La potencia del octubre chileno

 

por Santiago de Arcos-Halyburton

 

Es el quinto día de movilizaciones, en que la certeza de la muerte de una normalidad impuesta, la certeza de la destrucción de una servidumbre voluntaria que duró 30 años, ha abierto una brecha insalvable en el muro del poder: “vamos a tener que disminuir nuestros privilegios” dice la esposa del empresario especulador financiero que gobierna Chile hoy, esta frase refleja el terror que esta movilización, que este estallido de los de abajo que vienen a por los de arriba significa, lo dijo esta mañana una periodista de la gran prensa mercenaria: “la revolución ha estallado”.

Es el quinto día, y como la multitud es un monstruo de millones de cabezas, diferencias, deseos y afectos agenciados en una lucha de largo aliento por desarmar la desigualdad que el capitalismo financiero ha implementado, y continuará implementando en Chile, el gobierno, que ya no gobierna, ha llamado a la clase política para establecer un gran acuerdo nacional que les permita reconstituir su margen del poder y ordenar la casa para no perder definitivamente esos privilegios… pero la “revolución ha estallado”, sin dirección, porque es la autonomía, el deseo de los sujetos el que se expresa en esta revuelta. Lo saben, la única certeza del poder es que no tienen nadie con quien negociar, no hay vuelta atrás, o se impone la masacre o el rayado en el muro, que inspira este texto, se hace realidad (Tenemos razón, ahora tenemos la fuerza), porque es la potencia de los muchos la que se impone al toque de queda, a la prohibición de reunión pública, a las tanquetas y la munición de guerra que portan los militares en las calles, y que ya se cobra varios muertos.

Ha estallado durante cinco días un momento histórico que nos dejo, al principio, perplejos, un momento que no supimos leer y recién cuando nos sumergimos en él descubrimos que la revuelta desataba ese acontecimiento que siempre vivimos esperando, esta incertidumbre de que sucederá es el vértigo de la potencia constituyente de la multitud, una potencia que no reconoce direcciones, una potencia imposible de asir por la izquierda, por esa nefasta orgánica burocrática que al 5to día viene a sumarse con un llamado a Huelga General, pero condenando la violencia y el saqueo, la muy bien portada izquierda stalinista que viene a querer ejercer un liderazgo para enrielarnos en la institucionalidad y el disciplinamiento de las luchas en pos de sus intereses espurios.

Han fracasado una y otra vez, se han desprestigiado siendo gobierno neoliberal con la Bachelet; robándose los fondos de una universidad privada, de donde los ex guerrilleros, como Andrés Pascal Allende, salieron contando millones; esa vieja izquierda que defiende la dictadura de Maduro y babosea por sus ex militantes convertidos en miembros de bandas de secuestradores, como Hernández Norambuena; y a pesar de todo esto pretenden dirigir hoy. Recién, al 5to dia se han dado cuenta del polvorín social que ha estallado, la verdad es que esto no es casualidad, ellos ya no son la izquierda, nunca lo fueron, siempre, en su keynesianismo han sido el partido del orden, del recambio, han sido la otra governance del capital, mistificada de himnos y trapos rojos.

La parálisis no sólo aflige al gobierno, también enferma a esa ex˗quierda gobiernista, disciplinadora, del voto crítico o de las nuevas forma-partido que no son más que parte de la mitomanía de las organizaciones burocráticas, como el Frente Amplio, que también condena la violencia “venga de donde venga”, sin más norte que su caudal de votos, que también implican ingresos económicos, ellos no son más que el recambio de la elite gubernamental.

Es el quinto día, y vemos como los medias mercenarios inician, timoratamente, un vuelco, mostrando la violencia represora del régimen, apoyando las movilizaciones, mostrando en vivo los disparos con munición de guerra que portan los militares e infantería de marina durante el día y las horas del toque de queda. Pero eso es parte de su negocio, les hemos enrostrado a todo momento su afán de mentira, de tergiversar los hechos, les hemos expulsado tanto de las movilizaciones confiando solamente en las redes sociales como medio informativo, que han decidido no perder audiencia, lo que implica perder auspiciadores…aunque continúan criminalizándonos, intentando dividir entre los buenos y bien portados manifestantes de batucada y los malvados saqueadores e incendiarios, pero para esas personas que ya empiezan a movilizarse en las zonas de mayores ingresos de la ciudad, los barrios de clase media alta que ayer fueron reprimidos y baleados tal como se hace en los suburbios pobres de Santiago de Chile, y la totalidad del territorio nacional han subjetivado que existe un solo culpable: Sebastián Piñera y su régimen

Es el quinto día y tenemos la certeza absoluta de que, en la voz temblorosa de Piñera, anunciando sus retrocesos ante cada embate de las manifestaciones, nada volverá a ser lo mismo, nada será como era el día jueves de la semana pasada, aunque nos derroten, aunque el poder logre costurear frágilmente las brechas abiertas por nosotros Chile DESPERTÓ de su sueño de 30 años…el día que la Concertación nos envió a la casa en 1989, después de que lucháramos en las barricadas contra la dictadura de Pinochet, jamás se imaginaron que nacería una generación sin miedo que se tomaría las calles y arrinconaría al poder entre la barricada y el abismo. Todo reclamo, toda reivindicación es un rugido de poder, de deseo del aquí y ahora, es la potencia transformadora que ya no se apagara más.

Se acerca el toque de queda y con él la certeza de que volveremos a desobedecerlo, que habrá más enfrentamientos con los milicos armados con armamento de guerra, pero el miedo ha cambiado de lado, a ellos les tiembla la barbilla a cada anuncio televisivo que no dice nada, y del otro lado está el poder constituyente de la multitud recorriendo todo el territorio nacional como un reguero de pólvora que consolida los comunes nacidos estos días como potencia acumulada.

El caos desatado es un orden nuevo que positiva la criatura que nace en cada paso que acerca a la manifestación, en cada acto de resistencia se construye una dignidad multitudinaria que agencia la vida en un proyecto de país, de ciudad, de barrio… es la vida que estalla para crearlo todo!!!

Santiago de Chile, 5to día de la rebelión de Octubre 2019.

EL Kairós del octubre chileno

por Santiago de Arcos-Halyburton

Cuando nos declaran la guerra y nos criminalizan; cuando se intentan separar en buenos y malos, bien portados y vándalos; cuando se condena a los elementos más radicalizados del acontecimiento, no se entiende un carajo de lo que sucede, el centro de la cuestión se les hace ininteligible al gobierno, los partidos, la derecha, la izquierda y al sindicalismo en todas sus variantes (leía a un tal Stanton condenar los saqueos porque eran contrarios a la “democracia popular”, eso que el stalinismo entiende como verticalidad en el mando y dirigencia). Cuando se ataca monumentos, mobiliario urbano, bancos, al Metro y toda propiedad que ofende a la multitud como símbolo del poder, el abuso  y la explotación se hace con un sentido político, este momento especifico de lo político, el de la ruptura del orden y la incapacidad del arte de gobernar liberal de recomponer su normalidad hecha trizas. Esta lucha es una rebelión tumultuosa, el huracán social que barre toda certeza de governance, es la antesala de la conquista de los derechos reclamados, la destrucción del mito “país jaguar”, del exitismo como subjetividad cautiva, de ahí que el gobierno no pueda más que argüir una oscura y poderosa conspiración que intenta destruir sus certezas, demasiado sabemos de esas conspiraciones como para creérnoslas. Piñera, y toda la clase política, no entendió aun que en tiempos de Instagram la velocidad de diseminación es instantánea, que la multitud en sus agenciamientos autónomos  de los cuerpos sublevados no precisan dirección alguna.

Apagar los incendios con bencina, es decir provocar la ira de la multitud desafiándola con estado de perturbación de la paz, estado de emergencia y toque de queda es la peor estrategia que un gobierno puede seguir, cuando la correlación de fuerzas, cuando el monopolio del poder ha mudado de manos: la calle manda cobrarse todas la cuentas acumuladas en 30 años de silencio, 30 años en que la democracia solo significo carencias, jubilaciones de hambre (en Chile si jubilas a los 65 años, los hombres, o a los 60, las mujeres, se te rebaja tu salario hasta en un 80% y más encima te calculan cuantos años vivirás…después de eso la miseria aún más miserable); salarios mínimos que cada día alcanzan para menos; sistema de salud denigrante; educación de las peores; el país más desigual de la OCDE; endeudamiento de por vida (quizás dos o tres vidas) para estudiar, comprar un bien raíz habitacional o simplemente comer todos los días (se compra con plástico de las cadenas de supermercados a crédito la alimentación); u n sistema de transporte oprobioso, diseñado para que viajemos dos o tres horas, hacinados, con 10 grados de temperatura sobre la del exterior, una máquina de moler carne que impide la vida, la sociabilidad, el ocio…solo transportarse para dormir y volver al trabajo en las mañanas para ganar un salario miserable (menos de 250 dólares más o menos). Mientras tanto, ellos se enriquecen cada días más, las farmacias se coluden para engañarnos y esquilmar nuestros bolsillos; los productores de pollos, los productores de papel higiénico, los parlamentarios, los empresarios…todos nos esquilman, todo el modelo está diseñado para que los más ricos se hagan más ricos y nosotros pasemos a gozar de las bondades de la automatización en el paro, el hambre, la miseria absoluta (no por casualidad Wal Mart abrió su primera tienda, en todo el mundo, completamente automatizada en Chile), aquí, en el paraíso, no existe el mas mínimo welfare (por eso la “izquierda” frenteamplista, esos errejonistas pomposos e ineptos, viven ansiando poder ganar votos anunciando unos “gloriosos 30” imposibles, un keynesianismo en tiempos de financiarización del capitalismo). Ese desafío ha significado que los centros neurálgicos de las ciudades hayan sido copados: estableciendo en los hechos una especie de Huelga General, donde el transporte ha sido impedido de funcionar, donde la masa laboral se ha ausentado en un 70%, donde se han suspendido las clases para escolares y universitarios, los supermercados, bancos y shoppings center cerrados…donde casi nada funciona normalmente.

