Karen Nussbawm: “En los 60, la lucha por los derechos civiles eliminó un elemento clave: el de clase”

Por Sebastiaan Faber

A principios de 1970, cuando Karen Nussbaum (Chicago, 1950) cursaba el segundo año en la Universidad de Chicago –después de un primer año en el que pasó menos tiempo en las aulas que en las protestas contra la guerra de Vietnam–, decidió abandonar sus estudios y viajar a Cuba con la “Brigada Venceremos”, una organización fundada el año anterior por los Estudiantes por una Sociedad Democrática (SDS) para canalizar la solidaridad con la Revolución Cubana.

Poco después, Nussbaum se encontró en Boston, trabajando en una oficina de Harvard y manifestándose contra la guerra y por los derechos de la mujer. Un día, en un piquete en favor de ocho camareras de un restaurante de Harvard Square que se habían declarado en huelga, le llamó la atención la brecha que separaba al movimiento feminista del movimiento obrero. Decidió que era hora de hacer algo al respecto. Así, en 1972, Nussbaum y diez compañeras lanzaron un boletín informativo, 9to5, dirigido a mujeres que trabajaban de oficinistas. Al año siguiente, crearon una organización con el mismo nombre, que acabaría convirtiéndose en “9to5: National Association of Women Office Workers” (Asociación Nacional de Trabajadoras de Oficina), que a su vez engendraría el Distrito 925 del SEIU (el mayor sindicato del país de trabajadores de servicio). El Distrito 925 organizó campañas sindicales para trabajadoras de todo el país, logrando victorias históricas –y encajando algunas derrotas–, como relata un reciente documental de Julia Reichert y Steve Bognar. En 1980, su trabajo inspiró la película Nine to Five, con Jane Fonda, Lily Tomlin y Dolly Parton, cuya canción principal le valió una nominación al Óscar y dos Grammy.

Nussbaum, mientras tanto, siguió en su lucha por los derechos de las trabajadoras. En la década de 1990, fue directora de la Oficina de la Mujer del Ministerio de Trabajo de Estados Unidos y del Departamento de la Mujer Trabajadora de la AFL-CIO, la mayor federación sindical del país. Posteriormente fundó Working America, la filial comunitaria de la AFL-CIO, de la que hoy es asesora principal. Aunque nació y se crió en Chicago –donde su padre, el legendario actor Mike Nussbaum, falleció hace poco– lleva muchos años viviendo en Washington D.C.

¿Se crió en un hogar politizado?

La verdad es que no. Mis padres eran demócratas del New Deal. Mi madre era diputada del Partido Demócrata en nuestro distrito y mi padre era un observador del mundo que le rodeaba. Pero mi hermana, mi hermano y yo crecimos con una idea clara de lo que significaba ser una buena persona. También se valoraba mucho la lectura, porque permitía verse a uno mismo como parte de un mundo más amplio. A finales de los sesenta, cuando ese mundo empezó a explotar a nuestro alrededor, pudimos aplicar esos principios. En ese momento, mis padres también se volvieron más activos. Todos los sábados íbamos a una vigilia silenciosa frente a nuestra biblioteca pública contra la guerra de Vietnam. Y cuando mi madre invitó al activista progresista Staughton Lynd a hablar sobre la guerra en nuestro centro recreativo comunitario, recibimos cartas de odio de los Minutemen, una organización ultraderechista, con dibujos de dianas. De adolescente no entendía que aquello podía ser peligroso. No me di cuenta hasta más tarde de lo valiente que había sido mi madre.

Usted fue a la universidad en 1968, justo cuando el activismo estudiantil estaba en auge en todas partes. Sin ir más lejos, ese mismo agosto, en la misma ciudad de Chicago, se celebra la Convención Nacional del Partido Demócrata…

No había mejor momento para convertirse en adulto. Era como si el mundo estuviera estallando y pudieras hacer lo que quisieras para intentar cambiarlo.

No tardó en abandonar la carrera.

La política era mucho más interesante. En febrero de 1970 acabé yendo a Cuba en el segundo viaje de la Brigada Venceremos, que había sido fundada por la SDS en 1969. Éramos unos 700, entre ellos varios miembros de los Weathermen [también conocido como Weather Underground, una organización revolucionaria y militante que el FBI tildó de terrorista]. Aunque todo el viaje fue un poco un desastre, también fue muy emocionante formar parte de un ambiente totalmente internacionalista. Cuando volví, me di cuenta de que quería utilizar lo que había estado aprendiendo en el movimiento por los derechos civiles, el movimiento contra la guerra y el movimiento feminista en el contexto del mundo laboral. Pero como en aquella época todas rechazábamos las viejas estructuras, fueran del tipo que fueran, decidimos construir las nuestras propias. Y pronto nos dimos cuenta de que lo más importante que podíamos hacer era organizar a la gente por encima de las diferencias.

¿Se refiere a diferencias de clase y de raza?

Exactamente. Queríamos organizar a las mujeres, para las que había muy pocas oportunidades laborales. Pero no nos interesaba el movimiento feminista tradicional. Queríamos construir nuestro propio feminismo entre las mujeres trabajadoras. En aquella época, muchas mujeres de todas las clases y razas hacían el mismo tipo de trabajo. Nada menos que un tercio de las mujeres trabajadoras eran oficinistas. Y como estas mujeres se encontraban en los mismos lugares de trabajo, se creaba un potencial de solidaridad entre clases y razas que normalmente es muy difícil de encontrar o construir. Pensamos que debíamos aprovecharlo.

¿Qué tácticas adoptaron?

Solíamos decir: “No dejes que tus palabras sean enemigas de tus ideas”. Como el movimiento feminista estaba formado principalmente por mujeres blancas de clase media, decidimos echar su retórica por la borda. De hecho, nunca utilizamos la palabra “feminismo”. Las mujeres que organizábamos nos decían: “No soy una women’s libber [defensora de la liberación de las mujeres], pero creo que debo recibir el mismo salario, ascensos justos y ser tratada con respeto” –todos, claro está, elementos de la agenda feminista–. El caso es que no teníamos que llamarlo feminismo para encontrar un terreno común. Y creo que ese principio sigue siendo importante: no es buena idea imponer un marco político a la gente antes de que esté preparada para adoptarlo.

Eso suena como una crítica a la actual generación de activistas…

Yo no lo llamaría una crítica. Pero sí creo que organizar a la gente de forma efectiva implica no decirle que está equivocada desde el principio.

Hablando de dinámica generacional, ¿cómo se relacionaron ustedes, de la Nueva Izquierda o New Left, con la llamada Old Left, que para entonces había sufrido dos décadas de macartismo y tensiones de la Guerra Fría?

Con la vieja izquierda apenas había continuidad, ni a nivel organizativo ni a nivel de liderazgo. En retrospectiva, creo que esa fue una verdadera debilidad de mi generación. Personalmente, sí pude conectar con algunas personas mayores que, en mi opinión, sabían lo que hacían. En un momento dado, me puse en contacto con una mujer que había sido una militante comunista. Al principio, no quiso discutir nada de aquello conmigo. Cuando finalmente crucé todo Connecticut para reunirme con ella, me dijo: “No tienes nada que aprender de nosotros. Lo que hicimos nosotros estuvo mal. Nos equivocamos”. Pero cuando le pregunté por su experiencia cotidiana, surgieron detalles sobre la estructura diaria de su militancia. “Teníamos reuniones masivas los lunes, martes, jueves y viernes”, me dijo, por ejemplo, “porque las reuniones de tu célula las tenías los miércoles”. Nuestra conversación me ayudó a entender lo que significaba operar desde una estructura de partido en lugar de desde esas organizaciones de masas desordenadas, más bien flojas, en las que participábamos, y que a menudo ni siquiera eran verdaderas organizaciones de masas.

¿Fue la Guerra Fría la que rompió ese vínculo de transmisión generacional entre la vieja y la nueva izquierda?

Así es. Si el episodio nos enseña algo, es que la represión funciona. Algo parecido ocurrió después de la Primera Guerra Mundial, cuando la represión política logró acabar con un movimiento socialista de masas que había en este país. La Guerra Fría tuvo el mismo efecto. Eso significó que en los años 60 se produjeron diferentes tormentas, ya fueran de derechos civiles, antibelicistas o feministas, pero no había buenas estructuras para unirlas. Esto significó, por ejemplo, que tan pronto como abolieron el servicio militar obligatorio, se derrumbó el movimiento antiguerra. El feminismo también fue cooptado: cuando se abrieron los puestos profesionales y directivos a las mujeres, perdimos la solidaridad de clase que existía entre las trabajadoras. En ese momento, la lucha por los derechos civiles pasó de centrarse en la justicia a centrarse en las oportunidades. Este cambio eliminó de la lucha un elemento clave: el de clase.

Justo en el momento en que el movimiento 9to5 empieza a ganar terreno, a comienzos de los 80, Ronald Reagan sale elegido presidente y, después de la huelga de los controladores del tránsito aéreo en 1981, el movimiento obrero entra en un largo periodo de austeridad y recortes. Estos últimos años, sin embargo, el péndulo parece estar volviendo a favor de los trabajadores. ¿Está de acuerdo?

La opinión pública ha cambiado, pero no sé si las barreras estructurales al poder sindical se superarán en este periodo. Te diré por qué. Hace unos años leí The Romance of American Communism, un gran libro de Vivian Gornick, publicado en 1977, que reúne una serie de entrevistas con personas que habían sido militantes comunistas en los años cuarenta y cincuenta. Algunos de los entrevistados son críticos con el Partido, algunos están enfadados y algunos piensan que fue una buena experiencia. Pero todos coinciden en una cosa, que lo emocionante del movimiento era que había dos elementos clave: visión y disciplina. Lo que tenemos ahora, en mi opinión, es mucha estrategia y táctica. Pero no hay demasiada visión o disciplina. Y son indispensables para este trabajo, como también lo es mantener claro un marco de clase. Sin ese marco, es demasiado fácil dividir a la gente. La clase dominante no se llama así por casualidad. Gobiernan, y siempre lo harán para avanzar en sus propios intereses. Necesitas un movimiento y pasión, claro está, pero también necesitas una organización y un control democrático. Sin ellos, se pueden hacer cambios en la política, pero no se conseguirán cambios en el poder que sean duraderos.

Pone el dedo en la llaga: este ha sido un reto estructural para la izquierda en este país.

Ya lo creo. Michael Kazin tiene un gran libro sobre ello, American Dreamers. Podemos conseguir ciertos avances sociales y culturales, pero éstos no alteran fundamentalmente el equilibrio de poder. ¿Cómo organizar el poder a largo plazo? Esa es la verdadera pregunta que deben plantearse los activistas políticos. La respuesta, por supuesto, puede adoptar distintas formas según el momento. Hoy, me parece, una prioridad es un frente unido contra el fascismo, igual que hace cien años.

Usted ha pasado toda su vida profesional construyendo y trabajando en organizaciones, desde 9to5 y el SEIU hasta el gobierno de Bill Clinton y la AFL-CIO, la federación sindical. Las organizaciones son instrumentos de cambio, pero también son lentas e inertes, lastradas por sus culturas internas y sus ideologías arraigadas. Cuando empezó a militar, por ejemplo, el propio movimiento obrero era profundamente sexista, como explica en el documental de Julia Reichert. ¿Cómo afronta las frustraciones asociadas a las inercias y demás disfunciones institucionales?

Nunca me lo tomo como algo personal. Mira, yo creo en el poder de las organizaciones, pero como tú dices, las organizaciones pueden degenerar, estropearse. Pero una vez que decides intentar cambiar una organización desde dentro, nunca te puedes tomar las cosas como algo personal. No durarías ni un minuto. Y eso es especialmente cierto para mi generación de mujeres en el movimiento obrero. Mi objetivo era claro: lograr cambios para las mujeres trabajadoras. Pensé que el movimiento obrero era el lugar adecuado para hacerlo. Al fin y al cabo, es una de las tres instituciones de masas que hay en este país, junto con las iglesias y los partidos políticos.

Sin embargo, incluso en el movimiento obrero, lograr cambios es difícil. Los obstáculos no faltan.

Por supuesto. Por las dinámicas internas que has mencionado y por el simple hecho de que cualquier movimiento u organización siempre está sujeto a fuerzas externas. El neoliberalismo, por ejemplo. O el ataque masivo a los sindicatos que vimos en los años ochenta y noventa, que buscaba destruirlos. Cuando el cielo se nos cae encima, hay que aguantar. Y luego, toca asomarte a la superficie para evaluar los daños. Tampoco podemos olvidar que el movimiento obrero estadounidense tiene la peor estructura y el peor código laboral de todos los movimientos obreros del mundo desarrollado. Está diseñado para la inercia.

¿Cómo afronta esos retos?

