Cólera en la era del neoliberalismo: Covid‐19 y más allá en América Latina

Ronaldo Munck
Profesor Invitado en UTPL y Head of Civic Engangment DCU

América Latina continúa enfrentando el ataque de las políticas económicas neoliberales, pero ahora también debe enfrentar un desafío de salud pública sin precedentes, el nuevo coronavirus. Antes de revisar la situación en América Latina a través de las respuestas a un cuestionario que propuse a un grupo de cientistas sociales de la región, es importante situar esta problemática dentro de los debates más amplios que se están llevando a cabo a nivel mundial. Comenzamos con una sección sobre Crisis preguntando si el futuro que enfrentamos será el mismo que el pasado o si podemos y debemos aspirar a algo mejor. Esto es seguido por una sección sobre Capitalismo que plantea la cuestión de si la Crisis Covid representa una onda de choque cualitativamente peor que la de la Gran Crisis Financiera de 2007‐09 y qué significa eso para su futuro. Luego pasamos a considerar la Gobernanza y preguntamos si el modelo actual es sostenible incluso en términos de gestión de crisis y en un futuro mundo posterior a Covid. Finalmente, abordamos la cuestión de la Salud Pública y planteamos la necesidad de una asociación fuerte entre la medicina social y la política de transformación social. Con ese cuadro pintado concluimos con una mirada amplia a la situacion en América Latina, conscientes que hay muchísimo mas para decir. Esto es solo una contribución inicial con el propósito de invitar debate y las discusiones políticas que corresponden, dentro de un marco internacionalista y de transformación. El Covid‐19 no es una patología que vino a quebrar una normalidad tranquila y harmoniosa; la crisis deberá crear, si se puede, otro modelo de desarollo humano para América Latina.

Crisis

El gran problema hoy es si podemos ʺvolver a la normalidadʺ después de la Crisis Covid. Muchos psicólogos argumentan, por ejemplo, que existe una tendencia humana innata a volver al status quo después de un evento traumático. Ese podría bien ser el caso, pero podría también estar subestimando la profundidad de la crisis actual tanto para el capitalismo como para la gobernanza democrática (ver secciones subsiguientes). Históricamente, hemos encontrado, por ejemplo, que la gran epidemia de gripe de 1918 fue una de las principales motivaciones detrás de la creación de estados de bienestar en muchos países europeos. Del mismo modo, el impacto de la Gran Depresión de la década de 1930 (y la Segunda Guerra Mundial) condujo a la aparición de estados de bienestar en Occidente en general. Una crisis también puede, por supuesto, resultar en un resultado más negativo. Los ataques a los símbolos de poder de Nueva York en octubre de 2001 condujeron a una reducción de las libertades civiles en el país y a una serie interminable de guerras en el extranjero. La Gran Crisis Financiera por su parte no condujo a una reforma muy necesaria del sistema financiero, sino más bien a un retorno a la ʺnormalidadʺ para los bancos e instituciones financieras que fue enormemente costoso para la población y, en última instancia, no fue útil.

La lectura potencialmente positiva de ʺcrisisʺ está implícita en su definición como ʺel punto de inflexión para bien o para mal en una enfermedad aguda o fiebreʺ (Merriam‐Webster). Hay buenas razones por las cuales los demócratas y progresistas generalmente reaccionan con horror ante la reducción de las libertades civiles durante la crisis de Covid. La gente, no el virus, como el problema y los economistas aconsejan a los gobiernos sobre cómo tratarlos. Un escenario alternativo sería que estas mismas personas aprendan de la crisis que están viviendo y exijan un cambio fundamental del sistema. Rebecca Solnit ha argumentado en A Paradise Built in Hell (Solnit 20010) que el terremoto de la Ciudad de México de 1985 y el desastre del huracán Katrina en Florida en 2001 desatataron grandes reservas de solidaridad humana, improvisación enérgica e intenciones decididas que auguraron un buen futuro. En relación con la actual crisis de Covid, Solnit argumenta que ʺla vida ordinaria antes de la pandemia ya era una catástrofe de desesperación y exclusión para demasiados seres humanos, una catástrofe ambiental y climática, una obscenidad de desigualdadʺ (Solnit 2020), por lo que ese cambio fundamental está atrasado y no es una opción volver al ʺnegocio habitual” (‘business as usual’).

Si la crisis de Covid es una oportunidad para rehacer el orden actual, ¿cuáles son las alternativas ahora planteadas? Los llamados estudios futuros (future studies) cobran mayor importancia en períodos de crisis cuando tratamos de combatir la sensación de impotencia y buscamos una salida democrática y empoderadora de la crisis. Frente a una respuesta pasiva o una que simplemente reitera la validez intemporal del caso radical anticapitalista, necesitamos plantear futuros posibles realistas. Una forma de hacerlo es a través de la planificación de escenarios donde planteamos futuros plausibles, aunque de forma simplificada, que nos permitan preparar una estrategia más sólida para nuestra opción preferida. También nos permite examinar críticamente nuestros propios supuestos implícitos y puntos débiles en nuestra propia estrategia. Para comenzar esta conversación, presentamos aquí cuatro escenarios futuros de Crisis Covid (ver también Mair 2020). Hay dos ejes a lo largo de los cuales planteamos las tensiones que los empujan en diferentes direcciones, simplificando claramente la complejidad de la política real. Estos dos polos de atracción son: uno vertical con ʺmercadoʺ y un extremo y ʺsociedadʺ en el otro, y uno horizontal con respuestas ʺcentralizadasʺ en un polo y respuestas ʺdescentralizadasʺ en el otro extremo.

Los cuatro escenarios que postulamos son los siguientes:

Gráfico. Los cuatro escenarios

Capitalismo de Estado

Este escenario es impulsado por una respuesta centralizada a la emergencia de salud y un reconocimiento, aunque sea variable de la importancia de la sociedad. El estado está de regreso en todas partes, aunque con diferentes formas y desempeñará un papel importante en la reconstrucción económica posterior a Covid. La respuesta de ʺAsia orientalʺ obviamente abarca tanto China como Taiwán/Corea del Sur y otras variantes pero de alguna forma están en este cuadrante. Todos reconocen que el mercado no puede responder a la emergencia de salud y que la vida de los trabajadores debe protegerse. El capitalismo de estado puede resultar de la aplicación prolongada de estas medidas de emergencia que han cambiado en forma radical los parámetros aceptados de lo que es posible. En términos de geopolítica, está claro que China emergerá fortalecida por la crisis de Covid.

Capitalism Tardío

Este escenario no es tan diferente, pero se le dá una mayor prioridad al mercado y, por lo tanto, los vemos los llamados constantes a ʺreabrir la economíaʺ. También es una respuesta centralizada a la crisis de Covid. Utiliza el estado en modo de emergencia, pero se hace hincapié en la primacía del mercado. Tiende a ser menos benigno en términos de atención a las necesidades de la sociedad, la vida misma. Pero hay que reconocer las variedades del capitalismo tardío y no pensarlo como un modelo o escenario simple o unidimensional. Así vemos que Nueva Zelandia no es menos capitalista que Australia, pero ha abordado la emergencia sanitaria de una manera más socialmente responsable. Argentina y Ecuador son sociedades capitalistas dependientes, pero la primera ha lidiado incomparablemente mejor con la crisis. Debemos reconocer las variedades específicas del capitalismo tardío que se ocupa de la crisis de Covid, pero todas comparten la crisis histórica del capitalismo en términos de su sostenibilidad biológica. El mercado nunca puede existir sin el control de la Sociedad.

Barbarie

Este escenario prioriza el mercado de una manera brutal que sacrificaría la vida humana en su altar. Está descentralizado en lugar de centralizado como respuesta, ya que se opone esencialmente a cualquier papel para el estado. Los trabajadores pierden sus trabajos, las empresas colapsan y la depresión de Covid será mucho peor que la de los años treinta. Hay quienes dan la bienvenida a este escenario porque podría marcar el comienzo de un mundo nuevo y valiente donde solo los más fuertes sobreviven. El sacrificio de los demás se encuentra con una atitud fría e incluso el regocijo, esta es la naturaleza que sacrifica los débiles para el bien mayor. Los forasteros, generalmente los migrantes, serán los chivos expiatorios como supuestos portadores del virus. La piratería, como se vio en el secuestro de suministros médicos en Estados Unidos, será la nueva norma. Los cuerpos en la calle, piense Guayaquil, serán una vista normal y ahora todos sabrán lo que significa en la práctica el triaje médico.

Socialismo

Este escenario claramente prioriza la sociedad y la vida humana, pero es una respuesta descentralizada basada en la miríada de formas de ayuda mutua que hemos presenciado durante la crisis de Covid. Surgen nuevas estructuras democráticas que pueden prefigurar un orden social futuro, aunque esto es toda una acción defensiva en este momento. Pero la ira se está acumulando por el deterioro deliberado de los servicios de salud pública en las últimas décadas y la mentira y la prevaricación que hemos visto en los gobiernos de mots. Existe un reconocimiento generalizado de que la propagación del Coronavirus ha sido controlada con mayor frecuencia por la acción y la cohesión de la Sociedad y las comunidades. En algunos países, los sindicatos han desempeñado un papel importante en la gestión de la crisis y también a través de huelgas para proteger a los trabajadores de la salud. Todavía hay pocas señales de que esta estrategia sea capaz de ofrecer una alternativa política global dada la magnitud de la amenaza a la vida y los medios de subsistencia en este momento.

Vemos acá pues, un retorno en un sentido muy real e inmediato de la declaración de Rosa Luxemburgo en 1915 de que ʺla sociedad burguesa se encuentra en la encrucijada, ya sea la transición al socialismo o la regresión a la barbarieʺ (Howard 1971: 334) que una vez pudo haber parecido una hipérbole. Es deber para que todas las personas progresistas buscar la mejor manera de construir el escenario del ʹsocialismoʹ, conscientes del peligro de la ʹbarbarieʹ pero también conscientes de las ʹvariedades de capitalismoʹ que están lidiando con la crisis de Covid de diferentes maneras y donde son diferentes las dinámicas que surgirán en el futuro. Los escenarios no son predicciones, solo plantean las alternativas futuras que temenos y en concreto los parametros bajo la cual la Crisis Covid se desenvuelve.

Capitalismo

La crisis de Covid y su impacto económico catastrófico concomitante no surgieron de un cielo azul claro. Desde la Gran Crisis Financiera de 2007‐09, el capitalismo ha estado en soporte vital. El capitalismo financiarizado y globalizado solo se salvó entonces por un nivel sin precedentes de intervención estatal. La deuda estatal aumentó exponencialmente, especialmente en los Estados Unidos, el centro de este nuevo orden financiero. Con el dinero fácilmente disponible, los operadores del mercado de valores podrían obtener grandes ganancias nuevamente y las cosas parecían optimistas. Pero, como señala Lapavistas, “ya era aparente en 2017‐18 que la burbuja del mercado de valores no duraría ya que la Fed comenzó a elevar las tasas de interés lentamente por encima de cero, intentando recuperar condiciones más normales en los mercados financieros ʹʹ (Lapavistas 2020) Esta condición crítica explica por qué la UE no pudo acordar en 2020 emitir ʹcoronabondsʹ garantizados colectivamente, ya que la antigua división Norte / Sur en la UE regresó con venganza como resultado de la crisis de Covid.

Fue dentro de esta situación ya caótica que surgió la crisis de Covid y envió ondas de choque reales a través de la economía global, ahora amenazada inminentemente por una depresión que sería peor que la de los años treinta. En marzo de 2020 fuimos testigos de una crisis casi fatal en el sistema financiero, que solo pudo continuar a través de espectaculares intervenciones de la Reserva Federal en los EE.UU., El Banco de Inglaterra y el Banco Central Europeo. La producción y el empleo se desplomaron con la promulgación de los ʺbloqueosʺ de Covid y el crédito se contrajo drásticamente. Una caída histórica en los precios del petróleo trajo a casa la naturaleza integrada y precaria de la economía global. Ahora surge la pregunta de si el ʺcapitalismoʺ puede levantarse una vez más de su lecho de enfermo y recuperar sus legendarios espíritus animales. Para Adam Tooze, cualquier noción de un orden global unificado se ha disipado: “de alguna manera tendremos que unir el autoritarismo de un solo partido de China, el bienestar nacional de Europa y lo que sea que sea Estados Unidos a raíz de este desastre ʹʹ (Tooze 2020) . Ciertamente estamos muy lejos del optimismo de 1989‐90 cuando el colapso del comunismo y el comienzo de la globalización pintaron un futuro prometedor para el capitalismo.

Lo que faltaba en los primeros debates sobre el coronavirus fué cualquier consideración de su impacto en el mundo mayoritario, los pobres y los precarios. Las figuras intelectuales del norte (Žižek, Agamben, Badiou, Sousa Santos, etc.) escribieron elegantes ensayos de sus estudios de ʺcapulloʺ. Pero el impacto social del ʹencierroʹ en el contexto de la capacidad estatal limitada para ejercer la ʹflexibilización cuantitativaʹ, donde las discusiones sobre camas y ventiladores de la UCI no tenían sentido en el contexto de sistemas muy básicos de salud, y donde los trabajadores precarios e informales no tenían otra opción que continuar trabajando, simplemente estaba más allá de su comprensión. Es aquí donde vemos más claramente que el capitalismo tiene sus propias ʺcondiciones de salud subyacentesʺ, lo que significa que no solo necesita recuperarárse de la crisis de Covid. Como argumenta John Smith, el capitalismo probablemente esté ahora en un momento de ʺsupernovaʺ cuando arderá brillantemente antes de desvanecerse o, para decirlo de manera más prosaica, ʺel capitalismo ahora enfrenta la crisis más profunda en sus varios siglos de existencia.” (Smith 2020)

Gobernanza

La gobernanza global no será la misma después de la crisis de Covid. Lo que hemos presenciado es algo similar a una ʺeconomía de guerraʺ dónde se suspenden las reglas normales de gobierno. En algunos países ha habido acaparamiento de poder como Israel, Filipinas y Hungría. En la mayoría de los otros, ha habido un aumento en los ʺpoderes especialesʺ, y la vigilancia y el control de los ciudadanos, que es poco probable que se apague ʺdespuésʺ de Covid, sin embargo, eso puede interpretarse.

Los críticos liberales ahora también sostienen que las fuerzas ʺatávicasʺ del nacionalismo y la xenofobia saldrán a la luz (ver Legrain 2020). La izquierda, por su parte, podría sentirse reivindicada por las dramáticas transferencias directas de efectivo, congelamientos de alquileres y nacionalizaciones que se han producido en muchos países, ya que siempre han argumentado que esto era necesario y posible. Pero eso es parte integrante de una ʺeconomía de guerraʺ y no necesariamente persiste o cambia las reglas del juego, por así decirlo. Como Mulder reconoce ʺla gestión exitosa de crisis no es garantía de una reforma duraderaʺ (Mulder 2020). La excepción en tiempos de guerra puede traducirse en un nuevo orden de ʺposguerraʺ, pero solo en la medida en que los movimientos sociales, incluido el movimiento sindical, permanezcan movilizados y la política progresista no se ahogue en la “emergencia”. La gobernanza democrática está, en general, suspendida y muchos críticos mantienen el fuego, dada la emergencia de salud que todos estamos viviendo, aunque en condiciones muy diferentes. Se ha arraigado una narrativa simplista de ʺautoritarismoʺ versus ʺdemocraciaʺ, que recuerda el debate de Huntingdon de la década de 1970 sobre los peligros de la democracia. Existe la sensación de que la democracia no es eficiente cuando es hora de enfrentar decisivamente la crisis, ciertamente los planes no se someten al escrutinio público. La crisis de Covid ha disciplinado efectivamente a la democracia y la sociedad civil en todo el mundo, potenciando los regímenes autoritarios y silenciando a sus críticos. Pero también ha florecido la democracia de base a través de la solidaridad social y las redes de apoyo mutuo. La democracia no puede ser ʺpospuestaʺ sin dañarla. Como lo expresaron Frances Brown y sus colegas: ʹes esencial que los partidarios de la gobernanza democrática en todas partes presten atención a esta amplia gama de efectos, tanto negativos como positivos, para identificar puntos de entrada e intervenciones que puedan prevenir el daño político a largo plazo y fomentar el potencial ganancias ʹ(Brown et al 2020). La izquierda necesita ser parte de ese movimiento democrático y promover una visión alternativa para una sociedad sostenible.

Salud Pública

Las constituciones de la mayoría de los países latinoamericanos se refieren a la atención médica fundamental para todos los ciudadanos. En la práctica, este derecho no es una realidad y veinticinco años de políticas neoliberales han visto una disminución aún mayor de las capacidades de salud pública. Lo que la crisis de Covid deja al descubierto es cuán descaradamente los estados capitalistas ya no ven la salud pública como una obligación. Más directamente, también muestra cuán baja es la prioridad en la medida en que el brote de Covid‐19 era totalmente predecible. Como dice Richard Horton, médico inglés y editor de The Lancet: ʺSabíamos que esto iba a sucederʺ (Horton 2020). El neoliberalismo en general y las políticas de austeridad en particular mitigaron cualquier compromiso persistente de los gobiernos para prepararse para lo que era una amenaza inevitable y catastrófica como el cólera estaba en una era diferente. Desde una perspectiva liberal, el Dr. Horton escribe sobre cómo ‘Covid‐19 ha revelado la asombrosa fragilidad de nuestras sociedades. Ha expuesto nuestra incapacidad para cooperar, coordinar y actuar juntos ʺ(Horton 2020). Solo una respuesta socialista será suficiente para abordar esta crisis subyacente en la salud pública.

Hay una larga historia de creación de desastres por parte del capitalismo desde las hambrunas de la era colonial hasta el desastre del huracán Katrina en los Estados Unidos contemporáneos. Mike Davis, quien escribió sobre la amenaza de la ʹgripe aviarʹ en 2005 (Davis 2005) argumentó que las pandemias son un ejemplo perfecto del tipo de crisis a las que el capitalismo global, con su movimiento constante de personas y bienes, es particularmente susceptible, pero que La perspectiva capitalista, básicamente su incapacidad para pensar en otros términos que no sean las ganancias, resulta difícil, si no imposible, de abordar. Con la crisis de Covid, encontramos que esta contradicción aparece brutalmente en primer plano a medida que se crean y debaten oposiciones espurias entre la salud de las personas y la ʺeconomíaʺ o incluso ʺel mercadoʺ en el modelo de costo / beneficio. Davis, en relación con la crisis de Covid, sugirió que ʺla globalización capitalista ahora parece ser biológicamente insostenible en ausencia de un sistema de salud verdaderamente internacionalʺ (Davis 2020). Y no hay signos de que esto esté incluso en la agenda capitalista hoy.

