Destronar el imperio de las narrativas

Por Bruno Cava, UniNômade

 

En una conferencia sobre Deleuze, hablaba de la filosofía de Duns Scoto y un auditor lanzó la siguiente pregunta: con tantas urgencias contemporáneas, cuál sería el sentido de perder tiempo con un filósofo medieval? No sería minimizar las preocupación como en la vieja escolástica, cuando se debatía sobre cuántos ángeles cabían en la punta de una aguja?

Yo respondí: No. En verdad, el concepto de univocidad de Duns Scoto es el antídoto para el carácter escolástico-medieval de las discusiones que es justamente el carácter predominante de nuestras discusiones contemporáneas.

Tome por ejemplo la oposición por la izquierda al nuevo gobierno brasileño. Lo que se lee en los muchos artículos académicos o de periódicos, en las redes sociales o en la mesa del bar, son incontables variaciones de la misma proposición: es el fascismo. Es un concurso de caballeros en el que cada competidor tiene 15 minutos para decir de su manera porque Bolsonaro, de hecho, fascistas. Usted puede ir multiplicando maneras de decir la misma cosa, en un ciclo interminable alrededor de lo mismo.

Otro ejemplo es el neoliberalismo. Fue un concepto relevante en la época de su formulación, en los años 70’s, pero no tardo en pasar por lo que Willard Quine llama ascesis semántica. El Neoliberalismo se transformó en una válvula de regulación, una categoría para clivar el ámbito del discurso. En su núcleo semántico esta siempre la misma cosa y los usos de ahí en adelante deben atreverse a nuevos modos de decir eso lo mismo, agregando contenidos e incidencias. Ahora, cuando “fascismo” se eleva a significante reinante, hay que conciliarlo con “neoliberalismo”, tarea capciosa, pues exige construir una diarquía de equivocidades.

El feminismo de la segunda generación, surgida en los EUA durante los años 60’s, que tienen por foco la violencia estructural contra las mujeres. Aquí, una de las palabras ascéticas es “violación”. Los clivajes dependen de la fijación del significante: toda manifestación machista involucra, en tanto emulación, el acto de la violación. De ahí se habla de cultura de la violación. La operación semántica consiste en ir agregándole referentes: el abuso sexual también se encuadra como violación, la violencia simbólica idem, y esto y aquello también y así para adelante. Hasta que el menor gesto de masculinidad performada, por ejemplo, una mirada, un comentario, hasta el mismo pensamiento íntimo, contiene el germen del significante maestro, esto es, una manifestación de una violación equivoca y omnipresente.

Para entender como el concepto de univocidad rompe ese ciclo del lenguaje es preciso antes comprender el juego de fuerzas en el siglo XIII. Aquel fue el siglo del Pequeño Renacimiento, un periodo de una efervescencia cultural en el interior de la Edad Media, relacionado a la intensificación de las interacciones con pueblos musulmanes y asiáticos, la traducción de obras clásicas del griego, y en la relativa prosperidad económica debido a las innovaciones técnicas y de paz que precedió al fin de la Guerra de los Cien Años.

El siglo XIII fue de un desarrollo extraordinario de las universidades y de la informal República de las letras que se extendía por toda la Europa cristiana. Si, por un lado, implicó un florecimiento de la teología y de la filosofía; por otro, suscitó riesgos para el monopolio intelectual mantenido por la Iglesia Católica. Como autoridad religiosa no tenía más como contener la producción y distribución del discurso, la solución encontrada fue desplazar el régimen de control hacia el interior de la propia proliferación de hablas y lenguajes. En eso, la obra de Tomás de Aquino (1225-74) —o tal vez cierta interpretación oficialista del tomismo— cayó como un guante.

