Jun Fujita Hirose: ¿Cómo imponer un límite al capitalismo?

El filósofo japonés observa que el capitalismo está en la etapa final de un nuevo proceso de destrucción creativa y en el traspaso de la hegemonía estadounidense a la china con un correlato de financierización, economía verde, digital y precarización absoluta de las vidas.

La destrucción creativa quiere decir destruir los viejos capitales y crear, al mismo momento, los nuevos capitales”, sostiene Jun Fujita Hirose, filósofo y crítico de cine japonés en un español que se desenreda a borbotones de sus labios tras pasar sus ideas del japonés al francés (es docente de ese idioma en su país) y luego a nuestra lengua. “Se trata de una transición doble, una transición de la hegemonía sobre la economía mundial, y una transición de la materia prima más importante”.

“En la historia moderna, la hegemonía pasó de Portugal a España, de España a Holanda, de Holanda a Inglaterra y de Inglaterra a los Estados Unidos, al mismo tiempo que la materia central y estratégica de la organización económica pasó del oro a la plata, de la plata al viento, del viento al carbón, del carbón al petróleo. El capitalismo, en cuanto apropiación directa de la producción por el capital, apareció en la segunda mitad del siglo XVIII, con la transición de Holanda a Inglaterra y del viento al carbón, y efectuó por sí mismo un nuevo cambio a finales del siglo XIX, cuando la acumulación del capital llegó al límite bajo la hegemonía inglesa, con el carbón como materia principal. A posteriori, el capitalismo quedó en manos del régimen estadounidense y petrolero durante más de cien años”, expresa en las conclusiones de su libro ¿Cómo imponer un límite absoluto al capitalismo? Filosofía política de Deleuze y Guattari, editado por Tinta Limón Ediciones y que estuvo presentando en Buenos Aires y Santiago de Chile a fines de agosto.

“El capitalismo empezó con un régimen inglés y carbónico, pero cien años después de este comienzo llegó a su límite. En ese momento el capitalismo realizó otra destrucción creativa, que consistió en la transición de la hegemonía de Inglaterra a Estados Unidos y del carbón al petróleo. Un siglo más tarde, el proceso de acumulación del capital, llegó nuevamente al límite y está intentando hacer una nueva transición de la hegemonía de Estados Unidos a China y con los metales raros como materia paradigmática, en reemplazo del petróleo. Con el nombre de capitalismo verde están buscando hacer esta nueva transformación”, sostiene Jun, profesor en la Universidad Ryukoku (Kioto).

“A finales de los años 60, ya ese límite estaba presente. El crecimiento económico se detuvo tanto en Japón como en Europa y Estados Unidos.  Durante los últimos 50 años, el capitalismo, para soportar el límite, impuso a los países periféricos un intercambio desigual y se produjo un proceso de  financierización de los capitales industriales –entre otros procesos–. Por ejemplo: Toyota tiene muchas ganancias financieras. Vende los coches con los seguros; sin la venta de los seguros la empresa no se podría soportar”, describe Fujita.

 

Cómo imponer un límite al capitalismo

Hay una serie de movimientos sociales en muchas partes del mundo en el año 2019 –Chile, Francia con los gilets jaunes, el Líbano– que impusieron un límite rechazando todas estas prótesis que el capitalismo utilizó en estos cincuenta años. El conjunto de estos “aparatos” se llama neoliberalismo. Los movimientos populares impusieron un límite al capitalismo rechazando al neoliberalismo”.

“La transición verde y digital en curso, acelerada después de la pandemia, es una respuesta a este límite impuesto por los movimientos populares”, propone Jun. “Si no quieren neoliberalismo, no hay problema, les damos capitalismo verde. El capitalismo está haciendo una serie de proposiciones verdes (descarbonización, neutralización del carbono, etc.) al mismo tiempo que está llevando a cabo mega proyectos extractivistas”.

“En el momento actual de destrucción creativa del capital, se están formando dos grandes máquinas de guerra en paralelo: la de lxs trabajadorxs metropolitanxs abandonadxs por los viejos capitales en destrucción o depreciación y la de los pueblos minoritarios que luchan en los mismos puntos de crecimiento de los nuevos capitales. No debemos dejar que el capital se apropie de la máquina de guerra metropolitana para masacrar a los pueblos minoritarios en defensa de sus territorios y de sus comunidades; tampoco debemos dejar que el capital, bloqueado en su desarrollo industrial por el enfrentamiento con la máquina de guerra minoritaria, desemboque en una continuación ampliada de la financierización de la economía por medio de una expansión cuantitativa ilimitada, lo cual no solo multiplicaría empresas zombis, bullshit jobs y productos de obsolescencia programada, sino que precarizaría aún más la vida de las masas empobrecidas del mundo, al convertir todas las cosas –incluso las necesidades primarias– en objetos de especulación. Si el capitalismo perece, lo hace por ahogo. Él solo se ahoga cuando las dos máquinas de guerra se articulan en alianza transversal y obstruyen de antemano todas las salidas posibles para el capital”, propone Jun, en las conclusiones de este libro sobre el que estuvimos conversando.

Viet Thanh Nguyen: “Los thrillers abren nuevas posibilidades a la política y la filosofía”

Este año, el escritor estadounidense nacido en Vietnam publicó en español El idealista, su novela más reciente. En entrevista, habla sobre el colonialismo, la identidad y las dificultades de la integración.
Por Mauricio Ruiz
Julio de 1981 en Francia. El primer presidente socialista del país, Francois Mitterrand, ha cumplido apenas dos meses en el poder. La guerra entre Iraq e Irán lleva un año, la invasión soviética en Afganistán, dos. El mundo se recupera de la crisis petrolera del 79 luego de la Revolución islámica en Irán, y Ronald Reagan está en la Casa Blanca. Ese es el mundo que da trasfondo a El idealista (Seix Barral, 2022), la más reciente novela de Viet Thanh Nguyen, escritor naturalizado estadounidense nacido en 1971 en Vietnam.
Vo Danh (que literalmente significa “Sin Nombre”) deja su país, pasa un tiempo en un campo de refugiados en Indonesia, y llega a Francia el 18 de julio de 1981, cuatro días después del Día de la Bastilla. Avanza por las calles como una sombra, una silueta que da desconfianza a muchos franceses: Vo Danh es un refugiado.

En esa ciudad que le es hostil, Vo Danh entra, casi por inercia, al mundo de las drogas y todo lo que eso conlleva. Thanh Nguyen entiende el crimen de una forma inusual, parece casi disfrutarlo. Ve el crimen organizado como un nexo de unión entre las diversas comunidades integradas por inmigrantes argelinos descontentos, prostitutas camboyanas, y matones vietnamitas.

Ya en su anterior novela, El simpatizante, ganadora del premio Pulitzer de ficción, Thanh Nguyen muestra una mirada que sabe detenerse en los resquicios de las identidades en flujo, la multiplicidad que existe en un mundo cada vez más globalizado. Conversé con Thanh Nguyen durante el Festival Hay 2022 en Querétaro.

TU NOVELA EXPLORA EL TRÁFICO DE DROGAS, SUS CAUSAS Y EFECTOS EN LA SOCIEDAD. EN EL PROCESO DE CREACIÓN DEL PROTAGONISTA Y DE SU SITUACIÓN, ¿QUÉ APRENDISTE SOBRE EL PROBLEMA SOCIAL DE LA DROGADICCIÓN, EL NARCOTRÁFICO Y SU RELACIÓN CON EL CAPITALISMO?

Creo que el tráfico y el consumo de drogas se consideran pecados en muchas sociedades. Los hemos catalogado como algo reprobable. Y esto tal vez sea especialmente cierto en Estados Unidos. Hay mucho moralismo involucrado, así como elementos políticos y económicos. Es como el sexo. Ocurre en todas partes, mucha más gente de lo que creemos lo hace, pero no queremos hablar de ello. Para mí, por tanto, se convierte en algo muy político. Las cosas que la sociedad quiere hacer pero de las que no quiere hablar son profundamente políticas.

Si pensamos en la historia del consumo de drogas, no es simplemente una cuestión de elección individual, sino que ha habido una parte de colonialismo y de conflicto. La razón por la que me gustan los thrillers –El idealista es de ese tipo– es porque son muy entretenidos, muy violentos. Abren nuevas posibilidades a la política y la filosofía, porque tenemos que preguntarnos: ¿cuál es el mayor crimen de todos? ¿Es peor crimen el del adolescente que te vende marihuana en una esquina, o el del capitalista colonialista que te ha quitado tu país, tu trabajo, tu dinero, y te explota? Eso es lo que simboliza para mí el tráfico de drogas. Permite a los poderosos ponerle la etiqueta de reprobable a ese chico de la esquina.

Francia financió su imperio en Indochina a través de la droga. Los mayores traficantes de drogas de la historia del mundo no son los adolescentes de la esquina: son estos estados colonizadores que han utilizado las drogas para financiar sus imperios. Eso es lo que se revela en El idealista. Se convierte en un tema global porque el protagonista está en Francia, se ve envuelto en un delito de drogas, pero en realidad se refiere a lo que hicieron los franceses en Vietnam. La CIA aparece en esta novela, y es que la CIA traficaba drogas en Laos durante la guerra de Vietnam, también en Centroamérica en los años 80, al mismo tiempo que se desarrolla esta novela. Quise establecer esta trama porque espero que mi tercera novela, la última de esta trilogía, comience en Centroamérica. En ella veremos la continuidad de estas drogas y lo que representan.

EN LA NOVELA EXPLORAS A PROFUNDIDAD LAS IDENTIDADES MÚLTIPLES, POTENCIALMENTE CONFLICTIVAS. ¿CÓMO RESUELVE UNA PERSONA ESE TIPO DE CONFLICTOS?

Como resultado de la colonización que ha ocurrido durante varios siglos, la situación que describes es mucho más común de lo que imaginamos. Esa mezcla ya existía. Es el flujo natural en el mundo, es la realidad humana.

Pero choca con la realidad política, que significa que tenemos naciones estado y fronteras. Esos estados se identifican con una etnia, con una apariencia o un aspecto. A pesar de que Estados Unidos, por ejemplo, es un país multicultural con todo tipo de poblaciones, se sigue presentando como blanco ante el mundo. No es la realidad y, sin embargo, es la realidad porque gente blanca es la que controla el poder.

La política de cada nación estado determina cómo esas diferencias de identidad que describes se convierten en situaciones donde se produce la violencia.

Porque las personas que viven en la misma zona normalmente podrían llevarse bien a pesar de todas sus diferencias. Pero entonces alguien llega y les dice: “Tú eres del grupo X, y aquellos son del grupo Y, tienes que odiarlos”. Eso es lo que provoca el conflicto. Para mí, es importante hablar de estos temas, porque mucha gente quiere definir las diferencias como una cuestión de cultura, que los conflictos son de esa naturaleza. Yo no estoy de acuerdo. Creo que los conflictos son geopolíticos y las diferencias culturales se convierten en los síntomas del conflicto. ¿Cómo resolvemos estas diferencias culturales? Resolviendo el conflicto geopolítico. Eso es mucho más difícil.

EN ESTADOS UNIDOS MUCHA GENTE QUE ES CONTRARIA A LAS VACUNAS, A LA INMIGRACIÓN, A LA INTERVENCIÓN DEL GOBIERNO, DICE QUE ESTÁ SIENDO “CANCELADA” POR ACTIVISTAS WOKE DE LA IZQUIERDA. ¿ES ESTO UN PROCESO NATURAL EN UNA DEMOCRACIA? ¿SE PUEDE LOGRAR UN EQUILIBRIO?

Creo que el debate sobre la cancelación versus el movimiento woke se ha convertido en algo binario: aquí está un lado, aquí está el otro, como si solo uno de ellos estuviera haciendo la cancelación y el otro fuera el “despierto”. Pero creo que estos son solo términos que la gente utiliza para estigmatizar al otro y también –esto es muy importante en la era actual de la polarización– para evitar que la gente piense en cómo sus propias creencias e ideologías padecen los mismos problemas.

Yo me identifico con la izquierda y pienso que debemos criticar a otras personas cuando son racistas, pero creo que a veces lo hacemos demasiado rápido. Eso es un fallo humano, no ideológico. Independientemente de la ideología en la que nos encuadremos, todos somos propensos a culpar al otro bando e ignorar lo que hace el nuestro. Eso es lo que intento mostrar en mis novelas.

Por supuesto que hay que elegir bandos, eso forma parte de la política. Pero como escritor me interesa no solo elegir bando, sino también criticar cuando alguno de ellos no está a la altura de sus ideales. Cuando un escritor hace eso, se pone tanto dentro como fuera de la política, y esa es una posición peligrosa. Porque es más fácil tomar un bando político e ignorar las complejidades y contradicciones que hay dentro de él.

Por eso con mis novelas recibo críticas de todos lados. Los estadounidenses dicen que soy antiamericano, los vietnamitas dicen que soy proamericano y anticomunista, y los refugiados vietnamitas-americanos dicen que soy comunista. Pero los comunistas vietnamitas no piensan lo mismo. Si dices la verdad sobre cada bando, lo que estás reconociendo es que cada uno tiene su propia ideología, sus aspectos positivos, sus debilidades y también sus fracasos. Pero nadie quiere oír eso sobre su propio bando.

¿Y ESO ES INEVITABLE?

Sí. Creo que el debate en torno al movimiento woke sufre justamente de eso. Todo el mundo quiere acusar a los demás de cancelación, cuando la realidad es que cada bando quiere anular la ideología contraria. Por supuesto que los demócratas y la izquierda quieren cancelar el racismo y el sexismo, pero los republicanos quieren cancelar a los homosexuales, a los inmigrantes, etc.

ALGUNOS CRÍTICOS DE LOS MODELOS ECONÓMICOS ACTUALES HAN DICHO QUE ES MÁS PROBABLE QUE LA VIDA HUMANA ACABE EN EL PLANETA ANTES QUE EL CAPITALISMO.

Es una premisa muy interesante, una gran novela de ciencia ficción. Sí, creo que la vida humana puede convertirse en inteligencia artificial y puede subsistir después de nosotros con los mismos valores capitalistas de conquista, consumo y destrucción. De hecho, lo que he visto en las mejores ficciones científicas distópicas es que eso es exactamente lo que ocurre. La inteligencia artificial nos da miedo porque hace aflorar los peores aspectos del carácter humano. Nos aterra no porque sea diferente a nosotros, sino precisamente porque es como nosotros. Excepto que la inteligencia artificial es más poderosa y violenta que nosotros. Creo que es una posibilidad real. El mayor logro de la civilización capitalista es continuar su existencia por todos los medios posibles.

¿POR QUÉ EL CAPITALISMO Y LA CULTURA DEL CONSUMISMO HAN TENIDO TANTO ÉXITO?

Porque surgieron en el mismo lugar, al mismo tiempo que un tipo muy específico de tecnología militar. No es que el capitalismo y el consumismo sean las mejores formas de vivir y organizar las sociedades. Surgieron junto con los cañones y la pólvora y los barcos de vapor que permitieron a Europa occidental –y eventualmente a Norteamérica– imponer este sistema al resto del mundo a través de la violencia y la conquista. El capitalismo y el consumismo son formas de violencia sobre nosotros mismos, porque nos hacemos daño a nosotros aun cuando encontramos el placer que nos ofrece el consumo.

EN TU NOVELA HAY PERSONAJES DE ARGELIA Y DEL ÁFRICA OCCIDENTAL FRANCESA. ¿CÓMO LOS CREASTE?

Viví un tiempo en París. La parte de la ciudad que me gusta es donde vive gente de color. Las zonas donde han llegado las personas procedentes de los países colonizados por Francia. Cuando los turistas van a París les gusta ir a las partes más blancas de París: el barrio Latino, el Louvre y esas zonas. Y esa es la cara de la civilización que a Francia le gusta presentar al mundo. Pero la civilización francesa no habría sido posible sin la colonización francesa. Es esa dinámica entre civilización y colonización la que está en el centro de mi obra.

Quería escribir una novela en París que no fuera la novela estereotipada que creo que escriben muchos estadounidenses, que celebra a la Ciudad de la Luz. Quería mirar lo que hay debajo. ¿Qué ocurre cuando se desconecta la Ciudad de la Luz y se mira a todas las demás poblaciones que están allí? No es que cuando eso ocurre lo que exista sea una especie de utopía. Porque cuando reúnes a la gente pobre, a la gente víctima de la colonización, puede haber tanto conflicto como algo que genere nuevas posibilidades. En mi novela, el narrador quiere acercarse a los argelinos y decirles: “Mira, todos somos hermanos que hemos sido colonizados”. Y los argelinos responden: “No, tú eres mi enemigo”. Esa es la dificultad. Los que han sido colonizados deberían unificarse para formar una nueva sociedad solidaria, pero nos tenemos miedo, nos confrontamos de forma violenta. El idealista trata de esos desafíos: ¿Cómo superamos nuestro pasado de colonización? ¿Podemos formar una nueva forma de solidaridad?

Juan Grabois: “Estamos para transformar la realidad, no para contenerla”

Uno de los principales referentes de los movimientos sociales argentinos promueve una economía popular donde “haya tierra, techo y trabajo” para todos

Por FEDERICO RIVAS MOLINA
Juan Grabois (Buenos Aires, 39 años) es uno de los dirigentes sociales más influyentes de Argentina. Cercano al papa Francisco, apoya a la expresidenta Cristina Kirchner, pero con matices. Abogado, criado en una familia acomodada, renunció a todo para ponerse al frente del Movimiento de Trabajadores Excluidos (MTE) y de la Confederación de Trabajadores de la Economía Popular (CTEP). Grabois está de regreso de una gira por Europa, donde comparó experiencias comunitarias. En esta entrevista con EL PAÍS, realizada en su oficina en Buenos Aires, habla de la relación del peronismo con los movimientos piqueteros, de la necesidad de una economía popular en un país con 36% de pobres y del peligro de que las organizaciones sociales sean solo una vacuna contra un eventual estallido social.

Pregunta: ¿En qué consiste la economía popular?

Mike Davis: “La desesperación no sirve de nada”

A lo largo de varias décadas, Mike Davis, el escritor del sur de California, ha documentado obsesivamente el lado obscuro del Estado Dorado: sus incendios forestales, terremotos, promotores inmobiliarios megalómanos y violentos departamentos de policía.

En ensayos como The Case for Letting Malibu Burn [Defensa de que arda Malibú] Davis ha argüido que los desastres naturales de California no son verdaderamente naturales, sino que son resultado de la codicia, el racismo y la falta de previsión de los agentes de poder de la región. En City of Quartz -publicado en 1990, dos años antes de la revuelta de Rodney King- describía Los Ángeles como un estado policial de supremacía blanca que se había comercializado con éxito como un paraíso.

Se le motejó de “profeta de la fatalidad” » y algunos le tildaron de ser excesivamente crítico, un izquierdista delirante. Pero en los últimos años, las advertencias de Davis sobre la destrucción ecológica y social han empezado a sonar cada vez más proféticas. A medida que California se enfrenta a una creciente desigualdad de la riqueza y a la falta de vivienda, conforme estallan nuevas protestas por la violencia policial y las mansiones de Malibú arden una y otra vez, sus escritos no han hecho sino cobrar mayor relevancia.

Todo esto llega mientras Mike Davis se está muriendo. Este verano, este hombre de 76 años suspendió el tratamiento contra el cáncer de esófago y comenzó a recibir cuidados paliativos, por lo que se calcula que le quedan entre seis y nueve meses de vida.

Entrevisté [escribe Lois Beckett, periodista del diario The Guardian] a Davis en su casa de San Diego a principios de agosto pasado, junto a su mujer, Alessandra Moctezuma, conservadora de arte y profesora. A lo largo de más de ocho horas, me contó anécdotas de su infancia de niño de clase trabajadora crecido en El Cajón [ciudad del condado de San Diego], me habló de sus décadas de activismo en los movimientos de derechos civiles y laborales, del modo en que su trabajo como camionero y conductor de autobuses en Los Ángeles influyó en su carrera de escritor tardío, y de sus reflexiones sobre el activismo juvenil, la crisis climática y lo que se siente cuando tu vida termina en un momento sombrío de la Historia.

Davis no quería parecer demasiado grandilocuente respecto a su propia muerte – «La gente no escribe su propio legado, por Dios bendito»- y temía que la morfina que toma para el dolor pudiera entorpecer su memoria enciclopédica o sus dotes oratorias. Pero no tenía de qué preocuparse. Se puso el sol, la batería de mi portátil se agotó al llegar al 0%, y Davis no había terminado de contar historias.

