Antonio Negri y Ernesto Laclau
Canal Encuentro

Antonio Negri y Ernesto Laclau
Canal Encuentro

Entrevistado por Pablo Elorduy y Pedro Castrillo en 2019, el intelectual italiano habló de sus recuerdos de la guerra, de la importancia de la URSS pero, a su vez, del desencanto que tuvo con su burocracia. También se refirió al rol del internacionalismo contra la globalización; los límites del nacionalismo; los nuevos fascismos; la innecesariedad de los héroes y las nuevas formas de entender el trabajo.

La reunión tiene lugar cuando la situación de grandes sectores del Sur Global tras la pandemia es grave. Se habla mucho en el Norte Global de que el aumento de las tasas de interés causa crisis bancarias y amenaza con las quiebras de las llamadas «empresas zombis» sobrecargadas de deuda. Pero esto no es nada comparable con el daño económico y social que están sufriendo los países de bajos ingresos y con mucha deuda en África, Asia y América Latina.
Ha pasado más de un año desde que escribí una nota titulada La crisis sumergida de la deuda, en la que describí el estrés económico al que se está sometiendo a las economías pequeñas y de bajos ingresos de todo el mundo debido a la inflación de alimentos y energía, el aumento de las tasas de interés y un dólar fuerte. Además, señalaba especialmente a Ghana, Sri Lanka, Egipto y Argentina. De hecho, ya cuando estabamos en medio de la pandemia en 2020, destaqué el creciente desastre de la deuda para más de 30 economías «emergentes», donde viven muchas de las personas más pobres del planeta.
Durante la pandemia, el FMI y el Banco Mundial acordaron una moratoria limitada en el servicio y pago de las deudas de estos países. Pero no fue una cancelación y la moratoria ya ha concluido. Y no se hizo nada en relación con las deudas del Club de París o sobre las enormes deudas con los bancos privados y otras instituciones financieras, que continuaron exigiendo, como en el drama de Shakespeare, su libra de carne. Y desde el final de la pandemia, el fuerte aumento de las tasas de interés de la deuda global y un fuerte dólar estadounidense (gran parte de la deuda global está en dólares) han puesto a todavía más países al borde del incumplimiento de los pagos y a una mayor pobreza.
La mayoría de los países pobres dependen de la venta de materias primas y productos agrícolas o el ensamblaje industrial en maquiladoras para el Norte. Eso significa que los ingresos por exportación son vitales para el ingreso nacional. Pero el crecimiento del comercio mundial ha disminuido, particularmente desde la Gran Recesión de 2008-9 y aún más desde la pandemia. El volumen del comercio mundial creció a una tasa media anual del 5,8 % entre 1970 y 2008, mientras que el crecimiento medio del PIB fue del 3,3 %. Pero en la Larga Depresión de 2011 a 2023, el crecimiento promedio del comercio mundial fue de solo un 3,4 % anual, mientras que el crecimiento medio del PIB mundial fue solo del 2,7 %. De hecho, el PIB real per cápita del Sur Global, excluyendo China, se ha estancado en relación con las economías capitalistas avanzadas.

La reducción del crecimiento del comercio mundial es particularmente crítica para las economías «emergentes». El crecimiento de las exportaciones en las economías del Sur Global ha caído más de la mitad en comparación con la tasa alcanzada antes de la Gran Recesión. E incluye a China, la economía exportadora más grande del mundo.

Fuente: CPD, cálculos MR
El crecimiento del comercio mundial en el primer trimestre de 2023 se sitúa ahora en el -0,9 %, tras una disminución de 2,0 % en el último trimestre del año pasado. La mayoría de las regiones han experimentado una disminución en el comercio de mercancías en los dos últimos trimestres, lo que indica una nueva caída en el comercio de bienes, según CPD. Y ahora tenemos una recesión manufacturera mundial.
PMI de fabricación global (cualquier cosa por debajo de 50 es recesión)

Fuente: Economía comercial
La reciente edición de las Perspectivas Económicas Globales del Banco Mundial pinta una situación grave para muchas economías más pobres. Señala que los objetivos de desarrollo en la lucha contra la pobreza de la ONU, la Agenda 2030, están por ahora «muy lejos del objetivo». Se espera que los países más pobres del mundo paguen un 35 % más en intereses de la deuda este año para cubrir el coste adicional de la pandemia de Covid-19 y el aumento dramático en el precio de las importaciones de alimentos. Los 75 países más pobres, muchos de ellos en el África subsahariana, gastarán más de 100.000 millones de dólares adicionales para cubrir los préstamos obtenidos en su mayoría durante la última década.
Los pagos de la deuda están consumiendo más gasto público en los países pobres cuando ya les estaba costando mucho proporcionar servicios de educación y salud. Es más probable que las guerras y los fenómenos meteorológicos extremos vinculados a la crisis climática afecten con más intensidad a los países de bajos ingresos que a otros lugares debido a la debilidad de las redes de seguridad social. En promedio, los países más pobres gastan solo el 3 % del PIB en sus ciudadanos más vulnerables, en comparación con un promedio del 26 % en otras economías.
El crecimiento económico en las economías en desarrollo que no son China caerá del 4,1 % en 2022 al 2,9 % en 2023. El economista jefe del Banco Mundial, Gill, ha escrito: «A finales de 2024, el crecimiento de los ingresos per cápita en aproximadamente un tercio de los EMDE será más bajo que en vísperas de la pandemia. En los países de bajos ingresos, especialmente los más pobres, el daño es aún mayor: en aproximadamente un tercio de estos países, los ingresos per cápita en 2024 se mantendrán por debajo de los niveles de 2019 en un promedio del 6 %». Catorce países de bajos ingresos ya tienen dificultades con la deuda o en alto riesgo, en comparación con solo seis en 2015. Hasta 21 países son vulnerables.
Analicemos algunos de esos desastres de deuda.
Ghana ha sido considerada durante mucho tiempo una historia de éxito y un modelo para el desarrollo africano. Es un importante productor de oro y cacao y tiene uno de los mayores PIB per cápita de la región. Pero el gobierno se ha visto obligado a solicitar un rescate del FMI de 3 mil millones de dólares cuando incumplió sus deudas en diciembre pasado. El gobierno pidió muchos préstamos para aislar a la economía de los efectos de la pandemia. Como resultado, la deuda del sector público pasó del 62 % del PIB en 2020 a más del 100 % el año pasado. El servicio de la deuda supone ahora alrededor del 70 % de los ingresos del gobierno.

Ghana se vio excluida de los mercados internacionales de deuda a medida que crecía la preocupación sobre su capacidad para pagar lo que debía. Para obtener los fondos del FMI, los prestamistas nacionales, es decir, los bancos locales, deben aceptar una pérdida en sus préstamos. Pero Ghana también tiene que conseguir que los prestamistas extranjeros acepten un recorte a perdida en los 34 mil millones de dólares de la deuda y eso no será fácil. Los prestamistas privados son responsables del 60 % del valor nominal de la deuda externa de Ghana, pero las altas tasas de interés que cobran implican que tienen derechos sobre el 75 % de los pagos de la deuda. Estos prestamistas no aceptarán recortes sin pelear. El gobierno de Ghana ha dejado de pedir más préstamos y está imponiendo severos recortes en el gasto en los servicios públicos. Está subiendo los impuestos, pero esto solo afectará a quienes tienen un empleo «formal». La mayoría de la gente trabaja «informalmente» con dinero en efectivo y muchas empresas evaden impuestos por completo. La corrupción es generalizada.
La cercana Nigeria también está en problemas. El país más grande de África está plagado de guerras internas, corrupción endémica y despilfarro de ingresos energéticos. La inversión extranjera directa ha caído a sus niveles más bajos en nueve años: de 3.000 millones de dólares en 2015 a 468 millones. Se prevé que 13 millones más de nigerianos caigan por debajo de la línea de pobreza entre 2019 y 2025.
El Líbano es un país que todavía no tiene gobierno un año después de las elecciones nacionales, solo una administración interina en funciones, y ha estado sin presidente durante siete meses. El ex gobernador del banco central está acusado de corrupción, lavado de dinero y malversación de fondos. La libra libanesa ha perdido más del 98 % de su valor frente al dólar desde 2019, mientras que la inflación anual subió al 269% en abril.
En Asia, Pakistán, un país enormemente poblado (230 m), se encuentra en una profunda crisis política y económica y ahora está recurriendo al FMI para un rescate. El país tiene 126 mil millones de dólares en deuda externa y debe pagar 80 mil millones de dólares de ellos en los próximos tres años. La rupia ha perdido el 50 % de su valor en comparación con el dólar estadounidense. Las reservas de divisas para cubrir los pagos se han reducido a solo 4.500 millones de dólares. El PIB está cayendo. El país se ha visto afectado por terremotos e inundaciones y lo dirige el ejército, que absorbe gran parte del gasto público. La inflación está en un máximo histórico del 38 %.
Además está Argentina, una de las economías «emergentes» más acomodadas. La economía está atrapada en la hiperinflación crónica y la deuda. Se ha visto obligada una vez más a acudir al FMI en busca de más fondos para devolver lo que ya debe. El país se enfrenta a grandes pagos de deudas este mes y el próximo.

Y las reservas de divisas se han agotado. Las reservas netas de Argentina se volvieron negativas en mayo.

La pesadilla de la deuda de Sri Lanka en 2021 culminó con una protesta masiva y la huida del entonces presidente del país. Pero las deudas permanecen. Se ha hablado mucho de la deuda con China, afirmando que China es el problema al llevar a los países pobres a una «trampa de la deuda». Pero solo el 14 % de la deuda externa de Sri Lanka se debe a China, mientras que el 43 % se debe a los tenedores de bonos privados (en gran parte fondos buitre occidentales como BlackRock y bancos como el HSBC de Gran Bretaña y el Crédit Agricole de Francia). Otro 16 % se debe al Banco Asiático de Desarrollo (sobre el que EEUU tiene una influencia significativa) y un 10 % al Banco Mundial (dominado también por EEUU). Así que la deuda «multilateral» realmente significa deuda con instituciones dominadas por Estados Unidos.

¿Qué hay que hacer? Claramente, la primera medida inmediata es cancelar las enormes deudas acumuladas por estos países pobres. Las deudas son el resultado de una economía capitalista mundial débil; la corrupción y la mala gestión por parte de los gobiernos locales; y la avaricia rapaz sobre los recursos e ingresos públicos de los prestamistas extranjeros.
Hay una concentración significativa de participaciones en manos de algunos de los principales acreedores externos. En la década de 1990, los cinco principales acreedores externos representaban el 60 % del crédito externo total a países de bajos ingresos y consistían principalmente en acreedores multilaterales y del Club de París. A finales de 2021, la concentración de los cinco principales acreedores externos había aumentado aún más, representando el 75 % del total de crédito externo a los países de bajos ingresos (LIC). Y la parte de la deuda con el sector privado se ha duplicado aproximadamente del 8 % al 19 %. Por lo tanto, si el FMI, el Banco Mundial y solo unos pocos países acreedores clave estuvieran de acuerdo, las deudas de los países pobres podrían cancelarse. ¿La reunión de París hará algo al respecto? Lo dudo.
Luego está el problema a largo plazo: la explotación continua por parte del bloque imperialista, a través de sus empresas multinacionales e instituciones financieras, de la fuerza de trabajo del Sur Global con la connivencia de las corporaciones nacionales y los gobiernos oligárquicos locales. Sin una reestructuración total de la economía mundial hacia la propiedad colectiva y la planificación con gobiernos obreros, la miseria de la deuda continuará.