Sin embargo, también debemos señalar que los socialistas y los marxistas no han adelantado, por lo general, un compromiso vigoroso con la salud pública, como si eso fuera una preocupación del estado burgués junto con la planificación urbana y otras cosas similares. Esto se remonta quizás a la forma en que Marx y Engels se relacionaron con el brote de cólera que coincidió con su período político más activo, incluidas las revoluciones de 1848 en toda Europa. El impacto en la clase trabajadora fue indudable e incluso condujo a ʹdisturbios de cóleraʹ, pero Engels en 1895 a su clásico Las condiciones de la clase obrera en Inglaterra solo nota que ʹlas visitas repetidas de cólera, tifus, viruela y otras epidemias han mostrado a la burguesía británica la urgente necesidad de saneamiento en sus pueblos y ciudades, si desea salvarse a sí mismo y a su familia de ser víctimas de tales enfermedades ʹ(Engels 1969: 24). La historia del cólera y la lucha de clases queda en gran medida por contar aún. Los problemas de salud pública parecen ser una preocupación más apremiante para la derecha, por ejemplo, el movimiento anti‐vacunas, que en la izquierda por lo general. Pero, como argumenta De Waal, lo que necesitamos ahora es una asociación fuerte y proactiva entre la medicina social y la política radical (de Waal 2020) que no solo está atrasada, sino que podría cambiar el juego políticamente.

Crisis Covid en América Latina

El contexto del brote de coronavirus en América Latina a principios de 2020 no podría ser más dramático. A pesar de los logros sociales de los gobiernos progresistas desde el año 2000, la pobreza, el trabajo precario y las condiciones de vida superpobladas representaban un sitio ideal para cualquier virus. Además en América Latina ya hay otras variedades de arbovirus como el dengue, el chikungunya, la fiebre amarilla y el zika que ahora con Covid‐19 amplifican colectivamente el impacto del otro en la salud pública (Wenham et al 2020) creando un contexto extremadamente volátil.

En lo económico, de acuerdo con la CEPAL, el COVID‐19 afecta a la región a través de cinco canales externos de transmisión: i) La disminución de la actividad económica de sus principales socios comerciales y sus efectos. La región depende marcadamente de sus exportaciones, cuyo volumen y valor se reducirán por la recesión mundial ii) La caída de los precios de los productos primarios. Las marcadas caídas de esos precios y el deterioro de los términos de intercambio tendrán fuertes efectos negativos en los niveles de ingreso de las economías latinoamericanas dependientes de esas exportaciones, aunque con diferencias significativas entre ellas. La contracción de la demanda mundial, en particular la de China, uno de los mayores consumidores e importadores de productos primarios, jugará un papel destacado en la disminución de sus precios iii) La interrupción de las cadenas globales de valor. La disrupción de las cadenas de suministro, comenzando por los proveedores chinos y luego por la producción europea y estadounidense, afectaría principalmente a México y el Brasil, cuyos sectores manufactureros son los más grandes de la región. iv) La menor demanda de servicios de turismo en particular, los pequeños estados insulares en desarrollo (PEID) del Caribe pueden ser muy afectados. v) La intensificación de la aversión al riesgo y el empeoramiento de las condiciones financieras mundiales que conllevauna menor demanda de activos financieros de la región y una importante depreciación de las monedas de sus países. (CEPAL 2020). Lo conclusión de la CEPAL en relación a la Crisis Covid es que en términos económicos la única solución sostenible ‘será la contención coordinada del virus. La escala, la velocidad y el alcance de su expansión requiere una mayor coordinación de las políticas multilaterales. Esta pandemia tiene el potencial de dar nuevas formas a la geopolítica de la globalización, y es también una oportunidad para recordar los beneficios de las medidas multilaterales e iniciar acciones muy necesarias para alcanzar un modelo de desarrollo sostenible e inclusivo’ (CEPAL 2020). Por el momento tal respuesta regional, que se esta dando por ejemplo en Europa, no se vislumbra en America Latina donde el regionalismo todavía sigue asociado a la era política dominada por el imaginario político del Comandante Chávez.

Además, debemos recalcar que en América Latina el gasto en la salud es bajo en comparación a los paises del norte lo que ya nos pone a la defensiva frente a la Crisis Covid.

Gráfica. Gasto en salud en América Latina

En comparación, en EEUU el gasto en salud como porcentaje del PIB para 2019 era 17% o $10,300 per cápita (Fuente: SMO/World Heath Organization)

En nuestras entrevistas con intelectuales comprometidos en varias partes de América Latina empezamos por preguntar sobre la capacidad de los sistemas de salud para confrontar la epidemia del Covid‐19. Detras de las cifras citadas arriba sobre el gasto en salud hay una realidad social y humana, sobredeterminada por la política económica del neoliberalismo.

Nos dice Alberto Acosta (Ecuador) que ‘como en todos los países del mundo el coronavirus mostró las falencias del sistena sanitario y de toda la esctructura de cuidados. Aparecieron con crudeza las deficiencias provocadas por un sistema de salud curativo, mercantilizado y en Guayaquil montado sobre la filantropia’ (Entrevistas)

En forma parecida, Gerardo Necochea Gracia (Mexico) recuenta como ‘El sistema de salud pública esta devastado. Simplemente fue desmantelado en los últimos 30 años. Falta de todo. Hay menos de una cama de hospital por 1000 habitantes; las ciudades están mejor, y las zonas rurales no tienen ya ni siquiera las clínicas comunitarias. Se están haciendo compras masivas de equipo, y al menos China donó gran cantidad de material. Quizás la única capacidad reside en la buena disposición de los trabajadores de la salud.’ (Entrevistas)

En la Argentina según el analisis de Pablo Pozzi algo parecido esta en juego pero nota tambien un acatamiento social a la cuarentena de alto nivel: ‘la gente ha obedecido a las medidas, menos entre los mas ricos y los mas pobres donde el acato es menor: los ricos porque tienen recursos, en términos de servicios médicos y se resisten a controles sobre viajes, los pobres porque no tienen recursos y viven con seis personas por habitación en promedio. Muchas ciudades y pueblos han cerrado el acceso, lo que causa problemas de abastecimiento’ (Entrevistas)

Por su parte Eduardo Gudynas (Uruguay) hable de como su país ‘tiene una población muy pequeña..cuenta con un sistema de acceso a la salud universal, que se divide en uno público y otro privado pero de origen cooperativizado (mutual); alcances de los seguros privados convencionales es limitado. Re ordenamiento de los centro de asistencia en salud: Suspensión de servicios no esenciales; incremento de telemedicina; etc..red extendida de primer nivel de atención es descentralizada, en los barrios, con visita a los enfermos en sus casas…Reorganización de los centros de tratamiento intensivo 600 camas disponibles en todo el país; se liberaron 300 camas disponibles para Covid‐19; pueden ampliarlas mas o menos rápidamente sumando otras camas que pueden convertir en CTI’ (Entrevistas)

También en nuestras entrevistas preguntamos cuales eran los principales riesgos sociales y económicos del Covid‐19 en sus respectivos paises.Karina Ponce (Ecuador) nos dice: ‘imposible escindir los dos términos. Desde mi punto de vista, el mayor riesgo para el país es la desestructuración absoluta de la sociedad ecuatoriana. En este sentido, es menester aclarar que este proceso no lo causa la pandemia, sino que solamente lo refuerza (recordemos lo que pasó en octubre en Ecuador). ¿Cuántas personas han perdido y perderán sus empleos? ¿Cuántos trabajadores no cobrarán su salario? ¿Cuántos pequeños negocios se irán a la ruina? ¿Cuántas familias pasarán hambre? ¿Cuántas personas tendrán que abandonar nuevamente su país en busca de mejores oportunidades como en la crisis de 2000? ¿Cuántas personas van a morir? La mayor incertidumbre está en la preocupación del ingreso, el poder adquisitivo para comprar comida y miedo al contagio y la muerte, pero sobre todo, en caso de enfermedad o muerte no tener un tratamiento o un sepulcro digno’ (Entrevistas).

Tambien en relación al Ecuador, Alberto Acosta dice que ‘el reto del coronavirus resulta descomunal. La pandemia desnuda situaciones lacerantes de todo tipo. El drama humano que se vive tiene ‐por lo pronto‐ su punto de expresión máxima en Guayaquil. La barbarie parece haberse instaurado en esta ciudad portuaria con la llegada del coronavirus: cientos de familias devastadas por la muerte de algún familiar, cadáveres por doquier, inclusive cadáveres extraviados, cientos de trabajadores de la salud contagiados y miles de personas que se debaten entre morirse de hambre al buscar el sustento diario en las calles o morirse de coronavirus. Esta situación ya se replica en varias provincias de la costa.” (Entrevistas)

En la Argentina, según Joaquina De Donato, ‘el riesgo es el colapso del sistema de salud y la posibilidad de una insurrección popular por parte de los sectores marginales. Dado que más de un 40 por ciento de la mano de obra en Argentina es en negro y vive de trabajos eventuales, la quarentena está poniendo al borde de una situación crítica a trabajadores y grupos marginales. Por lo que si la crisis económica sigue profundizandose, no se descartan saqueos o piquetes que obliguen a medidas represivas que pueden desatar una insurrección social’ (Entrevistas)

Gerardo Necochea Gracia (Mexico) por su cuenta dice que ‘Las medidas de distancia social y encierro no favorecen las muestras visibles de solidaridad, como sí fue el caso en los sismos de 1985 y 2017. Hay que pensar que la epidemia llega a sumarse al desastre que ya de por sí es la violencia asociada con el narcotráfico y crimen organizado. Hay fragmentación y miedo. Muchas comunidades se han cerrado al exterior, para excluir la violencia, y si bien hay solidaridad interna, hay desconfianza hacia el exterior, que bien puede convertirse en rechazo violento a todo el que viene de fuera debido a la epidemia. Puede efectivamente ganar fuerza un discurso localista, xenófobo e intolerante. Hasta ahora, las organizaciones sociales progresistas y la izquierda organizada han sido incapaces de avanzar una respuesta que ofrezca alternativas’ (Entrevistas)

Tambien en relación a Mexico, Patricia Pensado habla de los peligros de ‘la polarización social, una mayor fragmentación entre los ciudadanos; y con la profundización de la crisis económica un mayor empobrecimiento y desempleo. Un fortalecimiento de los grupos políticos de derecha’ (Entrevistas)

¿Como reacciona la sociedad o la sociedad civil ante tal emergencia o crisis médica?

Patricia Pensado (Mexico) nos dice en relación a esta pregunta que “se han realizado protestas de los trabajadores de la salud afuera y en los estacionamientos de los hospitales y las clínicas, exigiendo los insumos necesraios para enfrentar la epidemia. Así como también por parte de los trabajadores de servicios (taxistas, meseros, vendedores ambulantes, entre otros) frente a los edificios de las instituciones de gobierno y de obreros de las maquiladoras del norte del país. Así como de familiares de los presos por las condiciones de hacinamiento en que viven. Cabe mencionar que la mayoría de estas protestas se han dado en la Ciudad de México, aunque también en algunos estados de la República” (Entrevistas)

Igor Goicovic Donoso (Chile) nos dice que ‘El COVID 19 llegó en marzo, justo cuando se esperaba un nuevo repunte de la movilización social. Pero la amenaza de la pandemia, unida a la política de restricción de movimiento del gobierno, han reducido significativamente la capacidad de movilización y de protesta de la gente. Cabe señalar, que las movilizaciones del ciclo octubre de 2019 / febrero de 2020, tuvieron convocatorias bastante espontáneas, la mayoría de ellas orientadas al espacio público, vía redes sociales. En el actual momento esa estrategia ha fracasado. Se han convocado a cacerolazos que han tenido escaso eco, los paros son inexistentes, ya que aquellos que pueden trabajar en sus lugares habituales de faena lo están haciendo y los demás (incluidos los académicos) trabajamos online.

Los bloqueos han sido más efectivos, pero esa iniciativa arranca más del miedo al contagio y de la ineficacia de los controles sanitarios y policiales, que de una dinámica de protesta frente al gobierno” (Entrevistas).

Viviana Bravo Vargas, también hablando de Chile, nos dice que ‘en un primer momento se activaron los cacerolazos, pero han perdido fuerza. También ha habido bloqueos de calles en territorios para impedir que preferentemente santiaguinos de clase alta se movilicen para pasar la cuarentena en sus segundas viviendas, generalmente ubicadas en la costa. Con todo, la movilización no ha tenido la fuerza ni la capitalización política de la rebelión popular anterior, que podría haber sido esperable. Se han vivido situaciones tensas de atochamiento, que ponen en riesgo a la población y no se ha visto mucha movilización, más que quejas individuales. Se ha volcado a las redes sociales, y se han activado algunas instancias solidarias, como ollas comunes en algunos terrirtorios debido a la falta de alimentos producto de la cesantía. Continúa la lucha por la liberación de los presos políticos, pero por las medidas derivadas del coronavirus sólo destacan algunos sectores, como la de funcionarios de la salud, y el colegio de profesores. La CUT [Central Unica de Trabajadores] ha estado completamente ausente’ (Entrevistas) Para Karina Ponce (Ecuador) ‘actualmente en las circunstancias en las que ahora nos encontramos las acciones ciudadanas han sido más bien limitadas. Fundamentalmente relacionadas con acciones de cooperación barrial y asociativo. Sin embargo, no me extrañaría en lo absoluto que tras este confinamiento volvamos a vivir experiencias de levantamiento popular en todo el país, como sucedió en Octubre 2019. La magnitud del desastre es espeluznante” (Entrevistas).

Eduardo Gudynas (Uruguay) nos habló de ‘limitadas protestas sociales de sectores de la economia informal (por ejemplo vendedores que venden en las calles o en los buses). Los debates políticos discurren en la prensa, en comités,en reuniones, etc. Un intento de ʺcaceroleoʺ desde la central sindical tuvo un resultado muy limitado, y posiblemente contraproducente contra la central dado el nivel de críticas que recibió. Múltiples iniciativas de ayuda a nivel barrial, especialmente por el regreso de ʺollas popularesʺ, en todas las ciudades. Muestras de solidaridad ciudadana para apoyar esas ollas; intentos en que sigan normas sanitarias; etc. Este es un aspecto increíble por la extensión, diseminación y consistencia. También prácticas muy negativas; por ejemplo, obtener canasta de ayuda en alimentos para después venderlas, han sido denunciadas; robo masivo de alcohol en gel de un centro de salud; etc. (Entrevistas).

Mauricio Archilla (Colombia) dice que ‘hasta ahora está respondiendo a los casos reportados, pero hay quejas del personal de salud sobre inadecuación de equipos e instalaciones, así como de malas condiciones laborales…Hay algunas protestas físicas de gentes pobres que piden apoyos de los gobiernos nacional y locales. Otros desempleados o independientes qu epuden derecho al trabajo. Pero no han sido, por fortuna. multitudinarias. Hay algunos cacerolazos contra el gobierno nacional y a favor de los locales, como el de Bogotá [bajo gobierno progresista]. En relación a la respuesta de la sociedad civil en términos generales nos dice: TEMOR, DESCONCIERTO Y EN ALGUNOS MOMENTOS APOYO A LOS GOBIERNOS LOCALES’ (Entrevistas)

¿Finalmente, preguntamos, que podemos aprender de esta crisis? ¿Cuales son las lecciones que podemos aprender?

Pablo Pozzi (Argentina) nos contesta ‘ en verdad no muchas, principalmente porque en la última década las organizaciones populares han sufrido muchos retrocesos. Teóricamente hay posibilidades pero nadie parece estar dispuestos de tomar ventaja de la situación. Hay mucha confusión y desorientación en la izquierda y entre los progresistas’ (Entrevistas).

Para Igor Goicovic Donoso (Chile) ‘otras crítica colectiva. El sector más activo y crítico durante este período ha sido el personal sanitario de la salud pública. Han denunciado las insuficiencias de la política pública, han alertado sobre una eventual catástrofe en los meses venideros e incluso han protestado públicamente. Debiera ser sorprendente que gobiernos como el de Piñera, que a marzo de 2020 estaban en el suelo, no solo hayan sobrevivido a la crisis social y política detonada en octubre sino que, apoyados en la actual pandemia, recuperen cierto margen de legitimidad. A mi juicio ello ocurre, precisamente, porque no hemos sido capaces de articular una alternativa programática, orgánica y estratégica que nos permita disputar el poder (Entrevista)

Para Karina Ponce (Ecuador): ‘Si no logramos organizarnos políticamente para plantear una alternativa al capitalismo neoliberal, lo que nos espera en no poco tiempo es el fascismo. Con el coronavirus los estados‐nación están asumiendo el papel que tenían en la posguerra, sobre todo, en lo que a control de las masas se refiere. ¿Es qué acaso no podemos luchar por un futuro que nos aleje de la desigualdad social? Muerte, destrucción social, hambre, e incremento de la pobreza, indigencia y desigualdad en todos los niveles. Una sociedad dividida por las posturas para salida de la crisis. Esta crisis oculta también el incremento de la violencia de género. Muchas mujeres tienen a su agresor en casa todo el día, de quién no pueden esconderse o salvarse. Las tareas domésticas no remuneradas se visibilizan más aún en estas circunstancias. Finalmente, sumaría la muerte política del actual gobierno y su gabinete, sus cuadros políticos seguramente tendrán un futuro político no muy prospero” (Entrevistas).