Se ha ganado usted una reputación de historiador con una extraña habilidad para ver lo que está por llegar. En 2005, escribió un libro, Monster at the Door, [Llega el monstruo, Capitán Swing, Madrid, 2020] sobre la amenaza de una pandemia de gripe. Pocos meses antes del 6 de enero [de 2021, fecha del asalto al Congreso norteamericano], advirtió de que la izquierda norteamericana no estaba preparada para los crecientes niveles de violencia socialdel país. ¿Qué es lo que ahora ve que va a venir?

En lo que más pienso estos días es en la muerte de California. En la muerte de sus paisajes emblemáticos. Escribí en The Nation un artículo sobre la razón por la cual son irreversibles estos cambios, sobre cómo gran parte de la belleza del estado podría desaparecer para siempre. Sin árboles ya de Josué. Sin secuoyas.

Me he regocijado toda mi vida con la belleza de California: senderismo, carreras de montaña, viajes por todo el estado. Son tantas las cosas que me gustaría que mis hijos pudieran ver, que pudieran haber visto, que no verán. Y eso, por supuesto, está pasando en todo el mundo.

¿Qué opina de la respuesta que ofrece California a esta destrucción?

[El gobernador de California, Gavin] Newsom se va a presentar a la presidencia, en parte por sus logros en la lucha contra el calentamiento global en California. Cada vez que hay un incendio, sale a declarar: ‘Esto es una advertencia global, y en esto vamos en cabeza, estamos dando el mejor ejemplo’.

Pero hemos superado el punto de inflexión en muchos aspectos, y estamos haciendo muchas cosas equivocadas. No se trata sólo del calentamiento global y la sequía, es el hecho de que dos tercios de las nuevas viviendas construidas en el Oeste norteamericano están en zonas de alto riesgo de incendio, y los demócratas se niegan a hablar de una moratoria en la construcción o incluso de frenar la construcción en la interconexión entre lo urbano y la vida silvestre. A los políticos resulta más fácil decir que apoyan los vehículos eléctricos. El “greenwashing” [“ecoblanqueo”] ha llegado a un punto repugnante. Por doquier, nuestras clases dirigentes carecen de análisis racional alguno o de una explicación sobre el futuro inmediato. Hay un pequeño grupo de personas que ha concentrado más poder sobre el futuro de la humanidad que nunca antes en la historia humana, y carecen de visión alguna, no tienen ninguna estrategia, ningún plan.

La crisis climática, la crisis migratoria y la pandemia nos han mostrado la verdad sobre cómo reaccionan los estados supuestamente democráticos ante acontecimientos que suponen una amenaza global: suben el puente levadizo.

Llevas toda la vida organizando el cambio social. ¿Cómo te enfrentas a un futuro que parece tan sombrío?

Para alguien de mi edad que participó en el movimiento por los derechos civiles y en otras luchas de la década de 1960, he visto cómo se producían milagros. He visto a gente corriente que hacía las cosas más heroicas. Cuando has tenido el privilegio de conocer a tantos grandes luchadores y a tantos resistentes, no puedes arrojar la espada, aunque las cosas parezcan objetivamente desesperantes.

Siempre me han influido los poemas que Brecht escribió a finales de los años 30, durante la Segunda Guerra Mundial, después de que todo hubiera quedado incinerado, con todos los sueños y valores de toda una generación destruidos, y Brecht decía, bueno, es una nueva edad obscura… ¿cómo resiste la gente en tiempos obscuros?

Lo que nos hace seguir adelante, en última instancia, es nuestro amor por los demás, y nuestro rechazo a agachar la cabeza, a aceptar el veredicto, por muy todopoderoso que parezca. Es lo que tiene que hacer la gente corriente, tenemos que querernos, tenemos que defendernos unos a otros, tenemos que luchar.

¿Qué crees que deberían hacer los norteamericanos en este momento?

Organizarse del modo más masivo posible: con desobediencia civil no violenta. En lugar de limitarse a luchar por la legislación medioambiental en el Congreso, que acaba en un proyecto de ley que supone tanto subvencionar a la industria del automóvil y a los combustibles fósiles como cualquier otra cosa, hay que empezar a sentarse en las salas de juntas y en las oficinas de los grandes contaminadores, en todas esas reuniones en las que se sientan los Koch y otros productores de petróleo con los políticos republicanos.

En 2020, se produjeron protestas callejeras masivas en todos los Estados Unidos, y en todo el mundo, después de que la policía matara a George Floyd. Sin embargo, tú has argumentado que la izquierda de los Estados Unidos ha entregado las calles a la extrema derecha. ¿Por qué?

Los republicanos están haciendo un trabajo espléndido al combinar los movimientos de protesta con la política electoral. No se trata sólo de que los republicanos hayan dominado la lucha callejera de baja intensidad, es que han sido capaces asimismo de mantener una dialéctica entre el exterior y el interior de un modo que los demócratas progresistas no han podido.

Nuestros dos hijos [los gemelos de la pareja, que tienen ahora tienen 18 años], como todos sus amigos, se volcaron en Black Lives Matter. Se prestó mucha atención a la participación de los blancos en las protestas, pero creo que la parte más emocionante fue la cantidad de nuevos chicos inmigrantes, latinos, que estaban en el centro de todo. Después del verano de 2020, quedaron un poco huérfanos. Qué hacer, dónde protestar, a qué unirse, cómo concebir la posibilidad de una vida dedicada a luchar por el cambio social…todo eso quedó sin respuesta.

Hay una base para una política de izquierda más activista, más agresiva, pero también más estratégica. Los estudiantes de los institutos del centro de California son un dragón dormido. Si se miden las cosas por las encuestas de opinión, esta generación es más de izquierdas que la de los años 30. Un gran número de personas menores de 30 años dice estar a favor del socialismo o está dispuesta a escuchar argumentos en favor del socialismo. Y eso es asombroso.

Me sorprendió saber que fue en Londres, curiosamente, donde concibió por primera vez el proyecto que se convertiría en City of Quartz, el libro que le dio fama.

Lo pasé verdaderamente mal en Londres, y en mi añoranza, empecé a pensar: ¿cómo podría explicar el sur de California en términos radicales?

El libro es uno de los primeros que la gente recomienda a quien se muda a Los Ángeles. ¿Qué opinión tienes de otros escritores emblemáticos de Los Ángeles?

Algunos de mis favoritos llevan mucho tiempo olvidados. Uno de ellos es Myron Brinig, que escribió esa divertida descripción de los círculos bohemios de Los Ángeles en 1930, titulada Flutter of an Eyelid. Un novelista de Nueva Inglaterra es enviado por su agente a recuperarse en el sol de California. Está en un cóctel, se le acerca una hermosa mujer y él le dice: «¿A qué se dedica, señora?», y ella le responde: «Reparto y acepto el dolor». A partir de ahí es uno parar.

Nunca he sido fan de Joan Didion desde que leí Salvador, un libro horrible, en el que El Salvador aparece como un país de cadáveres, no un pueblo ni una cultura.

Odio a Raymond Chandler, aunque lo he leído y releído muchas veces. Es un fascista, y lo digo en un sentido preciso. Representa al pequeño empresario pisoteado por fuerzas externas. Cada una de sus novelas tiene una parte abiertamente racista. Pero claro, a uno le importa la escritura, y acaba perdonando cosas que realmente no son perdonables. Chandler era un tipo extraño. Está enterrado a una milla de aquí.

¿Has estado en la tumba de Chandler?

Sí. Está justo al lado de nuestro Home Depot [cadena de tiendas para el hogar].

A principios de este verano, la noticia de su decisión de dejar el tratamiento del cáncer se compartió, sin permiso, en Twitter. Esto provocó una avalancha de homenajes a su vida y su obra. ¿Qué ha supuesto leerlos?

Soy de valores bastante anticuados: no hay que ocultar la enfermedad terminal, pero tampoco hay que difundirla. Me han bombardeado con mensajes cariñosos y profundamente conmovedores, pero al mismo tiempo parece que hay una especie de competición sobre quién puede escribir la mejor necrológica. Y entonces recibo cosas como esta: ‘¿Puedo llevar a mi novia la semana que viene? Quiere conocerte antes de que te mueras». Hay alguien que quiere llevar a sus alumnos de viaje y que les hable de mi legado. Es una situación muy extraña.

¿Puede compartir algunos de los mensajes que ha recibido? [Davis toma un montón de papeles de su impresora, abre un cajón y saca otra montón, y empieza a leer pasajes en voz alta].

«No hemos llegado a conocernos nunca, pero, como a mucha gente, su trabajo me ha cambiado. Soy un chico moreno del condado de Orange que ha pasado muchos años tratando de entender y articular el amor complejo pero inquebrantable que siento por nuestro hogar, su hechizada extrañeza, su belleza, su crueldad…»

«He oído que estás en la recta final de, bueno, todo esto. Te escribo desde París unas horas antes de volar de vuelta a Los Ángeles, y sé que cuando hagamos el descenso final a la cuenca de Los Ángeles esta tarde, lloraré suavemente, como hago siempre, tan enamorada del lugar que llamo hogar …»

«Llegaste a mi podcast a finales de 2020 y hablamos mucho sobre la América rural. Ahora mismo mi comunidad está destrozada, porque la semana pasada el este de Kentucky se vio muy afectado por unas inundaciones de esas que se producen cada mil años. Me resulta muy difícil encontrar algo de esperanza en algún lugar. Pero leí esta entrevista que concediste, y me hizo sentir, no necesariamente más esperanzado, pero sí más en paz…»

«Es bastante común que la gente subestime su propio legado. Así que permítame decir que me alegro de que no haya muerto en las barricadas demasiado pronto, antes de que tuviéramos sus maravillosos libros. Al fin y al cabo, ¿no son una especie de barricada para la época?».

Hay tanto amor inmovilizado por ahí. Es realmente conmovedor ver cuánto hay.

¿Qué hacen usted y su familia en este tiempo que les queda?

Evitar esa trampa de que los escritores creen que deben intervenir con unas últimas palabras célebres o un largo ensayo sobre la muerte. Estamos viendo mucho cine negro escandinavo en HBO. En el último mes, he empezado a consumir cantidades inmensas de historia militar, una vuelta a la infancia. Encuentro los contrafácticos -esta batalla, qué decidió, cuál era la alternativa- profundamente fascinantes.

