Capitalismo al filo de la navaja

Por Michel Husson

La experiencia de nuestra generación: el capitalismo no morirá de muerte natural. (Walter Benjamin) 1/

El futuro no tienes que preverlo, sino permitirlo. (Antoine de Saint-Exupéry) 2/

Esta contribución, cuyo título está tomado de la OCDE 3/, es en realidad (por seguir con la metáfora) una máquina de afeitar de múltiples cuchillas. Intentamos mostrar, en primer lugar, que una recuperación sincronizada está fuera de alcance, y que la forma que tomará es una cuestión eminentemente social 4/.

¿Estaba el virus en la fruta?

El coronavirus no ha venido a atacar a un cuerpo sano. Desde la crisis de 2008 el capitalismo funcionaba en un modo inestable que reproducía casi todo lo que condujo a la crisis anterior, a falta de un modelo alternativo. Las señales de advertencia de una nueva recesión se estaban acumulando, la globalización cesaba de progresar, las ganancias de productividad estaban en su punto más bajo y el endeudamiento de las empresas privadas en su punto más alto, etc. Todo esto es cierto y no volveremos sobre ello aquí.

¿Pero es posible decir que “el coronavirus precipita la crisis, no la causa” como dicen Frédéric Boccara y Alain Tournebise? Según ellos, se debería “distinguir el factor acelerador o precipitante (el virus) y la causa (sobreacumulación financiera) 5/”. Se encuentra casi la misma posición en Michael Roberts: “Estoy seguro de que cuando termine este desastre, la economía dominante y las autoridades alegarán que fue una crisis exógena que no tiene nada que ver con los defectos inherentes al modo de producción capitalista y a la estructura social de la sociedad: ¡es culpa del virus! (…) El Covid-19, como este colapso financiero, no es realmente un rayo: un llamado ‘choque’ que golpea a una economía capitalista cuyo crecimiento fue en sí mismo armonioso 6/”. Por su parte, Eric Toussaint ha dicho: “no, el coronavirus no es el responsable de la caída de los mercados de valores 7/”.

Estos autores, que se reclaman por otra parte del marxismo, probablemente habían escrito demasiado rápido (fue en marzo). Pero este reflejo es indicativo de la dificultad existente para tener en cuenta la especificidad de esta crisis. Ciertamente, la posibilidad misma de una pandemia reenvía a los efectos de la agricultura productivista en los ecosistemas 8/ y al intenso movimiento de personas y mercancías en todo el planeta. El hecho es que esta crisis no es una crisis clásica. Por lo tanto, no se puede analizarla como tal, ni imaginar escenarios para el después de la misma manera que lo podríamos hacer con la precedente crisis.

Su característica principal, sin precedentes, es la imbricación entre una crisis sanitaria y una crisis económica bajo el signo del confinamiento. Después de la Gran Depresión, este es el Great Lockdown (Gran Bloqueo), por retomar el término del FMI 9/, en otras palabras: el gran confinamiento. La clasificación cara a los economistas tradicionales entre choques de oferta y choques de demanda pierde todo su significado, si alguna vez tuvo uno. Esta distinción es válida solo si razonamos sobre el pequeño esquema clásico, que los estudiantes de economía conocen demasiado bien, en el que una curva de oferta se cruza con una curva de demanda. Esta representación estática no corresponde a la realidad del capitalismo, que es un proceso de reproducción del capital. Es bastante divertido observar cómo un premio Nobel en economía, Paul Krugman 10/, puede extasiarse ante un estudio 11/ que descubre las interacciones entre la oferta y la demanda.

Desincronización de la crisis… y de la recuperación

Una de las características esenciales de esta crisis es difractar la economía, en otras palabras, golpear a sus diferentes segmentos de manera desigual. Las medidas globales sobre la disminución del PIB son, de hecho, solo un promedio de desarrollos muy diferenciados. Ciertos sectores se ven directamente afectados por medidas de cierre puro y simple, especialmente en el comercio minorista no esencial, otros lo son menos. Los cálculos realizados por la OFCE 12/ establecen que, a nivel mundial, la pérdida de valor agregado oscilaría entre el 47% para la rama de alojamiento-restauración hasta el 7% para la industria alimentaria y el 3% para la administración pública. Otro estudio 13/ establece que son los sectores aguas arriba cuya actividad está disminuyendo más, en otras palabras, los sectores más alejados de la demanda final. Todo ocurre como si el virus remontaba las filiales pasando desde el río abajo (la demanda) a las aguas arriba (la oferta).

Por lo tanto, los daños no se han infligido de manera justa. Por ejemplo, los sectores de servicios más afectados generalmente emplean una gran mano de obra, a menudo a bajos salarios, con contratos precarios, para los cuales el trabajo a distancia a menudo es imposible. Según la OCDE, más de un tercio de las empresas se enfrentarían con problemas de tesorería después de tres meses de confinamiento 14/. De ahí las medidas de apoyo (demora en el pago de impuestos, atraso de las deudas, toma a cargo de una parte de la masa salarial). Pero otra pequeña música comienza a amanecer: ¿no sería la crisis una buena oportunidad para eliminar a las compañías zombies que no merecen sobrevivir? Tres economistas 15/ incluso han sugerido que correspondería a los bancos decidir su destino, lo que, según ellos, permitiría “una selección eficiente, preservando a las empresas socialmente viables, sin subvencionar a las empresas zombies”.

La misma heterogeneidad aparece entre países. El estudio ya citado de la OFCE muestra que la caída del PIB varía desde el 36% para España al 12% para Japón. Pero aquí es necesario tener en cuenta la transmisión a través de las cadenas de valor. Un estudio estima en alrededor de un tercio la caída del PIB resultante de los choques transmitidos por las cadenas de suministro mundiales. Como esta caída ha sido de media de un 31.5%, “un país que no habría impuesto ningún confinamiento, habría registrado una contracción media del 11% de su PIB debido a los confinamientos en los otros países 16/”. Por eso no se puede razonar país por país: la siguiente infografía es particularmente esclarecedora en este punto. Da el origen y el valor de los componentes extranjeros incorporados a la producción de vehículos ensamblados en Francia. Existe una fuerte interdependencia regional (más del 75% de los componentes se producen en Europa) que hace que la producción sea imposible en un contexto de confinamiento-desconfinamiento no sincronizado. La interrupción de la producción en un punto de la cadena paraliza el resto de la producción, tanto más rápidamente por que la industria opera con niveles de stocks muy bajos que no permiten absorber la menor desaceleración de la producción 17/.

El virus y las hambrunas golpean al sur

El número de casos ha disminuido en Europa, al igual que el número de muertes. Pero no es lo mismo a nivel mundial, donde otras regiones han tomado de alguna manera el relevo, especialmente América Latina y parte de Asia, como se muestra en el gráfico de abajo que da el número nuevos casos a nivel mundial 18/.

Esta extensión de la epidemia está afectando a muchos países que ya se enfrentan a dificultades económicas formidables, que se ven agravadas por la crisis actual: caída de los precios de las materias primas, fuga de capitales, hundimiento de los tipos de cambio, aumento de la deuda. Por poner solo un ejemplo, los países africanos gastan más en el servicio de la deuda que en salud pública. Además, hay una crisis alimentaria y social desencadenada por la interrupción de actividades y agravada por la ausencia de ingresos adicionales, particularmente en el sector informal. Como dice la ONG Grain, millones de personas se ven obligadas a elegir entre el hambre y la Covid-19 19/.

La ofensiva diferenciada del virus prohíbe considerar una recuperación equilibrada, en otras palabras, una recuperación en la que todos los sectores se reiniciarían al mismo tiempo y al mismo ritmo.

“No desperdiciar nunca una crisis grave”

No desperdiciar nunca una crisis grave” (Never Let a Seious Crisis Go to Waste), tal es el precepto establecido en 2008 por Rahm Emanuel, jefe de gabinete de Obama. Es, dijo, “una oportunidad para hacer cosas que antes creías que no podías hacer”. Y estaba en su mente por una buena causa: “lo que antes se consideraban problemas a largo plazo, ya sea en el campo de la salud, la energía, la educación, los impuestos, la reforma regulatoria, tantas cosas que habíamos aplazado demasiado tiempo ahora están en la agenda” 20/. Milton Friedman dijo más o menos lo mismo: “Solo una crisis, sea real o percibida como tal, conduce a un verdadero giro. Cuando se produce esta crisis, las medidas que se toman dependen de las ideas que están en sintonía con los tiempos 21/”.

De hecho, se ha asistido a un verdadero giro. Los Estados y las instituciones han arrojado todos sus principios a la toalla, e incluso se puede decir que su reacción ha estado a la altura de la crisis: han actuado como si nuestras vidas valieran más que sus ganancias. Medimos el riesgo que asumimos con esta declaración provocativa, y esperamos que no se cite independientemente de lo que sigue. Pero sigamos pegando ese clavo: una buena parte de la economía se ha parado, la mayoría de los ingresos se han mantenido y todas las reglas de la ortodoxia presupuestaria se han abandonado. Es cierto que estas declaraciones deben ponerse en perspectiva: numerosos asalariados y asalariadas se han visto más o menos obligados a ir a trabajar y los precarios, algunos autónomos y comerciantes, han visto caer sus ingresos. Sin embargo no es menos cierto que se han invertido sumas considerables para compensar los efectos de la crisis. No hace falta decir también que la gestión de la crisis ha revelado enormes disfunciones que deberán evaluarse y extraerse todas las consecuencias. Sin embargo, la observación es clara: el capitalismo ha aceptado secar temporalmente sus fuentes de plusvalía y las autoridades comerse sus discursos.

Pero esta adopción incongruente de políticas heterodoxas tiene su revés: se hará todo, a su debido tiempo, para llenar el vacío. Por eso se debe esperar una reacción, donde la violencia de las medidas tomadas será de un tamaño equivalente a los abandonos a los que el capitalismo tuvo que consentir. A riesgo de atribuirle una personalidad, se podría decir que va a querer vengarse de lo que se vio obligado a sufrir. De hecho, habrá una recuperación en forma de V, pero será más bien de las políticas neoliberales. Gilbert Achcar tiene toda la razón al invocar el próximo intento de los gobiernos neoliberales de “descargar en la clase trabajadora la enorme deuda que se está contrayendo actualmente, como ya hicieron tras la Gran Recesión, reduciendo el poder adquisitivo de la gente y su propensión al gasto, llevando de este modo el mundo a una mayor agravación del actual estancamiento secular 22/”.

Backlash

Achcar tiene especialmente razón al evocar las contradicciones inherentes a esta reacción violenta (backlash por usar el término utilizado por las feministas). Las políticas de retorno al business as usual corren el riesgo de autodestruirse y conducir a una trayectoria en zigzag de las economías. En efecto, no hay simetría garantizada entre las dos ramas de la recuperación en forma de V. Una vez más, la caída no ha tenido lugar de manera homotética: todos los sectores y zonas de la economía mundial no se han visto afectados y no se reiniciarán en las mismas proporciones. La reactivación de las políticas neoliberales no tendrá lugar de manera coordinada y sin duda desencadenará reacciones en cadena que conducirán a nuevas formas de recesión.

Un primer ejemplo lo da el mercado de trabajo. No hay que olvidar que los beneficios también se han visto afectados, como explica el economista Eric Heyer: “las empresas han sufrido pérdidas de 40 mil millones de euros. Esto significa que en ocho semanas, perdieron el equivalente del Crédito Fiscal para la Competitividad y el Empleo (CICE) establecido bajo François Hollande. Todo este esfuerzo económico, esta transferencia del Estado a las empresas, desapareció durante el confinamiento. Eso corresponde a una caída de 3 puntos en la tasa de margen de las empresas, es gigantesco 23/”.

Todo apunta al hecho de que se avanza hacia sistemas que harán de la masa salarial una de las principales variables de ajuste que permita restaurar la rentabilidad de las empresas. Reducción del desempleo parcial, acuerdos de mantenimiento del empleo, aumento de la jornada de trabajo, automatización acelerada 24/: todas las señales ya están ahí. Ello significa que se tiende a una recuperación sin empleo, es decir, a relanzar la economía reduciendo al máximo los efectivos laborales. Pero el efecto de retorno es un freno a la reanudación del consumo: de hecho, no se puede congelar, o incluso disminuir, la masa salarial y al mismo tiempo impulsar el consumo. A menos que se cuente con una reconversión del ahorro forzoso de los hogares cuyos ingresos se hayan preservado un poco, mientras que su consumo estaba confinado.

Este círculo vicioso puede extenderse a toda la economía europea, incluso mundial. La desincronización de las economías plantea la cuestión de la coordinación de las respuestas. En términos de salud, está claro que la coordinación ha sido casi inexistente: cada país ha reaccionado a su manera, y como ha podido, a pesar de que el virus no parece conocer fronteras. Esta pregunta se planteará de nuevo de forma aguda cuando se disponga de una vacuna (o de vacunas) y hay que estar preocupado por ello, ya que la Unión Europea hasta ahora ha dependido de la investigación en partenariado con empresas privadas guiadas por criterios distintos del interés público 25/.

Con la recuperación económica, todos los países buscarán, con posibilidades muy desiguales de éxito, capturar la mayor fracción posible de la reanudación del comercio de mercancías. A corto plazo, la forma más adecuada es ganar competitividad reduciendo el coste salarial: ciertamente, la competitividad depende de muchos otros factores, pero sobre los que no se puede intervenir rápidamente. Entonces nos encontraríamos con una configuración, completamente clásica, donde todos o casi pierden en este pequeño juego: en el pasado reciente ya se han visto recesiones autoinfligidas por tales políticas.

Hay, por cierto, un correctivo poderoso a los progresos, ciertamente tímidos, en la coordinación de las políticas fiscales europeas. Los mismos países que, en el lado del patio, acuerdan, incluso arrastrando los pies, pedir prestado juntos para cubrir sus deudas, se enfrentarán, en el lado del jardín, a una competencia exacerbada por la conquista o la preservación de sus cuotas de mercado. Esta competencia bien podría combinarse con una tendencia al proteccionismo, invocando la necesidad de recuperar una soberanía socavada por la globalización. El tema de la reubicación, aunque legítimo, plantea importantes problemas, ya que puede utilizarse para recuperaciones soberanistas. Lo demuestra una encuesta reciente que muestra que una abrumadora mayoría de los encuestados está a favor de promover la autonomía agrícola de Francia, la reubicación de empresas industriales y la investigación y producción de laboratorios farmacéuticos en Francia 26/. Muchos países han tomado medidas proteccionistas, y el enfrentamiento de Trump contra China se intensificará. Independientemente de su legitimidad, e incluso de su viabilidad, tales medidas ejercerán una presión recesiva sobre la dinámica de la economía mundial, que también tendrá efectos muy diferenciados.

Esta combinación paradójica de competitividad ofensiva y proteccionismo defensivo es un factor duradero en la desorganización de la economía mundial. Pero en última instancia es bastante coherente con la mezcla de neoliberalismo y autoritarismo que caracteriza a la gobernanza de muchos países en la actualidad.

El boomerang de la consolidación financiera

Por el momento, los países europeos avanzan lentamente hacia la mutualización y la monetización de las deudas públicas, en cualquier caso de la deuda adicional vinculada a la crisis 27/. Pero se debe esperar el regreso de los argumentos ortodoxos. Dadas las tasas de interés muy bajas, incluso negativas, hoy tienen poca resonancia. Algunos han blandido el espantapájaros de la inflación sin mucha convicción. Dos economistas de la Banque de France (probablemente en servicios solicitados a instigación de su gobernador François Villeroy de Galhau) han tratado de hacer un trabajo educativo demostrando que no hay “dinero mágico” y advirtiendo del riesgo de una “espiral inflacionista” 28/. Este es el único argumento que queda para los defensores de la ortodoxia contra las políticas no convencionales.

No resistimos la tentación de reproducir el siguiente gráfico, que es suficiente para ridiculizar este argumento: se ve que, desde 2010, las previsiones sucesivas del BCE (línea punteada) anticipaban sistemáticamente una recuperación de la inflación (hacia su objetivo del 2%) y que todas han sido desmentidas.

Por el momento, los mercados financieros están jugando al juego comprando bonos de deuda pública que el BCE recompra inmediatamente. Pero estos mercados no son pura abstracción: están constituidos, como recuerda Adam Tooze, “de un grupo discreto de actores más o menos importantes, unidos por redes especializadas de información e intercambio 29/”. Y Tooze evoca en términos violentos sus intervenciones anteriores: “desempeñaron menos el papel de guardianes de la libre competencia que el de los escuadrones de la muerte paramilitares que actúan con la complicidad de las autoridades”. Las políticas no convencionales se toleran en el contexto actual, pero si se extendieran más allá de lo que los mercados aceptan hoy, se asistiría a la vuelta de la “disciplina de mercado” y los Estados deberían de nuevo someterse a lo que Wolfgang Streeck 30/ llama el “pueblo de los mercados” (Marktvolk).

Las distorsiones significativas hechas a la ortodoxia presupuestaria europea sin duda han dejado un sabor amargo entre sus defensores más convencidos. ¿Cuánto tiempo pasará antes de que se den cuenta de que han ido demasiado lejos y que es necesario, tan pronto como sea posible, volver a las políticas de consolidación, en otras palabras, de austeridad? Es una nueva espada de Damocles que pesa sobre la trayectoria económica por venir, incluso aunque se puede pensar que el retorno a la ortodoxia no será inmediato.

¿Corregir al capitalismo?

Todas las incertidumbres que se ciernen sobre el regreso a la normalidad conducen a volver a la idea de que la pandemia solo ha desencadenado una crisis que ya estaba en proceso. Si este análisis puede ser criticado, es cierto que la recuperación será aún más caótica, ya que debería hacerse desde un sistema que ya estaba en muy mal estado de salud. La crisis de 2008 podría ya analizarse como la crisis de respuestas a crisis anteriores. La crisis actual es, por lo tanto, una crisis al cuadrado.

¿Será una oportunidad para que el capitalismo se regenere? Según el historiador Walter Scheidel 31/, los episodios de reducción de las desigualdades se han desencadenado históricamente por un choque inicial que tomó cuatro formas: guerra, revolución, colapso de un Estado o… pandemia mortal. Son para él los “cuatro jinetes de la nivelación”, en resumen, los “Cuatro Jinetes del Apocalipsis” (para los ricos).