El debate rondaba la cuestión de la relación metafísica entre Dios y el mundo, pero las consecuencias de él iban mucho más allá de la teología. Una concepción era la de que lo que se hablaba de Dios no se hablaba del mismo modo como se hablaba de las cosas. Si yo digo que Dios es bueno, eterno y perfecto, esto no es la misma cosa que hablar que Manuel es bueno, eterno y perfecto. Habría una equivocidad en Dios que confiere la autoridad religiosa un monopolio absoluto y dogmático. Pero esto se estaba volviendo insostenible, gracias al Pequeño Renacimiento.

La solución salomónica de Tomas de Aquino es la siguiente: lo que se dice de Dios, se dice análogamente de las cosas humanas y mundanas. Simplificando bastante: dijimos las mismas cosas de maneras diferentes. O sea, acojo la libertad de hablar de muchos modos, desde que se acepta la premisa de la Misma Cosa de que hablamos. Nuestros discursos son análogos alrededor del Mismo que ya estaría dado en primer lugar. Los ideólogos de la Iglesia, que no eran nada de tontos, homologaron esa doctrina y en consecuencia el tomismo consiguió una duradera fortuna crítica en el ámbito de las instituciones eclesiásticas de ahí en adelante. Esto contemplo un inmenso espectro de muchas discusiones (muchos modos de decir), pero los muchos modos de decir permanecen regulados desde dentro del discurso. El tomismo es una válvula interna de regulación, a partir de la que el ejercicio del poder de veto e interdicción se ejercerá, tanto en la Primera como en la Segunda Escolástica (contrarreformista)

El funcionamiento escolástico del tomismo es este: puedes hablar a voluntad y multiplicar los modos de decir, desde que no hay duda en la comunidad de los hablantes sobre la misma cosa de la que se dice: es fascismo, es golpe, es neoliberalismo, es violencia etc. La libertad y la buena conciencia de hablar en debajo del paraguas de la doctrina de las analogías es proporcional a la sensación de impotencia que viene con ella, porque los modos de decir no dejan de ratificar la misma cosa, que jamas cambia.

Duns Scoto (1265-1308), al contrario de la concepción análoga o equivoca, afirmaba la univocidad del ser. Es decir, lo que se dice de Dios y lo que se dice de las cosas finitas y mundanas, se dice del mismo modo. Solo existe un modo de decir las cosas. Lo que parece restringir la producción del discurso, en verdad provoca una mutación interna en su funcionamiento. Solo existe un modo de decir de las cosas, lo que cambia, justamente, son las cosas! Cae el imperialismo del significante, la narratocracia escolástica. Dejamos de disputar el significado de las mismas cosas en sus muchos modos de decir (ascesis semántica de Quine), para disputar las cosas mismas. No estamos tan preocupados con la narrativa sobre las cosas, sino con ellas mismas. El habla y el lugar del habla, los modos de decir lo mismo, importan menos que sobre lo que se habla en primer lugar.

Es toda una inversión. Cuando 250 años después de Nuns Scoto, el furiosamente herético Giordano Bruno afirma la pluralidad de mundos, él no está simplemente haciendo una tesis astronómica en la estela de Copérnico. Está diciendo que las otras Tierras, los otros planetas poblados, son efectivamente otros mundos, de pleno derecho, que no pueden ser reducidos a nuevas versiones de nosotros mismos, de la humanidad cristiana. El universo es populoso, sin embargo, más que eso, es populoso de diferencias, y no de un Mismo que se repite con variaciones de narrativa.

Es lo que Deleuze, finalmente, remata: monismo=pluralismo. El único modo de escapar de los círculos viciosos e imperialismos escolásticos (que él denomina como opinocracia) no consiste en cambiar y multiplicar los modos de decir, sino que en cambiar y multiplicar las propias cosas. Reconstruirlas nuevas. Si, para Scoto, todo lo que se dice, se dice del mismo modo; en Deleuze, el “todo lo que se dice” es la propia diferencia. El Mismo es la Diferencia.

 

Traducción del portugués al español: Santiago De Arcos-Halyburton

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *