Lo teníamos todo ante nosotros y no había nada

El debate sobre el progreso debe incluir datos estadísticos y supuestos utópicos o distópicos de ciencia ficción, sin olvidar el sufrimiento de los individuos
Por GEORGE SCIALABBA 
Es mejor de lo que parece: razones para el optimismo en una era de miedo. [It’s Better Than It Looks: Reasons for Optimism in an Age of Fear] de Gregg Easterbrook. PublicAffairs, 352 páginas.

21 lecciones para el siglo XXI, de Yuval Noah Harari. Debate, 408 páginas.

Estados Unidos: la gira de despedida [America: The Farewell Tour] de Chris Hedges. Simon & Schuster, 400 páginas.

El primer párrafo de la novela de Charles Dickens, Historia de dos ciudades, comienza así: “Era el mejor de los tiempos, era el peor de los tiempos”, y prosigue, “la era de la luz y de las tinieblas; la primavera de la esperanza y el invierno de la desesperación. Lo teníamos todo ante nosotros y no había nada; íbamos todos directos al cielo, marchábamos en sentido contrario”. El comienzo del siglo XXI parece asemejarse al final del siglo XVIII en al menos este aspecto: las garantías de progreso se alternan con amenazas de catástrofes; las promesas de infinita mejora se responden con advertencias de declive terminal; cada Steven Pinker produce un equivalente y opuesto Wendell Berry.

La cuestión no es solo cómo de precisas son estas predicciones antagónicas, puesto que solo los participantes más longevos en estos debates llegarán a ver si sus pronósticos se cumplen o no. En todo caso, el futuro no es un experimento científico, en el que se cambia una variable y después otra, mientras las condiciones iniciales permanecen constantes. Nosotros tenemos que tomar vitales decisiones políticas a largo plazo sin la esperanza de saber, incluso muchas décadas después, si una decisión diferente habría dado mejores resultados. (Sí, lo sé: “nosotros” es una ficción placentera, puesto que son las élites quienes tomarán esas decisiones, pero finjamos que vivimos en una democracia).

Revisando los números

El debate sobre el progreso, al menos públicamente, es un debate sobre tecnología: lo que ha funcionado, lo que podría funcionar y a qué precio. Eso suena bastante sencillo, pero no es así. A la economía neoclásica se le da muy bien ignorar el coste y los beneficios de aquellos con poco poder de mercado, como por ejemplo los agricultores o los pescadores de subsistencia, la gente indígena apegada a su tierra y los futuros habitantes de zonas costeras (aproximadamente un 50 % de la población estadounidense), que podría no querer tener que decidir entre desplazarse tierra adentro o vivir en una casa flotante. Igual que una propuesta es “políticamente posible”, en el argot de la Casa Blanca, no solo si una mayoría de la población la quiere, sino solo si tiene alguna posibilidad de reunir los apoyos clave en el Congreso, también una tecnología no es “viable” para un economista si puede servir para maximizar el bienestar humano, sino solo si puede atraer suficientes inversores que esperan sacar beneficio de ella. Ambos procesos de decisión, siendo generosos, distan mucho de ser ideales.

El reciente libro de Steven Pinker La Ilustración ahora: argumentos a favor de la razón, la ciencia el humanismo y el progreso [Enlightenment Now: The Case for Reason, Science, Humanism, and Progress] inició la última fase del debate. La mayor parte del libro está dedicada a presentar docenas de gráficos sobre casi todo lo habido y por haber: muertes en vehículos de motor, populismo, armas nucleares, soledad, tiempo libre, alfabetización femenina, trabajo infantil, calorías mundiales per cápita, CO2 emitido por dólar del PIB y caídas de rayos, además de una sólida polémica contra la religión, el posmodernismo y (desafortunadamente) Nietzsche. Pinker es por lo general razonable aunque poco imaginativo, así que cuando habla de desigualdad, secunda la flagrante banalidad del profesor libertario Harry Frankfurt: “Desde el punto de vista de la moralidad, no es importante que todo el mundo deba tener lo mismo, lo que es moralmente importante es que cada persona tenga suficiente”, y luego sermonea de forma arrogante a Naomi Klein por rechazar el incrementalismo del cambio climático como si ella se hubiera dado el gusto de emplear una retórica subida de tono en lugar de ofrecer argumentos debidamente justificados. Así y todo, los gráficos de Pinker son como una especie de servicio público.

El libro de Gregg Easterbrook, Es mejor de lo que parece adopta la misma estrategia repleta de datos (sin los gráficos) que Pinker para llegar a la misma conclusión: casi todo está mejorando, lo mismo da lo que piense casi todo el mundo. Empieza preparándose para la pelea: el prefacio informa a los ignorantes partidarios de Sanders y Trump de que su rabia estaba injustificada. Había pocas cosas que estuvieran mal en Estados Unidos en 2016 (¡matices de Hillary Clinton!): “Siendo objetivos, Estados Unidos estaba en mejor forma de lo que nunca había estado… los estándares de vida, los ingresos per cápita, el poder adquisitivo, la salud, la seguridad, la libertad y la longevidad estaban en sus niveles más altos, mientras que las mujeres, las minorías y los gais eran libres en grados que nunca antes habían alcanzado”.

De acuerdo, ¿cuál es la prueba de que “en ningún momento de la historia de Estados Unidos la gente estuvo mejor de lo que estaba en 2016”, y (como afirma Easterbrook en otro lugar del libro), en ninguna época anterior “el típico miembro de la población mundial tampoco había estado mejor”? Para empezar, está el índice de miseria: desempleo más inflación, que en 2016 estaba en el nivel más bajo de los últimos 50 años. La desnutrición mundial había disminuido al nivel más bajo de la historia, mientras que la producción alimenticia estaba en su nivel más alto. El petróleo es abundante y no es caro, y lo mismo sucede con los minerales. A lo largo y ancho del mundo desarrollado, los niveles de contaminación del aire y del agua están bajando. En casi todos los países, las muertes por enfermedades infecciosas han disminuido drásticamente, y la longevidad media está en el nivel más alto de la historia. Casi todos los años el PIB mundial alcanza un nuevo récord. Los casos de extrema pobreza nunca estuvieron en números tan bajos. El gasto per cápita mundial en armas ha retrocedido. La tasa de criminalidad ha bajado considerablemente y en casi todos los países excepto Afganistán, Irak, Siria y Sudán, las posibilidades de que una persona muera en circunstancias violentas están en mínimos históricos. Los viajes en coche y avión son más seguros que nunca. La escolaridad de las chicas es casi universal. Eso es lo que dicen las revistas Science, Nature y la Organización de las Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación, el Departamento de Agricultura de EE.UU., la Organización Mundial de la Salud, la Oficina del Censo, el Cancer Journal for Clinicians y una infinidad de otras fuentes intachables que utiliza Easterbrook.

Una cosecha dispar

La agricultura de alta tecnología ocupa el panel central del retablo de Easterbrook. Hace medio siglo, un 50 % de la humanidad estaba desnutrida y las predicciones sobre hambruna y muertes en masa eran habituales. Entra en escena Norman Borlaug, pionero de la revolución verde y “la persona más importante del siglo XX”. Gracias a las variedades vegetales más resistentes y fértiles que desarrolló Borlaug, India, África, Brasil y otras regiones con gran cantidad de población han conseguido aumentar extremadamente su producción alimentaria, mejorar los ingresos de los agricultores (al menos de los agricultores que podían pagar los caros fertilizantes que necesitan las variedades de alto rendimiento) y hasta reducir el uso de pesticidas. En 1997 se calculaba que la revolución verde, afirma Easterbrook, había salvado mil millones de vidas. “Dos décadas después, la cifra puede que alcance los dos mil millones”, escribe. (Es algo complicado, por cierto, cuadrar esa afirmación con el menosprecio que demuestra Easterbrook por las alertas de muerte por inanición de las décadas de 1960 y 1970 que califica como “fingidas”. Si la intervención milagrosa de Borlaug salvó mil millones de vidas, entonces no cabe duda de que los alarmistas que predijeron que morirían mil millones de personas, salvo que ocurriera algún tipo de milagro, estaban totalmente en lo cierto).

Las nuevas tecnologías, por muy benignas que sean, rara vez son una bendición absoluta. Uno o dos mil millones de vidas salvadas suponen un montón de efectos secundarios. Pero aun así, debemos ser conscientes de los efectos secundarios. El siguiente es un fragmento de un artículo que el académico indio Saidur Rahman escribió en 2015 en la Revista Asiática de Agua, Medio Ambiente y Contaminación:

La revolución verde ha transformado a India de ser un país con superávit de cereales a ser un país con déficit de cereales… [Pero la] intensificación de la agricultura a lo largo de los años ha provocado una degradación general del frágil ecosistema agrario. El alto coste de la producción y unas ganancias cada vez menores de las actividades agrícolas están afectando a las condiciones socioeconómicas de los agricultores. La pérdida de fertilidad del suelo, la erosión del suelo, la toxicidad del suelo, unos recursos hídricos cada vez menores, la contaminación del agua subterránea, la salinidad del agua subterránea, una incidencia mayor de enfermedades humanas y del ganado y el calentamiento global son algunos de los efectos negativos que tiene que los agricultores sobreadopten las tecnologías agrícolas para conseguir que la revolución verde tenga éxito. Un uso indiscriminado y desproporcionado de químicos contamina el suelo, el aire y el agua, además del alimento y el forraje que se da a los animales… Diversos estudios y exámenes científicos que se han realizado sobre los residuos de los fertilizantes y pesticidas durante [los] últimos 45 años indican la presencia de residuos de fertilizantes y pesticidas… en niveles más altos de los permitidos en productos como la leche, los lácteos, el agua, el forraje, el alimento para el ganado y otros productos alimenticios… La magnitud de los daños sistemáticos que se han causado en el suelo, las aguas subterráneas y el ecosistema durante el proceso de la revolución verde tienen que ser cuantificados. Podría tener consecuencias irreversibles… si no se toman las medidas oportunas, adecuadas y sostenibles para mitigar el daño que ha provocado la revolución verde.

Easterbrook disfruta lo mismo burlándose de las preocupaciones sobre la escasez de recursos que sobre la escasez de alimentos. “Todo está bien (salvo por el calentamiento global)” es una afirmación que refleja claramente su postura general, y tampoco es que se muestre muy pesimista con respecto al calentamiento global. Por supuesto, el petróleo es el recurso estrella. Los que se asustan por las advertencias alarmistas que afirman que los combustibles fósiles no pueden durar para siempre se preocupan de forma innecesaria, nos asegura. “Morris Adelman, un economista del MIT que fue importante durante el período de posguerra, sostuvo que no se agotaría ningún recurso natural, durante al menos milenios, porque los precios y la tecnología extenderían las reservas de una estructura geológica que es inmensa en comparación con la acción humana. La experiencia confirma este punto de vista”.

¿Sí? Pues suena ridículo. Y también suena como Julian Simon, a quien los devotos adoradores del capitalismo siempre tiran a los medioambientalistas, y quien, según creen ahora muchos economistas, ganó su famosa apuesta con Paul Ehrlich (sobre la posibilidad de que se produjera una grave escasez de recursos a raíz de un incremento de población mundial) gracias a un golpe de suerte. Es cierto que los precios del petróleo están muy bajos y que las reservas de petróleo registradas son muy elevadas, pero ¿significa eso que el gas y el petróleo son “inagotables en la escala de tiempo humana”?

Pues no necesariamente. En primer lugar, los números de las reservas no distinguen entre petróleo ligero y de otros tipos. El petróleo ligero es fácil de extraer, fácil de refinar y es comparativamente limpio. No queda una cantidad ilimitada de petróleo ligero, es más, no queda mucho. El petróleo pesado, el petróleo de esquisto bituminoso y las arenas bituminosas son otro tema. Por el momento, al menos, es difícil llegar hasta donde están, es difícil refinarlos y están bastante sucios.

Prosperidad fantasma

¿Cómo de convincente es el argumento de Easterbrook en general? Las estadísticas no mienten, pero los promedios pueden llevar a confusión. Puede que las ganancias del 20% más alto en la clasificación de distribución de ingresos hayan aumentado drásticamente, pero el porcentaje de crecimiento salarial de los que se encuentran en el 90% más bajo ha aumentado un 0,6% al año desde 1980, y el número de gente que se ha quedado sin trabajo ha alcanzado los niveles más altos de los últimos 40 años. El interior de Estados Unidos, que un día estuvo repleto de pequeñas ciudades pobladas de agricultores, artesanos, obreros, comerciantes y ministros, todos ellos independientes, hoy en día es una región fantasma, llena de megagranjas fuertemente endeudadas, en cuya colosal productividad (que se alimenta de enormes dosis de pesticidas y fertilizantes que fluyen río abajo del Mississippi y otros ríos hacia el golfo de México, y que han creado una zona muerta de 23.000 km2 o, lo que es lo mismo, del tamaño de Nueva Jersey) Easterbrook confía ciegamente. Los antiguos habitantes de esas pequeñas ciudades están suicidándose y volviéndose adictos a los opiáceos en cantidades nunca antes vistas. En un estudio reciente que llevó a cabo la Reserva Federal, un 40 % de estadounidenses adultos afirmaba que serían incapaces de reunir 400 dólares para cubrir una emergencia sanitaria, lo que supone un estado de precariedad que habría resultado catastrófico si los republicanos hubieran conservado la Cámara y hubieran derogado el Obamacare, dejando a decenas de millones de personas sin seguro de salud para cubrir al menos algunas de esas emergencias.

Y mientras que Easterbrook se burla de la afirmación de Sanders de que “Los estadounidenses están siendo ‘envenenados’ con los contaminantes que produce la avaricia corporativa” (la esperanza de vida ha subido, bromea Easterbrook: “Si nuestros cuerpos está siendo envenenados, vivir durante más tiempo es una curiosa forma de demostrarlo”), la revista Time publicó el año pasado un estudio de Lancet que concluyó que se habían producido 155.000 muertes prematuras en Estados Unidos como consecuencia de la contaminación atmosférica. Los investigadores añadían que seguramente esa cifra era un cálculo subestimado, ya que no disponían de datos sobre muertes por exposición a los alteradores endocrinos, los agentes ignífugos, los pesticidas y otros contaminantes.

Con un pie en el precipicio

Luego está el fenómeno llamado “caer por un precipicio”, según el cual un nuevo material o técnica funciona a las mil maravillas durante una generación o dos e impulsa a todos los competidores de un sector, y luego comienza a tener consecuencias negativas o sencillamente deja de funcionar. La revolución verde, como se señaló antes, podría terminar siendo un buen ejemplo. Otro ejemplo podría ser la silvicultura de plantación, que ha fracasado en ocasiones porque el complejo sistema ecológico de apoyo que necesita un bosque sano se pierde en un bosque de explotación comercial. Y los precios del petróleo son tan volátiles, y las reservas tan hipotéticas, que es posible que también haya un precipicio, o al menos una gran piedra en el camino, en nuestro futuro.

Easterbrook escribe que quiere hacer que el optimismo sea “intelectualmente respetable otra vez” (la misma misión que emprendió con el anterior volumen que publicó en 2004, La paradoja del progreso); e insiste en que el optimismo no es pura complacencia. No necesariamente, no lo es. Pero el optimismo puede significar confianza en que los grandes problemas de la humanidad puedan resolverse, o puede significar confianza en que esos problemas puedan resolverse haciendo más o menos las mismas cosas que estamos haciendo ahora, con las mismas personas al mando. Easterbrook asegura continuamente a sus lectores que las “fuerzas del mercado” tienen todo bajo control. “Si se hubiese creado una agencia gubernamental para desarrollar sismología en tres dimensiones”, bromea, “la agencia habría construido edificios imponentes, habría contratado cientos de auxiliares administrativos asociados, presionado para obtener incrementos presupuestarios anuales y nunca habría producido nada de petróleo”. El eterno humor libertario. “La producción de gas y petróleo ha aumentado en Estados Unidos y en otros países sobre todo porque hubo iniciativas privadas que burlaron los lentos sistemas políticos plagados de clientelismo, quejas de intereses especiales y carentes de la más mínima comprensión de economía básica”. Tras esa labia hechicera sobre la suprema sabiduría de los mercados se encuentra un estado crónico de corrupción organizada. Las iniciativas gubernamentales nunca han conseguido competir con la empresa privada en Estados Unidos porque las empresas son las dueñas del gobierno. No comprender este hecho es carecer de la menor idea de cómo funciona la política en una democracia capitalista. Por otra parte, Easterbrook sí que se toma el cambio climático en serio y, ¡oh, sorpresa!, incluye un capítulo hacia el final en el que defiende la renta básica universal.

A pesar de su irregularidad ideológica, Es mejor de lo que parece es un libro útil porque pondrá a prueba el temple de los tecnoescépticos. Pero por encima de todo, supone un contundente recordatorio de que existen grandes fuerzas, con una tremenda inercia, con una inmensa experiencia acumulada y con ideas propias sobre cómo solucionar los principales problemas materiales del futuro: alimentación, salud, energía y transporte. Cualquier proyecto revolucionario que merezca la pena considerar tendrá que comenzar elaborando planes de transición detallados.

El futuro, calculado

Los planes detallados no son algo que interese a la celebridad futurista Yuval Noah Harari. Easterbrook es sincero, lógico y justo, mientras que Harari es caprichoso, imaginativo, atrevido y muy dado a escribir frases saltarinas y vertiginosas como la siguiente, con la que Easterbrook ni siquiera puede soñar: “A medida que la Inquisición española y el KGB dan paso a Google y Baidu, lo más probable es que se demuestre que el ‘libre albedrío’ no es más que un mito y el liberalismo pierda sus ventajas prácticas”. Harari, un enjuto historiador israelí, saltó a la fama con Sapiens (2014), una historia generalista de nuestra especie, y Homo Deus (2017), una mirada hacia el futuro de nuestra especie (o, posiblemente, ausencia de él). Ambos libros transmitían una cantidad considerable de información interesante, junto con numerosas ideas muy serias, y todo con un estilo desenfadado y despreocupado; y por eso han vendido, entre los dos, cerca de doce millones de copias. Con tantos lectores pendientes de cada una de sus palabras, ¿quién podría resistirse a la tentación de ofrecerles consejo o, más bien, como Harari prefiere describir su objetivo, “claridad”?

En El graduado, un astuto empresario le susurra al oído “¡plástico!” a Dustin Hoffman, y abre así una ventana al futuro. La visión de Harari también se puede resumir en una palabra mágica, que suena tan poco glamurosa como “plástico”, pero que está no menos cargada de futuro. Algún día (en algunos casos ya) cuidaremos de nuestra salud, gestionaremos nuestros negocios, libraremos nuestras guerras, elegiremos nuestros líderes, llevaremos a cabo nuestra investigación científica, formaremos nuestros gustos estéticos, impartiremos nuestra educación, administraremos nuestra psicoterapia, organizaremos nuestras amistades, planearemos nuestras vacaciones, limpiaremos nuestras casas, conduciremos nuestros coches y seleccionaremos nuestro entretenimiento hogareño por medio de… ¡algoritmos!

Los algoritmos (si necesitas una explicación, probablemente estés anclado en el siglo XX y deberías reiniciar de forma inmediata) son métodos generalizados para solucionar problemas. Existen algoritmos para realizar diagnósticos médicos, búsquedas en bases de datos jurídicas, jugar al ajedrez, cocinar una sopa de verduras y, el más famoso de todos, para realizar búsquedas en Google. Los algoritmos siempre han existido (había algoritmos para evitar a los depredadores de la sabana hace un millón de años), pero gracias a dos desarrollos trascendentales que han tenido lugar en el siglo XXI están preparados para apoderarse del mundo.

El primero es la revolución biotecnológica. Las antiguas bases de datos sobre la unicidad del ser humano se están volviendo irrelevantes, a medida que los científicos continúan entendiendo cómo funciona un sistema interno y un órgano detrás de otro y, cada vez con mayor frecuencia, cómo arreglarlos y hasta sustituirlos. Nadie se opone a que la bioingeniería correctiva ayude a las víctimas de enfermedades o accidentes, pero como indica Harari, la tecnología no se detendrá ahí (ni en ningún punto) por sí sola. El perfeccionamiento, ya sea mediante mejoras corporales al por mayor o mediante ingeniería genética personalizada, es nuestro futuro predeterminado. Bueno, no “nuestro” futuro: durante algún tiempo, por lo menos, solo los ricos podrán comprar poderes sobrehumanos e inmunidad frente al dolor y la muerte. “Si no tenemos cuidado, los nietos de los magnates de Silicon Valley y los multimillonarios rusos podrían convertirse en una especie aparte que sea superior a los nietos de los hillbillys de los Apalaches y los aldeanos siberianos”.

