afrontar la crisis sanitaria actual, los gobiernos, y el español de manera especialmente enfática, han apelado a la responsabilidad de la ciudadanía para asumir prácticas de protección y confinamientos con una muy exigente dosis de disciplina. La apelación a que velar por la propia salud tiene un componente de interés propio, pero también de solidaridad en cuanto supone preocuparse por no contagiar, dañando así la salud ajena, es un factor movilizador puesto en juego. No hace falta halagar como héroes a los ciudadanos que se quedan en casa, pues en verdad no implica heroísmo alguno –¡qué palabra dejamos entonces para calificar a quienes de verdad tienen un comportamiento heroico, como profesionales de la sanidad y otros muchos!–, pero sí es cierto que de nuevo encontramos una verificación, aunque sea constatada con el lenguaje de la gubernamentalidad, de las reflexiones de Foucault, en este caso las atinentes al “cuidado de sí”, vía de reconstrucción de subjetividades abiertas a la relación con otros desde un autocuidado que es cultivo de la propia humanidad, en definitiva común humanidad. Se abre por ahí, si se sabe continuar por ella, una vía de redescubrimiento de la fraternidad –¡ése valor republicano!– que es de todo punto necesario para que la biopolítica sea de verdad democrática o, si se quiere, como dice el antes citado Esposito, que la democracia se conjugue como biopolítica en la que la vida sea bien común que cuidamos todos, también, obviamente, por mor de la vida de cada cual.

No hay que dejar que el biopoder decida arbitrariamente sobre la vida, prestando especial atención a los índices de mortalidad cuando pasan a nutrirse significativamente por los fallecidos de entre los sectores dominantes, pero no cuando los que mueren son, en proporción mayoritaria, de los sectores subalternos, minoritarios, empobrecidos o marginados de la población. El biopoder no puede sustraerse a exigencias de igualdad. También eso hay que ganarlo para el presente y para el futuro en la crisis del coronavirus.

COVID-19: El monstruo llama a la puerta

La globalización capitalista es biológicamente insostenible en ausencia de una infraestructura sanitaria pública internacional. Pero nunca existirá hasta que se acabe con el poder de las farmacéuticas y la sanidad con ánimo de lucro

Por Mike Davis

I.

COVID-19 es finalmente el monstruo que llama a la puerta. Los investigadores están trabajando día y noche para caracterizar el brote, pero deben hacer frente a tres enormes desafíos. El primero es que la constante escasez o ausencia de kits de prueba ha acabado con cualquier esperanza de contención. Además, también está evitando que se puedan realizar cálculos precisos sobre algunos parámetros clave como el índice de reproducción, la cantidad de población infectada o el número de infecciones leves. El resultado es un caos en las cifras.

Al igual que lo hacen las gripes anuales, el virus está mutando a medida que atraviesa poblaciones con composiciones etarias e inmunidades adquiridas diferentes. La variedad que seguramente llegará a los estadounidenses ya es ligeramente diferente a la del brote original de Wuhan. Las nuevas mutaciones podrían ser triviales o podrían alterar la distribución actual de virulencia que aumenta con la edad, ya que los bebés y los niños muestran escaso riesgo de infección grave mientras que los octogenarios se enfrentan a un peligro mortal a causa de una neumonía vírica.

Aunque el virus permanezca estable y mute poco, su impacto entre los menores de 65 puede ser radicalmente diferente en los países pobres y entre los grupos con un alto grado de pobreza. Solo hay que pensar en la experiencia mundial de la pandemia de gripe de 1918 (o gripe española) que se calcula que acabó con la vida de entre el 1 y el 2% de la población mundial. Al contrario que el coronavirus, era más mortal entre los jóvenes adultos y esto a menudo se ha explicado como consecuencia de que su sistema inmunitario, al ser relativamente más fuerte, reaccionó de forma desproporcionada a la infección y desató unas “tormentas mortales de citocina” contra las células pulmonares. Como bien sabemos, el H1N1 original encontró un nicho favorable en los campamentos militares y en las trincheras de los campos de batalla, en los que liquidó a jóvenes soldados por decenas de millares. El fracaso de la Kaiserschlacht (ofensiva de primavera) de 1918 y, por tanto, motivo del resultado de la guerra, ha sido atribuido al hecho de que los aliados, al contrario que su enemigo, pudieron reabastecer sus tropas enfermas con tropas estadounidenses recién llegadas.

Sin embargo, no muy a menudo se reconoce que un 60% de la mortalidad mundial tuvo lugar en el oeste de la India, donde la exportación de cereales hacia el Reino Unido y unas brutales prácticas de requisamiento coincidieron con una grave sequía. La escasez de alimentos resultante condujo a millones de personas pobres al borde de la inanición. Se convirtieron en víctimas de una siniestra sinergia entre malnutrición, que inhibió su respuesta inmunitaria a la infección, y una neumonía bacteriana y vírica galopante. En otro caso, en el Irán ocupado por los británicos, varios años de sequía, cólera y escasez de alimentos, seguidos de un brote generalizado de malaria, sentaron las condiciones previas para la muerte de aproximadamente una quinta parte de la población.

Esta historia, y en particular las consecuencias desconocidas de la relación entre malnutrición e infecciones existentes, debería alertarnos de que el COVID-19 podría seguir un camino diferente y mucho más mortífero en los suburbios de África y del sur de Asia. El peligro para los pobres del mundo ha sido ignorado casi por completo por los periodistas y por los gobiernos occidentales. El único artículo que he visto publicado afirma que como la población urbana de África Occidental es la más joven del mundo, la pandemia debería tener allí solo un impacto leve. En vista de la experiencia de 1918, la extrapolación parece ridícula. Nadie sabe lo que pasará en las próximas semanas en Lagos, Nairobi, Karachi o Calcuta. Lo único que es seguro es que los países ricos y las clases ricas se concentrarán en salvarse a sí mismas y prescindirán de la solidaridad internacional y de la ayuda médica. Muros y no vacunas: ¿puede haber un modelo más malvado para el futuro?

II.

En un año puede que echemos la vista atrás y admiremos el éxito de China a la hora de contener la pandemia y, al mismo tiempo, que nos sintamos horrorizados por el fracaso de EE.UU. (Estoy siendo valiente y dando por supuesto que la declaración de China con respecto al rápido descenso en el número de transmisiones es más o menos correcta). La incapacidad de nuestras instituciones para mantener cerrada la caja de Pandora, obviamente, no es ninguna sorpresa. Desde el año 2000 hemos observado en repetidas ocasiones las grietas en la primera línea sanitaria.

Por ejemplo, la temporada de gripe de 2018 desbordó a los hospitales de todo EE.UU., y puso de manifiesto la sorprendente escasez de camas de hospital que acusa el país tras 20 años de recortes motivados por el ánimo de lucro en la capacidad de pacientes ingresados (he ahí la versión de la industria sanitaria de cómo gestionar las existencias mediante el método de producción justo a tiempo). El cierre de hospitales privados y de beneficencia y la escasez de personal de enfermería también impuesto por la lógica de mercado han arruinado los servicios sanitarios en las comunidades más pobres y en las zonas rurales, y han trasladado la responsabilidad a los infrafinanciados hospitales públicos y centros de administración de veteranos. La situación del departamento de urgencias en esas instituciones ya es incapaz de hacer frente a las infecciones estacionales, así que ¿cómo van a afrontar la inminente saturación de casos críticos?

Estamos en las primeras etapas de un Katrina sanitario. A pesar de los años de advertencias de la gripe aviar y otras pandemias, el inventario de algunos equipos de emergencia básicos como los respiradores no es el adecuado para hacer frente a la afluencia prevista de casos críticos. Los sindicatos de enfermería más militantes se están asegurando de que todos comprendamos el grave riesgo que comporta la provisión insuficiente de algunos equipos de protección como las mascarillas N95. Y más vulnerables son aún, por invisibles, los cientos de miles de auxiliares sanitarios a domicilio y el personal de las residencias de ancianos que están sobreexigidos y mal pagados.

La industria de residencias asistidas o para personas mayores autónomas aloja a 2,5 millones de estadounidenses de la tercera edad (la mayoría de ellos con Medicare) y lleva mucho tiempo siendo un escándalo nacional. De acuerdo con el New York Times, un número increíble de 380.000 pacientes de residencias de la tercera edad muere cada año por la negligencia de las instituciones a la hora de aplicar los más básicos procedimientos de control de las infecciones. Muchas residencias, sobre todo en los estados del sur, consideran que les sale más barato pagar las multas por infracciones sanitarias que contratar personal adicional y darles la formación adecuada. Pero claro, como ha sucedido en Seattle, docenas, quizá cientos de residencias para ancianos se volverán zonas de riesgo del coronavirus, y los empleados que trabajan allí, y cobran el salario mínimo, lógicamente decidirán proteger a sus propias familias y quedarse en casa. En ese caso, el sistema podría colapsar y no creo que podamos esperar que la Guardia Nacional vacíe los orinales.

