El regreso de la Geopolítica

Por Santiago Álvarez Cantalapiedra

Los tiempos que vivimos demandan altos grados de cooperación mundial. Las amenazas vinculadas al cambio climático y al desarrollo de unas tecnologías que son cada vez más disruptivas por ser capaces de combinar inteligencia artificial con bioingeniería exigen alcanzar amplios consensos que impidan que determinados intereses privados se impongan al bien común. La supervivencia de la humanidad en el siglo XXI dependerá de que haya una verdadera cooperación mundial, una cooperación efectiva que permita alcanzar un equilibrio adecuado entre los intereses nacionales, regionales y mundiales. Según el historiador Yuval Noah Harari,1 la cooperación ha sido la clave de nuestro éxito evolutivo como especie, pero hoy su ausencia se está convirtiendo en la principal amenaza para afrontar los peligros que hemos creado como exudado de aquel triunfo. En el momento en el que más cooperación necesitamos, se imponen por doquier rivalidades regionales y dinámicas de bloques.

Ni siquiera ante un desafío tan urgente y colosal como el cambio climático la comunidad internacional ha logrado una cooperación efectiva. La evaluación del grado de viabilidad del Acuerdo de París, adoptado en la capital francesa el 12 de diciembre de 2015 y negociado por 195 países durante la XXI Conferencia sobre Cambio Climático (COP21), ha revelado que las contribuciones nacionales, además de voluntarias, resultan claramente insuficientes para lograr los objetivos que se declaran perseguir.2 Lejos de rectificar esta carencia, que exigiría mayor ambición y cooperación financiera por parte de las naciones con mayores responsabilidades históricas, la Administración Trump anunció el 1 de junio de 2017 el abandono del acuerdo.

Puede que esta retirada de EEUU de los compromisos multilaterales sea la que acarree consecuencias de mayor alcance, pero desde luego no es la única. Asistimos a procesos de repliegue nacional, rebrotes proteccionistas y guerras comerciales y tecnológicas. No estamos –como señala oportunamente Esteban Hernández–3 ante un momento de debilidad del sistema, sino ante su trasformación, de la que emerge un nuevo orden social que aún está en construcción. La vuelta de la geopolítica es una pieza clave de la recomposición de este orden en el plano internacional. El regreso de la geopolítica se muestra en múltiples planos: en el comercial y financiero, en el tecnológico, en el militar y, sobre todo, en el ecológico. Empezaremos por ahí porque explica muchas cosas.

Es la geoeconomía, estúpido

Que los EEUU se desmarquen de los compromisos sobre el clima no significa que no consideren relevante el problema. Trump, en realidad, no representa el triunfo de los negacionistas. Resulta inverosímil que los miembros de la administración norteamericana no contemplen el calentamiento global como la principal amenaza que se cierne sobre el bienestar de la población. Disponen de la mejor información y, digan lo que digan, no son tan estúpidos como para pensar que no es un problema serio. Lo que ocurre es que tienen otro plan para gestionarlo que poco tiene que ver con la cooperación multilateral entre los diferentes Estados: desde hace tiempo, contemplan la cuestión climática como una cuestión de seguridad nacional.

Esta estrategia responde a un hecho que se suele pasar por alto: que el American way of life, y por extensión el modo de vida de las poblaciones del viejo centro del capitalismo mundial, está asentado en un modo de producción que es imperial. El capitalismo debe su desarrollo histórico a la explotación de tres ámbitos que ha convertido en colonias: las mujeres, la naturaleza y los pueblos y países del Sur; sin esa colonización ni la civilización occidental ni su paradigma de progreso probablemente existirían.4 La vida cotidiana en las sociedades industriales capitalistas descansa en unas condiciones sociales y naturales que pocas veces explicitamos. El capitalismo redefinió las relaciones sociales y los intercambios con el medio a partir de la apropiación y explotación del trabajo humano y los recursos naturales, de manera que es un sistema que ha basado su desarrollo histórico en una doble depredación que precisa diferentes órdenes jerárquicos. El orden patriarcal le suministra gratis la fuerza de trabajo sustancial para el cuidado y reproducción de la vida de las personas mientras que el orden (neo)colonial le garantiza la apropiación de la mano de obra, los recursos naturales y los sumideros a escala global. La división de trabajo en el marco de un sistema de producción mundial integrado, el extractivismo5 o la adaptación militar-securitaria al cambio climático6 son componentes fundamentales de esta estrategia de defensa del modo de vida imperial, no carente hoy de contradicciones. Así, por ejemplo, el acceso a una mano de obra barata en actividades manufactureras deslocalizadas en la “gran factoría mundial china” agudiza las tensiones socia- les internas en los viejos centros industriales, mientras que el acaparamiento de las fuentes de suministro de los recursos minerales y energéticos en África o América Latina provoca innumerables conflictos vinculados a la extracción que expulsan a unas poblaciones que, unidas a otras desplazadas por los efectos del cambio climático, presionan más tarde las fronteras de los países donde van a parar los productos elaborados a partir de aquellos recursos.

Tensiones geopolíticas en múltiples frentes

La geopolítica en los tiempos de la crisis ecosocial se desenvuelve en un mundo crecientemente postoccidental. El centro de gravedad del dinamismo económico se ha desplazado hacia el Oriente, que ejerce una demanda creciente de recursos cada vez más escasos. Las principales tensiones internacionales estallan en torno a lugares clave en el aprovisionamiento energético –Irán o Venezuela– o surgen por el control de las nuevas rutas comercia- les. La nueva ruta de la seda es la gran apuesta de Xi Jinping para enlazar Oriente con Occidente y proyectar su influencia económica y política en el exterior; esta iniciativa (conocida por el nombre de Belt and Road Initiative) viene siendo impulsada por China desde el año 2013 a través de diferentes vías: una terrestre, dividida en varios corredores, que la conectan con las economías de Oriente Medio y Europa, y otra marítima para acceder a Latinoamérica y África, continentes deseados por su abundante riqueza mineral. Otra ruta que concita la atención internacional es la que abre el deshielo provocado por el calenta- miento global, la vía del Ártico, que junta el interés por los recursos de la zona con la posibilidad de nuevas vías marítimas que acorten la distancia entre Asia y Occidente.

La guerra fría 2.0

Otro frente abierto es el digital. Constituye el segundo pilar del nuevo orden internacional que emerge de las trasformaciones en curso. Al igual que con la crisis ecosocial, las implicaciones de la nueva matriz tecnológica son observadas con especial preocupación desde la perspectiva de la seguridad nacional. Las tensiones que se plantean en el seno del capitalismo digital dejan en un segundo plano los rebrotes proteccionistas en las disputas comerciales. Aunque en la guerra arancelaria EEUU-China las espadas siguen en alto y se extienden los conflictos comerciales hacia otras zonas (el último entre EEUU y México, cuando Trump amenazó a finales de mayo con la imposición de un arancel del 5% a todas las importaciones procedentes del país vecino si no se detenía el flujo de inmigrantes), la principal refriega consiste en quién lleva la delantera en el desarrollo y la implantación de las redes 5G. Lo comercial seguirá muy presente en el plano discursivo como justificación frente a un electorado que se siente perdedor de la globalización, pero el verdadero frente de batalla hace tiempo que se ha desplazado hacia el campo de las llamadas tecnologías disruptivas.

Las tensiones van más allá del control de una determinada tecnología. El conflicto surgido en torno a Huawei no es solo por el liderazgo tecnológico, sino también y sobre todo por el mantenimiento de la hegemonía financiera norteamericana y las posiciones de monopolio de sus empresas, sin olvidar las implicaciones en el terreno militar. El objetivo, señala Michael Hudson, es «obtener el control financiero de los recursos mundiales y hacer que los “socios” comerciales paguen intereses, licencias y precios altos por los productos sobre los que EEUU goza de “derechos” de monopolio y la propiedad intelectual».7 Y eso pasa por seguir manteniendo la hegemonía del dólar y la posición de dominio de las grandes empresas tecnológicas norteamericanas en el capitalismo digital.

