Causas y razones del apagón en Venezuela (I): Corporación Eléctrica Nacional

Por Jeudiel Martínez

En 2007, el año de la creación de Corporación Eléctrica Nacional –Corpoelec-  el gobierno negaba que hubiera problemas con la electricidad aunque los habitantes de estados del occidente de Venezuela como Carabobo y Aragua sufrían apagones casi todas las noches.

Solo con el apagón nacional de 2008 causado, como el de 11 años después, por un incendio forestal cerca de la represa de Guri, el gobierno de Chávez finalmente  reconoció que la crisis eléctrica era real. Era un honor que todos los problemas no recibían.

El 21 de diciembre de 2009, decretó la “emergencia eléctrica”  y, fiel a sus modos militaristas,  nombró un “Estado Mayor Eléctrico” para que la enfrentara.  La emergencia  fue suspendida casi un año después el 30 de noviembre de 2010. Chávez anunció con su estilo triunfal:

Hemos decidido blindar a Venezuela eléctricamente, va a ser un país blindado, no habrá sequías, ni inundaciones ni cambio climático que afecten el nuevo sistema eléctrico que está naciendo en Venezuela[1].

El 14 de mayo de 2011, luego de dos apagones  de alcance nacional,  Chávez anunció un nuevo plan de racionamiento, aceptando que el sistema eléctrico  enfrentaba  “debilidades en la generación”[2].

El racionamiento terminó eventualmente pero dos años después,  el 3 de septiembre de 2013, habría otro apagón nacional. La crisis eléctrica había sobrevivido al caudillo.

Para 2018 la situación no había  cambiado: fallas constantes, sobre todo en el centro y el occidente del país en estados como Carabobo, Falcón, Zulia, Táchira[3]. Maracaibo y los municipios aledaños, con su calor abrazador, se habían  convertido ya  en el símbolo de la crisis eléctrica con apagones constantes de más de 8 u 12 horas[4].

Los apagones llegaron a la capital, antes protegida contra ellos, y uno particularmente severo en el mes de Marzo dejó inoperativa la plataforma del Banco de Venezuela por varios días.

Y luego en 2019, luego de que un apagón en Caracas sorprendiera a Maduro mientras transmitía en cadena nacional, una serie de catastróficos apagones  iniciados el 7 de marzo hicieron palidecer a los anteriores: dejaron sin electricidad a todo el territorio nacional,  muertos en hospitales a oscuras, vuelos suspendidos, comunicaciones colapsadas y gente recogiendo agua en las orillas del pútrido Guaire.

Ocurrieron  5 en marzo más otro el 9 de abril.

Depresión.

Chávez había dicho en 2006 que Venezuela sería una “potencia energética”. Era una de muchas promesas de su campaña continua como la de  alcanzar la “soberanía alimentaria” y ser un “superproductor de petróleo” y, en general, un “país potencia”. Estas promesas no solo no se cumplieron sino que lo hicieron al revés: el sistema eléctrico nacional colapsó, la producción petrolera se redujo, la mayoría de los alimentos son importados  y el país vive la crisis económica más grave de su historia.

 

No es  casualidad que el país con la mayor tasa de homicidios del mundo sea también el de la inflación más alta y el que ha vivido los apagones más largos. Que la producción petrolera se haya desplomado en la misma tierra que vio su parque industrial fenecer y su generación de energía eléctrica decaer en pocos años. Que allí donde la gente más pobre tiene que recoger agua de “ríos” pútridos y comer de la basura también sea imposible pagar incluso la vivienda más modesta con un salario promedio.

 

Lo común a todos los aspectos del desastre venezolano es la depresión, la pérdida de fuerzas, escases, la tristeza: fuerzas productivas, poder adquisitivo, las reservas internacionales, la población económicamente activa, el cauce de los ríos todo se contrae, disminuye se merma y en esa contracción la vida se hace difícil y precaria.

 

En el caso de la electricidad esa depresión es tan innecesaria como en todos los otros: según el Colegio de Ingenieros  hay unos  17.000 megavatios instalados de energía hidroeléctrica y una cantidad parecida de la  termoeléctrica instalados en el país. En total capacidad instalada del sistema eléctrico estaría  entre 25000 y 34.800 megavatios  mucho más de los 20.000 que el país consume.

 

Parte de esa capacidad generativa es la Represa de Guri, la tercera  hidroeléctrica más grande del mundo y la termoeléctrica de Planta Centro la más grande de América Latina a la que acompañan otras  varias instaladas en todos los estados que hoy sufren racionamientos.  Ni hablar de la abundancia de hidrocarburos, luz solar y ríos caudalosos que deberían hacer de Venezuela uno de los países con mayor generación eléctrica de la tierra y de los enormes recursos que hubo para invertir en el sector eléctrico.

Sin embargo se estima que el país  “solo tenemos disponibles entre 12.000 y 13.000 megavatios»[5]. Depresión.

Desde 2009 muchas excusas se han dado para ese colapso. Por mucho tiempo se culpó al “consumo excesivo” de los usuarios -sin aumentar las tarifas para inhibir ese consumo “o hacerlo viable con nuevas inversiones. Luego, entre 2011 y 2016 se culpó a la naturaleza: fuese El Niño, las sequias periódicas o los ataques de   iguanas y  zarigüeyas la culpa no era del gobierno. Para el chavismo no puede serlo a pesar de que ningún otro país de la región o con un clima parecido tenía problemas como esos.

Luego se empezó a hablar de sabotajes y saboteadores. Las denuncias de  ataques cibernéticos y electromagnéticos de Maduro  fueron precedidas por centenares de otras menos absurdas de ataques de incendiarios y saboteadores artesanales que, visto en perspectiva, eran más verosímiles. Pero ninguna de esas teorías conspirativas jamás explicó porque la generación en Guri decayó tanto, porque las grandes termoeléctricas no generan casi nada o que pasó con los grandes proyectos como Tocoma y los Parques Eólicos convertidos en ruinas prematuras tal como la “guerra económica” nunca explicó porque PDVSA bajo su producción por debajo de un millón de barriles al día.

Cadenas causales.

El Colegio de Ingenieros de Venezuela atribuye la crisis eléctrica,  a la “desinversión y falta de mantenimiento en las plantas y estaciones”[6]. Los ingenieros y especialistas en el área han señalado, repetidamente, una serie de causas, que podemos llamar operativas, para la crisis eléctrica iniciada en 2009.

Falta de mantenimiento y antigüedad de buena parte de la infraestructura eléctrica.  “Tenemos por ejemplo a Planta Centro que desde diciembre de 2015 no genera MW, siendo la central térmica con mayor capacidad en el país y en toda Latinoamérica”. Centrales térmicas, como la Ramón Laguna y  Tacoa “están inhabilitadas por daños particulares o falta de mantenimiento”[7].

Incapacidad para ejecutar los planes. La central hidroeléctrica Manuel Piar en Tocoma, estado Bolívar empezó a ser construida en julio de 2002, siendo su inauguración retrasada repetidamente -2012, 2014, 2015. Según el Ministro Motta Rodríguez estaría en funcionamiento para 2016 pero eso no se cumplió.

Falta de inversión en energías alternativas. El Parque Eólico de La Guajira, en que se invirtieron 200 millones de dólares en 2011, debía generar 75,6 MW, para finales de 2012, pero junto a la purificación del Guaire y la construcción de la represa de Tocoma se convirtió en un espejismo más.

 

La crisis eléctrica, iniciada casi al mismo tiempo de la creación de Corpoelec, fue uno de los signos tempranos del proceso de descomposición que, nueve años después, llega a sus extremos.   De hecho es una verdadera imagen del chavismo que le revela en su diseño, en su diagrama. ¿Y que revela? Pues la relación misma entre chavismo y desastre. Las causas, ya no operativas sino profundas,  primeras, constitutivas están claras y son fáciles de entender:

Una centralización viciosa, excesiva, cuya lógica no solo era profundamente   burocrática y arcaica sino clientelar y caudillista. Su resultado es Corpoelec.

Una corrupción ilimitada que vio en el Sistema Eléctrico una oportunidad insuperable. Un resultado es el saqueo perpetrado por la empresa  Derwick.

Un abandono y una apatía inexplicables, la incapacidad no solo de resistir el desgaste y la descomposición sino de moldear el tiempo, de anticiparse a él. Los síntomas de ese abandono son la falta de mantenimiento y de inversiones, su resultado  son ruinas prematuras como la represa de Tocoma.

Estas tres causas son independientes entre sí. Una no requiere a la otra para existir sin embargo unas residen en las otras. La corrupción y el abandono  residen en el centralismo vicioso pero estas terminaron siendo el hogar, por decirlo así, de la burocracia cívico-militar que personifica ese centralismo.

La caricia del comandante.

Si analizamos el sistema eléctrico venezolano veremos que tiene una sola línea de comando, una sola línea de financiamiento y una sola línea de transmisión.

Todas las órdenes y disposiciones vienen de la burocracia de San Bernardino, en Caracas: “A partir de la centralización del sistema eléctrico en una sola empresa (Corpoelec), se impuso desde San Bernardino (Sede del Ministerio de Energía Eléctrica) que todas las máquinas a comprarse para el parque termoeléctrico serían Siemens[8]

Todo el financiamiento viene del gobierno central -y no de los usuarios o los gobiernos regionales. Casi toda la carga eléctrica viene de la hidroeléctrica de Guri.

Las taras que este diseño causó  son incontables: para mantener la línea de comando –el poder personal y clientelar- sobre el sistema eléctrico este fue desprofesionalizado y puesto en manos de figuras  sin conocimiento del área siendo el caso extremo Motta Domínguez un general de la Guardia Nacional sin experiencia en infraestructuras o electricidad que fue colocado al frente del sistema eléctrico de todo un país.

El cargo de ministro de energía eléctrica y el de presidente de Corpoelec han sido ocupados por la misma persona profundizando la confusión entre la función política de tomar las decisiones y la experticia técnica.

Para mantener la línea de financiamiento desde el gobierno central se creó una relación completamente infeliz de los usuarios con la electricidad. Gastase lo que se gastase no se pagaba nada,  pero  la gratuidad de la energía  era una de los tantos subsidios en una relación clientelar con el estado. Chávez pensaba que todo debía ser gratis y que la gente debía serle leal: ambas ideas son inseparables.  En la práctica, sus ideas hicieron que el sistema eléctrico nunca pudiera desarrollar sus propias formas de financiamiento.

Más misterioso es porque se mantuvo la dependencia con la única línea de generación que viene de Guri o porque se dejó a Guri en tal estado de abandono pese a que se la necesita desesperadamente.  Parece que la enorme represa se convirtió, como la Faja del Orinoco, en la imagen confusa de un recurso ilimitado que no había que producir, que ya estaba dado. Se podía sacar la electricidad de Guri para siempre y sin esforzarse como se podía sacar el petróleo de la Faja –u oro del Arco Minero del Orinoco. Así como cualquier otra forma de producción que no fuera la petrolera pasó a segundo plano –pues el gobierno no necesitaba que la sociedad fuera productiva- la producción termoeléctrica, solar, etc. Pasaron  a segundo plano frente a la riqueza energética de Guri.

Como en muchos otros casos, como ocurrió con la industria petrolera, el sistema eléctrico venezolano perdió su consistencia y su dignidad para para que el chavismo tomara la suya se convirtió, como todo el país,  en  materia prima para el chavismo. A partir de 2007 empresas públicas y privadas, servicios públicos, instituciones, todo se convirtió meramente en el material para fabricar un “supra-estado” chavista  que fagocitó a todo el país: estatizarlo todo, de una manera o de otra, para luego privatizar al estado.   

Pero todo inicia con la obsesión de Chávez con la centralización. Hacer que el país gire en torno al estado, que el estado gire en torno al chavismo y este, obviamente, en torno a la persona de su líder. Al hacer eso todo se convierte en una suerte de atributo del jefe de estado y el país, en su prótesis. El estado era la extensión de la persona de Chávez: no es la unión de los ciudadanos en un solo tejido como en el leviatanismo tradicional, sino  la transformación de todo el país en la investidura, el ropaje, la armadura del jefe de estado[9].

Se entiende que en el chavismo la autonomía de cualquier tipo se considera neoliberalismo, todo ha de gravitar de forma directa y personal en torno a un centro. Y como el jefe de estado no puede encargarse de todo tiene que extenderse en figuras de confianza con las que sostiene no una relación impersonal, sea política o técnica, sino una personal de afecto, dependencia y confianza. Extendida por todo el estado esta combinación de clientelismo y caudillismo explica la desprofesionalización sufrida por entidades como Cadafe o PDVSA[10] y el éxito de figuras como Villalobos y Motta Domínguez.

Centralismo.

En Venezuela, un militarismo “neoarcaico” y caudillista, obsesionado con repetir los experimentos autoritarios y desarrollistas del siglo XX se expresó a través de las ideas de una izquierda que no tenía más horizonte que ese pasado. Es Perón, Barrientos y Perez Jiménez hablando en lenguaje de Fidel Castro.  Harnecker, Borón, Dieterich y Kohan, toda la retardataria intelectualidad de izquierda en cierto sentido  llegaron al poder con el Chavismo y  encontraron en él sus sucesores intelectuales y espirituales: Monedero, Serrano, Salas, Curcio y tantos otros consolidaron esa toma de poder en el Celag organismo encargado de que los prejuicios y las ideas confusas se convirtieran en políticas de estado.