El brote ha puesto de manifiesto de forma instantánea esa marcada división de clases que existe en la asistencia sanitaria: aquellos con buenos planes de salud que también pueden trabajar o enseñar desde casa están cómodamente aislados siempre que cumplan con precauciones prudentes. Los empleados públicos y otros grupos de trabajadores sindicados que cuentan con una cobertura sanitaria decente tendrán que tomar decisiones difíciles entre cobrar y protegerse. Mientras tanto, millones de trabajadores con bajos salarios en el sector servicios, trabajadores agrícolas, empleados eventuales sin seguro, desempleados o personas sin hogar serán arrojados a los leones. Aunque el gobierno consiga finalmente resolver el desastre de los kits de prueba y pueda suministrar un número adecuado de ellos, los que carezcan de seguro seguirán teniendo que pagar a médicos u hospitales para realizarse el test. Los gastos médicos de las familias en general treparán por las nubes al mismo tiempo que millones de trabajadores pierden sus empleo y sus seguros médicos de empresa. ¿Puede haber un argumento más sólido y urgente a favor del Medicare para todos?

III

Pero la cobertura universal solo es un primer paso. Es decepcionante, por no decir algo peor, que en los debates de las primarias ni Sanders ni Warren hayan subrayado el abandono de la investigación y del desarrollo de nuevos antibióticos y antivirales por parte de las grandes farmacéuticas. De las 18 empresas farmacéuticas más grandes, 15 han abandonado esa actividad por completo. Las medicinas para el corazón, unos tranquilizantes adictivos y los tratamientos para la impotencia masculina son los más rentables, y no las defensas contra la infección de los hospitales, las enfermedades emergentes y las tradicionales enfermedades letales tropicales. Una vacuna universal contra la gripe, es decir, una vacuna cuyo objetivo sean las partes inmutables de las proteínas superficiales del virus, lleva siendo una posibilidad desde hace décadas, pero nunca ha sido una prioridad rentable.

Si la revolución de los antibióticos sigue retrocediendo, las viejas enfermedades volverán a aparecer acompañadas de nuevas infecciones y los hospitales se convertirán en mortuorios. Hasta Trump puede oponerse de manera oportunista a los abusivos costes de las recetas, pero necesitamos una visión más audaz que intente acabar con los monopolios farmacéuticos y facilite la producción pública de medicinas vitales. (Esto solía ser así: durante la 2ª Guerra Mundial, el ejército alistó a Jonas Salk y a otros investigadores para desarrollar la primera vacuna contra la gripe). Como escribí hace 15 años en mi libro El monstruo llama a nuestra puerta. La amenaza mundial de la gripe aviar: 

El acceso a las medicinas vitales, incluidas las vacunas, los antibióticos y los antivirales deberían ser un derecho humano, y estar universalmente disponibles sin coste alguno. Si los mercados no pueden proporcionar los incentivos para producir de forma barata estos fármacos, entonces los gobiernos y las organizaciones sin ánimo de lucro deberían asumir la responsabilidad de fabricarlas y distribuirlas. La supervivencia de los pobres debe considerarse una prioridad mayor que las ganancias de las grandes farmacéuticas.

La actual pandemia profundiza el argumento: ahora parece que la globalización capitalista es biológicamente insostenible en ausencia de una infraestructura sanitaria pública verdaderamente internacional. Pero esa infraestructura nunca existirá hasta que los movimientos populares no pongan fin al poder de las grandes farmacéuticas y la asistencia sanitaria con ánimo de lucro.

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Este artículo se publicó originalmente en inglés en el blog Haymarketsbooks.

Traducción de Álvaro San José / ctxt.es

Coronavirus contra Agamben. Por una biopolítica popular.

por Panagiotis Sotiris

 

Recientemente Agamben recordó cómo el estado de emergencia se inserta en una genealogía inquietante y cómo el estado moderno siempre ha utilizado crisis de todo tipo para aumentar y ejercer su control violento sobre los pueblos. Todo esto lo afirmaba, sin embargo, ocultándose bajo la aparente neutralidad del sabio.

La epidemia ahora está golpeando a Italia con fuerza y ​​proliferando a toda velocidad en Francia, por lo que es necesario tomar medidas a gran escala para contrarrestar su expansión. A medida que las formas populares de auto-organización empiezan a tomar forma, particularmente en Italia, y está surgiendo la necesidad de una lectura racional y antagónica de las medidas tomadas por los gobiernos, nos pareció importante publicar este texto de Panagiotis Sotiris. Pensando en la continuidad del último Foucault, se propone imaginar qué podría ser una biopolítica comunista, basada en las luchas populares y la inteligencia colectiva.

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La reciente intervención de Giorgio Agamben, que caracteriza las medidas aplicadas en respuesta a la pandemia de Covid-19 como un ejercicio de la biopolítica del «estado de excepción», ha provocado un importante debate sobre la forma de pensar la biopolítica.

La noción misma de biopolítica, formulada por Michel Foucault, ha constituido una contribución importante a nuestra comprensión de los cambios vinculados a la transición a la modernidad capitalista, particularmente con respecto a los modos de ejercer el poder y la coerción. Desde el poder como derecho de vida y muerte que posee el soberano, pasamos al poder como un intento de garantizar la salud (y la productividad) de las poblaciones. Esto ha llevado a una expansión sin precedentes de todas las formas de intervención y coerción estatal. Desde las vacunas obligatorias hasta las prohibiciones de fumar en espacios públicos, la noción de biopolítica se ha utilizado en muchos casos como clave para comprender las dimensiones políticas e ideológicas de las políticas de salud.

Esto nos permitió al mismo tiempo analizar diferentes fenómenos, a menudo reprimidos en el espacio público, desde las formas en que el racismo intentó darse una base «científica» hasta los peligros encarnados por tendencias como la eugenesia. Y de hecho, Agamben utilizó estos análisis de manera constructiva, en su intento de teorizar las formas modernas del «estado de excepción», es decir, los espacios en los que se ejercen las formas extremas de coerción, de los que el campo de concentración es el ejemplo central.

Las cuestiones relativas a la gestión de la pandemia de Covid-19 obviamente plantean problemas relacionados con la biopolítica. Muchos comentaristas han dicho que China podía haber tomado medidas para contener o frenar la pandemia porque podía aplicar una versión autoritaria de biopolítica. Esta versión incluía el uso de cuarentenas prolongadas y prohibiciones de actividades sociales, todo lo cual fue posible gracias al vasto arsenal de coerción, vigilancia y control, así como por las tecnologías de que dispone el Estado chino.

Algunos comentaristas  han sugerido, incluso, que las democracias liberales, que no tienen la misma capacidad de coerción o que dependen más del cambio voluntario en el comportamiento individual, no pueden tomar las mismas medidas, lo que dificulta los intentos de hacer frente a la pandemia.

Sin embargo, sería un error plantear el dilema entre la biopolítica autoritaria por un lado y la confianza liberal en la propensión de los individuos a tomar decisiones racionales por el otro.

Esto es aún más obvio, ya que el hecho de considerar medidas de salud pública, como las cuarentenas o el «distanciamiento social», solo bajo el prisma de la biopolítica, lleva a perder su utilidad potencial. En ausencia de una vacuna o un tratamiento antiviral eficaz, estas medidas, tomadas del directorio de libros de texto de salud pública del siglo XIX, pueden resultar de enorme valor, especialmente para los grupos más vulnerables.

Esto es especialmente cierto si uno piensa que incluso en las economías capitalistas avanzadas, la infraestructura de salud pública se ha deteriorado y realmente no puede resistir los picos pandémicos, a menos que se tomen medidas para reducir sus tasas de expansión.

Se podría decir, contra Agamben, que la «vida desnuda» tiene más que ver con el jubilado en una lista de espera para un aparato de respiración o una cama de cuidados intensivos, debido al colapso del sistema de salud, que con el intelectual que debe hacer frente a los aspectos prácticos de las medidas de cuarentena.

A la luz de lo anterior, me gustaría sugerir un retorno a Foucault diferente. A veces olvidamos que este último tenía una concepción muy relacional de las prácticas de poder. En este sentido, es legítimo preguntar si es posible una biopolítica democrática o incluso comunista. En otras palabras: ¿es posible tener prácticas colectivas que realmente contribuyan a la salud de las poblaciones, incluidos los cambios de comportamiento a gran escala, sin una expansión paralela de las formas de coerción y vigilancia?

El propio Foucault, en sus últimos trabajos, tiende hacia esa dirección, con los conceptos de verdad, parresía y autocuidado. En este diálogo muy original con la filosofía antigua, propone una política alternativa del bios que combina atención individual y colectiva de manera no coercitiva.

En esta perspectiva, la decisión de reducir los desplazamientos o el establecimiento del distanciamiento social en tiempos de epidemia, la prohibición de fumar en espacios públicos cerrados o la prohibición de prácticas individuales y colectivas perjudiciales para el medio ambiente, sería el resultado de decisiones colectivas discutidas democráticamente. Esto significa que desde la simple disciplina nos movemos hacia la responsabilidad, hacia los demás y luego hacia nosotros mismos, y desde la suspensión de la socialidad hasta su transformación consciente. En tales condiciones, en lugar de un miedo individual permanente, capaz de romper cualquier sentimiento de cohesión social, destacamos la idea de esfuerzo colectivo, coordinación y solidaridad dentro de una lucha común, elementos que en este tipo de emergencias sanitarias pueden resultar tan importantes como las intervenciones médicas.