Nuestra respuesta ha sido contundente, es hora de que en el terror que están sufriendo, en medio del miedo que les inunda, la vean, porque de lo contrario tendrán que salir a matar. Nuestra respuesta es la potencia multitudinaria, un poder que constituye una constructividad de subjetividad que no deja cuerpo sin contagiar, la biopolítica, los afectos se transforman en una autovalorización, un deseo expresado por dos trabajadores mientras caminaban de vuelta a sus hogares: “esto no puede parar, no puede, hasta que haya algo concreto”, que es ese “concreto” de la multitud, una autonomía, un deseo que lo quiere todo y ahora. Este agenciamiento de deseos, esta voluntad se ha instalado en la cúspide: todo o nada.

Señor Piñera, creame que si la multitud o esa “organización poderosa”, que solo usted ve en las sombras, desease destruir todo, lo habría hecho no dejando piedra sobre piedra de las ciudades y su orden se vería perdido para siempre o tendría que haber masacrado a este movimiento, y sus intentos de criminalizar y dividir solo se vuelven contra suya, son los miles en las filas para comprar lo necesario en los pequeños almacenes de barrio, ante el cierre de los grandes supermercados, solo le culpan a usted…y al Estado del capital, la banca y las finanzas. A pesar y contra la falta de veracidad de la prensa mercenaria, de esa puta del poder, que es, de modo creciente, expulsada de las manifestaciones por su afán de mentir y tergiversarlo todo, por eso deben cubrir las manifestaciones desde los pisos altos de algún edificio, por eso, hoy, los manifestantes gritaban “al 13, al 13” (Canal 13, propiedad de Andronico Luksic, el hombre más rico de Chile) o “a CNN, a CNN”, no con un afán de visita social, sino que con la clara intención de obligarles a decir la verdad. Tal vez mañana, la multitud decida visitar el palacio de gobierno, ya que exige su renuncia, me imagino su desesperación, los rostros de sus corifeos y epígonos, el miedo que recorre su cuello bajando por la espalda, sin respuestas a lo que no saben calibrar, preguntándose que es este movimiento, y creyendo que diciendo “he escuchado la voz del pueblo” nos iremos a la casa y abandonaremos las calles para que vuelvan a gobernar tranquilos. Que equivocado está el poder, y se equivoca aún más cuando ya no puede gobernar, y declara la guerra como un perro rabioso con la boca llena de espuma, sin saber que la historia está viva, no anquilosada en los anaqueles del palacio, la historia se constituye en cada manifestación a lo largo del país, es aceptada en la forma del movimiento incesante que ha escrito ya 4 días de sublevación, donde hemos poblado las calles con nuestras miles de reivindicaciones, nuestros miles de pliegos de petitorios, hemos participado de la alegría, el miedo, la rabia, el afecto bellísimo de las luchas, de la belleza infinita de ese caos que no lo es. Y a pesar de la brutalidad de la represión, esto es la posibilidad deleuziana.

Estamos creando un mundo nuevo, estamos pariendo una subjetividad otra, no sabemos cómo será, pero está en trabajo de parto, lo que no es poco porque esta lucha continuará día a día, potente, autónoma, alegre y afectuosa, donde nos convidamos limones y agua con bicarbonato para paliar los efectos de los gases lacrimógenos, donde nos abrazamos en cada pedrada o grito, pero precisamos multiplicar las redes y organizarnos de algún modo que no implique burocratizar el movimiento, debemos ir más allá y gestar una comunidad inmanente de resistencia y contrapoder.

Como dice mi compañero Bruno Cava, este: “No es más un sueño, es una criatura. La geografía afectiva de este mundo se escribe ahora mismo, en la coexistencia de la revuelta y el amor por la revolución. Yo no digo basta. Yo digo quiero más.“

Santiago de Chile, 21 de Octubre de 2019,  entre una pausa y otra de la revuelta

Táctica sin estrategia, estrategia sin teoría (apuntes sobre la izquierda popular en la argentina/2019)

Por Federico Manzone

El sentido común de la militancia popular, al menos el de aquella que no abandonó toda voluntad de transformación radical, busca oscilante el punto medio entre dos presiones: no alejarse tanto de las masas, no alejarse tanto del objetivo final. Si someterse a la primera lleva al reformismo, someterse a la segunda lleva a la marginalidad. Para quienes la vía de entrada a la política implica someterse al rigor de la primera presión, militar supone subsumir la teoría al movimiento, transigir ideas por eficacia práctica; para quienes hacer política implica someterse a la segunda presión, militar implica subsumir el movimiento a la teoría, resignar eficacia práctica a cambio de defender las ideas.

Así, pragmatismo y doctrinarismo aparecen como los dos síntomas más visibles de la crisis que aqueja a  todo el arco de la izquierda militante: la ausencia de cualquier tipo de anclaje estratégico de la militancia diaria. La falta de estrategia nos deja en una mano las ideas correctas, pero abstractas, y en la otra la militancia concreta, pero sin filo crítico ni revolucionario. Sin un anclaje estratégico la política diaria va a la rastra de los hechos, se vuelve imposible relacionar las tareas del momento con las tareas del período histórico, como también se vuelve imposible plantear el problema del poder y de la organización de un sujeto antagonista, la constitución “del proletariado en clase”, según la expresión del Manifiesto comunista. A su vez, la ausencia de anclaje estratégico es causa y consecuencia de la crisis del marxismo como teoría de la revolución, de su reducción a una ideología más, a un método de análisis del que no se deriva ninguna consecuencia práctica.

Sabemos que la recomposición del marxismo como teoría de la revolución implica, en última instancia, la emergencia de un sujeto antagonista al conjunto de la sociedad capitalista. Es decir, no hablamos de un problema simplemente teórico. Pero la emergencia de este sujeto probablemente sea imposible sin mediar una audaz reconstrucción estratégica que nos devuelva la posibilidad de pasar a la ofensiva, conscientemente, anticipadamente, organizadamente. Y la reconstrucción de una estrategia revolucionaria es a su vez imposible sin develar las necesidades teóricas de la lucha, sin la desideologización del punto de vista militante, sin el conocimiento científico de la sociedad que pretendemos revolucionar. El momento teórico de la estrategia es también una necesidad práctica, y ésta necesidad se revela como más urgente mientras más la militancia se resigna al abandono de todo ideal transformador, mientras más la militancia se asocia a la gestión de lo existente.

A razón de ello, se nos impuso la siguiente conclusión: si la realidad nos impone el materialismo vulgar, es momento de volver al idealismo serio. Si en la realidad se nos contrapone la teoría a la política en un juego de suma cero, en el que el avance de una categoría supone el retroceso de la otra, el desafío que se nos presenta es llegar a replantear, frente a las necesidades actuales de una militancia con pretensiones revolucionarias, la teoría como política.

Para esto, identificar los momentos en los que la ideología capitalista se cuela en el pensamiento de quienes militan para destruirla, es el punto de partida desde el que tiene que iniciarse nuestra investigación. Y desde ahí se vuelve necesario empezar a trazar un camino: de la crítica de la ideología al conocimiento de las contradicciones que anidan en el presente, y de las contradicciones del presente a las tendencias objetivas que atravesarán el próximo período. Sólo entonces estaremos en condiciones de plantear teóricamente el desafío de empezar reconstruir una perspectiva revolucionaria, capaz de darnos la autonomía ideológica suficiente como para empezar a dotar a nuestra propia práctica militante de un anclaje estratégico, capaz de proyectar objetivos de largo plazo que cuestionen al sistema desde su raíz.

Pero tengamos claro algo: ésta perspectiva puede servir, únicamente, como la puesta en circulación de un discurso que nos permita hablar en nuestra propia lengua, que nos permita empezar a nombrar a las cosas con palabras que no sean las de nuestros enemigos. Y si tenemos éxito en esta empresa, deberíamos, aún así, rechazar enérgicamente la comodidad de que otorga todo teoricismo. Tenemos que saber que la única forma de que éste discurso encuentre las vías de su progreso, dependen de echarlo a andar para ver si crece y se desarrolla,  si puede defenderse y golpear. Por ende, la única prueba de veracidad que una teoría revolucionaria, o mejor, que se pretende revolucionaria, es ser condición de nuevos pasos colectivos en la realidad, de nuevas experiencias de organización, de nuevas conquistas que en la práctica empiecen a acumular la forma de un recorrido común, de una experiencia de subversión colectiva.

Ante la total ausencia de perspectiva estratégica manifiesta en las ilusiones reformistas del presente, que inundan el cerebro de cientos, de miles de militantes, tenemos que repetirnos incansablemente, como mantra, una advertencia originalmente escrita en italiano: nunca más arrojarnos a la lucha sin armas teóricas, nunca más ponernos a desarrollar perspectivas teóricas lejos de los problemas de la militancia.

De la teoría como política habrá que llegar hasta una política teórica, a militar en el presente conscientes de las necesidades del porvenir, a darle a nuestras iniciativas tácticas el encadenamiento necesario para hacer de cada coyuntura, y de cada lucha, el eslabón de un recorrido estratégico, recorrido en cuyo fin no se encuentre la promesa de un ordenamiento distinto de la sociedad actual, al que rechazamos íntegramente, sino de una alternativa a la sociedad. Porque no hay verdadera vida social en una comunidad humana azotada por las compulsiones ciegas del capital, erigida sobre vínculos basados en la mercantilización de todo objeto material, natural e intelectual, dominada por formas políticas basadas en el poder del dinero y del estado.

Ya no nos alcanza con echarle la culpa al gobierno, al estado y a la clase capitalista, de las penurias que atraviesa la mayoría de la sociedad, para después seguir viviendo inconscientes como sujetos determinados por el valor, el dinero y el capital. Como el capital y su irreconciliable antagonismo estructura contradictoriamente cada una de nuestras vidas, nos declaramos enemigos hasta de nosotros mismos en tanto sujetos del capital. Y este es el punto de partida teórico que no estamos dispuestos a transigir con tal de dar un paso en la realidad.

 

***

 

En las distintas expresiones de la izquierda local ante las próximas elecciones encontramos una ocasión especial para poner a prueba nuestro discurso. Queremos evitar la interpretación personalista de nuestra crítica. No son problemas de “moral revolucionaria” los que queremos señalar, no son “traiciones”, ni “engaños”, ni “claudicaciones”. Discutimos contra las manifestaciones de la ideología capitalista que se expresan a través del discurso y la práctica militantes, manifestaciones que emanan directamente de las relaciones sociales que nos constituyen y nos determinan. Es contra éstas que batallamos y a las que nos vemos empujados con urgencia a poner en evidencia, para tomar consciencia crítica de ellas.