Por Decio Machado / Consultor político, experto en comunicación y economía digital
En las últimas tres décadas hemos asistido a cambios sustanciales en la forma de comunicarnos. Pasamos del formato unidireccional de los viejos medios de comunicación tradicionales a una lógica actual donde la sensación que tenemos es la de encontrarnos en una revolución permanente y, hasta cierto punto, estresante. No estamos solo ante una cuestión de forma, sino también ante un cambio en la psicología del conocimiento.
Para más escarnio, los sucesos vividos en los años 2020 y 2021 hicieron que el devenir a dos o tres años se comprimiera en apenas tres o cuatro meses. La pandemia no transformó la historia, pero sí la aceleró. Se abrió el mundo virtual con optimización de recursos -tiempo y dinero- que nos forzó a pasar de la teleinformación y la teledemocracia a la ciberinformación y la ciberdemocracia.
Más allá de lo derivado del criminal coronavirus, cabe reseñar que los procesos de modernización tecnológica han venido históricamente marcados por una aceleración de sus impactos en materia de comunicación e información. Así, conseguir una audiencia de 50 millones de personas le llevó a la radio unos 39 años, a la televisión unos 13 años, al internet unos 4 años, a la red social Facebook unos 2 años y a Google+, red social hoy desaparecida por problemas de seguridad de datos, apenas 88 días.
Si hablamos de TikTok, el último boom en redes sociales, cabe indicar que dicha plataforma fue lanzada al mercado en septiembre del 2016 bajo el nombre inicial de Douyin y en tan solo tres meses alcanzaba ya los 100 millones de usuarios en China. A julio de 2022, último dato oficial sobre el que tenemos constancia respecto a dicha red, contaba con más de 1023 millones de usuarios activos a nivel global.
Pero, además, podríamos decir que desde la segunda mitad del pasado siglo asistimos a un proceso que sociológicamente hemos llamado segunda modernidad, una vuelta de tuerca a la historia de la individualización humana. Si la industrialización y las prácticas del capitalismo de la producción en masa generaron riqueza por doquier y, como consecuencia, surgieron políticas redistributivas y de acceso a la salud y a la educación, el hecho de que cientos de millones de personas consiguieran acceder a experiencias hasta entonces privatizadas por parte de una minúscula élite comenzó a generar también una nueva sociedad de individuos.
La educación y el trabajo del conocimiento enmarcado en el capitalismo cognitivo incrementaron nuestro dominio del lenguajey del pensamiento, los cuales son precisamente los pilares sobre
los que conformamos nuestro sentido personal y nuestras propias opiniones. El desarrollo de las nuevas tecnologías de la información y la comunicación, así como la democratización en materia de
movilidad y consumo, estimularon nuestra autoconciencia y nuestras capacidades imaginativas como individuos, rompiendo roles e identidades grupales predefinidas antaño. Las grandes mayorías
dejaron de ser un pueblo hobbeliano (eje agrupador y regularizador de toda vida o acción sociopolítica de las personas) para pasar a ser una spinozista multitud (conjunto de singularidades que se opone a la obediencia y a pactos duraderos).
Si la primera modernidad, marcada por el capitalismo de masas y el modelo keynesiano de desarrollo, reprimió el crecimiento y la expresión del yo individual en beneficio de las soluciones colectivas, en esta, la actual segunda modernidad, marcada por la incertidumbre, el yo es ya lo único que tenemos.
Es así como llegamos a esto que el sociólogo polaco-británico Zygmunt Bauman definió como “modernidad líquida”. Una sociedad donde todo se individualizó cambiando las reglas de comportamiento social bajo conceptos de fluidez, cambio, flexibilidad y adaptación en aquello que la revista Harvard Business Review definió hace unos años atrás como entornos VUCA (volatilidad, incertidumbre –“uncertainty” en inglés-, complejidad y ambigüedad).
Inmersos en este contexto, y en un mundo en el cual se recibe un promedio de 5000 impulsos de ruidos diarios, las audiencias se transformaron en nómadas, rompiendo cualquier militancia anterior en medios de comunicación o canales informativos. Pero, además, estamos hoy ante un ciudadano más perezoso que el del siglo pasado. El individuo actual no hace los esfuerzos que hacían los ciudadanos del siglo pasado, ya no busca información complementaria a lo que recibe de forma esquemática por las redes. Estamos ante una sociedad digitalmente avara, donde hay saturación de la información (contenidos infinitos) frente a una mente humana cuyo recurso mnemotécnico registra apenas 2,3 elementos por cada situación (atención finita). Es aquí donde se genera una nueva disputa por el golpe de impacto que haga que determinada información o contenido informativo no se quede en la mayoritaria atención parcial de la audiencia, sino que capte la
muy exclusiva atención completa del receptor.
En este nuevo contexto donde el acceso a la información es prácticamente instantáneo, la sociedad se convirtió en oblicua. Cualquier receptor de información es además emisor, superándose así el proceso tradicional de aprendizaje, de importación/exportación, para entrar en el de creación múltiple y colectiva, superadora de fronteras y transversal.
Sin embargo, lo anterior se da bajo un modelo de comunicación caracterizado por la economía discursiva. Como ya indicamos, estamos ante un ciudadano más avaro digitalmente, lo que implica que apenas goce de entre 4 y 6 segundos de paciencia cognitiva. Ese es el tiempo que le damos a una noticia para que nos genere interés. Fruto de lo anterior, estamos obligados a comunicar de forma sintética, diciendo mucho en muy poco tiempo, es decir, condensado los significados.
Por último, cabe señalar que el ciudadano/audiencia actual, frente al gigantesco tsunami informativo y de contenidos que nos agrede todos los días, opta por las fotos grandes, los contextos y
los videos como mecanismo prioritario para informarse. Estamos ante un modelo de cultura hipervisual donde evidentemente lo “no verbal” ya no es banal.
Pues bien, es en este complejo contexto que la primera parte de este trabajo que ahora tienes en tus manos, fruto de la colaboración entre docentes de cuatro importantes universidades analiza el estado actual de la formación universitaria en la disciplina de comunicación y sus tendencias futuras.
Aquí es importante hacer una observación: derivado de que la comunicación surgió, en primer lugar, como una profesión para luego trasladarse, de forma problemática, al campo de lo científico, dicha disciplina nunca ha llegado a alcanzar el nivel de madurez y estabilidad de otras disciplinas científicas. Siendo así las cosas, cuesta hablar de una teoría de la comunicación totalmente acabada, pues la comunicación carece de fundamentos definitivos y absolutos de conocimiento científico.
Quizás por ello, una de las virtudes de esta obra está en que cabalga por encima de los manuales clásicos de estudio de la comunicación en los que se realizan aproximaciones científicas desde el conjunto de las ciencias humanas, sociales y de la naturaleza. De igual manera, este trabajo sobrevuela de forma ligera sobre los sesudos ensayos especializados en una teoría de la comunicación sobre la que hoy, sometida a un acelerado y agresivo proceso de transformación, tendríamos mucho que discutir.
Aquí vale la pena parar un momento y mirar hacia atrás. Cabe recordar que sería allá por 1892 cuando Joseph Pulitzer ofreció al presidente de la Universidad de Columbia, Seth Low, financiar la primera escuela de periodismo del mundo. Tras ser rechazada dicha oferta, habría que esperar hasta 1903 para ver cómo esta misma institución académica crearía la Columbia University Graduate School of Journalism, primera escuela de periodismo del mundo, y luego hasta 1908 para que la Missouri University entregara el primer título universitario en esta disciplina.
Pero si miramos hacia nuestra América, las primeras licenciaturas en periodismo no llegarían a aflorar hasta la década de 1930, y es entre 1960 y 1970 cuando se establecerían las bases del pensamiento comunicacional latinoamericano.
Quizás porque no es inusual que en América Latina los medios de comunicación masiva hayan sido sostenidos por razones políticas más que económicas, desde el nacimiento de la llamada
escuela latinoamericana de comunicación sus principales teóricos siempre los consideraron como poderosos instrumentos de control social y explotación cultural al servicio de las élites dominan-
tes. Desde entonces hasta hoy, aquellos viejos debates en torno al colonialismo informativo y al rol que ejercen los medios en nuestras sociedades del sur global siguen aún vigentes, aunque clara-
mente transformados por el desarrollo de las nuevas tecnologías en materia de comunicación e información. Sin embargo, sería ya en el presente siglo cuando presenciaríamos cómo el populismo
progresista desarrollaría una estrategia de expansionismo político, llegando a muy diversos campos sociales -entre ellos la comunicación y los medios- dentro de los procesos de disputa política y debate de lo público. En definitiva, aquello que los sociólogos como Pierre Bourdieu teorizaron respecto a que los medios deben/deberían ser campos autónomos de la política o del Estado, “esferas de acción social con reglas o intereses propios” en términos bourdonianos, nunca tuvieron aplicación en el subcontinente.
Pero hablemos claro: más allá de la disputa política, lo que comúnmente llamamos “comunicación masiva” no es más que una instantánea distorsionada de la inconmensurable diversidad de perspectivas y demandas existentes en nuestras heterogéneas y complejas sociedades.
Es por todo lo anterior que no es baladí que los autores que participan en la primera parte de este libro dediquen sus esfuerzos a vislumbrar las tendencias actuales y futuras de la formación académica en materia de comunicación. En este maremágnum de lógicas transversalizadas que en la actualidad componen la comunicación y la información, así como sus antecedentes y su aplicación práctica en la región, los autores fueron capaces de liberarse de anacrónicos corsés teóricos e ideológicos para posicionarse claramente ante las demandas del mercado y la multiplicidad de disciplinas implicadas en esta nueva lógica de transversalidad mixta.
Vivimos en pleno desarrollo de la Cuarta Revolución Industrial, connotada por la emergencia de las nuevas tecnologías (sistemas ciberfísicos, robótica, internet de las cosas, conexión entre dispositivos y coordinación cooperativa de las unidades de producción económica), la neurociencia, el escenario biológico y la inteligencia artificial.
Dado que el constructo analítico legado por el filósofo francés Michel Foucault nos permitió descubrir la profunda relación existente entre el poder y el saber, sustrayendo del saber su pre-
supuesto de neutralidad, repensar hoy la comunicación supone entender que los marcos de condicionalidad política aparentemente normativas del sistema capitalista neoliberal han dejado
sin base gran parte de las propuestas teóricas alternativas de antaño. De ahí es desde donde este trabajo hace un esfuerzo para identificar planes de estudio para el futuro inmediato en la Acade-
mia y escuelas especializadas, así como el análisis de consideraciones que han de tenerse en cuenta respecto a la formación de los nuevos profesionales de la comunicación según las exigencias de los contextos y de acuerdo con las múltiples realidades actualmente existentes.
En un mundo así configurado, donde la relación saber-poder se deja ver objetivada en el sujeto, todo un formato de nuevas narrativas toma fuerza en el entorno digital como forma cotidiana de contar historias.
Decía el psicólogo estadounidense Jerome Bruner (2013) que “Somos fabricantes de historias. Narramos para darle sentido a nuestras vidas, para comprender lo extraño de nuestra condición humana”. Pues bien, es aquí en donde se centra la segunda parte del libro.
Como bien se indica en algún momento de este trabajo, las tecnologías y los medios tienen un carácter social y han transversalizado la política, el tejido social existente y a la ciudadanía en general. Pero igual sucede de forma inversa, las estrategias políticas incluyen el marketing y la publicidad para difusión, intervención en medios y construcción de imagen pública.
