La revolución 5G

Por Manuel Castells
Con el aséptico nombre de 5G se presentó la nueva generación de comunicación móvil en el Mobile World Congress de Barcelona, a finales de febrero. Se trata de una profunda transformación tecnológica con importantes consecuencias empresariales, sociales y geopolíticas. La estrella del congreso fue el nuevo modelo Mate X de Huawei, la principal empresa tecnológica china. Claro que el teléfono no sirve de mucho mientras no se despliegue la red por la que circulan las señales. Y esto se supone que ocurrirá, al menos en China, Europa y Estados Unidos, en el 2020.La conexión de internet con 5G se proyecta como 40 veces más rápida que la del 4G que actualmente utilizamos y el volumen de datos comunicados significativamente mayor (aquí las estimaciones varían). La importancia de esta tecnología es que constituye la infraestructura necesaria para el funcionamiento de la nueva sociedad en red, incluyendo la nueva economía. Esta nueva estructura, que ya existe en gran medida, está en la base de la conexión de grandes bases de datos (big data), del despliegue de las aplicaciones de inteligencia artificial y, por tanto, de la robótica avanzada (máquinas capaces de aprender) y, sobre todo, de la llamada “internet de las cosas”. Por tal se entiende la multiplicidad de conexiones ultrarrápidas de internet no sólo entre humanos y sus organizaciones, sino entre objetos de todo tipo, en el ámbito doméstico, el dinero móvil, el coche sin conductor, la cirugía a distancia, la enseñanza virtual o las guerras de drones. No hablamos de ciencia ficción, sino de lo que ya ha sido investigado, diseñado, producido y es operativo.

Como indicación de lo que ocurre, en el 2014 había unos 1.600 millones de objetos/máquinas conectados. En el 2020 se estima que serán 20.000 millones. Sin embargo, el funcionamiento real de estas múltiples redes sobre una única infraestructura de comunicación requiere una red con las características del 5G. Con sus consiguientes riesgos. Por un lado, el de la ciberseguridad (interferencias y vigilancias de todo tipo, sobre todo de gobiernos, incluidos todos). Por otro lado, los peligros potenciales para la salud aún poco evaluados. Resulta que una característica clave de esta nueva red es una altísima densidad de miniantenas que están sembrando en todas las ciudades para, mediante su cobertura coordinada del espectro, obtener una comunicación ubicua de cualquier punto de la red a cualquier otro. Antes de que le entre pavor piense que esta red, como todo lo que hemos ido inventando, se va a desplegar y usted (o sus hijos o sus nietas) la van a utilizar, sí o sí. Con lo cual lo urgente es analizar seriamente los impactos de estos múltiples campos electromagnéticos sobre la salud (sobre lo que hay muchos mitos, parecidos al movimiento antivacunas) y encontrar soluciones técnicas para prevenir el daño potencial.

En cualquier caso, la construcción y gestión de la(s) red(es) 5G se convierte en un campo esencial de la lucha por el poder y el dinero, porque vivimos en la época del capitalismo de los datos y los datos sólo sirven cuando pueden ser procesados y conectados.

Por eso se ha desatado una violenta reacción del Gobierno estadounidense contra la participación de Huawei en el diseño y construcción de la red. Y es que resulta que, en opinión de la mayoría de los expertos, Huawei posee la tecnología de diseño y fabricación más avanzada del mundo en las redes de telecomunicación 5G. Creo que el choque psicológico del Gobierno (mucho menos el de las empresas) es comparable al pánico surgido ante el Sputnik soviético en 1957.

¿Cómo es posible –dicen en Estados Unidos– que los chinos estén más avanzados cuando se suponía que su ventaja competitiva estaba en copiar y fabricar más barato explotando su mano de obra, sin añadir valor mediante investigación? Estamos en presencia de una mezcla de complejo de superioridad e ignorancia. Huawei está entre las primeras cinco empresas del mundo en gasto en I+D, tiene decenas de miles de investigadores, con centros en todo el mundo, no sólo en China, sino en Silicon Valley y otros núcleos tecnológicos. Y obtuvo más patentes tecnológicas en el 2017-2018 que cualquier empresa tecnológica en Estados Unidos. Aun así, la paranoia de los estrategas estadounidenses es tal que, teniendo en cuenta las consecuencias geopolíticas e incluso militares de esta tecnología, decidieron que la ventaja de Huawei sólo podía provenir del espionaje industrial y han arrestado y procesado a la directora financiera, Meng Wanzhou, hija del fundador de la empresa. ¿Pruebas? En el momento de su detención llevaba un iPhone y un iPad. Concluyente, ¿no? La acusación en serio es que Huawei es una empresa estatal (falso, es privada, como lo es Alibaba, la mayor empresa de e-commerce del mundo) y está introduciendo un acceso de “puerta trasera” en la red mediante el cual se puede espiar a todo el mundo. Y sólo faltaba que justo ahora el Gobierno chino lance su iniciativa de construcción de infraestructuras de transporte y comunicaciones en Europa y Asia (la nueva ruta de la seda) en colaboración con diez países europeos, incluida Italia, para que el 5G se interprete como un proyecto de dominación china sobre Occidente.

Objetivamente, hace falta mucho cinismo para presentar al Gobierno de Estados Unidos, así como los europeos, como respetuosos de la privacidad. Hay múltiples revelaciones y documentos (en particular los papeles de Snowden) que muestran la práctica sistemática de vigilancia legal o ilegal de las agencias estadounidenses en todo el mundo, como hace el Gobierno chino. Y la ayuda de mercados militares a empresas como Boeing y a Silicon Valley es un hecho.

La nueva revolución tecnológica se está convirtiendo en un campo de batalla geopolítico, en detrimento de la cooperación sinérgica que intentan algunas empresas europeas.

Fuente: http://contrahegemoniaweb.com.ar/la-revolucion-5g/

Nancy Fraser: “El feminismo que ha devenido hegemónico ha sido para el uno por ciento de las mujeres”

Nancy Fraser (Baltimore, 20 de mayo de 1947) es una filósofa política, intelectual pública y feminista estadounidense. Ha ejercido como profesora de ciencias políticas y sociales. En la actualidad es profesora de filosofía en The New School en Nueva York. Es ampliamente conocida por sus críticas y contribuciones teóricas en el ámbito de la filosofía política, especialmente es cuestiones de política de la identidad, sobre el constructo de justicia social y la teoría feminista. Activista feminista ampliamente reconocida, es autora del famoso libro ‘Fortunas del feminismo’ y ‘¿Redistribución o reconocimiento? Un debate político filosófico’ en coautoría con el filósofo alemán Axel Honneth sobre asuntos de política de la identidad, el concepto de justicia social y la teoría feminista, movimiento que, sostiene, debe construirse con «un gran empuje desde abajo», no sólo para el uno por cierto de las mujeres
 Entrevisto a Nancy Fraser en un contexto que no puede ser más propicio: las mujeres se han rebelado masivamente en su país contra un presidente que consideran misógino, han rechazado votar a una mujer que pudiera haber sido la primera presidenta de Estados Unidos, Hillary Clinton, y han emprendido una causa masiva y global que cada año involucra a un mayor número de mujeres de todo el planeta. Nancy Fraser ha sido actora fundamental de estos movimientos.

 
— ¿Este movimiento feminista global emergente que usted impulsa cuenta con una única agenda global?

No creo que haya algo remotamente cercano a una sola agenda feminista global y compartida por todas las mujeres, y diría que hay dos razones para no pensar de esta manera en la actualidad: una tiene que ver con una idea de la que mucha gente habla hoy en día, y es la diversidad de las mujeres: diversidad referida a la diversidad de los espacios sociales que habitan y a los problemas de la interseccionalidad, lo que hace que la situación de las mujeres trabajadoras, las mujeres de color, las mujeres trans, las mujeres indígenas, sea diversa y nos enfrenta también a un contexto postcolonial versus uno europeo o estadunidense metropolitano, por ejemplo. Las situaciones son muy diferentes y es completamente normal, natural y deseable que diversas movilizaciones feministas se desarrollen en diferentes lugares y con diferentes énfasis.

— ¿Entonces no tenemos una agenda común?

Me estoy refiriendo al hecho de enfocarse en diferentes preguntas, lo cual en sí mismo no es problemático, pero sí hay un segundo aspecto que considero que complica enormemente la cuestión de la agenda global y es que en realidad existen muchas ideas antitéticas y enfrentadas acerca de lo que es el feminismo, acerca de lo que implica la igualdad de las mujeres, acerca de lo que es la subordinación femenina y desde dónde se sustenta en nuestra sociedad, por lo que diría que hablando de la perspectiva de Estados Unidos, y aun cuando considero que no es únicamente una cuestión de este país, pues lo hemos visto en los últimos veinte años, de lo que se trata es de la emergencia de una corriente liberal hegemónica del feminismo o incluso podremos llamarle feminismo neoliberal que ha sido enaltecido, por lo menos en el ámbito mediático, y que se trata de un feminismo que sostiene una idea muy limitada y estrecha, diría incluso inadecuada, de lo que es la igualdad. No es en realidad un movimiento por la igualdad sino por la meritocracia, y a lo que me refiero es que incluye frases como “romper el techo de cristal o sobrepasarlo”. Es un tipo de feminismo corporativo que está sustentado en la situación de mujeres privilegiadas, educadas, profesionistas, mujeres empresarias heterosexuales que sostienen la idea de que el problema es la discriminación entendida en su aspecto más limitado y, por ende, sustentan que lo que tenemos que hacer es mover las barreras para que las denominadas “mujeres talentosas” puedan ascender en la escalera corporativa, incluso entre los militares, para obtener su merecido lugar con los hombres privilegiados de su misma clase. Este es para mí un feminismo muy limitado, respecto del cual estoy totalmente en contra y por ello formo parte de un esfuerzo que incluye a mucha gente y en muchos países y que está por desarrollarse, lo que yo llamo el feminismo del noventa y nueve por ciento, que es una alternativa a este feminismo corporativo, en la idea de un feminismo para la mayoría de la población. Y en esta idea del feminismo del noventa y nueve por ciento creo que es posible contar con algo similar a una agenda común, pero ha de ser muy amplia y con suficiente capacidad para que los diferentes grupos de mujeres, movimientos y luchas aquí y allá puedan desarrollar su propios énfasis y encontrar el modo de ir adelante para lograr sus propias necesidades y reclamos. Sin embargo, considero que algunas cosas que deben ser centrales para el feminismo del noventa y nueve por ciento son el que debe incluir una amplia definición de lo que significa la violencia contra las mujeres y no únicamente maltrato doméstico o violación, sino que incluya todas las formas de violencia estatal y policial que sufren las mujeres, incluyendo violencia económica, violencia ambiental y demás. Necesitamos un panorama mucho más estructural de lo que la violencia involucra, y lo mismo opera para las cuestiones relativas a la organización de las formas de provisión y reproducción social. Las mujeres, como todas las poblaciones, están enfrentándose a un movimiento mundial de disminución del presupuesto, de recortes presupuestales estatales que apoyen las actividades de reproducción social. Esto, al mismo tiempo en que las mujeres están siendo reclutadas masivamente al trabajo remunerado, y el recorte de servicios estatales y servicios públicos es una perfecta combinación para una tormenta de estrés, para la locura cotidiana de tiempos acotados, por lo que una gran parte de la agenda feminista para el noventa y nueve por ciento hoy en día tiene que ver con la cuestión del aprovisionamiento social. Para el noventa y nueve por ciento de las mujeres no es cuestión de contratar una nana o no.

– Cuando habla del noventa y nueve por ciento ¿se refiere a todas las mujeres, es decir a cada una de las mujeres en el mundo?

– No, noventa y nueve por ciento no es el cien por ciento.


– ¿Qué es entonces?

– Es noventa y nueve por ciento; a lo que me refiero es que el feminismo que ha devenido hegemónico ha sido para el uno por ciento de las mujeres, y necesitamos un feminismo para el noventa y nueve por ciento. La solución para el estrés cotidiano, para el tiempo que nunca alcanza y las presiones que derivan de la reproducción social para el uno por ciento de las mujeres, ha sido contratar mujeres emigrantes, gente de color, mujeres indígenas, pagándoles muy poco y manteniéndolas en situaciones muy precarias, sin ninguna prestación laboral. En muchos casos se trata de mujeres sin papeles, lo que las hace sumamente vulnerables al abuso. Esta no es una solución para el noventa y nueve por ciento. La única solución para el noventa y nueve por ciento es la provisión pública de servicios sociales, cuidado público de la infancia, servicios públicos de salud, soporte comunitario público, etcétera. Por lo tanto, la lucha contra las políticas de austeridad tiene que ponerse al centro del feminismo global para el noventa y nueve por ciento, puesto que los derechos laborales son prioritarios y por ello tenemos que volver a hablar acerca de todas las diferentes formas de trabajo en las que las mujeres están involucradas, el trabajo remunerado, el trabajo relativamente formal, el informal, el precario, las mujeres sin papeles, el trabajo del cuidado. La justicia ambiental es también un tema muy relevante. En muchos lugares del mundo las mujeres tienen la responsabilidad principal de proveer abrigo, agua limpia, cuidado de espacios verdes, de granjas y tierras. Todo esto está marcado por una suerte de dinámica neoliberal peligrosa, que busca extraer valor de todas partes, así que estos son los énfasis que te dan un retrato diferente de lo que una agenda global de mujeres sería para mujeres como Hillary Clinton, cuyas ideas son, ya sabe, “romper el techo de cristal” “subir la escalera”.

— En relación con la institucionalización de la agenda de género, ¿qué piensa usted ahora que tenemos tantas instituciones para las mujeres, tales como ONU mujeres, organizaciones no gubernamentales de mujeres, mujeres en todas las instituciones? ¿Es un logro del movimiento feminista en los términos de lo que usted considera que hay que avanzar, es decir, en relación con lo que usted denomina revisiones sensibles al género de la democracia y la justicia? ¿Hay una crítica estructural al capitalismo androcentrista y un análisis sistémico de la dominación masculina o se trata solamente de una nueva burocracia tecnócrata, que muchas mujeres denominan “femócratas”? Desde su punto de vista, ¿eso contribuye al movimiento o más bien lo desacredita?

— Bueno, yo diría que en la medida en que este tipo de institucionalización está desarticulado de movimientos masivos de base, poderosos y radicales, entonces sí es algo problemático. Eso no quiere decir que estoy en contra de las mujeres involucradas en estas instituciones, porque muchas de ellas tienen muy buenas intenciones e incluso algunas ideas radicales sobre lo que he venido delineando pero, cuando estás en una institución, de alguna manera tienes que ajustarte a su cultura para lograr hacer algo, tienes que hablar su lenguaje, tienes que satisfacer a los financiadores si se trata de una ONG o a los poderes estatales si estás en un gobierno o en Naciones Unidas, así que el único modo en que esto puede ser útil es si se combina con un gran empuje desde abajo. Ahora tenemos este fenómeno, y sobre ello han escrito mujeres como Sonia Álvarez y otras, que se ha denominado la “onegenización” de las políticas feministas, lo que es un síntoma para desviarse de problemas estructurales en toda la organización de la vida política. Esto no es algo específico del feminismo, todos los movimientos sociales tienen este problema y no sustituye la movilización de las bases.

— El feminismo entonces seguirá siendo una fuerza insurrecta y el tercer acto resurgente, como usted lo nombra en su obra Fortunas del feminismo, es entonces este movimiento del noventa y nueve por ciento y marchas como la que acabamos de ver en Estados Unidos en torno a la llegada de Donald Trump al poder. ¿Usted predijo que esto iba a pasar?

— ¿Me pregunta si estamos ahí? Bueno, es difícil decirlo, y quien pretenda hacer predicciones sobre lo que va a pasar, ni siquiera mañana, sería absurdo, pero podría decir que estamos en un momento muy intenso y de tensión, mucho mayor que cuando escribí la introducción de Fortunas del feminismo. La crisis de todas las formas de organización social, llámese neoliberalismo, capitalismo financiero o como se denomine, implican una crisis innegable y es lo que sostiene todo el sistema. El capitalismo ha perdido toda legitimidad y por desgracia lo vemos, de manera especial, en el poder y fuerza que mantiene el ala derecha de algunos movimientos, particularmente en sus formas de populismo de derecha, este populismo reaccionario que hay por todas partes y del cual, evidentemente, el fenómeno Trump en Estados Unidos es la estrella de la película. Pero no pienso que este populismo de derecha que estamos observando esté en una posición que pueda asegurar alguna estabilidad, o alguna alternativa segura a lo que yo llamo el neoliberalismo progresivo previo. Por eso pienso que estamos en una suerte de situación de interregnum, es decir en una situación en la que las sociedades están profundamente desestabilizadas y ya hay mucha politización y radicalización –y habrá una radicalización mayor de la derecha, pero esperemos que también de la izquierda, incluyendo movimientos importantes de mujeres, pero aún no estamos listos para esta gran politización y radicalización masiva. Así que pienso que es una crisis real, no sólo a nivel estructural y objetivo, sino que las cosas se han vuelto disfuncionales. Se trata de una crisis donde las personas no se reconocen como tales y están emergiendo estructuras como las que nos habían aniquilado como personas en los últimos treinta años, y por eso considero que es al mismo tiempo un momento de peligro real, pero a la vez de alguna esperanza. Siento que puedo verlo ahora de una forma que no lo pude ver cuando escribía Fortunas del feminismo. Puedo ver ahora una apertura para un movimiento femenino genuino radical de la izquierda y es por ello que me he unido, junto con muchas personas, en este intento de construir un feminismo por el noventa y nueve por ciento. Creo que ahora el movimiento tiene piernas y que está atrayendo mucha atención.

— Hablando sobre México y América Latina, usted estuvo en Argentina en 2014. Allí dijo que América Latina era la única región en el mundo que ha tenido un proyecto sostenido contra el neoliberalismo, tomando diferentes formas en diversos países. Sin embargo, casi todos los gobiernos de izquierda, como los de Nicaragua, Bolivia, Ecuador, Brasil, Argentina, han sido acusados de severos casos de corrupción y han estado marcados por la tendencia de sus líderes de perpetuarse en el poder y atacar a los grupos de oposición. ¿Qué piensa de esto?

— De nuevo, esto muestra lo que sucede cuando haces algún señalamiento ocasional en un momento particular y en un contexto particular, no vale el papel gastado en el esfuerzo de escribirlo porque las cosas cambian muy rápidamente. Así que obviamente la situación general en América Latina ha ido hacia un serio y triste retroceso y es preocupante. La lección que yo tomo es que es que ciertamente se dieron procesos de desarrollo y muy prometedoras iniciativas en la llamada “marea rosa”, pero también estuvo presente el tema del clientelismo, incluida la corrupción.

Sin embargo, fue un empuje importante por expandir la participación para los indígenas y para la gente de grupos urbanos empobrecidos. Lo que quiero decir es que fue un estallido real de energía democratizadora y un serio esfuerzo por parte de por lo menos algunos gobiernos, de replantear una política no liberal o antiliberal. Podemos decir que quizá Correa en Ecuador, en un cierto grado Fernández en Argentina, etcétera, ninguno de ellos fue perfecto pero yo recojo una lección de todo ello. Al menos una pequeña lección es que muchos de los gobiernos de la “marea rosa” se sustentaron en los altos precios de los productos básicos y esos recursos fueron utilizados –porque dependemos mucho de ellos– y fue algo que resulta inusual y no una situación permanente. El boom de los precios de estos productos permitió obtener, durante un período, una tremenda acumulación de capital a través del mercado y muchos los aprovecharon para distintas formas de redistribución, que fueron desde luego igualitarias, pero no las utilizaron para diversificar y reestructurar sus economías, de tal manera que cuando los precios de los productos básicos cayeron, estos países no tenían ninguna forma de reestructuración para sortear esta situación. Esta es una lección limitada, pero una lección más amplia relacionada con ella es que, en un mundo tan globalizado e interconectado como el que vivimos, la transformación de la estructura social en una región no es posible. Las personas solían decir que el socialismo en un país no es posible; ahora podemos decir que la transformación de la estructura social en un continente no es posible. Simplemente observemos el tema de los precios de los productos básicos, se trata de una economía mundial, no de un país, incluso si este es un país poderoso como por ejemplo Brasil, un gran país que pudo controlar todos estos factores externos. Lo que esto me dice, como alguien de Estados Unidos que, como usted sabe, incluso a pesar de su pérdida de credibilidad moral sigue siendo el elefante del cuarto, el poder mayor, es que especialmente en Estados Unidos tenemos la responsabilidad de hacer un cambio en nuestro país, en nuestra propia casa, porque lo que pasa en nuestro país tiene enormes consecuencias y por ello sentamos parámetros de lo que pueden hacer personas en otras regiones.

 
 
Foto: Nancy Fraser

Stalin estaría orgulloso de Bezos

De las cien primeras economías mundiales, sesenta y nueve son empresas. La planificación centralizada se ha convertido en un mecanismo para maximizar los beneficios de los superricos calienta-planetas
Por Brendan James

¿De qué hablan los rusos en sus consejos de Estado?, ¿de Karl Marx? No, de sistemas de programación lineal, de teorías sobre estadística, de problemas económicos y computan costos de sus transacciones e inversiones, como hacemos nosotros.

Arthur Jensen, presidente de CCA. Un mundo implacable.

 

¿Qué tienen en común Jeff Bezos y Iósif Stalin? Un cierto encanto de supervillano, una fría austeridad, una disciplina de hierro, una afición por unos objetivos de producción que desloman y un saludable gusto por el terror.

No obstante, su mayor coincidencia es que tanto el Secretario General como el presidente de Amazon, Inc. edificaron dos de las economías de planificación central más grandes de la historia. Aunque claro, quizá no sea tan sorprendente: ¿qué es lo que mejor encarna el característico espíritu “hazte grande rápido” de Bezos sino el plan quinquenal? Gracias a su logística de vanguardia y a sus cadenas coordinadas de suministro, Amazon registró el año pasado un PIB de 230.000 millones de dólares. No es difícil imaginar al tío Iósif brindando por el éxito de Bezos en el gran Comité Central del cielo. En honor a la reciente reivindicación de Jared Kushner que esgrime que “el gobierno debería gestionarse como una gran empresa estadounidense”, ¡alcemos los comunistas nuestro puño en señal de solidaridad!

De hecho, como escriben Leigh Phillips y Michal Rozworski en La república popular de Walmart, Amazon no es más que una de las miles de empresas, grandes y pequeñas, que planifican sus entradas y salidas de manera centralizada. De las cien primeras economías mundiales, aproximadamente sesenta y nueve de ellas son empresas, no países, y la mayoría, por no decir todas, se planifican de manera interna. (Sears, que dividió la empresa durante la última década en un “mercado interno” de unidades competitivas, gracias a su director y devoto de Ayn Rand Eddie Lampert, está visiblemente ausente de la lista). A pesar del derrumbe de la URSS y de la doctrina mundial sobre los mercados que proliferó a renglón seguido, parece que la planificación sigue estando presente entre nosotros.

El problema es que la planificación no está yendo bien para la mayoría de nosotros. Sí, es cierto, la automatización y la “inteligencia de datos” han conseguido que los consumidores tengan bienes más baratos, aunque, por desgracia, la mayoría de esos mismos consumidores también son trabajadores que están siendo explotados sin piedad. Mientras avanza día a día la promesa que ofrecen las nuevas tecnologías, los trabajadores siguen durmiendo de pie o desplomándose de agotamiento. La planificación, que fue una herramienta revolucionaria para reducir el tiempo de trabajo y eliminar la explotación, se ha convertido en otro vulgar mecanismo más para maximizar los beneficios de unos vampiros superricos, calienta-planetas, rompe-sindicatos, autoritarios, que además no hemos elegido. La República Popular de Walmartargumenta que la izquierda debería recuperar su reivindicación radical en favor de establecer una economía planificada democráticamente y reconvertir ese instrumento corporativo en beneficio de todos. Lejos de ser un frío panfleto sobre teoría logística, el libro plantea preguntas cruciales sobre justicia, tecnología y sobre nuestra propia capacidad para construir un mundo nuevo, a pesar de la catástrofe económica y climática.

