Sobre democracia y castigo

por Jeudiel Martínez

I

Venezuela es un país donde la represión estatal no tiene nada que la limite y donde prácticamente se han abolido los castigos. Es, a la vez, “abolicionista” y “punitivista” al extremo.Eso da mucho para pensar y nos muestra que la postura de izquierda de minimizar o rebajar los castigos y la de derecha de combatir el crimen con represión son profundamente solidarias.

En estas líneas pretendo mostrar que la ruptura tanto con la indulgencia y la tolerancia como con la venganza infinita, institucionalizada en la represión, es justamente el castigo y que tras la evidencia de que lo que es esencialmente democrático es poder castigar a cualquiera que haya cometido un crimen está otra verdad más compleja: que el proyecto democrático no ha sido nunca ni el linchamiento o el terror ni el abolir el castigo sino quitarle el castigo al estado, hacer de él un servicio público y una institución del común y no una potestad de la burocracia judicial o ejecutiva. Ese, en gran medida, es el sentido de las luchas por los derechos humanos que han demostrado, sobradamente, que este proyecto no es utópico.

En Venezuela básicamente el estado mata y encarcela a quien le da la gana, porque tanto el derecho a la vida como las garantías procesales están perdidas y por tanto hay una enorme cantidad de encarcelamientos y homicidios por parte de la policía, principalmente del FAES. Por otro lado, la corrupción y la violencia no se castiga, rara vez se investigan o procesan los crímenes: la gente muere y no pasa nada, el estado es saqueado y no pasa nada, violan a una mujer y no pasa nada, masacran pemones y no pasa nada. Bien difícil es, en la vida diaria, que la policía se ocupe de una violación, un homicidio, un robo, en esencia, los crímenes no tienen consecuencia y la impunidad reina.

Ahora bien: impunidad es la palabra clave: el proyecto izquierdista de abolir o minimizar las penas y el de derechas de reprimir o exterminar a los criminales son los dos modos equivalentes y solidarios de producir la indiferencia, es decir, que la degradación del mundo, de las personas y los seres vivos no tenga consecuencias, se reproduzca e, incluso, se institucionalice.

II

El abolicionismo penal fue un proyecto de reforma moral de los siglos XIX y XX que nace de la idea de que el crimen es un invento o estrategia del estado para oprimir. El criminal es un oprimido, el homicidio, la violación, el robo son simplemente malos entendidos. Debil, muy debil jurídica, antropológica y políticamente, el abolicionismo sobrevivió en los departamentos de las universidades gracias a la critica al presidio, el encierro y la represión estrategias e instituciones que demostraron, muy pronto, no solo ser ineficaces sino productoras de la misma delincuencia que decían perseguir.

Más, tras la sofisticación y la seriedad de la critica del paradigma represivo estaba la debilidad de un pensamiento que nunca pudo entender la realidad del crimen que cualquiera puede entender fuera del mundo universitario: que hay actos degradantes, destructivos e inconvenientes que deben ser evitados, prevenidos, y que cuando no se puede hacer esos actos deben tener consecuencias no solo para que sus efectos no caigan en la indiferencia (que de lo mismo que 10 tipos violen a una muchacha) sino para evitar la repetición e incluso, la institucionalización de esa degradación.

Parasitario tanto de la criminología critica como del análisis de las instituciones de encierro el abolicionismo pervive en los departamentos universitarios y, mãs insidiosamente, en las políticas de muchos partidos de izquierda.

III

El abolicionismo no agota, de ninguna manera, el campo de la “criminología crítica” pero si opera desde dentro de ella constantemente. Su adversario, su gemelo, fueron las distintas formas del proyecto “punitivista” en realidad represivas, disciplinarias o o simplemente genocidas que confunden la lucha contra el crimen con la guerra contra el criminal.

Como el castigo viene, por definición, luego de ocurrido el hecho, su posición en la lucha contra el crimen es secundaria: combatir el crimen es hacerlo imposible, exiliarlo a lo fantástico, por eso reducir el flujo de armas de fuego es mucho más eficaz para combatir el crimen que darle armas de fuego a todo el mundo e impedir que los niños entren en bandas armadas es más eficaz que tener que matarlos o encerrarlos cuando se han convertido en homicidas o pequeños tiranos.

Como todos los proyectos disciplinarios, represivos, de encierro siempre fueron más o menos ineficientes y en realidad tenían otros fines distintos a la lucha contra el crimen en gran medida buscaban administrarlo en una economía de la impunidad, el abolicionismo y el minimalismo sacaron su fuerza de la flaqueza y la miseria de los sistemas penales y no de si mismo. De ahí que sea esencial para ellos reclutar, por ejemplo, la crítica de Foucault de la prisión.

Incapaz de distinguir el castigo, como institución, de los mecanismos penales y judiciales que le aplicaban fue, en el mejor de los casos, un suplemento de la critica a las instituciones penales y en el peor mera banalización del crimen o romantización del criminal.

IV

Es en este contexto que entra Venezuela y el chavismo en la historia: un país donde, a la vez, los castigos han sido abolidos y donde la represión no tiene más limite que la conveniencia del gobierno: la cárcel es un instrumento para manejar excedentes de población, para intimidarla, para sacar rentas para policías, militares, jueces, etc. y ha perdido, en la práctica, cualquier relación con el problema del crimen como no sea para multiplicarlo. La policía, particularmente el FAES, mata a placer culpables e inocentes, combatientes e indefensos y el crimen no desciende. Aumenta.

Así, cualquier venezolano tiene perfectamente claras varias cosas: que no hay ninguna consecuencia beneficiosa, ningún provecho en no castigar los crímenes, que los crímenes -no las faltas o los errores- no son meros actos ni invenciones a posteriori del poder sino actos de degradación de la vida que tienden a repetirse, a organizarse, a constituirse y crear instituciones viles como el pranato, la corrupción y el mismo FAES. Que el crimen, al cristalizarse primero en costumbre y luego en instituciones como las mafias, establece a su alrededor relaciones o despóticas, o tiránicas o feudales que son literalmente, normalizadas.

Pero, por otro lado, se ha hecho claro que un estado que tiene el poder de encarcelar o matar a quien quiera, cuando quiera, no hace el mundo más seguro sino peor y se convierte, por eso mismo, en el peor tirano aunque no el único.

Tenemos entonces que pensar como y porqué ocurrió, durante el gobierno de Hugo Chávez, que las garantías procesales como el habeas corpus desaparecieran ahora por completo al mismo tiempo que el homicidio dejó de tener consecuencias incluso cuando la víctima era un militante chavista. El proyecto de las Zonas de Paz, áreas donde la policía entregaba la “gobernanza” local a los grupos criminales, la regularización del régimen del pranato, etc. todos entran sin problemas en la matriz de pensamiento del abolicionismo penal en el sentido de que los criminales más violentos eran vistos como descarriados con los que había que entenderse.

El famoso discurso de Hugo Chãvez invitando a los malandros a volverse “buenandros” es un discurso abolicionista pero privado de todo la potencia que el abolicionismo tomó de la critica del sistema penal: es el abolicionismo desnudo que también practicó con los elementos extremadamente corruptos de su entorno que , por supuesto, no impidió que Chávez mismo criminalizara y encerrara a otros a placer como ocurrió con la jueza Afiuni: dentro del mismo ensamblaje el abolicionismo es un escudo y la represión una espada.

En la tolerancia de Chávez con el crimen no debe verse algo como el Gran Plan que desvela a las derechas, sino más bien una actitud con una gran utilidad táctica. Chávez seguramente prohibió publicar las cifras de homicidios para evitar la mala publicidad más su actitud general hacia el homicidio y los grupos armados indica que los veía menos como un problema que una oportunidad, y actuaba contra ellos cuando, como ocurrió en la cárceles de La Planta y el Rodeo, se volvían en efecto problemáticos a nivel de imagen pública y prestigio. Respecto a la corrupción la veía como un elemento del ambiente que debía ser tolerado o aprovechado.

Aún asi tenemos elementos concretos para pensar que la relación el pranato carcelario se hizo más estratégica y se buscó pactar con unas bandas mientras se destruyó otras: la actitud de Chávez siempre fue entenderse con el crimen es Maduro el que, definitivamente, trata de vencerlo en su propio terreno. Aún asi la transformación del Nuevo Régimen Penitenciario en una fuente de fuerzas paramilitares y el apoyo irrestricto a las milicias paraestatales llamadas colectivos muestra que hay una continuidad en el deseo de cooptar las fuerzas del crimen violento, solo que los medios de selección se han hecho mãs severos.

V

Es para otro momento discutir cuál es la matriz histórica y el sentido del proyecto abolicionista-minimalista pero, ciertamente, no viene de luchas democráticas pues la gente común, evidentemente, siempre ha buscado y procurado el castigo para sus opresores.

Hablar de abolición de las penas es proponerlas para el torturador, el corrupto, el genocida, el violador. Es abolirla para la Violación de Nanking y la masacre de Sabra y Chatila, para los asesinatos del Faes y las torturas del Sebin. Por eso sea mediante mecanismos judiciales o rebeliones armadas los que la democracia busca es que el crimen tenga respuesta, consecuencia, que no de lo mismo, que no sea indiferente. Es decir, la democracia es la que procura un castigo puro, sin intenciones secundarias, y por eso si en la demanda de un castigo ilimitado hacia los opresores se distingue siempre la semilla del totalitarismo, en la de la indulgencia está la de todos los pactos y compromisos con los poderes establecidos: más allá de las formas jurídicas solo puede hablarse de democracia cuando se logra vencer tanto al Terror como al Compromiso.

En la práctica toda dominación quiere abolir los crímenes para si misma y criminalizar a los que domina, más aún, reclama un poder de venganza infinita acoplado a una irresponsabilidad absoluta. Lo que el abolicionismo hace es tratar de oponer el discurso del que no quiere responder por sus acciones (“la pistola lo mató no yo” decía el famoso malandro carioca Madame Satá) al discurso de esa venganza infinita, institucional, que es la represión.

Así, el problema democrático es el del castigoel castigo es esencial a la democracia, pues implica no solo la capacidad de castigar al gobernante sino al tirano y a todos los que degradan la vida común: es una regulación de la violencia inmanente a la vida. Si el castigo es imposible pues también lo es la democracia que implica que todos puedan “actuar sobre las acciones de otros” sin que se establezcan estados de dominación. En ese contexto el castigo es un mecanismo de regulación singular pero absolutamente esencial que evita que unos dominen o degraden a otros o que, para evitarlo, haya que recurrir a la violencia. Así, el castigo es una forma de agonismo y una de las instituciones agonísticas más importantes.

El castigo es biopolítica pura: existe en si como respuesta a la destrucción y la degradación, para definir constantemente cual es la calidad de vida que es aceptable (no es aceptable, no da lo mismo y no puede quedar sin consecuencias que el marido pueda golpear a la esposa cuando quiera ni que la esposa descargue las frustraciones en el hijo o en la mascota) pero también existe como continuación de los mecanismos que buscan hacer él crimen imposible, de la seguridad.

De ahí que no se pueda suprimir el castigo pues seria dejar sin consecuencias la degradación de la vida (lo que pasa cuando se puede matar gente sin consecuencias o saquear el tesoro público o destruir la naturaleza está claro en toda América Latina pero sobre todo en Venezuela) pero tampoco reducir la seguridad al castigo pues se está simplemente reaccionando a un acto ya irreversible. Combatir el crimen es empujarlo hacia lo imposible, primero quitándole lo habitual y luego haciéndolo ocasional y, finalmente, raro.

Si en los gobiernos de Chávez y Maduro el crimen se hizo habitual, se institucionalizó, e incluso emergieron aparatos como Ávila TV que cantaban su “gloria” fue menos por un plan que por simpatía: más allá de los ridículos romanticismos de la izquierda y los universitarios de clase media por los “bandidos y asociales” o la idea reaccionaria y compartida por la derecha y la izquierda de que los pobres son criminales, parece que estaba en juego la simpatía con un poder que no responde ante nadie pero pide respuesta a todo el mundo, que no reconoce la dignidad de nada más que si mismo, no ve más alternativas que dominar o ser dominado y cuya gloria es apropiarse de todo lo que puede hasta la muerte: la simpatía no disimulada de Chávez por los “pranes” no fue más que el anticipo de la transformación del chavismo en una coalición de pranes.

VI

Es natural que a la critica ingenua se le escape la realidad del crimen que es un ensamblaje entre un hecho y una valoración de ese hecho. Nada es crimen “por naturaleza” no hay crimen en las peores crueldades del mundo animal ni en el acto físico: darle un tiro en la cabeza a alguien puede ser un acto de defensa o un homicidio a sangre fria. Pero todo crimen es un acto y por eso mismo tiene un efecto que es real.

Lo que define al crimen es la valoración de ese acto y aquellos efectos: seria ridiculo que le reclamaramos a los griegos por encerrar a las mujeres en una habitación o a los romanos por esclavizar , pero si alguien lo hace aquí y ahora, en nuestro mundo, no nos queda otra que o confinar, sacar del mundo al que lo haga, o aceptar que una cosa y la otra vuelvan a ser la costumbre y luego institución y luego norma: el castigo es, simplemente, una forma de filtrar lo que queremos que esté o no esté en el mundo, por eso todo castigo nace de una decisión política, pero una tomada sobre los datos, los efectos y los signos de la realidad mãs vehemente, es decir, siempre estamos decidiendo que es un crimen y que no lo es pero solamente porque constantemente estamos redefiniendo los valores que definen que calidad de vida estamos dispuestos a aceptar.

Cuando la grosería, la torpeza, la falta y el error son criminalizados ocurre, como con el feminismo, que la diferencia misma se pierde: si un piropo en la calle es una agresión y existen miles de formas de violación el crimen mismo queda vaciado y arrojado al “elemento de lo indiferente”.

Pero cuando se toma el crimen como un “dato natural” un “hecho moral” que está predefinido entonces, irrevocablemente, quedamos atrapados en una imagen realmente reaccionaria de un pasado que se repite: es un crimen matar un animal y comer su carne?. Difícilmente. Es un crimen tratar a una criatura viva, sensible, como si fuese materia prima?. Ya ese es otro asunto.

El abolicionismo, cuyo espíritu quedó fijo en los tiempos del relativismo de Boas (en que la sociedad no es más que una serie de convenciones arbitrarias establecidas sin causa o razón alguna) nunca pudo ser otra cosa que el insumo para el ala más nihilista y cínica de los poderes establecidos. Y esa ala, en América Latina y en este momento, parece ser el ala izquierda.

Además de los intentos para justificar o normalizar los crímenes violentos del gobierno de Maduro tenemos, tras las filtraciones de los chats del Juez Moro, una contraofensiva de la izquierda del continente en defensa de Lula. Pero esa defensa va más allá de lo que haya hecho Moro o si se cree que es indebido o criminal: si la oposición venezolana es la justificación para los crímenes de Maduro y el estado-mafia chavista (iban a matar a Maduro, ergo, podíamos hacer lo que quisiéramos con ellos) las acciones de Moro son, evidentemente, el pretexto para condenar todo el Lava Jato al menos por un ala de la izquierda dentro y fuera de Brasil que ve en esta una oportunidad única no solo en la lucha política interna -liberar al Rey Sol- sino en establecer la corrupción no solo como un hábito inevitable sino como una institución política: era el grito del peronismo contra los “honestistas” la denuncia del “chavismo bravío” (es decir, de la clientela de cleptócratas como Jaua) de que la lucha contra la corrupción es lucha contra la democracia -siendo la democracia las personas de Lula, CK y Maduro.

