Una curva cada vez más larga, pero más baja de la economía global

Por Michael Roberts

Los primeros tres meses de 2019 han mostrado una disminución significativa en la actividad económica mundial. La producción industrial global (medida por los economistas JP Morgan) está en realidad cayendo.

También el comercio mundial durante los dos primeros meses de este año.

Y justo hoy, las ventas minoristas en Estados Unidos de febrero también muestran una desaceleración.

Los indicadores de actividad económica en muchas economías importantes están cayendo; y se contrae la producción industrial en Europa y Japón. Los indicadores de actividad empresarial en los EE.UU. son los más altos de las principales economías capitalistas del G7, pero incluso allí están empezando a caer de nuevo. Este es el último indicador de Markit de producción industrial en los EEUU, que todavía está por encima de 50, pero cayendo.

Las ganancias de las empresas, que es el principal motor de crecimiento de la inversión (por lo general con un retraso de un año), también están disminuyendo en algunas de las principales economías. De hecho, China acaba de anunciar la mayor caída de beneficios industriales en diez años, un 14% menos en enero-febrero respecto al año pasado.

Las previsiones para el crecimiento económico del primer trimestre de este año, que acaba de terminar, son más bajas que las estimaciones previas. En los EE.UU., después de alcanzar cerca de un 3% anual en 2018, el pronóstico promedio es de un crecimiento anualizado de sólo el 2% en el T1 de 2019 y aún menor en el T2.

Como dije en mi último artículo, parece que lo que he llamado la Larga Depresión en las principales economías capitalistas desde el final de la Gran Recesión en 2009, no ha terminado. Defino esta Larga Depresión como el resultado de que el crecimiento global del PIB real, el comercio, la inversión y los ingresos salariales están muy por debajo de sus tasas previas a la crisis de 2007. Y el diferencial entre el PIB y la inversión potencial si el crecimiento tendencial hubiera continuado durante la últimos diez años y los que realmente son, no ha disminuido en absoluto.

Y sin embargo, esto es después de lo que John Mauldin, el blogger sobre inversiones llama : “años de asombroso, increíble, sin precedentes, y astronómicamente enorme estímulo monetario de la Reserva Federal, el Banco de Japón, el Banco Central Europeo, y otros. Todos ellos en diversas y variadas formas, abrieron los grifos y los dejaron correr a todo volumen durante casi una década. Y todo lo que produjo fue la débil recuperación antes mencionada“.

Y no son sólo las principales economías de Europa y Asia las que se están ralentizando rápidamente. También Australia, el llamado país ‘afortunado’ que ha evitado una recesión durante más de 27 años, un record solo superado por China. Sin embargo, con la desaceleración en China y en otros lugares, la economía australiana ha entrado en lo que algunos llaman una ‘recesión del crecimiento’, en la que el crecimiento del PIB real ya no coincide con la expansión de la población, por lo que el PIB per capita ha caído durante los dos últimos trimestres de 2018 . Después de un auge enorme de la vivienda que hizo crecer la deuda de los hogares a más del 120% del PIB, una de las más altas del mundo, que situó la deuda de los hogares cerca de 190% de su renta disponible, los precios de la vivienda han comenzado a derrumbarse, cayendo un 14% desde hace 18 meses.

Y luego están los llamados mercados emergentes. Esto es lo que escribí el pasado mes de mayo: 

“El aumento de las tasas de interés mundiales y la creciente guerra comercial iniciada por el presidente de EE.UU. Trump van a afectar a las llamadas economías capitalistas emergentes como Turquía. El coste de los préstamos en moneda extranjera va a aumentar mucho y es probable que la inversión extranjera disminuya … ..Turquía se encuentra actualmente muy cerca de una crisis de la deuda, junto con Argentina (dónde ya ha estallado), Ucrania y Sudáfrica “.

El aumento de los costes de los préstamos en dólares y la caída del comercio mundial, junto con el riesgo de una guerra comercial abierta entre los EE.UU. y China ha desmotivado a los inversores extranjeros a poner su dinero en las economías emergentes más débiles o con problemas como Turquía, Argentina, Venezuela , e incluso Indonesia. Sus monedas se han hundido, lo que eleva los costes de los préstamos aún más y provoca una fuga de capitales de los turcos o argentinos ricos. William Jackson, el economista jefe para mercados emergentes de la consultora Capital Economics, escribe: “La escala del endurecimiento de las condiciones financieras es similar a la que tuvo lugar durante la crisis de deuda de la zona euro en 2011-12.”

Con la noticia de que el “Trump turco”, Erdogan, ha perdido las elecciones locales en las grandes ciudades como Ankara y Estambul, porque la economía ha entrado en depresión, la lira turca se ha desmoronado.  El banco central de Turquía ha utilizado hasta un tercio de sus reservas en dólares para tratar de apuntalar la lira turca y, después de fracasar, el gobierno está bloqueando la ‘venta a corto’ y que los bancos presten dinero al exterior. Erdogan se ha negado a aceptar la financiación del FMI porque implicaría una austeridad severa y la pérdida del control sobre la política del gobierno. Pero la lira sigue cayendo.

Por el contrario, el gobierno Macri de derecha de Argentina ha solicitado un enorme préstamo al FMI, de hecho, el más grande de la historia del FMI: $ 57.000 millones. El FMI trata de apuntalar un gobierno dispuesto a imponer la austeridad y la privatización al dictado del FMI. Pero en vano, porque la economía se atasca. El peso cae de nuevo en medio de un declive más profundo de la economía doméstica y Argentina se aproxima a las elecciones generales de octubre.

Ucrania también ha sido un beneficiario de la ayuda del FMI, impuesta al país en medio de la profunda recesión de 2016 durante la guerra civil que estalló entre el gobierno de derecha en Kiev y el este del país rusófono, con el respaldo de Putin. Aunque la economía se ha recuperado algo en 2017 y 2018, arrastrada por la subida mundial de los precios de las materias primas, el nivel de corrupción no tiene precedentes.

Como resultado, los electores de Ucrania se han alejado de los principales contendientes, como el presidente Poroshenko y la favorita de Occidente, Yulia Timoshenko, y parecen optar por un comediante de televisión que asegura que esta limpio de toda corrupción.  “Bajo Poroshenko, nuestro nivel de vida ha disminuido aún más. Me convertí en pensionista bajo su administración. Tengo una experiencia de trabajo de 30 años como maestra de jardín de infancia y recibo 1600 hryvnia [$ 58], que recientemente han aumentado en 100 hryvnia [$ 3.6] “, asegura una votante con lágrimas en los ojos. “Estoy muy insatisfecha con el actual gobierno. Son todos unos ladrones“.