Se perfila así la posibilidad de una biopolítica democrática. Esta también puede basarse en la democratización del conocimiento. Un mayor acceso al conocimiento, combinado con las campañas de extensión necesarias, posibilitaría procesos de toma de decisiones colectivos basados ​​en el conocimiento y la comprensión y no solo en la autoridad de los expertos.

 

Biopolítica popular

Tomemos el ejemplo de la lucha contra el VIH. La lucha contra el estigma, el intento de dejar en claro que esta no es una enfermedad reservada para «grupos de alto riesgo», la exigencia de una educación en materia de prácticas sexuales saludables, la financiación del desarrollo de medidas terapéuticas y el acceso a los servicios de salud pública no hubieran sido posibles sin la lucha de movimientos como ACT UP. Se podría decir que este es realmente un ejemplo de biopolítica popular.

En la coyuntura actual, los movimientos sociales tienen mucho margen de maniobra. Pueden exigir medidas inmediatas para ayudar a los sistemas de salud pública a soportar la carga adicional causada por la pandemia. También pueden destacar la necesidad de solidaridad y auto organización colectiva durante esta crisis, en oposición a los pánicos individualizados propios de la ideología de la «supervivencia». También pueden insistir en que el poder estatal (y la coerción) se utilicen para canalizar los recursos del sector privado hacia las direcciones socialmente necesarias. Finalmente, pueden hacer de la transformación social un requisito vital.

Traducción del francés: Juan Domingo Sánchez Estop

Notas:

1.- Panagiotis Sotiris es profesor de Filosofía Política y Social en el departamento de Sociología de la Universidad del Egeo (Grecia). Sus líneas de investigación son la filosofía marxista, la obra de Louis Althusser y la teoría posmarxista. Es autor de «Comunismo y filosofía. La aventura teórica de Louis Althusser» (en griego, Ellinika Grammata, 2004). Colaborador de distintos medios alternativos a nivel internacional, es un activista en defensa de la Universidad pública en Grecia y forma parte de la izquierda radical griega.

 

Democracia Biopolítica

por Bruno Cava Rodriguez

Cualquiera que haya seguido los últimos textos de Giorgio Agamben debe haber notado cómo inscribe las respuestas de los gobiernos a la pandemia como una intensificación del paradigma biopolítico totalitario. Siguiendo la línea de su investigación desde la trilogía «Homo sacer», el filósofo italiano diagnostica un avance del estado de excepción, es decir, un cambio en las formas de gobernar: lo que antes se entendía como una excepción se convierte en la nueva normalidad. El control sobre los cuerpos individuales y colectivos se generaliza y comienza a abarcar a toda la población dentro de una red de conocimiento médico, psicológico, policial criminal y laboral. De ahí sus últimos artículos que, frente a una epidemia «inventada», indican un conjunto de acciones «irracionales» y «desmotivadas» para reforzar la inversión del soberano en el poder de vida y muerte de la población.

De mis estudios en filosofía del derecho, noto cómo el trabajo agambeniano se presta a una verdadera cuarentena mental en manos de epígonos e intérpretes autorizados. Digo esto después de haber escrito un libro con Alexandre Mendes, en 2008, en el que incurrí en este tono catastrofista. Esto se debe principalmente a los artículos periodísticos de Agamben. Por ejemplo, introdujo el concepto schmittiano de «estado de excepción», con gran éxito público y crítico, para explicar la redirección estratégica de la geopolícia después de los ataques del 11 de septiembre de 2001, en la llamada «Guerra contra el Terror». Posteriormente, se habría producido un giro biopolítico en el que la excepción del superterrorismo fue capturada (forcluida, ex-capere) por el terrorismo de estado, que ahora se ha convertido en la norma.

El concepto de biopolítica, sin embargo, fue creado por Michel Foucault para describir una cartografía dinámica de estrategias y contraestrategias, conductas y contraconductas, en las que más que el avance del poder soberano totalitario, hay una mutación en la forma en que el poder se ejerce, circula y promueve nuevas relaciones. En el análisis del biopoder de Foucault, en la gran transformación de las sociedades de soberanía en sociedades biopolíticas, no hay una disminución en la libertad o el alcance para la acción, ni un aumento. De hecho, el problema de la libertad en su conjunto cambia sus coordenadas y su régimen operativo: lo que antes se presentaba como una relación externa entre soberanía y no soberanía, entre adentro y afuera, ahora vuelve a una relación interna, en la que las tecnologías de poder se involucran en la constitución de los sujetos. En lugar de prácticas de liberación en relación con un poder represivo, para Foucault, ahora tenemos prácticas de libertad que, en el campo estratégico de los umbrales, envían la libertad *al interior* del paradigma biopolítico.

Esta ambivalencia constitutiva del concepto de biopolítica se materializa cuando la excepción/captura del exterior (forclusión, ex-capere) se entiende agambenianamente como un nuevo totalitarismo, de hecho, una categoría que es muy poco utilizada por Foucault. Estrictamente hablando, el movimiento del concepto sufre un estancamiento y se pierde, dando lugar a una categoría escatológica que simplemente comienza a indicar signos del avance inexorable de una totalidad. Y como categoría, se prestará a detectar un lado bueno de un mal, con el aspecto agravante del lado malvado de vencer al bien, capturarlo, neutralizarlo. Así entendido, el estado de excepción no es más que metafísica dogmática, en el sentido negativo que Kant le da. Es por eso que el catastrofismo del estado de excepción tiende a encajar tan bien con las lecturas en que el neoliberalismo es un juego del gato y el ratón, en el que los mercados capitalistas siempre están capturando y totalizando una libertad preexistente mistificada, antes de la llegada del biopoder.

Digo esto porque, en medio de la pandemia, una serie de estrategias y multivalencias emergen del paradigma biopolítico que reelabora la vida en medio del miedo, las privaciones y el sufrimiento. Hay varias acciones vinculadas a la difusión de información, articulaciones de prevención locales y globales, y una difícil reorganización de la vida cotidiana metropolitana y laboral, con la cual las poblaciones, estratégicamente, se combinan con las tecnologías gubernamentales existentes. Es dentro de estos umbrales y áreas grises donde se juega el juego de la libertad: lo que mañana se considerará aceptable o no, vivible o no, los términos de lo que será normal.

Vale la pena señalar cómo dos medidas recientes también se incluyen en el panel de estas estrategias. Me refiero, en primer lugar, a la anticipación inmediata de los salarios de los pensionistas y, en segundo lugar, al reajuste del valor de los beneficios sociales para el próximo año. Dichas medidas, que podrían incluir anticipar el retiro del fondo de garantía y otros avances, no tienen precedentes y tienden a acompañar las calamidades, dirigidas a los grupos más afectados. En la pandemia actual, el grupo de mayor riesgo incluye ancianos, enfermos y personas con vulnerabilidad crónica. Pero podríamos agregar: personas más pobres, que tienden a habitar territorios más vulnerables al contagio, con menos condiciones para obtener activos biopolíticos (medicamentos, información, asistencia, etc.). Estas medidas de compensación salarial también son biopolíticas, ya que permiten el acoplamiento de contraconductas y estrategias para vivir mejor en la pandemia o sus consecuencias.

A lo largo del siglo XIX, los economistas hicieron un esfuerzo por eliminar el dinero como una variable real en las ecuaciones económicas. El dinero no sería más que una variable nominal, desconectada de los fundamentos sustantivos de la economía de facto, como la producción, el empleo y el consumo. La moneda neutral no sería más que aceite lubricante para intercambios, permaneciendo en el vestíbulo de lo que realmente generaría riqueza: el sector productivo. Esta tendencia clásica en el pensamiento monetario se vino abajo en la primera mitad del siglo XX, cuando las dos escuelas principales, la keynesiana y la monetarista, reinsertaron la moneda como un elemento esencial de la vida económica.

En el keynesianismo, por ejemplo, las variaciones monetarias absorben presiones sociales de diversos tipos: conflictos distributivos, relaciones de clase, dinámicas políticas y eventos extraordinarios, como guerras, revoluciones y catástrofes. El salario, en particular, se convierte en una variable rígida, es decir, directamente dependiente de situaciones extraeconómicas. Sin embargo, hay más que eso en el giro keynesiano. No es que estas presiones desequilibren una dinámica de mercado naturalmente equilibrada, perturbando las leyes económicas que determinan la formación de precios. En realidad, en el siglo XX, el desequilibrio es constitutivo, la formación de precios es irreductible para el modelo racional-mecanicista tributario de la Ilustración, y es esencial que el economista internalice en el «cálculo» una miríada de preguntas de los más diversos campos, comenzando por la historia.

