David Harvey: las grandes ciudades, cada vez más excluyentes

por Fernando Camacho Servín

Las grandes ciudades de América Latina se han vuelto cada vez más inequitativas y en ellas se destinan recursos millonarios a megaproyectos que significan auténticos «puentes hacia la nada», pues no tienen ninguna utilidad para resolver las necesidades de las mayorías y sólo benefician a grandes constructores.

Así lo advirtió el geógrafo, urbanista y teórico social marxista David Harvey, quien señaló que las crisis del acceso al agua en ciudades como Monterrey deben solucionarse con estrategias de planeación a largo plazo, además de sistemas gubernamentales de supervisión al uso que le dan las compañías privadas a dicho recurso natural.

Recién llegado al país, donde hoy participará en un foro organizado por las secretarías de Cultura federal y de la Ciudad de México, el investigador británico charló con La Jornada acerca de los temas que lo han ocupado desde hace décadas, entre ellos el «derecho a la ciudad» y cómo el neoliberalismo ha transformado los entornos urbanos.

Ser «desechable»

Al analizar la desigualdad existente en la gran mayoría de las urbes latinoamericanas, Harvey considera: “La inequidad se ha profundizado: los ricos se volvieron más ricos, y los pobres, no más pobres en un sentido absoluto, pero sí más desempoderados, con una mayor sensación de ser desechables. Creo que la gente piensa que tiene un rol insignificante. Hay como una suerte de alienación y enojo en las calles. Es como decir ‘¿para qué me molesto en hacer algo, si lo que hago no importa? Estoy tan apurado lidiando con la vida cotidiana, que no me interesa nada más’”, lamentó.

Respecto de fenómenos como la «gentrificación» de zonas urbanas y la aparición de «burbujas» inmobiliarias, el autor de Una breve historia del neoliberalismo y Urbanismo y desigualdad social advirtió que las ciudades son espacios cada vez más segregados para sus habitantes en función de qué tanto dinero tengan.

“La provisión de casas mediante el mercado funciona muy bien para la población adinerada, pero falla totalmente para cubrir las necesidades de la más pobre. En Nueva York, por ejemplo, hay un boom de edificios nuevos, pero para personas que ganen 100 o 300 mil dólares al año, cuando 50 por ciento de los habitantes gana menos de 40 mil dólares. ¡No pueden costearse una casa y el mercado los expulsa!”.

Harvey consideró que una de las acciones fundamentales para esta problemática es “un sistema viable de vivienda social, pero eso no va ocurrir si lidiamos con el coro neoliberal que dice ‘si algo no se puede hacer a través del mercado, entonces no es posible en lo absoluto’”.

Los «puentes hacia la nada»

Para el académico de las universidades John Hopkins y de la Ciudad de Nueva York, las grandes inmobiliarias y constructoras tienen el único objetivo de generar ganancias, aunque «mucha inversión se destine a proyectos espectaculares, pero absurdos, que no resuelven la vida diaria».

Mencionó el “nuevo aeropuerto al sur de Madrid, que costó 2 o 3 mil millones de dólares y al final fue una total fantasía. Ningún vuelo llegaba ahí, no hay nada ahí y se fue a la bancarrota. A pesar de eso, los desarrolladores y otros ganaron mucho dinero haciendo lo que llamamos un ‘puente hacia la nada’”.

Hoy en día, recalcó Harvey, «tenemos cada vez más infraestructura así: megaproyectos espectaculares que no le ayudan a la gente. Los inversionistas apuestan a proyectos que no son rentables por la sencilla razón de que van a tener un superávit y a crear muchos empleos».

En contraposición, para que las grandes ciudades sean viables es necesario que las autoridades hagan planes de largo plazo y generen la infraestructura básica necesaria para resolver problemas reales.

«En Estados Unidos no están al corriente con la infraestructura de largo plazo. Tenemos una austeridad impuesta por el sistema y no le hemos dado mantenimiento al Metro, que hoy está en crisis en Nueva York».

Mejor gestión del agua

Consultado sobre cómo enfrentar las crisis de abasto de agua que ya sufren Monterrey y otras grandes urbes, Harvey señaló que la escasez ya afecta también a Sao Paulo y Los Ángeles, debido al cambio climático, por lo que es urgente implementar estrategias de reciclaje y planeación para las siguientes décadas.

En este marco, consideró que el decreto firmado por el presidente Andrés Manuel López Obrador para garantizar el abasto del líquido en Nuevo León debería formar parte de una estrategia integral para hacer un mejor uso y distribución del agua. «El que esto funcione va a depender de lo que hagan las autoridades y la población local», apuntó.

Para Harvey, el hecho de que las empresas privadas manejen el agua no es necesariamente malo, porque hay experiencias positivas en Francia y Gran Bretaña, pero subrayó que «debe haber un aparato regulatorio de supervisión, para que el agua llegue a la gente de forma adecuada, en cantidad suficiente y con un sentido social».

Una de las raíces de los mayores problemas en el mundo es la «sobreacumulación de capital» a costa de los recursos naturales. “El resultado es la pestilencia, las guerras, las enfermedades. Hay un boom de la minería y el extractivismo, como en el caso del litio y otros metales en Latinoamérica, pero esa acción es más destructiva que constructiva”.

‘El derecho a resistir’ Un manifiesto feminista

por The Feminist Initiative Group

Nosotras, feministas de Ucrania, llamamos a las feministas de todo el mundo a solidarizarse con el movimiento de resistencia del pueblo ucraniano contra la guerra depredadora e imperialista desatada por la Federación Rusa. Los relatos de guerra suelen presentar a las mujeres* como víctimas. Sin embargo, en realidad, las mujeres* también desempeñan un papel clave en los movimientos de resistencia, tanto en el frente como en el frente doméstico: desde Argelia hasta Vietnam, desde Siria hasta Palestina, desde el Kurdistán hasta Ucrania.

Las autoras del manifiesto Resistencia Feminista contra la Guerra niegan a las mujeres ucranianas* este derecho a la resistencia, que constituye un acto básico de autodefensa de los oprimidos. Nosotras, por el contrario, consideramos la solidaridad feminista como una práctica política que debe escuchar las voces de les directamente afectades por la agresión imperialista. La solidaridad feminista debe defender el derecho de las mujeres* a determinar de forma independiente sus necesidades así como sus objetivos políticos y las estrategias para alcanzarlos. Las feministas ucranianas ya luchábamos contra la discriminación sistémica, el patriarcado, el racismo y la explotación capitalista mucho antes del momento actual. Llevamos y seguiremos llevando a cabo esta lucha tanto durante la guerra como en tiempos de paz. Sin embargo, la invasión rusa nos obliga a centrarnos en el esfuerzo general de defensa de la sociedad ucraniana: la lucha por la supervivencia, por los derechos y las libertades fundamentales, por la autodeterminación política. Pedimos una evaluación informada de la situación concreta en lugar de un análisis geopolítico abstracto que ignora el contexto histórico, social y político. El pacifismo abstracto que condena a todas las partes que participan en la guerra conduce a soluciones irresponsables en la práctica. Insistimos en la diferencia esencial entre la violencia como medio de opresión y como medio legítimo de autodefensa.

La agresión rusa socava los logros de las feministas ucranianas en la lucha contra la opresión política y social. En los territorios ocupados, el ejército ruso utiliza las violaciones masivas y otras formas de violencia machista como estrategia militar. El establecimiento del régimen ruso en estos territorios supone la amenaza de criminalizar a las personas LGBTIQ+ y despenalizar la violencia doméstica. En toda Ucrania, el problema de la violencia doméstica se está agravando. La enorme destrucción de la infraestructura civil, las amenazas al medio ambiente, la inflación, la escasez y el desplazamiento de la población ponen en peligro la reproducción social. La guerra intensifica la división sexual del trabajo, asignando todavía más el trabajo de reproducción social a las mujeres, que lo realizan en condiciones especialmente difíciles y precarias. El aumento del desempleo y el ataque del gobierno neoliberal a los derechos laborales siguen agravando los problemas sociales. Para huir de la guerra, muchas mujeres* se ven obligadas a abandonar el país, y se encuentran en una posición vulnerable debido a los obstáculos para acceder a la vivienda, las infraestructuras sociales, los ingresos estables y los servicios sanitarios (incluidos los anticonceptivos y el aborto). También corren el riesgo de caer víctimas de trata.

Hacemos un llamamiento a las feministas de todo el mundo para que apoyen nuestra lucha. Exigimos:

El derecho a la autodeterminación, la protección de la vida y las libertades fundamentales, y el derecho a la autodefensa (incluida la armada) del pueblo ucraniano, así como de otros pueblos que se enfrentan a la agresión imperialista.
Una paz justa, basada en la autodeterminación del pueblo ucraniano, tanto en los territorios controlados por Ucrania como en sus territorios temporalmente ocupados, en la que se tengan en cuenta los intereses de los trabajadores, las mujeres, las personas LGBTIQ+, las minorías étnicas y otros grupos oprimidos y discriminados.
Justicia internacional para los crímenes de guerra y los crímenes contra la humanidad durante las guerras imperialistas de la Federación Rusa y otros países.
Garantías efectivas de seguridad para Ucrania y mecanismos eficaces para evitar nuevas guerras, agresiones y escaladas de conflictos en la región y en el mundo.
Libertad de circulación, protección y seguridad social para todos los refugiados y desplazados internos, independientemente de su origen.
Protección y ampliación de los derechos laborales, oposición a la explotación y a la superexplotación, y democratización de las relaciones laborales.
Prioridad a la esfera de la reproducción social (guarderías, escuelas, infraestructuras sanitarias, ayuda social, etc.) en la reconstrucción de Ucrania tras la guerra.
La cancelación de la deuda externa de Ucrania (y de otros países de la periferia mundial) para la reconstrucción de posguerra y prevención de nuevas políticas de austeridad.
Protección contra la violencia machista y garantía de la aplicación efectiva del Convenio de Estambul.
El respeto de los derechos y el empoderamiento de las personas LGBTIQ+, las minorías nacionales, las personas con discapacidad y otros grupos discriminados.
La aplicación de los derechos reproductivos de las niñas y las mujeres, incluidos los derechos universales a la educación sexual, a los servicios sanitarios, a los medicamentos, a la anticoncepción y al aborto.
la garantía de la visibilidad y el reconocimiento del papel activo de las mujeres en la lucha antiimperialista
La inclusión de las mujeres en todos los procesos sociales y en la toma de decisiones, tanto durante la guerra como en tiempos de paz, en igualdad de condiciones con los hombres.
Hoy, el imperialismo ruso amenaza la existencia de la sociedad ucraniana y afecta al mundo entero. Nuestra lucha común contra él requiere principios compartidos y apoyo global. Hacemos un llamamiento a la solidaridad y a la acción feminista para proteger las vidas humanas, así como los derechos, la justicia social, la libertad y la seguridad.

Defendemos el derecho a resistir.

Si la sociedad ucraniana abandona las armas, no habrá sociedad ucraniana.

Si Rusia abandona las armas, la guerra terminará.