Y además la tragedia de Venezuela. No puedo abordar de nuevo la terrible situación en ese país, con apagones diarios, la hiperinflación (según el FMI, la tasa anual de inflación en Venezuela en 2019 será 10 millones %) y la escasez en medio de un intento de golpe impulsado por la derecha respaldada por los EE.UU. y sus acólitos en otros países de América Latina. Se han hecho con el control financiero de la petrolera estatal (pero no con las instalaciones). El régimen de Maduro resiste con un limitado apoyo y la ayuda de Rusia y China. El colapso del PIB de Venezuela desde 2013 es mayor que el que provocó la caída de la Unión Soviética.

Las economías capitalistas avanzadas se están desacelerando rápidamente y muchas de las llamadas economías emergentes están entrando en recesión. Incluso en los EE.UU., el temor a una posible recesión ha llevado a los inversores a mantener los bonos del gobierno, reduciendo su rendimiento (la tasa de interés efectiva) por debajo del nivel de los préstamos a corto plazo de los bancos.  La llamada curva de rendimiento invertida ha sido un indicador bastante fiable del peligro de una recesión, ya que refleja la falta de voluntad para invertir en la producción, incluso cuando las tasas de interés para los préstamos son muy bajas.

¿Cómo se producirá una recesión global? El punto de inflexión más probable será la deuda empresarial. Desde el final de la Gran Recesión, la deuda no financiera global ha seguido aumentando. La deuda de los hogares ha caído porque las personas han dejado de pagar sus hipotecas o porque no son capaces de conseguir una. La deuda pública se disparó cuando los gobiernos rescataron a los bancos y se endeudaron para cubrir los déficits causados ​​por la caída de los ingresos fiscales y el aumento de las prestaciones sociales. Sin embargo, la deuda del gobierno más o menos se ha estabilizado (como porcentaje del PIB). Sin embargo, la deuda de las empresas sigue en aumento.

Hasta ahora, el coste de los intereses del servicio de esta creciente deuda ha sido manejable – al menos para la mayoría de las empresas, aunque el Banco de Pagos Internacionales (BIS) estima que alrededor del 20% de las empresas son ‘zombies’, es decir no ganan beneficios suficientes para cubrir los costes de sus deudas. Si las tasas de interés se dispararan (¡y no pueden bajar más!), y/o los beneficios se hundieran, grupos empresariales completos podrían verse en problemas y empezar a dejar de pagar sus bonos o los préstamos de los bancos.

Quizás la crisis actual sea sólo leve, como la caída del crecimiento del PIB en 2015-16. Pero pareciera que esta vez es más amplia y puede ser mucho más profunda.

es un reconocido economista marxista británico, que ha trabajador 30 años en la City londinense como analista económico y publica el blog The Next Recession.

Fuente:

https://thenextrecession.wordpress.com/2019/04/01/getting-longer-but-lower/

El apogeo del capitalismo y nuestro malestar político

La ética del beneficio privado ha llegado a dominar la cultura política. Desde hace al menos dos décadas, la aparición de liderazgos basados en el dinero y la irrupción de unas élites desatentas con los problemas ciudadanos, han favorecido un panorama de desconfianza en la política. El capitalismo está en su apogeo, la política en crisis.

Por Branko Milanovic

Hay pocas dudas de que el mundo occidental está atravesando una seria crisis política, que se puede describir como una crisis de confianza en las instituciones políticas y los gobiernos.

Sin embargo, a menudo parece que se pasan por alto dos cuestiones. En primer lugar, la crisis de confianza en las instituciones no se limita a Occidente, es generalizada. La crisis occidental recibe más atención solo porque los medios de comunicación occidentales son dominantes y porque se asumía que las sociedades liberales económicamente más avanzadas no sufrirían una desconexión tal entre gobernantes y gobernados.

En segundo lugar, la crisis es de larga data: se remonta mucho más allá de la debacle financiera de 2008 y del malestar creado por la globalización. Es probable que su origen sea el éxito impresionante y algo inesperado de la introducción de relaciones capitalistas en todos los ámbitos de la vida, incluidas nuestras vidas privadas y, significativamente, la política.

Las revoluciones neoliberales de comienzos de la década de 1980, asociadas al entonces presidente de Estados Unidos Ronald Reagan y a la primera ministra británica Margaret Thatcher –sin olvidar al «líder supremo» chino, Deng Xiaoping–, se apoyaron en revoluciones en el pensamiento económico, tales como la teoría de la elección pública y el libertarismo, que en forma explícita comenzaron a tratar el espacio político como una extensión de la economía diaria. Se veía a los políticos como un conjunto más de empresarios que, en lugar de llevar sus habilidades y su gusto por los riesgos a la banca privada o al desarrollo de software, ingresaban en la política. Se consideraba normal que un comportamiento egoísta y orientado a objetivos no estuviera necesariamente limitado a la esfera económica: era más general y también incluía a la política.

Una visión reivindicada

Esta visión del mundo se reivindicó de una manera increíble. No era solo que los políticos se comportaban a menudo de manera interesada (algo que quizás también habían hecho con frecuencia en el pasado), sino que comenzó a esperarse de ellos ese comportamiento. No necesariamente se lo aprobaba, pero sí se lo esperaba, en el sentido de que no se consideraba extraño o inusual que los políticos pensaran primero y primordialmente en sus propios intereses económicos.

Podían beneficiarse de las conexiones y el poder que habían adquirido mientras estaban en la función pública para encontrar empleos lucrativos en el sector privado (José Manuel Durão Barroso, Tony Blair, Jim Kim del Banco Mundial). Podían dar charlas multimillonarias a magnates corporativos (Barack Obama, Bill y Hillary Clinton). Podían integrar un sinfín de directorios.

O bien algunos, provenientes del sector privado (Silvio Berlusconi), iban a promocionar abiertamente sus partidos políticos como organizaciones clientelares: si usted tiene un problema y quiere solucionarlo, únase al partido. Recuerdo haber visto en las calles de Milán ese tipo de publicidad de la Forza Italia de Berlusconi, un movimiento cuya falta de ideología más allá del provecho económico individual se reflejaba en su nombre banal, tomado en préstamo de los simpatizantes de la selección italiana de fútbol.

Es larga la lista de políticos que consideraron la generación de dinero para su beneficio (y el de sus seguidores) como una función normal del homo economicus una vez logrado el acceso a la función pública. Sabemos de algunos de sus miembros más destacados, con frecuencia como resultado de una equivocación, cuando sus actividades fueron demasiado lejos y ya no fueron capaces de ocultarlas. Los conocemos por sus escándalos financieros y, en ocasiones, por las condenas a prisión. Por ejemplo, dos de los tres últimos presidentes brasileños están en la cárcel por sobornos. Los cinco últimos presidentes peruanos han sido encarcelados por corrupción, están siendo investigados o son prófugos de la justicia. La hija del difunto presidente de Uzbekistán ha sido encarcelada por su participación en operaciones multimillonarias de malversación de fondos. La sombra del procesamiento sobrevuela a la hija del ex-presidente angoleño, presidenta de la compañía estatal de petróleo y la mujer más rica de África, en caso de que regrese al país.

