Kathi Weeks: “Los movimientos sociales están influidos por la crítica del trabajo. Y si no lo están, deberían estarlo”

Por Álvaro Briales

Weeks abre su última obra publicada en castellano preguntándose por qué la teoría política ha prestado tan poca atención al problema del trabajo, y frente a su privatización y despolitización, propone una reflexión sobre los modos de hacer público y repolitizar lo laboral.

El problema del trabajo - Kathi Weeks - txalaparta.eus

Kathi Weeks es autora de El problema del trabajo, recientemente publicado en castellano por Traficantes de Sueños. En su obra, Weeks pone en juego una caja de herramientas que recorre distintas tradiciones desde los feminismos a los marxismos, desde la teoría literaria a las perspectivas de las luchas políticas, útiles para una concepción crítica del trabajo actualizada para el siglo XXI. En la conversación, aborda temas como los efectos de la pandemia en la ética del trabajo, los sujetos y movimientos políticos que en el presente podrían encarnar el rechazo al trabajo, la potencia de las demandas de Renta Básica Universal y de reducción de la jornada laboral, las paradojas y debates sobre el desarrollo tecnológico y la automatización, y la crítica de lo que denomina el sistema de el-trabajo-y-la-familia. Kathi Weeks es profesora de género, sexualidad y estudios feministas en la Universidad de Duke.

En las condiciones de la pandemia hemos visto una intensa polarización, por un lado, entre una fuerte ética del trabajo como algo “esencial” en comparación con otras esferas de la vida, y por otro lado, una conciencia del sinsentido de buena parte de los actuales empleos. ¿Cómo ha sido esto en el caso de Estados Unidos, un país con una ética del trabajo tan fuerte?

Sí, completamente. Cuando los valores dominantes alaban el trabajo como algo central en lo que significa ser un individuo de éxito y un miembro digno de la sociedad, durante la pandemia una clara mayoría de gente en Estados Unidos insistió en que el trabajo no era algo por lo que morir o por lo que valga la pena arriesgar la salud de los demás. Aunque esto pueda significar otras muchas cosas, el parón de la economía debería reconocerse como una expresión del rechazo a esa manera de entender y valorar el trabajo generador de renta. También el trabajo se ha desmitificado de otra manera con el reconocimiento de que solo algunos empleos son lo suficientemente útiles como para ser considerados “esenciales” para la sociedad, y estos no suelen ser los mejor remunerados o de alto estatus. Así, por ejemplo, finalmente se reconoció que los trabajadores y trabajadoras de comercios de alimentación realizaban un trabajo importante y socialmente útil, a pesar de que al mismo tiempo se les pedía que se presentaran a empleos peligrosos y aun así mal pagados. La otra cara fue que se hizo cada vez más obvio que buena parte del resto de empleos, quizás la mayoría, eran poco necesarios si no totalmente inútiles, es decir, sin ningún sentido más allá de generar beneficio y sueldos. Y si la institución familiar ha sido la forma típica o normativa de recluirnos en los hogares, la pandemia también nos obligó a depender aún más intensamente de un trabajo doméstico no asalariado del cual se espera que nos sostenga o reproduzca en el día a día y generación tras generación a pesar de tener muy poco apoyo social o tiempo descontado del trabajo asalariado.

El sistema salarial y la familia, como dos de los mecanismos básicos de distribución del ingreso, no están a la altura en tiempos “normales” ni mucho menos tienen la capacidad de garantizar seguridad y sustento en tiempos de crisis

¿Crees que la pandemia, junto a otras circunstancias, ha modificado los imaginarios del trabajo, y por tanto, las posibilidades de demandas como la Renta Básica Universal que analizas en tu libro?

La crisis reveló con mucha mayor claridad las espectaculares exclusiones y disfunciones —si bien muy mundanas y cotidianas— producidas por el sistema de el-trabajo-y-la-familia, en parte porque los medios de comunicación se vieron obligados a informar sobre muchas de las increíbles tensiones que se produjeron en los hogares. El tema de la renta básica universal recibió un gran impulso en un periodo en el que se hizo evidente que el sistema salarial y la familia, como dos de los mecanismos básicos de distribución del ingreso, no están a la altura en tiempos “normales” ni mucho menos tienen la capacidad de garantizar seguridad y sustento en tiempos de crisis.

No sé cuánto tiempo durará el impulso de estos actos de rechazo y desmitificación de los empleos “productivos” inútiles y del trabajo reproductivo no remunerado, pero seguramente sobre ello se puede construir algo que demuestre por qué necesitamos un modo más racional, completo y confiable de recompensar todas las formas de trabajo y de distribuir renta para todas las personas.

En el caso español o el inglés, en los últimos tiempos algunos sectores están intentando abrir nuevamente el debate sobre la reducción de la jornada laboral a 32 horas, o a 30 horas. En algunas versiones, su justificación se basa tanto en su compatibilidad con un cierto productivismo (“trabajar menos nos hace ser más productivos”) como con el familiarismo (“trabajar menos para estar más tiempo con la familia”), ambas justificaciones que son criticadas en tu libro. Resumidamente, ¿qué requisitos básicos desde tu punto de vista tendría que tener esta demanda en un país como España?

Es una pregunta muy importante, pero realmente no la puedo responder. En la medida en que la práctica de la política es un arte más que una ciencia, la formulación y promoción de demandas es un asunto necesariamente situado que depende del contexto político, económico y cultural local. Lo que puedo decir es: por un lado, creo que está claro que hay que pensar en términos de reformas que sean oportunas e inteligibles, lo que implica apelar a términos que nos sean familiares y que probablemente tengan algún tipo de sentido inmediato para la gente. Según esa lógica, defender la demanda de reducción de jornada evocando la eficiencia en el puesto de trabajo o en nombre de los valores familiares podría ser una manera viable de asegurar unos niveles de apoyo mayor. Por otro lado, existen profundas limitaciones en ese tipo de pragmatismo político a corto plazo.

Presentar la demanda de reducción de jornada en términos de tiempo para la vida, como única justificación posible, me parece una formulación más abierta, inclusiva y menos prescriptiva

¿Cómo cuáles?

En primer lugar, no me convence el moderar las propias demandas para que inspiren un apoyo pasivo, sino que el activismo apasionado y la militancia son necesarios para impulsar un gran proyecto de reforma. En segundo lugar, hay mucho que hablar acerca de a quiénes podría excluirse por estas justificaciones y sus posibles consecuencias no intencionadas. Aquí es donde encuentro que el argumento de “más tiempo para la familia” es particularmente poco convincente. Hablamos como si todo el mundo tuviera una “familia”, pero ese es un mito peligroso para muchas de nosotras que no la tenemos o no queremos tenerla, o que no tendríamos por qué deber o querer dedicarle ese tiempo. No querría que se perpetuase la mitología de la familia que ignora la violencia que ocurre dentro de las familias y que invisibiliza el trabajo económicamente fundamental que allí se realiza con poco apoyo bajo el disfraz del amor romántico. Presentar la demanda de reducción de jornada en términos de tiempo para la vida, como única justificación posible, me parece una formulación más abierta, inclusiva y menos prescriptiva.

Finalmente, yo diría que una demanda política radical que se precie también requiere un horizonte, un algo más allá, algo más que las posibles concesiones que seamos capaces de ganar en el corto plazo. De manera que la campaña por la reducción de jornada también pueda ser un proceso de aprendizaje, un laboratorio, para el cultivo de otros deseos y demandas más allá. Cómo se negocia la relación entre las consideraciones prácticas a corto plazo y el horizonte radical a más largo plazo es un tema de estrategia y táctica que siempre está en debate y que se figurará de distintas maneras según cada lugar y momento.

Tiendo a pensar que la mayoría de movimientos sociales y campañas activistas están influenciados por, y contribuyen a, la crítica del trabajo asalariado y no asalariado

Si tomamos como referentes históricos del rechazo del trabajo las formas del sindicalismo revolucionario a finales del siglo XIX y principios del siglo XX, o el caso del operaísmo y el feminismo italiano en los años 70, quizás en el siglo XXI es más difícil ver un sujeto tan delimitado que plantee esas reivindicaciones. En este sentido, ¿qué movimientos políticos crees que encarnan, o podrían encarnar, la crítica del trabajo asalariado en la actualidad?

Creo que tienes toda la razón al no pensar hoy en las luchas contra o más allá del trabajo en términos de un sujeto político único o delimitado. Por el contrario, tiendo a pensar que la mayoría de movimientos sociales y campañas activistas están influenciados por, y contribuyen a, la crítica del trabajo asalariado y no asalariado. Y si no lo están, deberían estarlo. Dado que el sistema de producción y reproducción de el-trabajo-y-la-familia nos afecta en casi todos los aspectos de nuestras vidas, parece por ello relevante para tantas luchas. Lo pienso de esta manera: en la medida en que el objetivo de nuestra crítica política y activismo sea el capitalismo racial, de ocupación, colonial y heteropatriarcal, entonces el trabajo —incluyendo el trabajo de hogar y comunitario, reproductivo y de cuidados no asalariado— es la vía por la que la mayoría de la gente nos sumergimos y conectamos con ese sistema (y estar en desempleo en una sociedad que distribuye los medios de vida principalmente a través del trabajo asalariado no te exime de esto). Si esto es cierto, entonces el trabajo debería ser algo que tales movimientos deberían abordar, y con frecuencia lo hacen.

¿En qué casos lo observas?

Por ejemplo, el movimiento Black Lives Matter en Estados Unidos aborda los ataques del capitalismo racial desde la división racial del trabajo a la brecha racial en la riqueza y la falta de apoyo a sus hogares y comunidades. El abolicionismo de las cárceles desafía el sistema industrial penitenciario como una forma de tratar, encerrar y silenciar a las poblaciones superfluas que el sistema de el-trabajo-y-la-familia capitalista no puede integrar. El movimiento de la huelga feminista internacionalista se centra en rechazar y visibilizar la dependencia del capital respecto a la explotación del trabajo de cuidado feminizado y no asalariado que le provee de trabajadores y consumidores día a día y generación tras generación.

Lo que pasa con el trabajo es que no funciona y nos falla a la mayoría de las personas: porque no hay suficientes empleos, porque se paga tan poco que no puedes mantenerte o porque trabajas tantas horas que no tienes tiempo para vivir. Los sindicatos son un espacio importante de la política de y contra el trabajo, pero otros tipos de organización, movimiento y activismo también están asumiendo los problemas relacionados con el trabajo dado que estos no se limitan a una clase social o a determinados sectores de la economía.

En los discursos sobre la liberación del trabajo hay una tensión histórica que, entre otros elementos, depende de cómo concibamos la posibilidad de una apropiación (o no) del cambio tecnológico en un sentido emancipador, de tomar “las fuerzas productivas” en el sentido clásico. Sin embargo, en tu libro no abordas la cuestión tecnológica en profundidad. ¿Cómo te planteas hoy esa relación entre la liberación del trabajo y la dimensión tecnológica?

Desconfío de la forma en que la tecnología se figura en algunos debates recientes. Porque creo que tenemos una tendencia notablemente obstinada a pensar la tecnología como algo en sí mismo, como si no fuera siempre un producto e instrumento de las relaciones sociales, como herramientas humanas que pueden tomar una miríada de formas y tener usos muy distintos. Entonces, tanto si celebramos la tecnología por liberarnos del trabajo como si la acusamos de robarnos el empleo, existe la sensación de que “eso” tuviera el control de mando, en lugar del Estado y el Capital. En la medida en que esto mantenga nuestra atención en preguntas sobre el desarrollo tecnológico en lugar de en preguntas más importantes —como la calidad y cantidad del trabajo asalariado y la distribución de la renta; como la organización, distribución y valor del trabajo de cuidado no asalariado; como quién está tomando las decisiones de inversión y con qué fin—, entonces creo que corremos el riesgo de distraernos o desorientarnos.

Tal vez debamos abordar el ‘lujo comunista’ desde un registro diferente, en términos del lujo de la ociosidad, la amistad, el aire fresco y la comunión con la naturaleza

¿Esto ocurre también en algunos debates sobre la renta básica universal?