Firma el manifiesto aqui:

https://docs.google.com/forms/d/e/1FAIpQLScgsYAJIh9y0qwZHucPHsnmmzlUiou-USkOuRIlxxisrpWkAw/viewform

Traducción del ingles, Santiago de Arcos-Halyburton

 

Estamos en guerra: nacionalismo, imperialismo, cosmopolítica

por Ettiene Balibar

Para la mayoría de las preguntas que examinaré, confieso que no tengo una respuesta preparada. Peor aún, en muchos casos me temo que tales respuestas no existen. Esto no puede impedir que las busquemos, que encontremos la mejor formulación de las preguntas, a partir de todo lo que podamos aprender y discutir de manera crítica. La guerra en Ucrania plantea cuestiones de interés universal. La guerra nos afecta y seguirá afectándonos cada vez más: el presente, el futuro colectivo y nuestro lugar en el mundo. No estamos involucrados en esta guerra solo como observadores distantes o neutrales. Somos participantes en la guerra y el resultado depende de lo que pensemos y hagamos al respecto. Estamos en guerra. No podemos simplemente “desertar de esta guerra”, como escribió mi colega Sandro Mezzadra en un sólido manifiesto pacifista. Lo que no quiere decir que debamos pelear esta guerra en todas las formas que se nos presenten inmediatamente. Probablemente, aunque el rango de opciones para nosotros es estrecho, de ninguna manera puede llevarnos a concluir que no hay elección en absoluto.
¿Pero qué guerra es esta? Ni siquiera podemos responderlo con certeza. Porque no tenemos una percepción completa de los espacios ocupados por la guerra que se desbordan del territorio obviamente invadido por las tropas rusas y de algunas áreas adyacentes. Hay preguntas abiertas sobre la intensidad de la guerra y sus ramificaciones más allá de las fronteras de Ucrania, quizás en todo el mundo, a medida que la guerra se desarrolla y cambia progresivamente de naturaleza. Estas preguntas condicionan las hipótesis a formular sobre las formas que la política, en tanto práctica colectiva e institucional, puede tomar durante y después de la guerra. Si es que hay un después… En la célebre cita, repetida hasta la saciedad, Clausewitz escribió que “la guerra es la continuación de la política por otros medios”. Aún más decisivo sería preguntar: qué política es posible durante la guerra? ¿Y cómo cambiará la guerra las condiciones e incluso el contenido de la política después de que termine la guerra?
Discutiré las cuestiones en torno a tres temas. Primero, ¿qué está en guerra, o más bien, qué definiciones se pueden proponer para la guerra en curso? En segundo lugar, ¿cómo redefine la guerra la función del nacionalismo y transforma la propia forma de nación? Tercero, ¿cómo articula la guerra varios espacios políticos dentro de una estructura global de conflictos e instituciones?

QUE HAY EN UNA GUERRA
En esta primera parte, mi hipótesis es la siguiente: la naturaleza de la guerra en curso es imposible de aprehender si no se aplican mallas analíticas sucesivas, operando en diferentes niveles y destacando diferentes modalidades de conflicto. La guerra es esencialmente multidimensional: tiene lugar en diferentes teatros operativos, según diferentes ritmos. Sin embargo, tenemos que decidir qué aspecto priorizar en nuestra evaluación de lo que está en juego en la guerra, para guiar nuestras intervenciones. En última instancia, sin embargo, habrá una decisión subjetiva, una que no puede deducirse simplemente de las premisas del problema.
Creo que la guerra se desarrolla en cuatro niveles simultáneos. Antes de intentar señalarlos, es necesario repasar algunas cuestiones preliminares. El primer punto es que, si toda guerra depende ciertamente por su propia naturaleza de los objetivos fijados por los beligerantes, la guerra en sí misma no se define únicamente por sus intenciones. Más bien, se define por la constitución política de las instituciones colectivas, generalmente naciones, y por las condiciones históricas en las que tales instituciones se encuentran. Lo que nos lleva a la segunda pregunta preliminar: hay diferentes tipos de guerra. En general, las comparaciones son útiles, especialmente cuando involucran a actores similares. En este caso, vienen a la mente la guerra Irak-Estados Unidos de 2003, las guerras en la ex Yugoslavia a lo largo de la década de 1990, la segunda guerra de Chechenia de principios de la década de 2000 y la guerra de Vietnam de la década de 1970, sirven como contraejemplos. En cierto sentido, cada guerra es un nuevo tipo de guerra. Tercera cuestión: la guerra tiene sucesivas fases, guerra de movimiento y de posición, en las que se desplaza la correlación de fuerzas involucradas, así como las fronteras que contienen la guerra. En esta guerra, tras la fase inicial en la que las fuerzas nacionales ucranianas repelieron la invasión rusa, la guerra se estancó en la fase del asalto asesino contra las líneas de defensa orientales del país, volviendo al punto de partida del conflicto, como en 2014. Pero solo en esta guerra La tercera y última fase, con los desarrollos actuales, es que las dimensiones geopolíticas pasaron a primer plano.
La primera definición que podemos ofrecer es que se trata de una guerra de independencia para la nación ucraniana. Esto permite compararlas con las guerras de liberación antiimperialistas del siglo XX, como las de Argelia o Vietnam, o con el período constituyente de las naciones modernas que se separaron de los antiguos imperios británico, español u otomano. De hecho, Ucrania, anteriormente una república federal en la Unión Soviética, se independizó formalmente recién en 1991, cuando se disolvió la URSS. Y así fue reconocido por la comunidad internacional. Este hecho es de gran importancia, ya que caracteriza claramente que la invasión rusa violó el derecho internacional. Por un lado, hay agresión, por el otro, resistencia. Sin embargo, la propaganda rusa subrayó que no aceptaría la independencia de Ucrania como un hecho consumado por parte del imperio al que perteneció el territorio ucraniano durante siglos. Imperio que siguió existiendo durante la era comunista, a pesar de los principios democráticos proclamados en la Revolución de Octubre. Como resultado, los ucranianos están librando su guerra de independencia y solo después de eso, si ganan, la existencia de la nación ya no será cuestionada. Tal objetivo se logra a costa de un enorme sufrimiento y destrucción.
La constante referencia a la continuidad del dominio imperial sobre el espacio euroasiático, que se extiende desde el Océano Pacífico hasta las fronteras de Polonia (e incluso más allá), así como a los efectos de la Revolución Rusa, nos obligan a considerar esta guerra desde un ángulo diferente. y en una etapa diferente. En relación con las guerras en la ex Yugoslavia en la década de 1990, si bien la desproporción de fuerzas y los grados de destrucción son inmensos y afectan algunas otras distinciones significativas, esta guerra de independencia también pertenece a la categoría de guerras poscomunistas, surgiendo como un resultado del colapso de los estados socialistas en Europa y el fracaso de las políticas de nacionalidad, que al final solo acentuaron los nacionalismos agresivos. Estos se encendieron aún más en el contexto de las salvajes políticas de acumulación primitiva neoliberal. Lo que llama nuestra atención es que, en la perspectiva de un siglo, esta no es solo una guerra europea, que enfrenta a los pueblos europeos y los estados-nación europeos, así como a las alianzas y estructuras de poder europeas. Esta guerra es también la continuación o el nuevo episodio de la trágica historia de la guerra civil europea, que comenzó con la Primera Guerra Mundial, reconfigurada por la Revolución de Octubre, y luego por el surgimiento del nazismo en la derrotada Alemania y su red de aliados fascistas. en toda Europa. . Y luego vino la Segunda Guerra Mundial y luego la Guerra Fría y el descenso del Telón de Acero, que luego se derrumbó en 1989. Así que esta es la trágica historia, llena de deposición, destrucción y restauración de naciones, así como de genocidios, masacres, totalitarismo. dominaciones Sus huellas aún no han sido eliminadas por completo. Si miramos la guerra actual desde este punto de vista, la “guerra total” librada en el este de Ucrania y el éxodo de millones de personas no se justifican en modo alguno, pero nos sorprenden menos. Porque es la repetición de un patrón existente, que se olvida con demasiada facilidad, asumiendo que los problemas subyacentes se habrían resuelto.
La segunda definición conduce inmediatamente a una mayor ampliación del alcance de la inscripción de guerra. Las guerras europeas del siglo XX fueron también guerras mundiales, o capítulos de guerras mundiales, pero siempre dando a Europa una posición más o menos central. Yo diría que la guerra en curso es ante todo una “guerra globalizada”, incluso si es de carácter híbrido, donde muchas partes del mundo, sus poblaciones y estructuras políticas están asimétricamente implicadas. La razón de esto es que los beligerantes inmediatos participan en alianzas globales que brindan apoyo, y se puede decir que estas alianzas están llevando a cabo sus propias guerras de poder. La actitud de China hacia el conflicto es ambigua, pero en el lado occidental no lo es, y es especialmente cierto que se trata de una guerra de poder. Sin flujos permanentes de armas y suministros de información, el ejército ucraniano no habría podido resistir el asalto ruso, con todas sus virtudes. Por supuesto, además, Occidente está librando una guerra económica contra Rusia. Es muy significativo que, mientras Rusia niega oficialmente estar en guerra, calificándola de “operación militar especial” (como se denominaba antiguamente a las guerras coloniales), Occidente también niega estar en guerra, limitándose a hablar sobre sanciones. Lo más importante es que la combinación de destrucción provocada por la guerra, el bloqueo naval a la exportación de productos agrícolas y la repercusión de las sanciones en la economía global terminan develando un horizonte dramático de escasez de alimentos que pone a las poblaciones del Sur Global en riesgo de hambre. Ellas ahora también están en guerra.
Finalmente, una cuarta determinación de la guerra no puede ser ignorada y la persigue por los bordes. La posibilidad de que la guerra se vuelva nuclear. La pregunta es inquietante y fue planteada por Jürgen Habermas en un artículo reciente que desató la polémica en Alemania. Muchos comentaristas creen que el uso de armas nucleares en la guerra no es más que un instrumento de chantaje por parte del régimen ruso. Otros sugieren que la invasión rusa es una guerra colonial, pero con un paraguas nuclear, que obliga al otro bando (la coalición occidental cuya unidad es la OTAN) a restringir la magnitud del apoyo y el alcance de la intervención. Sin embargo, esto no da en el blanco, ya que la situación tiene más que ver con el hecho de que el ascenso de los extremos nunca se excluirá en una guerra total, a menos que termine con una clara ventaja para un lado. En efecto, como bien subrayaron Günther Anders o Edward Thompson, allá por la Guerra Fría: la existencia y magnitud de las armas nucleares abren posibilidades catastróficas que escapan al control de los regímenes políticos y sus líderes. El «exterminismo», para usar la frase de Thompson, no es impensable.
Con ello volvemos a la necesidad de decidir cómo vamos a priorizar en nuestras valoraciones dimensiones tan heterogéneas que, a pesar de todo, son interdependientes. Mi posición, de cuya debilidad soy plenamente consciente, es que existe una urgencia inmediata de apoyar la resistencia del pueblo ucraniano, que resiste por el bien de la independencia de la nación. No porque la independencia nacional sea un valor absoluto per se, sino porque a los ucranianos se les niega claramente el derecho a la autodeterminación porque están siendo victimizados en masa en una guerra criminal. La derrota de los ucranianos sería moralmente inaceptable y tendría consecuencias devastadoras para el orden internacional. Pero el apoyo no puede ser ciego. Por lo tanto, paso a los otros dos puntos de mi discusión, en cuanto a los temas del nacionalismo y la geopolítica de los conflictos y los espacios globales.