En Europa, se está investigando al ex-presidente francés Nicolas Sarkozy por una serie de escándalos financieros, de los cuales el más serio surge de informes de financiación ilícita para su campaña presidencial de 2007 por parte del fallecido dictador libio Muamar el Gadafi. El ex-canciller alemán Helmut Kohl tuvo que renunciar en 2000 al cargo de presidente honorario de la Unión Demócrata Cristiana (CDU, por sus siglas en alemán) luego de revelaciones sobre la existencia de cuentas bancarias secretas del partido que presidía.

El presidente estadounidense Donald Trump se ha negado a revelar el contenido de sus declaraciones de impuestos de varios años y a poner sus negocios en un fideicomiso ciego para aislarlo de incentivos externos. Su colega ruso, Vladímir Putin, ha logrado convertir su poder político en una riqueza que supera en gran medida sus ingresos.

Solo negocios

Así, los políticos de este a oeste y de norte a sur han ratificado el «imperialismo económico» neoliberal: la idea de que todas las actividades humanas están impulsadas por el deseo de éxito material, de que el éxito en la generación de dinero es un indicador de nuestro valor social y de que la política es una línea más de negocios.

El problema con este enfoque cuando se lo aplica al espacio político es que engendra cinismo entre la población, porque la jerga oficial de los políticos tiene que girar alrededor del interés y el servicio públicos, y sin embargo hay una gran diferencia entre la realidad y la justificación ideológica de esa realidad. Por otra parte, la discrepancia es fácil de descubrir. Todos los funcionarios del gobierno aparecen entonces como hipócritas que nos dicen que están allí porque están interesados en el bien común, cuando en realidad es claro que se meten en la política para forrar sus bolsillos ahora o en el futuro; o, si ya son ricos, para asegurarse de que no se tome ninguna decisión política contra su «imperio».

¿Es extraño entonces que no se pueda demostrar confianza alguna respecto de cualquier cosa que digan los políticos? ¿Es extraño que cada una de sus acciones se pueda ver como motivada por el beneficio personal o dictada por lobistas? De hecho, tanto la revolución del mercado de la década de 1980 como el paradigma económico dominante nos dicen que debería ser precisamente así, y que eso resulta lo mejor.

No hay una solución fácil

La desconfianza hacia las elites gobernantes se debe así a una proyección extremadamente exitosa del modo capitalista de comportamiento y de operaciones que llega a todas las esferas de la actividad humana, inclusive la política. Ocurre que, si alguien lo hace, ya no se puede esperar que la gente crea que las políticas están motivadas por el ideal del servicio público.

El problema no tiene una solución fácil. Para recuperar la confianza, es necesario sacar la política de los campos en que tienen vigencia reglas capitalistas normales. Pero hacerlo requiere que los políticos rechacen el conjunto de valores estándar que está implícito en el sistema capitalista: la maximización del interés financiero. ¿Cómo y dónde vamos a encontrar esa clase de personas? ¿Deberíamos, como los tibetanos, buscar a los nuevos líderes en lugares distantes, incontaminados de hipermercantilización? Dado que esto no parece siquiera remotamente probable, creo que es necesario que nos acostumbremos a la idea de una desconfianza constante y de una amplia brecha entre la elite política y la mayoría de la población.

Esto podría volver la política turbulenta por un largo tiempo. Es el apogeo del capitalismo el responsable de esta turbulencia y de nuestro –inevitable– malestar político.

Traducción: María Alejandra Cucchi

Fuente: https://www.ips-journal.eu/regions/global/article/show/the-apogee-of-capitalism-and-our-political-malaise-3349/

El estancamiento natural del capitalismo

Por Yanis Varoufakis

Tras la Gran Depresión que siguió a la debacle bursátil de 1929, casi todos reconocieron que el capitalismo era inestable, poco fiable y propenso al estancamiento. Pero en las décadas posteriores, la imagen cambió. El renacimiento del capitalismo en la posguerra, y en particular el ímpetu hacia la globalización financierizada después de la Guerra Fría, resucitaron la fe en las capacidades autorreguladoras de los mercados.

Hoy, más de diez años después de la crisis financiera global de 2008, esta fe conmovedora está otra vez hecha añicos, ahora que vuelve a afirmarse la tendencia natural del capitalismo al estancamiento. El ascenso de la derecha racista, la fragmentación del centro político y el aumento de tensiones geopolíticas son meros síntomas de la descomposición del capitalismo.

El equilibrio de una economía capitalista depende de un número mágico, que se presenta en la forma del tipo de interés real (tras descontar la inflación) predominante. Es mágico porque tiene que matar de un solo tiro dos pájaros muy diferentes, que vuelan en dos cielos muy diferentes. En primer lugar, debe equilibrar la demanda de empleo asalariado de los empleadores con la oferta de mano de obra disponible. En segundo lugar, debe equiparar ahorros e inversión. Si el tipo de interés real predominante no equilibra el mercado laboral, el resultado es desempleo, precariedad, potencial humano desaprovechado y pobreza. Si no consigue llevar la inversión al nivel de los ahorros, se produce la deflación, y esto desincentiva todavía más la inversión.

Se necesita mucho coraje para dar por sentado que este número mágico existe o que, de existir, nuestras acciones colectivas darán lugar en la práctica a un tipo de interés real cercano a esa cifra. ¿Cómo pueden los libremercadistas estar tan seguros de que existe un único tipo de interés real (digamos, 2%) que inspirará a los inversores a canalizar todo el ahorro existente hacia inversiones productivas y alentará a los empleadores a contratar a todo aquel que quiera trabajar por el salario predominante?

La fe en la capacidad del capitalismo para generar este número mágico deriva de una perogrullada. Milton Friedman decía que si una mercancía no es escasa, entonces no tiene valor, y su precio ha de ser cero. De modo que si su precio es distinto de cero, tiene que ser escasa y, por tanto, debe haber un precio al cual no queden unidades de esa mercancía sin vender. Del mismo modo, si el salario predominante no es cero, entonces todos los que quieran trabajar por ese salario hallarán empleo.

Aplicando el mismo razonamiento a los ahorros, en la medida en que el dinero pueda financiar la producción de máquinas que produzcan artículos valiosos, tiene que haber un tipo de interés suficientemente bajo al cual alguien tomará prestado en forma rentable todo el ahorro disponible para construir esas máquinas. Por definición, concluía Friedman, el tipo de interés real convergerá en forma casi automática a ese nivel mágico que elimina a la vez el desempleo y el exceso de ahorro.

Si eso fuera cierto, el capitalismo nunca se estancaría, a menos que un gobierno entrometido o un sindicato egoísta dañen su fabulosa maquinaria. Pero por supuesto, no es cierto, por tres razones. En primer lugar, el número mágico no existe. En segundo lugar, incluso si existiera, no hay un mecanismo por el cual el tipo de interés real converja hacia esa cifra. Y en tercer lugar, el capitalismo tiene una tendencia natural a permitir el fortalecimiento de un sistema gerencial cuasicartelizado que suplanta a los mercados y al que John Kenneth Galbraith denomina“tecnoestructura”.