La mente no importa

La revolución de las tecnologías de la información está avanzando de la mano de la revolución biotecnológica y es difícil decidir cuál de las dos es más preocupante. Una de las características de la primera es la miniaturización: cualquier móvil inteligente actual posee mayor potencia de cálculo que el módulo que aterrizó en la luna en 1969. Otra de sus características es el aprendizaje automático. Harari nos cuenta una anécdota enigmática. Google decidió desafiar al actual campeón de ajedrez electrónico, Stockfish 8, con un nuevo programa, AlphaZero. Stockfish era capaz de evaluar setenta millones de posiciones de ajedrez por segundo; AlphaZero era solo una milésima más rápido, pero incorporaba algunos nuevos principios de aprendizaje automático. AlphaZero no estaba programado con ninguna estrategia de ajedrez, ni tampoco con ninguna partida previa que analizar, solo le dijeron cuáles eran las reglas y le dieron cuatro horas para que aprendiera ajedrez por sí solo. AlphaZero barrió a Stockfish 28-0, con 72 empates. Que un equipo amateur ganara la liga profesional de fútbol (por goleada) habría sido menos sorprendente.

Harari distingue entre inteligencia y conciencia. Estamos acostumbrados a verlas en conjunto, pero puede que nunca haya máquinas con conciencia. Sin embargo, eso no significa que las inteligencias artificiales no aprendan a conocernos mejor de lo que nos conocemos a nosotros mismos o, en cualquier caso, lo suficientemente bien como para realizar la mayoría de los trabajos interpersonales que existen en el sector servicios, donde los trabajos que ha reemplazado la automatización han quedado por lo general relegados al pasado.

En ese caso, los humanos resultarán bastante innecesarios. Harari advierte con frecuencia a los lectores de que el problema político del futuro no será la opresión o la explotación, sino más bien la irrelevancia. Puede que la reorientación continua a cargo de las arcas públicas (la solución escandinava) no sea suficiente: habrá un montón de gente que no podrá aprender nada que una máquina no sepa hacer mejor y más barato. La solución humanitaria sería la renta básica universal o, en caso alternativo, unos servicios básicos universales gratuitos (educación, asistencia sanitaria, transporte, etc.). La solución inhumana (en la que sencillamente mueren innumerables personas superfluas, en su mayoría de países pobres) la evita Harari con esta patética broma: “¿Pero estarían también de acuerdo los votantes estadounidenses en que estos impuestos se dedicaran a asistir a personas desempleadas en lugares que Trump ha calificado de ‘países de mierda’? Si piensas que eso es así, lo mismo te daría pensar que Papá Noel y el conejo de Pascua solucionarán el problema”. Este es un ejemplo más (junto con su incapacidad en todo momento para recomendar, o incluso exponer, que la gente actúe en conjunto por motivos políticos) de por qué 21 lecciones para el siglo XXI, a pesar de toda la brillantez de Harari, no excede de los límites morales de una charla TED: nunca describas los crímenes de, ni exhortes a que la gente actúe contra, los poderes corporativos, financieros y gubernamentales establecidos, que son, al fin y al cabo, tan buenos amigos de las buenas personas que dirigen las charlas TED.

Eso no se puede hacer aquí

Dudo que alguna vez hayan invitado a Chris Hedges a dar una charla TED. Si le han invitado, estoy seguro de que alguien perdió su trabajo por hacerlo. Hedges es tan colérico y elocuente como Harari mordaz y moderno. Estados Unidos: la gira de despedida es la crónica de una decadencia, el retablo de una anomia, el retrato de un deterioro. Al igual que en sus otros libros, Hedges sale a la calle y encuentra gente desamparada o abandonada, cuenta lo que le dicen y utiliza su sufrimiento como base para dar un sermón político. En su libro, el elenco de personajes incluye a ludópatas, adictos, manifestantes antifa, supervivencialistas, presos y la ciudad de Scranton, en Pennsylvania.

Hedges tiene un don para dramatizar esos encuentros. Aparece una adicta/prostituta de Nueva Jersey, cuyas experiencias son casi demasiado dolorosas de escuchar. Asistimos a una escuela de San Francisco donde se enseña a los estudiantes que el abuso verbal puede hacerles sentir “empoderados”. Las actrices porno nos guían a través de las extraordinarias variedades de perversión sexual. Hedges acude a una “convención de preparacionistas” en Logan, Utah, donde algunos survivalistas como regaderas nos informan del aspecto físico de Jesús y María y nos explican la comida y armas que hay que aprovisionar para el fin de los tiempos. Algunos reclusos de Ohio y Alabama describen la imaginativa crueldad de la policía y los celadores y, lo que casi siempre es peor, su habitual servidumbre por deudas. Al principio me mostraba crítico con los interludios sermoneadores de Hedges, que a menudo son impactantes pero que con la misma frecuencia son demasiado largos, pero me di cuenta de que tienen una función adicional, además de informar y analizar, que simplemente es dar un respiro ante la dureza de sus retratos.

Mientras leía Estados Unidos me descubrí preguntándome: “¿Estamos hablando del mismo país que Gregg Easterbrook insiste en decir que nunca ha estado mejor?” El alcalde de Scranton, que antes era un centro de distribución de productos industriales, se lamenta: “Somos administración, educación y medicina, y si observas todas las ciudades, eso es lo que son. En realidad, ya no queda nada de industria en ningún lugar”. Y ¿qué pasa con la afirmación de Easterbrook de que la producción industrial en Estados Unidos está en su máximo histórico? “En casi todas las 19.000 municipalidades del país”, escribe Hedges, “una recaudación fiscal en decadencia o estancada, junto con unos costes cada vez más altos, han alcanzado proporciones críticas”. En Es mejor de lo que pareceno había indicios de nada de esto. “Estados Unidos consume el 80 % de los opiáceos mundiales… Las sobredosis por opiáceos son la causa principal de fallecimientos en EE.UU. para las personas menores de 50… El número de muertes por sobredosis se ha cuadriplicado desde 1999”. El número de suicidios ha aumentado en un 30 % desde el inicio del siglo. Easterbrook no menciona la ofensiva de las empresas contra los sindicatos, mientras que Hedges cita a los economistas Anne Case y Angus Deaton (este último ganador de un premio Nobel): “Las estructuras tradicionales de asistencia social y económica se debilitaron poco a poco; ya no era posible que un hombre siguiera los pasos de su padre y de su abuelo en un trabajo manufacturero o que se hiciera miembro de un sindicato y comenzara a subir peldaños en la escala salarial… [El] derrumbe de la clase blanca y trabajadora con educación media tras el apogeo que experimentó durante la década de 1970 condujo a una variedad de ‘patologías’’… [y] estas fuerzas sociales cumulativas de acción lenta nos parecen candidatos plausibles para explicar el aumento de la morbilidad y mortalidad, y sobre todo el rol que desempeñan en los casos de suicidio”. Eso suena a país que está sufriendo, no uno que nunca estuvo en mejor forma.

Entonces, ¿están las cosas mejorando o empeorando? Obviamente las dos: cosas diferentes para gente diferente en lugares diferentes. Y ¿cuál es la mejor manera de responder a esta pregunta: recopilar estadísticas, invocar supuestos utópicos o distópicos de ciencia ficción o informar a fondo sobre la vida y sufrimiento de los individuos? Las tres. Habrá desencuentros políticos reales y con frecuencia encarnizados entre los defensores de cada uno de estos planteamientos, pero la presencia importante, y realmente dominante, en la política contemporánea estadounidense de plutócratas, irracionalistas y autoritarios, con sus respectivas visiones repulsivas del futuro, debería obligar al resto de nosotros a escucharnos los unos a los otros.

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George Scialabba es editor colaborador en The Baffler y autor de los libros Por la república y ¿Para qué sirven los intelectuales?  Fue una institución de la Universidad de Harvard, donde trabajó como jefe de mantenimiento del Harvard’s Center for Government and International Studies y se graduó gracias a una beca social. En 2015, Scialabba se jubiló y fue homenajeado por Noam Chomsky, Barbara Ehrenreich y Thomas Frank, entre otros.

Traducción de Álvaro San José.

Este artículo se publicó originalmente en inglés en The Baffler

Viaje por la inflación alemana

Por Walter Benjamin

El 15 de julio de 1892 nacía en Berlín Walter Benjamin, uno de los críticos más lúcidos de la modernidad. Su marxismo rompió radicalmente con la ideología del progreso

Incorporando elementos de otras tradiciones y del pensamiento libertario. Texto publicado originalmente en 1924.

I. En el legado de frases hechas que revelan a diario la forma de vida del burgués alemán —esa aleación de estupidez y cobardía—, hay una, la de la catástrofe inminente —el «esto no puede seguir así»—, que resulta particularmente memorable. Ese desvalido apego a las ideas de seguridad y propiedad de los últimos decenios, impide al ciudadano medio percibir los mecanismos estabilizadores, altamente novedosos y significativos, sobre los que reposa la situación Como la relativa estabilización de los años anteriores a la guerra le favorecía, se cree obligado a considerar inestable cualquier situación que lo desposea. Pero las situaciones estables no tienen por qué ser, ni ahora ni nunca, situaciones agradables, y ya antes de la guerra había estratos para los que las situaciones de estabilidad no eran sino miseria estabilizada.

La decadencia no es en nada menos estable ni más sorprendente que el progreso. Sólo un cálculo que admitiera reconocer en ella la única ratio de la situación actual, podría, liberándose del enervante asombro ante algo que se repite diariamente, considerar las manifestaciones de la decadencia como lo estable por antonomasia, y únicamente la salvación como algo extraordinario, casi rayano en lo portentoso e incomprensible. Los pueblos de Europa central viven como los habitantes de una ciudad sitiada que empiezan a quedarse sin alimentos ni pólvora, y para los cuales, según todo cálculo humano, apenas cabe esperar salvación. Caso éste en que la rendición, tal vez incondicional, debería ponderarse muy seriamente. Pero el poder mudo e invisible que Europa central siente frente a ella no se sienta a negociar. Así pues, ya sólo queda, en la espera permanente del asalto final, dirigir la mirada hacía lo único que aún puede aportar salvación: lo extraordinario. Pero ese estado de atención extrema y resignada que la situación exige, podría, ya que mantenemos un misterioso contacto con las fuerzas que nos asedian, provocar realmente el milagro. Por el contrario, quienes aún esperan que las cosas no sigan así, acabarán por descubrir algún día que para el sufrimiento, tanto del individuo como de las comunidades, sólo hay un límite más allá del cual ya no pueden seguir: la aniquilación.

II. Una extraña paradoja: al actuar, la gente sólo piensa en su interés privado más mezquino, pero al mismo tiempo su comportamiento está, más que nunca, condicionado por los instintos de Y, más que nunca, éstos vagan a la deriva, ajenos a la vida. Allí donde el oscuro instinto animal — como relatan innumerables anécdotas— encuentra una salida ante el peligro inminente y en apariencia invisible, esta sociedad en la que cada cual sólo tiene en mente su propio y vulgar provecho, sucumbe también como una masa ciega, con torpeza animal, pero sin ese saber torpe de los animales, a cualquier peligro, incluso al más próximo, y la diversidad de los objetivos individuales pierde toda su importancia ante la identidad de las fuerzas condicionantes.

Siempre ha sido evidente que el apego de la sociedad a una vida consuetudinaria, pero perdida hace ya tiempo, es tan rígido que, incluso en caso de extremo peligro, hace fracasar el uso propiamente humano del intelecto; la previsión. Y a tal punto que, en ella, la imagen de la estupidez alcanza su culminación: inseguridad, e incluso perversión de los instintos vitales básicos, e impotencia y hasta deterioro del intelecto. Esta es la disposición anímica de la totalidad de los ciudadanos alemanes.

III. Todas las relaciones humanas de cierta intimidad son iluminadas por una penetrante y casi intolerable evidencia, ante la cual apenas logran mantenerse firmes. Pues al ocupar el dinero de forma devastadora el centro de todos los intereses vitales, por un lado, y constituir justamente, por el otro, la barrera ante la que fracasan casi todas las relaciones humanas, van desapareciendo más y más, tanto en el ámbito de la naturaleza como en el de las costumbres, la confianza espontánea, la calma y la salud.

IV. No en vano suele hablarse de miseria «desnuda». Lo más siniestro de su exhibición, que empezó a ser costumbre bajo la ley de la necesidad y sólo muestra, sin embargo, una milésima parte de lo que oculta, no es la compasión, ni la conciencia —igualmente terrible— de la propia intangibilidad que se abren paso en el observador, sino su vergüenza. Resulta imposible vivir en una gran ciudad alemana en la que el hambre obliga a los más miserables a vivir de los billetes con que los transeúntes intentan cubrir una desnudez que les hiere.

V. «Pobreza no es vileza». Pero ellos sí que envilecen al pobre. Lo hacen y le consuelan con la frasecilla de marras. Es una de aquellas que en otra época pudieron tener validez, pero cuyo plazo ha expirado hace ya tiempo. No otra cosa ocurre con aquel brutal «quien no trabaja, que no coma». Cuando había trabajo y se podía comer, también había pobreza, pero ésta no envilecía al individuo al abatirse sobre él por una mala cosecha o cualquier otra fatalidad. Sí envilece, en cambio, esta indigencia en la que han nacido millones y en cuyas redes van cayendo otros cientos de miles a medida que empobrecen. La suciedad y la miseria crecen a su alrededor como muros construidos por manos invisibles. Y así como el individuo que está solo puede soportar muchas cosas, pero siente una justa vergüenza si su mujer ve cómo las soporta y ha de padecerlas ella misma, así también a ese individuo se le permite aguantar mucho mientras esté solo, y todo, siempre que lo oculte.

Pero nadie deberá hacer nunca sus propias paces con la pobreza, si ésta, cual gigantesca sombra, se abatiera sobre su pueblo y su casa. Tendrá entonces que mantener sus sentidos muy despiertos frente a cualquier humillación que le toque en suerte, y someterlos a una disciplina hasta que sus sufrimientos hayan abierto no ya el abrupto camino de la aflicción, que lleva cuesta abajo, sino el sendero ascendente de la rebeldía. Aunque aquí no cabe esperar nada mientras todos y cada uno de los destinos más terribles y oscuros, discutidos cada día, e incluso cada hora, por la prensa, analizados en todas sus causas y consecuencias ficticias, no ayuden a nadie a descubrir las fuerzas oscuras a las que su vida ha sido esclavizada.

VI. Al extranjero que siga someramente la andadura de la vida alemana e incluso haya recorrido por poco tiempo el país, sus habitantes no le parecerán menos extraños que los de una raza exótica. Un francés perspicaz dijo una vez: «Es rarísimo que un alemán tenga las ideas claras con respecto a sí mismo. Y si alguna vez las tiene, no lo dirá. Y si lo dice, no se hará entender». La guerra ha aumentado esta desoladora distancia, y no sólo por las atrocidades, reales o legendarias, que solían contarse de los alemanes.

Lo que más bien acaba de rematar el grotesco aislamiento de Alemania a los ojos de los demás europeos, lo que en el fondo les hace pensar que tienen que vérselas con hotentotes (como muy acertadamente se ha dicho de los alemanes), es la violencia —de todo punto incomprensible para el que está fuera, y totalmente inconsciente para el prisionero— con que las condiciones de vida, la miseria y la estupidez someten a la gente, en este escenario, a las fuerzas de la comunidad, como sólo la vida de cualquier primitivo se halla condicionada por las leyes de su clan. El más europeo de todos los bienes, esa ironía más o menos conspicua con que la vida del individuo pretende seguir un curso distinto del de la comunidad en que le ha tocado recalar, es algo que los alemanes han perdido totalmente.

VII. La libertad de la conversación se está perdiendo. Así como antes era obvio y natural interesarse por el interlocutor, ese interés se sustituye ahora por preguntas sobre el precio de sus zapatos o de su paraguas. Ineluctablemente, en cada tertulia acaba insinuándose el tema de las condiciones de vida, del dinero. Y no es que se hable tanto de las preocupaciones y padecimientos de cada cual —tema en el que quizá podrían ayudarse unos a otros—, como de la situación en general. Es como estar prisionero en un teatro y tener que seguir, de grado o por fuerza, la obra que se está escenificando; como tener que convertirla constantemente, de grado o por fuerza, en tema de pensamientos y conversaciones.

VIII. Quien no se resiste a percibir el deterioro acaba reivindicando, sin demora, una justificación especial para su permanencia, actividad y participación en este caos. Hay tantas consideraciones sobre el fracaso general como excepciones para la propia esfera de acción, domicilio y La voluntad ciega de salvar el prestigio de la propia existencia, más que de liberarla al menos —mediante una valoración distanciada de su impotencia e intrincamiento— del telón de fondo de la ofuscación general, se va imponiendo casi en todas partes. Por eso está el aire tan cargado de teorías sobre la vida y concepciones del mundo, y por eso éstas parecen aquí, en este país, tan pretenciosas. Pues al final casi siempre sirven para legitimar alguna situación particular, totalmente insignificante. Por eso también está el aire tan cargado de las quimeras y espejismos propios de un futuro cultural que, pese a todo, irrumpiría floreciente de la noche a la mañana: porque cada cual se compromete con las ilusiones ópticas de su punto de vista aislado.

IX. Los hombres que viven apriscados en el redil de este país han perdido la visión para discernir los contornos de la persona humana.
Ante ellos, cualquier espíritu libre parece un ser extravagante. Imaginemos las cadenas montañosas del macizo alpino recortadas no contra el cielo, sino contra los pliegues de un paño oscuro. Sólo confusamente se dibujarían las poderosas formas. Del mismo modo, una pesada cortina ha cubierto el cielo de Alemania y ya ni siquiera vemos el perfil de los más grandes hombres.

X. El calor se está yendo de las Los objetos de uso cotidiano rechazan al hombre suave, pero tenazmente. Y al final éste se ve obligado a realizar día a día una labor descomunal para vencer las resistencias secretas — no sólo las manifiestas— que le oponen esos objetos, cuya frialdad tiene él que compensar con su propio calor para no helarse al tocarlos, y coger sus púas con una destreza infinita para no sangrar al asirlos. Que no espere la menor ayuda de quienes le rodean. Revisores, funcionarios, artesanos y vendedores, todos se sienten representantes de una materia levantisca cuya peligrosidad se empeñan en patentizar mediante su propia rudeza. Y hasta la tierra misma conspira en la degeneración con que las cosas, haciéndose eco del deterioro humano, castigan al hombre. Al igual que ellas, la tierra lo consume, y la eternamente ausente primavera alemana no es más que una de las innumerables manifestaciones similares de la naturaleza alemana, que también se va descomponiendo. En ella se vive como si, contrariando todas las leyes, la presión de esa columna de aire cuyo peso cada cual soporta, empezara, de pronto, a hacerse sentir por estos pagos.

XI. Al despliegue de cualquier movimiento humano, ya provenga de impulsos espirituales o incluso naturales, se opone la desmedida resistencia del La escasez de viviendas y el encarecimiento del transporte se están encargando de aniquilar por completo ese símbolo elemental de la libertad europea que, bajo ciertas formas, le fue dado incluso a la Edad Media: la libertad de cambiar de domicilio. Y si la coacción medieval ataba al hombre a agrupaciones naturales, ahora se halla encadenado a una comunidad antinatural. Pocas cosas fortalecerán tanto la funesta violencia del impulso migratorio y su propagación como el estrangulamiento de la libertad de cambiar de domicilio, y nunca ha sido mayor la desproporción entre la libertad de movimiento y la riqueza de los medios de locomoción.

XII.Con la ciudad ocurre lo mismo que con todas las cosas sometidas a un proceso irresistible de mezcla y contaminación: pierden su expresión esencial y lo ambiguo pasa a ocupar en ellas el lugar de lo auténtico. Las grandes ciudades, cuyo poder incomparablemente apaciguador y estimulante encierra al creador en un recinto de paz, y, junto con la visión del horizonte, también logra quitarle la conciencia de las fuerzas elementales siempre en vela, aparecen penetradas e invadidas por el campo en todas partes. No por el paisaje, sino por aquello que la naturaleza libre tiene de más amargo: la tierra laborable, las carreteras, el cielo nocturno no cubierto ya por el temblor de un velo La inseguridad, incluso de las zonas animadas, sume por completo al habitante de la ciudad en esa situación opaca y absolutamente aterradora en la que, bajo las inclemencias de la llanura desierta, se ve obligado a enfrentarse a los engendros de la arquitectura urbana.

XIII. Cierta noble indiferencia hacia las esferas de la riqueza y la pobreza ha abandonado totalmente las cosas que se Cada una marca con un sello a su propietario, quien no tiene otra elección que presentarse como un pobre diablo o un estraperlista. Pues mientras que el verdadero lujo es de tal índole que el espíritu y la sociabilidad logran penetrarlo y hacer que sea olvidado, lo que aquí se va imponiendo como artículo de lujo ostenta una macicez tan impúdica que cualquier irradiación espiritual se quiebra contra ella.

