Causas y razones del apagón en Venezuela  (II): Derwick S.A.

Por Jeudiel Martínez

 “…hay un mecanismo de explotación de la sociedad, del que el sistema político corrupto es un aspecto cada vez visible… Una combinación de pandillas (deberíamos llamar facciones?) Operando de forma especializada con la lógica del pago de «protección». El botín es dividido por los dueños del poder que hacen eventuales, rarísimas y pequeñas concesiones para la sociedad. Este sistema usurpó el lugar de la política y vació su potencia como acción, prohibió de la vida pública la noción republicana de mandato como servicio…”

Marina Silva[1].

 

…resulta difícil creer que haya algo público en un gobierno en el que todo es de uno.

La Boetie.

 

Irresponsable.

Hay algo en los racionamientos de todo tipo  que es afín a la naturaleza chavismo. Esta afinidad no reposa en el mero acto de racionar sino en la arbitrariedad en cómo se ejecuta : hay un programa de racionamientos que fue anunciado pero no se cumple, al menos no exactamente, no solo los cortes de electricidad duran más de lo que deberían durar sino que es difícil saber cuándo se trata de una falla o cuando se trata de un racionamiento no anunciado.

Tal vez no sea la idea desde el principio pero inevitablemente tiene que serlo en algún momento porque es la única que corresponde con el modo de vida que el chavismo impone.

Los mismos empleados de Corpoelec saben tan poco como los usuarios: ellos mismos dicen que, como caídas del cielo, llegan a las subestaciones los anuncios y órdenes de cortar la electricidad. A veces la electricidad se va porque hubo una falla, a veces porque, debido  a algún problema, deciden “administrar” la carga eléctrica, otras, como parte del programa de racionamiento. Durante los primeros años de la crisis eléctrica los burócratas de Corpoelec insistían en que el racionamiento no podía ser  planificado debido a lo impredecible de las subidas y bajadas de la carga eléctrica. Luego vinieron, en años siguientes, racionamientos relativamente programados pero eso fue, básicamente, debido al descontento y la presión de la gente.

Pero ese es un descontento y una presión que no tienen canales regulares para manifestarse, casi no hay vías formales para presentar quejas: los teléfonos de contacto de entidades como Corpoelec, hidrocapital, etc. rara vez funcionan, es Twitter el que le ha aportado al gobierno una interface con los usuarios (y el Twitter de cualquier entidad pública está saturado de propaganda).  Sería ridículo presentar una demanda contra el estado en un tribunal.

Los usuarios tienen que pasar por la protesta e incluso por la rebelión, al menos por su posibilidad, para que el gobierno se preocupe por los servicios públicos. En la necrogestión se trata de cuanto se puede degradar el servicio público sin que el país colapse o la gente se rebele,  no se hace más que administrar un grado de descomposición limitando lo posible los perjuicios y sacándole el máximo provecho.

Es que el concepto de servicio público, en su estricto sentido, es muy difícil de entender para el chavismo que lo ve o como dadiva o como medio de control o logística para la vida cotidiana.  Servicio público supone que él que presta el servicio tiene que responder ante el usuario y lo que el chavismo ha hecho, al menos desde 2005 es eliminar –con una pequeña ayuda de la “oposición” – todas las formas de responsabilidad si entendemos por eso no solo una relación jurídica sino, ante todo, la relación de poder que esa relación jurídica expresa: ser responsable ante otro es tener que conducirse de determinada manera, que las fuerzas del otro se impongan a las nuestras, las limiten,   aunque sea momentáneamente, obedecer o cumplir.

Así, sea cual sea la forma que tome la república,  la idea de servicio público implica que el gobernante tenga que responder ante una ciudadanía y unas instituciones autónomas frente a él. Pero el chavismo tiene una idea arcaica –o neoarcaica- de la soberanía en que esto es inconcebible, de hecho aberrante: el soberano no responde ante nadie.   Por eso rara vez los jerarcas chavistas se someten a ruedas de prensa o entrevistas con periodistas extranjeros: responder la pregunta ya es problemático  como concepto pues el poder, como el chavismo lo entiende, es Uno, indivisible, y no responde ante nada  excepto al “pueblo”, es decir, ante su otra faceta pues el estado, creen ellos,  es el pueblo organizado, es decir, la forma que toma el pueblo.

Pero ¡¡ay¡¡ ese pueblo no decide sobre su propia forma, es organizado desde afuera, por eso del Palacio de Miraflores, y no de los barrios, salió la idea del  PSUV, del Consejo Comunal y la Comuna, por eso  las ordenes y consignas eran transmitidas desde allá, sin que se las cuestionase.

