Jorge Eliecer Gaitán: “Somos una rebeldía contra la ignominia”

Compartimos a continuación, algunos fragmentos de uno de los discursos más conocidos del dirigente político Jorge Eliecer Gaitán, representante de una corriente nacionalista y popular del liberalismo colombiano. Gaitán era conocido por su cercanía juvenil al líder, militar e intelectual Rafael Uribe Uribe, y por su posicionamiento anti oligárquico y democrático radical.

Un creciente respaldo social que lo proyectaba como el próximo presidente de la república, le valió un oscuro destino: su asesinato el 9 de abril de 1948. Gaitán perteneció a la tradición de liberales y socialistas que a fines del siglo XIX y principios del siglo XX, hicieron de la realización de las ideas de la revolución francesa, una bandera política que se contraponía tanto al liberalismo librecambista que afectaba al artesanado, como al conservadurismo que llevaba el lastre del colonialismo. La interpretación de las ideas y aspiraciones populares antes que burguesas de esta revolución, le llevaron a oponerse al capitalismo monopolista y a su espíritu de competencia que arrasaba con los artesanos [zapateros, sastres, tipógrafos, etc.], y a las formas de contratación que pasaban por encima del pago de salarios justos para las y los trabajadores. Sobre esta revolución diría:

“¿Acaso la Revolución Liberal democrática del 89 corresponde, después de los siglos que lleva, al noble y grande ideal que la guió, que la impulsó? ¿Acaso el pensamiento de sus filósofos, el grito de sus tribunos, la sangre vertida por sus descamisados, le dieron a la humanidad la igualdad, la libertad y la justicia que la iluminaron?. Aún vivimos sin la igualdad, en mucho vivimos sin libertad, y vivimos bajo el dominio de la injusticia”.

Por este motivo, defendió un modelo económico cuya productividad estuviera afincada en el pequeño y mediano propietario antes que en la empresa monopolista; así como en salarios que permitieran un mayor poder adquisitivo de los sectores trabajadores, dando paso a una demanda cualificada que dinamizara una oferta nacional sólida, con un aporte equilibrado de impuestos, en función de las ganancias, en la misma línea de lo propuesto por Rafael Uribe Uribe.

De este manejo económico, con una democratización de la tierra frente a su acumulación sostenida por una élite rural, sumado al incentivo de un industria nacional, consideraba que Colombia quedaría con los recursos suficientes para que el Estado cubriera la salud y la educación de la población, siempre reivindicando el trabajo y el esfuerzo como valores y prácticas necesarias para el progreso del país.

En la plataforma del Colón, en la que están consignadas estas y otras propuestas referidas a la igualdad de derechos y oportunidades para mujeres y hombres, así como para comunidades étnicas en función de sus «costumbres», diría: “La producción es para el hombre y no el hombre para la producción”.

Reproducimos, entonces, algunos de los fragmentos del discurso de Gaitán.


En Colombia hay dos países: el país político y el país nacional

Teatro Municipal – Abril 20 de 1946

Acompañadme a sacar una conclusión, una conclusión patente y clara: el pueblo, meditando en sus problemas económicos, en sus problemas sociales, en la educación de sus hijos, en el enriquecimiento de la agricultura, en la bondad de sus campos, (…) en la defensa del hombre y la grandeza de Colombia, que se asientan sobre la salud, la inteligencia y la capacidad del colombiano. Ese es vuestro sentimiento, el sentimiento de todo el pueblo que me escucha ahora. Esa es su preocupación constante y trascendental.

Y en parangón desesperante, hay otro grupo que no piensa en esas soluciones, que no se diferencia por esas cuestiones, que no pugna por esos motivos, que tiene como razón vital de su actividad, de su pasión, de su energía, los votos más o los votos menos; la firma de fulano o el escamoteo de la de zutano; la habilidad salvadora de un fraude, la promesa de una embajada, el halago del contrato. En una palabra: ¡él sólo y simple juego de la mecánica política que todo lo acapara! Por eso me siento autorizado para sacar otra conclusión:

En Colombia hay dos países: el país político, que piensa en sus empleos, en su mecánica y en su poder y el país nacional que piensa en su trabajo, en su salud, en su cultura, desatendidos por el país político. El país político tiene rutas distintas a las del país nacional. ¡Tremendo drama en la historia de un pueblo!

(…) Debo ahora preguntar ante vosotros: ¿cómo es posible que estos hombres [del país político] cambien tan fácilmente de opiniones? ¿Por qué este comercio de firmas alrededor de la Presidencia de la República? Por una razón terriblemente sencilla: es que el hombre no puede incendiarse sino por grandes ideales; no puede sentir pasión sino por las cosas que tengan perspectiva histórica; es que el hombre no se aferra con empeño sino a sus ideas, sus amores, su hogar, su pedazo de tierra; a sus tumbas y sus escuelas, a aquello que le da razón a su vida. Pero toda esa mecánica política no tiene raigambres tales en la vida nacional. Es una pequeña cosa con atributos momentáneos, con simples derivaciones instantáneas. No tiene odios, porque apenas conoce la degeneración del odio, que es la antipatía. No tiene amores, porque apenas conoce la degeneración del amor, que es el capricho. Le falta iluminación, porque su lucha es por lo inmediato y efímero. Su trinchera no mira hacia el mañana sino hacia la minúscula escudilla del instante. ¡Por eso cambia de votos, pareceres y opiniones!

(…) Cuando en un país la política llega a extremos tales, de espaldas a los intereses de la nacionalidad, podemos afirmar sin vacilaciones que se ha implantado el régimen oligárquico. Porque no creáis, como algunos sofistas han querido hacerlo pensar, que la oligarquía es solamente el dominio de la plutocracia. ¡No! Esa es la oligarquía plutocrática. Ni que oligarquía es únicamente el dominio de la aristocracia. ¡No! Esa es la oligarquía aristocrática. Oligarquía es la concentración del poder total en un pequeño grupo que labora para sus propios intereses, a espaldas del resto de la comunidad. (…)

Y entre nosotros tiene su división en tres estructuras.

La primera, a cuya cabeza están los dirigentes que, a su turno, se bifurcan en unos que no quieren sino el dominio, el IMPERIUM, en el sentido romano de la palabra; que su voz sea la voz del amo, sin la cual no se puede mover ninguna de las actividades colombianas. Y otros que aspiran a que todas las riquezas, la especulación, los contratos, los negocios, sean para la camarilla afortunada.

Viene enseguida la segunda, o sea la estructura intermedia, la que sirve de lazo de comunicación. Se cotiza especialmente entre los hombres de inteligencia que tengan almas de secretario[5]. Ellos hablan, mas no por su propio albedrío sino atendiendo al soplo director de los de arriba. Son como las bridas de los caballos, que sirven para dirigir pero siempre que otros las manejen. Estos odian a sus compañeros independientes, sienten la necesidad de abominar de los hombres de su propia generación que recorren su brecha personal y cuya presencia constituye para ellos un permanente reproche, erguido contra su incapacidad para la lucha. Saben que no han logrado por sí mismos la aptitud de vivir para su pueblo; saben que periclitando los amos su posición es secundaria y por eso lo reducen todo a rendir pleitesía a quienes los dirigen.

Y la tercera estructura. Esa es moral e intelectualmente minúscula, pero muy útil en este proceso de formación. Ya tenemos el cerebro y tenemos la voz que prefabrica el ambiente según las órdenes recibidas. Pero se necesitan los tentáculos, los brazos que penetren a todos los lugares, que vayan desde el ambiente municipal al barrio, a la asamblea, al comité; que atiendan al tinglado electoral para beneficio del país político. A estos se les acaricia con las únicas cosas con que es posible acariciarlos: con las granjerías.

No se habrán sentado en los bancos de la universidad; ni descollado en la agricultura, en la ciencia, en la técnica, pero serán senadores o representantes o diputados, o mimados con las mejores canonjías. El criterio para medirlos no será su capacidad sino su habilidad electoral. Y desplazarán al médico, ahuyentará al ingeniero, sustituirán al universitario.

(…) El país político o la oligarquía, que es la misma cosa, selecciona a los hombres, los infla, los llena de importancia aun cuando no la tengan. De ahí los internacionalistas que jamás han abierto un tratado de derecho internacional; los constitucionalistas que jamás en su vida han sabido lo que es el derecho constitucional; los miembros de comisiones parlamentarias que deciden sobre códigos penales y no han asistido jamás a las aulas universitarios. ¿Por qué se irrespeta así a un país tradicionalmente respetuoso del culto a las jerarquías de la inteligencia? Hemos llegado al sistema según el cual la única norma de victoria es el sometimiento a la oligarquía o país político, que otorga los títulos, califica la inteligencia y el conocimiento e ignora o destruye al resto del país, que no tendrá categoría sino le ha sido bondadosamente dispensada por los de la propaganda.

(…)  La oligarquía piensa en función de mecánica electoral. Nosotros pensamos en función de agricultura, de sanidad, de trabajo, de organización, de dignidad humana. El pueblo colombiano desea que el hombre no pueda escalar la cima de la victoria sino por el trabajo, por el esfuerzo y por la voluntad.

¿Cuál es, señores, el porvenir de nuestros hijos, de prolongarse este ambiente en que nos debatimos? ¿Estáis seguros de que triunfarán por el estudio, por el mérito, por la capacidad, por el esfuerzo? ¡No! Si nuestros hijos quieren triunfar, dentro de esta situación, tendrán que transitar por bajos caminos, por los que no queremos para ellos. No triunfarán por trabajadores, por consagrados, por técnicos, agricultores o ingenieros conocedores del ramo, ni por desvelados en el estudio, sino porque sean viles o abyectos con el cacique o con la situación creada.

Nuestra campaña es campaña colombiana, que quiere restaurar la grandeza que nutrió su historia, para demostrar que aún somos una raza fuerte, altanera y batalladora. Por eso nos miran con el desdén con que fingen mirarnos. La oligarquía, el país político, no comprende que pueda ser candidato a la presidencia de la república uno de vosotros, los del país nacional, sin el previo permiso o asentimiento de ellos, aun cuando lo sea en nombre de la república y por autoridad del pueblo. No pueden ni quieren entender que la presidencia de Colombia pueda ser ocupada por gente distinta del oligarca en persona, del secretario, o de aquel que sincera o insinceramente se le someta. El pueblo colombiano, en cambio, piensa que esa dignidad no debe ser ocupada en lo sucesivo, ni por el oligarca, ni por el secretario, ni por el sometido.

Y no creáis que cometen una equivocación cuando sienten ese desprecio por estas inmensas multitudes. Ellos tienen su técnica, que es la misma técnica de los micrófonos del doctor Goebbels: adulterar, engañar, para crear la opinión Y por eso no os extrañéis de su comportamiento despectivo. En realidad para ellos nada valéis los hombres de Colombia que unís vuestro fervor al mío. Sois las fuentes del trabajo y de la riqueza, pero no pertenecéis al país político y por consiguiente no tenéis personería política. Y por eso tampoco os extrañe que afirmen que este movimiento no tiene dirigentes. Sí los tiene, pero entre los hombres de trabajo y de independencia, que por ello carecen de nombre en el país político u oligarquía. Y ello es natural, porque somos una rebeldía contra la ignominia.

(…) Para concluir, porque ya es la hora, tengo que expresar: no hemos hablado esta noche sino del criterio; de que tenemos distinto criterio al del país político. Y es en este sentido que estamos enfrentados con él.

Pertenecemos al país nacional que va a combatir contra el país político. Se emplearán contra nuestro movimiento todos los medios: la calumnia, el desconocimiento del problema, la propaganda falaz. Nada de eso ha de arredrarnos. Vamos a ganar la batalla. Ellos se creen las únicas gentes importantes, y por eso al pueblo que me escucha y me sigue lo toman por gente ignara y sin prestigio. No invitamos a que se queden con nosotros los débiles de voluntad, los que tienen miedo a la mecánica organizada, los que sólo adhieren a la lucha que tiene ya asegurada la victoria. Esos son frágiles y ésta es una lucha fuerte para gente fuerte. ¿Que no tenemos máquina política y que su máquina nos puede aplastar? ¡Pues nosotros aplastaremos a la máquina! ¿Se piensa que el fraude, a la manera del que se suele cometer, va a dar la victoria a nuestros adversarios? Pues tenemos que declarar que el fraude y la coacción son un delito y que contra el delito sólo hay una cosa que no es ni puede ser permitida: ¡someterse al delito!

(…) Pero una nación no se salva con simple verbalismo, con jugadas habilidosas, ni con silencios calculados, sino con obras, con realidades, con el otro aspecto de nuestro criterio, que es el de tener como objetivo máximo de la actividad del Estado al hombre colombiano, cómo va su salud, cómo su educación, cómo su agricultura, cómo su comercio, cómo van su industria, sus transportes y su sanidad. Eso es lo que queremos. Lo demás, las consejas mentirosas, el mutuo robo de las firmas, esos odios que acaban en abrazos falsos, todo eso nos causa risa o nos causa indignación, ¡porque la patria es lo primero en nuestra mente, en nuestro corazón, en nuestra vida!

(…) Para el país político la política es mecánica, es juego, es ganancia de elecciones, es saber a quién se nombra ministro y no qué va a hacer el ministro. Es plutocracia, contratos, burocracia, papeleo lento, tranquilo, usufructo de curules y el puesto público concebido como una granjería y no como un lugar de trabajo para contribuir a la grandeza nacional.

(…) Nuestro movimiento es lucha de hombres que quieren redimirse y tienen fuerza para ello. Porque nos sentimos capaces para esa lucha; porque no tenemos odios; porque respetamos personalmente a nuestros adversarios y a los que no piensan con nosotros, estamos y queremos estar en esta batalla de perfil nacional.

PUEBLO:
Por la restauración moral de Colombia ¡A la carga!

PUEBLO:
Por la democracia ¡A la carga!

PUEBLO:

Por la victoria ¡A la Carga!

España, entre el alivio y la inestabilidad política: la izquierda tras las elecciones del 23 de julio

por Mario Espinoza Pino[i]

Con excepción del Centro de Investigaciones Sociológicas, la mayoría de los sondeos electorales realizados por empresas privadas daban como claro vencedor de las elecciones generales al Partido Popular (PP), la derecha liderada por Alberto Núñez Feijóo. Lo que le garantizaba una más que probable mayoría para gobernar de la mano de VOX. Pero la aritmética parlamentaria y sus números son a veces inflexibles: pese a sumar tres millones de votos más que en las elecciones de 2019 y conseguir 136 escaños –lo cual no es nada desdeñable–, ni las expectativas infladas de los sondeos, ni la suma de escaños del PP con la extrema derecha permiten la investidura de Feijóo. La derecha gana las elecciones del 23 de julio de manera pírrica, sin aliados suficientes como para formar un gobierno. De hecho, el Partido Nacionalista Vasco (PNV), la derecha nacionalista vasca, ha recusado apoyar un posible gobierno del PP, lo que hace imposible un gobierno de las derechas. Todo ello solo puede redundar en cuestionar aún más la figura de Feijóo en favor de Isabel Díaz Ayuso, presidenta de la Comunidad de Madrid y representante del sector más trumpista del PP.