Sí. Algunos argumentan que un aumento dramático del desempleo tecnológico en la era digital es una razón por la que deberíamos apoyar una renta básica. Otros responden a eso argumentando que los trabajadores serán desplazados en algunos sectores de la economía, pero otros empleos absorberán a muchos de ellos. Simplemente, no creo que nuestro apoyo a la demanda de renta básica deba depender de ese debate. Hay problemas muchos más fundamentales y urgentes en los que deberíamos centrar la atención respecto al trabajo asalariado como sistema de asignación de renta: las disparidades raciales y de género en los salarios y el desempleo; la enorme cantidad de trabajo reproductivo y de cuidados no remunerado en los hogares y las comunidades realizado de manera desproporcionada por mujeres sin la cual no habría una economía de trabajo asalariado; las terroríficas tasas de lesiones, enfermedades y muertes en el lugar de trabajo, incluido el enorme peaje que el estrés crónico de los trabajos mal pagados tiene en el cuerpo y la mente de la fuerza de trabajo; por no hablar del margen permanente de desempleo que no se considera un fracaso sino un signo de salud de las economías capitalistas. Si estas preguntas son tan importantes como lo son en el contexto del debate sobre la renta básica, centrarse en la tecnología o, en este caso, en el desempleo tecnológico, me parece una forma potencial de eludir o evitar abordar algunos de los defectos más básicos y de largo alcance del sistema salarial.

El debate actual sobre el sentido del desarrollo tecnológico está polarizándose fuertemente a partir de las condiciones de la emergencia climática y la crisis energética. Por un lado, hay una oposición entre algunos marxistas y defensores del Green New Deal que tienden a apoyar fuertes inversiones en tecnologías verdes, y por otro lado, propuestas como el decrecimiento o el ecofeminismo que abogan por una fuerte reducción de las infraestructuras tecnológicas y de la complejidad de los sistemas sociales actuales. ¿Qué implicaciones crees que pueden tener estos debates para actualizar o matizar los términos clásicos de la liberación del trabajo?

Creo que está bastante claro que llamar a una reducción del trabajo asalariado es coherente tanto con el decrecimiento como con el crecimiento verde, ambos enfoques que de alguna manera yo apoyaría. Hay dos puntos que quiero agregar a esto sobre cómo las políticas de cambio climático y destrucción ambiental se relacionan con las políticas contra y más allá del trabajo que yo defiendo.

El primer punto es que creo que es importante reconocer que el “productivismo” —es decir, la celebración del trabajo duro individual, la productividad y la autodisciplina que está en el corazón de la ética del trabajo moderna— está íntimamente ligado con el consumismo en las sociedades de capitalismo avanzado. Se supone que los bienes y servicios de consumo son nuestra recompensa, la gratificación pospuesta y debidamente aplazada al acabar el trabajo, por todo el digno sacrificio de nuestra fuerza de trabajo. La ética del trabajo y el consumismo son las dos caras de una misma moneda, el engranaje que impulsa al sistema económico. Al cuestionar una de esas caras también se desafía a la otra cara.

¿Cómo funciona ese desafío?

Más que imaginar que un menor tiempo de trabajo solo nos dará más tiempo para ir de compras, en vez de ello creo que nos dará un tiempo adicional para cultivar placeres y pasatiempos más satisfactorios y sostenibles. En ese sentido, la disminución de jornada y la renta básica universal podrían ayudar a sostener una reducción de trabajo que tendría un beneficio doble desde la perspectiva de una política del decrecimiento.

El segundo punto que quiero añadir es una advertencia sobre dos trampas en las que a menudo parece que caemos cuando imaginamos el futuro: o lo imaginamos como algo muy cercano al modelo actual como en un progreso lineal respecto a lo que tenemos ahora, o nos basamos en un modelo del tiempo pasado como una vuelta a algún período anterior de la historia. Lamentablemente, ambas maneras parecen inadecuadas en relación con cómo ocurre el cambio social, con cómo se mueve la historia. Aquí solo quisiera señalar que no creo que tengamos que elegir entre robots o granjas ni entre una producción industrial hipertecnológica y una producción artesanal a pequeña escala. Simplemente quiero que recordemos y seamos plenamente conscientes de la utilidad y de las limitaciones de nuestras visiones del futuro, limitaciones que no son culpa nuestra sino la consecuencia de los estrechos horizontes de toda perspectiva situada.

En la misma línea, y en relación con las demandas utópicas que trabajas en tu libro, tras leer sobre propuestas de “automatización total” como las que por ejemplo sostienen influyentes sectores en la izquierda británica, me surge el problema de un utopismo quizás “peligroso”. Por ejemplo, Aaron Bastani ha defendido en Comunismo de Lujo Totalmente Automatizado que una crisis tan crucial como la de los picos del litio, el fósforo o el níquel podría resolverse mediante la minería de asteroides, lo que a su vez dependería de naves espaciales propulsadas por oxígeno. De este modo, ¿cómo crees que el materialismo “científico” del actual pensamiento ecologista condiciona e influye en la forma que pueden tomar nuestras utopías de liberarnos del trabajo asalariado?

¿Qué tiene la exploración espacial que se apodera de la imaginación de algunas personas? Como investigadora de estudios de género, siento la necesidad de especificar que tales personas no suelen ser mujeres o femeninas. Debo decir que la exploración espacial no me dice nada. Estoy de acuerdo en que la evocación de la minería de asteroides y de las naves espaciales suena más bien a un ejemplo del deus ex machina típico del género narrativo del progreso tecno-utópico: una solución milagrosa frente a un problema obstinado que se supone que lleva el relato hasta su final feliz. Dicho esto, no descartaría los posibles usos de la “automatización” para reducir las cargas de trabajo humano y animal. Pero seguramente la tecnología —nos podríamos referir a esto como tecnología “apropiada” o “responsable”— debe ser concebida, desarrollada y juzgada como parte de un ecosistema natural y social más amplio, no como si fuera un fenómeno de alguna manera antinatural o asocial.

Tampoco quisiera negar de manera simple la imprevisibilidad del futuro de la creatividad humana o las nuevas ideas que se nos podrían ocurrir para distanciarme o refutar a los defensores del statu quo que reducen esa creatividad a la invención heroica de un emprendedor que no logra construir nada más que otra trampa para ratones rentable. Pero mi reacción más inmediata a tu pregunta es que tal vez debamos abordar el lujo comunista desde un registro diferente, en términos del lujo de la ociosidad, la amistad, el aire fresco y la comunión con la naturaleza, como cosas que podríamos disfrutar si dispusiéramos de más tiempo por fuera del trabajo. Me parece que realmente la pregunta no es sobre nuestra capacidad para producir más o incluso el mismo nivel de riqueza social y económica, sino sobre cómo podemos apropiárnosla y convertirla en la verdadera riqueza de la igualdad y la libertad.

Fuente: https://www.elsaltodiario.com/pensamiento/entrevista-kathi-weeks

El poder constituyente como acción de ruptura y nuevo orden

Por Santiago de Arcos-Halyburton

“hoy, acaso, estamos en un nuevo siglo XVI,

es decir en una época en la cual las viejas categorías

explotan y es preciso acuñar otras nuevas”. 

       Paolo Virno

Una lectura sobre los movimientos sociales que, desde 2011, conmueven la escena global, conformando un enjambre de rebeliones conexas, digo, una lectura, porque es solo un punto de vista a debatir, como un poder constituyente a partir de su principal característica: un acontecimiento que busca encarnar la destruccion del orden actual de las cosas, estableciendo un nuevo orden social, nacido del momento constituyente en que la multitud se reconoce a sí misma como contrapoder y al mismo tiempo intenta anularse como clase, emancipando a los ciudadanos del poder político-económico construido por el capitalismo, no como un aggiornamiento dentro del regimen de la representación o una nueva administración de la governance del capital, ni como un mistificador tránsito a través de las instituciones, sino que como una genealogía de las luchas, que nace con la Primavera Árabe en 2011, y no se detiene ni en el 15M, Plaza Maidan, el Junho Caliente brasileño de 2013, o el Octubre chilenoecuatoriano de 2019, sino que continua como una posta de rebeliones constituyentes de comunes, contra todo orden: económico, social, político, y aún más importante, contra toda representación o intento de captura por parte de las burocracias partidarias o sindicales que componen el Estado de los partidos, la banca y las finanzas.

Si bien esta es la mayor fortaleza que la política de la multitud, más allá del general intellect, ha construido, también es su mayor debilidad: la imposibilidad de estructurar un contrapoder orgánico (esto lleva a Antonio Negri a formular la hipotesis de la necesidad de un “nuevo” verticalismo en los movimientos sociales, lo que en definitiva es tratar de construir orgánicas que superen la verticalidad del centralismo de los partidos de izquierda mediante la vigilancia de la multitud, cuestión que solo la realidad se ha encargado de negar ante la experiencia de Podemos, Syriza, Frente Amplio chileno y todos los experimentos realizados en torno a la “nueva” forma política, que solo han significado un nuevo ejercicio de governance). 

Esta posta de rebeliones, que se entrega a sí misma el testigo latitud tras latitud hace parte de una momento de guerra social que recrudece ante la crisis terminal del capitalismo financiarizado, y hoy aceleradamente smartworkerizado, constituye una pregunta, obturada, pero sin respuesta aún, tal como el Mayo francés del ’68, triunfante por derrotada, precisamente porque en su fortaleza anti-representativa no logra contestarla y es, de un modo u otro, institucionalizada, canalizada en un momento electoral, como el Acuerdo por la Paz que provoca el cierre de la lucha chilena y toda su potencia en una Convención Constitucionalista, que no constituyente, sin soberanía ni mandato, que aggiorna y reconstituye el acuerdo social mistificado de Estado benefactor, en un revival del momento keynesiano, imposible en el periodo de la subsunción real del capital.

Esta canalizacion, captura, supone una derrota del movimiento social, aunque esta derrota es siempre parcial, dado que su potencia se disemina como esporas en la fabrica difusa metropolitana y rural. Es la constitución de comunes, inmanentes, en plena lucha (ordenamientos jurídicos, otros, de la multitud en lucha, como lo son sus propias leyes de prensa, que impiden o permiten el trabajo de cierta prensa en las manifestaciones, desplazamientos, rebajas de tarifas, vigilancia comunitaria, guardianes de la floresta en otras latitudes, guardia indígena, saqueos como abastecimiento y reapropiación de la riqueza creada, etc.), tangibles y orgánicos (pero no burocráticos), tanto en plena lucha como al momento del repliegue (ollas comunitarias, salarios compartidos [estos nacen en medio de la cesantía creada por la smartworkerizacion del trabajo en pandemia], huertos comunitarios, escuelas libres, redes de apoyo y solidaridad barriales), todos ellos gérmenes nacidos en pleno éxodo comunista del capitalismo, como brotes de la siembra que la rebelión global ha significado en cada territorio: la constitución de un mar de fondo sin vanguardia ni partidos, un modo otro de relacionarnos con el entorno social y politico, donde el deseo de la multitud por destruir el orden actual de las cosas se encarna en cada rechazo del momento electoral, en cada ruptura con el orden de la representación, con toda institucionalidad que signifique la continuidad de la governance del capital. 

¿Qué es el capital cibernético?

Por Leonardo Fabián Sai

El capital cibernético es una forma específica de capital de alta tecnología capaz de subsumir el lazo social. Al apropiarse de las relaciones sociales mediante dispositivos tecnológicos, el capital cibernético trastoca el conjunto de las relaciones humanas en una acumulación de datos que posibilita tanto la predicción de la conducta humana como la planificación jerárquica del capital. El resultado es una nueva relación con el cuerpo y el lenguaje.

¿Qué es el capital cibernético?

A la memoria de Pablo Levín y Humberto Maturana

No vimos nada

El capital cibernético es un capital de alta tecnología en un área específica de la producción social: la comunicación. Es el capital que subsume, captura, relaciones sociales bajo la forma mercantil del valor1. Al apropiarse del lazo social –y no ya de una región determinada de las relaciones productivas–, el capital cibernético produce relaciones sociales como comunicaciones de comunicaciones mundiales, haciendo efectiva no solo la subsunción real de la sociedad al capital, sino también la transmutación de nuestra relación con el lenguaje: la lengua informatizada de una cotidianeidad digital. Al relanzar, una y otra vez, relaciones sociales ya mediadas por su tecnología, innovación y desarrollo, el capital cibernético abre el horizonte de la época de la automatización del lazo social2.

La automatización del lazo social supone no solo su informatización y digitalización, sino además una anticipación y predicción de la acción humana. Tal anticipación se presenta, cada día más, como un poder privado transnacional que trastoca, sutil y precisamente, la experiencia humana en datos, esto es, en materia prima para la producción de los laboratorios sin paredes del capital3. Nuestra experiencia se transforma en valores de uso para la producción de algoritmos capaces de leer las relaciones humanas y conducirlas cibernéticamente. «Cibernéticamente» significa que la lectura de los algoritmos es sistémica y, en tanto tal, capaz de planificar todo lo que existe en la medida en que pueda ser reducido a pura información y comunicación: códigos biológicos, informáticos, sociales. Esta automatización del lazo social, económicamente expresada, es la capacidad de planificación del capital sobre el capital: las ideas del Valle del Silicio o de Shenzhen –el trabajo inmaterial e interdisciplinario del proletariado cognitivo– dibujan la cancha abstracta de las cadenas de valor donde juegan las empresas de todo tamaño del mundo, pagando el debido precio al señorío digital de los capitales cibernéticos, el precio de la innovación extrínseca.

