Fue mi maestro

Por Gilles Deleuze

Tristeza de las generaciones sin “maestros”. Nuestros maestros no son sólo los profesores públicos, si bien tenemos gran necesidad de profesores. Cuando llegamos a la edad adulta, nuestros maestros son los que nos golpean con una novedad radical, los que saben inventar una técnica artística o literaria y encontrar las maneras de pensar que se corresponden con nuestra modernidad, es decir con nuestras dificultades tanto como con nuestros difusos entusiasmos. Sabemos que en el arte, y aun en la verdad, hay un solo valor: la “primera mano”, la auténtica novedad de lo que decimos, la “musiquita” con la que lo decimos. Sartre fue eso para nosotros (para la generación que tenía veinte años en el momento de la Liberación). Por entonces, ¿quién si no Sartre supo decir algo nuevo? ¿Quién nos enseñó nuevas maneras de pensar? Por brillante y profunda que fuera, la obra de Merleau-Ponty era profesoral y dependía en muchos aspectos de la de Sartre (a Sartre le gustaba asimilar la existencia del hombre al no-ser de un “agujero” en el mundo: pequeñas lagunas de la nada, decía. Pero Merleau-Ponty las consideraba pliegues, simples pliegues y plegamientos. De ese modo se distinguían un existencialismo duro y penetrante y un existencialismo más tierno, más reservado). Camus, ¡ay!, era la virtud inflada o el absurdo de segunda mano; Camus reivindicaba a los pensadores malditos, pero toda su filosofía nos remitía a Lalande y a Meyerson, autores que los bachilleres conocen muy bien. Los nuevos temas, un cierto estilo nuevo, una manera nueva, polémica y agresiva, de plantear los problemas, todo eso vino de Sartre. En medio del desorden y las esperanzas de la Liberación, lo descubríamos, lo redescubríamos todo: Kafka, la novela norteamericana, Husserl y Heidegger, los interminables ajustes de cuentas con el marxismo, el impulso hacia una nueva novela… Si todo pasó por Sartre, no fue sólo porque como filósofo tenía un sentido genial de la totalización sino porque sabía inventar lo nuevo. Las primeras representaciones de Las moscas, la aparición de El ser y la nada, la conferencia El existencialismo es un humanismo fueron acontecimientos: en ellos aprendíamos, después de una larga noche, la identidad entre el pensamiento y la libertad.

Los “pensadores privados” se oponen de algún modo a los “profesores públicos”. Hasta la Sorbona necesita una anti-Sorbona, y los estudiantes sólo escuchan bien a sus profesores cuando tienen también otros maestros. En su momento, Nietzsche dejó de ser profesor para convertirse en un pensador privado. También lo hizo Sartre, en otro contexto, con otra salida. Los pensadores privados tienen dos características; una especie de soledad que les pertenece siempre, cualesquiera sean las circunstancias; pero también una cierta agitación, un cierto desorden del mundo en el que surgen y en el que hablan. Y también sólo hablan en su propio nombre, sin “representar” nada; y lo que le reclaman al mundo son presencias brutas, potencias desnudas que tampoco son “representables”. Ya en ¿Qué es la literatura?, Sartre dibujaba el ideal del escritor: “El escritor retomará el mundo tal cual es, totalmente en crudo, sudoroso, maloliente, cotidiano, para presentarlo a los libertados sobre el cimiento de una libertad. No basta con concederle al escritor la libertad de decirlo todo. Es preciso que escriba para un público que tenga la libertad de cambiarlo todo, lo que significa, además de la supresión de las clases, la abolición de toda dictadura, la renovación perpetua de los cuadros, la continua perturbación del orden tan pronto como tienda a fijarse. En una palabra, la literatura es, por esencia, la subjetividad de una sociedad en revolución permanente”. Desde el principio, Sartre concibió el escritor bajo la forma de un hombre como todos, que se dirige a los demás desde un solo punto de vista: su libertad. Toda su filosofía se insertaba en un movimiento especulativo que impugnaba la noción de representación, el orden mismo de la representación: la filosofía cambiaba de lugar, abandonaba la esfera del juicio, para instalarse en el mundo más colorido de lo “prejudicativo”, de lo “sub-representativo”. Sartre acababa de rechazar el Premio Nobel. Continuación práctica de la misma actitud, horror ante la idea de representar prácticamente algo, aunque sean valores espirituales o, como él dice, de institucionalizarse.

El pensador privado necesita un mundo que incluya un mínimo de desorden, aunque más no sea una esperanza revolucionaria, un grano de revolución permanente. En Sartre hay, en efecto, cierta fijación con la Liberación, con las esperanzas decepcionadas de esa época. Hizo falta la guerra de Argelia para reencontrar algo de la lucha política o de la agitación liberadora, y aun así en condiciones tanto más complejas cuanto que nosotros ya no éramos los oprimidos sino aquellos que debían alzarse contra sí mismos. ¡Ah, juventud! Ya no quedan más que Cuba y los maquis venezolanos. Pero, más grande aún que la soledad del pensador privado, está también la soledad de los que buscan un maestro, los que querrían un maestro y sólo podrían encontrarlo en un mundo agitado.

El orden moral, el orden “representativo” se ha cerrado sobre nosotros. Hasta el miedo atómico adoptó los aires de un miedo burgués. A los jóvenes, ahora, se les ofrece a Teilhard de Chardin como maestro de pensamiento. Tenemos lo que nos merecemos. Después de Sartre, no sólo Simone Weil sino la Simone Weil del simio. Y sin embargo no es que en la literatura actual no haya cosas profundamente nuevas. Citemos al voleo: el nouveau roman, los libros de Gombrowicz, los relatos de Klossowski, la sociología de Lévi-Strauss, el teatro de Genet y de Gatti, la filosofía de la “sinrazón” que elabora Foucault… Pero lo que hoy falta es lo que Sartre supo reunir y encarnar para la generación anterior: las condiciones de una totalización: aquella en la que la política, lo imaginario, la sexualidad, el inconsciente y la voluntad se reúnen en los derechos de la totalidad humana. Hoy nos limitamos a subsistir, con los miembros dispersos.
Sartre decía de Kafka: “Su obra es una reacción libre y unitaria contra el mundo judeocristiano de Europa central; sus novelas son la superación sintética de su situación de hombre, de judío, de checo, de novio recalcitrante, de tuberculoso, etcétera”. Pero es el caso de Sartre mismo: su obra es una reacción contra el mundo burgués tal como lo pone en cuestión el comunismo. Expresa la superación de su propia situación de intelectual burgués, de ex alumno de la Escuela Normal, de novio libre, de hombre feo (puesto que Sartre a menudo se presentó de ese modo), etc.: todas cosas que se reflejan y resuenan en el movimiento de sus libros.

Hablamos de Sartre como si perteneciera a una época caduca. ¡Ay! Somos nosotros, más bien, los que hemos caducado en el orden moral y conformista de la actualidad. Sartre, al menos, nos permite la esperanza vaga de los momentos futuros, de las reanudaciones donde el pensamiento puede reformarse y rehacer sus totalidades como potencia a la vez colectiva y privada. Por eso Sartre sigue siendo nuestro maestro.

El último libro de Sartre, Crítica de la razón dialéctica, es uno de los libros más bellos y más importantes que se hayan publicado en estos últimos años. Le da a El ser y la nada su complemento necesario, en el sentido en que las exigencias colectivas vienen a consumar la subjetividad de la persona. Y si volvemos a pensar en El ser y la nada, es para recuperar el asombro que supimos sentir ante esa renovación de la filosofía. Hoy sabemos aún mejor que las relaciones de Sartre con Heidegger, su dependencia de Heidegger, eran falsos problemas que descansaban en malentendidos. Lo que nos impactaba de El ser y la nada era únicamente sartreano y servía para medir el aporte de Sartre: la teoría de la mala fe, donde la conciencia, en el interior de sí misma, jugaba con su doble poder de no ser lo que es y de ser lo que no es; la teoría del Otro, donde la mirada del otro bastaba para hacer vacilar el mundo y para “robármelo”; la teoría de la libertad, donde ésta se limitaba a sí mismaconstituyéndose en situaciones; el psicoanálisis existencial, donde recuperábamos las elecciones básicas de un individuo en el seno de su vida concreta. Y, cada vez, la esencia y el ejemplo entraban en relaciones complejas que le daban un nuevo estilo a la filosofía. El mozo del bar, la chica enamorada, el hombre feo, y sobre todo mi amigo Pedro-que-nunca-estaba, formaban verdaderas novelas en la obra filosófica y hacían palpitar las esencias al ritmo de sus ejemplos existenciales. Por todas partes brillaba una sintaxis violenta, hecha de rupturas y estiramientos, que nos recordaba las dos obsesiones sartreanas: las lagunas de no-ser, las viscosidades de la materia.

El rechazo del Premio Nobel fue una buena noticia. Al fin alguien que no trata de explicar la clase de paradoja deliciosa que es para un escritor, para un pensador privado, aceptar honores y representaciones públicas. Ya hay muchos astutos que tratan de sorprender a Sartre contradiciéndose: le atribuyen sentimientos de despecho porque el premio llegó demasiado tarde; le objetan que algo, de todos modos, siempre representa; le recuerdan que sus logros, de todos modos, fueron y siguen siendo logros burgueses; se sugiere que su rechazo no es razonable ni adulto; se le propone el ejemplo de aquellos que lo aceptaron rechazándolo, sin perjuicio de destinar el dinero a buenas obras. No les conviene provocarlo demasiado; Sartre es un polemista temible. No hay genio que no se parodie a sí mismo. Pero, ¿cuál es la mejor parodia? ¿Convertirse en un viejo adaptado, una coqueta autoridad espiritual? ¿O bien querer ser el retrasado de la Liberación? ¿Verse como un académico o bien soñarse como resistente venezolano? ¿Quién no ve la diferencia de calidad, la diferencia de genio, la diferencia vital entre esas dos opciones o esas dos parodias? ¿A qué es fiel Sartre? Siempre al amigo Pedro-que-nunca-está. Ése es el destino de este autor: hacer correr aire puro cuando habla, aun si ese aire puro, el aire de las ausencias, es difícil de respirar. 5

Publicado originalmente en la revista Arts
el 28 de noviembre de 1964. Trad. Alan Pauls.

Inteligencia artificial y sesgos algorítmicos

¿Por qué deberían importarnos?

Por Enzo Ferrante

Cada vez más, la inteligencia artificial es parte de nuestras vidas, a menudo de manera imperceptible. Ya no se trata de utopías tecnológicas sobre el futuro, sino de un presente muy concreto. Pero detrás de avances que incluyen desde diagnósticos médicos hasta vigilancia masiva están los algoritmos, cuyos «sesgos» amenazan con perpetuar e incluso profundizar las desigualdades del presente. Poner el foco en los datos, los modelos y las personas puede servir para construir una inteligencia artificial más «justa».

