El verdadero drama brasileño

Por Bruno Cava / Universidad Nómada de Brasil

La crítica vulgar asume ante la realidad empírica una actitud arrogante, altiva, pretensiosa; ella expone las contradicciones de lo existente apenas para despreciarlas como algo perteneciente a la masa (…) es una crítica dogmática, que lucha contra su objeto, del mismo modo como, antiguamente, el dogma de la santísima trinidad era eliminado por medio de la contradicción entre uno y tres

Karl Marx, Crítica de la filosofía del derecho de Hegel (1844)

 

En mayo de 2018, la huelga de los camioneros bloqueó las principales carreteras, el complejo petroquímico y el mayor puerto de America Latina. La falta de combustible colocó al país al borde del colapso logístico, amenazando el abastecimiento de alimentos básicos, pero, del mismo modo, la huelga provocó un desbordamiento social. Los pobres se sintieron representados por la lucha de los trabajadores rodoviarios y extravasaron su indignación por la crisis en millones de textos, audios y videos autorales por WhatsApp. En un primer momento los empresarios del transporte estaban junto a los camioneros, sin embargo, después de los primeros acuerdos de los patrones con el gobierno, los conductores formaran comisiones de huelga autónomas y, con el enorme apoyo de la población, prolongaran la huelga por cuenta propia. En menos de una semana, el presidente Temer determinó la solución integral de las demandas de los huelguistas. La victoria de los camioneros fue vivida como renovación de la esperanza y despertar democrático.

La izquierda de lucha y movimiento en Brasil no solo no participó del movimiento de los camioneros, sino que también lo condenó como infiltrado por militantes de derecha y manipulado por valores conservadores. Esa actitud ha sido una constante desde la insurrección de Junio de 2013. En lugar de conectarse con la movilización en la crisis, las izquierdas prefieren atrincherarse en un discurso moral de defensa… del propio ideal de izquierda. Ante las luchas aplican el test del tornasol de las banderas y el izquierdometro de los discursos, para exhibirse entre sí con la fraseología de alertas y rechazos. La subjetivacion predominante ha sido trazar una línea clara e inequívoca entre nosotros y ellos, basada en un vago sentimiento de estar juntos del lado cierto de la Historia (el propio). Mientras, una nueva derecha nació y fue al encuentro de la indignación popular.

Esto se dio de varios modos. Primero, con la aparición de redes de movilización al interior del caldero social, por ejemplo, con el Movimiento Brasil Libre (MBL), surgido en 2014 buscando emular la sigla del Movimiento del Pase Libre (MPL), uno de los principales organizadores de las protestas de 2013. El MBL, junto a otros grupos nuevos, comenzó a construir un ecosistema político de la “alt right” a la brasileña. Moralista en las costumbres, neoliberal en la economia y discretamente encantadora en la estética.

En segundo lugar, el crecimiento de la derecha se dio entre los pobres, que viven en territorios violentos bajo algún tipo de instancia local de chantaje: narcotraficantes o milicias armadas en la zona gris entre policía y crimen. En 2017, la tasa de homicidios en Brasil fue mayor que la suma de todos los países de Europa (incluyendo a Rusia) y Estados Unidos, y viene aumentando a lo largo de la década, al mismo ritmo que el aumento del empobrecimiento y endeudamiento, que la desocupación y del empeoramiento de la disputa por los negocios en los territorios. Fue ahí que floreció una nueva derecha organizada por las iglesias protestantes, neopentecostales, que para muchos paso a ser la única alternativa de protección ante la dialéctica entre poder del crimen y poder del poder. Para tales grupos, la importancia de la restauración de la familia nuclear esta en sustentar un vínculo de solidaridad y amparo en el medio de la disolución de los lazos sociales, de la deuda y del miedo cotidianos.

De 2013 a 2018, las izquierdas ignoraran la movilización real y la desdeñaran, para defender a Lula y el PT, que han sido criminalizados en la mayor investigación de corrupción de todos los tiempos, el Petrolão (Petrolazo). Por esto, en la trinchera idealista en pro de los valores de la izquierda, en términos reales, tiene significado la defensa del sistema político existente, ya que junto a Lula y el PT están siendo condenados no sólo políticos aliados (del PMDB, del PP, del PSDB), sin o que también los principales articuladores empresariales y financieros del gobierno, los llamdos «campeones nacionales».

En 2015-16, cuando las calles estaban tomadas por los manifestantes indignados con la corrupción y los partidarios de Lava Jato, las izquierdas prefirieron defender el Estado de Derecho. La moda intelectual era el garantismo. En el impeachment de Dilma Rousseff, defendieron que había un golpe de estado contra la Constitución. La moda era el republicanismo. Finalmente, cuando Bolsonaro pasó a la segunda vuelta de la elección de 2018, sacaron de la baraja su última carta: era el fascismo que ahora amenazaba a la Democracia. La moda se convirtió en el antifascismo. Siempre palabras en mayúsculas, una atmósfera del pánico moral y una retórica inflamada para contrastar lo que, en realidad, es una revuelta generalizada contra el sistema. El resultado de ello fue que si las izquierdas cavaron una trinchera contra el mal que venía de fuera, las derechas tuvieron éxito en mezclarse con una movilización real. La vehemencia de las voces indignadas de la izquierda nada pudo contra la fuerza real de la indignación popular, que encontró una representación política y se volvió inestable.

En la elección de 2018, la disputa se dio entre el político de extrema derecha Bolsonaro y el político presidiario Lula, el «candidato oculto» de Haddad, del mismo PT. Después de sobrevivir a un atentado político que casi lo mató, Bolsonaro hizo la campaña prácticamente de casa de casa, evitando apariciones en la televisión y palenques tradicionales. La campaña del PT, en cambio, reunió alrededor de sí al propio sistema político, personalidades de la cultura establecida y buena parte de los medios corporativos, todo para defender la Democracia. La disputa fue, entonces, entre una candidatura de izquierda en nombre de la defensa del sistema y una candidatura de derecha en nombre de su destrucción. El saldo de los cinco años de alejamiento en relación a las luchas en la crisis, por parte de la izquierda, y del trabajo de reorganización, dentro de ellas, por parte de la derecha, finalmente se inclinó hacia el lado opuesto del PT, que no perdía una elección nacional desde 1998.

El 1 de enero de 2019, presenciaremos en Brasil otro experimento institucional de la nueva derecha, una tendencia mundial, con un presidente que trae consigo: por referencia, torturadores de la dictadura de 1964 y populistas como Donald Trump; por aliados, el arco de iglesias y pastores ultraconservadores y la juventud «alt right»; y por economistas, gurús neoliberales que prometen revolucionar el sistema de protección social. Pero ese no es nuestro drama. Sería optimista encontrar eso. El drama verdadero es que la victoria aplastante de Bolsonaro en el país y en los estados está siendo vivida como renovación de la esperanza y despertar democrático, como ariete anti-sistémico y movilización de los pobres y sufridos por la crisis, por fuera de las viejas estructuras.

He aquí el tamaño del problema, que meras invectivas morales y románticas enredos ideológicos no van a ayudar a resolver.

Traducción del portugués: Santiago de Arcos-Halyburton

Después del segundo turno: el tercer margen

Por Red Universidad Nómada / Brasil

Solo constatar el tamaño del desastre es constatar lo obvio. Es limitarse al desaliento. Comencemos entonces por el final. La organización de un campo de resistencia democrática tiene por condicion numero uno reconocer no solamente las amenazas, sino que también la ambivalencia del resultado electoral. Particularmente, es necesario aprehender el rechazo a dar una quinta victoria al PT y a Lula. Este rechazo nos indica que el desafío es estar en el campo de las luchas democráticas más allá del petismo. La incapacidad de afirmar ese campo de luchas disociado del PT y capaz de emerger como alternativa democrática a la candidatura de Bolsonaro fue lo que llevó al antipetismo a reagruparse a la derecha del espectro político-partidario. Una derecha de nuevo tipo, permeada de elementos de extrema derecha, que fermento a lo largo de los últimos cuatro años. El éxito del antipetismo no es solo electoral. La heterogeneidad del antipetismo encontró en la figura de Jair Bolsonaro la representación de un movimiento realmente capaz de derrotar al PT y con enorme fuerza en la sociedad brasileña. Ante esta constatación, no sirve condenar ese movimiento esperando que se esfume por la fuerza del argumento racional y moral. En lugar de eso, necesitamos entender como pudo tornarse mayoritario en los últimos años, como funciona, o que le da vitalidad, y entonces como luchar para desviarlo de sus características autoritarias.

Tenemos, entonces, dos tareas complementarias: 1.- Aprender las resistencias difusas, evitando las tentativas de mistificarlas a través de caricaturas pseudo-heroicas insertadas en el lugar de las luchas. 2.- Realizar una reflexión de largo aliento sobre la derrota de prácticamente todas las tentativas de construir una tercera vía potente. La resistencia que nos falta precisa estar en otro lugar, en un tercer margen que sólo las luchas y las políticas por un nuevo marco de protección social pueden constituir.

Después de mí, el diluvio. Entrever y crear posibilidades de resistencia pasa por el análisis crítico de los últimos años. Fue el éxito de la estrategia petista en ese período la que, paradójicamente, nos llevó al abismo. El nefasto resultado electoral es el resultado del turno que comenzó en 2014, después de la pacificación de la sublevación de Junio de 2013 (movilizaciones urbanas contra el alza del transporte). A lo largo de los últimos 5 años, gran parte del campo de la izquierda se negó a hacer la crítica al PT y se quedó en la comodidad aparente de las soluciones que el lulismo le ofrecía. Lula y el PT fueron así montando una política de chantaje sistemática. Defender al PT ya no es una opción, sino una obligación política, moral y civilizatoria. Esta estrategia se organiza a partir de un doble dispositivo: por un lado, toda fuerza alternativa al lulismo es inviabilizada; por otro, lo peor se produce incesantemente, en un empeoramiento interminable.