La situación actual de Europa da pruebas abundantes de la inexistencia de ese valor mágico del tipo de interés real. El sistema financiero de la Unión Europea tiene retenidos hasta tres billones de euros (3,4 billones de dólares) en ahorros que se niegan a ser invertidos productivamente, aun cuando el tipo de interés del Banco Central Europeo sobre los depósitos es –0,4%. En tanto, el superávit de cuenta corriente de la UE en 2018 llegó a la monstruosa cifra de 450 000 millones de dólares. Para que el tipo de cambio del euro se debilite lo suficiente como para eliminar el superávit de cuenta corriente y al mismo tiempo el excedente de ahorro, el tipo de interés del BCE debería caer al menos hasta –5%, un número que destruiría al instante los bancos y fondos de pensiones europeos.

Dejando a un lado la inexistencia del tipo de interés mágico, la tendencia natural del capitalismo al estancamiento también se debe a que no es verdad que los mercados de dinero tiendan al equilibrio. Los libremercadistas dan por sentado que todos los precios se ajustan mágicamente de modo de reflejar la escasez relativa de las mercancías. Pero en realidad no es así. En cuanto surgen noticias de que la Reserva Federal o el BCE están pensando cancelar una suba prevista de tasas, los inversores temen que la decisión obedezca a pronósticos pesimistas en relación con la demanda general; por consiguiente, no aumentan la inversión, sino que la reducen.

En vez de invertir, se lanzan a concretar más fusiones y adquisiciones, que fortalecen la capacidad de la tecnoestructura para fijar precios, bajar salarios y gastar dinero en la recompra de acciones propias para mejorar las bonificaciones de los ejecutivos. Eso lleva a que aumente todavía más el excedente de ahorro y a que los precios no reflejen la escasez relativa; o, para ser más precisos, la única escasez que los precios, salarios y tipos de interés terminan reflejando es la escasez de demanda agregada de bienes, mano de obra y ahorro.

Lo notable es la imperturbabilidad de los libremercadistas ante los hechos. En cuanto sus dogmas chocan con la realidad, se defienden con el epíteto “natural”. En los setenta predijeron que una vez controlada la inflación, el desempleo desaparecería. Pero en los ochenta el desempleo se mantuvo pertinazmente alto a pesar de la baja inflación, así que proclamaron que el nivel de desempleo que quedara había de ser “natural”.

Asimismo, los libremercadistas actuales atribuyen la falta de inflación (pese al crecimiento salarial y al bajo desempleo) a que hay una nueva normalidad, una nueva tasa de inflación “natural”. Con sus anteojeras panglossianas, dan por sentado que lo que sea que observen es el resultado más natural en el más natural de todos los sistemas económicos posibles.

Pero el capitalismo tiene una única tendencia natural: al estancamiento. Y como todas las tendencias, es posible superarla por medio de estímulos. Uno es la financierización exuberante, que produce un enorme crecimiento a mediano plazo a costa de sufrimiento en el largo plazo. Otro es la inyección y administración de un tónico más sostenible por parte de un mecanismo político de reciclado de excedentes, como ocurrió con la economía de tiempos de la Segunda Guerra Mundial o su extensión de posguerra, el sistema de Bretton Woods. Pero ahora que la política está tan maltrecha como la financierización, el mundo necesita más que nunca una visión post‑capitalista. Tal vez la mayor contribución de la automatización que hoy se suma a la desgracia del estancamiento sea inspirar esa visión.

Traducción: Esteban Flamini

Causas y razones del apagón en Venezuela (I): Corporación Eléctrica Nacional

Por Jeudiel Martínez

En 2007, el año de la creación de Corporación Eléctrica Nacional –Corpoelec-  el gobierno negaba que hubiera problemas con la electricidad aunque los habitantes de estados del occidente de Venezuela como Carabobo y Aragua sufrían apagones casi todas las noches.

Solo con el apagón nacional de 2008 causado, como el de 11 años después, por un incendio forestal cerca de la represa de Guri, el gobierno de Chávez finalmente  reconoció que la crisis eléctrica era real. Era un honor que todos los problemas no recibían.

El 21 de diciembre de 2009, decretó la “emergencia eléctrica”  y, fiel a sus modos militaristas,  nombró un “Estado Mayor Eléctrico” para que la enfrentara.  La emergencia  fue suspendida casi un año después el 30 de noviembre de 2010. Chávez anunció con su estilo triunfal:

Hemos decidido blindar a Venezuela eléctricamente, va a ser un país blindado, no habrá sequías, ni inundaciones ni cambio climático que afecten el nuevo sistema eléctrico que está naciendo en Venezuela[1].

El 14 de mayo de 2011, luego de dos apagones  de alcance nacional,  Chávez anunció un nuevo plan de racionamiento, aceptando que el sistema eléctrico  enfrentaba  “debilidades en la generación”[2].

El racionamiento terminó eventualmente pero dos años después,  el 3 de septiembre de 2013, habría otro apagón nacional. La crisis eléctrica había sobrevivido al caudillo.

Para 2018 la situación no había  cambiado: fallas constantes, sobre todo en el centro y el occidente del país en estados como Carabobo, Falcón, Zulia, Táchira[3]. Maracaibo y los municipios aledaños, con su calor abrazador, se habían  convertido ya  en el símbolo de la crisis eléctrica con apagones constantes de más de 8 u 12 horas[4].

Los apagones llegaron a la capital, antes protegida contra ellos, y uno particularmente severo en el mes de Marzo dejó inoperativa la plataforma del Banco de Venezuela por varios días.

Y luego en 2019, luego de que un apagón en Caracas sorprendiera a Maduro mientras transmitía en cadena nacional, una serie de catastróficos apagones  iniciados el 7 de marzo hicieron palidecer a los anteriores: dejaron sin electricidad a todo el territorio nacional,  muertos en hospitales a oscuras, vuelos suspendidos, comunicaciones colapsadas y gente recogiendo agua en las orillas del pútrido Guaire.

Ocurrieron  5 en marzo más otro el 9 de abril.

Depresión.

Chávez había dicho en 2006 que Venezuela sería una “potencia energética”. Era una de muchas promesas de su campaña continua como la de  alcanzar la “soberanía alimentaria” y ser un “superproductor de petróleo” y, en general, un “país potencia”. Estas promesas no solo no se cumplieron sino que lo hicieron al revés: el sistema eléctrico nacional colapsó, la producción petrolera se redujo, la mayoría de los alimentos son importados  y el país vive la crisis económica más grave de su historia.

 

No es  casualidad que el país con la mayor tasa de homicidios del mundo sea también el de la inflación más alta y el que ha vivido los apagones más largos. Que la producción petrolera se haya desplomado en la misma tierra que vio su parque industrial fenecer y su generación de energía eléctrica decaer en pocos años. Que allí donde la gente más pobre tiene que recoger agua de “ríos” pútridos y comer de la basura también sea imposible pagar incluso la vivienda más modesta con un salario promedio.

