Un temor alemán

Por Francisco Louça

El caso es que la exposición real de los activos de riesgo de Deutsche Bank es al menos de 288.000 millones de euros. Mucha gente se acuerda de Lehman Brothers.

¿A la cuarta la vencida? La dirección de Deutsche Bank (DB) promete el éxito del plan de reestructuración, con 18.000 despidos y una reducción de la unidad de inversión, y se centrará en la venta al por menor. Las razones de emergencia son la pérdida de € 2,8 mil millones en el último trimestre, con el valor de las acciones en el nivel más bajo en 149 años. Pero el iceberg es más profundo, y no ha sido suficiente una reciente recapitalización de 30 mil millones de euros y un primer ‘banco malo’. Por eso, el miedo invade los circuitos financieros. El FMI no utiliza medias palabras, considera a DB como el banco que supone el mayor riesgo sistémico.

Las buenas noticias no son tantas…

El Gobierno alemán trata el caso como un peligro a su soberanía, pero es dudoso que tenga los medios para salvar el banco si el pánico estalla. Ha fallado todo lo que ha intentado, como presionar al banco para una fusión con su competidor, Commerzbank. Sin embargo, dos grandes bancos, el UBS suizo y el holandés ING, han indicaron que podrían proponer una fusión, que en realidad sería la compra de los restos de DB después de su quiebra – el problema es que alguien tiene que pagar la factura.

La magnitud del problema ni siquiera es fácil de medir. El DB tiene 24 millones de clientes, un banco postal y el mayor gestor de activos de Alemania. Tenía la ambición de ser el motor alemán de la globalización, se salvó siempre y quién se acuerda del rescate de Grecia sabe de lo que se trata. Pero tiene una deuda tóxica colosal. Por eso, quiere crear un nuevo ‘banco malo’ con 74 mil millones de euros en activos, más de lo que se pensaba hace unas semanas. El caso es que la exposición real a los activos de riesgo será al menos de 288.000 millones de euros (el valor nacional de sus derivados es 12 veces mayor, el triple del PIB europeo, pero dice poco acerca del valor real).

…Y las malas son pésimas

Es importante entender cómo el banco llegó a estos valores astronómicos. Tal vez el mecanismo más importante haya sido especializarse en la inversión especulativa con una inundación de liquidez en dólares, que sigue siendo la moneda de referencia para dos tercios del comercio mundial, utilizando diversos instrumentos cada vez más arriesgados. Uno de ellos son los productos derivados como swaps de divisas: el DB firma con otro banco un contrato para asegurar el cambio de euros por dólares a un precio fijo a largo plazo. Y ese banco presta en dólares, que no tiene en sus arcas, sabiendo que los puede obtener del DB siempre que lo necesite, mediante este contrato. La pirámide va creciendo mientras tanto, muchos agentes financieros y bancos utilizan el mismo procedimiento y por lo tanto la expansión financiera y la liquidez de las últimas décadas se ha apoyado en esta ficción. El DB quería ser el mayor banco europeo para competir con los bancos de EE UU apostando al cambio de divisas y acumulando una montaña de deudas.

El banco se convirtió así en el epicentro del negocio. Y de esa manera llegó a acumular los 288.000 millones de euros. Por eso, el banco ha tratado en la última década de limpiar esta cuenta, pero sin éxito. Al colocar en el ‘banco malo’ una parte del riesgo quiere vender estos contratos a precio de saldo, pero el juego de manos no evita que tenga que registrar en sus balances las perdidas, aún sabiendo que el gobierno, incluso si quisiera, no puede cubrir el déficit, porque el agujero puede llegar a superar treinta años del superávit corriente masivo de Alemania. Es demasiado grande y por eso mucha gente se acuerda de Lehman Brothers. Quizás este abismo sea mayor.

catedrático de economía de la Universidad de Lisboa, ex parlamentario y miembro del Bloco de Esquerda, actualmente es Consejero de Estado.

Fuente: «Express»

Traducción G. Buster / sinpermiso.info

El PCCH y el Ancien Régime

Por Peter Nolan

Es imposible leer hoy la correspondencia de un intendente del ancien régime, tanto a sus superiores como a sus subordinados, sin tener la fuerte sensación de que la similitud de las instituciones hace que los gestores de aquel tiempo se parezcan mucho a los de nuestros días. Parecen acercarse los unos a los otros a través del abismo de la Revolución que los separa […]. Más vale que dejemos de sorprendernos ante la pasmosa facilidad con que la centralización fue restablecida en Francia a comienzos de este siglo. Los hombres de 1789 habían dado la vuelta al edificio, pero sus cimientos se habían mantenido intactos en los mismos corazones de sus destructores. Sobre esas bases fueron capaces de reconstruirlo, dándole una solidez que nunca antes había tenido.

Alexis de Tocqueville, El Antiguo Régimen y la Revolución, 1856.

El colapso de la Unión Soviética tuvo un profundo impacto en el pensamiento chino sobre la ideología política, las ins- tituciones y el desarrollo1. Las desastrosas consecuencias que tuvo en Rusia la desaparición del PCUS en términos de bienestar social fue un factor que fortaleció la determinación por parte de Pekín de resistir la presión externa e interna para que evolucionara hacia la democracia parlamentaria. ¿Cuál fue el motivo de que el Partido Comunista de la Unión Soviética se desintegrase, mientras que el Partido Comunista de China (PCCH) fue capaz de sobrevivir y robustecer su posición? La espectacular divergencia en las trayectorias de las dos superpotencias comunistas ha tenido un significado incalculable para la economía política global del siglo XXI, con efectos que potencialmente se proyectarán en el futuro a largo plazo.

Ambos regímenes tenían un punto de partida común en el sistema económico político que se estableció en Rusia entre 1917 y 1921. Sus rasgos esenciales (el monopolio del control político en manos del Partido, la propiedad estatal de los medios de producción, el control estatal sobre el comercio y las finanzas) fueron concebidos durante los años de violencia extrema y de lucha por la supervivencia del emergente régimen bolchevique durante la Guerra Civil rusa. En el momento de su fundación en 1921 el Partido Comunista de China adoptó básicamente la misma estructura política y el mismo planteamiento en términos de organización económica que su homólogo soviético. Tal y como lo expresó Xi Jinping en 2017: «Las salvas de la Revolución de Octubre trajeron el marxismo-leninismo a China. En la verdad científica del marxismo-leninismo, los progresistas chinos vieron una solución a los problemas de China»2.

Tanto en la URSS como en China, la guerra civil y la lucha por la super- vivencia nacional contra una potencia invasora –respectivamente, la Alemania nazi y el Japón imperial– fortalecieron los aspectos centralistas y disciplinarios del Partido Comunista. En ambos países, el periodo de la Nueva Política Económica –a principios de la década de 1920, bajo la dirección de Lenin, y a principios de la década de 1950, bajo la dirección de Mao– modificó temporalmente el planteamiento de la estrategia económica, pero la filosofía de «la economía en su conjunto como una sola fábrica», incluyendo la organización de la población rural en granjas colectivas, fue rápidamente restablecida como el factor decisivo de la organización económica a ambos lados del río Amur. Este sistema económico «estalinista», unido al control político de carácter monolítico por parte del aparato del Partido, continuaron en vigor en China hasta la muerte de Mao en 1976, y en Rusia, hasta el ascenso de Gorbachov a la secretaría general del pcus en 1985.

La estructura política de los zares

Sin embargo, los rasgos comunes de los sistemas político-económicos de las dos potencias comunistas ocultaban diferencias profundas en cuanto a la naturaleza de sus regímenes previos a la revolución. En el caso del PCUS, el ancien régime no era otro que el Estado ruso establecido a partir del siglo XVII por el diminuto Principado de Moscú mediante una larga serie de conquistas militares. Esta estructura política expansionista estaba dirigida por un gobierno centralizado y autoritario equipado con un gran ejército, necesario antes que nada para mantener unido un territorio vasto, poco poblado y étnicamente diverso, con fuertes e inherentes tendencias separatistas, y que a continuación habría de ser puesto a prueba en feroces guerras con los países vecinos: la Gran Guerra del Norte contra el poderoso Estado sueco entre 1700 y 1721, la invasión napoleónica de 1812, la Guerra de Crimea contra Francia, Gran Bretaña y el Imperio otomano en la década de 1850 y la Guerra ruso-japonesa de 1904. La Primera Guerra Mundial fue el último y más devastador de una larga serie de conflictos entre la Rusia imperial y sus grandes potencias rivales.

En términos sociales, los estratos superiores de los estamentos civil y militar zaristas estaban compuestos por la clase terrateniente, que dependía del soberano para la adjudicación y protección de sus posesiones. Esta franja de población, al igual que la mayor parte del clero, siguió siendo por lo general analfabeta durante todo el siglo XVII. Rusia tenía una tradición escrita bastante pobre, con muy poco espacio parael pensamiento ético o filosófico acerca del papel de la clase dirigente. La posición de la Iglesia ortodoxa se reducía a la de ser una rama subordinada del Estado, el cual designaba y pagaba a sus sacerdotes y altos cargos. La masa de campesinos, infantería para el ejército, se mantenía virtualmente en la esclavitud, e incluso después de la emancipación de 1861 siguieron siendo siervos. Aunque el país poseía un sistema de comercio interno altamente desarrollado, el control que se ejercía sobre la clase mercantil era estrecho. El régimen zarista estableció monopolios estatales para los mercaderes, impuso sistemáticos gravámenes fiscales sobre sus beneficios para mantener la hacienda pública y tomó medidas para evitar la formación de ciudades comerciales de consideración.

Si bien es cierto que una parte importante de la cultura rusa se deriva de la interacción con el Mediterráneo oriental y Asia central, a partir de Pedro el Grande los dirigentes del país se preocuparon sobre todo por absorber las tecnologías y la cultura de Europa Occidental. Este impulso quedó reflejado en la arquitectura de San Petersburgo, en la adopción de la lengua francesa por parte de las clases altas terratenientes y en la orientación de los estratos intelectuales que surgieron en el siglo XIX.