El caso Huawei ilustra a la perfección esta cuestión. En Europa la empresa China lidera tanto la implantación del 5G (en España dispone de contratos con las principales operadoras: Telefónica, Vodafone y Orange) como el número de patentes relacionadas con las nue- vas redes. Con esta tecnología, que permite miles de millones de dispositivos conectados y la transmisión de ingentes cantidades de datos, se confía incorporar a la vida cotidiana los avances de la inteligencia artificial y del llamado internet de las cosas. Las conexiones 5G son más veloces que las actuales, resuelven el problema de cobertura en grandes aglomeraciones al multiplicar por cien la cuantía de los dispositivos conectados con el mismo número de antenas, reducen el tiempo de respuesta que tarda un dispositivo desde que recibe una señal, así como el consumo de energía en cada transmisión, lo que aumenta la autonomía de las baterías de los terminales. El anuncio de la prohibición de los EEUU para que Huawei pueda abastecerse de componentes (chips de procesamiento y memoria suministrados principalmente por empresas norteamericanas como Intel, Qualcomm, Micron Technology o Western Digital) y software (dominado por Microsoft y Apple), o la predisposición rápidamente mostrada por Google de retirar la licencia a la empresa china para que no pudiera utilizar el sistema operativo Android en sus nuevos productos, revelan hasta qué punto no estamos ante una más de las reacciones airadas a las que nos tiene acostumbrados Trump, sino ante un golpe premeditado y concertado por el poder político y empresarial norteamericano. Resulta significativo el protagonismo de las grandes corporaciones en esta nueva fase de la geopolítica.

Que finalmente se haya planteado una moratoria al veto de los EEUU a Huawei tras la última cumbre del G20 celebrada a finales de junio en Osaka muestra las dificultades para practicar el unilateralismo en un mundo cada vez más multipolar. China no es un actor cual- quiera del capitalismo en la era digital: es el primer inversor mundial en innovación, el principal exportador de tierras raras (materiales de gran aplicación en la industria tecnológica)8 y el principal ensamblador de la mayoría de los productos electrónicos. El mayor déficit bilateral de los EEUU es precisamente con China de la que importa, además de las mencionadas tierras raras, grandes cantidades de productos intermedios, muchos de ellos imprescindibles para seguir manteniendo su hegemonía tecnológica. El desenlace de esta pugna no está claro, pero revela en cualquier caso la preocupación acerca de quién controlará la infraestructura digital.

El prisma de la seguridad nacional de nuevo

La razón aducida por el Gobierno estadounidense en el pulso tecnológico con China siempre ha sido la misma: la seguridad nacional. Quienes han hecho posible que gracias a las nuevas tecnologías digitales el capitalismo actual se haya convertido en un capitalismo de vigilancia andan ahora preocupados por la proliferación de software malicioso (malware) y de espionaje (spyware). Los sistemas de defensa actuales distan mucho de los viejos ejércitos. Junto a la tropa y marinería, los contingentes militares están formados hoy por especialistas en complejas redes de telecomunicaciones que temen, como una de las principales amenazas, los ataques cibernéticos. Washington está exigiendo a sus aliados que descarten la tecnología china en sus nuevas infraestructuras de red móvil argumentando que la información recopilada quedaría en poder de los servicios de inteligencia de Pekín. De momento no parece que esta sea la principal prioridad del Gobierno chino, más preocupado de vigilar a su propia población que a sus rivales externos; el hecho es que emplea más recursos en seguridad interna que en gastos militares: «en 2017, según un estudio de Jamestown Foundation, el presupuesto de seguridad interior alcanzó los 197.000 millones de dólares, sin incluir inversiones en tecnologías de vigilancia y de seguridad urbana. Una cifra que superó en 40.000 millones de dólares la partida de gasto militar».9

Por ahora quien está agitando las aguas de la carrera armamentística es Trump, que no cesa de presionar para incrementar los gastos militares10 y dinamitar los acuerdos interna- cionales suscritos en la materia. En la fase final de la Guerra Fría se logró poner en marcha varios tratados para controlar la proliferación armamentística. La sensación de clausura de una etapa, de haber llegado al “fin de una era”, sobrevolaba la Conferencia de Seguridad de Munich celebrada el pasado mes de febrero. En dicha conferencia, Washington y Moscú anunciaron el abandono del tratado de armas nucleares de corto y medio alcance. La ruptura del tratado Intermediate Nuclear Forces (INF) firmado por Reagan y Gorbachov en 1987, se suma al abandono previo de los EEUU, en junio del 2002, del tratado Anti-Ballistic Missile (ABM). Este riesgo de proliferación nuclear puede verse incrementado si se pone en peligro la ratificación del tratado START III de reducción de los arsenales nucleares, firmado por Obama y Medvédev en 2010, que todavía no ha sido ratificado por el Senado norteamericano ni por la Duma rusa.

