Por Santiago de Arcos-Halyburton
“hoy, acaso, estamos en un nuevo siglo XVI,
es decir en una época en la cual las viejas categorías
explotan y es preciso acuñar otras nuevas”.
Paolo Virno
Una lectura sobre los movimientos sociales que, desde 2011, conmueven la escena global, conformando un enjambre de rebeliones conexas, digo, una lectura, porque es solo un punto de vista a debatir, como un poder constituyente a partir de su principal característica: un acontecimiento que busca encarnar la destruccion del orden actual de las cosas, estableciendo un nuevo orden social, nacido del momento constituyente en que la multitud se reconoce a sí misma como contrapoder y al mismo tiempo intenta anularse como clase, emancipando a los ciudadanos del poder político-económico construido por el capitalismo, no como un aggiornamiento dentro del regimen de la representación o una nueva administración de la governance del capital, ni como un mistificador tránsito a través de las instituciones, sino que como una genealogía de las luchas, que nace con la Primavera Árabe en 2011, y no se detiene ni en el 15M, Plaza Maidan, el Junho Caliente brasileño de 2013, o el Octubre chilenoecuatoriano de 2019, sino que continua como una posta de rebeliones constituyentes de comunes, contra todo orden: económico, social, político, y aún más importante, contra toda representación o intento de captura por parte de las burocracias partidarias o sindicales que componen el Estado de los partidos, la banca y las finanzas.
Si bien esta es la mayor fortaleza que la política de la multitud, más allá del general intellect, ha construido, también es su mayor debilidad: la imposibilidad de estructurar un contrapoder orgánico (esto lleva a Antonio Negri a formular la hipotesis de la necesidad de un “nuevo” verticalismo en los movimientos sociales, lo que en definitiva es tratar de construir orgánicas que superen la verticalidad del centralismo de los partidos de izquierda mediante la vigilancia de la multitud, cuestión que solo la realidad se ha encargado de negar ante la experiencia de Podemos, Syriza, Frente Amplio chileno y todos los experimentos realizados en torno a la “nueva” forma política, que solo han significado un nuevo ejercicio de governance).
Esta posta de rebeliones, que se entrega a sí misma el testigo latitud tras latitud hace parte de una momento de guerra social que recrudece ante la crisis terminal del capitalismo financiarizado, y hoy aceleradamente smartworkerizado, constituye una pregunta, obturada, pero sin respuesta aún, tal como el Mayo francés del ’68, triunfante por derrotada, precisamente porque en su fortaleza anti-representativa no logra contestarla y es, de un modo u otro, institucionalizada, canalizada en un momento electoral, como el Acuerdo por la Paz que provoca el cierre de la lucha chilena y toda su potencia en una Convención Constitucionalista, que no constituyente, sin soberanía ni mandato, que aggiorna y reconstituye el acuerdo social mistificado de Estado benefactor, en un revival del momento keynesiano, imposible en el periodo de la subsunción real del capital.
Esta canalizacion, captura, supone una derrota del movimiento social, aunque esta derrota es siempre parcial, dado que su potencia se disemina como esporas en la fabrica difusa metropolitana y rural. Es la constitución de comunes, inmanentes, en plena lucha (ordenamientos jurídicos, otros, de la multitud en lucha, como lo son sus propias leyes de prensa, que impiden o permiten el trabajo de cierta prensa en las manifestaciones, desplazamientos, rebajas de tarifas, vigilancia comunitaria, guardianes de la floresta en otras latitudes, guardia indígena, saqueos como abastecimiento y reapropiación de la riqueza creada, etc.), tangibles y orgánicos (pero no burocráticos), tanto en plena lucha como al momento del repliegue (ollas comunitarias, salarios compartidos [estos nacen en medio de la cesantía creada por la smartworkerizacion del trabajo en pandemia], huertos comunitarios, escuelas libres, redes de apoyo y solidaridad barriales), todos ellos gérmenes nacidos en pleno éxodo comunista del capitalismo, como brotes de la siembra que la rebelión global ha significado en cada territorio: la constitución de un mar de fondo sin vanguardia ni partidos, un modo otro de relacionarnos con el entorno social y politico, donde el deseo de la multitud por destruir el orden actual de las cosas se encarna en cada rechazo del momento electoral, en cada ruptura con el orden de la representación, con toda institucionalidad que signifique la continuidad de la governance del capital.