Si la aritmética parlamentaria es tozuda, la realidad española lo es aún más. El proyecto del bloque conservador, formado por el Partido Popular y VOX, la formación de Santiago Abascal, no sólo no ha convencido suficientemente a los suyos, sino que ha provocado que buena parte del electorado de izquierda vote directamente en su contra. El discurso racista, antifeminista y antimigratorio de VOX, cada vez más agresivo, ha azuzado el temor a que la formación pudiera asumir algún ministerio en un futuro gobierno con los populares –su ultraconservador cogobierno en Castilla y León esta legislatura ha dado la pauta a los votantes. Lo cierto es que al final han resultado ser los grandes perdedores de la noche electoral: de obtener 52 diputados en 2019, han sufrido una caída de 19 escaños (pierden más de 600.000 votos). Con los 33 escaños actuales ya no podrán presentar mociones de censura en solitario ni tampoco recurrir al Tribunal Constitucional –dos de sus principales herramientas de oposición parlamentaria

La debacle electoral de VOX se ha debido en buena medida a la transferencia de votos al Partido Popular, una opción aparentemente menos radical, pero cuya línea política en la oposición a lo largo de la campaña ha sido muy similar en el fondo a la de la ultraderecha: Feijóo prometió “derogar el sanchismo”, o lo que es igual, acabar con el gobierno del Partido Socialista Obrero Español (PSOE) de Pedro Sánchez, y sus socios de la izquierda, representados por Unidas Podemos –ahora integrados en SUMAR. Un gobierno caracterizado por sus pactos con las fuerzas nacionalistas progresistas de Bildu y Esquerra Republicana de Catalunya, por citar dos de los partidos más destacados. Acabar con el “sanchismo” no era otra cosa que recortar las leyes contra la violencia de género, los derechos de las personas LGTBIQ, la Ley Trans, endurecer aún más las políticas migratorias, recortar las pensiones, aumentar la edad de jubilación y atacar los derechos de las trabajadoras y los trabajadores. También dar un corte abrupto a la línea de tolerancia y convivencia llevada adelante por el ejecutivo con la izquierda independentista vasca y catalana (EH Bildu y ERC).

LA IZQUIERDA PARTIDISTA EN LA ENCRUCIJADA

Mientras que el ticket electoral PP-VOX ha terminado empantanado en su propia deriva antisocial, cerril y pseudopatriótica de la España contra la anti-España, el bloque progresista y plurinacional, formado por el PSOE y la coalición de izquierda SUMAR, consigue revalidar en buena medida su proyecto de cogobierno –al menos potencialmente. Pese a ser la segunda fuerza, el gran ganador de la noche es el PSOE de Pedro Sánchez, que además sale reforzado: suma 122 escaños, 2 más que en 2019, siendo la fuerza que cuenta con mayores opciones para formar gobierno. Tal y como ha prometido en campaña, su proyecto es reeditar el gobierno de coalición junto a SUMAR –la plataforma electoral heredera de Unidas Podemos y sus confluencias–, negociando su investidura con las formaciones nacionalistas conservadoras y progresistas que componen el parlamento. No hay duda de que Sánchez ha sido premiado por el “voto útil” en estas elecciones –casi un millón de votos más–, voto que ha penalizado a SUMAR en un escenario polarizado en el que se votaba “contra el fascismo” o contra la involución democrática.

La coalición de partidos a la izquierda del PSOE, SUMAR, liderada por Yolanda Díaz, aguanta el tipo en las elecciones consiguiendo 31 escaños. Sin embargo, bien mirado, no son unos resultados demasiado favorables. Al menos no son los que cabría esperar para una formación que prometía el sorpasso a la extrema derecha e incluso disputar la presidencia –son cuarta fuerza. Lo cierto es que los resultados de SUMAR son peores que los de Unidas Podemos y sus confluencias en 2019: pierden 7 escaños frente a los 38 alcanzados en las elecciones generales previas. No hay duda de que los contextos de 2019 y 2023 son muy distintos y que la formación ha tenido que construirse en muy poco tiempo –además con muchas tensiones y disputas internas. No obstante, visto con perspectiva, el espacio electoral a la izquierda del PSOE acusa un desgaste desde 2016 en adelante. El proceso de institucionalización de Podemos e integración en el sistema de partidos ha ido restándole fuerza. Algo que no deja de pasar factura a SUMAR, que lejos de ser una formación “nueva”, agrupa un conjunto de partidos de izquierda ya conocidos, como Podemos, Izquierda Unida o Más Madrid, por ejemplo.

La campaña de SUMAR, centrada en mantener la gobernabilidad junto al PSOE y en construir la imagen de una “izquierda de gestión”, huyendo del “ruido” y de cualquier confrontación de fondo, les ha hecho indistinguibles de los socialistas en los debates. Más allá de algunas propuestas en torno a la defensa de los servicios públicos, lo ambiguo de su medida de la “herencia universal” (20.000 euros a los jóvenes al alcanzar la mayoría de edad para estudiar, “emprender” y emanciparse) y la introducción en la agenda de una “reindustrialización sostenible y verde”, los parecidos con los socialistas han sido apabullantes en tono y moderación. El intentar revalidar el “gobierno de progreso” ha aplanado sus diferencias respecto del PSOE, del que se han distanciado muy poco, lo que ha permitido capitalizar a los socialistas el voto útil además de atribuirse buena parte de las medidas sociales más destacables de la pasada legislatura –como el aumento del salario mínimo o la aprobación del ingreso mínimo vital–, las cuales no hubiesen existido sin la izquierda de Unidas Podemos. Pese al buen entendimiento en campaña de SUMAR y el PSOE, aún no está claro que puedan materializar un gobierno.

Ahora mismo la llave de la gobernabilidad la tiene la derecha independentista catalana de Junts per Catalunya, que ya ha afirmado que no hará a Pedro Sánchez presidente “a cambio de nada”. Salvo aproximaciones, las negociaciones aún no han comenzado, pero la posibilidad de un referéndum por la independencia planea sobre el horizonte como baza de negociación. La orden de detención emitida contra Carles Puigdemont justo después de las elecciones, acusado por la judicatura conservadora de desobediencia y malversación, no lo pondrá fácil. Los siete escaños de Junts podrán finamente facilitar o bloquear un gobierno de coalición entre socialistas y SUMAR. Si bloquean la formación de gobierno habrá nuevas elecciones más pronto que tarde, lo que podría pasar factura a Junts si tenemos en cuenta que el Partit dels Socialistes de Catalunya (PSC) ha ganado las elecciones en Catalunya. Además, unas nuevas elecciones pueden significar un rearme de la derecha y un problema mayor para las formaciones nacionalistas y el país en general –por otro lado, no hay duda de que el nacionalismo catalán ha salido golpeado en estas elecciones.

Tal y como está el panorama, el escenario político admite diversas lecturas, aunque todas ellas marcadas ahora mismo por la inestabilidad y los futuros problemas de gobernabilidad. Lo más inmediato es una sensación de alivio: que la derecha y la ultraderecha no puedan gobernar dibuja un panorama en el que los derechos y las libertades de buena parte de la población no se pondrán en jaque nada más comenzar la legislatura. El voto contra la ultraderecha ha conseguido mantener a raya las pulsiones fascistas de los herederos del franquismo. Pero una cosa es respirar y otra afirmar –como se ha hecho en ocasiones– que con estos resultados España habría frenado la tendencia a la derechización que sacude Europa. La derechización se encuentra ya en las calles y en las instituciones –hay varios pactos PP-VOX en diferentes escalas de gobierno; otra cosa es que en esta ocasión no hayan conquistado una mayoría parlamentaria. La ultraderecha, el racismo, el machismo, la homofobia y el negacionismo climático siguen ahí, y son un peligro constante. Además, la guerra de Ucrania y el belicismo de la UE no dejan de reforzar un marco de polarización y fascistización.

¿VUELTA AL BIPARTIDISMO O POLÍTICA DE BLOQUES?

Por otro lado, parece claro que, poco a poco, el viejo bipartidismo está avanzando en su recomposición. En 2019 el voto al PP y el PSOE no llegaba al 50%, mientras que hoy está cerca del 65%. Ahora mismo parece difícil hablar de “bipartidismo” cuando cualquier fuerza que quisiera gobernar necesitaría pactos amplios, pero esa tendencia de fondo comienza a hacerse cada vez más presente –como una tenaza. La impugnación del régimen del 78 y el bipartidismo de la pasada década, impulsada en las calles por el 15M y capitaneada en las instituciones por Podemos, se ha disuelto e integrado ya en el sistema de partidos. SUMAR no representa ninguna fuerza antagonista o anticapitalista, sino más bien una izquierda de orden y gestión. No es casual el desgaste del espacio electoral de aquella izquierda que surgió del estallido social: la apuesta por el gobernismo, por una gestión institucional dócil y por la ruptura con espacios movilizados han ido desgastando el filo político y transformador de la misma. A todo ello hay que añadir el papel subalterno de la izquierda respecto del PSOE: los socialistas acaban moderando las apuestas más transformadoras de la izquierda, lo que no deja de provocar frustración, mientras el PSOE puede atribuirse los éxitos de la legislatura y erosionar institucionalmente a su izquierda.

Así las cosas, y tal y como se dibuja la situación en Europa, el panorama político en España está teñido de inestabilidad y volatilidad. Está claro que las claves para formar un gobierno se encuentran en el bloque progresista y plurinacional (PSOE, SUMAR y las formaciones nacionalistas), en el que las fuerzas mayoritarias tendrán que saber agrupar a todos sus socios nacionalistas y ceder para poder constituirse como alternativa. El tejido de ese posible gobierno será plural, lo que permite ocasionales desplazamientos a la izquierda, pero es difícil que un ejecutivo así sea capaz de enfrentarse a los retos sociales, ecológicos y laborales que necesitan las clases populares, sobre todo debido a la hegemonía del PSOE –un partido socioliberal a lo sumo–. Si además tenemos en cuenta el giro de las políticas económicas de la Unión Europea, que buscan un cambio de rumbo hacia el “saneamiento fiscal” por el incremento de los niveles de deuda derivados de la pandemia, puede que este gobierno deba gestionar un profundo ajuste fiscal. Por no hablar de que tendrá que seguir enfrentándose a los efectos de la guerra de Ucrania y las heridas de la pandemia –inflación, pérdida de poder adquisitivo, crecimiento de la desigualdad, gasto militar, aumento desorbitado de los costes de la energía, problema del acceso a la vivienda, etc. –. Y todo ello no dejará de repercutir en las clases trabajadoras.

Si bien se ha frenado la escalada de la derecha y la ultraderecha momentáneamente –una repetición de elecciones podría ser fatal en este sentido–, cualquier triunfalismo por parte de las izquierdas parlamentarias es una trampa, cinismo o mero marketing pos-electoral. En un contexto así, y por poner un ejemplo, cualquier “transición verde” que se quiera desarrollar no dejará de estar marcada por el poder empresarial y las políticas de ajuste europeas, lo cual no dibuja futuro próximo demasiado luminoso. En esta coyuntura, lo único que podrá desviar a SUMAR de una línea conservadora y puramente gestionaria próxima al PSOE serán las movilizaciones, la autoorganización social y conflictividad desplegada por los colectivos y por las propias clases populares. Aunque lo cierto es que también se precisan fuerzas políticas de escala estatal que sean capaces de dar batalla en el plano institucional más allá de la retórica del diálogo, el entendimiento y la huida de cualquier conflictividad. Que las derechas no gobiernen supone un balón de oxígeno que no puede desaprovecharse para acumular fuerza social y tratar de generar alternativas políticas a la altura de un socialismo ecologista, antirracista y feminista para el siglo XXI. Un socialismo pacifista que rompa también con el clima bélico que asola Europa.

* Quiero agradecer a Carolina Meloni, Sergio de Castro y Alberto Azcárate su revisión y discusión del texto.

[i] Participa en los proyectos El rumor de las multitudes y Fundación de los comunes.

Publicado originalmente en: https://intervencionycoyuntura.org/espana-entre-el-alivio-y-la-inestabilidad-politica/

La contradicción principal en nuestra época.

por Jesús Sánchez Rodríguez

EL ENFRENTAMIENTO MUNDIAL ENTRE EL BLOQUE AUTORITARIO Y EL DEMOCRÁTICO
LA CONTRADICCIÓN PRINCIPAL EN LA ACTUAL COYUNTURA HISTÓRICA

Este artículo gira alrededor de una pregunta fundamental que los proyectos socialistas de inspiración marxista y los intelectuales de esta corriente se planteaban habitualmente como manera de orientarse en la acción política y definir la estrategia adecuada. La pregunta se formulaba más o menos de la siguiente manera, ¿Cual es la contradicción principal que atraviesa la sociedad en esta coyuntura histórica? Aunque la pregunta podría estar orientada a la formación social concreta de un Estado normalmente se utilizaba en forma más amplia y genérica para hacer referencia a la globalidad del modo de producción capitalista. Pero aunque la pregunta tiene un origen en el universo marxista es pertinente para poder plantearse por cualquier corriente intelectual o fuerza política para poder responde sobre las correlación de fuerzas en liza y las contradicciones fundamentales en una coyuntura histórica concreta.

Para responder a esta pregunta en la actualidad es necesario analizar previamente la situación socio-política existente en la tercera década del siglo XXI, y las fuerzas y  tendencias políticas principales. Una vez aclarados estos dos puntos y definida la contradicción principal de esta época, la última parte del artículo se centra en examinar la posición de la izquierda mayoritaria en relación con esta contradicción y deducir si ha entendido esta contradicción y ha adoptado la postura correcta.

