por Silvio Pedrosa
Somos sociedades intoxicadas por recuerdos e identidades hasta el punto de que creemos que las estatuas no pueden ser destruidas porque son construcciones de la memoria o de la historia, representaciones de identidades supuestamente más allá del alcance del presente. Es un poco lo que sucede con la ortografía: criticamos como arbitrariedad lo que cambia la ortografía tal como la conocemos porque la consideramos «natural», cuando, de hecho, es solo la naturalización social e histórica de otra arbitrariedad a la cual ya nos acostumbramos.
Vivimos al mismo tiempo el fetiche y la ilusión de la monumentalización del pasado, la posibilidad de que seamos capaces o de que sea necesario acumular representaciones del pasado simplemente porque son vectores de otra temporalidad. Derribar estatuas es un acto memoralístico tan significativo como erigirlas: la memoria no es una obra cerrada, sino que el trabajo incesante, work in progress, de reconocimiento y distanciamiento de los hombres y de las sociedades que buscan señalar sus propios caminos en el presente (fue lo que hicieron los romanos con aquello que denominaron damnatio memoriae, cuando destruían y vandalizaban las estatuas de los emperadores que habían caído para señalar el cambio de poder).
«Todo lo que existe merece perecer miserablemente» fue el emblema que Goethe colocó en la boca de Mephisto. A nosotros nos corresponde la tarea (esa a la que llamamos supervivencia y también vida) de resistir este proceso de perecer mientras decidimos, en cada momento, qué merece o no acompañarnos como símbolos de la experiencia humana. Lo que se está en discusión es si el homenaje a los hombres del pasado cuya notoriedad fue construida sobre la esclavitud y la muerte de africanos, indígenas, asiáticos y otros pueblos debe ser tolerada en el espacio público. No se trata de borrar el pasado, sino de recalificar lo que el pasado nos ha legado y la relación que las sociedades contemporáneas establecen con ellos, es decir, decidir si continuaremos conviviendo con tributos a los valores esclavistas, fascistas y autoritarios como si fuesen parte de los valores tolerables en el debate público de nuestro tiempo.
Muchas de las estatuas que existen hoy ya han borrado otras estatuas para que existir en su lugar (y en muchos casos la destrucción del pasado ha salvado la eliminación y la masacre de pueblos y etnias completas) o han derrotado otros proyectos de simbolización con los cuales disputaron la hegemonía de los valores de la sociedad de su tiempo. Cuando expira el momento de su proyección conmemorativa, pueden y deben dar paso a otras formas capaces de articular mejor el pasado, el presente y el futuro. Una foto o vídeo de una estatua caída es un documento de lo que fuimos, somos y deseamos para el futuro. Es un indicio tan importante como aquel del que la estatua en sí misma era un documento del tiempo en que fue creada y no pretende estar grabada en el mármol de los tiempos, ya que es una forma de expresión que acepta mejor la transitoriedad permanente del tiempo. «Las arenas solitarias e interminables» del tiempo, como dice el poema de Shelley, siempre nos están esperando.
Traducción del portugués: Santiago De Arcos-Halyburton
Silvio Pedrosa, profesor de historia en la red publica de enseñanza de Rio de Janeiro y activista de la red Universidade Nômade.

