Federico Aguilera Klink: «La universidad actual enseña a obedecer y elimina la curiosidad» (I)

Por Salvador López Arnal

Federico Aguilera Klink es catedrático de Economía Aplicada en la Universidad de La Laguna y Premio Nacional de Economía y Medio Ambiente Lucas Mallada, 2004. Esta conversación está relacionada con su artículo: « La universidad: entre la irrelevancia, la mediocridad y la cretinización de alto nivel», publicado en el portal digital Rebelión [1].

Salvador López Arnal (SLA): Publicaste el 6 de septiembre de 2018 en Rebelión el artículo «La universidad: entre la irrelevancia, la mediocridad y la “cretinización” de alto nivel». Permíteme algunas preguntas sobre este trabajo y temáticas relacionadas. Abres tu escrito con dos citas. La primera –doble– es de Antonio Orejudo. La segunda parte de la cita dice así: «…la única conclusión era que nuestra universidad había sufrido desde la República hasta nuestros días un proceso de degradación moral y académica del que era imposible recuperarse (…) Al perderse en los primeros años de la Transición la oportunidad de corregir drásticamente esta situación, los jóvenes políticos de la democracia facilitaron al franquismo una de sus últimas victorias: garantizaron que los efectos de ese atroz desmoche llevado a cabo por el régimen en la universidad perdurarían durante siglos». ¿No es Orejudo demasiado crítico? ¿No han existido movimientos universitarios que han abonado, que han sido activos en senderos muy pero que muy alejados?  

Federico Aguilera Klink (FAK): La expresión «atroz desmoche», pertenece a Laín Entralgo y da título al libro de Jaume Claret Miranda que muestra la depuración que hace el franquismo en la universidad, a partir del golpe de estado de 1936, y la postración en la que queda. Esto no excluye la posterior existencia minoritaria de movimientos universitarios ni de docentes aislados que constituían y siguen constituyendo auténticos oasis en el desierto o en el páramo universitario franquista y actual. Por eso estoy de acuerdo con Orejudo en que la situación no cambió mucho con la Transición igual que no cambió en muchos otros ámbitos, como lamentablemente seguimos constatando todavía. Mi propia experiencia como estudiante y como profesor es que ni ha habido ni hay voluntad de enseñar a pensar por cuenta propia pues la mayoría del profesorado no sabe lo que es eso, se mantiene en la obediencia y en la sumisión, de manera consciente o inconsciente.

SLA: La segunda cita es esta: «Periodista: ¿Piensa que instituciones como la universidad desaparecerán en el futuro y serán sustituidas por otro tipo de institución más abierta, completa y profunda? David Peat: En más de un sentido esto es motivo hasta de esperanza». Pero esa institución más abierta, completa y profunda, ¿no sería, nombrada de otro modo, una universidad realmente democrática al servicio del saber y no de otro tipo de finalidades? O, visto desde otro punto de vista, ¿la desaparición de la universidad actual no puede generar escenarios aún peores?

FAK: No veo que pueda haber nunca una universidad democrática sin que existan personas democráticas ni instituciones democráticas. Todo esto en la universidad es pura apariencia. Cuando hablo de personas democráticas me quedo con la idea de Erich Fromm (La condición humana actual) del «carácter revolucionario» en el sentido de personas que traten de ser «desobedientes, libres e independientes». ¿A qué poder le interesan esas personas y esa universidad? La desaparición de la universidad actual, para mí un espacio de aburrimiento y de sumisión (con excepciones individuales), es una necesidad. La sumisión de los docentes al poder político-empresarial, (cuando no se someten al «establishment mandarinal universitario» del que habla Morin), elaborando “ideas”, programas e investigaciones a la carta, es realmente lastimosa.  

SLA: Pero existen excepciones en esa sumisión del profesorado al poder político-empresarial… Por lo demás, a muchos profesores asociados su situación laboral no les permite muchas disidencias.

FAK: Por supuesto que existen excepciones, que yo considero “heroicas” y dignas de admiración, que achaco a personas que se mueven en torno a ese carácter revolucionario del que habla Fromm, y que asumen la precariedad. Sobre las disidencias, es cierto que los profesores asociados son muy vulnerables y no se les permite salirse del surco porque se les castigaría con la no acreditación o simplemente se les expulsaría, lo que muestra el estado de apertura intelectual de la universidad y revela que muchos catedráticos han llegado a serlo por ser obedientes a una línea de trabajo y a un poder. También conozco el caso, muy poco habitual, de una doctoranda que se negó a aceptar la composición del tribunal que iba a juzgar su tesis doctoral, propuesta por el catedrático que era director de su departamento, porque los miembros del tribunal no sabían nada del tema de la tesis. Y conozco el sufrimiento y el coraje de esa persona, hoy titular. Por eso, lo peor, a todos los niveles docentes de la “jerarquía” universitaria es, desde mi punto de vista, la sumisión aprendida o la obediencia instalada mentalmente que, como pasaba en la mili, se transforma en exigencia de obediencia para el “inferior”. Es como decir (consciente o inconscientemente), si yo obedezco, tú también; de ahí que para una persona que obedece y que está atrapada-instalada en la jerarquía académica ver a alguien que trata de desobedecer y de pensar mínimamente por cuenta propia es algo insoportable, pues te recuerda qué estás haciendo tú en ese contexto de poder. Castoriadis en «¿Qué democracia?» [1] lo expresa de manera espléndida: «el poder más grande… preformar a alguien de tal modo que haga por sí mismo lo que se quería que hiciera sin necesidad de dominación o de poder explícito. Conforma un conjunto de capacidades, disposiciones y potencialidades incorporadas en nuestras prácticas antes de que el sujeto pueda tomar conciencia de ellas…lo que imposibilita (al menos de entrada) su cuestionamiento, por eso hay que asumir como tarea primordial la formación de los individuos autónomos» . Castoriadis, 2005, 26).  

SLA: Comentas en el artículo que la universidad debería enseñarnos a pensar y a hacernos personas mejores, centrándose en «enseñar a pensar por cuenta propia, planteándose las preguntas relevantes para poder entender el mundo en el que vivimos y poder así entenderse mejor uno mismo y rechazar el aprender a obedecer». Si no es eso lo que se hace, ¿qué se enseña en tu opinión en nuestras actuales universidades?

FAK: La universidad actual enseña a obedecer y anula la curiosidad, anulando o contribuyendo a invalidar psicológicamente a las personas que al final ni comprenden dónde viven ni se comprenden a sí mismas, se alienan, se alejan de ellas mismas y aprenden a repetir lo que se les “enseña” para poder escapar cuanto antes con el menor coste monetario y psíquico. Esto lo expresaba muy bien en 1969 Joan Robinson, catedrática de economía de la Universidad de Cambridge: «La economía es una rama de la teología. ¿Cómo se ha logrado hacer aceptar a varias generaciones de estudiantes estos conjuros sin sentido? La mayoría de los estudiantes no comprenden de qué va la cosa; piensan que tal vez no sean lo suficientemente inteligentes para entenderlo y se callan. Pero los inteligentes aprenden el truco; empiezan a tener un interés en creer que han aprendido algo importante. Dedicarán el resto de sus vidas a enseñarlo a nuevas generaciones. Así se va perpetuando el sistema [pero] los estudiantes no pueden desperdiciar unos años preciosos aprendiendo solo a recitar conjuros» [3].

Por su parte, Leontief, Premio Nobel de Economía, afirmaba en 1982 [4]: «Los departamentos de Ciencias Económicas están preparando a una generación de eruditos estúpidos, genios de las matemáticas esotéricas, pero verdaderos niños en materia económica […]. Los métodos utilizados para mantener la disciplina intelectual en los departamentos de Economía más influyentes de las universidades estadounidenses pueden, a veces, recordar a los usados por los marines para mantener la disciplina en Paris Island» [5].

Lo que indican las citas anteriores es qué se enseña y cómo se enseña, es decir, se enseña dogmatismo o “catecismo” con los manuales y eso requiere disciplina y autoritarismo (que no es nada más que maltrato), una manera autoritaria de “repetir”, igual que cuando yo, de pequeño, aprendía el catecismo. Pero además, lo que ocurre es que cuando uno lee con atención los manuales y los compara con los textos originales de algunos autores citados en esos manuales, resulta que los autores de esos manuales demuestran que, en muchos casos, no han leído a los autores que “citan” sino que se limitan a copiar y repetir lo que vienen diciendo los manuales desde el inicio de los tiempos. Esa es al menos mi experiencia con autores como Pigou, Coase o Hardin, de los que los manuales solo repiten majaderías que ellos nunca escribieron, pero que, si las recitas en el ámbito académico, «da la apariencia de que sabes», de que sabes repetir, claro.

Si esto ocurre en Inglaterra y los EEUU sin un «atroz desmoche» franquista, pero con otro tipo de «desmoche», ya te puedes imaginar el futuro de la universidad. Por eso, el profesorado que no cumple con estos requisitos de obediencia y sumisión (hablar de intelectuales es un sarcasmo) es el que acabará yéndose y formando otros centros de pensamiento o se quedará mientras pueda aguantar, pero siempre de manera muy minoritaria y sufriendo, como señalo en mi artículo, o quizás acabe sometiéndose.  

SLA: Pero los ejemplos que pones se refieren a facultades de Economía o de Economía y Empresa, podría ocurrir que no fuera el caso en otras facultades. Por ejemplo, en Físicas, Matemáticas, Historia o Filosofía.

FAK: Podría ocurrir, pero no es lo que me llega (sin buscarlo) cuando doy algún curso y sale el tema. Conozco licenciados en Ingeniería, Medicina, Derecho, Veterinaria, Agronomía, Farmacia y muchas otras especialidades que me hablan, en público, de sus experiencias negativas en este sentido.  

SLA: Decías antes que el profesorado crítico acabará yéndose y formando otros centros de pensamiento o bien se quedará mientras pueda aguantar. Si fuera lo primero, ¿dónde podría irse? ¿A qué centros de pensamiento te estás refiriendo?

FAK: Claro, esa es la respuesta de David Peat, refiriéndose a Inglaterra, que no sé en qué habrá quedado. En nuestro país desconozco la existencia de centros de ese tipo aunque hay intentos de crearlos de manera informal por parte de profesores, universitarios o no, que cuentan con la seguridad del funcionariado. También hay personas independientes, me viene a la cabeza el caso de Jordi Pigem (filósofo), de Manel Ballester (catedrático de cardiología y ahora fuera de la universidad), de Paco Puche, uno de nuestros grandes especialistas en el tema del amianto, de Pedro Prieto, uno de nuestros grandes sabios, que llevan a cabo una investigación realmente fascinante y muy relevante. A otro nivel, espacios como, Oxfam, GRAIN, Observatorio Europeo de las Corporaciones (CEO), Observatorio de la Deuda en la Globalización (ODG), Observatorio de Multinacionales en América Latina (OMAL), Observatorio Crítico de la Energía o blogs como Usted no se lo cree (Ferran Vilar) y The Oil Crash (Antonio Turiel), entre otros, juegan un papel muy destacado.  

SLA: Citas a Ralston (La civilización inconsciente. Anagrama. Barcelona, 1997, 81-82: «Las universidades se han convertido en amplia medida en las criadas del sistema corporativista. Y esto no se debe solo a las especializaciones académicas y sus impenetrables dialectos, que han servido a su vez para ocultar tras multitud de velos la acción gubernamental e industrial… si las universidades son incapaces de enseñar la tradición humanista como parte central de sus más alicortas especializaciones es que se han hundido otra vez en lo peor del escolasticismo medieval». Me detengo en esta reflexión. Donde leo «sistema corporativista», ¿debo leer, como equivalente, sistema capitalista?

FAK: Entiendo que sí, realmente no hay otro sistema. Ralston se refiere a las universidades occidentales, pero parece que la situación debe ser similar por todo el mundo. No hay que olvidar la pregunta que se hacía Erich Fromm en La condición humana actual, «¿Qué clase de hombre requiere nuestra sociedad para poder funcionar bien?». Y respondía: « Necesita hombres que cooperen dócilmente en grupos numerosos, que deseen consumir más y más y cuyos gustos estén estandarizados y puedan ser fácilmente influidos y anticipados. Necesita hombres que se sientan libres e independientes, que no estén sometidos a ninguna autoridad o principio o conciencia moral y que, no obstante, estén dispuestos a ser mandados, a hacer lo previsto, a encajar sin roces en la máquina social; hombres que puedan ser guiados sin fuerza, conducidos sin líderes, impulsados sin meta, salvo la de continuar en movimiento, de funcionar, de avanzar».

Chris Hedges, en La muerte de la clase liberal, lo plantea con más dureza refiriéndose a las universidades en EEUU, que son las que siempre nos ponen como ejemplo, y Owen Jones en El Establishment, sugiere la misma situación en Inglaterra. Me parece que es importante cuestionar el mito de la universidad como espacio libre e independiente que no creo que haya existido como tal y en conjunto, alguna vez en algún lado, sean universidades privadas o públicas. Manda el que financia, pero insisto, siempre hay pequeños espacios de resistencia y de independencia, hasta en las universidades más insospechadas, que suelen conllevar un coste personal elevado y una gran soledad, al mismo tiempo que un placer insuperable derivado de sentir que investigas y enseñas lo que consideras socialmente relevante y del agradecimiento de algunos pocos estudiantes por estar ahí y así.  

SLA: ¿Ralston está pensando en las universidades privadas o en las públicas?

FAK: No hace una distinción entre ambas, pero se puede afirmar que no tiene que haber demasiadas diferencias. Hay dos noticias recientes que pueden ayudar a entender las lógicas de las universidades privadas. La primera se refiere a la Universidad de Harvard, ejemplo incuestionado de «universidad de calidad». Pues bien, hace unas semanas, la ONG GRAIN publicó un informe señalando que el fondo de dotación de la Universidad de Harvard había gastado 1.000 millones de dólares en la compra de 850.000 hectáreas de tierras agrícolas e indicaba que:

Las adquisiciones de tierras agrícolas por parte de Harvard fueron hechas sin las auditorías previas adecuadas y han contribuido al desplazamiento y el acoso a comunidades tradicionales, a la destrucción ambiental y a conflictos por el agua. En particular, las consecuencias de estas adquisiciones son perjudiciales en Brasil, donde el fondo de dotación de Harvard adquirió casi 300 mil hectáreas de tierras en el Cerrado, la sabana más biodiversa del mundo.

Las poco claras inversiones en tierras de Harvard tuvieron como resultado ganancias inesperadas para los administradores de los fondos y sus socios comerciales, pero fracasaron como estrategia de inversión para la universidad.

Y exhortaba a los estudiantes, docentes y ex alumnos de Harvard a exigir que el fondo de dotación de la universidad termine con todas las inversiones en tierras agrícolas, tome medidas inmediatas para resolver todos los conflictos de tierras asociados a sus propiedades actuales y asegure que las comunidades afectadas sean compensadas adecuadamente por los daños. [6]

Por otro lado, las universidades privadas son básicamente «unidades de negocio» como expresa con claridad una reciente noticia [7] que señala que Laurate Education, el dueño de la Universidad Europea, «la pone en venta con el resto de su negocio continental». «Así lo han confirmado los responsables del grupo estadounidense en la última presentación de resultados, correspondientes al segundo trimestre de su ejercicio fiscal. En ella, la compañía detalló sus planes de “desinvertir sus unidades de negocio ubicadas en Europa, Asia, y Centroamérica, con las que se espera generar un mínimo de 1.000 millones de euros en ventas y crear un modelo de negocio más simplificado”, según se explica en el documento dirigido a los inversores».

SLA. Tomemos un descanso si te parece.

FAK: De acuerdo.

Notas:

(1) F. Aguilera Klink, « La universidad: entre la irrelevancia, la mediocridad y la cretinización de alto nivel», Rebelión, 6 de septiembre de 2018, disponible en: http://www.rebelion.org/noticia.php?id=246149 .

(2) “¿Qué democracia?”. En Escritos políticos. Antología. Edición de X. Pedrol. Ediciones de La Catarata. Madrid.

(3) Robinson J. “La economía hoy”, en Relevancia de la Teoría . Ediciones Martínez Roca. Barcelona. 1976, pp. 165-173.

(4) Leontief W. “Academic Economics”, Science 09 Jul 1982: Vol. 217, Issue 4555, pp. 104-107, versión española en Archipiélago (33), 28-33, 1998.

(5) Se pueden ver más ejemplos en: http://www.publicacionescajamar.es/pdf/publicaciones-periodicas/cuaderno-interdisciplinar-de-desarrollo-sostenible-cuides/8/8-510.pdf

(6) GRAIN y Rede Social de Justiça e Direitos Humanos, El fiasco de Harvard: mil millones de dólares en tierras agrícolas, GRAIN, septiembre de 2018, disponible en: https://www.grain.org/article/entries/6013-el-fiasco-de-harvard-mil-millones-de-dolares-en-tierras-agricolas .

(7) García Ropero, «El dueño de la Universidad Europea la pone en venta con el resto de su negocio continental», Cinco Días, 16 de agosto de 2018, disponible en: https://cincodias.elpais.com/cincodias/2018/08/15/companias/1534352073_725544.html .

Fuente: Papeles de relaciones ecosociales y cambio global, n.º 144, invierno 2018/19, pp.- 123-147.

Maristella Svampa: “El fracking es parte de la historia de saqueo en América Latina”

Por Danilo Martínez

En su último libro, Chacra 51, la investigadora habla de su regreso a la Patagonia en tiempos de fracking. El desarrollo de los recursos no convencionales en aéreas que históricamente vivieron de la explotación frutícola.

La Izquierda Diario tuvo la oportunidad de dialogar con la socióloga Maristella Svampa quien además se ha desarrollado como investigadora y escritora, abordando problemáticas socioambientales y sus consecuencias en los ecosistemas que son intervenidos por las prácticas de extractivismo en diferentes regiones de América Latina.

En esta oportunidad tomamos la presentación de su último libro “Chacra 51, Regreso a la Patagonia en tiempos de fracking” donde nos cuenta como se fue armando esta investigación sobre el desembarco de la explotación de gas no convencional en una localidad como Allen, y en un valle que se destacó por su importante producción frutícola.

Las contradicciones en la convivencia de los dos modelos productivos y sus derivaciones socioambientales, como así también las perspectivas ante el crecimiento de Vaca Muerta como modelo de extractivismo son ejes en este dialogo que compartimos con Maristella Svampa.

¿Cuáles fueron las motivaciones que tuviste a la hora de pensar y escribir una novela como “Chacra 51, Regreso a la Patagonia en tiempos de fracking”?

Se inserta mas en un registro literario que ensayístico por el estilo de presentación de la misma, pero se trata de un texto de no ficción que tiene un carácter biográfico en el origen que es parte de un registro personal y local, para después insertarse en un registro más global, y vincular las experiencias del fracking en el Alto Valle y su relación con la crisis socioecológica.

Es un texto que atraviesa diferentes registros, el literario, el ensayístico, parece una novela porque está escrito en algunos capítulos como si fuera una novela, en clave literaria. De hecho yo soy autora de tres novelas, y la gente en general desconoce esto porque me asocia más bien al ensayo sociológico político pero yo he escrito tres novelas en clave patagónica, eso es que sus historias tienen lugar en la Patagonia.