Hay que seguir trabajando y buscar momentos históricos que puedan abrir una brecha.

En otras palabras, hay que ser pragmático y realista.

Cada victoria genera un contragolpe que pretende debilitar el movimiento victorioso desde dentro. No hay más que ver lo que Phyllis Schlafley [una conocida activista conservadora antifeminista] hizo con los derechos de la mujer en este país. No se puede ser ingenua. Tienes que anticipar la reacción. No hay que olvidar que un tercio de este país es sólidamente de derechas. Eso ha sido así al menos desde los años 30. Cuando asociamos los años 30 con el New Deal, olvidamos lo grande y poderoso que fue aquí el movimiento fascista. El truco está en realizar cambios sociales y culturales, y hacer que sean permanentes, asegurándose al mismo tiempo de estar preparadas para la respuesta –y de estar preparada para las oportunidades que puedan darse para dar un salto adelante–.

Lo que nos lleva de nuevo a la importancia de la organización.

Exactamente. Ahí es donde está el reto hoy. A lo largo de los años, siempre planteaba la misma pregunta a las mujeres que conocía: “¿A quién recurres cuando tienes un problema en el trabajo?”. Al principio, en los años 70, las mujeres decían: “Bueno, puede que llame a mi congresista, o puede que llame a la Comisión de Igualdad de Oportunidades o a 9to5”. Pero a medida que pasaba el tiempo, la gente decía: “Bueno, podría hablar con una compañera de trabajo”. Luego se convirtió en: “Bueno, podría hablar con mi madre”. Las vías se fueron estrechando hasta que, en la década de 2000, la gente decía: “Bueno, podría rezar a Dios”. En otras palabras, las soluciones colectivas se han ido reduciendo o han desaparecido. Ahora bien, reconstruirlas es una tarea ingente. Las mujeres se han vuelto más autosuficientes individualmente desde los años 70. Pero también se han vuelto menos poderosas como grupo.

¿Tiene esperanzas?

Eso es irrelevante. Soy una persona muy positiva, y hay que hacer lo que hay que hacer. Tengo una nieta de cinco años que hace poco estaba practicando el abecedario con su madre. Mi hija le preguntó qué quería escribir. Lo que escribió fue “La abuela se cayó en un bache”. Era cierto: seis meses antes, yo le había contado que había estado montando en bicicleta aquí en Washington DC, me había caído por un bache en la calzada y me había roto un dedo. Cuando mi hija me contó la historia, pensé que ése podría ser mi epitafio. Voy montada en mi bicicleta, pedaleando y, de repente, aparece el neoliberalismo. Un bache. Vuelvo a subirme a la bici y sigo pedaleando, y entonces, pum, ocurre el 11-S y todo se paraliza. Pero vuelvo a subirme y a seguir el camino, porque creo que es nuestra obligación. Al final, es una suerte poder vivir nuestras vidas con un propósito.

Réquiem para un Estado Plurinacional

por Raúl Prada Alcoreza

 

Ningún instante es el mismo, ninguna singularidad es igual a otra o equivalente, es única. Cada momento es diferente y, obviamente, es diferente no solamente respecto a sí mismo, lo que fue en un momento distinto, en otro momento, en otro instante, incluso en el instante inmediatamente anterior. También en otro contexto, puesto que la singularidad habita, por así decirlo, un espacio-tiempo de singularidades. Este es un contexto de singularidades, se relaciona con otras singularidades, se asocia como estas singularidades y conforma composiciones como estas singularidades.

Compartamos lo siguiente, que es, más o menos, lo que hemos dicho, un tanto de acuerdo con Paul Ricoeur, incluso con Hayden White, que la historia es un relato, es una narración. También podemos coincidir con Marc Bloch, que la historia es lo que hacen los historiadores, refiriéndose a su ocupación y su práctica. Llegando a Peter Sloterdijk, podemos tener en cuenta su hipótesis interpretativa de que la historia moderna, transcurrida desde 1492 hasta la finalización de la segunda guerra mundial, 1945, es el lapso donde donde se emprenden los grandes viajes, que cruzan los océanos y terminan circunnavegando la esfera terrestre. Es cuando se dan las condiciones de posibilidad culturales, económicas y sociales para la llamada globalización, que entendemos también como modernidad. Una vez concluida esta etapa, que propiamente es histórica, por la gran narrativa de su interpretación, por la pretensión global de una historia universal, desde 1945 en adelante, se estaría viviendo lo que se llama la posthistoria. Sin discutir todavía todos estos enunciados, correspondientes a estas hipótesis, lo que nos interesa, de momento, de partida, es tener en cuenta que cualquier análisis del presente, en el presente, compuesto de coyunturas, en la coyuntura actual, que, además, se tenga en cuenta los contextos y las temporalidades. El acontecimiento tiene que situarse en la composición de su contextualidad y su devenir.

No es lo mismo hablar de crisis económica, política, cultural y social en 1929, que en lo que lo que ocurre en 1970, tampoco con lo que ocurre desde el 2008 en adelante, las crisis más recientes generalizadas. Para situarnos en el presente, 2024, tampoco en este caso la crisis es la misma, a pesar de ciertas estructuras subyacentes al sistema mundo capitalista y al ciclo largo capitalista vigente. Hemos compartido con Emanuel Wallerstein en que no hay una historia del capitalismo nacional, sino que hay una historia del capitalismo mundial, porque el capitalismo es un modo de producción mundial, es, sobre todo, un sistema mundo capitalista, que las llamadas historias nacionales del capitalismo no son otra cosa que las singularizaciones del desenvolvimiento del sistema mundo capitalista. Parafraseando a Wallerstein, nosotros dijimos que no hay una historia nacional del Estado, sino que se dan en el contexto de la historia del orden mundial de las dominaciones, donde aparecen las singularidades de la realización de esta dominación, primero colonial, después imperialista y, tomando la palabra a Antonio Negri y a Michael Hardt, luego del imperio. Entendiendo imperio como lo entienden en su libro que lleva el mismo título, el mismo nombre: Imperio.

En consecuencia, para hacer un análisis de la crisis múltiple del Estado nación, debemos situar esta crisis y este Estado en el contexto de la orden mundial, en la coyuntura y el momento determinados, en el contexto particular en el que se inserta el Estado como composición institucional.

Volviendo al libro El mundo como voluntad y representación de Arthur Schopenhauer, podemos coincidir con el filósofo en que nos movemos en el mundo de las representaciones y no en el mundo efectivo. En este sentido hay que tener en cuenta que cuando hablamos de Estado, sobre todo de Estado nación, que es un concepto de la ciencia política y de la filosofía política, si bien el concepto puede mantener su estructura categorial, es decir, su significado teórico, eso no quiere decir que el Estado conceptual sea el mismo Estado efectivo, como tal. El Estado efectivo se desenvuelve en formas de gobierno, asume determinadas políticas, se constituye institucional y jurídicamente, afincándose en el epicentro de la polis, la ciudad. Se configura, conforma y constituye de una determinada manera, construye a su sociedad institucional y registra a su población cuantificada, garantizando y dando lugar a su economía y a su cultura. El Estado conceptual y el Estado efectivo no son lo mismo. En realidad, recurriendo al Uso crítico de la teoría de Hugo Zemelman Merino, debemos organizar y recomponer constantemente el concepto, actualizarlo y contextualizarlo para evitar el anacronismo entre concepto y realidad efectiva.

Por lo tanto, las discusiones que hubo sobre el Estado nación, a principios del siglo XX, no pueden mantenerse como válidas en una etapa posterior, por ejemplo, durante la revolución de 1952 en Bolivia. Menos aún si hablamos de la problemática estatal y de su crisis múltiple, evidenciada en la movilización prolongada del 2000 al 2005. La situación y las condiciones de interpretación también cambian después del proceso constituyente y la promulgación de la Constitución en 2009, sobre todo cuando ya se ha experimentado la forma, la manera y la institucionalidad efectiva del llamado Estado plurinacional, que, como hemos dicho, de plurinacional solo tiene el nombre. Entonces, estamos hablando de distintas situaciones y condiciones de realización, por lo tanto, dadas en distintas condiciones de interpretación. Sin embargo, sabemos que esto no se tiene en cuenta en la formación discursiva política; se mantiene una suerte de continuidad lineal de las discusiones, como si los contextos no hubieran cambiado, como si las problemáticas no habrían vivido desplazamientos. En consecuencia, las interpretaciones políticas, incluyendo a los análisis políticos, se vuelven anacrónicos, en la medida que pasa el tiempo y nos situamos en coyunturas y contextos diferentes, en relación a lo que podríamos llamar las referencias básicas, tanto espaciales como temporales, tanto contextuales como coyunturales.

Al principio del siglo XX y en adelante el problema que preocupaba a la intelectualidad era el de la constitución del Estado nación, dado de manera efectiva e institucional, así como preocupaba la soberanía nacional, basada en la defensa de los recursos naturales. En este itinerario se encuentran Sergio Almaraz Paz, René Zavaleta Mercado y Marcelo Quiroga Santa Cruz. Incluso también, desde antes, se ocuparon de esta preocupación Aguirre Gainsbourg y Tristan Marof. Así mismo, se ocuparon de la problemática ideólogos como Guillermo Lora, que, a diferencias de los anteriores, lo hacía desde la perspectiva de la revolución permanente. El ideólogo trotskista se plantea un Estado nación de transición al socialismo, basado en la alianza obrero-campesina, que logre la soberanía, sustentada en la defensa de los recursos naturales y en su industrialización.

Efectivamente la revolución se da en 1952, pero no se trata de una revolución socialista, sino de la revolución nacional, de una revolución que convierte en preponderante el carácter nacional popular, emergido de la insurrección proletaria y campesina, donde el marco estatal es el del Estado nación, que se materializa en una institucionalidad revolucionaria de carácter nacionalista. Las milicias obreras y campesinas se mantienen durante doce años, los doce años de la revolución nacional, para sostener a un régimen de característica nacionalista revolucionaria, muy distinto a lo que esperaba Guillermo Lora, muy distinto a la dictadura del proletariado y al programa de transición, que estaba establecido en la Tesis de Pulacayo y, después, en las tesis de la COB.

Se puede decir que la resultante de la correlación de fuerzas, de la concurrencia de fuerzas, no es lo que esperan los programas políticos, los postulados ideológicos, los objetivos inherentes al partido; esto no sólo respecto al programa y a la ideología trotskista de la revolución permanente, sino también al programa de la revolución por etapas del Partido Comunista de Bolivia. Lo mismo ocurre con los objetivos del Movimiento Nacionalista Revolucionario, que, si bien su proyecto se acerca más a lo que efectivamente ocurre, lo que ocurre se le escapa de las manos, no controla los desenlaces políticos. El MNR quiere evitar la nacionalización inmediata, pero no puede hacerlo por la intervención de las milicias de la COB; el MNR quiere una reforma agraria institucional, que podemos denominar de vía farmer, pero no puede cumplir con su objetivo, puesto que los sindicatos campesinos y los ayllus toman las haciendas en el altiplano y en los valles.

El desenlace histórico es irónico respecto a la voluntad de los involucrados, de los actores políticos, incluso de los actores sociales. Nadie controla el conjunto de las variables intervinientes, sólo pueden controlar algunas, las que tienen que ver con la convocatoria, las que tienen que ver con las políticas de Estado, las que tienen que ver con las políticas sociales, en tanto no controlan las resistencias sociales. No controlan el conjunto de las variables, son incontrolables una vez que las acciones desencadenan sus efectos, los desenlaces son insospechados, incluso podríamos decir azarosos.

La preocupación por la constitución del Estado nación se diluye en el periodo de las dictaduras militares, las que usan un argumento fútil, de qué la revolución ya se ha dado y de lo que ahora se trata es de administrar la revolución. Ésta se da por la vía y mediación de los militares, que aplican de manera dictatorial sus propios caprichos, que corresponden a los mandatos de la embajada norteamericana, también del pentágono y a sus servicios secretos. Cumpliendo con la voluntad de control de las reservas energéticas, sobre todo del petróleo, por parte de las empresas trasnacionales estadounidenses norteamericanas.

Lo que viene después, en el contexto de las resistencias contra las dictaduras militares, corresponde a la disminución de los alcances y los objetivos políticos, incluso podríamos hablar de una disminución ideológica, del despliegue del cortoplacismo, impreso en las acciones. Solo se trataba de sacar a las dictaduras militares e iniciar un periodo democrático, que se llamó la recuperación de la democracia. La democracia misma ya no era la convocatoria y la acción de las multitudes, de las asambleas y de la deliberación social, mucho menos la acción directa. La democracia se convierte en una pálida caricatura institucional, que se resume a la votación cada cierto tiempo. Es explicable entonces que la UDP, la Unión Democrática y Popular, una débil imitación de la Unidad Popular de Chile, sólo se proponga un programa demasiado estrecho de reformas, renunciando a las nacionalizaciones. El único que propuso un programa de nacionalización, en este contexto liviano, fue Marcelo Quiroga Santa Cruz, que recogió la herencia de la lucha por las nacionalizaciones, buscando que tengan efectos estatales, que logren también nacionalizar el Estado y el gobierno.