En un principio, la operación fue pacificar el activismo que ocupó las brechas que abrió la sublevación Junio de 2013. Si el verde amarillo pasó a ser obligatorio en la Copa de las Copas (julio de 2014), a partir del año siguiente se volvería inmoral: el estigma de «coxinha» se pegó a la piel de todo contestatario del «buen gobierno del PT». Y gracias al marketing basado en las fake news de octubre de 2014, se destruyó la candidatura de Marina Silva, porque ella, eventualmente, representaba una alternativa, imponiendo a Aécio Neves como el candidato ideal al que oponerse. A continuación, se convirtió en el teatro de la negociación del impeachment en «Golpe». Después de disolver la movilización critica en un oportuno e instrumental frentismo de refundación (Frente Brasil Popular, Frente Pueblo Sin Miedo, siempre con Lula al frente) y acompañar con condescendencia la emergencia de candidaturas que deberían “unificar” la izquierda, Lula y el PT harán la zancadilla a la única de ellas que tenía chances de tener algún peso electoral: Ciro Gomes. En las elecciones de 2014 era obligatorio votar, aunque bajo la buena conciencia del voto crítico, contra la «vuelta del neoliberalismo». Durante el impeachment de 2016, la movilización pasó a ser contra nada menos que un golpe. En 2018, el voto obligatorio al PT se convirtió en un voto de la «civilización contra la barbarie». Este mecanismo irresponsable permitió que la urgente crítica al PT fuese siempre pospuesta por las «urgencias» que el propio PT produjo en serie. Nunca es «momento de criticar al PT».

Hasta que el lobo llegó. De un estelionato (fraude en los contratos) a otro, la izquierda fue relativizando la corrupción, operando con cinismo las fake news y tratando como normal aliarse con candidatos «golpistas» (como Eunício Oliveira y Renán Calheiros) para conquistar votos en el sertón (sertão) nordestino, y así «llevar» a la quinta elección nacional seguida (sin siquiera una alianza o coalición). Esta vez, el lulismo se vio ante el reflejo de sí mismo. No la transparencia desarmada de Marina Silva, ni la malandraje de Aécio Neves (una persona – candidatura en la cual los estigmas que el PT siempre extendió sobre los adversarios no hacen ni cosquillas, porque así se asume). Y sí un movimiento real, capaz de dar voz al rechazo popular al PT y de movilizar eficazmente el mismo volumen de falsificaciones: el hechizo se volvió contra el hechicero. Para no ser responsabilizado por los errores y por sus crímenes, el PT continuamente denunciaba la llegada del lobo. Finalmente, el lobo apareció y la mayoría eligió al propio lobo: Haddad y el PT ni siquiera lograron aparecer para la mayoría de los votantes como una verdadera alternativa ante un adversario aterrador. La novedad que parecía haber sido exorcizada en 2013, resurgió y se impuso. Sin embargo, no es el PT quien corre el riesgo de ser devorado por el Lobo, sino la multitud de los pobres y minorías, empezando por el Nordeste que se mantuvo fiel al PT.

Del mundo de las luchas para la lucha de mundos: las guerras culturales. La auto-victimización que permite al PT «juzgar a los demás y no ser juzgado» tiene otra consecuencia: la movilización en defensa de la «Víctima» hecha por un gran número de intelectuales progresistas (profesores, agentes culturales, artistas), a través de una perspectiva distorsionada: ya no son las luchas para entender el mundo, sino la perspectiva del PT que define las luchas. Esta inversión falsifica la materialidad de las luchas en guerras culturales que la nueva extrema derecha mostró saber conducir mejor que nadie. Desde esta perspectiva, la introducción de la política de cuotas para negros y pobres en las universidades públicas dejó de ser el producto del movimiento autónomo de los pre-vestibulares (pre-universitario) y pasó a ser una gentil concesión del lulismo; la Bolsa Familia dejó de ser vista como embrión de reconocimiento de la potencia productiva y subjetiva de la multitud de los pobres, y pasó a ser una deuda infinita que los pobres tendrían con el paternalismo de Lula; el financiamiento de los puntos de cultura tampoco dejó de ser aprehendido como una ruptura del clientelismo que permite reconocer la autonomía creativa difusa en el territorio y pasó a ser un subsidio petista al que hay que reiterar lealtad. En la estela de esas inversiones, llegamos al paroxismo de movilizar cuestiones de garantismo jurídico y del abolicionismo penal para criticar las operaciones de represión a la corrupción y para defender a los dirigentes de un conglomerado partidista que durante 13 años dejó multiplicar de manera exponencial a la población carcelaria en condiciones inaceptables.

El resultado es evidente: mientras que la hegemonía de la izquierda vaciaba la autonomía de los movimientos el campo de las luchas fue paulatinamente siendo capturado por la derecha. Esta tendencia fue evidenciada por la huelga autónoma de los camioneros en mayo de 2018, ya denotando el despegue total de las redes capilarizadas de politización en relación a los aparatos de izquierda. Peor, las luchas de los movimientos negro, indígena, LGBT pasaron a ser calificadas por las normas abstractas que definen esos derechos y no al contrario; es decir, pasaron a ser definidas antes por el paraguas partidista que por el protagonismo social que ellas expresan y por la capacidad de auto-organización de que son capaces.

La ola global y Brasil. La victoria de ese candidato no significa que todos los votos sean de extrema derecha. El peor de los errores sería calificar a todos sus electores de fascistas. Necesitamos entender con cuidado sus componentes. Este trabajo será fundamental en las luchas por venir en defensa de la democracia. La nueva derecha, a nivel global, aparece hoy como un movimiento antiglobalización que promete protección por medio de la construcción de nuevos muros y se organiza en torno a la producción de chivos expiatorios: los migrantes, las diferencias y hasta China. Para ello, la nueva derecha utiliza las contradicciones y límites de la globalización (como la pérdida de estatuto de las clases medias y de los trabajadores industriales) por medio de una polarización sistemática y creación de falsos conflictos. Las guerras culturales son, pues, dispositivos fundamentales de movilización social y electoral de la nueva derecha.

Cuando miramos la situación en Brasil, podemos constatar elementos comunes y al mismo tiempo algunas especificidades. En común, tenemos la práctica de las guerras culturales y las propuestas en términos de seguridad. Al mismo tiempo, la polarización aquí no necesitó ser inventada por la nueva derecha, pero fue proporcionada de gracia por la lógica irresponsable y demagógica de la izquierda en defender lo indefendible: su corrupción generalizada, por un lado, y la gravísima crisis económica, por el otro. El primer desafío, por lo tanto, para analizar el fenómeno denominado «nueva derecha» es insertarlo en esa serie real de acontecimientos, y no tratarlo como una simple entidad abstracta que emergería del conservadurismo profundo existente en Brasil o de una manipulación masiva organizada por empresarios maliciosos.

Este fenómeno también debe ser explicado por una mutua implicación destructiva proveniente de la polarización. Mientras la izquierda pasó a caracterizarse cada vez más por sus símbolos y banderas (la trinchera roja), grupos conservadores como el MBL pasaron a pautar una cruzada moral que identificaba en la propia izquierda los elementos de degeneración social, familiar, cultural, etc. Uno de los resultados dañinos de esta operación, alimentada por los dos lados, fue la identificación de todas las luchas minoritarias con el desgaste profundo del lulismo, trampa en la que estamos presos todavía hoy. Otra dimensión fue el crecimiento de tendencias militaristas y autoritarias que pasaron a representar ese ideal de moralización de Brasil a partir de la erradicación de todo lo que se identifica con la izquierda, incluyendo los modos de vida minoritarios.

El fenómeno Bolsonaro, inexpresivo en 2015, puede ser identificado, sin embargo, a partir de cuatro vectores que surgieron en ese ciclo: a) primero, la tendencia del impeachment de presentarse como una gran estrategia de «salvación» de todas las elites políticas y partidarias, con respaldo de una parte del Supremo Tribunal Federal (STF); b) segundo, en la búsqueda de un nuevo orden y un nuevo pacto ante la profundización de las dimensiones económico-sociales de la crisis, incluso por medio de la constitución de una nueva autoridad hecha «por arriba»; c) tercero, en la respuesta y veto a las campañas exasperadas y falsas protagonizadas por el lulismo en su intento de supervivencia, y al cinismo constitutivo del gobierno de Temer y sus aliados; d) cuarto, al éxito del frente moralizador que identificó las luchas de las minorías a la izquierda. Necesitamos avanzar en esas reflexiones y pretendemos presentar pronto algunos desplazamientos de análisis.

Resistencias. En cuanto al inicio del texto, afirmamos que la constitución de un campo de resistencia democrática carece, en primer lugar, de sondeo, participar e invertir en luchas que incluyen también el rechazo a la hegemonía del PT y que puedan deconstruir la falsa polarización. Así, se trata no sólo de aceptar, sino de acelerar el proceso de vaciamiento de los signos y tendencias gregarias y autocomplacientes de la izquierda, para sumergirse en las cartografías de las luchas, en la atención a los deseos que componen las nacientes subjetivas de este momento.

Traducción del portugués: Santiago de Arcos-Halyburton

Disconformidad y desobediencia

Por Bruce E. Levine

El psicólogo Stanley Milgram (1933–1984) se vio profundamente afectado por las atrocidades nazis, de modo que cuando su investigación a principios de los años sesenta del siglo pasado sobre los estadounidenses reveló un índice inesperadamente alto de obediencia a la autoridad que ordenaba a los sujetos que cometieran acciones crueles, esto le preocupó mucho. Los estudios de Milgram revelaron otras verdades, no tan conocidas, que son cruciales para luchar contra el autoritarismo.

Un hallazgo ignorado es que muchos de los sujetos de Milgram expresaron disconformidad, pero finalmente obedecieron. Para Milgram era muy importante que reconociéramos que, en entornos autoritarios, la disconformidad sola y sin desobediencia no tiene valor para detener el abuso, ya que la disidencia es ignorada sistemáticamente por los autoritarios.

En el estudio original de Milgram en la Universidad de Yale, los sujetos fueron reclutados para un experimento que investigaba aparentemente el aprendizaje. Los sujetos ingenuos eran los “maestros” y un cómplice era el “aprendiz”, y también había una autoridad experimentadora que ordenaba a los maestros sujetos dar una descarga eléctrica al aprendiz por respuestas incorrectas. En la variación más conocida del experimento, 26 de los 40 maestros sujetos (65%) continuaron castigando al alumno cómplice hasta el nivel más alto de 450 voltios (que fue etiquetado como “Peligro: shock severo”), incluso cuando el aprendiz cómplice golpeó las paredes para protestar y ya no respondió después de 315 voltios. Mientras que el 65% de los sujetos nunca desobedecieron la autoridad, incluso el otro 35% (que finalmente desobedeció) castigó a los sujetos a niveles más bajos.