XIV. Desde los más antiguos usos de los pueblos parece llegar hasta nosotros una especie de amonestación a que evitemos el gesto de la codicia al recibir aquello que tan pródigamente nos otorga la Pues con nada nuestro podemos obsequiar a la madre tierra. De ahí que sea conveniente mostrar un profundo respeto al aceptar sus dones, restituyéndole, antes de apoderarnos de aquello que nos pertenece, una parte de todo lo que continuamente recibimos de ella. Este profundo respeto se manifiesta a través de la antigua costumbre de la libatio. Y quizá fuera esta antiquísima y noble práctica la que se mantuvo, transformada, en la prohibición de rebuscar las espigas olvidadas y recoger las uvas caídas, ya que éstas resultan provechosas para la tierra o los ancestros dispensadores de abundancia. La usanza ateniense prohibía recoger las migajas durante las comidas, porque pertenecían a los héroes. Si algún día la sociedad, impulsada por la necesidad y la avidez, llegase a un grado tal de degeneración que no pudiera recibir los dones de la naturaleza sin recurrir a la depredación, que arrancara los frutos aún verdes para colocarlos ventajosamente en el mercado y tuviera que vaciar cada fuente sólo para hartarse, ese día su tierra se empobrecerá y el campo dará malas cosechas.

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La atracción fatal de la distopía

Cuantas más películas, teleseries, ‘bestseller’, documentales traten sobre un futuro apocalíptico, más lo convertiremos, inconscientemente, en un desenlace inevitable
Por Andy Robinson
Estos son tiempos de distopías que enganchan como un opiáceo de Purdue Pharma Inc. o una  cuenta de Facebook. La última es la nueva serie  de la BBC Years and years (Años y años) de Russell T. Davies, que emite HBO en España. Es una sátira de humor negro que retrata la sociedad del año 2028 en la que todas las tendencias más preocupantes y grotescas del 2019 se han acelerado de forma vertiginosa. Hay gobiernos visceralmente antiinmigrantes en toda  Europa. La primera ministra británica –interpretada por Emma Thompson– ha creado una red de campos de concentración para los inmigrantes, conocidos como unidades Erstwhile (Otrora, en español). “Deberíamos estar orgullosos de ser el país que inventó los campos de concentración” anuncia en referencia a la supresión de la revolución de los bóer en la guerra de Suráfrica de 1899-1902. “Antes me aburría la política”, comenta uno de los protagonistas de la serie. “¡Cuánto echo de menos aquellos tiempos!”, se lamenta.

Así mismo en Londres los barrios pobres están vallados para que sus residentes no puedan salir. La tecnología de la salud ha avanzado tanto que una abuela de  noventa años, que se está quedando ciega, puede recuperar la vista al 100% gracias a un milagroso tratamiento de tecnología punta. El único escollo es la lista de espera de 10 años, a no ser que puedas pagar 10.000 libras.

Al otro lado del canal de la Mancha, las cosas pintan aún peor. En Madrid se ha producido una revolución encabezada por una supuesta izquierda radical nacionalista, Nueva Esperanza, que ha decidido expulsar a todos los refugiados. “Pero la izquierda es favorable a los inmigrantes, ¿no?”, pregunta uno de los  protagonistas británicos  a su novio ucraniano,  los dos hacinados en un apartamento en Madrid con otros 17 inmigrantes. “La derecha extrema y la izquierda extrema se juntan en el centro” , responde enigmáticamente su novio. (Habría que decir que esto es una producción distópica que bien podría ser el laboratorio de Tony Blair o Madeleine Albright en el que la amenaza del fascismo se utiliza para dar palos a la izquierda anti neoliberal).

Lo mejor de Years and Years son los telediarios que suelen empezar con el parte meteorológico convertido en  noticia catastrófica. “Ya llevamos 40 días de lluvia”, se anuncia. (Muy verosímil tras seis días de llovizna sin pausa en Liverpool cuando estuve el mes pasado). “Ahora son ya 60 días de lluvia”, cuenta otro telediario mientras en los titulares de la parte inferior de la pantalla aparece la última noticia sobre España:  “Catalunya declara la independencia. Estados Unidos exige a España que pida perdón. La familia real huye a Mónaco. Se reintroduce la peseta”.

¿Por qué será que disfrutamos tanto de esas visiones distópicas del futuro en estos momentos? George Orwell y Aldous Huxley se abastecían del nazismo, del fascismo,  del estalinismo y del inicio del capitalismo de corporaciones  todopoderosas y consumo masivo  para alimentar su fecunda imaginación cuando escribieron 1984 y Un mundo feliz, las dos novelas de distopía más famosas del siglo XX. Y a principios del siglo XXI, hay material de sobra también: el colapso del consenso de la democracia liberal y el auge de la ultraderecha o al menos de políticos que juegan con la retórica ultraconservadora, cuasi fascista, como Donald Trump o  Marine Le Pen. La posverdad y las falsas noticias son transmitidas por omnipotentes  redes sociales y gestionadas desde las sedes de mega corporaciones en Silicon Valley. El eslogan Comunidad, identidad y estabilidad de Un mundo feliz, como advierte el escritor británico John Lanchester aquí, recuerda bastante al de Facebook, mientras que los  “two minutes of hate” (dos minutos de odio), en los que las masas de 1984 despotrican contra los enemigos de la sociedad, no pueden sino evocar los comentarios furibundos que circulan por las redes).

La vigilancia permanente, el espionaje por redes sociales y la desaparición de la esfera privada y la intimidad no resultarían inverosímiles para Huxley y Orwell. Los avances científicos de la genética –que recuerdan bastante a la eugenesia en Un mundo feliz– y la robótica que la ciencia-ficción de aquellos años solo podía intuir. Y lo más distópico de todo: el trasfondo amenazante del cambio climático. Tal vez no es de extrañar que Lanchester –al que entrevistamos en CTXT– se fijara durante un vuelo este año en que “tres diferentes pasajeros, todos de tierna edad, leían 1984 en tres idiomas diferentes. ¡No está mal para un libro que tiene 70 años!”.

Las distopías dan muchísimo de sí en el mundo del entretenimiento en estos momentos. Lo he comprobado en diversos países últimamente. Desde los absurdos documentales bolsonaristas sobre el peligro del  comunismo y el “marxismo cultural” –producidos por Brasil Paralelo, un nombre que deriva de la película apocalíptica Interestelar de Christopher Nolan, admirada por los fundadores de la ultraderecha brasileña–, hasta las numerosas series distópicas de Netflix como la inquietante Black mirror, de Charlie Brooker o la adaptación a la minipantalla de The Handmaid’s tale  (El cuento de la criada), de Margaret Atwood, sobre un futuro en el que una subclase de mujeres esclavas  atiende a las necesidades del patriarcado. Tal es la  atracción fatal de la distopía que ha logrado convertirse en  un género con guías sobre las mejores películas y teleseries imprescindibles para ver los horrores que se avecinan.

El Reino Unido del brexit es el país en el que, tal vez, el presentimiento de desastre inminente está generando las mejores distopías en la cultura popular. El mismo Lanchester ha escrito una novela de humor negrísimo titulada The Wall, ambientada en un momento futurista en el que se ha construido una enorme muralla alrededor  de las islas británicas. En tiempos de migración masiva y cambio climático (por supuesto los dos estrechamente relacionadas entre sí), la muralla mata dos pájaros de un tiro. Sirve para prevenir inundaciones en tiempos de derretimiento de las capas polares y de catastróficas subidas del nivel del mar. Pero sirve también para impedir la entrada de millones de refugiados que huyen de la pobreza, la violencia y, precisamente, de las sequías, inundaciones, huracanes y otros fenómenos meteorológicos extremos relacionados con el cambio climático. “No es el futuro pero es un futuro”, dice Lanchester.

Ahora

Aunque The Wall y Years and years son muy recomendables, hay  bastantes motivos para sentir inquietud ante el éxito taquillero de las distopías. Primero porque el catastrofismo es el  mejor amigo del fascismo. Segundo, porque cuantas más películas, teleseries, novelas bestseller, documentales sobre el futuro apocalíptico, más vamos convirtiéndolo inconscientemente en un desenlace inevitable.

Es lo que ocurre con el brexit. Cuanto más se advierte sobre el peligro del brexit sin acuerdo, el no deal, más  pierde la gente la capacidad de preocuparse. Por supuesto este peligro es mucho más grave cuando se trata de dar por hecho que el planeta está condenado a la catástrofe debido al cambio climático y a que ya es tarde para actuar.

Una cultura más sana que la nuestra estaría haciendo teleseries sobre un nuevo mundo basado en sistemas locales de producción de alimentos, energías renovables, transporte público,  ciudades sostenibles, la redistribución de la renta. Intentaría convertir una utopía tan revolucionaria como News from Nowhere de William Morris o Utopía de Tomás Moro en materia de audiencia de prime time. Lo hizo muy bien Ursula Leguin en The dispossessed. Pero, en este momento de capitalismo tardío, la atracción fatal de la distopía resulta más rentable.

Fuente: https://ctxt.es/es/20190710/Politica/27318/Andy-Robinson-Years-and-years-distopia-Orwell-Huxley-Black-mirror.htm

Por qué necesitamos una universidad gratuita para todos, incluso para los ricos

Por Meagan Day

Los centristas afirman que la universidad gratuita es un regalo para los ricos. Pero eso no es más que una cortina de humo tras la cual se esconde su oposición a los programas sociales universales.

«Ahora bien, soy un poco diferente de aquellos que piden universidad gratis para todos», aclaró Hillary Clinton en 2016, apuntando a su oponente en las primarias demócratas, Bernie Sanders. «No estoy a favor de que la universidad sea gratis para los hijos de Donald Trump».

Con esta objeción, Clinton pareció vencer a Sanders, el líder político de la nación en asuntos de desigualdad económica, en su propio terreno. Ella se enfrentaba a los ricos, o eso parecía. Su argumento era que la universidad pública universal y gratuita sería un regalo para los ricos, que no necesitan ninguna ayuda para obtener un título.

En su lugar, Clinton abogaba por aumentar la ayuda financiera pública y ajustar los requisitos de elegibilidad, haciendo que el acceso a la universidad fuera más fácil para un subconjunto de estudiantes de bajos ingresos, pero continuando con la obtención de ingresos por matrícula de quienes no cumplieran criterios específicos. Este enfoque político, conocido como tarifación por renta o tarifación social, es el que apoyan los moderados en el Partido Demócrata. (Por su parte, los republicanos están menos inclinados a los matices y es sabido que asaltan agresivamente los programas sociales siempre que les es posible).

Pero, a pesar de las apariencias, la atracción de los demócratas por la tarifación por renta no está arraigada en un compromiso firme con la igualdad máxima. Dicho claramente, les gusta la tarifación por renta porque los programas sociales selectivos cuestan menos dinero público que los programas sociales universales. La tarifación por renta les permite limitar los impuestos a su base de donantes de clase dominante y, a la vez, apaciguar superficialmente a su base de votantes de clase trabajadora. La tarifación por renta es una expresión de la tímida política centrista del establishment demócrata, y su oposición a la universidad gratuita no es otra cosa.

Ahora, la universidad pública universal y gratuita está de nuevo en el centro de atención, con Sanders postulándose nuevamente para la presidencia y acompañado por Elizabeth Warren, defensora de estas mismas ideas. Y el razonamiento de Clinton también ha regresado, esta vez claramente articulado por el candidato presidencial Pete Buttigieg. Buttigieg ha añadido un giro al argumento: las personas que van a la universidad provienen de familias más ricas, por lo que hacer que la universidad pública sea gratuita sería subvencionar públicamente a los ya privilegiados. Como si los altos precios de matrícula no fueran la causa obvia de este estado de cosas.

Al igual que Clinton, Buttigieg prefiere las ayudas económicas según renta, y expresa su aversión a los programas sociales universales como política consciente de la desigualdad. Pero la supuesta preocupación del centro político por subvencionar a los ricos es un juego de manos. La tarifación por renta no trata de defender a los pobres contra los ricos: es un método tradicional de aplacar a ambos a la vez, en última instancia a expensas de los primeros. La única manera de luchar por los intereses de la mayoría de clase trabajadora contra la minoría adinerada es construir programas sociales universales que puedan resistir ataques durante las próximas décadas.

¿Quién paga realmente?

Hay grandes errores en el pensamiento de los demócratas centristas acerca de la universidad pública gratuita, y merecen un buen descrédito.

Por un lado, la cuenta centrista ignora el hecho de que los planes de Sanders y ahora los de Warren se financian mediante impuestos progresivos. En ambos escenarios, las personas que más pagan por la universidad pública gratuita para todos son los ricos. La diferencia es que el pago toma la forma de impuestos colectivos a lo largo de toda la vida, no de costos de matrícula individuales en el transcurso de algunos años. Si asistiera a una universidad pública, a Barron, al hijo de Donald Trump no se le cobraría la matrícula, pero tampoco estudiaría  exactamente de forma gratuita. Su familia pagaría más, año tras año, por la existencia de un sólido sistema público de enseñanza superior.

Pero Barron Trump probablemente no estudiará en una universidad pública. Los ricos suelen enviar a sus hijos a universidades privadas de élite, como hizo Donald Trump con sus cuatro hijos mayores. Así, pues, en un futuro en el que las universidades públicas no cobren matrícula y estén financiadas por impuestos progresivos, los ricos harán una de estas dos cosas: pagar más impuestos y enviar a sus hijos a las mismas universidades públicas que todos los demás, o pagar más impuestos y además pagar la matrícula de las universidades privadas para mantener a sus hijos en entornos de élite.

Lo primero, aunque es poco probable que suceda al principio, sin duda mejoraría la calidad de la educación que se brinda en las universidades públicas, ya que los ricos de repente descubrirían que les importaba. Pero de cualquier manera, estarían invirtiendo mucho más dinero que sus compatriotas con bajos ingresos. Si los moderados realmente se opusieran a dejar que los ricos se salgan de rositas, no deberían tener reparos con los planes de Sanders y Warren, que obtienen de los ricos para financiar la universidad para todos.

Con el objetivo de reducir la brecha de riqueza, cobrar a los ricos es bueno por derecho propio. Pero no es la única razón por la que los progresistas y los socialistas quieren eliminar la matrícula en las universidades públicas. Nuestra visión no es solo de dónde proviene el dinero, sino a qué se dirige: la libertad de todas las personas para continuar su educación si lo desean, independientemente de las circunstancias de su nacimiento.

La gente no debería tener que ir a la universidad para poder alcanzar un nivel de vida decente. La búsqueda de la educación superior debería ser una elección personal, y los salarios y beneficios deberían ser lo suficientemente altos como para que alguien que elige no asistir a la universidad pueda llegar a fin de mes y más. Pero en este momento, los altos precios de matrícula y la deuda consiguiente son factores importantes que limitan la movilidad social y las opciones de vida para innumerables personas que pueden tener deseos de educación continua. Para la clase trabajadora, la situación está condenada tanto si estudian como si no: o renunciar a la universidad y así limitar las opciones de empleo, o adquirir una deuda importante para obtener un título. Esta es una situación insostenible, y debemos tomar medidas decisivas para ponerle fin.

Eliminar las barreras económicas para estudiar en la universidad es una de esas medidas. El plan de Sanders se extiende también a las escuelas de comercio; no se trata de glorificar un itinerario en particular o implicar que una educación universitaria debe ser necesaria, sino de ofrecer a todos la oportunidad de prepararse para el futuro como les parezca, sin provocar un daño económico importante a si mismos y a sus familias en el proceso.

Si la universidad fuera gratuita, veríamos cómo la demografía del cuerpo estudiantil cambiaría dramáticamente. Es cierto que las personas que estudian en la universidad hoy en día provienen de familias más bien estantes, pero eso no es necesariamente una realidad permanente; de hecho, es así en gran parte porque la universidad es muy cara. Eliminar los precios de matrícula sería un gran paso para hacer de la enseñanza superior y de las opciones de vida ampliada una posibilidad para las personas de clase trabajadora. Nuestro trabajo contra la desigualdad económica no terminaría allí, pero esa no es razón para no implementar una reforma completamente alcanzable que abra nuevos horizontes para millones de personas. En palabras de Sanders:

No eres realmente libre cuando te gradúas de la universidad con cientos de miles de dólares en deuda estudiantil. No eres realmente libre cuando no puedes cumplir tu sueño de convertirte en maestro, ambientalista, periodista o enfermero porque no puedes ganar suficiente dinero para cubrir los pagos mensuales de tu préstamo estudiantil. Y no eres realmente libre cuando la gran mayoría de los empleos bien remunerados requieren un título cuya obtención te condena a decenas o cientos de miles de dólares de deuda.

Montañas de burocracia

Pero, ¿por qué no podemos simplemente diseñar un sistema de ayuda financiera pública que identifique exactamente la cantidad de ayuda que cada persona necesita y la otorgue, en lugar de hacer que todo se financie con fondos públicos? Este es el ideal sostenido en voz alta por los proponentes de la tarificación por renta. El problema de esta propuesta es doble: es una pesadilla de ejecutar, y el resultado final es políticamente vulnerable. Dadas las confusas externalidades de la tarifación por renta, sería mejor gastar nuestras energías y recursos en la construcción de programas sociales universales que puedan superar la prueba del tiempo.

Los programas de tarifación por renta están diseñados para diferenciar, seleccionar y excluir, lo que significa que están protegidos por montañas de burocracia. El proceso de inscripción se vuelve laborioso, los criterios son estrictos y complicados, y los umbrales son arbitrarios, lo que significa que las personas entran y salen de la elegibilidad fácilmente, sin cambios drásticos en su nivel real de necesidad. Con frecuencia, las personas se retiran de los programas sin previo aviso, lo que les obliga a cambiar drásticamente el rumbo de sus vidas personales. Y los beneficios rara vez son completos: la mayoría de los beneficiarios de la ayuda federal para estudiantes solicitan préstamos, al igual que muchos beneficiarios de la asistencia social recurren a prestamistas para poder pagar sus facturas.

El precio de las universidades públicas aumentó un 34 por ciento entre 2006 y 2016, mientras que los salarios bajaron. Mucha gente no tiene suficiente dinero, pero un título universitario es cada vez más importante para las perspectivas de empleo. A veces, cuando alguien necesita una ayuda para la cual no es técnicamente elegible, toma decisiones extremas con el objetivo de obtenerla. En línea puede encontrarse quine aconseja que los estudiantes de último año de secundaria se casen para así excluir los ingresos de sus padres en el momento de solicitar ayuda financiera para estudiar en la universidad. También pueden encontrarse parejas bien avenidas considerando la posibilidad de divorciarse para poder recibir más ayuda financiera para la educación universitaria de sus hijos.

Semejantes decisiones son una consecuencia natural de un sistema confuso, arbitrario e impreciso, diseñado para excluir a las personas. La mayoría de los tramposos no son ricos; los verdaderos ricos pueden permitirse simplemente pagar la matrícula y seguir adelante, no necesitan matrimonios ni divorcios. Las personas que hacen esfuerzos extremos para obtener beneficios sujetos a una selección por renta probablemente se ubican justo por encima del punto de corte y tratan de evitar pedir préstamos que pueden hacerlos zozobrar.

En cualquier caso, los estafadores son extremos atípicos. La gran mayoría de las personas de la clase trabajadora que de otro modo podrían considerar ir a la universidad están simplemente demasiado intimidadas y desmoralizadas por el proceso de adquisición de ayuda financiera para siquiera intentarlo. En 2017, no fueron reclamados 2,3 mil millones de dólares en ayuda federal para estudiantes. Mientras tanto, la razón principal esgrimida por las personas por la que no estudian en la universidad es que ésta se percibe como económicamente inasequible. El programa de ayudas no está llegando a las personas a las que está destinado.

Esto es en realidad parte del atractivo de la tarifación por renta para los políticos centristas que han hecho promesas a la vez a los ricos y al resto, y necesitan técnicas para que parezca que defienden a ambos simultáneamente. Cuanto más difícil es para las personas demostrar que merecen ayuda, menos personas lo intentarán y tendrán éxito. Esto significa menos afiliados al programa, lo que ahorra dinero y  permite a los políticos reducir de impuestos a los ricos, equilibrar los presupuestos y continuar prometiendo a la clase trabajadora que velan por sus intereses. Es un win-win-win (ganar-ganar-ganar) para los políticos centristas, y una victoria para los ricos. Pero la clase trabajadora, frustrada, desconcertada e intimidada, pierde.

Los programas de selección por renta se presentan como una evidencia de que un político o partido se está tomando en serio un problema social en particular, como los increíbles precios de matrícula y la sobrecogedora  deuda estudiantil. Pero con demasiada frecuencia, y para demasiadas personas, estos programas en realidad no brindan el alivio que prometen en la escala que afirman. Ese fracaso está realmente integrado en el modelo, con consecuencias políticas inevitables.

Pobres que (no) lo merecen

Además de ser una pesadilla administrativa, los programas de selección por renta son políticamente endebles. Desde el cuidado de la salud hasta la vivienda y la educación, quienes tienen problemas pero no cumplen los requisitos para recibir ayuda se resienten rápidamente contra los que sí lo consiguen, y este resentimiento es fácil de explotar por los políticos cuando tratan de erosionar y eliminar beneficios sociales.