Del 2005 es mi primera novela, Los Reinos Perdidos, luego “Donde están enterrados nuestros muertos” de 2012 y El Muro en 2013. En todo caso la literatura ha sido un lugar donde yo conecto lo político con lo literario y de alguna manera Chacra 51 resume todos estos registros, o intenta conciliarlos porque efectivamente la clave personal, biográfica da mayor libertad en términos estilísticos. Sin embargo hay que decir que el hecho donde parte la novela es un hecho muy doloroso.

En 2011 volviendo de Ecuador en una de mis tantas actividades en la lucha contra el extractivismo, me entero por parte de mi hermana que en la chacra de mi abuelo había una torre extrayendo petróleo y gas, y que el permiso había sido otorgado por un primo que estaba a cargo de la administración de la chacra. Ese primo no nos había consultado a la familia y lo había echo sin autorización, entonces empieza ahí todo un periplo que yo diría tenia contenidos dramáticos porque nadie sabía de que se trataba muy bien la explotación. Yo empecé a averiguar de qué se trataba y ahí fue que me encontré con toda la literatura sobre el fracking, sobre la explotación de hidrocarburos no convencionales.

Tengan en cuenta que no se sabía nada en ese momento de lo que era y que recién en 2012 con la expropiación parcial de YPF es que toma estado publico la existencia de los hidrocarburos no convencionales y la Argentina como uno de los países con mayor cantidad de recurso no convencional en el planeta en donde estamos terceros o cuartos depende el ranking.

¿Estamos viviendo por la industria hidrocarburífera, momentos alarmantes consecuencia del fracking, y vos lo comenzaste a vivir esta experiencia con mucha antelación?

Lamentablemente, y es mas viniendo de una experiencia de lucha e investigación en relación al neoextractivismo sobre todo minero más que petrolero en esa época y ligado al agronegocio y con una perspectiva mas latinoamericana también.

Y me encontré que en mis pagos de origen tenía lugar una experiencia, un laboratorio a cielo abierto en relación al fracking. Fue un registro doloroso porque además cuando en 2013 empezamos a dar la batalla con “Quique” Viale y otra tanta gente del Alto Valle, tanto en Neuquén por la firma del convenio YPF-Chevron, como el avance de los hidrocarburos en Allen, empezamos a dar esa lucha contra el neoextractivismo petrolero, en donde encontramos varios obstáculos porque nos encontramos con que efectivamente se había consolidado un amplio consenso en cuanto al horizonte que podía abrir la explotación de Vaca Muerta y de la cuenca neuquina en general. Eso que denominamos con Enrique Viale el consenso del fracking, el consenso “eldoradista” del fracking.

¿Explícanos ese concepto “eldoradista” que lo tomas en el libro en reiteradas ocasiones como el nuevo “Dorado”?

Siempre he dicho que el neoextractivismo en América Latina está ligado a la historia de saqueo y explotación donde Potosí es el origen sin duda, y marca el nacimiento de América Latina como un continente saqueado y expoliado en sus recursos naturales y al mismo tiempo la incorporan como un exportador de naturaleza hacia los países centrales.

Pero la contracara de esa realidad de despojo y de saqueo y desigualdad es la ilusión “eldoradista”, esto es la conciencia de que la posesión de los llamados recursos naturales estratégicos, al compas de los sucesivos ciclos económicos, podía darnos la posibilidad de enriquecernos súbitamente, la idea del enriquecimiento súbito o mágico, esa ilusión mágica.

Recuerdo que René Zabaleta hablaba en los años 80 de esta ilusión de enriquecimiento mágico de los latinoamericanos o que anida en el alma de todos los latinoamericanos, que está ligada a la historia de América latina en una época fue el oro y la plata, en otra fue el caucho y el guano, luego el petróleo, hoy en día también lo es el litio, la soja y nuevamente los recursos hidrocarburíferos, pero en todo caso lo que se alimenta es esta idea que a través del control del Estado los países pueden explotar o controlar esta renta extraordinaria y acortar la distancia que nos separa de los países más desarrollados.

Esa es la visión “eldoradista” que de hecho alimento la mirada de Cristina Fernández de Kirchner y mucho más aun lo acelero el discurso y la acción de Mauricio Macri que ha puesto a Vaca Muerta casi como garantía de este fabuloso endeudamiento externo.

Naciste en Allen y viviste el esplendor de la fruticultura en el Alto Valle, que posiciono a la localidad de Allen como la principal productora de manzanas y peras en el país. ¿Cómo analizas esta nueva forma de extracción que vive la localidad y la situación de los chacareros que pasan a ser llamados superficiarios en estas nuevas relaciones de producción?

Yo pongo el acento en el pasaje de la figura del chacarero al superficiario lo que implica que los recursos que están bajo tierra pertenecen al Estado, pero en realidad el chacarero pierde la oportunidad de transformar el territorio, y eso es lo que ha sucedido con el avance de la matriz hidrocarburífera.

El libro cuenta en los sucesivos capítulos esta tensión, esta contradicción entre determinada matriz ligada a la frutícola, regional de carácter centenario y por otro lado la ocupación intensiva del territorio por parte de la matriz ligada a los hidrocarburos no convencionales.

No es que hay convivencia pacífica como alegan los funcionarios y las empresas, lo que hay es una competencia muy clara por el territorio, por sus recursos y también una competencia desleal al calor de la crisis de la fruticultura en la cual los pequeños chacareros, sobre todo en la salida, ya que muchos de ellos en Allen tienen una edad promedio de sesenta años y están de salida por lo que ceden ante la crisis ante la propuesta de una petrolera que le renta una o dos hectáreas.

En esa línea yo coincido con la propuesta de Belén Álvaro que dice que no es la crisis de la fruticultura sino de un modelo de fruticultura en el cual efectivamente en esa cadena que integra varios actores que se ven beneficiados a través del proceso de concentración que son los grandes exportadores y los fijadores de precios.

El Estado lejos de participar con políticas publicas que impliquen un rediseño de esa relación de una manera más igualitaria, lo que hace es apostar a ganador sobre todo de los grandes jugadores, las grandes exportadoras y tratar de calmar los ánimos de los pequeños y medianos productores que están en crisis, a través de subsidios que tienen un corto alcance, entonces necesitamos repensar al calor de la crisis un modelo más integrador que sobre todo ponga en el centro al pequeño y mediano productor que ha sido el actor histórico en este modelo de economía regional.

No olvidemos que si hay algo que caracterizo a la economía frutícola de Río Negro y Neuquén es la centralidad del pequeño productor, el pequeño propietario de tierra capitalizado, esa capitalización le daba la posibilidad de un cierta autonomía, de hecho si uno mira la cartografía de los pequeños y medianos productores donde siguen siendo una gran mayoría, pero al mismo tiempo hay una gran concentración porque cincuenta productores hoy son los grandes propietarios de la tierra es decir una gran asimetría, un gran desigualdad en términos de propiedad de tierra y una gran cantidad de pequeños y medianos productores que apenas cuentan con una pequeña porción de tierra que no es rentable en estos momentos.

Entonces hay que repensar este diseño y lo que sucede es que no tenemos un Estado activo ni que esté pensando en todo caso en los actores más débiles de la cadena. Y al mismo tiempo se está fomentando el falso discurso de la convivencia, cuando en realidad lo que vemos es que hoy en día es Allen la que está siendo arrasada por el avance de la actividad hidrocarburífera, y prontamente pasara a ser Fernández Oro, Vista Alegre y no nos descuidemos porque también el avance implica otras localidades del Alto Valle.

Allen en algún momento se declaró antifracking y su ordenanza fue derogada en favor de esta explotación.

Eso esta contado en el libro centralmente, porque esto fue durante el año 2013 en donde por un lado discutimos y nos cuestionamos el convenio con Chevron, recordaran además que hubo ese episodio de gran represión en la ciudad de Neuquén que fue aprobada en la Legislatura y en donde estuvimos, me recuerdo que estaba Myriam Bregman, Pino, entre otros, ya que éramos varios los que estábamos, los que subimos a ese avión por la mañana para participar de esa marcha.

Pero también participamos de varias luchas en Allen que produjeron la sanción de esta ordenanza antifracking que fue derogada dos meses y medio después por el Tribunal de Justicia provincial, así como fue derogada también la ordenanza que se sanciono en Fernández Oro y en Vista Alegre. Es decir hay una voluntad explicita por parte del Estado provincial de aplastar a los municipios y no aceptar la autonomía en términos ambientales tal cual lo fija la Carta Orgánica de los municipios.

¿Cuál es la propuesta que compartís en Chacra 51, el libro que estas presentando y cuáles son los adelantos que nos podes dar?

Hay dos registros interesantes por lo menos a nivel local o regional que tiene el libro. Por un lado hay una historia del Alto Valle que conozco desde niña, la historia de un ecosistema ligado a la fruticultura, sin idealizaciones pero también rescatando la riqueza de ese ecosistema, pero por otro lado está la historia del avance de esa matriz hidrocarburífera que hoy es tan problemática, tan controversial en otros países la explotación de los hidrocarburos no convencionales a través del fracking que incluso se discute en otros países y más aun ha desatado grandes luchas en Europa en EE.UU e incluso algunos han prohibido el fracking desde el 2012 en adelante como es el caso de Francia, Irlanda, Escocia y hay Estados en EE.UU que también han prohibido el fracking por los impactos socioambientales y sociosanitarios que están mas que probados científica y empíricamente. Sin embargo esto no se ha constituido en un problema público en el Alto Valle.

Yo creo que debemos indagar acerca del porque, esto que es tan grave, que suscita tantos debates públicos en otras latitudes, aquí es una suerte de punto ciego. Yo apuesto a que esto sea instalado como un problema público y que la gente tenga conciencia del daño y de los impactos que esto va a traer.

En ese sentido es una interpelación a la gente del Alto Valle, no solo la gente de Allen que en estos momentos está viendo los impactos de esta matriz. No nos olvidemos que en estos días hubo un nuevo accidente en Vaca Muerta en el cual murieron dos trabajadores porque también hay otros temas, yo lo digo en el libro y lo decimos también en otros materiales publicados colectivamente acerca del fracking que requiere del subsidio del Estado, no solo porque es antieconómico y costoso, sino que además es poco rentable en términos energéticos, ya que al cabo del segundo año los pozos de fracking producen el 50 % menos y exigen más perforaciones por los cuales los impactos socioambientales son aún mayores.

En esta línea en Argentina ha habido claramente en relación a Vaca Muerta un blindaje de la problemática que no se tematiza, pero ese blindaje no es solo socioambiental sino que también laboral, lo cual viene de la mano de la flexibilización laboral y eso ha aumentado notoriamente la tasa de accidentes ambientales y laborales con la muerte de trabajadores, por lo cual necesitamos incorporarlo a la agenda publica.

¿Se puede desarrollar una perspectiva antifracking, dejando los recursos como Vaca Muerta donde están, bajo tierra?

Yo creo que sí, que deberíamos dar un debate público sobre el tema en un contexto de crisis socioecológica a nivel planetario como el que vivimos, y si efectivamente la Argentina quiere cumplir con lo que suscribió en el Pacto de Paris, que es emitir menos gases de efecto invernadero para que el calentamiento global no supere el grado y medio o dos.

Si Argentina quiere cumplir con el Pacto de Paris debería dejar Vaca Muerta bajo tierra, todos los hidrocarburos que están en la cuenca neuquina bajo tierra. Y no olvidemos que Argentina tiene un gran potencial para energías limpias, para energías no renovables, como la eólica o la solar y este tipo de energías hoy en día son rentables económicamente. Hace diez años no lo eran pero hoy en día lo son.

Es necesario repensar el escenario de las energías renovables, pero no como lo hace el Gobierno actual bajo el marco de la concentración o la privatización, sino desde un punto de vista distinto que implique repensar el sistema energético como un bien común, pensarlo en la relación con el derecho universal de la gente a la energía.

Todo eso es conversable y podría abrirse una agenda publica en el cual es país se piense, no como una potencia energética exportadora al copas de la destrucción de sus territorios y la desposesión de los mismos, sean estos chacareros o comunidades indígenas sino a través de un concepto que ligue sobre todo bienes comunes y soberanía energética, me parece que esa es la clave para pensar efectivamente el cambio de matriz energética, no es algo imposible, no es algo utópico, pero debemos dejar de pensarnos como un país exportador de naturaleza que abastece supuestamente al mundo.

Publicado por La Izquierda Diario

Militares, policías y democracia

Por Raúl Zibechi

¿Es posible modificar   la cultura política y la actitud concreta hacia la población de las fuerzas armadas y policiales? A la luz de la experiencia reciente en Uruguay y Brasil, la respuesta es negativa. Luego de tres décadas y media de democracia y más de una década de gobiernos de izquierda, los aparatos represivos reafirman su papel tradicional y no están dispuestos a modificarlo.

Me referiré en particular a las fuerzas armadas, ya que tienen alguna especificidad respecto a las policiales. En Uruguay acaba de registrarse una crisis entre el gobierno de Tabaré Vázquez y el alto mando militar (por el encubrimiento por los mandos de torturadores y asesinos), que se saldó con el relevo en el Ministerio de Defensa y en la cúpula militar. Sin embargo, los problemas a los que me refiero no se relacionan con una u otro persona. Son estructurales.

El nuevo ministro de Defensa, José Bayardi, ofreció una entrevista en la que explica el inmovilismo por la endogamia de la familia militar. Las relaciones de los estudiantes militares, los cadetes y los oficiales se dan en entornos familiares que proceden de la misma profesión, explica (https://bit.ly/2GRl8Fi).

Eso explica, en su opinión, la enorme carga de los militares retirados sobre los oficiales más jóvenes en relación con un relato construido y difundido en los entornos cotidianos de los oficiales. Es imposible o muy difícil romper con el relato construido sobre los hechos de la dictadura, sin romper a su vez con los vínculos de relación familiares.

La izquierda en el gobierno desde 2005, sostuvo la necesidad de modificar la educación en las escuelas militares, algo que tampoco puso en práctica.

En Brasil sucede algo similar. Los militares justifican la dictadura, la niegan o la minimizan. No sólo los retirados que están en el gobierno de Jair Bolsonaro, que son los que pueden hacer declaraciones públicas, sino las propias fuerzas armadas como institución. Ellas jugaron un papel decisivo en el derrocamiento de Dilma Rousseff y en el encarcelamiento de Lula, de la mano del anterior comandante en jefe del Ejército, general Eduardo Villas Bôas.

La izquierda brasileña critica con dureza a Bolsonaro y al juez Sergio Moro, ahora ministro, lo cual es acertado. Pero no habla de la comunicación del general el día antes del juicio a Lula, el 3 de abril de 2018: Aseguro a la nación que el Ejército brasileño comparte el deseo y las ansias de todos los ciudadanos de bien de repudio a la impunidad y de respeto a la Constitución, la paz social y la democracia(https://bit.ly/2q4Iwq9). Fue una presión indebida sobre la justicia, pero representaba la opinión de las fuerzas armadas.

Me interesa constatar dos cuestiones centrales: que los aparatos armados del Estado no han cambiado y no tienen ni la intención ni la posibilidad de hacerlo, y que la izquierda no está debatiendo lo que hacer al respecto.

Sobre la primera cuestión, no podemos engañarnos, ya que el papel de los militares en la sociedad (al igual que si hablamos de las fuerzas policiales) no depende de tal o cual oficial, ni siquiera del gobierno de turno, porque responde a una cuestión estructural. Las fuerzas armadas pueden aceptar la democracia y aún las reglas de las instituciones democráticas, pero no van a cambiar sus modos y harán todo lo posible para neutralizar cualquier actitud del poder político que afecte sus intereses.

Coincido con las afirmaciones del ministro Bayardi en el sentido de la endogamia, como parte de la explicación del continuismo militar respecto a las dictaduras. En Brasil la dictadura terminó en 1985 (casi 35 años de democracia) y el PT gobernó entre 2003 y 2016. En Uruguay la dictadura terminó en 1984 y el Frente Amplio gobierna desde 2005. Ahora se reconoce lo evidente, que no hubo cambios en la mentalidad ni en la actitud de los militares, pese a que ambos gobiernos les han otorgado beneficios materiales importantes, tanto salariales como presupuestales para la modernización de las fuerzas.

La segunda cuestión es la izquierda. El problema es que no debatimos sobre las fuerzas armadas, quizá porque deberíamos entonces discutir sobre las continuidades en la cultura del poder judicial, de la policía, del parlamento, en fin, de todos los estamentos con poder que conforman la sociedad. Y por último terminaríamos debatiendo sobre las y los militantes de izquierda.

Lo más grave, a mi modo de ver, es que no sólo no debatimos sobre los armados sino que tampoco sabemos qué hacer. Los tiempos transcurridos en democracia y bajo gobierno de izquierda son suficientes para hacer balance. La realidad de estos dos países es la misma que la de todo el continente, más allá del color de los gobiernos.

Podemos seguir haciéndonos los distraídos, hasta que la falta de actitud se nos vuelva en contra. El problema de los cuerpos armados, su persistencia en el papel represivo contra los pueblos y poblaciones, nos está hablando de los límites que tiene administrar el Estado.

Fuente: http://www.jornada.com.mx/2019/05/10/opinion/019a2pol

El marxismo y lo meramente cultural

Por Judit Butler

Propongo someter a consideración dos tipos diferentes de afirmaciones que han circulado recientemente, y que representan la culminación de una perspectiva que se ha estado configurando desde hace tiempo2. La primera está relacionada con la objeción explícitamente marxista a la reducción del conocimiento y el activismo marxista al estudio de la cultura, entendida en algunos casos como la reducción del marxismo a los estudios culturales. La segunda tiene que ver con la tendencia a relegar los nuevos movimientos sociales a la esfera de lo cultural, en realidad, a despreciarlos alegando que se dedican a lo que se ha dado en llamar lo “meramente” cultural, interpretando, de ese modo, esta política cultural como fragmentadora, identitaria y particularista.
Espero que se me excuse por no mencionar los nombres de las personas que, en mi opinión, sostienen estas ideas. La presunción cultural activa de este artículo es que somos enunciadores y receptores de estas perspectivas, que forman parte de los debates que pueblan el escenario intelectual de los círculos intelectuales progresistas. Presumo, también, que al vincular estas ideas con individuos concretos se corre el riesgo de desviar la atención del significado y efecto de las mismas hacia la política más trivial de quién dijo qué, y quién respondió qué, una forma de política cultural a la que, por el momento, quiero resistirme.
Las siguientes son algunas de las formulaciones que ha adoptado este tipo de debate durante el pasado año: que el énfasis en lo cultural por parte de la política de izquierda ha supuesto abandonar el proyecto materialista del marxismo; que no aborda las cuestiones de equidad y redistribución económica; que no sitúa, asimismo, la cultura en el marco de una comprensión sistemática de los modos de producción sociales y económicos; que el énfasis en lo cultural de la política de izquierda ha dividido a la izquierda en sectas basadas en la identidad; que hemos perdido un conjunto de ideales y metas comunes, un sentido de la historia común, un conjunto de valores comunes, un lenguaje común e incluso un modo objetivo y universal de racionalidad; que el énfasis en lo cultural de la política de izquierda instaura una forma política autorreferencial y trivial que se limita a hechos, prácticas y objetos efímeros, en lugar de ofrecer una visión más sólida, seria y global de la interrelación sistemática de las condiciones sociales y económicas.
Es evidente que algunos de estos argumentos dan por supuesta de un modo más o menos implícito la idea de que el postestructuralismo ha bloqueado al marxismo, y que actualmente cualquier posibilidad de ofrecer explicaciones sistemáticas de la vida social o de sostener normas de racionalidad, ya sean objetivas, universales o de ambos tipos, está seriamente bloqueada por un postestructuralismo que se ha adentrado en el campo de la política cultural, en el que opera como una corriente destructiva, relativista y políticamente paralizante.
 