En el siglo XX, la moneda ya no es una mediación de lo que serían los factores reales o productivos de la economía (o de la guerra), convirtiéndose en sí misma en el principal motivo de conductas y contraconductas. Existe toda una literatura supercrítica sobre las finanzas, como avance del totalitarismo neoliberal y, en particular, cómo se desarrolla el estado de excepción dentro de la financiarización de la vida. En el libro que Giuseppe Cocco y yo escribimos, aún en prensa, y continuando nuestro «Enigma do disforme» (2018), exponemos cómo estas teorías catastrófistas realmente nos ponen, epígonos e intérpretes, en cuarentena mental. Después de Foucault, tomamos la biopolítica en su polivalencia estratégica, para mostrar cómo la moneda también se convierte en el terreno de las prácticas de libertad y la reinvención de formas de gobierno. No se trata de dinero en la economía: el dinero es el problema económico por excelencia en el paradigma biopolítico. Es por eso que, en este libro, hablamos de la moneda en vivo, las biomonedas, que ya están entre nosotros, injertadas en el «cálculo».

En este sentido, las biomonedas acompañan las transformaciones de las tecnologías gubernamentales, especialmente en la gubernamentalidad neoliberal. Si los teóricos de la inspiración agambeniana no se cansaron de señalar en las políticas de expansión salarial de 1990-2000 (subsidio familiar, salario mínimo, BPC, crédito, etc.) un avance del estado de excepción, es decir, una intensificación del totalitarismo biopolítico, de ahí en adelante socializado a través de la inclusión, notamos cómo estas políticas salariales proporcionaron acoplamientos inmediatos para las prácticas de libertad, un nuevo paradigma de libertad que acompaña a las biomonedas. Vemos, por lo tanto, que la estabilización de la inflación, la transferencia de ingresos o, más tácticamente, las anticipaciones gubernamentales de ingresos son ajustes biopolíticos que son inmediatamente parte de la lucha por la democracia.

La propagación del coronavirus nos pandemiza a todos, exponiendo los supuestos que definen nuestra vida cotidiana. Nos obliga a pensar, fuera de las cuarentenas mentales y el aislamiento que causa el pánico. Si podemos ver claramente cómo dependemos de las condiciones biopolíticas para ser libres y vivir bien, quién sabe, podemos imaginar la reapropiación de estas condiciones para una democracia renovada.

 

Traducción del portugués: Santiago de Arcos-Halyburton

Manuel Sutherland: «Maduro se ha convertido en CAP II pero no lo dice públicamente»

Por muchos años, el gobierno de Hugo Chávez y luego el de Nicolás Maduro, negó la posibilidad de libre circulación de moneda extranjera mediante una Ley de Ilícitos Cambiarios, se lanzó a una política de estatizaciones, incluso de empresas y tierras productivas, y fustigó hasta la existencia de sitios de Internet que informaban el precio de la divisa estadounidense en las operaciones cambiarias en la frontera.

Pero desde 2019 vienen ocurriendo cambios en la administración de Nicolás Maduro, que aunque no se han producido de manera conjunta y no se han anunciado a grandes voces, constituyen un giro con respecto a los dogmas que venía manejando el Ejecutivo y que le hacen hablar de una supuesta recuperación económica por la circulación de dólares y el surgimiento de diversos comercios vendiendo mercancías importadas en dólares que están lejos del alcance de los sectores más desfavorecidos económicamente, cuyo salario se sigue pagando en un bolívar devaluado del que no quedó fortaleza alguna y mucho menos es soberano.

En medio de la grave situación que vive el país, con una producción petrolera sumamente disminuida, dificultades para comerciar el poco crudo que se explota y con prácticamente nulas capacidades para el financiamiento, EEUU anunció una nueva serie de sanciones, las denominadas como secundarias pues estarían dirigidas no solo a empresas y entidades venezolanas, sino a las extranjeras que comercien con ellas, lo que hace aparecer en el horizonte un panorama desolador para una economía que prácticamente se está limitando a las importaciones de productos que se venden en los llamados bodegones.

Para profundizar sobre estos aspectos de la nueva etapa económica que comienza en Venezuela, José Luis Carrillo de TalCual conversó con el economista Manuel Sutherland, director del Centro de Investigación y Formación Obrera (CIFO) y de la nueva firma Algoritmo Data Consulting, un investigador que lleva varios años desmontando el discurso  del supuesto socialismo del Gobierno y denunciando las tramas  financieras que se han aprovechado del boom petrolero que se registró entre los años 2006 a 2012 y que, en lugar de colocar a Venezuela entre las naciones emergentes la sumió en una de las peores crisis de su historia.

Impresión subjetiva

-El Gobierno habla de una recuperación económica, pero ¿se puede decir que hay un programa económico que el Gobierno haya implementado para lograr algo semejante?

-Lo que se dice que es una recuperación económica es una cuestión subjetiva. No hay un dato empírico que diga si la hay o no. El último PIB del que se tienen cifras, y que corresponde al primer trimestre de 2019, mostró una caída de -26,6 por ciento, y la inflación del año pasado fue 9.500% según el Banco Central de Venezuela (BCV), no hay un dato que diga que hubo recuperación, los números, al contrario, son catastróficos. De 2013 a 2019 el sector construcción, según la última data del BCV, cayó 97%, es decir, una desaparición casi total. Los servicios financieros cayeron 95%, la banca prácticamente desapareció, el sector fue tragado por la hiperinflación, que puede ser la segunda más importante en longitud de Latinoamérica, detrás de Nicaragua que duró cinco años.

«Lo que se llama recuperación es una impresión subjetiva de fenómenos que vemos en la calle que no quieren decir que haya una recuperación. Se representa primero, en la cantidad de dólares que están circulando; segundo, la cantidad de bodegones que están trayendo cosas pequeñas importadas, y tres por el auge de la construcción de torres en sitios financieros, oficinas de lujo, así como la remodelación de algunos locales. Uno ve eso y dice ‘hay una recuperación’, pero es la impresión subjetiva  de algo que no conocemos, no podemos asegurar que es así», expresó Manuel Sutherland.

-¿Es porque no está claro que ese dinero sea producto de la actividad económica del país?

-No. Es que podemos asegurar que, aunque (el dinero) fuera externo o lo sacaron de una cueva, eso aumenta la economía, pero no sabemos la magnitud de eso. El PIB lo componen todos los bienes y servicios que se hacen en el país en un año; un bodegón es algo muy pequeño y, además, la importación resta al PIB, así que, si todo es importado y no hay una contraparte de exportaciones, eso disminuye, es una economía portuaria por decirlo así. Da la impresión de que hay una gran cantidad de empresarios, y eso también es subjetivo, que quieren invertir en Venezuela, y en cuanto a las torres da la impresión de que personas que tenían grandes cantidades de divisas las están colocando en el mercado local pensando en una recuperación futura, aprovechándose de precios bajos pensando que los mismos van a subir.

Error y consecuencia

A juicio de Manuel Sutherland, el 20 de agosto de 2018 es una especie de «parteaguas» en la historia económica reciente de Venezuela. «Ese día, Nicolás Maduro aparece diciendo que cometieron errores en economía, que el dinero inorgánico sí es inflacionario, que el déficit fiscal es la base de la emisión de ese dinero que causa inflación y que iba a haber disciplina fiscal. Eso fue como a las 6, 7 pm. Pero a las 8pm decreta un aumento de 3.600%, hace lo opuesto de lo que dijo, ofrece bonos y dinero para todo el mundo, y evidentemente eso se pagó con los meses de hiperinflación más importantes de la historia económica, 240% mensual de inflación», indicó Manuel Sutherland.

Añadió que en 2019, el gobierno de Nicolás Maduro arrancó con un plan para abrir la economía y hacerlo suavemente, poco a poco, para tratar de no herir susceptibilidades ideológicas y tratar de mantener los negocios atados al Estado, «pero pasan tres sucesos, uno la inercia de la caída económica que alcanza la mitad del PIB que hace que la crisis se haga muy fuerte, dos la autoproclamación de Guaidó en la plaza que hace un cisma político importante, junto a la amenaza de intervención militar o guerra civil, y tres, la forma fenoménica de expresión de la destrucción del sistema eléctrico que fue el apagón, ocurrido en marzo de ese año».

En opinión de Manuel Sutherland, esos tres eventos empujaron a Nicolás Maduro a desechar la idea de los guerreros económicos, de los que dice nunca tuvieron una influencia importante en el Ejecutivo, pues eran más bien mediáticos, y servían para inventar excusas para defender al Gobierno. Personas, precisó, como Pascualina Curcio, Tony Boza, Luis Salas, Andrés Giuseppe y Juan Carlos Valdez, «todos esos deudos de la teoría de la guerra económica. El Gobierno no les paraba mucho, pero los utilizaba para defenderse, y entonces los desechó».

Contó que triunfó entonces un ala empresarial bolivariana ligada a lobbys diferentes, «ligadas a áreas militares, a inversiones con dinero que proviene de negocios con el Estado y que con las sanciones se les hacía más difícil exportar ese dinero. Con las sanciones se corta bastante (la circulación de ese dinero en el exterior), hay una mayor persecución y hay una necesidad de meter ese dinero a Venezuela de alguna manera».

Bodegones y oficinas de lujo

-Esos capitales ¿provienen de aquellas empresas de maletín que se denunciaron cuando se verificó la drástica caída de las reservas internacionales en 2013 y se atribuyeron a irregularidades en la asignación de divisas?