En el pensamiento de  izquierda todo lo que no es verticalismo, burocracia, regulaciones, centralización es neoliberalismo en la práctica y posmodernismo en la teoría.  Para Chávez ese pensamiento expresaba perfectamente el suyo, que no era más que la traducción literal, brutal, de categorías militares al lenguaje civil. Hacia 1998 solo la izquierda tradicional podía proveerle a un militarismo como el de Chávez los medios de expresarse.

Desde 2007 todo el país empezó a ser organizado en analogía con una fuerza militar y aunque a los civiles no se les podía exigir la disciplina si se les podía exigir lealtad y diferentes grados de obediencia. El resultado de aplicar la organización militar a la vida civil es siempre alguna forma de corporativismo. De ahí que incluso los Consejos Comunales, que son la delicia de la izquierda ilusa, fueran parte de las tantas arquitecturas monolíticas y estructuras verticales chavistas donde los dirigentes transmitían órdenes y los dirigidos demandas.

Unidad, Unidad, Unidad, era la consigna de Chávez y la centralización es un atributo esencial de esa unidad. Centralización ya problemática en sí misma donde hay algún  virtuosismo político y conocimiento técnico  y mucho más allí donde es meramente clientelar y caudillista. La única técnica que interesa al chavismo es una de aglomeración, para producir un cuerpo, una masa de seguidores, y el único arte  uno caudillista de conducir a la grey manteniendo la unidad garantizando la lealtad y la obediencia. Todo lo demás es sometido a estos requerimientos.

Así, todas las organizaciones creadas por Chávez son abstractas, inflexibles, rígidas, sin espacio para la deliberación política o la ejecución técnica. Y el sector eléctrico no fue la excepción.

La fortaleza voladora.

Cuando Chávez tomó el poder el sistema eléctrico venezolano en manos de  Cadafe  “una empresa bajo el monopolio de Acción Democrática y COPEI generado fondos para esos partidos, la consecuencia de ese manejo fue por ejemplo el proyecto del Uribante-Caparo, nunca terminaban, necesitaban siempre más y más dinero[11].

Cadafe era un mastodonte burocrático que, sin embargo, portaba la memoria y el conocimiento de “una industria centenaria, regionalizada, con distintas escuelas de ingeniería, que distingue que no es lo mismo producir energía eléctrica en el Caroní que en Plantacentro, donde necesitas quemar combustible y en el Caroní necesitas entender el agua y su comportamiento de caudal en el tiempo[12].

Para el año 2000 el proyecto  era reorganizar el sistema eléctrico  atendiendo a las  diferencias entre las regiones y los diferentes procesos (generación, distribución, transmisión) coordinando  múltiples empresas con relaciones más directas con los usuarios. Esta concepción, que a los ojos del chavismo, seria simplemente neoliberal fue la que se aplicó en China: El sistema eléctrico Chino, casi todo estatal, se descentralizó en la gestión, el financiamiento y la generación aunque coordinándose en las políticas generales  y el marco legal.

Pero en Venezuela Corpoelec  se convirtió en un experimento metafísico, un monolito ajeno a las diferencias de los territorios, y de los procesos.  En el mismo periodo  en que China emprendía la reforma de su sector eléctrico, en Venezuela inicia la gesta necropolítica de Nervis Villalobos que luego sería hecho preso en España y  deportado a EEUU[13].

Villalobos será el primero en ocupar simultáneamente un cargo de viceministro y la presidencia de la corporación eléctrica, en depurar los cuadros de la empresa por razones proselitistas y en hacer campaña abiertamente para el presidente de la república. También será responsable de masivos hechos de corrupción y del  fracaso en terminar la  Central Hidroeléctrica Fabricio Ojeda. Su gestión es un ensayo general de lo que sería Corpoelec.

Luego de los fracasos de Villalobos Corpoelec seria creada en medio de la ola de estatizaciones de 2007 heredando todos los vicios de Cadafe pero borrando, poco a poco, la memoria y el saber de un siglo de industria eléctrica, es decir, quitándole su consistencia y su diseño propios, su singularidad, “digiriéndola”, descomponiéndola  para que pudiera ser absorbida por el chavismo. Pero ese monolito que era Corpoelec era un bloque en otro que el caudillo  quiso hacer con todo el estado: crear una arquitectura verticalista, burocrática, altamente centralizada en la que no es posible comprar un tornillo en Delta Amacuro sin la aprobación de un funcionario en Caracas.

La Unidad Cívico-Militar de Chávez  en la práctica  estableció entre las regiones y la capital la misma relación que existe entre el imperialismo y sus colonias. Así, la relación centro-periferia, que difícilmente podemos encontrar en la actual geopolítica mundial, es uno de los factores dominantes en la política interna venezolana: el racionamiento eléctrico, la destrucción del sur del Orinoco y de la cuenca del Lago de Maracaibo parecen casos de colonialismo interno.

Si se piensa en la riqueza de edificaciones e infraestructuras de Caracas comparada la pobreza de  Maracaibo, en como los edificios caraqueños se levantan amasando la riqueza de las regiones empobrecidas, entendemos que el Chavismo, en todas sus fases, no hizo más que multiplicar una explotación secular tanto de la naturaleza como de la cultura del interior del país condenado a la brutalidad y al precariedad. No extrañe que durante el chavismo las grandes ciudades venezolanas hayan vivido su decadencia: Mérida, Cumaná, Ciudad Bolívar, Maracaibo, Barquisimeto, que conservaban su dignidad y su promesa pese al centralismo son ahora la sombra de lo que solían ser.  La devastación del sur del estado Bolívar y la explotación del Caroní, la decadencia de Ciudad Bolívar bajo el golpe de los saqueos y la pobreza no hacen más que continuar la explotación que hizo del Zulia, el estado más rico del país, uno de los más pobres y violentos de Venezuela.

Y cuando todo el interior del país tiene que sufrir racionamientos de electricidad mientras Caracas está libre de ellos, cuando Maracaibo y Cabimas, por décadas fuentes de la riqueza nacional, por son dejadas casi sin energía eléctrica, la crisis no hace otra cosa que reflejar la relación predatoria no solo del chavismo con el país sino de  la capital con  regiones donde no hay más autonomía que la arbitrariedad depredadora de las autoridades civiles y militares y el término “zona de sacrificio” que usan los ecologistas toma su pleno significado.

Ahora no solo son pequeños poblados o zonas mineras las que han sido sacrificadas sino ciudades enteras.

Si antes las regiones que producían la riqueza estaban condenadas a la pobreza para favorecer a la región capital ahora lo están también al colapso y la descomposición para que el gobierno se mantenga en el poder.  Esta descomposición también afecta a la capital que, en tanto que territorio, tiene tan poca autonomía como cualquier otro. Es que el centralismo en si es  brutal, abstracto, desterritorializado: es una verdadera fortaleza volante  y para él cualquier zona es potencialmente zona de sacrificio, simplemente hay algunas en las que les conviene menos y otras en que este conviene más.

Llevado por el chavismo a sus límites  el centralismo es ahora un poder que no puede separarse del territorio venezolano pero que no tiene un vínculo particularmente fuerte con ninguna parte de ese territorio, como la industria petrolera y minera es un enclave.  Caracas es, simplemente, el lugar donde reside en un momento dado.

Pero la capital tiene también sus centros, sus periferias y sus zonas de sacrificio: las cálidas zonas de Charallave, Guarenas, Guatire y Cua aunque son parte integral de la Gran Caracas y le aportan gran parte de su fuerza de trabajo fueron incluidas en el racionamiento eléctrico y lo sufren junto a los usuales apagones.

En general la calidad de vida de su población es baja y su día a día bastante precario,  de los caraqueños son los que están más cerca de ser sacrificados como la gente de Maracaibo.

Y ese sacrificio, esa explotación integral de la tierra y de su gente  también es el legado de Chávez.

 

 

[1]Andrea Ballesteros. ¿Cómo llegó Venezuela a la crisis eléctrica actual? El Estímulo.

[2]  Reina Carreño. 9 años de crisis: ¿Quién le “bajó los breques” a la electricidad en Venezuela? Tureporte.

[3] Elenora Delgado. Grecia Prado. Gobierno impone plan de racionamiento eléctrico de 15 horas en 6 estados. El Nacional.

[4] Teresa Luengo. Apagones de 8 y 12 horas diarias aplican en el Zulia. El Universal.

[5] Ángel Bermúdez Venezuela sin luz: cómo funciona su sistema eléctrico y por qué colapsó. BBC Mundo.

 

[6]  Enzo Betancourt: las fallas en el sector eléctrico son por desinversión y falta de mantenimiento. Informe 21.

[7] Andrea Ballesteros. ¿Cómo llegó Venezuela a la crisis eléctrica actual? El Estímulo. 15-02-2016.

[8] Alejandro López-González El Black-Out del sistema eléctrico venezolano: ruptura del equilibrio en la generación termoeléctricaObservatorio de Ecología Política

 

[9] Es la vieja cuestión del estado patrimonial y la autoridad carismática pero llevada a extremos tan delirantes que esos mismos conceptos deberían ser repensados de forma parecida como Mbembe lo ha hecho en África con el concepto de Gobierno Privado Indirecto.

[11] Entrevista Provea: Víctor Poleo: “nuestro sistema eléctrico está muriendo”. Derechos.org.ve.

[12] Ibíd.

[13] El Estímulo: Nervis Villalobos, el hombre de la fortuna “eléctrica” en Andorra. El Estimulo.com.

80 TIROS, 11 AÑOS Y CICLOVÍAS

Giuseppe Cocco

 

Prácticamente en el mismo momento en que un negro que conducía su automóvil fue acribillado con 80 tiros disparados por los soldados que están en la calles en base a leyes y medidas tomadas por los gobiernos del PT y del PMBD y por la demagogia miliciana del nuevo gobierno, la segunda sala del Supremo Tribunal Federal liberó al ex presidente del Banco do Brasil (gobierno de Dilma), ya condenado a 11 años.

Mientras tanto, la ciclovía construida por Eduardo Paes se derrumbó por 4ta vez en 3 años.

El enigma de la política e del  Brasil es ese mismo.

Por un lado, la guerra-que-no-es-guerra continúa en su rutina racista de masacrar a los pobres y a los negros.

Por el otro, los gritos “garantistas” solamente funcionan con los cuellos blancos que, por primera vez con Lava Jato, tuvieron que responder a la justicia por la apropiación privada del bien público.

La izquierda dice que lamenta el asesinato del músico en Guadalupe, pero esa rutina nunca se detuvo durante su gobierno federal y ni en sus gobiernos estatales (solo hay que recordar Cabula en Salvador, cuando el gobernador petista dijo que el soldado que dispara es como un futbolista que grita gol). En verdad, por tener a su líder preso en Curitiba y todo el mecanismo del PT metido en las más vergonzosas operaciones de corrupción, lo que la izquierda celebra es la decisión “garantista” del STF que favorece siempre a los mismos. El garantismo en Brasil es de los ricos, demagogia con las periferias de los pobres y solidaridad con los dictadores de izquierda (Maduro).

La extrema derecha, que recibió su triunfo electoral en bandeja por causa de esa postura absurda de la izquierda, finge estar del lado de la represión, de la corrupción, pero en realidad, organiza y amplifica la represión y la violencia sobre los mismos de siempre, negros, quilombolas[1] e indios.

Mientras tanto, la ciclovía de Paes y de las Olimpiadas no para de derrumbarse: si Crivella abandonó la ciudad al “Dios proveerá”, que decir de las obras de la Copa y de las Olimpiadas que deberían haber reparado la relación siempre problemática con las lluvias y su caudal de aguas que tiene Rio? Nadie habla de esas inversiones que por lo visto alimentaron las cajas 2 y 3 y 4 de los que ocupaban el poder…

El enigma de este disforme que es Rio (y el Brasil), solo vamos a conseguir enfrentarlo si lo vemos como es y volvemos a hacer política de modo realmente independiente, sin voto crítico, sin demagogia, sin postura moral, hablando la verdad. Parece imposible, como parecía imposible que aconteciese lo que aconteció en Junio de 2013.

Pero un día lloverá de nuevo, sí!!

 

Traducción del portugués: Santiago De Arcos-Halyburton

 

[1] Quilombola ó cimarrón son los esclavos rebeldes, fugitivos, que vivían en libertad en las selvas o en rincones apartados formando “quilombos”.

Control social, designio del siglo XXI

Por Raúl Zibechi

Cuando el control social que ejercen los estados y las empresas se convierte en una malla tan fina que atrapa y sujeta todas las manifestaciones de la vida cotidiana, ¿es importante quién gobierna? El concepto de gobierno (instituciones estatales, nacionales, federales o municipales) es absolutamente insuficiente para comprender lo que está sucediendo en el día a día de nuestras sociedades.

La semana pasada en Bogotá, escuché asombrado los relatos sobre los niveles a los que está llegando la aplicación del Código de Policía. Un joven de 22 años, trabajador y estudiante universitario, fue castigado con una multa de 280 dólares (más de cinco mil pesos mexicanos) por comprar una empanada en la calle. La vendedora también fue multada.