Se suponía que la economía planificada se había extinguido hacía tres décadas. La Unión Soviética daba su última bocanada de aire, el capitalismo estadounidense descorchaba una botella de Cristal, la socialdemocracia europea pedía otro cortado y China apretaba un botón llamado “socialismo de mercado”. No obstante, si realmente se le dedica tiempo, todavía es posible encontrar un experto de la Hoover Institution que acepte a regañadientes que la planificación gubernamental sigue siendo mejor que el mercado en el caso de ciertos servicios públicos, como por ejemplo la asistencia sanitaria o los bomberos. Sin embargo, todos desenfundan sus espadas cuando se propone este método para cosas como la vivienda, las farmacéuticas, la energía o, Dios no lo quiera, los bienes de consumo en general.

Sin embargo, lo que puede que sorprenda a los advenedizos es que muchos de los autodenominados marxistas se muestran también reacios a la planificación. A pesar de que Phillips y Rozworski lo mencionan entre sus agradecimientos, Bhaskar Sunkara, redactor de la revista de izquierdas Jacobin, se identifica como un socialista de mercado. En un ensayo de 2013 que esbozaba una agenda para la izquierda, el redactor ejecutivo de Jacobin, Seth Ackerman, reconoció que los mercados son necesarios, así que quizá lo mejor sería encontrar una manera de socializarlos. Vivek Chibber, profesor de sociología y, junto con Sunkara, uno de los coautores de El ABC del socialismo, descarta la planificación por considerarla un callejón sin salida: “Podemos querer que funcione la planificación, pero no tenemos pruebas de que pueda funcionar”. Una de las “peores herencias” de la izquierda ha sido “asociar al socialismo con la planificación central”. El socialismo de mercado, según se nos cuenta, es el comunismo para adultos.

Todo el mundo, desde el socialista de mercado hasta el economista austríaco, eligió su bando en el increíblemente sexy intercambio académico conocido como el “debate sobre el cálculo económico en el socialismo”. La discusión debería resultar conocida: las transacciones del mercado proporcionan información decisiva a los productores sobre lo que necesitan los consumidores y los otros productores; y, por tanto, sobre cuánto es necesario producir. Intentar calcular (o lo que es lo mismo, planificar) esta galaxia de entradas y salidas interdependientes es imposible en el caso de una economía fluida. Es una cuestión de información, idiota. Y, te guste o no, los precios del mercado son la mejor manera de recopilar la información que necesitamos para determinar la oferta y la demanda.

A raíz de esto, apareció una rica tradición de heterodoxia económica, matemática e informática que intentó responder a este problema de cálculo; sin embargo, la moderna capacidad de procesamiento, que eclipsa el ancho de banda del que se disponía en el siglo XX, es la que mejor contrarrestó el argumento anterior. Tomemos como ejemplo al científico informático y economista Paul Cockshott que, en aproximadamente dos minutos y utilizando solo los equipos de la universidad, afirmó haber ejecutado modelos que consiguieron optimizar una economía “de aproximadamente el tamaño de Suecia”. Es de imaginar que los descomunales centros de información de Amazon, Ford o Foxconn podrían ser capaces de realizar cálculos incluso más impresionantes. Además, insistir en que la teoría comunista debe demostrar una supuesta ecuación perfecta es mentir o ignorar la pregunta. La pregunta no es si la planificación es matemáticamente infalible, sino si asigna los recursos mejor que el mercado.

La respuesta, para regresar al mundo material, es que sí. Es cierto que en el capitalismo las empresas planifican internamente pero compiten unas entre otras, en un baile que hace que las empresas sigan innovando para buscar nuevas formas de captar plusvalías y, en ocasiones, beneficiar a la gente normal de forma involuntaria. Esta dinámica no ocurriría de forma natural en una economía planificada; no se puede simplemente confiscar Amazon o Walmart, nacionalizarlas y detenerse ahí. Por lo que parece, Phillips y Rozworski son conscientes de eso (hay un capítulo entero de La República Popular de Walmart titulado “La nacionalización no basta”) y apuntan en la dirección de una interesante línea de pensamiento concebida por el economista J. W. Mason: los bancos suelen operar como un Gosplán privatizado, en el cual el fondo de reptiles del capital financiero se destina a la empresa que un grupo de planificadores vestidos con ropa de Brooks Brothers decide que merece una inversión, independientemente de la rentabilidad. En otras palabras, la competencia del mercado es difícilmente el motor divino que se encuentra detrás de la innovación si tantas empresas, como describe Mason, “nacen cada día por la gracia de aquellos que las financian”.

Incluso en ese caso, ¿podría la planificación replicar la capacidad que tiene el mercado para innovar? El antiguo director de Ford, Mark Fields, parece sin duda pensar que sí y declaró en 2016 que dentro de poco su empresa “será capaz de utilizar la analítica para anticipar las necesidades de las personas, en lugar de tener que esperar a que la gente nos diga lo que quiere”. Y frente a la mofa simplista de los conservadores (“me encanta ver a los estúpidos milenials enfrentarse al capitalismo en sus iPhones fabricados por Apple”), se podría argumentar que fueron sobre todo el Pentágono y el Departamento de Energía, que son inmunes al mercado, los que desarrollaron las baterías, los algoritmos, las pantallas táctiles y los microprocesadores que nuestros amigos de derechas utilizan para tuitear sobre la caravana de musulmanes. De nuevo, nada de esto significa ensalzar las actuales decisiones o a los profesionales de la planificación tal y como se concibe en el sistema capitalista, sino reconocer su poder y de qué otra manera podría utilizarse.

Eso en cuanto a la viabilidad; sin embargo, la izquierda tiene todavía motivos para albergar un profundo escepticismo tecnológico. Cuando muchos de nosotros escuchamos la frase “recopilación de datos”, no pensamos tanto en justicia social sino en Facebook vendiendo nuestros datos personales, en la vigilancia de la NSA y en los modelos racistas de control policial “predictivo”. En su libro Automatizando la desigualdad, Virginia Eubanks enumera las políticas estatales que subordinaron al control algorítmico las solicitudes de prestaciones sociales, la adjudicación de viviendas y la investigación sobre el bienestar infantil. Los resultados han sido catastróficos para los pobres y para la clase trabajadora, de todas las razas y sexos. Al fin y al cabo, los algoritmos los escriben los humanos y los prejuicios intervienen en la versión digital tanto como lo hacían en la versión analógica del siglo XX, puede que incluso más. Phillips y Rozworski reconocen la existencia de esta realidad y recomiendan encarecidamente, con razón, que se lleve cabo un control, puesto que es necesario garantizar que este ingrediente envenenado no se añade a la receta.

Pero la esperanza reside en reconocer que la tecnología es una construcción política, en lugar de una especie de fuerza transcendental y neutral. Si es posible programar la consolidación de jerarquías, no cabe duda de que podemos trabajar para programar su destrucción. (Ya existen prometedoras investigaciones sobre cómo tener en cuenta algunos problemas como por ejemplo el “impacto desigual”). En palabras de Eubanks: “Si queremos que haya una alternativa, debemos construirla ex profeso, ladrillo a ladrillo y byte a byte”.

Más allá de la justicia algorítmica, el verdadero fantasma que atormenta al socialismo, como es lógico, es la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas, cuyo historial de planificación es menos que ejemplar. Aunque el comunismo con mayúsculas propiciara la industria moderna, la alfabetización y la seguridad social, Phillips y Rozworski no niegan el fracaso último del experimento soviético. La Revolución de Octubre tuvo que contorsionarse y quedó en entredicho como consecuencia de una guerra mundial, una guerra civil, una invasión imperialista, un atraso económico, otra guerra mundial y medio siglo de carrera armamentística contra EE.UU. Por el bien de la revolución se pospuso indefinidamente la democracia. Aunque las empresas soviéticas y alemanas del este fueran tanto o más eficientes que sus equivalentes occidentales, esa configuración siguió resultando en trabajadores que se oponían al trabajo y gerentes que mentían sobre la producción, es decir, daban mala información. (En una ironía particularmente cruel, los burócratas del Gosplán hasta terminaron saboteando los nuevos modelos de planificación informatizada, no fuera a ser que perdieran ellos mismos su peso político. Sus improbables coconspiradores fueron los criptocapitalistas “reformistas” que se preocupaban porque los algoritmos pudieran funcionar de verdad y ¡conservaran la planificación para siempre!)

Para Phillips y Rozworski, no fue la planificación comunista lo que condujo al autoritarismo y al desastre, sino que fueron el autoritarismo y el desastre los que condujeron a la mala planificación. “La democracia”, escriben, “no es un ideal abstracto que se agrega a todo lo demás, sino que es fundamental para el proceso”.

Hace unos pocos años, la novela Abundancia roja de Francis Spufford otorgó a la idea misma de la planificación soviética el papel de héroe, desde el cual cae en desgracia, como le sucede a todos los héroes trágicos. No hace falta subestimar esa tragedia, pero es posible sobrestimarla. No olvidemos lo que sucedió tras la llegada victoriosa del mercado a la antigua URSS: la producción de bienes de consumo, la producción industrial y la esperanza de vida se desplomaron. Apareció una nueva clase de personas sin hogar que se congelaban hasta la muerte en las calles, los callejones y los parques. A menudo hablamos de los millones de personas que fallecieron durante el estalinismo de la década de 1930, pero no hablamos de los millones de personas que fallecieron durante la época poscomunista de la década de 1990. De manera previsible, algunas encuestas recientes reflejan que la mayoría de los rusos todavía lamentan el derrumbe de la URSS y su economía planificada. (En 1996 casi eligieron al candidato presidencial comunista Gennady Zyuganov hasta que (ojo al dato) los charlatanes de derechas se confabularon con un gobierno extranjero enemigo para ayudar a colocar un bufón corrupto y ampliamente impopular mediante una campaña mediática que utilizaba propaganda total y manifiesta). La experiencia soviética supuso una lección, estamos de acuerdo, pero no es la que muchos engreídos fetichistas del mercado quieren que pensemos que es.

Y si todo eso puede pasarle a una superpotencia, imagínate a lo que se enfrentó Chile, que pretendía ser la alternativa socialista a la tecnocracia soviética: en 1970, el presidente marxista Salvador Allende ganó las elecciones, aupado por el apoyo de la clase trabajadora, y estableció una red de planificación participativa en todo el país. Como era de esperar, EE.UU. frustró este nuevo enfoque mediante un bloqueo económico primero y mediante un golpe militar respaldado por la CIA después, que consiguió extinguirlo finalmente en 1973. Aun así, el espíritu pionero del momento quedó capturado de forma conmovedora en el maravilloso estudio de Eden Medina llamado Revolucionarios cibernéticos. Lo que sucedió después es un cliché deprimente: se instauró un régimen dictatorial con un carácter netamente antizquierdista y se utilizó a todos los chilenos como cobayas del loco laboratorio del mercado.