NACIONES Y NACIONALISMO
Podemos decir que el nacionalismo ha vuelto al centro del debate político, al emerger el espectro de la violencia, la intolerancia y la exclusión genocidas, lo que obliga a reconsiderar la aparente irreductibilidad de la forma-nación como último recurso en la definición de los agentes históricos. La parte ucraniana está claramente animada por el espíritu de autonomía y unidad nacional, lo que podría llamarse «nacionalismo», no hay otro término para ello. Sin embargo, no podemos simplemente rastrear la equivalencia con el discurso nacionalista ruso. No se trata sólo del desequilibrio de fuerzas o de la asimetría de posiciones frente al derecho internacional (el mismo que consagra la soberanía de los Estados-nación en tanto sean reconocidos internacionalmente como tales, lo que depende de muchas contingencias). El caso aquí es con respecto al contenido político involucrado. La propaganda rusa explora la realidad de algunos grupos extremistas que han jugado un papel activo en la política ucraniana desde la independencia en 1991, así como el imaginario de la Gran Guerra contra el nazismo después de 1941, para retratar al actual régimen ucraniano como sinónimo de resurrección. del nazismo.
El régimen ruso actual exhibe características totalitarias, desde la represión violenta de los opositores políticos hasta el desarrollo de un discurso imperial centrado en la misión histórica y el valor superior del pueblo ruso, retratado como un “pueblo maestro”. A partir de esto, desarrollo dos axiomas correlacionados. Primero, no existe tal cosa como una nación sin nacionalismo. Por lo tanto, el rechazo absoluto del nacionalismo como ideología reaccionaria no tiene un significado concreto a menos que decidamos que la forma de nación debe ser rechazada como un todo (que, de hecho, fue la posición de una gran parte de la tradición socialista). En segundo lugar, los vaivenes del nacionalismo y los altibajos de la forma de nación, en diferentes lugares y épocas históricas, están relacionados entre sí. Es porque la historia de las naciones, en gran parte determinada por las guerras, genera cambios dramáticos en el significado y contenido de las ideologías nacionalistas. Lo cual, a su propio ritmo, puede empujar a las naciones en direcciones opuestas. Lo que importa políticamente es el cambio de proporciones, el equilibrio desigual entre formas antitéticas, aunque ambos polos sean llamados con el mismo nombre de “nacionalismo”. En otras palabras, no debemos tratar de responder preguntas como: ¿qué es el nacionalismo ucraniano? Sino mas bien: ¿en qué se está convirtiendo el nacionalismo ucraniano en el transcurso de esta guerra?
Repito, soy consciente de que las hipótesis presentadas son muy frágiles. Si bien se pueden refutar rápidamente, vale la pena considerarlas. Creo que la cuestión neurálgica, en torno a qué orbita el contenido político del nacionalismo ucraniano y sus efectos, está ligada al estatus multicultural, comenzando por el multilingüismo, de las instituciones del Estado-nación ucraniano. Tomando prestadas categorías que ahora son ampliamente aceptadas por la sociología política, en términos de la oposición demos x ethnos, veo un escenario optimista asociado con los personajes de la resistencia patriótica actual, lo que sugiere que Ucrania y su identidad ideal están pasando de la condición de un nación étnica a la de nación cívica, con predominio del demos sobre el ethnos. Como resultado del hecho notable de que, contrariamente a las expectativas del invasor, las dos comunidades lingüísticas [rusa y ucraniana] se han unido en la resistencia patriótica y se han identificado con la idea de un solo Estado-nación ucraniano. Tampoco debemos olvidar cómo las dos comunidades mantienen zonas de intersección, lo que significa que la mayoría de los ucranianos son bilingües. Para mí, este es un hecho fundamental, aunque evidentemente hay fuerzas opuestas trabajando en varias partes del país.
Hagamos un breve rodeo por los patrones discursivos ideológicos. Del lado del imperialismo ruso, que niega la posibilidad de la existencia de la nación ucraniana, hay algunas contradicciones, aunque su existencia no impide que los ideólogos unan sus fuerzas. Una vertiente del discurso se centra en la idea de que existe un Mundo Ruso cuya genealogía estaría enraizada en la historia religiosa y lingüística, y a partir del cual los ucranianos y su lengua no serían más que una rama ligada continuamente a otras. El hito simbólico de este discurso es el traslado de la capital [del reino de la Rus medieval] de Kiev a Moscú. Otro discurso, más cercano a los discursos coloniales en otras partes del mundo, enmarca la lengua ucraniana y la población de habla ucraniana como una raza inferior o un pueblo sin historia. Su única historia posible sería la incorporación y educación dentro del imperio. Estos dos discursos explican cómo, a contrario sensu, la narrativa nacionalista fue construida en Ucrania, es decir, como una narrativa de la continuidad de la existencia de un pueblo/nación ucraniano, sustancialmente identificado con la resistencia a la destrucción de su identidad colectiva, como fue perseguido por el imperio ruso. La narración teje una continuidad mítica, desde el reino medieval de Rus´, cuya capital original fue Kiev, hasta el renacimiento nacional contemporáneo, pasando por manifestaciones simbólicas intermedias como el período de los principados cosacos y la Rada [Consejo Supremo de Ucrania] durante el revolucionario posterior a 1917, a pesar de que las formaciones sociales ucranianas están formadas por heterogeneidad y discontinuidad. Por supuesto, esta continuidad opera junto a la idea de la existencia de una identidad sustancial basada en la comunidad lingüística, que se mostró irreductible a la erradicación buscada por el poder imperial. Mi objetivo aquí no es descalificar esta narrativa, que es bastante similar a otras mitologías nacionales alrededor del mundo. Más bien, es señalar por qué el legado en esta región es en realidad más complejo. Como su nombre lo indica, Ucrania es una tierra fronteriza, con límites que fluctúan a lo largo de los siglos, dentro de la cual la cultura y la pertenencia colectiva están marcadas por la multiplicidad y la diversidad. Sin dejar de mencionar los conflictos y la violencia, ya que Ucrania siempre ha estado repartida entre imperios (o reinos) rivales, sometida a divisiones e incorporaciones por soberanías hegemónicas, además de haber atravesado revoluciones demográficas inducidas por migraciones y deportaciones forzadas, o por genocidios. . . En el siglo XX hubo dos: el exterminio bolchevique de los campesinos mediante el hambre y el exterminio nazi de los judíos mediante ejecuciones masivas y campos de exterminio… El fenómeno crucial, como decía antes, es el bilingüismo de la mayoría de la población, que se debe en gran parte al sistema educativo soviético que formó la clase media.
Estas son algunas de las razones por las que creo que el factor más importante en la génesis del espíritu patriótico, lo que sustenta la capacidad del pueblo ucraniano para luchar en esta guerra, no está en la narrativa étnica (o solo en ella). Sino más bien en la invención democrática de la Revolución de Maidan, en 2013-14, que creó una noción de ciudadanía distinta de la de comunidad étnica. Esta invención democrática ciertamente no es pura, está impregnada de maniobras sectarias, manipulación de oligarcas y políticos corruptos, llegando incluso a conflictos violentos entre milicias armadas. Aun así, es incuestionable que [el Maidan] fue una insurrección democrática y popular, especialmente cuando se ve en el contexto de las tendencias regionales hacia el autoritarismo (o “posdemocracia”). Esta es, sin duda, una de las razones por las que la dictadura rusa de Vladimir Putin ya no puede tolerarlo. Porque suscitó una crítica a la corrupción y un movimiento colectivo orientado a los valores que profesan los sistemas democráticos de Europa occidental -que, por muy oligárquicos que sean, dan cabida al pluralismo político- y puede representar un ejemplo para los ciudadanos de Rusia. Federación.
Por supuesto, soy consciente de que otras fuerzas están empujando en la dirección opuesta: la más poderosa de ellas es la guerra misma, en particular porque está destinada a desencadenar una rusofobia que apunta no a Rusia como Estado, sino a la cultura y el idioma rusos. y de ahí la apreciación y el uso de la rusofobia por parte de los ucranianos. La mayor incógnita en esta situación, políticamente esencial para el futuro, es cómo evolucionará la antítesis [entre demos y ethnos dentro del nacionalismo ucraniano].