Partimos de ésta[1] nota de Martín Ogando, dirigente de Vamos y referente de la izquierda popular, hoy casi mayoritariamente alineada tras la candidatura de Alberto Fernández. Su argumento podría resumirse en las dos siguientes relaciones entre categorías:

1) Contraponer capitalismo a democracia. Tras el resultado de las PASO de agosto y la devaluación sucedida al día siguiente a las elecciones, lo que se observó fue la extorsión de “un poder corporativo, elegido por nadie y fundado en el poder del dinero”, que intentó “marcarle la cancha a Alberto Fernández y decirle qué cosas están permitidas y cuáles no”. El problema sería, si seguimos el argumento de Ogando, que “el capital tolera cada vez menos a la democracia”, ya que ésta se vería socavada porque “el poder real de las corporaciones asfixia cada vez más cualquier atisbo de democracia real en la conducción de los asuntos cotidianos del Estado”, y por la imposibilidad de la democracia “para dar respuesta a las necesidades populares”.

2) Yuxtaponer instituciones y calles. La conclusión política de éste diagnóstico sería que, “ante la extorsión del capital financiero” y “frente al vaciamiento democrático” que “imponen las corporaciones sobre el sistema político”, la defensa de la democracia se volvería una tarea imprescindible. Pero para ello, piensa Ogando, “consolidar el triunfo del Frente de Todes tal vez no alcance”, por lo que al “terrorismo financiero” habría que “oponer el músculo social, una sociedad en alerta”, que muestre “que el clamor popular expresado en las urnas pisa sobre terreno firme”. Así, la orientación política sería “volver a construir un triunfo popular el 27 de octubre” para “defender hoy el salario y el pan de nuestro pueblo”, de cara a “construir mañana un nuevo ciclo de conquistas populares”, cuyo verdadero desafío se juega en “construir una fuerza social y política que exprese las aspiraciones de un nuevo bloque popular”. Esto se lograría, por un lado, en las “instituciones de la democracia que tenemos”, y por otro lado, “en las calles para prefigurar la democracia que quisiéramos tener”.

Por lo que hace a la contraposición capitalismo/democracia tenemos que señalar tres cuestiones, una política, otra económica y otra conceptual.

Respecto a la cuestión política. Es un error considerar, como hace Ogando, que la devaluación post-paso significó un intento de “los mercados” de marcarle la cancha al próximo gobierno. Para refutar esto bastaría citar las declaraciones del propio Alberto Fernández al otro día de las elecciones, quién no tardó en salir a convalidar la corrida diciendo que “el dólar a $60 está en un valor razonable”[2]. Es decir que el eventual próximo presidente no sintió que le marcasen políticamente la cancha “los mercados”.

Ésta idea de que los especuladores, o en términos de Ogando, el poder de las corporaciones, asfixian a la democracia, termina desplazando el eje de la discusión política del antagonismo de clase entre el capital y el trabajo a una contradicción entre “pueblo” y “corporaciones”. Y este desplazamiento, consciente o inconscientemente, termina socavando la posibilidad de reconstruir una estrategia revolucionaria e induciendo a la adopción de una estrategia de tipo eurocomunista, basada al menos implícitamente en un conflicto distinto al de la oposición directa entre capital y trabajo, y en una fuerza movilizadora distinta de la lucha de clases, en la que el objetivo termina siendo aglutinar a las fuerzas ‘populares’ contra el poder de las corporaciones, buscando crear una alianza de masas lo más amplia posible, para luego establecer una “democracia avanzada” sobre la base de esta alianza popular[3].

Respecto a la cuestión económica. Esta noción que expresa Ogando, según la cual el capital tolera cada vez menos a la democracia, desde la que se caracteriza a la devaluación post-paso como un acto de “terrorismo financiero”, hace abstracción de las condiciones necesarias que motorizan el endeudamiento, la fuga del excedente y la tendencia la profundización de la crisis, para terminar explicando la corrida, un proceso que es resultado de un cúmulo de acciones individuales y descoordinadas, como el resultado de la acción premeditada de un sujeto social específico: las corporaciones o el capital financiero. Es sobre estas condiciones necesarias que el resultado electoral de agosto operó como condición suficiente para terminar gatillando la fuga al dólar y la corrida cambiaria.

Y referirnos a estas condiciones necesarias nos lleva a responder la pregunta acerca de por qué hoy el capitalismo argentino atraviesa una crisis.

En las explicaciones del progresismo y de la mayoría de la izquierda, dos factores suelen aparecer como causa de la crisis, a veces por separado, a veces en una combinación de ambos: uno, la política económica del gobierno de Macri que sobre-endeudó al país, llevó a una redistribución regresiva del ingreso que planchó el consumo e impuso una recesión; otro, el saqueo de “los especuladores”, el capital financiero y el FMI, que lleva a financiar con deuda la fuga de capitales, dilapidando el ahorro nacional que podría invertirse en salud y educación para enriquecer a una clase de banqueros ladrones. El problema de este tipo de caracterizaciones es que lleva a entender que la crisis es, o un problema de política económica, o un problema de carácter externo al propio país, lo que lleva a inferir como salidas políticas posibles de la crisis, o un cambio de esquema de política económica, o no pagar la deuda, caracterizaciones y soluciones, ambas, que también llevan a hacer abstracción del antagonismo de clase y de las posibilidades de crisis que anidan en la propia forma de la relación de producción capitalista.

En una caracterización para nada exhaustiva, podríamos decir que la crisis en nuestro país responde a problemas estructurales, que no se solucionarán ni cambiando el esquema macroeconómico ni dejando de pagar la deuda. Estos problemas estructurales se encuentran determinados, en primer lugar por los límites que la acumulación de capital en nuestro país le ponen al crecimiento económico, y por otro lado, por los límites que la relación de fuerzas entre el capital y el trabajo le imponen al relanzamiento de la acumulación[4]. A diferencia de las potencias capitalistas, en nuestro país las crisis en general, y en particular la crisis actual, no se manifiesta como una crisis de sobreacumulación de capital, sino que al contrario, la crisis tiene como base la debilidad de la acumulación. La causa de éste fenómeno se deriva de la falta de condiciones para la valorización del capital, que impiden la reinversión productiva del plusvalor. Ésta situación es la causa del estancamiento de la economía, lo que combinado con el proceso inflacionario que se arrastra y se agrava desde hace mínimo una década, genera las condiciones necesarias para que la clase dominante adopte la dolarización de las ganancias que no puede invertir como el único mecanismo posible para defender la forma valor de sus beneficios.

La asunción del gobierno de Macri responde en última instancia a esta situación de base, en la que la falta de condiciones de valorización y la profundización de la crisis impone la necesidad de apertura de la cuenta capital y el recurso al endeudamiento para defender la determinación fundamental de la relación capitalista: la forma valor. El fracaso del plan original del macrismo, el gradualismo, y el fracaso del intento de aplicar un ajuste con el apoyo del FMI, capaz de transformar la relación de fuerzas entre clases, lo suficiente como para relanzar el ciclo de acumulación, se manifestaron en el resultado electoral de las paso.

Lejos de significar éste una clara “victoria popular”, lo que se manifestó en éste es la reactualización de la relación de fuerzas “paradojal”[5] que abrió el 2001: lo suficientemente fuerte como para romper la tendencia al ajuste deflacionario que imponía la convertibilidad, pero insuficiente como para impedir la vía devaluatoria e inflacionaria de salida de la crisis, y más aún, para revertir la derrota estructural impuesta durante la primera mitad de los 90’s. Si tácticamente el resultado de las paso puede ser leído como un freno al proyecto macrista, estratégicamente representa la orientación de la mayoría de la clase trabajadora hacia la continuidad de un estado garante de la reproducción social, ilusión que más pronto que tarde chocará con los límites que las leyes del valor y la acumulación impondrán  a la voluntad política del próximo elenco gobernante. Y lo que no termine haciendo el gobierno en favor del capital, lo terminará de hacer el mecanismo de ajuste impersonal que regula la economía.

Si el recurso al endeudamiento al que apeló compulsivamente el gobierno de Macri tenía como objetivo económico financiar la dolarización de las ganancias de la clase dominante local ante la falta de condiciones de valorización, al mismo tiempo, tenía como objetivo político darle al gobierno la espalda necesaria para imponer un ajuste y una subordinación del trabajo al capital lo suficientemente fuerte como para transformar la relación de fuerzas heredada de 2001, que atravesó a los tres gobiernos kirchneristas y condicionó toda su política.

Desde esta perspectiva, la deuda representaba el apoyo político de los gestores del capital-dinero al plan del macrismo para recomponer las condiciones de valorización del capital. El resultado electoral de agosto evidenció el fracaso del macrismo en su intento por imponer aquel cambio en la relación de fuerzas entre clases, y ante la evidencia de que el gobierno de macrista era incapaz de ocultar su impotente final, la continuidad del espaldarazo financiero perdió toda función. Por ello, la derrota electoral terminó operando como condición suficiente para gatillar la fuga de los capitales que, esperanzados por la remota posibilidad de una re-elección del oficialismo, seguían apostando al diferencial de tasas de interés y tipo de cambio que ofrecía la inversión de activos financieros en el mercado local.

En resumen, la derrota política del gobierno transparentó la inviabilidad política de su estrategia de ofensiva contra el trabajo, lo que a su vez llevó a que el capital financiero retire el apoyo político a dicha estrategia, motorizando la fuga e imponiendo la devaluación del peso. El “terrorismo financiero” del que habla Ogando fue en realidad la respuesta espontánea de los gestores del capital-dinero ante esta situación.

Respecto a la cuestión conceptual. Si en realidad no puede atribuirse la devaluación del peso post-paso a la respuesta coordinada de una fracción de la clase capitalista para condicionar políticamente al gobierno próximo, ¿es sostenible la contraposición capitalismo/democracia? Pensamos que no, o que en todo caso, sólo es posible sostener aquella contraposición si se vacía de su contenido de clase al régimen democrático para inducir a una concepción de la democracia como un mecanismo neutro, que habilita a pensar la posibilidad de una transición sin “salto” ni ruptura revolucionaria entre la democracia capitalista y lo que podrían ser nuevas formas de democracia basadas en la generalización de experiencias de autodeterminación política de la clase trabajadora.

Es necesario partir de la idea de que la democracia capitalista es el régimen político que expresa por excelencia la separación entre economía y política, que es la forma en la que el capital como relación social existe en tanto relación de dominación política. Ésta separación, es necesario aclarar, no viene dada al nivel de la estructura del modo de producción, como podría postular un marxismo de corte estructuralista, sino que existe como posibilidad, como un proceso-de-separación[6] que el gobierno del estado capitalista debe lograr imponer en la lucha de clases. Desorganización por debajo de las demandas sindicales y sociales, vaciamiento de su potencial de unificación inmanente, integración fragmentada de las reivindicaciones de las distintas fracciones de la clase, derrota por la fuerza de las luchas resistentes a toda integración, imposición de la esfera estatal como único campo de universalización de intereses; de todo esto depende que el estado capitalista logre separar economía y política.

Desde esta perspectiva, la democracia no está contrapuesta al capitalismo, sino que en general, y en la coyuntura nacional actual en particular, la democracia opera como uno de los principales resortes para la canalización institucional del antagonismo de clase. La tendencia a la gestión de la movilización social por parte de la dirigencia de los movimientos sociales[7], y la pasividad de las dirigencias sindicales y políticas, que a lo largo de los últimos dos años del gobierno macrista “desensillaron” con el argumento de “esperar a octubre”, son la evidencia más clara de que en la actualidad democracia no se contrapone al capitalismo, sino que al contrario, opera como una de los resortes más importantes en favor de la canalización institucional de los antagonismos sociales, reproduciendo así la separación entre economía y política, y la dominación política de la clase capitalista.

Por otro lado, es necesario tener presente que a nivel conceptual tampoco existe una contraposición entre capitalismo y democracia, ya que, como explica Hirsch[8], el momento de libertad e igualdad contenido en la forma de socialización propia de las relaciones sociales capitalistas, es decir, la producción y el intercambio mercantiles, sirve de  fundamento del carácter potencialmente democrático-burgués del estado capitalista, y se encuentran en la base de la relación histórica entre capitalismo y democracia. De ahí que el principal desafío de una estrategia revolucionaria se halle en la superación de la forma política propia del capitalismo.

Por lo que hace a la yuxtaposición instituciones/calles, nos limitamos a hacer un comentario breve para luego desarrollar algunos argumentos más en polémica con otro artículo. Como para Ogando la democracia está amenazada por las corporaciones, la tarea del momento es defender la democracia. Más arriba discutimos contra la noción de “terrorismo financiero” y el error político y conceptual de contraponer democracia a capitalismo. Pero el problema no termina ahí, porque para Ogando no habría sólo que defender ahora la democracia, sino que además habría que pelear por profundizar la democracia. Es decir que Ogando no sólo coloca equivocadamente a la democracia contra el capitalismo, sino que más allá del capitalismo lo que encuentra, o pretende encontrar, es más democracia.

Esto se lograría, según su planteo, construyendo “una fuerza social y política que exprese las aspiraciones de un nuevo bloque popular”. No sabemos qué intereses, grupos o clases integrarían aquel bloque. Lo que podemos inferir es que la pata social del supuesto bloque, presionará por abajo en las calles, mientras que la pata política accionará desde las instituciones para transformarlas en “la democracia que queremos”. La relación o la dinámica según la cual la presión de la movilización callejera podría llegar a transformar el carácter de clase del estado y de la democracia capitalistas tampoco se explicitan, por eso hablamos de yuxtaposición.

El punto problemático se encuentra en que asociar la democracia capitalista a amplios derechos económicos y sociales, equivale a abstraer de sus condiciones históricas ciertos momentos de la lucha de clases y de la relación entre ésta y la forma de estado, para fetichizarlos y volverlos el objetivo por el cual pelear. Ésta operación, además, desconoce la crítica real que la historia de nuestro país ya hizo sobre aquella asociación: el “con la democracia se come”, de Alfonsín, fue asesinado críticamente por la década del ’90, que mostró la absoluta compatibilidad de democracia y hambre, y fue enterrado por la insurrección popular de 2001. Permanecer encerrados en las ilusiones democráticas lleva al retroceso de la izquierda hacia el progresismo, incapaz de superar la autocrítica post-dictatorial que llevó a toda una generación militante a pensar que la democracia es un valor incuestionable. Hacia el futuro que se avecina, creemos que ésta es una mochila que tenemos que dejar de cargar: que los muertos entierren a sus propios muertos.

 

***

 

Para continuar la polémica contra la yuxtaposición instituciones/calles como forma de pensar la relación entre luchas sociales y luchas políticas, nos parece interesante detenernos en un artículo de Martín Mosquera[9], militante de la agrupación Democracia Socialista, que dentro de una caracterización mucho más fina y consciente de las contradicciones que la de Ogando, no deja de expresar, de modo ambiguo y contradictorio, nociones equivocadas como la de “terrorismo financiero”, y el límite político, al igual que Ogando, de una orientación sin anclaje estratégico.

La ambigüedad del planteo de Mosquera se expresa en dos de sus argumentos. En primer lugar, al referirse a la devaluación post-paso dice que “es adecuada la definición generalizada de ‘terrorismo financiero’ para describir esta reacción”, que para él evidencia “el autoritarismo impersonal del capital, que siempre puso límites muy estrechos a la democracia política”. Pero inmediatamente luego de hablar del “autoritarismo impersonal del capital” dice que “a los grandes grupos capitalistas les disgustó el resultado electoral y se dispusieron a condicionar la transición en curso y al próximo gobierno”. ¿Es impersonal una decisión efectuada por “los grandes grupos capitalistas”? Si bien vuelca la explicación más hacia lo primero, ya que dice que “no significa que se trate de una acción concertada por el gobierno y el capital financiero”, su formulación no deja de ser ambigua, lo que permite habilitar la posibilidad de contraponer democracia/capitalismo, para desde acá justificar el apoyo táctico a la candidatura de Fernández.

En segundo lugar, el planteo de Mosquera se vuelve ambiguo al desarrollar, a nuestro entender, una caracterización correcta de la contradicción que se abre en la próxima coyuntura, pero sin sacar las conclusiones estratégicas necesarias de esta caracterización. Esto lo lleva a terminar proponiendo como orientación la estrategia de presión social y sindical que ya actualmente sostiene la mayoría de la clase trabajadora en nuestro país, y que en nuestra opinión es insuficiente para dar respuesta a la situación que el propio Mosquera reconoce que puede venirse.

Por un lado, Mosquera es consciente de la posibilidad de descontrol hiperinflacionario que anida en la coyuntura actual y de las consecuencias disciplinantes en términos sociales y políticos que un proceso de este tipo puede llegar a tener al nivel de la lucha de clases y de la relación de fuerzas entre el capital y el trabajo. En contrapunto, podríamos decir que más que en las pasadas elecciones, como apunta Mosquera, en un proceso de este tipo (o al contrario, en el despliegue espontáneo de un proceso de movilización de masas) se jugaría la posibilidad de una “redefinición de las relaciones de fuerza a nivel social”. También señala, aunque ahora en la dirección correcta, que en la coyuntura que se abre en nuestro país queda planteada “la contradicción entre las expectativas sociales que desata la derrota del macrismo y la política de contención social del peronismo”.

El problema es que, por otro lado, si bien es consciente del peligro hiperinflacionario[10], al momento de arriesgar una orientación se limita a señalar que es en “doblegar las tendencias a la pasivización social” donde “se libra la batalla central del momento político”, lo cual implica que la pelea estratégica, para Mosquera, se juega en pelear por no dejar de movilizar. Esto, en nuestra visión, implica replicar como salida lo que ya es la orientación actual de la mayoría de la clase trabajadora: una estrategia de presión sindical y social, apuntando a que ésta no disminuya cuantitativamente.

Si el nivel de movilización social ha bajado durante los últimos dos años del gobierno de Macri, esto se debe no sólo a la contención aplicada por las dirigencias sindicales y sociales, y al efecto del zarpazo devaluatorio “sin sujeto” que se vivió a partir del estallido de la crisis en 2018, como señala Mosquera, sino también al efecto disciplinante y quietista que impuso el calendario electoral y el apoyo, reproducido por gran parte de la militancia popular a la candidatura de Fernández, con todas las ilusiones de normalidad que esto despierta.

Es curioso que Mosquera cite el trabajo de Adrián Piva para referirse a los efectos de paralizantes y de disolución social que acarrean los procesos hiperinflacionarios, pero lo haga sin señalar que Piva también reconoce, haciendo referencia a la hiperinflación de 1989, que “la crisis de la estrategia sindical dominante centrada en la lucha salarial” fue impotente para hacer frente a la ofensiva aperturista y flexibilizadora que luego de la hiper terminó por imponer el menemismo. Para Piva “la clase obrera, ligada a través de sus sindicatos a un bloque sociopolítico que mostraba signos de disolución desde mediados de los 70, no pudo romper con la inercia de una estrategia de lucha centrada en el salario y orientada a la defensa del viejo patrón de acumulación”[11].

Ésta es una referencia importante para pensar los límites de la actual estrategia que se expresa en el apoyo de la mayoría de la clase trabajadora al eventual futuro gobierno del Frente de Todos, ya que señala el límite del que deben partir los intentos colectivos de construcción de una estrategia alternativa. Por más de que la clase trabajadora rompa con “las tendencias a la pasivización social” que señala Mosquera, el desarrollo de una estrategia revolucionaria necesita superar el fetichismo del dinero para tomar consciencia de los límites que una estrategia centrada en la forma salario pone a la defensa del valor de la fuerza de trabajo en contextos recesivos y de espiralización inflacionaria.

Limitarse a pelear contra las tendencias a la desmovilización implica dar una respuesta sólo táctica. La respuesta estratégica frente a la actual crisis no puede ser un aumento cuantitativo de la capacidad de movilización social sin apuntar a modificar las ideas que estructuran la actual organización espontánea de la acción de clase. La construcción de una perspectiva estratégica debería aprovechar la situación de crisis para marcar los límites insuperables que impone la propia relación capitalista, intentando abrir desde ahí la posibilidad de cuestionamiento no sólo del deterioro de las condiciones de vida, sino del carácter de mercancía de nuestra propia fuerza de trabajo, carácter que revestimos socialmente de forma inconsciente, que nos determina y se nos impone “independientemente de nuestra voluntad”.

Y con esto no queremos caer en un teoricismo abstracto, sino apuntalar la idea de que es frente a estos límites que nos impone la forma social capitalista que la teoría se vuelve una necesidad práctica, capaz de darnos la autonomía ideológica necesaria para dar nuevos pasos en la elaboración de una estrategia política. Sin generar conciencia respecto a la determinación que nos impone la forma social es imposible empezar a construir una estrategia revolucionaria. Y si no es en las coyunturas del ciclo capitalista en las que éste amenaza con una expropiación extraordinaria de ingresos por vía hiperinflacionaria, frente a la cual no hay ministerio, ni sindicato, ni convenio, ni aumento salarial que pueda revertir, ¿cuándo es el momento en el que agitamos y propagandizamos aquel cuestionamiento?

Es en el límite que las relaciones de producción le imponen a la reproducción de la vida que se abre la brecha para la introducción de un discurso subversivo de aquellas mismas relaciones. Trabajar en esta perspectiva, desde la ciencia, desde el arte, desde la cultura, desde los medios, desde la academia, desde el trabajo, implica asumir el imperativo de que sólo el pesimismo de la razón, la desconfianza absoluta en las salidas que el sistema tiene para ofrecernos, la conciencia de su impotencia, es la vía para abrir el camino hacia optimismo de la voluntad, hacia una acción subjetiva libre de las determinaciones del capital. Y para esto es necesario que las salidas estratégicas que proyectamos estén fundadas en una teoría revolucionaria, en una concepción teórica que sea un vértice inaccesible para nuestro adversario.

De otro modo, la orientación política de la izquierda popular para el período que se abre termina quedando reducida a votar y luchar. Es en este punto que movilización y sindicatos, lucha reivindicativa y forma salario, o en suma: calles e instituciones, quedan yuxtapuestas. Y al no mediar un planteo claro de la relación entre táctica y estrategia, caracterizaciones más correctas como las de Mosquera terminan ofreciendo salidas para nada diferenciables a las propugnadas por Ogando, para quien también se trata de “volver a construir un triunfo popular el 27 de octubre” para “defender hoy el salario y el pan de nuestro pueblo”. El objetivo final queda reducido a la nada, mientras el movimiento real pasa a ser todo.

Ambos dos, Mosquera y Ogando, insisten en la noción de “victoria popular”, la cual no está exenta de ambigüedades. Mosquera reconoce esto último, al advertir que la supuesta victoria que se expresó en las elecciones “puede desdibujarse si no irrumpe pronto una intervención social de amplitud”; no así Ogando. Desde acá pensamos, en cambio, que interpretar como victoria popular el triunfo del Frente de Todos lleva a la pérdida de la autonomía política de cualquier posición de izquierda, porque más allá de las ilusiones que despierte en la clase trabajadora, la victoria de Alberto Fernández es también un paso adelante en el intento de contención de la crisis, y en cuanto tal, un paso adelante en el proyecto de compatibilizar ajuste con estabilidad política. Hacer “un triunfo popular” de este resultado, es colaborar también con que triunfe aquel proyecto.

Si bien mantener el nivel de movilización y lucha por la defensa del salario y las condiciones de vida es necesario para que el próximo gobierno no compatibilice ajuste con estabilidad, el primer paso para la reconstrucción de una perspectiva estratégica, de clase, que apunte a la constitución de un sujeto antagonista en un mediano-largo plazo, supone la lucha por autonomizar las luchas por la defensa de las condiciones de vida de su intento de canalización institucional por parte del gobierno futuro. Y esto implica una lucha por separar instituciones de calles, implica buscar las condiciones de unificación política que anidan en el conjunto de las luchas mismas, para pasar a organizarlas, para hacer de este punto de unión el soporte de una irreductibilidad del sistema, la constitución de un sujeto que el estado sea incapaz de integrar.

El “pacto social” que busca imponer Alberto Fernández apuesta a reconstituir a la política como una instancia autónoma, para reforzar la ilusión de que el estado capitalista puede ser un estado garante de la reproducción social –ilusión que late en el voto al Frente de Todos–, logrando así reproducir la separación entre economía y política característica de la forma de dominación capitalista. Para esto, el próximo gobierno se verá obligado a imponer no sólo la desmovilización social, sino también la moderación de las demandas salariales y sociales, y el reforzamiento del poder y la legitimidad de las “instituciones” políticas de mediación de los intereses entre capital y trabajo capaces de canalizar su antagonismo (centralmente el ministerio de trabajo y el ministerio de desarrollo social). Y desde esta perspectiva, sostener la lógica de “instituciones y calles” lleva a hacer abstracción del carácter de clase del estado capitalista y del papel histórico concreto que las distintas estructuras de su aparato jugarán en el período que se abre.

Esto anticipa la politización inmediata de las demandas salariales y sociales que apunten a cuestionar los límites entre economía y política que buscará instaurar el pacto social. Por ello, para el futuro gobierno, todas las luchas de hecho económicas que apunten recuperar lo perdido durante el macrismo se transformarán en luchas políticas, es decir, en impugnaciones de facto al programa del pacto social que las mayorías populares votaron en agosto y convalidarán en octubre, con la anuencia de las fuerzas de la izquierda con las que venimos polemizando.

Empezar a trabajar en la perspectiva estratégica de constitución de un sujeto antagonista, capaz de moverse con autonomía de los mandatos del capital, implica como primer paso la construcción de un discurso esclarecedor de las determinaciones que el capital impondrá a la política de conciliación que el próximo gobierno buscará ensayar para garantizar la dominación y autonomizar la esfera política, como medio para poder sobrellevar la crisis sin que tambalee la “gobernabilidad”.

Las necesidades financieras que Fernández se comprometió a cumplir y la tendencia a la agudización de la crisis, por distintas vías, llevarán al próximo gobierno a profundizar el ajuste fiscal, a aplicar reformas tendientes a recomponer las condiciones de valorización, para incentivar la inversión y presionar hacia un aumento de productividad global de la economía, intensificando los ritmos de trabajo y presionando al aumento de la desocupación. Sin esto el país no saldrá de la recesión.

Si en el mediano plazo el gobierno falla políticamente en imponer el ajuste fiscal, se lo cobrará la inflación por vía económica; si por otro lado, falla en lograr imponer un aumento de productividad, se lo cobrará una mayor devaluación. La tendencia a la agudización de la crisis impone este rumbo como necesario. Por lo tanto, en la intersección que las leyes del valor y la acumulación imponen a las ilusiones politicistas, tanto del gobierno como de las masas, se abre el espacio para la disputa por una política antagonista al conjunto del sistema en el próximo período.

Intervenir, al decir de Gramsci, con “espíritu de escisión”, desde cada lucha particular buscando englobar los intereses de la clase en general, resaltando los denominadores comunes que unifican inmanentemente las reivindicaciones de los diferentes sujetos sociales, es el camino para bloquear la ofensiva capitalista a la que induce silenciosamente el pacto social al que se pretende sumar a todo un sector de la militancia popular como rueda de auxilio.

Únicamente la constitución de un sujeto antagonista al conjunto del sistema puede evitar la imposición de una derrota de clase que nos quite la capacidad de acción ofensiva durante el próximo período. Esta posibilidad anida, latente, por un tiempo, en la crisis en desarrollo y en el gran estallido que se avecina. La conciencia con la que se llegue a ese momento marcará el punto del cual partirá el próximo ciclo de la lucha de clases. Necesitamos poner potentes cerebros a trabajar en la perspectiva de un rearme estratégico, para que la próxima crisis no nos encuentre, como ahora, disueltos entre nuestros enemigos de clase. Las ilusiones reformistas que habilitan esa disolución no sobrevivirán a la crisis. Que su destrucción dependa de nuestra actividad crítica, consciente, y no de la violenta imposición de una ley ciega, sería una primera prueba, el botón de muestra, de que una perspectiva revolucionaria puede empezar a desarrollarse.

[1] https://notasperiodismopopular.com.ar/2019/08/16/capitalismo-contra-democracia/

[2] https://www.lanacion.com.ar/politica/alberto-fernandez-el-dolar-60-esta-valor-nid2277730

[3] Estamos tomando el argumento desarrollado por Ellen Meiksins Wood en su discusión con el post-marxismo. Ver ¿Una política sin clases? El post-marxismo y su legado. Ed. RyR, Bs. As. 2013 p. 73

[4] Nuestra explicación se basa centralmente, aunque no sólo, en los desarrollos de Rolando Astarita. Ver en particular: https://rolandoastarita.blog/2018/10/06/crisis-fuga-del-excedente-y-deuda-externa/; y https://rolandoastarita.blog/2018/12/07/la-crisis-argentina-una-vision-de-largo-plazo-1/, https://rolandoastarita.blog/2018/12/13/la-crisis-argentina-una-vision-de-largo-plazo-2/,https://rolandoastarita.blog/2018/12/17/la-crisis-argentina-una-vision-de-largo-plazo-3/

[5] Tomamos la definición de Adián Piva, ver: https://www.youtube.com/watch?v=WGA755oE1rE&t=345s

[6] Ver el desarrollo de este concepto en el 2do capítulo del libro de Alberto Bonnet La hegemonía menemista, ed. Prometeo, Bs. As., 2008

[7] Ver las declaraciones “autocríticas” de Juan Grabois respecto a su negativa a movilizar contra el macrismo por miedo a desestabilizar, en:http://www.resumenlatinoamericano.org/2019/07/30/argentina-en-cuestion-juan-grabois-si-nos-roban-los-mitos-que-tenemos-nos-dejan-vulnerables/

[8] Ver el artículo de J. Hirsch, ¿Qué significa Estaado?, disponible en:http://www.redalyc.org/pdf/238/23802411.pdf

[9] https://www.intersecciones.com.ar/2019/08/19/argentina-ante-un-instante-de-peligro-derrota-de-macri-terrorismo-financiero-y-lucha-de-clases/

[10] Recientemente, Domingo Cavallo advirtió sobre el mismo peligro. Ver:https://www.clarin.com/economia/domingo-cavallo-posible-hiperinflacion-produce-noviembre-diciembre-seguira-riesgo-2021-_0_98vueYEA.html

[11] Ver el trabajo de Adrián Piva Acumulación y hegemonía en la argentina menemista, ed. Biblos 2012, p. 82 y p. 85

¿Solo nos queda el capitalismo?

Por Michael Roberts

Branko Milanovic es el principal experto mundial en desigualdad global, es decir, de las diferencias en ingresos y riqueza entre países y entre individuos en diferentes países. Fue economista jefe del Banco Mundial. Después de abandonar el banco, Milanovic escribió un estudio definitivo sobre la desigualdad global que actualizó en un artículo posterior en 2013 y finalmente salió como un libro en 2015, Global Inequality . En sus documentos anteriores y en ese libro, Milanovic presentó su ahora famoso «gráfico del elefante» (con forma de elefante) de los cambios en los ingresos de los hogares desde 1988, de los más pobres a los más ricos del mundo. Milanovic muestra que la mitad media de la distribución global de ingresos ha ganado un 60-70% en ingresos reales desde 1988, mientras que los más cercanos al grupo superior no han ganado nada.

Milanovic descubrió que aquellos que han obtenido más ingresos en los últimos 20 años son los que se encuentran en el ‘medio global’. Estas personas no son capitalistas. Se trata principalmente de personas en India y China, anteriormente campesinos o trabajadores rurales que han emigrado a las ciudades para trabajar en los talleres de ensamblaje y en las fábricas de la globalización: sus ingresos reales han aumentado desde una base muy baja, incluso si sus condiciones y derechos no lo han hecho.

Los mayores perdedores son los más pobres (principalmente agricultores rurales africanos) que no han ganado nada en 20 años. Los otros perdedores parecen ser algunos de los “más acomodados» a nivel mundial. Pero todo ello en un contexto global, recuerda. Estos “más acomodados» son, de hecho, principalmente personas de clase trabajadora en los antiguos países «comunistas» de Europa del Este, cuyos niveles de vida se redujeron con la restauración del capitalismo en la década de 1990 y la amplia clase trabajadora de las economías capitalistas avanzadas, cuyos salarios reales han estado esencialmente estancados en los últimos 20 años.

Sin embargo, el centro de estudios del Reino Unido, Resolution Foundation, ha sometido a la prueba del algodón el gráfico del elefante de Milanovic. El crecimiento más rápido de la población en países altamente poblados como China e India distorsiona su conclusión de que las personas de ingresos medios en el mundo fueron las que experimentaron tales avances. Si se tiene en cuenta el enorme aumento de la población en China e India entonces la desigualdad entre la persona promedio en las economías imperialistas de Occidente (¿Norte?) ha aumentado, no disminuido, en comparación con las economías pobres de la periferia global (¿Sur?). El elefante desaparece.

En su libro de 2015, Milanovic concluye que ya no hay ninguna base social o económica para la lucha de clases de una revolución socialista. Por lo tanto, debemos buscar formas de hacer que el capitalismo sea mejor y más justo. «La desigualdad global puede reducirse con tasas de crecimiento más altas en los países pobres y mediante la migración». Ahora, en su nuevo libro, Capitalism Alone, Milanovic regresa este tema y su «solución». Nuevamente parte de la premisa de que el capitalismo es ahora un sistema global con tentáculos en todos los rincones del mundo, que expulsa a cualquier otro modo de producción como la esclavitud o el feudalismo o el despotismo asiático hasta arrinconarlos en los márgenes. Asimismo, el capitalismo no es solo un modo de producción, es el único futuro para la humanidad.

Entonces dice: «El capitalismo tiene muchos fallos, pero también muchas ventajas, y no va a desaparecer. Nuestra tarea es mejorarlo”. Milanovic argumenta que el capitalismo ha triunfado porque funciona. Ofrece prosperidad y satisface los deseos humanos de autonomía. Pero tiene un precio moral que nos empuja a tratar el éxito material como el objetivo final. Y no ofrece ninguna garantía de estabilidad. En Occidente, el «capitalismo liberal» cruje bajo las tensiones de la desigualdad y el exceso capitalista. Ese modelo ahora lucha por los corazones y las mentes de lo que Milanovic llama el «capitalismo político», como lo ejemplifica China, que muchos afirman que es más eficiente, pero que es más vulnerable a la corrupción y, cuando el crecimiento es lento, a los disturbios sociales.

Milanovic condena la desigualdad Creo que es malo para el crecimiento. Es malo para la estabilidad social, y es malo para la igualdad de oportunidades”. Y el capitalismo es malo porque aumenta inherentemente la desigualdad. El sistema, en la forma en que funciona hoy, está generando, y realmente aumentando,  la desigualdad. (Y pondré dos ejemplos). Y esa creciente desigualdad conduce al control del proceso político por parte de los ricos. Y, el control del proceso político por parte de los ricos es realmente imprescindible para que los ricos transfieran o transmitan, más bien, todas estas ventajas. Ya sea a través del dinero (ventajas financieras) o, mediante la educación, a sus hijos. Lo que luego refuerza el dominio de lo que se llama la clase alta”. Sí, eso suena a capitalismo.

Por lo tanto, Milanovic favorece el aumento del gasto en bienes y servicios públicos (incluida la educación) y la seguridad social, impuestos sobre la propiedad y la riqueza para los ricos, poniendo fin a las dinastías heredadas, de modo que solo sea posible enriquecerse por méritos y trabajando duro, ¡como si ello bastara! Por lo tanto, su respuesta para un mejor capitalismo es la misma que en su libro anterior, pero esta vez más optimista en cuanto a las posibilidades de lograrlo: reducir la desigualdad y aumentar la migración de los países pobres a los más ricos.

Aunque ambas ‘alternativas’ capitalistas están plagadas de corrupción de sus élites e instituciones estatales, está claro que Milanovic confía más en lograr un retorno al modelo ‘liberal democrático’ del imperialismo occidental (el ‘Norte’) que en el ‘ capitalismo político ‘de China. Pero, ¿tiene razón Milanovic cuando describe la nueva guerra fría entre el capitalismo chino y el estadounidense como una competencia entre modelos autoritario y liberal, político y meritocrático?

¿Podemos realmente aceptar este esquema cuando vemos la América de Trump? la cruel y a menudo brutal hegemonía imperialista de los Estados Unidos; y la corrupta ‘democracia’ engrasada con dinero que opera allí, con su desigualdad extrema y creciente. ¿Y podemos realmente describir a China, un régimen estatal autoritario y corrupto, como ‘capitalismo político’?

Como sabrán mis lectores habituales, no estoy convencido de que China sea capitalista en absoluto, dado el poder económico dominante del estado y su capacidad de planificación en comparación con el sector capitalista. El estado y las empresas deciden mucho más sobre la vida de los chinos que los caprichos e incertidumbres del mercado y la ley del valor. Como dice Milanovic, China ha crecido en su PIB real y nivel de vida medio en los últimos 70 años más rápido que cualquier otra economía en la historia humana. ¿Es esto realmente una demostración del éxito de una economía capitalista (cuando todas las demás economías capitalistas solo lograron menos de una cuarta parte de la tasa de crecimiento de China y estuvieron sujetas a caídas regulares y recurrentes de la inversión y la producción)? ¿No podría la diferente narrativa de China tener algo que ver con su revolución de 1949 y la expropiación de su clase capitalista nacional y la eliminación del imperialismo extranjero? Quizás el capitalismo no sea lo único que nos quede.

Si es así, la dicotomía de Milanovic entre ‘democracia liberal’ y ‘capitalismo político’ parece falsa. Y se plantea porque, por supuesto, Milanovic comienza con su premisa (no comprobada) de que un modo alternativo de producción y sistema social, a saber, el socialismo, está descartado para siempre. En Desigualdad global, Milanovic concluyó que la idea de un proletariado global unido capaz de una revolución mundial está fuera de lugar porque ahora las desigualdades reales son entre estadounidenses y africanos, no entre capitalistas y trabajadores en todas partes. La revolución proletaria internacional de Trotsky está obsoleta: «Esa era la idea detrás de la» revolución permanente «de Trotsky. No había contradicciones nacionales, solo contradicción de clase mundial. Pero si la situación actual del mundo es tal que las mayores disparidades se deben a las brechas de ingresos entre las naciones, entonces la solidaridad proletaria no tiene mucho sentido. La solidaridad proletaria simplemente está muerta porque ya no existe el proletariado global. Por eso nuestro mundo es un mundo claramente no marxista».

Y, sin embargo, la clase trabajadora, tanto los trabajadores industriales como los de las llamadas industrias de «servicios», nunca ha sido tan numerosa en la historia humana. A nivel mundial, había 2.200 millones de personas trabajando y produciendo valor en 1991. Ahora hay 3.200 millones. La fuerza de trabajo global ha aumentado en mil millones de trabajadores en los últimos 20 años. A nivel mundial, la fuerza de trabajo industrial ha aumentado un 46% desde 1991, de 490 millones a 715 millones en 2012, y será más de 800 millones antes del final de la década. De hecho, la fuerza de trabajo industrial ha crecido un 1.8% al año desde 1991 y desde 2004 un 2.7% al año, ¡que ahora es una tasa de crecimiento más rápida que la del sector servicios (2.6% al año)! A nivel mundial, la participación de los trabajadores industriales en la fuerza de trabajo total ha aumentado ligeramente del 22% al 23%. El capitalismo no está solo; tiene un sepulturero, el proletariado.

Milanovic descarta esto. En su nuevo libro, Creo, en gran medida, que [el capitalismo] es sostenible. Incluso si toda la desigualdad continúa, sin control.Es sostenible, en gran parte, porque no tenemos un esquema de sistema alternativo. Sin embargo, que algo sea sostenible, que algo sea eficiente, y que algo sea bueno, son dos cosas diferentes”. A Milanovic no le gusta el capitalismo, pero -para usar la frase de Margaret Thatcher al referirse a sus políticas neoliberales para el capitalismo-, reconoce que no hay alternativa (TINA) . Por lo tanto, el objetivo debe ser, tal como Keynes argumentó en la década de 1930: hacer que el capitalismo sea más sostenible. Y eso es exactamente lo que creo que deberíamos hacer ahora” .