En segundo lugar el pueblo no es esta persona, aquella comunidad, este gremio o aquel consejo comunal que son solo  partes: no es lo mismo ser parte del pueblo que ser el pueblo. Pueblo es solo la totalidad  indivisible de los venezolanos y por eso, cuando a Hugo Chávez le reclamaban algo en público decía que esos reclamos eran individuales. En cambio él, Chávez,  si era el pueblo, siempre y en todo momento -o al menos eso se decía- pues  el caudillo  representaba, encarnaba,  la unidad del pueblo y no una  particularidad. Por eso decidía, sin ser cuestionado, sobre el todo y sobre la parte de cada quien.

Así, en el momento representativo, referéndum o elección, se obedecía al pueblo que en ese momento y solo en ese  existía más allá de Chávez mientras en que en el “participativo”, en la cotidianidad, se le dan órdenes y se le asigna sin consulta la parte de la que participa. Ante el gobierno el “chavismo popular” está hecho de partes que no pueden engarzar entre sí y es  como es como esos emperadores niños rehenes de los Shogunes.  Infantes muy bien portados que hablan cuando se le pregunta, hacen lo que se le ordena y  creen lo que se le dice.

El resultado es que no hay responsabilidad ni relación política entre gobernantes y gobernados sino simplemente, como dice la teoría de los funcionarios chavistas, una “interpelación”, es decir, solicitud, petitorio, rogativa, pero nunca realmente desacuerdo, debate,  lucha, protesta, diferencia: el chavismo es bravío solo ante aquellos que no son chavistas, ante los que no han aceptado la parte que les toca. Por eso en  el chavismo la política de las bases es una constante petición de audiencia, una interminable solicitud de recursos, de ayuda de atención: por favor atiéndeme.

En ese contexto el gobierno ha monopolizado los servicios públicos no para servir a nada fuera de sí mismo sino para controlar el medio ambiente y  garantizar sus propias operaciones. Esto es vital dado que toda la población no es chavista, no se enamoró del comandante, no se incorporó a él. Controlar unilateralmente los flujos de moneda, de electricidad, de agua, es esencial y el gobierno provee como y cuando le conviene sin realmente prestar un servicio: electricidad, gasolina  y agua, energía y materia,  forman parte del mismo flujo clientelar que los dólares baratos y la comida subsidiada.

La creencia de que el estado tenía recursos ilimitados para subsidiarlo todo engarzó perfectamente con la práctica de usar los subsidios a la energía y a materiales esenciales como el agua de manera clientelista. De ahí que la gasolina y la electricidad fueran básicamente gratuitas. Que esa gratuidad pudiera crear problemas de financiamiento que contribuyeran a la degradación de los sistemas y redes no fue nunca considerado porque la capacidad de las cosas de degradarse no entraba en la conciencia del chavismo que por un lado estaba obsesionado con controlar a la población, con obtener de todos la misma despreocupada obediencia que obtenía de sus seguidores,  y por el otro, se creía poseedor de una riqueza no potencial sino actual y no limitada sino infinita: si los recursos no tienen límites no existe el despilfarro.

Para esos fines el servicio público  operativamente  tenía que ser centralizado, políticamente tenía que estar en manos de leales, monopolizado por el gobierno central, y dirigido solo por él, es decir,  no solo había que estatizarlo sino quitárselo a las gobernaciones y alcaldías.    Jurídicamente tenía que ser un don, un regalo, la expresión, no de un derecho de la gente, sino de la generosidad del chavismo el poder en contraste con la mezquindad de sus enemigos que pedían a la gente que pagara por los servicios públicos.

La consigna “solo en revolución” dejaba claro eso: que no se pedía nada a cambio excepto lealtad, es decir, aceptar que el chavismo estuviera en el poder por tiempo ilimitado.  Era la viejísima  relación patrón-cliente llevada a los extremos más delirantes no como una forma de conseguir votos o de reclutar turbas sino como un modelo global para   gobernar a la vida. Como creencia y como hábito esto existía desde el periodo puntofijista en que la gratuidad de la energía y el agua era una manera fácil de favorecer a una población básicamente abandonada a la pobreza. Así que el material cultural, digámosle así,  del clientelismo chavista había sedimentado desde los setentas, incluso en la misma mente de Hugo Chávez.

Pero, ya en medio de la crisis, y en la medida en que el chavismo se adapta a  cierto nivel de protestas muy alto y a mantenerse con un apoyo muy bajo, la conveniencia de prestar y regalar esos servicios  disminuye y estos se hacen algo condicional: se hace completamente razonable dejar sin electricidad y agua a una ciudad como Maracaibo[2]en medio de una focalización extrema de los recursos y lo que ya es un régimen de  administración del desastre.

Estatizar para privatizar

Hay analistas que hablan, con razón, de un proceso de reversión de la democracia en Venezuela, de des-democratización, pero ese proceso es inseparable de otro que deshizo la república, que ha des-republicanizado un país en que   la república  siempre fue frágil.

La desrepublicanización se manifiesta en tres signos: la apropiación o dominio, el saqueo de los recursos y la degradación. Esto mismo es lo que habíamos determinado como las “causas de las causas” de la crisis eléctrica. Pero de hecho    esta triada es lo  común a la captura del estado por el chavismo, es decir, la encontramos en casi toda institución pública venezolana en algún grado.  Apropiación, saqueo y descomposición serian entonces la expresión de la Desrepublicanización cuyo el contenido es la captura del estado por el chavismo.

Lo que desde un punto de vista  llamamos Desrepublicanización desde otro podemos llamarlo corrupción. Corrupción en el sentido maquiaveliano e incluso Aristotélico del término: descomposición. Pero la descomposición en la vida humana, como en la naturaleza, es parte de la generación de cosas nuevas: un animal descompuesto libera materia y energía que se integran en el ambiente. En el caso del chavismo se trata de una descomposición continua, de una muerte en vida que no da pie a nada más que sí misma.

Pero estamos acá ante un proceso complejo de degradación, descomposición y entropía cuyas causalidades no son lineales. La tesis antichavista tradicional, de la clase media liberal,  es lineal: que el chavismo causó el desastre con políticas estatistas. Ya hemos visto que otros países con políticas estatistas –aunque diferentes- como China, tienen los mejores sistemas eléctricos del mundo pero solo porque han desmantelado la arquitectura monolítica de los servicios públicos.

Y así como es falso lo segundo es falso lo primero: en realidad solo en un país ya de entrada desrepublicanizado, corrompido y desastroso el chavismo pudo haberse apropiado del estado, esto explica la debilidad de las instituciones, la funcionalidad de la oposición y las dificultades de la emergencia de un movimiento democrático. Un Lava Jato habría sido imposible en Venezuela y no en balde ha sido el único país sin investigaciones serias sobre Odelbrecht.

En la extraordinaria obra de domingo Alberto Rangel y Pedro Duno encontramos los primeros análisis de unos mecanismos de poder que suponían ya la degradación de la vida: “los delitos y crímenes más vergonzosos adquieren características de hechos naturales” decían en 1978  Las luchas en torno a la figura de Carlos Andrés Perez en los setentas y noventas son testimonio de como en un estado ya colonizado por facciones,  era la lucha entre estas lo que  evitaba que uno solo de estos grupos capturara el estado y lo monopolizara.

El Puntofijismo, un acuerdo para alternarse en el poder, se expresó una poliarquía, una arquitectura de facciones independientes que reconocían las libertades básicas de la población pero se reservaban el derecho de usar la fuerza letal contra ella. 20 años de luchas democráticas continuas conquistaron no solo el voto secreto y universal sino la libertad de expresión  y manifestación.

Cada partido sabía que no podía monopolizar el estado (como había tratado de hacer AD tras 1945) no solo por la oposición de los demás sino porque la gente había rechazado la tiranía en las calles con tanta fuerza que no era posible hacerla regresar. Porque había divisiones entre “los de arriba” y cierta autonomía de los de abajo se  podía contener hasta cierto punto la corrupción: por eso Carlos Andrés Perez fue destituido: él, que puso a su amigo banquero de presidente del Banco Central, y planeaba entregarle la industria petrolera a sus asociados en un consorcio público-privado llamado Pentacom ya prefiguraba la privatización del estado que estaba en el horizonte.

El chavismo, que logró relegitimar el privilegio militar sobre la vida pública,  es una arquitectura monolítica, una monarquía, una maraña de facciones conectadas todas con un centro.  Liberó la corrupción de todo límite pues ya el gobierno central, esa entidad cuasidivina, no respondía ante nada y no admitía autonomía alguna.

La diferencia que hace la toma de poder de Chávez no es que volvamos al estado patrimonial como en el tiempo de las dictaduras militares, no es solo que ya nada limite la privatización del estado convertido primero en patrimonio del caudillo –al mejor estilo de Batista, Somoza o Trujillo- y luego en sociedad comanditaria de varios facciones  sino que evolucione hacia lo que Mbembe llama “gobierno privado indirecto”, es decir, se descomponga en un conjunto de medios de coacción y control para beneficio de facciones privadas:

El Gobierno Privado Indirecto es una forma inédita de estructuración social que caracteriza actualmente a los Estados africanos. Esta forma de gobierno surge en un contexto de gran desabastecimiento, desinstitucionalización, violencia generalizada y desterritorialización.

En este caso las facciones capturan un estado en descomposición como medio para un gobierno de la población, el territorio y sus recursos que ya no se da en el marco de un poder público sino de relaciones privadas: se cobra una tasa para hacer un trámite, el policía o el militar gravan o extorsionan a la población, se usa el poder del estado para asignar un territorio a un grupo armado.

Todo este tipo de fenómenos se encuentran en Venezuela con los pasaportes y otras gestiones, con las exacciones y robos que policías y militares hacen en las carreteras con la asociación de las mafias mineras del sur del país y durante mucho tiempo en las cárceles que fueron privatizadas a grupos armados.  En el caso de África el gobierno privado indirecto es producto de la guerra y las privatizaciones, en el de Venezuela el proceso apenas inicia y su causa es, justamente, la disolución de la esfera pública debido a la corrupción.

La violencia también juega un papel, no solo el conflicto de los grupos por el control del estado, sino en una fragmentación severa del territorio que escanció el territorio nacional en distintos tipos de periferias (urbanas, suburbanas, interior) donde las condiciones de vida son mucho más degradadas y se fueron creando nuevos ensamblajes sociales basados en la violencia, primero las bandas armadas y luego los llamados pranatos en que la banda criminal muda en un dominio con control territorial, casi un feudo.

La fragmentación del estado en dominios de ciertos grupos o figuras corrió en paralelo con la del territorio y, desde al menos, 2001, empezaron a resonar una con la otra. Por eso es que, durante años, las cárceles venezolanas estuvieron privatizadas de facto: administradas por mafias que pagaban a autoridades militares y civiles un porcentaje de lo que ganaban mediante tributos cobrados a los prisioneros, venta de drogas o  secuestros y asesinatos planificados en la prisión.

La cárcel fue la vanguardia de la privatización del estado y no hubo mejor expresión de esta simpatía entre la descomposición del estado y la del territorio que la política de las Zonas de Paz en las que, deliberadamente, muchas zonas fueron dejadas bajo el poder de grupos armados haciendo funcionar el pranato, en espacios abiertos  mientras toda una “ideología” del malandreo, de la delincuencia violenta, promovida por televisoras como Ávila Tv en que las facciones culturales del chavismo hicieron del asesino a sangre fría el nuevo héroe del pueblo y de la izquierda.

Pero lo que el Pran es en los territorios fragmentados lo es el funcionario corrupto, el apoderado, en el estado fragmentado. Y esto es porque, bajo Chávez las facciones mutan en  verdaderas mafias intraestatales que, en el caso de los servicios públicos, serán devastadoras. La razón por la que el chavismo descompuso el estado –en el sentido mecánico y biológico del termino- es porque el chavismo no tiene partido en el sentido soviético o fascista:  es caudillista y para que el poder ejecutivo pudiera  controlar todo el aparato de estado hacía falta una red de alianzas y jerarquías definidas por la lealtad personal a nivel de la nueva clase dirigente la lealtad se paga con impunidad, cada facción, cada operador debe ser capaz de apropiarse de su dominio libremente siempre que permanezca leal al líder y, en general, cumpla con lo que se le pide.

Más cada hombre de confianza tiene los suyos propios y se forma así una suerte de fractal clientelista, una maraña, que tiene al estado como medio ambiente y fuente de materiales. El chavismo es un fin en sí mismo y nunca produce nada más que a sí mismo.

Esa parece ser la razón por la que no hay una sola investigación importante sobre la corrupción en el  gobierno de Chávez y testigos de primera mano cómo Héctor Navarro lo muestran, ante graves denuncias de corrupción, solo llevándose las manos a la cabeza sin decir nada[3]: la corrupción era parte necesaria del mundo de Hugo Chávez, un componente de ese ecosistema que es el estado, como el crimen violento lo era del barrio, y solo quedaba sacarle un beneficio táctico o hasta estratégico a ambos: no en balde Alejandro Andrade, guardaespaldas y entrañable amigo de Chávez, sin experiencia en finanzas, fue el tesorero nacional.

O Mecanismo

Las cifras de Transparencia Venezuela[4] y la Asamblea Nacional[5] coinciden: desde 2007 se habrían gastado caso 38.000 millones de dólares en el sistema eléctrico de los que entre  23.000 y 25.000 habrían sido malversados: “el costo pasó de 800 dólares por kilovatio a 2778 dólares por kilovatio, causándole a la nación un daño patrimonial de 25.381 millones de dólares. La mayoría de los proyectos se pagó con sobreprecio. Estamos ante un acto de corrupción masiva” dice el informe de la Asamblea Nacional.

Es que, como ha ocurrido en Brasil  “hay un mecanismo de explotación de la sociedad, del que el sistema político corrupto es un aspecto cada vez visible. Un sistema de esquemas. Una combinación de pandillas (deberíamos llamar facciones?) Operando de forma especializada” solo que allí, todavía eran posible responder de alguna forma a la captura del estado por la “combinación de pandillas” las protestas de junio de 2013 y luego el Lava Jato, pero no para la izquierda que nunca ha podido ver a la corrupción más que como un vicio personal sin darse cuenta que las propiedades saqueadoras del imperialismo yanqui y su capacidad de abrir las venas de América latina hace tiempo las ha contraído la clase política autóctona, incluida la de izquierda que, para estos fines, no se distingue de la derecha.

En La Pipa Rota, Duno y  Rangel denunciaban simultáneamente  la incomprensión  fundamental que la izquierda tenia por la democracia y la inmanencia de la burguesía venezolana con el flujo de la renta petrolera: mal podían imaginarse que, llegada al poder, esa izquierda habría de sacar de su incomprensión y desprecio de la democracia su propio método para encontrar “la llave que abra el cinturón de castidad de los recursos naturales”:

Las características que hacen del estado el beneficiario de la depredación contra la naturaleza otorgan al presupuesto las virtudes que los hebreos atribuyeron al jehová del Pentateuco que hizo al mundo de la nada… el estado podría crear, cuando los juzgue conveniente, nuevos grupos o estratos en la burguesía. Todo depende de la orientación del gasto público. Si los fondos fiscales van a la construcción de carreteras o viviendas cualquier modesto ingeniero podría convertirse en un emulo de Onassis[6]

La ironía, o el cinismo, en la toma del poder del chavismo es que por un lado redujeron a un cliché la denuncia de la “burguesía parasitaria” pero no solo crearon la propia –la burguesía bolivariana o Boliburguesia- sino que enriquecieron aún más a los grupos económicos ya establecidos. Las fronteras  políticas son desconocidas en las operaciones financieras  y  la “oligarquía del dinero” del Country Club y los parientes de los dirigentes de oposición serian de las principales beneficiarias de la Emergencia Eléctrica de Chávez.

Cadafe, la corporación eléctrica estatal ya era corrupta y clientelar pero esa corrupción no alteraba, o alteraba poco, la dimensión técnica de la empresa, se puede decir que la circulación de dinero y el de la energía eléctrica eran dos niveles separados.

Todo esto cambió cuando Nervis Villalobos, hoy preso en España, hizo su toma de poder al ser nombrado Ministro de Energía y Minas en 2002. Allí Villalobos habría hecho dos cosas que le diferenciaban de los ministros del periodo anterior: Purgó la empresa  y eliminó la distinción entre los cargos políticos y técnicos.

Primero aplicó una purga política a las empresas eléctricas usando la infame lista de Tascón, que contenía los nombres y datos de las personas que habían firmado solicitando el revocatorio de Hugo Chávez: “Despidieron a los mejores ingenieros que tuvimos en Enelven. Él personalmente dirigió el despido, y mi me pidió la renuncia; yo por supuesto no la acepté. Me jubilé en 2004”[7].

Es que, bajo el impacto del paro petrolero de 2002, Chávez se convenció de que los funcionarios tenían que ser, más que eficientes,  leales. El problema es que no tenía una estrategia de “alta policía”  para generar un cuerpo de técnicos nuevo en que pudiera confiar o mecanismos para prevenir eventos como el paro petrolero. Incapaz de una solución compleja, de alta policía, eligió una muy simple, clientelar, de baja policía: purgarlas y emplazar leales iniciando una degradación que nunca fue revertida.

Luego Villalobos, siendo ministro,  llegó a la presidencia de la Cadafe, la corporación eléctrica estatal, al  cambiar  los estatutos de la empresa que separaban al ministro del presidente: la dirección política del que decide como orientar un sistema técnico y la técnica del que opera ese sistema fueron confundidas desde entonces iniciando el proceso que llevaría a la presidencia de Corpoelec a figuras que no tenían familiaridad alguna con la industria eléctrica. Hombres de confianza, nodos en la red supraestatal.

Lo que parece es que el chavismo en sí no cree que la electricidad, el petróleo o la moneda sean una realidad con sus propias determinaciones. Así, por mucho tiempo se creyó que la inflación era ideología burguesa, que el bitumen era petróleo y podía venderse al mismo precio.

Privadas las cosas de su realidad, convertidas en expresión de alguna ideología, la técnica, el saber hacer,  fue progresivamente despachada como “tecnocracia”, ideología, formalismo burgués: hacen falta hombres leales y con voluntad y no conocedores de las cosas, no abrir caminos en lo real por la invención sino negar lo real: la vaca puede ser una mesa, la inflación especulación y la crisis obstétrica “parto humanizado” si dejamos de creer en la ideología burguesa.

Por eso el ensamble, la combinación entre una dirección política y una gestión técnica no era ya relevante. Todo esto  convirtió a la industria eléctrica en un dominio

Villalobos ya no era un ministro o un gerente más o menos eficiente o más o menos corrupto, era el apoderado de un dominio que no era su propiedad privada pero tampoco podía ya ser llamado público:  “Durante su presidencia, la estatal administró 643 millones de dólares que serían invertidos en 223 proyectos de transmisión (líneas y sub-estaciones). No obstante, tan solo 155 millones de dólares fueron invertidos en proyectos ejecutados[8].