El capital cibernético, en rigor, va más allá de la economía de los bienes y servicios. Se trata de un capital que trabaja sustancialmente sobre una bioeconomía. No le interesa producir al trabajador o trabajadora como autómata industrial, sino a la humanidad misma como cyborg. El cyborg (el ente orgánico cibernéticamente transformado) no es una representación de la ciencia ficción, sino la primera relación del capital cibernético con el cuerpo: la prótesis biónica que reconstituye el cuerpo discapacitado; la potenciación artificial del cuerpo para fortalecer al trabajador o al soldado; la edición genética del humano y del animal para la anticipación de enfermedades; el cultivo de órganos para futuros trasplantes; la detección de potenciales destrezas y debilidades… estos son algunos de los caracteres de este capital aplicado al campo de la salud. Es que el capital cibernéticosubsume realmente naturaleza humana: cuerpo, sangre, pensamientos, afectos, relaciones sociales, emociones. Al autómata industrial se lo explotaba, económicamente, con el fin de reproducir el poder político del burgués nacional en el Estado, a su imagen y semejanza, a través de la existencia objetiva del trabajador como clase impropia. Cuando el trabajo vivo de la clase explotada luchó y resistió, lo hizo produciéndose como subjetividad en tanto proyecto internacional (proletariado) o peticionismo del pueblo (clase obrera nacional, populismo, sindicalismo). El cyborg, en cambio, no resiste subjetivamente. Carece de un espacio íntimo de resistencia, de un «esto no te lo doy». El cyborg no reconoce otro «sagrado» que la propia tecnología. El cuerpo, la lengua misma, aparece distópicamente violentada como desierto informatizado. ¿Y qué quiere decir «desierto informatizado»?

Significa: organizar el desierto allí donde existía subjetividad. Equivale a sofocar el conflicto psíquico con conductismo, a reducir lo humano al funcionalismo de los sistemas. Si toda nuestra existencia se vuelve datos para un capital que nos lee, nos anticipa, que acumula esta información para crear productos inmateriales predictivos de nuestra conducta, entonces estamos hablando de un capital capaz de advertirle a otro capital dónde y en qué momento (tiempo y espacio) encontrará poder de compra dentro del globo con probabilidad científica. Por este motivo, afirmamos que la dirección del capital cibernético es total; que su innovación es bioeconómica4, que su efecto sobre la cultura no es la producción de subjetividad fetichista, sino la creciente presencia de este nuevo intruso, a través de la modificación cibernética del humano: el advenimiento del cyborg5 y su «religión»: el transhumanismo. Todas las ciencias, las artes, el derecho, el entretenimiento, son actualmente interpretadas como información o «materia prima». Y todos estos «campos de sentido», como los denominó el filósofo alemán Markus Gabriel, tienden hacia la automatización que les impone el capital: programas capaces de crear canciones o pinturas; robots en forma de animales-cyborgs para la industria militar; restauración de órganos y funciones orgánicas en medicina; procesamiento masivo de datos en finanzas y sentencias en derecho, etc. Bajo el comando del capital cibernético han quedado capturadas, en rigor, la vida psíquica de las sociedades, las formas estéticas que constituyen sus identidades, las potencias históricas e ideales de sus narrativas6. La consecuencia necesaria de la continua explotación por parte del capital de los distintos modos de expresión de la subjetividad humana es el empobrecimiento continuo de esta: un mundo que prescinde de nosotros y que funciona, automatizado, de forma plenamente racional.

Mientras tanto, una burguesía tecnológica transnacional –los dueños de las imperiales tecnológicas– se presenta ya como diseñadora ontológica de los mundos posibles para la crianza de los humanos del futuro. Una verdadera política de interiores, una arquitectura de invernaderos7. Ya no son los algoritmos herramientas inventadas por el ser humano, sino que es el ser humano la materia rediseñada por algoritmos: las identidades se disuelven en el juego imaginario del control del lazo social; la vida psíquica de los pueblos queda transformada en pura comunicación sin sujeto y sin experiencia; las formas estéticas de unas narrativas sociales se transfiguran en entidades amorfas predictibles y rediseñables8; las potencias históricas e ideales quedan políticamente neutralizadas por tecnologías del comportamiento, distorsión de la cotidianeidad e ignorancia inducida9.

A 23 años de la fundación de Google Alphabet, nada vimos aún10.

El capital cibernético como función adaptativa

El capital cibernético es una función, una conquista evolutiva, que adopta y elabora el capital (tecnológicamente más jerarquizado y potente) para reproducir su dominio sobre el trabajo vivo. Subsumiendo capitales simples (no innovadores, reproductores dependientes de tecnología), colabora con la dominación sistémica del capital como tal. La apariencia de autonomía del capital cibernético se da por el hecho económico del ofrecimiento, en la superficie del intercambio mercantil, de servicios y productos mediante la comunicación digital que permiten al resto de los capitalistas industriales la potenciación tecnológica de sí mismos: llegar eventualmente hasta donde llega la comunicación (si los acuerdos comerciales lo permiten). La subsunción se materializa como «entrelazamiento del conjunto del capital», a través de la comunicación (digital) mundial de los sistemas sociales; una potenciación cibernética de los capitales industriales, dinerarios, comerciales. El teletrabajo es un ejemplo inmediato de la reducción de costos en infraestructuras, alquileres de edificios, oficinas, etc.; una verdadera digestión, que metamorfosea tanto al capital tecnológicamente dependiente como a los Estados nación y al trabajo vivo, en datos11.

Se trata de un dominio cibernético sobre la totalidad que se manifiesta como captura del lazo social: relaciones humanas ya mediadas por la cibernética del capital. Esta acelera su rotación y asegura que producción de valor y poder de compra se encuentren, en tiempo real, a través del espacio creado por este capital: el ciberespacio. La aceleración de la rotación del capital (como unidad del tiempo de circulación y producción) por parte del capital cibernético presupone el capital industrial. El capital cibernético no crea desde sí mismo el capital industrial; crea industrias, pero presupone, para su existencia y apropiación de valor, la trama industrial del mercado mundial. Un empresario industrial «sube a la nube» toda la información contable de sus empresas, sus operaciones, sus estructuras de gastos, sus ventas, sus planes de inversión. Toda esa información ofrece saber al capital cibernético. Sus «fierros», sus infraestructuras, alojan esa información. Ahora bien, los algoritmos del capital no son una forma de «capital fijo», sino de capital cibernético12. Son medios de producción inmateriales que, al codificar una masa descomunal de datos (un saber social práctico extraído de millones de conductas e informaciones), producen un plusvalor algorítmico que permite anticiparse a los hechos económicos, automatizar el lazo social transformando las relaciones sociales. Transformando tecnológicamente las relaciones sociales, el capital cibernético transmuta la esencia del humano13. El capital cibernético –decíamos– acelera la rotación de los capitales productivos existentes (abreviando tiempos de circulación y producción) y, a diferencia del capital comercial, influye directamente sobre los tiempos de producción y circulación. El capital cibernético no solo potencia al capital industrial, sino que además potencia y comanda al capital comercial. El efecto de superficie no puede sino ser una economía digital. En esta economía aceitada con criptomonedas como forma necesaria del presente estadio del desarrollo tecnológico del capital, el capital cibernético ofrece una nueva forma de conversión, de estado, a la forma del valor: la forma digital del valor.

Se trata de la mercancía que se transmuta en datos, en información, en comunicación de los sistemas sociales de una sociedad mundial de control. Este cambio de estado, de la mercancía a datos, implica la mediación del capital cibernético en la producción de valor como forma inmaterial o digital del valor. Una conversión del valor a través de fuerza de trabajo inmaterial, inteligente, expresada en algoritmos, fórmulas, procesos cognitivos del capital y de sus laboratorios sin paredes. Esta conversión redunda en aceleración del proceso capitalista de producción, abreviación del tiempo de rotación del capital, reducción del tiempo en que el capital reposa como capital mercantil. Esa velocidad permite la vuelta del capital como dinero. Reconvirtiendo las relaciones sociales en datos para el desarrollo de la inteligencia artificial, el capital cibernético subsume realmente a la sociedad, entendiendo por sociedad el sistema que incluye todas las comunicaciones posibles: la sociedad mundial.

La sociedad mundial de control del capital cibernético

El capital cibernético acelera dramáticamente la circulación del capital. Se acelera el encuentro entre el poder de compra y la mercancía, como si el capital cibernético fuera un déspota oriental para una miríada global de trabajadores (artesanales) que producen a pedido y en condiciones de absoluta dependencia tecnológica. ¿Siervos de las pantallas?

Esta metáfora «tecnofeudal» de Cédric Durand, con sus analogías en el pasado eclesiástico-confesional, resulta poco productiva –lo que los usuarios ponen en el capital cibernético no es «trabajo» sino naturaleza humana como materia prima, vida social como datos– para pensar la economía digital. No se trata, por lo tanto, simplemente, de «extractivismo». El capitalismo de nuestros días no es «ficticio» ni «medieval». Es súper productivo, por la masa de trabajo que es capaz de comandar. Esta aceleración algorítmica del proceso social de producción está en el origen de la «hambruna de datos», de la necesidad, la voracidad por los datos que permitan incrementar la prontitud de los pedidos, de los despachos, de los stocks por vender, de la circulación de capital dinerario para pagar deudas o tomar créditos; pero también del estudio científico de las poblaciones del mundo para predecir las conductas y anticipar los comportamientos individuales y colectivos. Al operar sobre el conjunto tecnológicamente dependiente del capital (los empresarios del mundo que venden sus mercancías por internet) y del trabajo asalariado (la humanidad que carga su vida cotidiana en el celular), el capital cibernético se transforma no solo en el mediador general del lazo social, sino también en un expropiador de la experiencia humana que procesa nuestra relación con el lenguaje como procesamiento cibernético del lenguaje natural. Esta mutación es identificada, superficialmente, como «pasaje» de una «internet de la información» a una «internet del valor».

El capital que otrora vendía servicios y productos tecnológicos ha evolucionado en una forma cibernética capaz de tomar al humano mismo como sede de la producción de plusvalor, transformando: (a) la relación con el lenguaje: la expropiación de la experiencia en sistemas de modelización de la conducta vía algoritmos; (b) la relación con el trabajo y la producción de dinero: la condensación de la vida social a través de pantallas y la emergencia de la forma digital del valor o criptomoneda; (c) la relación con el cuerpo y la vida: la transformación del cuerpo humano en cuerpo-cyborg y la edición genética de la especie14. Ni el sujeto ni la subjetividad ni la relación con el lenguaje están dados de una vez y para siempre. El ser humano debe producir esa relación con el lenguaje. El modo de ser de esa relación puede, en un futuro cada vez más cercano, no tener la forma de una subjetividad. El ser humano puede dejar de pensarse subjetivamente en el devenir de otro modo de ser. Bajo el dominio de la cibernética, la subjetividad queda relegada, descentrada, en el funcionamiento de los sistemas.

Síntesis

El capital cibernético es una estructura tecnológica lanzada al futuro; una acumulación de trabajo cognitivo capaz de limitar el infinito de las comunicaciones con algoritmos cada vez más eficientes y potentes; una función en el dominio general del capital sobre el trabajo vivo adaptada al riesgo, a la contingencia, a la incertidumbre y a la primacía de la temporalidad sobre el espacio de la sociedad moderna. Su modo de comunicación, desde ya, ha superado la vieja lógica binaria con sistemas cuánticos15. El capital cibernético, asimismo, ya no se dirige sin más a la naturaleza (para transformarla en materia prima del capital industrial), ni a las industrias (para destruirlas creativamente mediante las innovaciones radicales del cambio tecnológico permanente) sino, fundamentalmente, a la naturaleza humana –que reduciremos a la fórmula «biología más lo social»– para producir al cyborg: al ente biológico, cibernéticamente editable. La fuerza de trabajo cognitiva, inmaterial, que compra el capital cibernético potencia trabajo vivo, naturaleza humana. Es trabajo vivo que potencia trabajo vivo. Ya no más trabajo vivo que actualiza trabajo pretérito, muerto. Es trabajo científico-tecnológico que conduce al cuerpo de la especie más allá de sus límites biológicos.

El capital cibernético es una revolución del valor que es, al mismo tiempo, una revolución bioeconómica16.

  • 1.Un obrero de los siglos XIX o XX era explotado en su cuerpo, en sus fuerzas de trabajo, pero regiones completas de su actividad –como la conversación, la medición de los latidos del corazón o el sexo– quedaban por fuera de la explotación del capital. El fundamento de las ganancias del capital cibernético ya no es un plusvalor extraído del contexto industrial, sino uno extraído directamente de la explotación de la experiencia humana en general mediante productos intelectuales del trabajo humano: algoritmos. Junto con Sofía Scasserra, hemos denominado este plusvalor plusvalor de vida. Este plusvalor de vida implica, ni más ni menos, que una extensión ontológica del locus de la constitución del plusvalor, que ahora abarca toda la trama de la vida biológica, psíquica y social. S. Scasserra y L.F. Sai: «La cuestión de los datos: plusvalía de vida, bienes comunes y Estados inteligentes», análisis, Fundación Friedrich Ebert, 6/2020, disponible en library.fes.de.
  • 2.Esta automatización del lazo social lo robustece a niveles insospechados, impidiendo la anomia, relanzando el lazo social de forma ampliada y generando hechos sociales propios de la sociedad de control: «polarización social», «burbujas informativas» o «universos simbólicos paralelos» son todos fenómenos de (auto)control sistémicos, tecnológicamente inducidos.
  • 3.¿A qué llamamos «laboratorios sin paredes»? A la investigación transnacional, comunitaria, experimental, análoga y en red; a la instalación, la plataforma, el proyecto realizado por los científicos como gestación de una idea que se disuelve en el mismo momento en que se realiza: queda la fórmula, aumenta el conocimiento universal, pero ya no pueden reproducirse, en idénticas condiciones, sus condiciones reales de experimentación.
  • 4.En la bioeconomía del capital cibernético, el trabajo vivo potencia el trabajo vivo. Un ejemplo es la biotecnología industrial: la biotecnología se define como el uso de organismos vivos o partes de ellos (estructuras subcelulares, moléculas) para la producción de bienes y servicios. En términos generales, los seres humanos han venido desarrollando esto hace miles de años, en actividades como la producción de alimentos fermentados (pan, yogur, vinos, cerveza, etc.), pero es la biotecnología moderna la que, específicamente, hace uso y dominio de la información genética. Es vida que potencia vida.
  • 5.¿A qué llamamos cuerpo-cyborg? Al pasaje hacia un modo de conservación de la cultura fundado ya no en una tradición oral, ni en una escritura, sino en la pura tecnología. A la acumulación de tecnología objetivada en el cuerpo como invasión, reconstrucción y potenciación de nuestra biología por medios cibernéticos.
  • 6.La exposición de este proceso de captura se encuentra desarrollada en L.F. Sai: «Fragmentos de fragmentos: vida psíquica, forma estética y potencia histórica» en Espectros No 6, 2020.
  • 7.El liberalismo encarna la voluntad de producir el mundo exterior como el interior absoluto del individuo, confortable, decorado, suficientemente grande para disfrazar la prisión, diría Walter Benjamin: aspira a disfrutar de la totalidad del mundo sin tener que salir de casa.
  • 8.El ser cotidiano de la cibernética puede ser interpretado como la compulsión a permanecer «conectado», «ver qué pasa en las redes». El asunto, por estos días, es resistir la anulación del deseo por el goce infinito del ojo y del oído.
  • 9.Una nueva disciplina, llamada «agnotología», se encarga de estudiar esta cuestión de la ignorancia socialmente inducida. El canal de noticias público alemán Deutsche Welle (DW Documental) ha realizado un documental de investigación al respecto, Manipuladores de opinión (2021).
  • 10.En estos años, el hecho histórico ocurrido fue la expropiación originaria de datos. De ahora en más asistiremos a la regulación y legalidad del flujo de datos; al surgimiento de nuevos derechos (derecho al anonimato, por ejemplo) y «buenas prácticas de privacidad» que organicen la legitimidad, a largo plazo, del capitalismo cibernético. Es un paso necesario e indispensable para que este despliegue los nuevos diseños para el medio ambiente humano: las ciudades inteligentes.
  • 11.¿Quiénes utilizan esas materias primas? Toda la fuerza de trabajo científica tecnológica (programadores, analistas de sistemas, informáticos, sociólogos, psicólogos, etc.) que, ya sea dentro de un laboratorio de Google o como emprendimiento tecnológico tipo PYME, manipula esas masas de datos para inventar, escribir, fórmulas, algoritmos, con los cuales ofrecerán mercancías inmateriales (productos y servicios). Allí está el verdadero plusvalor productivo: el plusvalor algorítmico.
  • 12.Tiziana Terranova comete un serio error, en nuestra opinión, al considerar los algoritmos como parte del «capital fijo» («Marx en tiempo de algoritmos» en Nueva Sociedad No 277, 9-10/2018, disponible en www.nuso.org). Los algoritmos, bajo el comando del capital, son propiedades intelectuales: verdaderos arcanos de su poder tecnológico, secretos de Estado del capital. Los algoritmos del capital son fórmulas secretas, bienes irreproducibles, súper productivos, de inmenso valor.
  • 13.Para la sociología, «esencia humana» significa, en términos del Marx de la tesis 6 sobre Feuerbach, el «conjunto de relaciones sociales».
  • 14.Sobre este asunto, resulta indispensable la lectura de Gabriel Muro: «Los algoritmos vivientes» en Espectros No 7, 2021.
  • 15.Los ordenadores clásicos convierten la información en unos y ceros. En computación cuántica, los sistemas pueden ser uno y cero a la vez.
  • 16.El enemigo principal del capital cibernético, desde luego, no son los sindicatos sino la «civilización del petróleo». Esta le impone límites energéticos, límites que lo provocan y desafían su superación. Veremos desarrollarse esta cuestión a lo largo de todo el presente siglo.

Este artículo es copia fiel del publicado en la revista Nueva Sociedad 294, Julio – Agosto 2021, ISSN: 0251-3552

La democracia en la era de la inteligencia artificial

Por Paul Nemitz

En vista de la creciente expansión de la inteligencia artificial en las sociedades modernas, resulta necesario discutir cómo puede servir para mantener y fortalecer el Estado de derecho, la democracia y los derechos humanos, en lugar de contribuir a su debilitamiento. Eso dependerá en gran medida de las formas de regulación elegidas.

La democracia en la era de la inteligencia artificial

Así como debe hacerse una clara diferenciación entre internet como tal, una estructura tecnológica que conecta personas e información, y lo que sucede en internet, también debe hacerse una diferenciación entre el potencial teóricamente positivo de la inteligencia artificial y los usos para los cuales se la desarrolla actualmente. Por lo tanto, un análisis diferenciado debe ir más allá de una mera enumeración de las ventajas de la internet gratuita o los beneficios teóricos de la inteligencia artificial y tener en cuenta los efectos reales de las nuevas tecnologías digitales y modelos de negocio en el área de internet e inteligencia artificial.

Por tanto, la influencia de las empresas vinculadas a la inteligencia artificial no solo se limita a la tecnología subyacente, sino que también atraviesa el ámbito social. Es por ello que la concentración de poder tecnológico, económico y político en manos de los «cinco temibles» (Amazon, Apple, Facebook, Google, Microsoft), que ocupan el centro de la escena del desarrollo y uso comercial de la inteligencia artificial, tiene una especial importancia en este contexto.

Ambición de poder

Las megacorporaciones digitales no solo son capaces de ejercer una influencia política y social masiva, tienen también los recursos financieros para comprar nuevos desarrollos y startups en el campo de la inteligencia artificial y en todas las demás áreas relevantes para su modelo de negocio, y eso es exactamente lo que hacen. Su pretensión de concentrar poderío y controlar pone en desventaja al cuarto poder: el periodismo clásico, que es tan importante para la democracia. Su selectivo negocio de publicidad priva al periodismo de su sustento. Es cierto que no son la única razón de la muerte de los periódicos y del retroceso del periodismo clásico tanto en Europa como en Estados Unidos, pero son uno de los principales factores. Si bien es posible que algunas de sus investigaciones fundamentales sobre inteligencia artificial sean de acceso público, el trabajo mucho más elaborado sobre aplicaciones comerciales de inteligencia artificial se realiza en secreto. Los presupuestos en esta área superan con creces la inversión pública de muchos países. Esta acumulación de poder en manos de unos pocos debe ser observada de modo abarcativo: incluye el poder del dinero, el poder sobre la infraestructura democrática y el discurso público, el poder sobre los individuos a través de la elaboración de perfiles precisos y la supremacía en el campo de la inteligencia artificial. Los gigantes de internet han tenido logros sin precedentes como empresas: buena parte de su producción no está regulada, son dominantes en su mercado y son las empresas más rentables en la bolsa de valores. Tienen una inmensa influencia en la formación de opinión y en la política, al tiempo que han conservado su popularidad entre el público.

La cultura predominante de Silicon Valley sigue la «ideología californiana». Sus raíces se remontan al movimiento juvenil de la década de 1960. Parte de las metas de este movimiento era liberarse del dominio político de Washington y del dominio tecnológico de ibm, la empresa de tecnología líder en ese entonces. En esencia, había un gran anhelo de libertad personal y de capacidad individual para actuar como efecto de la descentralización. El desarrollo de la primera computadora personal (pc) y el multipremiado spot publicitario de la Apple Macintosh realizado por el reconocido director Ridley Scott, en el que una joven se libera del «Gran Hermano» («Y verás por qué 1984 no será como 1984»), son una expresión de esta búsqueda de libertad individual y autorrealización, lejos de los imperativos sociales y de la dependencia del Estado. En su famosa «Declaración de independencia del ciberespacio», John Perry Barlow, activista estadounidense por los derechos civiles y compositor de la banda de rock Grateful Dead, rechazó cualquier regulación legal de internet. Alegaba que las formas tradicionales de gobierno, que –diríamos– pueden existir únicamente sobre la base de la ley y el orden, «no tienen soberanía donde nosotros (los actores del ciberespacio) nos reunimos». No fue casualidad que esta declaración se hiciera pública en 1996 en el marco del Foro Económico Mundial de Davos.

La lucha contra las leyes

Esta idea también fue retomada en el discurso jurídico. David R. Johnson y David G. Post, jurisconsultos especializados en espacio digital, afirmaron que si los usuarios quieren establecer reglas en internet y estas no dañan a los no usuarios, entonces «la ley del mundo físico debería ser revocada en favor de esta forma de autorregulación». Pero no fue solo la «ideología californiana» lo que alentó el desacato de la ley. La enseñanza de innovaciones disruptivas, muy difundida en las escuelas de negocios, condujo en algún momento a una comprensión de la ley como algo disruptivo. Esta lucha de las empresas tecnológicas y los activistas contra las nuevas leyes, que siguen poniendo la tecnología por encima de la democracia, continúa hasta el día de hoy.

Por ejemplo, Google insistió en que solo se le aplique la ley de California, ya que las búsquedas hechas desde Europa son respondidas desde los servidores californianos. Es más, se argumentó que los resultados de las búsquedas no deberían clasificarse como «tratamiento de datos». La fundamentación: Google no es responsable de los resultados, ya que son producto del algoritmo automatizado y no pueden ser controlados por la empresa. Aquí es donde se hacen evidentes la cosmovisión de la empresa y la manera de concebir el Estado de derecho: en primer lugar, la automatización en forma de algoritmo como servicio protege a la empresa mediadora de cualquier responsabilidad legal. Visto así, el sueño de John Perry Barlow se haría realidad: en la era digital, la tecnología tendría prioridad sobre la jurisprudencia. En segundo lugar, si existiera cualquier forma de vínculo legal, este solo podría existir en relación con un orden global, presumiblemente dominado por la ley estadounidense y administrado por jueces estadounidenses. Este escenario sería ideal para Google. Los costos se reducirían considerablemente, incluso si la empresa operara en diferentes jurisdicciones. Esto estaría totalmente en línea con la idea de construir una única estructura global de internet que no esté dividida en diferentes jurisdicciones o fragmentada por normas nacionales y que sea muy difícil de atacar legalmente para ciudadanos no estadounidenses.

En este contexto, la reacción del Tribunal de Justicia de la Unión Europea (tjue), generalmente entendida como el «retorno de la ley», fue positiva: el Tribunal respondió al argumento de Google manteniéndose en los límites de la cuestión jurídica planteada, pero sin perder de vista las implicaciones más amplias de esta cuestión. Al final, los reclamos de Google fueron rechazados y así se protegieron los derechos fundamentales de los ciudadanos europeos, sobre la base de la larga tradición europea de protección de la privacidad y protección de datos.

Se puede especular sobre si el argumento de Google de no querer asumir la responsabilidad de los resultados del algoritmo de búsqueda fue usado previendo negar toda responsabilidad por los productos de la futura inteligencia artificial autónoma. En cualquier caso, la respuesta del tjue en este caso fue clara. El presidente ejecutivo de Google se pronuncia actualmente en contra de una regulación general de la inteligencia artificial. Alega que tal regulación obstaculizaría la innovación y que solo puede concebirse una regulación específica de la inteligencia artificial por sectores. Lo que olvida es que se presentó el mismo patrón argumentativo contra el Reglamento General de Protección de Datos de la ue. Pero en vano, y con razón. Porque una normativa puramente sectorial deja sin regular demasiadas aplicaciones de la inteligencia artificial de uso general y, en su complejidad, abruma tanto a quien legisla como a la ciudadanía. Primero necesitamos fundamentos horizontales y generales. Luego se podrán agregar especificaciones por sector.

Cuestiones éticas

Cuando se pone todo esto en contexto, hay un denominador común claro: el intento de evitar responsabilidades, tanto en la legislación como en la jurisprudencia. Y todo surge de un pequeño grupo de empresas que tienen en sus manos un poder sin precedentes. El debate sobre las cuestiones éticas de la inteligencia artificial ya ha expuesto los innumerables desafíos en el ámbito de los derechos fundamentales y el Estado de derecho en este contexto. Es evidente que la inteligencia artificial no puede servir al bien público sin reglas claras. El potencial de la inteligencia artificial obliga a no correr los mismos riesgos que cuando se introdujo internet, que en su momento provocó un vacío legal. Las posibilidades de esta nueva tecnología son tan inmensas que pueden causar estragos y daños irreversibles a la sociedad. Pero mientras que hoy la inteligencia artificial es desarrollada por empresas gigantescas con presupuestos de miles de millones, están regresando los ingenuos argumentos con los que se causó mucho daño en las fases tempranas de internet.

También está claro que los numerosos conflictos de intereses entre empresas y público en relación con la inteligencia artificial no pueden resolverse mediante códigos de ética laxos ni autorregulación. Pero eso no significa que las empresas no deban contribuir a la discusión sobre los desafíos éticos y legales. Muchas de las personas que trabajan para estas empresas tienen las mejores intenciones y pueden hacer importantes aportes al debate. También se puede observar una cierta diferenciación en las actitudes hacia la legislación, según sea el modelo de negocio. Microsoft, que gana mucho dinero por servicios al gobierno y la administración pública, se posiciona de manera más constructiva frente al Estado de derecho y la democracia que otras empresas.

En vista de los enormes presupuestos con los que las megacorporaciones están presentes en muchos ámbitos de la ciencia, la sociedad civil y la opinión pública, es importante que todos quienes participan de la gran discusión sobre la regulación de internet y las nuevas tecnologías ofrezcan información clara sobre relaciones laborales, financiamiento u otras transferencias de servicios y expongan de manera abierta los conflictos de intereses.

Resulta sorprendente hasta qué punto los defensores de una legislación sobre inteligencia artificial estuvieron inicialmente a la defensiva, a pesar de que existe una larga historia de regulaciones legales en el ámbito de la tecnología. Todo arquitecto debe, en el curso de sus estudios universitarios, familiarizarse con las normas de construcción para salvaguardar el interés público, por ejemplo, en la construcción de edificios a prueba de derrumbes. Cada automóvil debe superar varias pruebas para garantizar la seguridad vial. La introducción de los cinturones de seguridad obligatorios, muy resistidos por la industria automotriz y los clubes automovilísticos, finalmente redujo a la mitad la cantidad de muertes en carreteras. Una y otra vez, la sociedad ha visto que, ante la aparición de nuevas tecnologías, es la regulación legal y no la desregulación lo que beneficia al interés público.

Los estímulos para reflexionar sobre la inteligencia artificial no solo han demostrado la multitud de exigencias que las nuevas tecnologías imponen a la legislación, la democracia y los derechos individuales. También han dado lugar a algunos catálogos de reglas éticas en esta área. Por ejemplo, Alan Winfield, profesor de Ética Robótica en la Universidad de Bristol, enumera diez códigos de conducta relacionados con la inteligencia artificial. Las últimas contribuciones a esta lista son la declaración del Grupo de Alto Nivel de la Comisión Europea sobre Inteligencia Artificial Fiable del 18 de abril de 2019 y el informe de la Comisión Alemana de Ética de Datos, presentado el 23 de octubre de 2019. Por tanto, no faltan propuestas sobre principios éticos en el tratamiento de la inteligencia artificial.

Un interrogante es si, después de la experiencia con una internet libre de todo marco legal, nuestra democracia debe volver a exponerse al riesgo de una tecnología omnipresente y decisiva, que puede tener efectos negativos sustanciales si no se la regula. A diferencia de internet, la inteligencia artificial no es producto de unos pocos académicos e idealistas, sino de las poderosísimas empresas de internet que la controlan. Mientras tanto, algunos representantes de estas empresas han llegado recientemente a la misma conclusión y han pedido una legislación sobre inteligencia artificial. También la canciller alemana Angela Merkel ha pedido, durante la conferencia del g-7 en Japón, una regulación legal de la inteligencia artificial, tal como lo es el Reglamento General de Protección de Datos (rgpd). La presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, dijo, a modo de orientación, que la Comisión Europea presentaría una propuesta para regular la inteligencia artificial dentro de los 100 días posteriores a su asunción, ocurrida el 1o de noviembre de 20191.Todos los argumentos que ahora se utilizan en contra de una ley de inteligencia artificial fueron expuestos antes de 1995, cuando se introdujo la primera directiva de protección de datos personales en la ue. Luego se lo volvió a hacer durante las negociaciones sobre el rgpd en los años 2012 a 2016. Ninguno de los argumentos pudo convencer a los legisladores, y con razón. La afirmación de que la ley no puede seguir el veloz ritmo de desarrollo de la tecnología o los modelos comerciales ha sido refutada por la legislación europea tecnológicamente neutra2. El rgpd es un ejemplo de legislación moderna y tecnológicamente neutra, cuyo significado y relevancia evolucionan a la par del progreso tecnológico, incluida la inteligencia artificial.

Falacia y afirmaciones

La afirmación de que el derecho no es lo suficientemente preciso para regular tecnologías complejas y que una ley que no se adentre absolutamente en los detalles de un código preciso y fácil de usar no puede ser una buena ley constituye otra falacia por parte de los programadores. Por definición, el proceso democrático de elaboración de leyes es un acuerdo. El rgpd se negoció, durante el procedimiento parlamentario, sobre la base de casi 4.000 sugerencias individuales de mejora.

Las leyes (generalmente) las hacen personas razonables y, en caso de un conflicto legal, las interpretan jueces razonables. Este proceso abierto de elaboración de leyes y su posterior interpretación le confiere a la ley flexibilidad para adaptarse a las nuevas circunstancias. Las leyes no tienen que reescribirse una y otra vez como los códigos de programación, que deben ser revisados constantemente desde la versión 1.0 en adelante.

Para decirlo claramente: exigir que una ley sea tan precisa o tan rápidamente actualizable como un código de programación es antidemocrático. Esta exigencia ignora tanto el principio de deliberación y acuerdo en una democracia como el tiempo requerido para el debido proceso.

Por cierto, los grupos de presión no tuvieron ningún problema en evaluar los diversos anteproyectos del rgpd de manera completamente contradictoria: por un lado, como demasiado imprecisos para crear seguridad jurídica y, por el otro, como demasiado detallistas y no suficientemente abiertos y flexibles. Estas críticas encontradas prueban que se deber evitar la ley a toda costa recurriendo al descrédito. La afirmación de que la ley es demasiado inflexible para seguir el ritmo de los desarrollos tecnológicos es básicamente una forma más elegante de parafrasear lo que los neoliberales siempre han dicho: no queremos ninguna obligación legal, porque entonces se nos podrían atribuir responsabilidades legales.

Por lo demás, quienes abogan por una ética de la inteligencia artificial afirman lo mismo. El mundo de los negocios no tiene problemas con los códigos éticos, ya que estos carecen de legitimación democrática y no pueden ser impuestos por fuerza de ley. Pero esta es precisamente la principal ventaja del derecho sobre la ética: con la verosímil amenaza de sanciones anima a los desarrolladores a trabajar en pos del interés público.

Toda tecnología tiene que convivir con la realidad de que la ley le marque límites. Es hora de que Silicon Valley y la industria digital de internet acepten esta necesidad democrática. En un momento en que internet y la inteligencia artificial lo atraviesan todo, la falta de regulación de estas tecnologías claves podría significar el fin de la democracia. Las reglas éticas pueden ser una etapa preliminar y una ayuda orientadora en el camino hacia la legislación y pueden proporcionar contenido para leyes posteriores. Pero no pueden reemplazar la ley, carecen de la legitimidad democrática y la naturaleza vinculante con que los gobiernos y los tribunales pueden hacer cumplir las leyes.

Mark Zuckerberg, fundador de Facebook, y Brad Smith, presidente de Microsoft, han pedido recientemente en textos programáticos una legislación. Pero cuando esto se concreta, las empresas vuelven a lanzar la máquina de lobby contra una legislación eficaz para salvaguardar los datos y la privacidad. Esto se pudo observar hace muy poco en eeuu, tanto en California como en el estado de Washington, donde Microsoft tiene su sede. Además del derecho, también habrá espacio para una ética que vaya más allá de lo que exige la ley: las normas éticas internas de las empresas son buenas si son coherentes con la legislación del país en cuestión y si van más allá, por ejemplo, en lo que respecta al interés público.

Muchas de las cosas buenas que quieren hacer las empresas de Silicon Valley son bienvenidas. Pero esto no puede eximirlas de actuar dentro de la ley y el orden y respetando el proceso democrático. También está completamente claro que el rgpd debe aplicarse siempre que la inteligencia artificial trabaje con datos personales. El rgpd contiene derechos importantes para los consumidores sobre cómo se pueden usar sus datos, y estas reglas también influirán en el diseño de una inteligencia artificial. Los principios de protección de datos del rgpd son una guía importante para la inteligencia artificial, al igual que los límites al tratamiento automatizado de datos y los derechos a la información de los afectados. También está cobrando importancia, en lo que respecta a la inteligencia artificial, la evaluación de las consecuencias del tratamiento de datos personales para las personas afectadas, necesaria en determinadas condiciones. En este aspecto, no se necesita ninguna legislación nueva. Sin embargo, los principios del rgpd con respecto a la inteligencia artificial también deben aplicarse al tratamiento mediante inteligencia artificial de datos que no son personales.

En el discurso democrático, no obstante, es igualmente importante saber si el interlocutor es una persona o una máquina. Si las máquinas participan en el discurso político sin ser identificadas como tales, o si se hacen pasar por personas impunemente, puede producirse una grave distorsión del discurso, lo cual sería insostenible para una democracia. Hasta ahora, ninguna ley nos garantiza que seremos informados si quien entabla un diálogo con nosotros en un contexto político es una máquina.

Sin embargo, un discurso político transparente entre personas es la clave de la democracia. El «principio de materialidad» estipula que se debe, por ley, dejar claro si quien está hablando es una máquina o una persona. Las máquinas no identificadas y, más aún, las máquinas disfrazadas de personas deben ser sancionadas. Quienes controlan la infraestructura del discurso político deben asumir la responsabilidad de establecer una transparencia total. Se necesitan nuevas leyes para ello.

Pero podemos ser optimistas en cuanto a que las regulaciones detalladas de la ue para la lucha contra la discriminación y la protección del consumidor también se aplicarán en el campo de la inteligencia artificial. Teniendo en cuenta esto, es necesario considerar algunos principios básicos de la legislación sobre la inteligencia artificial.

Si bien en Europa la ponderación parlamentaria de la tecnología basada en el principio de responsabilidad de Hans Jonas es ya una rutina y considera que la evaluación del impacto es un elemento clave del principio de precaución, esto no es así en eeuu. Allí, la Oficina de Evaluación de Tecnología (ota, por sus siglas en inglés) se cerró durante el gobierno de Ronald Reagan, una victoria temprana para el movimiento anticiencia. Hillary Clinton anunció en su campaña electoral de 2016 que quería reabrir este órgano o uno similar.

Evaluación de impacto en tres niveles

En Europa, sin embargo, siguen vigentes el principio y el método de evaluación de los efectos a corto y largo plazo de las nuevas tecnologías y el consiguiente asesoramiento político. La Red de Evaluación de Tecnología Parlamentaria Europea (epta, por sus siglas en inglés) reúne los métodos y las evaluaciones de impacto para los parlamentos europeos en una base de datos común. Para fortalecer la confianza en la tecnología en la era de la inteligencia artificial, en tiempos en que la tecnología gana cada vez más terreno en todas las áreas de nuestras vidas, es necesaria una evaluación de impacto en tres niveles.

Primero, como se ha descripto, una evaluación parlamentaria de impacto en el nivel político y legislativo. El objetivo en este caso es averiguar qué áreas afectará una nueva tecnología y qué debe hacer el Poder Legislativo para que sea preservado el interés público. Idealmente, esta evaluación de impacto debería tener lugar antes de que se utilicen tecnologías de alto riesgo. El poder de decisión con respecto a las consecuencias que han sido examinadas en una evaluación de impacto hecha por expertos debe estar en manos del gobierno o del Poder Legislativo, lo que en el nivel de la ue sería área de responsabilidad de la Comisión y el Consejo, así como del Parlamento a modo de colegislativo.

El segundo nivel se refiere a los desarrolladores y usuarios de nuevas tecnologías. Sería importante que se introdujera en relación con la inteligencia artificial una obligación legal para las empresas de realizar una evaluación de impacto de sus productos. Tal obligación legal ya existe para datos personales que se utilizan en procesos automatizados de toma de decisiones. Esto debería extenderse a todos los ámbitos de la democracia, el Estado de derecho y los derechos fundamentales. Al menos si la inteligencia artificial tiene potencial para ser utilizada en el ámbito del ejercicio público del poder, es decir, en el ámbito democrático y político o en el ámbito de los servicios de interés general, independientemente de si se tratan datos personales o no.

Las evaluaciones de impacto en el nivel de desarrollador y usuario favorecerían la comprensión pública de la inteligencia artificial allí donde actualmente sigue faltando transparencia y conocimiento sobre los efectos. Las evaluaciones también ayudarían a que los directores ejecutivos y desarrolladores admitan el poder que realmente ejercen mediante sus productos. Así podría desarrollarse en la industria tecnológica una nueva cultura de responsabilidad por la democracia, el Estado de derecho y los derechos fundamentales.

Los estándares para ese tipo de evaluaciones de impacto antes de la difusión de la inteligencia artificial deberían establecerse en una ley redactada en términos generales, de manera similar a la obligación de realizar una evaluación de impacto en el rgpd. El Estado debe controlar el cumplimiento y debe haber sanciones severas en caso de incumplimiento. Si la inteligencia artificial va a ser utilizada por el Estado o se va a difundir ampliamente en la sociedad, la evaluación de impacto debería ser publicada. Si la tecnología es de alto riesgo, el gobierno debe realizar sus propios análisis y elaborar un plan para minimizar riesgos. Sin diferenciar entre sector público y privado, la resolución del Parlamento Europeo del 16 de febrero de 2017 con recomendaciones destinadas a la Comisión Europea sobre normas de derecho civil sobre robótica (2015/2103/inl) representa el plan mejor desarrollado hasta la fecha para manejar la inteligencia artificial. Contiene certificaciones ex ante y el marco legal para la investigación, el desarrollo y el uso.

En el tercer nivel, a las personas debería asistirlas el derecho legal de estar informadas sobre la funcionalidad exacta de la inteligencia artificial que están utilizando. ¿Qué lógicas sigue? ¿Cómo afecta su uso los propios intereses o los intereses de terceros? Esta obligación de proporcionar información también debería existir aunque no se estén procesando datos personales. En este caso, ya existe la obligación legal en el rgpd.

En este contexto, debe rechazarse la exigencia de los gigantes tecnológicos de mantener en secreto los modos de funcionamiento y los procesos de toma de decisiones de la inteligencia artificial. Ya existen numerosos proyectos de investigación sobre la explicabilidad de la inteligencia artificial. Y aunque existe al menos la obligación legal de proporcionar información cuando están involucrados actores estatales, la realidad es que las empresas mantienen mayormente en secreto los modos en que funciona su inteligencia artificial y las autoridades públicas no pueden cumplir con su obligación de proporcionar información si quieren utilizar esta tecnología.

Por todas estas razones, necesitamos una profunda evaluación de impacto de la inteligencia artificial en los tres niveles mencionados para seguir adelante con el diálogo entre tecnología y democracia. Esto es crucial en un momento en que la inteligencia artificial se está volviendo omnipresente e influye cada vez más en nuestras vidas. Si del debate público resulta una nueva conciencia de la responsabilidad por la democracia, los derechos fundamentales y el Estado de derecho, entonces la inteligencia artificial se habrá ganado una buena cuota de confianza y aceptación en la sociedad.

  • 1.En 2021 se presentó un proyecto para avanzar en la regulación. Ver Marimar Jiménez: «La ue establece líneas rojas a la inteligencia artificial. ¿Por qué, cuáles son, a quién afectan?», suplemento «Cinco días» en El País, 22/4/2021 [N. del E.].
  • 2.El principio de neutralidad tecnológica sostiene que el Estado no ha de imponer preferencias a favor o en contra de una determinada tecnología [N. del E.].

Fuente: https://nuso.org/articulo/la-democracia-en-la-era-de-la-inteligencia-artificial/

Criptopolítica (filosofía analítica y política)

Por Lorna Finlayson

La filosofía de la denominada tradición ‘analítica’ mantiene una extraña relación con la política. Originada, según se considera normalmente, con Frege, Moore, Russell y Wittgenstein a principios del siglo XX, la filosofía analítica se preocupaba en principio por utilizar la lógica formal para clarificar y resolver cuestiones metafísicas fundamentales. En buena medida, se ignoraba la política, de acuerdo con el analítico de Oxford Anthony Quinton, antes de finales de los 60. De hecho, la filosofía política fue habitualmente declarada ‘muerta’ a manos de los analíticos, tan muerta que la tibia producción de John Rawls (cuya Teoría de la Justicia se publicó en 1971) pudo parecer una resurrección.

Al mismo tiempo, no es que los filósofos analíticos se desinteresasen de la política. Bertrand Russell es un caso especialmente bien conocido, pero otras figuras, como A. J. Ayer y Stuart Hampshire – ambos partidarios del Partido Laborista (y posteriormente, en el caso de Ayer, del Partido Socialdemócrata) y críticos de la guerra del Vietnam –, también estaban políticamente comprometidas. La reticencia a comprometerse con la política en sus capacidades profesionales podría parecer que refleja así, no falta de interés político sino una visión de la filosofía como esfera en buena medida separada. Russell, por ejemplo, escribió que sus ‘actividades técnicas deben olvidarse’ con el fin de que sus escritos populares se comprendan adecuadamente, mientras que Hampshire sostenía que, aunque los filósofos analíticos ‘pudiera suceder que tuvieran intereses políticos, […] sus argumentos filosóficos eran en buena medida neutrales políticamente’.

Si bien a veces insistentes respecto al desapego de su filosofía de la política, –que llega hasta un orgullo por la ‘conspicua trivialidad’ de su propia actividad que el crítico de la ‘filosofía del lenguaje corriente’ Ernest Gellner consideró que requería la explicación de historiadores sociales– los analíticos planeaban en otras ocasiones afirmaciones bastante contundentes respecto al valor y potencial políticos de su propia manera de hacer las cosas. Tal como ha demostrado Thomas Akehurst, ‘muchos de los filósofos analíticos británicos más destacados del periodo de postguerra dejaron claro que entendían la filosofía analítica como algo en alianza con el liberalismo’ y aventuraban que ciertos ‘hábitos mentales’ analíticos – sobre todo aquellos vinculados a la escuela ‘empirista’ dominante en esa época – podían ofrecer una protección crucial contra diversas formas de ‘fanatismo’.

Menos claro estaba cómo se suponía que funcionaría esto. Los pronunciamientos de los analíticos sobre la relación entre su filosofía y la política parece equivaler a poco más que una declaración de monopolio sobre la amplitud de miras, un alarde de humildad, un conjunto de aserciones dogmáticas y opacas sobre lo poco hospitalario que es el método analítico para el dogma y la opacidad (‘no-bullshit bullshit’ [‘sandeces sin sandeces’], por tomar prestado el apodo endosado luego a la llamada escuela del ‘no bullshit’ [‘sin sandeces’] del ‘marxismo analítico’ por parte de sus críticos). ‘El empirismo es hostil a las patrañas y la obscuridad, al ánimo de autoridad dogmático, a toda suerte de ipse dixit’, había escrito ya en 1940 el filósofo de Oxford H. H. Price: ‘Los mismos principios de vive-y-deja-vivir […] son característicos también del liberalismo’. En una vena semejante, en su ensayo de 1950, ‘Filosofía y política’, Russell describe el empirismo (‘la perspectiva científica’) como ‘la contraparte intelectual de lo que es, en la esfera intelectual, la perspectiva del liberalismo’, y saludaba a Locke como ejemplificación del ‘orden sin autoridad’ presuntamente central para ambas filosofías.

Entre ellos, Russell y Price parecen estar sugiriendo una serie de vínculos entre 1. La claridad, 2. El rechazo de la autoridad epistémica (equivalente al valor de ‘pensar por uno mismo’); y 3. El rechazo del autoritarismo político, un rechazo que se asimila al 4. Liberalismo, aparentemente inercambiable con la 5. Democracia. Más allá de la vaguedad de los lazos conceptuales de esta cadena, hay que hacerse preguntas sobre su acoplamiento a la realidad: sobre la relación de estas aseveraciones de los analíticos con la filosofía analítica y los analíticos reales, y con el liberalismo y los liberales reales, respectivamente. Cuando Price alaba una cultura intelectual ‘de investigación libre, co-operativa, en la que cualquiera puede proponer cualquier hipótesis que le plazca, […] siempre y cuando tenga sentido’ (lo que presumiblemente significa: tenga sentido para los filósofos analíticos), evoca una imagen de una disciplina no jerárquica, igualitaria, que es probable que llame la atención de quienes tienen experiencia de la cultura de la filosofía analítica como algo un tanto idealizado, cuando menos. Por lo que toca al liberalismo, Locke, y el ‘orden sin autoridad’: ¿qué se puede decir, aparte de, tal vez, ‘No mencionemos la esclavitud’?

Aquí topamos con otro aspecto de la rudimentaria afirmación de los analíticos de que ofrece una protección contra vicios y desventuras políticas. Se trata de cautela ante la ‘ideología’ y la ‘teoría’ (especialmente de la variedad ‘grande’). Tal como lo disecciona Akehurst, la idea consiste en que ‘centrarse en lo concreto salva al empirista de seguir grandes teorías, quimeras metafísicas y otras exhortaciones estrictamente sin sentido que devalúan la realidad en favor de peligrosas fantasías ideológicas’. Aquí el pensamiento resulta bastante intuitivo, y los liberales no son los únicos que advierten su fuerza: algo parecido es tema de buena parte de los escritos anarquistas, por ejemplo. Sin embargo, dígase lo que se diga, no puede ser algo tan simple como ‘Teoría, mala; Realidad, buena’. La rígida adhesión a los ideales, teorías o principios puede tener su parte en la comisión de atrocidades. Pero, en primer lugar, ¿qué autoriza a los liberales a suponer que sólo son los demás los qué tienen ‘teorías’? Y, en segundo lugar, ¿no puede existir contrario e igual peligro en la ausencia de principios fijos? ¿‘No torturar nunca’ es un peligroso artículo dogmático? ¿Mejor es deshacerse de ese bagaje ideológico y mantener todas las opciones sobre la mesa, haciendo lo que demandan los datos de la situación (tal como la vemos)? La historia del liberalismo, en cualquier caso, alardea de su bonita porción de terribles acciones cometidas tanto al servicio de ‘grandes ideales’ (pues, ¿qué otra cosa podemos llamar a la ‘Libertad’?) como en respuesta a las consideraciones más ‘concretas’ de conveniencia y beneficio.

Si, por un lado, la filosofía analítica se ha presentado como políticamente neutral, también ha considerado esta misma neutralidad – esta supuesta libertad respecto al dogma y la ‘ideología’ – como garante de conclusiones políticas liberales. La filosofía política analítica, que ha florecido y proliferado desde la última parte del siglo XX, ha conservado esta postura básica. Sobre esto escribí en mi primer libro, The Political Is Political. Lo que me sorprendía de la filosofía política analítica como estudiante (y lo que mi tautológico título quería captar) era que la materia estaba a la vez paradójicamente despolitizada y era asimismo política de modo encubierto. Bajo influencia, sobre todo, de Rawls, los filósofos políticos han tenido notablemente poco que decir acerca de la política o la historia reales. Provistos de una nítida distinción entre ‘descriptivo’ y ‘normativo’ (o ‘es’ versus ‘debería’), característica del enfoque analítico, han juzgado que esas materias son terreno apropiado para los científicos sociales. Por el contrario, la ocupación distintiva de los filósofos consiste en concentrarse en la articulación de ‘principios de justicia’ abstractos, a menudo en forma de ‘teoría ideal’. El filósofo político contemporáneo Charles Mills, si bien se identificaba como adepto del enfoque liberal analítico, ha criticado la teoría ideal como una forma de ‘ideología’ en un sentido vagamente marxista: una distorsión del pensamiento que refuerza un status quo opresivo al limpiarlo y distraerlo de sus rasgos ‘no ideales’ (Mills recalca, sobre todo, la historia y el legado de la esclavitud en los Estados Unidos).

No sólo descuidan la política de verdad los filósofos de esta tradición, sostenía yo, sino que operan también con una serie de valores metodológicos ostensiblemente neutrales o de ‘sentido común’ – ‘capacidad constructiva’, ‘razonabilidad’, ‘claridad’ en la argumentación – que invariablemente resultan, cuando se examinan más de cerca, interpretados de tal modo que favorecen las conclusiones liberales por anticipado, ‘suscitando la pregunta’ en contra de perspectivas disentidoras que podrían apelar a un desvío más radical del status quo político. El requerimiento ‘¡Sé realista!’, por ejemplo, demanda acuerdo prácticamente universal (¿quién quiere ser ‘irrealista’?), pero no nos dice nada útil hasta que se completa con algunos juicios respecto a lo que se parece a la ‘realidad’ y cómo podría cambiarse.

Esta, por supuesto, es exactamente la clase de preguntas que están en disputa entre gentes de diferentes perspectivas políticas. Pero lo que tiende a suceder en la filosofía política, como en el mundo más en general, es que tomar en cuenta la realidad se confunde con proponer menos con vistas al cambio, de modo que se asume que ‘realismo’ y radicalismo se encuentran en una tensión inherente. Así pues, mientras la corriente ‘realista’ en la filosofía política contemporánea constituye en un sentido un desafío al enfoque dominante (de ignorar la historia y la política reales), a menudo acaba afianzando aun más un sesgo del status quo, al equiparar ‘realismo’ con ‘conservadurismo’, con “c” minúscula, y ubicar la ‘teoría ideal’ como el súmmum de la ambición radical.

Las ilusiones de neutralidad política, ya sea dentro de los confines del mundo académico o fuera de él, son siempre profundamente políticas, y habitualmente conservadoras (pensemos en el papel que la noción falsamente neutral de ‘elegibilidad’, supuestamente de sentido común, ha desempeñado en el discurso político británico en los últimos años). La respuesta, como ya argumenté en el caso de la filosofía política analítica, no consiste en tratar de reemplazar la falsa neutralidad con otra ‘verdadera’. La idea de que esto es posible, y no digamos ya deseable, es en sí misma ilusoria. Juicios y supuestos acerca de lo que es importante, de qué clase de lugar es el mundo y de en qué podría o debería convertirse – lo que viene a significar juicios y supuestos políticos – están siempre ya insertos en los conceptos y valores a los que recurrimos para establecer y valorar afirmaciones y argumentaciones en filosofía y en otros terrenos. Si existe una afinidad entre la filosofía analítica y el liberalismo, está acaso en su mutua tendencia a proyectar esta suerte de ilusión, de proceder como si su política no fuera política en absoluto, sólo ‘realismo’, o ‘sentido común’. Desde esta ventajosa posición, quienes se oponen a la filosofía analítica y el liberalismo sólo pueden parecer respectivamente como obscurantistas y fanáticos. No es de sorprender, por lo tanto, que algunos destacados analíticos (Russell entre ellos) se convirtieran en adalidades tan ardientes de la Guerra Fría.

La observación de G. J. Warnock, en 1958, de que la filosofía analítica era compatible con ‘un arco ideológico bastante llamativo’ es claramente cierta, aunque Warnock reconocía también que ‘puede que haya alguna semejanza arraigada de actitud y perspectiva’ que no sea fácilmente detectable para quienes la comparten. La tonalidad política de la escuela ha sido predominantemente liberal, pero no ha sido exclusivamente así (pensemos en marxistas analíticos como G. A. Cohen, o en los radicales del anterior ‘Círculo de Viena’ de positivistas lógicos). ‘Liberalismo’, en todo caso, ha significado (y sigue significando) cosas distintas para gente distinta. Al igual que el liberalismo, la ‘filosofía analítica’ constituye una categoría lo bastante resbaladiza como para resistirse a cualquier caracterización definitiva. No es que la filosofía analítica tenga ningún contenido o valencia política fija o particular. Pero su tendencia al ahistoricismo y a la abstracción crea un vacío en su centro, en el que se apresura a entrar demasiado a menudo, demasiado fácilmente y demasiado calladamente, la política dominante del día.

profesora de Filosofía en la Escuela de Filosofía e Historia del Arte de la Universidad de Essex, estudió en el Kings College de la Universidad de Cambridge, donde fue también investigadora y profesora asociada. Es autora de “The Political Is Political: conformity and the illusion of dissent in contemporary political philosophy” (Rowman & Littlefield, 2015) y de “An Introduction to Feminism” (CUP 2016).

Walter Benjamin y el anarquismo

Por Michael Löwy

Después de la Primera Guerra Mundial, Benjamin descubrirá, como tantos intelectuales judíos, el marxismo. No obstante, una fuerte veta anarquista permanecerá en su pensamiento, gracias a su empeño porque ambas corrientes llegaran a complementarse.

Es probable que de todos los pensadores sociales del siglo XX el más influyente haya resultado ser Walter Benjamin (1892-1940). En él confluyen, con una originalidad radical, el misticismo judío, la llamada Escuela de Frankfurt y un marxismo tan singular que ha sido interpretado en su beneficio por las más diversas obediencias. Acaso una explicación de la heterodoxia benjaminiana sea –como lo sugiere el filósofo franco-brasileño Michael Löwy (1938)– su profunda veta anarquista. Löwy, autor de Walter Benjamin: aviso de incendio (2001) y de otros numerosos libros, que tienen por tema a Ernesto Guevara, Georg Lukács, Rosa Luxemburgo, Franz Kafka, el ecosocialismo contemporáneo y la heterodoxia judía, es ciertamente una de las inteligencias más preclaras de nuestro tiempo. Nacido en São Paulo, donde se formó, para luego estudiar en Francia, Löwy conjunta en su tarea la perspectiva latinoamericana y la europea.

A invitación expresa de Letras Libres, Löwy nos envió el presente ensayo.

–Christopher Domínguez Michael

Walter Benjamin pertenece, junto con su amigo Gershom Scholem, a esa nebulosa de los pensadores judíos con sensibilidad mesiánica a los que la utopía libertaria atraerá, a principios del siglo pasado: Martin Buber, Gustav Landauer, Ernst Toller, Hans Kohn y muchos otros. Su enfoque se alimenta de las afinidades electivas entre mesianismo judío y anarquismo: el derrocamiento de los poderosos de este mundo, la perspectiva restauradora/utópica, el cambio radical en vez del mejoramiento o el “progreso”, el catastrofismo.

Y como muchos de esos intelectuales judíos de tendencia libertaria –Georg Lukács, Ernst Bloch, Erich Fromm, Leo Löwenthal, Manès Sperber–, Benjamin descubrirá el marxismo después de la Primera Guerra Mundial. Sin embargo, a diferencia de ellos, no va a borrar su inclinación anarquista inicial, sino que intentará, de manera explícita hasta fines de los años veinte, y de forma más implícita a partir de entonces, articularla, combinarla, fusionarla incluso con el comunismo marxista. Este enfoque es una de las características más singulares de su pensamiento.

Benjamin hace referencia por primera vez a la utopía libertaria a principios de 1914, durante una conferencia sobre la vida de los estudiantes. Ahí opone las imágenes utópicas, revolucionarias y mesiánicas a la ideología del progreso lineal, informe y vacío de sentido, que, “confiando en el infinito del tiempo […], discierne solamente el ritmo más o menos rápido con el cual hombres y épocas avanzan en la vía del progreso”. Rinde homenaje a la ciencia y el arte libres, “ajenos al Estado y con frecuencia enemigos del Estado” y reclama para sí las ideas de Tolstói y de los “anarquistas más profundos”.

Pero sobre todo en su ensayo de 1921 “Para una crítica de la violencia” encontramos reflexiones directamente inspiradas en Georges Sorel y el anarcosindicalismo. El autor no esconde su desprecio absoluto por las instituciones estatales, como la policía –“la forma de violencia más degenerada que se pueda concebir”– o el parlamento (“deplorable espectáculo”). Aprueba sin reservas la crítica antiparlamentaria “radical y perfectamente justificada” de los bolcheviques y de los anarcosindicalistas –dos corrientes que aquí explícitamente sitúa en el mismo lado–, así como la idea soreliana de una huelga general que “se asigna como sola y única tarea destruir la violencia del Estado”. Esta perspectiva, que él mismo designa con el término anarquista, le parece digna de alabanzas porque es “profunda, moral y auténticamente revolucionaria”.

Benjamin había conseguido un ejemplar del libro de Sorel –inencontrable en Alemania– gracias a Bernhard Kampffmeyer, intelectual anarquista alemán y secretario de Max Nettlau, el gran historiador del anarquismo, que le había recomendado un amigo común, el arquitecto anarquista Adolf Otto. En una carta de 1920 a Kampffmeyer, Benjamin solicitaba una opinión bibliográfica sobre la literatura anarquista referida a la violencia, “tanto los escritos negativos frente a la violencia del Estado como los apologéticos frente a la revolucionaria”.

Según Werner Kraft, que era su amigo cercano en esa época y al que pude entrevistar en Jerusalén en 1980, el anarquismo de Benjamin tenía cierta calidad “simbólica”; no era ni de izquierda ni de derecha sino “de algún otro lado”. Esta última afirmación me parece muy cuestionable: a pesar de su carácter idiosincrático y de su dimensión religiosa –el mesianismo judío–, el anarquismo de Benjamin se situaba, sin ninguna duda, en el campo de la izquierda revolucionaria.

En un texto de esa misma época, que permaneció inédito, “El derecho al uso de la violencia. Hojas para un socialismo religioso” (1920-21), Benjamin es completamente explícito al designar su propio pensamiento como anarquista:

La exposición de este punto de vista es una de las tareas de mi filosofía moral, para la cual el término anarquismo ciertamente puede ser utilizado. Se trata de una teoría que no desecha el derecho moral a la violencia en tanto tal, pero que la niega a toda institución, comunidad o individualidad que se atribuye el monopolio de la violencia […]

Entre los autores anarquistas en los que se interesa Benjamin, Gustav Landauer ocupa un lugar significativo. Lo cita por ejemplo en un fragmento redactado hacia 1921 y que solo verá la luz hasta 1985 en las Gesammelte Schriften: “El capitalismo como religión”. Entre las divinidades de esta religión perversa una de las más importantes es el dinero, el dios Mamón o, según Benjamin, “Plutón […] dios de la riqueza”. En la bibliografía del fragmento Benjamin menciona un pasaje virulento del libro Aufruf zum Sozialismus (edición de 1919) de Gustav Landauer, donde el pensador anarquista judeoalemán denuncia al dinero como un ídolo diabólico, un monstruo artificial más poderoso que los seres humanos.

Desde un punto de vista marxista, el dinero no sería más que una de las manifestaciones –y no la más importante– del capital, pero en 1921 Benjamin era mucho más cercano al socialismo romántico y libertario de un Gustav Landauer –o de un Georges Sorel– que de Karl Marx y Friedrich Engels.

Es evidente pues, por la lectura de sus diferentes escritos de los años 1914-21, que la primera tendencia de Benjamin, que da forma ético-política a su rechazo radical y categórico a las instituciones establecidas, es el anarquismo. Solo tardíamente –respecto de los acontecimientos revolucionarios de 1917-23 en Rusia y en Europa– descubrirá el marxismo. Esos acontecimientos lo volvieron sin duda más receptivo, pero solo en 1923-24 –cuando lee Historia y conciencia de clase (1923) de Georg Lukács, y cuando conoce, de vacaciones en Italia, a la bolchevique letona Asja Lācis, de la que se enamora– comienza a interesarse en el comunismo marxista, que pronto se volverá un mecanismo central de su reflexión política. Pero ello no significa que abandone sus simpatías libertarias: en una carta a Gershom Scholem del 29 de mayo 1926 explica que, a pesar de su atracción por el comunismo, “no pienso ‘abjurar’ de mis convicciones” anteriores, porque “no me ruboriza mi ‘antiguo’ anarquismo”.