 

Lo común a todos los aspectos del desastre venezolano es la depresión, la pérdida de fuerzas, escases, la tristeza: fuerzas productivas, poder adquisitivo, las reservas internacionales, la población económicamente activa, el cauce de los ríos todo se contrae, disminuye se merma y en esa contracción la vida se hace difícil y precaria.

 

En el caso de la electricidad esa depresión es tan innecesaria como en todos los otros: según el Colegio de Ingenieros  hay unos  17.000 megavatios instalados de energía hidroeléctrica y una cantidad parecida de la  termoeléctrica instalados en el país. En total capacidad instalada del sistema eléctrico estaría  entre 25000 y 34.800 megavatios  mucho más de los 20.000 que el país consume.

 

Parte de esa capacidad generativa es la Represa de Guri, la tercera  hidroeléctrica más grande del mundo y la termoeléctrica de Planta Centro la más grande de América Latina a la que acompañan otras  varias instaladas en todos los estados que hoy sufren racionamientos.  Ni hablar de la abundancia de hidrocarburos, luz solar y ríos caudalosos que deberían hacer de Venezuela uno de los países con mayor generación eléctrica de la tierra y de los enormes recursos que hubo para invertir en el sector eléctrico.

Sin embargo se estima que el país  “solo tenemos disponibles entre 12.000 y 13.000 megavatios»[5]. Depresión.

Desde 2009 muchas excusas se han dado para ese colapso. Por mucho tiempo se culpó al “consumo excesivo” de los usuarios -sin aumentar las tarifas para inhibir ese consumo “o hacerlo viable con nuevas inversiones. Luego, entre 2011 y 2016 se culpó a la naturaleza: fuese El Niño, las sequias periódicas o los ataques de   iguanas y  zarigüeyas la culpa no era del gobierno. Para el chavismo no puede serlo a pesar de que ningún otro país de la región o con un clima parecido tenía problemas como esos.

Luego se empezó a hablar de sabotajes y saboteadores. Las denuncias de  ataques cibernéticos y electromagnéticos de Maduro  fueron precedidas por centenares de otras menos absurdas de ataques de incendiarios y saboteadores artesanales que, visto en perspectiva, eran más verosímiles. Pero ninguna de esas teorías conspirativas jamás explicó porque la generación en Guri decayó tanto, porque las grandes termoeléctricas no generan casi nada o que pasó con los grandes proyectos como Tocoma y los Parques Eólicos convertidos en ruinas prematuras tal como la “guerra económica” nunca explicó porque PDVSA bajo su producción por debajo de un millón de barriles al día.

Cadenas causales.

El Colegio de Ingenieros de Venezuela atribuye la crisis eléctrica,  a la “desinversión y falta de mantenimiento en las plantas y estaciones”[6]. Los ingenieros y especialistas en el área han señalado, repetidamente, una serie de causas, que podemos llamar operativas, para la crisis eléctrica iniciada en 2009.

Falta de mantenimiento y antigüedad de buena parte de la infraestructura eléctrica.  “Tenemos por ejemplo a Planta Centro que desde diciembre de 2015 no genera MW, siendo la central térmica con mayor capacidad en el país y en toda Latinoamérica”. Centrales térmicas, como la Ramón Laguna y  Tacoa “están inhabilitadas por daños particulares o falta de mantenimiento”[7].

Incapacidad para ejecutar los planes. La central hidroeléctrica Manuel Piar en Tocoma, estado Bolívar empezó a ser construida en julio de 2002, siendo su inauguración retrasada repetidamente -2012, 2014, 2015. Según el Ministro Motta Rodríguez estaría en funcionamiento para 2016 pero eso no se cumplió.

Falta de inversión en energías alternativas. El Parque Eólico de La Guajira, en que se invirtieron 200 millones de dólares en 2011, debía generar 75,6 MW, para finales de 2012, pero junto a la purificación del Guaire y la construcción de la represa de Tocoma se convirtió en un espejismo más.

 

La crisis eléctrica, iniciada casi al mismo tiempo de la creación de Corpoelec, fue uno de los signos tempranos del proceso de descomposición que, nueve años después, llega a sus extremos.   De hecho es una verdadera imagen del chavismo que le revela en su diseño, en su diagrama. ¿Y que revela? Pues la relación misma entre chavismo y desastre. Las causas, ya no operativas sino profundas,  primeras, constitutivas están claras y son fáciles de entender:

Una centralización viciosa, excesiva, cuya lógica no solo era profundamente   burocrática y arcaica sino clientelar y caudillista. Su resultado es Corpoelec.

Una corrupción ilimitada que vio en el Sistema Eléctrico una oportunidad insuperable. Un resultado es el saqueo perpetrado por la empresa  Derwick.

Un abandono y una apatía inexplicables, la incapacidad no solo de resistir el desgaste y la descomposición sino de moldear el tiempo, de anticiparse a él. Los síntomas de ese abandono son la falta de mantenimiento y de inversiones, su resultado  son ruinas prematuras como la represa de Tocoma.

Estas tres causas son independientes entre sí. Una no requiere a la otra para existir sin embargo unas residen en las otras. La corrupción y el abandono  residen en el centralismo vicioso pero estas terminaron siendo el hogar, por decirlo así, de la burocracia cívico-militar que personifica ese centralismo.

La caricia del comandante.

Si analizamos el sistema eléctrico venezolano veremos que tiene una sola línea de comando, una sola línea de financiamiento y una sola línea de transmisión.

Todas las órdenes y disposiciones vienen de la burocracia de San Bernardino, en Caracas: “A partir de la centralización del sistema eléctrico en una sola empresa (Corpoelec), se impuso desde San Bernardino (Sede del Ministerio de Energía Eléctrica) que todas las máquinas a comprarse para el parque termoeléctrico serían Siemens[8]

Todo el financiamiento viene del gobierno central -y no de los usuarios o los gobiernos regionales. Casi toda la carga eléctrica viene de la hidroeléctrica de Guri.

Las taras que este diseño causó  son incontables: para mantener la línea de comando –el poder personal y clientelar- sobre el sistema eléctrico este fue desprofesionalizado y puesto en manos de figuras  sin conocimiento del área siendo el caso extremo Motta Domínguez un general de la Guardia Nacional sin experiencia en infraestructuras o electricidad que fue colocado al frente del sistema eléctrico de todo un país.

El cargo de ministro de energía eléctrica y el de presidente de Corpoelec han sido ocupados por la misma persona profundizando la confusión entre la función política de tomar las decisiones y la experticia técnica.