En apenas dos años de vigencia del código se impusieron 400 mil multas, por situaciones cotidianas como correr en una estación de autobuses, comprar a vendedores ambulantes o defender a quien sufre multa policial, por «obstrucción» de la labor de los uniformados.

El Código de Policía fue aprobado en 2017, mientras se negociaba la paz con las FARC. El objetivo es evidente: taponar los poros por donde respira la cultura popular y juvenil, ya que se castigan hábitos como beber en las plazas, hacer malabarismo, actitudes circenses hacia la policía, entre muchas otras. Para los de abajo, el nuevo código implementa el «estado de excepción permanente» del que nos hablaba Walter Benjamin, que forma parte de la vida cotidiana de las personas oprimidas.

En China el control de la sociedad por el Estado es mucho más estricto aún. El sistema de «crédito social» otorga o quita puntos a las personas que, por ejemplo, fumen en lugares prohibidos, y se los sube a los que tienen actitudes condescendientes. En el puntaje entran todos los comportamientos de las personas, incluso algunos íntimos, como el consumo de películas o libros «eróticos», o hablar en forma grosera con alguien.

Los modos de control combinan las cámaras de videovigilancia (China tiene casi la mitad de las existentes en el mundo), con la inteligencia artificial y el reconocimiento facial. De ese modo, el Estado puede saber cuántos viajes has hecho en taxi y a dónde, qué compras, tus facturas médicas y hasta tus «generosidades» con los demás, como destaca el informe de Le Monde Diplomatique titulado «Chinos buenos y chinos malos» (edición de enero).

Como ejemplo de las puntuaciones que se imponen a los ciudadanos, el mensuario destaca: un punto por ayudar a un anciano a acudir a un hospital; cinco puntos menos y una multa por arrojar la basura al río. Pero por colocar un adhesivo contra el gobierno, te quitan 50 puntos y mil yuanes de multa. Como en los buenos regímenes autoritarios, todo viene mezclado: el castigo a los disidentes con la ayuda al prójimo y los malos hábitos.

Pero ahí comienzan los verdaderos problemas. Los que se portan bien, reciben regalos el día del Año Nuevo chino o tienen facilidades para obtener créditos para viajes o estudios. Los que tienen pocos puntos no pueden postularse a ciertos empleos, tomar vacaciones, subirse a trenes rápidos durante un año, reservar una habitación en un hotel o inscribir a su hijo en una buena escuela.

Las listas negras van de la mano de humillaciones públicas, ya que los datos se ventilan en páginas web, pero en algunos pueblos «los malos puntajes y el nombre de sus titulares son repetidos por altoparlante el viernes por la noche», de modo que el sistema convierte a tus vecinos en centinelas, según Le Monde Diplomatique.

El investigador de Amnistía Internacional para China, Patrick Poon, considera que el sistema de otorgar recompensas y castigos es una «práctica de control social a gran escala que legitima la clasificación jerárquica de los ciudadanos» (https://bit.ly/2G1diaz).

Cuando se producen hechos políticos importantes, como la Asamblea Nacional Popular, el régimen impone «vacaciones forzadas» a los disidentes obligándolos a salir de la ciudad, acompañados por agentes policiales para ser alojados en hoteles y complejos turísticos alejados con todos los gastos pagados (https://bit.ly/2Z3cRp4).

Hay muchos más ejemplos sobre el control social. La realidad se acerca cada vez más al concepto de «democracia totalitaria», del portugués João Bernardo. En su libro de próxima aparición en castellano, registra la estrecha relación entre el autoritarismo empresarial y el gubernamental, ya que los trabajadores pasan buena parte de su vida sometidos a la estricta disciplina imperante en el horario laboral.

Se pregunta qué quiere decir democracia, en nuestras sociedades donde reina el poder omnímodo de las empresas. «La sociedad neoliberal llegó a un punto en que es muy difícil aplicarle las antiguas definiciones del estado de derecho que hasta hace poco distinguían las democracias de los regímenes donde impera la arbitrariedad política», sigue Bernardo. Nos queda la tarea de trazar los caminos para cambiar el mundo ante estas mutaciones sistémicas.

Himani Bannerji: “Construyendo desde Marx: reflexiones sobre la clase y la raza”

“Sé que no estoy sola. Debe haber cientos de otras mujeres, tal vez miles, que sienten lo mismo que yo. Puede haber cientos de hombres que deseen que sucedan las mismas cosas drásticas. Pero, ¿cómo se conecta con ellos? ¿Cómo se puede relacionar su propia lucha y objetivos con esta miríada hipotética de personas que están completamente escondidas u ocultadas por estereotipos y/o “plataformas” genéricas que, como cualquier movimiento, parece alimentar? No lo sé.  No me gusta esto, estar sola cuando está claro que tendría que haber multitudes trabajando juntas, en todo el mundo, para que un cambio radical y positivo pueda imponerse sobre el atroz status quo.Lo desprecio con todo su poder abrumador.”

June Jordan, “Declaration of an Independence I Would Just as Soon Not Have”, en Moving Towards Home: Political Essays (1989)

Introducción

Es frecuente en círculos académicos y políticos hablar de “raza” al mismo tiempo que se habla de género o clase. Está más o menos reconocido que la “raza” puede combinarse con otras relaciones sociales de poder y que estas, a su vez, pueden ser mediadas entre sí e intensificarse mutuamente[1]. Esta combinación de la “raza”, el género y la clase a menudo se expresa a través del concepto de “interseccionalidad”, en el que tres hebras particulares de las relaciones sociales y de las prácticas ideológicas de la diferencia y el poder son observadas como emergiendo desde su terreno social propio y específico para entrecruzarse entre ellas “interseccionalmente” o por agregación[2]. Se trata de la unión de problemas sociales para crear un momento de la experiencia social.

Sin embargo, hablando desde la experiencia, las personas blancas y no blancas que viven en Canadá y en occidente saben que esta experiencia social no se experimenta interseccionalmente. El sentimiento de estar en el mundo, modulado a través de una miríada de relaciones sociales y formas culturales, se vive, siente o percibe como un todo simultáneo. La presencia de una mujer no blanca de clase trabajadora (negra, surasiática, china, etc.) en el entorno racial cotidiano no es divisible en una serie de momentos diferentes. Su negritud, su sexo o personalidad de género neutro y su condición de clase trabajadora se integran al mismo tiempo, de forma instantánea[3]. Esta identificación está tanto en el ojo de quien mira como en el propio sentido de la presencia social que dicha mirada captura. Sin embargo, lo mismo vale para una mujer blanca, cuando se enfrenta a la experiencia del “ser mujer”, tenemos dificultades para teorizar en los términos de una ontología social.

¿Qué explica esta inadecuación conceptual? ¿Qué está fallando a la hora de captar esta experiencia constituyente? Si es vivida, ¿cómo puede pensarse y cómo podemos resolver nuestras deficiencias conceptuales? Mi intención es sugerir una teorización que pueda abordar estas cuestiones o, al menos, entender las razones por las que en un primer lugar necesitamos interrogarnos. No se trata de responder simplemente a un reto teórico, se trata también de una cuestión política. Es una pieza básica del puzle para constituir una democracia real.   

Para que la democracia pueda ser algo más que una formalización de rituales políticos al servicio exclusivo de la defensa del capital y bendición de las desigualdades sociales existentes, debe tener un contenido tanto popular como realmente participativo. Este contenido debería ser el conjunto de demandas sociales y culturales concentradas en los movimientos sociales y organizaciones que trabajan por los derechos populares a todos los niveles. Esta actuación política requiere un enfoque social que conciba las formaciones sociales como conjuntos complejos, contradictorios e inclusivos de los fenómenos de las interacciones sociales. Algo que el simple ejercicio aritmético de añadir o interseccionar estratificadamente la “raza”, el género o la clase no nos permite. Tampoco puede abordarse la “raza” como un fenómeno cultural y el género o la clase como una cuestión meramente social o económica, respectivamente. Debemos superar esta fragmentación del conjunto social en los aspectos elementales que lo componen. Por ejemplo, un sindicato no puede ser considerado en rigor una organización al servicio de la lucha de clases si únicamente se piensa la clase social en términos económicos, sin ampliar el concepto de clase incluyendo la “raza” y el género en su definición constitutiva. Es más, debería hacer factible este enfoque dentro de su composición social de clase[4].

Fuera de los sindicatos, que son explícitamente “organizaciones de clase”, la práctica común en los movimientos sociales actuales es adoptar políticas de “coalición” que no discriminen a nadie, en lugar de defender plataformas donde estas organizaciones se hayan puesto de acuerdo previamente[5]. Este activismo coalicionista es una cuestión táctica que refleja la misma lógica pluralista agregativa de lo social. Las organizaciones de clase se unen con aquellas que no lo son a causa de unos intereses compartidos en determinados problemas. En los “nuevos movimientos sociales”, el enfrentamiento entre el capital y la clase puede, en todo caso, ser considerado innecesario[6]. Demandas muy populares basadas en el género, la raza, la sexualidad, la identidad y demás son preferentemente formuladas en términos culturales, fuera de la relación capital-trabajo. En este marco político el “antirracismo” se convierte en una cuestión de multiculturalismo y etnicidad donde al incorporar los aspectos social-relacionales de la racialización éstos se convierten en una demanda cultural. No sorprende el reciente, y pronunciado, declive de los trabajos sobre la cuestión de la “raza” que combinen el sentido común cultural hegemónico con los trabajos sobre la clase y el Estado[7]. El giro al posmodernismo, alejado del análisis marxista de clase, ha tenido como resultado un incremento de la valorización de las normas y formas culturales y ha convertido las teorías del discurso en vehículos de la política “radical”. Si alguna vez el marxismo positivista nos obligó a lidiar con el economicismo y el reduccionismo de clase, ahora nuestra batalla está en el “reduccionismo cultural”. Ninguna de estas lecturas de la ontología social nos permite hacer justicia a una política en defensa de la justicia social. Nuestro viaje teórico, para llegar a buen puerto, debe empezar por otro lugar.

 

Teorizando lo social

La teorización y la acción política no se practican en lo abstracto. No rehúyen el pensamiento y la organización en temas específicos relacionados con la economía, la cultura o la política misma. Pueden parecer muy específico o local en su enfoque, por ejemplo, hablar de los vecinos o los sin techoen Toronto, o de problemas culturales. Pero la función de estos diferentes puntos de entrada a “lo social” es la de analizar y formular los problemas en términos de una problemática política que muestre cómo estos temas particulares o locales solo emergen en un contexto socioeconómico y de relaciones culturales más amplio o global.

Si son temas “específicos” debemos darnos cuenta de porqué son “específicos” respecto a un conjunto social general, más amplio, de relaciones estructurales e institucionales[8]. Por ejemplo, ¿la experiencia concreta de la pobreza en Toronto es posible analizarla al margen del tipo de desarrollo económico y social capitalista del conjunto de Canadá? Redirigiendo los errores de este caso, se trata de pensar e interrogarnos más allá de la situación inmediata. No se trata de pensar la “pobreza” como una problemática en sí misma a la que únicamente debe añadirse la “raza”, la clase o el género, ni tampoco concebir estas problemáticas al margen del capital.

Más allá de la palabrería al uso sobre la teorización social reflexiva o incluso algunos excelentes trabajos sobre la clase, la esclavitud, el colonialismo o el imperialismo, especialmente gracias a los historiadores, es necesario que nos atrevamos con lecturas más complejas de lo social, donde cada aspecto o momento pueda ser mostrado como un reflejo de los demás. Donde cada pequeño fragmento contenga el macrocosmos en su microcosmos– como “el mundo en un grano de arena” (William Wordsworth). Sin embargo, en lugar de esto tenemos una próspera industria cultural que rompe la integridad de lo social y que alegremente valoriza los “fragmentos”, que prefiere colocar una incompletitud no relacional, o añadirla a lo que sea necesario. Echando estas cuentas, lo social equivaldría a un ordenamiento de las partes reguladoras –la vieja aritmética utilitarista– hablando con propiedad, esto es inconcebible. Tanto los marxistas como los neomarxistas han sucumbido al interminable debate sobre el modernismo y el posmodernismo, permitiendo que las categorías modernas de la estética y la moral los distrajeran. Procurando superar los términos de esta discusión, me gustaría volver a la formulación original de Marx de “lo social”, lo ontológico o lo existencial, en términos diferentes. Considero “lo social” como una formación socioeconómica y cultural compleja, traída a la vida a través de una miríada de relaciones sociales e históricas específicas, organizaciones e instituciones. Esto implica la existencia de agentes humanos vivos y conscientes y lo que Marx llamó “práctica, actividad sensorial humana”[9].

Aquí la cultura y la sociedad no se relacionan mecánicamente de acuerdo con una base económica y a una superestructura cultural. Todas las actividades de (y en) lo social están relacionadas, mediadas y articuladas con sus expresivas formas de conciencia incorporadas. Las prácticas comunicativas y de significación son momentos inherentes del ser social. Utilizando esta formulación de lo social, mi preocupación principal es desarrollar una crítica marxista acerca de lo que significa la “raza” respecto a la clase y el género. En otras palabras, intento socializar la noción de “raza”.