Si decide, después de muchas dudas, no adherirse al movimiento comunista, continúa siendo sin embargo una especie de simpatizante cercano de un tipo sui géneris, que se distingue del modelo habitual por la lucidez y la distancia crítica –como lo muestra claramente su Diario de Moscú de 1926-27, donde manifiesta su inquietud frente al intento del poder soviético de “detener la dinámica del proceso revolucionario”–. Una crítica que se alimenta sin duda de la refrescante fuente libertaria que sigue fluyendo en el seno de su obra. El primer libro de Benjamin donde el impacto del marxismo es visible es Calle de sentido único, un sorprendente collage de notas, comentarios y fragmentos sobre la república de Weimar en los años de la inflación y la crisis de la posguerra, redactado en 1923-25 y publicado en 1928. A pesar de su interés por el comunismo, es interesante constatar que la única corriente política revolucionaria mencionada en esta obra es… el anarcosindicalismo. En un fragmento curiosamente intitulado “Ministerio del Interior”, Benjamin examina dos tipos ideales de comportamiento político: a) el hombre político conservador, que no duda en poner su vida privada en contradicciones con las máximas que defiende en la vida pública; b) el anarcosindicalista, que somete inmisericordemente su vida privada a las normas con las que quiere hacer las leyes de un Estado social futuro.

El documento marxista-libertario más importante de Benjamin es sin duda su ensayo sobre el surrealismo publicado en la revista Die Literarische Welt en 1929. Desde los primeros párrafos, Benjamin se describe a sí mismo como “el observador alemán”, situado en una posición “infinitamente peligrosa entre la fronda anarquista y la disciplina revolucionaria”. Nada traduce de manera más concreta y activa la convergencia tan ardientemente deseada entre esos dos polos que la manifestación organizada por los comunistas y los libertarios en defensa de los anarquistas Sacco y Vanzetti. Los surrealistas participaron en esta iniciativa “roja y negra” y Benjamin no deja de destacar el “excelente pasaje” (ausgezeichnete Stelle) de Nadja que trata de las “apasionantes jornadas de revuelta” que conoció París bajo el signo de Sacco y Vanzetti: “Breton asegura que, en el curso de esas jornadas, el bulevar Bonne-Nouvelle vio cumplirse la promesa estratégica de revuelta que desde siempre le había hecho su nombre.”

Es cierto que Benjamin tiene un concepto extremadamente amplio del anarquismo. Describiendo los orígenes lejanos/cercanos del surrealismo, escribe: “Entre 1865 y 1875, algunos grandes anarquistas, sin comunicación entre sí, trabajaron en sus máquinas infernales. Y lo sorprendente es que, de manera independiente, hayan regulado sus mecanismos de relojería exactamente a la misma hora; de modo simultáneo, cuarenta años más tarde estallaron en Europa occidental los escritos de Dostoyevski, Rimbaud y Lautréamont.” Los cuarenta años después de 1875 son evidentemente una referencia al nacimiento del surrealismo con la publicación, en 1924, del primer Manifiesto. Si designa a estos tres autores como “grandes anarquistas” no es solo porque la obra de Lautréamont, “verdadero bloque errático”, pertenece a la tradición insurreccional, o porque Rimbaud haya sido communard. Es sobre todo porque sus escritos hacen volar en pedazos, como la dinamita de Ravachol o de los nihilistas rusos en otro terreno, el orden moral burgués, el “diletantismo moralizador” de los Spießer y de los philistins.

Pero la dimensión libertaria del surrealismo se manifiesta también de manera más directa: “Desde Bakunin, a Europa le ha faltado una idea radical de la libertad. Los surrealistas tienen esa idea.” En la inmensa literatura sobre el surrealismo de los últimos setenta años, es poco frecuente encontrar una fórmula tan cargada de significación, tan capaz de expresar, por la gracia de algunas palabras simples y cortantes, “el inestrellable núcleo de noche” del movimiento fundado por André Breton. Según Benjamin, “la hostilidad de la burguesía a toda declaración de libertad espiritual radical” empujó el surrealismo hacia la izquierda, hacia la revolución y, a partir del Rif,  hacia el comunismo. Como se sabe, en 1927 Breton y otros surrealistas se afiliaron al Partido Comunista Francés.

Esta tendencia a la politización y a un compromiso creciente no significa, a ojos de Benjamin, que el surrealismo deba abdicar de su carga mágica y libertaria. Por el contrario, gracias a esas cualidades puede jugar un papel único e irremplazable en el movimiento revolucionario: “Proporcionar a la revolución las fuerzas de la embriaguez, a esto tiende el surrealismo en todos sus escritos y todas sus empresas. Se puede decir que es su tarea más propia.” Para llevar a cabo esta tarea se requiere sin embargo que el surrealismo supere una posición demasiado unilateral y acepte asociarse con el comunismo: “no basta, como sabemos, que un componente de embriaguez viva en toda acción revolucionaria. Se confunde con el compuesto anarquista. Pero insistir en ello de manera exclusiva sería sacrificar enteramente la preparación metódica y disciplinaria de la revolución a una praxis que oscilaría entre el ejercicio y la pre-fiesta”.

¿En qué consiste pues esta “embriaguez”, este Rausch que Benjamin tanto quisiera proporcionar a las fuerzas de la revolución? En Calle de sentido único (1928), Benjamin se refiere a la embriaguez como expresión de la relación mágica del hombre antiguo con el cosmos, pero deja entender que la experiencia (Erfahrung) del Rausch que caracterizaba esta relación ritual con el mundo desapareció de la sociedad moderna. Ahora bien, en el ensayo de Die Literarische Welt parece haberla reencontrado, bajo una forma nueva, en el surrealismo.

Se trata de un enfoque que recorre numerosos escritos de Benjamin: la utopía revolucionaria pasa por el redescubrimiento de una experiencia antigua, arcaica, prehistórica: el matriarcado (Bachofen), el comunismo primitivo, la comunidad sin clases ni Estado, la armonía originaria con la naturaleza, el paraíso perdido del que nos aleja la tempestad del “progreso”, la “vida anterior” donde la adorable primavera no había perdido aún su aroma (Baudelaire). En todos estos casos, Benjamin no predica un retorno al pasado sino –según la dialéctica propia del romanticismo revolucionario– un rodeo por el pasado hacia un nuevo porvenir, que integraría todas las conquistas de la modernidad desde 1789.

Esta dialéctica se manifiesta de manera llamativa en el ensayo –generalmente ignorado por los comentaristas– sobre Bachofen de 1935, uno de los textos más importantes para entender la concepción de la historia de Benjamin. Es aún más interesante, porque los años 1933-35 son aquellos en que el filósofo berlinés parece –aparentemente– más cercano al marxismo “productivista” y tecnomodernista de la URSS estaliniana de los años del Plan Quinquenal.

La obra de Bachofen, subraya Benjamin, se inspiró en “fuentes románticas” y atrajo el interés de pensadores marxistas y anarquistas (como Élisée Reclus) por su “evocación de una sociedad comunista en el alba de la historia”. Refutando las interpretaciones conservadoras y fascistas (Ludwig Klages, Alfred Bäumler) y apoyándose en la lectura freudo-marxista de Erich Fromm, Benjamin subraya que Bachofen “había escrutado hasta una profundidad inexplorada las fuentes que, a través de las edades, alimentaban el ideal libertario propio de Reclus”. En cuanto a Engels y Lafargue, atrajo su interés el estudio de Bachofen de las sociedades matriarcales, en las que existía un grado elevado de democracia, igualdad cívica, así como formas de comunismo primitivo que significaban un verdadero “trastorno del concepto de autoridad”. Este texto da testimonio de la continuidad de las simpatías libertarias de Benjamin, que intenta reunir, en el mismo combate contra el principio de autoridad, al marxista Engels y al anarquista Reclus.

No hay prácticamente ninguna referencia explícita al anarquismo en los últimos escritos de Benjamin. Pero para un observador crítico tan agudo como Rolf Tiedemann –el editor de las obras completas en alemán de Benjamin– estos escritos “pueden ser leídos como un palimpsesto: bajo el marxismo explícito el viejo nihilismo se vuelve visible, su camino corre el riesgo de conducir a la abstracción de la práctica anarquista”. El término “palimpsesto” no es tal vez el más adecuado: la relación entre los dos mensajes es menos un vínculo mecánico de superposición que una aleación alquímica de sustancias previamente destiladas.

A principios de 1940 Benjamin escribe su “testamento político”, las tesis “Sobre el concepto de historia”, uno de los documentos más importantes del pensamiento revolucionario, desde las “Tesis sobre Feuerbach” de Marx. Unos meses después, intentará escapar de la Francia de Vichy, donde la policía, en colaboración con la Gestapo, caza a los exiliados alemanes antifascistas y a los judíos en general. Con un grupo de refugiados, intenta cruzar los Pirineos, pero del lado español la policía –de Franco– los detiene y amenaza con entregarlos a la Gestapo. Entonces, en el pueblo español de Port-Bou, Walter Benjamin escoge el suicidio.

Analizando este documento final, Rolf Tiedemann comenta: “la representación de la praxis política en Benjamin era más bien la del entusiasta del anarquismo que aquella, más sobria, del marxismo”. El problema con esta formulación es que opone como mutuamente exclusivos enfoques que Benjamin intenta precisamente asociar porque le parecen complementarios e igualmente necesarios para la acción revolucionaria: la “embriaguez” libertaria y la “sobriedad” marxista.

Pero es sobre todo Habermas quien puso en evidencia la dimensión anarquista en la filosofía de la historia del último Benjamin –para someterla a una crítica radical a partir de su punto de vista evolucionista y “modernista”–. En su bien conocido artículo de los años setenta, desecha el intento del autor de las tesis “Sobre el concepto de historia” de revitalizar el materialismo histórico con la ayuda de elementos mesiánicos y libertarios. “Este intento está condenado al fracaso”, insiste el filósofo de la razón comunicativa, “en vista de que la teoría materialista de la evolución no puede ser, sin otra forma de procedimiento, articulada sobre la concepción anarquista para la cual algunos ahoras, como caídos del cielo, atravesarían por intermitencia el destino. No se puede dotar, como de una capucha de monje, al materialismo histórico, que toma en cuenta los progresos no solo en el terreno de las fuerzas productivas sino también en el de la dominación, de una concepción anti-evolucionista de la historia”.

Lo que Habermas considera un error está precisamente, a mi modo de ver, en el origen del valor singular del marxismo de Benjamin, y de su superioridad sobre “el evolucionismo progresista” –su capacidad para comprender un siglo caracterizado por la imbricación de la modernidad y la barbarie (como en Auschwitz o Hiroshima)–. Una concepción evolucionista de la historia, que cree en el progreso en las formas de la dominación, difícilmente puede dar cuenta del fascismo –salvo como un inexplicable paréntesis, una incomprensible regresión “en pleno siglo XX”–. Sin embargo, como escribe Benjamin en las tesis “Sobre el concepto de historia”, no se comprende nada del fascismo si se le considera una excepción en la norma que sería el progreso.

Habermas regresa a la carga algunos años más tarde, en El discurso filosófico de la modernidad (1985). En otra formulación del mismo debate, se trata de la concepción no continuista de la historia que distingue lo que él llama “las extremas izquierdas”, representadas por Karl Korsch y Walter Benjamin, de aquellos que, como Kautsky y los protagonistas de la II Internacional, “veían en el despliegue de las fuerzas productivas un garante del paso de la sociedad burguesa al socialismo”. Para Benjamin, por lo contrario, “la revolución solo podía ser un salto fuera de la perpetua reiteración de la barbarie prehistórica y, en definitiva, la destrucción del continuum de todas las historias. Es esta una actitud que se inspira más bien en la conciencia del tiempo tal como la concebían los surrealistas, y que se acerca al anarquismo que encontramos en algunos de los continuadores de Nietzsche los cuales, para conjurar el orden universal del poder y de la ceguera, invocan […] a la vez las resistencias locales y las revueltas espontáneas que surgen de una naturaleza subjetiva sometida a la tiranía”.

La interpretación de Habermas es cuestionable en varios aspectos, comenzando por el concepto de “barbarie prehistórica”: todo el esfuerzo de Benjamin es precisamente el de mostrar que la barbarie moderna no es simplemente la “reiteración” de un salvajismo “prehistórico”, sino precisamente un fenómeno de la modernidad –idea difícilmente aceptable para este obstinado defensor de la civilización moderna que es Habermas–. Sin embargo, captó con mucha inteligencia –para criticarlo– todo lo que la concepción de la historia del último Benjamin debe al surrealismo y al anarquismo: la revolución no es la culminación de la evolución histórica –“el progreso”– sino la interrupción radical de la continuidad histórica de la dominación. ~

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Traducción del francés de Andrea Martínez Baracs.

Publicado por Letras Libres el 1 de julio de 2021