Todo lo anterior se relaciona con las mentes y acciones ciudadanas, utilizándose como herramientas múltiples fuentes de mediación, la seducción y el estímulo, así como los mecanismos de interiorización. Es por ello que se hace visible la necesidad de profundizar en las nuevas narrativas digitales, entender sus características, su contexto y su relación con los objetivos que hay detrás de estos. Esto ha de identificarse más allá de que sean comerciales corporativos, políticos o informativos, así como quienes en cada caso los gestionan.
El relato aquí toma un protagonismo especial y, como ya sabemos, se compone de un arco tripartido: introducción, nudo y desenlace. Siempre con un adversario, siempre con un valor y
siempre con una moraleja, enseñanza o aspiración.
Pero hablemos claro respecto a esto también. La diferencia entre persuadir y manipular es meramente ética, motivo por el cual las plataformas digitales se convierten también en un espacio complejo donde se evidencian condicionamientos y desigualdades entre actores sociales, nuevos o viejos, pero reforzados en lo contemporáneo bajo lógicas neoliberales, que tratan de manejar a toda la vida humana en un formato de negocio o con fines de mantenimiento del poder.
Volviendo a Foucault, y conscientes de que no existe saber independiente del poder, pues el saber produce y mantiene el poder, tras los atentados a las torres del World Trade Center y al edificio del Pentágono la administración de Bush renovó el cargo de Subsecretario de Estado en Diplomacia Pública y Asuntos Públicos, puso al frente a Charlotte Beers -conocida como la “reina del branding”-, quien no provenía del área militar ni de la política, sino de las comunicaciones y hasta entonces había ejercido como CEO de la gigantesca agencia de publicidad y marketing J. Walter Thompson Worldwide. Quizás ese momento de septiembre de 2001 fuera el elemento referencial de un cambio de época: a Beers se le encomendó explicar y vender la política exterior de la administración Bush, especialmente su guerra contra el terrorismo, todo ello con un presupuesto asignado por el Congreso de los Estados Unidos de 520 millones de dólares, que fue utilizado para una campaña comunicacional cuidadosamente dotada de elementos emocionales y altamente segmentada. El problema de “¿Por qué nos odian?” fue refrescado, en leguaje publicitario, en “¿Cómo reposicionamos la marca?”.
A partir de ahí los nuevos teólogos de la “guerra justa” comenzarían a expandir sus tesis sobre la superioridad de Occidente respecto al islam y al resto del planeta, basadas en la vacua hipótesis previamente concebida denominada como “choque de civilizaciones”. Se invadieron países como Afganistán e Irak, se generaron campos de reclusión y tortura clandestinos en diferentes partes del planeta, donde eran llevados individuos secuestrados de manera ilegal desde diversas partes del mundo con la complicidad de los gobiernos de turno, y se generó un modelo de neutralización de disidencias internas a través de la “ USA PATRIOT Act” (Ley Patriótica), que luego fue replicada a su manera en diversos países del planeta. En palabras del filósofo italiano Toni Negri, toda violencia que no fuera ejercida por las “fuerzas imperiales” pasó a ser necesariamente concebida como ilegítima y criminal, es decir, terrorista. Condición por cierto a la que asistimos recientemente en las últimas movilizaciones populares que tuvieron lugar en nuestro país.
Aquí entramos en una tercera y última parte del libro que aborda temáticas vinculadas a la comunicación corporativa y a la comunicación política.
En la lucha discursiva la verdad o la mentira no nos ayudan mucho a comprender la realidad. Una explicación en comunicación corporativa o política es cierta si produce efectos tales como si lo fuera, sin importar si es cierta o no. El objetivo es generar consenso en torno a una idea o una identificación.
Vinculado a lo anterior, y en el plano de lo político, hacer una buena comunicación parte de tener una buena lectura del momento y de los equilibrios de fuerzas que lo componen, entendiendo las posibilidades que se abren en cada coyuntura. El signo fundamental de la hegemonía en comunicación es construir un relato tan sólido que hasta tus adversarios o competencia tengan
que ceñirse a este para conflictuar o disputar con nosotros.
Los autores implicados en esta parte del trabajo entienden a la perfección que la comunicación es la política expresada en su modo público; por lo tanto, no se gobierna bien y se comunica mal y si se comunica mal es que se gobierna mal. En definitiva, un problema comunicacional es un problema político, dado que toda comunicación es una representación de la política.
De igual manera, los autores de estos textos marcan con énfasis la diferencia entre comunicación política electoral y comunicación política de gobierno. Sobre esto un apunte: pese a que más del 80% de la referencias existentes sobre comunicación política son de perfil electoral, cabe indicar que dicha comunicación es cortoplacista, mientras que la comunicación de gobierno tiene un enfoque a mediano y largo plazo y debería tener como objetivo resignificarse durante muchos años después.
Tanto en el ámbito de lo corporativo como de lo político, la comunicación se da hoy en un formato de 360 grados; su rango de riesgo es ese y, por lo tanto, debe comunicar en 360 grados también. Es decir, hoy se comunica por todos los canales hacia todos los lados.
De esta manera, la palabra convergencia es una de las palabras clave en comunicación en los momentos actuales. Se trata entonces de establecer un único discurso a través de múltiples canales y formatos diferentes mediante la microsegmentación.
Pese a todo lo descrito anteriormente, es importante destacar que la comunicación política latinoamericana muestra notables limitaciones para entender, beneficiarse y beneficiarnos al conjunto de la sociedad con estas nuevas herramientas digitales. En este ámbito de acción se debe reconocer al mundo corporativo como un espacio más eficiente que la tecnoburocracia política o estatal.
El porcentaje de respuestas por parte de instituciones públicas y gobiernos en general al ciudadano usuario de redes sociales en América Latina no alcanza al 3 % y, además, se dan de forma tardía en gran parte de los casos. De igual manera, la respuesta de los políticos en campaña hacia la ciudadanía que les reclama o consulta es extremadamente baja obviando la posibilidad de generar foros virtuales de debate, aprendizaje mutuo y construcción de consensos, o incluso el impulso de movimientos cibernéticos como una nueva forma de organización política ciudadana. En resumen, los políticos del subcontinente, lejos de distinguir entre forma y fondo, entendieron el uso de estas nuevas herramientas de comunicación desde una perspectiva simplista de aggiornamento, es decir, como la incorporación de una nueva técnica para hacer exactamente lo mismo que ya anteriormente hacían.
Pero quizás aquí, cosa que se aborda parcialmente en la obra, lo más interesante y preocupante de observar es que la construcción de toda esta comunicación se da bajo una tecnología que, como toda tecnología, no es neutra, sino que viene marcada por su ideología.
Entender el rápido crecimiento de las big tech implica comprender que este modelo de negocio se caracteriza por su extraordinaria escalabilidad, lo que supone rentabilidades monetarias astronómicas para los proyectos exitosos tras una primera fase de capitalización. En la práctica, las ratios de productividad de estas compañías superan con facilidad el millón de dólares por empleado contratado, generando un modelo de trabajo derivado de la “economía de plataforma” que tiene un cierto aire vintage bien manchesteriano: precarización, salarios muy bajos, horarios fuera de la ley, sobreexplotación laboral e indefensión del trabajador o trabajadora.
Las nuevas empresas tecnológicas aprendieron con prontitud que las ideas, valores y gustos de las personas se transfieren con facilidad, esparciéndose a través de las redes sociales, pero también afectando las formas de hacer y pensar de las y los individuos que formamos parte de ellas, diseñando y manipulando los mecanismos de conexión entre nosotros. De esta manera, las plataformas que mayoritariamente manejamos siguen el rastro de nuestros focos de interés y deseos, limitando con algoritmos las relaciones entre personas, objetos e ideas bajo una lógica que podríamos definir como tendenciosamente orwelliana.
Lo anterior obedece a un cierto desplazamiento del eje de acumulación capitalista, el cual, más allá del predominio del capital financiero especulativo, ahora se sitúa en la captura de información de los usuarios de tecnología debido al impacto del big data, del data mining, el internet de las cosas, la inteligencia artificial y la red de sensores e islas de datos que propicia la comunicación M2M (machine to machine). Todo este nuevo modelo de extractivismo (desposesión por despojo) va conformando un ecosistema que permite la proliferación de oferta localizada e individualizada de bienes y servicios. A su vez, la cada vez mayor capacidad del mercado de personalizar los consumos nos permite vislumbrar una economía enfocada exclusivamente en el deseo, extrayendo cada vez mayor valor del commodity humano en lugar de crearlo.
Pero quizás lo más grave es que la actual dictadura algorítmica define la “relevancia” de las informaciones, limitando el mundo que vemos en función de las preferencias expresadas por el individuo en cuestión y también por las mayorías; el resultado no es otro que el reforzamiento del “saber” dominante con exclusión del resto del espectro. La nueva superestructura digital, controlada
por las big tech y conformada, entre otros, por algoritmos como el PageRank de Google o el EdgeRank de Facebook clasifican e influyen de modo creciente a la percepción que hoy tienen de la
realidad esa más de la mitad -dato en permanente expansión- de la población planetaria actualmente conectada.
El actual proceso de digitalización de la vida, sumado al desarrollo de la economía de datos, así como la “huella digital” unida a la extracción de información personal, permite la generación de un big data ciudadano cuya dimensión y volumen no tiene precedentes en la historia de la humanidad. El acceso en tiempo real por parte del poder/poderes a tal magnitud de información respecto a sus dominados sienta las bases para nuevos modelos de control tanto corporativos como político-social-disciplinarios. De esta manera, la tecnología se ha convertido en un “capital fijo” cuya propiedad redefine las relaciones de poder en el actual modelo capitalista.
Es ahí donde estamos ante un reto, todo un nuevo reto que pone en cuestión el modelo de sociedad al que aceleradamente nos dirigimos y desde el cual la comunicación, entre otras disciplinas, se convierte en un espacio de disputa.
Sin más, solo queda desearles que disfruten de las interesantes páginas que a continuación encontrarán y que conforman el cuerpo de esta interesante obra.

por Bruno Cava & Alexandre Mendes
Cuando Paolo Virno, analizando la fuerza de trabajo a partir de la lectura de la sección II del primer volumen de El Capital (sobre la transformación del dinero en capital) recuerda la definición de Marx sobre la fuerza de trabajo (o la capacidad de trabajo), que es cualificada como “el conjunto de actitudes físicas e intelectuales que existe en la corporeidad, o sea, en la persona viviente de un hombre, que se moviliza toda vez que se produce valor de uso de cualquier especie”. Por tanto, por “fuerza de trabajo” debemos entender, según Virno, no solamente la ejecución de un trabajo específico (un acto), sino que, especialmente comprenderla como una capacidad general expresada por el conjunto de sujetos puestos a trabajar por el capital. Por esto, lo que es vendido por la constitucion de la fuerza de trabajo como una mercadería es una “actividad en potencial”, en resumen, la propia posibilidad de producir. Aquí es válida la diferencia entre acto y potencia, en el sentido de que la fuerza de trabajo es, antes que nada, “potencia de trabajar”, luego, un compromiso general de las potencialidades de vida en el proceso de trabajo capitalista. “Siendo potencia, no posee una manifestación propia, sino que se expresa factualmente en la vida del ser humano” (ídem, p.112). Con el capitalismo, es la vida entera, como substrato material productivo, que se presenta como potencia para producir valor.
Jason Read, establece un importante punto de contacto entre Marx y aquello que Foucault definió como dispositivo disciplinar y biopolítico. En el primero, se trata de garantizar una disciplina adecuada para que el acto del trabajador sea realizado de forma eficiente, útil y al mismo tiempo se presente como figura dócil al capital. El segundo, es la potencia general de una población que se ofrece como objeto de las tácticas de gobierno y las intervenciones biopolíticas. En tanto el acto y la subjetividad del trabajador son disciplinados, la población, como un todo, es regulada y atraviesa por dispositivos que la transforman en una fuerza productiva general, indispensable, para el desarrollo del capitalismo.
Por lo tanto, a pesar de algunas diferencias entre pensadores, Marx y Foucault visualizan en la constitucion del modo capitalista de producción, en primer lugar, la formación de una fuerza social que se considerara inmediatamente productivo. Se trata de un “potencial subjetivo abstracto”, del cual depende el capital, y, por eso, se busca desarrollar y, al mismo tiempo, controlar ese potencial; según, la constitucion del trabajador como hombre útil, productivo y disciplinado, que internaliza los comandos del capital de la dimensión del hábito y de su cotidiano. En ambos casos, la subjetividad aparece en su inmanencia con relacion al modo de producción capitalista, constituyendo no solamente el terreno del comando capitalista, sino que también la posibilidad de desencadenar una resistencia contra ese comando. “La subjetividad no es exterior a las relaciones de poder, sino que constituye una dimensión correlata, que deviene posibilidad de resistencia y de una invención irreductible a sus propias condiciones.
En esa línea, teniendo sedimentado el terreno de la producción de la subjetividad en el desarrollo del capital, Read interpreta la famosa frase de Marx en la Ideología Alemana –“comunismo es el movimiento real que destruye el estado actual de las cosas”- como el reconocimiento de que la ruptura se debe dar en el ámbito de la producción de subjetividad, i.e., no como la utopía de una sociedad futura emancipada, pero con un continuo y real movimiento de la lucha contra las formas de control que tienden a “amoldar” la fuerza de trabajo y el trabajo vivo. En ese sentido, el concepto de trabajo vivo aparece en los Grundisse de Marx como “fuerza de trabajo definida en oposición al capital. Si el modo capitalista de producción está fundado en la valorización, en el aumento de más valor, el trabajo vivo es autovalorización”.
La autovalorización del trabajo vivo, por lo tanto, es definida a partir de la resistencia al proceso de subjetivacion que busca transformar la fuerza de trabajo en un conjunto dócil y productivo. Ese rechazo en relacion al proceso de subjetivación y la autovalorización del trabajo vivo impone al capital la necesidad de invertir, cada vez más, en la propia vida social y en sus relaciones. Esto porque la autovalorización del trabajo vivo va siempre junto a la cooperación social, que posee, según Read, el estatuto ambiguo de ser, tanto un presupuesto para la acumulación, como una posibilidad de ruptura entre la fuerza de trabajo y los mecanismos de explotación. La cooperación social del trabajo vivo se transforma, entonces, en la posibilidad de producción de riqueza en el modo capitalista de producción y, al mismo tiempo, en la posibilidad de su propia ruina.
El concepto de autovalorización del trabajo vivo nos lleva directo a la lectura de Antonio Negri de los Grundisse de Marx. Read, es preciso decirlo, sigue, en los exactos términos, el análisis del tema de la autovalorización del trabajo vivo tal cual fue formulado por Negri desde los años1970, en La forma Stato; per la critica dell’economia política della Constituzione (1977), en Il dominio e il sabotaggio: sul metodo marxista della transformazione sociale (1978) y en el conocidoc libro Marx oltre Marx: qudaerno di lavoro sui Grundisse (1979).
Negri presenta la autovalorización obrera como el momento en que el capital no logra más unir la fuerza de trabajo a los mecanismos de desarrollo del capital. Se trata de una liberación de la vida que, en el mismo movimiento, es capaz de interrumpir el proceso de valorización capitalista y constituirse como una potencia inventiva, como capacidad de construir nuevas relaciones: “Aquí, entonces la vida ya no se detiene: lo que la clase obrera no cede al capital lo desarrolla como autovalorización, como liberación de si misma. Enriquece su composición, esto es, el valor del trabajo necesario, su capacidad de lucha, su fuerza de resistencia, su fuerza de invención. El rechazo del trabajo es aquí una categoría densa y constructiva”.
En Marx oltre Marx (1979) encontramos un último resultado del esfuerzo emprendido por Negri en los años anteriores, para ofrecer una lectura política de Marx, que rompiese con el determinismo, el objetivismo, el mecanicismo y el organicismo de lo que él denomina marxismo vulgar. Este flujo creativo encuentra en los Grundisse un suelo fértil y abierto a nuevas interpretaciones que fuesen adecuadas a las luchas contra el capitalismo fuertemente desencadenadas en aquella década.
Podemos afirmar que Marx oltre Marx (1979), curiosamente publicado en el mismo año de Naissance de la Biopolitique, es un texto seminal para una comprensión marxista, avant la lettre del común, a partir de claves conceptuales que continúan siendo provechosas. Afirma Negri: “Los Grundisse buscan una teoría de la subjetividad de la clase trabajadora contra la teoría del lucro y de la subjetividad capitalista”.
La primera característica que Negri encuentra en los manuscritos de 1857-58, ya resaltada en Read y Virno, es exactamente la presencia de una concepción de capitalismo como enfrentamiento entre el comando capitalista y la subjetividad de los trabajadores forzados a trabajar y garantizar la efectividad de la ley de plusvalía (surplus value). En Marx oltre Marx, colocando el acento en la concepción subjetiva presente en varios pasajes de los Grundrisse, Negri desarrolla el reconocimiento de un antagonismo inmanente al desarrollo del capitalismo; la posibilidad de que, en el corazón del antagonismo, exista un proceso de autovalorización y emancipación de la clase trabajadora (subsunción real de la sociedad por el capital) que acaba por generalizar y potencializar el antagonismo y la posibilidad de constitucion del comunismo. Explorando el primer punto, en el capítulo inicial sobre el dinero, Negri percibe la constitución de una heterogeneidad entre capital y trabajo que es inmediatamente planteado como problema en la función que el dinero asume como forma del valor (es decir, de la explotación). De hecho, para Marx, el dinero es «comunidad real», es decir, «sustancia universal de la existencia para todos y el producto colectivo de todos. El dinero porta desde ya el antagonismo social, inmanente a su función de viabilizador de una «división absoluta del trabajo». Veamos el siguiente pasaje de los Grundrisse:
“El dinero como finalidad deviene aquí medio de El dinero como propósito deviene aquí medio de la laboriosidad universal. La riqueza universal se produce para apoderarse de su representante. Así son abiertas las fuentes efectivas de riqueza. Como la finalidad del trabajo no es un producto particular que este en relación particular con las necesidades particulares del individuo, sino que el dinero, la riqueza en su forma universal, entonces, en primer lugar, la laboriosidad del individuo no tiene ningún límite; es indiferente en relación con su particularidad y asume cualquier forma que sirve a la finalidad; es ingenioso en crear nuevos objetos para la necesidad social, etc. Por supuesto, que bajo la base del trabajo asalariado, el dinero no tiene efecto disolvente sino que productivo; mientras que la comunidad antigua ya en sí misma está en contradicción con el trabajo asalariado como fundamento universal. La industria universal sólo es posible allí donde cada trabajo produce la riqueza general, y no una forma determinada; donde, por lo tanto, también el salario del individuo es dinero”.
En este revelador párrafo de los Grundisse el dinero claramente aparece como medio para permitir una explotación universal y sin límite de los trabajadores (en la medida en que el trabajo no posee una finalidad asociada a un producto específico y una necesidad concreta) y medio para capturar la fuerza de trabajo que pasa a ser totalmente dependiente del dinero para satisfacer sus necesidades (trabajo como valor de cambio). Y luego, en un tercer sentido, Marx afirma que si “el dinero no es comunidad, tiene que disolver la comunidad” (ídem, p. 168), haciendo referencia al dinero como medio de disolver vínculos no capitalistas y universalizar el desarrollo de la sociedad burguesa.
Por eso, para Negri, el dinero, en los Grundisse, se expone directamente como comando capitalista –puro antagonismo-, por consiguiente, como conflicto entre capital y trabajo y también como “proceso de socialización del capital”. El dinero, entonces, es “la socialización de la explotación”, la explotación en su dimensión social (“capital social”) y tendiente a la universalización (ídem). Y es exactamente esa dimensión social y antagónica del dinero que coloca el valor en un permanente terremoto de oscilaciones, variaciones y crisis.
Para Marx, es exactamente en el momento en que el dinero es atravesado por una “relacion” –la relacion de producción capitalista – que él es subsumido por el capital. El dinero, por eso, “no es nada palpable” (ídem), él puede ser cualquier otra cosa (simples rentas, por ejemplo), y solo “ser” capital cuando es inserto en una trama de relaciones sociales, siempre conflictivas, que el capitalismo coloca en acción. En un pasaje extraordinario de los Grunsdisse, Marx evidencia que la producción de la relacion social entre capital y trabajo es “más importante”, inclusive, que la producción material capitalista. Ahora, siendo un movimiento continuo (“impulso” y “producto” que se coloca nuevamente en impulso), el capital es totalmente dependiente de la producción de una relación que produce su figura contrapuesta: la capacidad de trabajo vivo. Afirma Marx:
“Por fin, lo que aparece como resultado del proceso de producción y de valorización es, sobretodo, la reproducción y nueva producción de la propia relacion de producción, de la propia relacion entre capital y trabajo, entre capitalista y trabajador. Esa relacion social, relacion de producción, aparece de hecho como un resultado del proceso más importante aunque sus resultados materiales. En términos más precisos, al interior de ese proceso el trabajador se produce a sí mismo como capacidad de trabajo y el capital a él contrapuesto, del mismo modo que, por otro lado, el capitalista se produce como capital y la capacidad de trabajo vivo a él contrapuesta”
Marx deja claro, que en la producción y reproducción de la relacion social que define el modo de producción capitalista, “el trabajador se produce a sí mismo como capacidad de trabajo” (ídem). Por otro lado, desprovisto de sus condiciones objetivas (el trabajo muerto, subsumido por el capital) el trabajo aparece como “actividad”, “fuente viva de valor”, “vitalidad fecundante” y “posibilidad de la riqueza universal”. Antes de ser objetivado por el capital, el trabajo aparece, para Marx, en una “existencia puramente subjetiva”, “separado de toda su objetividad”, “existencia subjetiva del propio trabajo”.
Es notoriamente esa subjetividad, viva y fecundante, la que debe ser abolida por el capital para que ella devenga trabajo objetivado: «la simple subjetividad del trabajo, como mera forma tiene que ser abolida y objetivada en el material del capital. Para sobrevivir el capital, «como un vampiro, chupa constantemente el trabajo vivo como alma”.
El trabajo, en su dimensión subjetiva, aparece, entonces, como algo completamente
extraño al capital, al mismo tiempo que es su presupuesto. El trabajo vivo es aquello contra lo cual el capital necesita afrontar para mantener su valorización. En ese punto, la subjetivación capitalista plantea como imperativo la transformación del trabajo vivo (extraño) en capacidad de trabajo (valor de intercambio), y busca hacer que el trabajador se reproduzca como capacidad de trabajo.