Para mantener la línea de financiamiento desde el gobierno central se creó una relación completamente infeliz de los usuarios con la electricidad. Gastase lo que se gastase no se pagaba nada,  pero  la gratuidad de la energía  era una de los tantos subsidios en una relación clientelar con el estado. Chávez pensaba que todo debía ser gratis y que la gente debía serle leal: ambas ideas son inseparables.  En la práctica, sus ideas hicieron que el sistema eléctrico nunca pudiera desarrollar sus propias formas de financiamiento.

Más misterioso es porque se mantuvo la dependencia con la única línea de generación que viene de Guri o porque se dejó a Guri en tal estado de abandono pese a que se la necesita desesperadamente.  Parece que la enorme represa se convirtió, como la Faja del Orinoco, en la imagen confusa de un recurso ilimitado que no había que producir, que ya estaba dado. Se podía sacar la electricidad de Guri para siempre y sin esforzarse como se podía sacar el petróleo de la Faja –u oro del Arco Minero del Orinoco. Así como cualquier otra forma de producción que no fuera la petrolera pasó a segundo plano –pues el gobierno no necesitaba que la sociedad fuera productiva- la producción termoeléctrica, solar, etc. Pasaron  a segundo plano frente a la riqueza energética de Guri.

Como en muchos otros casos, como ocurrió con la industria petrolera, el sistema eléctrico venezolano perdió su consistencia y su dignidad para para que el chavismo tomara la suya se convirtió, como todo el país,  en  materia prima para el chavismo. A partir de 2007 empresas públicas y privadas, servicios públicos, instituciones, todo se convirtió meramente en el material para fabricar un “supra-estado” chavista  que fagocitó a todo el país: estatizarlo todo, de una manera o de otra, para luego privatizar al estado.   

Pero todo inicia con la obsesión de Chávez con la centralización. Hacer que el país gire en torno al estado, que el estado gire en torno al chavismo y este, obviamente, en torno a la persona de su líder. Al hacer eso todo se convierte en una suerte de atributo del jefe de estado y el país, en su prótesis. El estado era la extensión de la persona de Chávez: no es la unión de los ciudadanos en un solo tejido como en el leviatanismo tradicional, sino  la transformación de todo el país en la investidura, el ropaje, la armadura del jefe de estado[9].

Se entiende que en el chavismo la autonomía de cualquier tipo se considera neoliberalismo, todo ha de gravitar de forma directa y personal en torno a un centro. Y como el jefe de estado no puede encargarse de todo tiene que extenderse en figuras de confianza con las que sostiene no una relación impersonal, sea política o técnica, sino una personal de afecto, dependencia y confianza. Extendida por todo el estado esta combinación de clientelismo y caudillismo explica la desprofesionalización sufrida por entidades como Cadafe o PDVSA[10] y el éxito de figuras como Villalobos y Motta Domínguez.

Centralismo.

En Venezuela, un militarismo “neoarcaico” y caudillista, obsesionado con repetir los experimentos autoritarios y desarrollistas del siglo XX se expresó a través de las ideas de una izquierda que no tenía más horizonte que ese pasado. Es Perón, Barrientos y Perez Jiménez hablando en lenguaje de Fidel Castro.  Harnecker, Borón, Dieterich y Kohan, toda la retardataria intelectualidad de izquierda en cierto sentido  llegaron al poder con el Chavismo y  encontraron en él sus sucesores intelectuales y espirituales: Monedero, Serrano, Salas, Curcio y tantos otros consolidaron esa toma de poder en el Celag organismo encargado de que los prejuicios y las ideas confusas se convirtieran en políticas de estado.

En el pensamiento de  izquierda todo lo que no es verticalismo, burocracia, regulaciones, centralización es neoliberalismo en la práctica y posmodernismo en la teoría.  Para Chávez ese pensamiento expresaba perfectamente el suyo, que no era más que la traducción literal, brutal, de categorías militares al lenguaje civil. Hacia 1998 solo la izquierda tradicional podía proveerle a un militarismo como el de Chávez los medios de expresarse.

Desde 2007 todo el país empezó a ser organizado en analogía con una fuerza militar y aunque a los civiles no se les podía exigir la disciplina si se les podía exigir lealtad y diferentes grados de obediencia. El resultado de aplicar la organización militar a la vida civil es siempre alguna forma de corporativismo. De ahí que incluso los Consejos Comunales, que son la delicia de la izquierda ilusa, fueran parte de las tantas arquitecturas monolíticas y estructuras verticales chavistas donde los dirigentes transmitían órdenes y los dirigidos demandas.

Unidad, Unidad, Unidad, era la consigna de Chávez y la centralización es un atributo esencial de esa unidad. Centralización ya problemática en sí misma donde hay algún  virtuosismo político y conocimiento técnico  y mucho más allí donde es meramente clientelar y caudillista. La única técnica que interesa al chavismo es una de aglomeración, para producir un cuerpo, una masa de seguidores, y el único arte  uno caudillista de conducir a la grey manteniendo la unidad garantizando la lealtad y la obediencia. Todo lo demás es sometido a estos requerimientos.

Así, todas las organizaciones creadas por Chávez son abstractas, inflexibles, rígidas, sin espacio para la deliberación política o la ejecución técnica. Y el sector eléctrico no fue la excepción.

La fortaleza voladora.

Cuando Chávez tomó el poder el sistema eléctrico venezolano en manos de  Cadafe  “una empresa bajo el monopolio de Acción Democrática y COPEI generado fondos para esos partidos, la consecuencia de ese manejo fue por ejemplo el proyecto del Uribante-Caparo, nunca terminaban, necesitaban siempre más y más dinero[11].

Cadafe era un mastodonte burocrático que, sin embargo, portaba la memoria y el conocimiento de “una industria centenaria, regionalizada, con distintas escuelas de ingeniería, que distingue que no es lo mismo producir energía eléctrica en el Caroní que en Plantacentro, donde necesitas quemar combustible y en el Caroní necesitas entender el agua y su comportamiento de caudal en el tiempo[12].

Para el año 2000 el proyecto  era reorganizar el sistema eléctrico  atendiendo a las  diferencias entre las regiones y los diferentes procesos (generación, distribución, transmisión) coordinando  múltiples empresas con relaciones más directas con los usuarios. Esta concepción, que a los ojos del chavismo, seria simplemente neoliberal fue la que se aplicó en China: El sistema eléctrico Chino, casi todo estatal, se descentralizó en la gestión, el financiamiento y la generación aunque coordinándose en las políticas generales  y el marco legal.

Pero en Venezuela Corpoelec  se convirtió en un experimento metafísico, un monolito ajeno a las diferencias de los territorios, y de los procesos.  En el mismo periodo  en que China emprendía la reforma de su sector eléctrico, en Venezuela inicia la gesta necropolítica de Nervis Villalobos que luego sería hecho preso en España y  deportado a EEUU[13].

Villalobos será el primero en ocupar simultáneamente un cargo de viceministro y la presidencia de la corporación eléctrica, en depurar los cuadros de la empresa por razones proselitistas y en hacer campaña abiertamente para el presidente de la república. También será responsable de masivos hechos de corrupción y del  fracaso en terminar la  Central Hidroeléctrica Fabricio Ojeda. Su gestión es un ensayo general de lo que sería Corpoelec.