El asunto es grave porque hay incluso anarquistas, deleuzianos y autonomistas en todo el mundo que están tratando de institucionalizar la corrupción -es decir, el saqueo y la explotación global de toda la sociedad por los empresarios y la clase política- hay incluso, por ahí, una entrevista del mismo Negri diciendo que el mençalao era necesario para corregir los problemas de la constitución brasilera…

VII

Y este es un problema continental: si la hostilidad de Trump y el Grupo de Lima al chavismo se está convirtiendo en la oportunidad de legitimar una violación masiva de los derechos humanos Lula, una figura mucho más simpática comparativamente, sirve para deslegitimar toda la lucha contra la corrupción.

Y ello es posible por una simple razón: más allá de lo que se piense de las revelaciones sobre Moro se está permitiendo que el juez, su agenda y su relación con Bolsonaro sean los temas y sean el problema: el juez es la lunita que eclipsa el sol de la corrupción en la medida en que la mayoría de la gente la olvida, la oculta o deja de preguntarse cuál es el lugar de Lula en todo el esquema de Odebrecht y Mençalao.

Esto es, justamente, lo que la derecha espera a pesar de que, en todo el continente, sea con Derwick u Odebrecht, sabemos que la extracción y circulación de dinero público es la relación más real y material entre las fuerzas que, para fines publicitarios y electorales, se muestran enfrentadas pero comparten, en grados diversos, el mismo autoritarismo, el mismo desarrollismo depredador, la misma corrupción y la misma resignación y falta de imaginación política.

Decir que los podere establecidos se hacen cada vez más criminales no es moralizar la política de una manera que justifique una política histérica del linchamiento -como en el feminismo argentino- o un Comité o de Salud Pública, es lo que hacen los antichavistas al hablar de la lucha entre la gente de bien y los criminales, es reconocer la tendencia latinoamericana y planetaria en que los poderes no sólo coexisten o aprovechan de realidades corruptas degradantes -milicias, paraísos bancarios, favelización del territorio, precarización del salario y desigualdad, cleptocracia- sino en que ya no pueden aportar un estándar de vida superior y por tanto buscan imponer o legitimar distintos niveles de resignación: máximo de indignidad posible en cada lugar y cada momento.

Por eso lugares como Yemen o Palestina son tan importantes en la normalización de la degradación y la vileza, tanto como Venezuela aunque de otra manera que en el contexto de América Latina termina transmitiendo el mismo mensaje que La Oligarquía Roja transmite en el país: “alegrate de que no estas peor, resignate a lo que tienes y no trates de cambiar nada porque puedes arruinar todo”.

El problema es, claramente, pragmático: no solo el perenne de la movilización democrática en sociedades atomizadas y fragmentadas como estas (y entregadas, deliberadamente, al poder de pranes, milicianos y carteles) sino de si es posible usar contra el estado las instituciones judiciales que, como todo lo estatal, son una mezcla de potestades despóticas y nauseabundas con servicios públicos muy básicos. Así, el juez es el reyezuelo -usualmente corrupto- que reparte los beneficios procesales a conveniencia usurpando el castigo de la gente y también el magistrado que limita el poder del ejecutivo -aún más despótico- y un trabajador intelectual calificado que evalúa los méritos de unas pruebas y unos argumentos manteniendo ciertos protocolos.

Esta es una situación difícil porque la conveniencia de la derecha de la derecha de denunciar los crímenes de Maduro o la corrupción de partidos como el PT es limitada: tal vez haya el año que viene un gobierno nuevo en Venezuela al que los medios le perdonaran todo (como se lo perdonan a Guaidó que no ha asumido la presidencia y ya tiene un escándalo de corrupción) y el clan Bolsonaro (y Macri) tiene todas las condiciones para quedar bajo algún tipo de investigación lo que hará que el celo anticorrupción de muchos disminuya (para los antichavistas en venezuela, raza patética donde la haya, ya Bolsonaro y Trump son casi santos varones).

No tenemos solución fácil para este problema que pasa los vericuetos más pútridos del aparato de estado: la lucha democrática se presenta como una lucha contra el crimen -ya habíamos visto eso en los derechos humanos y las luchas ecológicas- pero no puede ser una cruzada moral que, por serlo, puede ser automáticamente cooptada por la derecha.

Pero si hay algo cierto: hay que exorcizar el espíritu de todos los abolicionismos. No admitir la normalización e institucionalización de la corrupción -ni de la violencia estatal- y, más allá, no deduciendo de los aparatos de justicia realmente existentes una definición del castigo que, ridículamente, no es particular sino general, sino de los crímenes -de los actos que queremos sacar del mundo- las estrategias, las instituciones y los mecanismos necesarios, sea que estas ya existan, puedan ser reformadas o inventadas.

Y es en ese “espacio” entre el oportunismo frente al crimen y todos los moralismos, que se puede colar -si es que puede- la lucha democrática en un periodo en que la tendencia es a que el crimen se convierta en un componente normal de la forma en que somos gobernados.

¿El fin del sueño socialdemócrata en Suecia?

El modelo de Estado de Bienestar ha retrocedido, las desigualdades se han incrementado y la extrema derecha ha capitalizado parte del descontento social. Con todo, la izquierda sigue siendo una fuerza significativa
Por GÖRAN THERBORN
La socialdemocracia llegó a Suecia a través de Alemania y Dinamarca, y los camaradas daneses sirvieron de modelo original para la primera generación de reformadores suecos. Pero desde mediados de la década de 1930, los suecos fueron universalmente reconocidos como los maestros de su clase. Entre 1932 y 1976, los socialdemócratas fueron eminentemente exitosos como impulsores de la reforma social desde el gobierno: cautos, graduales, bien preparados. Podían apuntar al pleno empleo, una economía próspera y abierta que fuese competitiva en los mercados mundiales, un generoso Estado de Bienestar y una sociedad igualitaria, que en 1980 tenía las tasas de desigualdad por renta y por género más bajas del mundo. La propuesta planteada por los sindicatos liderados por el SAP de crear “fondos de inversión de los asalariados” en 1976 fue quizá la medida de mayor alcance hacia una economía socialista jamás avanzada por los socialdemócratas convencionales1. La socialdemocratización del país fue suficientemente profunda como para mantener a los partidos “burgueses” –como se los conoce oficialmente en Suecia– de la coalición de centroderecha que gobernó en 1976-1982 en la senda del pleno empleo y los derechos sociales2.

Contrarreforma

Fueron los propios líderes del SAP quienes comenzaron la contrarreforma socioeconómica a comienzos de la década de 1980. El giro neoliberal comenzó como una especie de gestión de la crisis. El sector exportador se estaba volviendo menos competitivo debido a sus costos. Los productores de textiles y prendas de vestir que quedaban fueron barridos, los astilleros coreanos y japoneses superaron finalmente a los suecos, y los sectores del acero y la silvicultura se vieron obligados a reducir su tamaño. La rentabilidad era baja, y también la inversión. La balanza de pagos estuvo en números rojos entre 1978 y 1981, y la participación de los beneficios en el valor agregado cayó de un 30% en la década de 1960 y comienzos de la de 1970 a un 24% en 1978. Esto se presentó como una amenaza para los puestos de trabajo, aunque los niveles de empleo seguían subiendo a pesar de la crisis internacional. Tanto los economistas de la Confederación de Sindicatos Suecos, conocida como LO (Landsorganisationen i Sverige), como los de la SAP acordaron que sería necesario contener los salarios y aumentar los beneficios. La principal herramienta para conseguirlo fue devaluar la moneda un 16% en cuanto el SAP recuperó el poder en 1982. Los líderes del partido privaron a la propuesta de creación de fondos de inversión de los asalariados planteada por Rudolf Meidner de su verdadero potencial transformador, aunque se aprobó oficialmente una versión aguada, como gesto simbólico hacia los congresos del partido y del sindicato3.

La década de 1980 fue testigo del avance internacional de la teoría económica neoliberal. En ese marco, un grupo de economistas del SAP organizó un seminario para estudiar las nuevas ideas de Chicago que consiguió llegar a los oídos del ministro de Finanzas, Kjell-Olof Feldt, y del gobernador del Banco Central. La mercantilización y el control de la inflación se convirtieron en las nuevas prioridades de la política socialdemócrata. En 1985, este grupo impuso la liberalización de los mercados de crédito y de capitales en Suecia. Feldt contó que, cuando le presentó la propuesta a Olof Palme, el primer ministro respondió: “Hagan lo que quieran. De todas formas, yo no entiendo nada”. Estas decisiones, junto con la reorganización de la Bolsa de Estocolmo, durante mucho tiempo adormecida, abrieron las compuertas al capital financiero especulativo, tanto nacional como extranjero. Esto generó a su vez, en 1991, una crisis financiera de origen interno, que puso fin al pleno empleo en Suecia, redujo el PIB en un 4% y les costó a los contribuyentes otro 4% del PIB para rescatar a los bancos.

El SAP tuvo la suerte de que entre 1991 y 1994 estuviera en el poder una coalición “burguesa” –liderada por Carl Bildt, un partidario convencido de la Guerra Fría, del Partido Moderado–, que tuvo que enfrentar las consecuencias de este estallido de la burbuja financiera. Fue una tarea que la coalición desempeñó muy mal, lo que permitió la vuelta de la socialdemocracia al poder en 1994, con el 45% de los votos. Los socialdemócratas consiguieron volver a estabilizar la economía y liberar al país de su dependencia de los banqueros neoyorquinos. Fue un logro a corto plazo, sin embargo, conseguido con duras medidas de austeridad, y no incluyó un replanteamiento de la privatización, la mercantilización o la “nueva gestión pública” –que utiliza las prácticas de las grandes empresas en los servicios públicos– y, mucho menos, preocupación igualitaria alguna. Las coaliciones burguesas y las lideradas por el SAP, que se han alternado en el poder desde 1991, han actuado, por el contrario, como corredoras de relevos en la promoción de la desigualdad y la especulación. Juntas han eliminado los impuestos a la herencia y sobre el patrimonio y los bienes inmuebles, han hecho que los rendimientos del capital tributen menos que los ingresos del trabajo y han restringido la escala de las prestaciones sociales, además de endurecer el acceso a ellas. Hace dos años, la revista Forbes declaraba que “Suecia encabeza la lista de los mejores países para hacer negocios en 2017”, aunque se trataba de un país gobernado por socialdemócratas4.

La desigualdad económica se ha disparado. La tasa de ingreso disponible ha aumentado un 60% desde 1980 –de un coeficiente de Gini de 0,20 a 0,32 en 2013–, lo que devolvió la distribución de ingresos del país al nivel de la década de 1940 o quizá finales de la de 1930. Dos tercios de ese aumento pueden atribuirse a las decisiones políticas referentes a los impuestos y a las transferencias sociales, y solo un tercio a una distribución más desigual de la renta familiar bruta. La actual distribución de la renta en Suecia guarda cierta semejanza con la inglesa de 1688. El 0,1% más rico tiene en promedio una renta disponible, después de impuestos y transferencias, 38 veces superior a la del asalariado medio. En el momento de la Revolución Gloriosa, los temporal lords de Inglaterra tenían una renta 30 veces mayor que la de los mercaderes y comerciantes urbanos de clase media5. La distribución de la riqueza ha empeorado aún más, lo que dio como resultado el patrón más desigual de Europa occidental, a la par de los de Brasil, Sudáfrica o Estados Unidos6. En 2002, el 1% más rico de Suecia era propietario del 18% de la riqueza de los hogares; en 2017, ese porcentaje había subido al 42%7. Otras desigualdades están también profundizándose. La Autoridad Nacional de Educación (Skolverket) ha concluido que una cuarta parte de las calificaciones de los estudiantes puede atribuirse ahora a la clase social de los padres, frente al 16% en 1998. La brecha en la esperanza de vida a los 30 años entre grupos de distinto nivel educativo ha aumentado desde 2000 en dos años para las mujeres y uno para los hombres; llega hasta seis años menos de vida para los menos educados si se tienen en cuenta ambos sexos, en comparación con los muy educados. La desigualdad de género es una excepción y no ha aumentado. Las mejoras de 1968 y el movimiento feminista no han retrocedido y siguen repercutiendo en un país profundamente laicizado y sin una derecha religiosa significativa. Esto no significa que Suecia esté libre de dominación masculina y machismo: al contrario, el movimiento internacional MeToo, cuando llegó a Suecia, se convirtió en una serie de protestas colectivas en todo el país contra el acoso sexual, lideradas por las profesionales, entre ellas policías, académicas, médicas, abogadas y banqueras.

Factores

¿Cómo ha podido producirse este giro hacia desigualdades cada vez más profundas, que ha deshecho más de medio siglo de igualación gradual? El capitalismo posindustrial, globalizado y financiarizado tiene una tendencia intrínseca a aumentar la desigualdad económica, al debilitar la posición de los sindicatos, fragmentar a la clase obrera y descualificar a partes de ella mediante cambios en la demanda de trabajo, por no mencionar la apertura de nuevas perspectivas para el capital, mediante la deslocalización hacia países de salarios más bajos y el aumento de las oportunidades para extraer renta financiera. Habría sido de esperar, sin embargo, que la Suecia socialdemócrata se encontrase entre los países mejor situados para resistirse a esas tendencias y contenerlas. La desigualdad en Suecia ha aumentado, por el contrario, más que en la mayoría de los países de Europa occidental. Parece que hay tres razones principales para la sorprendente evolución de las pasadas tres décadas. Quizá el factor más importante haya sido el cambio de orientación de los dirigentes del SAP, que han abandonado cualquier preocupación significativa por la desigualdad y la justicia social. Un ejemplo ilustrativo fue el acuerdo sobre las pensiones, negociado en secreto entre el gobierno del SAP y los partidos burgueses en la década de 1990, y aprobado por el Parlamento en 1998. La idea principal era hacer que las prestaciones dependiesen de los cambios del PIB y de las tendencias demográficas. La intención era hacer el sistema más sostenible bajo la presión económica y demográfica, un objetivo racional tras el colapso financiero sueco de 1991. Pero los expertos que calcularon y negociaron el tema no tuvieron en cuenta las consecuencias distributivas de la nueva estructura de las pensiones. Resultó que, 15 años después, el sistema había producido un grado de pobreza relativa más alto que la media de la Unión Europea: 17% frente a 14% de media en la UE. En Dinamarca, el porcentaje de pensionistas pobres se sitúa en 8%-9%8. En otro acuerdo sobre tributación alcanzado en 1991, el gobierno del SAP introdujo tipos impositivos más bajos para los rendimientos del capital que para el (sustancial) ingreso del trabajo. En 2004, el gobierno socialdemócrata abolió todos los impuestos sobre sucesiones y donaciones9. La gestión de la crisis y la promoción del crecimiento expulsaron otras preocupaciones económicas. La socialdemocracia sueca siempre había prestado una importante atención a estos temas, pero antes lo había equilibrado con una preocupación equivalente por la seguridad social y la igualdad.

En segundo lugar, se produjo una ofensiva empresarial intensiva y bien financiada, desarrollada primero como resistencia (y venganza) ante los avances de los trabajadores en la década de 1970. En 1976, por primera vez en su historia, la federación de empresarios escogió como líder a un ejecutivo empresarial: todos sus predecesores habían sido funcionarios o semifuncionarios de las cámaras de comercio. Dos años después, la federación creó su propia oficina de propaganda, Timbro, el primer think tank importante de Suecia. En octubre de 1983, las organizaciones empresariales convocaron la que quizás haya sido la mayor manifestación acaecida en la historia de Suecia para oponerse a la propuesta de creación de fondos de inversión de los asalariados, contrataron 60 vagones de tren, 200 autobuses e incluso vuelos chárter para trasladar manifestantes a Estocolmo. (Uno de los principales organizadores consultó con un líder estudiantil de 1968 cómo organizar una protesta). La ofensiva fue suficientemente inteligente como para no adoptar una actitud explícitamente antisindical en un país fuertemente sindicalizado y con una sólida tradición de colaboración de clase. Se dispuso, por el contrario, a debilitar a los sindicatos con medios sutiles: encareciendo la afiliación sindical, por ejemplo, o la cualificación para obtener un seguro de desempleo de un sindicato, como hicieron los gobiernos burgueses. En esta campaña no encontraron resistencia. En 2010, el profesor de derecho Göran Groskopf, experto en asesorar a los suecos más acaudalados sobre elusión fiscal, describía el país como un “paraíso fiscal (skatteparadis) para los ricos”.

El tercer factor impulsor de la desigualdad –en concreto, de la distribución de la riqueza– ha sido el nuevo dinamismo del sector exportador de altas tecnologías. Concentrado durante mucho tiempo en la empresa de telecomunicaciones Ericsson, recientemente ha engendrado una serie de prósperos inventores en el sector de las tecnologías de la información que pronto han acumulado una gran riqueza: Skype, Spotify y juegos de ordenador como Candy Crush y Minecraft son todos suecos. Las empresas de capital de riesgo, la forma más agresiva de capital financiero, están excepcionalmente bien representadas en Suecia: en proporción del PIB, son las segundas de Europa, después de Reino Unido.

Relatos nacionales

La creciente polarización de clase que se está produciendo en la sociedad sueca no ha pasado desapercibida. Los gobiernos municipales de Estocolmo, Gotemburgo y Malmö han creado comisiones para investigar la segregación residencial y el estado de la sanidad y la educación, así como las desigualdades económicas. El movimiento sindical ha establecido un grupo de trabajo de investigación sobre igualdad, que deberá presentar sus conclusiones en el congreso de 201910. Sin embargo, no se ha logrado que el tema se sitúe en el primer plano de la escena política.

El relato predominante sostiene que Suecia se ha convertido en una sociedad amenazada por la inmigración. En la Suecia de 2018, el lenguaje burgués es un poco más pulido que el de Alemania durante las décadas de 1920 y 1930. De acuerdo con el líder del Partido Moderado, que encabeza la Alianza por Suecia, compuesta por cuatro partidos, la “integración” es el factor que conecta “muchos de los problemas que tenemos en Suecia”. Este persistente tema electoral –la “cuestión del destino”– es un reconocimiento tácito de que el programa neoliberal de rebajas tributarias y aumento de las privatizaciones, que todavía figura en las propuestas de la Alianza, ya no tiene un atractivo masivo.

En el invierno y en la primavera de 2018, el SAP y los cuatro partidos burgueses convergieron en ver a los inmigrantes y su “integración” como la principal cuestión política afrontada por el país, y compitieron entre sí para ser los mejor situados para abordarla. Este enfoque los puso a jugar en la cancha de los Demócratas de Suecia, xenófobos y antiinmigrantes, que se dispararon en las encuestas de opinión. Más tarde, el SAP comprendió su error y empezó a sostener que las elecciones de 2018 trataban fundamentalmente de política social o välfärd (bienestar), que en Suecia sigue siendo una palabra con connotaciones positivas. A medida que avanzaba la campaña, el SAP viró un poco hacia la izquierda propiciando límites a la especulación en los servicios públicos, atacando las propuestas de rebajar los impuestos, anunciando planes de aumento de los impuestos sobre el capital y prometiendo algunas prestaciones sociales más beneficiosas. Al final de la campaña, esto dio sus frutos, en el sentido de contener el desastre universalmente previsto. De la media de 23%-25% que daban las encuestas, los electores acabaron dándole al SAP el 28%, lo que claramente reafirmó su posición como partido más votado y, probablemente, salvó la cabeza de su líder, Stefan Löfven.

Inmigración y xenofobia

Como la mayor parte de Europa, Suecia fue históricamente un país de emigración, cuya población huyó en masa de la pobreza, pero también de la persecución religiosa y política. Las minorías étnicas –fineses y samis, principalmente– eran pequeñas y estaban oprimidas y sometidas a la asimilación forzosa. A finales de la década de 1930, la opinión pública burguesa y estudiantil se movilizó contra la aceptación en Suecia de una docena de médicos judíos que huían de la Alemania nazi; y durante la guerra, la “neutralidad” sueca implicó relaciones cordiales del gobierno del SAP con Berlín. Sin embargo, en 1943, las autoridades y los ciudadanos de Suecia ayudaron a los judíos daneses a cruzar el estrecho de Sund para escapar de la amenaza de deportación a Alemania.

Después de la guerra, y en especial a partir de la década de 1960, Suecia estuvo abierta a una significativa inmigración de trabajadores, la mayoría de Finlandia, pero algunos también del sur de Europa. En la década de 1970 aceptó refugiados políticos de América Latina, que en general fueron muy bien recibidos. Una nueva oleada de inmigrantes llegó con la ruptura de Yugoslavia a comienzos de la década de 1990, coincidiendo con la profunda recesión que siguió a la crisis financiera de 1991. Para entonces, la situación había cambiado. Ya antes, habían empezado a organizarse movimientos racistas y xenófobos, sobre todo en la provincia más meridional, Escania. En 1979 comenzó a funcionar un pequeño grupo activista llamado Mantener a Suecia Sueca (bss, por sus siglas en sueco); un municipio de Escania organizó un referéndum contra la aceptación de refugiados en 1988 y la moción salió aprobada por una mayoría de dos tercios. Ese mismo año, seguidores del bss y otros activistas establecieron un partido de extrema derecha con elementos neonazis, los Demócratas de Suecia.

La Suecia de posguerra se consideraba a sí misma un país internacionalista y socialdemócrata. La Organización de las Naciones Unidas (onu) y la ayuda al desarrollo tenían un respaldo muy extendido. Palme situó su gobierno y su partido en oposición a la Guerra de Vietnam. El embajador sueco en Chile en 1973, Harald Edelstam, se convirtió en héroe nacional a la par que Raoul Wallenberg por ayudar a numerosos chilenos a escapar de los escuadrones de la muerte de la dictadura militar. A comienzos de la década de 2000, Suecia recibió a muchos refugiados de la destructiva guerra estadounidense en Iraq, y también de conflictos en el Cuerno de África y (más recientemente) Afganistán11. El alcalde de Södertälje, una población industrial satélite de Estocolmo, testificó ante el Congreso estadounidense que su ciudad estaba admitiendo a más refugiados de la guerra estadounidense en Iraq que todo eeuu, con orgullo pero también con preocupación. No es de extrañar que en 2015 Suecia fuese, junto con Alemania, el único receptor voluntario de la oleada de refugiados procedentes de Siria y Afganistán, con la admisión de más de 160.000: en proporción a su población, equivaldría a acoger casi un millón de refugiados en Reino Unido. En 2017, casi el 19% de los habitantes de Suecia había nacido en el extranjero, y de ellos, el 11% en África o Asia.

Aunque una franja racista y xenófoba de la población sueca se oponía a la política de apertura a los refugiados, la ciudadanía en general la respaldaba. El estado de ánimo predominante en ese momento lo expresaron los sucesivos primeros ministros: en 2004, el líder moderado Fredrik Reinfeldt animó a sus conciudadanos a “abrir los corazones” a los refugiados; en 2015, Löfven declaró: “Construimos puentes, no muros”. Pero Suecia tiene ahora, sin embargo, un significativo partido xenófobo y contrario a la inmigración, Demócratas de Suecia. El partido entró en el Parlamento en 2010 con el 5,7% de los votos y subió al 12,9% en 2014. En septiembre de 2018 obtuvo el 17,5% de los votos.

El floreciente Partido Popular Danés le ha proporcionado un modelo táctico, aunque Demócratas de Suecia es más conservador y posee raíces neonazis más directas, a diferencia del partido danés. Como provincia fronteriza con el continente a través del mar Báltico, la región Escania –donde más crece la extrema derecha– es el lugar de entrada de muchos inmigrantes (aunque el condado de Estocolmo tiene una proporción mayor de residentes nacidos en el extranjero). Es también una región muy desigual, con varios municipios posindustriales en decadencia cerca de áreas de riqueza y prosperidad. El nivel más bajo de apoyo a Demócratas de Suecia en ciudades y pueblos similares situados más al norte refleja el funcionamiento gradual de un proceso de difusión, con algunos parecidos a la expansión de la socialdemocracia por el país a finales del siglo xix. Incluso aquí, sin embargo, el partido tiene un acento claramente rural: los municipios de Escania que eluden su control son las dos ciudades de mayor tamaño, Malmö y Helsingborg, la ciudad universitaria de Lund y las zonas residenciales ricas y conservadoras.

A pesar de haber avanzado hacia el norte este año, Demócratas de Suecia sigue siendo un partido predominantemente meridional y provincial. A escala nacional se ha mostrado relativamente débil en 2018 en las principales ciudades –10% de los votos en Estocolmo y 14% en Gotemburgo, aunque ha conseguido el 17% en Malmö– y en las ciudades universitarias, con el 12% en Lund y en Upsala y el 9% en Umeå. Los votantes del partido proceden en su mayoría de la derecha tradicional12.

La actual dirección de Demócratas de Suecia se hizo con el mando del partido en 2005 y lo limpió de cualquier muestra de neonazismo explícito. Sin embargo, pueden encontrarse aún estas conexiones entre sus políticos locales, que tienden a expresar fantasías asesinas en las redes sociales: poner una ametralladora en el Puente de Öresund, desearle un accidente mortal a un político del SAP, ansiar que un ferry de refugiados se hunda, etc. El ascenso del partido se ha producido en dos fases. Hasta las elecciones de 2014 inclusive, el resentimiento entre los “perdedores” socioeconómicos fue su principal combustible propulsor. La región de Escania fue especialmente golpeada por la crisis de comienzos de la década de 1990. Quienes dependían de las prestaciones sociales sufrieron de nuevo durante la crisis financiera y la recesión de 2008, debido a la política aplicada por la coalición burguesa de favorecer a los empleados y recortar las prestaciones sociales. Las rentas del tercio más pobre de la población disminuyeron entre 2008 y 2013. En esos años, Demócratas de Suecia consiguió un número desproporcionado de simpatizantes y, sobre todo, de activistas y políticos locales entre los desempleados de larga duración, los jubilados anticipados y los trabajadores autónomos en situación precaria13.

En la segunda fase, desde las elecciones de 2014 hasta la actualidad, Demócratas de Suecia aprovechó las preocupaciones sociales más amplias acerca de la inmigración y penetró de manera sustancial en la clase trabajadora, una cuarta parte de la cual los votó en 2018. De acuerdo con las encuestas de opinión, el apoyo al partido alcanzó un máximo cercano al 20% de las preferencias en 2015, inmediatamente después de la afluencia de refugiados, luego bajó al 15% en 2017 y volvió a subir en noviembre de 2018. Este último cambio parece deberse a dos factores. Uno fue la vuelta de los moderados, que convirtieron la “integración” de los inmigrantes en la principal cuestión política de las elecciones y de toda la Alianza burguesa. El segundo fue un pánico moral azuzado por la información difundida por la prensa sobre la existencia de guerras de bandas a pequeña escala, con una serie de tiroteos. Pero los trabajadores tenían otra razón para preocuparse. En sectores como el transporte y la construcción, las empresas extranjeras de la ue intentan flexibilizar cada vez más el mercado de trabajo trayendo a trabajadores extranjeros mal remunerados (inclusive de países no pertenecientes a la ue, como en el caso de los obreros de la construcción tailandeses).

Adicionalmente, entre el 40% y el 50% de los votantes de Demócratas de Suecia –es decir, en torno al 8% del total de la población sueca– parece simplemente racista o xenófobo: personas que no quieren vecinos inmigrantes o que un integrante de su familia se case con un inmigrante14. Demócratas de Suecia no encaja bien en la etiqueta convencional de “populismo de derechas”. No se está subiendo a la ola de oratoria demagógica, con ataques feroces al establishment y promesas desenfrenadas a la población. Su líder no es un orador demagogo, sino un manipulador ingenioso, frío y con inteligencia estratégica. El partido se autodefine como “conservador social” sobre una “base nacionalista”. A pesar de atraer votos de protesta de la clase trabajadora, la mayoría de sus simpatizantes se autodefine de derechas.

La cultura universalista de la Suecia de posguerra seguía manifestándose en la actitud adoptada hacia Demócratas de Derecha por los partidos burgueses tradicionales, que todavía dudan en formar un gobierno de derechas con apoyo de los xenófobos. Desde 2014, el Parlamento sueco contiene tres bloques políticos. El rojiverde está compuesto por el SAP, el Partido del Medio Ambiente y el Partido de la Izquierda, de tendencia poscomunista. Los dos primeros formaron una coalición gobernante entre 2014 y 2018, con el apoyo parlamentario externo del último, necesario para alcanzar la mayoría. El segundo bloque es el de la Alianza, conformada por cuatro partidos burgueses (Moderado, del Centro, Demócrata Cristiano y Popular Liberal), mientras que Demócratas de Suecia constituye por sí solo el tercer bloque. Demócratas de Suecia está cortejando a la Alianza, en especial a sus elementos culturalmente más derechistas, el Partido Moderado y los Demócratas Cristianos, por el momento sin éxito en el ámbito nacional.

El descenso de la centroizquierda

Las rupturas socioeconómicas, las nuevas tecnologías de la comunicación y las nuevas formas de movilidad han debilitado –en algunos casos, prácticamente disuelto– las comunidades populares, sus organizaciones (partidos y sindicatos) y su cultura. Las ciudades y los pueblos industriales de Suecia han experimentado el vaciado de su cultura obrera, antes rica y densa. No obstante, el 61% de los trabajadores manuales y el 73% de los no manuales siguen afiliados a un sindicato. La Liga de Educación de los Trabajadores (abf, por sus siglas en sueco) tiene presencia en todo el país, aunque ahora ofrece principalmente cursos relacionados con aficiones y enseñanza de lenguas extranjeras. En 1982, el 60% de los electores suecos se consideraba “identificado” con algún partido político. En 2014, esa cifra había caído al 27%. En 1956, el 11% de los votantes había cambiado su preferencia de partido respecto a las elecciones anteriores; en 1968, la cifra era del 19%; en 1982, del 30%; y en 2018 la proporción había subido al 40%15.

La erosión del respaldo de la clase trabajadora al SAP empezó de manera más clara tras el giro a la derecha dado por el partido en la década de 1980. Entre 1982 y 1991, su porcentaje de voto entre la clase trabajadora se desplomó del 70% al 57%. El principal beneficiario en ese momento fue Nueva Democracia, un partido neoliberal y populista con un claro tinte xenófobo. Tras una breve recuperación en 1994, en las elecciones de 2006 se produjo otra caída: en esta ocasión los votantes se decantaron predominantemente por los moderados, que se centraron en las cuestiones del empleo y en la brecha creciente entre ocupados y desempleados, con lo que duplicaron prácticamente entre 2006 y 2010 el apoyo de votantes de clase trabajadora. Estos trabajadores que votaron al Partido Moderado proporcionaron en 2014 a Demócratas de Suecia el grueso de su crecimiento electoral16.

Políticas migratorias

La nueva oleada de migración internacional (e intercontinental) ha creado un conjunto particular de problemas en Europa, durante medio milenio centro mundial de emigración, expansión y conquista, que envió a sus clérigos cristianos a convertir a seguidores de otras religiones. Cuando Europa dominaba los mares, no se hablaba de “integración de inmigrantes”. Los pocos europeos que “se pasaban a los nativos” eran despreciados, no idolatrados, en Europa. Ahora, los descendientes empobrecidos de los antiguos conquistados viajan a los países habitados por los descendientes de sus conquistadores. Este nuevo giro migratorio, acelerado por una serie de guerras lideradas por EE.UU. en la zona de influencia meridional de Europa, de Afganistán a Libia, está creando un verdadero problema para la socialdemocracia europea, cuyos votantes tradicionales se ven muy afectados por la afluencia de personas pobres y para quienes los derechos sociales y la justicia social fueron siempre principalmente de alcance nacional.

En la época en que el racismo se prodigaba por doquier, los movimientos obreros de los países colonizadores europeos plantearon con orgullo lemas tales como “Trabajadores del mundo uníos y luchad por una Sudáfrica blanca” (en la huelga militante que los mineros sudafricanos sostuvieron en 1922), o “Mantener a Australia blanca” (un punto del programa del Partido Laborista Australiano). En una era de “posracismo” oficial, ¿cómo van a lidiar los movimientos de la propia Europa con las masas de inmigrantes pobres que llaman a las puertas de sus fronteras? Los sindicatos suecos apoyaron en las décadas de 1960 y 1970 una inmigración de trabajadores reglamentada. Ahora piensan que debería permitirse solo de manera excepcional. También apoyan la política más restrictiva hacia los refugiados adoptada después de 2015, aunque siguen aceptando el derecho de asilo. Lo que más les preocupa son los contratistas de la ue que traen consigo sus propios trabajadores mal remunerados. Los líderes sindicales se han mostrado muy activos en la campaña contra Demócratas de Suecia –si bien con efecto limitado fuera de los grandes espacios industriales– y algunos sindicatos han prohibido ocupar cargos sindicales a los miembros de ese partido. Las masas de inmigrantes pobres sí plantean un grave reto para los partidos populares y progresistas, pero la oscilación del apoyo político a la xenofobia muestra que en gran medida ese reto es políticamente contingente.

En las últimas elecciones, los socialdemócratas consiguieron cambiar las prioridades de los electores, alejándolas de la inmigración, y eso frenó la marcha hacia la xenofobia. Pero el Estado de Bienestar no fue simplemente un tema ganador para el SAP. Hay muchas quejas sobre las listas de espera en los hospitales y sobre las grandes distancias que hay que recorrer para llegar a las clínicas en la vasta región septentrional. Aunque Suecia no ha estado sometida a un régimen de austeridad comparable al del gobierno conservador británico, los recursos disponibles resultan insuficientes para las demandas crecientes de una población envejecida. Los habitantes del norte acusan a los políticos regionales del SAP de sordera o insensibilidad a las necesidades sanitarias de la población. En la circunscripción más septentrional del país, históricamente un baluarte del SAP y de los comunistas, un partido regional en defensa de la salud (Partido de la Asistencia Médica) se convirtió en la fuerza más votada. Demócratas de Suecia ha intentado también aprovechar las injusticias relacionadas con el bienestar, afirmando que los recursos eran inadecuados, porque se gastaba el dinero en los refugiados. Los socialdemócratas no pierden apoyo porque su misión de efectuar reformas sociales se haya completado. Están siendo castigados, al contrario, por abandonar la tarea urgentemente necesaria de mejorar e intensificar esas reformas17.

El análisis de la crisis de la socialdemocracia debería prestar atención también a su resiliencia y al espacio existente para la aparición de una nueva izquierda. Esta resiliencia tiene dimensiones económicas, socioculturales y políticas. El aspecto económico hace referencia principalmente al lugar que el país ocupa en el sistema mundial: específicamente, a la medida en que es vulnerable a las oscilaciones del mercado mundial y a las presiones de los acreedores, o en que se ve perjudicado por el subdesarrollo. Suecia se encuentra a este respecto en una posición fuerte, como el noroeste de Europa en general, pero anteriormente gozaba de la ventaja particular, ahora reducida, de ser una economía igualitaria, de tributación elevada y fuertemente sindicalizada que competía con éxito en los mercados mundiales.

Desde el punto de vista social Suecia conserva, a pesar de todo, un duradero legado de reformas. No hay ciudades o regiones enteras arruinadas por la dislocación económica. El principio de los derechos sociales de los ciudadanos sigue firmemente asentado. Desde el punto de vista cultural, la orientación universalista y de solidaridad internacional observada en la posguerra todavía perdura en Suecia, y eso hace que a los partidos burgueses tradicionales les resulte más difícil formar gobierno con el apoyo de la derecha xenófoba, como han hecho ya sus homólogos de los otros tres países nórdicos.

La posición de la socialdemocracia sueca en el sistema de partidos es mucho más favorable que la de partidos hermanos de otros puntos de Europa, en especial fuera de la región nórdica. No tiene que enfrentarse a uno o incluso dos grandes partidos burgueses, sino que afronta a una plétora dividida de formaciones de derecha más pequeñas. El SAP sigue siendo la mayor fuerza política en 25 de las 29 circunscripciones de múltiples escaños de Suecia, aunque hay solo una en la que todavía obtiene más de 40% de los votos, en el extremo norte. Sigue siendo el partido predominante de la clase trabajadora y mantiene estrechos lazos con un fuerte movimiento sindical. Aunque en la actualidad está dominado por políticos profesionales, el SAP puede todavía conectar con la gente común, en buena medida gracias al jefe actual, Löfven, ex-líder del sindicato de trabajadores metalúrgicos, sin educación académica, que exuda decencia popular, a pesar de mantener la misma arrogancia y los mismos prejuicios que cualquier político europeo convencional. Löfven muestra en ocasiones su instinto de clase, pero es también un representante típico de los cuadros sindicales del sector exportador, comprometido con la colaboración de clase en beneficio de las empresas del sector.

¿Realineamientos en la izquierda?

La socialdemocracia sueca está realmente sumergida en un profundo atolladero, con un respaldo electoral inferior al alcanzado en 1911. Pero no está moribunda ni perdiendo todo su peso político. La posición central del SAP en el sistema político sueco ha quedado reafirmada en las maniobras postelectorales y el partido ha vuelto a ascender lentamente al 30% en encuestas posteriores a las elecciones. Sus resultados recientes y sus perspectivas futuras ponen en cuestión las reflexiones simplistas sobre la crisis terminal de la socialdemocracia. Aun así, la falta de regeneración de la socialdemocracia tradicional está a la vista, lo que plantea otra cuestión cuando nos enfrentamos a las tendencias derechistas de hoy: ¿hay espacio para la aparición de nuevas alternativas de izquierda?

Como hemos visto en varios países, la crisis de la socialdemocracia puede compensarse con el ascenso de nuevas fuerzas de izquierda. El Partido de la Izquierda sueco dio un modesto paso adelante en las elecciones de 2018 al aumentar su votación hasta el 8%. En la actualidad es un partido de tamaño intermedio en las tres mayores ciudades de Suecia, con entre el 12% y el 14% y algunos baluartes municipales en todo el país. Es una razonable fuerza socialdemócrata de izquierda, sostenida por concejales diligentes y un líder popular, Jonas Sjöstedt, aunque sin mucha aptitud ideológica ni capacidad de innovación política. De orígenes comunistas y posteriormente con posiciones eurocomunistas, el Partido de la Izquierda mantiene el legado político de 1968 en Suecia y ha experimentado una considerable afluencia de nuevos afiliados en años recientes. Con el descenso del SAP, organiza ahora las mayores manifestaciones del 1º de Mayo.

Como en Alemania, en Suecia no hay lugar para otro partido de centroizquierda, y los partidos existentes están fuertemente institucionalizados, lo que no deja espacio real para que sobre sus ruinas se forme algo parecido a Francia Insumisa. Por la misma razón, no hay una puerta abierta para que los activistas de izquierda entren en una organización moribunda que todavía conserva un peso parlamentario real, como el Partido Laborista británico. Y tampoco hay sustento alguno para que emerja un movimiento de base como Podemos, al menos hasta la próxima crisis económica. Lo que hace falta –es posible que se alcance– es un amplio movimiento no sectario que sacuda al SAP, al Partido de la Izquierda y a los Verdes, inyectando nueva energía, nuevas ideas y una nueva dosis de radicalismo en sus venas, e infundiendo esperanza e inspiración en las personas de tendencia progresista desilusionadas con los partidos existentes. Podríamos añadir que hay más potencial en la clase media progresista de Suecia que en muchos otros países, ya que las capas intermedias suecas están compuestas mayoritariamente por empleados sindicalizados. Se vislumbra una gran batalla social que se centrará en la dignidad del trabajo profesional –su ética, su vocación, su autonomía y su responsabilidad–, que se halla sometido a los ataques cada vez más agresivos de la “nueva gestión pública”, los bucaneros de la privatización y sus sicarios de las consultorías empresariales. Estos cambios no están, sin embargo, a la vista en la actualidad. De modo que, incluso aunque se haya logrado en enero pasado un gobierno de cabeza socialdemócrata, en alianza con liberales, verdes y centristas, es probable que la contrarreforma socioeconómica continúe en Suecia, golpeando sin cesar al experimento de reforma social democrática e igualitaria más logrado del pasado siglo.

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Nota: una versión más extensa de este artículo fue publicada en New Left Review segunda época No 113, 11-12/2018.

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1.Se trató de un ambicioso proyecto de socialización de los medios de producción mediante la participación de sindicatos y trabajadores en la propiedad accionaria de las empresas, y de acceso de los trabajadores a la gestión de las empresas y hacia la democracia industrial [n. del e.].

2.La derecha debió su victoria en aquella ocasión al rechazo de la energía nuclear por parte del Partido de Centro, y se ocupó de gestionar la cuestión de la energía en una coalición dividida.

3. V. el detallado análisis de Jonas Pontusson: «Radicalization and Retreat in Swedish Social Democracy» en New Left Review No 165, 9-10/1987.

4. «Sweden Heads the Best Countries for Business for 2017» en Forbes, 21/12/2016.

5. Angus Maddison: Contours of the World Economy, 1-2030 AD, Oxford UP, Oxford, 2007.

6. Credit Suisse: Global Wealth Databook 2017, cuadro 6.5.

7. .Las distribuciones comparativas de la riqueza son más difíciles de calcular que las del ingreso, pero los datos sobre la extraordinaria concentración de Suecia parecen muy sólidos. V., por ejemplo, el trabajo del principal experto sueco en este terreno, Daniel Waldenström, junto con Jacob Lundberg: «Wealth Inequality in Sweden: What Can We Learn from Capitalized Income Tax Data?», documento de trabajo, Departamento de Teoría Económica, Universidad de Upsala, 22/4/2016. De acuerdo con las cifras tomadas de la Oficina Estadística sueca, el 30% más pobre del país no tiene riqueza neta, solo deudas netas (de hecho, tomado en su conjunto, el 60% más pobre no tiene riqueza neta). Se puede encontrar más documentación sobre los resultados de la contrarreforma sueca en G. Therborn: «The ‘People’s Home’ is Falling Down, Time to Update Your View of Sweden» enSociologisk Forskning vol. 54 No 4, 2017, y Kapitalet, överheten och allá vi andra: Klassamhället i Sverige –det rådande och det kommande, Arkiv / a-z, Estocolmo, 2018.

8. La pobreza relativa se define cuando los ingresos se ubican por debajo de 60% del ingreso medio nacional. V. Oficina Estadística de Suecia: «Högre andel äldre med låg inkomst i Sverige jämfört med Norden», 25/10/2017.

9. De acuerdo con Leif Pagrotsky, entonces ministro del SAP, la abolición del impuesto sobre sucesiones fue un regalo hecho por Göran Persson a la clase empresarial sueca como expiación por no haber podido introducir a Suecia en el euro en el referéndum celebrado en 2003. Erik Sandberg: Jakten på den försvunna skatten, Ordfront, Estocolmo, 2017.

10. A lo largo del último año he tenido el honor de dirigir un proyecto de análisis político, «La clase en Suecia», junto con Katalys, el think tank sindical, que hasta el momento ha publicado unos 20 informes y el libro Kapitalet, överheten och allá vi andra: Klassamhället i Sverige –det rådande och det kommande, cit.

11. Desde comienzos de siglo, Suecia ha formado también parte de la «fábrica de refugiados», con su participación en las guerras de eeuu y la Organización del Tratado del Atlántico Norte (otan) en los países natales de los solicitantes de asilo, aunque más como promesa de lealtad a la potencia imperial que como gran fuerza de destrucción. El ejército sueco se unió a la ocupación de Afganistán en 2002 y a la guerra librada por la otan en Libia en 2011. A pesar de la guerra de saudíes y eeuu en Yemen, Suecia sigue vendiendo armas a los invasores.

12. Kirsti Jylhä, Jens Rydgren y Pontus Strimling: Sverigedemokraternas väljare, Institutet för Framtidsstudier, Estocolmo, 2018. Estos datos proceden de una gran encuesta efectuada en febrero y abril de 2018.

13. Olle Folke et al.: «Arbetslinjen och finanskris förklarar sd:s framgångar» en DN Debatt, 5/9/2018.

14. K. Jylhä, J. Rydgren y P. Strimling: Sverigedemokraternas väljare, cit.

15. Henrik Oscarsson y Sören Holmberg: «Swedish Voting Behaviour 1956-2014», Departamento de Ciencias Políticas, Universidad de Gotemburgo, 21/10/2015.

16. Per Hedberg: «Väljarnas partier 2014», Departamento de Ciencias Políticas, Universidad de Gotemburgo, 2015.17. Los habitantes de Estocolmo lo han visto de cerca en el actual escándalo por la construcción de un nuevo hospital, el Nya Karolinska, mediante una alianza público-privada al estilo Blair, que se ha convertido en una ciénaga de corrupción y amiguismo, impuesta, a pesar de la oposición de todas las organizaciones profesionales, por políticos burgueses y una horda de asesores guiados por cuestiones ideológicas y liderados por el Boston Consulting Group.

Fuente: Revista Nueva Sociedad

¿Puede la poesía salvar el mundo? // Entrevista con Franco Berardi (Bifo)

En este momento no estás leyendo mis palabras. Lo que estás leyendo son líneas sobre líneas de código. El código está en tu automóvil, en tu televisor y en las fotos que tomas. Está inscrito en los termostatos, en los sistemas de seguridad penitenciarios y en las transacciones de Wall Street. En un nivel básico, código es lenguaje. Pero para el filósofo italiano Franco ‘Bifo’ Berardi, no es tan simple como eso. Para Berardi, código y lenguaje tienen una relación muy específica: “El código”, Berardi escribe en Breathing: Chaos & Poetry, “es el lenguaje en deuda”.

Para entender lo que quiere decir Berardi sólo necesitamos ver cómo funcionan los códigos. El código, señala Berardi, es “la imposición de un límite performativo y productivo”. El código es la conexión de acordes sintácticos predefinidas. En su funcionamiento, crea nuevas limitaciones, definiendo qué entradas (inputs) están permitidas y qué salidas (outputs) generan estas entradas.

La poesía, por otro lado, tiene un poder transformador: “reabre lo indefinido”. En lugar de una funcionalidad simple, la poesía crea nuevos errores, provocando contradicciones deslumbrantes, ilustrativas e inquietantes, que expanden lo que significa ser humano. Mientras que el código opera con una lógica de intercambio directo (por ejemplo, la secuencia <i> en HTML se intercambia directamente con una fuente en cursiva), la poesía “es el lenguaje de la no-intercambiabilidad”.

Pero lo que nos jugamos es algo más grande que el código y el lenguaje. Para Berardi, lo que está en juego es nada menos que la respiración continua de la humanidad, que él ve sofocada por el capitalismo financiero: los pueblos y gobiernos del mundo se muestran incapaces de combatir un sistema que está en todas partes y en ninguna parte a la vez. La poesía, sugiere, es la única respuesta.

Tal vez todo esto suene un poco esotérico. Después de todo, ¿qué tiene que ver la poesía con las finanzas? En su libro de 2011, La sublevación(The Uprising) Berardi señalaba que las finanzas ya se han sido afectadas por la poesía. El término “desregulación”, un fetiche para los fanáticos de la economía del libre mercado, fue acuñado por primera vez por Arthur Rimbaud, cuyo “dérèglement des sens et des mots”, fue una invocación a la “desregulación de los sentidos y las palabras”. Es el mismo impulso, sugiere Berardi, que está detrás del funcionamiento de las finanzas. En un sentido extraño, sin Rimbaud no habría un Paul Ryan.

Antes de ser un filósofo reconocido, Berardi fue uno de los pioneros de la radio pirata, fundador de la estación Radio Alice, que a partir de mediados de los años 70 operaba con un ex transmisor militar robado. Después de esa década, se mudó a Nueva York a cubrir el movimiento post-punk para una revista de música italiana. Más recientemente, su trabajo se ha centrado en las finanzas y la tecnología, así como en los fenómenos de los tiroteos masivos, “suicidios por la policía” y el trumpismo.

El día que hablamos, niños de todo el mundo marcharon para protestar contra la inacción para detener el cambio climático. Aunque no estaba planeado, fue un telón de fondo apropiado para una conversación con uno de los pensadores más subversivos de la filosofía.

Abres Breathing escribiendo sobre Eric Garner, quien en 2014 fue estrangulado por la policía de Nueva York por vender cigarrillos sueltos. ¿Qué tiene esto que ver con la poesía?

Franco Berardi (Bifo): En primer lugar, porque soy asmático como Eric Garner. Estuve en los Estados Unidos durante esos días para dar una conferencia. El día que el video sobre la muerte de Eric Garner se hizo público estaba en California. Participé en manifestaciones que gritaban “no puedo respirar, no puedo respirar”. Para mí, la expresión “no puedo respirar” significa algo especial porque de vez en cuando sufro crisis respiratorias.

Pero al mismo tiempo, esta mañana, al salir de mi casa (vivo en el centro de la ciudad de Bolonia), escuché algunos gritos. Era una manifestación de gente muy joven. La cruzada de los niños, como en muchos lugares del mundo. La gente se manifiesta contra la asfixia de la humanidad.

Greta Thunberg —que resulta ser una persona autista, diagnosticada como incapaz de distinguir matices, incapaz de distinguir los grises— ha despertado la conciencia de su generación con una cuestión muy clara en blanco o negro. Y esta cuestión es: el capitalismo nos está asfixiando. Veo cómo esta conciencia se extiende realmente entre los millones de jóvenes que han estado manifestándose. Este es un movimiento que durará años. Y el verdadero enemigo de este movimiento es la asfixia. Pero si miras más allá de la asfixia, ves crecimiento, competencia y ganancias. Yo lo llamo “capitalismo”.

En mi opinión, el 15 de marzo es un día importante. En cierto sentido, es un día que se expresará mucho mejor con la poesía que con la política. La política, el arte de la técnica del gobierno, es incapaz de entender este desafío. No puede porque la política se ha llevado a cabo en el marco del crecimiento, la expansión, la competencia y las ganancias. Pero la gente marcha en las calles. Y siento que están diciendo: “no puedo respirar”.

Hay una palabra que es fundamental en tu trabajo, pero que puede no ser familiar para la mayoría de las personas. Esa palabra es ‘semio-capital’. ¿Puede explicar qué quiere decir con eso?

Bueno, ‘Semio-‘, por supuesto, se refiere a la palabra semeion, que en griego significa “signo”. Así que lo que digo es que el capitalismo, hoy en día, puede ser descrito como un sistema muy complejo basado en la producción y circulación de signos. Alguien puede decirme, “Ah, no, yo uso un automóvil, y un automóvil no es un signo”. Claro, el capitalismo también produce automóviles, café y edificios. Cierto. Pero el proceso de producción que hace posible producir un automóvil es un proceso semiótico: un ordenador, un programa, un software, etcétera. Así que elijo definir el capitalismo como semiocapitalismo, ya que se basa en la informatización del proceso de producción.

Algunas personas pueden ver cosas como, por ejemplo, Pokémon GO, o las muchas apps de citas en línea, como formas de volver a conectar a las personas en una era digital. Pero haces una distinción entre “conexión” y “conjunción”.

Creo que esta distinción es absolutamente crucial. Defino conjunción como cualquier tipo de relación entre los seres humanos. Más concretamente, entre agentes lingüísticos. Cuando entramos en una relación, estamos intercambiando signos lingüísticos. En la relación conjuntiva, estamos creando el significado de lo que intercambiamos. Si te digo “me gustas” o “no me gustas” en una situación que está físicamente encarnada, estoy creando, a un nivel de proximidad del cuerpo físico, las condiciones contextuales para nuestra comprensión, nuestro intercambio.

La relación conectiva, por otro lado, es una relación puramente sintáctica. Quiero decir, si pones una máquina en contacto con otra máquina, necesitas un formato común. Una sintaxis común. Lo que intercambian, el significado que intercambian esas dos máquinas es independiente del contexto. Es puramente sintáctico. En cierto sentido, el significado ya está contenido en la propia sintaxis. Lo que digo es que este tipo de relación mecánica se está expandiendo cada vez más a los seres humanos, porque nos relacionamos cada vez más con máquinas que exigen un formato, un formato sintáctico. Necesitamos hablar el idioma de la máquina, de lo contrario nunca seremos comprendidos.

¿Qué es un código en realidad? El código es una imagen filosófica, que es similar a la profecía. La profecía es un acto lingüístico, que contiene en sí misma una proyección del futuro. Lo mismo que el código. El código es una herramienta lingüística, que contiene, en sí misma, el despliegue futuro del objeto codificado. Esto es importante porque estamos entrando en una dimensión en la cual la profecía es reemplazada por el código. Y eso es redefinir la función del lenguaje en cierto sentido. Veo un peligro en esto. Porque veo que nuestro futuro, el futuro de los seres humanos, está cada vez más inscrito en la cadena codificada del lenguaje. Pero la profecía no es auto cumplida. La profecía nunca describe el futuro de manera prescriptiva. Pero el código está haciendo eso. El código prescribe el futuro como el único futuro que puede ser.

Esto es algo que el código comparte con las finanzas. En las finanzas, la especulación misma determina el valor. Una vez que la “confianza” disminuye, el valor mismo disminuye, ya sea que haya cambiado o no algo más.

Absolutamente. ¿Qué son las finanzas? Las finanzas son la transcripción semiótica de la palabra económica. Al principio, las finanzas son solo un tipo de transcripción de lo que sucede en el mundo real de la economía física en términos numéricos, en términos financieros. Pero en un momento dado, desde el año 1971, cuando el presidente Nixon decidió que el dólar estadounidense no tenga relación con la economía real, existe una especie de fuerza autocrática en el campo de la economía mundial. Desde ese momento, las finanzas cambiaron su naturaleza. Porque las finanzas, que comenzaron como una transcripción, comenzaron a convertirse en una receta. Lo que sucede en el campo de las finanzas se proyecta, de inmediato, en el campo de las relaciones reales entre los agentes económicos.

Esta es la razón por la que muchas veces nos sentimos atrapados. Yo diría que cada vez nos sentimos más atrapados. Piensa en los griegos en el verano de 2015. Fueron a las urnas. El 62% de los griegos votaron en contra del memorando financiero del Banco Central Europeo. Y al día siguiente, [el ex primer ministro griego] Alexis Tsipras se vio obligado a someterse a las decisiones del Banco Central. ¿Por qué? Porque la decisión real de millones de griegos está atrapada dentro de la prescripción financiera. No se puede ir, por definición, fuera de la prescripción.

Mi percepción es que el fascismo creciente, el racismo creciente, que estamos obligados a ver todos los días tanto en los Estados Unidos como en Italia (y en el Reino Unido, en Hungría, y en muchos, muchos lugares), el nuevo fascismo se origina, se genera, por una especie de rabia. Por una rabia ciega que es la rabia contra la ferocidad matemática del código. Vivimos dentro del cadáver del capitalismo. Pero no podemos encontrar una salida. Porque este cadáver es un cadáver matemático.

Pero luego viene la poesía. Mi idea de la poesía no se basa en la literatura. Se basa en la dimensión erótica del lenguaje. Sólo la reactivación de la dimensión erótica del lenguaje y del cuerpo lingüístico, el cuerpo social, sólo estas reactivaciones pueden darnos una nueva percepción de libertad frente a la máquina financiera.

Han cambiado muchas cosas desde cuando escribiste La sublevación hasta cuando escribiste Breathing. ¿Qué es lo que esa poesía está haciendo ahora?

En primer lugar, tienes razón: escribí La sublevación en el año 2011. Al escribir ese libro, viajaba desde Londres a Roma, a Nueva York, a Beirut, a El Cairo, España, participando en ese movimiento. El año de las ocupaciones. ¿Qué hemos estado ocupando y por qué? La ocupación podría aparecer como una acción sin sentido. Ocupamos las calles, pero el poder no está en las calles. El poder financiero no está en las calles. El poder financiero no está en ninguna parte. ¡Ni siquiera en los bancos! Está en el ciberespacio, en una dimensión puramente abstracta que no podemos tocar, no podemos detener, no podemos destruir.

Entonces, ¿por qué salir a la calle y ocupar? Mi respuesta fue: no hemos tratado de detener el capitalismo financiero. Hemos intentado reactivar nuestro cuerpo. Por eso salimos a las calles. Esta fue una acción poética, no una acción política. No estábamos reclamando algo del poder. Nos decíamos algo a nosotros mismos. Nos decíamos a nosotros mismos: estamos solos en nuestros cubículos, frente a nuestras pantallas. Estamos trabajando juntos y viviendo solos. ¡Así que dejen de trabajar juntos y dejen de vivir solos! Vámonos a la calle.

Pero, como sabemos, ese movimiento no ha tenido suerte y no ha tenido éxito. Por el contrario, la dictadura financiera ha continuado. Y, al final, ese movimiento se ha diluido en muchos lugares o, como en Egipto, fue destruido. ¿Qué pasa ahora? Ahora, miro la calle y veo a esta nueva generación —nueva en un sentido fuerte, porque esta es la cruzada de los niños—. Este no es el movimiento de la universidad. Este es el movimiento de las escuelas primarias. Y la fuerza, la enorme fuerza de este movimiento, es una: es un momento formativo de una nueva generación que se está asfixiando. Literalmente asfixiándose. Segundo: este movimiento es absolutamente radical, y lo será en los próximos días, semanas y meses. Tercero: el lenguaje de este movimiento no puede ser el antiguo lenguaje de la política. Poder, parlamento, democracia, tiranía, buena política, mala política, ¡de ninguna manera! El problema ya no es, en el antiguo sentido maquiavélico, o en el sentido leninista, el de gobernar la sociedad desde arriba. La única posibilidad es recrear la sociedad desde abajo.

Pero ¿qué significa desde abajo? Desde el cuerpo. Desde el cuerpo respiratorio de las singularidades humanas. Este es el conocimiento de este movimiento, en mi opinión. Esta es la continuación de Occupy, con un objetivo mucho más preciso que hace 10 años. Porque el movimiento de Occupy fue contra la violencia. Algo muy complicado. ¿Cómo puedes actuar sobre la violencia? Ni siquiera puedes ver las cifras, las estadísticas, los números. Si dices “quiero detener la asfixia”, estás hablando de terapia, estás hablando sobre la ciudad, sobre el transporte, sobre el tiempo de trabajo, sobre la obligación de trabajar en condiciones horribles. Este movimiento es mucho más concreto que el de Occupy. Y, al mismo tiempo, es la continuación del mismo hilo.

La “reactivación poética del cuerpo social”.

Sí. Es la expresión que uso, y sé que es un poco ridícula, pero digo “la reactivación poética del cuerpo social”. Por supuesto, es una metáfora. Pero, ¿qué debo hacer? Yo uso metáforas. Y los poetas también lo hacen, usan metáforas. Pero cuando los poetas usan metáforas, no están hablando por sí mismos, o para dos o tres amigos íntimos, están encontrando palabras que pueden aclarar lo que estaba totalmente confundido. Para explicar a las multitudes lo que está en la base de la vida. Las metáforas son herramientas para la comprensión. Y palabras que funcionan como herramientas para la comprensión. Lo que necesitamos entender ahora es que el capitalismo es un cadáver. Y la única salida del capitalismo es reducir la presión del trabajo. De la obligación de trabajar.

Una observación que haces, que es fascinante, es que la “desregulación” como concepto proviene de Rimbaud. ¿Tiene la poesía casi la responsabilidad de contrarrestar su propia creación?

Una vez más, estamos hablando de metáforas. Estamos por completo en el campo metafórico, y necesitamos entender el significado y la dirección de las metáforas. Así que leyendo a Arthur Rimbaud, leí la palabra dérèglement, que traducida es “desregulación”. ¿Es una coincidencia puramente accidental? No, no lo es. Porque en la segunda parte del siglo XIX y en la primera parte del siglo XX, toda la obra de poetas, de pintores, de músicos, ha estado dirigida a la abstracción de una manera muy extraña.

Como sabemos, “abstracto” es un término muy importante para la pintura y la poesía en el siglo pasado, el siglo de las vanguardias. Pero, esencialmente, ese tipo de abstracción puede verse como la emancipación del signo respecto del referente. Cuando Rimbaud, o Mayakovsky, o Picasso pintan o escriben una determinada palabra o una cierta imagen, no se están refiriendo a un referente identificable. Están inventando una nueva palabra. Están creando una palabra. Este es un cambio enorme en el campo del arte y la poesía. Pero esta es también la anticipación, cien años antes, de un gesto —en un mundo muy diferente y con intenciones muy diferentes— que Richard Nixon hizo en 1971. Cuando Richard Nixon dice “money is no more”, la traducción significativa del referente es que el dinero es autónomo. El dinero está creando una palabra para sí mismo. Está haciendo la misma acción semiológica que Mallarmé y que Van Gogh.

Obviamente esto es una metáfora. Alguien puede decir: “¿Y qué? ¿Cuál es el sentido de esta analogía? El sentido es que la poesía es, por definición, irresponsable. La responsabilidad de los poetas no es jurídica, no es legal ni política. Sin embargo, los poetas tienen una enorme responsabilidad cuando se trata de signos, de palabras, de conceptos, de imágenes. De ahí que estemos cambiando desde la dimensión de Occupy, la lucha contra la abstracción, a Greta Thunberg, que está convocando a la gente a redescubrir su cuerpo concreto, que está siendo asfixiado.

Y aquí llega la pregunta. ¿Puede salvarnos la poesía?

Nadie nos salvará. Nada nos salvará, y no quiero ser salvado realmente. Tenemos que entender: el verdadero asunto es que morirás, tarde o temprano. Y yo, y todos. Ese es el problema de la extinción. El concepto de extinción es el de la entrada en la historia de la humanidad con una nueva fuerza y una nueva conciencia.

¿Viste la última obra de David Bowie, Blackstar? Toda ella gira en torno a la extinción. David Bowie es un gran poeta, antes que nada, pero es el primer poeta en escenificar su propia muerte, su propia extinción. Así que todos vamos a morir. También en Blade Runner, Pris, la bella replicante, dice: “somos estúpidos y moriremos”. Si entendemos la extinción como un proceso natural de unirnos, no moriremos en ese sentido. Lo que necesitamos ahora es una comprensión conceptual y estética de lo que nos está pasando.

Por supuesto, cuando dices “salvar al mundo” te refieres a evitar la guerra, evitar el hambre, vale, de acuerdo. Pero la verdadera cuestión es la comprensión. Y el capitalismo está impugnando nuestra comprensión. Porque el capitalismo está presentando algunas supersticiones como naturales, como el crecimiento, la expansión, el salario, la competencia. Estos son conceptos. Palabras. No son cosas naturales. Tenemos que deconstruir la naturalización que el capitalismo ha impuesto en nuestra vida. Y la poesía es la herramienta más adecuada para hacer eso. Porque la poesía no acepta supersticiones.

¿Sabes qué es la superstición? Es la superposición de un significado. Un significado obligado impuesto a la vida real del mundo. Queremos tener una vida autónoma, pero la superstición nos obliga de otra manera. Tenemos que desenredar la vida autónoma de las palabras. Los poetas pueden hacer eso. Ese es su trabajo. Tienen que entenderlo. Su trabajo no es para una pequeña minoría de hombres de letras. No. Es un trabajo que tienen que hacer en las calles, entre los niños, los congregados por Greta Thunberg.

Autor de la entrevista: Mike Huguenor

Fuente: El Diario España

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Traducción de Juan Dorado

Una autopsia por la supervivencia: de ciencia, fracaso y acción climática

La ciencia ha sido un gran éxito a la hora de identificar el cambio climático, pero ha fracasado estrepitosamente en cuanto a enfrentarse a sus causas. La autora reflexiona sobre cómo salir de esta situación.

Por Julia K. Steinberger

No aprender de los errores del pasado es el único error realmente imperdonable en ciencia. Y en cuestión de cambio climático, la comunidad científica (en su mayoría) ha cometido una negligencia criminal a la hora de observar y, especialmente, a la hora de aprender de su propio pasado. Este artículo es una autopsia en cuatro actos: una anatomía del fracaso, para que, ojalá, podamos aprender, actuar y cambiar. Rápido.

Primer Acto: la ciencia como éxito

Dejemos algo claro: la ciencia física del cambio climático ha sido un éxito sonado, fenomenal y triunfante. Como dijo hace poco un compañero de la Universidad de Leeds, “llevamos décadas en lo cierto”. Esto hace que escribir los informes de evaluación del Grupo de Trabajo I del Panel Internacional de Expertos en Cambio Climático (IPCC) –el que se dedica a la física–, sea un pérdida de tiempo total: “¡Aún estamos en lo cierto!” [Esto es una broma, por supuesto. Siempre hay enormes cantidades de nueva ciencia sobre la que informar: tan solo son las grandes líneas las que no se han movido nada]. Así que no hay mucho que aprender  en cuestión de errores en ese campo. ¡Bien hecho, físicos y físicas! Habéis observado y modelado la realidad externa. Lo habéis clavado.

Segundo Acto: fracasando cada vez más

Dejemos una segunda cosa clara. La ciencia, como organismo conjunto de instituciones, personas y conocimiento, ha fracasado en cuanto al cambio climático. No es la única que ha fracasado (la verdad es que los gobiernos y la industria probablemente han fracasado aún más), pero lo ha hecho. “¡Pero si hemos publicado estudios! ¡Hemos aconsejado a los gobiernos! ¡Hemos escrito informes largos, exhaustivos y definitivos! ¡Incluso nos han dado el premio Nobel en escritura de informes largos y exhaustivos!”. Todo eso es verdad, y es cierto que refleja unos esfuerzos titánicos. Pero la prueba del fracaso no se encuentra en las páginas de los informes ni en los registros de los consejos dados a los gobiernos: está escrita, a lo grande, en el cielo, en la tendencia creciente de las emisiones, año tras año. Parece que estar en lo cierto en la ciencia física no es suficiente. Ni de lejos.

Evolución de la concentración de CO2 en el Observatorio de Mauna Loa (Hawaii). Imagen: Scripps Keeling Curve Website

En Alcohólicos Anónimos, el primer paso es admitir que uno tiene un problema, y que la solución a ese problema está fuera de nuestro alcance en este momento. Me gustaría sugerir a la comunidad científica que tenemos un enorme problema. Uno que nuestras estrategias actuales no están siendo capaces de solucionar. El primer paso para el éxito futuro es, seguramente, aceptar el fracaso presente y pasado: hemos fracasado estrepitosamente en reducir o siquiera ralentizar las emisiones de gases de efecto invernadero. A pesar de estar en lo cierto durante décadas sobre la ciencia que nos dice la inmensa amenaza que suponen estas emisiones, esa misma ciencia no ha sido suficiente para enfrentarse a esta amenaza y detenerla. Es hora de poner los pies en el suelo, aceptar que tenemos un problema, y repensar de manera fundamental nuestros roles y estrategias.

Tercer Acto: ingredientes del perfecto fracaso

De acuerdo, hemos fracasado, y es realmente terrible. ¿Pero cómo y por qué fallamos? ¿Y qué podemos aprender de nuestra investigación para dejar de fracasar y empezar a tener éxito, tanto ahora como en el futuro? Después de leer bastante (incluyendo algunos textos de los siempre excelentes Naomi Klein, Naomi Oreskes y Erik Conway), he elaborado la siguiente lista de elementos del fracaso perfecto.

1. Intentar existir fuera de la Historia

La iniciativa científica, al menos desde la Ilustración y la época de Newton, trata de ver sus contribuciones como existentes fuera de la Historia y la cultura. Si algo es verdad científicamente, debería haber sido verdad antes de haber sido descubierto y también después, por toda la eternidad. Esta idea es estupenda en teoría, pero tiene consecuencias devastadoras. Porque independientemente de la verdad eterna de un descubrimiento científico, su interpretación y traducción para ser comprendido y generar acción depende del contexto cultural e histórico que rodee al hallazgo. Así que los científicos han ignorado la Historia, incurriendo en un gran riesgo para la adopción de sus descubrimientos. Y el contexto histórico de finales del siglo XX debería haber sido tomado mucho, mucho, mucho más en serio por las instituciones y comunidades científicas, por la amenazante dominación del pensamiento económico neoclásico en la política y la cultura, y el papel idealizado y limitado que se reservaba a las personas científicas en sus expresiones públicas y en la vida pública. Ambos tienen que ser desafiados frontalmente antes de que podamos avanzar.

2. Aspiraciones tecnocráticas y apolíticas

En parte como resultado de su origen en la Ilustración, en parte como resultado de la estructura de las instituciones científicas (universidades, academias, centros nacionales de investigación), en parte porque este modelo funcionó relativamente bien durante un largo tiempo sin tener que ser confrontado, muchas disciplinas científicas adoptaron la posición idealizada del observador remoto y neutral, manteniéndose alejadas del objeto de observación y emergiendo de sus torres de marfil para conceder pronunciamientos imparciales al ocupado mundo que las rodeaba. Por supuesto, esta visión a menudo no tiene nada que ver con la realidad, en la que los científicos han participado ávidamente de las mejores y las peores acciones de sus sociedades (guerras, conquistas y genocidios coloniales, pero también avances médicos y de salud pública y educación, en la lucha contra la desigualdad, la mejora de la planificación urbana, etc.). No obstante, esta visión ha llevado a la calcificación de lo que se ha considerado el científico ideal, y así es como a muchos científicos les gustaría verse a sí mismos: los consejeros tecnocráticos e imparciales del mundo, sin prejuicios ni perspectivas políticas.

Este punto de vista nos ha llevado, entre otras cosas, a que la economía domine la forma en la que se consideran los impactos físicos del cambio climático y las transiciones tecnológicas requeridas por el mismo, porque se ve la ve como la ciencia social apolítica (spoiler: no lo es. Mucho más de eso en la siguiente sección). Pero hay más: esto ha llevado a una fatídica falta de consideración y compromiso con la realidad social en general, incluyendo la consideración y el análisis de los sistemas sociales. Los impactos climáticos desgarrarán los sistemas sociales, alterándolos. Las transiciones tecnológicas ocurrirán o no dependiendo de su experimentación y adopción dentro de dichos sistemas. Insistir en la ciencia como elemento puramente apolítico y tecnocrático, por lo tanto, deja una enorme laguna de conocimiento acerca de cómo nos afectarán los impactos del clima, y cómo podríamos responder y actuar proactivamente ante ellos. 

Nuestras aspiraciones de ser apolíticos nos han llevado a no estudiar el sistema político en sí mismo, sus estructuras de poder, sus relaciones con las industrias relacionadas con los combustibles fósiles, etc. Echando la vista atrás, esa es una debilidad bastante grande, que ha dejado a la comunidad científica vulnerable a los ataques del lobby de los combustibles fósiles (ver Merchants of Doubt, de Oreskes y Conway). Nuestra insistencia en ser apolíticos nos ha convertido en blanco fácil para ataques con motivos muy políticos, que aún están ocurriendo.

Un último problema que suponen las aspiraciones a ser consejeros totalmente tecnocráticos y apolíticos del poder es que hemos sido, en general, contrarios a llevar nuestros hallazgos directamente a la gente, a través de la educación pre-universitaria y de niveles de comunicación del público en general (con charlas y otros medios). Nos hemos quedado satisfechos quedándonos sentados y emitiendo informes relativamente largos y en un lenguaje técnico, dejando el trabajo de traducción y comunicación de masas a otras personas, como una especie de mecanismo de filtración que, se suponía, sucedería automáticamente. Por desgracia, esto no ocurrió como pensábamos que lo haría. Es verdad, David Attenborough al final hizo un documental sobre el cambio climático, pero ha llegado muy tarde. Deberíamos haber estado en los materiales escolares, dando charlas públicas y participando en televisión y documentales mucho más de lo que lo hemos hecho. Por desgracia, la insistencia de atenernos a nuestra inmaculada ciencia nos ha llevado a lamentables niveles de falta de información pública o incluso de desinformación. No tenía que haber sido así.

3. Dominación de la economía neoclásica

La dominación de la economía neoclásica, y su concentración en el equilibrio del mercado (“fundamentalismo de mercado”, según Oreskes y Conway), proyectan una larga sombra en la historia del fracaso de la acción contra el cambio climático. Desde el punto de vista de la efectividad científica, actuó en varias y perniciosas formas, incluyendo la protección de la araña que está en el centro de la tela: las industrias de combustibles fósiles.

  • Debido a la división entre disciplinas científica y al fracaso a la hora de aprender lecciones críticas entre las mismas, la economía neoclásica se percibe, desde el punto de vista de las personas que se dedican a la física, simplemente, como economía: la ciencia completa, establecida y cierta sobre cómo entendemos, medimos y modelamos las economías. Los físicos, por lo tanto, no saben que prácticamente todos los axiomas que sostienen la economía neoclásica han sido refutados o nunca ocurrieron en realidad (mercados perfectos, actores racionales, etc.), o que incluso su más ardiente defensor, Milton Friedman, definió la economía neoclásica como una zona “libre de realidad”, donde se aceptarían modelos basados en ficciones totales, usando este “entendimiento” científico para impulsar políticas de extrema derecha bajo el pretexto del libre mercado. La economía neoclásica no podría estar más lejos de la neutralidad política, pero ha tenido un gran éxito presentándose como tal. Citando a Sospechosos Habituales: “El mayor truco del diablo fue convencer al mundo de que era una ciencia neutral”.
  • Una vez más, debido a la división interdisciplinar, la economía no ha sido comprendida como un aspecto grande y diverso de las ciencias sociales, sino como una ciencia umbral: un cuerpo exacto, matemático y predictivo de herramientas a través del cual los científicos físicos podían traducir sus hallazgos y comprender y cambiar sistemas políticos y sociales difíciles de manejar. Otras ciencias sociales (la psicología, la sociología y, en tercer lugar, la ciencia política) se han percibido como subordinadas a la economía o tratables a través de ella. Así, la economía dominó los modelos y la manera de comprender cómo los impactos climáticos afectarían a las sociedades, y cómo podrían prevenirse o ser confrontados: a través de un simple cálculo de equilibrio entre costes y beneficios. Y al infierno con la realidad.
  • La economía neoclásica también fue comprendida como el umbral hacia la política y la relevancia “como personas serias” en el mundo real. Tanto las personas científicas como las políticas tomaron como inmutable la dominación del pensamiento de mercado en la toma de decisiones, y, en consecuencia insistieron, hasta un punto totalmente alejado de la gravedad y la urgencia que imponía la realidad, en identificar hojas de ruta políticas “optimizadas en costes”. La esperanza infundada residía en que estas hojas de ruta serían seguidas, a pesar de que cada año traía un nuevo retraso. Si me engañas una vez, la culpa es tuya, pero ¿qué justifica la esperanza continuada en identificar estas hojas de ruta y presentarlas como posibles, después de décadas de fracaso en su adopción?
  • El énfasis en el pensamiento de mercado también ha pervertido la comprensión sobre cómo ocurren los cambios sociales, económicos y políticos en el mundo real. Las personas científicas del clima se han creído la moda neoclásica de que las decisiones y el cambio ocurren a través de modificaciones en el equilibrio coste-beneficio de los mercados. Nada más lejos de la verdad. Aquí, en la realidad, los mercados cambian por la acción de actores grandes y poderosos (gobiernos e industrias, y, a veces, clases sociales) para sus propios propósitos. Las decisiones se desarrollan en términos de mercado, pero se toman mucho más arriba, a través de subsidios, aranceles, inversiones, impuestos, etc. Intentar cambiar una economía alterando el equilibrio del mercado es como pensar en que es la cola la que mueve al perro: una comprensión falsa de la causalidad. Concentrarse en el cambio de mercado fue una decisión devastadora, tanto como ignorar por completo el cambio social y político (a pesar de que estos estaban en realidad detrás de cualquier cambio de mercado).
  • La dominación de la economía neoclásica ocupa el lugar de otros mecanismos de cambio potencialmente mucho más efectivos, como el activismo, los movimientos sociales, la política electoral, la desinversión intencional, los desafíos legales a los combustibles fósiles, etc. Estos han sido cruelmente ignorados en comparación con los aspectos económicos.
  • La lente neoclásica impide la comprensión sistémica de las verdaderas claves causales de la economía. Creo que estas tienen que ver con el capitalismo como la base estructural de nuestra economía. He escrito sobre esto aquí y aquí. Uno puede estar o no de acuerdo, pero es sorprendente lo poco que se ha discutido acerca de las estructuras económicas sistémicas, incluyendo el poder ostentado por algunas de las mayores y más poderosas industrias que jamás hayan existido, y que han sido las principales causantes del cambio climático.

4. Positivismo científico e inexistencia de modelos exactos

Volvamos a Oreskes y Conway, y su excelente Colapso de la Civilización Occidental: una Visión desde el Futuro, en el que atribuyen una de las razones de nuestro fracaso al “positivismo científico”: una insistencia en la evidencia estadística arrolladora. Como afirman los autores, “estas prácticas han llevado a los científicos a exigir un estándar excesivamente estricto para aceptar cualquier tipo de afirmación, incluso aquellas que se refieren a amenazas inminentes”. David Spratt e Ian Dunlop desarrollan este concepto, explicando cómo los informes del IPCC han enfatizado los hallazgos intermedios (medias estadísticas) en lugar del alcance real, lo que ha resultado en menospreciar “riesgos de casos extremos”, de los cuales, por desgracia, está llena la ciencia del clima. Además, de acuerdo con Spratt y Dunlop, la preferencia positivista por modelos teóricamente perfectos (en lugar de heurísticos) también ha resultado en una infravaloración sistemática de los riesgos de los impactos climáticos: a la escala y con la complejidad de los sistemas terrestres, la perfección teórica en la comprensión de los ciclos de realimentación es, comprensiblemente, un listón demasiado alto. Y sin embargo, al mismo tiempo, no hemos informado de la gravedad de los resultados de los modelos heurísticos basados en observaciones y tendencias robustas del pasado.

Todos estos factores de precaución excesiva en los informes científicos apuntan en la misma dirección: hacia una escasez de información para el público y los políticos sobre las verdaderas magnitudes de los riesgos climáticos. En el reciente Informe Especial del IPCC sobre Calentamiento de 1,5ºC (SR15) se levantó parcialmente este velo, mostrándose claramente la gran diferencia entre los impactos a 1,5ºC y a 2ºC (WRI tiene un buen resumen). Pero, por supuesto, los compromisos nacionales hacia el Acuerdo de París nos sitúan en una trayectoria que se dirige a más de 3ºC de calentamiento, y como no son vinculantes y muchos países ni siquiera van de camino a cumplir con estos modestos cambios, puede que vayamos nos dirijamos a un futuro calentamiento de 4 grados o más, un escenario en el que el término “cataclísmico” ya no es ninguna exageración. Una de las razones por las que el informe especial pudo reflejar esta realidad de forma tan clara es porque ya estamos un grado (más o menos) sobre niveles preindustriales, y hemos dejado atrás la era geológica del Holoceno, durante la cual nuestra agricultura se ha visto protegida.

Figura del SR15 (IPCC) que muestra la media de temperatura desde que hay registros instrumentales, y demuestra cómo salimos del Holoceno (zona rosa).

Los impactos climáticos ya no existen solo en modelos remotos. Pueden observarse por todas partes: en la incidencia y severidad de las sequías y los eventos meteorológicos extremos, en la reducción de hielo ártico, en el derretimiento de los glaciares, en el aumento del nivel del mar, en el colapso de los ecosistemas y la desaparición en masa de especies enteras. E independientemente del tipo de impacto, prácticamente siempre, la respuesta observada se sitúa en el lado más severo del modelo (los modelos heurísticos tienden a rendir mejor), como consecuencia de los distintos tipos de sobreprecaución científica. No nos han advertido lo suficiente sobre lo que se nos viene encima.

Y hay un aspecto más de los problemas de la ciencia a la hora de comprender las evidencias e informar sobre ellas: debido a la insistencia positivista en el uso de modelos exactos y pruebas estadísticas de alto nivel, los aspectos sistémicos de los sistemas terrestres interconectados, a menudo llamados “puntos de inflexión” (ver sección 3.5.5 del capítulo 3 del SR15) han sido infraexplorados en los modelos. Esto es en parte comprensible: si tu modelo se basa en cambios continuos y, en su mayor parte, suaves, y en cómo responden los unos a los otros, pues modelar un evento repentino no entra en la capacidad del modelo. Y sin embargo, eso no significa que no deberíamos al menos intentar modelar nuestro conocimiento. Lo cierto es que nuestro conocimiento tiene grandes lagunas en cuanto a losimpactos más catastróficos (y enteramente posibles), pero no graduales, del cambio climático.

Acto 4: Avanzando

Si podemos ponernos de acuerdo en que hemos fracasado, ya hemos dado el primer paso. Me gustaría abrir el debate en lugar de cerrarlo: las razones expuestas anteriormente son mi propia interpretación, basada en la lectura esporádica. Estas no son las áreas en las que estoy especializada. Y no obstante, creo que tenemos que discutir todo esto, y rápido, porque tenemos que avanzar de forma muy distinta a como lo hemos hecho en el pasado para evitar más décadas perdidas en las que se siga ignorando la ciencia. Aquí debajo están mis conclusiones, aunque otras personas puedan obtener otras distintas:

1. Tomemos en serio la ciencia y los sistemas sociales

Aprendamos Historia, aprendamos teoría económica a mayor escala (Heilbronerpuede ser un buen comienzo), aprendamos sobre el cambio social más allá de los marcos limitados de “las ventanas de oportunidad política”. Leamos la historia de los movimientos sociales y cómo consiguieron producir cambio: como, por ejemplo, esto que escribí sobre las luchas no blancas. Intentemos tomar una perspectiva sistémica y entender cómo la tecnología, la política y la economía están entrelazadas en la Historia.

2. Salgamos. Comuniquemos. Tomemos partido.

Creo firmemente que ExxonMobil y sus industrias fósiles asociadas, a través de su maquinaria de negacionismo, desinformación de alto nivel y lobbying, liquidaron el modelo de comunicación científica del intermediario imparcial. Tenemos que inventar modelos nuevos. Creo que que el mejor antídoto ante estas enormes máquinas de desinformación, que aún están en funcionamiento y siguen sembrando el caos a nuestros alrededor, es salir ahí fuera y convertirnos en voces personales, apasionadas e insistentes por el cambio. Podemos ser activistas sin perder la integridad: de hecho, ¿cómo podemos ser fieles a las implicaciones de nuestros hallazgos si no lo hacemos? Estoy orgullosa de seguir, humildemente, los pasos de científicos con la inmensa integridad de James Hansen, pero esto debe convertirse en la norma, en lugar de en una excepción.

3. Sigamos aprendiendo, abiertamente, de nuestros errores y fracasos

Puede que esté totalmente equivocada en esto. Puede que haya diagnosticado más las dolencias subyacentes en esta autopsia, y obtenido las conclusiones equivocadas. Sin embargo, tenemos que discutir y debatir estas cosas abiertamente para poder aprender rápido y bien y avanzar mejor. Os cedo la palabra. Gracias por leerme.

Inspiración y Anexo (añadido el 26 de abril de 2019)

Este artículo se inspiró, en gran parte, en el testimonio experto del Dr. Geoffrey Supran en el Parlamento Europeo, sobre la manipulación de la ciencia por parte de ExxonMobil, que puede verse aquí.

Aquí, también, su respuesta a la parlamentaria británica Anna Soubry: “la evidencia, por sí misma, ha fracasado” (el hilo completo incluye numerosas citas documentos):

Un asunto importante, relacionado con el fracaso de la Academia, está relacionado con el deseo de ser percibido como una persona muy seria: el hecho de que las personas académicas e investigadoras proceden de manera desproporcionada de ciertas clases sociales y grupos demográficos, y tienen una mayor afinidad con los que ostentan el poder que con los grupos marginalizados a los que más afecta el cambio climático y el daño medioambiental. Como apunta Jewel Lipps, esto inevitablemente tiene consecuencias para la comunicación y la defensa de posiciones.

Y Linda Thomas apunta a que las emociones personales de miedo y dolor ante la enormidad de los hallazgos científicos y sus implicaciones políticas pueden hacer que la comunicación y el compromiso se vuelvan aún más difíciles para los científicos. Esto es algo con lo que ciertamente me identifico.

Julia K. Steinberger es profesora de Ecología Social y Economía Ecológica en la Universidad de Leeds. Expresa sus pensamientos aquí.

Este artículo fue publicado originalmente en Age of Awareness. Traducido por Santiago Sáez.

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El desastre de 1986 no fue tanto el comienzo del fin de la Unión Soviética, como el inicio de toda una Perestroika de la sensibilidad

por Bruno Cava

 

Una economía planificada implica el control estricto del tiempo. La cadena productiva es descompuesta en sus menores elementos constituyentes para que cada uno sea acelerado hasta la mayor productividad posible, es decir recompuesta y organizada según los plazos globales definidos por el planeamiento central. La racionalización del empleo de los medios recorre el proceso de punta a punta, bajo la mirada vigilante de una tecnocracia educada en los valores de la eficiencia. En pequeña escala, la actividad es regulada por el cronómetro, la pizarra y apuntadores comprometidos con la maximización de las cuotas. Pero esa lógica se reproduce en gran escala, en la forma de monumentales cronogramas y planes plurianuales que deben conducir a la nación paso a paso en la dirección del prometido futuro de superabundancia. Las recompensas y los castigos, las promociones y las destituciones son repartidas  a los funcionarios en función del éxito o del fracaso en la observancia de los plazos y de las metas punteados. El país del socialismo debe ser un reloj gigante en el que máquinas y hombres se engranan unos a otros, engarzados en conjunto por la soldadura de la narrativa progresista.

La serie Chernobyl (2019), exhibida por el canal de TV HBO, expone con claridad el esquema que funcionaba en la antigua Unión Soviética. Ella mostraba como el fatídico ejercicio testeo del reactor de la usina nuclear fue agendado para una madrugada de abril de 1986 porque, si si se realizaba en el horario diurno, más conveniente, implicaba una caída en la cuota esperada de generación de energía. Guiados por la expectativa de promoción en la cadena jerárquica, los burócratas bisoños de Pripyat tenían como ultima preocupación los aspectos relativos a la seguridad. La serie consigue mostrar cómo, al contrario de lo que se podría imaginar, ellos no estaban actuando irracionalmente contra el propio interés, sino que alineados a un implacable sistema racional de la industria planificada, que imponía la continuidad del movimiento. No se debería perder tiempo en distracciones, lo que podría ser interpretado como traición a los ideales revolucionarios.

La escenificación del ejercicio del reactor muestra la reproducción de esa misma lógica, al explicitar cómo el ingeniero jefe apresura las operaciones con el fin de cumplir la secuencia del manual. Lo que importa es culminar la realización del ejercicio para el dia siguiente agradar a los superiores, con el cumplimiento del plan establecido. La conclusión es que el desastre de Chernobyl no aconteció por una crítica falla humana, sino que por la acumulación de fallas que se prolongó por años y se propagó en cada hilo de la corriente productiva nacional. Todo un modo de producción era así colocado en jaque.

Ocurrido el desastre, la misma lógica se repitió en la economía de las reacciones discursivas. Los burócratas inmediatamente se pusieron a hablar, a discursear obsesivamente como las respuestas pre-fabricadas y las listas preparadas con los culpables a la mano: aquellos que, al errar, se desvían de la línea justa, y aquellos contaminados por ideologías extranjeras y contrarrevolucionarias. Una confección serial de narrativas  inicia en los comités locales de la ciudad, pasa por las oficinas de gobierno y termina en el anodino noticiario de la televisión pública. Cada acontecimiento triturado y descompuesto en elementos controlables, seguidamente recombinados para sustentar la gran narrativa del partido. Un taylorismo lingüístico que fabrica, en moto perpetuo, la reconfirmación obsesiva del plan mayor, eximiendo la culpa en “Grandes Enemigos Maquiavélicos”. En verdad, el estado respondió con un extenuante atletismo narrativo, puesto en marcha a la semejanza del funcionamiento de la industria pesada, solo que el producto esta vez fueron discursos. “Un reactor RBMK no puede explotar, no explota, no exploto”.

La serie de la HBO consiguió retomar la potencia literaria de Svetlana Aleksiévitch (Voces de Chernobyl, Cia de las Letras), claramente una base de apoyo para los libretistas. En la década de 1990, la escritora bielorrusa fue una de las primeras en relatar el acontecimiento de Chernobyl asumiendo como material del libro el punto de vista de las personas involucradas. Para oponerla a la narratocracia del partido. Svetlana no fabrico ella misma su contra narrativa, que podría servir de polo opuesto a aquella. La narrativa de la izquierda metabolizaría con facilidad una polarización directa, en los mismos términos envolventes. En lugar de eso, la escritura de Svetlana se deja contaminar por las voces acalladas de interlocutores ordinarios, cuya vida fue tragada por el desastre. Relleno el propio texto con la energía vital del discurso indirecto libre.