¿Cómo tratará ese mismo mercado a los trabajadores del mañana que sucumban ante las inminentes oleadas de automatización? ¿Es el mercado realmente compatible a largo plazo con algunos objetivos políticos progresistas como por ejemplo la renta básica universal o el pleno empleo? ¿Permitirá realmente el mercado que se ponga fin al encarcelamiento en masa? Y luego está la palabra que empieza por c: el mes pasado nos enteramos de que ya es imposible prevenir un cambio climático potencialmente catastrófico y que incluso si abandonáramos mañana mismo las emisiones de carbono, la temperatura del ártico en 2099 será 5 ºC más alta. La expresión “a paso de glaciar” ya no significa lo que significaba antes. En vista de esto, The Atlantic, el portavoz oficial del dios de la muerte Nyarlathotep, sugiere como es lógico que “cualquier plan realista para descarbonizar la economía de EE.UU. requerirá casi de forma inevitable el tipo de avance tecnológico comercial que suele provenir de los emprendedores privados”. Para no quedarse atrás, el New York Times publicó el mes pasado un editorial con el título (no es broma): “¿Puede Exxon Mobil proteger a Mozambique del cambio climático?”.

Esto no tiene que ser así. Según sostienen Phillips y Rozworski, adaptar la industria a la energía renovable es algo que EE.UU., India y China podrían conseguir, pero, por si no lo sabías, los principios del comercio no les están incentivando lo suficientemente rápido. La agricultura libre de emisiones de carbono es una gesta más complicada, pero seguro que lo sería menos si fuera un proyecto estatal libre de la injerencia del mercado, como lo fue el Sputnik o el Proyecto Manhattan. La periodista climática Kate Aronoff sugiere: “Si generas un impulso exitoso para nacionalizar [el sector de los combustibles fósiles] o para reducir rápidamente su poder, eso sentaría un auténtico precedente para otros sectores… Y luego podrás nacionalizar Monsanto. Haz que eso sea el eje principal de la reivindicación populista de un movimiento para evitar el cambio climático”. Dentro de la izquierda existen escuelas diferentes en lo que respecta a la ecología (Phillips, escritor científico durante el día, ha recibido críticas por su “ecomodernismo” consumista a favor del crecimiento), pero es de esperar que todos podamos ponernos de acuerdo en que acabar con el mercado de la energía existente es un paso necesario.

Más que ninguna otra crisis del capitalismo, el desastre climático es la razón más evidente para abandonar la estúpida y cortoplacista lógica animal del mercado como plan racional y humanitario. Por citar la superior crítica del capital que aparece en Gremlins 2, esto ha sido “una gestión totalmente fallida”. Y si la historia de las crisis del capitalismo sirve en algo de guía, es muy posible que el cambio climático dé como resultado un Estado más grande, más voluminoso y más controlador, pase lo que pase. Antes de que las cosas comiencen de verdad a resquebrajarse, deberíamos empezar a decidir si ese Estado funcionará según principios de igualdad o bajo el impulso letal fascista. ¿De verdad existe alguien que no tenga un yate llamado Fountainhead que quiera dejar que la mano invisible del mercado tome esa decisión?

A su favor, hay que decir que Phillips y Rozworski regresan repetidamente a lo largo del libro a la necesidad de una movilización en masa. La planificación no es un truco raro para alcanzar el socialismo. A menos que lo único que queramos sea la optimización de los beneficios mediante un capitalismo de Estado, para lograr la planificación de verdad hará falta una lucha de clases continua y brutal. Hará falta experimentación, fallos y, como dijo una vez Marv Alpert, una defensa tenaz. Cualquier esperanza de éxito reside en un movimiento popular rejuvenecido, robusto y, cómo no, mundial, para acabar con las barricadas políticas, legales y físicas que han erigido los gobiernos y el capital. Pero la planificación tiene que formar parte de la agenda.

Aquí resulta útil el concepto cibernético del feedback: la idea misma de un plan, de otorgarle a cada persona el control de su propia vida, es precisamente el tipo de idea revolucionaria que puede alimentar, inspirar y mantener vivo un movimiento de ese tipo. La última frase de la novela Abundancia roja de Spufford no debe leerse como el final de un sueño, sino como el verdadero comienzo de la historia: “¿Puede ser, puede ser, puede acaso ser de otra manera?”.

Hay que esperar que pase lo mejor, por supuesto. Y hacer un plan por si pasa lo peor.

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Brendan James es escritor, músico y coautor de La guía del Chapo sobre la revolución.

Traducción de Álvaro San José.

Este artículo se publicó originalmente en inglés en The Baffler.

Cultura, política, arte y revolución en el diseño. La Bauhausu

Por Román Munguía Huato

“¿Qué tienen que ver con la Bauhaus unas escaleras mecánicas en Medellín, unos caracteres gráficos en Amán, unos muebles de Londres, una iniciativa de agricultura urbana en Detroit y unas viviendas sin paredes en Tokio?”, se preguntan en el documental Mundo Bauhaus que difundió la Deutsche Welle(DW) para conmemorar el centenario de su fundación este primero de abril ¿Qué tienen en común cientos de edificios y rascacielos del llamado “Estilo Internacional” erigidos en muchos países, con la Bauhaus? El diseño contemporáneo –arquitectónico, industrial, gráfico, tipográfico, de mobiliario, de cerámica, etcétera– hunde sus raíces profundas en la Bauhaus de 1919. Esta escuela se constituyó como una auténtica vanguardia artística y arquitectónica, la más importante en la historia del siglo XX, que trasciende hasta nuestros días.

Weimar, Gropius y la Bauhaus

Pocas semanas después de ser asesinados en Berlín el 15 de enero de 1919 los revolucionarios Rosa Luxemburgo y Karl Liebknecht se funda la Bauhaus en la ciudad de Weimar. Producto de una revolución proletaria en noviembre de 1918 y de la derrota de la insurrección de enero de la Liga Espartaquista –aplastada violentamente por el ala derecha de la socialdemocracia encabezada por Friedrich Ebert– la República de Weimar surge de una asamblea nacional el 11 de agosto. La derrota de Alemania significó una humillación para la naciente y poderosa burguesía germana que después emprendería, comandada por Hitler y sus huestes nazis, afanes imperialistas y nuevamente una guerra mundial. La abdicación del Káiser Guillermo II, el fin de la guerra y la desaparición del II Reich desembocaron en el nuevo régimen republicano. Con la derrota estalló una crisis económica, social y política, pero también una efervescente creatividad en las artes y las ciencias. Este régimen tuvo vigencia de 1919 a 1933, precisamente la vida de la Bauhaus. A partir de 1920, inicia un gran florecimiento cultural y artístico, como bien señala el historiador Eric Weitz: “El espíritu de la revolución creó la sensación de que se abría un nuevo futuro, de posibilidades ilimitadas, que podía desarrollarse de forma más humanitaria. Y ello explica a su vez gran parte de los movimientos innovadores durante la República… La elite conservadora impugnó a la República de Weimar en su totalidad. El trabajo de los artistas, pensadores y arquitectos… fue muy cuestionado por los conservadores. Se trataba de la derecha establecida: los aristócratas, altos funcionarios, oficiales de las fuerzas armadas, banqueros, gente de la iglesia, que no sólo eran antisocialistas y anticomunistas, sino también antidemocráticos. La revolución de 1918/19 dejó intacto su poder. Estableció una democracia política, pero no terminó con la posición social y el poder de la elite ultraconservadora. Esa elite conservadora desafió a la República en todo momento. Muchos de los conflictos se centraron no necesariamente en la esfera política, sino también en los ámbitos cultural y social. Existió por ejemplo la “guerra de los techos de Zehlendorf”, en la que arquitectos y políticos conservadores, incluidos los nazis, argumentaron que los techos planos de la arquitectura moderna no eran alemanes. Para los conservadores, los techos debían ser a dos aguas y puntiagudos. Incluso se tildó a los techos planos de judíos”. La lucha de clases fue muy intensa pero en la República ahora permanecía de manera latente y la oligarquía mantenía el poder dentro de un relativo equilibrio de fuerzas que se inclinó a su favor con la toma del poder por el Partido Nacionalsocialista Obrero Alemán (Nazi) en 1933. El ascenso del fascismo fue la respuesta de la clase dominante alemana a los acontecimientos revolucionarios que siguieron a la Primera Guerra Mundial. “La llegada al poder de los ‘nacionalsocialistas’ significará sobre todo el exterminio de la flor y nata del proletariado alemán, la destrucción de sus organizaciones” (Trotsky). La política de los socialdemócratas y los estalinistas fue mantener dividido e indefenso al movimiento obrero frente a la amenaza nazi, y el fascismo alemán abrumó como una terrible pesadilla hasta 1945.

La posguerra generó una proliferación de variedades del radicalismo social –y como escribe Donald Drew Egbert en su libro El arte y la izquierda en Europa: de la Revolución Francesa a Mayo de 1968– haciendo “surgir asimismo una gran variedad de movimientos artísticamente radicales, que entendían ser una parte integral de la revolución… Los movimientos modernos en las diversas artes y que recibieron su expresión más  importante en la famosa escuela de la Bauhaus, no fueron –en términos políticos– específicamente socialistas o comunistas en su origen o en su desarrollo”. Tales movimientos artísticos subrayaban la importancia de una síntesis orgánica de las artes, sin formular distinción entre arte y artesano; síntesis propia del espíritu pedagógico de la Bauhaus.

La historia de la Bauhaus inicia cuando Walter Gropius, berlinés (1883–1969), une la Escuela de Bellas Artes con la Escuela de Artes Aplicadas o Escuela de Artes y Oficios en Weimar, tierra de Goethe y Schiller. Gropius fue su primer director y reunió a maestros de muy alto nivel y prestigio para la educación de las artes y el diseño. El nombre completo de la escuela fue Staatliche Bauhaus(Casa de la Construcción Estatal).

La Bauhaus como síntesis total del arte y el diseño modernos

La escuela tuvo tres periodos: de 1919 a 1925; de 1926 a 1930, y de este año a 1933. Hubo tres directores: Walter Gropius, de 1919 a 1928, Hannes Meyer, suizo (1889-1954), de 1928 a 1930, Ludwig Mies van der Rohe, Aquisgrán, Alemania (1886-1969), de 1930 a 1933. Weimar, Dessau y Berlín, fueron las ciudades que alojaron a la escuela.

Gropius escribió en abril de 1919 el Manifiesto de la Bauhaus: “¡El último fin de toda actividad plástica es la arquitectura! Decorar las edificaciones fue antaño la tarea mas distinguida de las artes plásticas, que constituían elementos inseparables de la gran arquitectura(…) ¡Arquitectos, escultores, pintores, todos debemos volver a la artesanía! No existe ninguna diferencia esencial entre el artista y el artesano ¡Formemos pues un nuevo gremio de artesanos sin las pretensiones clasistas que querían erigir una arrogante barrera entre artesanos y artistas!”

Nunca en tan poco tiempo y en el mismo lugar se reunieron tan grandes maestros del arte y la arquitectura moderna: Paul Klee, Vassily Kandisky; Gropius y Van der Rohe. Algunos profesores de la escuela también pertenecían al Novembergruppe –Grupo de Noviembre, por la revolución alemana de noviembre de 1918–, movimiento artístico ligado al expresionismo, fundado en Berlín el 3 de diciembre de 1918. Entre sus miembros figuraron pintores y escultores, entre otros, como Kandinski, Klee, Lyonel Feininger, y Käthe Kollwitz; arquitectos como Erich Mendelsohn y Van der Rohe; compositores como Alban Berg y Kurt Weill; y el dramaturgo Bertolt Brecht. Ese año, también bajo el influjo de la Revolución, siguiendo el ejemplo de las asambleas de trabajadores y de soldados, se formó el Arbeitsrat für Kunst (Consejo Obrero para el Arte), de cuya dirección formó parte Gropius. Muchas agrupaciones de todo tipo anhelaban el cambio social necesario para “crear una nueva humanidad, una nueva forma de vida del pueblo… entonces el pueblo volverá a participar en la construcción de las grandes obras de arte”, escribió Gropius.