Al establecer parámetros estrictos sobre quién tiene derecho a una ayuda, se está invitando a los elementos conservadores a que ataquen los parámetros, es una baza lanzada a su favor. Cualquier programa diseñado para los «pobres que lo merecen» puede ser socavado directamente al evocar el espectro de los «pobres que no lo merecen». Por ejemplo, Medicaid está diseñado específicamente para personas con bajos ingresos. En esencia, es un regalo caritativo que los miembros más privilegiados de la sociedad brindan a los más vulnerables. Los conservadores aprovechan la oportunidad para renegociar los términos del regalo, razón por la cual asistimos a fenómenos como la introducción de requisitos de empleo como condición para obtener Medicaid.

El propósito declarado de añadir requisitos de empleo para obtener Medicaid es inducir a las personas perezosas a conseguir trabajo (en realidad, la gran mayoría de los beneficiarios de Medicaid ya tienen trabajo), pero el verdadero propósito es frustrar el proceso de inscripción y reducir el número de beneficiarios, para hacer hueco en el presupuesto estatal para más beneficios corporativos. Mientras tanto, la retórica que usan los políticos para justificar su asalto a los programas sociales basados en selección por renta está cargada de resentimiento y culpa. Estigmatiza a los destinatarios, aviva las llamas del prejuicio y siembra desconfianza. Las luchas políticas sobre los parámetros de estos programas son una receta para una mayor hostilidad y erosión de la solidaridad en la cultura más amplia.

Las personas que podrían superar los requisitos para recibir ayuda se desaniman fácilmente por los quebraderos de cabeza que provoca la burocracia entre la que deben navegar para conseguirla. Las personas que no pueden aspirar a las ayudas son fáciles de convencer de que los destinatarios de las ayudas no son merecedores de éstas y están malgastando recursos. Todo esto hace que los programas sujetos a selección por renta generalmente sean impopulares y políticamente frágiles. Por eso los socialistas señalan que los programas sociales con selección por renta son objetivos fáciles. O como dijo Wilbur Cohen, un arquitecto de programas sociales universales populares y duraderos -entre ellos la Seguridad Social y Medicare[1]-, «Los programas para los pobres se convierten en programas pobres».

Al describir el plan de Bernie Sanders para eliminar toda la deuda estudiantil sin excepción, como corolario de su propuesta de universidad gratuita, su secretaria de prensa nacional, Briahna Joy Gray, presentó un claro argumento político en este sentido:

La universalidad es la forma más demostrada a lo largo del tiempo de evitar que una cuestión se convierta en una pelea entre la clase media y los pobres, que es realmente lo que el uno por ciento desea. Basta con mirar a la Seguridad Social y Medicare. Dos de los programas más populares en este país cubren a todos, sin importar los ingresos. Y esa es exactamente la razón por la que esos programas han resistido el asalto de los republicanos y los demócratas moderados durante décadas, mientras que programas como el de cupones para alimentos, viviendas de la Sección 8[2], asistencia social, e incluso la ACA[3] han sido atacados. Todas nuestras abuelas se benefician del Seguro Social, por lo que es difícil considerarlo como un programa para los «pobres que no lo merecen».

Socios en la prosperidad

Los programas sociales universales operan con una lógica totalmente diferente a la los programas con selección por renta. Se materializan cuando una sociedad decide que quiere consolidar una determinada oportunidad como derecho social.

Tenemos escuelas públicas de K-12[4] en este país porque decidimos que la educación de los adolescentes era un derecho básico que todos deberían disfrutar, porque la sociedad es mejor así. Tenemos un sistema postal universal porque decidimos que todos deberíamos poder enviar y recibir correo -incluso aquellos que viven en áreas remotas y rurales-, y acordamos pagar impuestos basados en los ingresos para hacerlo posible. Tenemos Seguridad Social y Medicare porque llegamos a la conclusión de que todas las personas -nosotros, nuestros amigos, nuestros enemigos- deberían poder vivir sus últimos años con dignidad. Aún no tenemos un sistema público de salud, pero cada vez más la ciudadanía estadounidense se está dando cuenta de que la atención médica debe ser una de esas cosas que todos pagan y que todos reciben, porque la alternativa es bárbara y deshumanizadora.

Si los programas con selección por renta son motores de división caóticos y políticamente delicados, mientras que los programas sociales universales son motores elegantes y políticamente sólidos de solidaridad. A pleno rendimiento, generan en las personas un sentido de inversión colectiva y causa común. Cada cual aporta lo que puede y todos disfrutan de los frutos de sus contribuciones. Los programas son accesibles, comprensibles y visibles para todos. Los programas sociales universales no se perciben como una caridad envidiada sino como un esfuerzo mutuo, del cual todos somos responsables y de los cuales todos nos beneficiamos. La sociedad se eleva claramente por la participación y colaboración de masas.

Con la excepción de los ricos, a la mayoría de los cuales siempre les molesta tener que pagar impuestos altos por cosas que personalmente pueden pagar por su cuenta, las personas que viven en sociedades con derechos sociales garantizados no se ven entre sí como obstáculos para el éxito individual, sino como socios en la prosperidad. Mientras un exiguo modelo de estado de bienestar basado en la selección por renta promueve la alienación y la competencia, un modelo sólido y universal de estado de bienestar genera confianza y cooperación. Estas cualidades son necesarias para desarrollar una base desde la cual lanzar otros proyectos sociales ambiciosos y progresar como sociedad.

Los programas sociales universales no son completamente invulnerables a los ataques: considérese la expansión de las escuelas concertadas en el sistema escolar público existente. Pero sí crean grandes grupos de votantes dispuestos a defenderlas que, de otro modo, no existirían, como cuando maestros, padres y estudiantes se movilizaron recientemente para defender la educación pública en una ola de huelgas de maestros. Cuando los bienes sociales están elevados a la categoría de derechos, no tan fáciles de arrebatar.

En Gran Bretaña, el Servicio Nacional de Salud (NHS) enfrenta asaltos privatizadores neoliberales. Es una perspectiva aterradora, pero el intento de desmantelamiento no es tarea sencilla. Una encuesta reciente encontró que siete de cada diez personas «respaldan el principio básico que subyace tras el NHS: que la atención médica debe financiarse con impuestos generales para todos». (Solo el 4 por ciento dijo creer en un sistema de estilo estadounidense). En 2012, la ceremonia de apertura de los Juegos Olímpicos de Londres ofreció un homenaje al NHS, con bailarines vestidos como pacientes y enfermeras rodeando el estimado acrónimo. El político conservador Nigel Lawson, responsable de una gran privatización bajo el mandato de Margaret Thatcher, dijo una vez que el NHS «es lo más parecido que tienen los ingleses a una religión». Los ataques de la derecha pueden seguir llegando, pero el público no se está dejando convencer.

Los conservadores estadounidenses afirman que la educación superior no debe considerarse un derecho en absoluto y que, ante la amenaza de un fracaso social, las personas deben ser obligadas a levantarse a sí mismas simplemente con sus recursos. Al argumentar esto, los conservadores necesariamente ignoran todos los datos disponibles, concretos y anecdóticos, que demuestran lo imposible que resulta para la gran mayoría de las personas – que subsisten con salarios estancados y se enfrentan a costes de vida en aumento- ahorrar para una educación que cada década se vuelve sustancialmente más cara, pero que es necesaria en muchos casos para sentar las bases de una carrera próspera.

Los liberales, por otro lado, tienden a estar de acuerdo en que las personas deberían poder ir a la universidad si lo desean, y que las altas barreras financieras para el ingreso frenan las oportunidades y exacerban las desigualdades en riqueza. Simplemente prefieren una solución más débil y menos inteligente desde el punto de vista político, porque favorecen el engaño frente a una clara política de izquierdas que haga frente a los ricos y construya el poder y la solidaridad de la clase obrera.

Los socialistas no nos engañamos como los liberales centristas. Sabemos que todos tenemos derecho a una educación y una vida digna, y que la universidad pública gratuita es una reforma alcanzable que nos acerca a esa visión. Y sabemos que la mejor manera de crear programas que puedan resistir los inevitables intentos de desmantelarlos es hacerlos universales, para que se vuelvan populares, queridos y entretejidos en la tela de nuestra cultura.

 


[1] En los Estados Unidos de América, se llama Seguridad Social al programa federal de pensiones para la vejez y las personas supervivientes o incapacitadas, y Medicare al seguro de salud que cubre a todas las personas mayores de 65 años o discapacitadas.

[2] La Sección 8 de la Ley de Vivienda de los Estados Unidos autoriza el pago de ayudas de vivienda en alquiler a propietarios privados en nombre de aproximadamente tres millones de hogares de bajos ingresos. (NdlT)

[3] Adult Children of Alcoholics (ACA) es un programa para hombres y mujeres que crecieron en hogares alcohólicos o disfuncionales. (NdlT)

[4] K-12 (kindergarten to 12th grade) es la expresión estadounidense que indica los cursos de la enseñanza infantil, primaria y secundaria obligatorios y gratuitos en los Estados Unidos d América. (NdlT)

 

es una activista de California del Norte, miembro de Democratic Socialists of America (DSA). Es escritora de plantilla de Jacobin y publica ocasionalmente en The New York Times y The Guardian, entre otros.

Fuente:

https://jacobinmag.com/2019/07/free-college-tuition-bernie-sanders-means-testing-universal-social-programs

Traducción:Vera Sacristán / sinpermiso.info

Autoformación, universidad y capitalismo cognitivo

por Santiago De Arcos-Halyburton

 

El capitalismo cognitivo a partir de su éxodo financiarizado ha significado un sistema educativo en crisis dada su prescindencia de mano de obra calificada en grandes cantidades: la producción de bienes y servicios ha pasado a segundo plano en esta  nueva acumulación primitiva, incluso podría pasar a un tercer plano en medio de la destrucción de millones de puestos de trabajo a partir del desarrollo de la IA. Empujando el deseo de saber cualitativo a una lucha contra esta precarización del saber profesionalizado y mercantilizado. Entre una ocupación y otra, entre una asamblea y otra se ha iniciado un ciclo de autoformación, todo hace creer que no son ejercicios pasajeros, sino que van conformando una inmanencia del común de saberes, una pedagogía otra que comparte, no solo saberes intelectuales, sino que afectos, una especie de sumak kawsay pedagógico. Cuando el capitalismo abandona, con recortes presupuestarios su materia prima de valorización y plusvalor, sólo produce puntos de fuga que devienen en un éxodo periférico multitudinario en la lucha de clases.

Nuestra fuga es la de multitud en lucha, que triza los muros de los centros educacionales planteando un afuera en el interior y exterior del dentro, que se nutre de la exterioridad del metropolitano, de la fábrica difusa, es así como, por ejemplo, la facultad de arquitectura de la UFMG se ha contagiado de las necesidades de las favelas y barrios pobres de la ciudad constituyendo un agenciamiento de realimentación entre tecnología y deseos de una vida mejor (app para tiempos de movilización, control de consumo eléctrico, planificación urbana autónoma), o las escuelas y bibliotecas libres de las poblaciones chilenas (muchas veces burocratizadas por insu, PC’s, Partido Igualdad, y cuanto ex militante existe)

Pero la autoformación siempre ha estado presente de un modo u otro en los movimientos sociales. La emancipación y sus prácticas, se constituyen a partir de la generación de un conocimiento otro que viene a chocar con la doxa, con el canon aceptado. Desde los anarco sindicalistas y sus ateneos, casas de la cultura para obreros y escuelas racionalistas fueron constituyendo un crisol que producía la subjetividad obrera y conformaba la clase, motivando la generación, constante, de contrapoderes reales. Y no será sino hasta los primeros años del siglo XXI que surgirá nuevamente la experimentación en torno a la autoformación de los comuneros.

A finales de los 90’s se produce una ofensiva global contra los centros de enseñanza, a través de nuevas leyes orgánicas de educación, el plan Bolonia, etc., en una nueva geometría de la hostilidad, el movimiento estudiantil logró agenciarse con el movimiento global de luchas.

Muchos años después, concretamente en la primera década del siglo XXI, emerge de nuevo la experimentación en el campo de la autoformación. Su genealogía reconoce dos momentos de apertura. Detenerse en ellos permite señalar tanto algunos de sus rastros como la explicitación de su conexión con los movimientos metropolitanos: desde la desterritorialización producida por la globalización se conecta con el exterior organizándose una serie de comunidades de saberes donde profesores, investigadores  y estudiantes, en conjunto con el activismo se nuclean ante la emergencia de una soberanía imperial y alrededor de los movimientos y luchas que surgirán de esta transformación del capitalismo: las nueva pedagogías y la autoformación no se entienden, en su génesis, sin el ciclo abierto por las luchas. Es en esta fase de centros sociales, en la emergencia de un sindicalismo otro (ajeno a las burocracias), en la autorganización, la huida de la representación y en la politicidad de las nuevas figuras del trabajo vivo o cognitariado que se produce una aceleración del éxodo de saberes a pedagogías rizomáticas, aun acotadas a los centros sociales y más preocupadas de  abordar el estudio de las nuevas dinámicas del capitalismo en su captura del trabajo vivo: post operaismo, post colonialismo y post estructuralismo son la fuente primaria de estos movimientos que buscan actualizar una teoría y la praxis orientada a la efectividad de las luchas.

Desde estos antecedentes genealógicos es que la autoformación hoy, en medio de tanto revival de conservadurismo, populismo de ex˗quierda o derecha, el surgimiento de una nuevo nacionalismo identitario: estatal o racial, se hace necesaria para enfrentar la crisis definitiva de los centros de educación formal; existe una ofensiva global contra los más mínimos derechos, es que el capital ya no tiene necesidad de cuadros directivos, mandos medios o trabajadores, ni siquiera precisa de consumidores y es en este tránsito que la vieja ex˗quierda está empantanada en la impotencia de vivir aferrada a su keynesianismo imposible, en su  incapacidad de entender la profundidad de la crisis, ni vislumbra su alcance. De ahí que requerimos un proceso que se libere de esas viejas cadenas a partir de la generación de saberes comunes en la autoformación comunitaria.

En el horizonte no se vislumbra ningún momento innovativo en lo que ha distribución de la renta se refiere, es más, nuestros derechos se restringen cada vez más. Estamos en la situación precisa para el estallido del acontecimiento, la multitud generando potencia como si se tratara de placas tectónicas a punto de cataclismo, y este momento es el que nos impele, no solo, a producir nuevas metodologías de aprendizaje, cuáles son? No sabemos, podemos ensayar y cometer muchos errores, pero nuestras luchas siempre han estado sustentadas en esas premisas. Lo que sí tenemos claro es que saldrán de las luchas, de la constitución de comunes que la multitud vaya generando en ese camino. Tenemos ante nosotros un Muro de Berlín que derribar, desde la pedagogía del oprimido a las viejas soluciones basadas en Dalton o Montessori, que si bien servían para las políticas educativas del desarrollismo keynesiano, el welfare state, no son viables en el capitalismo cognitivo financiarizado. Solo nuestro éxodo, la lucha, la insurgencia multitudinaria (sin relación con ninguna vanguardia espuria) y por sobre todo la subjetivación que nace a partir de la potencia desatada por la multitud, su contrapoder.

A partir de estas premisas debemos aprender a producir y organizar las instituciones del común, más allá de la conquista de la autonomía, es que la “crisis implica siempre también una crisis de la representación política, el hecho de que estemos solos, sin otro” que sepa hablar por nosotros, [porque la educación es una política de la representación desarrollada por el capital] entonces debemos reafirmarnos  en la autoformación como potencia, como constitución de comunes donde los saberes son propiedad de todos y todas, los que producimos y cuidamos de su desarrollo sinsentido, estableciendo una política de la postpolítica donde el significado esté puesto en la producción del otro, disidente, diferente, una multiplicidad en nosotros, es decir la constitución de una individualidad autorepresentada.

En ese autorepresentarse también establecemos unas nuevas disposiciones tácticas en la producción de alteridad cuyo método, repetimos, debe ser la producción de instituciones del común como un éxodo de las instituciones educacionales, el Estado, la nación y el mercado, estableciendo una “escuela” de comuneros.

La autoformación es una práctica de la posibilidad de la subversión, de la resistencia, es la centralidad de la producción de saberes en la lucha del cognitariado. Es la destrucción del saber como fetiche, como dominio de especialistas, por ende también constituye un desmantelamiento de la jerarquía y segmentación del saber, destruyendo el fetiche en que lo ha convertido la ex˗quierda y la Academia. La autoformación también es un ariete que libera el conocimiento de las trampas en que es puesto por el capital, transforma nuestra producción de saber en otro enfrentamiento más en la luchas de clases, tal y como nos la plantea el momento de la subsunción real del capital, en el capitalismo cognitivo.

La crisis de la representación también coloca a la autoformación en conflicto directo con esta forma del arte de gobernar liberal. Ella es la autonomía per se, un saber que se acumula, disidente, consensuado a partir de las disidencias, diferente siempre, ensayo y error infinito, una autonomía que crea y construye un agenciarse maquínico múltiple en la senda de constitución comunista de un saber otro que se enfrenta a la actual vinculación capital-trabajo, la actual forma de la governance de las diferencias es al mismo tiempo una inclusión graduada de los derechos híper segmentando las diferentes capas de población. Su gubernamentalidad está basada en una  diferenciación que no enriquece, sino que es utilizada como elemento de separación. Ahí también nuestra autoformación debe enfrentarse como un modo de incluir esas diferencias como riqueza de saberes agenciados en una inmanencia del saber: derechos, saberes, cultura, dispositivos anti policiales, anti racistas, Queer. Establecer una alianza que implique desmontar las fronteras montadas por el arte de gobernar liberal. Lo singular entonces se hace conocido, el otro dispar.

Como máquina de lucha la autoformación debería abrirse, como si fuese un centro educativo nómade, a la producción de subjetividad que producen los éxodos: vendedores ambulantes, prostitutas, gente que hace cultura en las poblaciones, escuelas libres, los diferentes en capacidades motrices, etc., aprendiendo de estos procesos de cómo crear máquinas de lucha dentro de un proceso de subjetivación es que los procesos vivos se desatan a modo de dispositivos de organización abiertos, democráticos, rizomáticos.  Devenir un laboratorio nómada donde el saber es solo un comunar que busca nuevas sendas como modo de vida viva. Es decir transformar el saber muerto que producen los centros educativos en posibilidad.

Es a partir de este derecho a la producción y reproducción del conocimiento que avanzamos, a ciegas y tropezones, hacia una definición de lo común dentro de las luchas que con su radicalidad ponen en cuestión toda certeza que el capitalismo ha querido construir, nuestro deber no es guiar, ni representar sino que acompañar esta constitución aprendiendo de ella. Actuamos en las metrópolis junto a la metrópolis, en las fronteras abiertas por el cognitariado porque el saber ya no se sitúa dentro de los muros de los establecimientos educacionales, sino que en un afuera pero dentro del devenir escuela o universidad de la metrópoli y viceversa, produciendo conocimientos múltiples.

El éxodo implica un abandono de la rigidez y la jerarquización académica, desfragmentando los saberes de acuerdo a los deseos de los estudiantes agenciados, multiplicidad de disciplinas, áreas de interés y especialización, lo que sorteamos mediante la autoformación estableciendo el ejercicio de conocer como un seminario permanente, grupos de estudio donde lo que estudiamos no es una disciplina, sino que lo transformamos en una socialización, un dinamismo constituyente de nuestra subjetividad que destruye toda idea de curriculum académico por el interés por todo, por la libertad absoluta para conocer, expandiendo la potencia intelectual que no rinde pleitesía al académico sino que al conocimiento como una caja de herramientas para la transformación, una politica del cuerpo como vaso comunicante, del deseo pensar, de aprender, siempre preguntándonos con quien pensamos o aprendemos? Nosotros, comunistas, pensamos en y con las luchas, nos sumergimos en la cooperación social, con las mujeres, los niños, los barrios y su actuar autónomo, con lo LGTB, etc…no existe autoformación neutra, siempre está situada en una orilla de la lucha de clases, mientras exista.

No podemos obviar el hecho de que activamos, actuamos y participamos, sin pertenencia, en el movimiento social, que en su centralidad nos lleva a oponernos a la opresión del capital, a las hegemonías de todo tipo, incluso a eso que alguno ha llamado “comunes con medidas de seguridad” emulando el control de un especialista del arte de gobernar liberal. La autoformación se conforma a través de la creación, de la constitución de comunes, de los deseos de libertad, de singularidades subversivas, de una diferencia radical con los poderes, sean cuales sean.

Es una dinámica asociativa en la fábrica difusa, en la que nos toca vivir, la que nos constituye en clase, la multitud solo lo es al momento de agenciarse en las luchas y en ese camino entre lucha y lucha se produce cognición, una cognición afectiva, que lleva a la conformación de una subjetividad que precisa compartir sus saberes, autoformarse como sujeto activo y productivo libre que se autopiensa y actúa, no espera. A veces la autoformación, como el movimiento del migrante, las mujeres, los niños, jóvenes, inclusive el productor de subjetividad cuando mira tv, es mirada como no política, como individualidad, pero en realidad son el catalizador de los movimiento sociales.