No puedes esperar a morirte en un momento muy heroico. Estaría bien morirse en 1968, o con la liberación de Europa en 1945. Estás en las barricadas en 1917, 1919. Salir de la vida con las banderas rojas ondeando. Pero la desesperación no sirve de nada.

profesor del Departamento de Pensamiento Creativo en la Universidad de California, Riverside, es miembro del Consejo Editorial de Sin Permiso. Traducidos recientemente al castellano: su libro sobre la amenaza de la gripe aviar (El monstruo llama a nuestra puerta, trad. María Julia Bertomeu, Ediciones El Viejo Topo, Barcelona, 2006), su libro sobre las Ciudades muertas (trad. Dina Khorasane, Marta Malo de Molina, Tatiana de la O y Mónica Cifuentes Zaro, Editorial Traficantes de sueños, Madrid, 2007) y su libro Los holocaustos de la era victoriana tardía (trad. Aitana Guia i Conca e Ivano Stocco, Ed. Universitat de València, Valencia, 2007). Sus libros más recientes son: In Praise of Barbarians: Essays against Empire (Haymarket Books, 2008), Buda’s Wagon: A Brief History of the Car Bomb (Verso, 2007; traducción castellana de Jordi Mundó en la editorial El Viejo Topo, Barcelona, 2009) y junto con Justin Akers Chacón, Nadie Es Ilegal, Combatiendo el Racismo y la Violencia del Estado en la Frontera (Chicago, Illinois. Haymarket Books. 2009).

Fuente:

The Guardian, 31 de agosto de 2022

Traducción:Lucas Antón

Paolo Virno: “Aristóteles es mucho menos aburrido que Gilles Deleuze”

El filósofo italiano reflexiona en su último libro sobre un factor de la vida contemporánea: la impotencia; advierte que, al darse en simultáneo con una sobreabundancia de posibilidades, provoca una “parálisis frenética” y “pasiones tristes”

Próximo a cumplir los setenta años, el filósofo, semiólogo, académico y militante italiano Paolo Virno (Nápoles, 1952) ahonda en su reflexión sobre las tensiones de la vida social en el capitalismo, que había abordado en trabajos como Virtuosismo y revolución. La acción política en la era del desencanto, Gramática de la multitud. Para un análisis de las formas de vida contemporáneas y El recuerdo del presente. Ensayo sobre el tiempo histórico. Profesor de Filosofía del Lenguaje en la Universidad de Roma, en la década de 1970 Virno participó de las luchas obreras en su país en agrupaciones de orientación marxista; luego, junto con los demás editores de la revista Metrópoli fue acusado de terrorista y de integrar el grupo Brigadas Rojas. Al pasar varios años en prisión -hasta que fue absuelto- se sumó a una larga serie de filósofos encarcelados que se inició con Sócrates. Su nuevo libro, Sobre la impotencia. La vida en la era de su parálisis frenética, coedición de los sellos Tinta Limón, Tercero Incluido y Traficantes de Sueños, fue traducido y anotado por Emilio Sadier.

Portada de "Sobre la impotencia. La vida en la era de su parálisis frenética", de Paolo Virno
Portada de «Sobre la impotencia. La vida en la era de su parálisis frenética», de Paolo Virno

Lecturas de Aristóteles, Karl Marx, Theodor Adorno, Simone Weil y Ludwig Wittgenstein (al que considera “el más grande del siglo XX” junto con Walter Benjamin) se advierten en Sobre la impotencia. La vida en la era de su parálisis frenética, publicado en Italia en 2021. Para el autor, las formas de vida contemporáneas están marcadas por la impotencia. “Tiene que ver con el espíritu de nuestra época -dice Virno-. Caracteriza nuestras acciones, nuestros discursos, nuestra capacidad de luchar contra la injusticia, y no se debe a una escasez de potencia sino a una sobreabundancia de potencia, es decir, de facultades y habilidades. Una impotencia por un exceso inarticulado, desmedido, que no encuentra maneras adecuadas de traducirse en actos. Las sociedades occidentales están aquejadas por un excedente de potencia que intenta traducirse regularmente en hechos, por lo tanto, en algo constatable y presente”.

Para Virno, la precarización laboral es una de las formas que asume la impotencia en las sociedades contemporáneas
Para Virno, la precarización laboral es una de las formas que asume la impotencia en las sociedades contemporáneas

Una doble incapacidad aqueja a las personas y grupos sociales: por un lado, la de hacer lo que es conveniente y deseado; por otro, la de experimentar frustraciones y desengaños a los que se está expuesto, una “ineptitud para sufrir”. Virno redescubre un concepto crucial para su análisis: el de “límite”. Expresarse, hacer un reclamo laboral, protestar, reivindicar una idea política, cultivar una amistad; estas acciones, dice, requieren ser bien calibradas.

-¿Por qué define nuestra época de parálisis frenética y a la vez de sobreabundancia? ¿Cómo se podría graficar en el terreno social y cuáles son las figuras de la impotencia actual?

-La sobreabundancia es sobreabundancia de potencialidades, de facultades y de capacidades; la parálisis frenética se debe al hecho de que esta relación tan cercana, casi impúdica, con lo que podríamos hacer, sin embargo, no encuentra el modo de traducirse en acciones. Las facultades son probadas en cuanto tales, pero permanecen en ese estado sin devenir un conjunto de acciones. Las dos cosas juntas permiten hablar de sobreabundancia, pero también de parálisis.

-¿En qué medida el deseo “ilimitado” forma parte del problema?

-Albergo cierta desconfianza respecto de la noción de “deseo”, que encuentro vaga y alusiva. Decimos que se tiene el sentimiento, prefiero este término, vivo y agudo de lo que podríamos hacer, decir o pensar. Y, no obstante, este sentimiento conoce una frustración permanente. Esto se ve muy bien, y hablábamos antes de las figuras sociales de la impotencia, en el trabajo precario contemporáneo, que a menudo es un trabajo intelectual, part-time, mal remunerado y que, además, se basa en el trabajo con el lenguaje y la intimidad con los procesos comunicativos y cognoscitivos. Esta intimidad lleva a lo que se llama “deseo”, pero este deseo queda siempre insatisfecho. No me parece que sean excesivos el deseo o el sentimiento de cómo nos gustaría vivir; lo que me parece verdaderamente excesivo e intolerable es el modo en el que se hacen pasar por excesivos, el modo en el que impiden la actualización de nuestra potencia.

-¿Hay salidas de esta situación que usted describe como catatónica e hipnótica?

-Creo que sí. Muchas de las vidas contemporáneas están marcadas por la renuncia, el aplazamiento y la omisión. Muchas personas de nuestro entorno, alguna vez incluso nosotros mismos, pueden dar cuenta de su vida solo por aquello a lo que han renunciado o que han omitido. No es necesario creer que la salida a esta situación sea una exhibición repentina de capacidades decisionales, sino que, más bien, sería necesario aceptar esta costumbre de renunciar pero llevándola hasta la aplicación a sí misma. Está madurando el momento en el cual se renuncia a renunciar y se omite la omisión. La decisión, la capacidad de convertir en realidad actual nuestra potencia, tomará la forma de una renuncia que, antes de aplicarse a las más variadas competencias de las que disponemos, se aplica también a sí misma. Una institución, en el sentido más amplio y menos estatal del término, la concibo como algo que nace de la “renuncia a renunciar”.

-¿Cuál es el valor de la renuncia?

-Todo se reduce en aclarar a qué se renuncia. Si uno renuncia a un conjunto de trabajos precarios y mal pagados, la renuncia se da en el sentido del intento de tratar de realizar las capacidades que poseo. Por el contrario, si quiero proferir cierto discurso y, en cambio, por distintos motivos, también por el bullicio de las tonterías de internet y de los talk-show, se renuncia al discurso que habría podido proferir, entonces es muy triste y confirma la impotencia. Las dimisiones y las renuncias son nociones ambivalentes que pueden tomar un matiz u otro opuesto. Se parecen al éxodo de las condiciones presentes; si la renuncia y las dimisiones se vuelven deserciones, incluso atravesando el desierto, bienvenidas sean la renuncia y las dimisiones.

-¿Cree que la gestión de la pandemia a nivel mundial reforzó la impotencia social?

-La gestión de la pandemia ha funcionado como lo que los químicos llaman “papel tornasol” o papel PH. Ha mostrado algo que ya vivíamos: ha hecho explícito y puesto ante los ojos de todos la renuncia al pasaje de la potencia al acto, incluso el impedimento a dar este paso. Aparte de los muertos y los dramas, la pensaría como un revelador, no como una causa.

-¿Las pasiones tristes hoy se disfrazan de alegres? Usted habla de “solidaridad refunfuñante”, “arrogancia manchada de abatimiento” y “alegría ante los naufragios”.

-A menudo las pasiones tristes que nacen de la impotencia toman la forma de un oxímoron. En todos los estados de ánimo hay siempre filtrado el estado de ánimo del acreedor, por lo que se es acreedor de algo que no se es capaz de exigir: la realización de las propias facultades. Y un acreedor que nunca cobra, cualquiera que sea la tonalidad emotiva que le toca vivir, es alguien distante.

-¿Cuáles son para usted los filósofos de la Antigüedad y del presente de lectura imprescindible?

-He sido un ávido lector, tenaz y no arrepentido, de Marx y de las cosas por las que es conocido, como la crítica de la economía política y su diagnóstico de la modernidad. Siempre me ha impresionado un núcleo especulativo en su pensamiento, es decir, el embrión de una antropología filosófica. Después, naturalmente, he sido aristotélico, considerando a Aristóteles como aquel que ha escrito “el hombre es un pensamiento que desea”, mucho menos aburrido que Gilles Deleuze y, en general, que la Italian Theory. Aristotélico, por tanto, averroísta, pero también lector escrupuloso de ese gran autor que ha tenido la desgracia catastrófica de ser también cristiano y obispo y que se llama Agustín de Hipona. Posteriormente, remontando el tiempo, obviamente Kant, mucho menos Hegel, si bien con este he mantenido un cuerpo a cuerpo infinito, una lucha libre marcada sustancialmente por una sensación de fastidio porque no te deja escapar. Y, por último, la gran filosofía del lenguaje del siglo XX, con nombres hoy menos conocidos, como Gottlob Frege y Ferdinand de Saussure, a condición de usar a este último con mucha determinación y de forma unilateral; en fin, por qué no, Roman Jakobson y ese aristotélico, a su modo averroísta y a su modo kantiano, quizá de forma inconsciente, Ludwig Wittgenstein. El más grande del siglo XX junto con Walter Benjamin.

Matt Huber: El cambio climático como lucha de clases

Militante del DSA (Socialistas Democráticos de América), Huber reflexiona sobre las estrategias para construir ese poder, tomando en parte los desarrollos de Lars Lih sobre estrategia, con los que hemos debatido desde Ideas de Izquierda en varias ocasiones. De estos temas y muchos otros hablamos en una extensa entrevista que nos concedió amablemente y que publicamos completa en video junto a su transcripción.

Estamos muy contentos de estar con Matt Huber. Él enseña geografía en la Escuela Maxwell de Ciudadanía y Asuntos Públicos en la Universidad de Syracuse. Su libro más reciente, sobre el cual realizamos esta entrevista es Climate change as class War [El cambio climático como lucha de clases], que pronto será publicado en español. También es autor de otro trabajo titulado Lifeblood.

Hacemos esta entrevista mientras el último informe del IPCC (Panel lntergubernamental del Cambio Climático) remarca la urgencia de reducir las emisiones de dióxido de carbono por medio de una transición energética, de terminar con la deforestación y con los cambios en el uso de los suelos, ya que la crisis se profundiza y se producen efectos cada vez más rápidos y extremos, tal como vemos en Europa, Estados Unidos y Asia. De hecho, vos decís al comienzo del libro que estamos perdiendo la batalla climática y que esto es una cuestión de poder. Sin embargo, el IPCC de la ONU dice que el problema es la “humanidad”. Para empezar, ¿podrías profundizar sobre cuál es la tesis central de tu libro y en qué intentas contribuir con él? ¿Qué pensás acerca de que “el problema es la humanidad”?

Bueno, la tesis central es que realmente necesitamos darle un nuevo marco a la crisis climática como un problema de poder de clase, particularmente, y que será necesaria la lucha de clases para resolverlo. Pero sé que un montón de gente escucha esto y piensa “ah sí, entiendo que el cambio climático no es causado por toda la humanidad. Es causado por contribuciones desproporcionadas de los ricos”. Entonces, la gente tiene un sentido común sobre eso y tenemos una gran maquinaria en los medios y ciencia para calcular las huellas de carbono individuales. Y ha habido varios análisis que muestran que la huella de carbono de los ricos es más alta… La gente ve esto en los medios y lo entiendo. Pero no estoy hablando de ese tipo de análisis de clases superficial que solo se centra en los ingresos y consumos de las personas y cómo impactan en el cambio climático. Lo que intento hacer es volver a una teoría de clase marxista más profunda que se centra en la relación con los medios de producción y la producción misma y formular, realmente, la lucha climática como algo relacionado no con transformar las conductas de un par de individuos dispersos, sino con controlar cómo producimos energía, sobre todo, pero también otras mercancías clave como el alimento, la vivienda, el transporte. Lo que está en el centro de la discusión, si decimos queremos resolver esta crisis, es realmente sobre quién controla la producción de todo esto y con qué fin. Ese tipo de lucha de clases clásica, no apunta –como decía– a cambiar las conductas de algunos individuos, sino a construir un poder y movimiento que pueda tomar de verdad el control social o público sobre la producción para dirigirla en sentidos que no estén solo guiados obtusamente por las ganancias.

Si vivimos en esta crisis planetaria, deberíamos poner la descarbonización como el principal objetivo a cumplir para resolverla. Porque la crítica clave es que la producción está controlada por los capitalistas y ellos la controlan con el objetivo estrecho de hacer ganancias, de acumularlas y hacerlas crecer continuamente. Mientras ellos tengan el control, ese foco en las ganancias no va a hacer de la lucha contra el cambio climático o la descarbonización una prioridad para esa clase. Por lo que tenemos que arrebatarle el poder y ponerlo en manos de las grandes mayorías de la clase trabajadora y el pueblo, que la gente tenga el control social sobre la producción.

En la primera parte de tu libro te referís muchas veces a lo que Marx llamó, para decirlo brevemente, la “morada oculta de la producción”. ¿Qué significa esto y por qué es tan importante en la polémica contra otras posiciones centradas en el mercado, el consumismo o en los márgenes?

Recuerdo que la primera vez que di una charla, cuando recién estaba metiéndome con la idea de la “morada oculta de la producción”, una persona de la universidad me preguntó “¿qué carajos es esto? ¿Morada oculta de qué?”. He enseñado el tomo primero de El capital [de Marx] varias veces, realmente me sumergí en ese texto y me obsesioné un poco. En mi opinión, El capital es una crítica a la política económica y está criticando la economía política clásica. Particularmente a Adam Smith, pero también a otros que celebran la esfera del intercambio y de los mercados y el comercio, como una especie de mundo idílico de libertad donde la gente hace intercambios libres entre sí, voluntariamente, sin coacción. Marx trata de mostrar y de entender de dónde viene la ganancia y cómo crecen estos sistemas. Para eso hay que alejarse de estas esferas del intercambio y meterse en lo que es la “morada oculta de la producción” que, para sus propósitos, era como mirar dentro de las fábricas y zonas de producción. Dice que ahí es donde encontraría el secreto de la ganancia, que es la explotación brutal de los trabajadores y las condiciones horribles de trabajo en esas fábricas y que ahí es donde El capital succiona el plusvalor de la clase trabajadora. Entonces, realmente corre el foco de la celebración de la libertad en el comercio y el mercado y poner el foco en donde se produce realmente la ganancia, en esta morada oculta. La llama oculta porque, en El capitalismo, como sabemos, estas zonas de producción están prohibidas para la investigación política o de los medios. Tienen carteles que dicen “no pasar, propiedad privada”. Al estudiar estos informes de las fábricas, él también intentaba echar luz sobre lo que realmente pasaba en estas áreas ocultas.

En fin, lo que noté es que cuando se empezó a hablar de políticas climáticas en las últimas décadas, la atención estuvo muy puesta en que la vía para solucionar el cambio climático estaría solamente en la esfera del intercambio: vamos a ajustar los precios si se aplican impuestos a [las emisiones de dióxido de] carbono; vamos a ponerle precio al carbono o, en otro sentido, que la solución está en los actos de consumo individual y que también, de última, ocurren en la esfera del intercambio. Entonces toda la atención ha estado puesta en el mercado, como si fuera una zona para el libre intercambio descentralizada y que, si la modificamos, automáticamente se descarbonizaría, de alguna manera, nuestra economía. Para mí, todo ese foco desvió nuestra atención de que lo que realmente está causando el cambio climático no está en el mercado, sino en la “morada oculta de la producción”. Aún si uno se fija en sectores de la economía, cuál es más responsable de la mayor cantidad de emisiones a nivel global, se trata del sector industrial, del sector que produce cosas como cemento, acero o, sobre lo que hago un estudio de caso, fertilizantes químicos, la industria química. Estas industrias son muchísimo más intensivas en carbono que ustedes y yo. Tienen una huella de carbono tantísimo más alta y, en última instancia, están en el centro de la crisis climática. Incluso muchos de nuestros actos de consumo tienen supuestamente ese poder de causal, pero estamos consumiendo cosas que son producidas en otro lugar, en estos sistemas industriales de producción. Así que, de nuevo, se trata de enfocar nuestra atención en que lo que necesitamos transformar en realidad está en esta esfera de la producción industrial. Lo que, si vemos la historia de las políticas socialistas y la política de la clase trabajadora, siempre hubo una lucha por tomar los medios de producción, por tomar la industria y, aunque pensemos que eso es algo que sucedió en el siglo XIX, en última instancia, de eso se trata la crisis climática: debemos tomar los medios de producción para direccionarlos de un modo totalmente diferente si queremos solucionar esta crisis.

En la sección dos de tu libro señalás los límites de hacer políticas climáticas centradas en el conocimiento y el rol de lo que llamas la “clase profesional”. ¿Qué querés decir con esto? Y más ampliamente, ¿cuáles son tus críticas a lo que llamas políticas de menos, decrecimiento y propuestas similares?

Yo propuse este trabajo en 2017 y estaba muy influenciado por un ensayo sobre la clase profesional gerencial de Bárbara y John Ehrenreich. Desde 2017, ese concepto se ha vuelto casi como un meme en la izquierda en Estados Unidos, como que dividió la elección presidencial entre Elizabeth Warren y Bernie Sanders. Existe toda una controversia sobre qué es lo que llamamos PMC (clase profesional gerencial, por sus siglas en inglés). No anticipé que se volvería un debate que polarizara tanto, pero en el fondo lo que ellos intentaban teorizar –y yo intenté rastrear solo una pequeña parte– sobre una larga tradición de marxistas que trataron de entender cómo le damos sentido a este estrato de gente de clase media que hace algún tipo de trabajo mental, del conocimiento, o intelectual de varios tipos. Lo que esencialmente Bárbara y John Ehrenreich están intentando entender es cómo, en particular, en la etapa del capital monopólico que Lenin había empezado a comprender, empezás a tener empresas capitalistas mucho más expansivas, organizaciones masivas, burocráticas y con eso tenés un gran aumento de este tipo de fuerza laboral de cuello blanco que administra estas enormes organizaciones, esta especie de élite gerencial. Con lo que de verdad intento lidiar es con ese mundo post Segunda Guerra Mundial donde empiezan a suceder dos cosas: por un lado, desde los años 50 empezás a ver la desindustrialización de un país como Estados Unidos y de manera desigual en Europa y otros lugares. Entonces tenés desindustrialización, lenta erosión de la clase trabajadora industrial y el del poder de los sindicatos, sumado a la automatización que desempodera a los trabajadores. Junto a esto, tenés una explosión de la inversión federal en educación superior. Miles de millones, particularmente desde el Departamento de Defensa, pero también de otras partes de este tipo de Estado keynesiano, son canalizados hacia colegios y universidades y, por lo tanto, la inscripción y asistencia a la educación superior explota. Empezás a tener una preponderancia de este tipo de profesionales altamente educados que aspiran hacia esta creciente “economía del conocimiento de cuello blanco”. Eso se expandió durante un buen tiempo, pero podríamos plantear que, durante los últimos veinte años, este tipo de sistema está colapsando completamente y que las personas que pasan a través de este tipo de trayectoria pre-programada de “obtén un grado o un posgrado y vas a tener un buen trabajo” están viendo que ya no hay más buenos trabajos. Porque, incluso los sectores del conocimiento profesionales están empezando a automatizarse y volviéndose más corporativos y más pequeños y, obviamente, la educación superior se está volviendo esta especie de lugar precario donde los trabajadores son tratados horriblemente. Entonces empezás a ver mucha proletarización de esta especie de clase profesional masiva.