Finalmente, como ultimo comentario dejamos acá lo que nos dice Alberto Acosta (Ecuador) “No podemos volver a la normalidad porque era una a‐normalidad” (Entrevistas)’

Este último punto nos lleva a una pregunta clave: ¿que es lo normal y que es lo patológico? El Coronavirus ¿llegó a una sociedad y un sistema economico normal? Para contester esta pregunta es necesario pienso, volver a los estudios del filósofo de la ciencia, Georges Canguilhem que exploraba los problemas de ‘una teoría de las relaciones entre lo normal y lo patológico de acuerdo con la cual los fenómenos patológicos sólo son en los organismos vivos variaciones cuantitativas, según el más y el menos, de los respectivos fenómenos fisiológicos. Semánticamente, lo patológico es designado a partir de lo normal no tanto como a o dis sino como hiper o hipo. Por más que se conserve la confianza tranquilizante de la teoría ontológica en la posibilidad de vencer por medios técnicos al mal, se está muy lejos de creer que salud y enfermedad sean opuestos cualitativos, fuerzas en lucha’ (Canguilhem 1971: 20). Salud y enfermedad no son polos opuestos, uno implica al otro mutuamente. Canguilhem sigue y afirma que ‘la enfermedad difiere del estado de salud, lo patológico de lo normal, como una cualidad difiere de otra, ya sea por presencia o ausencia de un principio definido, ya sea por reelaboración de la totalidad orgánica. Esta heterogeneidad de los estados normal y patológico puede tolerarse todavía en la concepción naturista, que poco espera de la intervención humana para la restauración de lo normal. Pero en una concepción que admite y espera que el hombre pueda forzar a la naturaleza y hacer que se pliegue a sus intenciones normativas, la alteración cualitativa que separa lo normal de lo patológico resultaba difícilmente sostenible’(Cangilhem 1971: 19)

La normalidad pues, puede entenderse de dos maneras: por un lado, lo normal es aquello que es tal como debe ser; por otro lado, lo normal es aquello que se encuentra en la mayoría de los casos. Estamos, pues, ante un término equívoco, pues al mismo tiempo designa un hecho y un valor en virtud de un juicio. El neoliberalismo no es solo la norma en América Latina sino ‘normal’. En medicina también se confunden los terminos, pues el estado normal designa al mismo tiempo el estado habitual de los órganos y su estado ideal. Lo normal es entonces un concepto dinámico y polémico pero igual podríamos decir esto de lo patológia, que tiene que ver con la parte de la medicina encargada del studio de las enfermedades en su mas amplio sentido. La Crisis Covid es algo ‘normal’ para el capitalismo tardío, era predicible. No es simple patología, algo abnormal que una vez superado nos deja volver al estado natural de equilibrio. Lo que el coronavirus ha producido en América Latina, como en otros lugares, es un desvelamiento de las contradicciones del capitalismo dependiente. No podemos, no debemos, pues volver a esa normalidad que de ‘normal’ en sentido ético tenia muy poco. El virus es el capitalismo dependiente.

Referencias

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Entrevistas
En el mes de marzo 2020 se realizaron entrevistas atraves de un cuestionario con las siguientes personas:
Karina Ponce (Ecuador)
Alberto Acosta (Ecuador)
Pablo Pozzi (Argentina)
Joaquina De Donato (Argentina) Igor Goicovic Donoso (Chile) Viviana Bravo Vargas (Chile) Eduardo Gudynas (Uruguay) Mauricio Archilla (Colombia) Pascual Garcia (Mexico)
Gerardo Necochea Gracia (Mexico) Patricia Pensado (Mexico) Frances Z. Brownsaskia Brechenmachercarothersfet As
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dAPRIL 06, 2020

Una crisis diferente: Impactos y dilemas sociales

Albert Recio Andreu. Universidad Autónoma de Barcelona.

A poco más de diez años de la crisis mundial generada por el desplome de los mercados financieros el mundo afronta una nueva crisis de consecuencias insospechadas. Las crisis son fenómenos recurrentes en el funcionamiento de las economías capitalistas, pero sin duda esta obedece a unas causas diferentes a todas las anteriores. Lo que ha desencadenado el parón económico ha sido en este caso la decisión de muchos gobiernos de confinar a la población y paralizar la actividad corriente para hacer frente a una crisis sanitaria. Si hubieran optado por otra solución, mantener la actividad habitual y dejar que el virus se expandiera seguro que habríamos tenido una crisis sanitaria sin precedentes (y posiblemente una impredecible respuesta social) pero la dinámica económica hubiera seguido una trayectoria distinta. Más de un gobierno especuló con esta alternativa, pero pocos la adoptaron. Y los que lo hicieron, como Suecia comprobaron que el impacto sanitario fue mayor del previsto (en un país sin grandes aglomeraciones urbanas, condiciones de vida y sistemas de atención sanitaria y social de los más elevados del mundo) y que su economía de exportación padecía un cierto colapso por el cierre de sus principales clientes.

En los primeros días del confinamiento muchos gobiernos jugaron con la metáfora bélica para concienciar a la población. Las guerras tienen también un importante impacto económico y son producto de decisiones políticas. Pero lo que, en términos económicos, diferencia a la pandemia de una guerra es que habitualmente en esta última los Gobiernos promueven la movilización de todos los recursos productivos para garantizar el suministro bélico y evitar una crisis de subsistencia interna que provoque el hundimiento de la retaguardia. En este caso, por el contrario, se ha optado por una respuesta totalmente diferente, la de parar la actividad para evitar la catástrofe sanitaria. Posiblemente la crisis económica era un coste inevitable dada la situación.

Las características de esta crisis generan un problema de interpretación del que sólo parece salvarse la teoría económica más ortodoxa que considera que los mercados tienden por sí solos a ajustarse hacia el equilibrio pero son continuamente distorsionados por impactos externos que fuerzan un continuo esfuerzo de adaptación. Considerar un impacto externo al covid 19 tiene una cierta plausibilidad y obliga a los enfoques alternativos a desarrollar enfoques analíticos más complejos que los habituales de caída de la tasa de ganancia, crisis de sobreproducción o de subconsumo. Aunque todos estos fenómenos han aparecido una vez desencadenada la crisis es necesario construir un marco interpretativo más amplio del que habitualmente utilizan una buena parte de economistas más o menos alternativos: keynesianos, postkeynesianos, marxistas.

Un enfoque interpretativo

Para situar la crisis actual considero que constituye una aproximación adecuada la de integrar los modelos económicos críticos marxistas y postkeynesianos con los avances promovidos por la ecología política, la economía feminista y el institucionalismo. Especialmente en este caso resulta útil la integración de la ecología en el análisis de las dinámicas económicas.

Para situarlo brevemente, cualquier sistema económico se asienta e interacciona sobre la base material del mundo natural. Aunque gran parte de la evolución humana se ha dedicado a adecuar la naturaleza a las necesidades de los humanos, al menos a partir del neolítico, nunca ha podido obtener un control completo de la misma ni puede ignorar los límites físicos, químicos y biológicos que impone vivir en el planeta tierra. La historia de la humanidad está atravesada por numerosos incidentes “naturales” que han tenido un enorme impacto económico: pestes, sequías, inundaciones. El intenso cambio tecnológico que se inicia al final de la Edad Media y se acelera con la implantación de sociedades capitalistas y la institucionalización y asentamiento de la ciencia pueden haber generado la impresión de que hemos superado esta dependencia de la naturaleza (cuando era estudiante me enseñaron que las crisis del Ancien Regime era provocadas por causas naturales y las modernas por el funcionamiento de la economía capitalista) pero llevamos años que economistas y científicos naturales advierten de la variedad de problemas de naturaleza. De hecho en la literatura ecológica se venían apuntado problemas diversos como posibles causas de crisis globales, fundamentalmente los derivados del pico del petróleo y los del cambio climático (o sea por insuficiencia o por exceso de consumo energético). De hecho la crisis del covid 19 es otra de las posibles formas como el mundo natural interfiere en el funcionamiento cotidiano de las sociedades humanas y, en este sentido, deberíamos considerarla una crisis ecológica.

Sobre esta base material se organiza la actividad económica convencional que adopta formas muy diversas en las que se combinan procesos de cooperación y competencia entre personas, jerarquías y reglas de juego derivadas de estructuras institucionales más o menos formales, normas de inclusión y exclusión que conceden poder desigual a las personas… Las sociedades capitalistas modernas son hasta el momento las formas más complejas de organización social. En las que predomina una elevada división del trabajo, una alta formalización de las relaciones humanas, mecanismos muy complejos y sutiles de creación de desigualdades. Sociedades organizadas en torno a los derechos de los propietarios de los medios de producción y la búsqueda del beneficio individual, aunque para su funcionamiento requieren la existencia de estructuras públicas muy sofisticadas y potentes y el recurso permanente a formas de actividad no mercantiles. Es precisamente el predominio de la actividad privada, la búsqueda individual de beneficios, el origen principal de la enorme fragilidad de la economía capitalista y la recurrencia de sus crisis. Todas las teorías sobre la crisis tienen este origen común, la búsqueda de beneficio comporta la toma de decisiones, en un contexto de incertidumbre, que conducen a sobreinversión, a inversiones fallidas, a caídas de la demanda… Hace muchos años que se reconoce que toda decisión privada tiene, y está condicionada, por efectos que van más allá de los individuos que las toman: externalidades, costes sociales, bienes públicos, reproducción de la fuerza de trabajo fuera del circuito del capital… son cuestiones reconocidas por académicos de diverso signo pero a menudo ignoradas o soslayadas por los líderes empresariales, lo que suele traer como consecuencia una mayor cantidad de problemas imprevistos.

La actual fase de globalización neoliberal ha exacerbado los problemas y las posibilidades críticas por la acumulación de vulnerabilidades. La globalización y las transformaciones de la gran empresa capitalista han exacerbado la especialización territorial, han reforzado desigualdades entre países y grupos sociales y han dado lugar a cadenas productivas de enorme complejidad y, al mismo tiempo, muy expuestas a cualquier circunstancia que interrumpa el flujo producción‐ consumo. De otro la financiarización favorecida por las políticas de desregulación neoliberal se han convertido en una fuente permamente de desestabilización, asociada además a la promoción de un sistema económico dominado por elites rentistas. Por último, por situar las cuestiones esenciales, el debilitamiento de los poderes públicos provocado por cuestiones como el drenaje fiscal (alimentado por sucesivas contrarreformas impositivas y por los paraísos fiscales), por el desarrollo de un capitalismo que parasita lo público a través de redes de subcontratas y alianzas público‐privadas y por una articulación institucional supranacional inadecuada genera la contradicción de un sector público que debe resolver un volumen creciente de demandas y al mismo tiempo con recursos insuficientes y mecanismos de intervención obsoletos.

En suma, las economías capitalistas son al mismo tiempo estructuras muy complejas y muy vulnerables. Capaces de generar períodos de fuerte expansión de la actividad y expuestas a experimentar colapsos. Son también estructuras sociales basadas en una altísima y exacerbada desigualdad tanto en términos de clase, como de género y de etnia y nacionalidad. En su génesis histórica está el colonialismo, el racismo, el sexismo y la expansión imperial y todo ello ha permeado las sociedades capitalistas reales y generado prácticas e instituciones que reproducen la desigualdad. Ello genera, al lado de una patente injusticia, nuevos elementos de conflicto y de bloqueo de la cooperación. Las crisis pueden venir por causas muy diversas pues cualquier fricción tiene un enorme potencial desestabilizador. Difícilmente puede admitirse que se trate de “shocks” externos cuando las fuentes que las provocan y la forma como repercuten tiene mucho que ver con la forma de organización social, con sus contradicciones e insuficiencias.

Hasta ahora las posibilidades de la crisis ecológica no han sido tenidas en cuenta no sólo por los economistas neoclásicos sino también por buena parte de los críticos. Quizás los intentos de K.Marx de subrayar los aspectos sociales, no naturales, de la explotación y las desigualdades han contribuido a ello. Lo ecológico ha llegado al análisis económico desde fuera y su introducción genera múltiples problemas a gran parte de las diversas teorías económicas: empezando por la validez de conceptos centrales en la mayoría de análisis como el de producción y productividad como el papel del crecimiento económico. Hay también un aspecto que afecta especialmente al pensamiento radical: mientras gran parte de los problemas actuales pueden achacarse al capitalismo la cuestión ambiental afecta a cualquier tipo de sociedad. En concreto para cualquier modelo social que trate de aumentar sin cesar el uso de recursos naturales e ignore las limitaciones materiales en las que debe desarrollarse la vida humana. Algo que suele complicar la sencillez de un análisis binario en términos capital‐trabajo o en términos capitalismo‐ sociedad.

Este último comentario tiene relevancia no sólo como una advertencia a tener en cuenta a la hora de evaluar la bondad de propuestas alternativas al capitalismo. Las experiencias impulsadas por las revoluciones soviética y china tuvieron el mismo desconocimiento de las cuestiones ecológicas que las sociedades capitalistas. Pero es también una cuestión a tener en cuenta si en lugar de considerar el capitalismo como un mero predominio de un determinado orden institucional que concede un enorme poder a la propiedad privada capitalista y al mecanismo del mercado, entendemos que el capitalismo actual constituye un orden civilizatorio que va más allá de las meras relaciones sociales de producción. Las sociedades reales son estructuras complejas con muchas capas e interacciones y resultados de procesos históricos que las generan y las modifican. La idea del progreso como la capacidad de mejora constante de condiciones de vida basada en el cambio tecnológico y el dominio de la naturaleza atraviesa un largo proceso civilizatorio en el que el desarrollo científico, la innovación empresarial y el crecimiento del consumo han influido en las percepciones de amplias masas de población. Una idea de progreso que hoy choca con la conciencia de estar alcanzado o haber superado la carga que el planeta puede superar. Pero una conciencia que ni es mayoritaria, ni tiene una influencia radical en los hábitos de la mayoría de la gente ni ha conseguido alcanzar suficiente densidad para generar propuestas elaboradas de transformación. La confianza bastante ciega en que el avance científico todo lo puede está bien arraigada en gran parte de las élites económicas, políticas y científicas. El consumismo como una realidad y una promesa forma parte del horizonte mental en el que vive o aspira a vivir mucha gente. Y esto concede una enorme capacidad hegemónica a los poderes capitalistas y sus aliados y, al mismo tiempo hacen que las crisis de origen ecológico tengan mayores posibilidades de existencia.

El virus escanea a la sociedad neocapitalista

Si bien no está claro que el origen de la crisis sanitaria esté directamente provocado por el funcionamiento normal de la economía capitalista, lo que resulta evidente es que la pandemia ha servido para hacer evidente la fragilidad, irracionalidad e injusticia que subyace en la forma dominante de organización social. La infección puede haber sido un resultado de un mero accidente, una de las muchas transmisiones de virus o bacterias a humanos que han ocurrido a lo largo de la historia. O puede haber tenido una conexión directa con la propia dinámica capitalista como apuntan los analistas que asocian este virus con la introducción masiva de especies salvajes en los mercados chinos de alimentación (o en el floreciente mercado de la medicina tradicional) así como estar favorecido por la destrucción de biodiversidad que reduce nuestras protecciones frente a virus extraños. Pero con independencia del origen lo que ha sucedido después permite realizar una diagnosis bastante completa de nuestro modelo social. Gran parte de lo que sigue se basa en la experiencia española, pero las informaciones que recibimos de otros países indican que en todos lados las cosas han sido bastante parecidas.

  •   La rápida transmisión del virus ha mostrado una de las fragilidades provocadas por la densidad y velocidad de los flujos de todo tipo que genera la globalización. En este caso dos de estos flujos han resultado cruciales para la propagación del mismo: las reuniones de directivos y personal científico de un lado y el turismo por otro. No es casualidad que hayan sido las ciudades que concentran una mayor densidad de interacciones internacionales las que han experimentado niveles más elevados de afectación. La movilidad intensa y barata es un elemento básico de la globalización y el aislamiento, aunque sea temporal, ha sido percibido como una anomalía insoportable. Si en los próximos meses aparecen rebotes importantes de la pandemia en algunos países sería bastante difícil restablecer medidas de confinamiento masivo que se han mostrado útiles. Pero que han sido duramente contestadas por los sectores económicos que más dependen de esta movilidad (el turismo en primer lugar) y, posiblemente, por amplios sectores de la población adiestrados en una particular concepción de la libertad individual
  •   El impacto de la epidemia ha estado directamente relacionado con las desigualdades de renta. En Barcelona, donde tenemos una estadística detallada por pequeñas unidades de población se ha hecho evidente que los niveles de afectación han sido sustancialmente superiores en las zonas de rentas más bajas. Lo que también corroboran las informaciones provenientes de países como Estados Unidos o Brasil. Hay diversas razones que explican esta situación. Toda la literatura sobre desigualdades y salud lleva años mostrando que la renta es un determinante del nivel de salud de la gente. Una referencia habitual entre estos especialistas es la de señalar que “tu salud está más relacionada con tu código postal que con tu código genético”, asociado a que la población en las ciudades se distribuye geográficamente en función de sus ingresos. La esperanza de vida es menor entre las personas con rentas bajas debido tanto a su menor acceso a bienes y servicios como a su propia experiencia laboral en empleos que tienen un impacto negativo en la salud. Durante la pandemia las condiciones del confinamiento han sido mucho más difíciles en los pequeños hogares o en las viviendas compartidas. Y una gran mayoría de las actividades laborales que han permitido funcionar a la sociedad en el confinamiento (empleos que aumentaban las posibilidades de contagio) son actividades típicas de empleos de bajos salarios: auxiliares sanitarios, personal de limpieza, personal de asistencia en residencias y asistencia domiciliaria, comercio de alimentación, repartidores a domicilio… Las informaciones que llegan de otros países inciden en lo mismo, alguno de los peores focos de la epidemia se centra en centros de producción tradicionales de bajos salarios (por ejemplo mataderos) o en problemas de aislamiento habitacional (como el caso de los trabajadores migrantes de Singapur). Renta, empleo y vivienda son caras de una misma realidad de desigualdades que en la fase neoliberal vuelve a alcanzar niveles dramáticos.
  •  El confinamiento ha emergido la realidad de situaciones de informalidad laboral que habitualmente permanecen ocultas y que ahora se han manifestado en forma de una pobreza ignorada. Una informalidad que se asienta fundamentalmente en la confluencia de dos realidades: la de determinados segmentos del mercado laboral y el de las políticas migratorias que producen un volumen desproporcionado de personas sin acceso legal a los mercados laborales regulados. Las políticas de control de flujos migratorios impuestas en los países desarrollados es posible que contengan una parte de la inmigración. Lo que es en todo caso seguro es que generan la creación de una enorme masa de personas que conviven en diferentes grados de inseguridad jurídica, muchos de ellos impedidos de acceder a empleos normales (o sólo en determinadas condiciones como el de los contratos para temporeros agrícolas). Un grupo social dispuesto a aceptar las condiciones del empleo informal, que subsiste en el día a día. Un sector donde esta situación resulta esencial es en del servicio doméstico y la atención a personas mayores, donde la debilidad de derechos de estas personas resulta funcional para crear una oferta de fuerza de trabajo que permite a muchas familias locales obtener sus servicios a bajo precio. Otros se emplean de forma informal en empresas formales (por ejemplo en la construcción) y otros, subsisten en actividades como la busca de bienes en las basuras domésticas. Se trata de una población que habitualmente subsiste pobremente con ingresos que les permiten un malvivir cotidiano. Con el confinamiento estas personas se vieron incapacitadas de obtener sus mínimas necesidades ingresos y aparecieron las colas de personas que hablaban de hambre. Personas que por su posición legal y laboral no entraban en los diferentes planes gubernamentales diseñados para impedir que el confinamiento generalizara la pobreza a extremos insoportables. Hay una paradoja dramática y cómica al mismo tiempo, mientras miles de inmigrantes irregulares experimentaban la pérdida total de ingresos, el importante sector agrario experimentaba una importante falta de personal para la recolección de frutas y hortalizas a causa del cierre de fronteras a los temporeros y de limitaciones a la movilidad. El debate sobre las políticas migratorias se ha reanimado.
  •  La importancia de los cuidados en general y de los realizados en la esfera doméstica y social en particular. El debate no es nuevo pero el colapso en las residencias de ancianos, el desamparo generado por la saturación del sistema sanitario y las necesidades de muchas personas ancianas o enfermas viviendo solas, el cierre de escuelas y el confinamiento de gran parte de la infancia en hogares donde los padres realizaban teletrabajo ha hecho emerger la importancia de los cuidados a lo largo del ciclo vital, la combinación de atención material y emocional y los efectos aún no del todo evaluados sobre la salud física y mental de mucha gente. En unos casos‐ residencias de ancianos y enfermos en hospitales esto se ha traducido en un verdadero drama, generador de muertes injustificadas y de un enorme sufrimiento y desamparo. En otros las demandas de cuidados se han debido cubrir por una combinación de respuestas informales de familiares y vecinos, de redes de solidaridad impulsada por ONGs y movimientos vecinales y, en algunos lugares por una acción activa de la administración local. En todo caso respuestas no mercantiles a problemas básicos para el bienestar.
  •  La crisis sanitaria ha puesto de manifiesto todo el desastre generado por las políticas neoliberales en el funcionamiento del sector público, particularmente el sanitario, pero también el de educación, el de servicios sociales. Las políticas seguidas los últimos años, intensificadas tras la crisis de 2008 y, especialmente, por las políticas de ajuste impuestas a partir de 2010 han tenido tres impactos negativos que se han mostrado letales en la crisis presente. De un lado recortes de gasto público que han afectado a las dotaciones de personal y equipos sanitarios (por ejemplo una de las principales dificultades para realizar test PCR estaba en la carencia de laboratorios), recortes que afectaban a todos los niveles del sistema sanitario. De otra privatizaciones a través de mecanismos diversos: subcontratas, gestión privada de servicios públicos, centros hospitalarios públicos propiedad de grupos privados que controlan todas las actividades menos la sanitaria, empresas privadas salvadas con fondos públicos Una enorme cantidad de sumideros de fondos públicos que han agravado una red asistencial ya afectada por recortes. Y por último la existencia de una pluralidad de gestores y de estructuras de Gobierno del sistema que han agravado las dificultades de coordinación en un momento en el que se requería que todas las unidades sanitarias funcionaran de forma coherente y cohesionada. Las políticas de ajuste y privatizaciones además han tenido el efecto de fomentar que la población con más medios complementara cobertura de salud con sistemas de cobertura privada. Y hay evidencia que estas personas han recibido una atención diferenciada. Lo que vale para el sector sanitario lo es también para el educativo, donde el recurso a la enseñanza telemática ha puesto en evidencia la ausencia de un plan de acción y las desigualdades de las familias en recursos y capacidades. Y es especialmente notable en la atención a los ancianos donde el predominio de la gestión privada ha dado lugar a un desastre absoluto. Los problemas de los servicios públicos son uno de los elementos que más diferencian a unos países de otros, puesto que el grado y la forma como se han desarrollado las políticas neoliberales difiere mucho de uno a otro país. Y lógicamente el impacto es mayor en los países que fueron forzados a realizar duras políticas de ajuste en 2010 (Italia, Grecia, España…), en los países anglosajones donde el neoliberalismo está aún más arraigado y, sin duda en los países en desarrollo donde el sistema público es mucho más débil. Pero nadie ha escapado del todo a este problema, como muestra que el desastre de las residencias de ancianos ha sido un fenómeno bastante generalizado (y este es un sector donde menos está implantado un verdadero sistema de atención pública).

 

  •  Y, a pesar de todo, de años de políticas neoliberales el sector público ha mostrado una más que notable capacidad de respuesta que ha evitado lo peor. El sector privado solo se ha mostrado eficiente allí donde ha podido funcionar con normalidad, por ejemplo, en el circuito de provisión de alimentos y suministros básicos a través de las cadenas comerciales. Pero allí donde había una necesidad de emergencia ha mostrado sus peores aspectos. Un ejemplo claro son los suministros médicos, un terreno donde se ha hecho patente la incapacidad de respuesta, la especulación y el fraude. O en la ya citada gestión de las residencias. O en la misma sanidad privada, mucha de la cual se ha mostrado totalmente inadecuada para afrontar una verdadera crisis de salud, pues está fundamentalmente orientada hacia las dolencias menos complejas y el rentable mundo de la medicina estética. Una de las circunstancias más chocantes de esta crisis es que mientras existía una demanda apremiante de personal sanitario una parte importante de centros privados estaban realizando ajustes de plantilla porque no había demanda para los servicios que ofrecían. Para la provisión de bienes básicos como la educación y la sanidad la provisión pública se ha mostrado una vez más esencial, en términos de eficiencia y de equidad. (por ejemplo, los hospitales privados ofrecían tests de covid a precios hinchados cuando estos se denegaban a muchas personas).
  •  El colapso provocado por el confinamiento ha impactado de forma general en todas las economías. Pero hay que esperar que su impacto a largo plazo pueda ser diferente no sólo por el tipo de política que se adopte sino también por la diferente estructura de especialización de cada país. El papel que juega la especialización productiva en las dinámicas de desarrollo de cada territorio es un tema que se ha debatido desde hace muchos años. En especial el papel que juega la especialización en la producción de materias primas en las dinámicas de subdesarrollo y endeudamiento de muchos países. El sistema capitalista desde sus orígenes ha tendido a generar una fuerte especialización territorial en parte basada en dinámicas “autónomas” (efectos aglomeración, economías de escala etc.) y en parte en políticas claramente diseñadas para favorecer el predominio de unos países y grupos sociales sobre el resto. La economía mundial es, entre otras cosas, una estructura jerarquizada de estados y territorios donde unos elementos es su particular especialización. La globalización neoliberal ha reforzado esta orientación (si bien alterando en parte el orden jerárquico con la emergencia de China como gran potencia) y ha aumentado el grado de especialización de cada país. En la experiencia española esto se ha demostrado dramático en dos campos, uno puntual y otro del largo plazo. El primero es la incapacidad de resolver el problema de los suministros sanitarios básicos por ausencia de un tejido industrial adecuado. Una situación que afectó a muchos otros países y que es expresiva de una debilidad internacional para hacer frente a cambios bruscos de contexto. Las cadenas internacionales de suministros están siempre expuesta a interrupciones y bloqueos (antes que emergiera el problema de los suministros sanitarios una parte de la industria automovilística europea tuvo que parar por falta de componentes procedentes de China). El segundo tiene que ver con la enorme dependencia del país respecto a la actividad turística. Algo que se comparte con bastantes otros países. Una actividad especialmente sensible a los cambios de coyuntura, a las condiciones sanitarias y ambientales y que presumiblemente estará más afectado durante más tiempo que otros por la pandemia. La extrema especialización territorial pregonada por los ideólogos neoliberales debe ser puesta en cuestión a la luz de lo sucedido en esta crisis.
  •  La pandemia se ha generado en uno de los puntos ciegos de los sistemas de control a escala mundial y nacional. Incluso las autoridades sanitarias, las más adaptadas a reconocer la gravedad de este tipo de problemas se mostraron incapaces de detectar la velocidad de transmisión del covid 19. El campo de visión de las autoridades económicas es mucho peor, pues los modelos analíticos en los que se basan están limitados a lo que determinan los modelos neoclásicos ortodoxos. Fueron incapaces de detectar la crisis financiera de 2008 (algo que si vieron algunos economistas críticos) y siguen desconociendo el impacto que pueden generar problemas ecológicos graves o problemas sociales que salen del alcance de su campo de visión. Y lo que llevan tiempo avisando científicos naturales es que la ecología puede dar lugar a graves transtornos con una capacidad de generar un colapso tanto o más importante que el actual. La pandemia actual debería ser un aviso para sobresaltos que pueden ocurrir en un futuro próximo y que pueden generar movimientos desestabilizadores de gran amplitud. Falta por ver si lo ocurrido va a cambiar visiones o va a seguir siendo relegado a la vacía categoría de shock externo

En suma la epidemia ha mostrado las mil inconsistencias del modelo actual, de cómo se aborda la gestión economía, de que cosas son importantes y cuáles no, de la dudosa eficiencia de la empresa privada para resolver cuestiones básicas. En esta sección he tratado de sacar a luz toda una serie de impactos que la pandemia ha hecho aflorar y que exigen un replanteamiento serio de nuestros análisis.

¿Estamos ante un cambio sistémico?

Los períodos de crisis provocan grandes titulares. Lo vivimos en 2008, cuando parecía obvio para algunos que “había que refundar el capitalismo” y lo volvemos a percibir ahora “nada será igual tras el virus”. Hay en este tipo de afirmaciones una constatación de que la crisis es el resultado de una dinámica anterior que hay que cambiar, hay un cierto deseo de obtener protagonismo en una situación de gran incertidumbre y pesar y hay, sin duda, un gran deseo de que la historia se oriente hacia una mejora real para toda la humanidad.

En este momento es difícil prever lo que puede ocurrir en los próximos meses y años, puesto que la respuesta depende de cómo evolucione la percepción de la situación, de las respuestas que se den por parte de políticos, agentes sociales y académicos. Para entender en que marcos nos podemos mover vale la pena analizar brevemente que ocurrió en la crisis anterior y tratar de ver qué cosas pueden ser ahora diferentes y qué dinámicas de cambio se perciben distintas.

Cuando estalló la crisis anterior fue obvio que el detonante era el sistema financiero. Un sistema financiero que se ha convertido, tras sucesivas desregulaciones en un enorme mecanismo de succión de rentas parasitarias y en una fuente constante de inestabilidad. La evidencia era tan obvia que los grandes líderes mundiales recurrieron a las grandes palabras. En 2008, además, había el convencimiento que la crisis financiera sería una nueva versión, más profunda, de las experimentadas en años anteriores (la tequila, la rusa, la del sudeste asiático, la de las punto.com) y para facilitar el tránsito hacia una nueva fase de crecimiento se adoptaron algunas medidas expansivas de corte keynesiano. Con todo el grueso de la intervención se orientó a salvar al sistema financiero con el argumento que si este quebraba el desastre económico sería de un nivel inmanejable. Y se postergaron las grandes reformas que nunca más se han planteado (a excepción de pequeños retoques). Después ocurrió lo previsible: la caída de ingresos públicos provocada por las crisis y el aumento del gasto generado por las políticas expansivas y las masivas ayudas al sector público dieron lugar a un aumento del déficit y el endeudamiento que ayudaron a desplazar el foco desde el sistema financiero al Estado. Fue en 2010 cuando se plantearon, especialmente en la Unión Europea, las políticas de ajuste diseñadas para hacer frente a este aumento de la deuda. Y en ellas se impusieron las versiones más duras del programa neoliberal, especialmente en materia de gasto público y relaciones laborales. De la reforma del capitalismo pasamos en poco tiempo a una profundización del plan conservador con efectos contundentes en términos de desigualdades y debilitamiento de servicios públicos.

La situación económica en la que impacta la pandemia es en parte herencia de la forma como se saldó la crisis anterior. Hay bastantes países con un nivel de deuda pública igual o superior a la de hace 10 años, sectores públicos más debilitados y un nivel de desempleo y precariedad laboral notable. El parón de la actividad decidido para evitar una tragedia de proporciones insospechadas no hace sino agravar la situación. Al menos a corto plazo en todos los países se ha entendido que a corto plazo era inevitable optar por medidas de gasto público diseñadas a paliar el impacto social del confinamiento. Con un nivel de intervención de mucho mayor volumen que en la crisis anterior. Pero esto es la primera oleada. Y, como en la crisis anterior va a generar un nuevo incremento en el déficit y la deuda pública y la cuestión a dilucidar va a ser como resolverla. Es cierto que las políticas de ajuste no son la única alternativa. Que conocemos el resultado de las mismas tanto en términos de bienestar y desigualdad, como en términos macroeconómicos: los países a los que se forzó a duros ajustes tienen actualmente niveles de endeudamiento sustancialmente superiores al período pre‐ crisis. Y ambas experiencias indican lo indeseable de esta opción. La alternativa pasa por alguna variante de cambio distributivo: aumento sustancial de impuestos a las rentas más altas, condonación de parte de la deuda, donaciones de fondos… Algo que para ser posible requiere un cambio de rumbo sustancial respecto a la persistente política neoliberal.

La experiencia pasada puede ayudar a impedir su repetición. La misma experiencia de la pandemia ha mostrado la importancia de los servicios públicos, los impactos sociales de la desigualdad y la pobreza (es posible que está situación haya constituido un elemento catalizador de las protestas antirracistas en Estados Unidos y su extensión a otros países) e incluso ha calado en sectores la relación de la pandemia con la crisis ambiental. Pero al mismo tiempo que estos factores alientan a la aplicación de reformas en profundidad y políticas distributivas fuertes hay otros que pueden estar jugando en sentido contrario.

A diferencia de la crisis de 2008, donde existía una responsabilidad directa de parte del mundo empresarial la crisis actual se presenta como una crisis sanitaria donde todo el mundo es perjudicado y merece apoyo. El argumento que se utilizó para justificar el plan de salvamento del sistema financiero, que se trataba de empresas “demasiado grandes para quebrar”, se está ya argumentando para salvar a otros sectores. Como el del turismo, sin duda el que puede experimentar un impacto más brutal, pero que es al mismo tiempo uno de los más peligrosos para el rebrote de la pandemia. O en dos actividades claramente cuestionadas por su negativo impacto ambiental: el transporte aeronáutico y la industria automovilística. El argumento de la creación de empleo y la necesidad del crecimiento constituyen siempre el mecanismo más eficaz con que cuentan los empresarios para legitimar su poder. Y en un momento de crisis, con millones de gente en paro y de falta de ingresos está carta se va a jugar con dureza.

El conflicto de clases en cada país se va a jugar una vez a escala internacional. Las sociedades capitalistas no sólo están estructuradas en base a clases y grupos sociales. Tienen además un componente territorial. La consolidación del capitalismo fue paralela a la creación de estados nación. Una consolidación que cuajó en un orden internacional de poderes nacionales desiguales, de imperios y de competencia y rivalidad entre estados. Aunque el modelo colonial expiró esta jerarquía y competencia nacional persiste. La globalización ha tendido a diferenciar el interior de muchos espacios nacionales concentrando la acumulación de capital en nodos metropolitanos. Pero los estados nación no han desaparecido. Entre otras cosas porque son los espacios donde se sigue regulando el conflicto social, donde se han conseguido delimitar normas que hasta cierto punto garantizan derechos básicos (a costa de reforzar las diferencias entre los de dentro y los de fuera) y donde los capitalistas consiguen anclar sus propios derechos. En una estructura de estados con diferente poder, directamente o a través de su influencia sobre organismos internacionales, con diferente tipo de especialización productiva y estructuras internacionales, es obvio que parte de las respuestas a la crisis dependen de factores exteriores al propio país, de su posición e influencia.

Esta cuestión se hace patente en el caso de la Unión Europea y del área euro. Un espacio conformado por naciones con grados diversos de desarrollo y poder económico. Y con un sistema de normas diseñadas en parte según los intereses o las percepciones de las naciones hegemónicas. Sin verdaderos mecanismos de cooperación ni aún menos de apoyo mutuo generoso. En la crisis del 2008 los países hegemónicos impusieron duros planes de ajustes y reformas antisociales a los más desfavorecidos. Aunque al final el propio salvamento del sistema obligó al Banco Central Europeo a aplicar una política monetaria heterodoxa que garantizó liquidez y permitió sobrevivir con deudas elevadas. Ahora se crea un segundo envite. Alguno de los países que salieron peor parados de la crisis anterior han sido (España e Italia) de los más afectados por la epidemia (la sanitaria y también la económica por el peso que el turismo tiene en su economía). Parece que la Unión Europea ha aprendido algo del drama anterior y anuncia un plan de salvamento que incluye transferencias y créditos baratos, pero habrá que ver cuánto de retórica tiene esta propuesta y cuanto de real. En especial cuales van a ser las contrapartidas que se exigen a cambio de la ayuda. El núcleo duro más neoliberal presiona para imponer un nuevo plan de salvamento, y las élites de los países afectados está interesada en apoyarles para evitar que la salida de la crisis signifique un cambio en unas políticas económicas y fiscales que ahora le son muy favorables. Si esto ocurre entre países aliados, relativamente desarrollados, podemos intuir los problemas que van a afrontarse en países en desarrollos con una larga tradición de planes de ajuste impuestos por organismos internacionales.

En este contexto de resistencias al cambio, las posibilidades que la respuesta a la crisis actual sea diferentes de la anterior depende de la formación de una amplia coalición social que promueva una dinámica diferente. Una de los componentes esenciales es una respuesta en clave de organización y movimientos sociales. La pandemia también en este sentido ha generado respuestas contradictorias. De una parte mucha gente ha percibido, sobre todo en el momento más álgido del confinamiento, la importancia de contar con buenos servicios públicos, el papel básico que juega la cooperación humana, incluso la importancia social de actividades habitualmente devaluadas. Incluso han palpado la relación que existe entre la actividad económica y la contaminación. Un conjunto de percepciones favorables al desarrollo de políticas socialmente avanzadas, a una reestructuración social también en clave ecológica. Pero, al lado de estos valores también hay que destacar respuestas en otro sentido. El aislamiento que se reclama para evitar el contagio puede convertirse en un elemento de erosión de la confianza social y un cierre en las relaciones sociales. El uso masivo de tecnologías de la información además de abrir posibilidades de control social, pueden reforzar el individualismo imperante en las sociedades más desarrolladas.

El teletrabajo que ha eclosionado en esta crisis tiene más aspectos amenazantes que liberadores. Uno de los ejes de la historia del capitalismo ha sido siempre la del control del comportamiento de la fuerza de trabajo. Todas las grandes innovaciones organizativas (el putting‐out system, la manufactura, la fábrica, el taylorismo, el fordismo…) tenían esta cuestión como elemento central. Las tecnologías de la comunicación llevan años ofreciendo posibilidades de control de actividades espacialmente separadas. Una vuelta al putting out system en el que la relación individualizada y la dispersión espacial jugaban un papel crucial, pero ganando en posibilidades de control remoto. La expansión del teletrabajo abre la posibilidad de una nueva desregulación de condiciones de trabajo en nuevos sectores sociales, de una nueva promoción de la división sexual del trabajo y de impulso del modelo territorial carácterístico del modelo norteamericano. De aumentar la diferenciación entre un sector de trabajadores presenciales y no presenciales. Un modelo que además tiene una enorme carga ecológica y aumenta los costes de gestión del sector público.