¿Estamos en este escenario con la pandemia actual? Tras la Segunda Guerra Mundial, el capitalismo se transformó, con una mayor regulación del mercado de trabajo y el establecimiento, en diversas formas, de un Estado del bienestar. Pero las circunstancias fueron particulares en varios puntos: parte del aparato productivo había sido destruido, los activos financieros se habían derrumbado, las ganancias potenciales de productividad eran significativas y una amenaza interna o externa se cernía sobre el orden social.

Hoy no están reunidos los ingredientes, al menos en esta fase inicial de consideración. Por ahora los dominantes tienen cierto interés en soltar el lastre, incluso desde su punto de vista. Además de eventuales consideraciones éticas (o la toma en consideración del grado de aceptabilidad social), no era posible enviar a todo el mundo al interruptor sin poner en peligro la reproducción general del sistema.

El hecho es que al abandonar los dogmas que rigen el funcionamiento de la economía, los gobiernos han socavado toda la ideología neoliberal. Signo de los tiempos, sin duda, Olivier Passet elige llamar “progresista” (sin las comillas) a este pensamiento. Pero señala la “bancarrota” del mismo: “todo lo que forjaba nuestra [sic] representación de una economía eficiente es derrotado: no, la abolición de las distancias, el alargamiento de las cadenas de valor, la división del trabajo cada vez mayor, no son el indiscutible Alfa y Omega de la eficiencia económica, etc. 32/”.

Quizás debería recordarse aquí que el capitalismo es un sistema económico pero también una relación social. Dicho de otra forma, es un sistema que funciona en beneficio de una capa social. Corregir su funcionamiento actual implicaría modificar los mecanismos económicos específicamente económicos, pero también atacar en última instancia los privilegios de las clases dominantes.

Por lo tanto, es fácil prever que el capitalismo resistirá. Resistencia a una revalorización de los salarios, a la regulación del mercado de trabajo y a las restricciones ambientales: porque es necesario restablecer la tasa de ganancia. Resistencia también a las relocalizaciones: porque el beneficio de las multinacionales depende de la explotación de la mano de obra de los países periféricos y de sus recursos naturales.

Pongámonos, por un momento, en el lugar de la burguesía frente a la pandemia. Ella descubre que necesita mano de obra en el trabajo pero que no puede (políticamente) enviar a la gente al rompehielos; que no ha previsto las mascarillas, los test y que ha suprimido demasiadas camas de hospital para ofrecer algo más que confinamiento. Por lo tanto, se ve obligada a renunciar parcialmente a sus reglas y tabúes para acompañar la situación.

Después de un tiempo, toma la medida del impacto en sus intereses y avanza sus peones para el día siguiente. El principio general es afirmar que las medidas excepcionales tomadas en la tormenta son provisionales. Además, se lanzan globos de prueba para decir que deberán tomarse medidas de recuperación.

La gran revelación

Una de las propiedades notables de esta crisis es haber generado efectos de revelación. Se ha descubierto, o redescubierto, que los trabajos esenciales para un mínimo de vida social y económica estaban ocupados por aquellos que Macron decía que no eran nada. Se ha descubierto, o redescubierto, que no había correspondencia entre los salarios otorgados a estas trabajadoras y trabajadores y su utilidad social. También se ha constatado que numerosos empleadores rapaces estaban dispuestos a exponer a sus asalariados al riesgo de la epidemia, mientras que algunos de ellos estaban inscritos en el desempleo parcial.

Una de las grandes contribuciones de Marx es su análisis del fetichismo de la mercancía de la cual Antoine Artous dio una definición sintética; es “el hecho de que una relación social entre hombres se presenta como una relación entre cosas; en este caso, el valor de los bienes, a través del cual se organiza el intercambio, se percibe socialmente como su atributo natural, mientras que es generado por relaciones de producción específicas 33/”.

Es en la Sección Primera del Libro Primero de El Capital donde Marx trata de “El fetichismo de la mercancía y su secreto” para mostrar que “es solo la determinada relación social de los hombres lo que aquí toma para ellos la forma fantasmagórica de una relación entre las cosas” (ver recuadro). Agrega un poco más adelante que el “movimiento social» de valores (las fluctuaciones económicas) “las relaciones de los productores, en las cuales se afirman caracteres sociales de sus trabajos adquieren la forma de una relación social entre los productos del trabajo”. Estos desarrollos, de los cuales se dan algunos extractos en el recuadro a continuación, son de actualidad. A pesar de su enunciado abstracto, arrojan luz sobre uno de los desafíos de la coyuntura abierta por la crisis. Esta última ha recordado que es el trabajo de las mujeres y de los hombres el verdadero motor de la vida social. También nos hemos dado cuenta de que, en su mayor parte, las actividades esenciales, vitales, no pueden hacerse por teletrabajo.

Pero hay más. La experiencia que se podría, al menos temporalmente, prescindir de ciertos consumos; la constatación de la vulnerabilidad de la organización globalizada de la producción; la puesta al desnudo de las desigualdades; la manera en que las leyes económicas han debido y podido ser violadas de forma arrogante, todo esto contribuye a plantear formidables interrogaciones sobre los beneficios del orden social existente y su carácter inmutable. En resumen, se ha levantado una esquina del velo y, para usar los términos de Marx, los seres humanos pueden querer recuperar el control sobre las cosas.

El carácter fetiche de las mercancías y su secreto (extractos 34/)

¿De dónde viene la naturaleza enigmática del producto del trabajo tan pronto como reviste la forma de una mercancía? Proviene, evidentemente de esta misma forma.

El carácter de igualdad de los trabajos humanos adquiere la forma de los productos del trabajo; la medida de los trabajos individuales según su duración, adquiere la forma de la magnitud del valor de los productos del trabajo; finalmente, las relaciones de los productores, en las cuales se afirman caracteres sociales de sus trabajos adquieren la forma de una relación social entre los productos del trabajo. He aquí por qué estos productos se convierten en mercancías, es decir, en objetos que se aprecian y no se aprecian con los sentidos, en objetos sociales.

Por lo tanto, lo que es misterioso en la forma mercantil consiste simplemente en que devuelve a los hombres la imagen de las características sociales de su propio trabajo como caracteres objetivos de los productos del trabajo, como cualidades sociales que estas cosas poseerían por naturaleza: así les devuelve la imagen de la relación social de los productores con el trabajo global, como una relación social que existe fuera de ellos, entre los objetos. Es este malentendido lo que hace que los productos del trabajo se conviertan en bienes, cosas sensibles que son suprasensibles, cosas sociales.

(…) La forma valor y la relación de valor de los productos del trabajo no tienen absolutamente nada que ver con su naturaleza física. Es solamente una relación social determinada de los hombres entre sí lo que reviste para ellos la forma fantasmagórica de una relación entre las cosas. (…) Esto da lugar a que… las relaciones entre sus trabajos privados aparezcan como lo que son; es decir, no como relaciones sociales inmediatas entre las personas en sus trabajos, sino más bien como relaciones sociales entre las cosas.

(…) De hecho, el carácter de valor de los productos laborales solo se pone de manifiesto cuando se determinan como cantidades de valor. Estas últimas cambian sin cesar, independientemente de la voluntad y las previsiones de los productores, a los ojos de los cuales su propio movimiento social toma, de este modo la forma de un movimiento de las cosas, movimiento que les controla y al que ellos no pueden dirigir.

¿Serán felices los próximos días?

El efecto de revelación debería conducir a una conciencia como esta: “mañana tendremos que aprender desde el momento en que estamos pasando, cuestionar el modelo de desarrollo en el que nuestro mundo se ha involucrado durante décadas y que revela sus fallas a plena luz del día, cuestionando las debilidades de nuestras democracias. (…) Lo que revela esta pandemia es que hay bienes y servicios que deben colocarse fuera de las leyes del mercado”. O también: “cierta idea de la globalización termina con el fin de un capitalismo financiero que había impuesto su lógica a toda la economía y había contribuido a pervertirla. La idea de la omnipotencia del mercado que no debería ser frustrada por ninguna regla, por ninguna intervención política, era una idea loca. La idea de que los mercados siempre tienen razón era una idea loca”.

Sin duda habremos reconocido la primera proclamación, que es de Macron 35/. ¿Pero se pensar seriamente que tendrá más efectos que la anterior, extraída del famoso discurso de Toulon pronunciado por Nicolas Sarkozy en 2008 36/? En realidad, los dominantes harán todo para garantizar que volvamos a los business as usual. Se hará todo lo posible para mostrar que el destino de los individuos está vinculado al del sistema, que la reanudación de la actividad como antes es, por lo tanto, la condición para la vuelta al empleo. Y si la convicción no es suficiente, el chantaje al empleo, ya iniciado, hará el resto 37/. Esta aspiración de volver a la normalidad también es compartida por muchos que desean olvidar los traumas relacionados con el confinamiento y/o que necesitan compensar sus ingresos perdidos, en resumen, de curar las heridas de todo tipo infligidas por la epidemia.

¿Qué se necesita para evitar que se caiga el velo? Primero, por supuesto, una perspectiva de transformación social, alimentada por las lecciones aprendidas de la crisis. Y no faltan propuestas: se ha escuchado la consigna del presidente Mao: “¡Que florezcan cien flores, que compitan cien escuelas!” A pesar de todo, es obligado constatar que este trabajo de elaboración se lleva a cabo en desorden, que está débilmente coordinado y que a menudo se atasca en controversias acerbas o muy técnicas. En lugar de entrar en estos debates, al menos aquí, nos gustaría enfatizar aquí en el enfoque emprendido en el plan para poner fin a la crisis 38/ propuesto por un arco de fuerzas relativamente nuevo. Esboza la formación de un bloque que reúne a sindicatos (CGT, Solidaires, Confederación Campesina, FSU), organizaciones medioambientales (Greenpeace, Oxfam, Amigos de la Tierra) o altermundialistas como Attac. Este es su primer interés, el de combinar objetivos sociales y ambientales: este es un punto esencial, ya que la crisis va a ser tomada como un pretexto para posponer las inversiones necesarias para la transición ecológica (el corte – presupuestario – está lleno) o para relajar las regulaciones, en nombre del empleo.

Pero este texto tiene otro interés, el de articular los diferentes pisos 39/ de un proyecto de transformación social: medidas inmediatas relacionadas con las modalidades de desconfinamiento, medidas sociales más estructurales (y los medios de financiarlas), todo lo cual forma parte de un proyecto de reconversión ecológica y social de las actividades.

Este llamamiento es ciertamente incompleto, a veces evasivo y sin duda insuficientemente radical, pero no se puede más que estar de acuerdo con su orientación general. En cualquier caso, hay que profundizar este tipo de elaboración. ¿Quizás habría que agregar propuestas fuertes y sintéticas como la de un “impuesto de emergencia covid-19” presentado por un colectivo europeo 40/? ¿Quizás deberíamos también hacer del tema de la condicionalidad un eje transversal? Mariana Mazzucato, una economista que hace campaña por la rehabilitación de la intervención pública, ha insistido acertadamente en este punto: esta vez, dice, “las medidas de rescate deben estar absolutamente acompañadas de condiciones. Dado que el Estado, una vez más, está desempeñando un papel principal, debe ser visto como un héroe en lugar de un ingenuo (patsy). Por lo tanto, se deben proporcionar soluciones inmediatas, pero diseñadas para servir al interés público a largo plazo. Por ejemplo (…) se debe pedir a las empresas que se benefician de un plan de rescate que mantengan a sus trabajadores y asegurarse de que, una vez que termine la crisis, inviertan en formación y en mejorar las condiciones de trabajo 41/”.

El gobierno francés ha gestionado la crisis evitando cuidadosamente cualquier forma de control democrático, parlamentario o institucional. Ha preferido la infantilización de los ciudadanos, junto con una represión muy característica del neoliberalismo autoritario de Macron. Pero las aspiraciones de cambio también podrían desconfinarse, y eso es lo que teme este gobierno. En este deseo de recuperar el control reside la posibilidad de ver un nuevo bloque social capaz de imponer transformaciones radicales.

Notas:

1/ Walter Benjamin, París, capital del siglo XIX, citado en Razmig Keucheyan, La nature est un champ de bataille, 2018.

2/ Antoine de Saint-Exupéry, Citadelle , 1948.

3/ OCDE, Economic Outlook , junio de 2020.

4/ Solo retomamos muy parcialmente los desarrollos propuestos en precedentes contribuciones“El caos de la economía mundial”, Viento Sur, nº 170, 2020; disponibles en la web de Viento Sur, “Repunte o caída”, 29 de abril de 2020; “Sobre la vacuidad de la ciencia económica oficial: el arbitraje entre actividad económica y riesgos para la salud”, 14 de abril de 2020; “Neoliberalismo contaminado”, 31 de marzo de 2020. Véase también “Une reprise économique en ‘V’, vraiment?”, Alternatives économiques, 3 de junio de 2020.

5/ Frédéric Boccara y Alain Tournebise, “¡Le coronavirus précipite la crise, ne la cause pas!”, Les économistes atterrés, marzo de 2020.

6/ Michael Roberts “It was the virus that did it”, 15 de marzo de 2020.

7/ Eric Toussaint, “No, el coronavirus no el responsable de la caída del precio de las acciones”, 4 de marzo de 2020.

8/ Sobre este punto, véase: Robert G. Wallace, Big Farms Make Big Flu: Dispatches on Infectious Disease, Agribusiness, and the Nature of Science, Monthly Review Press, New York, 2016; Sonia Shah, “Contre les pandémies, l’écologie”, Le Monde diplomatique, marzo de 2020.

9/ FMI, The Great Lockdown, World Economic Outlook, Abril de 2020.

10/ Paul Krugman, “https://twitter.com/paulkrugman/status/1246152855456755713… “, twitter, 3 de abril de 2020.

11/ Veronica Guerrieri, Guido Lorenzoni, Ludwig Straub, Iván Werning, “Macroeconomic Implications of COVID-19: Can Negative Supply Shocks Cause Demand Shortages?”, 2 de abril de 2020.

12/ OFCE, “Évaluation de l’impact économique de la pandémie sur l’économie mondiale en avril 2020”, 5 de junio de 2020.

13/ Jean-Noël Barrot, Basile Grassi, Julien Sauvagnat, “Sectoral effects of social distancing”, Marzo de 2020.

14/ Lilas Demmou et al., “Corporate sector vulnerabilities during the Covid-19 outbreak: assessment and policy responses”, OECD, 5 de mayo de 2020.

15/ Olivier Blanchard, Thomas Philippon, Jean Pisani-Ferry, “A New Policy Toolkit Is Needed as Countries Exit COVID-19 Lockdowns”, Peterson Institute for International Economics, Junio de 2020.

16/ Barthélémy Bonadio, Zhen Huo, Andrei Levchenko, Nitya Pandalai-Nayar, “The role of global supply chains in the COVID-19 pandemic and beyond”, voxeu, 25 de mayo de 2020.

17/ Elie Gerschel, Robin Lenoir, Isabelle Mejean, “Coordonner le déconfinement de l’Europe, un enjeu économique fort”, IPP, 5 de junio de 2020. La infografía está extraída de la web worldview. stratfor.com.

18/ Emma Reynolds and Henrik Pettersson, “Confirmed coronavirus cases are rising faster than ever”, CNN, 5 de junio de 2020.

19/ Grain, “Des millions de personnes forcées de choisir entre la faim ou le Covid-19”, 19 de mayo de 2020.

20/ Rahm Emanuel, “You never want a serious crisis to go to waste”, The Wall Street Journal, video, November 18, 2008. Esta fórmula ha sido retomada irónicamente por Philip Mirowski, como título de su notable obra, Never Let a Serious Crisis Go to Waste, 2013, cuyo subtítulo es elocuente: “Como el neoliberalismo ha sobrevivido al hundimiento financiero” (How Neoliberalism Survived the Financial Meltdown).

21/ Milton Friedman, Capitalisme et liberté, 1971 [en castellano Capitalismo y libertad, ed. Síntesis, 2012].

22/ Gilbert Achcar, “¿Autoextinción del neoliberalismo? ¡Ni lo sueñes!”, 30 de abril de 2020.

23/ Eric Heyer, “La crise sanitaire accélère la transition vers une croissance soutenable”, AOC, 22 de mayo de 2020.

24/ Patrick Artus, “Il va falloir soutenir la robotisation des entreprises françaises”, 22 de mayo de 2020.

25/ Global Health Advocates – Corporate Europe Observatory, “Au nom de l’innovation. L’industrie contrôle l’usage des fonds européens pour la recherche et néglige l’intérêt public”, mayo de 2020.

26/ Sondage Odoxa, “Coronavirus : les Français font des relocalisations la priorité de l’après-crise”, Les Echos, 13 de abril de 2020.

27/ Hemos abordado este punto en“El caos de la economía mundial”, Viento Sur, nº 170, 2020.

28/ Jean Barthélemy et Adrian Penalver, “La monnaie de banque centrale n’a rien de magique”, Bloc-notes Eco, Banque de France, 20 de mayo de 2020.

29/ Adam Tooze, “Time to expose the reality of ‘debt market discipline‘”, Social Europe, 25 de mayo de 2020.

30/ Wolfgang Streeck, Comprando tiempo. La crisis pospuesta del capitalismo democrático, Argentina, 2016.

31/ Walter Scheidel, The Great Leveler. Violence and the History of Inequality from the Stone Age to the Twenty-First Century, 2017; ver también este resumen de su libro: Walter Scheidel, “What Tames Inequality? Violence and Mayhem The Chronicles of Higher Education”, febrero de 2017.

32/ Olivier Passet, “La faillite financière de la pensée progressiste”, Xerfi, 15 de abril de 2020.

33/ Antoine Artous, Le fétichisme chez Marx. Le marxisme comme théorie critique, Éditions Syllepse, 2006.

34/ Karl Marx, El Capital, E.D.A.F, Madrid, 1967, pp. 74-77.

35/ Emmanuel Macron, “Adresse aux Français”, 12 de marzo de 2020.

36/ Nicolas Sarkozy, “Discours de Toulon”, 25 de septiembre de 2008.