GEOPOLÍTICA Y ESPACIOS SUPRANACIONALES
Finalmente, quiero retomar la idea de que las diversas guerras que se superponen y están sobredeterminadas hoy se vuelven más inteligibles si asociamos sus respectivas lógicas al supuesto de espacios políticos heterogéneos que cruzan la zona fronteriza que es Ucrania.
Permítanme comenzar con una paradoja fundamental inherente a la situación y acentuada por la guerra. Las naciones que buscan su independencia, especialmente cuando luchan contra un Imperio (o una entidad política que intenta resucitar un imperio), están ansiosas por afirmar su soberanía. Sin embargo, la soberanía nacional, incluso en el caso de naciones muy poderosas, siempre ha sido una soberanía limitada, dependiente del reconocimiento por parte de otras naciones y de la incorporación a sistemas de alianzas. En el apogeo de la era imperialista, la soberanía nacional se convirtió en gran parte en una autonomía formal, ya que el mundo estaba dividido en diferentes zonas, aunque las modalidades de soberanía eran diferentes. Esta situación se repite hoy, o quizás deberíamos decir que la guerra de independencia de Ucrania demuestra que nunca desapareció realmente. La situación solo cambió en términos de geografía y quedó sujeta a relaciones geopolíticas de diferentes fuerzas. Hoy Ucrania puede defenderse y salvarse solo si se integra a la alianza militar de la OTAN, es decir, de la estructura imperialista occidental, hegemonizada por Estados Unidos y al servicio de sus intereses globales. Y Ucrania solo puede afirmar y desarrollar sus valores liberal-democráticos si integra una estructura cuasi-federativa que es la Unión Europea. Estos dos procesos, que producen la dependencia como contenido real de la soberanía, están íntimamente entrelazados y podrían incluso parecer imperceptibles, en la medida en que la guerra incrementa la integración militar de los estados miembros de la Unión Europea, en el eje de la OTAN, en el que Estados Unidos es abrumadoramente dominante. Lo que parecían ser líneas evolutivas divergentes en los ámbitos político y militar en el pasado reciente, desde el final de la Guerra Fría, ahora reaparecen como dos caras gemelas de un mismo proceso. Esto tiene consecuencias devastadoras, ya que reinstaura la lógica de los campos en la arena global y pospone indefinidamente lo que he llamado la guerra civil europea.
¿Confirmaría este fenómeno la propaganda rusa que, desde un principio, pretende explicar la guerra como consecuencia de las políticas agresivas de la OTAN para acorralar al rival excomunista, como han planeado algunos ideólogos neoconservadores? No creo en eso. Porque aunque la OTAN llevó a cabo la política de cercar el espacio político euroasiático, tradicionalmente dominado por Rusia –lo que parece innegable–, la OTAN no atacó militarmente a Rusia. Nunca podemos olvidar qué ejércitos invadieron Ucrania y ahora la están destruyendo. Por un lado, debe quedar claro que ningún acuerdo de compromiso con el régimen de Putin ni ceder a sus exigencias resolverá la paradoja de lograr la independencia mediante el sometimiento a un bloque más amplio. Por otro lado, también me queda claro que existe una completa asimetría para un país democrático, entre la perspectiva de ser retomado y engullido por un imperio autocrático retrógrado y ser incorporado a una federación que crea o perpetúa desigualdades, pero que Tiene reglas de participación negociable. Aquí está en juego una discusión sobre las formas y grados contemporáneos del imperialismo, que también incluye la diferenciación entre las formas de sujeción que imponen. El siguiente paso sería tratar de evaluar la probabilidad de que, para Ucrania y la propia Europa, la integración política aparezca como una consecuencia inevitable de la guerra de independencia de Ucrania, pero sin identificarse del todo con la integración militar en el ámbito transatlántico restaurado, ni sometido a ella. Lo que dependerá de los desarrollos estratégicos de la guerra: su duración, qué bando “gana” o simplemente se encuentra en una posición favorable para negociar la paz o la tregua, qué soluciones apoya o tolera la opinión pública de cada bando, en qué También hay que tener en cuenta al pueblo ruso.
Quizás lo más importante a considerar viene ahora. No debemos ver el nivel de los conflictos geopolíticos entre alianzas militares y la nueva cartografía de los imperialismos globales, en los que China puede ser un actor decisivo, como último recurso de la discusión. Lo que traté de conceptualizar como el carácter híbrido de una guerra, que es menos una “guerra mundial” que una “guerra globalizada”, podría llevarnos en una dirección diferente. Las guerras se pelean de manera crucial por las fronteras, pero hay muchos tipos y capas de fronteras. En un nivel, las fronteras nacionales definen reglas de inclusión y exclusión en la comunidad de conciudadanos, normalmente ejercidas por los Estados. En otro nivel, las líneas divisorias globales distribuyen el planeta y la población humana entre diferentes zonas, resultado de las hegemonías coloniales y poscoloniales, el desarrollo desigual y las diferentes formas de capitalismo.
Tengo en mente la distribución de territorios y población mundial entre el Norte y el Sur globales. Claramente, esta distribución juega un papel decisivo en términos de la percepción de la guerra en diferentes partes del mundo, alimentando particularmente la percepción compartida en el Sur de que se trata de una guerra entre imperialismos del Norte, tal vez una guerra de poder conducida por el imperialismo más poderoso, en este caso, Estados Unidos -aunque primero habría que plantear la cuestión de si sigue siendo el más poderoso-. Pero lo que quiero sugerir es que tal distribución, si bien sigue siendo real y crucial, también se compone de otro fenómeno globalizado: el calentamiento global y la catástrofe ambiental, que son fundamentales. Fenómenos que desplazan y subvierten todas las fronteras del mundo, en particular, las fronteras entre regiones habitables e inhabitables, así como las fronteras de regiones explotables a costa de gigantesca destrucción de los paisajes naturales. La guerra se suma a otro fenómeno, no menos devastador: la posibilidad o incluso probabilidad de escasez de alimentos y hambrunas masivas en un futuro cercano, en diferentes partes del mundo, en su mayoría ubicadas en el Sur, donde no hay suficientes cultivos, ni reservas monetarias para comprar los recursos escasos y caros. A esta catástrofe muy concreta, podemos sumar los impactos sobre el medio ambiente derivados del incremento en la producción y uso de armas. En intervenciones recientes, el filósofo francés Bruno Latour, muy vinculado a los movimientos ecologistas, ha sugerido que se libran dos guerras al mismo tiempo, independientemente una de la otra: la guerra contra la libertad de los ucranianos y la guerra contra la Tierra como sistema vivo. Diría que los dos tienden a converger en un solo estado de guerra generalizada, en el sentido de guerra híbrida. Los pronósticos, en consecuencia, son sombríos y la capacidad de reacción colectiva parece limitada.
Realmente no voy a terminar. Permítanme decir solo esto: me coloco en la perspectiva del pacifismo, en el sentido amplio e histórico que pertenece a la tradición de izquierda, y del internacionalismo, que es intrínseco al repertorio antiimperialista. Pero el pacifismo está atrapado por demandas contradictorias, especialmente desde el punto de vista de los ciudadanos europeos, como ya sucedía cuando estaban en juego cuestiones fundamentales de derechos humanos. En cuanto al internacionalismo, es más necesario que nunca, pero parece peligrosamente desarmado. Por un lado, debemos apoyar incondicionalmente a un pueblo que sufre una invasión criminal y destrucción masiva, que tiene derecho a defenderse y derrotar al opresor. Por otro lado, no debemos abandonar la idea de que el régimen de Putin no es idéntico al pueblo de Rusia, como el régimen nazi no fue idéntico al pueblo de Alemania, o que las administraciones de Bush o Trump no fueron idénticas al pueblo estadounidense, y así sucesivamente. Por lo tanto, es necesario luchar contra la rusofobia y mostrar la máxima solidaridad con los disidentes rusos que resisten la invasión desde dentro de Rusia. Debemos retomar la campaña contra las armas nucleares y, de manera más general, buscar todas las oportunidades posibles para rescatar la idea de un orden mundial diferente, basado en la independencia de las naciones, la interdependencia de los pueblos y la seguridad colectiva, en lugar de las armas, la dominación y las sanciones.

publicado originalmente en: https://commons.com.ua/en/etienne-balibar-on-russo-ukrainian-war/

Traducción del inglés, Santiago de Arcos-Halyburton

Entrevista a Ilya Budraitskis. «El derecho de autodeterminación es algo que la izquierda ha defendido siempre”

Por DMITRY SIDOROV

El periodista y filósofo ruso Ilya Budraitskis anunció esta semana el lanzamiento de un nuevo medio de comunicación antibélico После [Después]. Su equipo tratará de entender Rusia y el mundo tras el 24 de febrero desde el punto de vista de las fuerzas socialistas de izquierda, que actualmente experimentan, como casi todo el mundo, una crisis de identidad política en las nuevas condiciones de guerra. Cherta habló con Budraitskis sobre en qué medida este proyecto será diferente de los proyectos mediáticos previos de la izquierda, sobre cómo la agresión rusa se está apropiando de los símbolos socialistas y qué puede hacer la izquierda para contrarrestar la rápida militarización del mundo.

Ya existen varios medios de comunicación de izquierdas: OpenLeft, Novo.media, Rabkor, Socialist.news de Alternativa Socialista… ¿Por qué decidiste crear un nuevo medio de comunicación de izquierdas en lugar de tomar uno de estos proyectos como base? ¿Es Después un proyecto personal?

En primer lugar, la situación de todos los medios de comunicación, no sólo de la izquierda, ha cambiado de forma muy dramática en los últimos tres meses. De hecho, todos los medios de comunicación que existen en Rusia tienen que elegir entre someterse a la censura o hablar abiertamente de la guerra y exponerse al riesgo de graves restricciones y represión por parte del Estado. Nuestro nuevo proyecto no tiene censura. Hablaremos de la guerra, analizaremos la guerra, sus causas y su evolución. Hablaremos de la posición que puede adoptar la izquierda contra la agresión y la propaganda rusa.

Después es una plataforma abierta y no sólo publicará las declaraciones de los miembros de nuestro colectivo, sino también otras voces, como las de la izquierda ucraniana, muchas de las cuales están ahora comprometidas en la resistencia contra la agresión rusa. También es muy importante el hecho de que nuestra web es bilingüe: casi todo el material que contiene estará traducido al inglés. Estamos abiertos a un público internacional de izquierdas, que actualmente siente una aguda falta de información sobre lo que ocurre en Ucrania y que necesita escuchar la posición de la izquierda rusa y ucraniana. Al menos, en función de estos criterios, nuestra publicación será muy diferente de todo lo que existe actualmente.

¿Aparte de tí, quién forma parte del equipo? ¿Reivindicas un papel unificador para todos los izquierdistas?

Aparte de mí, está Ilya Matveev, con quien desde hace mucho tiempo realizamos el podcast Diario Político, que ahora se publicará como parte de Después. También hay otros colaboradores que no puedo nombrar en este momento. Tenemos previsto ampliar nuestro equipo editorial con el tiempo, pero no diría que pretendemos tener un papel federativo: no tenemos previsto que nuestro proyecto mediático se convierta en una organización política. Ahora bien, queremos formar parte del debate que se está produciendo en la izquierda en Rusia, en Ucrania y en el mundo, para dar sentido a los retos que se nos plantearon el 24 de febrero.

En cuanto a los desafíos: vuestro proyecto ha expresado claramente una posición antibélica. Pero una parte de la izquierda rusa también tiene la idea de que en Ucrania hay una guerra entre dos proyectos de derecha, el proyecto liberal atlántico occidental y el proyecto reaccionario de Putin, en base a la cual la izquierda debe estar «por encima de la contienda» y desear «lo peor a ambos». ¿Qué opinas de esta posición? ¿Crees que la izquierda rusa debería estar del lado de Ucrania en esta guerra?

En Después no creemos que sea una guerra entre dos proyectos. Es la guerra de Rusia contra Ucrania, en la que Rusia es el país agresor. Cualquier intento de alejarse de esta afirmación elemental supone alejarse de una posición internacionalista de izquierdas, para la que siempre ha existido una distinción fundamental entre el agresor y su víctima, entre una gran nación imperialista y una pequeña nación que defiende su derecho a la autodeterminación. El derecho fundamental a la autodeterminación es algo que la izquierda ha defendido siempre, algo que era extremadamente importante para Lenin, por ejemplo. Es este derecho el que ahora se ve desafiado por la agresión rusa y el régimen de Putin.

Si recuerdas el discurso de Putin en vísperas de la invasión de Ucrania, dijo muy claramente que fue la política nacional de Lenin, su principio de autodeterminación nacional, el que condujo a la existencia de Ucrania en el mapa; lo que Putin considera que es un error que él va a corregir. Por lo tanto, la agresión rusa contra Ucrania también significa una agresión contra las ideas leninistas.

En estos momentos, Ucrania es un ejemplo de la lucha de una nación por la autodeterminación, una lucha que es extremadamente importante para todos los izquierdistas. Esto no significa que consideremos que el régimen ucraniano sea de izquierdas o progresista. Entendemos que es un régimen nacionalista de derechas, y que su nivel de nacionalismo no hará más que aumentar a medida que la guerra continúe y adopte formas más violentas. Pero esto no significa que Ucrania, que lucha por su independencia, no deba ser apoyada por las fuerzas progresistas.

De hecho, Putin amenazó a Ucrania con una descomunización real. Por otro lado, los símbolos y acciones simbólicas del bando ruso en esta guerra se refieren a la URSS. Entre ellas, la bandera roja soviética, la restauración de los monumentos de Lenin demolidos por los ucranianos y el cambio de nombre de las calles de los territorios ocupados, que pasaron de tener nombres ucranianos descomunizados a tener el nombre convencional de «calle Volodarsky». ¿Cómo debe afrontar la izquierda rusa esta dialéctica?

No es ningún secreto que el régimen de Putin lleva mucho tiempo explotando activamente la nostalgia y los símbolos soviéticos, excluyendo casi por completo su contenido socialista original. La bandera roja en manos de los soldados rusos no es diferente de la bandera rusa: es simplemente un símbolo del Estado, del poder estatal, un símbolo de las fuerzas armadas rusas que, desde el punto de vista del régimen ruso, son la continuación directa del ejército soviético. Creemos que este simbolismo cubre la profunda brecha entre lo que es Rusia hoy y lo que era el Ejército Rojo cuando fue creado por Lenin y Trotsky durante la guerra civil.

No hay que hacerse ilusiones: la agresión rusa contra Ucrania no está convirtiendo a Rusia en un Estado socialista. Las relaciones sociales que Rusia lleva a los territorios ocupados no son socialistas. Es una relación que existe dentro de la propia Rusia, pero de una forma aún más dura y perversa. Es el poder de las fuerzas de seguridad, el poder de las élites, el poder del capital ruso y de las empresas estatales sobre una población privada de derechos políticos y sociales. Vemos que en los territorios ocupados -en las regiones de Jherson, Donetsk, Luhansk y parte de Zaporizhzhia- no existe ninguna muestra, aunque sea mínima, de voluntad popular para volver a unirse a Rusia. Se trata de una ocupación militar directa: las personas que viven en este territorio simplemente tienen que someterse a la fuerza bruta. Esto no tiene nada que ver con el socialismo, la democracia o cualquier régimen soviético.

Quizás este último punto se discutirá en el Partido Comunista de la Federación Rusa (PCFR). Antes de la guerra vimos un deseo por parte de la izquierda progresista de colaborar con el partido, de fusionarse con él y de cambiarlo desde dentro. Tras el estallido de la guerra, cuando el PCRF, por mayoría, apoyó la agresión e incluso la instigó votando a favor del reconocimiento oficial de la independencia de la República Popular de Donetsk por parte de Rusia, ¿sigue teniendo algún sentido intentar esa cooperación? ¿o debemos reconocer que es una causa muerta, y que el propio PCRF se ha enterrado con ella? ¿queda algo del enorme potencial de protesta que tenía este partido tras el inicio de la guerra?

Creo que la enorme distancia entre la posición de los dirigentes del PCRF y las expectativas de sus partidarios y votantes de base no hará más que aumentar con el tiempo. Estas personas votaron al PCRF no como uno de los pilares del régimen de Putin, sino como un partido de oposición capaz de oponerse a los planes del gobierno en materia de política social y al fortalecimiento del autoritarismo en el país. El PCRF fue votado como una fuerza capaz de devolver los derechos democráticos fundamentales al pueblo de Rusia.

Podemos ver que, a pesar de las agresivas declaraciones imperialistas de la facción del PCRF en la Duma Estatal y de la dirección del partido, sobre el terreno, en las asambleas regionales y municipales, las y los electos del PCRF son a menudo casi los únicos capaces de expresar una posición antibélica. El ejemplo más reciente en este sentido tuvo lugar hace unos días en Vladivostok; antes, algunos diputados comunistas de la Duma de Moscú y de otras regiones expresaron opiniones similares.

Es posible que, en un futuro previsible, estas contradicciones conduzcan al surgimiento de una fuerza socialista activa verdaderamente independiente de los escombros del actual PCRF. Y una parte importante de esa fuerza serán las y los actuales miembros y simpatizantes del PCRF. En su forma actual, el PCRF se enfrentará sin duda a una crisis muy grave.

Puede que me equivoque, pero en tres meses no hemos visto muchas formas de autoorganización pacífica de la protesta de la izquierda en forma, por ejemplo, de huelgas y otras acciones sindicales contra la guerra. Por otro lado, vemos una actividad guerrillera activa, quizás en parte por gente de izquierdas y anarquista. ¿Podemos esperar que se desarrolle la primera? ‚ ¿qué piensas de la segunda?, ¿cuál de ellas es más es más prometedora?, ¿cuál deberían de apoyar las y los líderes de izquierda? 

Creo que en la situación rusa no existen muchas opciones, porque casi todas las formas de protesta legal están prohibidas. De una u otra manera, cualquier forma de protesta que sea crítica con el régimen actual es ilegal. Ahora, lo único que se puede hacer legalmente es solidarizarse con Putin. El deterioro de la situación económica y la continuación de la guerra, que la gente de a pie está pagando con su dinero, sus puestos de trabajo y sus vidas, conducirán inevitablemente a un creciente descontento social.

Cuando se suprimen todas las posibilidades políticas de expresar el descontento, la protesta adopta formas que difícilmente pueden ser alentadas abiertamente por los medios de comunicación de izquierdas. Pero en la plataforma Después hablaremos de todo tipo de protestas y resistencias: iniciativas estudiantiles, movimientos feministas contra la guerra y formas de autoorganización que actualmente no podemos prever.

En principio, en el contexto ruso, ¿podremos ver algo similar a lo que ocurrió en Bielorrusia en 2020, cuando, con el telón de fondo de las protestas callejeras, las huelgas masivas en las empresas estatales fueron una historia paralela igualmente importante? ¿O es imposible en Rusia debido a su diferente sistema económico?

El capitalismo ruso está estructurado de forma diferente al bielorruso. No tenemos tantas empresas estatales, pero prevalecen las empresas estatales. Por supuesto, las autoridades tienen mucho miedo de que estas empresas se conviertan en una fuente de protesta, no sólo política, sino también social. Especialmente, si hacemos frente a la pérdida masiva de poder adquisitivo de los salarios en un futuro próximo y a un aumento de la práctica de los permisos no remunerados. Podría ser algo similar a las huelgas bielorrusas y a las huelgas que tuvieron lugar en Rusia en los años 90, por no hablar de la huelga ferroviaria de 1998.

La guerra ha hecho retroceder la política mundial a la época de la Guerra Fría, o quizás incluso antes. Ahora mismo, el tema prioritario en la agenda de los Estados europeos es, literalmente, el de la seguridad física. Es como un repliegue hacia el conservadurismo de derechas, como ocurrió en Polonia y Hungría. ¿Se globalizará este proceso?, ¿qué puede hacer la izquierda para oponerse a él? Estarás de acuerdo en que, en condiciones de clara amenaza física, esa cohesión conservadora tiene sentido.

Sin duda, las acciones de Rusia han provocado un peligroso e incipiente proceso de militarización en Europa. Esto ha planteado a la izquierda una grave contradicción: la izquierda occidental siempre ha mantenido una postura antimilitarista, mientras que hoy en día la participación en la OTAN y su fortalecimiento son vistos por muchos países de Europa del Este como la única garantía real de seguridad. La izquierda de estos países lo entiende, pero le resulta difícil hacer algo al respecto. Está claro que la izquierda debe reevaluar ahora todas las posiciones que ha adoptado en décadas anteriores, incluso la posición de que sólo la OTAN y EEUU eran potencias imperialistas.

¿Qué puede ofrecer la izquierda en una situación en la que el mundo entero corre el peligro de dividirse en bloques imperialistas opuestos, cada uno de ellos sin alternativa progresista? Durante la Guerra Fría, al menos podía decirse que el bloque soviético, con todos sus defectos evidentes, era portador de ideas de liberación social y de lucha anticolonial. Hoy tenemos que elegir entre el bloque reaccionario de la OTAN y el bloque potencialmente aún más reaccionario de Rusia y China. Hoy en día, a la izquierda no le basta con criticar a sus gobiernos por la militarización. Es necesario reflexionar sobre las alternativas globales que pueden ofrecer a este mundo dividido en bloques militares y que se hunde en la barbarie, que está al borde de una nueva y mortal guerra mundial.

¿Y qué pasa con esa izquierda que todavía se niega a percibir adecuadamente la amenaza que supone Rusia? Por ejemplo, sabemos que [el político francés de extrema izquierda] Jean-Luc Mélenchon se opone a la venta de armas a Ucrania; sabemos que [el filósofo de izquierda estadounidense] Noah Chomsky ha pedido sentarse con Putin lo antes posible y hacer concesiones. Estas declaraciones han dejado a mucha gente desilusionada no sólo con estas figuras, sino también con la idea de la izquierda como tal. Algunos izquierdistas europeos van más allá y ven a la Rusia de Putin como una fuerza que se sitúa en la izquierda porque se opone al imperialismo estadounidense. ¿Cómo les explicas que esta fuerza es realmente peor y que no hay nada de izquierdas en ella?

Tienes razón, este es un tema importante para la izquierda occidental. Aunque se opongan inequívocamente a la agresión rusa, ni Chomsky ni Mélenchon pueden estar contentos con la militarización de sus países y la expansión de la OTAN. Estamos hablando de la necesidad de una revisión muy seria de todos los fundamentos de la estrategia de la izquierda en los países occidentales.

Ninguna parte de la izquierda sana es fan de Putin ni cree en su retórica antifascista o antiimperialista. Incluso los izquierdistas occidentales que todavía tenían algunas ilusiones sobre el régimen ruso las perdieron después del 24 de febrero. Esto ocurrió incluso en el partido alemán Die Linke, que siempre tuvo una fuerte ala prorrusa: el partido cambió radicalmente su posición general hacia Rusia y Putin. Este proceso de cuestionamiento en los principales partidos de izquierda no ha hecho más que empezar. Nuestra plataforma Después participará en este replanteamiento, que es una de nuestras principales tareas.

Ahora más que nunca, la izquierda europea necesita que algunas de sus intuiciones sobre el papel de Rusia en esta guerra sean confirmadas o, por el contrario, desmentidas; en primer lugar, por la izquierda rusa y ucraniana, que ve la situación desde dentro. Hace menos de un mes, una amplia delegación de la izquierda de Europa Occidental, que incluía a eurodiputados y diputados nacionales, visitó Lviv y celebró una conferencia con sindicatos independientes ucranianos y activistas de izquierda. Estas acciones de solidaridad juegan ahora un papel muy importante en la sensibilización.

2/06/2022

 

 

http://europe-solidaire.org/spip.php?article62728

 

artículo original en:

«Право на самоопределение — то, что левые защищали всегда». Илья Будрайтскис о проекте «После» и отношении социалистов к войне

 

Autodeterminación y la guerra en Ucrania

por Taras Bilous

Hace dos meses, cuando escribí “Una carta a la izquierda occidental desde Kiev”, esperaba que el impacto de la invasión rusa y las voces de la izquierda ucraniana empujaran a los izquierdistas occidentales a reconsiderar su enfoque. Desafortunadamente, muchos de ellos no lo han hecho. En sus análisis de la guerra, los ucranianos son solo víctimas que necesitan ayuda humanitaria, no sujetos con deseos que deben ser respetados.

Por supuesto, esto no se aplica a todos los de la izquierda, ni mucho menos. Los partidos de izquierda escandinavos, así como los de Europa del Este, han escuchado a los ucranianos y han apoyado el suministro de armas a Ucrania. Se están produciendo algunos avances entre los socialistas estadounidenses. Pero desafortunadamente, incluso una declaración conjunta de los socialistas ucranianos y rusos no ha convencido a suficientes personas para apoyar la ayuda militar. Permítanme tratar de dirigirme a la izquierda una vez más.

 

¿UNA GUERRA JUSTA?

Comencemos abordando una pregunta común: «¿Por qué se presta tanta atención a Ucrania y se brinda tanta ayuda mientras que otros conflictos armados en el mundo no lo hacen?» En primer lugar, ¿no son las posibles consecuencias de la guerra motivo suficiente para prestarle más atención? ¿Cuándo fue la última vez que el mundo estuvo tan cerca de la amenaza de una guerra nuclear? En segundo lugar, estoy de acuerdo en que a otros conflictos no se les presta suficiente atención. Como he escrito antes, el hecho de que Europa haya tratado a los refugiados ucranianos mucho mejor que a sus homólogos sirios y afganos se debe al racismo. Este es un buen momento para criticar las políticas migratorias y señalar que la ayuda brindada a los refugiados ucranianos debe brindarse a todos los refugiados.