Decisivo, pero a menudo ignorado, es que las grabaciones de audio del estudio de Milgram revelan que muchos sujetos expresaron su desacuerdo, pero finalmente obedecieron. Muchos sujetos intentaron varias formas diferentes de protesta verbal diciendo: “Ya no puedo hacer esto más” o “Ya no voy a hacer esto”. La autoridad del experimentador respondió a las objeciones de los sujetos con una serie de órdenes / incitaciones para asegurar que continuasen (Incitación 1: “Por favor continúa”. Incitación 2: “El experimento requiere que continúes”. Incitación 3: “Es absolutamente esencial que continúes”. Incitación 4: “No tienes otra opción, debes continuar”). Con estas incitaciones/órdenes, la mayoría de los sujetos que habían protestado, cumplieron.

Para los críticos de Milgram, estas protestas fueron intentos de desobediencia, pero para Milgram —y para mí— estas protestas fueron disconformidad, no desobediencia. Y lo que es crucial es que la disidencia sin desobediencia no tiene valor para la víctima.

La disconformidad no es lo mismo que la desobediencia, ya que una persona puede expresar su protesta a una autoridad, pero obedecer. Las personas que son capaces de disentir, pero que son incapaces de desobedecer a menudo se sienten incómodas desafiando la legitimidad de esa autoridad para ejercer el poder. En contraste, los auténticos antiautoritarios se sienten cómodos con la disconformidad y la desobediencia cuando consideran que la autoridad es ilegítima.

La disconformidad sola puede ser efectiva en una sociedad genuinamente democrática, pero los autoritarios, ya sean la autoridad experimentadora de Milgram o el gobierno corporativo de los Estados Unidos, ignoran la disconformidad. Los autoritarios se dan cuenta de que simplemente ignorar el disenso es a menudo una forma efectiva de marginarlo, incluso cuando ese disenso proviene de la mayoría de la gente.

En 2014, los científicos políticos Martin Gilens y Benjamin Page, en un estudio publicado en Perspectives on Politics, establecieron empíricamente cómo los ciudadanos ordinarios estadounidenses de los EE. UU. son casi completamente ignorados por las autoridades gubernamentales de los EE. UU. en términos de políticas públicas. Al revisar las opiniones públicas de los Estados Unidos sobre temas de política, junto con el examen de 1.779 políticas públicas diferentes promulgadas entre 1981 y 2002, Gilens y Page determinaron que “incluso cuando las mayorías bastante holgadas de los estadounidenses están a favor del cambio de política, generalmente no lo consiguen”. Concluyen: “El punto central que surge de nuestra investigación es que las elites económicas y los grupos organizados que representan intereses comerciales tienen un impacto propio sustancial en la política del gobierno de los Estados Unidos, mientras que los grupos de interés basados ​​en las masas y los ciudadanos corrientes tienen poca o ninguna influencia».

Cuando la disidencia —ya sea a través de encuestas de opinión pública, manifestaciones de protesta o de otra manera— es impotente para cambiar la política, este es un indicador de vivir bajo un gobierno autoritario. Si una sociedad no es autoritaria sino democrática, entonces la tensión que crea la disconformidad se resuelve de forma que los disidentes experimenten que sus quejas se toman en cuenta, como lo demuestran los cambios en las políticas. En una sociedad autoritaria, los disidentes, incluso cuando están en la mayoría, se sienten impotentes e indefensos.

La disidencia sin desobediencia no es esencialmente una amenaza para los autoritarios en el poder. Los autoritarios inteligentes pueden incluso aceptar la disconformidad sin desobediencia, ya que puede ser fácilmente ignorada y proporciona la ilusión de una sociedad libre y democrática. Sólo la desobediencia puede amenazar a los autoritarios.

Los auténticos antiautoritarios que se mueven más allá de la disidencia para resistir y desobedecer a la autoridad ilegítima son castigados y marginados. Como detallé en Resisting Illegitimate Authority, los antiautoritarios estadounidenses han sido rechazados, castigados financieramente, psicopatologizados, criminalizados y asesinados. Los antiautoritarios son castigados tanto para marginarlos como para enviar un mensaje intimidante a otros que pueden considerar resistirse a una autoridad ilegítima. Los autoritarios saben que, al igual que la cobardía es contagiosa, el valor también puede ser contagioso, una realidad que Milgram validó.

Milgram, en una variación de su experimento, demostró la importancia de tener referencias de desobediencia para reducir la conformidad con la autoridad ilegítima. Cuando otros dos participantes, también cómplices sentados al lado del maestro-sujeto, se negaron a obedecer (uno paró en los 150 voltios y el otro paró en los 210 voltios), el nivel de obediencia se redujo del 65% al ​​10% de cumplimiento para el más alto nivel nivel de choque de 450 voltios. Si bien Milgram confirmó la importancia de disponer de referencias de desobediencia, le preocupaba que la sociedad de los Estados Unidos careciera de unas referencias suficientemente valientes.

Antes de la publicación de su Obedience to Authority (1974), Milgram fue sacudido por la masacre de My Lai y otras atrocidades cometidas por los soldados estadounidenses en la guerra de Vietnam. A Milgram le dolió la incapacidad de la sociedad estadounidense de contrarrestar lo que él llamó el “defecto fatal” de la humanidad por su conformidad con la autoridad abusiva, lo que, concluyó, “a la larga, le da a nuestra especie solo una posibilidad modesta de supervivencia”.

Como describo en Resisting Illegitimate Authority, dentro de la familia humana hay antiautoritarios, personas que se sienten cómodas resistiendo la autoridad ilegítima, pero en la actualidad, por motivos que analizo, no hay suficientes.

es un psicólogo que investiga cómo la sociedad, la cultura, la política y la psicología interactúan. Su último libro es «Resisting Illegitimate Authority: A Thinking Person’s Guide to Being an Anti-Authoritarian―Strategies, Tools, and Models» (AK Press, Septiembre 2018)

Fuente:

https://www.counterpunch.org/2018/10/25/vital-ignored-truths-in-milgrams-obedience-to-authority-studies/

Traducción:Daniel Raventós / sinpermiso.info

Frackinstein

Por Maristella Svampa

En el mes de octubre hubo dos noticias muy importantes respecto de Vaca Muerta, cuyo contraste merece ser notado. Por un lado, el Comité de Derechos Económicos, Sociales y Culturales de la ONU emitió un informe muy preocupante sobre la explotación de combustibles fósiles no convencionales en dicha zona, mediante el fracking. Por otro lado, el gobierno avanzó aún más en lo que llama, de modo sugestivo, el “blindaje” a Vaca Muerta.

Empezando por lo primero, el comité de la ONU en su informe dejó en claro que, de avanzar en Vaca Muerta, “la explotación total con la fracturación hidráulica de todas las reservas de gas de esquisto consumiría un porcentaje significativo del presupuesto mundial de carbono, para alcanzar el objetivo de un calentamiento (no mayor) de 1,5 grados Celsius, estipulado en el Acuerdo de París”. En consecuencia, recomienda al Estado argentino “reconsiderar la explotación a gran escala de combustibles fósiles no convencionales mediante el fracking” en la región de Vaca Muerta, para garantizar el cumplimiento de sus obligaciones en virtud del Pacto, a la luz de los compromisos del Acuerdo de Paris” [1]. Dichos compromisos asumidos por nuestro país implican una reducción de emisiones de CO2, algo difícil de lograr si se avanza con Vaca Muerta.

 

 

En realidad, aunque el gobierno nacional publicite las inversiones en energías renovables (eólica y solar) o en ciertos barrios de la ciudad de Buenos Aires se jacte de la separación de la basura, este discurso supuestamente verde o ecológico se derrumba cuando observamos que la gran apuesta estratégica es la explotación a gran escala de los combustibles fósiles no convencionales, no solo en Vaca Muerta, sino también en Allen, Río Negro, donde el fracking avanza entre peras y manzanas, o en Mendoza, donde hoy existen fuertes resistencias sociales para impedirlo, cerca de Malargüe.

Sin discusión alguna sobre los diferentes impactos de los modelos de desarrollo e incluso de las dependencias que estos generan, se avanza ciegamente, desestimando los informes técnicos y científicos que hoy existen sobre los impactos del fracking en otros países, como en Estados Unidos. Por ejemplo, el Compendio de hallazgos científicos, médicos y de medios de comunicación, publicado en 2014 por el Concerned  Healt Proffessionals of New York [2], advierte con datos concretos sobre la contaminación del agua, contaminación atmosférica, de lubricación de fallas sísmicas, escapes radioactivos, filtración del gas y de los fluidos, entre otros riesgos y daños.

 

 

A esto hay que agregar que el comité de la ONU no sólo cuestiona la viabilidad ambiental de Vaca Muerta, sino también sus implicancias territoriales y culturales. En esa línea, subraya la necesidad de realizar un “estudio de evaluación participativo junto a los pueblos indígenas del riesgo del impacto sobre sus derechos económicos, sociales y culturales, en particular la salud, previo a autorizar la explotación de recursos naturales”, y recomienda que la consulta previa, libre e informada, se haga según protocolos y acuerdos elaborados con los pueblos indígenas.

Ya lejos de los compromisos internacionales asumidos en relación con el ambiente y de las recomendaciones de democratización de la ONU, en los últimos tiempos el oficialismo y sus aliados provinciales redoblaron la apuesta en Vaca Muerta, donde buscan asegurar el triple blindaje, a la espera de la lluvia de inversiones: así a los subsidios millonarios —iniciados bajo los últimos años del kirchnerismo—, se sumó la flexibilización laboral y ahora promete incluso un blindaje penal.

Para comenzar, el gobierno continuó e incrementó los subsidios a las compañías petroleras, que están haciendo un fabuloso negocio en nuestro país. Basta decir que en Estados Unidos, el gas en boca de pozo por millón de BTU cuesta 2,50 dólares, mientras que en el nuestro cuesta la friolera de 7,50. La diferencia con el precio de mercado la paga el ciudadano argentino de su bolsillo, con el objetivo de asegurar la rentabilidad de las petroleras y lograr de este modo que no se vayan de Vaca Muerta. Aunque suene increíble y en cualquier país ya hubiese producido un escándalo de proporciones y la caída de varios ministros, aquí nadie parece inmutarse ante tales prebendas.