Cuando el marxismo era una poderosa fuerza intelectual y su paradigma gozaba aún de un importante crédito la respuesta a esta pregunta desde las fuerzas socialistas de inspiración marxista solía coincidir grosso modo en que la contradicción principal era entre las fuerzas expansivas del socialismo y las fuerzas reaccionarias de un capitalismo sentenciado a desaparecer bajo la lógica del determinismo histórico. Era, por supuesto, un esquema maniqueo, casi una consigna. Ni se tomaban en consideración las contradicciones internas de las fuerzas y el proyecto socialistas, ni sus fracasos e incluso sus crímenes, ni tampoco se quería ver que el capitalismo seguía vigente y superando evolutivamente sus crisis, y que albergaba en su seno fuerzas políticas democráticas y elementos más progresivos que en el socialismo realmente existente. Si se hubiese puesto atención seriamente a estas consideraciones posiblemente se hubiese podido plantear correcciones al rumbo de las experiencias del socialismo real que terminó llevándole a su bancarrota en la década de 1990. Mao utilizó habitualmente al análisis de las contradicciones, especialmente dedicadas a la situación interna de China, pero era un marxista herético y dogmático de manera que sus conclusiones fueron totalmente erróneas y le llevaron a los dos graves fracasos del Gran Salto Adelante y la Revolución Cultural que enterraron definitivamente al maoísmo en China.

Estos ejemplos nos sirven de advertencia contra dos sesgos presentes tanto en la izquierda de entonces como en la izquierda actual. El primer sesgo consiste en trasformar un instrumento teórico de análisis como puede ser el marxismo – a pesar de los enormes problemas acumulados con el tiempo – en una ideología que solo sirve para sostener dogmas. El segundo sesgo, fruto del anterior, es ver la realidad solo en su aspecto más superficial y, por lo tanto, posiblemente engañoso. Cuando hace unas décadas se hablaba de las fuerzas expansivas del socialismo se refería a esa realidad superficial, la de una cierta expansión del comunismo entre países del mundo no desarrollado y se obviaba las graves deformaciones y problemas que recorrían las experiencias del socialismo realmente existente. Y cuando se sentenciaba la desaparición inevitable del capitalismo reemplazado por el comunismo no se tomaba en consideración la fortaleza de este modo de producción y su capacidad evolutiva. El resultado es la realidad que hoy conocemos. En este sentido no vale la pena dedicar más espacio a este asunto.

La expansión mundial del capitalismo, ya presente desde décadas anteriores, fue facilitada completamente con la debacle del comunismo en la URSS y Europa oriental, y el basculamiento de China hacia una economía de mercado plenamente integrada en el sistema capitalista mundial. Actualmente el mundo se rige completamente por el capitalismo – con las excepciones de Cuba y Corea del Norte – con distintas variedades del mismo, y no es que no existan fuerzas socialistas expansivas, es que casi no hay fuerzas socialistas. De manera que esta enorme transformación socio-económica y política ya indica claramente que la contradicción principal en la actual coyuntura histórica es muy diferente de la indicábamos que se sostenía por las fuerzas socialista hace una décadas. Aquella contradicción principal se planteaba entre dos modos de producción diferentes – y no vamos a entrar en la clásica discusión sobre si lo que existió en la URSS era un modo de producción comunista o un simple capitalismo de Estado – pero en la actualidad, con el dominio pleno del modo de producción capitalista a nivel mundial, la contradicción principal hay que buscarla en la superestructura, es decir en el nivel político y cultural.

También se puede afirmar que en la tercera década del siglo XXI salvo pequeños partidos marginales y sectas no hay fuerzas políticas que defiendan un proyecto socialista entendido en el sentido clásico, es decir un proyecto de superación del capitalismo y de la sociedad de clases, y cuando lo defienden, su propuesta es un regreso a un pasado fracasado y al que nadie quiere volver.

Por lo tanto, la contradicción principal hoy, en el seno del capitalismo mundial, es la que enfrenta a un conjunto heterogéneo de fuerzas autoritarias y reaccionarias (desde Trump a Xi jinping, desde Putin a Le Pen, pasando por Orbán, etc.) contra los avances de las democracias avanzadas. Son dos campos crecientemente diferenciados y enfrentados, incluso militarmente como ocurre en el caso de la guerra de Ucrania, cuyo enfrentamiento tiende a agravarse debido al crecimiento y la agresividad del campo autoritario-reaccionario.

AUTORITARISMOS CONTRA DEMOCRACIAS

En el formato de un artículo no hay espacio para poder desarrollar extensamente las características de ese bloque autoritario-reaccionario ni el carácter progresivo contenido en las democracias avanzadas. Estos dos temas les he desarrollado ampliamente en tres de mis obras publicadas y en una cuarta ya prácticamente terminada y que espero se pueda publicar pronto. Las tres obras publicadas son Derecha radical. Auge de una ola reaccionaria mundial, Desafíos a la democracia. Nuevos autoritarismos y valores antidemocráticos, China: del comunismo al imperio del centro, y la obra a publicar sobre Rusia y la guerra contra Ucrania. De manera que si ahora solo hago una síntesis sobre estos temas, remito al lector interesado en profundizar sobre ellos a estas obras y a algunos artículos publicados en mi blog.

El bloque autoritario-reaccionario lo forman principalmente tres grandes espacios geopolíticos. En Occidente las fuerzas reaccionarias de extrema derecha que operan tanto en Europa como en Estados Unidos o América Latina, el segundo espacio es la Rusia de Putin y el tercero la China de Xi Jinping. A estos tres espacios principales se le pueden añadir la actual India de Narendra Modi o los regímenes sultanísticos o teocráticos del mundo islámico. Dada la heterogeneidad de regímenes de este bloque encuentran dificultades tanto para articular alianzas profundas y estables en su seno como para reconocer un liderazgo de alguna de sus partes. Existe una alianza implícita y efectiva entre la teocracia iraní, el autoritarismo conservador-ortodoxo de Rusia y el confuciano-comunismo de China. A nivel formal también se han articulado organizaciones que reúnen a los principales protagonistas de este bloque como la Organización para la Cooperación de Shanghái o los BRICS.

Sobre la naturaleza de la derecha radical señalaba sus características especiales en mi obra citada[1]. La primera sería el nativismo, como “(…) una ideología que sostiene que los Estados deberían ser habitados exclusivamente por miembros del grupo nativo (la nación) y que los elementos no-nativos (personas e ideas) son fundamentalmente una amenaza para un Estado-nación homogéneo.”[2] La segunda es el populismo, «sin embargo es necesario completarlo con un adjetivo que concreta claramente de qué tipo de populismo estamos hablando y, así, en nuestra definición de esta familia de partidos hablamos de populismo xenófobo, que creemos que es mucho más adecuado que el término nacional-populismo que emplean otros autores.

Otro concepto que define su ideología es el autoritarismo. Este concepto tiene tres vertientes claras. En principio, expresa una actitud anti-igualitaria, al exigir diferentes derechos basados en la exclusión entre la población autóctona y la inmigrante. En segundo lugar, expresa una actitud anti-pluralista, al buscar la consecución de sociedades culturalmente homogéneas y el rechazo a la convivencia con culturas diferentes en su seno En tercer lugar, expresa una actitud anti-democrática que se manifiesta en la descalificación del resto de los partidos políticos (partidocracia), la exaltación del liderazgo personal para relacionarse directamente con el pueblo, y la aceptación instrumental de las instituciones y valores democráticos con el objeto de evitar ser marginados o prohibidos y alcanzar objetivos anti-democráticos, una manifestación de ello es la primacía que dan a la política, expresando con ello que la ‘voluntad popular’ puede estar por encima de la ley. […] Otra característica que concurre en los partidos de la derecha radical populista y xenófoba (DRPX) es la exaltación del líder, en realidad esta característica no es exclusiva de estas formaciones políticas, más bien es común a la generalidad de populismos. […]

No obstante, el proyecto político de la DRPX es incoherente y contradictorio, como consecuencia lógica del electorado diverso al que se dirigen. Así, en sus programas económicos, de un lado se inclinan por el ultraliberalismo, por ejemplo atacando a la fiscalidad redistributiva dentro de su oposición al ‘igualitarismo redistributivo’, a la vez que, por otra parte, proponen una serie de medidas cuyo objetivo es proteger a las poblaciones autóctonas de sus respectivos países, defendiendo el mantenimiento de ayudas sociales para ellos, mediante una política que han definido con el nombre de ‘preferencia nacional’, a la vez que critican al Estado de Bienestar  e, incluso, a veces, adoptan posiciones anticapitalistas, al menos en relación con la globalización neoliberal.

Por otro lado, mezclan posiciones muy conservadoras, como la demanda de mayor ley y orden, o su moral conservadora sobre el papel de la familia y la mujer en la sociedad, con otras radicales como el rechazo de las élites establecidas de tipo económico, político o cultural. O se muestran ultranacionalistas a la vez que defienden un proyecto europeo basado en las etnias. […]

El peligro que representan los partidos de la DRPX si consiguen alcanzar el poder no es el de que anulen los sistemas demoliberales actuales, como ocurrió en la década de 1930 con los fascismos clásicos, sino que introduzcan modificaciones y valores anti-democráticos en dichos sistemas que paulatinamente les vayan degradando hasta una situación difícil de pronosticar.»

En relación con el régimen putinista actual en Rusia[3] se presenta interna y externamente como el aspirante al liderazgo de un programa conservador defensor de los valores tradicionales frente al decadente Occidente. El caos social, económico y políticos de los primeros años post-soviéticos en Rusia también fue un caos ideológico y de proyectos de sociedad. Si el comunismo estaba fuertemente desprestigiado después de setenta años de experimentar con él, el liberalismo también se desacreditó bajo el gobierno de Yeltsin. En estas circunstancias, y con unos nacionalismos rusos en ascenso cuyo discurso era el de una Rusia humillada por Occidente, al que consideraban el enemigo contra el que volcar la ira y la frustración, pudieron extenderse fácilmente un conjunto de doctrinas y pensadores conservadores que, de un lado, bebían de la propia tradición conservadora rusa y, de otro lado, terminarían convergiendo con la nueva derecha radical en ascenso en Europa. Si el marxismo y el liberalismo quedaron desacreditados en Rusia, la única fuente ideológica de la que poder nutrirse fue el conservadurismo que, justamente, se mostraba en oposición y crítico con ambos.  Así, el ascenso del conservadurismo ruso bajo el gobierno de Putin cumplió una doble función, por un lado, internamente, sirvió para cohesionar a una mayoría de la población en torno a valores conservadores tradicionales y en torno al liderazgo de quién los representaba políticamente, Putin, y, por otro lado, externamente, Rusia se presentó ante el mundo, y especialmente Europa, como la nación líder defensora de los valores tradicionales frente al decadente Occidente.

El conservadurismo que se ha desplegado en Rusia es heterogéneo, sus fuentes ideológicas son diversas y van desde el nazismo y el fascismo, hasta el conservadurismo de los exiliados rusos por la revolución bolchevique, pasando por los revolucionarios conservadores alemanes del período de entreguerras o la nueva derecha radical europea. En la actualidad destacan pensadores rusos como Alexander Dugin o Mikhail Nazarov, y entre los pensadores del pasado que les sirven de inspiración podemos encontrar a Iván Ilyín o Carl Schmitt.

Realmente el anti-occidentalismo de Putin, especialmente a partir de 2012, es civilizacionistas, cercano al eurasianismo, ahora se enfatiza la singularidad y el carácter diferenciador de la sociedad rusa, se pone de relieve las características propiamente rusas en contraste con las occidentales, siendo en este sentido un giro conservador, como la defensa del matrimonio y la familia tradicional, el patriotismo, la religión ortodoxa y la centralidad de un Estado fuerte.

Utilizando diferentes medios Moscú ha buscado debilitar las democracias occidentales y crear divisiones en su seno mediante expedientes diferentes. El primero fue la utilización de partidos y movimientos políticos simpatizantes de Putin que están situados en la extrema derecha y también en la izquierda. Los primeros por afinidad con el programa crecientemente conservador del Kremlin que defendía los valores cristianos tradicionales y se oponía a los valores pos-materialistas que se extendían por Occidente como el multiculturalismo, la igualdad de la mujer defendida por el feminismo, o los derechos de minorías como el movimiento LGTBI, además la extrema derecha occidental también coincidía con Putin en la crítica de la globalización, la defensa del nacionalismo, o en el rechazo de los inmigrantes. La alineación de los partidos de la izquierda con Moscú fue especialmente visible en América Latina, pero también en Europa, las razones de esta simpatía y apoyo iban desde asignar a Rusia un papel de opositor a Estados Unidos, a partir de una desfasada posición anti-imperialista que solo veía el imperialismo en Estados Unidos pero no en Rusia, ni siquiera cuando intervino en Siria o invadió Ucrania, o en China, con su expansión imperialista clásica por el mundo, y especialmente en África. Pero también existían otras razones en la izquierda como reconocer en Putin a un líder anti-liberal, obviando sus conexiones con oligarcas, y anti-globalización, coincidiendo en este punto con la extrema derecha. Todos estos partidos, a un lado y otro del espectro político, sirvieron al Kremlin como caja de resonancia de sus posiciones en el interior de las democracias occidentales.

Finalmente, el carácter autoritario y conservador en China tiene sus características especiales. «En realidad, es lo que hace el PC Ch en la práctica, introducir crecientemente elementos no comunistas de legitimidad ante la sociedad de manera que afiancen un gobierno autoritario de partido único, y estos elementos se toman de las propias tradiciones chinas como el confucianismo o el nacionalismo chino. […]

El recurso al confucionismo y el nacionalismo chino son utilizados, entonces, como elementos para crear un discurso que termine haciendo aceptables para la sociedad los problemas señalados y no deslegitimen al PC Ch. El confucianismo aporta los valores de un gobiernos benévolo, es decir, paternalista, que sirva para justificar un régimen autoritario, sin embargo el régimen chino desmanteló el sistema de protección ofrecido por el danwei y las comunas rurales sin ofrecer hasta el momento un sistema completo de protección como el Estado de Bienestar occidental, despidió a millones de trabajadores con la reestructuración de las empresas públicas, y explotó sin ofrecerles derecho ni protección a centenares de millones de inmigrantes del campo a las ciudades; la benevolencia también es desenmascarada en la brutal represión de los uigures, en el Tibet o de los movimientos democráticos en Hong Kong. Los gobiernos imperiales intentaron legitimarse con la benevolencia confucionista pero conocieron a lo largo de su historia continuas e incesantes rebeliones campesinas. El segundo aporte del confucianismo es el gobierno por la virtud, pero es difícil de lograr su aceptación en la China actual cuando la corrupción en un mal endémico y están a la vista los comportamientos de altos dirigentes y sus familias copando altos cargos en las empresas públicas y privadas y enriqueciéndose. Pero, sobre todo, el confucianismo aporta el concepto de una sociedad armoniosa con el cual el PC Ch intenta convencer al pueblo chino de que en nombre de la armonía y la estabilidad social debe tolerar sobretodo las inevitables desigualdades consustanciales a una economía capitalista sin ofrecer resistencias ni generar movimientos de protesta.