Antes de articular mi teoría de lo social, analizaré el tan extendido pensamiento fragmentado o estratificado que acaba borrando lo social de la concepción de ontología. Esta misma práctica puede también producir ciertas interpretaciones respecto a lo “cultural”, por ejemplo, convirtiéndolo en algo secundario, aparente o ilusorio donde la “clase” es entendida como una función de la “economía” y se la convierte en lo “real” o en la fuerza creativa fundamental de la sociedad. La cultura como superestructura “refleja” o “se corresponde” con la base económica. En el enfoque conceptual inverso, el poder constituyente/formativo del discurso determina lo social. Al convertir lo social en algo fundamentalmente discursivo, se transforma en un mero objeto del pensamiento.

Las epistemologías alcanzan una proporción de exclusividad, que no es nueva, acerca de la cual Marx habló en su Primera Tesis sobre Feuerbach[10]. En ambos modelos reduccionistas, las políticas de clase pueden ignorar la “raza” y el género, o las políticas en cualquiera de estas vertientes, ignorar la clase. El marxismo positivista también puede jerarquizar la importancia de cuestiones sociales de lucha mediante la relegación de las relaciones de género al estatus de “contradicciones secundarias”, mientras la “raza” o la casta son vistas como meras formas “culturales” de la desigualdad. Actualmente, la corriente principal del movimiento obrero en occidente a menudo descarta el tema de la “raza” al considerarla como política del discurso o de la identidad étnica/cultural. Y viceversa, activistas de la “raza” pueden descartar las políticas de clase o antiimperialistas en tanto que son “políticas blancas”. El género o el patriarcado pueden ser considerados por ambos grupos como completamente redundantes; paralelamente, las feministas pueden teorizar la comunidad sobre la base de ser mujeres y pueden encontrar tanto la “raza” y la clase como redundantes o sin una importancia intrínseca[11]. Para todos estos grupos, aquello que consideran irrelevante puede también ser el motivo de sus divisiones, lo que perjudica el avance de sus movimientos sociales. Mi preocupación principal es superar estas posiciones conceptuales y ofrecer una crítica marxista que incluya una interpretación social de la diferencia, especialmente atendiendo a lo que la “raza” significa para la clase y el género.

Me encamino ahora a presentar cómo la clase puede ser transformada desde un concepto meramente económico a uno social, que constitutivamente implique relaciones sociales y las formas de conciencia. Lo que pretendo es lo que muy bien pronosticó E.P. Thompson en La formación de la clase obrera en Inglaterra, cuando analiza la clase y la conciencia de clase como creaciones activas de individuos sociales[12].

No es ninguna noticia que el pensamiento positivista que permeó el siglo XIX europeo, especialmente entre la intelectualidad británica y el prestigio otorgado al cientifismo de la medición, cambió el curso del pensamiento social previamente marcado por la filosofía. Nociones como “conocimiento” y “ciencia” definitivamente adoptaron un aspecto tecnológico y cuantitativo al que fueron estrictamente añadidas las nociones de causalidad y la idea de “leyes” sociales paralelas a las leyes “naturales”, una rama más del estudio de la evolución humana.

Si observamos los últimos trabajos de Friedrich Engels, por ejemplo, podemos ver cómo el marxismo subsiguiente absorbió esta cultura del utilitarismo positivista y del cientificismo (p.e. Engels, 1969). A medida que la economía emergió como ciencia, desde donde pudo tender más ampliamente hacia la cuantificación, el marxismo mutó de la “crítica” de la economía política, como intentó Marx, a la economía política. La noción de economía comenzó a sustituir las nociones de lo social. De este modo, la organización social y la sociedad en general se convirtieron en enunciados o funciones de la economía. Las relaciones sociales vivas y experimentadas por los sujetos fueron sometidas a una visión de lo social unidimensional, esto es, de relaciones económicas o estructurales. Este hábito cientificista perduró, reemergiendo con el llamamiento de Louis Althusser, por ejemplo, en la búsqueda de la “ruptura epistemológica” en la obra de Marx –periodificándola en filosófica y científica separadamente[13]. El concepto y práctica del marxismo o socialismo “científico” se convirtió en el credo de los Partidos Comunistas de todo el mundo.

Curiosamente, este marxismo cientificista o positivista con su compresión truncada y reificada de lo social, se apoya mucho más en ciertas características del pensamiento liberal del siglo XVIII que en los propios escritos de Marx. Como mínimo, esta forma compartimentada de pensar rompe la formativa y compleja integridad de la totalidad social y crea segmentos o esferas de lo “económico”, lo “político” y lo “cultural”, que, en realidad, son ontológicamente inseparables. Esta separación de las esferas sociales fue esencial para el surgimiento del Estado y la sociedad burguesa. En la democracia liberal o burguesa, a pesar de su proclama universalista, la igualdad solo puede ser formal y así la noción de “libertad” y “democracia” no pueden ser llevadas realmente a cabo. Pero esta manera de pensar en esferas autocontenidas se ha convertido en hegemónica o se ha naturalizado lo suficiente como para que el marxismo político pragmático pueda, quizás inconscientemente, caer en la misma separación de esferas. En términos generales, la “clase” se convierte así en una categoría predominantemente económica, el género/patriarcado en una social, mientras la “raza”, la “casta” o la “etnicidad” son categorías culturales. No es difícil ver cómo la conciencia o la lucha de clases puede ser teorizada y actúa minimizando la “raza” y el género y viceversa. Sin embargo, no todos los marxistas se adscribieron a esta lectura liberal/burguesa, fragmentada y economicista de lo social. Denominados, por sus diferencias con otros marxistas, como “marxistas culturales”, George Lukács, Walter Benjamin o Raymond Williams, por ejemplo, exploraron activamente las relaciones constitutivas entre cultura y sociedad en su sentido más amplio, mientras Antonio Gramsci, a su vez, teorizó sobre las relaciones entre estas y el Estado y la sociedad civil[14].

 

Socializando la “raza”

El fenómeno social al que me refiero como “raza” no es una distinción biológica inherente a las personas. Es una manera –una forma inscrita del poder– de leer o establecer diferencias y buscar significados para reproducir a largo plazo esta lectura, organización y práctica. Cuando se dice que la “raza” es una construcción, es a esto a lo que se están refiriendo. La inexistencia de la “raza” como entidad física ha sido subrayada por los críticos darwinianos, como Stephen J. Gould (1981), por ejemplo. Esta es la razón por la que entrecomillo la palabra, para evitar el peligro de naturalizarla. “Raza”, por lo tanto, no es ni más ni menos que una organización social activa, una constelación de prácticas motivadas, consciente e inconscientemente, por imperativos políticos o de poder que implican formas culturales –imágenes, símbolos, metáforas y normas que abarcan desde lo cotidiano hasta lo institucional. Esta es la perspectiva que quiero defender a lo largo de mi teorización.

Si consideramos la “raza” como algo connotativo, como una agrupación que expresa relaciones sociales en el contexto de unas relaciones históricas y económicas determinadas, y la clase como un conjunto de relaciones sociales de propiedad con prácticas concretas, es fácil ver cómo están constitutivamente implicadas. Desde este punto de vista, uno puede decir que la “raza” moderna es una cultura social del capitalismo colonial e imperialista. La “raza” es, por lo tanto, una colección de discursos del colonialismo y la esclavitud, pero firmemente arraigada en el capitalismo en sus diferentes modalidades a lo largo del tiempo. De esta manera, la “raza” no puede ser desarticulada de la “clase” en la misma medida que la leche del café una vez han sido mezclados, o el cuerpo disociado de la conciencia de una persona viva. Esta inseparabilidad, esta relación figurada y constitutiva es tan vital para el proceso de extracción de plusvalía en el capitalismo como lo es la práctica del sentido común en la vida social. La participación económica, el valor del trabajo, la participación social y política, el reconocimiento y la marginación o inclusión cultural forman parte de esta formación social general.

Esta integridad de la “raza” y la clase no puede ser independiente de la organización social fundamental del género, esto es, de la división sexual del trabajo, mediante formas y normas culturales. Las múltiples relaciones de propiedad, incluyendo los cuerpos, el trabajo productivo y reproductivo, la normativa institucional y el sentido común cultural, están en una relación reflexiva y constitutiva[15]. Esto es lo que hacen las empresas multinacionales en el Tercer Mundo cuando contratan una fuerza de trabajo mayoritariamente femenina para incrementar su margen de beneficio. El presente proceso de realización del capital no puede omitir las formas o modos socioculturales dados. El capital no existe como abstracción universal. El capital siempre es una práctica, un determinado conjunto de relaciones con sus intrínsecas relaciones culturales. Por lo tanto, la “raza”, el género y el patriarcado son inseparables de la clase, de la misma manera que cualquier organización social se apoya en las relaciones intersubjetivas de unos cuerpos y conciencias marcados por una diferencia socialmente construida en el terreno de la propiedad privada y el capital.

 

Volviendo a Marx

“En toda sociedad existe una determinada producción que asigna a todas las otras su correspondiente rango [e] influencia, y cuyas relaciones por lo tanto asignan a todas las otras el rango y la influencia. Es una iluminación general en la que se bañan todos los colores y [que] modifica las particularidades de estos. Es como un éter particular que determina el peso específico de todas las formas de existencia que allí toman relieve”. (Marx, 1971. Grundrisse. pp. 28-29)

Para realizar una teorización reflexiva de lo social, es de ayuda recuperar algunos de los conceptos clave utilizados por el propio Marx. De entre los muchos que usó, me centraré principalmente en tres: lo “concreto” (Grundrisse), la “sociedad civil” (La Ideología Alemana y el Manifiesto Comunista) y la “ideología” (La Ideología Alemana, La Sagrada Familia, La cuestión judía). Relacionadas con ellas, podemos también recurrir a las nociones de “mediación”, “reificación” y “fetichismo”, que, aunque fueron parcialmente articuladas por el propio Marx, fueron más desarrolladas por marxistas posteriores. Algunos de ellos, Lukács, Benjamin, Althusser, Dorothy E. Smith, Frederic Jameson, por nombrar algunos, no quedaron recluidos en el campo de la economía política. Sus trabajos de crítica social y cultural procuraron liberarse del enfoque economicista o reduccionismo de clase, así como del reduccionismo cultural de la interpretación de lo social elaborada particularmente por el capital.

Marx adaptó el concepto hegeliano de lo “concreto” en sus notas sobre el Capital compiladas en los Grundrisse. Considero que su tratamiento de este concepto trae pareja los correlatos de una epistemología reflexiva, anteriormente señalada como materialismo histórico en la Ideología Alemana. Sobre esta noción Marx hace las siguientes observaciones:

“Lo concreto es concreto porque es la síntesis de múltiples determinaciones, por lo tanto, unidad de lo diverso. Aparece en el pensamiento como un proceso de síntesis, como resultado, no como punto de partida, aunque sea el verdadero punto de partida, y, en consecuencia, el punto de partida también de la intuición y de la representación.” (Marx, 1971. Grundrisse. p.21)

Podemos ver que lo “concreto” y lo social, tiene un carácter dual para Marx. Es una categoría abstracta o conceptual y al mismo tiempo existe en una formación social específica. Por lo tanto, es un “punto de partida” (como lo social) pero también un “punto de llegada” (como teoría). Que algo sea “concreto” no significa que sea visible como un “objeto”, como una mesa o una silla, no obstante, su “concreción” es una forma de existencia social determinada. Es concretada por relaciones sociales específicas, mediadas y expresadas, así como por sus prácticas y formas reproductivas de conciencia. De hecho, esta forma social “concreta” debe ser observada en contraste con un hecho o un “objeto” porque no está reificada, fijada o hipostasiada. Es una formación significativa, dinámica y fluida, creada por sujetos vivos en un tiempo vivido y un espacio real, pero con características particulares discernibles que implican otras formaciones sociales y las dotan de especificidad. Desde esta perspectiva, la “raza” es una agrupación connotativa de relaciones sociales, implicada con otras relaciones codificadas como “económicas” y “sociales”, esto es, la clase y el género. Si ampliamos el concepto de “clase” a una categoría sociológica, haciéndola, por tanto, entrar en relación con todo el conjunto de relaciones sociales, prácticas significativas y organizaciones, no puede ser articulada en formaciones socio-históricas específicas, como la nuestra, sin la “raza”. Por esta razón, puede decirse que la “raza” es el discurso ideológico y el sentido común cultural de un capitalismo imperialista y un patriarcado colonial. En este tipo de terreno histórico existente es imposible desarticular la “raza” de la “clase”. Desnuda de sus adornos metafísicos, la noción de lo “concreto”, por lo tanto, en el modo en el que la utiliza Marx, se convierte en una formación social marcada por la complejidad que la constituye. La organización y las relaciones sociales, ambas complementarias y contradictorias, con sus adiciones e inflexiones históricas, forman parte de la ontología social del sujeto-agente. Pero también tienen capacidad para conceptualizarse en una forma no mecánica ni secuencial.