37/ Romaric Godin, “Le chantage à l’emploi s’impose comme politique économique”, Mediapart, 2 de junio de 2020.

38/ CGT, Attac et al., “Plan de sortie de crise”, 26 de mayo de 2020.

39/ Nos permitimos reenviar a un pequeño texto proveniente de un grupo de economistas franceses vinculados con el Front de Gauche en el que participamos: “Transformation sociale: une fusée à trois étages”, 28 de noviembre de 2011. Los tres “pisos” eran los siguientes: 1. Retomar el control: emprender la ruptura, asentar la legitimidad de la experiencia; 2. Bifurcar: enraizar el proceso de transformación; 3. Reestructurar: esbozar un nuevo modo de desarrollo.

40/ Colectivo, “Por una tasa Covid-19 en Europa”, 12 de junio de 2020 (Susan George, Miguel Urbán y 45 firmas más).

41/ Mariana Mazzucato, “Capitalism’s triple crisis”, Social Europe, 9 de abril de 2020.

Texto original: Le capitalisme sur le fil du rasoir

Traducción Viento Sur

Fuente: https://www.vientosur.info/spip.php?article16102

El modelo de producción antropogénetica y la sociedad del polen

por Giuseppe Cocco

 

El modelo antropogenético

Christian Marazzi (2008) habla de «la aparición de un modelo antropogenético». Para él, la producción de conocimiento a través del conocimiento es en realidad un modelo de «producción del hombre a través del hombre», en el que las posibilidades de crecimiento endógeno y acumulativo se refieren, sobre todo, al desarrollo del sector educativo (inversión en capital humano). ), el sector de la salud (cambio demográfico, biotecnologías) y la cultura (innovación, comunicación y creatividad). Es decir, los factores de crecimiento son directamente atribuibles a la actividad humana (…), es decir, a la producción de formas de vida y, por lo tanto, a la creación de valor agregado, que define la naturaleza de la actividad humana «(2008). También es cierto para la innovación, necesitamos indicadores que tengan en cuenta las innovaciones «humanas»: el marco que tenemos que abordar es el de una bioeconomía (Fumagalli, 2007).

En el modelo antropogenético, el conocimiento del que estamos hablando es en realidad el hombre mismo: formas de vida que producen formas de vida. La cuestión del significado y, en este sentido de innovación, se refiere a la relación entre cultura y naturaleza que conlleva el modelo antropogenético. Si la racionalidad instrumental típica de la modernidad occidental ya no funciona, ¿dónde encontraremos un patrón de valor e importancia para una relación entre cultura y naturaleza que se ha vuelto obsoleta? Es aquí donde tenemos los términos del tema ecológico y “ambiental” y la conexión que tienen con los desafíos de la innovación en el capitalismo o más allá del capitalismo cognitivo. La ecología no es un problema de límite externo (natural) para el desarrollo humano (cultura), sino de una relación inmanente y democrática entre el desarrollo (cultura) y el mundo (naturaleza): ¡la ecología es una cuestión de inmanencia y valor!

Las reflexiones sobre la Amazonia y sobre la inserción de Brasil en el mundo (Cocco, 2009) indican una de las líneas de conflicto nuevas y fundamentales que cruzan la bioeconomía (y el capitalismo cognitivo). Por un lado, tendremos un horizonte en el que la producción antropogénica se reduce a un nuevo tipo de antropocentrismo, reproduciendo la división occidental entre cultura y naturaleza, en una dinámica que hace imposible aprehender la inmanencia de nuestra condición terrenal. Aquí, la crisis de valor se presenta como una catástrofe: pérdida del mundo. Incluso cuando se habla de la protección de la naturaleza, se realiza de acuerdo con el mecanismo de trascendencia, de una cultura (protección) separada de la naturaleza (bosque).

Por esta razón, son los pueblos indígenas  – con su animismo–  los que mejor constituyen el horizonte para otra relación entre cultura y naturaleza. Y las reservas (especialmente cuando están demarcadas continuamente) adquieren una dimensión completamente diferente a la que le fue atribuida por la lógica estatal. Por otro lado, la propagación antropogenética puede considerarse como antropomorfismo animista, desde el perspectivismo amerindio (Viveiros de Castro 2002, Cocco 2009). Esto nos permite pensar en la hibridación de la cultura y la naturaleza, en términos de los colectivos que habitan en la antropología simétrica de Latour (1994); aquí la crisis de valor se abre a la construcción de un mundo como desafío  democrático de movilización de los híbridos de naturaleza y cultura, de humanos y no humanos. La antropología de la cosmología amerindia en Brasil renueva, en términos innovadores, el trabajo que la etnología ha desarrollado desde los años sesenta y ochenta para aprehender la pluralidad de formas de intercambio, contra la concepción de la economía política que afirma que el mercado es universal (Karpik: 2007, p.22).

Aquí, la innovación es brasileña, animista y antropófaga: el perspectivismo amerindio es radicalmente no antropocéntrico. La antropofagia define un antropomorfismo cuya propagación es puro cambio. El sistema de innovación que necesitamos es un «sistema de innovación antropofágica»: es el botín y el regalo, la relación de alteración que hace que el framing de la violación de patentes (en el caso de los medicamentos), del «muestreo» como base de las actividades, de crear tecnobrega (de Belém do Pará), funk de Río (como estaban en la base del tropicalismo). La noción de inmaterial se refiere a la dimensión relacional y lingüística del trabajo y a su tornarse praxis, más allá  de la dialéctica sujeto-objeto. Su modelo es, pues la creación artística que, a su vez, se parece cada vez más a «la creación científica que siempre ha trabajado en red, un trabajo que se trabaja por encima del otro, que requiere un complejo aparato institucional complejo de producción propiamente colectiva» (Viveiros de Castro, 2007).

En este contexto, hablar del trabajo inmaterial significa aprehender la recomposición materialisima de la mente y la mano, en la dirección opuesta a la «espiritualización» jerárquica del mundo. El trabajo inmaterial tiene como base tecnológica lo que Christian Marazzi, utilizando el «manifiesto cyborg» de Donna Haraway, llama «Máquina del cuerpo». En otras palabras, el disyuntivo que genera la desmaterialización del capital fijo y la transferencia de sus funciones productivas y organizativas en el cuerpo vivo de la fuerza laboral es lo que separa la creciente importancia del trabajo cognitivo que produce el conocimiento y las formas de vida como mecanismos. aspectos fundamentales de la producción de riqueza y, al mismo tiempo, su devaluación en términos de salarios y empleo. La disyuntiva está en el no reconocimiento político de la mutación (la subsunción de la vida como un todo) para permitir su control socioeconómico.

Decir que el trabajo se ha vuelto inmaterial significa afirmar que, en la posmodernidad, son las dimensiones relacionales del trabajo las que determinan las dimensiones objetivas (de la relación sujeto / objeto), típicas del proceso de trabajo industrial. La antropología permite una profundización de esta dimensión relacional, lingüística del trabajo, recuperando e incluyendo una nueva forma de entender la relación con la naturaleza, con la historia común que constituyen la sociedad y el medio ambiente. Una producción que es la producción de mundos dentro de un rango abierto de posibilidades, más allá del antropocentrismo .

Aquí debemos aprehender las innovaciones que se encuentran en las reservas indígenas, en los territorios de los quilombolas, en los Puntos de Cultura, en los asentamientos de reforma agraria, en las incubadoras de empresas solidarias, entre otros espacios. Es allí que la res nullius (la tierra vacante) se convierte en una común que incluye muestreo, mezcla y mestizaje antropofágico entre cultura y naturaleza, un devenir de innovación en el Amazonas. El world making que da sentido a la difusión del conocimiento tiene un nuevo horizonte en la Amazonía de Brasil y en el devenir Brasil del mundo, desde la perspectiva de la cual pensar en un nuevo tipo de indicadores.

 

La sociedad del polen y lo común como un nuevo estándar de valor

Del lado de los gobiernos, inmersos en la crisis, esto parece estar organizado en torno al discurso del «crecimiento ecológicamente sostenible», en términos del debate que tuvo lugar frente a la quiebra del grupo de fabricantes de automóviles norteamericanos: aquellos que sobrevivirán (gracias a la intervención estatal) se espera que se contraigan (con menos empleados) y produzcan autos sostenibles. Esto se refiere a la definición de un nuevo motor de crecimiento y, sobre todo, al intento de restablecer un criterio de valor para anclar una nueva dinámica de acumulación.

Estos desplazamientos están lejos de ser definidos, estables y cerrados. No dice que este replanteamiento puede ocurrir sin una redefinición radical de los fundamentos mismos del capitalismo, del régimen legal de la propiedad privada y estatal. Por definición, la búsqueda de una economía sostenible no garantiza en sí misma ningún objetivo: un patrón natural. El «respeto» de la naturaleza sigue siendo el producto de una razón tan instrumental como la que «ataca» a la naturaleza. En ambos casos, el modelo antropogenético reproduce el antropocentrismo occidental y su trascendencia. El «respeto» de la naturaleza «natural» termina oponiéndose a ella: políticas sociales. El humanismo se revela por lo que es: un anti-humanismo. La continuidad de las actividades depredadoras de la naturaleza reproduce el derecho a dominar todo lo que no es humano. Este fue el instrumento fundamental para el dominio de los hombres sobre aquellos animales antropomórficos que no tenían alma y cuyas vidas no merecían ser vividas: los indios, los negros, los gitanos, los judíos, los musulmanes, etc.

Necesitamos indicadores que puedan reconocer las dimensiones cualitativas y sociales de la actividad económica y desnaturalizar sus recursos para afirmarlos como artefactos, híbridos de cultura y naturaleza. Estos pasan a ser cruzados por criterios de valoración social – relacionales y de perspectiva – que ya no encajan en la simple contabilidad de «costos». De repente, la privatización del dominio público como un derecho irrestricto de usufructo de un bien necesita ser revisado a fondo. Para los bienes materiales, sucede exactamente lo que ya está sucediendo para los bienes inmateriales: a la propiedad privada le resulta difícil mantener económicamente las posiciones adquiridas (debido, por ejemplo, a la piratería) y se convierte (en forma de derechos de autor y patentes) en un obstáculo para las políticas públicas (como en el caso de la ruptura de patentes sobre medicamentos para combatir el SIDA) e incluso para la dinámica misma de la cooperación creativa (que encuentra nuevas formas de propiedad común: copyleft y software libre). Lo común es cultura y naturaleza al mismo tiempo: nuestra inmanencia terrestre.

Nuestra referencia debe ser el carácter doblemente artificial de la convención de propiedad del conocimiento (de bienes de conocimiento y obras artísticas). Por un lado, esta dimensión artificial es el hecho de que una convención humana no depende de ninguna necesidad natural, sino que se basa en una norma legal que debe ser aceptada, legitimada. Por otro lado, es artificial porque depende del artefacto humano y el grado de desarrollo técnico de una sociedad.

Hoy, una serie de innovaciones técnicas han desestabilizado los modelos económicos de remuneración (crisis de valor): el cambio que crea problemas es el carácter indivisible del buen conocimiento. En el modelo anterior, fueron los efectos de la escala (la multiplicación de lectores de un periódico, por ejemplo) lo que hizo rentables las inversiones. Hoy, el público se construye mediante procesos que asocian la comunidad y la singularización. El marketing se ve amenazado por las técnicas automatizadas de creación de perfiles de clientes, a través de la explotación de cookies (memorización de sitios web visitados por usuarios de Internet), por ejemplo. La singularización del consumidor permite pensar en los servicios vinculados a los productos: la fuerza de ventas debe convertirse en una capacidad de escucha de la vida singular. Es la minería de datos (la exploración en tiempo real de los datos acumulados sobre el uso de Internet) vinculada a otros mecanismos interactivos que promueven la efectividad de las redes comerciales a través de procesos ascendentes: relaciones de proximidad y propagación. Esta es la sociedad del polen. Si abandonamos las metáforas del trabajo humano como el de las hormigas, desarrollando el de la colmena, podemos ver que (además de la producción de miel excedente, inicialmente destinada al autoconsumo, la creación de reinas y futuras abejas, así como el beneficio del apicultor) La construcción de la red material de los compartimentos de la colmena en cera es la construcción de la red cognitiva del territorio, que sirve para recolectar polen de flor en flor. El análisis tradicional del valor (y la innovación) se limita a la producción de miel que puede comercializarse en el comercio y, por lo tanto, a una racionalidad instrumental dirigida a un fin (miel) apropiado en forma de derechos de propiedad pública o privada (propiedad del Estado). La desaparición de las abejas, debido al uso y abuso de pesticidas, ha demostrado que la polinización es esencial para la agricultura y también para los bosques «salvajes». Más que eso, incluso calculado en términos de producción agrícola, el valor creado por el trabajo indirecto, inmaterial y de polinización relacional es «n» veces más importante que la producción de miel material (directa).

La actividad de polinización aparece como una multitud de singularidades que cooperan entre sí sin dejar de serlo. Pero la polinización no es una evolución natural. Es algo artificial e incluso de naturaleza contraria: interespecífico. La polinización necesita instituciones que reconozcan el intercambio común de una red, la red como res nullius: que pertenece a todos y cada uno, ya sea la comunidad de Internet o la reserva indígena Raposa Serra do Sol en Roraima. Al mismo tiempo, la polinización es el hecho de que una actividad, ir de flor en flor, no termina donde la diversión (felicidad o amor como una forma superior de conocimiento) es un indicador de valor como una construcción de significado, construcción de un mundo.

Estamos en la perspectiva donde la producción en red  constituye una alternativa radical en la organización del trabajo. Lo común de la red aparece como una alternativa a lo público (estado: propiedad de todos y nadie) y al privado (mercado: derecho absoluto del particular). Por lo tanto, la innovación está del lado de las instituciones que reconocen la esfera de lo común y actualizan su potencial: en la transición de un esquema patentado basado en la separabilidad hacia uno que está incrustado en la indivisibilidad; a partir de una estructura en torno a la exclusividad y la rivalidad del uso para un uso no rival que participa en la producción por propagación (Moulier Boutang, 2007): la producción e innovación por propagación polinizadora es la del enjambre. Necesitamos instituciones enjambre, inversiones que reconozcan la dimensión productiva y propagadora de la polinización, políticas públicas que reconozcan la polinización y no dejen que se agote.

 

Conclusión provisional

La constitución de la nueva partitura, del intelecto público, está completamente abierta en alternativas que corresponden a la división del desempeño virtuoso entre las nuevas formas de actividad libre y los mecanismos de una servidumbre renovada. En otras palabras, por un lado, la puntuación del intelecto puede permitir que una esfera pública produzca y reproduzca (¡la circulación productiva!) Su dinámica libre y multitudinaria. En este punto, el intelecto público es parte de una esfera de lo común: es lo que encontramos en el movimiento de copyleft, software libre y pre-vestibular para negros y pobres. Aquí tenemos la producción de belleza, resistencia y creación, excedente de ser libre y productivo.

Por otro lado, la dimensión pública del intelecto puede ser capturada, por el mercado y por el Estado, a través de su reducción sistemática a una densa red de relaciones jerárquicas. En este segundo caso, la presencia indispensable de otros toma una doble forma perversa: dependencia personal y arbitrariedad jerárquica que transforman la actividad productiva de los virtuosos en un trabajo servil de un nuevo tipo. Aquí, la esfera pública está constituida y determina las condiciones de existencia del intelecto en general. El arte se captura y se reduce a la comunicación y al marketing: trabajo fragmentado y precario y una nueva esclavitud de los derechos de autor. Toda la vida es capturada dentro de un proceso de producción captura al ser en las mil formas de la segregación espacial y la fragmentación social (la exclusión como un horizonte que no puede ser excedido).

Aquí tenemos todos los elementos para comprender la importancia de las políticas que contribuyen a la constitución de una esfera pública de movilización democrática y productiva, además del trabajo asalariado. El primer gobierno de Lula, quizás incluso involuntariamente, fue el teatro de dos grandes innovaciones adecuadas para este desafío: el programa Bolsa Familia y el programa Puntos de Cultura.

La Bolsa Familia indica el camino hacia la construcción de un común (distribución del ingreso) que puede constituir la base para la acción de las singularidades. No se trata solo de la reducción necesaria y urgente de la desigualdad, sino que de pensar en la movilización productiva como algo que depende de la ciudadanía, reemplazando la ecuación que describió la integración social como dependiente del crecimiento económico. Aunque se basa en una escala de inversión que todavía es solo simbólica, los Puntos de Cultura profundizan esta tendencia, democratizando la política cultural y colocando la cultura como el núcleo potencial de la movilización productiva. Con los Puntos, MinC no solo le dio a las políticas culturales un sentido público, sino que las democratizó radicalmente, con el objetivo de reforzar (y no determinar) la dinámica de los movimientos culturales. En este encuentro entre políticas culturales y sociales, finalmente podemos pensar en la construcción de una partitura pública y radicalmente democrática para el virtuosismo brasileño del siglo XXI.

 

Traducción del portugués: Santiago De Arcos-Halyburton

[ Este texto es parte de Trabalho sem obra, obra sem autor: a constituição do comum escrito por Giuseppe Cocco y publicado originalmente en el libro Copyfight: Pirataria e Cultura Livre, editado por Adriano Belisário e Bruno Tarin (2012) ]

 

Biografía

 BOUTANG, Moulier Yann. Capitalisme Cognitif, Amsteradam, Paris: ECOREV, 2007.

______. “La sortie du capitalisme a bien commence”. Paris: ECOREV, 2009.

COCCO, Giuseppe. Mundobraz: O devir–Brasil do mundo e o devir–mundo do Brasil. Rio de Janeiro: Record, 2009.

______. e Silva Gerardo. Territórios Produttivos. Rio de Janeiro: DP&A, 2006.

FUMAGALLI, Andrea. Bioeconomia e Capitalismo cognitivo. Roma: Carrocci, 2007.

KARPIK, Lucien. L’économie des singularités. Paris: Gallimard, 2007.

MARAZZI, Christian. L’ammortanento–del–corpo–macchina. Disponível em: <http://multitudes.samizdat.net/> Acessado em 3 de outubro de 2008.

NEGRI, Antonio e LAZZARATO, Maurizio. Trabalho imaterial. Rio de Janeiro: DP&A, 2000.