En el llamado periodo de la recuperación democrática la política se sumerge en la crisis múltiple, se estrecha dentro de un margen mezquino de limitaciones. Es en esta situación de debilitamiento social y político que emerge el proyecto neoliberal, en el contexto del derrumbe de los Estados socialistas de la Europa oriental y de la Unión Soviética. El ajuste estructural, la privatización de las empresas públicas y de los recursos naturales fueron el tono de los comportamientos de las políticas neoliberales, que, supuestamente, proponen un Estado chico, el achicamiento del Estado, entregando la soberanía a la hegemonía económica de las trasnacionales. El costo social de estas políticas no se hizo esperar, tampoco las resistencias al proyecto neoliberal, que tardaron un tiempo de pasar de la resistencia a la ofensiva, imprimiendo el sello social y popular indígena, en lo que se vino en llamar la movilización prolongada, del 2000 al 2005. Esta movilización heroica abre horizontes nuevos y actualiza la potencia social, en el contexto y en las condiciones de la crisis múltiple del Estado nación y del sistema mundo capitalista de entonces.

La preocupación por el Estado Plurinacional sustituyó a la preocupación por el Estado nación. El proceso constituyente fue el recurso institucional, en el contexto turbulento de realización de un nuevo marco jurídico y político de transformación institucional. Sin embargo, esta voluntad quedó truncada ahí con la llegada al poder de un conglomerado político, que no era ni partido, tampoco movimiento, aunque sí contenía en su seno a organizaciones sociales, emergidas y fortalecidas durante la resistencia al neoliberalismo. El Estado Plurinacional se redujo a la promulgación del texto escrito de la Constitución, que nunca se cumplió. El desenlace político fue la de la conformación de un gobierno con características barrocas, compuesto por la forma de gubernamentalidad clientelar. Otra vez la historia jugaba con ironía, con las resultantes de la correlación de fuerzas. Las gestiones de gobierno del MAS no fueron otra cosa que una comedia grotesca, tanto de la versión nacional popular, como de la versión implícita en la Constitución, que tiene que ver con la descolonización. Este remedo sirvió para enriquecer a una casta política gobernante, que corresponde al ovillo de la dependencia, que está al servicio de las trasnacionales extractivista y de los cárteles.

En otras palabras, la problemática estatal se diluyó a lo largo de los periodos mencionados, prácticamente desapareció. No es tratada ideológicamente, ni teóricamente, ni políticamente, no es asunto de los partidos políticos involucrados. A lo que se reduce el tratamiento de la problemática es a obtener una democracia institucional, a recuperar la institucionalidad; esto es lo que se puede recoger de las voces de la llamada oposición. El coro de intelectuales preocupados por la crisis institucional acompaña está proyección política. En contraposición, el sector oficialista se reduce a decir que se cumplió con la Constitución, que se está, por decreto, en un Estado Plurinacional, que debería ser, además, de acuerdo a la Constitución, Comunitario y Autonómico; sin embargo, esto queda completamente soslayado en la versión de los voceros oficialistas. Consideran que el Estado Plurinacional se reduce a cambiar de nombre al mismo Estado nación en crisis, que lo plurinacional corresponde a la incorporación de dirigencias del partido oficialista a la gestión de gobierno y a la administración del Estado, gestión de gobierno y administración del Estado que han servido para desplegar una expansiva corrosión institucional y a una galopante corrupción. Esta vez la ironía de la historia ha llegado a lo grotesco político.

En la actualidad, en la coyuntura, en el momento presente, en los contextos definidos en este ahora, donde se desenvuelve la crisis múltiple de manera vertiginosa, todo se ha diseminado y se mueve en estrechos márgenes, excesivamente mezquinos. Las grandes narrativas se han hecho trizas, las ideologías prácticamente han desaparecido, los postulados políticos, de cierto alcance, también han periclitado, todo se resume a las más groseras formas del círculo vicioso del poder. Lo que importa es mantenerse en el poder o, en su caso, llegar al poder y preservarlo a como dé lugar, con la salida más insólita, con las prácticas más sinuosas, con las formas institucionales más corroídas, con la corrupción más galopante. Se resalta la miseria humana.

En Bolivia el anhelo político se ha reducido a la unidad de los bolivianos o, en su caso, a continuar el camino decadente del asesinato del proceso de cambio, que de cambio no ha tenido sino el nombre. Lo único que se ha desplazado es la forma clientelar más espantosa, el manejo más doloso de la cosa pública, el desenfreno más compulsivo de enriquecimiento, a costa de los recursos del Estado, mal administrados, a costa de los recursos naturales, entregados a las trasnacionales extractivistas. En otras palabras, los horizontes han desaparecido, sólo hay el círculo estrecho del minuto presente, del mezquino minuto presente de la decadencia.

En este contexto, en este panorama, en este balance, en esta situación calamitosa, ¿qué se puede esperar? ¿Volver a plantear la problemática del Estado, la cuestión nacional, la restauración del Estado nación? ¿Insistir en recuperar la visión del Estado Plurinacional Comunitario y Autonómico, que se establece en la Constitución? Sobre todo, después de que la ironía de la historia ha jugado con desenlaces paradójicos, con la resolución teatral tanto del Estado nación como del llamado Estado plurinacional.

Nuestro planteamiento es el siguiente: Ya no es posible replantear la cuestión nacional, la cuestión del Estado nación, tampoco la cuestión del Estado Plurinacional Comunitario y Autonómico. Resultaría anacrónico hacerlo, aunque mucho menos en el caso del Estado Plurinacional Comunitario y Autonómico establecido por la Constitución, puesto que no se puso un solo ladrillo, no se tuvo ni la más mínima voluntad por realizar transformaciones estructurales e institucionales para la construcción del Estado Plurinacional. En este caso, amerita continuar la evaluación crítica de lo que ha ocurrido, desde la perspectiva de las dinámicas complejas, que hacen a las dinámicas moleculares sociales y a las dinámicas molares sociales.

Ahora bien, es importante no olvidar las estructuras de larga duración, que hacen a los ciclos largos, medianos y cortos de las temporalidades sociales. En un contexto mayor, no olvidar las distintas urdimbres y texturas del tejido espacio-tiempo territorial y ecológico, que cobija a las sociedades humanas y a las sociedades orgánicas. En las estructuras de larga duración es importante no olvidar que, en el continente de Abya Yala, la configuración preponderante de los pueblos y sociedades se da en términos de confederaciones y alianzas territoriales, además de filiaciones corporales. Las estructuras piramidales son tardías, incluso si consideramos la historia de Caral, además de tener en cuenta los referentes de Tiwanaku, del Tahuantinsuyo, de los mayas, de los mexicas. Las estructuras piramidales se dan tardíamente, ampliando la mirada se trata de 3000 años antes de nuestra era. En el caso de Caral pasa algo parecido a lo que pasa con Tiwuanaku.

Empero, las comunidades ancestrales, los Ayllus, las sociedades sin Estado, los tejidos sociales vitales primordiales son más antiguos, tenemos que hablar por lo menos de unos 15000 años atrás. Cuando llegaron los conquistadores se encontraron con estructuras sociales piramidales, que prácticamente habían desaparecido, como en el caso de los mayas, y con estructuras sociales piramidales persistentes, como en el caso de los mexicas y de los incas. Cuando tomaron Tenochtitlán conquistaban la metrópoli agrícola urbana más grande del continente, pero esto no equivalía a tomar el continente mismo, que estaba mayoritariamente poblado por confederaciones de pueblos y sociedades. Al respecto, se puede hablar inclusive de la derrota de los españoles en combate frente a estos pueblos guerreros, uno de los casos paradigmáticos es la derrota de los españoles por parte de la nación y pueblos mapuches confederados.

Teniendo en cuenta la mirada retrospectiva para hacer un análisis crítico del presente, avizorando nuevos horizontes, es menester, como hemos dicho antes, de desandar el camino, recuperar la memoria y abrirse hacia el porvenir, que libere la potencia social, los saberes las convivencias y consensos comunitarios, la solidaridad y complementariedad ecológica entre los seres.

publicado originalmente en https://pradaraul.wordpress.com/

Jaime Vindel Gamonal: “El ecologismo no ha sido capaz de contrarrestar la cancelación del futuro de la época neoliberal”

Por Aurora Fernández Polanco / CTXT.es

Cultura fósil. Arte, cultura y política entre la Revolución industrial y el calentamiento global (Akal, 2023) es un libro imprescindible para cualquiera que quiera acercarse a los imaginarios del progreso en el arco temporal señalado en el título. Aterrizamos en imágenes que nos llevan de viaje desde las “nubes tormentosas” de las que hablaba John Ruskin en el XIX, hasta los versos de Pasolini, “veremos pantalones remendados;/ atardeceres rojos en suburbios vacíos de motores”. No necesitamos cruzar fronteras para encontrarnos con trabajos transversales, libros que unan la crítica cultural y la ecología, algo muy poco frecuente todavía en nuestro país, tan dado a los estrechos (y ciegos) cauces por los que transcurren las disciplinas, y que este extenso estudio acomete con pasión. Lo activo políticamente es que el libro está escrito sobre la urgencia de las brasas que todo intelectual debe pisar sin remedio, las de la crisis climática, ecológica y energética que nos asola. Con su autor, Jaime Vindel (1981), investigador del CSIC, vamos a tener el gusto de conversar.

Son tantos los asuntos tratados en esta estupenda panorámica que me gustaría detenerme en aquellos que tengan que ver con la necesidad actual (y urgente) de reconectar con determinados momentos en los que las cosas pudieron ser de otra manera; lo que tú denominas resistencia frente a la fatalidad. Un sí hay futuro. ¿Más allá del trabajo de un investigador académico ha sido esto parte del ánimo político y social que te ha invitado a escribir el libro?

Sí, claro. Mi impresión es que el ecologismo, pese a sus indudables logros, no ha sido capaz de contrarrestar la cancelación del futuro que asociamos con la época neoliberal. De hecho, en ocasiones tiende a reforzarla de acuerdo a la difusión de alertas sobre la gravedad de la emergencia ecosocial que no van acompañadas de propuestas que puedan aglutinar a las mayorías sociales. Su insistencia en la toma de conciencia no se ve acompañada de medidas que, sin ignorar los límites marcados por la situación (que no son solo ecológicos, sino también sociales, políticos, culturales, etc.), planteen la apertura de posibles horizontes de futuro deseables, en una escala que abarque desde ambiciosas transformaciones en los imaginarios culturales hasta la implementación de políticas públicas con un contenido más pragmático. Por decirlo de manera telegráfica, creo que una parte sustancial del ecologismo es refractaria a dar la disputa por la hegemonía, absorbida por la crudeza de los diagnósticos, la parálisis que generan filosofías de la naturaleza con un grado mínimo de incidencia social y unos imaginarios tributarios de la lógica de la desconexión, donde el Estado (y, más en general, el ámbito institucional) aparece como un problema y no también como parte de la solución. En contraposición, el libro trata de mostrar que, a lo largo de la modernidad industrial, los imaginarios culturales de la ecología han sido, entre otras cosas, una lucha por la hegemonía y la contra-hegemonía. Haber perdido parcialmente esto de vista representa, ante todo, un síntoma más del cierre de la imaginación política descrito por autores como Mark Fisher y Fredric Jameson. En ese sentido, revertir el fracaso del ecologismo, por emplear una expresión de Jorge Riechmann, implica aliarse con fuerzas sociales que lo exceden y que han tratado de combatir las desigualdades y los malestares que nos afectan, antes que fomentar cosmovisiones como la teoría de Gaia, que resultan muy estimulantes en términos cognitivos, pero bastante estériles en términos políticos.

Falta nos hacía también, Jaime, el hecho de reconectar con determinados imaginarios de la energía que buena parte de los estudios académicos (culturales, artísticos, literarios) han opacado y que desvelas y denuncias como creadores de naturalización de los desastres del capitalismo fósil. Consideras necesario que los análisis científicos deterministas se atraviesen con este imaginario (que nos configura) y que lleva en sí su carga política, económica y social. Es tu aportación a entender los problemas desde el materialismo de una manera distinta a la del marxismo duro, ¿no?