Con la  Central Hidroeléctrica Fabricio Ojeda , llamada “La Vueltosa”, en el estado Táchira Villalobos fue pionero en la producción de ruinas prematuras: otorgó al consorcio Alstom Power Hidro  la contratación que habría de estar lista en un plazo de 37 meses  “La Vueltosa comenzó a operar una década más tarde, e inconclusa, en 2013. Aún en 2018 no trabaja a total capacidad” El retardo del costó poco  a Villalobos: la humillación  pública por Hugo Chávez sin que hubieran consecuencias o la obra se culminara.

El “humilde ingeniero” continuó su carrera ahora como operador financiero en PDVSA donde estuvo en condiciones de amasar una gigantesca fortuna que terminaría encendiendo las alarmas de autoridades Suizas: “En 2007, Alstom fue acusada de pagar a funcionarios del Ministerio de Energía y la estatal Cadafe millones de dólares en sobornos para ‘ganar’ el contrato de La Vueltosa”[9].

Émulos de Onassis.

Alejandro Betancourt López  todavía no llega a los 40 años y es bisnieto de  Hermógenes López, 22ª Presidente de Venezuela tiene estudios de postgrado en la  Suffolk University de Massachusetts, una carrera en la industria energética y es todo lo que Chávez, en sus emocionados discursos, llamaba un oligarca.  Se hizo famoso en España por adquirir, a 22 millones de Euros, una finca de caza en Toledo a los pies de un castillo.

Entre los otros socios de Derwick están Francisco Convit Guruceaga,  Pedro José Trebbau López Francisco D’Agostino y  Luis Fernando Vuteff García. Ni siquiera en Venezuela estos nombres dicen mucho a la mayoría pero realmente cada uno es un signo: todo están vinculados o a prestigiosas familias del Este de Caracas, los antiguos “Amos del Valle”, o a figuras notorias de la oposición: D’Agostino  es el cuñado de Henri Ramos Allup, el presidente de la Asamblea Nacional “en desacato” que prometió sacar a Maduro del poder en seis meses y Vuteff García es el   yerno de Antonio Ledezma, otro prominente líder de oposición que huyó del país luego de un duro presidio.

A este grupo se les dio el nombre sin gracia de “Bolichicos” –por ser los juniors de la Boliburguesia. Podemos perdonar a la gente por abandonarse a los chismes sobre la amistad del hijo mayor de Hugo Chávez con la plana mayor de Derwick y las ruidosas fiestas con prostitutas, ¿Cuándo no ha fascinado a la gente común la corrupción de los poderosos?, pero más allá porque no todos los días ocurre que caigan en la cárcel, en la misma redada, el yerno de un dirigente de oposición “fugado” y un exministro de Chávez: Vuteff García, yerno de Ledezma fue detenido junto Nervis Villalobos en Madrid por la Brigada Central de Investigación de Blanqueo de Capitales de la Policía Nacional.

Los escándalos de Derwick y los Bolichicos tuvieron el mismo efecto develador de encender la luz en una orgia, una orgia financiera: las conexiones de Derwick revelaban que, lejos de haber una cesura, un corte insalvable entre los bandos, el dinero circulaba en una red continua que iniciaba en PDVSA y Corpoelec y terminaba en bancos de Suiza y Andorra pasando a través de todos los bandos: era la orgia de las facciones chavistas y antichavistas, políticas y empresariales unidas por el flujo de las finanzas y esa orgia parte de la arquitectura misma del capital financiero en un país donde no existían instituciones republicanas o controles democráticos que combatieran la corrupción y el compadre del Presidente de la República, nombrado Tesorero Nacional, ha confesado haber recibido 1000 millones de dólares en sobornos[10].

Desde entonces los masivos movimientos de capitales salidos de Venezuela han prendido todas las alarmas haya sido objeto de un intenso escrutinio por la prensa nacional e internacional y también de investigaciones por autoridades en varios países como Suiza y los EEUU debido a la sospecha de que Derwick realiza blanqueo de capitales a través de bancos Suizos[11].

Fue precisamente la “emergencia eléctrica” decretada por Chávez en 2009 la que selló el destino del sistema eléctrico venezolano por una década, igual que en los tiempos de Duno y Rangel: el estado podría crear, cuando los juzgue conveniente, nuevos grupos o estratos en la burguesía. Todo depende de la orientación del gasto público.