______. e HARDT, Michael. Commonwealth. Cambridge: Harvard, 2009.

VIVEIROS DE CASTRO, Eduardo; Araweté: os deuses canibais. Rio de Janeiro: Jorge Zahar/Anpocs, 1986.

______. “Prefácio” a Arnt e Schwartzman, Amazônia: um artefacto natural.Rio de Janeiro: Rocco: 1992.

______. “Entrevista com Eduardo Viveiros de Castro”, Sexta–feira, n 4 São Paulo: Hedra. In: Viveiros de Castro, 1999.

______. A inconstância da alma selvagem. São Paulo: Cosac & Naify, 2002.

______. “‘Une figure humaine peut cacher une affection–‐jaguar’, réponse à une question de Didier Muguet”, Multitudes, n. 24, p. 41–‐52, Paris, 2006.

______. “Filiação intensiva e aliança demoníaca”, Novos Estudos, n 77. São Paulo, 2007.

______. Entrevista por Pedro Cesarino e Sérgio Cohn, Revista Azougue Saque/Dádiva, no 11. Rio de Janeiro: Programa Cultura e Pensamento, MinC, 2007.

______. Desenvolvimento econômico e reenvolvimento cosmopolítico: da necessidade à suficiência, palestra apresentada na Série de Colóquios: Cultura, Trabalho e Natureza na Globalização, Rede Universidade Nômade — Fundação Casa de Rui Barbosa, Rio de Janeiro, 19 de setembro de 2008.  Texto publicado originalmente no livro Copyfight: Pirataria e Cultura Livre, editado por Adriano Belisário e Bruno Tarin (2012)

Las arenas solitarias e interminables del tiempo

por Silvio Pedrosa

 

Somos sociedades intoxicadas por recuerdos e identidades hasta el punto de que creemos que las estatuas no pueden ser destruidas porque son construcciones de la memoria o de la historia, representaciones de identidades supuestamente más allá del alcance del presente. Es un poco lo que sucede con la ortografía: criticamos como arbitrariedad lo que cambia la ortografía tal como la conocemos porque la consideramos «natural», cuando, de hecho, es solo la naturalización social e histórica de otra arbitrariedad a la cual ya nos acostumbramos.

 

Vivimos al mismo tiempo el fetiche y la ilusión de la monumentalización del pasado, la posibilidad de que seamos capaces o de que sea necesario acumular representaciones del pasado simplemente porque son vectores de otra temporalidad. Derribar estatuas es un acto memoralístico tan significativo como erigirlas: la memoria no es una obra cerrada, sino que el trabajo incesante, work in progress, de reconocimiento y distanciamiento de los hombres y de las sociedades que buscan señalar sus propios caminos en el presente (fue lo que hicieron los romanos con aquello que denominaron damnatio memoriae, cuando destruían y vandalizaban las estatuas de los emperadores que habían caído para señalar el cambio de poder).

 

«Todo lo que existe merece perecer miserablemente» fue el emblema que Goethe colocó en la boca de Mephisto. A nosotros nos corresponde la tarea (esa a la que llamamos supervivencia y también vida) de resistir este proceso de perecer mientras decidimos, en cada momento, qué merece o no acompañarnos como símbolos de la experiencia humana. Lo que se está en discusión es si el homenaje a los hombres del pasado cuya notoriedad fue construida sobre la esclavitud y la muerte de africanos, indígenas, asiáticos y otros pueblos debe ser tolerada en el espacio público. No se trata de borrar el pasado, sino de recalificar lo que el pasado nos ha legado y la relación que las sociedades contemporáneas establecen con ellos, es decir, decidir si continuaremos conviviendo con tributos a los valores esclavistas, fascistas y autoritarios como si fuesen parte de los valores tolerables en el debate público de nuestro tiempo.

 

Muchas de las estatuas que existen hoy ya han borrado otras estatuas para que existir en su lugar (y en muchos casos la destrucción del pasado ha salvado la eliminación y la masacre de pueblos y etnias completas) o han derrotado otros proyectos de simbolización con los cuales disputaron la hegemonía de los valores de la sociedad de su tiempo. Cuando expira el momento de su proyección conmemorativa, pueden y deben dar paso a otras formas capaces de articular mejor el pasado, el presente y el futuro. Una foto o vídeo de una estatua caída es un documento de lo que fuimos, somos y deseamos para el futuro. Es un indicio tan importante como aquel del que la estatua en sí misma era un documento del tiempo en que fue creada y no pretende estar grabada en el mármol de los tiempos, ya que es una forma de expresión que acepta mejor la transitoriedad permanente del tiempo. «Las arenas solitarias e interminables» del tiempo, como dice el poema de Shelley, siempre nos están esperando.

 

Traducción del portugués: Santiago De Arcos-Halyburton

 

Silvio Pedrosa, profesor de historia en la red publica de enseñanza de Rio de Janeiro y activista de la red Universidade Nômade.

Virus, revueltas, capital

por Sergio Villalobos-Ruminott

 

Introducción

 

¿Qué tienen en común la serie de revueltas que han explotado en diversos lugares del mundo durante los últimos años, y la pandemia decretada por el aumento masivo de casos de contagio del COVID-19 en los últimos meses? Por supuesto, no se trata solo de un parentesco metafórico, esto es, de una analogía basada en la descripción de las revueltas y su propagación de acuerdo con las descripciones relativas a la proliferación viral. Y no porque esa metáfora esté errada o posea una carga poética restringida, pues ya lo advertía Deleuze atendiendo a la descodificación del capitalismo clásico: el mundo actual está constituido más por la axiomática inanticipable de los derrames y las proliferaciones que por la economía de los códigos y las territorializaciones monumentales, haciendo posible formas del contagio y de la imitación (Gabriel Tarde) que subvierten los modelos molares de las ciencias sociales tradicionales y sus teorías de la acción y del cambio social (Durkheim y las sociologías normativas). Sin embargo, la convergencia del virus y las revueltas va más allá, pues alude a una cierta co-pertenencia, y aún más, a una co-emergencia de ambos fenómenos. En efecto, las condiciones socio-económicas que han generado la aparición y propagación del virus son las mismas, en términos generales, que aquellas que han obligado a miles de personas, en diversos lugares del mundo, a abandonar la inercia acostumbrada y ocupar las calles en señal de descontento, saturación, rabia o desesperación frente a unas condiciones de injusticia, discriminación, violencia y precarización estructurales o, incluso, tendencialmente progresivas. Problematizar esta co-emergencia es la tarea que me propongo en las siguientes páginas, aunque sea de manera todavía preliminar.

Para esto, necesitamos primero poner en cuestión el carácter eventual o accidental de la pandemia, apuntando a su profunda imbricación con los procesos de acumulación del capitalismo neoliberal contemporáneo. Luego, en una segunda instancia, debemos poner en cuestión la idea misma de “normalidad” y las esperanzas en su recuperación, para mostrar cómo situaciones supuestamente excepcionales tales como las guerras, la proliferación de enfermedades contagiosas, las sequías e, incluso, los accidentes nucleares, son aspectos distintivos y constitutivos de la “normalidad” capitalista histórica y contemporánea. Finalmente, debemos explorar la relación entre la sostenida precarización de la vida y la condición singular de las revueltas contemporáneas, las que ya no pueden ser inscritas en la concepción normativa, universal o necesaria del cambio social, según las perspectivas evolucionistas, emancipatorias y revolucionarias clásicas. Las revueltas, en su condición inminente, no pueden ser explicadas por los presupuestos de la teoría sociológica del cambio social, pues dicha teoría tiende a concebirlas como manifestaciones anómicas y desviadas de las pautas programadas de la evolución social, pero tampoco pueden ser propiamente comprendidas desde la representación monumental de la Revolución, como ruptura y nuevo comienzo, o como acción política antisistema, orgánicamente coordinada y regulada según una organización principial de la acción que descansa en una determinada postulación de las relaciones entre teoría y praxis social, y en la integridad o “identidad para sí” de una determinada subjetividad revolucionaria. En este sentido, la pregunta por las revueltas no se refiere solo a su singularidad situacional, sino que también a su historicidad, lo que nos demanda, a fin de cuentas, una problematización de la misma relación entre existencia, temporalidad y política. En esto contexto, me atrevo a sostener que le cabe a la infrapolítica la posibilidad de captar esta historicidad sin remitirla al esquema teoría-praxis que alimenta las concepciones habituales de la política moderna.

 

Parto, entonces, por formular mi hipótesis general:

 

La intensificación actual de los procesos de acumulación, explotación y expropiación capitalista, precipitada por la desregulación neoliberal, lleva a la combinación de formas primitivas y sofisticadas de extracción de plusvalía, a la masificación de prácticas expropiadoras y al desbalance del metabolismo entre sociedad y naturaleza del que hablaba Marx, hacia una forma de producción y de explotación que atraviesa el umbral de sustentabilidad moderno, confrontándonos con la amenaza de la devastación. Dadas estas nuevas condiciones, que son el efecto de la intensificación de los mecanismos distintivos del capitalismo clásico, la teoría política del antagonismo moderno, pensado en términos de clases (burguesía / proletariado); en términos nómicos (imperialismo / colonias), o en términos identitarios (todas las luchas territorializadas en la lógica del nosotros / ellos), ya no parece dar cuenta de la singularidad de las revueltas sociales. En la medida en que el antagonismo pensado según la topología moderna de las luchas sigue remitiendo las revueltas a las directrices emanadas desde la división social o sexual del trabajo, o a la dialéctica entre hegemonía y contra-hegemonía, circunscrita al Estado nacional, o, incluso, a las variantes de la soberanía moderna (estatal / popular), sigue sin captar su singularidad. Es este desfase entre la teoría política de los antagonismos y las expresiones efectivas de las revueltas el que nos permite afirmar la pertinencia de la interrogación infrapolítica, pues desde ella el mismo antagonismo se pluraliza en una diversidad de conflictos que no necesitan restituir la lógica del conflicto central para marcar su supuesta racionalidad estratégica. Y, sin embargo, todavía sería necesario advertir que el elemento común de estos diferentes antagonismos, pensados infrapolíticamente, yace en que son, de acuerdo con sus respectivas condiciones de emergencia y expresión, conflictos afirmativos de la existencia contra la fuerza devastadora del capital.

 

Explicitar y atender a las consecuencias de esta compleja hipótesis es nuestro más inmediato cometido.

 

La pandemia como plus-valor

 

El capitalismo avanza mediante la universalización de sus condiciones de posibilidad, las que descansan en procesos de explotación y expropiación-apropiadora del uso colectivo de los bienes y recursos “naturalmente” dados al hombre. En un artículo reciente sobre la cuestión de la naturaleza y el problema el valor en Marx[1], el destacado sociólogo marxista y ecologista, John Bellamy Foster, recuerda aquellos famosos escritos de juventud de Marx relacionados con el robo de leña. Se trata de cinco intervenciones en las que el alemán critica la nueva legislación prusiana sobre la criminalización del llamado “robo de madera en los bosques de Renania” por parte de comunidades campesinas, cuestión que habría marcado un cambio en las relaciones de apropiación, en el concepto mismo de propiedad y en su relación con el crimen de la expropiación y del libre uso de los recursos naturales en esos años. Estos artículos, que aparecieron entre octubre y noviembre de 1842 en la Rheinische Zeitung[2], ya han sido destacados por su centralidad en la génesis del pensamiento económico marxista bastantes veces como para recalcar aquí su importancia, pero talvez valga la pena referir el reciente libro de Peter Linebaugh, Stop, Thief!, quien, jugando con el título, vincula ese momento cuasi “originario” de la crítica marxista y la situación actual de expropiación y explotación capitalista, masificada a nivel planetario, como una actividad criminal de destrucción del común mediante el sostenido avance de una cada vez más sofisticada división del trabajo orientada a la acumulación, y una híper-explotación de recursos, complementada, a su vez, por una tendencia a la privatización expropiadora y a la criminalización de la libre recolección y del libre uso de los bienes comunes, tales como el agua de napas subterráneas o la recolección de aguas de lluvia, prácticas que caen, cada vez más, bajo la esfera jurídica-criminológica y propietarista del capital.[3]

Tanto Bellamy Foster como Linebaugh coinciden en sindicar aquella intervención de Marx en los debates de la Dieta Renana como inaugurales de un desplazamiento que llevará al joven filósofo a profundizar en sus estudios de la economía política de su periodo, para entender la estructura profunda de las relaciones burguesas de producción, apropiación y expropiación junto a sus fundamentos teóricos, jurídicos y criminológicos. El mismo Marx, años después, en el famoso Prólogo de la Contribución a la crítica de la economía política (1859), reconocerá estos primeros textos como cruciales en su giro hacia la consideración de los aspectos económico-jurídicos que definen la reproducción material de la sociedad. Si, por un lado, la inteligente lectura de Bellamy Foster repara en esto, es porque gracias a la problematización marxista de la noción de propiedad y de las relaciones de apropiación, se puede ahora pensar en las consecuencias del capitalismo actual relativas a la devastación de la naturaleza, evitando caer en nociones substantivas y místicas, gracias a la posibilidad de evaluar las relaciones histórico-concretas de apropiación y de producción, que son las que explican de manera más satisfactoria los fenómenos derivados de la crisis del metabolismo clásico entre la actividad productiva humana y su entorno. Por otro lado, y en un sentido complementario, Linebaugh recurre a este momento central en el pensamiento marxista para cuestionar las ciencias sociales y jurídicas, en especial la criminología, pues estas han sido instrumentos serviciales a la lógica de apropiación capitalista, definiendo desde sus presupuestos el alcance y la naturaleza del crimen asociado con el libre uso de los recursos naturales. Linebaugh no solo nos muestra la apropiación capitalista como un “crimen” astutamente legitimado por estos saberes instrumentales, sino que también rehabilita las formas colectivas e improductivas de apropiación, aquellas que se resisten a la lógica individualista del capital, poniendo en cuestión, de paso, los usos normativos de la noción del lumpen-proletariado que sigue estando presente en una serie de discursos moralistas (desarrollistas) contemporáneos, interesados en deslegitimar formas de vida común marginales o resistentes a la lógica progresiva e híper-productiva del capital. En este sentido, Linebaugh apela, en una línea clara de parentesco con la economía moral de la multitud de E. P. Thompson, a formas de lo común que no se inscriben en el formato determinado por la actual división del trabajo, y que no solo subsisten como reservas infinitas de mano de obra para la demanda global, sino que desarrollan prácticas de empoderamiento colectivas que resisten la ley del valor capitalista.

 

Gracias a todo esto, también se hace claro el vínculo entre el avance de los procesos de acumulación, explotación y expropiación capitalista y la permanente criminalización de las formas comunes de resistencia, basadas en lógicas no individuales de la propiedad y en usos colectivos y no necesariamente productivos. Si Brecht ya había enunciado la misma sospecha, al preguntarse por la relación entre el crimen de fundar un banco y el de robarlo, hoy, según la interrogación de Linebaugh, nos encontramos frente a un avance sostenido de estos procesos de criminalización que tienen como objetivo ya no solo la privación y privatización del libre uso de los bienes, sino a las mismas expresiones sociales de resistencia. En efecto, el neoliberalismo es la última instancia, hasta hoy, de desmontaje y criminalización del común, a partir de su privatización o criminalización permanente.

 

Traigo a colación a ambos autores porque me interesa mostrar cómo, en los tempranos escritos de Marx, existe una cierta complementariedad entre la crítica del derecho burgués y la crítica del capitalismo que va mucho más allá de la simple determinación del derecho como forma de ideología dominante. Sería gracias a esta situación relativa al robo de leña que Marx comienza a problematizar la misma cuestión de la propiedad, la que vuelve a expresarse en sus diferencias con La filosofía de la miseria de Pierre Joseph Proudhon, diferencias que motivan, a su vez, ese famoso texto polémico titulado La miseria de la filosofía, escrito por Marx en 1847. La cuestión de fondo, para ir rápido al punto que nos concierne, es que Marx considera que la formulación generalizante de Proudhon no logra captar la singularidad histórica del capitalismo, en la medida en que tiende a operar con categorías pre-críticas, homogéneas o des-historizadas. El caso paradigmático está dado, precisamente, por aquella declaración de Proudhon que considera la propiedad, toda la propiedad o la propiedad en general, como un robo, precisamente porque dicha sentencia, que rememora el carácter hipotético de la imaginación contractualista clásica (Rousseau ya había postulado a la propiedad privada como el origen efectivo de la desigualdad entre los hombres, años antes), no logra captar la especificidad de las relaciones burguesas de apropiación.

 

En efecto, frente a la frase “la propiedad es un robo”, Marx, quien había observado el complejo entramado de la criminalización del robo de madera años antes, se resiste a tal generalización y apunta, mediante un proceso de historización radical, a pensar en la singularidad no solo de las formas de la propiedad moderna, en oposición a formas anteriores o pre-capitalistas, sino también, en las relaciones sociales y jurídicas de apropiación y expropiación; es decir, para Marx el problema no es la propiedad en general sino las relaciones sociales de apropiación y expropiación que fundamentan la noción moderna, burguesa, de propiedad privada, la que a su vez, no se remite única y exclusivamente a la dimensión jurídica y económica, sino que determina al ser social del hombre en términos productivistas y propietaristas. En otras palabras, la crítica de las relaciones de apropiación y expropiación devela no solo los límites jurídicos sino también el presupuesto onto-antropológico en el que se funda el modo de producción capitalista. La crítica de las relaciones de apropiación burguesas es, entonces, una crítica de la antropología productivista y de su delicado equilibrio metabólico, siempre que Marx entiende que tal equilibrio será roto, tarde o temprano, dadas las mismas disposiciones que regulan los procesos de acumulación.

Para los estudiosos marxistas, este tipo de desplazamientos desde las categorías pre-críticas de las ciencias humanas y sociales de su tiempo hacia nociones histórico-concretas debería resultar habitual, pues constituye el procedimiento distintivo de la analítica implementada por él, no solo a la sociedad capitalista de su tiempo, sino también a los discursos de “naturalización” producidos por dicha sociedad. Es decir, la llamada “crítica de la economía política” no es, principalmente, una restitución o corrección de la economía, no constituye un discurso ni económico ni disciplinario, sino que funciona como una destrucción de dicho discurso, mediante una historización permanente de sus categorías de análisis. Y esto es central para evitar tantas lecturas erróneas que insisten en inscribir la analítica marxista en dominios disciplinarios universitarios, remitiéndola a la lógica de la prueba y la refutación con la que burdamente los saberes modernos se arrogan importancia y autoridad.