El problema es que las políticas de Milanovic para reducir la desigualdad de riqueza e ingresos en las economías capitalistas y / o permitir que las personas abandonen sus países pobres por un mundo mejor parece ser (si no más) un futuro tan ‘utópico’ bajo el capitalismo que la «utopía socialista” que descarta como imposible.

es un reconocido economista marxista británico, que ha trabajador 30 años en la City londinense como analista económico y publica el blog The Next Recession.

Fuente:

https://thenextrecession.wordpress.com

Traducción:G. Buster

Elogio del tumulto

Amador Fernández-Savater
Por Interferencias
15M, conflicto independentista… Nuestra democracia tiene fobia al conflicto y sin embargo el conflicto es fuente de toda vitalidad y justicia social.

«De los tumultos surgieron en Roma todas las buenas leyes» (Maquiavelo)

¿Cuál es la principal aportación de Maquiavelo al pensamiento político? Según el filósofo francés Claude Lefort, es la idea de división social. No hay armonía en ningún sitio, toda sociedad se encuentra dividida entre los Grandes que quieren dominar y el pueblo que rechaza ser dominado. Entre ambos hay desunión, tumulto y conflicto. La vitalidad y la justicia de cualquier sociedad se juega siempre en la disposición que da a esa división insuperable.

¿Será el conflicto absorbido, sofocado o tendrá alguna vía abierta para desplegarse? De la respuesta a esta pregunta se deducen según Maquiavelo-Lefort los tipos de organización social: elprincipado, en el cual las instituciones están por encima de la sociedad y se protegen de sus agitaciones; la república, en la cual la ley se deja afectar por el conflicto y se transforma para darle una respuesta; la anarquía, donde el conflicto no tiene ninguna respuesta y corre el riesgo de pudrirse o convertirse en guerra civil.

En la primera opción, la ley es propiedad de los Grandes y su avidez de poder y riqueza no encuentra ningún freno, la sociedad queda sometida. En la segunda, la rapacidad de los Grandes encuentra un límite, el conflicto del pueblo logra modificar las leyes establecidas, su deseo de no ser gobernados se inscribe en derecho (la creación del tribuno de la plebe en Roma, por ejemplo). En la tercera, la situación se detiene, se estanca o se pudre al no encontrar ninguna forma de elaboración.

Pueblo es lo que no quiere ser dominado. La república es la imposición de la cosa pública al partido de los ricos. Sólo el tumulto, el conflicto que viene de abajo, da lugar a la generación de nuevas leyes y a la libertad política; es el mayor factor de cambio histórico.

Nuestra organización social no se parece en nada a una república, sino que encaja perfectamente con la definición del principado. Pretende ignorar que hay división entre dominantes y dominados, entre gobernantes y gobernados, es ciega al hecho de que siempre hay división, que la división es insuperable. Piensa la arquitectura institucional como una «solución» y un «sistema armónico» donde cada cosa tiene su lugar y su función establecida por siempre jamás: la gente vota, los partidos legislan, la Constitución marca las reglas de juego de la vida en común, los gobernantes disponen y los gobernados acatan.

¿Y si desacatan? Ningún conflicto tiene razón de ser: es un disfuncionamiento, una anomalía, una locura irracional, algo que no debería ser y que no pasaría «si el pueblo entendiese» (la complejidad de la situación, las exigencias de Bruselas, la necesidad de expresarse en los cauces de la ley, etc.). Un poco de pedagogía, vía antidisturbios o tribunal supremo, servirán para explicarle bien las cosas.

Tres ejemplosLo llaman democracia pero no lo es. Lo nuestro es más bien un sistema cerrado y al servicio de las exigencias de explotación y poder de los Grandes, una oligarquía con algunos mecanismos internos (pocos) de control recíproco entre los oligarcas, una cultura consensual que tiene verdadera fobia y pavor al conflicto, esto es, al motor de la vitalidad social y de la justicia, un poder elevado sobre la gente común que no se deja afectar o transformar por las reivindicaciones populares.

Algunos ejemplos recientes:

-cuando el rechazo de cómo somos gobernados se expresó en el 15M, el conflicto abierto no afectó para nada a las estructuras de poder ni se tradujo en ninguna ley (ni siquiera la razonabilísima propuesta de ley sobre la vivienda de la Plataforma de Afectados por la Hipoteca apoyada en miles de firmas y consenso social). El 15M fue reprimido por una parte a través de cargas policiales, heridos y detenidos, sistemas de penalización administrativa vía multas, procesos penales, hasta la ley mordaza finalmente que considera delito gestos activistas básicos como testimoniar sobre la brutalidad policial o circular convocatorias.

Por otra parte, el conflicto fue absorbido por vías de cooptación más sutiles: una cierta incorporación por parte de los políticos de algunas palabras, algunos gestos, algunas demandas, pero sin afectación alguna, sin que esa «integración» supusiese cambio real alguno. Puro maquillaje, cosmética, gestos simbólicos disociados de cambios materiales. Ninguna modificación sustancial en el ámbito institucional. Sólo nuevos condimentos para el «relato» político: símbolos, guiños comunicativos, retóricas y algunos detalles menores (transparencia, primarias).

Sofocando (vía represión o cooptación) el conflicto propuesto por el 15M, se perdió una oportunidad de reinventar nuestra democracia (que no lo es). Los problemas señalados por el 15M no se elaboraron creativamente, simplemente se han congelado y ahora se pudren. Hasta el próximo tumulto.

-el 1 de octubre de 2017, dos millones de personas acuden a votar en un referéndum simbólico por la independencia. Es un gesto de desobediencia que llama la atención sobre la extensión de malestar con respecto a un tipo de encaje territorial, a un tipo de democracia de muy baja intensidad. No se trata simplemente de una cuestión nacional, nacionalista o identitaria, es algo evidente para quien tenga oídos y los use para escuchar. Se expresa ahí un rechazo del sistema político español, hay un deseo de otra situación, de otras reglas de juego, de una república, etc. La respuesta es… ninguna. La represión del 1 de octubre primero, la judicialización de la política después.

Según Maquiavelo, si la vida de Roma fue larga y justas muchas de sus leyes se debió a que la sociedad y la institución era permeable al conflicto. En nuestra sociedad la ley -un instrumento para la vida en común- se convierte en un fetiche sagrado, es decir que no se puede profanar, es decir que no se puede tocar. Al revés, en su nombre se pone fin a todo lo que interrumpe el orden.

Sofocando el conflicto abierto el 1 de octubre, se cierra una oportunidad de reinventar el encaje territorial, las reglas de juego de la convivencia, las hechuras mismas del Estado y el significado mismo de España, algo que no sólo se desea en Catalunya. El conflicto que no encuentra ninguna respuesta o forma de elaboración se pudre, amenaza convertirse en conflictohorizontal entre la propia gente de abajo.

-un tercer ejemplo que no me resisto a poner aunque sea de otra índole: el caso de Podemos. Los líderes de Podemos nos han abrasado los oídos desde su aparición con sus lecturas tan sabias sobre Maquiavelo. Pero, ¿qué encontraban en Maquiavelo? Lo más banal: que lo político es una técnica, que el poder lo es todo, la separación entre moral y política, el juego de tronos (ganar o morir). Ni rastro de la idea más fecunda del florentino: dar espacio a lo que disiente, la fecundidad del conflicto. Todo lo contrario, en un proceso alucinante y un tiempo récord, se ha laminado y expulsado a todos los que pensaban distinto ¡y todo ello sin quitarse el 15M de la boca! La misma cultura política de fobia a la división.

Resultado: se pierde la oportunidad de reinventar la forma-partido y lo que queda de Podemos es una cosa homogénea, por tanto rígida, por tanto débil, por tanto en vías de extinción. A falta de un verdadero balance autocrítico, encarnado, con efectos y no sólo retórico, Íñigo Errejón va por el mismo camino.

Sin conflicto, ni vitalidad ni justiciaTanto a izquierda como a derecha, «el gobierno es permanentemente enemigo del cambio». La derecha odia con todas sus fuerzas (casi físicamente) cualquier anomalía: desde los manteros hasta las casas okupadas pasando por toda expresión popular ingobernable. La izquierda por su parte tiende a la hipocresía: su sueño -el sueño más que evidente de Pedro Sánchez por ejemplo- es gobernar como la derecha pero con los votos (y la legitimidad) de la izquierda. Y la Nueva Política, por su parte, fetichiza las nociones de «orden» y «estabilidad» como si se pudiese imponer la cosa pública al partido de los ricos (que es trasversal a todos los partidos) sin ningún conflicto o inestabilidad de por medio.

Unos y otros hablan del Estado del bienestar, pero olvidan que este fue justamente un efecto de la división social y la capacidad de conflicto de la gente de abajo. En medio de condiciones muy duras, las luchas obreras consiguieron la reducción de la jornada de trabajo, el aumento de salario, derechos sociales, etc. Nada de armonía, uno se divide en dos: hay patrones y hay obreros, el tumulto se expresa como lucha de clases y el «reformismo» es justamente la plasticidad de la ley en su regulación. Todo eso -con los infinitos claroscuros de la dialéctica entre lucha e integracion de los que no nos vamos a ocupar aquí- ya no existe. El sistema no reconoce la división social, ahora somos todos «empresarios de nosotros mismos». El neoliberalismo desmantela todas las mediaciones que respondían creativamente al conflicto y ya no hay espacio alguno para el resto popular ingobernable. El capitalismo hoy se ha desbocado por ausencia de conflicto.

Si nuestra democracia es tan raquítica y suscita tan poco entusiasmo se debe precisamente a esto: no se deja afectar por los tumultos de abajo, no quiere saber nada de la energía del demos, es incapaz de ninguna fluidez o plasticidad instituyente a no ser que lo pida el Banco Central, convierte lo que es producto y herramienta (la ley) en el factor determinante y primero. El Estado de Derecho, que nació para poner límites a la arbitrariedad del poder, se convierte hoy en un sistema cerrado y sacralizado, enemigo de toda energía instituyente. No nos hemos librado aún de la teología en política.