-Son aquellos que tienen años trabajando con el Gobierno en la cuestión cambiaria. No solamente Cadivi, Sitme ni los 20 mil millones de Edmée Betgancourt (los que confirmó la entonces presidenta del BCV). Estamos hablando de una fuga de capitales que puede ser de $400 mil millones. Entre 1999 y 2015 al Gobierno le entra un millón de millones de dólares en exportaciones, principalmente de petróleo, es para construir 20 Venezuelas como nuevas, el equivalente a 10 planes Marshall. Con el seis por ciento de ese dinero, 60 mil millones de dólares, se está planteando por parte del FMI lo que se requiere para recuperar la economía. Esa gente se fue enriqueciendo con el negocio cambiario desde 2004, tenían industrias, comercios, vacunas, comisiones. Cuando ese negocio se rompe porque ya no hay divisas, 2017, 2018, surgen los CLAP como forma de apropiación de la renta, pero esos grupos acumulan buena cantidad de dinero en el extranjero, los comienzan a perseguir, tienen a testaferros aquí y allá, ocurren dificultades para salir del país, congelamiento de cuentas y la importación se viene al piso. Si el Gobierno no puede dar dinero, ellos tienen dinero acumulado que pueden traer acá.

«Se dan esos factores para que ellos comiencen a invertir aquí y surgen los bodegones, las torres de oficinas de lujo. Ese grupo que está emergiendo es el que le da una especie de programa económico al Gobierno. El Gobierno agarra ese programa en 2018, vienen economistas de China, ecuatorianos, le dicen que tiene que abrir la economía y luego de esas aperturas sugeridas, el Gobierno termina abriéndose en 2019, cuando ya la situación es desesperante y hacen algo que antes era sagrado, legalizar la puesta de precios en divisas y permitir que los supermercados cobren en divisas. Se da una especie de dolarización de facto con importaciones desreguladas, eliminación de aranceles y una serie de incentivos que permiten que esta subclase social emerja. A medida que van surgiendo van integrándose, comienzan a comprar empresas de envíos, financieras, bancos, abriendo nuevas oficinas inmobiliarias, y eso ayuda a la economía, pero no sabemos la magnitud», detalló el investigador Manuel Sutherland.

La dolarización sería peor

-Maduro expresó ‘gracias a dios que existe la dolarización’ y afirmó que eso serviría a la recuperación y despliegue de las fuerzas productivas

-Yo no estoy a favor de la dolarización. Creo que en un país como Venezuela, que tiene el problema del rentismo económico, la dolarización lo que hace es que puede profundizar algunos problemas que vienen de esa situación. Un sector petrolero que es grande, pero pequeño para el resto de la economía, produce muchas divisas que hacen pensar que la economía es tan productiva como el petróleo, hace que la moneda se sobrevalue y se importe mucho, y ya sabemos toda la historia. Dolarizar puede agudizar ese proceso. El Gobierno lo hace no por una convicción ideológica sino porque no tiene más remedio, no es lo que quiere, tiene 15 años hablando de dólar criminal. Ahora el dólar es una bendición, es hacer virtud de la desgracia. Ahora lo está empujando porque los capitales que están movilizando se lo exigen, el Gobierno la está acatando porque mucha gente en el Gobierno tienen empresas, ahora son empresarios.

«Los procesos de privatización están caminando. Privatizaron Abastos Bicentenario y nadie sabe en cuánto se vendió eso ni cómo. Eran activos importantes, cientos de locales comerciales, neveras, refrigeradoras, puertos, etc.  Se están dando procesos de privatización a la rusa y a la polaca donde pequeños capitales aliados al Gobierno pueden tener ventajas para apropiarse de activos valiosos por precios ridículos y de una manera muy oscura. Lo ideal es hacer una ley que regule más y de manera más formal las posibles privatizaciones que se estén haciendo, el problema es que hay rumores de que Pdvsa sea privatizada, no como holding, sino de las corporaciones que están bajo su paraguas, se podría privatizar hasta parte del subsuelo», advirtió Manuel Sutherland.

Resaltó Manuel Sutherland de igual manera que los bandos en disputa están viendo cómo se posicionan para estar en mejor condición y tomar comisiones y gestiones en esta serie de privatizaciones.

Maduro intentó seguir siendo CAP I

-El Gobierno ha dicho que el sector empresarial fue parasitario siempre porque lo que buscaban era captar la renta petrolera, pero ahora hay un grupo pequeño que lo tiene todo

-El grupito bodegoncístico y de oficinas de lujo hace peor (que en la llamada IV República), porque ni siquiera hace la mantequilla de maní acá sino que la trae de Miami. Es poco competitivo, tienen precios muy elevados, generan muy poco empleo y pagan muy pocos impuestos; esa no es la economía que necesita el país, es la expresión de una escala reducida en la producción y también de una crisis en el sector agroindustrial. En la IV República los empresarios, la mayoría, parasitaban el Estado, también hubo Recadi y formas de apropiarse del erario público, pero cuando la renta se exacerbó y se multiplicó por cinco, los problemas relacionados con el rentismo se multiplicaorn con cinco. Ahora es un maxi viernes negro multiplicado por el impacto de la renta. Lo que había que hacer era tener una moneda muy subvaluada y generar ahorros, era lo importante, no meter todo el dinero de la renta en la economía para no calentarla. Eso se sabía y en el año 1989 se hicieron propuestas y se creó el Fondo de Estabilización Macroeconómica (FEM, que Hugo Chávez eliminó). En Noruega se hizo, en Kasajastán y Arabia Saudita y los fondos son mil millonarios. Aquí no se hizo nada, se gastó y endeudó la nación, Si hubiéramos ahorrado cerca del 30% de la renta tuviéramos en las reservas internacionales $240, 250 mil millones.

-¿Podemos decir que las políticas de Chávez-Maduro estaban más cerca de Carlos Andrés Pérez (CAP) que de Karl Marx?

-No tiene nada de marxismo ni de socialismo porque ni Maduro y sobre todo Chávez sabían nada de socialismo, no eran socialistas ni militaban en la izquierda. Chávez era un militar nacionalista y los militares son de derecha, antiaborto, anti matrimonio homosexual, anti marihuana, no les importa el ambiente, quieren aumentar los gastos represivos, todo lo que la izquierda denomina como derecha y combate normalmente. El hecho que sea ultrapatriótico lo hace de derecha porque la izquierda es internacionalista. Alguien que grita ‘Alemania para los alemanes’ es de derecha, aquí se tiene como de izquierda, es una distorsión porque viene de la lucha colonial. El chavismo no tiene ninguna potencialidad de izquierda aunque mucha gente de la izquierda se haya pegado. Aunque esa adherencia estuvo confinada a cuestiones culturales, diplomáticas, de máscara ideológica, pero esto es un Gobierno fundamentalmente militar.

«A pesar de que Maduro viene de la Liga Socialista nunca desarrolló nada sobre marxismo, ninguna vocación o escrito, y el Gobierno permaneció igual, al iniciar su mandato, en cuanto a su estructura, con Cadivi, dólar a Bs 10,  control de cambio, hasta que la renta se acabó y tuvo que ir de CAP I (1974-1979) a CAP II (1989-1992). De todo lo que era CAP I, que es Chávez hasta 2012, ese sauditismo de CAP I, Maduro lo trató de extender hasta que en 2016 dijo ‘no puedo’. En 2018 y 2019 no es suficiente recortar importaciones y tiene que ser CAP II y aplicar él mismo el paquetico, pero no lo puede expresar, lo que hace es hacer anuncios por Twiter. Es la negación de lo que estaba haciendo, créditos indexados, privatizaciones, el hotel Humboldt que era símbolo nacional, se privatizó», señaló Manuel Sutherland.

-Entre Chávez y Maduro se emitió mucho dinero inorgánico y lo justificaron diciendo que un país puede hacer esto para atender a las necesidades de circulante por parte del pueblo

-Chávez emitía dinero de más y había inflación. En 2011 teníamos la inflación más alta del mundo, era de 30-35%, anual, mientras la inflación mundial (en promedio) es de 3,5% anual. Nosotros no nos dábamos cuenta pero era muchísimo para lo que es la actualidad mundial. Maduro, en el afán de ser CAP I y extender lo que la gente llama «el legado», eso que en el año 2012 ocurría que la gente preguntaba «¿cuánto cuesta esa botella de vino? Dame la caja completa», empezó a emitir dinero inorgánico de manera salvaje.

-A EEUU no le pasa

-Porque tampoco emiten una cantidad excesiva. Todas las monedas son inorgánicas, el patrón oro murió en 1930 y lo que había era una referencia de cambiabilidad a oro permutable que no es patrón oro propiamente, se rompió en el 70 (1970), y todo el mundo emite dinero inorgánico. En Venezuela todo el dinero inorgánico se produce en exceso porque no hay límites.