Sin embargo, Marx evidencia que esa extrañeza a ser convertida es absolutamente amenazadora al capital. La relación entre el trabajo vivo y la capacidad objetivada del trabajo es una relación conflictiva, pero, sin embargo, es la relación capitalista por excelencia. Teniendo en cuenta que el trabajo objetivado es puesto como «objetividad de una subjetividad contrapuesta al trabajador, como propiedad de una voluntad que le es extraña, el capital es al mismo tiempo necesariamente capitalista.
Según Marx, si el capital pudiese pagar la capacidad de trabajo “sin tener que hacerlo trabajar”, ¡aceptaría el negocio con el mayor placer! Es exactamente en la subjetivacion del trabajo vivo como trabajo objetivado que reside todo el peligro para el capital. La “tragedia” para el capital, podríamos decir, es tener que relacionarse, a cada paso y cada vez más, con la extrañeza de la vida y del trabajo ajeno. Veamos:
La capacidad de trabajo comportase, en relacion al trabajo vivo, como algo extraño, y si el capital pudiese pagarle sin hacerlo trabajar, aceptaría el negocio con placer. Por consiguiente, su propio trabajo le es extraño –y lo es también en lo que dice respecto de su orientación etc. – en cuanto al material e instrumento [de trabajo]”
Ese potencial de emancipación del trabajo vivo es definido por Negri, como mencionamos, como autovalorización de la clase trabajadora a partir de su propia capacidad de generar riqueza, medios y condiciones de vida, potencialidades, etc. La autovalorización aparece como verdadero valor de uso de la clase trabajadora, no en un sentido naturalístico o humanista, sino que en la trama de las relaciones sociales y antagónicas del capitalismo:
Aquí el valor de uso no es nada más que la radicalidad de la oposición del trabajo y, por lo tanto, la subjetiva y abstracta potencialidad de toda riqueza, la fuente de toda posibilidad humana. Toda la multiplicación de riqueza y de poder. El capital succiona, exactamente, esa fuerza a través de la plusvalía (…) De este modo, esta etapa necesaria [de plusvalía] es continuamente restaurada por el capital. Tenemos el segundo punto: en el corazón de esta restauración, existe una relacion dinámica, una tentativa de la clase trabajadora de reafirmar consistencia indispensable y la necesidad de su propia composición, contrapartida constante de aquella fuerza capitalista que intenta subvalorar los trabajadores y sus necesidades.
Para Negri, el rechazo del trabajo y la autovalorización del trabajo son movimientos correlatos en los cuales el trabajador rompe la relacion de explotación del capital y, en la textura de esa misma ruptura, retoma para si la capacidad de inventar otros tipos de relacion más allá del capitalismo. Sí, como bien enseño Marx, el aspecto prioritario del capitalismo es producir la relacion que, de forma dinámica, produce y reproduce tanto el trabajo como el capital, la tarea primera de la lucha contra el capitalismo es destrozar exactamente esa relacion (social). Jason Read lo comprendió bien: la “ruptura” solo implosionará el “real movimiento de las cosas” cuando ocurra en el campo de la producción de subjetividad.
En dominio e il sabotaggio: sul metodo marxista della trasformazione sociale (1978), el pensador italiano afirma pensar la historia del capital precisamente como una “continuidad de operaciones de reorganización que el capital y el Estado colocan en acción contra una continua ruptura”. Esa ruptura, permanente sabotaje contra el capital, no es nada más que el esfuerzo del trabajo en emanciparse de la relacion de explotación definida por el capital (NEGRI. A. 1978, p. 18). Por eso la autovalorización marca una discontinuidad, operando por «un conjunto de saltos e innovaciones «, crea autodeterminación al mismo tiempo que desestructura el capital.
Desestructurar el capital aquí debe significar generar crisis en el interior del modo de producción capitalista. Ya en 1966, Martio Tronti, filósofo y marxista italiano, consideraba que la táctica de “rechazo al trabajo” generaba un bloqueo en todo el sistema de desarrollo capitalista. En el libro Operai e capitale (1966). Tronti afirma que la crisis generada por el rompimiento de los trabajadores al interior de la relacion (social) capitalista no produciría una simple crisis económica (cíclica), sino que produciría una verdadera crisis política en el interior del proceso de valorización capitalista
Negri retoma la hipótesis para dar nuevo aliento a la famosa ley elaborada por Marx sobre la tendencial caída de la tasa de lucro. Como se sabe Marx, presenta dos leyes referentes al lucro: la primera afirma que el lucro será siempre proporcionalmente menor que la plusvalía extraída inmediatamente. Esto ocurriría porque en el lucro el capitalista deduce los gastos en capital constante de la plusvalía inmediata. La plusvalía inmediata solo sería igual al lucro si el capital constante fuese igual a “cero”, lo que sería imposible tomando en cuenta los aspectos generales del capitalismo.
La segunda, según Marx, sería la de la tendencia a la caída de la taza de lucro, que ocurre en razon del desarrollo continuo de las fuerzas productivas del capital. En la medida en que el capital se va apropiando del trabajo vivo como trabajo objetivado o en la medida en que las fueras productivas se desarrollan, el capital empleado en la producción (capital constante) debe ser deducido de la plusvalía inmediata, lo que genera una tendencia proporcional de caída en la taza de lucro. Concluye Marx en El Capital: “La tendencia gradual, para caer, de la taza general del lucro es, por lo tanto, apenas expresion peculiar del modo de producción capitalista, del progreso de la productividad social del trabajo.
La inserción del tema del rechazo y el de la autovalorización del trabajo en la lectura de las leyes de Marx sobre el lucro, posibilita que Negri se desligue del mecanicismo economicista (prisionero de los cálculos objetivos sobre el capital constante y variable) y afirme: “la objetividad de la ley muestra la subjetividad de su curso”. Esto significa que, en el interior de la proporción decreciente descubierta por Marx, está la lucha de clases, i.e., el enfrentamiento y el extrañamiento entre trabajo y capital.
La ruptura y el extrañamiento, avancemos, hacen que el capital busque siempre el aumento de las fuerzas productivas incorporando nuevas máquinas, instrumentos y nuevas formas de producción, aumentando el capital fijo o constante.
Recordemos que según Marx, el capital “pagaría por no precisar a la capacidad de trabajo efectivamente trabajar, si pudiese”. Ese movimiento es el correlato, todavía, a un proceso de autovalorización del trabajador (“trabajo necesario”, o sea, aquel del cual el capital “no consigue librarse”) al interior de la producción que exige, cada vez más, una expansión en el campo de la satisfacción de sus necesidades. Según Negri: “de este modo emerge la tendencia de la tasa de ganancia en declinación, que combina proporcionalmente la disminución del valor del capital con una valorización independiente del proletariado”.
Vean que el énfasis “subjetivo”, la explicitación del antagonismo político entre subjetividades extrañas entre sí (capital y trabajo), direcciona la lectura marxista sobre la crisis hacia una pista en que las cuestiones como “súper-acumulación” (Harvey) o “subconsumo” (Luxemburgo) aparecen apenas como fenómeno del conflicto principal que atraviesa el modo de producción capitalista. Tal conflicto no solo produce la crisis, como indicara el camino seguido por el capital para su tentativa de restructuración. El itinerario de ese movimiento, como veremos, colocara el común en el centro del actual antagonismo.
La solución para la crisis, para la respuesta al proceso de sabotaje y autovalorización de la clase trabajadora, reside en la apuesta del capital en su capacidad de adquirir una dimensión social: “la circulación es la victoria del capital sobre la crisis” (NEGRI, A.). Los Grundrisse en el fragmento sobre la circulación, expone la tentativa desesperada del capital – “contradicción viva”- en superar sus propios obstáculos. La producción de “un circulo siempre ampliado de circulación” (MARX, K.), la formación de un mercado mundial (ídem, la creación de nuevas industrias “donde la relacion entre capital y trabajo se pone de forma nueva” (ídem), “la explotación de toda la naturaleza para descubrir nuevas propiedades útiles de las cosas” (ídem), “nuevas preparaciones (artificiales) de los objetos naturales” (Ídem) apuntan hacia:
Un sistema de explotación universal de las cualidades naturales y humanas, un sistema de utilidad universal, del cual la propia ciencia aparece como portadora tan perfecta cuanto que todas las cualidades físicas y espirituales, al paso que nada aparece elevado-en-si-mismo, legitimo-en-si-mismo fuera de ese círculo de producción e intercambios sociales. De este modo, es solo el capital que crea la sociedad burguesa y la apropiación universal de la naturaleza (MARX, K.)
En el momento en que el capital cumple su tendencia hacia la universalización de la producción y de la circulación, así como en la constitución de un sistema de explotación universal, acaba cualquier dualidad entre sociedad y capital. El capital ya no se enfrenta a la sociedad, como en Luxemburgo y en De Angelis, sino que pasa a constituir, él mismo, las relaciones sociales que atraviesan la sociedad (ahora burguesa). La circulación expandida produce la socialización del capital, el capital social.
Según Negri, aquí alcanzamos la denominada subsunción real de la sociedad por el capital. «Por la circulación y socialización el capital se vuelve realmente unificado. (…) El capital constituye la sociedad, el capital es enteramente capital social. (…) Aquí se establece la fundación para el paso de la manufactura a la gran industria y de la última a la fábrica social «(NEGRI, A.). El capital pasa a establecer su relación social de expropiación no más en relación al trabajo inmediato, sino como una «fuerza productiva general, su comprensión y su dominio de la naturaleza como cuerpo social (MARX, K.).
De hecho, en el Fragmento sobre las máquinas, Marx lanza en el texto una serie de insights potentes sobre la subsunción por el capital de toda la sociedad, sus relaciones sociales, su ciencia, sus saberes, su relación con la naturaleza: el capital «Extrae la vida a todas las fuerzas de la ciencia y de la naturaleza, así como de la combinación social y del intercambio social, para volver la creación de la riqueza (relativamente) independiente del tiempo de trabajo en ella empleado «(ídem).
En esta fase, el amplio desarrollo del capital fijo puede indicar hasta qué punto el «saber social general» devino «fuerza productiva inmediata» y hasta qué punto las «propias condiciones del proceso vital de la sociedad» quedaron bajo el control del intelecto general. Hasta qué punto las fuerzas productivas de la sociedad son producidas, no sólo en la forma de saber, sino que como órganos inmediatos de la praxis social; del proceso «real de la vida» (ídem).
¿Un Karl Marx biopolítico? Sin duda, con la publicación del curso Naissance de la biopolitique (1979), proliferan las lecturas que ponen a Marx y Foucault de la mano, articulando el «desarrollo» de las fuerzas productivas de la sociedad «con el análisis foucaultiana sobre el» arte de gobernar neoliberal «. De hecho, la «política de la vida» (Vitalpolitik) neoliberal, descrita por Foucault, puede ser perfectamente entrelazada al desarrollo de las fuerzas productivas como «proceso real de la vida», descrita en los Grundrisse. ambos describen el momento en que el capital subsume la propia vida social, en todos sus aspectos, para transformarla en una fuerza productiva, en un nuevo modo de producción que supere la crisis permanente del capitalismo impuesta por el con el trabajo entre el trabajo y el capital.
Pero hay que seguir avanzando en las posibilidades dejadas por los bellos pasajes de los Grundrisse sobre la introducción de la maquinaria y el desarrollo de las fuerzas productivas de la sociedad. Es que en ese fragmento, además de describir la inflexión de la producción en la dirección de la «praxis social», Marx apunta profundas diferencias en lo que se refiere a la relación social entre capital y trabajo, a partir del momento en que el «trabajo inmediato» pierde su centralidad para la «fuerza productiva general» (MARX, K. ).