En última instancia, lo que discuto en el libro es que este tipo de fenómeno, que realmente empieza en el mundo post Segunda Guerra Mundial, es un proyecto de clase acerca de credenciales de clasificación en el mercado de trabajo para intentar forjar algún tipo de ventaja para uno mismo o la familia y obtener algún tipo de seguridad económica, algún nivel nominal de seguridad de clase media. A lo que apunto es que mucha de esa misma gente que está haciendo este tipo de proyecto material, para obtener esta seguridad propia de una clase media, están también dándose cuenta, desde este punto de vista del conocimiento, de esta crisis climática emergente que empezó a ser un tema de interés público en los 60 y 70. Por supuesto, también después. Entonces, en los últimos cincuenta años tenés estos procesos similares de expansión de esta clase profesional con un aumento en la preocupación y en el conocimiento sobre la crisis ambiental. Lo que planteo es que a causa de que esta gente viene de este proyecto de clase de ganar seguridad económica –lo que en un país como Estados Unidos significa que vas a tener un auto, vas a aspirar tener un hogar, tener hijos o lo que sea– y vivir, digámoslo claro, esta forma burguesa privatizada de vida donde estás en tu hogar para una sola familia, con un auto privado y estás intentando de reproducir esta especie de vida privada. Pero ese tipo de vida es extremadamente intensiva materialmente, por lo que estos profesionales medios empiezan a pensar que este modo de vida, con ese modo de consumo, es lo que realmente está causando este colapso ambiental.

Lo que intento plantear es que, nuevamente, el debate está un poco mal dirigido: la causa de esto son los dueños, no la gente que consume. Son los dueños de estas empresas productivas que se están beneficiando de todo este consumo. Ellos son los que realmente deberían estar prestando atención a esto. Pero la clase profesional realmente piensa que son ellos, se culpan a ellos mismos. Por lo tanto, tienden enmarcar a las políticas sobre el cambio climático en última instancia a, digamos, “el alto consumo en el Norte global”, que sería una forma común en que la gente va a hablar sobre eso, entonces sería este estilo de vida de alto consumo lo que necesita bajar el ritmo o decrecer o disminuir o lo que sea. Estoy leyendo una potente reseña literaria sobre un libro llamado El modo de vida imperial [Ulrich Brand y Markus Wissen; Ediciones Tinta Limón, 2022] y la reseña acusa al libro de asumir este tipo de “generalidad de clase media” en los así llamados países ricos, lo cual ignora algo que sabemos y es que estos países son altamente desiguales, marcados por masivas cantidades de riqueza en lo más alto, pero una enorme precariedad y una inseguridad propia de la clase trabajadora para, digamos, el 75 % más pobre del país.

Pero la clase profesional asume que es este consumo de las masas lo que está causando todos los problemas y, por lo tanto, necesitamos estas políticas de “menos”. Lo que planteo es que la mayoría de la población en la era dorada del neoliberalismo en Estados Unidos ya están viviendo estas políticas de menos: vienen luchando hace décadas con recortes salariales, con grandes recortes al Estado de bienestar. Están quitando todo tipo de ayudas sociales, el costo de la atención en salud o el cuidado de los niños se está disparando, el de la vivienda, etc. Hay una precariedad generalizada, pero la política climática de la clase profesional imagina un tipo de opulencia generalizada que no existe del todo y, por lo tanto, apunta a su política hacia el decrecimiento y la reducción. Pienso que, en realidad, necesitamos políticas que digan mucho más claro cómo las masas tienen que ganar más de nuestros programas y cómo van a ver realmente ganancias materiales y beneficios e incrementar su seguridad económica con alguna clase de programa climático socialista por el que podríamos querer luchar.

Vos relacionás esto, por ejemplo, con lo que llamás “ideología de la huella de carbono” y hacés un filoso análisis de su génesis. ¿Podrías contarnos un poco más sobre esto? Porque acá escuchamos conceptos como “default ecológico”, con lo cual se asume que todo el país consume lo mismo.

Creo que cuando empezás a pensar en la gente, a calcular las emisiones de carbono por países y encontrás que este país tiene tal emisión, eso oscurece la contribución desigual. Pero lo que yo sostengo es que hemos sido entrenados para pensar en las emisiones como provenientes únicamente de las prácticas de consumo propias del estilo de vida e incluso las críticas socialistas o de izquierdas hacia la desigualdad en el cambio climático siempre terminan en que “el 10 % superior de la sociedad emite el 50% de las emisiones” (y en todos lados pasa esto). Siempre se usan esos datos basados en el consumo de la gente rica, en lo que gastan su dinero. Podés hacer vínculos muy claros entre los ingresos de alguien y los gastos de consumo y las emisiones que provienen de esa actividad. Entonces hay toda una industria que elabora estas herramientas de contabilidad de la huella de carbono, donde se puede poner tu consumo y van a aparecer números y se puede tener una idea clara de cómo se puede mejorar y así sucesivamente.

Hay un montón de problemas que trato de señalar: el primero es que la misma idea de “huella de carbono” fue inventada por la British Petroleum en el 2004 como parte de una campaña de marketing que llamaron “Más allá del petróleo”, con la que intentaban venderse a ellos mismos. Obviamente, seis años más tarde, vertieron trillones de barriles de petróleo en el Golfo de México y todavía siguen siendo un importante productor de hidrocarburos. Está muy claro que los académicos han analizado cómo a la industria del petróleo y el gas y a otras empresas de combustibles fósiles les encanta inventar estas narrativas de que la responsabilidad por el cambio climático se debe a tu huella de carbono individual y que deberías hacer estas pruebas y averiguar cómo puedes contribuir a ser parte de la solución. Ellos aman eso porque quita toda la atención sobre ellos, pero con esto vienen una serie de otros problemas verdaderamente grandes. Lo primero es que la contabilidad de la huella de carbono asume que, cuando consumís nafta, el 100% de las emisiones son tuyas, que provienen del petróleo que se quema en tu auto y se va a la atmósfera. Podrías decir que eso tiene sentido porque vos sos el que quemó la nafta y el que compró el auto y la nafta. Deberías ser responsable de ello y probablemente deberías tener alguna responsabilidad. Pero la realidad es que alguien te vendió ese combustible, alguien te vendió ese coche y ellos intentan tener ganancias de esa transacción. Y vos sos, quizás, un simple trabajador que solo quiere ir al trabajo y recoger a tus hijos de la guardería, etc. En El capitalismo la gente de la clase trabajadora necesita dinero para cubrir sus necesidades y reproducir su vida a través del dinero. Y no es que tengas opción, digamos. Tenés que ir al trabajo, tenés que elegir, navegar por este paisaje. Pero la industria del petróleo, las compañías petroleras y las compañías de automóviles, quienes te venden estas mercancías, son quienes ganan todo el dinero y acumulan estas ganancias, con un plan de negocios que está destinado a la expansión de la producción y la venta de petróleo, gas y combustibles fósiles, o de petróleo y gas que consumen los automóviles. Para mí el argumento es que esas personas realmente merecen al menos más del 50% de la responsabilidad de las emisiones que salen de tu tubo de escape y aun así la huella de carbono les adjudica a ellos cero responsabilidades, lo que es una locura.

Por último, y creo que más importante, es que cuando se empieza a pensar que el problema de la gente rica es cómo gastan su dinero y que es ahí donde hacen su impacto “de carbono”, se ignora cómo hacen su dinero y cómo generan el dinero que hace posible su “estilo de vida de consumo propio de ricos”. Entonces, si mirás, por ejemplo, a un CEO de una gran compañía de combustibles, ¿por qué solo prestarles atención a ellos comiendo un bife para la cena o manejando un SUV [vehículo deportivo utilitario] y no a las 8 o 10 horas al día que gastan manejando una red global de zonas de extracción de gas y petróleo que emiten cientos de billones de toneladas de carbono cada día? Hacé el mismo ejercicio, por ejemplo, con un trader de Wall Street que está moviendo dinero alrededor del mundo, invirtiendo en todo tipo de producción intensiva en el uso de combustibles fósiles. Lo que necesitamos, realmente, es un análisis de la responsabilidad sobre el carbono que realmente señale cómo la gente hace su dinero, cómo es la propiedad de las empresas y la inversión en actividades productivas. Es en ese rol en el cual los ricos están causando la crisis climática, en su rol como propietarios e inversores y beneficiarios. Es algo impresionante cómo empezás a darte cuenta de esto. Nadie piensa el problema de la huella de carbono de los ricos en estos términos. Y el problema con esto es que deja su rol de propietarios, inversores y beneficiarios como si estuviera por fuera de los límites de la política. Hace parecer que, si queremos hablar de las políticas del carbono, solo tenemos que moralizar sobre “comé menos carne” o “no usés tu jet privado” o todas esas cosas que esta gente hace por fuera de su trabajo como inversores o propietarios, donde hacen todo su dinero. Se convierte solo esto en la zona de responsabilidad de la política, lo que creo que deja mucho de lado.

Yendo a otro tema, en la tercera sección de tu libro, acerca de la clase trabajadora: ¿podés contarnos como describís a la clase trabajadora? ¿A qué llamas la “ecología proletaria”? ¿Cómo se relaciona con una estrategia de guerra de clase contra el cambio climático? En particular, mencionás que la teoría de Marx sobre la clase trabajadora es inherentemente ecológica y, esta afirmación, me parece, tiene sus raíces en el enfoque de John Bellamy Foster de la teoría de la fractura metabólica. ¿Qué pensás?