«Todo dinero es inorgánico -prosiguió-, el problema es la cantidad que emitas. Si estás en una isla desierta y hay cocos y pescado y estás con 10 personas, puedes decir ‘voy a crear esta hoja de palmera que representa un coco o dos pescados’, la gente cambia una palmera y te dan un coco o dos pescados pero si tomas 10 millones de hojas de palmeras evidentemente un coco te va a valer cinco millones de palmeras, porque no hay cocos, no están, por más que crees palmeras no hay producción. Emiten cantidad de palmeras acorde a la cantidad de cocos y pescado que hay en la isla, si la economía baja emiten menos, para evitar que la economía suba o baje mucho. En las economías maduras se busca que haya una subida estable porque las subidas bruscas traen caídas bruscas. Para eso se utiliza el dinero, emiten más cuando cae y menos cuando sube, cuando emites dinero de más lo que haces es crear inflación. Si la economía cae en 50 % no puedes aumentar la base monetaria en 20.000%. En 2018 el Gobierno impulaó un crecimiento de la liquidez monetaria en 68.000% y los países normalmente la aumentan en 4-5%, sí tienen una política expansiva, pero no 68.000% y con la producción cayendo. Aquí el gobierno ya asumió que es CAP II».

Patadas a un moribundo

-El Gobierno dice que no hay medicinas ni alimentos por las sanciones. Ahora empieza una segunda etapa de las mismas ¿cómo se desmonta ese discurso de la crisis por las sanciones?

-Las primeras sanciones financieras comienzan en 2017; en ese año la economía ya había decrecido en un 30-32%. Puede ser uno de los 10 decrecimientos más importantes de América en la historia. La crisis era muy fuerte cuando las sanciones se imponen. Si no se hubieran aplicado las mismas, la crisis se hubiera  desarrollado más o menos igual. Las sanciones económicas más importantes arrancan en 2018 y las más duras, las petroleras, en 2019 cuando la economía había perdido la mitad de su PIB, las de 2017 no tenían por qué afectar brutalmente  la economía, Si la economía hubiera estado medianamente sana se hubiera pagado la deuda a los tenedores de bonos y no hubiera necesidad de renegociar la deuda, lo que EEU buscaba con las sanciones era impedir la renegociación de deduda, muchos bonos estaban en default y Venezuela estaba diciendo «te pago en dos o tres años» y el gobierno de EEUU mandó a parar.

-¿A qué nos enfrentamos con las sanciones secundarias?

-Las nuevas afectan profundamente a la economía, pero es como darle patadas a alguien que está en el suelo, sangrando con 10 cuchillos en el pecho; encarecen las importaciones, disminuyen su variedad, encarecen los posibles efectos de las exportaciones, los pagos y obligan a hacer triangulaciones comerciales cada vez más costosas que disminuyen los beneficios a la población y a empresas estatales y privadas, fomentan la corrupción y obligan a crear un manto, de comisiones, gestores, aparecen mafias.

«La mayoría de los estudios que abarcan el tema de las sanciones dicen que no sirven para promover la transición política. En mi opinión lo que se hizo con Cuba (durante la administración de Barack Obama), de reuniones, negociaciones, es preferible, es mejor negociar eso y se logran más cosas», sostuvo Manuel Sutherland.

Considera el director del CIFO, Manuel Sutherland, que, en la medida que la economía crezca y se recupere, la pobreza disminuye y hay más alternativas para luchar contra este tipo de régimen. «A este tipo de regímenes le sirve que más pobre sea la gente.  Si son más pobres son más dependientes del CLAP, del carnet, del Estado y más sirve el discurso de las sanciones como culpable de todo.  Pero si hay recuperacíon, aún con sanciones, puedes decir que estás abriendo la economía y ésta responde y la gente tiene más autonomía y mientras más autonomía económica tenga una persona, de eso se deriva más autonomía política».

Sostuvo Manuel Sutherland que, lamentablemente, el pensamiento de un mando central de la oposición es empeorar la situación «para que todos salgamos a la calle nos quitemos la camisa y enfrentemos a las FAES con una honda y una piedra. Lo ideal para mí es que la economía crezca y se recupere, eso sería el músculo importante para hacerle frente al chavismo».

Acotó Manuel Sutherland que el gobierno de Nicolás Maduro estimula la falta de transparencia. «No publica los informes de PDVSA por ejemplo, que tiene que hacerlo, ya que se supone que el Gobierno es el administrador que asignas para que administre algo que es tuyo. Cuando estás en un edificio y nombras una junta de condominio externa, lo que es un gobierno, la plata no es de la junta de condominio, te hacen una gestión y te cobran un salario, pero te tienen que rendir cuentas. Como el Estado no rinde cuentas, el privado menos. Hay mucho lavado, mucha fuente de corrupción, narcotráfico, contrabando de gasolina y de alimentos, minería ilegal y el ecocidio del Arco Minero».

Pelea de elefantes

-¿Estamos entre qué fuerzas, por una parte los que quieren que el pueblo salga a inmolarse y un Gobierno que no tiene un norte?

-Estamos entre un par de elefantes que pelean en la selva  y nosotros en el suelo,  mientras pelean y brincan ellos rompen todo, lo van haciendo pelota y al mismo tiempo evacúan. El Gobierno con 15% de aprobación popular quiere tener el 100% del poder y no le importa si la gente es más pobre, si tiene más hambre, tienen que aguantar porque ellos tienen que ser gobierno siempre, y el otro grupo tampoco le importa, agarran la ayuda humanitaria y no la distribuyen, el Hospital J. M de los Ríos necesita cosas por 5 mil dólares, que pueden salvar a 500 niños, vacunas y cosas que no valen nada, pero no les interesa y reciben millones de dólares, se apropian del dinero y les conviene que la situación esté peor y promueven sanciones para que la situación esté peor y promueven acciones como el TIAR y la guerra civil y el desorden.

economista venezolano y director del Centro de Investigación y Formación Obrera (CIFO).

Fuente:

https://talcualdigital.com/manuel-sutherland-nicolas-maduro-se-ha-convertido-en-cap-ii-pero-no-lo-dice-publicamente

Analizando la reproducción social

Por Cynthia Wright

La teoría feminista materialista y marxista está actualmente experimentando un cierto renacimiento. Un gran trabajo empírico y conceptual sobre la reproducción social es la mayor parte de esa innovación teórica.1 Asimismo, están también las recientes huelgas internacionales de mujeres, destacando asuntos clave como la violencia de género y los ataques a la autonomía reproductiva, o el abanico de trabajo social reproductivo no remunerado realizado usualmente por este género.

Como observa Cinzia Arruzza en la conclusión de su ensayo de Social Reproduction Theory, “la huelga de mujeres puede ser vista legítimamente como una translación política de la teoría de la reproducción social.”2

Estos desarrollos reflejan una búsqueda de alternativas al feminismo liberal dominante y a la profunda crisis y contradicciones de la vida diaria, así como la necesidad de un marco de trabajo teórico y una política antirracista, anticapitalista y antipatriarcal. Esta pudiera ser una de las más importantes contribuciones de una renovada teoría de la reproducción social: puede ayudarnos a entender “cómo todas las políticas se convierten en políticas reproductivas”3, como afirma Laura Briggs.

El libro Social Reproduction Theory: Remapping Class, Recentering Oppression, editado por la académica y activista Tithi Bhattacharya, forma parte de este trabajo renovado sobre la teoría de la reproducción social y la vida diaria en el contexto del capitalismo global.

Como siguiere el subtítulo, la colección apuesta por una comprensión más amplia de las relaciones de clase. También busca desarrollar las intuiciones de los análisis de la interseccionalidad feminista y antirracista, con vistas a crear una teoría y políticas anticapitalistas que pueda dar cuenta tanto del poder de clase como de la organización material del género y la raza en el contexto de un sistema unitario.

Pero para aquellos que no estén familiarizados con el concepto básico de reproducción social dentro de la teoría feminista marxista o necesitan refrescarlo, aquí va una breve descripción.

Expansión del feminismo marxista

La reproducción social es definida y conceptualizada de diferentes (aunque se superpongan) maneras y a diferentes escalas y lugares.4 A pesar de que en la introducción del libro la capitalización de la SRT (Social Reproduction Theory) pudiera sugerir una tradición teórica de feminismo singular, existen de hecho varias genealogías de teorizaciones en el terreno –así como debates productivos.5

Una consideración más, que la introducción también reconoce, es que gran parte del corpus literario teoriza lo que muchas marxistas feministas llaman reproducción social, usando diferentes términos conceptuales. Las teóricas marxistas feministas de la reproducción social difieren en algunas cosas, pero convergen todas en una comprensión más expandida del trabajo y de la jornada laboral y en una preocupación por la producción y reproducción de la fuerza de trabajo.

Sin embargo, este foco no se limita a una simple adición a la teoría marxista. Como Kathi Week la describe, la teoría de la reproducción “ha requerido de hecho una gran reconsideración de los conceptos y modelos [marxistas], sus análisis críticos y sus visiones utópicas” pues las feministas mapearon las posibilidades de una política expansiva en el lugar de “la contradicción entre acumulación de capital y reproducción social.”6

Así que mientras se mantienen debates políticos y teóricos productivos dentro de la SRT, y algunas preguntas permanecen sin respuesta, no hay duda de su capacidad para reflexiones teóricas excitantes y poderosas.