El nacionalismo es, como siempre ha sido en todas las partes, el expediente para ocultar los problemas sociales mediante la comunión en una causa colectiva trascendente, en este caso el renacimiento de China. […]

La segunda fuente de legitimidad fue la utilización del confucianismo como proveedor de valores funcionales a la dominación  burocrática del PC Ch tales como el respeto a la autoridad, la valoración del orden social, etc. La doctrina del confucianismo se basa en un rígida jerarquía social con un papel subalterno de la mujer, es una doctrina reaccionaria que, sin embargo, es ampliamente utilizada por el PC Ch, muestra de ello es que para la promoción de la cultura y la expansión del poder blando de China se haya creado una red mundial de institutos Confucio por parte del gobierno. La tercera fuente, fue la intensificación del nacionalismo chino, presente desde el inicio del poder comunista, y común a todas las experiencias comunistas en el mundo, ese nacionalismo se vinculó a la recuperación de un papel importante de China en el mundo, contrastándolo con el siglo de la humillación, y vinculándolo a la historia milenaria china.»[4]

La democracia es un régimen político que ha pasado por un largo período de evolución hasta desembocar en el complejo sistema actual dónde se reconocen una amplia variedad de derechos y se establecen una amplia variedad de instituciones que garantizan extensas libertades para todos los ciudadanos. Esta evolución transformó la inicial «democracia oligárquica» del siglo XIX en el actual Estado democrático y social de derecho con la conquista de un Estado de Bienestar que añade un conjunto de derechos sociales a los anteriores derechos políticos y civiles ya consolidados.

«El Estado de Bienestar[5] se caracteriza por el reconocimiento de una serie de derechos sociales que pueden alcanzar el carácter de universales con prestaciones muy amplias. La ciudadanía social se convierte en la ideal central de este modelo. Esto significa que la ciudadanía ya no sólo está configurada a partir de la existencia y protección de los derechos civiles y de los derechos políticos sino que, además, incluye la categoría de los derechos sociales y económicos para todos los ciudadanos.  Cuando se produce está expansión de los derechos sociales prácticamente estaban completados los derechos políticos, el sufragio se había convertido en universal, incluyendo a las mujeres, y otra serie de derechos – asociación, manifestación, etc. – se habían consolidado. Ello suponía la plena inclusión y participación de la ciudadanía en la política y, a su vez, los cambios en los criterios de legitimidad del Estado de Bienestar. Ahora esa legitimidad se debía obtener de un cuerpo de ciudadanos prácticamente universal. La legitimidad del Estado de Bienestar pasó de basarse como ocurría en el Estado liberal clásico en los límites impuestos a la actividad estatal, a estar centrada en sus funciones de bienestar.

La democracia ha conocido en los países dónde se ha asentado firmemente un proceso de enriquecimiento progresivo. En este sentido podríamos decir que es un proceso de extensión y profundización de todos los aspectos que concurren en la definición de una democracia, como el ejercicio de los derechos y libertades públicas, la extensión de los derechos sociales, el funcionamiento responsable bajo el imperio de la ley de los órganos ejecutivos, legislativos, judiciales y administrativos, o la existencia de un pluralismo político competitivo, y de medios de comunicación libres y plurales.

El régimen opuesto a una democracia plena es lo que la mayoría de los especialistas denominan como autoritarismo cerrado, y cuyas características son justamente las opuestas a las que definen a aquella y que recoge Szmolka Vida. Prohibición o persecución de los grupos políticos que representen intereses diferentes de los detentadores del poder con la imposibilidad, por lo tanto, de disputar el poder de manera no violenta al no celebrarse elecciones o no existir mecanismos de representación legitimados por el pueblo; el gobierno no está sujeto a responsabilidad política; ausencia de equilibrio y controles entre los poderes del Estado; existencia de altos grados de corrupción y clientelismo; ausencia de derechos civiles y políticos; ausencia de medios de comunicación independientes del Estado; indefensión legal o judicial ante los abusos y la arbitrariedad del Estado; y violación habitual de los derechos humanos por parte del Estado, que hace un uso arbitrario de la violencia.

Sin embargo, una vez fracasado el proyecto histórico del comunismo en la década de 1990, con el modelo de la democracia liberal dominando sin competidores reales en el mundo, la contra-ola autoritaria posterior que tuvo lugar no tomó la forma de dictaduras abiertas como en el pasado, sino de regímenes autoritarios enmascarados con la adopción de algunos rasgos formales de las democracias, especialmente la celebración de elecciones, lo que se ha denominado «la falacia del electoralismo»[6], mediante la cual se celebran elecciones periódicas que solo sirven para dar cierta apariencia de legitimidad democrática. Esto dio lugar a la extensión de regímenes híbridos de diferentes características que hicieron más complejo el estudio y clasificación de la nueva variedad de regímenes políticos. […] Esto dio lugar a la utilización de nuevos adjetivos que intentaban definir las nuevas variedades de regímenes, así se pueden encontrar definiciones como pseudo democracias, democracias defectivas, autoritarismos competitivos, autoritarismos electorales, autocracias pluralistas, etc.

Como analizan Linz y Stepan[7], en el período de entreguerras la democracia liberal conoció el desafío de cuatro alternativas no democráticas, evidentemente los más amenazantes de estos desafíos fueron el nazi-fascismo, que tuvo que ser derrotado militarmente en la segunda guerra mundial ante su avance anexionista-militarista; el comunista que perduró hasta la década de 1990 después de salir reforzado de la segunda guerra mundial; pero también otros dos desafíos tuvieron cierta importancia en ese período, al menos para restar apoyos a la democracia, el primero estuvo formado por diferentes movimientos «corporativistas e integralistas» impulsados por el catolicismo; finalmente, estaban los sueños conservadores de un regreso al tipo de «monarquía constitucional predemocrática y autoritaria» de la que había sido ejemplo la Alemania imperial.

Desaparecido cualquier proyecto alternativo al capitalismo con el fracaso histórico del comunismo, los movimientos populares solo pueden defender en su seno un enriquecimiento de la democracia en sus distintas aristas, pero si aquel no tiene alternativas que le enfrenten, la democracia sí. Los principales desafíos a la democracia provienen en primer lugar de los ascendentes populismos, especialmente de la derecha radical, pero también de una parte significativa de la izquierda, en segundo lugar de los nuevos y variados autoritarismos que se han instalados en países del antiguo espacio post-soviético entre otros, en tercer lugar de los esencialismos culturales en ascenso en Asia y, finalmente, del fundamentalismo islámico que ha extendido su influencia por el mundo árabe y otras partes del mundo.»

LA IZQUIERDA CONTRA LA CONTRADICCION PRINCIPAL ACTUAL

En las dos primeras partes de este artículo se han analizado, primero el concepto de contradicción principal para concluir que ésta en la etapa histórica actual es la que opone a los regímenes democráticos frente a un amplio y heterogéneo bloque de regímenes autoritarios y dictaduras. En la segunda parte se ha hecho una rápida caracterización de lo que suponen los regímenes y fuerzas autoritarias actuales, centrándonos en las tres zonas geopolíticas principales, igualmente se ha revisado el valor de la democracia y porque representa el sistema político más progresista. A continuación, y para finalizar este artículo, nos centraremos en el posicionamiento de la izquierda frente a la que hemos definido como contradicción principal de la actual etapa histórica.

Dejando aparte a la familia socialdemócrata, la izquierda actual es también muy heterogénea. Sobre su variedad y su comportamiento en las tres décadas posteriores al hundimiento del comunismo me ocupe extensamente en una obra publicada en 2021[8]. Debido al hundimiento del comunismo y la crisis del marxismo la izquierda se diversificó ideológicamente, subsistieron partidos marxistas con algunas de sus variantes anteriores, como los comunistas o los trotskistas, y se añadieron organizaciones de izquierda basadas en el autonomismo, el indigenismo, el populismo o en una mezcla de todos ellos. Algunas de estas organizaciones alcanzaron el poder, especialmente en América Latina, dónde le retuvieron a veces de manera autoritaria, como en Venezuela o Nicaragua, mientras que en Europa solo gobernaron brevemente en Grecia con Syriza, y formaron una parte minoritaria del gobierno como en Portugal o España. Esta variedad de organizaciones son en su mayoría pequeños partidos con apenas incidencia real ni política ni social. Por otro lado hay que hacer referencia a las experiencias de alianzas roji-pardas en el espacio ex-soviético, especialmente en Serbia y Rusia de manera explícita en la década de 1990. Estas experiencias roji-pardas tienen su antecedente más importante en el famoso pacto Molotov-Von Ribbentrop entre la Alemania nazi y la Unión Soviética. En la actualidad subsiste en Rusia mediante la confluencia de comunistas, nacionalistas e incluso fascistas tras el programa del putinismo.

La contradicción principal a la que nos hemos estado refiriendo empezó a tomar forma con el ascenso de lo que se ha denominado tercera contra-ola democrática que siguió a la tercera ola democrática durante la que las democracias reemplazaron a las dictaduras en el sur de Europa, América Latina y, finalmente, en el este de Europa . Algunos de los componentes del bloque autoritario sin embargo estaban presentes desde hace décadas, como la dictadura confuciano-comunista china o la teocracia iraní, y ya antes del ascenso de los nuevos componentes de la extrema derecha en Occidente y del putinismo en Rusia, se produjeron acercamientos entre la izquierda y esos regímenes autoritarios, como por ejemplo la estrecha alianza entre la Venezuela de Chávez y la teocracia iraní.

Los regímenes y fuerzas democráticas de Occidente tampoco tomaron conciencia de la contradicción principal de nuestra época hasta una fecha reciente, solo cuando vieron llegar al poder a fuerzas de la derecha radical populista en Estados Unidos, Brasil y algunos países de Europa, o la victoria del Brexit, y cuando Putin se anexionó Crimea es cuando saltaron todas las alarmas y se empezaron a tomar algunas medidas contradictorias. Se han articulado medidas desde la UE contra las derivas autoritarias de los gobiernos húngaro y polaco, se ha establecido un no muy eficaz cordón sanitario contras las fuerzas de la extrema derecha europea, se ha prestado más atención a espacios que estaban siendo ocupados económicamente por China y, a partir de la anexión de Crimea, la promoción de la guerra por Rusia en el Donbás y a invasión de Ucrania, se desplegó una amplia cantidad de sanciones económicas contra Rusia y se apoyó militarmente a la resistencia ucraniana.

La izquierda inicialmente se opuso al ascenso de la ola reaccionaria mundial, pero dado que no formaban parte de los gobiernos europeos o norteamericanos y en América latina solo tenían el caso de Brasil con Bolsonaro, su papel era de oposición propagandística. Que esta situación no significaba una conciencia por parte de la izquierda sobre la contradicción principal de nuestra época se puso de manifiesto ya con la anexión de Crimea por Putin y mucho más con la invasión de Ucrania y la guerra. En ese momento una parte mayoritaria de la izquierda desligó el bloque autoritario, para considerar a Putin no como el protagonista que pretende convertirse en líder de ese bloque sino como el resistente frente al bloque atlantista. Los gobiernos de Venezuela, Nicaragua y Cuba especialmente se mostraron alineados claramente con Putin, otros lo hicieron más tibiamente, como el gobierno del PT en Brasil, no condenando la invasión o buscando una posición de equidistancia entre el agresor y el agredido. Esta posición de la izquierda en el gobierno se reprodujo con más intensidad en otras formaciones de izquierda en la oposición. Sus anticuados y obsoletos puntos de vista ideológicos veían el imperialismo en Estados Unidos o la OTAN pero no veían el imperialismo en la expansión de China y las agresiones de Rusia. De esta manera, esa parte mayoritaria de la izquierda se colocó objetivamente de parte del bloque autoritario mundial, lo cual no era nada extraño porque gran parte de esa izquierda realmente formaba parte del bloque autoritario, antidemocrático, a escala mundial, son los casos de Venezuela, Nicaragua, Cuba, Corea del Norte y China. En el caso del PT de Brasil y otras fuerzas que apoyan abierta o tibiamente a Putin no se les puede considerar parte del bloque autoritario, pero al no comprender realmente la naturaleza de la contradicción principal de nuestra época se han terminado posicionando con el bloque autoritario. Finalmente, existe otra parte minoritaria de la izquierda que ha comprendido claramente la naturaleza del régimen putinista y ha condenado claramente la invasión de Ucrania pero no está claro que esta izquierda haya comprendido realmente la contradicción principal de la actual coyuntura histórica y haya extraído todas las consecuencias.

NOTAS

[1] Sánchez Rodríguez, Jesús, Derecha radical. Auge de una ola reaccionaria mundial, Editorial Popular, Madrid, 2019

[2] Mudde, Cas Populist Radical Right Parties in Europe, pág. 19

[3] Lo que sigue a continuación sobre Rusia está recogido del libro al respecto que estoy terminando y que espero sea publicado pronto.

[4] Sánchez Rodríguez, Jesús, China: del comunismo al imperio del centro, Editorial Popular, Madrid, 2023

[5] Sánchez Rodríguez, Jesús, Desafíos a la democracia. Nuevos autoritarismos y valores antidemocráticos, Editorial Popular, Madrid, 2022

[6] Karl, Terry Lynn y Philippe Schmitter (1996) “Qué es y qué no es la democracia”, en Diamond, Larry y Marc F. Plattner (comps.) El resurgimiento global de la democracia. México: Instituto de Investigaciones Sociales, UNAM, pp. 37-49.

[7] Linz, Juan J. and Stepan, Alfred, Problems Of Democratic Transition And Consolidation Southern Europe, South America, And Post Communist, pág. 146

[8] Sánchez Rodríguez, Jesús, La izquierda en su laberinto, Editorial Popular, Madrid, 2021

 

Jesus Sanchéz Rodríguez, Doctor en Ciencias Políticas y Sociología y exprofesor por la UNED, tiene varias obras publicadas sobre movimientos sociales, marxismo, crítica política, etc.

 

Tras las huellas del pensamiento estratégico

Este 2023 se cumplen treinta años desde que Perry Anderson publicara su célebre Tras las huellas del materialismo histórico. Pese a la distancia que separa nuestro presente de los años setenta, muchos de los interrogantes de la teoría y la práctica marxista allí examinados siguen vigentes.

Por Santiago Pulido

Este 2023 se cumplen treinta años de la publicación de Tras las huellas del materialismo histórico (1983), de Perry Anderson. Allí el historiador británico analiza las transformaciones del marxismo occidental tras el advenimiento de Mayo del 68 y el predominio intelectual de las ideas posmodernas en la izquierda y en los procesos de emancipación y transformación social. La efeméride sirve como excusa para señalar algunas consideraciones generales en torno a dicho trabajo y sus implicaciones políticas en nuestros días.