Vamos a utilizar de nuevo a Negri para aclarar algunas nociones que se pueden extraer de los Grundrisse. La primera observación consiste en la percepción de que el surgimiento de un «individuo social» en Marx crea un nuevo tipo de subjetividad (una «fuerza colectiva») que es responsable de la creación de riqueza y se sitúa en el centro del antagonismo del capitalismo en su nuevo desarrollo. Según Negri: «la compresión del trabajo individual necesario es la expansión de un trabajo necesario colectivo que construye un individuo social, capaz de no sólo producir, sino también de usufructuar de la riqueza producida » (NEGRI, A.).
Veamos el guión argumentativo:
a.- El capital, en su extrañeza con relación al trabajo necesario, busca reducirlo con la introducción de la maquinaria y nuevas formas altamente desarrolladas de producción, además de promover la total socialización del capital por la circulación «el propio capital es la contradicción en proceso, por el hecho de que busca reducir el tiempo de trabajo a un mínimo, al mismo tiempo que, por otro, lado, pone el tiempo de trabajo como única medida y fuente de la riqueza «(MARX, K.);
b.- La reducción del trabajo necesario crea las condiciones para la formación de un “trabajo social necesario” y que deviene “fuerza productiva inmediata” (ídem, p. 589);
c.- El capital para mantener la valorización busca apropiarse de esa fuerza productiva colectiva, pero enfrenta más de un límite consistente en la autovalorización colectiva del trabajo necesario y su tendencia a la emancipación. A esta altura, describiendo algo que podríamos llamar como una verdadera “revancha” de los trabajadores en relacion a los violentos procesos de acumulación primitiva, Marx pasa a imaginar la vuelta del vínculo entre las actividades creadoras, los medios de creación y la riqueza. Paradojalmente, en la subsunción real, o en el vocabulario foucaultiano, en el momento biopolítico per excellence, son creadas las condiciones para una real emancipación del trabajo y para el libre desarrollo de las individualidades:
Se da el libre desarrollo de las individualidades y, en consecuencia, la reducción del tiempo de trabajo necesario no para poner trabajo excesivo, sino para la reducción del trabajo necesario de la sociedad como un todo a un mínimo, que se corresponde entonces a la formación artística, científico, etc. de los individuos a través del tiempo liberado y de los medios creados para todos ellos. (MARX, K.)
(…) el capital aquí – deforma enteramente involuntaria – reduce el trabajo humano el gasto de energía, a un mínimo. Esto beneficiara el trabajo emancipado y es la condicion de emancipación (ídem, p. 585, cursivas nuestras)
La reducción del trabajo necesario en la industria, para Marx, lanza las condiciones para la liberación del tiempo y del propio trabajo, que deviene ahora en trabajo emancipado. Más allá de eso, la liberación del trabajo permite que los trabajadores creen medio para sí, propios. El “desarrollo libre de las individualidades” es el correlato a la autovalorización del trabajo emancipado que pasa a producir sus propios medios de vida y riqueza. Estamos nuevamente a las vueltas como una verdadera tecnología de lo común que, a su vez, avanza en la afirmación del antagonismo entre la emancipación del trabajo y el capital.
La contradicción ahora reside en la total dependencia del capital en relacion al trabajo emancipado, fuente de la fuerza productiva social que precisa ser apropiada: “por esa razon, el [el capital] disminuye el tiempo de trabajo en la forma del trabajo necesario para aumentarlo en la forma de lo superfluo; por esto, pone en medida creciente el trabajo superfluo como condicion –cuestión de vida y de muerte – del necesario” (ídem).
Para Negri, el pasaje del trabajo como “valor de cambio” al trabajo como “trabajo emancipado” significa nada menos que la total inutilidad del capital en la definición del nuevo modo de producción. La liberación del trabajo y el desarrollo de los medios de vida y riqueza por el “individuo social” irrumpen como una apertura inmediata hacia nuevos mundos, posibilidades y riquezas. El rechazo del trabajo y el movimiento que, más allá del trabajo, se reapropia de su capacidad de crear son, para Negri, “el centro, el corazón de la definición de comunismo” (NEGRI, A.). El comunismo, entonces, aparece, no como la transición estatal socialista, sino que bajo la forma de una práctica constituyente de los nuevos sujetos que se desarrollan autónomamente: el comunismo tiene la forma de la subjetividad, el comunismo es una práctica constituyente. (Ídem, p. 163).
Esta renovada concepción de comunismo será el eje para que Negri lance sus reflexiones sobre la producción del común en la contemporaneidad. A partir de los Grundrisse podemos situar el comunismo, en adelante en la producción del común, en el terreno de la emancipación del trabajo y de la producción de subjetividad. El revela, de forma semejante al concepto de libertad en Foucault, una “práctica constituyente” que vuelve posible una alternativa radical al capitalismo.
(Extracto del libro A constituição do comum, Río de Janeiro, Revan Editora, 2017)
Traducción del portugués: Santiago Arcos-Halyburton

Francesco Brancaccio / Francesco Pavin (Global Project)
En esta entrevista con el filósofo marxista Étienne Balibar, realizada en abril en París, se discuten aspectos estratégicos, de composición social y política, de prácticas y de valores de los movimientos de protesta en Francia, fundamentalmente del movimiento contra la reforma de las pensiones y el movimiento Soulèvements de la terre contra la devastación de los ecosistemas rurales. A día de hoy, el pueblo francés continúa con las espadas en alto, sin que aún pueda hablarse de derrota o de victoria, mientras las luchas en Francia, al igual que la guerra en Ucrania, permanecen ausentes de las discusiones sobre la unidad de la izquierda en España.
Hemos escuchado tu presentación en el taller sobre la huelga que tuvo lugar en la Universidad de París 8 Saint-Denis-Vincennes. Me pareció muy interesante el concepto de “insurrección democrática” que propones. Lo has tratado añadiendo otro aspecto importante: que la insurrección no es algo que vendrá o que esté por venir, sino que es algo que ya está aquí y ahora. ¿Te importaría volver sobre este punto?
Sí, la insurrección no es algo que esté por venir: está teniendo lugar en este momento. He utilizado este término a propósito, porque no me parece que haya otros mejores, pero por supuesto tenemos que discutir el significado que le damos. Remite, por lo demás, a cosas que he escrito hace bastante tiempo y que sigo defendiendo. No rechazo el término democracia, al contrario: creo que la raíz permanente, la fuente permanente de la vida democrática es precisamente su elemento insurreccional, es decir, el rechazo del orden existente, dominante y desigual. Durante mucho tiempo he trabajado con un par antitético, insurrección-institución, que se parece un poco al par poder constituyente-poder constituido de Toni [Negri].
Y luego hay una tradición en el uso de este término que viene de la Revolución Francesa y también del contacto que tuve con los norteamericanos y sudamericanos; y de la gran avenida de la Ciudad de México que se llama Insurgentes; y de la Revolución Americana, que utilizó mucho la categoría de “The Insurgents”. Y además es una palabra de la Comuna de París. Así que me parece importante utilizar este término porque conserva la idea de ruptura con el poder y, en consecuencia, con lo dominante.
Estoy de acuerdo con esta lectura, porque da la posibilidad de imaginar y construir nuevas instituciones a partir de la parte más cercana a la gente, el territorio. Por ejemplo, el otro día hablábamos del municipalismo.
Sí, qué duda cabe, pero tampoco quiero enredarme en esta discusión. Hubo alguien que hizo una intervención muy interesante durante el debate, evocando Rojava e introduciendo el tema del municipalismo en el sentido de Murray Bookchin y otros. Esta es también una perspectiva muy interesante, pero no quiero que penséis que imagino una especie de reconstrucción anarquizante del sistema político en la que todo se base en las comunas municipales.
Creo que es muy importante refundar la práctica democrática en contacto con luchas y elementos muy fuertes de autogestión a nivel local. Pero justo después en el debate empezamos a hablar del Estado, de los servicios públicos. Si reflexionamos sobre estos elementos, no creo en absoluto que en un contexto como el del Estado en Francia, y más en general en Europa, se pueda abolir el Estado y poner en su lugar una federación de comunas municipales.
Francia es un país, como se suele decir, jacobino o bonapartista –a veces hay una gran confusión entre estos dos aspectos–, y luego hay raíces aún más antiguas que lo convierten en un país en el que el centralismo estatal es absolutamente monstruoso. Se trata de una ideología compartida tanto por la derecha como por la izquierda. Toda la sociedad está organizada en torno al poder central. Por eso tenemos que hacer un esfuerzo muy importante para deconstruir, como decía uno de mis maestros, Jacques Derrida, esta representación totalmente vertical o verticalista de lo político.
Reflexionando de nuevo sobre la relación entre insurrección democrática e instituciones, compartimos desde luego la perspectiva de la insurrección como elemento fundador y dinámico de la democracia. Pero si hablamos de instituciones del Estado, esta perspectiva implica claramente que las instituciones son capaces de reformarse a sí mismas a partir del momento insurreccional. Ahora bien, el problema es que las instituciones –al menos, las estatales– no responden hoy dinámicamente al impulso insurreccional, por ejemplo, reformándose. Al contrario, la situación política, en el caso de Macron y su gobierno, está completamente cerrada y me atrevería a decir que bloqueada.
Claro, estoy de acuerdo. No albergo ilusiones sobre las capacidades –y si queréis hablamos también de Macron– de democratización endógena del sistema estatal en su forma actual y a partir de sus propias instituciones. La cuestión es si tenemos un concepto puramente estatal de lo que llamamos instituciones, o si intentamos tener un concepto más amplio de instituciones. Hay una tradición también en el pensamiento de izquierdas –y aquí estoy muy lejos de lo que aprendí de mi maestro Althusser, he evolucionado en este sentido– que tiene que ver con el pensamiento crítico, en el sentido amplio del término, que utiliza la categoría de institución en un sentido mucho más amplio, más activo, más revolucionario que la acepción jurídica y estatal del término. Por ejemplo, Cornelius Castoriadis hablaba de la institución imaginaria de la sociedad; Miguel Abensour empleaba la idea de la capacidad instituyente de los movimientos populares, etc. Son formas de decir que los movimientos que cuestionan la verticalidad del Estado o el monopolio de las clases dominantes sobre el gobierno de la sociedad no son solo movimientos que destruyen, sino que inventan, que organizan, que proponen formas de organizar la sociedad.
¿Qué diferencia crees que hay entre este movimiento y los anteriores (el movimiento contra la Loi Travail, los Chalecos Amarillos, etc.), respecto al hecho insurreccional?
En mi opinión, los otros movimientos también pueden calificarse de movimientos insurreccionales.
¿Existe entonces una continuidad entre estos diferentes movimientos o momentos de la misma tendencia insurreccional?
Sí, claro.
¿Se podría hablar incluso de una insurrección que estaría cobrando un carácter permanente?
Quiero tener los pies en el suelo y ser realista. No hay que perder de vista que, de alguna manera, desde hace varios años –es difícil fijar un punto de partida preciso–, los movimientos sociales que vemos en Francia tienen todos al principio un carácter defensivo. Son movimientos que reaccionan con mayor o menor fuerza, con pasión me atrevería a decir, con esperanza política, al trabajo de demolición que está llevando a cabo el poder neoliberal en Francia. Todo esto está lleno de paradojas: cuando uno se pregunta qué imagina Macron en este momento, qué tiene en la cabeza, sencillamente se puede decir que quiere ser la Margaret Thatcher francesa. Macron piensa así. Aunque no soy extraordinariamente optimista sobre la correlación de fuerzas, creo que las condiciones que permitieron a Margaret Thatcher obtener una victoria casi total sobre el movimiento obrero británico y en particular sobre el sindicalismo y, más en general, sobre la sociedad, las clases trabajadoras, no son las mismas en Francia.
De todos modos, surge una cuestión y es la siguiente: ¿por qué el capital financiero necesita una Margaret Thatcher en Francia en 2023? ¿Por qué el capitalismo francés lleva cuarenta años de retraso con respecto a otros países similares en el desmantelamiento del estado del bienestar que se creó tras el final de la Segunda Guerra Mundial? Se podría escribir una larga historia al respecto.
Hay varias razones, pero lo que es seguro es que todos estos movimientos, uno tras otro, presentan sobre todo un carácter defensivo. En todo ello hay también elementos de desesperación, un aspecto que me llama mucho la atención. El día 5 de abril, en el debate de París 8, en la intervención de una compañera joven, surgió una verdadera desesperación de una categoría de estudiantes que ya no comen; en un sistema universitario que se desintegra progresivamente, los jóvenes tienen la impresión de que su futuro es oscuro.
Luego estaba el compañero que hablaba en nombre de las banlieues. Podríamos pensar que es bueno que haya alguien que venga a decirnos que no hay que olvidar a los inmigrantes, que no hay que olvidarse de las banlieues, pero en el hecho de que hablara con tanta vehemencia vi algo más: que la vida es insoportable en las banlieues. Entonces, cuando se dice que el movimiento olvida estas cosas es verdad y mentira a la vez, porque lo interesante de lo que está pasando ahora es que, si tomamos la huelga de los basureros o incluso las manifestaciones, no hay una fractura racial insalvable que separe a los inmigrantes de los trabajadores “franceses”.
Pero el problema existe como tal, y si intentamos reflexionar sobre el futuro o las posibilidades de un movimiento insurreccional o una insurrección pacífica en un país como Francia, no tardamos en preguntarnos cómo superar las fracturas entre la clase obrera en el sentido tradicional del término, por un lado, y, por otro lado, la juventud en paro de las banlieues que desciende masivamente de inmigrantes de las antiguas colonias francesas. No existe el abismo que describen algunos teóricos radicales de la “lucha de razas”, sino un problema, una contradicción. Con este tipo de problema en mente, en el breve texto publicado enL’Humanité –¡sólo disponía de 3.000 caracteres!– utilicé la famosa fórmula del presidente Mao sobre las “contradicciones en el seno del pueblo”. Hay muchas cosas del presidente Mao que no me gustan, pero creo que esta fórmula es muy importante.
Pero es precisamente el elemento insurreccional el que permite no limitar los movimientos a su carácter defensivo.
Me parece importante que en la Nuit Debout, en el movimiento de los Chalecos Amarillos y en las huelgas actuales contra la prolongación de la edad de jubilación no solo haya habido desesperación, así como que no se trate únicamente de luchas defensivas. Estos movimientos aportan también una dimensión constructiva, un elemento de esperanza y de imaginación para el futuro. No se trata solo de defender conquistas, por fundamental que sea la defensa de estos logros. Cada vez está más presente la doble idea de que la sociedad puede organizarse de otro modo y de que, por otra parte, las personas de abajo, como diría nuestra tradición política común, tienen una capacidad real de hacer que la sociedad funcione de forma diferente.
Desde luego, hay experiencias recientes que han tenido que desempeñar un papel importante para alimentar esta idea. No es una cuestión de espontaneidad. No creo que la idea de la gente que sale a la calle sea: “Somos el pueblo, tomemos las cosas en nuestras manos” contra esta casta de oligarcas y tecnócratas. No creo que la gente crea –esto es un poco el mito de la Comuna de París– que basta con tener asambleas del pueblo para gobernar un país. Son perfectamente conscientes de que no solo hacen falta funcionarios, sino también organizaciones y estructuras. Pero quienes nos gobiernan han demostrado recientemente que hay una especie de impostura en la pretensión de las clases dirigentes de ser las únicas capaces de gobernar.
La covid-19 ha sido una experiencia muy interesante a este respecto. Tanto en los hospitales como en las escuelas o los institutos, todo se habría derrumbado, nada habría podido funcionar si el colectivo del personal de los hospitales o el de los profesores no hubiera compensado las contradicciones y el desorden provocados por las instrucciones que venían de la administración central.
De esta guisa, el pueblo ha experimentado una capacidad colectiva de organización y de gobierno, y sabe que este poder tecnocrático neoliberal que pretende gobernarlo todo provoca en realidad desórdenes por todas partes. Por supuesto, podemos y debemos plantearnos la cuestión de si no existe una estrategia perversa –y volvemos así a nuestro punto de partida– y totalmente deliberada para desorganizar los grandes servicios públicos al objeto de favorecer su privatización, es decir, de instaurar sistemas de servicios fundamentales totalmente privados y organizados con arreglo a las clases, un sistema con los ricos o ultrarricos con escuelas privadas, hospitales privados, clínicas privadas, pensiones de capitalización, etc., por un lado, y el pueblo llano con servicios degradados, por otro lado. A pesar de que elementos de la tradición de la “République Sociale” han retrasado relativamente este proceso, las cosas también están mal en Francia: basta con acudir a una cita hospitalaria para comprobar que hay escasez de personal. Así que puede ser que haya una estrategia perversa por parte del poder: de hecho, vemos que mientras afirman querer salvar los servicios públicos, están echando abajo todo.
Para terminar sobre este punto, no estoy diciendo que el movimiento social al que asistimos, que viene después de otros movimientos, vaya a conseguir más que los anteriores invertir el curso de esta historia, de esta política. Sin embargo, me impresiona mucho el hecho de que, cada vez que se presenta la ocasión, cada vez que se defiende algo esencial, resurge esta doble dimensión constructiva y esperanzadora.
Y hay algo más que invita a la reflexión: los Chalecos Amarillos, por ejemplo, fueron tan populares porque mucha gente en Francia pensó que esas personas hablaban en nombre de todos nosotros y luchaban por nosotros. No es un movimiento que involucrara a una mayoría de ciudadanos franceses; la “Nuit Debout” tampoco lo hizo, aunque por motivos distintos. No hay que idealizar el movimiento actual, no todo el mundo participa en él de la misma manera, pero en este sentido creo que los sondeos son reales cuando muestran que una gran mayoría de franceses apoya el movimiento.
Y hay otros indicios: si una inmensa mayoría de trabajadores, precarios o no, no estuvieran ahogados por el aumento del coste de la vida y por unos salarios cada vez más bajos, tendríamos cuatro o cinco veces más gente en las huelgas y manifestaciones. He leído el texto de Frédéric Lordon, que afirma que el poder ahora solo se mantiene gracias al hilo que lo une a la policía y a Darmanin [ministro del Interior]. Este análisis no me parece correcto: el poder tiene todo tipo de recursos, incluida una Francia de derechas o de extrema derecha con la que puede aliarse. Pero lo cierto y sorprendente es que el poder se encuentra en un estado de aislamiento y de impotencia política.
(…)
Si miramos a Francia con una perspectiva europea, ahora mismo, tiene una dimensión de lucha institucional que otros países no tienen. ¿Cómo te lo explicas?
Sí, es impresionante, aunque debo tener cuidado de no caer en el narcisismo.
Creo que es importante hacerse esa pregunta, también porque has hablado de esperanza. Y estamos de acuerdo, también necesitamos esperanza. En tu opinión, ¿este “modelo francés” de luchas podrá llevar a que se muevan otros países europeos? Pienso en Alemania o Italia, por ejemplo.
Ay, amigo, no lo sé. Porque precisamente he vivido la esperanza, seguida más tarde por la desilusión, de que se creara en Europa algo así como un espacio político común, en el que no solo pudieran circular ideas y proyectos organizativos, sino también en el que los movimientos sociales y políticos surgidos de abajo pudieran animarse y reforzarse mutuamente.
Nunca pensé que desaparecerían las fronteras; soy muy consciente de que las tradiciones nacionales son fuertes, de que el poder se organiza a escala nacional y de que las luchas obreras y, más en general, populares, también. Sin embargo, yo creía no solo en el internacionalismo, sino también en la internacionalización de las dinámicas políticas. Y esta idea alimentó en mí y en otros la esperanza y el objetivo de poner en marcha un movimiento constituyente, expresión que utilicé en el momento de la crisis griega en un texto escrito junto con Sandro Mezzadra y Frieder Otto Wolf, y no es casualidad que lo firmáramos un francés, un alemán y un italiano. Sandro había mencionado ese concepto, un “momento constituyente para Europa”, y a partir de ahí escribimos juntos. Nos referíamos a una alternativa política concebible a escala de la propia Europa, y a nuestro juicio esta cobraba aún mayor importancia en la medida en que todos rechazábamos el nacionalismo, el soberanismo que tanta influencia tiene en una parte de la izquierda de cada país.
Cada cierto tiempo hemos nutrido la esperanza de que causas comunes a todos los pueblos de Europa pudieran servir de cemento para la cristalización, para el cambio de escala del espacio de las luchas sociales y políticas, algo tanto más necesario cuanto que se trata de un recurso fundamental utilizado por el capitalismo actual para organizar los poderes de decisión real tanto en el plano nacional como supranacional. En el plano transnacional, ya no existen formas de protesta, al menos en apariencia, a excepción del nacionalismo.
Para nosotros, las causas en juego eran otras. Pensábamos que era el apoyo a experiencias de izquierda o de extrema izquierda, como Syriza en Grecia o Podemos en España, la resistencia a la financiarización extrema. También pensábamos que era la defensa de los derechos de las personas migrantes y refugiadas.
El movimiento contra la crisis climática, “fin du monde, fin du mois”, quizás pueda ser una respuesta en este sentido para repensar una nueva dimensión que cruce fronteras.
¡Ahí estamos de acuerdo, amigo! Es el candidato más serio a una transnacionalización de las luchas, y quizás nos hayamos equivocado al no hablar de ello hasta ahora. Y aquí tocamos otra contradicción en el seno del pueblo. Es muy interesante y puede ser decisivo que en este momento haya en Francia, al mismo tiempo, aunque no a la misma escala, un movimiento de protesta social y de defensa de las conquistas del estado del bienestar, por un lado, y por otro un movimiento cada vez más visible contra la destrucción del medio ambiente, y en particular contra la política del capitalismo extractivo del medio ambiente. Se trata de una causa potencialmente transfronteriza.
Eso sí, no hay una fusión absolutamente espontánea de los dos, y precisamente por eso, como muchos otros, digo que la discusión debe desarrollarse entre las las bases, y por supuesto con mediadores, sindicalistas y tal vez intelectuales, para garantizar que la gente hable, que la situación no se quede empantanada. Por un lado –y quede claro que no quiero presentarlo de forma caricaturesca– tendríamos trabajadores que tienen interés, o que creen tener interés en que continúe el productivismo, porque de ahí se deriva su empleo, su nivel salarial; y por otro lado, jóvenes y no tan jóvenes –y yo soy uno de ellos– que están apegados a la idea de que solo podemos salvar algo del medio ambiente a condición de que nos comprometamos con la vía del decrecimiento. Esto es potencialmente transnacional.
El concepto de decrecimiento. Durante mucho tiempo no nos hemos adherido a esta visión del decrecimiento. Creo –y éste es el debate que tenemos dentro de la comunidad política a la que pertenezco– que debemos adoptar esto como un punto cardinal de lucha.
Yo también lo creo, pero tenemos que ser serios y explicar que el decrecimiento no es el cierre de todas las fábricas y la vuelta a la vida de los cazadores-recolectores amazónicos. Es una transformación de la sociedad industrial.
Y, por lo tanto, también un rechazo de este modelo capitalista de sociedad industrial que destruye la vida.
Sin duda!
Quizá podamos formularlo de esta manera: se trata de reflexionar y comprometerse concretamente en la cuestión estratégica de cambiar el modo de producción.
Sí, precisamente, se trata de un cambio del modo de producción, y me refiero aquí a la definición elemental de la expresión “modo de producción”.
Y en este necesario cambio de modo de producción también hay cosas que tienen que “crecer”, como los servicios públicos, las actividades asistenciales, la circulación del conocimiento, la educación, etc.
Sí, claro, y aquí es donde llegamos al meollo del problema, porque hay que estudiar la necesidad de una planificación democrática. Es decir, una planificación que implique la iniciativa de toda la población desde abajo (y no el Gosplan que viene desde arriba) en la transformación de los modos de vida y de los servicios. Si se dice que hay que reorganizar la sanidad y los servicios médicos, se llega inmediatamente al meollo del problema. La gente tiene tumores; la vida humana está hecha de fluctuaciones permanentes entre lo normal y lo patológico de distintas maneras, y para hacer que todo esto sea soportable hacen falta una serie de medios técnicos, y por ende hay que producirlos, no se trata de volver a ser campesinos en la Edad Media.
Y a este respecto cabría trazar un vínculo entre este tema ecológico y la reforma de las pensiones. En la Universidad de París 8 insististe en la importancia del hecho de que la movilización comenzó en torno al rechazo de la reforma de las pensiones, y que el tema de las pensiones no es solo un “pretexto” para oponerse a las políticas de Macron en general, sino una cuestión fundamental sobre qué tipo de sociedad queremos construir. Es un asunto decisivo, porque está en juego la relación entre el tiempo de trabajo y el tiempo de vida; y el cambio en el modo de producción implica también eso, repensar esta relación desde una perspectiva ecológica. Abandonar la carrera a ciegas del productivismo probablemente signifique preguntarnos qué debemos producir y cómo debemos hacerlo, y reflexionar sobre el hecho de que hay una serie de actividades en nuestra vida que ya, aquí y ahora, no responden a la lógica mercantil y que han de ser reforzadas.
El tema de las pensiones plantea toda una serie de cuestiones políticas muy interesantes. Un tema que surge constantemente en los discursos de la clase dirigente en este debate es: “¿Cómo vamos a defender a escala europea un sistema de pensiones que presenta una disparidad total respecto a lo que se hace en todos los demás países europeos? En todas partes la edad de jubilación es de 65 o incluso 67 años, como en Alemania o Italia, y vosotros en Francia os jubiláis a los 62 años, ¡sin dar un palo al agua! No se pueden defender tales privilegios!”. Esto se complementa con el discurso de Macron, que no para de repetir que los franceses no trabajan lo suficiente, que son perezosos.
Podríamos entrar en detalle para entender qué hay detrás de la abstracción de estas cifras, es decir, hasta qué edad trabaja realmente la gente en otros países europeos, y también en Francia, teniendo en cuenta que el límite de edad de 62 años no significa desde luego que todo el mundo acabe a los 62 años, a veces están en paro con esa edad o siguen trabajando más años porque el importe de su pensión a los 62 sigue siendo demasiado bajo.
Y luego podríamos adoptar el punto de vista de que, en lo fundamental, cuanto más puedan protegerse los trabajadores de la sobreexplotación, mejor para ellos y, en ese sentido, en lugar de culpar a los franceses por trabajar menos que los italianos y los alemanes, ¡deberíamos desear que los italianos y los alemanes se jubilaran antes!
Lo dije rápidamente en mi texto: sorprende comprobar hasta qué punto el debate sobre las pensiones verifica el concepto marxista o marxiano, muy sencillo pero fundamental, del valor de la fuerza de trabajo y de su explotación. A condición, claro está –y esto está en la propia lógica de Marx, creo yo–, de que salgamos del punto de vista microeconómico, es decir, de creer que el valor de la fuerza de trabajo sólo se define a escala del día y del año.
Por el contrario, es un concepto que atañe a toda la vida del trabajador. Si nos planteamos el problema de saber a qué precio se compra y se vende la fuerza de trabajo, vendida por los trabajadores y comprada por el capital, es evidente que en el sistema actual –y esto no era así en la época de Marx– debemos incluir en este valor tanto los salarios que las personas ganan durante su vida como las pensiones que cobran después. Y así, desde este punto de vista, la ofensiva actual del capital francés consiste en ejercer la máxima presión sobre esa remuneración total. Es la misma lógica que encontramos en el capítulo de El Capital dedicado a la jornada de trabajo, salvo que aquí no razonamos en el plano de la jornada de trabajo, sino de toda la vida.
Si planteamos el problema en términos de distribución del valor producido por el conjunto de la sociedad, me parece que la cuestión cambia de sentido. La desigualdad de la distribución no deja de crecer bajo el sistema actual; el desmantelamiento de las conquistas tradicionales de la seguridad social y del sistema de pensiones forma parte de los medios que utiliza el capital para reducir aún más el precio al que compra la vida de los trabajadores. Por lo tanto, ¡la defensa de todos los aspectos de esa remuneración, directos e indirectos, es el meollo de la lucha de clases!
Llegados a este punto, más que preguntarse si es justo jubilarse a los 62, 65 o 67 años, la pregunta que hay que hacerse es si los trabajadores, incluidos los de los servicios, es decir, los que constituyen la inmensa mayoría de la sociedad, tienen lo suficiente para vivir digna y correctamente en el mundo actual. La respuesta es la siguiente: aunque es cierto que partimos de un nivel muy alto, porque los países del Norte se han beneficiado de la imposición imperialista, y el movimiento obrero ha impuesto muchos compromisos al capital durante siglo y medio, la tendencia general se encamina a la precariedad, a la proletarización de los niveles de vida.
Pero hay otro aspecto del sistema de pensiones en el que hay que insistir, y es el que has mencionado antes: no solo se trata de cómo se distribuyen los productos del trabajo, teniendo en cuenta las grandes desigualdades que existen entre hombres y mujeres, sino sobre todo de cómo se divide la vida entre trabajo y actividad libre.
El trabajo es una categoría que tiene que ser discutida, reflexionada, criticada; es cierto que una tradición en el marxismo contemporáneo, pienso en Postone y otros, afirma que la noción misma de trabajo es una noción capitalista. Esto es cierto. Aunque Marx escribió que el objetivo de la sociedad comunista es reducir el tiempo de trabajo al máximo para liberar tanto tiempo como sea posible para la actividad libre, en realidad –podría equivocarme– no creo que el trabajo sea lisa y llanamente esclavitud. Por el contrario, creo que podemos y debemos pensar que hay en el trabajo una condición que hay que organizar de otra manera para realizar la propia vitalidad, la propia potencia de acción.
Sin embargo, lo cierto es que, por otra parte, hoy es fundamental saber si los individuos y las sociedades disponen de tiempo libre para actividades distintas que las que están al servicio de un empleador. En este debate sobre las pensiones, se ofrece una imagen caricaturesca del pensionista como alguien que está sentado en su sofá delante de la televisión –es la imagen caricaturesca del prolo francés, que vive a mesa puesta por su mujer y que el día de la jubilación se sienta en el sofá con su cigarrillo a ver la televisión–. Pero eso no es lo que hacen los jubilados.
Participan por ejemplo en actividades asociativas, en la economía social y solidaria; realizan múltiples actividades que participan en la producción de riqueza en la sociedad.
¡Ya lo creo! Y esto se pone de manifiesto si hacemos hincapié en la importancia de los cuidados, los servicios y la solidaridad. Marx tenía buenas razones para decir que el trabajo se socializa, pero el trabajo que se organiza en formas capitalistas crea muy poca solidaridad en el seno de la sociedad. Y por eso es interesante comprobar que las personas que ya no están obligadas a ir todos los días a su oficina, a su empresa, son las que transmiten su vitalidad, su conatus, que diría Spinoza, al campo de las actividades asociativas, sin las cuales la sociedad no podría vivir. Se trata, por lo tanto, de personas sumamente útiles. Y no hay que preguntarse cómo se evalúa el valor mercantil de sus actividades, porque no son actividades mercantiles. No digo que sea el comunismo, no lo sé, pero sin duda es el no-capitalismo, sin el cual las sociedades no podrían sostenerse.
Es tal vez lo que podemos llamar la comuna.
Por supuesto, es una forma de comuna, una de las formas de comuna. La imagen caricaturesca del pensionista es la del ultraindividualismo. Hay muchas cosas que van en este sentido: hace unos días leía un artículo en Le Monde que decía que el debate francés sobre las pensiones tenía que provocar estupor al lector del Québec, porque allí tienen el mejor sistema de pensiones del mundo. Ese sistema se basa en las capitalizaciones individuales, y son capaces incluso de explicar que los fondos de pensiones invierten eligiendo, de manera ética, inversiones “limpias” en todo el mundo, desde África hasta China, ¡lo que significa que su sistema sería un sistema internacionalista y no nacionalista! Cada cual trabaja para sí mismo, cada cual contribuye para sí mismo y, al final de la historia, ¡cada cual vive solo y muere solo! No digo que el problema de las pensiones lo sea todo, y además tengo una tendencia hacia lo que Hegel, y luego Marx, llamaban empirismo especulativo, es decir, que cuando pasa algo lo abordas como una apuesta teórica fundamental. Pero desde luego no es una batalla conservadora.
No tiene nada de conservador, y si la “jeunesse”, los protagonistas del movimiento y de los “débordements” después del recurso al art. 49.3, se han tomado la cuestión de las pensiones tan en serio y tan a pecho, es porque ven en esta batalla algo que remite inmediatamente a la cuestión de la vida de la sociedad, y de ahí a la cuestión de la vida del planeta, de la ecología. Sobre esto circulaba un cartel muy divertido: “Quiero jubilarme antes del fin del mundo”.
¡Sí, son muy graciosos! Tal vez podamos ver en sus consignas y en su experiencia una manera de articular orgánicamente la cuestión de la precariedad y la de la jubilación. En algunos aspectos, la jubilación es la antítesis de la precariedad. Puede parecer paradójico, aunque no lo es, que los jóvenes, cuyo primer problema consiste en comprender las condiciones en las que van a poder encontrar un trabajo, no anden buscando la seguridad, como si fueran pequeños burgueses.
Su objetivo no es sólo tener un sueldo a fin de mes, aunque eso sea importante. Les gusta hacer otras cosas en su vida y no limitarse a ir a la oficina. Y a este respecto el teletrabajo no resuelve nada. Quieren hacer otras cosas en su vida, militar por la ecología o inventar nuevas actividades artísticas y culturales, pero su problema inmediato es la precariedad. Por un lado, se les impide hacer planes personales y, por otro lado, se les echan abajo las formas de empleo que se han venido construyendo prácticamente a lo largo de un siglo.
———————————
Esta entrevista se publicó en italiano en Global Project.
Traducción de Raúl Sánchez Cedillo.