 

A su vez, el momento de mayor auto-explicitación de este procedimiento de historización lo encontremos en el famoso apartado titulado El método de la economía política, generalmente publicado con los Grundrisse de 1858-59. Allí, la historización constante implica una serie de precisiones que van desde la diferencia entre el concepto tradicional y el concepto marxista de ideología, la formación del concepto “modo de producción”, las críticas a nociones generales como riqueza o población, hasta las diferenciaciones específicas, pero llenas de consecuencias, entre “bienes” y mercancía, riqueza y ganancia, trabajo y fuerza de trabajo, precio y valor, incluyendo la misma crítica de los presupuestos historicistas que determinan el capitalismo como el desenlace lógico de la historia y que perpetúan una imagen inmóvil y fetichizada de la naturaleza. En el fondo, mediante una crítica de las generalizaciones inherentes a las categorías pre-críticas de los discursos de su tiempo, Marx propone a una serie de nociones capaces de captar el complejo conjunto de variables histórico-concretas que mueven lo real, sin someterlo a esquemas evolutivos apriorísticos. Aún cuando no tengo interés en identificar este proceso de historización con el llamado materialismo histórico y/o el materialismo dialéctico[4], lo que me parece relevante de esta historización es la forma en que ella hace posible un análisis, en cada caso, no sobre la imagen invertida o ideal de los procesos sociales, sino sobre los procesos sociales mismos y su respectiva producción de imágenes.

 

He traído a colación este procedimiento de historización analítica porque es el que alimenta los desarrollos actuales del discurso eco-marxista, el que debe confrontar hoy múltiples generalizaciones e imprecisiones equivalentes a aquellas que Marx enfrentó en la economía política clásica[5]. La relevancia de esto radica en que nos permite no solo acceder al innegable problema ecológico contemporáneo, sino hacerlo más allá de las generalizaciones que abundan en los discursos humanistas sobre la destrucción del medio ambiente, el conservacionismo homogéneo e incluso, las prácticas híper-normativas relacionas con el cuidado de sí, las dietéticas y estéticas de un nuevo hombre de consumo sofisticado o ‘sustentable’, que se juntan, en el imaginario progresista contemporáneo, con las demandas identitarias y comunales de un “buen vivir” distintivo de culturas no occidentales, que estaría incontaminado por la modernidad, el capitalismo y la colonización, y por tanto, cohabitaría en el pluriverso epistemológico actual como una alternativa efectiva al capitalismo en la medida en que conserva el secreto de una forma de vida natural, reponiendo con tales aspiraciones, un cierto logocentrismo sustituto de clara filiación rousseauniana. No se trata, por supuesto, de negar la relevancia histórica de las luchas anti-coloniales, ni mucho menos restarles estatus epistemológico a los saberes “nativos” o no occidentales, sino de mostrar que sus condiciones de posibilidad vienen dadas, en cuanto discursos y alternativas, por un entramado material que sigue rigiendo la orientación general de los procesos históricos en la actualidad; entramado desde el cuál, como prueba el progresismo político latinoamericano reciente, es muy difícil substraerse.

 

Hoy más que nunca, gracias a la flexibilidad del mismo proceso de acumulación, esto es, a su capacidad de combinar, sin problemas, procesos de extracción absoluta y relativa de plusvalía, y de organizarse en términos de subsunción formal y real del trabajo al capital, además de la expansión e intensificación de los procesos de expropiación que complementan a los de explotación y expoliación, resulta una “robinsonada” desconocer la compleja dependencia de los modos de vida comunitarios respecto a la división internacional del trabajo y sus demandas de bienes, recursos naturales y/o mano de obra barata. Esto no solo marcaría el límite de los discursos naturalistas que confunden riqueza y capital, olvidando la génesis histórica del valor, sino también de los discursos decolonialistas y progresistas que no atienden a la composición orgánica del capital ni a la estructura de la renta en la actualidad. A la vez, historizar las categorías de análisis nos permite entender el fenómeno de la pandemia según una serie de procesos relativos al cambio en el patrón de acumulación derivado de la desregulación y neoliberalización de la economía, desde las últimas décadas del siglo XX.

 

De ahí entonces que presentar la pandemia como un evento inesperado o imponderable es solo el fruto de una ignorancia mayor o de una mala voluntad política. Es decir, tenemos que ser capaces de entender la complejidad de los procesos de expropiación y de acumulación del capitalismo contemporáneo no solo a nivel las consecuencias relativas a la diseminación del virus y las respectivas fallas en la infra-estructura y en los recursos para producir efectos paliativos, sino también en relación con su misma aparición. Es esto, precisamente, lo que caracteriza la condición capitalista del virus, el hecho de constituir una forma inesperada de plusvalía ‘negativa’, que, sin embargo, puede ser perfectamente re-capitalizada. Nociones tales como capitalismo del desastre y narco-acumulación, no hacen sino mostrar como la lógica flexible o axiomática del capitalismo actual, alejado de la representación monumental del capitalismo decimonónico, permite convertir acontecimientos negativos (desastres naturales, crisis financieras, crimen organizado, etc.) en oportunidades de emprendimiento que siguen e intensifican la misma extracción de plusvalía.[6] En este sentido, el COVID-19 es tanto un plusvalor inesperado, o efecto involuntario pero determinado por la misma lógica de acumulación, explotación y expropiación del capitalismo contemporáneo, como una instancia apropiada para reiniciar procesos de acumulación a partir de sus mismos efectos. Suponer entonces que estamos ante un accidente imponderable es no entender (o pretender no entender) las consecuencias de la desregulación económica, jurídica y financiera relacionada con la emergencia del neoliberalismo y con la conversión del clásico horizonte industrial en el actual horizonte financiero-especulativo regulado por los complejos militar-bancario-corporativo-mediático que mueven al mundo más allá de la clásica contención soberana del Estado nacional.

 

Zoonosis y derrame

En efecto, el llamado COVID-19, cuyos primeros casos se registraron en la ciudad de Wuhan, en la provincia de Hubei, China, corresponde a la enfermedad respiratoria causada por el coronavirus SARS-CoV-2, el segundo síndrome respiratorio severo desde el año 2002, año en que se registró el primero de estos SARS (Severe Acute Respiratory Syndrome) en China, y una de las múltiples enfermedades agrupadas bajo la categoría de enfermedades zoonóticas, es decir, derivadas del contacto inusual entre humanos y animales.[7] Entre estas enfermedades zoonóticas hay que distinguir, a su vez, las comunes (rabia, lombrices, salmonelosis, etc.) de las nuevas (entre las que están los SARS), pues en los últimos años ha habido un crecimiento exponencial de este tipo de síndromes derivado de la expansión de los procesos de acumulación relacionados con la agro-industria y la acuicultura masiva, intensificando el contacto entre humanos y animales salvajes y alterando el circuito urbano-rural de manera dramática.[8] De hecho, se estima que más del 60 % de los nuevos agentes patógenos que afectan a los humanos provienen del contacto, directo o indirecto, con animales salvajes en comunidades rurales o marginalizadas, mono-productivas y extractivas.[9] Y esta co-implicación de pobreza, marginación y enfermedad no es, en absoluto, una casualidad, sino un síntoma que expresa la intensificación de las prácticas productivas y extractivas de la economía contemporánea.

 

En tal caso, lejos de concebir el COVID-19 como un accidente natural imprevisible, habría que pensarlo como resultado de una serie de procesos relativos a la acumulación flexible del capitalismo contemporáneo, procesos que van desde el desmontaje del Estado nacional y sus infra-estructuras no productivas (hospitales, bibliotecas, parques, etc.), mediante su privatización y tercerización, hasta la creciente incorporación de espacios y territorios selváticos, alejados de las ciudades y del contacto humano, a las prácticas de la agro-industria, de la minería y del animal-farming, desbaratando el metabolismo burgués clásico (relación entre producción y recursos naturales) relativo a la destrucción-productiva capitalista y empujando los niveles de expropiación y acumulación hacia umbrales de devastación. En otras palabras, necesitamos inscribir el análisis de la pandemia en el contexto de una crítica de la economía política contemporánea, es decir, inscribirla en los procesos de híper-explotación del trabajo y de los recursos naturales, o, si se prefiere, habría que pensar la pandemia y lo que esta devela desde lo que sería una nueva teoría de los procesos de valoración del capitalismo neoliberal.

 

Es esto lo que las investigaciones en la industria alimenticia, antropología biológica, demografía económica, y muchas otras, nos señalan cuando apuntan a las consecuencias del animal-farming[10], a las transformaciones de la agro-industria[11] y la multiplicación de cultivos acuícolas convertidos en verdaderas plantaciones acuáticas[12]; pero también cuando analizamos las tendencias generales de la industria alimenticia contemporánea, la creciente demanda de especies llevadas hasta el umbral de extinción, el desarrollo paralelo de la industria química relativa al procesamiento y conservación de alimentos, la explotación de especies exóticas o protegidas, junto a los procesos generales de desregulación de la economía que, por un lado, hacen que las instancias de control de “calidad” carezcan de verdaderos criterios y procedimientos de control, mientras que, por otro lado, favorezcan la práctica de diversificación de la inversión de grandes conglomerados que, en busca de ventajas comparativas, realizan inversiones de capital en países y comunidades económicamente débiles (off-shoring), produciendo procesos flexibles de sub-proletarización y expropiación de tierras y recursos naturales.[13]

Todas estas prácticas, potenciadas por la desregulación general de la economía, generan, como consecuencia no anticipada, la emergencia y diseminación de enfermedades zoonóticas (Zoonotic Diseases), cuyas consecuencias recién comenzamos a ponderar. Wallace et al., lo dicen así:

Si nos refiriéramos solo a su expansión global, los bienes agrícolas sirven como propulsores y como nexos a través de los cuales los patógenos de origen diverso migran desde las localidades más remotas a los centros internacionales más poblados. Es aquí, y en este sentido, como nuevos agentes patógenos se infiltran en comunidades agrícolas cerradas. Mientras más larga es la cadena de abastecimiento y más amplia es la correlativa deforestación, más diversos (y exóticos) son los agentes patógenos que ingresan en la cadena alimenticia. Entre los recientes agentes patógenos que emergen o re-emergen relacionados con las granjas animales o con la industria alimenticia, originados en el dominio antropogénico, están la swine fever africana, Campylobacter, Cryptosporidium, Cyclospora, Ebola Reston, E. coli O157:H7, Hepatitis E, Listeria, Nipah virus, Q fever, Salmonella, Vibrio, Yersinia, y una variedad de nuevas variantes de la gripe, incluyendo H1N1 (2009), H1N2v, H3N2v, H5N1, H5N2, H5Nx, H6N1, H7N1, H7N3, H7N7, H7N9, and H9N2.[14]

 

Además, habría que considerar que del total de enfermedades zoonóticas hoy en día, más del 60% son nuevas y están relacionadas con esta intensificación desregulada de la expropiación, explotación y expoliación capitalista relativa a la agro-industria, el animal-farming y las plantaciones acuáticas. A esta cifra, que parece ir en un crecimiento sostenido debido a la persistencia de las prácticas que las producen, en primer lugar, y que las difuminan, en segundo lugar, se suman diversos procesos de precarización asociados con la desregulación neoliberal de la economía y con la expropiación de derechos sociales para amplios sectores poblacionales, condenados a convertirse en poblaciones desechables, migrantes forzados o víctimas de prácticas de sub- proletarización y híper-explotación. Junto a esto, desde el punto de vista biológico, estos procesos de producción intensiva, de acortamiento de los ciclos vitales y reproductivos de diversas especies para acelerar su comercialización (pollos, peces y cerdos), junto a los fenómenos de inestabilidad derivada del cambio climático, favorecen y estimulan procesos migratorios virales en busca de nuevos anfitriones con ciclos de vida más largos, es decir, también producen una mutación acelerada de los virus, convirtiéndolos en agentes patógenos cada vez más peligrosos.[15] Las respuestas neoliberales más frecuentes pasan por apostar a dos alternativas en sí mismas ineficientes: por un lado, a la industria farmacéutica y al complejo medico-industrial, que en una espiral de privatización y corporativización, se orienta a la acumulación desvergonzada y a la especulación con los precios de los medicamentes, en un mundo donde las regulaciones son prácticamente inexistentes (siendo Estados Unidos unos de los casos más lamentables). Por otro lado, a la secreta creencia en la llamada inmunidad de especie o inmunidad grupal, cuyo fundamento neo-darwinista es fácilmente visible.[16]

 

Para entender la naturaleza de la pandemia es necesario entender entonces la condición flexible de la acumulación y la expropiación en el contexto desregulado del neoliberalismo, mientras que también es necesario entender el neoliberalismo como una mutación histórica del modo de producción capitalista que termina por deshacer su organización molar o monumental en una serie de redes diversificadas inscritas en el proceso de valoración. No deja de ser sintomático que Derrames sea el título en español elegido para la compilación, en dos pequeños volúmenes, de las clases de Gilles Deleuze, en el contexto en que este, junto a Félix Guattari, escribían los famosos libros El Anti-Edipo y Mil mesetas.[17] En estas clases se aprecia, de manera notoria, la serie de elaboraciones que llevaron a la publicación de los dos tomos de Capitalismo y esquizofrenia, cuestión que, más allá del escándalo editorial, constituye una de las primeras elaboraciones atentas a la transformación del capitalismo gracias a los procesos de desregulación que comenzaban a implementarse en la sociedad europea de ese entonces y, por supuesto, en Estados Unidos. El punto de partida de este análisis era la naturaleza radical del proceso de transformación del modo de producción capitalista, que perecía reemplazar los regímenes disciplinarios y de codificación, por una nueva lógica axiomática, descentralizada y desterritorializada. Esa desterritorialización estaba programada, pero no calculada, por la nueva lógica del capital, lo que permitía hablar ahora más allá del modo de producción como sistema, monumental y universal, de una serie de derrames capitalistas, que desbordaban la misma relación entre capital y trabajo; derrames coordinados laxamente por una ley del valor flexible, la que se adaptaba sin mayores problemas a las diversas formaciones económico-sociales y sistemas políticos existente en el planeta. En pocas palabras, la lógica axiomática de los derrames había logrado globalizar el sistema capitalista, como el mismo Marx anticipaba en su época, pero no mediante una subsunción homogénea del trabajo al capital, según el modelo clásico, sino mediante la combinatoria de diversos mecanismos de expropiación, explotación, expoliación, acumulación y valoración.

 

Es en este sentido que la proliferación del virus y su configuración pandémica está ya inscrita en la misma lógica de los derrames capitalistas, pues esta figura utilizada tempranamente por Deleuze, nos permite pensar la misma desregulación precipitada por la instauración del neoliberalismo y sus políticas monetaristas, anti-estatistas, librecambistas, financieras, anti-impositivas y especulativas.

 

Normalidad y normalización

 

Sería una ilusión, sin embargo, pensar que esta lógica axiomática anuncia una novedad en el modo de producción capitalista, como si el capitalismo histórico hubiese sido una forma de vida definida por la democracia y el progreso, cuyas crisis fueron siempre de crecimiento y cuya capacidad de superación asegurara un futuro relativamente alcanzable. Lo que el neoliberalismo y sus procesos de desregulación produjeron, más bien, fue un agotamiento radical de esa imagen ideológica del capitalismo, mostrando su supuesta normalidad como un proceso de normalización, disciplinario y represivo, permanente. En efecto, el neoliberalismo termina por desechar la narrativa básica de la modernidad capitalista que consistió, en los siglos 18 y 19, y más notoriamente aún, durante la Guerra Fría, en defender la relación ‘natural’ entre capitalismo y democracia, organizando la historicidad de las sociedades según este relato providencial. La desregulación neoliberal muestra, de manera radical y cínica, que el capitalismo no sólo ha convivido y ha dependido de la esclavitud, del colonialismo, de las guerras y de la explotación de la mano de obra, sino que lo ha hecho y lo sigue haciendo sin necesidad de suturar la brutalidad de sus procesos mediante la producción de una imagen de redención o de salvación para tanto sufrimiento. Business are business, equivale entonces a decir que el predominio de la racionalidad utilitaria del homo economicus neoliberal constituye el vínculo social definitorio de la sociedad contemporánea, sin regulación y sin contrapesos. Sin embargo, la misma flexibilidad de la acumulación contemporánea no debería inducirnos a pensar que habitamos un mundo post-normativo de libertades sin límites, pues la libertad neoliberal es, quizás, la forma de normalización más acabada que hayamos experimentado históricamente, en cuanto sanciona toda resistencia como “ilógica”, “retrograda” e “irracional”, inscribiendo sus criterios en un sentido común epocal.

 

Gracias a este predominio sin contrapesos, sin contención, de la racionalidad utilitaria y de la flexibilidad de los procesos de acumulación, el precario equilibrio al que referíamos bajo la figura del metabolismo entre producción y recursos naturales, metabolismo que estaba organizado en términos de la llamada destrucción productiva capitalista (la que destruía recursos naturales para la producción de mercancías), ha llegado a un umbral de extinción en que, no habiendo nuevos territorios que conquistar, comienza a devastar los recursos más allá del equilibrio antes señalado. Esta alteración del metabolismo implica entonces que las prácticas económicas neoliberales, derramadas sobre el planeta, ya no se sosiegan ni se limitan con algún tipo de contención, y en su misma intensificación, están produciendo un agotamiento del umbral de sustentabilidad de la vida para múltiples especies y recursos. Desde la axiomática capitalista, ese agotamiento se enfrenta mediante el reemplazo de los recursos agotados por otros recursos nuevos, que pronto correrán la misma suerte, lo que nos lleva a una situación mucho mas compleja que la brutal explotación capitalista clásica. De ahí, por ejemplo, que en los actuales debates sobre las consecuencias del régimen de producción capitalista, algunos prefieran hablar de capitaloceno, más que de antropoceno, para explicar esta intensificación de la devastación planetaria por parte del sistema capitalista.[18]

 

En este contexto, interesa mostrar la co-emergencia y la copertenencia de las enfermedades zoonóticas, los procesos de híper-explotación de recursos naturales, el animal farming y las plantaciones acuáticas, los procesos integrales de deforestación y apropiación de territorios y “recursos naturales (aguas subterráneas, por ejemplo), la maquilación de la economía del off-shoring (el caso Juárez es ejemplar al respecto), los femicidios y la pauperización general de la población vinculada a la economía mediante la demanda de mano de obra no cualificada, sometida a regímenes de trabajo intensivo y extendido; a lo que habría que sumar los proceso de acumulación derivados de la guerra y del crimen, asociados con la oferta de seguridad y con los conglomerados militares y con las corporaciones de seguridad (mercenarios) que se benefician (profitan) de los conflictos bélicos, más allá de sus consecuencias para la población en general, la que afectada en sus mismas condiciones de existencia, abastece el ciclo de las migraciones forzadas en la actualidad.