Así es. Como señalo en el libro, la historia de la energía es fascinante porque concentra con claridad lo que acabo de describir. La energía durante la modernidad industrial se ha configurado a la vez como una dimensión física y como una dimensión cultural. En este último ámbito, las imágenes y discursos que rescato en el libro han naturalizado o cuestionado una determinada percepción de la energía, muy dependiente de la ideología productivista, desarrollista y crecentista, por la cual presuponemos que es inagotable e inmaterial. La energía se ha configurado como un vórtice de las disputas por la hegemonía política. Casi todos los regímenes de los siglos XIX y XX, desde la Inglaterra victoriana hasta la España franquista, pasando por las democracias de posguerra, han articulado una relación entre progreso y poder mediada por la energía. Pensemos en los imaginarios del carbón o de las presas hidroeléctricas. Como refleja el término inglés “power”, que significa a la vez potencia y poder, la energía ha impregnado la historia política de la modernidad industrial. En ese sentido, como tú dices, lo que me interesa en el libro es suscitar un doble debate. Si aceptamos que la energía –y, más ampliamente, la ecología– ha sido un objeto activo de disputa política y cultural, entonces debemos deshacernos no solo de las posiciones deterministas del marxismo que concebían la cultura como una expresión superficial y burguesa de relaciones sociales opresivas que se situaban en otro lugar (la matriz productiva de la economía, la fábrica), sino también del cientificismo que atraviesa ciertos discursos sobre la energía, donde cualquier acontecimiento global tiende a emerger como un epifenómeno del pico del petróleo. Esos determinismos materialistas comparten la ilusión ideológica según la cual una situación de crisis revolucionaria o de colapso ecológico facilitará que al fin las cosas se vean tal como son, sin los velos de los discursos y los imaginarios, como si estos no acompañaran necesariamente cualquier coyuntura que afecte a las sociedades humanas. En realidad, ese tipo de posiciones suelen evidenciar la marginalidad política de quien las enuncia. El libro es también un intento de interpelarlas.

Tu crítica y posicionamiento al consumismo exacerbado que vivimos hoy en el corazón del neoliberalismo necesita de un apoyo utópico que te ayude a buscar una salida, y lo encuentras en las ecologías morales de los estudios culturales ingleses de la avanzada posguerra, tan ligados a la clase, porque imaginaron nuevas formas de vida “que impulsaran nuevos modos de percepción e intervención en la realidad”.

Lo que me interesa de la historia social y cultural en autores como E. P. Thompson o Raymond Williams es el modo en que abordan ese componente utópico, que en mi opinión posee unas raíces románticas evidentes, desde una reconstrucción minuciosa de la micro-política que opera en cualquier proceso de transformación gestado desde abajo (algo que echo en falta en los discursos ecologistas, más interesados en moralizar desde una perspectiva ético-filosófica que en comprender desde una perspectiva histórico-política). Pese a las diferencias entre ambos autores, los dos concedieron una gran importancia a la cultura como forma de producir a través de las palabras, las imágenes y las instituciones los vínculos y afectos sociales que atravesaron la construcción histórica del movimiento obrero. Describieron procesos de emergencia de una contra-hegemonía popular opuesta al elitismo cultural de los relatos burgueses de la cultura, a la construcción desde arriba que impulsan los discursos populistas sin base social y a la sociofobia que prima entre aquellas voces del ecologismo que niegan al pueblo la empatía que reclaman para nuestra relación con la biosfera.

Cuando hablas de Raymond Williams, señalas que en los años ochenta plantea un descentramiento de lo productivo en beneficio de la vida, justamente el lugar donde situaba el concepto de cultura. Recoges este testigo, algo recurrente y políticamente relevante en todo el libro, y lo traes al presente, donde dices que se enlazan las luchas ecosociales con las demandas del ecofeminismo. Me consta la transversalidad y porosidad en tus proyectos de investigación, donde propuestas concretas de las compañeras vienen a aterrizar y situar muchos de los problemas teóricos ¿No está el ecofeminismo un poco ausente en tu estudio? ¿Quizá al focalizar en la clase no hay lugar para ello?

Se trata más bien de una cuestión de honestidad política e intelectual. Creo que hay compañeras que están trabajando desde esa perspectiva con una profundidad y radicalidad que yo solo podría asumir de un modo impostado. Sería oportunista por mi parte. Dicho esto, como señalas, en el libro resalto los puntos de intersección entre las genealogías que rescato y algunas de las trayectorias del ecofeminismo (sobre el que conviene, por cierto, hablar en plural). Y, por otra parte, sin ánimo de excusarme, varias de las voces críticas más relevantes del ensayo son mujeres (desde Susan Buck-Morss hasta Roxanne Durban-Ortiz, pasando por las artistas del productivismo soviético), aunque no sean reconocidas habitualmente como escritoras o artistas ecofeministas. Por cierto, esto es algo que me preocupa: creo que, lamentablemente, tendemos a encasillar la crítica ecologista realizada por mujeres en el ámbito del ecofeminismo, como si su punto de vista no fuera relevante en otras discusiones sobre la transición ecosocial. Por lo demás, pienso que el ecofeminismo ha explorado con mucho más calado la vertiente subjetiva de la transformación ecosocial. La revolución cultural que reclaman estas autoras está habitualmente más encarnada que las apelaciones un tanto abstractas que suelen primar en otros discursos ecologistas.

Tu libro, Jaime, no es únicamente el de un erudito que nos muestra el reverso tenebroso de nuestro lugar de procedencia, el capitalismo fósil, el colonialismo extractivista, sino que, como hemos comentado, se hace propositivo en el hoy. Otra conexión importante que haces en este sentido tiene que ver con los imaginarios sobre la energía de la época del New Deal que pones en relación con la actual del Green New Deal, en cuanto a encontrar una alternativa a los combustibles fósiles.

Así es. He estudiado las películas que la administración Roosevelt promovió durante los años treinta con el objetivo de impulsar una nueva matriz energética. El New Deal realizó infraestructuras a gran escala en ecosistemas fluviales como el del río Misisipi, cuyos impactos socioecológicos negativos hoy conocemos bien. Pero, como contrapartida, encontramos en esas películas una imaginación política propositiva, que defendía la intervención de los poderes públicos en la transición energética. Pensemos que en ese momento el gobierno federal mantenía un pulso judicial con las grandes corporaciones del negocio fósil, lo que dotaba a estas producciones culturales de un compromiso político directo. Estas películas fueron capaces de crear una narrativa en torno a la energía hidroeléctrica como una nueva fuente de poder (recordemos la ambivalencia del concepto en inglés), impulsando una serie de imaginarios culturales situados en la historia de la propia nación norteamericana. Son producciones audiovisuales privilegiadas para repensar en el presente la relación entre imaginarios culturales, formaciones sociales, políticas públicas y crisis ecológica (de hecho, las tormentas de arena de comienzos de la década propiciaron procesos de aridificación de los suelos que presagiaban algunos de los peores efectos del cambio climático). La pregunta que nos deberíamos plantear entonces hoy es qué narrativas podemos incentivar para promover una transición ecosocial que parta de que toda construcción de hegemonía está siempre condicionada por elementos imaginarios de la historia heredada, sin que eso implique renunciar a combatir los aspectos socioecológicos más cuestionables de proyectos políticos como el New Deal (que, como defiendo en el libro, ya fue un Green New Deal). Frente al platonismo del ecologismo de la verdad, y sin minusvalorar la importancia de esta, nos convendría aceptar que las imágenes tienen una potencia esencial para el cambio histórico, en la medida en que permiten desdoblar la realidad en dos (ese es el trabajo de la ficción) e impulsan la movilización subjetiva de los cuerpos de la multitud. Lo que nos cuesta no es admitir la gravedad de la crisis ecológica, sino experimentar la sensación cierta de que existen salidas viables y estimulantes a la situación en que nos encontramos. Y hay que imaginarlas.

Apropiación del capital fijo: ¿Una metáfora?

Por Toni Negri

Este artículo aparece publicado en el libro Neo-operaísmo, compilado por Mauro Reis y publicado por Caja Negra en 2021. 

 

1. En el debate alrededor del impacto digital sobre la sociedad, si se considera que las tecnologías digitales han modificado de manera profunda el “modo de producción” (además de los modos de conocer y de comunicar), se presenta la hipótesis, sólida, de que el trabajador, el productor, se ha transformado con el uso de las máquinas digitales. La discusión sobre las consecuencias psicopolíticas de estas máquinas es tan amplia que apenas vale la pena recordarla, aun si los resultados que nos llegan de estas investigaciones son altamente problemáticos. Por lo general, sus conclusiones hablan de una sujeción pasiva del trabajador a la máquina, de una alienación generalizada, de la epidemicidad de enfermedades depresivas, de taylorismos algorítmicos, o lo que sea que se les pase por la cabeza. Al interior de estas catastróficas novedades sopla el viejo adagio nazi: “La tierra que habitamos se revela como un distrito minero muerto que hiere la esencia del hombre”. Un razonamiento más sofisticado sobre el impacto digital es el de preguntarnos si, y eventualmente cómo, los cuerpos y las mentes de los trabajadores se apropian de la máquina digital. Recordemos que, si el nuevo impacto de la máquina digital sobre el productor tiene lugar bajo el dominio del capital, el productor no solamente cede valor al capital constante en el curso del proceso productivo, sino que, como fuerza de trabajo congnitiva, ya sea en su aporte productivo singular o en el uso cooperativo de la máquina digital, se conecta a esta y puede hasta confundirse con ella cuando la conexión se desarrolla en el flujo inmaterial del trabajo cognitivo. En el trabajo cognitivo, el trabajo vivo, aunque sujeto al capital fijo en el tiempo en que desenvuelve su capacidad productiva, puede invertir el proceso, al ser simultáneamente materia y motor activo de este capital fijo. Consecuentemente, en el ámbito marxista, se ha comenzado a hablar de “apropiación del capital fijo” por parte del trabajador digital, del productor cognitivo. Cuando se analizan los aumentos de productividad de los trabajadores digitales o la capacidad productiva de los “nativos digitales”, se postulan de manera espontánea estos asuntos y problemas. Pero, ¿constituyen una simple metáfora?

2. Y, en particular, ¿son simples metáforas políticas? Al hablar de “apropiación del capital fijo” por parte de los productores (en antagonismo con la empresa que se mueve por la ganancia), se recuperan cuestiones que en el campo filosófico y político han tenido larga resonancia en los últimos cincuenta años. En la antropología alemana (de Plessner, Gehlen, Popitz) como en el materialismo francés (Simondon), en el feminismo materialista (Haraway y Braidotti), el mestizaje humano/máquina ha tenido importantes desarrollos. Baste recordar la teoría guattariana de los agencements machiniques [agenciamientos maquínicos], que recorre un poco todo su pensamiento y que influye fuertemente en el diseño filosófico de Mil mesetas. 

Puede que lo más significativo de estas propuestas filosóficas sea el hecho de que su aplicación –homogéneamente materialista pese a diversas versiones en las que se presenta– ha mostrado características nuevas, irreductibles a cualquier clasificación pretérita. Es cierto que desde hace mucho el materialismo no se exhibe ya con la apariencia épica con la que lo elaboraron los autores de las Luces, de Holbach a Helvetius, y además ha asimilado aspectos decididamente dinámicos de la física del siglo XX. Con todo, el materialismo se presenta ahora, en las teorías que hemos referido, caracterizado por una impronta “humanista” que lejos de renovar apologías idealistas del “hombre” está determinada por un interés por el cuerpo, por su singularidad y por su densidad en el pensamiento y en la acción. El materialismo se presenta hoy como una teoría de la producción, ampliamente comprometida con los aspectos cognitivos y con los efectos de hibridación cooperativa de la producción misma. ¿Es la mutación del modo de producción, que pasó de predominio de lo material a la hegemonía de lo inmaterial, lo que ha producido estas derivaciones del pensamiento filosófico? Al no ser adepto de las teorías del reflejo, no lo creo: en cambio, estoy convencido de la concrescencia del modo de producción digital y de esta fuerte modificación en la tradición materialista. Con una consecuente observación que permite adelantar una respuesta a la pregunta planteada al inicio: ¿la “apropiación del capital fijo” es una metáfora política? Lo es seguramente, cuando de esta afirmación se deriva, por ejemplo, una definición de “potencia”, en términos políticos, eventualmente constituyentes, y la apropiación del capital fijo deviene la base analógica para la construcción de un sujeto ético y/o político, adecuado para una ontología materialista del presente y para una teleología comunista del porvenir.

EN EL TRABAJO COGNITIVO, EL TRABAJO VIVO, EL SUJETO PUEDE SER SIMULTÁNEAMENTE MATERIA Y MOTOR ACTIVO DE ESTE CAPITAL FIJO.