Inteligencia artificial y sesgos algorítmicos ¿Por qué deberían importarnos?
Una cámara enfoca las escalinatas de entrada del Instituto de Tecnología de Massachusetts (mit). La investigadora Joy Buolamwini sube algunos escalones y se escucha su voz en off:

Una de las cosas que me atrajeron de las ciencias de la computación fue que podía programar y alejarme de los problemas del mundo real. Quería aprender a hacer tecnología que fuera interesante. Así que vine al mit y trabajé en proyectos de arte que usaban visión artificial1. Durante mi primer semestre en el Media Lab hice un curso sobre «invención científica». Lees ciencia ficción y eso te inspira a crear algo que seguramente sería poco práctico si no tuvieras el curso como excusa para hacerlo. Yo quise construir un espejo que me inspirara por las mañanas. Lo llamé Espejo Aspire. El espejo me colocaba leones sobre el rostro, o gente que me inspirara, como Serena Williams. Le coloqué una cámara y con un software de visión artificial, se suponía que debía detectar los movimientos de mi cara. Pero el problema era que no funcionaba bien, hasta que me puse una máscara blanca. Cuando me ponía la máscara, me detectaba. Cuando me la quitaba, ya no me detectaba.

Así comienza Prejuicio cifrado (Coded Bias), el documental dirigido por la cineasta Shalini Kantayya y estrenado en 2020 que narra cómo Buolamwini tomó conciencia del sesgo racial existente en los algoritmos de reconocimiento facial y analiza sus consecuencias. Buolamwini es una mujer negra, especialista en informática, activista y fundadora de la Liga por la Justicia Algorítimica (Algorithmic Justice League), y hace algunos años descubrió que varios sistemas comerciales de reconocimiento facial diseñados por Amazon, ibm y Microsoft funcionaban mejor con el rostro de sus amigos blancos que con el suyo2. Más allá de los dilemas éticos sobre el desarrollo de sistemas de reconocimiento facial3, el caso de Buolamwini muestra claramente cómo un sistema basado en inteligencia artificial puede adquirir un sesgo y cumplir mejor la tarea para la que fue diseñado en un grupo de individuos que en otro.

Esta no es una cuestión menor. La expresión «inteligencia artificial» dejó de ser propiedad exclusiva de las novelas de ciencia ficción y de los libros de computación. Noticias sobre avances fascinantes –como computadoras capaces de asistir al personal médico en tareas de diagnóstico o de manejar automáticamente vehículos no tripulados– aparecen cada vez con más frecuencia y se vinculan cada vez más con nuestras vidas. Sin embargo, no todas las noticias son tan alentadoras. Lo que experimentó Buolamwini no es un caso aislado: durante los últimos años, hemos visto desde sistemas para reconocimiento facial que alcanzan un peor rendimiento4 en mujeres de piel negra que en hombres blancos, hasta traductores del inglés al español que perpetúan estereotipos de género. Estos ejemplos ilustran un fenómeno conocido como «sesgo algorítmico»: sistemas cuyas predicciones benefician sistemáticamente a un grupo de individuos frente a otro, resultando así injustas o desiguales. Pero ¿cuáles son las razones que llevan a estos sistemas a generar predicciones sesgadas? Para entenderlo, comencemos por definir algunos conceptos que nos serán útiles a lo largo de este ensayo: «inteligencia artificial» y «aprendizaje automático».

Cuando la inteligencia deviene artificial y el aprendizaje, automático

Existen muchas definiciones de «inteligencia artificial». Aquí usaremos una definición general ofrecida en uno de los libros fundamentales del campo, que describe la inteligencia artificial como la disciplina que se encarga de comprender y construir entidades inteligentes (pero artificiales)5. Esta definición es muy amplia y abarca conceptos que van desde los sistemas de razonamiento deductivo basados en reglas lógicas hasta algoritmos de aprendizaje automático que buscan detectar automáticamente patrones en conjuntos de datos y luego usarlos para realizar predicciones6. Un elemento central para este último subcampo de la inteligencia artificial son entonces los datos, que constituyen la materia prima utilizada para automatizar el proceso de aprendizaje en el que los sistemas son entrenados para realizar predicciones.

Los datos pueden ser imágenes, sonidos, texto escrito, redes, posiciones de un gps, tablas o cualquier representación que se nos ocurra. En todo caso, la idea central es que los modelos de aprendizaje automático aprenden a partir de los datos. Esta noción resulta central en la actualidad, dado que la gran mayoría de las tecnologías disruptivas adoptadas masivamente en el siglo xxi y que son presentadas como inteligencia artificial utilizan en realidad métodos de aprendizaje automático. Pero ¿cómo aprenden estos sistemas?

Existen distintos paradigmas de aprendizaje. Uno de los más utilizados es el del aprendizaje supervisado, en el que los sistemas son sometidos a un proceso de entrenamiento que es guiado por anotaciones o etiquetas. La idea es simple: se intenta asociar características o patrones propios de los datos con las correspondientes etiquetas. Es decir, se analizan los datos en busca de patrones distintivos que permitan separar una categoría de la otra. Tomemos un ejemplo: imaginemos que queremos entrenar un sistema para que pueda decirnos si el contenido de una imagen corresponde a un perro o a un gato. Bajo el paradigma del aprendizaje supervisado, lo que necesitaremos es una base de datos compuesta por imágenes de perros y gatos, con la correspondiente etiqueta asociada a cada una. Durante el proceso de entrenamiento, el algoritmo tomará esas imágenes y comenzará a hacer predicciones a partir de ellas, asociando características (información de la imagen) con etiquetas. De forma simplificada, podemos pensar que estas características están dadas por diferentes patrones presentes en la imagen, como el color, el brillo, la cantidad de patas, el tamaño del cuerpo o la forma de las orejas. Si nos detenemos a pensar en estas características, algunas serán más útiles que otras para distinguir entre perros y gatos. Por ejemplo, la cantidad de patas no parece ser una característica útil para diferenciarlos; sin embargo, el tamaño del cuerpo sí podría serlo. La idea es que, por medio del entrenamiento, los sistemas aprendan a asociar patrones en estas características con las correspondientes categorías. Al principio estas asociaciones serán seguramente incorrectas; pero a medida que avance el proceso de entrenamiento, el modelo se irá ajustando y mejorando su desempeño en la tarea asignada.

Esta idea que ilustramos con imágenes es extrapolable a otros tipos de datos sobre los que hablábamos: si quisiéramos entrenar un sistema para aprender a traducir texto de inglés a español, necesitaríamos muchos textos escritos en ambos idiomas. Para inferir el estado de ánimo de una persona a partir de su voz, necesitaríamos grabaciones de audio de personas hablando, y la correspondiente etiqueta que indique si se encuentran alegres o tristes. Si pensáramos en un sistema que detecte patologías automáticamente a partir de imágenes radiográficas, necesitaríamos pares de imágenes con su correspondiente diagnóstico médico. O si quisiéramos entrenar un modelo para detectar rostros en imágenes, necesitaríamos una base de datos de fotografías de personas, con etiquetas que indiquen en qué lugar se encuentra el rostro de cada una.

Como vemos, los datos juegan un rol esencial en el entrenamiento de sistemas por medio de aprendizaje automático, dado que son la fuente de información que le indicará al sistema cuándo ha llegado a conclusiones correctas y cuándo no. Algo que resulta fundamental en este proceso, y que no siempre es tenido en cuenta, es que un sistema raramente se construye para realizar predicciones con los datos con que fue entrenado. Por el contrario, se espera que los modelos puedan sacar conclusiones acertadas sobre datos nunca vistos durante el «aprendizaje» –los datos de prueba– y cuyas etiquetas no se conocen. Esta capacidad de generalización es un rasgo primordial, dado que de nada serviría un modelo predictivo que solo acertara en situaciones conocidas. Imaginemos un detector de patologías en imágenes radiográficas que puede predecir si una persona tiene o no neumonía utilizando solamente imágenes de esa misma persona. O un traductor de inglés a español que solo puede traducir textos que ya estaban traducidos. En general, la hipótesis de trabajo de estos sistemas es que los datos de prueba serán de alguna manera similares a los datos de entrenamiento, pero no los mismos. Por ejemplo, si entrenamos un modelo para detectar neumonía en humanos, el modelo será utilizado en otros humanos, pero no en animales. O si entrenamos un sistema para traducir del español al inglés, los textos de prueba serán distintos de los de entrenamiento, pero estarán siempre escritos en español, y no en francés. En este caso, resulta evidente que un sistema que aprendió utilizando textos en español no podrá generalizar al francés. ¿O acaso le pediríamos a un intérprete de francés que traduzca mandarín? Sin embargo, existen variaciones entre los datos de entrenamiento y prueba que pueden ser más sutiles que el cambio de español a francés o de humanos a animales, pero que igualmente producen un efecto devastador en la calidad de las predicciones.

Volvamos a imaginar el caso del sistema para distinguir entre imágenes de perros y gatos, pero con una pequeña variación: nuestra base de datos solo está compuesta por perros negros y gatos blancos. En este caso, el color del animal será una característica sumamente útil para distinguir entre ambas clases. De hecho, nos dará una predicción perfecta: si el color predominante en el cuerpo del animal es negro, será un perro; y si es blanco, será un gato. Ahora imaginemos que en nuestro conjunto de prueba hay una sutil diferencia: aparecen perros de color blanco. ¿Qué creen que sucederá con las predicciones sobre los perros blancos? El sistema seguramente les asignará la etiqueta «gato» de forma incorrecta, resultando en un rendimiento más bajo para este subconjunto de la población objetivo. Tomar en cuenta estos factores al entrenar sistemas de inteligencia artificial basados en aprendizaje automático es clave si queremos evitar el sesgo algorítmico en varios sentidos. Veamos algunos ejemplos.

Sobre datos, modelos y personas

Hace algunos años, llegó a mis manos, por recomendación de colegas, un artículo que se titulaba «ai is Sexist and Racist. It’s Time to Make it Fair»7 [La inteligencia artificial es sexista y racista. Es hora de volverla justa], de James Zou y Londa Schiebinger. El artículo discutía un aspecto sobre el que hasta ese momento no me había detenido a pensar respecto de los modelos de inteligencia artificial que yo mismo estaba implementando: estos modelos pueden ser sexistas y racistas. En otras palabras, pueden adquirir un sesgo que los lleve a presentar un rendimiento dispar en grupos caracterizados por distintos atributos demográficos, lo que redunda en un comportamiento desigual o discriminatorio. Y una de las razones detrás de este comportamiento eran justamente los datos que usaba para entrenarlos.