Son historias contadas en primera persona por los sobrevivientes, los enfermeros y habitantes de la región, los ciudadanos convocados para descontaminar el paisaje. Historias puestas en tensión unas con otras en la composición del texto. La serie televisiva acertó en seguir ese procedimiento de estilo, por ejemplo, al presentar el drama de la esposa del bombero, de la señora campesina que había enfrentado las tragedias del siglo, o del muchacho ingenuo reclutado para liquidar los animales contaminados por la radiación. En vez de caer en la banalidad del horror, tan común en los filmes-catástrofe, el desafío de filmar el horror de la banalidad. Es que en un acontecimiento como Chernobyl nada más es banal. Al abordar la vida ordinaria de las personas comunes, nosotros deparamos como las marcas calientes, los vestigios aun emisores de radiación mortal, que llegan hasta nosotros como rayos asombrosos. Si el partido corre para conectar su fábrica con una narrativa destinada a neutralizar el evento, banalizándolo como un simple percance en la inexorable marcha de la “Causa”, el tratamiento menor del lenguaje consigue conferir al ordinario enormes proporciones. Individuos que, al relatar sus pequeñas trayectorias, participan de un drama humano inmenso e irrepetible. Un segundo aspecto perturbador  en la escena es el efecto que Chernobyl tuvo al interrumpir el moto perpetuo de las narrativas preparadas. En un primer momento después del desastre, los burócratas y funcionarios del estado no paran de hablar, casi en reflejo condicionado. Eso queda claro en la escena en que Legasov atiende el teléfono que lo convocara a participar del gabinete de crisis, presidido por Gorbachev. Al atender el llamado, el científico apenas consigue reprimir el espanto ante los niveles medidos de radiación. El comisario del otro lado de la línea lo sepulta con discursos políticamente correctos a los que debería adherir, como condición para la participación en el equipo. Pero el acontecimiento termina por imponerse, introduciendo una pausa. Un momento intenso de mudez: perdemos la voz normal ante lo innominable, no sabemos de qué hablar, como hablar. Uno después de otro, los personajes son estremecidos, transformándose gradualmente, para usar la expresion de Svetlana, “hombres de Chernobyl”. Son obligados a buscar palabras para sensaciones nuevas, y sensaciones para palabras nuevas. Es el espanto de los ingenieros y científicos que no lograban acreditar lo que veían y sentían. Es la hesitación que, poco a poco, penetra en la cúpula burocrática: la expresiva pausa de aquel mismo comisario cuando le comunican al acortamiento de su expectativa de vida, del general cabizbajo que pregunta “y ahora, qué hacer?”,  y del propio Gorbachev, perplejo y sin recursos. El suelo de las narrativas se agrieta y en el se infiltra una conciencia diferente, una nueva imagen del mundo portada por los hombres de Chernobyl. Su materialización en el espacio es la zona muerta, en la extraña fascinación que ejerce sobre los espectadores. En ella vislumbramos un mundo sin el ser humano, un tiempo libre, objetos que siguen existiendo en ausencia de nuestro abandono. Testimoniarán nuestro pasado o el futuro? El tiempo implacablemente encadenado del sistema industrial planificado se sale de los goznes y es lanzado hacia otro lugar de la historia. El socialismo debería conducir desde el pasado glorioso de la revolución al futuro utópico de la generosidad generalizada, pero el esquema motor se ha roto en ambos extremos. Comienzo y fin ya no explican nada nunca más. El pasado de la revolución soviética se torna una cascara vacía al mismo tiempo que el mañana se disipa junto a las columnas de humo radioactivo surgido de las ruinas. En la seria de HBO, en la escena de la reunión del comité local, instantes después del desastre, un viejo señor idealista discursea sobre la importancia de preservar el patrimonio simbólico de la revolución socialista, pero ante los hechos, él no podía sonar más falso y postizo. Momentos después uno de los presentes, sufriendo los efectos contaminantes de la radiación, comienza a vomitar…

El desastre de 1986 no solo fue el comienzo del fin de la URSS, sino que el inicio de toda una perestroika de la sensibilidad. Por esa senda abierta, se derramaron las últimas grandes narrativas del siglo XX y todo el continente socialista se sumergió en el. En un momento de recrudecimiento de renovadas guerras discursivas, la puesta en escena fílmica de Chernobyl no podría haber sido más oportuna.

Traducción del portugués: Santiago De Arcos-Halyburton

Brigitte Vasallo: “Cuando se toca la patria, como en cuanto se toca la pareja, saltan las mismas alarmas”

Pensamiento monógamo, terror poliamoroso, amor, estado, capitalismo y revolución. De todo eso habla Vasallo en su último libro.

Por Elena Martín

Tomamos un café con la charnega gallega Brigitte Vasallo (Barcelona, 1973), que nos habla sobre su último libro: Pensamiento monógamo, terror poliamoroso, y sobre amor, estado, capitalismo y revolución.

Dices que vivimos en un sistema monógamo, que ese es el problema. Con cuánta gente te acuestes en tu vida es algo secundario, ¿no?

La cuestión es el sistema, que rige una forma de relacionarnos. En él es difícil saber lo que queremos o lo que no porque no hay muchas opciones para querer otras cosas, lo que no quiere decir que no podamos tener las relaciones que nos apetezcan y nos hagan sentir bien.
La cuestión es que hacer visible el sistema no va en contra de las personas que deciden tener una relación exclusiva, ni de las personas que deciden no tener ninguna. Lo que intento es abrir espacios para que, incluso esa forma de relación, sea escogida de una manera más libre. El libro habla de “terror poliamoroso” porque en cuanto empiezas a poner sobre la mesa esta cuestión sistémica, parece que saltan todas las alarmas de la gente que se siente atacada en su relación. Como cuando las haces del feminismo y hay hombres que se sienten atacados o, cuando las haces de racismo, hay personas blancas que sienten que las estás atacando.

Forma parte también del pensamiento hiperindividualista e hiperegocéntrico en el que estamos, que hace que la gente lo relacione con su vida privada, cuando esto va de todo el conjunto y del sistema. Luego cada una haremos la vida que podamos hacer. Ya se sabe que las heroicidades no son las que nos van a llevar al cambio.

Nacemos en una sociedad patriarcal y, como dices, tenemos muchísimo que aprender para no dejar cadáveres sentimentales por el camino. En el libro hablas de que una de las claves radica en dejar de ver las relaciones como una jerarquía, donde nuestra pareja es la persona más importante. La verdadera revolución radicaría en que nos importe toda la gente que forma parte de nuestra vida. ¿El capitalismo no soporta que tejamos redes de apoyo para cuidarnos?

Cuando hablamos de relaciones poliamorosas y decimos que en ellas hay consumismo y descuido, hay que tener en cuenta que es una problemática que tiene que ver con la monogamia. Sin ir más lejos, las muertas no son poliamorosas, nuestras muertas estaban dentro de relaciones monógamas. En la monogamia también descuidamos a la gente —y ahora ya me refiero a relaciones exclusivas—. Tú cuidas la relación a dos cuando realmente quieres que la relación perdure. Entonces, bajo la lógica del capital, inviertes esfuerzos y recursos en la relación porque buscas una retribución. En cuanto te deja de interesar, pues finalizó. Y, a veces termina con tanta violencia que llega a la muerte, al asesinato. En el poliamor también existen estas dinámicas, pero precisamente no son las brechas de las que estamos hablando.

Independientemente del número de personas con las que estés, lo que me interesa es buscar precisamente las brechas para todo eso: cómo nos relacionamos más allá de la pareja, cómo seguimos centrándonos en la pareja, cómo desmontamos eso y cuáles son las condiciones necesarias para desmantelarlo.

Al pensar en desmontar la pareja, lo interesante es que se ponen en evidencia cuántas cosas necesitamos. Cuáles son el tipo de redes de las que tenemos absoluta falta para que pueda ser realmente una realidad que tú puedas escoger tener una pareja o no y que no sea por un mandato social y por necesitar un soporte de supervivencia tan bestial. Eso es lo interesante, lo político de todo esto; no las agendas de ‘folleteos’ que tenga cada una, eso es banal, anodino e incluso prescindible. Es mas, debería ser prescindible.

Y eso sin contar con que la monogamia entiende que tenemos que vivir con nuestra pareja, algo que no a todo el mundo parece funcionarle, ¿no?

La monogamia como sistema es todo eso. Cuando doy clases de género para compañeras que aún no tienen ningún tipo de formación en género —pero sí experiencias— y les explico la heterosexualidad, siempre les comento que ser heterosexual no es acostarse con hombres. Ser heterosexual es todo lo que sucede alrededor. Les pongo de ejemplo que, si esto fuera una cuestión de sexo, las heterosexuales se acostarían con hombres y vivirían con sus amigas, que es con quien se vive bien. Pero no va de sexo, va de todo lo demás. Tener una pareja y no querer vivir con ella, o preferir vivir con tus amigas, forma parte del mismo sistema que nos impide imaginar otras formas de vida y al mismo tiempo nos hace creer que ese compromiso con esa persona es más débil si no lo apuntalamos con una serie de cuestiones materiales. Si no hay un piso, convivencia, criaturas y economía de por medio, como que el amor no basta. Porque el amor no basta, pero la economía seguro que tampoco, y el capital no será lo que nos mantenga unidos de una forma resistente frente al sistema.

En una sociedad patriarcal da la impresión de que es más complicado que una relación heterosexual sea igualitaria, y parece también más difícil que en el poliamor entre personas de distinto sexo se dé de una manera más abierta.

Sí, y como nosotros, también lo pensó todo el lesbofeminismo a lo largo de la historia —que desgraciadamente no se está leyendo lo suficiente—. Ahora que el feminismo se puso de moda, sucede que no se para de hacer feminismo para dummies, que es bueno, pero con un libro ya tenemos bastante. Y, al mismo tiempo, también hay una cuestión de techos de cristal. Las que llegan a determinados espacios de palabra son las que tienen menos barreras de por medio y, por lo tanto, son en su mayoría heterosexuales que no le dieron bola al lesbofeminismo porque les parece una cosa para las lesbianas, y esto no tiene sentido porque precisamente sobre todo esto tendría que habernos enseñado el feminismo. Así acabamos con un refrito de un feminismo hiper heterosexual, hiper blanco… que no sé qué va a suponer, lo veremos en unos años. Me da un poco de miedo cuando se habla de cuarta ola del feminismo cuando estamos más bien en una segunda a destiempo, que en su momento tuvo sentido pero que ahora es bastante problemática.

Las compañeras que trabajaron en esto mucho antes ya lo explicaron: la heterosexualidad hace el género, es la que hace que existan hombres ‘marca registrada’ y mujeres ‘marca registrada’. Esa es la idea de la heterosexualidad cruzada con el sistema monógamo: hombres y mujeres son diferentes y complementarios, y es en su unión donde hay un ser completo. Desmontar el género es desmontar las dinámicas que lo rigen. Y es imposible en una relación de corte heterosexual, sino que cuando eso se hace en una relación, esa relación ya no es heterosexual, porque lo que define la relación heterosexual son precisamente las dinámicas de género intrínsecas.

Relacionas el amor romántico con las fronteras.
Me interesa la cuestión del Estado-nación y las dinámicas de enamoramiento porque criticamos el amor romántico pero nos enamoramos de la idea de una república feminista que, de momento, de feminista no tiene nada. Es como cuando te enamoras de un imbécil y piensas que cambiará, porque le ves las posibilidades y piensas que a través del amor harás que cambie. Que todos esos machos de un lado y de otro que prometían no sé qué, lo prometen en el momento en que necesitan de las mujeres. A las mujeres, a las personas de géneros no binarios y a toda la periferia del cotarro, después nos traicionan y nos abandonan. Eso lo sabemos y aun así seguimos cayendo una y otra vez al igual que caemos en el amor romántico. Es el único mandato de género que no hay manera de romper. Y sigue pareciéndonos que con nosotros no será así, porque nosotros somos mejores y con el amor hará que cambie. Es fascinante que esto nos pase a las feministas.

Las dinámicas son las mismas, y no quiere decir ni que tengamos que dejar a nuestras parejas ni que dejemos de luchar por tener estados independientes. Hay una simplificación que es bastante aburrida. Estamos intentando comprender la complejidad de lo real, y no lo vamos a solucionar con un tuit o un titular. La realidad es compleja. No es que no haya que buscar Estados y que los pueblos no tengan derecho a decidir cuál es su futuro. Eso es básico. Lo interesante de esto son las dinámicas de poder, y en ese sentido sí tenemos ejemplos constantemente: en cuanto se toca la nación o la patria, como en cuanto se toca a la pareja, saltan las mismas alarmas, que además nos piden que no seamos críticas. Y, claro, si no somos críticas con eso, ¿dónde vamos a ir?

Y así como cuando se vive en pareja parece que una tercera persona viviendo en esa casa está de más. ¿Es la misma lógica cuando se habla de compartir la tierra con migrantes?

Sí. Mira, un ejemplo de lo más tonto. Hay un coche, yo voy al volante y recojo a un grupo de personas: mi pareja y mis amigas. Naturalmente, mi pareja se va a sentar delante y mis amigas le van a dar ese espacio. No tiene sentido pero es un acto reflejo, hay unos espacios que están claros porque muestran una jerarquía. Con la nación y con las personas que vienen de fuera pasa lo mismo. Hay ese terror a que se diluya la identidad y hay que poner una serie de barreras para que puedan estar más o menos, según interés, pero que nunca lleguen al estatus de ciudadanas plenas, sabiendo que eso va a transformar el concepto de ciudadanía que hay. No es solo una cuestión emocional: todas esas ‘emocionalidades’ que sentimos están regidas por el capitalismo. Para el capitalismo es un chollo que haya personas sin derechos laborales. Luego vienen los empresarios a decir cosas. ¿Pero qué decís, si estáis ganando un montón de pasta a costa de esto?

Llevamos una deriva muy heavy desde hace años, incluso siglos, pero desde hace unos años parece que todo esto no tiene complejos. El fascismo, la represión… Tenemos que ponernos las pilas y montar una resistencia que sea transversal y que realmente nos proteja de lo que está por venir. Y que proteja también a las personas que ya tienen la bota en el cuello, como son las compañeras y compañeros musulmanes.

Al capitalismo le interesa que convirtamos al trabajo en nuestro gran amor.

Tenemos la tendencia de pensar que hay una serie de trabajos que están legitimados a dedicarles la vida, los llamados poéticamente vocacionales: escritora, artista… En cambio, un trabajo como el de zapatera, no. Hay una cosa que es el trabajo que tenemos que hacer para comer y pagar la mierda de los recibos y luego están las cosas que nos sale de dentro hacer, incluso dedicarte a mirar al techo. Es fundamental poderle dedicar tiempo a tus pasiones, que no son productivas, ni interesantes para el sistema. A mí me interesan las cosas pequeñas, como tejer. No es que yo teja, pero sí creo que la vida es cómo tejer, porque son las puntadas pequeñas, las lentas y que llevan más tiempo, las que después resisten cuando tiras de la tela. El poliamor neoliberal va precisamente de esto. La pareja era el último reducto que nos quedaba y, así, el poliamor neoliberal es la última brecha para convertirnos en individuos con la fantasía de estar aislados. Como diría Almudena Hernando, la fantasía de la individualidad. Personas solo dedicadas a sí mismas, egocentrismo puro y duro.

Entonces la solución es finalizar con el sistema monógamo, por nosotras y por las que vendrán después.

Sí, siendo conscientes y reivindicando nuestros límites. Agrietar el sistema monógamo no va de cantidades, no va de dejar a tu pareja ni de que tu pareja tenga otras parejas. Si nos quedamos solo con eso no vamos a avanzar nunca porque nos quedamos otra vez en soluciones simples y mucho más tontas que el sistema, que es muy inteligente. No va de eso. Va de cómo te sitúas tú con tu pareja, qué redes construyes, qué afectos tienes en cuenta y cuáles no. Después tú puedes estar con quien te dé la gana. Y atrévete también a respetar tus límites, cuando el cuerpo te dice que algo no, pues estupendo. También hay un tema cuando alguna compañera dice: “es que yo soy heterosexual”. Que sí, cariño, pero que a ti te gusten los hombres no quiere decir que cuando entra un tío en la sala tú tengas que cambiar de actitud. Lo preocupante es que hagas como que eres una niña pequeña. Eso es lo jodido, y no me digas que no lo puedes evitar. Pues de eso va, y eso es lo peligroso.

 

Fuente: https://www.elsaltodiario.com/feminismos/entrevista-brigitte-vasallo-pensamiento-monogamo-terror%20poliamoroso