Para mí, cuando volvés al Manifiesto Comunista e incluso a partes del volumen primero de El capital, es muy claro que la definición central de clase trabajadora es la de clase de personas separadas de los medios de producción y que, por lo tanto, están forzadas de vender su fuerza de trabajo en el mercado por un salario o por dinero para sobrevivir. Pero cuando empezás a leer con mayor profundidad te das cuenta de que en los tiempos de Marx (y todavía hoy) es muy claro que el más importante medio de producción del que la mayoría de la gente está separada es la tierra. En última instancia, durante la mayor parte de la historia de la humanidad, las personas fueron capaces de producir su propio sustento y su propia subsistencia a través de una relación directa con la tierra. Podés leer el tomo primero de El capital, en la sección sobre la acumulación originaria, y Marx va contando la historia sobre cómo las personas fueron violentamente despojadas de la tierra, lo que fue, en última instancia, la precondición para el sistema capitalista porque, a menos que tengas esa cantidad de gente desesperada por trabajar por un salario, no vas a poder acumular capital, según Marx. Hoy, cuando toda la gente de derecha dice que ya nadie quiere trabajar, en última instancia están diciendo lo que dice Marx: que necesitás un “ejército de reserva” de gente desesperada y empobrecida, dispuesta a hacer un trabajo desagradable, horrible y degradante para los dueños dEl capital. La clave es que esos dueños puedan extraer más plusvalor de esos trabajadores desesperados. En última instancia, ¿porque digo que esto es ecológico? Porque, de nuevo, esto es un increíble proceso de quitarle a la gente una relación ecológica directa con la tierra. Por primera vez en la historia de la humanidad la mayoría de las personas en el planeta no sobreviven a través de una relación directa con la naturaleza sino a través del mercado. Tienen que ganarse esta cosa inventada que llamamos dinero para acceder a las mercancías en el mercado para sobrevivir. Eso es lo que en particular yo llamo una ecología proletaria, donde tu supervivencia es dependiente del mercado y eso, para mí, significa que tu supervivencia es súper insegura y estresante. Ahora estamos lidiando con la inflación, lo que muestra cuán estresante es depender del mercado para tu propia supervivencia, cuando el precio del pan o de la vivienda se están disparando semana a semana, pero tus salarios se mantienen estancados. Perdimos control sobre nuestra supervivencia y se la dejamos a esta suerte de reino del mercado abstracto.

Entonces, planteo que cuando la gente se pregunta: ¿tiene la clase trabajadora un interés ambiental? ¿Tienen un interés político en lo ambiental? Generalmente se responde que sí, mirando a algunos trabajadores que fueron envenenados por la contaminación, entonces podríamos ver cómo desarrollan una conciencia ambiental. O, más cerca de ustedes, el caso del movimiento de los campesinos sin tierra en Brasil, intentando recuperar el control sobre la tierra como medio de producción para crear alguna forma de nueva relación de control sobre la subsistencia, basado en una ideología ecológica. Se suele pensar que la política ambiental va a estar enraizada en algún tipo de lucha sobre la tierra o el bosque o la contaminación. Pero lo que yo planteo es que, en última instancia, tenemos que encontrar políticas ambientales que puedan hablarle a las grandes masas que intentan salir adelante en el mercado, que intentan sobrevivir en este mundo abstracto, no-ambiental, de dinero y deudas, viviendo de pago en pago, endeudados y luchando por salir adelante. Si no podemos encontrar una política medioambiental que atraiga a esa gente, no vamos a ser capaces de construir ese tipo de movimiento de masas.

He aprendido mucho del trabajo de John Bellamy Foster y creo que es brillante la forma en que se refiere a la importancia del pensamiento de Marx sobre el metabolismo y cómo esto se refleja en los debates de vanguardia de nuestra época sobre la agricultura, la ciencia del suelo, los residuos y la circulación de los residuos a través de las ecologías. Pienso que esta teoría de la fractura metabólica es realmente interesante. Pero intento mostrar que si queremos tener un marxismo ecológico no tenemos que ir tan profundo en el volumen tres o al libro de Kohei Saito, donde desentierra todos los manuscritos escondidos que nos dejó Marx. Lo que intento decir es que de verdad podemos tener este marxismo ecológico que mira a estas categorías básicas, propias de Marx, de proletariado y burguesía, fuerzas productivas, relaciones de producción, explotación, etc. y que tenemos que teorizar profundamente sobre la ecología en estos conceptos básicos en oposición a pensar que el Marx ecológico está solo enterrado profundamente en estos manuscritos para desenterrar. Pienso que uno de estos conceptos básicos de Marx, con el que intento profundizar en el libro, es el de plusvalor, que es básico para otro concepto, la explotación. Podemos teorizar sobre ellos desde un punto de vista ecológico y podemos avanzar un largo camino haciéndolo.

Vos decís que no hay atajos para construir poder obrero y que construir poder de clase y conciencia de clase es conciencia ecológica… o puede serlo. ¿Cómo pensás que se puede construir ese poder obrero para conquistar lo que vos crees que sería una “transición justa”, un concepto que está siempre en disputa dentro de estas miradas que son estratégicamente tan diferentes?

Para empezar con la “transición justa”, un concepto que he visto siempre un poco paternalista hacia los trabajadores y la clase obrera, porque pareciera ser que lo básico de lo que necesitamos es una transición energética para solucionar el cambio climático y que, para que sea “justa”, tenemos que cuidar a estos trabajadores para que no sean desplazados de la transición, de la industrial fósil las industrias intensivas en carbono. Los trabajadores son vistos como una especie de víctimas a quienes hay que cuidar. Pero para mí, desde una mirada marxista más tradicional, obviamente la clase obrera no es la víctima sino el agente de esta transformación o incluso el sujeto revolucionario. Entonces, en lo que tenemos que empezar a pensar es que el modo en que esta transición está dirigida por trabajadores, organizadores activos y sujetos.

Hay muchas direcciones en las cuales ir en este tema. Estamos viviendo un momento en el cual la clase obrera ha sido golpeada y derrotada por algunas décadas, así que lo que podemos hacer es buscar ejemplos históricos de cómo los trabajadores pudieron construir organización y poder obrero, lo cual fue un obstáculo fundamental para el poder dEl capital. No tenemos muchos ejemplos actuales, pero en la historia dEl capitalismo, estos agentes han podido desarrollar ese tipo de poder. En los 50, John Kenneth Galbraith lo llamaba “poder compensatorio”, observando cómo trabajadores y sindicatos podían contrarrestar el poder dEl capital de maneras muy significativas. Hay dos maneras de pensarlo: la primera sería mediante poder organizativo directo en el lugar de trabajo y sindicatos. En última instancia, creo que estas preguntas sobre cómo se organizan los trabajadores tienen una clave en cómo se hacen conscientes y dan cuenta de su poder mediante luchas contra la patronal y los propietarios. Cuando vos ves, recientemente, un grupo de organizadores militantes comunistas en los depósitos de Amazon en Staten Island, en cuanto empezaron a hablar con más trabajadores y a involucrarlos en la campaña del sindicato, cuando ganaron la votación, se encontraron con que tenían poder. “Guau, tenemos agencia acá”. Empezaron a darse cuenta de que, si construís ese poder, realmente podés mejorar tu vida.

Lo que trato de plantear es que, obviamente, desde la izquierda estamos esperando un resurgimiento general del movimiento obrero, lo cual es la clave para todo lo demás. Pero creo que para el cambio climático tenemos que tener una estrategia focalizada. Tomo mucho de Jane F. McAlevey, la organizadora del movimiento obrero, que analiza el Congress of Industrial Organizations (CIO) que en los años 30 tuvo enormes victorias organizativas. Ellos fueron muy específicos en cuanto a en qué sectores enfocarse: en el acero, el carbón, automóviles. Y ella dice que hoy en EEUU quizá queramos enfocarnos en educación, salud o logística. Amazon, por ejemplo. Lo que digo para el clima es que la descarbonización realmente depende del sector eléctrico, por lo menos en EEUU. Y me imagino que en Argentina y otros lugares los trabajadores en esos sectores ya están bastante organizados, tienen una densidad sindical bastante alta y que los activistas climáticos radicales pueden, al menos, comenzar a involucrarse más con estos sindicatos y comenzar a intentar que sean más proactivos en la organización para, no solo una transición a energía verde, sino también lo que hicieron esos trabajadores de Amazon, que es tomar trabajos –lo llaman “asaltar”– o lo que en DSA llamamos “rank and file strategy” [estrategia de base], donde la gente realmente consigue tomar empleos en estos sectores para construir un movimiento sindical militante de la clase trabajadora en sectores estratégicos específicos. Mucha gente de DSA está haciendo eso en el sector de la educación. Así que estoy simplemente haciendo una modesta sugerencia de que podríamos querer centrarnos en este sector en particular. En última instancia, creo que tal vez en el libro está un poco demasiado estrecho: creo que, si vamos a resolver el cambio climático, realmente va a ser un gran boom en las ramas de la construcción; no solo electricidad, sino construcción, vivienda, redes de transporte y todo eso. Creo que ese tipo de movimientos pueden construir alianzas con las ya existentes, lo que yo llamaría sindicatos bajos en carbono: áreas como educación, maestros y enfermeras que ya apoyan cosas como un Green New Deal y ese tipo de acción climática.

De todos modos, ese es el lado de organización del lugar de trabajo para una estrategia de la clase trabajadora. También necesitamos una forma de construir un movimiento de masas entre la clase obrera en su conjunto y no solo en sectores específicos de lugares de trabajo y la organización de los lugares de trabajo específicos. Tradicionalmente, en la historia, es ahí donde los partidos políticos entran en juego, cuando estas organizaciones de masas tuvieron un programa y pudieron empezar a ganar una gran cantidad de conquistas para grandes masas de trabajadores e involucrarlas y construir el partido, organización y poder para ese partido y conquistar todo este tipo de enormes políticas del Estado redistributivas que mejoraron la vida de los trabajadores. Los hicieron creer en este partido. Obviamente, en los EEUU y en muchas partes del mundo, todavía nos falta ese tipo de infraestructura partidaria, ese tipo de organización del partido, pero creo que tenemos que pensar en cómo revivir eso. Tal vez no es un partido, tal vez es una especie de organización que es capaz de ejercer el poder y ser capaz de comenzar a conseguir conquistas materiales a masas de gente de la clase trabajadora y sus comunidades y en sus vidas para comenzar a hacer que construyan más confianza en que en realmente vas a conquistar cosas tu vida va a mejorar y que tenés que ir en esa dirección, porque creo que hoy en día la mayoría de la gente de clase trabajadora está, por muy buenas razones, abatida y atomizada . No tienen mucha confianza en que la política o la organización puedan hacer algo por ellos y tienen toda la razón para eso, porque no ha habido muchas conquistas para la gente durante varias décadas. Entonces ese es el tipo de modelo para intentar reconstruir este tipo de instituciones de poder organizativo que puede conseguir cosas para las personas y comenzar a reconstruir confianza.

¿Qué pensás que se puede aprender del leninismo en esta área? Y, más en general, ¿cómo ves las ideas del socialismo o comunismo hoy en día en Estados Unidos?