Luego de los fracasos de Villalobos Corpoelec seria creada en medio de la ola de estatizaciones de 2007 heredando todos los vicios de Cadafe pero borrando, poco a poco, la memoria y el saber de un siglo de industria eléctrica, es decir, quitándole su consistencia y su diseño propios, su singularidad, “digiriéndola”, descomponiéndola  para que pudiera ser absorbida por el chavismo. Pero ese monolito que era Corpoelec era un bloque en otro que el caudillo  quiso hacer con todo el estado: crear una arquitectura verticalista, burocrática, altamente centralizada en la que no es posible comprar un tornillo en Delta Amacuro sin la aprobación de un funcionario en Caracas.

La Unidad Cívico-Militar de Chávez  en la práctica  estableció entre las regiones y la capital la misma relación que existe entre el imperialismo y sus colonias. Así, la relación centro-periferia, que difícilmente podemos encontrar en la actual geopolítica mundial, es uno de los factores dominantes en la política interna venezolana: el racionamiento eléctrico, la destrucción del sur del Orinoco y de la cuenca del Lago de Maracaibo parecen casos de colonialismo interno.

Si se piensa en la riqueza de edificaciones e infraestructuras de Caracas comparada la pobreza de  Maracaibo, en como los edificios caraqueños se levantan amasando la riqueza de las regiones empobrecidas, entendemos que el Chavismo, en todas sus fases, no hizo más que multiplicar una explotación secular tanto de la naturaleza como de la cultura del interior del país condenado a la brutalidad y al precariedad. No extrañe que durante el chavismo las grandes ciudades venezolanas hayan vivido su decadencia: Mérida, Cumaná, Ciudad Bolívar, Maracaibo, Barquisimeto, que conservaban su dignidad y su promesa pese al centralismo son ahora la sombra de lo que solían ser.  La devastación del sur del estado Bolívar y la explotación del Caroní, la decadencia de Ciudad Bolívar bajo el golpe de los saqueos y la pobreza no hacen más que continuar la explotación que hizo del Zulia, el estado más rico del país, uno de los más pobres y violentos de Venezuela.

Y cuando todo el interior del país tiene que sufrir racionamientos de electricidad mientras Caracas está libre de ellos, cuando Maracaibo y Cabimas, por décadas fuentes de la riqueza nacional, por son dejadas casi sin energía eléctrica, la crisis no hace otra cosa que reflejar la relación predatoria no solo del chavismo con el país sino de  la capital con  regiones donde no hay más autonomía que la arbitrariedad depredadora de las autoridades civiles y militares y el término “zona de sacrificio” que usan los ecologistas toma su pleno significado.

Ahora no solo son pequeños poblados o zonas mineras las que han sido sacrificadas sino ciudades enteras.

Si antes las regiones que producían la riqueza estaban condenadas a la pobreza para favorecer a la región capital ahora lo están también al colapso y la descomposición para que el gobierno se mantenga en el poder.  Esta descomposición también afecta a la capital que, en tanto que territorio, tiene tan poca autonomía como cualquier otro. Es que el centralismo en si es  brutal, abstracto, desterritorializado: es una verdadera fortaleza volante  y para él cualquier zona es potencialmente zona de sacrificio, simplemente hay algunas en las que les conviene menos y otras en que este conviene más.

Llevado por el chavismo a sus límites  el centralismo es ahora un poder que no puede separarse del territorio venezolano pero que no tiene un vínculo particularmente fuerte con ninguna parte de ese territorio, como la industria petrolera y minera es un enclave.  Caracas es, simplemente, el lugar donde reside en un momento dado.

Pero la capital tiene también sus centros, sus periferias y sus zonas de sacrificio: las cálidas zonas de Charallave, Guarenas, Guatire y Cua aunque son parte integral de la Gran Caracas y le aportan gran parte de su fuerza de trabajo fueron incluidas en el racionamiento eléctrico y lo sufren junto a los usuales apagones.

En general la calidad de vida de su población es baja y su día a día bastante precario,  de los caraqueños son los que están más cerca de ser sacrificados como la gente de Maracaibo.

Y ese sacrificio, esa explotación integral de la tierra y de su gente  también es el legado de Chávez.

 

 

[1]Andrea Ballesteros. ¿Cómo llegó Venezuela a la crisis eléctrica actual? El Estímulo.

[2]  Reina Carreño. 9 años de crisis: ¿Quién le “bajó los breques” a la electricidad en Venezuela? Tureporte.

[3] Elenora Delgado. Grecia Prado. Gobierno impone plan de racionamiento eléctrico de 15 horas en 6 estados. El Nacional.

[4] Teresa Luengo. Apagones de 8 y 12 horas diarias aplican en el Zulia. El Universal.

[5] Ángel Bermúdez Venezuela sin luz: cómo funciona su sistema eléctrico y por qué colapsó. BBC Mundo.

 

[6]  Enzo Betancourt: las fallas en el sector eléctrico son por desinversión y falta de mantenimiento. Informe 21.

[7] Andrea Ballesteros. ¿Cómo llegó Venezuela a la crisis eléctrica actual? El Estímulo. 15-02-2016.

[8] Alejandro López-González El Black-Out del sistema eléctrico venezolano: ruptura del equilibrio en la generación termoeléctricaObservatorio de Ecología Política

 

[9] Es la vieja cuestión del estado patrimonial y la autoridad carismática pero llevada a extremos tan delirantes que esos mismos conceptos deberían ser repensados de forma parecida como Mbembe lo ha hecho en África con el concepto de Gobierno Privado Indirecto.

[11] Entrevista Provea: Víctor Poleo: “nuestro sistema eléctrico está muriendo”. Derechos.org.ve.

[12] Ibíd.

[13] El Estímulo: Nervis Villalobos, el hombre de la fortuna “eléctrica” en Andorra. El Estimulo.com.

80 TIROS, 11 AÑOS Y CICLOVÍAS

Giuseppe Cocco

 

Prácticamente en el mismo momento en que un negro que conducía su automóvil fue acribillado con 80 tiros disparados por los soldados que están en la calles en base a leyes y medidas tomadas por los gobiernos del PT y del PMBD y por la demagogia miliciana del nuevo gobierno, la segunda sala del Supremo Tribunal Federal liberó al ex presidente del Banco do Brasil (gobierno de Dilma), ya condenado a 11 años.

Mientras tanto, la ciclovía construida por Eduardo Paes se derrumbó por 4ta vez en 3 años.

El enigma de la política e del  Brasil es ese mismo.

Por un lado, la guerra-que-no-es-guerra continúa en su rutina racista de masacrar a los pobres y a los negros.

Por el otro, los gritos “garantistas” solamente funcionan con los cuellos blancos que, por primera vez con Lava Jato, tuvieron que responder a la justicia por la apropiación privada del bien público.