Aclaremos que este análisis es hijo de una concepción del momento que vive el capitalismo y al que llamamos capitalismo cognitivo, y con el indicamos una permanencia del capitalismo y sus mutaciones, pero también esbozamos la nueva, pero vieja naturaleza del trabajo, las dinámicas de valorización y la estructura de propiedad y de explotación: trabajo inmaterial (pensamiento y lenguaje como herramienta. El saber, los afectos y conocimientos, la cooperación, el tejido de redes como principal fuerza productiva). El nuevo capital fijo son los afectos, los conocimientos, las capacidades comunicativas. En esta mutación también mutan las clases y por ende la lucha de clases y con ella la autoformación; en este escenario, que vivimos hoy emerge la multitud: la clase que unida aun a la lógica del capital, contiene en sí la potencia para crear un poder constituyente al margen de la lógica del capital. Nuestra autoformación tiene que construirse con la ética del software libre y el commonfare como horizonte para poder romper con la lógica del capital porque el capital ya no solo se apropia del trabajo, sino que de la vida en su totalidad transformando nuestra subjetividad en mercancía. Ante este biopoder es que surge la biopolítica, donde todo acto de cooperación, como la autoformación, se transforma en insubordinado, en rebelión…la fábrica difusa también ha constituido una lucha de clases difusa y por eso más potente, un horizonte de luchas inconmensurable.

El Junio de 2013 brasileño, los Gilets Jaunes, las revueltas en Argelia y Sudan, nos van mostrando un tejido sobre el que es posible una reapropiación a gran escala de lo público-estatal-privado transformándolo en común. Ahí es de donde nos planteamos: desde los movimientos, la conflictualidad que rompe con la vieja forma-partido, aunque se mistifique de nueva como el Frente Amplio, con el Estado, la nación, el trabajo asalariado, etc., y esto nos da la oportunidad de plantearnos la autoformación como una práctica política autónoma. Sin un proceso autoformante no puede haber innovación en el camino de la educación, sólo continuará la existencia repetitiva e improductiva en todos los términos de las viejas concepciones fordistas de educación y formación: desde la hegemónica de Freire hasta la supuestamente zapatista de Víctor Raúl Mejías, donde todas coinciden en la permanencia de una educación para el trabajo y el desarrollo desde el punto de vista de la relación entre capital y trabajo asalariado, sin romper con esa relación sino que perpetuándola a través de la relación que sostienen con el Estado gestor del capitalismo de estado.

Gilles Deleuze nos planteó que el punto de partida es la pregunta, una que nosotros fabricamos con elementos que zurcimos, como un patchwork, no una pregunta dada por otros porque esa no nos deja margen para hablar por nosotros mismos.  Para autoformarnos debemos construir laboratorios más que escuelas, una especie de federación de saberes, donde los que participan se preguntan desde sus propios deseos y saberes construyendo sus comunes junto a otros saberes compartidos en el afecto que nace de las luchas.

Introducción a «Costumbres en común» de E. P. Thompson

Por Julio Martínez-Cava

Reproducimos a continuación la introducción de Julio Martínez-Cava a la reedición de la conocida obra del historiador británico E. P. Thompson Costumbres en común. Estudios sobre la cultura popular (Madrid: Capitán Swing, 2019 [fecha original publicación: 1991]). La editorial Capitán Swing ha facilitado que podamos reproducir esta introducción aquí. Más información sobre el libro aquí:  https://capitanswing.com/libros/costumbres-en-comun/

«La ilusión burguesa más profunda e inextirpable [es que] el hombre es libre, no a través, sino a pesar de las relaciones sociales»

(Cristopher Caudwell, Studies in a Dying Culture, 1938)

La forja de un rebelde[1]

Edward Palmer Thompson fue un activista socialista y pacifista inglés, y está considerado uno de los mayores historiadores del siglo XX. Su obra escrita es gigantesca y la literatura sobre su pensamiento y su vida es ya casi inabarcable.[2] Nacido el 3 de febrero de 1924 en Oxford, se crio en el seno de una familia de clase media metodista con un enorme capital cultural, cuyos contactos políticos convirtieron el entorno familiar en un ambiente de liberalismo radical anti-imperialista, en el que las tertulias con visitas de intelectuales o políticos (como Nehru o Gandhi) eran algo habitual: «me crie –dirá Thompson en una entrevista de 1984–  pensando que los gobiernos eran mendaces e imperialistas y creyendo que la propia posición debía ser hostil al gobierno». Además de la influencia de sus padres, la otra gran figura de importancia en su formación fue su hermano mayor William Frank, por el que manifestaba admiración y envidia. Frank era el hijo aventajado de la familia, políglota y estudiante en una escuela de élite (Winchester); mientras que Edward estudió en una escuela metodista poco reconocida (Kingswood), solo dominaba el inglés y despuntaba en el rugby. La madre no ocultaba su favoritismo por el mayor, mientras que el padre tenía a Edward por un puritano («nunca toca el alcohol, excepto alguna sidra de vez en cuando, detesta la cerveza y no se acerca a los licores. Su fumar constante no es sino un signo de unos nervios que buscan calmarse»). El ambiente universitario radicalizado de los años 30, al calor del antifascismo de la época, llevó a Frank a afiliarse al Partido Comunista de Gran Bretaña (PCGB) en 1939. Edward le seguiría poco tiempo después. Como recordaría años más tarde, ser comunista en el PCGB de finales de los 30 no tenía mucho que ver con seguir rígidas disciplinas y ortodoxias de partido sino con  abrazar una fraternidad internacionalista que unificaba a las fuerzas contra el fascismo.

La participación de Reino Unido en la Segunda Guerra Mundial interrumpiría la carrera de los dos jóvenes escritores. De estos años cabe destacar dos hitos que marcarían el carácter y el proyecto intelectual de Edward Thompson. El primero, la trágica muerte de su hermano en 1944 en circunstancias poco claras.[3] El segundo, la experiencia democrática del antifascismo en la Segunda Guerra Mundial, en la que Thompson combatió al mando de una compañía de tanques en la batalla de Montecassino con tan solo 21 años. Una vez finalizada la guerra, colaboró como voluntario en labores de reconstrucción en Yugoslavia, Bulgaria y Hungría. La vivencia en primera persona del movimiento popular europeo de resistencia, en el que las viejas divisiones de la izquierda se aparcaban en favor de una tarea común, fue el manantial que proveyó a Thompson de la motivación y los recursos intelectuales con los que posteriormente afrontaría un proceso de renovación de la izquierda británica.

Una vez de vuelta en Inglaterra, Thompson fue testigo de la victoria arrolladora del laborismo en 1945. Ese mismo año se casó con una historiadora joven con la que había compartido la experiencia del antifascismo en Italia, Dorothy Towers, que se convertiría en una reconocida historiadora del movimiento cartista y que sería, además de la madre de sus tres hijos, una sabia compañera intelectual –interlocutora inteligente que además revisaría todos y cada uno de sus trabajos–. Pero las esperanzas de cambio revolucionario cultivadas en aquellos años se verían aplastadas por el estallido de la Guerra Fría y la imposición de la doctrina de las «zonas de influencia». El macartismo tuvo también una variante británica (igual que hubo una versión británica del zhdanovismo soviético entre las filas del PCGB)[4] que propició que muchos intelectuales comunistas buscasen una salida profesional alternativa. Así que Thompson terminó como maestro para adultos en la Worker’s Education Associationenseñando literatura e historia social a trabajadores del West Riding, quienes asistían a las clases sin la promesa de un empleo o siquiera de un certificado oficial. De sus años como profesor de adultos siempre recordará lo que supuso para él entrar en contacto con la cultura obrera del Yorkshire industrializado, las relaciones solidarias que encontró allí y lo que pudo aprender para sus propias investigaciones (sobre todo «actitudes» y «un profundísimo escepticismo hacia los informes oficiales»).[5]

En estos años Dorothy y Thompson entrarían a formar parte del famoso Grupo de Historiadores del PCGB[6], en el que coincidirían dos respetadísimas generaciones de historiadores (George Rudé, Christopher Hill, Rodney Hilton o Eric Hosbawm entre otros). La influencia de investigadores veteranos como Dona Torr, A. L. Morton o Maurice Dobb asentó el modus operandi del Grupo, que estudió la historia como un proceso complejo donde las determinaciones estructurales no anulaban la capacidad creativa de los sujetos, y donde el motor del cambio social se situaba en los conflictos sociales generados en torno al control del excedente económico, sin descuidar el papel central que consideraban que tenía la disputa por las ideas (contraviniendo con ello la versión oficial del marxismo aceptada en su propio partido). El texto que probablemente tuviera más influencia en ello fue The English Revolution 1640 de Christopher Hill en 1940, que desencadenaría el famoso «debate sobre la transición del feudalismo al capitalismo», en el que investigadores procedentes de varios países vendrían a confrontar sus modelos de explicación sobre los orígenes del modo de producción capitalista.[7] En 1951 el PCGB había aprobado una nueva línea estratégica nacional (British Road to Socialism) por la que se instaba a construir una alianza popular amplia que llegara al poder por la vía parlamentaria. Bajo esta nueva orientación, los comunistas británicos rastrearon la historia de Inglaterra buscando referencias en las que inspirarse: es así como la gran Revuelta Campesina de 1381, los Levellers y los Diggers de la Revolución Inglesa de 1642, los cartistas o las sufragistas pasaron a verse como parte de una «historia popular» que nutría de experiencias y principios a las luchas del presente. Lo cierto es que el Grupo decidió organizarse como un equipo de investigación autónomo, y no como un órgano más del partido, por lo que no veía interferidas sus labores siempre que no entrase a investigar la historia del comunismo en el siglo XX. Y si bien las opiniones políticas de sus miembros podían no coincidir siempre, lo cierto es que un método más o menos compartido y una generosidad en las lecturas (Dona Torr les hizo llegar textos de Trotsky prohibidos por el partido[8], se leyó Los jacobinos negros del trotskista CRL James así como la obra de A. Rosenberg –aunque todavía nada de K. Korsch o Gramsci–) terminaron por forjar un marxismo en cierta medida heterodoxo que se probaría especialmente fértil en la investigación histórica. El talante anti-sectario que les inspiraba permitiría la colaboración de otros investigadores no marxistas, culminando en la creación de la revista académica Past and Present en 1952.[9] La importancia que tuvo el Grupo en la vida intelectual y política del país no puede despreciarse. No lo hizo, precisamente, el Estado británico: una desclasificación reciente de los archivos del servicio secreto británico, el MI5,  reveló que los historiadores del Grupo habían sido espiados durante más de 10 años con una intensidad reveladora (se grababan sus conversaciones telefónicas, se abría su correo y se monitorizaban y mapeaban sus contactos).[10]

Inmerso en esta intensa actividad militante de la Guerra Fría, como comunista, como padre, como educador de adultos y como colaborador del Grupo de historiadores, Thompson recibió una propuesta editorial para escribir una monografía sobre la figura de William Morris, ese «revolucionario sin revolución» que le tenía fascinado.[11] Aunque hoy suene inverosímil, Thompson no tenía intención de convertirse en historiador. Su vocación era ser escritor, poeta y militante comunista, pero durante su investigación sobre Morris desarrolló un «apetito por los archivos» que le encauzaría en la senda de la disciplina histórica, al mismo tiempo que le dotaría de recursos para iniciar un proceso largo y complejo de auto-crítica de la tradición marxista. Para Edward el trabajo como historiador era inseparable de su vocación política y nunca se concibió a sí mismo como un profesional de la academia. En la tradición marxista encontró herramientas de análisis con una dimensión práctica y en su experiencia militante halló formas de comprender la realidad que le permitirían adentrarse con mayor lucidez en el pasado. Thompson forma parte de ese grupo de científicos que nos han enseñado que la objetividad y el máximo rigor en la investigación no tienen por qué contradecirse con un apasionado compromiso político por transformar la sociedad.

«El comunismo debe recuperar un lenguaje moral»: el final del «Espíritu del 45», la Guerra Fría y la crisis internacional del comunismo de 1956

¿Qué fue lo que marcaría tanto a Thompson del movimiento europeo antifascista? En 1944 el oficial Frank Thompson escribía en una carta a su hermano:

Hay un espíritu en Europa que es más noble y más valioso que cualquier otra cosa que este cansado continente haya conocido durante siglos, y que nadie podrá detener. Se puede, si se quiere, pensar en ello en términos de política, pero es mucho más amplio y más generoso que cualquier dogma. Es la voluntad confiada de pueblos enteros que han conocido los mayores sufrimientos y humillaciones, y que han triunfado sobre ellos para construir su propia vida de una vez y para siempre. Me gusta pensar en él como millones –literalmente millones– de personas, jóvenes de corazón sea cual sea su edad, dueños completamente de sí mismos, con la mirada puesta únicamente en lo que vendrá y disfrutando de esa visión.

Lo cierto es que el período de 1943-1946 (ese «espíritu del 45» como lo denominó Ken Loach) ha pasado injustificadamente desapercibido en la historia de las izquierdas.[12] Se trató ni más ni menos que de un momento de soberanía y movilización popular impresionante, cuyo mejor legado fueron las partes más progresistas del Pacto Social de Posguerra. Las primeras elecciones tras la Segunda Guerra Mundial ofrecen una imagen del momento: entre los partidos socialistas y comunistas el resultado rondaba el 40-50% de los votos (así en Australia, Suecia, Finlandia, Noruega, Islandia, Gran Bretaña, Austria, Bélgica, Checoslovaquia, Francia, Italia, y en menor medida Alemania). Esa fuerza electoral intentó emprender transformaciones sociales de calado, mediante reformas agrarias, expropiaciones, nacionalizaciones o proyectos cooperativistas, y en algunos países esta fuerza se tradujo en constituciones sociales muy avanzadas.[13]

En Gran Bretaña una poderosa tradición de lucha sindical y cooperativismo había conseguido que el Partido Laborista ganase varias alcaldías antes de la guerra (poniendo en marcha programas que sirvieron como «campo de pruebas» para políticas estatales posteriores).[14] El Labour había entrado en el gobierno de concentración de Churchill durante la guerra, donde comenzaría la planificación estatal del bienestar (el famoso Informe Beveridge de 1942 permitió la creación de prestaciones sociales universales sin evaluación de recursos) y en julio de 1945 el Labour, liderado por Clement Atlee, ganó con una mayoría del 48% de los votos. En el período 1945-1951 se nacionalizaron las minas de carbón, la producción y tráfico del hierro y del acero, el Banco de Inglaterra, el telégrafo, la electricidad, el gas, la radio, la aviación civil, el transporte por carretera y el ferrocarril. En 1948 se creó el servicio nacional de salud (NHS), obra del ministro izquierdista Aneurin Bevan (que también puso en marcha el plan de vivienda pública gestionado por los ayuntamientos), así como la educación secundaria gratuita y un nuevo sistema de seguridad social más progresivo. Para muchos intelectuales socialistas como Thompson este terreno conquistado por las clases populares no era la última parada (la sociedad socialista), pero sí fue considerado como un momento ilusionante y un paso necesario en el camino hacia el socialismo.[15]

La Guerra Fría puso fin a estas esperanzas. Analizando este momento en sus escritos de los años 50, Thompson capturó el espíritu de la época: una suerte de «reciprocidad» entre los bloques (una «dinámica autorreproductora») hizo converger los intereses de ambos sistemas de tal manera que su enfrentamiento servía paradójicamente para mantener el statu quo. Las primeras víctimas de esta reciprocidad fueron precisamente las posibilidades abiertas en 1943. En Europa occidental el nuevo establishment, liderado por EEUU y la OTAN (en la que ingresaría Inglaterra en 1949 bajo gobierno laborista), desató una cruzada contra cualquier fuerza política que se saliera del pacto social, consolidó una alianza entre un oligopolio mediático y los principales partidos políticos,  y promocionó el giro a la derecha de los sindicatos –integrados ahora bajo subvenciones estatales cuya principal y casi única tarea era mantener vinculados los incrementos salariales a los crecimientos de la productividad– y de los  partidos socialdemócratas –concebidos ahora como grandes maquinarias electorales desligadas de los controles de la militancia que pudieran servir como fuerzas de contención contra la «amenaza comunista». Se conquistó el bienestar social pero se bloqueó –incluso constitucionalmente– la democratización de la economía (algo evidente en el caso británico, donde el tecnócrata Herbert Morrison consiguió que las nacionalizaciones no implicasen una gestión y administración controladas por la población). En la Europa del Este Stalin hizo su parte y una oleada de purgas descabezó a los partidos dirigentes: entre 1948 y 1952 se calcula que dos millones y medio de personas fueron expulsadas de sus partidos comunistas (un cuarto del total) y cerca de 250.000 fueron encarceladas. Thompson valoraría después:

Este fue un momento auténtico y no creo que la degeneración posterior, en la que hubo dos actores, el estalinismo y Occidente, fuese inevitable. Es necesario recordarlo y decir que este momento existió.[16]

Pero la tormenta no había hecho más que empezar para el joven comunista británico.[17] El 5 de junio de 1956 se publicó en inglés el discurso de Kruschev que denunciaba los crímenes estalinistas y el PCGB inició una campaña de cierre de filas por la unidad interna. Ese mismo verano Thompson y su colega John Saville lanzan el periódico The Reasoner para iniciar un proceso de autocrítica que no tenía cabida en la prensa oficial del partido. Su objetivo era reformar democráticamente el partido –no salirse de él–, pero chocaron contra el muro de la ortodoxia. En noviembre de ese año se produce la invasión soviética de Hungría que reprimió una revuelta democrática y la dirección del PCGB pide a su militancia que apoye la intervención soviética. Es la gota que colma el vaso, y Thompson escribe un incendiario y magistral artículo («Through the smoke of Budapest») cuya publicación le costará la suspensión del carnet por tres meses, a lo que respondió dimitiendo. La sangría del partido había comenzado. El saldo final de este repliegue que bloqueó el debate interno fue la fuga de un tercio de la militancia. Nunca se recordará lo suficiente que el principal motivo que llevó a Thompson a abandonar el PCGB fue la falta de democracia interna y de respeto del pluralismo en el partido.[18]

Los archivos del MI5 (desclasificados en septiembre de 2016) han permitido conocer en qué medida el comunismo de Thompson nunca llegó a ser el de la pura ortodoxia estalinista. Desde su vuelta a Inglaterra se mostró preocupado por el repliegue hacia adentro de un partido que emitía mensajes en un tono dogmático y sectario, que intentaba convertir a los movimientos sociales en sus correas de transmisión («deberíamos confiar más en la gente y dejar que se pongan las pilas») y cuyas decisiones eran tomadas de formas «arbitrarias» y «poco colectivas».[19] En una carta a su camarada Ramelson llegará a decir: «gracias a Dios que no hay posibilidad de que este Comité Ejecutivo tenga alguna vez poder en Gran Bretaña; destruiría en un mes toda libertad de pensamiento, de conciencia y de expresión que le ha llevado al pueblo británico 300 años ganar».[20]

Según Thompson la corrupción del partido estaba estrechamente ligada a una degeneración teórica en la tradición marxista que sustituía la acción consciente del individuo por grandes abstracciones («El Partido», «El Comunismo», etc. ). Thompson entendió que las determinaciones que restringen el conjunto de oportunidades de los agentes («necesidad») no debían ni podían estrecharlo tanto como para impedir que se pudiera dar un espacio libre de acción moral donde los sujetos debatiesen y eligiesen racionalmente, dentro de esas limitaciones, sobre cómo deberían ser las cosas («deseo»). Si los individuos eran despojados  de su agencia perdían con ello la capacidad para dar respuestas moralmente conscientes a la situación. El comunismo, por tanto, tenía que «recuperar un lenguaje moral».[21]

En esta tarea de re-moralizar el marxismo Thompson se sumaba a los movimientos intelectuales que se estaban construyendo en ambos lados del Telón de acero, que buscaban una alternativa socialista democrática y que fueron conocidos como «humanismo socialista»  (entre ellos: el grupo yugoslavo Praxis, Leszek Kolakowski, Frantz Fanon, György Lukács[22], Agnes Heller, Eric Fromm o Herbert Marcuse). Para el historiador británico el principal enemigo a batir era la degeneración economicista del marxismo, su obsesión por comprender la vida cultural e intelectual como una «superestructura» derivada mecánicamente de un proceso «económico» entendido de forma abstracta. Pero el economicismo no era algo inevitable en la tradición marxista, dirá Thompson, sino más bien el resultado de un proceso de corrupción ideológica que había comenzado a finales del siglo XIX y se había consumado en el estalinismo.[23] Es importante insistir en que su ruptura con el partido comunista no era una ruptura con el comunismo en general, sino que se hacía precisamente en nombre del ideal comunista. Con ello se desmarcaba de algunos excomunistas que se habían pasado a las filas de la propaganda occidental con la furibunda entrega del converso (A. Koestler, K. Amis, W. H. Auden y, en cierta medida, G. Orwell), intelectuales que olvidaban el «contenido democrático» que tenía la entrega altruista y desinteresada de miles de activistas de base.[24]

Thompson encontró un peligroso punto de coincidencia entre la ortodoxia del economicismo marxista y la ortodoxia del imaginario capitalista. Si desde sus orígenes el capitalismo había impulsado una imagen del ser humano como homo economicus (entendiendo que las principales motivaciones del ser humano eran –o debían ser– motivaciones estrechamente económicas), el estalinismo haría algo parecido al proclamar la prioridad de «lo económico» sobre el resto de aspectos de la vida social, estando ahora esas motivaciones económicas configuradas como «intereses de clase». La Guerra Fría, por tanto, solo podía ofrecer una imagen deshumanizada del ser humano como «autómata económico». Ese autómata hallaría expresiones elaboradas en las diversas corrientes intelectuales de la época como el conductismo, el funcionalismo o el estructuralismo, todos ellos «productos ideológicamente modulados de una época derrotada y desilusionada».[25]

Para el historiador británico ese necesario proceso de revisión del marxismo ya había comenzado en su obra sobre William Morris. Si Christopher Hill había avanzado en un artículo pionero (1954)[26] que Morris era una «imaginación marxista reinterpretando el viejo sueño dorado expresado en la idea de las libertades anglosajonas» –es decir, conectándolo con la tradición republicana inglesa de los Levellers y los Diggers– Thompson, que había leído con avidez los escritos de Hill, profundizaría en esta idea. La alternativa al «autómata económico» de la Guerra Fría será el republicano «inglés libre por nacimiento» (freeborn englishmen). Y la alternativa a la economía política capitalista solo podrá ser, como veremos, la «economía moral» de la multitud y las clases plebeyas. Thompson estaba buscando los recursos intelectuales y morales para refundar un socialismo democrático y humanista, y los vino a encontrar en la cultura del republicanismo radical de finales del siglo XVIII.

«A la caza del zorro jacobino»[27]

En agosto de 1959 Thompson pasaba por una mala situación financiera y firmó un contrato con el editor Victor Gollanz para escribir un libro sobre historia de la clase obrera británica que cubriera el período 1790-1921 y que tuviera aproximadamente unas 60.000 palabras de extensión. Tres años más tarde se presentaría con un manuscrito con más de 1.000 páginas, que solo cubría el período 1790-1830 y que llevaría el título The Making of the English Working Class. Publicada con tan solo 39 años y considerada como un hito crucial en la disciplina de la historia, esta obra le consagró como un historiador reconocido a nivel internacional.[28]

En esta obra Thompson explicita en qué consiste su objetivo: se trata de «sortear la muralla china que separa el siglo XVIII del siglo XIX, y la historia de la agitación obrera de la historia cultural e intelectual del resto de la nación».[29] Para ello, mostrará cómo el primer movimiento obrero inglés no estaba formado por la manida figura del obrero con mono azul de la gran industria, sino que estaba compuesta sobre todo por trabajadores rurales, por artesanos autodidactas de Londres, Norwich o Sheffield, y por tejedores y cardadores manuales de Lancashire o Yorkshire. Este movimiento obrero-artesano era heredero directo de la práctica centenaria de los motines por parte de «muchedumbres» inarticuladas y lideradas por mujeres.[30] Y era heredero, especialmente, de las prácticas organizativas democratizadoras de las Sociedades de Correspondencia jacobinas, creadas al calor de la Revolución francesa como un «despertar» de las clases bajas contra las altas. Thompson rescata en esta obra la importancia que tuvo la alianza de una Ilustración republicana-radical con el primer movimiento obrero inglés y reconstruye cómo, a pesar del fracaso de los proyectos democrático-radicales, permaneció un profundo legado republicano: «los jacobinos y painitas desaparecieron, pero la demanda de derechos humanos empezó a difundirse con mayor amplitud que antes. La represión no destruyó el sueño de una república igualitaria inglesa».[31] De esta manera «el movimiento obrero de los años posteriores continuaría y enriquecería las tradiciones de la fraternidad y la libertad».[32] De ahí en adelante Thompson volvería una y otra vez al siglo XVIII, fascinado por la forma en la que la Ilustración y el romanticismo inglés consolidarían una cultura plebeya radical. Se trata, nos dice, de una tradición muy ecléctica, original y creativa, sin las censuras y presiones de la Iglesia (que había sido desmistificada en el siglo anterior), y sin las limitaciones y la monopolización de la vida intelectual que sobrevendrá posteriormente cuando la vida intelectual quede constreñida a la autoridad de las jerarquías académicas. Thompson pasaría a inspirarse (e identificarse) en el pacifismo internacionalista de Thomas Paine, el anti-academicismo de William Blake, la ética cooperativa de Robert Owen, la república del intelecto y de los derechos de la mujer de Mary Wollstonecraft, la prensa libre de William Cobbet o la radicalidad agraria de Thomas Spence. Sería precisamente el estudio de esa cultura radical lo que le permitiría ofrecer una interpretación del primer movimiento obrero como un «movimiento de resistencia a la anunciación del hombre económico»,[33] porque, como recordará en un célebre encuentro televisado con el historiador C.L.R. James, «la ofensa que supuso el capitalismo para la mayoría de la gente no se dio solo en clave de un imperialismo de la pobreza económica, sino también en definir las necesidades humanas en términos económicos estrechos».[34]

La manera en la que el movimiento obrero continuaría y enriquecería esa tradición pasaba por una reformulación más «reconciliada con los nuevos medios de producción», que ya no buscaba simplemente el reparto de la tierra entre propietarios individuales sino un control social cooperativo frente al «ciego» funcionamiento de la economía de mercado. Con ello no solo abría una interpretación histórica novedosa que salvaba la «muralla china» entre la tradición radical y la socialista, sino que podía señalar también lo que consideraba las desastrosas consecuencias que tendría, para el socialismo inglés, el haber abandonado a finales del siglo XIX el ideario y los valores de ese republicanismo de siglos anteriores, asumiendo el economicismo que prepararía el terreno a las dos ortodoxias de la Guerra Fría ya mencionadas:

Esos valores jacobinos, que aportaron mucho al cartismo, decayeron en el movimiento de finales del siglo XIX, cuando el nuevo socialismo transfirió el acento de los derechos políticos a los económicos. La fuerza de las distinciones de clase y posición social en la Inglaterra del siglo XX, en parte, es una consecuencia de la falta de las cualidades jacobinas en el movimiento obrero del siglo XX.[35]

Reivindicar la tradición jacobina a mediados del siglo XX no era tarea fácil, dado que se había consolidado una interpretación de la Revolución Francesa (a través de los historiadores del PCF como G. Lefebvre o A. Soboul) según la cual los demócratas-radicales no podían ser sino pequeños burgueses que de una forma u otra colaboraron con la «revolución burguesa» que consolidó el capitalismo (y que debía ser superada por la verdadera «revolución proletaria»).[36] En su  reconstrucción de las bases republicanas de la tradición socialista Thompson estaba desbrozando una interesantísima senda de investigación cuyos mejores frutos son todavía recientes o están aún por explorar.[37]

Pero The Making es también un sólido alegato sobre cómo la libertad de prensa, las libertades políticas y civiles o el sufragio universal no son herencia del «individualismo burgués»  (como ciertos marxismos se empeñaron y se empeñan en defender) sino conquistas populares irrenunciables. Esta preocupación por la centralidad de los derechos acerca de nuevo a Thompson a la tradición republicana en la medida en que la conexión ley y libertad constituye un elemento consustancial a esta tradición.[38] En ningún otro lugar se ve esto mejor que en el capítulo de conclusión de su obra Whigs and Hunters(1975) donde, tras analizar el uso clasista del derecho por parte de la clase dominante inglesa en el siglo XVIII, Thompson se lanza a un excursus sobre la importancia del “imperio de la ley” (rule of law) para cualquier socialista preocupado por la libertad. Así que las luchas por conquistar derechos se convierten, para Thompson, en un «un genuino foro dentro del cual se libraron determinados tipos de conflictos de clase», de tal manera que «la imposición de inhibidores efectivos sobre el poder y la defensa del ciudadano de los intentos intrusivos del poder» serían una conquista «que no tiene precio» (an unqualified human good).

Uno de los aspectos más interesantes y polémicos de The Making fue su concepto de «clase social».[39] Un concepto que no es posible entender sin enmarcarlo dentro de su proyecto de renovación del marxismo y su lucha contra el economicismo. Para Thompson las clases tenían una dimensión objetiva siempre acompañada de una dimensión subjetiva:

Lo que pongo en cuestión no es la centralidad del modo de producción (y las relaciones de poder y propiedad correspondientes) en cualquier comprensión materialista de la historia. Pongo en cuestión (…) la idea de que es posible describir un modo de producción en términos “económicos”, dejando de lado como secundarios (menos “reales”) las normas, la cultura, los conceptos críticos alrededor de los cuales se organiza ese modo de producción.[40]

Y, dentro del margen de acción que dejaban los límites y presiones determinantes de las situaciones de clase, la política se juega en gran medida, nos dirá el historiador, en el dónde se marca la línea que separa unas clases de otras. Para la política socialista se trata precisamente de  «dibujar la línea, no entre una incondicional pero decreciente minoría y una mayoría constante, sino entre los monopolistas y el pueblo».[41] En esta línea dirá, años más tarde: «si uno es tan sectario como para definir la clase como compuesta exclusivamente de mineros o estibadores, está dando el juego por perdido».[42] Aunque se le acusara posteriormente de «populista», Thompson nunca vio una incompatibilidad entre la idea de «pueblo» y de «clase»[43].

La estrategia política thompsoniana: las condiciones materiales de la libertad, la Unidad de la Humanidad y la crítica republicana al Estado

Para la milenaria tradición republicana –esa que Thompson descubrió en la historia del primer socialismo– los individuos solo son libres si pueden desarrollar sus planes de vida sin interferencias arbitrarias de otros individuos o entidades, es decir, si disfrutan de la condición de independencia/autonomía («no-dominación» en palabras del filósofo irlandés P. Pettit), una independencia que incluye contar con las condiciones materiales suficientes como para que la supervivencia de uno no dependa de los caprichos de la voluntad de otro. Por ello, esta tradición se volcó en el diseño de mecanismos institucionales y leyes que impidieran la dominación de los individuos por parte de otros agentes privados (lo que se conoce como dominium), al mismo tiempo que instituía mecanismos para controlar que esas mismas instituciones y leyes no se convirtieran a su vez en una nueva fuente de dominación (imperium). Por motivos relacionados con el profundo escepticismo con el que consideraba que debía mirarse al Estado, esto es, por su preocupación por el imperium, Thompson denominaba «libertarian» a la tradición republicana inglesa de luchas populares que buscaba evitar el dominium y el imperium, señalando como representantes destacados de esta tradición a los Levellers, los Diggers, los jacobinos ingleses, los republicanos irlandeses y los cartistas. Por eso además de «socialista humanista», Thompson solía autodefinirse también como «libertarian comunist».[44] Teniendo en mente a qué movimientos se refería, propongo que traduzcamos la expresión como «comunista republicano». Pues bien, ¿en qué consistiría la estrategia política de este comunista republicano sin partido? A lo largo de su truculenta y frenética vida, Thompson pasó por diferentes movimientos políticos dentro de los cuales sus principios normativos aflorarían como ejemplos de cómo un socialista del siglo XX todavía podía ser republicano.

El primero de ellos (una vez abandonó el PCGB) fue la New Left. Los años de gestación de The Making fueron para Thompson años de intenso activismo. Estaba consternado por lo que consideraba una ruptura generacional peligrosa entre una vieja clase obrera que se había integrado sin muchos problemas en el consenso de posguerra (para una generación que había conocido la pobreza extrema de los años 30 no era asunto menor que entre 1950 y 1966 el desempleo permaneciese por debajo del 2%) y una nueva generación de jóvenes rebeldes y creativos, no constreñidos a formas organizativas estancadas.[45]Buscando agitar de nuevo las aguas, Saville y Thompson lanzaron desde Yorkshire una nueva revista (The New Reasoner) mientras que en Londres un grupo de socialistas jóvenes liderados por Stuart Hall habían manejado, por derroteros parecidos, la revista Universities and Left Review. En 1959 ambos grupos se fusionarán y coordinarán un movimiento conocido como la New Left[46] (la revista pasó a llamarse New Left Review-NLR) que llegó a extenderse por todo el país: en su momento álgido (1959-1961) contaba con 40 clubs y más de 9.000 suscriptores. La New Left contaba entre sus filas con personalidades de renombre (Raymond Williams, Ralph Miliband, Alasdair MacIntyre, Raphael Samuel, Gareth Stedman Jones, el sindicalista Lawrence Daily, la historiadora feminista Sheyla Robowthbam, el dramaturgo y cineasta Lindsay Anderson o la escritora Doris Lessing). Organizó a gran parte de la izquierda que no militaba en el Labour, lideró el movimiento pacifista antinuclear, e influyó considerablemente en los debates internos del Partido Laborista. A finales de 1961, en plena euforia, Thompson barajó incluso la posibilidad de crear una plataforma electoral a partir de la New Left para las elecciones generales,[47] pero debido a la dificultad para romper la dinámica de bloques de la Guerra Fría y debido también a disputas internas (algunas relacionadas con el carácter cascarrabias y a ratos intratable del propio Thompson), a mediados de 1962 el movimiento había desaparecido. La dirección de la NLR pasó a un joven Perry Anderson de 22 años que daría un golpe de timón a la línea editorial (entre otras cosas, sacando a Thompson de la dirección). Desde entonces la NLR pasaría a poner más énfasis en los grandes debates teóricos y no en las intervenciones políticas estratégicas, consolidándose al mismo tiempo como una de las revistas de izquierdas más reconocidas y leídas. Se había consumado una ruptura entre una «primera» y una «segunda» New Left.[48]

La concreción más acabada de la primera New Left, en términos de análisis y propuestas, se encuentra en un extenso panfleto titulado May Day Manifesto y publicado en 1967, bajo la edición de Raymond Williams, Stuart Hall y el propio Thompson (una segunda edición de Williams saldría publicada en 1968). Su objetivo era ofrecer una nueva corriente de pensamiento que consiguiera aunar de forma sistemática las demandas de las distintas «campañas individuales» (lo que hoy en día llamaríamos «movimientos sociales») revigorizando así la propuesta de una sociedad alternativa, socialista y democrática. Mientras el panfleto reconocía los logros del momento de posguerra, fue especialmente lúcido en identificar sus limitaciones y diagnosticar la capitulación casi total del Labour al capital monopolista. La intangibilidad de la propiedad privada sobre los recursos productivos –una de las vacas sagradas del Pacto– se puso en relación directa tanto con las bolsas de pobreza y desigualdad todavía existentes (rompiendo el mito de que la sociedad de consumo y clases medias habían resuelto los problemas redistributivos) como con la ostentación de los principales lugares de mando y poder político por parte de una pequeña élite dominante. El Manifesto diagnosticó la ruptura del orden económico internacional que había permitido un crecimiento sostenido y una rentabilidad alta para las fuerzas del capital hasta 1966-67, previendo con espantosa lucidez los conflictos sindicales que vertebrarían la política británica de la década siguiente. La New Left fue por tanto pionera en poner en cuestión los límites del Pacto social de Posguerra, por lo que sería justo verla como precursora e inspiradora de las revueltas que se iniciaron en 1968 e, incluso, de las corrientes renovadoras del Partido Laborista de los años 70 (Tonny Benn) o las actuales (Jeremy Corbyn). Una idea fuerza estructuraba todo el panfleto: se trataba, frente al empleocentrismo y la condicionalidad de las ayudas del Welfare State, de asegurar el control democrático sobre los recursos materiales de forma universal (se criticó duramente la evaluación de recursos), es decir, se trataba de garantizar las condiciones materiales de la libertad[49]. Pero el movimiento de la New Left fracasó, y una vez ocurrió esto, Dorothy y Thompson ingresarían en la sección de Halifax del Partido Laborista para practicar una militancia «sin entusiasmo».

Tan solo dos años después de la publicación de The Making, su reputación le valdrá una oferta de trabajo que no podrá rechazar: dirigir el recién creado Centro de Estudios de Historia Social de la Universidad de Warwick. Desde Warwick Thompson coordinó un nutrido grupo de investigación[50] y organizó diversos seminarios con la participación de figuras políticas como su colega Lawrence Daily (secretario general del sindicato minero NUM cuyas huelgas de los 70 tumbarían el gobierno conservador de Edward Heath) o la joven diputada irlandesa Bernadette Devlin (fundadora del Irish Republican Socialist Party). En 1969 Thompson apoyó a los estudiantes de Warwick que ocuparon facultades en protesta ante la infame revelación de que la universidad colaboraba en el espionaje de profesores «críticos» y que tenía un archivo con expedientes de los estudiantes «radicales» (el asunto llegó a ser escándalo nacional). Aunque Thompson nunca se sintió especialmente afín con algunos movimientos surgidos a partir de mayo del 68[51], en mi opinión esta ruptura se ha exagerado demasiado (confundiéndose con su debate con los althusserianos), y se pueden encontrar sin mucha dificultad intervenciones en las que Thompson suaviza el tono de esa distancia y busca puntos de conexión.[52] Pero su paso por la universidad tenía los días contados. En 1970 publica un panfleto denunciando la mercantilización de la universidad («Warwick University Ltd: Industry, Management and the Universities») que resulta escalofriantemente actual, y que provocaría un enfrentamiento con sus superiores. Poco tiempo después, Thompson renunciaría al único cargo estable que tuvo en la universidad, y desde entonces viviría de ahorros, conferencias, publicaciones y del salario estable de Dorothy (que ya había estabilizado su carrera académica en la Universidad de Birmingham).

Tras el fracaso de la New Left y la amargura del debate con la segunda generación de la NLR, Thompson entró en una fase de «aislamiento» político (según lo calificaría él mismo). No sería hasta comienzos de los años 80 cuando volvería a recuperar las incansables energías organizadoras por las que era conocido, esta vez de la mano del movimiento pacifista. Thompson se había implicado en este movimiento al estallar la guerra de Corea en 1950, dirigiendo el Comité por la Paz de Halifax, y, tras la prueba de la bomba de hidrógeno por parte del gobierno británico en 1957, con la Campaign for Nuclear Disarmament(CND). En 1979 la OTAN anunció la instalación de nuevas lanzaderas de misiles en el Reino Unido, y en respuesta a ello se desencadenó un movimiento internacional en el que Thompson, dejando aparcadas sus investigaciones, jugaría un papel fundamental como líder y como intelectual.

No está de más recordar que en los años ochenta la posibilidad de una guerra nuclear, a la vista de la interminable y arriesgada competición armamentística, llegó a convertirse en algo no solo perfectamente verosímil sino hasta probable.[53] Los señores de la guerra y su interminable ejército de bandidos intelectuales defendían la carrera armamentística como una buena estrategia de disuasión cuando era de hecho una preparación para el evento bélico que se esperaba que ocurriese en algún momento.  Las élites occidentales estaban alimentando un clima de tensión mediante la manipulación de informes e intervenciones mediáticas, de tal manera que conseguían legitimar no solo la pérdida de soberanía nacional (delegada en EEUU) sino también el recorte de libertades civiles y la represión de la disidencia en el interior de sus propios países (este doble movimiento era, para Thompson, «la estructura más profunda de la Guerra Fría»). La única solución posible que contempló el historiador británico era la creación de movimientos nacionales masivos –que reviviesen lo mejor del internacionalismo socialista–  que estuviesen organizados por fuera de las grandes organizaciones centralizadas (gobiernos y partidos) y que forzasen una salida unilateral del conflicto desafiando al rival en el terreno de la opinión pública (y no ya en el de las amenazas militares), y rompieran así las absurdas divisiones de la Guerra Fría («tenemos que actuar como si fuéramos ya ciudadanos de Europa»). Su postura de no-alienación antinuclear le valió la acusación de la prensa soviética de trabajar al servicio de la CIA, y las críticas de un general de la OTAN (B. Rogers) que consideraba «contraproducente» que los americanos le hicieran el juego a «un tal Thompson».[54] En el movimiento pacifista Thompson encontró una actualización del ideal frentepopulista de su juventud, que no era sino una afirmación actualizada de la idea de la «Unidad de la Humanidad» central al socialismo[55] y que el propio Thompson, en The Making, había reconocido como una valiosa herencia republicana del internacionalismo jacobino.