Esta intelectualidad asimiló con entusiasmo las ideas políticas de Europa Occidental y gran parte de su actividad política y literaria era crítica con el autoritarismo zarista. La tensión entre la intelectualidad y el Estado perduraría durante el periodo soviético. Si bien es cierto que la industria capitalista creció entre 1890 y 1914, se mantuvo circunscrita en su mayor parte al área de San Petersburgo, y su papel en el conjunto de la economía política del zarismo hasta la llegada al poder de los bolcheviques fue marginal. La preocupación principal de la clase dirigente pre-revolucionaria de terratenientes y oficiales militares fue la de mantener elcontrol sobre el imperio y sobre las masas campesinas. Su burocraciaera relativamente pequeña. Sabía poco acerca del funcionamiento de laeconomía de mercado y tenía un profundo complejo de inferioridad en relación con la cultura europea occidental.

La noción de una economía no de mercado basada en la propiedad común de los medios de producción era un aspecto central de la ideo- logía del Partido Comunista en la Unión Soviética. Se puso en práctica durante el periodo del comunismo de guerra, entre 1918 y 1921, y graciasa ello se logró levantar un enorme baluarte industrial que veinte años más tarde detendría el avance nazi en Eurasia3. Sin embargo, cuando la dirección del pcus perdió la fe en el comunismo perdió completamente el rumbo. Ante la disyuntiva de emprender una vía bajo condiciones nuevas, carecía de cualquier noción de lo que los chinos llaman «la otra orilla del río», es decir, la situación concreta que se pretende alcanzar. Los únicos recursos que la historia pre-revolucionaria de Moscú podía ofrecer eran visiones idealizadas de la política occidental y de la economía de libre mercado.

Recursos para el viaje

En esa misma coyuntura, el pcch podía recurrir a los abundantes recur- sos que sí ofrecía el ancien régime chino. En contraste con Moscovia –que antes del siglo xiv era poco más que una fortaleza de madera–, durante milenios el centro del Estado en el este de China, económicamente desarrollado y densamente poblado, ofreció una base firme durante largos periodos de gobierno político estable, incluso mientras el control sobre los territorios exteriores con asentamientos superficiales crecía y menguaba según el momento. El PCCH se vio asimismo fortalecido por la larga tradición político-filosófica de la burocracia china, a cuyos funcionarios-intelectuales se les inculcaba sistemáticamente el deber de «servir al pueblo», así como la obligación moral que Mencio imponía a aquellos que «primero alcanzan la comprensión»4.

Esta filosofía se hallaba profundamente incrustada en el pensamiento de la burocracia tradicional, y estaba igualmente arraigada en la ideología del pcch. Yang Changji, el profesor de Mao Zedong en Changsha entre 1913 y 1919 que dejó una «fortísima impresión» en el futuro líder, creía fervientemente que los intelectuales tenían un deber especial a la hora de poner el destino del país por encima de sus deseos individuales5. «Servir al pueblo» –wei renmin fuwu– es una consigna central del Partido, cuyo eco se ha venido sintiendo, desde el discurso de Mao de septiembre de 1944, cinco años antes de la proclamación de la República Popular, hasta el grueso de los discursos de XI6. Casi sobra decir que a lo largo de la historia china fueron pocos los burócratas, si es que hubo alguno, que estuvieron a la altura de los altos estándares de abnegación, coraje y responsabilidad que se esperaban del funcionario público ideal. Entre 2012 y 2017, la Comisión central para la inspección disciplinaria del PCCH emprendió acciones contra 1,4 millones de miembros delPartido, con el fin de poner coto a la corrupción rampante que se había extendido dentro de la organización a la sombra del crecimiento de la «economía de mercado» (tal y como se la conoce en China), muy especialmente en el gigantesco sector inmobiliario.

La idea de una economía no de mercado, con una propiedad colectiva de los bienes, también tiene orígenes antiguos en China, que se remontan a las palabras atribuidas a Confucio en el Libro de los ritos, que es una compilación del siglo II a. C. de textos más tempranos. Resulta evidente que Confucio tenía en mente un mundo ideal, donde la benevolencia sería el principio rector. Sin embargo, la naturaleza de los derechos de propiedad en un mundo semejante es una cuestión objeto de debate7. De hecho, el pasaje clave en este sentido es ambiguo: da dao zhi xing ye, tian xia wei gong. Según el filósofo de la era republicana Feng Youlanesta frase debe interpretarse como: «En los tiempos en que se practi- caba el gran Tao, el mundo era común para todos»8. El erudito japonés Tsuchida Kyoson, contemporáneo suyo, la convirtió en: «Cuando el Gran Camino se realice, el mundo entero será poseído por todos».

Una generación anterior a la de Feng Youlan, el pensador utópico Kang Youwei, monárquico constitucional y líder del movimiento reformista de 1898, había propuesto ya una lectura similar de Confucio. En su Da Tong Shu [Libro de la gran armonía] Kang describió una sociedad en la que «toda la industria sería de control público» y «todo el comercio estaría bajo el control del ministerio de Comercio del gobierno». La planificación económica se llevaría a cabo a escala mundial, con el fin de«prevenir los males de la infraproducción y de la superproducción». En las zonas rurales, «toda la tierra será de propiedad y gestión públicas», al tiempo que la planificación se extendería a cada detalle, incluyendo las pautas laborales, que serían ejecutadas «como si fueran órdenes militares»9. Mao estaba absolutamente familiarizado con el Da Tong Shu y defendía que la única forma de lograr la «armonía universal» pasaba por una república popular dirigida por la clase obrera10. Muchos de los rasgos del Da Tong Shu son similares a las medidas que se implementaron bajo el liderazgo de Mao entre 1956 y 1976, en medio de una oposición feroz en el seno del PCCH. De hecho, las ideas del Antiguo Régimen en China, que se remontaban al mundo anterior a la dinastía Qin, aparecen con mucha más frecuencia que las ideas de Marx en los discursos y escritos de Mao. Es cierto que el Manifiesto Comunista dejó en él una profunda impronta, y que también se sirvió profusamente de los escritos de Marx sobre la Comuna de París y de su Crítica del Programa de Gotha. Pero más allá de ello, al parecer no llevó a cabo un estudio sistemático de la obra de Marx. Es posible que la implementación bajo el liderazgo de Mao de un sistema económico que virtualmente eliminaba el mercado se inspirara más en las corrientes radicales de la historia del pensamiento chino que en El capital.

Nuevos edificios, viejos cimientos

Desde mediados de la década de 1950 y hasta fines de la de 1970, elgrueso de la propiedad en China era, de una u otra forma, propiedad común. En diciembre de 1978, al comienzo del proceso de reforma, el PCCH tomó la decisión de abandonar «la orilla maoísta» del río –es decir, una economía controlada administrativamente, con la posesión común de la propiedad– y cruzar al otro lado. La naturaleza de ese otro ladoquedó en aquel momento por definir. Sin embargo, mientras China se embarcaba en ese viaje, el desarrollo gradual de la «economía de mercado» interactuó con la reintegración de la tradición más antigua del pensamiento político e ideológico chino.

La historia de China como Estado se remonta a la dinastía Qin en el siglo III a. C. Sus tradiciones filosóficas llegan mucho más atrás en el tiempo, hasta la dinastía Zhou (entre el siglo xi a. C. y el 221 a. C.). Los «cimientos» del ancien régime que inspiraron al PCCH incluyen la larga historia de la burocracia china, basada en una tradición literaria y filosófica sofisticada y codificada en el sistema de revisión imperial. Satisfacerlas necesidades de la mayoría de la población se entendía como unprincipio político filosófico y una tarea clave de la burocracia consistíaen estimular el mercado con vistas a lograr la prosperidad económica. Esta relación la formuló de forma célebre Guan Zhong (720-645 a. C.), el reputado canciller del Estado de la dinastía Qi, en el periodo de laPrimavera y el Otoño de la historia china (771-476 a. C.). En el texto que firma se argumenta que todo el mundo se beneficiaría de un mercadoque funcionara a pleno rendimiento; pero también, que «no se debería permitir que el mercado por sí solo decida sobre la abundancia o escasez de mercancías». Hay una «forma correcta» para hacer esto, que el Guan Zi denomina «gestionar el mercado»11.

Había otras escuelas de pensamiento, pero las que propugnaban puntos de vista como los expuestos en los «Discursos sobre la sal y el hierro» (81 a. C.), que defendían que China debía regresar a una edad de oro del trueque, «cuando la población vivía feliz y exigía poco», rara vez influyeron en la corriente principal de la política estatal. Lejos de eliminar el mercado, el Estado buscaba una y otra vez la manera de lograr que funcionara más eficazmente a través de una regulación pragmática e inteligente, sirviéndose para ello de un amplio abanico de obras públicas, que incluían la conservación del agua y la infraestructura de transportes; recurriendo a la estabilización de los precios de los productos básicos; optando por el desarrollo de programas para aliviar las hambrunas; u organizando el apoyo a la difusión del conocimiento a través de enciclopedias y otros textos escritos.

Bajo este sistema, durante dos milenios China fue un líder mundial en innovación promovida por el mercado. Entre sus invenciones se cuentan el arnés equino, el papel y la imprenta, la metalurgia avanzada mediante el empleo de altos hornos, la porcelana, las armas de metal tubulares, la pólvora para uso militar, la brújula marítima, el timón de popa, los compartimentos estancos para buques y las puertas de esclusa de canal. Los componentes clave del motor de vapor, el pistón de doble acción y la con- versión del movimiento rotatorio en movimiento rectilíneo –los avances primordiales de la revolución industrial británica– se desarrollaron de forma independiente en China12. La intelectualidad china constituía el núcleo del sistema burocrático; trabajar en su seno era perfectamente compatible con la crítica severa de la forma en que operaba el funciona- riado, si bien dicha crítica rara vez buscaba derribar el propio sistema. Durante esta larga historia, el objetivo del Estado era apoyar la economía haciéndose cargo de funciones clave que el mercado era incapaz de asumir; el mercado era siempre objeto de regulación por parte de un Estado guiado por principios filosóficos.

El planteamiento que siguieron los líderes chinos desde 1978 ha mante- nido una relación tangible con esta tradición. Desde el principio del proceso de reforma y de «apertura», Deng Xiaoping dejó claro que en adelante China debía seguir una vía pragmática y experimental en lo tocante a las relaciones entre el Estado y el mercado. No debía dejarse que el mercado actuara solo, sin directrices, pero el Estado no debía dejar de «buscar la verdad de los hechos» en relación con las contribuciones del mercado y del propio Estado al sistema económico. En los momentos inmediatamente posteriores al trauma del 4 de junio de 1989, Jiang Zemin reiteraba: «El grado, el método y el alcance de la combinación entre la economía planificada y la regulación a través del mercado deben ser constantemente ajustados y perfeccionados en función de la situación real»13. Dentro de la filosofía política del ancien régime, esta perspectiva pragmática sugiere que el camino correcto para regular el mercado implica una búsqueda no ideológica del equilibrio y la interacción entre el yin del Estado éticamente orientado y el yang de la competencia del mercado. El famoso pasaje del Libro de los ritos puede leerse como un fundamento filosófico de este enfoque. Tal y como sugería Wu Gouzheng, puede interpretarse en estos términos: «Cuando el gran principio predomina, el mundo entero se orienta hacia el bien común»14.

Vías alternativas

En décadas recientes ha tenido lugar en China un encendido debate en torno a la naturaleza de la historia del país y de sus tradiciones intelectuales, consideradas en sí mismas y en su relación con las de Occidente. El carácter específico de esta discusión puede apreciarse en la disposición de los intelectuales chinos, y también en el seno del PCCH, para combinar reflexiones acerca de su propio pasado con investigaciones sobre la historia y la filosofía de Occidente, en un intento de discernir los contornos de «la otra orilla». En esto seguían los pasos de Mao, autor de esta célebre cita: «Usa el pasado para servir al presente, y usa lo extranjero para servir a China». El maestro de Mao, Yang Changji, fue pionero en el esfuerzo por establecer un vínculo estrecho con las tradiciones intelectuales occidentales. En la obra de Adam Smith, los líderes actuales de China apreciaron una preocupación similar con respecto a las relaciones entre Estado y mercado. Como es sabido, en La riqueza de las naciones Smith analizó la contribución de la mano invisible de la libre competencia mercantil al progreso social y económico de Occidente. Sin embargo, tanto en aquella obra como, sobre todo, en su Teoría de los sentimientos morales, Smith también explicaba que el mercado, abandonado a su suerte, produce resultados profundamente problemáticos que afectan a la desigualdad, al carácter del trabajo, a la búsqueda de la felicidad y a los fundamentos éticos de la sociedad.

Desde 1978 esta filosofía se ha incorporado a la visión de los dirigentes chinos, en su propósito de integrar la mano visible de la regulación pública y la mano invisible de la competencia mercantil al hilo de un proceso de experimentación continua, que parte del método consistente en combinar la «serpiente» de la regulación con el «erizo» de la libre competencia. Por el camino ha habido innumerables dificultades, y sinduda habrá más. Sin embargo, el balance logrado por China durante este periodo ha sido notable. Entre 1980 y 2018, su participación en el PIB mundial ha pasado del 2,3 al 18,5 por 100, mientras que durante ese mismo periodo la participación de la UE ha caído del 30,1 al 16,2 por 10015. China ha cultivado un formidable elenco de empresas de titularidad pública, así como de poderosas contrapartes privadas. Las principales empresas chinas van camino de convertirse en compañías globalmente competitivas, con tecnologías, marcas y reputaciones punteras a escala mundial. El crecimiento económico ha sido la base que ha sustentado el prodigioso avance logrado en China en términos de bienestar material y cultural de la población. La expansión de los sistemas de infraestructuras físicas y sociales del país –transportes, electricidad, telecomunicaciones, agua y alcantarillado– ha contribuido a mejorar enormemente las condiciones de vida del grueso de la población. Un gigantesco programa de construcción de viviendas ha ayudado a proporcionar hogares decentes y seguridad personal a los habitantes de las ciudades, cuyo número ha crecido exponencialmente. La ampliación de los servicios en materia de sanidad y educación ha supuesto una contribución vital al bienestar de las masas.

El «rejuvenecimiento nacional» de China está íntimamente ligado a una larga historia que pasa simultáneamente por regular y estimular el mercado. No es difícil ver por qué los dirigentes chinos creen que esta experiencia puede suponer una contribución relevante a una filosofía política que promueva la regulación inteligente y pragmática del sistema económico global en aras del interés común durante las próximas décadas e, incluso, durante los próximos siglos. El programa de reformas y apertura del PCCH hizo creer a muchos analistas occidentales que en el siglo XXI Occidente dominaría a China. Estas impresiones se afianzaron, cuando China se integró en la OMC en 2001, pero han resultado ser una ilusión. La forma en que China se relaciona con Occidente sigue siendo una cuestión abierta. Todavía está por decidirse hasta qué punto «absorberá al mundo exterior» [xishou wailai] en lugar de «integrarse en él» [ronghe wailai]. El resultado no dependerá únicamente de China, sino también de Occidente.

La naturaleza radicalmente diferente del ancien régime en China y en Rusia es uno de los factores clave que explican la supervivencia y la prosperidad del PCCH, por un lado, y la desintegración del PCUS, por otro.Esta diferencia se ha intensificado cada vez más, a medida que China abandonaba las políticas de la era maoísta. Durante el periodo transcurrido desde 1978, la naturaleza de «la otra orilla del río» se ha vuelto cada vez más clara. No coincide con la «doctrina de la propiedad común», ogongchan zhuyi. Por el contrario, el mercado juega un papel central a la hora de estimular la economía, al tiempo que una regulación pública pragmática, que tiene al pcch en su centro, intenta garantizar que el mercado sirva a las necesidades del conjunto de la población. Con independencia de si la propiedad es privada, estatal, cooperativa o mixta, dicha propiedad será objeto de regulación por el partido y por el gobierno en aras del interés común. Conforme a esta visión, «ir tanteando las piedras para cruzar el río» se ha revelado como una vía hacia la reforma en dirección a la otra orilla, una vía que podría describirse como una modalidad de da tong zhu yi, esto es, de «gran armonismo» o, tal vez, de gran «mancomunitarismo», basada en la antigua noción china de burocracia meritocrática, que regula el sistema económico en interés del conjunto de la población. China tiene aún un largo camino por recorrer y por delante grandes desafíos internos y externos. Sin embargo, los líderes de China y el pueblo chino han sido capaces de discernir cada vez con más claridad las grandes líneas de la «otra orilla» en su búsqueda colectiva de una «vía» en medio de un mundo convulso.

 

Notas:

1 Agradezco al Dr. Zhang Jin las largas conversaciones acerca de los asuntos planteados en este artículo.

2 Xi Jinping, «Speech at the 19th Congress of the Communist Party of China», 2017.

3 László Szamuely, First Models of the Socialist Economic System: Principles and Theories, Budapest, 1974.

4 El filósofo confucionista Mencio, o Meng Zi, que vivió en el siglo iv a. C., había planteado el problema en estos términos: «Entre las gentes del cielo yo soy de los primeros en despertar. He de despertar a este pueblo a través del Camino. Si no lo hago yo, ¿quién lo hará?», Mencius, trad. D. C. Lau, Londres, 1970, libro v, parte A, sección 7.

5 Yang Changji citaba los preceptos de Fan Zhongyan, ministro de un emperador Song del siglo xi: «Soporta las penurias y la amargura antes que los demás, disfruta del confort y de la felicidad después de los demás» [xian tian xia zhi you er you, hou tian xia zhi le er le].

6 Mao Zedong, «Serve the People» [8 de septiembre de 1944], Selected Readings from Mao Tse-tung, Pekín, 1971; Xi Jinping, The Governance of China, Pekín, 2014, p. 30; ed. cast.: Obras escogidas de Mas-Tse-Tung, Madrid, 1974.

7 L. G. Thompson, «Introduction», The One-World Philosophy of Kang Yu-wei, Londres, 1958, pp. 27-29.

8 Fung Yu-lan [Feng Youlan], A Short History of Chinese Philosophy, ed. Derk Bodde, Nueva York, 1948, p. 202.

9 El Da Tong Shu fue publicado en chino en forma abreviada en 1913 y en su versióncompleta en 1935, ocho años después de la muerte de Kang Youwei.

10 Mao Zedong, «On the People’s Democratic Dictatorship» [1949], en Selected Readings, 1971.

11 Guan Zhong, The Guan Zi, trad. por Zhai Jiangyue, 4 vols., Guangxi, 2005, capítulo 5, cheng ma.

12 Joseph Needham, «The Prenatal History of the Steam Engine», en Clerks and Craftsmen in China and the West, Cambridge, 1970.

13 Jiang Zemin, «Speech at the Meeting in Celebration of the 40th Anniversary of the Founding of the People’s Republic of China», 29 de septiembre de 1989,Departamento de Investigación de la literatura del Partido, Comité Central del Partido Comunista de China, Major Documents of the People’s Republic of China, Pekín, 1991.

14 Wu Kuo-cheng [Wu Guozheng], Ancient Chinese Political Thought, Shanghái, 1933, p. 299.

15 FMI, World Economic Outlook Database, base de datos, 2018.

Publicado en New Left Review 115  (Marzo-Abril 2019)

Colapsología: todas las derivas ideológicas son posibles

Entrevista a Daniel Tanuro

«Los numerosos efectos del desarreglo climático están a la vista. La no linealidad de este proceso sume las proyecciones futuras en la incertidumbre, pero no cabe duda de que el modelo económico dominante es una de sus causas principales». Ingeniero agrónomo jubilado y autor de El imposible capitalismo verde, Daniel Tanuro defiende una alternativa ecosocialista: una ruptura radical con el productivismo, que ha impregnado durante mucho tiempo las corrientes socialistas mayoritarias. Pero de la urgencia a la catástrofe, a veces no hay más que un paso, que la colapsología da sin vacilar: sus partidarios afirman que el hundimiento de la civilización que conocemos tendrá lugar en un futuro muy cercano, y que será demasiado tarde para contrarrestarlo. Tanuro lo niega; discutimos.

Ballast: Una vez escribió usted que “el ecosocialismo es distinto de una etiqueta nueva sobre una botella vieja”. ¿Qué tiene de singular esta frase?

Tanuro: Una ruptura radical con la idea de que el socialismo es necesario para “liberar las fuerzas productivas materiales de las trabas capitalistas” y permitir así su “desarrollo ilimitado”, condición de la emancipación humana mediante “la dominación de la naturaleza”. Es cierto que en Marx, un investigador de pensamiento abierto, las fórmulas prometeicas se enmarcan o se compensan en un naturalismo sincero y un análisis que destapa el carácter destructivo del capitalismo. En El Capital, escribe que “la única libertad posible es que el hombre social, los productores asociados, gestionen racionalmente su intercambio de materia con la naturaleza y lo hagan en las condiciones más dignas, más acordes con su naturaleza humana”.