 

Es decir, a la ruptura del metabolismo clásico, hay que agregar la intensificación de la explotación del trabajo, la masificación de los procesos de expropiación territorial y analizar la composición variable del capital, que combina hábilmente formas de plusvalía absoluta y relativa, intensificación tecnológica de la producción y formas de explotación del trabajo propias de la llamada acumulación primitiva u originaria del capital.[19] En este sentido, nociones tales como acumulación por desposesión, maldesarrollo y neo-extractivismo[20], responden, precisamente, a esta lógica en que la acumulación primitiva lejos de constituir una instancia originaria y superada al interior del modo de producción capitalista, se muestra como una forma de acumulación permanente, inscrita en el horizonte de sus posibilidades. Todo esto nos indica dos cosas fundamentales, primero, nunca hubo algo así como una normalidad capitalista que no estuviese constituida por la combinatoria de diversos patrones de acumulación, explotación y expropiación. Segundo, que el derrame neoliberal produce un agotamiento final de la imagen normal del capitalismo mostrándolo como un proceso permanente de represión, devastación y normalización. Esto equivale a sostener que las guerras, la miseria, la precarización de la vida, los femicidios, las dictaduras, etc., no son ni accidentes ni interrupciones del modo de producción capitalista, el que tendería al progreso y la democracia, sino que son mecanismos inherentes a sus dinámicas flexibles de acumulación y expropiación.

Sin embargo, lo que estamos viviendo en estos últimos años se debe también a la intensificación de esas dinámicas de acumulación y expropiación, las que están atravesando el umbral de sustentabilidad y desbaratando el precario equilibrio metabólico moderno, llevándonos a un horizonte de devastación generalizada de las diversas formas de vida que habitan el planeta. Una de las consecuencias más delicadas de esta devastación es la transformación radical del carácter de las luchas políticas contemporáneas, las que no pueden ser remitidas a las agendas reivindicativas, identitarias y emancipatorias clásicas, ni reducidas a una reorganización, simbólica o real, de la distribución de la riqueza. Hoy estamos presenciando la emergencia de luchas existenciales que no apuntan a una agenda económica o reformista clásica, sino a la posibilidad de la sobrevivencia en un mundo estructurado por una onto-antropología especista, heteronormativa, patriarcal, capacitista y productivista cuyas consecuencias son devastadoras. Pero esta sobrevivencia ya no puede ser pensada ni romantizada como una vida marginal o refractaria con respecto al sistema capitalista, pues el mismo sistema capitalista, en su condición ubicua y derramada, ocupa el espacio total de la existencia, obligándonos a restituir, mediante la afirmación de la vida, un conflicto sin sutura con la lógica del capital.

 

La condición existencial de las revueltas, entonces, nada tiene que ver con las concepciones modernas del conflicto social, pues impone sobre la serie de especificaciones y determinaciones de estos conflictos una simplificación paradójica. Atendidas en la singularidad de su historicidad, cada una de estas luchas resiste la traducción equivalencial que define a la lógica hegemónica de la política moderna, en términos de bloques, partidos o conglomerados; sin embargo, si por un lado son inarticulables en una cadena equivalencial o hegemónica, por otro lado, comparecen juntas a una misma dinámica definida por la devastación capitalista. De esto se siguen tres problemas relacionados:

 

  1. a) Por un lado, tal vez nunca las revueltas fueron o debieron ser pensadas desde un referente universal, pues expresaban una lógica contra-moderna, entendiendo por tal, una lógica que se substraía tanto de la vinculación onto-política de teoría y práctica universalmente formulada, como de una cierta organización principal y estratégica de la acción. De ahí se siguen las dificultades en la teoría del cambio social e, incluso, en el marxismo, para pensar la emergencia de rebeliones sociales que parecían contradecir los criterios de una política racionalmente fundada, desde las revueltas campesinas hasta las luchas estudiantiles. [21]

 

  1. b) Por otro lado, y más allá de la floja oposición entre revolución y revuelta (y atendiendo a la monumentalización de la misma revolución, que no es sino una revuelta revestida con el carácter mítico de un “origen” o nuevo comienzo), habría que pensar en las condiciones de emergencia de una serie de procesos de insubordinación social que ya no pueden ser comprendidos de acuerdo con la lógica nómico-partisana del conflicto central moderno, relativo a las batallas por la liberación nacional o socio-económica. Conflictos que expresan una rebelión casi somática con la intensificación de los procesos policiales de gubernamentalización de la vida, intensificados, precisamente, gracias a la instauración de las políticas neoliberales.[22]

 

  1. c) Y esto nos lleva al tercer problema, la necesidad de atisbar una noción de lo común, para recordar nuestra temprana referencia a Peter Linebaugh, que atendiendo a la correlación entre derecho y propiedad, o si se prefiere, a la co-implicancia entre apropiación y criminalización, nos permita pensar la cuestión de lo colectivo y del “uso común de los bienes” sin restituir una noción de comunidad basada en la lógica identitaria y, finalmente, inmunitaria propia del comunitarismo convencional. Se trata, en otras palabras, de un pensamiento de la revuelta y del común más allá de la onto-política, abierto a las formas y prácticas profanas que constituyen la historia, que son la historia, una vez que esta ha sido “liberada” de los esquemas archeo-teleológicos e identitarios propios de la filosofía de la historia del capital. Se trata, en efecto, de un pensamiento de la sociación y del ser singular-plural abierto a la posibilidad de un comunismo sucio y mundano.[23]

 

Históricamente es fácil percibir cómo a las transformaciones precipitadas por el neoliberalismo han sido acompañadas por una serie de revueltas existenciales cuyo arco histórico se abre con el famoso Mayo del 68 y con la huelga estudiantil del mismo año en México, asociada con la brutal matanza de los estudiantes en la Plaza de Tlatelolco, hasta llegar a las actuales manifestaciones contra el neoliberalismo en Chile, Colombia Haití, contra la violencia patriarcal en México o contra la violencia policial en los Estados Unidos. El pensamiento contemporáneo ha captado la singularidad de estos eventos pero, más allá de las tempranas consideraciones de Deleuze y Foucault sobre el 68, o del mismo Foucault sobre las revueltas iraníes del 79, hasta llegar a la recuperación de la monografía de Furio Jesi sobre la rebelión Espartaquista en Alemania, la cuestión del desacuerdo y la irrupción demótica en Rancière, o los debates que rodean la misma rebelión estudiantil del 68 en México, y más allá de su mitificación oficial, todavía necesitamos una cierta formalización de estas preguntas para estar a la altura de las formas inverosímiles y enrevesadas de las revueltas contemporáneas.

 

Es por todo esto que, me atrevo a sugerir, lo que define a las protestas contemporáneas es su carácter existencial, pues ya no responden necesariamente a una agenda partidaria o a un programa ideológico pre-establecido. Se trata de manifestaciones cuyo denominador común no está dado solo ni principalmente por reivindicaciones económicas o identitarias, sino por la afirmación de la existencia, en un mundo estructurado por procesos de acumulación y expropiación que terminan por precarizar radicalmente dicha existencia, hasta convertirla en vida sacrificable. En efecto, la lógica de la desregulación neoliberal opera precarizando la vida y luego normalizando dicha precariedad a partir del uso de mecanismos policiales de contención de toda forma de resistencia; mecanismos implementados por una policía que, lejos de su adscripción ideológica moderna, se mueve ahora de acuerdo con criterios auto-impuestos de eficacia y productividad, definiendo su relación con la sociedad según los protocolos de seguridad y control, en una nueva forma de guerra urbana, siempre que la desregulación neoliberal también ha operado en los aparatos represivos de Estado, marcando sus agendas ya no necesariamente según criterios ideológicos clásicos, sino según criterios de seguridad y de rentabilidad entregados por el complejo industrial-miliar-carcelario contemporáneo y sus insaciables demandas. Es esto lo que permite comprender la copertenencia al mismo horizonte histórico de, por un lado, el complejo jurídico-carcelario y el crecimiento de la reclusión penal, y, por otro lado, la sofisticación de las tecnologías de vigilancia, las que favorecen prácticas de control que incluso llegan a la excarcelación controlada por dispositivos tecnológicos que expanden el espacio carcelario al ceno de la sociedad, sometiendo a la población en general a las prerrogativas de una vigilancia plena, justificada en la misma constatación de una amenaza eterna (como la conculcación de las libertades civiles después del 2001 en Estados Unidos y la conversión del estado de excepción en forma permanente de gobierno).

Por otro lado, no olvidemos que la artimaña neoliberal por excelencia fue la de reducir el problema de la libertad a una cuestión de mercado. De ahí entonces que, desde el carácter existencial de las revueltas, la libertad vuelva a ser fundamental, pero no solo en oposición a la libertad económica, sino en oposición a toda la tecnología gubernamental de la biopolítica contemporánea y sus operaciones de control, seguridad, administración, habilitación, productivización y optimización del viviente.

 

No olvidemos tampoco que más allá de las apuestas de la biopolítica afirmativa, la que todavía depende fuertemente de una antropología productivista de la multitud y del trabajo vivo, necesitamos pensar las revueltas en su afirmación de la existencia y su libertad, contra el neoliberalismo y sus lógicas sacrificiales, precisamente porque la revuelta establece una relación al tiempo en el nudo de su inminencia, y nunca desde la demanda política convencional.

 

El caso de las recientes revueltas estadounidenses parece ser relevante porque en ellas se expresa una doble negación. Por un lado, ellas muestran la perseverancia estructural de un racismo cuyo origen es constitutivo (y no derivado) de los mismos procesos de acumulación que permitieron el desarrollo de la economía norteamericana. Por otro lado, esta racismo histórico y estructural, que no debe ser desconsiderado a la hora de pensar en los procesos de explotación y expropiación del capitalismo, se ve ahora complementado con un racismo securitario, el mismo que fundamenta las políticas públicas, la criminología oficial, el sistema carcelario y judicial, y exacerba el racismo estructural de la institución policial. Sin embargo, reducir las revueltas actuales a una reivindicación identitaria o sectorial, relativa única y exclusivamente a la población negra, es inscribirlas en las lógicas del reparto policial que definen a la democracia neoliberal contemporánea. Sería equivalente a reducir las revueltas feministas de los últimos años a una demanda política de las mujeres y para las mujeres. Sin obliterar las singularidades de estas revueltas, ni intentar elaborar una teoría general de la revuelta (toda revuelta es, en principio, una revuelta contra la Teoría), habría que mostrar cómo en ellas se juega algo mucho más relevante que una reivindicación puntual (sin descontar la legitimidad de dichas reivindicaciones), se juega un cuestionamiento radical de la lógica de la devastación que la desregulación neoliberal ha impuesto en el planeta, la misma que facilita la migración de organismos patógenos al cuerpo humano y el incremento de enfermedades zoonóticas, el cambio climático y el agotamiento de recurso naturales, la precarización de la vida y las migraciones forzadas, y, por supuesto, la metamorfosis del racismo en el contexto de una normalización securitaria cuyo objetivo no es el bienestar humano, mucho menos el equilibrio metabólico con la naturaleza, sino la protección de los procesos de acumulación y su reproducción al infinito.

 

La larga historia de injusticias, explotación y discriminación a la que ha sido sometida la población negra norteamericana no debe borrar su igualmente larga y compleja historia de formas de resistencia. Sin embargo, tampoco debemos renunciar a interrogar el carácter singular de las actuales revueltas sociales en el contexto, inédito hasta ahora, de la devastación capitalista, no por que las revueltas actuales sean una negación de las revueltas históricas, sino porque que son su intensificación, en la medida en que lejos de poder ser resueltas por una simple maniobra política, son revueltas existenciales que ponen en juego la racionalidad última del capitalismo. Es en este contexto que la infrapolítica, concernida con la posibilidad de la existencia y de la libertad, antes o a pesar de la demanda política convencional, de la identificación, de la subjetivación militante, parece posibilitar una reflexión sobre la revuelta cuya topología an-árquica se muestra más allá de los diferentes principios o archés que han organizado la historia política y la historia del pensamiento político occidental. Más allá de la inmanencia de la revuelta, la infrapolítica habita su inminencia, es decir, la virtualidad o posibilidad que se esconde en un mundo cada vez más imposible.

 

Las mismas revueltas, como prácticas de insubordinación de los cuerpos que se deciden a experimentar una forma de ser en común, ocupando la ciudad vigilada, no solo develan el rol normalizador y securitario de la policía contemporánea, descubren con esto su más burdo carácter instrumental para la reproducción infinita del capital, sino que suspenden toda lógica principia de autorización, haciendo imposible pensar a la infrapolítica como una teoría de la revuelta. Esto, por supuesto, es muy delicado, pues presentar a la infrapolítica como una teoría adecuada a momentos como estos es no haber comprendido en absoluto la insinuación infrapolítica, la que consiste, más allá de toda determinación teórica de lo real, de todo saber categorial o substantivo, en volver a pensar la relación entre existencia y libertad de modo radical. La radicalidad de este pensamiento, sin embargo, no tiene que ver con el radicalismo onto-político convencional, ese que acompañando las revueltas regenera en su interior tendencias policiales nuevas, pues habita en una dimensión intraducible a los cálculos y estrategias de la racionalidad política moderna.

 

La impotencia del pensamiento político contemporáneo consiste en no haber sido capaz de pensar la singularidad y la historicidad de las revueltas actuales, sin remitirlas a los esquemas de racionalidad y sus lógicas estratégicas. Pensar dicha historicidad es tanto entender las condiciones materiales en las que hoy se juega la lucha por la sobrevivencia y la libertad, como atender a la potencia destituyente que emana de la experiencia inminente de las revueltas.

 

Ypsilanti, June 2020.

 

NOTAS:

[1] John Bellamy Foster. “Marx, Value, and Nature.” Monthly Review: An Independent Socialist Magazine Vol. 70, No. 3: July-August 2018. Ver: (https://doi.org/10.14452/MR-070-03-2018-07_6). Ver también del mismo autor Marx’s Ecology. Materialism and Nature. New York: Monthly Review Press, 2000.

[2] Karl Marx and Frederick Engels, Collected Works, vol. 1. New York: International Publisher, 1975. 224-63. 4

[3] Peter Linebaugh. Stop, Thief! The Commons, Enclosures, and Resistance. Oakland, California: PM Press, 2004.

[4] En otro lado, no en este, habrá que determinar la relevancia de este materialismo no dialéctico, en relación con la adjudicación heideggeriana del materialismo de Marx al horizonte hegeliano. Véase, Felipe Martínez Marzoa. La filosofía de “El Capital” de Marx. Madrid: Abada, 2018. La apuesta es grande porque contradice la recepción habitual del pensamiento de Marx, y apunta a la posibilidad de un materialismo no remitido a la noción hegeliana de trabajo como subjetivación del mundo. Una primera cuestión, sin embargo, viene dada por la necesidad de distinguir el rol de los conceptos o categorías pre-críticas y las nociones postuladas por Marx, como “para-conceptos”, “conceptos transitorios” o “defectivos” que interrumpen la circulación o la traductibilidad teórica convencional, ya que no funcionan de manera sintética ni configurativa, según el esquematismo ilustrado del entendimiento o de la razón (Kant-Hegel). Ver acá, Jacques Lezra. On the Nature of Marx’s Things. Translation as Necrophilology. New York: Fordham University Press, 2018.

[5] El ya citado texto de Bellamy Foster “Marx, Value, and Nature” desarrolla una crítica similar de este tipo de generalidades presentes en el análisis de Jason Moore en su Capitalism in the Web of Life. Ecology and the Accumulation of Capital. New York: Verso, 2015. Véase también de Bellamy Foster, Brett Clark y Richard York. The Ecological Rift. Capitalism’s War on Earth. New York: Monthly Review Press, 2010. El debate sobre la relación entre naturaleza y valor, en efecto, exige distinguir entre riqueza y capital y comprender la génesis histórica de los procesos de valoración, más allá de los conceptos convencionales de riqueza y de naturaleza.

[6]  Tomo la noción de capitalismo del desastre de Naomi Klein. The Shock Doctrine. The Rise of Disaster Capitalism. New York: Picador, 2008. Así mismo, tomo la noción de capitalismo axiomático de Gilles Deleuze y Félix Guattari. Mil mesetas. Capitalismo y esquizofrenia 2. Valencia: Pre-Textos, 2004. Y, finalmente, la noción de narco-acumulación de mi colega Gareth Williams. Infrapolitical Passages: Global Turmoil, Narco-Accumulation, and the Post-Sovereign State. New York: Fordham University Press, 2020 (Forthcoming). Todos ellos coinciden en romper con la imagen monumental y estandarizada del modo de producción capitalista, para hacerse cargo de los permanentes giros y transiciones internas al proceso de acumulación.

[7] Véase la página oficial del World Health Organization: (https://www.who.int/ith/diseases/sars/en/). Ver también, “Zoonosis Emergence Linked to Agricultural Intensification and Environmental Change”, VV AA.: Proceedings of the national Academy of Sciences of the United States: (https://www.pnas.org/content/110/21/8399).

[8] Ver de Rob Wallace, Alex Liebman, Luis Fernando Chaves and Rodrick Wallace, “COVID-19 and the Circuits of Capital.” Monthly Review: An Independent Socialist magazine. Mayo 1, 2020:

(https://monthlyreview.org/2020/05/01/covid-19-and-circuits-of-capital/#en44backlink). Agradezco a Juan Duchesne la referencia de este texto, que sirve como base para la argumentación que desarrollo en este apartado.