En suma es posible que al mismo tiempo la epidemia haya generado respuestas sociales en sentidos contradictorios, de más demanda de bienes colectivos en un lado, de más individualidad y distanciamiento en otro. Y el reflejo sea una mayor dificultad para articular políticas amplias que permitan generar un movimiento social, intelectual y político que aborde los problemas que venimos arrastrando y que la epidemia no ha hecho más que agudizar.

La gestión de la propia crisis sanitaria añade un punto de complicación. En ningún país está ha sido plenamente eficiente. Se tardó mucho tiempo en reconocer el problema y no han faltado los episodios de caos e información confusa. El confinamiento ha tenido costes personales muy elevados en muchos casos y ha dejado a cada aislado ante las redes. Hace años que se sabe que el acceso a fuentes y medios de información es muy segmentado. Lo que provoca que la percepción de los fenómenos este influida por los canales y redes a los que cada persona se identifica. Y en la pandemia hemos experimentado un verdadero auge informativo, de rumores y falsas noticias que posiblemente pueden reforzar la dispersión social y la influencia de corrientes de extrema derecha, irracionales en muchos países.

Comentario

A lo largo de esta reflexión sobre la crisis del covid he tratado de situar tres cuestiones. En primer lugar proponer un esquema analítico para situar esta crisis sanitaria en el contexto de las economías capitalistas. En segundo lugar mostrar como la crisis sanitaria ha mostrado y exacerbado muchos de los problemas básicos de las economías actuales, ha realizado un chequeo bastante completo de nuestras debilidades. Y en tercer lugar he tratado de situar respuestas posibles a la crisis que simplemente está en su fase inicial. Y que puede complicarse si la epidemia reaparece en nuevas oleadas masivas.

Es obvio que lo racional sería esperar que la crisis sirviera para reorientar la economía y la sociedad en un sentido más igualitario, cooperativo y ecológico. Mucha gente ha afirmado que estamos en la fase final del capitalismo. Mis comentarios son, cuando menos escépticos, con esta perspectiva a pesar de compartir que realmente necesitamos cambios profundos en muchas direcciones. Mis dudas provienen tanto del comportamiento de las élites que no muestran ninguna predisposición a aceptar cosas tan esenciales como aumentos de impuestos y reordenación de derechos laborales, que siguen ignorando, más allá de la retórica, la cuestión esencial de la crisis ambiental y que no han dudado a presionar en todo momento a los gobiernos a que reduzcan las medidas sanitarias en aras a impulsar la actividad económica (o sea el negocio privado). Y tampoco veo que exista una visión unitaria y un mínimo de articulación de un movimiento amplio de las clases trabajadoras capaz de forzar estos cambios necesarios.

Hay aún muchas incertidumbres sobre cómo evolucionará esta crisis sanitaria, económica y social. Hay mucha necesidad de que la salida sea diferente a la crisis anterior que significó una vuelta de tuerca neoliberal. Para que ello ocurra hay que plantear respuestas en muchos planos y en muchos espacios. Los dilemas se plantean a escala internacional, nacional y local. Hay muchas cuestiones en juego y muchos intereses contradictorios. La única posibilidad de que no acabemos en un nuevo desastre colectivo es conseguir generar una masa social crítica que impulse cambios. Y ello exige acciones y esfuerzos específicos en muchos ámbitos: académico, social, político, de movimientos sociales, sindicales, feministas, antirracistas… Como casi siempre sabemos los problemas pero no las soluciones. Para encontrarlas se requiere trabajo y cooperación entre mucha gente.

Acerca del laboratorio urbano. Una reseña a De la fábrica a la metrópolis, de Toni Negri

Por Gustavo Diéguez

De la fábrica a la metrópolis reúne una serie de escritos realizados por Antonio Negri entre 1996 y 2015, que se aprecian como despliegues de aquello que desarrollaron con Michael Hardt en Multitud, y que conversaron con Cesare Casarino en Elogio de lo común, pero en este caso estableciendo en el centro de la escena a la metrópolis contemporánea, como “fenómeno irreversible” y “espacio de realización de la potencia común de la multitud”.

La reflexión sobre la explotación de lo común a partir de su expropiación es, desde aquellos escritos y en particular en este trabajo compilatorio, la clave y la razón por la cual el fenómeno urbano asume una posición central en las preocupaciones sobre las formas de vida y la dimensión contemporánea de la democracia, en vistas de que la fase actual de la producción capitalista tiene basado su propio fundamento en lo común en tanto “locus de la plusvalía”.

La centralidad de la metrópolis en el análisis es un dato relevante porque le permite territorializar el concepto de multitud y discutir desde allí acerca de las connotaciones sobre el derecho a la ciudad, que estuvieran tan vigentes en la consideración teórica, pero tan postergadas en las agendas de las políticas urbanas de la última parte del siglo pasado y en lo que va de este siglo.

Al tomar a la metrópolis como el lugar de la expropiación capitalista de la cooperación, que incluye todas las operaciones de empobrecimiento, de exclusión, de destrucción del estado de bienestar y de explotación generalizada del saber, Negri intenta localizar el análisis en la potencia del común; en un esfuerzo por “superar el juego entre ‘privado’ y ‘público’ que desde siempre ha constituido el concepto de ciudad y que a veces representa su figura político administrativa”.

Esa apuesta por una “investigación militante metropolitana” implica afrontar una serie de problemas implícitos en la expropiación de la cooperación común, para hacer posible el “ataque a la renta urbana como base para la determinación de un ingreso ciudadano metropolitano”. La invitación a pensar el gobierno de la metrópolis supone un ejercicio acerca del orden institucional que implica una nueva fisonomía en lo concerniente a la gestión democrática, a partir de la construcción de “un lenguaje y una máquina constitucional adecuados” y una articulación eficaz entre autonomía metropolitana y gobierno del país.

La invocación al ensayo de una serie de acciones transformadoras asumidas como objetivos impostergables, como el ataque a la renta urbana, la constitución de un fondo metropolitano para el ingreso ciudadano, una política de inversión en servicios de la metrópolis, la construcción de instrumentos de gobernanza democrática para el autogobierno metropolitano, parecen resumirlo como un texto programático, pero sin embargo, en su estructura tripartita, el libro congrega tres dinámicas que lo sitúan dentro de una condición temporal más compleja y analítica: el éxodo –de la fábrica a la metrópolis–, la invención –del común–, y el retorno –de la metrópolis a la fábrica–. Esa estructura enmarca sus hipótesis hacia la necesaria construcción de una nueva figura de explotación, inspirada en principio en los estudios de David Harvey, basada en la extracción del plusvalor de las ciudades. Una nueva figura que se imponga sobre la situación vigente en la que la renta ha sustituido a la ganancia, y el precio de los alquileres y servicios metropolitanos se convirtieron en sus instrumentos.

Llegado a este lugar queda en evidencia que estamos ante un libro crítico al urbanismo tradicional, el hipermoderno y el posmoderno, escrito desde la convicción de que las ciencias de la ciudad se han inclinado sostenidamente hacia el biopoder: “El mando sobre la ciudad se estructura como mando sobre la vida: el tiempo y el espacio se ordenan, pero para la producción y el consumo”.

En su repaso crítico por la teoría urbana reciente, hace recaer el desafío transformador en la actividad del “reformismo urbanístico”, que a lo largo del tiempo ha venido reproduciendo materialmente la estratificación de la secuencia renta-ganancia-salario, asumiendo al ciudadano como alguien irremediablemente sumergido en el mundo de las mercancías. Por detrás de esta crítica no deja de haber una insospechada esperanza corporativa en la arquitectura y su incidencia en la ciudad, un llamado a los arquitectos a arriesgarse “a la posibilidad de abrir la metrópolis a los flujos productivos, a las posibilidades de encuentro y de construcción de luchas”. Dicha salida implica interpretar la relación productiva entre metrópolis y multitud, a través de “la liberación de nuevas formas de vida y la investigación de estructuras de comunidad tendientes al éxodo”; formas de vida traducidas desde acciones concretas de cooperación que se inscriban como instancias de producción biopolítica. Aquí es donde reside la expectativa de Negri para liberarse de la degradación, la expulsión y la marginalidad, de manera de “recuperar la metrópolis para la transformación de la vida y el ejercicio de la democracia”.

Se vuelve necesario abordar la invención del común. Lograr el cometido de la construcción del común supone afrontar en inicio el problema de la participación pública, considerando que su déficit actual forma parte de asuntos vinculados con la exclusión en todas sus formas. Negri se focaliza en la pregunta sobre la actualidad de la participación desde el señalamiento de la necesidad de la cooperación como salida y la actuación sobre las nociones de la democracia moderna hacia una democracia radical. “Es en la cooperación social que se generan las condiciones de producción, las dinámicas de valorización, los lazos materiales y la interacción que coordina y orienta la acción humana que tiene en mira a la producción de bienes y la reproducción de sus condiciones”. Allí aparece el concepto del “laboratorio urbano” como dispositivo de actuación y convergencia de iniciativas de orden local, dentro de una perspectiva de interacción donde los sujetos son colectivos y los emprendedores políticos, indispensables actores públicos en la instrumentación de la cooperación social.

Toda esta nueva práctica social que implica el laboratorio urbano será la que deba enfrentarse a los problemas más diversos como la planificación ecológica, las perspectivas del hábitat, la descentralización industrial, la socialización informática, la construcción de redes productivas, la reorganización de los servicios que contienen las nuevas formas de marginación, la definición de un nuevo código de trabajo, la emergencia de nuevas formas de vida. Pero como emprendimiento político, como tejido vivo, esta búsqueda de una síntesis democrática se enfrenta a la renta: la renta de la tierra y la renta financiera. “La financiarización es la forma actual del mundo capitalista”, la explotación del común a través de la financiarización de la vida. La democracia está presentada aquí como la posibilidad antagónica para hacerle frente, a condición de que se vuelva absoluta, “…cuando en ella opere el reconocimiento de que cada uno es necesario para el otro, como iguales en el común… Hoy la democracia no puede ser pensada sino en términos radicalmente diferentes: como gestión común del común. Todo siendo producido por todos, pertenece a todos… Si la democracia moderna fue la invención de la libertad, la democracia radical, hoy, quiere ser invención del común”.

De la fábrica a la metrópolis aparece en tiempos de pandemia en los que tomó una específica prioridad la política del acceso al suelo como fase primordial del cumplimiento del derecho a la salud en el marco de la producción de un hábitat para el común. La tierra es el lugar visible de una disputa más amplia, desde la evidencia de la inequidad territorial para el desarrollo de las actividades básicas de la convivencia y la cohabitación.

Lo que el concepto de metrópolis subraya en este enfoque actualizado por Negri es que el derecho al suelo y a la ciudad, supone el acceso a un derecho metropolitano del común, una oportuna cuña en el debate disociado entre lo público y lo privado. Aquí, y en continuidad a Rousseau, se comprueba que la propiedad es una apropiación del común por parte de uno solo, una expropiación de todos los demás. “Hoy, la propiedad privada consiste esencialmente en negarle a los hombres su derecho común sobre aquello que únicamente su cooperación es capaz de producir.” Del otro extremo, la dimensión de lo público es aquello que pertenece a todos pero a ninguno, es decir, lo que pertenece al Estado. El común no nos pertenece, nuestro suelo tampoco, “la manipulación del Estado sobre el común no se llama apropiación, sino gestión –económica–, delegación y representación –política–.”

La posibilidad de reapropiarse del común se inicia estableciendo en primer término una crítica drástica a este paradigma moderno, que implique en ello una salida a la cuestión de la identidad y la naturaleza que inscriben al problema desde la condición del “ser” o el “tener”.

“Nosotros no somos nada y nosotros no queremos ser nada. ‘Nosotros’: no es una posición o una “cosa”, en esencia, que pueda fácilmente declararse como pública. Nuestro común no es nuestro fundamento, es nuestra producción, nuestra invención continuamente reiniciada. “Nosotros” es el nombre de un horizonte, el nombre de un devenir. El común está siempre por delante, es una progresión. Nosotros somos este común: hacer, producir, participar, moverse, dividir, circular, enriquecer, inventar, reanudar.”

Desde esta resistencia al “saqueo capitalista de la vida”, surge entonces una pregunta sencilla derivada de su análisis: ¿por qué la democracia moderna genera desigualdad? La construcción de una democracia radical como la que aspira Negri, entraña la producción de una forma de subjetividad que está constituida por un contradeseo que, en palabras de Casarino, es el “deseo de ser en común”. La dificultad que supone afrontar aquello es una de las grandes puertas que deja abiertas para continuar pensando en términos de las posibilidades de reproducción de una cooperación, que debiera encaminarse necesariamente hacia una imaginación urbana basada en tecnologías del habitar, que hagan frente y superen la naturaleza extractiva que tienen como fondo la actividad productiva y que definen a la superposición entre producción y ecología como el problema central de la espacialidad urbana.

Fuente: Editorial CACTUS

Deserción e imaginación política para la comunidad que viene

Entrevista a Peter Pal Pelbart

Los escenarios de catástrofe permiten alojar la posibilidad de una nueva imaginación estético-política. Hoy se repite como un mantra que, pasada esta pandemia, deberemos cambiar de vida. Sin embargo, existe el riesgo de que esa exhortación se replique bajo las formas del slogan. Después de todo, la frase viene abriendo interrogantes década tras década hace más de un siglo, desde que Rainer María Rilke la acuñara en un famoso poema. Qué significa cambiar de vida es, entonces, la pregunta que atraviesa el último ensayo de Peter Pál Pelbart en el que recupera al poeta austríaco, traza una especie de genealogía del desastre y cuestiona las formas en que entendemos la noción de comunidad.

Peter Pál Pelbart es filósofo. Nació en Hungría, vivió en comunidad en un Kibutz, estudió filosofía en la Universidad París IV (Sorbonne) y hace más de 50 años vive en San Pablo, donde formó el colectivo teatral Ueinzz junto a un grupo de internos del hospital de día House. En Argentina publicó Filosofía de la deserción (Tinta Limón) y A un hilo del vértigo. Tiempo y locura (Milena Caserola). En su último ensayo, Espectros de la catástrofe, señala que, si la restauración postpandémica siguiese girando en torno a la idea de progreso y la productividad desenfrenada, el reverso tal vez sea una desafección todavía más acentuada de nuestras existencias. Entonces surge el interrogante sobre cómo ir contra la desafección y la brutalidad de una estatalidad como la de Jair Bolsonaro, por ejemplo. Para el ensayista, es clave el vitalismo insospechado que generaron las manifestaciones del 2013 en Brasil como reacción ante el precio del transporte, disparador bajo el que subyacía el cuestionamiento al establishment de todas las dirigencias políticas. Es cierto que el entusiasmo ante los millares de insubordinados dispersos por todo Brasil fue sofocado en 2018 cuando se eligió a Bolsonaro como presidente. No obstante, según Pál Pelbart esas fuerzas siguen latentes y a través de ellas será posible “producir una suspensión del aceptado funcionamiento de la máquina del mundo”.

-En un ensayo reciente, Espectros de la catástrofe, escribís una frase que impacta: “el aire perdió su inocencia” ¿Cuándo fue que el mundo comenzó a tornarse irrespirable? 

-En ese texto me interesaba pensar algunas cuestiones sobre la tecnología de la gasificación, que en las guerras consiste en tornar lo más tóxico posible la atmósfera del adversario. Es una descripción que hace muy bien Peter Sloterdijk: ya sea en una guerra química, bacteriológica o de gas, el objetivo no es matar al enemigo sino exterminar el ambiente que es condición de posibilidad de respiración de ese enemigo. Y en esa intervención sobre el ambiente aumenta muchísimo la escala de mortandad. En la Segunda Guerra Mundial, Bremen fue atacada por aviones ingleses de tal manera que hubo una concentración de gas tan inmensa que dejó a la población sin “ventana” alguna por la cual escapar o respirar: la ciudad se convirtió en una cámara de gas gigantesca. Este es un fenómeno que yo no puedo desvincular, por lo menos no en Brasil, de una toxicidad de otro orden, que es la ampliación de un clima de absoluto odio a los negros, los pobres, a la inteligencia en general. Una atmósfera tóxica que va produciendo una cultura de desafección. El hecho de que sea un escenario de envenenamiento mental, de saturación del espacio psicosocial con toda suerte de terrorismo sistemático; va ligado a percibir como “peligro” el acto de salir a la calle y encontrarse con otros. Entonces cada uno, confinado en su abulia, se pregunta ¿por dónde se respira?  La de George Floyd hoy nos resulta una situación emblemática porque las últimas palabras que soltó fueron: “no puedo respirar”. Esa exclamación desesperada unos segundos antes de morir -curiosamente, paradójicamente- disparó un huracán multitudinario en el que la gente salió a la calle a protestar. Ahí hubo un último soplo de vida que incendió un país entero.


  “Es cuando dejamos de funcionar bien, cuando la máquina se desmonta un poco, que pueden aparecer brechas para acciones no previstas. Con un funcionamiento automatizado nada es posible (…) Esos momentos de suspensión e insurrección son del orden de una apertura de imaginación política, que es lo que se nos secuestra todo el tiempo cuando el mundo productivo nos hace funcionar muy bien e incesantemente”


-En tu ensayo también proponés la idea de retirada como parte estratégica de una guerra ¿En qué sentido retirarse, supondría un acto político en este contexto de catástrofe que describís? 

-Soy muy sensible a la idea de interrupción, a producir una suspensión del aceptado funcionamiento de la máquina del mundo. Obviamente que cuando las cosas se ponen en suspenso… se produce un hiato en el tiempo y otras temporalidades aparecen. Y el tiempo cronológico, progresivo, encandilado por el ideal de alcanzar una máxima finalidad a toda velocidad -ya sea el progreso o la razón- debería parar. Mientras no se mueva y se transforme esa concepción de tiempo vacía, homogénea, lineal y sucesiva; no hay cómo intervenir en el corazón de una sociedad. Entonces ahí hay un llamamiento para poner en suspenso ciertas cosas. Esos momentos existen en la historia colectiva, política, pero también en la historia individual cuando sufrimos un colapso psíquico: todo deja de funcionar y otras camadas de la memoria surgen, otras dimensiones de la temporalización permiten encender nuevos planos de existencia. Las protestas de junio de 2013 en Brasil fueron algo parecido: todo se detuvo. Millones de personas pusieron de rodillas a los poderes instituidos. Todos los gobernantes quedaron en pánico porque no pudieron decodificar lo que pasaba. A mi modo de ver, esa súbita paralización deja un margen para una especie de clarividencia política. Es cuando dejamos de funcionar bien, cuando la máquina se desmonta un poco, que pueden aparecer brechas para acciones no previstas. Con un funcionamiento automatizado nada es posible. Deleuze tenía la idea de que después de la Segunda Guerra Mundial, el cine hizo emerger otro tipo de temporalización. En lugar de haber una interacción entre los personajes tal como lo tiene, por ejemplo, un western: uno gatilla el revólver y el otro se lo devuelve; de repente aparecieron personajes que delante de situaciones tan inimaginables, impensables -ya sea Berlín destruida o un volcán en erupción- sufrían una especie de parálisis motora.

-Claro… ahí la modernidad del cine interrumpe las lógicas de acción-reacción, de causa-efecto…

-Exacto, esa relación es cortada y otra dimensión de memorias, pensamientos y afectos se acciona en los personajes. Esos momentos de suspensión e insurrección son del orden de una apertura de imaginación política, que es lo que se nos secuestra todo el tiempo cuando el mundo productivo nos hace funcionar muy bien e incesantemente. Excepto ahora que con la pandemia todo parece quieto y nadie sabe qué efectos habrá de tener este parate. Está claro que no puede haber interrupciones totales, pero sí una cierta retirada. En Guerra y Paz de Tolstoi, el General del Ejército ruso entiende que la victoria sólo será obtenida si no se presenta a la batalla. Napoleón llega a Moscú con toda la fuerza y no hay nadie para recibirlo, nadie para darle la llave de la ciudad y obtiene una victoria vacía. La ciudad se incendia, su ejército queda totalmente deshecho y el General ruso -que está a pocos kilómetros- se da cuenta que no hay que atacar, que el animal ya está muerto. Todos sus soldados creían que había que accionar y él tenía certeza de que, en ese momento, la inacción sería más efectiva. Claro… en nuestra situación uno podría pensar que la inacción es interpretada como mera pasividad. Pero tensar al máximo la inacción, en esta especie de deserción de la que estoy hablando, permite imaginar otras formas de existencia y no sólo un escape. Como los hebreos que en su larga travesía por el desierto produjeron una política nómade.

 

-¿Cómo encontrar espacios de deserción en este contexto pandémico? Por momentos me da la sensación de que estamos protagonizando Final de partida de Beckett, en una suspensión temporal, sí… pero en un presente continuo, repetitivo, que degrada el cuerpo, vacía de sentido las palabras…

-El riesgo de nuestra retirada o éxodo siempre está presente. A mi modo de ver, esos experimentos en escala diminuta tienen una potencia de diseminación imprevisible, un quiebre de lógica, una asignificancia: ya sea en un experimento literario como el de Beckett o teatral como el del Grupo Ueinzz, o la ocupación de un predio acá en San Pablo por los “sin techo”. Guattari decía una cosa bien loca: “no sabemos si la gramática de la próxima insurrección vendrá de un Kafka, de un Lautréamont o de un James Joyce; antes que de las fábricas”. Es mucho más difícil pensar en la escala de la totalidad; la ilusión de gobernar la complejidad de magnitud planetaria es una especie de delirio megalomaníaco, por no decir omnipotente o prepotente. Entiendo que para quien funciona orgánicamente o molarmente, sólo puede intentar pensar en términos de partidos o de multitudes. Pero yo todavía considero que el control de la totalidad es por sí mismo el preanuncio de un totalitarismo. Por eso prefiero esos movimientos diminutos, esas pequeñas hecatombes en campos muy distintos como el feminismo, la cuestión de la negritud, de los sin techo. Parte del fascismo y la cultura de la muerte que vino con Bolsonaro, su ascensión conservadora y regresiva, fue una reacción a las revueltas de junio de 2013, que tenían el componente de esas multiplicidades deslizándose como placas tectónicas. En ese momento había emergido el fantasma de la insurrección, lo que Nietzsche llamaría “transvaloración de todos los valores”. Se desparramó en el aire como una especie de respiración, y aquello fue insoportable para una sociedad brasileña tan estratificada, piramidal y elitista. La reacción, lo vemos ahora, fue de una maciza violencia.

-¿Sos de la idea de que se aprovechó la pandemia para ensayar una acentuación del Estado de Excepción, como sugirió Giorgio Agamben? 

-Mirá… con N-1 Ediciones vamos a publicar Una vida política, un libro de Daniel Defert quien fue el compañero de Michel Foucault. Ahí describe cómo fue el comienzo del HIV y ya entonces habla de una pandemia que había llegado súbitamente para producir los efectos más perversos por el miedo al cuerpo del otro y de un cierto terrorismo en relación a los contactos. La cuestión es cuáles de estos mecanismos que fueron accionados durante la pandemia van a persistir. ¿De aquí a un año vamos a conservar este tipo de enseñanza o conferencia remota, esta especie de descorporización? En eso estoy de acuerdo con Agamben: si prevalece este dispositivo a distancia, la vida estudiantil está muerta. Lo que hace al corazón de una universidad son las inquietudes, las palpitaciones, las pasiones y las organizaciones irreverentes que producen los encuentros físicos. Todo eso se acabaría si los profesores se adecuasen al dispositivo remoto y deseasen inclinarse por la imposición de estas tecnologías. La virtualización torna todo más aséptico y desencarnado.


   “Yo todavía considero que el control de la totalidad es por sí mismo el preanuncio de un totalitarismo. Por eso prefiero esos movimientos diminutos, esas pequeñas hecatombes en campos muy distintos como el feminismo, la cuestión de la negritud, de los sin techo”


– Antes hablábamos de esa Europa de posguerra de la cual dio testimonio la modernidad del cine con sus personajes shockeados, vagando por las ciudades en ruinas. ¿No te da la sensación de que faltan imágenes de la catástrofe actual?

-Es cierto y es muy difícil… Estamos rodeados de imágenes, pero no de la pandemia. Hay una especie de invisibilidad que dificulta situarse en torno a un acontecimiento de esta magnitud, lo que favorece a algunos a asumir una postura de denegación: “el virus no existe, es una construcción mediática, de los histéricos o de los perezosos”. La sensación en este vacío de imágenes es perturbadora porque no tenemos de qué agarrarnos, no hay referencias. Por eso en mi último ensayo hice un esfuerzo para producir conexiones con otras catástrofes y así dar un pequeño soporte para que no quedemos solamente en una suspensión vacía. ¿Cómo poblar este momento ante tanta perplejidad? Con algunos paralelos históricos, literarios, filosóficos que nos ayuden a pensar.

-En tu libro Filosofía de la deserción describís cierta nostalgia por la idea de comunidad, que en cierta forma habríamos perdido ¿Desear constantemente esa comunidad “perdida” sería una especie de placebo para soportar la hostilidad del presente?

-Lo que intenté indicar ahí es que la nostalgia por una supuesta comunidad perdida, es una ficción. Nuestro consenso sobre la noción de comunidad tiene mucha dificultad para ser hospitalaria con las pluralidades, las heterogeneidades. Incluso esa idea de comunidad a veces funciona de la manera más regresiva, en dirección a un comunitarismo étnico o religioso. Puede verse acá en Brasil con la Iglesia Evangelista aludiendo a una comunidad de Cristo que se apoya integralmente, hecha entre aquellos que tienen una creencia común o una doctrina. Mi idea es que la comunidad siempre está por venir.  Comunidad nunca hubo, lo que hubo fue sociedad que es una especie de socialitarismo: un totalitarismo de la sociabilidad. Prefiero pensar la comunidad como un campo de diferencias que se tocan. Sin distancias, soledades, diferenciaciones y singularizaciones no tiene ningún sentido hablar de comunidad. Creería que ciertas experimentaciones sobre lo común van en este sentido: estar en común como aquello que se comparte, pero siempre en apertura a diferentes temporalidades, modos de subjetivaciones y afectos. Pienso en la construcción de una comunidad que no sea sometida a un consenso o a un unitarismo.

 

-¿Ahí entraría la idea de un “socialismo de las distancias” que retomás de Barthes? ¿Bajo qué formas crees que hoy es posible hallar ese espacio y ese tiempo propios como una manera de huir del ritmo del poder? 

-Claro… Es cierto que nuestra idea más difundida de comunidad supone compartir un mismo territorio. Pero cuando pensás junto a estos autores como Barthes, Blanchot o Nancy, que son un poco literatos y filósofos, entendés que tenían en mente una comunidad de espíritus creadores que no necesariamente compartían el mismo espacio: era la posibilidad de un territorio existencial pero no como si fuesen parte de un monasterio. Hace unos años participé en un documental que dirigió mi compañera Mariana Lacerda. La película sigue el encuentro de una fotógrafa húngara -que vino a Brasil huyendo de la guerra- y el chamán Davi Kopenawa. La fotógrafa se llama Claudia Andújar, tiene 87 años y pasó muchos años de su vida junto a la etnia Yanomami, un pueblo que estaba amenazado de extinción. Después de muchos años de lucha ella, conjuntamente con Kopenawa y otros, consiguieron legalizar la demarcación de un territorio muy grande para los Yanomami. Ahí tenés una idea de comunidad en un sentido muy amplio: la judía húngara refugiada que perdió a la familia en Auschwitz y los Yanomami. A simple vista las diferencias parecerían muy abismales, pero hay algo del orden de la comunidad allí que te hace pensar en lo común a partir de resonancias de planos diversos y no sólo en la coexistencia territorial. Es muy distinto a la experiencia que en mi adolescencia tuve en un kibutz con 150 personas viviendo en un mismo lugar, comiendo y trabajando juntos pero construyendo un tipo de comunidad que se regía por un igualitarismo consensual, por un socialitarismo.


   “Prefiero pensar la comunidad como un campo de diferencias que se tocan. Sin distancias, soledades, diferenciaciones y singularizaciones no tiene ningún sentido hablar de comunidad”


-Integraste el Grupo teatral Ueinzz con pacientes del hospital de día House, con los que practicaron las formas dramáticas de la esquizoescena. ¿Qué lógicas de lo convivencial se jugaron allí? 

-En principio se jugaba la posibilidad de inventar dispositivos donde pudieran convivir mundos distintos y que en la coexistencia de esos mundos se pudieran experimentar afectaciones recíprocas, producciones de algo que no pertenecía a nadie pero un poco a todos. Por diminuta que haya sido esa experiencia fue lo más cercano que imagino a lo que -en el hospital psiquiátrico La Borde- Félix Guattari llamó “tornar barroca una institución”. Un laboratorio que contenía la carga explosiva de cada uno, nuestros colapsos, nuestro humor, nuestra desubjetivación. El desafío era no perder la fuerza de esos agenciamientos. Porque tienen una potencia increíble, a pesar de que toda vida social intenta anular esas soledades, esas fragilidades. Cómo pensar ese pasaje de la impotencia de la reclusión urbana y solitaria, hacia ese territorio común en el que el arte protege y permite percibirte no como un hospital psiquiátrico sino como un grupo de teatro. Esa denominación (grupo teatral) produce un efecto potente en cada persona que siempre se sintió “paciente psiquiátrico” y de repente gana un pasaporte de actor. Y también posibilita ampliar el espectro de papeles a ser representados, más allá de aquellos a los que estaban condenados: ser enfermos mentales. Esa apertura de horizonte es una mutación a-subjetiva que muestra una biopotencia en contraposición a un biopoder o una biopolítica que trata a esas existencias locas como nulas e intenta neutralizarlas.

Fuente: Revista Almagro

 

 

Crisis de la covid‐19, sistema de Estados y encrucijada civilizatoria

Por Jaime Pastor

Presentación

En este trabajo me propongo abordar algunos aspectos de la crisis global generada por el estallido de la pandemia de la Covid‐19, convertida en un verdadero punto de inflexión en nuestra historia, que obliga a nuevos esfuerzos de reinterpretación de los cambios que está provocando, así como a la búsqueda de nuevas respuestas ante los retos que plantea al conjunto de la humanidad en este siglo XXI. Analizaré los rasgos generales de la crisis global para luego centrarme en el refuerzo del papel del Estado en determinadas esferas competenciales, la remodelación en marcha del sistema de Estados y de la gobernanza global y, finalmente, los escenarios que se pueden abrir en un mundo pos‐Covid‐19.

Crisis entrecruzadas

El impacto de la pandemia de la Covid‐19 ha significado, cómo ya se ha descrito en otros trabajos (Ramonet, 2020; Baschet, 2020), un “hecho social total” que ha provocado una verdadera conmoción en la totalidad de la sociedad global y sus instituciones. Está conduciendo, además, a un encadenamiento de crisis entrecruzadas, con causas diferentes a las vividas en el pasado y, sobre todo, de la que se produjo a partir de 2007‐ 2008, por proceder de la expansión de un virus y no de la crisis del sistema financiero, y por haber obligado a la casi paralización de la economía productiva global durante un periodo relativamente corto pero significativo.

Diferente también porque introduce un factor de riesgo vital que hasta ahora se creía limitado a los países del Sur o del Este, pero que ahora ha venido para extenderse con toda su gravedad en el Oeste: el de la posible aparición de nuevas pandemias de manera cada vez más frecuente, al menos mientras sigamos en la era del Capitaloceno, ya que “el problema no son los virus: el problema es un sistema socio‐ económico expansivo (y hasta una dinámica civilizatoria” (Riechmann, 2020). Por eso, a partir de ahora hay que sumar éste factor a los cuatro parámetros que superan el techo de sostenibilidad de la vida en el planeta, según un Informe de científicos publicado en 2015, y que afectan al clima, a la biodiversidad, al estado de los ciclos del nitrógeno y a los suelos (Tanuro, 2020).

En esta ocasión se ha manifestado primero mediante una crisis sanitaria, seguida por una crisis económica, cuyo alcance está todavía por ver pero que probablemente conduzca a una Gran Depresión, con sus consecuencias en el plano social cada vez más alarmantes. Con ellas se ha producido una agravación de las desigualdades sociales y de todo tipo que no hacen más que profundizar las fracturas ya existentes en nuestras sociedades y, muy especialmente, dentro de una clase trabajadora feminizada y etnicizada, acentuadas por las nuevas tendencias en marcha, como el crecimiento del teletrabajo y una nueva ronda en la precarización laboral y de las vidas de las mayorías sociales (Carreras, 2020). Un conjunto de procesos que pueden erosionar más todavía las bases materiales necesarias para contrarrestar la deriva autoritaria que ya estaba en marcha a escala global mucho antes de la irrupción de esta pandemia.1

La crisis sanitaria ha mostrado, hasta ahora al menos, su mayor gravedad en los países occidentales, afectados por las políticas neoliberales de recortes y privatizaciones y por su dependencia de un sistema industrial de aprovisionamiento deslocalizado para atender a situaciones de emergencia como la vivida ahora. A todo esto se ha unido el retraso en la respuesta ante esta pandemia, pese a los avisos que habían llegado desde distintos observatorios (Ramonet, 2020), confirmando el lastre del viejo supremacismo occidental que hacía pensar que nunca iban a llegar a estas tierras epidemias tan letales como las sufridas en otras regiones del mundo. Se ha llegado así a un colapso sanitario que ha tenido en las personas mayores, pero también en un alto número de trabajadores de la sanidad y de los servicios sociales en general, los sectores más perjudicados por la falta de una política de prevención que fuera capaz de poner los medios necesarios para asumir el desafío que suponía esta pandemia.

El refuerzo del papel del Estado‐nación y sus límites

Dentro de este contexto general, en el que ni la OMS ni otras instituciones y organizaciones internacionales han estado a la altura, estamos asistiendo a una mayor relevancia del marco nacional‐estatal en la respuesta a la necesidad de garantizar la seguridad sanitaria, pero también la supervivencia de muchas empresas y la asistencia social, junto con las ONG y nuevas redes de apoyo mutuo, a los sectores sociales más vulnerables. En torno a esta cuestión se abre ahora una disputa por el sentido en el que deben orientarse los Estados en un contexto de crisis de la globalización neoliberal, refuerzo de tendencias nacional‐ proteccionistas e intensa competencia geoestratégica, tecnológica y comercial entre las grandes potencias, especialmente EE UU y China; ambas, a su vez, en proceso de recomposición de sus alianzas respectivas.

La lucha contra la pandemia ha conducido, además, a la mayoría de los gobiernos a proclamar el estado de alarma, acompañándolo de un discurso bélico que ha buscado cerrar filas en las poblaciones respectivas mediante la puesta en pie de planes de confinamiento, con distintas variantes entre ellos, con el propósito común de “salvar vidas”. Sin embargo, muy pronto hemos podido comprobar las tensiones entre ese objetivo y el de “salvar la economía” a medida que se ha prolongado esa situación de emergencia. También se ha podido observar una complicada regulación legal que ha permitido restricciones en el ejercicio de determinadas libertades fundamentales, especialmente la libertad de movimiento, pero también de otras como la libertad de expresión y los derechos de reunión y manifestación. Restricciones que, si bien han podido justificarse por la situación de estado de alarma, han conducido en ocasiones a cierto grado de arbitrariedad por parte de las autoridades.

Ha entrado así en la agenda política de los Estados una política de seguridad que, estimulada por las experiencias de China, pero también por las de países con regímenes demoliberales, como Corea del Sur, Taiwan o Singapur, puede suponer un salto adelante enorme en el uso de medios digitales, destinado a implantar un control del conjunto de la población que, justificado ahora por razones sanitarias, podría transformarse en normal en el nuevo periodo abierto para “el día después. No faltan las alertas ante el camino que se podría abrir por parte de muchos Estados para imponer un control necrobiopolítico permanente de la población (Preciado, 2020), apoyado en la asociación cada vez más estrecha entre los Estados y los GAFAM (Google, Amazon, Facebook, Apple y Microsoft) del capitalismo digital. Una hipótesis nada despreciable porque, como se denuncia en el Manifiesto La necesidad de luchar contra un mundo ‘virtual’ | ctxt.es, “un vistazo a la historia reciente de la tecnología muestra que los dispositivos liberticidas que se introducen en tiempos de crisis casi nunca desaparecen”; con la coartada en este caso de que, como ya se ha indicado antes, la amenaza de nuevas pandemias va a formar parte de nuestro futuro de inseguridad(es) permanente(s).

Es fácil comprobar, por tanto, el refuerzo del poder soberano de los Estados en el plano securitario, con las personas demandantes de refugio como principales víctimas del cierre de fronteras, como ya ocurre desde hace tiempo en EE UU y en la UE, pero también dentro de las mismas, como estamos viendo ahora en Grecia y en los países del Golfo. Un poder soberano que va a permitir su uso para el control de los espacios públicos virtuales y reales en los que se puedan expresar las distintas formas de protesta que no cuenten con el agrado de las autoridades afectadas; o, simplemente, para disuadir de la protesta, ya que como también se recuerda en el Manifiesto antes citado: “El hecho de saberse constantemente vigilado es fuente comprobada de conformismo y sumisión a la autoridad, incluso cuando no se vive en una dictadura”.