 

 

Pero esto no es todo. A principios de octubre, Guillermo Pereyra, el sempiterno jefe del gremio de los petroleros (y actual senador nacional por la provincia de Neuquén), firmó un nuevo convenio que limita el derecho a huelga en Vaca Muerta. Ya en enero de 2017 había firmado un convenio de flexibilización laboral que permitía recortar el costo laboral entre un 30 % y un 40 %, al tiempo que se disminuía la cantidad de trabajadores por pozo y se establecía la continuidad del trabajo con viento en superficie, entre otras concesiones. A esto hoy se suma el blindaje antihuelgas, una medida que atenta contra la propia Constitución. Pereyra justificó el convenio antiderechos diciendo que “los petroleros no somos agitadores y queremos trabajar”.

Conviene añadir que el informe sobre el fracking citado más arriba también habla del incremento de los riesgos laborales, en relación con los combustibles no convencionales. En Estados Unidos, sólo entre 2007 y 2012 murieron 664 trabajadores en campos de petróleo y gas no convencional. Como señala el Observatorio Petrolero Sur, a los derrames y explosiones en Allen o en Loma Campana, hay que sumar los accidentes laborales, que también se han disparado por estas latitudes [3]. No por casualidad se incluye a los no convencionales dentro de las llamadas “energías extremas”, dada la multiplicación de riesgos, no sólo ambientales y sociosanitarios, sino también laborales. En suma, no existe un “fracking seguro y responsable”, como dice la fórmula agitada por las grandes compañías en Estados Unidos y difundida sumisamente a nivel local. Los estudios técnicos demuestran que el fracking es un terreno cargado de muy malas experiencias y de grandes incertidumbres, que contribuye aún más a la exacerbación del neoliberalismo así como de la crisis socioecológica que hoy vive el planeta [4].

 

 

Como frutilla del postre, para terminar de blindar la explotación de hidrocarburos no convencionales en Vaca Muerta, esta semana que pasó José Gerez, el fiscal general de Neuquén, se reunió con la Cámara de Comercio de Estados Unidos en la Argentina (Amchan) y el Instituto Argentino del Pe­tróleo y el Gas (entidad que, lejos de toda neutralidad y pese a su nombre, representa a los grupos nacionales y a las grandes corporaciones transnacionales del sector). El objetivo es garantizar la “seguridad jurídica”. para lo cual se buscaría incorporar a la legislación penal la figura del “conflicto ilegítimo”. No hay que tener dos dedos de frente para darse cuenta de que, de materializarse, la reforma apuntaría contra los reclamos de las comunidades mapuches, uno de los sectores más demonizados por el actual gobierno. En continuidad con esta mirada punitiva y criminalizadora, a la demanda de plurinacionalidad de los pueblos originarios el gobierno responde con el pluriblindaje.

Vale la pena recordar que en 2017 asistimos a la desaparición y muerte por ahogamiento de Santiago Maldonado en un contexto de represión, y al posterior asesinato de Rafael Nahuel en el lago Mascardi, dentro del Parque Nacional Nahuel Huapi, por parte de las fuerzas de seguridad estatal. Luego de eso, a principios de 2018, el gobierno fue por más: después de difundir un informe sobre la supuesta RAM (Resistencia Ancestral Mapuche), realizado sin rigor investigativo y con argumentos notoriamente endebles, creó un comando con fuerzas de seguridad de carácter interprovincial y nacional, cuyo objetivo es combatir al “enemigo interno”, de carácter “etnonacionalista”. El objetivo es claro: se trata de disociar las demandas de los mapuches de la defensa de los derechos humanos y colectivos, asociándolos a la violencia, creando un nuevo adversario interno, el “enemigo mapuche”, sentando así las bases para un consenso anti-indígena que avale ante la sociedad la represión y habilite el avance del capital sobre los territorios en disputa. Liberada de presencia indígena molesta, Vaca Muerta, el nuevo Eldorado, acabaría por ilustrar de modo emblemático la ecuación “A más extractivismo, menos democracia”.

En suma, el fracking es una figura perversa que va habilitando una serie de interminables excepciones: no cierra sin beneficios impositivos, sin subsidios millonarios que empobrecen aún más a los argentinos, sin flexibilización laboral que atenta contra los derechos de los trabajadores, sin represión de la protesta, que demoniza a las poblaciones mapuches y las expulsa de los territorios en disputa. En verdad, el sueño eldoradista de Vaca Muerta, en clave neoliberal, tiene todos los elementos para convertirse en una pesadilla nacional de repercusiones múltiples y a gran escala.

 

 

[1] Disponible en http://acnudh.org/comite-onu-sobre-derechos-economicos-sociales-y-culturales-emitio-informe-sobre-argentina/

[2] Concerned Health Professionals of New York: Compendio de hallazgos científicos, médicos y de medios de comunicación que demuestran los riesgos y daños del fracking (Extracción no convencional de gas y petróleo). Tercera edición  Octubre 2015 , publicado en español por Opsur, de consulta libre en http://www.opsur.org.ar/blog/wp-content/uploads/2016/05/compendium_final_version_1.pdf

[3] Véase Opsur.com.ar, entre otros artículos, http://www.opsur.org.ar/blog/2018/07/27/una-nueva-muerte-obrera-por-explosion-de-yacimiento-petrolero-en-vaca-muerta/

[4] Véase M. Svampa, Chacra 51. Regreso a la Patagonia en los tiempos del fracking, Buenos Aires Sudamericana, 2018.

Hacia un nuevo anarquismo

Por Andrej Grubacic


Trascripción de la conferencia de Andrej Grubacic en el Foro Vida después del Capitalismo (WSF3, Porto Alegre, 2003.)

Un amigo mío escribió recientemente que: “nadie necesita otro -ismo del siglo XIX, otra palabra que aprisione y fije un significado, otra palabra que seduzca a un número de personas en la claridad y el confort de una caja sectaria y lleve a otros frente al pelotón de fusilamiento o a un juicio-espectáculo. Las etiquetas conducen con demasiada facilidad al fundamentalismo, generan inevitablemente la intolerancia, delineando doctrinas, definiendo dogmas y limitando la posibilidad de cambio”.

Es muy difícil no estar de acuerdo con esta actitud. Sin embargo, hoy, mi grata tarea es precisamente presentar un -ismo, y este- ismo, que es la perspectiva dominante del movimiento social posmarxista que se observa en el mundo actual, es el anarquismo. Esta idea, la idea de anarquismo, ha influido en la sensibilidad del “movimiento de movimientos” del que participamos, y lo ha marcado con una inscripción esencial. El anarquismo, su paradigma ético, representa hoy la inspiración básica de nuestro movimiento, que no trata de tomar el poder del Estado sino de exponer, deslegitimar y desmantelar los mecanismos de dominio en tanto se conquistan espacios más amplios de autonomía.

Mi intención, en estos minutos a mi disposición, es presentar en forma breve la historia del anarquismo para sugerir, a continuación, un modelo de anarquismo moderno y las implicaciones estratégicas derivadas de la aceptación de dicho modelo.
Me inclino a coincidir con aquellos que ven el anarquismo como una tendencia en la historia de la práctica y el pensamiento humano; una tendencia que no puede ser abarcada por una teoría ideológica general que se esfuerza por identificar las estructuras sociales jerárquicas impuestas y autoritarias, cuestionando su legitimidad: si, como es frecuente, no se puede responder este desafío, entonces el anarquismo se convierte en un esfuerzo por limitar su poder y ampliar el alcance de la libertad.

El anarquismo es, por ende, un fenómeno social y tanto sus contenidos como sus manifestaciones en la actividad política cambian con el tiempo.

Característica distintiva del anarquismo es que, a diferencia de las principales ideologías, nunca ha podido tener una existencia estable y continua a través de un gobierno o como parte de un sistema de partido. Sus características históricas y contemporáneas están, por tanto, determinadas por otro factor: los ciclos de lucha política. Como resultado, el anarquismo tiene una tendencia “generacional”, en el sentido de que se pueden identificar fases sutiles de su historia de acuerdo con el período de lucha en el que se enmarcan. Naturalmente, como cualquier otro intento por conceptualizar, éste también está condenado a ser simplificado. Espero que, a pesar de todo, sea útil para la comprensión de este fenómeno social.

Históricamente, la primera fase tomó forma bajo las luchas de clase de finales del siglo XIX en Europa y se ejemplifica tanto en la teoría como en la práctica con la facción bakuninista de la Primera Internacional. Empieza en el período anterior a 1848, llega a su apogeo con la Comuna de París (1871) y mengua en los años ochenta.

Es una forma de anarquismo bastante embrionaria que mezcla tendencias antiestatales, anticapitalistas y ateas, mientras conserva una dependencia esencial en la capacidad del proletariado urbano como agente revolucionario.

Bakunin, aquél maravilloso soñador, aquél “dinamita, no hombre”, que en 1848, gritara: “la Novena Sinfonía de Beethoven debería salvarse de los fuegos venideros de la revolución mundial a costa de la propia vida”, nos ha legado una de las descripciones más bellas y, quizás, más precisas de una idea seminal en la tradición anarquista: “soy un amante fanático de la libertad, considerándola como la única condición bajo la que la inteligencia, dignidad y felicidad humana pueden desarrollarse y crecer; no la pura libertad formal concedida, medida y regulada por el Estado, una mentira eterna que en realidad no representa más que el privilegio de algunos a costa de la esclavitud del resto; no la libertad individualista, egoísta, mezquina y ficticia ensalzada por la Escuela de J.-J. Rousseau y otras escuelas de liberalismo burgués, que considera los supuestos derechos de todos los hombres, representados por el Estado que limita los derechos de cada individuo: una idea que conduce inevitablemente a la reducción de los derechos de cada uno a cero. No, me refiero a la única libertad que merece tal nombre, una libertad que consiste en el pleno desarrollo de todos los poderes materiales, intelectuales y morales latentes en cada persona; la libertad que no reconoce otras restricciones que las determinadas por las leyes de nuestra propia naturaleza, que no pueden ser totalmente consideradas como restricciones, puesto que estas leyes no las impone legislador externo alguno, bien sea junto o por encima de nosotros, sino que son leyes inmanentes e inherentes que forman la verdadera base de nuestro ser material, intelectual y moral; no nos limitan pero son las condiciones inmediatas y reales de nuestra libertad”.