El otro frente que Thompson tenía abierto desde mediados de los años 70 tenía que ver con las profundas transformaciones jurídicas que estaba sufriendo el Estado de Reino Unido (entre ellas el ataque a la figura de los jurados populares). Si bien su preocupación por los derechos civiles y políticos fueron siempre una constante en su obra, el problema se había acentuado tras un viaje que realizó a finales de 1976 a la India de Indira Gandhi (primera ministra e hija de Nehru) donde Thompson se encontró con un Estado represivo que perseguía la disidencia intelectual y que, por alguna extraña razón, encontraba apoyos entre la izquierda radical europea. Desde entonces, y hasta su muerte, Thompson insistirá repetidas veces en una idea que es central para la tradición republicana: que la autoridad pública no justifica su posición por sí misma sino que la debe a otro agente que la elige como servidora pública y por tanto queda sujeta a los intereses de este. En una intervención en televisión Thompson afirmará con rotundidad: «no es que nosotros existamos porque el Estado nos de permiso, es que el Estado existe para servirnos».[56]

Frente a lo que consideraba las ilusiones estatistas del Labour, el historiador británico afirmó:

El movimiento obrero tiene que redescubrir lo que ya se sabía en el siglo XIX – que el estado tiene que ser obligado a entrar bajo control humano y ser democratizado (…) Quizás en los próximos treinta años algunas de nuestras mayores luchas serán en relación a la práctica y control democrático de la que es ya una poderosa maquinaria estatal.[57]

Esa «lección olvidada» se volvería fundamental para Thompson en un momento en el que el neoliberalismo de M. Thatcher estaba realizando profundas reformas del aparato estatal, aunque ello implicase la desobediencia civil:

Tenemos que traer de vuelta esta tradición democrática que se nos ha confiscado, traerla al corazón de nuestro movimiento. Porque si no lo hacemos, estamos en peligro de caer en esa teoría del estado represivo, de acuerdo con la cual tenemos que oponernos a toda ley, a toda policía, a todoaparato de estado (…) yo no me opongo a toda ley en general. Leyes habrá siempre. Lo que tenemos que combatir son las malas leyes, y la imposición y administración clasista de la ley. Pero también romper la ley allá donde (…) estemos obligados a hacerlo.[58]

Y aunque las buenas leyes son algo necesario, para el historiador británico no son una condición suficiente de la libertad. A este respecto, es interesante el panfleto que escribió con tan solo 23 años, titulado «Fascist Threat to Britain»,  que terminaba diciendo: «no nos contentemos con las leyes. La única salvaguarda para nuestras libertades, si queremos prevenir mayores guerras y brutalidades, es la vigilancia constante e insomne de todo el pueblo».

Este programa thompsoniano de factura republicana incidió especialmente en la necesidad de que la gente se autoorganizase de forma democrática:

Nadie –ni la vanguardia marxista, ni el administrador esclarecido, ni el humanista tiranizador– puede imponer desde arriba una humanidad socializada. Un estado socialista puede hacer poco más que proveer “circunstancias” que alienten al hombre social y desalienten al hombre adquisitivo, que ayuden a la gente a construir su propia comunidad igualitaria a su propia manera (…) El socialismo puede llevar agua al valle, pero debe dar “el valle a los aguadores, pues este dará fruta”.[59]

Consecuentemente, la expresión institucional tendría que darse en una descentralización del poder administrativo que se conjugase con formas plurales de propiedad (como había defendido la New Left, recogiendo una tradición británica que va desde las primeras trade unions hasta el Guild Socialism de G. D. H. Cole):

Uno desearía ver que lo que solía llamarse control por parte de los trabajadores o una mayor autonomía, menores unidades de control; la industria pública bajo una forma cooperativa, o corporaciones municipalmente controladas, y así sucesivamente. Y que todo esto apuntalaría, quizás, un crecimiento en la consciencia local y regional. Pero que para acuerdos económicos, culturales y legales a mayor escala tendrías que establecer acuerdos que hicieran de puente[60]

Preguntado en una entrevista al final de su vida sobre qué tipo de organización podría llevar a cabo estos proyectos, Thompson no renunciaba a la forma del partido político:

La sopa sigue borboteando. Creo que puede existir un nuevo tipo de formación, que será una suerte de socialismo más fresco, y pienso que debe poner mucho más énfasis en los procesos democráticos dentro del propio movimiento que lo que hemos visto en el Partido Laborista o en el Partido Comunista.[61]

A finales de los 80, sin embargo, Thompson comenzó a tener problemas de salud, y sus últimos años serán una carrera contrarreloj para publicar investigaciones a las que le hubiera gustado dedicar más tiempo y cuidado. Costumbres en común es, justamente, una de ellas.

Algo más que ley y Estado: la idea de cultura popular en Costumbres en común

Costumbres en común puede considerarse la obra más acabada de Thompson. Aúna varios artículos en los que venía trabajando prácticamente desde los años 50 cuando recolectaba materiales de archivo para The Making (un trabajo que continuó con la ayuda de Edward Ernest Dodd, su asistente personal entre 1964 y 1979, sin el cual parte de su ciclópea tarea archivística habría sido imposible). En esta obra, a diferencia de otras, Thompson estudiará no tanto los procesos y la lógica del cambio sino los estados de conciencia pasados y los entramados culturales, o, en sus propias palabras, está más centrado en el «ser» que en el «llegar a ser».[62] En los años en que consiguió ir cerrando estas investigaciones, su fama como historiador fue acompañada de un grado alto de exposición a la crítica por parte de lo que consideraba un gremio «bastante conservador», por lo que el lector podrá percibir cómo el entusiasmado y vibrante tono de The Making deja paso a una prosa todavía firme, pero más cauta y acorazada en un extenso aparato de referencias bibliográficas.[63]

Pues bien, ¿cuáles son las principales problemáticas que enhebran esta obra? La primera de todas, una discusión con la historiografía inglesa del siglo XVIII que seguía considerando de forma clasista y paternalista los modos de vida de las clases populares.  Para ello Thompson triturará una comprensión de las sociedades precapitalistas como sociedades absolutamente verticales y estables (no hubo un solo bosque o zona de caza donde no hubiera «algún episodio dramático de conflicto en torno al derecho comunal en el siglo XVIII», p. 124) y arrumbará, al mismo tiempo, la idea de que no existió capitalismo hasta la revolución industrial. El capitalismo es agrario y comercial en sus orígenes, nos recuerda Thompson, trayendo a colación a Maurice Dobb y a Robert Brenner, y su concepto estrella de «economía moral» designa precisamente el conjunto de valores y reglas que, vestidas con la retórica de la costumbre, las clases subalternas hicieron valer para resistir los ataques desposeedores y privatizadores de la economía política capitalista contra los bienes comunes y el derecho comunal. Un conflicto que, para Thompson, estaba lejos de haber acabado.[64] Una buena muestra de ello es que desde la publicación de Costumbres en común la literatura sobre los bienes comunes ha alimentado incansablemente el pensamiento anticapitalista.[65]

Por otro lado, Thompson llenará de contenido su concepto de «cultura plebeya» al devolverlo a lo que denominó su «morada material», esto es, la reciprocidad de unas relaciones de clase históricamente determinadas, donde ni la multitud se identificaba sin ambages con la cultura oficial ni tampoco tenía la fuerza suficiente como para poder desafiar los límites que la subordinaba a la clase patricia. La clase dominante del siglo XVIII inglés mantenía así su poder a través de una hegemonía cultural donde los rituales teatrales del poder naturalizaban esa dominación, pero donde esta nunca era aceptada en sus propios términos sino reinterpretada y disputada por los oprimidos, generando un complejo «campo de fuerzas».[66] Thompson encontrará de nuevo, como hizo en The Making, los hilos de continuidad entre la cultura popular y el movimiento obrero del siglo XIX. Porque una parte de esa cultura popular –en la que el pueblo controlaba taberna, ferias, aprendizaje de los oficios, saberes ancestrales, sanciones e intercambios, formas de rebelión– será aprovechada tiempo después por un movimiento obrero diferenciado, ahora sí, por su consciencia de ser una clase con intereses opuestos e irreconciliables a los de sus empleadores (y la clase política que los defiende).

El otro gran frente de batalla estaba en poner en cuestión las denominadas teorías del desarrollo, según las cuales la Revolución Industrial y la eliminación de los derechos comunales supusieron una mejora en la calidad de vida de los ingleses respecto a períodos anteriores. Lejos de ser así, para el historiador británico las clases populares experimentaron esa «gran transformación»  (como la llamaría Polanyi[67]) como una pérdida de sus libertades tradicionales, y le opusieron innumerables formas de resistencias. En este gran conflicto, nos dice el historiador británico, ocupa un lugar central el proceso de «cosificación» del derecho («no se concebían ya derechos comunes a cosas, sino derechos de personas sobre cosas, articulados como prácticas efectivas de consumo, comercio e intercambio») que impondría por la fuerza una noción capitalista de propiedad, y a la que la multitud opondría sus propias nociones de derecho[68]. Y advierte Thompson que, de la misma manera en que este concepto absoluto de propiedad exclusiva de la tierra fue exportado a las colonias para justificar el saqueo y la explotación de las poblaciones indígenas, también las teorías del desarrollo del siglo XX estaban siendo empleadas para esquilmar y rapiñar los países del llamado «Tercer Mundo». En estas lides, el historiador británico lanzará una estocada mortal a la conocida tesis de Garret Hardin y su «tragedia de los comunes»[69], según la cual si los recursos materiales no se gobiernan a través de la privatización (con una propiedad privada exclusiva y excluyente), entonces están condenados al abuso y la sobreexplotación de los gorrones (free riders). Thompson se sitúa así junto a autoras como Elinor Ostrom o Janet M. Neeson[70], que nos han enseñado que las tierras comunales no eran lugares caóticos y sin normas, sino exactamente lo contrario: sistemas complejos de normas de raigambre centenaria donde se garantizaba el derecho a la existencia de un grupo delimitado de habitantes y se hacía de forma sostenible en el tiempo[71].

En este sentido, el gran protagonista de Costumbres en común es el artículo titulado «La economía “moral” de la multitud en la Inglaterra del siglo XVIII». Aunque en este artículo Thompson delimite el «sentido estrecho» del concepto de «economía moral» a los motines de subsistencia en mercados de productos básicos, reconocerá también que no se veía legitimado con «ningún derecho a patentar la expresión» y señalará que varios historiadores habían empleado el término para designar cómo determinadas comunidades campesinas o protoindustriales regulaban relaciones «económicas» con normas no monetarias[72]. Lo cierto es que el propio Thompson había empleado el concepto para explicar las sanciones económicas y las expectativas compartidas que servían de normas para los bienes raíces e incluso para el saber profesional de unos artesanos conscientes de que si eran descalificados entrarían a los recién creados mercados laborales con menor fuerza negociadora[73]. El concepto de «economía moral» ha mostrado su fertilidad al permitir que diferentes historiadores aborden todo aquello para lo que la economía ortodoxa había permanecido ciega, de alguna manera devolviendo al análisis económico la sustancia que tenían las primeras investigaciones de economía política anteriores al giro marginalista de finales del siglo XIX[74]. En resumen, lo que Thompson examina en esta obra es, según sus propias palabras, la «dialéctica de la interacción entre “economía” y “valores”», retomando así la crítica al economicismo de obras anteriores:

Las relaciones económicas son, a la vez, relaciones morales; las relaciones de producción son al mismo tiempo relaciones, de opresión o de cooperación, entre personas; y existe una lógica moral, al igual que una lógica económica, que se deriva de estas relaciones. La historia de la lucha de clases es al mismo tiempo la historia de la moralidad humana.[75]

Al adoptar el enfoque de la «historia desde abajo» –rescatando las voces y testimonios de los oprimidos y tradicionalmente olvidados– Thompson pudo descubrir que, una vez finiquitados los marcos jurídicos paternalistas de la Inglaterra precapitalista, fue a través de las costumbres como pudieron sobrevivir las ideas morales sobre cómo regular la actividad económica. Es decir, que en último término, fue la «economía moral» de los pobres la que derribó la gran «muralla china» que había impedido comprender el movimiento socialista como heredero de la tradición republicano-democrática. Es por esto que Costumbres en Común puede considerarse una profundización que complementa los hallazgos de The Making.

Y fue precisamente a través de este enfoque que le permitía ver la «ley» como un campo de batalla –junto con una idea de la «cultura» y las «costumbres» en la que los viejos valores pueden pervivir bajo formas nuevas– como Thompson proporcionó algunas claves para responder a un problema que le acompañó durante toda su vida: ¿cómo explicar la realidad de tal manera que, sin remitir a un pasado idealizado ni a un futuro desconocido, y sin perder la necesaria objetividad que implica la propia disciplina, se muestren al mismo tiempo los recursos disponibles en nuestro presente para transformar esa misma realidad? Porque la Revolución industrial supuso una revolución en las «expectativas» de la gente y creó nuevas «necesidades», la alternativa al capitalismo tendría que «reaprender algunas de las artes de vivir perdidas».  Quizá entonces esa cultura popular que se resistió al capitalismo –que priorizaba el tiempo libre sobre la búsqueda del máximo beneficio– todavía tenga algo que enseñarnos, y un recordatorio «de sus otras necesidades, expectativas y códigos puede renovar nuestro sentido de la serie de posibilidades de nuestra naturaleza» (p. 28).

Thompson solía decir que la enorme concentración de propiedad que conocía el capitalismo avanzado hacía casi innecesaria la censura de las voces disidentes, porque el juego de intereses se bastaba para hacer que las verdaderas preguntas(preguntas como «¿Qué vida queremos vivir?» o «¿Hacia dónde nos dirigimos como sociedad?»)  nunca apareciesen y nunca fueran contestadas[76]. Pues bien, a más de 25 años desde su muerte, frente a la Bestia de un capitalismo contrarreformado que ha dado por finiquitado el Pacto social de posguerra, que alimenta y promueve la ola reaccionaria que sacude el mundo, y cuya insaciable voracidad mercantiliza cada vez más espacios de la vida humana y amenaza con dilapidar de forma irreversible los recursos del planeta, Thompson nos invita todavía a repensar la apuesta anticapitalista desde una cultura popular innovadora. Una cultura política que rescate lo mejor de la tradición democrática y socialista (en el amplio sentido que tenía esta palabra en el siglo XIX), que diseñe los mecanismos institucionales para garantizar universal e incondicionalmente el derecho a la existencia, que permita atender de forma justa las necesidades de cuidados de las personas, que recupere la dimensión ecológica de los bienes comunes, que subordine los derechos de propiedad a las reglas definidas democráticamente en vistas al bien común y que fomente los impulsos sociales desalentando los impulsos «adquisitivos» y la «gran apatía». Porque «si no podemos creer en la existencia de una cultura popular creativa e innovadora entonces no podemos creer en la democracia en absoluto»[77]. Thompson nos invita, en suma, a tener la valentía para reabrir las verdaderas preguntas, porque, parafraseando sus propias palabras: «esta no es una pregunta que nosotros le podamos hacer a la historia. Se trata, esta vez, de una pregunta que la historia nos hace a nosotros»[78].

Barcelona, febrero de 2019



[1] Jordi Mundó, David Casassas y Pablo Castaño tuvieron la amabilidad de revisar y corregir un borrador previo del presente texto. Toda la responsabilidad sobre su contenido final corre de mi cuenta.

[2] Nos limitaremos a señalar aquí algunas que puedan servir de guía al lector. Para una selección de textos muy representativa de su pensamiento, véase la compilación realizada por su mujer Dorothy E. P. Thompson. Obra esencial, Barcelona, Crítica, 2002. El listado más completo de sus escritos se encuentra en A.Llacuna «E.P. Thompson. Un comentario bibliográfico» en J. Sanz, J. Babiano y F. Erice (eds.) E. P. Thompson. Marxismo e Historia social, Madrid, Siglo XXI, 2016. Una aguda reconstrucción de la trayectoria intelectual de Thompson puede verse S. Hamilton, The Crisis of Theory. E. P. Thompson, the New Left and the Postwar British Politics, Manchester, Manchester University Press, 2011. Un estudio sólidamente documentado que reconstruye las complejas relaciones entre el activismo político de Thompson y sus desarrollos teóricos puede verse en C. Efstathiou, E.P. Thompson: Α Twentieth-Century Romantic, Londres, Merlin Press, 2015. Un buen análisis de la formación intelectual de Thompson desde una metodología bourdieana es el de A. Estrella, Clío ante el espejo. Un socioanálisis de E.P. Thompson, Cádiz, Universidad de Cádiz, 2012. La clásica obra casi-biográfica de B. Palmer sigue siendo referencia obligada: E. P. Thompson. Objeciones y oposiciones, Valencia, Universidad de Valencia, 2004. Lamentablemente, el archivo con su correspondencia y otros documentos se encuentra cerrado hasta 2043 por decisión familiar, aunque parte de su correspondencia se encuentra diseminada por distintos archivos de universidades inglesas. La recepción de la obra de Thompson en España fue tardía pero tuvo un impacto considerable. Su principal obra, The Making of the English Working Class, publicada en 1963, no llegaría traducida a España hasta 1977 (editorial Laia). En ese proceso de recepción es obligado mencionar la imprescindible y valiosa tarea de Josep Fontana que consiguió que gran parte de la obra de Thompson fuera publicada en la editorial Crítica (Barcelona) bajo la dirección de Gonzalo Pontón. Véase: Miseria de la teoría, 1981; Tradición, revuelta y consciencia de clase. Estudios sobre la sociedad preindustrial, 1984; La formación de la clase obrera en Inglaterra, 1989; Costumbres en común, 1995; Agenda para una historia radical, 2000; y la compilación de textos citada anteriormente. Recientemente la figura de Thompson ha atraído más atención en el público hispanohablante y algunas de sus obras han sido reeditadas o traducidas por primera vez al castellano (véase, además de esta misma reedición, Los orígenes de la ley negra. Un episodio de la historia criminal inglesa, Madrid, Siglo XXI, 2010; La formación histórica de la clase obrera en Inglaterra, Madrid, Capitán Swing, 2012, prólogo de Antoni Domènech; o E. P. Thompson. Democracia y socialismo [compilación y edición crítica de Alejandro Estrella], México, UAM, Unidad Cuajimalpa, 2016). Para profundizar en el legado de Thompson en la historiografía española el lector puede consultar la compilación E. P. Thompson. Marxismo e historia social, op.cit.

[3] Con la ayuda de su madre, Thompson recopiló cartas, escritos y poemas de su hermano, que saldrían publicados con el título There is a Spirit in Europe: a memoir of Frank Thompson, Londres, Golancz, 1947. A finales de los años 70 se embarcaría en una investigación sobre las circunstancias sospechosas de la muerte de su hermano, publicándose las conferencias de forma póstuma en una de sus más interesantes (y poco conocidas) obras: Beyond the Frontier: the Politics of a Failed Mission, Bulgaria 1944, Standford, Standford University Press, 1997.

[4] Uno puede imaginarse las dificultades que enfrentaban los científicos sociales en una era tan polarizada. Mientras Stalin incluía en sus primeras purgas a las instituciones académicas vinculadas a la disciplina de la historia (ver en Pierre Broué, Comunistas contra Stalin. Masacre de una generación, Málaga, SEPHA, 2008), Estados Unidos financiaba millonariamente a fundaciones que trabajaban para favorecer «un viraje a la derecha en la enseñanza de las ciencias sociales» que pudiese contrarrestar el avance de la historia social que liderarían Thompson y otros historiadores (ver en J. Fontana, La historia después del fin de la historia, Barcelona, Crítica, 1992.

[5] Véase el documental “Rear Window: A Life of Dissent. The Life and Work of E. P. Thompson” en Tariq Ali TV (disponible online http://tariqalitv.com/portfolio/s2e24-e-p-thompson/).

[6] Para la historia del Grupo de Historiadores puede verse: H. J. Kaye, The British Marxist Historians, Houndmills, Palgrave Macmillan, 1995.

[7] Ver en K. Tribe, Genealogies of Capitalism, Londres, Macmillan, 1981; un resumen del famoso debate se puede ver en E. M. Wood The Origins of Capitalism. A Longer View, Londres, Verso, 2002.

[8] Thompson fue especialmente sensible a las lecturas de Trotsky e Isaac Deutscher en estos años, de las cuales bebió para sus críticas posteriores al estalinismo (hasta 1958 no se publicarían en inglés los escritos del joven Marx que tanto influirían en esos procesos de renovación «humanista» de las izquierdas). Su respeto por los grandes intelectuales trotskystas no debería ocultar su desprecio por el dogmatismo que profesaban los varios grupos trotskystas británicos (véanse las opiniones de Thompson, por ejemplo, en «El humanismo socialista. Una epístola a los filisteos» de 1957 o en Miseria de la teoría de 1978).

[9] Past & Present es una de las revistas académicas más importantes en el campo historiográfico que sigue hoy en funcionamiento. Desde sus orígenes se autofinanció y trató de evitar el sectarismo autocomplaciente, para lo cual instituyó como norma que el comité editorial debía incluir a varias personas no marxistas con capacidad de veto sobre los artículos, y que la aceptación de los artículos debía ser por unanimidad del comité. Como dijeron sus creadores, «estábamos intentando continuar, o revivir, en el período de posguerra las políticas de unidad en sentido amplio que habíamos aprendido en los días del antifascismo antes de la guerra» (C. Hill, R. H. Hilton, E. J. Hobsbawm, «Past and Present. Origins and Early Years», Past and Present, No. 100. (agosto de 1983), pp. 3–14.