Recuerdo otro conflicto armado en el que partes de la izquierda tenían sus «chicos buenos» (y chicas) y les prestaban una atención desmesurada en comparación con otros conflictos armados: Rojava. Ucrania no es Rojava, y podemos enumerar muchas quejas sobre las políticas interior y exterior de Zelensky. Ucrania ni siquiera es una democracia liberal clásica: aquí, cada nuevo presidente trata de acumular tanto poder como sea posible a través de mecanismos informales, el parlamento aprueba leyes inconstitucionales y, a menudo, se violan los derechos y libertades de los ciudadanos. Incluso durante la guerra, el gobierno ucraniano aprobó una ley que restringe los derechos laborales. En este aspecto, no es muy diferente del resto de Europa del Este.

¿Significa esto que los ucranianos deberían abandonar la lucha? Para mí, la respuesta es obvia: decidí unirme a las Fuerzas de Defensa Territorial al comienzo de la guerra. Pero estoy lejos de ser el único. Anarquistas de Ucrania, Bielorrusia e incluso algunos de Rusia están luchando actualmente en la Defensa Territorial o están ayudando. No les gusta Zelensky y ni el estado mismo, han sido detenidos repetidamente durante las protestas por la policía (como yo), y algunos anarquistas extranjeros han enfrentado intentos de deportación por parte de los servicios especiales. Pero aun así fuimos a la guerra. Puedes pensar que estos no son anarquistas «reales», o puedes considerar la idea de que sabemos algo sobre Europa del Este que ustedes no entienden.

Soy socialista y no creo que tengas que defender a tu país en ninguna guerra defensiva. Tal decisión debería depender del análisis de los participantes, la naturaleza social de la guerra, los sentimientos de la gente, el contexto más amplio y las posibles consecuencias de los diferentes resultados. Si Ucrania estuviera dirigida por una junta fascista y la situación fuera la que presenta la propaganda rusa, igual condenaría la invasión, pero no me uniría al ejército. Liderar una lucha partidista independiente sería más apropiado. Hay otras invasiones, como la invasión estadounidense de Afganistán o Irak, que deberían ser condenadas, pero ¿hubiera sido correcto luchar por los regímenes de los talibanes o de Saddam Hussein? Lo dudo. ¿Vale la pena proteger la democracia ucraniana, lejos de ser perfecta, del régimen parafascista de Putin? Sí.

Sé que a muchos no les gustan esos términos. Después de 2014, cuando se hizo popular en Ucrania etiquetar a Putin como fascista, critiqué este punto de vista. Pero en los últimos años, el régimen de Putin se ha vuelto cada vez más autoritario, conservador y nacionalista, y tras la derrota del movimiento contra la guerra, su transformación ha alcanzado un nuevo nivel. Intelectuales de izquierda rusos como Greg Yudin e Ilya Budraitskis argumentan que el país se está moviendo hacia el fascismo.

En muchos conflictos armados, es correcto pedir diplomacia y compromiso. A menudo, en el caso de conflictos étnicos, los internacionalistas no deberían tomar partido. Pero esta guerra no es tal caso. A diferencia de la guerra de 2014 en Donbas, que fue complicada, la naturaleza de la guerra actual es en realidad simple. Rusia está librando una guerra imperialista agresiva; Ucrania está librando una guerra popular de liberación. No podemos saber cómo se desarrollará Ucrania después de la guerra, depende de una plétora de factores. Pero podemos decir con certeza que solo si Ucrania gana habrá una posibilidad de cambio progresivo. Si gana Rusia habrá consecuencias horribles. Esta es la principal razón para apoyar la resistencia ucraniana, incluso con ayuda militar.

 

LA EXTREMA DERECHA UCRANIANA

Aquí, algunos lectores podrían hacer otra pregunta: «¿Qué pasa con la extrema derecha ucraniana?» En los debates más razonables sobre este tema, un lado siempre enfatiza el bajo apoyo electoral de la extrema derecha y la falta de representación en el parlamento, mientras que el otro lado enfatiza que, debido a la infiltración de las fuerzas del orden y la participación activa en las protestas callejeras, la extrema derecha ha tenido una influencia desproporcionada sobre la política ucraniana. Ambos son ciertos, pero hay un hecho importante que ambos bandos suelen ignorar: la influencia desproporcionada de la extrema derecha se basó en gran medida en la debilidad de la sociedad civil y el Estado, no en su poder.

La presencia de la extrema derecha se puede sentir en toda Europa del Este, pero la dinámica es diferente en cada país. A fines de la década de 2000, la extrema derecha rusa desató el terror en las calles, incluidos bombardeos, pogromos y otros ataques letales. Después de los disturbios de la plaza Manezhnaya en 2010, el estado ruso comenzó a tomar medidas enérgicas y los miembros de la extrema derecha rusa huyeron del país o fueron encarcelados. Algunos han encontrado un lugar en Ucrania, que era un lugar seguro sobre todo porque el aparato represivo del estado ucraniano es mucho más débil. (La relativa debilidad del Estado también fue la principal razón del éxito de las protestas masivas en Ucrania en comparación con Bielorrusia, donde los manifestantes sufrieron detenciones arbitrarias y torturas, o Kazajstán, donde las fuerzas de seguridad respaldadas por Rusia llevaron a cabo una represión mortal).

En los últimos años, el poder de la extrema derecha en Ucrania ha estado sujeto a nuevos desafíos. Desde Maidan, el desarrollo de la sociedad civil liberal ha cambiado el equilibrio de poder en la política callejera. Hasta hace poco, no siempre había una línea clara entre la extrema derecha y otras fuerzas políticas. Pero esto también está cambiando gradualmente debido al surgimiento de movimientos feministas y LGBT, que se oponen a los radicales de derecha. Finalmente, gracias a la campaña contra la deportación del anarquista bielorruso Aleksey Bolenkov y la protección del distrito Podil de los ataques de la extrema derecha en Kiev, el año pasado, ha habido un resurgimiento del movimiento antifascista en las calles.

Desde 2014, la extrema derecha ha compensado los fracasos electorales reforzando su presencia en las calles y reforzando su alianza con los liberales, formada durante los años de lucha contra el régimen de Yanukovych. Pero esta unión comenzó a colapsar gradualmente después de que Zelensky llegara al poder en 2019. La extrema derecha, en particular el movimiento Azov, estaba en crisis. Y tras la dimisión del ministro del Interior, Arsen Avakov, a quien se consideraba mecenas de Azov, el aparato estatal empezó a tratarlos con más frialdad.

Por supuesto, la guerra lo ha cambiado todo, y lo que suceda a continuación depende de muchos factores. La participación de la extrema derecha ucraniana en la guerra actual es menos notoria que en 2014, con una excepción obvia: el Regimiento Azov. Pero no todos los combatientes de Azov hoy son de extrema derecha, y como parte de la Guardia Nacional y las Fuerzas Armadas, cumplen órdenes del alto mando. E incluso Azov es solo una pequeña parte de la resistencia ucraniana. Por lo tanto, no hay razón para suponer que la guerra actual impulsará el ascenso de la extrema derecha tanto como la guerra en Donbass.

Hoy, la principal amenaza para los ciudadanos de Ucrania no es la extrema derecha ucraniana, sino los ocupantes rusos. Esto incluye a grupos que a menudo han sido atacados por la extrema derecha en los últimos años, como los romaníes o las personas LGBT, que también participan activamente en la resistencia ucraniana. Esto también se aplica a los residentes de Donbas. La propaganda rusa ha usado hipócritamente a los residentes de Donbass para justificar la invasión, acusando a Ucrania de “genocidio” mientras el ejército ruso arrasa las ciudades de la región. Mientras la gente hace largas filas para alistarse en la Defensa Territorial en Ucrania, en la parte de Donbass controlada por Rusia, los hombres son atrapados en las calles, reclutados a la fuerza y ​​arrojados a la batalla, sin entrenamiento, como carne de cañón.

Otro argumento común contra la resistencia ucraniana es que se trata de una guerra de poder entre Occidente y Rusia. Cualquier conflicto militar tiene múltiples capas, y uno de los componentes de la confrontación actual es un conflicto interimperialista. Pero si eso es suficiente para llamar a esto una guerra por poderes, casi todos los conflictos armados en el mundo son guerras por poderes. En lugar de discutir sobre el término, es más importante analizar el grado de dependencia de Ucrania de Occidente y comprender los objetivos de ambos campos imperialistas.

 

CONFLICTO INTERIMPERIALISTA

Ucrania es mucho menos un representante occidental de lo que los kurdos sirios fueron representantes de Estados Unidos durante su heroica lucha contra ISIS. Pero los proxies no son marionetas. Son actores locales que reciben apoyo militar de otros estados. Tanto el primero como el segundo tienen sus propios intereses, que pueden coincidir solo parcialmente. Y así como los izquierdistas apoyaron a los combatientes en Rojava a pesar de que los kurdos sirios recibieron ayuda militar estadounidense, los izquierdistas deberían apoyar al pueblo ucraniano. La política socialista en materia de conflictos armados debe basarse en el análisis de la situación sobre el terreno en lugar de si una potencia imperial apoya a un lado o al otro.

En los últimos meses, algunos izquierdistas han utilizado la historia de la Primera Guerra Mundial para argumentar que los socialistas no deberían apoyar a ningún bando en los conflictos interimperialistas. Pero la Segunda Guerra Mundial fue también un conflicto interimperialista. ¿Significa esto que ninguna de las partes debería haber sido apoyada en esa guerra? No, porque el conflicto interimperialista fue sólo una dimensión de esa guerra.

En un artículo anterior recordé que muchos representantes de movimientos anticoloniales no quisieron luchar por sus colonizadores durante la Segunda Guerra Mundial, y uno de los líderes del Congreso Nacional Indio, Chandra Boss, incluso colaboró ​​con la Alemania nazi. Pero también vale la pena mencionar las palabras de Jawaharlal Nehru: en el conflicto entre el fascismo y la democracia, debemos estar inequívocamente del lado de esta última. También vale la pena mencionar que el más consistente de los líderes del INC para apoyar la guerra de los Aliados fue M.N. Roy, su miembro más de izquierda. Por supuesto, esto no significó que Roy de repente comenzara a apoyar al imperialismo británico. Del mismo modo, apoyar la lucha contra el imperialismo ruso no implica apoyar al imperialismo estadounidense.

Por supuesto, la situación es diferente ahora. La participación directa de otros estados en la guerra solo empeorará la situación. Pero los socialistas deberían apoyar la presión económica sobre Rusia y exigir sanciones y embargos más duros sobre el petróleo y el gas rusos. Muchas de las sanciones actualmente vigentes están diseñadas para debilitar la industria militar de Rusia y, por lo tanto, obstaculizar la capacidad de Rusia para continuar luchando. Los izquierdistas también deberían apoyar las sanciones a las importaciones de petróleo y gas de Rusia, lo que aumentará aún más la presión económica sobre Putin para que ponga fin a la guerra.

Estados Unidos puede haber aprendido la lección al deshonrarse en Irak y Afganistán. Rusia ahora también debe aprender su lección, y cuanto más dura, mejor. La derrota en la guerra ha provocado repetidamente revoluciones, incluso en Rusia. Después de que Rusia perdiera la Guerra de Crimea en 1856, la servidumbre finalmente fue abolida en el Imperio Ruso. La Primera Revolución Rusa de 1905 tuvo lugar poco después de la derrota de Rusia en la Guerra Ruso-Japonesa. Perder contra Ucrania podría desencadenar una nueva revolución. Con Putin todavía en el poder, el cambio progresista en Rusia y en la mayoría de los estados postsoviéticos será casi imposible.