John Bellamy Foster ve en esta fórmula la marca de una “ecología marxiana”, aunque, en primer lugar, esta ecología es una estribación colateral apenas atendida por el propio Marx. En segundo lugar, sobre todo, los marxistas ulteriores abandonaron esa estribación para recaer en fórmulas estereotipadas y mecanicistas sobre el progreso. Hay algunas excepciones –Walter Benjamin es la más notable–, pero no han dejado de ser marginales. La degeneración estalinista no basta para explicar esta realidad. La crítica tiene que cavar más hondo. Hace falta eliminar, sin anacronismos, pero sin piedad, las concepciones que han contaminado el marxismo con “escorias productivistas”, como decía Daniel Bensaïd. Esta labor ha adquirido ahora una importancia notable, por la simple razón de que una respuesta socialista no productivista es la única alternativa a la catástrofe ecológica que crece a ojos vista.

Ballast: En su obra Tout peut changer, usted entiende que Naomi Klein oscila “entre una alternativa anticapitalista autogestionada y descentralizada, de tipo ecosocialista y ecofeminista […] y un proyecto de capitalismo verde regulado, basado en una economía mixta relocalizada e impregnada de una ideología de esmero y prudencia”. ¿Interviene esta oscilación también en los partidos de la izquierda crítica que en todo el mundo aspiran al poder?

Tanuro: Toda la “izquierda crítica”, como dice usted, se enfrenta, en efecto, a este terrible problema: hay un abismo entre el programa anticapitalista muy radical que es objetivamente indispensable para detener la catástrofe climática, por un lado, y el nivel de conciencia de la inmensa mayoría de la humanidad, por otro. Pero Naomi Klein, en su libro, tiene el inmenso mérito de reconocer abiertamente la dificultad: “No tengo ninguna duda de la necesidad de adoptar medidas radicales –escribe–, pero todos los días me pregunto si son políticamente factibles”.

En el contexto de su pregunta, esta vacilación me parece más bien positiva. Por un lado, esta franqueza lúcida les falta a muchos partidos; por otro, Klein no se deja encerrar en la viabilidad política: por mucho que alabe, equivocadamente, la Energiewende[1] alemana (en el contexto norteamericano, es perdonable), insiste sobre todo, con razón, en la importancia estratégica de la acción directa no violenta contra los proyectos fósiles-extractivistas y llama a una coordinación internacional de la Blockadia[2]. En estas dos cuestiones, ella es más avanzada, más revolucionaria y más coherente que la mayoría de partidos de la llamada izquierda crítica. Puesto que aspiran al poder, estos partidos minimizan el radicalismo de las medidas que hay que adoptar. En particular, evitan la necesidad absoluta de reducir la producción material y el transporte para alcanzar los niveles necesarios de reducción de las emisiones de gases de efecto invernadero.

Esta es la crítica principal que hay que hacer a la propuesta de Green New Deal formulada en EE UU por Alexandria Ocasio-Cortez, por ejemplo. La misma crítica hay que hacerla en mi país al Partido del Trabajo de Bélgica (PTB), que ha conseguido dar un paso adelante notable, pero que se contenta, ante el cambio climático, con prometer transportes gratuitos y una revolución del hidrógeno[3]. Una cosa es avanzar reivindicaciones parciales, acordes con un determinado nivel de conciencia, con el fin de impulsar un proceso de radicalización mediante la lucha y de comenzar a tender un puente sobre el abismo; y otra cosa es hacer creer que la concreción de estas reivindicaciones parciales por parte de cualquier gobierno bastará para impedir que la catástrofe se convierta en cataclismo. Porque no es cierto. Para tener un 50 % de probabilidades de limitar el calentamiento a 1,5 °C sin recurrir a tecnologías de aprendices de brujo, es preciso que las emisiones netas mundiales de CO2disminuyan un 58 % de aquí a 2030, y un 100 % de aquí a 2050, y sean negativas a partir de entonces. Es rigurosamente imposible alcanzar estos objetivos, o siquiera acercarse a ellos, sin una ruptura anticapitalista revolucionaria. Topamos aquí de nuevo con la cuestión del crecimiento.

Ballast: El productivismo ha atraído históricamente a numerosas corrientes de izquierda desde hace dos siglos[4]. ¿Cómo cataloga usted esta noción en su reflexión?

Tanuro: En efecto, las concepciones productivistas han sido históricamente hegemónicas en la izquierda. De todos modos, todavía no hay una definición clara del término. El sistema soviético debe calificarse, sin duda, de productivista, pero se trataba de un productivismo burocrático absurdo: estaba basado en la defensa de los privilegios parasitarios de la casta en el poder, no en las relaciones de producción. Ese productivismo tiene que ver con el pensamiento de Marx tanto como la Inquisición tiene que ver con el mensaje de Jesucristo: nada.

En las primeras páginas de El Capital, la comparación de los dos movimientos M-D-M’ y D-M-D’[5] lleva a Marx a la conclusión de que el segundo, que define el capitalismo, implica por fuerza una tendencia al desarrollo sin fin. Esta tendencia está en la base del capitalismo porque se deriva de su objetivo fundamental: la producción de (sobre)valor abstracto[6]. Lógicamente, sustituirla por la producción de valores de uso debería por tanto ponerle fin. En sus Teorías de la plusvalía, Marx retoma la cuestión desde otro ángulo, más técnico: la competencia por el beneficio da lugar a un aumento fantástico del capital fijo, y por tanto a un lock-in[7] tecnológico duradero, y por tanto a una obligación despótica de producir; por cierto que el lock-in del capital en el sistema energético fósil es un buen ejemplo de ello. Concluyendo el razonamiento, señala la tendencia del capital a “producir por producir, que implica asimismo consumir por consumir”. Producir por producir podría ser una buena definición del productivismo.

En este sentido, Marx no es productivista, a pesar de sus ambigüedades prometeicas. Sin embargo, a este respecto, cabe dudar de que algún o alguna marxista no lo haya sido: ¿acaso su propósito no era la instauración de una economía basada en la satisfacción de las necesidades humanas reales mediante la producción de valores de uso? Ahí vemos que la cuestión no es tan sencilla. De hecho, la voluntad productivista en la izquierda no remite al producir por producir, sino a la idea estratégica de que el capital, al desarrollar las fuerzas productivas, acerca la humanidad a la emancipación socialista, al reino de la libertad. Ahora bien, más allá de cierto estadio, lo cierto es lo contrario. Por tanto, tal vez sería conveniente distinguir el productivismo de lo que podríamos llamar la ideología productivista de dominio sobre la naturaleza, o la ideología instrumental del progreso técnico ilimitado.

En mi opinión, esta ideología es hegemónica en la izquierda desde hace dos siglos. Pero no es fácil combatirla, pues no solo tiene sus raíces en la lógica económica del capital, sino también en la situación esquizofrénica que impone esta lógica a las personas explotadas, obligadas a vender su fuerza de trabajo para sobrevivir. Esta dura realidad fundamenta el productivismo en la socialdemocracia gestora y en las organizaciones sindicales reformistas, para las que el empleo depende del crecimiento. Como ecosocialistas, nos situamos dentro de la continuidad del Marx ecologista cuando oponemos la idea de que urge producir menos y repartir más, especialmente repartir el trabajo necesario.

Ballast: Una corriente marxista ha podido sostener la idea de que el capitalismo acabaría hundiéndose bajo el peso de sus propias contradicciones económicas. Ciertas críticas ecológicas del capitalismo retoman a veces este tipo de discurso con acentos teleológicos[8], afirmando que el conjunto de la sociedad termoindustrial chocará con límites –físicos, naturales– y se hundirá. ¿El ecosocialismo no se plantea este horizonte?

Tanuro: En efecto, hay marxistas que han sostenido esta idea mecanicista de que la dinámica de acumulación conduciría automáticamente al colapso del capitalismo. Este fue particularmente el caso, en el periodo de entreguerras, de un autor alemán, Henryk Grossman, que hizo de ello un verdadero dogma. Existen efectivamente muchas similitudes entre esta teoría y la del colapso ecológico inevitable de la sociedad termoindustrial, que defienden actualmente determinadas corrientes verdes. Por cierto que no es casualidad que recientemente haya reaparecido una pequeña corriente marxista colapsista en el mundo hispanohablante, especialmente en América Latina.

Los ecosocialistas, por su parte, rechazan este fatalismo del colapso. Que la situación es gravísima es del todo evidente. Pero el capitalismo no se hundirá por sí mismo, no bajo el peso de sus contradicciones internas, ni debido a la crisis ecológica. Al contrario, su lógica lleva a sectores de las clases dominantes a plantear medios neomalthusianos, bárbaros, para salvarse y salvar sus privilegios. Frente a esta amenaza muy concreta, temo que el fatalismo del colapso inevitable haga cundir la resignación. Lo que necesitamos urgentemente es lucha, solidaridad y esperanza.

Ballast: Hay ecosocialistas que critican el término antropoceno porque según ellos invisibiliza el papel del capitalismo y prefieren utilizar el de capitaloceno. En nuestro 7º número en papel, Agnès Sinaï nos dijo: “El capitalismo es una explicación necesaria, pero no suficiente, del antropoceno. Representa una dimensión histórica del industrialismo, pero no explica la fascinación por el átomo, la velocidad, las armas o los hipermercados”. Qué opina usted al respecto?

Tanuro: Discuto el concepto de antropoceno, pero no lo combato. Tomo nota del mismo como conclusión a la que llegan los geólogos a partir de sus criterios de geólogos: el ascenso del nivel de los mares, los elementos radiactivos, los miles de compuestos químicos artificiales y la pérdida brutal de biodiversidad dejarán en la corteza terrestre huellas significativas de la actividad humana. Los geólogos consideran que esto marca la entrada del planeta en una nueva era geológica. Quienes se oponen al concepto de antropoceno no contestan esta conclusión. Por tanto, el problema es semántico.