[10] Thompson fue espiado desde su paso por el ejército en 1943 hasta más o menos 1963. Todos los historiadores murieron antes de conocer la existencia de estos archivos, excepto Hobsbawm, que solicitó acceso a ellos y se le negó, dos años antes de morir. Ver R. Norton-Taylor «MI5 spied on leading British historians for decades, secret files reveal», The Guardian (24 de octubre de 2014). Disponible en: https://www.theguardian.com/world/2014/oct/24/mi5-spied-historians-eric-hobsbawm-christopher-hill-secret-files  (último acceso: 4 de febrero de 2019).

[11] William Morris. De romántico a revolucionario, Valencia, Ediciones Alfonso el Magnánimo, 1988 [1955]

[12] W. Abendroth, Historia social del movimiento obrero europeo, Barcelona, Cultura Popular, 1968; G. Eley, Historia de la izquierda en Europa, 1850-2000, Barcelona, Crítica, 2003.

[13] Para la historia de estas «generaciones» de constituciones véase G. Pisarello, Un largo Termidor. Historia y crítica del constitucionalismo antidemocrático, Madrid, Trotta, 2011.

[14] Una historia social de la clase obrera británica y sus conquistas legislativas se encuentra en el monumental ensayo de Selina Todd, El pueblo. Auge y declive de la clase obrera (1910-2010), Madrid, Akal, 2018 [2015].

[15] «El punto de producción» [1960], en Democracia y socialismo, op.cit. pp. 360-361

[16] Véase la entrevista que le realizó Josep Fontana con motivo de su visita a España en los años 80: «Sobre història, socialisme, lluita de clases i pau (Conversa amb E. P. Thompson)», L’Avenç, 74, septiembre de 1984. Puede verse una valoración muy similar del momentum democrático de 1943-1947 en G. Lukács, El asalto a la razón, Barcelona, Grijalbo, 1976, epílogo, p. 618.

[17] Una de las mejores explicaciones del suceso se encuentra en J. Saville, «The Twentieth Congress and the British Communist Party», The Socialist Register, 1976, pp. 1-23; complementado en J. Saville, «Edward Thompson, the Communist Party and 1956», The Socialist Register, 1994, pp. 20-31.

[18] «Estoy en contra de la teoría y la práctica del centralismo democrático tal y como lo practican los partidos comunistas. Creo que tras todas esas bonitas frases al final todo se reduce al control de una élite con todo el tiempo del mundo» (Carta de Thompson a Howard Hill, del 10 de diciembre de 1962,  Archivo Nacional, KV-2-4294 (164.2). Ver también la entrevista de A. Whitehead de 1991, disponible en https://www.andrewwhitehead.net/political-voices-ep-thompson.html. Aunque si Thompson no escatimaba acidez en sus críticas, reservaba su artillería para el Partido Laborista, del que dijo que era «absurdo, ofensivamente antidemocrático» y que practicaba una cosa peor que el centralismo democrático, el «centralismo imbécil» (imbecilic centralism).

[19] Ver especialmente en el Archivo Nacional del Reino Unido, KV-2-4294, 44A y 45A (20 de mayo y 10 de junio de 1952). A pesar de ello, en su primera edición del William Morris de 1955, Thompson escribiría que la Unión Soviética de Stalin era la realización de los principios de Morris (un pasaje eliminado en la reedición de 1976). Esta contradicción no se resolvería hasta la ruptura de 1956. Lo cual no deja de tener un punto de arbitrario, no solo porque existen críticas marxistas al estalinismo casi desde su creación (ver una recopilación en A. Domènech, «El experimento bolchevique, la democracia y los críticos marxistas de su tiempo», Sin Permiso, 15, 2017 y en el prólogo de F. Fernández Buey en A. Pannekoek, K. Korsch y P. Mattick, Crítica del bolchevismo, Barcelona, Anagrama, 1976) sino porque incluso la Yugoslavia de Tito en la que Thompson había trabajado como voluntario había sido condenada por Stalin en 1948. Thompson reconocerá en varias entrevistas y artículos que él y sus colegas gestionaban de forma incómoda su consciencia de lo que era realmente el estalinismo.

[20] Citado en M. Davis, «“Los principios comunistas” y los historiadores en el 1956 británico», Nuestra Historia, 2 (2016), pp.123-130.

[21] «Acción y elección. Una respuesta a la crítica» [1958], en Democracia y socialismo, op.cit., p.255.

[22] La comparación con Lukács no es fortuita, pues ambos pensadores insistieron en lo que Thompson llamó «la idea central del socialismo»: que el ser humano es capaz de transformarse a sí mismo en un sentido moral, más allá de la ciega necesidad económica, y por tanto que la idea socialista no puede reducirse a la socialización de los recursos productivos sino que debe consistir también en una transformación radical del modo de vivir. Lukács decía que facilitar ese «nuevo tipo humano» era algo muy necesario, porque «ninguno se convierte al socialismo en virtud de la perspectiva de poseer un automóvil, sobre todo si ya tiene uno dentro del sistema capitalista» (citado en M. Sacristán, «Sobre el “marxismo ortodoxo” de György Lukács» [1971] en Nous Horitzons, 218, 2018). El propio Thompson manifestó su admiración por el filósofo húngaro: «Mientras la tradición comunista albergue a hombres como éste, yo quiero seguir asociado a ella» («El socialismo y los intelectuales» [1957] en E. P. Thompson, Democracia y socialismo, Ciudad de México, siglo XXI, 2016). Thompson también recibiría la influencia de otro gran marxista occidental, A. Gramsci, aunque su descubrimiento fue –según sus propias palabras– tardío, mediado e incompleto.

[23] Una degeneración que tomaba pie en ciertos «silencios» que Marx había adoptado en relación a cuestiones culturales y axiológicas. Véase especialmente los artículos en Democracia y socialismo, op.cit. y la entrevista con Fontana, op.cit.

[24] Un análisis de crítica política y literaria de estas tendencias lo ofrece Thompson en «Outside the Whale», Out of Apathy, Londres, Stevenson and sons, 1960 [hay trad. cast. G. Orwell y E. P. Thompson, Dentro y fuera de la ballena, Madrid, Editorial Revolución, 1984].

[25] «Agenda para una historia radical» en Agenda para una historia radical, op.cit.

[26] C. Hill, «The Norman Yoke» en J. Saville (ed.) Democracy and the Labour Movement, Londres, Lawrence and Wishart, 1954.

[27] Este es precisamente el título del ensayo (publicado póstumamente) sobre la figura del jacobino inglés J. Thelwall, en E. P. Thompson, The Romantics. England in a Revolutionary Age, Nueva York, The New Press, 1997.

[28] Ver el obituario de E. Hobsbawm en la edición española La formación de la clase obrera en Inglaterra, op.cit.

[29] Op.cit. p.127.

[30] Quizá el lector pueda preguntarse qué papel jugaba la mujer en la historiografía thompsoniana. Lo cierto es que Thompson nunca fue ajeno a la explotacion femenina, y en sus primeros escritos ya se puede detectar esta preocupación. Pero esto no le libró de que su gran obra, The Making, fuera objeto de varias críticas provenientes del feminismo que señalaron la falta de una perspectiva de género articulada en el análisis de la formación de clase. Ya fuera por estas críticas, o porque ningún intelectual honesto podía permanecer ajeno al revival feminista de la segunda ola, lo cierto es que desde los años 70 podemos registrar una especial sensibilidad y atención hacia el tema (algo que se percibirá con facilidad tanto en Costumbres en común como en Agenda para una historia radical).

[31] Ibíd. p. 541.

[32] Ibíd. p. 208.

[33] Las peculiaridades de lo inglés y otros ensayos, Valencia, Centro Francisco Tomás y Valiente, 2002 [1965].

[35] Ibíd. pp. 209-210 y 885.

[36] La historiadora Florence Gauthier y sus colaboradores, recuperando al olvidado A. Matthiez, han desarmado con solidez este esquema ortodoxo. Véase, por ejemplo, F. Gauthier, «La importancia de saber por qué la Revolución Francesa no fue una “revolución burguesa”» (2014 [1997] disponible en http://www.sinpermiso.info/textos/la-importancia-de-saber-por-qu-la-revolucin-francesa-no-fue-una-revolucin-burguesa); Y. Bosc y M. Belissa, Robespierre. La fabrication d’un mythe, Paris, Ellipses, 2013. Una premonitoria lanzada a este rígido esquema se encuentra en Thompson, Las peculiaridades de lo inglés, op.cit.

[37] A. Domènech, El Eclipse de la fraternidad. Una visión republicana de la tradición socialista, Barcelona, Crítica, 2004 [próxima reedición en Madrid, Akal, 2019]; S. White, «The Republican Critique of Capitalism», Critical Review of International Social and Political Philosophy, vol. 14 (5), 2011, pp. 561-579 A. Gourevitch, From Slavery to the Cooperative Commonwealth, Cambridge, Cambridge University Press, 2014; Roberts, W. C. Marx Inferno. The Political Theory of Capital, Princeton, Princeton University Press, 2016; B. Leipold, Citizen Marx. The Relationship between Karl Marx and Republicanism, Oxford, tesis doctoral, 2017.

[38] Para los republicanos, igual que para Thompson, la libertad está en una relación constitutiva con la ley, esto es, no hay menos libertad porque haya regulaciones públicas, sino que las regulaciones públicas son creadoras de la libertad (véase P. Pettit, El republicanismo. Una teoría sobre la libertad y el gobierno, Barcelona, Paidós, 1999 [1997] y A. Domènech & M. J. Bertomeu “El republicanismo y la crisis del rawlsismo metodológico”, Isegoría: Revista de filosofía moral y política, 33, 2005, pp. 51-76). La influencia de la tradición republicana sobre el pensamiento de Thompson ha sido señalada (si bien de pasada) por M. Kenny en The First New Left: British Intellectuals after Stalin, Londres, Lawrence & Wishart, 1995; también, de forma más profusa pero bajo una concepción estrecha y extraordinariamente limitada de esta tradición, en G. Foot The Republican Transformation of Modern British Politics, Basingstoke, Palgrave, 2006.

[39] Sobre este concepto se han vertido ríos de tinta que no repetiremos aquí. Una buena defensa en E. Meiksins Wood, «The Politics of Theory and the Concept of Class: E.P. Thompson and His Critics», Studies in Political Economy, 9:1, 1982, pp. 45-75 y en X. Domènech, Hegemonías. Crisis, movimientos de resistencia y procesos políticos (2010-2013), Madrid, Akal, 2014. Mi propia versión en «La actualidad del concepto marxista de “clase social”» (disponible online: http://www.sinpermiso.info/textos/la-actualidad-del-concepto-marxista-de-clase-social).

[40] «Historia y antropología», Agenda para una historia radical, op.cit., p. 39.

[41] «Revolución» [1960] en Democracia y socialismo, op.cit., p. 365 [1960].

[42] «Recovering the libertarian tradition», Leveller Magazine, 22, 1979, pp. 20-22.

[43] Siempre y cuando se articularan correctamente, y no escatimando el problema como lo haría el mal llamado «postmarxismo» de E. Laclau (para el cual Thompson reservó alguna crítica en Miseria de la Teoría).

[44] Dorothy Thompson, prefacio a E.P. Thompson. Obra esencial, op.cit.

[45] «Commitment in Politics», Universities & Left Review, 6, primavera de 1959, pp.50-55.

[46] La historia de la New Left puede leerse (con sus diferentes versiones) en M. Kenny, op.cit.; D. Dworkin, Cultural Marxism in Postwar Britain, Durham, Duke University Press, 1997; E. Meiksins Wood, «A Chronology of the New Left and Its Successors, Or: Who’s Old-Fashioned Now?», Socialist Register, 31, 1995.

[47] No sería la primera ni la última vez que Thompson defendería posiciones coyunturales que bien pudieran considerarse «voluntaristas», algo que sus críticos le recriminarían repetidas veces.

[48] La «segunda» New Left se había convertido, según Thompson, en un movimiento de intelectuales que incluso hacía gala de su desconexión con las luchas de los movimientos populares. Contra esa izquierda elitista Thompson emprendería una cruzada intelectual, que empezó con Las peculiaridades de lo inglés y terminaría con la famosa publicación de Miseria de la teoría. En diciembre de 1979 tendría lugar la última contienda de este enfrentamiento, en el famoso debate de St. Paul en una vieja iglesia de la universidad de Oxford, en la que, frente a un Stuart Hall crítico pero en ánimo constructivo, un Thompson enfurecido y amargado terminaría por arruinar cualquier posibilidad de entendimiento. Las intervenciones están recogidas en R. Samuel (ed.) Historia popular y teoría socialista, Barcelona, Crítica, 1984. El relato del debate de St. Paul puede verse en S. Hamilton, op.cit.

[49] Para una lúcida y actual crítica del empleocentrismo y una contrapropuesta de economía política democrática puede verse D. Casassas, Libertad incondicional. La renta básica en la revolución democrática, Barcelona, Paidós, 2018.

[50] Entre sus principales frutos se encuentra Whigs and Hunters. The origin of the Black Act, Londres, Allen Lane, 1975 y en coautoría, Albion’s Fatal Tree: Crime and Society in Eighteenth-Century England, Londres, Allen Lane, 1975.

[51] Ver en el prólogo y «Carta abierta a L. Kolakowski»  (en Miseria de la teoría, op.cit.), el tono y la actitud escéptica que muestran cierta ruptura generacional.

[52] Por ejemplo en Writing by the Candlelight, Londres Merlin Press, 1980. O en el hecho de que justamente en los años de mayor movilización estudiantil y cultura alternativa juvenil Thompson emprendiera una investigación sobre las formas de protesta de la juventud inglesa del siglo XVIII (en correspondencia con la historiadora N. Zemon Davis, véase E. P.Thompson & N. Zemon Davies, La formación histórica de la cacerolada. Charivari y Rough Music. Correspondencia y textos afines. 1970-1972, Madrid, Libros Corrientes, 2018).

[53] Véanse las intervenciones (incluida la de Thompson) en el volumen coordinado por A. Domènech, Protesta y sobrevive, Madrid, Blume, 1983. Thompson participaría en la marcha en Madrid contra la entrada de España en la OTAN.

[54] C. Efstathiou, op.cit.

[55] A. Domènech, «Socialismo, ¿de dónde vino? ¿Qué quiso? ¿Qué logró? ¿Qué puede seguir queriendo y logrando? » en M. Bunge y C. Gabetta (comps.) ¿Tiene porvenir el socialismo?, Barcelona, Gedisa, 2015, pp. 71-124.

[56] Intervención televisiva de E. P. Thompson en Channel Four Television, 1982. Disponible en https://www.youtube.com/watch?v=DGhWxFj3SZo&feature=youtu.be.

[57] «Recovering the libertarian tradition», op.cit.

[58] «Recovering the libertarian tradition», op.cit. Casi a finales de su vida, Thompson seguía preocupado porque una parte de la izquierda no valorase lo suficiente las libertades civiles y políticas, y porque debajo de las nuevas modas académicas de la izquierda se escondía una retirada de los valores republicanos que él siempre defendió. Frente a esta retirada, Thompson proponía «redescubrir un vocabulario de racionalidad y de universales rehabilitado (…) las causas de la racionalidad y del internacionalismo y algunas (si no todas) de las causas de la Ilustración ahora requieren – a la vista de su impopularidad muy de moda – defensores tenaces» («Los finales de la guerra fría: una réplica» en R. Blackburn, Después de la caída. El fracaso del comunismo y el futuro del socialismo, Barcelona, Crítica, 1993 [1991]).

[59] «Outside the Whale», op.cit.

[60] Witness against the Beast. William Blake and the Moral Law, Cambridge, Cambridge University Press, 1993, p.xxv.

[61] Entrevista con A. Whitehead, op.cit.

[62] «Historia y antropología», op.cit.

[63] «Una entrevista con E. P. Thompson», Tradición, revuelta y consciencia de clase, op.cit. p.296.

[64] «La economía moral nace como resitencia a la economía “de mercado libre” (…) La gran huelga de los mineros británicos en 1984 fue un ejemplo tardío de tal enfrentamiento, aunque las fuerzas “del mercado libre” aparecieron bajo el disfraz de todos los recursos del Estado» (p. 383).

[65] Ver, por ejemplo: P. Linebaugh, El Manifiesto de la Carta Magna. Comunes y libertades para el pueblo, Madrid, Traficantes de Sueños, 2013 [2008]; U. Mattei, Bienes comunes. Un manifiesto, Madrid, Trotta, 2013; B. Coriat, Le retour des communs. La crise de l’idéologie propriétaire, Paris, Les Liens qui Libèrent, 2015.

[66] Es por eso que es aconsejable leer esta obra junto a Las peculiaridades de lo inglés y junto al artículo «El entramado hereditario: un comentario» en Agenda para una historia radical, op.cit.

[67] Recientemente el investigador Tim Rogan Tim Rogan ha rescatado las conexiones entre las figuras de Thompson, Polanyi y Tawney como economistas morales que articulan una crítica que prefigura una noción de comunidad más allá del utilitarismo (individualista) y del colectivismo (estatista). En una carta de Karl Polanyi a su hermano Michael, fechada en enero de 1958, Polanyi considera que su propia posición es «de alguna manera similar» al humanismo socialista de Thompson. No existe ninguna referencia disponible de que Thompson conociera la obra de Polanyi, aunque Rogan ha sostenido que los parecidos son demasiado fuertes como para que Thompson no se inspirase parcialmente en La Gran Transformación de Polanyi (véase The Moral Economists. R. H. Tawney, Karl Polanyi, E. P. Thompson, and the Critique of Capitalism, Princeton, Princeton University Press, 2017, p. 157 y ss).

[68] Sobre la historia del concepto de «propiedad» en la tradición continental europea, Jordi Mundó discierne formas de «propiedad simultánea» frente a la «propiedad exclusiva» y explica la irrealidad jurídica de esta última, véase J. Mundó «De la retórica absolutista de la propiedad al sentido común de la propiedad limitada», Sin Permiso, 16, 2018, pp. 35-63; en paralelo Fabienne Orsi ha recordado cómo la idea de «propiedad pública», tradicionalmente vinculada a la condición de ciudadanía, fue sustituida en el derecho administrativo de finales del siglo XIX por la idea de que solo el Estado podía ostentar jurídicamente la «propiedad pública», véase F. Orsi, «Biens publics, communs et Etat : quand la démocratie fait lien» en VVAA (eds.) Vers une république des biens communs, Paris, Les Liens qui Libèrent, 2018, p. 247-257.

[69] G. Hardin, «The tragedy of the commons», Science, 162, 1968, pp. 1.343-1.348.

[70] E. Ostrom, El gobierno de los bienes comunes. La evolución de las instituciones de acción colectiva, México DF, FCE, 2000 [1990]; J. M. Neeson, Commoners, Common Right, Enclosure and Social Change in England, 1700–1820, Cambridge, Cambridge University Press, 1993.

[71] «Londres y sus alrededores no tendrían parques hoy día si los commonersno hubiesen defendido sus derechos» (p. 148). Precisamente una parte del mejor legado del laborismo de posguerra fue la ley que regulaba y creaba 10 parques nacionales.  Esta ley solo pudo darse bajo el contexto de luchas por los bienes comunes, en este caso, el acceso a los parques y el derecho público a transitar por ellos. Para una breve historia se puede ver el corto Mass Trespasspublicado en Roar Magazine en 2018. Disponible online: https://roarmag.org/films/mass-trespass/.

[72] Sin ir más lejos, la historiadora francesa Florence Gauthier ha propuesto comprender la «economía moral» de Thompson como sinónimo de la categoría de «economía política popular»  propuesta por Rousseau y recogida posteriormente por Robespierre y los jacobinos. Thompson mismo se mostró de acuerdo con la idea. Véase F. Gauthier «De la economía moral a la economía política popular. La fructífera intuición de E. P. Thompson», Sociología Histórica, vol. 3, 2014, pp. 397-426.

[73] Cfr. La formación de la clase obrera en Inglaterra, op.cit.

[74] Aunque el propio Thompson no compartiera esta noción de la economía política clásica (ver, por ejemplo, en este volumen «La economía moral revisada»). Para el concepto original de economía política y la escisión de las ciencias sociales tras el giro marginalista, véase J. Mundó «Particularismo epistémico, fragmentación académica e interdisciplinariedad», Ludus Vitalis, Vol. 19, 35, 2011, pp. 245-248 y D. Casassas, La ciudad en llamas. La vigencia del republicanismo comercial de Adam Smith, Barcelona, Montesinos, 2010, pp. 195-205.

[75] «William Morris» en Agenda para una historia radical, op.cit. p.123.

[76] «The Fight for a Free Press», Archivo Nacional, KV-2-4290, 43A (1951); «The Segregation for Dissent» (1961) en Wrigthing by the Candlelight (op.cit.) y la intervención televisiva en Chanel Four (1982).

[77] Intervención televisiva en la BBC con motivo de la publicación de Costumbres en común. https://www.youtube.com/watch?v=s2CN3BerJdU&feature=youtu.be.

[78] Beyond the Frontier, op.cit.

Fuente: www.sinpermiso.info