Es también en el plano económico y social donde la recuperación de competencias por parte de muchos Estados es reclamada desde diferentes corrientes políticas e ideológicas. Dada la magnitud de la catástrofe que se anuncia en cuanto al descenso del PIB, a la quiebra de un alto número de pequeñas y grandes empresas y, sobre todo, al aumento del paro, la precarización y el empobrecimiento de la mayoría de las poblaciones, la apelación al Estado como “salvador” es también recurrente. El debate está en torno a qué sentido va a tener esa intervención estatal en un contexto en el que parece evidente la pérdida de credibilidad de algunas de las ideas‐fuerza y de las políticas neoliberales en ámbitos como el de la sanidad y los servicios públicos en general.

No conviene olvidar que en el pasado el papel de los Estados ha sido también muy activo, sobre todo en su versión ordoliberal, a través de su ensamblaje creciente con el sistema financiero y a los mercados. Un papel activo que viene ya de la larga onda neoliberal iniciada a finales de los años 70 del pasado siglo y que, tras el inicio de la Gran Recesión en 2007‐ 2008, adquirió un nuevo impulso mediante políticas de rescate al sistema financiero y medidas austeritarias contra las clases subalternas. Un proceso que en el ámbito de la Unión Europea y de la eurozona en particular condujo a la acentuación de las desigualdades entre el Norte occidental, por un lado, y las periferias del Sur y del Este, con Grecia como principal afectada, por otro.

La novedad en el panorama con el que nos estamos encontrando ahora es que, en medio del agotamiento del régimen de acumulación capitalista global iniciado a mediados de los años 70 del pasado siglo y del desarrollo nuevas tendencias proteccionistas en el plano comercial, los Estados van a tener que hacer compatibles, por un lado, un nuevo rescate a la economía productiva y, por otro, la respuesta a una demanda creciente de una respuesta a la catástrofe social muy superior a la iniciada en 2007‐2008. Se trata en realidad de una vieja tensión dentro de los Estados capitalistas entre la función prioritaria destinada a garantizar las condiciones de producción y reproducción capitalista y, a la vez, la, subordinada pero necesaria, que exige mantener un grado de legitimación suficiente entre las clases subalternas que asegure la estabilidad política. El problema está ahora en que no va a ser fácil gestionarla en la nueva etapa histórica que se abre, con mayor razón cuando ya ha entrado en la agenda política la urgencia de una transición energética y ecológica y las contradicciones que esta ha de generar, aun en su versión light, con el credo dominante del crecimiento económico.

Se anuncia, por tanto, un conjunto de políticas estatales que exige, sobre todo, un aumento extraordinario del gasto público para cubrirlas y que, de no ir apoyadas en una reforma fiscal radical, van a provocar un endeudamiento público y privado de magnitudes mayores que las conocidas hasta ahora. Una amenaza que podría verse atenuada si, como ya se reclama desde muchos países del Sur, se logra una cancelación de la deuda o, en el caso europeo, se llega a un acuerdo en torno a los fondos de solidaridad sin condiciones, ya que, de no ser así, puede convertirse en una espada de Damocles para las futuras generaciones a escala global.

Es probablemente en el marco de la Unión Europea donde las limitaciones del marco nacional‐estatal para responder a esta crisis global son más perceptibles si tenemos en cuenta el grado de interdependencia entre las economías de los Estados miembros, especialmente entre los países que forman parte de la eurozona, así como la necesidad de contrarrestar la tendencia al declive de su peso dentro del contexto geopolítico global. La suspensión temporal del Pacto de Estabilidad presupuestaria, las propuestas de un fondo de ayudas por parte de la Comisión Europea y el papel más activo del Banco Central Europeo para garantizar la liquidez necesaria que ayude al relanzamiento económico del conjunto de la UE apuntan a un intento de superar las tensiones surgidas en su seno, derivadas de la agravación de las desigualdades entre los países miembros –y dentro de los mismos‐ provocada por la pandemia.

Con todo, no será fácil un acuerdo en su seno, como he explicado en otro artículo reciente:

“Las enormes asimetrías entre países dentro de la UE van a hacer difícil un consenso que tendrá que ser prácticamente unánime. Será Alemania (bajo la vigilancia de su Tribunal Constitucional tras su reciente sentencia frente a la primacía del derecho comunitario) la que, obligada a salvar el euro, fuente última de su mayor riqueza, como ha recordado Wolfgang Streeck (2020), la que tendrá que conciliar dar pasos adelante hacia la federalización oligárquica y tecnocrática de la UE con las reticencias de los cuatro frugales (Austria, Dinamarca, Holanda y Suecia) a rebajar sus exigencias frente al Sur, buscando así frenar la polarización territorial dentro de la UE. En cualquier caso, las condicionalidades de los préstamos que finalmente se acuerden son ya el principal objeto de disputa entre los gobiernos –y los partidos españoles‐ y no cabe engañarse sobre lo que pueden significar los ajustes y las nuevas reformas estructurales que se exijan, aunque se tiñan de verde” (Pastor, 2020).

Lo público y lo estatal

Lo que sí va a ser difícil es que se repita el escenario que se impuso en 2007‐2008, aunque sin duda es lo que van a intentar las fracciones más transnacionalizadas de las clases dominantes. La revalorización de lo público y de las actividades esenciales, entre ellas todas las relacionadas con los cuidados, frente a los recortes y privatizaciones que se generaron entonces, es tan patente que una salida similar a la anterior provocaría una creciente inestabilidad política y social de difícil gestión por parte de los gobiernos.

Ese sentido común de lo público se ha visto además reforzado porque se ha extendido su concepción, no como un derecho del Estado, sino como un deber, una obligación, ya que, como sostienen Pierre Dardot y Christian Laval (2020), “los servicios públicos no son los servicios del Estado en el sentido de que el Estado pueda disponer de ellos a su antojo, no son tampoco una proyección del Estado, son públicos en el sentido en que están ‘al servicio del público”. Lo mismo podríamos decir de cantidad de actividades que se han demostrado esenciales y que, por tanto, deberían escapar a la lógica del mercado interior y exterior (como es el caso de la industria farmacéutica), así como a las condiciones de sobreexplotación en las que se encuentran quienes trabajan en ellas. Una percepción que se está extendiendo al conjunto de bienes públicos y comunes dedicados a satisfacer las necesidades básicas de la población. No cabe sorprenderse, por tanto, de que términos como nacionalizaciones o planificación económica y ecológica estén volviendo a la agenda política, incluso en boca de líderes políticos como el presidente francés Macron 2, quien ha llegado a reivindicar el ejemplo del Consejo Nacional de la Resistencia surgido en su país después del final de la Segunda Guerra Mundial.

En todo caso, la hipótesis de nuevas formas de capitalismo occidental en las que el Estado asuma un papel más activo y centralista3 en la búsqueda de un modelo económico no tan dependiente del exterior en algunas actividades esenciales, una política asistencial sustancialmente superior a la anterior a la crisis y, a su vez, un refuerzo del control social bajo formas más autoritarias, no puede ser descartada. Sería un nuevo tipo de despotismo estatal protector (arropado por el saber experto sistémico) que aspiraría a una legitimación de ejercicio entre quienes comparten la identidad nacional‐estatal dominante, en nombre del miedo a la inseguridad permanente. Una tendencia que les acercaría a las denominadas democracias iliberales, con Rusia o Turquía como referentes, que ya está en marcha en algunos países de Europa del Este – como Polonia y Hungría‐ y que podría darse en EE UU en el caso de que Trump viera renovado su mandato en noviembre de este año.

Tiempos de mayor inestabilidad geopolítica global

Esas tendencias podrían ir, por tanto, acompañadas de un reajuste parcial en las cadenas transnacionales de creación de valor mediante cierta relocalización de determinadas actividades productivas, sin cuestionar no obstante la primacía del sistema financiero, cuyo grado de autonomía, de movilidad global y de presión sobre la mayoría de los Estados sigue siendo notable.

Mientras tanto, la inestabilidad geopolítica sigue su curso en un mundo en lucha por el control de los recursos energéticos cada vez más escasos y con nuevos alineamientos regionales, incluso dentro de una UE en “crisis existencial”, como la definió uno de sus líderes políticos. Todo esto en medio de un proceso de cambio de relaciones de fuerzas entre las viejas y las nuevas grandes potencias, pero sin que “el repliegue internacional de un imperio [el estadounidense] que abandona su disfraz de auxiliador del mundo”, (Katz, 2020) esté llevándole a su crisis terminal (lo cual exigiría un detonante similar a lo que significó la catástrofe nuclear de Chernóbil para la URSS o la crisis del Canal de Suez para Gran Bretaña) como hegemón. No olvidemos que su pérdida de posiciones en el plano comercial y tecnológico e incluso cultural (agravado por el repliegue etnonacionalista y el “nuevo 68” que se está viviendo en ese país bajo Trump) no impide a esta gran potencia seguir contando, además de con su superior poder militar (pese a su incapacidad demostrada para aplicar la “destrucción creativa” predicada en zonas como Oriente Medio), con los derechos de señoreaje sobre el dólar y con la particularidad de ser sede matriz de gran parte del capital transnacional 4 que se ha extendido por el mundo.

En ese contexto, el único competidor a medio plazo de la gran potencia estadounidense es sin duda China debido a su ascenso económico, tecnológico y comercial, a sus planes en marcha (como la nueva ruta de la seda), a su aspiración hegemónica en la región de Asia‐ Pacífico y a su soft power a escala internacional. Con todo, China también se va a encontrar con obstáculos para proseguir su ascenso, debido a su mayor necesidad de acceso directo del mercado mundial, así como a su dependencia externa en materia energética y agrícola (Golub, 2020). Se entiende, por tanto, que para Trump su objetivo sea, como observa Michael Roberts, “bloquear el comercio con aranceles, bloquear el acceso de China a nuevas tecnologías y a sus exportaciones, aplicar sanciones a las empresas chinas y enfrentar a los deudores con China”. Así que, como también aventura Roberts: “La ‘guerra fría’ comercial, tecnológica y política se ‘calentará’ más esta década, como el propio planeta” (Roberts, 2020).

Será en relación con esa competencia geoestratégica entre la gran potencia en declive y la que aparece hoy en ascenso como parece que se van a tener que mover otras relativamente grandes y medianas potencias, cuyos alineamientos, más allá de la reactivación del G20, se verán condicionados por su estatus geopolítico dentro del sistema jerárquico de Estados y por su mayor o menor dependencia económica, energética y tecnológica, pero también por factores de orden cultural e ideológico. Todo esto en medio de una transición geopolítica en la que la pérdida de centralidad que Occidente había mantenido hasta ahora parece ya irreversible.

En ese marco de mayor inestabilidad geopolítica global, la combinación de conflictos relacionados con las crisis entrecruzadas ya mencionadas y, simultáneamente, de tensiones internas en torno a otras líneas de fractura preexistentes –nacionales, étnicas‐, puede dar lugar a un aumento del número de Estados frágiles y/o fallidos en distintas regiones del planeta, e incluso a una fase de militarización y guerras, sin que haya instituciones internacionales con la suficiente autoridad para ejercer de mediadoras.

Sin embargo, desafíos globales como la necesidad de prevenir nuevas pandemias, la creación de condiciones favorables para superar el estancamiento secular y sentar las bases de un nuevo régimen de acumulación y, sobre todo, la respuesta al cambio climático, continuarán mostrando las limitaciones de las respuestas a escala nacional‐estatal y presionarán por la búsqueda de nuevas formas de gobernanza global. El problema está en que, como escribían Michael Hardt y Antonio Negri antes de la pandemia de la Covid 19, “la contrarrevolución neoliberal ha creado una esfera de gobernanza sin relación estructural estable con la esfera de la producción y la reproducción sociales” (Hardt y Negri, 2020). De ahí las mayores limitaciones mostradas por instituciones supranacionales como la ONU o la OMS (cuestionadas además por la actual Administración estadounidense) y, a la vez, el protagonismo que siguen teniendo otras, como el FMI y el BM, más dependientes de la influencia de los grandes lobbies financieros transnacionales.

Especulando sobre el futuro‐presente en medio del colapso ecosocial

No faltan ya especulaciones sobre escenarios de futuro posibles que podrían ir haciéndose realidad más allá de la escala nacional‐estatal. Una de ellas es la que propone Alain Bihr (2020) en torno a tres posibles: uno sería el de business as usual (BAU); otro el de un neokeynesianismo adaptado a los nuevos tiempos del green‐washing; y otro, en fin, el que podría abrir algunas brechas que permitieran ofrecer un horizonte alternativo distinto del actual modelo civilizatorio. Unos escenarios que tienen puntos comunes con los que comenta Luis González Reyes en otro artículo (2020) y que aparecen más desarrollados en el Informe de Ecologistas en Acción “Escenarios de trabajo en la transición ecosocial 2020‐2030” 5, recientemente publicado, y en donde el tercero sería el basado en un proyecto de decrecimiento, necesariamente rupturista en el plano civilizatorio.

En realidad, ya hemos visto un primer ensayo del primero en la tensión que se ha creado entre “salvar vidas” o “salvar la economía” a la hora de determinar cuáles eran los servicios esenciales a preservar en pleno confinamiento. Si Trump y Bolsonaro han sido los principales protagonistas en su defensa, no han faltado otros entre las derechas y los think tank de las grandes patronales de todos los países, empeñados incluso en establecer unos criterios monetarios sobre cuál sería el “valor de vida” (Husson, 2020), cuando no en un criterio de discriminación por edad o capacitismo para el tratamiento en los centros sanitarios. Sería un escenario que, una vez pasada la fase asistencialista de emergencia, implicaría un retorno, en resumen, a repetir la experiencia posterior a la Gran Recesión de 2008 con la coartada del pago de la deuda para una nueva vuelta de tuerca en reformas estructurales. En resumen, sería un modelo que podría tener dos variantes: “neoliberalismo restaurado” y “neo‐iliberalismo”, como sugieren Escalona y Godin, 2020.

Otro escenario sería el que combinara, por un lado, un reforzamiento del sector público en la sanidad y servicios sociales en general ‐con alguna forma de renta mínima para las capas más empobrecidas‐, y, por otro, un nuevo partenariado del Estado con las grandes empresas que asumiera algunos de los retos del Green New Deal, compatibles con el fetichismo del crecimiento económico, como ya se propone desde distintos sectores políticos y sociales. En resumen, la puesta en pie de nuevos pactos interclasistas que, aun siendo asimétricos, evitaran la crisis de legitimidad que podría sufrir el primer escenario, sobre todo en su versión dura.

Finalmente, también se abre la posibilidad de una nueva ola de revueltas populares que tomen el relevo de las que estaban en marcha antes del estallido de esta crisis global y apunten hacia un tercer escenario. La ola de protestas que se ha extendido recientemente en EE UU y en otros lugares del mundo frente al racismo estructural puede ser un anticipo de lo que puede ocurrir en esta nueva era. Movimientos como el feminista en Chile y otros países ya han sido motores de algunas de esas revueltas en el pasado reciente, y el movimiento ecologista y las nuevas formas de sindicalismo social y barrial pueden llegar a serlo en otros.

Obviamente, el salto de la protesta a la propuesta, a la articulación de nuevos bloques sociales a favor de la socialización de lo público y lo común y del reparto de todos los trabajos para apostar por otro mundo posible, no es automático, máxime en unas condiciones de mayor debilitamiento estructural de las clases subalternas y de ascenso de populismos de extrema derecha. Hará falta un nuevo ciclo de movilizaciones sostenidas que vaya más allá del ámbito estatal y pueda ir forjando alianzas solidarias entre pueblos, al menos a escala regional, en torno a un nuevo cambio de paradigma civilizatorio.

A las razones de las revueltas anteriores y a las derivadas de las que agudiza esta crisis global se suman ahora, además, las vividas durante el Gran Confinamiento. Esta experiencia ha permitido innovar formas de protesta desde las redes sociales, pero ha dado un mayor valor a la necesidad del encuentro físico, a la interacción de los cuerpos y los afectos, a la discusión, a la deliberación y la acción colectiva anclada en el territorio, en el vecindario, en la fuerza de la gente.

Algunas conclusiones

Se abre, por tanto, una ventana de oportunidad para las peores distopías, pero también para otro horizonte de utopías creíbles y factibles, ya que, con palabras de Bruno Latour (2020): “En medio del dolor más extremo, estamos viendo que el orden mundial, que se nos decía que era imposible de cambiar, tiene una plasticidad asombrosa, y que, como colectivo, los seres humanos no están indefensos”.

En ese camino, pese a sus limitaciones, la escala local puede convertirse en un laboratorio a seguir de cerca para conocer la credibilidad y la viabilidad de los distintos escenarios posibles. En realidad, ya hemos visto prácticas prefigurativas de todos ellos en muchas ciudades, barrios y pueblos a lo largo de estos meses de confinamiento: el más autoritario y beligerante frente a cualquier cambio en la política económica y social; el neokeynesiano que apuesta por nuevos pactos interclasistas de reconstrucción social y económica, y el que, queriendo ir más allá, apunta hacia una planificación ecológica y democrática (Durand y Keucheyan, 2020), basada en una nueva economía moral (que ha revalorizado muchos trabajos invisibilizados y ha ensayado ya la reconversión de otros no esenciales), que rompa con el fetiche del crecimiento económico y la tecnolatría, en una nueva relación entre lo urbano y lo rural, en la solidaridad y el apoyo mutuo.

Más allá de las especulaciones sobre los escenarios posibles, ya que habrá otros híbridos también en disputa, lo que sí es seguro es que entramos en una era en la que el encadenamiento de crisis entrecruzadas conducirá a nuevas polarizaciones sociales y políticas y a los inevitables conflictos de intereses, valores y razones. De todas esas crisis, conviene repetirlo, es la catástrofe ecológica global la que sobredetermina las demás y, por tanto, extraer las lecciones de la actual crisis de la pandemia se hace necesario, ya que, como anuncian Descamps y Lebel (2020), esta última sólo ha sido un “aperitivo”.

  1. Con mayor razón ahora porque, como recordaba Adam Przeworski antes del estallido de la actual crisis: “While elites see democracy in institutional terms, several surveys indicate that mass publics often conceive of it in terms of ‘social and economic equality” (Przeworski, 2019: 102).

2. “Il nous faudra bâtir une stratégie où nous retrouvons le temps long, la possibilité de planifier, la sobrieté carbone, la prévention, la résilience qui seule peuvent permettre de faire face aux crises à venir”, “Nous tiendrons”, Le Monde, 13/04/2020. No obstante, como ocurrió en la anterior crisis con Sarkozy, sigue sin reflejarse en propuestas concretas.

3. Un rasgo que ha caracterizado la aplicación del estado de alarma en el caso español, ya que desde el principio se estableció un “mando único”, sin previa deliberación con las CC AA y sin implicación alguna de las mismas en la toma de decisiones, apenas compensada luego por la celebración semanal de Conferencias de Presidentes de las CC AA que son prácticamente consultivas, pese a definir ese proceso en una fase posterior con el neologismo de “cogobernanza”.