La incorporación en la agenda de la seguridad nacional de la problemática ecosocial y el desmoronamiento de los consensos labrados durante décadas en el campo de la paz y la seguridad internacional son un reflejo de los cambios en los equilibrios de poder mundial.11 El viejo orden está saltando por los aires colocando a la humanidad en el más peligroso escenario de los últimos sesenta años. El Boletín de Científicos Atómicos, publicado por primera vez en 1945 por miembros del Manhattan Project tras los bombardeos atómicos de Hiroshima y Nagasaki, evalúa el riesgo global (no solo nuclear, también desde tiempos recientes el que representa la amenaza del cambio climático o las biotecnologías) a través de denominado “Reloj del Apocalipsis” (Doomsday Clock). En enero del 2019, el menciona- do Boletín anunció que este reloj reflejaba un momento crítico para la humanidad, comparable al peor que se vivió en el año 1953 en plena escala de tensión por las pruebas termo-nucleares realizadas por EEUU y la Unión Soviética. Ante un desastre lo más aconsejable es encontrar la forma de colaborar para minimizar los daños y salvar al mayor número. Lamentablemente, no parece que sea este el camino elegido.

 

NOTAS:

1 Y. N. Harari, Homo sapiens, Debate, Barcelona, 2015.

2 J. Nieto, Ó. Carpintero y L. J. Miguel, «Less than 2 °C? An Economic-Environmental Evaluation of the Paris Agreement»,Ecological Economics, Vol. 146, Abril de 2018, pp. 69-84.

3 E. Hernández, El tiempo pervertido, Akal, Madrid, 2018.

4 M. Mies y V. Shiva, Ecofeminismo (teoría, crítica y perspectivas), Icaria, Barcelona, 2015.

5 Véase el número 143 de esta misma revista dedicado al tema bajo el título «Extractivismos, poder y violencia» (otoño de 2018).

6 Véase el libro editado por Nick Buxton y Ben Hayes, Cambio climático, S.A., FUHEM Ecosocial, Madrid, 2017.

7 M. Hudson, «Las amenazas comerciales de Trump son realmente una Guerra Fría 2.0» (publicado el 14 de junio de 2019 en Counterpunch; disponible en castellano en: http://sinpermiso.info/textos/las-amenazas-comerciales-de-trump-son-real- mente-una-guerra-fria-20)

8 Las tierras raras son un grupo de elementos de la tabla periódica que poseen propiedades fundamentales (como sus capa- cidades magnéticas) para las tecnologías de la información (se utilizan en teléfonos móviles, ordenadores, electrodomésti- cos, vehículos y dispositivos médicos). El nombre de «tierras raras» podría llevar a pensar que se trata de elementos esca- sos en la corteza terrestre, lo cual no es cierto pues se pueden encontrar en casi cualquier zona del planeta. Se las califica así debido a que resulta poco común encontrar vetas abundantes en una forma pura. La mayor parte de estas vetas fácil- mente explotables se encuentran en China (55% de las reservas de todo el mundo; el 86% de la extracción global sale de ese país).

9 M. Vidal Liy, «Treinta años después de Tiananmen: ¿adónde va China?», EL PAÍS, domingo 2 de junio de 2019, disponible en: https://elpais.com/elpais/2019/06/03/ideas/1559576066_780381.html.

10 El presupuesto de gastos militares norteamericano supera ya, según datos del Stockholm International Peace Research Institute (SEPRI), el 35% del total (tres veces más que China y diez más que Rusia), disponible en: https://www.sipri.org/databases

11 Analizo con más detalle esta reconfiguración del orden social (tanto en el plano interno como en el internacional) en mi libro:La gran encrucijada. Crisis ecosocial y cambio de paradigma, Ediciones HOAC, Madrid, 2019.

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