Puede ser fructífero moverse desde los conceptos de “concreto” y “lo social” hacia la noción de “sociedad civil”, crucial en la crítica epistemológica marxiana[16] y señalar su íntima conexión con la noción de “modo de producción”. El énfasis de Marx está aquí en el modo, el terreno organizativo y social de la producción, así como en la reproducción y su consecuente política, administración y cultura. La Ideología Alemana, donde presenta sus ideas sobre la formación y el cambio de lo social, es una rica fuente para comprender la complejidad de los modos de producción tal como los articuló Marx. Liberándose de la separación cualitativa y ontológica entre la sociedad civil y el Estado, la economía y la cultura, la política, la esfera pública de lo privado y lo familiar, Marx presenta en su texto un espacio sociohistórico integrado y en elaboración constante. Este es el laboratorio de la lucha de clases y la revolución. Este devenir social e histórico no es presentado como evolucionista o teleológico, está atravesado por resistentes y dominantes formas de conciencia. Aquí hay ejemplos de sus análisis sobre la sociedad civil, terreno para al “modo” de organización de la vida cotidiana para la producción de la propiedad privada y sus correspondientes costumbres morales y culturales. Para Marx “la sociedad civil es el verdadero hogar y escenario de toda historia y cuán absurda resulta la concepción histórica anterior que, haciendo caso omiso de las relaciones reales, solo mira, con su limitación, a las resonantes acciones y a los actos del Estado”.  Además, trata la sociedad civil como “una organización social… que forma en todas las épocas la base del Estado y de toda otra superestructura idealista”. [Ideología Alemana. Pág. 30]

Si analizamos las afirmaciones de Marx, dos cuestiones captan nuestra atención. La primera, el “modo” social es un todo dinámico e integral. Por su naturaleza de proceso constitutivo no puede ser caracterizado como un proceso agregativo. La naturaleza de este proceso requiere aspectos temporales y espaciales, lo que aquí y ahora adopta una forma específica se convierte en algo diferente en el futuro. Algunos aspectos de la formación que reposan en el estado actual, serán, por consecuencia, también parte del pasado. No pueden extraerse las partes que componen esta viva forma del ser social y su proceso constituyente, y esperar que siga vigente y en movimiento. Un cuerpo humano desmembrado y diseccionado no puede revelar el secreto de una vida consciente. Un “modo” de producción no revela su ser social cuando sus relaciones sociales y sus formas de existencia, aunque sea de forma “interseccionada”, son consideradas de forma segregada. Este es, precisamente, el error del “método interseccional”. En esto debemos estar de acuerdo con los románticos del siglo XIX -con los que Marx compartió mucho de su Weltanschaung o visión del mundo: el conjunto es más que la suma de las partes.

El segundo aspecto a destacar hace referencia a la cultura y la conciencia. Está claro que la conciencia no es un mero reflejo de la existencia. Todas las actividades son prácticas humanas sensibles y, como tales, realizadas por sujetos y agentes conscientes. Por esta razón, Marx necesita postular la noción de “conciencia práctica”[17] como un momento fundamental de todos los aspectos de las formas “concretas” de existencia. En este proceso cambiante de aprendizaje y transmisión, la vida continua, la historia avanza, se va haciendo –consciente o subconscientemente. El gesto de forjar una herramienta primitiva, uniendo dos palos, o deduciendo las estaciones a través de las estrellas se convierte en ciencia y tecnología en nuestra época contemporánea. En este esquema, ninguna manzana cae fuera de la mirada consciente. No es sorprendente que los caminos para reproducir y establecer la propiedad de la diferencia basados en la propiedad privada y el capital, son una parte básica de la existencia social, implicando la conciencia y la institucionalización. Viendo por tanto que la “raza” no es ni más ni menos que una forma de diferencia, creando un modo de producción a través de prácticas y actos culturales de racialización. La “raza” es esta diferencia y no puede permanecer sola[18].

Si esta “unidad” o integridad constitutiva se rompe, entonces nos quedan formas objetivas fenomenológicas o abstracciones fetichizadas. La tarea de los teóricos marxistas es deconstruir estas formas objetivadas y devolverles sus diversas y concretas determinaciones sociales. Como destacaba Lukács (1980: 99-137), para entender la ontología del ser social se necesita una epistemología que conecte el pensamiento con su terreno material socio-histórico. La versión marxista del empirismo o del positivismo no lo consigue porque tiende a representar lo concreto como nada más que “cosas” o “objetos”, “hechos” sin vida.

Los intentos de romper con las constitutivas y diversas determinaciones presentando estas fracturas como propias de la realidad es precisamente lo que complica los problemas de los movimientos sociales que, para ser eficaces, deben integrar la “raza”, el género y la clase. Involuntariamente, producimos abstracciones reificadas que truncan el entendimiento de la sociedad. Confundimos la especificidad de las formas sociales con particularidades inconectas. De este modo, la cultura se convierte en algo no material, asocial y únicamente discursivo, y la economía y las formas de gobierno pierden las mediaciones de las formas de conciencia. Como hemos dicho anteriormente, esta lectura fragmentada tiene como resultado una ideología o una serie de demandas por la igualdad de derechos de ciudadanía dentro del marco de la democracia burguesa reforzando y preservando legalmente las relaciones sociales de desigualdad y dominación. Haciendo la crítica de la economía política burguesa, Marx elabora su teoría del modo de producción. En contraste con el pensamiento liberal burgués, Marx muestra como cada forma social específica sirve de microcosmos del macrocosmos social, justamente como cada célula del cuerpo conserva su código genético completo. Esta forma de pensamiento es anti-dualista y anti-positivista. El modo de producción, como indica Marx (19a73: 97) en los Grundrisse, no está “organizado de forma causal y lineal”. Empleando la noción de mediación, entre relaciones sociales y formas de conciencia, tanto práctica como ideológica, muestra cómo se debe obtener todo un conjunto social de significados, comunicativo y expresivo, para que cualquier forma de gobierno y organización económica opere y sea efectiva. Visto así, “socialmente”, la clase no puede carecer de género ni de cultura o no puede haber una cultura sin género y sin clases.

El capital es obviamente una práctica social, no solo una abstracción teórica. Como tal, el proceso de realización y reproducción del capital está arraigado en la sociedad civil, en su terreno cultural y social. En este sentido, la clase es, para Marx y otros, una categoría de la sociedad civil[19]. La explotación del trabajo no se reduce a una ratio aritmética entre mano de obra y tecnología en el terreno de los medios de producción. Factores sociales y culturales como el género y la “raza” se imbrican en dicho proceso junto con sus normas implícitas y organizan el espacio social que comprende el capitalismo como modo de producción y la organización de la sociedad civil. Entramos en un ámbito de extensas y sutiles mediaciones que determinan las formas, los valores, los procesos y los objetos de la producción[20]. Por lo tanto, la “clase”, cuando se la ve concretamente, depende y excede de lo que llamamos economía. Los debates sobre el trabajo doméstico de las mujeres y su retribución salarial o la relación de la esclavitud con el capitalismo revelaron las profundas raíces socioculturales de la economía. Por lo tanto, podríamos identificar la “raza” y el patriarcado/género con los llamados momentos extraeconómicos o culturales/discursivos, pero no obstante sociales, del conjunto del modo de producción capitalista que tiene su propia ontología social. Marx (1973:94) señala esta relación constitutiva entre producción y reproducción cuando habla de la mediación como “el acto a través del cual todo el proceso otra vez corre su curso”. Por lo tanto, como modos de mediación, el género y la “raza” participan en la devaluación constante de la encarnación de ciertos grupos sociales y fuerza de trabajo creando un sentido común cultural “codificado por color” funcionales al estado y la sociedad en su conjunto (véase Backhouse, 1999; Razack, 2002).

En La ideología alemana, Marx identifica como “ideología” la epistemología que rompe la integridad de lo socialmente concreto en un nivel conceptual y plantea esta integridad como una propiedad de lo social. En contraste con el marxismo vulgar, la ideología para Marx abarca más que el pensamiento. Incluye la forma misma de producción del conocimiento que genera un contenido que desocializa, despolitiza y deshistoriza nuestra comprensión de lo social. Aunque la principal preocupación de Marx es el método preciso a través de cual se produce la ideología, también está preocupado por el contenido del pensamiento o las ideas que se generan. Tratándose de ideas dominantes, nuestras organizaciones políticas deben abordarlas como tales. Los discursos racializadores debes ser considerados en estos términos. En una sección titulada “clase dominante e ideas dominantes”, Marx afirma:

“Las ideas de la clase dominante son las ideas dominantes en cada época; o, dicho en otros términos, la clase que ejerce el poder material dominante en la sociedad es, al mismo tiempo, su poder espiritual dominante. La clase que tiene a su disposición los medios para la producción material dispone con ello, al mismo tiempo, de los medios para la producción espiritual, lo que hace que se le sometan, al propio tiempo, por término medio, las ideas de quienes carecen de los medios necesarios para producir espiritualmente”. [Ideología alemana. p.39]

Después de ofrecer esta visión críptica, aunque altamente sugestiva, de cómo se crea un “sentido común cultural” para la dominación que legitima y reproduce las relaciones e instituciones dominantes, Marx (Ibid.: 64) afirma categóricamente que “las ideas dominantes” o lo que llamamos ideas predominantes en general, “no son otra cosa que la expresión ideal [es decir, cultural/formal] de las relaciones materiales dominantes, las mismas relaciones materiales dominantes concebidas como ideas; por tanto, las relaciones que hacen de una clase la clase dominante son también las que confieren el papel dominante a sus ideas”. No es sorprendente que las relaciones dominantes del capitalismo colonial patriarcal produjeran discursos patriarcales racistas de diferenciación física, social y cultural. Esto es exactamente lo que ocurre cuando los discursos o las categorías ideológicas de “raza” o “naturaleza humana” se emplean para “explicar” el comportamiento social o las características culturales, cuando en realidad, no hacen nada más que interpretarlas.

Más importante aún es como se generan estos discursos tan oclusivos, sustitutivos, o desviados sobre las categorías ideológicas. En La ideología alemana, Marx describe esta práctica epistemológica, conectándola con la división social del trabajo manual e intelectual. Expone la práctica a través de la cual las ideas, eventos y experiencias cotidianas se descontextualizan, se generalizan excesivamente o se sobredimensionan respecto a sus relaciones e intereses sociales originarios. Estos pedazos de ideas descontextualizadas, con pequeñas dosis de empirismo, reconfiguran sistemas discursivos o dispositivos interpretativos que adoptan una apariencia de independencia y consistencia. Es útil parafrasear y citar a Marx aquí. Teniendo en cuenta que la ideología es un dispositivo epistemológico empleado para descontextualizar y extrapolar, Marx ofrece una explicación de cómo opera lo que él llama “trucos”. Podemos empezar por “la concepción del proceso histórico: separando las ideas de la clase dominante de la clase misma y atribuyéndole una existencia independiente”. Desvinculadas de sus lugares sociales e históricos específicos, “nos limitamos a afirmar que en una época han dominado tales o cuales ideas, sin preocuparnos en lo más mínimo de las condiciones de producción ni de los productores de esas ideas” (Ideología alemana. p.40). Ahora tenemos un conjunto de ideas o discursos independientes de su ontología social, que parecen generarse, incluso pareciendo originales, pero se aprecia que están moldeando incluso creando, las mismas realidades sociales que los originaron precedentemente.

Por consiguiente, la conciencia da lugar a la existencia, en lugar de la existencia a la conciencia, entendido la existencia como existencia consciente. La vida imita o ilustra la teoría. Sólo “si ignoramos las personas y las condiciones del mundo que son la fuente de estas ideas”, dice Marx, se produce realmente “ideología”. Podemos alegremente olvidar que “en la época en que dominó la aristocracia imperaron las ideas del honor, la lealtad, etc., mientras que la dominación de la burguesía representó el imperio de las ideas de la libertad o la igualdad”.

Así se producen “ideas cada vez más abstractas, es decir, que se revisten cada vez más de la forma universal”. Escondiéndose detrás de la universalidad abstracta, consagrada metafísicamente, las ideas dominantes, por ejemplo, de “raza” o de género, representan los intereses de la clase dominante “como el interés común de todos los miembros de la sociedad…” (Ibid.).

Los intelectuales e ideólogos orgánicos del sistema dominante, defensores de la relación de propiedad, asumen la tarea del desarrollo y la sistematización de estos conceptos descontextualizadores. Sabemos bien la cantidad de trabajos filosóficos, “científicos” y culturales que se han dedicado a la producción de la “raza” y de las prácticas tendentes a la racialización del conjunto de ordenamientos y políticas[21]. No hace falta decir que entretenerse en las diferencias promovidas por el poder en la vida cotidiana, la historia y las relaciones sociales sólo puede ser útil a efectos de reproducir la dominación y mantener la hegemonía, no para construir la resistencia.

Las formas ideológicas se disfrazan de saber. Simplemente producen discursividades, incorporando pedazos de ideas descontextualizadas, eventos o experiencias materiales de la conciencia más espontánea. El modus operandi de este “saber dominante” se basa en epistemologías esencializadoras, homogeneizadoras (i.e., la especificación) y aespaciales y atemporales universalizaciones. El truco más poderoso de la ideología consiste, como hemos apuntado, en separar un concepto de sus relaciones sociales originales y mediadas, utilizadas de tal manera que incluso conceptos críticos tales como “clase” o la categoría feminista de “mujer” pueden volverse oscuros y servir el interés de las relaciones de dominación a través de la exclusión y la invisibilidad del poder en las relaciones de diferencia. Enfrentamientos que han conseguido escindir el mundo de la teoría feminista revelan que la implementación de la categoría “mujer” de forma desocializada (es decir, sin clase ni “raza”) y dehistoricizada (es decir, sin colonialismo ni imperialismo) ha ayudado a camuflar la agenda política de la clase media y ocultar la relación de dominación que algunos grupos sociales de mujeres tienen con respecto a otros[22].