La reproducción social, como marco conceptual dentro del feminismo marxista y de la economía política feminista, no es nuevo. Un número de feministas marxistas, incluidas Meg Luxton y Silvia Federici, han publicado investigaciones teóricas y empíricas en esta área de manera consistente durante décadas.7

Tal trabajo teórico se remonta a finales de la década de 1960 al menos, y forma parte de una gran investigación y conjunto de debates relacionados con la cuestión de la opresión de la mujer en el contexto capitalista y la crítica de la economía política y sus categorías.8 Como parte de esa trayectoria teórica, los lectores de Against the Current quizá recuerden la clásica y muy citada definición de reproducción social de Barbara Laslett y Johanna Brenner. Escribiendo en la década de 1980, se refirieron a la reproducción social como:

“las actividades y actitudes, comportamientos y emociones, responsabilidades y relaciones directamente envueltas en el mantenimiento de la vida sobre su base diaria e intergeneracionalmente. Entre otras cosas, la reproducción social incluye cómo la comida, la ropa y el techo se proveen para el consumo inmediato, las maneras en que el cuidado y la socialización de los niños se proveen, el cuidado de los enfermos y los ancianos y la organización social de la sexualidad.”9

Sue Ferguson, quien ha contribuido al gran reto de renovar el proyecto de la SRT (y que ha participado en la colección con un importante capítulo sobre reproducción social, capitalismo y la formación de las subjetividades de los niños), profundiza sobre la reproducción en un ensayo reciente:

“Su más poderosa idea es que el proceso de acumulación de capital requiere fuerza de trabajo humana pero no la produce. Como no existe un mecanismo en la relación directa trabajo/capital para asegurar la renovación diaria y generacional del trabajo, encuentra maneras de organizar históricamente sujetos encarnados específicos –sujetos diferenciados por género y raza– en y a través de prácticas e instituciones estructuradas jerárquica y opresivamente, tales como los hogares privados, estados del bienestar, esclavitud y mercados de trabajo globales.”10

La conceptualización de Ferguson resulta de ayuda porque la reproducción social a menudo se combina popularmente con la familia, el trabajo doméstico y el hogar privado, los cuales son muy importantes en un contexto dado pero que no definen la reproducción social de todas las coyunturas históricas.

Alguna teoría de la reproducción social (especialmente algunas de las formulaciones más tempranas) asume demasiado fácilmente un marco nacional donde desaparecen cuestiones de migración, (falta de) ciudadanía y el carácter cada vez más global de las vidas de la clase trabajadora y del trabajo social reproductivo. Asimismo, los recientes estudios sobre trabajo, reproducción social y el sur global han cuestionado si el trabajo informal generalizado pudiera necesitar una reelaboración del concepto de reproducción social.11

Mientras el foco de la teoría de la reproducción social reside en gran medida en el contexto de los Estados Unidos/Canadá, con algunas referencias dispersas a luchas sobre la reproducción social en el sur global, algunos de esos puntos son asumidos por Carmen Teeple Hopkins, editora de un reciente número especial sobre geografías feministas de reproducción social y raza,12 en su interesante capítulo, “Mostly Work, Little Play: Social Reproduction, Migration and Paid Domestic Work in Montreal.”

En esta contribución, Teeple Hopkins se pregunta cómo las trabajadoras domésticas migrantes responden a sus propias necesidades sociales reproductivas en un contexto de interminables horas de trabajo remunerado y de falta de un lugar al que llamar hogar más allá del puesto de trabajo.

Basándose en herramientas teóricas de la geografía económica feminista, así como de diversas corrientes dentro de la SRT (incluyendo los enfoques del feminismo negro hacia la esclavitud transatlántica), Teeple Hopkins examina cómo las mujeres filipinas confían en espacios religiosos, y en las amistades conectadas con ellos, como fuentes de apoyo reproductivo.

Teoría y estrategia

En su introducción a la teoría de la reproducción social, Bhattacharya delinea las tres principales tareas de la antología: a) clarificar el foco teórico y el terreno de investigación de la teoría de la reproducción marxista-feminista; b) profundizar en la teoría marxista desde el punto de vista de la reproducción social, incluyendo la comprensión de la raza y el género tanto como la de la clase; y c) analizar las posibilidades estratégicas de una política de reproducción social dentro del contexto contemporáneo.

El propio capítulo teórico de Bhattacharya, “How Not to Skip Class: Social Reproduction of Labor and the Global Working Class,” ofrece un enfoque para las tres, pero no todas las contribuciones necesariamente cumplen con los tres por igual.

A pesar de que muchas de las contribuciones ofrecen ejemplos interesantes de posibilidades estratégicas, el libro no discute en detalle iniciativas concretas de organización contemporáneas en el campo de la reproducción social. El ensayo de Cinzia Arruza sobre la huelga de mujeres concluye el libro, pero es la única contribución que es un puñado de páginas y no un capítulo íntegro.

Al mismo tiempo, muchos capítulos exponen propuestas teóricas y ejemplos históricos que pueden clarificar el contexto estructural general de luchas específicas. Por ejemplo, “Pensions and Social Reproduction”, de Serap Sartias Oran, ilumina por qué y cómo la cuestión de la reproducción social intergeneracional se ha convertido en un terreno principal de la lucha contra varios contextos sociales. De manera similar, “Crisis of Care? On the Social-Reproductive Contradictions of Contemporary Capitalism”, de Nancy Fraser, anatomiza las crisis de reproducción social y sus resultados a través de tres regímenes históricos.

En uno de los más interesantes y ambiciosos capítulos, “Without Reserves”, Salar Mohandesi y Emma Teitelman trabajan con el punto de vista de la reproducción social para revisar el barrido histórico del capitalismo estadounidense, la formación estatal y la composición de clase. El resultado es una rica contribución que se basa en importantes contribuciones de la historia laboral y de género de mujeres estadounidenses para entender la reproducción social.13

En “Body Politics: The Social Reproduction of Sexualities”, Alan Sears localiza la sexualidad dentro del contexto de las relaciones sociales de producción y reproducción en general, con una mirada puesta en teorizar por qué y cómo la heteronormatividad y el poder de género persisten. Como parte de este trabajo analítico, Sears vislumbra las posibilidades de una comprensión más amplia de la liberación sexual, la autonomía corporal y la libertad frente a la violencia sexual.

Los trabajos recientes en este campo profundizan en estos compromisos políticos y teóricos vitales. Por ejemplo, la cuestión de la producción y reproducción del género binario mismo dentro de la reproducción social está siendo de nuevo investigada y criticada, pues los académicos portan las lentes teóricas del transgénero a los intereses de la SRT.14

El problema profundo de la violencia generalizada contra la mujer y la gente con género no-normativo llama más la atención dentro de la teoría de la reproducción social. En una entrevista reciente, Silvia Federici habla sobre la relación entre esa violencia y –por nombrar solo algunas conexiones– la devaluación y coerción del trabajo de las mujeres; la negativa de las mujeres de realizar trabajos de reproducción social; y la desposesión de (a menudo indígenas y mayores) mujeres de las tierras comunales.15

Finalmente, la noción de Sears de una liberación erótica reconceptualizada desde los lentes de la reproducción social se hace eco del argumento de la académica en discapacidad Loree Erickson de que las personas con discapacidad se ven presentadas como sexualmente indeseables pues son leídas como cuerpos dependientes. Para ella, la expresión sexual plena para la gente con discapacidad no puede suceder sin una reconstrucción de las ideas y prácticas del cuidado y la dependencia.16

Clase, género y dinámicas raciales

En general, las teorías de la reproducción social han intentado eludir los problemas de la así llamada teoría de “sistemas dual”, esto es, el argumento de que patriarcado y capitalismo, género y clase, son dos estructuras autónomas, y han tratado, en cambio, de teorizar la opresión de las mujeres de una manera no reduccionista dentro de la dinámica del capitalismo.17

Gran parte de la SRT surgió en el contexto anglosajón (Gran Bretaña, EE. UU. y Canadá) pero al enfrentar el problema de las dinámicas de clase y género, a menudo tenía poco que decir sobre raza y capitalismo y la división racial del trabajo.

Como Sue Ferguson ha observado: “El trabajo teórico de explicar cómo y por qué la misma existencia del capitalismo conlleva racismo, y cómo y por qué el racismo toma su forma específica bajo el capitalismo –esto es, la teorización de un capitalismo patriarcal sistemáticamente racializado– está a la zaga.”18

Mientras que la cubierta trasera de Social Reproduction Theory afirma que el libro “presenta una alternativa a la interseccionalidad”, sería más exacto sugerir que aquellas contribuidoras que se ocupan de la teoría de la interseccionaldad, lo hacen de varias maneras. En otras palabras, la teorización de la reproducción social en el contexto del capitalismo patriarcal racializado constituye todavía un problema mayor que requiere de trabajo sistemático basado en diálogos críticos a través de diferentes estudios y orientaciones teóricas.

La introducción de Bhattacharya sugiere (con particular referencia al capítulo de David McNally, “Intersections and Dialectics: Critical Reconstructions in Social Reproduction Theory”) que la teoría de la reproducción social abre un camino de construcción de “perspectivas de interpretación” al tiempo que critica su enfoque metodológico a la raza y al género entendidos como sistemas discretos que se intersecan.

Dentro de la teoría de la interseccionalidad misma, existe ya una conversación interna general extendida en los campos de la epistemología y la metodología (que son de hecho diversos).19 Esto sugiere un espacio de diálogo crítico con la SRT.