 

 

La Bauhaus también fue consecuencia de grandes movimientos artísticos que le precedieron como Arts and Crafts (Artes y Oficios), encabezado por el inglés William Morris. El mismo Gropius reconoció la influencia de Morris y de John Ruskin. El Art Nouveau o Jugendstil igualmente influyó. También fue precursora la Deutscher Werkbund (DWB. Asociación Alemana del Trabajo), fundada en 1907 para fomentar la colaboración entre la industria y el diseño, Gropius fue destacado integrante de la DWB. Gropius siempre consideró que la separación entre bellas artes y oficios, ocurrida en la tradición académica, había causado un desastre sobre las artes. El dadaísmo, el cubismo, el suprematismo y el constructivismo rusos, De Stijl y la Secesión vienesa, fueron influencias contemporáneas sobre la Bauhaus.

La Bauhaus no solamente es el fruto de una época que se sentía revolucionaria sino también es producto esencial de los procesos políticos y económicos. De los primeros con relación a la luchas de clases y de los segundos con el desarrollo capitalista de una industrialización tardía pero muy poderosa. La Bauhaus se trasladó en 1925 a la progresista ciudad industrial de Dessau, debido a la caída del gobierno provincial de Weimar en 1923 por causa del supuesto radicalismo político de la escuela. En Dessau existía un gobierno socialdemócrata y facilitó la construcción del edificio diseñado por el propio Gropius. La Bauhaus siempre recibió el apoyo de los partidos de izquierda y siempre fue atacada por la derecha política.

En 1928 Gropius renuncia a la dirección de la escuela y ante la negativa de Van der Rohe propone a Hannes Meyer, quien era entonces director de la sección de arquitectura. Meyer se declaraba abiertamente comunista y permitió la extrema politización izquierdista de la escuela. Meyer consideraba que las reflexiones de Gropius acerca de la relación entre arte e industria eran superficiales y completamente dominadas por la estética. También era visiblemente simpatizante de la URSS, ya para entonces dominada por Stalin. En los años treinta y en adelante a Meyer podemos considerarlo un estalinista con una visión “marxista” de la arquitectura demasiada dogmática. El 1 de agosto de 1930, Meyer fue despedido por motivos políticos. Su sucesor fue Ludwig Mies van der Rohe.

Tom Wolfe escribió en 1975 un libro: ¿Quién teme al Bauhaus feroz? El 30 de enero de 1930 la Bauhaus es declarada por el nazismo como fuerza política subversiva, “nido de comunistas” y como la élite de “color rojo”; bolchevismo cultural, judía, y “arte degenerado”. En 1933, en Berlín se cierra la Bauhaus y el edificio en Dessau se convierte en sede de un cuerpo militar destinado a ejecutar a todo enemigo del nazismo. El contraste era muy claro, por un lado, el fascismo representa fielmente el totalitarismo de la barbarie social y, por otro, la Bauhaus la modernidad progresiva y una utopía social.

Es académico de la Universidad de Guadalajara (México) y militante de la Liga de Unidad Socialista.

Fuente:

www.sinpermiso.info

Destronar el imperio de las narrativas

Por Bruno Cava, UniNômade

 

En una conferencia sobre Deleuze, hablaba de la filosofía de Duns Scoto y un auditor lanzó la siguiente pregunta: con tantas urgencias contemporáneas, cuál sería el sentido de perder tiempo con un filósofo medieval? No sería minimizar las preocupación como en la vieja escolástica, cuando se debatía sobre cuántos ángeles cabían en la punta de una aguja?

Yo respondí: No. En verdad, el concepto de univocidad de Duns Scoto es el antídoto para el carácter escolástico-medieval de las discusiones que es justamente el carácter predominante de nuestras discusiones contemporáneas.

Tome por ejemplo la oposición por la izquierda al nuevo gobierno brasileño. Lo que se lee en los muchos artículos académicos o de periódicos, en las redes sociales o en la mesa del bar, son incontables variaciones de la misma proposición: es el fascismo. Es un concurso de caballeros en el que cada competidor tiene 15 minutos para decir de su manera porque Bolsonaro, de hecho, fascistas. Usted puede ir multiplicando maneras de decir la misma cosa, en un ciclo interminable alrededor de lo mismo.

Otro ejemplo es el neoliberalismo. Fue un concepto relevante en la época de su formulación, en los años 70’s, pero no tardo en pasar por lo que Willard Quine llama ascesis semántica. El Neoliberalismo se transformó en una válvula de regulación, una categoría para clivar el ámbito del discurso. En su núcleo semántico esta siempre la misma cosa y los usos de ahí en adelante deben atreverse a nuevos modos de decir eso lo mismo, agregando contenidos e incidencias. Ahora, cuando “fascismo” se eleva a significante reinante, hay que conciliarlo con “neoliberalismo”, tarea capciosa, pues exige construir una diarquía de equivocidades.

El feminismo de la segunda generación, surgida en los EUA durante los años 60’s, que tienen por foco la violencia estructural contra las mujeres. Aquí, una de las palabras ascéticas es “violación”. Los clivajes dependen de la fijación del significante: toda manifestación machista involucra, en tanto emulación, el acto de la violación. De ahí se habla de cultura de la violación. La operación semántica consiste en ir agregándole referentes: el abuso sexual también se encuadra como violación, la violencia simbólica idem, y esto y aquello también y así para adelante. Hasta que el menor gesto de masculinidad performada, por ejemplo, una mirada, un comentario, hasta el mismo pensamiento íntimo, contiene el germen del significante maestro, esto es, una manifestación de una violación equivoca y omnipresente.

Para entender como el concepto de univocidad rompe ese ciclo del lenguaje es preciso antes comprender el juego de fuerzas en el siglo XIII. Aquel fue el siglo del Pequeño Renacimiento, un periodo de una efervescencia cultural en el interior de la Edad Media, relacionado a la intensificación de las interacciones con pueblos musulmanes y asiáticos, la traducción de obras clásicas del griego, y en la relativa prosperidad económica debido a las innovaciones técnicas y de paz que precedió al fin de la Guerra de los Cien Años.

El siglo XIII fue de un desarrollo extraordinario de las universidades y de la informal República de las letras que se extendía por toda la Europa cristiana. Si, por un lado, implicó un florecimiento de la teología y de la filosofía; por otro, suscitó riesgos para el monopolio intelectual mantenido por la Iglesia Católica. Como autoridad religiosa no tenía más como contener la producción y distribución del discurso, la solución encontrada fue desplazar el régimen de control hacia el interior de la propia proliferación de hablas y lenguajes. En eso, la obra de Tomás de Aquino (1225-74) —o tal vez cierta interpretación oficialista del tomismo— cayó como un guante.

El debate rondaba la cuestión de la relación metafísica entre Dios y el mundo, pero las consecuencias de él iban mucho más allá de la teología. Una concepción era la de que lo que se hablaba de Dios no se hablaba del mismo modo como se hablaba de las cosas. Si yo digo que Dios es bueno, eterno y perfecto, esto no es la misma cosa que hablar que Manuel es bueno, eterno y perfecto. Habría una equivocidad en Dios que confiere la autoridad religiosa un monopolio absoluto y dogmático. Pero esto se estaba volviendo insostenible, gracias al Pequeño Renacimiento.

La solución salomónica de Tomas de Aquino es la siguiente: lo que se dice de Dios, se dice análogamente de las cosas humanas y mundanas. Simplificando bastante: dijimos las mismas cosas de maneras diferentes. O sea, acojo la libertad de hablar de muchos modos, desde que se acepta la premisa de la Misma Cosa de que hablamos. Nuestros discursos son análogos alrededor del Mismo que ya estaría dado en primer lugar. Los ideólogos de la Iglesia, que no eran nada de tontos, homologaron esa doctrina y en consecuencia el tomismo consiguió una duradera fortuna crítica en el ámbito de las instituciones eclesiásticas de ahí en adelante. Esto contemplo un inmenso espectro de muchas discusiones (muchos modos de decir), pero los muchos modos de decir permanecen regulados desde dentro del discurso. El tomismo es una válvula interna de regulación, a partir de la que el ejercicio del poder de veto e interdicción se ejercerá, tanto en la Primera como en la Segunda Escolástica (contrarreformista)

El funcionamiento escolástico del tomismo es este: puedes hablar a voluntad y multiplicar los modos de decir, desde que no hay duda en la comunidad de los hablantes sobre la misma cosa de la que se dice: es fascismo, es golpe, es neoliberalismo, es violencia etc. La libertad y la buena conciencia de hablar en debajo del paraguas de la doctrina de las analogías es proporcional a la sensación de impotencia que viene con ella, porque los modos de decir no dejan de ratificar la misma cosa, que jamas cambia.

Duns Scoto (1265-1308), al contrario de la concepción análoga o equivoca, afirmaba la univocidad del ser. Es decir, lo que se dice de Dios y lo que se dice de las cosas finitas y mundanas, se dice del mismo modo. Solo existe un modo de decir las cosas. Lo que parece restringir la producción del discurso, en verdad provoca una mutación interna en su funcionamiento. Solo existe un modo de decir de las cosas, lo que cambia, justamente, son las cosas! Cae el imperialismo del significante, la narratocracia escolástica. Dejamos de disputar el significado de las mismas cosas en sus muchos modos de decir (ascesis semántica de Quine), para disputar las cosas mismas. No estamos tan preocupados con la narrativa sobre las cosas, sino con ellas mismas. El habla y el lugar del habla, los modos de decir lo mismo, importan menos que sobre lo que se habla en primer lugar.

Es toda una inversión. Cuando 250 años después de Nuns Scoto, el furiosamente herético Giordano Bruno afirma la pluralidad de mundos, él no está simplemente haciendo una tesis astronómica en la estela de Copérnico. Está diciendo que las otras Tierras, los otros planetas poblados, son efectivamente otros mundos, de pleno derecho, que no pueden ser reducidos a nuevas versiones de nosotros mismos, de la humanidad cristiana. El universo es populoso, sin embargo, más que eso, es populoso de diferencias, y no de un Mismo que se repite con variaciones de narrativa.

Es lo que Deleuze, finalmente, remata: monismo=pluralismo. El único modo de escapar de los círculos viciosos e imperialismos escolásticos (que él denomina como opinocracia) no consiste en cambiar y multiplicar los modos de decir, sino que en cambiar y multiplicar las propias cosas. Reconstruirlas nuevas. Si, para Scoto, todo lo que se dice, se dice del mismo modo; en Deleuze, el “todo lo que se dice” es la propia diferencia. El Mismo es la Diferencia.

 

Traducción del portugués al español: Santiago De Arcos-Halyburton

Causas y razones del apagón en Venezuela  (II): Derwick S.A.

Por Jeudiel Martínez

 “…hay un mecanismo de explotación de la sociedad, del que el sistema político corrupto es un aspecto cada vez visible… Una combinación de pandillas (deberíamos llamar facciones?) Operando de forma especializada con la lógica del pago de «protección». El botín es dividido por los dueños del poder que hacen eventuales, rarísimas y pequeñas concesiones para la sociedad. Este sistema usurpó el lugar de la política y vació su potencia como acción, prohibió de la vida pública la noción republicana de mandato como servicio…”

Marina Silva[1].

 

…resulta difícil creer que haya algo público en un gobierno en el que todo es de uno.

La Boetie.

 

Irresponsable.

Hay algo en los racionamientos de todo tipo  que es afín a la naturaleza chavismo. Esta afinidad no reposa en el mero acto de racionar sino en la arbitrariedad en cómo se ejecuta : hay un programa de racionamientos que fue anunciado pero no se cumple, al menos no exactamente, no solo los cortes de electricidad duran más de lo que deberían durar sino que es difícil saber cuándo se trata de una falla o cuando se trata de un racionamiento no anunciado.

Tal vez no sea la idea desde el principio pero inevitablemente tiene que serlo en algún momento porque es la única que corresponde con el modo de vida que el chavismo impone.

Los mismos empleados de Corpoelec saben tan poco como los usuarios: ellos mismos dicen que, como caídas del cielo, llegan a las subestaciones los anuncios y órdenes de cortar la electricidad. A veces la electricidad se va porque hubo una falla, a veces porque, debido  a algún problema, deciden “administrar” la carga eléctrica, otras, como parte del programa de racionamiento. Durante los primeros años de la crisis eléctrica los burócratas de Corpoelec insistían en que el racionamiento no podía ser  planificado debido a lo impredecible de las subidas y bajadas de la carga eléctrica. Luego vinieron, en años siguientes, racionamientos relativamente programados pero eso fue, básicamente, debido al descontento y la presión de la gente.

Pero ese es un descontento y una presión que no tienen canales regulares para manifestarse, casi no hay vías formales para presentar quejas: los teléfonos de contacto de entidades como Corpoelec, hidrocapital, etc. rara vez funcionan, es Twitter el que le ha aportado al gobierno una interface con los usuarios (y el Twitter de cualquier entidad pública está saturado de propaganda).  Sería ridículo presentar una demanda contra el estado en un tribunal.

Los usuarios tienen que pasar por la protesta e incluso por la rebelión, al menos por su posibilidad, para que el gobierno se preocupe por los servicios públicos. En la necrogestión se trata de cuanto se puede degradar el servicio público sin que el país colapse o la gente se rebele,  no se hace más que administrar un grado de descomposición limitando lo posible los perjuicios y sacándole el máximo provecho.

Es que el concepto de servicio público, en su estricto sentido, es muy difícil de entender para el chavismo que lo ve o como dadiva o como medio de control o logística para la vida cotidiana.  Servicio público supone que él que presta el servicio tiene que responder ante el usuario y lo que el chavismo ha hecho, al menos desde 2005 es eliminar –con una pequeña ayuda de la “oposición” – todas las formas de responsabilidad si entendemos por eso no solo una relación jurídica sino, ante todo, la relación de poder que esa relación jurídica expresa: ser responsable ante otro es tener que conducirse de determinada manera, que las fuerzas del otro se impongan a las nuestras, las limiten,   aunque sea momentáneamente, obedecer o cumplir.

Así, sea cual sea la forma que tome la república,  la idea de servicio público implica que el gobernante tenga que responder ante una ciudadanía y unas instituciones autónomas frente a él. Pero el chavismo tiene una idea arcaica –o neoarcaica- de la soberanía en que esto es inconcebible, de hecho aberrante: el soberano no responde ante nadie.   Por eso rara vez los jerarcas chavistas se someten a ruedas de prensa o entrevistas con periodistas extranjeros: responder la pregunta ya es problemático  como concepto pues el poder, como el chavismo lo entiende, es Uno, indivisible, y no responde ante nada  excepto al “pueblo”, es decir, ante su otra faceta pues el estado, creen ellos,  es el pueblo organizado, es decir, la forma que toma el pueblo.

Pero ¡¡ay¡¡ ese pueblo no decide sobre su propia forma, es organizado desde afuera, por eso del Palacio de Miraflores, y no de los barrios, salió la idea del  PSUV, del Consejo Comunal y la Comuna, por eso  las ordenes y consignas eran transmitidas desde allá, sin que se las cuestionase.

En segundo lugar el pueblo no es esta persona, aquella comunidad, este gremio o aquel consejo comunal que son solo  partes: no es lo mismo ser parte del pueblo que ser el pueblo. Pueblo es solo la totalidad  indivisible de los venezolanos y por eso, cuando a Hugo Chávez le reclamaban algo en público decía que esos reclamos eran individuales. En cambio él, Chávez,  si era el pueblo, siempre y en todo momento -o al menos eso se decía- pues  el caudillo  representaba, encarnaba,  la unidad del pueblo y no una  particularidad. Por eso decidía, sin ser cuestionado, sobre el todo y sobre la parte de cada quien.

Así, en el momento representativo, referéndum o elección, se obedecía al pueblo que en ese momento y solo en ese  existía más allá de Chávez mientras en que en el “participativo”, en la cotidianidad, se le dan órdenes y se le asigna sin consulta la parte de la que participa. Ante el gobierno el “chavismo popular” está hecho de partes que no pueden engarzar entre sí y es  como es como esos emperadores niños rehenes de los Shogunes.  Infantes muy bien portados que hablan cuando se le pregunta, hacen lo que se le ordena y  creen lo que se le dice.

El resultado es que no hay responsabilidad ni relación política entre gobernantes y gobernados sino simplemente, como dice la teoría de los funcionarios chavistas, una “interpelación”, es decir, solicitud, petitorio, rogativa, pero nunca realmente desacuerdo, debate,  lucha, protesta, diferencia: el chavismo es bravío solo ante aquellos que no son chavistas, ante los que no han aceptado la parte que les toca. Por eso en  el chavismo la política de las bases es una constante petición de audiencia, una interminable solicitud de recursos, de ayuda de atención: por favor atiéndeme.

En ese contexto el gobierno ha monopolizado los servicios públicos no para servir a nada fuera de sí mismo sino para controlar el medio ambiente y  garantizar sus propias operaciones. Esto es vital dado que toda la población no es chavista, no se enamoró del comandante, no se incorporó a él. Controlar unilateralmente los flujos de moneda, de electricidad, de agua, es esencial y el gobierno provee como y cuando le conviene sin realmente prestar un servicio: electricidad, gasolina  y agua, energía y materia,  forman parte del mismo flujo clientelar que los dólares baratos y la comida subsidiada.

La creencia de que el estado tenía recursos ilimitados para subsidiarlo todo engarzó perfectamente con la práctica de usar los subsidios a la energía y a materiales esenciales como el agua de manera clientelista. De ahí que la gasolina y la electricidad fueran básicamente gratuitas. Que esa gratuidad pudiera crear problemas de financiamiento que contribuyeran a la degradación de los sistemas y redes no fue nunca considerado porque la capacidad de las cosas de degradarse no entraba en la conciencia del chavismo que por un lado estaba obsesionado con controlar a la población, con obtener de todos la misma despreocupada obediencia que obtenía de sus seguidores,  y por el otro, se creía poseedor de una riqueza no potencial sino actual y no limitada sino infinita: si los recursos no tienen límites no existe el despilfarro.

Para esos fines el servicio público  operativamente  tenía que ser centralizado, políticamente tenía que estar en manos de leales, monopolizado por el gobierno central, y dirigido solo por él, es decir,  no solo había que estatizarlo sino quitárselo a las gobernaciones y alcaldías.    Jurídicamente tenía que ser un don, un regalo, la expresión, no de un derecho de la gente, sino de la generosidad del chavismo el poder en contraste con la mezquindad de sus enemigos que pedían a la gente que pagara por los servicios públicos.

La consigna “solo en revolución” dejaba claro eso: que no se pedía nada a cambio excepto lealtad, es decir, aceptar que el chavismo estuviera en el poder por tiempo ilimitado.  Era la viejísima  relación patrón-cliente llevada a los extremos más delirantes no como una forma de conseguir votos o de reclutar turbas sino como un modelo global para   gobernar a la vida. Como creencia y como hábito esto existía desde el periodo puntofijista en que la gratuidad de la energía y el agua era una manera fácil de favorecer a una población básicamente abandonada a la pobreza. Así que el material cultural, digámosle así,  del clientelismo chavista había sedimentado desde los setentas, incluso en la misma mente de Hugo Chávez.

Pero, ya en medio de la crisis, y en la medida en que el chavismo se adapta a  cierto nivel de protestas muy alto y a mantenerse con un apoyo muy bajo, la conveniencia de prestar y regalar esos servicios  disminuye y estos se hacen algo condicional: se hace completamente razonable dejar sin electricidad y agua a una ciudad como Maracaibo[2]en medio de una focalización extrema de los recursos y lo que ya es un régimen de  administración del desastre.

Estatizar para privatizar

Hay analistas que hablan, con razón, de un proceso de reversión de la democracia en Venezuela, de des-democratización, pero ese proceso es inseparable de otro que deshizo la república, que ha des-republicanizado un país en que   la república  siempre fue frágil.

La desrepublicanización se manifiesta en tres signos: la apropiación o dominio, el saqueo de los recursos y la degradación. Esto mismo es lo que habíamos determinado como las “causas de las causas” de la crisis eléctrica. Pero de hecho    esta triada es lo  común a la captura del estado por el chavismo, es decir, la encontramos en casi toda institución pública venezolana en algún grado.  Apropiación, saqueo y descomposición serian entonces la expresión de la Desrepublicanización cuyo el contenido es la captura del estado por el chavismo.

Lo que desde un punto de vista  llamamos Desrepublicanización desde otro podemos llamarlo corrupción. Corrupción en el sentido maquiaveliano e incluso Aristotélico del término: descomposición. Pero la descomposición en la vida humana, como en la naturaleza, es parte de la generación de cosas nuevas: un animal descompuesto libera materia y energía que se integran en el ambiente. En el caso del chavismo se trata de una descomposición continua, de una muerte en vida que no da pie a nada más que sí misma.

Pero estamos acá ante un proceso complejo de degradación, descomposición y entropía cuyas causalidades no son lineales. La tesis antichavista tradicional, de la clase media liberal,  es lineal: que el chavismo causó el desastre con políticas estatistas. Ya hemos visto que otros países con políticas estatistas –aunque diferentes- como China, tienen los mejores sistemas eléctricos del mundo pero solo porque han desmantelado la arquitectura monolítica de los servicios públicos.

Y así como es falso lo segundo es falso lo primero: en realidad solo en un país ya de entrada desrepublicanizado, corrompido y desastroso el chavismo pudo haberse apropiado del estado, esto explica la debilidad de las instituciones, la funcionalidad de la oposición y las dificultades de la emergencia de un movimiento democrático. Un Lava Jato habría sido imposible en Venezuela y no en balde ha sido el único país sin investigaciones serias sobre Odelbrecht.

En la extraordinaria obra de domingo Alberto Rangel y Pedro Duno encontramos los primeros análisis de unos mecanismos de poder que suponían ya la degradación de la vida: “los delitos y crímenes más vergonzosos adquieren características de hechos naturales” decían en 1978  Las luchas en torno a la figura de Carlos Andrés Perez en los setentas y noventas son testimonio de como en un estado ya colonizado por facciones,  era la lucha entre estas lo que  evitaba que uno solo de estos grupos capturara el estado y lo monopolizara.

El Puntofijismo, un acuerdo para alternarse en el poder, se expresó una poliarquía, una arquitectura de facciones independientes que reconocían las libertades básicas de la población pero se reservaban el derecho de usar la fuerza letal contra ella. 20 años de luchas democráticas continuas conquistaron no solo el voto secreto y universal sino la libertad de expresión  y manifestación.

Cada partido sabía que no podía monopolizar el estado (como había tratado de hacer AD tras 1945) no solo por la oposición de los demás sino porque la gente había rechazado la tiranía en las calles con tanta fuerza que no era posible hacerla regresar. Porque había divisiones entre “los de arriba” y cierta autonomía de los de abajo se  podía contener hasta cierto punto la corrupción: por eso Carlos Andrés Perez fue destituido: él, que puso a su amigo banquero de presidente del Banco Central, y planeaba entregarle la industria petrolera a sus asociados en un consorcio público-privado llamado Pentacom ya prefiguraba la privatización del estado que estaba en el horizonte.

El chavismo, que logró relegitimar el privilegio militar sobre la vida pública,  es una arquitectura monolítica, una monarquía, una maraña de facciones conectadas todas con un centro.  Liberó la corrupción de todo límite pues ya el gobierno central, esa entidad cuasidivina, no respondía ante nada y no admitía autonomía alguna.

La diferencia que hace la toma de poder de Chávez no es que volvamos al estado patrimonial como en el tiempo de las dictaduras militares, no es solo que ya nada limite la privatización del estado convertido primero en patrimonio del caudillo –al mejor estilo de Batista, Somoza o Trujillo- y luego en sociedad comanditaria de varios facciones  sino que evolucione hacia lo que Mbembe llama “gobierno privado indirecto”, es decir, se descomponga en un conjunto de medios de coacción y control para beneficio de facciones privadas:

El Gobierno Privado Indirecto es una forma inédita de estructuración social que caracteriza actualmente a los Estados africanos. Esta forma de gobierno surge en un contexto de gran desabastecimiento, desinstitucionalización, violencia generalizada y desterritorialización.