Grandes preguntas. Mientras estaba terminando el libro, leí algo que me voló bastante la cabeza: Lenin redescubierto de Lars T. Lih [Lenin Rediscovered. What Is to Be Done? In Context, Nueva York, Haymarket, 2005]. En realidad, es un estudio de Lenin de la época en la que escribió el ¿Qué Hacer?, en donde se ubica como una suerte de sujeto normal en una socialdemocracia más grande. Así es como le llamaban en esa época, se referían al socialismo en relación a un movimiento socialdemócrata más grande que era internacional y con epicentro en ese momento en Alemania y en cómo Lenin fue, en última instancia, influenciado bastante por Karl Kautsky y el Partido Socialdemócrata Alemán en ese momento. Pero lo interesante es que cuando releés a ese Lenin, encontrás que, primero, él cree que no habrá socialismo sin un movimiento más amplio que esté al frente del conjunto más amplio de las masas trabajadoras. Lo llamaban un movimiento de “frente único” [merger movement, N. de T.] donde sí vas a tener revolucionarios profesionales como Lenin y que el partido que está conduciendo. Pero se tiene que ligar a un movimiento de masas trabajadoras más grande que pueda construir el tipo de poder que necesitamos. Realmente me impactó la crítica que él hace al tipo de intelectuales socialistas que creían que todo lo que se necesitaba iba a venir de hermosas críticas al capitalismo, mostrando cómo El capitalismo es un sistema destructivo y al que solo necesitamos reemplazarlo racionalmente. Y lo que me impactó cuando lo leí es que hay mucho de lo que hoy sería el ecosocialismo, que habla de cambio de sistema, de que El capitalismo es el problema, avalado en un montón de estudios que muestran al capitalismo como causante de esto… Este ecosocialismo está compuesto en su mayoría por académicos, profesionales, que no se ligan a un movimiento más amplio de clase trabajadora. Lenin sería muy escéptico de ese tipo de abordaje de la política socialista.

Luego, por supuesto, más allá del momento que describe ese libro, Lenin desarrolló un abordaje muy diferente en relación al Estado y la revolución. Estuve pensando un montón sobre esto últimamente, porque en un país como EEUU que tiene el tipo de aparato militar al que nos enfrentamos, es difícil pensar algún tipo de toma de poder insurreccional. Pero, de última, lo que plantearía es que, hablando muy precisamente de un país como los EEUU, se me hace bastante claro para mí, día a día, que no vamos a resolver el cambio climático en este país si el orden constitucional que tenemos permanece intacto. Es decir, en un sistema altamente antidemocrático dirigido por una minoría, un sistema tan limitado por Colegio Electoral y el Senado y la Corte Suprema que pone freno a cada paso a la voluntad de masas de las grandes mayorías. Entonces, la otra cosa que muestra el libro, es que de última, en lo que Lenin estaba más preocupado era en extender la democracia a este país ruso autocrático en el que estaba, que esa era su prioridad número uno. Necesitamos construir más derechos políticos y necesitamos construir más poder democrático en el Estado. Entonces, honestamente, yo no sé si esto pasará alguna vez, aunque también he estado leyendo un montón últimamente sobre la Revolución Francesa y cómo durante ese proceso pasaron como seis constituciones en cinco años. Entonces si hay una ruptura, si hay una crisis y podemos encontrarnos en un escenario donde podés construir un movimiento de izquierda que desafíe el orden constitucional, ahí es donde pienso que deberíamos estar.

Creo hay mucha gente gente de izquierda ahora en Estados Unidos que está estudiando qué podemos aprender de Chile, donde fueron capaces de construir este movimiento que no solo se trata de ganar elecciones, cosa que hicieron, sino también desafiar una constitución regresiva que fue básicamente escrita durante una dictadura en plena avanzada neoliberal. Veremos adónde va ese esfuerzo, pero creo que ese tipo de desafío del poder político tiene que estar en nuestros análisis sobre Estados Unidos, pues no hay forma que este sistema político como lo estamos viendo con Joe Manchin y su horrible sistema parlamentario pueda realmente llevar a cabo los cambios estructurales masivos que necesitamos para resolver el cambio climático. Tiene que haber, sino una revolución o insurrección, al menos un desafío de las masas al orden constitucional. Creo que el problema más grande es que la derecha en Estados Unidos ya tomó nota y que están compitiendo por una asamblea constituyente. Si eso sucede, va a ser la peor cosa que haya ocurrido alguna vez. Nuestra constitución va a ser aún peor y más reaccionaria de lo que ya es. Esto tiene que ser algo para pensar profundamente.

Al leer tu libro nos encontramos con un montón de reflexiones acerca de, por ejemplo, cómo construir poder de clase y la importancia de las posiciones estratégicas, como plantea, por ejemplo, el historiador de la clase obrera John Womack. También leímos a Lars Lih, hemos discutido las ideas de Kautsky, y estamos intentando recobrar un enfoque leninista, trotskista o incluso gramsciano para construir ese poder, un partido de la clase trabajadora y esa estrategia. Y tu libro nos aporta mucho para pensar en cómo se encontraría esta estrategia con una mirada ecologista como la que planteás. Creo que cuando analizás, por ejemplo, la campaña de Bernie Sanders, hay bastante tensión entre la construcción de poder e independencia de la clase trabajadora y el Partido Demócrata del otro lado. Así que nos llevamos muchas cosas interesantes para pensar y discutir. Aquí en Argentina estamos intentando, como te decía, llegar a la clase trabajadora y, por ejemplo, los trabajadores de Madygraf o de Zanón están levantando un programa ecológico y planteando al movimiento ecologista que se una a la clase trabajadora, así que tu libro es muy perspicaz en ese sentido. Otra cosa interesante que mencionás es que tenemos que recuperar la solidaridad de clase, pero ahora también debemos formar una “solidaridad entre especies”. Eso lo encuentro muy interesante. ¿Podrías desarrollar un poco más esta idea?

Bueno, probablemente insisto mucho en esto, pero parte del propósito del libro es rescatar algunas miradas socialistas muy básicas a la hora de pensar la política en relación a la crisis climática. Y una cosa que me impactó mucho fue que recuerdo estar en una convención del [Partido] Socialista Democrático de América (DSA) y que todos cantaban La Internacional que tiene un lenguaje en relación al internacionalismo uniendo a la raza humana. Me impactó que realmente me di cuenta de que, en última instancia, el internacionalismo socialista era en verdad un movimiento, una teoría de la revolución y el cambio cuya meta final era liberar o emancipar a la humanidad, a la especie entera, por así decirlo, y realmente eliminar definitivamente a este flagelo que la atormenta desde los últimos varios de miles de años que es la clase dominante y el dominio jerárquico de clase. Marx y Engels pensaban en particular que con la Revolución Industrial finalmente se podrían tener las capacidades materiales para abolir ese dominio de clase, porque se podría producir lo suficiente para que todos pudieran tener lo necesario para ser libres y contar con tiempo libre, ocio y todo eso.

Pero ahora estamos enfrentando a una crisis ecológica global y planetaria que amenaza la supervivencia de nuestra especie. Así como quizás en el siglo XIX hayan sido un poco demasiado optimistas con la liberación de la humanidad, ahora tenemos además la necesidad de salvarla y, en última instancia ,queremos alejarnos de ese tipo de discurso del IPCC sobre que es la humanidad la que está causando esta crisis y necesitamos aclarar que no es toda la humanidad la responsable, sino una clase de la humanidad la que está destruyendo este planeta para obtener ganancias y que necesitamos expropiar a dicha clase y recuperar la capacidad de que nuestra especie prospere en este planeta.

Cuando se hablaba en el pasado acerca de la solidaridad de la clase obrera internacional se trataba de construir poder de clase contra El capital con el fin de emancipar a la humanidad. Ahora necesitamos recobrar esa forma de pensar, pero con el fin de no solo de expropiar al capital para emancipar a la humanidad, sino también para salvarla. Además, pienso, y creo que no lo desarrollé en el libro, que de verdad necesitamos pensar, como mencionaba antes, acerca de cómo las internacionales buscaban, con todas sus discusiones, peleas y defectos, construir una organización y un poder que pueda en verdad transformar materialmente las cosas en una escala global. Independientemente de lo que queramos pensar acerca de la Primera Internacional la segunda, la tercera o la cuarta o lo que sea, su meta final era intentar construir instituciones que tuvieran el poder material para pronunciarse, cosa que puede no sonar muy materialista, pero que tenían un impacto real en la política global. Por ejemplo, en el envío de recursos. Estaba pensando en el tipo de solidaridad internacional que lleva a que un país como Cuba envíe tropas para luchar por la liberación de Angola en los 70.

A pesar de todas sus fallas, las vías en que este tipo de comunismo internacional tuvo en verdad grandes cantidades de recursos e intentaban desplegar ese tipo de poder de organización de recursos hacia los movimientos de liberación alrededor del mundo, pienso que esa clase de red internacional material es algo en lo que debemos pensar si queremos tener de verdad un enfoque de la clase obrera global coherente en relación a la crisis climática. Tenemos que tener el poder organizativo para sustentar eso.

Nos pareció muy interesante la charla, Matt. Una vez más, muchas gracias por compartir tu tiempo con nosotros y esperamos verte pronto.

Sí, muchas gracias. Estuvo muy bueno.

Colaboraron con la producción de la entrevista: Leila Figueroa, Agustín Lobo, Ramiro Nuñez, Rosario Escobar.

* Publicado originalmente en: https://www.laizquierdadiario.com/El-cambio-climatico-como-lucha-de-clases. Matt Huber es Profesor de Geografía en la Universidad de Syracuse (Nueva York). En su último libro, Climate Change as Class War. Building Socialism in a Warming Planet [Cambio climático como lucha de clases. Construir el socialismo en un planeta que se calienta], propone una discusión con diferentes visiones sobre los orígenes de la crisis climática y las alternativas para superarla. Contra una ecología política basada, centralmente, en el análisis del consumo individual, en el “estilo de vida”, así como también contra propuestas que tienen gran presencia en la discusión ambiental, como el decrecimiento, o conceptos como el default ambiental, Huber propone una visión que tiene en cuenta la esfera de la producción y las relaciones de clase. En particular, describe desde una perspectiva marxista la profunda naturaleza ecológica en la que se funda la explotación. Finalmente, hace un llamado a una estrategia propia de la clase trabajadora y un movimiento de masas que pueda derrotar a los causantes del desastre ambiental.