Es cierto que hablar de capitaloceno permite señalar la responsabilidad principal del capital en la destrucción ecológica. Pero la medalla tiene un reverso: se invisibiliza la responsabilidad de los países del llamado socialismo real. Una responsabilidad que no es menor: recordemos que antes de la caída del muro, Alemania Oriental y Checoslovaquia eran los países del mundo que más gases de efecto invernadero emitían por habitante. Cabe preguntarse también sobre la utilidad de este escamoteo, justo en el momento en que necesitamos comprender por qué estos países fueron productivistas, para no recaer en el mismo atolladero…

En mi opinión, la cuestión clave no es la semántica, sino la datación. Si los geólogos son coherentes con sus criterios de geólogos, entonces el cambio de era no se produce antes de la segunda mitad del siglo XX, lo que significa que las interpretaciones misantrópicas del término antropoceno no son de recibo: no es la especie humana la responsable, sino su modo de producción histórico. Este aspecto es decisivo, pues el peligro de una misantropía esencialista, basada en una seudociencia, es muy real hoy en día y se desarrolla al amparo de la creciente barbarie capitalista. Al mismo tiempo, es evidente que el hecho objetivo del cambio de era no pone fin al debate. Por el contrario, lo abre, y salta a la vista que, a partir de los argumentos a favor y en contra, los criterios de los geólogos no encajan, o en todo caso son insuficientes, por la simple razón de que las causas del cambio de era no son naturales, sino sociales. De ahí la necesidad de la crítica y de la intervención de las ciencias humanas y sociales: historia, sociología e economía.

Ballast: Desde un punto de vista económico, ¿cómo conciliar las gigantescas inversiones necesarias para la transformación de nuestros sistemas productivos –ante todo, la energía– y cierto decrecimiento del Producto Interior Bruto (PIB)?

Tanuro: Me parece que la pregunta no está bien planteada. Por un lado, el PIB no es un indicador pertinente. Es imperativo, para permanecer dentro de los parámetros ecológicos, reducir masivamente las emisiones de gases de efecto invernadero, y por tanto la extracción, el transporte y la transformación de materias, con el consumo de energía que implican. Por consiguiente, la transición socioeconómica debe enmarcarse en indicadores físicos.

Por otro lado, y sobre todo, son precisamente las gigantescas inversiones necesarias para la transformación de los sistemas productivos, en particular del sistema energético, las que hacen que el decrecimiento en cuestión sea indispensable. La transición, en efecto, no consiste en decir que un sistema B podría funcionar como alternativa al sistema A, sino en indicar el camino que lleva de A a B. El sistema energético fósil no es adaptable a las fuentes renovables. Por tanto, hay que llevarlo al desguace lo antes posible y construir un sistema nuevo. La tarea es inmensa y requiere inevitablemente grandes cantidades de energía. Hoy, globalmente, esta energía es fósil en un 80 %, es decir, fuente de emisiones de CO2. En otras palabras: si todo lo demás se mantiene igual, la propia transición será la causa de emisiones suplementarias.

Ahora bien, estas deben empezar a disminuir de inmediato, y muy radicalmente, como ya he dicho. En el marco de la lógica capitalista de acumulación, el problea es rigurosamente insoluble. Si dejamos de lado el negacionismo climático de Trump y Bolsonaro, la única respuesta del sistema consiste en desarrollar tecnologías insuficientes, inciertas y peligrosas, como la energía nuclear y la bioenergía con captura y secuestro del carbono (BECCS). En vez de hacer todo lo posible para no sobrepasar el umbral de peligrosidad de 1,5 °C, se opta por sobrepasar este umbral con la esperanza de que estas tecnologías permitirán enfriar la Tierra posteriormente. Es una locura integral, un sinsentido absoluto.

Sin embargo, el capitalismo verde se orienta hoy hacia estas soluciones de aprendiz de brujo. ¿Por qué? Porque la única manera racional de equilibrar la ecuación climática es intolerable para él. ¿En que consistiría? Habría que decretar una movilización general, establecer un inventario de todas las producciones inútiles o peligrosas, de todos los transportes inútiles, y suprimirlos lisa y llanamente –sin indemnizar a los accionistas– hasta alcanzar la necesaria reducción de las emisiones. Ni que decir tiene que esta operación requiere medidas draconianas, en particular la socialización de los sectores de la energía y del crédito, la reducción masiva del tiempo de trabajo sin pérdida salarial, la reconversión del personal en las actividades útiles con garantía de renta y el desarrollo de servicios públicos democráticos.

Ballast: Se ha dicho que el decrecimiento es una palabra proyectil. La colapsología, por la atracción que ejerce, inclusive entre personas o grupos sociales pocos politizados, ¿es una palabra imán?

Tanuro: Pero ¿una palabra imán que lleva adónde? Todo el problema radica ahí. Los colapsólogos no son siempre muy claros: hay matices y variantes en su discurso. Pero, en definitiva, siempre suelen recuperar la afirmación de que el colapso es inevitable y que la única respuesta consiste en crear pequeñas comunidades resilientes, ya que no habrá otra manera de sobrevivir después del apocalipsis. En su última obra, Une autre fin du monde est possible, Pablo Servigne y sus amigos escriben incluso que el colapso es como la enfermedad de Hutchinson, una enfermedad degenerativa, hereditaria y mortal: hay que aceptarla y dejar de luchar… En vez de identificar el capitalismo como la causa principal –no digo que sea la única– de la destrucción ecológica, naturalizan las relaciones sociales y hacen planear sobre nuestras cabezas una amenaza de tintes bíblicos. A partir de ahí son posibles todas las derivas ideológicas, y Otro fin del mundo, eso sí, no falta…

Dicho esto, la atracción que ejerce la colapsología es innegable, y no unilateralmente negativa. Se explica, claro está, por la angustia ante las terribles amenazas que comporta la destrucción del planeta, y habrá que agradecer a los colapsólogos que hayan contribuido a informar de la gravedad de la situación. Sin embargo, esta atracción también responde, en algunas personas, a la toma de conciencia política de la necesidad de romper profundamente con la sociedad actual, su productivismo y su fetichismo de la mercancía. Hay ahí una paradoja: si bien parecen incapaces de explicar por qué el capitalismo es tan destructor, los colapsólogos se hacen eco de sectores sociales, especialmente jóvenes, que buscan respuestas anticapitalistas.

Por tanto, me parece importante que con vistas a estos sectores haya debate. En particular, creo que es crucial explicar que la visión de inspiración anarquista de un colapso del capitalismo que abra la vía a la sociedad autogestionaria basada en las comunidades locales no permite hacer frente a los desafíos globales de la transición. La complejidad de esos desafíos requiere una acción planificada. Soy totalmente partidario de las ideas de autogestión descentralizada, pero la transición exige tanto la centralización como la descentralización, la planificación y la autoactividad. La historia ha mostrado los riesgos terribles de degeneración propios de esta combinación de contrarios. Pero la burocratización no podrá evitarse proyectándose, más allá de la transición, en un futuro autogestionario sin Estado ni partidos… Hace falta un programa para combatirla.

Ballast: Al considerar que algunos de ellos naturalizan las relaciones sociales, usted ha reprochado a los colapsólogos de “caer en la regresión arcaica”…

Tanuro: No digo que la naturalización de las relaciones sociales lleve inevitablemente a la regresión arcaica, sino que la favorece indiscutiblemente. Si no se identifica la gran responsabilidad histórica del capitalismo, ¿a qué podemos agarrarnos, dónde está la salida posible? Para algunos, no hay ninguna; la Tierra sufre una enfermedad que se llama humanidad y no sanará hasta que sea eliminada esa raza. Es, por desgracia, la conclusión cínica de James Lovelock al final de su libro sobre la hipótesis Gaia, por ejemplo.

Claro que no debemos clasificar a los colapsólogos entre los cínicos. La salida, para ellos, sería psicológica: deberíamos pasar por una fase de duelo, redescubrir nuestro inconsciente colectivo y nuestros arquetipos, especialmente los arquetipos masculinos y femeninos, desaparecidos desde la prehistoria. Para ello deberíamos practicar rituales encaminados a reencontrar al salvaje que llevamos dentro. En suma, la clave del porvenir habría que buscarla en el pasado más remoto, de conformidad con las elucubraciones reaccionarias de Carl Gustav Jung. Esto es lo que entiendo por regresión arcaica. No obstante, esta cohabita con otras tendencias, como la ecoespiritualidad. La colapsología está atravesada de numerosas contradicciones.

Ballast: A la vista de las decenas de años de inacción por parte de los poderes establecidos y de la correlación de fuerzas actual, cabe temer que se mantenga el statu quo, una situación en que las cosas siguen su curso y nada cambia. ¿Acaso hablar de colapsos para calificar las catástrofes que se derivarían de ello no refleja en todo caso cierto pragmatismo?

Tanuro: Si se emplea el condicional, como hace usted, y se habla de colapsos, en plural, y de catástrofes, en plural, como hace usted, el pesimismo es sin duda una forma de lucidez. Pero no es esto lo que hacen los colapsólogos: no hablan de colapsos, sino del Colapso absoluto, y este superconcepto absorbe todo indistintamente. Desde los colapsos bursátiles hasta los de los batracios y los insectos, todos los fenómenos se juntan como para anunciar el fin del mundo.

El recurso sistemático a referencias científicas confiere a este discurso una apariencia de rigor, pero no hay nada de nada. En primer lugar, porque seleccionan las referencias, pero sobre todo porque hay un vicio de método. Podemos “apoyarnos en los dos modos cognitivos, que son la razón y la intuición”, como escriben Servigne y sus amigos. Pero con una condición: que la razón trate de abarcar tanto la destrucción antrópica del medioambiente, por un lado, como la responsabilidad concreta de la forma social histórica responsable hoy de esta destrucción, por otro. Sin articular estas dos vertientes de la realidad, cuantos más datos se acumulen sobre la destrucción, tanto más la pregunta planteada al público –¿Adónde le dice su intuición que nos lleva esto?– tendrá posibilidades se obtener la respuesta deseada: “Todo se hundirá”. Sin conciencia social, la intuición está sesgada, el razonamiento es circular y se practica la pseudociencia.

Ballast: En 2007 y posteriormente, usted ha criticado el libro del científico Jared Diamond, Colapso, que fue un éxito de ventas. Usted rebate la idea de que el crecimiento demográfico es un factor que sobredetermina la crisis medioambiental: ¿puede explicarnos por qué?

Tanuro: Es evidente que la demografía es un elemento de la ecuación medioambiental. Lo que he criticado en Diamond, entre otras cosas, es su intento de erigir la demografía en el factor sobredeterminante, la explicación en última instancia de los llamados colapsos de sociedades humanas, y por consiguiente en la palanca principal de una política encaminada a evitarlos. Después, las críticas que formulé se han visto ampliamente confirmadas por numerosos trabajos científicos. En particular, se ha demostrado de manera incontestable que la explicación del colapso de la Isla de Pascua que propuso Diamond (la teoría del ecocidio por parte de una población que había sobrepasado la capacidad de carga del ecosistema y que presenta todos los signos de una hibris delirante) no era de punta a cabo más que una trama de contraverdades creadas con toda clase de elementos. Lejos de ser los brutos imbéciles descritos por Diamond, los rapa nui (nombre polinesio de los pascuanos) habían desplegado tesoros de inteligencia para proteger el medioambiente de su isla, inclusive, si fuera necesario, contra sus propios errores.

Fueron las incursiones esclavistas y el colonialismo los que destruyeron aquella notable civilización y arruinaron definitivamente el ecosistema. Pero esta verdad tiene dificultades para salir del pozo, sobre todo en Francia, donde las más altas autoridades del Estado siguen promoviendo el libro Colapso, el gran éxito de Diamond. Espero que los colapsólogos acaben distanciándose de este personaje reaccionario y racista.

21/06/2019

https://www.revue-ballast.fr/daniel-tanuro-collapsologie-toutes-les-derives-ideologiques-sont-possibles/

Traducción: viento sur


[1] Cambio energético, en alemán. Energiewende es el nombre del programa de transición energética de Alemania. Las dos principales medidas que prevé son el abandono de la energía nuclear en 2022 y una generación eléctrica a partir de fuentes 100 % renovables en 2050.

[2] Movimientos de resistencia de todo el mundo contra las industrias de energías fósiles.

[3] El hidrógeno se propone a veces como una solución energética, especialmente para los vehículos: una pila de combustible transforma el hidrógeno en electricidad. Véase “El falso milagro de la ‘revolución del hidrógeno’”, Viento Surhttps://vientosur.info/spip.php?article14486

[4] Véase Serge Audier, L’Âge productiviste, La Découverte, 2019.

[5] Para Marx, la forma inicial de circulación de mercancías tiene lugar de acuerdo con el siguiente proceso: una mercancía se cambia por dinero, que a su vez se cambia por otra mercancía (es el ciclo M-D-M’). Pero existe otra forma de circulación del capital: el dinero se transforma en mercancía, que a su vez se retransforma en dinero (D-M-D’). En el primer caso, el dinero no es más que un medio de intercambio de mercancías; en el segundo, el dinero es la finalidad misma de la circulación.

[6] En la teoría marxista, el trabajo está en el origen de la producción de valor. Este se define por el trabajo abstracto, el tiempo de trabajo medio socialmente necesario para producir una mercancía. Al trabajador solamente le pagan la parte necesaria para su supervivencia: el excedente constituye el sobrevalor (o la plusvalía) que se apropia el capitalista.

[7] Enclavamiento.

[8] Doctrina que considera que todo, en el mundo, tiene una finalidad [un objetivo].

Publicado por revista Ballast

Esta vez es diferente

Se vuelve a hablar de fascismo, de nacionalismo, de lucha de clases. Pero las comparaciones simplistas de la política actual con los inicios del siglo XX son erróneas
Por BRANKO MILANOVIĆ 
Hace varios días, mientras revisaba mi “biblioteca”, reparé en Reflexiones sobre la violencia de Georges Sorel, que había comprado y leído un cuarto de siglo atrás. Revisé mis anotaciones sobre el libro y partes del texto sin ninguna intención en particular, sino más bien como una forma de recordarme el extraño pero clarividente cóctel intelectual de nacionalismo o marxismo arrogante (según sea el caso), desprecio por los valores “pequeño burgueses”  y elogio de la violencia que hace Sorel.

Reflexiones sobre la violencia se publicó en 1907 y representa, como han observado muchos, una anticipación un tanto inquietante del siglo europeo siguiente, dominado alternativamente por guerras entre naciones y entre clases. Pero releer a Sorel en 2019 me sugirió otra visión: qué diferente es el mundo actual, a pesar de lo que muchos argumentan, del que él describió, que iba a durar casi un siglo.

Hay tres motores principales en Sorel: la lucha de clases, liderada por un proletariado organizado y sus sindicatos; la lucha nacional, impulsada por los objetivos mutuamente incompatibles de las elites nacionalistas; y el uso de la violencia como una herramienta política legítima a menudo necesaria para precipitar los procesos deseados –pero en cualquier caso, históricamente predeterminados–. Dentro de esa matriz, se puede situar cómodamente el fascismo (como lo reconoció de hecho Mussolini) o el comunismo soviético, como lo ilustra el elogio a Lenin escrito por Sorel en 1918.

Aunque a muchos de los críticos “antipopulistas” de la actualidad les gusta comparar los movimientos populistas que se registran desde Hungría hasta Suecia con el fascismo, una lectura detenida del libro de Sorel muestra claramente lo diferentes que son los mundos de ayer y de hoy.

Políticamente relevante

Analicemos cada uno de los tres temas claves de Sorel. La lucha de clases casi ha desaparecido de las sociedades desarrolladas contemporáneas. Sin duda las personas continúan diferenciándose por sus posiciones en el sistema de producción, como afirman los marxistas, pero esto ya no es un clivaje tan políticamente relevante como lo fue alguna vez.

Los sindicatos y la huelga general (las ideas por las que se conoce mejor a Sorel) viven un declive de largo plazo. Los sindicatos tienen dificultades para organizar a los trabajadores dispersos y son muy fuertes en sectores estatales, como la salud y la educación, pero no en los sectores privados de la economía, donde originalmente se constituyeron para defender los derechos de los trabajadores. Y la “huelga general” prácticamente ha desaparecido del vocabulario político.

Este año pasé un tiempo en Barcelona y presencié varias jornadas de lo que se llamó huelgas, e incluso una huelga general (vaga general). Pero pronto me di cuenta de que su función era puramente ritual: muy pocas personas se pliegan a ellas, las alteraciones son mínimas y los efectos son probablemente nulos. El papel de las huelgas, como el de las festividades religiosas, es fomentar la participación en un ritual sin esperar ninguna respuesta en la vida real. (Esto, obviamente, se ajusta más a una religión que a un movimiento cívico o de trabajadores).

Sin duda, el nacionalismo está vivo. Pero a diferencia de los nacionalismos fascistas (y del de Sorel), el nacionalismo actual en la Unión Europea no enfrenta a la clase dominante de una gran potencia contra otra, sino a los “descontentos” nacionales contra sus propias elites urbanas y contra los inmigrantes. Es una ideología perniciosa, pero su nivel de amenaza y peligrosidad es mucho menor que a principios del siglo XX.

La función del nacionalismo actual es justificar no que los franceses vayan a la guerra contra los alemanes, sino que la policía proteja las fronteras de Francia contra los migrantes africanos. No convoca a la guerra sino a salvaguardar “valores”. Es defensivo, no ofensivo. Es un nacionalismo de “perdedores” y no –como lo expresó Vilfredo Pareto en la misma época que Sorel– de “leones”.

(Este es al menos el caso de varios nacionalismos de Europa occidental, muy diferentes de sus predecesores fascistas. Sin embargo, no significa excluir el conflicto entre las tres superpotencias nucleares –Estados Unidos, China y Rusia–, que registran actualmente una ola de nacionalismo más o menos marcial).

El tercer elemento es la violencia. No hay similitud entre la violencia europea antes de la Primera Guerra Mundial –y sobre todo la violencia entreguerras— y la Europa de hoy. Más allá de una docena de víctimas del movimiento de los “chalecos amarillos” franceses debido al uso desproporcionado de violencia por parte de la policía y a accidentes de tránsito, y de transeúntes inocentes que murieron víctimas de actos descentralizados de ira (terrorismo), ni una sola persona fue asesinada por razones políticas durante la campaña por la independencia de Cataluña, la crisis económica en Grecia y las perturbaciones políticas en Italia, Alemania, Polonia, Hungría, los países nórdicos, etc.

El sistema político ha mostrado una extraordinaria flexibilidad y solidez. La violencia como instrumento político legítimo perdió su valor en los países europeos avanzados. (De nuevo, esto podría no ser válido para otros países y regiones).

Profundos cambios sociales

Por lo tanto, vemos que las comparaciones fáciles de la política europea actual con la de la primera parte del siglo XX son erróneas. Nuestra inquietud con los procesos que se dan hoy proviene de aquello “desconocido” que enfrentamos cuando el espacio político experimenta una reconfiguración que es, a su vez, reflejo de profundos cambios sociales: el declive de la clase obrera y los sindicatos, la práctica desaparición de la religión de la vida pública, el auge de la globalización, la mercantilización de nuestra vida privada y el surgimiento de una conciencia ambiental.

Creo que el clivaje estándar entre izquierda y derecha, que se remonta a la Revolución Francesa, ya no es tan útil como solía ser. Los nuevos clivajes podrían oponer a aquellos que se benefician de la apertura contra quienes quedan fuera: la burguesía urbana neoliberal contra las personas ligadas a los modos de vida nacionales. Pero esto no es equivalente al conflicto entre fascistas, comunistas y liberales.

Es, de hecho, una nueva política, y el uso de términos viejos e inapropiados –sobre todo, para atacar a adversarios políticos tildándolos de fascistas– no tiene sentido. Sencillamente, no describe de manera adecuada nuestra vida política. Quienes hablan a la ligera de fascismo deberían estudiar la ideología y la práctica del fascismo realmente existente y tratar de encontrar mejores etiquetas para nuestro complejo mundo político.

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Este artículo es una pieza conjunta de Social Europe y el IPS-Journal publicado originalmente en Nueva Sociedad. 

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Traducido por Carlos Díaz Rocca

El regreso de la Geopolítica

Por Santiago Álvarez Cantalapiedra

Los tiempos que vivimos demandan altos grados de cooperación mundial. Las amenazas vinculadas al cambio climático y al desarrollo de unas tecnologías que son cada vez más disruptivas por ser capaces de combinar inteligencia artificial con bioingeniería exigen alcanzar amplios consensos que impidan que determinados intereses privados se impongan al bien común. La supervivencia de la humanidad en el siglo XXI dependerá de que haya una verdadera cooperación mundial, una cooperación efectiva que permita alcanzar un equilibrio adecuado entre los intereses nacionales, regionales y mundiales. Según el historiador Yuval Noah Harari,1 la cooperación ha sido la clave de nuestro éxito evolutivo como especie, pero hoy su ausencia se está convirtiendo en la principal amenaza para afrontar los peligros que hemos creado como exudado de aquel triunfo. En el momento en el que más cooperación necesitamos, se imponen por doquier rivalidades regionales y dinámicas de bloques.