En este caso las facciones capturan un estado en descomposición como medio para un gobierno de la población, el territorio y sus recursos que ya no se da en el marco de un poder público sino de relaciones privadas: se cobra una tasa para hacer un trámite, el policía o el militar gravan o extorsionan a la población, se usa el poder del estado para asignar un territorio a un grupo armado.

Todo este tipo de fenómenos se encuentran en Venezuela con los pasaportes y otras gestiones, con las exacciones y robos que policías y militares hacen en las carreteras con la asociación de las mafias mineras del sur del país y durante mucho tiempo en las cárceles que fueron privatizadas a grupos armados.  En el caso de África el gobierno privado indirecto es producto de la guerra y las privatizaciones, en el de Venezuela el proceso apenas inicia y su causa es, justamente, la disolución de la esfera pública debido a la corrupción.

La violencia también juega un papel, no solo el conflicto de los grupos por el control del estado, sino en una fragmentación severa del territorio que escanció el territorio nacional en distintos tipos de periferias (urbanas, suburbanas, interior) donde las condiciones de vida son mucho más degradadas y se fueron creando nuevos ensamblajes sociales basados en la violencia, primero las bandas armadas y luego los llamados pranatos en que la banda criminal muda en un dominio con control territorial, casi un feudo.

La fragmentación del estado en dominios de ciertos grupos o figuras corrió en paralelo con la del territorio y, desde al menos, 2001, empezaron a resonar una con la otra. Por eso es que, durante años, las cárceles venezolanas estuvieron privatizadas de facto: administradas por mafias que pagaban a autoridades militares y civiles un porcentaje de lo que ganaban mediante tributos cobrados a los prisioneros, venta de drogas o  secuestros y asesinatos planificados en la prisión.

La cárcel fue la vanguardia de la privatización del estado y no hubo mejor expresión de esta simpatía entre la descomposición del estado y la del territorio que la política de las Zonas de Paz en las que, deliberadamente, muchas zonas fueron dejadas bajo el poder de grupos armados haciendo funcionar el pranato, en espacios abiertos  mientras toda una “ideología” del malandreo, de la delincuencia violenta, promovida por televisoras como Ávila Tv en que las facciones culturales del chavismo hicieron del asesino a sangre fría el nuevo héroe del pueblo y de la izquierda.

Pero lo que el Pran es en los territorios fragmentados lo es el funcionario corrupto, el apoderado, en el estado fragmentado. Y esto es porque, bajo Chávez las facciones mutan en  verdaderas mafias intraestatales que, en el caso de los servicios públicos, serán devastadoras. La razón por la que el chavismo descompuso el estado –en el sentido mecánico y biológico del termino- es porque el chavismo no tiene partido en el sentido soviético o fascista:  es caudillista y para que el poder ejecutivo pudiera  controlar todo el aparato de estado hacía falta una red de alianzas y jerarquías definidas por la lealtad personal a nivel de la nueva clase dirigente la lealtad se paga con impunidad, cada facción, cada operador debe ser capaz de apropiarse de su dominio libremente siempre que permanezca leal al líder y, en general, cumpla con lo que se le pide.

Más cada hombre de confianza tiene los suyos propios y se forma así una suerte de fractal clientelista, una maraña, que tiene al estado como medio ambiente y fuente de materiales. El chavismo es un fin en sí mismo y nunca produce nada más que a sí mismo.

Esa parece ser la razón por la que no hay una sola investigación importante sobre la corrupción en el  gobierno de Chávez y testigos de primera mano cómo Héctor Navarro lo muestran, ante graves denuncias de corrupción, solo llevándose las manos a la cabeza sin decir nada[3]: la corrupción era parte necesaria del mundo de Hugo Chávez, un componente de ese ecosistema que es el estado, como el crimen violento lo era del barrio, y solo quedaba sacarle un beneficio táctico o hasta estratégico a ambos: no en balde Alejandro Andrade, guardaespaldas y entrañable amigo de Chávez, sin experiencia en finanzas, fue el tesorero nacional.

O Mecanismo

Las cifras de Transparencia Venezuela[4] y la Asamblea Nacional[5] coinciden: desde 2007 se habrían gastado caso 38.000 millones de dólares en el sistema eléctrico de los que entre  23.000 y 25.000 habrían sido malversados: “el costo pasó de 800 dólares por kilovatio a 2778 dólares por kilovatio, causándole a la nación un daño patrimonial de 25.381 millones de dólares. La mayoría de los proyectos se pagó con sobreprecio. Estamos ante un acto de corrupción masiva” dice el informe de la Asamblea Nacional.

Es que, como ha ocurrido en Brasil  “hay un mecanismo de explotación de la sociedad, del que el sistema político corrupto es un aspecto cada vez visible. Un sistema de esquemas. Una combinación de pandillas (deberíamos llamar facciones?) Operando de forma especializada” solo que allí, todavía eran posible responder de alguna forma a la captura del estado por la “combinación de pandillas” las protestas de junio de 2013 y luego el Lava Jato, pero no para la izquierda que nunca ha podido ver a la corrupción más que como un vicio personal sin darse cuenta que las propiedades saqueadoras del imperialismo yanqui y su capacidad de abrir las venas de América latina hace tiempo las ha contraído la clase política autóctona, incluida la de izquierda que, para estos fines, no se distingue de la derecha.

En La Pipa Rota, Duno y  Rangel denunciaban simultáneamente  la incomprensión  fundamental que la izquierda tenia por la democracia y la inmanencia de la burguesía venezolana con el flujo de la renta petrolera: mal podían imaginarse que, llegada al poder, esa izquierda habría de sacar de su incomprensión y desprecio de la democracia su propio método para encontrar “la llave que abra el cinturón de castidad de los recursos naturales”:

Las características que hacen del estado el beneficiario de la depredación contra la naturaleza otorgan al presupuesto las virtudes que los hebreos atribuyeron al jehová del Pentateuco que hizo al mundo de la nada… el estado podría crear, cuando los juzgue conveniente, nuevos grupos o estratos en la burguesía. Todo depende de la orientación del gasto público. Si los fondos fiscales van a la construcción de carreteras o viviendas cualquier modesto ingeniero podría convertirse en un emulo de Onassis[6]

La ironía, o el cinismo, en la toma del poder del chavismo es que por un lado redujeron a un cliché la denuncia de la “burguesía parasitaria” pero no solo crearon la propia –la burguesía bolivariana o Boliburguesia- sino que enriquecieron aún más a los grupos económicos ya establecidos. Las fronteras  políticas son desconocidas en las operaciones financieras  y  la “oligarquía del dinero” del Country Club y los parientes de los dirigentes de oposición serian de las principales beneficiarias de la Emergencia Eléctrica de Chávez.

Cadafe, la corporación eléctrica estatal ya era corrupta y clientelar pero esa corrupción no alteraba, o alteraba poco, la dimensión técnica de la empresa, se puede decir que la circulación de dinero y el de la energía eléctrica eran dos niveles separados.

Todo esto cambió cuando Nervis Villalobos, hoy preso en España, hizo su toma de poder al ser nombrado Ministro de Energía y Minas en 2002. Allí Villalobos habría hecho dos cosas que le diferenciaban de los ministros del periodo anterior: Purgó la empresa  y eliminó la distinción entre los cargos políticos y técnicos.

Primero aplicó una purga política a las empresas eléctricas usando la infame lista de Tascón, que contenía los nombres y datos de las personas que habían firmado solicitando el revocatorio de Hugo Chávez: “Despidieron a los mejores ingenieros que tuvimos en Enelven. Él personalmente dirigió el despido, y mi me pidió la renuncia; yo por supuesto no la acepté. Me jubilé en 2004”[7].

Es que, bajo el impacto del paro petrolero de 2002, Chávez se convenció de que los funcionarios tenían que ser, más que eficientes,  leales. El problema es que no tenía una estrategia de “alta policía”  para generar un cuerpo de técnicos nuevo en que pudiera confiar o mecanismos para prevenir eventos como el paro petrolero. Incapaz de una solución compleja, de alta policía, eligió una muy simple, clientelar, de baja policía: purgarlas y emplazar leales iniciando una degradación que nunca fue revertida.

Luego Villalobos, siendo ministro,  llegó a la presidencia de la Cadafe, la corporación eléctrica estatal, al  cambiar  los estatutos de la empresa que separaban al ministro del presidente: la dirección política del que decide como orientar un sistema técnico y la técnica del que opera ese sistema fueron confundidas desde entonces iniciando el proceso que llevaría a la presidencia de Corpoelec a figuras que no tenían familiaridad alguna con la industria eléctrica. Hombres de confianza, nodos en la red supraestatal.

Lo que parece es que el chavismo en sí no cree que la electricidad, el petróleo o la moneda sean una realidad con sus propias determinaciones. Así, por mucho tiempo se creyó que la inflación era ideología burguesa, que el bitumen era petróleo y podía venderse al mismo precio.

Privadas las cosas de su realidad, convertidas en expresión de alguna ideología, la técnica, el saber hacer,  fue progresivamente despachada como “tecnocracia”, ideología, formalismo burgués: hacen falta hombres leales y con voluntad y no conocedores de las cosas, no abrir caminos en lo real por la invención sino negar lo real: la vaca puede ser una mesa, la inflación especulación y la crisis obstétrica “parto humanizado” si dejamos de creer en la ideología burguesa.

Por eso el ensamble, la combinación entre una dirección política y una gestión técnica no era ya relevante. Todo esto  convirtió a la industria eléctrica en un dominio

Villalobos ya no era un ministro o un gerente más o menos eficiente o más o menos corrupto, era el apoderado de un dominio que no era su propiedad privada pero tampoco podía ya ser llamado público:  “Durante su presidencia, la estatal administró 643 millones de dólares que serían invertidos en 223 proyectos de transmisión (líneas y sub-estaciones). No obstante, tan solo 155 millones de dólares fueron invertidos en proyectos ejecutados[8].

Con la  Central Hidroeléctrica Fabricio Ojeda , llamada “La Vueltosa”, en el estado Táchira Villalobos fue pionero en la producción de ruinas prematuras: otorgó al consorcio Alstom Power Hidro  la contratación que habría de estar lista en un plazo de 37 meses  “La Vueltosa comenzó a operar una década más tarde, e inconclusa, en 2013. Aún en 2018 no trabaja a total capacidad” El retardo del costó poco  a Villalobos: la humillación  pública por Hugo Chávez sin que hubieran consecuencias o la obra se culminara.

El “humilde ingeniero” continuó su carrera ahora como operador financiero en PDVSA donde estuvo en condiciones de amasar una gigantesca fortuna que terminaría encendiendo las alarmas de autoridades Suizas: “En 2007, Alstom fue acusada de pagar a funcionarios del Ministerio de Energía y la estatal Cadafe millones de dólares en sobornos para ‘ganar’ el contrato de La Vueltosa”[9].

Émulos de Onassis.

Alejandro Betancourt López  todavía no llega a los 40 años y es bisnieto de  Hermógenes López, 22ª Presidente de Venezuela tiene estudios de postgrado en la  Suffolk University de Massachusetts, una carrera en la industria energética y es todo lo que Chávez, en sus emocionados discursos, llamaba un oligarca.  Se hizo famoso en España por adquirir, a 22 millones de Euros, una finca de caza en Toledo a los pies de un castillo.

Entre los otros socios de Derwick están Francisco Convit Guruceaga,  Pedro José Trebbau López Francisco D’Agostino y  Luis Fernando Vuteff García. Ni siquiera en Venezuela estos nombres dicen mucho a la mayoría pero realmente cada uno es un signo: todo están vinculados o a prestigiosas familias del Este de Caracas, los antiguos “Amos del Valle”, o a figuras notorias de la oposición: D’Agostino  es el cuñado de Henri Ramos Allup, el presidente de la Asamblea Nacional “en desacato” que prometió sacar a Maduro del poder en seis meses y Vuteff García es el   yerno de Antonio Ledezma, otro prominente líder de oposición que huyó del país luego de un duro presidio.

A este grupo se les dio el nombre sin gracia de “Bolichicos” –por ser los juniors de la Boliburguesia. Podemos perdonar a la gente por abandonarse a los chismes sobre la amistad del hijo mayor de Hugo Chávez con la plana mayor de Derwick y las ruidosas fiestas con prostitutas, ¿Cuándo no ha fascinado a la gente común la corrupción de los poderosos?, pero más allá porque no todos los días ocurre que caigan en la cárcel, en la misma redada, el yerno de un dirigente de oposición “fugado” y un exministro de Chávez: Vuteff García, yerno de Ledezma fue detenido junto Nervis Villalobos en Madrid por la Brigada Central de Investigación de Blanqueo de Capitales de la Policía Nacional.

Los escándalos de Derwick y los Bolichicos tuvieron el mismo efecto develador de encender la luz en una orgia, una orgia financiera: las conexiones de Derwick revelaban que, lejos de haber una cesura, un corte insalvable entre los bandos, el dinero circulaba en una red continua que iniciaba en PDVSA y Corpoelec y terminaba en bancos de Suiza y Andorra pasando a través de todos los bandos: era la orgia de las facciones chavistas y antichavistas, políticas y empresariales unidas por el flujo de las finanzas y esa orgia parte de la arquitectura misma del capital financiero en un país donde no existían instituciones republicanas o controles democráticos que combatieran la corrupción y el compadre del Presidente de la República, nombrado Tesorero Nacional, ha confesado haber recibido 1000 millones de dólares en sobornos[10].

Desde entonces los masivos movimientos de capitales salidos de Venezuela han prendido todas las alarmas haya sido objeto de un intenso escrutinio por la prensa nacional e internacional y también de investigaciones por autoridades en varios países como Suiza y los EEUU debido a la sospecha de que Derwick realiza blanqueo de capitales a través de bancos Suizos[11].

Fue precisamente la “emergencia eléctrica” decretada por Chávez en 2009 la que selló el destino del sistema eléctrico venezolano por una década, igual que en los tiempos de Duno y Rangel: el estado podría crear, cuando los juzgue conveniente, nuevos grupos o estratos en la burguesía. Todo depende de la orientación del gasto público.

Es que la “emergencia eléctrica” parte de la teatralidad militar con la que Chávez fingía eficiencia con el pretexto de desburocratizar   acabó con los concursos e hizo posible las asignaciones directas de contratos y así desde Corpoelec se asignaban a dedo contratos de millardos de dólares.  Entre octubre de 2009 y diciembre de 2010 Derwick Associates obtuvo “12 contratos cifrados en 2.200 millones de dólares, por vender como nuevas turbinas usadas en Venezuela[12].

Como nadie en  Derwick sabía nada de electricidad la empresa  subcontrató a ProEnergy y junto a ella “logró la asignación…para la venta de 42 turbinas, 81% de segunda y tercera mano traídas de lugares tan disímiles como California, Misisipi, China, Qatar y Tanzania…. Todas eran reparadas para cobrar como nuevas, con el conocimiento de funcionarios de las instituciones venezolanas según demuestran papeles oficiales[13].

País Minado.

Derwick hubiera podido hacer una fortuna vendiendo equipos en buen estado. Tanto más porque el sobreprecio le estaba garantizado. Eligió sin embargo, vender la “chatarra eléctrica”, dar lo menos y sacar lo más posible dejando al país en medio de un desastre mucho más profundo.  El hecho es que tanto el chavismo como la facción empresarial de Alejandro Betancourt descompusieron el país para alimentarse: los primeros ganando un poder absoluto, los segundos una riqueza inmensa.

Las facciones, con sus “esquemas de esquemas” son lo que media entre ese poder absoluto, esa enorme riqueza y la ruina de ciudades como Maracaibo. País descompuesto por ser dominado, descompuesto por ser saqueado pero también dominado y saqueado porque estaba demasiado descompuesto. Dentro de esta lógica ni el dominio ni la riqueza pueden tener límites, por eso se mantienen jefes incompetentes aunque de confianza en sectores fundamentales, por eso el gobierno se aferra al poder, por eso Derwick decidió vender chatarra.

El hambre de las facciones es ilimitada, metafísica y les demanda convertir al país en una mina: una fuente de recursos, de materiales.

Dentro  esas condiciones no se trata solo de la toma de poder macroscópica, molar, que entre 2002 y 2005 hace de Chávez convertido casi en el propietario privado del estado sino de un movimiento microscópico, molecular, de apropiación que va desde el funcionario que se queda con el automóvil del ministerio a las más fantásticas estafas. Capturar al estado es lo que hace al chavismo a oficina por oficina, presupuesto por presupuesto; capturar un flujo de renta, de capitales, es una verdadera toma de poder dentro del estado por facciones pequeñas y grandes.

Pero capturar al estado es un fin en sí mismo y también parte del proceso de  capturar al país. El monolito con el que soñaba Hugo Chávez, en que toda Venezuela era la extensión de su cuerpo y de su alma, no era solo una agregación de personas sino de recursos naturales, maquinarias y recursos, una extensión “cibernética” de la persona del caudillo, de su sistema nervioso: cibernética clientelar, caudillismo mediático.

En ese sentido los pozos petroleros y la represa de Guri eran parte de Chávez y propiedad de Chávez que, sin embargo, tomaba control de ellos a través de personas de confianza. Todo el estado tomo, debido a eso, una cualidad feudal: territorio y estado se llenan de dominios cuasiprivados: sean cárceles privatizadas, “zonas de paz” cedidas en feudo a grupos criminales o instituciones entregadas a funcionarios que las manejan como les place.

En las apropiaciones hay dominios que son tomados por una facción: una cárcel por un pran, un ministerio por un funcionario. La Tesorería Nacional era el domino de Alejandro Andrade tal como la cárcel de Margarita era el dominio de “El Conejo”. El primero no tenía poder de vida y muerte sobre sus empleados pero no respondía ante nadie sino  Chávez y usaba los recursos a su discreción. El segundo tenía una suerte de concesión  por parte del gobierno nacional que hacía de esa cárcel una suerte de feudo.

Los dominios, los fragmentos, son limitados y por tanto disputados. Son dados a los leales aunque, durante varios años, Chávez permitió que la oposición ocupara gobernaciones y alcaldías que se convertían en dominio de verdaderas facciones delictivas como las de gobernadores como  Lapi o Rosales.

Pero el mientras la apropiación, el dominio,  es un ensamblaje que mira  hacia adentro el saqueo mira hacia afuera: el saqueo es la extracción de beneficios del dominio, de la apropiación. Así el chavismo ordene las facciones en “feudos”, clientelarmente, por subordinación, este no es un mundo feudal: de cada dominio son extraídos recursos financieros, dinero,  que al poder circular y multiplicarse hacen posibles acuerdos, conexiones y comunicaciones entre diferentes facciones a lo largo del espectro político: si la repartición de los dominios separa a las facciones el flujo de dinero las vincula.

La afinidad profunda de Chávez con la corrupción parece no solo ser consecuencia de que el dejar saquear era el pago por la lealtad, sino que el flujo de dinero integraba, unía a propios y extraños, creaba dependencias y alianzas: incluso la clase media más rabiosamente antichavista dependía del gobierno que prácticamente le regalaba dólares subsidiados.

El dominio mira hacia adentro, hacia minas, pozos petroleros, cárceles, ministerios, gobernaciones y el saqueo hacia afuera, hacia Suiza y Andorra se crean dos polos: uno de opulencia, de máxima riqueza, el mundo de Juan Planchard, con Castillos Andaluces y el mundo de los apagones, las cárceles sobrepobladas, los barrios entregados al crimen, la inflación y las fabricas cerradas: el país se deprimía y empobrecía mientras las facciones se enriquecían.

Durante muchos años las autoridades, especialmente las militares, extrajeron importantes recursos de las cárceles en que los presos, abandonados a la podredumbre, inventaron una forma de orden, de autogobierno: el pranato, un poder de vida y muerte que organiza la vida en la cárcel pero también extrae tributos de los presos (“la causa”) y de distintos negocios. En este esquema los militares “los verdes” recibían parte de la ganancia: el dominio extraía dinero circulante, incluso investigadores adictos al chavismo han señalado que aumentar  la población carcelaria terminó siendo un recurso para generar capital[14].

Pero, aunque el chavismo tuvo enorme tolerancia con el pranato y lo convirtió en un modelo para controlar el territorio con “las zonas de paz” era demasiado inestable y explosivo y, tras varios intentos fallidos de reclutar a los pranes y jefes de bandas cambió la política[15] mientras los pranes carcelarios empezaron a desaparecer empezaron a surgir los de las minas  en el sur del país que organizaron la extracción artesanal del oro en un régimen cuasi-feudal[16]: mientras la naturaleza queda destruida y la población dominada el oro, ahora la principal fuente de recursos del gobierno, fluye hasta Rusia y Turquía destruyendo los cauces del Caroní que impulsan las turbinas de Guri, única fuente de energía eléctrica y ahora  casi colapsada debido al abuso y al abandono.

El Caroní licuado, deshecho, convertido en barro y mugre por las minas, Guri al borde del colapso con mayoría de las ciclópeas turbinas paradas, la industria eléctrica descapitalizada y sin personal, toda esa maquinaria que engarzaba a los venezolanos con la naturaleza, al poder natural con el trabajo humano,  fue apropiada y saqueada: lo que queda lo reparte el racionamiento eléctrico.

Y en medio de la ruina de Guri y del Caroní, otra ruina distinta. La ruina prematura de Tocoma signo de todas las cosas que, gracias al saqueo, ni siquiera llegaron a ser….

 

[1]  Marina Silva Seremos Capazes De Desmontar O Mecanismo?

[2] Redacción El Pitazo La tragedia de Zulia: Sin luz, sin agua y sin soluciones. El Pitazo.

 

[3] “Personalmente le conté lo ocurrido al presidente Chávez, quien se llevó las manos a la cabeza sin hacerme a mí ningún comentario” cuenta Navarro que fue la reacción de Chávez al enterarse que el estado había gastado millones de dólares en turbinas usadas. Héctor Navarro Considera Que La Crisis En El Sistema Eléctrico Es Consecuencia De La Corrupción E Incapacidad Gerencial Punto de Corte.

[4] Tal Cual: Transparencia Venezuela dice que el 61% del dinero para sistema eléctrico fue desviado 8 noviembre de 2018.

[5] Maru Morales: $25.381 millones perdió la nación por mala gestión del sistema eléctrico 16 de febrero 2017.

[6] Domingo Alberto Rangel, Pedro Duno. La Pipa Rota p.p. 23

[7] Alexandra Sucre: Nervis Villalobos, el hombre de la fortuna “eléctrica” en Andorra El Estímulo.

 

[8] Ibíd.

[9] Maibort Petit: La Vueltosa: Un historial de irregularidades y corrupción

[10]Redacción BBC News Mundo Alejandro Andrade, el guardaespaldas de Hugo Chávez y extesorero de Venezuela que confesó el cobro de US$1.000 millones en sobornos BBC Mundo.

 

[11] Cesar Batiz, Marcos Garcia Rey. El Dinero de la crisis eléctrica se escondió en Suiza. Armandoinfo 06-05-18. Consultado el 16-05-18.

[12] Reina Carreño. 9 años de crisis: ¿Quién le “bajó los breques” a la electricidad en Venezuela? Tureporte.

[13] Ibíd.

[14] VANESSA MORENO LOSADA “Chaveiros” y “pranes”, paralelismos de las cárceles en Brasil y Venezuela

[15] Diario las Américas: Figura del «pran» en cárceles venezolanas comienza a desaparecer

[16] El libro Venezuela desde dentro tiene dos excelentes trabajos sobre el pranato minero.