 

Conclusión

“Los hombres hacen su propia historia, pero no la hacen a su libre arbitrio, bajo circunstancias elegidas por ellos mismos, sino bajo aquellas circunstancias con las que se encuentran directamente, que existen y que transmite el pasado”. (El 18 de Brumario de Luis Bonaparte. Obras escogidas de Marx y Engels. Tomo 1. Pág. 250)

Varias consecuencias se desprenden de la práctica ideológica, de marxistas y no marxistas, de disociar la “raza” de la clase y del género. Los movimientos sociales han ignorado la tarea de elaborar una política que dé cuenta de la totalidad social. Los marxistas han conseguido en el mejor de los casos compromisos pequeño burgueses debido a su lectura ideológico/economicista de la clase y la costumbre de separar la clase de la cultura y de las relaciones sociales de género/patriarcado. Haciendo de la “raza” un asunto que no tiene nada que ver con la clase o incluso que es contrario a una posición de clase, se han marginado los sectores más desposeídos de la población, los elementos prescindibles para el capital en occidente y otros lugares. De este modo, la “raza” y el género se han convertido e identificado principalmente con la política liberal, con la de los derechos civiles y la ciudadanía, no con las luchas por el socialismo. El movimiento de las mujeres y lo que queda del movimiento obrero son por consiguiente movimientos sociales o anticapitalistas incompletos o no totalmente representativos, y como tales participan de la reproducción de la organización del capital y de la burguesía dominante.

Otra consecuencia ha sido la promiscuidad o mezcla de coaliciones políticas basadas en la clase, el género y la “raza” que carecen de coherencia interna y un entendimiento común, creando así posibilidades poco convincentes de asociación y relaciones audaces. Esta incapacidad para crear movimientos anticapitalistas o de clase ha dejado espacio para el desarrollo culturalista de la “raza” que, con la ayuda del multiculturalismo oficial, han tenido a los movimientos sociales como rehenes de la política fundamentalista de la “identidad”. Las opresiones creadas por las relaciones de dominación social y la desigualdad no desaparecen por el simple hecho de invisibilizarlas. Despojadas de su plena concreción socio-histórica o realidad en los niveles de la sociedad civil y el Estado, surgen fórmulas ideológicas de “raza” reificadas e identidades etno-nacionalistas, o actos de simple desesperación.

Para entender mejor lo nocivo que puede llegar a ser la política de la ideología, hay que recordar El 18 de Brumario de Luis Bonaparte, en el que Marx habla del desplazamiento y sustitución de identidades culturales que logran hacer el trabajo de la clase dominante en la etapa de construcción de la hegemonía. Las máscaras de dios de las actuales agencias políticas fundamentalistas, solo sirven para recordarnos las máscaras romanas usadas por sucesivos protagonistas de la revolución francesa. Incluso las formas e identidades socioculturales basadas en una versión de la clase no integrada o discriminatoria pueden inducir a formas de fascismo no de emancipación social. El nacionalismo, imperialismo y multiculturalismo oficial actual recurren a las “políticas de identidad” para desatar guerras, genocidios, opresión generalizada y control social. Los pronunciamientos en defensa de la supuesta civilización (cristiana) de Bush y Blair, su capitalismo y ambición militaristas, disfrazados con las máscaras de la democracia y la libertad, y los discursos feministas colaboracionistas según los cuales se pretendería salvar a las mujeres musulmanas, son proyectos de identidad ideológica devastadores. Tales juegos de manos legitimadores, que han llevado a una gran parte de los norteamericanos (sobre todo blancos) a identificarse con diversos mitos de dominación, sólo pueden ser impugnados a través del análisis social “concreto”.

Los marxistas occidentales con su llamamiento en defensa de una política social, deben admitir su responsabilidad en el debilitamiento de la lucha de clases. La debilitan al abordarla a través de las “políticas de identidad” y su actitud defensiva propia del liberalismo “tolerante” respecto a la cuestión de la “raza”. El rechazo de la indignación popular respecto a la injusticia social situándola en una posición marginal en la lucha de clases anticapitalista los ha llevado por un sendero que no conduce a una transformación social real. La incapacidad de ver el capitalismo colonial y la política imperialista de los últimos 500 años como “política de la identidad” racista y colonialista, ha vuelto el marxismo occidental políticamente ineficaz. Si los movimientos feministas antirracistas que desafían la hegemonía contienen algún elemento de recuperación de identidades culturales perdidas, eso no es en sí mismo negativo. La cuestión es evaluar sobre qué punto de vista se elabora esa “identidad” y qué culturas, historias y relaciones sociales evoca. ¿De qué identidad estamos hablando: la de los opresores o la de los oprimidos? Los teóricos de la izquierda y los marxistas no tienen por qué temer a la “identidad”. Hay suficiente fundamento en la obra de Marx para mostrar que es posible crear movimientos sociales eligiendo entre cultura, economía y sociedad o “raza”, clase y género para organizar una política de la revolución social.  Yendo más allá de los gestos de interseccionalidad, coalición interclasista y cohesión social, los marxistas pueden recurrir a una compresión no fragmentada de lo social que podría cambiar el mundo tal como lo conocemos.

NOTAS

[1]   Sobre la teorización de la relación entre “raza”, género y clase, el punto de partida para este ensayo es Davis (1983), Bannerji (1993, 1995), B. Smith et al. (1982) y Silvera (1983).

[2]   La noción de “interseccionalidad” más utilizada es la de las teorías críticas de la raza y las teorías jurídicas. Véase, por ejemplo, Crenshaw (1989) y Collins (1998).

[3]   Ver Terkel (1992) y Bannerji, “In the Matter of X” (1995: 121-158).

[4]   Hay que hacer un examen de la historia laboral canadiense o de los textos de estudios laborales para observar cómo la “raza” en sus diversas formas se ha incorporado en la teorización de la clase, el trabajo o la política de clase. Sería interesante ver si, en este campo, hay textos comparables a “Wages of whiteness” (1992) de Roediger, o “Racial Oppresion in Canada” (1988) de Li y Bolaria. Esta es una invitación a indagar. Los historiadores feministas negros han comenzado el proyecto, pero se debe profundizar más.

[5]  Por ejemplo, la Red de Metro por la Justicia Social.

[6]    Un ejemplo clásico de esta formulación se puede ver en Laclau y Mouffe (2001).

[7]    Me refiero a antologías como “The Empires Strikes Back” (Centro de Birmingham, 1982).

[8]    Para comprender mi uso del término ver Bannerji, “Introducing Racism” (1995:41-54).

[9]    Marx and Engels (1970: 121). Además, mi uso de la noción de “lo social” necesita unas palabras de reconocimiento de la deuda que tengo con el trabajo de Marx, así como el de Dorothy E. Smith, que, en todas sus obras, pero sobre todo en “Writing the Social” (1999), ha ofrecido una perspectiva relacional y constitutiva. En ensayos como “Ideological Practices of Sociology”, D. Smith (1990) ha trabajado sobre Marx y su propio método “reflexivo”. Ver también Bannerji, “But Who Speaks for Us?” (1995).

[10] En su primera tesis, Marx (1970:121, énfasis añadido) dice: “El defecto fundamental de todo el materialismo anterior… es que sólo concibe las cosas, la realidad, la sensoriedad, bajo la forma de objeto o de contemplación, pero no como actividad sensorial humana, no como práctica, no de un modo subjetivo. De aquí que el lado activo fuese desarrollado por el idealismo, por oposición al materialismo, pero sólo de un modo abstracto, ya que el idealismo, naturalmente, no conoce la actividad real, sensorial, como tal”. (https://www.marxists.org/espanol/m-e/1840s/45-feuer.htm)

[11]     Dos formulaciones interesantes de este método de exclusión deben ser encontrados en los textos ya clásicos, Spelman (1988) y B.  Smith et al. (1982).

[12]    En este libro, Thompson (1974: 9) socializa el concepto de clase, rescatándolo del economicismo. Introduce en el aspecto social-relacional el elemento de la subjetividad consciente. La” clase” es para él un “proceso activo, que debe tanto a la acción como al condicionamiento. La clase obrera no surgió como el sol, a una hora determinada. Estuvo presente en su propia formación”. Además, coincido con esta afirmación de que la clase es “un fenómeno histórico que unifica una serie de sucesos dispares y aparentemente desconectados en lo que se refiere tanto a la materia prima de la experiencia como a la conciencia.” (Ibid.)

[13]   Ver Althusser y Balibar (1973: 48-70), especialmente las consideraciones de Althusser sobre ciencia y teoría, en el prefacio, “Del Capital a la filosofía de Marx”.

[14]   Gramsci (1971). Especialmente su tratamiento de la relación entre el Estado y la sociedad civil en diferentes ensayos.

[15]     En los análisis clásicos de Marx (1970: 26, 44, 49, 52) sobre las implicaciones de la propiedad o las nociones morales, así como las relaciones familiares, y el enfoque constitutivo-reflexivo de lo social, donde analiza la familia como momento de la propiedad, dice, por ejemplo, que se trata de “la primera forma… donde la esposa y los hijos son esclavos del marido”. Ver también Marx y Engels (1972a) o Marx y Engels (1972b). Las teorizaciones posteriores han conservado lo esencial de este planteamiento. En el contexto estadounidense Angela Davis (1983) es un buen ejemplo.

[16]     Para una discusión ampliada de la “sociedad civil”, “History: Fundamental Conditions” (1970: 57-60), 1970: 48-52). Ambos implican discusiones sobre la construcción de lo social, donde la organización de las relaciones sociales involucra todos los aspectos básicos de la vida, incluido el de la conciencia. Aquí la producción y el consumo son impensables de forma separada y sin una forma de conciencia intrínseca, activa y material.

[17]    Junto con la discusión sobre las “relaciones históricas primarias”, Marx habla de “conciencia … que aquí hace su aparición en forma de capas agitadas de aire, sonidos, en resumen, de lenguaje. El lenguaje es tan antiguo como la conciencia, el lenguaje es conciencia práctica que también existe para los otros hombres, y solo por esa razón, existe realmente también individualmente; el lenguaje, como la conciencia, surge sólo de la necesidad de la interacción con otros hombres» (1970: 51; el énfasis es nuestro).

[18]    Para una comprensión clara del concepto de diferencia, Gates (1985) es particularmente útil. Aunque los autores de los ensayos no son marxistas, proporcionan ejemplos de materialismo cultural con una base sólida en la historia cultural.

[19]    Ver, por ejemplo, la perspectiva de Hegel de la “sociedad civil” en la introducción a Marx de C.J. Arthur (1970:5).

[20]    Sobre la importancia del concepto de mediación ver Marx (1973: 331-333).

[21]    Este proceso ideológico del que habla Marx se aborda de diferentes maneras en Harding (1993) o en Dua y Robertson (1999).

[22]    Este tema también ha sido abordado en escritos feministas postcoloniales. Ver Midgley (1998), Ware (1993) y McClintock (1995).

 

REFERENCIAS

Althusser, L. y Balibar, E. (1973) Reading Capital. B. Brewster (traductor). London: New Left Review.

Backhouse, C. (1999) Colour-Coded: A Legal History of Racism in Canada, 1900-1950. Toronto: University of Toronto Press.

Bannerji, H. (1995) Thinking Through :Essays on Feminism, Marxism and Anti-Racism. Toronto: Women’s Press.

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Birmingham Centre for Contemporary Cultural Studies (1982) The Empire Strikes Back: Race and Racism in 70s Britain. Birmingham: Hutchinson.

Collins, P. Hill (1998) Fighting Words: Knowledge, Consciousness and the Politics of Empowerment. Minneapolis: University of Minnesota Press.

Crenshaw, K. (1989) “Demarginalizing the Intersection of Race and Sex: A Black Feminist Critique of Antidiscrimination Doctrine, Feminist Theory and Antiracist Politics”. University of Chicago Legal Forum.

Davis, Angela Y. (1983) Women, Race and Class. New York: Vintage.

Dua, E. y Robertson, A. (1999) Scratching the Surface: Canadian Anti-Racist Feminist Thougt. Toronto: Women’s Press.

Engels, F. (1969) Socialism: Utopian and Scientific. E. Aveling (traductor). New York: International Publishers.

Gates, H. Jr. (1985) “Race” Writing and Difference. Chicago: Chicago University Press.

Gould, S.J. (1981) The Mismeasure of Man. New York: Norton.

Gramsci, A. (1971) Selections from the Prison Notebooks. Q. Hoare y G. Nowell Smith (traductores y editores). London: Lawrence and Wishart.

Harding, S. (1993) The Racial Economy of Science: Toward a Democratic Future. Bloomington: Indiana University Press.

Jordan, J. (1989) Moving Towards Home: Political Essays. London: Virago

Laclau, E. y Mouffe. C. (2001) Hegemony and Socialist Strategy: Towards a Radical Democratic Politics. London: Verso.

Li, P. y Singh Bolaria, B. (1988) Racial Oppression in Canada. Toronto: Garamond Press.

Lukács, G. (1980) The Ontology of Social Being. Vol. 3: Labor. D. Fernbach (traductor). London: Merlin Press.

Marx, K. (1973) Grundrisse: Foundations of the Critique of Political Economy (Rough Draft). M. Nicolaus (traductor). London: Penguin Books, New Left Review.

Marx, K., Engels, F. (1972a) “The Manifesto of the Communist Party”. R. Tucker (ed.), Marx-Engels Reader. New York: Norton: 331-362.

–  (1972b) “The Origins of the Family, Private Property and the State (excerpts)”. R. Tucker (ed.), Marx-Engels Reader. New York: Norton: 651-660.

– (1972c) “The Holy Family (excerpts)”. R. Tucker (ed.), Marx-Engels Reader. New York: Norton: 104-106.

– (1972d) “On the Jewish Question (excerpts)”. R. Tucker (ed.), Marx-Engels Reader. New York: Norton: 24-51.

– (1972e) “The Eighteenth Brumaire of Louis Bonaparte” R. Tucker (ed.), Marx-Engels Reader. New York: Norton: 426-525.

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McClintock, A. (1995) Imperial Leather: Race, Gender and Sexuality in the Colonial Contest. London Routledge.

Midgley, C. (ed.) (1998) Gender and Imperialism, Manchester: Manchester University Press.

Razack, S. (2002) Race, Space and the Law: Unmapping a White Settler Society. Toronto: Between the Lines Press.

Roediger, D. (1992) The Wages of Whiteness: Race and the Making of the American Working Class. London: Verso.

Silvera, M. (1983) Silenced. Toronto: Williams-Wallace.

Smith, B., Hull, G. y Bell Scott, P. (1982) All the Women Are White, All the Black Are Men, But Somo of Us Are Brave. New York: The Feminist Press.

Smith, D.E. (1999) Writing the Social: Critique, Theory and Investigations. Toronto: University of Toronto Press.

– (1990) Conceptual Practices of Power: A Feminist Sociology of Knowledge. Toronto: University of Toronto Press.

Spelman, E. (1988) Inessential Woman: Problems of Exclusion in Feminist Thought. Boston: Beacon Press.

Terkel, S. (1992) Race: How Blacks and Whites Think and Fell About the American Obsession. New York: Nez Press.

Thompson, E.P. (1974) The Making of the English Working Class. Harmondsworth: Penguin Books.

Ware, V. (1993) Beyond the Pale: White Women, Racism and History. London: Verso.

Himani Bannerji es profesora asociada en el Departamento de sociología de la Universidad de York, Toronto. Su investigación se centra en el marxismo, el feminismo y la teoría antirracistas. Está especialmente interesada en la lectura del discurso colonial a través del concepto de ideología de Marx en relación con un análisis reflexivo del género, la raza y la clase. Entre sus múltiples publicaciones están Unsetting Relations: The University as a Site for Feminist Struggle(The Women’s Press), Returning the Gaze (Sister Vision Press) y Thinking Through: Essays in Marxism, Feminism and Anti-Racism.

Artículo descargable en pdf: “Construyendo desde Marx” Himani Bannerji

 

Traducción de Isabel Benítez e Ivan Gordillo para Marxismo Crítico

Nota sobre la traducción: Se han mantenido las referencias bibliográficas del texto original en inglés excepto en el caso de los Grundrisse y la Ideología Alemana que han sido sustituidas, cuando ha sido posible localizar el fragmento exacto, por la versión en castellano editada por Akal. (I.Benítez)

Artículo originalmente publicado en: Social Justice Vol 32 No. 4 (2005). Building from Marx: Reflections on Class and Race. http://davidmcnally.org/wp-content/uploads/2011/01/Bannerji-Building-from-Marx.pdf

 

Philippe van Parijs: «La ‘renta de ciudadanía’ de los Cinco Estrellas creará una trampa de la pobreza en Italia»

Hablamos hace poco con Philippe Van Parijs [le entrevista Roberto Ciccarelli para il manifesto global], el célebre filósofo belga, defensor de la renta básica. Manifestó que Italia necesita una contrapropuesta radical a la llamada “renta de ciudadanía” de los Cinco Estrellas. La actual medida podría transformarse en una “renta básica parcial”, según declaró. “Hay que estar preparados para la idea más radical de una renta básica incondicional”.

El gobierno italiano quiere crear una prestación por desempleo ligada al trabajo gratuito de hasta 16 horas semanales, a la formación obligatoria y a los incentivos a las empresas que contraten parados. ¿Es correcto describir esto como  “renta de ciudadanía”?

La expresión reddito di cittadinanza es equívoca en la medida en que sugiere que se trata de una prestación universal que se paga a todos los ciudadanos, en lugar de una prestación sometida a la evaluación de medios económicos restringida a los hogares pobres. Nuestros estados del Bienestar europeos constan de dos componentes principales de tamaño variable. Los seguros sociales, pagados por la seguridad social, financiada con las aportaciones a la seguridad social, están destinados a cubrir diversos riesgos que corren los trabajadores, incluido el de desempleo involuntario. La asistencia social, que se financia con la tributación general, está destinada a mejorar la situación material de los hogares pobres. En las décadas transcurridas desde la II Guerra Mundial, muchos países sistematizaron buena parte del componente de asistencia en un programa general de renta mínima garantizada condicionada a trabajar y a la evaluación de medios económicos. El reddito di inclusione del anterior gobierno italiano y el reddito di cittadinanza del actual gobierno son programas de asistencia social de este género, el segundo de un nivel bastante más elevado que el primero.

¿Por qué usa el gobierno esta expresión de “renta de ciudadanía”?

En algunas de las primeras formulaciones de Beppe Grillo, había referencias explícitas a un “reddito di cittadinanza, anche universale” y una contundente crítica del “assistenzialismo”. Cuando quedó claro que todo lo que el Cinco Estrellas propondría iba a ser  — reconozcamos que ambicioso  — un programa de asistencia social, supongo que sus dirigentes consideraron políticamente conveniente conservar una expresión que sugiriese una diferencia radical con el reddito di inclusione.

Hasta 16 horas de trabajo público para la municipalidad. ¿Hay algún país que haya introducido un grado similar de condicionalidad para estipular una renta básica?

La disponibilidad para un trabajo adecuado, ya sea que lo ofrezca la municipalidad, o cualquier otro empleador público o privado constituye una condición muy extendida en los programas de asistencia social. Hacer que el derecho a prestación dependa del trabajo real para las municipalidades que otorgan la prestación era una práctica del periodo más severo de las Leyes de Pobres inglesas. Dudo que haya algún programa viable que aplique en realidad una disposición de este género. Tal como descubrieron los que gestionaban las Leyes de Pobres, resulta muy costoso que los trabajadores con poca formación y poca motivación lleven a cabo trabajos no remunerados.

¿Qué piensa usted de la obligación impuesta por el gobierno de aceptar en el plazo de seis meses al menos una oferta de trabajo en 100 kilómetros a la redonda de la ciudad de residencia, 250 kms. en un plazo de 12 meses, y en cualquier localidad si no se ofrece ningún empleo en un plazo de 18 meses?

No me sorprende. La Lega debe de haber sospechado que en ausencia de esa cláusula, sus votantes del norte estarían subvencionando a los ociosos del sur y a los trabajadores del mercado negro. Gracias a esta cláusula, puede pretender al menos que el programa servirá para afrontar la escasez del mercado laboral del norte.

¿Qué opinión tiene de las sanciones del gobierno contra las declaraciones falsas sobre la situación económica de los pobres: hasta seis años de prisión?  

Ningún programa de asistencia social puede funcionar sin alguna sanción. Pero ningún castigo del fraude social cometido por los pobres resulta aceptable si es más severo que el castigo del fraude fiscal de los ricos. Y puesto que el “fraude social” resulta en cierto sentido inevitable allí donde la economía informal desempeña un papel significativo, las sanciones severas son una receta para una sociedad cuyos miembros más vulnerables están permanentemente aterrados por el riesgo de verse denunciados.

¿Qué piensa de la exclusión de esta medida de los extranjeros no comunitarios que llevan viviendo en Italia más de 10 años?

Ningún programa de asistencia social puede resultar viable sin fronteras cerradas o sin un período de espera. El derecho de los ciudadanos de la UE a las prestaciones de los programas de asistencia social general que existen en otros países está sometido a la condición previa de residencia legal durante cinco años. Podría acortarse este periodo de espera, y no hay un argumento decisivo a favor de hacerlo más largo para los que no son ciudadanos de la UE.

El gobierno ofrecerá subvenciones a las empresas que den trabajo a los beneficiarios de la renta de ciudadanía. Cuanto antes contrate la empresa, mayor será su beneficio. ¿Qué piensa de la transformación de la renta mínima, que debería considerarse un derecho social fundamental, en un incentivo para los emprendedores?

Al igual que el llamado programa Hartz IV, el reddito di cittadinanza funcionará de esta forma como un subsidio para el empleo de baja cualificación, sin ninguna garantía de que el empleador ayude al empleado a adquirir nuevas habilidades. Utilizar subsidios públicos para apoyar actividades de baja productividad puede tener sentido, pero sólo si proporcionan una formación útil, no si acaban haciendo rentables trabajos repulsivos.

¿Creará una nueva burocracia este sistema de contraprestación de trabajo que lidie con la colocación de los desempleados y con disciplinar a los pobres?

Si se toman en serio las condiciones y se aplican con un mínimo de rigor, el coste burocrático de colocar, supervisar y sancionar va a acabar siendo espectacular, y se terminará gastando más dinero en los salarios de los controladores que en las prestaciones de los controlados. Por lo tanto, no podemos esperar una puesta en práctica rigurosa. Y en ausencia de ello, prevalecerá la arbitrariedad y prosperará el clientelismo.

El ministro de Trabajo y Desarrollo, Luigi Di Maio (Movimiento Cinco Estrellas) lo presentó como una “revolución del Estado del Bienestar”. ¿En qué sentido debería entenderse esta expresión? ¿Supone un Estado del Bienestar más igualitario y universal  o un giro punitivo del Bienestar hacia lo que se llaman programas de contraprestación de trabajo [“workfare”] para desempleados?  

En el contexto italiano, el reddito di inclusione fue una pequeña revolución. Italia se sumó finalmente al conjunto de países desarrollados con un programa general de renta mínima. El programa no era individual ni universal ni estaba libre de obligaciones. Pero constituyó, a mi modo de ver, un importante paso adelante. Respecto al reddito di inclusione, el reddito di cittadinanza no fue una revolución: la estructura básica se mantuvo. Pero fue una reforma significativa, tanto porque aumentó de manera substantiva el nivel de prestaciones como por el hecho de que fortaleció su condicionalidad. A primera vista, debería aplaudirse su mayor generosidad  Pero crea un riesgo muy grande de un revulsivo serio. Puesto que el reddito di cittadinanza no es universal sino que está sujeto a la evaluación de medios económicos, las ganancias declaradas de otras fuentes se deducen de ello. Por consiguiente, económicamente no tiene sentido trabajar por unos ingresos netos declarados de menos de 780 euros. En partes más pobres del país, esto equivale a destruir los incentivos económicos de mucho trabajo a tiempo parcial y autoempleo modesto (declarados), con una burocracia represiva y costosa de la que se espera que reduzca el perjuicio económico.

Alemania, Inglaterra y Francia son algunos de los países en los que lleva existiendo desde hace años un sistema de subsidios de desempleo sobre el pilar de una renta básica. Muchos investigadores han criticado esta medida porque ha creado una “trampa de la pobreza”. ¿Qué es eso?

Es precisamente lo que ilustraba justo antes: con un programa sometido a la evaluación de medios económicos, es decir, con un programa que restringiera las prestaciones a los hogares por debajo de cierto umbral de renta, mucha gente pobre se ve atrapada en la pobreza, porque su intento de salir de ella obteniendo alguno modestos ingresos se ve “recompensado” por la reducción correspondiente de sus prestaciones. Esto se aplica a los programas de Bienestar libres de obligaciones así como a los programas de contraprestación de trabajo, es decir, a los programas que imponen más o menos despiadadamente a todos los solicitantes en buenas condiciones físicas la obligación de estar disponibles para trabajar. La contraprestación de trabajo constituye precisamente una forma de hacer que trabaje la gente pobre, pese a la trampa de la pobreza.

¿Corre Italia el riesgo de la misma “trampa de la pobreza”?

Decididamente, a causa sobre todo de sus diferencias regionales. Comparado con otros países, el nivel de prestaciones es relativamente alto respecto al PIB per cápita en el sur del país.

¿Cuál es la diferencia entre renta básica, “renta de ciudadanía” y el sistema de subsidios de desempleo?

A diferencia del reddito di cittadinanza, la renta básica es estrictamente individual (es decir, no se asigna en función del hogar), es universal  (es decir, no depende de los medios económicos) y libre de obligaciones (es decir, no depende del trabajo).

En Italia, todavía no se ha entendido plenamente la necesidad de una renta básica. Y la confusión del presente gobierno no ha ayudado en nada. ¿Podría usted explicarlo?  

La elección terminológica, desde luego, no ha ayudado. A la renta básica se la denomina a veces “ingreso ciudadano” [“citizen’s income”] en el Reino Unido o “salario ciudadano” en los países escandinavos. Pero, de manera más fundamental, la confusión es fácil de comprender en un país que no ha tenido la experiencia de un programa de renta mínima condicionada durante un periodo significativo. La renta básica se ofrece precisamente como solución a los problemas que crea esa clase de programas. Sólo cuando se tiene un amplio debate público sobre la renta básica por contraposición a la asistencia social condicionada existente.se puede esperar que se comprenda de modo bastante claro la diferencia entre ellas por parte de algo que más numeroso que una reducida fracción de la población. Este ha sido el caso, por ejemplo, en Suiza, gracias al referéndum de junio de 2016, en Francia, gracias a la campaña presidencial de Benoit Hamon en 2016-2017, y en Finlandia, gracias al experimento de 2017-2018.

Asumamos que entra en vigor el sistema italiano de subsidios de desempleo. ¿Cómo se podría reformar del modo en que se ha descrito en el libro de referencia Basic Income, que ha escrito usted junto a Yannick Vanderborght?

Para el futuro inmediato, abogamos por una “renta básica parcial”, es decir,  una renta básica individual, universal y libre de obligaciones, pero en una escala más baja que la del reddito di cittadinanza. Por encima de este suelo absolutamente seguro, alguna gente tendría derecho a una asistencia social condicionada reforzada, cuyo nivel podría variar a lo largo del país, y también por supuesto a las prestaciones de seguros sociales ligadas a los ingresos. No se aboliría la trampa de la pobreza, pero se reduciría de modo significativo. Y la prestación la podría utilizar la gente como subsidio que les ayudara a su empleo asalariado o autoempleo. Pero en términos de poder de negociación y de potencial emancipatorio, hay todo un mundo de diferencia entre una renta modesta a la que tienes derecho pase lo que pase y otra a lo que tú o tu patrón sólo tenéis derecho si aceptas que te metan en un trabajo repugnante, y que pierdes si decides dejarlo. Una renta mínima general sujeta a la evaluación de medios económicos y a condición de un trabajo es un paso adelante que no se debe desechar demasiado a la ligera. Pero hay que estar preparados para la idea más radical de una renta básica incondicional, a fin de convertir  la reacción que es probable que desencadene el actual reddito di cittadinanza en un paso más encaminado hacia una sociedad libre y una economía saludable.

es miembro del Consejo Editorial de Sin Permiso. Fundador de la Basic Income European (desde 2004 Earth) Network (BIEN). Profesor de la Facultad de Ciencias Económicas, Sociales y Políticas de la Universidad de Lovaina (UCL), en la que ha dirigido desde su creación en 1991 la Cátedra Hoover de Ética Social y Económica.

Fuente:

il manifesto global

Los fallos del neoliberalismo van más allá de la política

Por Mike Konczal

La editorial Vox publicó una excelente discusión con el economista Brad Delong donde argumenta por qué los neoliberales alineados a la izquierda (que “usan el mercado para fines democrático-sociales cuando éste es más efectivo, y a menudo lo es”) deberían sentirse cómodos “con el hecho de que la batuta haya pasado a nuestros colegas de izquierda. Todavía estamos aquí, pero no es el momento para que lideremos”.

Delong se centra en el aspecto político de este cambio, señalando que no hay ningún punto de encuentro entre la derecha conservadora y los neoliberales de izquierda en el que pudieran tratar de negociar políticas basadas en el mercado. “Barack Obama se incorpora al gobierno con la política de salud de Mitt Romney, con la política climática de John McCain, con la política fiscal de Bill Clinton y con la política exterior de George H.W. Bush” y, sin embargo, los conservadores no le dan crédito, le llaman socialista y atacan cada una de estas ideas tanto como lo harían con políticas más de extrema izquierda.

Me sitúo justo en medio de esta transición, en un espacio en el que hay personas mayores, que tienen ideales igualitarios, pero cuyos instintos fueron moldeados por esta era neoliberal, y también personas más jóvenes, cuyos instintos son moldeados por la crisis financiera, el estancamiento secular y la creciente precariedad. También he llevado un rifle en esta batalla, intentando mover el partido a la izquierda, y está sucediendo. Pero este movimiento está ocurriendo en gran parte porque la historia que los neoliberales de izquierdas nos contaron sobre la economía misma, no solo su política, se ha derrumbado.

Aquí hay dos afirmaciones sobre las compensaciones aceptables de la economía de mercado que asocio con el neoliberalismo de izquierda, las cuales no han podido describir la economía tal como es actualmente. La primera es que las políticas neoliberales crearían más crecimiento. Claro, la desigualdad podría aumentar, pero también lo harían los salarios; e incluso si éstos no crecen, la movilidad sube y baja en la escala de ingresos. Delong lo expresa así: «El crecimiento económico primero, la redistribución y la red de seguridad después».

La segunda idea es que, si terminamos con la injerencia del gobierno en las empresas, el mercado se volverá más dinámico, competitivo e innovador. Claro, puede haber cierto nivel de ganancias y comportamiento cuestionable en el corto plazo, pero el propio mercado lo arreglaría, de modo que a largo plazo el sector corporativo se viera mucho más saludable en términos de ganancias y dinamismo.

Quiero fundamentarlo de esta manera, en dos declaraciones intelectuales sobre las compensaciones de un régimen de políticas, para ayudar a comprender por qué se derrumbó la confianza que el neoliberalismo de izquierdas mostró alguna vez sobre los supuestos básicos de la economía. Una razón es fundamentarla en un conjunto específico de ideas. El neoliberalismo es una palabra engañosa, que a veces significa un centrismo triangular, o un proyecto político para «encapsular» el mercado contra los desafíos democráticos, o simplemente la euforia asociada al pensamiento mercantilizado. Aquí, podemos discutir dos cosas que la gente creía, ideas que motivaron todo un aparato político, que ya no son convincentes. Otra posibilidad es mostrar que esto no es (solo) una cuestión de que los trabajadores tengan salarios bajos, o que el comercio haya tenido más obstáculos de los que se concebían anteriormente, o que esta u otra cosa sean malas. Esto es una cuestión de ideas: las ideas han fallado y necesitamos otras nuevas.

 

Los fallos económicos del neoliberalismo de izquierdas

Vamos a investigar un poco. La primera compensación es que la economía se volvería más desigual bajo la política neoliberal, pero que las políticas neoliberales también conducirían a un aumento del crecimiento del PIB. Esto, a su vez, también conduciría a un mayor crecimiento salarial, mayor movilidad y mayor dinamismo económico. Esa era la teoría. La desigualdad realmente creció en este período de tiempo, primero en el lado de los ingresos en el mercado laboral y después en las rentas del capital.

Los efectos positivos de una mayor desigualdad nunca tuvieron lugar. A partir de 1980, la tasa de crecimiento de la economía se desaceleró. Mientras que la economía creció a un 3,9 por ciento al año desde 1950 a 1980, desde 1980 solo ha crecido a una tasa de 2,6 por ciento. El crecimiento salarial también se desaceleró, divergiendo del crecimiento económico general y del crecimiento de la productividad.

Las cifras de movilidad, sin embargo, son más reveladoras. La tasa de aumento de la movilidad relativa —la tasa a la que las personas subirían y bajarían en la escala económica— mengua en comparación con los aumentos observados a mediados del siglo. Lo que es peor, la movilidad de ingresos absoluta, que alguien esté mejor que sus padres, también se ha reducido. Según una investigación dirigida por el economista Raj Chetty, el 90 por ciento de los niños nacidos en 1940 ganaría más que sus padres. Esto solo se aplica al 50 por ciento de los niños nacidos en la década de 1980. Incluso si aumentara la tasa de crecimiento del PIB a tasas más rápidas de mediados del siglo, esto no restablecería la movilidad absoluta. En su lugar, encuentran que podría restaurar más del 70 por ciento del descenso al cambiar la distribución del crecimiento a lo largo de la distribución del ingreso para que coincida con la de mediados del siglo. La compensación negativa entre el crecimiento y la redistribución nunca se encontró en los datos. Una investigación reciente realizada por el Fondo Monetario Internacional revela que esta compensación no existe en la práctica; en todo caso, la relación es la opuesta.

En cambio, estamos viendo un resurgimiento de los argumentos estructurales de que los salarios están cada vez más determinados por estructuras institucionales en lugar de medidas individuales. La sindicalización impulsó el crecimiento salarial de mediados de siglo, especialmente para la población negra. Las tasas impositivas más altas comprimieron la distribución de los salarios a la que apuntaba el mercado. Las ideas sobre la medida del «capital humano» individual de los salarios, donde las personas venden su trabajo en un mar indiscriminado de negocios, se debilitan en presencia de las llamadas «superfirmas». El ciclo económico ha vuelto a aparecer como una característica central de la lucha económica.  Gran parte de esta confianza del neoliberalismo de izquierdas, en mi lectura, surgió de la idea de que las recesiones severas y prolongadas eran cosa del pasado. Y el uso de incentivos del mercado para tratar de proporcionar seguridad social y bienes en esferas clave de la vida es deficiente a la hora de cambiar los ingresos, además de ser políticamente débil.

La segunda fue también la sensación de que si el gobierno se despojara de los negocios, innovarían y crecerían para salir de los problemas sociales. La relajación de la aplicación de la ley antimonopolio llevaría a una mayor competencia e innovación, como se dijo. Los sindicatos ya no se interpondrían en el camino de las empresas. Un sector financiero desatado financiaría y lideraría a toda la empresa. La idea de poder de mercado, o concentración, fue vista como un concepto ridículo en la órbita de otras ideas como el supuesto poder disciplinario de los mercados.

Vimos lo que pasó con el sector financiero. Pero hay dos cosas más amplias que sucedieron a su lado. Primero, a nivel de las empresas individuales, su dinamismo ha caído drásticamente. La tasa de nuevas empresas ha caído. A su vez, esto ha cambiado la curva de edad de las empresas, ya que las empresas de más de 11 años de edad representaban el 70 por ciento de los trabajadores en 2000, pero el 75 por ciento de los trabajadores en 2014. En las dos últimas décadas el dinamismo del mercado laboral también ha disminuido, así como la probabilidad de que los trabajadores dimitan o cambien de trabajo.

Pero lo más revelador es el efecto sobre la economía en general. La Q de Tobin es una medida de la equidad sobre el valor contable de una empresa. Si alguna vez supera el 1, significa que las empresas son demasiado rentables y deberían invertir más para reducirlo a 1. La Q de Tobin se ha duplicado a más de 1 y no muestra signos de desaceleración. En términos más generales, hay varias complejidades que, en conjunto, apuntan a un amplio poder del mercado en la economía. Como han resumido la economista Gauti Eggertsson y otros, ha habido un aumento sostenido en la tasa real de ganancia, una disminución en la tasa de interés, que se redujo aproximadamente a la mitad desde 1980, aun cuando el rendimiento promedio medido del capital es relativamente constante, y una ruptura de la conexión entre beneficios e inversiones. Otra forma de verlo: las ganancias corporativas siguen siendo altas, incluso cuando las tasas de interés reales han disminuido en las últimas décadas. El hecho de que las ganancias sigan siendo tan altas en términos nominales, incluso a medida que disminuyen las tasas de interés, ha llevado a los economistas a discutir una “participación en los beneficios” que ha aumentado a expensas de la participación tanto del capital como del trabajo. Todos estos factores juntos (altas tasas de ganancia y beneficios, bajas tasas de interés, inversiones débiles) apuntan a un importante problema de poder del mercado que afecta a la macroeconomía.

 

Dónde nos deja esto

Estas suposiciones de fondo han estado perdiendo fuerza desde la mitad del gobierno de Obama. Si alguna vez fue razonable creer en ellos es una buena pregunta, pero está al margen de la cuestión, ya que estas ideas ya no son capaces de convencer a los liberales, hasta el punto de que hacen oídos sordos a ideas alternativas. ¿Por qué presuponer siempre que los negocios y los mercados son los líderes en innovación y dinamismo si el sector corporativo parece un hinchado mecanismo de generación de rentas dominado por los accionistas? ¿Por qué suponer que los multimillonarios son una bendición para nuestra sociedad si la mayoría de las personas no están mejor que sus padres? ¿Por qué molestarse en apoyar este régimen económico si no puede demostrar que estas compensaciones han merecido la pena?

Tampoco hay muchas respuestas convincentes a la derecha. Una reacción es decir que nada ha cambiado, o que los últimos 40 años desde Reagan han supuesto más gobierno y socialismo en lugar de un giro hacia el neoliberalismo. No creo que la gente lo encuentre convincente. Otra opción es tratar de ubicar la disfunción en la política gubernamental afirmativa, y si solo conseguimos que el gobierno se salga del camino, progresaremos. Estos argumentos no son muy convincentes y, ciertamente, no están a la altura del desafío de describir o mitigar lo ocurrido. El conjunto de la gobernanza conservadora no hizo nada significativo para corregir estas ideas fallidas. El actual cambio a la izquierda habría ocurrido incluso sin Trump, aunque éste acelera la necesidad de un nuevo conjunto de ideas, porque lo que necesitamos ahora son ideas sobre todo un régimen económico.

es un ex ingeniero financiero, miembro del Instituto Roosevelt

Fuente:

http://rooseveltinstitute.org/the-failures-of-neoliberalism-are-bigger-than-politics/

Traducción:Sergio Vega Jiménez/sinpermiso.info