[9] Véase Wallace, et al., y “Zoonoses and Marginalised Infectious Diseases of Poverty: Where do We Stand?”, Molyneux et al. Parasites & Vectors 2011, 4: 106: (http://www.parasitesandvectors.com/content/4/1/106).

[10] Véase de Mindi Schneider, “Wasting the Rural: Meat, Manure, and the Politics of Agro-Industrialization in Contemporary China”. Geoforum, Volume 78, January 2017, pp. 89-97:

(https://doi.org/10.1016/j.geoforum.2015.12.001). Además de los clásicos de Frances Moore Lappe. Diet for a Small Planet. New York: Mass market, 1991, y Eric Schlosser. Fast Food Nation: The Dark Side of the All-American Meal. New York: Houghton Mifflin Company, 2001.

[11] Para una visión geopolítica de la soya, Gustavo de L.T. Oliveira. “The geopolitics of Brazilian soybeans”. The Journal of Peasant Studies, 43:2, 348-372: (https://doi.org/10.1080/03066150.2014.992337). También de Mariano Turzi. “The Soybean Republic”. Yale Journal of International Affairs, Summer/Spring 2011. 59-68: (http://yalejournal.org/wp-content/uploads/2011/09/6.Articles_Turzi.pdf). Véase también el informativo texto de Jason Louv. Monsanto vs. the World: The Monsanto Protection Act, GMOs and Our Genetically Modified Future. New York: Ultraculture Press, 2013. Y el documental de Sarah Ferguson, The Monsanto Papers, 2018.

[12] 12 Ver de Renato A. Quiñones Marcelo Fuentes Rodrigo M. Montes Doris Soto Jorge León‐Muñoz, “Environmental Issues in Chilean Salmon Farming: A Review”. Reviews in Aquaculture (2019) 11, 375-402, como ejemplo relativo a las plantaciones salmoneras en el Sur de Chile: (https://doi.org/10.1111/raq.12337). Ver también, Adèle Mennerat, Mathias Stølen Ugelvik, Camilla Håkonsrud Jensen y Arne Skorping. “Invest More and Die Faster: The Life History of a Parasite on Intensive Farms”. Wiley Online Library, 2017: (https://doi.org/10.1111/eva.12488). Para no mencionar los innumerables estudios sobre las consecuencias para la biodiversidad y para la alimentación balanceada derivadas del cultivo de la tilapia y el camarón.

[13] Lectores de literatura latinoamericana recordarán que esta es la dinámica económica central de El zorro de arriba y el zorro de abajo, la famosa novela de José María Arguedas (Editorial Universidad de Costa Rica, 1996), ubicada en la ciudad costera de Chimbote, Perú, a la que llegan capitales transnacionales para industrializar la pesca, desplazando la pesca artesanal y demandando mano de obra barata que comienza a llegar a la costa desde la sierra. El ya citado artículo de Wallace et. al “COVID-19 and the Circuits of Capital” elabora brillantemente este mismo ciclo a partir de la historia de Alicia Glen, quien trabajó para la oficina del Mayor de Nueva York encargada del proyecto de desarrollo habitacional, y que coordinó, tres años antes, las inversiones del conglomerado Golden Sachs, que en ese entonces se había apropiado de múltiples fondos estatales destinados a paliar la crisis de bienes raíces de ese momento; para limpiar esos dineros el conglomerado decidió diversificar sus inversiones con la compra de 10 poultry farms (criaderos de pollos) en las provincias de Fujian y Hunan, esta última colindante con Hubei y cercana a la famosa ciudad de Wuhan. La ironía, por puesto, es que Glen está presente en los dos extremos de este circuito, como encargada del problema habitacional de la ciudad de Nueva York y como consejera en las inversiones de Golden Sachs, que muy cercanas a la región de origen del virus, representan la lógica integral de la inversión desregulada, lógica que se exacerba si consideramos que Nueva York es, por lejos, la ciudad más afectada en el mundo por esta pandemia. Ver también “Goldman Sachs Pays US$300m For Poultry Farms”, en: South China Mourning Post:

(https://www.scmp.com/article/647749/goldman-sachs-pays-us300m-poultry-farms), donde se describen las inversiones del Deutsche Bank, para dar una idea de las nuevos nichos de inversión del capital.

[14] Wallace, et al. “COVID-19 and The Circuits of Capital”.

[15] Robert G. Wallace. “Breeding Influenza: The Political Virology of Offshore Farming”. Volume41, Issue5, November 2009. Pp. 916-951: (https://doi.org/10.1111/j.1467-8330.2009.00702.x). Ver también, Anneke Engering, Lenny Hogerwerf & Jan Slingenbergh. “Pathogen–Host–Environment Interplay and Disease Emergence” Emerging Microbes and Infections (2013) 2. (https://doi.org/10.1038/emi.2013.5), y, Jay P. Graham, Jessica H. Leibler, et. al. “The Animal-Human Interface and Infectious Disease in Industrial Food Animal Production: Rethinking Biosecurity and Biocontainment”. Public Health Reports / May–June 2008 / Volume 123. Pp. 282-99: (https://doi.org/10.1177/003335490812300309). Ver también Bryony A. Jones, Delia Grace. et. al. “Zoonosis Emergence Linked to Agricultural Intensification and Environmental Change”. PNAS May 21, 2013. 110 (21): 8399-8404: (https://doi.org/10.1073/pnas.1208059110).

[16]  Isabel Frey. “‘Herd Immunity’ is Epidemiological Neoliberalism”. Marzo 19, 2020:

(https://thequarantimes.wordpress.com/2020/03/19/herd-immunity-is-epidemiological-neoliberalism/). A la actual falta de estudios sobre el rol de las corporaciones trasnacionales y el conglomerado farmacéutico-químico y médico, habría que sumar la criminalización del uso de drogas consideradas ilegales, atendiendo a la forma misma en que se determina lo legal y lo ilegal en estos casos. Por otro lado, si el capitalismo clásico, basado en una antropología productivista y “capacitista”, discriminaba, criminalizaba y marginaba a toda forma de vida renuente a la lógica del capital, su intensificación neoliberal extiende las nociones de discapacidad y disfuncionalidad hasta hacerlas coincidir con grandes sectores poblacionales considerados como desechables.

[17] El tomo uno, Derrames. Entre el capitalismo y la esquizofrenia. Buenos Aires, Cactus, 2005, compila lecciones dadas entre 1971 y 1979, mientras que el segundo volumen, Derrames II. Aparatos de Estado y axiomática capitalista. Buenos Aires: Cactus, 2017, compila las lecciones que van del 1979 hasta el 1980.

[18]Jason W. Moore, ed. Anthropocene or Capitalocene? Nature, History, and the Crisis of Capitalism. Oakland, California: PM Press, 2016. Tambien, Dipesh Chakrabarty. “The Climate of History: Four Theses”. Critical Inquiry 35 (Winter 2009): 197-222.

[19] Cuestión ya anticipada por Bolívar Echeverría en sus ensayos. Ver, la sección VI, “Crítica de la economía política” (559-724) de la amplia antología de sus trabajos titulada Bolívar Echeverría. Crítica de la modernidad capitalista. La Paz: Vicepresidencia del Estado Plurinacional de Bolivia. 2011.

[20]Tomo noción de acumulación por desposesión de David Harvey. A Brief History of Neoliberalism. Oxford: Oxford University Press, 2007. A su vez, tomo las nociones de maldesarrollo y neo-extractivismo de Maristella Svampa y Enrique Viale. Maldesarrollo. La Argentina del extractivismo y el despojo. Buenos Aires: Katz Editores, 2014. Se trata de nociones descriptivas que muestran las formas de expropiación y de derogación de derechos y acceso a los bienes y usos comunes, pero que no deben ser substantivadas, a riesgo de homogeneizar la lógica axiomática de los derrames.

[21]Más allá de los muy relevantes análisis del subalternismo asiático y de Ranajit Guha en particular, pero también de la misma cuestión de la revuelta elaborada por Furio Jesi, cabe aquí simplemente mencionar la incomodidad para el pensamiento político moderno con las diversas irrupciones de la revuelta, la que es remitida a una psicología profunda de la multitud irracional y de la anarquía.

[22] Por supuesto, no es que los conflictos socio-económicos pierdan relevancia frente a las revueltas existenciales, sino que gracias a esta intensificación neoliberal de la normalización y de la optimización productivista, lo económico-social se muestra como existencial a nivel general, y no solo a nivel de un sector de la población, una clase o grupo.

[23] Jean-Luc Nancy. Ser singular-Plural. España: Arena Libros, 2006. También nuestro “Comunismo sucio”. NIERIKA. Revista de Estudios de Arte, Año 8, Núm. 15, enero-junio 2019: 99-116: (http://revistas.ibero.mx/arte/uploads/volumenes/15/pdf/Nierika_15_PDF_Final_(2).pdf).

Dinero en Helicóptero, ¡AHORA!

 

por Bruno Cava Rodrigues[1]

 

Imprimir dinero para una renta Universal

Para hacer un gasto tenemos dos opciones. Podemos gastar lo que tenemos o lo que no tenemos, al momento de gastar. En el primer caso, he recibido dinero anteriormente, como pago del salario. Por otro, tomo prestado. ¿Cuál es la diferencia? En el segundo caso, pago intereses, es decir, un precio por el crédito que obtuve. Hay una serie de críticas que dicen que el aumento de la deuda interna es malo en sí mismo, que el endeudamiento generalizado no es más que una explotación traicionera. Habremos vendido el futuro a los acreedores. Depende. Toda deuda presupone un crédito.

Si, actualmente, recibe dinero que no tiene, es porque tiene algo más que lo califica como elegible para crédito. ¿Qué es lo que sería esto? Activos sociales. Su conjunto de capacidades, relaciones y actividades, que amplía el límite de sobregiro, tarjeta de crédito y financiamiento a largo plazo.

¿Hasta dónde puedo ampliar mi crédito? Una respuesta es: hasta donde alguien tenga que financiarte. Ese alguien que evaluará si vale la pena venderte dinero a cambio del interés, el dinero futuro. Otra respuesta correcta: hasta el límite de lo que puedes incorporar en términos de credibilidad. Es decir, a través de relaciones, reputaciones y actividades, la persona (física o jurídica) reúne un grado variable de crédito personal, que, a su vez, forma parte del crédito social en su conjunto, ya que solo existimos económicamente en redes y agregados.

Si consigues aumentar tus ingresos a lo largo del tiempo a una tasa superior a la tasa de interés de las deudas que has contraído, serás solvente. El endeudamiento fue productivo y aumentó tu demanda personal y, en consecuencia, la demanda social (agregada). De un lado u otro de la respuesta, a través de la oferta o la demanda, llegamos al mismo problema, en dos formulaciones.

¿Cuál es la cantidad de interés que estás dispuesto a pagar/recibir contra el crédito social definido? ¿Hasta qué límite se expande/contrae el crédito social ante un monto de interés definido?

***

El presupuesto del gobierno funciona como el presupuesto doméstico. Esta comparación se puede hacer. El lector no necesita respaldar la analogía frente a una supuesta falacia de composición, que algunos economistas se apresuran a señalar.

Algunos hacen esto para soplar las nieblas del misterio sobre la moneda. Un curioso fenómeno pedagógico en el estudio del tema monetario es cómo, en los primeros clics, ocurre que el estudiante piensa que ha encontrado las siete claves del secreto del dinero. Esta es la receta correcta para el enlucido existencial típico de otra cultura del despertar: me desperté de mi sueño dogmático y me iluminé con una verdad oculta u ocultada, una fuente en la economía de fundamentalismos ortodoxos o heterodoxos y sus demarcaciones escolares de suma cero.

En cambio, creo que la simple intuición del dinero que tenemos en el sentido común no está lejos de la explicación compleja.

¿Por qué el presupuesto del gobierno es similar al presupuesto domestico? Porque, tal como las personas, el gobierno tiene dos formas de financiar sus gastos. Puede gastar el dinero que tiene y lo que no tiene al momento de gastar.

En el primer caso, tiene el dinero recibido previamente en la recaudación de impuestos. En el otro, pide prestado. ¿Cuál es la diferencia? En el segundo caso, paga intereses, es decir, un precio por el crédito que obtuvo.

Hay una serie de críticas que dicen que el aumento de la deuda pública es malo en sí mismo, que la deuda del gobierno no es más que una explotación traicionera. Habríamos vendido el futuro a los rentistas. Depende. Toda deuda presupone un crédito.

Si, en la actualidad, el gobierno obtiene dinero que no tiene, es porque ha calificado para poder pedir prestado. ¿Lo que sería? Su conjunto de capacidades, relaciones y actividades, que amplía el límite de la deuda pública en relación con la capacidad de recaudar impuestos, que a su vez es proporcional al producto de la economía.

¿Hasta dónde puede el gobierno expandir su crédito? Una respuesta es: en cuanto a quién tiene que financiarlo. Ese alguien que evaluará si vale la pena vender dinero al gobierno a cambio de intereses. Otra respuesta correcta: hasta el límite de lo que el gobierno puede incorporar en términos de credibilidad. Es decir, a través de relaciones, reputaciones y actividades, el gobierno reúne un grado de crédito público que, a su vez, forma parte del crédito social en su conjunto, ya que el gobierno participa en la sociedad.

Si el gobierno logra aumentar sus ingresos con el tiempo a una tasa superior a la tasa de interés, será solvente. El endeudamiento fue productivo y contribuyó a aumentar la demanda social (agregada). De un lado u otro de la respuesta, a través de la oferta o la demanda, llegamos al mismo problema, en dos formulaciones.

¿Cuál es la cantidad de interés que está dispuesto a pagar/recibir contra el crédito público definido? ¿Hasta qué límite se expande/contrae el crédito público antes de un monto de interés definido?

***

En este punto, el economista de la falacia de la composición señala que el argumento anterior tiene una trampa. ¿Por qué?

Porque cuando las personas cruzan la línea, pueden terminar sin dinero en el futuro para pagar el precio del dinero prestado en el presente. ¿Podrían incurrir en más deuda para renovar las existentes? Sí, pero la situación de insolvencia es exactamente esa bola de nieve.

Resulta que el gobierno no puede cruzar la línea. El gobierno no puede terminar sin dinero. Si el crédito que obtuvo fue en moneda nacional y el propio gobierno crea la moneda nacional, entonces la solución es trivial. Todo lo que tiene que hacer es ordenar a la casa de moneda que «encienda la máquina» (presione la tecla ‘enter’) y zas: aquí está el dinero que faltaba para pagar la deuda pública. Imprimir dinero!

Ah, pero en las democracias modernas, el banco central imprime dinero. Es verdad. Es por eso que, en el argumento, se incluye una definición ad hoc de gobierno («consolidado» o «general») que incluye al banco central. Con esta premisa, el gobierno siempre es solvente, por definición. No sería inherentemente solvente solo si la deuda estuviera en una moneda que no crea (en una economía dolarizada, en la eurozona), o cuando el gobierno mismo decide no pagar (moratoria).

La deuda pública sería un problema mal planteado. El problema es cuánto del dinero creado es capaz de estimular la demanda o la producción y terminar siendo más grande de lo que comenzó. El ciclo de vida del dinero iría desde la creación en el momento del gasto hasta el retorno al gobierno a través de impuestos, que tienen la función opuesta de destruir el dinero. El gobierno no necesita recaudar para gastar, y tampoco es que el gobierno gaste para recaudar más tarde. El problema es completamente diferente: ¿cuánto y cómo gastar y cobrar, de modo que el ciclo de vida del dinero sea creciente?

Pero hay una trampa en la trampa. Es necesario dar otro giro al tornillo de la falacia de la composición.

La diferencia en la naturaleza entre el gobierno y la persona sería el poder soberano del gobierno general para crear la moneda. Crearlo de la nada, ex nihilo. Este privilegio ontológico de la entidad gubernamental en relación con las personas tiene una larga tradición. Se remonta a las teorías del derecho divino, como la de Jean Bodin o, en la versión secularizada del contrato social, de Thomas Hobbes.

La transición entre el cielo y la tierra tiene lugar a través del principio único del poder soberano. En su versión monetaria, la teoría es la siguiente: el dinero desciende del mundo de las ideas al mundo de la realidad a través de la emisión del gobierno. Y punto. Es una teoría política que, transpuesta a la cosmología, corresponde al creacionismo religioso.

***

Pero dejemos de lado la teología.

Sin el arquitrabe soberanista, el gobierno se convierte en una entidad social como las demás y la diferencia será en grado y funcionamiento, pero sin privilegios. Esto significa que las personas también creamos dinero. En términos técnicos: el crédito social endógeno es creativo.

¿Son los bancos los que monetarizan nuestro crédito o somos nosotros los que le damos confianza a la moneda bancaria?

Es el falso problema del huevo y la gallina. Desde la oferta o la demanda, la respuesta es la misma: la monetarización de la deuda es un proceso social. Y más aun: es un proceso social con un efecto multiplicador, porque en una sociedad la integración de las partes es mayor que la suma de ellas. Por así decirlo, existe el efecto multiplicador social de la moneda (me refiero a los trabajos de Nigel Dodd o Viviana Zelizer). La emisión del dinero no sale de la nada: se basa en la confianza construida día a día por las relaciones, la reputación y las actividades.

¿Por qué necesitamos bancos? Porque sin ellos, nuestro crédito social solo podría circular localmente, entre quienes nos conocen. El potencial productivo estaría limitado por la dimensión personal. Por eso es que existe la liquidez: para que la confianza personal sea integrada, con la ganancia productiva, en la confianza social global.

La monetarización del crédito lo hace impersonal y, por lo tanto, capilarizado por la sociedad. Básicamente, nunca hubo un estado de naturaleza de la economía sin dinero, como si esperara en la antesala del estado civil. El dinero siempre ha existido, porque es una condición propia de la existencia de la sociedad humana más allá de las pequeñas comunidades locales. La invención fueron los bancos, cuya función principal es proporcionar liquidez a la producción de riqueza, en otras palabras, es socializar el crédito.