Los estados occidentales comparten la responsabilidad de esta guerra. El problema es que muchos izquierdistas radicales critican estos estados por razones equivocadas. En lugar de criticar el suministro de armas a Ucrania, deberían criticar el hecho de que incluso después de la anexión de Crimea y la invasión de Donbass, los países de la UE continuaron vendiendo armas a Rusia. Esto es sólo un ejemplo. La responsabilidad de esa decisión recae en los gobiernos occidentales, no en la izquierda. Pero en lugar de tratar de cambiar la situación para mejor, gran parte de la izquierda está tratando tontamente de empeorar las cosas.

Los ucranianos estamos muy conscientes de que la guerra es terrible. Esta no es nuestra primera guerra. Hemos estado viviendo con las condiciones de un conflicto latente en Donbass durante años. Estamos sufriendo grandes pérdidas en esta guerra, y seguiremos sufriendo si la guerra se prolonga. Depende de nosotros decidir qué sacrificios estamos dispuestos a hacer para ganar y qué compromisos debemos hacer para detener la muerte y la destrucción. No entiendo por qué el gobierno de Estados Unidos está de acuerdo con esto, mientras que gran parte de la izquierda prefiere adoptar un enfoque más imperial, exigiendo que Occidente decida por nosotros.

Hasta ahora, el Kremlin no ha estado dispuesto a hacer concesiones serias. Están esperando que nos rindamos. Pero los ucranianos no aceptarán el reconocimiento de sus conquistas territoriales. Algunos argumentan que el suministro de armas a Ucrania prolongará la guerra y aumentará el número de víctimas. De hecho, es la falta de suministros lo que hará eso. Ucrania puede ganar, y la victoria de Ucrania es lo que debería representar la izquierda internacional. Si Rusia gana, establecerá un precedente para el rediseño forzoso de las fronteras estatales y empujará al mundo a una Tercera Guerra Mundial.

Me convertí en socialista en gran parte bajo la influencia de la guerra en Donbass y mi comprensión de que solo la superación del capitalismo nos dará la oportunidad de un mundo sin guerra. Pero nunca alcanzaremos este futuro si esperamos la no resistencia a la intervención imperialista. Si la izquierda no toma la postura correcta sobre esta guerra, se desacreditará y se marginará a sí misma. Y tendremos que trabajar durante mucho tiempo para superar las consecuencias de este disparate.

 

Traducción del inglés: Santiago de Arcos-Halyburton

publicado en https://www.dissentmagazine.org

Ecuador: país fracturado en mil pedazos

Por Decio Machado / Revista Opción S

A punto de cumplirse el primer año de su mandato, cabe recordar que Guillermo Lasso llegó a la poltrona presidencial de Carondelet obteniendo 1.83 millones de votos en la primera vuelta sobre un censo electoral de 13.11 millones de electores, es decir, apenas un 13.96% del electorado lo apoyó en primera instancia recibiendo 1.89 millones de votos menos que en su primera vuelta de las elecciones presidenciales anteriores en 2017.

Así las cosas, podemos afirmar que la victoria de Lasso en segunda vuelta fue un regalo. Se le agasajó con 2.83 millones de votos que no eran suyos fruto de la justificada resistencia de un importante sector de la población ante la posible vuelta al poder de un correísmo carente de autocrítica y la incongruencia ideológica de determinados sectores de la izquierda política, social e intelectual del país que en lugar de negociar condiciones de apoyo crítico con el progresismo auspiciaron la transferencia de sus votos a la opción conservadora bajo un sofístico llamado al voto “nulo ideológico”, haciéndole escasa crítica durante la campaña electoral al hoy presidente banquero. En definitiva, si bien se constata en los hechos aquella cita que decía que “a cada revolución inconclusa le sigue una contra-revolución”, lo sorprendente aquí es ver quienes fueron sus auspiciadores.

Consciente de la compleja situación económica en la que se encuentra el país, Lasso fijó compromisos electorales muy concretos: dinamizar la economía y generar dos millones de empleos incrementado la inversión extranjera, expandiendo el sector agrícola mediante préstamos a bajo interés, aumentando la producción petrolera y ampliando agresivamente la frontera extractiva en general. Lo demás, eso que fue ampliamente halagado por diversos consultores y analistas políticos y que tenía que ver con su “supuesta” adhesión a determinadas causas juveniles y su particular aparición en redes sociales durante la segunda vuelta fueron apenas florituras que hicieron, dentro del ya por sí reduccionista mundo del marketing político, algo más creíble su propuesta electoral.

¿Qué país se encontró Lasso y que país tenemos un año después?

Aunque Ecuador es considerado un país de renta media fruto del más que discutible uso predominante del PIB para diagnosticar el desarrollo nacional, en realidad vivimos en un país pobre, semi-estancado desde el año 2015 -momento en que impactó sobre la economía nacional el fin del llamado “boom de los commotidies” o de la “era de la economía fácil”- y en profundo proceso de aun mayor empobrecimiento.

Nuestro PIB per cápita en 2021 fue de USD 5.545, lo que hace al Ecuador ocupar el puesto 97 de los 196 países que componen dicho ranking global. Sin embargo, los datos del SRI demuestran que en torno a un 53% de los contribuyentes ecuatorianos percibe menos de USD 499 mensuales y otro 9% más estaría por debajo de los USD 600. Así las cosas, la pérdida de empleo en el presente año continúa afectando en mayor medida a los hogares medios y populares con menores de edad (52%), por encima del promedio nacional (43%), lo cual genera un rebote de la economía -hablemos claro, recuperación económica nunca hubo- muy lento y desigual tras el impacto económico de la pandemia que agravó aún más la crisis.

Según el informe ENCOVID presentado por UNICEF en febrero del presente año, un 57% de las familias ecuatorianas se han visto obligadas a pedir préstamos a sus familiares y amigos para poder mantener sus hogares. Todo ello tras dejar de comprar medicamentos, no pagar rentas, servicios básicos y devolución de deudas, mientras la canasta familiar nacional pasaba de USD 712,07 en febrero de 2021 a USD 725,16 en febrero de 2022 y sigue en acelerado crecimiento fruto del impacto de la inflación que ya significó un IPC el pasado mes de marzo del 2,64%. Derivado de lo anterior, la inseguridad alimentaria no disminuye (48%), aumentando sustancialmente en los hogares con menores de edad de estrato bajo (de 68% a 79%) y medio bajo (de 63% a 73%). Queda como tarea pendiente para algunos amigos y amigas adscritos al Colegio de Economistas hacer una evaluación profunda y sincera de los niveles de endeudamiento familiar en el país y las consecuencias que de ello derivarán al medio plazo.

Con su habitual imprudencia, como “gobierno débil” definieron nuestros inefables analistas del campo de la izquierda al gobierno de Guillermo Lasso desde el día mismo de su investidura. “Mejor esto que el correísmo” afirmaron incluso algunos de los más osados, justificando así su falta de coherencia y olvidando aquella memorable cita de Giulio Andreotti -quien fuera en siete ocasiones presidente del consejo de ministros italiano- que decía “el poder desgasta al que no lo tiene”.

En paralelo, la Asamblea Nacional, fruto de un voto muy fragmentado en los comicios del 7 de febrero de 2021, se constituía inicialmente con un bloque mayoritario de la Revolución Ciudadana (49 curules), seguido del Pachakutik (27 curules) debido al “efecto electoral Yaku Pérez”, e Izquierda Democrática y Partido Social Cristiano con 18 curules cada uno. El partido de gobierno, CREO, apenas conseguía 12 legisladores y no tenía en principio capacidad de conformar un bloque en el Legislativo. Tan solo unos días después, en su “debilidad” los operadores del gobierno ya habían logrado articular una bancada de 25 curules conformados bajo el nombre Bancada del Acuerdo Nacional (BAN) con 13 asambleístas más comprados a buen precio en el “mercado persa” legislativo.

Una vez más, renombrados dirigentes y pretendidos voceros de la izquierda alternativa saludarían con alegría, nocturnidad y alevosía el nombramiento de la cacique amazónica Guadalupe Llori como presidenta de la Asamblea Nacional, refiriéndose a ésta como una dirigente del movimiento indígena que había sido perseguida por el régimen correísta debido a su convicción de lucha y coherencia política. Algunos tuits y declaraciones públicas del momento son inolvidables y quedan para los anales de la historia.

De igual manera, el aparato de comunicación del Legislativo nos transmitía que por fin tendríamos una Asamblea Nacional diferente y sensible a la ciudadania ecuatoriana, donde se debatirían las reivindicaciones e inquietudes de la sociedad en la búsqueda de la defensa de los intereses de los sectores más humildes y vulnerables del país. Se acabaron los “brazos de madera” del período correísta y la venta de hospitales y prebendas del período de María Paula Romo como jefa del frente político de la administración morenista nos dijeron… pues bien, a partir de ahí asistiríamos a un pacto anti-natura entre la bancada pro gobierno nacional, determinados asambleístas provinciales, la mayoría del bloque Pachakutik y el partido Izquierda Democrática.

En la práctica lo más grave en este primer año del actual ciclo legislativo es constatar que el movimiento político Pachakutik, lejos de identificarse con aquella tesis del filósofo francés Jacques Rancière según la cual puntual y periódicamente los “cualquiera” irrumpen en el poder para inscribir sus derechos en la ley, más bien demostró lo resistentes que son las instituciones públicas al cambio y lo irrelevante que representa quienes estén al cargo de ellas, sean del pelaje que sean.

Más allá de lo ideológico, ni el gobierno nacional tuvo la capacidad de presentar leyes bien articuladas, ni los legisladores de cada bancada fueron competentes a la hora de imponer una agenda propia ante las carencias técnicas del actual gobierno. Unos y otros se justifican hoy públicamente estupidizando sus mensajes y minimizando hasta lo inverosímil la capacidad receptiva del pueblo ecuatoriano.

La cuadratura del círculo llegaría de la mano de la bancada de la Revolución Ciudadana el pasado 26 de noviembre, posibilitando mediante su abstención, la entrada en vigor mediante el ministerio de la ley de las reformas tributarias impulsadas desde el gobierno de Lasso. En la práctica, el más que hipotético pacto entre Rafael Correa y Guillermo Lasso que permitiría a la postre la salida del ex vicepresidente Jorge Glas de la cárcel de Cotopaxi y el “supuesto” cese de la persecución sobre líderes políticos del correísmo implicaría habilitar una de las demandas fundamentales de la agenda fondomonetarista en el país: recaudar cerca de USD 2.000 millones en los dos próximos años con el fin de hacer viable el servicio de deuda al que está obligado Ecuador. Todo ello claro está, a costa del lomo de la cada vez más débil clase media nacional mientras se privilegian los intereses de los grandes emporios empresariales y fortunas del país -los cuales gozan que una tasa de presión fiscal inferior al de la clase media- y del establishment político nacional por encima de los de la sociedad a la que dicen representar. En fin, parece evidente que una de las tareas urgentes que debe afrontar Ecuador en este momento es transformar lo que se considera aceptable y no aceptable en política.

En definitiva, se constató que la representación es una suplantación que desactiva la capacidad de incidencia de la sociedad común en política, lo que en la práctica implica que las grandes mayorías no tengan interlocutores en la Asamblea Nacional por mucho que a dichos legisladores les encante hacer spaces en Twitter para indicarnos lo involucrados que están con el bienestar de la ciudadanía ecuatoriana y sus preocupaciones respecto al devenir de la nación.