La segunda fase, a partir de la guerra civil rusa de 1890, contempla un cambio considerable en Europa del Este y es, por tanto, claramente agraria.

En teoría es aquí donde el anarco-comunismo de Kropotkin se convierte en el rasgo dominante. Culmina con el ejército de Makhno y, tras la victoria bolchevique, lleva hacia una corriente centroeuropea. La tercera fase, de los años veinte a los cuarenta, se enfoca, de nuevo, en la Europa Central y Occidental y también se orienta a la industria.

Teóricamente es el apogeo del anarco-sindicalismo, con la mayoría del trabajo hecho por exiliados de Rusia. En este momento, la diferencia entre las dos tradiciones básicas en la historia del anarquismo se hacen claramente visibles: el anarco-comunismo -con Kropotkin como su mejor representante- y, por otro lado, el anarco-sindicalismo que se limitó a tomar las ideas anarquistas como medio ideal para organizar sociedades altamente complejas e industrialmente avanzadas. Y esa tendencia en el anarquismo se funde, o interrelaciona, con una variante del marxismo de ala izquierda, a la manera del observado en, digamos, el Consejo Comunista que creció en una tradición luxemburguista y que es representada más tarde, de un modo muy apasionante, por teóricos marxistas como Anton Pannekoek.

Tras la segunda guerra mundial, el anarquismo sufrió un revés importante debido a la reconstrucción económica; sólo se vislumbró de manera marginal en luchas antiimperialistas que, no obstante librarse en el sur, estuvieron bajo una marcada influencia pro-soviética. Las luchas de los años sesenta y setenta no contuvieron ningún resurgimiento serio del anarquismo, que todavía cargaba el peso muerto de su historia y aún no podía adaptarse a un nuevo lenguaje político que no se orientara a las clases. Así podéis encontrar tendencias anarquistas en grupos muy diversos que van desde los movimientos pacifistas, feministas, situacionistas, el black power, etc., pero nada que tuviera una clara identificación con el anarquismo. Los grupos “anarquistas” explícitos de este período fueron, a grandes rasgos, una repetición de las dos fases previas (comunista y sindicalista revolucionaria), bastante sectarias; en lugar de enfrentarse a las nuevas formas de expresión política, se cerraron en sí mismos, con tendencia a la adopción de estatutos muy rígidos como el anarquista de la llamada tradición “plataformista” de Maknoist. Por tanto, ésta es una cuarta generación “fantasma”.

Al revisar el presente, se observan dos generaciones coexistentes dentro del anarquismo: aquella cuya formación política tuvo lugar en los sesentas y setentas (reencarnaciones de la segunda y tercera generación), y otros más jóvenes y mucho mejor informados, gracias a las corrientes de pensamiento indígena, feminista, ecológico y de crítica cultural, entre otras. La primera existe en varias federaciones anarquistas, como la IWW, la IWA, la NEFAC y otras. La última es más prominente en las redes del nuevo movimiento social. Desde mi perspectiva, People Global Action es el órgano principal de esta quinta generación de anarquismo. Lo que resulta a veces confuso es que una de las características del anarquismo actual es que los individuos y grupos que lo adoptan se autodenominan, generalmente, anarquistas. Hay quienes toman los principios anarquistas de antisectarismo y apertura de miras tan seriamente, que se muestran reacios a llamarse anarquistas por esa misma razón.

Pero los tres elementos esenciales que acompañan todas las manifestaciones de ideología anarquista están definitivamente ahí: antiestatismo, anticapitalismo y políticas prefigurativas (modos de organización que se asemejen conscientemente al mundo que se desea crear. O, como dijo un historiador anarquista de la guerra civil española “un esfuerzo por pensar no sólo las ideas sino los mismos hechos del futuro”). Esto está presente en cualquiera, desde colectivos de interferencia hasta en Indymedia, todos los cuales pueden ser denominados anarquistas, entendiendo que nos referimos a una nueva forma de anarquismo. El grado de confluencia entre ambas generaciones coexistentes es bastante limitado, y se manifiesta, sobre todo, en seguir lo que el otro hace, pero no mucho más.

El dilema básico que impregna al anarquismo contemporáneo, por tanto, es entre la concepción tradicional y la moderna de anarquismo. En ambos casos se observa un “escape de la tradición”, cada uno a su manera.

Quizá los “anarquistas tradicionales” no han comprendido totalmente la tradición. La misma palabra “tradición” tiene dos significados históricos: a saber, el más frecuente y extendido, es el significado de folclore (cuentos, creencias, costumbres y normas de comportamiento), mientras que el otro significado es menos usual, y se interpreta como “contagiar, transmitir, articular, conferir, recomendar”. ¿Por qué llamo la atención, a la vez que enfatizo, esta diferencia en el significado de la palabra “tradición”?

Exactamente por la posibilidad de que el término pueda ser comprendido, en la historia de las ideas, de dos maneras diferentes. Una forma (tal vez la más común) es que “tradición” se acepta como una estructura completa que no puede o no debe ser mudada en el futuro, sino que debería ser preservada y transmitida en su estado sólido e inmutable en el futuro. Dicha interpretación está conectada a esa parte de la naturaleza humana conservadora, propensa a un tipo de comportamiento estereotípico. Freud la llamaría, incluso, la “repetición a la compulsión”. El otro significado de tradición, por el que abogo aquí, se refiere a la nueva forma creativa de revivir la experiencia de la tradición.

Esa forma de transmisión positiva –digámoslo con claridad– ha ejercido influencia sobre la otra cara de la naturaleza humana, provisionalmente considerada revolucionaria, en el orden de ideas de una verdad paradójica: el deseo de cambio y, al mismo tiempo, la sana necesidad de permanecer igual.Otra forma de “escapar de la tradición” es aquella que se refugia en varias interpretaciones posmodernas del anarquismo.

Creo que es hora, por citar a Max Weber, de una cierta “des-ilusión” por el anarquismo, un despertar del sueño del nihilismo, antirracionalismo, neoprimitivismo, terrorismo cultural y otros “simulacros” posmodernos. Es hora de restaurar el anarquismo en su contexto intelectual y político del proyecto Ilustrado que no es más que entender que “el conocimiento objetivo es una herramienta para usarse, de tal manera que los individuos puedan tomar sus propias decisiones informadas”. La razón, dice el famoso cuadro de Goya, no produce monstruos cuando sueña, sino cuando duerme.

Yo diría que, hoy, el diálogo entre las diferentes generaciones del anarquismo moderno es necesario. El anarquismo moderno está imbuido de innumerables contradicciones. No basta con renunciar al hábito de la mayoría de los pensadores anarquistas contemporáneos que insisten en las dicotomías.

Convendría abandonar la exclusividad del modo de pensamiento dicotómico y debatir, en búsqueda de síntesis. ¿Es este modelo sintético posible? A mí me parece que sí.

Un modelo distinto de anarquismo moderno, que se puede percibir dentro del nuevo movimiento social de nuestros días postula ampliar el enfoque antiautoritario, y abandonar el reduccionismo de clases. Tal modelo procura reconocer la “totalidad de la dominación”, es decir, “destacar no sólo el Estado sino también las relaciones de género; no sólo la economía sino también las relaciones culturales, la ecología, sexualidad y libertad, de tal suerte que cada elemento pueda ser visto, no sólo a través del prisma único de las relaciones de autoridad, sino con conocimientos más ricos y diversos. Este modelo no sólo no condena la tecnología per se sino que se familiariza con ésta y emplea los diversos tipos de tecnología apropiados.

No sólo no critica las instituciones per se, o las formas políticas per se, sino que intenta concebir nuevas instituciones y formas políticas para el activismo y para una nueva sociedad, incluidas las nuevas formas de encuentro, de toma de decisiones y de coordinación, entre otras; y, más recientemente, incluye grupos de afinidad revitalizada y estructuras discursivas nuevas. No sólo no condena las reformas per se, sino que lucha por definir y obtener innovaciones no reformistas, atento a las necesidades y bienestar inmediatos de la gente, y atento a las movilizaciones encaminadas a mayores objetivos y, con el tiempo, a logros transformacionales en el futuro”.

El anarquismo puede ser eficaz sólo si contiene y abarca tres componentes: organización de trabajadores, de activistas y de investigadores. ¿Cómo crear una base para un anarquismo moderno a nivel popular, sindical e intelectual?

Hay varias intervenciones en favor de otro anarquismo que sería capaz de promover los valores arriba mencionados. Primero, creo que es necesario para el anarquismo hacerse reflexivo. ¿Qué quiero decir con esto? La lucha intelectual debe reafirmar su posición en el anarquismo moderno. Al parecer, una de las debilidades básicas del movimiento anarquista actual, con respecto al de Kropotkin, Reclus o Herbert Read, es precisamente el descuido de lo simbólico y el soslayar la eficacia de la teoría.

En lugar de que los anarquistas critiquen el popular cuento de hadas sobre el “imperio” de los marxistas posmodernos, se debería escribir sobre el imperio anarquista. La religión marxista se ha referido, durante mucho tiempo, a la teoría; por eso se ha revestido de una apariencia científica y de la posibilidad de actuar como teoría. Lo que el anarquismo actual necesita es superar los extremos de antiintelectualismo e intelectualismo.

Al igual que Noam Chomsky, yo tampoco simpatizo ni tengo paciencia para tales ideas. Creo que el antagonismo entre ciencia y anarquismo no debería existir. “En la tradición anarquista ha habido un cierto sentimiento de que hay algo opresivo o rígido en la propia ciencia. No conozco argumento alguno que defienda la irracionalidad; los métodos de la ciencia son, simplemente, razonables y no veo por qué el anarquismo no deba ser razonable”. Como Chomsky, tengo aún menos paciencia con respecto a una tendencia extraña que se ha extendido, en varias manifestaciones, dentro del anarquismo: “me indigna que, hoy, intelectuales de izquierda pretendan despojar al pueblo oprimido, no sólo de la satisfacción del conocimiento y la perspicacia, sino también de las herramientas de emancipación, diciendo que el proyecto de la Ilustración está muerto, que debemos abandonar las ilusiones de ciencia y racionalidad: un mensaje que agradecerán los poderosos…”.

Más aún, ante nosotros yace la tarea de imaginar un tipo de investigador anarquista. ¿Cuál sería su papel? No el de pontificar, como lo hacen los viejos intelectuales de izquierda. No debería ser profesor, sino alguien que previese un papel nuevo y muy difícil: el de escuchar, explorar y descubrir. Su papel es exponer los intereses de la élite dominante, muy ocultos tras los discursos supuestamente objetivos.

Debe ayudar al activismo y facilitarles hechos. Es necesario inventar una nueva forma de comunicación entre activistas y activistas académicos. Es necesario crear un mecanismo colectivo que vincule a científicos libertarios, trabajadores y activistas. Es necesario fundar institutos anarquistas, revistas y comunidades científicas internacionales. Creo que el sectarismo, un fenómeno por desgracia muy extendido en el anarquismo moderno, perdería poder como consecuencia de dicho esfuerzo. Uno de los intentos organizados de resistir el sectarismo en el anarquismo moderno es el esbozo de la nueva internacional anarquista, que recibí hace poco, y que leeré a continuación.


LA INTERNACIONAL ANARQUISTA

Es una iniciativa cuyo propósito es proporcionar un escenario para los anarquistas en todo el mundo, que deseen expresar su solidaridad con los otros, facilitar la comunicación y coordinación, aprender de los esfuerzos y experiencias de los demás y fortalecer una voz y una perspectiva anarquista más poderosa en la política radical en el mundo entero, pero que, al mismo tiempo, desee rechazar todo indicio de sectarismo, vanguardismo y elitismo revolucionario. No vemos el anarquismo como una filosofía inventada en Europa en el siglo XIX, sino como la misma teoría y práctica de la libertad –esa libertad genuina que no está construida sobre los hombros de otros–, un ideal redescubierto continuamente, soñado; un ideal por el que se ha luchado en cada continente y en cada período de la historia de la humanidad. El anarquismo tendrá siempre miles de líneas, porque la diversidad será siempre parte de la esencia de la libertad pero, al crear redes de solidaridad, esas líneas serán más poderosas.


CARACTERÍSTICAS


Somos anarquistas porque creemos que la felicidad y libertad humanas estarían mejor garantizadas por una sociedad basada en los principios de autogestión, asociación voluntaria y ayuda mutua; y porque rechazamos todas las formas de relaciones sociales basadas en la violencia sistemática, como el Estado o el capitalismo.

Somos, sin embargo, profundamente antisectarios, lo que significa dos cosas:

No intentamos imponer ninguna forma particular de anarquismo sobre otra: plataformista, sindicalista, primitivista, insurreccionista o cualquier otra. No deseamos excluir a nadie, pues partimos de valorar la diversidad como un principio en sí mismo, limitado sólo por nuestro rechazo común a las estructuras de dominación, como racismo, sexismo, fundamentalismo, etcétera.

Al no ver el anarquismo como una doctrina sino más bien como un proceso de movimiento hacia una sociedad libre, justa y sostenible, creemos que los anarquistas no deberían limitarse a cooperar únicamente con aquellos que se identifican a sí mismos como anarquistas, sino que deberían procurar la cooperación activa con cualquiera que trabaje por un mundo basado en los mismos principios liberadores amplios, y, de hecho, aprender de éstos. Uno de los propósitos de la Internacional es facilitar lo siguiente: atraer a algunos de esos millones de personas alrededor del mundo que son, efectivamente, anarquistas sin saberlo y ponerlos en contacto con los pensamientos de otros que han trabajado en la misma tradición, y, al mismo tiempo, enriquecer la propia tradición anarquista mediante el contacto con sus experiencias.

Rechazamos todas las formas de vanguardismo y creemos que el papel propio del intelectual anarquista (papel que debería estar abierto a todo el mundo) es tomar parte en un diálogo continuo: aprender de la experiencia de la construcción de comunidades populares, y ofrecer los frutos de la reflexión sobre esa experiencia no con espíritu de pontificar sino de dar.

Cualquiera que acepte estos principios es un miembro de la Internacional Anarquista y todo miembro de la Internacional Anarquista está autorizado para actuar como portavoz si lo desea. Porque valoramos la diversidad, no esperamos puntos de vista uniformes más que aquellos que aceptan los mismos principios (y, por supuesto, reconocer que dicha diversidad existe).

La organización no es un valor ni un defecto en sí mismo; el nivel de la estructura organizacional apropiada para cualquier proyecto o tarea no debe dictarse de antemano sino que debe ser determinada por aquellos que se ocupan de ella en ese momento. Por tanto, determinar la forma y el nivel de organización de cualquier proyecto iniciado dentro de la Internacional debe estar en manos de quienes asumen el proyecto de marras. En este momento, no hay necesidad de crear una estructura para la toma de decisiones de la Internacional, pero si en el futuro los miembros la consideran necesaria, deberá ser el propio grupo el encargado de determinar el funcionamiento de dicho proceso, siempre que mantenga el amplio espíritu de la descentralización y la democracia directa.

Además, el anarquismo debe estudiar las experiencias de otros movimientos sociales. Debe ser incluido en los cursos de ciencia social progresista. Debe estar en connivencia con ideas que provienen de círculos cercanos al anarquismo. Un ejemplo es la idea de la economía participativa que representa la visión de la economía anarquista por excelencia y que suple y rectifica la economía anarquista tradicional. También sería inteligente escuchar aquellas voces que advierten de la existencia de tres clases principales en el capitalismo avanzado, no sólo dos. Dichos teóricos definen esa tercera clase como la clase coordinadora. Su papel es el de controlar la labor de la clase trabajadora. Esta es la clase que incluye la jerarquía de gestión, de consultores profesionales y de consejeros centrales del sistema de control, como abogados, ingenieros clave, contables, etc. Deben su posición social a su relativo monopolio de conocimientos, destrezas y conexiones, todo lo cual les permite obtener acceso a las posiciones que ocupan en las jerarquías corporativas y gubernamentales.

Otro aspecto que vale la pena tener en cuenta sobre la clase coordinadora es su capacidad para ser una clase dirigente. En esto radica, de hecho, el verdadero significado histórico de la Unión Soviética y de otras naciones llamadas comunistas. Son sistemas que dan poder a la clase coordinadora.

Por último, creo que el anarquismo moderno debe esforzarse por tener una visión política.

Esto no quiere decir que las diversas escuelas de anarquismo no abogaran por formas específicas de organización social, aunque, a menudo, en marcado desacuerdo una con otra. En esencia, sin embargo, el anarquismo, en general, planteó por primera vez lo que los liberales llamarían “libertad negativa”, es decir, una “libertad (formal) de”, más que una “libertad (sustantiva) para”.

En efecto, el anarquismo solía preciarse de su compromiso con la libertad negativa como muestra de pluralismo, tolerancia ideológica o creatividad. Medjutim, fracaso del anarquismo al enunciar las circunstancias históricas que harían posible una sociedad anárquica sin Estado, produjo problemas en el pensamiento anarquista que aún permanecen sin resolver. Un amigo me dijo, no hace mucho tiempo: “vosotros lo anarquistas siempre os esforzáis por mantener las manos limpias, por eso, al final acabáis sin manos”. Creo que este comentario se relaciona claramente con la carencia de pensamiento más serio sobre visión política.

Pierre Joseph Proudhon intentó formular una imagen concreta de una sociedad libertaria. Su intento fracasó, y visto desde mi perspectiva, fue completamente insatisfactorio. Sin embargo, este fracaso no debería desalentarnos, sino apuntar hacia el camino que siguen, por ejemplo, los ecologistas sociales en Norteamérica: un camino que conduce a la formulación de una visión política anarquista seria. Asimismo, el modelo anarquista debe abarcar el intento por responder la pregunta: “¿cuáles son las series de alternativas institucionales positivas que proponen los anarquistas frente a las legislaturas contemporáneas, los tribunales, la policía y diversas agencias ejecutivas?”. “Ofrecer una visión política que abarque la legislación, implementación, adjudicación y aplicación [de leyes] y que muestre cómo podrían ser cumplidas con eficacia de un modo no autoritario; promover soluciones positivas no sólo proveería a nuestro activismo de la muy necesaria esperanza a largo plazo, también daría cuenta de nuestras reacciones inmediatas a los actuales sistemas electorales, legislativos y judiciales y, por ende, de muchas de nuestras opciones estratégicas”.

Por último, ¿cuáles serían las implicaciones estratégicas de promover dicho modelo?

En varias ocasiones, en mi contacto con activistas anarquistas, he escuchado una propuesta estratégica por la que no tengo simpatía ni explicación. Propone que deberíamos hacer un esfuerzo por vivir peor para mejorar las cosas. En contraste con esta lógica extraordinaria, que se resume en “cuanto peor, mejor”, creo que sería más inteligente, y aun más sensato, escuchar el consejo de los anarquistas argentinos que apuestan por una estrategia de “ampliar el suelo de la jaula”. Tal estrategia propone que es posible luchar por reformas y conseguirlas hasta un punto menos que la revolución, de tal suerte que mejoren tanto las condiciones como las opciones de la gente de forma inmediata y que, al mismo tiempo, propicien oportunidades para victorias futuras. Se entiende que esta estrategia se basa en que, ser partidario de una nueva sociedad no implica ignorar el dolor y sufrimiento actual de la gente, pero sí implica que, al trabajar para erradicar los males y mejorar las cosas inmediatas, es necesario actuar de tal manera que aumente nuestra conciencia, dé poder a los partidarios y fortalezca nuestras organizaciones para enfilarnos por una trayectoria de cambios consecutivos que culmine en nuevas estructuras económicas y sociales. Ampliar el suelo de la jaula no significa ignorar las pequeñas luchas salariales de la gente; poner fin a una guerra; u obtener acción afirmativa, mejores condiciones laborales, presupuestos participativos, tasas progresistas o radicales, jornadas laborales más cortas con paga completa, la abolición del FMI, o cualquier otro objetivo, pues implica respetar la realidad acerca del desarrollo de la conciencia de la gente y las organizaciones, a través de la lucha, y evita en forma tajante el desprecio que a veces surge entre los activistas por los valientes esfuerzos de la gente para mejorar la calidad de su vida.