La izquierda dice que lamenta el asesinato del músico en Guadalupe, pero esa rutina nunca se detuvo durante su gobierno federal y ni en sus gobiernos estatales (solo hay que recordar Cabula en Salvador, cuando el gobernador petista dijo que el soldado que dispara es como un futbolista que grita gol). En verdad, por tener a su líder preso en Curitiba y todo el mecanismo del PT metido en las más vergonzosas operaciones de corrupción, lo que la izquierda celebra es la decisión “garantista” del STF que favorece siempre a los mismos. El garantismo en Brasil es de los ricos, demagogia con las periferias de los pobres y solidaridad con los dictadores de izquierda (Maduro).

La extrema derecha, que recibió su triunfo electoral en bandeja por causa de esa postura absurda de la izquierda, finge estar del lado de la represión, de la corrupción, pero en realidad, organiza y amplifica la represión y la violencia sobre los mismos de siempre, negros, quilombolas[1] e indios.

Mientras tanto, la ciclovía de Paes y de las Olimpiadas no para de derrumbarse: si Crivella abandonó la ciudad al “Dios proveerá”, que decir de las obras de la Copa y de las Olimpiadas que deberían haber reparado la relación siempre problemática con las lluvias y su caudal de aguas que tiene Rio? Nadie habla de esas inversiones que por lo visto alimentaron las cajas 2 y 3 y 4 de los que ocupaban el poder…

El enigma de este disforme que es Rio (y el Brasil), solo vamos a conseguir enfrentarlo si lo vemos como es y volvemos a hacer política de modo realmente independiente, sin voto crítico, sin demagogia, sin postura moral, hablando la verdad. Parece imposible, como parecía imposible que aconteciese lo que aconteció en Junio de 2013.

Pero un día lloverá de nuevo, sí!!

 

Traducción del portugués: Santiago De Arcos-Halyburton

 

[1] Quilombola ó cimarrón son los esclavos rebeldes, fugitivos, que vivían en libertad en las selvas o en rincones apartados formando “quilombos”.

Control social, designio del siglo XXI

Por Raúl Zibechi

Cuando el control social que ejercen los estados y las empresas se convierte en una malla tan fina que atrapa y sujeta todas las manifestaciones de la vida cotidiana, ¿es importante quién gobierna? El concepto de gobierno (instituciones estatales, nacionales, federales o municipales) es absolutamente insuficiente para comprender lo que está sucediendo en el día a día de nuestras sociedades.

La semana pasada en Bogotá, escuché asombrado los relatos sobre los niveles a los que está llegando la aplicación del Código de Policía. Un joven de 22 años, trabajador y estudiante universitario, fue castigado con una multa de 280 dólares (más de cinco mil pesos mexicanos) por comprar una empanada en la calle. La vendedora también fue multada.

En apenas dos años de vigencia del código se impusieron 400 mil multas, por situaciones cotidianas como correr en una estación de autobuses, comprar a vendedores ambulantes o defender a quien sufre multa policial, por «obstrucción» de la labor de los uniformados.

El Código de Policía fue aprobado en 2017, mientras se negociaba la paz con las FARC. El objetivo es evidente: taponar los poros por donde respira la cultura popular y juvenil, ya que se castigan hábitos como beber en las plazas, hacer malabarismo, actitudes circenses hacia la policía, entre muchas otras. Para los de abajo, el nuevo código implementa el «estado de excepción permanente» del que nos hablaba Walter Benjamin, que forma parte de la vida cotidiana de las personas oprimidas.

En China el control de la sociedad por el Estado es mucho más estricto aún. El sistema de «crédito social» otorga o quita puntos a las personas que, por ejemplo, fumen en lugares prohibidos, y se los sube a los que tienen actitudes condescendientes. En el puntaje entran todos los comportamientos de las personas, incluso algunos íntimos, como el consumo de películas o libros «eróticos», o hablar en forma grosera con alguien.

Los modos de control combinan las cámaras de videovigilancia (China tiene casi la mitad de las existentes en el mundo), con la inteligencia artificial y el reconocimiento facial. De ese modo, el Estado puede saber cuántos viajes has hecho en taxi y a dónde, qué compras, tus facturas médicas y hasta tus «generosidades» con los demás, como destaca el informe de Le Monde Diplomatique titulado «Chinos buenos y chinos malos» (edición de enero).

Como ejemplo de las puntuaciones que se imponen a los ciudadanos, el mensuario destaca: un punto por ayudar a un anciano a acudir a un hospital; cinco puntos menos y una multa por arrojar la basura al río. Pero por colocar un adhesivo contra el gobierno, te quitan 50 puntos y mil yuanes de multa. Como en los buenos regímenes autoritarios, todo viene mezclado: el castigo a los disidentes con la ayuda al prójimo y los malos hábitos.

Pero ahí comienzan los verdaderos problemas. Los que se portan bien, reciben regalos el día del Año Nuevo chino o tienen facilidades para obtener créditos para viajes o estudios. Los que tienen pocos puntos no pueden postularse a ciertos empleos, tomar vacaciones, subirse a trenes rápidos durante un año, reservar una habitación en un hotel o inscribir a su hijo en una buena escuela.

Las listas negras van de la mano de humillaciones públicas, ya que los datos se ventilan en páginas web, pero en algunos pueblos «los malos puntajes y el nombre de sus titulares son repetidos por altoparlante el viernes por la noche», de modo que el sistema convierte a tus vecinos en centinelas, según Le Monde Diplomatique.

El investigador de Amnistía Internacional para China, Patrick Poon, considera que el sistema de otorgar recompensas y castigos es una «práctica de control social a gran escala que legitima la clasificación jerárquica de los ciudadanos» (https://bit.ly/2G1diaz).

Cuando se producen hechos políticos importantes, como la Asamblea Nacional Popular, el régimen impone «vacaciones forzadas» a los disidentes obligándolos a salir de la ciudad, acompañados por agentes policiales para ser alojados en hoteles y complejos turísticos alejados con todos los gastos pagados (https://bit.ly/2Z3cRp4).

Hay muchos más ejemplos sobre el control social. La realidad se acerca cada vez más al concepto de «democracia totalitaria», del portugués João Bernardo. En su libro de próxima aparición en castellano, registra la estrecha relación entre el autoritarismo empresarial y el gubernamental, ya que los trabajadores pasan buena parte de su vida sometidos a la estricta disciplina imperante en el horario laboral.

Se pregunta qué quiere decir democracia, en nuestras sociedades donde reina el poder omnímodo de las empresas. «La sociedad neoliberal llegó a un punto en que es muy difícil aplicarle las antiguas definiciones del estado de derecho que hasta hace poco distinguían las democracias de los regímenes donde impera la arbitrariedad política», sigue Bernardo. Nos queda la tarea de trazar los caminos para cambiar el mundo ante estas mutaciones sistémicas.