Desafectada, a esa democracia se la puede llevar el viento, el viento de cualquier «posfascismo» actual. Pero la responsabilidad cae toda del lado de quienes han sostenido una concepción puramente consensual de la democracia.

¿Hay esperanza? Ninguna, mientras seamos pueblo iluso, creyendo que las cosas cambian solas, por la gracia de políticos buenos o de las astucias de la razón en la historia. Alguna, si somos pueblo negativo y desconfiado, pueblo-plebe. «Es una opinión plebeya y un punto de vista negativo suponerle al gobierno una mala voluntad» (Hegel). Es justo el punto de vista que necesitamos, todo el rato. La plebe es justamente el pueblo cuando se hace valer, el que grita «no nos representan», el que sabe que las leyes justas son siempre fruto del tumulto y las ganas de libertad de abajo.

La democracia no es una sociedad armónica o armonizada (tampoco bajo los modelos utópicos de la autogestión o la democracia digital), sino la sociedad que abre paso al conflicto, una sociedad efervescente y abierta al cambio que subordina lo instituido a lo instituyente, esa sociedad que experimentando la inestabilidad consigue obtener la mayor estabilidad, en la que cualquiera (y no sólo los que monopolizan la cosa pública) puede hablar, actuar y ser tenido en cuenta, la sociedad donde la pregunta por la vida buena y la justicia se mantiene abierta, donde la ley es puesta en juego por el conflicto sin ser exactamente su producto. Democracia es sostener la división social, la posibilidad infinita de la división.

En «Mientras dure la guerra», la última película de Amenábar, el personaje de Franco explica su decisión de alargar la guerra en la necesidad de exterminar al otro. «Si no en dos días estaremos en las mismas, los españoles siempre están a la gresca». Es el espíritu de cruzada que aún pervive: hay que suprimir el mal. Pero no se trata de cambiar el franquismo por el imperio de la ley sacralizada e intocable, sino justamente de aprender a convivir con la gresca y elaborarla. Así y sólo así enterraríamos de una vez por todas los restos del dictador. Hay que romper la representación dominante que ve en la división y el conflicto el principio de la decadencia y el declive. El mal es el acicate del bien, de los tumultos surgieron en Roma todas las buenas leyes.

«La república es superior a todos los demás regímenes: se presta al movimiento» (Lefort-Maquiavelo).

Gracias por las conversaciones a Diego, a Hugo, a las amigas del taller de los lunes.

Referencias:

Maquiavelo: lecturas de lo político, Claude Lefort, Trotta.

Claude Lefort, la inquietud de la política, Edgar Straehle, Gedisa.

La democracia contra el Estado, Miguel Abensour, Colihué.

Los 30 pesos más caros de la historia de Chile

por Santiago de Arcos-Halyburton

 

A Luis Thielemann y Alfonso Pizarro que son la nueva ternura de las luchas

La evasión inició casi como un juego, se veía como una travesura escolar. Pero había una profundidad de rabia, frustración, abusos: jubilaciones miserables, salud indigna, precariedad absoluta, endeudamiento ahogante y a eso le sumamos las alzas que nos ahogan más y más.

El metro es el corazón del sistema de transportes de la ciudad, pero también es el corazón de un sistema que solo produce riquezas para el sector privado en contubernio con lo público-estatal, su asalto se transformó en un ataque al corazón del sistema de explotación, donde el 80% de los trabajadores chilenos gana menos de 500 dólares, y un gigantesco porcentaje, de ese 80%,  gana menos de 250 dólares. Esa evasión del pasaje de tren subterráneo se transformó en una multitud que se agencio a los muchos estableciendo un contrapoder en lucha, que no solo busca una rebaja en las tarifas del transporte público, sino que ha significado la destrucción del orden actual de las cosas, la “normalidad” del arte de gobernar liberal se transformó en el kairós que le impide gobernar a la clase política que administra la governance del capital en Chile.

El gobierno no entendió nada al imponer estado de emergencia, porque le significo que la mancha de aceite se derramara desde la ciudad de Santiago a todo el país: marchas, saqueos, incendios por todo el territorio chileno en un solo día. Un toque de queda que nadie respeta porque ya no gobiernan.

En el centro neurálgico de la ciudad se da la principal batalla: no conozco a nadie, son jóvenes, millenials, veinteañeros, casi ninguna capucha, solo cacerolas que se enfrentan a la fuerza policial durante todo el día, y que se encapucha para resistir la represión. Muchas mujeres. La emoción no tarda en acudir como sentimiento, ante la enorme potencia desatada por esta sociedad adormecida (los 30 años de democracia solo han configurado una subjetividad de servidumbre voluntaria), estos días han sido embriagadores, y hoy la bacanal de la potencia al ir encadenándose, al transcurrir el día, ciudad tras ciudad. Esto es el acontecimiento, eso que siempre esperamos, y desesperamos al ver que nunca estalla, y cuando llega nos revienta en la cara y salimos a la calle fundiéndonos en esa afectividad que nace de los cuerpos deseantes que se movilizan. Aquí no hay colectivos, partidos, movimientos, hay una cierta espontaneidad en el acontecimiento, por eso es un estallido salvaje, primitivo, solo hay la oposición a todo lo que nos oprime, la insatisfacción difusa, gigantesca, con la vida que llevamos bajo el capitalismo financiarizado chileno, pero que se ha expresado finalmente para enfrentar al poder-

El gobierno y la prensa insisten en criminalizarnos, en que delinquimos, sin entender que cada saqueo y cada incendio o barricada es un punto de fuga, un éxodo del poder mismo, un momento de fundación de un común que aún no se define, ni se vislumbra, apenas se asoma como un agenciamiento molecular callejero en el sonido de una cacerola. Ahora, recién ahora, todos coinciden en que existen motivos de insatisfacción, pero, tratan de dividirnos en buenos y bien portados manifestantes pacíficos y los vándalos violentos. Según ellos, estamos concertados por la maldad y el deseo de destruir por destruir, se destruye porque cada supermercado, banco, parada de autobús, peaje o portal de cobro automático de peaje es un símbolo de la explotación que sufrimos, son ellos los que nos ahorcan mes a mes económicamente, llevándonos a la desesperación. Según ellos, vivimos un tiempo de paz y prosperidad, de felicidad y desarrollo para todos. Donde esta? Los comunes no saben dónde o con que se come ese desarrollo y la prosperidad. Según ellos somos manipulados para oscuros fines políticos y ellos son la bondad del Estado que nos cuida y beneficia. El verdadero vandalismo es subir el precio de los pasajes del transporte público, de los planes de salud, que nuestras jubilaciones serán miserables mientras las AFP se enriquecen con nuestro dinero previsional, que los milicos y policías roban miles de millones, que los parlamentarios se reajustan sus salarios y nosotros debemos levantarnos más temprano para gozar de la tarifa baja del tren subterráneo (dichos del ministro de transporte), vandalismo es asesinar mapuches y perseguir a un vendedor ambulante mientras los evasores de miles de millones en impuestos son perdonados, su política de orden y modernización es el mayor vandalismo.

Los derrotamos en las calles, pusimos el cuerpo a las tanquetas y fusiles de los militares, resistimos todo el día los balines de plomo y gases de la policía y tuvieron que congelar el alza del pasaje de transporte público, pero ahora no es suficiente, lo queremos todo y lo queremos ahora. Nos han impuesto el toque de queda, pero aún tenemos el día de mañana para seguir luchando en las calles de Santiago de Chile. Hemos impuesto nuestra agenda en la calle, cambiando la correlación de fuerzas.

Los jóvenes han decidido no adaptarse más, los viejos hemos salido con ellos a la calle a combatir este mundo que quieren construir para nosotros, un mundo basado en la violencia de la superexplotación, de la precariedad, de una vida Starbucks. No fracasamos, luchamos, porque no queremos más ese mercado del trabajo que te obliga a ser exitoso, competitivo. Es nuestra subjetividad la que hoy se ha sublevado contra una realidad insoportable construida por el capital: status, seguridad, endeudamiento para aparentar, y por ultimo transformarse en una pyme productiva que financie todo lo demás, incluso sus deudas, esas que lo ahorcan hasta no dejarle vivir. Hoy esos jóvenes, y nosotros los veteranos de otras luchas, se levantaron contra el sistema en su conjunto reinventándose como un sujeto que surge de las luchas, como una potencia plebeya que lo subvierte todo porque quiere vivir de otro modo y dice BASTA! Y transforma su Instagram en un medio de prensa que disemina la revuelta, destruyendo al mismo tiempo esa mistificación que el Estado ha construido sobre el sagrado Metro (nombre que recibe la red de tren subterráneo de Santiago) u otros símbolos históricos y los desconoce como tales destruyéndolos físicamente y a partir de esta destrucción reafirmar su propia subjetividad de sujetos en lucha que ofende al poder, porque es puro afecto que se constituye en contrapoder escupiendo en el rostro del Estado su incapacidad para gobernarlo, dejándole solo el sabor de la derrota, a pesar de que el poder sostenga verbalmente su mando, a pesar de que el monopolio de la violencia le haya sido arrebatado.

Las luchas son globales y se expresan como una peste que contagia todo, esparciéndose como esporas: esta lucha nuestra salto desde Quito, Ecuador, a Santiago de Chile, y no es precisamente el toque de queda o los 10 mil efectivos policiales y militares en las calles lo que detendrá o derrotara la movilización global. Llegamos para instalarnos en las calles, desde la Primavera Árabe, hasta Parque Gezi y el Junho de 2103 brasileño, de ahí a los Gilets Jaunes hasta Quito y Santiago de Chile, hemos cambiado el miedo de lado, hemos aterrorizado al poder, hemos visto como tiembla su barbilla ante nuestra potencia que convulsiona este presente que hasta ayer era oprobioso

Mientras escribo estas palabras los helicópteros militares sobrevuelan la ciudad, pretenden que les temamos, pero no saben que nuestra fuerza colectiva se funda sobre la potencia de lo posible…Somos David sobre hombres de gigantes, los nuestros.