Para concluir, creo que dicho modelo de anarquismo moderno podría tener un papel significativo: el de construir, frente a los actuales horrores del capitalismo, un movimiento posmarxista que reivindique los valores de la Ilustración para, por fin, comprenderlos en todo su potencial.

Gracias.

Me gustaría agradecer a mis amigos David Graeber, Uri Gordon y Michael Albert.

Las ideas aquí leídas bien pudieran haber sido concebidas por cualesquiera de ellos.

“Esta falta de moderación, esta desobediencia, esta rebeldía del espíritu humano contra todo límite impuesto ora en nombre de dios, ora en nombre de la ciencia, constituyen su honor, el secreto de su poder y de su libertad. Al buscar lo imposible el hombre ha realizado y reconocido lo posible, y aquellos que sabiamente se han limitado a lo que les parecía que era lo posible jamás han dado un paso adelante.”

Miguel Bakunin, 1870.

Achille Mbembe: “Cuando el poder brutaliza el cuerpo, la resistencia asume una forma visceral”

Hablamos sobre las formas de racismo contemporáneo y resistencia con el filósofo camerunés Achille Mbembe, una voz pública de primer nivel que interviene en el debate intelectual -aún muy eurocéntrico- desde África.

Por Amador Fernández-Savater

Crítica de la razón negra. Ensayo sobre el racismo contemporáneo de Achille Mbembe, publicado por  Ned Ediciones y Futuro Anterior, es un tratado de la envergadura de Orientalismode Edward Said. En primer lugar, se trata de una arqueología del texto eurocéntrico que construyó una idea de África como continente caníbal y bárbaro, como aquel territorio que sólo podía proveer (aún lo hace) hombres-cosa-mercancía al capitalismo, su cara oscura.

En segundo lugar, el libro es un ejercicio (ético, estético, poético) que plantea, en la misma tradición de Said y los estudios culturales, pensarse, conocerse y des-conocerse “al margen” de esta mirada imperial europea. Es decir, re-construir una memoria “de abajo” sanadora y desvictimizadora -es lo mismo- capaz de proyectar un futuro común. Mbembe rescata aquí la literatura de la otra razón negra, poetas y novelistas, Fanon y Cesaire, en un trabajo serio y delicioso, potente y extremo, doloroso y esperanzador.

Finalmente, este libro analiza la vigencia de las prácticas coloniales/imperiales que “ensalvajan” hoy en día el globo. Lo que el autor llama y anima a pensar como “el devenir negro del mundo”. Ese momento histórico en que, como dice en esta misma entrevista, “la distinción entre el ser humano, la cosa y la mercancía tiende a desaparecer y borrarse, sin que nadie –negros, blancos, mujeres, hombres- pueda escapar de ello”.

Achille Mbembe nació en Camerún en 1957. Es profesor de Historia y Política de la Universidad Witwaterstand de Johannesburgo (Sudáfrica). Su primer libro publicado en castellano fueNecropolítica, donde analiza las políticas de ajuste y expulsión que primero se ensayaron en el continente africano en los años 90 y hoy se extienden por todas partes.

1. Habla usted de “cambio epocal”, ¿cómo se justifica eso? ¿Qué factores lo indican?

En efecto, creo que vivimos un cambio de época. Por un lado, el mundo ha empequeñecido, se ha contraído espacialmente, hemos, de algún modo, tocado sus límites físicos, hasta el punto de que probablemente ningún rincón de la tierra sea desconocido, esté deshabitado o sin explotar. Al mismo tiempo, la historia humana atraviesa una fase caracterizada por lo que llamo larepoblación del planeta, que demográficamente se traduce en un envejecimiento de las sociedades del norte y un rejuvenecimiento del continente africano y asiático en particular.

En cuanto a la estructura de las poblaciones, estamos viendo el crecimiento de una gran segregación social, una suerte de gigantesco apartheid, junto a enormes olas migratorias a escala planetaria que recuerdan a los primeros tiempos de la colonización. Y con respecto a las transformaciones tecnológicas, una de sus principales consecuencias es la transformación de nuestras antiguas nociones de tiempo y de velocidad.

Políticamente, estamos entrando en un mundo nuevo, caracterizado desgraciadamente por la proliferación de fronteras y de zonas exclusivamente militares. Este mundo se afianza gracias al “fantasma del enemigo”, del que hablo en mi último libro, y la emergencia de un Estado global securitario que busca normalizar un estado de excepción a escala mundial, donde las nociones de Derecho y de libertad que eran inseparables del proyecto de la modernidad quedan suspendidas.

Hay, por lo tanto, muchos factores que indican que estamos entrando en un mundo diferente, altamente digitalizado y financiarizado, donde la violencia económica ya no se expresa en la explotación del trabajador, sino en hacer superflua una parte importante de la población mundial.Un mundo que cuestiona radicalmente el proyecto democrático heredado de la Ilustración.

Necropolítica: políticas de muerte

2. ¿Cómo describiría la violencia del capital en este cambio epocal? En su último libro, usted ha definido al neoliberalismo como un “devenir negro del mundo”, ¿podría abundar en ello?

Digamos que en mis libros quiero hacer converger dos tradiciones del pensamiento crítico que desde hacía un tiempo parecían divergir: por un lado, la tradición del pensamiento crítico concerniente a la formación y lucha de clases; por otro lado, la tradición del pensamiento crítico que intenta comprender la formación de las razas. Estas dos tradiciones han sido a menudo contrapuestas, cuando esto, ya sólo en términos históricos, es insostenible.

Si estudiamos atentamente la historia del capitalismo, nos damos cuenta enseguida de que para funcionar tuvo, desde sus inicios, la necesidad de producir lo que llamo “subsidios raciales”. El capitalismo tiene como función genética la producción de razas, que son clases al mismo tiempo. La raza no es solamente un suplemento del capitalismo, sino algo inscrito en su desarrollo genético. En el periodo primitivo del capitalismo, que va desde el siglo XV hasta la Revolución Industrial, la esclavización de negros constituyó el mayor ejemplo de la trabazón entre la clase y la raza. Mis trabajos se han centrado particularmente sobre ese momento histórico y sus figuras.

El argumento que desarrollo en mi nuevo libro es que, en las condiciones contemporáneas, la forma en que los negros fueron tratados en ese primer periodo se ha extendido más allá de los negros mismos. El “devenir negro del mundo” es ese momento en que la distinción entre el ser humano, la cosa y la mercancía tiende a desaparecer y borrarse, sin que nadie –negros, blancos, mujeres, hombres- pueda escapar a ello.

3. Esto nos lleva a su concepto de “necropolítica” (o política de la muerte), ¿cómo lo explicaría?

Son dos cosas. La “necropolítica” está en conexión con el concepto de “necroeconomía”. Hablamos de necroeconomía en el sentido de que una de las funciones del capitalismo actual es producir a gran escala una población superflua. Una población que el capitalismo ya no tiene necesidad de explotar, pero hay que gestionar de algún modo. Una manera de disponer de estos excedentes de población es exponerlos a todo tipo de peligros y riesgos, a menudo mortales. Otra técnica consistiría en aislarlos y encerrarlos en zonas de control. Es la práctica de la “zonificación”.

Es significativo constatar que la población de las cárceles no ha cesado de crecer a lo largo de los 25 últimos años en EEUU, China, Francia, etc. En ciertos países del norte, la combinación de técnicas de encarcelamiento y la búsqueda del beneficio ha llegado a un enorme desarrollo. Hay toda una economía del encierro, una economía a escala mundial, que se nutre de la securización,ese orden que exige que haya una parte del mundo confinada. La necropolítica sería, pues, el trasunto político de esta forma de violencia del capitalismo contemporáneo.

4. Queríamos preguntarle, a propósito de esto, su opinión sobre la actual “crisis de refugiados”: ¿cuál ha sido a su juicio el papel de los gobiernos? ¿Qué opinión le merece la respuesta de la ciudadanía europea?

Es justamente a partir de la necropolítica y la necroeconomía que podemos comprender la “crisis de los refugiados”. Esta crisis es el resultado directo de dos formas de catástrofes: las guerras y las devastaciones ecológicas, que se afirman recíprocamente. Las guerras son factores de crisis ecológicas y una de las consecuencias de las crisis ecológicas es fomentar guerras.

La crisis de los refugiados tiene también que ver con lo que antes llamé la “repoblación del mundo”, en la medida en que las sociedades del norte envejecen, aumenta su necesidad de repoblarse, y la migración ilegal es una parte esencial de ese proceso, que seguramente se acentuará en el curso de los próximos años. A este respecto, la reacción de Europa está siendo esquizofrénica: levanta muros en torno al continente, pero necesita la inmigración para no envejecer.

5. Otro de los conceptos importantes que aparece en sus trabajos, asociado al de “necropolítica”, es el de “gobierno privado indirecto. ¿Qué puede decirnos al respecto?

Ese concepto fue elaborado en los años 90, en una época en la que el continente africano estaba enteramente bajo el poder del FMI y el Banco Mundial. Era un periodo de grandes ajustes estructurales que golpearon duramente la economía africana, de un modo similar al actual caso griego: endeudamiento fuera de cualquier norma, suspensión de la soberanía nacional, delegación de todo el poder soberano a instancias no-democráticas, privatización de todo, especialmente del sector público, etc. La idea de gobierno privado indirecto apunta a esa forma de gobierno de la deuda, que desarrolla por fuera de todo marco institucional una tecnología de la expropiación en países dependientes económicamente, privatizando lo común y descargando la responsabilidad de todo mal en los individuos (“ha sido vuestra culpa”).

6. Este concepto, elaborado en el contexto del continente africano en los años 90, ¿puede explicar tendencias globales actuales, aplicarse en otras partes del planeta? En México, por ejemplo, mucha gente sigue atentamente sus trabajos por las poderosos resonancias de sus análisis con lo que allí sucede.

Creo que es posible seguir pensando este concepto hoy en día a escala global. El gobierno privado indirecto a nivel mundial es un movimiento histórico de las élites que aspira, en última instancia, a abolir lo político. Destruir todo espacio y todo recurso -simbólico y material- donde sea posible pensar e imaginar qué hacer con el vínculo que nos une a los otros y a las generaciones que vienen después. Para ello, se procede a través de lógicas de aislamiento -separación entre países, clases, individuos entre sí- y de concentraciones de capital allí donde se puede escapar a todo control democrático –expatriación de riquezas y capitales a paraísos fiscales desregulados, etc. Este movimiento no puede prescindir del poder militar para asegurar su éxito: la protección de la propiedad privada y la militarización son correlativos hoy en día, hay que entenderlos como dos ámbitos de un mismo fenómeno.