La parodia como forma de identificación
Tal vez alguien se pueda estar preguntando cómo es posible que yo me dedique a repetir estos argumentos de este modo, prestándoles atención, como si dijéramos; quizás también se esté preguntando si no estoy, de este modo, parodiando estas posiciones. ¿Acaso pienso que no valen la pena, o pienso que son importantes y que merecen una respuesta? En el caso de que estuviera parodiando estas opiniones, esto implicaría que las considero ridículas, huecas, prejuiciosas, que responden a discursos generalizadores y predominantes que hacen que puedan ser adoptadas prácticamente por cualquiera y resulten convincentes, aunque provengan de la persona más inverosímil.
Pero ¿qué ocurriría si mi representación implicara una identificación temporal con ellas, aunque yo misma participe de la política cultural que es objeto de ataque? ¿Acaso no es esta identificación transitoria que represento la que plantea la cuestión de mi implicación en las posiciones que estoy parodiando, la que hace que justamente en un momento concreto se conviertan, para bien o para mal, en mi propia posición?
Es imposible, en mi opinión, representar una parodia convincente de una posición intelectual sin haber experimentado una afiliación previa con lo que se parodia, sin que se haya desarrollado o se haya deseado una intimidad con la posición que se adopta durante la parodia o como objeto de la misma. La parodia requiere cierta capacidad para identificarse, aproximarse, y acercarse: implica una intimidad con la posición que en el acto mismo de reapropiación altera la voz, el posicionamiento, la performatividad del sujeto, de manera que la audiencia o el lector no saben exactamente donde está una, si se ha pasado al otro bando, si permanece en el suyo, si puede ensayar esa otra posición sin caer presa de la misma durante la representación. Cabría llegar a la conclusión de que no soy seria, o que se trata de algún juego deconstructivo y decidir buscar un análisis serio en otro lado. Pero invito, a quien lo desee, a entrar en mi aparente vacilación, porque pienso que es realmente útil para superar las divisiones innecesarias en la izquierda, y éste es en parte mi propósito aquí.
Pretendo sugerir que los esfuerzos más recientes de parodiar a la izquierda cultural no se habrían producido si no hubiera existido esta afiliación e intimidad previas, y que introducirse en una parodia es, simultáneamente, entrar en una relación de deseo y de ambivalencia. En la confusión del pasado año pudimos contemplar, en acción una forma específica de identificación, según la cual quien realiza la parodia, aspira, en un sentido bastante literal, a ocupar el lugar de la persona a la que está parodiando, con el fin no sólo de exponer los íconos culturales de la izquierda cultural, sino de adquirir y apropiarse de esa misma iconicidad y, por lo tanto, exhibirse alegremente ante el público como el sujeto que se expone, y ocupa, de este modo, las dos posiciones que intervienen en la parodia: una, la que se deriva de la territorialización de la posición del otro y, otra, la que se obtiene de alcanzar una fama cultural transitoria3. No se puede decir, por lo tanto, que el propósito de la parodia sea denunciar la forma en la cual la política de izquierda está determinada por los medios de comunicación o centrada en los mismos, degradada por lo popular y lo cultural, sino, por el contrario, precisamente, introducirse en los medios y dirigirlos, ganar popularidad, y triunfar empleando justamente los medios culturales que han sido tomados por aquellos a los que se pretende desprestigiar, reafirmando y encarnando de esta manera los valores de la popularidad y el éxito mediático que estimularon la crítica original. Hay que tener en cuenta el excitante sadismo, el desahogo del resentimiento contenido que tienen lugar en el momento de ocupar el campo de lo popular aparentemente denostado como objeto de análisis, de rendir homenaje al poder del oponente, revitalizando, de este modo, la idealización misma que se pretendía desarticular .
Así pues, el resultado de la parodia es paradójico: el exultante sentimiento de triunfo propiciado por los avatares de un marxismo pretendidamente más serio con respecto a su papel en la escena cultural, ejemplifica y es un síntoma, precisamente, del objeto cultural de la crítica al que se opone; el sentimiento de triunfo sobre el oponente, que no puede darse sin ocupar, de un modo un tanto extraño, el propio lugar del oponente, plantea el interrogante de si los objetivos y las metas de este marxismo más serio no se han desplazado sin remisión hacia un dominio cultural, produciendo un objeto de atención mediática fugaz en lugar de un análisis más sistemático de las relaciones económicas y sociales. Este sentimiento de triunfo reinscribe una división de la izquierda en facciones, justo en el momento en el que se están suprimiendo los derechos del Estado del bienestar en este país, en el que se intensifican las divisiones de clase por todo el planeta y la derecha ha conseguido ocupar el centro- en este país invisibilizando la presencia de la izquierda en los medios de comunicación. ¿Cuándo aparece la izquierda en la portada del New York Times si no es, excepcionalmente, cuando una parte de la misma golpea a la otra haciendo de la izquierda un espectáculo para el consumo de la prensa liberal y conservadora dominante que, de este modo, se felicita por desbancar a todas y cada una de las facciones de la izquierda del proceso político, desacreditándolas independientemente de su signo como una fuerza incapaz de protagonizar un cambio social radical?
¿Es el intento de escindir el marxismo del estudio de la cultura y rescatar el conocimiento crítico del atolladero de la especificidad cultural una mera guerra de bandas entre los estudios culturales de la izquierda y las formas más ortodoxas de marxismo? ¿Cómo se relaciona esta separación que se pretende realizar con la afirmación de que los nuevos movimientos sociales han dividido a la izquierda, nos han despojado de los ideales comunes, han fragmentado el campo del conocimiento y del activismo político y reducido este último a una mera afirmación y defensa de la identidad cultural? La acusación de que los nuevos movimientos sociales son “meramente culturales” y que un marxismo unitario y progresista debe retornar a un materialismo basado en un análisis objetivo de clase presume en sí misma que la diferencia entre la vida material y cultural es algo estable. Esta apelación a una distinción aparentemente estable entre la vida material y cultural pone claramente de manifiesto el resurgimiento de un anacronismo teórico que ignora las contribuciones que se han hecho a la teoría marxista desde que Althuser desplazara el modelo de la base y la superestructura, así como las realizadas desde las distintas corrientes del materialismo cultural, por ejemplo, las de Raymond Williams, Stuart Hall y Gayatri Chakravarty Spivak. En realidad, el resurgimiento extemporáneo de esta distinción favorece una táctica que aspira a identificar a los nuevos movimientos sociales con lo meramente cultural, y lo cultural con lo derivado y secundario, enarbolando en este proceso un materialismo anacrónico como estandarte de una nueva ortodoxia.
 
Unidad ortodoxa
Este resurgir de la ortodoxia de la izquierda reclama una “unidad” que, paradójicamente, volvería a dividir a la izquierda, justamente de la misma manera que la ortodoxia afirma lamentar. De hecho, un modo de producir esta división se hace evidente cuando preguntamos: ¿cuáles son los movimientos que permanecen relegados en la esfera de lo meramente cultural y cuáles son los motivos de dicha discriminación? y ¿cómo justamente dicha división entre lo material y lo cultural se invoca de modo táctico precisamente para marginar a ciertas formas de activismo político? ¿y cómo actúa la nueva ortodoxia de la izquierda hombro con hombro con un conservadurismo social y sexual que aspira a relegar a un papel secundario las cuestiones relacionadas con la raza y la sexualidad frente al «auténtico” asunto de la política, produciendo una nueva y extraña combinación política de marxismos neoconservadores?
¿Sobre qué principios de exclusión o subordinación se ha erigido esta pretendida unidad? ¿Con qué velocidad nos olvidamos de que los nuevos movimientos sociales basados en principios democráticos se articularon como una reacción en contra tanto de una izquierda hegemónica, como de un centro liberal cómplice y de una derecha realmente amenazadora? Los que ahora se lamentan de la emergencia de los nuevos movimientos sociales semiautónomos y les confieren intereses identitarios estrechos, ¿han tenido realmente en cuenta en algún momento las razones históricas de su emergencia? ¿Acaso no se reproduce esta situación sencillamente con los recientes intentos de restablecer lo universal por decreto, ya sea empleando la precisión imaginaria de la racionalidad habermasiana o mediante las concepciones del bien común que priorizan un concepto de clase racialmente neutro? ¿Acaso el propósito de la nueva retórica de la unidad no es sencillamente el de «incluir. a través de la domesticación y la subordinación, precisamente a aquellos movimientos que, en parte, se formaron en oposición a dicha domesticación y subordinación, demostrando que los defensores del bien común no han sido capaces de interpretar la historia que ha dado lugar a este conflicto?
De lo que la renovada ortodoxia podría resentirse en relación con los nuevos movimientos sociales es, precisamente, de la vitalidad de la que gozan. Paradójicamente, los mismos movimientos que mantienen a la izquierda con vida son justamente a los que se culpa de su parálisis. Aunque aceptaría que una construcción estrictamente identitaria de dichos movimientos conduce al estrechamiento del campo político, no hay razones para dar por sentado que estos movimientos sociales puedan ser reducidos a sus formaciones identitarios, El problema de la unidad o, más modestamente, de la solidaridad no puede resolverse transcendiéndolo o eliminándolo de la escena, e indudablemente tampoco mediante la promesa vana de recuperar una unidad forjada a base de exclusiones, que reinstituya la subordinación como su condición misma de posibilidad. La única unidad posible no debería erigirse sobre la síntesis de un conjunto de conflictos, sino que habría de constituirse como una manera de mantener el conflicto de modos políticamente productivos, como una práctica contestataria que precisa que estos movimientos articulen sus objetivos bajo la presión ejercida por los otros, sin que esto signifique exactamente transformarse en los otros.
No se trata exactamente de la cadena de equivalencias propuesta por Laclau y Mouffe, aunque mantiene relaciones importantes con ella4. Las nuevas formaciones políticas no tienen una relación analógica entre sí, como si fueran entidades discretas y diferenciadas. Se trata de terrenos de politización que se superponen, se determinan mutuamente y confluyen. De hecho, los momentos más prometedores se producen cuando un movimiento social halla su condición de posibilidad en otro. Aquí la diferencia no se reduce simplemente a las diferencias externas entre los movimientos, entendidas como las que distinguen un movimiento de otro, sino, por el contrario, a la propia diferencia en el seno del movimiento, a una ruptura constitutiva que hace posibles los movimientos sobre bases no identitarias, que instala un cierto conflicto movilizador como base de la politización. La producción de facciones, entendida como el proceso por el cual una identidad excluye a otra con el fin de fortalecer su propia unidad y coherencia, comete el error de considerar el problema de la diferencia como aquel que surge entre una identidad y otra; sin embargo, la diferencia es la condición de posibilidad de la identidad o, mejor, su límite constitutivo: lo que hace posible su articulación y, al mismo tiempo, lo que hace posible cualquier articulación final o cerrada.
En el ámbito académico, el esfuerzo por separar los estudios de raza de los de sexualidad y de los de género está determinado por diversas necesidades de articulación autónoma, pero también produce invariablemente un conjunto de enfrentamientos importantes, dolorosos y prometedores que ponen de manifiesto los límites últimos de cualquiera de estas autonomías: la política de la sexualidad dentro de los estudios afroamericanos, la política de raza dentro de los estudios queer, dentro del estudio de clase, dentro del feminismo, la cuestión de la misoginia dentro de cualquiera de los anteriores, el tema de la homofobia dentro del feminismo, por mencionar algunos. En apariencia este podría ser precisamente el hastío de las luchas identitarias que una nueva izquierda, más inclusiva, aspira a trascender. Sin embargo, para que una política “inclusiva” signifique algo distinto a una nueva domesticación y subordinación de dichas diferencias, será necesario desarrollar un sentido de alianza en el curso de una nueva forma de encuentro conflictivo. Si los nuevos movimientos sociales se piensan como un sinnúmero de «particularidades” en pos de un universal aglutinador, será necesario que nos preguntemos cómo el precepto de un universal llegó a conformarse únicamente a costa de borrar los modos de funcionamiento previos del poder social. Esto no quiere decir que los universales no sean posibles, sino que lo son sólo en la medida en que se abstraen con respecto a los lugares en los que se sitúa el poder, que siempre será falsificador y territorializador, y abocado a despertar resistencia en todos el niveles. Cualquiera que sea el universal que cobre existencia -y podría darse el caso de que los universales sólo cobraran existencia durante un periodo limitado, un «destello”, en el sentido de Benjamin-, será el resultado de una difícil tarea de traducción en la que los movimientos sociales expondrán sus puntos de convergencia sobre el trasfondo en el que se desarrolla el enfrentamiento social.
Culpar a los nuevos movimientos sociales de su vitalidad, como han hecho algunos, equivale justamente a negarse a entender que el futuro de la izquierda tendrá que construirse a partir de movimientos que exijan una participación democrática; y que cualquier esfuerzo de imponer la unidad a estos movimientos desde fuera será rechazado nuevamente como una forma de vanguardismo dedicada a la producción de jerarquía y disenso que generarán la misma fragmentación que, se asegura, proviene del exterior.
La política queer y la descalificación de lo cultural
La nostalgia de una unidad falsa y excluyente corre pareja a la descalificación de lo cultural, y a un renovado conservadurismo sexual y social por parte de la izquierda. En ocasiones, esto adopta la forma de tratar de volver a subordinar la raza a la clase, sin tomar en consideración lo que Paul Gilroy y Stuart Hall han sostenido: que la raza puede ser una de las modalidades en las que se experimenta la clase social. De este modo, raza y clase se escinden analíticamente tan solo para constatar que el análisis de una no puede proceder sin el análisis de la otra. Una dinámica diferente opera con respecto a la sexualidad, cuestión precisamente a la que quiero a dedicar el resto del presente artículo. Considerada como no esencial en relación a lo más apremiante de la vida material, con frecuencia la ortodoxia representa a la política queer como el extremo cultural de la politización.
Si bien se conciben las luchas de clase y de raza en términos predominantemente económicos, y las luchas feministas en algunos casos como económicas y en otros como culturales, las luchas queer se piensan no sólo como luchas culturales, sino como el caso paradigmático de la forma «meramente cultural” que han asumido los movimientos sociales contemporáneos. Consideremos la reciente obra de una colega, Nancy Fraser, cuyas ideas de ningún modo son ortodoxas; se trata de alguien que, por el contrario, ha procurado encontrar la manera de ofrecer un marco global para analizar las relaciones recíprocas entre distintos tipos de luchas emancipatorias. Voy a referirme a su trabajo, en parte porque en él es posible hallar la presunción que me preocupa, y, además, porque nos une una trayectoria de debate amistoso en común, que confío continuará como un intercambio productivo; éste es también el motivo que la convierte en la única persona a la que he decidido mencionar en este artículo 5.
En su último libro, Justice Interruptus, Fraser advierte correctamente que actualmente en Estados Unidos se usa cada vez más la expresión «política de la identidad” como un término despectivo para aludir al feminismo, al antirracismo y al antiheterosexismo6. Ella insiste en que estos movimientos tienen que ver con la justicia social, y sostiene que cualquier movimiento de izquierda debe dar respuesta a los desafíos que plantean. Sin embargo, reproduce la división que sitúa a ciertos grupos oprimidos en el ámbito de la economía política, y relega a otros a la esfera meramente cultural. Esta autora, que establece un continuum que abarca la economía política y la cultura, sitúa las luchas de lesbianas y gays en el extremo cultural del espectro político. La homofobia, sostiene, no tiene ninguna raíz en la economía política debido a que los homosexuales no ocupan una posición específica en relación con la división del trabajo, están distribuidos en toda la estructura de clases y no constituyen una clase explotada: “la injusticia que sufren se debe esencialmente a una cuestión de reconocimiento” y, por lo tanto, considera sus luchas como un asunto de reconocimiento cultural más que como una opresión material 7.
¿Por qué un movimiento interesado en criticar y transformar los modos en los que la sexualidad es regulada socialmente no puede ser entendido como central para el funcionamiento de la economía política? En realidad, sostener que esta crítica y transformación son una cuestión central para el proyecto del materialismo se convirtió en la cuestión decisiva planteada por las feministas socialistas y las personas interesadas en la confluencia del marxismo y el psicoanálisis en las décadas de 1970 y 1980, y fue claramente iniciada por Engels y Marx cuando insistían en que el “modo de producción” tenía que incluir formas de asociación social. En La Ideología Alemana (1846), Marx escribió: “los hombres que rehacen diariamente su propia vida, simultáneamente comienzan a crear a otros hombres, a reproducir a los de su clase: se trata de la relación entre hombre y mujer, entre padres e hijos, se trata, en definitiva, de la familia” 8. Aunque Marx vacila entre considerar la procreación como una relación natural o social, no sólo aclara que un modo de producción va siempre unido a un modo de cooperación, sino, si que es más importante, que “un modo de producción es en sí mismo una «fuerza productiva»” 9 H. Engels desarrolla este argumento en El origen de la familia, la propiedad y el Estado (1884), donde propone una formulación que durante algún tiempo ha sido posiblemente el fragmento más citado en la discusión feminista socialista:
De acuerdo con la concepción materialista, el factor determinante de la historia es, en último término, la producción y la reproducción de la vida inmediata. Ésta es, a su vez, de dos tipos: por un lado, la producción de los medios de subsistencia, del alimento, la vestimenta, la vivienda y los utensilios necesarios para dicha producción; y por otro, la producción misma de los seres humanos, la reproducción de la especie”10.
De hecho, muchos de los debates feministas de aquel periodo trataron no sólo de caracterizar a la familia como una parte
del modo de producción, sino también de demostrar cómo la producción misma del género debía ser entendida como parte de la «producción de lo propios seres humanos” conforme a las reglas que reproducían la familia heterosexual normativa. De este modo, el psicoanálisis se introdujo como una forma de demostrar cómo actuaba el parentesco para reproducir personas de acuerdo con modelos sociales que fueran útiles para el capital. Aunque algunas de las personas que participaron en aquellos debates dejaron la cuestión del parentesco en manos de Lévi-Strauss y de los sucesores de la teoría lacaniana, otras siguieron defendiendo la idea de que era necesaria una explicación específicamente social de la familia que diera cuenta de la división sexual del trabajo y de la reproducción «generizada” del trabajador. Para la posición feminista-socialista de aquella época fue esencial, precisamente, la idea de que la familia no es algo dado naturalmente, y que en la medida en que constituye un orden social específico de las funciones de parentesco, es históricamente contingente y, en principio, susceptible de ser transformada. El debate a lo largo de las décadas de 1970 y 1980 trató de incorporar la reproducción sexual a las condiciones materiales de la existencia, como un elemento característico y constitutivo de la economía política. Así mismo, trató de demostrar cómo la reproducción de personas generizadas, de «hombres” y de «mujeres”, dependía de la regulación social de la familia y, en realidad, de la reproducción de la familia heterosexual como lugar de la reproducción de personas heterosexuales aptas para incorporarse a la familia en tanto que forma social. De hecho, en el trabajo de Gayle Rubin y de otras autoras, se asumía que la reproducción normativa del género era esencial para la reproducción de la heterosexualidad y de la familia. De este modo, la división sexual del trabajo no podía ser entendida al margen de la reproducción generizada de las personas; el psicoanálisis intervino habitualmente como un modo de rastrear la vertiente psíquica de esta organización social, y los modos en los que esta regulación se manifestaba en los deseos sexuales. En este sentido, la regulación de la sexualidad estuvo sistemáticamente vinculada al modo de producción apto para el funcionamiento de la economía política.
Exclusión material
Adviértase que el «género” y la “sexualidad” pasan a formar parte de la «vida material- no sólo debido al modo en el que se ponen al servicio de la división sexual del trabajo, sino también debido al modo en el que el género normativo se pone al servicio de la reproducción de la familia normativa. El problema aquí, a diferencia de cómo lo entiende Fraser, es que las luchas para transformar el campo social de la sexualidad no sólo no se convierten en centrales para la economía política hasta el punto de poder ser relacionadas directamente con la cuestión del trabajo no remunerado y explotado, sino, además, hasta el punto de no poder ser entendidas, si no se amplia la esfera “económica” para incluir tanto la reproducción de mercancías, como la reproducción social de las personas.
Si tenemos en cuenta el esfuerzo feminista-socialista por comprender cómo la reproducción de las personas y la regulación social de la sexualidad forman parte del mismo proceso de producción y, por lo tanto, de la «concepción materialista” de la economía política, ¿cómo es posible que se suprima el vínculo entre este análisis y el modo de producción, tan pronto como el objeto de atención del análisis crítico se desplaza desde la cuestión de cómo se reproduce la sexualidad normativa al cuestionamiento queer de cómo esa misma normatividad es quebrada por las sexualidades no normativas que ésta encierra en sus propios términos, así como por las sexualidades que florecen y sufren al margen de los mismos? ¿Se trata sólo de una cuestión de reconocimiento cultural cuando las sexualidades no-normativas son marginadas y descalificadas? ¿Es posible distinguir, aún analíticamente, entre la falta de reconocimiento cultural y la opresión material cuando la misma definición de “persona” legal está rigurosamente constreñida por las normas culturales que son indisociables de sus efectos materiales? Por ejemplo, en los casos en los que se excluye a lesbianas y gays de las nociones de familia definidas por el Estado (que, de acuerdo con el derecho tributario y de propiedad, es una unidad económica); cuando se les excluye, negándoles la condición de ciudadanía; cuando se ven privados de forma selectiva del derecho a la libertad de expresión y reunión; cuando se les priva del derecho a expresar su deseo (en tanto miembros del ejército); o no se les permite legalmente tomar decisiones médicas de urgencia sobre el amante moribundo, heredar las propiedades del amante muerto o recibir del hospital el cuerpo del amante fallecido: ¿no indican estos ejemplos cómo la “sagrada familia” constriñe, una vez más, los mecanismos que regulan y distribuyen los intereses relativos a la propiedad? ¿Son estas privaciones de los derechos civiles simplemente un modo de propagar actitudes culturales discriminatorias o ponen de manifiesto una operación específica de distribución sexual y generizada de los derechos legales y económicos?
Si continuamos tomando el modo de producción como la estructura que define la economía política, en ese caso, para las feministas posiblemente carece de sentido abandonar la perspectiva, que tanto ha costado defender, de que la sexualidad debe ser entendida como parte de ese modo de producción. Pero incluso si consideramos, tal y como plantea Fraser, la “redistribución” de bienes y derechos como la cuestión que define la economía política, ¿cómo es posible que cometamos el error de no percibir el modo en el que estas operaciones homófobas resultan fundamentales para el funcionamiento de la economía política? Si tenemos en cuenta la forma en la que se distribuye la atención médica en este país y el ánimo de lucro que determina la organización de la atención sanitaria y de la industria farmacéutica, factores que imponen cargas diferentes sobre aquellos que viven con VIH y SIDA, ¿cómo sostener que los gays no constituyen una “clase” diferencial? ¿Cómo tenemos que analizar la producción de la población con VIH como clase de deudores permanentes? ¿No merecen las tasas de pobreza entre las lesbianas ser consideradas en relación a la heterosexualidad normativa de la economía?
 
El modo de producción sexual
Aunque en Justice Interruptus, Fraser admite que el «género” es un “principio básico que estructura la economía política”, el argumento que ofrece es que este principio estructura el trabajo reproductivo no pagado 11. Aunque insista en dejar claro su apoyo a las luchas de liberación de gays y lesbianas y su oposición a la homofobia, no aborda de un modo suficientemente radical las consecuencias que acarrea su propia conceptualización. No se pregunta cómo el ámbito de la reproducción, que garantiza la posición que ocupa el “género” en el marco de la economía política, está circunscrito por la regulación sexual, es decir, no se interroga por medio de qué formas obligatorias de exclusión se define y naturaliza la esfera de la reproducción. ¿Existe algún modo de analizar cómo la heterosexualidad normativa y sus “géneros” son producidos en el terreno de la reproducción sin tener en cuenta las formas obligatorias en las que la homosexualidad y la bisexualidad, así como las formas de transexualidad, son producidas como expresiones “aberrantes” de la sexualidad y sin ampliar el modo de producción para que pueda dar cuenta justamente de este mecanismo social de regulación? Sería un error entender dichas producciones como “meramente culturales” si pensamos que son esenciales para el funcionamiento del orden sexual de la economía política, es decir, si pensamos que constituyen una amenaza fundamental para su funcionamiento adecuado. Lo económico, ligado a lo reproductivo, está necesariamente vinculado con la reproducción de la heterosexualidad. No se trata simplemente de que excluya las formas de sexualidad no heterosexuales, sino de que su eliminación resulta fundamental para el funcionamiento de esta normatividad previa. No se trata sencillamente de que ciertas personas sufran una falta de reconocimiento cultural por parte de otras, sino, por el contrario, de la existencia un modo específico de producción e intercambio sexual que funciona con el fin de mantener la estabilidad del sistema de género, la heterosexualidad del deseo y la naturalización de la familia 12.
¿Por qué, entonces, si tenemos en cuenta el lugar fundamental que ocupa la sexualidad en el pensamiento de la producción y la distribución, la sexualidad emergería como la figura ejemplar de eje «cultural” en las formulaciones más recientes a cargo de los marxistas y los neomarxistas? 13. ¡Con qué rapidez, y en ocasiones sin ser conscientes de ello, la distinción entre lo material y lo cultural es reelaborada cuando se trata de trazar las líneas que excluyen la sexualidad de la esfera de la estructura política fundamental! Esto pone de manifiesto que esta distinción no constituye un fundamento conceptual, puesto que se sustenta en la amnesia selectiva que caracteriza la historia misma del marxismo. Después de todo, además de la contribución estructuralista a la obra de Marx, cabe destacar cómo la distinción entre vida cultural y material fue cuestionada desde distintos ángulos. El propio Marx argumentó que no era posible abstraer totalmente las estructuras económicas precapitalistas de los universos culturales y simbólicos en los que se inscribían, una tesis que ha impulsado la contribución fundamental de la antropología económica: Marshall Sahlins, Karl Polanyi y Henry Pearson. Este trabajo amplía y perfecciona la tesis de Marx recogida en Formaciones económicas precapitalistas 14, donde pretende explicar cómo lo cultural y lo económico llegan a establecerse como esferas susceptibles de ser separadas; en realidad, cómo la institución de la economía en tanto esfera diferenciada es el resultado de una operación de abstracción iniciada por el capital. El propio Marx era consciente de que estas distinciones son el efecto y la culminación de la división del trabajo y que, por lo tanto, no pueden ser excluidas de su estructura; por ejemplo, en La ideología alemana escribe lo siguiente: «La división del trabajo sólo se instituye totalmente como tal a partir del momento en el que aparece la distinción entre el trabajo físico y el intelectual 15. En parte, esto es lo que determina el esfuerzo de Althusser por repensar la división del trabajo en “Ideología y aparatos ideológicos del Estado” en términos de reproducción de la fuerza del trabajo y, de un modo más específico, de “las formas de sujeción ideológica que contribuyen a la reproducción de las capacidades de la fuerza de trabajo” 16. La importancia de lo ideológico en la reproducción de las personas alcanza su punto culminante en la argumentación rupturista de Althusser, según la cual “una ideología siempre existe en un aparato, y en su práctica o prácticas. Esta existencia es material” 17.
De ese modo, aun en el caso de que la homofobia fuera concebida únicamente como una disposición cultural, seguiría estando situada en el aparato y en la práctica de su institucionalización.
Dones culturales y materiales
En el marco de la teoría feminista, el giro hacia Lévi-Strauss incorporó el análisis del intercambio de las mujeres a la crítica marxista de la familia, y jugó, durante algún tiempo, un papel paradigmático en el pensamiento acerca del género y la sexualidad. Por otro lado, este importante y problemático desplazamiento fue el que desestabilizó la distinción entre vida cultural y vida material. Si, de acuerdo Con Lévi-Strauss, las mujeres eran un «don”, entonces formaban parte del proceso de intercambio en formas que podrían no remitirse únicamente al terreno de lo cultural o al de lo material. De acuerdo con Marcel Mauss, cuya teoría sobre el don sirvió de inspiración a Lévi-Strauss, el don establece los límites del materialismo. Para Mauss, lo económico es una de las partes de un intercambio que asume diversas formas culturales, y la relación entre la esfera económica y la cultural no es tan nítida a como se había pensado. Aunque Mauss no atribuyó al capitalismo la distinción entre la vida cultural y la material, su análisis considera que las formas habituales en las que se produce el intercambio son expresiones de puro materialismo: “originalmente la res no tenía porqué ser la cosa en sentido estricto, inextricablemente tangible, el objeto simple y pasivo de la transacción en el que se ha convertido” 18. Por el contrario, para él la res es el lugar que aglutina un conjunto de relaciones. Asimismo, en principio, no es posible separar a la “persona” de sus «objetos”: el intercambio consolida o amenaza los vínculos sociales.
Lévi-Strauss no demostró únicamente que esta relación de intercambio no era o bien cultural o bien económica, sino que hizo que esta distinción fuera sólo inadecuada e inestable: el intercambio produce un conjunto de relaciones sociales, comunica un valor cultural o simbólico -la interrelación entre ambos resulta fundamental para entender el modo en el que las posiciones lacanianas se alejan de las de Lévi-Strauss- y asegura las vías de la distribución y el consumo. Si la regulación del intercambio sexual hace difícil, si no imposible, establecer una distinción entre lo cultural y lo económico, entonces ¿cuáles son las consecuencias que pueden extraerse del funcionamiento de estos intercambios una vez que hemos admitido que exceden y tornan confusas las estructuras claramente elementales del parentesco? ¿Sería más fácil distinguir entre lo económico y lo cultural si el intercambio sexual no normativo y contranormativo llegará a constituir el sistema de circuitos excesivo del don en relación al parentesco? la cuestión, por lo tanto, no es si la política sexual pertenece a lo cultural o a lo económico, sino cómo las propias prácticas del intercambio sexual difuminan la diferencia entre ambas esferas.
De hecho, los esfuerzos convergentes de los estudios queer y de los estudios gays y lesbianos han tenido el efecto de cuestionar el vínculo que se establecía entre el parentesco y la reproducción sexual, así como el vínculo existente entre la reproducción sexual y la sexualidad. Se podría ver en los estudios queer un importante retorno a la crítica marxista de la familia, basado en una perspectiva dinámica que desarrolla un análisis socialmente contingente y socialmente transformable del parentesco, que se distancia del pathos universalizador de las aproximaciones inspiradas en Lévi-Strauss y Lacan que han determinado algunas formas de teorización feminista. Aunque la teoría de Lévi-Strauss contribuyó a demostrar cómo la norma heterosexual produjo el género como una forma de acrecentar su influencia, no pudo proporcionar los instrumentos críticos necesarios para resolver sus callejones sin salida. El modelo obligatorio del intercambio sexual no sólo reproduce una sexualidad constreñida por la reproducción, sino una noción naturalizada del «sexo”, en la cual la reproducción tiene una función primordial. En la medida en que los sexos naturalizados funcionan para asegurar la pareja heterosexual como la estructura sagrada de la sexualidad, contribuyen a perpetuar el parentesco, los títulos legales y económicos, así como las prácticas que delimitan quién será una persona socialmente reconocida como tal. Insistir en que las formas sociales de la sexualidad no sólo pueden exceder, sino desbaratar los ordenamientos heterosexuales del parentesco así como de la reproducción, equivale, asimismo, a sostener que lo que cualifica a alguien como persona y ser sexual puede ser radicalmente modificado; un argumento que no es meramente cultural, sino que confirma el papel de la regulación sexual como un modo de producción del sujeto.
¿No será que estamos presenciando un esfuerzo erudito cuyo fin es normalizar la fuerza política de las luchas queer sin atender al desplazamiento fundamental en el modo de conceptualizar e institucionalizar las relaciones sociales que estas luchas demandan? ¿No será que la asociación entre la esfera sexual y la cultural, y el esfuerzo concomitante de tratarlas autónomamente infravalorando a esta última, constituye la respuesta irreflexiva ante una descalificación sexual que se observa que está teniendo lugar en la esfera cultural, es decir, un intento de colonizar y confinar la homosexualidad dentro de lo cultural o como lo cultural en sentido estricto?
El neoconservadurismo dentro de la izquierda que aspira a infravalorar lo cultural no es más que otra intervención cultural. Sin embargo, la manipulación táctica de la distinción entre lo cultural y lo económico destinada a volver a implantar la desacreditada noción de opresión secundaria lo único que provocará será una reacción de resistencia contra la imposición de la unidad, reforzando la sospecha de que la unidad sólo se logra mediante una escisión violenta. De hecho, por mi parte añadiría que es la comprensión de esta violencia la que ha motivado la adhesión al postestructuralismo por parte de la izquierda; dicho en otras palabras, se trata de un modo de interpretar qué es lo que debemos dejar fuera de un concepto de unidad para que éste adquiera la apariencia de necesidad y coherencia, e insistir en que la diferencia sigue siendo constitutiva de cualquier lucha. Este rechazo a subordinarse a una unidad que caricaturiza, desprecia y domestica la diferencia se convierte en la base a partir de la cual desarrollar un impulso político más expansivo y dinámico. Esta resistencia a la «unidad” encierra la promesa democrática para la izquierda.
 
Notas
2 Este artículo originalmente fue presentado como ponencia en una de las sesiones plenarias sobre “Locations of Power”, que tuvo lugar en el transcurso de la conferencia “Rethinking Marxism”, celebrada en Amherst, Massachussets, en diciembre de 1996. Agradecemos a Duke University Press el permiso concedido para su publicación en esta revista, fue publicado anteriormente en Social Taxi, 52-53, otoño-invierno de 1997 y fue revisado para la presente publicación. Este artículo ha dado lugar a una respuesta por parte de Nancy Fraser, “Heterosexism, Misrecognition, and Capitalism: A Response to Judith Butler”, que se publica a continuación. 3 La confusión a la que me refiero aparece en Alan D. Sokal, “Transgressing the Boundaries: Towards a Transformative Hermeneutics of Quantum Gravity”, Social Taxi, 46-47, primavera-verano, 1996, pp. 217-252. 4 Véase mi debate sobre la igualdad con Ernesto Laclau en Diacritics, 27, primavera, 1997, pp.3-12. 5 Véase Seyla Benhabib, Judith Butler, Drucilla Cornell y Nancy Fraser (eds.), Feminist Contentions: A Philosophical Exchange, Nueva York, 1994. 6 Nancy Fraser, Justice lnterruptus, Routledge, Londres y Nueva York, 1997. Ed. cast.: Justitia Interrupta. Reflexiones críticas desde la posición “postsocialista”, Siglo del Hombre Editores- Universidad de los Andes, Bogotá, 1997.
7 Ibid., pp. 17-18; otra exposición de estas ideas puede encontrarse en Fraser, “From Redistribution to Recognition? Dilemmas of Justice in a Post-Socialist’ Age”, NLR 212, julio/agosto de 1995. pp. 68-93. Ed. cast.: NLR 0, pp. 126-155.
8 Robert c. Tucker (ed.), The Marx-Engels Reader, Nueva York, 1978, p. 157.
9 Ibid.
10 Frederick Engels, “Prefacio a la primera edición”, El origen de la familia, la propiedad privada y el Estado, Equipo Editorial, San Sebastián, 1968, p. 7. en este párrafo, Engels prosigue afirmando que las sociedades evolucionan partiendo de una etapa en la que predomina el parentesco hacia otras en las que predomina el Estado, en este último estadio el parentesco es subsumido por el Estado. Es interesante destacar la coincidencia entre este argumento y las observaciones de Foucault en su Historia de la sexualidad, vol. I (ed. cast.: Siglo XXI, Madrid, 1978), donde sostiene: “En particular, a partir del siglo XVIII, las sociedades occidentales crearon y pusieron en marcha un nuevo aparato que se superpuso al que ya existía”, (p. 106, edición inglesa). El parentesco determina la sexualidad en la forma más primitiva y evidente, que Foucault caracteriza como un sistema de alianza. (p. 107, ed. ingl.), y que continúa sustentando una nueva organización de la “sexualidad” aún cuando esta última siga manteniendo cierta autonomía con respecto a la primera. Para un análisis más amplio acerca de esta relación, véase la entrevista que le hice a Gayle Rubin, “Sexual Traffic» en differences, vol. 6, 2-3, verano-otoño, 1994, pp. 62-97.
11 Fraser,Justice Interruptus, p. 19; Justicia Interrupta, p. 31.
12 Además, aunque Fraser distingue entre cuestiones de reconocimiento cultural y cuestiones de economía política es importante recordar que únicamente nos hacemos “reconocibles” al tomar parte en el intercambio y que el reconocimiento mismo es una forma y una condición previa al intercambio.
13 El papel de la sexualidad en el “intercambio” ha sido el centro de la mayor parte de los trabajos que han tratado de reconciliar la noción de parentesco de Lévi-Strauss, basada en explicaciones normativas del intercambio heterosexual en la estructura social exogámica, con los conceptos marxistas de intercambio.
14 Karl Marx, Líneas fundamentales de la crítica de la economía política (Grundrisse). Primera mitad, Crítica, Barcelona, 1978, pp. 427-468. (N. de la T.)
15 Tucker, (ed.), The Marx-Engels Reader, p. 51.
16 Louis Althusser, Lenin and Philosophy, and Other Essays, traducción de Ben Brewster, Nueva York, 1971, p. 133. (Ed. cast.: Lenin y la filosofía, Era, México D.F., 1978; Escritos, 1968-1970, Laia, Barcelona, 1975; Posiciones, Anagrama, Barcelona, 1977.)
17 Ibid., p. 166
18 Marcel Mauss, An Essay on the Gift, trad. W.D. Halls, Nueva York, 1990, p. 50. (Ed. cast.: Sociología y antropología, Tecnos, Madrid, 1979).
Publicado en:

Publicado en:New Left Review N° 2 Mayo-Junio, 2000. 109-121

Pensando el golpe en Venezuela (I): The art of the deal.

Por Jeudiel Martínez

 Trump prefiere guerras comerciales a las guerras de verdad.  
Niall Ferguson.