Es que la “emergencia eléctrica” parte de la teatralidad militar con la que Chávez fingía eficiencia con el pretexto de desburocratizar   acabó con los concursos e hizo posible las asignaciones directas de contratos y así desde Corpoelec se asignaban a dedo contratos de millardos de dólares.  Entre octubre de 2009 y diciembre de 2010 Derwick Associates obtuvo “12 contratos cifrados en 2.200 millones de dólares, por vender como nuevas turbinas usadas en Venezuela[12].

Como nadie en  Derwick sabía nada de electricidad la empresa  subcontrató a ProEnergy y junto a ella “logró la asignación…para la venta de 42 turbinas, 81% de segunda y tercera mano traídas de lugares tan disímiles como California, Misisipi, China, Qatar y Tanzania…. Todas eran reparadas para cobrar como nuevas, con el conocimiento de funcionarios de las instituciones venezolanas según demuestran papeles oficiales[13].

País Minado.

Derwick hubiera podido hacer una fortuna vendiendo equipos en buen estado. Tanto más porque el sobreprecio le estaba garantizado. Eligió sin embargo, vender la “chatarra eléctrica”, dar lo menos y sacar lo más posible dejando al país en medio de un desastre mucho más profundo.  El hecho es que tanto el chavismo como la facción empresarial de Alejandro Betancourt descompusieron el país para alimentarse: los primeros ganando un poder absoluto, los segundos una riqueza inmensa.

Las facciones, con sus “esquemas de esquemas” son lo que media entre ese poder absoluto, esa enorme riqueza y la ruina de ciudades como Maracaibo. País descompuesto por ser dominado, descompuesto por ser saqueado pero también dominado y saqueado porque estaba demasiado descompuesto. Dentro de esta lógica ni el dominio ni la riqueza pueden tener límites, por eso se mantienen jefes incompetentes aunque de confianza en sectores fundamentales, por eso el gobierno se aferra al poder, por eso Derwick decidió vender chatarra.

El hambre de las facciones es ilimitada, metafísica y les demanda convertir al país en una mina: una fuente de recursos, de materiales.

Dentro  esas condiciones no se trata solo de la toma de poder macroscópica, molar, que entre 2002 y 2005 hace de Chávez convertido casi en el propietario privado del estado sino de un movimiento microscópico, molecular, de apropiación que va desde el funcionario que se queda con el automóvil del ministerio a las más fantásticas estafas. Capturar al estado es lo que hace al chavismo a oficina por oficina, presupuesto por presupuesto; capturar un flujo de renta, de capitales, es una verdadera toma de poder dentro del estado por facciones pequeñas y grandes.

Pero capturar al estado es un fin en sí mismo y también parte del proceso de  capturar al país. El monolito con el que soñaba Hugo Chávez, en que toda Venezuela era la extensión de su cuerpo y de su alma, no era solo una agregación de personas sino de recursos naturales, maquinarias y recursos, una extensión “cibernética” de la persona del caudillo, de su sistema nervioso: cibernética clientelar, caudillismo mediático.

En ese sentido los pozos petroleros y la represa de Guri eran parte de Chávez y propiedad de Chávez que, sin embargo, tomaba control de ellos a través de personas de confianza. Todo el estado tomo, debido a eso, una cualidad feudal: territorio y estado se llenan de dominios cuasiprivados: sean cárceles privatizadas, “zonas de paz” cedidas en feudo a grupos criminales o instituciones entregadas a funcionarios que las manejan como les place.

En las apropiaciones hay dominios que son tomados por una facción: una cárcel por un pran, un ministerio por un funcionario. La Tesorería Nacional era el domino de Alejandro Andrade tal como la cárcel de Margarita era el dominio de “El Conejo”. El primero no tenía poder de vida y muerte sobre sus empleados pero no respondía ante nadie sino  Chávez y usaba los recursos a su discreción. El segundo tenía una suerte de concesión  por parte del gobierno nacional que hacía de esa cárcel una suerte de feudo.

Los dominios, los fragmentos, son limitados y por tanto disputados. Son dados a los leales aunque, durante varios años, Chávez permitió que la oposición ocupara gobernaciones y alcaldías que se convertían en dominio de verdaderas facciones delictivas como las de gobernadores como  Lapi o Rosales.

Pero el mientras la apropiación, el dominio,  es un ensamblaje que mira  hacia adentro el saqueo mira hacia afuera: el saqueo es la extracción de beneficios del dominio, de la apropiación. Así el chavismo ordene las facciones en “feudos”, clientelarmente, por subordinación, este no es un mundo feudal: de cada dominio son extraídos recursos financieros, dinero,  que al poder circular y multiplicarse hacen posibles acuerdos, conexiones y comunicaciones entre diferentes facciones a lo largo del espectro político: si la repartición de los dominios separa a las facciones el flujo de dinero las vincula.