3. Sin embargo, no siempre el desarrollo del tema de la I “apropiación del capital fijo” resulta ser metafórico. Marx mostró cuánto la sola colocación del trabajador al frente (al mando) del medio de producción le modifica, además de la capacidad productiva, la figura, la naturaleza, la ontología. Clásica es, desde este punto de vista, la narración marxiana del pasaje de la “manufactura” a la “gran industria”. En la manufactura hay aún un principio “subjetivo” en la división del trabajo, y esto significa que el obrero se ha apropiado del proceso productivo después de que el proceso productivo era adaptado al obrero (El capital I, 2); en cambio, en la gran industria, la división del trabajo es solo “objetiva”, se anula el uso subjetivo/ artesano de la máquina (El capital I, 2) y la maquinaria se constituye contra el hombre (El capital I, 2), la máquina se muestra contendiente, antagonista del obrero (El capital II, 2) o, incluso, la máquina reduce al obrero a ani- mal de trabajo (El capital III, 1). Y sin embargo, en Marx también hay un punto de partida diferente: reconoce que el trabajador y el medio de trabajo se configuran además como una construcción híbrida (El capital I, 1) y que las condiciones del proceso productivo constituyen en gran parte las condiciones de vida del trabajador, su “forma de vida” (El capital III, 1). El concepto mismo de productividad del trabajo implica una conexión estrecha y dinámica entre capital variable y capital fijo (El capital III, 1), y los descubrimientos teóricos –añade Marx– son recuperados en el proceso productivo a través de la experiencia del trabajador (El capital III, 1). Más adelante daremos una conclusión sobre el modo en que Marx entiende, en El capital, la apropiación del capital fijo por parte del productor. Ahora bien, quiero enfatizar que al análisis de Marx en El capital subyacen las argumentaciones de los Grundrisse, es decir, la teorización del general intellect como materia y sujeto del proceso productivo: este descubrimiento condujo a mostrar cuán central es la materia cognitiva al producir y cómo el mismo concepto de capital fijo es transformado por ella. Cuando Marx afirma que el capital fijo –que en El capital es entendido generalmente como el complejo de máquinas– se transforma en el “hombre mismo”, anticipa el desarrollo que tendrá el capital en nuestro tiempo. Si bien el capital fijo es el producto del trabajo y no otra cosa que el trabajo apropiado por el capital, aunque el capital se apropie gratuitamente de todo esto, en algún momento del desarrollo capitalista el trabajo vivo comienza a ejercer su poder para invertir esta relación. El trabajo vivo empieza a mostrar su prioridad respecto al capital y al management capitalista de la producción social, aun cuando esto no pueda ser necesariamente llevado hacia afuera del proceso. En otras palabras, cuando deviene un poder social cada vez mayor, el trabajo vivo funciona como actividad crecientemente independiente, fuera de las estructuras disciplinarias que el capital comanda: no solo la fuerza de trabajo, sino también, de manera más general, la actividad vital. Por un lado, la actividad humana y su inteligencia pasadas son acumuladas, cristalizadas como capital fijo; pero por otro lado, invierten el flujo: los seres humanos son capaces de reabsorber el capital en sí mismos y en su vida social. El capital fijo es el “hombre mismo” en ambos sentidos.

Aquí, la apropiación del capital fijo no es ya una metáfora, sino que se transforma en un dispositivo que la lucha de clase puede asumir y que se impone como un programa político. De hecho, en este caso el capital deja de ser una relación que objetivamente incluye al productor imponiéndole a la fuerza su dominio: la relación capitalista contiene ahora una contradicción última: la de un productor, o una clase de productores que la ha, parcial o totalmente –en todo caso, efectivamente–, despojado de los medios de producción, imponiéndose ella misma como sujeto hegemónico. La analogía con la emersión del Tercer Estado en las estructuras del Ancien régime es utilizada por Marx en la reconstrucción histórica de la relación capitalista, y evidentemente se presenta de manera explosiva, revolucionaria.

4. En este punto debemos centrar la atención en las nuevas  figuras del trabajo, sobre todo en aquellas que crean los propios trabajadores en las redes sociales. Las capacidades productivas de estos trabajadores se han visto incrementadas en un nivel exponencial porque su cooperación es cada vez más intensa. Ahora veamos lo que aquí sucede. En la cooperación, el trabajo se abstrae cada vez más del capital; esto es, tiene una mayor capacidad de organizar la producción misma, autónomamente y, de manera particular, en relación con las máquinas, aunque permanece subordinado a los mecanismos de extracción del trabajo por parte del capital. ¿Es esta autonomía la misma que hemos reconocido en las formas de trabajo autónomo en la primera fase de la producción capitalista? Nos parece claramente que no. De hecho, la hipótesis es que ahora existe un grado de autonomía que no se refiere solo al proceso de producción, sino que también se impone en sentido ontológico: es decir que el trabajo conquista una consistencia ontológica aun cuando esté subordinado completamente al dominio capitalista. ¿Cómo podemos comprender una situación en la que empresas productivas –temporalmente continuas y espacialmente extendidas– e invenciones colectivas y cooperativas por parte de los trabajadores, terminan siendo fijadas como valor extraído por el capital? Es difícil si no nos desligamos de metodologías lineales y deterministas y no asumimos un método que se articule a través de dispositivos. Si lo hacemos, podemos reconocer que, en esta situación, la relación entre los procesos productivos en manos de los trabajadores y los mecanismos capitalistas de valorización y de dominio están cada vez más separados. El trabajo ha alcanzado tal nivel de dignidad y de poder que puede potencialmente rechazar la forma de valorización que le es impuesta y así, aunque bajo el dominio del capital, puede desarrollar la propia autonomía.

Los poderes crecientes del trabajo pueden ser reconocidos no solo en la expansión y en la creciente autonomía de la cooperación, sino también en la mayor importancia que se da a los poderes sociales y cognitivos del trabajo en las estructuras de la producción. El primer elemento, una cooperación extendida, se debe seguramente al incremento del contacto físico entre los trabajadores digitales en la sociedad informatizada, pero todavía más (como siempre Paolo Virno nos insta a pensar) a la formación de una “intelectualidad de masa”, animada por las competencias lingüísticas y culturales, por las capacidades afectivas y por las potencias digitales. No es casual, segundo elemento, que esta capacidad y esta creatividad del trabajo aumenten la productividad. Consideremos ahora cuánto ha cambiado el papel del conocimiento en la historia de las relaciones entre capital y trabajo. Como ya vimos, en la fase de la “manufactura”, el conocimiento del artesano era empleado y absorbido en la producción como una fuerza separada, aislada, y por lo tanto subordinada en una estructura organizativa jerárquica. En la fase de la “gran industria”, por el contrario, los obreros eran considerados incapaces del conocimiento necesario para la producción, que estaba entonces centralizado en el management. En la fase contemporánea del general intellect, el conocimiento tiene una forma multitudinaria en el proceso productivo, aun si, desde el punto de vista del patrón, ese conocimiento pueda ser aislado como lo era el conocimiento artesano en la manufactura. En realidad, desde el punto de vista del capital, todavía es un enigma el modo en que el trabajo se autoorganiza, incluso cuando esto se convierte en la base de la producción.

Para seguir adelante, un ejemplo: una importante figura del trabajo asociado está hoy oculta en el funcionamiento de los algoritmos. Junto con la propaganda incesante que afirma la necesidad del dominio capitalista y los sermones sobre la inhallable alternativa a este sistema de poder, frecuentemente oímos el elogio al rol de los algoritmos. Pero ¿qué es un algoritmo? En primer lugar, es capital fijo, una máquina nacida de la inteligencia cooperativa social, un producto del general intellect. A pesar de que el valor de una actividad productiva es fijado en el proceso social de extracción del plustrabajo por parte del capital, no hay que olvidar que la fuerza del trabajo vivo está en la base de este proceso. Sin trabajo vivo no hay algoritmo. Y, no obstante, los algoritmos presentan también numerosas características nuevas: este es un segundo punto.

Consideremos el PageRank de Google, tal vez el algoritmo mejor conocido y el que más lucro genera. El rango de una página web está determinado por el número y la calidad de los vínculos [links]; alta calidad significa un vínculo a una página que tenga ella misma un alto rango. PageRank es entonces un mecanismo para incorporar el juicio y el valor concedido por los usuarios a los objetos de Internet. “Cada link es una concentración de inteligencia”, escribe Matteo Pasquinelli. Una diferencia relevante que presentan los algoritmos como el PageRank consiste en el hecho de que mientras las máquinas industriales cristalizan la inteligencia pasada en forma relativamente fija y estática, estos algoritmos añaden continuamente inteligencia social a los resultados del pasado, de modo que crean una dinámica abierta y expansiva. Es como si la máquina algorítmica misma fuera inteligente, pero no es verdad; más bien está abierta a las continuas modificaciones de la inteligencia humana. Cuando hablamos de “máquinas inteligentes”, debemos entender que se habla de máqui- nas capaces de absorber inteligencia continuamente. Un segundo rasgo distintivo es que el proceso de extracción de valor establecido por estos algoritmos es cada vez más abierto y socializado de tal manera que borra los confines entre el trabajo y la vida. Lo saben bien los usuarios de Google… Y, por último, otra diferencia entre los procesos productivos estudiados por Marx y este tipo de producción de valor consiste en el hecho de que la cooperación hoy no es ya impuesta por el patrón, sino generada en las relaciones entre los productores. En la actualidad podemos hablar realmente de una reapropiación del capital fijo por parte de los trabajadores y de una integración de las máquinas inteligentes bajo un control social autónomo; lo encontramos por ejemplo en el proceso de construcción de algoritmos orientados a la autovalorización de la cooperación social y de la reproducción de la vida.

Podemos añadir que aun cuando los instrumentos cibernéticos y digitales son puestos al servicio de la valorización capitalista, aun cuando la inteligencia social es puesta a trabajar y llamada a producir subjetividades obedientes, el capital fijo está integrado en los cuerpos y en los cerebros de los trabajadores y se vuelve su segunda naturaleza. Siempre, desde el nacimiento de la civilización industrial, los trabajadores han poseído un conocimiento más íntimo e interior de las máquinas y de los sistemas de las máquinas que el conocimiento que los capitalistas y sus mánagers hayan jamás podido tener. Hoy, estos procesos de apropiación obrera del conocimiento pueden llegar a ser decisivos. No se realizan simplemente en los procesos productivos, sino que son intensificados y concretizados a través de la cooperación productiva en los procesos vitales de circulación y socialización. Los trabajadores pueden apropiarse del capital fijo mientras trabajan y pueden desarrollar esta apropiación en sus relaciones sociales, cooperativas y biopolíticas con otros trabajadores. Todo esto determina una nueva naturaleza productiva, y significa una nueva “forma de vida” situada en la base de un nuevo “modo de producir”.

PERO ¿QUÉ ES UN ALGORITMO? ES CAPITAL FIJO, UNA MÁQUINA NACIDA DE LA INTELIGENCIA COOPERATIVA SOCIAL. SIN TRABAJO VIVO NO HAY ALGORITMO.

5. Para ir un poco más a fondo en este argumento y para I eliminar el aspecto utópico que, si no daña nuestro dis- O curso, a veces parece confundirlo, consideremos cómo algunos estudiosos del capitalismo cognitivo organizan la hipótesis de la apropiación del capital fijo. David Harvey por ejemplo estudia esta apropiación a través del análisis de los espacios de asentamiento y cruce de las metrópolis por parte de los cuerpos que trabajan: desplazamientos del capital variable que tienen efectos radicales sobre las condiciones y sobre las prácticas de los cuerpos sometidos y, con todo, capaces de movimientos autónomos y de autonomía en la organización del trabajo. Este análisis es todavía muy superficial. Mucho más incisivo es el que sugería André Gorz, deshaciendo la compleja trama de explotación y alienación, al subrayar que las potencias intelectuales de la producción se forman en el cuerpo social. La liberación de la alienación social impulsa la capacidad de actuar subjetivamente/intelectualmente en la producción. Más adelante, siguiendo esta línea, no sorprende descubrir que hoy “la parte del capital llamado ‘intangible’ (no solo la investigación y el desarrollo, sino también la educación y la sanidad) supera a la del capital material en el stock global de capital y se ha convertido en el elemento determinante del crecimiento económico” (Vercellone). El capital fijo se encuentra actualmente dentro de los cuerpos, inscrito en ellos y al mismo tiempo subordinado a ellos (y tanto más lo será cuando consideramos “actividades como la investigación o el desarrollo de software en las que el trabajo no se cristaliza en un producto material separado del trabajador, sino que permanece incorporado al cerebro e indivisible de la persona”. Laurent Baronian alcanza un punto culminante cuando, regresando a El capital y al análisis de la relación productiva, generaliza la potencia de los cuerpos y de las mentes haciendo de su figura asociada el elemento determinante del capital fijo. Aquí el capital fijo es la cooperación social. Aquí, las fronteras de la relación entre trabajo vivo y trabajo muerto (es decir, entre capital variable y capital fijo) se confunden definitivamente.