 

La imagen de Juan Guaidó y su mentor político Leopoldo López rodeado de militares alzados pasó de lo épico a lo ridículo en pocas horas. Primero los dos civiles, rodeados por  hombres de armas, aparecían encabezando una insurrección: la “Operación Libertad” en   la Base Aérea de La Carlota. Pero a las horas, todo se mueve a un  plano panorámico que revela la verdad: no están dentro de la base sino parados al frente de ella y rodeados por unos pocos hombres.  Podía ser un chiste de Los Simpson.

Y no pasa nada más. Ni es un épico standoff con las fuerzas chavistas pues salen pronto de allí y  ningún general, ningún batallón, ningún comandante se pronuncian, aparecen solo unos pocos fieles que salen a desafiar la represión y a ser atropellados por las tanquetas como si su único papel fuese que Pepe Mujica mostrase sus verdaderos colores y el del golpe que López cambiara el lugar de su detención.

Pero esta ridícula ejecución, la última en una larga serie de fracasos antichavistas, no debe engañarnos: se trataba de conspiración muy vasta que abarcaba el más alto gobierno. Eso y solo eso la hace importante. Es probable que, a partir de esa fecha, el antichavismo deje de ser un factor relevante en la política venezolana y que esta intentona no haya sido más que la primera manifestación visible de un acercamiento entre los militares venezolanos y sectores de la oligarquía chavista con el gobierno de Trump.

El jefe de la Policía Política, Manuel Ricardo Cristopher Figuera, era parte de la conjura. Cristopher fue uno de los alzados del 4 de Febrero y tuvo una carrera relativamente discreta y la confianza de Chávez y Maduro.  Además de su estratégico cargo Cristopher Figuera, fue subdirector de la Dirección de Inteligencia Militar director general del Centro de Seguridad y Protección de la Patria (Cesspa), subdirector del Centro de Estudio Situacional de la Nación y  edecán de Hugo Chávez durante 12 años[1]. Ya ubicado en la Inteligencia Militar  algunos aseguran que  fue el responsable no solo de torturas sino de extorsiones. Sus relaciones con la inteligencia cubana al parecer eran excelentes.  Cuando estalló la crisis por el asesinato de Fernando Albán Cristopher fue el hombre que escogió Maduro para reemplazar a Gustavo Gómez López de quien se asegura es un operador de la otra cabeza del Chavismo: el jefe de la Asamblea Constituyente Diosdado Cabello.

Cristopher Figuera publicó una ambigua carta antes de huir del país: Mi Comandante en Jefe, cuando le entregué el escrito … lo hice porque descubrí que muchas personas de su confianza, estaban negociando a sus espaldas, al menos eso creo; pero no negociaban por el bien mayor del país. Lo hacían por sus propios y mezquinos intereses.

Poco después le serian retiradas las sancione por el gobierno de EEUU. La ruptura se está dando al más alto nivel.

Investigaciones de medios locales  y el País de España dicen que sus fuentes, de oposición, culpan a Leopoldo López y a Guaidó de haber adelantado la operación: habría existido  un decreto de transición, un plan de 15 puntos y un amplio acuerdo, que habría incluido al presidente del Tribunal Supremo Maikel Moreno.  Distintas fuentes aseguran que  Padrino López, el ministro de la defensa y principal sostén de militar de Maduro era parte de la conjura; desde el gobierno de los EEUU lo aseguran así, pero puede haber estado contra informando o espiando para Maduro.

Otras fuentes más afines a Guaidó y López dicen que el golpe fracasó por el exceso de demandas y ambiciones de Moreno o por informaciones falsas que les habrían hecho adelantar las acciones.  Presuntos militares alzados han declarado que la operación fue adelantada debido a una ruptura en las negociaciones y la inminencia del arresto de Christopher Figuera.

Pero  las fisuras en la cúpula chavista no serán reparadas tan fácil –no pueden serlo- y  este golpe no es en lo absoluto un cuartelazo: no es  tanto  un conflicto entre EEUU, oposición y chavismo sino un encuentro entre ellos.  Por eso la carta de Figuera contrapone su actitud a la de los que negocian de manera egoísta a espaldas del Presidente insinuando claramente que él negociaba abiertamente y sin intereses personales.

Esto puede ser una justificación de sus acciones y una distorsión de la verdad pero también algo más: El primero de muchos signos de que en Venezuela la conjura es la forma que la negociación política está tomando: su expresión.

Opciones sobre la mesa.

La campaña presidencial de Donald Trump inició en la Universidad de Florida  ofreciendo una cruzada hemisférica contra el socialismo que lo borraría del hemisferio occidental. La cruzada no solo al derrocaría a los gobiernos de Nicaragua, Venezuela y Cuba sino  contendría al socialismo within de Sanders y Ocasio-Cortez. “La prensa toma a Trump literalmente, pero no  seriamente. Los votantes lo toman seriamente, pero no  literalmente” pocos han entendido la lapidaria frase de Salena Zito[2] que, entre otras cosas, alude a las grandes frases y las promesas irrealizables de Trump.

En otro contexto el magnate ya había explicado para qué sirve la exageración y las metas desmesuradas tan comunes en la empresa americana: “Me gusta pensar en grande. Siempre me ha gustado. Para mí es muy simple: si igual vas a pensar, puedes pensar en grande[3]. Pensando en lo grande, lo inverosímil, estaba cortejando al voto de latinos conservadores de Florida cuyo apoyo necesita él en unas elecciones en las que tendrá en contra, como en las pasadas, a las minorías y la población urbana además de un significativo rechazo.

Ya se ha señalado como trata de mantener su apoyo[4] entre los segmentos de minorías que le dieron su voto y de hecho ha demostrado la capacidad de crecer entre el electorado latino más conservador y menos preocupado por racismo e inmigración[5], por ejemplo evangélicos y veteranos de guerra. Entre estos destacan los de Florida estado cuyos 29 votos en el Colegio Electoral son para Trump más importantes que todo el petróleo del Orinoco. La causa anti-castrista es clave para movilizar a esos latinos conservadores y, vinculada como él lo hizo con combatir a socialistas como Sanders y Ocasio podría unir y galvanizar a  buena parte de su base.

No sabemos si esa estrategia le funcionará en EEUU pero en  Venezuela ya resultó: se formó en pocos días una secta de gente Alt Right que hacia memes de Trump vestido como un prócer de la independencia, se tomaba como cierto todo lo que decía y estaba convencida que tras una invasión casi incruenta los EEUU harían bien en Venezuela el trabajo que no hicieron en Irak: una ingeniería civilizatoria que la  haría renacer y volver al redil del mundo occidental.

Los que creen esto también creen otras cosas: que hay un plan siniestro para quemar iglesias en Europa, que las campañas publicitarias de Gillette erosionan la masculinidad  y que  la emigración musulmana destruirá a “Occidente”. Sabiendo que tipo de iluso cree en esas cosas  no es sorprendente que esa  evasión de la realidad  sea comparable a los más locos delirios del chavismo, incluido el de que Hugo Chávez tenía un conflicto real con los EEUU a pesar de que las compras de petróleo de ese país, básicamente, financiaron la “revolución bolivariana” así como los subsidios a Cuba y el clientelismo planetario que hizo de casi  toda la izquierda mundial una extensión del chavismo.

La invasión salvadora es sin embargo una ilusión persistente reactivada periódicamente con la repetición casi ritual del refrán todas las opciones está sobre la mesa  que sedujo también a muchos venezolanos comunes, más pragmáticos, que soñaban con que EEUU extrajera al chavismo como se extrae un tumor o una garrapata y que ahora dicen que Guaidó y López “le jodieron la vaina al negro” dixit: arruinaron los planes de Cristopher Figuera.

En la geopolítica los ilusos son un poco como la gente que cree que la lucha libre mexicana es un deporte y no un show. Y lo que realmente ha ocurrido es que al Show anti-imperialista de Chávez, un gran showman, le ha sucedido un Show intervencionista de Trump que no le cede nada al caudillo de Barinas en dominio de las cámaras. No en balde los dos son maestros de la Telerealidad: Chávez gobernaba desde ella y Trump la usó para catapultarse al poder.

Pero la invasión de EEUU siempre fue eso, una ilusión: El Presidente Trump prefiere  las guerras comerciales  a las guerras de verdad  han dicho conservadores decepcionados[6] de que Trump  no vaya a intentar una intervención “benévola” como la de Bush en Panamá o Clinton en los Balcanes[7].  Las fuentes del New Yorker son todavía más explicitas: “El problema para Bolton es, que Trump no quiere la guerra. El no inicia operaciones militares. Para tener el trabajo Bolton tuvo que cortarse las bolas y ponerlas en él escritorio de Trump«[8].

Pero esto significa realmente muy poco para todos lo que compartían imágenes de Trump vestido como un prócer o le mandaban mensajes por Twitter diciéndole que sería magnífico si paras las elecciones de 2020 ya hubiera sacado del poder al  Chavismo y el Partido Comunista de Cuba.

Pero decirle a estos  Alt Right que se toman a la vez en serio y literalmente lo que dice Trump  la verdad de sus intenciones es tan inútil como decirle a la izquierda que aplica  la reductio ad petroleum a todo lo que tiene que ver con Venezuela que las acciones de los EEUU son para otra cosa que apropiarse de hidrocarburos   que, para Trump, están en el tercer o cuarto lugar de importancia en el mejor de los casos y no se comparan con esos 29 preciosos votos del colegio electoral de florida.

Es como si en Venezuela todos hubieran olvidado que Trump es autor de un libro llamado: The art of the Deal: no es que él esté en contra de negociar en general o de negociar con Irán en particular, Trump es un negociador, es que no le gusta ni Obama ni el acuerdo que este hizo. No es que crea que debe aplastar a Corea del Norte con Fuego y Furia iniciando una guerra devastadora a kilómetros de Seúl y Tokio es que creyó que podía sacarle un buen acuerdo a Kim  si le presionaba hasta el extremo. Lo que ha llevado Trump al comando de esa inmensa maquinaria aeronaval que es EEUU es la lógica del capital financiero y de los bienes raíces.

El  interés de Trump en Venezuela es electoral y geoestratégico y su objetivo explícito, repetido una y otra vez, derrocar  a Maduro en acuerdo con los militares venezolanos. Para ponerlo en términos de Mario Puzzo Trump les está haciendo una oferta que no pueden rechazar y para eso está usando la “máxima presión”.  Lo que pide es sacar a Maduro y la cúpula chavista del poder, lo que ofrece,  además de retirar las sanciones, no lo sabemos (aunque Padrino ha dicho que ha habido sobornos) más no parece que haya sido suficiente.

Pero durante meses el campo de los ilusos tuvo como verdades absolutas las amenazas de Trump –quien tenía tan pocas ganas de invadir Venezuela como las tiene de bombardear Corea- y tomando las declaraciones de Bolton, Pompeo y Rubio como si representasen las intenciones de la administración de Trump, que sería una especie de monolito sagrado y  no una alianza entre un independiente y el partido Republicano en la que la última palabra la tiene el Presidente.

Parece que la política de  Trump es la resultante  de una relación inestable del presidente con las facciones de un partido en el que es una especie de huésped, es decir, entre Trump, que quiere replegarse y no gastar en más guerras[9] y  sus asesores y aliados, belicistas delirantes como Bolton que creen que EEUU debe intervenir en Irán, Cuba, Corea del Norte y Venezuela a la vez.  Pero el trumpismo puro, como lo explica Ferguson, es “continuar la guerra por otros medios”, Hacer de las finanzas y el comercio armas o herramientas de coacción, hacer de los ecosistemas financieros y comerciales campos de lucha. Es así es como logra un presidente aislacionista evitar  ceder al ascenso de China, preservar áreas de influencia y proteger ciertos intereses: «La lógica del Trumpismo es simplemente intimidar a los otros imperios, explotando el hecho de que son más débiles que los Estados Unidos, para extraer concesiones y reclamar victorias«[10].

Las consignas inverosímiles de Trump son irrealizables pero ellas son como los delirios de la ciencia ficción: orientan la realidad, se proyectan en ella  y por tanto son lo contrario de las ilusiones de la izquierda o el Alt Right que la evaden: construir el muro, hacer llover Fuego y Furia sobre Corea, sacar al partido comunista de Cuba del poder y destruir la República Islámica son tan imposibles ahora como lo era poner al hombre en la luna pero esa sola imagen-fabula cambió al mundo. Y Trump, a su manera, es el Disney de un imperio en decadencia: sus ficciones políticas como “Build the Wall” mueven cosas aunque sean canticos  xenófobos.

Sabemos que Trump no logrará exactamente lo que quiere pero que tampoco fallará por completo, el resultado estará en algún lugar intermedio y, ciertamente, no en un punto de equilibrio. La amenaza tiene que ser  desproporcionada porque Trump no puede limitarse a sí mismo desde el inicio y  el adversario nunca puede saber que tan lejos realmente quiere llegar el magnate anaranjado.  Eso es todo lo que significa la frase “todas las opciones están sobre la mesa”.

Así, se coaccionó a China para mejorar los términos de la relación comercial con EEUU, se quiere hacer lo mismo con  México y Centroamérica para que hagan algo para detener la emigración y a Europa para que aporte más a la OTAN, a Corea del Norte contenerla y encauzarla y a Irán mutilarlo para sacarle otro acuerdo más severo o tal vez  convertirlo, literalmente, en un estado paria, cada vez más débil, y  a merced de Israel y Arabia Saudita.

Del mismo modo y a una escala mucho más baja del poder se quiere coaccionar a los militares venezolanos para que dispongan de Maduro y el alto gobierno.

La vulgaridad y maltrato de Trump, incluso  a sus aliados, es más que un rasgo personal: es la expresión pura, sin filtros, de la intención de explotar al máximo las enormes asimetrías militares entre EEUU y las otras potencias para extraer los máximos provechos tercerizando los costos a otros, él quiere que incluso en sus interacciones personales esas asimetrías sean evidentes. No hay Bullies amables.

Pero el método de Trump es el mismo de cualquier mafia, monopolio o protection racket (compra mis productos o te subiré los aranceles) pues mafia es la inmanencia del control y la coacción. Método  sintomático de un poder que decae y ya no puede aportar al mundo un orden con su bien y su mal: solo acelerar y explotar la degradación.  Así, es el comercio global el que pagara los costos de la guerra comercial con China y el planeta en si el que pague su rechazo al acuerdo de Kioto.

Sea como sea las relaciones internacionales se están convirtiendo en un sistema de coacciones que continua la guerra por medios comerciales y financieros. Convertir el sistema comercial y financiero global en un arma parece ser la alternativa que la facción de Trump ha ofrecido ante la oferta de guerra continua de la facción de los Clinton.

Cívico-Militar.

En concreto el error de La Secta no fue solo el hacer al gobierno de EEUU la pantalla de un montón de fantasías sobre lo que es o debe hacer  “occidente” sino el creer que la racionalidad de Trump, es como la de Bolton y Rubio, es decir, para ellos –como para la izquierda- los gobiernos no son ensamblajes, combinaciones activas entre fuerzas, sino solo la expresión de identidades.

Pero hay otro error todavía más extendido  el de creer que la negociación se opondría al conflicto y a la lucha. Sin duda que las negociaciones no son la guerra pero son luchas. Todo conflicto puede desdoblarse en negociación porque el conflicto en si ya es una  interface entre los contendientes y las fuerzas en pugna. Y lo que la gaffe de Guaidó y López ha demostrado que tipo de interface se está estableciendo entre los poderes establecidos en Venezuela y los EEUU.

Por eso el golpe fallido fue, en la práctica, esa negociación con la que han estado soñando esos chavistas  que quieren aparecer como voces moderadas y no son más que voceros de algunas de las facciones más corruptas y dañinas del chavismo. En realidad han sido las agresiones y las sanciones de EEUU las que han hecho la negociación posible.

Unida a la profundización de la crisis la “máxima presión” de Trump ha logrado aflojar la rigidez y la fosilización del chavismo, su incapacidad de fluir y adaptarse, su vileza fundamental   porque noble es lo que es “capaz de transformarse, mientras que la vil ya no puede”.  Y el material del que el chavismo está hecho es la “Unión-Cívico Militar” que es extremadamente duro y rígido.

En el chavismo es muy difícil cambiar algo sin afectar algún interés creado o alterar algún habito, sin causar gritos de ¡!traición!! O ser acusado de neoliberal: la secta del Celag, por ejemplo, se ha opuesto no solo a eliminar el control de cambios sino al aumento de la gasolina que descapitalizó al tesoro público: el chavismo, tal como le dejó hecho Hugo Chávez no concibe la flexibilidad y esa rigidez la expresa su pensamiento formado en categorías binarias y toscas. Traicionar para el chavismo no solo es una ruptura de la forma es el cambiar la forma.

Pensemos en las elecciones de 2018 que precipitaron este nuevo desastre: no aceptó la alternatividad en el poder como el  Sandinismo o el PRI preservando sus intereses en un régimen poliárquico, multipartidista, pues esa alternación es para el chavista promedio inconcebible, aberrante, y para la alta dirigencia insensato y suicida.

Tampoco aceptó una vía intermedia: con el chavismo convertido en un supra-gobierno gracias a la constituyente y su control de las FFAA y el Tribunal Supremo hubieran podido poner a Henry Falcón en la misma posición en que Chávez tenia a los gobernadores de oposición que es, mutatis mutandis, el que tienen los reformistas iraníes ante los Ayatolas y la Guardia Revolucionaria: la de una oposición cautiva, mutilada y funcional al poder establecido.

Ni siquiera lo hicieron bien a la hora de aferrarse al poder pues hubieran podido también lanzar de candidato a una figura más simpática –tal vez Héctor Rodríguez Gobernador de Miranda- y renovar la dirigencia del PSUV pero impusieron a Maduro y reeligieron la directiva del partido a dedo.

Pero tampoco logró hacerse viable a sí mismo como un régimen de partido único: países como Egipto o Argelia e incluso Cuba tienen al menos modelos económicos durables que les permiten mantener cierta productividad, controlar la inflación y recibir inversiones, pero el chavismo esencialmente destruyó la moneda, acabó con las fuerzas productivas e hizo casi imposible recibir inversiones mucho antes de que Trump hiciera su cerco financiero.

En esas condiciones todo lo que Trump y su staff tuvieron que hacer fue intensificar la crisis que la rigidez suicida del chavismo había creado: es como patear con fuerza a alguien que va tropezando por una pendiente.  ¿Y qué ocurrió? la presión financiera y las amenazas unidas a la profundización de la crisis lograron que Maduro empezara a hacer, lentamente, todo lo que no hizo en 5 años de gobierno: contuvo un poco la corrupción, aflojó los controles cambiarios, abandonó la ruinosa manera de gobernar de Chávez y Giordani. Incluso fue la amenaza de usar la ayuda humanitaria para derrocarlo –y no la preocupación por la vida de la gente- lo que hizo que, tras varios años, se decidiera a solicitársela a sus aliados y hacer un acuerdo con la Cruz Roja.

En 2018 cuando la presión comercial y financiera se incrementó brutalmente debido a las sanciones a PDVSA Maduro finalmente logró  parar por un tiempo el ascenso del dólar paralelo pero ya era tarde…para él y para las figuras clave de la cúpula chavista pero no necesariamente para todo el chavismo y ciertamente no  a para las Fuerzas Armadas.

La conjura como negociación.

