Por Red Universidad Nómada / Brasil
Solo constatar el tamaño del desastre es constatar lo obvio. Es limitarse al desaliento. Comencemos entonces por el final. La organización de un campo de resistencia democrática tiene por condicion numero uno reconocer no solamente las amenazas, sino que también la ambivalencia del resultado electoral. Particularmente, es necesario aprehender el rechazo a dar una quinta victoria al PT y a Lula. Este rechazo nos indica que el desafío es estar en el campo de las luchas democráticas más allá del petismo. La incapacidad de afirmar ese campo de luchas disociado del PT y capaz de emerger como alternativa democrática a la candidatura de Bolsonaro fue lo que llevó al antipetismo a reagruparse a la derecha del espectro político-partidario. Una derecha de nuevo tipo, permeada de elementos de extrema derecha, que fermento a lo largo de los últimos cuatro años. El éxito del antipetismo no es solo electoral. La heterogeneidad del antipetismo encontró en la figura de Jair Bolsonaro la representación de un movimiento realmente capaz de derrotar al PT y con enorme fuerza en la sociedad brasileña. Ante esta constatación, no sirve condenar ese movimiento esperando que se esfume por la fuerza del argumento racional y moral. En lugar de eso, necesitamos entender como pudo tornarse mayoritario en los últimos años, como funciona, o que le da vitalidad, y entonces como luchar para desviarlo de sus características autoritarias.
Tenemos, entonces, dos tareas complementarias: 1.- Aprender las resistencias difusas, evitando las tentativas de mistificarlas a través de caricaturas pseudo-heroicas insertadas en el lugar de las luchas. 2.- Realizar una reflexión de largo aliento sobre la derrota de prácticamente todas las tentativas de construir una tercera vía potente. La resistencia que nos falta precisa estar en otro lugar, en un tercer margen que sólo las luchas y las políticas por un nuevo marco de protección social pueden constituir.
Después de mí, el diluvio. Entrever y crear posibilidades de resistencia pasa por el análisis crítico de los últimos años. Fue el éxito de la estrategia petista en ese período la que, paradójicamente, nos llevó al abismo. El nefasto resultado electoral es el resultado del turno que comenzó en 2014, después de la pacificación de la sublevación de Junio de 2013 (movilizaciones urbanas contra el alza del transporte). A lo largo de los últimos 5 años, gran parte del campo de la izquierda se negó a hacer la crítica al PT y se quedó en la comodidad aparente de las soluciones que el lulismo le ofrecía. Lula y el PT fueron así montando una política de chantaje sistemática. Defender al PT ya no es una opción, sino una obligación política, moral y civilizatoria. Esta estrategia se organiza a partir de un doble dispositivo: por un lado, toda fuerza alternativa al lulismo es inviabilizada; por otro, lo peor se produce incesantemente, en un empeoramiento interminable.
En un principio, la operación fue pacificar el activismo que ocupó las brechas que abrió la sublevación Junio de 2013. Si el verde amarillo pasó a ser obligatorio en la Copa de las Copas (julio de 2014), a partir del año siguiente se volvería inmoral: el estigma de «coxinha» se pegó a la piel de todo contestatario del «buen gobierno del PT». Y gracias al marketing basado en las fake news de octubre de 2014, se destruyó la candidatura de Marina Silva, porque ella, eventualmente, representaba una alternativa, imponiendo a Aécio Neves como el candidato ideal al que oponerse. A continuación, se convirtió en el teatro de la negociación del impeachment en «Golpe». Después de disolver la movilización critica en un oportuno e instrumental frentismo de refundación (Frente Brasil Popular, Frente Pueblo Sin Miedo, siempre con Lula al frente) y acompañar con condescendencia la emergencia de candidaturas que deberían “unificar” la izquierda, Lula y el PT harán la zancadilla a la única de ellas que tenía chances de tener algún peso electoral: Ciro Gomes. En las elecciones de 2014 era obligatorio votar, aunque bajo la buena conciencia del voto crítico, contra la «vuelta del neoliberalismo». Durante el impeachment de 2016, la movilización pasó a ser contra nada menos que un golpe. En 2018, el voto obligatorio al PT se convirtió en un voto de la «civilización contra la barbarie». Este mecanismo irresponsable permitió que la urgente crítica al PT fuese siempre pospuesta por las «urgencias» que el propio PT produjo en serie. Nunca es «momento de criticar al PT».
Hasta que el lobo llegó. De un estelionato (fraude en los contratos) a otro, la izquierda fue relativizando la corrupción, operando con cinismo las fake news y tratando como normal aliarse con candidatos «golpistas» (como Eunício Oliveira y Renán Calheiros) para conquistar votos en el sertón (sertão) nordestino, y así «llevar» a la quinta elección nacional seguida (sin siquiera una alianza o coalición). Esta vez, el lulismo se vio ante el reflejo de sí mismo. No la transparencia desarmada de Marina Silva, ni la malandraje de Aécio Neves (una persona – candidatura en la cual los estigmas que el PT siempre extendió sobre los adversarios no hacen ni cosquillas, porque así se asume). Y sí un movimiento real, capaz de dar voz al rechazo popular al PT y de movilizar eficazmente el mismo volumen de falsificaciones: el hechizo se volvió contra el hechicero. Para no ser responsabilizado por los errores y por sus crímenes, el PT continuamente denunciaba la llegada del lobo. Finalmente, el lobo apareció y la mayoría eligió al propio lobo: Haddad y el PT ni siquiera lograron aparecer para la mayoría de los votantes como una verdadera alternativa ante un adversario aterrador. La novedad que parecía haber sido exorcizada en 2013, resurgió y se impuso. Sin embargo, no es el PT quien corre el riesgo de ser devorado por el Lobo, sino la multitud de los pobres y minorías, empezando por el Nordeste que se mantuvo fiel al PT.
Del mundo de las luchas para la lucha de mundos: las guerras culturales. La auto-victimización que permite al PT «juzgar a los demás y no ser juzgado» tiene otra consecuencia: la movilización en defensa de la «Víctima» hecha por un gran número de intelectuales progresistas (profesores, agentes culturales, artistas), a través de una perspectiva distorsionada: ya no son las luchas para entender el mundo, sino la perspectiva del PT que define las luchas. Esta inversión falsifica la materialidad de las luchas en guerras culturales que la nueva extrema derecha mostró saber conducir mejor que nadie. Desde esta perspectiva, la introducción de la política de cuotas para negros y pobres en las universidades públicas dejó de ser el producto del movimiento autónomo de los pre-vestibulares (pre-universitario) y pasó a ser una gentil concesión del lulismo; la Bolsa Familia dejó de ser vista como embrión de reconocimiento de la potencia productiva y subjetiva de la multitud de los pobres, y pasó a ser una deuda infinita que los pobres tendrían con el paternalismo de Lula; el financiamiento de los puntos de cultura tampoco dejó de ser aprehendido como una ruptura del clientelismo que permite reconocer la autonomía creativa difusa en el territorio y pasó a ser un subsidio petista al que hay que reiterar lealtad. En la estela de esas inversiones, llegamos al paroxismo de movilizar cuestiones de garantismo jurídico y del abolicionismo penal para criticar las operaciones de represión a la corrupción y para defender a los dirigentes de un conglomerado partidista que durante 13 años dejó multiplicar de manera exponencial a la población carcelaria en condiciones inaceptables.
El resultado es evidente: mientras que la hegemonía de la izquierda vaciaba la autonomía de los movimientos el campo de las luchas fue paulatinamente siendo capturado por la derecha. Esta tendencia fue evidenciada por la huelga autónoma de los camioneros en mayo de 2018, ya denotando el despegue total de las redes capilarizadas de politización en relación a los aparatos de izquierda. Peor, las luchas de los movimientos negro, indígena, LGBT pasaron a ser calificadas por las normas abstractas que definen esos derechos y no al contrario; es decir, pasaron a ser definidas antes por el paraguas partidista que por el protagonismo social que ellas expresan y por la capacidad de auto-organización de que son capaces.
La ola global y Brasil. La victoria de ese candidato no significa que todos los votos sean de extrema derecha. El peor de los errores sería calificar a todos sus electores de fascistas. Necesitamos entender con cuidado sus componentes. Este trabajo será fundamental en las luchas por venir en defensa de la democracia. La nueva derecha, a nivel global, aparece hoy como un movimiento antiglobalización que promete protección por medio de la construcción de nuevos muros y se organiza en torno a la producción de chivos expiatorios: los migrantes, las diferencias y hasta China. Para ello, la nueva derecha utiliza las contradicciones y límites de la globalización (como la pérdida de estatuto de las clases medias y de los trabajadores industriales) por medio de una polarización sistemática y creación de falsos conflictos. Las guerras culturales son, pues, dispositivos fundamentales de movilización social y electoral de la nueva derecha.
Cuando miramos la situación en Brasil, podemos constatar elementos comunes y al mismo tiempo algunas especificidades. En común, tenemos la práctica de las guerras culturales y las propuestas en términos de seguridad. Al mismo tiempo, la polarización aquí no necesitó ser inventada por la nueva derecha, pero fue proporcionada de gracia por la lógica irresponsable y demagógica de la izquierda en defender lo indefendible: su corrupción generalizada, por un lado, y la gravísima crisis económica, por el otro. El primer desafío, por lo tanto, para analizar el fenómeno denominado «nueva derecha» es insertarlo en esa serie real de acontecimientos, y no tratarlo como una simple entidad abstracta que emergería del conservadurismo profundo existente en Brasil o de una manipulación masiva organizada por empresarios maliciosos.
Este fenómeno también debe ser explicado por una mutua implicación destructiva proveniente de la polarización. Mientras la izquierda pasó a caracterizarse cada vez más por sus símbolos y banderas (la trinchera roja), grupos conservadores como el MBL pasaron a pautar una cruzada moral que identificaba en la propia izquierda los elementos de degeneración social, familiar, cultural, etc. Uno de los resultados dañinos de esta operación, alimentada por los dos lados, fue la identificación de todas las luchas minoritarias con el desgaste profundo del lulismo, trampa en la que estamos presos todavía hoy. Otra dimensión fue el crecimiento de tendencias militaristas y autoritarias que pasaron a representar ese ideal de moralización de Brasil a partir de la erradicación de todo lo que se identifica con la izquierda, incluyendo los modos de vida minoritarios.
El fenómeno Bolsonaro, inexpresivo en 2015, puede ser identificado, sin embargo, a partir de cuatro vectores que surgieron en ese ciclo: a) primero, la tendencia del impeachment de presentarse como una gran estrategia de «salvación» de todas las elites políticas y partidarias, con respaldo de una parte del Supremo Tribunal Federal (STF); b) segundo, en la búsqueda de un nuevo orden y un nuevo pacto ante la profundización de las dimensiones económico-sociales de la crisis, incluso por medio de la constitución de una nueva autoridad hecha «por arriba»; c) tercero, en la respuesta y veto a las campañas exasperadas y falsas protagonizadas por el lulismo en su intento de supervivencia, y al cinismo constitutivo del gobierno de Temer y sus aliados; d) cuarto, al éxito del frente moralizador que identificó las luchas de las minorías a la izquierda. Necesitamos avanzar en esas reflexiones y pretendemos presentar pronto algunos desplazamientos de análisis.
Resistencias. En cuanto al inicio del texto, afirmamos que la constitución de un campo de resistencia democrática carece, en primer lugar, de sondeo, participar e invertir en luchas que incluyen también el rechazo a la hegemonía del PT y que puedan deconstruir la falsa polarización. Así, se trata no sólo de aceptar, sino de acelerar el proceso de vaciamiento de los signos y tendencias gregarias y autocomplacientes de la izquierda, para sumergirse en las cartografías de las luchas, en la atención a los deseos que componen las nacientes subjetivas de este momento.
Traducción del portugués: Santiago de Arcos-Halyburton