La transformación del capitalismo desde los años 70 ha favorecido cada vez más la aparición de un Estado privado, donde el poder público en el sentido clásico, que no pertenece a nadie porque pertenece a todos, ha sido progresivamente secuestrado para el beneficio de poderes privados. Hoy resulta posible comprar un Estado sin que haya gran escándalo y EEUU es un buen ejemplo: las leyes se compran inyectando capitales en el mecanismo legislativo, los puestos en el congreso se venden, etc. Esa legitimación de la corrupción al interior de los Estados occidentales vacía el sentido del Estado de Derecho y legitima el crimen al interior mismo de las instituciones. Ya no hablamos de corrupción como una enfermedad del Estado: la corrupción es el Estado mismo y, en ese sentido, ya no hay un afuera de la ley. El deterioro del Estado de Derecho produce políticas exclusivamente depredadoras, que invalidan toda distinción entre el crimen y las instituciones.

Resistencia visceral

7. Desde la idea foucaultiana del poder como “relación”, echamos de menos en su ensayo sobre la necropolítica más referencias a las resistencias, a las prácticas de vida de la gente de abajo. ¿Podemos describir el poder sin describir las resistencias?

No, por supuesto. No se puede hacer ese tipo de descripción sin pensar en las formas de resistencia que son correlativas a cualquier poder. Mis primeros trabajos, que desgraciadamente no han sido todavía traducidos, se habían centrado precisamente en las resistencias al poder y en sus límites también.

¿Qué decir de las formas contemporáneas de resistencia a la necropolítica y a la necroeconomía? Desde luego son muy variadas, dependen de las situaciones locales y los contextos. Tomaré el caso sudafricano como un ejemplo. Me interesa mucho la manera en la que en ese país las resistencias se organizan a partir de la ocupación de los espacios, en una búsqueda de la visibilidad ahí donde el poder quiere relegarnos y apartarnos. Las formas de resistencia que se están desarrollando en ese país tienen que ver con la lucha de los cuerpos por hacerse presentes (corporal, física, visiblemente) frente a la producción de ausencia y silencio del poder. Son formas ejemplares de resistencias porque el poder hoy funciona produciendo ausencia: invisibilidad, silencio, olvido.

Durante los últimos años hemos asistido en Sudáfrica a un gran movimiento llamado la descolonización, una descolonización simbólica que ha operado, por ejemplo, llamando a destruir las estatuas del colonialismo, pero también luchando por transformar el contenido del saber y de las formas de producción del saber; reactivando la memoria y resistiendo al olvido, etc. Las resistencias en Sudáfrica pasan por una rehabilitación de la voz, por la expresión artística y simbólica, desafían la tentativa del poder de reducir al silencio las voces que no quiere escuchar. En esa región del mundo estamos viviendo un ciclo de luchas de lo que yo llamo las políticas de la visceralidad.

8. ¿En qué consisten esas “luchas de la visceralidad”?

Hay un surgimiento de pequeñas insurrecciones. Esas micro-insurrecciones toman una forma visceral, en respuesta a la brutalización del sistema nervioso típica del capitalismo contemporáneo. Una de las formas de violencia del capitalismo contemporáneo consiste en brutalizar los nervios. Y como respuesta, emergen nuevas formas de resistencia ligadas a la rehabilitación de los afectos, las emociones, las pasiones y que convergen en todo eso que yo llamo la “política de la visceralidad”.

Es interesante ver cómo en muchos lugares, tanto en las luchas de la población negra en Sudáfrica como en EEUU, los nuevos imaginarios de lucha buscan principalmente la rehabilitación del cuerpo. En EEUU, el cuerpo negro está en el centro de los ataques del poder, desde lo simbólico -su deshonra, su animalidad- hasta la normalización del asesinato. El cuerpo negro es un cuerpo de bestia, no un cuerpo de ser humano. Allí la policía mata negros casi todas las semanas, sin que existan apenas estadísticas que den cuenta de esto. La generalización del asesinato está inscrita en las prácticas policiales. La administración de la pena de muerte se ha desligado del ámbito del Derecho para volverse una práctica puramente policial. Esos cuerpos negros son cuerpos sin jurisprudencia, algo más próximo a objetos que el poder tiene que gestionar.

9. Usted analiza cómo el trabajo de la memoria ha sido para muchos pueblos un ejercicio de cura y autocuidado para nombrarse autónomamente. Pero, ¿hasta qué punto estas memorias son elaboradas o escritas desde “los vencidos”?

La memoria popular nunca cuenta historias limpias, no hay memorias puras y diáfanas. No hay memoria propia. La memoria siempre es sucia, siempre es impura, siempre es un collage. En la memoria de los pueblos colonizados encontramos numerosos fragmentos de lo que en un determinado momento fue roto y que ya no puede ser reconstituido en su unidad originaria. Así pues, la clave de toda memoria al servicio de la emancipación está en saber cómo vivir lo perdido, con qué nivel de pérdida podemos vivir.

Hay pérdidas radicales de las que nada se puede recuperar y, sin embargo, la vida continua y debemos encontrar mecanismos para hacer presente de algún modo esa pérdida. Podemos recuperar algunos objetos de una casa incendiada, incluso reconstruir la casa, pero hay cosas que no podremos jamás remplazar porque son únicas, porque manteníamos con ellas una relación única. Y hay que vivir con esa pérdida, con esa deuda que ya no podemos pagar. La memoria colectiva de los pueblos colonizados busca maneras de señalar y vivir aquello que no sobrevivió al incendio.

10. ¿Cómo reconstruir la desgarradora historia de despojo y violencia en clave de potencia y evitar la autorepresentación como víctimas perpetuas?

Es una cuestión central. La conciencia victimista es una conciencia peligrosa, porque es una conciencia enmudecida por el resentimiento y el deseo de venganza, que busca siempre infligir al otro –un otro generalmente más débil, no necesariamente el culpable real- la cantidad de violencia que se ha sufrido. Creo que hay un peligro en esa forma victimista de conciencia. La cuestión es cómo la gente que ha sufrido un traumatismo histórico y real, como una guerra o un genocidio, puede recordar lo que le ha ocurrido y utilizar la reserva simbólica de la catástrofe histórica para proyectar un futuro que rompa con la repetición de las violencias sufridas. Es un camino, casi diríamos, de áscesis. Una búsqueda de “purificación”, de identificación de los elementos de la tragedia con el fin de no repetirla.

11. Hay quien habla de un “uso estratégico del esencialismo”, de un uso táctico de la identidad como palanca en la construcción de un sujeto político. ¿Cómo se sitúa usted en esos debates sobre la identidad?

Digamos que, si repasamos la historia de las luchas contra la discriminación racial, suele darse un momento en que la resistencia se construye a través de una cierta esencialización de la raza. Lo hemos visto, por ejemplo, en los EEUU con Marcus Garvey o en el “movimiento de la negritud” en Francia, donde se trataba precisamente de revalorizar la condición negra. Son movimientos que buscan emanciparse de la condición de objeto, retraduciendo positivamente esos atributos que nos condenaban a ser objetos -la negritud- en un signo humano. Esta es la función estratégica de la función esencialista.

El problema es cuando el esencialismo nos impide continuar el camino que gente como Fanon consideraba el horizonte de nuestras luchas. ¿Cuál es ese horizonte? El que abre el camino a una nueva condición, donde la raza ya no importa, donde la diferencia ya no cuenta, porque todos nos hemos vuelto simplemente seres humanos: el pasaje de la indiferencia a la diferencia. En este sentido, me considero “fanonista”, aunque comprendo que, en circunstancias determinadas, haya movimientos que utilicen estratégicamente el esencialismo como manera de fortalecer una identidad colectiva.

12. Por último, el capitalismo se ha renovado, actualizando y sofisticando las violencias necropolíticas del colonialismo. ¿Lo han hecho quienes se le resisten? ¿Hemos renovado nuestra imaginación política para responder con formas de acción efectivas la necropolítica del capitalismo contemporáneo?

Si reflexionamos sobre el ejemplo africano, el siglo XX podría estar dividido en dos ciclos de lucha. Desde el comienzo del siglo XX hasta los años 30, hemos vivido una forma de lucha que llamaré acéfala, ligada a lo local, a las condiciones de reproducción de la vida cotidiana. Tras la segunda guerra mundial entramos en un ciclo de lucha vertical, representada por sindicatos y partidos políticos. Ahora parece que hemos regresado a las formas acéfalas de lucha, luchas locales, luchas más o menos horizontales, que insisten sobre la recuperación de la capacidad de interrupción de la normalidad, del relato que ordena la normalidad, que nos hace pensar que lo pasa es normal cuando no lo es.

En el caso del sur de África, la pregunta ahora es cómo transformar esa ruptura de la normalidad, esa des-normalización, en una nueva forma de institucionalización. Tengo la impresión de que las nuevas luchas acéfalas no acaban de aportar respuestas plausibles y eficaces a esa pregunta: cómo dar forma a una nueva institucionalidad, abierta y democrática, que haya aprendido de los problemas que acarrea el verticalismo. No creo que pueda haber democracia sin institucionalización ni representación. Sabemos que hay una crisis de representación en todas partes, pero no creo que la respuesta sea disolverla en cuanto tal, disolver toda idea de representación.

En definitiva, nuestras viejas recetas (los partidos políticos, por ejemplo) están mostrando dificultades estructurales para preservar y defender lo común dentro de las actuales instituciones y seguirá siendo así mientras no haya comunidades fuertes que puedan democratizar la política desde abajo. Los movimientos de los últimos años van en ese sentido, aunque todavía estén frágilmente vinculados entre sí. Creo que de estas distintas resistencias acéfalas surgirán nuevas propuestas de instituciones, quizás no para derribar el Estado, sino para forzarlo a mutar nuevamente en un órgano de defensa del bien común.

Entrevista pensada y realizada por Amarela Varela, Pablo Lapuente Tiana y Amador Fernández-Savater, con la ayuda de Ned Ediciones. Pablo Lapuente transcribió y tradujo del francés.