Segundo, en un contexto en el que las teorías del capitalismo racial están experimentando también una renovación, existe un rico potencial para profundizar en conversaciones cruzadas entre las teorías de la reproducción social y aquellas del capitalismo racial.20 Encontramos importantes tradiciones teóricas entre las feministas marxistas y socialistas de color y feministas antirracistas, quienes han contribuido de manera significativa a teorías de la raza, el género, el capitalismo y la reproducción social.

En otras palabras, es importante no mezclar las teorizaciones de feministas de color con la teoría de la interseccionalidad. En esta conexión, el capítulo de McNally hace referencia correctamente al clásico de Angela Davis Women, Race and Class (1981). Al mismo tiempo, contextualizando el libro dentro de la larga tradición de teorización de mujeres negras comunistas de la que forma parte, produciría nuevas ideas importantes para la teoría de la reproducción social al tiempo que también identificaría algunos problemas teóricos no resueltos de esa tradición.21

Finalmente, existen importantes conversaciones cruzadas entre la producción teórica de las feministas estadounidenses de color y el feminismo internacional. Gran parte de esta literatura sugiere también visiones importantes dentro de los procesos de raza y reproducción social.

Como observa Lisa Duggan en un ensayo sobre reproducción social, “los nuevos estudios sobre la globalización de las cadenas de cuidado, adopción internacional y resistencia indígena a las políticas de ajuste estructural también analizan centralmente los procesos de reproducción social en el contexto de la economía política, aunque estos académicos no empleen generalmente el término como tal.”22

Releyendo la economía política

Las teorías de la reproducción social buscan no añadir otras categorías al análisis de la vida diaria sino releer la economía política, la política y la organización y estrategia anticapitalistas de nuevo desde el punto de vista de la reproducción social. Esto se ha convertido en un tema cada vez más urgente en los debates pues, como Nancy Fraser alertó en su contribución, “la crisis actual del cuidado […] no se resolverá jugueteando con la política social.”

Entonces está el problema de que, tal y como apuntó Rada Katsarova, “las infraestructuras de los accesos a los servicios sociales y a las necesidades de reproducción social han sido convertidas en instrumentos coercitivos de desposesión y racialización”, por no hablar de sus problemas con la gente transgénero.23

Una cosa que está clara, como hace notar, es la criminalización creciente de todos aquellos que tratar de experimentar sus formas de vida más allá del capital, más allá del estado.

Unas lentes teóricas ancladas en la teoría de la reproducción social resultan enormemente productivas, pero la cuestión de la práctica política que tenemos por delante permanece: ¿Cómo sería aquello que Silvia Federici llama “la reclamación y puesta en común de los medios de producción”? ¿Y cómo sería este reordenamiento de la política feminista hoy en día?

Notas:

1 Algunos de estos trabajos se han tratado en números recientes de Against the Current. La intervención feminista y materialista de Verónica Schild sobre capitalismo, destrucción medioambiental y feminismos latinoamericanos contemporáneos constituye un gran aviso de que cualquier política feminista anticapitalista seria debe tomar en serio la cuestión de la ecología y la reproducción social. “Feminisms, the Enviroment and Capitalism: On the Necessary Ecological Dimension of a Critical Latin American Feminism.” Journal of International Women’s Studies 20, 6 (2019): 23-43.

2 Cinzia Arruzza, “From Social Reproduction Feminism to the Women’s Strike.” In Bhattacharya, ed., Social Reproduction Theory. Ver también el dosier sobre la teoría y práctica de la huelga feminista en South Atlantic Quaterly 117, 3 (Julio 2018), así como los artículos periodísticos que incluyen: Linda Martin Alcoff, Cinzia Arruzza, Tithi Battacharya, Nancy Fraser, Barbara Ransby, Keenanga-Yamahtta Taylor, Rasmea Yousef Odeh, and Angela Davis, “Women of America: We’re Going on Strike. Just So Trump Will See our Power.” 6 febrero 2017 The Guardian: https://www.theguardian.com/commentisfree/2017/feb/06/women-strike-trump-resistance-power y Linda Martin Alcoff et al, “We Need a Feminism for the 99%: That’s Why Women Will Strike This Year.” 27 enero 2018 The Guardian: https://www.theguardian.com/commentisfree/2018/jan/27/we-need-a-feminism-for-the-99-thats-why-women-will-strike-this-year.

3 Ver el excelente y de buena lectura How All Politics Became Reproductive Politics: From Welfare Reform to Foreclosure to Trump (Oakland: University of California Press, 2018).

4 Un añadido a esta complejidad es el hecho de que la reproducción social es una categoría importante en varias corrientes de la teoría marxista, como por ejemplo el marxismo autónomo italiano. Para profundizar, ver Rada Katsarova, “Repression and Resistance on the Terrain of Social Reproduction: Historical Trajectories, Contemporary Openings.” Viewpoint Magazine, 5 (2015): https://www.viewpointmag.com/2015/10/31/repression-and-resistance-on-the….

5 Silvia Federici, “Social Reproduction Theory: History, issues and present challenges.” Radical Philosophy 2.04 (Primavera 2019): 55-57: https://www.radicalphilosophy.com/article/social-reproduction-theory-2.

6 Kathi Weeks, The Problem with Work: Feminism, Marxism, Antiwork Politics, and Posrwork Imaginaries. (Durham: Duke University Press, 2011): 25-27.

7 Ver Kate Bezanson y Meg Luxton, eds., Social Reproduction: Feminist Political Economy Challenges Neo-Liberalism. (McGill-Queen’s University Press, 2006). Para Federici, ver Revolution at Point Zero: Housework, Reproduction and Feminist Struggle. (Oakland, CA: PM Press, 2012) y Federici y Peter Linebaugh, Re-enchanting the World: Feminism and the Politics of the Commons. (Oakland, CA: PM Press, 2018).

8 Para algunas visiones dentro de esta trayectoria histórica, ver la reciente edición de Monthly Review 71, 4 (Septiembre 2019) recordando el ensayo clásico de Margaret Benston de 1969, “The Political Economy of Women’s Liberation.” Ver también el ensayo de Dorothy Smith, “Feminist Reflections on Political Economy” en Writing the Social: Critique, Theory, and Investigations. (Toronto: University of Toronto Press, 1999).

9 Citado en Lisa Duggan, “(Re)Producing Social Justice After Neo-Liberalism.” Scholar and the Feminist Online 7, 3 (verano 2009): https://sfonline.barnard.edu/sexecon/duggan_01.htm.

10 Sue Ferguson, “A Response to Meg Luxton’s ‘Marxist Feminism and Anticapitalism’.” Studies in Political Economy (2014): 165.

11 Alessandra Mezzadri, “Informal labour, the majority world and the need for inclusive theories and politics.” Radical Philosophy 2.04 (primavera 2019): 33-41.

12 Women’s Studies International Forum 48 (enero 2015).

13 Para hacer una generalización amplia, uno debe afirmar que la teoría de la reproducción social ha sido una fuerte corriente teórica dentro de la teoría y sociología feminista en Canadá, mientras que en el contexto estadounidense ha producido una literatura histórica particularmente rica sobre reproducción social.

14 Este es uno de los temas del número especial de 2017 de Society and Space, “Beyond Binaries and Boundaries in ‘Social Reproduction’”: http://societyandspace.org/2017/10/31/intro-beyond-binaries-and-boundari…. Briggs también lucha con la cuestión de trans/género en la introducción a How All Politics Became Reproductive Politics.

15 La entrevista con Silvia Federici se incluye en Fiona Jeffries, Nothing To Lose But Out Fear (Toronto: Between the Lines, 2015).

16 Loree Erickson, “Out of Line: The Sexy Femmegimp Politics of Flauting It!” En Tristan Taormino et al, eds., The Feminist Porn Book: The Politics of Producing Pleasure (New York: Feminist Press, 2013).

17 A este respecto, el trabajo de Lise Vogel resulta una orientación teórica clave para algunas de las contribuidoras a la teoría de la reproducción social. Ver su Marxism and the Oppression of Women: Toward a Unitary Theory. (Chicago: Haymarket Books, 2013). Vogel también escribió el prólogo de la Social Reproduction Theory.

18 Sue Ferguson, “A Response to Meg Luxton’s ‘Marxist Feminism and Anticapitalism’.” Studies in Political Economy (2014): 161-168.

19 Ver también el libro más reciente de Collins, Intersectionality as Critical Social Theory (Durham: Duke University Press, 2019).

20 Ver, por ejemplo, el tomo especial de Boston Review sobre “Race Capitalism Justice” editado por Walter Johnson con Robin D. G. Kelley (invierno 2017).

21 Ver Carole Boyce-Davies, Left of Karl Marx: The Political Life od Black Communist Claudia Jones. (Duke University Press, 2008) como también algo de la reciente discusión académica por Alan Walk en “From ‘Triple Oppression’ to ‘Freedom Dreams’” en el ensayo en Against the Current.

22 Lisa Duggan, “(Re)Producing Social Justice After Neo-Liberalism.”

23 Katsarova, “Repression and Resistance on the Terrain of Social Reproduction”.

 

Es profesora de estudios de género en la Universidad de York, en Toronto.