La inmensurable disparidad en términos de poder militar y económico ha hecho pensar a la izquierda a los halcones americanos  y-recientemente a la derecha venezolana- que EEUU puede conquistar a placer cualquier territorio. Así como Bolton no ve problema en que EEUU haga guerras en Siria, Irán, Corea del Norte Cuba y Venezuela a la vez, los izquierdistas creen que el acceso a los recursos naturales se logra mediante conquistas militares como en la antigüedad o el colonialismo del siglo XIX.

Evidentemente EEUU podría derrotar militarmente a Cuba, Siria o incluso Irán, podría obliterarlos de hecho pero el problema estratégico va más allá de las disparidades de fuerzas y entra en las consecuencias –nunca lineales- de semejantes acciones.  Semejante obviedad es olvidada constantemente.

De hecho no tenemos razón para especular que ocurre en esos casos pues Vietnam e Irak nos demuestran, de dos maneras distintas, “orgánica” e “inorgánica”  cuáles son los resultados: no se trata solo de si el paisito valiente puede encontrar una forma de ganar la guerra –o al menos de no perderla- sino de los costos y consecuencias que genera el acto de guerra directo, esos costos y consecuencias son los que disuaden de las intervenciones:

Hoy la preocupación entre los especialistas norteamericanos está en que ocurriría después de una intervención ante el colapso de la FANB, el saqueo de sus arsenales, la proliferación de grupos paraestatales, la destrucción absoluta de la infraestructura, y la inexistencia de instituciones sólidas que contribuyan a la estabilización del país. Es un escenario de caos no solo dentro de Venezuela, sino también con un profundo impacto en la seguridad de toda la región. Es así como la mayor arma de disuasión del chavismo ante la amenaza de intervención militar extranjera es la promesa de mayor violencia, anarquía e inestabilidad generalizada.[11]

El chavismo se ha convertido en un booby traped regime un régimen trampa: no importa que la idea de pelear, como Vietnam, una guerra del pueblo orgánica y organizada sea una fantasía de la izquierda. El chavismo no necesita un Dien Bien Phu o una ofensiva del Tet: aunque pierdan pueden arrastrar a los invasores a su desastre elevarles sus costos, causarles bajas que, aunque mínimas, serán injustificables ante el público y las instituciones americanas: explosiones, ataques de milicias, destrucción de infraestructuras pueden no ser una amenaza militar real al poder de los EEUU pero los ponen en una situación en que no ganan nada y en la que no tienen la intención de estar.

Podría decirse que, si se da una invasión, el chavismo podría mutar en una suerte de bomba sucia y extender su desastre por todo el continente.

Solo él delirio de grandeza venezolano –el desubique como le dicen aquí: la incapacidad de distinguir la situación- puede convencerse a sí mismo de en EEUU están dispuestos a “estar en Venezuela por al menos seis años y gastar 80 mil millones de dólares para reestablecer el orden en el país[12] como, según Niall Ferguson habría dicho un informe del Pentágono.  Pero de todas las esperanzas absurdas del Alt Right venezolano la más ridícula fue aquella de que EEUU comprendería que no podía entenderse con los militares venezolanos, que serían como piratas somalíes, y se decidiría a reconstruir las fuerzas armadas con gente honesta.

Claramente se ha olvidado con qué clase de elementos se entienden y cooperan El Pentágono y la CIA en todo el mundo y se ignora que para Trump la Fuerza Armada Venezolana es lo que le permite extraer el máximo de provecho de la caída de Maduro con el mínimo de costos.

Para 2020 a Trump no necesita ninguna cruzada anti-socialista  le basta con tener a Cuba cercada, presionar a Ortega, derrocar a Maduro, capturar o al menos sacar del poder y perseguir a figuras como Cabello y El Aissami y lograr unas elecciones en Venezuela. En el largo plazo le basta con romper la alianza entre Venezuela y Cuba, expulsar o perseguir a Hezbolah, terminar o reducir la cooperación militar con Rusia y minimizar o condicionar la presencia China.

Todo esto es posible siempre que la Fuerza Armada Venezolana cambie su orientación estratégica y acepte una cooperación aunque sea limitada con los Estados Unidos. El siglo XX está lleno de ejemplos de giros de esta naturaleza e incluso en el XXI Siria y Libia hicieron lo posible por ponerse en el “lado bueno” de los EEUU. El resultado de no permitírselo fue desastroso y el triunfo del aislacionismo de Trump tiene mucho que ver con el fracaso del proyecto “románico” de hacer reconstruir Irak a imagen y semejanza de su destructor y de   las aventuras necropoliticas  de Hillary Clinton.

Así, puede negociar en Venezuela como negoció en Corea, nunca ha querido otra cosa. Lo que pasa es que su interlocutor aquí no es Maduro ni la plana mayor del chavismo, mutatis mutandis la cúpula chavista aquí es la bomba atómica y militares como Padrino López y Cristopher Figuera ocupan el lugar de Kim Jon Un. Pero han fallado, al menos hasta ahora, no solo porque sus agentes locales –los antichavistas- son ineptos sino porque no han entendido la racionalidad y los cálculos de los militares venezolanos, la estructura   del material de que el chavismo está hecho: esa maraña o “fieltro” llamada Unión-Cívico Militar.

En la forma anglosajona de pensar   lo importante es lo conveniente y la conveniencia se expresada en términos de costos y beneficios. Pero el chavismo es la combinación de una burocracia ridículamente centralizada con una red clientelar inmensa. Trump  busca que los otros hagan lo que él quiere para evitar pérdidas mayores aprovechando el enorme poder acumulado por los EEUU.  Al hacerlo casi nunca ofrece ganancias, terceriza los daños a otros: «América First» es una verdadera consigna.

El chavismo, por otro lado, piensa en términos de lealtad o complicidad y la lealtad se paga de diversas maneras. Venezuela históricamente improductiva y saturada de petrodólares y recursos minerales es, efectivamente, una “sociedad de cómplices” en que, a todo nivel, se intercambia tolerancia a las acciones de los otros. Pero  es un intercambio no comercial sino clientelar cuya conveniencia se   calcula es distinto a la mercantil o militar.

De esa complicidad “horizontal” Chávez extrajo una lealtad vertical, pero hacerlo implicó no solo usar táctica y estratégicamente la corrupción –no es casualidad que en todo su gobierno no haya una sola investigación importante- sino que el elemento militar, más propenso a las relaciones jerárquicas, permeara a toda la sociedad fuese directamente, con los militares activos o retirados  ocupando cargos políticos y burocráticos o imponiendo a los civiles si no la disciplina militar si las ideas castrenses de subordinación y jerarquía. El chavismo fue, claramente, una toma de poder militar, pero una integral, micropolítica, que va mucho más allá del cuartelazo y por eso mismo no puede ser desplazada del poder con uno: el material cívico-militar tiene que ser deshecho y rehecho.

Evidentemente ni siquiera a un presidente más claro y sutil  que Trump  le interesarían los detalles de esa operación: le basta con decapitar  al chavismo, quitarle  lo que tiene  de Red Centralizada y dejarle a los operadores locales el problema de cómo organizarse en el futuro. Los militares tendrían que aceptar que otros partidos llegaran a la presidencia, aprender a coexistir y combinarse con ellos  y abandonar  las pretensiones de una identidad “chavista y socialista” que tendría el monopolio del estado. Lo que estos pedirían a cambio de eso es mucho y muy complejo pero inicia con retirar las sanciones que son las que les obligan a negociar y termina, seguramente, con mantener los privilegios sobre el presupuesto público y el  subsuelo que la inquietante corporación Camminpeg personifica y que han cimentado su alianza con y en  la oligarquía chavista.

De entrada el  material cívico-militar debía su cohesión a la circulación generosa de dinero y al liderazgo carismático de Hugo Chávez, debilitadas esas dos fuerzas de atracción y con una descomposición generalizada que  parece haber alcanzado los cuarteles no extraña que  esté sumamente debilitado. Muchos son los signos de ello y  la traición de Cristopher Figuera es simplemente la prueba de que la fractura  que tanto obsesiona a la oposición si existe  y ya no solo en potencia sino en acto.

Que el general la presente como un acto de lealtad a Maduro y de auto preservación de las Fuerzas Armadas es algo más que justificación aunque también lo sea. En medio de la crisis compuesta que vive Venezuela la concepción clientelar y caudillista de la conveniencia se ha erosionado profundamente: ahora tienes que ser leal sea que te convenga o no: si hay electricidad bueno y si no la hay también.

Pero Trump no ofrece suficientes incentivos y Maduro no inspira lealtad. Eso quiere decir que el proceso de división será lento y difícil y no sabemos en que resultará. Parece que hay otras fuerzas, como la inteligencia cubana y los asesores rusos,  que mantienen cohesionadas a las Fuerzas Armadas en torno a Maduro así el material cívico-militar se esté erosionando. Parecido al proverbial duelo de lo indetenible con lo inamovible se abrirá un pulso de meses en que la presión de EEUU será mantenida e intensificada para generar nuevas fracturas.

Las movilizaciones de Guaidó son cada vez más exiguas y el gobierno empieza a disolver la Asamblea Nacional poco a poco. La población, dispersa, usa su energía en emigrar o sobrevivir. Ya descartada la multitud, el movimiento democrático, como fuerza gracias a la represión del gobierno y la cooptación del descontento y la rebeldía por el antichavismo; derrotada y debilitada la oposición las dos únicas fuerzas, los únicos personajes que quedan en la obra parecen ser los EEUU y la corporación militar venezolana o lo que de ella quede en medio de la descomposición general.

El pulso entre esas dos fuerzas una desterritorializada y otra territorial, entre una enorme flota y una fortaleza en un litoral. Es una lucha pero también una negociación pues la flota necesita conservar  a la fortaleza, incorporársela y la fortaleza necesita estar abierta al mar.  Así, EEUU trata de imponerles no solo cierta conducta sino cierto tipo de cálculo y de racionalidad mientras ellos resisten a esa coacción.

Y la única forma que los Estados Unidos tiene para para hacer la presión sobre los militares a la vez  más duradera y  más intensa es transferir esa máxima presión al conjunto del país cooperando con la obra necropolitica del chavismo…

 

[1] Poderopedia. Manuel Christopher. Octubre 30 de 2018.

[2] Salena Zito. Taking Trump Seriously, Not Literally. Septiembre 23 de 2016

[3] Peter Economy Winning Negotiation Tactics From Donald Trump’s ‘The Art of the Deal’

Give the presidential candidate’s negotiation tactics a try and see how they can turn your deals into winners, too.

[4]In preparation for 2020, the president is focused on the minority vote”. Charles M. Blow. Trump’s Other Base.  New York Times. Abril 10, 2019

 

[5] Nicholas Riccardi. Latino support for GOP steady despite Trump immigration talk. Diciembre 28, 2018

[6] Niall Ferguson. Trump won´t take on Maduro´s Muchachos. Mayo 5 2019.

[7] Niall Ferguson. We’d better get used to Emperor Donaldus Trump Octubre 6, 2018

[8] Dexter Filkins. John Bolton on the Warpath. Abril 29, 2019

[9]se está contrayendo, se está retrotrayendo y reconcentrándose en sí misma, para una vez que haya cogido fuerza volver a ampliarse y tratar de recuperar ese dominio mundial que está perdiendo” Irene Hernández Velasco. Pedro Baños: «La aparente locura de Trump es una estrategia perfectamente planificada». 1 febrero 2019.

[10] Niall Ferguson. We’d better get used to Emperor Donaldus Trump

[11]Andrei Serbin Pont. La anarquía como disuasión Mayo 8 2019

[12] Niall Ferguson. Trump won´t take on Maduro´s Muchachos.

La moneda entre cinismo y fascismo (Alt Right)

Por Giuseppe Cocco

En este artículo pretendemos continuar los esfuerzos de reflexión sobre el enigma en que se tornó la politica en el Brasil después de Junio de 2013, tal como hicieran Bruno Cava (en El 18 de Brumario Brasileño) [1] y Alexandre Mendes (en Vertigens de Junho. Os levantes de Junho de 2013 e a Insistência de uma Outra Percepção [2]).

Nada mejor que iniciar recordando el enigma de lo político definido por Maurice Merleau-Ponty en su célebre trabajo Note sur Machiavel de 1949[3]. Por un lado, el filósofo afirma que la obra de Maquiavelo es la base fundamental para pensarse un verdadero humanismo y una politica radicalmente otra de aquella que funciona como “exhortación moral”. Algo que solamente podría acontecer por medio de la “invención de formas de poder político capaces de controlar el poder sin anularlo”, un “poder de los sin-poder”. Por el otro lado, una vez “esbozadas esas formas políticas”, como parece haber sido el caso de la Revolución Rusa de 1917, “el poder revolucionario perdió el contacto con una fracción del proletariado (…) y, para esconder el conflicto, comienza a mentir”. Ante la Comuna de Kronstadt [4] el nuevo poder bolchevique “proclama que el estado mayor de los insurrectos está en las manos (de la contrarrevolución). De la misma manera –después de la revolución francesa– las tropas de Bonaparte tratan a Toussaint-Louverture, que lidera la lucha de los esclavos en Haití, como agente extranjero [5]. La disidencia es maquillada como sabotaje, la oposición como espionaje” [6]. De este modo constata Merleau-Ponty, “vemos reaparecer dentro de la revolución las luchas que ella debía superar” y “el enigma de un humanismo real queda entero” [7], sin solución.

Comenzamos entonces diciendo que el desafío de lo político es incluso pensar la politica como reconocimiento de ese enigma, que solo tiene soluciones provisionales, evitando la tentación de, en algún momento, fijarla definitivamente [8]. Al mismo tiempo, si el enigma del humanismo es insuperable, eso no significa que se presente siempre de la misma manera. En la inmediata postguerra, Claude Lefort uncía la propia renovación del marxismo a la crítica de la idea marxista de solución [9]. Sin embargo, la salida del “absoluto” de los principios morales abstractos –afirmados a priori en base a la tradición o a posteriori en base a la revolución– no es el relativismo (el maquiavelismo). La increíble parábola de la izquierda brasileña, en su defensa del “lulismo” y del Partido de los Trabajadores (PT) después de su muerte politica (después de Junio de 2013), no podría ser más emblemática: el relativismo (el cinismo maquiavélico y sin principios del PT, con sus políticas neodesarrollistas y la industrialización de la corrupción) acaba siendo defendido en nombre de la idea absoluta de la izquierda como valor moral, como pura trascendencia (y eso también por parte de teóricos políticos que decían hacer de la inmanencia su norte: entre romper con la izquierda en cuanto esencia y quedarse con su público editorial, no dudaron ni un segundo). Llegamos así al paroxismo de una defensa moral de principios absolutos  (la izquierda, la bandera, el antiimperialismo) que sirve de defensa de la más absoluta falta de principios (corrupción, triplex, los subsidios al gran capital). Un relé a partir del cual relativismo y absoluto se retroalimentan de manera perversa.

La salida maquiaveliana (y marxiana) la trampa constituida por la falsa alternativa entre el absoluto relativismo se encontraba en el perspectivismo: en volverse príncipe del pueblo minuto, en la afirmacion del punto de vista de clase, del poder obrero. Por mucho tiempo nosotros apoyamos esa salida, que pensábamos era la única capaz de juntar los principios y los procesos de su produccion en una nueva ética. La radicalización de ese metodo en el análisis operaista italiano [10] del americanismo como una produccion de las luchas obreras continua siendo una de las propuestas más potentes en esa dirección, pero ella también es parte del enigma y eso en la medida que ese pensamiento y esa praxis caen en el mismo impasse, representado en el debate a favor o contra la autonomia de lo político [11]. Hoy sabemos que esa salida tampoco lleva a ningún lugar y que necesitamos profundizar el éxodo.

Entonces, la reflexión sobre el enigma tiene varias dimensiones. Dos de esas nos parecen urgentes e intentaremos esbozarlas aquí: se trata de la cuestion del fascismo (que hoy se llama Alt Right) y de aquella de la moneda. Las dos se juntan en la medida en que implican recíprocamente las posibilidades e imposibilidades de una conversión (o inconvertibilidad) de la violencia en civilidad [12].

 

La huelga que no existió

En 1984, en medio del viraje neoliberal del gobierno de la gauche” (del presidente François Mitterand), Deleuze y Guattari escribieron un breve artículo titulado Mayo del ’68 no aconteció. El cual no podría ser más actual, al punto que podemos fácilmente colocar “Junho de 2013” en lugar de “Mayo ‘68” y sus inflexiones funcionarían de la misma forma, casi por entero. Esto muestra la fuerza del evento y al mismo tiempo el cuanto la izquierda–inclusive la que se llama o se refiere en Deleuze o en Negri– es un real y eficaz operador de destrucción de subjetividad. Vale la pena citar este largo párrafo:

“En Francia, escribirán, después del 68, los poderes convivirán todo el tiempo con la idea de que la “polvareda bajaría”. Y, como en efecto, la polvareda bajo, pero en condiciones catastróficas. Mayo del 68 no fue la consecuencia de una crisis, ni la reacción a una crisis. Fue lo contrario. Es la crisis actual, son los impasses de la crisis actual (…) que resultan directamente de la incapacidad de la sociedad francesa para asimilar Mayo del 68. La sociedad francesa mostro una radical impotencia para operar, en el nivel colectivo, una reconversión subjetiva del tipo que el 68 exigía; de ese modo, como podría operar actualmente una reconversión económica en condiciones de “izquierda”? Ella no supo proponer nada a las personas: ni en el dominio de la escuela, ni en el del trabajo. Todo lo que era nuevo fue marginado o caricaturizado” [13]

Después de Junho de 2013, aconteció la misma cosa. Tal vez retirando el hecho de que la izquierda brasileña tenía, si, alguna cosa que proponer: Copa del Mundo, Olimpiadas, ríos de dinero para las grandes empresas y remociones de pobres. Así, una vez que toda la subjetividad fue destruida, la “reconversión” económica se torna la única “cosa” restante: con Dilma, con Temer y, ahora, con Bolsonaro.

Ya en 1945, reseñando un libro de Daniel Guérin sobre el fascismo, Claude Lefort escribía: “No es porque el fascismo es inauténtico que él no es”[14]. Continuar diciendo que Bolsonaro es Bolsonaro no es solo lo que él quiere y necesita para retroalimentar su máquina discursiva (o Twitter), sino que impide, por un lado, aprehender las responsabilidades políticas de ese peligrosísimo viraje electoral y, por el otro, analizar su composición y sus contradicciones. Para resistir al horror, necesitamos aprehender, antes que todo, como fue que él pudo transformarse en “solución” para un gran porcentaje del electorado. Esto quiere decir preguntarse cómo fue que las alternativas políticas y sociales fueron sistemáticamente silenciadas por la izquierda hegemónica.

La coalición que gano las elecciones es altamente diversificada y repleta de contradicciones bastante importantes. No queremos hacer aquí un análisis detallado de cada una de sus componentes, pero si enfocarse sobre alguna de sus dimensiones. El fenómeno electoral está atravesado por lo menos por dos lineas diferentes: una primera tiene que ver con el movimiento Alt-Right (la nueva extrema derecha norteamericana)[15], que ha renovado a la extrema derecha a nivel mundial; la otra dice respecto a la interpretación y representación del antipetismo. Nos concentraremos en la primera línea, aquella que genero las bases para un discurso político inescrupuloso, repleto de Fake News. Dos de esas son las más expresivas: aquella del supuesto Kit Gay y aquella de el “Nazismo es una ideología de izquierda”. En la osadía de la falsificación, ellas funcionan como si fuesen dos “verdades”. La primera Fake News pretende transformar la incomodidad creada por el cambio cultural y social en términos de libertad sexual y nuevos regímenes discursivos en una verdadera protesta social, algo como la “revuelta de los normales” que serían (sorprendentemente) oprimidos por los “anormales”.