Los ejemplos de sesgo algorítmico adquirido a través de los datos son variados y muchas veces tienen que ver con bases de datos que no representan en realidad al conjunto de la población. En el caso reportado por Joy Bowlamwini y Timnit Gebru8, en el que diversos sistemas comerciales de reconocimiento facial muestran un rendimiento dispar respecto a variables demográficas como el género y el color de la piel, son las mujeres de piel negra el grupo para el cual los modelos presentan peor rendimiento. Este hecho está posiblemente relacionado con la falta de representatividad de mujeres negras en las bases de datos utilizadas para el entrenamiento. Ejemplos similares se encuentran al analizar ImageNet, una de las bases de datos de imágenes etiquetadas más grandes del mundo, que ha sido motor del desarrollo de los modelos más populares de clasificación de imágenes9. ImageNet posee millones de imágenes clasificadas en miles de categorías. Sin embargo, pese a que es utilizada mundialmente, más de 45% de las imágenes provienen de Estados Unidos y reflejan una realidad localizada en el hemisferio norte y que encarna representaciones propias de la cultura occidental. No resulta sorpresivo entonces el ejemplo citado por Zou y Schiebinger: sistemas de inteligencia artificial entrenados con ImageNet asignan las categorías «novia», «vestido», «mujer» o «boda» a la imagen de una novia occidental vestida de blanco, pero identifican como «arte de performance» o «disfraz» la imagen de una novia vestida con el típico atuendo usado en la India, que ciertamente difiere del occidental.

Otro ejemplo está dado por los traductores automáticos como Google Translate, donde se encontró que el sistema asignaba un género específico al traducir palabras que son neutras en un idioma y no en otro10, perpetuando así estereotipos de género como la asignación del género femenino a la palabra «nurse» y masculino a «doctor», palabras que en inglés valen para ambos géneros. Es posible que en los textos utilizados para entrenar el modelo la probabilidad de encontrar la palabra «nurse» traducida como «enfermera» ciertamente fuera más alta, y por tanto el modelo minimiza las chances de error al asignar ese género en situaciones de incerteza, y lo mismo vale con «doctor». Un caso relacionado es el de los sistemas de puntuación para la asignación de préstamos bancarios o límites de gasto en tarjetas de crédito: frente a una pareja con ingresos, gastos y deudas similares, la empresa de tarjetas de crédito estableció un límite para la mujer de casi la mitad del límite del esposo11. La brecha salarial entre hombres y mujeres es una realidad del mundo desigual en que vivimos, y probablemente los datos con los que fue entrenado el modelo la reflejaran, por lo que su recomendación era asignarle mayor límite de gasto al hombre que a la mujer. Es decir, los datos son un reflejo (acotado) de la realidad actual. Sin embargo, en estas situaciones cabe preguntarse: ¿realmente queremos que el modelo perpetúe (y hasta en ocasiones amplifique) las desigualdades, por el solo hecho de que vivimos en una sociedad desigual? ¿O queremos modificar esta realidad? El recorte que se hace de estos datos, la población utilizada para construir las muestras, las variables que se miden: todas son decisiones humanas que están lejos de ser neutrales. El aura de neutralidad que muchas veces se atribuye a los sistemas automáticos se desvanece en el instante mismo en que comprendemos la relación entre los datos, los modelos y las personas. Y la necesidad de auditar la equidad de nuestros modelos tomando en cuenta una perspectiva interseccional se vuelve sumamente relevante.

En ocasiones, cuando detectamos posibles sesgos o rendimientos dispares en estos modelos, es posible pensar en soluciones para mitigarlos. Una de ellas sería balancear de alguna forma los datos, para evitar que los modelos resulten discriminatorios o injustos, dependiendo de la situación que estamos modelando. Otra opción podría ser inducir al sistema a que utilice representaciones «justas» de los datos, en el sentido de que no estén asociadas a las características que son fuente de discriminación. O, directamente, obligarlo a ignorar estos atributos protegidos, como el género u otras características demográficas, al momento de tomar una decisión. Sin embargo, debemos ser cuidadosos al diseñar estas soluciones: aunque ocultemos ciertos atributos a un sistema, como el género o el grupo étnico al que pertenece una persona, la correlación entre esos atributos y otras variables seguirá existiendo. Recordemos que si hay algo que los modelos de aprendizaje automático hacen bien es encontrar patrones y también correlaciones. Por eso, si bien la comunidad académica de investigación en equidad algorítmica (fairness) ha trabajado arduamente durante los últimos años en pos de construir modelos justos y que no discriminen, el factor humano en el diseño de estos sistemas resulta primordial. Aunque existen en la actualidad diversas formalizaciones del concepto de fairness, muchas de ellas resultan mutuamente incompatibles, en el sentido de que no es posible maximizarlas al mismo tiempo12, y por tanto se debe optar por aquellas que se desee maximizar.

No alcanza entonces con generar bases de datos representativas o modelos justos en algún sentido específico. Los sistemas de inteligencia artificial están diseñados por personas con sus propias visiones del mundo, prejuicios, valoraciones de los hechos y sesgos adquiridos a lo largo de su experiencia de vida, que pueden filtrarse en el diseño y la definición de criterios de evaluación para estos modelos. Si esos grupos de trabajo no son lo suficientemente diversos como para reflejar una amplia variedad de visiones, muy probablemente no lleguen siquiera a darse cuenta de la existencia de los sesgos, y por tanto a corregirlos. No hay ejemplo más claro que el caso de Joy Buolamwini, quien descubrió el sesgo racial de los sistemas de detección facial al usarlos en su propio rostro.

Ahora bien, si la diversidad en los equipos que conciben estos sistemas resulta tan relevante, esperaríamos que en la práctica esos grupos fueran realmente diversos, no solo en términos de género, sino también de clases sociales, etnias, creencias, edad u orientación sexual, solo por dar algunos ejemplos. Pero la respuesta no siempre es la que deseamos, y en palabras del ai Now Institute de la Universidad de Nueva York, la industria de la inteligencia artificial está viviendo una crisis de diversidad «desastrosa»13. Según su informe, elaborado en 2019, estudios recientes encontraron que solo 18% de los trabajos publicados en las principales conferencias de inteligencia artificial son realizados por mujeres, y que más de 80% de quienes son docentes de inteligencia artificial son hombres. Esta disparidad también se refleja en la industria, donde, por ejemplo, las mujeres representan solo 15% del personal de investigación de inteligencia artificial en Facebook y 10% en Google, dos de las empresas líderes en el área a escala global. Por otro lado, no se cuenta con datos públicos sobre personas trans o con otras identidades de género. Y a escala regional la situación tampoco mejora. Por ejemplo, según un informe elaborado por la Asociación Chicas en Tecnología y el Instituto para la Integración de América Latina y el Caribe del Banco Interamericano de Desarrollo (intal-bid)14 sobre mujeres en el sistema universitario argentino entre 2010 y 2016, existen grandes brechas de género en el ingreso y egreso de las estudiantes de las disciplinas ctim (ciencia, tecnología, ingeniería y matemática). Así, se observa un registro de 33% de mujeres y 67% de varones.

Ahora bien, aunque este escenario suena desolador y muchas de las situaciones que hemos discutido a lo largo de este artículo resaltan aspectos negativos potencialmente asociados al uso de estas tecnologías, muchos de los esfuerzos realizados en los últimos años para crear conciencia sobre estos riesgos y aumentar la diversidad de la comunidad de inteligencia artificial, tanto en el ámbito académico como en la industria, comienzan a sentar las bases para un futuro más promisorio. Iniciativas como la de Chicas en Tecnología o el Observatorio de Datos con Perspectiva de Género en Argentina, o WomenInml, QueerInai, BlackInai y Latinxinai a escala global, solo por nombrar algunas, comienzan a poner en debate y a cuestionar esta realidad. Los gobiernos empiezan a preocuparse por la necesidad de regular el uso y desarrollo de estas tecnologías. La emergencia de foros de discusión especializados en estas temáticas y el interés de todas las ramas de la ciencia por conocer las implicancias y potenciales aplicaciones de la inteligencia artificial en sus propios campos de estudio abren nuevos horizontes para el desarrollo científico guiado por los datos. Porque no se trata de obstaculizar el avance de la inteligencia artificial como disciplina, sino de que tanto quienes la utilizan como quienes la desarrollan sean conscientes de sus limitaciones, y de que las tomemos en cuenta a la hora de concebir y hacer uso de estas tecnologías.

Notas:
1. La visión artificial (computer vision) es una rama de las ciencias de la computación que se encarga de construir algoritmos y programas de computación capaces de identificar contenido en las imágenes e interpretarlas.

2. Si bien estos sistemas son más conocidos por su uso en vigilancia masiva o publicidad, también es posible encontrarlos en otros contextos, como en cámaras fotográficas (para hacer foco en el rostro de manera automática) o en redes sociales (para etiquetar a personas de manera automática).

3. «Facial-Recognition Research Needs an Ethical Reckoning», editorial en Nature, 18/11/2020.

4.En el contexto de este artículo, utilizaremos el término «rendimiento» de un sistema de inteligencia artificial para hacer referencia al nivel de acierto de las predicciones que realiza.

5. Peter Norvig y Stuart Russell: Artificial Intelligence: A Modern Approach, Pearson, Londres, 2002.

6. Kevin P. Murphy: Machine Learning: A Probabilistic Perspective, MIT Press, Cambridge, 2012.

7. J. Zou y L. Schiebinger: «ai is Sexist and Racist –It’s Time to Make it Fair» en Nature, 18/7/2018.

8. J. Buolamwini y T. Gebru: «Gender Shades: Intersectional Accuracy Disparities in Commercial Gender Classification», trabajo presentado en la 1a Conferencia sobre Equidad, Responsabilidad y Transparencia, disponible en Proceedings of Machine Learning Research (PMLR) vol. 81, 2018.

9. Olga Russakovsky et al.: «ImageNet Large Scale Visual Recognition Challenge» en International Journal of Computer Vision vol. 115 No 3, 2015.

10. Gabriel Stanovsky, Noah A. Smith y Luke Zettlemoyer: «Evaluating Gender Bias in Machine Translation» en Actas de la 57a Reunión Annual de la Asociación de Lingüística Computacional (ACL), 7/2019.

11. Genevieve Smith e Ishita Rustagi: «When Good Algorithms Go Sexist: Why and How to Advance ai Gender Equity» en Stanford Social Innovation Review, 2021.

12. Sorelle Friedler, Carlos Scheidegger y Suresh Venkatasubramanian: «The (Im)Possibility of Fairness: Different Value Systems Require Different Mechanisms for Fair Decision Making» en Communications of the ACM vol. 64 No 4, 4/2021.

13. Sarah Myers West, Meredith Whittaker y Kate Crawford: «Discriminating Systems: Gender, Race and Power in AI», AI Now Institute, 4/2019.

14. Ana Inés Basco, Cecilia Lavena y Chicas en Tecnología: «Un potencial con barreras. La participación de las mujeres en el área de Ciencia y Tecnología en Argentina», Nota Técnica No IDB-TN-01644, bid, 2019.

Este artículo es copia fiel del publicado en la revista Nueva Sociedad 294, Julio – Agosto 2021

Shoshana Zuboff: «Las grandes tecnológicas de Silicon Valley han dado un golpe de Estado contra la humanidad»

Este año, las grandes empresas tecnológicas se enfrentan a importantes batallas judiciales tanto en Estados Unidos como en Europa. Responderán, entre otras cosas, por la desinformación y por su situación de monopolio. Esta socióloga fue una de las primeras voces que nos advirtió del enorme poder de estas compañías. Y ya es considerada una de las personas más influyentes de este siglo.

Por Carlos Manuel Sánchez 

Silicon Valley ha perpetrado un golpe de Estado contra la humanidad. Así lo cree la socióloga y economista estadounidense Shoshana Zuboff. «Se ha hecho sin que nos percatemos y sin sangre».

Zuboff explica que los usuarios de la tecnología ya no son meros clientes, sino la materia prima de un nuevo sistema industrial; a los que se exprime para extraer sus datos, hacer predicciones sobre su conducta y vender productos a terceros. Este es el hilo conductor que recorre La era del capitalismo de vigilancia (Paidós), considerado ya como uno de los libros más influyentes de este siglo. A Zuboff se la compara con el economista Thomas Piketty, que alertó de que la creciente concentración de la riqueza es inevitable si no se modifica el sistema, pero, a diferencia de Piketty, Zuboff concita el aplauso del Financial Times y The Wall Street Journal.

Hay una idea muy potente en su libro y es que nuestras vidas digitales no tienen por qué ser como son ahora, que podrían, y deberían, ser de otra manera…

No solo me refiero a lo que hacen Google o Facebook, sino a toda una lógica económica que condiciona muchos aspectos de nuestras vidas. El capitalismo de vigilancia demanda nuestra atención continua con técnicas de persuasión y de ingeniería de la conducta que antes habían sido probadas y perfeccionadas por las empresas de juego, porque cualquier casino sabe que no hay nada más rentable que un adicto. Y el capitalismo de vigilancia se agarra al poder de muchas formas. Una de ellas es la retórica. Ha aprendido a confundir a todo el mundo durante veinte años. Cuando te quejas de algo de lo que hacen, ellos te responden que es la consecuencia inevitable de la tecnología digital.

¿Y no lo es?

Para nada. Le pondré un ejemplo. Cuando el público descubrió que Google se quedaba con todos esos datos de nuestras búsquedas, Eric Schmidt –el antiguo CEO– reconoció que era verdad que los motores de búsqueda retenían información. ¡Pero eso es retórica! Porque en el fondo está diciendo: «Hey, no soy yo; es la máquina». Y no es verdad. Son ellos los que se quedan con los datos para alimentar a la inteligencia artificial y hacer predicciones.

¿No es un peaje razonable a cambio de un servicio gratuito?

Es que estamos hablando de dos cosas totalmente diferentes. Una es la tecnología digital. Y otro es la lógica económica basada en extraer datos en secreto, apropiárselos y venderlos. Esa lógica económica no puede sobrevivir sin lo digital, pero es muy fácil imaginar la tecnología digital sin capitalismo de vigilancia.

Perdone que sea un aguafiestas, pero a estas alturas dudo de que sea fácil…

En 2000, un grupo de ingenieros de Georgia Tech diseñó un proyecto que llamaron Aware Home, un precedente de lo que hoy conocemos como ‘hogar inteligente’: con teleasistencia para ancianos, eficiencia energética… Pero los datos circulaban en un bucle cerrado. Los aparatos de la casa le proporcionaban información exclusivamente a los que residían en ella. Porque son datos muy privados. Esa tecnología era respetuosa. Pues bien, pasó el tiempo, y en 2017 dos expertos legales de la Universidad de Londres analizaron algunos altavoces inteligentes, tipo Google Home (o Nest), de los que puedes poner en tu salón. Y calcularon que un consumidor informado debería revisar un mínimo de mil contratos de privacidad, porque ese dispositivo recoge datos de lo que hablan los inquilinos, en qué habitación están, los ruidos… Y se comunica a su vez con otros aparatos inteligentes de la casa. Y envía esos datos a Google. Y Google los vende a terceros. Y estos los revenden…

No hace falta comprarse un altavoz, mucha gente se va a la cama con el móvil. Y es lo primero que consulta cuando se levanta.

No queda ahí la cosa. Google dice que no asume ninguna responsabilidad de lo que hagan esos terceros con los datos. Y cada contraparte dice lo mismo. Así que hay cientos de compañías que tienen un dominio completo sobre tus datos. Toman lo que quieren y lo usan como quieren, sin transparencia y sin control. Y esto viene a cuento porque hace 17 años teníamos un futuro prometedor: un hogar inteligente para vivir mejor. Y esa idea ha sido traicionada. Y en nuestro hogar, que debería ser un santuario, no solo entran Google, Apple, Amazon y Facebook, entran cientos de compañías que no conocemos. No puedes cerrar la puerta de tu casa. Y, aunque la cierres, da igual porque ya están dentro. Y esto no debería ser así; se nos ha impuesto de manera unilateral, ilegítima y secreta. Pero no es inevitable.

Muchos niños manejan el móvil mejor que sus padres. ¿De verdad cree que se le puede dar la vuelta a esto?

Sí, pero va a llevar algún tiempo… Si hubiéramos estado los últimos veinte años intentándolo y no lo hubiéramos conseguido, sería pesimista, como usted, pero la verdad es que no lo hemos intentado. El capitalismo de vigilancia ha tenido barra libre. La democracia se ha dormido al volante. Tenemos una oportunidad porque ahora conocemos sus peligros. Es hora de remangarse y hacer una labor crucial para nuestro futuro y el de nuestras democracias.

¿Pero estamos por la labor?

A principios del siglo XX había niños trabajando en las fábricas. Las grandes compañías tenían todo el poder en Estados Unidos. Ni los trabajadores ni los consumidores podían enfrentarse a ellas. Sus abogados ganaban todos los pleitos. Pero fuimos capaces de utilizar la democracia, la ley y la política para crear nuevos derechos y contener los excesos del capitalismo industrial. Y ¿sabe qué? La segunda mitad del siglo XX fue muy próspera en muchos países. Nada es perfecto, pero ahora tenemos una oportunidad similar. Entramos ahora en una década en la que se va a decidir el futuro del siglo XXI. Y creo que veremos emerger un paradigma nuevo que va a poner freno o, por lo menos, a limitar los aspectos más perniciosos del capitalismo de vigilancia. Y creo que será necesario que algunas de sus actuaciones se ilegalicen porque son conductas criminales.

Ya se está investigando a las grandes tecnológicas. Mark Zuckerberg y Jeff Bezos han tenido que responder ante el Congreso, pero de ahí a considerarlos delincuentes va un trecho.

Yo considero a los ejecutivos de Silicon Valley como emperadores. Ejercen un poder que no da cuentas a nadie. No queremos a estos ejecutivos poderosos a los que les importan un bledo nuestras vidas, que son radicalmente indiferentes a los problemas reales de la gente. ¡No los queremos!

¿Cómo convence a la gente de que Google o Facebook son peligrosos, aunque nos hagan la vida más fácil?

No creo que tenga que convencer a nadie. Recientemente se ha publicado una gran encuesta en Estados Unidos. Se les preguntó a los norteamericanos si los riesgos de que las compañías recopilen sus datos eran mayores que los beneficios. Y es la primera vez que el 81 por ciento considera que los riesgos exceden a los beneficios. Es un punto de inflexión. Estábamos acostumbrados a preocuparnos por cómo manejan nuestros datos los gobiernos y no tanto las corporaciones, pero ahora las cosas han cambiado.

Pero entre los ganadores de la pandemia están las tecnológicas. Bezos ha duplicado su fortuna desde marzo y es el ser humano más rico de la historia.

Las encuestas detectan otra tendencia. El 84 por ciento de los norteamericanos no confían en que las compañías que poseen las redes sociales arreglen los problemas que han creado. Y un estudio global de Pew Research señala que once países consideran que la desinformación es la mayor amenaza contra la democracia. Lo que estamos viendo es una pérdida de fe en estas corporaciones. La gente ahora se moviliza. Ve el riesgo.

¿Qué hay de malo en que Netflix y Amazon conozcan nuestros gustos y nos recomienden libros o series?

Los gigantes tecnológicos quieren que creamos que la privacidad es privada. Que nosotros tenemos el control de lo que queremos exponer y lo que no. Yo les doy unos pocos datos a Facebook a cambio de un servicio que es gratis.

Se supone que ese es el trato, ¿no? Las condiciones de servicio que pocos leen y casi todos aceptan para tener correo, mapas, hacer búsquedas, compartir fotos…

Pero lo que hemos aprendido es que, cada vez que consentimos darles datos, ellos toman muchos más de los que creemos. Si publicas algo en Facebook, no les importa lo interesante o veraz que pueda ser, pero lo desmenuzan. Examinan si usas signos de admiración para sacar conclusiones sobre tu estado emocional. Porque las emociones son comportamientos fáciles de predecir. Y muy rentables. La inteligencia artificial de Facebook examina billones de esos datos cada día y es capaz de producir seis millones de predicciones por segundo. Y muy pocos de esos billones de datos los damos a sabiendas ni por propia voluntad. Los cogen sin que nos enteremos. Cada vez que utilizamos las redes sociales, alimentamos a un sistema cuyas asimetrías de poder y de conocimiento están minando nuestras democracias y aumentando la desigualdad.

¿A qué se refiere cuando habla de asimetrías?

A que hay una gran diferencia entre lo que ellos saben de nosotros y lo que nosotros sabemos de ellos; entre lo que podemos hacer y lo que ellos nos pueden hacer. El conocimiento y el poder son inextricables.

Siempre lo han sido…

Pero ahora vemos, por ejemplo, que el sistema de reconocimiento facial de Microsoft, desarrollado con fotos de Facebook, no se utiliza solo con propósitos académicos, como nos habían contado, sino que Microsoft lo vendió a clientes militares, incluido el Ejército chino, que mantiene a los uigures musulmanes sometidos a una vigilancia constante. Nuestras fotos de Facebook están sirviendo para encarcelar a gente inocente en una campaña genocida contra una minoría religiosa. No es algo trivial. Estamos exponiendo no solo a nuestra sociedad, sino a todas las sociedades, a estos sistemas. Y la gente empieza a entenderlo. Es un desafío político y legal. Nos están robando una parte de nuestras vidas sin nuestro permiso. Tenemos que parar esto. Y creo que podemos.

Fuente: https://www.xlsemanal.com/conocer/tecnologia/20210106/capitalismo-de-vigilancia-shoshana-zuboff-seguridad-datos-internet-redes-sociales.html

Kathi Weeks: “Los movimientos sociales están influidos por la crítica del trabajo. Y si no lo están, deberían estarlo”

Por Álvaro Briales

Weeks abre su última obra publicada en castellano preguntándose por qué la teoría política ha prestado tan poca atención al problema del trabajo, y frente a su privatización y despolitización, propone una reflexión sobre los modos de hacer público y repolitizar lo laboral.

El problema del trabajo - Kathi Weeks - txalaparta.eus

Kathi Weeks es autora de El problema del trabajo, recientemente publicado en castellano por Traficantes de Sueños. En su obra, Weeks pone en juego una caja de herramientas que recorre distintas tradiciones desde los feminismos a los marxismos, desde la teoría literaria a las perspectivas de las luchas políticas, útiles para una concepción crítica del trabajo actualizada para el siglo XXI. En la conversación, aborda temas como los efectos de la pandemia en la ética del trabajo, los sujetos y movimientos políticos que en el presente podrían encarnar el rechazo al trabajo, la potencia de las demandas de Renta Básica Universal y de reducción de la jornada laboral, las paradojas y debates sobre el desarrollo tecnológico y la automatización, y la crítica de lo que denomina el sistema de el-trabajo-y-la-familia. Kathi Weeks es profesora de género, sexualidad y estudios feministas en la Universidad de Duke.

En las condiciones de la pandemia hemos visto una intensa polarización, por un lado, entre una fuerte ética del trabajo como algo “esencial” en comparación con otras esferas de la vida, y por otro lado, una conciencia del sinsentido de buena parte de los actuales empleos. ¿Cómo ha sido esto en el caso de Estados Unidos, un país con una ética del trabajo tan fuerte?

Sí, completamente. Cuando los valores dominantes alaban el trabajo como algo central en lo que significa ser un individuo de éxito y un miembro digno de la sociedad, durante la pandemia una clara mayoría de gente en Estados Unidos insistió en que el trabajo no era algo por lo que morir o por lo que valga la pena arriesgar la salud de los demás. Aunque esto pueda significar otras muchas cosas, el parón de la economía debería reconocerse como una expresión del rechazo a esa manera de entender y valorar el trabajo generador de renta. También el trabajo se ha desmitificado de otra manera con el reconocimiento de que solo algunos empleos son lo suficientemente útiles como para ser considerados “esenciales” para la sociedad, y estos no suelen ser los mejor remunerados o de alto estatus. Así, por ejemplo, finalmente se reconoció que los trabajadores y trabajadoras de comercios de alimentación realizaban un trabajo importante y socialmente útil, a pesar de que al mismo tiempo se les pedía que se presentaran a empleos peligrosos y aun así mal pagados. La otra cara fue que se hizo cada vez más obvio que buena parte del resto de empleos, quizás la mayoría, eran poco necesarios si no totalmente inútiles, es decir, sin ningún sentido más allá de generar beneficio y sueldos. Y si la institución familiar ha sido la forma típica o normativa de recluirnos en los hogares, la pandemia también nos obligó a depender aún más intensamente de un trabajo doméstico no asalariado del cual se espera que nos sostenga o reproduzca en el día a día y generación tras generación a pesar de tener muy poco apoyo social o tiempo descontado del trabajo asalariado.

El sistema salarial y la familia, como dos de los mecanismos básicos de distribución del ingreso, no están a la altura en tiempos “normales” ni mucho menos tienen la capacidad de garantizar seguridad y sustento en tiempos de crisis

¿Crees que la pandemia, junto a otras circunstancias, ha modificado los imaginarios del trabajo, y por tanto, las posibilidades de demandas como la Renta Básica Universal que analizas en tu libro?

La crisis reveló con mucha mayor claridad las espectaculares exclusiones y disfunciones —si bien muy mundanas y cotidianas— producidas por el sistema de el-trabajo-y-la-familia, en parte porque los medios de comunicación se vieron obligados a informar sobre muchas de las increíbles tensiones que se produjeron en los hogares. El tema de la renta básica universal recibió un gran impulso en un periodo en el que se hizo evidente que el sistema salarial y la familia, como dos de los mecanismos básicos de distribución del ingreso, no están a la altura en tiempos “normales” ni mucho menos tienen la capacidad de garantizar seguridad y sustento en tiempos de crisis.

No sé cuánto tiempo durará el impulso de estos actos de rechazo y desmitificación de los empleos “productivos” inútiles y del trabajo reproductivo no remunerado, pero seguramente sobre ello se puede construir algo que demuestre por qué necesitamos un modo más racional, completo y confiable de recompensar todas las formas de trabajo y de distribuir renta para todas las personas.

En el caso español o el inglés, en los últimos tiempos algunos sectores están intentando abrir nuevamente el debate sobre la reducción de la jornada laboral a 32 horas, o a 30 horas. En algunas versiones, su justificación se basa tanto en su compatibilidad con un cierto productivismo (“trabajar menos nos hace ser más productivos”) como con el familiarismo (“trabajar menos para estar más tiempo con la familia”), ambas justificaciones que son criticadas en tu libro. Resumidamente, ¿qué requisitos básicos desde tu punto de vista tendría que tener esta demanda en un país como España?

Es una pregunta muy importante, pero realmente no la puedo responder. En la medida en que la práctica de la política es un arte más que una ciencia, la formulación y promoción de demandas es un asunto necesariamente situado que depende del contexto político, económico y cultural local. Lo que puedo decir es: por un lado, creo que está claro que hay que pensar en términos de reformas que sean oportunas e inteligibles, lo que implica apelar a términos que nos sean familiares y que probablemente tengan algún tipo de sentido inmediato para la gente. Según esa lógica, defender la demanda de reducción de jornada evocando la eficiencia en el puesto de trabajo o en nombre de los valores familiares podría ser una manera viable de asegurar unos niveles de apoyo mayor. Por otro lado, existen profundas limitaciones en ese tipo de pragmatismo político a corto plazo.

Presentar la demanda de reducción de jornada en términos de tiempo para la vida, como única justificación posible, me parece una formulación más abierta, inclusiva y menos prescriptiva

¿Cómo cuáles?

En primer lugar, no me convence el moderar las propias demandas para que inspiren un apoyo pasivo, sino que el activismo apasionado y la militancia son necesarios para impulsar un gran proyecto de reforma. En segundo lugar, hay mucho que hablar acerca de a quiénes podría excluirse por estas justificaciones y sus posibles consecuencias no intencionadas. Aquí es donde encuentro que el argumento de “más tiempo para la familia” es particularmente poco convincente. Hablamos como si todo el mundo tuviera una “familia”, pero ese es un mito peligroso para muchas de nosotras que no la tenemos o no queremos tenerla, o que no tendríamos por qué deber o querer dedicarle ese tiempo. No querría que se perpetuase la mitología de la familia que ignora la violencia que ocurre dentro de las familias y que invisibiliza el trabajo económicamente fundamental que allí se realiza con poco apoyo bajo el disfraz del amor romántico. Presentar la demanda de reducción de jornada en términos de tiempo para la vida, como única justificación posible, me parece una formulación más abierta, inclusiva y menos prescriptiva.

Finalmente, yo diría que una demanda política radical que se precie también requiere un horizonte, un algo más allá, algo más que las posibles concesiones que seamos capaces de ganar en el corto plazo. De manera que la campaña por la reducción de jornada también pueda ser un proceso de aprendizaje, un laboratorio, para el cultivo de otros deseos y demandas más allá. Cómo se negocia la relación entre las consideraciones prácticas a corto plazo y el horizonte radical a más largo plazo es un tema de estrategia y táctica que siempre está en debate y que se figurará de distintas maneras según cada lugar y momento.

Tiendo a pensar que la mayoría de movimientos sociales y campañas activistas están influenciados por, y contribuyen a, la crítica del trabajo asalariado y no asalariado

Si tomamos como referentes históricos del rechazo del trabajo las formas del sindicalismo revolucionario a finales del siglo XIX y principios del siglo XX, o el caso del operaísmo y el feminismo italiano en los años 70, quizás en el siglo XXI es más difícil ver un sujeto tan delimitado que plantee esas reivindicaciones. En este sentido, ¿qué movimientos políticos crees que encarnan, o podrían encarnar, la crítica del trabajo asalariado en la actualidad?

Creo que tienes toda la razón al no pensar hoy en las luchas contra o más allá del trabajo en términos de un sujeto político único o delimitado. Por el contrario, tiendo a pensar que la mayoría de movimientos sociales y campañas activistas están influenciados por, y contribuyen a, la crítica del trabajo asalariado y no asalariado. Y si no lo están, deberían estarlo. Dado que el sistema de producción y reproducción de el-trabajo-y-la-familia nos afecta en casi todos los aspectos de nuestras vidas, parece por ello relevante para tantas luchas. Lo pienso de esta manera: en la medida en que el objetivo de nuestra crítica política y activismo sea el capitalismo racial, de ocupación, colonial y heteropatriarcal, entonces el trabajo —incluyendo el trabajo de hogar y comunitario, reproductivo y de cuidados no asalariado— es la vía por la que la mayoría de la gente nos sumergimos y conectamos con ese sistema (y estar en desempleo en una sociedad que distribuye los medios de vida principalmente a través del trabajo asalariado no te exime de esto). Si esto es cierto, entonces el trabajo debería ser algo que tales movimientos deberían abordar, y con frecuencia lo hacen.

¿En qué casos lo observas?

Por ejemplo, el movimiento Black Lives Matter en Estados Unidos aborda los ataques del capitalismo racial desde la división racial del trabajo a la brecha racial en la riqueza y la falta de apoyo a sus hogares y comunidades. El abolicionismo de las cárceles desafía el sistema industrial penitenciario como una forma de tratar, encerrar y silenciar a las poblaciones superfluas que el sistema de el-trabajo-y-la-familia capitalista no puede integrar. El movimiento de la huelga feminista internacionalista se centra en rechazar y visibilizar la dependencia del capital respecto a la explotación del trabajo de cuidado feminizado y no asalariado que le provee de trabajadores y consumidores día a día y generación tras generación.

Lo que pasa con el trabajo es que no funciona y nos falla a la mayoría de las personas: porque no hay suficientes empleos, porque se paga tan poco que no puedes mantenerte o porque trabajas tantas horas que no tienes tiempo para vivir. Los sindicatos son un espacio importante de la política de y contra el trabajo, pero otros tipos de organización, movimiento y activismo también están asumiendo los problemas relacionados con el trabajo dado que estos no se limitan a una clase social o a determinados sectores de la economía.

En los discursos sobre la liberación del trabajo hay una tensión histórica que, entre otros elementos, depende de cómo concibamos la posibilidad de una apropiación (o no) del cambio tecnológico en un sentido emancipador, de tomar “las fuerzas productivas” en el sentido clásico. Sin embargo, en tu libro no abordas la cuestión tecnológica en profundidad. ¿Cómo te planteas hoy esa relación entre la liberación del trabajo y la dimensión tecnológica?