Entonces, estaremos de acuerdo con el reemplazo del problema descrito anteriormente, pero no estaremos de acuerdo con el arquitrabe soberano que asume la centralidad del protagonismo estatal.

La pregunta principal realmente no debería ser sobre cuánta deuda sería correcta para un determinado nivel de crédito social o viceversa, sino sobre el ciclo de vida del dinero entre crédito y débito. En otras palabras, el problema del «cómo» organizativo a lo largo  el tiempo, que es un factor cualitativo.

***

¿Qué significa todo esto en términos prácticos?

Estamos al borde de otra crisis económica. La interrupción de las actividades debido a la pandemia condujo a una caída inmediata de los ingresos actuales. Peor aún, comprometió la expectativa general en el futuro, causando aversión al riesgo y, en consecuencia, un aumento en el precio del dinero. Las personas no solo reducen el consumo, sino que evitan el financiamiento a largo plazo. Los bancos retiran sus límites de crédito, prestan con moderación. Los agentes económicos generalmente buscan activos más seguros.

Mientras tanto, la reducción de la demanda se suma al shock de oferta: las cadenas de producción son desmovilizadas porque el costo fijo no paga. La capacidad instalada disminuye y las empresas cierran, las personas son despedidas y el desempleo estalla. La desarticulación de los circuitos de oferta y demanda interrumpe la economía en su conjunto. El gobierno pierde una fracción sustancial de su  recaudación, lo que lleva al deterioro de las cuentas públicas.

Frente a este pronóstico, ha surgido un consenso inusual entre los economistas de que es necesario activar un contragolpe. Los mismos que, hace unos meses, hablaron sobre reformas de austeridad, en las circunstancias actuales, son unánimes al concluir que sería un verdadero austericidio. No hay ninguna ironía para ser utilizada aquí. Esos economistas ahora dicen que es necesario pisar el acelerador del gasto simplemente porque ha aparecido una pendiente. Por otro lado, volveríamos al status quo ante. Cuanto antes mejor.

De hecho, las diferencias y disputas entre los economistas continúan, sin embargo, se manifiestan en el «cómo hacer» el contra shock. Esas diferencias y disputas incorporan opciones políticas, pero, atención, las opciones políticas simétricamente no prescinden de explicaciones complejas de la ciencia económica integrada.

Para esquematizar, el contra shock es una naranja con tres gajos: monetaria, fiscal y social. Los tres se articulan alrededor del eje de la naranja que es el dinero. Si el crédito social es endógeno, la respuesta social, su movilización productiva, es parte esencial del problema. Así como la respuesta del gobierno, en términos de gasto (política fiscal), y la respuesta del banco central, en términos de liquidez (política monetaria / bancaria).

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En Brasil, ¿cuál es la coordinación de competencias entre el gobierno/tesorería y el banco central? La disposición principal está en el artículo 164 de la Constitución, pero la lógica macroeconómica se ha construido gradualmente, por ejemplo, con el Plan Real (1994), el régimen de metas de inflación (1999), la Ley de Responsabilidad Fiscal (2000), Ley 11.803 (2008) etc. El artículo 164 prohíbe al BC financiar directamente al gobierno, separando la emisión de divisas de la emisión de deuda pública.

En resumen, el gobierno debe preocuparse por el equilibrio fiscal y la deuda pública es su responsabilidad, mientras que el banco central debe preocuparse por el saldo monetario y la moneda, su responsabilidad. En un lenguaje sencillo, el gobierno debe equilibrar los ingresos y los gastos y mantener la deuda pública bajo control, mientras que el banco central no puede dejar la moneda fuera de control (inflación).

Los economistas monetarios tienden a subordinar la política fiscal a la política monetaria y, por lo tanto, colocan la inflación (exceso de demanda) como un problema importante. Un pasado inflacionista-desarrollista ha estado trabajando a su favor desde el «Encilhamento»[2]. Una herencia macroeconómica especialmente maldita que va desde la construcción de Brasilia hasta la hiperinflación antes del Plan Real, así como el período más corto del desequilibrio fiscal y monetario más reciente, bajo el gobierno de Dilma.

Los economistas post keynesianos, por otro lado, tienden a subordinar la política monetaria a la política fiscal, con primacía del estímulo al  presupuesto público en la economía, colocando el desempleo (capacidad ociosa) como un problema importante. La coyuntura funciona a su favor, ya que todas las principales potencias económicas ahora se centran en recalentar la demanda.

Con la pandemia, gano enorme importancia el principio que, de que es más importante que mantener el equilibrio monetario o fiscal, que el banco central y el gobierno deben estimular la economía. La diferencia entre ellos no es solo el ‘cómo hacerlo’ y la proporción de harina y levadura, sino también el carácter a corto plazo (monetarista), a largo plazo (keynesiano) o permanente (MMT) del paquete de contra shock.

Todos están de acuerdo en que, en este escenario, el gobierno debe gastar y BC presionar por la caída del precio del dinero. Si los monetaristas entienden que el banco central debe tener un ojo puesto en los intereses y otro en la inflación, los post keynesianos dan prioridad a un tercer ojo centrado en la agenda productiva.

Es por eso que los ortodoxos entienden que no es necesario imprimir dinero, con una regulación más conservadora basada en el arroz y los frijoles de la política monetaria dentro de la estructura brasileña: reducción de las tasas de interés a corto y largo plazo, inyección  de liquidez en el mercado bancario, estímulo al crédito.

Los keynesianos, por otro lado, ven una relación más estrecha entre el gobierno y el banco central, ya que, con la crisis de 2008, el paradigma monetario ya habría sido desplazado irreversiblemente. Por lo tanto, en la práctica, ya habría financiamiento indirecto de la deuda pública a través de mecanismos tales como ‘Quantitative Easing’ o, en Brasil, las operaciones de Repos a gran escala.

Finalmente, los estatistas post keynesianos agrupados en la Modern Monetary Theory (MMT) agitan la oportunidad histórica de cortocircuitar permanentemente la emisión de divisas y la emisión de deuda pública, colapsando las funciones monetarias y fiscales en un solo presupuesto soberano. Por lo tanto, defienden la financiación directa del gasto público por parte del banco central.

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Aquí es donde entra en juego la discusión sobre el ingreso universal, en el punto en que se cuestiona el tercer gajo: la respuesta social a la situación de crisis. Si el crédito social es endógeno y crea dinero, la consecuencia lógica es que las políticas monetaria y fiscal juntas no son suficientes para el cambio. No tiene sentido estimular la economía si la economía no responde como se esperaba o planeó. Nunca debemos perder de vista el hecho de que también somos la economía. A pesar de la jerga técnica, los economistas están hablando de nosotros.

Acordaremos con los monetaristas que la política monetaria debe estar por encima de la política fiscal, especialmente en Brasil. Principalmente, porque el gobierno es un mal empresario. Porque todavía hay mucho por evolucionar en términos de control de la ineficiencia, la corrupción y el clientelismo. La crisis de representación resultante de la crisis de 2008, que golpeó duramente a Brasil en 2013, no tiene nada que ver con una revuelta rentista contra el regreso del estado. En realidad, la crisis de representación en el siglo XXI estuvo unida desde el principio a una demanda de mejores servicios públicos, que los estados han deteriorado.

La traducción macroeconómica de junio de 2013: si el multiplicador fiscal es menor que la unidad y el multiplicador social es mayor, la diferencia en el producto es nuestro déficit en relación con la democracia.

Para bien o para mal, el largo amanecer de la creación de confianza en torno al gobierno brasileño ha recorrido una línea ascendente desde el Plan Real, en la década de 1990, que era una condición institucional para lo que vino después. Sobre todo, con el vínculo entre las políticas fiscales y sociales, en la década de 2000, cuando una fracción mayoritaria de la población se incluyó en los circuitos monetarios/bancarios, lo que nos permitió vislumbrar una democracia posible.

Sin embargo, esta confianza ganada con tanto esfuerzo se ha arruinado durante la década de 2010. No tanto por la crisis de representación, sino por la respuesta política a esta crisis, que nos paralizo en bucles infernales. Respuestas retrógradas que se traducen en un debate público anclado en el pasado, un incesante «volver a____».

Como resultado, la respuesta social se separó de la reacción de los gobiernos y amplió la brecha de la representación.

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El acuerdo con los monetaristas, que sospechan del gobierno, termina aquí. Porque la política monetaria no puede ser un fin en sí misma, porque la estabilidad no es un fin en sí mismo, a menos que el objetivo sea mantener la posesión del dinero con quienes están en posesión del dinero hoy.

La política monetaria debe estar condicionada a la política social, que también forma parte, como uno de los tres gajos, de la política monetaria. La política monetaria debe vigilar la agenda productiva. Pero no a la agenda productiva implicada en la idea del retorno del estado, como si quisiéramos regresar al mundo anterior a 1970.

Esto va en contra no solo de la tendencia impulsora de la crisis de la representación que aumenta la desconfianza de los políticos en el gobierno, sino también del cambio estructural en el mundo del trabajo. El estado anterior a 1970 fue indexado a una realidad de la organización productiva que ya no existe.

Este es el principal problema de MMT, que no es para nada moderno: en la página 2 de la teoría esta… el  socialismo real. Un estado fuerte y planificador que prescinde de organismos reguladores intermedios. La MMT promete una ruptura del paradigma, pero, al final, quiere reconstruir el viejo paradigma. Es completamente arcaica y arcaizante, dentro de una mentalidad woke que dice mucho sobre el carácter revelador de la verdad que anuncia: el capitalismo sería una mentira bien elaborada.

La agenda productiva no debe ser organizada por el gobierno, a través de caricaturas del Plan Marshall o en el intento nostálgico de restaurar un estado de bienestar glorioso, sino a través de la respuesta social. Las políticas monetarias y fiscales deben articularse y, en última instancia, subordinarse a la política social.

La forma en que se articula el eje de los gajos será, lógicamente, la Renta Universal. En lugar de financiar al gobierno para aumentar el gasto público dentro de una agenda de productividad, como quieren los keynesianos, el objetivo debe ser que el banco central financie directamente a las personas mismas.

No se trata de tributación negativa, porque estamos hablando de emitir divisas primarias por parte del Banco Central y no renunciar a los ingresos. Un fondo para transferencias directas de dinero, Fondo del Común, administrado por representantes electos, que ya podría comenzar con el beneficio de las reservas internacionales bajo la custodia del BC.

Esto implica, como la MMT quisiera, una ruptura del paradigma. Pero de un tipo diferente. No tanto por el regreso a un mundo que ya no existe, cuyo horizonte es la nacionalización. No tanto al financiar un ‘Job Guarantee’ que convierte al gobierno en el jefe universal de la capacidad ociosa, o de un ‘People’s Quantitative Easing’ a través del gasto gubernamental. Sino más bien un escape continuo, una extensión afirmativa de la crisis de representación y el cambio estructural del trabajo, hacia una Renta Universal.

Del mismo modo que Quatitative Easing se ha perpetuado en un largo ciclo de liquidez que transformó el modelo de funcionamiento institucional, las crisis de la política y del trabajo también son crisis permanentes, que exigen la creación de respuestas.

Mucho más que un programa complementario, de asistencia o complementario a corto plazo, significa desarrollar la Bolsa Familia y el Auxilio Emergencial en una política permanente de ingresos incondicionales de la multitud. Más que eso, en un marco permanente de nueva política. La Renta Universal como programa de programas, el corazón de un nuevo paradigma de movilización productiva y de vivir bien, el commonfare.

El dinero no cae del cielo de los soberanos, emerge de las redes, hábitos y relaciones, y ahí es donde debemos construir las instituciones del futuro.

 

Traducción del portugués: Santiago De Arcos-Halyburton

 

Notas:

[1] Bruno Cava Rodrigues es un investigador asociado a la red Universidade Nômade (uninomade.net). Profesor de Filosofía, ofrece cursos libres en instituciones culturales en Rio de Janeiro (Cinemateca do MAM, Casa de Rui Barbosa, Museu da República) y en São  Paulo. Es graduado en Ingeniería por el Instituto Tecnológico de Aeronáutica–ITA y en Derecho por la Universidade do Estado do Rio de Janeiro –UERJ, en la cual curso su maestría en Filosofía  del Derecho. Autor de varios libros, en 2018 publico New Neoliberalism and the Other. Biopower, antropophagy and living Money (Lanham: Lexington Books, 2018), con Giuseppe Cocco

[2] El Encilhamento fue una burbuja económica que explotó a fines de la década de 1880 y principios de la década de 1890 en Brasil, y que provocó una crisis institucional y financiera.

Carlo Ginzburg: “El uso de la guerra como metáfora allana el camino a la limitación de las libertades individuales”

Por Pablo Marín

El historiador italiano, autor del longseller El queso y los gusanos, reflexiona acerca de metáforas, conjeturas y ficciones en tiempos de Covid-19.

Adherido a una etiqueta pegajosa, la de “microhistoriador”, Carlo Ginzburg (Turín, 1939) es un especialista en la cultura popular y en las mentalidades de los siglos XVI y XVII en Europa. También, un explorador de los problemas metodológicos de su oficio, interesado como está en las relaciones de este último con otros ámbitos disciplinares.

Convertido en longseller gracias a la historia del juicio a un molinero de la región del Friuli (El queso y los gusanos, 1976), este profesor emérito en la UCLA y en la Escuela Normal Superior de Pisa, toca distintas teclas, como quedó de manifiesto en sus visitas a Chile: si en noviembre de 2008 sostuvo un encendido debate en la Biblioteca Nacional con el teórico holandés Frank Ankersmit, quien ninguneó su interés en Thomas Hobbes, diez años más tarde volvió para hablar de su libro Miedo, reverencia, terror. Releer a Hobbes hoy (traducido en 2014).

Ha pasado la pandemia en su hogar en Bolonia, aprovechando el reciente término del confinamiento para pasear junto a su esposa -enmascarillados- por un “paisaje urbano triste”. Y como es también un académico ocupado y un intelectual público, se ha visto envuelto en “conversaciones interminables por Skype”, no pocas de las cuales terminan abordando el impacto del coronavirus.

Pero una cosa es hablar como ciudadano de una emergencia sanitaria, y otra, oficiar de opinólogo. Por eso, cuando recibió de La Tercera una invitación a conversar de historia en el contexto de la crisis, se excusó en principio -“no creo que tenga nada relevante que decir sobre el tema del que todos hablan”-, pero quedó abierto a responder si se hablaba de cuestiones que conoce y que domina. En ese caso, ¿por qué no partir volviendo a Hobbes, cuyo Leviatán (1651) acaba de reaparecer localmente, en versión compendiada y con nueva traducción? ¿Por qué no echar mano, cuando el miedo se enseñorea, al filósofo que reflexionó sobre el temor como factor de subsistencia de las sociedades?

La sola mención del británico da pie para que Ginzburg reflexione sobre las posibilidades de la historia: no de profetizar, sino de advertir lo que hay de históricamente nuevo en un momento dado. También de conjeturar. Rescatando unas anotaciones de hace un par de años, comenta que alguna vez dijo que trata de aprender cosas del pasado para hacer conjeturas respecto del futuro. ¿Qué tipo de conjeturas? No de las que se elaboran acerca de acontecimientos específicos, aclara. Y prosigue:

“El conocimiento histórico puede contribuir a nuestra comprensión del mundo al familiarizarnos con sociedades distintas, con valores distintos, con distintas aproximaciones cognitivas a la realidad, con posibilidades históricas que pueden o no materializarse en el futuro. Puede considerarse la historia como un correctivo para nuestra tendencia irrefrenable a adoptar una perspectiva etnocéntrica -provinciana, por lo tanto-, que hace de nuestros puntos de vista, de nuestros valores, de nuestras actitudes, los únicos criterios para evaluar la realidad”.

De vuelta al presente, dice que le produjo un momentáneo desconcierto que su ensayo sobre Hobbes se haya vuelto contingente, que resuene, como el propio autor que lo inspira. Pero, retrospectivamente, dice que pudo entender el porqué.

Había comenzado aquella investigación sumergiéndose en una traducción que Hobbes hizo de la Historia de la Guerra del Peloponeso, de Tucídides. Este describió a Atenas devastada por una plaga, sin Dios ni ley, pero dicho en otros términos: “Ni el miedo a los dioses ni las leyes de los hombres awed any man [atemorizaban a nadie]”. Hobbes tradujo el griego apeírgein por el verbo inglés to awe -que también significa intimidar, imponer reverencia-, pero este verbo incorporaba un matiz asociado a la idea de restringir, de limitar.

Al final de su ensayo, cuenta, “la plaga reemergió, indirectamente, en una conjetura acerca del futuro: un mundo en el que la contaminación del medioambiente ha alcanzado un nivel tal que la supervivencia de la especie humana requiere la imposición de un control político intensivo y omnipresente, más omnipresente que todos los leviatanes que surgieron en el pasado”. Un futuro hipotético que con suerte, escribió Ginzburg, “nunca ocurrirá”.

Por supuesto, concede el historiador, ese futuro no es igual al del Covid-19, pero dice entender por qué se ha evocado tanto a Hobbes en el último rato: “El pasado puede ayudarnos a descifrar el presente, e incluso a imaginar un futuro posible”.

Animales metafóricos

Ginzburg ha interpretado los afiches que interpelaban a los peatones durante la I Guerra Mundial en Gran Bretaña -con sus dedos índices conminándolos a enrolarse- como una versión secularizada del llamado del Todopoderoso. Las metáforas, como la que sugiere la imagen de Lord Kitchener llamando a salvar al Rey, pueden ser territorio de la poesía, pero también están a disposición del historiador.

Somos “animales metafóricos”, observa el autor de Mitos, emblemas, indicios. Y le devuelve la mano a la poesía, citando a este respecto unos versos de Baudelaire tomados de Las flores del mal (“Es la Naturaleza templo cuyos pilares /vivos dicen a veces parlamentos arcanos; /es un bosque de símbolos que cruzan los humanos, /y aquellos les dirigen miradas familiares”). “Todo aquí es metafórico, y todo el poema trata de “correspondencias”, es decir, de metáforas”, propone Ginzburg. “Las metáforas pueden actuar sobre el espectador, empujándolo a comprar algo o incluso a inscribirse como voluntario. Pero las metáforas también pueden tener un valor cognitivo, incluso predictivo”.