4. Tenemos un reciente ejemplo de esto en la presión que está ejerciendo la Administración de EE UU sobre países de la UE para que renuncien a aplicar el impuesto conocido como tasa Google.

5. Se puede consultar en www.ecologistasenaccion.org/132893

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Referencias

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Bihr, Alain (2020) “Tres escenarios para explorar el campo de lo posible”, Viento Sur [Puesto en línea el 23 de abril de 2020]https://www.vientosur.info/spip.php?article15903

Carreras, Judith (2020) “El futuro del trabajo, después del coronavirus”, Viento Sur, 170, junio, pp. 60‐73.

Dardot, Pierre y Laval, Christian (2020) “La dura prueba política de la pandemia”, infolibre [Puesto en línea el 30 de marzo de 2008]https://www.infolibre.es/noticias/lo_mejor_mediapart/2020/03/30/la_dura_pru eba_politica_pandemia_105414_1044.html

Descamps, Ph. Y Lebel, Thierry (2020) “Un aperitivo del shock climático”, Le Monde Diplomatique, mayo, pp. 1 y 22‐23.

Durand, Cédric y Keucheyan, Razmig (2020), Le Monde Diplomatique, mayo, pp. 14‐15.

Escalona, F. y Godin, R. (2020) “Les quatre scénarios pour l’hégémonie politique du ‘monde d’après’”, mediapart.fr, 23/05/2020.

Golub, Philip S. (2020) “Tres hipótesis geopolíticas”, Le Monde Diplomatique, junio, pp. 6‐7.

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Hacia un retroceso democrático global

Entrevista a Steven Levitsky / por Daniel Gascón

Steven Levitsky es politólogo y profesor en Harvard. Ha prestado una atención especial a la política latinoamericana y ha investigado el papel de los partidos políticos y los sistemas de partidos, la importancia de las instituciones informales, el autoritarismo y los procesos de democratización. Escribió con Daniel Ziblatt Cómo mueren las democracias. Estudioso de los “regímenes autoritarios competitivos”, dice que está pensando en un libro sobre por qué los partidos políticos se vuelven antidemócratas.

Una de las ideas centrales de Cómo mueren las democracias es que la democracia no solo sufre o termina por un golpe violento. A menudo lo que ocurre es un proceso paulatino de degradación. Daban muchos ejemplos de Europa (sobre todo en la década de los treinta) y América Latina, y los relacionaban con lo que podía pasar con Estados Unidos y Donald Trump. En cierto modo tenía algo de advertencia. ¿Cómo evalúan ahora que ha pasado este tiempo?

Creo que estamos peor. Trump ha sido tan autoritario como temíamos. Sabíamos que, estés en Venezuela, Perú o Brasil, si eliges a un autoritario como presidente, pones la democracia en peligro. Y Trump de manera consistente ha intentado subvertir, corromper y debilitar las normas democráticas durante su presidencia. Eso se esperaba. Lo que no esperábamos cuando escribimos el libro hace tres años es que el Partido Republicano quedaría tan trumpizado. Confiábamos en que el partido trazara una línea y contuviera los peores abusos de Trump. Esa acción, sobre todo en el senado, ha desaparecido. Eso ha permitido que Trump sea peor de lo que creíamos. Ha socavado la credibilidad del proceso electoral, ha alentado la violencia y ha utilizado cada vez más al Estado como arma política contra los rivales, algo muy típico de regímenes híbridos o autoritarios, por ejemplo en algunos casos en América Latina, pero que no había ocurrido en décadas en Estados Unidos. En ese sentido, ha sido peor. No hemos descendido en una autocracia. Cuando escribimos el libro, se trataba de un ejercicio de especulación. Ahora ha pasado. Cuando ves los índices internacionales de democracia, como Freedom House, la Economist Intelligence Unit o Varieties of Democracy, los tres consideran a Estados Unidos bastante menos democrático que hace tres años. Según Freedom House, una ONG de centro-derecha, pro Estados Unidos, el país es menos democrático que Chile, Uruguay, Lituania, Eslovaquia, y está en la misma categoría que Croacia y Panamá. Sigue siendo una democracia, pero ha habido un retroceso. Es más un deslizamiento que un verdadero autoritarismo. Pero los miedos que teníamos cuando resultó elegido Trump en buena medida se han hecho realidad.

Es llamativo lo que dice del partido. Una de las cosas que consideran fundamentales para mantener la calidad de la democracia es el papel de los partidos y su capacidad para cribar a los extremistas. También en el caso de Trump sorprende que el Partido Republicano cambiara algunas de sus tradiciones, como el libre mercado, ciertos valores familiares. Tienen en la Casa Blanca a un proteccionista con decenas de denuncias por acoso sexual.

No es el primero en hacer eso. Los peronistas lo hicieron. Pero ha sido bastante imprevisto y drástico, sí. Mi coautor, Daniel Ziblatt, es un experto en los partidos conservadores. Y cree que tener fuertes partidos conservadores es crucial para una democracia. Estamos convencidos de que la razón por la que los políticos republicanos se han mostrado tan abiertos hacia esa clase de comportamiento antidemócrata es que tienen cada vez más dificultades para obtener mayorías. El Partido Republicano representa de manera casi exclusiva a votantes cristianos blancos, y esa es una parte del electorado estadounidense que disminuye. Y cuando no puedes ganar, engañas.

En el libro hablan bastante de polarización. Parece que es un fenómeno del que hablamos cada vez más en muchos países. Habrá elementos específicos, pero ¿cuáles serían las causas comunes?

Es difícil decirlo. Ha surgido en países donde no lo esperábamos hace cinco o diez años: en Brasil, en partes de Europa, en España, en Estados Unidos. Son democracias donde no estimábamos ese nivel de polarización. No creo que tengamos una idea clara de por qué ocurre. Algunos dicen que se debe, al menos en parte, a la desigualdad creciente. Otros dicen que es resultado de la creciente distancia entre la élite política y los votantes. Durante una generación los partidos establecidos de las democracias occidentales convergían en dos asuntos centrales: el apoyo a la globalización y la tolerancia hacia la inmigración. Resulta que a mí esas dos cosas me parecen buenas, y creo que lo piensa la mayoría de los votantes en Estados Unidos. Pero hay un grupo muy numeroso que es escéptico ante la globalización y la inmigración, y que no se siente en absoluto representado por la élite política. Parece ser una fuerza importante en Estados Unidos. Creo que tiene que ver con la raza, con el hecho de que la mayoría étnica fundadora, la mayoría étnica que domina todas las jerarquías sociales, económicas, políticas y culturales desde hace doscientos años –los cristianos blancos–, pierde tanto su mayoría electoral como su estatus social. Y eso ha conducido a una reacción fiera y polarizante. No creo que se dé en ninguna otra democracia occidental.

Una de las características básicas del líder autoritario es la falta de reconocimiento del proceso electoral. Solo les vale si ganan. Había algunas dudas sobre Trump en 2016, parece que ahora vuelve a ocurrir.

Son características básicas del líder autoritario. Los líderes democráticos saben perder. Los líderes demócratas aceptan rutinariamente la derrota, no les gusta pero la aceptan. Los autócratas no y Trump tiene instintos fundamentalmente autoritarios. Puede abandonar el cargo pero garantizo que no irá a la tele para decir: “ha ganado Joe Biden, es el presidente legítimo, enhorabuena, me voy a casa”. Dirá que le robaron la elección.

En Cómo mueren las democracias afirman que hay reglas escritas, como las leyes, la Constitución, pero también normas que no se escriben, están implícitas y son importantes también. Y si a veces eso se destruye puede ser complicado reconstruirlo.

No hay muchos ejemplos de democracias muy estables que se desmoronen. Muchas colapsaron en Europa en los años treinta. España y Alemania no eran democracias establecidas, eran nuevas democracias. España nunca había tenido una democracia como tal hasta los años treinta. No había fuertes normas democráticas. No sabemos mucho de lo que pasa cuando esas normas se erosionan lentamente, como ocurre en Estados Unidos. Chile puede ser un ejemplo de colapso democrático en los años setenta, tienes probablemente el ejemplo de Estados Unidos en la década de 1850, pero no hay muchos más. Y los casos de Estados Unidos en las décadas de 1850 y 1860 y de Chile en la década de 1970 son instructivos en el sentido de que se reconstruyeron las normas democráticas. Pero se reconstruyeron tras un episodio muy traumático. Una dictadura militar brutal en Chile, y una guerra civil, sangrienta, en Estados Unidos. Eso es lo que costó reconstruir las normas democráticas.

Otro país que tenía una fuerte tradición democrática y que colapsó es Venezuela.

Sí. No sabemos cómo será la reconstrucción, porque han perdido la democracia y sigue perdida. Pero es uno de los pocos casos claros en que una democracia establecida se ha desmoronado.

También en América Latina han surgido en estos años líderes populistas y autoritarios, como Bolsonaro en Brasil o AMLO en México. ¿En qué medida le preocupa lo que puede ocurrir?

Hay mucho de lo que preocuparse. En el caso de Brasil, el país se ha polarizado mucho. Desde 2014 hay una erosión de las normas democráticas, con la exclusión de Lula da Silva de la carrera presidencial. Es una democracia y Bolsonaro es una figura abiertamente autoritaria, todavía más que Trump y que Orbán. Sin embargo, aunque tenga una mayoría en el congreso, no controla los tribunales. No es muy popular. Y es mucho más débil que Hugo Chávez, Rafael Correa o Alberto Fujimori. Quizá no sea lo bastante fuerte como para destruir la democracia brasileña. AMLO es una figura más ambigua en términos de su compromiso con la democracia. Durante la mayor parte de su carrera ha sido un político democrático. No muestra un antagonismo abierto a la democracia tal como lo hace Bolsonaro. Es un populista. No encaja claramente en todas las casillas del candidato autoritario, tal como lo harían Bolsonaro o Trump. Pero en México hay una diferencia: una mayoría legislativa y una oposición muy débil. El equilibrio de poder es mucho más favorable para AMLO y la oposición es mucho más débil. Así que es posible que AMLO tenga menos inclinaciones autoritarias que Bolsonaro, pero tiene más oportunidades. Los dos te dan algo por lo que preocuparte.

En su libro también explican cómo los líderes autoritarios intentan aprovecharse y a veces crear situaciones de excepcionalidad. Sostienen que a menudo la causa del miedo es la violencia. En los últimos meses ha surgido otra amenaza, la pandemia. Ha habido reacciones distintas. John Keane, por ejemplo, se preocupaba por que los gobiernos aprovecharan la situación para limitar las libertades. También se especulaba sobre si la pandemia reforzaría o debilitaría a los líderes autoritarios.

Es interesante que las respuestas sean tan diversas. El miedo inicial en las primeras fases de la pandemia era que estuviéramos ante una crisis que de forma inevitable requiriese las restricciones de algunas libertades civiles básicas. Se restringía mi capacidad de celebrar una fiesta en mi casa; la libertad de reunión y de asociación se veía necesariamente limitada. Eso es aterrador para cualquier liberal. Y había grandes miedos: por ejemplo, que las democracias no pudieran controlar el virus y solo un régimen como China pudiera hacerlo. También estaba el temor de que gobiernos autocráticos aprovecharan la crisis para consolidar su poder, como en cierto modo Orbán en Hungría, o Bukele en El Salvador. Pero en general eso ha ocurrido menos de lo que muchos temíamos.

La razón no está totalmente clara. En parte se debe a que algunos de los populistas que más nos preocupaban tuvieron una respuesta muy extraña. De manera deliberada, infrautilizaron su poder. Cuando podían usarlo en respuesta al virus, no hicieron nada. Es el caso de Trump, Bolsonaro u Ortega, aunque este último ya estuviera consolidando una dictadura. Creo que aún no conocemos las razones, quizá porque los populistas tienden a sospechar mucho de los expertos. La idea de actuar con deferencia o respondiendo a lo que decían los expertos iba en contra de lo que pensaban Trump o Bolsonaro. El modo en que ellos respondieron al virus ha sido terrible para las sociedades y la salud pública, pero probablemente ha sido bueno para la democracia.

¿Y cuáles cree que serán las consecuencias posteriores?

Todavía me preocupa, particularmente en América Latina, lo que el virus puede hacerle a la democracia. Va a llevar a un periodo económico muy difícil a medio plazo, a problemas fiscales graves, a una desigualdad creciente, con límites en el gasto social y un mayor descontento público. Las percepciones sobre los gobiernos elegidos democráticamente habían empeorado en casi toda América Latina antes de la pandemia. Al principio algunos gobiernos tuvieron un repunte durante la crisis. Pero, a medida que esta avanza, es inevitable una erosión de la percepción pública de la actuación gubernamental. En América Latina tienes una combinación terrible de un elevado nivel de urbanización, un alto nivel de desigualdad y sistemas de salud pública muy débiles. Es la peor receta. La gente va a acabar más descontenta de lo que ya estaba. Me preocupa que los electorados sean más vulnerables a los populistas de derecha y de izquierda o incluso a figuras militares que prometan resolver los problemas de la gente por otros medios. Los largos periodos de mal comportamiento económico siempre son preocupantes. Y creo que vamos hacia eso en América Latina.

Se dice que en los países más polarizados la respuesta a la pandemia ha sido peor.

Creo que es cierto. En esos países se politizó. Ocurrió en Estados Unidos, hasta cierto punto en México y Brasil, algo menos en Argentina. Pero los países que respondieron mejor son aquellos en los que toda la clase política se unió en busca de una solución. No me refiero a una unión política, sino a la llegada a acuerdos para encontrar una solución. Es el caso de Taiwán, Corea del Sur, Japón, la mayor parte de Europa occidental. En el Reino Unido algo menos, y hemos visto el daño en algunos países europeos en los últimos meses. Cuando se podían apartar las diferencias partidarias, las democracias se mostraron capaces de afrontar la pandemia. Donde no pudieron, como en Estados Unidos o Brasil, la situación es terrible. Tienes una respuesta muy disfuncional. Me parece que la idea de la polarización es pertinente.

¿Cómo se puede reparar el daño institucional? En el caso de Trump, hay un proceso de degradación que no empieza con él, es causa y síntoma. También evidencia tensiones y fracturas previas.

Creo que no tenemos una idea clara de qué requerirá reparar el daño institucional. Mi sensación es que va a ser bastante difícil. Lo que preocupa es que el problema de la polarización estadounidense lleva un tiempo en construcción. Y no va a terminar con la derrota de Trump. Es importante para la democracia estadounidense que Trump sea derrotado, sin duda. Pero el problema subyacente de la polarización es casi seguro que va a permanecer. Puede que las cosas se parezcan a los últimos años de la administración Obama, donde los republicanos bloqueaban todos los esfuerzos por gobernar y Obama empezó a evitar el Congreso. Éramos muy disfuncionales. El último año los republicanos impidieron que instalara un juez en la Corte Suprema. Nuestras instituciones ya empezaban a deshilacharse antes de Trump. Que Trump se vaya es necesario para reparar nuestra democracia, pero no es suficiente. Creo que vamos hacia más años de disfuncionalidad y crisis.

Se habla de la fragmentación de la conversación. Así, antes los medios buscarían al mayor grupo de gente posible, mientras que ahora se trata de dominar a un grupo demográfico, de ocupar un nicho. Al mismo tiempo, también hay un incremento de velocidad, incluso con las mentiras.

Es perturbador. Pero no es la primera vez que tenemos medios de nicho en la historia. Ha ocurrido en otros países y en otros periodos en los que, por ejemplo, cada país tenía su propio periódico. Tampoco es la primera vez que tenemos una nueva tecnología mediática que asusta a los observadores. Cuando apareció la radio, temíamos que nos enseñara fascismo, como había ocurrido en Alemania. Con la televisión, pensábamos que produciría demagogia y populismo. De modo que es posible que al final nuestros Estados, gobiernos, políticos o votantes aprendan a tratar con esta nueva tecnología. Hay estudios que muestran que las redes sociales y la televisión por cable, al menos en Estados Unidos, están teniendo un efecto polarizante; un número creciente de estudios revelan que tienden a llevarnos a los extremos. Es un verdadero problema. Sin duda exacerba la polarización. No creo que la cause. Tenemos que tener mucho cuidado. Estados Unidos no necesitó WhatsApp para caer en la Guerra de Secesión. Chile no necesitó YouTube o Facebook para la crisis de los setenta. La Guerra Civil española no requirió de Twitter. El nuevo paisaje mediático, en particular el de las redes sociales, es un desafío y aumenta el problema. Pero no es la causa fundamental y no deberíamos cometer el error de imaginar que lo es.

En los últimos años hemos visto que en algunos países de la Unión Europea, como Hungría y Polonia, aparecían regímenes que se han llamado democracias iliberales, con lógicas plebiscitarias, desdén por los derechos de las minorías, intentos de controlar el poder judicial desde el gobierno. Se presentaba como un fenómeno nuevo.

No sé si es tan nuevo. No lo veo muy distinto al peronismo. Los llamaría autoritarios competitivos. Siempre hay un riesgo en regímenes electorales, particularmente en aquellos que tienen instituciones débiles, cuando tienen un líder o partido popular que pueden inclinar el campo contra la oposición. Puedes llamarlo de varias maneras. Puedes llamarlo democracias iliberales, pero no creo que sea algo particularmente nuevo.

En España Unidas Podemos tiene un componente peronista. También a veces se ha escrito sobre algunas estrategias comunicativas del PSOE. Pero en el caso de Podemos es más claro.

Sí, Laclau sobre todo. Es interesante ver la latinoamericanización de la política española. De todas formas, el contexto es bastante diferente y las instituciones políticas españolas son bastante más fuertes que las de los Estados bolivarianos en los Andes. Me sorprendería que tuviera mucho efecto.

¿Es más optimista o pesimista con respecto a estos líderes autoritarios que hace cuatro años?

Diría que más pesimista. En términos de la crisis global de la democracia, he sido en general más optimista, o menos pesimista, que la mayoría. Creo que no se han desmoronado democracias verdaderas muy deprisa. Hace diez o quince años que hablamos de un retroceso democrático global. Y ha habido algo pero no tanto. La mayoría de las democracias siguen sobreviviendo. Pero con el ascenso de Trump, y con lo que pasa en países grandes e importantes como la India o Brasil, el horizonte es más oscuro ahora que hace cinco años. Si Trump pierde y tenemos un líder de mentalidad más democrática, espero que demos un par de pasos en la otra dirección. Pero los últimos cuatro años me han hecho más pesimista. El mundo no deja de sufrir golpes: Trump, Modi, Bolsonaro, la pandemia. Es mucho que manejar en cinco años. ~