Desconfío de la forma en que la tecnología se figura en algunos debates recientes. Porque creo que tenemos una tendencia notablemente obstinada a pensar la tecnología como algo en sí mismo, como si no fuera siempre un producto e instrumento de las relaciones sociales, como herramientas humanas que pueden tomar una miríada de formas y tener usos muy distintos. Entonces, tanto si celebramos la tecnología por liberarnos del trabajo como si la acusamos de robarnos el empleo, existe la sensación de que “eso” tuviera el control de mando, en lugar del Estado y el Capital. En la medida en que esto mantenga nuestra atención en preguntas sobre el desarrollo tecnológico en lugar de en preguntas más importantes —como la calidad y cantidad del trabajo asalariado y la distribución de la renta; como la organización, distribución y valor del trabajo de cuidado no asalariado; como quién está tomando las decisiones de inversión y con qué fin—, entonces creo que corremos el riesgo de distraernos o desorientarnos.

Tal vez debamos abordar el ‘lujo comunista’ desde un registro diferente, en términos del lujo de la ociosidad, la amistad, el aire fresco y la comunión con la naturaleza

¿Esto ocurre también en algunos debates sobre la renta básica universal?

Sí. Algunos argumentan que un aumento dramático del desempleo tecnológico en la era digital es una razón por la que deberíamos apoyar una renta básica. Otros responden a eso argumentando que los trabajadores serán desplazados en algunos sectores de la economía, pero otros empleos absorberán a muchos de ellos. Simplemente, no creo que nuestro apoyo a la demanda de renta básica deba depender de ese debate. Hay problemas muchos más fundamentales y urgentes en los que deberíamos centrar la atención respecto al trabajo asalariado como sistema de asignación de renta: las disparidades raciales y de género en los salarios y el desempleo; la enorme cantidad de trabajo reproductivo y de cuidados no remunerado en los hogares y las comunidades realizado de manera desproporcionada por mujeres sin la cual no habría una economía de trabajo asalariado; las terroríficas tasas de lesiones, enfermedades y muertes en el lugar de trabajo, incluido el enorme peaje que el estrés crónico de los trabajos mal pagados tiene en el cuerpo y la mente de la fuerza de trabajo; por no hablar del margen permanente de desempleo que no se considera un fracaso sino un signo de salud de las economías capitalistas. Si estas preguntas son tan importantes como lo son en el contexto del debate sobre la renta básica, centrarse en la tecnología o, en este caso, en el desempleo tecnológico, me parece una forma potencial de eludir o evitar abordar algunos de los defectos más básicos y de largo alcance del sistema salarial.

El debate actual sobre el sentido del desarrollo tecnológico está polarizándose fuertemente a partir de las condiciones de la emergencia climática y la crisis energética. Por un lado, hay una oposición entre algunos marxistas y defensores del Green New Deal que tienden a apoyar fuertes inversiones en tecnologías verdes, y por otro lado, propuestas como el decrecimiento o el ecofeminismo que abogan por una fuerte reducción de las infraestructuras tecnológicas y de la complejidad de los sistemas sociales actuales. ¿Qué implicaciones crees que pueden tener estos debates para actualizar o matizar los términos clásicos de la liberación del trabajo?

Creo que está bastante claro que llamar a una reducción del trabajo asalariado es coherente tanto con el decrecimiento como con el crecimiento verde, ambos enfoques que de alguna manera yo apoyaría. Hay dos puntos que quiero agregar a esto sobre cómo las políticas de cambio climático y destrucción ambiental se relacionan con las políticas contra y más allá del trabajo que yo defiendo.

El primer punto es que creo que es importante reconocer que el “productivismo” —es decir, la celebración del trabajo duro individual, la productividad y la autodisciplina que está en el corazón de la ética del trabajo moderna— está íntimamente ligado con el consumismo en las sociedades de capitalismo avanzado. Se supone que los bienes y servicios de consumo son nuestra recompensa, la gratificación pospuesta y debidamente aplazada al acabar el trabajo, por todo el digno sacrificio de nuestra fuerza de trabajo. La ética del trabajo y el consumismo son las dos caras de una misma moneda, el engranaje que impulsa al sistema económico. Al cuestionar una de esas caras también se desafía a la otra cara.

¿Cómo funciona ese desafío?

Más que imaginar que un menor tiempo de trabajo solo nos dará más tiempo para ir de compras, en vez de ello creo que nos dará un tiempo adicional para cultivar placeres y pasatiempos más satisfactorios y sostenibles. En ese sentido, la disminución de jornada y la renta básica universal podrían ayudar a sostener una reducción de trabajo que tendría un beneficio doble desde la perspectiva de una política del decrecimiento.

El segundo punto que quiero añadir es una advertencia sobre dos trampas en las que a menudo parece que caemos cuando imaginamos el futuro: o lo imaginamos como algo muy cercano al modelo actual como en un progreso lineal respecto a lo que tenemos ahora, o nos basamos en un modelo del tiempo pasado como una vuelta a algún período anterior de la historia. Lamentablemente, ambas maneras parecen inadecuadas en relación con cómo ocurre el cambio social, con cómo se mueve la historia. Aquí solo quisiera señalar que no creo que tengamos que elegir entre robots o granjas ni entre una producción industrial hipertecnológica y una producción artesanal a pequeña escala. Simplemente quiero que recordemos y seamos plenamente conscientes de la utilidad y de las limitaciones de nuestras visiones del futuro, limitaciones que no son culpa nuestra sino la consecuencia de los estrechos horizontes de toda perspectiva situada.

En la misma línea, y en relación con las demandas utópicas que trabajas en tu libro, tras leer sobre propuestas de “automatización total” como las que por ejemplo sostienen influyentes sectores en la izquierda británica, me surge el problema de un utopismo quizás “peligroso”. Por ejemplo, Aaron Bastani ha defendido en Comunismo de Lujo Totalmente Automatizado que una crisis tan crucial como la de los picos del litio, el fósforo o el níquel podría resolverse mediante la minería de asteroides, lo que a su vez dependería de naves espaciales propulsadas por oxígeno. De este modo, ¿cómo crees que el materialismo “científico” del actual pensamiento ecologista condiciona e influye en la forma que pueden tomar nuestras utopías de liberarnos del trabajo asalariado?

¿Qué tiene la exploración espacial que se apodera de la imaginación de algunas personas? Como investigadora de estudios de género, siento la necesidad de especificar que tales personas no suelen ser mujeres o femeninas. Debo decir que la exploración espacial no me dice nada. Estoy de acuerdo en que la evocación de la minería de asteroides y de las naves espaciales suena más bien a un ejemplo del deus ex machina típico del género narrativo del progreso tecno-utópico: una solución milagrosa frente a un problema obstinado que se supone que lleva el relato hasta su final feliz. Dicho esto, no descartaría los posibles usos de la “automatización” para reducir las cargas de trabajo humano y animal. Pero seguramente la tecnología —nos podríamos referir a esto como tecnología “apropiada” o “responsable”— debe ser concebida, desarrollada y juzgada como parte de un ecosistema natural y social más amplio, no como si fuera un fenómeno de alguna manera antinatural o asocial.

Tampoco quisiera negar de manera simple la imprevisibilidad del futuro de la creatividad humana o las nuevas ideas que se nos podrían ocurrir para distanciarme o refutar a los defensores del statu quo que reducen esa creatividad a la invención heroica de un emprendedor que no logra construir nada más que otra trampa para ratones rentable. Pero mi reacción más inmediata a tu pregunta es que tal vez debamos abordar el lujo comunista desde un registro diferente, en términos del lujo de la ociosidad, la amistad, el aire fresco y la comunión con la naturaleza, como cosas que podríamos disfrutar si dispusiéramos de más tiempo por fuera del trabajo. Me parece que realmente la pregunta no es sobre nuestra capacidad para producir más o incluso el mismo nivel de riqueza social y económica, sino sobre cómo podemos apropiárnosla y convertirla en la verdadera riqueza de la igualdad y la libertad.

Fuente: https://www.elsaltodiario.com/pensamiento/entrevista-kathi-weeks

El poder constituyente como acción de ruptura y nuevo orden

Por Santiago de Arcos-Halyburton

“hoy, acaso, estamos en un nuevo siglo XVI,

es decir en una época en la cual las viejas categorías

explotan y es preciso acuñar otras nuevas”. 

       Paolo Virno

Una lectura sobre los movimientos sociales que, desde 2011, conmueven la escena global, conformando un enjambre de rebeliones conexas, digo, una lectura, porque es solo un punto de vista a debatir, como un poder constituyente a partir de su principal característica: un acontecimiento que busca encarnar la destruccion del orden actual de las cosas, estableciendo un nuevo orden social, nacido del momento constituyente en que la multitud se reconoce a sí misma como contrapoder y al mismo tiempo intenta anularse como clase, emancipando a los ciudadanos del poder político-económico construido por el capitalismo, no como un aggiornamiento dentro del regimen de la representación o una nueva administración de la governance del capital, ni como un mistificador tránsito a través de las instituciones, sino que como una genealogía de las luchas, que nace con la Primavera Árabe en 2011, y no se detiene ni en el 15M, Plaza Maidan, el Junho Caliente brasileño de 2013, o el Octubre chilenoecuatoriano de 2019, sino que continua como una posta de rebeliones constituyentes de comunes, contra todo orden: económico, social, político, y aún más importante, contra toda representación o intento de captura por parte de las burocracias partidarias o sindicales que componen el Estado de los partidos, la banca y las finanzas.

Si bien esta es la mayor fortaleza que la política de la multitud, más allá del general intellect, ha construido, también es su mayor debilidad: la imposibilidad de estructurar un contrapoder orgánico (esto lleva a Antonio Negri a formular la hipotesis de la necesidad de un “nuevo” verticalismo en los movimientos sociales, lo que en definitiva es tratar de construir orgánicas que superen la verticalidad del centralismo de los partidos de izquierda mediante la vigilancia de la multitud, cuestión que solo la realidad se ha encargado de negar ante la experiencia de Podemos, Syriza, Frente Amplio chileno y todos los experimentos realizados en torno a la “nueva” forma política, que solo han significado un nuevo ejercicio de governance). 

Esta posta de rebeliones, que se entrega a sí misma el testigo latitud tras latitud hace parte de una momento de guerra social que recrudece ante la crisis terminal del capitalismo financiarizado, y hoy aceleradamente smartworkerizado, constituye una pregunta, obturada, pero sin respuesta aún, tal como el Mayo francés del ’68, triunfante por derrotada, precisamente porque en su fortaleza anti-representativa no logra contestarla y es, de un modo u otro, institucionalizada, canalizada en un momento electoral, como el Acuerdo por la Paz que provoca el cierre de la lucha chilena y toda su potencia en una Convención Constitucionalista, que no constituyente, sin soberanía ni mandato, que aggiorna y reconstituye el acuerdo social mistificado de Estado benefactor, en un revival del momento keynesiano, imposible en el periodo de la subsunción real del capital.