El marxismo como teoría autocrítica

Anderson inicia su recorrido por el materialismo histórico partiendo de un presupuesto fundamental: el marxismo, a diferencia de cualquier otra tradición de pensamiento, tiene como principal característica la autocrítica. Es decir, el marxismo desarrolla una teoría que se cuestiona a sí misma permanentemente. Esto implica, según el autor, una teoría histórica en un doble sentido: tanto del desarrollo histórico del régimen de acumulación y producción capitalista como una historia interna de sus ideas y de su constelación conceptual.

Así, el marxismo tiene la capacidad no solo de explicar el mundo, sino también de explicarse a sí mismo, de dar cuenta del origen de sus categorías de análisis y de su marco investigativo. Desde luego, esta capacidad de historizar sus variables de estudio lo pone en condición de ventaja frente a cualquier otra teoría, y hace del marxismo una teoría histórica y autocrítica capaz de comprender su génesis y metamorfosis.

Según Anderson,

la necesidad de una historia interna complementaria de la teoría que mida su vitalidad en cuanto programa de investigación guiado por la búsqueda de la verdad, característica de cualquier conocimiento racional, es lo que separa al marxismo de cualquier variante del pragmatismo o del relativismo.

Por lo general, las humanidades no poseen esta movilidad autorreflexiva que permite explicar el origen de los modelos y variables de investigación en función de sus propios conceptos. He ahí, precisamente, la virtud que le ha permitido al marxismo (a pesar de sus derrotas históricas) mantenerse en pie. Es, sobre todo, un modelo teórico que reflexiona sobre la historia de sus impedimentos y avances.

Ahora bien, Anderson reconoce que estas «ventajas» metodológicas y epistemológicas no producen, por sí solas, triunfos en el plano político. De hecho, a pesar de tener un aparato teórico-conceptual relativamente sólido, el marxismo vivió una serie de derrotas en el marco del capitalismo avanzado de la Europa continental. El aislamiento y la supuesta crisis del marxismo fueron, en sentido estricto, resultado de las derrotas de la lucha obrera en Europa.

Tres situaciones históricas rodean tal aislamiento y crisis: en primer lugar, el aplastamiento del levantamiento proletario de la Europa central entre 1918 y 1922 (Alemania, Austria, Hungría e Italia); en segundo lugar, la derrota de los frentes populares en la década del 30 (España y Francia); en tercer lugar, la derrota de los movimientos de resistencia en Europa occidental en 1945-1946. El boom de la posguerra, asegura Anderson, «subordinó gradual e inexorablemente el trabajo al capital en las democracias parlamentarias establecidas».

La suma de estas derrotas condujo, rápidamente, a un desplazamiento del discurso marxista. Se pasó del sindicato y del partido a los institutos de investigación. Las condiciones de la derrota, junto con el ascenso de un régimen de Estado altamente represivo, desplazaron el discurso marxista de los espacios político-estratégicos al ámbito meramente investigativo-universitario. Con esto, asegura Anderson, se debilitan los grandes análisis económicos del capitalismo, decae el análisis del Estado burgués, desaparece la discusión estratégica socialista y, en su lugar, nace un discurso preocupado por las consideraciones filosóficas y estéticas del método marxista «de carácter más epistemológico que sustantivo».

Se trató de una verdadera hipertrofia de la estética por culpa de la atrofia de la política socialista. Sin embargo, la larga década del 70 fue agotando el grado de importancia de esta tradición. De la mano del nuevo ascenso de la lucha de clases se produjo un resurgimiento de las preocupaciones ancladas a problemas prácticos y estratégicos. Anderson circunscribe dicho resurgimiento en cuatro grandes debates: las leyes del movimiento de producción capitalista (Ernest Mandel), el debate sobre la naturaleza (capitalista) del Estado contemporáneo (Poulantzas, Miliband, Offe y Laclau), los nuevos tipos de estratificación social en el capitalismo tardío y la naturaleza de los Estados poscapitalistas del Este.

Puede decirse que la lucha revolucionaria instaura (prioriza) nuevas preocupaciones políticas e intelectuales en el marxismo. No quiere decir esto que la producción teórica asociada a las dimensiones estéticas y epistemológicas realizadas en condiciones de relativa «normalidad» y reflujo movilizatorio sean secundarias para la teoría y práctica revolucionaria. Por el contrario, son cuestiones que, mientras fortalecen el cuerpo teórico marxista, no deben representar un abandono del terreno de la lucha de clases.

Ahora bien, a pesar de esta «reunificación» del «núcleo duro» del marxismo, la reconciliación entre teoría marxista y práctica revolucionaria no fue del todo exitosa. Este fracaso obedece, a juicio del historiador inglés, a la ausencia de un pensamiento estratégico en la izquierda de los países avanzados. No habría, según esto, una estrategia los suficientemente ambiciosa alrededor de la transición de una democracia capitalista a una de tipo socialista.

Contrario a lo que afirmaba el ambiente intelectual de su época, Anderson se negó a considerar la supuesta «crisis» como una expresión de «miseria de la teoría» (una teoría sin efectos prácticos). Se trataba, más bien, de una miseria de la estrategia (vacío táctico de la práctica revolucionaria). Así las cosas, la «crisis del marxismo» era, en realidad, la crisis de un marxismo política y geográficamente delimitado: Francia, España e Italia.

Alrededor de esta área cultural y política se presentó un verdadero derrumbamiento de la tradición marxista. El recrudecimiento del anticomunismo en los gobiernos capitalistas de Francia e Italia despertaron una «generalizada renuncia al marxismo en su conjunto por parte de pensadores tanto de las generaciones más viejas como de las más jóvenes de la izquierda». Sería el mismo Althusser quien, en adelante, difundiría la idea de una «crisis general del marxismo» de la cual debía recomponerse la izquierda revolucionaria.

Precisamente en este tipo de escenarios de decaimiento y reflujo político la autocrítica representa una función clave: esta vez no para hacer una revisión interna de sus ideas o conceptos, sino para comprender las condiciones históricas y políticas que explican la derrota del movimiento obrero y revolucionario y, sobre ellas, avanzar en una nueva estrategia anticapitalista. De cierto modo, las derrotas constituyen nuevos marcos de oportunidad: evaluar los procesos revolucionarios era fundamental para construir un nuevo proyecto socialista internacional.

El dominio del (pos)estructuralismo en la izquierda y la superación marxista 

La derrota que vivía el marxismo —hasta cierto punto a causa de sus propios pensadores— demostraba que era necesario avanzar con urgencia en la reconstrucción de esa historia interna y en la reformulación de una nueva estrategia revolucionaria. En un segundo momento de su trabajo, Anderson se ocupó de tal tarea. Para el historiador inglés, el marxismo francés enfrentó, tras un largo periodo de dominación cultural e intelectual, un rival capaz de imponérsele. «Su victorioso oponente fue el amplio frente teórico del estructuralismo y, después, sus sucesores posestructuralistas».

No fue una derrota circunstancial, sino una derrota en toda regla. Las ideas estructuralistas y posestructuralistas triunfaron allí donde intelectual y culturalmente había dominado el marxismo. El cambio, según Anderson, fue virtualmente epistémico: la relación estructura-sujeto sería, en adelante, la clave para leer los procesos políticos de transformación. Hubo, en ese sentido, un paso de pensar la agencia colectiva del movimiento obrero en los procesos revolucionarios a una radical determinación por parte de las estructuras.

Sería el propio Althusser, según Perry Anderson, la prueba de esa íntima y fatal dependencia con el estructuralismo: para el primero, los sujetos serían completamente abolidos, a no ser como efectos ilusorios de unas especificas estructuras ideológicas. Ante el repliegue del «núcleo duro del marxismo» y ante la ausencia de un pensamiento estratégico, fue Althusser el llamado a explicar —en nombre del marxismo— la explosión social de Mayo del 68.

Ante la evidente ruptura histórica y ante la aparición de una nueva situación revolucionaria, Althusser estaba obligado a ajustar su teoría estructuralista concediendo un papel relativamente importante a las masas. Sin embargo, esta concesión advertía de un cierto retraso: «las masas estaban haciendo historia, aunque no la hicieran en el sentido amplío». Esta inconsecuencia fue clausurando, de manera cada vez más acelerada, el marxismo althusseriano en la Francia de mediados de los años 70.

Según Anderson, quien sí superó el desafío del 68 fue el estructuralismo. Desde ese momento, viviría un cambio decidido hacia el posestructuralismo. Para nuestro autor, tanto el estructuralismo como el posestructuralismo comparten un programa común y múltiples operaciones: en primer lugar, la exorbitancia del lenguaje; en segundo lugar, la atenuación de la verdad; en tercer lugar, la accidentalización de la historia.

El estructuralismo hizo de la lingüística la piedra angular de su teoría. La distinción saussureana entre lengua y habla fue el marco de referencia para explicar fenómenos políticos, sociales y económicos de mayor magnitud. De hecho, Lévi-Strauss se encargó de llevar este argumento al límite: la economía, desde la perspectiva del antropólogo francés, sería tan solo un intercambio de productos que ocurre dentro de un marco simbólico. Por tanto, el intercambio de productos o mujeres en redes de parentesco no es nada distinto al intercambio de palabras en el lenguaje.

Nuevamente, la izquierda vivía un proceso de desintegración del núcleo duro de las preocupaciones marxistas. Además, este tipo de apreciaciones terminaba por disminuir la radicalidad de la ola de revueltas y protestas: si la economía es sencillamente un sistema de intercambio comparable al intercambio de palabras, no hay detrás de ella un régimen de desigualdad, explotación e injusticia, sino una mala función del intercambio.

No habría necesidad, pues, de transformaciones sustanciales sino una suerte de redirección estructural. Anderson asegura que Strauss ignoraba las advertencias y límites que demarcaba el mismo Saussure en su teoría: la economía y el parentesco son inconmensurables con la red semántica y de significaciones del lenguaje. El lingüista sueco comprendía bastante bien los límites de su teoría a la hora de proponer una posible universalización.

Entre las principales debilidades de las extrapolaciones lingüísticas de Strauss, Perry Anderson destaca tres: que las estructuras lingüísticas tienen un coeficiente de movilidad excepcionalmente bajo entre las instituciones sociales; que, mientras el intercambio de palabras puede ser producido, multiplicado y modificado a voluntad (dentro de los marcos del significado), el resto de prácticas sociales están sujetas, generalmente, a las leyes de la escasez natural —los efectos del lenguaje sobre las estructuras de dominación son prácticamente nulos—; y que, por naturaleza, el sujeto del habla es siempre individual. En palabras de Anderson:

El sistema lingüístico proporciona las condiciones formales de posibilidad del habla, pero no tiene jurisdicción sobre sus verdaderas causas. Para Saussure, el patrón de las palabras habladas —la desenmarañada de la parole— caía necesariamente fuera del dominio de la lingüística: estaba relacionado con una historia más general y requería otros principios de investigación.

Dicho de otro modo, la lingüística no es una disciplina que logre explicarse a sí misma. De hecho, el propio Saussure reconoce esos límites, pero los estructuralistas terminan por extrapolar de manera abusiva sus contribuciones. Estos desplazamientos arbitrarios tienden, antes que explicar el movimiento general de la sociedad capitalista, a tipificar y clasificar (fragmentar) permanentemente los análisis sobre la sociedad.

De allí que Anderson sostenga: «la causalidad, aunque supuestamente admitida, nunca adquiere una centralidad plena en el terreno del análisis estructuralista». Este punto encierra, precisamente, la paradoja estructuralista: la historia que, en principio estaba sujeta al desenvolvimiento de las estructuras, es arrojada a la absoluta contingencia. Lo que inicialmente era un determinismo estructural queda a la suerte del absoluto relativismo.

Las transformaciones históricas más profundas son interpretadas teóricamente por el estructuralismo en términos de una ruleta múltiple en la que «la combinación ganadora que hace posibles estas sacudidas se consigue mediante una coalición de jugadores en varias ruedas, más que mediante uno solo de ellos (…) el desarrollo diacrónico es reducido al resultado fortuito de una combinación sincrónica».

Es aquí donde la interpretación del poder reticular foucaultiano gana terreno, pues «el poder pierde [desde la perspectiva (pos)estructuralista] cualquier determinación histórica: ya no hay detentadores específicos del poder, ni metas especificas a las que sirva su ejercicio». Esta voluntad absoluta del poder solo puede conducir a su propia satisfacción y, en la medida que se extienda, multiplique y descentre, creará su propio contrario. Esta concepción tiene dos implicaciones fundamentales: por un lado, desentraña la cuestión política del poder, es decir, concibe un poder sin política; por otra parte, renuncia enteramente a la posibilidad de indagar por las causas, el origen y los objetivos de ese poder.

Con esto, resulta fácil identificar por qué el estructuralismo engendró al posestructuralismo con tanta facilidad. Es cuestión de simple consecuencia lógica: al convertir la contingencia y la singularidad en el centro de análisis, el estructuralismo fundió las bases teóricas sobre las cuales el posestructuralismo disolvería el papel y función de las mismas estructuras. Anderson denomina este movimiento como «inversión estructural»: «si las estructuras existen por sí solas en un mundo situado fuera del alcance de los sujetos, ¿qué es lo que asegura su objetividad? Nunca el alto estructuralismo fue tan estrepitoso como cuando anunció el fin del hombre».

Derrida identificó tal contradicción y, antes que corregir dicha incongruencia, la profundizó. Según Anderson, el filosofo francés advirtió que al liberar las estructuras de todo sujeto, estas quedarían entregadas a su propio juego, perdiendo todo tipo de coordenada objetiva. Fue Derrida quien dio la última puntada para radicalizar la absoluta casualidad e indeterminación genética de las estructuras sociales. Así las cosas, el estructuralismo fecunda el subjetivismo sin sujeto del posestructuralismo.

Hasta aquí, hemos visto cómo en el seno de la teoría estructuralista se cultivó un movimiento intelectual absolutamente desestructurante y relativista. La promesa inicial del estructuralismo de superar la interpretación marxista frente a los acontecimientos que escurrían en la Francia del 68 terminó siendo, más que un enredijo, un callejón sin salida. El problema central, a juicio de Perry Anderson, estuvo en la adopción del modelo lingüístico como clave explicativa de los problemas sociales. En ese aspecto puntual, el estructuralismo renunció a una teoría de las relaciones sociales y tomó partido por un absolutismo retórico.

La superación marxista consiste, en ese sentido, en recuperar el sentido dialéctico de la relación estructura-sujeto. Para salir del callejón, es necesario reconocer la interdependencia entre estructura-sujeto, es decir, partir del hecho de que ambas se constituyen recíprocamente. El marxismo explica, precisamente, a la luz del desarrollo histórico capitalista, cómo ha sido esa relación tensionante. En esto, la teoría marxista vuelve a ser autocrítica: corrige el determinismo economicista que embebió a algunos autores en los 70 y reconstruye una teoría relacional y revolucionaria entre estructura-sujeto.

De la lingüística a la acción comunicativa: ¿una extensión del mismo problema? 

En el anterior apartado se comentó el ascenso y caída de las ideas (pos)estructuralistas en el ámbito de la izquierda. Sin embargo, el trabajo comparativo de Anderson sigue siendo mucho más ambicioso: para él, era necesario detenerse también en otra de las grandes figuras intelectuales del siglo XX: J. Habermas, quien representaba, a juicio del historiador inglés, el proyecto teórico más integrador y ambicioso del panorama alemán contemporáneo.

Según Anderson, Habermas comparte elementos comunes con el estructuralismo francés. El filósofo alemán parte de la idea de que Marx se equivocó al «conceder una primacía fundamental a la producción material en su definición de la humanidad como especie y en su concepción de la historia como evolución de las formas sociales». La interacción social era, para Habermas, una condición irreductible de la práctica humana. En dicha interacción hay siempre un juego de mediación simbólica que, a su vez, constituye la actividad comunicativa.

Así como la producción garantiza el control sobre la naturaleza exterior, la comunicación es el soporte de la vida y el orden social. De modo tal que el progreso económico no era condición suficiente para liberar cultural o políticamente a la humanidad. A pesar de que la interacción social no es únicamente lingüística o comunicativa, el ambiente intelectual de los años 60 y 70 tendió a identificarla como tal. En ese sentido, Habermas destacó la primacía de las funciones comunicativas sobre las productivas (la primacía del lenguaje sobre el trabajo).

Según Habermas, las principales transformaciones históricas han requerido más de regulaciones morales que del desarrollo de las fuerzas productivas. Incluso, son estas mismas regulaciones las que han permitido, a juicio del alemán, reordenar las relaciones económicas. Habermas establece ese orden de primacía en los orígenes del capitalismo, sin embargo, vale la pena destacar que, en nuestras actuales sociedades capitalistas, el sentido de primacía defendido por Habermas tiende a replantearse: pues, claramente, las transformaciones de las fuerzas económicas son superiores a la regulación moral. De hecho, buena parte de las normas y leyes son consecuencia de un profundo proceso de transformación económica.

He ahí, nuevamente, el problema de sostener una teoría sobre la autonomía de la acción comunicativa: se pretende ajustar la regla general (patrón de regularidad histórica) a la excepción. Aunque con diferencias sustanciales con el estructuralismo francés, en el fondo, hay un intento, nuevamente, de hipertrofiar lo contingente y atrofiar la regularidad histórica. Se cuestiona Anderson: ¿cuál es la relación entre el margen lógico y el registro histórico real de las sucesivas sociedades?

Para Habermas, la sucesión de transformaciones sociales en la historia es esencialmente contingente. «No existe, pues, garantía alguna de que el orden social contemporáneo corresponda al nivel más alto de desarrollo moral inscrito en la lógica procesual de la mente», argumenta Anderson. El lenguaje se transforma, además del rasgo distintivo de la humanidad, en el pagaré de la democracia. Habermas, sostiene el marxista inglés, ve en la comunicación la piedra angular de una verdad consensual.

Dicho consenso lo logran «sujetos de buena voluntad en situación de habla». La democracia sería, en ese sentido, la institucionalización de las condiciones para la práctica del habla ideal (libre de dominación). Puede verse, con esto, una relación estrecha y curiosa entre el universo habermasiano y el estructuralismo francés: «ambas empresas han representado esfuerzos sostenidos por erigir el lenguaje como árbitro y arquitecto último de toda sociabilidad».

Cabe señalar además que, en ambos casos, la representación del lenguaje como elemento constitutivo de la sociabilidad termina por hacer abstracción del curso de la lucha de clases y su carácter irreconciliable. Es decir, ambas propuestas pierden de vista el conflicto como principio del cambio y de la transformación política. Por esta razón, Anderson no duda en afirmar que la confusión del paradigma del lenguaje radica «en el desplazamiento del medio al fundamento». Sin embargo, el lenguaje en Habermas, a diferencia del estructuralismo francés, procura restaurar el orden de la historia, asegurar los fundamentos de la moral y forjar los elementos de la democracia.

Pese a todas las limitaciones compartidas de su modelo lingüístico común, lo sorprendente en Habermas es la coherencia y fidelidad de su compromiso con su propia versión de un socialismo al estilo con su propia versión de la Escuela de Francfort, sin vacilaciones si sobresaltos, en los últimos veinticinco años.

Mientras muchos intelectuales saltaban del pensamiento radical y emancipador al anticomunismo de la Guerra Fría, Habermas se mantuvo firme en su proyecto frente a las purgas represivas del Berufsverbot. A pesar de que su compromiso nunca fue revolucionario y no se sobrepuso al impacto del 68, la empresa habermasiana no se vio doblegada por las consecuencias de aquel acontecimiento. Aún así, la propuesta habermasiana no pudo explicar, por sus mismas contradicciones, cómo la aparición de un agente colectivo convierte la deslegitimación del orden social existente hacia una nueva legitimidad de un orden socialista. En esto, el marxismo seguía teniendo una mayor capacidad explicativa.

Las oportunidades del socialismo: una nueva brújula para el materialismo histórico

El recorrido de Perry Anderson mostró los diversos campos de batalla que libró el socialismo y el materialismo histórico en el transcurso del siglo XX. Tras el proceso de desestalinización de la sociedad soviética se creyó abrir una ventana de oportunidad para el socialismo; sin embargo, esta aspiración rápidamente se diluyó con la redirección conservadora del régimen. El ascenso de la revolución cultural en China pretendió superar el desanimo y los errores del socialismo soviético; no obstante, la imagen de un proceso revolucionario solidario con los pueblos y las causas del Tercer Mundo prontamente se desvaneció.

Para Anderson existe una evolución desde el maoísmo al eurocomunismo. Ambas experiencias, a pesar de sus diferencias tácticas, compartían un rechazo común al socialismo soviético. En el caso del eurocomunismo, se proponía una vía pacífica, gradual y constitucional al socialismo. Finalmente, el resultado fue desalentador: la expectativa electoral de gobiernos de coalición se hizo agua con la derrota de varios de ellos en Francia y España. La disputa interna dentro del Estado capitalista y sus múltiples derrotas habían generado un efecto desmoralizador en el movimiento obrero.

Es en este punto donde Anderson ubica la «crisis del marxismo»:

Lo que la desencadenó fue una doble decepción: ante la alternativa de China, primero, y de Europa occidental, después, (…). Cada una de esas alternativas se había presentado como una nueva solución histórica, capaz de superar los dilemas y evitar los desastres de la historia soviética; todos sus resultados, sin embargo, resultaron ser un retorno a callejones sin salida ya familiares. El maoísmo desembocó en poco más que un truculento jruschovismo oriental. El eurocomunismo cayó en lo que parecía más una versión de segunda clase de la socialdemocracia occidental, vergonzante y subordinada a la II internacional.

El reformismo socialdemócrata aportó, en ese sentido, pocas novedades al desarrollo del marxismo de los años 60. Incluso, asegura Anderson, en el campo de la estrategia revolucionaria no se produjo ninguna obra significativa. El ascenso de la lucha revolucionaria no se tradujo en una reunificación entre la teoría marxista y la práctica popular o, mejor, «el circuito que las unía no era predominantemente revolucionario, sino reformista». De modo que el reformismo fue el eje estratégico del movimiento obrero durante la expansión del eurocomunismo.

El curso de acontecimientos de esta experiencia no condujo, de ninguna forma, a la renovación del pensamiento estratégico. De hecho, según Anderson, la literatura crítica del eurocomunismo (especialmente el trotskismo de Ernest Mandel) dejó sin solucionar el problema estratégico y el sentido del proyecto alternativo y anticapitalista en Occidente: «este bloqueo provenía de una excesiva adhesión imaginaria al paradigma de la revolución de Octubre, realizada contra el cascarón de una monarquía feudal y demasiado distante como referencia teórica de los contornos de una democracia capitalista».

Por esta razón, el problema estratégico sigue siendo, en nuestros días, como ha sido desde hace más de cinco décadas, el problema nodal del marxismo occidental. Anderson sugiere algunas preguntas en ese sentido: ¿cómo pueden ser superadas la estructuras flexibles y duraderas del Estado burgués e infinitamente rígidas en su preservación de la coacción de la que depende en última instancia? ¿Qué bloque de fuerzas sociales puede ser movilizado, y de qué forma, para hacer frente a los riesgos que conlleva la desconexión del ciclo de acumulación del capital en nuestra integrada e intrincada economía de mercado?

Una vez más, estos cuestionamientos nos recuerdan que el problema entre estructura y sujeto (estructuras de poder político y económicamente efectivas) es un problema tanto de la teoría crítica como de la más concreta de las prácticas. En este terreno, fundamentalmente, el marxismo debe ser autocrítico para vincular la teoría histórica del desarrollo social al horizonte socialista, lo que implica claramente reconocer las contradicciones del presente y la dependencia relativa con las estructuras del pasado. He ahí la perspectiva de futuro de la actual lucha obrera y revolucionaria.

 

Daniel Bensaïd renovó el marxismo para el siglo XXI

Por Darren Roso

Traducción: Florencia Oroz

El marxista francés Daniel Bensaïd abordó la historia de las derrotas del socialismo y trazó una hoja de ruta para el presente. El resultado fue una brillante reformulación del marxismo que puede guiar a los movimientos de izquierda de hoy en sus luchas.

Daniel Bensaïd señaló en una ocasión que la era del «maestro pensador» en el marxismo europeo, representada por figuras como Jean-Paul Sartre o Georg Lukács, había pasado: «Y esto es más bien algo bueno: un signo de la democratización de la vida intelectual y del debate teórico». Sin embargo, el propio Bensaïd destaca claramente como uno de los pensadores marxistas más importantes de la última generación.

Antes de su muerte en 2010, Bensaïd publicó una extraordinaria secuencia de libros y ensayos en los que exploraba las principales cuestiones políticas y teóricas a las que se enfrenta el marxismo actual. Lo hizo en un contexto intelectual francés en el que la amarga hostilidad hacia las ideas marxistas se había convertido en la norma, a menudo expresada por veteranos de 1968 que, a diferencia de Bensaïd, habían renegado de sus compromisos anteriores.

Parte de la obra de Bensaïd se ha traducido al inglés, en particular Marx for Our Times: Adventures and Misadventures of a Critique y sus memorias, An Impatient Life. Sin embargo, la mayoría de sus escritos siguen siendo inaccesibles para el público anglófono. Este ensayo ofrece una breve visión general de los principales temas articulados por Bensaïd en su intento de renovar la teoría marxista para que pudiera procesar las derrotas y decepciones del siglo pasado y proporcionarnos una hoja de ruta intelectual para el presente.

Una vida política

Nacido en 1946, Bensaïd pasó sus años de formación en el café de su madre, Le Bar des Amis, en Toulouse, justo al norte de Barcelona, si se hubieran cruzado los Pirineos. Veteranos de la Guerra Civil española, comunistas franceses, obreros y antifascistas italianos frecuentaban el café. Era un lugar de encuentro de radicales obreros de distintos lugares y tradiciones.

En Le Bar des Amis, Bensaïd aprendió la cultura de la conversación entre radicales, pero también las posturas políticas que adoptó su madre, como ir a la huelga cuando el gobierno de Francisco Franco asesinó al dirigente comunista español Julián Grimau. En sus memorias contrastó su propia perspectiva de la clase obrera con la de los intelectuales franceses de extracción social elitista que empezaron idealizando a la clase obrera desde lejos antes de renunciar a sus convicciones izquierdistas cuando sus miembros no pudieron estar a la altura de sus expectativas poco realistas. Bensaïd plasmó su relación real con la clase obrera de la siguiente manera:

Mis años de aprendizaje en el bar me sirvieron para inmunizarme contra ciertas mitologías que florecieron en torno a 1968. No me reconocí en el culto religioso del proletario rojo, en las genuflexiones de los noviciados maoístas y sus himnos al Pensamiento Mao Zedong (no más, de hecho, que en la edificante vida de San Maurice Thorez o San Jacques Duclos). Las personas de mi infancia no eran imaginarias, sino de carne y hueso. Eran capaces de lo mejor y de lo peor, de la dignidad más noble y del servilismo más abyecto. Pierrot, el tirador comunista résistant, estaba tan sometido a su patrón que los domingos llevaba sus caballos al hipódromo ¡por nada! Los mismos individuos, según las circunstancias, eran capaces del valor más sorprendente o de la cobardía más desoladora. No eran héroes, sino personajes tragicómicos llenos de arrugas y contradicciones, ingenuidad y superchería. Pero eran «mi gente». Me había puesto de su parte.

Durante la juventud de Bensaïd, Francia estaba inmersa en su brutal embestida contra la lucha argelina por la independencia. Bensaïd creó un grupo de jeunesse communiste en su liceo al día siguiente de que la policía parisina golpeara y asfixiara hasta la muerte a nueve comunistas en febrero de 1962 en la estación de metro de Charonne. La policía infligió la violencia en una manifestación contra la campaña de atentados terroristas orquestada por los matones fascistas de la Organisation armée secrète (OAS).

La afiliación de Bensaïd al Partido Comunista Francés (PCF) solo duró hasta 1965. Fue expulsado junto con otros estudiantes, y pasó a fundar un pequeño grupo llamado Jeunesse Communiste Révolutionnaire (JCR), junto con figuras como Henri Weber y Alain Krivine. La JCR desempeñó un papel fundamental en los acontecimientos de mayo de 1968 y en las trayectorias posteriores de la izquierda radical francesa.

Mayo del 68 tuvo un impacto electrizante en Francia y en todo el mundo. Una convergencia de estudiantes y trabajadores paralizó el país con la mayor huelga general de la historia de Francia. Bensaïd se curtió en estos acontecimientos, pasando a la clandestinidad con Weber para eludir las detenciones, alojándose en el apartamento de la novelista Marguerite Duras. Casualmente, Bensaïd estaba escribiendo una tesis sobre la noción de crisis revolucionaria de Lenin bajo la supervisión de Henri Lefebvre, el gran filósofo marxista de los años de entreguerras.

Teoría en un clima frío

Bensaïd y la JCR hicieron todo lo posible por construir a partir del movimiento estudiantil radicalizado y trataron de forjar vínculos con los radicales de la clase obrera. Entraron en la década de 1970 con la sensación de que los tiempos estaban cambiando y de que la revolución volvía a estar a la orden del día. En 1974, lanzaron la Ligue Communiste Révolutionnaire (LCR) después de que las autoridades francesas prohibieran su predecesora. La LCR se convirtió en una de las principales fuerzas de la izquierda radical francesa.

Con la huelga general de 1968, seguida de luchas clave como la ocupación en 1973 por los relojeros de la fábrica LIP de Besançon, estaba claro que los trabajadores tenían potencial para transformar la sociedad. Se derrumbaban las ideas de que la clase obrera industrial de los países capitalistas avanzados estaba liquidada e inmóvil.

Sin embargo, el potencial de la clase obrera no se hizo realidad en Francia durante los años 70 y posteriores. El Partido Socialista (PS) se convirtió en la fuerza dominante de la izquierda pocos años después de Mayo del 68. François Mitterrand llegó al poder en 1981, prometiendo inicialmente reformas radicales antes de imponer rápidamente un giro hacia la austeridad. Bensaïd tuvo que reflexionar sobre el significado de las derrotas sufridas por el movimiento obrero y la izquierda fuera del PS y el PCF.

En la escena internacional, se interesó vivamente por la construcción del Partido de los Trabajadores de Brasil en oposición a la dictadura militar, viajando a América Latina para participar en debates con camaradas brasileños de la LCR en la IV Internacional. Sin embargo, hacia finales de los años 80, Bensaïd contrajo el SIDA y ya no pudo viajar como antes. Con el estímulo del periodista Edwy Plenel, Bensaïd inició un giro hacia el trabajo literario y teórico, habiéndose concentrado anteriormente en las publicaciones del partido.

Este giro dio lugar a un salto cualitativo de iluminación teórica. La creatividad de Bensaïd cambió el terreno de la teoría marxista, descubriendo muchas posibilidades para una nueva generación que se encontraba con el marxismo por primera vez. La renovación de Bensaïd recorrió tres caminos: la historia y la memoria, la teoría marxista y una articulación de la política profana. Cada uno de estos caminos se cruzó en el esfuerzo de Bensaïd por hacer dialogar una interpretación filosófica del marxismo con las estrategias políticas para derrocar al capitalismo.

En la senda de Benjamin

En el campo memorialístico de la historia y el recuerdo, las obras más significativas de Bensaïd fueron su estudio sobre Walter Benjamin, su libro sobre la Revolución Francesa (narrado en primera persona del singular, la voz de la Revolución) y su conmovedor libro sobre Juana de Arco, que es un testimonio de los esfuerzos por honrar con fidelidad las convicciones revolucionarias juveniles en un contexto de triunfo neoliberal.

A lo largo de estos libros podemos ver un hilo conductor en la determinación de representar la historia de un modo distinto a como la había concebido una generación anterior de marxistas. Los escritos de Bensaïd sobre la historia y la memoria fueron importantes, sobre todo en relación a la observación de Perry Anderson en el epílogo de Consideraciones sobre el marxismo occidental acerca de que la idea misma de historia no había sido debidamente dilucidada, deliberada y explorada en la tradición marxista.

Aunque no enmarcó su obra como una respuesta directa a Anderson, Bensaïd desarrolló la noción de bifurcación histórica (la ramificación de la historia). Al hacerlo, se apartó de la idea de la historia vigente en gran parte de la tradición trotskista, que había unido inadecuadamente la ciencia y las leyes de la historia al sugerir que, de algún modo, la historia trabajaba hacia el comunismo como un resultado predestinado. Bensaïd rompió con esta ilusión insistiendo en que la historia no conoce calles de sentido único.

En este contexto, criticó «cierto tipo de optimismo sociológico» que había prevalecido entre los marxistas: «la idea de que el desarrollo capitalista trae consigo casi mecánicamente el crecimiento de una clase obrera cada vez mayor, cada vez más concentrada, cada vez más organizada y cada vez más consciente». Para Bensaïd, esto obviaba el duro trabajo de la organización política, que no tenía resultados predeterminados:

Un siglo de experiencias ha dejado clara la magnitud de las divisiones y diferenciaciones en las filas del proletariado. La unidad de las clases explotadas no es un hecho natural, sino algo por lo que se lucha y se construye.

Su aproximación a la historia tomó lo que él denominó la «senda de Benjamin», a través de la cual intentó salvar la primacía de la acción política frente a las deformaciones estalinistas del marxismo. Bensaïd plasmó este movimiento en su autobiografía, recordando cómo el rastro de Benjamin había revelado un «paisaje de pensamiento» que resultaba «desconcertante para un marxista ortodoxo», poblado por figuras como Auguste Blanqui, Charles Péguy, Georges Sorel y Marcel Proust:

Para Péguy, socialista militante, el supuesto sentido de la historia solo podía servir para distraernos de una imperiosa responsabilidad aquí y ahora. No podía liberarnos, en nombre de leyes históricas abstractas, de la cita del presente. Nadie puede sustraerse al temible deber de decidir faliblemente, humanamente, en la carne. A riesgo de perderse a sí mismo. El socialismo no es una tierra prometida, un juicio final, una meta final y cerrada de la humanidad. Permanece «ante el umbral», apoyado en lo desconocido, en la inquietud del presente y en el «poder de la disidencia histórica».

El «poder de la disidencia histórica» fue un rasgo básico de la trayectoria benjaminiana de Bensaïd, implicando la memoria de las tradiciones de los oprimidos. La fidelidad a esos pasados acompañó a Bensaïd, desde la resistencia anticolonial de las luchas indígenas hasta la Oposición de Izquierda contra el estalinismo y las víctimas del Holocausto nazi, el terror franquista o la represión dictatorial en gran parte de América Latina que acabó con una generación. Esto le llevó a centrar su trabajo en torno a una forma de memoria capaz de entretejer las tradiciones de los oprimidos, formulando un campo de la memoria que impone un deber en el presente.

Un Marx plural

La reconfiguración de Bensaïd del pensamiento histórico y la memoria tomó forma en el plano de la metáfora, iluminando expresiones de la teoría marxista que podían identificar y superar los puntos frágiles del marxismo. Pasó gran parte de la década de 1980 enseñando en la Universidad de París 8, trabajando con sus alumnos la inacabada crítica de Marx a la economía política. Los resultados más notables de este trabajo fueron el libro Marx, Intempestivo, junto con La discordance des temps: Essais sur les crises, les classes, l’histoire.

En cierto modo, la reinterpretación metafórica del «materialismo histórico» que Bensaïd emprendió en el camino de Benjamin desembocó en una presentación de las obras clave de Marx de carácter teórico. Reunió los elementos, centrados principalmente en el tiempo, para otra forma de interpretar el materialismo histórico.

La interpretación de Bensaïd apareció junto a otros esfuerzos por ampliar la comprensión de Marx más allá de la imagen homogénea del marxismo como sistema cerrado de pensamiento. Ahora es habitual, al menos en la izquierda continental y anglófona, rechazar la idea del marxismo como doctrina unificada. Esto nos permite hoy tomarnos en serio y sin resistencias dogmáticas los caminos abiertos por la crítica de Marx.

Como dijo Bensaïd en una entrevista de 2006 cuando le preguntaron qué cosas de la «herencia marxista» seguían siendo válidas:

No hay una herencia, sino muchas: un marxismo «ortodoxo» (de partido o de Estado) y marxismos «heterodoxos»; un marxismo cientificista (o positivista) y un marxismo crítico (o dialéctico); y también lo que el filósofo Ernst Bloch llamó las «corrientes frías» y las «corrientes calientes» del marxismo. No se trata simplemente de lecturas o interpretaciones diferentes, sino de construcciones teóricas que a veces sustentan políticas antagónicas. Como Jacques Derrida repetía a menudo, el patrimonio no es algo que pueda transmitirse o conservarse. Lo que importa es lo que sus herederos hacen con él, ahora y en el futuro.

Por supuesto, la pluralidad de descripciones e historias que se pueden contar sobre la teoría marxista tiene el efecto de reavivar y desarrollar la teoría. Sin embargo, no se trata de un pluralismo del «todo vale», en el sentido de que la fidelidad a los textos del propio Marx sigue siendo crucial. Además, los argumentos políticos y la práctica siguen siendo una prueba extrateórica para el pensamiento.

Contretemps

Cuando examinamos las intervenciones teóricas emblemáticas de Bensaïd, la noción de contretemps pasa a primer plano. Se trata de reflexionar sobre la organización antagónica del tiempo. Para Bensaïd, esto significaba interpretar El capital para exponer la compleja multiplicidad de los tiempos tal y como los organiza el capitalismo.

Leer a Marx desde el punto de vista de la temporalidad condujo al encuentro con una teoría intempestiva que no estaba en perfecta sincronía con el propio tiempo de Marx. Esta no sincronicidad significaba que se podía continuar siguiendo la obra de Marx, encontrando en ella una forma científica única de pensar sobre el capitalismo, las luchas de clases y las complejidades del mundo moderno si se quería luchar por el socialismo.

El siguiente pasaje da una idea del argumento que Bensaïd quería transmitir sobre la organización del tiempo y El capital:

El tomo 1 desvela el secreto de la plusvalía. El tomo 2 revela la forma en que ésta se realiza a través de la alienación. Su transfiguración en ganancia constituye el centro del Volumen 3, sobre «el proceso de producción capitalista en su conjunto», o proceso de reproducción. Solo aquí aparecen las formas concretas que genera «el movimiento del capital considerado en su conjunto». De este modo, la crítica de la economía política resulta ser tanto una lógica como una estética del concepto, yendo «hasta el malestar interno de todo lo que existe». En su arquitectura global, El capital se presenta como una organización contradictoria de los tiempos sociales. Marx realizó aquí un trabajo pionero.

Las temporalidades del capitalismo también están conformadas por clases en lucha. La orientación de Bensaïd hacia Marx se centraba en la comprensión de las clases en términos de sus luchas, no como datos sociológicos manipulables por la sociología burguesa.

Significativamente para Bensaïd, el trabajo pionero de Marx sobre la organización capitalista del tiempo exigía una deconstrucción de la idea de que Marx era un filósofo de la historia. Gran parte del marxismo del siglo XX había permanecido confuso sobre este punto, que Bensaïd aclaró mostrando que el enfoque de Marx sobre la historia, basado en el materialismo y la crítica de la economía política, no era una filosofía.

Por el contrario, insistió en la forma en que surgen en la historia las crisis del capitalismo, que deben abordarse mediante la acción política sin el consuelo de un relato filosófico sobre la historia. Esto iba de la mano de la noción de bifurcación de Bensaïd mencionada anteriormente. La deconstrucción de Marx como filósofo de la historia implicaba descartar la creencia de que la historia se regía por leyes generales que le permitirían llegar, finalmente, a un destino socialista.

La política profana

Podemos comprender la especificidad de Bensaïd como marxista si lo comparamos con la caracterización que hace Perry Anderson del marxismo occidental. En el esquema de Anderson, el rasgo definitorio del marxismo occidental fue la retirada de la política revolucionaria, la deliberación estratégica y la crítica de la economía política, para huir en su lugar hacia la filosofía y la estética. El precio de esta concentración en el pensamiento filosófico fue el abandono del pensamiento político y de los análisis necesarios de las coyunturas en las que operaban los marxistas.

Bensaïd no encaja en el esquema de Anderson del marxismo occidental, en buena medida porque gran parte de su obra estaba dedicada a un elogio de la política profana apuntalado por la crítica de la economía política y el diagnóstico del presente histórico en el que operaba. De producción desigual, entre los principales escritos de Bensaïd en este terreno figuran La Révolution et le pouvoir, Le Pari mélancolique: Métamorphoses de la politique, politique des metamorphoses y Elogio de la política profana.

Cada uno de estos libros tiene el mérito de combinar debates políticos y estratégicos, diagnósticos de la coyuntura capitalista y las tendencias de la reflexión teórica y filosófica contemporánea. El arco de cada obra se desarrolla esencialmente hacia la política y la transformación revolucionaria.

Los caminos metafóricos y teóricos de Bensaïd le condujeron hacia la primacía de lo que él llamaba «política profana». Se trata de un término muy apreciado por Bensaïd, precisamente porque era una forma de política sin ilusiones sobre la historia como proceso automático, en la que la acción y la responsabilidad políticas seguían siendo vitales y ciertamente ganaban en sustancia.

Al aceptar las consecuencias imprevisibles de la acción política y defender la necesidad revolucionaria de transformar el mundo, la obra de Bensaïd aportó al marxismo la idea de la apuesta melancólica. Esencialmente, se trataba de una evolución de la famosa apuesta del filósofo francés del siglo XVII Blaise Pascal, que sostenía que una persona racional debía actuar partiendo del supuesto de que Dios existe. Si apostaba correctamente, recibiría la vida eterna; si, por el contrario, apostaba por la inexistencia de Dios y se equivocaba, el precio sería la condenación eterna.

Reformulada en términos materialistas, la apuesta de Bensaïd era la siguiente. Si apostamos a que el socialismo es posible, entonces podemos hacer realidad la abolición de las clases. Si apostamos que el socialismo es imposible, y no luchamos por él, entonces continuará la dominación de clases, y el capitalismo destruirá las vidas humanas y el planeta del que dependen.

Para Bensaïd, esta forma de expresar nuestro dilema nos permite conservar la esperanza en una transformación socialista de la sociedad, reconociendo al mismo tiempo las posibilidades de fracaso. Significa establecer una relación recíproca entre esperanza y fracaso que la experiencia política podría resolver en la dirección de un futuro socialista.

El neoliberalismo destruye la innovación científica

Por Simon Grassmann

Traducción: Florencia Oroz / Jacobinlat.com

En las últimas décadas, los científicos han realizado cada vez menos avances innovadores. La culpa la tiene el modelo académico, cada vez más competitivo y basado en métricas, que desalienta la creatividad y la asunción de riesgos.

Cuando pienso en ciencia «disruptiva», recuerdo al primer científico pionero que vi: el difunto premio Nobel Oliver Smithies. En la presentación que le escuché, reflexionó sobre su vida y aconsejó a jóvenes científicos sobre sus carreras. «Muy a menudo las ideas para investigar surgen de nuestras experiencias o recuerdos», dijo. «Solo hace falta un momento para que surja la idea, pero a veces hace falta toda una vida para demostrar que funciona».

Smithies pensaba que era importante perseguir pacientemente las grandes ideas, aunque eso supusiera largos periodos de baja productividad. El consejo era estupendo, pero seguirlo hoy sería probablemente un suicidio profesional.

Smithies se doctoró en un tema que no interesaba a nadie. Inventó una máquina, el osmómetro, un aparato para medir la concentración de partículas en una solución, que nadie acabó utilizando. La publicación de su tesis apenas fue citada por otros científicos. Pero para Smithies, este momento de científico en formación fue crucial: adquirió independencia y aprendió a investigar correctamente.

Tras su tesis, decidió cambiar totalmente de rumbo y estudiar la insulina. Su investigación fracasó en gran medida a la hora de aportar nuevos conocimientos, pero en sus proyectos paralelos hizo su primer descubrimiento «disruptivo». A partir de las observaciones que hizo viendo a su madre lavar la ropa cuando era niño, Smithies desarrolló geles de almidón para la purificación de proteínas. Estos geles serían la base de uno de los métodos más transformadores de la biología molecular: el Western blot. En la actualidad, los Western blots se realizan con regularidad en laboratorios de todo el mundo y suelen ser el paso previo para muchas incursiones en nuevas investigaciones científicas.

Aunque es difícil pensar en una contribución más digna, Smithies nunca ganó el Premio Nobel por el Western blot. En cambio, recibió el premio por otra cosa, después de volver a cambiar de campo. Smithies recibió el Nobel por el primer enfoque exitoso de la selección de genes en ratones.

Según un estudio reciente, los descubrimientos disruptivos como los de Smithies han disminuido drásticamente en las últimas décadas. Los artículos y patentes disruptivos se definen como publicaciones que cambian la dirección de un campo, redefinen la ciencia ya existente y tienen el potencial de transformar nuestra comprensión del mundo, incluido lo que se enseña en los cursos de introducción a la ciencia en todo el mundo. Los datos de los autores son convincentes: tales disrupciones en la ciencia han experimentado un descenso constante y pronunciado en las últimas décadas.

Cuando la ciencia aún era disruptiva

¿Por qué la ciencia es cada vez menos disruptiva? La reciente publicación de Michael Park, Erin Leahey y Russell J. Funk en Nature suscitó un animado debate en la comunidad científica. Muchos creen que es una característica inherente al campo que los hallazgos más disruptivos se produzcan en el momento de la concepción de nuevas áreas de estudio: avances «al alcance de la mano». Pero los autores sostienen que tales hipótesis no explican adecuadamente sus observaciones. En su lugar, sugieren varios problemas sistémicos que pueden explicar el declive de la capacidad disruptiva, como el hecho de centrarse en la cantidad de publicaciones en lugar de en la calidad.

En mi opinión, los principales problemas que conducen al declive de la «ciencia disruptiva» son estructurales. El principal es el carácter cada vez más competitivo y basado en métricas del mundo académico. Aunque este sistema pretende ofrecer criterios objetivos de mérito científico, en realidad resta la libertad necesaria para la ciencia disruptiva e incentiva a los investigadores a aumentar sus «puntuaciones de éxito» en lugar de centrarse en la ciencia innovadora.

Hoy en día, una carrera como la que describe Smithies es impensable. Los científicos no cambian el enfoque de su investigación. Más bien, tienden a ser cada vez más estrechos en su investigación, algo que Park et al. cuantifican. También es casi imposible tener una carrera científica sin publicar artículos importantes a cada paso del camino.

Publicar o perecer

¿Por qué los científicos de hoy en día evitan tomarse la libertad que Smithies consideró tan crucial para su propia carrera? La razón por la que es tan raro que los científicos se tomen un año sabático o cambien de campo es sencilla: están atrapados en un sistema de competencia brutal. Si te tomas un descanso o no publicas durante un tiempo, estás fuera.

En un elegante artículo, la socióloga francesa Christine Musselin muestra cómo la competencia llegó a estructurar la ciencia académica. La competencia entre universidades por el estatus se convierte en una rivalidad alimentada por el Estado como «organizador de la competencia».

Al principio, el Instituto Nacional de Salud (NIH) concedía financiación sobre todo a centros o proyectos comunes («subvenciones P01»). En la década de 1970, este sistema de financiación fue rápidamente sustituido por subvenciones para investigadores individuales concedidas en concursos cada vez más estandarizados («subvenciones R01»). Mediante el mecanismo de una «tasa de costes indirectos», parte del dinero que los investigadores individuales reciben de estas subvenciones va a parar a sus universidades. De este modo, la financiación federal de las universidades pasó a depender de los buenos resultados que obtuvieran sus investigadores en los concursos para obtener subvenciones federales.

En teoría, las contiendas entre científicos no tienen por qué ser algo malo. Como dice Musselin, la competencia existía en la ciencia incluso cuando era más disruptiva. Lo que cambió fue la naturaleza de esta competición entre científicos. En la búsqueda de medidas que las universidades y el Estado puedan utilizar para clasificar a sus competidores, estas instituciones buscan métricas objetivas de la calidad de los investigadores. Es este intento de «objetivar al genio» lo que acaba erosionando la ciencia disruptiva.

Estas métricas se basan en las publicaciones de los investigadores. Algunas mediciones, como el Índice H, miden la frecuencia con la que las publicaciones de un científico son citadas por otros científicos. Otras, como el «factor de impacto», utilizan como indicador el registro de citas de las revistas en las que publica el científico. El valor «objetivado» de los investigadores no solo ha servido para las clasificaciones universitarias, sino que también ha llegado a determinar la distribución de las subvenciones federales y los puestos de profesorado.

A primera vista, el sistema parece una forma elegante de abordar un problema que probablemente era aún peor en el pasado: si atribuimos puntuaciones objetivas de calidad a los científicos y las utilizamos, por ejemplo, para distribuir los puestos de profesor, dependemos menos de decisiones subjetivas, que pueden permitir el nepotismo y los prejuicios individuales para determinar quién avanza. Pero el descenso medido de la ciencia disruptiva sugiere que el sistema no funciona realmente como se pretende. Al contrario, crea incentivos que son veneno para la investigación innovadora.

El «laboratorio productivo»

Una vez que una carrera depende de un sistema de puntuación, los investigadores tratarán de optimizar sus puntuaciones. En lugar de una competición por hacer la mejor ciencia, los científicos cazan «puntos de impacto».

¿Cómo se llega a ser el mejor puntuado? En primer lugar, se obtiene una mejor puntuación cuando se aumenta la producción de artículos. La forma más fácil de aumentar esa producción es contratar a personas cuyo trabajo y capacidad intelectual le permitan producir más artículos por los que obtendrá reconocimiento.

El incentivo para los profesores es claro: consiga el mayor número posible de trabajadores subordinados y tendrá más publicaciones. Cierta característica del sistema de publicación garantiza que contratar a más aprendices nunca sea perjudicial: la división entre «primer» y «último» autor. Los profesores obtienen su moneda por ser últimos autores (el último nombre en la lista de personas que publican el artículo), mientras que los trabajadores reciben créditos de primer autor. Para los investigadores, «último autor» significa «esta persona es el cerebro del estudio», y «primer autor» significa «esta persona hizo el trabajo práctico».

El ejemplo de Smithies demuestra que los científicos disruptivos necesitan libertad para plantearse cuestiones por curiosidad. Smithies tenía esa libertad porque sus profesores, en todas las etapas de su carrera, le veían como a un compañero y no como a un empleado. En los laboratorios modernos con profesores que adoptan plenamente el modelo de competencia en el mundo académico, los jóvenes investigadores son empleados, no compañeros.

Como sugiere un comentario reciente en el debate en torno a la ciencia disruptiva, los jóvenes científicos se centran hoy en día en un «enfoque ejecutivo y basado en los resultados» en lugar de dedicarse a la investigación creativa impulsada por la curiosidad. En mi opinión, este cambio en la formación de los jóvenes investigadores no se debe a estilos de enseñanza erróneos. Por el contrario, es la consecuencia lógica de la transformación de la relación profesor-formando, alimentada por el actual esquema de competencia en la ciencia.

Productividad y especialización

El énfasis en la «productividad de la investigación» no solo determina la forma de actuar de los científicos senior, sino que también restringe fundamentalmente a los científicos junior. Estas restricciones son más evidentes en el punto de transición entre aprendiz y profesor.

Para ser profesor, hay que conseguir «becas de inicio». En Estados Unidos, la principal beca inicial en ciencias biológicas es la K99 de los NIH. Para recibir una beca K99, tienes que demostrar tu productividad. Y tu productividad se demuestra con publicaciones a lo largo del tiempo.

Para medir esta productividad, necesitas un plazo de tiempo determinado. Los científicos noveles solo pueden solicitar una beca K99 durante los tres primeros años y medio de su posdoctorado. Durante este tiempo, los científicos tienen que demostrar su productividad con artículos como primeros autores.

Pero los distintos tipos de investigación no son racionalmente comparables de este modo. Digamos que hay dos investigadores: uno es un biólogo computacional que utiliza datos preexistentes para su investigación y el otro investigador estudia el efecto del envejecimiento del sistema inmunitario y debe realizar sus propios experimentos. El biólogo computacional no tiene problemas para publicar en tres años y medio. Pero para el investigador centrado en el envejecimiento, cada experimento le lleva un año. A menos que tengan mucha suerte, no hay forma de que puedan publicar a tiempo.

Debería ser obvio que las limitaciones de tiempo como las impuestas por la necesidad de ganar subvenciones de inicio seleccionan un determinado tipo de investigación. El investigador interesado en el envejecimiento probablemente tendrá que elegir entre proseguir su investigación impulsada por la curiosidad y arriesgar su carrera, o perseguir un proyecto que sea «factible» para publicar más artículos rápidamente. Por desgracia, la ciencia más fácilmente publicable es probablemente la menos perturbadora. La probabilidad de publicar es mayor si se sigue la investigación de su supervisor y se estudian cuestiones que arrojan resultados predecibles.

Las restricciones impuestas a los investigadores por la «viabilidad» y la «productividad» no se limitan a las subvenciones iniciales: los NIH enumeran explícitamente la «viabilidad» como uno de los criterios clave en la evaluación de todas las subvenciones. Detrás de esta decisión se esconde una valoración de la «productividad» por encima de la «creatividad» en la estructura competitiva del mundo académico.

El corsé neoliberal

Los incentivos que se derivan del modelo competitivo del mundo académico moderno limitan la libertad de los investigadores de un modo que suprime la ciencia disruptiva. Pero, ¿cómo podemos deshacerlo? Un primer paso es entender por qué el mundo académico se transformó de esta manera en primer lugar. Y en el centro de esta transformación está la neoliberalización de la ciencia.

El punto de vista imperante del capitalismo neoliberal dice que una competencia (supuestamente) meritocrática es la mejor manera de estructurar la sociedad y maximizar el crecimiento económico. La objetivación del valor de la investigación es una forma del fenómeno más amplio de la mercantilización en constante expansión bajo el capitalismo; la transformación de los aprendices en manos de alquiler es un ejemplo de la alienación descrita por Karl Marx, en la que los trabajadores son separados de los frutos de su propio trabajo y de su control sobre el proceso productivo. Y detrás de los métodos actuales de evaluación de la «viabilidad» de la investigación científica, podemos encontrar las mismas prácticas que despliegan las instituciones financieras para el «análisis de riesgo» de las inversiones.

Enfrentarse a una catástrofe climática y a una crisis en la distribución de la riqueza debería hacernos repensar este enfoque de la organización de la vida social. Pero para la ciencia, el problema es evidente: la estructura de un mercado competitivo no favorece en primer lugar una buena investigación.

En primer lugar, la objetivación de la exploración y la innovación científicas de la forma que exige el capitalismo no favorece los avances científicos, porque la mayoría de los descubrimientos revolucionarios, por su naturaleza, son impredecibles. Por ejemplo, cuando Francis Mojica empezó a estudiar patrones repetitivos en el ADN de las bacterias, a nadie le importó. Las grandes revistas se negaron a publicar sus hallazgos. Hoy sabemos que ese trabajo fue, de hecho, la base de quizá el mayor descubrimiento de la biología moderna: las tijeras genéticas CRISPR/Cas9, que están revolucionando la biología molecular y las ciencias de la vida.

En segundo lugar, la transformación de la relación mentor-aprendiz de igual a igual en jefe-trabajador asalariado tampoco tiene mucho sentido para el mundo académico a gran escala: los aprendices de hoy son los profesores de mañana. Suprimir la autonomía y la creatividad de los aprendices convirtiéndolos en trabajadores asalariados es perjudicial para la futura generación de profesores, que entonces habrán perdido su capacidad de pensar creativamente y habrán sido entrenados para tomar opciones menos arriesgadas.

Por último, si aceptamos que los avances son impredecibles, debemos comprender que la buena ciencia nunca puede «cuantificarse» como un producto. La ciencia más disruptiva requiere probablemente mucho más tiempo que otras investigaciones. También requiere asumir grandes riesgos: por ejemplo, que los científicos decidan cambiar de campo o estudiar algo totalmente nuevo. Si seguimos midiendo la calidad de la investigación como «productividad predecible» y distribuimos los recursos y los puestos en consecuencia, nos perderemos mucha ciencia disruptiva.

Recuperar la disrupción limitando la competencia

Para recuperar la ciencia disruptiva, tenemos que limitar el esquema de competencia que, en última instancia, ha mermado nuestra capacidad para llevar a cabo una investigación impulsada por la curiosidad. Un primer paso podría ser reforzar la financiación garantizada de las instituciones y reducir los recursos que hay que adquirir en los concursos de subvenciones, especialmente para los jóvenes investigadores.

Además, habría que reducir drásticamente los intentos de «puntuar» el valor de los investigadores a través de su historial de publicaciones. En su lugar, debemos aceptar el hecho de que el valor científico no puede cuantificarse. Por tanto, las decisiones sobre los puestos del profesorado deben basarse en gran medida en juicios cualitativos. Para evitar el nepotismo y la discriminación injusta, deberíamos aumentar radicalmente la participación democrática en la toma de decisiones institucionales. La contratación de profesores, por ejemplo, podría ser votada por todo el profesorado, e incluso por los posdoctorales.

Por último, debemos invertir la reciente transformación de la relación mentor-aprendiz. Los límites a la composición de los grupos de investigación podrían ayudar en este sentido, ya que la mayoría de las estructuras «explotadoras» se caracterizan por un gran número de posdocs altamente cualificados que permanecen durante mucho tiempo bajo el control de un único profesor. Y los sindicatos de estudiantes de postgrado y postdoctorales son esenciales para empoderar a los becarios y hacer oír sus preocupaciones de una forma que el sistema actual no permite.

No se predijo que el trabajo de Kati Kariko sobre las vacunas de ARNm tuviera algún valor. Como consecuencia, casi se vio obligada a abandonar el mundo académico porque no pudo conseguir financiación ni un puesto de profesora titular. Según un artículo del New York Times, Kariko «necesitaba subvenciones para llevar a cabo ideas que parecían descabelladas y extravagantes. No las consiguió, a pesar de que se premiaron investigaciones más mundanas».

Su trabajo, por supuesto, acabaría siendo la base de las vacunas COVID-19 que salvan vidas. Reformando la ciencia para volver a poner en el centro la investigación impulsada por la curiosidad, podemos asegurarnos de no perdernos más descubrimientos importantes como el suyo.