De hecho –así concluye Marx en El capital– si desde el punto de vista del capitalista, capital constante y capital variable se identifican bajo la rúbrica del capital circulante (El capital III, 1) y si para el capitalista la única diferencia esencial existe entre capital fijo y capital circulante (El capital III, 1), entonces, desde el punto de vista del productor, capital constante y capital circulante se identifican bajo la rúbrica del capital fijo y la única diferencia esencial existe entre capital variable y capital fijo: ahora bien, es en el capital fijo donde el capital variable pone todo su interés de reapropiación.

Las condiciones emancipadoras de la cooperación del trabajo vivo, por tanto, se invierten y ocupan de manera creciente los espacios y las funciones del capital fijo.

Continuando con Vercellone y Marazzi sobre este punto, lo que llamamos capital inmaterial o intelectual está en realidad esencialmente incorporado en los humanos y por ello corresponde de modo fundamental a las facultades intelectuales y creativas de la fuerza de trabajo. Nos encontramos ante un trastorno de los conceptos mismos de capital constante y de composición orgánica del capital heredados del capitalismo industrial. En la relación C/V [constante/variable] que designa matemáticamente la composición orgánica social del capital, es de hecho V, la fuerza de trabajo, la que aparece como principal capital fijo y, para retomar una expresión de Christian Marazzi, se presenta como “cuerpo-máquina” de la “fuerza de trabajo”. Ya que, precisa Marazzi, “además de ser la sede de la facultad de trabajo, contiene en sí también las funciones típicas del capital fijo y de los medios de producción en cuanto sedimentación de saberes codificados, conocimientos históricamente adquiridos, gramáticas productivas, experiencias, es decir, trabajo pasado”.

6. Subjetividad maquínica: así, por ejemplo, podemos calificar a los jóvenes que entran espontáneamente en el mundo digital. Concebimos aquí lo maquínico en contraste no solo con lo mecánico, sino también con una noción de realidad tecnológica separada e incluso opuesta a la sociedad humana. Félix Guattari explica que si tradicionalmente el problema de las máquinas ha sido visto como secundario respecto a la cuestión de la techné y de la tecnología, nosotros debemos sobre todo reconocer que el problema de las máquinas es primario y que precede al de la tecnología. Nosotros podemos, continúa, ver la naturaleza social de la máquina: “En cuanto ‘la máquina’ se abre a un ambiente maquínico y mantiene toda suerte de relaciones con sus constituyentes sociales y con las subjetividades individuales, el concepto de máquina tecnológica debe ser extendido al de agencements machiniques, de ensamblajes maquínicos”. Lo maquínico entonces no se refiere ya a una máquina individual, aislada, sino siempre a un ensamblaje. Para comprender esto pensemos en los sistemas mecánicos, esto es, en las máquinas conectadas e integradas con otras máquinas. Enseguida añadamos la subjetividad humana e imaginemos a los humanos integrados dentro de relaciones maquínicas y a las máquinas integradas dentro de los cuerpos humanos y en la sociedad humana. Y, en fin, Guattari junto con Deleuze conciben los ensamblajes maquínicos como progresivos, incorporando todo género de elementos humanos y de singularidad humana y no-humana. El concepto de maquínico en Deleuze/Guattari es, en una forma diferente, el concepto de producción en Foucault; ambos captan la necesidad de desarrollar, fuera de la identidad espiritualista, subjetividades de conocimiento y acción y de demostrar cómo estas emergen de producciones materialmente interconectadas.

En términos económicos, lo maquínico aparece claramente en las subjetividades que surgen cuando el capital fijo es reapropiado por la fuerza de trabajo, esto es, cuando las máquinas materiales e inmateriales y el conocimiento que cristalizan la producción social pasada son reintegrados en las subjetividades sociales que cooperan y producen en el presente. Los ensamblajes maquínicos son así en parte incorporados y recogidos en la noción de “producción antropogenética”. Algunos de los economistas marxistas más inteligentes, como Robert Boyer y Christian Marazzi, caracterizan la novedad de la producción económica contemporánea –y el pasaje del fordismo al posfordismo– centrándose en “la production de l’homme par l’homme” [la producción del hombre por el hombre] en contraste con la noción tradicional de producción de mercancías por medio de mercancías. Crece la centralidad de la producción de subjetividad y las formas de vida para la valorización capitalista y esta lógica conduce directamente a las nociones de producción cognitiva y biopolítica. Lo maquínico extiende ulteriormente este modelo antropogenético con el fin de incorporar varias singularidades no-humanas en los complejos que produce y son produci- dos. Más precisamente: cuando decimos que el capital fijo es reapropiado por los sujetos trabajadores, no decimos simplemente que aquel se transforma en su posesión, sino sobre todo que es integrado a ensamblajes maquínicos, constituyentes de subjetividad.

Lo maquínico es siempre un ensamblaje, una composición dinámica del humano y de otros seres, pero la potencia de esta nueva subjetividad maquínica es solamente virtual mientras no sea actualizada y articulada en la cooperación social y en el común. Si la reapropiación del capital fijo ocurriese individualmente, transfiriendo propiedad privada de un individuo al otro, no constituiría sino un quitar a Fulano para pagar a Mengano y no tendría ningún significado real. Cuando, por el contrario, la riqueza y la potencia productiva del capital fijo son apropiadas socialmente y se las traslada de la propiedad privada al común, entonces el poder de las subjetividades maquínicas y de sus redes cooperativas puede ser plenamente utilizado. La dinámica maquínica de ensamblaje, las formas productivas de cooperación y la base ontológica del común son implicadas de la manera más estrecha.

Cuando vemos a los jóvenes de hoy, absorbidos en el G común, determinados con sus potencias maquínicas en la  cooperación, debemos reconocer que su verdadera existencia es resistencia. El capital está obligado a reconocer esta dura verdad. Eso puede consolidar económicamente el desarrollo del común que es producto de las subjetividades, de las cuales el capital extrae valor; pero el común se construye a través de las formas de resistencia y de los procesos que reapropian el capital fijo. La contradicción se hace cada vez más evidente. “Explótate a ti mismo”, dice el capital a las subjetividades productivas, y estas responden: “Nosotras deseamos valorizarnos a nosotras mismas, gobernar el común que producimos”. Ningún obstáculo a este proceso –ni la sospecha de obstáculos virtuales– puede impedir el choque que se aproxima. Si el capital puede expropiar valor solo de la cooperación de las subjetividades y estas se resisten a la explotación, el capital debe entonces elevar el nivel de dominio e iniciar operaciones de extracción de valor del común cada vez más arbitrarias y violentas. Es a esta transición a la que nos conduce la temática de la reapropiación del capital fijo.

 

CUANDO DECIMOS QUE EL CAPITAL FIJO ES REAPROPIADO POR LOS SUJETOS TRABAJADORES, NO DECIMOS SIMPLEMENTE QUE AQUEL SE TRANSFORMA EN SU POSESIÓN, SINO SOBRE TODO QUE ES INTEGRADO A ENSAMBLAJES MAQUÍNICOS, CONSTITUYENTES DE SUBJETIVIDAD.

 

Naomi Klein: “Solo una renuncia de Biden puede frenar a Trump. Ha enfurecido a los jóvenes al apoyar el genocidio en Gaza”

La ensayista, referente de los descontentos con la globalización, reflexiona en su nuevo libro sobre las realidades paralelas catapultadas por internet y recreadas en la política, en los medios y por la inteligencia artificial

Por Iker Seisdedos

La primera vez fue en 2011, en un baño público próximo a la acampada de Occupy Wall Street.

―“¿Has oído lo que ha dicho Naomi Klein?”, le preguntó una mujer a otra, indignada por unas críticas a la manifestación de ese día.

Klein, que las escuchó tras la puerta de uno de los cubículos y no había dicho nada al respecto, las corrigió al salir: “Me parece que estáis hablando de Naomi Wolf”.

Entonces, la confusión aún tenía cierto sentido. Ambas se llamaban Naomi y eran escritoras de izquierdas “de libros de grandes ideas”: feminismo, en el caso de Wolf, autora del éxito El mito de la belleza; los descontentos de la globalización, en el de Klein. Las dos eran judías de pelo largo moreno. Hasta sus parejas compartían nombre: Avram. Pero, después, Wolf se deslizó por el abismo de las conspiraciones, se hizo antivacunas, negacionista electoral, y empezó a aparecer en el programa de Steve Bannon, ideólogo del trumpismo y líder de la internacional nacionalpopulista. Cayó, como la Alicia de Lewis Carroll, en la madriguera, y la confusión trascendió el mero incordio hasta inspirar un poemilla que se hizo viral: “Si la Naomi es Klein / todo bien / si la Naomi es Wolf [pronúnciese Wulf] / uuuuf”.

Así que Klein (Montreal, 53 años) decidió durante la pandemia que debía escribir un libro a partir de “La otra Naomi”. Se titula Doppelganger, como cierto arquetipo de la literatura, no solo fantástica, que resulta de combinar en alemán Doppel (doble) y Gänger (caminante) y que Freud describió como “esa especie de miedo que parte de lo que antaño conocíamos bien, pero que de pronto se torna ajeno”. Editado por Paidós y traducido por Ana Pedrero e Ignacio Villoro, llega en español a las librerías.

Gracias a sus exitosos ensayos No Logo (1999), manifiesto contra la globalización corporativa, y La doctrina del shock (2007), sobre Milton Friedman y su recetas para el (capitalismo del) desastre, Klein se erigió en una de las voces más influyentes de la generación altermundialista del cambio de siglo, la que salió a las calles en Seattle, Génova y Porto Alegre, y volvió a hacerlo una década después para acampar en las plazas de Madrid a Nueva York. A la lucha contra la negación del futuro que trajo el cambio climático a los hijos de aquellos manifestantes dedicó Klein su activismo de la década siguiente (y los libros Esto lo cambia todo y En llamas, también en Paidós).

Doppelganger es otra cosa: una memoria personal e intelectual de la pandemia, una historia cultural sobre la idea del doble (de Doctor Jekyll y Mister Hyde a Vértigo o la magistral novela de Philip Roth Operación Shylock) y un tratado sobre la desinformación y cómo internet nos incita a crear nuestros propios clones para alimentar una cierta identidad de marca personal. Trata sobre ver cómo personas a las que creías conocer regresan radicalmente cambiadas de un día para otro de los rincones más oscuros de las redes sociales, y sobre quedarse “sin palabras” ante las teorías de la conspiración. El resultado es un brillante artefacto sobre el mundo en el que vivimos, con su difusión de la realidad y su abono para el extremismo, que no escatima críticas a la suficiencia de la izquierda y a la dialéctica del “nosotros contra ellos”.

La auténtica Naomi Klein estaba el jueves pasado poco después del amanecer esperando en el pintoresco puerto de Sechelt la llegada del único pasajero del hidroavión de línea que cubre el trayecto desde Vancouver. Estaba previsto que la entrevista se celebrara en la universidad de la ciudad canadiense, donde imparte una asignatura sobre justicia climática, pero hubo que reprogramar el encuentro debido a una tormenta de nieve.

Klein se mudó desde Estados Unidos junto a su esposo y su hijo a este remoto rincón de la costa sur del Pacífico canadiense durante la pandemia para “estar cerca de sus padres”. Fue entonces cuando empezó a obsesionarse con su doble, y a recibir clases de escritura. “Doppelganger”, explicó al volante de su 4X4, que condujo por carreteras nevadas, “surgió del deseo de escribir diferente. Estaba aburrida de la no ficción tradicional y deprimida de lo que esta era capaz de lograr. No me veía con fuerzas para hacer otro libro-alerta sobre que solo nos quedan cinco años para evitar la catástrofe climática”.

PREGUNTA. De la creadora de eslóganes como “no logo” o “capitalismo del desastre”, llega ahora el “mundo del espejo”. ¿Cómo lo define?

RESPUESTA. Tiene que ver con el concepto del doppelganger. Hemos creado una suerte de partición de la sociedad, una línea divisoria entre “ellos y nosotros”. El mundo del espejo no es solo donde Bannon y Wolf viven con sus teorías de la conspiración, es también una dinámica que se ha establecido entre el centro-izquierda y la derecha alternativa. Son como realidades paralelas, con medios, editoriales, redes y discusiones que discurren sin tocarse. Se reflejan, pero no se cruzan.

P. ¿Como uno de esos espejos de la comisaría para ver sin ser visto?

R. En cierto modo. Bannon y los suyos observan a la izquierda, estudian a quién dejan atrás y qué argumentos conviene absorber para su proyecto político. Es parecido a lo que hace Georgia Meloni, en Italia.

P. O Vox, en España.

R. Son todos parte de la red internacional de Bannon. Vengo de los movimientos antiglobalización, y me llama mucho la atención cómo ciertas ideas nuestras han sido absorbidas por esa extrema derecha para retorcerlas. Señalan entre sus enemigos a los globalistas, los bancos o las compañías tecnológicas, pero no desde la crítica anticorporativa, sino para atacar a los migrantes, a los vulnerables. Recogen argumentos abandonados por el centro y la izquierda para absorberlos en provecho de la agenda fascista. Bannon me interesa como síntoma de un cambio sísmico en la derecha del que forma parte Trump. Como cerebro de una operación internacional, ha superado a la izquierda estadounidense, tan provinciana. No saben mirar más allá de la frontera.

P. Todos conocemos a alguien que cayó por la madriguera y que vuelve irreconocible, atiborrado de teorías conspirativas.

R. Hay un cierto engreimiento de la izquierda cuando recurre a esa imagen. Dicen: “No, nosotros no hemos caído por la madriguera, la realidad está de nuestra parte, estamos comprometidos con la libertad, con la ciencia”. En el fondo, es una distracción pensar que se está en el lado correcto del espejo. Por eso también hablo en el libro de las “zonas de sombra”, a las que preferimos no mirar, pero que demuestran que vivimos en un mundo basado en la explotación, la contaminación y el colonialismo, y que nadie es inocente. En los días de No logo, se trataba de llamar la atención sobre algo inadvertido. Ya no podemos fingir que no tenemos toda la información.

P. ¿Y qué demonios pasó con la realidad?

R. Me hace gracia la pregunta de qué es la realidad. Se la hice al escritor ojibwe Jesse Wente. Me dijo: “La realidad es una montaña”. Tal vez necesitemos volver a lo básico, porque ya no estoy segura de que Canadá sea real o de que el dinero lo sea. No sé lo que es la realidad, pero sé que las montañas son reales.

P. En su investigación, viajó a las catacumbas de internet. Escribe: “Los teóricos de la conspiración se confunden en los hechos, pero aciertan con las emociones”. ¿Entendió por qué la gente acaba absorbida por el agujero? ¿Le tentó dejarse caer?

R. Las teorías de la conspiración satisfacen un impulso de entender, aunque las razones sean incoherentes. Es natural que la gente busque respuestas. Yo misma las busco, dibujo mapas para explicar el mundo a partir de sistemas como el capitalismo o el colonialismo, porque esos sistemas lo explican mucho mejor que una conspiración que dice que los judíos, los chinos o los miembros del Club Bilderberg se reunieron en Davos para urdir una pandemia para enriquecer a las farmacéuticas. Ojalá fuera culpa de Bill Gates: sería más fácil resolver los problemas deshaciéndonos de él. Cuanto más estudias el capitalismo, más resistente te haces a las conspiranoias. La única forma de contrarrestar la cultura de la conspiración es reconocer que la gente tiene buenas razones para sospechar y sentirse traicionada. Necesitan un chivo expiatorio, y eso es peligroso. En momentos de gran quebranto colectivo, como los años treinta o ahora, la gente quiere explicaciones a por qué se torcieron las cosas. Si no llegan a un análisis que invite a buscar juntos una solución, empiezan los conflictos. Y la cosa se puede poner muy fea. Me parece que estamos en ese punto.

P. Cuando alguien como Wolf se pasa al otro lado… ¿busca recuperar lo que perdió en este? John Milton decía: “Mejor reinar en el infierno que servir en el cielo”.

R. Hay algo perverso en saber constantemente qué de lo que vendes funciona. Todos estamos pendientes de esa retroalimentación inmediata en las redes sociales. En el caso de Wolf, creo que fue esencial el oprobio al que fue sometida tras la publicación de su libro de 2019 [Outrages, en el que interpretó erróneamente archivos sobre supuestas ejecuciones por sodomía en la Inglaterra victoriana]. Le quedó muy claro que nunca más iba a colocar otro ensayo en los cauces tradicionales. Pero lo cierto es que ha escrito dos más, más uno a medias con Bannon. Tal vez no te enteraste, porque sucedió en el mundo del espejo. No creo, con todo, que lo haga por dinero. Tiene que ser porque piensa que es lo correcto, aunque sea como parte de un delirio increíble.

P. ¿Cómo reaccionó a la publicación de Doppelganger?

R. Lo achacó a una conspiración para destruir su reputación, como si ella misma no la hubiera destruido sola. La conspiración es la siguiente: mi marido [el cineasta y periodista Avi Lewis, que en 2021 se presentó a las elecciones federales en Canadá] trabaja para empresas farmacéuticas, cuando en realidad se limitó a hablar en unos eventos para extender la cobertura de la sanidad universal en Canadá, que no es exactamente lo que las farmacéuticas desean. También descubrió que mi suegro fue el embajador de la ONU para el sida en África. Eso aparentemente lo convierte en agente de las farmacéuticas. Según esa teoría, ambos me pidieron que escribiera este libro para atacarla. No le hago mucho caso, aunque su marido me preocupa más: tiene más armas.

P. ¿Cree que es buena idea proscribir a gente de las redes sociales o que eso los hace más fuertes? Wolf se presenta a sí misma en X como “la que ha sido expulsada ocho veces y sigue teniendo razón”.

R. No es verdad que se pueda desplataformizar a alguien. No existe el poder de expulsarlos de todas las redes que existen. La derecha ha sabido cómo convertir esos vanos intentos en condecoraciones.

P. En el libro define las redes sociales como un “baño global asqueroso y poblado de gente”. En el caso de Twitter, el retrete es además propiedad de Elon Musk.

R. Desde que lo compró, es mucho peor. Parte del problema es que hemos dejado de confiar en los medios. Cuanto más nos fiamos de esas plataformas corporativas para obtener información, más se agrava ese problema.

P. Parece que una parte de la juventud ve la extrema derecha como algo excitante frente a la izquierda, aburrida y mojigata. Como quien disfruta más con un monólogo bestia de Ricky Gervais que con chistes políticamente correctos.

R. Es cierto, y es peligroso. Tiene que ver con la pasión censora de la izquierda, esa vigilancia del discurso y la crueldad que despliega cuando alguien se pasa de la raya. Podríamos hablar de la cultura de la cancelación, si no fuera un concepto tan cargado. No tengo duda de que a veces incorpora un cierto elemento de matonismo, que tiende a orillar a cualquiera que se salga de la raya. No soy la única persona en la izquierda a la que eso le preocupa. Puede que a esos jóvenes la izquierda les resulte asfixiante, un lugar en el que un error puede hacer que tus amigos se vuelvan contra ti, y que crean que la derecha es ese ámbito en el que es posible estar en desacuerdo, aunque no sea verdad. En ambos lados del espejo hay control, pero creo que la derecha aprovecha mejor esa estrategia para sumar gente a su causa. Ojalá en la izquierda pensáramos más en cómo engordar nuestras filas en lugar de en cómo depurarlas. Ese es parte del problema de las universidades, donde se ha normalizado cancelar discursos de personas con las que no estás de acuerdo. El discurso sobre Palestina está ahora siendo severamente restringido. Y libramos esa batalla por la libertad de expresión con una mano atada, porque las mismas personas que dicen que no se censure ese discurso intentaron cancelar a [el pensador conservador canadiense] Jordan Peterson hace unos meses. Hoy basta que alguien que se considere una víctima se sienta mal para que algo ya no se pueda decir. Esa política de la diferencia está sirviendo para censurar cantos como “Desde el río hasta el mar” o la exhibición de banderas palestinas en los campus.

P. Visto en perspectiva, el principio de la pandemia fue una ilusión para quienes creían que íbamos a salir mejores de ella. Mientras, en el otro lado del espejo se iban cargando de odio por las mascarillas o las vacunas. Total: salimos peores.

R. Hubo algo de belleza, y al mismo tiempo destapó nuestras contradicciones: aplaudíamos a los sanitarios, pero acumulábamos papel higiénico. El problema con el capitalismo es que nos mantiene en un estado de pánico, escasez e inseguridad, y alienta nuestro egoísmo. Por eso creo en trabajar para cambiar ese sistema. No hay un futuro si mantenemos el statu quo; las cosas tendrán que cambiar, y están cambiando. A diferencia de mis libros anteriores, Doppelganger no tiene tan claro su enemigo; podría ser yo misma. Es un ensayo más íntimo. Es una amenaza tanto o más grave que la de cualquiera de mis otros libros o incluso que todos ellos juntos. Y es una historia de terror.

P. La pandemia fue el shock definitivo, y, al mismo tiempo, ese momento en el que la extrema derecha se apropió de sus teorías de La doctrina del shock para afirmar que, como en Chile en los 70 o tras el huracán Katrina, el poder se estaba aprovechando de nuestros miedos para introducir cambios de calado…

R. Fue como vivir una experiencia extracorpórea. Pero la doctrina del shock continúa. En la Argentina de Milei o tras los incendios de Maui de este verano, que se usaron para engordar el mercado inmobiliario. Y pasa ante nuestros ojos en Israel.

P. ¿Se está cometiendo un genocidio en Gaza, como defiende Sudáfrica ante el Tribunal Internacional de Justicia?

R. Me parece que manejan un caso muy robusto. El mayor argumento son esos funcionarios israelíes hablando públicamente de despoblar Gaza y de la necesidad de reasentar a cientos de miles, si no millones, de palestinos. Si eso no es una limpieza étnica, no sé lo que es. Lo que está haciendo Israel es el ejemplo más claro y violento de la doctrina del shock que quepa imaginar: tenemos a un gobierno de extrema derecha con planes explícitos y esperanzas de despoblar Cisjordania y específicamente Gaza, que siempre ha sido la mayor amenaza demográfica para la idea de una mayoría judía. Emplearon inmediatamente el 7 de octubre para impulsar sus sueños y ambiciones más radicales. Ojo, no estoy diciendo que fuera una conspiración, sino una oportunidad para un grupo de personas extremadamente oportunistas. Y sí, creo que toda esa operación se ajusta a la definición de genocidio.

P. En Doppelganger cuenta una vista suya a Gaza, en la que fue hostigada por el ejército israelí. ¿Le sorprendió el ataque del 7 de octubre?

R. Fue una sorpresa para todos, también para Netanyahu. Porque había estado allí y conozco la arquitectura [de la ocupación], entendí por qué hubo quien lo equiparó con la fuga de una prisión. Por supuesto, me horrorizó ver el alcance de la masacre de Hamás. Como alguien que ha sido parte de los movimientos de solidaridad palestina durante mucho tiempo, sé lo importante que es para Palestina que el derecho internacional signifique algo; de eso trata el caso de Sudáfrica. Esas convenciones son tan poderosas como la fuerza moral tras ellas. Por eso me preocupó también en esos días ver a algunas personas de izquierda hablar con indiferencia sobre las violaciones del derecho internacional [de Israel]. Escribí sobre eso, y me atacaron. No era la primera vez, pero sí la primera en que esos ataques provenían también de la izquierda.

P. ¿Está creciendo el antisemitismo en Norteamérica?

R. Crecen todos los discursos del odio. La derecha usa el verdadero antisemitismo como arma, para justificarse. Escucho a judíos mayores convencidos de que tienen a la turba a la puerta de casa. Creo que les meten ese miedo para que apoyen a Israel acríticamente.

P. Trump ha firmado una victoria aplastante en el inicio de las primarias. ¿Hay algo que pueda interponerse en su camino hacia la Casa Blanca?

R. Honestamente, solo una renuncia de Joe Biden. Ha enfurecido tanto a los votantes jóvenes al apoyar el genocidio de Israel en Gaza, que dudo de que pueda ganar. Por no hablar de los electores árabes en Estados clave como Míchigan y Pensilvania.

P. Al releer No logo, hay ideas que ahora suenan naíf. No tanto por culpa del libro como de la brutal evolución del turbocapitalismo. Escribió sobre el poder de las marcas, pero no vio que todos acabaríamos convertidos en una.

R. Era algo que les empezaba a pasar a los famosos. Entonces parecía ridículo pensar que todos podríamos cultivar nuestra marca. ¿Cómo? ¿Poniendo anuncios en el periódico? No existían Instagram o TikTok. Y míranos ahora: no conozco a nadie que no se sienta frustrado por lo que tiene que hacer para alimentar su imagen en la Red. Esto está teniendo un impacto profundo en nuestra comprensión de lo que es la vida o para qué sirven las amistades.

P. Lo que era imposible de prever es el auge de películas sobre marcas, de Air a Tetris, y que una de ellas, Barbie, se colocara en el centro de un debate cultural de aparente calado sobre feminismo.

R. Barbie es como un subidón de azúcar. A todos nos gusta mientras sucede. Pero luego te sientes mal, avergonzada, con una resaca Barbie. Todas esas películas que planea hacer Mattel… me recuerdan a la inteligencia artificial, otra expresión de nuestra era de doppelgangers: es una máquina de duplicación y mimetismo, que remezcla la cultura de una manera que puede parecer innovadora, pero no lo es.