Lo que el movimiento gay, las feministas, el movimiento LBGT consiguieron como brecha en los códigos normativos e impositivos que vigorizaban (y vigorizan aun), es visto como imposición de una nueva norma, que sería “gay”: la educación sexual seria en realidad una orientación sexual. Por asombrosa que sea la operación, ella precisa ser encarada en esos términos y son esos términos lo que precisan ser deconstruidos y transformados: hacer de la práctica de nuevos derechos –en este caso en el campo de la libertad sexual– algo que se afirma por medio de leyes y de leyes de “criminalización” abre el camino para ese tipo de equívocos que la nueva derecha interpreta y organiza con el mismo nivel de cinismo que el PT uso para reducir los derechos a mero marketing y relativizar la corrupción. La situación es particularmente desagradable: mientras que se inclinaban obsequiosamente a los intereses de las alianzas con los evangélicos, los gobiernos del PT no hicieron ningún avance real (como podría haber sido las miles de mujeres que pierden la vida en los abortos clandestinos, no promoviendo ni la legalización del aborto o al menos su inserción formal en una pauta legislativa). Para compensar, solo invirtieron en el marketing y en la cooptación de aparatos de “movimiento”. De este modo, la contestación de la extrema derecha que hoy está en Planalto no golpea conquistas reales, sino que apenas conquistas imaginarias, en el terreno mismo del marketing [16]. El resultado es que en lugar de tener alguna cosa que defender, los movimientos son doblemente acosados: necesitan defender un marketing fundamentalmente vacío sin una real dinámica de movilización, pues el PT trabajo con ahínco para desmovilizarlos.

La segunda Fake News, como dijimos, afirma que “el nazismo era de izquierda”. Se trata obviamente de una narrativa funcional al anti-petismo, pero ella tiene una dimensión más profunda, pues ella explicita– tras de su apariencia grosera– la inspiración fascista del bolsonarismo. Decir que el nazismo era de izquierda significa renovar su forma narrativa más sofisticada. El Nazismo, como sabemos, es la unión del nacionalismo con el socialismo (Nazionalsocialismus), algo que debería haber sido imposible. Basta pensar que el socialismo era ontológicamente internacionalista. Mientras que esto sirvió, en la década de 1930, para capturar y manipular el malestar de segmentos de clase pauperizados por la crisis y enfurecidos con la humillación nacional impuesta a Alemania por las potencias victoriosas de la Primera Guerra Mundial. Lo que debemos percibir es que el nazismo es incluso esa manipulación: masacrar a la izquierda y al mismo tiempo capturar a las masas que ella debería organizar, emplazando las reivindicaciones sociales en el terreno nacionalista. Y, para eso, dibuja como enemigo al “internacionalismo”, que sería el hecho de una plutocracia (el gobierno de los ricos) cosmopolita (global). El antisemitismo, o sea, la idea de decir que el mundo es gobernado por un complot de judíos, ricos y comunistas, no fue (y no es) un “desvío” del carácter de Hitler, sino que–como lo fue la guerra –una parte funcional del nazismo como Fake News.

Como no ver, en los regímenes discursivos de la Alt Right, esos mismos temas, reciclados hoy en la retórica anti-globalista y en la transformación de los liberales– particularmente de los media – en “peligrosos comunistas”? La persecución antisemita de George Soros, financista americano de origen húngaro, por la Alt Right de aquel país, es la mejor y más inquietante representación de esa renovación [17].

De la misma manera, la presencia del premier húngaro Viktor Orban entre los muy pocos líderes que prestigiaron la asunción del mando de Bolsonaro también es particularmente expresiva [18]. Pero, de la misma forma, como no ver también en el anti-globalismo, en el discurso contra los medios y en las teorías de los complots una buena parte del modo de ser de la izquierda realmente existente, contra el mismo Soros y el sitio que recibió su soporte, el Open Democracy? ¿Cómo no pensar en el régimen discursivo sobre el impeachment de Rousseff, que fue transformado en un complot («Golpe») mediático-judicial y parlamentario?

Históricamente, el fascismo y el nazismo son intentos de construir una «tercera vía» de tipo plebeyo y popular a partir de la unión de alguna innovación económica y de una nueva y potente narrativa: en el caso del fascismo, Mussolini la había tomada prestada de la mitología romana , y los nazis en la mística de la raza superior. Claude Lefort recordaba:

El fascismo, aunque a la gente no lo atrape en su forma alemana (racismo y misticismo), supone una movilización de las clases medias en torno a un ideal de grandeza nacional, una política extranjera imperialista, una demagogia socialista capaz de encontrar una resonancia entre las masas [19].

Merleau-Ponty, en un libro dedicado a las cuestiones del Sentido y del Sinsentido [20], reconoce que, en el fascismo, «había una reacción saludable contra las ilusiones kantianas de la democracia» [21]. En efecto, «el optimismo democrático supone que la violencia sólo hace una aparición episódica en la historia humana, que las relaciones económicas tienden por sí solo a realizar la justicia y la armonía y, en fin, que la estructura del mundo natural y humano es racional» . Ante este optimismo liberal y el formalismo jurídico que lo complementa, continúa Merleau-Ponty, «hoy sabemos que la igualdad formal de los derechos y la libertad política enmascaran las relaciones de fuerza en lugar de eliminarlas». La cuestión es, pues, cómo superar la debilidad del pensamiento liberal para hacer que la democracia no se limite a una invocación moral, para hacer que la igualdad y la libertad sean reales, efectivas. «Contra ese moralismo (del liberalismo), nosotros (debemos estar) todos vinculados al realismo, si por eso entendemos una política que cuide de realizar las condiciones de existencia de los valores que ella escogió». Pero, esa crítica de la «moral» del formalismo democrático no tiene nada que ver con el «inmoralismo» fascista (de Charles Maurras en ese caso). Lo que el fascismo hace es, sí, reconocer que «la igualdad y la libertad no se dan», pero, en vez de decir que necesitan ser construidas, «él renuncia a la igualdad y a la libertad» [22]. La innovación del dispositivo fascista, (en el período entre las dos guerras mundiales) que se está actualizando hoy (por la Alt Right), es la de reconocer la hipocresía de una democracia formal, que se limita a afirmaciones morales y abstractas de una manera muy cercana de la crítica materialista que viene del campo humanista o de la izquierda, para después oponerle no la lucha material para una democracia efectiva, sino la renuncia a la propia democracia. Se trata de una operación parecida a la que el bolchevismo acabó por hacer en la URSS, denunciada con vehemencia por Rosa Luxemburgo, por los anarco-comunistas, como Alexander Berkmann y Emma Goldman, así como por el ex bolchevique francés, Boris Souvarine.

En el momento de la crítica, el discurso fascista es muy cercano a la crítica popular y de izquierda, pero solo para resolverla a través de un decisionismo y, aunque

En el momento de la crítica, el discurso fascista es muy cercano al de la crítica popular y de izquierda, pero sólo para resolverla a través de un decisionismo y, además, inmoral: pues que los derechos (humanos) son sólo formales e hipócritas, incluso destruirlos formal y materialmente; porque el monopolio estatal de las armas no es respetado ni siquiera por los aparatos de estado (las policías que se transforman en milicias), vamos a liberar el armamento a los más ricos y poderosos y generalizar las milicias, etc. Porque los aparatos que se definen como representantes de las minorías buscan «atajos» identitarios, vamos a hacer una política identitaria, sólo que de la mayoría. Es interesante percibir que ese dispositivo está organizado y funciona en determinadas condiciones históricas. En el caso del fascismo italiano, uno de los determinantes fue el nacionalismo frustrado de una Italia recién unificada y el miedo ante la pujanza de los intentos revolucionarios que siguieron a la revolución rusa y al sacudón sísmico de la Primera Guerra Mundial en la composición social del país. En la radicalización nazi, encontramos nuevamente la frustración nacional, pero esta vez, el inmoralismo se dispone en una relación paradójica con el régimen bolchevique: el desvío y la represión del movimiento obrero y socialista se organizan sobre la base de las técnicas de propaganda y concentración inspiradas propias políticas bolcheviques (y luego en el stalinismo). Hay una línea de continuidad terrible entre la Administración Central de los Campos de Trabajo soviéticos (los Gulag) y los Campos de Concentración alemanes, bien representada en la escritura que aún «acoge a los visitantes en la entrada del campo de trabajo y de exterminio de Auschwitz: «el trabajo libera» (Arbeit Macht Frei). En Brasil, ese dispositivo tiene algunas innovaciones discursivas (el anti-globalismo de la alt right mundial), pero debe su éxito a la hegemonía petista y lulista dentro de la izquierda. Ella fue capaz, al mismo tiempo, de destruir, primero, todo tipo de movilización autónoma y, a continuación, eliminar todo tipo de alternativa electoral y, finalmente, de afirmar que el problema del país sería la operación judicial de lucha contra la corrupción (Lava Jato). El resultado es un gigantesco vacío dentro de una amplia indignación que, a partir de finales de 2014, pasó a ser ocupada por el bolsonarismo. Dos son las marcas de ese funcionamiento del dispositivo bolsonarista: la primera es la entrada del juez Sergio Moro en su gobierno, como reconocimiento de que solamente en su movimiento la lucha contra la corrupción encontró un respaldo político e institucional; la segunda marca fue anterior a las elecciones, apareciendo potentísima con la huelga de los camioneros. No tenemos aquí espacio para discutir si la entrada de Sergio Moro en el gobierno de Bolsonaro refuerza o acaba completamente con Lava Jato. Nos parece que se trata de un gran riesgo para la operación, pero eso no elimina el hecho de que toda la izquierda se adhirió de manera inexplicable al cinismo corrupto del PT.

 

En cuanto a los camioneros, su organización se dio por la contestación (en mayo de 2018) de la política «global» de los precios del petróleo diesel practicada por Petrobras, siendo que muchos de ellos pedían efectivamente una «intervención militar». Entender cómo la propuesta boliviana se ha convertido en la referencia de esta gigantesca movilización autónoma del principal sector de la logística en Brasil ya permite explicar una buena parte del fenómeno. En primer lugar, los camioneros sabían y saben muy bien que los gobiernos del PT fueron la causa de la difícil situación en la que se encontraban Petrobras, la economía nacional y ellos mismos: endeudamiento excesivo, baja del valor del flete y corrupción en Petrobras, que ha tenido y tiene como consecuencia el traspaso de la cuenta a los consumidores, en particular a ellos. A lo que los camioneros respondieron: «nosotros no robamos, esa cuenta no es nuestra!». En segundo lugar, esas reivindicaciones económicas de los camioneros se completaron a través de la reivindicación política de una «intervención militar». La percepción de la corrupción por lo que es, es decir, un modo de funcionamiento sistémico que lleva a uno de los delegados de la Policía Federal en la fuerza tarea de Lava Jato a preguntarse «si hay un país en medio de esa corrupción general», llevó a los camioneros a ser receptivos a la propaganda en favor de una de las instituciones (el ejército) que les parecía no estar involucrada con ese sistema. Y así, dirigieron a esa institución sus demandas de protección.

Entonces, al mismo tiempo que estas inversiones constituyen y hacen funcionar el dispositivo discursivo de la nueva derecha, ellas constituyen su lado más débil y, por esto, más agresivo. La guerra no era sólo una opción para el nazi-fascismo, sino una necesidad reproductiva, tanto para promover la mistificación del dispositivo, como para su propia supervivencia económica, con previsión de las conquistas materiales por la subordinación de los otros pueblos. Y no es diferente con la nueva derecha, aunque esas guerras son «sólo» comercial y / o cultural. Sin embargo, sabemos que la guerra comercial tiene fuertes posibilidades de llevar a la guerra tout court, mientras que aquella «cultural» ya alimenta un nuevo conflicto entre los tipos de fundamentalismo religioso. La necesidad fascista de hacer la guerra no es sólo causa de sus desgracias bélicas, sino también de sus dificultades de lidiar con el pie «económico» de su política: la promoción del consumo popular por los nazis -con la emblemática creación de la Volkswagen- no podía ser un fordismo, pues sólo funcionaba a partir de la presión obrera, mientras que el nazismo movilizaba el trabajo de manera compulsiva. El ajuste neoliberal, en el caso del gobierno Bolsonaro, no tiene como evitar de chocar en la poca importancia dada por el núcleo duro del bolsonarismo a la política económica y en el corporativismo de su tradicional base social. Esta fuga hacia adelante es inevitable, pues, sin ella, el dispositivo de inversión y desvío pasa a funcionar por el revés (es decir, de manera autónoma) y se transforma en una creciente oposición social. Si las polémicas en torno al carnaval, así como en torno a los ministerios ideológicos del gobierno (el Itamaraty y la educación, en particular) forman parte de la reproducción del juego, el episodio de la intervención en Petrobras, para sostener el precio del diesel y evitar la huelga de los camioneros, es otra cosa. En el momento en que escribimos (mayo de 2019), no podemos evaluar todos sus desdoblamientos y consecuencias (si la movilización de los camioneros fue definitivamente alejada, si la intervención en Petrobras creó fisuras en la coalición), pero sus significados ya son extremadamente claros: el bolsonismo busca reproducir ad infinitum el enfrentamiento sobre las cuestiones de costumbre, medio ambiente, para guardar la «izquierda» en la posición de denunciante de lo obvio (que Bolsonaro es Bolsonaro) y mantener sus bases movilizadas y aguerridas. Pero una movilización autónoma de esa envergadura, de una figura del trabajo al mismo tiempo estratégica, masificada y capaz de atravesar las líneas de polarización (promovidas por el Petismo y ocupadas por el Bolsonarismo) es insoportable, porque su impacto sería realmente desestabilizador. La «huelga que no hubo», aquella de los camioneros, tiene, así, impactos importantes y de largo alcance. Independientemente de los esfuerzos que los equipos políticos (la Casa Civil) y económicas (del Ministerio de Hacienda) harán para costurar una narrativa que haga coherentes intervencionismo y neoliberalismo, la cuestión no es más interna al gobierno y ya se conecta con una sensación más general de que la confianza tan buscada por el ajuste sin fin, prácticamente desde los primeros meses del segundo gobierno Dilma, no está ni consolidándose ni mostrando que un día se va a firmar. Hay un verdadero desajuste entre economía y sociedad, un desajuste que regresó de una vez por todas.

 

El enigma de la conversión de la violencia: nuevo horizonte de la política monetaria

 En el desajuste entre economía y sociedad podemos ver otra cara (tal vez su verdadera cara) del enigma de la política, así como lo formulamos al inicio de esas reflexiones. Aquí el enigma aparece como el tema de la conversión de la violencia, que la filosofía política pone en el terreno de la construcción de la paz y del estado de derecho como desplazamiento de la ley de la fuerza a la fuerza de la ley [23]. En realidad, la cuestión de la conversión es incluso una cuestión monetaria o de ontología de la moneda como vínculo fiduciario [24]. Para la izquierda, la moneda, así como el fetichismo de la mercancía, es un tabú. Para los liberales es un dogma. Siendo menos moralista, la dogmática monetaria es más eficaz que la condena -de origen religioso- de la moneda como fetiche. Esto, además, hace bastante paradójicos los análisis del capitalismo en cuanto religión [25]. La globalización, con la ampliación de los flujos de todo tipo, incluso monetarios, hizo que la crítica del fetichismo y del capitalismo se convirtiera, por un lado, en una recuperación ampliada del viejo discurso marxista sobre la separación de las dos esferas económicas (real y monetaria por la inversión del ciclo MD-M1 (mercancía-dinero y más mercancía) en DM-D1 (dinero-mercancía más dinero) y, por el otro, de los análisis en términos de endeudamiento generalizado como fenómeno moral (de culpa). Esto llevó a la búsqueda de un imposible volver a un capitalismo «más real que el que está ahí» o a la utopía de una sociedad desmonetarizada [26]. Pero las grandes luchas que transformaron el movimiento obrero desde el New Deal norteamericano de la década de 1930 hasta el nuevo sindicalismo del ABC paulista de finales de la década de 1970 pasando por las luchas de finales de la década de 1960 en Europa occidental y en aquella socialista, tenían como terreno la moneda: los aumentos salariales. Más recientemente, en Brasil, la lucha del MPL fue por los 20 centavos y la de los camioneros por los 40 centavos. Son luchas que no ocurren contra la moneda, sino sobre el terreno de la moneda. Cuando se habla de «finanzas» y de «financiarización», eso debería ser visto a partir del hecho de que hoy la moneda se ha convertido explícitamente en el terreno inmediato -sin más la mediación salarial- de la movilización de la sociedad, incluso de las luchas y los movimientos sociales. Es precisamente en ese terreno que el actual gobierno encuentra sus mayores dificultades y, ante ellas, algunas brechas se abren para un debate realmente innovador. En Brasil de ese primer mediado de 2019, los columnistas de economía y política empiezan a dudar sobre el futuro del gobierno y apuntan como problema la existencia de algo como un «equilibrio precario entre populistas y liberales». El pesimismo brota con cada vez más fuerza, aunque el énfasis sigue siendo el de las dosificaciones internas a una alianza que podría encontrar su rumbo. Pero no hay como esconder: «la hostilidad del grupo ideológico al libre comercio (del gobierno Bolsonaro) es notoria, lo que debe dar escalofríos en el equipo económico y en el ministerio de la agricultura» [27]. Se dice que se ha manifestado en las carreteras algo como un «divorcio de bolsonaristas» [28] y se multiplican las exhortaciones: «Ya hemos acumulado muchos (fracasos) en los últimos años para continuar perdiendo tiempo en peleas inútiles» [29]. El optimismo está declinando. El país está entrando en el octavo año de estancamiento y ya se prevé «otra década perdida en Brasil» [30]. La confianza está volviendo abiertamente desconfianza y, se dice, ella tiene un costo [31]. La preocupación no se limita a Brasil: «sea de derecha o de izquierda, hay un momento en que el gobierno latinoamericano cree que es posible resolver todo con una cañada, una congelación (de los precios en Argentina por el presidente Macri), o una «llamada telefónica para el presidente de la estatal (Petrobras) «[32]. Se reabre, así, el espacio para los diagnósticos que cuestionan las políticas de austeridad:

A lo largo del período (2014-2018), la persistente agenda de austeridad no trajo el desempeño prometido. Las evaluaciones subjetivas sobre «confianza» del sector privado mostraron recuperación en respuesta a determinados eventos políticos y / o cambios institucionales y legislativos, sin que la inversión privada presentase la performance esperada.[33]

Es en este contexto, de una sensación general que la confianza no viene y no vendrá, que se abrió una brecha y el economista André Lara Resende aprovechó. Él cambió de régimen discursivo, osando volver a decir la verdad sobre la moneda. Sus dos artículos publicados en la prensa son relativamente simples y afirman lo que debería ser obvio: la economía no es ni una ciencia exacta ni una técnica de contabilidad. La economía es política y la moneda es el resultado y la base de esa «política». El lastre de la moneda no es material, sino fiduciario: no hay limitación objetiva, material, en la creación (emisión) de moneda y, pues, «el gobierno – que emite moneda – no tiene restricción financiera». La búsqueda de un «presupuesto siempre equilibrado» es, en realidad, sólo una «superstición» [34]. Lara Resende opera un giro radical e importantísimo de los abordajes económicos main stream, pero él lo mantiene a nivel histórico y técnico, como si ese debate dependiera del tipo de concepción teórica que se tiene de la moneda. Por un lado, proporciona una síntesis que asocia claridad y coherencia, movilizando la historia y hasta la antropología del David Graeber [35]. Por el otro, estamos lejos de resolver el enigma que el economista Paul Samuelson en estos términos definió: «la creencia de que siempre habría que equilibrar el presupuesto fiscal es una superstición, un mito, cuya función es más o menos la misma de las religiones primitivas: asustar las personas para que ellas se comporten de manera compatible con la vida civilizada «[36].Entonces, Lara Resende piensa que se trata de dar un paso adelante en términos de racionalidad y – reconociendo que la moneda es nuestra creación fiduciaria, ex nihilo – sobrepasar los mitos, hacia un suplemento de «civilidad». Pero, en realidad, el dogma del equilibrio fiscal es sólo el reflejo espejeado de la otra superstición para la cual las cuestiones de la falta de salud, de seguridad y de educación se resolverían apenas «financiándolas». La desconstrucción de la justificación monetarista del dogma del equilibrio fiscal resuelve sólo en parte el problema, pues en el fondo él sigue siendo el mismo, fiduciario, es decir, de confianza. El enfrentamiento no es entre dos concepciones y, entonces, dos «esencias» de la moneda, pero entre los que piensan (y necesitan) que la moneda tenga una (esencia) y los que reconocen que ella no tiene ninguna y su realidad es totalmente relacional . Pues que «no tener restricción financiera no significa que todo está permitido, que la escasez de recursos exista y que el costo de oportunidad pueda ser desconsiderado» [37], cómo se constituye realmente la confianza? ¿La propia confianza, ella siempre tiene las mismas características o puede variar? En términos de política económica, el deshacer es reconocer lo que está detrás de los regímenes discursivos y las supersticiones. Por detrás del dogma del equilibrio fiscal, hay la convicción de que es una prueba de racionalidad que permite la formación de una confianza que lleve a la reanudación de las inversiones del sector privado. Esta «racionalidad» depende, pues, del resultado ex post, de una confianza que no tiene por qué ser totalmente racional. En esa visión, la violencia de la crisis no es convertible a no ser como violencia del ajuste y sólo después de eso habrá, como consecuencia segunda, alguna conversión social de la economía.