Las consecuencias de todo esto se dieron de ipso facto: mientras en la actualidad la confianza promedio respecto al poder legislativo en América Latina es del 20% (Latinobarómetro, 2021) en nuestro país apenas alcanza el 4%; en paralelo, asistimos a un creciente deterioro de la popularidad gubernamental que posiblemente equipare hacia fin de año los indicadores de legitimación del presidente Guillermo Lasso a aquellos con los que terminó el mandato su antecesor Lenín Moreno.

La creciente descrédito gubernamental está provocando que el inicial pacto existente entre medios de comunicación nacionales y el Ejecutivo para el blindaje mediático de Guillermo Lasso este llegando a su fin, lo que a la postre agudizará aún más el deterioro de la figura del actual mandatario, aunque no por ello su capacidad de ejercer el poder.

Que el pacto entre gobierno y correísmo le haya dado cierto fuelle al Ejecutivo es un hecho innegable, pero también lo es que mediante este proceso el gobierno nacional apenas compró tiempo. En su agenda está, tal y como se pudo apreciar en su proyecto Ley de Inversiones, la privatización de sectores, servicios y empresas públicas bajo la eufemística figura de la “delegación”, ahora bien, que puedan hacer el business pretendido empoderando en paralelo al sector financiero privado parece a priori improbable dado el grado de deslegitimación social al que está llegando el Ejecutivo. En paralelo y con un gobierno gestionado por personas que durante su vida profesional y política activa se han dedicado a combatir el rol del Estado en la economía y la sociedad en general, descubrimos que pasado un año de mandato siguen sin ni siquiera comprender como es el funcionamiento de la gestión pública ni la estructura del Estado, lo que está implicando un deterioro acelerado de la infraestructura vial y los servicios públicos, perdiendo excelencia la Academia ecuatoriana, incrementándose aceleradamente el mal estado de los centros escolares y viéndose los hospitales con carencia de medicinas y personal sanitario para la atención demandada.

En pocas palabras, el diseño de la hoja de ruta realizada para la salida de la crisis recae sobre las espaldas de los sectores más débiles de nuestra sociedad, lo que mantiene la balanza de este país muy desequilibrada a favor de la fracción más privilegiada bajo un proyecto político que busca normalizar tanto la exclusión como la precarización de la vida de nuestra gente.

Riesgos y retos a futuro

Pero la crisis más grave que atraviesa el país no es la económica, la cual ya de por sí es considerable, sino la política e institucional. Todo atisba a una crisis orgánica, aquello que Antonio Gramsci definía en sus Quaderni del Carcere como el agotamiento del marco institucional, es decir, cuando el conjunto de lo existente no es capaz de ofrecer soluciones institucionales ni integración cultural y simbólica a los anhelos de grandes capas de la población dentro del actual orden constituido.

Nuestro establishment político se muestra en su cotidianidad como incapaz de ofrecer y hacer una política útil para la sociedad; todos los partidos políticos hoy existentes en la cartografía política nacional nos llevan al camino de lo viejo; no hay nada menos erótico que la política institucional ecuatoriana; los auto-definidos como intelectuales -tanto del ecosistema político la izquierda como de la derecha- no hacen más que teorizar y emitir consignas sobre lo que ya conocemos, es decir, repiten lo que uno ya sabe demostrando sus falencias en el ámbito de la frescura intelectual; y en el caso de la izquierda el correísmo, tras una década de gobierno y su actual práctica en la Asamblea Nacional y discursos en foros internacionales, logró convencernos de que militar en las filas del progresismo carece de atractivo y sex appeal para todo aquel que no tenga como ambición personal escalar en su debido momento en las estructuras de poder el Estado.

Entre unos y otras convirtieron a la política ecuatoriana en una máquina de fabricar decepciones, a través de la cual los liderazgos políticos nacionales, sin excepción, se muestran incapaces de comprender que es en los momentos en que se rompen las bases materiales que antaño permitieron antiguos consensos cuando se generan los momentos propicios para articular las transformaciones sociales que toda sociedad viva periódicamente necesita.

En un Ecuador que necesita urgentemente cambios, lo que evidentemente no quiere el poder político y económico en manos conservadoras, el izquierdismo clásico mantiene una visión instrumental del Estado entendiendo que lo único realmente importante es en manos de quien está dicho Estado, lo que a la postre implica que el país carezca de vectores de cambio. En fin, decía Nietzsche que “no hay hechos, solo interpretaciones” pero quizás para aquellos que se reivindican del ala dura de la vieja izquierda y que se vanaglorian de considerarse marxistas les vendría bien una re-lectura de los textos de aquel viejo barbudo: para Marx el Estado nunca fue el reino de la razón, sino de la fuerza y los fetiches; no era el reino del bien común, sino del interés parcial; nunca tuvo como fin el bienestar de todos sino de quienes detentar el poder; tampoco fue la salida del “estado de la naturaleza” sino su continuación de otra forma, es más, para Karl Marx la salida del “estado de naturaleza” debía coincidir con el fin del Estado. Así que estimados lectores, este es el estado de situación de la “empanada mental” de las izquierdas ecuatorianas, y recordando aquella frase del filósofo mayo-sesentista Gilles Deleuze que decía que “la izquierda necesita que la gente piense” sería cuestión de preguntarse: ¿qué es lo que pasa cuando ni siquiera piensa la izquierda?

Sería José Ortega y Gasset, principal exponente del movimiento novecentismo español, quien diría aquello de “no me pidan que sea coherente con mis ideas, pídanme que se coherente con la realidad…”, así que vayamos al quid de la cuestión. Más allá de lo anterior, lo más grave que nos sucede en la actualidad política nacional es que se sustituyó el antagonismo social por la competición entre partidos, lo que hace que no haya cabida para articular las transformaciones radicales que hoy por hoy el país y nuestra sociedad necesita. Esto ha hecho que vivamos en una democracia en crisis, una democracia diabética donde no existe insulina que permita que la glucosa entre en sus células para suministrarles energía.

Lo previamente expresado convirtió al Ecuador en un país fracturado en mil pedazos, pero no porqué la gente vote por diferentes partidos políticos o por el hecho de que no avale al gobierno nacional de turno, sino porque la sociedad ecuatoriana en su mayoría no tiene ninguna seguridad sobre su futuro, no sabe en que va a trabajar ni de que va a vivir y en el caso de los más jóvenes ni siquiera que quiere estudiar si es que quiere realmente quiere estudiar algo. Pese a que tengamos muchas figuras nuevas ejerciendo como autoridades locales o nacionales su forma de concebir la política es vieja y caduca, con grandes carencias en materia de innovación ideológica y no adecuada a los actuales tiempos. Utilizando la terminología clásica de las ciencias políticas, podríamos decir que el conservadurismo hoy es tanto de derechas como de izquierdas, lo cual implica una situación que ya no podemos definir como grave sino como muy grave.

Fruto de lo anterior, política y sociedad llevan tiempo divorciadas en Ecuador. Hablemos claro, la política institucional hoy solo le interesa a los políticos y a los periodistas que la cubren, más allá de una pequeña porción de enfermos mentales de la que -si me permiten el chascarrillo- posiblemente usted, en este momento lector de este texto, y seguro yo formamos parte. Vivimos un momento de retroceso del sistema político ecuatoriano, así como de hartazgo de la sociedad y el votante respecto a la política. Si el voto no fuera obligatorio bajo sanciones de orden administrativo posiblemente el ausentismo electoral se elevaría por encima del 60%.

Ecuador ya es en la práctica un “Estado fallido”, entendiendo a este como el tipo de Estado que no solo es incapaz de proveer de bienestar a su población, sino que a la vez, pasa a representar un riesgo para la seguridad de su entorno regional, en nuestro caso debido a la penetración de las redes delincuenciales del narcotráfico en ámbitos como la justicia, los cuerpos de seguridad e incluso la política. Respecto a esto último cabe indicar que serán muchas las campañas electorales en territorios estratégicos que se financiarán en las próximas elecciones seccionales con plata del narcotráfico, sin importar las tiendas políticas auspiciadoras de cada uno de los candidatos implicados.

En un país donde durante el pasado año se reportó un feminicidio cada 47 horas (186 feminicidios en 2021), la tasa de empleo adecuado ronda apenas el 30% del PEA y en menos de cuatro meses transcurridos del presente año se reportan más de 1.200 muertes violentas, estamos a un tris de que las élites nacionales se doten de sus propios mecanismos de seguridad privada pasándose por la nariz aquello del monopolio de la violencia legítima por parte del Estado – el gewaltmonopol des staatesweberiano- lo que implicará acentuar aún más la indefensión ya existente en la que vive la sociedad de los comunes ecuatoriana.

Cincuenta y cuatro años atrás, en aquel interesante momento en que Karl Marx y Sigmund Freud se encontraron en el ámbito de lo que fue la construcción política de la subjetividad, en los muros de la Sorbona de Paris alguien grafiteó una consigna que decía: “yo participo, tu participas, él participa, nosotros participamos, vosotros participáis y ellos se aprovechan”. Pues bien, para el 90% de los ciudadanos ecuatorianos la única participación en democracia que realizan durante toda su vida es ir a votar cada cuatro o dos años si es que se intercalan las elecciones seccionales entre las presidenciales. Pese a ello, hoy varias fuerzas políticas y líderes sociales que de forma directa o indirecta auspiciaron que Guillermo Lasso llegase al gobierno de nación nos hablan de revocar al presidente de la República como si esto fuera algo novedoso y propio de la legislación ecuatoriana, ignorando que dicha potestad ciudadana estaba ya recogida en los articulados normativos de la Comuna de París allá por 1871. Pero lo más grave es que olvidan que más allá del presidente de turno es el sistema democrático nacional, su sistema de partidos y su casta política la que no le ha cumplido a la ciudadanía ecuatoriana. Esto hace que estemos viviendo el momento más bajo de confianza institucional de por los menos los últimos quince años de la historia política contemporánea del Ecuador.

Pero como decía Michel Foucault, “lo propio del saber no es ni ver ni demostrar, sino interpretar”. Dicho esto vamos al meollo de la cuestión: para la mayoría de las y los ecuatorianos el clivaje izquierda vs derecha no es más que algo alegórico,  una etiqueta carente de contenido dado que apenas se les distingue, situándose la centralidad del tablero político nacional bajo aquella fractura gramsciana de lo nuevo frente a lo viejo, es decir, nuevos movimientos ciudadanos frente a los viejos -por jóvenes en edad que sean- políticos convencionales y es aquí donde está el mayor factor de riesgo pero también un interesante reto como sociedad.

Lo anterior responde a que el estado anímico de la sociedad ecuatoriana es tan negativo y posiblemente con consecuencias tan imprevisibles que puede materializarse bajo dos escenarios absolutamente opuestos entre sí: por un lado y siendo optimistas, las fallas del sistema por arriba podrían conllevar a tensiones emancipatorias que generen el desborde por los de abajo, generando las condiciones para que las cosas cambien impulsando transformaciones para bien en el país y su gente, aunque para ello haya que políticamente construir bajo la premisa de la diversidad, algo con lo que las izquierdas locales demuestran tener serios problemas; pero por otro y desde una visión más oscura o pesimista, es la ultraderecha quien en el momento actual está demostrando a nivel global mayor capacidad para entender las pasiones sociales en las que vivimos y quien ha tenido la capacidad de realmente asumir el discurso de la innovación y el cambio, lo cual implica el riesgo de que lo que está por venir podría ser un modelo social y político todavía más injusto y autoritario del ya actualmente existente.