Elpais.com

Mis prisiones y el futuro de Rusia

Por Yurii Colombo

Boris Kagarlitsky, sociólogo, politólogo y activista de izquierda ruso de renombre internacional, salió de prisión después de cuatro meses. Afortunadamente, sólo fue condenado a una multa por “respaldar el terrorismo”. Sin embargo, ya no puede enseñar ni ejercer actividades profesionales en Rusia.

La oposición respiró aliviada pues el disidente se enfrentaba hasta a seis años de prisión a pesar de tener 65 años. Si bien no podemos entrar en detalles sobre el caso, hablamos con Boris sobre su experiencia en prisión y su opinión sobre el estado general del país.

Se trata de la primera entrevista de Boris dese su salida de la prisión de Siktyvkar (República de Komis), situada a 1.300 km de Moscú, y estamos contentos de poderla publicar en Naufraghi/e, que ya le había entrevistado el año pasado. En italiano está publicado su libro  L’impero della periferia. Storia critica della Russia dalle origini a Putin y en la próxima primavera se publicará su nuevo libro, La lunga ritirata una amplia reflexión sobre la derrota de la izquierda europea y sus perspectivas.

Resumamos, para las y los lectores que no pudieron seguir tu historia de cerca, los motivos que llevaron a tu detención.

Oficialmente fui acusado de haber “aprobado el terrorismo”. Como prueba de mi presunto delito utilizaron un fragmento de un vídeo en el que comentaba el ataque ucraniano al puente de Crimea en octubre de 2022. El título del vídeo era «El saludo explosivo del gato del puente». Me refería a un gato que vive en este puente y del que todos los blogueros hablaron cuando Putin llegó a Crimea el día antes de la explosión. Fue sólo una broma sarcástica, nada más. Ante esto, incluso el juez tuvo que reconocer que no había ninguna aprobación del terrorismo por mi parte, aunque obviamente no podía absolverme. De hecho, los motivos de mi arresto fueron diferentes a los declarados oficialmente. En efecto, a mediados del año pasado se puso en marcha una campaña para cerrar la boca a todas las personas más o menos conocidas que criticaban al gobierno, ya fueran de izquierdas o de derechas. No sólo fui arrestado yo, sino también una figura reaccionaria como Igor Strelkov, por ejemplo.

De todos modos, terminaste pasando cuatro meses y medio en prisión

Sí, pero no era la primera vez. Fui encarcelado durante la era soviética, bajo Brezhnev, cuando formé “clubes socialistas”, luego en 1993 y nuevamente en 2001. Debo decir que algo ha cambiado para mejor desde entonces….

Cuéntanos cómo son las prisiones rusas. En Occidente tenemos la idea de que pueden parecerse a algo lúgubre, a medio camino entre las celdas del imperio zarista y los barracones de los gulags

Hay que decir de entrada que en Rusia existen diferentes formas de detención, más o menos duras. Afortunadamente me encontré en una de las celdas mejor equipadas. Éramos cuatro y al que, por así decirlo, le iba mejor era a un detenido que llevaba más de seis años en espera de juicio. Ya estaba muy bien organizado y tenía su propio televisor y frigorífico, que obviamente había comprado de su propio bolsillo. Era muy respetado en la prisión. Así, por ejemplo, los guardias no podían meter en su celda a un preso que no fuera de su agrado. Pero es, recordemos, una prisión para presos en espera de juicio. Luego están los campos de detención, es decir los lugares donde cumples tu condena si eres declarado culpable, que son mucho peores. Se trata a menudo de establecimientos aislados en el bosque y en los que existe la obligación de trabajar. Pero siempre hay subterfugios: a un preso que estuvo allí conmigo aunque ya había sido condenado se le permitió quedarse como cocinero. Esto era una ventaja porque, como conocido, siempre te garantizaba una ración mayor. También se podía comprar comida en el economato (que de todos modos era muy cara) y pedir pizzas fuera, pero llegaban al día siguiente, frías, por supuesto.

¿Cómo era tu relación con los otros prisioneros? En Rusia estamos acostumbrados a que todo el mundo tenga miedo de hablar de temas “prohibidos” como la guerra o la corrupción del poder

En prisión nadie tiene miedo de hablar. Después de todo, ¿a qué más te podrían condenar? Desde este punto de vista, es paradójicamente un oasis de libertad. En general, los presos tienen una actitud muy crítica ante lo que sucede en el país. No he conocido a nadie que estuviera entusiasmado con la guerra en Ucrania. Pero hay que hacer una observación: la persona que se declara contra la guerra puede, al mismo tiempo, estar dispuesta a ir a luchar porque eso le permite salir de la cárcel. Especialmente los presos que deben cumplir una pena de más de cinco años intentan aprovechar esta posibilidad. Si la sentencia es más corta, prefieren quedarse en prisión y no arriesgar su pellejo. También conocí a un prisionero que había ido a Ucrania como voluntario y fue arrestado nuevamente a su regreso. Sin embargo, él también estaba en contra de la guerra.

En Rusia, ¿están separados los presos de derecho común de los presos políticos?

En la época soviética existía esta separación, hoy ya no es así. Hoy la división en las prisiones rusas es diferente. Se separa a los que crean problemas de los que no, a los que son de “baja calidad” de los que son de “alta calidad”. Violadores, narcotraficantes, etc. obviamente se consideran de “baja calidad” y ciertamente no llevan una buena vida tras las rejas. Dos de las personas que estaban conmigo en la celda fueron acusadas de asesinato, pero provenían de «capas sociales respetables», eran antiguos empresarios y, por lo tanto, todavía se les consideraba de «alta calidad».

¿En cuanto a las relaciones con el mundo exterior, por ejemplo la correspondencia?

Yo recibía correspondencia. Por supuesto, pasaba por la censura. Se bloquearon dos cartas porque me informaban que había un rumor sobre la muerte de Putin. También podía escribir. Podía escribir cuatro artículos, que obviamente no tenían nada que ver con “temas candentes”. Alguien empezó a animarme a escribir “diarios de prisión”, pero ¡me negué y respondí que no tenía intención de permanecer en prisión mucho tiempo como Gramsci!.

¿Es posible recibir libros en prisión?

Para los libros, la cosa está complicada. Está la biblioteca interna, pero sólo contiene literatura, no obras documentales. Incluso desde fuera sólo podemos recibir literatura. Otro problema es que no existe un catálogo de la biblioteca de la prisión. Entonces tienes que solicitar un título al azar y después de un tiempo el bibliotecario te dice si el título está disponible o no. Solía preguntar a mis compañeros de celda qué habían leído, lo que me daba una idea de qué pedir. Leemos mucho en prisión para pasar el tiempo. Ninguna obra de no ficción, peor que en Italia durante el fascismo. El primer mes y medio la bibliotecaria estuvo enferma y no pude pedir nada. Luego me apañé.

Como sociólogo, ¿qué has aprendido sobre la composición social de los presos? ¿Son estos principalmente proletarios o subproletarios?

Sí, muchos proletarios, pero también muchos funcionarios en prisión por corrupción. También estaba el ex teniente de alcalde de un pequeño pueblo. Estuvo en prisión por asesinato. Había matado a alguien sin querer durante una pelea de borrachos que siguió a una fiesta en la ciudad. También se encontraban varios empresarios vinculados a organizaciones criminales. Por supuesto, muchos trabajadores, parados, jóvenes. Un caleidoscopio de toda la sociedad rusa. Muchos delitos están relacionados con los ingresos. A ingresos inexistentes o insuficientes para vivir.

Al vivir en Moscú, casi se tiene la impresión de que en Rusia no existe la delincuencia y de que el régimen se esfuerza por dar una imagen de tranquilidad y seguridad. Incluso los periódicos “principales” no informan sobre casos de delitos.

Ese no es realmente el caso. Todas las noches se emite por televisión el programa «Dejurnaja Cast» (Estación de servicio), muy seguido por los reclusos, en el que se habla de criminalidad. Luego hay un programa policial diario de una hora de duración en la televisión local en el que muchos reclusos reconocen a amigos y familiares involucrados en algún mal asunto…

¿Qué pasa con los inmigrantes?

Por supuesto, hay muchos inmigrantes en prisión. La mayoría son uzbekos, y mucho menos kazajos. Representan aproximadamente entre el 15 y el 20% de la población penitenciaria. Luego están los elementos de la diáspora postsoviética, principalmente de origen azerí.

¿Esta condición, digamos “extrema”, te ha llevado a reflexionar sobre la sociedad rusa en general? 

En prisión tienes la oportunidad de conocer gente que normalmente no conocerías. En mi opinión, a muchas personas encarceladas no se les puede llamar criminales. No tienen esta “tendencia intrínseca” hacia la criminalidad. Se trata en su mayoría de personas que cruzan los límites de la legalidad con relativa facilidad. Personas para las que las pequeñas infracciones a la ley son habituales y que tarde o temprano acaban arrestadas. Por ejemplo, hubo un joven que se peleó con sus vecinos porque ponían música muy alta. No era un criminal, sino una persona a la que le resultaba fácil resolver sus diferencias de esta manera. Para estas personas, cruzar ciertos límites no es tan grave.

Te conozco como una persona optimista, tanto a nivel individual como político. Después de esta experiencia, ¿todavía lo sigues siendo?

Sí, soy optimista por naturaleza. Estaba convencido de que no permanecería mucho tiempo en prisión y así fue. Tengo motivos para ser optimista. Si crees que te sucederán cosas buenas, aumentan las posibilidades de que realmente sucedan.

¿Sabes que alguien incluso bromeó sobre tu encarcelamiento en las redes sociales: “El poder no sabe lo que significa arrestar a Kagarlitsky”? ¡Durante la URSS Brezhnev murió casi inmediatamente después de que te detuvieran!

…¡e pensad que después de mi último arresto comenzó a correr el rumor de que Putin estaba muerto y que el que vimos en la televisión era solo un doble!

Incluso Gorbachov, antes de morir, tituló su autobiografía “Sigo siendo optimista”.

Sinceramente, historias como la mía no suelen acabar bien. Me ayudó mucho el hecho de ser profesor universitario, politólogo y sociólogo, conocido en el extranjero. Y eso no es todo, me ayudó la campaña de opinión pública a mi favor. Incluso algunas personalidades del poder pensaron que era mejor dejarme ir, que mi caso les estaba perjudicando más que beneficiándolos. Pero si a un activista provincial de izquierdas o de derechos civiles le hubiera pasado lo mismo, nadie le habría ayudado. Por ejemplo, había un activista en prisión que había criticado al gobierno en su blog y que cumplía una condena de cinco años y medio de prisión por el mismo delito.

En mi caso la cosa fue bien y estoy feliz, pero la injusticia sigue siendo evidente. Desde un punto de vista político, puedo decir lo siguiente: en las elecciones presidenciales de marzo, Putin seguramente será reelegido, pero el simple hecho de que una parte de la opinión pública piense que está muerto y que está siendo sustituido por un doble dice mucho sobre la credibilidad de estas elecciones. La gente cree en el sistema mucho menos que hace seis años. Por primera vez la gente piensa en el fondo que estas elecciones no son legítimas. La situación también es diferente para la nomenklatura burocrática. La burocracia está cansada de tener que resolver los problemas que crea constantemente el Kremlin. Por ejemplo, mucha gente piensa que estas elecciones son inútiles cuando tienen otros problemas que afrontar. En las provincias, este malestar es aún más evidente que en Moscú. Se trata de un fenómeno nuevo.

Rusia está al borde de una crisis en la que el mayor peligro no proviene del pueblo sino de la burocracia. Esta última tiende cada vez más a sabotear los proyectos gubernamentales, a frenarlos. Más adelante el pueblo también se movilizará, pero por ahora el principal factor desestabilizador es la burocracia. El poder es incapaz de resolver los problemas. Continúa por el camino de la represión y la propaganda y acumula problemas. Como dice un proverbio ruso: “para curar a los enfermos, rompen el termómetro”. Piensan que si no los abordan, los problemas se resolverán solos. La oposición no puede conocer el nivel de los problemas acumulados, pero lo más interesante es que el gobierno tampoco lo conoce. Nadie sabe cuándo y cómo esto se convertirá en protesta social. Pero lo cierto es que, por diferentes razones, todas las clases en Rusia hoy están descontentas e indecisas.

Yurii Colombo

https://naufraghi.ch/le-mie-prigioni-e-il-futuro-della-russia/

Traducción al francés (CS revisada en profundidad) de la entrevista con B. Kagarlitsky en italiano http://www.europesolidaire.org/spip.php?article69293

https://entreleslignesentrelesmots.wordpress.com/2024/01/13/mes-prisons-et-le-futur-de-la-russie/

Traducción: Faustino Eguberri para viento sur