La afinidad profunda de Chávez con la corrupción parece no solo ser consecuencia de que el dejar saquear era el pago por la lealtad, sino que el flujo de dinero integraba, unía a propios y extraños, creaba dependencias y alianzas: incluso la clase media más rabiosamente antichavista dependía del gobierno que prácticamente le regalaba dólares subsidiados.

El dominio mira hacia adentro, hacia minas, pozos petroleros, cárceles, ministerios, gobernaciones y el saqueo hacia afuera, hacia Suiza y Andorra se crean dos polos: uno de opulencia, de máxima riqueza, el mundo de Juan Planchard, con Castillos Andaluces y el mundo de los apagones, las cárceles sobrepobladas, los barrios entregados al crimen, la inflación y las fabricas cerradas: el país se deprimía y empobrecía mientras las facciones se enriquecían.

Durante muchos años las autoridades, especialmente las militares, extrajeron importantes recursos de las cárceles en que los presos, abandonados a la podredumbre, inventaron una forma de orden, de autogobierno: el pranato, un poder de vida y muerte que organiza la vida en la cárcel pero también extrae tributos de los presos (“la causa”) y de distintos negocios. En este esquema los militares “los verdes” recibían parte de la ganancia: el dominio extraía dinero circulante, incluso investigadores adictos al chavismo han señalado que aumentar  la población carcelaria terminó siendo un recurso para generar capital[14].

Pero, aunque el chavismo tuvo enorme tolerancia con el pranato y lo convirtió en un modelo para controlar el territorio con “las zonas de paz” era demasiado inestable y explosivo y, tras varios intentos fallidos de reclutar a los pranes y jefes de bandas cambió la política[15] mientras los pranes carcelarios empezaron a desaparecer empezaron a surgir los de las minas  en el sur del país que organizaron la extracción artesanal del oro en un régimen cuasi-feudal[16]: mientras la naturaleza queda destruida y la población dominada el oro, ahora la principal fuente de recursos del gobierno, fluye hasta Rusia y Turquía destruyendo los cauces del Caroní que impulsan las turbinas de Guri, única fuente de energía eléctrica y ahora  casi colapsada debido al abuso y al abandono.

El Caroní licuado, deshecho, convertido en barro y mugre por las minas, Guri al borde del colapso con mayoría de las ciclópeas turbinas paradas, la industria eléctrica descapitalizada y sin personal, toda esa maquinaria que engarzaba a los venezolanos con la naturaleza, al poder natural con el trabajo humano,  fue apropiada y saqueada: lo que queda lo reparte el racionamiento eléctrico.

Y en medio de la ruina de Guri y del Caroní, otra ruina distinta. La ruina prematura de Tocoma signo de todas las cosas que, gracias al saqueo, ni siquiera llegaron a ser….

 

[1]  Marina Silva Seremos Capazes De Desmontar O Mecanismo?

[2] Redacción El Pitazo La tragedia de Zulia: Sin luz, sin agua y sin soluciones. El Pitazo.

 

[3] “Personalmente le conté lo ocurrido al presidente Chávez, quien se llevó las manos a la cabeza sin hacerme a mí ningún comentario” cuenta Navarro que fue la reacción de Chávez al enterarse que el estado había gastado millones de dólares en turbinas usadas. Héctor Navarro Considera Que La Crisis En El Sistema Eléctrico Es Consecuencia De La Corrupción E Incapacidad Gerencial Punto de Corte.

[4] Tal Cual: Transparencia Venezuela dice que el 61% del dinero para sistema eléctrico fue desviado 8 noviembre de 2018.

[5] Maru Morales: $25.381 millones perdió la nación por mala gestión del sistema eléctrico 16 de febrero 2017.

[6] Domingo Alberto Rangel, Pedro Duno. La Pipa Rota p.p. 23

[7] Alexandra Sucre: Nervis Villalobos, el hombre de la fortuna “eléctrica” en Andorra El Estímulo.

 

[8] Ibíd.

[9] Maibort Petit: La Vueltosa: Un historial de irregularidades y corrupción

[10]Redacción BBC News Mundo Alejandro Andrade, el guardaespaldas de Hugo Chávez y extesorero de Venezuela que confesó el cobro de US$1.000 millones en sobornos BBC Mundo.

 

[11] Cesar Batiz, Marcos Garcia Rey. El Dinero de la crisis eléctrica se escondió en Suiza. Armandoinfo 06-05-18. Consultado el 16-05-18.

[12] Reina Carreño. 9 años de crisis: ¿Quién le “bajó los breques” a la electricidad en Venezuela? Tureporte.

[13] Ibíd.

[14] VANESSA MORENO LOSADA “Chaveiros” y “pranes”, paralelismos de las cárceles en Brasil y Venezuela

[15] Diario las Américas: Figura del «pran» en cárceles venezolanas comienza a desaparecer

[16] El libro Venezuela desde dentro tiene dos excelentes trabajos sobre el pranato minero.

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