Ni siquiera ante un desafío tan urgente y colosal como el cambio climático la comunidad internacional ha logrado una cooperación efectiva. La evaluación del grado de viabilidad del Acuerdo de París, adoptado en la capital francesa el 12 de diciembre de 2015 y negociado por 195 países durante la XXI Conferencia sobre Cambio Climático (COP21), ha revelado que las contribuciones nacionales, además de voluntarias, resultan claramente insuficientes para lograr los objetivos que se declaran perseguir.2 Lejos de rectificar esta carencia, que exigiría mayor ambición y cooperación financiera por parte de las naciones con mayores responsabilidades históricas, la Administración Trump anunció el 1 de junio de 2017 el abandono del acuerdo.

Puede que esta retirada de EEUU de los compromisos multilaterales sea la que acarree consecuencias de mayor alcance, pero desde luego no es la única. Asistimos a procesos de repliegue nacional, rebrotes proteccionistas y guerras comerciales y tecnológicas. No estamos –como señala oportunamente Esteban Hernández–3 ante un momento de debilidad del sistema, sino ante su trasformación, de la que emerge un nuevo orden social que aún está en construcción. La vuelta de la geopolítica es una pieza clave de la recomposición de este orden en el plano internacional. El regreso de la geopolítica se muestra en múltiples planos: en el comercial y financiero, en el tecnológico, en el militar y, sobre todo, en el ecológico. Empezaremos por ahí porque explica muchas cosas.

Es la geoeconomía, estúpido

Que los EEUU se desmarquen de los compromisos sobre el clima no significa que no consideren relevante el problema. Trump, en realidad, no representa el triunfo de los negacionistas. Resulta inverosímil que los miembros de la administración norteamericana no contemplen el calentamiento global como la principal amenaza que se cierne sobre el bienestar de la población. Disponen de la mejor información y, digan lo que digan, no son tan estúpidos como para pensar que no es un problema serio. Lo que ocurre es que tienen otro plan para gestionarlo que poco tiene que ver con la cooperación multilateral entre los diferentes Estados: desde hace tiempo, contemplan la cuestión climática como una cuestión de seguridad nacional.

Esta estrategia responde a un hecho que se suele pasar por alto: que el American way of life, y por extensión el modo de vida de las poblaciones del viejo centro del capitalismo mundial, está asentado en un modo de producción que es imperial. El capitalismo debe su desarrollo histórico a la explotación de tres ámbitos que ha convertido en colonias: las mujeres, la naturaleza y los pueblos y países del Sur; sin esa colonización ni la civilización occidental ni su paradigma de progreso probablemente existirían.4 La vida cotidiana en las sociedades industriales capitalistas descansa en unas condiciones sociales y naturales que pocas veces explicitamos. El capitalismo redefinió las relaciones sociales y los intercambios con el medio a partir de la apropiación y explotación del trabajo humano y los recursos naturales, de manera que es un sistema que ha basado su desarrollo histórico en una doble depredación que precisa diferentes órdenes jerárquicos. El orden patriarcal le suministra gratis la fuerza de trabajo sustancial para el cuidado y reproducción de la vida de las personas mientras que el orden (neo)colonial le garantiza la apropiación de la mano de obra, los recursos naturales y los sumideros a escala global. La división de trabajo en el marco de un sistema de producción mundial integrado, el extractivismo5 o la adaptación militar-securitaria al cambio climático6 son componentes fundamentales de esta estrategia de defensa del modo de vida imperial, no carente hoy de contradicciones. Así, por ejemplo, el acceso a una mano de obra barata en actividades manufactureras deslocalizadas en la “gran factoría mundial china” agudiza las tensiones socia- les internas en los viejos centros industriales, mientras que el acaparamiento de las fuentes de suministro de los recursos minerales y energéticos en África o América Latina provoca innumerables conflictos vinculados a la extracción que expulsan a unas poblaciones que, unidas a otras desplazadas por los efectos del cambio climático, presionan más tarde las fronteras de los países donde van a parar los productos elaborados a partir de aquellos recursos.

Tensiones geopolíticas en múltiples frentes

La geopolítica en los tiempos de la crisis ecosocial se desenvuelve en un mundo crecientemente postoccidental. El centro de gravedad del dinamismo económico se ha desplazado hacia el Oriente, que ejerce una demanda creciente de recursos cada vez más escasos. Las principales tensiones internacionales estallan en torno a lugares clave en el aprovisionamiento energético –Irán o Venezuela– o surgen por el control de las nuevas rutas comercia- les. La nueva ruta de la seda es la gran apuesta de Xi Jinping para enlazar Oriente con Occidente y proyectar su influencia económica y política en el exterior; esta iniciativa (conocida por el nombre de Belt and Road Initiative) viene siendo impulsada por China desde el año 2013 a través de diferentes vías: una terrestre, dividida en varios corredores, que la conectan con las economías de Oriente Medio y Europa, y otra marítima para acceder a Latinoamérica y África, continentes deseados por su abundante riqueza mineral. Otra ruta que concita la atención internacional es la que abre el deshielo provocado por el calenta- miento global, la vía del Ártico, que junta el interés por los recursos de la zona con la posibilidad de nuevas vías marítimas que acorten la distancia entre Asia y Occidente.

La guerra fría 2.0

Otro frente abierto es el digital. Constituye el segundo pilar del nuevo orden internacional que emerge de las trasformaciones en curso. Al igual que con la crisis ecosocial, las implicaciones de la nueva matriz tecnológica son observadas con especial preocupación desde la perspectiva de la seguridad nacional. Las tensiones que se plantean en el seno del capitalismo digital dejan en un segundo plano los rebrotes proteccionistas en las disputas comerciales. Aunque en la guerra arancelaria EEUU-China las espadas siguen en alto y se extienden los conflictos comerciales hacia otras zonas (el último entre EEUU y México, cuando Trump amenazó a finales de mayo con la imposición de un arancel del 5% a todas las importaciones procedentes del país vecino si no se detenía el flujo de inmigrantes), la principal refriega consiste en quién lleva la delantera en el desarrollo y la implantación de las redes 5G. Lo comercial seguirá muy presente en el plano discursivo como justificación frente a un electorado que se siente perdedor de la globalización, pero el verdadero frente de batalla hace tiempo que se ha desplazado hacia el campo de las llamadas tecnologías disruptivas.

Las tensiones van más allá del control de una determinada tecnología. El conflicto surgido en torno a Huawei no es solo por el liderazgo tecnológico, sino también y sobre todo por el mantenimiento de la hegemonía financiera norteamericana y las posiciones de monopolio de sus empresas, sin olvidar las implicaciones en el terreno militar. El objetivo, señala Michael Hudson, es «obtener el control financiero de los recursos mundiales y hacer que los “socios” comerciales paguen intereses, licencias y precios altos por los productos sobre los que EEUU goza de “derechos” de monopolio y la propiedad intelectual».7 Y eso pasa por seguir manteniendo la hegemonía del dólar y la posición de dominio de las grandes empresas tecnológicas norteamericanas en el capitalismo digital.

El caso Huawei ilustra a la perfección esta cuestión. En Europa la empresa China lidera tanto la implantación del 5G (en España dispone de contratos con las principales operadoras: Telefónica, Vodafone y Orange) como el número de patentes relacionadas con las nue- vas redes. Con esta tecnología, que permite miles de millones de dispositivos conectados y la transmisión de ingentes cantidades de datos, se confía incorporar a la vida cotidiana los avances de la inteligencia artificial y del llamado internet de las cosas. Las conexiones 5G son más veloces que las actuales, resuelven el problema de cobertura en grandes aglomeraciones al multiplicar por cien la cuantía de los dispositivos conectados con el mismo número de antenas, reducen el tiempo de respuesta que tarda un dispositivo desde que recibe una señal, así como el consumo de energía en cada transmisión, lo que aumenta la autonomía de las baterías de los terminales. El anuncio de la prohibición de los EEUU para que Huawei pueda abastecerse de componentes (chips de procesamiento y memoria suministrados principalmente por empresas norteamericanas como Intel, Qualcomm, Micron Technology o Western Digital) y software (dominado por Microsoft y Apple), o la predisposición rápidamente mostrada por Google de retirar la licencia a la empresa china para que no pudiera utilizar el sistema operativo Android en sus nuevos productos, revelan hasta qué punto no estamos ante una más de las reacciones airadas a las que nos tiene acostumbrados Trump, sino ante un golpe premeditado y concertado por el poder político y empresarial norteamericano. Resulta significativo el protagonismo de las grandes corporaciones en esta nueva fase de la geopolítica.

Que finalmente se haya planteado una moratoria al veto de los EEUU a Huawei tras la última cumbre del G20 celebrada a finales de junio en Osaka muestra las dificultades para practicar el unilateralismo en un mundo cada vez más multipolar. China no es un actor cual- quiera del capitalismo en la era digital: es el primer inversor mundial en innovación, el principal exportador de tierras raras (materiales de gran aplicación en la industria tecnológica)8 y el principal ensamblador de la mayoría de los productos electrónicos. El mayor déficit bilateral de los EEUU es precisamente con China de la que importa, además de las mencionadas tierras raras, grandes cantidades de productos intermedios, muchos de ellos imprescindibles para seguir manteniendo su hegemonía tecnológica. El desenlace de esta pugna no está claro, pero revela en cualquier caso la preocupación acerca de quién controlará la infraestructura digital.