Esta canalizacion, captura, supone una derrota del movimiento social, aunque esta derrota es siempre parcial, dado que su potencia se disemina como esporas en la fabrica difusa metropolitana y rural. Es la constitución de comunes, inmanentes, en plena lucha (ordenamientos jurídicos, otros, de la multitud en lucha, como lo son sus propias leyes de prensa, que impiden o permiten el trabajo de cierta prensa en las manifestaciones, desplazamientos, rebajas de tarifas, vigilancia comunitaria, guardianes de la floresta en otras latitudes, guardia indígena, saqueos como abastecimiento y reapropiación de la riqueza creada, etc.), tangibles y orgánicos (pero no burocráticos), tanto en plena lucha como al momento del repliegue (ollas comunitarias, salarios compartidos [estos nacen en medio de la cesantía creada por la smartworkerizacion del trabajo en pandemia], huertos comunitarios, escuelas libres, redes de apoyo y solidaridad barriales), todos ellos gérmenes nacidos en pleno éxodo comunista del capitalismo, como brotes de la siembra que la rebelión global ha significado en cada territorio: la constitución de un mar de fondo sin vanguardia ni partidos, un modo otro de relacionarnos con el entorno social y politico, donde el deseo de la multitud por destruir el orden actual de las cosas se encarna en cada rechazo del momento electoral, en cada ruptura con el orden de la representación, con toda institucionalidad que signifique la continuidad de la governance del capital. 

¿Qué es el capital cibernético?

Por Leonardo Fabián Sai

El capital cibernético es una forma específica de capital de alta tecnología capaz de subsumir el lazo social. Al apropiarse de las relaciones sociales mediante dispositivos tecnológicos, el capital cibernético trastoca el conjunto de las relaciones humanas en una acumulación de datos que posibilita tanto la predicción de la conducta humana como la planificación jerárquica del capital. El resultado es una nueva relación con el cuerpo y el lenguaje.

¿Qué es el capital cibernético?

A la memoria de Pablo Levín y Humberto Maturana

No vimos nada

El capital cibernético es un capital de alta tecnología en un área específica de la producción social: la comunicación. Es el capital que subsume, captura, relaciones sociales bajo la forma mercantil del valor1. Al apropiarse del lazo social –y no ya de una región determinada de las relaciones productivas–, el capital cibernético produce relaciones sociales como comunicaciones de comunicaciones mundiales, haciendo efectiva no solo la subsunción real de la sociedad al capital, sino también la transmutación de nuestra relación con el lenguaje: la lengua informatizada de una cotidianeidad digital. Al relanzar, una y otra vez, relaciones sociales ya mediadas por su tecnología, innovación y desarrollo, el capital cibernético abre el horizonte de la época de la automatización del lazo social2.

La automatización del lazo social supone no solo su informatización y digitalización, sino además una anticipación y predicción de la acción humana. Tal anticipación se presenta, cada día más, como un poder privado transnacional que trastoca, sutil y precisamente, la experiencia humana en datos, esto es, en materia prima para la producción de los laboratorios sin paredes del capital3. Nuestra experiencia se transforma en valores de uso para la producción de algoritmos capaces de leer las relaciones humanas y conducirlas cibernéticamente. «Cibernéticamente» significa que la lectura de los algoritmos es sistémica y, en tanto tal, capaz de planificar todo lo que existe en la medida en que pueda ser reducido a pura información y comunicación: códigos biológicos, informáticos, sociales. Esta automatización del lazo social, económicamente expresada, es la capacidad de planificación del capital sobre el capital: las ideas del Valle del Silicio o de Shenzhen –el trabajo inmaterial e interdisciplinario del proletariado cognitivo– dibujan la cancha abstracta de las cadenas de valor donde juegan las empresas de todo tamaño del mundo, pagando el debido precio al señorío digital de los capitales cibernéticos, el precio de la innovación extrínseca.

El capital cibernético, en rigor, va más allá de la economía de los bienes y servicios. Se trata de un capital que trabaja sustancialmente sobre una bioeconomía. No le interesa producir al trabajador o trabajadora como autómata industrial, sino a la humanidad misma como cyborg. El cyborg (el ente orgánico cibernéticamente transformado) no es una representación de la ciencia ficción, sino la primera relación del capital cibernético con el cuerpo: la prótesis biónica que reconstituye el cuerpo discapacitado; la potenciación artificial del cuerpo para fortalecer al trabajador o al soldado; la edición genética del humano y del animal para la anticipación de enfermedades; el cultivo de órganos para futuros trasplantes; la detección de potenciales destrezas y debilidades… estos son algunos de los caracteres de este capital aplicado al campo de la salud. Es que el capital cibernéticosubsume realmente naturaleza humana: cuerpo, sangre, pensamientos, afectos, relaciones sociales, emociones. Al autómata industrial se lo explotaba, económicamente, con el fin de reproducir el poder político del burgués nacional en el Estado, a su imagen y semejanza, a través de la existencia objetiva del trabajador como clase impropia. Cuando el trabajo vivo de la clase explotada luchó y resistió, lo hizo produciéndose como subjetividad en tanto proyecto internacional (proletariado) o peticionismo del pueblo (clase obrera nacional, populismo, sindicalismo). El cyborg, en cambio, no resiste subjetivamente. Carece de un espacio íntimo de resistencia, de un «esto no te lo doy». El cyborg no reconoce otro «sagrado» que la propia tecnología. El cuerpo, la lengua misma, aparece distópicamente violentada como desierto informatizado. ¿Y qué quiere decir «desierto informatizado»?

Significa: organizar el desierto allí donde existía subjetividad. Equivale a sofocar el conflicto psíquico con conductismo, a reducir lo humano al funcionalismo de los sistemas. Si toda nuestra existencia se vuelve datos para un capital que nos lee, nos anticipa, que acumula esta información para crear productos inmateriales predictivos de nuestra conducta, entonces estamos hablando de un capital capaz de advertirle a otro capital dónde y en qué momento (tiempo y espacio) encontrará poder de compra dentro del globo con probabilidad científica. Por este motivo, afirmamos que la dirección del capital cibernético es total; que su innovación es bioeconómica4, que su efecto sobre la cultura no es la producción de subjetividad fetichista, sino la creciente presencia de este nuevo intruso, a través de la modificación cibernética del humano: el advenimiento del cyborg5 y su «religión»: el transhumanismo. Todas las ciencias, las artes, el derecho, el entretenimiento, son actualmente interpretadas como información o «materia prima». Y todos estos «campos de sentido», como los denominó el filósofo alemán Markus Gabriel, tienden hacia la automatización que les impone el capital: programas capaces de crear canciones o pinturas; robots en forma de animales-cyborgs para la industria militar; restauración de órganos y funciones orgánicas en medicina; procesamiento masivo de datos en finanzas y sentencias en derecho, etc. Bajo el comando del capital cibernético han quedado capturadas, en rigor, la vida psíquica de las sociedades, las formas estéticas que constituyen sus identidades, las potencias históricas e ideales de sus narrativas6. La consecuencia necesaria de la continua explotación por parte del capital de los distintos modos de expresión de la subjetividad humana es el empobrecimiento continuo de esta: un mundo que prescinde de nosotros y que funciona, automatizado, de forma plenamente racional.

Mientras tanto, una burguesía tecnológica transnacional –los dueños de las imperiales tecnológicas– se presenta ya como diseñadora ontológica de los mundos posibles para la crianza de los humanos del futuro. Una verdadera política de interiores, una arquitectura de invernaderos7. Ya no son los algoritmos herramientas inventadas por el ser humano, sino que es el ser humano la materia rediseñada por algoritmos: las identidades se disuelven en el juego imaginario del control del lazo social; la vida psíquica de los pueblos queda transformada en pura comunicación sin sujeto y sin experiencia; las formas estéticas de unas narrativas sociales se transfiguran en entidades amorfas predictibles y rediseñables8; las potencias históricas e ideales quedan políticamente neutralizadas por tecnologías del comportamiento, distorsión de la cotidianeidad e ignorancia inducida9.

A 23 años de la fundación de Google Alphabet, nada vimos aún10.

El capital cibernético como función adaptativa

El capital cibernético es una función, una conquista evolutiva, que adopta y elabora el capital (tecnológicamente más jerarquizado y potente) para reproducir su dominio sobre el trabajo vivo. Subsumiendo capitales simples (no innovadores, reproductores dependientes de tecnología), colabora con la dominación sistémica del capital como tal. La apariencia de autonomía del capital cibernético se da por el hecho económico del ofrecimiento, en la superficie del intercambio mercantil, de servicios y productos mediante la comunicación digital que permiten al resto de los capitalistas industriales la potenciación tecnológica de sí mismos: llegar eventualmente hasta donde llega la comunicación (si los acuerdos comerciales lo permiten). La subsunción se materializa como «entrelazamiento del conjunto del capital», a través de la comunicación (digital) mundial de los sistemas sociales; una potenciación cibernética de los capitales industriales, dinerarios, comerciales. El teletrabajo es un ejemplo inmediato de la reducción de costos en infraestructuras, alquileres de edificios, oficinas, etc.; una verdadera digestión, que metamorfosea tanto al capital tecnológicamente dependiente como a los Estados nación y al trabajo vivo, en datos11.

Se trata de un dominio cibernético sobre la totalidad que se manifiesta como captura del lazo social: relaciones humanas ya mediadas por la cibernética del capital. Esta acelera su rotación y asegura que producción de valor y poder de compra se encuentren, en tiempo real, a través del espacio creado por este capital: el ciberespacio. La aceleración de la rotación del capital (como unidad del tiempo de circulación y producción) por parte del capital cibernético presupone el capital industrial. El capital cibernético no crea desde sí mismo el capital industrial; crea industrias, pero presupone, para su existencia y apropiación de valor, la trama industrial del mercado mundial. Un empresario industrial «sube a la nube» toda la información contable de sus empresas, sus operaciones, sus estructuras de gastos, sus ventas, sus planes de inversión. Toda esa información ofrece saber al capital cibernético. Sus «fierros», sus infraestructuras, alojan esa información. Ahora bien, los algoritmos del capital no son una forma de «capital fijo», sino de capital cibernético12. Son medios de producción inmateriales que, al codificar una masa descomunal de datos (un saber social práctico extraído de millones de conductas e informaciones), producen un plusvalor algorítmico que permite anticiparse a los hechos económicos, automatizar el lazo social transformando las relaciones sociales. Transformando tecnológicamente las relaciones sociales, el capital cibernético transmuta la esencia del humano13. El capital cibernético –decíamos– acelera la rotación de los capitales productivos existentes (abreviando tiempos de circulación y producción) y, a diferencia del capital comercial, influye directamente sobre los tiempos de producción y circulación. El capital cibernético no solo potencia al capital industrial, sino que además potencia y comanda al capital comercial. El efecto de superficie no puede sino ser una economía digital. En esta economía aceitada con criptomonedas como forma necesaria del presente estadio del desarrollo tecnológico del capital, el capital cibernético ofrece una nueva forma de conversión, de estado, a la forma del valor: la forma digital del valor.