El otro enfoque dice que es «la insuficiencia de moneda lo que causa el problema, no su exceso. Desde que el poder de compra de la moneda sea preservado, no sea corroído por la inflación, la demanda por la moneda es prácticamente infinita»[38]. La prueba empírica que Lara Resende moviliza es la de las políticas de Quantitative Easing (QE) practicadas por el Banco Central Europeo y el FED a lo largo de los últimos años para contener los efectos de la crisis financiera de 2007 y 2008: El QE es la comprobación práctica de que el gobierno no tiene restricción financiera, pues puede aumentar sus gastos, en este caso para adquirir activos financieros del sector privado, simplemente acreditando reservas bancarias en nombre de los vendedores. Como al pasar el gobierno «emite» reservas bancarias, no es necesario que obtenga los recursos para gastar, ni a través de impuestos, ni de cualquier fuente alternativa de financiamiento. [39]

Se abre aquí una grieta por donde es posible pensar la conversión de la violencia en moneda. En el primer enfoque, la moneda es continuación de una violencia que sólo el crecimiento puede transformar. En la segunda, ella es la conversión de la violencia en la moneda necesaria para el desarrollo. Pero la efectividad de la conversión en el plano de la brecha entre civilización y barbarie queda totalmente abierta. El hecho es que, por muy importante que esas políticas monetarias de emisión masiva de moneda hayan sido (incluso para la profundización del proceso de constitución europea), ellas fueron y son incapaces de «bancar» (lato e stricto sensu) un nuevo pacto social y político. La crisis de la globalización continúa profundizándose, en particular con la multiplicación electoral de la nueva derecha (Brexit en el Reino Unido, Trump en Estados Unidos, Salvini en Italia, etc.). Desplazar el debate de la confianza ex post (que necesita afirmar que el stock de moneda es finito) por aquel ex ante (la moneda es fiduciaria y su stock es ilimitado) es un gran paso al frente, aunque apenas porque reformula la cuestion de la confianza, sin, así y todo, resolverla. Lo que necesitamos, en esa perspectiva, es pensar realmente el Nuevo Pacto que puede producir las equivalencias necesarias para la conversión de la violencia en política, de la guerra en paz. La conversión precisa de una moneda capaz de pagar el precio de esa conversión, en el sentido etimológico de la palabra: el pago es esencial para la pacificación, exactamente en la medida que «pagar» viene del latín pacare: pacificar [40].

En vez de que la reforma de la Seguridad Social sea la condición de la confianza y la sostenibilidad, lo que necesitamos es otra confianza para la reforma de la Seguridad Social. En otros términos, diremos que la reforma de la previsión sólo es sostenible si se desplaza en esa dirección de poder pagar (pacificar) una protección social más adecuada. Esto significa introducir nuevos elementos de equivalencia, particularmente por medio de la inflexión en los modos de aprehensión del trabajo: se trata de reconocer que hoy el trabajo ya no se realiza dentro de la relación de empleo, sino fuera de ella, en la forma de la «empleabilidad» o del trabajo autónomo y con el contenido de la precariedad. Por detrás del debate sobre «confianza» y Previsión emerge otra división social, aquella entre una sociedad salarial definitivamente en crisis y que no logra reformar sus instituciones sin aumentar aún más la precariedad y la de la violencia de un trabajo sin sueldo que aún no tiene sus instituciones: ni su reconocimiento, ni su protección. La confianza no está ni en el financiamiento del sistema actual (organizado en torno a una sociedad salarial que nunca existió y nunca existirá) ni en la reforma que tenga en cuenta el equilibrio contable.

Retomemos una vez más la metáfora de Yann Moulier Boutang cuando describe el trabajo no asalariado en el capitalismo contemporáneo como parecido a las actividades de polinización de las abejas. Circular en la ciudad, por los territorios, es exactamente como ir de flor en flor. Un sin número de encuentros aleatorios que fecundan la vida social y crean la riqueza. Sin embargo, es sólo el trabajo de las abejas el que se reconoce, cuando producen excedentes de miel y cera en la colmena-fábrica, donde son abejas «obreras», asalariadas. El problema de la sociedad polen, como ya dijimos, es que casi toda la riqueza viene de la polinización, pero las abejas sólo reciben una remuneración y una protección social cuando logran establecer alguna conexión con la colmena. La conversión se basa en un pago (asalariado) que sólo pacifica segmentos minoritarios del trabajo difuso que no encuentra su precio, su paz. El nuevo pacto es aquel capaz de reconocer el trabajo de polinización y producir entonces la moneda adecuada a esas nuevas instituciones, es decir, una renta universal de remuneración de las abejas polinizadoras. De repente, también tenemos la posibilidad de pensar de alguna manera el impasse de la conversión de la violencia en moneda, en civilidad, como diría Étienne Balibar. La reforma de la previsión debería ser el terreno de esta inflexión institucional y, en ese sentido, participar en la emisión fiduciaria de una moneda que sería del común. Tenemos en Brasil un punto de vista privilegiado para aprehender ese desafío: por un lado, porque aquí la previsión ya funciona – para los más pobres – como un sistema de renta de alguna manera separado del trabajo; por el otro, porque las primaveras árabes aquí se manifestaron en dos movilizaciones sociales de las abejas polinizadoras: con el MPL, en junio de 2013 y sobre la polinización metropolitana, y con los camioneros, en 2018, en el terreno de la polinización logística continental. Aquí encontramos también un punto de vista para pensar el casi colapso de Río de Janeiro y la tragedia de Muzema (el desmoronamiento de dos edificios construidos de manera ilegal en área controlada por «milicianos»). La expansión de las milicias, que comenzó en la década de 1990 y se extendió en los gobiernos de coalición entre PT y PMDB, y que hoy parecen no sólo controlar amplios territorios de la metrópoli, sino promover el crecimiento inmobiliario de nuevos barrios, cambio de los flujos de trabajo y valorización. En el paso de la fábrica a la metrópoli, el control del territorio ya no es algo que es periférico con relación al proceso de valorización, sino que se trata del propio proceso de valorización. Es de ese desplazamiento que viene la potencia económica creciente de las redes mafiosas que hoy tiene asiento en la representación política y llegan a querer producir e incorporar lo que antes sólo saqueaban a posteriori. No es casual que el movimiento de junio de 2013 en Río de Janeiro se haya extendido en las reivindicaciones contra las mafias de los transportes (las empresas de autobús), las mafias del poder (el gobierno y el legislativo estaduales) y en la cuestión de la paz (» el caso Amarildo). El movimiento de junio, en su esfuerzo constituyente, pasó a una crítica general del sistema mafioso que paralizaba los flujos de creación del valor en la metrópoli y fue una verdadera anticipación de la operación Lava Jato, que llevó una buena parte de las principales figuras de esos «esquemas» a la prisión.

Al mismo tiempo, la deconstrucción del movimiento de junio y la resiliencia de la hegemonía petista sobre la izquierda llevaron a la paradoja del éxito electoral de la otra cara del fenómeno miliciano, aquella difusa capilarmente en los territorios de la socialización policial y militar. El cobarde asesinato de Marielle Franco se produjo en ese contexto y hasta ahora los ejecutores que fueron presos son exactamente parte de esa «cara» difusa, promiscua con los discursos del orden y el sistema generalizado de corrupción y violencia de los aparatos represivos del Estado, los nuevos gobernantes siempre fueron la representación corporativa. Si la investigación sobre los mandantes es hacia adelante y de manera eficaz, tal vez tengamos una fotografía que junta las dos dimensiones del fenómeno del poder y de la trampa donde el movimiento democrático se metió a partir del momento que se dejó pautar por el PT. Estamos hoy en estas paradojas y en sus dimensiones trágicas, pero es sólo saliendo de ellos que el movimiento democrático podrá recuperar su dinámica y producir nuevos sentidos.

La huelga-que-no-hubo (esa de los camioneros) muestra que incluso dentro de ese tremendo estancamiento, la sociedad continúa movilizándose. De la misma manera que la primavera árabe no paró en 2011 y no se normalizó por las tragedias de Siria, Yemen y Libia: en Sudán y en Argelia, las multitudes continúan practicando la democracia, así como los chalecos amarillos lo hacen en Francia. Es de esos movimientos que dependemos para avanzar y sobre eso que necesitamos acumular nuestras reflexiones teóricas y prácticas. Río de Janeiro

1 de Mayo de 2019 – versión provisoria

Reviso: 5 de mayo de 2019 – Luiz

Traduccion del portugues: Santiago De Arcos-Halyburton

 

NOTAS

[1] Em Bruno Cava e Márcio Pereira (Orgs.), A Terra Treme, leituras do Brasil de 2013 a 2016, Anna Blume, São Paulo, 2016.

[2] Coleção “Máquinas, Linhas e Territórios”, Autografia, Rio de Janeiro, 2018.

[3] Em Signes, Paris, 1960 (Folio essais).

[4] La comuna de Kronstadt estaba formada por los consejos (soviets) de los obreros y de los marineros de la ciudad báltica de la recién constituida URSS. Ellos afirmaron su autonomía ante el poder centralizador bolchevique. En 1921, Lenin y Trotsky decidieron y condujeron la represión, matando a miles de obreros y soldados, incluso a las familias de los marineros que habían sido tomadas rehenes. Véase Alexander Berkman, El mito bolchevique Diário 1920-1922, La Malatesta, Madrid, 2013.

[5] El «extranjero» en ese caso sería el colonialismo británico. La obra de referencia es el libro clásico de C.L.R. James, Os Jacobinos Negros (1938). Rio de Janeiro: Boitempo, 2000.

[6] Ibid., p. 362.

[7] Traducimos como “enigma” lo que Merleau-Ponty define como “problema”. Ibid. p. 363.

[8] Merleau-Ponty finaliza su artículo inaugurando la oposición entre Maquiavelo y el maquiavelismo: «Hay una manera de traicionar a Maquiavelo que es maquiavélica, se trata de la piadosa experiencia de los que conducen sus ojos y los nuestros hacia el cielo de los principios para desviarlos de lo que hacen. Hay una manera de actuar Maquiavelo que es totalmente contraria al maquiavelismo, pues que ella honra en su obra una contribución a la claridad política » (ibíd., p. 364). .

[9] Claude Lefort está comentando Humanisme et Terreur de Merleau-Ponty, “D’um doute à l’autre”, Esprit, junho de 1982, em Écrits, cit., p. 493.

[10] Cf. Mario Tronti, Operai e Capitale, Einaudi: Torino, 1970. Particularmente “The Progressive Era”.

[11] Vease Mario Tronti, Il tempo dela politica, Editori Riuniti, Roma, 1980. Antonio Negri critico a Tronti en varios de sus libros y ya en 1978, en Il Dominio e il sabotaggio, Feltrinelli, Milano. Para una reseña del debate, Dario Gentili, “Una crisi italiana. Alla radice della teoria dell’autonomia del politico”, MigroMega, Febrero de 2013. Disponible en http://ilrasoiodioccam-micromega.blogautore.espresso.repubblica.it/2013/02/27/una-crisi-italiana-alla-radice-della-teoria-dellautonomia-del-politico/

 

[12] Otros temas urgentes son los que involucran la relación entre sociedad y Estado, así como es posible hacer a partir del debate furioso que se desarrolló sobre Foucault, particularmente sobre sus interpretaciones del papel del Estado. Véase Stephen W. Sawyer, “Foucault and the State”, The Tocqueville Review/La revue Tocqueville, Volume 36, Number 1, 2015, pp. 135–164. «Esto conduce a la discusión sobre la gubernamentalidad neoliberal, por ejemplo en el encuentro entre François Ewald y Gary Becker Gary S. Becker François Ewald Bernard E. Harcourt,» Becker on Ewald on Foucault on Becker American Neoliberalismo y Michel Foucault’s 1979 ‘Birth of Biopolitics’ Lectures «, Coase-Sandor Working Paper Series en Derecho y Economía, Chicago, 2012. Véase también Giuseppe Cocco y Bruno Cava, New Neoliberalism and the Other. Biopower, Anthropophagy and Living Money, Lexington, 2018.

[13] Revista Trágica: estudos de filosofia da imanência, 1 quadrimestre 2015 – vol. 8 – n. 1. PPGF da UFRJ. Publicado originalmente em Les Nouvelles littéraires, 3-9 de maio de 1984, pp. 75-76. Tradução de Mariana de Toledo Barbosa.

[14] “L’Analyse marxiste et le fascisme”, Les Temps Modernes , 1945, n. 2 em Claude Lefort, Écrits 1945 – 2005, Belin, Paris, 2007, p. 34.

[15] Hay otra manera de hablar del fenómeno que es usando el término – mucho más ambiguo – de «populismo» o «populismos». Ver por ejemplo Paolo Gerbaudo, The Mask and the Flag. Populism, citizenism and global protest, Hurst & Company, Londres, 2017. Véase también la reseña de Alexandre Mendes, “O que podem as mascaras e as bandeiras”, sitio Uninômade Brasil, disponible en http://uninomade.net/tenda/o-que-podem-as-mascaras-e-as-bandeiras/

[16] Como en el episodio del veto «presidencial» al clip publicitario del Banco do Brasil sobre «multiculturalismo», en mayo de 2019.

[17] La Central European University de Soros en Budapest tuvo que cerrar las puertas. Es interesante recordar que la izquierda a menudo hace las mismas críticas, por ejemplo a otra fundación que recibe recursos de Soros, la Open Democracy. Sobre la Universidad, véase: https://www.forbes.com/sites/susanadams/2018/12/04/why-hungary-forced-george-soros-backed-central-european-university-to-leave-the-country/#28d403ba533e

[18] La presencia del Primer Ministro israelí, Benjamín Netanyahu, también es emblemática y-sin poder aquí desarrollar el tema- muestra cómo los atajos nacionalistas e identitarios siempre llevan a descaminos, en este caso en la alianza entre un estado que se define como judío y figuras políticas que están renovando el antisemitismo. «Por ejemplo, Charlie Werzel,» Mass Shootings han llegado a Sickening Meme: online messages de suspects in shootings en California synagogue y Nueva Zeland mosque fueron similares «, New York Times, 28 de abril de 2019, disponible en https://www.nytimes.com/2019/04/28/opinion/poway-synagogue-shooting-meme.html.

[19] “La situation sociale en France”, Socialisme ou Barbarie n. 10, 1952. In Écrits, cit. p. 87.Grifos nossos.

[20] Maurice Merleau-Ponty, Sens et non-Sens (1966), Gallimard: Paris 1996.

[21] Ibid. p. 124. La referencia es a Charles Maurras, poeta y pensador francés que fundó la ultranacionalista Action Française y, después de la ocupación nazi de Francia, apoyó con entusiasmo al gobierno colaboracionista del mariscal Petain así como sus leyes raciales (antisemitas).

[22] Sens et non-Sens, cit., pp. 124-5. Grifos nossos.

[23] Ver Étienne Balibar, Violence et civilité. Wllek Library Lectures et autres essais de philosophie politique, Galilée, Paris, 2010.

[24] Véase Giuseppe Cocco e Bruno Cava, New Neoliberalism and the Other. Cit. En particular los capítulos 5 e 6.

[25] Véase por ejemplo Elettra Stimilli, Il debito del vivente. Ascesi e capitalismo, Quodlibet, Macerata, 2011.

[26] Sobre las definiciones marxianas del capital financiero como ficticio, ver Nigel Dodd, The Social Life of Money, Princeton, Princeton, 2014, p. 55 y siguientes.

[27] Pedro Ferreira e Renato Fragelli, “Populistas e liberais, em equilíbrio precário”, jornal Valor, 18 de abril de 2019.

[28] María Cristina Fernandes, “Divórcio de bolsonaristas começou na estrada”, b, 12 de abril de 2019.

[29] Fabio Giambiagi, “O radicalismo e a economia”, O Globo, 9 de abril de 2019.

[30] Editorial do Globo, Ö risco de mais uma década perdida no Brasil”, O Globo, 20 de abril de 2019.

[31] José Casado, “O custo da desconfiança”, O Globo, 16 de abril de 2019.

[32] Míriam Leitão, “A América Latina e o populismo”, O Globo, 18 de abril de 2019.

[33] Julia Braga e Fernando Lara, “Há motivos para recuperação dos investimentos? Corte de gastos é recessivo e deteriora ainda mais os indicadores fiscais”. Valor, 18 de abril de 2019.

[34] André Lara Resende, “Razão e Superstição”, Valor, 18 de abril de 2019.

[35] David Graeber, Debt: The first 5.000 years, Melville House, New York, 2011.

[36] André Lara Resende, “Razão… “, Cit.

[37] Ibid.

[38] Ibid.

[39] André Lara Resende, “Consenso e Contrassenso: déficit, dívida e previdência”, Valor Econômico, 8 de março de 2019.

[40] Nigel Dodd, Cit., p. 24 e na nota 12.