Pensábamos que teníamos todo controlado; pero no, ni tecnológica, ni económicamente, de ahí la tremenda cura de humildad que nos inflige la pandemia
Por José Antonio Pérez Tapias
A veces lo nuevo acecha. No sólo sorprende, sino que desestabiliza al irrumpir amenazante en lo que era el orden de nuestro mundo. Es lo que ha sucedido y sigue ocurriendo con el coronavirus –COVID19 según bautismo científico– a tenor de la pandemia desencadenada con su expansión. La situación es inédita, no ya solamente por la veloz cadena de contagios de la consiguiente enfermedad de carácter gripal, sino además por las medidas sanitarias decididas políticamente para tratar de frenarla, con costosísimas consecuencias económicas y sociales a lo largo y ancho del planeta; debido a ella vale, pues, aplicar el tópico de que hay un antes y un después. Los hechos amalgamados en torno al coronavirus suponen, por tanto, un acontecimiento y como tal es vivido y será recordado. No se trata de un suceso más que se añade a otros semejantes, sino que estamos ante un acontecimiento que, siendo inesperado, tiene todos los ingredientes para constituirse en un hito del todo significativo, de manera que a su carácter de imprevisto se suma su potencial de dejar en suspenso el mero fluir de procesos en curso para, en una situación nueva, concitarnos ante alternativas, dilemas, y cambios futuros respecto a los cuales hay y habrá que tomar decisiones sin precedentes.
Lo novedoso en este caso, calificado como pandemia por la Organización Mundial de la Salud cuando la expansión del virus de marras alcanzó determinados parámetros, incide en la mismísima percepción del proceso de globalización con la que hasta ahora nos hemos movido. Desde las últimas décadas venimos hablando de globalización económica, impulsada ciertamente por el capitalismo financiero y el desarrollo de la informática y la telemática, pero a la vez promoviendo unas interrelaciones económicas muy estrechas, por más que desequilibradas, entre agentes económicos y sociedades diversas a escala planetaria; globalización respecto a la cual, por lo demás, hemos visto en los últimos tiempos movimientos reactivos a la búsqueda de recetas proteccionistas, pero sin abandonar los dogmas neoliberales. ¡Y quién iba a decirnos que el supuesto orden económico internacional lo iba a poner patas arriba un microscópico virus protagonista de otra cara de la globalización! Pensábamos que teníamos todo controlado; pero no, ni tecnológica, ni económicamente, de ahí la tremenda cura de humildad que nos inflige la pandemia desatada.
Es cierto, por otra parte, que la problemática del cambio climático, tomando el relevo a la preocupación por la capa de ozono y otras causas medioambientales, nos introdujo de lleno en la vertiente ecológica de la globalización. Sin embargo, ha sido ahora, con la globalización de la enfermedad, cuando la conciencia colectiva ha dado un salto cualitativo, es verdad que sin que ello prejuzgue hacia dónde caigamos. Una epidemia que arrancó de una provincia China, en el imaginario colectivo todavía “extremo Oriente”, se nos ha instalado en pleno Occidente, con Italia primero y España después como focos de la misma en este lado del mundo. Cómo hacer frente a la enfermedad nos supone una nueva versión de la correlación bidireccional global-local, buscando en cada caso para la comunidad de la que formamos parte los medios para su inmunidad, cosa que a su vez, como advirtió el filósofo italiano Roberto Esposito antes de que nos viéramos en éstas, puede hacerse de manera fructíferamente creadora o regresivamente, pretendiendo inmunización a base de una más cerrada comunitarización.
Si en adelante se consumara la tentación de cerrar fronteras, que sería además una cesión claudicante ante los que no se casan de promover y construir nuevos muros, estaríamos dando la peor respuesta que pudiera darse en nuestra actual sociedad del riesgo. El sociólogo alemán Ulrich Beck, que antes de morir nos dejó unas cuantas obras fundamentales, fue pionero señalando los nuevos riesgos que íbamos a tener que afrontar en un mundo globalizado. No le faltó perspicacia para indicar que el reverso de los riesgos de nuestro mundo son los temores que se generan, con el peligro de que se nos convierta en una sociedad del miedo. Con ciudadanas y ciudadanos atemorizados, expuestos a caer en el pánico ante circunstancias que serán muchas veces tan nuevas como arrolladoras, no será posible dar con las vías adecuadas para salir de las crisis. Se repetirá una y otra vez, al cabo del tiempo, lo que decía Marx acerca de una burguesía capitalista que sale de las crisis preparando la siguiente, siempre más profunda y mayor. En las condiciones de la pandemia actual ha de ser motivo de reflexión crítica la consideración de que a la globalización de la enfermedad ha de respondérsele con la globalización de la salubridad, es decir, de las condiciones para una vida saludable a escala planetaria. Todo se juega para lograrla en cómo se gestionen el riesgo y el miedo para no quedar atrapados entre ellos.
La globalización de la salubridad –cuestión que toca de lleno las exigibles condiciones de vida digna para todos– implica el combate firme contra las desigualdades, dado que éstas impiden de hecho que, a las diferentes escalas nacional e internacional, puedan alcanzarse objetivos de salud pública. Dichos objetivos traen de nuevo al debate ético y político la noción de bien común, correlacionada con lo que es exigible por razones de justicia. Al hilo de tal apreciación es oportuno insistir, no tanto en apelaciones a un “sentido común” respecto al cual hasta puede ser aconsejable una inevitable dosis de escepticismo –suele ser tan invocado como ausente, dado el peso de los intereses en pugna–, sino en el sentido de lo común, conscientes de los bienes que todos hemos de poder disfrutar o a los que todos hemos de tener acceso en condiciones de efectiva igualdad –entre otras características, no han de ser reducibles a mercancía– porque son soporte de la vida y, justamente, de la vida en común. Sin duda, la salud pública es irrenunciable bien común.