Se trata de la mercancía que se transmuta en datos, en información, en comunicación de los sistemas sociales de una sociedad mundial de control. Este cambio de estado, de la mercancía a datos, implica la mediación del capital cibernético en la producción de valor como forma inmaterial o digital del valor. Una conversión del valor a través de fuerza de trabajo inmaterial, inteligente, expresada en algoritmos, fórmulas, procesos cognitivos del capital y de sus laboratorios sin paredes. Esta conversión redunda en aceleración del proceso capitalista de producción, abreviación del tiempo de rotación del capital, reducción del tiempo en que el capital reposa como capital mercantil. Esa velocidad permite la vuelta del capital como dinero. Reconvirtiendo las relaciones sociales en datos para el desarrollo de la inteligencia artificial, el capital cibernético subsume realmente a la sociedad, entendiendo por sociedad el sistema que incluye todas las comunicaciones posibles: la sociedad mundial.

La sociedad mundial de control del capital cibernético

El capital cibernético acelera dramáticamente la circulación del capital. Se acelera el encuentro entre el poder de compra y la mercancía, como si el capital cibernético fuera un déspota oriental para una miríada global de trabajadores (artesanales) que producen a pedido y en condiciones de absoluta dependencia tecnológica. ¿Siervos de las pantallas?

Esta metáfora «tecnofeudal» de Cédric Durand, con sus analogías en el pasado eclesiástico-confesional, resulta poco productiva –lo que los usuarios ponen en el capital cibernético no es «trabajo» sino naturaleza humana como materia prima, vida social como datos– para pensar la economía digital. No se trata, por lo tanto, simplemente, de «extractivismo». El capitalismo de nuestros días no es «ficticio» ni «medieval». Es súper productivo, por la masa de trabajo que es capaz de comandar. Esta aceleración algorítmica del proceso social de producción está en el origen de la «hambruna de datos», de la necesidad, la voracidad por los datos que permitan incrementar la prontitud de los pedidos, de los despachos, de los stocks por vender, de la circulación de capital dinerario para pagar deudas o tomar créditos; pero también del estudio científico de las poblaciones del mundo para predecir las conductas y anticipar los comportamientos individuales y colectivos. Al operar sobre el conjunto tecnológicamente dependiente del capital (los empresarios del mundo que venden sus mercancías por internet) y del trabajo asalariado (la humanidad que carga su vida cotidiana en el celular), el capital cibernético se transforma no solo en el mediador general del lazo social, sino también en un expropiador de la experiencia humana que procesa nuestra relación con el lenguaje como procesamiento cibernético del lenguaje natural. Esta mutación es identificada, superficialmente, como «pasaje» de una «internet de la información» a una «internet del valor».

El capital que otrora vendía servicios y productos tecnológicos ha evolucionado en una forma cibernética capaz de tomar al humano mismo como sede de la producción de plusvalor, transformando: (a) la relación con el lenguaje: la expropiación de la experiencia en sistemas de modelización de la conducta vía algoritmos; (b) la relación con el trabajo y la producción de dinero: la condensación de la vida social a través de pantallas y la emergencia de la forma digital del valor o criptomoneda; (c) la relación con el cuerpo y la vida: la transformación del cuerpo humano en cuerpo-cyborg y la edición genética de la especie14. Ni el sujeto ni la subjetividad ni la relación con el lenguaje están dados de una vez y para siempre. El ser humano debe producir esa relación con el lenguaje. El modo de ser de esa relación puede, en un futuro cada vez más cercano, no tener la forma de una subjetividad. El ser humano puede dejar de pensarse subjetivamente en el devenir de otro modo de ser. Bajo el dominio de la cibernética, la subjetividad queda relegada, descentrada, en el funcionamiento de los sistemas.

Síntesis

El capital cibernético es una estructura tecnológica lanzada al futuro; una acumulación de trabajo cognitivo capaz de limitar el infinito de las comunicaciones con algoritmos cada vez más eficientes y potentes; una función en el dominio general del capital sobre el trabajo vivo adaptada al riesgo, a la contingencia, a la incertidumbre y a la primacía de la temporalidad sobre el espacio de la sociedad moderna. Su modo de comunicación, desde ya, ha superado la vieja lógica binaria con sistemas cuánticos15. El capital cibernético, asimismo, ya no se dirige sin más a la naturaleza (para transformarla en materia prima del capital industrial), ni a las industrias (para destruirlas creativamente mediante las innovaciones radicales del cambio tecnológico permanente) sino, fundamentalmente, a la naturaleza humana –que reduciremos a la fórmula «biología más lo social»– para producir al cyborg: al ente biológico, cibernéticamente editable. La fuerza de trabajo cognitiva, inmaterial, que compra el capital cibernético potencia trabajo vivo, naturaleza humana. Es trabajo vivo que potencia trabajo vivo. Ya no más trabajo vivo que actualiza trabajo pretérito, muerto. Es trabajo científico-tecnológico que conduce al cuerpo de la especie más allá de sus límites biológicos.

El capital cibernético es una revolución del valor que es, al mismo tiempo, una revolución bioeconómica16.

  • 1.Un obrero de los siglos XIX o XX era explotado en su cuerpo, en sus fuerzas de trabajo, pero regiones completas de su actividad –como la conversación, la medición de los latidos del corazón o el sexo– quedaban por fuera de la explotación del capital. El fundamento de las ganancias del capital cibernético ya no es un plusvalor extraído del contexto industrial, sino uno extraído directamente de la explotación de la experiencia humana en general mediante productos intelectuales del trabajo humano: algoritmos. Junto con Sofía Scasserra, hemos denominado este plusvalor plusvalor de vida. Este plusvalor de vida implica, ni más ni menos, que una extensión ontológica del locus de la constitución del plusvalor, que ahora abarca toda la trama de la vida biológica, psíquica y social. S. Scasserra y L.F. Sai: «La cuestión de los datos: plusvalía de vida, bienes comunes y Estados inteligentes», análisis, Fundación Friedrich Ebert, 6/2020, disponible en library.fes.de.
  • 2.Esta automatización del lazo social lo robustece a niveles insospechados, impidiendo la anomia, relanzando el lazo social de forma ampliada y generando hechos sociales propios de la sociedad de control: «polarización social», «burbujas informativas» o «universos simbólicos paralelos» son todos fenómenos de (auto)control sistémicos, tecnológicamente inducidos.
  • 3.¿A qué llamamos «laboratorios sin paredes»? A la investigación transnacional, comunitaria, experimental, análoga y en red; a la instalación, la plataforma, el proyecto realizado por los científicos como gestación de una idea que se disuelve en el mismo momento en que se realiza: queda la fórmula, aumenta el conocimiento universal, pero ya no pueden reproducirse, en idénticas condiciones, sus condiciones reales de experimentación.
  • 4.En la bioeconomía del capital cibernético, el trabajo vivo potencia el trabajo vivo. Un ejemplo es la biotecnología industrial: la biotecnología se define como el uso de organismos vivos o partes de ellos (estructuras subcelulares, moléculas) para la producción de bienes y servicios. En términos generales, los seres humanos han venido desarrollando esto hace miles de años, en actividades como la producción de alimentos fermentados (pan, yogur, vinos, cerveza, etc.), pero es la biotecnología moderna la que, específicamente, hace uso y dominio de la información genética. Es vida que potencia vida.
  • 5.¿A qué llamamos cuerpo-cyborg? Al pasaje hacia un modo de conservación de la cultura fundado ya no en una tradición oral, ni en una escritura, sino en la pura tecnología. A la acumulación de tecnología objetivada en el cuerpo como invasión, reconstrucción y potenciación de nuestra biología por medios cibernéticos.
  • 6.La exposición de este proceso de captura se encuentra desarrollada en L.F. Sai: «Fragmentos de fragmentos: vida psíquica, forma estética y potencia histórica» en Espectros No 6, 2020.
  • 7.El liberalismo encarna la voluntad de producir el mundo exterior como el interior absoluto del individuo, confortable, decorado, suficientemente grande para disfrazar la prisión, diría Walter Benjamin: aspira a disfrutar de la totalidad del mundo sin tener que salir de casa.
  • 8.El ser cotidiano de la cibernética puede ser interpretado como la compulsión a permanecer «conectado», «ver qué pasa en las redes». El asunto, por estos días, es resistir la anulación del deseo por el goce infinito del ojo y del oído.
  • 9.Una nueva disciplina, llamada «agnotología», se encarga de estudiar esta cuestión de la ignorancia socialmente inducida. El canal de noticias público alemán Deutsche Welle (DW Documental) ha realizado un documental de investigación al respecto, Manipuladores de opinión (2021).
  • 10.En estos años, el hecho histórico ocurrido fue la expropiación originaria de datos. De ahora en más asistiremos a la regulación y legalidad del flujo de datos; al surgimiento de nuevos derechos (derecho al anonimato, por ejemplo) y «buenas prácticas de privacidad» que organicen la legitimidad, a largo plazo, del capitalismo cibernético. Es un paso necesario e indispensable para que este despliegue los nuevos diseños para el medio ambiente humano: las ciudades inteligentes.
  • 11.¿Quiénes utilizan esas materias primas? Toda la fuerza de trabajo científica tecnológica (programadores, analistas de sistemas, informáticos, sociólogos, psicólogos, etc.) que, ya sea dentro de un laboratorio de Google o como emprendimiento tecnológico tipo PYME, manipula esas masas de datos para inventar, escribir, fórmulas, algoritmos, con los cuales ofrecerán mercancías inmateriales (productos y servicios). Allí está el verdadero plusvalor productivo: el plusvalor algorítmico.
  • 12.Tiziana Terranova comete un serio error, en nuestra opinión, al considerar los algoritmos como parte del «capital fijo» («Marx en tiempo de algoritmos» en Nueva Sociedad No 277, 9-10/2018, disponible en www.nuso.org). Los algoritmos, bajo el comando del capital, son propiedades intelectuales: verdaderos arcanos de su poder tecnológico, secretos de Estado del capital. Los algoritmos del capital son fórmulas secretas, bienes irreproducibles, súper productivos, de inmenso valor.
  • 13.Para la sociología, «esencia humana» significa, en términos del Marx de la tesis 6 sobre Feuerbach, el «conjunto de relaciones sociales».
  • 14.Sobre este asunto, resulta indispensable la lectura de Gabriel Muro: «Los algoritmos vivientes» en Espectros No 7, 2021.
  • 15.Los ordenadores clásicos convierten la información en unos y ceros. En computación cuántica, los sistemas pueden ser uno y cero a la vez.
  • 16.El enemigo principal del capital cibernético, desde luego, no son los sindicatos sino la «civilización del petróleo». Esta le impone límites energéticos, límites que lo provocan y desafían su superación. Veremos desarrollarse esta cuestión a lo largo de todo el presente siglo.

Este artículo es copia fiel del publicado en la revista Nueva Sociedad 294, Julio – Agosto 2021, ISSN: 0251-3552