El prisma de la seguridad nacional de nuevo

La razón aducida por el Gobierno estadounidense en el pulso tecnológico con China siempre ha sido la misma: la seguridad nacional. Quienes han hecho posible que gracias a las nuevas tecnologías digitales el capitalismo actual se haya convertido en un capitalismo de vigilancia andan ahora preocupados por la proliferación de software malicioso (malware) y de espionaje (spyware). Los sistemas de defensa actuales distan mucho de los viejos ejércitos. Junto a la tropa y marinería, los contingentes militares están formados hoy por especialistas en complejas redes de telecomunicaciones que temen, como una de las principales amenazas, los ataques cibernéticos. Washington está exigiendo a sus aliados que descarten la tecnología china en sus nuevas infraestructuras de red móvil argumentando que la información recopilada quedaría en poder de los servicios de inteligencia de Pekín. De momento no parece que esta sea la principal prioridad del Gobierno chino, más preocupado de vigilar a su propia población que a sus rivales externos; el hecho es que emplea más recursos en seguridad interna que en gastos militares: «en 2017, según un estudio de Jamestown Foundation, el presupuesto de seguridad interior alcanzó los 197.000 millones de dólares, sin incluir inversiones en tecnologías de vigilancia y de seguridad urbana. Una cifra que superó en 40.000 millones de dólares la partida de gasto militar».9

Por ahora quien está agitando las aguas de la carrera armamentística es Trump, que no cesa de presionar para incrementar los gastos militares10 y dinamitar los acuerdos interna- cionales suscritos en la materia. En la fase final de la Guerra Fría se logró poner en marcha varios tratados para controlar la proliferación armamentística. La sensación de clausura de una etapa, de haber llegado al “fin de una era”, sobrevolaba la Conferencia de Seguridad de Munich celebrada el pasado mes de febrero. En dicha conferencia, Washington y Moscú anunciaron el abandono del tratado de armas nucleares de corto y medio alcance. La ruptura del tratado Intermediate Nuclear Forces (INF) firmado por Reagan y Gorbachov en 1987, se suma al abandono previo de los EEUU, en junio del 2002, del tratado Anti-Ballistic Missile (ABM). Este riesgo de proliferación nuclear puede verse incrementado si se pone en peligro la ratificación del tratado START III de reducción de los arsenales nucleares, firmado por Obama y Medvédev en 2010, que todavía no ha sido ratificado por el Senado norteamericano ni por la Duma rusa.

La incorporación en la agenda de la seguridad nacional de la problemática ecosocial y el desmoronamiento de los consensos labrados durante décadas en el campo de la paz y la seguridad internacional son un reflejo de los cambios en los equilibrios de poder mundial.11 El viejo orden está saltando por los aires colocando a la humanidad en el más peligroso escenario de los últimos sesenta años. El Boletín de Científicos Atómicos, publicado por primera vez en 1945 por miembros del Manhattan Project tras los bombardeos atómicos de Hiroshima y Nagasaki, evalúa el riesgo global (no solo nuclear, también desde tiempos recientes el que representa la amenaza del cambio climático o las biotecnologías) a través de denominado “Reloj del Apocalipsis” (Doomsday Clock). En enero del 2019, el menciona- do Boletín anunció que este reloj reflejaba un momento crítico para la humanidad, comparable al peor que se vivió en el año 1953 en plena escala de tensión por las pruebas termo-nucleares realizadas por EEUU y la Unión Soviética. Ante un desastre lo más aconsejable es encontrar la forma de colaborar para minimizar los daños y salvar al mayor número. Lamentablemente, no parece que sea este el camino elegido.

 

NOTAS:

1 Y. N. Harari, Homo sapiens, Debate, Barcelona, 2015.

2 J. Nieto, Ó. Carpintero y L. J. Miguel, «Less than 2 °C? An Economic-Environmental Evaluation of the Paris Agreement»,Ecological Economics, Vol. 146, Abril de 2018, pp. 69-84.

3 E. Hernández, El tiempo pervertido, Akal, Madrid, 2018.

4 M. Mies y V. Shiva, Ecofeminismo (teoría, crítica y perspectivas), Icaria, Barcelona, 2015.

5 Véase el número 143 de esta misma revista dedicado al tema bajo el título «Extractivismos, poder y violencia» (otoño de 2018).

6 Véase el libro editado por Nick Buxton y Ben Hayes, Cambio climático, S.A., FUHEM Ecosocial, Madrid, 2017.

7 M. Hudson, «Las amenazas comerciales de Trump son realmente una Guerra Fría 2.0» (publicado el 14 de junio de 2019 en Counterpunch; disponible en castellano en: http://sinpermiso.info/textos/las-amenazas-comerciales-de-trump-son-real- mente-una-guerra-fria-20)

8 Las tierras raras son un grupo de elementos de la tabla periódica que poseen propiedades fundamentales (como sus capa- cidades magnéticas) para las tecnologías de la información (se utilizan en teléfonos móviles, ordenadores, electrodomésti- cos, vehículos y dispositivos médicos). El nombre de «tierras raras» podría llevar a pensar que se trata de elementos esca- sos en la corteza terrestre, lo cual no es cierto pues se pueden encontrar en casi cualquier zona del planeta. Se las califica así debido a que resulta poco común encontrar vetas abundantes en una forma pura. La mayor parte de estas vetas fácil- mente explotables se encuentran en China (55% de las reservas de todo el mundo; el 86% de la extracción global sale de ese país).

9 M. Vidal Liy, «Treinta años después de Tiananmen: ¿adónde va China?», EL PAÍS, domingo 2 de junio de 2019, disponible en: https://elpais.com/elpais/2019/06/03/ideas/1559576066_780381.html.

10 El presupuesto de gastos militares norteamericano supera ya, según datos del Stockholm International Peace Research Institute (SEPRI), el 35% del total (tres veces más que China y diez más que Rusia), disponible en: https://www.sipri.org/databases

11 Analizo con más detalle esta reconfiguración del orden social (tanto en el plano interno como en el internacional) en mi libro:La gran encrucijada. Crisis ecosocial y cambio de paradigma, Ediciones HOAC, Madrid, 2019.

De la confrontación a la autonomía

Por Raúl Zibechi

La historia del Gobierno Territorial Autónomo de la Nación Wampis se remonta medio siglo atrás, un proceso que llevó a la conformación del Consejo Aguaruna Huambisa en 1977, bajo el régimen militar peruano. Fue también una respuesta de los pueblos wampis y awajun a la colonización mestiza del río Marañón, cerca de la frontera con Ecuador. Poco después rompieron con los jesuitas que trabajaban con ellos y decidieron tomar un camino propio.

En una primera etapa se empeñaron en la titulación de sus tierras, como forma de recuperar la integridad territorial como pueblo. Este proceso implicó muchas ten-siones con los actores externos, militares, empresas extractivas y mestizos colonizadores, y llevó al despliegue fuerzas comunales para desalojar a los invasores, que fue respondido con el encarcelamiento de líderes y dirigentes.

Con la crisis del gobierno militar al comienzo de la década de los años 80, se produjo lo que la socióloga Tania Gómez (autora de una magnífica tesis sobre el gobierno autónomo wampis que inspira este artículo) denomina como una avalancha a la Amazonía, de la mano de las empresas multinacionales en el contexto de la globalización. Hidrocarburos y minería aurífera son las dos actividades que más afectan a los pueblos amazónicos, impulsadas por el gobierno autoritario de Alberto Fujimori (1990-2000).

La crisis sobrevino en 2009, cuando el Estado desconoció los acuerdos que tenía con los pueblos. Los wampis van aprendiendo que tanto las titulaciones como las categorizaciones ambientales de su territorio son herramientas insuficientes. El Estado empieza a modificar los marcos legales para permitir el ingreso de fuerzas globales de enorme magnitud, sin tomar en cuenta las afectaciones en la vida de los wampis, señala el citado trabajo de Gómez.

El 5 de agosto se produjo el enfrenamiento entre indígenas awajun y wampis y fuerzas policiales y militares, luego de casi dos meses de intensa movilización en la Amazonia para la derogación de los decretos que permitían una abusiva explotación de los bienes comunes sin consulta ni consentimiento de los pueblos originarios, con un saldo de 33 muertos entre manifestantes y policías (https://bit.ly/2XROoB2).

La jornada conocida como Baguazo fue un parteaguas, además de la síntesis de un largo e intenso ciclo de luchas amazónicas. En apenas seis años, a caballo de nuevas frustraciones que agudizaron la histórica desconfianza con el Estado (criminalización y divisiones), el pueblo wampi tomó decididamente el camino de la autonomía. Debieron dejar de lado desde las ONG hasta organizaciones nacionales, incluyendo la tentación de la administración municipal. Esta experiencia los convenció, además, de los límites de instituciones que nunca los trataron como iguales, incluyendo las leyes de consulta previa, que no se aplicaron o se manipularon.

Después de la participación en estos procesos, se concluye que la consulta previa es apenas un procedimiento de convencimiento en donde el Estado busca atacar debilidades de la organización. Para construir autonomía debieron articular las comunidades de dos cuencas (ríos Santiago y Morona) y elaboraron su estatuto autonómico en más de una decena de talleres con amplia participación de las bases.

Uno de los puntos centrales del estatuto destaca: consideramos sin validez alguna, cualquier trato o consentimiento efectuado en favor de las empresas de manera separada o parcial antes de que haya terminado el proceso oficial entre nuestra nación y el Estado peruano.

Los organismos de poder del gobierno autónomo conocen cuatro instancias: la asamblea principal con 96 asambleístas; un gobierno ejecutivo con sus consejeros; gobiernos de ambas cuencas y gobiernos de cada comunidad con sus respectivas autoridades electas.

Como señala el sociólogo peruano Alvaro Giles, se trata del primer pueblo indígena en el país que cambia la estrategia del sindicalismo indígena por la idea del autogobierno. Añade que ya hay otros tres pueblos amazónicos en proceso de fundar sus gobiernos autónomos, por lo que estaríamos frente a una nueva estrategia en el mundo amazónico peruano.

Sólo caben dos observaciones. Una, que la autonomía no es una opción anclada en ideologías, sino en historias y cosmovisiones propias que se despliega para enfrentar desafíos concretos. Lo que nos muestra que estamos ante genealogías diferentes a las de cuño europeo, analizadas entre otros por Castoriadis.

Dos, que los pueblos en movimiento (concepto más adecuado que movimientos sociales) van descubriendo que las autonomías y los autogobiernos territoriales les permiten enfrentar en mejores condiciones el extractivismo depredador, que cualquier otra estrategia que pase por la negociación con el Estado. En los próximos años veremos una proliferación de procesos autonómicos.

La acumulación por despojo y el capitalismo sólo se pueden confrontar y derrotar con otras culturas políticas, por fuera de las instituciones y de los acuerdos por arriba.

Fuente: http://www.jornada.com.mx/2019/07/19/opinion/017a1pol